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La Leyenda de AlQit - Cesar Vidal

El documento es un fragmento de una novela histórica que narra la historia de Dick Beaumont, un joven noble inglés que recuerda su participación en la Tercera Cruzada bajo el mando de Ricardo Corazón de León. En la novela, Dick invita a cenar a su casa a Marion de Blackstone, un caballero cruzado que combatió en Tierra Santa. Sin embargo, a Dick le resulta difícil concentrarse en las historias de Blackstone sobre la cruzada, ya que sus ojos parecen evasivos y nunca miran directamente a la cara.

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La Leyenda de AlQit - Cesar Vidal

El documento es un fragmento de una novela histórica que narra la historia de Dick Beaumont, un joven noble inglés que recuerda su participación en la Tercera Cruzada bajo el mando de Ricardo Corazón de León. En la novela, Dick invita a cenar a su casa a Marion de Blackstone, un caballero cruzado que combatió en Tierra Santa. Sin embargo, a Dick le resulta difícil concentrarse en las historias de Blackstone sobre la cruzada, ya que sus ojos parecen evasivos y nunca miran directamente a la cara.

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Afincado

en sus posesiones de la campiña inglesa, Dick Beaumont recuerda


su lejana juventud y su participación en la tercera cruzada bajo el estandarte
de Ricardo Corazón de León.
En Palestina, tierra sagrada para tres religiones, un intrépido y enigmático
caballero destaca sobre los demás. Los cruzados le aborrecen. Los sarracenos
le apodan con el extraño sobrenombre de Al-Qit.

Página 2
Cesar Vidal

La leyenda de Al-Qit
¿Qué historia se oculta en el noble corazón de un hombre
de las cruzadas?

ePub r1.0
Titivillus 26.04.2022

Página 3
Cesar Vidal, 1999
Digitalización y OCR: lvs008
Retoque de cubierta: lvs008
Verificado por lectura: lvs008

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

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Página 5
ABRAHAM. Médico judío.
AL-QIT. Sobrenombre dado por los sarracenos al caballero cruzado Martin
de Vladic.
BEATRIZ DE VILLEROYAL. Dama del séquito regio.
DICK DE BEAUMONT. Hijo segundo del noble William de Beaumont.
Protagonista de esta novela.
DUQUE DE SUABIA. Hijo menor de Federico Barbarroja. Edward de
Beaumont. Hijo de William de Beaumont y hermano de Dick.
ELEANOR. Madre de Dick de Beaumont.
FEDERICO BARBARROJA. Emperador de Alemania y monarca partícipe en la
tercera cruzada.
JOHN DE GILLES. Caballero cruzado.
KONRAD. Siervo de Martin de Vladic.
MARION DE BLACKSTONE. Caballero cruzado, amigo de Edward de
Beaumont.
RICARDO CORAZÓN DE LEÓN. Rey de Inglaterra y uno de los monarcas
participantes en la tercera cruzada.
RODERICK. Monje.
SALADINO. Caudillo musulmán.
SHARIF. Esclavo de Marion de Blackstone.
WILLIAM DE BEAUMONT. Noble normando. Padre de Edward y Dick de
Beaumont.
YUSUF. Sirviente negro de Abraham.

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Acabo de mirar por la ventana calada en el frío muro de piedra y no he
podido evitar un respingo al comprobar que el tiempo continúa siendo
espantoso. Desde hace más de dos semanas no ha parado de llover. ¡Y de qué
manera! Por las mañanas se trata de una lluvia fina, menuda, que cala hasta
los huesos. Al mediodía se espesa hasta impedir que pueda verse a cualquiera
que se encuentre tan sólo a unos pasos. Por la tarde, el aguacero pasa de un
tono gris a otro negro y finalmente, por la noche, se mezcla con el brillo
aterrador de los blancos relámpagos que desgarran un cielo semejante a un
saco de crin.
Aunque los primeros años de mi vida discurrieron en estas tierras
confieso que este clima húmedo me resulta cada vez más insoportable. En
realidad, si el infierno existe —⁠y yo no poseo ninguna razón mínimamente
sólida para dudarlo⁠—, tengo la impresión de que no es un lugar ardiente
rebosante de llamas y humaredas. Creo más bien que se trata de un lugar
parecido a éste en el que la lluvia desciende sin cesar impidiendo así que los
réprobos puedan ver, entender o descansar. El repicoteo continuado de las
gotas cayendo por toda la eternidad y el progresivo deterioro de los huesos y
las articulaciones me parecen más dignos del averno que cualquier hoguera.
A decir verdad, sin hogueras yo no podría seguir viviendo en medio de estas
gélidas tierras del norte.
En días así, cuando la fetidez del musgo me golpea las ventanas de la
nariz y puedo escuchar los desagradables chillidos de las ratas que arañan
techumbres y paredes, de repente siento como si aromas que no he percibido
durante años volvieran a envolverme. De manera inesperada, tengo la
impresión de encontrarme en medio de los aromas de las balsameras de
Galilea, del rumor de los palmerales de Jericó o del murmullo del agua del
Jordán. Cuando me sucede eso —⁠mucho menos de lo que yo desearía, lo
reconozco⁠—, la mejilla derecha me duele más que nunca, como si se tratara
de una quemadura profunda y áspera. Sin poderlo evitar, y mientras
inadvertidamente me llevo la mano a ese lado de la cara para acariciarlo,

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noto que los ojos se me enturbian y entonces le recuerdo, desgarbado y
silencioso, como la primera vez que le vi.

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Aquella mañana de primavera relucía con un brillo especial. En el
horizonte el sol no se había elevado aún del todo y sus rayos, lejos de abrasar,
calentaban suavemente la tierra como si se tratara de un dulce brasero. En
momentos como aquél me encontraba lleno de una euforia especialmente
plácida. Sentía un deseo profundo de dar saltitos al caminar por las
embarradas calles, y de no haber sido por el carácter serio y adusto de mi
hermano Edward a buen seguro que me hubiera comportado como ansiaba mi
corazón.
Aunque —bien mirado— no tenía motivos sobrados para manifestar
ninguna alegría. Apenas un año antes, mi padre, el bueno de William de
Beaumont, había pasado a mejor vida según la expresión utilizada por el
monje Roderick. La verdad es que William no había sido especialmente
cariñoso conmigo. Más bien se había manifestado siempre adusto y áspero
hasta el punto de que no lograba recordar que me hubiera dirigido nunca una
palabra amable. Con todo, su muerte me apenó. Creo que fue así porque era el
único lazo que me vinculaba aún con Eleanor, mi madre, que había fallecido
de unas fiebres al poco de nacer yo. Ni siquiera recordaba su rostro, pero me
hablaron tanto de su bondad, de su dulzura y de su piedad que más de una
noche me había dormido plácidamente pensando en ella.
A la muerte de William de Beaumont de buen gusto me habría quedado en
las campiñas verdes que formaban su señorío; pero mi hermano mayor,
Edward, como pasaré a relatar a continuación, se ocupó de que no fuera así.
Edward me llevaba no menos de dieciséis años y creo que siempre me
consideró una molestia que había llegado tardíamente a la casa de Beaumont
para privarle de una parte de su herencia. Sin mi presencia, los pastos, los
prados, los dos molinos y los siervos que aún llevaban la argolla al cuello en
señal de su condición habrían resultado sólo suyos. Conmigo al lado, debería
al menos entregarme una parte.

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Aunque generalmente aburrido, silencioso y taciturno, Edward también
pareció experimentar un cambio con la llegada de la verde primavera. De
hecho, se convirtió en un ser más comunicativo e incluso empezó a referirme
historias relacionadas con la nueva cruzada que el rey Ricardo, el apodado
Coeur de Lion, es decir, Corazón de León, libraba en Tierra Santa. Primero
cantó las gestas de los caballeros que, pletóricos de arrojo, habían marchado a
lejanos lugares para colocar bajo la bandera de la Cristiandad el suelo que
pisó Nuestro Señor Jesucristo. Luego comenzó a quejarse de cómo a él le
impedía sumarse a tan fieros y valientes guerreros el hecho de ser un hombre
a punto de contraer matrimonio. Finalmente, y mucho más importante, invitó
a cenar a nuestra mansión al caballero Marion de Blackstone.
El convidado llegó a casa cuando el crepúsculo teñía de tonos violáceos el
horizonte. Aunque mi hermano Edward llevaba más de una semana
hablándome de sus muchas cualidades como caballero, de su notable agudeza
y de su profundo conocimiento de la cruzada, lo cierto es que al contemplarle
quedé un poco decepcionado. Yo me había imaginado a un coloso, fuerte
como un roble y robusto como un mastín, y, a fin de cuentas, Marion de
Blackstone no se diferenciaba mucho del aspecto, a mi juicio bastante vulgar
y corriente, que presentaba mi hermano.
Era aproximadamente de su misma edad y mostraba una complexión
física semejante. No excesivamente alto y cargado de espaldas, pese a que no
había llegado a la ancianidad, al caminar se inclinaba levemente hacia
delante. Su pelo lacio y de color castaño oscuro le caía en un cuidado flequillo
sobre la frente ocultando a medias unos ojos claros. Dándole palmaditas en la
espalda, Edward le condujo hasta la sala donde esperaba la cena, mientras
gritaba a voces:
—¡Dick, fíjate en este caballero! ¡Fíjate bien! ¡De hombres como él es de
quienes aprenderás lo que tienes que ser en la vida!
Me prometí firmemente hacer caso del consejo de mi hermano, pero —⁠lo
confieso con toda la humildad de que soy capaz⁠— no me resultó nada fácil.
Aun añadiría más: si así fue no se debió a culpa o pereza por mi parte. En
realidad, cuando Marion tomó asiento y mi hermano comenzó a dar palmadas
para que le trajeran vino y yo intenté contemplarle la cara, lo único que
conseguí fue marearme. Quizá no podía ser de otra manera. Yo intentaba
mirar a Blackstone a los ojos con la esperanza de que me transmitieran
cálidamente sus aventuras en Tierra Santa. Deseaba que de ellos brotara la
salsa de un relato que pronto comenzó a salirle por la boca. Sin embargo,
lejos de arrojar por ellos el fuego de la convicción o el calor del corazón noble

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que luego he visto en algunas ocasiones, las pupilas de Blackstone eran
huidizas y nunca miraban directamente a la cara. En realidad, vagaban por
todas partes como si hubieran vislumbrado algo inesperado en un rincón. Así
lo creí yo al principio y desviaba la mirada siguiendo la dirección hacia la que
apuntaban los ojos del caballero Marion, aunque sin lograr descubrir nada de
interés. Necesité que pasara un buen rato para darme cuenta al final de que
sus ojos no observaban nada en realidad, sino que sólo pugnaban por no
encontrarse con la mirada de otra persona.
—Está siendo una ocasión realmente gloriosa —⁠dijo Marion con la boca
llena de pastel de venado y los ojos dirigidos hacia un lugar perdido de la
estancia⁠—. Para empezar, el emperador alemán, ese presuntuoso que
pretendía la restauración de Roma, se ahogó al cruzar el torrente Salef…
—¿Que se ahogó? —pregunté yo sorprendido de que monarca tan
importante y tan famoso pudiera morir de una manera tan vulgar.
—¡Eso mismo! —contestó conteniendo la risa Marion, mientras
diminutos pedacitos del pastel salían despedidos de su boca⁠—. El muy necio
se empeñó en cruzar las aguas con toda su armadura. Al principio le iba bien,
pero de repente su caballo debió de meter la pezuña en alguna hondonada y se
ladeó. ¡Jo, jo, jo! Federico se cayó de la silla con armadura y todo.
—¿Y nadie acudió a socorrerle? —interrumpió con gesto adusto Edward.
—Chillaba como un cerdo, de manera que hubiera sido imposible que
alguien no lo hiciera. «¡Que me ahogo, que me ahogo! ¡Ayuda, ayuda!». ¡Jo,
jo, jo! Eso gritaba el rey de los cabezas cuadradas.
Marion quiso continuar su relato, pero un acceso de risa le provocó la tos
y mi hermano tuvo que comenzar a darle palmadas en la espalda para evitar
que se ahogara. Tras vaciar un par de copas de vino, Blackstone continuó su
relato.
—La verdad es que otros sirvientes menos torpes podrían haberle servido
de ayuda. Si le hubieran agarrado entre tres o cuatro, habrían conseguido
sacarle con toda facilidad de la corriente y todo se habría quedado en un
susto. Pero no, qué va, unos se pusieron a sujetar el caballo, otros a
desenganchar el pie del estribo… total, cuando quisieron hacer algo útil, la
cabeza de Federico llevaba ya un buen tiempo dentro del agua y el infeliz se
había ahogado.
—No parece una manera muy adecuada para que muera un rey —⁠dije con
hondo pesar.
—En eso tienes razón —respondió con presteza Blackstone⁠—. Si un rey
ha de morir debe hacerlo al frente de sus hombres, guiándolos a la victoria y

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descabezando infieles. Ésa sí que es una forma apropiada de pasar al otro
mundo.
Y como si quisiera remachar sus palabras, Marion de Blackstone dio un
puñetazo sobre la mesa y tendió la copa a la espera de que le sirvieran más
vino.
—¿Así es como se comporta el rey Ricardo? —⁠interrogó Edward.
—Puedes apostar tu cuello de buen normando a que sí —⁠dijo complacido
Marion⁠—. Jamás he contemplado a un caballero tan galante y aguerrido como
él. ¡Ah, tendríais que haberle visto combatiendo a los infieles! Recuerdo que
en una ocasión se había adelantado guiándonos en la lucha cuando, de
repente, se encontró cercado por ellos. Cuando nos percatamos… cuando nos
percatamos… ejem, tomaría una copa más de este vino y aquella pierna de
carnero que hay en la fuente.
Uno de los criados le acercó la carne mientras otro le escanciaba el rojizo
líquido en la copa. Marion de Blackstone se aseguró de que ésta rebosaba, y
tras clavar sus mandíbulas en la carne y masticar un poco prosiguió su relato:
—Bueno, como iba diciendo, Ricardo se adelantó, los infieles le rodearon
y para cuando los demás nos dimos cuenta le tenían cercado. En torno a él
habría ocho, no, diez, quizá incluso quince de esos canallas negruzcos como
demonios. Juro por san Brandán que pensé que no saldría vivo de aquel
envite. Pero entonces… ¡ah!, entonces, el rey Ricardo demostró de lo que era
capaz… Comenzó a repartir mandobles a diestro y siniestro, y fue un gusto
ver cómo aquella partida de hijos del infierno retrocedía espantada…
Aunque ya han pasado los años, desde aquella velada mantengo fresco el
recuerdo de la impresión que me causaron aquellas palabras. Jamás había
visto al rey Ricardo, pero me imaginé a un garrido paladín que, cubierto con
una blanca armadura, derribaba con singular habilidad y arrojo a los enemigos
de la fe. En aquellos momentos deseé de buena gana haber estado presente en
aquel combate y participado, siquiera de lejos, de su gloria.
—Fue un día memorable —dijo Marion, empujándose dentro de la boca el
último trozo de carnero⁠—. ¡Vaya si lo fue! Os confieso que me alegro de
haber cumplido rápidamente mi misión para poder regresar ya a Tierra Santa
con el rey. Claro que eso ha sido cosa de poca monta…
—¿Sería indiscreto preguntaros que os trajo hasta aquí? —⁠comentó con
tono cortés mi hermano Edward.
—En absoluto, buen amigo, en absoluto —respondió con gesto risueño
Marion de Blackstone⁠—. Ha sido simplemente una cuestión de fondos. ¡Ah,
las guerras, incluso ésta que llevamos a cabo para la gloria de Dios, cuestan

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caras! El rey Ricardo, el monarca que tiene un corazón semejante al de un
león, necesitaba dinero y yo vine en su busca. Debo deciros que no me costó
mucho encontrarlo.
—Si poseéis el secreto para conseguir plata con tanta facilidad, os
agradecería que lo compartierais —⁠comentó un tanto irónicamente mi
hermano.
—Sospecho que no me creéis —respondió Marion⁠—, pero fue fácil. Bastó
con recordar a los campesinos sajones que no está bien que engorden aquí en
Inglaterra mientras los normandos derramamos nuestra sangre en el suelo que
pisó Cristo. Por supuesto, también sacudimos las bolsas de los infames judíos
para que nos ayuden a recuperar aquel país del que fueron tan justamente
expulsados.
—Obtendríais buen dinero de los hebreos… —⁠dijo con tono interesado
Edward.
—No tanto como pensé en un principio —respondió Blackstone con
cierto pesar⁠—. En realidad, los judíos no son tan acaudalados como se cree la
gente y, además, como era de esperar, Ricardo ya los esquiló bastante antes
de su partida. Pero, en fin, algo sacamos… El rey estará contento cuando le
entregue el resultado de mi recaudación.
—¡Ah, Marion, Marion…! —dijo mi hermano con nada oculta
satisfacción⁠—. ¡No tengo ninguna duda de que nuestro señor os recompensará
largamente por vuestra diligencia! Por lo que se refiere a mí, servíos con
generosidad de todo lo que poseo porque ciertamente tenía un enorme deseo
de veros.
—Lo mismo me pasaba a mí —contestó con una voz pastosa Marion,
mientras miraba para otro lado obligándome a intentar localizar el objeto que
reclamaba la atención de sus ojos.
—Quiero que sepas —continuó afable mi hermano, mientras le
escanciaba vino en una copa bruñida⁠— que no sólo ansiaba invitarte a mi
mansión por el placer de escucharte.
Se detuvo por un instante como si estuviera pensando en la mejor manera
de expresar lo que deseaba, y a continuación dijo:
—En realidad, si te he hecho llamar ha sido sobre todo por mi hermano
Dick.
—Ya… —respondió Marion, mientras, con aspecto de no terminar de
entender, echaba mano de la copa que le tendía mi hermano.
—Verás, Marion —continuó mi hermano Edward con gesto de
pesadumbre⁠—. Como sabes, nuestro padre, William de Beaumont, falleció y

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yo, que soy bastante mayor que Dick, debo preocuparme por él…
—Sí, claro, claro —respondió Blackstone, mientras comenzaba a trasegar
con su insaciable sed el contenido de la copa y se la presentaba otra vez a
Edward a fin de que la llenara de nuevo.
—Naturalmente, muchos en mi situación se contentarían con someter a
Dick a una forma de vida que lo convirtiera en una auténtica damisela. Ya
sabes… corte, danzas, más corte, más danzas, rezos de vez en cuando… Sin
embargo, tal y como yo lo veo, la sangre guerrera de William de Beaumont
corre por sus venas y se le pudrirá si no encuentra pronto con quien medir el
acero.
—Sí —respondió Blackstone, que había vaciado nuevamente la copa y
estiraba el brazo para que se la llenaran otra vez⁠—. La sangre se le agusanaría
si se quedara aquí. Supongo que puedo hacerte una sugerencia.
—Nada me causaría mayor placer —respondió mi hermano con gesto
solemne.
—Bien —dijo Blackstone chasqueando la lengua tras apurar nuevamente
el vino⁠—. Si yo fuera el hermano del joven Dick le enviaría a combatir a las
órdenes de nuestro sabio rey Ricardo Corazón de León.
Mi mandíbula inferior se descolgó al escuchar las palabras que había
pronunciado Marion de Blackstone. ¿Yo en Tierra Santa? ¿Yo combatiendo
como un caballero bajo el pabellón del rey de Inglaterra? ¿Yo enfrentándome
a los infieles en defensa de nuestra fe católica? Sin poderlo evitar, sentí que
un calor muy intenso y, a la vez, muy placentero comenzaba a subirme por el
cuerpo para quedarse aposentado en la cara y, muy especialmente, en las
orejas. Iba a decir que me parecía una magnífica idea, cuando mi hermano
Edward intervino rápidamente.
—No sé… no sé… —dijo con gesto preocupado⁠—. Dick es muy joven…
En realidad, no creo que fuera capaz de levantar un mandoble como el que tú
utilizas habitualmente y…
Aquellas palabras de Edward me cubrieron de indignación y de
vergüenza. ¡Marion de Blackstone estaba ofreciéndome la posibilidad de
recorrer mi camino hacia la gloria y mi hermano no tenía otra ocurrencia
mejor que la de oponerse!
—Juzgas al muchacho con dureza —respondió Blackstone⁠—. Me
atrevería a decir que incluso eres injusto. Es joven ciertamente, pero creo que
podría curtirse en la brega. Ninguno de los caballeros que servimos ahora a
las órdenes de Ricardo salimos del vientre de nuestra madre blandiendo una
espada. No, mi buen Edward, eso hay que aprenderlo con arrojo y paciencia.

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Deja en mis manos a Dick y te prometo que este mozalbete se convertirá en lo
que tú tanto deseas.
Observé que mi hermano se quedaba pensativo por un instante. Se frotó la
barba, primero con la mano derecha y luego con la izquierda, se restregó la
nariz con dos dedos, se rascó la cabeza con gesto ensimismado y finalmente
dijo:
—Puede que no sea tan mala idea…
—Por supuesto, Edward, por supuesto —dijo con voz cavernosa Marion
de Blackstone.
No pude evitar palmotear de alegría al escuchar aquellas palabras.
Después de lo que había oído del rey Ricardo, sólo podía sentir un deseo
profundo, tanto que casi me ahogaba, de combatir bajo su pabellón.
—Sin embargo… —sentí que el corazón se me encogía al escuchar a
Edward pronunciar aquellas palabras⁠—. Sin embargo, bien, no sé cómo,
decírtelo, pero existe un pequeño problema…
—Sin ceremonias, Edward, sin ceremonias —dijo afable y borracho
Marion.
—Así sea —dijo mi hermano—. Bien, lo cierto es que no tengo con qué
dotar a mi hermano para que te acompañe. La cosecha no fue buena y,
bueno… Naturalmente, podría hacerlo si no tuvieras que partir tan pronto, si
pudiera contar con un par de meses al menos; pero ahora… apenas puedo
darle más que una espada y un yelmo y, bueno, sí, un caballo, pero no muy
bueno.
—¡Oh, vamos, vamos! —protestó Blackstone, alzando las manos⁠—. No
necesita más. Apenas llegue a Tierra Santa se entregará al combate y podrá
conquistar enseguida un ajuar como no lo posee ningún caballero normando.
Mi hermano guardó silencio mientras yo me preguntaba inquieto cuál
sería su decisión final. La verdad es que a mí lo de los pertrechos que tenía
que llevar me importaba poco o nada. Como había dicho Marion, que, por
cierto, tenía el rostro rojo como la grana, yo también estaba seguro de
apoderarme pronto de lo necesario en justa lid contra el infiel. Es más, estaba
resuelto a enfrentarme con mi hermano si se atrevía a impedirme disfrutar de
un futuro tan prometedor. Clavé los ojos en Edward mientras internamente
rezaba para que actuara conforme a mis deseos. De repente, su rostro se
distendió, una sonrisa amplia se dibujó en sus labios y tendió la mano a
Marion.
—Trato hecho —dijo con voz risueña—, te entrego a mi hermano.

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—Trato hecho —respondió Blackstone, estrechando la diestra de mi
hermano Edward.
Sentí una inmensa alegría al escuchar aquellas palabras, pero también me
encontré abrumado por una enorme sorpresa. Por primera vez en toda la
velada los ojos de Marion de Blackstone dejaron de vagar por toda la sala
para fijarse, firmes y directos, en la mirada de Edward.

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Aquella noche fue especialmente agitada. Dormí, pero mis sueños se
vieron plagados por imágenes de seres oscuros y crueles cuyas terribles
facciones me sobresaltaban el corazón. No hacía calor en esa época del año,
pero puedo asegurar que cuando amaneció y tuve que abandonar el lecho
estaba empapado de sudor.
Deseo pasar por alto los enojosos detalles del viaje hasta Tierra Santa.
Agradable hasta llegar a puerto, después se fue convirtiendo en un larga y
terrible pesadilla. Durante los primeros días, el insoportable mareo —⁠jamás
había subido antes a una embarcación⁠— me mantuvo postrado a todas horas.
Aunque… no, no a todas horas. De vez en cuando me levantaba a vomitar los
escasos alimentos que lograba asentar en el estómago.
A la altura de las Columnas de Hércules nos sorprendió una tormenta que
hizo que nuestra nave estuviera a punto de zozobrar en costas de infieles, pero
que se limitó en realidad a destrozar parte de la carga y a empaparnos hasta
los huesos. Después de ese incidente —⁠y con la excepción de unos piratas que
estuvieron a punto de darnos alcance un par de días antes de llegar a Chipre⁠—
el viaje fue casi plácido. Seguramente lo hubiera sido totalmente de no estar
el barco lleno de ratas que mordisqueaban las provisiones y de no caer sobre
nosotros un sol realmente abrasador que comenzó a formarnos ampollas en la
piel.
Tras esos días de navegación, la llegada a Tierra Santa resultó un
auténtico gozo para todos nosotros. Ciertamente, era emotivo pisar el mismo
suelo que habían hollado los pies de Nuestro Señor Jesucristo, pero también
resultaba consolador el poder dar dos pasos sin tambalearse. El puerto en el
que atracamos era un lugar pletórico de seres, objetos y sonidos que me
resultaban profundamente extraños. Por ejemplo, los mercados estaban tan
rebosantes de gente como los nuestros, pero los aromas, las esencias y los
sabores parecían partir de una tierra totalmente distinta.

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Bajo la mirada divagante de Marion de Blackstone, que seguía trasegando
enormes cantidades de vino a la menor oportunidad, probé los frutos de
aquella tierra. Recuerdo la sensación de empalago que me invadió cuando
mordí por primera vez un higo, el rugoso agrado que se desprendió del recio
sabor de la almendra y el amargor aromático casi inenarrable que me
proporcionó la pulpa del amarillo limón. Sé que para las gentes que vivían en
aquellos parajes nada de aquello resultaba prodigioso ni excepcional. Sin
embargo, para mí, que sólo conocía las tristes e insípidas gachas de mi terruño
y su cerveza tibia, el sabor y el perfume de aquellos frutos se me antojó
propio de una leyenda maravillosa, y pude comprender por qué el Libro
Sagrado había dado a aquellos lugares el nombre de tierra que mana leche y
miel. Embrujado por aquellas sensaciones, fue como me dejé guiar por
Marion de Blackstone hacia el interior del país, un país donde la gente salía a
recibirnos a cada paso ofreciéndonos frutas y pasteles. Los caballeros que
formaban parte de la comitiva rechazaban molestos a los vendedores, pero a
mí todo aquello me resultaba grato porque ponía de manifiesto que las tropas
del rey eran las verdaderas dueñas del país. ¡Ciertamente, se había recuperado
aquella tierra perdida durante tantísimo tiempo en manos de los infieles!
Llevábamos cabalgando ya un tiempo cuando, de manera casi repentina,
un hedor insoportable comenzó a aferrarse a las ventanas de mi nariz. Me
resultó especialmente desagradable porque casi desde el amanecer no había
percibido otro olor que el de unos árboles aromáticos que desconocía pero
que pespunteaban nuestro camino con su balsámico olor. Montado a caballo y
absorbiendo aquel perfume me sentía levemente eufórico cuando,
inesperadamente, un tufo verdaderamente desagradable me provocó una
irresistible náusea. Como al principio fue leve, pensé que quizá habíamos
pasado por delante de un montón de estiércol que yo no había llegado a ver.
Sin embargo, poco a poco, aquella peste fue sustituyendo por completo el
agradable perfume de las horas anteriores.
No me atrevería a describir aquella fetidez; pero ahora, mientras recuerdo
lo sucedido, me parece casi volver a percibirla. Era una mezcla de
putrefacción y sudor, de muerte y suciedad que me revolvió el estómago
profundamente, provocándome arcadas que me costaba reprimir. Entonces
llegué a la conclusión de que nos encontrábamos en las cercanías de un
cementerio de infieles. «Sucios y grasientos», pensé, «deben de dejar sus
cadáveres medio enterrados y de ahí procede esta tufarada tan insoportable».
Me había ya convencido de la exactitud de mi conclusión cuando noté un
vigoroso golpe en la espalda. Sobresaltado, me volví y pude contemplar el

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rostro insulso de Marion de Blackstone.
—Jovencito —me dijo con gesto risueño y, como de costumbre, sin
mirarme a los ojos⁠—. Estamos llegando al campamento del rey Ricardo.
Aquellas palabras me hundieron por un instante en el estupor más
profundo. Durante unos momentos, quedé sumido en un silencio espeso y
cuando, finalmente, abrí la boca para pedir una aclaración a Blackstone,
comprendí que me había dicho una verdad grande como una torre.
Desde aquel día hasta el de hoy he visto muchos campamentos militares y,
sin duda, bastantes han sido más grandes y abigarrados que aquél. Pese a
todo, no me parece recordar que ninguno me produjera una impresión inicial
como la que sentí entonces. Ante mis ojos se desplegó un mar de tiendas
descoloridas sobre las que flotaba una nube de humo y fetidez. Antes de
penetrar en él percibí que había montones de desperdicios apilados en el
exterior sobre los que transitaban afanosamente enormes pajarracos y
famélicos perros, pero también mujeres y niños que identifiqué
inmediatamente como infieles. Las sustancias que componían aquellas
pequeñas montañas de basura eran profundamente repugnantes, pero los seres
que se apiñaban en torno a ellas recogían en ocasiones pedazos de cosas
indefinidas y las guardaban en las haldas de la ropa o incluso las
mordisqueaban allí mismo. Por un momento, me pareció entender cómo el
bravo rey Ricardo había logrado vencerlos con tanta facilidad. «A fin de
cuentas», pensé, «no se diferencian mucho de animales salvajes».
Mientras atravesábamos aquella pestilente ciudad de tiendas me percaté
de cómo los soldados aparecían sucios y barbados y arrojaban al suelo sin
problemas el inmundo contenido de las bacinillas. Apenas escapando de los
orines arrojados al azar y procurando no derribar ninguno de los equipos de
armas que interferían nuestro paso, Marion de Blackstone fue abriendo el
camino de nuestra comitiva. Así, tras deambular un buen rato, llegamos hasta
una tienda parda y sucia que en poco se distinguía de las demás. De un saltito,
Blackstone descendió de su montura y gritó:
—¡Sharif, bribón! ¡Sal inmediatamente!
Nadie respondió al llamado de Blackstone. Éste golpeó impaciente el
suelo con la punta de su pie derecho, se cruzó de brazos y chilló con voz
destemplada:
—¡Sharif, moleré tu negra piel a palos si no apareces inmediatamente!
Como catapultado por un ingenio prodigioso, con el rostro bañado en
sudor y la cabeza inclinada con gesto servil, un hombrecillo de piel oscura y
ojos asustados salió de la tienda haciendo reverencias.

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—Perdón, sayidi, perdón —balbució con una voz trepanada por un temor
profundo.
—Ah —exclamó irritado Blackstone—. ¿Cómo te atreves a tardar cuando
te llama tu amo?
Y sin esperar la respuesta de Sharif, le clavó la diestra en el cogote y
comenzó a propinarle puntapiés con una saña que me sobrecogió.
—Debería arrancarte la piel a tiras —gritaba Blackstone, sin dejar de dar
patadas al infeliz, que apenas lograba esquivar los golpes destinados a su
atemorizado cuerpo.
—Sayidi, perdón, perdón —gemía con acento lastimero.
Finalmente, Marion de Blackstone debió de sentirse cansado de tan triste
ocupación y dejó de golpear a Sharif. Le soltó con gesto de desprecio, se frotó
las manos como si quisiera limpiarlas del contacto con algo impuro y dijo:
—Trae vino de inmediato.
Luego se dirigió hacia mí y exclamó con gesto irritado:
—Estos infieles sólo comprenden el lenguaje de los golpes. Da lo mismo
que se trate de judíos, de mahometanos o de cismáticos. Si no tienes la
energía suficiente para meterlos en cintura se comportan como perros
holgazanes.
En ese momento apareció Sharif con una bandeja en la que descansaban
una jarra y una copa, y Marion de Blackstone interrumpió su discurso para
calmar su sed. Hasta después de vaciar tres veces el cóncavo recipiente no
volvió a dirigirme la palabra.
—Si no fuera porque estamos aquí en busca de gloria, si no fuera porque
nuestra misión es profundamente sagrada, no soportaría un día más esta tierra
llena de moscas y sol —⁠dijo con irritación.
Mientras tanto, Sharif le miraba de reojo con gesto de inquietud. Creo que
temía que de un momento a otro que Marion de Blackstone volviera a
descargar sobre él su cólera. Sin dejar de observar a su amo, se mojó los
labios con la punta de la lengua y con voz temblorosa dijo:
—Sayidi, un siervo de John de Gilles preguntó esta mañana por vos…
Deseaba saber si ya habíais regresado de vuestra tierra.
El cuerpo de Blackstone pareció movido por un resorte al escuchar
aquellas palabras. Ignoraba quién podía ser John de Gilles, pero me resultó
obvio que Blackstone le tenía en una muy alta consideración. Sin mirarme a
los ojos, dijo:
—El caballero John de Gilles no puede esperar. Acompáñame.

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Jamás hubiera podido orientarme yo sólo en medio de aquella maraña de
tiendas y soldados, de infieles y armas, de basuras y desperdicios. Sin
embargo, Blackstone se desplazó por entre aquella inmundicia como si no
hubiera hecho otra cosa en toda su vida. Aunque estuve a punto de perderme
en un par de ocasiones, finalmente logré mantener el contacto con el caballero
hasta que llegamos a su destino. Dos guardianes custodiaban la tienda de John
de Gilles, pero no pudieron impedir la entrada de Blackstone. Con un gesto
decidido, los apartó y penetró en el interior. Luego, sin volverse, hizo un
gesto con la mano y dijo:
—Dick, no te quedes ahí pasmado. Entra.
La tienda de John de Gilles era bastante más grande que la mayoría de las
que se asentaban en aquel campamento. Aunque al principio mis ojos
quedaron sumergidos en una penumbra que casi los cegó, pronto se
acostumbraron a la oscuridad. Entonces le vi.

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El rostro de John de Gilles me causó una sensación extraña. Pequeño y
redondo, de su mentón cuidadosamente rasurado pendía una papada fina y
alargada que, pese a su aspecto blanquecino, me recordó el aspecto de un
urogallo. Sobre su frente, un tanto abombada, se erguía con la altivez de una
cresta un mechón de cabello grisáceo.
—Bienvenido, Marion —dijo John de Gilles con tono seco⁠—. ¿Cómo fue
todo por Inglaterra?
—Magnífico, magnífico —respondió Blackstone con un tono de voz que
me pareció impregnado de un cierto nerviosismo.
—Bien. Ya tendremos ocasión de hablar sobre ello en los próximos días.
Si últimamente he estado esperando con premura vuestro regreso es por un
problema que surgió la semana pasada… Disculpad. Supongo que desearéis
vino…
Sin esperar a que Blackstone le respondiera, John de Gilles dio dos
palmadas y un sirviente cuya piel presentaba un color intensamente negro
apareció con una bandeja en la que reposaban una jarra y varias copas. Con
gesto refinado, la depositó sobre una mesita y comenzó a escanciar el vino.
Denegué con un gesto de cabeza la copa que me ofreció y clavé mis ojos en
John de Gilles. Éste esperó a que Blackstone tragara el ansiado licor y sólo
entonces comenzó a hablar con un tono pausado y tranquilo:
—En primer lugar, debo deciros que pronto entraremos en combate con
una furia nunca vista.
—¿Nunca vista? —preguntó sorprendido Marion de Blackstone.
—Claro, claro —dijo De Gilles, sacudiendo la cabeza⁠—. Habéis estado
fuera y desconocéis lo que ha sucedido en este tiempo.
Se acarició suavemente el mentón e hizo una pausa. Finalmente, volvió a
tomar la palabra:
—Voy a evitar los detalles. De momento os basta con saber que, ante la
imposibilidad de tomar Jerusalén, el rey Ricardo ha aceptado últimamente la

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posibilidad de concluir una tregua con los infieles.
—¡No puede ser! —exclamó Blackstone con gesto de incredulidad.
—No se trata de que pueda ser, sino de que así es —⁠afirmó De Gilles.
—¡Pero eso significa el final de nuestra empresa, el fracaso de lo que nos
trajo aquí, la derrota de nuestras intenciones! —⁠exclamó irritado
Blackstone⁠—. ¿De qué habrán servido entonces todos nuestros esfuerzos?
—Sosegaos, Marion —dijo calmadamente De Gilles⁠—. Nuestro deber es
obedecer a nuestro señor en todo. Además, las cosas no están tan claras como
puede parecer a primera vista. Uno de los problemas más espinosos que hay
que solventar con los infieles es el de los prisioneros. Ricardo desea que se
ponga en libertad sin rescate a todos los cautivos cristianos y Saladino está
actuando de la manera más correosa posible. En los últimos días la vida de
cualquier villano ha adquirido un valor impensable.
John de Gilles hizo una pausa como si intentara desentrañar el secreto de
que alguien insignificante pudiera valer una cantidad importante.
—El caso es que en medio de estas discusiones para evaluar lo que vale
un cautivo se ha producido un secuestro. Hace apenas un par de días
desapareció una dama que formaba parte del séquito regio, una tal Beatriz
de… no sé qué lugar.
—¿Y? —preguntó Blackstone.
—Bueno, al parecer, se trata de un secuestro dirigido a ofender a nuestro
señor, a humillarle poniendo de manifiesto que son los infieles los verdaderos
dueños de esta tierra y que siempre que lo deseen pueden capturar a quienes
quieran. En mi opinión, la muchacha no vale realmente ni un par de monedas
de cobre, pero el rey Ricardo está furioso por lo que considera una grave
ofensa contra él.
—No me extraña —interrumpió airado Marion⁠—. Si yo fuera él ordenaría
ahora mismo que se degollara a todos los infieles que pueblan nuestras
ciudades y luego marcharía al encuentro de Saladino.
—Sí, no dudo de que si vos fuerais Ricardo lo haríais —⁠comentó
calmadamente De Gilles⁠—. Sin embargo, él tiene otras intenciones. Ha
decidido apurar la última posibilidad de concluir una paz. Si los infieles le
devuelven a la tal Beatriz de… lo que sea en un plazo de tres días, pasará por
alto lo sucedido como si jamás hubiera tenido lugar. De hecho, ya ha tomado
la decisión de enviar a un caballero para establecer contacto con los hombres
de Saladino y negociar el rescate de la dama.
—¿Quién es ese caballero? —preguntó sorprendido Marion de
Blackstone.

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—Martin de Vladic —respondió John de Gilles con apenas un hilo de voz.
—¿Martin de Vladic? —gritó irritado Blackstone, mientras levantaba los
brazos por el aire⁠—. ¿Ese renegado, ese hereje, ese infiel peor que un
mahometano? ¿A quién se le ha ocurrido semejante majadería?
—Es el propio Ricardo el que ha tomado la decisión —⁠respondió
calmadamente De Gilles⁠—. Bien mirado, no resulta tan difícil de comprender.
Martin de Vladic es uno de los pocos caballeros que puede entenderse a la
perfección con los infieles hablando en su propia lengua. No creo que pueda
expresarse en menos de media docena de los infernales idiomas que
chapurrean los paganos…
—Si hay algo que no comprendo de esta cruzada es cómo ese miserable
todavía no ha sido expulsado con deshonor —⁠dijo con evidente ira
Blackstone.
—¿Quién podría hacerlo, querido Marion? —señaló De Gilles⁠—. Cuando
el emperador Federico se ahogó en el torrente Salef fue uno de los pocos
caballeros del Imperio que no regresó a sus tierras. Sólo su señor feudal o el
nuevo emperador podrían desposeerlo de su título, pero me temo que tienen
preocupaciones más importantes. Por lo que se refiere al rey Ricardo, no es
que guste mucho de él, pero reconoce que es bravo, que actúa con astucia y,
sobre todo, le agrada que sea uno de los escasísimos caballeros no ingleses
que aún permanece en Tierra Santa. Esa circunstancia le permite afirmar que
nuestra guerra es realmente una cruzada de toda la Cristiandad contra los
infieles.
El gesto de Marion se había ido agriando a medida que escuchaba las
palabras de John de Gilles, pero por la forma en que fruncía los labios me
pude percatar de que no había manera de discutir su exactitud. Había
escuchado seguramente una realidad desagradable pero que parecía innegable.
El caballero Martin de Vladic era un hereje, un pagano incluso, pero no
resultaba fácil librarse de él.
—Pero encomendarle una misión de tanta relevancia… —⁠protestó con
voz teñida de amargura Blackstone⁠—. ¿No había otros caballeros mejores en
nuestras filas?
—Sin duda que sí —concedió De Gilles—. En realidad, lo que a mí me
costaría es encontrar un caballero peor que Martin de Vladic.
Blackstone sacudió la cabeza molesto. Bebió afanosamente una nueva
copa de vino y, tras eructar ruidosamente, dijo:
—¿Y cuándo se supone que Martin deberá abandonar el campamento?

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—Lo hubiera hecho de buena gana ayer mismo, pero anda a la búsqueda
de un criado que pueda acompañarle. El que tenía…
—¿Aquel viejo despistado? —interrumpió despectivamente Marion de
Blackstone.
—Sí. Ese mismo —respondió fríamente De Gilles⁠—. Contrajo unas
fiebres y se puso muy enfermo. Martin de Vladic se tomó la cuestión de una
manera exagerada, como suele ser habitual en él. Se dedicó a cuidarle
personalmente y se mantuvo a su lado hasta después de que resultó claro que
no se curaría.
Me quedé sorprendido al escuchar que un caballero, por raro que fuera, se
había dedicado a cuidar a un criado. Ciertamente, el tal Martin de Vladic
debía de ser un sujeto extraño. Comenzaba a pensar en ello cuando me
distrajo el que continuara la conversación entre John de Gilles y Marion de
Blackstone.
—Quizá esperaba un milagro… —se burló con una media sonrisa
Blackstone.
—En Martín de Vladic todo es posible. Pero si esperaba una intervención
directa de Dios seguramente debió de sentirse decepcionado. Ayer mismo
enterró personalmente a aquel viejo. Una vez que encuentre quien le
sustituya, abandonará el campamento para cumplir su misión.
Una lucecilla se encendió en los ojos acuosos de Blackstone que, como
siempre, divagaban por distintas zonas de la estancia. Sin mirar a John de
Gilles, abrió la boca y dijo en tono susurrante:
—Tengo la sensación de que pronto va a solucionar su problema.
—No será fácil —repuso John de Gilles—. Nadie correría
voluntariamente el riesgo de servir a alguien tan poco querido.
Pensé que John de Gilles tenía razón en lo que acababa de decir. ¿Quién
en sus cabales podría desear entrar al servicio de alguien que era calificado de
hereje por los otros caballeros, que ni siquiera era inglés y que además se
rebajaba hasta el punto de cuidar personalmente de un siervo viejo y
moribundo? Desde luego, nadie que estuviera en su sano juicio.
—Me parece que yo sé quién va a ser su próximo criado —⁠añadió con una
enigmática sonrisa Marion de Blackstone.
Me quedé sorprendido al escuchar esas palabras. El amigo de mi hermano
Edward podía ser valiente y aguerrido, pero no me daba la impresión de que
además fuera un pronosticador de acontecimientos futuros tan difíciles de
desentrañar como aquél. Lo mismo —⁠o algo similar⁠— debió de pensar John
de Gilles. Levantando su ceja derecha en gesto interrogador, dijo:

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—¿Ah, sí? ¿Y quién será, si es que puede saberse?
Marion de Blackstone sonrió, miró por un instante a John de Gilles y
después extendió su brazo derecho.
—Él —dijo con una satisfacción nada disimulada.
Sobrecogido, me percaté de que el índice de Blackstone señalaba en mi
dirección.

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Cuando comprendí en toda su magnitud lo que acababa de afirmar
Marion de Blackstone me sentí profundamente incómodo. Incluso noté que
me temblaban las rodillas y que sobre el estómago se me posaba una opresión
desagradable. Desde luego, la idea de entrar al servicio de un personaje tan
siniestro como debía de ser Martin de Vladic no era lo que yo había pensado
cuando abandoné la casa de mi padre y a mi hermano Edward. Bien estaba
combatir a los infieles, pasar aventuras, arrostrar peligros, sufrir incluso
penalidades; pero, ¿ponerme al servicio de un personaje que, según el propio
De Gilles, era todo menos apreciado?
Intenté formular una protesta e incluso logré abrir la boca; pero entonces,
para azoramiento mío, descubrí que mi lengua se negaba a obedecer. Creo
que tenía tanto temor que apenas lograba hacer que se moviera y articulara
algún sonido inteligible.
—Pe… pe… pero… —balbucí atemorizado.
Sin embargo, John de Gilles y Marion de Blackstone no parecían estar
muy interesados en averiguar lo que yo podía pensar de sus proyectos. Por el
contrario, daba la sensación de que eran presa de un entusiasmo regocijado.
—¿Estáis seguro de que este joven se comportaría como es debido?
—⁠preguntó De Gilles.
—No tengo la menor duda —respondió Blackstone⁠—. Es más, estoy
convencido de que su hermano Edward estará encantado cuando sepa la
misión que le hemos encomendado.
—¿Tan bien conocéis a Edward? —volvió a preguntar De Gilles.
—Por supuesto. Le conozco como si fuera de mi misma carne y de mi
misma sangre.
De Gilles se sumió por un instante en una profunda cavilación. Me dio la
impresión de que no terminaba de decidirse y quise aprovechar sus dudas,
pero la lengua parecía estar sujeta a un malvado embrujo y sólo pude emitir
sonidos inconexos. Finalmente, De Gilles volvió a hablar:

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—No termino de verlo con claridad. El muchacho no parece muy
inteligente. ¿Y si Martin de Vladic no desea aceptarle?
Iba a protestar por aquellas palabras que indicaban indiscutiblemente que
De Gilles me consideraba tonto, cuando Blackstone volvió a intervenir:
—O poco conozco a Martin de Vladic o aceptará al muchacho. Además,
por muy estúpido que sea este mozalbete —⁠y os aseguro que no lo es⁠— nunca
podría superar a su antiguo criado…
—Sí —asintió De Gilles—. De eso pocas dudas pueden caber. Está bien.
Contáis con mi bendición. Haced lo que os habéis propuesto.
Hubiera deseado protestar por lo que me parecía una injusticia y un
atropello, pero lo cierto es que no tuve la más mínima posibilidad. Antes de
que pudiera pronunciar una frase medianamente coherente, Marion de
Blackstone me había agarrado del brazo y, tras despedirse de John de Gilles y
abandonar su tienda, me arrastraba a través de los huecos, sucios e irregulares,
que las tiendas del campamento dejaban entre sí. A punto estuve de ser
coceado por una mula, de abrasarme en un fuego y de que me ensartara un
soldado que practicaba con su espada. Recordándolo ahora casi me parece un
milagro que pudiera llegar al lugar donde estaba Martin de Vladic sin recibir
ni siquiera un rasguño.
El caballero del que tan mal habían hablado John de Gilles y Marion de
Blackstone había situado su tienda a unos pasos de distancia del resto del
campamento. En aquel entonces pensé fugazmente que había sido relegado a
ese enclave por sus compañeros, pero ahora me pregunto si no fue más bien él
quien decidió aislarse de gente que no le quería.
Tirando de mi mano, Marion recorrió los pocos pasos que nos separaban
de la tienda. Entonces, una vez que hubo llegado junto a su entrada, se
detuvo, inspiró con fuerza, se aclaró la vinosa voz y dijo con tono solemne:
—Martin de Vladic, soy Marion de Blackstone. ¿Podría hablar con vos?
Un silencio espeso como un sudario descendió sobre nosotros. De hecho,
era tan profundo que, por un momento, dejé de escuchar la abigarrada
algarabía del campamento y todo pareció reducirse al soplo suave de una
brisa fresca y agradable. Fue entonces cuando Martin de Vladic salió del
interior de su tienda.
Aunque ya hace tiempo que las canas cubren mis sienes, puedo recordar
con nitidez su aspecto de aquel día. En él no había nada de impresionante. De
pelo negro y brillante, sus patillas eran algo blanquecinas y se alargaban hasta
unirse a una barba entrecana y corta. Su estatura no era muy elevada, pero
observé que sus piernas eran muy robustas y que su cuerpo resultaba

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medianamente corpulento. Sin duda, un empujón con él habría bastado para
derribar al suelo a un hombre de cierta envergadura. Podría no ser muy alto,
pero tampoco era bajo y, pese a su aspecto un tanto desgarbado, no parecía un
adversario despreciable. Con todo, lo que más me llamó la atención fue su
mirada. La busqué directamente porque nunca había contemplado a un hereje
amigo de infieles y pensaba que de sus pupilas brotarían llamas o incluso
azufre. Pero no fue así. Sus ojos eran de tamaño medio, pero parecían
invadidos por una fuerza especial. Contemplaría esos ojos docenas de veces
en los días sucesivos y creo que, aunque pasaran miles de años jamás podría
olvidar las diferentes formas —⁠risueñas, graves, irónicas, alegres⁠— que se
reflejaban en sus pupilas castañas. En aquel entonces me parecieron albergar
una tristeza profunda y entrañable.
—¿En qué puedo serviros? —dijo con tono grave.
—Soy yo más bien el que vengo a rendiros un servicio a vos —⁠contestó
con voz risueña Marion de Blackstone⁠—. Acabo de enterarme de que
perdisteis estos días de atrás a vuestro criado y que eso os impide partir para
una misión que desea encomendaros el rey Ricardo. ¡Pues bien, aquí tenéis
con quien sustituirlo!
A diferencia de Blackstone, Martin de Vladic resultó ser un hombre que
miraba a los ojos. De hecho, de no haber sido éstos tan suaves hubiera podido
interpretarse su manera de clavar la mirada como una insolencia. Pero pude
percatarme de que no era descaro lo que se desprendía de aquellas pupilas,
sino franqueza. «¡Claro», pensé, «los herejes han perdido tanto la cabeza y el
alma que no temen mirar directamente!».
—Supongo que sabes montar a caballo —dijo sin apartar su vista de la
mía.
—Y manejar una espada —añadió Blackstone con calor.
Martin de Vladic no pareció reparar en las palabras de Blackstone. Me
echó un vistazo y entonces, inesperadamente, sacó una daga que llevaba
colgada del cinto y la lanzó contra el suelo clavándola.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—Dick —respondí—. Dick de Beaumont.
—Bien, Dick, cuando la daga y su sombra tengan la misma longitud
partiré. Si ya estás aquí con todo tu equipo, podrás venir conmigo; si todavía
no estás preparado, emprenderé la marcha solo. A fin de cuentas, no necesito
un criado para lo que tengo que hacer.
—¡Magnífico! —asintió entonces Blackstone⁠—. Aquí estará. En ello
empeño mi palabra.

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Y efectivamente, hizo todo lo posible por cumplirla. Sin dejar de escuchar
sus gritos, corriendo, sudando, tropezando y jadeando, regresé a donde se
encontraban nuestros equipajes y luego, ya solo y siguiendo sus instrucciones,
logré arrastrar mi impedimenta hasta el lugar donde se hallaba Martin de
Vladic. ¡Cuál no sería mi desaliento cuando contemplé que en el sitio donde
antes se alzaba una tienda ahora no había nada! ¡El caballero se había burlado
de mí aprovechando mi ausencia para marcharse solo! En silencio maldije mi
suerte y comencé a dar patadas en el suelo. ¡Qué manera más estúpida de
comenzar mis aventuras en Tierra Santa! Primero, había sido un viaje lleno de
vomitonas; luego, la sensación de que Marion de Blackstone sólo deseaba
librarse de mí cuanto antes, y ahora, para remate, la desaparición de Martin de
Vladic. Pero, ¿cómo podían irme tan mal las cosas nada más empezar?
Furioso, me desesperaba en estas reflexiones cuando sonó una voz a mi
izquierda.
—Cuando hayas terminado de dar puntapiés a la tierra podremos
marcharnos…
Sorprendido, me giré hacia el lugar de donde procedían aquellas palabras.
En pie y con una sonrisa irónica en los labios, se encontraba contemplándome
Martin de Vladic. A unos pasos detrás de él pude contemplar las siluetas de
dos caballos. Sobre uno reposaban lo que parecían ser sus armas, mientras
que el otro cargaba con el resto de su impedimenta.
—No os había visto… —balbucí confuso.
—¿Y siempre que no ves a quien esperas tienes la costumbre de pagar tu
enojo con el suelo que pisas?
No había ningún tono de reproche en las palabras de Martin de Vladic,
pero sentí que enrojecía hasta la raíz del cabello. Ciertamente, mi
comportamiento había sido más digno de un mamoncete al que retiran del
pecho de su madre que de un joven que aspira a ser algún día caballero.
—Os ruego que me disculpéis… —acerté a decir completamente
avergonzado.
—Dick —contestó con gesto sereno, mientras se dirigía hacia su
montura⁠—. No es a mí a quien habéis dado las patadas.
No me pareció entender lo que había querido decir, pero me limité a
seguirle, y cuando subió en su caballo yo puse el pie en el estribo y monté en
el mío.
Durante un buen rato cabalgamos en silencio. Martin de Vladic parecía
absorto en sus pensamientos y yo me sentía tan ridículo que no me atreví a
dirigirle la palabra. Así dejamos atrás el campamento, salimos a un camino

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trazado por las pisadas de las caballerías, y comenzamos a adentrarnos por lo
que parecía un conjunto de colinas secas, peladas y pardas.
Habíamos pasado ya media docena de estos tristes montículos cuando, a
lo lejos, me pareció vislumbrar lo que parecían unas figuras humanas. Pronto,
lo que asemejaban ser sólo bultos fueron adoptando un aspecto más concreto.
Eran tres hombres y un mozalbete que vestían de una manera que se me
antojó un tanto extraña. Aún me sentía avergonzado y ridículo por lo sucedido
y me costaba pensar tan sólo en dirigir la palabra a Martin de Vladic; pero,
finalmente, la curiosidad pudo más que mi pudor.
—Señor —dije con un hilo de voz—, ¿qué tipo de gente es ésa?
—Son judíos —respondió Martin de Vladic.
¡Judíos! «Bueno», pensé, «quizá no todo haya empezado tan mal».
¡Seguramente, podría comenzar mis hazañas en Tierra Santa luchando contra
ellos! Verdaderamente era una vergüenza que pudieran circular con toda
libertad por aquellos parajes que pertenecían ya al rey Ricardo.
—Señor —dije con un recuperado entusiasmo⁠—, me gustaría deciros que
se nos presenta una magnífica ocasión de combatir a los enemigos de la
verdadera fe. Si me lo permitís, podría dirigirme cabalgando hasta el que va al
frente y asestarle un mazazo en la tapa de los sesos. Cabalgo muy bien. Luego
vos…
—No te lo permito —cortó secamente Martin.
Me mordí los labios molesto. De nuevo había vuelto a ser un
impertinente. ¡Era Martin de Vladic el que tenía que golpear el primero y yo
había cometido una falta de respeto queriendo anticiparme! ¿Cuándo iba a
aprender?
—Sí, claro, señor. Perdonadme —contesté en tono de disculpa⁠—. Sois
vos el que debéis dar el primer golpe. Disculpad mi impetuosidad. Alancead
vos al que va en cabeza, que yo inmediatamente derribaré al segundo. Van a
pie y será una tarea fácil. De hecho, creo…
—Me temo que no me has entendido, Dick —me interrumpió con voz
tranquila pero firme Martin de Vladic⁠—. Ni tú ni yo vamos a causar el menor
daño a esas gentes.
¡Desde luego que no le entendía! ¡Se nos presentaba una magnífica
ocasión para enseñar a aquella gentuza quiénes éramos, y el caballero al que
acompañaba la desperdiciaba!
—Pero si son judíos… —balbucí estupefacto.
—Dick —dijo Martin—. Si yo no recuerdo mal, también Nuestro Señor
Jesucristo era judío, y a la misma estirpe pertenecía su bienaventurada madre

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y los apóstoles. ¿La hubierais emprendido a mazazos con ellos por esa razón?
Presa del estupor más profundo, miré a Martin de Vladic. ¡No se burlaba
de mí! De hecho, había detenido su caballo y me miraba con gesto de
interrogación, como si deseara realmente que le contestara.
—Pues… —comencé a hablar—. La verdad es que no sé qué deciros…
Nunca se me ocurrió pensar que Nuestro Señor Jesucristo fuera un judío…
—De lo que podéis estar seguro es de que no nació en Inglaterra —⁠repuso
Martin de Vladic.
Confuso, volví mis ojos hacia el camino. Las cuatro tristes figuras se
hallaban ya a pocos pasos de nosotros. Habían bajado el rostro, como si
temieran encontrarse con nuestras miradas, e incluso me pareció que
apretaban el paso para rebasarnos cuanto antes. Seguramente lo hubieran
conseguido si Martin no se hubiera dirigido a ellos en una lengua que me
sonó dura y gutural. Sorprendidos, los judíos alzaron la mirada y le
respondieron temblonamente. Así intercambiaron en su incomprensible
jerigonza algunas frases y, finalmente, se despidieron y prosiguieron su
camino. Nuevamente, mi curiosidad fue más poderosa que mi cortesía o mi
temor.
—Señor —dije intrigado—, ¿qué podíais vos hablar con esos infieles?
Martin de Vladic me miró durante un instante. Luego abrió los labios y
dijo:
—Esa gente procede del lugar al que nos dirigimos. Pensé que nos
podrían proporcionar una información que necesitamos y se la pedí.
—¿Y os la dieron? —pregunté sorprendido.
—¿Por qué no habrían de hacerlo? —respondió Martin.
—Bueno… ellos mataron a Cristo… —dije con voz temblona.
—¿Qué mataron a Cristo? —exclamó Martin—. No creo. Eso sucedió
hace más de un milenio y el más viejo de esos tres judíos no tendría más de
sesenta años.
Le hubiera replicado, pero Martin de Vladic añadió entonces un
comentario que me lo impidió:
—Supongo que estás ansioso por entrar en combate. Quizá no termine el
día sin que tus deseos se vean cumplidos. Desde hace más de una hora nos
viene siguiendo una banda de sarracenos armados.

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Giré la cabeza en todas las direcciones, deseoso de descubrir a nuestros
enemigos, pero lo único que mis ojos contemplaron se redujo a los pelados
montículos que bordeaban el camino. Lleno de ansiedad, me dirigí en voz
baja a Martin de Vladic:
—No veo a nadie.
—Querido Dick —dijo con una tranquilidad que sólo contribuyó a
acentuar mi sensación de azoramiento⁠—. Los sarracenos no son cristianos
ciertamente, pero eso no significa que sean estúpidos. Los tres que nos vienen
siguiendo sólo esperan la mejor ocasión para acercarse a nosotros y descubrir
si merece la pena atacarnos o dejamos proseguir nuestro camino en paz.
—¿Tres? —dije sorprendido—. Pero si sólo se ven matorrales y
pedruscos…
—Si no aprendes con rapidez a ver las cosas que permanecen ocultas en
esta tierra, pronto habrás dejado de vivir —⁠dijo Martin.
Sentí como si un dedo helado recorriera mi espalda. Aunque hacía todos
los esfuerzos posibles por aparentar indiferencia, por mostrarme aguerrido e
impasible, la verdad es que no me sentía nada feliz ante la perspectiva de que
aquellos infieles descendieran de alguna colina lanzando alaridos y dispuestos
a degollarnos.
—¿Tenéis alguna idea de cuándo nos atacarán? —⁠pregunté inquieto.
—No, exactamente; pero pronto saldremos de dudas.
Apenas había terminado de pronunciar aquellas palabras cuando tres
briosos corceles surgieron de detrás de un montículo rocoso que se hallaba
situado al lado derecho del camino. Los jinetes que los montaban tenían un
aspecto que se correspondía ciertamente con las descripciones que ya había
escuchado acerca de los guerreros de Saladino. Aunque su estatura no era
excesivamente elevada y tampoco llevaban armaduras, transmitían una
sensación de gallarda fiereza. Sus blancas túnicas —⁠que contrastaban
fuertemente con sus atezados rostros⁠— les llegaban casi hasta los tobillos, y

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de los arzones colgaban aljabas y unos escudos redondos y pequeños. Por lo
que se refiere a sus espadas, eran finas y curvas, muy distintas de las de
nuestros paladines. De manera casi imperceptible, se abrieron en abanico
como si pensaran con su exiguo número desbordarnos por los flancos. Casi
instintivamente me llevé la mano a la espada.
—No se te ocurra desenvainar tu acero —dijo en voz baja Martin de
Vladic.
A continuación, y sin permitir que tuviera posibilidad de contestarle, picó
espuelas a su caballo y avanzó unos pasos. Entonces se detuvo, se llevó
ambas manos a la cabeza y se despojó del yelmo, que sujetó en el arzón de la
silla de montar.
A mí aquel gesto me pareció incomprensible porque de manera
imprudente le exponía a recibir un golpe mortal de cualquiera de los tres
jinetes. Sin embargo, ninguno de éstos se atrevió a aprovechar su ventaja. Por
el contrario, de sus gargantas brotó un murmullo de sorpresa, como si algo
inesperado y terrible se hubiera alzado ante su vista. De repente, uno de ellos
dijo con voz claramente audible:
Hua Al-Qit.
¿Hua Al-Qit? ¿Qué diablos querían decir esas palabras? No tenía la menor
idea, pero, aun en medio de la tensión de aquellos momentos, noté que su
efecto sobre los sarracenos había sido inmediato. Incluso me pareció
distinguir que sus bronceados rostros palidecían. Como si temieran que sus
caballos pudieran lanzarse en nuestra dirección, dos de ellos tiraron con
firmeza de las riendas. En cuanto al tercero, espoleó suavemente a su montura
y se acercó a una distancia de apenas unos pasos de Martin de Vladic.
Durante un instante un silencio, pesado y mudo como el de los
cementerios, pareció envolvernos. Ni los otros dos sarracenos ni mucho
menos yo osamos realizar el más mínimo movimiento. Nos limitábamos,
inquietos y conteniendo la respiración, a observar al tercer guerrero cuya
mirada se había clavado con firmeza en la figura de Martin de Vladic. Éste
parecía haberse convertido en una estatua de piedra, inmóvil, frío y quieto.
Finalmente, el jinete que estaba enfrente de él pareció tomar una decisión.
Con un gesto ágil, similar al de un joven felino, saltó de su silla de montar y
descendió a tierra. Luego dio un azote en el anca de su caballo para obligarlo
a retirarse y con gesto ceremonioso desenvainó la espada.
A mí aquella acción me pareció estúpida porque proporcionaba a Martin
una ventaja inesperada. De hecho, aún se hallaba montado y habría podido

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embestir contra su oponente y matarlo de un solo tajo asestado desde el
caballo. Alentado por tan halagüeña perspectiva le susurré:
—Señor, matadlo ahora. Matadlo. Él va a pie y vos a caballo.
Pero, aunque le repetí el mensaje dos o tres veces, Martin de Vladic no
pareció inmutarse lo más mínimo. Tras unos instantes que me resultaron
eternos, desmontó y con un tono de voz tranquilo pero firme pronunció unas
frases en una lengua que pensé que sería la de los sarracenos. Ignoro lo que
dijo, pero pude percatarme de que un ligero temblor se apoderó
momentáneamente de la diestra de su adversario, mientras sus dos
compañeros, ahora ya muy inquietos, seguían repitiendo aquellas palabras que
a mí me parecían envueltas en un halo mágico:
—Hua Al-Qit. Hua Al-Qit.
Creo que el sarraceno pensó siquiera un instante en retirarse. Por sus ojos
se deslizó una sombra de duda, pero, quizá por temor a que su orgullo
quedara herido, no lo hizo. Lanzando un grito inesperado y terrible, alzó la
espada en el aire y trazando una media luna mortal la descargó sobre Martin
de Vladic. Por un instante cerré los ojos convencido de que cuando los abriera
encontraría al caballero partido en dos. Sin embargo, no fue así. Éste alzó su
espada, detuvo el golpe enemigo cuando descendía y luego, rotando sobre sí
mismo, hizo una palanca que arrojó al sarraceno contra el polvo.
Un grito de sorpresa salió de las bocas de los otros dos. Esperé que Martin
corriera hacia su adversario y aprovechando su debilidad le clavara en el
suelo de una estocada. Sin embargo, no lo hizo. Tranquilo y sereno, se
mantuvo a distancia, esperando la reacción del guerrero. En los ojos de éste se
dibujó primero el estupor y luego la cólera. No sólo no había logrado matar a
Martin sino que a éste le había bastado un golpe para derribarle. Lentamente,
se levantó, pero no para retirarse, sino para continuar el combate. Con
movimientos cautelosos, comenzó ahora a desplazarse lateralmente, como si
deseara sorprender a contrapié a Martin para ensartarle con la mayor
facilidad. Vladic captó inmediatamente la intención de su oponente, pero no
se dejó amilanar. Sin apartar de él la vista un solo instante, esperó una vez
más a que le atacara. No tuvo que hacerlo durante mucho tiempo. Esta vez sin
gritar, el sarraceno intentó golpearle con una estocada de fondo por la
izquierda, luego por la derecha y finalmente sobre el cuello. Martin esquivó
limpiamente las dos primeras acciones, realizó una finta al recibir la tercera y,
nuevamente, girando sobre sí mismo, describió un arco que le permitió
colocar su espada sobre el vientre del musulmán. Un ligero empujoncito, una
suave pero firme pulsión, y aquel hombre vería sus intestinos esparcidos por

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el polvoriento suelo. Me fijé en cómo el sudor perlaba su frente e incluso
cerraba los ojos esperando el golpe fatal. Entonces Martin deslizó suavemente
la punta de su espada desde la tripa de su adversario hasta su garganta.
«¡Mejor!», pensé, «le va a degollar. Es lo menos que se merece». Pero lo que
yo esperaba no se produjo. Con un gesto rápido, casi grácil, Vladic apartó la
espada del cuerpo del infiel y por segunda vez evitó rematarle.
Aquella inusitada muestra de clemencia provocó una reacción inmediata
de los otros dos sarracenos. Saltaron de sus caballos y corrieron hasta su
compañero para agarrarle de ambos brazos y retirarle del combate. Mientras
se inclinaban ceremoniosamente ante Vladic y pronunciaban unas palabras
que intuí agradecidas, comenzaron a arrastrar al tercero hacia su caballo. Sin
duda, temían que Martin cambiara de opinión y le privara de la vida. Mientras
tanto, Vladic había dado la pelea por concluida, con calma se había dirigido a
su caballo, se había vuelto a colocar el yelmo sobre la cabeza y antes de
montar envainó la espada que se había negado a usar. Apenas lo hubo hecho,
cuando, lanzando un aullido desgarrador, el doblemente vencido sarraceno se
desasió vigorosamente de sus compañeros y corrió hacia Martin de Vladic
con el alfanje desenvainado.
—¡Señor! —grité—. ¡Cuidado! ¡Intenta mataros!
Como si lo esperara, Martin no se movió del lugar en que se encontraba.
Sólo cuando el traidor sarraceno se hallaba a escasas pulgadas de él con el
brazo levantado, Vladic inclinó rápidamente su cabeza y la lanzó como si de
un ariete se tratara contra el pecho de su enemigo. Fue un golpe fulminante
que detuvo en seco la carrera mortal del sarraceno, aunque sin derribarle. Sin
embargo, cuando en rápida sucesión Martin levantó la testa y golpeó con la
coronilla del yelmo el mentón de su oponente, éste perdió el equilibrio y,
dando un par de traspiés hacia atrás, cayó al suelo. Antes de que pudiera darse
cuenta cumplida de lo que le había pasado, Vladic había vuelto a desenvainar
la espada y a apoyar en el cuello del caído la punta de su acero.
—¡Matadlo, señor! —grité presa de la cólera más absoluta⁠—. ¡Es un
traidor! ¡Es un cerdo! ¡Es un cobarde! ¡Matadlo, matadlo de una vez!
El sarraceno cerró los ojos mientras su pecho comenzaba a subir a una
velocidad mayor que la de un fuelle activado por un herrero experto. Sin
retirar la espada del cuello del caído, Martin se inclinó un poco y le musitó
unas palabras. Habló en un tono de voz tan quedo que resultó imposible saber
lo que decía, aunque, seguramente, lo hizo en su idioma y de escucharlas yo
no las hubiera entendido. Cuando terminó, Martin volvió a incorporarse y el
musulmán cerró los ojos. Esperé por un instante que le decapitaría de un solo

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tajo. Sin embargo, Vladic se limitó a gritar algo a los otros sarracenos y éstos
acudieron corriendo para llevarse a su compañero.
Esta vez el vencido no se resistió. Parecía completamente desmoronado
por lo acontecido en los instantes anteriores y, de hecho, sus compañeros
tuvieron que ayudarle a montar a caballo y luego tirar de las bridas de éste
para alejarse.
Yo me sentía, sin embargo, muy insatisfecho. Martin de Vladic había
demostrado ser un magnífico conocedor del arte de la esgrima; pero, ¿de qué
nos había servido? Ni había dado muerte a un infiel ruin y traicionero como
exigía la justicia, ni habíamos obtenido ningún botín tangible y ni siquiera
nadie contaría en el futuro aquella hazaña porque ¿quién podría creerse que
un caballero perdonara la vida por tres veces a una sabandija como aquélla?
Molesto, confuso e irritado me acerqué presurosamente a Martin de Vladic:
—Señor, perdonad si os digo que no entiendo nada de lo que acaba de
suceder…
Hice una pausa, tragué saliva y volví a dirigirme a él:
—No creáis que me refiero a las palabras que habéis intercambiado con
esos infieles. Está bien claro que esa lengua pagana no puedo entenderla…
No, a lo que me refiero es a que no puedo comprender cómo habéis permitido
que ese sujeto siguiera viviendo después de comportarse de una manera tan
vil y repugnante. Creo que deberíais haberle atravesado de parte a parte y
librar a esta Tierra Santa de la presencia de un personaje tan asqueroso y
además…
Pero Martin de Vladic no me permitió concluir. Clavó en mí sus ojos,
unos ojos castaños cargados de pesar, y dijo:
—Querido Dick, en esta tierra ya se ha derramado sangre de manera más
que sobrada. Y ahora, si no tienes inconveniente, debemos continuar nuestro
camino.

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Durante unas horas, mientras proseguíamos nuestro camino, me sentí
lleno de un profundo estupor. Me preguntaba un tanto horrorizado si no
habría sido presa de un terrible error al no resistirme de manera encarnizada a
acompañar a Martin de Vladic. Jamás debía haber aceptado servir de escudero
de un personaje como aquél, que mostraba su verdadera y lamentable
catadura hablando bien de los judíos y perdonando la vida a traicioneros
agarenos. Sin embargo, en medio de mi desolación, intentaba consolarme
pensando que si el rey Ricardo, el famoso Corazón de León, le había elegido
sería por alguna razón de peso. Cuál pudiera ser ésta —⁠por mucho que me
estrujaba la sesera⁠—, no se me ocurría.
Así fuimos avanzando en una dirección que yo desconocía totalmente.
Nos cruzamos con algún grupo de buhoneros, generalmente vestidos de
manera miserable y cargando sus escasas mercancías a lomos de un asnillo o
de un camello. Pasamos por caminos bordeados de palmeras, por veredas
cuyo trazado costaba descubrir en medio de la tierra, por sendas polvorientas
impregnadas, no obstante, por el aroma de plantas balsámicas. Así llegamos
hasta la orilla de un mar que, a diferencia del que había conocido en mi tierra,
era de un suave color azul claro y recibía los cálidos rayos del astro rey.
Durante buen número de horas, Martin de Vladic no pronunció una sola
palabra, pero cuando las olas quedaron situadas ante nuestros ojos detuvo su
caballo y, girándose sobre la silla, me dijo:
—¿Conoces las Escrituras?
No sabía cómo responder a aquella cuestión. Sobre todo, me sentía
profundamente confuso. ¿A qué venía ahora tan extraña pregunta?
—Pues… —balbucí— los Evangelios…
—¿Conoces el libro de los Hechos de los apóstoles? —⁠volvió a
interrogarme Martin de Vladic con un tono que no era imperioso sino más
bien neutro.

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—No muy bien —mentí, porque la realidad era que lo desconocía de
manera total.
Me pareció vislumbrar una sonrisa burlona en el rostro de Martin; pero
fue tan rápida que no hubiera podido asegurarlo.
—Cuando pasemos esa loma —dijo Vladic, señalando con su diestra⁠—
encontraremos la ciudad de Jafa. Los judíos dicen que la fundó Jafet, el hijo
de Noé, mientras que los griegos la atribuyen a Jopa, la hija de Eolo. En
realidad, lo único que podemos dar por cierto es que aquí vivió Pedro, el
apóstol de Jesús; que aquí curó a una niña llamada Tabita y que aquí tuvo una
visión que le ordenaba que permitiera a los que no eran judíos que entraran en
la iglesia.
—¿Qué? —pregunté sorprendido—. ¿Y quién iba a entrar en la iglesia
salvo los que no son judíos?
—Debes leer el libro de los Hechos —respondió calmadamente Vladic⁠—.
Así sabrás que durante años todos los discípulos de Jesús fueron judíos.
Hubiera deseado interrogar a Martin de Vladic sobre aquellas extrañas
palabras, pero no pude. El caballero azuzó a su caballo y prosiguió el camino.
Cuando pasamos la loma pude percatarme de la cercanía de Jafa. Vista en
lontananza parecía una hermosa población. Situada sobre una colina que nacía
del mar, a medida que nos fuimos acercando percibí un dulce aroma que
inundó de alegría mi corazón.
—Mira a tu derecha —dijo Vladic, mientras subíamos por un camino que
llevaba hasta la parte más elevada de la población⁠—. ¿Qué ves?
Sorprendido, me percaté de que la senda estaba bordeada por unos árboles
bajos de brillante hoja verde. De ellos colgaban unos frutos redondos de
tonalidad entre rojiza y dorada.
—De esos árboles procede el olor que aspiramos —⁠dijo Martin de
Vladic⁠—. Ni en tu tierra ni tampoco en la mía hay nada similar. A decir
verdad, sólo he visto esos frutos en esta tierra y en la de Hispania.
Observé con interés aquellas bolas doradas. El aroma de los árboles y las
palabras de Martin de Vladic habían hecho nacer en mi interior un deseo casi
irresistible de probarlas. Dudé por un instante y, finalmente, me decidí.
—¿Podría tomar uno de esos frutos? —pregunté con voz titubeante.
Sin responder, Martin de Vladic descendió de su montura y se encaminó
hacia uno de los árboles. Cuando llegó a su lado, sacó su puñal del cinto, asió
una de las frutas y la separó de la rama con un corte limpio. Luego desandó el
camino y me la tendió.
—Toma. Pruébala.

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Así la fruta. Tenía una suave piel rugosa y un aroma extraordinariamente
agradable. Entusiasmado, me la llevé a la boca y la mordí. Una sensación de
malestar se apoderó de mi paladar al hincar los dientes en aquella bola. La
piel del extraño fruto me resultó dura además de amarga y, asqueado, la
escupí. Martin de Vladic me arrancó entonces la redonda fruta de la mano.
—Dick —dijo con voz pausada—, lo que acaba de sucederte tendría que
enseñarte dos lecciones. La primera es que no debemos dejarnos llevar por
una primera impresión agradable. La fruta huele bien y presenta un aspecto
atractivo, pero te repugnó cuando la mordiste.
No pude evitar entonces dirigir una mirada resentida a Martin de Vladic.
Si deseaba enseñarme una lección, podía haberme ahorrado este trato tan
humillante.
—La segunda lección —prosiguió Martin de Vladic, mientras con su
cuchillo arrancaba de la fruta tajadas de piel dorada⁠— es que nunca debes
creer del todo la primera impresión. Toma.
Contemplé que Martin de Vladic me tendía nuevamente la fruta.
Despojada de su cáscara dorada, presentaba un triste aspecto blanquecino.
—Vamos. Pruébala —insistió el caballero.
Dubitativo, eché mano de aquel pálido fruto y más temeroso todavía me la
llevé a los labios y mordí. Un zumo generoso me inundó la boca. Jamás había
sentido un sabor como aquél. Era dulce, suave, incomparable. Cerré los ojos y
paladeé aquel don de Dios.
—La fruta que estás comiendo se llama naranja —⁠dijo Martin de Vladic,
arrancándome de mi ensueño⁠—. Existen pocas cosas más sabrosas en el
mundo, pero no podemos esperar a que termines de degustarla. Es mejor que
la acabes mientras seguimos cabalgando, porque debemos hallar alojamiento
antes de que anochezca.
Cruzamos la puerta de la ciudad y, mientras nos adentrábamos por unas
callejuelas estrechas donde sólo reinaban las frescas sombras que protegían
del calor, Martin de Vladic me fue comentando cómo Jafa había caído en
manos del musulmán Saladino cuatro años atrás y cómo había sido
conquistada por Ricardo hacía muy poco tiempo. Se suponía que la ciudad era
cruzada, pero contaba con un muy amplio barrio musulmán y con una judería.
Hacia ella decidió dirigirse Martin de Vladic para pasar la noche.
Naturalmente, yo protesté:
—Pero, mi señor, ¿cómo vamos a compartir techo con… —⁠iba a decir los
asesinos de Cristo, pero decidí omitir la expresión⁠—… esos judíos? ¿Acaso
no hay cristianos que nos puedan brindar hospitalidad?

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—Dick, nuestra misión es la de encontrar a la pobre Beatriz, no la de
estrechar lazos con la población cristiana local. Tengo mis razones para
pensar que se encuentra secuestrada en Jafa o en sus cercanías, pero necesito
confirmar mis sospechas.
—Pero, ¿cómo…? —pregunté sorprendido; sin embargo, la única
respuesta que recibí fue el índice de Martin de Vladic cruzando los labios,
indicándome así que debía guardar silencio.
Si las calles de Jafa eran estrechas, cuando comenzamos a internarnos por
la judería su carácter angosto se acentuó todavía más. Las casas parecían
dispararse hacia el cielo como si estuvieran inmersas en un intento imposible
de recibir la luz del sol. Aquella oscuridad se me antojó tenebrosa y me
pareció sentir la mirada maligna de millares de ojos desalmados que nos
acechaban desde las celosías de madera. Cuando un dedo viscoso y helado se
deslizó por mi nuca, no pude evitar lanzar un aullido de terror.
Martin de Vladic se volvió hacia mí y preguntó con calma:
—¿Se puede saber qué te sucede ahora, Dick?
—Me ha tocado… me ha tocado un dedo —dije con voz temblona,
mientras mis rodillas chocaban incontrolablemente contra los lomos del
caballo.
Martin de Vladic me volvió nuevamente la espalda y dijo:
—Debes aprender a no confundir con dedos fríos las gotas de agua que
caen de las casas.
Miré hacia arriba para ver si era así. No pude hacerlo en mejor momento,
porque una nueva gota cayó a plomo sobre mi ojo derecho aumentando mi
sensación de desamparo. Me había portado como un estúpido timorato. Me
mantuve en silencio mientras Martin llegaba a la esquina de la angosta
callejuela y desmontaba. Cuando se acercó a una puerta que estaba a la
derecha sospeché que quizá habíamos llegado a nuestro punto de destino.
Me apresuré por situarme a la altura de Martin de Vladic, pero cuando le
alcancé el acceso a la casa seguía cerrado a cal y canto, y todavía pasaron
unos instantes antes de que se oyera el descorrer de unos cerrojos en su
interior. Cuando, finalmente, la puerta se entornó, la visión que apareció en el
umbral me provocó un respingo de espanto.

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La imagen que apareció ante mis ojos se hallaba teñida por todas las
características de lo siniestro. Pequeña y roma, estaba envuelta en espesas
tinieblas, pero su rostro aparecía iluminado por un resplandor desasosegante
que salía de entre sus manos grises y sarmentosas. Sus ojos redondos, sus
orejas grandes y su barba gris y abundante sólo contribuían a acentuar aquella
sobrecogedora impresión. La angustiosa figura me miró con gesto molesto
pero interrogante, mas cuando sus ojos se desplazaron hacia Martin pareció
que las pupilas se dilataban en una mueca de espanto. «¡Dios bendito!»,
pensé, «¿quién puede ser este monstruo horrible?». Atemorizado, dirigí una
mirada interrogadora hacia Martin de Vladic.
Para profunda desazón mía, el caballero no daba la menor muestra de
inquietud. Por el contrario, una sonrisa amplia se había posado sobre su rostro
proporcionándole un aspecto casi risueño.
—Shalom, Abraham —dijo Martin de Vladic⁠—. Mah shlomjá?
—¡Al-Qit! —exclamó sorprendido aquel siniestro personaje, y a
continuación pronunció una parrafada en una lengua que encontré
incomprensible, aunque hubiera podido asegurar que pertenecía a una estirpe
de infieles.
—Abraham —le interrumpió Martin de Vladic⁠—. Mi acompañante no
entiende tu lengua. Creo que lo más adecuado es que nos expresemos en la
mía.
El personaje de la barba puntiaguda y la luz tétrica pareció recordar mi
existencia y me dirigió una mirada sorprendida pero no hostil.
—Sí, Al-Qit, claro, claro, debes disculpar a este tu siervo —⁠dijo con gesto
ceremonioso⁠—. Pasad a mi humilde morada.
Mientras el tal Abraham volvía a introducirse en la oscura vivienda,
Martin de Vladic me hizo un gesto con la mano para que le siguiera. La idea
de ser el primer cristiano que cruzara aquel umbral no me atraía, pero obedecí
para no dar la sensación de que era un cobarde. Cuando todos estuvimos en el

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interior y escuché cómo aquel homúnculo corría los cerrojos, no pude menos
que experimentar una sensación de ahogo. ¿Dónde nos hallábamos y para
qué? No tuve tiempo de preguntarlo. El hombrecillo echó a andar y me vi
sumergido en un pasillo estrecho cuyas paredes y techumbre apenas eran
iluminadas por la escasa luz que sujetaba entre los dedos. Así, tras dar un
número de pasos que me parecieron infinitos, nuestra extraña comitiva fue a
desembocar en una inmensa negrura que sólo se disipó cuando nuestro
fantasmagórico guía comenzó a encender velas y quedó al descubierto una
amplia sala.
Bajo aquella luminosidad, el aspecto de nuestro acompañante me pareció
menos fantasmagórico. Era cierto que su barba tenía una forma picuda bien
distinta de la de los caballeros normandos que yo conocía y que su estatura
era muy reducida. Sin embargo, ahora que la llama no le enfocaba
directamente la cara había dejado de presentar un aspecto espectral y sus
formas parecían distintas de lo habitual pero armoniosas.
Por lo que se refería a la estancia, no se parecía a nada que yo hubiera
podido ver con anterioridad. Su suelo estaba cubierto por unas telas de
material que me pareció fuerte, pero que no sólo no parecía basto, sino que
además se hallaba tejido de dibujos caprichosos dotados de un fuerte y vivo
colorido. De las paredes colgaban armas bruñidas, objetos de metal
desconocidos para mí y telas de una belleza ignota. En cuanto a los muebles,
sólo había una pequeña mesita redonda en el centro de la estancia, rodeada de
lo que me pareció una sucesión circular de cojines.
—Me sentiré muy honrado si Al-Qit y su acompañante toman asiento y
aceptan mi humildísima hospitalidad. Dispondré inmediatamente que se dé
pienso y agua a vuestras monturas.
Tras hacer una reverencia, el hombrecillo abandonó la habitación y Martin
de Vladic y yo quedamos a solas. Habría deseado aparentar indiferencia, pero
todo lo que me rodeaba era tan nuevo, tan primoroso y tan bello que no pude
evitar que mis ojos vagaran por la habitación ávidos de absorber cualquier
detalle por mínimo que fuera. Me hallaba entregado a tan curiosa tarea
cuando reparé en que Martin de Vladic no sólo no actuaba como yo, sino que
había cerrado los ojos y parecía sumido en un profundo sueño.
Decididamente, aquel caballero no dejaba de desconcertarme. ¿Por qué no
podía disfrutar de la visión de aquellos objetos y prefería echar un sueñecito?
¿Es que nunca podía comportarse como un cristiano normal? Mi irritación
estaba comenzando a subir de punto cuando la puerta de la estancia se abrió y

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entraron dos figuras totalmente cubiertas a excepción de una franja estrecha
de la cara que apenas abarcaba los ojos y el inicio de la nariz.
Sin mediar una palabra, depositaron sobre la mesita algunas bandejas de
un metal que me pareció plata pero que estaba labrado con un esmero que
nunca antes había observado en mi Inglaterra natal. Apenas hubieron
colocado aquello —⁠que parecían manjares⁠— sobre la mesa, cuando el
hombrecillo volvió a hacer acto de presencia.
—Al-Qit —dijo con una voz teñida de un timbre de alegría⁠—. Sé que has
probado sorbetes deliciosos con anterioridad, pero estoy seguro de que no se
parecerán a los que yo te ofrezco.
A continuación, retiró de las bandejas unos paños blancos como la nieve y
dejó al descubierto unas copas alargadas de plata bruñida.
Martin de Vladic, que había salido de lo que me había dado la impresión
de ser un breve sueño, alargó la mano y tomó uno de los recipientes. Luego,
mirándome, dijo:
—Dick, lo que vas a probar es una verdadera delicia propia de reyes, pero
debe ser tomada con cuidado.
Un tanto temeroso extendí mi mano y comprobé la frialdad extrema de la
copa. Su contacto transmitía una gelidez tan acentuada que casi daba la
sensación de que quemaba. Con el rabillo del ojo pude comprobar que el
caballero me estaba observando. Lentamente, acerqué la copa a los labios y
estiré la punta de la lengua en su interior para probar el contenido. Un sabor
distinto del que había hallado en la naranja, pero no menos agradable y dulce
llenó mi boca. Aquel gusto me hizo beber con ansia y entonces sentí cómo la
lengua me ardía, los dientes parecían quemar y la tos se apoderaba de mi
garganta.
—Ya te lo dije —comentó sonriente Martin de Vladic⁠—. Debes beberlo
con cuidado porque no estás acostumbrado.
—¡Mis muelas, mis muelas! —dije, aterrado ante la perspectiva de que el
dolor que sentía en su interior las desmenuzara.
—Mi señor, se os pasará enseguida. Bebed un poco de agua —⁠dijo el
hombrecillo, tendiéndome una jarra de barro.
El líquido, templado y de aroma suave, me calentó la boca y suavizó el
dolor que sentía.
—Humm —dijo satisfecho Martin de Vladic, después de trasegar un poco
del contenido de su copa⁠—. Sorbete de melocotones. El favorito del rey
Ricardo.
—Sí, el mismo —dijo sonriente el hombrecillo.

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—Cuando aprendas a tomarlo —dijo Martin de Vladic dirigiéndose a
mí⁠—, habrás probado un manjar que sólo conocen los reyes más importantes
del orbe.
—¿Qué son melocotones? —interrogué inquieto, porque en las últimas
horas todo lo que era nuevo y delicioso daba la impresión de no estar exento
de sorpresas desagradables.
—Mi señor —intervino con tono entusiasta el hombrecillo⁠—. Los
melocotones son una de las frutas más deliciosas que el único Dios creó. Su
pulpa es carnosa y dulce, mientras que su tacto es suave como el de la piel de
una doncella. Con ellos y con nieve traída del monte Hermón hemos realizado
la bebida deliciosa que os he ofrecido.
—Sí, es deliciosa en verdad —comentó Al-Qit.
No del todo convencido, volví a acercar los labios a la copa. Con extrema
lentitud comencé a beber de aquel líquido y esta vez su gusto resultó celestial
para mi paladar tapizado por el polvo de los caminos. Comparada con la
cerveza tibia de mi tierra, aquella bebida fría, de sabor delicado y olor suave,
me pareció un elixir mágico.
—Abraham —exclamó de repente Martin de Vladic⁠—, el motivo de
nuestra visita a Jafa está relacionado con una importante misión…
—Debí imaginarlo —interrumpió pesaroso nuestro anfitrión⁠—. Debí
darme cuenta enseguida de que nunca os habríais tomado la molestia de
acudir a Jafa sólo por visitarme.
Martin no pareció tomar a mal aquel reproche e incluso sonrió con
indulgencia.
—Tienes razón para quejarte, Abraham —le dijo con tono suave⁠—, pero
seguimos en guerra y la época de las armas nunca es la más adecuada para la
cortesía.
—De cualquier forma, todos los rumores señalan que la guerra está a
punto de terminar —⁠respondió Abraham⁠—. Tanto Saladino como el rey
Ricardo se hallan agotados y cada vez cuentan con menos fuerzas que deseen
combatir…
—Hay mucha verdad en lo que dices —concedió Martin⁠—, pero en las
últimas horas esa paz que muchos anhelamos puede venirse abajo.
Una arruga profunda y roja como la sangre cruzó la frente de Abraham.
Comprendí que las palabras de Martin de Vladic le habían preocupado
seriamente.
—Ricardo estaba dispuesto a firmar una paz con Saladino —⁠prosiguió
Martin⁠—. Los términos resultaban razonables. Los francos conservarían la

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costa, incluidas las poblaciones conquistadas por Corazón de León, como es
el caso de Acre…
—Acre… —dijo Abraham con un tono que me causó una sensación
inquietante.
—Sí, Acre —prosiguió Martin de Vladic—. Saladino también les
concedería la posibilidad de tener iglesias en Jerusalén y de visitar los Santos
Lugares sin dificultad siempre que no fueran armados. A cambio, Ricardo
regresaría a su tierra y el reino cruzado no emprendería acciones hostiles
contra Saladino.
—Parece razonable —dijo Abraham—. ¿Cuál es el problema?
—Ambos reyes no dejan de regatear con la cuestión de los cautivos
—⁠respondió Martin de Vladic con un deje de tristeza en la voz⁠—. Ricardo
exige la liberación de todos sin excepción, mientras que Saladino condiciona
la libertad de algunos de ellos al pago de un rescate. Tal y como yo lo veo,
incluso este obstáculo hubiera podido ser sorteado de no ser porque hace
apenas unas horas Beatriz de Villeroyal, una de las damas del séquito regio,
fue secuestrada.
Abraham comenzó a acariciarse su barba de chivo. La sombra que
aparecía pintada sobre su rostro dejaba de manifiesto una honda
preocupación.
—Creo que no puedo identificar a la dama de la que me hablas —⁠dijo al
fin.
—Es una dama delgada, de cabellos largos, castaños y ondulados;
profundamente piadosa y entregada a los necesitados… —⁠dijo Martin de
Vladic⁠—. Pero no es ésa la cuestión. Lo importante es que si los musulmanes
la han raptado se trata de una ofensa intolerable que sólo puede interpretarse
como un deseo de humillar al rey Ricardo y de mostrarle que son lo
suficientemente fuertes como para hacer lo que les plazca.
—Y, por tanto, el rey Ricardo no tendrá más remedio que volver a
combatir… —⁠dijo pensativo Abraham⁠—… combatir hasta el final y sin
mucha esperanza de victoria.
—Exacto —asintió Martin de Vladic—. Si la paz se acordara ahora, las
condiciones beneficiarían a ambos; pero si la guerra prosigue sólo habrá más
sangre y destrucción, Ricardo se verá aislado cuando llegue el invierno y
enfrentado en primavera con fuerzas muy superiores, o deberá marcharse
deshonrado por no haber obtenido nada o resignarse a sucumbir. Suceda lo
que suceda, si no hay paz, estará acabado como rey.

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Mientras Martin y Abraham hacían aquellos comentarios me sentía
crecientemente sorprendido. Ninguno de ellos parecía contemplar la
posibilidad de que Dios ayudara a los cruzados que, a fin de cuentas, estaban
en aquella tierra lejana y caliente para recuperar los Santos Lugares. Me
irritaba también mucho su deseo de que se firmara la paz. Los caballeros
habían venido para ganar una guerra y no para hacer paces con los infieles.
Que así pensara aquel judío desagradable y diminuto llamado Abraham podía
entenderlo; pero que Martin de Vladic cayera en aquel comportamiento me
llenaba de aversión. Si la única razón para rescatar a Beatriz de… como se
llamara era sólo la de que se firmara la paz, personalmente yo prefería que la
dama no apareciera jamás. Y, por añadidura, ¿qué gloria iba yo a obtener de
aquel viaje si todo terminaba nada más llegar? ¿Para eso había vomitado tanto
en alta mar? ¿Para participar en el hallazgo de una damisela y luego regresar a
casa? ¡No podía ser!
—Por lo que me decís, Al-Qit —⁠prosiguió Abraham⁠—, los secuestradores
de esa joven pretenden fundamentalmente que la guerra prosiga de manera
indefinida y que el rey Ricardo quede debilitado o incluso llegue a morir en
los próximos días.
Martin de Vladic asintió con la cabeza en un ademán afirmativo.
—¿Creéis que los culpables del secuestro son musulmanes? Quizá algún
miembro de la secta fanática de los hashisin… —⁠preguntó con voz pausada
Abraham.
Martin de Vladic se llevó nuevamente la copa de sorbete a la boca y bebió
un generoso trago. Luego la depositó sobre la mesita y miró fijamente a
Abraham.
—No —dijo con una voz empapada de pesar—. Estoy convencido de que
los que se han apoderado de la dama Beatriz de Villeroyal no son
musulmanes.
Totalmente sorprendido por aquellas palabras, clavé los ojos en el rostro
de Martin de Vladic.
—Pero, ¿quiénes han podido hacerlo? —pregunté, impulsado por una
curiosidad que se había apoderado angustiosamente de mi corazón.
Martin de Vladic me miró. En sus pupilas castañas pude observar un
sentimiento de pesar tan hondo como las aguas del más profundo piélago.
Aunque ni uno de sus músculos se movía y parecía extraordinariamente
relajado, en aquellos ojos intuí una terrible batalla interior.
—Mucho me temo, amigo Dick —dijo al final de unos instantes que me
parecieron eternos⁠— que los culpables del rapto de Beatriz de Villeroyal son

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caballeros del ejército cruzado.

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Cuando escuché aquellas palabras de Martin de Vladic sentí como si
sobre mi cabeza se hubiera desplomado una pared de piedra. Fue, primero,
una sensación de estupor que se apoderó de mí y me hizo sentir una nube de
irrealidad alrededor del cuerpo. Era como si me hallara en un lugar lejano y
no estuviera en aquella habitación repleta de abalorios, trasladado a un lugar
en el que pensaba que tenía que sentir dolor, pero donde no percibía nada.
Igual que cuando uno se golpea puedes tardar unos instantes en percibir la
agonía del choque, yo sabía que aquello me iba a doler mucho; pero, de
momento, tan sólo tenía la sensación de que mi corazón se había convertido
en algo sin sentimientos. ¿De verdad podía creer Martin de Vladic que los
raptores de aquella dama desconocida —⁠pero sin duda débil⁠— habían sido
caballeros cristianos? Ya estaba de más que se tratara con infieles, que
permitiera que le llamaran con aquel apelativo árabe cuyo significado yo
ignoraba, que fuera mal visto por los cruzados; pero resultaba intolerable que
además calumniara de esa manera infame a los guerreros de la cruz. Le habría
reprendido con gusto, pero estaba demasiado abrumado por el pesar como
para poder hacerlo. Entonces, como si me hubiera arrojado un jarro de agua
fría, fue él mismo quien me sacó de mi estado.
—Dick —dijo con suavidad—, sería mejor que cerraras la boca. Aparte de
las moscas que puedan entrarte, tienes todo el aspecto de un bobo.
Algo molesto, comprobé que tenía las mandíbulas abiertas y las cerré de
manera inmediata. Seguramente, Martin de Vladic había tenido razón al
afirmar que mi rostro presentaba todos los visos de pertenecer a un necio.
Afectado aún por la sorpresa, tragué saliva y, finalmente, le formulé la
pregunta que ardía en mi interior:
—Señor —dije, reprimiendo la cólera que sentía por dentro⁠—. ¿Cómo
podéis atreveros a calumniar de esa manera a cruzados que son mil veces
mejores que vos? ¿No sentís vergüenza comportándoos de manera tan

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indigna? Os juro que si yo fuera uno de esos caballeros os retaría para
arrancaros vuestra indigna vida en un duelo…
—¿Cómo os atrevéis? —me interrumpió horrorizado Abraham⁠—. No
sabéis lo que estáis diciendo. No existe un hombre más noble en toda la
Cristiandad que Al-Qit. Si realmente todos…
Martin de Vladic hizo un gesto con su diestra e impuso silencio al
hombrecillo. Luego, mirándome a los ojos sin ninguna irritación, dijo:
—Dick, no sabes de lo que estás hablando y por lo que parece aún no has
aprendido la lección de la naranja. Juzgas por las apariencias aquello que
desconoces y así tienes muchas probabilidades de equivocarte.
Habría deseado replicarle, pero el recuerdo de la dorada fruta que había
probado aquel día por primera vez me selló los labios.
—Beatriz es una dama delicada, pero sin importancia —⁠continuó diciendo
Martin de Vladic⁠—. El rescate que se recibiría por ella es realmente escaso.
Además, los musulmanes están hartos de combatir, pero si desearan continuar
luchando no necesitarían apoderarse de esa joven para hacerlo. Bastaría con
que rehuyeran ahora el enfrentamiento, con que esperaran a que Ricardo se
fuera debilitando y con caer sobre él en primavera. El que se haya apoderado
de esa muchacha lo ha hecho porque desea prolongar la guerra, y eso sólo
cabe en la testa de algunos cruzados.
—Pero es una acusación muy grave… —argüí, negándome a reconocer
que lo que había dicho Martin de Vladic era convincente.
—De la que hay testigos —repuso Martin.
Sentí que mis rodillas comenzaban a entrechocar al escuchar aquellas
palabras.
—¿Testigos? —pregunté sorprendido.
Martin de Vladic reprimió una sonrisa. Ahora pienso que mi confusión
había dejado de inquietarle y estaba comenzando a divertirle.
—Los secuestradores de Beatriz son malvados, fuertes y brutales, pero no
excesivamente inteligentes. Abandonaron el campamento de noche, pero sin
las debidas precauciones. Fueron vistos por… una persona que me contó todo.
Guardé silencio. En aquellos momentos no hubiera podido asegurar si
Martin de Vladic me estaba diciendo la verdad o me engañaba. En cualquiera
de los casos, desgarrado por las dudas, me sentía muy mal.
—Al parecer —continuó Martin de Vladic—, se trataba de dos hombres,
pero tengo la sensación de que pertenecen a un grupo mayor. Con un poco de
suerte sólo tendremos que enfrentamos con ellos.
—¿Qué te hace pensar que están aquí? —preguntó curioso Abraham.

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—No fue difícil llegar a esa conclusión —respondió Martin⁠—. Si
deseaban esconderse no podían entrar en el interior. Estando en guerra con
Saladino no sólo corrían el riesgo de ser descubiertos, sino también de que los
entregaran a Ricardo y acabaran siendo ejecutados como traidores. Su única
posibilidad era dirigirse a alguna población de la costa donde pudieran pasar
desapercibidos. Tenía que ser, por tanto, una población de cierta magnitud,
pero, a la vez, sin mucha guarnición.
—Lo que descarta la ciudad de Acre… —comentó Abraham con una
sonrisa.
Martin de Vladic sonrió, a la vez que realizaba un ademán de afirmación
con la cabeza.
—… Y obliga a pensar en Jafa —terminó de decir el hombrecillo.
—Eso fue lo que yo pensé —concedió Martin⁠—. Naturalmente, aquí es
donde entráis vos. No se me oculta que nada de lo que sucede en el zoco se os
pasa por alto. Sé que conocéis cuándo traen una nueva partida de fruta, pero
también el precio de los esclavos que llegan o el último rumor concerniente a
Saladino o al rey Ricardo. Necesito por ello que os pongáis en contacto con
vuestros amigos. Entre ellos y vos podéis averiguar si algún forastero ha
llegado a la ciudad en los últimos días, si se ha alojado en ella y si llevaba
consigo a una joven.
—Contad con ello —respondió Abraham con firmeza.
—Tendréis que dar las órdenes pertinentes esta misma noche, sin más
tardanza —⁠continuó diciendo Martin de Vladic⁠—. Entre mañana y pasado
debería rescatar a la muchacha y abandonar Jafa. Cuanto más se prolongue
esta situación, más posibilidades hay de que la guerra vuelva a encenderse.
—Comprendo —repuso Abraham con gesto solemne⁠—. Así se hará.
—Bien —dijo Martin—. ¿Dónde podríamos reposar esta noche?
—Me sentiré muy honrado si vos y el joven caballero… —⁠comenzó a
decir Abraham.
—¿Dormir en casa de un judío? —interrumpí yo encolerizado.
—Nosotros seremos los honrados aceptando vuestra hospitalidad —⁠cortó
Martin de Vladic.
—Bien —respondió con una sonrisa el hebreo⁠—. En ese caso, voy a
ordenar que dispongan vuestros aposentos y os sirvan algo de comer mientras
yo doy órdenes para averiguar el paradero de la muchacha.
Sin mediar una palabra más, Abraham volvió a encender la luz que había
llevado en las manos cuando salió a recibirnos y abandonó la habitación.
Martin le siguió y yo no tuve más remedio que hacer lo mismo. Cruzamos así

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el mismo pasillo lóbrego y salimos a un patinillo en cuyo centro había una
fuente redonda que emitía un rumor semejante al gorjeo de pájaros. Al
levantar los ojos pude percatarme de que se había hecho de noche por
completo y de que, en el cielo, negro totalmente, brillaba una luna amarilla
que me recordó a un queso. Me hubiera distraído de no ser porque el judío
volvió a hablar para indicarnos dónde se hallaban nuestros aposentos.
—Enseguida os traerán algo con lo que recuperaros de vuestro cansancio.
—No os preocupéis por ello —comentó con una sonrisa Martin.
—Nada de lo que yo pueda brindaros será bastante para manifestar el
aprecio que siento por Al-Qit y por cualquiera que le acompañe —⁠dijo con un
tono que me pareció totalmente sincero.
Hizo entonces una zalema y se apartó de la puerta de nuestra habitación.
Había dado tan sólo unos pasos cuando, como si recordara algo, los desandó y
preguntó:
—Disculpad mi indiscreción, Al-Qit, pero siento curiosidad por saber
cómo supisteis que estaba aquí.
El caballero guardó silencio por un instante. Luego sonrió y dijo:
—Seguramente os costará creerlo, pero las personas que me dijeron dónde
os hallabais estaban acusadas de asesinar a un compatriota hace más de once
siglos.

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Aquella noche descansé con una desasosegante dificultad. Por un lado,
mi cuerpo reclamaba el reposo porque había sido un día muy cansado. Sin
embargo, mi corazón se sentía agitado por todo lo sucedido. Martin de Vladic
se comportaba —⁠no cabía duda⁠— de una manera que explicaba el desprecio
que sentían hacia él los demás caballeros. Lejos de buscar implantar en
aquella tierra la bandera de la cruz, tenía amigos judíos, trataba
consideradamente a los mahometanos y deseaba acordar la paz con aquel
Saladino que no era otro sino el caudillo de los infieles. Me preguntaba si lo
mejor no sería permitir que fracasara en su misión, pero cuando reflexionaba
sobre esa posibilidad sentía como si mi corazón se viera arrastrado hacia un
profundo pozo. Fuera como fuera Martin de Vladic, yo no podía traicionar el
compromiso que había adquirido de ayudarle a rescatar a la dama, no podía
desobedecer las órdenes del rey Ricardo, aunque no estuviera de acuerdo con
ellas y me costaba admitir que una doncella inocente quedara en manos de los
sarracenos o de quienquiera que la hubiera secuestrado. Mientras estos
pensamientos me atormentaban, me revolvía agitado y sudoroso en la cama
de tal manera que cuanto más perseguía el sueño más tardaba éste en dejarse
atrapar por mí. Finalmente, exhausto por completo, mis párpados se cerraron.
Me parecía que acababa de dormirme cuando escuché un sonido de metal
cerca del oído. Sobresaltado, abrí los ojos. Lo que contemplé entonces fue un
gigante de aspecto impresionante. Envuelto en una túnica blanca como la
leche, sus ojos eran redondos y de color amarillento. Casi inmóvil, como si
fuera una estatua de las situadas en las portadas de las iglesias, en posición de
brazos cruzados, me miraba de forma penetrante. Pero lo que más me inquietó
no fue ni su enorme estatura ni su atuendo, sino el tono de su piel. Era ésta de
un color negro como la noche. Nunca antes había tenido cerca a un ser de una
raza tan diferente de la mía y aquella presencia me sumió en una extraña e
incómoda sensación. Con el rabillo del ojo intenté localizar dónde se hallaba
mi espada. Me percaté enseguida de que si aquel monstruo oscuro se

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abalanzaba sobre mí no conseguiría alcanzarla. No sólo estaba demasiado
lejos para llegar hasta ella de un solo salto, sino que además aquel terrible
hombretón se interponía en mi camino. Mientras me estrujaba los sesos
pensando qué podría hacer para defenderme, el gigante descruzó los brazos,
abrió la boca y dijo:
—Ahí tener comer. Si algo querer, llamar.
Reconozco que no había logrado entender del todo lo que pretendía
decirme, pero entonces el gigantón se llevó la mano a la boca haciendo gesto
de llevarse comida hasta la misma y luego señaló hacia un lugar de la
habitación. Inquieto, dirigí la mirada hacia el sitio que me indicaba. Descubrí
así que sobre una mesita de madera había posada una bandeja de metal. En
ella contemplé unos extraños panes, un tazón humeante y algunos frutos
semejantes a uvas alargadas y oscuras que nunca antes había visto. En un
instante comprendí que el ruido que me había despertado no había sido otro
que el de la bandeja al ser depositada sobre el mueblecillo y que aquel sujeto
tan inquietante debía de estar a las órdenes del minúsculo judío. Me levanté
del lecho y me acerqué a la mesa fingiendo una tranquilidad que no tenía.
—¿Eres un siervo de Abraham? —le pregunté, mientras observaba más de
cerca la comida.
El enorme negro no pareció entender mi pregunta y sólo un leve
movimiento de sus ojos me permitió descubrir que me había escuchado.
Pensé que, dada la manera en que me había hablado tan sólo unos instantes
atrás, lo más seguro es que no hubiera entendido nada.
—¿Es A-bra-ham tu a-mo? —⁠pregunté esta vez alzando la voz,
gesticulando y procurando que pudiera entenderme.
—No creo que te conteste, Dick. No entiende bien nuestra lengua y,
además, es muy prudente a la hora de entablar conversación con extraños.
Cuando me di la vuelta para ver quién se estaba dirigiendo a mí, descubrí
el rostro semisonriente de Martin de Vladic.
—Yusuf, puedes retirarte —dijo el caballero, dirigiéndose al gigante
negro.
Luego, mientras aquel sujeto de elevada estatura abandonaba la
habitación, se volvió hacia mí.
—Espero que hayas descansado bien —siguió hablando⁠—. Te dejé dormir
bastante más de lo habitual porque suponía que te encontrabas cansado. Hoy
nos espera mucho trabajo.
Aquellas últimas palabras parecieron despertar en mí un interés que ni
siquiera había logrado causar el negrazo que me había sacado de mi

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somnolencia.
—¿Queréis decir que hemos encontrado a Beatriz? —⁠pregunté
completamente intrigado.
Martin de Vladic sonrió con cierta complacencia. Me dio la impresión de
que, repentinamente, se sentía animado. La razón para ello me resultó obvia
inmediatamente.
—Me alegro de que demuestres esta agilidad de ingenio a una hora tan
temprana de la mañana…
—¿Queréis decir que efectivamente sabéis dónde se halla la dama?
—⁠insistí aún más animado.
—Lo que realmente quiero decir es que debes tomarte el desayuno y salir
de aquí —⁠se dirigió entonces hacia la mesita donde se hallaba posada la
bandeja y señaló los frutos que me habían parecido uvas alargadas⁠—. Esto
que ves aquí se llama dátil y es una de las frutas más dulces y cremosas que
puedas imaginar. Se recoge de lo alto de las palmeras. Esos otros diminutos
que parecen piñones gordos son algo mucho más exquisito que cualquier fruto
con cáscara leñosa que conozcas. Su color por dentro es verde. Lo llaman
pistacho. Cómete todo sin tardanza. Luego lávate con el agua que hay en esa
jarra de metal. Para que no caiga nada al suelo utiliza el recipiente sobre el
que está colocada. Sé que seguramente no es vuestra costumbre en Inglaterra,
pero aquí, al menos mientras visites la casa de un judío o de un musulmán,
debes llevar las manos y la boca limpia. Cuando acabes, te espero en el
patinillo que hay al final del corredor.
Apenas había abandonado la habitación Martin de Vladic, me abalancé
sobre la bandeja. Sentía un hambre enorme y apenas empecé a consumir lo
que me habían servido pareció que mi apetito se renovaba. La fragancia de los
dátiles y la rugosidad sabrosa de los pistachos me resultaron lujos que nunca
hubiera podido encontrar en Inglaterra. Es verdad que el pan y la leche
existían en mi país, pero ni ésta era tan dulce y cremosa ni aquél resultaba tan
dorado y tierno. Devoré todo con placer y luego, no muy convencido, me lavé
las manos y la cara con el agua de la jarra, un agua que desprendía un aroma
delicado, seguramente producto de alguna esencia desconocida para mí.
Cuando llegué al patinillo descubrí la figura de Martin de Vladic. Se
hallaba sentado en un poyete de piedra y sostenía en la mano un librito de
unas dimensiones reducidas. Parecía totalmente ensimismado en su lectura y
al acercarme sigilosamente hacia él me di cuenta de que era presa de una
profunda emoción. Sorprendido, descubrí que una lágrima brillante y alargada
se deslizaba desde su ojo derecho dejando un reguero acuoso hasta llegar al

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inicio de la barba. Jamás había visto llorar a un hombre y no pude evitar el
sufrir una profunda agitación. ¿Qué se ocultaba en el fondo de aquel corazón?
¿Qué podía llevarle a realizar un acto que yo sólo podía asociar con la
conducta de una mujer? Sin duda, debía de tratarse de algo excepcional.
Pensé entonces en los horribles pecados que Martin de Vladic podía haber
cometido en el pasado y sentí un escalofrío. ¡Qué faltas más terribles debía de
esconder su perverso corazón!
—Ah, Dick, ya has terminado de comer —dijo Martin de Vladic,
levantando súbitamente la vista del librito y poniéndose inmediatamente en
pie⁠—. Magnífico. Tenemos que partir.
Con paso ligero, salió de la habitación y yo le seguí apresuradamente. No
tardamos así en llegar hasta la calle donde el negro Yusuf sujetaba las riendas
de nuestros caballos.
—Nuestra impedimenta y el tercer caballo se quedarán aquí —⁠dijo
mientras montaba⁠—. Necesitamos actuar con una rapidez extraordinaria, de
manera que no podemos ir muy cargados.
—Gracias, Yusuf —añadió Martin, mientras se ajustaba con unos
movimientos de cadera sobre la silla de montar.
—¿Ni siquiera llevaremos lanzas? —pregunté, sorprendido por lo magro
de nuestro bagaje.
—No. Deben bastarnos las espadas —dijo Martin de Vladic con
resolución⁠—. Además, Yusuf vendrá con nosotros.
Entonces guardó silencio por un instante y añadió:
—Dios quiera que no tengamos que utilizar ni siquiera esas armas y que
todo transcurra sin derramamiento de sangre.
A continuación, palmeó el cuello de su corcel y éste comenzó a caminar.
Durante un buen rato nos mantuvimos en silencio. Abandonamos así el barrio
de estrechas callejuelas donde los judíos tenían asentadas sus viviendas, nos
dirigimos hacia la salida de la ciudad cruzando por delante de puestos repletos
de frutas de magnífico color y aromas penetrantes y, finalmente, atravesamos
el portón de entrada.
Cuando hubimos terminado de descender la colina sobre la que se hallaba
asentada la ciudad de Jafa pude contemplar a escasa distancia las espumosas
olas del mar. Su entrechocar rítmico, el graznido de alguna ave marina y el
sonido de los cascos de nuestras cabalgaduras eran los únicos ruidos que
rompían el silencio en que nos hallábamos envueltos. Una suave brisa
templaba el calor que derramaban los rayos del sol y un aroma salino parecía
ensancharme el pecho, de manera que me sentí extrañamente alegre como no

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lo había estado desde mi llegada a Tierra Santa. Llevábamos un buen rato
cabalgando cuando decidí romper el silencio.
—Señor —dije, intentando ocultar mi curiosidad y bajando la voz para
que no nos pudiera escuchar Yusuf, que cabalgaba en pos de nosotros⁠—,
¿realmente estáis seguro de que sabéis dónde se halla Beatriz?
Sin apartar la vista del sendero que se dibujaba ante nosotros, Martin de
Vladic me respondió:
—Creo que sí.
Entonces, levantando su diestra, señaló a un punto perdido en el horizonte
y dijo:
—Si no me equivoco, se encuentra en aquella casa.
Aquella afirmación me sorprendió profundamente, pero estaba lo
suficientemente escarmentado con lecciones como las de las naranjas y el
sorbete de melocotones, y decidí, siquiera de momento, no discutir. Si se
había equivocado en su apreciación ya tendría tiempo de sobra para
reprochárselo.
—Primero tenemos que hacer un reconocimiento y si fuéramos a caballo
nos verían enseguida —⁠dijo Martin de Vladic apenas hubimos avanzado un
poco⁠—. Yusuf nos esperará aquí con las cabalgaduras.
—¿Os fiáis de él? —pregunté inquieto, ante la posibilidad de que aquel
gigante negro se quedara con nuestros caballos.
—Yo sí; pero si a ti no te parece seguro tienes mi permiso para quedarte
con él guardando nuestras monturas —⁠respondió Martin de Vladic.
El ofrecimiento del caballero no me pareció atractivo. Desde luego, que
Yusuf se llevara los caballos no me agradaba, pero quedarme con él para
impedírselo me resultaba una opción todavía menos seductora.
—Creo que es mejor que os acompañe —dije, intentando aparentar
convicción⁠—. Podríais necesitar mi ayuda.
Caminamos hasta que el punto perdido que me había indicado Martin de
Vladic adquirió una forma más definida. Se trataba de una vivienda de color
resplandecientemente blanco y rematada en una terraza coronada por una
techumbre abombada. En torno a ella se veían algunos arbolillos. Me
pregunté a quién se le habría ocurrido en un país tan sumergido en la guerra
como era aquél edificar una vivienda tan distante de unas murallas
protectoras.
Martin de Vladic se encorvó y con paso ligero subió a una pequeña loma.
Le seguí apresurado y cuando se tumbó en el suelo hice lo mismo.
—Cinco caballos… —dijo en voz baja.

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—Cinco contra dos —musité.
—No —señaló Martin de Vladic—. Cuatro como mucho. Uno de los
caballos debe de ser el que llevó a Beatriz y quizá algún otro puede haber
servido para transportar impedimenta.
—¿Y no tienen miedo de que los asalten en este lugar aislado?
—⁠pregunté.
—No —respondió Martin de Vladic—. Se trata de una iglesia abandonada
y en estos días de tregua lo último que harían los hombres de Saladino sería
atacarla.
—¿Una iglesia? —exclamé, sorprendido de que aquella modesta
construcción blanca pudiera servir de lugar de culto⁠—. No lo parece…
—Es una iglesia de cristianos orientales —⁠respondió Martin⁠—. Su planta
es de cruz griega y por eso siempre resultan más pequeñas que las que hayas
conocido hasta ahora.
—¿Y ahí es dónde esconden a Beatriz? —pregunté incrédulo.
—Casi con toda seguridad —contestó el caballero⁠—. Pero deberíamos
comprobarlo. Puede que Abraham se equivoque o que ya se hayan llevado a
nuestra dama.
—Dejadme ser yo él que lo haga —dije, impulsado por un valor inusitado.
Martin de Vladic me miró con unos ojos interrogantes. Antes de que
pudiera hablar, seguí haciéndolo yo:
—Seré cuidadoso. Bastará con que trepe a uno de esos árboles cercanos y
otee lo que hay en el interior…
El caballero guardó silencio un instante como si estuviera sopesando mi
propuesta. Finalmente, asintió con la cabeza.
—Está bien —dijo con firmeza—, pero sé prudente. Si escuchas el menor
ruido sospechoso, regresa aquí. Te estaré esperando.
Entusiasmado por la posibilidad que se me brindaba de hacer algo
realmente digno de un caballero descendí cuidadosamente la loma y con el
mayor sigilo de que fui capaz me acerqué hasta uno de los arbolitos.
Desconocía la clase a la que pertenecía, pero me pareció suficientemente
sólido. Con agilidad, trepé por el tronco y me senté en la copa. Acostumbrado
a los frondosos robles de mi tierra, subir hasta allí me pareció un juego de
niños. Comprobé, sin embargo, que sus ramas estaban demasiado
entrelazadas como para permitirme observar con claridad lo que deseaba.
Intenté apartar las ramas, que me parecían infinitas, para poder ver lo que
sucedía en el interior del edificio. Entonces atisbé lo que me parecieron unos
cabellos largos y ondulados. Sujeté con la mano izquierda la ramita que

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parecía empeñada en azotarme la cara e impedirme ver. Sí. Se trataba de una
mujer. Tenía las manos a la espalda y la cabeza ladeada. Sentí cómo la
indignación se apoderaba de mí. ¡Ni para dormir la desataban aquellos
canallas!
Ahora que sabía que Beatriz estaba allí recluida sólo tenía que confirmar
el número de villanos que la custodiaban. Volví a separar la ramita que daba
la impresión de tener la misión de impedir que yo pudiera ver con claridad. El
sudor me chorreaba por la frente y comenzaba a entrarme por los ojos. Como
pude, me pasé el dorso de la mano para secarme y parpadeé varias veces para
aclararme la visión. Cuando abrí los ojos logré contemplar varios pies. Conté
con atención. Eran tres hombres. Aquellos desalmados eran más numerosos
que nosotros y, desde luego, iban bien provistos de armaduras. De repente,
uno de ellos dio unos pasos hacia una de las ventanas de la blanca iglesia. Se
detuvo a la suficiente distancia de la ventana para que no pudiera ver su
rostro. Tan sólo distinguía con claridad sus espuelas de un color negro
bruñido y la orla de su hábito de cruzado.
La curiosidad comenzó a arder en mi interior como una poderosa hoguera.
Sentía la necesidad de ver la cara de aquel sujeto con la misma fuerza con que
el sediento ansía el agua. Si avanzaba tan sólo un poco, si me deslizaba
apenas un palmo sobre la rama, estaba seguro de que podría contemplar el
rostro de aquel bandido.
Respiré hondo para acumular fuerzas, volví a limpiarme el sudor de la
frente y de los párpados y aferré con ambas manos la rama. Sólo un tirón,
quizá dos, y me podría deslizar lo suficiente como para ver con más claridad.
Apreté la madera y me impulsé con las piernas. Cuando miré entonces hacia
la ventana pude contemplar con claridad el pecho de aquel despreciable
sujeto. La desvaída cruz roja cosida sobre su túnica me resultaba nítida, pero
no alcanzaba a ver más. Desde luego no el rostro ni el inicio de la barba. Sólo
un empujón. Volví a apretar mis manos sobre la rama y tiré de mi cuerpo
como si sacara agua de un pozo.
Esta vez había avanzado lo suficiente como para poder contemplar el
rostro. Cuando lo conseguí, sentí como si me hubieran asestado un golpe en el
corazón. No.
¡No podía ser verdad! Regresaría al lado de Martin de Vladic y juntos
daríamos su merecido a aquellos indeseables. Pensaba así cegado por la
cólera cuando debajo de mi resonó un chasquido. Inmediatamente, la rama
sobre la que estaba colocado cedió bajo mi peso. Antes de que pudiera
percatarme de lo que sucedía, me vi proyectado contra el vacío.

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Resulta difícil describir lo que se siente al caer desde una altura. Todo
es tan rápido y, por regla general, tan inesperado que lo primero de lo que nos
percatamos es de que no controlamos nuestra situación, para después sentir la
contundencia del golpe. Yo, desde luego, no comprendí por qué mi refugio,
aparentemente seguro, se había desplomado, y cuando mis huesos chocaron
contra la tierra lo único que noté fue un dolor intenso que hizo que se me
saltaran las lágrimas.
Aturdido, intenté levantarme mientras sentía en los ojos la desagradable
mordedura de los rayos solares.
—Si haces un movimiento más, te atravieso de parte a parte —⁠dijo una
voz cavernosa que me pareció familiar.
Me llevé la mano izquierda a los ojos a modo de visera e intenté ver el
rostro de mi captor. Era un cruzado de aspecto malencarado y barba rubia.
Desde luego, no daba la impresión de que estuviera bromeando. Si no tenía
cuidado, podía darme por muerto.
—Ahora levántate con cuidado —siguió diciéndome⁠—. Un solo gesto en
falso y te mato como si fueras una mosca.
Apartó un par de palmos la espada que tenía en la diestra para permitir
que me levantara, pero no dejó de mantenerla dirigida hacia mí. Desalentado
y dolorido, me levanté frotándome los brazos.
—Ve andando hacia la puerta, pequeño —dijo con tono burlón.
Le obedecí mientras pugnaba por reprimir mi indignación. Si me habían
capturado era sólo por estupidez. Nadie me había obligado a averiguar cómo
era el rostro del cruzado de las espuelas negras. Si hubiera descendido del
árbol y regresado al lado de Martin de Vladic ahora estaría a salvo y viendo
con él la manera de rescatar a Beatriz. Aquella inocente podía ser la primera
en pagar las consecuencias de que yo me hubiera portado como un necio.
Sentí cómo la negrura más absoluta me envolvía al entrar en la iglesia.
Por unos instantes noté como si una capa de frialdad gélida me envolviera.

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Me detuve un momento, pero cuando el filo de la espada me empujó a la
altura de los riñones di unos pasos titubeantes hacia el interior de aquella
penumbra.
Poco a poco, volví a recuperar la vista. Al fondo, sentada con la espalda
apoyada en la pared, se encontraba la doncella que debía de ser Beatriz.
Aunque algunos tiznes ensuciaban su rostro y su traje aparecía desgarrado y
lleno de manchas, me pareció una dama extraordinariamente bella. Su cabello
era castaño y ondulado; el óvalo de su cara, fino y agradable; sus labios,
delicados; su nariz, delgada y bien moldeada. De buena gana me hubiera
detenido a contemplarla a mi sazón, pero un nuevo pinchazo, esta vez entre
los hombros, me provocó un traspié.
—Fijaos en el pajarito que he cazado ahí fuera —⁠dijo con voz jactanciosa
el cruzado que acababa de capturarme.
Una sombra emergió de detrás de una columna. Era un sujeto de espaldas
extraordinariamente anchas y de un aspecto tan corpulento que mi captor
parecía a su lado un mozuelo. Al contemplarle no me quedó ninguna duda de
que si aquel hombre descargaba sobre mí uno solo de sus puños me
pulverizaría los huesos como cuando se estrella contra un muro de piedra un
cacharro de barro mal cocido.
—¡Vaya! —dijo el hombretón con un tono de voz que se me antojó
siniestro⁠—. Ahora tendremos que vigilar a dos damiselas en lugar de a una
sola…
De buena gana le hubiera propinado una patada por su insolencia. De
hecho, a punto estaba de dirigirme hasta él y hacerlo sin importarme las
consecuencias cuando detrás de mí sonó una voz que, lejos de ser burlona
como aquéllas, me pareció dotada de autoridad, una autoridad que sólo
empañaba su tono pastoso.
—Ya basta. Atadlo y ponedlo al lado de la muchacha.
Mientras aquellos dos energúmenos se lanzaban sobre mí y, a pesar de
mis pataleos, comenzaban a enrollarme con una soga burda y gruesa, intenté
descubrir la cara del hombre que les había dado la orden. No lo conseguí.
Antes de poder levantar la mirada terminaron de estrechar los nudos y me
arrojaron contra la pared donde estaba Beatriz. Lancé un alarido cuando mi
espalda se estrelló contra el muro. Algo mareado contemplé desde el suelo
unos pies que se dirigían hacia mí. Ceñidas a ellos iban unas brillantes
espuelas negras. Levanté la mirada y cuando contemplé el rostro de aquel
cruzado sentí que mi respiración se cortaba.

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—¿No esperabas verme por estos andurriales, verdad? —⁠preguntó con
sorna, para luego lanzar al aire una desagradable risotada.
—No —dije presa de una cólera ciega—. Jamás habría sospechado que un
caballero como Marion de Blackstone, súbdito del rey Ricardo y amigo de mi
hermano Edward, pudiera comportarse como un villano asqueroso.
El rostro de Marion de Blackstone se puso lívido al escuchar mis palabras.
Sin duda, era un canalla, pero como a la mayoría de los seres despreciables no
le gustaba que se lo dijeran a la cara. Con decisión, dio dos pasos hasta donde
me encontraba y me abofeteó con el dorso de la mano derecha.
Mi cabeza se estrelló contra el muro al recibir el vigoroso golpe de
Marion de Blackstone. Sentí un dolor agudo y profundo en el cráneo. Antes
de que pudiera decir nada sentí cómo el canalla de las espuelas negras me
colocaba las zarpas alrededor del cuello.
—Escucha esto, renacuajo —exclamó Marion de Blackstone⁠—. Bastaría
con que apretara ahora mis manos para quitarte esa asquerosa vida en unos
instantes. Lo haría de buen grado, de muy buen grado, y el primero que me
daría las gracias sería tu hermano Edward…
Sentía aquellos dedos como una tenaza que me arrancaba la vida al mismo
tiempo que el aliento; pero al escuchar aquellas palabras no pude guardar
silencio.
—¿Qué estáis diciendo, miserable? —balbucí.
Sin dejar de sujetarme el cuello, Marion de Blackstone volvió a lanzar una
carcajada y su fétido aliento me envolvió el rostro.
—¿Fuiste tan tonto que creíste que venías a Tierra Santa a convertirte en
un héroe como Aquiles o Alejandro? —⁠preguntó, mientras una malvada luz
emanaba de sus ojillos⁠—. Viniste aquí para morir librando a tu hermano de un
desagradable parásito. Yo hubiera conseguido que cayeras en medio del
combate y que pareciera que los mahometanos eran los culpables de enviarte
al infierno, pero las cosas cambiaron mucho durante mi ausencia. Al rey
Ricardo se le han aguado los sesos y pretende hacer la paz con los infieles.
—¿Por eso me enviasteis con Martin de Vladic? —⁠pregunté con un hilo
de voz.
—Por supuesto —respondió Marion de Blackstone con un deje de
satisfacción⁠—. Hacer que le acompañaras retrasaba algo tu muerte, pero no la
impedía. Una vez que Ricardo hubiera vuelto a guerrear habríamos logrado
que ese hereje y tú cayerais en el primer combate. De cualquier manera,
ninguno de vosotros dos sobreviviréis a la cruzada. Lo único que cambia es
que ahora morirás antes.

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—No lo conseguiréis —dije, intentando proporcionar a mi tono de voz
una convicción que no tenía.
Marion de Blackstone me retiró las manos del cuello. En sus ojos había
ahora concentrada una fría mezcla de ira y odio.
—Puedes apostar tu vida a que sí —dijo lentamente, como si masticara
cada palabra⁠—. Antes de dos días tú y ese hereje al que has estado
acompañando estaréis muertos y enterrados.
Tragué saliva. Aunque deseaba evitarlo, aquellas palabras me causaban
una profunda irritación mezclada con un amargo sentimiento de tristeza.
Pocas dudas podían caber de que Marion se saldría con la suya. Con el rabillo
del ojo miré a Beatriz. Se había despertado y por su rostro colegí que era
presa de un pesar no menor que el mío.
—Marion —dije, procurando que no me temblara la voz⁠—. ¿Qué pasará
con Beatriz?
Una sonrisa desagradable se dibujó en el rostro de Marion de Blackstone.
Me percaté en ese momento de que durante los meses que había estado al lado
suyo la sonrisa nunca había sido habitual en la cara de aquel miserable y supe
que sólo algo perverso podía habérsela provocado.
—Por lo que se refiere a la damisela… le espera una suerte peor que la
vuestra —⁠dijo Marion de Blackstone con un tono de profunda satisfacción⁠—.
Cuando entreguemos sus despojos al rey Ricardo apenas quedará de ella nada
digno de ser contemplado. No habrá un solo cruzado que no esté deseando
entonces degollar a Saladino.
Un coro de carcajadas complacidas acogió las palabras de Marion. Al
parecer, sus esbirros las encontraban especialmente divertidas y alentadoras.
Volví los ojos hacia Beatriz. La dama no decía nada, pero por el lívido color
de su tez pude comprender que estaba aterrorizada. Se esforzaba por guardar
silencio, por aparentar serenidad, pero las lágrimas se habían juntado en sus
ojos y cuando movió ligeramente el rostro comenzaron a desbordar los
párpados y descenderle por las mejillas.
Sentí una profunda compasión. Aquella hermosa joven había venido de
tierras lejanas seguramente con el deseo de rendir su adoración a Nuestro
Salvador en el suelo que había pisado durante su Encarnación y lo había
hecho con la satisfacción añadida de servir además a su rey terrenal. Quizá
había esperado así obtener honra y caudales para contraer un buen
matrimonio a su regreso a Inglaterra. Sin embargo, ni había visitado
Jerusalén, ni retornaría con vida a su lugar natal, ni podría evitar sufrir Dios
sabía qué torturas antes de ser asesinada por aquellos bellacos.

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—Marion… —comencé a decir con voz amable—, Marion… creo que os
interesará una información que puedo daros.
Marion de Blackstone me contempló sorprendido e intercambió miradas
con sus dos compañeros. También los rostros de éstos dejaban traslucir un
sentimiento de confusión. No era extraño, porque apenas hacía unos instantes
que le había insultado y ahora pretendía granjearme su benevolencia.
—Os ruego que os acerquéis —dije con el tono más reverente del que fui
capaz.
Sin que la sorpresa se disipara de su rostro, se aproximó hacia mí
inclinándose hasta que pude sentir su maloliente cercanía.
—Veréis, Marion… —comencé a decir bajando algo más la voz para
obligarle a acercarse aún más.
La treta dio resultado y Marion de Blackstone se inclinó hasta que su
rostro estuvo a punto de rozarse con el mío.
—Marion —dije con un tono casi susurrante⁠—. Tenéis razones para
pensar que podéis acabar conmigo…
Tragué saliva con el objeto de infundirme fuerzas y continué:
—Es lógico que penséis que mis días y los de esta dama están contados;
pero, sin embargo, os equivocáis. Martin de Vladic os perseguirá hasta el final
de la tierra hasta hacer justicia con vos.
Y entonces, tras pronunciar aquellas palabras, lancé un escupitajo sobre la
desagradable jeta de Marion de Blackstone.
Los ojos del cruzado se abrieron en un gesto de estupor. Parecía tan
desconcertado que, por un instante, quedó inmóvil. Luego, como accionado
por un resorte, se puso en pie de un salto y comenzó a darme patadas.
—¡Cerdo sarnoso! ¡Perro repugnante! —gritó, mientras me asestaba un
golpe tras otro y yo intentaba doblarme sobre mí mismo para ofrecer menos
espacio sobre el que pudieran acertar las acometidas de aquel bellaco⁠—.
Antes pensaba degollarte, pero ahora creo que primero te torturaré. Gritarás
suplicándome que te mate para acortar tus sufrimientos.
Cuando se cansó de patearme, Marion de Blackstone se apartó unos pasos
de mí. El agitado pecho le subía y le bajaba presa de la cólera. Mientras tanto,
sus dos acompañantes me contemplaban con gesto burlón como si les
complaciera especialmente la manera en que me había tratado su jefe.
—Señor —dijo uno de ellos, después de escupir en el suelo⁠—. Lo mejor
que podéis hacer es degollarlo ahora mismo.
—Sí —dijo el otro—, pero antes podríamos divertirnos un rato.
Podríamos abrirle el vientre. Luego le sacamos las tripas, se las clavamos a la

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pared y le obligamos a correr hasta que se quede vacío por dentro.
El rostro de Marion de Blackstone se iluminó de una manera siniestra al
escuchar aquellas sugerencias. Aunque no pronunció una sola palabra
comprendí que no le había disgustado la propuesta del esbirro. Con gesto
decidido sacó de su funda un puñal que llevaba ceñido a la cintura. Mientras
se dirigía hacia mí comencé a musitar una oración.
—Sí —dijo sonriente Marion de Blackstone—, creo que es una excelente
idea.
—Os equivocáis, Marion. Si hacéis daño al muchacho, os arrepentiréis.
Como empujados por una fuerza sobrehumana, Marion de Blackstone y
sus dos esbirros volvieron la mirada hacia el lugar del que procedía la voz que
había pronunciado aquellas palabras.

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La figura de Martin de Vladic se recortaba como una silueta negra
contra la claridad que procedía del exterior de la iglesia. Situado a contraluz,
no podía distinguir con nitidez las facciones de su rostro, pero me daba la
sensación de que, a diferencia de mis captores, estaba invadido por una
extraña serenidad.
—Contaré hasta tres —dijo Martin, mientras avanzaba lentamente hasta
nosotros⁠— para que tiréis vuestras armas y dejéis salir al muchacho y a la
dama. Uno…
Marion de Blackstone y sus dos secuaces intercambiaron una mirada de
estupor. Eran tres sujetos vigorosos y bien armados contra un solo caballero.
Pensé compungido que había que estar rematadamente loco para pensar que
podría vencerlos él solo. Sin mediar palabra entre ellos, Marion dejó caer el
puñal en el suelo y, al igual que sus acompañantes, echó mano de su espada.
—… Dos… —siguió contando con una sorprendente calma Martin de
Vladic, mientras sus adversarios desenvainaban los aceros.
Cuando llegó al número tres, Marion de Blackstone y sus compinches se
lanzaron como un solo hombre sobre Martin de Vladic.
—Señora, rezad si sabéis —dije a Beatriz.
—Así lo haré —respondió la dama, y yo escuché por primera vez una voz
que me pareció especialmente hermosa y totalmente fuera de lugar al lado de
unos caballeros felones.
El cruzado de barba rubia había lanzado una estocada de fondo contra
Martin, pero éste la había esquivado con habilidad desviándose hacia su
derecha. Con una agilidad prodigiosa, dejó que su adversario pasara a su lado
y le tendió una hábil zancadilla que lo lanzó pesadamente contra el suelo.
Luego, girando sobre sus pies, levantó su espada en alto justo a tiempo para
impedir que el mandoble del segundo cruzado, el más corpulento, se estrellara
contra su cabeza. Entonces, sin bajar el brazo, lo giró hacia la izquierda con
vigor y su enemigo, trastabillando, cayó de bruces. Inmediatamente, Martin

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de Vladic descargó un cintarazo rápido sobre el casco del inclinado guerrero.
Sonó un ruido similar al de un campanazo y el hombrón se desplomó sin
sentido.
Marion de Blackstone había parecido indeciso tras ver cómo caía el
cruzado rubio; pero ahora, al contemplar lo sucedido con el más corpulento,
se dirigió hacia Martin con la intención de clavarle la espada en el costado.
—A vuestra derecha, señor —grité.
Martin de Vladic no necesitó mi advertencia para actuar. Con una rapidez
felina, se giró hacia la derecha y describió en el aire una media luna de acero
que se estrelló contra la espada de Marion. El golpe que asestó a su adversario
fue tan fuerte que éste sólo a duras penas logró evitar que el arma saltara de
su mano.
Estoy convencido de que Martin podría haberle desarmado con un par de
golpes más, pero no lo hizo. Inesperadamente, giró dos veces sobre sí mismo
en dirección a la entrada de la iglesia. Entonces, con una rapidez
extraordinaria, paró una estocada del cruzado rubio, que se había puesto en
pie, realizó una ágil maniobra con el codo y le golpeó en el rostro con el puño
de la espada. Fue un choque seco y directo pero, al parecer, lo
suficientemente recio como para que el esbirro bizqueara levemente y luego
cayera al suelo como un fardo.
Martin no se detuvo a contemplar aquel corpachón desparramado sobre
tierra. Con decisión, dio un par de zancadas hacia Marion de Blackstone. Sin
embargo, éste había decidido ya que enfrentarse con Martin era una locura.
Con gesto rápido, cortó el aire con su acero, que se quedó detenido frente al
cuello de Beatriz.
—Está bien —dijo Marion con voz angustiada⁠—. Este juego ha
terminado. Si dais un paso más, hundiré la espada en el gaznate de esta
damisela.
Martin de Vladic se detuvo como si sus pies hubieran sido clavados al
suelo. A diferencia del malvado que amenazaba a Beatriz, su rostro despedía
una sensación de tranquilidad y sus ojos sólo parecían estudiar con fría
minuciosidad cada movimiento de Marion.
—¿Me has oído, hereje? —preguntó nervioso Marion de Blackstone.
Martin de Vladic asintió suavemente con la cabeza, pero no despegó los
labios.
—Bien —dijo Blackstone con una sonrisa nerviosa en los labios⁠—.
Entonces deja caer la espada. Hazlo con suavidad y utilizando la mano
izquierda.

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Martin de Vladic asió con la mano izquierda la hoja de su espada y la bajó
como si fuera a lanzarla contra el suelo. Entonces el brazo que descendía para
dejar caer el acero se elevó en un gesto rápido y la espada salió disparada
hacia Marion. El pomo del arma se estrelló con exactitud contra la frente de
Blackstone y la cabeza de éste, empujada por el golpe, chocó contra el muro.
Con sorpresa y alivio, contemplé cómo aquel villano también había quedado
inconsciente.
Martin de Vladic se inclinó sobre mí y cortó con destreza mis ligaduras.
—Ata a esos tres hombres —dijo, mientras liberaba de las cuerdas a
Beatriz.
—¿Por qué no los matamos, señor? —pregunté⁠—. A fin de cuentas, son
unas ratas que…
—Átalos —me interrumpió secamente Martin de Vladic, y alcánzame
luego algo de agua⁠—: Creo que han racionado demasiado la bebida de esta
dama.
Apenas tardé unos instantes en convertir a aquellos tres bellacos en unos
atados perfectos. De buena gana los hubiera arrojado al mar o les hubiera
rajado el gaznate, pero Martin de Vladic no estaba dispuesto a que los
maltratara y se limitó a ordenarme que les pusiera una mordaza.
—Regresaremos inmediatamente al campamento del rey Ricardo —⁠dijo,
mientras contemplaba a los cruzados y se aseguraba de la fortaleza de los
nudos⁠—. Allí informaremos de lo sucedido y alguien vendrá a recogerlos.
Tendrán que esperar uno o dos días atados, pero para ellos hubiera sido peor
perder la vida.
Luego se dirigió a Beatriz:
—Señora —dijo galante—. Soy consciente de que estos villanos os han
sometido a duros maltratos, pero resulta indispensable que podamos regresar
cuanto antes al lugar de donde fuisteis secuestrada. ¿Creéis que podríais
montar a caballo?
Beatriz asintió con la cabeza.
—Bien —dijo Martin de Vladic con una sonrisa⁠—. En ese caso,
saldremos de aquí en cuanto aparejemos nuestras cabalgaduras. Ocúpate de
ello, Dick.
Quizá en otro momento me habría negado a realizar aquella labor propia
de siervos, pero en ese instante me sentía tan feliz por no tener cuerdas
atándome el cuerpo y tan agradecido a Martin de Vladic que obedecí con toda
la rapidez que me permitieron las piernas.

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Mientras aparejaba los caballos medité en lo que había sucedido tan sólo
unos momentos antes. Intentaba reconstruir la manera en que Martin de
Vladic nos había liberado a Beatriz y a mí; pero todo había sido tan rápido,
tan acelerado y tan fugaz que apenas podía creerlo. Aunque era verdad. Para
convencerme de ello no tenía más que sentir el dolor que sufría al mover las
partes del cuerpo donde me había pateado aquel canalla de Marion de
Blackstone… Muy valiente amenazando a una damisela y pegando a un pobre
indefenso como yo, pero ahora estaba calladito hecho un fardo. Calladito…
¿Por qué? A fin de cuentas, él debía de saber quién había dado las órdenes del
secuestro de Beatriz. ¡Tenía que hablar! Inmediatamente, pensé en un método
que obtendría resultados inmediatos. Estaba completamente seguro de que
surtiría efectos. Sin embargo, tenía un defecto, y es que mucho me temía que
Martin de Vladic no me permitiría utilizarlo. Claro que el caballero no tenía
por qué saber cuáles eran mis intenciones…
Esperé a que Martin saliera de la iglesia. Necesitaba que se encontrara a
cierta distancia para llevar a cabo el plan que venía fraguando. Tardó algo en
hacerlo, pero, finalmente, abandonó el diminuto edificio blanco y se dirigió
hacia el lugar en que me encontraba.
—¿Están aparejados los caballos? —me preguntó.
—Sí, señor —contesté—. Podemos partir cuando ordenéis, pero creo que
sería conveniente hacer un reconocimiento antes de marcharnos.
Martin de Vladic reprimió un gesto de asombro al escucharme.
Seguramente le sorprendió la muestra de prudencia castrense que acababa de
dar.
—Sí, tienes razón —respondió con gesto pensativo⁠—. Yo me ocuparé de
ello. No tardaré nada.
Le seguí con la mirada y cuando desapareció detrás de la loma cercana
eché a correr hacia la iglesia. Entré jadeante en el sagrado recinto. Beatriz
intentaba ordenar sus ondulados cabellos mientras que los cruzados,
amarrados en el suelo, lanzaban miradas de airado malestar.
Con paso seguro, me acerqué hasta Marion de Blackstone. Al llegar al
lugar donde se encontraba, desenvainé el puñal que llevaba al cinto y me
incliné hasta que mi rostro estuvo a la altura del suyo.
—Bien, Marion, bien —dije, mientras comenzaba a limpiarme las uñas
con la punta del acero⁠—. Parece que han cambiado las tornas, ¿verdad?
Marion de Blackstone no dijo nada porque estaba amordazado, pero por la
manera en que se dilataron sus pupilas capté que comenzaba a ser presa del
pánico.

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—No creáis que os guardo rencor, no —proseguí, mientras me limpiaba
las uñas⁠—. En realidad, he aprendido mucho. ¿Mucho? No, más bien
muchísimo. Por ejemplo, me he enterado de que puede abrirse el vientre de un
hombre, clavarle las tripas a un muro y obligarle a correr hasta que se queda
vacío por dentro…
Gruesos goterones de sudor comenzaron a perlar la frente de Marion de
Blackstone. Comprendí entonces que, sin ningún género de dudas, me estaba
entendiendo a la perfección.
—No podéis imaginaros lo ansioso que estoy de poner a prueba vuestras
enseñanzas con alguien vivo —⁠dije, mientras quitaba la suciedad de mi
último dedo⁠—. ¿Tenéis idea de con quién podría hacer la primera prueba?
Marion de Blackstone movió la cabeza a derecha e izquierda con una
fuerza suficiente para haber descoyuntado un cuello menos robusto que el
suyo.
—¿No? —dije con una voz fingidamente suave⁠—. Pues yo sí, Marion.
Voy a contar hasta tres y si no me decís de manera clara quién os dio la orden
de secuestrar a Beatriz hundiré este puñal en vuestro vientre, os sacaré las
entrañas y las arrastraré hasta la puerta. Uno…
Marion de Blackstone hizo un esfuerzo casi sobrehumano por manifestar
indiferencia, pero sus ojos volvieron a traicionarle. No me cabía ninguna duda
de que estaba aterrado.
—… Dos… —dije, mientras apoyaba la hoja del puñal en el vientre de
Marion de Blackstone.
Antes de que dijera tres, Marion comenzó a dar gruñidos como si quisiera
comunicarme algo.
—¿Deseáis contestar a mi pregunta? —exclamé con un tono de voz
impregnado de tal suavidad que casi parecía dulzura.
Marion de Blackstone asintió vigorosamente con la cabeza y una vez más
me quedé admirado de la fortaleza de su cuello.
—Bien —proseguí con calmada voz susurrante⁠—. Pero antes de quitaros
la mordaza debo advertiros que no estoy de humor para chanzas. Si no me
decís de manera inmediata y completa lo que os he preguntado, no os
concederé una nueva oportunidad. Me daré el placer enorme de arrancaros las
tripas a puñaladas.
Sin dejar de apoyar el filo de mi daga en su vientre, le retiré la mordaza de
la boca.
—John de Gilles —dijo Marion de Blackstone como si escupiera, apenas
se vio libre del paño que le tapaba la boca.

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Por un instante me quedé inmovilizado. ¿El culpable de aquella felonía
era el caballero John de Gilles? Sin poderlo evitar, me eché hacia atrás y
quedé sentado en el suelo. Intentando ocultar mi sorpresa, dirigí mi mirada
más feroz a Marion de Blackstone.
—¿Pretendéis que crea que un caballero como De Gilles es el traidor que
ha fraguado esta conspiración? —⁠dije encolerizado⁠—. Debería mataros aquí
mismo.
—Os juro por la Santa Madre de Dios que él nos dio las órdenes
—⁠respondió Marion de Blackstone como un animal de corral
empavorecido⁠—. Yo no intervine en el secuestro, pero cuando regresé a
Tierra Santa me encomendó la misión de custodiar a la dama.
—Y aprovechasteis de paso para intentar matarme… —⁠le interrumpí.
Marion de Blackstone agachó la mirada. No creo que se sintiera
avergonzado de sus inicuas acciones. Simplemente se sentía incómodo ante la
presencia de aquél a quien había deseado matar en medio de horribles
sufrimientos y seguramente temía que no respetara su vida. Con gesto rápido,
deposité el puñal en el suelo y con ambas manos volví a colocarle la mordaza
en la boca.
—No soy como vos —le dije poseído por la ira⁠—. Jamás me mancharía
las manos con la sangre de un hombre atado. En su momento seréis llevado
ante la justicia del rey y responderéis de vuestra felonía.
Asqueado por la visión de aquel caballero deshonrado por sus propias
acciones, me puse en pie y me dirigí hacia la entrada de la iglesia. Agradecí el
soplo de la brisa que soplaba en el exterior del edificio. En aquellos
momentos, mi corazón se asemejaba a un barco sacudido por la más furiosa
de las tormentas. Había venido a aquella tierra convencido de que iba a
combatir a los infieles en compañía de caballeros cristianos cuyo único móvil
era la causa de la cruz. A ello me había impulsado mi amado hermano
Edward y un aguerrido noble llamado Marion de Blackstone… Me sentía
estúpido, pero, sobre todo, tenía la convicción de que unos canallas sin
escrúpulos se habían aprovechado de mis buenos deseos para llevar a cabo
sus malvados propósitos. A duras penas pude contener las lágrimas en aquel
instante.
—Señor, no os apenéis —sonó una dulce voz a mi derecha.
Sorprendido, me volví. El rostro de Beatriz, ya limpio y, como siempre,
hermoso, me brindaba una encantadora sonrisa.

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La mirada de Beatriz fue como un suave bálsamo que discurriera
calmante sobre las heridas que se habían abierto en mi corazón durante las
últimas horas. Tímidamente, intenté devolvérsela, pero creo que sólo
conseguí que una mueca ridícula se dibujara en mis labios.
—No es pesar —respondí con la mayor cortesía de que fui capaz⁠—. Es
indignación.
—Señor —repuso Beatriz—. La indignación sin justicia sólo da lugar a la
venganza y el pesar sin grandeza de espíritu sólo crea rencor. Si no lo tenéis
presente, podéis convertiros en alguien tan desalmado como ellos.
Nunca antes había hablado con una mujer. Por supuesto, había
intercambiado algunas palabras con familiares y sirvientas, pero jamás había
entablado una conversación. Seguramente, esa circunstancia hizo que me
sintiera muy desconcertado ante aquella dama que aparentaba hablar con tanta
sensatez.
—Quizá tengáis razón… —repuse.
—No tengas la menor duda de que es así.
Me volví rápidamente hacia el lugar de donde venía la voz. Martin de
Vladic me contemplaba con gesto apesadumbrado.
—Está todo listo y no parece que haya enemigos cerca. Comeremos algo
y partiremos hacia el campamento de Ricardo.
Tras pronunciar una oración, Martin de Vladic troceó uno de los panes
que llevábamos en las alforjas y repartió unos dátiles. Comí en silencio la
magra colación. Beatriz nos narró cómo John de Gilles la había hecho acudir
a su tienda y, una vez en ella, la habían atado y amordazado, llevándosela a
lomos de caballo hasta aquel lugar. Al principio se había sentido muy confusa
porque no podía entender que unos cruzados la trataran de esa manera, pero
pronto comprendió que era sólo un pretexto para que volviera a estallar la
guerra. Entonces llegó a la conclusión de que le darían muerte porque sólo
ella sabía quién era el culpable de tamaña iniquidad. Comprendió enseguida

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que los cruzados no la buscarían en la tierra controlada por ellos y que los
mahometanos nunca podrían liberarla. Desde ese momento, se dedicó
únicamente a orar pidiendo a Dios que su muerte fuera al menos rápida e
indolora.
Amargado por aquel episodio, guardé silencio; pero Martin de Vladic le
formuló algunas preguntas sobre extremos concretos de su aventura.
—Bien —dijo finalmente el caballero—. Ahora no debéis ya preocuparos.
Nos dirigiremos por el camino de Jafa para recoger la parte de nuestra
impedimenta que se encuentra allí. Será cuestión de pocas horas. Mañana por
la mañana partiremos hacia el campamento del rey Ricardo y por la noche os
encontraréis a salvo. Después nos ocuparemos de que se os haga justicia.
Salimos del recinto eclesial en silencio. El sol se hallaba en su cenit y
pronto comenzaría a descender. Debíamos apresurarnos si deseábamos llegar
a Jafa antes del anochecer. Tras atar los caballos de los cruzados a los
nuestros, comenzamos a dirigirnos hacia el lugar donde nos esperaba Yusuf.
No tardamos en reunirnos con él que, al vernos, dio muestras de una gran
alegría.
—Volvemos a casa, Yusuf —le dijo Martin de Vladic sin desmontar de su
corcel.
El gigante negro hizo una reverente zalema y subió a su montura. Apenas
se había sentado en la silla cuando, de repente, la sonrisa dibujada en su rostro
se desvaneció y sus ojos reflejaron la inquietud más profunda.
—¿Qué sucede? —pregunté a Martin de Vladic, sorprendido por aquel
cambio.
El caballero pronunció unas palabras en una lengua que me resultaba
totalmente desconocida. Por toda respuesta, Yusuf alargó el brazo hacia un
punto situado a nuestras espaldas. Me giré en la silla para dirigir la mirada
hacia el lugar señalado. Sobre el horizonte se erguía, delgada y negra, una
columna de humo.
—Espolead los caballos para llegar cuanto antes a Jafa —⁠dijo Martin de
Vladic con una voz cargada de autoridad⁠—. No os detengáis por nada del
mundo.
Luego, sin mediar más palabras, hizo caracolear su caballo y picó
espuelas en dirección al lugar del que partía el humo. Hice ademán de
seguirle, pero Yusuf profirió un gruñido y me señaló la senda de Jafa.
Comprendí que lo mejor era seguir las instrucciones de Martin de Vladic e
intentar llegar cuanto antes a la ciudad.

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Los caballos eran buenos y estaban descansados, de manera que no
tardamos en volver a ver la población que se alzaba sobre una colina a la
orilla del mar. Subimos la cuesta que conducía hacia sus puertas y, como un
guía consumado, Yusuf se adentró por sus angostas callejuelas buscando la
casa de Abraham.
Estábamos cansados de la cabalgada y cubiertos de polvo, de manera que
agradecimos los aguamaniles que se nos ofrecieron nada más cruzar el
umbral. Apenas nos habíamos secado las manos, cuando Abraham hizo acto
de presencia.
—¡Bendito sea el Dios que os ha preservado la vida! —⁠dijo el judío con la
alegría reflejada en el rostro. Pero, de repente, su sonrisa se desvaneció y una
sombra de inquietud le cruzó la cara.
—¿Dónde está vuestro señor? —preguntó con un tono de voz teñido por
la ansiedad.
—Acabábamos de reunirnos con Yusuf cuando vimos una humareda a lo
lejos —⁠respondí⁠—. Entonces nos ordenó que partiéramos a toda prisa
mientras que él volvía grupas y regresaba.
Preocupado, Abraham comenzó a cruzar la habitación a grandes zancadas
y se puso a retorcerse las manos presa del nerviosismo.
—No tendría que haberlo hecho… —dijo—; no tendría que haberlo
hecho. No sabemos lo que le esperaba allí. Además, iba solo.
—Quizá no deberíamos preocuparnos —repuse yo, aparentando una
serenidad que no tenía⁠—. No le costó nada deshacerse de los tres esbirros que
custodiaban a la dama que nos acompaña.
—Sí… puede que tengáis razón —comentó Abraham, deteniendo su
frenético paseo por la habitación⁠—. Al-Qit se basta de sobra para deshacerse
él solo de una docena de enemigos…
Guardé silencio al escuchar aquellas palabras. Sin duda, Martin de Vladic
era un esgrimista consumado —⁠yo mismo había tenido ocasión de verlo⁠—,
pero lo que acababa de decir Abraham me pareció una exageración.
—Bien —dijo finalmente el judío—. No tiene sentido que esperemos en
ayunas. Debéis de tener apetito.
Sin esperar nuestra respuesta, dio unas palmadas y cuando apareció un
personaje corpulento que identifiqué como un sirviente, le dictó unas
instrucciones en una lengua desconocida.
Los manjares que nos sirvieron resultaron buenos, sabrosos y abundantes.
Especias y aromas, sabores y dulzuras se agrupaban en las bandejas que nos
ofrecieron para ocasionarnos el mayor deleite al paladar, Sin embargo,

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comimos en silencio. La ausencia de Martin de Vladic —⁠¿por qué Abraham
le llamaba también Al-Qit como los sarracenos?⁠— tendió sobre nosotros un
espeso velo de preocupación. ¿Qué podía haberle sucedido? ¿A qué se debía
que tardara tanto?
Bebía con tristeza un delicioso sorbete de melocotón, cuando se corrió la
cortina que separaba del pasillo la estancia en que nos hallábamos.
Desganado, alcé la mirada hacia el lugar de donde procedía el suave ruido
derivado del roce de la tela. No pude entonces evitar que un respingo
sacudiera todo mi cuerpo. Sucio, cubierto por el hollín y el polvo del camino,
desde el umbral de la estancia Martin de Vladic nos contemplaba sonriente.

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Como impulsado por un resorte, me puse en pie y corrí hacia Martin de
Vladic. Sin pensarlo dos veces, le di un efusivo abrazo. No recuerdo que antes
me hubiera sentido tan contento de ver a alguien.
—Vamos, vamos, Dick —dijo con voz risueña Martin de Vladic⁠—. Estoy
bien. Sucio, pero sin un rasguño.
—Estábamos muy preocupados por vuestra suerte… —⁠intervino
Abraham.
—Pues, como veis, me encuentro perfectamente —⁠respondió Martin de
Vladic⁠—. Lo que siento es que tendremos que abusar de vuestra hospitalidad
algún tiempo más.
—¡Por el Dios único y verdadero! —exclamó el judío⁠—. Sabéis que todo
lo mío está a vuestra entera disposición.
—Siento que tenga que ser así, amigo mío —⁠contestó Martin de Vladic⁠—.
Me temo que nuestra estancia en Jafa puede prolongarse por un tiempo
indefinido.
—¿Qué queréis decir, señor? —intervino Beatriz.
Martin de Vladic dio unos pasos y, tras desceñirse la espada, tomó asiento
en uno de los cojines que cubrían el suelo de la estancia.
—Supongo que os habrán comentado que regresé al contemplar una
humareda… —⁠dijo Martin de Vladic a Abraham.
El judío asintió con la cabeza.
—El humo procedía de la iglesia donde Beatriz había estado secuestrada
—⁠continuó Martin de Vladic⁠—. Una partida de sarracenos había llegado hasta
el lugar y la había prendido fuego.
—¿Los infieles se atrevieron a quemar la iglesia? —⁠pregunté indignado.
—Creo que ni siquiera sabían que se trataba de un lugar de culto
—⁠respondió Martin de Vladic⁠—. Seguramente se detuvieron allí pensando
que se trataba de una vivienda que podían saquear. Entraron y se encontraron
a tres cruzados…

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—¿Qué pasó con ellos? —intervino Beatriz.
Una nube de malestar cruzó el rostro de Martin de Vladic.
—Cuando llegué hasta el lugar pude contemplar sus cadáveres
—⁠respondió⁠—. Los habían sacado de la iglesia para decapitarlos. Sus cabezas
estaban colocadas en lo alto de unas picas.
Beatriz reprimió un grito de espanto. Comprendí entonces la generosidad
que abrigaba su corazón. Aunque aquellos hombres se habían comportado
malvadamente con ella, el saber que habían muerto no le ocasionaba placer
sino horror y pesar.
—¿Eran bandidos? —preguntó Abraham.
—No —contestó Martin de Vladic—. Eso es lo grave. Si se hubiera
tratado de simples bandoleros podríamos regresar ahora mismo a la corte del
rey Ricardo.
Hizo una pausa y nos miró fijamente.
—Se trataba de la avanzadilla del ejército de Saladino —⁠prosiguió⁠—.
Estoy convencido de que están a punto de comenzar el asedio de Jafa.
Un manto de preocupación descendió sobre todos nosotros. Difícilmente
hubiera podido darnos Martin de Vladic una noticia peor. Si Saladino sometía
a sitio a la ciudad de Jafa, estábamos condenados a caer en sus manos. Había
contemplado sus defensas al pasar por sus portones y me constaba que no
podrían resistir durante mucho tiempo el embate de las máquinas de guerra.
—¿Entonces no existe ninguna posibilidad de que haya paz? —⁠preguntó
Beatriz.
—Realmente lo ignoro —admitió Martin de Vladic⁠—. Es cierto que los
sarracenos se dirigen hacia aquí para tomar la ciudad, pero eso puede
significar muchas cosas distintas. Quizá la guerra se ha reanudado, quizá
Saladino marcha contra Jafa para obligar al rey de Inglaterra a cesar las
hostilidades y firmar la paz, quizá Ricardo piensa que estáis muerta y ha
desencadenado nuevamente la lucha…
—¿Y qué podemos hacer? —pregunté inquieto.
Martin de Vladic me miró directamente a los ojos. En sus pupilas me
pareció ver una mezcla indefinida de tristeza y afecto. Creo que estaba
preocupado, pero jamás se habría permitido mermar nuestro ya menguado
ánimo.
—No creo que podamos hacer mucho más que prepararnos para la
defensa… y elevar nuestras oraciones a Dios —⁠contestó con una voz segura.
—Entonces, no perdamos más tiempo —sentenció Abraham.

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No lo perdimos. De hecho, dedicamos las horas siguientes a alertar a las
autoridades de la ciudad de la situación que se avecinaba. Lo que vino a
continuación constituyó un verdadero zafarrancho de voces y carreras, de
gritos y órdenes. Nadie que no haya vivido un asedio puede comprender lo
que éste significa para los habitantes de la población sometida a él.
A toda prisa hubo que avisar a los vendedores para que recogieran sus
mercancías; se obligó a los que se hallaban a las afueras de la población a
recoger lo más indispensable y a recibir refugio en su interior; se realizó un
inventario del aceite que podía ponerse a hervir para arrojarlo sobre los
sitiadores cuando se acercaran a los muros; se contaron las armas de que se
disponía y se buscó entre los habitantes de la ciudad a aquellos que podrían
utilizarlas contra los atacantes.
Apenas habíamos terminado aquella febril tarea, cuando Martin de Vladic
y yo distinguimos en lontananza las máquinas de guerra del ejército de
Saladino. Se trataba de poderosos ingenios de madera y metal que avanzaban
penosamente arrastrados por sudorosos cuerpos semidesnudos. Nunca había
participado en un asedio e ignoraba cuál podía ser su empleo, pero sus
dimensiones provocaron en mi corazón un profundo malestar.
—¿Para qué sirven exactamente esos artefactos? —⁠pregunte a Martin con
una voz que deseaba ser tranquila.
—Aquella que parece una torre de madera cubierta de pieles de animales
tiene la finalidad de permitir que los guerreros se acerquen hasta las murallas
—⁠respondió Martin de Vladic⁠—. Es terriblemente eficaz, pero sólo cuando
los muros sufren alguna brecha o las puertas han saltado bajo los impactos del
ariete.
—¿Ariete?
—Sí. Es aquella testud de metal situada al extremo de un poste. Sirve para
derribar las puertas de las poblaciones. Esas otras máquinas que parecen
enormes cucharas colocadas sobre ruedas son las catapultas. Se cargan con
piedras que cruzan los aires hasta estrellarse contra los defensores de la
ciudad.
Hizo una pausa y me miró a los ojos.
—Impresionan, pero no resultan tan terribles como parecen —⁠me dijo con
voz calmada⁠—. La torre puede ser incendiada desde los muros y se requiere
mucho tiempo para repararla. Por lo que se refiere a las catapultas… su
impacto es mortal, desde luego, pero su puntería no suele ser certera. En
realidad, los peores enemigos de los asediados suelen ser el hambre y la sed.
Si racionamos prudentemente la comida y tenemos agua y las murallas

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aguantan, podremos resistir algunos días hasta que nos sean enviados
refuerzos.
El malestar que se había apoderado de mí desde que me enteré de la
posibilidad del asedio no había quedado del todo disipado con aquellas
palabras. Decidí cambiar de tema de conversación para apartar mi espíritu de
la inquietud del momento:
—Desearía haceros una pregunta, señor —dije finalmente.
—Puedes hablar con toda confianza —respondió Martin de Vladic.
—¿Cómo pudisteis saber con tanta exactitud el lugar donde se encontraba
Beatriz? —⁠interrogué intrigado⁠—. Si nos hubiéramos demorado tan sólo unas
horas… bueno, los cruzados que acompañaban a Marion de Blackstone o los
sarracenos la habrían matado… No habríamos llegado a tiempo.
Martin de Vladic sonrió. No comprendía qué podía haber de divertido en
mi pregunta, pero sin duda él la encontraba provista de cierta gracia.
—Mientras roncabas anoche, Abraham se dedicó a hacer averiguaciones
sobre la gente que había aparecido por Jafa en los últimos días —⁠me
respondió.
—¿Y se enteró de algo? —pregunté, un tanto molesto ante la idea de que
un infiel nos hubiera podido rendir un servicio de esa importancia.
—Naturalmente —dijo Martin de Vladic—. Abraham tiene ojos y oídos
por toda Jafa.
—La verdad es que no comprendo cómo un simple tendero puede tener
ese poder… Primero, averigua dónde se hallaba Beatriz, luego comienza a
hablar con la gente de Jafa para que se defienda de los sarracenos…
—⁠comenté desconcertado.
—Abraham comercia con bienes tan delicados y preciosos que jamás
podrías imaginarlos —⁠respondió Martin de Vladic⁠—. Pero si sabe de todo, si
conoce a tanta gente y tantos le conocen a él se debe a que es un físico
excepcional.
—¿Un… qué? —pregunté sorprendido al escuchar una palabra que
desconocía totalmente.
—Un físico —respondió Martin—; un galeno, un médico… ¡una persona
que cura a la gente!
—¿Queréis decir que…?
—Quiero decir —me interrumpió entonces Martin de Vladic⁠— que ese
hombre podría estar en la corte de un rey si así lo deseara porque domina
como pocos la manera de acabar con la enfermedad. A mí mismo me salvó la
vida en una ocasión.

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—¿Os dejasteis tocar por un judío? —dije todavía más sorprendido.
—Si he de ser sincero —respondió Martin—, no le dejé. Estaba enfermo y
sin sentido, y él se ocupó de que recuperara la salud. En aquel entonces yo
pensaba como tú. Creía que el valor de una persona venía de su color o de lo
que profesaba. Estaba equivocado.
Dejó de hablar por un instante y me pareció que una de las arrugas que
surcaba su frente se hacía más profunda.
—Verás, Dick, aunque sé que muchos lo niegan, soy cristiano. Creo
firmemente que Jesús se encamó para morir por todos nosotros en la cruz, que
resucitó al tercer día y que un día regresará para juzgar a los vivos y a los
muertos. Sin embargo, he podido comprobar en más de una ocasión que hay
personas que se dicen cristianas y cuya conducta no sería aceptada ni siquiera
por un pagano adorador de ídolos. También he visto sarracenos nobles y
generosos, y judíos que actuaban movidos por la bondad y la compasión.
—¿Por eso cambiasteis vuestra manera de ver las cosas? —⁠pregunté,
deseando más que nunca recibir una respuesta.
Martin de Vladic respiró hondo. Por un instante me arrepentí de haberle
formulado aquella pregunta. Quizá había traspasado los límites de la
discreción debida. Estaba a punto de pedirle perdón por mi indiscreción,
cuando me dijo:
—Creo que la guardia de esta noche será muy larga. Mi historia no es
alegre ni divertida. Tampoco me parece especialmente heroica… ¿Estás
seguro de que deseas escucharla?
Asentí con la cabeza sin despegar los labios.
—Está bien —dijo Martin de Vladic—. Todo sucedió hace tanto tiempo
que me parece que han pasado siglos…

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–Todo sucedió hace tanto tiempo que me parece que han pasado
siglos… Pertenezco a una familia noble. Al ser el hijo mayor, debería haber
heredado la fortuna de mis ancestros. No pienses que era muy pingüe, pero
incluía una hacienda donde se criaban algunos de los mejores caballos del
mundo. Jamás había pensado en abandonar aquellas tierras, pero hace unos
años mi padre enfermó gravemente…
Martin de Vladic guardó silencio durante un instante. El aspecto acuoso
que adquirieron sus ojos me llevó a pensar que estaba rememorando
momentos especialmente dolorosos y lamenté en mi corazón que mi
curiosidad le hubiera arrastrado a recordar un pasado seguramente amargo.
Como si deseara ahuyentar al negro pájaro de la pena, sacudió levemente la
cabeza y continuó su relato:
—Durante unos días que me parecieron interminables probamos con todos
los remedios conocidos. Emplastes, cataplasmas, bebedizos, sangrías… Pero
nada de aquello surtía efecto y, a veces, pensaba que incluso tenían el
resultado de empeorar su situación. Las piernas se le cubrieron de unas
manchas rojizas y perdió la capacidad de caminar. En momentos así,
apreciado Dick, cuando el hombre ve que no puede hacer nada para recobrar a
los seres que más ama se vuelve hacia Dios. Seguramente habrá quien piense
que esto es una muestra de nuestro egoísmo, porque únicamente nos
acordamos de nuestro Creador cuando nos vemos impotentes ante la
desgracia. Puede ser; pero ahora, con el paso del tiempo, creo que también se
debe a que en situaciones como ésa comprendemos que estamos solos en la
vida y que sin la ayuda de Él no podríamos soportar este mundo tan duro…
Recordé cómo había orado cuando creía que Marion de Blackstone iba a
torturarme y concedí que las palabras de Martin de Vladic estaban cargadas
de verdad.
—Visité al párroco de la aldea cercana en busca de consuelo, pero no lo
encontré. Seguramente temía que si me daba esperanzas y luego éstas no se

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cumplían tomaría represalias contra él. Puedes pensar que era un cobarde o
que no tenía fe, pero, en cualquier caso, actuó con prudencia. El obispo era un
buen amigo de mi padre y posiblemente no habría movido un dedo para
protegerle si hubiéramos decidido descargar nuestra estúpida ira sobre él.
Desalentado, una mañana me adentré en el bosque impulsado por el ansia de
que Dios me escuchara. Por única compañía llevaba un pequeño evangeliario
en el que había aprendido las primeras letras latinas…
Recordé en aquel instante el librito en que había visto leer a Martin de
Vladic emocionándose hasta las lágrimas y me pregunté si se trataría de la
misma obra. Sin embargo, preferí no interrumpirle en su relato.
—… Durante un buen rato leí en sus páginas las narraciones que los
apóstoles habían escrito acerca de Nuestro Salvador. Finalmente, me hinqué
de rodillas y prometí al Altísimo que si mi padre se curaba aquella semana
marcharía en peregrinación a la tumba del apóstol Sant Yago, en la lejana
Hispania.
—¿Y sanó? —pregunté, impulsado por una curiosidad que cada vez era
mayor.
—Sí —dijo Martin de Vladic con gesto triste⁠—. De la misma manera
inexplicable que había venido, aquella extraña dolencia desapareció. Las
manchas se desvanecieron de sus piernas y, poco a poco, pudo volver a
caminar con normalidad. Por supuesto, ni los médicos ni el párroco sabían
cómo entender lo sucedido y se dedicaron a dar explicaciones carentes de
convicción. Yo estaba seguro, sin embargo, de que era Dios el que había
realizado aquella curación y me dispuse a cumplir mi promesa.
Martin de Vladic guardó silencio por un instante y con la vista buscó algo.
Finalmente, dio unos pasos hasta un jarro con agua, bebió un trago y, tras
secarse los labios con el dorso de la mano, regresó a mi lado.
—Disculpadme —dijo—, supongo que el trabajo del día me ha dejado la
boca seca. ¿Por dónde iba…? Ah, sí. Cuando mi padre estuvo totalmente
repuesto, le comuniqué mi decisión de partir inmediatamente hacia el
sepulcro del apóstol. Mi familia aceptó con pesar la noticia porque la apenaba
separarse de mí y porque además temía los peligros del camino. Sin embargo,
comprendieron que debía ser fiel a mi palabra e incluso me proveyeron de lo
necesario para el viaje. Sólo pusieron como condición para dejarme marchar
la de que me acompañara uno de nuestros sirvientes. Así, una mañana, cuando
el sol aún no se había elevado en el horizonte, emprendí mi ruta hacia la
ciudad de Sant Yago.
—Ya entonces teníais mucho valor —dije sin poder evitarlo.

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—No, Dick —respondió Martin de Vladic—. Lo que me sobraba no era
valor sino ignorancia. Había creído que se podía comprar a Dios y no sabía
que lo que Él nos concede lo hace por su amorosa voluntad y no a cambio de
lo que podamos ofrecerle. Pensaba entonces que saldaría una deuda y que
subiría por la escala que conduce desde la tierra hasta su presencia. Creía que
hallaría por el camino a cientos de personas que, al igual que yo, sólo
deseaban encontrarse con Él al final del camino. Como tantas veces a lo largo
de mi vida, me equivoqué.
Con un gesto nervioso que nunca antes había apreciado, Martin de Vladic
se acarició la barba. Luego posó suavemente las manos sobre las rodillas.
—Cruzamos territorios del emperador de Alemania y del rey de Francia
para llegar hasta la tierra que los romanos denominaron Hispania. Allí no
encontramos la devoción que yo había esperado. Sí contemplé los restos de
las calzadas imperiales y multitud de iglesias y monasterios que no siempre
estaban dispuestos a brindarnos su hospitalidad. Me crucé con grupos de
peregrinos que siempre eran pobres —⁠descubrí que los ricos rara vez
transitaban aquel camino⁠— y que no pocas veces ansiaban paliar su miseria
con lo que podían hurtar a otros compañeros.
Observé la tristeza que se iba acumulando en el rostro de Martin de
Vladic. Sin duda, aquellas palabras no eran sino un resumen de innumerables
sufrimientos y padeceres que parecía abrir en el caballero heridas que quizá
nunca habían cerrado del todo.
—En Navarra tuvimos que enfrentamos con una banda de gascones que
pretendía matarme y llevarse a mi sirviente Konrad como esclavo. En Castilla
nos sentimos perdidos en medio de llanuras inmensas donde apenas se
percibía un árbol, pero donde el cielo tenía una belleza inigualable y los ríos
contenían el agua más pura que nunca antes hubiera bebido. Al entrar en
Galicia caí finalmente enfermo…
Nuevamente Martin de Vladic guardó silencio. Sus ojos se habían llenado
de lágrimas y temí que, de un momento a otro, desbordaran sus párpados para
caer por las mejillas. No fue así. El caballero respiró hondo y continuó su
narración.
—Debes saber que los hospitales abundan a lo largo del Camino de Sant
Yago como en ningún otro lugar del orbe. No debería extrañar que así suceda
porque son muchos los peregrinos que caen enfermos e incluso mueren
siguiendo su ruta. Yo fui uno de aquéllos cuya salud quedó quebrantada por el
viaje. Una mañana, al despertarme, sentí en el pecho un calor semejante al de
una hoguera y en los miembros un dolor que me atenazaba. Intenté

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incorporarme, pero entonces mi garganta se vio sacudida por un golpe de tos
y me desplomé sobre el montón de paja que me había servido de lecho
durante aquella noche. Cuando llamé a Konrad, mi sirviente, sólo salió de mi
interior un hilo de voz que apenas puede reconocer como propia.
—¿Qué os sucedía? —le pregunté inquieto.
—Nunca lo supe, Dick —respondió Martin de Vladic⁠—. Algunos de los
peregrinos cercanos insistieron en que padecía la muerte negra y nos
obligaron a abandonar el albergue a pesar de que fuera caía el peor aguacero
que yo hubiera visto nunca. Konrad podía haberme abandonado entonces. Si
lo hubiera hecho, quizá no habría obtenido gran ganancia robándome, pero yo
jamás me habría vengado porque estoy completamente seguro de que ese
mismo día habría muerto expuesto al frío y a la lluvia.
—Pero no lo hizo…
—No, no lo hizo. Me envolvió en el mejor manto, me cargó y comenzó a
recorrer todos los lugares con techo de aquella población en busca de un
abrigo contra las inclemencias de aquel tiempo terrible. Pero ya se había
corrido la voz y nadie osó abrimos la puerta para ofrecernos cobijo. Entonces
Konrad comenzó a caminar hacia una población donde se rumoreaba que
había un hospital. Durante toda la tarde, sin probar bocado, me llevó en
brazos intentando comunicar a mi tembloroso cuerpo algo de calor. Guardo
un recuerdo muy borroso de aquellas horas, pero sé que perdía el
conocimiento a ratos y que cuando me despertaba sólo sentía las manos de
Konrad sujetándome en el aire.
—¿Y alguien os recogió al final? —pregunté.
—No —respondió con un deje de profunda tristeza Martin de Vladic⁠—.
Nadie estaba dispuesto a conceder un techo a un enfermo y menos que nadie
aquellos que se dirigían a la tumba de Sant Yago o que podían obtener
beneficio de los peregrinos.
—¿Cómo lograsteis sobrevivir entonces? —volví a preguntar.
—Cuando el sol había desaparecido ya del cielo, Konrad dio con un
cobertizo abandonado. Era un lugar pequeño y miserable, pero pudimos
cobijarnos y con unas ramas recogidas encendió un fuego con el que secarnos.
Durante tres días y tres noches, mi alma estuvo vagando entre la vida y la
muerte, entre este mundo y el otro. Habría deseado disfrutar de los auxilios
espirituales de alguien, pero ningún clérigo se atrevía a acercarse hasta el
lugar donde yacía un hombre del que se decía que había sido herido por la
muerte negra.
—Pero no fue así…

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—Francamente, lo ignoro. Lo que sí sé es que recuperé la salud y que
entonces lo primero que hice fue preguntarme si valía la pena seguir mi
peregrinación hacia el sepulcro de Sant Yago. Decidí qué ya no deseaba
alcanzar aquel lugar porque seguramente no iba a encontrar en él nada que no
pudiera hallar en otra parte.
—¿Cómo pudisteis tomar esa decisión tras haber caminado tanto y haber
caído tan enfermo? —⁠interrogué sorprendido.
—Quizá precisamente por ello. De todas las personas que me crucé en el
camino sólo una demostró hacia mí un amor como el que Nuestro Salvador
predicó a sus discípulos. Era además el único que no había venido
voluntariamente, sino que se había visto obligado por su condición. Al
reflexionar aquellos días, mientras terminaba de reponerme, sobre el
comportamiento de Konrad, comprendí que su conducta había sido mejor que
la de cualquier noble, clérigo o peregrino a pesar de tratarse de un simple
siervo. Cuando me sentí con la fuerza suficiente para caminar sobre mis dos
pies, rompí la argolla que había fijada a su cuello y le otorgué la libertad.
—¿Y qué hizo él entonces? —pregunté.
—Era un buen hombre y se negó a abandonarme. Con lágrimas en los
ojos me pidió que le permitiera permanecer a mi lado, y se lo concedí.
—¿Regresasteis entonces a casa?
—No. Ésa fue nuestra primera intención, pero nada más encontrarnos de
nuevo en territorio del emperador alemán escuchamos en una aldea la
predicación de la cruzada. Debería haber regresado con los míos, pero pensé
que quizá lo que no había hallado en el camino hacia la tumba de Sant Yago
podría encontrarlo en la tierra donde vivió Nuestro Señor. Una noche
comuniqué mi decisión a Konrad…
Martin de Vladic volvió a interrumpir su relato. Observé que las tinieblas
que nos rodeaban se habían hecho más espesas y que sólo quedaban rotas por
los fuegos del campamento de los mahometanos.
—… Estoy convencido de que no se alegró de ella, pero tampoco quiso
dejarme solo. Con una voz que pretendía ser firme me anunció que vendría
conmigo a Tierra Santa.
—¿Dónde está Konrad ahora? —le interrumpí.
—Murió apenas unas horas antes de que vos y yo nos conociéramos.
Había contraído unas fiebres…
En aquel momento recordé los comentarios burlones de Marion de
Blackstone y de John de Gilles acerca de la manera en que Martin de Vladic
había atendido a su sirviente en su última enfermedad. A mí también me

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había parecido entonces denigrante que un caballero pudiera ocuparse de un
inferior. Sin embargo, en ese instante sentí vergüenza no por la acción de
Martin de Vladic sino por la forma desconsiderada en que yo la había
juzgado. Su comportamiento había sido el único digno de una persona
agradecida hacia aquel que le había salvado la vida.
Sentí aquella muerte como la de un hermano —⁠prosiguió Martin de
Vladic⁠—. Yo mismo le di sepultura en una tumba cavada con mi espada. Si
Konrad no hubiera venido conmigo a esta tierra, ahora sería un hombre vivo y
saludable. Si murió, se debió simplemente a la lealtad que siempre manifestó
hacia mí. Le recordaré hasta mi último aliento.
Las últimas palabras del caballero me provocaron un escalofrío y entonces
me pareció que comenzaba a entender la manera que tenía de comportarse.
Para muchos podía tratarse de un hereje, de un loco, de un indeseable incluso.
Sin embargo, yo estaba empezando a comprender que era el hombre en quien
más nobleza había contemplado nunca.
—¿Esa muerte fue la que os impulsó a no derramar la sangre de nadie?
—⁠pregunté, e inmediatamente me arrepentí una vez más de haber sido tan
indiscreto.
—No, no —contestó serenamente Martin de Vladic⁠—. Había tomado esa
decisión meses antes de que Konrad muriera.

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Me sentí desconcertado al escuchar aquellas palabras de Martin de
Vladic. Se suponía que un caballero debía defender con su espada la
Cristiandad y, para ser sinceros, no veía manera de conseguirlo sin causar la
muerte de los enemigos. ¿Qué podía haberle impulsado a tomar esa decisión
tan extraña? No necesité preguntárselo.
—Comprendo que te sientas intrigado por mi negativa a privar a alguien
de su vida —⁠dijo entonces Martin de Vladic con voz suave⁠—. Sin embargo,
puedo decirte que mis motivos son poderosos.
—Nunca lo dudé, señor —me apresuré a decir.
—Eres muy generoso en tu juicio —me respondió Martin de Vladic,
como si deseara disipar cualquier inquietud que pudiera molestarme⁠—. Como
te he relatado, cuando Konrad y yo nos hallábamos de regreso en las tierras
del emperador escuchamos predicar la cruzada y yo decidí unirme a ella. En
el mes de marzo de hace dos años me encontraba ya en Asia. Nuestra llegada
a las órdenes del emperador Federico Barbarroja no pudo ser más violenta.
Durante treinta y tres días seguidos no dejamos de combatir con las fuerzas
musulmanas. Fue una brega continua durante la que apenas tuvimos tiempo
para comer o beber; pero, finalmente, Barbarroja derrotó a Malik Shah en
Iconio y tomamos la ciudad. Aún hoy tengo la convicción de que si
Barbarroja hubiera seguido con vida habría podido recuperar Jerusalén; pero
murió…
—Ahogado al pasar el torrente Salef… —dije yo, recordando la historia
que había relatado Marion de Blackstone a mi hermano.
—Eso dijeron algunos con la intención de mermar su fama. La verdad es
que se bañó en un río y contrajo una enfermedad que le mató apenas unos días
después.
—¿Fue entonces cuando el resto de los caballeros del imperio se retiró de
Tierra Santa? —⁠pregunté.

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—Hubiera sido lo más sensato —respondió Martin de Vladic⁠—, pero
nadie estaba dispuesto a regresar al imperio después de la victoria de Iconio.
Como un solo hombre nos agrupamos en torno al duque de Suabia, el hijo del
emperador Barbarroja, y decidimos seguir avanzando hacia Jerusalén.
El caballero hizo una pausa. Se levantó del lugar en que se hallaba
sentado y se dirigió hacia la muralla. Observé sus ojos castaños, que se
clavaban en algún lugar perdido en el horizonte como si pudieran vislumbrar
algo que me estaba oculto.
—El duque de Suabia era muy valiente —prosiguió sin dejar de mirar en
lontananza⁠—. Sin embargo, carecía de experiencia de combate en un país
extraño. Las tropas de Saladino fueron destrozándonos poco a poco, igual que
si cortaran a rebanadas un pan para devorarlo mejor. A finales del mes de
julio, Konrad y yo caímos en manos de una partida de guerreros sarracenos.
Podían habernos matado, pero consideraron que resultaríamos más lucrativos
si lograban el pago de un rescate a cambio de nuestra libertad. El problema es
que las fuerzas imperiales estaban diezmadas y nadie podía dar una moneda
por nosotros. Así, cargados de cadenas y a pie, fuimos llevados hasta la
fortaleza de Acre.
Martin de Vladic volvió a guardar silencio, pero esta vez no me atreví a
romperlo. Comprendí que el recuerdo de la cautividad a manos de los
sarracenos debía de hallarse repleto de amarguras.
—Estuve durante doce meses en manos de los hombres de Saladino. Al
principio nos trataron bien, con la esperanza de que conseguirían pingües
beneficios con nuestra libertad. Sin embargo, cuando se dieron cuenta de que
no obtendrían ningún rescate por nosotros y, además, se produjo la llegada de
Felipe de Francia y el rey Ricardo de Inglaterra, comenzaron a maltratarnos.
En realidad, no recuerdo un solo día en que alguno de nosotros no fuera
objeto de azotes, mutilación o muerte.
—¿También vos?
—Yo fui afortunado. Caí enfermo nuevamente. Posiblemente fue la
misma fiebre que me atacó cuando me acercaba a la tumba de Sant Yago y
que nunca se había curado del todo. De cualquier forma, los sarracenos
consideraron que lo mejor era dejar que me muriera…
—¿Fue entonces cuando conocisteis a Abraham?
—Sí —respondió Martin de Vladic—. Aunque éramos cautivos, nuestros
amos nos permitían trabajar en ciertas ocupaciones y obtener algún pequeño
peculio para nosotros. Konrad se ocupó de reparar muros, de acarrear fardos
en el zoco, de cualquier tarea que le permitiera obtener unas monedas. Así,

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mientras yo me consumía, Konrad se preocupó de conseguir alimentos para
los dos, y un día trabó conocimiento con Abraham. El judío le trató con
consideración y supo apreciar su diligencia en el trabajo. Cuando Konrad se
enteró de que era físico no tardó en suplicarle que me curara.
—Y lo hizo… —le interrumpí.
—Sí, lo hizo —prosiguió Martin de Vladic—. Konrad le prometió que si
me atendía le seguiría sirviendo gratuitamente hasta el momento de su
muerte, a menos, claro está, que alguien le comprara a su captor o pagaran un
rescate por él. En este último caso, le aseguró, pagaría al físico sus servicios.
Abraham aceptó, pero a condición de que, si yo no me curaba, Konrad
siguiera de todas formas rindiéndole sus servicios.
—Y os curó…
—Sí, lo hizo. Le bastó administrarme unos bebedizos para hacerme
recuperar la salud.
—Pero Konrad no se convirtió en su siervo…
—No. En el mes de julio, cuando ya llevaba un año convertido en cautivo,
el rey Ricardo tomó Acre. Había sido un asedio muy duro y los cruzados no
dieron la menor muestra de piedad al apoderarse de la ciudad. Seguramente,
Abraham habría muerto o, al menos, caído prisionero de no haber sido por
Konrad y por mí. Yo era un caballero cruzado, había servido a las órdenes del
emperador y llevaba cautivo un año. Cuando intercedí para que Abraham no
perdiera la vida ni la libertad se me concedió. Pero, como es fácil de entender,
desde ese momento corrió la voz de que yo no era sino un hereje, un amigo de
judíos e infieles…
Martin de Vladic calló y no me atreví a quebrantar su silencio. Pero no
estuvieron sellados sus labios mucho tiempo. Respiró hondo un par de veces y
prosiguió su relato:
—Para aquel entonces yo había descubierto que no podía juzgar a las
personas por su aspecto externo. Konrad, un siervo liberado, había
demostrado más abnegación que cualquier caballero que hubiera conocido;
Abraham, un judío en una situación de enorme ventaja, no dudó en salvarme
la vida, aunque yo no compartía —⁠ni nunca hubiera podido hacerlo⁠— su fe…
Pese a todo, todavía seguía creyendo que nuestra lucha era justa, que los
combates que librábamos en esta tierra eran la causa más noble a la que
podíamos servir…
—¿Y acaso no era así, señor? —pregunté poseído por una profunda
inquietud.

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Martin de Vladic pareció no haber escuchado mis palabras y continuó su
narración:
—El rey Ricardo había esperado que la toma de Acre le abriría con
facilidad el camino hacia Jerusalén. Se equivocó. Saladino había perdido una
ciudad y, sin duda, se trataba de un revés importante; pero no por ello estaba
dispuesto a rendirse. Todo lo contrario. Dejó claramente de manifiesto que
seguiría combatiendo y que la guerra no concluiría salvo con su victoria.
Aquella respuesta encolerizó a Ricardo. En lugar de un monarca sometido, se
encontraba con un caudillo dispuesto a resistir indefinidamente. Entonces…
entonces…
Martin de Vladic guardó silencio. Sus pupilas parecían haberse
ensombrecido, y las fosas de su nariz se dilataban y contraían con una rapidez
que nunca había contemplado con anterioridad.
—… El rey Ricardo ordenó reunir en una llanura a más de tres mil
cautivos sarracenos. Los infelices cantaban mientras se dirigían hacia aquel
lugar, convencidos de que obtendrían la libertad que tanto ansiaban. Durante
mi cautividad había aprendido algunos conocimientos de su lengua y descubrí
que todas sus conversaciones se referían a las esposas a las que abrazarían a
su regreso a casa, a los hijos que criarían, a las labores que volverían a
emprender… Estaban gozosos, alegres… Pero cuando más jubilosos se
sentían, Ricardo dio la orden de matarlos a todos.
Martin de Vladic apretó las manos contra la pared y bajó la cabeza
apesadumbrado. Consciente de su dolor, no pronuncié una sola palabra.
Hacerlo me habría parecido un sacrilegio tan terrible como profanar una
iglesia.
—Dick —volvió a hablar Martin al cabo de unos instantes con una voz
que a duras penas conseguía no quebrarse⁠—. Ni uno solo de aquellos infelices
salvó la vida. Los caballeros cruzados atravesaron sus filas dando lanzadas y
descargando sus aceros hasta que pronto quedaron tintos en sangre. Cuando
todo terminó, y apenas duró unos instantes, los sueños de aquellos sarracenos,
al igual que sus cuerpos, habían quedado deshechos. Yo no participé en
aquella matanza, pero aquella misma noche prometí que jamás privaría de su
vida a un semejante y entendí como tal a cualquier ser humano por el que
hubiera muerto en la cruz Nuestro Señor, aunque ahora fuera judío, sarraceno
o pagano.
—¿Por qué no regresasteis entonces a vuestra tierra? —⁠pregunté.
—Porque entonces pensaba que no tendría valor suficiente para narrarles
todo lo que había visto en Tierra Santa. En realidad, en aquel tiempo sólo

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ansiaba encontrar la muerte. Estaba convencido de que si entraba en combate
bastaría con no matar a cualquier sarraceno para morir. Pero no fue eso lo que
aconteció. A los pocos días de aquella matanza nos enfrentamos con las
fuerzas de Saladino en Arsuf. Habría debido morir en aquel enfrentamiento,
pero salí con vida. Allí descubrí que me había bastado utilizar la espada con
astucia para vencer a mis adversarios sin morir ni matar.
—¿Descubrieron los sarracenos lo que hacíais? —⁠pregunté intrigado.
Martin de Vladic asintió con la cabeza.
—¿Y no lo aprovecharon para intentar mataros? —⁠insistí.
—Al principio intentaron hacerlo. Creían que resultaría una presa fácil.
Sin embargo, no tardaron en comprobar que ninguno podía vencerme.
Aunque debo reconocer que si su sorpresa fue grande no resultó menor la
mía. Un día, el rey Ricardo me había dado órdenes de apartarme del
campamento para realizar un reconocimiento. Regresaba de mi misión,
cuando me salieron al paso dos sarracenos. En circunstancias normales me
habrían asaltado e inicialmente comenzaron a desplazarse en media luna para
acabar conmigo. Sin embargo, cuando alcé la visera de mi yelmo para ver
mejor, uno de mis adversarios dijo: «Hua Al-Qit», y ambos volvieron las
grupas de sus caballos y se alejaron a galope tendido. Así supe que los
sarracenos me llamaban, seguramente por mi agilidad, Al-Qit, es decir, el
gato, y que, en la medida de lo posible, nunca combatirían conmigo.
Al pronunciar aquellas palabras, el rostro de Martin de Vladic
experimentó un cambio radical. El pesar que le había invadido a lo largo de
toda la noche pareció disiparse como el rocío ante el calor del sol. El lugar
que había ocupado la amargura se hallaba ahora cubierto por una sonrisa.
—Mañana será un día duro —dijo con voz amable⁠—. Creo que lo mejor
que puedes hacer es dormir un poco antes de que amanezca.

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No pude descansar mucho aquella noche. Era muy tarde cuando me
separé de Martin de Vladic; pero, además, como si hubiera hallado la clave de
un tesoro ignoto o de un arcano indescriptible, mi espíritu estaba envuelto en
una sensación de extraño nerviosismo. Todas las ansiedades, todos los
interrogantes, todas las confusiones de los últimos días se habían desvanecido
como si se tratara de una niebla herida de muerte por la luz de la mañana.
Ahora comprendía todo y, muy especialmente, me daba cuenta de hasta qué
punto había estado equivocado, de lo erróneos que habían sido mis puntos de
vista, de lo injustamente que había juzgado a aquel caballero al que sus
adversarios llamaban con admiración Al-Qit.
Inmerso en aquella sensación, tardé mucho en conciliar el sueño. Cuando
finalmente me dormí fue sólo para despertarme sobresaltado por unos golpes
que me parecieron auténticamente estruendosos. Me desperecé en medio de
gritos de pánico y alaridos de alarma, y, rápidamente, eché a correr hacia los
muros.
Cuando llegué, los escasos hombres que la ciudad de Jafa podía aprestar
para su defensa, en su mayoría caballeros francos, se hallaban ya situados en
sus puestos de combate. La algarabía en el exterior y algún venablo perdido
que cortaba el aire dejaban de manifiesto que los sarracenos ya habían
desencadenado el ataque. Sin embargo, lo más terrible no eran ni los
proyectiles ni los alalíes de los musulmanes. Era la sensación de que la tierra
temblaba y que, de un momento a otro, los muros podían desplomarse.
Procurando protegerme del impacto de cualquier proyectil lanzado por los
agarenos, asomé la cabeza por una de las aspilleras. Como si se tratara de una
masa de polillas dispuesta a devorar golosamente una tela, varios grupos de
sarracenos se habían acercado hasta la base del muro. En ella hundían con una
energía extraordinaria zapapicos y ganchos arrastrando luego pedazos de la
muralla.

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—Intentan socavar nuestras defensas —escuché que decía una voz a mis
espaldas.
Cuando me volví, pude contemplar el rostro de Martin de Vladic. No
podía haber dormido más que yo, pero en su cara no aparecía la menor señal
de cansancio. Por el contrario, en sus pupilas y en sus párpados ligeramente
fruncidos me pareció descubrir una extraordinaria vivacidad.
—Si logran que una parte mínima del muro se desplome, nuestro tiempo
de resistencia estará contado —⁠dijo Martin con un tono de voz que denotaba
firmeza, pero que no aparentaba la más mínima alarma.
Los sarracenos no lograron su objetivo, pero aquella tarde, quizá
convencido de que habría amedrentado de manera suficiente a los habitantes
de Jafa, Saladino envió emisarios para ofrecer condiciones de paz. Sacerdotes,
cruzados francos y dignatarios locales se reunieron en una de las casas de la
ciudad para discutir la propuesta del musulmán. En buena medida no eran
hombres de guerra y, tal y como me contó Martin, que estuvo presente en la
reunión, habrían estado dispuestos a rendirse con ciertas garantías. Sólo la
energía de los caballeros francos impidió que impusieran su punto de vista.
Finalmente, decidieron responder a Saladino que esperarían cuatro días y que
si no recibían refuerzos en ese plazo le abrirían las puertas de la ciudad.
Si pensaron que aquella respuesta aplacaría los ímpetus del sarraceno, no
tardaron en salir de su equivocación. Saladino seguramente la interpretó como
un gesto de debilidad y decidió aprovechar su ventaja. A primera hora de la
mañana siguiente hizo saber a la población de Jafa que no estaba dispuesto a
esperar. De manera clara nos comunicó que si no nos rendíamos
inmediatamente tomaría la ciudad a sangre y fuego. No hablaba con
presunción, porque aquel mismo día los ingenieros sarracenos lograron que
una parte del muro se colapsara. Estoy convencido de que de no haber sido
porque los defensores acumulamos ramas y matorrales ardiendo en la brecha,
Jafa habría caído inmediatamente en manos de Saladino. Éste volvió a ofrecer
nuevas condiciones de paz aceptando consentir la libertad del mismo número
de caballeros que el de los cautivos musulmanes que había en Jafa.
Nuevamente, su ofrecimiento fue rechazado.
—¿Cuánto creéis que podremos aguantar en esta situación? —⁠pregunté a
Martin de Vladic, apenas abandonaron Jafa los emisarios de Saladino.
El caballero respiró hondo antes de responder.
—Los sarracenos están demostrando ser mucho más hábiles en el asedio
de lo que pensé en un primer momento. Sinceramente, no creo que podamos
aguantar ni siquiera una semana.

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Martin de Vladic no se equivocó. Al día siguiente, los sarracenos
volvieron a atacar la brecha. Me encontraba calculando con Abraham las
raciones de comida con que podíamos contar todavía, cuando un alarido
colosal pareció taladrar nuestros oídos. Luego, como señala el libro del
Apocalipsis al hablar del juicio de las naciones, se produjo un silencio total.
Busqué la mirada de Abraham y pude comprobar que se sentía tan invadido
por el sobrecogimiento como yo. De aquella situación nos sacó Yusuf.
Empapado de sudor, lo que proporcionaba a su piel negra un brillo
destelleante, Yusuf dijo en tono alarmado unas frases ininteligibles. Una
cerúlea lividez se extendió sobre el rostro de Abraham.
—¿Qué sucede? —le interrogué, presa de una gran ansiedad.
—Saladino ha irrumpido al otro lado del muro…
No esperé a nada más. Sin aguardar a contar con la compañía de nadie,
abandoné corriendo la estancia donde nos encontrábamos. Recorrí las
callejuelas de la ciudad en dirección a las murallas y, como si todos hubieran
decidido esperar a la muerte en el interior de sus viviendas, descubrí que
estaban totalmente vacías. De esta manera conseguí llegar en apenas unos
instantes.
El humo; el polvo y el fuego impedían ver con claridad lo que estaba
sucediendo. Algunos combatientes se esforzaban por retirar a los heridos,
mientras que otros acarreaban todo lo que podía arder hacia la hoguera que
tapaba la brecha. Comprendí inmediatamente que en el momento en que se
extinguieran las llamas, los soldados de Saladino penetrarían en Jafa y
nuestras escasas fuerzas no podrían enfrentarse con ellos.
Recorrí con mirada ansiosa mi entorno para descubrir cualquier cosa que
pudiera arder. Pero si el fuego cuando se ha extendido encuentra siempre algo
nuevo que devorar, no es menos cierto que cuando se desea alimentar una
hoguera pronto escasean los materiales. Movido por una fuerza que nunca
hubiera imaginado en mí corrí, jadeé, me agité, acarreando todo aquello que
pudiera mantener robustas aquellas lenguas de fuego que nos separaban del
cautiverio y de la muerte.
—¡Traed vigas! —escuché la voz de Martin de Vladic en medio de la
barahúnda⁠—. ¡Traed vigas hasta la muralla!
Pronto, una, dos, diez personas se aprestaron a arrancar las vigas de
madera que mantenían en pie las casas cercanas. Yo mismo me sumé a aquel
descuajamiento de viviendas. Llevaba junto a otras dos personas uno de
aquellos nervios de madera, cuando contemplé a Martin subido a un montón
de escombros y dando órdenes:

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—¡No arrojéis las vigas al fuego! —gritaba agitando los brazos⁠—.
¡Colocadlas en pie y arrojad tierra en medio de ellas!
¿Qué pretendía hacer Martin de Vladic? No conseguía entenderlo, pero
obedecí enardecido aquellas instrucciones. Entonces vi todo con claridad. Con
las vigas clavadas en la tierra y los espacios intermedios rellenados por los
más diversos materiales aquel al que sus adversarios denominaban Al-Qit
estaba construyendo un muro supletorio. Seguramente, cuando las llamas
acabaron extinguiéndose, los sarracenos esperaban hallar una brecha desde la
que irrumpir en el interior de la ciudad; pero sólo se encontraron con que
habíamos reconstruido el muro y su camino había sido cortado.
—¿Creéis que se retirarán? —pregunté a Martin de Vladic.
El caballero sonrió con un gesto que me pareció casi impregnado de
ternura.
—No, no —respondió con seguridad—. No van a hacerlo. Pero si
conseguimos resistir lo suficiente quizá los hombres del rey Ricardo puedan
llegar a tiempo de socorrernos.
—Pero —dije preocupado—, ¿y el muro que hemos levantado?
—No resistirá el próximo embate —respondió Martin de Vladic con
aplomo⁠—. Ha sido útil para retrasarlos, para impedir que Jafa cayera en sus
manos esta mañana, pero no podrá aguantar mucho frente a sus arietes. Si
vuelven a atacar durante el día de hoy, sólo podremos confiar en que el sol se
ponga pronto.
Seguramente aquello mismo debió de pensar Saladino, porque esa misma
tarde reanudó con especial fiereza el ataque. Como me había señalado tan
sólo unas horas antes, el muro improvisado por Martin de Vladic había sido
de extraordinaria utilidad por la mañana, pero ahora no pudo resistir el
empuje de las máquinas de guerra de los agarenos.
Lleno de pesadumbre, contemplé cómo aquellos muros empezaban,
primero, a combarse por el impacto de los arietes y, luego, a desmoronarse
como si se trataran de un pan que se desmigajaba. Noté entonces que los ojos
se me llenaban de lágrimas, pero preferí pensar que se debían al polvo y al
humo y no a la profunda tristeza de saber que nuestra batalla estaba perdida.
—¡Vamos! —dijo Martin de Vladic, posando una mano sobre mi
hombro⁠—. Dentro de unos instantes habrán entrado en Jafa. Debemos
retirarnos rápidamente hacia la ciudadela…
No se equivocó. Apenas el muro de madera y tierra se vino abajo, una
oleada de sarracenos comenzó a entrar por los huecos de manera incontenible.
Nadie pensó en contenerlos. Nadie hubiera podido hacerlo. Por cada uno de

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los defensores de Jafa había no menos de cien agarenos dispuestos a
acuchillarlos.
Ahogado por la humareda intenté subir hacia lo que sería nuestro último
bastión. No tardé, sin embargo, en quedarme rezagado. El calor, la falta de
descanso, la imposibilidad de respirar aire limpio me crearon una enervante
sensación de ahogo que se aferró a mi garganta como una araña sedienta de
sangre. Sentí sofocado que el pecho me ardía como una fragua y que las
piernas se me iban haciendo pesadas igual que si llevara atados a ellas
enormes sacos de piedras. Deseando correr, descubrí que dar un solo paso me
resultaba extraordinariamente trabajoso.
Me encontraba a unos doscientos pasos de la ciudadela cuando mi cuerpo
se negó a sufrir aquel esfuerzo y, finalmente, se desplomó. Intenté
levantarme, pero entonces tuve la sensación de que mis piernas, mis brazos,
mi cabeza se habían transformado en pesados trozos de metal que no podía
mover.
Dirigí mi vista hacia delante. Los últimos caballeros se esforzaban por
entrar por la estrecha puerta de la ciudadela y, preocupados en salvar sus
vidas, ni tan siquiera dirigieron una mirada hacia atrás. Comprendí con pesar
que no podría esperar ayuda de ellos. Entonces miré hacia la parte baja de la
callejuela. Los sarracenos penetraban en las viviendas y salían de ellas
llevando en los brazos los frutos de su saqueo. Telas, muebles, tapices…
Nada parecía lo suficientemente difícil de llevar como para que pensaran en
abandonarlo. De repente, uno de ellos, tocado con un turbante blanco lleno de
tiznones, reparó en mí. Llevaba los brazos cargados de los más peregrinos
utensilios, pero, como si hubiera descubierto la presa más codiciada, arrojó al
suelo todo y con el alfanje en la mano se dirigió hacia mí. Su mirada y la
mueca sanguinaria que se había dibujado en su rostro me dejaron de
manifiesto que no pretendía convertirme en cautivo, sino saciar en mí su sed
de sangre. Comprendí que poco quedaba de mi vida, que en sólo unos
instantes habría abandonado este mundo y me encontraría en el otro. Sin
embargo, no sentí miedo. Sólo percibí la tranquilidad del que sabe que está
preparado para realizar su último viaje. Cuando el agareno se encontró a una
decena de pasos de mí, cerré los ojos y comencé a musitar una plegaria.

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Ignoraba cómo sería la muerte por espada, pero deseé en lo más
profundo de mi corazón que se limitara a un corte breve e indoloro en torno al
cuello y a una extinción rápida que apenas durara unos instantes. Sin
embargo, no sucedió nada de aquello. Sólo percibí un pesado silencio apenas
interferido por los gritos de alegría de los sarracenos que saqueaban viviendas
al extremo de la calle. Sorprendido, abrí los ojos.
Contemplé entonces que el sarraceno que tanto había ansiado mi muerte
se encontraba en el mismo sitio, inmóvil, con el rostro paralizado por una
mueca de espanto y la mirada perdida en un punto situado a mi espalda.
Respirando fatigosamente, giré la cabeza. Con los ojos clavados en el agareno
y la espada en la mano, envuelto en un aplomo que ya conocía, se hallaba
Martin de Vladic.
—Hua Al-Qit —dije con apenas un hilo de voz al sarraceno.
Sin embargo, éste pareció no escucharme. En sus pupilas, negras y
dilatadas, podía verse reflejada la lucha que se libraba en su interior entre su
ansia de supervivencia y su deseo de no pasar por un cobarde. Sin apartar ni
un instante la mirada de Martin de Vladic lanzó un alarido desgarrador y
corrió hacia él blandiendo la espada.
Tuve el tiempo justo de girar la pierna derecha y zancadillearle. Como si
fuera un ave que busca aterrizar, su cuerpo envuelto de tela blanca surcó el
aire por un instante con los brazos abiertos como alas. Luego su cara se
estrelló contra el suelo y allí quedó inmóvil.
Martin de Vladic no perdió ni un solo momento. Presurosamente se
acercó hasta donde me encontraba y pasó mi brazo derecho por encima de su
cuello. Luego dio un vigoroso tirón y me cargó como si fuera un fardo.
—Ahora ya tendrás algo que contar a tus nietos —⁠dijo, mientras
comenzaba a correr hacia la ciudadela.
Llegamos hasta el portón cuando éste se hallaba a punto de cerrarse. Me
depositó con rapidez en el suelo y mientras unas manos tiraban de mí pude

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ver cómo dirigía su última mirada a los sarracenos que subían hacia el
refugio. Respiré aliviado cuando vi que se daba la vuelta y comenzaba a
entrar. Pero, en ese momento, un gesto de dolor surcó su rostro y me percaté
de cómo caía al suelo. En la espalda, muy cerca del cuello, aparecía clavada
una saeta sarracena.
—¡Le han herido! ¡Le han herido! —comencé a gritar como si en ello me
fuera la vida.
Martin de Vladic me sonrió risueñamente como si intentara mostrarme
que no le había sucedido nada, y luego dijo a uno de los defensores:
—Haced venir a Abraham, el físico judío.
Esperé con auténtica zozobra a que el médico apareciera. Sin embargo,
durante aquellos momentos que a mí me resultaron eternos, Al-Qit no dejó de
sonreír.
—Es un simple rasguño, Dick —comentó sereno⁠—. Lo único que hace
falta es que me saquen adecuadamente la saeta y que cierren bien la herida.
Abraham es sin duda todo un maestro y además ya tiene experiencia conmigo.
Respiré aliviado cuando el médico judío apareció por una esquina. Iba tan
absorto en su apresuramiento que ni siquiera reparó en mi presencia.
—Llevadle a aquella casa —dijo, señalando un chato edificio de
mampostería.
Cuatro hombres se convirtieron en una improvisada parihuela y
trasladaron a Martin de Vladic hacia donde les había dicho Abraham. Los
seguí y reparé en que la herida de Al-Qit había comenzado a sangrar y un
reguerillo del rojo líquido vital iba salpicando el burdo pavimento.
Cuando llegamos a nuestro destino, Abraham abrió la puerta y pude
atisbar un lugar oscuro y polvoriento. Los caballeros depositaron a Al-Qit
sobre una puerta de madera que alguien había convertido en improvisada
cama. Sólo entonces el físico reparó en mí.
—Dick, no puedes quedarte —dijo con voz amable, pero firme.
Sin embargo, debió de sentir el pesar que agobiaba mi corazón porque
inmediatamente añadió:
—Pero, si lo deseas, puedes esperar aquí fuera.
Acepté aquella propuesta. Exhausto, me senté en el suelo y apoyé la
espalda en un muro. Nunca he conseguido saber por qué los momentos
vividos al lado de aquellos a quienes amamos nos resultan breves como un
suspiro, mientras que los ratos de pesar se dilatan como si fueran años. Estoy
seguro de que no estuve esperando mucho a que Abraham atendiera a Al-Qit,

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pero para mí significó un tiempo despiadadamente prolongado. Cuando,
finalmente, la puerta se abrió, me puse en pie de un salto.
—No ha sido grave —respondió Abraham—. Ni huesos ni tejidos
quedarán dañados. Incluso podrá manejar la espada con la destreza de
siempre.
—¿Puedo verle? —pregunté presa de la ansiedad.
—No —respondió drástico el físico—. Ahora necesita descanso. En
realidad, lo precisará durante algún tiempo más. Creo que antes de una
semana ni siquiera podrá manejar un arma. Ahora debes disculparme, pero me
esperan otros heridos.
Desolado, contemplé a Abraham descender la callejuela. Estábamos en
una situación desesperada. Sin apenas alimentos, sin agua, con buena parte de
nuestros combatientes heridos o ya muertos y con los sarracenos ocupando
casi toda Jafa. Sin embargo, en aquellos momentos lo que más me preocupaba
era el futuro de Al-Qit. Si caía en manos de Saladino, ¿le perdonarían la vida
los agarenos o, por el contrario, le asesinarían cobardemente para vengarse de
las derrotas que, vez tras vez, les había ocasionado?
—No os preocupéis. Curará.
Sorprendido por aquellas palabras, giré el rostro. Lo que encontraron
entonces mis ojos fue la serena belleza de Beatriz. Durante los tres días que
hasta entonces había durado el asedio prácticamente no le había dedicado ni
un solo pensamiento. Ahora, como surgida de la más cautivadora narración
cortesana, aparecía ante mí con toda su hermosura.
Buscaba, sin duda, infundirme aliento y, sin embargo, ¡qué difícil era en
aquellos momentos no ceder a la más negra de las desesperaciones! Durante
el resto del día no sufrimos ningún ataque, pero nuestros corazones se
hundieron en la sima del pesar escuchando las risotadas de los sarracenos que
saqueaban la hermosa ciudad de Jafa en busca de botín. El incendio, el pillaje
y el derramamiento de sangre se enseñorearon de aquellas calles que yo había
transitado tan sólo unas horas antes.
¡Qué cosa más extraña es la guerra! Junto a la muerte y el dolor, junto a la
brutalidad y el latrocinio, surgen, aquí y allá, esos comportamientos que nos
obligan a creer que estamos creados a imagen y semejanza de Dios. La
nobleza de Al-Qit, la abnegación de Yusuf, la pericia de Abraham, la belleza
de Beatriz eran sólo algunas de esas manifestaciones que me impulsaban a
pensar que no todo estaba perdido, que aún teníamos razones para conservar
la esperanza.

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Pese a todo, cuando amaneció el día siguiente, existía un acuerdo casi
general de que el paso más prudente sería rendirnos implorando del vencedor
las mejores condiciones. Reunidos en un torreón de la ciudadela desde donde
podíamos contemplar las banderas que los sarracenos habían izado sobre Jafa,
discutimos con amargura nuestra situación. Llevábamos ya un buen rato
sopesando nuestras posibilidades de resistir cuando un orondo clérigo tomó la
palabra:
—Queridos hermanos, creo que sólo el buen sentido y la sensatez deben
guiamos a la hora de tomar una decisión. Nadie, absolutamente nadie, podrá
decir nunca que los caballeros que han defendido Jafa no se han mostrado
valerosos como el rey David o como los hermanos Macabeos. Sus hazañas
serán mencionadas siempre con la misma admiración que las de Alejandro o
César. Sin embargo, no estamos discutiendo sobre la valentía y el coraje. No.
Lo que ahora estamos tratando es la mejor manera de actuar en nuestra difícil
y penosa situación. Lo resumiré todo con brevedad. Si ahora capitulamos, es
posible que algunos conserven la vida e incluso recuperen pronto la libertad.
Sin embargo, si insistimos contumazmente en seguir luchando, si nos
empeñamos en mantener una resistencia desesperada, es posible que todos
seamos degollados antes de la nueva puesta del sol.
Observé los rostros de los caballeros al escuchar aquellas palabras. Los
más agachaban la faz invadidos por el pesar de los que se saben derrotados y
se adivinan cautivos. El clérigo recorrió con mirada satisfecha aquellos
rostros vencidos. Imagino que estaba seguro de que nadie se opondría a sus
palabras. Apesadumbrado, retiré la vista de aquellos cruzados que habían
venido de regiones frías y distantes sólo para dejar que sus huesos quedaran
calcinados al sol o para convertirse en esclavos de los infieles a los que
habían anhelado batir en el campo de batalla.
Con pasos cansinos, me acerqué a la gran ventana que aparecía calada en
el espeso muro de piedra. Resultaba incomprensible que el día pudiera ser tan
hermoso cuando nuestro destino se presentaba dibujado con líneas tan
tétricas. Ni una sola nube empañaba un firmamento pintado de una hermosa
tonalidad azul. A lo lejos, la línea del horizonte se recortaba sobre un mar más
oscuro que el cielo, pero no menos cargado de belleza. Durante unos
instantes, observé las olas que, plácida y mansamente, chocaban contra la
rubia arena de la playa y evoqué los ríos de mi tierra natal en los que yo me
había bañado tantas veces.
De repente, sin anunciarse, una mancha blanca comenzó a deslizarse
sobre el mar y entonces, como convocadas por una fuerza superior, como si

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formaran una bandada de aves desconocidas, aquella alba forma se vio
seguida por otras semejantes a ella. ¿Eran…? Sí… sí, lo eran.
—¡Son las galeras del rey Ricardo! —grité sin apartarme de la ventana.
Como si un poderoso conjuro se hubiera apoderado de ellos, los
caballeros se pusieron en pie y corrieron hacia la ventana en que me
encontraba. En un instante, aquellos seres que sólo un momento antes estaban
resignados a rendirse comenzaron a dar saltos de alegría. Unos reían, otros
lloraban de emoción, pero ninguno se mantenía indiferente.
—¡Estamos salvados! ¡Estamos salvados! ¡Es el rey Ricardo! —⁠gritaban
presa de un júbilo casi infantil.
—¡Sosiego! ¡Calma! —dijo el clérigo.
—No, padre, sosiego, no —le respondí—. ¡Alegría! ¡Alegría!
—¿Cómo sabrán que aún resistimos? —preguntó de repente uno de los
caballeros.
Sorprendidos, clavamos en él unas miradas que habían contenido gozo y
ahora volvían a nublarse. El caballero que había formulado la pregunta se
aclaró la garganta y continuó hablando:
—Toda Jafa está llena de estandartes de los infieles. Si observan desde las
galeras la ciudad, creerán que ésta ha caído, que no tiene sentido desembarcar
para liberar a los que ya son esclavos…
—¡Que alguien los avise! —dijo desesperado un caballero franco.
—Pero, ¿cómo? —insistió el primer cruzado⁠—. Si encendemos un fuego
pensarán que es el último bastión que ha caído en manos de Saladino…
—¿Y si alguien fuera nadando hasta las galeras? —⁠pregunté.
—No creo que sea posible —respondió el cruzado.
—Pero, ¿y si lo consiguiera? —insistí.
—Sería muy peligroso —terció el clérigo—. Lo más seguro es que crean
que se trata de un infiel que pretende abordarlos y que lo abatan con sus
flechas antes de que logre acercarse lo suficiente… Hijos míos, debemos
aceptar con resignación…
—¡No! —chillé—. ¡No vamos a aceptar nada con resignación!
Entonces saqué el puñal que llevaba colgado del cinto y lo coloqué en el
cuello del clérigo.
—¡Despojaos de vuestro hábito!
—¿Os habéis vuelto loco? —preguntó con voz de alarma uno de los
caballeros⁠—. ¿Acaso la desesperación os impulsa a cometer un sacrilegio?
—¡Despojaos del hábito o ahora mismo os rebano el pescuezo! —⁠le insistí
al espantado clérigo sin hacer caso de lo que me decían.

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—Sí, sí, claro —dijo con voz temblona, mientras se quitaba el hábito⁠—.
Pero reflexionad en lo que hacéis…
—Lo tengo más que reflexionado —le interrumpí⁠—. Y ahora apartaos
todos hacia aquella pared o podéis dar por seguro que degollaré a este sujeto.
Los caballeros retrocedieron espantados. Seguramente pensaban que el
pavor me había hecho perder la cordura o incluso que estaba poseído por un
espíritu maligno.
—Reparad en que no escaparéis sin castigo por esta felonía —⁠dijo uno de
los cruzados.
—Si consigo lo que deseo, me deberéis la vida —⁠respondí altivo.
Luego, con gesto rápido, me situé a la espalda del sacerdote sin dejar de
apuntar a su cuello con la punta de mi acero. Cuando el hábito cayó al suelo,
me incliné para recogerlo y, sin dejar de hacerle sentir la frialdad del arma,
me lo puse. Entonces, cuando acabé de colocarme mi nueva vestimenta, le di
un empujón para que se estrellara contra los caballeros. Fue sólo un instante
el que tardaron en deshacerse del voluminoso fraile y en lanzarse sobre mí;
sin embargo, para entonces yo había subido ya hasta el alféizar de la ventana
y, mientras me encomendaba a Dios, me lancé al vacío.

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Mi cuerpo se hundió en el agua del mar como una piedra en un pozo.
Primero, fue como si un peso irresistible me arrastrara hacia el fondo, pero
luego, de manera inmediata, sentí una fuerza que me empujaba hacia arriba
todavía con mayor rapidez. Pataleé con todo el vigor de que fui capaz para
salir cuanto antes a la superficie y sentí un extraordinario alivio cuando mi
pecho volvió a llenarse del aire puro del mar.
Mientras agitaba los brazos para no hundirme intenté localizar con la vista
las galeras del rey Ricardo. No me resultó difícil. Como gallos altivos que
hincharan el buche para atraer a las hembras, sus velas se inflaban por el
soplo del viento. Entonces me pareció que muy pocas veces había
contemplado un espectáculo más hermoso y eché a nadar hacia su encuentro.
A diferencia de los ríos de Inglaterra, aquellas aguas eran cálidas y su
corriente suave sólo facilitó mi tarea. El hábito clerical, totalmente empapado,
comenzó a pesarme, por el contrario, como una armadura completa. Sin
embargo, no podía detenerme. Sacando fuerzas de flaqueza, recordando a
Beatriz y a Al-Qit, pensando en aquellos que caerían muertos o cautivos si
fracasaba, dirigí todas mis fuerzas a mover brazos y piernas.
Me hallaba cerca de una de las galeras, cuando uno de los soldados que
viajaban en ella me vio. Escupiendo agua salada di dos, tres brazadas más,
ansioso de llegar hasta la embarcación. Entonces el cruzado se agachó y, por
unos instantes, desapareció de la vista. Cuando volvió a erguirse llevaba en la
mano un arco y una aljaba con flechas. ¡No podía ser! ¡Aquel necio me había
confundido con un infiel! ¡Estaba a punto de dispararme! Furioso, nadé con
más fuerza intentando desplazarme de tal manera que no pudiera herirme.
Pero aquel guerrero era mucho más rápido cargando el arco que yo nadando.
Antes de que me hubiera podido acercar lo suficiente a la galera como para
conseguir que me oyeran, situó una flecha en el arco y disparó. Apenas tuve
algo de tiempo para sumergirme bajo el agua. Sí, quizá ésa sería la única
manera de llegar hasta la nave. Intenté contener la respiración lo más posible,

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pero al final tuve que emerger de nuevo. Fue a tiempo de ver cómo un nuevo
proyectil pasaba silbando siniestramente a escasa distancia de mí. Volví a
hundirme en el agua, y a intentar llegar hasta la nave. Cuando saqué la cabeza
de debajo de las olas, el arquero estaba ajustando su puntería. Mientras volvía
a sumergirme entre las aguas me pregunté por qué aquel pertinaz tirador no se
daba cuenta de que iba vestido como un clérigo… y me respondí que con el
hábito empapado y oscurecido por el agua nadie podría haberme identificado
como a un sacerdote.
—Pater noster qui est in caelis…! —⁠grité lo más alto que pude, cuando
volví a aparecer sobre la superficie del mar.
El contumaz arquero pareció dudar por un instante. Respirando
fatigosamente chillé:
—… Santificetur nomen tuum. Adveniat regnum tuum…
El cruzado bajó el arco. Estaba ya lo suficientemente cerca como para ver
que su rostro era presa de una enorme confusión.
—… Fiat voluntas tua…
El arquero soltó el arma y juntó las manos en torno a la boca como si se
tratara de una bocina.
—¡No disparéis! ¡Es un sacerdote! ¡Es un hombre de Dios!
Totalmente agotado, recorrí la escasa distancia que me separaba de la
galera. Al llegar a su costado, lanzaron un cabo que me pasé por debajo de los
brazos y me até a la altura del pecho. Entonces me izaron hasta la nave.
—Perdonadme, padre —dijo el arquero en tono compungido⁠—. Creí que
erais uno de esos infieles a los que Satanás confunda…
—Estás perdonado, hijo —dije, mientras intentaba recuperar el
resuello⁠—. Y ahora condúceme al patrón de la nave.
Ignoro cómo la noticia de mi rescate había podido correr más que yo, pero
cuando al fin llegué ante la presencia del mando de la embarcación, éste se
apresuró a arrodillarse ante mí y a tomarme de la mano con la intención de
besármela.
—Padre —dijo con una voz que parecía devota⁠—, os ruego que disculpéis
la vehemencia del soldado… Os confundió con un infiel.
Hubiera debido decirle que el cruzado no había sido el único en
equivocarse, pero consideré más prudente callar aprovechando la reverencia
que me otorgaba.
—Contad con mi absolución —le dije con tono apresurado⁠—, pero ahora
hay cosas más importantes que ventilar. La ciudadela de Jafa se encuentra

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todavía en manos de los cruzados. No podrán resistir sin vuestra ayuda, pero
si esta flota acude a socorrerlos Saladino se verá obligado a retirarse.
Por un instante, pareció que el patrón de la nave no me comprendía,
sumido en la más profunda de las confusiones. Pero, de repente, sus ojos se
convirtieron en dos globos redondos y pareció salir de su estado de
perplejidad.
—¡Avisad al rey Ricardo! —gritó, agitando los brazos⁠—. ¡Izad las
banderolas! ¡Tenemos que desembarcar en Jafa!
Luego se volvió hacia uno de los soldados cercanos y le dijo:
—Trae un jarro de vino para este buen clérigo. No sólo necesita de él para
librarse del frío del agua. Además, se lo ha ganado.
—Dispensad que rechace vuestro ofrecimiento —⁠dije con el tono de voz
más piadoso que pude fingir⁠—. Pero he hecho voto de no beber ninguna
bebida espirituosa hasta que en toda Jafa ondee nuevamente la bandera de la
cruz.
Nuevamente, el desconcierto se reflejó en el rostro del patrón de la nave.
—Sí, claro, claro —dijo no muy convencido.
Setenta y cinco eran las galeras que llevaba el rey Ricardo y poco a poco,
combatiendo completamente a la desesperada, sus guerreros fueron
desembarcando detrás de la retaguardia sarracena. En esas mismas
condiciones, nunca hubieran podido imponerse a un enemigo muy superior
numéricamente. Sin embargo, la sorpresa de su ataque y el ánimo que aquella
acción inyectó en los defensores de la ciudadela desmoronó su capacidad de
reacción. Atrapados entre las fuerzas que llegaban por mar y el reducido pero
bravo contingente que aún resistía en Jafa, los sarracenos fueron presa del
pánico y se replegaron dejando detrás armas y bagajes.
Cuando, finalmente, yo mismo llegué a la playa de Jafa la lucha había
concluido casi de manera total. Acá y allá algunos musulmanes pugnaban por
resistir, pero los cruzados del rey Ricardo ya habían llegado hasta la ciudadela
y enlazado con los sitiados. Saladino, prudentemente, había ordenado a sus
guerreros que se retiraran.
Con el mismo hábito empapado y ahora manchado de la arena de la playa
comencé a subir la ladera que llevaba hasta Jafa. Imaginaba que Martin,
Beatriz y Abraham estarían bien, pero no me sentiría tranquilo hasta que
pudiera comprobarlo personalmente. Llevaba caminado medio centenar de
pasos, cuando una voz vigorosa sonó a mis espaldas:
—¡Padre, padre! ¡El rey Ricardo desea veros!

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Reconocí el tono del patrón de la nave y aquello me llevó a apretar el
paso. Fingirme clérigo había sido efectivo, pero ahora continuar la farsa
únicamente podía acarrearme perjuicios. Me arremangué el hábito y apreté la
marcha. Fue inútil. Apenas había avanzado una decena de pasos más cuando
una mano fuerte como el acero se cerró sobre mi brazo derecho.
—Padre, ¿no me oíais? —dijo con júbilo—. Llevo llamándoos ya un buen
rato. Venid conmigo. El rey Ricardo desea conocer al hombre que salvó a los
sitiados de Jafa.
Intenté musitar una excusa, pero no me sirvió de nada. Entusiasmado,
aquel hombre tiraba de mí con una fuerza que no me era dado contrarrestar.
Fue así como desandé la cuesta y me vi sumergido en medio del ejército
cruzado. Finalmente, el patrón se detuvo ante un hombre de escasa estatura,
pero corpulenta apariencia cuya túnica de cruzado estaba desgarrada y sucia
de sangre.
—Majestad —dijo con respeto—. Éste es el sacerdote que nadó hasta
nuestra galera para advertirnos de que los caballeros aún conservaban la
ciudadela.
Me quedé sorprendido al comprender que aquel guerrero era el mismo rey
Ricardo. Pero aún me sentí más aturdido cuando en dos zancadas llegó hasta
donde me encontraba y me dio un abrazo que podría haber ahogado a un oso.
—¡Excelente, padre, excelente! —exclamó con una enorme sonrisa⁠—. Si
todos los clérigos se hubieran comportado como vos en esta cruzada, a buen
seguro que ya habríamos izado el estandarte de la cruz en Jerusalén…
Ocultar mi identidad hasta entonces había tenido un sentido, pero me
pareció que continuar con el mismo comportamiento con el rey podía
acarrearme muy serias consecuencias.
—Majestad —dije, mientras me despojaba del hábito y dejaba al
descubierto la túnica que había llevado desde mi llegada a Tierra Santa⁠—.
Soy un cruzado más a vuestras órdenes. Fingí ser un clérigo sólo para que
vuestros hombres no me confundieran con un sarraceno y me acribillaran con
sus saetas.
—A fe que… —dijo el patrón de la galera más sorprendido que irritado.
—Ja, ja, ja… Magnífico ardid, sí, magnífico ardid —⁠rió el rey Ricardo⁠—.
¿Quién sois? No recuerdo haberos visto antes.
—Mi nombre es Dick de Beaumont y soy súbdito vuestro…
—¿Beaumont? —preguntó el rey—. ¿Dónde habéis estado durante todo
este tiempo?

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—Con Martin de Vladic —respondí lleno de orgullo⁠—. Juntos rescatamos
a Beatriz de Villeroyal de sus captores.
—Así que ese caballero… extraño finalmente cumplió con su misión
—⁠dijo Ricardo con gesto sorprendido⁠—. Bueno es saberlo…
—Nuestra misión concluyó con éxito —añadí desalentado, al ver lo que
me pareció indiferencia del rey.
—¿Entonces aún sigue viva esa dama? —exclamó Ricardo⁠—. Si es así, lo
celebro. Bien, ahora tengo graves obligaciones que atender. Os espero esta
tarde en mi tienda. Podéis retiraros. Ah… y procurad que venga con vos
Beatriz de Villeroyal.
Cuando el rey se separó de mí tuve la sensación de que el encuentro con él
se había asemejado a un golpe de viento. Vigoroso, fuerte pero breve y sin
sustancia.
Desilusionado por la impresión que me había ocasionado Ricardo
Corazón de León me dirigí hacia la ciudadela con la intención de hallar a
Beatriz y a Martin de Vladic. Un inmenso desorden parecía haberse
apoderado de la ciudad. Los cruzados habían reunido docenas de prisioneros
sarracenos y los obligaban a descender atados hacia la falda de la colina sobre
la que se asentaba Jafa. Montones de bienes saqueados por los agarenos y
ahora perdidos se acumulaban en callejuelas estrechas que ya resultaban
difíciles de transitar cuando estaban vacías y que ahora parecían
prácticamente infranqueables. Tardé en llegar a la ciudadela tres veces más
tiempo del que hubiera necesitado en circunstancias normales; pero, al final,
calado hasta los huesos por el agua de mar e impregnado de la arena de la
playa y del polvo y la suciedad de la ciudad, lo conseguí.
La primera persona a la que encontré fue Beatriz. En el interior de una
iglesia se ocupaba de atender a los cruzados heridos durante el asedio.
—¡Dick! —gritó al percatarse de que estaba entrando en el recinto
sagrado⁠—. ¡Gracias a Dios que estás vivo!
Como impulsada por un resorte, se puso en pie y corrió hasta donde me
encontraba. Entonces se abrazó a mí y rompió a llorar. Cuando aquel rostro
delicado se reclinó sobre mi pecho sentí que no sabía qué hacer. Jamás había
tenido tan cerca de mí a una dama tan hermosa y me dio la impresión de que
los brazos y las manos me sobraban porque ignoraba dónde ponerlos.
Finalmente, Beatriz se apartó de mí y con un gesto lleno de gracia se enjugó
las lágrimas que ya habían desbordado sus párpados.
—¿Os encontráis bien? —pregunté.
Beatriz asintió con la cabeza sin pronunciar una palabra.

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¿Dónde está Martin de Vladic?
Al escuchar mi pregunta, la dama tomó mi mano y tiró suavemente de mí.
La seguí intrigado. Apenas caminamos unos pasos y nos detuvimos ante un
mísero camastro que había depositado en un rincón de la iglesia. Sobre él
yacía Al-Qit. Era cierto que tenía los ojos cerrados, pero su respiración
parecía regular y tranquila. En lugar de semejar un enfermo al que la
calentura hubiera privado de sentido, daba la impresión de ser una persona
sana descansando plácidamente.
—Se encuentra bien —dijo Beatriz susurrando⁠—. Abraham le
proporcionó un bebedizo esta mañana porque dice que necesita dormir, pero
asegura que en dos o tres semanas podrá volver a utilizar la espada.
—¿Entonces su herida cicatriza bien? —pregunté con el mismo tono bajo
de voz que había usado Beatriz de Villeroyal.
Al parecer, sí —me respondió—. Ya está casi cerrada y no dejará ninguna
secuela si descansa.
Sigilosamente, me separé del lecho de Al-Qit. Cuando me encontré a una
distancia que hallé prudencial referí a Beatriz los deseos que tenía el rey
Ricardo de que aquella tarde compareciéramos juntos ante él. Luego le relaté
la reunión de los caballeros, los intentos del clérigo de que capituláramos, la
manera en que le había despojado del hábito y, finalmente, el riesgo que había
corrido para llegar a la galera. Beatriz escuchó mi narración pasando de la
preocupación a las carcajadas, de la emoción al entusiasmo. Incluso hubo un
momento en que rompió a palmotear divertida. Escuchar aquellas risas disipó
cualquier pesar que pudiera haber en mi corazón.
En las horas siguientes tomamos algún alimento y nos adecentamos lo
mejor posible. Luego nos dirigimos especialmente risueños a comparecer ante
el rey Ricardo.
—¡Sin ceremonias, sin ceremonias! —oímos gritar al monarca, mientras
decíamos a los guardianes que vigilaban la entrada de su tienda quiénes
éramos para que nos franquearan el paso⁠—. ¡Qué pasen! Los estoy esperando.
Los centinelas se apartaron entonces y Beatriz y yo penetramos en la
tienda. Su interior era muy austero, pero estaba impregnado por un aroma
dulce que no me pareció desconocido, aunque no conseguí identificarlo en
aquel momento. Al fondo, el rey se hallaba sentado en una silla de brazos.
—¡Acercaos, acercaos! —dijo, haciendo un gesto de invitación con la
diestra.
Al unísono, Beatriz y yo avanzamos unos pasos.

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—Este joven… —comenzó a decir con voz apresurada el rey⁠—, Dick de
Beaumont… me ha dicho que logró rescataros en compañía del caballero
Martin de Vladic. ¿Es cierto?
—Sí, majestad —respondió dulcemente Beatriz⁠—. Así fue. Dando
muestra de un valor extraordinario lograron devolverme la libertad.
—Lo celebro, lo celebro realmente —comentó Ricardo⁠—. Esta misma
tarde ordenaré degollar a diez infieles por cada herida que recibierais durante
vuestro lamentable secuestro. Por supuesto, estáis ambos invitados a
contemplar tan fausto acontecimiento…
—Majestad —intervine rápidamente—, Beatriz de Villeroyal no fue
raptada por los hombres de Saladino. Debéis saber que fueron caballeros que
llevaban sobre su pecho la enseña de la cruz los que realizaron tamaña
felonía.
El rostro del rey se oscureció al escuchar aquellas palabras. Imagino que
le complacía la idea de poder descargar su ira y satisfacer su orgullo con unos
infelices prisioneros. Ahora, descubría que no le resultaría tan fácil y que
además su campamento había dado albergue a traidores de la peor especie. Su
rostro risueño se frunció en un gesto de cólera.
—¿Quién decís que secuestró a Beatriz de Villeroyal? —⁠me preguntó,
mientras sus ojos parecían arrojar llamas de ira.
—El jefe de la partida era Marion de Blackstone —⁠dije, manteniendo la
serenidad todo lo que pude⁠—. No sé cómo se llamaban los otros dos cruzados
que le acompañaban.
—Es verdad todo lo que os está diciendo —terció Beatriz.
Ricardo torció el ceño y golpeó la palma de su mano izquierda con el
puño diestro.
—¿Dónde están esos tres hombres? —preguntó.
—Murieron, majestad —respondí con la mayor serenidad que pude⁠—.
Martin de Vladic los desarmó y dejó atados en el mismo lugar donde habían
mantenido secuestrada a Beatriz de Villeroyal. Teníamos el propósito de que
vuestros hombres acudieran a buscarlos y los condujeran ante la justicia, pero
cuando ya nos habíamos alejado llegaron los guerreros de Saladino y…
—Les rebanaron el cuello, ¿no es así? —concluyó sentencioso Ricardo⁠—.
Bien, entonces el Cielo ya ha hecho justicia…
—Majestad —dije respetuosamente—. Aún resta que el primero de los
culpables reciba su justo castigo.
—Creía haber entendido que Marion de Blackstone era el jefe de la
partida… —⁠comentó en tono molesto Ricardo.

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—Majestad, Marion de Blackstone sólo fue un esbirro más. El verdadero
caudillo, el que planeó y ordenó el secuestro de Beatriz de Villeroyal a fin de
que nunca llegarais a firmar la paz con Saladino no fue otro que John de
Gilles.
El rey guardó un abrupto silencio. Observé que sus manos estaban
apretadas sobre los brazos de la silla hasta el punto de que sus nudillos habían
adquirido un tono marfileño.
—¿Es cierto todo lo que dice Dick de Beaumont? —⁠preguntó al fin,
dirigiéndose a Beatriz.
—Sí, lo es —respondió con resolución la dama.
El rey apoyó su hombro derecho en el brazo de la silla y comenzó a
acariciarse la barba con la diestra. Finalmente, se apartó la mano del rostro y
apretó la espalda contra la silla. Luego, elevando la voz con un vigor
desusado, dijo:
—¿Qué decís a eso, sir John?
De entre la penumbra de la tienda, lenta y parsimoniosamente, emergió
una figura que sólo había visto una vez con anterioridad. De su barbilla
colgaba una papada similar a la de un animal de corral y su pelo grisáceo se
alzaba con un remolino similar a una cresta. Sentí entonces que su mirada,
fría y llena de odio, se deslizaba como una baba viscosa sobre mí.
—Lo único que yo tengo que señalar —dijo al fin con tono despectivo⁠—
es que miente como un perro y que…
No concluyó la frase. Con gesto rápido, superé la distancia que nos
separaba, saqué el guante que llevaba en la mano izquierda y le crucé con él
la cara.
—Sois un bellaco —le dije sin apartar la mirada de sus ojos⁠— y exijo de
la justicia de su majestad que seáis sometido al juicio de Dios.
—¿Al juicio de Dios? —exclamó indignado John de Gilles⁠—. ¿Quién
combatiría conmigo? ¿Vos?
—No —resonó una voz familiar a mi espalda⁠—. Yo seré el que mediré
mis armas con vos.
Beatriz, el rey Ricardo, John de Gilles y yo, como si fuéramos una sola
persona, dirigimos nuestra mirada hacia la entrada de la tienda. Recortada
sobre la claridad vimos la silueta de Martin de Vladic, el caballero al que los
sarracenos habían puesto el nombre de Al-Qit.

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Sentí un vuelco en el pecho al escuchar las palabras de Martin de Vladic.
Mis ojos buscaron los de Beatriz y comprendí que ella también era presa de la
inquietud. Ambos sabíamos que Al-Qit estaba herido, que tendría dificultades
no sólo para vencer a John de Gilles sino incluso para defenderse de él.
—Majestad —dije apresuradamente—. He sido yo el que ha retado a sir
John al juicio de Dios.
—Majestad —intervino entonces Martin de Vladic⁠—, lo que propone
Dick de Beaumont es totalmente contrario a las leyes de la caballería. Él no
ha sido armado caballero.
Una tétrica sonrisa surcó el rostro de John de Gilles. Comprendí que en
los últimos momentos el ofensivo desafío se había convertido para él en una
manera de saldar viejas cuentas.
—Ese hereje tiene razón por esta vez, majestad —⁠dijo despectivamente
John de Gilles⁠—. El mozalbete no puede ser un paladín en el juicio de Dios.
El rey Ricardo se movió incómodo en la silla. Nervioso, comenzó a
mesarse la barba. Pero, finalmente, rompió el silencio:
—Sí —dijo—. Las reglas de la caballería son estrictas. Será Martin de
Vladic el que combatirá en juicio de Dios con sir John de Gilles. En cuanto al
momento de la justa…
—Majestad, que sea ahora mismo —dijo con resolución Martin de Vladic.
Escuché aquellas palabras horrorizado. ¿Acaso el caballero había perdido
el juicio a causa de su herida o era por culpa del bebedizo que le había
suministrado Abraham?
—Majestad —protesté—, el caballero…
Martin de Vladic levantó su mano izquierda para que guardara silencio.
—Majestad, debéis decidir —insistió.
El rey lanzó una mirada interrogante a De Gilles. Con un rictus
despectivo, el felón asintió con la cabeza.

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—Está bien —dijo el rey—. Puesto que ambas partes parecen estar
conformes no veo ninguna razón para retrasar esta justa… ¿Qué armas se
usarán?
—Espada —respondió sereno Martin de Vladic.
—Sí, combatamos a espada —dijo John de Gilles con un ademán de
prepotencia.
—Bien —dijo el rey Ricardo—. Nada más queda por acordar. Salgamos.
Cuando nos encontramos en el exterior de la tienda alcé la mirada hacia el
cielo. Todavía la luz era buena, pero no duraría mucho tiempo. Pensé con
tristeza que Martin de Vladic no tenía apenas posibilidades de vencer en aquel
combate. De entrada, la herida que había sufrido le llevaría a cansarse antes
que su adversario y además a no mucho tardar. Al-Qit tendría que vencer muy
pronto a John de Gilles si deseaba salir con vida de aquel duelo. Pero, ¿cómo
iba a hacerlo? Cualquier caballero habría buscado solventar ese problema
matando rápidamente a su adversario; pero era obvio que ninguno había
estado nunca sujeto a un compromiso moral como el que ataba a Martin de
Vladic.
Observé a los dos combatientes. John de Gilles se había calado un yelmo
que le cubría prácticamente toda la cabeza, embrazándose un escudo alargado
y movía su acero para desentumecer el brazo. Martin de Vladic se había
arrodillado y, con la cabeza baja, parecía elevar una plegaria. Finalmente, se
puso en pie, se colocó sobre la cabeza un casco y, tras sujetar el escudo,
desenvainó la espada.
El rey Ricardo había tomado asiento en una silla de brazos. Esperó a que
ambos paladines se armaran y entonces tomó la palabra:
—El juicio de Dios es la prueba más sagrada de todas aquellas a las que
puede enfrentarse un caballero. En él se dirimen las cuestiones que no pueden
ser decididas por la justicia de los hombres. El mismo Creador, de acuerdo
con una justicia que es superior a cualquier otra existente en la Tierra, dicta
sentencia. Precisamente por su carácter sagrado, cualquier infracción de las
normas del combate singular será objeto de la más severa de las sanciones. El
combate comenzará cuando arroje mi guantelete a tierra y sólo concluirá
cuando uno de los combatientes muera o reconozca su culpa.
Cuando concluyó aquellas palabras, el rey Ricardo tomó uno de sus
guanteletes y lo lanzó contra el polvo. Apenas hubo caído, de manera lenta
pero firme, los dos paladines comenzaron a desplazarse hacia su derecha sin
dejar de mirarse. Comprendí que estaban estudiándose mutuamente y que una
vez que descubrieran cualquier indicio de debilidad en su adversario

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intentarían aprovecharlo. Fue John de Gilles el primero que lo hizo. Con un
gesto ágil, amagó con una estocada lanzada desde la derecha para, luego de
un hábil movimiento de muñeca, cambiar la dirección del golpe
descargándolo desde la izquierda. Martin de Vladic supo percibir rápidamente
lo que pretendía su adversario y logró parar en el aire la espada.
Pude captar un gesto de contrariedad en el rostro de sir John.
Seguramente, acababa de percatarse de que Martin era más rápido de lo que
había pensado en un primer momento. Entonces acortó sus pasos, como si
buscara obligar a Martin de Vladic a ser el que descargara el próximo golpe.
A continuación, dio un par de saltos sobre su pie izquierdo y describió con su
acero una media luna que fue a descargar sobre el cráneo de su enemigo. Sólo
un rápido retroceso de Martin le impidió ser alcanzado por la estocada.
Por un instante aparté los ojos de la justa para contemplar a Beatriz.
Estaba intentando dar una apariencia de serenidad, pero no pude dejar de ver
que hasta la última fibra de su delicada persona sufría por aquella pugna.
Cuando volví a mirar el combate pude observar que John de Gilles seguía
intentando hallar un punto débil en Martin de Vladic, pero éste detenía con
extraordinaria soltura cada una de sus estocadas. El caballero normando era
un habilísimo esgrimista, pero los gestos decididos de Al-Qit paralizaban
todos y cada uno de los movimientos que pretendían causarle una herida.
Llevaban así un buen rato cuando, de manera inesperada, el felón descargó un
pesado golpe sobre Martin. Fue tan vigoroso que éste únicamente consiguió
detenerlo a costa de echarse unos pasos hacia atrás y de dejar que el filo de su
espada descendiera casi a ras del suelo. Entonces, con una rapidez que no
hubiera sospechado, sir John levantó su escudo y con él golpeó frontalmente
la cara de Martin de Vladic. Una nueva estocada de fondo de su adversario le
habría destrozado el cuello de no ser porque el caballero había dado un traspié
hacia atrás aturdido por el primer golpe.
Pero sir John no estaba dispuesto a renunciar a una presa que ahora le
parecía fácil. Como si se tratara de una furia liberada del seno del averno
comenzó a alternar golpes a derecha e izquierda sobre un enemigo que a duras
penas conseguía pararlos mientras retrocedía trastabillando.
—¡Dios mío, está sangrando! —exclamó Beatriz horrorizada.
Apesadumbrado, comprobé que la dama no se había equivocado. Bien
porque el esfuerzo le hubiera abierto la herida de flecha, bien porque el golpe
con que le había rozado sir John de Gilles le hubiera sajado la carne, un hilo
rojizo descendía del cuello de Martin y se recogía sobre su pecho formando
un creciente cuajaron. Comprendí que sir John de Gilles sólo pretendía ahora

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precipitar su agotamiento y, con él, que su adversario se desplomara
desfallecido por la pérdida de sangre. Entonces sería fácil rematarle. Cuando,
abrumado por los golpes, Martin de Vladic cayó de espaldas al suelo y la
espada saltó de su mano, Beatriz apenas pudo reprimir un grito de espanto
mientras yo daba por concluido el combate. Seguramente hubiera sido así de
no ser porque Martin, ya abatido sobre el polvo, supo girar sobre sí mismo
con la suficiente rapidez como para esquivar una estocada de sir John que, de
acertar, le habría clavado en tierra.
Aquella celeridad de Martin atizó la cólera de sir John. Como si fuera un
gato que persiguiera a un ratón díscolo que se resistiera a morir dirigió la
espada contra el suelo intentando atrapar con su punta a Martin de Vladic.
Pero éste no estaba dispuesto a darse por perdido. De manera inesperada,
golpeó con el extremo de sus pies las piernas de sir John con el vigor
suficiente como para derribarle. Mientras el normando levantaba con su caída
una nube de polvo, Martin de Vladic clavó sus talones en el suelo y se puso
nuevamente en pie. Ni un gato hubiera podido mejorar aquella demostración
de agilidad.
Martin intentó entonces alcanzar la espada que había perdido; pero no lo
consiguió. Apenas incorporado, sir John le asió de un pie y provocó su caída.
Lo que entonces tuvo lugar fue la confusa visión de dos cuerpos entrelazados
que se golpeaban en medio de una nube de polvo. Pero cuando John de Gilles
descargó su guantelete de acero sobre la herida de Martin de Vladic, éste se
contrajo de dolor y el normando logró desasirse. Veloz como el viento,
recogió su espada del suelo y se volvió contra Martin. Éste, empapado ya todo
un lado de su cuerpo por la sangre, apenas tuvo tiempo de asir uno de los
escudos caídos y alzarlo para protegerse. Sin embargo, cuando sir John
descargó sobre él un golpe Martin no mantuvo su defensa en alto, sino que,
con la agilidad de un gato, se agachó, esquivó la estocada y aprovechó para
clavarle la punta del escudo en la rodilla.
El rostro de John de Gilles se contrajo en una mueca de dolor. Antes de
que pudiera reaccionar, Martin de Vladic subió nuevamente el escudo y
golpeó con su borde la barbilla del caballero normando. Éste puso los ojos en
blanco y, retrocediendo un paso, se desplomó hacia atrás. Al-Qit se detuvo
frente a su derribado adversario. Su respiración era trabajosa y era obvio que
sólo con un tremendo esfuerzo se mantenía en pie. Sin embargo, la boca de
sir John aparecía tinta en sangre por efecto del impacto recibido.
Observé a Martin de Vladic. Su sangre ya había comenzado a empapar el
polvo y temí que se desplomara de un momento a otro. Trastabillando, Martin

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de Vladic se inclinó hasta el suelo y recogió una de las espadas. Luego, con
un solo gesto, depositó suavemente, como si se tratara de una flor, el filo
sobre el cuello de sir John.
—Confesad y os perdonaré la vida… —dijo con voz cansada Martin de
Vladic.
El cuerpo de Al-Qit pareció inclinarse hacia el lado derecho, pero, con
una rápida reacción, evitó perder el equilibrio.
—¿Quién ordenó el secuestro de Beatriz de… Villeroyal? —⁠preguntó con
voz entrecortada.
John de Gilles musitó algo, pero lo hizo en voz tan baja que no pudimos
escuchar lo que decía.
—Decidlo más alto… —ordenó con un hilo de voz Martin de Vladic.
—Yo lo ordené… —confesó dolorido sir John.
Martin de Vladic no esperó más. Sin mirar al rey ni presentarle respetos,
con paso exhausto y casi arrastrando la espada, dio media vuelta y comenzó a
caminar hacia el lugar donde nos encontrábamos Beatriz y yo. Mientras nos
miraba, esbozó una sonrisa cansada pero cálida, y de sus ojos castaños brotó
una luz de ánimo.
Apenas se encontraba a una decena de pasos de nosotros cuando me
percaté de que sir John de Gilles, con la barba enrojecida, acababa de
levantarse del polvo. Con gesto rápido, había recogido su arma del suelo y
ahora corría dispuesto a matar traicioneramente a Martin.
—¡Al-Qit, a tu espalda! —grité desesperado.
Martin de Vladic, como si hubiera recuperado la fuerza derrochada en la
justa, se volvió con su acero apuntando involuntariamente al normando. Éste,
confiado en poder destrozarle la cabeza atacándole por la espalda, no pudo ya
detener el impulso de su traidora carrera. Su vientre descubierto se abalanzó
así, sin pretenderlo, sobre la espada desnuda de Al-Qit, destrozándose las
entrañas en aquel impacto. Mientras exhalaba un lastimero gemido, la diestra
de sir John de Gilles dejó caer la espada que sujetaba. Luego, mientras su
alma le abandonaba con destino a los infiernos, su cuerpo se desplomó.

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El día 1 de agosto, el siguiente a la muerte de sir John de Gilles, Ricardo
decidió abandonar Jafa. Era consciente de que su única posibilidad consistía
en negociar con Saladino una paz que el sarraceno también deseaba. Durante
un mes, los emisarios de ambos caudillos discutieron las condiciones y,
finalmente, el 1 de septiembre, las dos partes llegaron a un acuerdo. En poder
de los cruzados quedaron las poblaciones de la costa y en el de Saladino las
del interior, incluida la santa ciudad de Jerusalén. Sin embargo, el astuto
agareno decidió ser generoso. No sólo garantizó con su propia palabra que
habría paz por tres años, tres meses, tres semanas, tres días y tres horas, sino
que además aseguró que cualquier peregrino cristiano que deseara visitar sus
Santos Lugares podría hacerlo siempre que no acudiera hasta ellos armado.
Antes de abandonar aquella tierra sobre la que había combatido con
singular fiereza, Ricardo Corazón de León decidió visitar el Santo Sepulcro,
aquel donde Jesús había sido sepultado y del que había resucitado al tercer
día. Martin de Vladic, Beatriz de Villeroyal y yo recibimos licencia para
acompañarle. A los tres nos sorprendieron las reducidas dimensiones de
aquella tumba excavada en la piedra, apenas un pequeño nicho. Sabíamos, sin
embargo, que lo importante no era su tamaño sino el hecho de que sus
apóstoles sólo encontraron en su interior las vendas que habían envuelto el
cuerpo del Salvador. Ni siquiera un suplicio tan cruel como la crucifixión
había conseguido mantenerle atado a la muerte.
Cuando salimos de la tumba, el cielo tenía una belleza similar a la del día
en que Jafa fue liberada. Tímidamente me acerqué a Martin de Vladic.
—¿Qué pensáis hacer ahora que la cruzada ha terminado? —⁠le interrogué.
—¿Y tú? —me devolvió la pregunta.
—Regresaré a Inglaterra —dije con cierta tristeza⁠—. No puedo decir que
vuelvo como un héroe, pero el rey Ricardo ha prometido distinguirme por
haber contribuido a rescatar a Beatriz de Villeroyal… Además, debo solventar
algunas cuestiones… familiares.

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—En ese caso, os recomiendo que confiéis en la justicia del rey y que
busquéis a un paladín fuerte si optáis por el juicio de Dios —⁠dijo sonriendo
Martin de Vladic.
—Os agradezco el consejo —respondí con sinceridad⁠—. Puedo
aseguraros que lo tendré en cuenta.
Guardé silencio por unos instantes. Luego tragué saliva y volví a
dirigirme a Martin de Vladic:
—No debéis sentiros culpable por la muerte de sir John de Gilles. Vos no
deseabais matarle. En realidad, todo fue un accidente.
—Lo sé, Dick —dijo Martin de Vladic con serenidad⁠—. Si John de Gilles
no hubiera intentado matarme a traición, ahora estaría vivo como nosotros.
Fue su propia maldad la que le costó la vida.
Respiré aliviado al escuchar aquellas palabras. Decidí entonces volver a
formular la pregunta que Martin de Vladic había eludido tan sólo unos
momentos antes:
—Señor, ¿acaso no deseáis decirme adónde pensáis ir ahora?
Martin de Vladic me miró a los ojos. En ellos no había tristeza ni
amargura, sino una especie de alegría calmada y serena.
—Lo importante, amigo Dick, no es adonde vayamos sino lo que
llevamos en el corazón cuando estamos de viaje. Nadie puede huir de sí
mismo por mucha distancia que ponga entre su persona y aquel lugar al que
asocia con sus pesares. Creo que ya es hora de regresar al hogar…
—Señor —dije, intentando contener la emoción que me embargaba⁠—.
Debo pediros perdón porque hubo una época en que os desprecié creyendo
que erais un mal cristiano cuando en realidad sois el caballero más íntegro del
ejército cruzado… No, no me interrumpáis. También deseo agradeceros todo
lo que he aprendido a vuestro lado, a apreciar a la gente por su corazón y no
por su color, a defender la verdad por encima de banderas, a preferir la
honradez al aplauso de los demás, a buscar antes el favor de Dios que el de
aquellos que dicen luchar por Él…
Martin de Vladic apartó la mirada. No me cabe duda de que, en su
sencillez, se sentía molesto por mis palabras.
—Amigo Dick, he de partir y mi marcha no admite retrasos —⁠dijo Martin
de Vladic, mientras se acercaba a su corcel.
Montó con soltura, obligó al caballo a orientarse hacia el norte y se volvió
a mirarme.
—No pierdas de vista a Beatriz —dijo con una sonrisa amable⁠—. Es una
hermosa dama adornada con las más bellas cualidades.

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Luego alzó la mano, trazó con ella un gesto de despedida y, tras picar los
ijares de su caballo y sin volver el rostro ni una sola vez, se perdió cabalgando
en la línea del horizonte.

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En los últimos días, el frío y la lluvia se han comportado conmigo como
tormentos realmente infernales. Cuando me sucede eso, recuerdo Tierra
Santa y la mejilla derecha me duele más que nunca, como si se tratara de una
quemadura profunda y áspera. Sin poderlo evitar, y mientras
inadvertidamente me llevo la mano a ese lado de la cara para acariciarlo,
noto que los ojos se me enturbian y entonces recuerdo a Al-Qit, desgarbado y
silencioso, como la primera vez que le vi.

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Suele ser característica generalizada de los lectores de novelas históricas
el interrogarse sobre la proporción exacta de veracidad y ficción que se da cita
en las mismas. Deseo satisfacer esa justa pretensión.
Los personajes de Martin de Vladic, Dick de Beaumont, Beatriz de
Villeroyal, Marion de Blackstone o John de Gilles son totalmente fruto de la
imaginación. Pero, por el contrario, el duque de Suabia, Ricardo Corazón de
León, Saladino y Federico Barbarroja existieron y se comportaron de la
manera descrita en esta novela.
También se corresponden con la realidad buena parte de los episodios
descritos en las páginas anteriores. La manera en que se relatan el desastre del
ejército imperial tras la muerte de Federico Barbarroja —⁠muerte que nos ha
llegado en dos versiones distintas recogidas aquí⁠—, la toma de Acre por
Ricardo Corazón de León, la matanza por orden suya de tres mil prisioneros
musulmanes, el asedio de Jafa y su posterior liberación e incluso las
condiciones de paz entre sarracenos y cruzados se corresponden
rigurosamente con lo que nos ha sido transmitido tanto por cronistas árabes
como occidentales. También es histórico que las naves cruzadas se acercaron
a Gaza sin que nadie requiriera su presencia, según algunos autores,
simplemente porque ya se retiraban de Palestina con destino a Inglaterra.
Incluso el episodio del sacerdote que llegó nadando hasta las galeras del rey
Ricardo a fin de avisarle de que la ciudadela de Jafa todavía no había caído en
manos de Saladino y que ya en su cercanía comenzó a recitar oraciones en
latín es totalmente cierto y nos ha sido transmitido por distintos historiadores.
Naturalmente, la diferencia fundamental es que yo he convertido a su
anónimo protagonista en Dick de Beaumont.
También se corresponden con lo que conocemos de aquella época
cuestiones como el juicio de Dios como enfrentamiento armado entre
paladines, la descripción del Camino de Santiago o, de manera muy especial,
la mentalidad de los personajes. Las personas que vivieron en la Edad Media

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estuvieron profundamente impregnadas de ideales que hoy en día pueden
resultarnos lejanos e incluso extraños pero que condicionaban poderosamente
sus existencias. Entre los más importantes estuvieron el sentido del honor, la
lealtad, el espíritu de cuerpo y la religiosidad. Ésta podía ser más refinada o
más grosera; podía seguir, por citar sólo algunos ejemplos, el Corán, el
Talmud, los dictados papales o la tradición eclesial de los primeros siglos,
pero se trataba de una religiosidad sentida y vivida a fin de cuentas.
Impulsados por ella, los habitantes del Medievo podían recorrer media
Europa para llegar hasta el sepulcro del apóstol Santiago en Compostela o
atravesar el Mediterráneo o Asia Menor con la intención de visitar o liberar
los Santos Lugares. Convencidos de que Dios actúa directamente en la
Historia, intentaban amoldar esa verdad a sus existencias cotidianas. Por
supuesto, los resultados variaban extraordinariamente y podían comprenderse
en una gama de comportamientos que aquí quedan reflejados en personajes
que van de John de Gilles o Ricardo Corazón de León a Martin de Vladic
pasando por Dick de Beaumont aunque, como en todas las épocas, debemos
sospechar que aquellos que decidieron ser íntegros a cualquier precio
seguramente fueron una minoría forzosamente crítica. En cualquier caso, con
independencia de las respuestas que llegaran a aceptar como válidas, sus
preguntas fueron sencillas. Buscaban, sencillamente, saber quiénes eran, de
dónde procedían y hacia dónde debían encaminarse. Demostraron así que, en
el fondo y a pesar de la distancia tecnológica y temporal, no eran tan
diferentes de nosotros.

Zaragoza-Madrid-Zaragoza,
otoño de 1998.

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CÉSAR VIDAL MANZANARES (Madrid, España, 1958) es un historiador,
escritor y periodista español, autor de numerosas obras de divulgación
histórica, ensayos y novelas.
Es doctor en Historia, Filosofía y Teología, y licenciado en Derecho. Hasta la
fecha, más de sesenta de sus obras han sido publicadas y traducidas a una
docena de lenguas, entre las que se cuentan el ruso, el búlgaro, el polaco y el
georgiano.
Se declara «amante de la literatura interesante, del cine antiguo y de la buena
música», y considera que hay pocos placeres que puedan compararse con el
de conversar de libros con sus lectores o narrar una historia a un niño.
Gusta de soñar con una época en la que los caballeros eran nobles y leales y
estaban dispuestos a recorrer el orbe para socorrer a los desvalidos, dar su
merecido a un villano o deshacer el maleficio de una hechicera.
Colaborador habitual en los medios de comunicación, ha ejercido la
enseñanza universitaria y ha escrito guiones para series de televisión, así
como un gran número de obras infantiles, juveniles y para adultos.

Página 122

Afincado en sus posesiones de la campiña inglesa, Dick Beaumont recuerda
su lejana juventud y su participación en la tercera
Cesar Vidal
La leyenda de Al-Qit
¿Qué historia se oculta en el noble corazón de un hombre
de las cruzadas?
ePub r1.0
Titivill
Cesar Vidal, 1999
Digitalización y OCR: lvs008
Retoque de cubierta: lvs008
Verificado por lectura: lvs008
 
Editor digital: T
Página 5
ABRAHAM. Médico judío.
AL-QIT. Sobrenombre dado por los sarracenos al caballero cruzado Martin
de Vladic.
BEATRIZ DE VILLEROY
Acabo de mirar por la ventana calada en el frío muro de piedra y no he
podido evitar un respingo al comprobar que el tiempo c
noto que los ojos se me enturbian y entonces le recuerdo, desgarbado y
silencioso, como la primera vez que le vi.
Página 8
Aquella mañana de primavera relucía con un brillo especial. En el
horizonte el sol no se había elevado aún del todo y sus ray
Aunque generalmente aburrido, silencioso y taciturno, Edward también
pareció experimentar un cambio con la llegada de la verd

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