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PD1. Jardín de Infierno (S. Ocampo, 1988)

El documento presenta la historia de un hombre que se casa con una mujer llamada Bárbara a pesar de no estar enamorado. Viven en un castillo donde hay una habitación cerrada con llave a la que Bárbara le prohíbe entrar. Curioso, un día el hombre encuentra la llave pequeña y abre la puerta, descubriendo seis cuerpos colgados. Aterrorizado, deja una nota diciendo que él también se ha colgado. Cuando Bárbara regresa y encuentra la nota, entra en pánico.
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PD1. Jardín de Infierno (S. Ocampo, 1988)

El documento presenta la historia de un hombre que se casa con una mujer llamada Bárbara a pesar de no estar enamorado. Viven en un castillo donde hay una habitación cerrada con llave a la que Bárbara le prohíbe entrar. Curioso, un día el hombre encuentra la llave pequeña y abre la puerta, descubriendo seis cuerpos colgados. Aterrorizado, deja una nota diciendo que él también se ha colgado. Cuando Bárbara regresa y encuentra la nota, entra en pánico.
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Ocampo, Silvina. “Jardín de infierno”.

Cornelia frente al espejo. 1988. Cuentos


completos II, Emecé, 1999, págs. 180-182.
—Menos arduo pero más difícil.
—¿Más divertido? ¿Menos real? ¿Menos cierto?.
—Hay que conformarse. Vamos a ver qué hacemos con los libros que
quedan, porque ya la casa vuelve a llenarse de libros. No son perros, no basta
decirles "fuera de aquí". Nunca se van ni se irán. ¿Acaso se acostumbraron?.
Pero ahora existe la televisión. Nuestra casa se llenó de cassettes. ¡Es lo
único que faltaba!. Yo defiendo los libros hasta la muerte. Dejaré de ser chico,
seré grande y llevaré bajo el brazo un libro. ¡Es tan decorativo! ¡Tan cómodo!. Si
alguien me pregunta ¿qué hacés?, contesto: Estoy leyendo. ¿Tenés los ojos bajo
el brazo?. Idiota.

Jardín de infierno

Il existe un grand mystére: l'homme sait


ce qu'est le bonheur, pourquoi va—t—il
dans le sens opposé?

Se llama Bárbara. No comprendo por qué me casé. ¿Por conveniencia?. De


ningún modo. ¿Por amor?. No necesitaba. Por aspirar a una vida más tranquila,
tampoco. Y ahora es tarde para arrepentirme. Me adora, se preocupa por mí. Me
da todos los gustos; naturalmente que esta agradable situación tiene sus límites.
Suele ausentarse muchas veces y cada vez que se va de viaje me hago estas
mismas preguntas, para llegar a ninguna conclusión. Este enorme castillo
solitario me asusta y se llena, cuando me quedo solo, de ruidos. Las angostas y
altas ventanas dejan entrar un poco de luz sobre mis libros de estudio. Ya la
filosofía no me interesa como antes, pero tendré que seguir estudiando,
recibirme para independizarme un poco de la vida conyugal. Estudiar se vuelve
difícil cuando uno está preocupado por algo. Ni un poeta ni un pintor puede
realizar su obra en el estado de inquietud en que me encuentro; menos puede un
estudiante de filosofía prestar atención a un texto incorrectamente insulso.
Tengo que estudiar continuamente; las letras del libro bailan. Oigo el paso de mi
mujer, que sube las escaleras para despedirse. Se me acerca y me acaricia el
pelo. "Qué pelo irreductible tenés, lo peino de un lado y se va para el otro.
Mírame. Aquí te dejo las llaves de la casa. Ésta es la del sótano, ésta la de la
bohardilla donde están los dibujos, ésta la del cuarto de roperos, ésta la de la
despensa, ésta la del cuarto de plancha y esta chiquitita, mirala bien, la del
cuarto que está junto al jardín de invierno, que llamo, no sé por qué, jardín de
infierno. No entres en este cuarto; no abras la puerta por nada, aunque te
parezca, cuando llueve, que hay goteras o un incendio. Este cuarto te está
vedado y darte su llave demuestra la confianza que te tengo". Al decir estas
palabras la besé largamente. Recogió su maleta y se fue. En vano quise
acompañarla hasta la puerta.
Quedó, como siempre quedaba en circunstancias parecidas, preguntándose
por qué su mujer se había casado tantas veces. Dio una vuelta por los largos
corredores del palacio buscando indicios de ese mundo anterior a su llegada, que
desconocía. Buscaba fotografías de jóvenes que correspondieran en edad a la
edad de su mujer. Encontró una que lo llenó de celos: un joven tan hermoso que
ni en un retrato pintado por Rafael habría encontrado su igual. Lo que antes le
resultaba soportable empezó a dolerle de manera violenta. En su mano le
quemaba la llavecita secreta, a tal punto que tuvo que ponerse compresas de
óleo calcáreo. Cuando llegó la dueña de casa, inmediatamente le pidió las llaves
antes de quitarse el abrigo y de dejar su maleta. Temblando entregó las llaves.
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—¿Por qué tiemblas? —inquirió ella—.
—Porque tengo frío.
—¿Frío? ¿No estamos en verano? –contestó—.
—Llevaste un abrigo, por algo sería.
Miró las llaves una por una, como buscando la respuesta.
—¡Qué extraño sos!.
Se fueron a comer y después a dormir. Al día siguiente volvieron a
despedirse de igual modo. Las escenas se repiten. Volvió el manojo de llaves a
las mano del marido. Volvieron a darle las mismas instrucciones Volvió a
despedirse. Ella volvió del viaje con la misma prisa; con la misma perturbación
tomó las llaves.
En un lugar del castillo, que parecía siempre tan desierto, había un cuarto
cerrado con llave, llave que estaba en el llavero consuetudinario. El hecho de que
ese único cuarto estuviera cerrado empezó a preocuparle gravemente. De noche
salía al jardín a pesar de los perros feroces, que ladraban por la insólita hora en
que salía. Examinó una por una las persianas para ver si había luz. Le pareció
ver un resplandor en una de ellas. Por este motivo preguntó a su mujer, en un
momento propicio:
—Bárbara, ¿alguien más vive en esta casa o castillo, como quieras
llamarlo?.
—Qué pregunta indiscreta.
—Vi una luz indiscreta la otra noche en la ventana.
—¿Qué hacía usted a esa hora indiscreta en el jardín?.
—Miraba la noche. Buscaba mis estrellas predilectas. En una palabra,
paseaba.
—Más bien dicho, espiaba.
—¿Quiere ser antipática conmigo?.
—De ninguna manera podría hacerlo.
—Qué fe se tiene.
—Pues ese cuarto tiene una luz constante que lo ilumina. Nadie vive en él.
—Me alegro.
—¿Por qué se alegra?
—Que contestación infantil la suya.
—No todos podemos ser tan maduros como usted.
—¿Por qué se casó usted conmigo?. No conviene alojar maridos en un solo
castillo y de un modo tan incómodo.
—Me dijo que por amor usted haría cualquier cosa por mí, dormir en el
suelo o en el aire.
—Es cierto, pero quiero tener yo solo esos privilegios, pues soy exclusivo.
De otro modo la mato o me mato.
—Por mí se puede matar.
—¿Este castillo me pertenece?.
—Naturalmente. También yo, también el perro.
—¿También la persona que vive en el cuarto cerrado?.
—Atilio Flores se llamaba. No era como los otros. Murió. Vivía en ese cuarto
que conserva su recuerdo.
—Su fortuna, dirá.

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—La fortuna más grande que yo he conocido: este castillo, este mundo,
este amor.
—¿Y me dirá por qué no puedo entrar en ese cuarto?.
—Porque ahí están almacenados todos los tesoros, que te destina la suerte,
pues me he enamorado de vos, y ésa es mi única felicidad, felicidad que tengo
que agradecerte de un modo material, porque en tus ojos veo brillar la codicia;
pero no me desencanta porque te admiro y te considero el hombre más hermoso
del mundo.
Un día, con más tardanza que de costumbre, recorrió el palacio de punta a
punta. Buscaba indudablemente aquel retrato que iba a revelar el secreto que le
corroía. Por último, después de observar las llaves, tomo la más chiquita y, en un
arranque de furor, corrió hasta la puerta prohibida. Con suma dificultad pudo
introducir la llavecita en la cerradura. Dio un suspiro de alivio al sentir que la
llave no giraba correctamente. Tuvo, por un minuto, la esperanza de no poder
abrir jamás la puerta. Pero esta sensación duró poco. La curiosidad lo instigó a
probar de nuevo y esta vez con éxito. Dos vueltas dio la llave. Abrió la puerta. En
la oscuridad no vio al principio nada, luego seis cuerpos de varones colgados del
cielo raso. Temblaba tanto que de la mano se le cayó la llave, que se manchó de
rojo. A partir de ese momento trato de quitarle la mancha a la llave. Fue
imposible. Ni arena ni querosén, ni nafta pudo limpiarla.
Se oyó el coche que traía a la mujer. Ella entró como siempre y, con el
mismo ímpetu, pidió las llaves. Pero su marido no estaba. Alarmada, fue al
cuarto, donde las encontró. Abrió la puerta. En un papelito pegado a la pared
pudo leer: "Aquí estoy. Colgado entre otros jóvenes. Prefiero esta compañía. Tu
último marido".

El piano incendiado

Empecé por las fotografías: eran de 1950. Las miré con horror, luego me
conmovieron y llegué a ver a niños vestidos de blanco, con los delantales recién
planchados, en un teatro de posturas y movimientos. Miré mi cara. Lo que más
me gustó fueron los ojos. Tenían un color indefinido, azul, verde, violeta. No
puedo explayarme sobre el color de los ojos. Los ojos son lo mejor que tenemos,
pero el color desaparecía en esa foto borrosa. Qué lindos ojos tenía entonces.
Ahora se nota el tiempo, que arrugó los contornos de los párpados y dejó el
resto casi borrado. La foto de mi abuela, tan famosa por su belleza, no tenía
belleza alguna para mi gusto. Un vestido largo, que parecía un batón, la cubría
hasta los pies. El pelo, aparentemente rubio, trenzado, no la favorecía. Pobre,
cómo se enojaría si supiera que no me gusta este retrato. La foto de papá era
horrible, con esas manchas de humedad que lo afeaban; la de mamá, en cambio,
era tan preciosa que durante media hora la miré atentamente, sin sacar los ojos
de encima. Estaba acodada al balcón, sola, como si no existiera otra persona que
la quisiera; los ojos tristes, la boca entreabierta, mirando más allá de donde es
posible mirar. A medida que iba buscando nuevas fotografías y que se alegraba
el tiempo con polleras más cortas y pequeñas travesuras en los tablones de las
faldas, surgió de pronto Herminia, con ese rostro que no dejaba saber si era
buena o mala o simplemente distraída. Nada en el rostro anticipaba la tristeza
profunda que me trajo a lo largo de los años. Pensé que era (como siempre
pensé) perversa, pero no por su culpa, sino por la culpa terrible del tiempo que
va deformando lo bueno y caricaturizando lo malo. Qué triste mundo nos unía y
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