Importancia de la Liturgia en la Iglesia
Importancia de la Liturgia en la Iglesia
IMPORTANCIA DE LA LITURGIA
EN LOS DOCUMENTOS RECIENTES DE LA IGLESIA,
- Introducción.
Cuando uno pretende abordar el tema de la “Liturgia en América latina y el Caribe” tras la gran Asamblea de
“Aparecida” y acude a los Documentos de esta última Conferencia general de los Obispos, puede quedar
sorprendido de que en los mismos no se afronta, en ningún epígrafe o capítulo la cuestión de la vida litúrgica en
el Continente directamente. Es evidente que en diversos puntos, tratando otros temas, aparecen los sacramentos
de la iniciación, la Eucaristía dominical, la Penitencia u otras cuestiones de índole litúrgica. Pero en ningún
momento se aborda la cuestión de la naturaleza de la Liturgia y su importancia en la vida de la Iglesia como
apartado específico.
No obstante no nos podemos dejar arrastrar por un sentimiento de pesimismo, como si en los Documentos de
Aparecida se hubiese olvidado la afirmación conciliar de que la Liturgia es cima y fuente de toda la vida de la
Iglesia (SC 10). De hecho la “columna vertebral” de la propuesta pastoral de Aparecida presenta los siguientes
pasos: La Iglesia es comunidad de discípulos que reúne el Señor, los purifica, los instruye y consagra y los
envía a seguir adelante con su misma misión. Tal propuesta es radicalmente litúrgica, aunque vendría bien
hacerlo notar para la correcta interpretación y puesta en marcha del “proyecto de conversión Pastoral de
Aparecida”.
Mi ponencia se pone al servicio de este “poner en evidencia el sustrato Litúrgico” que está en la base del
Documento y la propuesta de Aparecida.
Iª Parte, La estructura teológico-pastoral de la propuesta de Aparecida y su relación con la Liturgia.
El esquema cristocéntrico del Documento de Aparecida reproduce y actualiza lo que el Señor hizo con sus
discípulos: los llamó para que estuviesen con Él (los purificó y educó, los modeló y consagró -vid final
evangelio san Lucas-) y los envió, como el Padre lo había enviado a Él, diciéndoles a su vez, id y haced
discípulos de todos los pueblos Bautizándoles y enseñándoles cuanto yo os he enseñado... Esta es la gran tarea
de una Iglesia siempre, por definición, discípula-evangelizada y misionera-evangelizadora. Pero esta realidad de
orden “memorial” la Iglesia la viene realizando a lo largo de los siglos en su tarea de Iniciación Cristiana y la
alimenta y consolida de modo permanente, mientras dura su tiempo, por medio de la celebración de la
Eucaristía, especialmente con la de los Domingos.
Es evidente que la Iniciación Cristiana no es sólo un hecho litúrgico, como no lo es ni siquiera la formación
permanente en torno a la pastoral de la Eucaristía y del Domingo. Pero también resulta innegable el papel
vertebrador que en todas estas realidades pastorales juega la Liturgia, hasta el punto de no poder entenderse sin
referencia a ella.
Por otra parte, hemos ya afirmado el carácter “cristocéntrico” de la propuesta de Aparecida y hemos señalado
también el carácter “memorial” de esta Pastoral de conjunto, que mira al Señor para seguir formando
“discípulos-misioneros”. Esto necesariamente hace ineludible la referencia, absolutamente central, al
Sacramento que Cristo confió a los Apóstoles diciéndoles, “haced esto en memoria mía”. Así recordamos
también la afirmación de la constitución LG que presenta toda la vida cristiana “brotando de” y “tendiendo a” la
Eucaristía (LG 11).
Ya la constitución SC insistía en que en la vida de la Iglesia no sólo hay Liturgia (culto), pero lo que el Concilio
puso de evidencia (SC 10, LG 11) es la trabazón interna de las diversas “acciones eclesiales” que no se pueden
ver aisladas unas de otras, sino como expresiones del misterio de la Iglesia (divina-humana), de su ser de tipo
“sacramental” (signo sensible - realidad social e histórica- , instituida por Cristo, en orden a trasmitir la Gracia).
Por eso cuando se ahonda en la acciones eclesiales, cuando se busca la base de la Pastoral, se topa uno con la
necesidad de afirmar la presencia de Cristo, enviado del Padre, y la acción del Espíritu, se encuentra uno
llamado a reclamar, antes que nada, el encuentro personal (eclesial) con Dios, que salva y rehace, y a descubrir
que, de este encuentro identificativo, surge un asociarse también a un obrar, a una misión. Y esto nos hace
descubrir hasta qué punto la Liturgia y la Eucaristía en particular “hacen a la Iglesia”, aseguran su “identidad” y
sostienen su “misión”.
Todo lo que el Documento de Aparecida afirma sobre la necesidad de conversión y de encuentro con Cristo,
todo los acentos puestos sobre la necesidad de hacerse “discípulos” y la importancia de la “formación cristiana”
a todos los niveles, particularmente el de la Doctrina Social de la Iglesia, todas las llamadas a la toma de
conciencia de una “misión” universal, que a todos concierne, todo esto no se puede entender y menos aún
realizar sin un redescubrimiento del sentido y naturaleza de la Liturgia y de la consideración del papel que ha de
jugar en la vida de la Iglesia.
IIª Parte, Uniéndonos a una estela de documentos recientes del Magisterio.
Cuando apareció el libro-entrevista “Informe sobre la fe” el entonces Prefecto de la Congregación para la
Doctrina de la Fe, hoy felizmente nuestro papa emérito Benedicto XVI, se preparaban los grandes temas de
reflexión tras veinte años de “posconcilio”. Tal reflexión tuvo el rango de un Sínodo Extraordinario, celebrado
en 1985, y su “Documento final” tiene una gran importancia a la hora de comprender la verdadera hermenéutica
del Vaticano II y las líneas fundamentales de la actuación pastoral de Juan Pablo II y ahora de Benedicto XVI.
El Documento sinodal invita a la Iglesia a mirar a Cristo, a encontrar en la Palabra y en la Liturgia las fuentes
de su ser, que es Comunión con Cristo, al asumir precisamente su Palabra y su Acción Salvadora,
configurándose así con su misterio Pascual, su Ser y su Misión. La Iglesia quiere estar junto a los hombres y
mujeres de cada tiempo y compartir sus preocupaciones, pero no para diluirse en ellas sin más, sino para ser
para ellos, “luz”, “sal”, “levadura”. No podemos servir a este mundo si nos identificamos con él, hemos de amar
y dar la vida, sufrir la contradicción, abrazar la cruz, no sólo para poder “resucitar” nosotros con Cristo, sino
para poder “tirar de este mundo hacia Dios”. Por eso la clave es el encuentro configurador con Cristo, un
encuentro objetivo, en la Iglesia, por medio de la Palabra que ella ofrece a cada ser humano y a través de la
acción sobrenatural de la Liturgia, singularmente del Sacrificio y los demás Sacramentos. Por eso es tan
importante “no abandonar las asambleas”, no perder la celebración del Domingo, donde se nos ofrecen los
tesoros de la Palabra y la predicación, la Oración y los Sacramentos, singularmente la Eucaristía (celebrada,
comulgada, adorada). Por eso también es muy importante cuidar la “proclamación de la Palabra de Dios” y su
exposición eclesial en el contexto de la Misa y mediante la homilía, sustanciosa y bien preparada; así como (fue
gran insistencia del Sínodo) también evitar que la Liturgia pierda su verdadero carácter, dominada por el
activismo humano, (hecha a base de humano saber, pedagogía, técnicas de comunicación humana, creatividad
que sorprende y entretiene), pero descentrada de lo que la hace absolutamente distinta y singular respecto a
cualquier otro culto o acto religioso humano, la presencia siempre actual, activa y creadora, salvífica y
reveladora Dios. El Documento del Sínodo llama a esto “recuperar el sentido del Misterio” en la Liturgia; y a la
Catequesis, que mana de la experiencia celebrativa y ayuda a participar cada vez más plenamente en la Liturgia
y a hacer de la vida entera una ofrenda agradable a Dios, la llama “catequesis mistagógica”, e invita a cultivarla
asiduamente.
Tras el doloroso cisma “lefebvriano”, a los 25 años de la promulgación de la constitución conciliar
Sacrosanctum Concilium, Juan Pablo II ofreció otro precioso documento sobre la Liturgia, la carta apostólica
Vigesimus Quintus annus (VQA, diciembre 1988). La reforma litúrgica no ha sido y no quiere ser una “ruptura”
con la tradición, sino un desarrollo orgánico y una repristinación de la misma tradición (ya está aquí la clave de
una “hermenéutica de continuidad”). Se destaca la aportación de SC, que heredera de la MD de Pío XII, ofrece
una visión más completa de la Liturgia, desde una perspectiva teológica (fundamentalmente Cristológica-
Eclesiológica, en conexión con la encíclica Mistici Corporis). Cristo es el centro, su Misterio Pascual constituye
la clave, por eso, por ser una acción de Cristo, en la que Él siempre asocia a su Esposa, la clave de la Pastoral
Litúrgica es la Participación de todo el Pueblo de Dios de modo pleno y orgánico. No olvida la Carta Apostólica
citar las “sombras” que han dificultado y aun estorban los frutos de la reforma litúrgica, cuya realización más
visible son los nuevos libros litúrgicos. Estos elementos negativos en la aplicación concreta de la reforma
litúrgica nacen fundamentalmente de una falta de recta formación teológico-litúrgica y de su consecuencia, que
se puede resumir en “hacer de la Liturgia fundamental o exclusivamente una obra humana”. En un contexto de
teología marcado por lo que se llamó “el giro antropológico”, que se tradujo en la “teología de la muerte de
Dios”, en las “teologías de adjetivo” (centradas en cosas), en el fondo, en una “relectura secularizada del
depósito de la fe”, la reforma litúrgica, la comprensión de SC y el uso de los nuevos libros se vieron
condicionados, produciendo los “abusos litúrgicos” presentados tantas veces como “liturgia conciliar”.
Por ello la Carta Apostólica (VQA), mirando al futuro, pone el acento en la indispensable renovación litúrgica,
es decir, ya no es momento de muchos cambios externos, es el momento de la “asimilación del sentido de la
Liturgia”, de asumir la enseñanza de SC y de la tradición precedente, es el tiempo de vivir la Liturgia
fundamentalmente como un acontecimiento de orden espiritual, es la hora de insistir en una general formación
litúrgica y de promover, para estos altos fines un verdadero “movimiento litúrgico” que ponga en juego una
prioritaria pastoral litúrgica implicando cuantos organismos eclesiales son responsables de ella. A su vez, entre
los retos del futuro la VQA señalaba también dos importantísimos campos: el de la inculturación y el de la
armonización de Liturgia y Piedad (o/y religiosidad) Popular, porque los dos son susceptibles de aplicaciones
totalmente erradas si se dejan dominar por el espíritu secularista (antropocéntrico).
La gran respuesta en el campo catequético-doctrinal a la mayoría de los deseos y necesidades expuestos en la
VQA se dió, por parte de mismo Magisterio Pontificio con la publicación delCatecismo de la Iglesia Católica
(11 octubre 1992, casi una provocación y una profecía para la América Latina y el Caribe). Su parte dedicada a
La celebración del misterio de la fe es no sólo una síntesis magistral de la enseñanza sobre la Liturgia de la
Iglesia, sino una verdadera profundización en la misma, llena de sabor patrístico y ecuménico, llena de Palabra
de Dios y Tradición eclesial, (una verdadera “poción mágica” pastoral, si se sabe utilizar y se lleva al pueblo
cristiano). Un par de “afirmaciones clave” del Catecismo quisiera recordar: 1ª “La Liturgia, obra de la Santísima
Trinidad”; 2ª “¿Quién celebra? El Cristo Total”. Desde estas dos afirmaciones, una de Liturgia fundamental y
otra de Liturgia pastoral se articula el conjunto de una enseñanza que, desde su género de “catecismo” no deja
de abordar tampoco las cuestiones de la inculturación de la Liturgia o de su relación con la piedad y religiosidad
populares, a la vez que, en sí mismo, es una respuesta a la necesidad de una renovada y general formación
litúrgica. No podemos dejar de señalar hasta qué punto el Catecismo es todo él instrumento de formación
litúrgica porque no sólo le está íntimamente ligada la parte dedicada a la Oración cristiana, sino también las
partes dedicadas a la exposición de los artículos del credo (relación lex credendi- lex orandi- lex vivendi) y a la
vida moral del cristiano (relación leitourgia-martyria, Liturgia-vida-misión).
También hemos de recordar, en este contexto, la carta encíclica Dies Domini (sobre el sentido cristiano del
Domingo, mayo 1998), tema litúrgico pastoral de importancia vital para conservar la identidad cristiana y en
conexión con importantes afirmaciones de SC, que presentó el Domingo como fiesta primordial de los
cristianos de institución apostólica y que en orden a su centralidad en la vida y espiritualidad de los cristianos,
como Pascua semanal, pidió una renovación del calendario y de las normas para el Año Litúrgico.
En un orden menor, pero importante en la estela de la VQA y en orden a su aplicación, están la Instrucción IVª
para aplicar debidamente la constitución conciliar SC (nn 37-40) “La Liturgia Romana y la
Inculturación”(Varietates legitimae, 1994) y el Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, principios y
orientaciones, (CCD y DS,diciembre 2001). En este mismo sentido se han de recibir también la Instrucción Vª
para aplicar debidamente la constitución conciliar SC “De usu linguarum popularium in libris liturgiae romanae
edendis”(Litugiam autenticam, 2001), que remite al sentido que se ha de dar a la “participación”, y
laInstrucción “sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la santísima
Eucaristía”(Redemptionis Sacramentum, 2004), que busca corregir los abusos más frecuentes haciendo una
llamada a la verdad de la Liturgia eucarística.
Tras el Sínodo Extraordinario de 1985 y la carta apostólica VQA , con los documentos que hemos presentado
vinculados a ellos, juega un papel clave en el magisterio reciente la iniciativa del Gran Jubileo del año 2000 y
una serie de acciones pastorales y Documentos que se gestaron en torno a su celebración. Destacamos, en este
sentido, los Sínodos Continentales, aunque para la Liturgia consideraremos especialmente el documento que
sigue al de Europa (Ecclesia in Europa, cap IV, celebrar el evangelio de la esperanza, junio 2003); y los dos
grandes documentos: Tertio millennio adveniente (preparando el Jubileo con tres años centrados en Dios, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, y releyendo las grandes constituciones conciliares DV, LG, SC y GS); y Novo millenio
ineunte(enero 2001; trazando un incisivo “plan pastoral” para la Iglesia que entraba en un nuevo milenio de
cristianismo, donde, tras la insistencia en una mirada a Cristo y este completo, se presentan una serie de
prioridades pastorales para la Iglesia que comienzan por la “llamada universal a la santidad” y que incluyen la
atención por la Oración, la Eucaristía y la Penitencia, la Celebración del Domingo y el cultivo de una
“espiritualidad de comunión”).
El papa Juan Pablo II nos ofreció también su encíclica Ecclesia de Eucharistia (abril 2003), que, centrada en el
Sacramento del Altar vuelve a poner en evidencia la afirmación de LG 11, ya comentada, y a manifestar el
papel que juega la Liturgia, de la que la Eucaristía es el corazón, en la vida de la Iglesia. En este documento
papal vuelve la insistencia sobre la recuperación del sentido sagrado de la celebración y una invitación a revisar
el concepto de “participación” desde el modelo ofrecido en la santísima Virgen María. Junto a este documento,
y ligado al año dedicado a la Eucaristía, se ha de tener también presente la carta apostólica Mane nobiscum
Domine (octubre 2004). DosSínodos de los Obispos se ha dedicado a los grandes temas de la Eucaristía y la
Palabra de Dios, como fruto de los trabajos del de la Eucaristía el papa Benedicto XV nos presentó su
exhortación apostólica Sacramentum caritatis (febrero 2007), que brinda tanto en el orden teológico como en el
pastoral una clara visión de lo que ha de ser la Liturgia eucarística (y la Liturgia en general) para estructurar la
vida de cada fiel y de las Comunidades en orden a vivir a los diversos niveles la Caridad, es decir, a vivir la
santidad cristiana.
Toda esta serie de documentos constituye la más vigorosa línea de acción pastoral para la Iglesia hoy en la
correcta aplicación del concilio Vaticano II. En torno a ella se armoniza e integra la llamada universal a la
santidad con su exigencia misional, la recta comprensión del misterio de la Iglesia, sacramento de comunión,
con el reto ecuménico y del diálogo intereligioso, y el justo equilibrio entre la tensión escatológica y la
transformación de las realidades terrenas desde la Doctrina social de la Iglesia.
IIIª Parte, La importante aportación de Benedicto XVI.
Y aquí nos encontramos con el interés peculiar del papa Benedicto XVI por la cuestión litúrgica, que aparecía
ya en sus escritos como teólogo, en este sentido será clave hacer una lectura meditada e inteligente del Primer
volumen editado de su Opera Omnia, que recoge todos sus Escritos Litúrgicos.
El Santo Padre insiste en el presentar la Liturgia como presencia-paso salvífico de Dios en el que Dios se hace
un pueblo (Liturgia-Iglesia paralelo a la Eucaristía hace a la Iglesia) y le hace gustar su gloria, (qué bien se está
aquí), que fortalece, para enviar a la misión (missa est). No se trata en primer lugar de lo que nosotros hacemos,
lo fundante y novedoso es lo que Dios ha hecho, hace y hará, recuperar el “sentido del misterio” significa
asumir esta “primacía de Dios”, que es fuente de esperanza y de una alegría irreductible que marca y distingue
al cristiano. Así la “participación” no se explica fundamentalmente en términos de puesta en escena sino de
conversión del corazón y comunión, a partir de los cuales surge un acoger y contemplar, de fuera hacia dentro, y
un asumir y realizar, de dentro hacia fuera, que permite hablar de participación “consciente” y “activa” (interna
y externa), o, por sus efectos, también de participación “fructuosa”.
Esta comprensión profunda de la Liturgia como “Opus Dei” y de la Participación como “encuentro salvador”,
(todo ello, mediante la mediación de la Iglesia, depositaria de la Palabra y las Acciones del Maestro así como
continuadora de su Misión), lleva necesariamente a ajustar el enfoque, que muchas veces se ha venido dando,
a temas como el de la sacralidad, la adoración, la orientación de la Oración, el canto y la música en la
celebración, la traducción de los textos litúrgicos a las lenguas populares y la misma inculturación de la
Liturgia.
Es especialmente en la celebración de la Eucaristía dominical, expresión y realización fundamental de la vida
litúrgica de la Iglesia donde constatamos cómo se insiste en poner el acento en la comunicación “dentro” de la
Asamblea (entre los congregados), muchas veces centrada en lo “suyo” para no ser tachada ni de favorecer la
“alienación” ni el “colonialismo cultural”, aún a riesgo de terminar “celebrándose a sí misma” y no haciendo
“memorial del Señor”. Se valora sobremanera la espontaneidad y la creatividad, como expresiones de
autenticidad, aún a riesgo, esta vez, de terminar por olvidar el Don y el Misterio y los valores de la “tradición”
(yo a mi vez os trasmito lo que he recibido...) y de la “comunión” (un sólo Señor, una sola Fe, un sólo
Bautismo...).
En una Sociedad y un mundo de “secularismo” y de “relativismo” se ve insistir tantas veces en adoptar un
lenguaje y unos signos de nuestro tiempo y ambiente, sin reparar si esto no conducirá a acrecetar el secularismo
o el sincretismo indiferentista.
Cuando a nivel planetario se difunde una cultura donde el ser humano ya no sólo se ha de liberar del “yugo” de
las tiranías políticas o económicas, sino incluso de los condicionantes de la religión (la fe en su sentido social y
no meramente privado o de conciencia)y de la naturaleza (la ciencia y la libertades individuales superan los
límites de las leyes de la naturaleza y la ley natural), parece que no se tiene suficientemente en cuenta el valor
social y cultural de una Liturgia (culto público) que muestre con fuerza su conexión con la fe objetiva y con la
Revelación sobrenatural y que, frente a la desorientación de la razón natural, causada por una realidad de
pecado, la libera y asegura de cara a reconocer los trascendentales del bien, la verdad y la belleza.
Cuando vivimos en un mundo que padece el drama del ateísmo de masas y al que se trata de calmar su sed de
trascendencia y espiritualidad con la ideología como utopía (en un momento pudo ser la utopía del “hombre
nuevo”, luego la de la “Sociedad igualitaria comunista” o, incluso la fe cristiana convertida en “ideas”-
ideologización-), sorprende que, en no pocos lugares, se minusvalore el fuerte significado escatológico de la
Liturgia católica y se lleguen a eliminar sus signos en la estructuración de la asamblea litúrgica, el espacio
celebrativo o la ornamentación de los lugares para la celebración, fomentando un inmanentismo que conlleva la
tendencia a reinterpretar la fe cristiana como “utopía” que impulsa la “acción social, política o cultural”.
Ya señaló el recordado papa Pablo VI en su testamento que al mundo se le ayuda no identificándose con él, sino
conociéndolo, amándolo y dialogando con él, pero desde las bases de la verdad y la identidad cristianas.
Reciéntemente (OR domingo 20 de junio 2010, pp 3y4) el Papa Benedicto XVI, en el discurso que pronunció
con ocasión de la apertura de la “Asamblea eclesial diocesana de Roma” en la Basílica de san Juan de Letrán,
dijo:
La santa misa, celebrada respetando las normas litúrgicas y con una adecuada valorización de la riqueza de los
signos y gestos, favorece y promueve el crecimiento de la fe eucarística. En la celebración eucarística nosotros
no inventamos nada, sino que entramos en una realidad que nos precede, más aún, que abraza cielo y tierra y,
por tanto, también pasado, futuro y presente. esta apertura universal, este encuentro con todos los hijos y las
hijas de Dios es la grandeza de la Eucaristía: salimos al encuentro de la realidad de Dios presente en el cuerpo y
sangre del resucitado entre nosotros. Por tanto, las prescripciones litúrgicas dictadas por la Iglesia no son cosas
exteriores, sino que expresan concretamente esta realidad de la revelación del cuerpo y sangre de Cristo, y así la
oración revela la fe según el antiguo principio “lex orandi, lex credendi”. Por esto, podemos decir que “la mejor
catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada” (Sacramentum caritatis, 64). Es preciso
que en la liturgia se manifieste con claridad la dimensión trascendente, la del Misterio, del encuentro con lo
divino, que ilumina y eleva también la “horizontal”, o sea, el vínculo de comunión y de solidaridad que existe
entre cuantos pertenecen a la Iglesia. En efecto, cuando prevalece esta última no se comprende plenamente la
belleza, la profundidad y la importancia del misterio celebrado. Queridos hermanos en el sacerdocio, en el día
de la ordenación sacerdotal, el obispo os confió la tarea de presidir la Eucaristía. Apreciad siempre el ejercicio
de esta misión: celebrad los misterios divinos con intensa participación interior, para que los hombres y las
mujeres de nuestra ciudad puedan ser santificados, puestos en contacto con Dios, verdad absoluta y amor
eterno...
[Creo que es una buena síntesis de su pensamiento.]
IVª Parte, Esto nos obliga a un esfuerzo de formación litúrgica.
Visto el panorama que nos presenta el Magisterio y teniendo presente lo que ya señaló en su día el Concilio (SC
--), se comprende la importancia de retomar como prioritario el tema de la formación litúrgica a todos los
niveles.
Merece la pena asegurar apoyo a los Centros Superiores de formación litúrgica, apoyo enviando periódicamente
alumnos sobretodo. Pero no todos los llamados a ser “profesores de Liturgia” podrán ser enviados a los pocos
centros de este tipo que la Iglesia posee. Por ello es bueno fomentar la creación de Centros de formación
litúrgica académica, sea a nivel nacional, sea al menos, a nivel de zonas o sectores continentales. La
colaboración de las Conferencias Episcopales y de éstas entre sí será aquí decisiva. Si no hay buenos profesores
de Liturgia en Facultades, Seminarios y Centros de Formación no tendremos una vida litúrgica vigorosa y sana.
En cuanto al Profesor sabemos la importancia del libro de texto, el manual. Es de alabar la iniciativa del
CELAM al promover una colección de manuales de Liturgia, nunca será demasiado el empeño por asegurar
unos “manuales de liturgia” con rigor y claridad que ayuden a presentar de modo amplio y fundado contenidos
tan ricos como los presentados sintéticamente en el Catecismo de la Iglesia Católica.
Pero no basta una buena formación académica para que la Liturgia sea amada y conocida interiormente, es
preciso que los futuros sacerdotes, diocesanos o religiosos, sean formados en un contexto impregnado por la
Liturgia. Si en Seminarios y Casas de Formación Religiosa la Liturgia no aglutina la entera vida de piedad, más
aún, el conjunto de la actividad formativa, no conseguiremos que se entienda y viva la Liturgia como “fuente y
cima” de la vida eclesial. La Liturgia, en el centro de la vida espiritual y bien situada en el organismo de la
formación intelectual, constituye un “estilo de vida consagrada a Dios”, centrada en la Palabra y la Acción del
Maestro vividas en la Comunión Eclesial y proyectadas claramente a la santidad y la misión. Cada Obispo o
superior ha de tomar esto como una de sus primeras preocupaciones a la hora de formar a los candidatos al
Ministerio, velar por la Vida Consagrada y asegurar una completa Iniciación Cristiana a sus fieles. La vida
litúrgica en torno al Obispo juega un papel decisivo a este nivel, especialmente para los seminaristas. Tal vida
litúrgica fundada, intensa y selecta, tal vez no se pueda vivir luego en los diversos destinos pastorales con la
misma riqueza, pero es necesaria en la etapa formativa para orientar y marcar estilo. No se han de favorecer
pues propuestas de formación que por el contexto del lugar de vida, por lo exiguo de la comunidad formativa o
por la falta de criterios de comunión impidan cumplir este objetivo.
Pero también es importante una sólida formación litúrgica de los agentes de pastoral, tanto de los equipos de
animación litúrgica, servidores del altar y miembros del coro, como de catequistas o monitores, profesores de
religión o encargados de Cáritas o de otros campos pastorales como la visita y acompañamiento de los
enfermos. Para ello se ha de velar por parte de los Obispos y las Conferencias Episcopales por la calidad y
presencia de la Liturgia en los Planes de Formación de estos agentes de pastoral. Muchas veces, dado el nivel, la
responsabilidad recaerá en los Párrocos, no obstante a todos ayudará si se provee de Materiales de formación
adecuados para la formación y el ejercicio de las tareas propias de cada uno de estos grupos de agentes de
pastoral.
Cada Parroquia, que Juan Pablo II quería “Escuela de Oración”, ha de saber situar también la Liturgia en su
lugar como quicio, aglutinante e impulso de toda la actividad parroquial. La programación en torno al “Año
Litúrgico”, la centralidad del “Domingo” y su celebración, que para la parroquia matriz no se puede reducir sólo
a la celebración de la Eucaristía, han de ocupar un puesto de excepción en la propia programación pastoral. En
este sentido es muy importante asegurar a los “equipos litúrgicos”, a los “coros”, a los “servidores del Altar”
materiales serios, supervisados por los Obispos, para preparar la celebración de la eucaristía a lo largo del Año
Litúrgico. A este nivel es importante contar con cantorales bien preparados y, a ser posible, aprobados por los
Obispos a nivel Continental, nacional, regional o, al menos, diocesano. Un buen cantoral es instrumento para
una buena celebración. Cantos con letra y música adaptados y fuertemente vinculados a la Palabra de Dios y a
los ritmos del año litúrgico, con un profundo estilo que los identifique como reservados para el culto divino, es
algo esencial. Muchas veces es imposible poder traducir toda la liturgia a todas las lenguas, qué bueno sería
celebrar en latín y en lenguas vehiculares y poder cantar en la diversidad de lenguas unos cantos, presentes en
oportunos “apéndices nacionales” a un Cantoral Continental (o dos Portugués y Español), con letras sopesadas y
con músicas que sepan aprender lo mejor del gregoriano y de los cantos religiosos de las tradiciones populares
locales. Un gran papel juegan también los misales populares, dominicales o mensuales. No conviene que éstos
sean solo el fruto del trabajo generoso de algunos privados o de instituciones religiosas, es bueno que los
Obispos los supervisen, por sí o por otros, no sólo para asegurar la corrección litúrgica y doctrinal, sino también
para favorecer el que sean instrumentos de comunión y formación.
De cara a una formación litúrgica general juegan también su papel los “secretariados” nacionales, regionales o
diocesanos de Liturgia. Sus cursos anuales, sus reuniones de peritos, sus visitas y asesoramientos, sus
publicaciones y directorios, son también un singular instrumento para una formación litúrgica básica de todo el
pueblo cristiano.
Un carácter modélico, han de poseer las liturgias, más allá de la presencia del Obispo, de Catedrales, Basílicas y
Monasterios. La elección y nombramiento de responsable de Liturgia en dichos templos es muy importante.
Donde tienen la suerte de contar con Comunidades de religiosas contemplativas, la ayuda a la formación
litúrgica y musical de las monjas se volverá una riqueza para la futura vida religiosa de la Diócesis.
En fin, también en la Catequesis y la Clase de Religión, respetando la naturaleza de cada acción, se ha de
realizar el esfuerzo por asegurar una correcta formación litúrgica a los fieles.
Vª Parte, La cuestión de la Iniciación Cristiana.
Como en tantos otros lugares en América Latina y el Caribe, así lo muestra el Documento de Aparecida
(6.3.1/2, nn 286-294), se ha suscitado la cuestión de renovar la Iniciación Cristiana. En el contexto de la
“formación de los discípulos misioneros” la Conferencia de Aparecida constata las deficiencias de identidad y
de compromiso de muchos cristianos y considera que en la raíz del problema está el modo en el que nuestras
Iglesias vienen tratando de hacer nuevos cristianos.
Nosotros aquí constatamos, dentro de nuestra perspectiva de la “formación litúrgica”, que urge una revisión de
los “itinerarios” y de los métodos con que estamos Iniciando en la vida cristiana, también en el campo de la
iniciación para participar en la Liturgia se constatan serias lagunas y eso que gran parte de la Catequesis que
solemos impartir es precisamente para preparar niños o adolescentes a recibir la Eucaristía o la Confirmación,
es decir para celebrar sacramentos y vivir en la gracia que de ellos recibimos.
Pero por lo que se refiere a la Iniciación a la vida litúrgica, inseparable del conjunto de la Iniciación Cristiana,
diré que nuevamente el modelo y la metodología del RICA muestran paradigmáticamente como no se inicia
sino integrando en la vida de la Iglesia y abriendo la participación en las diversas acciones que conlleva su
misión. Catequesis, Celebraciones, Acciones caritativas y misioneras se integran en el proceso de iniciación
(según edades y posibilidades) para formar un todo orgánico en el que la Liturgia no es sólo una parte de lo que
enseña la Catequesis o unas celebraciones aisladas, sino que ocupa el puesto que le es propio en la vida de la
Iglesia, fuente y cumbre. Es verdad, creo que lo más importante es que insistamos en la unidad del proceso, la
Iniciación no puede ser sólo “recibir los Sacramentos” o “ir a Catequesis para recibir los Sacramentos”. Unidad
que ha de considerar, como el Catecismo, todos los elementos que integran el proceso y todos los Sacramentos.
Alargar en exceso, por sistema el proceso, daña la unidad. Insistir sólo en los Sacramentos “necesarios”, daña la
unidad. No incluir en el proceso de manera armónica y correlativa, catequesis, celebración y acción, daña la
unidad.
Desde la perspectiva catequética tanto el Catecismo de la Iglesia Católica, con su compendio, como el nuevo
Directorio General para la Catequesis de la Congregación para el Clero (Ciudad del Vaticano 2004 -reimp
2007-), son puntos claves de referencia. Desde la perspectiva litúrgica, sigue siendo el OICA (RICA) con sus
Praenotanda el punto de referencia básico. Estos documentos permiten estructurar todo un planteamiento de
Iniciación Cristiana y de Formación Permanente que brinde a la Iglesia los instrumentos aptos para afrontar los
retos del momento presente.
Es necesario constituir el Catecumenado de adultos en todas la Diócesis y unir a él la atención pastoral a los
adultos que no han completado, por diversas causas una Iniciación Cristiana que comenzaron en su infancia. Por
otra parte hay que dar un estilo netamente Catecumenal a la Iniciación Cristiana que se comienza al poco de
nacer y unir a estos procesos, de modo adecuado, la Iniciación de niños o adolescentes que comienzan su
proceso en la edad ya catequética.
Al mismo tiempo creo que es bueno dar un estilo y unos contenidos, en muchos casos, catecumenales a los
procesos de preparación para el Matrimonio o para el Bautismo de un hijo pequeño. Del mismo modo hemos de
integrar estos procesos en el ritmo de la formación permanente de nuestras comunidades cuidando mucho la
oferta pastoral entorno a la Celebración del Día del Señor, el Domingo y unida fundamentalmente a éste la del
Año Litúrgico, cuidando las celebraciones y las homilías con esmero y brindando con frecuencia, pero
especialmente a lo largo de la Cuaresma lapreparación y celebración del sacramento del Perdón con un estilo
también catecumenal, que destaca su conexión con los Sacramentos de la Iniciación.
Muy relacionado con esto está la urgente necesidad de integración de los ámbitos de la Iniciación, la Familia, la
escuela católica, el grupo apostólico, ... y la Parroquia, llamada a ser en la Diócesis, el factor aglutinador de
todas estas instancias eclesiales, con verdadero “espíritu de comunión (NMI 2001), pero asegurando para bien
de la única Iglesia la unidad de la Iniciación. Este verdadero reto de trabajo integrado entre las diversas
instancias eclesiales permitiría una mucho más eficaz oferta de Iniciación y también de aprovechamiento del
tiempo de “ocio y descanso” para ofrecer a Familias, jóvenes, adolescentes y niños un adecuado espacio para la
gozosa experiencia de comunión y vida cristiana, también desde el descanso.
Finalmente y pensando concretamente en la iniciación a la participación litúrgica, me parece especialmente
importante una gradual formación bíblica que lleve a familiarizarse con el lenguaje de las Escrituras, sus
modelos de Oración (Salmos y Cánticos), los grandes temas bíblicos
y las claves de lectura tipológicas que acogen a personajes, instituciones y acontecimientos de la Historia de
Salvación. Esta iniciación bíblica es indispensable para profundizar en la Persona y la Enseñanza de Cristo así
como para entrar en las celebraciones con la sensibilidad y la capacidad de captación suficiente, que siempre se
tendrá que completar con la preparación espiritual centrada en la búsqueda y la escucha del Dios salvador
(vocación-conversión). En este sentido, además de los adecuados programas catequéticos y catecismos, creo
sería muy provechoso que las Conferencias Episcopales o incluso la unión de muchas de ellas, preparasen, con
buenas versiones bíblicas, ediciones de la Escritura Sagrada con finalidad iniciática, con sabrosas
introducciones, con tablas de relaciones y notas aclaratorias, un verdadero “libro de referencia” para la
Iniciación y la Formación.
Conclusión.
Invitamos pues a releer el documento de Aparecida en clave litúrgica desde la afirmación inicial del mismo: Se
trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del evangelio arraigada en nuestra historia, desde el
encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros... (n 11)... Aquí está el reto
fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros
que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del
encuentro con Jesucristo... (n 14)...
A esto se llega desde el agradecido reconocimiento del Don recibido: Así en el n 26 se agradece a Dios el don
de la palabra... la celebración de la fe, especialmente en la Eucaristía... y se agradece también el Sacramento del
Perdón.
Así, con confiada alegría, se mira la realidad y se constatan sus luces y sombras, temas como la globalización
cultural, hasta poner en peligro el catolicismo del continente y sus vías tradicionales de trasmisión ligadas a la
familia y a la tan arraigada religiosidad popular. Una familia atacada por la ideología de género que se difunde.
Unas tradiciones populares que se ven minadas por factores migratorios, falta de formación y conversión, y un
individualismo, egoísta y consumista que se generaliza. Todo esto vivido en el rico mosaico cultural del
Continente (cfr nn 43-59).
También se afrontan los graves temas de la economía (nn 60-73), los de la política (nn 74 - 82) y la ecología (nn
83- 87).
Una especial consideración merece la preocupación por los pueblos indígenas y los grupos afroamericanos del
Continente (nn 88-97) donde se reclama con urgencia, no sé si con suficiente ponderación, la inculturación y las
traducciones bíblicas y litúrgicas a las lenguas de estos pueblos.
En este punto se valoran los logros y las carencias de los esfuerzos ya realizados por fomentar tal encuentro con
Cristo vivo, encuentro entorno a la Palabra de Dios y a la Liturgia (n 99), y las insistencias pastorales de la
vocaciones, la renovación pastoral y el dar a conocer la Doctrina Social de la Iglesia, dentro de una Pastoral
Orgánica, con fuerte preocupación por el diálogo ecuménico. Entre las sombras se detecta un frenazo en el
crecimiento eclesial, se ven difundir tendencias espirituales y pastorales periféricas a la comunión eclesial (n
100), falta de acompañamiento a los laicos en las tareas que les son propias, falta de presencia eclesial en la
creación cultural, unido todo a la penuria de sacerdotes, al decaimiento de la vida religiosa, al avance de sectas
y dificultades para un sano ecumenismo.
Tras esto el Documento de Aparecida señala lo que quiere sea el cristiano en América Latina y el Caribe en este
contexto (Parte Segunda, cap 3-6). Desde la alegría de ser discípulo para anunciar el Evangelio (nn 101-128),
recogiendo las riquezas que Dios pone en manos de sus discípulos y que ellos no pueden menos que compartir,
la persona humana, la vida, la familia, la actividad humana, la ciencia y la tecnología, la naturaleza, por eso
América se siente continente de la esperanza. Ciertamente nada de esto se entiende, porque ninguno de esos
tesoros termina de conocerse si no es desde la fe y la conversión, por eso el documento termina este apartado
recordando unas elocuente palabras del Papa: ¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor que
transformará Latinoamérica y El Caribe para que además de ser el Continente de la esperanza, sea también el
Continente del amor (n 128).
Así se comienza a perfilar la figura del cristiano, discípulo misionero vocacionado, llamado a la santidad (cap
4): seguimiento de Jesucristo (nn 129-135), configurados con el Maestro (nn 136-142), enviados a anunciar el
evangelio del Reino de vida (nn 143-148), animados por el Espíritu Santo (nn 149-153, en este último número
se ofrece una interesante referencia a la Iniciación). Un discípulo misionero, llamado a vivir y actuar su
vocación en la comunión eclesial (cap 5): sí, vivir en comunión (nn 154-163, con interesantes referencias a la
liturgia, la piedad popular y la iniciación), en los diversos ámbitos de comunión, la diócesis (nn 164-169), la
parroquia (nn 170-177, con referencias claves a la Eucaristía y la Iniciación, así como a otros sacramentos), las
comunidades de base y las pequeñas comunidades (nn 178-180). Sin olvidar el papel, al servicio de la comunión
de otras instancias superiores como las Conferencias Episcopales. Desde la perspectiva de la comunión se
afrontan las diversas vocaciones en la Iglesia (apartado 5.3) y el delicado tema de los que dejando la Iglesia se
han unido a otros grupos religiosos (sitiación preocupante, Islam que “desembarca”, progreso del
“protestantismo” -vid art. del PAIS; apartado 5.4) o las cuestiones propias del diálogo ecuménico (apartado
5.5).
Acto seguido el Documento asume el reto de cómo formar a estos discípulos misioneros (cap 6):
1) La idea clave que se presenta es la de la identidad cristiana que genera una espiritualidad trinitaria, desde el
encuentro con Jesucristo (apartado 6.1), encuentro en la Iglesia (n 246), en la Sagrada Escritura (n 247-249), en
la Sagrada Liturgia (nn 250-256, son los números más elocuentes que muestran hasta qué punto la Liturgia está
en el núcleo de la propuesta pastoral de Aparecida :Eucaristía, domingo, reconciliación, oración) y en los
hermanos pobres (n 257). Mención especial encuentra aquí también la piedad popular (nn 258-265, aquí se
hecha un poco de menos la relación con la Liturgia, SC 11 y Directorio, peligro de hacer una consideración
“populista” y acrítica) y la consideración del modelo de discipulado de la Virgen María y de los santos (nn 266-
275, con una cierta ambigüedad al no distinguir entre santos “canonizados” y cristianos considerados modélicos
por algunos en particular).
2) Se pasa luego a afrontar la cuestión de la Iniciación y la formación de los discípulos misioneros (apartado
6.2): Aspectos generales de la formación (apartado 6.2.2), iniciación (apartados 6.3.1 y 6.3.2) y catequesis
permanente (apartado 6.3.3). Para tratar de los ámbitos de esta formación (apartado 6.4), familia, parroquias,
pequeñas comunidades, movimientos y nuevas comunidades. Y a otros niveles: seminarios y casas de
formación. Una mención especial merece aquí la escuela católica en sentido ámplio, es decir a todos los niveles
del proceso educativo (apartado 6.4.6, la expresión “potenciar lo nuestro” al final del apartado, hablando de la
universidad, resulta también ambigua n 345).
Finalmente se ofrece (Tercera parte) la esencial proyección misionera que ha de tener la entera vida cristiana. Es
la vida de Cristo lo que se ha de dar y nos impulsa a darnos, aquí encontramos una importante referencia
eucarística dentro del Documento (n 363). En este apartado se insiste también en la necesidad de constante
conversión, una conversion que aquí se hace “conversión pastoral” (apartado 7.2), el paso a una pastoral
misionera (n 370), dedicándonos también de modo especial a sostener generosamente la misión “ad
gentes”(apartado 7.3).
La misión se vincula a la propagación del reinado de Dios que se muestra relacionado con la promoción de la
dignidad humana (cap 8), con la atención a la familia, las personas, la vida (cap 9 con referencias interesantes a
la iniciación cristiana, n 441 f y g; a aspectos de la oración y la lectio divina , n 446 c y d; o a la preparación del
matrimonio 463 a).
Se abordan también las cuestiones de la cultura, la educación, las comunicaciones sociales, con sus nuevos
“areópagos” (sin olvidar el arte, con alguna referencia a la Liturgia nn 499 y 500), la actividad pública, las
peculiaridades de la Pastoral en las grandes urbes (donde se encuentran también referencias interesantes en
relación a la Liturgia, nn 516 y 517 e, f ,g, k y n y 518 d y e), la fraternidad y unidad de los pueblos de América
y el Caribe, la integración de indígenas y afroamericanos, los caminos de la reconciliación y la solidaridad (cap
10).
Al fin la conclusión llama a una gran misión continental esperemos, con nuestra reflexión e iniciativas de estos
días desde la Pastoral Litúrgica cooperar para hacer realidad este gran compromiso pastoral de todo el
continente.