ADORACIÓN
LA RAZÓN POR LA QU E
FUIMOS CREADOS
A. W. TOZER
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Publicado originalmente en Estados Unidos por Moody Publishers, 820 N.
LaSalle Blvd., Chicago, IL 60610 con el título Worship, copyright © 2017
por The Moody Bible Institute of Chicago. Traducido con permiso. Todos los
derechos reservados.
Título en castellano: Adoración © 2022 por Editorial Portavoz, filial de
Kregel Inc., Grand Rapids, Michigan 49505. Todos los derechos reservados.
Traducción: Nohra Bernal
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EDITORIAL PORTAVOZ
2450 Oak Industrial Drive NE
Grand Rapids, Michigan 49505 USA
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ISBN 978-0-8254-5800-2 (rústica)
ISBN 978-0-8254-6715-8 (Kindle)
ISBN 978-0-8254-7535-1 (epub)
1 2 3 4 5 edición / año 31 30 29 28 27 26 25 24 23 22
Impreso en los Estados Unidos de América
Printed in the United States of America
CO N TE N IDO
Nota del editor 7
1. ¿Qué pasó con nuestra adoración? 9
2. Le hemos fallado a Dios 21
3. Nuestra razón de existir 33
4. La verdadera adoración requiere el nuevo nacimiento 45
5. La adoración como Él quiere 57
6. Adorar al que es majestuoso y manso 67
7. El asombro en la presencia de Dios 81
8. La adoración genuina involucra los sentimientos 91
9. Adorar como los serafines 101
10. Dios quiere que seamos adoradores 113
11. Adorar a nuestro Amado 125
Fuentes 139
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1
¿QUÉ PASÓ CON
NUESTRA ADORACIÓN?
Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente.
¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero cuanto eres tibio,
y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.
Apocalipsis 3:15-16
L as iglesias cristianas han llegado al tiempo peligroso del cual se
profetizó en la antigüedad. Es un tiempo en el que podemos
darnos palmaditas en la espalda, felicitarnos y declamar juntos:
“Somos ricos, nos hemos enriquecido, ¡y de ninguna cosa tenemos
necesidad!”.
Ciertamente podemos afirmar que casi nada falta en nuestras
iglesias de hoy, salvo lo más importante. Nos falta presentarnos
como una ofrenda genuina y sagrada, y ofrecer nuestra adoración
al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
En el mensaje de Apocalipsis, el ángel de la iglesia de Laodi-
cea presentó estos cargos y amonestaciones (3:17, 19): “Porque tú
dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo
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AD ORACI ÓN
necesidad… Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues,
celoso, y arrepiéntete”.
Mi lealtad y responsabilidad están, y estarán siempre, con las
iglesias que creen en la Biblia, honran a Cristo y son de fuerte
tendencia evangélica. Hemos avanzado. Hemos edificado grandes
iglesias y grandes congregaciones. Ostentamos estándares elevados,
y hablamos mucho acerca de avivamiento. Pero tengo una pregunta,
y no es simple retórica: “¿Qué pasó con nuestra adoración?”.
La respuesta de muchos es: “Somos ricos y no tenemos necesidad
de nada. ¿Acaso no revela esto la bendición de Dios?”. ¿Sabías que
Jean-Paul Sartre, el tan citado autor, afirmó haberse volcado a la
filosofía y la desesperanza como una manera de apartarse de una
iglesia secular? Él dice: “En el Dios de moda que me enseñaron no
reconocí a Aquel que esperaba mi alma. Yo necesitaba un Creador,
¡y a cambio me ofrecieron un gran hombre de negocios!”.
A ninguno de nosotros nos preocupa lo suficiente la imagen que
proyectamos a la comunidad que nos rodea. Al menos eso es lo
que sucede cuando profesamos pertenecer a Jesucristo y no somos
capaces de demostrar su amor y compasión como deberíamos. Los
fundamentalistas y cristianos “ortodoxos” nos hemos ganado la
reputación de ser “tigres”: unos luchadores por la verdad. Nuestras
manos están callosas por el uso de manoplas con que hemos com-
batido a los liberales. El significado de nuestra fe cristiana para un
mundo perdido nos obliga a defender la verdad y luchar por la fe
siempre que sea necesario.
Sin embargo, hay una estrategia mejor, incluso para enfrentar
a quienes son liberales en su fe y en su teología. Podemos hacer
mucho más por ellos actuando como Cristo, en lugar de golpearlos
en la cabeza con nuestros puños, en sentido figurado. Los liberales
nos dicen que no pueden creer en la Biblia. Nos dicen que no
10
¿QUÉ PASÓ CON NUESTRA ADORACIÓN?
ueden creer que Jesucristo fue el unigénito Hijo de Dios. Al menos
p
la mayoría de ellos son sinceros en esto. Además, estoy seguro de
que maldecirlos no logrará que se arrodillen. Si somos guiados
por el Espíritu de Dios y demostramos el
amor de Dios que este mundo necesita, Si somos
nos convertimos en “santos cautivadores”. guiados por el
Lo misterioso y maravilloso acerca de Espíritu de Dios
esto es que los santos verdaderamente amo-
y demostramos
rosos y cautivadores ni siquiera se percatan
el amor de Dios
de su atractivo. Los grandes santos de tiem-
que este mundo
pos pasados no sabían que eran grandes
santos. Si alguien se lo hubiera dicho, no necesita, nos
lo habrían creído, pero aquellos a su alrede- convertimos
dor sabían que Jesús vivía a través de ellos. en “santos
Pienso que nos volvemos santos cauti- cautivadores”.
vadores cuando los propósitos de Dios en
Cristo se vuelven claros para nosotros. Eso somos, cuando empe-
zamos a adorar a Dios porque Él es quien es.
Al parecer, los cristianos evangélicos están a veces confundidos e
inseguros acerca de la naturaleza de Dios y de sus propósitos en la
creación y la redención. Cuando eso sucede, por lo general es culpa
de los predicadores. Todavía existen predicadores y maestros que
afirman que Cristo murió con el propósito de que no bebamos, ni
fumemos, ni vayamos al teatro.
¡Con razón la gente está confundida! Con razón caen en el hábito
de retroceder cuando se sostiene que tales cosas son la razón de la
salvación.
¡Jesús nació de una virgen, sufrió bajo Poncio Pilato, murió en la
cruz y resucitó del sepulcro para transformar rebeldes en adoradores!
Todo esto por medio de la gracia. Nosotros somos los beneficiarios.
11
AD ORACI ÓN
Puede que esto no suene espectacular, pero es la revelación de
Dios, y la manera en que Dios lo hizo.
Otro ejemplo de nuestro razonamiento equivocado acerca de
Dios es la actitud de muchos que consideran que Dios necesita
nuestra beneficencia. Lo ven como una especie de dirigente frus-
trado que no logra encontrar ayuda suficiente. Se para junto al
camino y pregunta quiénes pueden venir a ayudarle para empezar
a hacer su obra.
Oh, ¡si tan solo recordáramos quién es Él! Dios nunca ha nece-
sitado realmente a ninguno de nosotros, a nadie. Pero fingimos
que así es, y nos asombramos cuando alguien accede a “trabajar
para el Señor”.
Todos deberíamos estar dispuestos a trabajar para el Señor, pero
es un asunto de gracia de parte de Dios. Yo soy de los que piensa
que no deberíamos preocuparnos por trabajar para Dios hasta que
hayamos aprendido el significado y el deleite de adorarlo.
Un adorador puede trabajar en su obra con calidad eterna. En
cambio, un obrero que no adora solo acumulará madera, paja y ras-
trojo para el momento en que Dios encienda el mundo con fuego.
Me temo que muchos que se dicen cristianos no quieren oír
ese tipo de declaraciones acerca de su “ocupada agenda”, pero es la
verdad. Dios está tratando de llamarnos a volver a la esencia para
la cual nos creó: ¡adorarlo y deleitarnos en Él para siempre!
Es solo entonces que, como fruto de nuestra profunda adoración,
hacemos su obra.
Escuché a un rector universitario decir que la iglesia “padece
un brote de falta de profesionalismo”. Cualquier individuo flojo e
inútil, carente de formación, de entrenamiento y de vida espiritual,
puede iniciar una idea religiosa y encontrar una gran cantidad de
seguidores que oyen, promueven y pagan por ello. Puede resultar
12
¿QUÉ PASÓ CON NUESTRA ADORACIÓN?
evidente que, para empezar, dicha persona nunca había escuchado
algo de Dios.
Esta clase de fenómeno sucede por doquier porque no somos ado-
radores. Si en verdad somos contados entre los adoradores, no desper-
diciaremos nuestro tiempo en proyectos
religiosos, carnales o mundanos. Dios está tratando
Todos los ejemplos que tenemos en la de llamarnos a
Biblia ilustran que la adoración gozosa,
volver a la esencia
ferviente y reverente constituye la ocupa-
para la cual nos
ción normal de los seres morales. Cada
creó: ¡adorarlo y
atisbo que se nos ha revelado del cielo y
de los seres creados es siempre un atisbo deleitarnos en Él
de la adoración, del gozo y de la alabanza para siempre!
porque Dios es Dios. En Apocalipsis
4:10-11, el apóstol Juan nos presenta una sencilla descripción de
los seres creados alrededor del trono de Dios. Así habla Juan de la
ocupación de los ancianos:
Los veinticuatro ancianos se postran delante del que está
sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de
los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo:
Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder;
porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen
y fueron creadas.
Puedo decir con toda seguridad, conforme a la autoridad de todo
lo que está revelado en la Palabra de Dios, que cualquier persona en
esta tierra que se aburre o pierde el interés en la adoración no está
lista para el cielo. No obstante, puedo casi oír a alguien cuestionar:
“¿Va Tozer a ignorar la justificación por la fe? ¿Acaso no hemos oído
siempre que somos justificados y salvados, y vamos al cielo por la
13
AD ORACI ÓN
fe?”. Te aseguro que Martín Lutero nunca creyó en la justificación
por la fe con mayor vehemencia que yo. Creo en la justificación por
la fe. Creo que somos salvos por medio de la fe en el Hijo de Dios
como nuestro Salvador y Señor. Sin embargo, hoy día existe una
connotación mortífera y automática acerca de ser salvo, la cual me
molesta en gran manera.
Me refiero a connotación “automática”, como quien dice: “Pon
una moneda de cinco centavos de fe en la máquina, presiona la
palanca y saca la tarjetita de salvación. Ponla en tu cartera, ¡y listo!”.
Después de eso, la persona puede decir: “Sí, soy salva”. ¿Cómo lo
sabe? “Puse la moneda. Acepté a Jesús y firmé la tarjeta”. Muy bien.
Nada tiene de malo firmar una tarjeta. Puede ser útil saber quién
ha hecho la solicitud. Pero la verdad, hermano o hermana, es que
Dios nos trae a Él y a la salvación a fin de que podamos adorarlo.
No venimos a Dios para hacernos cristianos automáticos, cristianos
fabricados en serie, cristianos sacados del mismo molde.
Dios ha provisto la salvación para que podamos ser, de forma
individual y personal, hijos de Dios dinámicos, para que amemos
a Dios con todo nuestro corazón y lo adoremos en la hermosura
de la santidad.
Esto no significa, y no quiero decir, que todos debamos adorar
de la misma forma. El Espíritu Santo no opera conforme a las
ideas preconcebidas o las fórmulas de nadie. Pero sí sé que cuando
el Espíritu de Dios nos visita con su unción, nos convertimos en
un pueblo adorador. A algunos les puede resultar difícil admitirlo,
pero cuando adoramos verdaderamente al Dios de toda gracia, de
todo amor, de toda misericordia y de toda verdad, puede que no
logremos complacer a todo el mundo al no quedarnos callados.
Recuerdo la descripción de Lucas de las multitudes aquel primer
Domingo de Ramos:
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¿QUÉ PASÓ CON NUESTRA ADORACIÓN?
Toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a
alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que
habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre
del Señor; ¡paz en el cielo, y gloria en las alturas! Entonces
algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maes-
tro, reprende a tus discípulos. Él, respondiendo, les dijo: Os
digo que si éstos callaran, las piedras clamarían (19:37-40).
Permíteme hacer aquí un par de observaciones. Primero, no
creo que el mucho ruido sea necesariamente la evidencia certera
de que se está adorando a Dios. Cuando Jesús vino a Jerusalén pre-
sentándose como Mesías, se agolpó una gran
multitud, y hubo mucho ruido. Sin duda, Cualquier
muchos de los que se unieron a los cánticos persona en
y la alabanza nunca habían cantado afinados. esta tierra
Siempre que hay un grupo de personas que
que se aburre
canta, se sabe que algunos no entonan bien.
o pierde el
Pero el punto de su adoración es que estaban
interés en la
unidos en alabanzas a Dios.
Segundo, yo advertiría lo siguiente a quie- adoración no
nes son cultos, callados, calmados, balancea- está lista para
dos y sofisticados: si les avergüenza que algu- el cielo.
nos cristianos alegres en la iglesia exclamen
“¡amén!”, tal vez les haga falta entendimiento espiritual. Es fre-
cuente encontrar santos que adoran a Dios en el cuerpo de Cristo
que son un poco ruidosos. Espero que hayas leído algunos devo-
cionales que nos dejó la amada anciana y santa inglesa, Lady Julian,
que vivió hace más de 600 años.
Ella escribió que un día meditaba en cuán excelso y sublime era
Jesús, y aun así estaba dispuesto a satisfacer los deseos más h umildes
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AD ORACI ÓN
del ser humano. Ella recibió tanta bendición en su ser que no pudo
contenerse. Soltó un grito y alabó a Dios a viva voz, en latín.
Traducida al español, la exclamación sería “¡Gloria a Dios!”.
Ahora bien, si eso te incomoda, amigo, puede ser porque no
conoces la clase de bendiciones espirituales y el deleite que el Espí-
ritu Santo anhela derramar sobre los santos que adoran a Dios.
¿Has observado lo que dijo Lucas acerca de los fariseos cuando
pidieron que Jesús reprendiera a sus discípulos por adorar a Dios
con fuerte voz? Sus normas rituales probablemente les permitían
susurrar las palabras “¡Gloria a Dios!”, pero en realidad les ator-
mentaba que alguien lo proclamara en voz alta.
En efecto, Jesús dijo a los fariseos: “Ellos están haciendo lo
correcto. Dios mi Padre, el Espíritu Santo y yo merecemos ser
adorados. Si los hombres y las mujeres no me adoran, ¡las rocas
proclamarían mis alabanzas!”.
Esos fariseos religiosos tan pulcros, refinados y delicados habrían
caído pasmados si hubieran oído a las rocas recibir voz y alabar al Señor.
Pues bien, tenemos grandes iglesias y hermosos santuarios, y nos
unimos al coro de “no tenemos necesidad de nada”. Sin embargo,
a todas luces resulta evidente que necesitamos adoradores.
Tenemos muchos hombres dispuestos a sentarse en nuestras
juntas de iglesia pero que no tienen anhelo alguno de gozo espiri-
tual, carecen de vida y nunca aparecen en la reunión de oración.
Estos son los hombres que a menudo toman las decisiones acerca
del presupuesto de la iglesia y de los gastos y acerca de dónde se
ponen adornos en el nuevo edificio.
Estos son los hombres que dirigen la iglesia, pero es imposible
llevarlos a la reunión de oración porque no son adoradores.
Tal vez no pienses que esto sea un asunto importante, pero en
lo que a mí respecta eso te ubica en el otro bando.
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¿QUÉ PASÓ CON NUESTRA ADORACIÓN?
Me parece que siempre ha existido una aterradora incongruencia
en el hecho de que haya hombres que no oran ni adoran, y aun
así dirigen muchas iglesias y determinan el curso que ellas toman.
Tal vez esto nos toque en lo más hondo, pero debemos confesar
que, en muchas iglesias “buenas”, delegamos la oración a las muje-
res, y la votación a los hombres.
Puesto que no somos verdaderos adoradores, pasamos mucho
tiempo en las iglesias poniendo a funcionar la maquinaria, que-
mando combustible y haciendo ruido, sin que esto nos lleve a
ninguna parte.
Amado hermano, amada hermana, Dios nos llama a adorar,
pero en muchos casos nos dedicamos al entretenimiento, como
los teatros, solo que de segunda categoría.
Esa es nuestra situación, aun en las iglesias evangélicas, y no me
importa decirte que la mayoría de las personas que pretendemos
alcanzar nunca vendrán a una iglesia para
ver un montón de actores aficionados rea- Lo más
lizando un espectáculo casero. hermoso de la
Déjame decirte que, aparte de la polí- adoración es
tica, no hay otra esfera de actividad que que te prepara
tenga más palabras que hechos, más viento
y te capacita
que lluvia.
para enfocarte
¿Qué vamos a hacer frente a esta
sublime y hermosa adoración que Dios en las cosas
requiere? En cuanto a mí, prefiero adorar importantes
a Dios que hacer cualquier otra actividad que es menester
que exista en el mundo entero. hacer para Dios.
Ni siquiera intentaré decirte cuántos
himnarios están apilados en mi estudio. Soy pésimo cantante, pero
eso a nadie incumbe. ¡Dios piensa que soy una estrella de ópera!
17
AD ORACI ÓN
Dios escucha cuando yo le canto los antiguos himnos franceses
traducidos, los viejos himnos traducidos del latín. Dios escucha
cuando yo entono los antiguos himnos griegos de la iglesia oriental,
al igual que los hermosos himnos que tienen métrica, y algunas de
las canciones más sencillas de Watts y Wesley, y todas las demás.
Hablo en serio cuando digo que preferiría adorar a Dios en vez
de hacer cualquier otra cosa. Puede que tu respuesta sea: “Si adoras
a Dios, no haces nada más”.
Sin embargo, esto solo revela que no has hecho tu tarea. Lo
más hermoso de la adoración es que te prepara y te capacita para
enfocarte en las cosas importantes que es menester hacer para Dios.
¡Escúchame! Prácticamente toda gran obra que se ha llevado a
cabo en la iglesia de Cristo desde el apóstol Pablo fue realizada por
quienes han resplandecido con la radiante adoración a su Dios.
Un examen de la historia de la iglesia revelará que aquellos con
ansias de adorar fueron también quienes se convirtieron en grandes
obreros. Los grandes santos cuyos himnos cantamos tiernamente
eran tan activos en su fe que debemos preguntarnos cómo lograban
hacer tanto.
Los grandes hospitales nacieron en los corazones de hombres
adoradores. Las instituciones mentales nacieron en los corazones
de hombres y mujeres compasivos que adoraban. Cabe añadir que
siempre que la iglesia ha salido de su letargo, se ha levantado de su
sueño y se ha lanzado en las olas del avivamiento y la renovación
espiritual, los adoradores han estado siempre detrás de ello.
Cometeríamos un error si retrocedemos y decimos: “Pero si nos
entregamos a la adoración, nadie hará nada”.
Antes bien, si nos entregamos al llamado divino de la adora-
ción, todos harán más de lo que hacen en este momento. La única
diferencia es que lo que hacen tendrá sentido y relevancia. Tendrá
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¿QUÉ PASÓ CON NUESTRA ADORACIÓN?
impreso el sello de la eternidad; será oro, plata y piedras preciosas,
no madera, paja, y rastrojo.
¿Por qué deberíamos callar las maravillas de Dios? Deberíamos
entonar junto con Isaac Watts uno de sus himnos de adoración:
Bendice, alma mía, al Dios viviente,
llama de vuelta tus pensamientos que vagan en redor.
Que todos los poderes en mí se unan
en obra y culto divino de adoración.
Bendice, alma mía, al Dios de gracia.
Sus favores demandan tu más suma alabanza.
¿Por qué las maravillas que Él ha obrado
se han de perder en silencio, olvidadas?
Que toda la tierra su poder confiese.
Que toda la tierra su gracia adore.
Los gentiles, con los judíos, se unirán
en obra y culto divino de adoración.
No puedo hablar por mí, pero yo quiero ser contado entre los
adoradores. No me conformo con pertenecer nada más a alguna
máquina eclesial, por grande que sea, donde el pastor hace ruido
y la pone a funcionar. Ya sabes, el pastor ama a todos y todos lo
aman. Él tiene que hacerlo. Le pagan por ello.
Desearía que pudiéramos volver de nuevo a la adoración. Enton-
ces, cuando las personas entren en la iglesia, sentirán de inmediato
que se encuentran en medio de gente santa, del pueblo de Dios.
Pueden testificar que “en verdad Dios está en este lugar”.
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