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Evolución del Estado Peruano 1950-68

Este documento presenta una introducción al régimen oligárquico en el Perú entre 1950 y 1968. Explica que analizará los gobiernos dentro del contexto de los regímenes políticos y económicos de la época. Luego describe brevemente el gobierno autoritario de Manuel Odría entre 1948 y 1956, en el que reprimió la oposición y atrajo inversiones extranjeras. Finalmente, anticipa que analizará las elecciones de 1950 y las protestas en Arequipa contra el gobierno de Odría.

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Evolución del Estado Peruano 1950-68

Este documento presenta una introducción al régimen oligárquico en el Perú entre 1950 y 1968. Explica que analizará los gobiernos dentro del contexto de los regímenes políticos y económicos de la época. Luego describe brevemente el gobierno autoritario de Manuel Odría entre 1948 y 1956, en el que reprimió la oposición y atrajo inversiones extranjeras. Finalmente, anticipa que analizará las elecciones de 1950 y las protestas en Arequipa contra el gobierno de Odría.

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INTRODUCCIÓN
El texto está dividido teniendo en cuenta la evolución de la estructura del Estado y de la sociedad
civil. Partimos de este criterio, ya que los cambios producidos en las últimas décadas y la situación
actual del país están relacionados con la crisis irresuelta que se abrió con el ocaso del Estado y la
sociedad oligárquicos. A partir de 1968 se ha intentado implementar desde el aparato del Estado
proyectos políticos en la búsqueda de dar al país una nueva fisonomía que garantice el
establecimiento de un verdadero Perú moderno.
Distinguimos, entonces, entre régimen y gobierno. El primero corresponde al marco que define el
contexto en el cual se desenvuelve el segundo. El tratamiento de los gobiernos está enmarcado
dentro de los regímenes existentes en las últimas décadas: oligárquico, militar y populista. El
régimen neoliberal, bajo el actual gobierno de Alberto Fujimori, no será abordado.
No se trata entonces de períodos definidos a partir de la historia política del Perú. Es obvio que ese
tipo de periodificación es obsoleto y tradicional. Como tal, tratamos un solo período de la historia
peruana: el del Perú contemporáneo. En tanto regímenes, cada uno de éstos intentó, a través de la
pugna de diversos proyectos políticos, darle al país una configuración y un ordenamiento
correspondientes con los intereses de los nuevos sectores dominantes, especialmente desde la
crisis del régimen oligárquico. Pero a la par de este proceso político, se ha desarrollado en la base
una revolución económica y social impulsada por sectores emergentes informales, migrantes, etc.
que ha dado al Perú un nuevo rostro. A pesar de los intentos de los diversos gobiernos por dirigirlos
y de los regímenes por incorporarlos a sus proyectos, la revolución de estos sectores emergentes
ha tenido un desarrollo propio.
En términos formales, en cada parte es posible distinguir dos grupos de capítulos: el primero
dedicado a los principales hechos políticos, incluyendo la aplicación de políticas económicas y las
protestas sociales –que inciden sobre la coyuntura política–, y el segundo a un balance general
político, económico y social en términos procesales.
El Régimen Oligárquico (1950-1968):

I:

EL GOBIERNO DE ODRÍA
La historia política actual considera que el gobierno de Manuel A. Odría tuvo dos etapas muy
marcadas. La primera habría correspondido al establecimiento de una junta de gobierno, el 28 de
octubre de 1948, hasta la realización de las elecciones generales de 1950. La segunda abarcaría
su gobierno constitucional desde el 28 de julio de 1950 al 28 de julio de 1956. Sin embargo esta
interpretación es meramente formal, ya que las características políticas y económicas del régimen
serían las mismas.
Odría sentó las bases del Ochenio mediante una serie de medidas que le asegurarían el control
del aparato del Estado y la adhesión de los grupos económicos agroexportadores y del capital
extranjero. En cuanto al control de la situación política interna, Odría declaró ilegales al Partido
Aprista Peruano (PAP) y al Partido Comunista Peruano (PCP), decretando la suspensión de las
garantías individuales mediante la ley de Seguridad Interior de julio de 1949. A través de este
mecanismo le fue posible controlar y reprimir a los principales partidos con influencia en las
organizaciones sindicales y po-pulares, y a otros sectores de oposición a su gobierno. Además,
con ello se daba la “paz social” ne-cesaria para fomentar la inversión de los capitales privados y
extranjeros.

En su política económica, Odría hizo importantes concesiones a los agroexportadores. Las


dificultades causadas por el reajuste de postguerra durante el gobierno de José Luis Bustamante
y Rivero y por el proceso de inflación interna obligaron al Estado a declarar el control de precios,
el control de cambios y de comercio.
En diciembre de 1948, la junta militar restableció la libertad de comercio y de cambio y suprimió
el requisito de licencia para importar, pero mantuvo la presión en el mercado de divisas. También
se otorgó a los exportadores la disponibilidad del 55% de sus divisas, reservándose el Estado el
45% res-tante al tipo de cambio oficial. Sin embargo, esta medida no era suficiente para los
seguidores de la política liberal, ya que obligaba a los exportadores a depositar dichas divisas en
el Banco Central de Reserva (BCR) recibiendo a cambio un certificado negociable en el mercado.
Esta medida -y las que vendrían después- muestra que a pesar de que Odría estaba a favor de
una política económica liberal (una de las principales razones del golpe de 1948), su aplicación
era restringida para poder asegurarse márgenes de maniobra política. Ello provocaría en el futuro
la oposición del sector agroexportador al gobierno de Odría.
En agosto de 1949 el gobierno contrató una misión económica y financiera presidida por el
economista norteamericano Julius Klein e integrada por especialistas de las distintas ramas de la
economía, la que permaneció varios años en el Perú y presentó al gobierno informes y soluciones
a los problemas económicos más urgentes. El 5 de noviembre de 1949 la misión Klein presentó
un memorándum donde proponía la aplicación de una serie de medidas liberales y señalaba como
causas de la inflación el incremento exagerado del circulante por los déficits fiscales y la
expansión del crédito derivado del aumento de ese circulante, indicando que las consecuencias
serían la subida de los precios y de la cotización del dólar. Ese mismo día se eliminó el control del
tipo de cambio, se suprimió el tipo de cambio oficial y se restableció el mercado libre del dólar, lo
que provocó su subida de 6,50 a 14,85 soles. Los exportadores dispondrían además del total de
los certificados de divisas. La reorganización del sistema imperante hizo subir los precios, pero
meses después vendría el aumento de las divisas debido al auge de las exportaciones entre 1950
y 1952, que estabilizaría el mercado interno.

La política de mercado libre y el establecimiento de una legislación favorable atrajeron


inversiones de capitales extranjeros, que incidieron en el incipiente proceso de industrialización.
Esto propiciaría el aumento de la producción, pero la mayoría de las industrias que surgieron o se
desarrollaron en ese contexto eran dependientes de los grandes consorcios extranjeros. Tal fue el
caso de la dirección que tomaron la minería, la explotación petrolera, la industria manufacturera y
la producción de energía eléctrica.
LAS ELECCIONES DE 1950
Inicialmente, el golpe de Estado buscó legitimarse como una respuesta frente al peligro de que el
PAP estableciese una dictadura, por lo que tácitamente se pensaba que la situación era transitoria
y que pronto se realizarían elecciones. Sin embargo, los opositores al PAP temían que fuera
demasiado pronto, por lo que se optó por una salida electoral que garantizara la permanencia de
Odría en el poder.
En su mensaje de julio de 1949, Odría anunció importantes cambios en el estatuto electoral,
incluyendo que los escrutinios se realizarían en las mesas de votación y que los jurados
departamentales se limitarían a la revisión de los resultados, declaración que presagiaba una
pronta convocatoria a elecciones. Para crear las condiciones de una candidatura como la del
general Odría, Pedro Beltrán –principal vocero del sector agroexportador– declaró en receso, en
abril de 1950, a la Alianza Nacional, un movimiento de carácter liberal que él lideró bajo el
gobierno de Bustamante y Rivero; cerrando las posibilidades de una candidatura civil, ya que los
únicos partidos políticos con posibilidades de articular una propuesta frente a Odría estaban fuera
de la ley. Antes de lanzar su candidatura, Odría debía renunciar a la presidencia de la junta militar
para cumplir formalmente lo estipulado en la Constitución de 1931. Ello se produciría el 1º de
junio de 1950, hecho conocido como “la bajada al llano”, dejando en su lugar al general Zenón
Noriega.
Las elecciones se realizarían en un contexto favorable al gobierno ya que se mantenía en vigencia
la ley de Seguridad Interior. Las garantías constitucionales continuaban suspendidas y se imponía
penas de cárcel y destierro a los delitos calificados de terroristas. Asimismo, las autoridades
políticas tenían facultades de jueces, no pudiendo intervenir las autoridades judiciales sino hasta
que el gobierno lo dispusiera. El encargado de mantener el orden interior fue el director de
gobierno Alejandro Esparza Zañartu, personaje que Mario Vargas Llosa retrató en su novela
Conversación en La Catedral. El PAP y el PCP, duramente golpeados por las medidas represivas
del gobierno, estaban incapacitados para organizar una sólida oposición a Odría. El PAP,
particularmente, se hallaba dividido por los hechos de 1948, y su líder, Víctor Raúl Haya de la
Torre, se hallaba asilado en la embajada de Colombia. La brevedad del plazo para la realización
de las elecciones no impidió el lanzamiento de una candidatura contrapuesta a la del general
Odría. La única candidatura posible era la de un militar, tratando de que el ejército garantizara los
resultados de las elecciones; surge así la candidatura del general Ernesto Montagne lanzada por
la Liga Democrática, un movimiento político de carácter liberal liderado por Ignacio Brandariz y
que tenía como vocero al diario Jornada.
Inicialmente, los miembros de la junta de gobierno intentaron rechazar la candidatura y
descalificar al general Montagne, confiados en que no existían posibilidades de organización de
una oposición coherente frente a la candidatura oficial.
En este contexto estalló en Arequipa una serie de protestas en contra del gobierno. En junio se
produjo una huelga estudiantil en el colegio de la Independencia, a la que se sumaron los
universitarios; las autoridades respondieron disparando sobre los manifestantes. La ciudad,
indignada, convocó a una manifestación en la plaza de armas para el día 13 de junio, que
también fue reprimida, iniciándose enfrentamientos que durarían hasta el día siguiente. La
población atacó el casino militar, siendo tomados los locales de la municipalidad, la prefectura, el
aeropuerto y varias radioemisoras, levan-tándose barricadas y realizándose grandes
manifestaciones.
Ante tal situación, se formó una junta provisoria de gobierno presidida por Francisco Mostajo,
líder de la Liga Democrática en Arequipa y candidato en la fórmula de Montagne. También
participó en la junta Héctor Cornejo Chávez, futuro líder de la Democracia Cristiana (DC). Todas
las organizaciones sindicales se declararon en huelga y se unieron en un Comando Supremo de
Obreros y Empleados.
La junta provisoria trató de negociar. En la noche del 14, cuatro parlamentarios salieron del
municipio con bandera blanca y fueron abaleados, falleciendo dos de ellos. Se produjo entonces
la intervención del Ejército, que controló la situación con un elevado saldo de víctimas. La huelga
de los trabajadores, sin embargo, seguiría por unos días más. Finalmente, el gobierno
responsabilizó de los acontecimientos a los “apro-comunistas” y a los partidarios de la Liga
Democrática, persiguiendo a la oposición y deteniendo al general Montagne, acusándolo de
complicidad. Frente a esta situación, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) se negó a inscribir la
candidatura de Montagne, con lo cual Odría se presentó como candidato único. El resultado oficial
de las elecciones generales realizadas el 2 de julio fue de 550 779 votos (100,0%) a favor de
Manuel A. Odría.

LA BONANZA ECONÓMICA Y LA POLÍTICA DE OBRAS PÚBLICAS


Líneas arriba hemos señalado las principales medidas que sentaron las bases del Ochenio. A
partir de 1950 el gobierno de Odría dictaría nuevas medidas favorables a la inversión de capitales
privados y extranjeros, siempre bajo la asesoría de la misión Klein. Ésta presentó en 1950 un
proyecto que modificaba el impuesto a la renta con el objetivo de aumentar la recaudación
tributaria, luego de liberalizar la economía. Se planteaba, igualmente, el reemplazo del sistema de
impuestos cedulares –que agregaba cada cierto tiempo impuestos complementa-rios– por el de
impuestos progresivos, aplicable tanto a personas naturales como a sociedades anónimas. Este
proyecto fue presentado al Congreso por el ministerio de Hacienda y Comercio, pero fue
desestimado debido a la presión ejercida por la Sociedad Nacional de Industrias y por la Cámara
de Co-mercio, ya que implicaba la elevación de la tasa de los impuestos a las utilidades y
subutilidades, a los dividendos de acciones al portador y a la renta de personas o entidades
establecidas en el extranjero.
Entre las leyes de apoyo al sector privado se dictarían principalmente las siguientes:
–El Código de Minería (1950), que incorporaba a las empresas mineras al impuesto general a las
utilidades comerciales e industriales, derogando el derecho de exportación que pagaban a cambio
de un pago ad-valorem por el mineral exportado. También se reconoció la deducción por
agotamiento de la mina y se liberó a las empresas mineras de todo impuesto creado o por
crearse, por espacio de 25 años.
– La ley de Petróleo (1952), que permitía la explotación de nuevos yacimientos, estableciendo un
régimen tributario especial para el sector.
– La ley de Industria Eléctrica (1955), orientada a estimular la inversión del capital privado en
este campo frente al crecimiento de las necesidades urbanas, razón por la cual se daba mayor
importancia a las obras de servicio público.
El crecimiento económico de estos años no sólo se debió a la política de libre cambio sino
también a que desde la década de 1950 el Perú contó con un nuevo producto de exportación: la
harina de pesca-do, que lo convirtió en la primera potencia pesquera del mundo. El impulso de
esta rama productiva provino principalmente de Luis Banchero Rossi.
En cuanto al sistema financiero internacional, el gobierno de Odría realizó coordinaciones con el
Fondo Monetario Internacional (FMI), logrando con el crecimiento de las reservas internacionales
que la deuda externa se redujera de 716 a 666 millones de dólares.
Si bien el gobierno de Odría fue producto de la Alianza Nacional, muy pronto alcanzó una cierta
autonomía, desestimando algunas de sus principales indicaciones relativas a la forma de conducir
la economía del país. Ello fue posible gracias a la coyuntura internacional de la guerra de Corea,
que originó una mayor demanda de nuestras materias primas con mejores precios, lo que
aumentó nues-tros ingresos de divisas y permitió un equilibrio en la balanza de pagos. Con dichos
ingresos, Odría incrementó notablemente el gasto público, contrariando las fórmulas liberales
relativas al equilibrio fiscal.
De 1950 a 1955, el gasto público alcanzó el 13% del producto bruto anual, porcentaje destinado
fun-damentalmente a la realización de importantes programas de obras públicas. Mediante esta
política el gobierno buscaba movilizar recursos y distribuir prebendas que facilitaran el
enriquecimiento de sus allegados y, al mismo tiempo, satisfacer parcialmente las exigencias de
empleo y servicios públicos de los sectores populares migrantes. En ese sentido el gobierno de
Odría dictó una serie de medidas sociales como el Seguro Social obligatorio para empleados
públicos y privados, el salario dominical, el derecho a no perder los beneficios sociales por
despido debido a inasistencias injustificadas, el pago de beneficios sociales antes de las 48 horas
del retiro definitivo del trabajador, y la participación de los empleados y obreros en las utilidades
de las empresas, antecedente de la comunidad industrial. Para poder institucionalizar dichas
medidas, Odría creó el ministerio de Trabajo y de Asuntos Indígenas; asi-mismo, para garantizar
la movilización política de sus allegados y de los grupos populares urbanos be-neficiados por las
obras públicas, sus más importantes colaboradores organizaron el Partido Restaura-dor y se
otorgó el voto a la mujer.
Entre las principales obras públicas se encuentran la construcción de unidades vecinales y de
agrupaciones de viviendas para obreros, de las sedes principales de los ministerios de Salud, de
Edu-cación, de Trabajo y Asuntos Indígenas, y del hospital del Empleado. En cuanto a la
educación, se estableció el Plan de Construcciones de Escuelas Primarias, que incluía las Grandes
Unidades Escolares (GUEs) como tipo especial de organización escolar en todas las capitales de
departamento. Se creó también la Junta de Asistencia Nacional (JAN), cuya dirección estuvo a
cargo de María Delgado de Odría, esposa del presidente.
Para garantizar la lealtad de las Fuerzas Armadas, se incrementó su presupuesto, se compró
nuevo material bélico y se modernizó las principales instituciones de formación de sus cuadros.
LA CRISIS POLÍTICA DEL GOBIERNO
El año 1953 marcó el final del auge económico iniciado en 1950. Luego de la guerra de Corea, la
si-tuación económica se vio afectada por la baja en los precios de nuestros productos de
exportación. Para mantener su política de obras públicas, el gobierno incrementó la deuda
interna, llevando a una expansión monetaria y crediticia que provocó la subida del tipo de cambio
y el incremento de la inflación. En febrero de 1954 el gobierno se vio obligado a reconocer la
existencia de problemas económicos. Las soluciones planteadas entonces implicaban la aplicación
de una serie de medidas liberales como la reducción del gasto público, la limitación de las obras
públicas y la disminución de la emisión monetaria y el crédito bancario. Para mantener el tipo de
cambio se solicitó un préstamo de 30 millones de dólares al FMI, al departamento del Tesoro de
Estados Unidos y al Chase Manhattan Bank.
La política económica aplicada hasta ese momento por Odría le había otorgado una relativa
autonomía política respecto del grupo agroexportador que había auspiciado su ascenso al poder.
Las diferencias políticas existentes se hicieron evidentes, sin embargo, al avecinarse la crisis
económica, cuando los exportadores inician una campaña de oposición al gobierno. Éstos
encontraban que el comportamiento político de Odría resultaba cada vez más “arbitrario”, razón
por la cual el mismo grupo que patrocinó el golpe de 1948 propuso, a través del diario La Prensa,
el retorno al “Estado de Derecho”.
Las diferencias y divisiones políticas también se expresaron al interior del gobierno y las Fuerzas
Armadas. En agosto de 1954 el gobierno acusó de sublevación al general Zenón Noriega, primer
ministro y ministro de Guerra, destituyéndolo de su cargo y deportándolo a los Estados Unidos. El
20 de julio de 1955, los redactores del diario La Prensa prepararon una declaración en la que
exigían la derogatoria de la ley de Seguridad Interior, la reforma electoral y la amnistía política
general. Este documento sirvió de punto de partida para la fundación de la Coalición Nacional –
retomando el nombre de la alianza de 1894 entre civilistas y pierolistas–, encabezada por Manuel
Mujica Gallo, Pedro Beltrán y Pedro Roselló. Una reunión de la Coalición, realizada en Arequipa,
es atacada por grupos fieles al gobierno, iniciándose una protesta similar a la de 1950. La ciudad
se declara en huelga general y pide la destitución del ministro de Gobierno, Alejandro Esparta
Zañartu, quien renuncia a fines de diciembre. Paralelamente a la campaña iniciada por la
Coalición Nacional, regresan del exilio el ex presidente Bustamante y Rivero y los más
importantes dirigentes del PAP, como Armando Villanueva y Ramiro Prialé.
LAS ELECCIONES DE 1956
La movilización que logró la Coalición Nacional obligó a Odría a convocar a una convención de
“notables” en el convento de Santo Domingo, con el fin de integrar políticamente a sus antiguos
aliados y proponer un sucesor. Pero era evidente que para la convocatoria a elecciones generales
se necesitaba contar con los votos apristas. El resultado de la convención fue el lanzamiento de
dos candidaturas que buscaron el apoyo del PAP. Por un lado se encontraba Hernando de Lavalle,
propuesto por Odría y presentado por Unión Nacional, ofreciendo al PAP el retorno a la legalidad
una vez logrado el triunfo electoral. Esta propuesta no fue aceptada ya que nada garantizaba su
cumplimiento; Lavalle consiguió más bien el apoyo de la recientemente fundada Democracia
Cristiana. Por otro lado estaba Manuel Prado Ugarteche, cuya candidatura fue lanzada por el
Movimiento Democrático Pradista (MDP). Perteneciente a una familia de importante influencia
social y de gran poder económico, era propietario del diario La Crónica y de una serie de
empresas, incluyendo al Banco de Crédito (ex Italiano). Prado ofreció al PAP no sólo la legalidad,
sino además el cogobierno y una alianza política. Más adelante el propio Odría apoyaría la
candidatura de Prado, en desmedro de Lavalle. Es a partir del apoyo que Odría y el PAP le
otorgan a Manuel Prado, que surge la llamada “Convivencia”.
La tercera candidatura fue la de Fernando Belaunde Terry, lanzada por el Frente de Juventudes
Democráticas. Belaunde no contaba todavía con los elementos necesarios para preparar listas
completas de representantes, razón que adujo el JNE para no inscribirlo. Ante ello el Frente de
Juventudes organizó una marcha de protesta que se realizó el 1º de junio de 1955, conocida
como “el ultimátum de La Merced” o el “manguerazo”. Belaunde se presentaba como un político
nuevo, desligado de cualquier tipo de compromiso con el gobierno, proyectando la imagen de un
profesional respaldado por profesionales y sin vínculos con sectores económicos, ni con ningún
otro grupo de interés. En los meses siguientes este frente de juventudes se constituiría en partido
político. Así nacería Acción Popular (AP).
En este contexto la guarnición de Iquitos, encabezada por el general Marcial Merino, se subleva
contra Odría el 16 de febrero de 1956. El diario La Prensa, que continuaba con su política de
oposición al gobierno, publica el manifiesto de los sublevados, por lo cual su director, Pedro
Beltrán, es detenido y enviado a la prisión de El Frontón junto a un grupo de periodistas del
mismo diario, que deja de editarse. La sublevación no prospera y, ante las protestas de la
oposición, Odría cede y libera a los detenidos.
Las elecciones se realizaron el 17 de junio de 1956. Los resultados oficiales fueron los siguientes:
Manuel Prado Ugarteche, 568 134 votos (45,5%); Fernando Belaunde Terry, 457 638 votos
(36,7%) y Hernando de Lavalle, 222 323 votos (17,8%).

EL SEGUNDO GOBIERNO DE PRADO


En base a los resultados electorales, Prado contará con mayoría en el Congreso, compuesta por
los miembros del MDP, partido del gobierno, y por los miembros del Frente Independiente,
elegidos por el PAP. El mismo día en que Prado asume la presidencia, el Congreso devuelve la
legalidad al PAP al derogar la ley de Seguridad Interior y al declararse la amnistía política, tal
como lo había prometido. Que dicha ley tenía carácter de pacto político se expresa en el hecho de
que no se aplicó al caso del PCP. De esta manera, salen de la cárcel o vuelven del exilio líderes
apristas como Manuel Seoane, Luis Alberto Sánchez y Andrés Townsend. Haya no regresaría al
país sino hasta el año siguiente, y el 25 de julio de 1957 realiza un mitin en la plaza San Martín
en el que señaló el derrotero de la política aprista para los próximos años. La legalización del PAP
pondría en contra de Prado a los dos más importantes periódicos del país: El Comercio, que
acuñó el término de “gobierno de la Convivencia”, pues los Miró Quesada no le perdonarían haber
aceptado el respaldo aprista; y La Prensa, pues Pedro Beltrán era opuesto a la política económica
del gobierno ya que la presencia del PAP implicaba una serie de medidas económicas similares a
las aplicadas bajo el gobierno de Bustamante y Rivero.

Para poder enfrentar a la oposición que no estuviera dentro de la política de la Convivencia, el


gobierno de Prado presentó en 1958 un proyecto de ley de “Defensa de la democracia”, que
otorgaba facultades extraordinarias al Ejecutivo para realizar investigaciones con el fin de
descubrir supuestos agentes del comunismo internacional infiltrados en las organizaciones
sindicales, estudiantiles o en la administración pública. Esta ley, similar a la planteada por el
senador Joseph McCarthy en los Estados Unidos, no llegó a aprobarse.

LA POLÍTICA ECONÓMICA
La política económica del gobierno se basó en el restablecimiento de los certificados de divisas y
de las restricciones a la importación, y mantuvo el gasto público con el fin de satisfacer las
exigencias de la población urbana, lográndose con estas medidas cierta estabilidad.
Sin embargo, en 1957 un conjunto de factores puso en serias dificultades económicas y políticas
al gobierno, entre ellas la baja de los precios de nuestros productos de exportación, la recesión
norteamericana que afectó la inversión de sus capitales y una prolongada sequía en el sur. Para
evitar la devaluación de la moneda como única manera de contrarrestar la reducción de las tasas
de ganancia de las empresas, el gobierno recurrió a las divisas del BCR, las cuales prácticamente
se agotaron. Esta situación agudizó la oposición de los agroexportadores, especialmente de Pedro
Beltrán a través del diario La Prensa.
Para tratar de salir de tan difícil situación, Prado decide nombrar ministro de Hacienda a Pedro
Beltrán en julio de 1959, quien inicia una drástica política económica liberal con el objetivo de
ordenar las finanzas y estabilizar la moneda. Por un lado, obtuvo un importante préstamo del BCR
(haciendo funcionar la “maquinita” que tanto había criticado) y el respaldo del FMI mediante un
préstamo para restablecer las reservas internacionales. De otro lado, recortó el gasto público y
restringió el crédito, eliminó los subsidios a los alimentos, aumentó el precio de la gasolina,
congeló los salarios y erradicó el control de cambios, provocando una devaluación cercana al
37%, otorgando márgenes excepcionales de beneficio a los exportadores.

De todas las medidas, la más polémica fue el aumento del precio de la gasolina para obtener
ingresos mediante los impuestos al consumo y a las utilidades. Esta medida tuvo gran oposición
parlamentaria y periodística, poniendo en debate el problema del laudo otorgado a la
International Petroleum Company (IPC) sobre los yacimientos petrolíferos de La Brea y Pariñas.
Asimismo, la política recesiva de Beltrán provocó una ola de huelgas entre mineros, obreros
fabriles y de construcción, petroleros, y una prolongada paralización de los empleados bancarios.
Hubo también una tenaz resistencia y oposición de parte de la clase media nacionalista.
Como resultado de las medidas el dólar se estabiliza, el presupuesto de 1960 finaliza con
superávit y el BCR reconstituye sus fondos de divisas. Sin embargo, Beltrán no pudo reducir los
gastos fiscales debido a que los costos sociales de dichas medidas requerían continuar la
realización de obras públicas. Por ello se vio obligado a elevar paulatinamente la carga tributaria,
afectando así las ganancias de las empresas. A fines de 1961, Beltrán renuncia ante la inminencia
de las elecciones de 1962.

LAS OBRAS PÚBLICAS


Al igual que bajo el Ochenio de Odría, el gobierno de Prado tuvo que orientar importantes
recursos del Estado a la realización de obras públicas que satisficieran las demandas de la
creciente población urbana. Entre las principales se encuentran la construcción, en 1955, de la
represa de San Lorenzo y la ampliación del sistema de caminos; para la mano de obra necesaria
se recurrió a la vieja ley de Conscripción Vial. Asimismo las compañías extranjeras que habían
invertido en la minería o la electricidad al amparo de las leyes del gobierno de Odría, realizaron
obras de infraestructura vial necesarias para el desarrollo de sus empresas, que no entraron al
régimen del sistema público. Son los casos de la Cerro de Pasco Copper Corporation, la Electric
Power Development y la Southern Perú Copper Corporation. Mediante el Plan de Desarrollo del
Sur el gobierno de Prado enfrentó una fuerte sequía en los departamentos del centro y del sur
entre 1957 y 1959, que produjo la migración masiva de los campesinos a las capitales de
departamento como Lima, Arequipa, Tacna y Cuzco.

LAS ELECCIONES DE 1962


La realización de las elecciones generales de 1962 quedó establecida para el 10 de junio. Antes
de éstas, el personero de AP (ex Frente de Juventudes Democráticas), Javier Alva Orlandini,
denunció ante el JNE la preparación de un presunto fraude mediante la expedición irregular y en
masa de libretas electorales. Dicha acusación iba dirigida contra el PAP, partido al que se atribuía
la expedición en Lima de alrededor de 200 mil libretas electorales a favor de analfabetos y
menores de edad. Los ministros de las Fuerzas Armadas hicieron suyas estas denuncias,
iniciándose su abierta injerencia en la determinación de la validez o no de las elecciones; a fines
de mayo se dirigieron al JNE para denunciar una “manifiesta voluntad de fraude”, demandando
medidas para evitarlo. Una investigación del poder Judicial determinó la existencia de 8 mil
libretas electorales presumiblemente expedidas fuera del local del JNE, pero no necesariamente
adjudicadas a personas no aptas, sino correspondientes más bien a las personas que se
inscribieron después de noviembre de 1961 para participar en las elecciones. Si bien esa cantidad
de libretas era insuficiente para cambiar la votación de más de dos millones de electores, el JNE
acordó, para acceder a las demandas de los ministros de las Fuerzas Armadas, que todas las
personas inscritas después de esa fecha debían presentar, además de su libreta electoral, su
libreta militar en el caso de los hombres y su partida de nacimiento en el caso de las mujeres.
Asimismo, para evitar la duplicación de libretas se determinó el uso de tinta indeleble en el dedo
índice de los votantes. En estas condiciones se realizaron las elecciones generales del 10 de junio.
Se presentaron en total siete candidatos: Fernando Belaunde Terry por Acción Popular (AP);
Víctor Raúl Haya de la Torre por la Alianza Democrática, compuesta en su mayoría por el PAP, al
que se sumaron miembros del Movimiento Democrático Peruano (ex Movimiento Democrático
Pradista), e independientes simpatizantes del PAP; el general Manuel A. Odría por la Unión
Nacional Odriísta (UNO), ex Partido Restaurador; Héctor Cornejo Chávez por la Democracia
Cristiana (DC); el general César Pando Egúsquiza del Frente de Liberación Nacional (FLN),
movimiento político de intelectuales radicales vinculados al PCP, que continuaba en la ilegalidad;
Luciano Castillo por el Partido Socialista (PS); y Alberto Ruiz Eldredge del Movimiento Social
Progresista (MSP). Los resultados establecieron tres candidatos de fuerza: Haya de la Torre con
557 047 votos (33,0%), Belaunde con 544 180 votos (32,2%) y Odría con 480 378 votos
(28,4%). Al no alcanzar ninguno de los tres el tercio de los votos necesarios para la designación
presidencial, ésta quedaba en manos del Congreso. Ahora bien, a diferencia de los resultados
presidenciales, los votos para elegir a representantes al Congreso favorecían ampliamente a la
Alianza Democrática, pero sin darle la mayoría necesaria para asegurar el triunfo del PAP. En
estas condiciones, al instalarse el Congreso, éste debería designar al nuevo presidente. Para ello
se requería la conformación de una coalición que acumulara la mayoría de votos. Se hacía
necesario, pues, el establecimiento de nuevas alianzas políticas.
En ese contexto, antes de que aparecieran los resultados oficiales, el diario El Comercio inicia una
campaña periodística dirigida al Ejército, insistiendo en la existencia de un fraude, tratando de
evitar un posible triunfo aprista. Días después, los ministros de las Fuerzas Armadas remitieron al
JNE una lista de 10 departamentos en los que consideraban había existido fraude, y donde
mayormente había ganado la Alianza Democrática. A dicha campaña se sumarían más tarde AP –
exhortando a las Fuerzas Armadas a cumplir con “su deber de velar por el respeto a la
Constitución” y realizando manifestaciones contra el fraude– y la Unión Revolucionaria (UR).

EL GOLPE DE ESTADO
Ante esta situación, los ministros de las Fuerzas Armadas hacen saber al presidente Prado que el
comando conjunto vetaba la candidatura de Haya de la Torre. El día 3 de julio Prado convocó a
Haya de la Torre informándole de la situación y explicándole que de insistir sobrevendría el golpe
de Estado, por lo cual le aconsejaba abandonar sus pretensiones presidenciales en favor de un
acuerdo con Belaunde, ya que éste contaba con el visto bueno de las Fuerzas Armadas. Dos días
después Haya de la Torre hace pública su intención de renunciar a su candidatura e intenta llegar
a un acuerdo con Belaunde que respetase las vicepresidencias y la composición del Congreso. Se
planteó la alternativa de formar un tribunal de honor presidido por el cardenal Juan Landázuri,
para que recomendara al PAP y a AP el nombre del candidato por el cual votarían en el Congreso.
Sin embargo, las negociaciones fracasan ya que Belaunde sintiéndose seguro ante la abierta
simpatía de las Fuerzas Armadas por su candidatura, se suma a la campaña contra el fraude
electoral. El día 10 de julio Belaunde envía un documento al JNE pidiendo la anulación del
proceso electoral en los departamentos denunciados por las Fuerzas Armadas, con lo cual
obtendría el tercio constitucional necesario para ser elegido automáticamente presidente. Viaja a
Arequipa, donde realiza un mitin en el cual plantea que el tribunal de honor presidido por el
cardenal Landázuri se manifestase a favor o en contra de los resultados dados por el JNE.
Finalmente, entre el 13 y el 15 de julio organiza en esa ciudad protestas callejeras y barricadas
que defienden su postura, pero éstas no prosperan. Descartado un acuerdo entre Haya de la
Torre y Belaunde, sólo quedaba tratar con Odría. El día 17 de julio al mediodía se anuncia que el
PAP ha llegado a un acuerdo con Odría otorgándole los votos necesarios para que sea elegido
presidente. El comando con junto de las Fuerzas Armadas insiste ante el JNE para que declare
nulas las elecciones, aduciendo errores en los padrones, un alto porcentaje de ausentismo, la
existencia de libretas electorales duplicadas y presiones de parte de las autoridades políticas. El
JNE se negó. En la madrugada del día siguiente, el presidente Prado fue derrocado, formándose
una junta militar de gobierno. Se instaló así el primer gobierno institucional de las Fuerzas
Armadas.

LA JUNTA MILITAR
La junta militar de gobierno estaba compuesta por el presidente del comando conjunto y los tres
comandantes generales de las Fuerzas Armadas. Éstos eran el general Ricardo Pérez Godoy –
quien la presidía–, el general Nicolás Lindley, el teniente general FAP Pedro Vargas Prada y el
contralmirante Francisco Torres Matos. La intervención de esta junta –a pesar de la manifiesta
intención de Haya de la Torre de renunciar a postular a la presidencia en favor de Odría– muestra
que no estaba dirigida a detener exclusivamente el ascenso político de Haya de la Torre, sino
también a impedir la conformación de cualquier gobierno con predominancia aprista.

Al mismo tiempo, la junta militar buscaba poner en práctica algunas de las propuestas planteadas
al interior del Centro de Altos Estudios Militares (CAEM) y del Servicio de Inteligencia Militar
(SIM), con el objetivo de establecer las bases de un proceso de reformas sociales que limitaran el
poder de la oligarquía e impidieran la posibilidad de una explosión social que amenazara al
régimen en su conjunto. La junta anunció la convocatoria a elecciones generales en el plazo de
un año, después de un proceso de depuración de los padrones y de reinscripción de los electores,
para garantizar de esta manera la limpieza de los comicios. Al principio existían en la junta
algunos elementos reformistas y progresistas que ofrecían expectativas de cambio, por lo cual
recibió inicialmente el apoyo de AP y del PCP.
Entre las medidas adoptadas por esta junta militar se encuentran el establecimiento de la
Comisión Nacional de Cultura, el 24 de agosto de 1962, y la creación del Sistema Nacional de
Planificación del Desarrollo Económico y Social del Perú, el 19 de octubre del mismo año.
Posteriormente, bajo el gobierno de Belaunde, este último se denominaría Instituto Nacional de
Planificación (INP). Asimismo, se dictó la ley orgánica de la Empresa Petrolera Fiscal (EPF), como
complemento a la ley del Petróleo de 1952. Esta medida fue producto no sólo de la importancia
que había adquirido el petróleo como fuente de energía y de recursos tributarios para el Estado,
sino también del debate pendiente acerca del laudo de la IPC sobre los yacimientos de La Brea y
Pariñas. Estas primeras medidas tenían como objetivo realizar una serie de reformas ante el
temor de una explosión social que pudiera ser canalizada por sectores radicales de izquierda,
temores que se materializaron sobre todo en la fuerza que cobrarían en esos años las
movilizaciones campesinas a lo largo del país y en el surgimiento de las primeras experiencias
guerrilleras.
Sin embargo, paralelamente a la implementación de las medidas reformistas, la junta militar
reprimió al movimiento campesino, a los sindicatos y a la izquierda. El 5 de enero de 1963
cayeron en una redada unos 1500 dirigentes políticos, sindicales y campesinos que fueron
enviados a las cárceles de El Frontón y El Sepa. Ello también repercutió al interior de la junta
militar –cuyos miembros progresistas fueron apartados poco a poco–, a pesar de su carácter
institucional y de su aparente homogeneidad política. En marzo de 1963, Pérez Godoy fue
reemplazado por el general Lindley, al parecer por haber mostrado intenciones de que la junta
militar se mantuviera en el gobierno.
LOS PRIMEROS BROTES GUERRILLEROS
Entre 1961 y 1967 se desarrollaron intentos por constituir focos guerrilleros, algunos de los cuales
fueron espontáneos y de poca significación; tal fue el caso del movimiento de Jauja, donde sin
preparación, sin coordinación y sin contar con el respaldo de organización política alguna, un
oscuro subteniente de la Guardia Republicana intentó formar un foco guerrillero en mayo de
1962. En general, todos estos intentos se proponían constituirse en el respaldo armado del
movimiento campesino que a principios de los años 60 alcanzó gran auge, con lo que intentaban
agenciarse de algún modo de una base social que respaldara sus acciones.
Un primer período de las guerrillas, entre 1961 y 1963, lo caracterizan las experiencias del Frente
de Izquierda Revolucionaria (FIR) y del Ejército de Liberación Nacional (ELN), enfrentadas por la
junta militar. Ambas tuvieron como objetivo apoyar la movilización campesina de Chaupimayo, en
los valles cuzqueños de La Convención y Lares, encabeza da por el dirigente campesino Hugo
Blanco Galdós.
Hugo Blanco había llegado al Cuzco en 1960 instalándose como arrendire (colono) en la zona de
Chaupimayo en el valle de La Convención. Desde allí desarrolló una importante actividad política
de organización campesina que lo lleva a integrar la dirigencia de la Federación Campesina del
Cuzco. El FIR, pequeña organización trotskista en la cual militaba, decidió proveerlo de los
recursos necesarios a través de acciones armadas urbanas en Lima, conocidas como
“expropiaciones”. Sin embargo, Hugo Blanco no llegó a contar con esta ayuda debido no sólo a la
distancia que lo separaba de su partido, sino también a la captura del grupo de expropiadores en
la ciudad del Cuzco, a fines de 1961, cuando intentaban ponerse en contacto con Blanco.
Posteriormente, a fines de 1962, un grupo de 40 militantes del ELN, dirigido por Héctor Béjar,
intentará entrar clandestinamente al país a través de la frontera con Bolivia, para dar el apoyo
que Hugo Blanco necesitaba. Sin embargo, la situación política en los valles de La Convención y
Lares había cambiado ya que para entonces la junta militar acababa de dictar una ley de Reforma
Agraria aplicada específicamente a dichos valles, como una manera de mediatizar la movilización
campesina y evitar su expansión. La ley recogía las principales reivindicaciones campesinas, por
lo que el movimiento campesino se replegó, situación aprovechada por las Fuerzas Armadas para
entrar al valle de La Convención y capturar a Hugo Blanco.
Es en este momento que un grupo de avanzada del ELN, compuesto por seis guerrilleros, ingresa
a Puerto Maldonado para obtener información. Identificados, se produce un enfrentamiento con
la policía –que se mantenía alerta debido a los rumores de que Hugo Blanco intentaría escapar
por la frontera con Bolivia–, siendo la mayoría de ellos capturados y el poeta Javier Heraud
muerto. Ante la imposibilidad de entrar al país, la columna que estaba en el lado boliviano se
repliega y dispersa
LA REFORMA AGRARIA
Entre 1959 –bajo el gobierno de Prado– y 1962–bajo la junta militar– se había producido un
incremento de las movilizaciones campesinas a lo largo de todo el país. La más importante se dio
en los valles de La Convención y Lares en el departamento del Cuzco, donde los campesinos,
organizados en sindicatos y dirigidos por Hugo Blanco bajo la consigna de “tierra o muerte”,
ocuparon la mayor parte de los latifundios. Como producto de esta lucha, a principios de 1962 la
Federación Departamental de Campesinos del Cuzco, de la cual Blanco era secretario de Reforma
Agraria, dictó un decreto de reforma agraria campesina por el cual:
1) La asamblea general de cada sindicato debía nombrar una comisión de reforma agraria surgida
de su seno.
2) Los colonos (arrendires) y subcolonos (allegados) se convertían automáticamente en
propietarios de las tierras que trabajaban
3) Las tierras no cultivadas se distribuirían en parcelas, comenzando fundamentalmente por los
campesinos más pobres.
4) Las tierras en las cuales se hubieran hecho plantaciones para el hacendado quedaban en
poder de éste, siempre que no hubiera cometido ningún atropello. De lo contrario, estos cultivos
e inclusive la casa-hacienda con las instalaciones que hubiera - pasado al poder del sindicato en
forma colectiva, serían dedicadas a escuela, botiquín, canalizaciones, etc.
5) Las autoridades al servicio de los gamonales no podrían intervenir porque los únicos conocedo
res de la realidad agraria eran los propios campesinos.
El 24 de abril de 1962 el gobierno de Prado dispuso la abolición, en los contratos de
arrendamiento, de todas las formas de pago de la merced conductiva en trabajo y de servicios
personales, denominadas “condiciones”, dándose un plazo de 90 días para la realización de
nuevos contratos, que tendrían una duración mínima de 6 años. Se establecía además la libertad
de los campesinos de comercializar directamente sus productos –antes bajo control de los
hacendados– y la rescisión de los contratos de arrendamiento si los arrendatarios dejaban de
pagar la merced conductiva durante un año y 15 días. Finalmente, se dejaba abierta la posibilidad
de que los hacendados vendieran las parcelas a sus ocupantes directos.

La junta militar que en 1962 derrocó al presidente Prado promulgó la ley de bases de la Reforma
Agraria, ante el agudizamiento de la tensión campesina y la expansión del sindicalismo agrario
fuera de los valles del Cuzco. Sin embargo, no se logró con ello neutralizar la movilización
campesina, por lo cual se promulgó la ley de Reforma Agraria aplicada específicamente a los
valles de La Convención y Lares. Teniendo como marco la mencionada ley de bases se declaraba
estos valles como zona inicial de aplicación de la reforma agraria, formalizándose el proceso que
los campesinos ya habían implementado. Su aplicación no acarreó mayores problemas, pues los
dispositivos se encontraban dentro de los márgenes que, en la práctica, había diseñado la
movilización campesina, rechazándose tan sólo el pago de indemnizaciones a los antiguos
propietarios.
LAS ELECCIONES DE 1963
La junta militar cumplió con convocar a nuevas elecciones en 1963. Para las Fuerzas Armadas
éstas debían asegurar el traspaso del poder a un civil con claros objetivos reformistas y que
estuviera dispuesto a realizar reformas sin necesidad de recurrir a la movilización social.
Asimismo, el nuevo gobierno debía respetar los intereses y la autonomía política de las Fuerzas
Armadas: no inmiscuirse en su presupuesto, ni en el nombramiento de los ministros
correspondientes a las tres armas, que se llevaría a cabo según el estricto orden jerárquico de
sus instituciones.
En estas condiciones, sólo Belaunde podía ser el candidato oficial de las Fuerzas Armadas,
favoritismo ya mostrado en los hechos ocurridos durante las elecciones del año anterior. La junta
militar promulgó una nueva ley electoral que mantenía como requisito para votar el ser alfabeto,
y reemplazaba el sistema de “lista incompleta” por el de “cifra repartidora”.
Las candidaturas de 1963 fueron cuatro: Fernando Belaunde Terry por la alianza AP-DC; Víctor
Raúl Haya de la Torre por el PAP; Manuel A. Odría por la UNO y Mario Samamé Boggio por el
MSP. Éstas eran las candidaturas que realmente habían tenido alguna opción en 1962. Asimismo,
las posturas de los partidos se habían depurado lo suficiente como para tejerse nuevas alianzas
políticas. Los resultados oficiales de la votación realizada el 9 de junio fueron los siguientes:
Belaunde, 708 662 votos (39,1%); Haya de la Torre, 623 501 votos (34,4%), Odría, 463 085
votos (25,5%) y Samamé Boggio, 19 320 votos (1,1%).
El resultado favorable a Belaunde se puede explicar por dos razones fundamentales: en primer
lugar, al reducirse las candidaturas se evitó la dispersión del voto no aprista y, en segundo lugar,
ante la posibilidad de que se impusiera nuevamente el veto de las Fuerzas Armadas contra Haya
de la Torre, se prefirió votar por los otros candidatos de fuerza, especialmente por Belaunde que
contaba con las evidentes simpatías castrenses. Ello se refleja en el alto número de votos para la
representación parlamentaria aprista frente al voto presidencial.

II

EL GOBIERNO DE BELAUNDE
La DC había participado en las elecciones presidenciales en una lista única junto con A P. Luego
de realizadas éstas, ambos partidos ratifican sus acuerdos conformándose la llamada Alianza, en
virtud de la cual la DC recibió, además de las representaciones parlamentarias, la segunda
vicepresidencia y los ministerios de Justicia y de Agricultura.
Los resultados electorales para el Parlamento habían favorecido al PAP que contaba con 76
representantes, la Alianza contaba con 71 y la UNO con 31. Los otros 6 correspondían a las
demás agrupaciones políticas. De esta manera, Belaunde no contaba con mayoría parlamentaria
en ninguna de las dos cámaras. En estas condiciones, el problema básico volvía a ser el
establecimiento de alianzas políticas para el funcionamiento coherente del Ejecutivo y el
Legislativo. Ante la situación señalada y pese a su antigua enemistad, el PAP se alió con la UNO
formando la llamada Coalición, alianza de oposición al gobierno que obstruiría los más
importantes proyectos de reforma y censuraría sistemáticamente a los principales ministros, con
lo que se vino a reflotar de alguna manera la Convivencia. En términos concretos, la Coalición
significó el control del Parlamento sobre el Ejecutivo. Esta situación se reflejaría en las
presidencias de las cámaras parlamentarias: en el Senado se hallaba Julio de la Piedra de la UNO
y en Diputados Fernando León de Vivero del PAP.
De diez gabinetes con 68 ministros que tuvo Belaunde, siete fueron censurados y, de éstos,
cuatro renunciaron al no aprobarse sus proposiciones. Los más importantes fueron el primero,
presidido por Oscar Trelles, quien renunció a fines de 1963 al negarse a reprimir violentamente
las movilizaciones campesinas; el gabinete Becerra de la Flor, que tuvo que renunciar como
resultado de la crisis devaluatoria de 1967; el gabinete de Edgardo Seoane, que renunció ante la
derrota de la Alianza en las elecciones complementarias del mismo año; y el gabinete de Oswaldo
Hercelles, quien renuncia ante el escándalo de la “página once”. Éste sería el penúltimo gabinete
antes del golpe de octubre de 1968.
El primer gobierno de Belaunde puede ser dividido en cuatro etapas, según los cambios
producidos por la situación política. Durante la primera –los llamados “primeros 100 días”–,
predominaron los sectores reformistas radicales en el gobierno. En ese lapso se amplió la ley de
bases de Reforma Agraria, se elaboró el proyecto de ley expropiatoria de los yacimientos
petrolíferos de La Brea y Pariñas, se nacionalizó la Caja de Depósitos y Consignaciones –
creándose el Banco de la Nación– y se inició el programa de Cooperación Popular.
En la segunda, a partir de 1964, el gobierno empieza a aceptar las condiciones de la oposición
APRA-UNO. En ese lapso la ley de Reforma Agraria es promulgada con serias limitaciones, se
postergan las negociaciones con la IPC y se reprime duramente al movimiento campesino y a las
guerrillas. La tercera etapa, iniciada con la devaluación de 1967, manifiesta el desgaste político
del gobierno, a pesar de que el sector radical de AP retoma el control del partido; la cuarta se
inicia cuando en mayo de 1968 se produce la alianza de AP con el PAP, que culmina con el golpe
de octubre de ese año.

LOS PRIMEROS 100 DÍAS


El enfrentamiento entre la Alianza y la Coalición se dará de manera intensa en los primeros cuatro
años del gobierno de Belaunde. La Alianza representaba las posiciones reformistas que habían
venido ganando fuerza desde la década del 50; la Coalición representaba las posiciones
conservadoras opuestas a dichas reformas, vinculadas a los intereses de la oligarquía. Las fuerzas
de ambos sectores se manifestaron en los primeros 100 días, cuando el gobierno proyectó toda la
energía y entusiasmo acumulados en el proceso electoral. Los 100 días comenzaron con el
anuncio hecho por Belaunde en su discurso del 28 de julio, de que en un plazo de 90 días
plantearía ante el Parlamento una propuesta de arreglo definitivo sobre el problema del laudo
otorgado a la IPC, para elaborar la cual nombró Belaunde una comisión negociadora, encabezada
por Mario Velasco. En su seno se discutió una serie de planteamientos que en lo fundamental,
como veremos después, no fueron muy diferentes a los manejados en las negociaciones de 1968:
se acordó que los yacimientos de petróleo de La Brea y Pariñas serían transferidos al Estado, pero
bajo la administración de la IPC por un período de 25 años. La refinería seguiría bajo el control de
la IPC al igual que el sistema de distribución del petróleo procesado en sus instalaciones. En estas
negociaciones no se planteó el tema de los adeudos de impuestos debidos a un supuesto
“enriquecimiento ilícito” por la explotación de predios no estipulados. No se llegó a concretar
ningún acuerdo en el plazo fijado y en noviembre de 1963 Belaunde envió al Congreso un
proyecto de ley que restituía la propiedad del subsuelo al Estado. El Congreso, sin embargo,
aprobó dos leyes sustitutorias: la primera revocaba la ley de 1918, que había autorizado al
Ejecutivo a someter el asunto al arbitraje internacional, y la segunda declaraba nulo el laudo de
1922. Ambas leyes fueron firmadas por Belaunde, con lo cual el problema con la IPC volvía a la
misma situación de los años 20. En esas condiciones, en febrero de 1964, la Coalición sancionó
una ley que conminaba al presidente a encontrar una solución al problema para que fuera
sometida a la aprobación del Congreso. Belaunde, a pesar de su débil posición negociadora,
encargó a principios de 1964 a Tulio de Andrea y Pablo Carriquiry la estimación del valor de las
instalaciones de la IPC. Esta comisión llegó inclusive a reabrir negociaciones con dicha empresa,
desbordando sus atribuciones y acordando puntos como el reconocimiento del derecho peruano a
la propiedad del subsuelo y la entrega de la administración de los campos bajo un contrato de 25
años. Sin embargo, las negociaciones fracasaron debido a la insistencia de la IPC en mantener el
control total sobre las operaciones.

COOPERACIÓN POPULAR
Otra de las primeras medidas del gobierno de Belaunde fue establecer el programa de Cooperación
Popular, en agosto de 1963, que nació como un organismo para la realización de obras públicas en
base al trabajo comunitario, secular institución de las comunidades campesinas. Se trataba de
convocar, además de la misma población beneficiada, a jóvenes procedentes de las clases medias
urbanas parala prestación de servicios voluntarios y gratuitos de apoyo a comunidades campesinas
y barrios marginales en la realización de pequeñas obras. En dicho organismo participaron millares
de jóvenes de A P, estudiantes universitarios, miembros de comunidades cristianas y simpatizantes,
que trabajaron en los meses de vacaciones en la construcción de escuelas, postas medicas,
caminos, canales de regadío y otras obras comunales. Además, se prepararon animadores entre los
miembros de la población para que administrasen ellos mismos esas obras comunitarias. Todas las
obras de Cooperación Popular tenían una inscripción que decía “El pueblo lo hizo”. Para dicho fin, el
gobierno destinó al programa un presupuesto anual, que a veces recibía el apoyo del Fondo
Nacional de Desarrollo Económico, entidad esta blecida ese mismo año para la realización de obras
públicas en provincias. La dirección fue encomendada el arquitecto Eduardo Orrego, quien le dio un
gran impulso.
Este programa originó la oposición de la Coalición en el Congreso por considerarlo
eminentemente político, pues sus estructuras administrativas estaban llenas de militantes
populistas; esto le acarreó el recorte de su presupuesto, reduciéndosele a un departamento
dependiente del ministerio de Fomento y Obras Públicas. Por otro lado, el programa de
Cooperación Popular fue acusado de estar compuesto o infiltrado por comunistas, debido a la
influencia de estudiantes universitarios radicalizados como Ricardo Letts o Luis Pásara. Debido a
ello y al éxito político del programa, Cooperación Popular llegó a ser amenazada con la
desactivación por los integrantes de la Coalición en el Congreso. Y es que Cooperación Popular
tuvo un gran impacto en la juventud de clase media que fue a trabajar en las zonas marginales y
empobrecidas. Muchos de estos jóvenes se abrieron así a la “conciencia social” y no pocos
integraron partidos de la izquierda radical o se identificaron con las movilizaciones campesinas
que en esos años conmocionaban al país. En términos generales, los años 60 significaron un
período de fuerte concientización social, especialmente entre los jóvenes universitarios. Ello
también se reflejó en las actividades de promoción social de muchas comunidades de jóvenes
católicos que hicieron suya la causa de los sectores más pobres y explotados, encabezados por
sacerdotes progresistas, muchos de los cuales eran extranjeros.
LAS ELECCIONES MUNICIPALES
Una de las primeras medidas políticas del nuevo gobierno fue convocar a elecciones municipales,
proceso sustituido desde el Oncenio de Leguía por el sistema de junta de notables, en el que
dichas autoridades eran nombradas por el ministro de Gobierno y Policía o por los prefectos o
subprefectos, también designados por el gobierno. La ley correspondiente, aprobada el 24 de
setiembre de 1963, dictaminó la formación de concejos municipales provinciales y distritales con
una duración de tres años. La libreta electoral sería el único documento requerido para tener
derecho a voto. Las elecciones se realizaron el 15 de diciembre y los resultados oficiales fueron
los siguientes: la Alianza AP-DC, 747 628 votos (46,5%), la Coalición PAP-UNO, 711 628 votos
(44,3%) y los independientes, 146 654 votos (9,1%).
Si bien estos resultados reflejaban el alto respaldo electoral que se daba al gobierno recién consti
tuido, resultaba evidente que la fuerza de la oposición era también importante. Para el período
1963-1966 fue elegido en Lima el candidato de la Alianza Luis Bedoya Reyes, ex ministro de
Justicia por la DC. Las siguientes elecciones municipales se realizaron el 13 de noviembre de 1966
y sus resultados oficiales fueron los siguientes: la Alianza AP-DC, 824 391 votos (46,1%), la
Coalición PAP-UNO, 767 301 votos (42,9%) y los independientes 197 268 votos (11,0%); siendo
reelegido Luis Bedoya Reyes en Lima. Hasta ese momento, el peso electoral de la Alianza y la
Coalición, respectivamente, se mantenía estable, pero la situación cambiaría al año siguiente.

LA LEY DE REFORMA AGRARIA


Al inicio del gobierno de Belaunde, el debate acerca de la reforma agraria estaba en su momento
más álgido, debido a la fuerza de la movilización campesina. El mismo 28 de julio de 1963, miles
de comuneros invadieron un grupo de haciendas en Junín, bajo el amparo de las promesas
populistas del nuevo gobierno, tras lo cual el Ejecutivo presentó un proyecto de ley de Reforma
Agraria, a principios de 1964. Durante el debate parlamentario, la Coalición y el diario La Prensa
acusaron sostenidamente al gobierno de promover las invasiones de tierras por medio de
Cooperación Popular y exigieron la inmediata represión de la movilización campesina; asimismo,
la Coalición interpeló al primer gabinete obligándolo a renunciar. Más adelante, el proyecto de la
ley de Reforma Agraria fue modificado por la Coalición, hasta convertirlo en un documento
inoperante. La ley, promulgada el 19 de mayo de 1964, excluyó de la reforma a las propiedades
trabajadas “eficientemente” y dedicadas a productos de exportación. De esta manera, el
latifundio costeño resultaba excluido y el latifundio serrano quedaba establecido como área de
afectación de la reforma. Pero incluso en este aspecto la ley recortaba las posibilidades de llevar
a cabo acciones efectivas, lo que redujo la reforma a la mera expropiación de las tierras
marginales de los medianos propietarios, y a la compra casi al contado de inmensas propiedades.

Se creó la Oficina Nacional de Reforma Agraria (ONRA), que se encargaría de señalar las
llamadas zonas de reforma agraria. Para su funcionamiento, el Congreso le asignó un reducido
presupuesto, por lo cual debió recibir ayuda de organismos internacionales como el Banco
Interamericano de Desarrollo (BID), un fondo especial de las Naciones Unidas, y de la
Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). También se le
encargaron las tareas de colonización y de creación de programas de asentamiento, de
reinversión en tierras abandonadas y la promoción de estudios de colonización. Entre los
principales aspectos que limitaban el cumplimiento efectivo de la ley, la ONRA en vez de
depender directamente de la presidencia de la República, pasó a ser fiscalizada por el
Parlamento; en segundo lugar, se estipulaban de manera muy minuciosa las etapas de afectación
de una propiedad, lo cual llevaba a interminables demoras (por ejemplo, el propietario podía
impugnar ante el poder Judicial la cuantía de la afectación y el monto indemnizatorio, iniciándose
largos juicios); y en tercer lugar, si bien la Coalición tuvo que aceptar el hecho de que las
expropiaciones se pagaran con bonos emitidos por el gobierno, sistemáticamente se dio a la tarea
de reducir el presupuesto de la ONRA y el financiamiento de aquéllos. Como resultado, entre
1963 y 1967 só lo se afectaron 375 574 hectáreas de un total de más de 10 millones, en favor de
13 553 familias de alrededor de un millón. En los últimos meses del gobierno de Belaunde la
Coalición llegó a reclamar la interpelación del ministro de Agricultura, acusándolo de haber
detenido la reforma agraria. Sin embargo, el debate parlamentario se frustró al producirse el
escándalo del Acta de Talara.

EL BANCO DE LA NACIÓN
Otra reforma importante que significó una mejora en el sistema de recaudación tributaria fue la
sustitución de la Caja de Depósitos y Consignaciones por el Banco de la Nación. La Caja de
Depósitos y Consignaciones había estado controlada por las entidades bancarias privadas que se
encargaban de la recaudación y cobro de los impuestos. Sin ser un banco comercial, tenía
autorización para realizar transacciones comerciales de venta de valores y pagos por adelantado
al Estado, imponiendo un interés por tales operaciones. Como se ve, hasta ese entonces los
recursos financieros del Estado eran utilizados por entidades bancarias privadas. Después de un
estudio y análisis de esta situación, se promulgó a fines de enero de 1966 la ley que creaba el
Banco de la Nación, reforma que implicaba que el Estado podría recaudar y usar sus propios
fondos sin intermediarios privados, lo cual significaba disponibilidad absoluta de sus recursos
económicos y financieros. Según dicha ley, las funciones del Banco de la Nación serían: realizar
las recaudaciones fiscales de los impuestos directos; financiar al Estado en todo lo referido a
inversión pública; garantizar que el Estado y empresas públicas pudieran tener cuentas
corrientes, atención de sobregiros y otras transacciones financieras; realizar cobranzas a los
gobiernos locales y a las empresas del sector público; realizar pagos especiales tanto en el sector
público como privado; y crear sus propios fondos en base a bonos del tesoro para el
financiamiento de la inversión pública. Asimismo, como parte de la banca de fomento el gobierno
creó el Banco de Vivienda y alejó a la banca particular del Banco Central Hipotecario,
constituyéndolos en importantes herramientas de crédito.

PRINCIPALES OBRAS PÚBLICAS


El gobierno de Belaunde tuvo un particular interés en la realización de obras públicas,
especialmente aquellas referidas a comunicaciones y vivienda. En lo que se refiere al primer
rubro, el gobierno elaboró un Plan Vial Nacional para la construcción de un sistema de vías de
comunicación que integrase las áreas de producción, agrícolas sobre todo, con los diversos
mercados urbanos. Muchas de estas vías se construyeron dentro del programa de Cooperación
Popular y con el financiamiento de créditos internacionales. La carretera Marginal de la Selva fue
el mayor proyecto de este género iniciado por el gobierno de Belaunde, planeándose que
recorrería la vertiente oriental de los Andes, paralelamente a la carretera Panamericana, desde la
frontera con Ecuador hasta la frontera con Bolivia. Los estudios para su construcción se realizaron
entre 1964 y 1965 y el proyecto inicial cubría los tramos viales que vinculaban las áreas extremas
en el ámbito de la ceja de selva. La obra contó con el apoyo de los países andinos y del BID,
rompiendo el secular aislamiento del departamento de San Martín, que se convirtió en un
importante productor de arroz y de maíz orientado al consumo del mercado interno. De igual
manera se impulsó la construcción de carreteras de penetración a la selva que se conectaran con
el tramo principal de la carretera Marginal. También se construyó la estación terrena de Lurín,
con la cual el Perú ingresó a la era espacial y a las comunicaciones vía microondas.
En el campo educativo se estableció la gratuidad de la enseñanza en todos los niveles y se
suprimieron los “excedentes escolares” en la educación primaria y secundaria, incrementándose así
el número de matrículas. Asimismo, el gobierno intentó cubrir la demanda de aulas. Se continuó
también la política de crear nuevas universidades; entre el gobierno de Prado y el de Belaunde se
fundaron más de 15 universidades, muchas de las cuales se instalaron obedeciendo a criterios
políticos más que técnicos.
En cuanto a vivienda se realizó un amplio programa de construcción de 21 conjuntos
habitacionales, destacando el de San Felipe en Lima.

LAS GUERRILLAS DE 1965


A principios de 1965 el Servicio de Inteligencia del Ejército envió un informe al presidente
Belaunde acerca de la campaña política que organizaciones de la izquierda radical estaban
llevando a cabo a favor de la lucha armada. Al principio el gobierno desestimó dichas
informaciones y públicamente señaló que tales actividades eran realizadas por “abigeos”. Sin
embargo, éstas continuaron hasta que la Fuerza Aérea demostró que se trataba de grupos
guerrilleros organizados en diferentes zonas del país, especialmente en la sierra central y la sierra
sur. En este contexto se produce la emboscada en la quebrada de Yahuarina, acción reivindicada
por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), grupo escindido del PAP, inicialmente
llamado Apra Rebelde. Entre sus principales dirigentes se encontraban Luis de la Puente Uceda,
Máximo Velando y Guillermo Lobatón.
Se abría así un segundo período de las guerrillas en el Perú, caracterizado por una preparación
más elaborada y minuciosa, en comparación con los intentos anteriores. El Apra Rebelde o MIR
se entrenó en Cuba desde 1962 y a inicios de 1964 realizó una campaña propagandística a favor
de la lucha armada. Al igual que los intentos anteriores, el MIR esperaba asentarse al interior del
movimiento campesino. Sin embargo, éste se debilita y declina al inicio de las acciones armadas
del MIR en junio de 1965.
El MIR contaba con tres frentes: el Túpac Amaru en las provincias de Concepción y Jauja (Junín),
el Pachacutec en la meseta de Mesa Pelada, provincia de La Convención (Cuzco), y el de la
provincia de Ayabaca (Piura), que no llegó a funcionar. El primero estuvo dirigido por Guillermo
Lobatón y Máximo Velando; el segundo por Luis de la Puente Uceda; y el tercero por Gonzalo
Fernández Gasco y Elio Portocarrero.
El 2 de julio el gobierno encomienda a las Fuerzas Armadas la dirección de la lucha contra la
guerrilla, y el 20 de agosto el Parlamento aprueba dos leyes complementarias: la primera
decretaba la pena capital para los guerrilleros y la segunda, denominada de “Defensa de la
soberanía nacional”, asignó a las Fuerzas Armadas los recursos económicos necesarios, mediante
la emisión de bonos por un valor total de 200 millones de soles. Dichos bonos fueron colocados
mediante colectas públicas nacionales y sus principales aportes provinieron de empresas
extranjeras norteamericanas como la IPC y la Cerro de Pasco, y de los grupos empresariales y
familiares más importantes. Para octubre de ese mismo año, el frente Pachacutec había sido
prácticamente desarticulado en el combate de Amaybamba, donde muere Luis de la Puente
Uceda. En diciembre el frente Túpac Amaru es aniquilado y muertos sus principales dirigentes
(Lobatón, Velando). El frente de Ayabaca rompe el cerco policial y se repliega hacia las ciudades.
Así, en tan sólo siete meses, la guerrilla es desarticulada.
Igual suerte corrió un nuevo intento insurreccional del ELN, que en setiembre de 1965 había
iniciado acciones en la provincia de La Mar (Ayacucho). Luego de derrotado el MIR, las Fuerzas
Armadas organizan una ofensiva que en 30 días desarticula y dispersa a la brigada “Javier
Heraud”, de la que, sin embargo, Héctor Béjar logra escapar.

EL PROBLEMA FINANCIERO
Para la aplicación de su política de obras públicas, ampliación del rol del Estado y realización de
su programa de reformas sociales, el gobierno incrementó el gasto público. En el presupuesto
para 1964 los egresos representaron el 11,5% del producto nacional, y en el de 1967 el 15,3%.
Ante la escasez de recursos, el gobierno necesitaba aplicar una política tributaria que reforzara y
aumentara la recaudación fiscal mediante la reforma del impuesto a la renta y el establecimiento
de impuestos sobre la propiedad, medidas que fueron rechazadas por el Congreso. Sin embargo,
el gobierno disminuyó las cargas tributarias sobre las empresas privadas, ampliando las
exoneraciones de los impuestos directos a los ingresos y sobre los derechos de importación del
sector industrial. Se buscaba de esta manera proporcionar un estímulo a la inversión privada y
elevar la presión tributaria a través de impuestos de fácil recaudación.
Para incentivar dicha inversión privada, el gobierno dictó tres leyes importantes: una que
exoneraba de impuestos a las nuevas inversiones en las zonas de selva, otra que otorgaba un
marco legal para la creación de parques industriales, y finalmente la que permitía el
establecimiento de plantas de ensamblaje automotriz; todas ellas representarían pérdidas para el
Estado. En 1962 los beneficios de las empresas constituían el 16% del ingreso nacional y, de ese
porcentaje, el 12% se encontraba libre de impuestos (en 1966 esta relación había sido de 18% y
15%). Por otro lado, mientras en 1960 los impuestos de las empresas constituían el 26% de los
ingresos del gobierno, en 1965 este porcentaje cayó al 16%. En 1963 la participación de los
impuestos directos en los ingresos gubernamentales fue de 32,8%, en 1964 de 24,5%, en 1965
de 23,7% y en 1967 de 26,2%. Los resultados no fueron los esperados debido al comportamiento
rentista de las empresas, cuyas tasas de inversión se mantuvieron bajas a pesar de la elevación
de las tasas de ganancia, fenómeno que continuaría a lo largo de la década del 70. En cambio, a
mediano plazo se produjo un déficit de consideración en el presupuesto, creciendo la inflación y
con ella el peligro de una inminente devaluación, ya que el mantenimiento de la tasa de cambio
establecida en 1959 por Pedro Beltrán había convertido al dólar en la mercancía más barata del
Perú.
Es en este contexto que se favoreció el desarrollo de las importaciones. En 1966 las empresas
duplicaron sus inventarios, anticipándose a una futura devaluación, y las importaciones crecieron
en 26%, mientras que las exportaciones se estancaron por la baja de los precios de las materias
primas. Por último, las inversiones extranjeras comenzaron a incrementar los montos de
transferencia de sus ganancias. El Perú se convierte en uno de los pioneros continentales en el
proceso de endeudamiento externo, debido a la disminución de la tasa de inversión privada, a la
aplicación de la política de industrialización por sustitución de importaciones, a la reducción de la
presión tributaria al sector industrial y al incremento de las inversiones públicas.
Con ello se comenzó a financiar los gastos en cuenta corriente, cuya primera crisis se manifestó
en 1967 al no poder pagar la deuda externa debido a la baja de los ingresos por exportaciones.
Como veremos más adelante, las refinanciaciones y renegociaciones de 1967 y 1968 llevaron a
una situación de relativo saneamiento financiero, pero no impidieron la crisis política.

LA ASISTENCIA NORTEAMERICANA
Como hemos visto, el gobierno debía recurrir al crédito internacional para mantener el
crecimiento económico basado en la política de sustitución de importaciones, un amplio programa
de obras públicas y la realización de reformas sociales. Pero, como ha sostenido Kuczynski, la
promesa de Belaunde de plantear una solución definitiva al problema de la IPC en los primeros 90
días de su gobierno hizo que los norteamericanos congelasen toda ayuda hasta que la situación
se resolviera en términos favorables para la empresa. De esta manera, desde 1963, el problema
de la IPC afectó directamente la asistencia para el desarrollo proveniente del gobierno de los
Estados Unidos. Debido a que el problema no se resolvió a lo largo de su gestión, Belaunde
recibió sólo 74 millones y medio de dólares por concepto de asistencia bilateral. Este bloqueo
obligó al gobierno a concertar créditos de corto plazo y con altos intereses con la banca
internacional y a dar mayores facilidades que permitieran nuevas inversiones en el sector
exportador, para intentar resolver el poco halagüeño panorama económico que se abría entre
fines de 1966 y comienzos de 1967.
El refinanciamiento de la deuda externa dependía de la adopción de las tradicionales recetas
liberales del FMI. A fin de encaminar al gobierno peruano en el marco de sus soluciones, el FMI
concedió un stand by de 42 millones de dólares, que se volcaron en una escandalosa
especulación monetaria por parte de las empresas privadas y el sector público, al ingresar al
mercado dinero fresco que seguía siendo barato. A principios de 1967, otro préstamo de 60
millones que el Perú negociaba con la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID) fue
suspendido por el gobierno norteamericano al producirse un problema en la compra de aviones
para la Fuerza Aérea, que había solicitado al gobierno norteamericano un crédito para ese fin.
Consideraciones internas hicieron que el gobierno norteamericano rechazara la solicitud peruana,
por lo que el Perú decidió comprar aviones Mirage al gobierno francés. Frente a ello, el gobierno
norteamericano reconsideró su decisión y sugirió al gobierno peruano que hiciera lo mismo,
propuesta que no fue aceptada. El rechazo desató una intensa polémica en los Estados Unidos y
el Congreso norteamericano decidió suspender nuevamente la ayuda al Perú, a punto de ser
renovada después de cinco años de congelamiento. Se argumentó que si el gobierno peruano
compraba armas en otros países, la ayuda norteamericana serviría para pagar dichas compras.
Esta actitud desató una furiosa campaña antinorteamericana en los medios políticos peruanos por
la evidente situación de “dependencia externa” del país. A pesar de ello, el gobierno logró
concertar entre 1963 y 1967 una serie de créditos que multiplicaron la deuda externa, cuya cifra
pasó de 237 a 685 millones de dólares; mientras que en 1965 la deuda constituía el 9% del valor
de las exportaciones, en 1968 alcanzó el 18%.

En cuanto al fomento de nuevas inversiones en el sector exportador, existía la oferta de un grupo


de consorcios norteamericanos para invertir 350 millones de dólares en la explotación de los
yacimientos de cobre de Cuajone, que sumados a los de Toquepala posibilitarían la constitución
de uno de los complejos mineros más importantes y más avanzados del mundo, permitiendo así
subsanar la baja de los precios en nuestras exportaciones. Pero esta inversión se encontraba
condicionada a las seguridades que el gobierno peruano pudiera dar en cuanto a la estabilidad de
la economía peruana y a la situación de las inversiones extranjeras, considerando que el
problema de la IPC no tenía aún solución. El gobierno, incapaz de conseguir más ayuda en el
exterior, insistió ante el Congreso a fin de que aprobara las reformas tributarias que le permitirían
resolver la situación económica, pero la Coalición continuó negándose, aduciendo que dichas
medidas castigarían los ingresos populares.

EL CONTRABANDO
Entre 1966 y 1967 los diarios de oposición desencadenaron una intensa campaña de denuncia del
contrabando en editoriales y crónicas. Para combatirlo, el gobierno promulgó una ley en julio de
1966 y el Congreso formó una comisión investigadora integrada por miembros tanto de la Alianza
como de la Coalición. El caso alcanzó niveles de escándalo cuando miembros importantes del
gobierno se vieron comprometidos, lo cual fue utilizado por la Coalición para criticarlo. En 1963 el
contrabando había significado el 35% del total importado y en 1967 alcanzó el 68%. El medio
más frecuente para la introducción de contrabando era la solicitud, por parte de industriales y
comerciantes, de la exoneración de impuestos para la importación de determinados insumos para
la promoción industrial, a través de empresas fantasmas. Otros medios fueron la subvaloración
del precio de las mercancías para pagar menos impuestos, la entrega de falsas declaraciones de
facturas comerciales, la evasión del control de aduanas a través de influencias, la solicitud de
créditos tributarios que eran pagados tardíamente o nunca, y los pagos de los derechos
aduaneros con cheques sin fondos.
Otro elemento que favoreció el contrabando fue el decreto que establecía la exoneración de
impuestos a las empresas de la selva y a Iquitos como puerto libre, lo que llevó a cuantiosas
importaciones libres de derechos de artículos de lujo, como textiles de diferentes calidades, joyas,
electrodomésticos, perfumes, licores, cigarrillos, entre otros, que posteriormente eran llevados
libremente a Lima por los viajeros o por diferentes empresas comerciales.
La ley contra el contrabando de julio de 1966 estableció la reforma del servicio aduanero, de los
aranceles del derecho de aduana y del servicio de autoridad portuaria, así como el control de las
declaraciones juradas, de los bienes y rentas de los funcionarios públicos y de las exoneraciones
tributarias del poder judicial.

LA CRISIS DEVALUATORIA DE 1967


Frente a la crisis económica que se vislumbraba a mediados de 1967, el gobierno se planteó dos
alternativas políticas. La primera consistía en aplicar medidas de corte liberal: devaluación de la
moneda, equilibrio del presupuesto mediante la reducción del gasto público (con la evidente
reducción de obras públicas y de la aplicación de reformas sociales), el recorte de subsidios a los
productos de consumo popular y una reducción aún mayor de la carga tributaria sobre las
empresas. La segunda era de corte reformista radical: planteaba restablecer el control cambiario,
planificar las importaciones, incrementar la carga tributaria a las empresas y establecer tasas a
los ingresos personales.
El gobierno solicitó nuevamente al Congreso promulgar los dispositivos legales necesarios que
permitieran equilibrar el presupuesto, pero la Coalición se negó. En medio del debate
parlamentario la situación empeoraba sin que la Alianza y la Coalición llegaran a un acuerdo. A
fines de mayo, en un discurso, el presidente Belaunde acusó a aquellos que hablaban de
devaluación de “traidores a la patria”, con lo cual el problema económico se hizo público y la
especulación aumentó.
Para entonces la economía había entrado ya a una situación crítica. Las divisas se veían cada vez
más reducidas por el aumento de las importaciones y de los servicios de pago de los créditos
externos. Finalmente, ante la constante baja de las reservas internacionales el BCR se vio
obligado a retirarse del mercado cambiario el 31 de agosto de 1967, lo cual llevó a que el precio
del dólar subiera de 26,80 a 40,45 soles en los siguientes días, hasta estabilizarse en 46,63 soles.
La devaluación se expresó en el incremento de la inflación que llegó a 14,7%, a pesar de que el
poder adquisitivo se redujo drásticamente.
En lo político, la devaluación trajo como consecuencia la caída del gabinete Becerra de la Flor. En
su lugar, el presidente Belaunde nombró primer ministro a Edgardo Seoane, quien representaba a
los sectores reformistas radicales de A P, y a Tulio de Andrea como ministro de Hacienda. Este
gabinete duró tan sólo dos meses.

LAS ELECCIONES COMPLEMENTARIAS DE 1967


En noviembre de 1967, dos meses después de la devaluación, se realizaron elecciones
complementarias en el departamento de Lima para reemplazar a Ciro Alegría, diputado por AP
recientemente fallecido. Estas elecciones cobraron un carácter plebiscitario, puesto que cerca de
la mitad de los electores se concentraba en Lima. Los candidatos fueron: por la Coalición, Enrique
Chirinos Soto, inscrito en las filas del PAP, con una larga trayectoria periodística en el diario La
Prensa y luego en Correo, propiedad del empresario pesquero Luis Banchero Rossi; por la Alianza
se presentó Carlos Cueto Fernandini, ex ministro de Educación de las filas de AP; por la Unidad
de Izquierda (UI), un frente de partidos de la izquierda radical, Carlos Malpica Silva Santisteban,
ingeniero; y el independiente Jorge Saravia. Los resultados oficiales de las elecciones realizadas el
12 de noviembre fueron los siguientes: Enrique Chiri-nos Soto, 333 191 votos (44,9%); Carlos
Cueto Fer-nandini, 283 335 votos (38,2%); Carlos Malpica Silva Santisteban, 106 556 votos
(14,3%); Jorge Sara-via, 18 661 votos (2,5%). También, siguiendo la consigna de varios partidos
de la izquierda radical, el 7% del electorado votó en blanco. Los resultados mostraban el
creciente descrédito del gobierno a favor de la oposición, pero también manifestaban la
radicalización de importantes sectores políticos y sociales, expresada en la alta votación por la
izquierda que en oportunidades anteriores no había sobrepasado el 5%.
Los resultados se expresaron además en la caída del gabinete de Edgardo Seoane y en las
divisiones al interior de la Alianza. En primer lugar, la DC retiró su apoyo al presidente y se dio a
la tarea de replantear sus postulados reformistas. Se produce entonces una división al interior de
la DC, de donde se apartó un sector favorable a una política de acuerdo entre el gobierno y la
Coalición. Este sector fundó el Partido Popular Cristiano (PPC) encabezado por Luis Bedoya
Reyes, entonces alcalde reelecto de Lima. Ambos partidos pasaron a la oposición.
La misma división se perfilaba ya al interior de las filas de A P, cuando en el congreso del partido
de 1967 la dirección nacional hizo fuertes críticas al presidente Belaunde por el incumplimiento de
las promesas electorales, y eligió secretario general –con la oposición de Belaunde y de sus más
importantes colaboradores– a Edgardo Seoane, líder de los radicales.
LOS INTENTOS DE RECOMPOSICIÓN POLÍTICA
Entre la crisis devaluatoria del 31 de agosto de 1967 y el golpe del 3 de octubre de 1968, el
gobierno tuvo cinco gabinetes. Todos, a excepción del penúltimo, conocido como el “gabinete
conversado”, tuvieron corta existencia debido a los ataques de la Coalición. En febrero de 1968
Belaunde nombró como ministro de Hacienda al general Francisco Morales Bermúdez, en
representación del Ejército, tratando de esta manera de presionar a la Coalición a dictar los
instrumentos legales necesarios para resolver la situación económica, pero también para
reafirmar el apoyo de las Fuerzas Armadas al gobierno.
Para mejorar los ingresos fiscales y evitar el contrabando, Morales Bermúdez colocó a oficiales del
Ejército como fiscalizadores del Servicio de Aduanas y de la recaudación de impuestos, pero el
Parlamento siguió negándole al gobierno las medidas que solicitaba. Con las manos atadas, el
Ejército dispuso que Morales Bermúdez se retirase del gabinete para evitar una confrontación con
el Congreso. Ante esta situación de impotencia política, los sectores radicales de AP, a través de
la dirección de Cooperación Popular, propusieron reactivar la movilización campesina para obligar
al Congreso a dictar las leyes que el gobierno necesitaba; otra alternativa propuesta fue la de
realizar un “autogolpe” con el apoyo declarado del Ejército, cerrar el Congreso y convocar a un
plebiscito, caso no previsto en la Constitución de 1931.
Belaunde, temeroso de la situación que se vislumbraba al interior de su partido, desechó estas
propuestas, optando por tratar de llegar a un acuerdo con la Coalición; con la ayuda e
intermediación de un grupo de amigos personales, inició negociaciones secretas con el PAP.
Terminaron así las posibilidades de realizar las reformas sociales necesarias sin compromisos con
las fuerzas políticas opuestas. Belaunde prefirió esta opción a la movilización política de las masas
populares.
Con dicho compromiso político era evidente el fracaso del gobierno reformista que había
comenzado con un elevado nivel de apoyo de los sectores populares urbanos, del campesinado,
de la Iglesia, del Ejército, del diario El Comercio y de los políticos norteamericanos de la línea de
la Alianza para el Progreso. Con ello se abrieron las posibilidades de un nuevo golpe institucional
de las Fuerzas Armadas.

EL “GABINETE CONVERSADO”
Producto de las negociaciones entre el gobierno y el PAP se formó, en junio de 1968, el gabinete
encabezado por Oswaldo Hercelles, conocido como el “gabinete conversado”. Como parte de este
acuerdo político, Manuel Ulloa Elías, es nombrado ministro de Hacienda, recibiendo del Congreso
facultades extraordinarias por 60 días para adoptar las medidas económicas necesarias para
enfrentar la crisis sin necesidad de dar cuenta al Congreso, situación anticonstitucional. Al
hacerse explícito el arreglo político entre el gobierno y el PAP, se produce la ruptura de la
Coalición: el general Odría retiró su apoyo al PAP en el Congreso, quitándole con ello la mayoría.
Se produce a la vez una ruptura al interior de la UNO: encabezados por Julio de la Piedra, un
número significativo de sus parlamentarios forman el Partido Social Demócrata Nacionalista, que
se integra a la alianza entre el gobierno y el PAP, con lo cual este último retuvo la mayoría en el
Congreso.
Asimismo, al interior de AP se forman dos tendencias políticas: por un lado están los “radicales”
de Edgardo Seoane, quienes mantienen la dirección del partido y, por el otro, los “carlistas” de
Manuel Ulloa, denominados así porque el gabinete Hercelles estaba integrado por varios ministros
de nombre Carlos.
En ejercicio de las atribuciones otorgadas, el gabinete Hercelles promulgó cerca de 300 decretos,
todos ellos ratificados posteriormente por el Congreso. En cuanto a la política económica, Manuel
Ulloa dictó el Decreto Supremo Nº 287, con una serie de medidas modernizadoras que afectaban
los intereses de los sectores tradicionales de la economía. Dicho decreto hizo efectivo el cobro de
los impuestos sobre la renta al reorganizar la legislación tributaria, estableciendo el impuesto
directo al patrimonio y al valor de la propiedad predial; las acciones al portador se reemplazaron
por las nominativas, eliminando así el anonimato en las sociedades por acciones y posibilitando
que el Estado controlase efectivamente la recaudación de impuestos al capital; y se
incrementaron las tasas impositivas sobre los ingresos personales. Se restringió asimismo la
participación en el sistema financiero de los capitales extranjeros, disponiéndose que sólo la
banca nacional podía contar con sucursales y absorber el ahorro interno del país. Se definió como
banca extranjera a aquellas entidades cuya participación en los activos era mayor al 33%. Esta
medida se tomó debido a la tendencia a que la banca extranjera monopolizara los créditos
orientados a la inversión industrial. En ese mismo sentido, se decretó que las industrias
consideradas de naturaleza estratégica debían ser controladas mayoritariamente por el capital
nacional o, en su defecto, pasar al control del Estado.
El Estado adquirió mayor importancia en la toma de decisiones en cuanto a política monetaria. El
directorio del BCR, hasta entonces compuesto por delegados de la banca privada –donde
destacaba el capital extranjero–, pasó a estar conformado por representantes del gobierno, de las
organizaciones laborales (manejadas entonces por el PAP) y de los gremios industriales
nacionales. Asimismo, Ulloa logró refinan-ciar la deuda pública externa y concretar el ingreso de
los consorcios norteamericanos en la explotación minera de Cuajone; de acuerdo a los nuevos
dispositivos, estos consorcios debían establecer una relación estrecha con el desarrollo industrial
del país. La política agraria buscaba una gradual reforma agraria por la vía fiscal, eliminando las
relaciones de dependencia personal y flexibilizando el mercado de tierras, abriendo paso así a la
formación de un dinámico empresariado rural. En el rubro industrial se mantuvo la política de
incentivos sin desechar la presencia del capital extranjero. Con estas disposiciones, a mediados
de 1968 era posible prever un cambio importante en la situación económica del país, con un
probable período de rápido crecimiento. Sin embargo, el escándalo del Acta de Talara llevaría a la
crisis política final del gobierno.

EL ARREGLO CON LA IPC


Además de las medidas económicas del gabinete Hercelles, la solución de las relaciones
financieras con el gobierno de los Estados Unidos permitiría la llegada de los créditos de la AID y
ayudaría a aliviarla situación fiscal del gobierno. Para ello debía darse una solución definitiva al
problema de la IPC, llave que abriría la puerta a la ayuda extranjera. El punto era qué tipo de
acuerdo y a qué precio político. La situación había cambiado en comparación a 1963. Si bien los
sectores de oposición a la IPC se habían incrementado, el acuerdo político entre el gobierno y el
PAP mantenía aún la mayoría en el Congreso y le daba amplios márgenes de maniobra política.
Era además inminente el fin del período de facultades extraordinarias dado por el Congreso, que
expiraba el 19 de agosto, todo lo cual expuso al gobierno a la crítica de que se trataba de un
acuerdo encubierto e inconsulto.
En su mensaje del 28 de julio de 1968, Belaunde aseguró estar llegando a acuerdos definitivos
con la IPC. El 13 de agosto se hizo pública la noticia de que el presidente había recibido las
instalaciones de los yacimientos de La Brea y Pariñas, como parte de tales acuerdos. Pero esta
ceremonia se realizó “entre gallos y medianoche”, sin hacerse públicas las condiciones del
arreglo. Más adelante se supo que estaba compuesto por varios documentos separados, en cada
uno de los cuales se trataban puntos específicos. En primer lugar, dichos documentos establecían
la transferencia al gobierno de las instalaciones de los casi agotados yacimientos petrolíferos por
cuyo producto la Procuraduría General de la República aducía la existencia de impuestos impagos
por un monto de 144 millones de dólares. A cambio de ello, el gobierno se comprometió a anular
todas las reclamaciones contra la IPC. En segundo lugar, se firmó un contrato de 10 años para la
venta a la IPC del gas natural extraído por la EPF y un contrato similar de 6 años para la venta
del crudo a la refinería de Talara, que continuaría bajo administración de la IPC. En este punto se
centraron los elementos más importantes de las denuncias posteriores y no en la transferencia de
las obsoletas instalaciones y los casi agotados yacimientos de La Brea y Pariñas al gobierno. En
tercer lugar, en otro polémico punto, se estableció un período de 40 años por el cual la IPC
continuaría administrando la refinería de Talara, período renovable por otros 40 –tiempo más que
excesivo frente a los casi agotados yacimientos petrolíferos–, entendiéndose que la IPC se
encargaría de su modernización y ampliación. Si bien, como ha sostenido Chirinos Soto, Belaunde
había comenzado por romper el práctico monopolio de la IPC al iniciar la construcción de la
refinería de la Pampilla, al firmar un contrato de explotación petrolífera en el zócalo continental
con la Belco Petroleum Company e impulsar las primeras exploraciones petroleras en la selva,
estos proyectos tardarían varios años en dar sus frutos, con lo cual –en la práctica– el monopolio
de la IPC continuaría.
Durante dos semanas la situación política se mantuvo tranquila. Sin embargo, el 10 de setiembre,
Carlos Loret de Mola, director de la EPF, denunció públicamente por televisión que había
desaparecido la última página del acuerdo, donde se establecía el precio del crudo que la EPF
debía pagar a la IPC. Loret de Mola dio a entender que la página once de dicho acuerdo había
sido deliberadamente extraviada y que en ella figuraban términos importantes del acuerdo
general. Aunque centradas en un elemento formal, que en sí no cuestionaba el fondo del
problema, las denuncias de Loret de Mola sirvieron para canalizar la frustración política por el
incumplimiento de las promesas del gobierno de realizar reformas sociales profundas. Estas
declaraciones se convirtieron en el centro de un gran escándalo político, que produjo la caída del
gabinete Hercelles y la ruptura de la alianza entre el gobierno y el PAP. Los “radicales” de AP,
encabezados por Edgardo Seoane, formaron Acción Popular Socialista (APS), lo que obligó al
presidente a recuperar su local partidario con la ayuda de la policía.
El gobierno quedó políticamente aislado. El 2 de octubre de 1968 juró el nuevo gabinete presidido
por Manuel Mujica Gallo, en el cual Manuel Ulloa retenía la cartera de Hacienda. Pero era
demasiado tarde para este nuevo intento de recomposición política. El golpe que se venía
preparando desde febrero por el presidente del comando conjunto de las Fuerzas Armadas,
general Juan Velasco Alvarado, es adelantado a fin de aprovechar la extrema precariedad del
gobierno.

EL GOLPE DEL 3 DE OCTUBRE DE 1968


Los hechos que provocan la conspiración militar enmarcan el constante desprestigio del gobierno,
agobiado por acusaciones de corrupción, responsabilizado de la crisis económica y, sobre todo,
del incumplimiento de su programa reformista, base del apoyo que el Ejército le había brindado a
Belaunde desde las elecciones de 1962. Entre febrero y marzo de 1968 se constituyó el grupo
conspirativo conformado por nueve oficiales del Ejército: cinco generales, entre los que se incluía
Velasco, y cuatro coroneles, que desarrollaron diversos planes para la realización del golpe y
elaboraron un esquema de plan de gobierno. Con el escándalo de la página once, se da la
situación propicia y se cierran las posibilidades de que las Fuerzas Armadas continuasen
apoyando al gobierno. Se abría además la perspectiva de que el PAP ganase las elecciones
generales del año siguiente.
Cuando los militares inician el golpe en la madrugada del 3 de octubre de 1968, el gobierno no
pudo oponer resistencia. El entusiasmo y el apoyo popular de cinco años atrás habían
desaparecido, de allí que las protestas contra el golpe fueran esporádicas, débiles e ineficaces,
encabezadas por sectores influenciados por el PAP. Así, sin pena ni gloria, acabó el gobierno que
tantas esperanzas había creado; con él acabó una época.
III

EL RÉGIMEN OLIGÁRQUICO
Denominamos régimen oligárquico al sistema político surgido a fines del siglo XIX, cuando el
poder político se reorganiza luego de la guerra del Pacífico, con características bien definidas.
Como han sostenido diversos investigadores (Pease, López, Burga y Flores Galindo), el régimen
oligárquico era formalmente un régimen liberal, pero de bases sociales restringidas. En otras
palabras, difícilmente podía ser calificado de democrático y podía recurrir al golpe de Estado
como salida política frente a las demandas de los sectores populares y medios. Este régimen
encontró su punto de apoyo en las relaciones de la oligarquía con el capital extranjero y con los
poderes locales en el interior. Las mayorías campesinas quedaban excluidas y los sectores
populares urbanos eran mediatizados a través de diversas políticas sociales, otorgadas luego de
constante presión social.
El período que abarca los años 1950-1968 corresponde a un momento de crecimiento económico,
debido al segundo proceso de industrialización que se desarrolla en el siglo XX, coyuntura que
permitió a los diferentes gobiernos aplicar una serie de políticas sociales y emprender obras
públicas en beneficio de los sectores populares. Pero también es el momento de la crisis política
del régimen oligárquico, que se ve enfrentado a nuevos movimientos y partidos políticos de las
clases medias emergentes, y a una constante presión popular en demanda de reformas sociales:
se reclaman mejoras en las condiciones de vida, servicios del Estado y participación política. En la
escena oficial, esto se expresó sobre todo en las coyunturas electorales donde los actores
políticos disputan el control directo del Estado, y en los debates acerca de la aplicación de
políticas económicas redistributivas y de reforma social. La oligarquía ya no puede recurrir al
golpe de Estado como forma de conservar el control político, pues las Fuerzas Armadas empiezan
a mantener cierta autonomía institucional e ideológica. Todo esto sería el contexto en el cual
germinó el movimiento militar del 3 de octubre de 1968, que daría fin al régimen oligárquico.
LA CRISIS POLÍTICA DEL RÉGIMEN OLIGÁRQUICO
El gobierno de Odría fue el último golpe de Estado exitoso promovido por la oligarquía en defensa
de sus intereses. Bajo el Ochenio no sólo se aplicaron las medidas económicas liberales
reclamadas por los agroexportadores, sino que se garantizó la casi inexistencia de actividad
política partidaria. Salvo el tibio intento de la candidatura de Montagne, la oligarquía cerró filas
frente a Odría ante el temor de la movilización política por el PAP de las masas populares. Salvo
la dictadura, a la oligarquía no le quedaba ya forma política alguna de legitimarse en el poder.
Para mediatizar la movilización popular se dictó la ley de Seguridad Interior, que en la práctica
declaró ilegales no sólo al PAP sino también al PCP y al PS. Cualquier intento de movilización
política estaba limitado por el ambiente represivo del gobierno del Ochenio.

Al finalizar éste, los intereses de la oligarquía se verían representados políticamente por la UNO y
el MDP: el primero representaba los intereses de los latifundistas de la sierra y de los poderes
locales opuestos a toda medida que buscara transformar la situación en el campo; el segundo
representaba los intereses de la oligarquía agroexportadora y de los sectores financieros y
manufactureros, es decir, la burguesía propiamente dicha. Pero dicha burguesía había expandido
sus intereses al amparo de las inversiones del capital extranjero, por lo cual –si bien tenía amplios
márgenes de decisión política y económica– debía siempre tomarlo en cuenta. La crisis de
legitimidad y de representación política de la oligarquía se prolongó gracias a las alianzas que
estos partidos realizaron con el PAP, que a través de su influencia social les otorgó el control de
cualquier intento de movilización política de las masas populares y además la base social que la
oligarquía había sido incapaz de obtener por el carácter excluyente de su régimen. Así, en busca
de la legalidad y de la posibilidad de que finalmente Haya de la Torre accediese a la presidencia,
el PAP dejó de lado su programa primigenio, radical y revolucionario, por la transacción con sus
más encarnizados enemigos políticos. Una imagen resume estas avenencias realizadas para
garantizar la continuidad del gobierno de una minoría a espaldas de la mayoría del país: un
almuerzo donde aparecen sentados en la misma mesa Pedro Beltrán, Víctor Raúl Haya de la
Torre, el general Manuel A. Odría y Eudocio Ravines, demostración palpable de que la política
peruana seguía basada en los acuerdos entre los caudillos y no en un sistema de partidos
moderno. El caudillismo está muy enraizado aún en la tradición política peruana.
En este contexto surgirán nuevos actores que influenciarán la política entre 1956 y 1968. En
primer lugar, los partidos reformistas de clase media, representantes del denominado reformismo
democrático; en segundo lugar, los partidos de la izquierda radical denominada Nueva Izquierda;
y, por último, los movimientos guerrilleros. Estos nuevos actores tendrían algo en común:
buscaban llenar el espacio político dejado por el PAP y satisfacer las demandas populares de una
radical transformación del régimen oligárquico. Las alternativas políticas eran dos: reforma social
o revolución. Dos instituciones garantes del orden social, la Iglesia y las Fuerzas Armadas, se
vieron también obligadas a asumir alguna de estas dos alternativas. Cabe destacar que no existió
entonces, ni existe hoy, un partido político que buscara representar directamente los intereses del
campesinado, sino más bien sus reivindicaciones fueron incluidas en programas más amplios, por
lo que la situación del agro y del campesinado se debatía al margen de sus protagonistas. El
campesinado seguía así, a pesar del surgimiento de fuerzas anti oligárquicas, marginado de la
política nacional.

LAS IDEAS DESARROLLISTAS Y SU IMPACTO EN EL PERÚ


La segunda postguerra significó un período de importantes transformaciones en los campos
económico, social, político y tecnológico. El contexto internacional de la Guerra Fría, las luchas de
descolonización en Asia y África y la expansión de la economía mundial, propiciaron la difusión de
los postulados democráticos y socialistas, así como de ideas económicas, políticas y sociales que
tendrían gran impacto en los países del Tercer Mundo, especialmente entre los integrados a la
órbita norteamericana. El tema del desarrollo económico comienza a tomar gran importancia a
nivel internacional. En el caso de América Latina, se adoptarán los criterios de la Comisión
Económica para América Latina (CEPAL), especialmente los vinculados a las políticas de
sustitución de importaciones, en la búsqueda de un desarrollo alternativo no dependiente del
mercado internacional.
Esta discusión –como nos lo recuerda Julio Cotler– se expresó en el Perú a través del debate
entre El Comercio y La Prensa, voceros de las dos grandes fracciones oligárquicas. La Prensa
insistiría en los argumentos favorables a la “economía de mercado” que venía defendiendo desde
1945, donde el desarrollo pasaba por la irrestricta libertad económica, haciendo posible que el
libre juego de la oferta y la demanda creara un milagro económico y la afirmación de la
democracia. El Comercio, en cambio, propiciaba una tendencia reformista, estatizante y
nacionalista, que tendría particular impacto en los cuadros políticos del Ejército. De acuerdo con
esta tesis, “cambios estructurales” debían terminar con dos contradicciones básicas de la
sociedad peruana: la persistencia del “feudalismo” en el campo y la creciente sumisión del capital
nacional al extranjero. El Estado debía controlar los sectores básicos y estratégicos del desarrollo
nacional y recurrir a la planificación para organizar y expandir las actividades productivas,
otorgando a las masas una retribución “equitativa” a su participación. En estas condiciones
debería favorecerse el desarrollo de una burguesía empresarial nacionalista que, juntamente con
el Estado, desarrollara el potencial del país.
La urgencia de cumplir estas tareas se debía a razones de seguridad nacional, tanto externas
como internas. Externamente, el país se enfrentaba a un doble peligro: el “comunismo
internacional” y la política expansionista de Chile; internamente, el grado de pobreza y
explotación podía conducir a un descontento popular que posibilitara la difusión de “ideologías
extremistas”. Así, el carácter relativamente nacionalista y reformista de El Comercio se combinaba
con orientaciones políticas de neto corte autoritario y tecnocrático, expresadas en su antiaprismo
y anticomunismo.
Influenciadas por estas ideas desarrollistas surgen en el mundo académico peruano importantes
instituciones dedicadas a estudiar los problemas nacionales, integradas por intelectuales de una
de las más significativas generaciones de este siglo: la generación del 50. Entre tales instituciones
destaca, por ejemplo, el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) dirigido por José Matos Mar,
algunos de cuyos estudios estuvieron orientados a analizar a la oligarquía peruana, el problema
agrario y la cultura andina, donde sobresale la mesa redonda alrededor de la novela Todas las
sangres, de José María Arguedas.
Los temas “desarrollistas” y reformistas también hicieron su ingreso en la vida política, a través
de la formación de nuevos partidos. Se hicieron comunes las declaraciones sobre la necesidad de
realizar -“cambios en las estructuras”, a fin de salir del estado de “subdesarrollo” causado por el
carácter “dependiente” del país y la persistencia del “atraso” en el campo. Estos discursos
impactaron también en sectores de la propia oligarquía y en instituciones tradicionales como las
Fuerzas Armadas y la Iglesia, llegándose a un consenso sobre la necesidad de cambios siempre
que fueran hechos dentro de las pautas del orden establecido. Algunos de estos temas de
consenso –aunque las posiciones variaban de acuerdo a cada sector político– eran: la reforma
agraria, el tratamiento al capital extranjero (como el caso del petróleo) y el proceso de
industrialización. El tema de la reforma agraria, particularmente, tuvo una gran importancia
debido al impacto de los movimientos campesinos. Los nuevos partidos que surgen en la
coyuntura electoral de 1956 la incluyeron en sus programas, convirtiéndose así en tema de
debate nacional. Sin embargo, las propuestas no fueron más allá de reformas aceptables para la
oligarquía.

SURGIMIENTO DEL REFORMISMO DEMOCRÁTICO


Con el viraje ideológico que llevó al PAP a establecer alianzas políticas con la oligarquía, quedó
libre el espacio de oposición anti oligárquico, que sería cubierto por los nuevos partidos
reformistas. Conformados en su mayoría por intelectuales y profesionales de clase media,
representaban a los sectores emergentes relacionados con la creciente importancia de lo urbano,
con la expansión del Estado y la empleocracia estatal, industrial y comercial, y con la revaloración
de la educación como forma de ascenso social. Estas clases medias encontraban en la oligarquía
un serio límite para sus aspiraciones. Sin embargo, los nuevos partidos no establecieron lazos
significativos con los sectores populares del campo y de la ciudad, a los cuales buscaban
representar, si no que optaron por abrir un espacio político al interior del régimen oligárquico a
través de las diferentes coyunturas electorales y recurriendo a la opinión pública, opción que fue
incapaz de vencer la fuerza política de los partidos pro-oligárquicos. Asimismo, algunos de ellos –
especialmente AP que alcanzó mayor peso y presencia política– reprodujeron el estilo caudillista
de la política oligárquica. Los partidos que representaron al reformismo democrático fueron
fundamentalmente tres: la Democracia Cristiana, el Movimiento Social Progresista y Acción
Popular.
La DC se fundó en 1955 a partir de dos núcleos, uno en Arequipa y otro en Lima. Sus
antecedentes pueden remontarse al Frente Democrático –en el cual Héctor Cornejo Chávez y Luis
Bedoya Reyes fueron secretarios personales de Bustamante y Rivero– y a las protestas de 1950
en Arequipa, en donde participaron varios de sus fundadores. Su figura predominante fue sin
duda Héctor Cornejo Chávez; y con él, Mario Polar, Luis Bedoya Reyes, Mario Alzamora Valdez,
Javier Correa Elías, Ernesto Alayza Grundy, Jaime Rey de Castro, José Barreda Möller y Jorge
Bolaños. Alfonso Cobián, quizás su filósofo más importante, murió en 1960 a la edad de 24 años.
La DC participó en las elecciones de 1956 en diferentes listas, en 1962 presentó la candidatura de
Cornejo Chávez y en 1963 estableció una alianza con AP.

En la coyuntura de apoyar a AP o al PAP para las elecciones de 1963, se perfilaban dos grupos,
uno radical y otro conservador. Durante el gobierno de Belaunde las contradicciones se fueron
perfilando y tras la ruptura de la Alianza –luego de las elecciones complementarias de 1967–, la
DC se divide entre el grupo encabezado por Cornejo Chávez y el de Luis Bedoya Reyes, quien
fundaría el Partido Popular Cristiano (PPC). Mientras el grupo de Cornejo Chávez se radicaliza
más, el grupo de Bedoya apoya al “gabinete conversado” formado por Belaunde y el PAP, alianza
que terminó con las esperanzas reformistas de los partidos nacidos en la coyuntura electoral de
1956.
En cuanto a su posición doctrinal, la DC representaba a los sectores cristianos influenciados por
los elementos renovadores de la doctrina social de la Iglesia. Se presentaba como una tercera
fuerza internacional pero especialmente latinoamericana, de carácter humanista, diferenciada del
capitalismo y del comunismo; aunque no alcanzó en el Perú los niveles de presencia que tuvo en
Chile, Venezuela y Centroamérica. Como ha testimoniado Mario Castillo, su organización partió de
los núcleos de reflexión y de acción social de jóvenes cristianos que cuestionaban la realidad
social del país, creados por intelectuales o grupos autónomos respecto a la Iglesia Católica, como
la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC) y la facultad de Ciencias Sociales de la
Universidad Católica, creada por Luis Velaochaga. Las influencias más importantes vendrían del
pensamiento católico francés, de autores como Jacques Maritain y Emmanuel Mounier. En la
renovación de la doctrina social de la Iglesia cumplirían importante rol los cursillos de verano del
padre Gustavo Gutiérrez en la Universidad Católica, pero esto ya sería posterior y ajeno a la DC
misma. Su programa planteaba medidas claramente antioligárquicas, para promover la “dignidad
de las personas”. La DC entró en crisis con el golpe militar de 1968, aunque decidió apoyar el
experimento militar.
El MSP se formó a partir de un grupo de intelectuales y profesionales, algunos de los cuales
habían estado ligados al Frente Democrático Nacional (1945) y al Partido Social Republicano
(1946); entre ellos se encontraban los hermanos Sebastián y Augusto Salazar Bondy, Alberto Ruiz
Eldredge, Guillermo Figallo Adrianzén, José Matos Mar, Jorge Bravo Bresani, Francisco Moncloa y
Santiago Agurto Calvo. En las elecciones de 1956 el MSP apoyó a Belaunde y en las de 1962
lanzó como candidato propio a Alberto Ruiz Eldredge. En las elecciones de 1963 no presentó
candidatos y desapareció como partido luego de la victoria de Belaunde. Sus integrantes más
importantes volverían al campo político como asesores del general Juan Velasco Alvarado en la
primera fase del gobierno militar. Durante algún tiempo publicaron el diario Libertad, bajo la
dirección de Abelardo Oquendo. Éste fue el grupo más fértil ideológicamente, ya que estaba
compuesto principalmente por intelectuales para quienes el subdesarrollo peruano se debía al
control de la economía peruana por los consorcios extranjeros, apoyados por la oligarquía y el
gobierno norteamericano. Su programa planteaba una revolución que devolviera a la colectividad
el control de los recursos nacionales, aunque sin considerar por quiénes y cómo llevarse a cabo
esta revolución, que debía ser “socialista”, puesto que el capitalismo que regía en el Perú era
causa del subdesarrollo y de la dependencia característicos del país. Este socialismo debía ser
“humanista”, permitiendo la expansión y desarrollo de las potencialidades del ser humano. Este
“humanismo socialista” sólo podría lograrse promoviendo relaciones de solidaridad y de carácter
comunitario en la población. Para lograr estos objetivos debían realizarse cinco reformas básicas:
de la organización del Estado, de la democratización de la estructura y función de la empresa, del
agro, del crédito y de la educación.
AP fue fundado formalmente en junio de 1956, teniendo como antecedente inmediato el Frente
de Juventudes que el año anterior había lanzado la candidatura de Fernando Belaunde Terry. Fue
el partido más exitoso de los que formaron parte del llamado reformismo democrático, ya que
alcanzaría la presidencia por dos veces. En las elecciones de 1956 y 1962 se presentó sin alianza
política alguna, alcanzando un inusitado tercio electoral. Para las elecciones de 1963, de las
cuales salió vencedor, se presentó aliada a la DC. Su máximo dirigente, Fernando Belaunde Terry,
era sobrino del intelectual Víctor Andrés Belaunde, y fue miembro del Congreso por el Frente
Democrático Nacional en 1945. Los demás dirigentes de AP pertenecían en su mayoría al entorno
familiar y profesional de Belaunde, y algunos de ellos habían sido sus discípulos, como Violeta
Correa y Eduardo Orrego. En cuanto a la doctrina partidaria, Fernando Belaunde le imprimió un
sentido “peruanista” muy particular, desvinculado de las corrientes ideológicas predominantes
entonces. Para Belaunde, el problema básico del país residía en que ningún gobierno había
querido o sabido organizar y dinamizar las energías del pueblo que permitieran “la conquista del
Perú por los peruanos”. Esto podía lograrse mediante la utilización de la antigua tradición de
trabajo comunal heredada de los incas. Además afirmaba la necesidad de realizar reformas
sociales en aquellos lugares imposibilitados de alcanzar el desarrollo; las principales eran la
agraria, de vivienda, de educación, de salud pública y las reformas administrativa, tributaria y
crediticia. En otras palabras, el Estado debía fortalecer su presencia regulando la actividad de la
sociedad a fin de compatibilizar los intereses y las aspiraciones de los diferentes sectores.
En términos generales, todos los partidos, incluido el PAP, coincidían en la necesidad de realizar
reformas que permitieran redistribuir los recursos económicos, sociales y políticos del país, para
conseguir así la “transformación de las estructuras vigentes”. Asimismo, coincidían en la
necesidad de una mayor intervención del Estado, sobre todo en la economía, a partir de la
planificación y la formulación de planes de desarrollo.

LA NUEVA IZQUIERDA
El surgimiento de la llamada Nueva Izquierda en el Perú está vinculado a la crisis política e
ideológica del movimiento comunista internacional, producto del proceso de desestalinización en
la URSS, de la ruptura chino-soviética y del impacto de la revolución cubana.
En términos generales, se denomina Nueva Izquierda a los partidos de diferentes tendencias
surgidos a partir de 1956, pero especialmente en la década del 60, que rompieron el virtual
monopolio del PCP como expresión del marxismo en el Perú. Algunos de ellos surgieron de
escisiones del PAP (como es el caso del MIR) y otros del PCP (como es el caso del ELN y los
diversos partidos maoístas). Hasta fines de la década del 50, la expresión ideológica
predominante en el Perú había sido el marxismo-leninismo. Desde entonces surgen partidos
políticos cuyas expresiones ideológicas serán el trotskismo (cuyos antecedentes datan de 1944),
el foquismo castrista, el maoísmo (de cuyas múltiples escisiones y rupturas surgiría Sendero
Luminoso) y un marxismo-leninismo distanciado y más bien crítico de la URSS. La historia de
dichos partidos y corrientes ideológicas es bastante compleja, y todavía está por hacerse. Aquí
intentaremos algunas aproximaciones.
Cabe resaltar algunas características importantes. En primer lugar, los principales dirigentes de
los partidos de la Nueva Izquierda pertenecían a la juventud universitaria de clase media
radicalizada, algunos con militancia partidaria previa. En segundo lugar, los partidos de la Nueva
Izquierda surgen a partir del cuestionamiento y la crítica de la experiencia socialista en la URSS y
del comportamiento político del PAP y del PCP, presentándose, pues, como poseedores de “la
línea política e ideológica correcta”, diferenciándose y enfrentándose entre sí, lo cual se
expresaría en sus continuos fraccionamientos y escisiones. En tercer lugar, a pesar de esta
“actitud crítica”, mantuvieron la concepción leninista de la organización del partido político y sus
formulaciones ideológicas ratificaron los elementos centrales de la ortodoxia marxista-leninista.
En cuarto lugar, los puntos más importantes de los debates realizados entre estos partidos
giraron alrededor de la caracterización de la sociedad peruana y del gobierno de turno, el papel
de las clases sociales en el proceso revolucionario y las formas de lucha en la formulación de la
estrategia para la toma del poder político. Entre las principales organizaciones políticas de la
Nueva Izquierda destacan el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), el Ejército de
Liberación Nacional (ELN) y Vanguardia Revolucionaria (VR).
El MIR surgió como producto de una escisión del PAP. Luego de la crisis de octubre de 1948, el
sector radical logró mantener cierta presencia, oponiéndose a la política de la Convivencia. En
octubre de 1959 se realizó la IV Convención del PAP, evento en el cual 23 dirigentes –la mayoría
de los cuales eran cuadros juveniles y estudiantiles– presentaron una moción de cuestionamiento
a la política de la Convivencia; la moción no prosperó y los autores y adherentes del documento
fueron pasados a las instancias disciplinarias y luego expulsados. Entre ellos se encontraban Luis
de la Puente Uceda, Luis Oliveira, Ezequiel Ramírez Novoa, Gonzalo Fernández Gasco, Walter
Palacios, Carlos Malpica y Javier Valle Riestra. Este grupo formó el Comité de defensa de los
principios y de la democracia interna del partido, hasta que en noviembre de 1960 se separa
definitivamente y se autodenomina Apra Rebelde. En marzo de 1962 se convierte en el
Movimiento de Izquierda Revolucionaria, bajo el liderazgo de Luis de la Puente Uceda y Héctor
Cordero. Los sectores apristas más tradicionales y los elementos trotskistas (como Ricardo
Napurí) fueron expulsados. El cambio de nombre era expresión de que el Apra Rebelde había
asumido el marxismo como ideología y la lucha armada como medio de llegar al poder. Como
muchos otros, Luis de la Puente Uceda visitó Cuba e intentó ponerse en contacto con Hugo
Blanco en el valle de La Convención. Finalmente, el 7 de febrero de 1964, con un discurso de Luis
de la Puente en la plaza San Martín, se inicia una campaña pública en favor de la lucha armada y
pequeños grupos son enviados a recibir entrenamiento en Cuba. En junio de 1965 inician las
acciones armadas, siendo derrotados a fines de ese mismo año. Posteriormente el MIR sufrió una
serie de divisiones y escisiones.

El Ejército de Liberación Nacional (ELN) es fundado en 1962 por sectores juveniles procedentes
del PCP o de su periferia inmediata. Más adelante se integrarían militantes del FIR y otras
organizaciones de izquierda. Esta situación se verá reforzada en 1965 cuando el Comité Leninista
–formado en 1959 por los integrantes del Comité Departamental de Lima y de la Juventud del
PC– se incorpora al ELN, que buscó iniciar la lucha armada bajo el modelo castrista, para lo cual
gran número de sus elementos se entrenó en Cuba. Sin embargo, sus dos intentos
insurreccionales en Puerto Maldonado en 1963 y en la provincia de La Mar, Ayacucho, en 1965,
fracasaron. Su principal dirigente fue Héctor Béjar, quien sería uno de los principales asesores del
general Velasco durante el gobierno militar.
Vanguardia Revolucionaria (VR) fue fundada en 1965, dos meses antes de que el MIR iniciara sus
acciones guerrilleras. Entre sus primeros integrantes destacan Ricardo Napurí, quien habiendo
sido expulsado del MIR, representaba las tendencias trotskistas; Ricardo Letts, militante y
dirigente juvenil radical de AP desde 1961; y Edmundo Murrugarra. En los años 70, a pesar de
sus divisiones, pasaron por sus filas Manuel Dammert, Agustín Haya de la Torre y Javier Diez
Canseco. Según testimonio de Ricardo Letts, ya desde 1963 se realizaron coordinaciones con el
fin de fundar un partido político, intentándose incluso tomar contacto con Hugo Blanco en La
Convención y con el ELN.
En 1964 se realizó una primera asamblea en donde se eligió una dirección provisional. El 30 de
mayo de 1965 se funda formalmente VR teniendo como secretario general a Ricardo Napurí y
como secretario de defensa a Ricardo Letts. Con el inicio de la guerrilla, debido a sus simpatías y
vinculaciones con el MIR y el ELN, VR se vio obligada a pasar a la clandestinidad. Sin embargo,
en la práctica VR mantuvo una posición de distanciamiento y de crítica frente a las guerrillas, en
las que nunca participó, aunque sus militantes conservaron en su discurso la necesidad de la
lucha armada como medio de lograr la toma del poder.
Ideológicamente, VR fue bastante variopinta. Sus tesis combinaban elementos del trotskismo, del
maoísmo, del foquismo castrista y, por supuesto, de la ortodoxia marxista-leninista. VR logró
cierta influencia entre los universitarios y su presencia sindical más bien se manifestaría en los
años 70 con las tesis de Edmundo Murrugarra de “ir al pueblo”, conocidas como “yawarismo”. VR
en esos años también sufriría varias divisiones.
En cuanto al trotskismo, sus antecedentes se remontan a 1946 cuando se fundó el Partido Obrero
Revolucionario (POR), formado por los dirigentes sindicales del PCP que encabezaron las huelgas
de 1944 en contra del gobierno de Prado. Inicialmente denominado Grupo Obrero Marxista
(GOM), dicho partido se integró a la IV Internacional, teniendo importantes contactos con el
Partido Socialista de los Trabajadores, partido trotskista inglés. Al producirse la división al interior
del movimiento trotskista internacional, una fracción del POR formó el POR-Trotskista (POR-T),
encabezado por Ismael Frías y Enrique Palacios. En 1961, el POR (esta vez encabezado por
Hernando Aguirre Gamio y Félix Zevallos) y otras organizaciones menores formaron el Frente de
Izquierda Revolucionaria (FIR), a cuyas filas perteneció Hugo Blanco Galdós, impulsor de la
organización del movimiento campesino en los valles de La Convención y Lares.
Alrededor del FIR se agruparon dirigentes de organizaciones trotskistas internacionales, llegando
a preparar un incipiente aparato militar. Sin embargo, el trotskismo entró en un proceso
acelerado de división luego del fracaso en el apoyo a Hugo Blanco. Del POR-T se separa Ismael
Frías, quien funda el Partido Revolucionario Obrero Campesino (PROC) de breve existencia.
Posteriormente, Frías y Ricardo Napurí intentaron el “entrismo” (entrar en un partido para luego
ganar a sus principales cuadros) al interior del MIR, pero fueron expulsados. El segundo sería
posteriormente fundador de Vanguardia Revolucionaria (VR). A pesar de su presencia activa, el
trotskismo sólo estuvo representado por grupos minoritarios.
El surgimiento del maoísmo está relacionado con la polémica surgida entre el Partido Comunista
de la Unión Soviética (PCUS) y el Partido Comunista Chino (PCCh), debido a la línea política
internacional de Kruschev de “desestalinizar” la URSS y de impulsar la “convivencia pacífica” con
los países occidentales, propugnada en 1956. La ruptura entre ambos países se produjo a
principios de 1960 y las posiciones de dicho debate comenzaron a manifestarse pronto al interior
del PCP. El abogado Saturnino Paredes, asesor de la Confederación Campesina del Perú (CCP) y
dirigente del Frente Campesino del PC, encabezó la fracción maoísta adhiriéndose a las tesis
prochinas. La ruptura se produciría en 1963. En enero de 1964, el grupo de Saturnino Paredes
convocó a una conferencia nacional al margen de la dirección del PCP, surgiendo el Partido
Comunista del Perú (PC del P). Ambos partidos se distinguieron por el nombre de sus respectivos
órganos de prensa: Unidad, del PCP, y Bandera Roja, del PC del P. Los partidos surgidos de las
sucesivas rupturas también reclamarían para sí la continuidad del partido fundado por Mariátegui
y ser el “verdadero” Partido Comunista del Perú, diferenciándose por sus “sobrenombres”. Cabe
resaltar que Saturnino Paredes recibió el apoyo permanente del comité regional del partido
comunista de Ayacucho, al cual pertenecía Abimael Guzmán. El PC del P-BR sufriría una ruptura,
de la cual se formaría en 1966 el Partido Comunista del Perú-Marxista Leninista, encabezado por
José Sotomayor. Una nueva escisión se inició en 1968 cuando se formó una comisión nacional
reorganizadora, la cual se convertiría al año siguiente en el Partido Comunista del Perú-Patria
Roja (PC del P-PR). Tanto Bandera Roja como Patria Roja establecerían su base social al interior
de las universidades nacionales. En 1970 Bandera Roja sufre una nueva división de la cual
surgiría el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (PC del P-SL).
LOS MOVIMIENTOS GUERRILLEROS (1960-1967)
Las experiencias guerrilleras estuvieron presentes a lo largo de la década del 60. Su importancia
–más que la influencia que pudieron tener en la implementación de reformas sociales o en las
posibilidades de la toma del poder por la vía revolucionaria– radica en ser la expresión política
más avanzada del descontento social que se acumulaba frente al régimen oligárquico. Pese a su
derrota, el impacto en la toma de conciencia de los graves problemas nacionales fue muy grande,
y contribuyeron a acrecentar el temor –al interior de las Fuerzas Armadas– de una inminente
explosión social, orientada a la instauración del comunismo en el Perú. Aunque tales temores
eran mayores que las posibilidades reales, ello confirmó la necesidad de realizar reformas sociales
de envergadura en los sectores reformistas existentes al interior de las Fuerzas Armadas.
Los factores e influencias que promovieron el surgimiento de movimientos guerrilleros en el Perú
y en América Latina en general, fueron tres:
a) El problema agrario y campesino. Entre 1945 y 1964 se desarrolló una inusitada movilización
campesina, que conmocionó todos los Andes –sobre todo los Andes centrales y el sur andino–,
produciendo la crisis del latifundio tradicional y la del régimen oligárquico en su conjunto. La
reforma agraria –unida al tema del petróleo– se constituyó en la principal reivindicación de todo
programa político antioligárquico. Por ello no es de extrañar que los principales focos guerrilleros
se encontrasen en lugares como Cuzco, Ayacucho, Junín o Piura, de fuerte movilización
campesina. Este problema impactó en las juventudes radicalizadas de las clases medias, que
cuestionaron la actitud conciliadora e indiferente del PAP y del PCP. El PAP se había convertido en
un aliado importante de la oligarquía y se oponía a cualquier propuesta de una reforma agraria
radical. El PCP, en cambio, había asumido la táctica de apoyar a la “burguesía nacional”, dentro
de la cual la reforma agraria pasaba por la modernización de la agricultura en desmedro de las
comunidades campesinas.
b) La crisis de los modelos socialistas. El modelo de sociedad y de proceso revolucionario
defendido por el movimiento comunista internacional se había visto afectado por la disputa chino-
soviética y el XX Congreso del PCUS, que inició el proceso de desestalinización. Para las antiguas
dirigencias esto significó una crisis política e ideológica al interior de los partidos comunistas de
América Latina. Para muchos jóvenes significó asumir una “actitud crítica” frente a la Unión
Soviética y el marxismo, el cual empezaron a estudiar directamente de sus fuentes (Marx, Engels
y Lenin). Ésta fue la primera revolución ideológica del marxismo en el Perú, que trajo como
consecuencia una vuelta al estudio de la obra de José Carlos Mariátegui y el surgimiento de la
Nueva Izquierda. En el caso de las juventudes apristas, este fenómeno les permitió convertir su
antisovietismo y su anticomunismo en la convicción de poder hacer una revolución socialista
radical sin seguir el modelo soviético, acercándose de esta manera al marxismo primigenio del
PAP, rompiendo con los prejuicios establecidos por generaciones políticas apristas anteriores.
El renovado interés por estudiar el marxismo “desde sus fuentes”, sin intermediarios, tuvo su
impacto también en los jóvenes universitarios sin militancia previa, muchos de los cuales
empezaron a acercarse a esta ideología. Esto se manifestó en 1963 en la Universidad de San
Marcos, cuando luego de tres rectorados bajo el control del PAP, una alianza de partidos de
izquierda representada por el Frente Estudiantil Revolucionario (FER), obtiene el control de la
federación de estudiantes, iniciándose así el período de hegemonía izquierdista en dicho gremio.

c) La influencia de la revolución cubana. El triunfo de la revolución cubana que derroca a la


dictadura pronorteamericana de Fulgencio Batista se produce en el contexto de la crisis política e
ideológica de los modelos socialistas. La noticia de la entrada de los “barbudos de Sierra Maestra”
en La Habana, el 1º de enero de 1959, tiene un gran impacto en toda América Latina y en ella la
juventud radicalizada encuentra un nuevo modelo de lucha revolucionaria. Esta influencia se
acrecienta cuando, ante las presiones y el bloqueo del gobierno norteamericano, Fidel Castro
anuncia el carácter socialista de la revolución y Cuba asume una política de extensión de los
movimientos revolucionarios mediante el asesoramiento militar e ideológico, adiestrando a
pequeños grupos en la guerra de guerrillas. Esta política de Cuba respondía a la necesidad de
abrir nuevos frentes que impidieran una respuesta centralizada por parte del gobierno
norteamericano contra la isla. Los grupos guerrilleros peruanos del ELN y el MIR contaron con el
asesoramiento y apoyo de Cuba, además de ayudarlos a ingresar al país, aunque no con
intervención directa en las acciones armadas. La presencia de guerrilleros de otros países en las
guerrillas peruana y boliviana fue la expresión de la solidaridad internacionalista que en ese
momento renacía en la izquierda latinoamericana.
Los intentos por constituir frentes guerrilleros perduraron en el Perú hasta 1967, pero después
del fracaso del MIR no se generaron nuevos movimientos significativos. Hasta ese año, algunos
núcleos políticos persistieron en la idea de que podría implementarse un proceso revolucionario
basado en la lucha armada; sin embargo, se impuso la línea de esperar mejores condiciones para
una coyuntura revolucionaria. Con la muerte del Che Guevara en Bolivia, en 1967, Cuba cambia
su política exterior. Asimismo, con la irrupción del régimen militar el 3 de octubre de 1968,
muchos consideraron que la guerrilla como método ya no era necesaria, pues el régimen
oligárquico, considerado la principal traba para el desarrollo del país, estaba siendo demolido por
las medidas y transformaciones modernizadoras del régimen militar. Con ello se cerró la etapa de
las luchas guerrilleras en la década del sesenta.
Con respecto a las causas de la derrota de las guerrillas, quisieramos plantear dos aspectos. El
primero –de carácter político-social– fue el cuadro de su total aislamiento: por su juventud su
peso político era débil y su base social inexistente, a pesar del deseo de constituirse en el brazo
armado del movimiento campesino que en ese momento se encontraba a la ofensiva. Pero
cuando el MIR se plantea seriamente el problema de abrir sólidos frentes guerrilleros en el
campo, ese movimiento campesino estaba ya en repliegue. Asimismo, otras fuerzas políticas de
izquierda como el PC, VR y el FIR se opusieron a apoyar al “aventurerismo ultraizquierdista”. El
segundo aspecto –de carácter militar– es la incapacidad de las guerrillas de enfrentar la ofensiva
policial y de las Fuerzas Armadas, en la mayoría de los casos por falta de preparación y de
recursos, del desconocimiento del terreno e incapacidad de asentamiento. La organización de la
guerrilla del MIR, mejor preparada y planificada, no era desconocida para las Fuerzas Armadas,
ya que parte de la preparación insurreccional implicaba una campaña abierta a favor de la lucha
armada. Asimismo, las Fuerzas Armadas estaban preparadas para enfrentar eficazmente a la
guerrilla desde antes de 1961: tenían oficiales adiestrados en la lucha contrainsurgente en
Panamá y otras bases norteamericanas, donde recibieron formación bajo los modelos aplicados
en Argelia y Vietnam, con asesoramiento constante de oficiales norteamericanos; además, las
instituciones castrenses se fortalecieron a través de la profesionalización de sus cuadros y
actualizaron su armamento.

CAMBIOS AL INTERIOR DE LAS FUERZAS ARMADAS Y DE LA IGLESIA


CATÓLICA
Como se ha señalado anteriormente, las ideas desarrollistas penetraron diferentes ámbitos
sociales, pero también importantes instituciones, como son los casos de la Iglesia y de las
Fuerzas Armadas, especialmente del Ejército. La Iglesia Católica en el Perú, al igual que en el
resto de América Latina, estuvo tradicionalmente identificada y enlazada al poder oligárquico; sin
embargo, en el contexto de las transformaciones de las décadas del 40 y el 50, las bases sociales
de la Iglesia comenzaron a reducirse, planteándose así la necesidad de realizar reformas en sus
doctrinas para poder mantener su sitial en la sociedad peruana. A partir de la década del 50
empezó a difundirse con mucho mayor éxito “la doctrina social de la Iglesia”, en cuyos textos
fundamentales ésta se declaraba partidaria de un tercer camino contrario al “individualismo
capitalista” y al “totalitarismo comunista”. Para ello los intereses de las diferentes clases debían
organizarse alrededor de un Estado corporativo, que revitalizaría los fundamentos sociales de la
existencia cristiana. Aunque algunos de sus postulados fueron recogidos por la DC, no existió
estrictamente hablando un partido católico. Simultáneamente a estas innovaciones del
pensamiento político católico, la Iglesia peruana comenzó a recibir a sacerdotes extranjeros
influidos por autores radicales, así como “curas-obreros” que mediante sus actividades en los
sindicatos y en las barriadas, abrieron paso lentamente a una nueva teología y a un nuevo tipo
de comportamiento político.
Como ha reseñado Julio Cotler, en una de las conferencias preparatorias al V Congreso
Eucarístico Nacional y Mariano, en 1954, se denunció las condiciones de vida de los sectores
populares. En dichas conferencias se hallaban presentes sacerdotes extranjeros críticos de la
situación de pobreza existente en el Perú, y durante el gobierno de Prado, uno de éstos fue
deportado. Asimismo, en 1959, el propio cardenal Juan Landázuri declaró, al clausurar la primera
Semana Social de la Iglesia, que la situación económica y social debía cambiar, pagándose
mejores salarios y redistribuyendo la riqueza. Así se fue manifestando al interior de la Iglesia un
sector que buscaba conciliar su vocación espiritual con el cambio social, tendencia que
encontraría en el ascenso de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II el marco institucional necesario.
Estas concepciones se convirtieron en parte del discurso antioligárquico, manifestándose en la
presencia de las comunidades de base en la organización campesina, en las barriadas y
sindicatos, en las universidades. Esta influencia también llegó a los sectores profesionales de
clase media.
El impacto del Concilio Vaticano II en Latinoamérica se expresó en los resultados de la reunión de
obispos de Medellín (Colombia) en 1968, a partir de la cual se funda en el Perú la Oficina
Nacional de Información Social (ONIS). Pero quizá el hecho más importante será la publicación,
en 1969, del libro del padre Gustavo Gutiérrez Teología de la liberación que concretó, en base a
fundamentos tanto teológicos como científico-sociales, la propuesta de una Iglesia comprometida
con “la opción preferencial por los pobres” y el cambio social.
En el ámbito de las Fuerzas Armadas, con el proceso de modernización y profesionalización
iniciado bajo el gobierno de Odría, las ideas desarrollistas se introdujeron en la mentalidad militar.
En ese entonces, el Perú era miembro de la Junta Interamericana de Defensa, creada en Río de
Janeiro en 1947. A partir de su adhesión a la Junta, el Perú recibió asesoramiento del gobierno
norteamericano y realizó compras de material bélico moderno, lo que hizo necesario modernizar
las escuelas de instrucción, implicando el desplazamiento de la formación militar peruana basada
en los planes y manuales franceses introducidos por el gobierno de Nicolás de Piérola. Así, a
partir de la reorganización de las Fuerzas Armadas llevada a cabo por el general Alfredo
Rodríguez Martínez, se fundaron organismos importantes que promovieron la difusión y desarrollo
de una nueva mentalidad militar, convirtiendo a las Fuerzas Armadas en un activo deliberante
político distanciado de las propuestas oligárquicas: éstos fueron el Centro de Altos Estudios
Militares (CAEM), en 1953, y la Escuela Nacional de Guerra, en 1954.
Según Dirk Kruijt, el objetivo del CAEM, fundado por el general José del Carmen Marín, era
formar un nuevo tipo de profesional militar, el “intelectual militar”, cuyo interés central sería la
elaboración y discusión de una estrategia de “seguridad nacional”, enmarcada dentro de la
estrategia continental estadounidense de la “Guerra Fría”, cuyo objetivo primordial era una
defensa continental que frenase la influencia y una hipotética agresión de la URSS.
Ideológicamente, pues, esta estrategia es inicialmente pronorteamericana y anticomunista. Sin
embargo, dichas bases ideológicas se verán contrastadas con los diagnósticos que sobre la
situación del país y el desarrollo nacional iba realizando el CAEM. Como señala Cotler, a mediados
de la década de 1950 –paralelamente al “Plan del Perú” del diario El Comercio– el CAEM realizó
un inventario global de la situación del país. Los resultados mostraban que el Perú se encontraba
“subdesarrollado” en relación a otros países latinoamericanos y esto era un peligro para la
seguridad nacional. Así, las ideas desarrollistas comenzaron a influenciar al alto mando militar,
que comenzó a exigir un sistema de planificación a fin de superar el subdesarrollo, contribuyendo
a ello los intelectuales civiles que dictaban cursos en sus aulas, como es el caso de Jorge Bravo
Bresani. Tal preocupación se vería plasmada en la Revista de la Escuela Superior de Guerra.
Según Stefan, entre 1954 y 1957, los artículos dedicados a seguridad nacional interna y
desarrollo representaron el 1,7%. Entre 1964 y 1967 éstos se incrementaron a 50%. En 1957,
con los nuevos planteamientos desarrollados en el CAEM y la Escuela Superior de Guerra, hubo
cambios en la organización del Ejército buscando adaptarlo a las nuevas exigencias, proceso del
cual nació el Servicio de Inteligencia Militar.
De esta manera las Fuerzas Armadas se hicieron permeables a los grandes temas de debate
nacional. Sin embargo, como sostiene Lynch, sus reflexiones tenían diferentes matices y
posiciones, que iban desde la necesidad de reformas para evitar el peligro comunista –en una
típica posición contrainsurgente–, hasta los que desde una posición nacionalista visualizaron la
existencia de intereses contrapuestos entre los países latinoamericanos y los Estados Unidos. Esta
última posición estaba vinculada al problema del poder político y del Estado, percibido no como
representativo de los intereses generales de la nación sino de los intereses particulares de un
sector minoritario de propietarios oligarcas. En 1963, el CAEM llegó a la conclusión de que el
subdesarrollo era causado porque el poder real estaba en manos de “los latifundistas,
exportadores, banqueros y de las compañías norteamericanas”. Es así como en las Fuerzas
Armadas, y particularmente en el Ejército, se fue configurando una nueva orientación política
coincidente con la de sectores de la Iglesia y nuevos partidos políticos reformistas.

LAS RELACIONES INTERNACIONALES


Entre 1950 a 1968 se estaba produciendo una reconfiguración de las relaciones internacionales,
enmarcadas por la hegemonía norteamericana en Occidente y su política de “Guerra Fría” frente a
la URSS y sus aliados. A ello hay que sumarle el contexto e impacto de la “descolonización” de los
países de Asia y África, que dio un impulso inusitado a las ideas democráticas, nacionalistas y
socialistas al interior del llamado Tercer Mundo, originando el llamado Movimiento No Alineado
(NO-AL). En el caso del Perú, destacan los siguientes temas internacionales:
a) El caso Haya de la Torre. Víctor Raúl Haya de la Torre, ante la persecución de que fue
objeto, se vio obligado en enero de 1949 a pasar a la clandestinidad y asilarse en la embajada de
Colombia durante cinco años, originando un conflicto diplomático entre ambos países, ante la
negativa del gobierno de Odría de otorgar a Haya el salvoconducto necesario para que saliera del
país. Se llegó al grado de rodear la embajada de Colombia con trincheras, ametralladoras y cerco
de púas. El caso fue planteado ante la Corte Internacional de La Haya. Finalmente, ante la
presión internacional, el gobierno de Odría tuvo que ceder y Haya de la Torre partió al exilio en
1955.

b) El convenio con Bolivia. Los primeros meses de 1957 se estableció en Lima una comisión mixta
peruano-boliviana para estudiar el aprovechamiento de las aguas del lago Titicaca con fines
hidroeléctricos y de irrigación. El 19 de febrero del mismo año se suscribió en La Paz el convenio
elaborado por dicha comisión para el estudio económico preliminar del aprovechamiento de las
aguas y para la financiación de una carretera que uniera el puerto de Ilo y la frontera con Bolivia,
pasando por la ciudad de Puno.
c) El Plan Truman. El 25 de enero de 1951 el gobierno pidió al Congreso la aprobación del
convenio entre Perú y los Estados Unidos en el punto IV del Plan Truman. Así, se establecieron
acuerdos de cooperación en Educación, Salud Pública, Agricultura y otros sectores para el
desarrollo del país. También se recibió armamento y entrenamiento militar; a cambio, el Perú dio
facilidades a los Estados Unidos para la adquisición de minerales y el establecimiento de bases
militares.
d) El incidente fronterizo con el Ecuador. La labor de demarcación de la frontera Perú-Ecuador
luego de la guerra de 1941, había quedado pendiente, aunque la mayor parte había sido
cumplida. A partir de 1951 Ecuador trató de eludir la demarcación aduciendo la inexistencia de la
división de aguas entre los ríos Zamora y Santiago, y que por lo tanto no se podía cumplir con el
Protocolo de Río de Janeiro. Ello desató una campaña en el Ecuador contra dicho acuerdo. La
intervención de los países garantes determinó la validez del tratado haciendo recordar el carácter
definitivo de su firma. Sin embargo, las tareas demarcatorias no fueron culminadas.
La Conferencia de Punta del Este. Fue impulsada por el presidente John F. Kennedy ante el temor
de la influencia de la revolución cubana en el con texto de crisis económica de los países
latinoamericanos. En dicha conferencia se reunió el Consejo Interamericano Económico y Social a
nivel ministerial en agosto de 1961, formándose la llamada “Alianza para el Progreso”, por la cual
los Estados Unidos prometían la entrega de préstamos orientados a la implementación de
reformas. Por su parte, los países que recibían los préstamos debían incrementar sus propios
recursos. Asimismo, la Declaración de Punta del Este subrayó la necesidad de crear un mercado
común latinoamericano, basado en la libertad de comercio y el libre cambio. Ambos
planteamientos terminaron en sendos fracasos. En dichas reuniones, el Perú reafirmó su tesis de
doscientas millas marítimas de dominio territorial y la necesidad de la integración física
continental mediante la carretera Bolivariana Marginal de la Selva.
La Carta de Punta del Este fue el antecedente del Pacto Andino. Por entonces se convino en
constituir la llamada Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) para propiciar la
integración económica, condición indispensable para acelerar el desarrollo del continente; pero el
fracaso y la inoperancia evidente de la ALALC movieron a Perú, Chile, Bolivia, Ecuador y Colombia
a formar el llamado Pacto Andino. En febrero de 1967 se suscribió la creación de la Corporación
Andina de Fomento (CAF), instrumento técnico y financiero para llevar a la práctica dichos
planteamientos. El acuerdo se concretó en 1969 en la ciudad de Cartagena (Colombia),
llamándose desde entonces “Acuerdo de Cartagena”.
f) La ruptura de las relaciones diplomáticas con Cuba. En la VII Conferencia de Cancilleres de San
José de Costa Rica, realizada en 1960, los asambleístas pidieron una acción conjunta contra el
régimen cubano. El canciller peruano Raúl Porras Barrenechea conmocionó a la asamblea con un
franco y violento discurso sobre la situación de Cuba, que le costó su renuncia. Ese mismo año –y
de acuerdo a un ambiente creado en el seno de la OEA– la representación peruana presentó
acusaciones contra el régimen de Fidel Castro. El Consejo determinó que la Comisión de Paz
examinara los hechos denunciados. Las acusaciones se fundamentaban en que Cuba afectaba la
solidaridad continental, violaba los pactos internacionales y no respetaba los derechos humanos.
La VIII reunión consultiva de ministros de Relaciones Exteriores del 31 de enero de 1962
encontró fundamentos para la expulsión de Cuba de la OEA, pidiéndosele a los países integrantes
romper relaciones con el régimen de Fidel Castro. En esta expulsión triunfó la poderosa influencia
de los Estados Unidos.
g) La carretera Marginal Bolivariana. Para lograr este objetivo, el gobierno tomó los siguientes
acuerdos:
– La creación del subcomité de la carretera Bolivariana Marginal de la Selva. Tuvo su sede en
Lima y funcionaba como oficina de la Dirección de Caminos. Además de Perú, actuaban en este
subcomité Bolivia, Brasil, Ecuador, Paraguay y Venezuela.
– El establecimiento del subcomité de conexión Amazónico-Pacífico, con sede en Bogotá, que se
ocuparía de todas las carreteras que conectasen los puertos del Pacífico con los puertos fluviales
de la Amazonía.
– El Acta de Lima, firmada el 27 de mayo de 1968 por los ministros de Relaciones Exteriores de
Argentina, Bolivia, Paraguay y el Perú. Se contemplaba la creación de una comisión cuatripartita,
integrada por representantes de los países signatarios, para facilitar e impulsar el desarrollo de
obras que uniesen la red vial que conectara con la carretera Marginal de la Selva.
IV

LOS CAMBIOS EN LA ESTRUCTURA ECONÓMICA


Durante la década del 50 se da un importante proceso de modernización capitalista. Ello se
expresó en la creciente industrialización, que llevó al predominio del sector manufacturero en la
conformación del Producto Nacional Bruto, frente a la agricultura que declinaba. Según Daniel
Carbonetto, el sector manufacturero pasó del 13,6% en 1950 al 26,2% en 1975, mientras que la
agricultura pasó del 20,4% al 12,7% en el mismo período. Esta industrialización se basó en el
modelo de “sustitución de importaciones”, que buscaba producir en el país algunos productos
tradicionalmente importados, sobre todo los productos de consumo. Sin embargo, la
modernización capitalista presentaba una seria limitación por el tipo de industrialización que
desarrollaba, inducida principalmente por el capital extranjero y restringida a satisfacer el
consumo de pequeños sectores de la población, sin intenciones de crear un mercado interno
nacional ni engarzarse con otros procesos productivos importantes en campos como la agricultura
o la minería. Esto hizo que su demanda de mano de obra alcanzase rápidamente un techo y
fuese mucho menor que la oferta producto de las migraciones.
El proceso de urbanización se desarrolló más rápido que el proceso de industrialización: la
población urbana en 1940 representaba el 35,4% de la población total, en 1972 tal porcentaje se
había elevado a 59,5%; mientras tanto el porcentaje de la fuerza laboral en el sector industrial
manufacturero se mantuvo relativamente estable, en alrededor del 15% de la fuerza laboral total.

EL SECTOR INDUSTRIAL MANUFACTURERO


En el período que va de 1950 a 1967, la pesca, la minería y la manufactura ampliaron su
participación en el Producto Nacional Bruto y tuvieron una tasa anual de crecimiento mayor que
la agricultura. El proceso de modernización económica se acentúa por la importancia que desde
los años 40 van adquiriendo la industria manufacturera (textiles, química, metalmecánica), la
construcción, las industrias derivadas de los complejos azucareros (papelera, cartonera, licores) y
en algunos casos las derivadas de los enclaves mineros (cables de cobre).
La construcción se dinamiza con las obras públicas del período, impulsando la industria del
cemento y la actividad constructora e inmobiliaria que, al igual que la industria manufacturera, se
activa con el proceso de urbanización y la ampliación del mercado interno.
El sector exportador se diversifica con la producción de hierro (Marcona), con la ampliación de la
producción de cobre (Toquepala), pero principalmente con la aparición de nuevos productos de
gran demanda en el mercado mundial: la harina y el aceite de pescado. Estos productos de
exportación no estaban totalmente en manos extranjeras; empresarios nacionales controlaban en
parte la extracción y procesamiento industrial, dando auge a su vez a industrias y servicios
conexos (redes, barcas). Esto produjo uno de los más complejos fenómenos sociales: la
transformación de Chimbote en un “hirviente” puerto compuesto por “todas las sangres”.
Gonzalo Portocarrero ha señalado las siguientes características para la industria manufacturera en
las décadas del 50 y el 60: gran heterogeneidad en cuanto a productividad y formas de organizar
la producción; el mercado principal eran los sectores populares incorporados a la economía de
mercado, aunque en la década del 60 se consolidará el mercado de bienes de consumo duraderos
para las clases medias; el número de empresas existentes expresa que la industrialización era un
proceso relativamente nuevo; existencia de notables diferencias en cuanto a la rentabilidad de las
diferentes industrias; concentración de la propiedad en pocas manos, a través de empresas
cerradas controladas por pocas personas vinculadas a familias plutocráticas; y extremada
dependencia de insumos importados, lo cual le daba cada vez mayor importancia al capital
extranjero.
Asimismo, usando como criterio de agrupación el mercado final de los productos, Portocarrero
propone la siguiente división: industrias que se orientan hacia el mercado interno, sector bastante
heterogéneo que requiere de una importante protección arancelaria; industrias orientadas al
mercado interno mediante la sustitución de importaciones, que comienzan a tener gran
importancia en la década del 60; e industrias vinculadas al sector exportador, cuyo desarrollo
depende de las fluctuaciones en el mercado mundial.

EL SECTOR AGRARIO
Como se ha señalado anteriormente, desde la década del 40 el peso de la producción en el
campo disminuye paulatinamente, frente a los sectores industrial y exportador. El problema de
fondo en el estancamiento y atraso de la agricultura era su carácter precapitalista, especialmente
en la sierra. La importación de alimentos, el control de sus precios, así como la concentración del
crédito en la agricultura costeña de exportación, fueron los factores que propiciaron el
decaimiento de la agricultura en la sierra y la transferencia de las exiguas rentas de los
terratenientes serranos a las áreas urbanas y sectores de mayor rentabilidad. A ello hay que
sumarle el impacto de la movilización campesina, que hizo dar un giro a las posibilidades de
inversión en este sector. En todo caso, el estudio de la evolución de la agricultura en este siglo
está por hacerse.

EL SECTOR EXPORTADOR
El sector exportador sufrió importantes fluctuaciones producidas entre otros factores, por los
siguientes: los cambios de política en el estímulo a las exportaciones, aunque la tendencia
preponderante fue favorecer a este sector frente a aquellos orientados al mercado interno; las
fluctuaciones de los precios de nuestras materias primas en el mercado mundial; y el impacto de
la política económica norteamericana hacia América Latina. Sin embargo, en este sector se
produjo la mayor rentabilidad de todo el período.

EL TRATO AL CAPITAL EXTRANJERO


El gobierno de Odría estableció una serie de disposiciones de gran aliento para favorecer a la
inversión extranjera; base política y económica sobre la cual ésta se rigió en el Perú hasta 1968.
En mayo de 1950, Odría promulgó el Código de Minería, una virtual traducción de la ley
norteamericana; en 1952 dictó la ley del Petróleo y en 1955 la ley de Electricidad, que asignó una
tasa fija de beneficios a los inversionistas dedicados a este sector.
El Código de Minería redujo los impuestos de exportación al mismo nivel que las empresas
comerciales e industriales y exoneró del pago de derechos a la importación de equipo. Gracias al
artículo 56 de dicho Código, las empresas tenían derecho a deducir del pago de impuestos hasta
el 20% de los beneficios por el factor agotamiento, estableciendo, además, que en los depósitos
mineros de calidad marginal se aplicarían tasas impositivas bajas, hasta que el inversionista
hubiese amortizado totalmente su capital. Estas condiciones no se modificarían en los siguientes
25 años, según lo normaba el mismo código. El capital norteamericano, en proceso de expansión
durante la postguerra, encontró en el Perú una situación que se amoldaba a sus intereses: “paz
laboral”, libertad cambiaria y oportunidades de inversión que le permitían lograr una apreciable
tasa de beneficios.
Según Cotler, con la dación en 1959 –bajo el gobierno de Prado– de la ley de Promoción
Industrial, y las exenciones tributarias en 1963 y 1964 bajo Belaunde, la participación
norteamericana en la manufactura se incrementó de 35 millones de dólares en 1960 a 92
millones de 1966. Ello provocó que la tasa de crecimiento industrial fuese del 9%, la más alta de
la región, pero el 80% de éste correspondía a la industria controlada por capital norteamericano.
Así, en 1968, el 33% del valor de la producción industrial era controlado por 41 empresas
extranjeras.
Similar proceso de concentración en manos extranjeras se produjo en el sector financiero. En
1960, el 36% de los activos bancarios se encontraba en poder de la banca extranjera; proporción
que en 1966 subió al 62%. De allí que entre 1966 y 1969 la banca extranjera tuviera un
crecimiento del 4% anual, mientras que la banca nacional sólo alcanzó el 1%. Esta invasión del
capital extranjero estuvo ligada al incremento de su participación en los nuevos sectores
dinámicos de la economía y en especial de la industria, en la medida que las empresas
extranjeras ubicadas en este rubro se financiaban con el ahorro interno que la banca
norteamericana lograba captar. Se repetía así el proceso de concentración monopólica del capital
extranjero que se dio a principios de siglo.
Sulmont resume las principales inversiones del capital extranjero en el sector minero bajo Odría:
la Marcona Mining Company en el mineral de hierro (1952); la Cerro de Pasco Corporation en la
refinería de zinc de La Oroya (1953); y la Southern Peru Copper Corporation en el cobre de
Toquepala y el complejo metalúrgico de Ilo (1954). Asimismo, se crearon empresas
metalmecánicas (Indeco, Exsa, Metales Industriales) y plantas de ensamblaje, con lo cual las
empresas extranjeras comienzan a vender tecnología.
V

LA OLIGARQUÍA
Existe una relativamente amplia bibliografía respecto a la oligarquía en el Perú, cuyos estudiosos
aún no se han puesto de acuerdo en algunos puntos importantes. Sin embargo, podemos señalar
algunas características básicas. El término no define a una clase social, sino más bien a la alianza
de diferentes fracciones de la clase dominante peruana. Éstas compondrían un bloque en el poder
bajo la hegemonía de una de ellas: la burguesía agroexportadora; la burguesía financiera y
manufacturera; y los terratenientes tradicionales de la sierra (gamonales). Se trataría de sectores
dominantes posibles de ser diferenciados conformando una alianza en el poder, en donde la
burguesía agroexportadora componía el grupo hegemónico. Su carácter era bastante cerrado, con
características de máxima integración y relaciones sociales endogámicas (Bourricaud habla de la
existencia de 40 familias y 10 clanes). Su poder se basaba en el control de las principales
instituciones del aparato del Estado, así como de los sectores más importantes de la estructura
productiva, cuyo polo hegemónico se encontraba en el sector moderno capitalista de la
producción para la exportación (minería, azúcar, algodón, pesca). La fracción financiera y
manufacturera era más bien de conformación reciente. Si bien el sector financiero existió antes,
en la década del 50 comienza a expandirse a través del sector manufacturero. El gamonalismo
representa el sector productivo del agro tradicional, especialmente en la sierra sur.
La oligarquía logra el control de las principales instituciones del Estado (Ejecutivo, Parlamento,
poder Judicial, municipalidades, universidad) mediante la marginación del sistema político y
electoral de la mayoría de la población. Ello porque la oligarquía requiere de un aparato del
Estado reducido, que no tenga injerencia en la economía y que sea garante del orden político y
social. En ese sentido, establece alianzas con los terratenientes tradicionales de la sierra, los
gamonales, para asegurar el control y represión de las masas campesinas.
Las alianzas de las fracciones que componen el bloque en el poder pueden sufrir cambios o
tensiones, especialmente frente a la presión política y social de los sectores medios y populares.
En caso de ver de alguna forma amenazado el orden establecido, el bloque dominante puede
recurrir al uso de la fuerza mediante el golpe de Estado para defender sus intereses. Sin
embargo, en lo económico y en lo político, el Estado oligárquico se presenta formalmente como
un Estado liberal. Finalmente, dentro del contexto de dependencia de la economía peruana del
sistema capitalista mundial, la oligarquía cumple también un rol intermediario frente a los
intereses del capital extranjero, cuyos márgenes de autonomía pueden variar según el momento
y la situación.

LOS GRUPOS DE PODER ECONÓMICO


Según ha sostenido Carlos Malpica, antes de 1968 existían seis grupos de poder económico. El
primero estaba conformado por las grandes empresas agrarias, mineras y pesqueras, además de
las principales empresas comerciales de exportación y de las empresas navieras y de aviación,
que en conjunto controlaban la producción y comercialización de los principales productos de
exportación mayoritariamente en manos de firmas extranjeras. Entre las empresas agrarias
destacaban las propiedades de los hermanos Aspíllaga Anderson, de los hermanos Beltrán
Espantoso, la empresa norteamericana Grace y la familia Gildemeister; entre las mineras, la Cerro
de Pasco Corporation, la Southern Mining Corporation y la Marcona Mining Corporation; entre las
empresas pesqueras, las pertenecientes a Luis Banchero Rossi.
El segundo grupo de poder estaba formado por los bancos y las empresas financieras, entre los
que destacaban el Banco Popular, perteneciente a la familia Prado, y el Banco Continental
controlado por el Chase Manhattan Bank de la familia Rockefeller. El tercero estaba formado por
las empresas que controlaban la energía (petróleo y energía eléctrica), las comunicaciones y las
productoras de materiales de construcción. Al interior de este grupo destacaban las empresas
petroleras International Petroleum Company, la Compañía Petrolera Lobitos y la Belco Petroleum
Corporation of Peru; en cuanto a energía eléctrica, las Empresas Eléctricas Asociadas,
pertenecientes al grupo sueco Erickson; y en el sector de las comunicaciones predominaba la
International Telephone and Telegraph Company (ITT). Las empresas más importantes en el
sector construcción eran Cementos Lima S.A., Cementos Chiclayo S.A. y Cemento Andino S.A.
El cuarto grupo estaba compuesto por las compañías comerciales, clasificadas de la siguiente
manera: las dedicadas al comercio mayorista e importador (Grace, Hochschild, Wiese, Ferreyros)
y las empresas del comercio minorista entre las que destacaban las cadenas de grandes
almacenes (Tía, Monterrey, Oechsle, Scala, Sears, Todos y Supermarket).
El quinto grupo estaba formado por el sector industrial –sector que en la década del 50 comenzó
un proceso de diferenciación y separación de los otros grupos de poder–, incluyendo el rubro
textil que ya tenía presencia desde principios de siglo, las empresas ensambladoras de
automóviles y de artículos eléctricos de uso doméstico, fabricados en el país, pero cuyos insumos
y patentes eran extranjeros. El sexto grupo estaba formado por las empresas urbanizadoras que
lotizaron antiguas propiedades agrícolas, especialmente de los alrededores de las ciudades –como
Lima–, que fueron diferenciando sus intereses y adquiriendo personalidad propia.
En ese sentido, los gremios empresariales más importantes que defendían los intereses de estos
grupos, eran los siguientes: Cámara de Comercio de Lima, Sociedad Nacional de Industrias,
Sociedad Nacional Agraria, Asociación de Criadores Lanares del Perú, Sociedad Nacional de
Minería y Petróleo, y Sociedad Nacional de Pesquería.

LA MOVILIZACIÓN OBRERA
Según Cotler, entre 1950 y 1967 el porcentaje de asalariados –obreros y empleados– creció de 45
a 54% al interior de la fuerza de trabajo. Mientras ésta creció en todo el período en 160%, la
categoría de obreros se incrementó en 181%, la de empleados en 226% y la de independientes
en 134%. Este crecimiento del número de obreros estaría vinculado a los procesos de
incorporación de un mayor número de asalariados en las propiedades dedicadas a la agricultura
de exportación –en desmedro de los yanaconas– y a la introducción de nuevas maquinarias en la
producción. Las inversiones en la agricultura de exportación y en la minería exigieron, a su vez,
una mayor calificación de la mano de obra, como también la migración hacia la costa favoreció la
sedentarización de la fuerza de trabajo proveniente de las comunidades campesinas. La tendencia
era, pues, a la disminución de los trabajadores del agro: en la década del 60 los trabajadores no
agrícolas eran mayoría. Sin embargo, según Sulmont, las actividades que más absorbieron mano
de obra fueron las del sector de comercio y servicios o terciario, mientras la manufactura –a
pesar del crecimiento de su producción– siguió empleando la misma proporción de trabajadores.
Este fenómeno, conocido como “tercerización” de la economía, es expresión de la incapacidad del
sector manufacturero de absorber la mano de obra liberada del campo, que encuentra refugio en
estas actividades. En 1961, la distribución era la siguiente: sector primario (agropecuario, pes-ca
y minería), 52 %; sector secundario (manufactura y construcción), 17,3%; y sector terciario
(servicios y comercio), 16,9%. En ese sentido, cabe destacar al interior de la fuerza laboral la
existencia de numerosos centros de producción artesanal (pequeños talleres o industria casera),
que absorbían la mayoría de la mano de obra, tanto que a fines de los años 60 los trabajadores
de estos talleres representaban casi el doble del sector manufacturero. La mitad de esta
población laboral estaba constituida por pequeños propietarios y el resto se dividía entre
asalariados y trabajadores familiares no remunerados. Para poder sobrevivir, estos talleres
abarataban al máximo la fuerza de trabajo, reduciendo sus gastos en capitales y produciendo
bienes de segunda calidad destinados a los consumidores más pobres, para lo cual recurrían al
sistema de trabajo a domicilio para abastecer a las grandes tiendas. Los talleres dependen de la
compra de insumos a empresas monopólicas y su acceso al crédito es limitado; se convierten así,
más que en una opción de trabajo o de actividad económica, en una forma de subsistencia. Los
trabajadores de dichos talleres no cuentan casi con organizaciones sindicales y sus
reivindicaciones se manifiestan más bien en cuestiones de subsistencia y en el acceso a servicios
urbanos, mayormente a través de asociaciones barriales. Aquí podemos encontrar los
antecedentes de la llamada “informalidad” y de los sectores provincianos emergentes.

Bajo el régimen de Odría, el movimiento obrero fue muy golpeado ya que la principal
organización sindical, la Confederación de Trabajadores del Perú (CTP), estaba bajo control
aprista. La CTP fue declarada ilegal y sus dirigentes encarcelados, deportados o asesinados. Este
último fue el caso de Luis Negreiros, encargado de la dirección de la CTP en la clandestinidad en
reemplazo de Arturo Sabroso. Apresado en la noche del 24 de marzo de 1950, se le aplicó la “ley
de fuga” y fue asesinado en la calle. Los locales sindicales fueron allanados y clausurados, y el
uso del sistema de “soplonería” estuvo muy extendido. Situación similar sufrieron los sindicatos
vinculados al PCP. Esta política represiva estuvo dirigida por el ministro de Gobierno, Alejandro
Esparza Zañartu.
Paralelamente, Odría buscó ofrecer una imagen positiva con respecto al problema obrero. En
1949 se crea el ministerio de Trabajo y Asuntos Indígenas, en cuyo interior se organizó una
división de Relaciones de Trabajo para la tramitación de las reclamaciones colectivas, y el
Tribunal de Asuntos Colectivos. Asimismo, dictó la ley que otorgó participación a los obreros en
los beneficios de las empresas (ley que no llegó a cumplirse y que fue un antecedente de la
comunidad industrial), estableció el salario dominical y creó el Seguro Social Obligatorio del
Empleado. Sin embargo, la política laboral de Odría se caracterizó por ser clientelística,
paternalista y manipuladora.
A pesar de la represión y de la política divisionista del gobierno, la CTP sobrevivió. Asimismo, el
PCP consolidó su presencia sindical en el sur, impulsando en 1954 el comité reorganizador de la
CTP, buscando desplazar al PAP de este gremio.
Esta actitud doble del gobierno de Odría era necesaria ya que el régimen necesitaba contar con
apoyo popular. Logró éxito en los sectores migrantes urbanos de las barriadas, la empleocracia y
la pequeña burguesía, a través de la aplicación de programas de obras públicas, la organización
de invasiones en terrenos urbanos y el reconocimiento de muchas barriadas. Asimismo, creó la
Junta de Asistencia Nacional, dirigida por su esposa, María Delgado de Odría, para otorgar ayuda
material, atención médica y vivienda a gente humilde. Aunque asistencialista y centrada en Lima,
tal política logró darle a Odría el apoyo de importantes sectores populares urbanos, expresado en
las abultadas votaciones que alcanzó en 1962 y 1963.
En la década de 1950 también comienza a ser difundido el llamado “sindicalismo libre”,
especialmente por la CTP controlada por el PAP. Se basaba en la idea de fomentar la negociación
colectiva como principal medio de evitar la confrontación entre capital y trabajo, buscándose de
esta manera –en el contexto de la Guerra Fría– que los obreros rechazasen el comunismo y
apoyasen la promoción de la libre empresa. Así, el sindicalismo libre se presentaba como una
fuerza reformista favorable a la modernización y a las actividades industriales, así como a la
mejora del nivel de vida y de las condiciones de trabajo. Esto no impidió, como ya hemos
señalado, la represión a los sindicatos obreros más radicales. Los problemas laborales empezaron
a agudizarse durante el segundo gobierno de Prado. En diciembre de 1957 se produjo una huelga
de los empleados públicos de correos y telégrafos, lo cual legalmente no estaba permitido. El
diputado Carlos Ledgard, presidente de su cámara, actuó como mediador y se dictó una ley para
financiar los aumentos mediante la subida de las tarifas de correos. En 1958 se realizó un paro en
la ciudad del Cuzco, que fue reprimido con dureza. Los huelguistas ocuparon la prefectura,
apresaron al jefe militar de la plaza, propusieron la formación de un comité popular o soviet y
mantuvieron la ciudad bajo su control durante dos días. A principios de 1959 los trabajadores
bancarios presentaron su pliego de reclamos y, al no llegarse a acuerdo alguno, iniciaron la
huelga. En marzo de 1959 los banqueros presionaron por la elevación de las tasas de interés,
entre otros recursos, para poder solucionar el aumento de los empleados bancarios. Otra huelga
importante fue la del Seguro Social, en julio de 1962; duró 10 días y fue acatada a nivel nacional.
Otras huelgas durante los últimos días del gobierno de Prado fueron: la de la fábrica Hartinger, la
iniciada por los empleados de la Beneficencia Pública del Callao, así como las de la firma Imaco y
la Compañía Peruana de Teléfonos. Según ha sostenido Sulmont, el rol del PAP durante estos
años fue mantener la estabilidad laboral, ya que participaba de la política de la Convivencia. Al
controlar la CTP, el PAP se convirtió en el intermediario obligado entre el Estado y el movimiento
obrero. El Estado sólo reconocía los trámites sindicales que la CTP realizaba, por lo que ésta llegó
a representar al 25% de los obreros. La CTP se encontraba, además, afiliada a la Organización
Internacional del Trabajo (OIT) y, más adelante, a la Alianza para el Progreso. En el período
1956-1962 el gobierno reconoció 662 sindicatos, mientras en los seis años siguientes reconoció
1248. Los años con mayor protesta social fueron 1961 y 1962.
Sin embargo, al interior de la CTP, el PAP debía enfrentar la oposición de los sectores no apristas,
lo cual dio inicio a su desplazamiento en el control de las organizaciones sindicales.
Paulatinamente, importantes federaciones y sindicatos comenzaron a romper con la CTP y
surgieron organizaciones paralelas controladas por otros sectores políticos (PC, AP, DC). Sin
embargo, el PAP logró mantener el control y la cohesión de la CTP hasta la fundación de la
Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP), controlada por el PCP. La oposición
logra dar surgimiento al Comité de Reorganización y Unificación Sindical (CRUS) de la CTP, en
1962, en el contexto del golpe de Estado de la junta militar. Al día siguiente del golpe, la CTP
convocó a un paro general de rechazo, que fracasó rotundamente, lo cual significaba que el PAP
mostraba ya incapacidad para movilizar a los sindicatos; días después se formaba el Comité de
Reorganización. Pero ante la cohesión y fuerza de las organizaciones sindicales apristas, dicho
organismo asumió en 1965 la línea –impulsada principalmente por el PCP– de fundar una central
independiente, aglutinando a los sindicatos y federaciones no apristas.
A pesar de las expectativas generadas por el gobierno de Belaunde, su gestión se caracterizó por
fuertes enfrentamientos laborales. Solamente durante el primer año se produjeron tres
importantes huelgas: la de Loza Inca, la de la Federación Metalúrgica y la de la Federación de
Empleados Bancarios; aunque ninguna prosperó, debido a las divisiones sindicales internas. Sin
embargo los efectos antipopulares de la crisis devaluatoria dieron nuevo impulso a la movilización
sindical, pero especialmente al proceso de conformación de una central sindical alternativa a la
CTP. Ya en 1965 se había formado el Comité de Defensa y Unificación Sindical (CDUS), que
asumió la dirección de las protestas contra el gobierno, mientras el PAP buscaba un acuerdo con
éste, que culminaría en la conformación del “gabinete conversado”. Ello provocó un mayor
distanciamiento de los organismos sindicales con respecto a la CTP. Finalmente, en julio de 1968
en el puerto del Callao, el CDUS organizó un congreso que aprobó la creación de una nueva
central sindical. En dicho congreso participaron 19 federaciones y 66 sindicatos, representando
aproximadamente a 140 mil trabajadores. La nueva central nombró como secretario general a
Isidoro Gamarra, dirigente del sindicato de Construcción Civil, y tomó el nombre de Central
General de Trabajadores del Perú (CGTP), en honor a la central sindical fundada por José Carlos
Mariátegui en 1929.

LA CRISIS DEL LATIFUNDIO TRADICIONAL


La estructura social del agro, antes de la reforma agraria de 1969, estuvo basada en una
compleja combinación de sistemas y relaciones de trabajo, de tipo asalariado, servil, parcelario,
además de múltiples formas mixtas. En 1961 los trabajadores del campo se distribuían de la
siguiente manera: parcelarios (comuneros y pequeños propietarios independientes), 60%;
arrendatarios (aparceros, yanaconas y colonos), 15%; y asalariados permanentes, 25%.
El proceso de modernización capitalista, que tuvo un nuevo impulso en la década del 50, alteró el
mundo rural tradicional. Como resultado del proceso de industrialización bajo el modelo de
“sustitución de importaciones”, las relaciones campo-ciudad sufrieron un cambio drástico en
desmedro del primero, expresado en el deterioro de los precios agrícolas a pesar del aumento de
la demanda urbana. La elección de una política económica de importación de alimentos, de
control de precios y de concentración del crédito en la agricultura costeña, significó castigar
duramente la economía campesina, pero también sacrificar los intereses de los latifundistas
tradicionales en favor del desarrollo capitalista. El desarrollo industrial requería la constitución de
un amplio mercado interno de trabajadores libres y de productores y consumidores de
mercancías diferenciadas. El deterioro de las condiciones de vida en el campo significó también la
expulsión de importantes contingentes serranos –población “excedente” en relación a los medios
de producción y subsistencia disponibles-, que comenzaron a migrar a las ciudades,
especialmente hacia Lima. Éstas se convirtieron así en un importante polo de atracción de mano
de obra ilusionada con la idea de encontrar mejores niveles de vida. La población rural disminuyó
en relación a la población urbana: en 1940 representaba el 65% del total, en 1961 el 53% y en
1972 sólo el 40%.
Los conflictos que surgieron entre el campesinado y los terratenientes caracterizan también a
este período. Los terratenientes necesitaban cambiar sus relaciones con el campesinado, pero sin
transformar las formas de dominio tradicionales; es decir, imponer condiciones más duras. En el
caso de las haciendas tradicionales de la sierra, los propietarios presionaron para erradicar los
antiguos sistemas y expulsar a los campesinos, proletarizándolos. En las haciendas ganaderas del
centro se intentó expulsar a los “huacchileros”, pastores que tenían sus propios rebaños junto con
los del hacendado. Además, la sección ganadera de la Cerro de Pasco Corporation cercó las
tierras de pastoreo que eran utilizadas tradicionalmente por las comunidades. Sin embargo, las
ganancias fueron orientadas hacia la inversión en sectores urbanos y la mayoría de latifundios se
mantuvo muy atrasada, usando formas serviles de trabajo campesino. En la ceja de selva
comenzaron a desarrollarse cultivos de té y café para la exportación.
La incapacidad de los terratenientes para cambiar la situación a su favor y las luchas campesinas
por la tierra que abarcaron los años 1948-1964 fueron las causas del derrumbe del latifundio
tradicional. Ello fue así pese a los tímidos proyectos de reforma agraria que intentaron concretar
los diferentes gobiernos. Cuando el gobierno militar dictó la ley de Reforma Agraria de 1969, sólo
le dio el golpe final.
LAS MIGRACIONES
Con la crisis del orden tradicional en el campo, las ciudades se constituyen en importantes polos
de atracción de migrantes. La aparatosa caída de los ingresos rurales, unida al desarrollo del
capitalismo urbano y sus patrones culturales, alentaron a los medianos propietarios agrícolas y a
los campesinos, especialmente serranos, a migrar a las ciudades costeñas donde percibían
canales abiertos de movilidad social. Las migraciones hacia las ciudades no eran un fenómeno
nuevo, pero las características de la migración interna desde 1940 fueron diferentes a las de
siglos anteriores. En primer lugar, habría que resaltar su masividad: según datos de los censos, el
porcentaje de la población peruana en situación de migrante subió de 11% en 1940 a 25% en
1972, lo que significa la cuarta parte de la población total. En segundo lugar, los migrantes ya no
proceden de las principales capitales de provincia ni pertenecen a sectores medios y altos que
buscan en las ciudades consolidar su posición económica o realizar estudios universitarios, sino
que proceden mayoritariamente de diferentes distritos, comunidades o pueblitos serranos. En
tercer lugar, las edades de los migrantes suelen estar entre los 14 y los 19 años, cuando ya
pueden empezar a trabajar.
Además de la crisis del orden tradicional en el campo como causa de las migraciones, habría que
sumarle el centralismo limeño, el lento declive de la mortalidad gracias a la aplicación de políticas
de salubridad pública y la construcción de importantes vías de comunicación, especialmente
terrestres. El efecto inmediato de las migraciones se dio a nivel del empleo. El abandono del
campo invirtió el volumen de población rural y urbana con los consiguientes transtornos. La
masiva migración a las ciudades hizo patente que el Estado no estaba en capacidad de satisfacer
las exigencias de educación, salud, vivienda y trabajo de quienes llegaban a radicarse en ellas.
Como ha sostenido Aníbal Quijano, ello creó el fenómeno de la “marginalidad”: una población en
permanente estado de desempleo y subempleo.
Franklin Pease ha señalado que la migración no es sólo física, sino también cultural. Ello ha
provocado el cambio en el rostro de las ciudades, especialmente Lima, que han pasado de tener
un carácter occidental y criollo a otro mestizo y andino. Se han modificado las pautas lingüísticas,
lo que se expresa en un aumento del bilingüismo, han emergido nuevas conductas festivas, que
incluyen el desplazamiento de música costeña por diversas manifestaciones regionales serranas o
la “chicha”, mal llamada “música tropical andina” –que adapta ritmos andinos a la
instrumentación moderna y desarrolla temas que fortalecen las identidades de los migrantes–, y a
múltiples manifestaciones de religiosidad popular. Pero las migraciones hacia las ciudades
también agudizaron los sentimientos ambivalentes de desprecio y temor de los sectores medios y
altos urbanos –y aun populares– limeños, frente a los migrantes, quienes comenzaron a crear
cercos de pobreza alrededor de las ciudades. Así, al temor y desprecio de clase se sumaron los
prejuicios étnicos, con su cuota de discriminación y racismo. Con ello se reforzó también la
denominada “arcadia colonial” de la ciudad de Lima, en palabras de Sebastián Salazar Bondy.

EL PROCESO DE URBANIZACIÓN
El aumento de la población urbana a causa de las masivas migraciones ha producido un creciente
proceso de urbanización con un consecuente crecimiento caótico y desmedido de las ciudades,
incapaces de absorber y otorgar servicios básicos a una población cada vez más creciente. Entre
estos servicios el aspecto más saltante ha sido el problema de la vivienda, reflejado en el
fenómeno de las invasiones y el surgimiento de las barriadas. Originalmente la ocupación de
terrenos se daba lejos de las zonas residenciales, pero el exceso de población ha ido uniendo a
estos sectores con el resto de la ciudad y las invasiones se han proyectado dentro de las zonas
urbanizadas. De esta manera surgieron nuevos distritos, cuyos orígenes se remiten a invasiones
de tierras. En la actualidad, debido a la escasez de éstas y al crecimiento desmedido de las
ciudades, las invasiones han pasado a afectar tierras de cultivo y zonas arqueológicas. Según
datos recogidos por Margarita Guerra, una de las primeras barriadas de Lima se conformó en el
cerro San Cosme, a mediados de 1946, producto de un desalojo de familias para realizar nuevas
construcciones. No teniendo recursos económicos estas familias se ubicaron en la avenida
Aviación, sumándose posteriormente otros pobladores. De allí pasaron al cerro San Cosme frente
al mercado Mayorista, donde conformaron una asociación de pobladores que abrió la inscripción
de las familias que querían un lote. Los propietarios iniciaron un juicio, ganado a mediados de
1947, pero los pobladores se resistieron y el gobierno dejó sin efecto el fallo judicial,
reconociendo la propiedad de los pobladores.

Hacia 1957 el número aproximado de barriadas era de 20, la mayoría de las cuales se había
formado en la década anterior. La ubicación de estos asentamientos ocurrió en los alrededores
del distrito del Rímac, donde nacieron Santa Rosa, Tarma Chico, El Altillo y El Ermitaño. También
se formó, en la falda del cerro La Tapada, el asentamiento Mariscal Castilla inicialmente llamado
Restauración 27 de Octubre. Tanto en este caso como en otros posteriores, los invasores ponían
nombres alusivos al gobierno de turno, tratando de esta manera de ganar su favor. Otras
barriadas del Rímac son: Jardín Castilla, Jardín Huascarán, Villa de Fátima y Leticia –una de las
poblaciones más antiguas y de escasos recursos que se ubicó en las faldas del cerro San
Cristóbal–; en los Barrios Altos se estableció la tristemente célebre Huerta Perdida. La otra gran
expansión de barrios clandestinos o suburbanos se produjo en el distrito de La Victoria, que
abarca la zona que va desde la avenida Grau hacia las avenidas 28 de Julio e Isabel La Católica, y
que de allí sube hacia la carretera Central. Allí se establecieron El Porvenir, Mendocita, cerro San
Cosme, El Agustino, cerro San Pedro, Santa Clara de Bella Luz, Doña Luz e Independencia. Lima
pasó de una población de 533 645 habitantes en 1940 a 2 245 067 en 1971.

EL CENSO DE 1961
Este censo fue el VI de Población y el I de Vivienda y se realizó el 2 de julio de 1961. Sus
resultados señalaron un total de 9 906 746 habitantes, divididos en 4 925 518 hombres y 4 981
228 mujeres, con un ritmo de crecimiento de entre 2,5 y 3,5% al año. La población rural
abarcaba alrededor del 55% del total (5 208 568 millones) y la urbana el 45% restante (4 698
178 millones). La población de Lima llegaba a los 2 031 051 habitantes (casi el 20%). La mayor
concentración de población estaba entre los 0 y los 9 años con casi un 30%. La PEA ascendía a 3
045 000 habitantes con 1 900 700 para el campo y 1 144 300 para la ciudad. Como ha resaltado
Franklin Pease, a diferencia del Censo de 1941, el de 1961 ya no incluyó variables altamente
dudosas basadas en la composición racial, pues categorías tales como “indio” o “mestizo” no sólo
eran categorías raciales sino también sociales. Pero sí mantuvo indicadores discutibles como la
definición de “centro urbano”: se consideraba urbana aquella población que vivía en las capitales
de las circunscripciones territoriales o distritos, una distinción arbitraria porque muchas de ellas
podrían ser fácilmente consideradas “rurales”. Es cierto que cualquier delimitación que se haga en
este terreno sería igualmente arbitraria, sea por circunscripción política o por núcleo de
habitantes por poblado, desde que la noción de “urbano” podría también pensarse en relación
con la presencia o ausencia de determinados servicios (educación, salud) o por el tipo de
dedicación laboral.

LAS MOVILIZACIONES CAMPESINAS (1945-1964)


Según Sulmont, existieron dos tipos de movilizaciones campesinas: el primero corresponde a las
haciendas agroindustriales de la costa, en las que la sindicalización había avanzado con la
organización de la Federación de Trabajadores Azucareros (bajo control del PAP) y la Federación
de Yanaconas y Campesinos del Perú (bajo control del PCP). En 1960, ambas federaciones se
unificaron en la Federación Nacional de Campesinos del Perú (FEN-CAP). Entre 1957 y 1960 se
desarrollaron importantes movilizaciones en haciendas como Cayaltí, Pomalca, Casagrande y
Paramonga, en las cuales se realizaron matanzas de trabajadores.

El segundo tipo de movilización corresponde a las haciendas tradicionales de la sierra. Allí cobró
gran importancia la toma de tierras (recuperación o invasión, según el punto de vista) por parte
de las comunidades, especialmente entre 1960 y 1963. Aquí también se cometieron matanzas
contra los campesinos como en Calipuy, Rancas y Yantac. En la sierra sur se desarrollaron los
sindicatos de arrendires, allegados y feudatarios para defender sus tierras y los intentos de
monopolización de los beneficios de la producción de té y café. En 1962, el PCP funda la
Confederación Campesina del Perú (CCP) en contraposición a la FENCAP del PAP. Sin embargo,
ambas organizaciones fueron muy golpeadas por los efectos desmovilizadores de la reforma
agraria de 1962 y 1964, y por la represión derivada de la lucha contra las guerrillas en 1965.
Asimismo, en 1964 la división al interior del PCP afecta a la CCP cuando uno de sus asesores, el
abogado Saturnino Paredes, encabeza la línea maoísta.
Investigadores como Alberto Flores Galindo y Pedro Gibaja dividen en tres momentos este
período de las luchas campesinas por la tierra. El primero, de 1945 a 1948 –bajo la influencia del
PAP y las posibilidades que ofrecía el régimen democrático de Bustamante y Rivero–, cuando
diversas comunidades de la sierra central comienzan a gestionar su reconocimiento oficial de
conformidad con la ley promulgada durante el Oncenio, acontecimientos que fueron
acompañados por el inicio o reinicio de procesos judiciales entre comunidades y haciendas. A su
vez, al interior mismo de las haciendas las relaciones de dependencia personal ingresan a una
crisis definitiva cuando los colonos organizan sus primeros sindicatos, sumándose a los del
proletariado agrícola y a los yanaconas de la costa. Este proceso fue interrumpido por la
dictadura de Odría, que aplicó una dura persecución al sindicalismo comunista y aprista. El
segundo momento va de 1956 a 1962, cuando la movilización campesina y el sindicalismo
campesino se propagan de la sierra central a otras áreas del país, en especial al departamento
del Cuzco, teniendo su expresión más alta en la ocupación del valle de La Convención por los
sindicatos campesinos organizados por Hugo Blanco. El tercer momento, de 1962 a 1964, se
caracteriza por la generalización de las ocupaciones –o recuperaciones– masivas de tierras a
través de los sindicatos campesinos, pese a la represión estatal, situación que se da a lo largo y
ancho del país, aunque en menor grado en el norte y la costa. Ello llevó a un re-planteamiento
del debate alrededor de la reforma agraria. Desde 1964 se asiste a un descenso de la
movilización campesina. Estos 20 años debilitaron la economía terrateniente, afectaron los
mecanismos de reciprocidad entre hacendados y colonos, y socavaron las bases del poder local.
Muchos hacendados comenzaron a abandonar sus propiedades y otros a parcelarlas o a venderlas
a los campesinos. Este proceso de parcelación, realizado por los latifundistas temerosos de la
movilización campesina, fue denominado “reforma agraria privada”.
Flores Galindo ha resaltado algunos rasgos de estas movilizaciones, diferenciándolas de las
ocurridas en otros períodos históricos. En primer lugar, las ocupaciones de tierras fueron
antecedidas por disputas judiciales entre las comunidades y las haciendas. Para ello, los
campesinos recurrieron a personeros o representantes legales como Genaro Le-desma Izquieta y
exhibieron títulos de propiedad que en muchos casos databan del período colonial. Estos juicios
mostraban el espíritu legalista que caracteriza al campesinado andino, ya que las ocupaciones
eran anunciadas con anterioridad y en las primeras etapas ocurrieron sin producir
enfrentamientos violentos (quienes recurrieron a la violencia fueron los hacendados o la policía,
produciéndose masacres de campesinos y enfrentamientos violentos entre 1962 y 1964). En
segundo lugar, la movilización campesina abarcó gran parte del territorio nacional, de la sierra
norte a la sierra sur, las zonas altoandinas y la costa, e incluso la ceja de selva, aunque no se
llegó a constituir una dirección nacional unificada. En tercer lugar, a la participación de las
comunidades campesinas se suman de manera masiva y por medio de la sindicalización, los
colonos de haciendas, lo cual dará a la movilización campesina un carácter ofensivo frente a los
hacendados. En ese sentido, la composición social de la movilización campesina es vasta y
heterogénea: comuneros, colonos, proletarios agrícolas y yanaconas. En cuarto lugar, el
predominio de los objetivos campesinos frente a las reivindicaciones étnicas. El objetivo central
de la movilización campesina fue la lucha por la tierra, al cual se suman claros objetivos
antifeudales: abolición de las formas serviles y el trabajo gratuito a favor de la implantación del
salario (o su aumento si existía), la jornada de ocho horas, el derecho a la escuela y otros
servicios.

Algunos componentes indígenas se mantuvieron en estas protestas, como el uso reiterado del
quechua en mítines y asambleas, el empleo de la música andina en las ocupaciones y los rasgos
mesiáni-cos que rodearon a líderes campesinos como Hugo Blanco. Finalmente, el uso de
símbolos como la bandera y el himno nacional; por un lado, se usaban como un medio para
buscar un terreno común de negociación y sortear la represión, pero significaban también la
incorporación al mundo campesino de un componente ideológico como es el nacionalismo. Este
aspecto de lo nacional también se puede encontrar en la búsqueda de apoyo en otros sectores
sociales, especialmente urbanos.
Es obvio que estos rasgos están relacionados con los cambios ocurridos en la estructura social: la
penetración del capitalismo en el campo, la conformación de un mercado interior y las
migraciones; procesos que confirieron movilidad al campesinado y ampliaron sus posibilidades de
conciencia, a la vez que fueron articulando los diversos espacios compo-nentes del territorio
peruano. Pero ¿por qué, pese a su fuerza y amplitud, la movilización campesina no pudo realizar
una revolución agraria por sí misma? La carencia de apoyo de otros sectores sociales, su
heterogeneidad y falta de centralización, la falta de una dirección política y la hábil política del
Estado de combinar represión con concesiones, fueron las razones más importantes.

LOS DEBATES ACERCA DE LA REFORMA AGRARIA


Como ha reseñado Henry Pease, hacia fines de los 50 la presión de la lucha por la tierra comienza a
tener efecto en el sistema político. Producto de una mayor integración debido al incremento de las
comunicaciones, las protestas campesinas comenzaron a tener rápido impacto en Lima, centro del
sistema político. El campesino se hace oír en la ciudad a través de las cámaras de televisión, la prensa y
la radio. El debate parlamentario en los años 1958 y 1959 generó en la opinión pública la convicción de
la urgencia de una reforma agraria. El gobierno de Manuel Prado constituyó una comisión presidida por
Pedro Beltrán, en ese entonces premier y ministro de Hacienda y Comercio, e integrada por otros
representantes de los propietarios de grandes extensiones de tierra. Dicha comisión, al mismo
tiempo que una propuesta sobre la vivienda, elaboró un proyecto de ley de Reforma Agraria centrado
en acciones de colonización, en el cual sólo los predios no trabajados resultaban sujetos a afectación. A
partir de este proyecto se dictó una ley de Inmigración para facilitar la colonización de zonas de la sel-
va alta y favorecer la ocupación de predios no trabajados. Dicha ley se basaba en la desgravación de
impuestos a los capitales privados que incrementaran la producción y propiciaran el afianzamiento de grupos
humanos en la selva; las tierras selváticas no trabajadas que fueran útiles para colonización serían revisadas
y utilizadas para la formación de granjas; se ofrecía asesoría técnica y crediticia al colono por medio del
Instituto de Reforma Agraria y Colonización; los colonos preferenciales serían obreros excedentes de alguna
compañía minera o de otras industrias que no podían ser absorbidos por otras actividades. Debido a esta ley
se establecieron colonias en los departamentos de Junín, San Martín, Amazonas, Cuzco, Madre de Dios y
Puno.
Al asumir el gobierno, Belaunde se comprometió a ejecutar una amplia y resuelta reforma agraria. La
oposición APRA-UNO frenó sistemáticamente esta reforma, logrando que la ley Nº 15037 de 19 de mayo de
1964 no afectara los complejos agroindustria-les azucareros mediante un estatuto de excepción; la ley
parecía entonces apuntar hacia el terrateniente tradicional de la sierra. Si bien al principio dicha afectación
estaba permitida legalmente, la Coalición movió todos sus recursos en el Parlamento y el poder Judicial para
impedir su ejecución y la asignación de fondos y recursos para el pago de las expropiaciones. La ley
contemplaba la afectación escalonada según la extensión de tierras, disponiendo asimismo la abolición de
los servicios personales vin-culados a la tierra y determinando un nuevo régimen de aguas. Sin embargo, la
misma ley admitía los denominados “regímenes de excepción”, aplicables a las haciendas cuyo producto
fuese destinado al abastecimiento de plantas industriales (haciendas azucareras y algodoneras). Se creó,
además, un Consejo Nacional Agrario –integrado por delegados del Ejecutivo y del Parlamento, así como por
representantes de los propietarios–, en el cual el Ejecutivo estaba en minoría. Había dos representantes de
los trabajadores: un delegado de la FENCAP y otro de la CTP, ambas controladas por el PAP. Había,
además, delegados de los grandes propietarios: de la Sociedad Nacional Agraria y de la Sociedad de
Ganaderos del Perú. Para distraer los esfuerzos de la comisión se dio prioridad a la reforma en los lugares
donde existían feudatarios. Con ello no se afectaba esencialmente el sistema de tenencia de la tie-rra y se
conseguía el respaldo de miles de pequeños propietarios. Paralelamente, se dejaba de lado toda acción
contra los grandes propietarios. Poco a poco el gobierno de Belaunde se doblegó, frenando la reforma
agraria. El ritmo de afectación en el período fue muy lento: hasta el 30 de setiembre de 1968 se habían
expropiado 769 942,53 ha, y 214 286,45 ha tenían concluidos sus trámites de expropiación, pero sin
financiamiento para terminar el proceso. En total se beneficiaron 11 760 familias.

EL PROBLEMA DEL PETRÓLEO


Como ha reseñado Kuczynski, desde la década de 1930 el tema del laudo a La Brea y Pariñas no había
vuelto a ser tocado. Ello se debió fundamentalmente a la falta de un punto de vista nacional único acerca de
la importancia económica de la IPC, su impacto en las relaciones con Estados Unidos y las posibles ventajas
de su nacionalización. Según Kuczynski, estaba comprobado que a fines de los años 60 la IPC era el
segundo contribuyente en el Perú, ya que producía tres cuartos del crudo del país y era un gran proveedor
de empleo, especialmente en la ciudad de Talara. Las posiciones contrapuestas se reflejaron en los diarios
más importantes de entonces: La Prensa defendió a la IPC, apoyada por el gobierno de Prado y el PAP. En
cambio, El Comercio denunciaba su presencia como un enclave colonial, aglutinando a los partidos y
sectores nacionalistas. Paulatinamente, iba constituyéndose una opinión pública mayoritaria a favor de la
expropiación.
La posición de la embajada de los Estados Unidos varió con los años y no siempre fue similar a la de la
empresa en cuestión. Sin embargo, su mensaje en las décadas del 50 y 60 era que “dañar” o “hacer algo” a
la IPC sería muy malo para las relaciones con los Estados Unidos, ya que una acción en contra constituiría
un precedente negativo para las relaciones entre las compañías norteamericanas y otros países productores
de petróleo. El gobierno norteamericano incluso amenazó con aplicar la enmienda Hickenlooper, que
obligaba al Ejecutivo de los Estados Unidos a cortar la compra de azúcar en caso de realizarse
expropiaciones que no fueran rápida y efectivamente pagadas. También se hallaba latente la posibilidad de
la suspensión total de la ayuda norteamericana.
El diario El Comercio había atacado a la IPC desde antes de la Segunda Guerra Mundial, haciendo campaña
a favor de la expropiación desde fines de los años 50. Se decía que los sentimientos de su director, Luis Miró
Quesada, contra la IPC, habían despertado cuando desembarcó en el puerto de Talara, centro de
operaciones de la IPC, a fines de los años 20 y leyó un letrero que decía: “Talara. Puerto norteamericano”.
La opinión del Ejército también evolucionó gradualmente. A partir de 1967, su posición era que la
IPC debía irse de una forma u otra.
Bajo el gobierno de Odría, la IPC aceptó someter sus operaciones al régimen normal peruano de
impuestos a la renta. En 1957, la compañía pidió al gobierno de Prado transferir La Brea y Pariñas
al sistema de concesiones de la ley de Petróleo de 1952. La petición, sin embargo, fue rechazada,
ya que la IPC quería seguir pagando impuestos a las tasas especiales más bajas aplicables a ella.
En 1959 el suspenso de las relaciones entre la IPC y el gobierno peruano terminó, pues Pedro
Beltrán –como premier y ministro de Hacienda– decretó el alza del precio de la gasolina, que
implicaba un incremento de los impuestos a las utilidades pagaderas por la IPC; asimismo, el
decreto permitía que el go-bierno negociara una concesión regular para La Brea y Pariñas, de
acuerdo a la ley de Petróleo de 1952, lo que fue condenado tanto dentro como fuera del
Congreso. Aunque el voto de censura contra Beltrán fracasó, el arreglo con la IPC no llegó a
concretarse. Una serie de proyectos de ley para la nacionalización de La Brea y Pariñas fueron
presentados durante el debate; aun cuando ninguno de ellos fue aprobado, sirvieron para discutir
nuevas alternativas.
Una de las razones del apoyo a Belaunde en 1962 por parte de la junta militar había sido su
posición respecto a la IPC. El día que asumió la presidencia prometió entregar al Congreso, en 90
días, una pro-puesta de arreglo definitivo con la IPC, nombrando al independiente Mario Velasco
para encabezar las negociaciones, pero no se llegó a ningún acuerdo. Asimismo, la Coalición
entorpeció los arreglos al igual que otras reformas importantes. No aceptó el proyecto de ley que
devolvía la propiedad del subsuelo al Estado peruano, y más bien dictó leyes que entorpecieron
las negociaciones y sometieron cualquier posibilidad de acuerdo con la IPC a la mayoría
parlamentaria de la Coalición.

Belaunde no sólo debió enfrentar a la Coalición sino además las divergencias al interior de su
propio partido, tanto de sectores conservadores como radicales. Por otro lado, a lo largo de la
administración belaundista, el gobierno de Estados Unidos condicionó, en diversos grados, la
disponibilidad y volumen de los fondos de la AID a la solución del problema de la IPC, aunque
ninguna parte de las operaciones fue expropiada. Dentro de este contexto, en medio del proceso
de recomposición de las alianzas políticas en 1968, se produciría el escándalo del Acta de Talara
El Régimen Militar 1968-1980

I:

EL OCASO DEL PODER OLIGÁRQUICO


Las reformas, al otorgar derechos económicos y sociales a las mayorías populares, tuvieron claros
objetivos antioligárquicos y de búsqueda de una base social que apoyara al régimen militar que
se iniciaba. Ello contribuyó al desarrollo de la organización popular autónoma frente al Estado y a
los partidos políticos, la cual fue desde el inicio una de las contradicciones del proyecto reformista
militar. Los intereses económicos, políticos y sociales afectados por las reformas vieron en la
organización popular un desafío sin precedentes, ya que no contaban con el apoyo directo del
Estado ni de los partidos políticos, que se vieron recortados en su accionar durante todo el
período. Habían perdido, pues, el control de la situación.
La capacidad del reformismo militar para imple-mentar dichas medidas y la de los sectores
populares para organizarse autónomamente debe hallarse en el llamado proceso de
democratización social abierto con la crisis del poder oligárquico desde la década del 50,
expresada en el cuestionamiento de su dominación, vista como ilegítima. Gracias a tal proceso
fue posible la liquidación del terrateniente tradicional mediante la reforma agraria; la obtención
de importantes derechos económicos y sociales como la estabilidad laboral; la organización
sindical y una más real mediación del Estado en los conflictos laborales; y el impulso a la
participación de los trabajadores en la gestión y propiedad de las empresas, mediante las
cooperativas agrarias y las empre sas de propiedad social. Estas medidas cuestionaban el
carácter privado de la propiedad, por lo que despertaron entre los propietarios una resistencia
mayor que la mostrada frente al crecimiento del Estado y su intervención en la economía, de la
cual supieron obtener importantes beneficios. Estas reformas, que buscaban contener una
explosión social inminente, casi se constituyen en el germen de una revolución más radical.

EL MANIFIESTO DEL GOBIERNO REVOLUCIONARIO DE LAS FUERZAS


ARMADAS
Mientras se realizaban las negociaciones para la formación de la junta revolucionaria, fue lanzado
un primer comunicado fechado el 2 de octubre, que establecía las razones del golpe. En primer
lugar, se señalaba la resistencia de “poderosas fuerzas económicas, nacionales y extranjeras, en
complicidad con peruanos indignos” a la “realización de las básicas reformas estructurales”. En
segundo lugar, una negativa marcha económica, donde además de la crisis generada “han
quedado comprometidos nuestros recursos en condiciones de notoria desventaja para el país, lo
que determina su dependencia de poderes económicos, lesionando nuestra soberanía y dignidad
nacionales”. En tercer lugar, la inmoralidad en la administración pública, generada por la “am-
bición incontrolada dentro del ejercicio de las actividades inherentes a los poderes Ejecutivo y
Legislativo, (y) en el desempeño de los cargos públicos de administración”. Por último, el fracaso
del programa reformista de Be-launde – “que fue esperanza de renovación y de transformaciones
revolu-cionarias”– debido a “la indefinición, la componenda, la inmoralidad, el entreguismo, la
claudicación, la improvisación, la ausencia de sensibilidad social, caracteres constitutivos de un
mal gobierno, que en tales condiciones no debía seguir detentando el poder”. Pero la gota que
derramó el vaso fue la alianza de Belaunde con el PAP y el Acta de Talara: “La culminación de los
desaciertos ha tenido lugar
en el uso incontrolado y doloso de inconstitucionales facultades extraordinarias concedidas al
Ejecutivo, así como en la seudo solución, entreguista, dada al problema de La Brea y Pariñas, que
evidencian que la descomposición moral en el país ha llegado a extremos tan graves que sus
consecuencias son imprevisibles para el Perú”.
Como programa y principios rectores el manifiesto señalaba que: “La acción del gobierno
revolucionario se inspira en la necesidad de transformar la estructura del Estado, en forma tal
que permita una eficiente acción de gobierno; transformar las estructuras sociales, económicas y
culturales; mantener una definida actitud nacionalista, una clara posición independiente y la
defensa firme de la soberanía y dignidad nacionales; restablecer ple-namente el principio de
autoridad, el respeto y la observación de la ley, el predominio de la justicia y de la moralidad en
todos los campos de la actividad nacional”. Asimismo, “el gobierno revolucionario declara su
respeto a los tratados que en el orden internacional tiene celebrados el Perú; que se mantendrá
fiel a los principios de nuestra tradición oc-cidental y cristiana; y que alentará la inversión
extranjera que se sujete a las leyes e intereses nacionales”. Finalmente, el gobierno
revolucionario “hace un llamado al pueblo peruano a fin de que, confundido con la Fuerza
Armada, luche por lograr una auténtica justicia social, un dinámico desarrollo nacional y el
restablecimiento de los valores morales que aseguren a nuestra patria la consecución de sus
superiores destinos”.

LA JUNTA DE GOBIERNO
El golpe había comenzado a ser planificado desde los primeros meses de 1968 por oficiales del
Ejército, encabezados por el general de división Juan Velasco Alvarado. El grupo estaba
compuesto por cinco generales y cuatro coroneles; el núcleo de estos últimos fue el que
fundamentalmente llevó a cabo el golpe de Estado (Jorge Fernández Maldona-do, Leonidas
Rodríguez Figueroa, Enrique Gallegos Venero y Rafael Hoyos Rubio). Según Kruijt, para realizar el
golpe se movilizaron dos coroneles, nueve comandantes, diecisiete oficiales y ciento cincuenta
“rangers”. La Aviación y la Marina tuvieron que plegarse una vez consumados los hechos, aunque
la segunda tuvo algunas vacilaciones; recién en horas de la tarde del día del golpe, las tres ramas
llegaron a un acuerdo. Sin embargo, el comandante general de la Marina, vicealmirante Mario
Castro de Mendoza, solicitó su pase al retiro y fue reemplazado por el contralmirante Raúl Ríos
Pardo de Zela. Asimismo, se le pidió su renuncia al general de división Alejandro Sánchez Salazar,
partidario de Be-launde y segundo hombre en la jerarquía del Ejército. De esa manera, el general
Velasco pudo renunciar a su cargo de comandante general del Ejército, dejando en su lugar al
general Ernesto Montagne.

La junta revolucionaria quedó así compuesta por el general Juan Velasco Alvarado, quien la
presidía; el general Ernesto Montagne Sánchez, por el Ejército; el vicealmirante Raúl Ríos de Zela,
por la Arma-da; y el teniente general Alberto López Causillas, por la Fuerza Aérea, firmantes del
estatuto del gobierno revolucionario de la Fuerza Armada. Los generales y almirantes en servicio
activo ocuparon los principales ministerios y juramentaron en palacio de Gobierno en la noche del
3 de octubre. Mientras tanto, el grupo de coroneles que planificó y llevó a cabo el golpe pasó a
conformar el Comité de Aseso-ramiento del Presidente (COAP), organismo creado la noche
anterior como una especie de Estado Mayor político del primer mandatario. Más adelante, el
general Velasco contaría con un importante grupo de asesores civiles identificados como
intelectuales de izquierda. Entre otros estaban Augusto Zimmer-mann (secretario de prensa de
Velasco), Alberto Ruiz Eldredge (quien tuvo a su cargo el litigio contra la IPC), Augusto Salazar
Bondy y Walter Peñalo-za Ramella (encargados de las bases doctrinarias de la reforma
educativa), Carlos Delgado Olivera (secretario de Velasco y uno de los ideólogos de la re-
volución), Héctor Cornejo Chávez, Héctor Béjar y Carlos Franco.

EL ESTATUTO REVOLUCIONARIO
El mismo 3 de octubre se promulgó el decreto ley Nº 17063 o estatuto del gobierno
revolucionario de la Fuerza Armada. El art. 1 señalaba como razón del golpe la “impostergable
necesidad de poner fin al caos económico, a la inmoralidad administrativa, a la improvisación, al
entreguismo respecto a las fuentes naturales de riqueza y a su explotación en beneficio de
grupos privilegiados, así como a la pérdida del principio de autoridad y a la incapacidad en la
dirección del Estado”.
El art. 3 establecía que los comandantes generales de las tres armas ocuparían los despachos de
Guerra, Marina y Aeronáutica respectivamente, y que éstos designarían “por unanimidad (como)
presidente de la República a un miembro de la Fuerza Armada” (art. 4). Asimismo, que el
ministro de Guerra ejercería la presidencia del gabinete y el resto de ministros sería nombrado
por el presidente, “pudiendo ser miembros de la Fuerza Armada o civiles” (cabe señalar que no
hubo civiles en el gabinete hasta 1977). El gobierno revolucionario se re-giría por “las
disposiciones del presente estatuto, y las de la Constitución del Estado, leyes y demás
disposiciones, en cuanto sean compatibles con los objetivos del gobierno revolucionario” (art. 5).
Con ello se hacía una declaración formal de un supuesto respeto a la institucionalidad política
anterior a octubre de 1968, aunque era obvio que el nuevo gobierno establecería los términos de
ésta según se fueran desarrollando los acontecimientos y las tensiones internas en las Fuerzas
Armadas. El presidente cumpliría el rol del poder Ejecutivo y el gabinete en pleno el del Poder
Legislativo (art. 6). Con respecto a la relación entre el gobierno y las Fuerzas Armadas, se
respetarían las reglas de la institución militar: “Los comandantes generales de los institutos
armados continuarán rigiéndose, en lo que respecta a su situación militar, por las disposiciones
legales vigentes. Al pasar a la situación de retiro, la designación de su sucesor recaerá en el
oficial general de mayor antigüedad dentro de su respectivo instituto” (art. 9). Finalmente, el
presidente juraría el cargo y el cumplimiento del estatuto ante la junta revolucionaria, y los
ministros ante el presidente (art. 10); el estatuto no sufriría modificaciones y sería refrendado
“por los comandantes generales del Ejército, Marina y Fuerza Aérea al constituirse en junta
revolucionaria” (art. 11). Ambas disposiciones se cumplieron en la noche del 3 de octubre.
En cuanto al poder Judicial, en diciembre de 1969 fueron despedidos los vocales de la Corte
Suprema y reemplazados por el Consejo Nacional de Justicia, entre cuyas funciones se
encontraba el nombramiento de jueces y vocales. El Jurado Nacional de Elecciones dejó de
funcionar hasta que sus miembros fueron restituidos para la realización de las elecciones a la
Asamblea Constituyente (1978).

EL CARÁCTER INSTITUCIONAL DEL GOLPE


Como ha resaltado Luis Pásara, un problema central fue establecer la relación entre el gobierno
militar y las Fuerzas Armadas, lo cual tenía que ver con la representación institucional del
régimen y su legitimidad castrense. El golpe fue inicialmente la expresión de la voluntad política
de un grupo de oficiales, posición que pasa a ser mayoritaria en las Fuerzas Armadas ante los
hechos consumados; en ese sentido, el gobierno que surge de esta decisión es institucional. El
respeto a la forma institucional para integrar el gobierno es la base sobre la cual se constituyó el
régimen de las Fuerzas Armadas, respetándose la jerarquía de grado y antigüedad. Sin embargo,
esto se vería afectado, en primer lugar, por la constante manipulación de ascensos y
nombramientos en las tres armas y, en segundo lugar, por la existencia de un grupo “dirigente”
que encabezaba el proyecto. De allí se podría deducir que este grupo “dirigente” encubre la
conducción del régimen bajo el título de las Fuerzas Armadas. Aun así, ello no invalida el carácter
institucional del conjunto del proyecto, ni la existencia de un grupo “más avanzado” a su interior,
ya que las pugnas y las manipulaciones sobre los ascensos pasaban a través de las reglas de
juego castrenses. Se combinaron, pues, ambos factores que de alguna manera afectaron el grado
de radicalidad o los términos de la aplicación de las reformas; allí, el liderazgo del general Velasco
como elemento dirimente tendría un rol central. Entonces, a pesar del carácter institucional del
proceso durante toda su llamada “primera fase” el general Velasco impuso su mayor personalidad
y li-derazgo, combinando elementos de fidelidad personal con el respeto a la institucionalidad
castrense. Cuando estos elementos fueron puestos en cuestión, comenzó también su declinar.

LAS BASES PROGRAMÁTICAS E IDEOLÓGICAS


Aunque el documento “Bases ideológicas de la revolución peruana” fue hecho público recién en
1975 –como consecuencia de los acontecimientos del 5 de febrero–, en sus términos
fundamentales contiene los iniciales principios que rigieron el golpe de octubre de 1968. En dicho
documento la “revolución peruana” es definida como “un proceso autónomo que se desarrolla
para transformar el sistema político, económico y social del país y cancelar nuestra condición de
sociedad subdesarrollada, capitalista, oligárquica y sometida a los intereses del imperialismo”. Es,
asimismo, “nacionalista e independiente” y doctrinariamente se basa en un “humanismo
revolucionario de clara oposición a los sistemas de explotación social y a los dogmáticos y
totalitarios, por tanto, recusa los sistemas capitalista y comunista”. Estas ideas estaban
obviamente influenciadas por la Democracia Cristiana y el Social Progresismo.
Dentro del humanismo revolucionario, el documento recoge diferentes aspectos de diversas
corrientes: socialista, libertaria y cristiana, mostrando el carácter ecléctico de estas bases
ideológicas, que buscaban un consenso genérico al interior de las Fuerzas Armadas para así
proyectar una imagen de pluralismo político, económico e ideológico frente a la sociedad,
permitiendo que cualquier medida oposición política al interior del gobierno pudiera ser
fundamentada en dichas bases ideológicas. El docu-mento termina con el planteamiento de “la
construcción de una democracia social de participación plena” basada en: el apoyo popular, un
sistema económico pluralista y en valores morales como “la justicia, la libertad, el trabajo, la
participación, la solidaridad, la creatividad, la honradez y el respeto por la dignidad humana”.
Todos estos planteamientos, como se sabe, no llegaron a cumplirse.

LA TOMA DE TALARA
El 9 de octubre se efectuó la toma de Talara, que abarcó los yacimientos, la refinería y las
instalaciones de la IPC. Ese día fue declarado de la “Dignidad Nacional”, celebración que se
mantuvo hasta 1979. En un principio el gobierno declaró no estar obligado a pagar indemnización
alguna, dado el monto de los impuestos adeudados por la empresa; sin embargo, el gobierno de
los Estados Unidos asumió la defensa de la empresa amenazando con la aplicación de la
enmienda Hickenlooper. Como ha sostenido Carlos Malpica, a los pocos días de expropiar La Brea
y Pariñas el gobierno otorgó nuevos contratos de exploración y explotación de los yacimientos del
zócalo continental a la empresa norteamericana Bel-co Petroleum Corporation, que se convirtió
en una de las compañías productoras más importantes. Asimismo, luego de la creación de
Petroperú (en julio de 1969), el gobierno firmó numerosos contratos con consorcios
norteamericanos, europeos y japoneses para la explotación del petróleo descubierto en la selva
por dicha empresa. Estos contratos se firmaron bajo el llamado “modelo peruano” que obligaba a
las compañías a entregar al Estado el 50% de los crudos por concepto de regalía, avaluándose
los costos de producción en un 30%, de modo que las utilidades de las compañías estarían
cercanas al 20% del valor bruto de los productos extraídos. Sólo la Occidental Petroleum
Company descubrió yacimientos con valor comercial, por lo que se convirtió en la primera
productora.

LAS REFORMAS ESTRUCTURALES


Las principales fueron, en orden cronológico, las siguientes: la nacionalización de la IPC (1968);
la reorganización de la banca bajo control del Estado y la reforma agraria (1969); las leyes
generales de industria, pesquería y minería, y la creación de sus respectivas comunidades
laborales (1969-1970); lareforma de la educación (1971); la estatización de la industria pesquera
anchovetera (1973) y de la Cerro de Pasco Peruvian Corporation (1974); la ley de propiedad
social y la expropiación de los periódicos de circulación nacional (1974); y la estatización de los
yacimientos mineros de Marcona (1975). El gobierno creó también numerosas empresas estatales
y estableció un nuevo tratamiento al capital extranjero, enmarcado en las normas fijadas por el
Pacto Andino. Veámoslas en detalle.
a) El control de la banca y el sistema financiero. En lo relativo al sistema bancario y financiero,
en enero de 1969 se dictó una ley por la cual sólo podían considerarse nacionales aquellas
empresas cuyo capital estuviera en poder de peruanos en más del 75%, y cualquier nuevo banco
que se estableciera debía tener la misma composición. Según Carlos Malpica se favoreció la
fusión de bancos y se fijó en 150 millones de soles el capital mínimo para operar en Lima.
Asimismo, el Estado adquirió el Banco Popular del Perú, la totalidad de las acciones del Banco
Continental y del Banco Internacional del Perú (el primero perteneciente al Chase Manhattan
Bank y el segundo al Chemical Bank of New York, la Bunge y Börn y al grupo Grace). En marzo
de 1973 el Banco Continental adquirió la totalidad de las acciones del Banco del Progreso,
controlado por un grupo judío-peruano.
A comienzos del gobierno de Belaunde los únicos bancos privados que quedaban eran: el Banco
de Crédito del Perú (25% de sus acciones pertenecientes a la Banca Comercial Italiana), el Banco
de Lima (controlado por el Credit Lyonnais), el Banco Comercial del Perú (cuyos principales
accionistas eran miembros de las familias Bertello y Aspíllaga) y el Banco de la Industria de la
Construcción (BIC, controlado por Luis León Rupp). Se creó, además, la Corporación Financiera
de Desarrollo (COFI-DE), con autonomía económica y administrativa, cuya función era coordinar
la acción financiera empresarial del Estado y fomentar la creación de empresas, fortaleciendo las
existentes. Con el avance de las reformas, el Estado –a través de la banca estatal y asociada–
asumió directamente la política monetaria, crediticia y cambiaria, adecuándola a las políticas de
desarrollo impulsadas por el gobierno. Para ello otorgó al Banco Central de Reserva y al Banco de
la Nación facultades para actuar como agentes financieros.
b) La Reforma Agraria. El 24 de junio de 1969 el gobierno de la Fuerza Armada promulgó la ley
de Reforma Agraria, iniciando un proceso de cambios radicales. El lema principal de la reforma
fue: “Campesino: el patrón no comerá más de tu pobreza” y la primera acción gubernativa fue la
expropiación de los complejos agroindustriales de la costa en los cuales el 60% de acciones
fueran de propiedad extranjera. Se determinó la cancelación del latifundio y se estableció una
nueva distribución de tierras basada en la mediana y pequeña propiedad, que debía ser trabajada
directamente por sus dueños. La extensión máxima de las propiedades se estableció de la
siguiente manera: 150 ha en la costa, 1 500 ha en las haciendas ganaderas, y de 15 a 55 ha en
la sierra y ceja de selva, pagándose a los propietarios una indemnización en bonos y en efectivo,
con el objetivo de que los bonos fueran invertidos en la industria. Asimismo, la ley señaló que no
habría excepciones en cuanto a las dimensiones de la propiedad y que éstas serían establecidas
por el Tribunal Agrario y los jueces de tierras. Se establecieron asimismo diferentes formas de
propiedad cooperativa y asociativa, destacando las Cooperativas Agrarias de Producción (CAPs),
formadas sobre la base de los complejos agroindustriales; las Sociedades Agrícolas de Interés
Social (SAIS), integradas por los trabajadores de los antiguos latifundios y comunidades
dedicadas a la agricultura y la ganadería; y las comunidades campesinas, reestructuradas para
participar de los beneficios de la ley de Reforma Agraria. Cabe destacar que desde entonces el
número de comunidades campesinas reconocidas por el Estado se ha incrementado
notablemente; según Alberto Flores Galindo, suman más de 4 mil, convirtiendo a la comunidad en
la institución política y económica más importante del Perú contemporáneo. El gobierno disolvió
la Sociedad Nacional Agraria (SNA), controlada por los grandes propietarios agroindus-triales, y
fundó la Confederación Nacional Agraria (CNA), conformada por los diferentes sindicatos y
directivas de las nuevas organizaciones cooperativas. Ello implicó una lucha frontal contra el
sindi-calismo azucarero aprista –que databa de la década del 20–, una de las razones de la
oposición del PAP a estas medidas. Según Daniel Carbonetto, la reforma agraria implicó el reparto
de 10 298 453 ha entre 399 576 familias campesinas –lo que representaba el 55,3% de la
superficie agrícola y el 32,9% de las familias en el campo– y la liquidación de la base de poder de
la oligarquía terrateniente. En cuanto a las empresas comerciales de exportación, las dedicadas a
productos agrícolas (como la Grace y la Gil-demeister en el caso del azúcar) continuaron sus ac-
tividades. Se creó la Empresa Pública de Servicios Agropecuarios (EPSA) para encargarse de la
comercialización de los productos del campo orientados al mercado interno, otorgándosele en
diciembre de 1972 el monopolio de la comercialización del café y, en agosto de 1973, el de la
fibra de algodón. Un mes después de la ley de Reforma Agraria, el 24 de julio de 1969, se dictó
una nueva ley de Aguas, señalando que los recursos acuíferos eran de propiedad del Estado y
que éste determinaría el régimen de su distribución (anteriormente estuvo en manos de los
grandes propietarios, quienes la usaban como me-dio para acrecentar sus propiedades). Para su
cumplimiento se promovió la organización cooperativa en su uso y explotación, complementaria
al sistema asociativo y cooperativo establecido en la propiedad de la tierra.
c) La reforma de la educación. Debido al incremento de la demanda de los servicios educativos, y
como una manera de frenar las protestas estudiantiles de 1969 frente a la pérdida de la gratuidad
de la enseñanza, el gobierno dictó en febrero de ese año la ley universitaria Nº 17437, que
fortalecía la autoridad del rector y disminuía la presencia estudiantil en los órganos de decisión de
las universidades. Luego de dos años, en marzo de 1971, ante el patente fracaso de la ley, se
dictó una ley integral de reforma de la educación (Nº 19326) –es decir, en todos los niveles–,
cuyas bases doctrinales fueron formuladas por Augusto Salazar Bondy y Walter Peñaloza,
basándose en modelos de las universidades norteamericanas y europeas. Los objetivos
planteados eran: educación para el trabajo; educación para el cambio estructural y
perfeccionamiento de la sociedad peruana; educación para la
realización del hombre y la independencia nacional; estímulo de la conciencia crítica y la
cooperación nacional y fomento de la autoeducación.
La ley consideró varios niveles educativos: a) Inicial, para niños de 0 a 6 años, de aprestamiento
para los siguientes niveles; b) Básico, con dos modalidades: regular –para niños de 5 a 15 años–
y laboral –para mayores de 15 años–, que abarcaba tres ciclos con nueve grados; c) Superior,
que abarcaba: las ESEP (Escuelas Superiores de Educación Profesional), donde se otorgaba el
bachillerato profesional; las universidades, escuelas de oficiales de las Fuerzas Armadas y las
Fuerzas Policiales, seminarios religiosos y otras escuelas, que otorgaban el bachillerato académico
y las licenciaturas profesionales; y la Escuela de Altos Estudios, donde se otorgarían las maestrías
y doctorados, que nunca llegó a funcionar. Otras modalidades de estudios fueron: a) la
Calificación Profesional Extraordinaria, que capacitaba en un corto tiempo para la realización de
trabajos específicos en academias y centros de instrucción de calificación profesional; b) la
Educación Especial, orientada a niños con alguna incapacidad física, síquica o con problemas de
índole social; c) la Extensión Educativa, que abarcaba múltiples actividades orientadas al público
en general.
En cuanto a la universidad, y específicamente a su gobierno, la ley estableció el sistema electoral
para el nombramiento de los miembros de la asamblea universitaria y del rector, quienes a su vez
elaborarían el estatuto universitario. Se reconoció a los trabajadores como estamento de la
universidad, aunque nunca llegaron a participar de la asamblea universitaria, y se desconoció a
las federaciones universitarias, aunque se mantuvo al tercio estudiantil. Asimismo, se creó el
Consejo Nacional de la Universidad Peruana (CONUP), como órgano de coordinación entre las
diferentes universidades; las facultades fueron reemplazadas por los programas y departamentos
académicos; y se estableció el régimen de estudios semestral y por credi-taje. Según Carlos
Malpica, debido a la elaboración de estatutos universitarios que rebasaban los alcances de la ley,
el gobierno no promulgó ésta dejando a las universidades en un caos legal. Asimismo, la
disminución relativa de las rentas y el haber quedado el gobierno de las universidades bajo
diferentes formas de autoridades provisorias, nombradas por el CONUP, fueron las causas de la
crisis universitaria bajo el gobierno militar.
d) Ley de Minería. El 8 de junio de 1969 el gobierno promulgó la ley general de Minería –en
reemplazo de la dictada bajo el gobierno de Odría– que establecía la participación directa del
Estado en la explotación, producción y comercialización de los productos mineros. Éste sería el
caso de los yacimientos que después de un plazo establecido no fueran trabajados por los
concesionarios. Asimismo, se establecieron medidas de protección y apoyo a la pequeña y
mediana empresa minera, en cuanto al otorgamiento de créditos y de asistencia técnica. En
octubre de 1970 se crean Minero Perú y Minero Perú Comercial (MINPECO); el primero se
encargaría de la explotación directa de los yacimientos mineros de propiedad del Estado y la
segunda de la comercialización y exportación de los minerales. Deesta manera el Estado tenía
plena disponibilidad de las divisas del sector minero y el control de los costos y utilidades,
evitando así una de las formas más comunes de evasión tributaria. También se crearon
Centromin Perú y Hierro Perú para la explotación de los minerales y la ad-ministración de las
fundiciones de la sierra central.
Según Malpica, a excepción de la compra por el Estado de la Cerro de Pasco Corporation y de la
Marcona Mining Company, las empresas mineras continuaron operando normalmente. En
diciembre de 1969, el gobierno firmó nuevos contratos de explotación de los yacimientos de
Cuajone con la
Southern Peru Copper Corporation y continuó las negociaciones del gobierno de Belaunde con las
empresas Anaconda, Cerro Corporation, American Smelting and Refining Company y Kayser
Alumi-nium Company, para la explotación de Cerro Verde, Toromocho, Michiquillay, Quellaveco y
Bayóvar, que funcionarían en base a empresas mixtas (nacionales o extranjeras) o empresas
estatales con créditos externos. Si bien la ley de Minería recortaba algunas ventajas otorgadas a
las empresas extranjeras en el código de Minería del gobierno de Odría, el modelo de explotación
se mantuvo dentro de una orientación de promoción capitalista.
Con la ley de Comunidades Industriales se creó la comunidad minera, semejante a la industrial
pero con la diferencia de que se le destinaba el 10% y no el 25% de las utilidades. Para equilibrar
las diferencias de productividad entre empresas se creó la comunidad de compensación minera, a
la cual contribuían todas las empresas para redistribuir los ingresos entre los trabajadores del
sector.

En lo relativo a los materiales de construcción, con el control del Banco Popular el Estado adquirió
el 18% de las acciones de Cementos Lima S.A., la mayor productora de cemento, y la mayoría de
las acciones de Cemento Chiclayo S.A. de Cemento Sur, de Cementos Especiales y Derivados
S.A., y de Distribuidora de Materiales, la compañía encargada de la comercialización del cemento
en Lima y de partamentos aledaños. En los primeros meses de 1974, el Estado adquirió por
compra-venta y/o expropiación Cemento Andino S.A. y Cemento Pacas-mayo, transformándose
en monopolista de este sub-sector industrial, pues ya le pertenecía la planta de cemento de Yura
en Arequipa.
e) Ley de Industrias. En julio de 1970 el gobierno dicta la ley Nº 18350 o ley de Industrias que
introduce importantes cambios en el sector: las industrias básicas (o de transformación de
materias primas, que comprendían la industria siderúrgica, petroquímica, de fertilizantes,
cemento y papel) quedaban reservadas para el Estado; se crea el sector cooperativo; se
establece la participación de los trabajadores tanto en las utilidades como en el capital y la
dirección de la empresa, a través de la comunidad industrial; y se limita la participación del
capital extranjero al 33% del valor accionario de las empresas que operan en el país, salvo casos
excepcionales. Además, se expropiaron las industrias del grupo Grace, la industria del cemento,
del papel, de los fertilizantes y algunas de la química básica. La acción empresarial del Estado en
el campo industrial generó la formación de empresas como Sider-perú, encargada de la
producción de acero; Indupe-rú, para implementar los proyectos empresariales del Estado
mediante la prestación de servicios técnicos y gerenciales; Entur Perú, para impulsar el desarrollo
de los servicios turísticos, entre otras.
En setiembre de 1970, el gobierno promulgó la ley de Comunidad Industrial que otorgaba a los
trabajadores la participación en la gestión y propiedad de la empresa mediante la comunidad
industrial, conformada por todos los trabajadores de cada fábrica. Su patrimonio estaba
constituido por el 15% de las acciones anuales originadas para la reinversión libre de todo
impuesto a la renta, el cual se acumularía hasta alcanzar el 50% del capital social de cada
empresa; ello le daba a los trabajadores una representación proporcional en el directorio de la
empresa, sin sobrepasar el 50%. Un 10% de la renta se repartía entre los trabajadores de
acuerdo a los días laborados durante el año. Se exceptuó de la comunidad laboral a las pequeñas
empresas privadas con un movimiento económico menor.
En abril de 1974 se promulga la ley de Empresas de Propiedad Social, cuya principal característica
era pertenecer íntegramente a sus trabajadores. Las EPS se formaban de acuerdo al principio de
solidaridad para la realización de actividades económicas y en ellas se buscaba cumplir con la
participación plena de todos los trabajadores, quienes tenían derecho de intervenir en la gestión y
en los beneficios de la empresa, a la acumulación social y a recibir ca-pacitación permanente. A
pesar de que se formaron numerosas empresas bajo este régimen, muchas de éstas no llegaron
a prosperar; entre otras razones porque, como ha señalado Chirinos Soto, la propiedad social no
era entendida como propiedad individual o grupal de los trabajadores que la conformaban. Más
bien, las empresas pertenecían “al conjunto de los trabajadores que integran el sector de
propiedad social”.
Uno de los objetivos de estas leyes era “acabar con la lucha de clases” mediante la “conciliación
de intereses entre el capital y el trabajo”. Sin embargo, surgieron serias discrepancias y
contradicciones al interior del movimiento sindical, ya que si bien se veía con simpatía dichas
medidas, éstas planteaban en la práctica la desaparición de los sindicatos y de su autonomía
política frente al Estado. Esta contradicción atravesó todas las reformas y no pudo impedir que
entre 1970 y 1975 se realizaran numerosas protestas y huelgas sindicales.
En cuanto a la legislación laboral, el gobierno reorganizó el ministerio de Trabajo, unificó los
regímenes de Seguridad Social (de obreros y empleados) y dio una serie de disposiciones sobre
inspecciones, reclamaciones colectivas y denuncias. También fomentó el reconocimiento oficial de
los sindicatos, duplicándose el número de éstos entre 1968 y 1975.
Una de las medidas de legislación laboral más importantes fue el decreto ley Nº 18471 del 10 de
noviembre de 1970, llamado ley de Estabilidad Laboral. Esta ley limitaba a dos los casos en los
que el trabajador podía ser despedido: por “falta grave” y por “reducción o despido total del
personal autorizado por la autoridad de trabajo”. Según Denis Sul-mont, dicha ley fue duramente
criticada por los empresarios que veían recortada su libertad frente al trabajador. La ley además,
establecía determinadas exigencias mínimas que el empleador debía cumplir para proceder al
despido, impidiéndose de esta manera muchas arbitrariedades y permitiendo que los trabajadores
participaran en la acción sindical con ciertas garantías elementales frente a las represalias
patronales. Sin embargo, los empresarios siguieron atentando contra la estabilidad laboral –en
especial contra los dirigentes sindicales–, ya que la ley dejaba un amplio margen de
interpretación sobre lo que podía considerarse “falta grave”. Esto llevaba a los obreros a largos
trámites para recuperar su puesto de trabajo. Finalmente, el Estado mantuvo la facultad de
suspender la estabilidad laboral en ciertas empresas o sectores, disposición a la que recurrió para
reprimir el movimiento sindical.
f) Ley de Pesquería. El 28 de marzo de 1969 se promulga la ley orgánica del ministerio de
Pesquería, donde se establece que la extracción de los recursos pesqueros era de interés social y
de necesidad pública. La acción estatal en este sector se inició con la creación, en 1970, de la
empresa de comercialización interna denominada Empresa Pública de Servicios Pesqueros
(EPSEP) y de otra encargada de la exportación de la harina y el aceite de pescado, llamada
Empresa Pública de Comercialización de Harina y Aceite de Pescado (EPCHAP). Se estableció
luego la comunidad pesquera, semejante en sus lineamientos a la minera, otorgando
participación a los trabajadores en la gestión y en las utilidades de las empresas; y la comunidad
de compensación pesquera, que permitía proteger a todas las empresas, grandes o pequeñas. En
mayo de 1973 el Estado expropia las acciones de las empresas que transformaban la anchoveta,
cuyo accionariado en su mayoría se hallaba en manos extranjeras, creándose Pescaperú. Para la
explotación de la pesca de consumo directo y elaboración de conservas se crearon varias
empresas mixtas y se suscribieron convenios con países tanto capitalistas como socialistas. En
julio de 1976, el gobierno de Morales Ber-múdez privatiza la flota de Pescaperú autorizando su
venta a pequeñas empresas, lo cual provocó una gran huelga de los pescadores anchoveteros. En
1979, el gobierno denunció unilateral-mente los contratos con Cuba y Polonia.
g) La reforma del Estado. Los cambios producidos en todos los sectores de la pro-ducción y de
servicios en el país hicieron necesaria una reforma del aparato estatal. Se crearon nuevos
ministerios como Economía y Finanzas (ex Hacienda y Comercio); Energía y Minas; Industria,
Comercio, Turismo e Integración; del Interior (ex Gobierno y Policía); Transportes y
Comunicaciones; Vivienda y Construcción; y Pesquería. Asimismo, se fortaleció al Instituto
Nacional de Planificación (INP) otorgándole el control de todas las inversiones del sector público y
la responsabilidad de la política económica de largo plazo. A modo de descentralización, se
crearon los Comités Departamentales con el fin de planificar y realizar las inversiones del Estado
en cada departamento del país, mediante la coordinación de las entidades estatales con
organizaciones de diverso tipo.

h) Las telecomunicaciones. En diciembre de 1969 el gobierno creó la Empresa Nacional de


Telecomunicaciones (Entel Perú) encargada del establecimiento, las operaciones y el desa-rrollo
de los servicios de telecomunicaciones dentro y fuera del país, iniciándose el ingreso del Perú al
sistema de comunicaciones vía satélite y vía microondas. En noviembre de 1971 se promulgó la
ley de Telecomunicaciones, marco en el cual se expropió más del 50% de las acciones de los
canales de televisión y de once radioemisoras de Lima. Se creó, además, el Sis-tema Nacional de
Información (SINADI), encargado de los servicios informativos al interior y exterior, y el Estado
comenzó a producir programas de televisión a través del canal estatal. En julio de 1972 el
gobierno compró el 70% de las acciones de la Compañía Peruana de Teléfonos S.A. perteneciente
a la International Telephone and Telegraph (ITT), iniciándose la nacionalización del sector.
También fue nacionalizada, e integrada a Entel Perú, la Compañía Nacional de Teléfonos,
encargada del servicio del centro, norte y oriente de la República, subsidiaria de la ITT y de la
Sociedad Telefónica del Sur S.A., subsidiaria de la empresa sueca Ericksson. A todo esto se
agregó la nacionalización de la red de ferrocarriles que se encontraba en poder de la compañía
inglesa Peruvian Corporation. En setiembre de 1972 fue creada la Empresa Nacional de
Ferrocarriles del Perú (Enafer Perú).
i) Otros sectores. Según Malpica, el Estado controló la mayoría de las acciones de las Empresas
Eléctricas Asociadas, entidad que siguió siendo la predominante en el sector correspondiente,
cambiándole el nombre por el de Electrolima. El resto de empresas estatales se agrupó en
Electroperú.
Las empresas comerciales continuaron operando igual que antes, produciéndose pocos cambios
en el sector, tales como la mayor participación del Estado en la comercialización de los productos
agropecuarios a través de la Empresa Pública de Servicios Agropecuarios (EPSA) y la intervención
de las 14 tiendas de la cadena Supermarket, que pertenecía a la familia Olcese. EPSA era la única
entidad autorizada para importar carnes, grasas, frutas, productos lácteos, licores, menestras,
trigo, maíz y sorgo, y la encargada del comercio del arroz y otros productos agrícolas con precios
subsidiados. Junto con EPSEP y EPCHAP, el gobierno organizó la Empresa Nacio-nal de
Comercialización de Insumos (ENCI), encargada de la importación de insumos y artículos
industriales. Al desaparecer EPSA en 1979, ENCI asumió sus funciones.
Las urbanizadoras continuaron operando sin alteraciones, salvo las disposiciones dictadas para
evitar el exceso de especulación, racionalizar la expansión de las ciudades, facilitar la adquisición
de terrenos por cooperativas y asociaciones de vivienda, y recuperar los terrenos eriazos en
poder de particulares.

LA POLÍTICA ECONÓMICA
Luis Pásara ha sostenido que el proyecto militar tenía una fórmula básica para financiar el
desarrollo nacional: concentrar en el Estado el proceso de acumulación que se hallaba en manos
del capital extranjero y de los grupos nacionales de poder económico. Para ello se nacionalizaron
las principales actividades productivas y de comercialización de las exportaciones peruanas. El
excedente nacional, que no escaparía entonces al exterior ni se concentraría en pocas manos,
permitiría realizar inversiones públicas reproductivas al mismo tiempo que se obtenían las divisas
necesarias para abastecer al sector industrial.
El modelo mostró su debilidad por varios lados. En primer lugar, muchas de las nacionalizaciones
no produjeron el efecto esperado y algunas de ellas más bien ocasionaron un significativo
desembolso de divisas. Las expropiaciones de la IPC y la Cerro de Pasco Corporation requirieron
de nuevas inversiones antes de mostrar utilidades significativas. La comercialización de minerales,
pesca y productos agrícolas en manos del Estado no dejó los márgenes de utilidad que había
alcanzado antes de la expro-piación. En segundo lugar, se siguió implementan-do una política de
fomento a la sustitución de importaciones que resultaba adicta a un consumo de divisas cada vez
mayor, puestas al alcance de la industria por el Estado. En tercer lugar, la necesidad del régimen
de contar con un apoyo social lo llevó a aplicar una amplia cobertura de subsidios a los productos
de primera necesidad urbana, repercutiendo de manera negativa en el presupuesto fiscal, la
balanza comercial y la producción agrícola.
En conclusión, el manejo económico del régimen suponía un creciente gasto público y un
consumo ascendente de divisas, acrecentado por la reducción de la presión tributaria sobre el
capital. El camino para resolver estos problemas fue el endeudamiento público, cuyo proceso se
aceleró en la medida de la necesidad de garantizar que la economía continuara funcionando.

LA POLÍTICA EXTERIOR Y EL PROTAGONISMO INTERNACIONAL


En el campo de las relaciones internacionales el gobierno militar obtuvo importantes éxitos. Dio
muestras de independencia frente a la política de los Estados Unidos, que amenazó al Perú con
sanciones económicas, especialmente en relación al problema con la IPC; la defensa de la tesis
de las 200 millas de mar territorial peruano y la posición respecto al canal de Panamá. Ello llevó
al retiro de las misiones militares norteamericanas y a una apertura hacia el bloque socialista,
restableciéndose relaciones diplomáticas y comerciales con casi todos los países de dicho bloque,
incluyendo Cuba y China, y comprándose armamento a la Unión Soviética. Se continuó la política
de integración de los países andinos iniciada por el gobierno de Belaunde; en mayo de 1969
Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador y Perú firmaron en la ciudad de Cartagena un acuerdo de
integración subregional, llamado Pacto Andino o Acuerdo de Cartagena. En 1973 Venezuela se
unió a éste y en 1976 Chile, bajo la dictadura del general Augusto Pinochet, se retiró. El Perú fue
anfitrión de la reunión del Grupo de los 77 del Movimiento No Alineado, realizada en Lima en
octubre de 1971, aunque sólo participó como observador; recién en setiembre de 1973 se
incorporó como miembro ple-no, ubicándose en una posición de liderazgo a nivel latinoamericano
y del Tercer Mundo.

Los principios fundamentales en los que se basó la política exterior peruana fueron los siguientes:
autonomía frente a cualquier forma de injerencia extranjera; política antimperialista, contraria a
toda forma de dominación externa o de dependencia política, social o militar respecto a cualquier
centro de poder internacional; respaldo a la lucha de los pueblos contra toda forma de
imperialismo, colonialismo y subordinación internacional; posición de país no alineado y ubicación
tercermundista; afirmación de un nuevo concepto en las relaciones internacionales sustentado en
una efectiva comunidad de naciones libres y soberanas basadas en la igualdad. Los titulares en el
ministerio de Relaciones Exteriores durante el gobierno del general Velasco fueron los generales
Edgardo Mercado Jarrín y Miguel An-gel de la Flor Valle.

LA MOVILIZACIÓN SOCIAL
Con el fin de obtener una base social de apoyo al gobierno y dirigir “desde arriba” la parti-
cipación de la población en el proceso de reformas, el gobierno creó en junio de 1971 el Sistema
Nacional de Movilización Social (SINAMOS), encabezado por el general Leonidas Rodrí-guez
Figueroa, sistema que articulaba organizaciones de diferente carácter, a través de las cuales se
realizaba campañas de concientización y movilización política, pero también se canalizaba las
demandas de pequeñas obras públicas por medio de las Corporaciones Departamentales de
Desarrollo. Esta política era congruente con el discurso oficial de “democracia social de
participación plena” y de “no partido”, aunque muchos integrantes del gobierno vieron en el
SINAMOS un antecedente de lo que debía ser la constitución de un partido político de la
revolución peruana. Por el carácter militar del régimen, el SINA-MOS instauró una relación vertical
y autoritaria con la población organizada en sus filas, a través de las cuales también se
establecieron lazos paternalistas y de clientelaje político. Sin embargo junto con el proceso de
reformas la organización popular comenzó a radicalizarse más y, en determinados momentos, a
desbordar el férreo control gubernativo. Esta organización popular, paralela a la que fue ges-
tándose por impulso de la izquierda radical, fue uno de los más grandes temores de los
empresarios y propietarios, ante la perspectiva de una explosión social incontrolable. Junto con el
SINAMOS se creó el Sistema Nacional de Defensa Civil, en marzo de 1973, orientado a la
prevención y rápida movilización social en caso de desastres.

EL INICIO DE LA CRISIS ECONÓMICA DE 1973


En 1973 comenzaron a manifestarse los primeros síntomas de la crisis: déficit en la balanza de
pa-gos, caída de las reservas internacionales, incremento de los servicios de la deuda externa y
del costo de vida. Según Lynch, cuando las dificultades económicas fueron innegables, alrededor
de 1975, el gobierno militar las atribuyó a la baja internacional de los precios de nuestras
exportaciones, causante de la falta de divisas necesarias para las importaciones que hacían
funcionar el resto de sectores económicos, especialmente la industria. La falta de divisas intentó
ser cubierta con préstamos externos a partir de 1974, utilizando como garantía los futuros
ingresos por las inversiones realizadas por el gobierno en la minería y el petróleo. Los resultados,
sin embargo, no fueron inmediatos ni en los niveles previstos, y la explicación de las causas de la
crisis se volvería reiterativa hasta el inicio del gobierno aprista. Ninguno de los ministros de
Economía ni los presidentes de turno quisieron reconocer la existencia de importantes factores
internos como la caída de la presión tributaria y de la inversión privada, así como la dependencia
de divisas para el funcionamiento de la industria, acrecentada por el modelo de sustitución de
importaciones.
En cuanto a la crítica por el desmesurado crecimiento del Estado y el incremento de su presencia
en la economía en desmedro de las actividades productivas privadas, hay que señalar que, según
Car-bonetto, pese a las reformas el sector privado mantuvo su preeminencia en la generación del
valor bruto de la producción, con un total del 58,4% (43,1% nacional y 15,3% extranjero),
mientras que la propiedad estatal fue del 10,3% y la asociativa de 8%. En cuanto a inversión,
también el Estado incrementó su participación superando a la privada: mientras el sector estatal
controlaba la banca, la minería, el petróleo y, a través de las empresas asocia-tivas, las grandes
propiedades agrarias, el capital privado tuvo preeminencia en importantes segmentos de la
industria, el sector más dinámico de la economía, con un crecimiento promedio anual del 7,5%
entre 1960 y 1975. Dentro de ella se encontraban las unidades productivas más grandes, con
más de 100 trabajadores, como en los sectores químicos y metalmecánicos, en manos de
capitales norteamericanos, que tendrían una gran importancia en la política de sustitución de
importaciones. Sin embargo, hay que reconocer –como sostienen Schydlowsky y Wicht– que,
pese a las altas inversiones, el sector estatal debía enfrentar problemas como el haber absorbido
empresas con dificultades económicas o instalaciones obsoletas y la falta de eficacia en el manejo
interno de dichas empresas.
En cuanto al sector agrario, no cambiaron las desiguales relaciones entre el campo y la ciudad,
manteniéndose los precios agrarios bajos en favor de los sectores urbanos, frenándose las
posibilidades de crecimiento del sector agrario asociativo y del agro en general.
Volviendo al punto de la inversión privada, el sector empresarial argumentaba que su reducción
se debía al incremento de la presencia estatal en la economía, pero especialmente al impacto de
los beneficios sociales otorgados a los trabajadores, como la estabilidad laboral y el incremento
de salarios. Según Dancourt, entre 1970 y 1975 la de-manda, producción, rentabilidad y
beneficios del sector privado se incrementaron, pero la inversión no, debido a la falta de
confianza empresarial por las limitaciones impuestas en la toma de decisiones y en la obtención
de mayores ganancias, aspectos relacionados al trato del factor trabajo. Ello a pesar de que el
gobierno de Velasco otorgó importantes incentivos con el fin de compensar dichas limitaciones y
dar mayor confianza a los empresarios, como son las múltiples exoneraciones tributarias, el
aumento del gasto público y los mejores salarios, que incrementaron la capacidad de compra de
amplios sectores populares. Ello se ve reforzado con lo que Carbonetto señala acerca de la
relación entre ganan-cias y salarios al interior de la distribución nacional de la riqueza; entre 1968
y 1975, las ganancias subieron del 22,4% al 28,2%, mientras los salarios bajaron de 77,6% al
72,6%. Es decir que, en términos de distribución de la riqueza, los empresarios incrementaron
sus ingresos en desmedro de los trabajadores. Ello muestra que pese a las medidas dictadas por
el gobierno, éste mantenía su tendencia a beneficiar al sector empresarial antes que a los
trabajadores. Además, las ganancias que no se dedicaron a la inversión fueron orientadas al
incremento del consumo personal de los empresarios, el cual subió del 40% al 70% entre 1968 y
1975. El argumento de señalar al incremento de los salarios como causa de la crisis ha sido la
posición oficial del empresariado peruano hasta nuestros días; sin embargo, como hamostrado
Carbonetto, éste es insostenible. Dan-court atribuye esta falta de inversión a la ausencia de
confianza empresarial, entendida como la capacidad de los empresarios de “disciplinar” a los
trabajadores, particularmente a través del despido. Para los empresarios la estabilidad laboral
significaba una disminución de su poder dentro de la sociedad en favor de los sindicatos y de la
competencia que como empleador significaba el Estado. Los empre-sarios, acostumbrados a
actuar sin competencia económica ni respeto a los derechos laborales, no se sintieron cómodos
con las nuevas condiciones impuestas por el gobierno, por más que éstas significaran mayores
ganancias. Por su parte, el inversionista extranjero que, como hemos señalado, mantuvo su
presencia en el sector industrial –pese a su desplazamiento de importantes sectores como la
minería, el petróleo y el agro–, imitó el comportamiento del empresario peruano: no invirtió,
debido a las leyes sociales que beneficiaban a los trabajadores, a la política de formación de
empresas mixtas en la explotación de nuestros recursos naturales, a las limitaciones en la
repatriación de utilidades y a la paulatina nacionalización de las empresas extranjeras. Sin
embargo, también se benefició ampliamente con los incentivos del gobierno y el uso de las
divisas peruanas, lo cual redundó en mayores ganancias.
Los estudios de Carbonetto, y de Schydlowsky y Wicht, plantean que los problemas de fondo se
dieron con el modelo de desarrollo industrial basado en la “sustitución de importaciones” como
principio para la acumulación económica, que demandaba una gran cantidad de dólares para la
importación de maquinarias e insumos, necesidad que se vio incrementada con el creciente
reclamo por aumentos salariales y del gasto público.
La crisis era inevitable si la producción para el mercado interno no contaba con las divisas
necesarias. Esta situación se había iniciado en los años 60 con la expansión de la producción de
bienes de consumo durables orientados a las clases medias y altas (automóviles, televisores,
refrigeradoras y otros productos para el hogar), que requería de maquinarias e insumos
importados; pero no se impulsó una política orientada a promover una industria masiva de bienes
de consumo con insumos nacionales y con maquinarias producidas en el país. Las escasas divisas
existentes terminaron financiando una industria que no atendía sino las necesidades de un sector
muy pequeño de la población y que no contribuía a una integración económica del conjunto de
los sectores productivos; es decir, no se impulsaba el crecimiento del mercado interno. Se buscó
cubrir la falta de divisas a través de préstamos externos, cuyo monto subió de 1 100 millones de
dólares en 1968 a 2 542 millones en 1973 y a 3 990 millones en 1975. La mayoría de estos
préstamos pro vino de la banca privada de los Estados Unidos y de Europa, debido al deterioro de
las relaciones con el gobierno norteamericano. Desde 1972 los déficits presupuestales serían
cubiertos con estos préstamos externos y, recién en 1974, Perú y Estados Unidos llegaron a un
acuerdo que restablece la fluidez de recursos financieros. Asimismo, los gastos en defensa se
incrementaron al deteriorarse las relaciones con Chile luego del golpe de Estado contra el
presidente Salvador Allende. En agosto de 1975 se alcanzó un punto crítico que pudo llegar a
enfrentamien-tos armados: los gastos de defensa subieron de 58 millones de dólares en 1970 a
219 millones en 1975. Los ingresos por las exportaciones no sólo debían mantener en
funcionamiento a la industria, sino que también debían orientar más recursos a los gastos
militares y al pago de la deuda externa, que se incrementó del 14,6% en 1968 al 25,8% en 1975.
Una de las salidas podría haber sido realizar una reforma del sistema tributario para mejorar los
ingresos del Estado, pero esa decisión política no se tomó ante el temor de afectar las ganancias
empresariales y los ingresos de la clase media alta, dos sec-tores que a pesar de verse
favorecidos por las políti-cas económicas inmediatas mantenían su distancia ideológica frente al
régimen.
El fracaso económico, expresado en forma inmediata como apremio financiero, fue causado por
defectos de un modelo de industrialización consumidor y dependiente de divisas, que no logró
integrar a los diversos sectores productivos y en el marco del cual casi no se reinvirtió. La baja en
los precios de los productos de exportación, los gastos en defensa y en el pago de la deuda
externa agravaron la situación pero no fueron su causa. En ese sentido, los militares continuaron
y profundizaron un modelo de desarrollo industrial iniciado por el gobierno de Belaunde.

LA EXPROPIACIÓN DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN


Entre los primeros sectores afecta-dos por las medidas del gobierno estuvieron los periodistas y
los medios de prensa que eran voceros de los partidos políticos afectados por el golpe o que en
general se opusieron a él. Los diarios Expreso y Extra (ambos de propiedad de Manuel Ulloa Elías)
y la revista Caretas fueron clausurados en noviembre de 1968. Para enfrentar a los medios de
prensa opositores al gobierno, en marzo de 1969 se crea la Oficina Nacional de Información,
como vocero oficial. En marzo de 1970 se concreta la expropiación de Expreso y Extra. En abril es
declarada en quiebra y clausurada La Tribuna, vocero del PAP; asimismo, con la compra del 85%
de las acciones del Banco Popular, el gobierno obtuvo el diario La Crónica. En noviembre de
1971, se decreta la compra por parte del Estado del 51% de las acciones de los canales de
televisión privada, con lo que asumió su control. Las empresas de radio y televisión productoras
de programas continuaron en manos de sus propietarios; el Estado creó Telecentro, una empresa
mixta con los antiguos dueños. Los únicos medios escritos que mantuvieron su autonomía frente
al gobierno fueron La Prensa (de propiedad de Pedro Beltrán), El Comercio (de propiedad de la
familia Miró Quesada), Ultima Hora, y Correo y Ojo (de propiedad del empresario pesquero Luis
Banchero Rossi).
En la madrugada del 27 de julio de 1974, las sedes de estos diarios fueron ocupadas, dictándose
esa misma mañana un decreto por el cual se confiscarían; en adelante el gobierno nombraría a
los directores y a los gerentes de las empresas editoras. Según el decreto, el gobierno no
asumiría directamente el control de los diarios sino que éstos serían transferidos a los sectores
organizados de la sociedad: El Comercio sería entregado a los campesinos; La Prensa a las
comunidades laborales; Expreso y Extra a la comunidad educativa; Correo a los profesionales;
Ultima Hora a los trabajadores de servicios; y Ojo a los intelectuales. La Crónica dependería
directamente de la presidencia de la República. Dichas transferencias nunca se concretaron. Las
agencias noticiosas internacionales siguieron operando y se reincorporó el servicio de Prensa
Latina, la agencia del gobierno cubano, clausurada en diciembre de 1959 por el gobierno de
Manuel Prado.
Con respecto a las revistas extranjeras, Life y The Economist dejaron de circular en su versión
castellana y se prohibió el ingreso de Visión por su posición antiperuana. A fines de 1975, se
prohibió la importación de revistas frívolas (Playboy, Cosmopolitan), en tanto que, de las revistas
nacionales, continuaron apareciendo Caretas y Oiga. Durante la segunda fase se fundaron
numerosas revistas políticas como Marka, Amauta, Equis X, Opinión Libre y El Tiempo, expresión
de una inminente crisis política debido aque el gobierno no lograba alcanzar legitimidad y apoyo
social para las reformas.

LA CRISIS DEL VELASQUISMO


La crisis política del gobierno militar no fue sino la expresión de los conflictos al interior de las
Fuerzas Armadas, relacionados con el rumbo que estaba tomando el proceso de reformas. Una de
las preocupaciones más importantes era el movimiento social –con signos de una rápida
radicalización– que empezaba a romper los marcos estrechos de la organización corporativa dada
por el SINAMOS, agudizada por los primeros signos de la crisis económica. El elemento
aglutinador del liderazgo del general Ve-lasco alrededor de las reformas comenzó a romperse,
situación impensable al inicio del gobierno militar, aunque ya Velasco había enfrentado algo
similar a fines de enero de 1969 cuando le tocaba pasar al retiro. El estatuto del gobierno
revolucionario establecía que el presidente era elegido entre los miembros de las Fuerzas
Armadas, sin especificar su situación de actividad o retiro. En caso de interpretarse que debía ser
un oficial en actividad y respetando la jerarquía militar, la presidencia debía recaer en el general
Ernesto Montagne, que ya concentraba los cargos de presidente del Consejo de ministros,
ministro de Guerra y comandante general del Ejército. El general Montagne intentó un “golpe de
mano” al interior del Consejo de Ministros, pero fracasó ante la actitud decidida del general
Velasco de mantenerse a la cabeza del gobierno.
Una nueva oportunidad para un cambio de lide-razgo se presenta en febrero de 1973, cuando el
general Velasco sufre la ruptura de un aneurisma de la aorta abdominal. Su situación se agrava a
inicios de marzo, por lo que se le amputó la pierna derecha; ante la posibilidad de su muerte,
empieza a discutirse al interior del gobierno el tema de la sucesión y a organizarse posiciones en
relación al futuro del proceso de reformas. El ministro de Marina, almirante Luis Vargas Caballero,
manifiesta abiertamente sus discrepancias ideológicas, criticando las posiciones socialistas y
marxistas del gobierno, definiendo al Perú como un “país occidental y cristiano” que debía ser
salvado de “la infiltración comunista”. Estas declaraciones contaron con el apoyo de su
institución, que desde el inicio había estado en desacuerdo con el proceso de reformas. El sector
ve-lasquista logra que la junta de gobierno entregue momentáneamente las atribuciones del
presidente de la República al entonces presidente del Consejo de Ministros, general Ed-gardo
Mercado Jarrín.
Ante la crisis política que se abría al interior del gobierno, el propio general Velasco –visible-
mente enfermo– hace un esfuerzo supremo y retoma sus atribuciones, tratando de mantener la
unidad de las Fuerzas Armadas. A fines de mayo el almirante Vargas Caballero hace nuevas
declaraciones, esta vez en defensa de la propiedad y la empresa privada, solidarizándose con los
gremios empresariales. El propio general Velasco lo desautoriza y le exige su renuncia, siendo
reemplazado por el almirante José Arce Larco; sin embargo, ello no solucionó las contradicciones
al interior de las Fuerzas Armadas y el incidente afectó más bien su unidad institucional.
Al interior del sector velasquista también comenzaron a manifestarse posiciones discrepantes
alrededor de temas como la unidad institucional de las Fuerzas Armadas, la agudización de la
movilización social y la crisis económica. Según Nicolás Lynch, en lo que respecta a la
movilización popular –quizá el tema que más preocupaba a las Fuerzas Armadas por sus
implicancias en cuanto a las posibilidades revolucionarias de su movilización autónoma– se
manifestaron dos posiciones: por un lado estaba el grupo de ministros conocido como “la Misión”,
que apoyaban una política de control del movimiento social a través de los servicios de
inteligencia y el paralelismo sindical, enfrentando la influencia creciente de los partidos políticos
de la izquierda radical. Los miembros de este grupo, encabezado por el ministro de Pesquería,
general Javier Tantaleán Vanini, eran incondicionales del general Velasco, ganándose
paulatinamente su confianza. El otro grupo –conocido como “los progresistas” yconformado por
los antiguos coroneles que organizaron el golpe de 1968 junto con el general Velasco–promovía
un acercamiento cada vez más estrechoal movimiento social y evolucionaba hacia posiciones más
radicales, cercanas al socialismo y al marxismo. El apoyo del general Velasco a “la Misión” se
evidenció al entregarle la dirección del SISINAMOS, que había estado en manos de “los
progresistas”.
Para inicios de 1975, Velasco toma abierta posición a favor de “la Misión”.
EL 5 DE FEBRERO
La crisis política del gobierno también comenzó a expresarse en manifestaciones de descontento
popular que incluían a miembros de la policía, mayoritariamente procedente de sectores
populares y medios bajos. A inicios de febrero de 1975 se producen reclamos por mejoras
salariales, contra la corrupción administrativa y por maltratos de parte de altos oficiales. El
reclamo de los subalternos se extendió de comisaría en comisaría, conformándose una comisión
representativa que se instaló en la sede de Radio Patrulla en el centro de Lima, amenazando con
una huelga de no atenderse sus reclamos; al fracasar las negociaciones, hacia la medianoche del
4 al 5 de febrero, la huelga entró en vigencia. Unidades blindadas del Ejército sitiaron Radio
Patrulla exigiendo la entrega de los dirigentes policiales y el fin de la huelga; al no haber
respuesta, se produce la toma violenta del local, y debido al control militar de la zona nunca se
pudo precisar el número de muertos y heridos entre los huelguistas. Luego el Ejército se retiró.
Las horas siguientes en las calles del centro de Lima fueron de incertidumbre. La gente temía
salir de sus casas, pero poco a poco comenzó a darse cuenta de la falta de control. En la
mañana, la protesta estalló tanto en Lima como en el Callao; paralelamente a los saqueos de
tiendas de ropa y electrodomésticos, fueron incendiados el casino militar, el diario Correo, las
oficinas del SINAMOS, el centro cívico. Los ataques a estos últimos, al parecer, estuvieron
encabezados por estudiantes apristas que trataron de dirigir la espontánea explosión popular.

Desde palacio de Gobierno se ordena la salida de las tropas de la segunda región militar (Lima y
Callao) a cargo del general Leonidas Rodríguez, miembro de “los progresistas”; éstas salen recién
a mediodía y reprimen a sangre y fuego tanto a los saqueadores como a los manifestantes.
Asimismo, mediante comunicado oficial, el gobierno suspende las garantías y declara el toque de
queda a partir de las 6 de la tarde. El saldo oficial fue de 86 muertos, 155 heridos, 1 012
detenidos y 53 policías enjuiciados, según datos de Aldo Panfichi y Dirk Kruijt. El gobierno acusó
oficialmente al PAP de alentar los dis-turbios y protestas, cosa que éste siempre negó.
Como ha sostenido Lynch, por primera vez se produce una manifestación abierta de descontrol
social y de represión contra la población en Lima. Estas situaciones se habían presentado al
interior del país, en Ayacucho (1969), el centro minero de Cobriza (1971) o Andahuaylas (1974),
pero no en Lima. Los sucesos del 5 de febrero mostraron la pérdida de la legitimidad que los
militares habían conseguido con las reformas. Ello puso en debate ya no sólo el problema del
recambio del general Velasco, sino también el de la búsqueda de salidas políticas que
mantuvieran la unidad institucional de las Fuerzas Armadas; pero, sobre todo, el gobierno quería
reforzar su relación con las organizaciones populares mediante la creación de un partido político.
Unos y otros parecerían haber estado de acuerdo al respecto: los de “la Misión”, porque ello les
permitiría continuar su política de control del movimiento social; “los progresistas” porque con
ello se podría recuperar la relación “pueblo-Fuerza Armada” y dar concreción a “la democracia
social de participación plena”. El 25 de febrero el gobierno publica las “Bases ideológicas de la
revolución peruana” y en julio se anuncia la formación de la Organización Política de la
Revolución Peruana (OPRP), que no tendría éxito, y que languidecería con la salida de Velasco.

LA CAÍDA DE VELASCO
Los hechos del 5 de febrero abrieron espacios a los sectores conservadores de las Fuerzas
Armadas. Además de la situación política y económica, y de la posibilidad de un conflicto militar
con Chile, las Fuerzas Armadas temían que las protestas y movilizaciones populares se
incrementaran favoreciendo a los partidos de la izquierda radical. La Marina recuperó posiciones
cuando en julio de 1975 logra que el general Velasco retire al comandante general de la Marina
nombrado por él, a favor de uno elegido por la propia arma. Al interior del Ejército comenzó a
debatirse nuevamente el tema del relevo de Velasco: un grupo de oficiales se pone en contacto
con colegas de la Marina y la Aviación, y con el presidente del Consejo de Ministros y comandante
general del Ejército, general Francisco Morales Bermúdez. A pesar de los objetivos diferentes, los
diversos sectores al interior de las Fuerzas Armadas estaban de acuerdo en la necesidad del
recambio del general Velasco: la Marina y los conservadores querían un relevo para dar marcha
atrás en las reformas, “la Misión” deseaba fortalecer su política de control del movimiento social,
y “los progresistas” querían continuar con el proceso de reformas. Pero cada sector era incapaz
por sí solo de imponerse a los otros, por lo que se plantearon establecer un mínimo de acuerdos
en garantía de la unidad institucional de las Fuerzas Armadas. Entonces ya se barajaba el nombre
del general Francisco Morales Bermúdez como un hombre de consenso, quien además seguía
jerárquicamente al general Velasco y había negociado con los diferentes comandantes de las
Fuerzas Armadas pero sin llegar aún a acuerdos definitivos. Morales Bermúdez aprovecha un
viaje al sur del país y desde la ciudad de Tacna se subleva, logrando la adhesión de los
comandantes de las diferentes regiones militares. Al mediodía del 29 de agosto de 1975 el
general Velasco abandona palacio de Gobierno

II

LA SEGUNDA FASE
Inicialmente el desplazamiento del general Velasco de la presidencia de la República no significó
ningún cambio sustancial, lo que permitió al discurso oficial señalar que se trataba del
cumplimiento de las normas internas de las Fuerzas Armadas, dado que el general Velasco ya no
se hallaba en actividad. Se anunció asimismo la profundización de las reformas y el cumplimiento
de la transferencia del poder al pueblo organizado. En ese sentido, la salida del general Velasco
fue presentada como el inicio de una “segunda fase” de la revolución peruana. Pero realmente,
ante el adelanto de los planes por parte del general Morales Bermúdez, las diferentes posiciones
castrenses entraban a una nueva situación frente al rumbo que debía tomar el gobierno.
Inicialmente, el general Morales Bermúdez mantuvo el discurso reformista radical, con el objetivo
de no provocar las protestas del movimiento social ni producir giros abruptos. Se abrían nuevas
posibilidades de negociación, tanto dentro como fuera de las Fuerzas Armadas; para iniciarla, el
general Morales Bermúdez mostró cierta apertura política hacia los sectores civiles, revocando las
deportaciones dictadas a principios de agosto contra políticos y periodistas, a excepción de
Eudocio Ravines, quien moriría en su exilio en México, en 1979. También se dio una relativa
apertura a la prensa mediante la autorización de publicación a revistas y semanarios políticos,
que harían de este período una de los más ricos en debate político y de mayor politización social.
Entre ellos destacan, además de la revista Caretas, Oiga, Equis X (de Ismael Frías), El Tiempo (de
Alfonso Baella Tuesta), Opinión Libre (vinculado al diario La Prensa) y Marka (perteneciente a un
conglomerado de partidos de izquierda). Sin embargo, los nuevos diarios, debido a la
incertidumbre del curso político y a los elevados costos, funcionaron al ritmo de constantes
clausuras y reaperturas.

Morales Bermúdez inició también el desplazamiento de los integrantes de “la Misión”, los
colaboradores más cercanos del general Velasco. La tendencia más radical, la de “los
progresistas”, mantendría su presencia en el gobierno durante un año más. Se dictaron asimismo
medidas de radicalizción e impulso de la reforma agraria y de la propiedad social y, en un nuevo
intento por institucionalizar el proceso de reformas, se crea el Frente de Defensa de la Revolución
Peruana (FDRP), encabezado por el dirigente campesino Avelino Mar. Finalmente, se nombró una
comisión para la formulación de un nuevo plan de gobierno que sería cono-cido como “Plan
Túpac Amaru”, cuyas propuestas no pasaron de ser meras declaraciones retóricas y formales.
En su papel de mediador de las tendencias al interior de las Fuerzas Armadas, Morales Bermúdez
dictó también medidas orientadas a favorecer a los sectores conservadores: hacia mediados de
1976, desplazó del gobierno a “los progresistas”, recortó la estabilidad laboral, encarceló en la
colonia penal de El Sepa a un importante grupo de asesores sindicales y flexibilizó el trato a los
empresarios. Esto provocó un paro regional de la CGTP en Lima y el Callao el 29 de diciembre de
1975, el primero desde 1968.

RECOMPOSICIÓN POLÍTICA AL INTERIOR DEL GOBIERNO


Como se señaló anteriormente, el general Morales Bermúdez desplazó a los colaboradores más
cer-canos del general Velasco. A fines de octubre de 1975 se pasa al retiro a los generales
José Graham Hurtado, jefe del COAP, y Leonidas Rodríguez, jefe de la segunda región militar. Si
bien estos cambios se realizaron respetando las normas institucionales de las Fuerzas Armadas,
favorecieron a los sectores conservadores, actitud reflejada en casos como el del general Luis
Cisneros Vizquerra, nombrado jefe del SINAMOS en setiembre de 1975 y, posteriormente,
ministro del Interior. Con ánimo de reforzar una línea institucional, el COAP es desplazado por el
Consejo de Ministros en la formulación de planes y proyectos de ley, y en la toma de decisiones
políticas, que antes eran meramente formales; con ello adquirieron fuerza los sectores opuestos a
cualquier profundización del proceso de reformas y que buscaban más bien, un retroceso.
Los asesores civiles del gobierno también fueron retirados de sus cargos. En setiembre es
despedido Augusto Zimmermann del cargo de secretario de Prensa del presidente de la República
y en marzo de 1976 son despedidos los directores de los diarios expropiados dos años atrás, la
mayoría de los cuales era de filiación izquierdista. Esto produjo intentos de “golpe de mano” por
parte de los sectores radicales al interior de las Fuerzas Armadas. En julio de 1976, el general
Carlos Bobbio se subleva desde la Escuela Militar de Chorrillos, lo cual trajo como consecuencia
los pases al retiro de los generales Jorge Fernández Maldonado –presidente del Consejo de
Ministros, ministro de Guerra y comandante general del Ejército– y Enrique Gallegos Venero.
Según Lynch, al parecer existieron conatos similares en diferentes puntos del país, pero todos
fueron debelados.

EL DESMANTELAMIENTO DE LAS REFORMAS


Todos los hechos señalan el giro político conservador del gobierno que lentamente desmantelaba
las reformas, especialmente aquellas que beneficiaban directamente a los sectores populares. Por
ello, parte fundamental de este giro será la represión del movimiento sindical que protesta ante el
recorte de sus derechos, especialmente los de estabilidad laboral, sindicalización y huelga. En
abril de 1976 el gobierno declara en emergencia los sectores minero y pesquero –importantes
productores de divisas– para poder reprimir la protesta sindical en puertos y minas. Se producen
huelgas entre los maestros y toma de las fábricas ubicadas en la carretera Central por sus
trabajadores, amenazados con el despido.
En julio de 1976, junto con el primer “paquete” de medidas económicas, y ante la protesta
popular, el gobierno decretó el estado de emergencia a nivel nacional, suspendiéndose las
garantías individuales y los derechos laborales; se clausuraron las revistas de oposición y se
deportó a los generales velasquis-tas en retiro. Junto con el estado de emergencia se estableció
el toque de queda, medidas que perduraron hasta julio de 1977, cuando fueron derogadas como
resultado de un paro nacional. En este contexto el gobierno devolvió a los empresarios la flota
pesquera estatizada; modificó la ley de comunidad laboral, recortando los mecanismos de acceso
de los trabajadores a la propiedad y a la gestión; dispuso que las nuevas empresas no se regirían
por las leyes laborales aún vigentes, por lo que muchas se declararon en quiebra; la reforma
agraria fue prácticamente paralizada y la protesta social duramente reprimida. Esto generó la
condena de los sectores sociales y políticos que inicial-mente habían apoyado al gobierno y la
izquierda radical señaló que estas medidas desenmascaraban el verdadero rostro del gobierno.
En diciembre de 1976, éste inicia un acercamiento a las fuerzas políticas existentes antes del
golpe de 1968 y que podríamos calificar como tradicionales: AP, PPC, PAP, PCP, discriminando a
los partidos de la izquierda radical y a los sectores velasquistas. Ello se expresó en la vuelta a la
circulación de algunas revistas políticas, cuyos directores llegaron a un acuerdo con Luis Cisneros
Vizquerra, ministro del Interior: no atizar la lucha de clases, no apoyar la subversión ni atentar
contra la unidad de las Fuerzas Armadas; ello implicaba aceptar de hecho la censura del
gobierno. Mientras tanto, los generales velasquistas deportados meses atrás fueron impedidos de
regresar al Perú.

LA POLÍTICA ECONÓMICA
Como primer objetivo económico se debía resolver el problema financiero y de la balanza de
pagos. Cualquier reestructuración debía incluir el problema de la deuda externa, por lo que las
instituciones del sistema financiero internacional –especialmente el FMI– tendrían papel
destacado en la elaboración de la política económica y en la aplicación de los denominados
“paquetes” de medidas, de carácter ortodoxo y orientados a que los costos sociales fueran
pagados por los sectores de menos ingresos. Como ha sostenido Lynch, dichas medidas
económicas iban acompañadas de medidas de represión de la movilización social. Según Iguíñiz,
estas medidas “correctivas” comenzaron a aplicarse desde junio de 1975, cuando el general
Francisco Morales Bermú-dez presidía el Consejo de Ministros. Dichos “paquetes” tuvieron tres
mecanismos definidos para resolver el problema de la balanza de pagos: la elevación de los
precios controlados, especialmente de la gasolina y de los productos de consumo popular; el
control de las remuneraciones, mediante el establecimiento de topes y pequeños incrementos del
Salario Mínimo Vital; y la devaluación monetaria, mecanismos que regirían la política económica
en los 15 años siguientes. Según Lynch, el diagnóstico que comienza a aparecer detrás de las
medidas “correctivas” es el de un “exceso de demanda”, que debía ser restringida mediante la
reducción de la capacidad de compra de la población y la disminución del gasto público y de las
importaciones que no estuvieran orientadas a favorecer a las empresas privadas. El gobierno
militar asumió el diagnóstico de los gremios empresariales pero no redujo el gasto público, ya que
ello habría implicado reducir drásticamente la presencia del Estado en la economía, disminuir el
gasto militar –en un contexto de tensiones con Chi-le– y no enfrentar el problema de la deuda
externa.
Como ya se señaló anteriormente, el primer “paquete” de medidas se dictó en junio de 1975. Las
razones que se dieron incluían un desajuste en los precios de los productos controlados y no
controlados; divergencias entre los precios internos y externos; el alza de los insumos, que
afectaba la rentabilidad y la producción de las empresas; la necesidad de evitar nuevos
préstamos para garantizar los programas de inversión; una estructura de precios perjudicial; y
que el incremento de sueldos y remuneraciones crearía un déficit fiscal difícil de cubrir. Las
medidas fueron: elevación de los precios controlados, de los fiscalizados y de los no sujetos a
estos regímenes; mantenimiento del precio de productos como el arroz, el azúcar, kerosene
doméstico, gasolina de avión y otros; congelamiento hasta el 31 de diciembre de 1975 de los
nuevos precios; reducción de subsidios del gobierno; y reajustes leves en los sueldos y salarios.
Dichas medidas apuntaban a no sacrificar el crecimiento, manteniendo importantes niveles de
inversión pública, pero a su vez tratando de elevar las tasas de rentabilidad y ganancia de las
empresas. Como parte de la apertura política hacia los partidos políticos tradicionales y al
empresaria-do, en setiembre de 1975 se nombró al primer mi-nistro civil del gobierno militar, Luis
Barúa Castañeda, hecho significativo ya que se trataba del ministerio de Economía y Finanzas.
Casi inmediatamente se anunció una medida complementaria al “paquete” económico: la
devaluación de la moneda, elevando el tipo de cambio de 38,70 a 45 soles. Sin embargo, no se
logró los resultados esperados, por lo que en enero de 1976 el ministro Barúa anuncia un nuevo
“paquete” de medidas con los mismos mecanismos que el anterior: reducción de subsidios y
elevación del precio de la gasolina y de los productos básicos, disminuyendo la capacidad
adquisitiva de las remuneraciones y el poder de negociación del trabajador. Nuevamente
aumentaron los precios de la gasolina y de los alimentos, así como levemente las
remuneraciones. Los incrementos automáticos de sueldos y salarios por negociación colectiva
quedaron suprimidos, al igual que las peticiones por condiciones de trabajo. Asimismo se declaró
nulo todo pacto o convenio que excediese los topes fijados, con el objetivo de evitar que los
incrementos salariales gravaran a las empresas. Para fomentar las exportaciones se dispuso
reintegros y exoneraciones a diversos impuestos y derechos aduaneros, modificando el sistema
de Certificados de Reintegro Tributario a la Exportación (CER-TEX). Por último, se restringió la
base monetaria en términos nominales y reales.
A lo largo del año se dictaron nuevas medidas, aunque éstas se concentraron en junio. Se dieron
incrementos de precios en productos que afectaban a las empresas públicas. La política salarial
apuntó a la capacidad adquisitiva de las remuneraciones más altas y a incrementos que no se
trasladaban al Salario Mínimo Vital, haciendo más precario el ingreso de los más pobres. También
se postergaron por seis meses los topes a los convenios colectivos, para que no se produjeran
aumentos. Como resultado de ello, entre 1975 y 1976, el subempleo se incrementó de 18,2% a
28,3% y se estancó el empleo en el sector moderno de la economía. En julio se devaluó la
moneda en un 44,4%, pasando de 45 a 65 soles. A partir de entonces se iniciaron las minide-
valuaciones, con las cuales al final del año el dólar costaba 69,40 soles.
En cuanto a la política tributaria, se incrementaron los impuestos a las ventas de bienes y
servicios (de 17 a 20%) y a los bienes de lujo (de 27 a 40%), así como el de la gasolina; este
último y los impuestos indirectos que paga la mayoría de la población, se vuelven prioritarios al
interior de la estructura tributaria, y se incrementaron de manera real en 10%. Los impuestos
directos, es decir, a la renta, a la propiedad y a las exportaciones, disminuyeron en 15%. El
gobierno, sin embargo, volvió a recurrir a la emisión monetaria en el último trimestre del año.
Ante el fracaso de las medidas im-plementadas, el ministro Barúa plantea un nuevo incremento a
la gasolina para cubrir el déficit fiscal, a lo que el gobierno se opone; en mayo de 1977 renuncia
a su cargo.
Walter Piazza Tangüis, un importante miembro de los gremios empresariales, asume en junio de
1977 el ministerio de Economía y Finanzas, con la promesa de tener libertad de decisión en las
medidas económicas. Los objetivos de su programa económico eran recuperar la confianza de los
empresarios en el gobierno, fomentar el ahorro interno, revisar los programas de inversión
pública y reducir el gasto público, entre otros. Para lograrlo planteó las siguientes medidas:
reducir drásticamente el gasto público, incrementar el precio de la gasolina en un 50%, reducir
las importaciones del Estado, dar un leve incremento de remuneraciones y negociar un acuerdo
con el FMI por un monto de 250 millones de dólares. Sin embargo, al no obtener el apoyo
mayoritario del gabinete para disminuir el gasto militar, y al incrementarse la movilización social a
lo largo del año en contra de la política económica, Piazza renuncia a principios de julio, cuando
ya se anunciaban las coordinaciones para la realización de un paro nacional.
Ante esta situación, el gobierno endurece su posición y nombra a un militar en el mi-nisterio de
Economía, el gene ral Alcibíades Sáenz Barsallo. Se produce el paro nacional del 19 de julio de
1977, que el gobierno reprimió violentamente; hecho a partir del cual el gobierno ya no trataría
de cuidar su imagen, sobre todo en cuanto a medidas económicas. El eje de su gestión se
centraría en llegar a un acuerdo con el FMI, restableciéndose las negociaciones en agosto. En
octubre el gobierno firma una carta de intención, luego de que el general Sáenz anunciara nuevas
medidas de austeridad. En dicha carta, que debía aplicarse de octubre de 1977 a diciembre de
1979, se diagnosticó el problema económico como un exceso de demanda, producto del déficit
fis-cal. Frente a ello, el gobierno se comprometía a reducir el gasto fiscal de 8,5, a 3,3% en 1978
y a 2,3% en 1979; a elevar el precio de la gasolina en 20% antes de enero de 1978; a
incrementar el crédito de 29% a 32% para 1978; a establecer una tasa de cambio libre; a
restringir los incrementos salariales al 10% (con un objetivo de inflación de 20% para 1978), ya
que éstos eran considerados culpables de la inflación; a establecer límites al financiamiento
externo de mediano y largo plazo; y a reducir los controles a las importaciones.
Dichas metas fueron consideradas por especialistas como punitivas, incumplibles e impuestas por
el FMI. Tal era el caso que en febrero de 1978 el mismo FMI criticó al gobierno por la masiva
violación de las metas acordadas.
El gobierno respondió declarando “persona no grata” a la representante del FMI, pero continuó
golpeando los derechos laborales y los ingresos de los trabajadores. En enero de 1978 se volvió a
prorrogar la vigencia de las negociaciones colectivas por 18 meses y en marzo de 1978 se amplió
el período de prueba, condición previa para obtener la estabilidad laboral, de tres meses a tres
años. En mayo, poco antes de su salida del ministerio de Economía y Finanzas, el general Sáenz
Barsallo dictó una serie de medidas ya conocidas: una devaluación de 15,4%; un incremento de
60% en el precio de la gasolina y de 40% en los productos básicos; eliminación de la mayoría de
subsidios; implementación de nuevos impuestos; incremento en las tasas de interés; y reducción
del gasto público.
En este nuevo contexto, a inicios de mayo de 1978, el gobierno llama nuevamente a un civil,
Javier Silva Ruete, al ministerio de Economía. Como pieza fundamental de su propuesta
económica, Silva Ruete nombró presidente del directorio del BCR a Manuel Moreyra; ambos
dirigieron la política económica hasta julio de 1980, iniciándose un período de liberalización y
privatización de la economía, que consistió básicamente en devolver la tomadecisiones a los
empresarios en desmedro de los derechos laborales. Las medidas dictadas tuvieron un relativo
éxito, ya que permitieron estabilizar la crisis, mas no sortearla. Parte de este relativo éxito se
debió a un contexto favorable: el inicio de la transición democrática, la derrota de la movilización
social, la entrada en operaciones de grandes proyectos de inversión minera y petrolera iniciados
durante el gobierno del general Velasco y una mejora en los precios de nuestros productos de
exportación.
La respuesta de la movilización social a las medidas del general Sáenz recién se sintió los días 22
y 23 de mayo con un nuevo paro nacional que remeció el país. En ese entonces ya se había
establecido el nuevo equipo económico y la medida de protesta no modificó los rumbos de la
política económica del gobierno. El 18 de junio se realizaron las elecciones para representantes a
la Asamblea Constituyente. Inicialmente se afianzaron las medidas eco-nómicas dictadas en
mayo, se inició una reducción drástica del gasto fiscal y se buscó sanear el sector externo para
garantizar el pago de la deuda externa; más adelante, se dictaron nuevas medidas de
contrarreforma y se liberaron prácticamente todas las importaciones.

LA CONVOCATORIA A ELECCIONES
Ya en febrero de 1977, con la presentación del denominado “Plan Túpac Amaru” y con su
acercamiento a los partidos, los militares estaban estudiando las posibles vías para una
transferencia política del gobierno a los civiles y, en ese contexto, debían enfrentar tres
problemas fundamentales paralelos: las discrepancias al interior de las Fuerzas Armadas, la crisis
económica y la movilización social. Los partidos políticos y los gremios empresariales exigían
claridad en cuanto a la forma y al cronograma de la transferencia. En mayo de 1977 el gobierno
convoca a conversaciones separadas a los partidos políticos que consideraba interlocutores
válidos, para conocer sus opiniones al respecto: AP, el PPC, el PAP y el PC, este último por su
influencia sindical; estas iniciales conversaciones no tuvieron resultados concretos. Para el
gobierno el problema inmediato era estabilizar la crisis económica y enfrentar la creciente
movilización social, que había aumentado notablemente desde la implementación de las primeras
medidas en julio de 1975. Esto llevó a los diversos sectores laborales y a los partidos de la
izquierda radical a coordinar una medida de envergadura como respuesta al gobierno. Las
coordinaciones fueron largas y tediosas debido al fraccionamiento político de las fuerzas de
oposición que influían en la organización sindical y popular, especialmente de la izquierda radical
con constantes luchas por imponerse unas sobre otras. Los grupos pro chinos, trotskistas y de la
Nueva Izquierda competían con el PC pro soviético que dirigía la CGTP por el control de los
sindicatos; sin contar con la CTP aprista, las organizaciones sindicales y populares influenciadas
por los velasquistas y otros grupos menores.
Finalmente, el 14 de julio, 23 organizaciones sindicales se agrupan en un Comando Unitario de
Lucha (CUL) que convocó a un paro nacional de 24 horas para el día 19. El comunicado del CUL
planteaba las siguientes reivindicaciones: aumento general de sueldos y salarios de acuerdo con
el alza del costo de vida; oposición al programa económico del ministro Piazza; congelamiento de
los precios de primera necesidad; vigencia de la estabilidad laboral y de los convenios colectivos
sin topes ni recortes; reposición de los trabajadores despedidos, libertad de los detenidos y
regreso de los deportados por razones sindicales y sociales; plenas libertades políticas,
levantamiento de la ley de emergencia y el toque de queda; y solución a gremios en conflicto:
pesquero, agrario, universitario. El paro nacional, el primero en la historia sindical peruana, fue
acatado mayoritariamente en casi todo el país, estableciéndose un patrón nuevo de protesta
social: la identificación de los trabajadores con la población. No sólo pararon los sindicatos, tanto
en la ciudad como el campo, sino también protestaron los asentamientos humanos y los barrios,
que se movilizaron de los conos hacia el centro de Lima para converger con los sindicatos. Para
los partidos de la izquierda radical, la insurrección revolucionaria de las masas y la toma del poder
político estaban a la vuelta de la esquina, lo cual se vería reflejado en los debates a su interior.
Ante la contundencia del paro, el gobierno autorizó a las empresas –tanto públicas como
privadas– a despedir a todos los dirigentes sindicales que hubiesen participado en él; así se
despidió a alrededor de 5 mil trabajadores en todo el país con el objetivo de descabezar al
movimiento sindical. Pero el gobierno también tomó conciencia de que su tiempo político se
agotaba; a pesar de que no se realizó ninguna de las reivindicaciones planteadas por el CUL, era
evidente el grado de deterioro político del gobierno frente a la población. El 28 de julio se anunció
la convocatoria a elecciones para elegir representantes a una Asamblea Constituyente que
fun¬cionaría durante un año, luego de lo cual se convo¬caría a elecciones generales. Estas dos
medidas le darían un respiro al gobierno, ya que redujeron la beligerancia de los partidos políticos
y del movi¬miento social. Por un lado ganó tiempo para nego¬ciar los términos de la
transferencia abriendo un es¬pacio nuevo de confrontación política y, por otro, logró mayor
tranquilidad para la aplicación del pro¬grama económico. A pesar de que los paros y huel¬gas
continuarían a lo largo del año, no será hasta los días 22 y 23 de febrero de 1978 que se
producirá una nueva medida que paralizaría al país, pero sin la beligerancia del paro de julio.
Tampoco esta vez aceptó el gobierno ninguna de las reivindicaciones del pliego nacional.
Sin embargo, tanto por la presión de la moviliza¬ción social como por la necesidad de crear
mínimas condiciones electorales, el gobierno levanta el esta¬do de emergencia y el toque de
queda a inicios del mes de agosto. En setiembre de ese año vuelven a circular las revistas
clausuradas un año atrás y a fi¬nes de octubre se formaliza la convocatoria a elec¬ciones para la
Asamblea Constituyente, señalándo¬se que uno de sus objetivos era institucionalizar las reformas
implementadas a lo largo del gobierno mi¬litar. Esto fue considerado por los partidos políticos
convocados a negociar la transferencia como una injerencia del gobierno en las futuras decisiones
de la Asamblea Constituyente, ya que ellos estaban más bien predispuestos a desmantelar tales
refor¬mas. La izquierda, en cambio, se opuso a las elec¬ciones por cuestiones ideológicas, al
considerarlas como un espacio vedado para la acción política re¬volucionaria; sin embargo, la
mayoría de sus repre¬sentantes participaría en ellas. Asimismo el decreto estableció los
requisitos para los votantes: peruanos alfabetos mayores de 18 años. Los candidatos po¬dían
postular tanto por listas de partidos políticos como de organizaciones gremiales. Como ha
anota¬do Lynch, esta última figura buscaba todavía com¬binar el postulado de la “transferencia
del poder al pueblo organizado” con los mecanismos electorales tradicionales. Más adelante, la
nueva Constitución anularía la inclusión de las reformas y el mecanismo de postulación vía
organizaciones gremiales. Ade¬más se cambió el postulado de “transferencia del poder al pueblo
organizado” por “transferencia del poder a la civilidad” y, para garantizar dicho viraje, el
SINAMOS fue disuelto. Para la organización, im-plementación y vigilancia de las elecciones se
con¬vocó al Jurado Nacional de Elecciones existente ha¬cia octubre de 1968 cuyas funciones
habían sido in¬terrumpidas por el golpe militar.
En la navidad de 1977 fallece el general Juan Ve-lasco Alvarado, a quien se le tributaron honores
de jefe de Estado y cuyo cortejo fúnebre fue acompa¬ñado por una multitudinaria manifestación
popu¬lar. Con su muerte, el velasquismo quedaba en ma¬nos de sus antiguos colaboradores.

III

RECOMPOSICIÓN DE LAS FUERZAS POLÍTICAS


El impacto del golpe de 1968 en el sistema de partidos que rigió la vida política desde 1956,
afec¬tó sobre todo a aquellos que no tenían relaciones or¬gánicas con las organizaciones
sindicales y popula¬res, como A P, el PPC, la DC, el MDP y la UNO. El PAP y el PC, a pesar de su
paulatina pérdida de in¬fluencia social, mantuvieron su presencia política tanto de oposición
como de apoyo al gobierno mili¬tar. Los partidos políticos de la Nueva Izquierda tuvieron por su
lado un inusitado crecimiento tanto a nivel orgánico como en presencia social, aunque debilitados
por el constante fraccionamiento políti¬co y las divisiones ideológicas; serían el PAP y el conjunto
de los partidos de izquierda los que man¬tendrían una vida política activa. Los partidos en su
mayoría se movían en los espacios políticos propios de la institucionalidad estatal (Parlamento,
ministe¬rios, procesos electorales) y fueron llamados “parti¬dos tradicionales” por su falta de
vínculos orgánicos con la sociedad y, en especial, con los sectores po¬pulares. En cambio los
partidos que considerabanque la política pasaba también por múltiples espa¬cios sociales
(sindicatos, universidades, organiza¬ciones barriales, prensa), mantuvieron su actividad política y
hasta crecieron al interior del movimien¬to social, mientras los otros languidecían. Sin em¬bargo,
aun en el caso del PAP y de la izquierda radi¬cal, la mayoría de los nuevos dirigentes políticos
que surgieron al lado de los antiguos líderes parti¬darios e intervinieron en los sucesivos
procesos electorales, provenía de las universidades. Los “par¬tidos tradicionales”, al ser elegidos
como interlocu¬tores para la realización de la transferencia de go¬bierno, volvieron a tener cierta
vitalidad y, gracias a su larga experiencia política, presencia electoral.
La convocatoria llevaría a diferentes actitudes: Acción Popular planteó la realización de elecciones
generales inmediatas y posteriormente de eleccio¬nes a la Asamblea Constituyente, como en
1931, procedimiento que –como se demostró después– era inadecuado; finalmente, no participó.
La iz¬quierda radical, si bien rechazó la convocatoria a elecciones, comenzó a agruparse en
frentes políti¬cos. Los demás aceptaron participar con mayores o menores reparos.

LAS ELECCIONES A LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE


Ya hemos señalado que en este contexto se pro¬dujo la entrada de un nuevo equipo económico
en¬cabezado por Javier Silva Ruete y Manuel Moreyra. La política que se continuó aplicando
produjo una nueva respuesta de la movilización social que realizó un paro nacional los días 22 y
23 de febrero de 1978, apoyado por un número de trabajadores cua¬tro veces mayor al de julio
de 1977, repitiéndose al¬gunos patrones de movilización y protesta social: convocatoria amplia,
movilizaciones regionales pre¬vias y protestas callejeras conjuntas entre los sindi¬catos y los
barrios. Pero la plataforma de lucha era básicamente la misma del año anterior, y el gobier¬no
no dio marcha atrás. Su respuesta fue restablecer el estado de emergencia y el toque de queda;
cerrar las revistas y los espacios políticos en la radio y la televisión; ordenar la deportación de 16
dirigentes sindicales y políticos de izquierda, de generales velasquistas en retiro y del director de
la revista El Tiempo. Asimismo, se postergaron las elecciones por dos semanas, con la
advertencia de que éstas só¬lo serían posibles en un ambiente de “paz social”. En este contexto
se conformaron e inscribieron las listas de candidatos a la Asamblea Constituyente. Trece de los
dirigentes de izquierda deportados apa¬recieron en las listas y los velasquistas se agruparon en
el Partido Socialista Revolucionario (PSR). Final¬mente, las elecciones se realizaron el 18 de junio
de 1978, utilizando como mecanismos electorales el distrito electoral único, la lista incompleta, la
cifra repartidora y el voto preferencial para elegir a 100 representantes. Los partidos que
participaron con sus candidatos en cabeza de lista, fueron los si¬guientes: Partido Comunista
Peruano (PCP) con Jorge del Prado, Partido Aprista Peruano (PAP) con Víctor Raúl Haya de la
Torre, Partido Popular Cris¬tiano (PPC) con Luis Bedoya Reyes, Frente Nacio¬nal de
Trabajadores y Campesinos (FRENATRACA) con Roger Cáceres, Acción Re¬volucionaria Socialista
(ARS) con Mario Villarán, Unidad De¬mocrática y Popular (UDP) con Javier Diez Canseco, Partido
So¬cialista Revolucionario (PSR) con Leonidas Rodríguez Figue-roa, Movimiento Democrático
Peruano (MDP) con Javier Ortiz de Zevallos, Unión Nacional Odriísta (UNO) con Julio de la
Piedra, Democracia Cristiana (DC) con Héctor Cornejo Chávez, el Frente Obrero Campesino
Estudiantil y Popular (FOCEP) con Hugo Blanco y el Partido De¬mocrático Reformista (PDR).
Los resultados oficiales fue¬ron los siguientes: PAP, 1 241 174 votos (37 representantes); PPC,
835 294 votos (25); FO-CEP, 433 413 votos (12); PSR, 232 520 votos (6); PCP, 207 612 votos
(6); UDP, 160 741 votos (4); FRENATRACA, 135 552 vo-tos (4); PDC, 83 075 votos (2); UNO, 74
137 votos (2); MDP, 68 619 votos (2); ARS, 20 164 votos (0); PDR, 19 524 votos (0). En cuanto
al voto preferencial, los más votados fueron: Víctor Raúl Haya de la Torre, 1 038 516 vo¬tos; Luis
Bedoya Reyes, 644 131 votos; Hugo Blanco Galdós, 268 885 votos; Leoni-das Rodríguez
Figueroa, 169 772 votos; Jorge del Prado, 150 960 votos; Genaro Ledesma Izquieta, 76 327
votos; Roger Cáceres Velásquez, 55 336 votos.
Como conclusión se puede señalar que la victo¬ria del PAP fue producto de su larga trayectoria
his¬tórica, de su mejor cohesión organizativa y de su aún importante presencia en el movimiento
social. A ello habría que sumar sus exitosas relaciones con el gobierno, especialmente con el
general Morales Bermúdez, que lo presentaban como carta de re-cambio lógico. La votación del
PPC, expresión del voto conservador, se vio beneficiada por la absten¬ción de AP, ya que el PPC
nunca pasó de represen¬tar a los sectores medios altos y altos de Lima. El ca¬so más saltante
fue el de la Izquierda que, pese a su fragmentación política, rondó el tercio de votos
convirtiéndose en una nueva fuerza electoral. Su al¬ta votación expresaba su influencia en el
movimien¬to social y el desarrollo político alcanzado durante la implementación del proceso de
reformas. Por ello no es extraño que los dos dirigentes de izquierda más votados fuesen Hugo
Blanco y Genaro Ledes-ma, dos líderes vinculados al movimiento campesi¬no en su confrontación
con la oligarquía. Pero la iz¬quierda no supo sacar correctas enseñanzas de esto, ya que
mantendría la fragmentación política e ideo¬lógica como característica central; considerando,
además, a la Asamblea Constituyente sólo como una tribuna para denunciar al gobierno y a los
par¬tidos políticos “tradicionales”. La votación de los partidos vinculados al gobierno de Velasco
(PC, DC, PSR) expresa que pese a las medidas de contra¬rreforma, el proceso reformista tenía
aún fuerte pre¬sencia política y social. Los partidos del orden oli¬gárquico (MDP, UNO) estaban
en agonía.

LAS RELACIONES DE LA ASAMBLEA CON LA DICTADURA


El primer problema a resolver, luego de publica¬dos los resultados oficiales, era establecer
claramen¬te las funciones de la Asamblea Constituyente. Si bien la convocatoria circunscribía su
tarea a la ela¬boración de la nueva Constitución, los acuerdos po¬líticos entre el gobierno y los
partidos que servían de interlocutores sobre este punto fueron ambiguos. Haya de la Torre, el
candidato más votado, asume la presidencia de las juntas preparatorias y, luego de la instalación
de la mesa directiva, es elegido por ma¬yoría como presidente de la Asamblea. En su dis¬curso
de iniciación de los trabajos, el 28 de julio de 1978, Haya de la Torre declaró que la Asamblea
de¬bía ser “el primer poder del Estado”, aunque sin cuestionar directamente la presencia de los
milita¬res en el gobierno. Con ello buscaba no sólo legiti¬mar la existencia del gobierno militar,
pero también declarar la independencia formal de la Asamblea frente al mismo. La izquierda
radical presentaría una moción para que además de las tareas constituyentes, la Asamblea
asumiera funciones legislativas en la solución de las demandas populares, la cual no prosperó.
Aun así, la Asamblea se convirtió en caja de resonancia de la protesta social, lo cual puso en
peligro su continuidad. Para garantizarla, en medio de la discusión sobre el reglamento interno de
la Asamblea, el gobierno y los dos partidos con mayor votación (el PAP y el PPC) llegaron a un
acuerdo estableciendo que la Asamblea se circunscribiría a sus tareas constituyentes sin
cuestionar al gobierno, el cual no intervendría en los trabajos de la Asamblea y cumpliría con
realizar las elecciones generales en 1980. Así, la mayoría PAP-PPC, a la que se sumaronel MDP y
la UNO, tomaría el control efectivo del trabajo de la Asamblea, y el gobierno militar se ocuparía
de la situación interna del país. La mayoría de la Asamblea se desvinculó prácticamente de la
movilización social mientras que la izquierda radical no se preocupó tanto del debate
constitucional como de la movilización social, realizando constantes denuncias y utilizando su
inmunidad para interceder por los gremios en conflicto.
Los constituyentes se dividieron en comisiones. En la principal, presidida por Luis Alberto
Sánchez, se concentró la mayor parte del debate, que se inicia en abril de 1979 hasta mediados
de julio, cuando la Constitución es terminada. Durante la mayor parte de este proceso Haya de la
Torre no estuvo directamente vinculado al debate constitucional, ya que debido a su edad
enfermó gravemente y fue trasladado a Houston en los Estados Unidos. A su regreso, aunque no
pudo seguir presidiendo la Asamblea, firmó la nueva Constitución antes de morir. Ésta fue
enviada a Morales Bermúdez para su promulgación, pero fue devuelta por establecer la aplicación
inmediata de la Constitución y, por ende, adelantar la transferencia del gobierno.
La Asamblea por unanimidad, quizá la única, rechazó tales observaciones. En la práctica dicho
conflicto quedó postergado, ya que la Constitución entraría en vigencia recién el 28 de julio de
1980.
A lo largo del año de trabajo de la Asamblea la movilización social se agu diza. Los maestros
agrupados en el Sindicato Único de Trabajadores de la Educación Peruana (SUTEP) realizaron una
huelga de tres meses, entre mayo y julio de 1978. También los empleados públicos se
movilizaron frente a los anuncios de despido como manera de reducir el gasto público, y en
setiembre fundaron la Confederación Intersectorial de Trabajadores Esta-tales (CITE). A ellos se
sumaron los trabajadores bancarios y los del sector Salud. La movilización so¬cial más
importante fue la de los trabajadores mine¬ros, quienes realizaron marchas de sacrificio hacia
Lima acompañados de sus familias. El centro de Li¬ma se convirtió en escenario constante de
enfrenta-mientos, manifestaciones y ollas comunes. Todas las protestas fueron reprimidas
violentamente por el gobierno, ante la indiferencia de la mayoría de la Asamblea Constituyente. El
año 1978 se convirtió en el año con mayor número de horas-hombre per¬didas durante toda la
década.

EL FIN DE UNA ERA


Con la promulgación de la nueva Constitución, con un electorado repre¬sentado en más de un
30% por nuevas fuerzas políticas y con la experiencia de casi una década de transformaciones
estructurales, si alguien soñó con la restauración del régimen existente an-tes de 1968 lo hizo en
vano. Expresión final de esa era fue la muerte de tres importantes personajes que sostuvie¬ron
el orden oligárquico durante los úl¬timos 12 años de su existencia: Pedro Beltrán, Víctor Raúl
Haya de la Torre y Eudocio Ravines, fallecidos todos ellos en 1979. Un cuarto personaje, el
gene¬ral Manuel A. Odría, ya había muerto años antes.
Pedro Beltrán falleció en el mes de febrero al regresar de los Estados Uni¬dos. Fue velado en la
iglesia de San Marcelo y en el local del diario La Pren¬sa. Beltrán representó el pensamiento
económico liberal moderno, aunque en el campo político estuvo más cerca del civilismo clásico.
Queda pendiente el estudio de su vida y obra para la com¬prensión de nuestra historia política y
económica contemporánea.
Haya moriría el 2 de agosto de 1979 en su casa, la Quinta Villa Mercedes. Sus restos fueron
velados en el local de la Casa del Pueblo, en el Congreso y en la catedral, recibiendo honores de
jefe de Estado, cargo al cual no accedió en vida ni por vía revolucionaria ni por vía electoral.
Luego, su cadáver fue trasladado por tie¬rra, en un largo y último peregrinaje, a la ciudad de
Trujillo donde fue enterrado. Sus partidarios lucha¬rían por el control del PAP, que entró en su
crisis más importante hasta entonces.
Eudocio Ravines, uno de los personajes más in¬teresantes y controvertidos de nuestra historia
polí¬tica, murió como un paria en México, exiliado cuando nadie lo era en el Perú. Condenado y
odia¬do por la izquierda, a la que dedicó su juventud y parte de su madurez; olvidado y hecho a
un lado por aquellos que aprovecharon la experiencia de sus años de comunista para sostener un
orden injusto, su vida ha sido distorsionada, especialmente por la historia oficial del PCP. Sirvió
fielmente a la revolución de la que fue ejecutor y también víctima, y lue¬go a la oligarquía. El
estudio de su vida, una vida trágica y llena de contradicciones, debe realizarse no sólo por su
importancia en la evolución de nues¬tra historia política sino porque nadie merece un ol¬vido tan
mezquino de los sectores a los cuales apo¬yó, aunque éstos hayan estado en bandos
completa¬mente opuestos.

LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA DE 1979


Según Marcial Rubio y Enrique Bernales, la Constitución, en cuanto establece la funcionalidad del
Estado y las reglas básicas de la sociedad, no re¬sulta necesariamente del consenso de los
diversos sectores de ésta, sino más bien de los componentes de la Asamblea Constituyente,
quienes establecen sus parámetros. En ese sentido, el modelo de sociedad resultante se expresa
a través de tres ordena¬mientos: el económico, el político y el de los dere¬chos ciudadanos.
Conforme a este criterio Rubio y Bernales reseñan la esencia de la Constitución de 1979.
a) El sistema económico. El tratamiento normati¬vo era extenso aunque ello no significó un
cambio fundamental en relación a lo que contenía en esta materia la Constitución de 1933. La
Asamblea Constituyente precisó varias instituciones que exis¬tían tácitamente en la Constitución
anterior e incor¬poró otras tomadas de la modernización operada en la sociedad peruana en las
décadas precedentes, adaptándolas al modelo de 1933. Articuladas por un concepto tradicional
de propiedad –inviolable y de carácter privado–, las reglas básicas del sistema económico eran la
economía social de mercado, el pluralismo empresarial y la libertad de comercio e industria. En
dicha constitución se recogieron las transformaciones ocurridas en las décadas anterio¬res, pero
bajo una normatividad ambigua entre un régimen liberal y un régimen donde el Estado cum¬plía
un importante rol empresarial y de regulación de las relaciones sociales, tendencia que se venía
dando desde la década del 60. Ello se pudo ver en los siguientes casos:
– La libre capacidad de las empresas quedó en¬cuadrada dentro de los procedimientos de
autoriza¬ción, como la exigencia de requisitos de constitu¬ción empresarial o las oportunidades
de inversión en campos señalados como prioritarios y no priori¬tarios. En otras palabras, se
contraponían dos prin¬cipios que no funcionan armoniosamente juntos: la libertad de industria y
comercio, y el sistema de planificación.
– Bajo control o fiscaliza¬ción del Estado se recono¬ció toda una gama de for¬mas asociativas
autoges-tionarias, como cooperati¬vas o empresas de propiedad social. Sin embargo, la
Constitución se limitó a señalar que el Estado las “estimula y las ampara”. Igual ocurrió con los
mecanismos de participación de los trabajadores en la propiedad, gestión y bene¬ficios
económicos, especialmente las comunidades laborales, en donde la Constitución limitó el acceso a
la propiedad a las empresas “cuya naturaleza no lo impide”. Con ello se dejó este derecho en
suspenso.
– La expropiación se restringió y la nacionaliza¬ción, que aparecía en la Constitución de 1933, no
fue normada expresamente. Con ello se disminuye¬ron las posibilidades de regulación e
intervención del Estado en la vida económica.
– La explotación de los recursos naturales y el comercio exterior, que fueron reservados en su
ma¬yor parte para el Estado por su importancia en la propiedad de las divisas, no fueron del
todo consi¬derados en la Constitución: se permitió concesiones que otorgaban “un derecho real”
en la minería y propiedad particular sobre tierras de la selva; por otro lado, se rompió el
monopolio de la comerciali¬zación exterior.
– En cuanto a la propiedad agraria, si bien se mantuvo el principio de que la tierra debe ser
con¬ducida por el propietario directamente y se recono¬cieron las formas individuales y
asociativas de con¬ducción empresarial, las normas fueron confusas para definir la conducción
directa, lo cual abrió las posibilidades de que se impusieran en el campo las sociedades de
capitales.
En resumen, en términos de propiedad, la Constitución de 1979 recogió las transformaciones
operadas en años anteriores, pero con una normatividad ambigua favorable a cambios de
carácter li¬beral. La utilización de la propiedad en armonía con el interés social es un concepto
abstracto de varios posibles significados. Dichas contradiccio¬nes aparecerían bajo los gobiernos
de Belaunde (con su política de liberalización y privatización) y de Alan García (con la estatización
de la banca y la anulación de los contratos petroleros de la Belco). En ambos gobiernos hubo
posiciones discrepantes sobre la interpretación de la Constitución en la aplicación de dichas
políticas. La libertad de indus¬tria y comercio se convirtió así en garante del siste¬ma, pero
enfrentada a las posibilidades y necesida¬des del control estatal.
b) El sistema político. El sistema político era el de la democracia representativa. El presidente y
los miembros del Congreso serían elegidos cada cinco años, ejerciendo el gobierno con plena
libertad de acción frente al pueblo, desde el punto de vista delas normas establecidas en la
Constitución. No eran responsables por sus opiniones o acciones en el ejercicio de sus cargos; no
podían ser destituidos por ninguna razón política (salvo por comisión de delito, con formulación
de un antejuicio político y la suspensión en el ejercicio de la función); y no existían mecanismos
de “democracia directa” para que el pueblo pudiera intervenir en las decisiones entre elección y
elección. Tampoco se previó la ins-titucionalización de ningún organismo que, me¬diante
representación de ciudadanos, pudiera inter-venir dictaminando o ejerciendo el derecho de
ini¬ciativa en materia legislativa o las renovaciones pe¬riódicas parciales del órgano legislativo.
De esta ma¬nera, el sistema político era representativo en su va¬riante más clásica,
restringiendo sustancialmente las formas de participación popular a las elecciones quinquenales.
No es que se hubiera propugnado un sistema de¬mocrático más abierto. Fue una decisión
conscien¬te y voluntaria de mantener en lo sustancial el mis¬mo mecanismo y el mismo sistema
político de la Constitución de 1933. Hubo propuestas que busca¬ron enriquecer el modelo, como
el referéndum rati¬ficatorio de legislación y decisiones políticas tras¬cendentales, o el
otorgamiento de participación ins¬titucionalizada a las organizaciones sociales en la ta¬rea
legislativa, como agentes dictaminadores y pro¬pulsores de legislación; sin embargo, se optó por
restringir estas atribuciones a los elegidos para ocu¬par cargos de gobierno, debido al temor a
las orga¬nizaciones sindicales y populares influenciadas por la izquierda en una coyuntura de
fuerte confronta¬ción social.
La reducción al mínimo de la democracia repre¬sentativa se convirtió así en un instrumento de
eli-tización del poder, en manos de representantes con nula responsabilidad frente a sus
electores hasta los siguientes comicios. Ello facilitaba el control de las mayorías nacionales, en la
medida que las decisio¬nes gubernamentales se hacían “en virtud del man¬dato popular”, pero
tomándolo como forma, no co¬mo contenido. Hay que reconocer, sin embargo, dos
modificaciones positivas: el otorgamiento del voto a los analfabetos y la eliminación de las
restricciones a la existencia de los partidos políticos.
En la estructuración de los poderes del Estado se innovó más en cuanto al Ejecutivo que al
Legislati¬vo. A diferencia de la Constitución de 1933, hubo un reforzamiento de las atribuciones
del primero frente al segundo. En primer lugar, se mantuvo la censura ministerial, pero se
instituyó la posibilidadde la disolución de la Cámara de Diputados en caso de censura de tres
gabinetes; se trata-ba, pues, de una diso¬lución parcial, en si¬tuaciones excepciona¬les. En
segundo lugar, se otorgó al presidente la posibilidad de ejer¬cer el veto legislativo, que no tenía
en la Constitución anterior, y la delegación de atri¬buciones legislativas, aplicada con anteriori-
dad aunque sin tener una norma expresa. En tercer lugar, se otorgó al presidente mayor poder
en materia pre-supuestal, lo cual le permitió una mayor capacidad de implementar sus políticas.
En cuanto al poder Judicial, se mantuvo casi la misma organización es¬tablecida en la
Constitución anterior, incluyendo el nombramiento de los magistrados por los poderes políticos, lo
cual le quitaba independencia; y se res¬tableció el ministerio Público por mandato
consti¬tucional al interior de la administración de justicia y la defensa de los derechos. Como
conclusión, los autores señalan que pese a las modificaciones he¬chas –dadas las características
señaladas líneas arri-ba– se dejaba abierta la posibilidad de una dictadu¬ra legal. A todo esto
habría que agregar el estableci¬miento de la separación de Iglesia y Estado, y la ple¬na libertad
de cultos.
c) Los derechos constitucionales. A diferencia de la Constitución de 1933, la de 1979 era extensa
y explícita en estas materias, incorporando en su tex¬to una amplia gama de derechos. En
adición a las libertades clásicas (personal, de reunión, de expre¬sión, de tránsito, inviolabilidad
del domicilio) y a otros derechos sociales ya tradicionales (seguridad, cobertura de riesgos,
protección de minusválidos), añadió importantes normas sobre derechos del tra¬bajador a la
educación, a la ciencia y la cultura, así como un tratamiento moderno a la familia. Inclusi¬ve, se
consideró que la declaración de derechos en el texto no era taxativa, sino que éstos estaban
am¬parados constitucionalmente. Se había realizado una buena tarea de recopilación, síntesis y
declara¬ción de los principales avances en derechos humanos, que desgraciada¬mente fueron
violados sistemáticamente du-rante la década del 80, entre otras razones porque, a pesar de su
tratamiento concep¬tual, se establecieron normas especiales que redujeron estos benefi¬cios,
especialmente en los aspectos políticos.
Entre dichos artícu¬los se encontraba, en primer lugar, el que es¬tablecía la posibilidad de que
las autoridades pudieran detener pre-judicialmente hasta por quince días a los sospechosos de
terro¬rismo, espionaje o tráfico ilicíto de drogas; en se¬gundo lugar, se restringió la defensa a
través del ha-beas corpus; en tercer lugar, se normaron las excep¬ciones en lo referente a la
inviolabilidad del domici¬lio, señalando que la autoridad o cualquier persona podría ingresar a un
domicilio sin permiso del que lo habitaba y sin orden judicial, en caso de “flagran¬te delito o de
peligro inminente de su perpetra¬ción”. Como la excepción quedaba a criterio de quien ingresaba
al domicilio y la causa que lo per¬mitía no era sólo el delito, sino el “peligro inminen¬te” de que
existiera, se abría la posibilidad del alla¬namiento clandestino; lo cual ocurrió constante¬mente,
en contra de dirigentes políticos y sindica¬les; en cuarto lugar, la libertad de reunión se sujetó a
autorización por “motivos de seguridad”, que si bien en abstracto es una disposición razonable,
en lo concreto puede ser materia de indebida exten¬sión. En lo que se refiere a la protección de
los de¬rechos constitucionales hubo un avance significati¬vo: el habeas corpus, el amparo, la
inconstituciona-lidad de leyes y decretos, así como otras normas complementarias, que brindaban
mayores oportu¬nidades de defensa judicial. También se creó el Tri¬bunal de Garantías
Constitucionales que, directa e indirectamente, era controlado por los poderes del Estado, los
cuales también elegían a sus miembros. Finalmente, se establecieron dos figuras para los
re¬gímenes de excepción: el estado de emergencia, que suspendía las garantías por sesenta
días, prorroga-bles, con mención expresa de que las Fuerzas Armadas asumían el control del
orden interno; y el estado de sitio, en el cual se suspendía por 45 días todos los derechos, salvo
los que expresamente se mantuvieran en vigencia.

LAS ELECCIONES GENERALES DE 1980


Para las elecciones generales de mayo de 1980, se presenta¬ron en total 15 candidaturas:
Fernando Belaunde Terry (AP), Armando Villanueva del Campo (PAP), Luis Bedoya Reyes (PPC),
Hugo Blanco Galdós (Partido Revolucionario de los Trabajadores, PRT), Genaro Ledesma Izquieta
(FOCEP), Hora¬cio Zevallos Gómez (Unión de Izquierda Revolucionaria, UNIR), general Leonidas
Rodríguez Figueroa (Unidad de Izquierda, UI: PC y PSR), Gustavo Mohme Llona (Acción Política
So¬cialista, APS), Roger Cáceres Velásquez (FNTC), Carlos Malpica Silva Santisteban (UDP),
general Ja¬vier Tantaleán Vanini (OPRP), Luciano Castillo Coloma (PS), Alejandro Tudela Garland
(MDP), Car¬los Carrillo Smith (UNO), y Waldo Fernández Durán del Movimiento Popular de
Acción de Integra¬ción Social (PAIS). Estas candidaturas expresaban el grado de fragmentación
política y de crisis de repre¬sentación, resultado de la incapacidad para estable¬cer un nuevo
orden formalmente democrático lue¬go de la desaparición del régimen oligárquico, y que nacía
con pies de barro. La crisis se expresó en la in¬capacidad de formar sólidos frentes políticos
entre partidos afines ideológicamente; sólo se lograron alianzas electorales endebles y, en casos
de partidos como el PAP, luchas internas por su control.
En el caso del PAP, luego de la muerte de Haya de la Torre se inició la pugna por la sucesión, en
la que por momentos hubo abiertos enfrentamientos físicos, como la golpiza que le propinaron a
Luis Al¬berto Sánchez –en ese entonces de 80 años– duran¬te el Congreso Nacional del PAP
realizado en Trujillo a comienzos de 1980 para resolver los problemas internos y de la sucesión.
El debate sobre la direc¬ción del partido manifestó dos grandes tendencias: la primera –
encabezada por Luis Alberto Sánchez, Ramiro Prialé y Andrés Townsend Ezcurra– representaba a
los conservadores y anticomunistas; la segunda –encabezada por Armando Villanueva del Campo
y los jóvenes Carlos Roca y Alan García Pé-rez– representaba a los moderados y reformistas de
tendencias socialdemócratas. La primera sustentaba la secretaría colegiada, para impedir la
concentra¬ción del poder partidario; la segunda defendía la se¬cretaría general, para mantener
la cohesión partida¬ria bajo un mando único. La primera saldría derro¬tada tanto en el debate
sobre la dirección del parti¬do como en la elección de la plancha presidencial negociándose a
última hora una plancha nueva: Vi-llanueva, Townsend y Negreiros, y las candidaturas
parlamentarias fueron negociadas al interior de la nueva dirección. Sin embargo, no por ello se
deja¬ron de lado los fuertes rencores y discrepancias ideológicas, que llevaron a una ruptura en
1983. Cabe recalcar que el PAP se presentó como la mejor carta de recambio del gobierno.
La izquierda, en cambio, tuvo que enfrentar di¬ferencias políticas e ideológicas mucho mayores:
prosoviéticos, maoístas, trotskistas, mariateguistas, divididos a su vez en minúsculos partidos. Los
resultados electorales de 1978 expresaban que la izquierda no podía abstenerse de participar en
la es¬cena oficial y que requería de la unidad para tener un verdadero peso político nacional de
representa¬ción de los sectores populares.
A inicios de 1980 comenzaron las negociaciones para la conformación de un frente político en
pers¬pectiva a las elecciones de mayo. Las fuerzas políti¬cas más comprometidas fueron: el
FOCEP por su alta votación, el PC por su fuerza sindical y la UDP por su presencia en el
movimiento campesino. A es¬tos grupos se sumaron los maoístas, quienes no habiendo
participado en las elecciones a la Asamblea Constituyente “descubrieron” su importancia como
“espacio de lucha política revolucionaria”; de con¬cretarse dicha alianza se habría denominado
Alian¬za de la Izquierda Revolucionaria (ARI).
Sin embargo, había demasiadas fracciones políti¬cas y demasiadas ambiciones personales en
juego, por lo que la alianza fracasó y estalló en pedazos. Las versiones “oficiales” declaran a
Hugo Blanco Galdós como “el verdadero culpable”, pues se negó a tomar la decisión política para
la formación del ARI, aunque habría que decir en su favor que para entonces varias fuerzas
políticas ya se habían retira¬do de las negociaciones. El fracaso fue del conjunto de la izquierda,
pero había la necesidad, dentro de la vieja tradición stalinista, de señalar un “chivo ex¬piatorio”,
un “traidor”. La decisión de Blanco fue tangencial a un problema más de fondo de la iz¬quierda,
problema que la historia posterior demos¬tró que era su talón de Aquiles: la incapacidad de
unidad, la incapacidad de dejar de lado ambiciones y mezquindades en favor de la revolución.
Más bien los representantes de la izquierda utilizaron el nom¬bre de la revolución en favor de sus
ambiciones y mezquindades. En total, la izquierda presentó cinco listas, dos más que en 1978.
En cuanto a AP y el PPC, el primero debía saciar las ambiciones políticas de los caciques
provinciales sobre quienes se sustentaba la organización de su partido, por lo que empezó
repartiendo las curules entre sus familiares y colaboradores más cercanos; al segundo le
sobraban provincias que repartir debi¬do a su poco peso político nacional, por lo que pu¬do ser
generoso. Tal era el sistema de partidos sobre el cual se levantaría el nuevo régimen.
Los resultados presidenciales oficiales fueron los siguientes: AP, 1 793 190 votos (45,2%); PAP, 1
087 188 votos (24,4%); PPC, 382 547 votos (9,6%); PRT, 160 713 votos (3,9%); UNIR, 134 321
votos (3,2%); UI, 116 890 votos (2,8%); UDP, 98 452 vo¬tos (2,3%); FNTC, 81 647 votos
(1,9%); FOCEP, 60 853 votos (1,4%); UN, 18 170 votos (0,4%); OPRP, 17 737 votos (0,4%);
APS, 11 607 votos (0,2%); MDP, 9 875 votos (0,2%); PAIS, 9 350 votos (0,2%) y PS, 8 714
votos (0,2%). Del total de votos emiti¬dos (78,7%), 14,5% fueron nulos y 7,7% blancos. El
ausentismo fue del 21,3%.
Los resultados muestran una clara victoria de AP, que superó ampliamente el 36% requerido;
reci¬biendo mayor votación presidencial (45,2%) que para senadores (40,9%) y diputados
(38,9%). Es claro que Belaunde fue favorecido por una parte del voto en conjunto de la
izquierda, cuya votación pa¬ra senadores (17,3%) y diputados (18,4%) fue ma¬yor que la
presidencial (13,6%). La izquierda en conjunto redujo su votación porcentual en 15,7% en
relación a 1978, debido al fracaso del ARI, y por¬que una victoria de AP era vista como un mal
me¬nor frente a la del PAP, que representaba la opción de recambio del gobierno militar.
Asimismo, el PPC y el PAP también vieron reducidos sus porcentajes de votación en relación a
1978: el primero en 14,2% y el segundo en 11%, aunque la relación entre sus votaciones
presidenciales y para senadores y diputa¬dos era pareja. De todas estas reducciones provino la
votación de AP; la distribución del Congreso no le fue adversa como en 1963: de 60 senadores
obtu¬vo 26 y de 180 diputados obtuvo 98

IV

EL IMPACTO DE LAS REFORMAS


Uno de los puntos más controvertidos acerca del gobierno militar es la existencia previa o no de
un proyecto castrense. La aparición tardía del “Plan In¬ca”, las contradicciones al interior de las
Fuerzas Armadas y la aplicación de medidas como respues¬ta a determinadas coyunturas
políticas parecerían desmentir su existencia. Sin embargo, como ha sos¬tenido Lynch, si bien al
parecer no existía un mode¬lo coherente y previamente diseñado, el comportamiento del
gobierno militar tampoco fue errático. Las primeras medidas enfrentaron la situación exis¬tente
antes de 1968 y la conducta posterior debió responder a las situaciones creadas por la aplicación
de éstas. A la larga, serán esas mismas condiciones creadas las que lo llevarían a su crisis.
Veamos cuál fue el impacto de las medidas refor¬mistas en la estructura económica y social del
país. En primer lugar, se desplazó del poder a la oligar¬quía terrateniente y agroexportadora y al
grupo de empresas extranjeras que habían dominado la polí¬tica económica y la conducción del
Estado. En se¬gundo lugar, se impulsó la racionalización del siste¬ma económico, en base a los
planteamientos de se¬guridad nacional, garantizando el uso planificado de nuestros recursos, la
construcción de una in¬fraestructura económica y un replanteamiento de nuestras relaciones con
el merca¬do internacional, lo que provocó un proceso de concentración y centralización del
capital. En ter¬cer lugar, el Estado asumió un papel clave como articulador de todo el proceso
económico me¬diante su expansión en los diver¬sos sectores y la planificación.
En cuarto lugar, se estableció una nueva relación entre el capital privado y el Estado a través de
dife¬rentes mecanismos que reglamentaban las formas de asociación, de inversión y reparto de
ganancias. En quinto lugar, se implementaron diversos siste¬mas de participación de los
trabajadores en el fun¬cionamiento de las empresas. En sexto lugar, se die¬ron formas de
relación corporativas y verticales que buscaban articular la relación Estado-sociedad civil, que si
bien fracasaron, a la larga promovieron un al¬to grado de organización social.
Veamos ahora algunas cifras. La PEA urbana cre¬ció de 37,6% en 1961 a 62,2% en 1972,
redundan¬do fuertemente en el proceso de urbanización, pero tuvo efectos desiguales en el de
industrialización. En el mismo período, la fuerza laboral en el sector industrial manufacturero sólo
creció de 13,2 a 15,1%, mientras que el sector terciario (comercio, servicios y gobierno) pasó de
27,8 a 34,7%, según datos de Sulmont. Dentro de este sector se ocultan el subempleo, el
comercio ambulatorio y la infor¬malidad. El empleo y el subempleo varían de 44,2% y 4,2% en
1972 a 52% y 6,5% en 1978, lo que mues¬tra que el desarrollo industrial siguió siendo
desi¬gual y desarticulado de los otros sectores económi¬cos, pese a las reformas, ya que el
modelo de susti¬tución de importaciones se venía aplicando desde la década del 60.

LAS EMPRESAS PÚBLICAS


Durante el docenio se produjo un evidente for¬talecimiento del Estado, hecho relacionado con el
nuevo rol que le asignó el gobierno militar: el de empresario y regulador de la sociedad. Asumir
estas responsabilidades significaba un crecimiento cuali¬tativo del aparato estatal, especialmente
en ciertas áreas vitales de la economía. Por esta razón fue que, del conjunto de expropiaciones
realizadas durante el gobierno de Velasco, apareció un poder económi¬co y social en manos del
Estado que no fue transfe¬rido a la sociedad civil y que no decaería en los años siguientes al
gobierno militar, ya que el ordena¬miento y funcionamiento de la economía suponían y requerían
tal presencia. El rol empresarial del Es¬tado se realizó en detrimento de una parte del capi¬tal
nacional privado y, sobre todo, recortó la presen¬cia del capital extranjero.
El gobierno militar controlaba un tercio del pro¬ducto nacional, una quinta parte de la fuerza de
tra-bajo del sector productivo moderno –sin contar los empleados públicos–, nueve décimas
partes de las exportaciones y la mitad de las importaciones. Se¬gún Pásara, si bien el peso
dominante del Estado en la economía está fuera de toda duda, éste no alcan¬zó el control del
excedente productivo, ya que los sectores donde se dio la intervención estatal no eran los que
producían la mayor acumulación dentro del proceso económico; el sector industrial nunca pudo
ser controlado por el Estado. No obstante el peso de la intervención estatal, la planificación no se
pudo aplicar ni siquiera al conjunto de las empresas pú¬blicas, pues éstas, que se hallaban bajo
el control del ministerio de su sector y desarticuladas entre sí, no generaron excedentes, y si lo
hicieron, éstos fueron derivados a otros sectores, por lo que tuvieron que recurrir al
endeudamiento público para poder se¬guir funcionando.
Según datos de Luis Alva Castro, en 1968 el Es¬tado tenía sólo 40 empresas públicas. A fines de
1985 el Estado contaba con 234 empresas bajo di¬ferentes modalidades: control total,
participación mayoritaria o participación simple. De esas 234 empresas, 134 se ubicaban en el
sector no financie¬ro y 100 en el sector financiero, si contamos em¬presas matrices y filiales. En
173 empresas el Esta¬do tenía más del 50% de las acciones y en 61 em¬presas menos del 50%.
Del total, 20 empresas sig¬nificaban el 90% del patrimonio y 9 empresas constituían el 80% de
los ingresos por ventas de la actividad empresarial estatal. Finalmente, de las134 empresas no
financieras, 83 dependían del grupo CONADE-ICSA, 47 de los ministerios, 2 de los municipios y 2
de la Beneficencia.
Contrariariamente a lo que se cree, la actividad empresarial estatal no surgió con el gobierno
mili¬tar. En el gobierno de Bustamante y Rivero se deba¬tieron proyectos de ley (como el del
Banco de la Nación y la Corporación de Valores) que buscaban dar un nuevo papel al Estado, el
que anteriormente había asumido, de manera reducida, diversas acti¬vidades económicas no
propiamente empresariales sino más bien recaudadoras y reguladoras: los ca¬sos de los estancos
de la sal, el alcohol y la coca, por ejemplo. Más tarde éstos se convertirían en empresas como
ENATA, EMSAL, ENACO y la Em¬presa de Alcohol Industrial. En los años 60, la pre¬sencia estatal
se incrementa en campos como la si¬derurgia (SOGESA), el petróleo (Empresa Petrolera Fiscal),
el comercio exterior (Compañía Peruana de Vapores), el sistema financiero (Banco de la
Na¬ción), el sistema de agua y desagüe (Corporación de Saneamiento de Lima), la energía
eléctrica (Cor¬poración del Mantaro, Servicios Eléctricos Nacio¬nales y Corporación del Santa) y
la construcción (Corporación de Vivienda). También se construye¬ron plantas industriales bajo
control estatal como la planta de fertilizantes de Cachimayo, la deshi-dratadora de alimentos de
Arequipa y la refinería de petróleo de La Pampilla. En cuanto a la banca de fomento, existían el
Banco Agrario, el Banco In¬dustrial, el Banco Minero, el Banco Central Hipote¬cario y el Banco
de Vivienda.
A fines de 1968 había 40 entidades públicas –en-tre corporaciones, institutos, empresas estatales
y organismos del gobierno central– realizando activi¬dades que bajo el gobierno militar habrían
estado a cargo de empresas del Estado. Como ya hemos vis¬to, el crecimiento de las actividades
empresariales del Estado está relacionado con una concepción que le confiere un rol central en la
promoción y gestión de las actividades económicas. Según Alva Castro, las motivaciones fueron
las siguientes: la necesidad de que el Estado contara con importantes exceden¬tes para el
cumplimiento de sus funciones; la con¬cepción de seguridad nacional, que implicaba el control
de los sectores estratégicos de la economía; un mejor manejo de las divisas a través del control
del comercio exterior; sustitución del capital priva¬do en sectores y empresas en crisis como el
pesque¬ro, el financiero y el de transportes; necesidad de un mayor control del sector financiero
por su carácter especulativo y de impulsar nuevas actividades des deñadas por el capital privado.
A fines de 1978 se inicia un proce¬so de privatización que se irá de¬sarrollando paulatinamente
a lo largo de la década de los 80. Sin embargo, en la Constitución de 1979 se dio reconocimiento
constitucional a la actividad em¬presarial del Estado con el fin de promover la economía, prestar
servicios públicos y alcanzar los objetivos del desarrollo nacional.
Durante el gobierno de Belaunde se aplicó un concepto diferente sobre el Estado y su rol en el
de¬sarrollo nacional, aunque se dieron dispositivos le¬gales importantes para tratar de ordenar
el funcio¬namiento de las empresas públicas. El primero de éstos creó la Comisión Nacional de
Desarrollo (CO-NADE) como un ente normativo de la actividad em¬presarial del Estado,
convirtiendo a COFIDE en em¬presa de derecho privado, y creó Inversiones COFI-DE S.A.
otorgándole funciones de inversión; el se¬gundo normó la actividad empresarial del Estado,
otorgándole a CONADE funciones relacionadas con el planeamiento, la orientación y el control de
la gestión de las empresas estatales. Con estas medidas no se logró un efectivo ordenamiento
legal e insti¬tucional de las empresas del Estado, ya que no se le dio prioridad a una necesaria
racionalización de las empresas existentes, iniciándose más bien el aban¬dono de la actividad
empresarial del Estado a través de la desactivación, la liquidación o la privatización de las
empresas públicas.
Siguiendo con Alva Castro, de las 134 empresas no financieras existentes al inicio del gobierno
aprista, 27 representaban el 90% de su patrimonio: Petroperú, Electroperú, Electrolima,
Centromin Pe¬rú, Hierro Perú, Minero Perú, Tintaya, Entel Perú, Aeroperú, Enafer, Enapu,
Corpac, Enatru, CPV, Si-derperú, Sociedad Paramonga, Fertisa, Incasa, Pes-caperú, Sima Perú,
Indumil, Enci, Ecasa, Emmsa, Senapa, Sedapal, Minpeco. Entre las empresas encuyo accionariado
tenía mayoría el Estado: Epsep, Ganadera Amazonas, Empresa Nacional de Tabaco, Cemento
Yura, Cemento Sur, Enaco, Manylsa, Mo-raveco. Entre las empresas donde el Estado era
ac¬cionista minoritario: Cemento Andino, Cemento Norte Pacasmayo, Cemento Lima, Bayer
Industrial. En el sector financiero la presencia estatal estaba agrupada en un total de 23
empresas: 7 bancos co¬merciales asociados (Popular, Continental, Interna¬cional, NorPerú, de
los Andes, Sur Medio y Callao, y Amazónico), 5 bancos de fomento (Industrial, Agrario, Minero,
de la Vivienda, Central Hipoteca¬rio), 3 empresas financieras asociadas (Peruinvest, San Pedro y
Peruana), 3 almacenes generales de de¬pósito (Almacenera Continental, Almacena y Kol-
kandina), 3 empresas de seguros (Reaseguradora Peruana, Popular y Porvenir y Secrex), el
Banco de la Nación y COFIDE. Su peso puede ser medido de la siguiente manera: el 73% de los
trabajadores del sector le pertenecían, así como el 80% de las colo¬caciones y el 65% de los
depósitos; en total tenía el 71% del patrimonio del sistema financiero.
LA DEUDA EXTERNA
Según Óscar Ugarteche, en los años iniciales del gobierno militar, el país contaba con una
situación de relativo saneamiento financiero, debido a las re¬financiaciones y renegociaciones
realizadas entre 1967 y 1968, y al “boom” pesquero de 1970; gracias a ello se abrieron
perspectivas para un mayor endeudamiento durante el primer quinquenio de la década del 70. El
uso del crédito durante ese perío¬do tuvo dos ejes: inversiones públicas y compra de
armamento. La compra de armamento estuvo rela¬cionada al cese de la ayuda militar
norteamericana, la compra de armas a la URSS, y a las tensiones di¬plomáticas con Chile. Luego
de la caída de Velasco y ante el incremento de la movilización social, los gastos militares
aumentaron. Las inversiones públi¬cas más importantes fueron el oleoducto norperua-no y la
mina de cobre de Cerro Verde, que culmina¬ron en 1978. Ello generó serios problemas en la
ba¬lanza de pagos, ya que los precios de nuestras ex¬portaciones decrecieron levemente,
mientras las im¬portaciones y el servicio de la deuda se incrementa¬ron. El Perú entró en crisis
de pagos de deuda en di¬ciembre de 1976, al mismo tiempo que el endeuda¬miento por
defensa llegó al 75% del endeudamien¬to total.
Entre 1977 y 1978 el Perú se ubicó entre los paí¬ses con mayor crisis de endeudamiento, lo cual
mo¬tivó el cierre de los créditos provenientes de la ban¬ca privada; a partir de entonces, las
relaciones y ne¬gociaciones con el FMI tuvieron numerosos rompi¬mientos y conflictos. El
general Morales Bermúdez comprometió el apoyo del gobierno norteamericano a las
negociaciones del FMI a cambio del cumpli miento de la transferencia de gobierno. De este
mo¬do, en mayo de 1978 mientras se realizaban las elec¬ciones para la Asamblea Constituyente,
se aplicó una política de ajuste que terminó con el proceso reformista iniciado por el general
Velasco y con la política de sustitución de importaciones. Se redujo el papel del Estado, se
negoció el cese de 30 mil em¬pleados públicos y se abrieron las puertas al comer¬cio y al capital
internacional. Se inició así el camino neoliberal. Con la subida de los precios del petróleo y la
plata en 1979, el problema del endeudamiento externo pareció solucionado.
Luego del golpe de 1968 y debido a los conflictos con el gobierno norteamericano, el gobierno
adoptó la política de no buscar créditos en los organismos multilaterales donde Estados Unidos
tenía poder de veto, como el Banco Mundial y el BID, orientándose hacia los países socialistas de
Europa Occidental y al Japón, así como a la banca privada internacional. Así, durante 1970-1975
la principal fuente de crédi¬tos fue la banca privada internacional, seguida de los créditos
gubernamentales. En 1976, coincidentemente con la reapertura del crédito multilateral
so¬brevino el cierre de los créditos de la banca privada internacional. Por ello durante el período
1976-1980 la mayoría de los créditos provino de los países socialistas por la compra de armas,
seguidos por los otorgados por gobiernos occidentales.

EL CENSO NACIONAL DE 1972


Un elemento importante para la realización del proceso de reformas era el manejo de
información. Por ello, el gobierno de Velasco dio impulso a entidades como el Instituto Nacional de
Estadística y el Instituto Nacional de Planificación, a las que encargó en 1970 la planeación de la
realización de un censo nacional para julio de 1972. Los resultados confirmaron la tendencia de los
cambios que se operaban en el país desde 1940. Quizás la constatación más importante fue que la
población urbana superaba a la población rural: la primera representaba 8 058 495 personas (59,9%) y
la segunda 5 479 713 personas (40,5%), con una población total de 13 538 746 personas. La
distribución por regiones era la siguiente: en la costa 9 113 500 pobladores, en la sierra 7 329 500 y
en la selva 1 311 900.
V

LOS EMPRESARIOS Y EL RÉGIMEN MILITAR


El proceso de reformas implementadas por el general Velasco estuvo orientado a afectar los
intereses de la oligarquía, con efectos importantes sobre el poder económico de sus
componentes, especialmente de los sectores más tradicionales del campo. Los modernos, en
cambio, se desplazaron a otros sectores económicos, conformándose una nueva burguesía que se
fue integrando a la ya existente: los denominados “nuevos ricos”, procedentes del ahora
denominado “sector informal”, así como comerciantes, intermediarios, profesionales y miembros
de las Fuerzas Armadas enriquecidos en el ejercicio de cargos públicos en los ministerios o en las
empresas estatales. Éste fue un lento proceso que se fue dando a lo largo de los doce años de
gobierno militar, promovido de alguna manera por éste, con la intención de que el empresariado
nacional asumiera el liderazgo en el desarrollo nacional en reemplazo del capital extranjero. Por
ello recibió una serie de beneficios, como un tipo de cambio sobrevaluado que le permitía
importar materias primas y bienes de capital en condiciones favorables; el establecimiento de una
tasa nominal de interés; control sobre los precios agrícolas, que benefició a los sectores urbanos
y que no se ejerció sobre los bienes industriales; y una política de protección del mercado interno
como nunca antes se había dado. Según Pásara, si bien el Estado expandió su rol empresarial
–lo que podría ser visto como realizado a costa del empresariado privado, al que se le
expropiaron ciertas áreas que pasaron a ser reservadas para el Estado–, en realidad lo que se
hizo fue delimitar sectores y niveles de actuación para la empresa privada, en los que se
desarrolló productivamente y obtuvo grandes ganancias, gracias a que la industria fue colocada
como eje del desarrollo económico. Por ejemplo, la estatización del cemento aseguró su
abastecimiento a precios que dejaban un bajo excedente para el Estado; Petroperú aprovisionó a
la industria de combustible subsidiado; y Siderperú retenía un pequeño excedente en la
producción de acero, en beneficio del sector metalmecánico en manos privadas. Sin embargo, los
industriales no respondieron de manera positiva, por razones más políticas que económicas, pues
no estuvieron dispuestos a aceptar el nuevo rol del Estado, no sólo como empresario sino como
regulador arbitral de las relaciones sociales. Esta diferencia de los industriales con el gobierno
militar produjo desde el comienzo su distanciamiento, y no sólo ideológico. Las medidas tocantes
a la conciliación entre capital y trabajo tampoco fueron bien recibidas y más bien se sospechaba
de ellas; éste fue el caso de la comunidad industrial, vista como una interferencia obrera
impuesta por el Estado a su libre gestión de la producción. Desde 1970 los empresarios deciden
sabotearla mediante una progresiva adquisición de comunidades industriales con una parte de las
utilidades anuales, o mediante la burla de las utilidades. Como resultado, el conflicto entre capital
y trabajo tiende a aumentar en la empresa, en vez de disminuir. Al no lograr acuerdos, los
empresarios intentaron influenciar en el gobierno a través de los sectores conservadores de las
Fuerzas Armadas. Con la caída de Velasco y la apertura política del general Morales Bermúdez,
los empresarios logran una influencia directa sobre el gobierno, estableciéndose civiles vinculados
a los gremios empresariales en el ministerio de Economía y Finanzas. Sin embargo, la
desconfianza persistió a pesar de las medidas de contrarreforma que afectaron los derechos
laborales de los trabajadores y beneficiaron ampliamente a las empresas.
Francisco Durand tiene una visión más compleja, pero complementaria a la de Pásara. Según él,
el proceso de consolidación de una nueva burguesía librada del lastre de sus aliados tradicionales,
a lo largo de la década del 70, se vio bloqueado por tres factores. En primer lugar, a pesar de
que el proceso reformista le dio un rol importante en el desarrollo económico nacional y la
favoreció en la obtención de grandes ganancias, también la subordinó a su proyecto limitando el
papel dirigente que se le quería atribuir. En segundo lugar, el proceso de acumulación era
inestable debido a la crisis internacional y la burguesía fue incapaz de enrumbarlo, actuando de
manera marcadamente coyuntural. En tercer lugar, la presencia del capital extranjero en la
estructura productiva deja a la burguesía los sectores menos rentables, subordinándolos a sus
intereses. Sin embargo, los empresarios nacionales no estaban dispuestos a una ruptura con el
capital extranjero, ya que los proveía de insumos, créditos y tecnología. A ello habría que agregar
el hecho de que la situación mundial ya se orientaba hacia un reordenamiento caracterizado por
la imposición de proyectos monopólicos y de apertura económica, que en un contexto de crisis
como el que se vivía entonces hacía a la burguesía vulnerable a su penetración. Estos factores
hacen de la incertidumbre una característica permanente del estado de ánimo de la nueva
burguesía peruana, además del malestar y la desilusión, ya que siendo sus integrantes en teoría
los actores claves del desarrollo nacional, no logran serlo en la práctica. Si a ello se suma el reto
que significa enfrentar a la movilización social, se entenderá el comportamiento de los
industriales, quienes en lugar de tener sentido del riesgo e iniciativa se convirtieron en personas
temerosas. Durante el gobierno de Velasco su fuente de incertidumbre fue la acción del Estado;
durante el de Morales Bermúdez, la crisis económica. Sus esperanzas se cifraron en el proceso de
contrarreforma y de apertura política, pero tuvieron que enfrentar aún otra década más de
incertidumbre.

LA MOVILIZACIÓN POLÍTICA Y SOCIAL A TRAVÉS DEL SINAMOS


Desde el inicio del proceso de reformas, el gobierno tenía clara la necesidad de establecer un
con-trol político sobre los diferentes sectores sociales, especialmente los beneficiados con las
reformas. Se buscaba así garantizar el apoyo popular al proceso reformista y al gobierno,
mediante un organismo administrativo que sustituiría a los partidos políticos: el SINAMOS, a
través del cual el “pueblo organizado” haría llegar al gobierno sus reivindicaciones, especialmente
a nivel local. Se buscaba así también la conciliación de intereses, complementando reformas
como las comunidades industriales, para lo cual se combinaban paternalismo y control autoritario,
elementos complementarios del comportamiento del gobierno frente a la movilización social. Si
bien el SINAMOS recogía iniciativas y reivindicaciones, las decisiones últimas estaban controladas
por el gobierno militar y se esperaba de sus integrantes la actitud del subordinado pasivo y
agradecido. El acento hacia uno u otro polo dependía de las coyunturas políticas y del grado de
cuestionamiento al proceso reformista y al gobierno. Como era de esperarse, el control autoritario
se acrecentó con la contrarreforma. La organización del SINAMOS fue piramidal, de arriba a
abajo, dividida en niveles (nacional, departamental y local); era asimismo corporativo, ya que los
organismos que lo integraban se dividían en sectores (comunidades industriales, cooperativas,
pueblos jóvenes, sindicatos, etc.). En ese sentido, la retención del poder por las Fuerzas Armadas
fue un rasgo esencial del gobierno militar; sin embargo, el modelo del SINAMOS implicaba
organizar a aquellos sectores que no lo estaban y darles mínimos espacios de acción, aunque sin
permitirles cuestionamiento alguno. De esta manera se dio un proceso de organización y
movilización social como no se había dado antes, resultado no deseado por el gobierno militar.

Inicialmente, se impulsó al SINAMOS como una plasmación del postulado de la “democracia social
de participación plena”, postura rechazada por los diferentes sectores políticos, e inclusive por
algunos del gobierno. Para los conservadores se trataba de un plan creado por la “infiltración
comunista en el gobierno”, y para la izquierda, de un instrumento de control “fascista”. Los
vaivenes de su funcionamiento y organización son también expresión de los cambios en la
coyuntura política y del desarrollo de las contradicciones al interior de las Fuerzas Armadas. A
medida que se desenvolvía el proceso de reformas, SINAMOS se convierte en el centro de fuertes
tensiones, ya que de un organismo de control de la movilización social se convirtió, a la larga, en
uno de los elementos centrales de la concientización política de los sectores populares. Este
proceso no se dio sólo en las zonas urbanas, sino que también tuvo un rol muy importante en el
campo, creando e impulsando la organización de las cooperativas agrarias y de la Confederación
Nacional Agraria (CNA), como única manera de garantizar la implementación de la reforma del
sector. Pero el SINAMOS no sólo organizaba, también practicaba el paralelismo y la división de
organismos existentes, como una manera de enfrentar a las fuerzas políticas con bases populares
como el PAP y la Izquierda. Son los casos, por ejemplo, de la Confederación de Trabajadores de
la Revolución Peruana (CTRP), creada en 1972 para neutralizar a las otras centrales sindicales;
del Sindicato de Educadores de la Revolución Peruana (SERP), para contrarrestar al Sindicato
Único de Trabajadores de la Educación (SUTEP); de la división de la Confederación Nacional de
Comunidades Industriales (CONACI). Destaca la creación del Movimiento Laboral Revolucionario
(MLR), con el propósito de garantizar la estatización del sector pesquero, utilizando para ello
métodos violentos.
Podemos dividir la evolución del SINAMOS en tres etapas: la primera, de 1969 a 1973, cuando el
gobierno logra implementar las principales organizaciones de apoyo, en un contexto de iniciativa
política en la puesta en marcha del proceso reformista; en la segunda, de 1973 a 1975, el control
gubernamental se deja sentir sobre la movilización social, realizando operativos de paralelismo,
división y asalto a las organizaciones sociales que mantuvieron su independencia; en la tercera,
de 1976 a 1978, el SINAMOS pasó a ser dirigido por los sectores más conservadores del
gobierno, hasta su definitiva desactivación.

LA MOVILIZACIÓN OBRERA
Antes de octubre de 1968 solamente existía una central de trabajadores, la Confederación de
Trabajadores del Perú (CTP), dominada por el PAP. En 1971 fueron reconocidas la Confederación
General de Trabajadores del Perú (CGTP), controlada por el PCP, y la Confederación Nacional del
Trabajo (CNT), de orientación católica. A fines de 1972 fue reconocida la Confederación de
Trabajadores de la Revolución Peruana (CTRP), organizada por el ministerio del Interior y por el
SINAMOS; más tarde se organizó el Comité Coordinador de Unidad Sindical (CCUS) bajo
influencia maoísta, que no prosperó. Según Sulmont, los datos del año 1974 señalan que la CGTP
contaba con un 37% de la afiliación sindical, la CTP con el 29%, la CTRP con el 27% y la CNT
con el 7%. La CGTP se constituyó así en la central sindical más importante del país. De igual
forma, a partir de la ley de comunidades laborales (1970), se produce un crecimiento de la
sindicalización en las pequeñas y medianas empresas bajo la influencia de la CGTP. Ésta
desarrolló las huelgas y movilizaciones de mayor importancia, que en 1973 representaron el
47,8% de horas-hombre perdidas; cifra que se elevó al 67% en 1975. Sin embargo, según
Manuel Valladares, a pesar de la intensa labor de sindicalización llevada adelante por el gobierno
y los partidos de izquierda, ésta sólo alcanza a un aproximado del 18% de la población
asalariada. Como puede verse, bajo el gobierno del general Velasco se dio gran importancia a la
organización sindical; durante esos años se reconocieron 2115 sindicatos, casi tantos como los
2279 reconocidos entre 1936 y 1968, según datos de Teresa Tovar. Entre los sindicatos más
importantes cabe resaltar la creación del SUTEP en 1971, aunque no fue reconocido por el
gobierno. Se reconocieron además importantes derechos sindicales –como la estabilidad laboral–
que otorgaban garantías mínimas al trabajador para realizar libremente sus actividades sindicales.
Hay que señalar que el reconocimiento de la CGTP por parte del gobierno tuvo una motivación
política: contrarrestar la influencia de la CTP aprista. Sin embargo, cuando la CGTP cobró mayor
influencia, el gobierno impulsó la creación de la CTRP para neutralizar a apristas y comunistas
mediante el ofrecimiento de mejores ventajas sindicales y la formación de sindicatos y
federaciones paralelas.
A pesar del apoyo del gobierno a la organización sindical, hubo importantes huelgas y
movilizaciones sindicales y populares. En julio de 1969 fueron abaleados en Huanta los
manifestantes que protestaban por la suspensión de la gratuidad de la enseñanza, con un saldo
de 25 muertos y 50 heridos; en noviembre de 1971 cinco trabajadores mineros murieron a
consecuencia de la toma policial de las instalaciones de las minas de Cobriza, que estaban en
poder de los huelguistas por las amenazas de cierre y despido; la huelga de maestros de
setiembre de 1972 también fue duramente reprimida. Con el agudizamiento de la crisis
económica los conflictos se intensifican. En abril y octubre de 1973 se producen enfrentamientos
en Chimbote durante la huelga pesquera y diversas protestas en todo el sur andino; en setiembre
de 1974 se reprimió a los campesinos de Andahuaylas que impulsaron tomas de haciendas no
afectadas por la reforma agraria; finalmente sobrevendría la explosión social del 5 de febrero de
1975.

Los años de 1973 a 1975 fueron los de mayor protesta social, producto de la crisis económica y
política al interior del gobierno. Diversos sectores demandaban la defensa y radicalización del
proceso de reformas, a lo cual el gobierno respondió con fuertes mecanismos de control social
(rompimiento de huelgas, paralelismo, arrestos). De esta manera las movilizaciones fueron
pasando de un carácter meramente gremial a un carácter político de oposición al gobierno.
Durante este período hubo un encuentro entre los partidos de izquierda y el movimiento sindical,
que dio lugar a la llamada “identidad clasista”, definida por autores como Parodi y Balbi como una
identidad basada en el poder colectivo de los trabajadores para demandar respeto a su dignidad
y a sus derechos, cuestionando la autoridad despótica de los empresarios y/o supervisores dentro
de la fábrica, y utilizando métodos de lucha tendientes a la confrontación. Resaltan, además, la
igualdad jurídica que logra el clasismo entre patrones y obreros, permitiendo a los trabajadores
un acceso a la ciudadanía del que antes carecían. Como señalamos anteriormente, diversas leyes
refuerzan su situación.
A la participación vía comunidades se suma el establecimiento del derecho a la estabilidad
laboral, beneficio sumamente apreciado por los trabajadores y que, pese a no eliminar de hecho
el despido, amplía sus posibilidades de defender su empleo. Estas leyes también dieron
oportunidad de crecimiento y fortalecimiento a la acción sindical, a lo que se sumó un alza del
salario real entre 1968 y 1973, que benefició al sector de la población empleado establemente en
empresas medianas y grandes, y mayormente organizado en sindicatos. Pese a su escaso
número, los trabajadores conformaban un contingente importante por su peso en la economía y
por su fuerza organizada. Su mayor capacidad adquisitiva también contribuyó a una expansión
del mercado y de la industria.
En 1976, bajo el estado de emergencia, la movilización obrera decrece, pero lentamente
comienza a acumularse el descontento frente a las medidas económicas y de control social. La
excepción sería la huelga pesquera de octubre de 1976 contra la privatización del sector. Las
movilizaciones de 1977 a 1981 tendrán como objetivo enfrentar la política económica del
gobierno de Morales Bermúdez y de los inicios del gobierno de Belaunde. Ya hemos reseñado el
contexto y hechos de los paros nacionales de 1977 y 1978. Destacan, además, la huelga de
maestros entre mayo y julio de 1978, la de la Federación Nacional de Mineros y Metalúrgicos en
agosto, y la formación de la Confederación Intersectorial de Trabajadores Estatales (CITE).
1979 fue un año de altas y bajas en la movilización sindical. Se convocó a un nuevo paro nacional
para los días 9, 10 y 11 de enero, pero éste fracasó debido al debilitamiento producido por las
medidas del gobierno, y a los esfuerzos conjuntos de éste y de los empresarios para neutralizarlo.
En abril se producen enfrentamientos entre la policía y obreros que habían tomado la fábrica
Cromotex, con un saldo de 6 muertos; mientras, los maestros inician una nueva huelga entre
junio y setiembre, exigiendo el cumplimiento de las promesas del año anterior. Luego se
sumarían la Federación Nacional de Trabajadores de la Universidad Peruana (FENTUP), los
trabajadores del Banco de la Nación y el Seguro Social. En ese contexto de rebrote de la
movilización social, se organiza un nuevo paro nacional para el 19 de julio, convocado por un
amplio espectro de organizaciones. El paro fue contundente pero, como en los casos anteriores,
el gobierno no cambió la política económica ni su actitud contra la movilización sindical, que
ingresó debilitada al régimen democrático iniciado en 1980.

LA MOVILIZACIÓN CAMPESINA FRENTE A LA REFORMA AGRARIA


El objetivo central de la reforma agraria buscaba una drástica redistribución de la propiedad y el
impulso de formas cooperativas de producción, beneficiando preferentemente a los trabajadores
del agro. Inicialmente la reforma agraria se implementa en las haciendas de la costa norte, ya
que representaban el sector moderno del agro y la base económica de los sectores
agroexportadores –pilares de la alianza oligárquica– y porque allí se concentraba la influencia del
sindicalismo aprista, controlado por la Federación Nacional de Campesinos del Perú (FENCAP),
afiliada a la CTP. Será en estas propiedades donde se producirán las primeras movilizaciones
campesinas debido a que si bien formalmente las cooperativas pertenecían a los socios, el Estado
ejercía el control efectivo en la dirección de éstas. Entre 1970 y 1972 los trabajadores y el Estado
se enfrentan en torno a la capacidad de decisión sobre las cooperativas, produciéndose huelgas
en Pomalca, Cayaltí, Pucalá, Paramonga, Cartavio y Tumán. El gobierno respondió con mayores
controles a través del Sistema de Asesoramiento y Fiscalización (SAFCAP), y sancionando el
recurso a la huelga como delito de sabotaje a la reforma agraria, sujeto al fuero militar. Más al
sur se realizaron movilizaciones campesinas para modificar el régimen de parcelaciones por
iniciativa privada, recogido por la ley de reforma agraria de 1969, ya que de esa manera los
propietarios se proponían evadir la expropiación. Éste fue el caso de la hacienda “Huando” en el
valle de Huaral en 1970, donde la movilización buscó el desconocimiento de las parcelaciones
realizadas y la cooperativización de la hacienda. En febrero de 1971 la ley fue modificada, las
privatizaciones fueron anuladas y se dio un nuevo impulso a la cooperativización; a pesar de ello
los propietarios persistieron en las parcelaciones, por lo que la movilización se expandió a los
valles de Cañete, Huaura y Nazca. Durante 1972 y 1973 se produjeron tomas de haciendas que
tuvieron como resultado la expropiación de los fundos. A diferencia de la costa norte, estas
movilizaciones buscaban obtener del gobierno la afectación de tierras, rebasando los cauces
legales de la reforma agraria, radicalizándola.
En este contexto de movilización campesina se crea el SINAMOS. Para el caso del agro, su
objetivo fue movilizar a los sectores favorables a la reforma agraria sin la intervención de los
partidos. Con tal fin, se disolvió la Sociedad Nacional Agraria (SNA) que, como representante de
los propietarios, había realizado constantes campañas contra la reforma agraria, fundándose en
su lugar en 1974 la Confederación Nacional Agraria (CNA), que se dedicaría a la organización de
ligas agrarias, compitiendo con las organizaciones de izquierda que reactivaron la CCP bajo la
hegemonía de VR. Las bases de la CCP estaban compuestas mayoritariamente por campesinos no
beneficiados por la reforma agraria, que utilizaban la toma de tierras como mecanismo para
obtener su afectación, exponiendo la economía campesina.
A partir de 1973, la movilización campesina se desplaza hacia la sierra, donde el gobierno no
había ejercido mayor presencia ni se había implementado significativamente la reforma agraria.
Las tomas de tierras no sólo se ejercieron sobre tierras no expropiadas sino también sobre
aquellas asignadas a cooperativas y a sociedades de propiedad social, como en el caso de la SAIS
Huancavelica, disuelta luego de una progresiva división de sus tierras entre las comunidades
circundantes, varias de las cuales eran formalmente socias de la empresa. La CCP dirigió dos
importantes movilizaciones entre 1973 y 1975, orientadas a la adjudicación de tierras a las
comunidades campesinas mediante la toma de tierras previa a la negociación con el gobierno: la
primera se produjo en el departamento de Piura, encabezada por Andrés Luna Vargas, entre
1973 y 1975; la segunda fue en Andahuaylas –en donde la reforma agraria no había avanzado–,
encabezada por Lino Quintanilla y Julio César Mezzich. Entre julio y setiembre de 1974 se
produjeron tomas masivas de tierras, sumando miles las hectáreas afectadas. Como consecuencia
de ello, el gobierno firmó actas de compromiso que incluían el establecimiento de comités
campesinos de adjudicación provisional y, no obstante, procedió a arrestar a los dirigentes
campesinos y estableció pena de cárcel para los que instigasen o realizasen invasiones.
Otro tipo de movilización campesina se produjo entre los trabajadores agrícolas de las haciendas
circundantes a Lima, entre 1974 y 1975, con el objetivo de conseguir la derogatoria del artículo
42 de la ley de Reforma Agraria, que facultaba al ministerio de Vivienda la adjudicación de tierras
y le permitía definir los límites de la expansión urbana, lo que dio lugar a la especulación de
tierras en beneficio de las grandes empresas inmobiliarias, que alcanzaron elevadas utilidades.
Este proceso se había iniciado en la década del 50 con la compra de predios rústicos, mantenidos
por las inmobiliarias como fundos de panllevar, y urbanizadas paulatinamente.

LOS NUEVOS ACTORES SOCIALES


Bajo el gobierno militar se plasman nuevos actores al interior de la movilización social,
principalmente el movimiento de pobladores y los movimientos departamentales y regionales.
Hay que señalar que el gobierno militar no realizó una reforma urbana, debido a que hubiera
afectado los intereses empresariales de la construcción vinculados a importantes sectores
económicos. Por ello, inicialmente, el gobierno creó la Oficina Nacional de Pueblos Jóvenes
(ONDEPJOV), en diciembre de 1968, cuya política se basó en el fomento de la autoayuda y en el
tradicional reparto de alimentos, estableciendo una nueva forma de organización para las
barriadas: las organizaciones vecinales, en base a los comités por manzanas o cuadras. En este
contexto se producen las primeras movilizaciones de pobladores. La más importante del período
fue la ocupación de terrenos en Pamplona en abril de 1971, que llevó al gobierno a replantear sus
relaciones con los pobladores, reservando zonas de expansión y reubicando a los invasores dando
lugar a la formación de Villa El Salvador y Villa María del Triunfo en 1972. Se buscó encauzar la
acción de los pueblos jóvenes a través del SINAMOS y las “acciones cívicas” del Ejército, en la
realización de obras de infraestructura, así como con la dación del DL 20066, que tipificaba las
invasiones como “delito de usurpación”. A pesar de estos intentos de encauzamiento, entre 1972
y 1973 se produjeron otras tomas de terrenos, siendo la más importante la de octubre de 1972
en la Av. Argentina, por pobladores conocidos como “los rescatadores”, quienes reivindicando el
derecho a una vivienda digna y cuestionando los criterios comerciales y de lucro, exigieron del
Estado la expropiación de los terrenos ubicados en la margen izquierda del río Rímac y que se
respetara la organización vecinal de los 13 pueblos jóvenes de la zona, formándose así el pueblo
joven El Rescate. Dicha dinámica se reproduce en las principales ciudades del país, pero
principalmente en la costa. El caso más significativo fue el de Chimbote, cuya población se
quintuplicó entre 1961 y 1972 debido “al boom” pesquero, proceso que aún no ha sido
suficientemente estudiado. Los pueblos jóvenes se convierten en un fenómeno social
incuestionable en ciudades como Cuzco, Arequipa, La Oroya, Huancayo, Trujillo, etc.
Al inicio de la crisis económica, el gobierno no contaba con recursos suficientes para dotar de
servicios a los pobladores, pero mantuvo su política de control de las organizaciones barriales.
Poco a poco surgieron luchas por la autonomía vecinal, acrecentándose la influencia de la
izquierda radical. El encarecimiento del costo de vida y el desempleo golpean duramente a los
pobladores. Desde 1975 las tomas de terrenos y las movilizaciones y protestas por servicios se
incrementan. Se pueden citar a este respecto la marcha de los pobladores de Villa El Salvador, en
abril de 1975, solicitando solución al problema del agua y del transporte; la marcha de los
pueblos jóvenes de El Rescate en apoyo a los metalúrgicos en marzo de 1974 y, posteriormente,
los sucesos de Vitarte en junio de 1976, donde la población se movilizó en apoyo a la huelga de
los obreros de la Nylon.
El cuestionamiento al gobierno, y particularmente al SINAMOS, ya era patente al iniciarse el
gobierno de Morales Bermúdez y se manifestó claramente cuando las movilizaciones barriales se
sumaron al movimiento sindical en la realización de los paros nacionales de 1977 a 1979, sin cuya
participación éstos no hubieran tenido éxito. El gobierno asumió entonces una política de
represión y de mayor control militar, por lo cual, durante el estado de emergencia y el toque de
queda, las operaciones de intervención y rastrillaje en los pueblos jóvenes fueron bastante
comunes.
Mientras tanto, proyectos ambiciosos de organización vecinal y autogestión, como Villa El
Salvador, son abandonados a su suerte. En esa situación, se busca una solución a los principales
problemas de los pueblos jóvenes a partir de la iniciativa vecinal; mediante la autogestión, se
construyen comedores populares, caminos, agua y luz, posta médica, logros que de una u otra
manera fortalecían la organización barrial. Entre julio de 1979 y agosto de 1980 se forman varias
federaciones departamentales de pueblos jóvenes, con el objetivo de crear una Central General
de Pueblos Jóvenes, lo que no llega a concretarse. Con la transferencia de gobierno, el
movimiento barrial comienza a independizarse del movimiento sindical y a dirigir sus reclamos
a las instituciones representativas del Estado, cuya sectorización propició el debilitamiento del
movimiento social en su conjunto.
Por su parte, los movimientos departamentales y regionales están relacionados con el paulatino
proceso de fortalecimiento y de centralización sindical de diferentes gremios urbanos y rurales en
diversas partes del país. Son los casos por ejemplo de la Federación de Campesinos de Piura
(FEDCAP) y de la Federación de Trabajadores de La Libertad (FEDETAL), entre otros. Éstos se
constituirían en la base para la movilización social a favor de las reivindicaciones regionales y
departamentales, cuyas primeras manifestaciones se inician en el sur: en agosto de 1971 en el
Cuzco, encabezada por el Frente Único de Defensa de los Intereses del Cuzco; en abril de 1972
en Arequipa; y en junio de 1972 en Puno. En 1973 estos movimientos se incrementaron: en abril
en Moquegua, por el Frente Único de Defensa de los Intereses de Moquegua; en mayo en
Arequipa, por la Federación de Trabajadores de Arequipa, y en Chimbote, en solidaridad con los
pesqueros; en noviembre en Arequipa, Puno, Cuzco y Ayacucho. A diferencia de los movimientos
regionales de la década del 50, liderados por industriales y comerciantes, los de la década del 70
están encabezados por amplios sectores populares que les dan nuevo significado y que son
expresión inicial de la confluencia entre el movimiento obrero y otros sectores, especialmente el
de pobladores; sólo en casos significativos se logró una confluencia con el movimiento
campesino. Estos lazos se estrecharían entre 1977 y 1980 con los paros nacionales contra la
política económica y la militarización, cuyo éxito no hubiera sido posible sin la participación
masiva de todo el país. En los meses previos al paro nacional de julio de 1977 se produjeron
importantes movilizaciones en Cuzco, Tacna, Ayacucho, Arequipa, Huancayo y Trujillo. En 1978
las reivindicaciones regionales y departamentales incluyeron la reposición de los dirigentes
despedidos. A diferencia de otros movimientos, éstos mantuvieron su fuerza durante la década
del 80.
LOS PARTIDOS POLÍTICOS DURANTE EL GOBIERNO MILITAR
En líneas anteriores hemos delineado el comportamiento político y electoral de los partidos,
especialmente durante el gobierno de Morales Bermúdez. Veamos ahora algunos puntos referidos
a su evolución interna. Al producirse el golpe de 1968 AP entró en un largo receso, interrumpido
por intermitentes comunicados sobre las medidas aplicadas por el gobierno militar. Algunos de
sus dirigentes sufrieron cárcel y deportación, así como acusaciones de corrupción que fueron
llevadas al poder Judicial. Al igual que otros partidos, AP cobró bríos luego de la caída del general
Velasco. Aunque registró su inscripción como partido en el JNE, no participó en las elecciones a
Asamblea Constituyente; sin embargo, Fernando Belaunde Terry sería elegido nuevamente
presidente de la República en las elecciones generales de 1980.

La DC había entrado ya en crisis como partido al producirse el golpe de 1968. En su congreso de


1971 se produce una nueva ruptura, esta vez de los sectores radicales de la juventud, algunos de
cuyos integrantes eran Enrique Bernales, Rafael Roncagliolo, Alfredo Filomeno, Henry Pease y
José María Salcedo. Más adelante, en 1976, Enrique Bernales –junto con ex militares de la
primera fase– formaría el Partido Socialista Revolucionario (PSR). Asimismo, la DC perdió el
control de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEPUC) cuando una lista
encabezada por Carlos Blancas fue derrotada por el Frente Revolucionario de Estudiantes
Socialistas (FRES), cuya lista estaba compuesta por Javier Diez Canseco, Manuel Dammert y
Agustín Haya de la Torre. En mayo de 1972, la DC expresó su respaldo público al proceso
revolucionario de las Fuerzas Armadas, con el cual encontraba “coincidencias ideológicas”, a
pesar de que posteriormente mostraría su desacuerdo con el contenido de la ley universitaria y
con la formación del SINAMOS. Importantes dirigentes de la DC asumieron cargos públicos e
influyeron en la elaboración de una serie de medidas que incluían la socialización de los
periódicos de circulación nacional en 1974: al producirse la toma de los diarios, Héctor Cornejo
Chávez recibió la dirección del diario El Comercio, cargo que ejerció hasta fines de agosto de
1975, cuando renunció en solidaridad con el general Velasco, momento a partir del cual la DC
pasó a la oposición del gobierno de la segunda fase. En las elecciones a la Asamblea
Constituyente de 1978, la DC consiguió dos curules: Héctor Cornejo Chávez y Carlos Moretti. No
se presentaría en las elecciones de 1980.
Producido el golpe, el PPC es uno de los primeros partidos en pronunciarse en contra. Durante el
período de Velasco, las actividades políticas del PPC se redujeron a constantes comunicados y
tomas de posición frente a las medidas gubernamentales pero, con el inicio de la segunda fase,
asumió una mayor presencia y actividad, volviéndose uno de los principales interlocutores del
gobierno militar, apoyando las medidas de desmantelamiento de las reformas. Con la
convocatoria a la Asamblea Constituyente, el PPC reimpulsa la organización del partido con el fin
de participar en las elecciones, en las que obtendría el segundo lugar a nivel nacional después del
PAP, y el primer lugar en Lima. Luis Bedoya Reyes obtuvo la segunda votación preferencial a nivel
nacional, debido a la no participación de AP, cuya votación le fue endosada al PPC. En las
elecciones de 1980, pese a su tercer lugar, su peso electoral volvió a su nivel, es decir, a ser
fuerza política sólo en Lima.
La evolución política de la izquierda es bastante compleja. A pesar de que atravesó un período de
desarrollo y rápido crecimiento nunca pudo vencer el factor estructural que limitaba su
conformación como una real alternativa nacional: su división política e ideológica. Su expansión
en las diversas organizaciones que conformaban el movimiento social fue posible debido a los
efectos contradictorios de las medidas del gobierno para encauzarlo, así como a la inexistencia
práctica de los partidos políticos tradicionales. La izquierda radical compite con el PCP por la
influencia en el movimiento sindical; a su vez, los diversos grupos de la izquierda radical compiten
entre sí, logrando influencia entre los campesinos pobres o sin tierras, los maestros, los estatales,
los pobladores de asentamientos humanos y pueblos jóvenes.

Asimismo, la izquierda estaba dividida por su posición frente al régimen militar: mientras la
izquierda radical se opuso desde el principio, el PCP apoyó al gobierno del general Velasco y,
luego de su caída, a sus partidarios. Ello produjo importantes debates internos referidos a la
naturaleza del régimen y las reformas, la relación partido-masas, el carácter de la sociedad
peruana y la estrategia para la toma del poder político. Un balance inicial nos muestra que, al
margen de las formulaciones propuestas, la acción de la izquierda estuvo centrada en actividades
gremiales más inmediatas: lucha por el control de los sindicatos, movilizaciones por reclamos
económicos, de oposición al régimen. Los sectores populares se sentían representados por la
izquierda, pero muchas movilizaciones y protestas se producían espontánea o paralelamente al
impulso de los partidos que la integraban. Es decir, la fuerza social no logró ser capitalizada en el
fortalecimiento de los partidos, siendo bastante relativa su capacidad de arraigo y dirección del
movimiento social; constatación que no significa desconocer el importante rol de la izquierda en
el desarrollo y representación del movimiento social y en la obtención de reivindicaciones políticas
y económicas, especialmente durante el gobierno del general Morales Bermúdez. Todo se vio
reflejado en el tercio electoral obtenido en 1978, pero sus debilidades la llevaron a ver reducida
más aún su fuerza electoral en 1980.
En cuanto a los partidos trotskistas, Ricardo Napurí abandona en 1970 VR y constituye el Partido
Obrero Marxista Revolucionario (POMR), del cual se desprendería al año siguiente la Liga
Comunista. El FIR, luego de la amnistía de Hugo Blanco por el gobierno militar, intenta
reorganizarse pero se divide en dos facciones: la Comisión Reorganizadora del FIR y el FIR-
Combatiente; en 1974, la Comisión Reorganizadora asume la denominación de Partido Socialista
de los Trabajadores (PST), encabezado por Enrique Fernández Chacón. Para las elecciones a la
Asamblea Constituyente, el PST forma parte del FOCEP, al cual también pertenecía el POMR.
Luego de las elecciones de 1978, Hugo Blanco y otros dirigentes de grupos menores fundan el
Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), que participaría en 1980 de las negociaciones
para la formación del ARI, en perspectiva de las elecciones generales. Luego de la formación de
Izquierda Unida (IU), partidos trotskistas como el PST y el PRT intentaron un acercamiento a
dicho frente, pero jamás fueron aceptados.

Los grupos maoístas sufren varias divisiones durante los primeros años del gobierno militar. En
1969 había surgido Patria Roja y en 1970 Sendero Luminoso. En 1971 se produce una nueva
ruptura al interior de Bandera Roja, de la cual surge el Partido Comunista del Perú-Estrella Roja.
Durante todo este período, estos grupos van a manifestar su presencia al interior del movimiento
estudiantil universitario y en algunos sindicatos importantes, como el Sindicato Único de
Trabajadores de la Educación Peruana (SUTEP), controlado por Patria Roja. Su peso político fue
mínimo pero, en los 80, Sendero Luminoso irrumpiría en el escenario político con el inicio de la
llamada “guerra popular”. A lo largo de la década del 70 Sendero Luminoso se prepara para
sentar las bases de la lucha armada, especialmente a través del Comité Regional de Ayacucho y
de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, en donde actúa a través del Frente
Estudiantil Revolucionario (FER). Durante estos años Sendero Luminoso se dedica al estudio de la
obra y pensamiento de José Carlos Mariátegui y de la realidad peruana e internacional; es
opositor declarado del gobierno militar, al que caracteriza como fascista, y busca diferenciarse de
otros partidos de izquierda. Sin embargo, hacia 1974 se debilita su presencia al interior de la
Universidad de Huamanga, donde pierde el control de la asamblea universitaria y de la federación
de estudiantes. Su presencia se redujo en 1975 a la facultad de Educación, para abandonar la
universidad un año más tarde y enviar a sus cuadros a trabajar con las bases de la región y a
otros lugares del país, en tanto su núcleo dirigente continuaba el proceso de consolidación del
partido. En 1976, al producirse la muerte de Mao Tse-Tung y la caída de la denominada “banda
de los cuatro”, que dio fin a la revolución cultural china, Sendero Luminoso se declara opositor al
nuevo régimen chino y mantiene su adhesión al maoísmo ortodoxo. En 1977, a partir de una
serie de organismos generados, Sendero Luminoso se vuelca al trabajo rural para sentar la base
social de la “guerra popular” que se anuncia próxima, pasando a la clandestinidad. A principios de
1980 el comité militar de Sendero Luminoso realiza la Primera Escuela Militar, denominada ILA 80
(Inicio de la Lucha Armada), a cuyo término se acuerdan las acciones que iniciarían la “guerra
popular”. La primera acción registrada se dio el 17 de mayo de 1980, cuando un grupo armado
asaltó el local del JNE en el pueblo de Chuschi (Ayacucho) y quemó las ánforas electorales. Se
había iniciado la “guerra popular”.
Lo Regímenes Populistas de los 80 (1980-1990)

EL SEGUNDO BELAUNDISMO
Belaunde había accedido al gobierno en 1963 con un amplio programa reformista, bajo gran
expectativa popular y el apoyo de diversos sectores sociales, pero no tenía el control del Congreso.
En 1980 la situación era casi inversa. No tenía un programa de gobierno claro, salvo la búsqueda
de solución para las necesidades inmediatas; las expectativas populares no eran entusiastas y los
diversos sectores sociales lo presionarían tratando de enrumbar su gobierno. Pero contaba con una
relativa mayoría en el Congreso gracias a la alianza con el PPC, que recibió los ministerios de
Justicia, e Industria, Turismo e Integración. Los demás partidos se habían negado al llamado de
Belaunde a participar directamente en el gobierno, colocándose más bien en la oposición.

El primer gabinete de Belaunde estaba compuesto por: Manuel Ulloa Elías, presidente del Consejo
de Ministros y ministro de Economía; Pedro Pablo Kuczynski, ministro de Energía y Minas; Alfonso
Grados Bertorini, ministro de Trabajo; Eduardo Orrego, ministro de Transportes y Comunicaciones;
Luis Felipe Alarco, ministro de Educación; el general Jorge Muñiz Luna, ministro de Guerra; teniente
general José Gagliardi Schiaffino, ministro de Aviación; Javier Arias Stella, ministro de Relaciones
Exteriores; José María de la Jara y Ureta, ministro del Interior, entre otros. Una rápida revisión de
su composición muestra que los ministros podían ser clasificados en tres grupos. El primero
integrado por los ministros moderados encargados de los sectores de gran influencia social
(Trabajo, Transportes, Educación, Interior, Relaciones Exteriores); el segundo por los ministros
liberales vinculados a organismos financieros internacionales (Economía y Energía y Minas); y el
tercero por los ministros militares en actividad (Guerra, Marina y Aviación). Esta composición
denota dos de las principales contradicciones al interior del gobierno de Belaunde: en primer lugar,
la combinación de una política económica liberal con políticas populistas que buscaban paliar los
efectos de la crisis, ante el temor de una explosión social; en segundo lugar, la fuerte presencia
militar en un régimen nominalmente representativo y democrático que ponía límites al poder civil.
Esta situación se acrecentaría en los años venideros. Por ello la democracia nacida en 1980 puede
ser caracterizada como restringida y tutelada por el poder militar.
Ambos elementos, que ya estaban presentes desde 1975, serían el contexto y el germen del
desarrollo de la violencia política a lo largo de la década. Por ello este fenómeno no puede ser
interpretado como causado por un grupo aislado o calificado de incomprensible. La violencia política
ya estaba presente antes de 1980 y recrudecería después hasta llegar al horror. Otro elemento
importante en el período es la constante presión sobre el gobierno tanto por parte del
empresariado como del movimiento social; el primero a través de la reactivación de su influencia
gremial sobre el Estado; el segundo, que pese a no haber logrado un cambio de rumbo en la
política económica liberal ni en la militarización, mantenía su fuerza movilizadora y sus
comportamientos tenían gran impacto en el curso político, por lo que la política no se redujo al
Congreso.

LAS PRIMERAS MEDIDAS


Siguiendo a Malpica, entre las primeras medidas liberales del gobierno de Belaunde se encontraban
las que continuaban el proceso de privatización iniciado por el gobierno de Morales Bermúdez.
Veamos algunas: la devolución de los diarios y las estaciones de televisión y de radiodifusión; la
devolución de la mayoría de acciones de las empresas de cemento; las negociaciones para
transferir los yacimientos en posesión de Minero Perú; la transformación de empresas estatales en
sociedades anónimas (Minero Perú, Electroperú, Petroperú, MINPECO, entre otras); eliminación del
monopolio de la comercialización de minerales por parte de MINPECO y de diversos productos de
exportación como el algodón, el café, el azúcar, los fertilizantes y el tabaco negro. Aunque se
intentó la desactivación de ECASA y ENCI –como parte de los acuerdos con el FMI– para liberar la
comercialización del arroz y otros productos agrícolas, no se logró por la oposición del Congreso.
Dentro de la política liberalizadora destacan las medidas destinadas a otorgar mayores facilidades al
capital extranjero en la explotación de nuestros productos mineros. En el caso del petróleo, a fines
del gobierno militar se habían renegociado los contratos con la Occidental Petroleum, la Belco
Petroleum y Oxy Bridas. El gobierno de Belaunde dictó la llamada “ley Kuczynski”, por la cual se
modificó la legislación para la explotación y exploración del petróleo, contando con el apoyo aprista.
Bajo esta ley se firmaron nuevos contratos con Superior Oil, Hamilton Petroleum, Shell y Unión
Texaco, empresas a las que se otorgó ventajas tributarias adicionales a cambio de invertir en
nuevas explotaciones. A fines de 1984 se comprobó que la Oxy Bridas y la Belco Petroleum, en vez
de utilizar el crédito tributario en nuevas explotaciones, se habían dedicado a la extracción de las
reservas conocidas.
En esta línea, se dictaron leyes para obstaculizar el desarrollo de proyectos productivos estatales
iniciados por gobiernos anteriores. Por ejemplo, en el caso de la minería, se prohibió que el Estado
avalase proyectos financieros de empresas estatales. Por ello no se pudo financiar la segunda etapa
de Cerro Verde y tampoco se culminó el convenio para la mina Antamina, entre otros casos.
También se tomaron medidas para reducir la presencia estatal en el sector financiero, mediante el
crecimiento de la banca privada y el establecimiento de bancos extranjeros. Se dictó la llamada “ley
chica” de la banca la cual permitió la propiedad de hasta un 33% del capital accionario de los
bancos privados por empresas extranjeras y se autorizó la apertura de nuevas sucursales y nuevos
bancos extranjeros; pero se nombró directorios con personas inescrupulosas y de poca experiencia,
produciéndose no pocos casos de préstamos a empresas insolventes, cobertura de deudas de la
banca privada o conversiones de deudas en dólares a soles, lo cual llevaría a una serie de
escándalos financieros tanto en la banca estatal como privada. Se crearon los siguientes bancos
nacionales: Latino, Mercantil y Bandesco; y se establecieron oficinas de representación y sucursales
del Banco Unión República de Venezuela, Commerzbank S.G., Chase Manhattan Bank, The Bank of
Tokio, The Citizens and Southern National Bank, Union Chelsea National Bank N.Y., Wells Fargo
Bank, First Interstate Bank of California y Manufacturers Hannover Trust. Asimismo, el
transnacional Banco Exterior de los Andes y de España (Extebandes) consiguió autorización para
actuar en el mercado interno.
Curiosamente, a pesar de la vocación privatista del régimen, la quiebra del Banco de la Industria de
la Construcción (BIC) y luego del Banco de los Andes, del Banco Comercial del Perú y su financiera
y del Banco Sur Medio y Callao obligaron al gobierno a asumir los activos y pasivos de estos últimos
y emprender la operación de salvataje, incrementándose de este modo el número de bancos y
financieras en poder del Estado. También se devolvió el 51% del capital social de las empresas de
cemento a sus antiguos propietarios, a pesar de que se les había pagado los montos de
valorizaciones de sus acciones.
En el sector agrario, se autorizó la parcelación de las cooperativas y sociedades agrícolas de interés
social (SAIS), fragmentándose sus tierras en lotes, aunque luego de dos o tres campañas muchos
de los parceleros quedaron en la ruina y tuvieron que vender sus parcelas. En el sector industrial,
se limitó más los alcances de la comunidad industrial con intenciones de desactivarla. Finalmente,
para lograr la autorización de venta de las empresas estatales, se envió un proyecto de ley
denominado de acción empresarial del Estado, el cual, luego de dos años, no fue aprobado en el
Congreso. Ante la imposibilidad de acelerar el proceso privatizador, el gobierno decidió transformar
las empresas públicas en sociedades anónimas dirigidas por un directorio y una junta de
accionistas, nombrando en estos cargos a personas con mentalidad privatista quienes usaron
descaradamente sus recursos en provecho propio. Ejemplos claros son los de Pescaperú, Epsep,
Minpeco y Centromin.

LA POLÍTICA ECONÓMICA
Dentro de la línea de aplicación de medidas en el marco de las propuestas de los principales
organismos financieros, especialmente el FMI, el gobierno nombró como ministros a connotados
representantes de los intereses de la banca y empresas extranjeras; los casos más saltantes fueron
los de Pedro Pablo Kuczynski (Energía y Minas), Carlos Rodríguez Pastor y, en menor grado, Manuel
Ulloa (Economía).
Como han señalado Iguíñiz, Basay y Rubio, la bonanza de las cuentas externas entre 1979 y 1980,
lograda mediante políticas de ajuste, terminó muy pronto, apareciendo los problemas en los
primeros meses de 1981 debido, en primer lugar, a la caída del precio real de nuestros productos
en el mercado internacional y, en segundo lugar, al déficit surgido en la balanza comercial debido a
la liberalización de las importaciones y al incremento de pagos de la deuda externa.
Para enfrentar la situación, el gobierno recurrió a una política de devaluaciones periódicas, lo cual
provocó la “dolarización” del ahorro y de la economía en general. Se establecieron sobretasas del
15% a las importaciones. La política de apertura de la banca nacional a la inversión de capitales
extranjeros, reseñada líneas arriba, permitió al gobierno recurrir a nuevos préstamos para pagar la
deuda externa y elevar nuestras reservas internacionales, pero ello sólo postergó el problema.
Parte de los nuevos préstamos se orientó a cubrir el continuo déficit y a la aplicación de una política
tributaria que ponía énfasis en el incremento de los impuestos indirectos (de 50,5% en 1980 a
66,6% en 1982) y en la reducción de los directos (de 48,9% en 1980 a 32,2% en 1982). La política
monetaria se aplicó a restringir el consumo ya que se consideraba que había “un exceso de la
demanda”; logrando una recesión en el sector productivo, pero no la reducción de la inflación, ya
que desde 1981 se había iniciado también la liberalización de los precios controlados y regulados.
A mediados de 1983, el gobierno reinició negociaciones con el FMI para resolver los problemas de
la deuda externa. En ellas se establecieron nuevas medidas restrictivas, diseñadas y aplicadas por
el ex funcionario de la Wells Fargo, Carlos Rodríguez Pastor, incluyendo reducción del gasto
público, mayor restricción de la demanda e incremento del ritmo de devaluación y de las tasas de
interés. Dichas metas no se alcanzaron a pesar de la eliminación de subsidios, del incremento en el
precio de la gasolina y el servicio eléctrico y de la política de “minidevaluaciones”. Los precios de
los productos básicos continuaron su tendencia alcista a lo largo del año, por lo que el gobierno
comenzó a controlarlos en perspectiva de las elecciones municipales de noviembre. Los salarios se
mantuvieron por debajo del nivel de inflación. Ante la situación crítica, el gobierno atribuyó el
fracaso del programa económico a los efectos de las inundaciones causadas en 1983 por la
corriente del Niño.
LA APARICIÓN DE SENDERO LUMINOSO
Semanas antes de las elecciones generales de 1980, aparecieron numerosos perros colgados de
postes públicos, con sendos carteles con los nombres de los principales líderes del gobierno chino;
hecho que sorprendió a la mayoría, pero del cual no se dio mayor explicación. Más adelante, el 17
de mayo, en la plaza central del pueblo de Chuschi, Ayacucho, un pequeño grupo armado quemó
las ánforas que se iban a utilizar en las elecciones del día siguiente. Con este acto simbólico,
Sendero Luminoso –por entonces un grupo reducido, con armamento obsoleto y sin experiencia en
el campo militar– dio inicio a su “lucha armada”, sin concitar mayor atención, ya que la mayoría de
los partidos políticos y el gobierno estaban preocupados por las campañas electorales de ese año.
Tampoco había mayor información al respecto ya que los documentos de los servicios de
inteligencia y de seguridad del Estado habían sido sustraídos por los militares antes de la
transferencia. Aunque no faltaron voces de alerta, el presidente Belaunde volvió a atribuir estas
acciones al abigeato, como lo había hecho 15 años antes.

Sendero Luminoso iniciaba así su “guerra popular del campo a la ciudad”, cuya primera etapa era
“conquistar bases de apoyo en el campo” para establecer “zonas liberadas”. Esta situación coincidía
con la intención inicial del gobierno de establecer una actitud distinta a la política de violación de
los derechos humanos del gobierno militar, que no pasó de buenas intenciones. Sólo el ministro del
Interior José María de la Jara y Ureta renunciaría por voluntad propia, en agosto de 1980, al asumir
la responsabilidad política por la muerte en el Cuzco de un estudiante universitario a manos de la
policía.
Entre 1980 y 1982 SL logró una relativa expansión en el campo. Cabe citar como ejemplo el
entierro multitudinario de la joven dirigente senderista Edith Lagos en setiembre de 1982. Esta
inicial expansión es explicable por varias razones: en primer lugar, las características
socioeconómicas de Ayacucho, uno de los departamentos más pobres y olvidados del llamado
“trapecio andino”; en segundo lugar, las características culturales, pues junto a la Universidad San
Cristóbal de Huamanga –punto de modernización y difusora de nuevas ideas– existía un mundo
rural y urbano bastante complejo con importantes reminiscencias andinas; en tercer lugar, las
tácticas iniciales aplicadas por SL –ayuda en los trabajos agrícolas, protección frente a los abigeos y
las autoridades corruptas, apoyo a las comunidades en sus disputas por linderos con las SAIS– le
ganaron el apoyo activo (alimentación y protección) o pasivo (encubrimiento) de la población rural.
Cabe resaltar que los iniciales militantes de SL provenían del campo o eran descendientes de
campesinos. Su dirigencia, en cambio, estaba compuesta por sectores intelectuales y medios
profesionales, algunos de los cuales eran descendientes de hacendados. Ellos conocían, pues, la
realidad del campo. El Estado, más bien, los tenía olvidados y relegados. Pero esta relación, como
se comprobaría rápidamente, nacía de la misma matriz paternalista– autoritaria del gamonalismo;
SL cuidaba de sus amigos, pero castigaba a sus enemigos o a los que dudaban. Éstos fueron los
casos de las comunidades de Huancasancos y Lucanamarca, las que fueron masacradas por un
centenar de senderistas en abril de 1983 al negarse a continuar protegiéndolos.
La situación de la población rural se había vuelto muy difícil, y en la práctica se hallaba entre dos
fuegos con la intervención de las Fuerzas Armadas en la lucha antisubversiva, decretada el 20 de
diciembre de 1982, luego del asesinato del director de la filial ayacuchana del Instituto Nacional de
Cultura. Ello significó que las Fuerzas Armadas recuperaran injerencia y presencia política en el
Estado, pérdidas desde su retiro a los cuarteles en 1980, y que se fueron incrementando a lo largo
de la década. Junto con la intervención, se declaró el estado de emergencia para cinco de las
provincias del departamento de Ayacucho sometiéndolas, además, a la autoridad del comando
político-militar bajo las órdenes del general Clemente Noel Moral. El poder civil quedó así sometido
al poder militar. Con dicha intervención se inicia la puesta en práctica de doctrinas militares
contrainsurgentes cuya estrategia no estaba exenta de racismo, que implicaba coaccionar a los
campesinos, utilizar a las comunidades unas contra otras, ataques de saturación de poblados y
“juicios sumarios”, semejantes a los “juicios populares” de SL. Con el tiempo vendrían las denuncias
por violaciones de derechos humanos hechas por campesinos ante las diversas fiscalías del
departamento.
A comienzos de 1984 se nombró al general Adrián Huamán como nuevo jefe político-militar de
Ayacucho. El general Noel salió al “exilio dorado” como agregado militar del Perú en los Estados
Unidos, alejándose de las investigaciones que entonces continuaban con respecto al caso
Uchuraccay y a las violaciones de derechos humanos durante su jefatura. El general Huamán
aplicó, junto con las medidas militares, una política asistencialista de apoyo a la población para
lograr su adhesión. En setiembre fue removido de su comando por hacer declaraciones que el
gobierno consideró “políticas” y que “iban más allá de sus estrictas funciones militares”. Como ha
resaltado Heraclio Bonilla, la ineficacia de las Fuerzas Armadas frente a SL no sólo fue el resultado
de la ausencia de una política antisubversiva coherente y sostenida –ya que ésta variaba según los
vaivenes de la situación política–, sino también influyó el hecho de que sus operaciones eran
realizadas por soldados no oriundos de la zona, por lo cual no se identificaban con la población; se
enfrentaban además a un ejército que no daba la cara y que más bien tenía la capacidad de
desplazarse y confundirse con la población rural. A ello hay que sumarle los bajos salarios de la
tropa y las Fuerzas Policiales. La capacidad de acumulación de fuerzas de SL, que en ese entonces
obtenía sus armas mediante el robo o el asesinato de policías, se puso de manifiesto en el ataque a
la cárcel de Ayacucho a mediados de 1983, que liberó a decenas de detenidos, tanto militantes de
SL como delincuentes comunes. A partir de entonces los diversos sectores dejaron de considerar a
SL como un problema menor.

LAS FUERZAS POLÍTICAS DE OPOSICIÓN


Luego del fracaso de la Alianza Revolucionaria de Izquierda (ARI) y de los resultados adversos en
las elecciones generales, la izquierda intentó recomponer sus fuerzas. Para las elecciones
municipales de 1980, nace Izquierda Unida (IU) como un frente de partidos de diversas tendencias
marxistas: el PCP y el PSR, representantes de los sectores velasquistas; la UDP, integrada por un
grupo de partidos de la llamada Nueva Izquierda, fundamentalmente el MIR, VR y el Partido
Comunista Revolucionario (PCR); el FOCEP; la Unidad de Izquierda Revolucionaria (UNIR), frente
de partidos conformado por el PC del P-Patria Roja, VR–Proletario Comunista y MIR-Perú; y grupos
de independientes, entre los que se encontraban importantes intelectuales. Más adelante se
incorporaría Acción Política Socialista (APS), grupo escindido de Acción Popular en 1968,
encabezado por Gustavo Mohme Llona. Alfonso Barrantes Lingán, reconocido como un
independiente de consenso, presidía este frente de partidos. Como su principal líder, también sería
su candidato tanto a las elecciones municipales como a las elecciones generales.
El PAP, luego de los resultados electorales de 1980, realiza un congreso extraordinario en la ciudad
de Trujillo, donde se ponen en evidencia las fuertes fisuras existentes en su interior. Por un lado se
encontraba el ala izquierdista encabezada por Armando Villanueva del Campo, apoyado por jóvenes
dirigentes como Luis Alva Castro, Carlos Roca y Alan García Pérez; y por el otro el ala derechista
encabezada por Andrés Townsend Ezcurra, apoyado por viejos líderes como Ramiro Prialé y Luis
Alberto Sánchez. Las disputas no sólo se expresaron en el debate interno sino también en las
calles, con enfrentamientos entre los grupos de choque de cada bando, llegando al colmo de darle
una paliza al ya anciano Luis Alberto Sánchez. Finalmente, el único líder que se retiraría del partido
aprista sería Townsend, quien posteriormente fundaría el Movimiento de Bases Hayistas (MBH),
que tuvo corta vida. Armando Villanueva sería elegido secretario general y Alan García continuaría
en la secretaría de Organización. Como presidente de la Comisión Nacional de Plan de Gobierno
(CONAPLAN) fue elegido Luis Alva Castro. Sin embargo, ello no resolvió la crisis interna. La
“renovación aprista” vendría después.

LAS ELECCIONES MUNICIPALES DE 1980


En agosto de 1980, en medio de un rápido cambio de gabinete, Eduardo Orrego renunció al
ministerio de Transportes y Comunicaciones, con el fin de iniciar la campaña de AP hacia las
elecciones municipales convocadas para noviembre. Se presentaron también, como candidatos con
opciones, Ricardo Amiel (PPC), Justo Enrique Debarbieri (PAP) y Alfonso Barrantes Lingán (IU).
Según el JNE, los resultados nacionales fueron los siguientes: AP, 1 386 774 votos (35,92%); IU,
898 325 votos (23,27%); PAP, 877 807 votos (22,73%); PPC, 272 896 votos (10,99%) y otros, 272
896 (7,06%). Según la información oficial, AP y el PAP tuvieron resultados nacionales inferiores a
los obtenidos en las elecciones generales; el PPC ratificó su presencia sólo en Lima, obteniendo
escasa votación en el resto del país; la sorpresa la dio IU que pasó a constituirse en la segunda
fuerza política, ganando importantes alcaldías provinciales en el sur. Casi un año después, el 8 de
noviembre de 1981, se realizaron elecciones municipales complementarias en las seis provincias y
119 distritos donde los resultados de 1980 fueron anulados por el JNE, ratificándose la misma
correlación de fuerzas del año anterior.

EL CONFLICTO CON EL ECUADOR


A principios de 1981 se produce un enfrentamiento entre patrullas peruanas y ecuatorianas. El
gobierno de Quito denunció que dicho enfrentamiento se había producido en su territorio, en la
zona de Paquisha: la realidad era que el ejército ecuatoriano había instalado puestos de vigilancia
en el lado peruano del sector no delimitado de la frontera, con los mismos nombres de puestos
ecuatorianos. El presidente Belaunde ordena la expulsión de dichas tropas pero sin transgredir la
frontera norte. El Ejército, comandado por el general Hoyos Rubio –uno de los conspiradores del
golpe de 1968–, luego de algunos días de enfrentamientos logra expulsar a los ecuatorianos.
Belaunde, junto con un grupo de periodistas, viaja a la denominada “Falsa Paquisha”, donde los
indicios señalaban que tan rápida expulsión se debió a que el Perú mantenía la superioridad militar
frente al Ecuador y a que la infiltración estaba recién en sus inicios (dada la precariedad de sus
puestos). El descuido posterior –a partir de 1990– de la política exterior frente a nuestros vecinos,
les permitiría una infiltración más sólida. Terminados los combates, los países garantes del
protocolo de Río de Janeiro insistieron en la necesidad de concretar negociaciones para solucionar
la falta de delimitación de 78 km en la frontera norte. Como se mostraría una década después, no
se avanzó nada al respecto.

LA MASACRE DE UCHURACCAY
En la mañana del 28 de enero de 1983, los diarios amanecieron con grandes titulares anunciando la
muerte de 8 periodistas de la oposición y de su guía en la comunidad de Uchuraccay, en las alturas
de Ayacucho. Según las informaciones que se obtuvieron, Jorge Sedano de La República, Eduardo
de la Piniella y Pedro Sánchez de El Diario de Marka, Willy Retto y Jorge Luis Mendivil de El
Observador, Amador García de Oiga, el corresponsal de El Diario Félix Gavilán, un periodista
ayacuchano, Octavio Infante, y el guía Juan Argumedo, salieron de la ciudad de Ayacucho para
investigar la muerte de siete senderistas en manos de los campesinos de Huaychao, lo cual fue
presentado por algunos sectores de la prensa como un hecho significativo y “patriótico”; sin
embargo, no se tenía acceso a la zona por el hermetismo y la falta de apoyo de las Fuerzas
Armadas, que controlaban la región y no querían testigos incómodos. Un grupo de periodistas
decidió salir rumbo a Huaychao, ya que se tenía información de que esta situación era producto de
la estrategia contrainsurgente aplicada por el comando político-militar de Ayacucho. El día 26, en la
comunidad de Uchuraccay, cercana a Huaychao, los hombres de prensa fueron muertos y sus
cuerpos mutilados. En un primer momento, el general Noel –jefe político-militar de Ayacucho–
afirmó que los periodistas habían llegado a Uchuraccay portando una bandera roja y dando vivas a
la subversión, desviando así su responsabilidad política y señalando implícitamente que la oposición
tenía vínculos con SL.
El gobierno decidió nombrar una comisión investigadora presidida por el escritor Mario Vargas
Llosa, e integrada por el periodista Mario Castro Arenas y el jurista Abraham Guzmán Figueroa.
También fueron parte de la comisión los antropólogos Juan Ossio, Fernando Fuenzalida y Luis
Millones, el lingüista Rodolfo Cerrón Palomino, el sicoanalista Max Hernández y el abogado
Fernando de Trazegnies. A mediados de febrero la comisión visitó la comunidad de Uchuraccay,
recogiendo los testimonios de los comuneros y entrevistando a los familiares del guía Juan
Argumedo, a los periodistas ayacuchanos que llegaron a Uchuraccay algunas horas después de
conocida la noticia y a los miembros de las Fuerzas Policiales presentes en la zona.
El informe de la comisión investigadora fue entregado en marzo de 1983, caracterizándose por
incluir interpretaciones de tres tipos: convicción absoluta, convicción relativa y convicción dudosa.
Entre las conclusiones más importantes, la comisión señaló que el viaje de los periodistas fue bajo
su propia responsabilidad y que los principales jefes político-militares no tuvieron conocimiento de
él. Que los comuneros de Uchuraccay los habrían confundido con un destacamento senderista que
venía a escarmentarlos por los linchamientos ocurridos en Huaychao. Que “los periodistas debieron
ser atacados de improviso, masivamente, sin que mediara diálogo previo, y por una multitud a la
que el miedo y la cólera, mezclados, enardecían y dotaban de ferocidad infrecuente en su vida
diaria y en circunstancias normales”. Que era falsa la tesis de que los periodistas hubieran llegado
enarbolando una bandera roja y dando mueras al gobierno y a los “sinchis”. Que la masacre fue
obra de los comuneros de Uchuraccay, sin que participaran en ella fuerzas del orden; reconociendo,
sin embargo, que los comuneros habían recibido de los “sinchis” la recomendación de defenderse y
matar a los terroristas que se acercaran a Uchuraccay, aunque no de manera sistemática; tal
decisión habría sido adoptada por los comuneros en sus asambleas. Éstos finalmente –según la
comisión– no pudieron dar una respuesta coherente respecto a la desaparición del dinero, las ropas
y las cámaras fotográficas de los periodistas.
Cabe resaltar una afirmación del informe de la comisión respecto a la supuesta ignorancia de los
comuneros, que dejaría implícita como conclusión de fondo que la masacre fue producto de un
malentendido: “No se necesita gran esfuerzo de imaginación para saber que, al sentirse atacados,
uno o varios de los periodistas hicieron funcionar sus cámaras, reacción primera e instintiva de un
reportero gráfico. ¿Están en condiciones los comuneros de Uchuraccay de identificar una cámara
fotográfica y saber para qué sirve? Algunos de ellos, por lo menos, sin duda alguna. La comisión
tiene testimonios que prueban que en la comunidad hay artefactos como linternas, radios y
tocadiscos a pilas. No es éste el primer caso de una sociedad en la que el primitivismo y el
arcaísmo culturales pueden coexistir con el uso de ciertos productos manufacturados modernos”.
El informe de la comisión investigadora fue duramente criticado y calificado como una maniobra
encubridora del gobierno. La comisión habría ejercido funciones que le correspondían al poder
Judicial y las visitas a la comunidad de Uchuraccay habrían sido po-cas y breves. Las conclusiones
del informe implicaban una subvaloración del campesinado, calificándolo como ignorante,
tradicional y arcaico, contrapuesto a la sociedad moderna. Las investigaciones y los hechos
posteriores demostraron que las conclusiones de la comisión estaban en varios aspectos alejadas
de la realidad y más cercanas a la imaginación y a la ficción. Cabe resaltar tres hechos al respecto.
Primero, los periodistas hicieron trámites previos para viajar con miembros del Ejército, lo que les
fue negado; y para salir de la ciudad pasaron por tres puestos del Ejército, lo cual arrojaba serias
dudas sobre el “desconocimiento” del viaje por parte del comando político-militar; en segundo
lugar, la posterior aparición de las ropas y las cámaras fotográficas de los periodistas, en cuyos
rollos figuraban fotos que demostraban que sí existió contacto y comunicación previos en las
proximidades de Uchuraccay, y que los periodistas fueron llevados posteriormente a la comunidad,
en donde fueron asesinados; en tercer lugar, la evidencia de que las Fuerzas Armadas estaban
implementando un modelo de lucha contrainsurgente de guerra interna, que incluía la formación de
grupos paramilitares en el campo.

LAS ELECCIONES MUNICIPALES DE 1983


Las elecciones municipales se realizaron el 13 de noviembre de 1983, teniendo como candidatos de
fuerza para la alcaldía de Lima a Alfonso Grados Bertorini (independiente, por AP), Alfonso
Barrantes Lingán (IU), Alfredo Barnechea (PAP) y Ricardo Amiel (PPC). Según el JNE, los resultados
oficiales a nivel nacional fueron los siguientes: PAP, 1 306 345 votos (33,1%); IU, 1 143 102 votos
(29%); AP, 689 182 votos (17,5%); PPC, 547 346 votos (13,9%), y otros, 262 794 votos (6,7%).
De esta manera: a) el país quedó dividido en tres tercios: el PAP, IU y la alianza AP-PPC; b) pese a
ganar en Lima y a su alta votación, IU seguía siendo segunda fuerza electoral, sin poder recuperar
la votación alcanzada en 1978; c) el PAP se recuperaba de su crisis al pasar de ser tercera fuerza
política al primer lugar; d) la crisis del gobierno era irremediable.
La victoria de IU en Lima significó la aplicación de un amplio proyecto de beneficio a los sectores
populares –ya que IU había ganado mayormente en los distritos más pobres– en el que destacaron
el programa del Vaso de Leche (que inicialmente abarcó a más de 300 mil niños entre los 0 y los 5
años) y el reconocimiento de los numerosos asentamientos humanos de la capital. Esto se hizo en
base al empuje de la movilización popular, lo que dio un nuevo impulso a las diferentes
organizaciones de subsistencia dirigidas por mujeres: comedores populares, clubes de madres,
entre otros. En términos generales, la experiencia municipal tuvo un gran impacto en los partidos
de izquierda, que por primera vez debían asumir directamente la toma de decisiones y la
administración de importantes recursos pertenecientes al aparato estatal. Destacan dentro de ellas
las iniciales gestiones municipales de IU en Villa El Salvador, San Martín de Porres y Villa María del
Triunfo.

EL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO TUPAC AMARU


El MRTA, a diferencia de SL, proviene de la Nueva Izquierda que comenzó a gestarse en la década
del 60. A partir de sus múltiples divisiones, se distancian en 1980 de aquellos partidos que deciden
participar en las elecciones de dicho año. Militantes provenientes del MIR-El Militante, PSR-Marxista
Leninista y otros grupos pequeños de la UDP que se disolvieron oficialmente al crearse el Partido
Unificado Mariateguista (PUM) en octubre de 1983, son los que convergen para formar el MRTA.
También hay que incluir a jóvenes dirigentes apristas, como Víctor Polay Campos, y líderes
sindicales como Néstor Cerpa Cartolini, quien perteneció al sindicato de la fábrica Cromotex y
estuvo involucrado en la huelga de 1979.
El MRTA se definía como una organización marxista-leninista que proclamaba la necesidad de hacer
la revolución combinando “todas las formas de lucha”, pero priorizando la que ponía en ejecución
su “aparato militar”. Como señala la comisión Bernales, ideológicamente no se diferencia de
cualquier otro partido marxista-leninista, ni tampoco en lo referido a las proclamas y a la
reivindicación de personajes como el Che Guevara o Luis de la Puente Uceda. En el aspecto militar,
el MRTA combinó tácticas guerrilleras propias del “foquismo” castrista, sobre todo en la selva del
departamento de San Martín, con las tácticas de guerrilla urbana de los grupos insurgentes del
Cono Sur. Siguiendo el mismo documento, señalaremos que el MRTA surgió contra el segundo
gobierno de Belaunde, al que denunciaron como entreguista, proimperialista y comprometido con la
“guerra sucia” que se implementaba en Ayacucho. Previniendo un posible golpe militar, el MRTA se
preparaba para liderar la “insurgencia del pueblo” desarrollando la violencia revolucionaria.
Originalmente sus tácticas se diferenciaban de las acciones terroristas de SL, realizando además
acciones asistencialistas en sectores populares (como el robo y reparto de alimentos) e impulsando
una prensa oficiosa que publicitaba y reivindicaba sus actos en el afán de demostrar que, a
diferencia de SL, la violencia revolucionaria no atentaba contra el pueblo sino contra los enemigos
de éste. Sin embargo, estas concepciones y prácticas cambiarían sustancialmente a fines de la
década.
Según la base de datos sobre violencia política de DESCO, el 22 de enero de 1984 se produce la
primera actividad pública conocida del MRTA: el ataque al puesto policial de Villa El Salvador.
Inicialmente, junto a ataques contra la sede de la embajada de los Estados Unidos y diferentes
agencias bancarias, el MRTA se dedicó a una campaña de proselitismo con acciones como la
colocación de banderas, el secuestro de periodistas y la toma de radioemisoras y agencias de
noticias, desde donde lanzaba proclamas previamente grabadas, así como repartos de alimentos en
barrios marginales. El acto de mayor envergadura en sus inicios fue la toma de Juanjuí, en el
departamento de San Martín, acto de propaganda al que se citó a periodistas de un canal de
televisión para que grabaran la parada militar y el retiro de sus tropas.

BALANCE DE LA POLÍTICA ECONÓMICA APLICADA BAJO EL SEGUNDO


GOBIERNO DE BELAUNDE
Según el economista Augusto Portocarrero, para fines de 1984 las reservas internacionales lograron
recuperarse como resultado de las políticas recesivas aplicadas, alcanzando casi los mismos niveles
de julio de 1980. Los gastos de defensa se redujeron en 21% y los de planillas del Estado en 8%,
pero los pagos por concepto de deuda externa aumentaron en 51%. Pese a ello la deuda externa
se incrementó a lo largo del gobierno de Belaunde en más de 4 mil millones de dólares, sumando
un total de 13 721 millones de dólares.
Se continuó con la política fiscal de reducir la presión tributaria, especialmente a los sectores de
mayores ingresos. En 1985 se recaudó el 61% de lo que se había recaudado en 1980 por concepto
de impuestos directos; en cambio, los impuestos indirectos se redujeron en 2%. Así, mientras en
1985 los impuestos a las exportaciones representaron sólo el 13% de lo recaudado en 1980, se
incrementaron impuestos como el General a las Ventas (IGV) y el Selectivo al Consumo (ISC), rubro
este último que tuvo gran importancia en el incremento en 166% del impuesto a los combustibles.
Se mantenía así la antigua costumbre de cubrir las necesidades de liquidez mediante el incremento
del precio de la gasolina para a su vez aumentar la recaudación de impuestos que lo afectaban.
Para 1985, la recaudación por impuestos indirectos representaba el 77% del total, mientras que
en 1980 había sido del 65%. Entérminos generales, mientras los gastos del gobierno aumentaron,
sus ingresos se redujeron, con lo cual aumentó el déficit fiscal.
En cuanto a la producción, el país sufría una fuerte recesión, expresada en la caída en 1985 del PBI
per cápita a los niveles de 1975. Esta recesión tuvo tres causas fundamentales: las políticas de
ajuste, los desastres naturales de 1983 y la política arancelaria norteamericana que limitó nuestras
exportaciones. Más de la mitad del sector manufacturero trabajó por debajo del 50% de su
capacidad instalada, con la consiguiente reducción del empleo. Por añadidura, se produjo una
drástica caída de la inversión en términos generales. Para 1985, las inversiones del sector público
se redujeron a los niveles de 1970, siguiendo las recomendaciones del FMI; sin embargo, por el
carácter populista del gobierno se mantuvo un amplio programa de obras públicas, sobre todo en el
sector vivienda. La inversión del sector privado representó en 1985 tan sólo el 11,1% del PBI, pese
a los constantes estímulos que Belaunde otorgó a los empresarios, tanto nacionales como
extranjeros.
Mientras tanto la inflación, que entre julio de 1975 a julio de 1980 fue de 677,49% alcanzó durante
el quinquenio 1980-1985 la cifra de 3 734,52%, hasta entonces la más alta de nuestra historia.
Pese a las políticas recesivas y de ajuste, la inflación no sólo no fue derrotada sino que mantuvo
tasas mayores a las existentes antes de su aplicación, entre otras razones, por la constante
manipulación de los precios de los servicios públicos con el objetivo de cerrar la brecha fiscal.
Asimismo, los precios in dustriales subieron más que los agrícolas, por lo que la situación del agro
continuó su secular caída. Además, dadas las circunstancias, durante los últimos seis meses del
gobierno belaundista los empresarios adelantaron la subida de sus precios, dándose niveles de
inflación que no se habían producido en 10 años.
Con el rotundo fracaso de las políticas de ajuste del gobierno belaundista la campaña del PAP
encontró terreno fértil para su promesa de construir “un futuro diferente” “para todos los
peruanos”.

LAS ELECCIONES DE 1985


Para dichos comicios, AP nombró como candidato a Javier Alva Orlandini, quien además de contar
con un importante apoyo de las bases de provincias, había venido realizando una serie de críticas al
gobierno para legitimar su candidatura, y por ello Belaunde se opuso a su elección. El PPC se negó
a mantener la alianza con AP tratando de evitar las consecuencias políticas del desgaste del
gobierno belaundista pero, sabedor de su poca influencia, se aliaría con el MBH de Townsend y
otros independientes, formando la Convergencia Democrática (CODE). La IU lanzó la candidatura
de Alfonso Barrantes confiando en el impacto de su gestión en la alcaldía de Lima y en el
incremento de su influencia política y electoral. En el seno del PAP se había producido la
“renovación aprista”, encabezada por Alan García Pérez, quien consiguió en 1983 la secretaría
general del partido, derrotando a Luis Alva Castro, y luego, en 1984, fue nombrado candidato
presidencial, derrotando a Carlos Enrique Melgar. Desde entonces y de manera anticipada a su
formal inscripción ante el JNE, Alan García inició su campaña electoral cambiando radicalmente el
discurso y la simbología aprista: a) hizo a un lado el discurso excluyente a toda posibilidad de
alianza o concertación política expresado en el famoso lema “Sólo el aprismo salvará al Perú”
(SEASAP), utilizando otros como “futuro diferente” y “un gobierno para todos los peruanos”; b) fue
el primero en emplear como táctica electoral una campaña en base al apoyo de personajes
independientes (artistas, deportistas, intelectuales) a su candidatura; c) utilizó como imagen a una
paloma blanca enmarcada por la estrella aprista; d) realizó una campaña electoral “populista” en la
que se confundía con el pueblo y realizaba actos sorpresivos, que persistieron durante su gobierno
en los famosos “balconazos”. Finalmente, existían cinco candidaturas menores.

Las elecciones se realizaron el 14 de abril de 1985. Los resultados oficiales, según el JNE, fueron los
siguientes: PAP, 3 452 111 votos (45,8%); IU, 1 605 139 votos (21,3%); CODE, 773 313 votos
(10,2%); AP, 471 150 votos (6,3%); Izquierda Na¬cionalista (IN), 91 968 votos (1,2%); Frente de
Unidad Nacional (FUN), 54 899 votos (0,7%); Partido de Avanzada Nacional (PAN), 26 366 votos
(0,3%); Partido Socialista de los Trabajadores (PST), 15 696 votos (0,1%); Movimiento Cívico
Nacional 7 de Junio, 10 150 votos (0,1%).
Cabe resaltar que los porcentajes se establecieron sobre el total de votos emitidos. Con estos
resultados, el PAP obtenía una amplia mayoría tanto en senadores como en diputados. Según la
Constitución de 1979, que se aplicaba por primera vez, si el candidato de mayor opción no obtenía
el 50% más 1% de los votos, debía realizarse una segunda vuelta con el candidato con segunda
votación más alta, en este caso Alfonso Barrantes; quien sorpresivamente renunció a la
confrontación “para ahorrar dinero a los contribuyentes”, según su comunicado. A pesar de ser una
situación irregular, nadie se opondría y el JNE proclamaría a Alan García como el siguiente
presidente de la República.

II

EL GOBIERNO APRISTA
El inicio del gobierno aprista se produjo en un contexto muy similar al primero de Belaunde: una
votación muy alta, nivel de popularidad al tope y apoyo de amplios sectores sociales en todos los
estratos. El PAP había logrado incluso limar sus históricas aspe¬rezas con las Fuerzas Armadas. La
principal fuerza política que po¬dría disputarle el liderazgo en el país, la IU, adolecía de serias
disputas internas motivadas entre otras razones, por las ambiguas posiciones y hasta simpatías de
su principal líder, Alfonso Barrantes Lingán, respecto al presidente García.
En cuanto al programa de gobierno, Alan García sorprendió a propios y extraños con su discurso
del 28 de julio, por su contenido radical, antimperialista y defensor de las amplias capas
empobrecidas del país; discurso que en la realidad se iría desdibujando según avanzaban los
meses.

En su discurso Alan García criticó las políticas de ajuste del FMI que se habían aplicado hasta
entonces y señaló que la crisis económica era causada por “una larga historia de injusticia”.
Asimismo, criticó la corrupción y “el abuso prepotente del poder en todos los niveles”. Su
interpretación sobre la realidad del país era que éste estaba administrado por los sectores
económicos más poderosos en colusión con “el centralismo” y “la dependencia”. Denunció a un
empresariado que sólo ensamblaba productos importados y mantenía su capacidad productiva
instalada funcionando sólo en un 38%. Se anunció así una política de apoyo a la industria nacional,
de descentralización, de economía autónoma, de redistribución de la riqueza y de solidaridad con
los más pobres. Según su discurso, los principales problemas del país eran: la deuda externa, la
inflación, la recesión, la subversión, el desorden y la inmoralidad. Respecto de la deuda externa,
señaló que ésta era producto de las “desiguales relaciones entre los países ricos y pobres”, del
“sobredimensionado valor del dólar frente a otras monedas” y de “nuestra debilidad como país”,
para utilizar productivamente dichos recursos. Enseguida anunció: “dialogaremos con nuestros
acreedores sin usar como intermediario al Fondo Monetario Internacional, pero en los próximos
doce meses y mientras las situaciones no cambien, sólo destinaremos al servicio de la deuda
externa el 10% del valor total de nuestras exportaciones y no el 60%, como hasta ahora se nos
exige”. Señaló que la inflación se debía a que el Estado “prefirió apoyar las ganancias
transnacionales, a la industria ensambladora de Lima y al crecimiento de la burocracia”, olvidando al
campesinado y a la agricultura; para resolver este problema planteó elaborar una ley antimonopolio, una
política de apoyo al agro, una reorientación de nuestro consumo y “el control de precios contra las
ganancias abusivas”.
En cuanto a la recesión, la necesidad de garantizar el ahorro interno y la fuga de capitales, García anunció
una política de control de las transacciones con el exterior mediante la restricción del uso del dólar; el
apoyo a la inversión privada (tanto nacional como extranjera) ofreciendo “seguridad en las reglas de
inversión”, restringiendo las importaciones a lo indispensable, mediante la “estabilidad laboral para el
trabajador” y, sobre todo, el apoyo crediticio, técnico y de maquinaria para el agro. Su discurso señalaba
que la subversión tenía su causa en la miseria y que la democracia debía ser “autoridad y energía”. Más
adelante diría que: “no aceptamos que el sistema democrático use la muerte como instrumento” y que
la ley sería “aplicada con severidad también para los que violen los derechos humanos mediante la
muerte, las ejecuciones extra judiciales y la tortura”. Para combatir el desorden y la inmoralidad,
García propuso la doble pena para los funcionarios públicos, la reorganización de las Fuerzas
Policiales y la coordinación con Colombia de acciones conjuntas contra el narcotráfico. En su política
exterior, propuso una postura integracionista, de soberanía y libre determinación, resaltan do
nuestra posición como país no alineado.
Los hechos posteriores se encargarían de refutar cada uno de los puntos de este discurso.

POLÍTICA ECONÓMICA HETERODOXA Y CRECIMIENTO ECONÓMICO,


1985-1987
Con respecto a la política económica del gobierno aprista, se distinguen claramente dos momentos:
el primero –caracterizado por la aplicación de una “política heterodoxa”, keynesiana– abarcó desde
julio de 1985 hasta diciembre de 1987, cuando fue ministro de Economía Luis Alva Castro, y el
segundo desde enero de 1988 hasta julio de 1990, cuando se aplicó una política ortodoxa,
vinculada a los lineamientos del FMI. Como se señaló, al finalizar el segundo gobierno de Belaunde
las reservas internacionales se encontraban en los niveles de 1980, lo que le permitió al gobierno
aprista una inicial maniobrabilidad política. Como condiciones favorables hay que agregar también
el alto porcentaje de la capacidad instalada ociosa, la situación del nivel de precios, especialmente
públicos, que por su sobrecosto permitían una política de control, y la proclividad pública al discurso
populista de Alan García. La tendencia económica inicial es keynesiana: en vez de contraer la
demanda mediante una política de ajustes, había que alentar el crecimiento productivo y el uso de
la capacidad instalada ociosa mediante el estímulo de la demanda, la mejora de los sueldos y
salarios, el aumento del gasto público, el control de los precios de los productos de primera
necesidad, del dólar y de las tasas de interés. De esta manera se buscaba reducir la alta tasa
inflacionaria, evitar la reducción de la inversión privada (que bajó de 10,3% en 1980 a 6,1% en
1984) y el deterioro de los niveles de vida de la población. En los primeros días de agosto se elevó
el tipo de cambio a 13,90 soles y luego se le congeló, reduciéndose las tasas de interés de 280% a
140%. Más adelante, éstas llegarían a reducirse al 38%.
Siguiendo su propuesta de proteger el mercado interno, reorientando las divisas que se usaban en
el pago de la deuda externa, el gobierno transfirió el 12% del PBI al sector privado mediante
modificaciones tributarias y manejo de los precios públicos. Con ello se buscaba incentivar la
inversión privada, el uso de la capacidad instalada ociosa y una reestructuración de la economía.
Los empresarios se vieron beneficiados ampliamente con estas medidas, cuyos gastos derivados
asumió el Estado incrementándose el déficit fiscal. Sin embargo, a pesar de que la industria se
recuperó y volvió a funcionar con toda su capacidad, no dio el salto de hacer nuevas inversiones y
se contentó con las fáciles ganancias que el gobierno le había otorgado. Ello generó un problema
político interno que provocó que en su discurso del 28 de julio de 1987 Alan García anunciara la
estatización de la banca privada. Sin embargo, con estas medidas se logró reducir la inflación: en
1985 la inflación acumulada fue de 158% y en 1986 de 60%.

Otra de las medidas de apoyo al sector industrial privado fue la paulatina desactivación de la
estabilidad laboral iniciada bajo el gobierno de Morales Bermúdez. El gobierno aprista tomó
medidas para poner en el régimen de eventuales los contratos de los trabajadores, debilitando así
otros derechos colectivos y el uso de la presión sindical. Entre las medidas introducidas como
medidas de “empleo temporal” destaca el D.L. 22342, que señalaba que las empresas exportadoras
podían contratar el número de personal eventual a plazo fijo que requiriesen, a condición de que
existiera un contrato de exportación, orden de compra o documento similar y un programa de
producción a ser cumplido. Acogiéndose a este dispositivo legal, muchas empresas incorporaron
masivamente a trabajadores eventuales, quienes acumularon años de trabajo sin adquirir
estabilidad laboral.

Otra de las medidas de “empleo temporal” establecida por los D.S. 018-86-TR y 020-86-TR fue el
Programa Ocupacional de Emergencia (PROEM). Según este dispositivo, los empleadores podían
contratar personal a plazo fijo sin limitación de número y sin necesidad de acreditar la naturaleza
accidental o temporal de las labores a realizarse. Con el inicio de la crisis en 1988, dicho dispositivo
fue prorrogado hasta julio de 1990.
En lo que respecta al agro, se congelaron los precios industriales y se liberalizaron los precios
agrícolas, con el fin de beneficiar al campo en la política redistributiva. También se aplicó el
denominado “crédito cero”, sobre todo en el llamado “trapecio andino” donde el conflicto con
Sendero Luminoso era más agudo, y se impulsó los llamados “rimanacuys”, en el marco de los
cuales el presidente García, desconociendo a las organizaciones sindicales agrarias, realizó
asambleas directas con las comunidades campesinas. En cuanto al trato al capital extranjero, el
hecho más significativo fue la declaratoria de nulidad del contrato suscrito entre Petroperú y la
Belco Petroleum Corporation, a fines de 1985, que significó la práctica expropiación de la empresa.
En el sector financiero destacan la quiebra del Banco Amazónico, que sería asumido por el Banco
Continental, y la definitiva consolidación del Banco del Sur Medio y Callao (Surmebanc) como banco
estatal, que tras haber sido intervenido por el presidente Belaunde, fue reflotado bajo el gobierno
de Alan García.
En cuanto a la deuda externa y a la postura de pagar únicamente el 10% de ésta, Óscar Ugarteche
afirma que existieron tres criterios relacionados con la transferencia neta de recursos (TNR).
Primero, si el acreedor tenía una TNR positiva al país, definida como la diferencia entre los
desembolsos de créditos menos los pagos por amortizaciones e intereses, se le pagaba; si ésta era
negativa, no se le pagaba. En segundo lugar, aquellos a quienes se les pagaba deuda recibirían una
parte proporcional de ese 10%. En tercer lugar, hubo un conjunto de entidades a las que no se
pagaba. De este modo los créditos de mediano y largo plazo del sector público captaban casi el
20% del servicio de la deuda, incluidos los del BCR, créditos privados y de corto plazo.
Indudablemente, esta restricción de los pagos provocó serios conflictos políticos internacionales con
todos los acreedores. El gobierno peruano sabía que el Perú sería declarado “valor deteriorado”, y
no le importó. Esta declaración significaba que las deudas serían colocadas en una reserva contable
como “incobrables”, y mientras esa situación durase, el Perú no sería sujeto de crédito. El gobierno
aprista calculó –según Ugarteche correctamente– que era irrelevante ser considerado en esta
categoría, porque de todas maneras no habría créditos de mediano y largo plazo de parte de la
banca comercial internacional en un período largo por razones ajenas a la economía peruana. Sin
embargo, el gobierno aprista pagó alrededor del 30% de las exportaciones de bienes y un 20% de
servicios, descendiendo éstas drásticamente en 1988 cuando se agotaron las reservas
internacionales.
Este modelo del gobierno aprista tenía, pues, un límite. El presidente García esperaba que con
estas medidas los empresarios recuperaran la confianza en el Estado, mediante los beneficios
otorgados, y se reorientaran hacia una política más nacionalista. Esta alianza no llegó a concretarse
porque, como ya se señaló, los empresarios se contentaron con los altos beneficios alcanzados pero
no reinvirtieron.

Hacia octubre de 1986 comienzan a aparecer los primeros límites de la política heterodoxa. Según
Óscar Ugarteche, a fines de 1986 las reservas internacionales cayeron aceleradamente a un ritmo
de 100 millones de dólares mensuales, y la inflación comenzó a incrementarse debido a que la
oferta estaba alcanzado los “cuellos de botella” ante la falta de nuevas inversiones. No obstante,
durante 1987 se mantuvo la “política heterodoxa” llegándose a diciembre de dicho año con una
inflación acumulada de 120% y sin reservas internacionales.
Ante esta situación, el gobierno dictó medidas de flexibilización. Para recuperar las reservas
internacionales netas, se buscó reducir la importación mediante un proceso de devaluaciones del
2% anual, estableciendo una variedad de tipos de cambio a partir de su función (exportación o
importación), evaluados como porcentajes del dólar MUC y del financiero. En segundo lugar, debido
al desfase entre los precios públicos y un efectivo control de precios, se establecieron cuatro
categorías de éstos: los controlados, los de régimen especial, los regulados y los supervisados. En
esta coyuntura, Luis Alva Castro renuncia al ministerio de Economía a fines de junio de 1987,
teniendo en perspectiva las elecciones internas del PAP para candidato a presidente, y es
reemplazado por Gustavo Saberbein.
A principios de julio se produjo una devaluación del 93,7% del tipo de cambio paralelo. El
presidente García decreta el 28 de julio la prohibición del mercado paralelo y la estatización de la
banca, medida que produjo la desconfianza de los empresarios. A pesar de todas estas acciones la
inflación volvió a desbocarse, alcanzando nuevamente índices de más de un dígito.
LAS ELECCIONES MUNICIPALES DE 1986
Al igual que en el segundo gobierno de Belaunde, las primeras elecciones municipales que se
realizaron bajo el gobierno aprista tenían un carácter plebiscitario para medir la fuerza de los
partidos políticos, muy especialmente la del partido de gobierno. Los candidatos a la municipalidad
de Lima fueron los siguientes: Alfonso Barrantes Lingán (IU), Jorge Del Castillo (PAP) y Luis Bedoya
Reyes (PPC). AP no se presentó. Las elecciones se realizaron el 9 de noviembre y sus resultados
oficiales a nivel nacional, según el JNE, fueron los siguientes: PAP, 2 765 112 votos (47,6%); IU, 1
790 886 votos (30,8%); PPC, 858 140 votos (14,8%), independientes, 226 256 (3,9%); y otros,
225 640 votos (3,9%). Los resultados no hicieron sino ratificar, luego de casi año y medio de
gobierno aprista, la correlación de fuerzas existentes.

Una de las razones de la victoria de Del Castillo, pese a su bajo perfil y carencia de carisma, fue
que Alan García, en vez de mantener una distancia política con respecto al tema electoral, apoyó
abiertamente a su candidato manifestando su capacidad personal de endosar sus altos niveles de
popularidad. Uno de las propuestas de la campaña electoral aprista fue la construcción de un tren
eléctrico que uniría los conos distritales con el centro de Lima. También se prometió la ampliación
del programa del Vaso de Leche. Sin embargo, ambos proyectos terminaron en sendos
escándalos de corrupción; el del Vaso de Leche por las denuncias respecto al uso y estado de las
donaciones, y el del tren eléctrico porque en principio su proyecto de factibilidad fue cuestionado,
ya que era oneroso frente a otras propuestas. Sólo se construyeron pequeños tramos de la obra y
García la “inauguró” con sólo un kilómetro de extensión desde la estación central, pero la obra en
su conjunto nunca se terminó. Más adelante, las investigaciones del Congreso por corrupción
contra Alan García demostraron que éste recibió sobornos de parte del consorcio italiano encargado
de la obra para ganar la licitación.
LA POLÍTICA EXTERIOR Y EL PROTAGONISMO INTERNACIONAL
Se puede señalar que con el anuncio sobre el pago del 10% con respecto a la deuda externa, se
inició la política exterior del gobierno aprista. Dicha posición sería ratificada en la ONU en setiembre
de 1985, ocasión en que Alan García comenzó a perfilarse como uno de los nuevos líderes
mundiales del movimiento NO-AL. Habría que recordar que el Perú no era un país más al interior
del Tercer Mundo, ya que bajo el gobierno del general Velasco, había cumplido el importante papel
de acercar a América Latina a este movimiento, y por su política exterior de enfrentamiento a los
Estados Unidos; Alan García no hacía más que recoger la cosecha. Su discurso antimperialista,
independiente y radical tuvo también amplio impacto en el exterior, sobre todo cuando el gobierno
aprista comenzó a acercarse cada vez más a la Internacional Socialista o Segunda Internacional,
entre cuyos principales líderes se encontraban los primeros ministros de Alemania (Willy Brandt),
Francia (Francois Mitterrand) y España (Felipe Gonzales), y el ex presidente de Venezuela, Carlos
Andrés Pérez. En ese sentido, Alan García estaba dispuesto a disputarle el liderazgo
latinoamericano y tercermundista a Fidel Castro, uno de los últimos líderes históricos del
movimiento NO-AL, quien además sostenía, frente al problema de la deuda externa, la tesis del “no
pago” y el uso de los recursos militares de las grandes potencias para cubrirla.
Alan García asiste a la promulgación de la Constitución sandinista, se opone a la intervención de
Estados Unidos en Panamá y a la derogación de la Decisión 24 del Pacto Andino que ponía límites a
la inversión extranjera en la región, e impulsa la formación del Grupo de Apoyo al Grupo de
Contadora, encargado de las negociaciones de paz para Centroamérica. El momento cumbre de la
política exterior del gobierno aprista fue cuando la Internacional Socialista aceptó la invitación del
presidente García para realizar su XVII congreso en Lima en junio de 1986. Los sucesos de los
penales fueron un duro revés para la política exterior peruana, del cual nunca se pudo recuperar.

LA LUCHA ANTISUBVERSIVA
Tras el discurso presidencial del 28 de julio de 1985, el MRTA anunció el inicio de una tregua
unilateral para “evaluar la situación” y “fiscalizar las promesas del gobierno”; Sendero Luminoso en
cambio rechazaría dicha actitud. En su discurso, García había propuesto como medidas
antisubversivas un mejoramiento de las condiciones de vida de la población, la defensa de los
derechos humanos y la lucha contra la corrupción. Respecto a este último punto solicitó al
Congreso facultades extraordinarias para la reorganización de las Fuerzas Policiales y las Fuerzas
Armadas, unificando los mandos en la policía, que pasó a llamarse Policía Nacional, e integrando los
ministerios de Guerra, Marina y Aviación en uno solo, denominado ministerio de Defensa, en
octubre de 1987. El primer titular del recién creado ministerio sería el general (r) Enrique López
Albújar, asesinado en 1989 por el MRTA. Si bien en términos generales tales reformas eran
necesarias y funcionales, significaron también un proceso de “apristización” de dichas fuerzas,
injerencia que produjo fuertes descontentos, especialmente al interior de las Fuerzas Armadas.
Según ha resaltado Sinesio López, los gastos dirigidos a los sectores de Defensa e Interior
representaron el 25,6% de los gastos generales bajo el gobierno aprista. En cambio se redujeron
los gastos de las Fuerzas Policiales, teniendo éstas que replegarse en las áreas rurales de las zonas
en emergencia. Más de un centenar de comisarías fueron abandonadas, por lo cual sus
circunscripciones quedaron a merced de los grupos subversivos. La mayor parte del gasto se
orientó hacia las Fuerzas Armadas, que en términos reales controlaban el 40% del territorio
nacional y el 50% de la población a través de los comandos político militares en las zonas de
emergencia. Sin embargo, perdieron prerrogativas en cuanto a los sistemas de defensa e
inteligencia, el nombramiento de los altos mandos y el manejo presupuestal.

En el tema de los derechos humanos, parecía que el gobierno aprista cumpliría su promesa de
defenderlos y castigar a los culpables de su violación. A principios de 1986 fue denunciada la
existencia de fosas comunes con cadáveres de campesinos asesinados por el Ejército en Pucayacu
y Accomarca. El presidente García, en un acto significativo, procedió a la destitución del jefe
político-militar y del comandante de la segunda región militar, lo que motivaría un fuerte
resentimiento entre los altos mandos militares. Sin embargo, éste fue sólo un acto simbólico del
presidente. Los hechos de los penales ese mismo año se encargarían de desmentir el supuesto
cambio en las orientaciones sobre la lucha contrasubversiva.
Más adelante, en mayo de 1988, fue denunciada la masacre de 30 campesinos, esta vez en Cayara
(provincia de Cangallo), en represalia por una emboscada a un convoy del Ejército, siendo
acusados los campesinos de ser “simpatizantes” de SL. Para investigar los hechos, se nombró una
comisión en el Senado presidida por Carlos Enrique Melgar, del PAP, la que en un primer momento
quiso negar la existencia del hecho para –luego de las pruebas presentadas– emitir un dictamen
que liberaba de toda responsabilidad a las fuerzas del orden. Durante el proceso penal en la fiscalía
de Ayacucho, nueve de los testigos “desaparecieron” o fueron asesinados, y el fiscal a cargo fue
hostigado hasta que renunció. Ese caso, como otros, quedó en la impunidad. Como el gobierno
aprista se hallaba en un creciente descrédito desde la estatización de la banca, el presidente García
no encontró mejor mecanismo que afianzar sus vínculos con las Fuerzas Armadas para prevenir un
golpe de Estado. Por ello, desde 1988 se dio mayores poderes y autonomía a los jefes político-
militares de las zonas de emergencia. Asimismo, se formalizó la acción armada de la población civil
contra la subversión, con la creación de grupos de defensa civil o “ronderos”. Temerosos de que
éstos acumulasen cierto poder y autonomía, no se les proveyó de armamento moderno. Sin
embargo, ello provocó que en algunas zonas los grupos de ronderos se enfrentaran entre sí no por
la lucha contra la subversión, sino para resolver diferencias ancestrales.
El MRTA manifestó rápidamente sus problemas en cuanto a organización y clandestinidad. A pesar
de contar, a diferencia de SL en ese entonces, con armamento y un sistema de comunicaciones
moderno, su estructura interna era fácil de penetrar. Así se logró la captura de los más importantes
dirigentes del MRTA, incluido Víctor Polay Campos a quien, pese a las críticas, se le dio un trato
preferencial. Sin embargo, casi al finalizar el gobierno aprista, él y 52 reclusos del MRTA
protagonizaron una espectacular fuga a través de un túnel de la cárcel de alta seguridad “Miguel
Castro Castro”, construida durante el gobierno anterior. Dicha situación produjo una crisis interna
en el MRTA, que originó una línea “dura” que comenzó a emular los métodos de terrorismo urbano
de SL. El hecho más importante fue el asesinato del general (r) López Albújar, ex ministro de
Defensa, bajo cuya gestión se había producido la masacre de los combatientes del MRTA en Los
Molinos, en la sierra central. También comenzaron a resolver sus problemas internos mediante
asesinatos selectivos.
Sendero Luminoso consiguió aumentar la frecuencia de sus acciones y sus zonas de influencia.
Debido a la fuerte presencia militar en el campo, SL opta por un cambio estratégico: no ahogar a
las ciudades desde el campo sino centrar sus acciones en ellas. Con esta política se incrementan las
voladuras de torres de alta tensión, pero sobre todo los asesinatos selectivos de dirigentes
populares y de izquierda, y de funcionarios públicos como fue el caso del presidente de ENCI y
dirigente aprista, Rodrigo Franco Montes. Ello produciría la aparición del grupo paramilitar “Rodrigo
Franco”, integrado por militares apristas vinculados, como lo señalaría el informe sobre grupos
paramilitares del Congreso, al ministerio del Interior.

LA MASACRE DE LOS PENALES


Con el incremento de la lucha subversiva, también aumentó el número de detenidos por este delito.
Ello provocó una situación explosiva en las cárceles de Lima, que hacía mucho habían desbordado
su capacidad para albergar más presos. La lentitud de los procesos, la corrupción de los
funcionarios a cargo de dichos establecimientos y las malas condiciones internas ya habían
provocado, bajo el segundo gobierno de Belaunde, sangrientos motines en El Sexto y Lurigancho.
Formalmente, los presos comunes y los presos por terrorismo estaban en diferentes pabellones.
Los presos por terrorismo tenían una organización interna propia: limpieza, alimentación, talleres,
escuelas de adoctrinamiento y sistemas de comunicación con el exterior. Ello provocó el malestar y
los temores de las Fuerzas Armadas porque las cárceles se convertían en “gloriosas trincheras de
lucha”, según los términos de SL. Ante el temor de un traslado al nuevo penal de “Miguel Castro
Castro” o la intervención de las Fuerzas Armadas en el control de los penales, los presos por
terrorismo lanzaron una campaña “contra el genocidio que se preparaba en las cárceles”; ello sería
el preludio de un vaticinio auto cumplido.
A mediados de junio de 1986 se inauguraba el congreso de la Internacional Socialista, evento que
se realizaría en respaldo al gobierno del presidente García. Los presos por terrorismo de las
cárceles de Lurigancho, El Frontón y Santa Bárbara iniciaron un motín en la mañana del 18 de
junio, fecha en que se apoderaron de sus pabellones y en algunos casos de rehenes –de quienes
tomaron las pocas armas con las que contaban–, logrando con ello la atención de la prensa
internacional y de los asistentes al congreso de la IS. Reunido urgentemente el Consejo de
Ministros se ordenó a las Fuerzas Armadas “el restablecimiento del orden y el principio de
autoridad”. Para avalar la intervención militar en la jurisdicción penal, se dictó un decreto
declarando a los penales “zonas de exclusión militar” –relegando a las autoridades civiles– que,
además de ilegal, no entraría en vigencia sino hasta su posterior aparición en El Peruano.

El operativo se inició en El Frontón, a las 5 de la tarde del día 18, a cargo de la Marina, con
bombardeos contra el “pabellón azul” –donde se encontraban los presos por terrorismo y tres
rehenes– que durarían hasta la madrugada del día siguiente. Los presos lograron resistir debido a
un sistema de túneles subterráneos. La toma del derruido pabellón se inició a las 6:00 a.m. y
culminaría a las 2:00 p.m. Aunque todavía en los siguientes días se buscarían más presos
sobrevivientes, se procedió a demoler el pabellón bombardeado. En el caso de Lurigancho el
Ejército abrió un boquete en sus muros el 19, para entrar y someter a los amotinados; el rehén fue
rescatado y se procedió a la ejecución de los presos sobrevivientes. En cuanto a Santa Bárbara, la
intervención a cargo de la Fuerza Aérea se inició a las 8:00 p.m. del día 18 y culminó a las 11:00
p.m. rescatándose a dos rehenes.
En un inicio la opinión pública estuvo de acuerdo con la actitud del gobierno frente al motín de los
penales. La IS emite también un comunicado solidarizándose con el gobierno; sin embargo, pese al
control militar y al hermetismo, comienza a filtrarse información acerca del ajusticiamiento de los
presos rendidos. El día 21, el gobierno reconoce que el alto número de muertos en Lurigancho
“hace presumir que se cometieron excesos en el uso de la fuerza”. Encarga las investigaciones al
fuero militar y llama al Congreso y a la Fiscalía de la Nación a realizar investigaciones similares,
señalando que “el gobierno garantiza la sanción a cualquier exceso que pueda haber ocurrido en el
restablecimiento del orden en el penal de Lurigancho”. Se provoca un cambio en la opinión general
e incluso la IS expresa que “serias preocupaciones han surgido por posibles excesos en los métodos
utilizados y el número de muertos”. El día 24 el presidente García se dirige al país respaldando a las
Fuerzas Armadas. En cuanto a los “excesos” señaló que “como presidente de la nación, no avalo ni
respaldo, ni apruebo la comisión de excesos, la venganza criminal e instintiva. Las fuerzas de la ley
deben estar por encima de la reacción primaria y brutal”; responsabilizando sin embargo a los
jefes, oficiales y personal de tropa de la Guardia Republicana de dichos hechos. Días después, en
un recorrido por Lurigancho junto a la prensa nacional e internacional, señaló enfáticamente: “O se
van ellos o me voy yo”. Las investigaciones posteriores no llegaron a sanciones, salvo en los casos
de los miembros de la Guardia Republicana. En el Senado se formó una comisión investigadora
presidida por Rolando Ames (IU), que presentó un informe en minoría. La mayoría aprista aprobó
un informe donde se exculpaba de responsabilidad política a las Fuerzas Armadas y al presidente
García. El único ministro en presentar su renuncia sería el entonces titular de Justicia, Luis Gonzales
Posada. La voluntad política de encubrimiento se manifestaría semanas después cuando los
cuerpos de presos dados como “desaparecidos” en la toma de los penales aparecieron en
diferentes cementerios de Lima y ciudades cercanas, enterrados clandestinamente. Oficialmente se
reconoció que el número de presos muertos fue de aproximadamente 300.

LA ESTATIZACIÓN DE LA BANCA
Como ya se señaló, el modelo económico heterodoxo se basaba en el presupuesto de una paulatina
toma de conciencia de los empresarios para la formulación de un esquema de crecimiento basado
en el mercado interno. Sin embargo, los empresarios –y en especial los grupos de poder
económico– continuaron con sus actitudes rentistas y especulativas, aprovechando los beneficios
otorgados por el gobierno. Frente a ello, el presidente García decidió tomar el control del principal
mecanismo de captación y distribución de capitales: el sistema financiero. El 28 de julio de 1987,
durante su discurso de orden, anunció el envío de un proyecto de ley al Congreso para la
nacionalización de los bancos, las financieras y las compañías de seguros. García manifestó que
había empezado la verdadera revolución aprista y convocó a sucesivos mítines en los que conminó
al Legislativo a respaldar las medidas tomadas. Si bien ello provocó el eufórico apoyo del partido de
gobierno, en otros sectores hubo posiciones divergentes. En el Congreso, un sector encabezado por
IU señaló estar de acuerdo con la medida, pero que plantearía modificaciones para evitar que fuera
utilizada como un mecanismo de control y poder personal. Ambas fuerzas reunieron una amplia
mayoría en el Congreso, frente a partidos como el PPC y AP, por lo cual la oposición principal vino
de los dueños.

Los propietarios o mayores accionistas de los bancos eran connotados representantes de los
denominados “doce apóstoles” o grupos de poder económico más importantes del país: Dionisio
Romero y Juan Francisco Raffo (Banco de Crédito), Augusto y Guillermo Wiese de Osma (Banco
Wiese), Francisco Pardo Mesones (Banco Mercantil), y los Picasso Salinas (Banco Latino). Frente a
los recursos de amparo, el poder Judicial se divide entre la aceptación del reclamo de los
propietarios o el apoyo al gobierno. La creciente oposición y una opinión pública desfavorable
provocan que paulatinamente sectores del propio PAP presentaran dudas respecto del acierto
político de la medida. Poco a poco, y con las modificaciones planteadas por IU, el proyecto se
convierte en ambiguo e inoperativo. Cabe resaltar que tanto los que lo apoyaban como los que se
oponían, se fundamentaron en la Constitución de 1979; los primeros porque las expropiaciones
estaban reconocidas y los segundos porque la medida era contraria a la economía social de
mercado. Comienzan aquí a manifestarse en el campo económico las contradicciones y
ambigüedades de la Constitución de 1979. Los opositores a la medida que no se sentían
representados por el PPC y AP en el Congreso por su condición de partidos minoritarios, organizan
alrededor de la figura del escritor Mario Vargas Llosa el Movimiento Libertad. Para probar fuerzas,
se convoca en agosto de 1987, en la plaza San Martín, a un mitin contra la estatización de la banca
que logra un éxito inesperado. Junto con Vargas Llosa se presentó Hernando de Soto, director del
Instituto Libertad y Democracia (ILD). Los propietarios, la alta clase media y sectores del comercio
popular se sintieron representados por este nuevo movimiento que surgía en reemplazo de los
partidos existentes. De la oposición a la estatización a las posibilidades de que Vargas Llosa fuera
candidato a la presidencia en 1990, sólo había un paso. Con el Movimiento Libertad comienzan a
surgir en el discurso político los cuestionamientos a los “partidos tradicionales” y el lanzamiento de
candidaturas “independientes” y de “técnicos” que “no son políticos”. Finalmente, mediante la ley
Nº 24723, el Congreso aprobó la expropiación de hasta el 70% del capital social de los bancos y
financieras en poder del sector privado, del 30% de las acciones de los bancos regionales, y del
15% de las acciones de las compañías de seguros. Sin embargo, a pesar de los reiterados anuncios
al respecto de parte del presidente Alan García, la ley no se aplicó. De las treinta comisiones
interventoras proyectadas, se nombraron siete y sólo dos asumieron sus cargos, la del Banco de
Crédito y la del Banco Wiese. Los accionistas del primero decidieron vender la mayoría de sus
participaciones a los trabajadores, en una discutida operación que al comienzo fue calificada de
“fraudulenta” e “ilegal” por los funcionarios de la Bolsa de Valores de Lima, por la Comisión
Nacional de Supervisión de Empresas y Valores, por el ministro de Economía y por el presidente
García quien, con la batalla perdida, meses después declararía dicha venta de acciones como
“legal”, “patriótica” y “antioligárquica”. Dictó, además, un decreto legislativo para consolidarla a
través de la denominada “banca autogestionaria”, con la que los “pequeños” accionistas podrían
controlar hasta la mitad del capital social. Según Malpica, la situación de los bancos no cambió, ya
que los antiguos accionistas continuaron controlándolos.

LOS GRUPOS PARAMILITARES


Según la información de la base de datos de DESCO, ya entre 1986 y mayo de 1988 era posible
rastrear las actividades de lo que posteriormente sería conocido como el comando democrático
“Rodrigo Franco”. En mayo de 1986, un grupo de estudiantes que se identificaron con carnets
apristas fueron detenidos luego de haber detonado explosivos durante una huelga sindical. En
febrero de 1987 se encontraron dos arsenales: el primero dentro de un camión camuflado entre el
equipo sanitario del ministerio de Salud, dirigido a Ayacucho; el segundo en la casa del secretario
general del partido aprista de Puno. Ese mismo año, el 2 de octubre, dos jóvenes apristas murieron
al detonarse una poderosa carga de dinamita en el interior del auto en que se encontraban, frente
al local de El Diario, periódico oficioso de Sendero Luminoso.
El primer atentado reivindicado por el comando “Rodrigo Franco” tuvo lugar el 28 de julio de 1988,
cuando fue asesinado en Lima Manuel Febres, el abogado defensor de Osmán Morote, en ese
entonces considerado el número dos de SL. El 8 de agosto fue dinamitada la tumba de Edith Lagos
en Ayacucho. A partir de entonces, “Rodrigo Franco” realizó una serie de atentados en diferentes
puntos del país no sólo contra personas o sectores sospechosos de estar vinculados a la subversión
(como los dirigidos contra el semanario Cambio y el periódico El Diario), sino también contra
dirigentes y periodistas de la oposición (especialmente de IU), fiscales investigadores de casos de
violaciones de derechos humanos como el de Cayara, y aun contra sectores de la Iglesia, como el
atentado en Chimbote contra monseñor Luis Bambarén. Algunos atentados, secuestros y
posteriores desapariciones fueron realizados dentro de las horas del estricto toque de queda
establecido por el gobierno, cuando las Fuerzas Armadas controlaban las calles, por personas
identificadas como miembros del Ejército o de la Dincote. Por esta razón, las investigaciones
periodísticas señalaban que los integrantes del comando “Rodrigo Franco” eran militantes apristas,
policías y oficiales de las Fuerzas Armadas, vinculados al ministerio del Interior.
Muchas de las denuncias contra “Rodrigo Franco” no fueron investigadas. La Cámara de Diputados
nombró una comisión investigadora presidida por el diputado Manuel Piqueras de IU, cuyo informe
en mayoría –aprobado por el pleno del Congreso controlado por el PAP– no dio mayores luces
sobre el funcionamiento del comando y los sectores oficiales a los cuales estaban vinculados.
Conforme se acercaba el término del gobierno aprista, las acciones de este grupo fueron
disminuyendo paulatinamente.

LA CRISIS ECONÓMICA, 1988-1990


Con la aparición de los primeros síntomas de los límites del modelo heterodoxo y el fracaso de la
estatización de la banca, el gobierno aprista se orientó hacia políticas ortodoxas. En un primer
momento, intenta negociar con los organismos financieros internacionales, pero éstos exigieron el
pago previo de las moras, que ascendían a 1 500 millones de dólares. A fines de agosto, las
reservas internacionales eran negativas. Para mostrar buena fe, y luego de una serie de
indecisiones, se nombró ministro de Economía a Abel Salinas, quien el 7 de setiembre de 1988
aplica un “paquete” económico preparado por el ministerio de Economía y el BCR.
Según Iguíñiz, Basay y Rubio, los objetivos de las medidas eran tres: detener la inflación y la
recesión, terminar con la pérdida de divisas y crear un contexto de estabilidad y confianza para los
agentes económicos. El programa tuvo dos lineamientos: primero, cerrar la brecha cambiaria y
fiscal mediante la devaluación del inti, el incremento de los ingresos fiscales, la reducción de
subsidios y exoneraciones impositivas y la restricción del consumo; segundo, congelar los precios
de los salarios, el tipo de cambio, precios públicos, tarifas y tasas impositivas por 120 días, a contar
luego de 10 días de incrementos privados. Sin embargo, éstos fueron tan grandes que se
imposibilitó sostenerlos, por lo que la medida se suspendió el 21 de setiembre.
Los resultados inmediatos fueron el cierre de la brecha externa, al alcanzarse 72 millones de
dólares para el cuarto bimestre del año, debido sobre todo a una mayor reducción de las
importaciones que de las exportaciones. Esta situación de la balanza comercial continuaría durante
1989, pero los niveles de las Reservas Internacionales Netas (RIN) siguieron siendo negativos hasta
mediados de dicho año. En el sector fiscal no se logró la reducción drástica del déficit y la tendencia
decreciente de los ingresos reales del gobierno continuó a lo largo de 1989, debido a que, para
cubrirse, el sector privado incrementó sus precios proyectados hasta diciembre. Los gastos totales
del gobierno también cayeron. El impacto más importante del “paquete” fue la drástica caída de las
remuneraciones reales y el empleo. Los aumentos nominales no impidieron que la pérdida real con
respecto a agosto fuera del 36,3% para los salarios privados, 27,2% para los sueldos privados y de
27% para los trabajadores estatales. Sólo el Ingreso Mínimo Vital (IMV) se incrementó en 17%.
Respecto al empleo, la disminución de las ventas y el sobre almacenamiento produjo la reducción
de los turnos y del personal eventual contratado por el sistema del PROEM. La producción cayó y la
recesión se incrementó. El sector manufacturero se redujo en 6,1%, el sector comercio en 41% y
las ventas de los empresarios industriales y los empresarios comerciales se redujeron en 67% y
48%, respectivamente.
Como conclusión se puede señalar que el ajuste recayó principalmente en los trabajadores
asalariados, lo cual produjo que en la distribución del ingreso las remuneraciones variaran de 32%
en 1987 a 28% en 1989. En noviembre se produjo una nueva elevación de los precios públicos. Al
no poder ser detenido el proceso inflacionario ni recuperarse los niveles de reservas
internacionales, el Perú fue declarado “inelegible” en marzo de 1989. El gobierno intentó entonces
obtener un préstamo “puente” de 800 millones de dólares, para lo cual se enviaron diversas
misiones a Washington. En julio el FMI se comprometió a conseguir el préstamo mientras
concertaba una misión de rutina para enero de 1990, con el fin de intentar restablecer las
relaciones financieras internacionales con el gobierno. Según Óscar Ugarteche, hacia 1990 la deuda
ascendía a alrededor de 16 720 millones de dólares: 13 mil millones de dólares del sector público;
800 millones de la deuda del BCR con el FMI; 1 500 millones del sector privado; y 1 500 millones
de la deuda de corto plazo. La mora ascendía al 69% del total de la deuda de largo plazo del sector
público más la del BCR.
EL PROCESO DE REGIONALIZACIÓN
Según ha señalado Sinesio López, ante el debilitamiento del gobierno aprista el presidente García
buscó ganar nueva legitimidad impulsando el proceso de regionalización. Basándose en la
Constitución de 1979 se procedió a la elaboración del Plan Nacional de Regionalización, en donde
se establecería el número de regiones a formarse y los mecanismos de constitución de los
gobiernos regionales. Los aprobados fueron los siguientes: Grau (marzo de 1988), Loreto (marzo
de 1988), Nor-Oriental del Marañón (julio de 1988), Ucayali (noviembre de 1988), Inka (enero de
1989), La Libertad-San Martín (enero de 1989), Los Libertadores-Wari (febrero de 1989), Andrés
Avelino Cáceres (abril de 1989), Arequipa (abril de 1989), Chavín (abril de 1989), y José Carlos
Mariátegui (abril de 1989). Sin embargo, mientras se tramitaba la aprobación de las regiones,
diferentes circunscripciones solicitaron modificaciones en los proyectos. La creación de la región La
Libertad-San Martín quedó suspendida ya que por consulta popular este último departamento logró
ser separado. La región Lima-Callao también pidió su separación. El problema que se presentaba
era que el Plan Nacional de Regionalización sólo reconocería 13 regiones. Los debates continuaron
durante los primeros meses del gobierno de Fujimori. San Martín sería reconocida como región
autónoma en febrero de 1991, pero todo el proceso quedó trunco el 5 de abril de 1992, cuando
Fujimori desconoció a los gobiernos regionales y el proceso volvió a cero. Después no se ha vuelto
a tratar el tema.
Una de las características del proceso de regionalización aprista es que mantuvo la posición
centralista de Lima, ya que no se otorgó autonomía ni atribuciones a los gobiernos regionales ni los
recursos económicos necesarios para su funcionamiento. Asimismo, el Estado comenzó a reducir la
asignación de recursos fiscales para una serie de programas multisectoriales que afectaron a las
regiones. Éstos fueron los casos de las CORDEs, Cooperación Popular y los programas de
emergencia, cuyos montos invertidos bajaron de 3,2% del gasto público global entre 1980-1985 a
2,9% entre 1986-1990, según Sinesio López. Esta reducción sería una de las principales causas del
fracaso de los gobiernos regionales.

LA CRISIS DE LA IZQUIERDA
Izquierda Unida logró mantener su unidad hasta 1989, pero ya manifestaba signos de crisis
alrededor de 1987. A sus habituales discrepancias internas entre los sectores moderados y radicales
se agregaron las discrepancias de actitud y toma de posición respecto del gobierno aprista. Al inicio
de éste, los sectores moderados de IU, encabezados por el propio Barrantes, intentaron un
acercamiento a Alan García, mientras que los partidos radicales asumieron de principio una actitud
de oposición y diferenciación con el PAP. Para algunos, la renuncia a la segunda vuelta electoral fue
vista como un tácito apoyo a Alan García. Pero los sucesos de los penales marcaron un momento
de distanciamiento entre los sectores moderados de IU que apoyaban la posición de Barrantes
frente al gobierno. Esta actitud se fortaleció con la estatización de la banca, cuando los sectores
radicales apoyaron inicialmente la medida con el fin de llevarla más lejos; pero ambas posiciones
fueron derrotadas junto con el intento estatizador, debido a las dudas al interior del PAP, que tenía
mayoría en el Congreso.
La agudización de las discrepancias internas en IU se hizo cada vez más patente cuando Barrantes
Lingán comenzó a utilizar la amenaza de renuncia a su presidencia, como una manera de defender
su posición, lo cual era expresión de la existencia de posiciones encontradas. Barrantes sólo podía
apelar a su imagen política como independiente y como catalizador de la fuerza electoral de IU.
Comenzó a marcar distancia con las protestas sociales, viajando, por ejemplo, a Bulgaria en mayo
de 1987, cuando se iba a realizar un importante paro convocado por la CGTP.
En esos años se fueron perfilando tres sectores: los sectores radicales, representados por el Partido
Unificado Mariateguista (PUM, ex UDP), la Unión de Izquierda Revolucionaria (UNIR) y el FOCEP; el
sector de centro, conformado por los llamados cristianos de izquierda –que defendían la
institucionalidad de IU al margen de los partidos y del propio Barrantes–, y el PCP; y los sectores
moderados, encabezados por Barrantes, quien comenzó a crear su propia organización al interior
de IU, los No Partidarizados, apoyados por partidos como el PSR y APS.
Las constantes discrepancias y tensiones internas llevaron a la convocatoria del primer congreso
nacional de Izquierda Unida para los primeros meses de 1989. Se buscaba, en teoría, resolver los
problemas internos mediante un evento organizativo que definiera un programa, una línea política y
una democratización interna; apuesta, sobre todo, de los sectores de centro. Sin embargo, en la
práctica, el proceso hacia el primer congreso significó la polarización interna. Si bien se llegó a
acuerdos políticos formales en los temas tratados, la situación clave era la definición del candidato a
alcalde para las elecciones municipales de noviembre. Alfonso Barrantes había sido a lo largo de la
década el candidato de consenso en toda elección importante. Los sectores radicales plantearon su
candidatura, lo cual fue considerado por el sector moderado como una maniobra para cerrarle el
paso a la candidatura presidencial de 1990 en caso de ganar las elecciones municipales. La ruptura
se produce cuando los sectores que apoyaban a Barrantes se retiran del evento. Los sectores
radicales llegan entonces a un acuerdo con el sector de centro mediante el lanzamiento de la
candidatura de Henry Pease.

A estos factores internos habría que sumar los factores externos que afectaron a toda la izquierda
en general: en primer lugar, el reagrupamiento de la derecha peruana alrededor de la figura de
Mario Vargas Llosa y de un programa de claro tinte neoliberal. Desde la estatización de la banca
había comenzado una vasta campaña propagandística que enfrentaba ideológicamente a la
izquierda y al PAP, a quienes se acusaba de continuar las políticas populistas iniciadas bajo el
gobierno militar. En segundo lugar, la crisis del socialismo real a nivel mundial, que comenzó con el
debate alrededor de la perestroika y el glasnost impulsados por Mijail Gorbachov en la entonces
Unión Soviética. Dicha situación se expresaría en 1989 en la caída del muro de Berlín y en 1990 en
la disolución de la URSS.

SURGIMIENTO DEL FREDEMO


A pesar de que el lanzamiento de la candidatura de Vargas Llosa era prematuro, nadie dudaba de
ésta. Se inició entonces la difusión por diferentes medios de las tesis neoliberales que en el largo
plazo fueron creando reacciones opuestas en la ciudadanía, pues dejaban entrever una admiración
por los países europeos en desmedro del Perú, del cual se tenía una visión pesimista,
especialmente del campesinado y del sector agrario, denotando a la vez prejuicios raciales ya
manifestados en el informe sobre Uchuraccay.
Dentro del Movimiento Libertad destacaban losdenominados “jóvenes turcos”, profesionales de
ideas neoliberales, que representaban a los sectores más radicales. Este sector en concreto se
opuso a un acercamiento entre Libertad y AP y el PPC, a los cuales denominaban “partidos
tradicionales” y “populistas”. Sin embargo, la necesidad de unir el mayor número de fuerzas para
asegurar una aplastante victoria que le diera la mayoría en el Congreso fue decisiva. Luego de
semanas de negociaciones, en marzo de 1989 se constituye el denominado Frente Democrático –
utilizando el nombre del frente político liderado por Bustamante y Rivero en 1945– o Fredemo,
conformado por el Movimiento Libertad, AP, el PPC y el SODE. Para formalizar la candidatura de
Vargas Llosa, y para continuar usando la imagen de 1945, se lleva a cabo un mitin en Arequipa,
una de las bases históricas del liberalismo peruano. Sin embargo, los problemas comenzaron muy
pronto. Al realizarse las negociaciones para establecer las candidaturas a las elecciones municipales
de ese año, a las discrepancias al interior de Libertad sobre sus aliados se unieron las disputas por
las cuotas electorales de cada partido. Libertad consideraba que por constituir la fuerza más
importante de atracción electoral, debía encabezar las listas municipales; AP apelaba a su
importante presencia municipal a nivel nacional. Vargas Llosa decide presionar amenazando con su
renuncia a la candidatura presidencial, iniciando su primera “cura de silencio” frente a los
problemas internos del Fredemo.
LAS ELECCIONES MUNICIPALES DE 1989
Las elecciones municipales de ese año se realizaron el 12 de noviembre. Como antecedente a las
elecciones generales de 1990, éstas significaron un cambio sustancial del espectro político, con un
crecimiento del peso de los grupos no pertenecientes a los partidos más antiguos. Ello se refleja en
la caída de los porcentajes del PAP y de IU, mientras que sube el rubro de “otros”.
El Fredemo, pese a ser una suma de fuerzas, no alcanzaría los altos porcentajes logrados por el
PAP en su mejor momento. En todo caso, igualará los anteriores niveles de IU, lo que demostraba
que hasta entonces el Fredemo no lograba convencer. Este cambio del espectro político tenía sus
causas en la creciente crisis económica enrumbada hacia la hiperinflación y en el descrédito en que
había caído el gobierno aprista desde el año anterior.
La situación de IU, tal como en las elecciones generales de 1980, era una consecuencia directa de
su ruptura. Sin embargo, su amplia distancia con respecto al Acuerdo Socialista de Izquierda (ASI)
–organización política formada por los grupos que apoyaban a Barrantes– mostraba que la mayoría
de la izquierda se identificaba más con el ala radical.
Las principales candidaturas para Lima fueron: Juan Incháustegui (Fredemo); Mercedes Cabanillas
(PAP); Henry Pease (IU); Enrique Bernales (ASI) y Ricardo Belmont (Movimiento Obras). Los
resulta-dos oficiales a nivel nacional, según el JNE, fueron los siguientes: Fredemo, 1 572 868 votos
(31,6%); PAP, 982 040 votos (19,7%); IU, 888 422 votos (17,9%); ASI, 113 734 votos (2,3%);
otros, 1 418 541 votos (28,5%). Para el caso de Lima, el Movimiento Obras obtuvo el 48,70%, el
Fredemo 23,39%, el PAP 12,38%, IU 11,40%, ASI 1,69% y otros 2,44%. La victoria de Ricardo
Belmont en Lima, según Julio Cotler, significó la entrada del primer “outsider” en el espectro
político. El Fredemo interpretó estos resultados en el sentido de que su candidato, Mario Vargas
Llosa, alcanzaría la presidencia en las elecciones de 1990.

LAS ELECCIONES DE 1990


El gobierno aprista llegaba a su término en condiciones de total desprestigio. Frente a éste y la
izquierda se levantaba la propuesta neoliberal del Fredemo encabezado por Mario Vargas Llosa,
quien había iniciado su campaña, en la práctica, desde el mitin de la plaza San Martín en 1987. La
propuesta del Fredemo señalaba la inmediata y necesaria implementación de un programa de
ajuste como medio de estabilizar la economía y la promesa de reducir la inflación al 10% en el
plazo de un año. Esta propuesta fue criticada por-sus opositores que la bautizaron como “la política
del shock”.
Ante el impacto de esta imagen, el Fredemo comenzó a resaltar sus propuestas paralelas de un
programa de compensación social y de reestructuración del aparato productivo, orientándolo hacia
la exportación y la atracción de capitales, especialmente extranjeros. Para lograrlo, debía reducirse
la presencia estatal en la economía, la cual quedaría bajo el control de la iniciativa privada, el libre
mercado y la libre competencia, todo lo cual llevaría al Perú a ser un “moderno país capitalista”.
Vargas Llosa solicitaba un mandato claro y mayoritario para realizar el “gran cambio”. Frente a este
discurso y su nivel de campaña publicitaria, nada ni nadie parecía poder enfrentársele. El PAP
estaba desgastado por los resultados finales del gobierno y la izquierda se presentaba dividida en
dos candidaturas.
Según Carlos Iván Degregori y Romeo Grompone, el Fredemo parecía tenerlo todo: la unidad, un
programa neoliberal coherente, un equipo de asesores de alto nivel, un “candidato de lujo” y el
apoyo de los principales grupos de poder económico. Semanas antes de las elecciones, las
encuestas le otorgaban el 40% de las preferencias. Pero la desordenada campaña de los
candidatos al Congreso y algunos “spots” cuestionables llevaron a una saturación del público
votante. El objetivo de la campaña era superar el 50% de los votos necesarios para ganar en
primera vuelta. Sin embargo, hacia mediados de marzo comenzó a destacar uno de los candidatos
“chicos”, Alberto Fujimori, que pasó del 1% de las encuestas al 10% de las intenciones de voto.

Para las elecciones del 8 de abril los candidatos eran: Mario Vargas Llosa (Fredemo), Alberto
Fujimori (Cambio 90), Luis Alva Castro (PAP), Henry Pease García (IU), Alfonso Barrantes Lingán
(IS), Roger Cáceres Velázquez (FNTC), Dora Larrea de Castillo (UNO), Nicolás de Piérola Balta
(Unión Democrática) y Ezequiel Ataucusi Gamonal (Frepap). Los resultados oficiales, según el JNE,
fueron los siguientes: Fredemo, 2 163 323 votos (27,6%); Cambio 90, 1 932 208 votos (24,6%);
PAP, 1 494 231 votos (19,2%); IU, 544 889 votos (6,9%); IS, 315 038 votos (4,1%); FNTC, 86 418
votos (1,2%); UNO, 21 962 votos (0,3%); UD, 9 541 votos (0,1%); y Frepap, 73 974 votos (1%).
Dichos resultados sorprendieron, no tanto porque ningún candidato hubiera alcanzado el 50% más
uno de los votos, sino porque en la segunda vuelta se enfrentarían Mario Vargas Llosa y Alberto
Fujimori, un ingeniero agrónomo hasta entonces desconocido en política. Descendiente de
inmigrantes japoneses, había sido rector de la Universidad Nacional Agraria y director de un
programa de debate político en el canal del Estado bajo el gobierno saliente. La campaña de
Fujimori, según la Comisión Andina de Juristas (CAJ), se había caracterizado por la falta de
propuestas concretas y la carencia de un programa de gobierno, con un difuso lema de “honradez,
tecnología y trabajo” como expresión de los lineamientos de su futuro gobierno; mientras que su
movimiento, Cambio 90, estaba compuesto por pequeños industriales, comerciantes y
“microempresarios” informales, profesionales de clase media y grupos evangélicos.

Algunas conclusiones de estos resultados. En primer lugar, a pesar de iniciar su millonaria campaña
antes que todos, el Fredemo no superó los niveles de las elecciones municipales; en segundo lugar,
el PAP seguía siendo el partido político más importante, pese a la reducción porcentual y nominal,
pues había obtenido su votación sin alianzas y cargando con las consecuencias del gobierno de
Alan García; en tercer lugar, la izquierda como conjunto se enrumbaba hacia la práctica
desaparición electoral, crisis de la que no se recuperaría; en cuarto lugar, para Cambio 90 existía
una gran diferencia entre la votación presidencial y la votación para el Congreso y, de ganar la
segunda vuelta, sería minoría. La distribución en el Congreso era la siguiente: Fredemo, 63
diputados y 21 senadores; PAP, 53 diputados y 17 senadores, Cambio 90, 32 diputados y 14
senadores; IU, 16 diputados y 6 senadores; FIM, 7 diputados; IS, 4 diputados y 3 senadores;
FNTC, 3 diputados y 1 senador; e independientes, 3 diputados.
Las reacciones en el Fredemo fueron básicamente dos. La primera, el surgimiento de una polémica
interna sobre las causas de no haber logrado una victoria contundente. Por un lado, se señalaron
los errores de la estrategia electoral: la excesiva arrogancia de Vargas Llosa o su sinceridad sobre
los efectos del “shock”; por el otro, el lastre de que Libertad hubiera ido acompañado de otros
partidos. La segunda fue una reacción de impotencia que se expresó en críticas muy duras contra
el candidato de Cambio 90, sobre todo de índole xenofóbica: “extranjero”, “chino”. Uno de los
voceros del Fredemo, el abogado constitucionalista Enrique Chirinos Soto, declaró que existía una
Constitución no escrita que impedía elegir presidente a “un peruano de primera generación”.
También se acusó a Fujimori de testaferro de Alan García, de querer atentar contra “la religión
católica” y de evasor de impuestos. Como nos recuerdan Degregori y Grompone, en los días
siguientes a la primera vuelta, Vargas Llosa realiza una nueva “cura de silencio” para decidir si
renunciaba a participar en la segunda vuelta. Como ha relatado su hijo Álvaro, el propio arzobispo
de Lima Augusto Vargas Alzamora visitó de manera encubierta a Vargas Llosa para convencerlo de
no renunciar.
Para continuar, el Fredemo necesitaba replantear su campaña electoral, ya que obviamente el PAP
e IU apoyarían a Fujimori. En primer lugar, se dejó de hablar del “shock” y se insistió en el
Programa de Asistencia Social (PAS) destinado a paliar los efectos de dicha medida. En segundo
lugar, Vargas Llosa se vistió con ropas más sencillas y recorrió las barriadas que antes casi no había
visitado. En tercer lugar, se convocó a un número significativo de artistas y deportistas para que
apoyaran públicamente su candidatura. En cuarto lugar, como ya se señaló, se inició una
investigación y denuncias sobre Fujimori, no exentas de xenofobia. En quinto lugar, la Iglesia
Católica, temerosa de la presencia evangélica, apoyó la candidatura de Vargas Llosa –a quien se le
perdonó su “agnosticismo”– y sacó en procesión al Señor de los Milagros en Lima y a la Virgen de
Chapi en Arequipa. Fujimori, en cambio, guardó un cauto silencio al respecto y priorizó su campaña
en provincias para consolidar su posición, ya que daba por descontado el apoyo del PAP e IU sin
necesidad de alianzas abiertas que comprometieran su imagen de “independiente”.
Las elecciones para la segunda vuelta se llevaron a cabo el 10 de junio. Los resultados oficiales,
según el JNE, fueron: Alberto Fujimori, 4 489 897 votos (62,4%) y Mario Vargas Llosa, 2 708 291
votos (37,6%). Como se puede observar, la diferencia fue casi del 35%, lo que significó una
victoria contundente. Según la CAJ, el hecho de no contar con mayoría en el Congreso ni con un
partido disciplinado y organizado se presentaba, en teoría, favorable para el diálogo y el acuerdo
para gobernar, pero no fue así.

III

LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN LOS 80


Como ha señalado Sinesio López, la década de los 80 significó el desmoronamiento de los partidos
políticos. Durante los procesos electorales de 1980 a 1986, el país se dividió en tres tercios: la
derecha (AP y PPC), el centro (PAP) y la izquierda (IU). La derecha fue la primera en
desmoronarse, logrando un breve resurgimiento con el Fredemo.
Para las elecciones municipales de 1989, la crisis partidaria era patente. Para intentar cubrir esos
espacios políticos, surgieron numerosas pequeñas organizaciones de efímera existencia, entre las
que se encontraba el Frente de Unidad Nacional (FUN), encabezado por el general (r) Francisco
Morales Bermúdez Cerruti, fundada en marzo de 1983, organización que no tuvo ninguna presencia
real. Participó en las elecciones de 1985 sin ningún éxito y en 1987 dejó formalmente de existir.
Otro caso es Solidaridad y Democracia (SODE), fundada el 19 de febrero de 1984. Entre sus
principales miembros fundadores se encontraban Javier Silva Ruete, Manuel Moreyra Loredo y
Carlos Ferrero Costa; lo integraban antiguos funcionarios del gobierno militar y ex militantes de la
DC. A fines de 1984 el SODE realiza conversaciones con el PAP para participar conjuntamente en
las listas parlamentarias con vistas a las elecciones de 1985. En enero de 1985 se acordó la
inclusión de Javier Silva Ruete y Aurelio Loret de Mola por el SODE y de Carlos Blancas y César
Delgado Barreto por la DC en las listas parlamentarias del PAP para el departamento de Lima. Dicha
alianza se rompería en la coyuntura de la estatización de la banca en julio de 1987. También en la
perspectiva de las elecciones generales de 1985, se conformó el 8 de noviembre de 1984 la
Convergencia Democrática (CODE), integrada por el PPC, el MBH y un grupo de independientes
encabezados por Esteban Rocca. En dichos comicios fueron elegidos Andrés Townsend Ezcurra,
Ernesto Lanatta Piaggio, Felipe Osterling, Mario Polar Ugarteche y Esteban Rocca. Dicha alianza se
disolvió igualmente en 1987, en el contexto de la estatización de la banca. Mientras el PPC
intentaba un acercamiento al Movimiento Libertad, el MBH fue disuelto.
La organización política más importante que surgió durante la década de los 80 fue sin duda alguna
IU. Fundada en 1980, a lo largo de su existencia hasta 1990, pasó por un prolongado proceso de
recomposición y reacomodos. En primer lugar la formación del Partido Unificado Mariateguista
(PUM) que realizó su congreso de fundación en octubre de 1984. El PUM se constituyó a partir de la
unificación de los partidos integrantes de la UDP (MIR, VR y PCR), aunque un sector del PCR
encabezado por Manuel Dammert decidió no integrarse. Para la izquierda en general esto significó
un importante avance en el proceso de unificación de los partidos llamados de la Nueva Izquierda.
Para IU significó el fortalecimiento de las posiciones radicales, lo cual fue visto con desagrado por
Barrantes y por el PCP. En segundo lugar, al interior de la UNIR se dio un proceso de depuración
que dejó como único partido actuante al PC del P “Patria Roja”, que prefirió mantener el membrete
de UNIR para lograr una mayor representación en la dirección de IU. En tercer lugar, después de
las elecciones de 1985 comenzaron a surgir pequeñas organizaciones a la izquierda de IU, como la
Unidad Democrática y Popular (UDP) y Pueblo en Marcha (PM), las que en determinado momento
intentaron unirse en el llamado Bloque Revolucionario (BR), que tuvo corta duración. Eran
agrupaciones que realizaban proselitismo político de manera pública, pero que rechazaban la
participación en los procesos electorales. Incluso intentaron ser aceptados en IU, pero ante sus
obvias intenciones de captar la militancia izquierdaunidista, fueron rechazados. Su discurso era
bastante radical, lo cual los acercaba más a los grupos subversivos que a IU. No alcanzaron a tener
mayor presencia, desapareciendo a principios de los 90.

Finalmente, luego de la ruptura de IU en 1989, a su interior los cristianos de izquierda formaron el


Movimiento de Afirmación Socialista (MAS), con el objetivo de fortalecer la participación de los
independientes y defender la institucionalidad de IU mellada por la ruptura. Asimismo, el PUM
sufrió la disidencia de un grupo de dirigentes encabezados por Santiago Pedraglio, quienes
formaron el Partido Mariateguista Revolucionario (PMR). El sector moderado de IU, encabezado por
Barrantes, formaría luego de la ruptura la Izquierda Socialista (IS) –inicialmente denominada
Acuerdo Socialista de Izquierda (ASI)–,que participaría en las elecciones municipales de 1989 y en
las generales de 1990. La ruptura de IU significó el inicio del proceso de descomposición de la
izquierda, que culminaría con la desaparición de IU y la IS tras las elecciones generales de 1990. Su
reaparición en los comicios de 1995 fue efímera.
LA INFLUENCIA POLÍTICA DE LAS FUERZAS ARMADAS EN EL GOBIERNO
Según el especialista Enrique Obando, existen varios aspectos para evaluar el poder de los
militares. A éstos, como grupo de presión al interior del Estado, les interesa que éste se organice
de acuerdo a su concepción de seguridad nacional y que funcione; las decisiones que se tomen al
respecto son un indicador de su poder. A esta variable se suman otras importantes, como el
nombramiento de los altos mandos y la decisión de los ascensos en las Fuerzas Armadas; su
capacidad para lograr que sus hipótesis de guerra sean aceptadas; el poder y el ámbito de acción
de los servicios de inteligencia; la capacidad de presión para la aprobación de su presupuesto y
para realizar adquisiciones militares; los privilegios otorgados a sus miembros; sus sueldos; la
protección de los miembros de las Fuerzas Armadas contra juicios e investigaciones por el poder
civil relacionados con la violación de los derechos humanos y con los malos manejos de los fondos
del Estado; y la incidencia del poder militar en el gobierno local y regional en diferentes zonas del
país. Siguiendo con Obando, bajo el segundo gobierno de Belaunde se produjo una reducción del
poder de los militares en el Estado y la sociedad, derivada de una reacción gubernamental contra
todo lo que significara Fuerzas Armadas por el temor de que se repitiera un golpe de Estado. El
Sistema de Defensa Nacional, aunque no fue modificado, no recibió apoyo en su implementación,
sobre todo en lo referido a la cooperación de los ministerios civiles. Asimismo, el Servicio de
Inteligencia se debilitó al ser desactivado el servicio de vigilancia de la sociedad civil y reducido su
presupuesto. En cuanto al nombramiento de los mandos y la decisión de los ascensos, el
presupuesto y las adquisiciones militares y los privilegios personales, no hubo cambio alguno. Sin
embargo, con el problema de la subversión las Fuerzas Armadas comenzaron a obtener mayor
poder en otros ámbitos, como en el caso de la creación de comandos político-militares en las
provincias declaradas en emergencia de los departamentos de Ayacucho y Apurímac, teniendo bajo
su mando no sólo a las fuerzas militares sino también a las policiales, con libertad de realizar
operaciones antisubversivas en la zona. Con ello comenzó a aplicarse una política contra-subversiva
que la oposición y los organismos de derechos humanos, tanto nacionales como extranjeros,
calificaron de “guerra sucia”. Con el paso del tiempo las autoridades civiles perdían poder de
decisión frente a los jefes político-militares, situación que se agudizaría con Alan García, bajo cuyo
gobierno no sólo se mantuvo la actitud de no apoyar la implementación del Sistema Nacional de
Defensa, sino que además se intentó controlar sus procesos internos. Ello se manifestó en la
creación del ministerio de Defensa, que unificó los tres ministerios militares más la secretaría de
Defensa y el comando conjunto; en la interferencia en la elección de los mandos y en la
determinación de los ascensos, tratando así de controlar a los altos mandos; en la disminución del
presupuesto de las Fuerzas Armadas, sobre todo en lo que respecta a sueldos; y en la reducción de
la calidad de los servicios que recibían los miembros de la institución. El Servicio de Inteligencia fue
fortalecido, aunque se le utilizaba para vigilar a sectores de la oposición y a las propias Fuerzas
Armadas. En cuanto a la lucha antisubversiva, García trató de preservar su imagen frente al
problema de los derechos humanos, por lo que llegó a remover a un presidente del comando
conjunto, a un jefe de región militar y al jefe político-militar de Ayacucho, abriendo incluso procesos
judiciales contra varios miembros de las Fuerzas Armadas. Pero debido a la crisis política que sufría
el gobierno en sus últimos años, García decidió respaldar las acciones de la Fuerza Armada en
cuanto a la lucha antisubversiva.
La situación antes descrita no impidió que se incrementara el poder que la Fuerza Armada tenía en
las zonas declaradas en emergencia y bajo control político-militar. Conforme la subversión fue
creciendo, nuevas zonas fueron declaradas en emergencia y nuevos jefes político-militares fueron
encargados de su pacificación; de este modo, las Fuerzas Armadas llegaron en algún momento a
tener bajo su control a la tercera parte del país. En opinión de Obando, ese poder no era total, ya
que los militares sólo tenían mando sobre sus fuerzas y las policiales, y no sobre autoridad civil
alguna. Justamente uno de los pedidos de los militares a los cuales el gobierno no accedió era que
se pusiera bajo su mando a las autoridades civiles en las zonas de emergencia. Así, durante el
gobierno de García la Fuerza Armada perdió casi toda su capacidad de presión frente al Estado
peruano, excepto para proteger a algunos de sus miembros que habían cometido excesos en la
guerra antisubversiva y en los casos de corrupción, posición que el gobierno aceptaba como un
medio de mejorar sus relaciones con los altos mandos militares.
EL IMPACTO SOCIAL DE LA VIOLENCIA POLÍTICA
Según datos presentados por Heraclio Bonilla, una estimación del ministerio del Interior establece
que entre 1980 y 1990 se produjeron 17 466 atentados y 12 055 muertos, mientras que en 1992 el
número de muertos fue de 22 mil y los costos materiales de los recursos destruidos durante la
década ascendieron a 22 mil millones de dólares, monto equivalente al valor total de la deuda
externa del Perú.
La lectura de la distribución de los atentados y de los muertos como consecuencia de la violencia
permite constatar algunos hechos importantes. En primer lugar, los departamentos más afectados
por los atentados fueron Lima (4 245), Ayacucho (3541), Pasco (788) y Puno (684), sumando 11
071; el 63% del total. En segundo lugar, los atentados se incrementan en número paulatinamente,
teniendo sus picos más altos entre 1983-1985 y entre 1989-1992. En tercer lugar, los atentados
sufren un desplazamiento de las zonas rurales a las urbanas, debido a los cambios de estrategia de
SL y el MRTA. En cuarto lugar, la población civil fue la más afectada con el mayor número de
muertos. Hasta 1990 las muertes se distribuyeron de la siguiente manera: población civil (5 477),
miembros de las Fuerzas Armadas y Policiales (997), autoridades civiles (381), y subversivos (5
200). Recogiendo los estudios de Favre, Bonilla postula que la base social de SL se encuentra entre
los sectores más desarraigados de la población peruana, tanto rural como urbana. No se trata de
un movimiento organizado de obreros o campesinos, ni portador de una cultura estructurada, sino
que sus partidarios se ubican en una opaca y heterógenea franja social producto del
cuestionamiento del orden tradicional que todavía no encuentra una condensación, aunque los
apellidos de una importante fracción de muchos de sus militantes aluden a un pasado indígena
reciente. Éstos son en su mayoría jóvenes, y muchos de ellos cuentan con educación formal
superior, lo cual refleja el hecho de que en el Perú los niveles de empleo se reducen mientras se
incrementa la tasa de escolaridad. Las expectativas de un mejor futuro y de posibilidades de
movilización social producto de la educación no encuentran satisfacción; por ello los jóvenes se
debaten entre la marginalidad y la subversión.
Un elemento importante que marcó un giro en la guerra interna fue la mayor presencia subversiva
en las regiones cocaleras del Alto Huallaga, que desde la década del 70 surge como zona
económica importante. Su prosperidad está relacionada con la expansión del consumo de cocaína
en los Estados Unidos, lo cual provocó el incremento de las áreas sembradas que alcanzaron 28 mil
ha en 1980 y 211 mil en 1988. Allí trabaja aproximadamente el 5% de la Población
Económicamente Activa (PEA), mayormente desempleada o subempleada. El valor anual de la
producción de cocaína, según estimados, es de 1,2 billones de dólares, casi el 50% de las
exportaciones legales. Inicialmente, los actores políticos de esta zona eran los campesinos, los
narcotraficantes y la policía. Para 1985 SL ya se encontraba sólidamente instalado en la zona; le
seguiría el MRTA, que desde sus inicios había establecido destacamentos en el departamento de
San Martín. Como ha demostrado Nelson Manrique, SL buscó ganarse el respaldo de los
cultivadores frente a los abusos de la policía y de los narcotraficantes. A los narcotraficantes les
ofrecía protección y salida garantizada de la cocaína y, a cambio, recibía cupos y armas. Es claro
que con el tiempo los productos del narcotráfico también corrompieron a la subversión, como lo
habían hecho con las fuerzas del orden, creando una “casta privilegiada” al interior de los grupos
subversivos. Ello les permitió –sobre todo a SL– dar un salto en términos de capacidad militar, que
se manifestó en la constitución de casas de seguridad, medios de comunicación sofisticados,
centros médicos, centros de información y propaganda, etc.
Otro fenómeno importante será el rol de las rondas campesinas en la lucha contrasubversiva. Las
rondas ya existían como organizaciones autónomas desde antes de 1980. Desde 1983 se formaron
otras nuevas controladas por el gobierno y las Fuerzas Armadas, con efectos contraproducentes.
Junto con el control y expulsión de SL en Piura, Puno y Cuzco, también se produjeron abusos,
enfrentamientos entre comunidades y corrupción, como en el caso del tristemente célebre
“Comandante Huayhuaco”, un traficante convicto.
Para terminar, el impacto social más dramático, junto con los casos de violaciones de derechos
humanos, es el fenómeno de los desplazados por la violencia política de SL y las Fuerzas Armadas.
Comunidades enteras migraron sin apoyo hacia las capitales de departamento primero y a Lima
después. Su número se calcula en aproximadamente 200 mil personas, provenientes principalmente
de departamentos como Ayacucho y Huancavelica, de las cuales más de 6 mil son huérfanos que
han sido recogidos por otras familias. Estos desplazados, por sus lugares de procedencia, seguirían
siendo marginados debido a la desconfianza de que a su interior existiesen células de SL, razón por
la cual sufrieron operativos de rastrillaje y de hostigamiento en sus precarios asentamientos
marginales por parte de las fuerzas del orden.
IV

EL PROBLEMA INFLACIONARIO
Es claro que uno de los principales problemas económicos durante la década del 80 ha sido y es el
problema inflacionario. Según el economista Augusto Portocarrero, las interpretaciones sobre la
causa de la inflación –y por tanto la aplicación de medidas tendientes a combatirla– han sido dos:
la de exceso de demanda y la de incremento de costos. La primera señala que para mantener en
equilibrio el mercado la oferta y la demanda deben ser iguales, pues cualquier desequilibrio
produce una variación de precios; sobre todo cuando la demanda es mayor que la oferta, lo cual
produce un incremento de precios debido a la escasez de productos. Cuando esta situación se
presenta en el conjunto de los productos de la economía del país y de manera permanente, se
habla de inflación. La solución para lograr un nuevo equilibrio hasta el momento ha sido restringir
la demanda, alternativa que implica reducir aquellos elementos que generan mayor consumo,
siendo su principal blanco los ingresos por sueldos y salarios, y el gasto público orientado a la
aplicación de políticas sociales de apoyo. En cuanto a los sueldos y salarios, no se ha optado por
otras alternativas como sería aumentar la oferta, es decir, producir más, o afectar los márgenes de
utilidades de las empresas o de la renta agraria y, en lo que respecta al gasto público, tampoco se
ha elegido reducir los subsidios a las empresas mediante la exoneración tributaria o el
otorgamiento de un dólar más barato que el del mercado libre. En ambos casos, se trataría de
incentivos a la inversión por lo cual el gobierno no quiere tocarlos. Las ganancias no se han
orientado, pues, a la inversión –que se ha reducido drásticamente desde la década de los 70–, sino
más bien al consumo suntuario de las familias de los empresarios, a la especulación financiera y a
la apertura de cuentas en el exterior.
La segunda interpretación señala que la inflación se explica por los cambios en el comportamiento
de los actores económicos (asalariados, empresarios, rentistas y gobierno) capaces de influir sobre
los cuatro precios básicos que determinan los costos del producto: el salario, el margen de
ganancia, la tasa de interés y el tipo de cambio. De estos factores el que comúnmente se ve
afectado es el de los salarios. El problema aquí es que se asume éstos como costo, cuando en
realidad son los trabajadores quienes transforman las máquinas e insumos en productos, y no se
les reconoce como consumidores, es decir ampliadores del mercado interno. Aun asumiendo estas
consideraciones, el peso de las remuneraciones en el total de ventas es mínimo con tendencia a la
baja, sobre todo con la introducción de nueva maquinaria. Otra alternativa habría sido disminuir el
margen de ganancia, pero ello era inaceptable para los empresarios. La decisión de qué alternativa
tomar no depende de criterios técnicos, sino que se trata de una decisión política de asignar a uno
u otro sector socioeconómico el pago de los costos de la crisis. Además, es claro que existe otro
factor que influye más en la determinación de los costos, que es la variación del tipo de cambio, ya
que los productos tienen una alta dependencia de insumos importados. Sin embargo, no se ha
aplicado ninguna política tendiente a la reestructuración del aparato productivo.

LOS GRUPOS DE PODER ECONÓMICO Y LOS GREMIOS EMPRESARIALES


Según Campodónico, Castillo y Quispe, un grupo de poder económico está constituido por un
conjunto de empresas que tienen participaciones mayoritarias en diversos sectores económicos,
generalmente en los sectores de punta. Para ello no requieren participación mayoritaria en cada
empresa o sector, pero sí una dirección centralizada que decida la política común. En ese sentido,
la tendencia en las empresas más dinámicas es a la diversificación. El motor central de la
acumulación y el crecimiento de la inversión están en relación proporcional a esta diversificación,
que permite aprovechar oportunidades y rentabilidades en varios sectores de manera paralela. La
finalidad del grupo de poder económico es incrementar la tasa de ganancia, es decir, lograr una
mayor rentabilidad, y el acceso al crédito es esencial para el logro de estos fines. Por ello, un
elemento central en un grupo de poder económico es su participación en la propiedad de una
institución bancaria, financiera o de seguros, generalmente con otro u otros grupos; vinculación
que le ha de permitir potenciar sus estrategias de diversificación y expansión económica, que no
dependerán ya de fondos propios autogenerados. Permite además reciclar y dotar de una mayor
rentabilidad a sus excedentes de liquidez y un manejo relativamente más rápido y libre de los flujos
monetarios generados dentro y fuera del sistema. También proporciona acceso al crédito
internacional, la diversificación del riesgo y un rol anticíclico en épocas de crisis y recesión, lo que
en un contexto de escasez del crédito se transforma en un verdadero “poder financiero”.

Según los autores citados, los cambios más sustanciales en la estructura económica durante los
años 80 fueron la tendencia al fortalecimiento del sector empresarial privado y la conformación de
los denominados “grupos económicos” como la fracción empresarial más dinámica e influyente en
el conjunto de la economía. Dicha estructura tendría la siguiente composición: en primer lugar, los
grupos económicos nacionales y extranjeros privados; en segundo lugar, el Estado con sus propias
empresas; el capital extranjero, formado por empresas y corporaciones internacionales; y el resto
el sector empresarial privado. Según Perú: The Top, son 13 los grupos económicos más grandes: el
grupo Brescia (40 empresas), el grupo Romero (32 empresas), el grupo Ferreyros (21 empresas),
el grupo Backus-Bentín (15 empresas), el grupo Nicolini (14 empresas), el grupo Wiese (13
empresas), el grupo La Fabril (11 empresas), el grupo Lanatta Piaggio (11 empresas), el grupo
Benavides de la Quintana (9 empresas), el grupo Fierro (7 empresas), el grupo Hochschild (6
empresas), el grupo Arias Dávila (6 empresas) y el grupo Raffo (4 empresas). Estos grupos
totalizan 189 empresas, que representan el 7,6% del total de las 2 500 contabilizadas en Perú: The
Top. En términos de valores económicos, sus ingresos sumaban 3 209 millones de dólares, los
activos totales 2 746,1 millones, el valor patrimonial 1 182,2 millones y las utilidades netas
generadas un valor de 71,6 millones. De estos grupos destacan cuatro: Brescia, Romero, Nicolini y
Raffo, cuyo rasgo más saltante es su vinculación con el Banco de Crédito del Perú, el banco privado
más importante e influyente del país. Otros grupos con vínculos en bancos son: Lanatta Piaggio
(Banco Mercantil); Wiese (Banco Wiese); y Benavides de la Quintana (Banco de Lima). Los grupos
más vinculados a compañías de seguros son: Backus-Bentín (Compañía de Seguros Cóndor S.A. y
Fénix Peruana Compañía de Seguros); y Arias Dávila (Compañía Internacional de Seguros).
Son muchos los gremios empresariales que constantemente se pronuncian sobre la política
macroeconómica a través de diferentes órganos de expresión masivos. Su accionar en ese sentido
consiste en expresar sus puntos de vista por medio de manifiestos y declaraciones de sus
dirigentes, en particular sobre aquellas medidas que les conciernen directamente. Por estas
razones, entre otras, es que gremios como la SNI, ADEX y la CONFIEP, casi desde su acto
fundacional se comportan como clásicos grupos de interés presionando para que sus puntos de
vista sean asumidos por el Estado.

LA MOVILIZACIÓN SOCIAL Y EL DEBILITAMIENTO DE LOS GREMIOS


SINDICALES
Como señala Sinesio López, la crisis institucional llegó también a la sociedad civil, debilitándose las
organizaciones sindicales, populares, regionales, barriales y culturales. El sindicalismo clasista
prácticamente ha desaparecido. En los años 80, más bien, la institucionalidad social es asumida por
la Iglesia, los medios de comunicación masiva y las organizaciones no gubernamentales (ONGs),
perdiéndose el carácter popular que existió en la década de los 70. El sindicalismo perdió su
capacidad para presionar al gobierno y establecer alianzas con sectores populares más amplios:
golpeado por las políticas de ajuste, desprotegido por el desmantelamiento de los derechos
sindicales, entró también en una crisis de liderazgo y de descomposición organizativa.
Según Carmen Rosa Balbi, el clasismo se había consolidado por su papel en la transformación de
los patrones de poder vigentes en la sociedad hasta los setenta, que rompieron las formas
paternalistas y clientelistas que regían las relaciones laborales en las fábricas, emprendiendo una
lucha por la universalización de derechos sociales en un contexto de difusión de ideas igualitarias.
El clasismo tuvo así que enfrentar a un empresariado con concepciones racistas y autoritarias –
expresadas en formas soterradas de menosprecio y maltrato al trabajador–, y se fortaleció en tanto
vía de canalización de resentimientos y desfogue de odios frente a las concepciones y actitudes de
los empresarios, reticentes a un reconocimiento de derechos y a un trato igualitario, alcanzando a
liderar un movimiento social y nacional. En los 80, con la restauración democrática, las
concepciones contra las que insurgió el clasismo pierden fuerza y se instauran nuevos canales de
negociación, por lo que se debilita.
Según la autora, la crisis del sindicalismo es ideológica y organizativa, lo cual incluye la pérdida de
representatividad de las dirigencias frente a sus bases y de su capacidad para plantear alternativas
a las propuestas antisindicales en marcha; inciden en ello varios factores. En primer lugar, los
cambios en la composición de la fuerza de trabajo por el crecimiento dinámico de la pequeña
empresa y el incremento explosivo del sector informal; en segundo lugar, los efectos de la recesión
sobre el empleo, que genera una reducción del conflicto como una manera de preservar el puesto
de trabajo, fragmentando la acción sindical; y en tercer lugar, el incremento del número de
trabajadores contratados o eventuales, que no se sindicalizan pues su prioridad es un proyecto
individual, ya que generalmente se trata de jóvenes que recién se incorporan al mercado laboral.
Pero también existieron otras razones más complejas. Quizás la más importante fue el abuso de la
protesta radical en la lucha por los derechos laborales, junto con un desinterés para ofrecer
propuestas en el terreno de la producción y la productividad, deslegitimando a las organizaciones
clasistas frente a la sociedad. Con el agravamiento de la crisis, el discurso empresarial que culpaba
al sindicalismo de todos los males comenzó a calar aun entre los jóvenes trabajadores eventuales
que se incorporaban al mercado laboral, especialmente bajo el gobierno de Fujimori. Éste buscó
mostrar a un sindicalismo que defendía el status quo de una burocracia negligente y ociosa, sin
deberes para con el país, que limitaba el progreso, culminando con ello el proceso de
desarticulación de las dirigencias sindicales. El proyecto de Fujimori implica una reforma autoritaria
de las relaciones laborales para imponer nuevas condiciones que incrementen la productividad,
otorgándole un poder desmesurado y peligroso al empresario. La autora finaliza señalando que esto
conduce a una peligrosa desaparición de un grupo de presión e interlocutor social importante que
balancee el poder empresarial.

LA INFORMALIDAD Y LA PEQUEÑA EMPRESA


Uno de los principales problemas que tuvieron que enfrentar los investigadores sociales en los 80
fue definir con igualdad de criterios el fenómeno de la llamada “informalidad”. El uso de términos
como sector informal, economía informal, trabajo informal, tiene connotaciones diversas. Sin
embargo, se parte de una realidad aceptada: la existencia de una extendida red de empresarios y
comerciantes que trabajan al margen del sistema económico legal, es decir, que no están
registrados, no pagan impuestos y no se rigen por los diversos dispositivos y leyes dados por el
Estado.

El autor que con mayor éxito editorial ha tratado de definir la informalidad es, sin duda alguna,
Hernando de Soto, quien inicialmente contó con el apoyo político de Mario Vargas Llosa. Ello se
debió, según el propio Hernando de Soto, a que su libro El otro Sendero lleva implícito un proyecto
político de transformación del Estado, al cual califica de “mercantilista”, ya que su estructura y las
políticas aplicadas por éste sólo han beneficiado a sectores minoritarios vinculados al poder. Según
De Soto, la informalidad se origina como una respuesta “popular y creativa” ante la incapacidad
estatal de satisfacer las demandas más esenciales; a ello se suma la actitud discriminatoria del
Estado al no permitir el acceso a la formalidad a quienes no detentan el poder económico y político.
Los largos y costosos trámites, muchos de ellos preñados de corrupción, se convirtieron en una
barrera que impedía a los más pobres el acceso a la propiedad. De Soto demuestra esta
aseveración estudiando, con un importante equipo de asesores, casos concretos de los sectores
vivienda, industria, comercio y transporte, en los que se habría producido el desencuentro entre el
Estado y la sociedad civil. Como alternativa se plantea el establecimiento de un régimen liberal
(neoliberal) donde la reducción del Estado y sus mecanismos de control –que para el autor son en
realidad mecanismos de marginación– cedan el lugar a una ampliación significativa de la propiedad.
El tema de la informalidad está relacionado al de la pequeña empresa, ya que un importante
número de empresas y comerciantes son o eran informales. Éste es el caso por ejemplo de Vicente
Díaz Arce, uno de los más importantes empresarios textiles de Gamarra que terminaría detenido
por evasión tributaria. El creciente interés en este sector ha llevado a que en vez de plantearse la
aplicación de medidas de represión o de un mayor control tributario, se realicen importantes
propuestas de legalización y apoyo empresarial, y también a que éste sea visto potencialmente
como una alternativa para el crecimiento y el desarrollo económico del país.
Uno de sus más importantes estudiosos y defensores es Fernando Villarán, quien en sus estudios
sobre la pequeña empresa distingue estratos al interior de la estructura industrial: la artesanía, la
mi-croindustria, la pequeña empresa industrial, la mediana empresa industrial y la gran empresa
industrial. Según datos de 1987 (en los que se basa por ser los más confiables), en el caso de las
llamadas microempresas, su rasgo más importante es su reducido tamaño, 1 a 4 personas
ocupadas y una densidad de capital de 600 dólares por puesto de trabajo. Se calcula que la PEA
empleada representa el 29,3% del sector (210 mil personas) y que existirían aproximadamente más
de 84 mil empresas; asimismo, genera el 8% del producto del sector, utiliza poco equipo de capital,
manteniendo sus ingresos en los niveles de subsistencia. En conclusión, es intensiva en mano de
obra, es económicamente inestable, su productividad es baja y casi nula en la generación de
excedente.
La pequeña empresa ocupa de 5 a 19 personas, con una densidad de capital de 300 dólares
aproximadamente por puesto de trabajo, estimándose en 137 mil las personas empleadas (el 19%
de la PEA del sector). Existen unas 17 mil empresas que producen el 13% del PBI del sector. Su
base tecnológica es moderna, ya que cuenta con equipos y maquinarias, cierta estabilidad
económica y capacidad de producir excedente. Villarán señala que el 43% del personal ocupado en
todo el sector industrial se encuentra bajo condiciones de informalidad, concentrándose sobre todo
en la microindustria (que llega al 85%) y la artesanía. El 30% de las pequeñas empresas son
informales.
Quizá el ejemplo más importante en cuanto a la pequeña empresa lo representa el complejo
industrial de Gamarra, en el distrito de La Victoria. En él se concentran en pocas manzanas 7 mil
establecimientos productivos y comerciales, donde laboran más de 40 mil personas, generándose
un movimiento comercial de casi 800 millones de dólares al año. Las transacciones se basan en
redes familiares y de paisanaje, que combinan las reglas de la reciprocidad con las del mercado; la
mayoría de su producción está orientada al mercado interno, pero una parte creciente se orienta a
la exportación. Algunas de las condiciones que lo hicieron posible fueron: una tradición comercial
de décadas en la zona, su densidad poblacional, la cercanía de los mercados mayoristas y la
contribución de grupos importantes de migrantes; haciendo de este complejo un caso particular.
El proceso de formación de Gamarra se inicia en la década del 50, cuando la avenida Aviación
empezó a cobrar importancia comercial. En ese entonces el jirón Gamarra era una zona residencial,
pero con la construcción de los mercados Mayorista y Minorista se potenció el movimiento
comercial en dicha avenida y sus alrededores. En las décadas de los 50 y los 60 se vendieron casi
todos los terrenos de setecientos y mil metros cuadrados, pero existían restricciones por ser zona
residencial de “alta densidad”. Éstas desaparecieron con la aplicación del Plan de Lima
Metropolitana en 1972, donde se estableció que la zonificación de Gamarra sería comercial. Con
ello comenzaron a construirse las primeras galerías, con numerosas tiendas, cuyas áreas
inicialmente eran grandes (40 m2), para que además de la tienda estuviera el pequeño taller. Con
el tiempo, por su creciente importancia económica, las áreas fueron reduciéndose hasta llegar en la
actualidad a menos de 12 m2 debiéndose trasladar los talleres a otras zonas. Asimismo, el metro
cuadrado llegó a costar hasta mil dólares.
Su desarrollo está vinculado a una serie de factores. En primer lugar, su ubicación, estrechamente
asociada al movimiento comercial del mercado Mayorista, puerta de entrada y salida de Lima hacia
el centro del país. En segundo lugar, la expansión de la producción textil, que creció notablemente
durante la década del 70 debido al aumento de la demanda interna y a la introducción de las fibras
sintéticas, que redujo los precios. Ello produjo el cambio de escala en las empresas textiles de
confecciones de relativa antigüedad y presencia en el mercado, que contaban con una gran
cantidad de personal; al no poder trabajar como antes tuvieron que reducir su escala de
operaciones, pasando a desarrollar intensamente la industria a domicilio y la subcontrata.
Asimismo, las empresas que cerraron o se recompusieron dispersaron una buena cantidad de
trabajadores con experiencia, muchos de los cuales crearon pequeñas empresas individuales o
grupales. Los capitales provinieron de jubilaciones, beneficios sociales y retiros con máquinas de
costura, remalladoras y otros equipos. Así, el “boom” de la pequeña empresa de confecciones en
Gamarra, mayoritariamente informal en su inicio, se ubica entre 1978 y 1987, período en el cual
convergieron diversos elementos que favorecieron su desarrollo: un mercado nacional protegido,
funcionamiento al margen de la legalidad, el desarrollo de la empresa informal y el traslado de
antiguos hacendados y empresarios agrícolas al sector textil y de confecciones. A estos factores se
suma la tradición confeccionista de los vecinos de La Victoria. La mayoría de estas empresas eran
negocios familiares, con salarios bajos, que no tributaban directamente y no daban seguros ni
beneficios sociales, lo cual permitía una acumulación rápida. Esta situación desfavorable para el
trabajador era causa de que luego de un período de aprendizaje éste se independizara, aunque en
muchos casos los que formaban su propio negocio no eran los más pobres.

El complejo Gamarra tiene, en términos generales, los siguientes rasgos: se especializa en textiles,
específicamente en confecciones; no se trata de un parque industrial sino que está íntimamente
vinculado al comercio; el sistema de comercio se basa en el consumo personalizado, mediante una
atención al público a través de las “boutiques”; el tipo de empresa que más abunda es el de la
pequeña y micro empresa de índole familiar, agrupándose en galerías para vender directamente al
público y a los distribuidores; los empresarios que trabajan en Gamarra son en su mayoría
migrantes del interior, provenientes sobre todo de Huancayo, Ayacucho, Huancavelica, Cuzco,
Puno, Abancay y Ancash. En cuanto a sus dimensiones, el complejo Gamarra es una concentración
de edificios de galerías, de hasta 11 pisos, en las cuales se ubican tiendas comerciales y tiendas-
talleres, cuyo número se calcula entre 6 y 8 mil, cubriendo en total 75 manzanas ubicadas entre las
avenidas México, 28 de Julio, Aviación y Prolongación Parinacochas. Según la SUNAT, se le calcula
un movimiento comercial de hasta 800 millones de dólares. Tiene una demanda continua de
trabajadores debido a lo extendido de la subcontrata de servicios, a partir de un núcleo central; los
compromisos de empleo son temporales y a destajo, con el fin de eliminar costos fijos de mano de
obra, lo cual determina la existencia de una mano de obra no calificada en la zona.

LA TRANSFORMACIÓN DEL ROSTRO DE LA CIUDAD DE LIMA


Desde la década del 50, la migración hacia Lima se volvió un proceso que paulatinamente ha
transformado el rostro de la ciudad. Si bien la migración del campo a la ciudad es un fenómeno
nacional, fue a Lima hacia donde se orientó la mayoría de migrantes, provenientes de casi todos los
puntos del país, desbordando los fenómenos regionales. A ello se sumaba el tradicional centralismo
administrativo limeño desde la llegada de los españoles, que concentraba en la capital a la elite
económica, política y social, imprimiéndole a la ciudad un ordenamiento donde la distribución
espacial y temporal reproducía las formas de dominación de las elites gobernantes. Como ha
sostenido Eduardo Arroyo, ello ha cambiado drásticamente. La distribución espacial ha sido rota, su
diversidad cultural es mucho mayor y sus personajes populares ya no son los mismos. Algunos
sectores empezaron entonces a crear imágenes de una Lima que realmente nunca fue: la
denominada “arcadia colonial” reseñada por Sebastián Salazar Bondy en Lima, la horrible. Estos
cambios han llevado a la necesidad de replantear lo que es Lima, lo que es ser limeño y qué une o
identifica a los que viven en ella.
En la década del 50 la puerta de entrada del migrante se hallaba en los paraderos de los autobuses
interprovinciales en el distrito de La Victoria, en los alrededores de lo que sería conocido como La
Parada. Su importancia se expresó en la construcción del mercado Mayorista para los productos
que bajaban de la sierra. En ese sector se mezclaron criollos y serranos, y su creciente población
migrante pronto se desbordó y se expandió hacia el centro de Lima.
Mientras los migrantes y sus descendientes fueron apropiándose de los espacios de la Lima
cuadrada, la clase dominante que los recibía con desprecio y temor a la vez, empezó a desplazarse
hacia los distritos del sur buscando alejarse de ellos, no mezclarse. Lima empezó poco a poco a
tugurizarse, y frente a la falta de acceso al empleo surgió el ambulante como el nuevo personaje
limeño. Lima comenzó así a llenarse de quechua hablantes, a vestirse de polleras, a escuchar otra
música, a tener nuevas festividades y nuevas costumbres. Aunque inicialmente se ocultaron estas
características debido al menosprecio y a la discriminación, pronto empezaron a cobrar gran fuerza
y ahora se manifiestan con toda claridad. A fines de los 80 los hijos de los migrantes pioneros se
han asentado en la ciudad y la han hecho suya. Muchos han nacido aquí y ya no se sienten
extraños, pues no lo son. Son los “nuevos limeños”. Se han adueñado de Lima, plebeyizándola,
masificándola. Pero no sólo han llegado a apropiarse del centro de la ciudad, sino que además se
han extendido en múltiples barriadas y pueblos jóvenes, han fundado barrios y distritos. La mayoría
de la población de Lima es ahora provinciana. Sus instituciones, como clubes provinciales y
deportivos, cofradías religiosas, etc. se extienden por toda la ciudad
BIBLIOGRAFÍA
Existen diversas obras de consulta general. Quizás la más reseñada sea la Historia de la República (1991) de Enrique
Chirinos Soto, a pesar de su apasionamiento –debido a que es protagonista de la política peruana en todo el período que
abarca este libro– y de su limitada incursión en los temas económicos y sociales.
A Chirinos se han sumado Margarita Guerra con sus trabajos sobre la República contemporánea (1984 y 1994); César
Pacheco Vélez como editor de Perú promesa (1988); Franklin Pease con Hombre e historia. Siglo XX (1993); y Luis
Durand Flórez con La República, 1900-1993 (1993). No hay que olvidar la colección de Historia del Perú del
desaparecido Juan Mejía Baca (1980), cuyos tomos VIII, XI y XII están dedicados al siglo XX. Dentro de estas
colecciones se encuentran trabajos específicos como los de Baltazar Caravedo y Luis Ponce dedicados a los aspectos
económicos: el primero con “Economía, producción y trabajo (Perú, siglo XX)” (1980) y el segundo con su “Historia
económica del siglo XX”, en sus dos ediciones (1984 y 1993).
Para los temas de política, partidos y elecciones destacan obras como Partidos políticos en el Perú (1987) de Álvaro
Rojas Samanez; ¿Quién ganó? Elecciones 1931-1980 (1980) de Rafael Roncagliolo; y Perú político en cifras. Elite
política y elecciones (segunda edición, 1994) de Fernando Tuesta Soldevilla, de consulta indispensable, y de donde
hemos obtenido los datos más confiables sobre la evolución política y electoral. Tuesta ha publicado también Sistemas
de partidos políticos en el Perú, 1978-1995
(1995). Para un ensayo global véase “Estado, régimen político e institucionalidad en el Perú (1950-1994)” (1995), de
Sinesio López.
En el aspecto económico destacan Giancarlo Bardella con Un siglo en la vida económica del Perú (1889-1989)
(1989); Rosemary Thorp y Geoffrey Bertram con Perú, 1890-1977. Crecimiento y políticas en una economía abierta
(edición en español, 1985); Javier Iguíñiz con sus Crisis y fluctuaciones en la economía peruana, 1950-1983
(1985); y Los ajustes. Perú, 1975-1992 (1993), este último con Rosario Basay y Mónica Rubio.

EL RÉGIMEN OLIGARQUICO (1950-1968)


Para una introducción a la historia política y económica del período se puede consultar el libro de Gonzalo Portocarrero
De Bustamante a Odría (1986). Para una presentación general, las obras de Carlos Miró Quesada, Autopsia de los
partidos políticos en el Perú (1961); François Bourricaud, Poder y sociedad en el Perú (segunda edición, 1989); Baltazar
Caravedo, Desarrollo desigual y lucha política en el Perú, 1948-1956 (1976); y Julio Cotler, Clases, Estado y Nación en
el Perú (1978). Para obras más específicas, véanse los trabajos de: Enrique Chirinos Soto, Cuenta y balance de las
elecciones de 1962 (1962); y Pedro Pablo Kuczynski, Democracia bajo presión económica. El primer gobierno de
Belaunde (1963-1968) (edición en español, 1980). Para el estudio del pensamiento político véase el libro editado por
Alberto Adrianzén, Pensamiento político peruano, 1930-1968 (1990); y para las Fuerzas Armadas y la doctrina militar el
de Víctor Villanueva, El CAEM y la revolución de la Fuerza Armada (1972), y el de Jorge Rodríguez, Los militares y el
poder. Un ensayo sobre la doctrina militar en el Perú, 1948-1968 (1983).
sóbrela docfrina militar en el Perú, 1946-1 968 (1933). Para estudiar la evolución económica, el libro ya citado de
Kuczynski y La economía política del Perú, 1956-1978 [1931), de E.V.K. Fitzgerald. En lo que concierne al estudio de las
clases sociales véase para el debate alrededor de la oligarquía en el Perú, además de Bourricaud, Los dueños del Perú
(duodécima edición, 1931) de Carlos Mal pica; M'fo y realidad de la oligarquía peruana (1966) de Jorge Bravo Bresani; la
compilación de José Matos Mar, La oligarquía en el Perú (1972); el debate de la izquierda en Frente a! Perú oligárquico
(1977) moderado por Mirko Lauer; y La oligarquía peruana. Historia de tres familias (1932) de Dennis Gilbert. Sobre los
sectores industriales, véase "Empresarios, Sociedad Nacional de Industrias y proceso politioo, 1950-1963" (1973) de
Gonzalo Portocarrero; y La burguesía industrial en el desarrollo peruano (1932) de Anthony Ferner. Sobre el campo, la
edición de José Matos Mar, Hacienda comunidad y campesinado en el Perú (segunda edición, 1973); Economía agrana
en la sierra peruana antes de la reforma agrana de 1969 (1931) de José María Caballero; y Desarrollo desigua! y crisis
de la agncultura peruana, 1944-1969 (1931) de Raúl Hopkins. Para los diversos movimientos políticos y sociales existe
una amplia bibliografía. Para el movimiento obrero véase el ya clásico Histona del movimiento obrero peruano (1890-
1977) (1977) de Dems Sulmont. Para el movim iento carn pes ino, Los Andes. Tierra o muerte (1967) de Hugo Neira;
Tierra o muerte. Las luchas campesinas ene! Perú (1972) de Hugo Blanco; Latifundio y sindicalismo agrario en el Perú
(1974) de Eduardo Fio-ravanti; "Feudalismo andino y movimientos sociales (1366-1965)" (1930) de Manuel Burga y
Alberto Flores Gal indo; y El campesinado en la historia. Cronología de los movimientos campesinos, 1956-1964 (1931)
de Virginia Guzmán y Virginia Vargas. Sobre las guerrillas en el Perü, véase: Las guerrillas en el Perú y su represión
(1966) publicado por el ministerio de Guerra; Perú, 1965. Una experiencia guerrillera (1969) de Héctor Béjar; Historia
secreta de las guerrillas (1967) de Gonzalo Añi; Las guerrillas del MR, 1965 (1932) de Rogger Mercado; y nuestro
ensayo "Los movimientos guerrilleros de la década del sesenta" (1939). Acerca de los sectores urbanos y la migración,
véase la edición de Carlos Enrique Paz Soldán, Lima y sus suburbios (1957); Las barriadas de Lima, 1957 (segunda
edición, 1977) de José Matos Mar; Las migraciones internas en el Perú (1969) de Héctor Martínez; y Urna, 1940-1970.
Aspectos del crecimiento de la capital peruana (1975) de Jean Paúl Deler.
EL RÉGIMEN MILITAR (1963-1930)
Existe una amplia bibliografía acerca del régimen militar. Para una visión de conjunto véase Perú: ¿Qué pasó? Í966-Í976
(1977) de Francisco Moncba; B ocaso de! poder oligárquico (1977) y Los caminos de! poder (1979) de Henry Pease; "El
docemo militar" (1930) de Luis Pasara; El experimento peruano en retrospectiva (1936) de Jane Jaquette y Abraham
Lowenthal; La revolución por decreto (1939) de Dirk Kruijt; La transición conservadora, Í97&Í978 (1992) de Nicolás
Lynch; Elrefor-mismo burgués (1968-1978) (1973), debate al interior de la izquierda, moderado por Mirko Lauer; las
compilaciones El Perú de Velasco (3 tomos, 1933), de Carbs Franco; y B gobierno militar Una experiencia peruana,
1988-1980 (1935) de Cynthia McCIintock y Abraham Lowenthal. Para testimonios de los militares del 63, véase ¿Golpe o
revolución? Hablan los militares de! 68 [2 tomos, 1933), entrevistas realizadas por María del Pilar Tello; y Una revolución
itinerante (1939) de Arturo Valdés Palacios. También resulta de interés para el último año del gobierno de Velasco el
libro A/o, mi genera! (1976) de Guillermo Thorndike. Para los testimonios de civiles véanse, además de Moncloa,
Testimonio de lucha (1973) y Revolución peruana. Autonomía y deslindes (1975) de Carlos Delgado; y B plan Inca.
Objetivo: revolución peruana (1974) y Camino ai socialismo (1976) de Augusto Zim-mermann.
Para un balance económico, además de los ya citados Fitzgerald e Igulñiz, véase Políticas de industrialización en el
Perú, Í97f>í976 (1977) de Roberto Abusada; Economía peruana. Un ensayo de interpretación (1977) de Hugo Cabieses
y Carbs Otero; Anatomía de un fracaso económico. Perú, Í966-Í978 (1979) de Daniel S=hyd-lowsky y Juan Witch;
Crónica efe un colapso económico. Perú, 1974-1979 [2 tomos, 1930) de Guido Pennano; y el
ensayo de Daniel Carbonetto incluido en La opción por un nuevo modelo de acumulación: sus límites (1933) de Carlos
Franco. Para un testimonio de parte, véase Yo asumí el activo y el pasivo de la revolución peruana (1931) de Javier Silva
Ruete.
Respecto a las reformas, para una visión de conjunto, véase Cambios estructurales en el Perú, 1968-1975 (1976) de
Ernest Kerbusch. Para el sector industrial, Dinámica déla comunidad industrial (1974) de Diego García Sayán, Jorge
Santisteban y Luis Pasara; Comunidad laboral y capitalismo, /^canees y límites (1976) de Hugo Cafa ¡eses; Empleo y
estabilidad laboral (1976) de José Bur-neo, Adolfo Ciudad y Luis Pasara; y Política industria! peruana, 1970-198) (1934)
de Javer Igulñiz.
Para el sector agrario, véase Estado y política agra-na (1977) de Henry Pease, Diego García Sayán, Fernando Eguren y
Marcial Rubio; Reforma agraria. Logros y contradicciones, 1969-1979 (1930) de José Matos Mar y Manuel Mejia;
Agncultura, reforma agrana y pobreza campesina (1930) de José María Caballero; B agro peruano, 1970-1980 (1932) de
Daniel Martínez y La reforma agrana peruana, 20 años después (1990), compilación de Ángel Fernández y Alberto
Gonzales. Sobre la distribución del ingieso Distnbución del ingreso en el Perú (1975) de Richard Webb y Adolfo
Figueroa; y Crisis distributiva en el Perú. Perú, 1970-1990 (1993), de Adolfo Figueroa. Para el sector petrolero, La
política petrolera, 1970-1935 (1936) de Humberto Campodónico. Sobre la deuda externa, El Estado deudor. Economía
política de la deuda. Perú y Solivia, 1963-1984 (1936); de Osear Ugarteche, y De la corresponsabilidad a la moratoria. El
caso déla deuda externa peruana, 1970-1986 [M7) de Drago Kisic.
Para los grupos de poder económico véase, además de Malpica, El poder económico en la industria (1972) de Humberto
Espinoza y José Osorio. Sobre el comportamiento de los empresarios, además de Abusada, véanse La década
frustrada. Los industriales y el poder, 1970-1980 (1932) de Francisco Durand; y Proyecto nacional. Empresarios y crisis,
1970-1987 (1990) de Javier Igulñiz. Respecto a bs movimientos sociales, véase además de Sulmont y Lynch para el
movimiento obrero, Velasguismo y movimiento popular. Otra historia prohibida (1935) de Teresa Tovar. Para el
movimiento campesino, además del texto de Pease, véanse Andahuayias, la lucha por la tierra (1931) de Lino
Quintanilla; Joma de fierras y conciencia política campesina (1931) de Rodrigo Sánchez; y Toma de tierras en el Perú
(1932) de Diego García Sayán. Respecto al debate constitucional, véase Constitución y sociedad política (1933) de
Enrique Be males y Marcial Rubio.
LOS REGÍMENES POPULISTAS DE LOS '30 [1930-1990) Para los diversos temas del periodo, véanse los trabajos
generales ya citados. Trabajos más específicos sobre política son los de Henry Pease, A un año del segundo
belaundismo (1931) y Democracia y precariedad bajo el populismo aprista ( 1933). Cabe destacar bs vacíos en estudios
sistemáticos referidos a las coyunturas políticas y económicas de bs 30, especialmente para los años finales del
gobierno aprista.
Para los temas económicos, véanse los trabajos generales ya citados, especialmente el de Javier Igulñiz. Con respecto a
la distribución del ingreso para el periodo, véase Crisis distributiva en el Perú, 1970-1990 (1993) de Adolfo Figueroa y,
sobre deuda externa, Inserción y deuda. Perú, 1985-1990 (1991) de Óscar Ugarteche. Para el estudio de los grupos de
poder económico, véanse los tres volúmenes de Carlos Malpica, El poder económico en el Perú (1939-1992); El nuevo
capital financiero. Grupos financieros y ganancias sistémicas ene! Perú
(1992) de Ludovico Alcorta; y Los grupos de poder económico. Un estudio de la oligarguía financiera (1990), de Eduardo
Anaya Franco. Para analizar el comportamiento gremial y como grupo de presión de los grupos de poder económico,
véase De poder a poder. Grupos de poder, gremios empresariales y políticas macroeconómicas
(1993) de Humberto Campodónico, Manuel Castillo y Andrés Quispe. Acerca del sector informal véanse los dos
volúmenes de Daniel Carbonetto, Lima. Sector informal (1933); y de Hernando de Soto El otro sendero. La revolución
informal (1937, sexta edición). Sobre la pequeña empresa, el trabajo de Fernando Vi liarán, El nuevo desarrollo. La
pegueña industria en el Perú (1992), y el de Carlos Ramón Ronce Ga marra. Formación, estructura y
perspectivas [W4).
Para una inicial evaluación de las poTíficas inflacionarias y su impacto en el sector laboral, consúltese "Teorías sobre la
inflación y su implicancia en la política salarial" (1995) de Augusto Portocarrero, tesis de Economía presentada a la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Sobre el tema de la violencia política existe una amplia bibliografía. Sobre SL destacan las investigaciones de Carlos
Iván Degregori, entre ellas, Sendero Luminoso. Los hondos y mortales desencuenfros (1936) y Ayacuc'no, 1969-1979. Ei
nacimiento de Sendero Luminoso (1990); el libro del periodista Gustavo Gorriti, Sendero. Historia de i a guerra milenaria
en ei Perú (1990); Sendero Luminoso. El movimiento subversivo más letal del mundo (1992) de Simón Strong; y la
compilación de trabajos por He rae lio Bonilla, Perú en el fin del milenio (1994). Sobre las causas y consecuencias de la
violencia, véanse bolencia y campesinado (193G) de Alberto Flores Galindo y Nelson Manrique, y Desplazamiento por
violencia política en el Perú, 1980-1992 (1994) de Isabel Coral. Muy útiles resultan para ello bs dos volúmenes de
DESCO sobre Violencia política en el Perú (1939).
Durante la década del 30 se realizaron investigaciones respecto a la violencia po Jicaque son de consulta indispensable.
Éstas son por orden cronológico: el Informe de la comisión investigadora de los sucesos de Uchuraccay (1933); el
Informe al Congreso sobre los sucesos de los penales (1933) de la comisión del Senado presidida por Rolando Ames; el
Informe de la comisión especial del Senado sobre las causas de la violencia y alternativas de pacificación en el Perú
(1939), presidida por Enrique Bernales; y el Informe de la Comisión investigadora de grupos pararn¡litares (1990),
presidida por el diputado Manuel Piqueras. Sobre los derechos humanos véanse los informes anuales de Amnistía
Internacional y los informes específicos sobre la masacre de los penales (1937) y de Cayara (1939). En cuanto a la
evolución de las Fuerzas Armadas y su relación con el Estado, véase Fuerzas Armadas, subversión y democracia. Perú,
1980-1993 (1993) de Carlos Iván Degregori y Carbs Rivera. Sobre el problema del narcotráfico, véanse los trabajos de la
Comisión Andina de Juristas compilados por Diego García Sayán, Coca, cocaína y narcotráfico y Narcotráfico (1939).
Realidades y alternativas (1990).
Sobre el tema sindical y su evolución, véanse los trabajos de Jorge Paro di Ser obrero es algo relativo. Obreros, clasismo
y política (1936) y La desmovilización del sindicalismo industrial peruano durante el segundo be-laundismo (1935);
eltrabap de Pedro Galin, Julio Camón y Óscar Carrillo, Asalanados y clases populares en Urna (1936); y de Carmen
Rosa Balbi Identidad clasista en el sindicalismo. Su impacto en las fábncas (1939). Sobre los nuevos movimientos
sociales véanse los libros compilatorios de Eduardo Bailón, Movimientos sociales y crisis. B caso peruano (1936) y
Movimientos sociales y democracia. La fundación de un nuevo orcferj (1936); los 5 libros editados por los 25 años de
DESCO (1990); y el libro de Carlos Franco, Imágenes déla sociedad peruana. La otra modernidad (1991). Sobre los
temas de migración, provincianos en Lima y transformación de la ciudad, véanse los trabajos de Cecilia Blondet, Nicolás
Lynch y Carlos I van Degregori en Conguistadores de un nuevo mundo. De invasores a ciudadanos en San Martín de
Porres (1936) y Los caballos de Troya de los invasores. Estrategias campesinas en la conguista de la gran Urna (1937)
de Jürgen Golte y Norma Adarns. Finalmente, sobre diversos temas, véase el libro editado por Augusto Álvarez Rodrich
El poder en el Perú (1993).
Para un análisis de la vida y personalidad de Alberto Fujimori, véase Ciudadano Fujimori. La construcción de un político
(1993), de Luis Jochamowitz, y B pragmatismo de Fujimori. Del exceso ideológico ai realismo político (1992), de Rafael
Romero. Para un análisis de la campaña electoral, véanse dos libros: La guerra del Un de la democracia (1993) de Jeff
Daeshner, y Demonios y redentores en el nuevo Perú. Una tragedia en dos vueltas (1991) de Carlos Iván Degregori y
Romeo G rom pone. Respecto a la candidatura de Mario Vargas Lbsa se han escrito varios libros. Como testimonios
destacan el libro del propio Vargas Llosa B pez en el agua. Memorias (1993), y el de su hip Alvaro, B diablo en campaña
(1991).

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RESUMEN CRONOLÓGICO

1990
Junio 10
Alberto Fujimori Fujimori, candidato de la
agrupación Cambio 90, gana la segunda
vuelta de las elecciones presidenciales
obteniendo el 62,4% de la votación, a casi
35% de distancia de su contendor Mario
Vargas Llosa, del Frente Democrático
(Fredemo), quien obtuvo el 37,6% de los
votos. Los acompañantes de la plancha
electoral de Fujimori, Máximo San Román y
Carlos García García, acceden a la primera y
segunda vicepresidencias, respectivamente.

Alberto Fujimori Fujimori es investido como presidente


constitucional de la República el 28 de julio de 1990, luego
de ganar las elecciones generales en segunda vuelta.

Agosto 8

Para enfrentar el proceso hiperinflacionario heredado de la


gestión aprista el gobierno adopta un conjunto de medidas de
ajuste económico, tanto en materia de política cambiaria, como
en política fiscal y de precios, que son anunciadas por el ministro
de Economía Juan Carlos Hurtado Miller.

El ingeniero Juan Carlos Hurtado Miller, ministro


de Economía y presidente del primer gabinete
ministerial nombrado por Fujimori.
Noviembre 5
Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Enrique Iglesias, visita palacio de go-
bierno junto con representantes del Banco Mundial (BM), en un primer acercamiento para
restablecer las líneas de cooperación económica con el país.

1991
Enero 14
El diplomático peruano Javier Pérez de Cuéllar realiza visita oficial al Perú en su condición de
secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Enero 29
Visita del astronauta norteamericano James E. Irwin, cuarto hombre en llegar a la luna y
primero en pasearse a bordo de un módulo independiente.

Febrero 13
El economista Carlos Boloña Behr reemplaza a
Juan Carlos Hurtado Miller en la cartera de
Economía. Su presencia enfatiza la orientación
neoliberal de la política económica del gobierno.

Carlos Boloña Behr consigue un mayor


acercamiento con organismos económicos
internacionales tales como el Banco Mundial y el
Fondo Monetario Internacional.

Abril 3
Se promulga nuevo Código Penal en la sede de palacio de gobierno con la presencia del
ministro de Justicia Augusto Antoniolli.

Abril 6
Estadísticas oficiales señalan que 130 mil personas afectadas y casi un millar de muertos es el
saldo a la fecha de la epidemia de cólera que desde febrero azota al país.

Mayo 14
Se suscribe convenio sobre política de control de drogas y desarrollo alternativo con Estados
Unidos, orientado a promover cultivos y programas alternativos que no signifiquen perjuicio
social o económico a los productores de coca.

Junio 8
Se confirma formación de primer Grupo de Apoyo, encabezado por Estados Unidos y Japón, e
integrado entre otros por Francia, Canadá, Alemania, Italia, Holanda, totalizando once países,
los cuales en forma conjunta se comprometen a otorgar al Perú préstamos y donaciones por mil
cien millones de dólares para poner al día los pagos vencidos y atrasados con los organismos
multilaterales y acelerar así el proceso de reinserción del país en la comunidad financiera
internacional.
La reinserción del Perú en el
ámbito financiero
internacional fue uno de los
primeros puntos de la
agenda externa de Fujimori.
La actitud peruana fue bien
recibida tanto por la
comunidad internacional
como por las entidades
financieras multilaterales,
las cuales negociaron con el
Perú varios acuerdos y
préstamos para refinanciar
su deuda exterior.

Julio 30
Se denuncia que Leonel Figueroa, ex presidente del Banco Central de Reserva del Perú, y
Héctor Neyra, ex gerente general de la misma entidad, habrían recibido sobornos por tres
millones de dólares del Banco de Crédito y Comercio Internacional (BCCI), involucrado en uno
de los mayores fraudes bancarios a nivel mundial.

Diciembre 12
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) le
confiere a Lima la categoría de Patrimonio Cultural de la Humanidad.

1992
Enero 9
Presidente Alberto Fujimori llega a Quito (Ecuador), en la que constituye la primera visita oficial
de un presidente peruano a ese país.

Enero 24
Presidentes de Perú y Bolivia suscriben la Declaración de Ilo por la cual el Perú concede al país
del sur el libre uso de sus instalaciones portuarias y el desarrollo de una zona franca industrial y
una zona franca turística en la playa del
puerto de Ilo (Moquegua).

El acuerdo suscrito en Ilo rompe la


mediterraneidad de Bolivia luego de más de un
siglo y facilita el flujo comercial de los
productos peruanos por el Atlántico.
Febrero 15
Sendero Luminoso asesina a balazos a María Elena Moyano y dinamita su cuerpo. La dirigente
popular de 33 años había presidido la Federación Popular de Mujeres de Villa El Salvador
(Fepomuves), constituida en 1983 para llevar a la práctica proyectos de ayuda legal a la mujer,
formación de comedores populares y el programa del vaso de leche. También fue teniente
alcadesa del distrito mencionado.

Marzo 19
La Universidad Nacional Mayor de San
Marcos otorga doctorado Honoris Causa a
Gustavo Gutiérrez, teórico de la denominada
“teología de la liberación”, cuya difusión le
ha valido reconocimiento continental. En el
presente siglo esta distinción sólo ha sido
conferida anteriormente al jurista José Luis
Bustamante y Rivero y al diplomático Javier
Pérez de Cuéllar.

Gustavo Gutiérrez agradece distinción otorgada


por la Universidad de San Marcos.

Abril 5
El presidente Alberto Fujimori anuncia el establecimiento de un gobierno de emergencia y
reconstrucción nacional, y la disolución del Congreso, del Tribunal de Garantías
Constitucionales, del Consejo Nacional de la Magistratura y de los gobiernos regionales. Anuncia
igualmente la realización de un plebiscito para aprobar una nueva Constitución.

Julio 16
Dos edificios quedan totalmente destrozados y mueren veinticinco personas en atentado
terrorista en la calle Tarata del distrito de Miraflores. Se calcula que fueron usados 600 kilos de
componentes explosivos en este violento ataque, cuyas pérdidas materiales se estiman en tres
millones de dólares.

Agosto 4
Familiares denuncian el secuestro y asesinato de un profesor y nueve alumnos de la
Universidad Nacional de Educación “Enrique Guzmán y Valle” en operativo militar, sindicándolos
como terroristas

Agosto 9
Fallece Manuel Ulloa Elías, quien fuera primer ministro,
ministro de Economía y presidente del Senado durante el
segundo gobierno de Fernando Belaunde Terry.

Manuel Ulloa, además de su fecunda actividad política, fue fundador


–junto con Manuel Mujica Gallo– del diario Expreso.
Setiembre 7
En el marco del proceso de privatización de entidades estatales, la empresa brasileña Ingá,
perteneciente al grupo Kibo, adquiere cien mil acciones de Minero Perú Comercial (Minpeco),
por un monto de 4,1 millones de dólares.

Setiembre 12
Luego de un minucioso y
prolongado trabajo de
seguimiento de la Dirección
Nacional Contra el Terrorismo
(Dincote) de la Policía Nacional,
encabezada por el general Ketin
Vidal, se logra capturar a Abimael
Guzmán, cabecilla del grupo
terrorista Sendero Luminoso.

El 12 de setiembre de 1992 fue


capturado Abimael Guzmán,
conocido como el “camarada
Gonzalo”, líder máximo de Sendero
Luminoso. Su detención y la de
importantes dirigentes senderistas
precipitaron la desintegración y
derrota militar de este movimiento
terrorista.

Octubre 7
Abimael Guzmán es juzgado por un tribunal militar y condenado a cadena perpetua en una
base custodiada por la Marina de Guerra.

Noviembre 5
Privatización de Hierro Perú,
comprada en 120 millones de
dólares por el consorcio chino
Shougang Corporation, que se
compromete a invertir 150
millones de dólares
adicionales y a cuadruplicar la
producción en los siguientes
dos años.

Uno de los hornos de la planta


de pelets en Marcona, parte de
las instalaciones de Shougang
Hierro Perú.

Noviembre 13
Intento de golpe de Estado por parte de un grupo de generales en retiro, encabezados por
Jaime Salinas Sedó y José Pastor Vives.
Noviembre 22
Se realizan elecciones al Congreso Constituyente
Democrático (CCD), que se encargará de redactar una
nueva Constitución, resultando ganadora la agrupación
oficialista Cambio 90-Nueva Mayoría (C90-NM) con
49,2% de los votos. Los siguientes lugares fueron
ocupados por el Partido Popular Cristiano (9,8%), el
Movimiento Renovación (7,1%) y el Frente
Indepediente Moralizador (7,1%)

Jaime Yoshiyama, de la agrupación C90-NM, es designado


presidente del Congreso Constituyente Democrático.

Noviembre 18
Por Decreto Ley Nº 25868 se crea el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la
Protección de la Propiedad Intelectual (Indecopi), dentro del ámbito del ministerio de Industria,
pero con autonomía técnica, presupuestal y administrativa. La entidad se encargará, entre otros
objetivos, de proteger al mercado y a los consumidores de las prácticas monopólicas que
resulten controlistas y restrictivas de la libre competencia y la calidad de los productos.

Diciembre 6
Por Decreto Ley Nº 25897 se crea el Sistema Privado de Pensiones basado en las
Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), entidades privadas que invertirán los recursos
provenientes de las aportaciones de los trabajadores, a quienes se otorgará, en las condiciones
más ventajosas, las prestaciones de jubilación, invalidez, sobrevivencia y gastos de sepelio.

Diciembre 18
Privatización del yacimiento cuprífero Quellaveco, perteneciente a Minero Perú, vendido por 12
millones de dólares a la empresa chilena Mantos Blancos, subsidiaria de Anglo American
Corporation, una de las más grandes empresas mineras del mundo. Se estima una inversión de
US$ 540 millones para montar una planta que producirá 40 mil TM de cobre diario.

Diciembre 18
Asesinan al dirigente sindical cuzqueño Pedro Huillca Tecse, secretario general de la
Confederación General de Trabajadores del Perú.

1993
Enero 16
Con el aporte de Aerovías de México S.A. (Aeroméxico), la segunda empresa aérea más grande
de América Latina, se privatiza la Empresa de Transporte Aéreo del Perú (Aeroperú). El
consorcio ganador pagará 23,1 millones de dólares por el 72,15% de las acciones. Un 7,2% de
éstas será vendido a sus trabajadores y el resto seguirá perteneciendo al Estado. Hasta antes
de la privatización, Aeroperú perdía un millón de dólares mensuales.

Enero 29
En elecciones municipales es reelegido el candidato independiente Ricardo Belmont Cassinelli,
del partido Obras. Los otros candidatos fueron Luis Cáceres Velásquez por Perú al 2000, Michel
Azcueta por Plataforma Democrática, Raúl Diez Canseco por Acción Popular y Miguel Vega
Alvear por el Movimiento Libertad.

Febrero 23
Se crea la Comisión de Promoción del Perú (Promperú), con el objetivo de coordinar los
esfuerzos públicos y privados para lograr una imagen positiva del Perú y promover las
inversiones, el turismo y las exportaciones.

Abril 29
La Superintendencia de Banca y Seguros ordena intervención del Centro Latinoamericano de
Asesoría Empresarial (CLAE), cuya cabeza visible es Carlos Manrique Carreño, presidente de su
directorio y gerente general. Con veinticinco años de trayectoria, CLAE venía creciendo desde
1983 como una entidad financiera informal, logrando captar fondos de más de 160 mil personas
de los sectores medios y populares por los altos intereses que pagaba.

Mayo 10
El general de división EP Rodolfo Flores Espinoza es pasado a la situación de retiro por medida
disciplinaria, a raíz de su denuncia de la existencia de un grupo paramilitar en el Ejército,
autodenominado “Colina”, al cual responsabilizó, entre otros hechos, del secuestro y muerte de
un profesor y nueve estudiantes de la Universidad de La Cantuta. Posteriormente Robles se
exiliaría en Buenos Aires, Argentina.

Mayo 14
Luis Alberto Sánchez, distinguido intelectual y
político, es incorporado como rector emérito de
la Universidad Nacional Mayor de San Marcos,
en ocasión de su 442 aniversario. Cabe
mencionar que el doctor Sánchez ha sido tres
veces rector de dicha universidad.

Antiguo local de la cuatricentenaria universidad de


San Marcos, alberga actualmente su centro cultural
Julio 11
Se realiza el Noveno Censo Nacional de Población y el Cuarto Censo de Vivienda, obteniéndose
la cifra preliminar de 22 128 466 millones de habitantes, 30,1% más que la de 1981. Otras
cifras obtenidas son las siguientes:

Julio 29
Jaime Paz Zamora, presidente boliviano, realiza visita oficial al Perú. Entre otros documentos
bilaterales, suscribe el Acuerdo de Cooperación Amazónica y el Convenio sobre Promoción y
Protección Recíproca de Inversiones.

Agosto 21
Se inaugura nuevo teatro-auditorio del Centro Cultural Peruano Japonés en el marco de las
celebraciones por el 120 aniversario del inicio de relaciones diplomáticas entre Perú y Japón.

Setiembre 19
La selección femenina de vóley consigue el Vigésimo Campeonato Sudamericano, al ganar a la
selección brasileña, que dos años atrás se había quedado con dicho título. Con este triunfo el
representativo peruano asegura su derecho a participar en el mundial de 1994 en Brasil. En lo
que va del año ha ganado también medalla de oro en los Juegos Bolivarianos de Cochabamba y
el cuarto puesto en el campeonato mundial juvenil celebrado en la República Eslovaca.

Octubre 12
En Estados Unidos, luego de su entrevista del 26 de setiembre con el presidente
norteamericano Bill Clinton, el presidente peruano Alberto Fujimori pronuncia un discurso en la
48 Asamblea General de las Naciones Unidas y muestra carta del terrorista Abimael Guzmán, en
la cual éste reconoce el fracaso de su sanguinario movimiento subversivo y solicita
conversaciones que conduzcan a un acuerdo de paz.

Octubre 31
Se realiza referéndum para aprobar nueva Constitución. Votaron por el Sí 3 895 763 personas
(52,3%) y por el No 3 548 334 personas (47,7%).

Noviembre 1
El yacimiento de cobre Cerro Verde es transferido a la empresa norteamericana Cyprus, la cual
compromete una inversión de 485 millones de dólares.

1994
Enero 14
Captura del narcotraficante Demetrio Chávez Peñaherrera (a) “Vaticano”, enjuiciado en el fuero
militar por “traición a la patria” y condenado a cadena perpetua por su “colaboración” con
Sendero Luminoso.

Enero 31
Llega al Perú el ingeniero Juan Carlos Wasmosy, primer presidente paraguayo que visita oficial-
mente el país.

Febrero 5
Equipo peruano de tenis, integrado por Jaime Yzaga, Alejo Aramburú, Tato Noriega y Américo
Tú-pac Venero, vence a su similar mexicano, asegurando su clasificación a la siguiente ronda de
la Copa Davis

Febrero 6
Fallece el polígrafo y maestro universitario Luis Alberto Sánchez, quien tuvo también una
destaca¬da trayectoria política. Doctor en Letras y en Derecho por la Universidad Nacional
Mayor de San Mar¬cos, cuyo rectorado ejerció en tres oportunidades. Varias veces desterrado
del país por razones polí¬ticas, llegó a ser uno de los líderes más influyentes del Partido Aprista
Peruano (PAP), fundado por Víc¬tor Raúl Haya de la Torre. Durante el gobierno de Alan García
desempeñó la primera vicepresidencia de la República. Su obra literaria e histórica es extensa y
abarca los más variados campos, destacan¬do su interés por la obra del pensador Manuel
González Prada.

Febrero 24
El Grupo Rodríguez Rodríguez, primera empresa peruana que participa en el proceso de
privatización de entidades estatales, adquiere Cementos Yura. El Grupo es también propietario
de D´Onofrio y Gloria.

Febrero 28
Consorcio formado por Telefónica Internacional de España, Banco Wiese y Graña y Montero
adquiere un paquete compuesto por el 35% de acciones de la Empresa Nacional de
Telecomunicaciones del Perú (Entelperú), alrededor del 20% de las acciones del Estado y la
suscripción de capital en la Compañía Peruana de Teléfonos (CPT) para alcanzar el 35% del
accionariado, por la suma de 2 002 millones de dólares, cuadruplicando el precio base de 533
millones propuesto por la Cepri. Asume además un compromiso de inversión de 1 800 000
millones de dólares para los próximos años

Marzo 25
Se suscribe un convenio con Shell International para la explotación del gas de Camisea, cuyas
reservas se calculan en más de doce millones de pies cúbicos.

Julio 11
Visita oficial del mandatario colombiano César Gaviria, quien próximamente transferirá el mando
a Ernesto Samper para asumir la secretaría general de la Organización de Estados Americanos.
Su can-didatura a este último cargo fue apoyada por el Perú dado “su importante papel a favor
de la pacifi-cación en la región, en la lucha contra la pobreza, en el combate contra el
narcotráfico y por sus ges-tiones a favor de la integración continental”.

Julio 20
El Congreso Constituyente Democrático aprueba Ley Orgánica Electoral Nº 26337, introduciendo la prohibición de
postular al Parlamento a los parientes del presidente de la República.

Agosto 3
Susana Higuchi, esposa del presidente Alberto Fujimori, solicita declarar inconstitucional la ley electoral aprobada el
20 de julio por considerar que recorta sus derechos ciudadanos.

Agosto 7
Se convoca a elecciones presidenciales para el 9 de abril de 1995

Agosto 14
Javier Pérez de Cuéllar, ex secretario general de la Organización de Naciones Unidas y candidato presidencial,
ingresa al Perú por Puno y es recibido por una multitud que le manifiesta su adhesión.

Agosto 23
En mensaje a la nación el presidente Alberto Fujimori anuncia separación de Susana Higuchi de
la función honorífica de Primera Dama.

Setiembre 6
El peruano Jaime Izaga vence en el US Open de Nueva York al número 1 del tenis, el
norteamericano Pete Sampras, pasando del puesto 23 en el ranking mundial al puesto 17.

Octubre 8
Alberto Fujimori anuncia oficialmente su candidatura a la reelección presidencial y da a conocer
a sus acompañantes en la fórmula Cambio 90-Nueva Mayoría. Para la primera vicepresidencia
postula el ingeniero Ricardo Márquez, presidente de la Sociedad Nacional de Industrias, y para
la segunda vicepresidencia el doctor en educación César Paredes Canto, rector de la
Universidad de Cajamarca y titular de la Asamblea Nacional de Rectores.

Octubre 31
Carlos Manrique Carreño, ex presidente del directorio de Clae, es capturado en Miami (Estados
Unidos) cuando se disponía a realizar una transacción bancaria
Noviembre 9
En visita oficial al Perú, el presidente argentino Carlos Saúl Menem suscribe un acuerdo marco
sobre cooperación antártica, un convenio sobre promoción y protección de inversiones, un
convenio sobre cooperación turística y un convenio de carácter cultural.

Diciembre 4
Muere escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, a quien recientemente se había otorgado el
premio internacional de cuento Juan Rulfo.

Diciembre 15
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco)
acuerda en su reunión de Tailandia declarar Patrimonio Cultural de la Humanidad a las líneas de
Nazca.

1995
Enero 26
Las fuerzas armadas de Ecuador se infiltran en territorio peruano en la vertiente oriental de la cordillera del Condor,
en la zona del Alto Cenepa, provocando incidentes bélicos en Tiwinza, Cueva de los Tayos y Base Sur.

Febrero 17
Declaración de Paz de Itamaraty suscrita en Brasil pone fin a conflicto fronterizo con el Ecuador iniciado en enero.

Febrero 28
Aprovechando la presencia de los cancilleres de Perú y Ecuador, con ocasión de la asunción al mando del nuevo
presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, se suscribe la Declaración de Montevideo, que ratifica lo convenido en
la Declaración de Paz de Itamaraty y demuestra la disposición de ambas partes al diálogo constructivo.

Marzo 15
Se denuncia que el gobierno argentino, país garante del Protocolo de Río de Janeiro, realizó ven tas de armas al
Ecuador durante el conflicto con el Perú.

Abril 4
Se inaugura la represa de Yuracmayo, ubicada a 4 300 msnm, en la provincia de Huarochirí (Lima), que beneficiará
a más de 600 mil familias limeñas del centro y la periferia de la capital, e incrementará la producción de energía de
la central hidroeléctrica de Matucana en 71 millones de kw/hora. Su capacidad de almacenamiento es de 48
millones de m3 de agua.

Abril 9
Se realizan elecciones presidenciales. Alberto Fujimori, candidato de C90-NM obtiene el 64,42% de los votos. Su
opositor, el diplomático Javier Pérez de Cuéllar, de Unión por el Perú, consigue el 21,81% de la votación. Con
dichos resultados Fujimori gana las elecciones en primera vuelta y obtiene mayoría absoluta en el Congreso

Javier Pérez de Cuéllar, candidato presidencial


de Unión por el Perú (UPP) para las
elecciones generales de 1995. Destacado y
reconocido diplomático, Pérez de Cuéllar
ocuparía el segundo lugar en estos comicios
Abril 24
El escritor Mario Vargas Llosa es galardonado con el premio Miguel de Cervantes, el más importante que se otorga
a los escritores en lengua española, dotado con 120 mil dólares. El rey de España Juan Carlos I le entrega la
medalla del premio en la Universidad Alcalá de Henares de Madrid (España).

Abril 18
Consorcio formado por el Banco Bilbao Vizcaya de España y las empresas del Grupo Brescia, Inversiones Breca,
Inversiones San Borja, Urbanización Jardín y Minsur, compra 60% de las acciones del Banco Continental, por 195
700 000 millones de dólares, más 60 millones de dólares en valor nominal de títulos de la deuda externa. Dichas
acciones incluyen a las empresas filiales Financiera San Pedro, Contidata, Almaconti. Con la transferencia de más
de 15 millones de acciones de propiedad del Estado a la empresa Holding Continental se cierra la transacción, cuyo
monto total asciende a 255 700 000 dólares

Mayo 25
Se promulga ley de proceso de reorganización en universidades nacionales de San Marcos y La Cantuta.

Junio 14
Se promulga ley Nº 26479 que otorga amnistía general al personal militar, policial o civil que se encontraba
denunciado, investigado, encausado, procesado o incluso condenado por delitos comunes y militares, tanto en el
fuero civil como en el militar, encontrándose comprendidos todos los hechos derivados u originados con ocasión o
como consecuencia de la lucha contra el terrorismo, en forma individual o colectiva, desde mayo de 1980 hasta la
fecha de promulgación de la ley.

Junio 16
Retorna al Perú el general en retiro del Ejército Rodolfo Robles Espinoza, quien había permanecido exiliado en
Argentina desde 1993.

Junio 24
En el Día del Campesino se promulga en Pampa Galeras (Ayacucho) la ley de la Vicuña que establece la propiedad
de esos camélidos a las comunidades del país dedicadas a su crianza.

Junio 29
Se confirma la suscripción de Carta de Intención con el FMI, documento que establece como meta que el 50 por
ciento de los fondos de la privatización de las empresas públicas se orientará a la ejecución de programas de
desarrollo social.

Julio 13
Se aprueba ley Nº 26505 de la inversión privada en el desarrollo de las actividades económicas en las tierras del
territorio nacional y de las comunidades campesinas y nativas, más conocida como Ley de Tierras, que elimina todo
límite a la propiedad de la tierra, permite la titulación individual en las tierras de las comunidades campesinas y
anula todas las restricciones al uso de las tierras agrícolas, con el objetivo de promover la inversión privada.

Octubre 1
En virtud de una solicitud de extradición llega a Lima Carlos Manrique Carreño, ex presidente del directorio de Clae,
luego de casi un año en cárceles norteamericanas. Es recluido en una celda especial del penal Canto Grande y
enfrentará tres procesos penales por delitos de estafa, falsificación de documentos y corrupción de funcionarios.

Noviembre 12
Se realizan elecciones municipales, triunfando el candidato independiente Alberto Andrade Carmona del
Movimiento Somos Lima con el 52,07% de votos. En segundo lugar quedó el candidato …
1996
Abril 10
Jorge Santistevan de Noriega juramenta como Defensor del Pueblo, cuyas atribuciones entre otras son: orientar e
instruir a las personas sobre el ejercicio de sus derechos, investigar de oficio o a pedido de parte las violaciones a
los derechos humanos, los excesos de la administración estatal y el mal funcionamiento de los servicios públicos.

Julio 17
Sobre una superficie de 325 mil ha se crea Parque Nacional Bahuaja-Sonene (nombre nativo de los ríos Tambopata
y Heath, respectivamente), dentro de la circunscripción de la Zona Reservada Tambopata-Candamo, ubicada en los
departamentos de Madre de Dios y Puno. En el área del parque, una de las regiones más ricas en biodiversidad a
nivel mundial, habitan especies como el lagarto negro, el maquisapa y el lobo de río. Se sabe además que
albergaría más de mil especies de mariposas y más de quinientas especies de aves.

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