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Desigualdad social y movilidad en España

El documento argumenta que no existe realmente un ascensor social en España y otros países de Europa, sino más bien un montacargas. Aunque ha habido prosperidad general en las últimas décadas, la posición social de las personas depende en gran medida de la clase social de sus padres. Los millennials tienen mucha menos riqueza que los boomers, quienes se beneficiaron de un período único de cambio e industrialización. En España, en particular, el efecto de la clase social en la posición alcanzada es uno de los más marcados. Además, es probable que

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Desigualdad social y movilidad en España

El documento argumenta que no existe realmente un ascensor social en España y otros países de Europa, sino más bien un montacargas. Aunque ha habido prosperidad general en las últimas décadas, la posición social de las personas depende en gran medida de la clase social de sus padres. Los millennials tienen mucha menos riqueza que los boomers, quienes se beneficiaron de un período único de cambio e industrialización. En España, en particular, el efecto de la clase social en la posición alcanzada es uno de los más marcados. Además, es probable que

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La cuna de las desigualdades Pablo Simón

El ascensor social no existe. Nuestro país, como el resto de Europa, ha prosperado de


manera importante en el último medio siglo y sería absurdo negarlo. Sin embargo, la idea
de que siempre mejoramos respecto a la posición social de nuestros padres es un mito
conveniente. Son cohortes enteras las que se bene cian de transformaciones
estructurales profundas, las que ascienden en bloque, y en ello las hazañas individuales
juegan un papel limitado. Vamos, que, si queremos ser precisos, lo que tenemos ante
nosotros no es un ascensor, es un montacargas.

Para ilustrarlo, véase el desequilibrio entre generaciones. Los millennials, que hoy están
llegando a los 40 años, tienen el 4,8% de la riqueza mundial, mientras que los boomers
en torno al 21%. No es que estos últimos hayan sido más egoístas, sino que, en general,
se bene ciaron de una coyuntura difícilmente repetible: el enorme cambio social, la
industrialización y desarrollo económico acaecido en Occidente desde los años
cincuenta. Cuando este proceso se detuvo, los que vinieron detrás han padecido la
tradicional reproducción de riqueza y oportunidades según el hogar de origen. Aunque en
esto no todos los países sean iguales, el nuestro puntúa con nota. Esping-Andersen y
Cimentada han mostrado cómo en España el efecto de la clase social en la posición de
destino es uno de los más marcados. Los jóvenes de origen privilegiado (padres con
estudios superiores) tienen muchas más probabilidades de acceder a las posiciones
sociales altas respecto a otros países del entorno. Además, nuestras clases acomodadas
están especialmente protegidas frente al riesgo de acabar en posiciones sociales bajas,
la verdadera prueba del algodón de la movilidad social (que los hijos de los ricos sean tan
penalizados como los demás cuando fracasan).

Esta situación viene explicada por un mercado de trabajo voraz y un estado de bienestar
con poca capacidad para redistribuir, especialmente entre generaciones. De este modo,
ante las de ciencias de ambas instituciones, solo queda el núcleo familiar como fuente
de bienestar y seguridad (menos mal). Sin embargo, el problema es que familia hay quien
la tiene y quien no. O, dicho de otro modo, que las desigualdades en la cuna se
convierten en la cuna de todas las desigualdades.

Además, la posición prevalente de las clases acomodadas tiene muchos visos de crecer.
De un lado, porque la inversión educativa con más retorno económico, especialmente la
tecnológica y de habilidades no regladas (soft skills), correlaciona fuertemente con el
origen social. Del otro, porque las clases altas pueden transmitir más y mejor patrimonio
en hogares con cada vez menos hijos. Dos mecanismos que favorecen no solo que
pueda venir una de las generaciones más pobres en términos relativos, sino también una
de las más internamente desiguales. Siendo así y visto el panorama, más que esperar al
ascensor, iría cogiendo las escaleras.
fi
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