Vida y Fe en Cristo
Vida y Fe en Cristo
CRISTO VIVO
Vida de Cristo
y vida cristiana
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS
MADRID – MCMLXIV
NOTA PRELIMINAR
PARTE I.—«En el seno del Padre»
1
«El Verbo era Dios»
2
Los advientos
3
Primera y segunda creación
4
Conveniencia suma de la encarnación
PARTE II.—«Salí del Padre»
CAPÍTULO I.—La tierra
1
Genealogía
2
«El hombre Jesucristo»
CAPÍTULO II.—La vara
1
Anunciación
2
La Virgen
3
«José, el esposo de María»
4
La visitación
5
El encuentro de los amores
CAPÍTULO III.—EI pimpollo
1
Santa Navidad
2
Su nombre es como el aceite
3
La presentación del Hijo al Padre
4
Oro, incienso y mirra
5
Los Inocentes
6
Perdido y hallado en el templo
CAPÍTULO IV.—La vida privada
1
«Tú eres el Dios escondido»
2
El retrato de Jesucristo
3
Cristo crecía
4
Cristo sigue creciendo
CAPÍTULO V.—«Un hombre enviado por Dios llamado Juan»
1
«Voz del que clama en el desierto»
2
«El mayor entre Ios nacidos de mujer»
3
«Detrás de mí viene alguien que es mayor que yo»
4
«Es preciso que El crezca y yo mengüe»
CAPÍTULO VI.—Las tentaciones de Jesús
1
El desierto
2
El mesianismo fácil
CAPÍTULO VII.—Hijo de Dios e Hijo del hombre
1
El Hijo del hombre
2
El Hijo de Dios
3
Dios y hombre verdadero
CAPÍTULO VIII.—Bodas en Caná de Galilea
1
El agua y el vino
2
El vino y la sangre
CAPÍTULO IX.—Expulsión de los mercaderes
La ira de Dios
El corazón de los hombres
CAPÍTULO X.—Conversación con Nicodemo
Nicodemo, «maestro en Israel»
Nacer del agua y del espíritu
Fe es vida
CAPÍTULO XI.—Conversación con una samaritana
Junto al pozo de Jacob
«Ni en este monte ni en Jerusalén»
CAPÍTULO XII.—Primeras predicaciones
«Se acerca el reino de Dios»
«Los pobres son evangelizados»
«Hoy se ha cumplido esta escritura»
CAPÍTULO XIII.—La fe y los milagros
La fe, efecto del milagro
La fe, condición del milagro
Ver para creer y creer para ver
CAPÍTULO XIV.—Los apóstoles
Llamados por Cristo
«iletrados y plebeyos»
La sal
CAPÍTULO XV.—Los retiros de Cristo
Se retiraba a orar
Su soledad
Las condiciones del pájaro solitario son cinco .
CAPÍTULO XVI.—Conflictos con los fariseos
Cristo es nuestro sábado
El perdón de los pecados
En la mesa de los pecadores
CAPITULO XVII.—Sermón de la montaña
Exordio
Los ciudadanos del reino
La justicia del reino
El evangelio perfecciona la ley
El evangelio interioriza la ley
El evangelio libera de la ley
La libertad de los hijos de Dios
CAPITULO XVIII.—Galilea amada y maldita
La pecadora arrepentida
Satán, el adversario
El pecado imperdonable
Los enviados de Jesús
Cristo errante
Las maldiciones
CAPITULO XIX. Hacer y enseñar
«No les hablaba sino en parábolas»
Las parábolas del reino
Cristo, Maestro
Cristo, Verdad
La gran revelación
De la imitación de Cristo
CAPÍTULO XX.—El Pan vivo
1
Los panes y el Pan
2
«Panis vivus et vitalis»
CAPÍTULO XXI.—María, la madre de Jesús
1
«¿Quién es mi madre?»
2
«Dichoso el seno que te llevó»
CAPÍTULO XXII.—Los gentiles
1
«Ni judíos ni griegos»
2
Las tres alianzas
CAPÍTULO XXIII.—La cruz y la luz
1
Alabanza de Pedro
2
Reproche a Pedro
3
La transfiguración como consuelo
4
Negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir a Cristo
5
«Vuelve a tu casa»
6
¿La paz o la espada?
7
El segundo filo de la espada
CAPÍTULO XXIV.—«Como niños»
1
Qué no es infancia espiritual
2
Qué es infancia espiritual
3
El escándalo
4
Perdonar setenta veces siete
5
Conmigo o contra mí
6
La moneda en la boca del pez
CAPÍTULO XXV.—Fiesta de los Tabernáculos
1
Agua viva
2
Luz de luz
3
«¿Quién puede acusarme de pecado?»
4
La adúltera perdonada
5
El ciego de nacimiento
6
El buen pastor
CAPÍTULO XXVI.—«Amarás»
1
El amor, «mandamiento regio»
2
Amar a Dios en el prójimo
3
Amar al prójimo en Dios
4
Amarse a sí mismo
5
Dios es amor
CAPÍTULO XXVII.—Marta y María
1
Superioridad de María
2
Reivindicación de Marta
CAPÍTULO XXVIII.—«Enséñanos a orar»
1
La oración al Padre
2
La oración en el Hijo
3
La oración perseverante
4
La oración humilde
CAPÍTULO XXIX.—«¿Son pocos los que se salvan?»
1
Los invitados al banquete
2
Muchos llamados y pocos elegidos
3
El Dios amable y temible
4
Justicia misericordiosa
5
Serpientes y palomas
CAPÍTULO XXX.—Los hijos pródigos
1 El hijo pequeño
2 El hijo mayor
3
«Somos siervos inútiles»
CAPÍTULO XXXI.—Del uso y la renuncia
1
Matrimonio y virginidad
2
Riqueza y pobreza
CAPÍTULO XXXII.—«Yo soy la resurrección y la vida»
1
«Lázaro, nuestro amigo»
2
De la dormición o muerte provisional
CAPÍTULO XXXIII.—Atrio de la pasión
1
El siervo de Yahvé
2
«¿Podéis beber el cáliz?»
3
Ungido ya para la sepultura
4
«¡Jerusalén, Jerusalén!»
CAPÍTULO XXXIV.—Las últimas discusiones
1
La higuera estéril
2
El nuevo Israel
3
La resurrección de la carne
4
«Raza de víboras»
5
El tributo y la ofrenda
CAPÍTULO XXXV.—Discurso escatológico
1
Las postrimerías
2
Vigilad y negociad
CAPÍTULO XXXVI.—Ultima cena
1
Dibujo y pintura de la única Pascua
2
Sermón de despedida: de la tristeza y el gozo
CAPÍTULO XXXVII.—Getsemaní
1
Su tristeza
2
Su miedo
3
Su abandono
CAPÍTULO XXXVIII.—El tribunal judío
1
Ilegalidad del proceso
2
«Que muera uno por todos»
3
Las negaciones de Pedro
CAPÍTULO XXXIX.—El tribunal romano
1
«¿Qué es la verdad?»
2
Cristo quieto
3
«Se entregó a sí mismo»
CAPÍTULO XL.—Judas
1
La vida de Judas
2
La muerte de Judas
CAPÍTULO XLI.—Fue crucificado, muerto y sepultado
1
Vía crucis
2
Ultimas palabras
3
La muerte muerta
4
El refugio de la paloma
5
«Un sepulcro nuevo»
PARTE III.—«Vuelvo al Padre»
CAPÍTULO I.—Resucitó al tercer día
1
La «ofrenda de la mañana»
2
Los cuarenta días
CAPÍTULO II.—Subió a los cielos
1
El trofeo de la carne gloriosa
2
El cielo está donde está Cristo
3
«Os conviene que yo me vaya»
CAPÍTULO III.—A la diestra de Dios Padre
1
Pontífice
2
Rey
3
Juez
4
Esposo
PARTE IV.—«Me quedo con vosotros hasta el fin de los siglos»
1
El Espíritu de Cristo
2
El Cuerpo de Cristo
3
El mundo de Cristo
4
El tiempo de Cristo
NOTA PRELIMINAR
DESDE que la «nube» de la Ascensión ocultó a Jesús hasta el día en que éste baje
de nuevo al mundo para juzgar a los vivos y a los muertos, y se manifieste sin velos,
andará la Iglesia siempre—porque ése es su menester, el primero, el más tierno e
irrenunciable—elaborando y reelaborando el retrato de Aquel a quien ama. Entre
todos los rasgos hay uno que es el más fundamental, el más antiguo, y su formulación
se halla en la base de todo: Cristo es el Verbo encarnado, Dios y hombre sin
confusión ni separación.
Sobre este dato móntase el discurso inacabable, cada día más amplio o más profundo
y siempre exiguo, siempre muy pobre. «El hombre—confesaba San Buenaventura—,
tanto individual como colectivamente considerado, aunque se convirtiera todo en
lenguas, jamás podría tratar bastante de Cristo» 1.
¿Basta esto para que podamos afirmar que Jesús es conocido, para que podamos al
menos negar que sea un desconocido? En realidad, ¿qué sabe el mundo de El? No
más de lo que sabe acerca del agua que bebe, acerca de la constitución del cerebro
con el cual piensa. Aquellos incluso que por una u otra razón reflexionan asiduamente
sobre la vida cristiana, saben bien poco de Jesús. El tiempo que consagramos a su
estudio y contemplación suele ser muy corto en comparación del que dedicamos a la
gran construcción que, a decir verdad, sólo se apoya en esta piedra única que es el
Hijo de Dios hecho hombre. Pablo, sin embargo, afirmaba: «Juzgo que todo es
pérdida en comparación de la ventaja de conocer a Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3,8).
Las mismas discrepancias que son perceptibles en las cuatro columnas del evangelio
—«los evangelistas son cuatro; el evangelio, uno» 2—, se dan, indefinidamente
multiplicadas, en ese copioso diatessaron de los mil comentarios antiguos y
modernos. Es muy improbable que los exegetas se pongan alguna vez de acuerdo
para decirnos con exactitud el valor de los treinta ciclos de plata cobrados por Judas;
asimismo, mientras unos afirman que el hijo pródigo tenía derecho a reclamar la
herencia en vida de su padre, otros lo niegan rotundamente. Estas minucias, desde
luego, son despreciables. Pero ¿cuando la divergencia se establece en puntos de
mayor monta? Aquella réplica de Jesús a su madre en Caná, después que ésta le
pidió remediara la apretada situación de los esposos, hay intérpretes que la leen así:
«¿Qué nos importa a mí y a ti?»; otros, en cambio, prefieren leerla de este modo:
«¿Qué hay entre yo y tú?» Y quienes discrepan son investigadores de muy alta talla.
Son también especialistas en teología bíblica quienes juzgan que la frase «mi hora no
ha llegado» (Jn 2,4) se refiere a la hora de su pasión; y no lo son menos aquellos que
defienden que se trata simplemente de la hora de su manifestación como Mesías
obrador de milagros. «El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él» (Mt
11,11), mayor que el Bautista. ¿Quién es ese «el más pequeño»? Autores de gran
nota dicen que se trata del mismo Cristo humilde; otros de no menor nota afirman que
se refiere a cualquiera, al último de los elegidos pertenecientes ya a la nueva alianza.
La labor de los siglos no ha sido inútil. Debemos reconocer además que esos
constantes hallazgos de los estudiosos no significan una contribución anárquica y
dispersa. Ellos mismos mutua-mente se criban y van forjando entre todos una historia
del «he-cho de Cristo», a la vez que humilde, invulnerable. Se trata de un
enriquecimiento armonioso, progresivo. Superado hace años el «concordismo» fácil,
este trabajo más cauto y más severo de hoy legitima nuestras mayores esperanzas.
Vémonos forzados a afirmar que todo, en un sentido u otro, es aprovechable.
Todo es aprovechable a la vez que todo es, desde luego, insuficiente. ¿Quién podría,
en efecto, escribir la vida de Jesús? Necesitaría antes dominar la historia de las
religiones, poseer plenamente la lengua griega y las semíticas, haber inquirido hasta
el fondo en las escrituras del Antiguo Testamento, conocer muy bien el ambiente
cultural y psicológico de aquel pueblo, haber comprobado personalmente todas las
pistas arqueológicas, ser ade-más un experto en teología bíblica, hallarse muy
familiarizado con la historia de la Iglesia, con las deliberaciones de los concilios, con
todas aquellas imágenes de Jesucristo que a lo largo de los siglos se han ido forjando
en el seno de la cristiandad, suscitadas por las diversas espiritualidades... Y aun esto
no bastaría. Tal autor tendría que ser también filósofo, capaz de hacer en cada
momento la más fina y rigurosa crítica de sus propias certidumbres. Tarea utópica.
Pero, nos preguntamos, ¿no se podría lograr todo esto mediante un concienzudo
trabajo en equipo, en el que cada especialista contribuyese con su parte alícuota,
exacta, acendrada?
Sabemos bien que la empresa estaba de antemano condenada al fracaso. ¿Por qué?
Porque no estriba tanto la dificultad en el sujeto cuanto en el objeto. El fracaso, más
que de la falta de preparación o de la tosquedad del instrumento o de la inadecuación
de los métodos, provendría de la naturaleza del objeto estudiado: Cristo rebasa toda
humana capacidad de entendimiento. Imposible una biografía completa, porque—aun
contando con el mayor cúmulo apetecible de datos—resulta imposible cualquier
psicología de Jesús. Todo en cuanto en este sentido se ha hecho ha acabado re-
velando lo absurdo del intento; en el mejor de los casos, se nos ha dado simplemente
la imagen ideal, personal, ruin por consiguiente, que de Cristo abrigaba el escritor. La
única posible biografía. tendría que limitarse a señalar el punto en que las cualidades
esenciales del Hijo del hombre cesan de ser comprensibles y desembocan en esa
esfera secreta que nadie puede captar. ¿Quién no ha hecho la prueba alguna vez?
Leemos un fragmento del evangelio; su contexto es claro, inteligible•, percibimos un
rasgo cual-quiera del Maestro, ahondamos en él; pero he aquí que en un momento
dado, repentinamente, todo se desvanece en la oscuridad. Ya sólo queda optar entre
la rebeldía y la adoración, rehusar o aceptar esta verdad: «No son mis pensamientos
como vuestros pensamientos» (Is 55, 8)
Para el creyente, Cristo es la luz que ilumina todas las cosas y a todas presta cabal
sentido. Pero, lo mismo que la luz, permanece insondable a nuestra mirada. Es Cristo
un misterio; tiene forzosamente que serlo. Cualquier visión de El que pretenda ser
exhaustiva, viene a ser radicalmente falsa. Ha comenzado por creerlo del todo
inteligible y ha viciado en principio su camino, ya que sólo aceptándolo como
ininteligible se nos entrega a «los ojos del corazón» (Ef 1,18). Pascal acertó cuando
dejó de considerar a Jesús como problema para mirarlo ya siempre como misterio.
El mismo Señor que condenó la torre de Babel aprobó el templo de Sión. La actitud
inicial del constructor es decisiva.
Bien alto hemos de repetir que la única Vida de Cristo es su evangelio. El propósito
máximo e imprescindible de todos cuantos sobre El quieran escribir debe consistir en
hacer comprender el evangelio lo mejor posible; más aún, en invitar del modo más
persuasivo a leer y releer mil veces ese magro volumen que por su tamaño pasa
inadvertido en cualquier estante y para el cual, sin embargo, se hizo la ancha tierra,
sólo para que le sirviera de atril.
No escribieron los evangelistas para satisfacer una curiosidad, sino para ilustrar una
fe: «para que creáis que Jesús es Cristo, Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis
vida en su nombre» (Jn 20,31). Si acaso, saciaron la curiosidad en lo que ésta tenía
de legítima, de «sobria» (Rom 12,3). Al lado de dichos evangelios canónicos
proliferaron luego los evangelios apócrifos, que trataban de dar pábulo a un exceso de
curiosidad. Mala señal. Para el alma transida del misterio y vigor de la resurrección
vale esta promesa: «Aquel día ya no me preguntaréis nada» (Jn 16,23). Hay una
curiosidad torcida que no puede reportar fruto ninguno; a quien se vuelve con esta
ansiedad demasiado humana hacia el pasado se le podrían repetir las palabras del
ángel: «¿Por qué buscar entre los muertos al que vive?» (Lc 24,5). Cristo adoptó ya
otra forma de vida, y nosotros debemos, para encontrarlo, usar de otras potencias.
«Desde ahora a nadie conocemos según la carne; y aun a Cristo, si le conocimos
según la carne, pero ahora ya no es así» (2 C0r 5,16).
Hemos dicho pasión. Porque no es posible escribir sobre Jesús como sobre Tiberio.
Carece de sentido pedir o intentar una historia «desinteresada» sin relación con la fe.
Nadie puede hablar del color de esta pared como de un color en sí mismo, haciendo
caso omiso de las leyes ópticas que rigen nuestra visión de él. Pues bien, la fe es el
órgano que nos permite contemplar al Señor. Y la fe, aunque se apoye en los
documentos, no nace de ellos, «no procede de la carne ni de la sangre», sino de la
gracia que a todo hombre le es concedida, y que el hombre puede aceptar o rechazar.
Y así como la fe no nos la dieron los hombres con sus pruebas y razonamientos,
tampoco sus refutaciones nos la pueden arrebatar.
No, el número no afecta a lo que es ilimitado. El 1.235 dista del infinito tanto como el
1.234 o como el 4. Nada tiene que ver una biografía de Cristo con una biografía de
Napoleón. Uno escribe sobre Cristo al dictado de otros argumentos, bajo el im-pulso
de otros acicates. ¿Por qué no pensar que, en el fondo, todo libro sobre Jesús
constituye la respuesta a una pregunta que éste mismo formuló un día al escritor? La
pregunta no es otra que aquella que hace veinte siglos fue formulada junto a Cesarea
de Filipo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15). El autor se apresura a
contestar: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», y a dar razón de ello con sus
pobres palabras.
A explicar la esperanza que nos sostiene y el amor que nos empuja. En esta nota
preliminar hemos hablado de biografías, pero a buen seguro inoportunamente: en
seguida se echará de ver que el libro no es una Vida ni mucho menos. Es más bien
como una meditación larga, afectuosa, que ojalá cumpla, en algunas almas, el único
objetivo que nos hemos propuesto: que el lector .abandone estas páginas para coger
el evangelio, y ya no lo suelte en su vida, y muera con él bajo la almohada. No se trata
aquí de ninguna biografía, ni tampoco de un ensayo bíblico o de un estudio de
teología. Trátase de una obra de espiritualidad directamente destinada a la piedad
cristiana. La inclusión del volumen en la sección cuarta de esta colección, y no en la
primera, ni en la segunda, ni en la quinta, anticipa ya cuanto a este respecto podamos
decir.
Sobre mi mesa de trabajo, junto a una ruda y deliciosa imagencica de Santa Teresa,
de finales del XVII, tengo un letrero con esta frase, una frase donde la santa explica
por qué escribe: «Séame de alguna ganancia para después de muerta lo que me he
cansado en escrivir esto y el gran deseo con que lo he escrito de acertar a decir algo
que os dé consuelo, si tuvieren por bien que lo leáis»1. Estas dos razones, finalmente,
confieso que no han sido tampoco ajenas a la redacción de CRISTO VIVO.
1
Libro de las Fundaciones 27,23.
PRIMERA PARTE
Una historia completa de Cristo a buen seguro debería empezar, como empieza el
evangelio de San Juan, así: «En el principio era el Verbo».
Primer dato para una biografía de Jesús: «Al principio era el Verbo, y el Verbo
estaba en Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1).
Y porque este Verbo que el Padre conoce no es sino su misma y acabada figura,
llámase Hijo y se dice que nace. Nacimiento que nadie sabrá ponderar bastante,
pues es singular y excelente por muchas razones. Admira ver, lo primero de todo,
lo soberanamente que el Padre engendra: de su misma sustancia y sin terceros,
siendo a la vez padre y madre: «Yo te engendré de mi vientre antes que
apareciese el lucero» (Sal 109,3). Se trata, además, de una generación que nunca
cesa, pues en Dios no hallarás distinción alguna entre acción y aptitud para hacer,
es Acto Puro, un «hoy» sin vísperas ni ocaso, sin momentos: «Tú eres mi Hijo, hoy
te he engendrado» (Sal 2,7). Nace, pues, el Hijo incesantemente como de un
manantial; así de fresco y de joven y de gozoso es todo en El. Y porque nace
siempre, jamás se emancipa de su Padre; antes al contrario, descansa
continuamente en sus entrañas; maravilla que, dando como da remedio con su
compañía a la soledad, no reporta disgusto alguno de división. «Yo y mi Padre
somos uno» (Jn 10,30). Somos: pluralidad de personas; uno: unidad de
naturaleza. Son dos para tener compañía, son uno para no tener discordia.
Compañía suficiente, puesto que el Hijo es tan grande como el Padre, tiene
cuanto el Padre posee, excepto su nuda calidad de Padre.
Ahora bien, si del poder infinito del Padre se deduce que puede reflejarse por
entero y sin sudores en un Hijo, de la infinita receptividad de éste concluimos que
necesariamente debe darse un solo Hijo y no más.
Cristo es «su propio Hijo», palabras un poco redundantes que Pablo utiliza para
insistir en la categoría estrictamente única de Jesús Hijo de Dios, precisamente en
aquel capítulo en que habla de los designios del Padre sobre su Hijo, enviándolo a
este mundo de dolores, «no perdonándolo» (Rom 8,3,32). ¿Y con qué intenciones
lo envía? Lo envía para transformar en amigos los que eran «siervos» (Jn 15,15),
para convertir en hijos de predilección los que antes eran «hijos de la ira» (Ef 2,3).
«Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido
bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, para que recibiésemos la
adopción» (Gál 4, 4-6). En esta última cita pónese de manifiesto la diferencia,
adrede subrayada, entre nosotros y el Hijo, entre quienes por necesidad hemos
nacido de mujer, bajo la ley, y Aquel que sólo por dignación quiso nacer de esta
suerte, la notable diferencia entre los hijos adoptivos y el Hijo natural. Cristo es el
Hijo, desde siempre y sin vicisitudes; nosotros somos hechos hijos de Dios, y
nuestra filiación es problemática, condicionada: debéis cumplir ciertos requisitos
«para que seáis hijos de vuestro Padre» (Mt 5,45). La gracia santificante no hizo a
Cristo hijo de Dios, es un mero efecto de su filiación.
Ambas concepciones son lícitas. Ambas son necesarias. Cuando Jesucristo habla
de su vida en el mundo, la interpreta como un paso: «Salí del Padre y vine al
mundo; otra vez dejo el mundo y vuelvo al Padre» (Jn 16,28). Su aparición en la
tierra no fue el comienzo de su existir, sino que, «existiendo en la forma de Dios,
no consideró como una presa codiciable mantenerse igual a Dios, antes se
anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres» (Flp
2,6-7). Su ascensión al cielo fue simplemente «subir a donde estaba antes» (Jn
6,62). Su palabra fue rotunda: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba» (Jn
8,23).
«He venido». Esta frase supone una preexistencia. «He venido a traer fuego» (Lc
12,49). «El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc
19,10). «No he venido a traer la paz, sino la espada» (Mt 10,34). «No he venido a
llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13). «No he venido a destruir la ley
o los profetas, sino a darles cumplimiento» (Mt 5,17). He venido, he venido. Mi
sitio propio y habitual no es éste. No he empezado como vosotros. No soy de aquí
como vosotros. He salido de Dios, he sido enviado por Dios. «Yo he salido y
vengo de Dios, pues yo no he venido de mí mismo, sino que es El quien me ha
enviado» (Jn 8,42). Esta es toda mi verdad, todo cuanto debéis saber acerca de
mí. «Les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y
han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has
enviado» (Jn 17,8).
Sus dos vidas manan por igual del Padre y no se alejan de El.
de otro, de su Padre: inteligencia (Jn 3,11), palabra (Jn 3,34; 14, 24), doctrina (Jn
7,16), obra (Jn 14,10), vida (Jn 5,26), gloria (Jn 8,54). «Todo me ha sido entregado
por el Padre» (Mt 11,27). No puede hablar por sí (Jn 7,17), no puede obrar nada
por sí mismo (Jn 12,49), jamás hace su propia voluntad (Jn 5,30). Sus primeras
palabras, las primeras que de El conservamos, demuestran ya bien a las claras
cuál es el sentido y esquema de toda su vida: «¿No sabíais que yo tengo que
ocuparme en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49). Y al final, cuando va a morir,
recoge de modo emocionante ese sentido y exclama: «Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Al que todo le ha dado, se lo devuelve todo.
«Todo me ha sido entregado por el Padre». Es decir, nada poseo que proceda de
mí mismo. Mas el significado de la frase es también otro: Nada se ha reservado el
Padre para sí; todo cuanto es suyo me lo ha dado y me pertenece a mí
igualmente. Yo juzgo, yo resucito a quien quiero, yo tengo potestad sobre toda
carne. «Todo lo que tiene el Padre es mío» (Jn 16,14). Posesión común, porque
existe una posesión mutua, porque yo soy del Padre y el Padre es mío: «Todo lo
mío es tuyo, y lo tuyo mío» (Jn 17,10). Todo es común, no hay secretos ni mañas:
«Mi Padre me conoce y yo conozco a mi Padre» (Jn 10,15).
«Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17,1), suplica Jesús en la
oración de la cena, colocando la glorificación del Padre, la difusión de su nombre y
reino, como resultado de la glorificación o resurrección del Hijo. Tres versículos
más adelante ruega otra vez: «Yo te glorifiqué sobre la tierra consumando la obra
que me mandaste ejecutar; ahora glorifícame tú, Padre, cerca de ti con la gloria
que yo tenía cerca de ti antes de que el mundo existiese». Aquí la glorificación que
Cristo solicita es la recuperación de su antigua gloria, cuya renuncia, tan gustosa
como penosa, constituye la medida sin medida de esa gloria que El ha sabido
tributar al Padre con su humillación y oscurecimiento. A la hora de la cena, la
eterna gloria mutua continúa ininterrumpida: tan sólo, en ese momento, se
aproxima una muy peculiar y concreta exaltación del Hijo por el Padre, que lo va a
sacar de las tinieblas de la muerte vestido de nuevas luces; tan sólo se acaba ya
el matiz doloroso de la alabanza que el Hijo ofrece al Padre «en la obediencia»;
tan sólo va a cerrarse una llaga, abierta en la encarnación.
Tres veces deja oír su voz el Padre a lo largo de la vida de Jesús (Mt 3,17; 17,5;
Jn 12,28). Y ¿qué es lo que dice? Proclama que Jesús constituye toda su gloria,
nos ordena que le escuchemos y promete glorificar su propio nombre mediante la
glorificación de su Hijo.
2. Los advientos
Adora sin palabras lo que sin palabras le es ofrecido. Pues «¿quién contará su
generación?» (Is 53,8). ¿Qué lengua habrá que sepa pronunciar las palabras
cabales, las palabras suficientes? «Nadie sabrá jamás hablar de su nacimiento: el
del cielo es inefable; el de la tierra, indecible; éste y aquél son inexplicables» 3.
El nacimiento de Cristo es evocado ahora todos los años con gratitud, así como
antes era esperado con ansia. Lo que para nosotros es memoria, fue profecía
para los antiguos. El Viejo Testamento tiene todo él una interna unidad: queda, de
arriba abajo, vertebrado por la esperanza.
El hombre de la antigua alianza gime, se goza, ama, ambiciona, pero, sobre todo y
principalmente, espera. Recuerda, sí, también, y repasa acontecimientos
pretéritos: «Recordad las maravillas que (Yahvé) ha obrado, sus portentos y las
sentencias de su boca» (Sal 105,5). «Trae a las mientes los tiempos pasados,
atiende a los años de todas las generaciones; pregunta a tu padre, y te enseñará;
a tus ancianos, y te dirán» (Dt 32,7). No sería justo echar en olvido los prodigios
tan grandes que Dios realizó en favor de su pueblo: lo liberó de la esclavitud de
Egipto y le dio agua en el desierto. Sin embargo, todos estos favores eran tan sólo
figura de otras mercedes más eximias que, andando el tiempo, había de
otorgarles. Que vivan, pues, sobre todo aguardándolas, que perseveren en la fe,
que el recuerdo sirva especialmente para cimentar la esperanza. «No os acordéis
más de lo de otras veces, no consideréis las cosas pasadas, que yo voy a hacer
una obra nueva que ya está comenzando: ¿no la veis? Voy a poner agua en el
desierto, y torrentes en las tierras áridas, para abrevar a mi pueblo, a mi elegido,
al pueblo que hice para mí, que cantará mis loores» (Is 43,18-20). El agua del
Exodo, el agua de la primitiva peregrinación, apagaba la sed momentáneamente;
«mas el que beba del agua que yo le diere, no tendrá ya jamás sed» (J n 4,14).
3
PROCLO DE CONSTANTINOPLA, De Incarn. 4: MG 65,844.
Esta agua que la samaritana probó, el agua nueva, novísima, «que salta hasta la
vida eterna», es el sueño alucinante de los hebreos que precedieron a Cristo.
«Destilad, cielos, de lo alto el rocío; lloved, nubes, al Justo» (Is 45,8). He aquí la
plegaria fundamental: «Compadécete, Señor, de nosotros, que te esperamos» (Is
33,2). He aquí su virtud, su mérito específico: «Es nuestro Dios, nosotros lo hemos
estado esperando, El nos salvará» (Is 25,9). He aquí su comida y sostén: «IVa a
venir, ya no tardará!» (Hab 2,3). He aquí sus grandes metáforas: «el Justo, como
la aurora» (Is 62,1), como un germen (Jer 23,5). He aquí su gran adverbio: «Se
acerca el día del Señor, ya está cerca» (J1 2,1).
Sobre todo los profetas, sobre todo Isaías es el hombre de la espera. Por eso
constituye su libro la lectura preferente del adviento litúrgico. Pero puede afirmarse
que el Antiguo Testamento entero, tomado en su conjunto, no es sino el relato de
una tremenda expectación. Está redactado todo él dinámicamente, dando el
mayor relieve al elemento tiempo, sin detenerse jamás en una descripción
estática. Cuando hay que describir algún objeto, no nos ofrece su inmóvil pintura,
sino el proceso de su construcción: así el arca de Noé (Gén 6,14-16), así el
tabernáculo, con su mesa, candelabro y otros accesorios (Ex 25-27). La misma
creación del mundo está concebida en términos de historia incesante; la creación
se orienta, al igual que el hombre, hacia el futuro. Quien vuelve su rostro, quien
suspira por los bienes idos y reniega de las promesas, queda convertido en
estatua de sal.
Antes de pactar con Abraham, pactó Dios con Noé. La regularidad de las
estaciones es el contenido de este inmemorial acuerdo, y el arco iris su señal.
Mucho antes de efectuarse la alianza mosaica, existía la alianza cósmica, del
mismo modo que la revelación mosaica es posterior a la revelación natural y
anterior a la cristiana. Obsérvanse como tres estadios, que todavía hoy, si bien
miramos, son perceptibles en algunas fiestas y lugares: Jerusalén es la ciudad del
sacrificio de Jesús, pero antes había sido la ciudad elegida de Yahvé (1 Re 11,13;
2 Re 23,27) y, en tiempos todavía más lejanos, el «lugar alto» de los cananeos.
Igualmente, nuestra Pascua conmemora el paso de Cristo desde la muerte a la
vida; excavando un poco, descubriríamos las reliquias de aquella celebración
hebrea que evocaba el paso milagroso de Israel a través de las aguas; y debajo
de estas capas subsiste otra, primordial, universal, en la que se hunden las
semillas y sus posibilidades de floración, la fiesta agraria de las primaveras.
He aquí lo que forzosamente tiene que resultar locura para los griegos. No la
existencia de Dios, sino sus intervenciones concretas y verificables; no la
resurrección como concepto, que sería muy admisible en la esfera de los mitos,
sino la resurrección ligada a un determinado tiempo y lugar. Al revés de lo que
acontece con los orígenes nebulosos de Osiris o de Mitra, el Verbo de Dios bajó al
mundo el año 7 antes de nuestra era. («El Verbo se hizo carne»: el aoristo griego
marca un comienzo, supone una repentina innovación, mayor de la que pueda
expresar nuestro pretérito indefinido comparado con la mansa continuidad del
pretérito imperfecto.) El evangelio, a pesar de ser un libro de catequesis más que
una historia, relata hechos. Contiene nombres y pormenores comprobables en
otras fuentes—el emperador Augusto, el cónsul Quirino, el procurador Poncio
Pilato—y demuestra a veces un raro cuidado en puntualizar el tiempo, en
valorarlo. Los planes del Padre son minuciosos a este respecto; señalan el día
que la salvación tenía que llegar a casa de Zaqueo (Lc 19,5) y a las ciudades de
Israel (Lc 4,43), precisan las jornadas de Cristo—«he de andar hoy y mañana, y al
día siguiente» (Lc 13,33)—, tienen fijada sobre todo «la hora» (Jn 12,27), la hora de la
glorificación de Dios y del poder de las tinieblas, la hora exacta que ni el Hijo
puede alterar, ni los enemigos anticipar, ni los amigos retardar. Es una hora
precisa, son unos días determinados, son unas situaciones irrepetibles. He aquí el
escándalo de los griegos, he aquí también la descalificación de los ciclos griegos.
Dios ha venido una vez, no hay retorno, no existe la curva cerrada y monótona, no
hay derecho a la melancolía.
Dios es el alfa y omega, principio y fin de todos los tiempos, los cuales se recogen
y anulan en su eterno sosiego. Pero Cristo es, además, la omega de un mundo y
el alfa de otro, el fundador del tiempo. Elegantemente escribe San Agustín:
«Engendrado por su Padre, dispone armoniosamente los días; naciendo de su
madre, consagra el día actual» 5.
El Verbo se encarnó «al llegar la plenitud de los tiempos» (Gál 4,4). Es decir, su
venida trae consigo la plenitud de los tiempos.
5
Serrm. 194,1: ML 38,1015.
¿Por qué se retrasó tanto la encarnación? A pesar de que tal demora no modifica
en nada los frutos de la redención, pues ésta posee también efecto retroactivo,
podemos con todo derecho formular la pregunta y tratar de darle algunas muy
simples y toscas respuestas. ¿Tal vez quiso Dios con ello hacer más patente el
rigor de su' justicia? ¿Acaso la dignidad excelsa del que iba a llegar exigía una
larga etapa de preparación? ¿Hacíase necesaria, por ventura, esta preparación en
vista de la infancia y rudeza de todos aquellos que debían recibir a tan alto
huésped? Viene a ser esta última solución una solución optimista, más o menos
inspirada en San Pablo, el cual habla de los hombres que precedieron a Cristo
como de niños menesterosos aun de tutor y pedagogo (Gál 4,1-2). Según los
autores que así discurren, fue el hombre perfeccionándose progresivamente,
haciéndose en el transcurso de los siglos más capaz de comprender el don de
Dios. Contra esta interpretación militan los que aducen una explicación de índole
más bien pesimista: era preciso que el hombre, abandonado durante tanto tiempo
a sus flacas fuerzas, experimentase vivamente la necesidad de un liberador.
La llegada de Cristo al mundo no sólo dio cumplimiento a todo el vasto tiempo que
le precedió, sino que dio también sentido al tiempo subsiguiente. La llamada
«Historia Sagrada» es tan sólo un primer capítulo, o mejor dicho, es más bien una
prehistoria sagrada. En rigor, los siglos posteriores gozan de una categoría más
estrictamente santa, pues constituyen el desenvolvimiento del germen cristiano,
que en Cristo halló ya su perfecto desarrollo, pero que en sus miembros va poco a
poco actualizando sus inmensas virtualidades. Propiamente no existe historia
profana; ésta es un mero relato de apariencias. (Tampoco, en cierto sentido,
puede hablarse de disciplinas profanas, ya que toda verdad, a cualquier
asignatura que pertenezca, es una porción o faceta de la única Verdad.) No es el
hombre quien da sentido a la historia, simplemente lo descubre. ¿Acaso daba el
profeta sentido a los tiempos de preparación? Se limitaba a revelarlo.
Todos los misterios de Jesús guardan hoy una innegable actualidad, ya que
permanece el mérito, la eficacia, el espíritu y amor que los motivó. La liturgia no
sólo conmemora esos misterios, sino que denuncia su perennidad. En el siglo iv
después de Cristo osa escribir San Gregorio Nacianceno: «Hoy los ängeles se
alegran, hoy los pastores son iluminados, hoy la estrella se dirige desde el oriente
hacia la sublime e inaccesible luz, hoy los Magos se arrodillan y ofrecen sus
regalos» 8.
Los tiempos venideros reciben el nombre de día octavo porque sucederán a este
tiempo efímero, cuya fugacidad ya desde antiguo viene simbolizada en el número
septenario. Llámanse también día primero, puesto que dará comienzo con ellos la
nueva y perdurable semana; o más exactamente día uno, sin sucesión, sin
medidas cronológicas: ya no existirá la noche como pausa o base para el
cómputo. «La ciudad no había menester de sol ni de luna que la iluminasen,
porque la gloria de Dios la iluminaba y su luz era el Cordero» (Ap 21,23).
Esta lumbre clarísima que es el cuerpo del Salvador resucitado, será la luz
tranquila, indeficiente, de la nueva edad. Así como el primer día del Génesis Dios
hizo la luz, así también los tiempos nuevos han de abrirse con la aparición de la
luz. Y porque Cristo resucitó ya, puede y debe decirse que el día uno ha
comenzado, que la vida futura se ha hecho presente, que vivimos un tiempo mixto,
un tiempo traspasado de eternidad. No hay del todo sucesión estricta entre la
actualidad y el porvenir, sino jerarquía entre el devenir terreno y la actual sesión
del Hijo a la diestra del Padre, cabeza aureolada y quieta de un cuerpo aún
mudable y sacudido por el fluir del tiempo. El nivel del agua es la muerte de cada
uno y el cataclismo del universo.
La liturgia explica de manera muy feliz este misterio del tiempo cristiano. Celebra
las acciones redentoras de Cristo de dos modos, un poco como consideran la vida
de Cristo Juan y Lucas: en conjunto y según su desenvolvimiento histórico. La
misa reproduce en núcleo todos los hechos del Salvador, mientras que el año
litúrgico, demorándose en la prolija evocación de los pasos evangélicos, no es a la
postre sino una gran misa solemnísima. Con el fin de adaptarse mejor a nuestra
condición terrenal, la Iglesia descompone e] «siempre» de la actualidad divina
imperecedera en sucesivos fragmentos que se repiten al compás de las
estaciones. Siempre es adviento, pues esperamos la parusía; siempre es
cuaresma, ya que esta vida es «tiempo propicio» para la conversión (2 Cor 6,2);
siempre es Pascua, pues hemos resucitado ya con Cristo y vivimos «la nueva
vida» (Rom 6,4).
Los años dan vueltas, pero ya no en torno al sol, sino alrededor de ese «Sol
invicto» que es Jesús. Vueltas, y vueltas, en un movimiento circular que es lo más
parecido a la inmovilidad. El alma que ha recibido ya el anillo de las místicas
bodas, intuye estremecida las relaciones que median entre anillo y año —annulus
y annus—, entre el banquete eucarístico y el banquete nupcial escatológico, entre
su amor matrimonial y el amor de la Trinidad.
Pensaban algunos Padres—con mentalidad que, por ser poética, era más
teológica y sagaz: capaz de penetrar en el mundo indispensable de Ios símbolos
—que el mundo fue creado en primavera. La tierra, decían, se decora en tales
días con sus mejores brillos para festejar su aniversario. Lo que sí ya comúnmente
aceptamos todos es que la segunda creación, la encarnación del Verbo, acaeció
por esas mismas floridas fechas (no es milagro que a Jesucristo bendito se le
llame, donosamente, «nuestra alegre primavera» 10). La liturgia se encargará luego
de precisar el día—día 25 de marzo—, contando hacia atrás los nueve meses que
exige como preámbulo la natividad.
Incuestionable resulta, por otra parte, que Cristo murió y resucitó en primavera, y a
la sombra de esta nueva coindidencia sorprenderían los Padres nuevos y
expresivos lazos para anudar más estrechamente—esto es lo único que nos
importa redención y creación. El «lugar de la calavera» o Calvario alude al cráneo
de Adán; el madero de la cruz se relaciona con el árbol del Paraíso y con la
madera del arca de Noé...
Por encima y por debajo de toda alegoría, de todo ingenio y composición, interesa
retener bien, subrayándola cuanto sea debido, esta admirable continuidad que se
da entre creación y redención, sin que ello lastime para nada el abismo o hiato
que siempre será preciso reconocer entre lo natural y lo sobrenatural. No sólo de
la historia de Israel, sino también de la historia cósmica podría decirse aquello que
el Salvador con tanta energía afirmó: «No he venido a abolir, he venido a
perfeccionar» (Mt 5,17). ¿No es Dios acaso lo bastante hábil, no está por ventura
suficientemente sumergido en la entraña de las cosas para que pueda reparar lo
corrompido actuando desde las mismas raíces dañadas? San Agustín atribuye a
Cristo unos adjetivos cuyo encadenamiento es bastante elocuente: «formador y
reformador, creador y recreador, hacedor y rehacedor» 11 .
Ya vimos que Juan comienza su evangelio en unos términos copiados del primer
versículo del Génesis: «En el principio...» Lo que luego el Génesis relata por
menudo, la aparición de los elementos y de la vida, atribuyéndolo todo al poder del
verbo de Dios—«Dijo Dios» (Gén 1,[Link].20.24)—, Juan lo condensa y resume
en una sola frase: «Todo fue hecho por el Verbo» (Jn 1,1). He aquí el arranque
poderoso del cuarto evangelio. Después ya no habla del nacimiento de Cristo. ,No
será que la encarnación de la Palabra comenzó ya en la creación?
Por su parte, Pablo—en aquel himno a Cristo de su carta a los Colosenses, que
tantos puntos de contacto ofrece con el himno al Verbo del prólogo de Juan—
afirma que «todo ha sido creado por El y para El, El es antes que todo y todo
subsiste en El» (Col 6); pero un momento antes ha dicho que «en El tenemos la
salvación y el perdón de los pecados» (Col 1,14). Esta estrecha alianza la tiene
Pablo muy delante de sus ojos cuando llama a la redención «nueva creación» (Gál
6,14; 2 Cor 5,1.7). Y la creación, en la mente de los Padres, sobre todo de los
teólogos alejandrinos, suele ser como un anticipo de la gracia redentora.
Del mismo modo que el episodio de la creación se incluye, como en lugar muy
propio y adecuado, dentro del evangelio, así también encontramos en el Antiguo
Testamento, ya en el primer libro, noticia muy estimable acerca de la redención:
es lo que se ha convenido en llamar protoevangelio, página donde se anuncia la
enemistad entre la serpiente y la Mujer. Adán es «figura del que vendrá» (Rom
5,14), Jesús es «el segundo Adán» (1 Cor 15,45). San Ambrosio señalaba una jugosa
analogía entre Adán y Cristo: éste nació de Dios y de madre virgen, aquél nació
de Dios y de tierra virgen 12.
Dios creó y no descansó, sino que siguió creando. Contra aquella mentalidad
judía, tan estricta, acerca del reposo divino, se alza Jesús afirmando
rotundamente: «Mi Padre continúa obrando, y por eso obro yo también» (Jn 5,17).
El descanso de Dios no empieza sino después de la muerte del Hijo, tras haber
consumado la segunda creación. Este es el verdadero reposo al cual nosotros
también nos sentimos invitados: «Queda otro descanso para el pueblo de Dios; y
el que ha entrado en este descanso de Dios, descansa él también de sus obras
como Dios de las suyas» (Heb 4,9-Jo). En sustitución del sábado hebreo, que
conmemoraba el descanso de Dios tras haber creado el mundo, nosotros
celebramos el domingo, día en que el Verbo resucitó y rubricó su trabajosa misión.
«Como baja la lluvia y la nieve de las alturas del cielo y no vuelven allá sin haber
empapado y fertilizado la tierra y haberla hecho germinar, dando la semilla para la
siembra y el pan para la comida, así tampoco la Palabra que sale de mi boca no
vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su cometido» (Is 55,io-
11). La Palabra de Dios fue fecunda cuando, primero, «separó la luz de las
tinieblas» (Gén 1,4) y cuando, después, «nos sacó de las tinieblas a su admirable
luz» (1 Pe 2,9). Verdaderamente, «su mano no se ha abreviado» (Is 50,2).
He aquí la segunda acción del Verbo, la obra del Verbo encarnado. «Naciendo de
su Padre, es principio de vida; naciendo de su madre, es el término de la muerte»
13
. Ya la historia de la humanidad, más que como historia de hombres pecadores,
debe ser concebida, en un plano más hondo, como la historia de Dios buscando a
los hombres en su pecado. Semejante historia se centra en el Cristo crucificado y
glorioso, el Cristo hecho pecado (2 Cor 5,21) y vencedor del pecado (Heb 9,26). El
que, por la creación, fue principio de vida para todas las criaturas, iba a ser luego,
por su obra redentora, principio de recapitulación. El volvería a juntar lo disperso,
a sanar lo que estaba viciado, a rehacer lo deshecho.
Y los efectos no se limitan a la restauración del hombre en cuanto tal, sino que
afectan a la creación entera. Porque si «en El fueron creadas todas las cosas del
cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles» (Col 1,16), después, al llegar la
plenitud de los días, fueron en El congregadas todas (Ef 1,1o). En el centro de la
historia del universo, no menos que al comienzo y al fin, está Cristo. La primera
creación empieza con la formación del mundo material, continúa con la
plasmación del hombre y halla su cúspide en la humanidad joven de Jesucristo,
desde la cual la segunda creación se expande a todos los hombres, almas y
cuerpos, hasta llegar a los confines últimos de las cosas. Cristo y su cuerpo son el
quicio, la clave, el lugar de sutura, el punto de contacto de los dos conos, segundo
Adán que recoge de María la viejísima sangre que las generaciones transmitieron
y Adán nuevo que introduce en la humanidad un nuevo principio de vida.
Para que el hombre pudiera tener acceso al paraíso fue necesario que el Hijo de
Dios se marchara al destierro. Para que el hombre pudiese escuchar palabras tan
dulces fue preciso que Cristo las pronunciara con labios exangües. La elevación
del hombre es proporcional al descenso de Dios. En la primera creación, Dios
sacó las cosas de la nada. Se trataba de una nada simple, una inocente lámina en
blanco, una nada buena. La nada, en cambio, que había de ser punto de partida
para la nueva creación era la nada del horror y la oscuridad, compacta, sofocante.
Y Dios bajó a esta nada: «se anonadó» (Flp 2,7).
Parecida gradación puede apreciarse entre el tono general de las relaciones que
Dios sostiene en el Antiguo Testamento con los hombres y el diferente estilo, más
tierno y entrañable, que preside esas mismas relaciones a lo largo del evangelio.
Es verdad que la actitud íntima de Dios respecto del hombre y de todas sus
criaturas nunca puede alterarse, pero no es menos cierto que el Señor usa
siempre de una pedagogía adaptada a cada concreta situación y que sus eternos
propósitos van realizándose en el tiempo de manera ingeniosa y ordenada.
«Muchas veces y en varias formas habló Dios en otro tiempo a nuestros padres
por ministerio de los profetas; últimamente, en estos tiempos, nos habló por medio
de su Hijo» (Heb 1,1-2). La forma de hablar en una y otra ocasión fue diversa en
extremo, y diversas las reacciones que se pretendieron y de hecho se suscitaron.
«Vosotros no os habéis acercado a un monte material, al fuego encendido, al
torbellino, a la oscuridad, a la tormenta, al sonido de las trompetas y al fragor de
las palabras, que quienes las oyeron rogaron que no se les hablase más porque
no podían oírlas sin temblor... Vosotros habéis llegado al monte de Sión, a la
ciudad de Dios vivo, a la Jerusalén celestial» (Heb 12,18-22). «Que no nos hable
Dios—suplicaban atemorizados los judíos de antaño—, no sea que muramos» (Ex
20,19); sus descendientes escucharon con gusto al Verbo, que precisamente
había dado en encarnarse para comunicar la vida (1 Jn 4,9). El Verbo encarnado
habló a todos, sin excepción, abiertamente (Jn 18,2o), el mismo que antes con
mucho secreto se había dirigido a Moisés después de haberle ordenado: «Baja y
prohibe terminantemente al pueblo que traspase la línea marcada con la intención
de acercarse a Yahvé y ver, no vayan a perecer muchos de ellos» (Ex 19,21).
Aunque el contenido de los mensajes no pudo en el fondo ser diferente, varió, sin
duda, el texto desde el momento en que cambió el contexto, la luz, la entonación,
el mensajero sobre todo. No es bastante explicar la diferencia recurriendo a la
distinta psicología de la mano que redactaba esos libros y al grado de madurez,
tan diverso, de los destinatarios que los recibían. Existe un viraje demasiado
profundo, una óptica en extremo diferente. ¿Qué significa, por ejemplo, la
paternidad de Dios antes y después? En la antigua alianza se menciona ya a Dios
como padre, ciertamente; pero allí padre apenas quiere decir otra cosa sino
creador: «¿No es Dios tu padre, que te creó, que por sí mismo te hizo y te formó?»
(Dt 32,6). « ¡Oh Dios!, tú eres nuestro padre: nosotros somos la arcilla y tú el
alfarero, todos somos obra de tus manos» (Is 64,8). ¡Las manos de Dios que
modelan! Había de transcurrir mucho tiempo antes de que se hablara, en sentido
propio y estrictísimo, del seno de Dios que nos engendra (1 Sant 1,18). ¿Y cuál es
la condición o respuesta que de aquellos hijos andaba buscando Dios? «Como un
padre es benigno para sus hijos, así es benigno Dios para los que le temen» (Sal
103,13).
La primera creación constituyó una obra de amor. Su por qué fue el amor, y su
para qué también. El motivo radical se hunde en la esencia amorosa de Dios, el
cual, por ser el sumo bien, es sumamente difusivo; y ya no nos es posible buscar
ulteriores razones, puesto que hemos dado con la naturaleza del ser. Las
naturalezas no son explicables, las naturalezas son. ¿Acaso intentamos explicar
por qué es frío el hielo, por qué es cálido el fuego? La finalidad sólo pudo ser
asimismo el amor. ¿Para qué creó Dios el mundo? Ciertamente, «todo lo ha hecho
Yahvé para sus fines» (Prov 16,4), para sí mismo, «para su alabanza, para su
nombre y para su gloria» (Dt 26,19); mas de sobra sabemos que esta gloria
extrínseca nada agrega a Dios, como tampoco una adición añadiría nada al
infinito. Unicamente para las criaturas puede ser provechosa la creación.
La segunda creación tiene también como fin último e irrenunciable «la alabanza de
la gloria de su gracia» (Ef 1,6). Pero este objetivo postrero, ¿cómo se alcanzará?
Justamente mediante la serie de preciosas ganancias que el hombre va
obteniendo, y que el mismo Pablo enumera a renglón seguido: «la redención por
la virtud de su sangre, la remisión de los pecados, según las riquezas de su
gracia, que sobreabundantemente derramó sobre nosotros». Todos los nombres
técnicos que la redención recibe en teología manifiestan estos provechos y los
publican y vocean: restauración, porque levantó de nuevo al hombre; iluminación,
porque lo sacó de sus errores e ignorancias; satisfacción, porque reparó la ofensa
que él había cometido contra Dios; cancelación, porque pagó su deuda; liberación,
porque lo libró de su cautividad; sanación, porque curó sus enfermedades;
reconciliación, porque dio fin al estado de enemistad entre el hombre y Dios. Con
razón concluye San Agustín: « ¿Qué otra causa mayor tuvo el advenimiento del
Señor sino el mostrarnos Dios su amor?» 15.
Imaginad dos amigos. Se trata de un amor claro, tranquilo. Pero un buen día
sucede algo: uno de ellos ofende al otro. ¿Qué ocurre entonces? Que la amistad
se enfría y acaba extinguiéndose. Pero imaginad que el ofendido no se resigna a
ello y quiere, a pesar de todo, mantener el antiguo amor. ¿Qué hará? ¿Aparentará
acaso ignorar la afrenta? No, esto es imposible. Semejante actitud sólo serviría
para defender una vana apariencia; la verdadera intimidad habría desaparecido.
Unicamente asumiendo la injuria en el fondo del alma y perdonándola, únicamente
convocando al ofensor a un nivel de reconciliación más hondo, sería la amistad
capaz de perdurar. La ofensa levantó un obstáculo, un tropiezo; para conservar
las buenas maneras exteriores bastaría rodear ese obstáculo, esquivarlo, no
mencionarlo; pero, si se desea restablecer una auténtica compenetración,
menester es que el afecto disuelva esa piedra, lo cual sólo es posible
considerando juntos lo que ha ocurrido, mostrando su pesar el ofensor y
concediendo su perdón el agraviado. Entonces el amor se profundiza.
Por fortuna, Dios es así, lo bastante poderoso para crear una nueva situación al
amor, más sólida y entrañable. Su misericordia representa la prueba más augusta
de su inmenso poder. Sólo por esto nos es posible hablar de la felix culpa.
Evidentemente, los sentimientos del corazón de Dios no son los sentimientos del
más noble corazón humano transportados a una escala infinita. Lo primero que
exige el respeto debido hacia todo lo divino es que no atribuyamos ligeramente a
Dios nuestros estilos y pensamientos. Sin embargo, nos ha sido ordenado creer
que podemos adquirir algún conocimiento de Dios; ahora bien, para ello no
disponemos de otra base distinta de esa que hallamos en las criaturas y de esa
que nos ha sido por El revelada de un modo al fin y al cabo adecuado a la
receptividad de las criaturas. Por eso nos es lícito discurrir humanamente y tratar
de comprender algo de lo que fue el decreto de la redención.
La criatura que ha ultrajado a Dios es citada al campo del honor para responder
de su villanía, y el honor que a sí mismo se debe Dios, presupuestos ciertos
propósitos, le obliga a reclamar alguna satisfacción; he aquí una manera de
pensar irreprochable. Preferimos, no obstante, esta otra: Dios quiere a toda costa
salvar al hombre, seguir amándolo, y arbitra para ello la más perfecta y
conmovedora solución.
Dios hubiese sido justo al perdonar, sin más, a los hombres. Alguien a estas
horas, ya que no una Vida de Jesús, estaría escribiendo un tratado sobre Dios
para explicar cómo El procedió de modo justo al borrar el pecado humano desde
la suprema indiferencia de su trono, al darlo por no existente. Sin embargo, ¿no
tendemos involuntariamente a pensar que eso hubiese sido demasiado fácil o que
hubiera engendrado, como en el caso de los dos amigos, un secreto e indecible
distanciamiento?
Daríase una cierta justicia imperfecta cuando el hombre devolviera a Dios lo que
éste previamente le había dado. Así, por ejemplo, merecemos en estado de
gracia: nuestros méritos, nuestra satisfacción, se fundan en la gracia que de balde
y con antelación hemos recibido. Puede darse una igualdad proporcional entre lo
que debemos y lo que satisfacemos. Mas nunca se produciría de este modo la
justicia perfecta, la satisfacción condigna, pues falta la igualdad entre el acreedor y
el que paga la deuda. Para ello es menester que la deuda sea satisfecha por el
mismo Dios: por un Dios encarnado. Es decir, por alguien que descienda del
género humano a fin de que pueda representarlo sin mentira, y que a la vez posea
un infinito poder e inocencia, para que pueda redimirlo sin trampa.
La encarnación del Verbo fortalece todas nuestras virtudes, y las facilita. Creemos
mejor, porque es Dios mismo quien habla, y se menea, y come y bebe, y pasa por
nuestros mismos trabajos, y nos mira con los mismos ojos de los seres que mucho
nos aman. La esperanza se hace ciertísima, pues es una única cosa el objeto que
esperamos y el motivo por el cual esperamos: «Cristo es nuestra esperanza« (i
Tim I,1). La caridad, casi sin querer, se nos enciende viendo tanta
condescendencia en el Señor, y el corazón ama más suelto y sin reparos
contestando a ese otro corazón, organizado igual que el nuestro, con el cual Dios
nos ama.
La encarnación del Verbo conviene sumamente a Dios, ya que con ella éste
obtiene la máxima difusión de su bien. Y porque en ella todos los atributos divinos
brillan con fulgor desacostumbrado: su potencia, más infinita que nunca al juntar lo
infinito con lo finito; su misericordia, al abajarse tanto y al hacer cosas tan
hermosamente innecesarias; su justicia, al exigir y lograr con tanta perfección la
igualdad de lo debido y lo devuelto; su sabiduría, al poner de misterioso acuerdo
semejante misericordia y semejante justicia. Ninguna desventaja, por otra parte, ni
estrechamiento supuso para Dios el hecho de encarnarse. Se encarna, pero no se
reduce. ¿Acaso disminuye el estruendo de la mar porque haya allí un navegante
que lo recoge en sus oídos?
La encarnación del Verbo fue además conveniente por otros muchos capítulos
que el humano entendimiento jamás podrá alcanzar. ¿Qué sabemos nosotros de
la Trinidad? ¿Qué sabemos de su trato y afecto, de lo que sucedió y sucede en lo
escondido de sus entrañas? Poned juntos todos los libros de los teólogos, las
experiencias y datos de los místicos; sumad la visión de los bienaventurados del
cielo; añadid, si podéis, todo lo que Nuestra Señora conoce ya acerca del Señor.
Pues bien, todo esto es aún mucho menos que el retrato que de su madre haría
con tiza un huerfanillo de tres años comparado con la hermosura del rostro que se
imagina.
Fue más conveniente que Dios se encarnara. Sin que por eso fuese inconveniente
el que no se encarnara...
Y de las tres divinas Personas, fue más conveniente que se hiciera hombre el Hijo.
El es el arquetipo de todo cuanto existe, y guarda por eso con las criaturas una
suerte de especial semejanza y parentesco. Particularmente con los hombres,
cuya naturaleza consiste en ser racionales, cosa que atañe al Verbo o Sabiduría.
Sobre todo, ¿quién mejor que el Hijo para encarnarse, si el fin de la encarnación
era hacer hijos?
La encarnación fue negocio de amor, de un amor sin límites, de un amor
inexplicable. Espanta, pero no hay más remedio que confesarlo: hasta ese punto
ama Dios al hombre. Pues ¿qué es el hombre? Cabe, es verdad, la tentación de
que el hombre se engría con tal noticia. Sin embargo, quizá sea más peligroso y
más nocivo que el hombre, por humildad, se juzgue tan indigno de ser amado que
llegue a creer a Dios incapaz de amarlo.
SEGUNDA PARTE
"
SALI DEL PADRE"
CAPÍTULO I
LA TIERRA
1. Genealogía
Cristo vino del Padre (Jn 16,28), pero Cristo nació de una mujer (Gál 4,4) .
«Brotará una vara del tronco de Jesé, y retoñará de sus raíces un vástago» (Is
11,1). Nacerá de la tierra, de esta tierra terrena. «Cristo de mi tierra, tierra, tierra».
Cuando una y otra vez se repite la expresión, y se le da vueltas, para mejor
familiarizarnos con su verdad, aún es mayor el asombro que nos sobrecoge.
Cristo de la tierra. ¿Es posible? Sí, brotará como una flor, una pequeña flor nutrida
de los zumos del suelo. Llevará la misma sangre de la tierra, su oscura
composición.
El libro de los evangelios se abre con la genealogía de Cristo. Manera muy
semítica de empezar. Tenían en mucho los hebreos su ascendencia, y la
fecundidad era para ellos la mayor bendición de Yahvé (Dt 7,12-13); la esterilidad,
por el contrario, constituía la maldición más dura (Is 5,5-6) y se consideraba
unánimemente como castigo de algún ignominioso pecado (Lev 20,20). Cuando
Isabel, tantos años estéril, concibió por fin, alabó al Señor «por haber borrado su
oprobio» (Lc 1,25) y los vecinos vinieron a felicitarla (Lc 1,58). Era el hijo la
principal alegría de sus padres (Prov 23,24-25), y aquella mujer que, al presenciar
las maravillas de Jesús, alabó «el vientre que le llevó y los pechos que le
amamantaron» (Lc 11,27), hacíase eco de la mentalidad de toda su raza.
Para que entendiéramos bien que no necesita de nosotros, tuvo Dios buen
cuidado en nacer de una virgen. Para que nos convenciésemos de que quiso
necesitar de nosotros, nació de una mujer. Y si bien es verdad que esta mujer, por
ser virgen e inmaculada, actuó como filtro de la revuelta y accidentada sangre de
los humanos, también es cierto que aquella sangre que a su hijo transmitió no por
eso dejaba de ser sangre de Adán, sangre de la tierra.
Aquel esmero con que los judíos retenían la lista de sus antepasados era fruto de
su conciencia de pueblo elegido y se debía, sin duda, a una clara inspiración
divina. Habían recibido la promesa del Mesías, el cual tenía que nacer del tronco
deAbraham. Formaban, pues, un pueblo de predilección, un pueblo aparte.
«Porque, si bien a Yahvé, tu Dios, pertenecen los cielos de los cielos, la tierra y
cuanto en ella se contiene, sin embargo sólo a tus padres inclinó su corazón por
amor, y después a ti, su descendencia, escogió entre todas las naciones» (Dt
10,14-15). Aunque en la nueva humanidad fundada en Cristo no hay distinción
entre judíos y gentiles (Gál 3,28), éstos no pasan de ser sarmientos silvestres que
hubieron de ser injertados en la cepa de Israel (Rom 11,16-2o). A nuestro criterio
actual, tan hostil a toda suerte de racismo, cuesta trabajo admitir esto, pero
debemos reconocer la necesidad de que así fuera para salvar la integridad de la
encarnación.
«El Verbo se hizo carne». Verbum caro: ¿caben dos palabras más antitéticas? En
hebreo, carne significaba normalmente hombre; Isaías, según esta acepción,
promete que toda carne verá la gloria de Yahvé (Is 40,5). Pero ¿no andaría Juan
deliberadamente buscando ese contraste violentísimo que las dos palabras
implican? La carne es la parte visible y frágil del hombre, lo más opuesto al Dios
trascendente e invulnerable. El mismo Isaías, en el verso siguiente, nos asegura
que «la carne es como hierba».
2
Denz. 710.
Pablo, contraponiéndolo al Adán terreno, nos habla del Cristo celeste (1 Cor 15,47).
Pero este adjetivo únicamente se refiere a su naturaleza divina o, a lo sumo, a la
peculiar generación de su naturaleza humana, formada en las entrañas de María
no por concurso viril, sino por la virtud celeste del Espíritu Santo. El cuerpo de
Jesús fue ciertamente carnal, pasible, mortal, a fin de que todas las acciones
redentoras, su pasión y su muerte, fueran verdaderas. ¿Cómo suponer que Dios
nos condujera a engaño? «Siendo la Verdad—deduce Santo Tomás—, no es
conveniente que en su obra haya nada de ficción» 3.
Juan estaba presente, y le vio comer, como tantas veces le había visto antes. Ya
jamás le abandonó la certeza abrumadora de esa carne «que hemos visto con
nuestros propios ojos, que contemplamos y tocaron nuestras manos» (1 Jn 1,1). Y
escribió un evangelio que, siendo como es el más espiritual y místico de los
cuatro, es también el que con mayor realismo trata del cuerpo de Jesús. Todo el
libro es una sinfonía a base de esas dos únicas notas del Verbum caro, repetidas
y combinadas en mil diversos acordes. No son nunca dos notas sueltas: la carne
es siempre carne de Dios, y nuestra alma no tiene otro acceso a Dios que a través
de esa carne: sólo comiéndola podemos vivir (Jn 6,54-55); sólo por el bautismo nos
incorporamos al reino, pero el bautismo no es sino el torrente que brota de esa
carne abierta (Jn 7,38). «En su sangre» desaparecieron nuestros pecados (Ap 1,5;
22,14). Unicamente podemos adorar a Dios cobijados dentro del templo que es el
cuerpo de Cristo, en sustitución del antiguo y ya inservible templo de piedra (Jn
2,19-21).
Habitaba ya antes, por ser Dios. La presencia divina en las cosas es lo que les
permite subsistir, moverse, tenerse en pie. Si levantamos una piedra, allí está
Dios; si partimos en dos una manzana, allí dentro está Dios; si abrimos el corazón
de un hombre, leeremos el nombre de Dios. Dios es inmenso y penetra todas las
esencias. Lo abarca todo y es inabarcable. Al lado de El, el mundo es «como una
gota de agua que cae sobre la tierra» (Sab 11,23). Pero, al encarnarse el Verbo,
adquirió un modo de presencia muy particular, una presencia ceñida a la carne
humana, la cual toda ella ha quedado «verbificada» 4.
5
Or. Cat. 25: MG 45,65-66.
Ni el Padre ni el Espíritu Santo podían haber pronunciado las palabras que Jesús,
con la entonación triunfal y tierna que sólo El tenía derecho a usar, dirigió a la
Magdalena después de haber resucitado: «Anda, ve a mis hermanos y diles...» (Jn
20,17). Verdad es que, como páginas atrás advertimos, señala luego la diferencia
entre «mi Padre y vuestro Padre»; pero nada de esto refuta o entibia cuanto
venimos diciendo.
También Pablo utiliza una frase que es a primera vista decepcionante: el Hijo de
Dios se hizo «semejante a los hombres» (F1p 2,7). ¿Semejante tan sólo? La más
elemental exégesis sale al paso: no se trata de una semejanza similitudinaria, sino
real. El mismo Pablo se apresura a explicarlo a continuación: «se humilló, hecho
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». ¿Cómo iba a morir, cómo iba a ser
crucificado desprovisto de verdadera carne? ¿Cómo iba a representar a los
hombres en su sacrificio, si El no era hombre cabal? En la encarnación, Dios sacó,
de un vencido, un vencedor 6. El primer Adán fue vencido, el segundo Adán
venció. Ambos pertenecen a la misma estirpe. «El que santifica y los santificados
son de un mismo linaje» (Heb 2,11). A Cristo pueden con toda exactitud aplicarse
aquellos dos ablativos que el autor de la carta a los Hebreos usa para definir al
sacerdote (Heb 5,1): «en favor de los hombres», pues toda la existencia del Verbo
encarnado está configurada por el propter nos homines, y «de entre los hombres»,
entresacado de ellos, procedente de ellos.
Con mucho éxito desarrolla Pablo el tema de «Cristo, nuevo Adán». No creáis que
usa este título por la figura de Adán en sí misma, para cantar las perfecciones del
hombre original, ni tampoco para exaltar, tras la comparación de Cristo con
nuestro primer padre, la superioridad y preeminencia de aquél.
6
SAN JUAN DAMASCENO, De fide orth. 3,1: MG 94,984.
Lo hace sólo para poner de relieve la obra de Jesús, al mismo tiempo opuesta y
semejante a aquella que el primer hombre llevó a cabo. En su carta a los
Romanos contrapone la obediencia de Cristo a la desobeciencia de Adán (5,12-
21). Mas no en un sentido puramente moral o pedagógico, sino soteriológico. La
obediencia causó la salud, igual que la desobediencia produjo la ruina. Después,
en la primera carta que escribió a los Corintios (15,45-49), expone el paralelo entre
Adán, «alma viviente», y Cristo, «espíritu vivificante»; paralelo y contraste, ya que,
mientras del primer hombre heredamos una vida «carnal» traspasada de
corrupción, Cristo nos lega la vida de la salud, la vida «espiritual», inaccesible a
los vejámenes del tiempo y al aguijón de los malos ángeles.
Esta vivificación se realizó asumiendo el Verbo la carne de Adán, pues «lo que no
fue asumido, no fue sanado» 7.
Antes hemos dicho que nuestra afinidad con el Hijo, no así con el Padre o el
Espíritu Santo, es peculiar. Del mismo modo resalta sobremanera esta
peculiaridad si los tratos y relaciones que Jesucristo mantiene con la especie
humana los comparamos con aquellos otros que dedica al resto de la creación.
Cristo es, por supuesto, el soberano del universo; lo llena todo (Ef 4,10). Es la
cabeza de los príncipes celestes (Col 2,12), no menos que la cabeza de la
humanidad (Col 1,18). Es «el primogénito de toda criatura» (1,15), anterior a todas
ellas (Col 1,17) y causa de ellas, «tanto las del cielo como las de la tierra, las
visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las
potestades» (Col 1,16). Hemos de añadir, no obstante, que el Verbo encarnado
goza sobre los hombres de una soberanía muy singular. «A El sujetó todas las
cosas bajo sus pies y (especialmente) le puso por cabeza de todas las cosas en la
Iglesia, que es su cuerpo» (Ef 1,22).
7
SAN GREGORIO NACIANCENO, Epist. IOI : MG 37,181.
¿Por qué? Porque Cristo llegó a ser centro del mundo sólo después de haber
terminado su sacrificio, «pacificando por la sangre de su cruz todas las cosas, así
las de la tierra romo las del cielo» (Col 1,20). Ahora bien, este sacrificio suyo lo
llevó a cabo en carne humana mortal. Mientras no lo hubo consumado, hallábase
abatido por debajo de los ángeles (Heb 2,7), capaz de ser consolado por ellos (Le
22,43); sólo después de resucitar «fue constituido mayor que los ángeles» (Heb
1,4).
Entre todas las especies creadas, es la humanidad quien tiene vínculos más
estrechos, y muy particulares, con el Hijo de Dios. «Pues, como es sabido, no
socorrió a los ángeles, sino a la descendencia de Abraham» (Heb 2,16). Cuando
Santo Tomás trata de probar que la naturaleza humana fue más apta que
cualquier otra para ser asumida por el Verbo, se funda en dos razones: su mayor
dignidad y su mayor necesidad 8. La dignidad del hombre, por esa condición
intelectual suya que lo habilita para conocer y amar despierto a Dios, resulta ser
muy superior a la de todos los irracionales; por otra parte, su necesidad de
reparación la hacía preferible a la naturaleza de los ángeles, «ya que, si bien la
naturaleza angélica en algunos de sus miembros está sometida al pecado, éste es
en ellos irremediable».
También los ángeles confiesan con júbilo que «Jesucristo es el Señor» (F1p 2,11).
Pero ¿cuál de ellos puede llamarle «hermano»? Únicamente el hombre ha sido
autorizado para hospedar en su casa, en el destartalado refugio de su corazón, a
aquella que, siendo Reina de los ángeles, es hija de Eva.
Dios hizo un día al hombre a su imagen y semejanza (Gén 1,27). Muchos siglos
más tarde, Dios se hizo «en todo a semejanza nuestra» (Heb 4,15). Se transformó
el modelo en copia, y la copia en modelo. Dios se hizo uno de nosotros. Su
inteligencia, sus sentimientos, su sensibilidad, funcionaban lo mismo que los
nuestros; su bendito cuerpo, a lo largo de nueve meses de gestación, durante
treinta y tantos años de vida, fue dócilmente siguiendo la curva común impuesta a
todo cuerpo humano. Fue Cristo un hombre, un hombre individual, con madre y
patria, con sus costumbres propias, con sus fatigas y preferencias particulares; un
hombre concreto, «este Jesús» (Act 2,32). Pero, al mismo tiempo, dada la
trascendencia de su divina persona, pudo y puede acoger en
Nada más inútil y más pernicioso que esa tendencia a mantener a Dios y al
hombre en dos mundos aparte, esa tendencia a evitar a toda costa cualquier
aproximación o trasiego. Se pretende que la idea del hombre no contamine la idea
de Dios, que lo sobrenatural sea puro sobrenatural; que la idea de Dios no
trastorne tampoco la autonomía de los órdenes humanos, que lo natural sea puro
natural... Nada más irrealizable de hecho, nada más ofensivo, como principio, a la
encarnación.
El Verbo se hizo hombre. Mas no por eso dejó de ser Dios. Jesús era una persona
divina. Mas no por eso la divinidad llegó nunca a abrasar la tierna flor de su
humanidad. Jesús de Nazaret fue verdadero Dios y verdadero hombre. Totus in
suis, totus in nostris.
Sabido es, a este respecto, que las herejías han sido innumerables; todas las
posibilidades de error fueron ya tentadas y agotadas. Hubo herejes que
rechazaron la divinidad de Cristo; otros pusieron en duda su humanidad, bien sea
en lo relativo al alma o al cuerpo. Hubo quienes se negaron a admitir en El unidad
de personas, partiéndolo y deshaciéndolo en dos, y otros que de tal forma se
extralimitaron en la defensa de esa unidad, que llegaron a negar la dualidad de
sus naturalezas.
Nosotros sabemos que las naturalezas de Cristo siguieron siempre siendo dos. Su
humanidad, a pesar de ser tan menuda y débil cosa, no se disolvió en naturaleza
divina (así desaparece, según la célebre imagen de Eutiques, una gota de vinagre
en la inmensidad de la mar). Humanidad y divinidad no se juntaron tampoco en el
Verbo encarnado como dos realidades primeramente perfectas, pero
transmutadas luego al efectuarse la unión, a la manera de lo que sucede con el
oxígeno y el/hidrógeno cuando se combinan para formar el agua: el agua no es ya
ni oxígeno ni hidrógeno, y Cristo ¿no es Dios ni es/hombre? Resulta inimaginable
un tertium quid; el centauro, a fuerza de ser a un tiempo caballo y hombre, no es
una cosa ni otra, y a fuerza de no ser ni hombre ni caballo, es nada más una
exangüe fantasía. Por otra parte, en la naturaleza divina, tan intocable, tan
superior, se hace inconcebible cualquier transformación o mudanza: ni ella puede
convertirse en otra cosa ni otra cosa en ella. ¿Habrá que pensar, entonces, en
alguna forma de unión entre ambas naturalezas tan respetuosa que equivalga a
mera cortesía, a convivencia pacífica, a íntimo alejamiento? Mas tampoco la
encarnación consiste en el enlace de dos realidades perfectas que luego, una vez
puesta la una cabe la otra, continuasen en sí mismas sueltas e independientes, tal
como vemos que acontece en una pared hecha de varias piedras: tal unión sería
demasiado artificial y exterior. Ni vale, por último, hablar tampoco—con el fin de
respetar a un tiempo la íntima fusión y la no transmutación de los elementos,
según se observa en nuestra naturaleza, compuesta de cuerpo y alma—de
elementos imperfectos: ¿acaso no son en Jesucristo perfectas, y enteras, y
cabales, tanto su humanidad como su divinidad?
La humanidad de Jesús, aunque subsistiera en una persona divina, era del todo
perfecta. Simplemente ocurrió que en ella fue impedido ese efecto natural de la
«subsistencia en sí» que emana de toda naturaleza: sólo así podía evitarse que se
erigiera en persona distinta de la divina, lo cual vendría a incapacitarla para la
unión personal con el Verbo. Tal represión, sin embargo, o extinción no
empobrecía en absoluto dicha humanidad, ya que se le otorgaba el privilegio,
mucho mayor, de subsistir en la persona del Hijo de Dios; ¿no supone esto una
muy grande ventaja? De esta forma, el hombre Cristo es el Hombre ideal.
Tenemos a mano analogías que pueden ilustrarla. Pero recordad que toda
analogía consiste en una semejanza desemejante; es, por tanto, un buen medio
de comprensión hasta cierto límite, hasta donde llega la similitud, pasado el cual
conviértese en piedra de tropiezo y error. De estas analogías o imágenes, las hay
más y menos afortunadas. Suelen citarse el hierro candente, el cristal atravesado
por un rayo de sol, el hombre perito a la vez en medicina y en leyes. Y es verdad:
Cristo también es hombre y Dios a un tiempo, sin mitades; su humanidad está
imbuida de divinidad, lo mismo que el hierro o el vidrio están traspasados de fuego
o de sol. Pero advirtamos: todas estas comparaciones son accidentales.
Accidental es también el vestido, esa otra imagen tan usual. En efecto, aunque el
vestido adviene a la persona ya constituida, como la naturaleza humana se allega
al Verbo divino, sólo extrínsecamente y de muy floja manera se une al hombre que
con él se cubre. ¿Qué decir del injerto? El injerto, sí, se une al árbol con más
fuerza, se une físicamente, y, según ello, daría más acabada cuenta de lo que
queremos explicar; no obstante, vemos que no se une a todo el tronco, y, en
cambio, la naturaleza humana se une a toda la persona divina; no olvidemos
asimismo que el injerto tenía una existencia propia antes de ser injertado, en
contraste con la naturaleza humana de Cristo, inexistente por completo antes de
su unión con el Verbo.
Ya veis cómo son de pobres, e inservibles, todas las analogías. ¿No sería mejor
hablar de amor? Quien ama sale de sí y se dirige al amado, en él luego se instala,
y su yo es configurado por el tú. No de otro modo, en el Verbo encarnado, la
naturaleza humana es como arrancada de su propio centro y mantillo, y ya no
pertenece más a ella, sino al Yo del Verbo. Pero ¿acaso esto nos viene a iluminar
mucho más? Probablemente, no. ¿Tenemos tal vez alguna experiencia del amor
puro? ¿Hemos salido alguna vez realmente de nosotros mismos?
Quizá la comparación de la palabra nos resulte más persuasiva. Hay palabras que
tienen un inmenso poder, trastornan, conmueven, son capaces de hacer que
renazcan los espíritus. La palabra de Dios principalmente, que sacudía y
enajenaba a los profetas. Ya no hablaban ellos; era Dios quien hablaba a través
de ellos. ¿Qué ocurriría cuando, no ya las palabras de Dios, sino su Palabra se
apoderase de una naturaleza de hombre?
¿Qué más podemos agregar? Sucede que así como hay cosas más fáciles de
describir que de definir— ¿quién sería capaz de definir el «duende» de Andalucía
o el hechizo que despedía el Poverello?—, otras veces sucede al revés. Se puede
dar la fórmula científica, exacta, de la luz, pero no se puede describir o pintar sino
reflejada, es decir, más o menos negada. Igualmente, la encarnación es
susceptible de una definición intachable: la unión de la naturaleza divina con la
humana en la persona del Verbo. Pero, si queremos describirla, habremos de
recurrir a analogías, es decir, a imágenes que a la vez afirman y niegan.
Resulta curioso comprobar cómo Juan, que tanto insistió en la «carne» de Jesús,
tiene un concepto esplendoroso de la vida de éste. A diferencia de Pablo, para el
cual lo humano en Cristo era un terrible contraste, y la encarnación un
«anonadamiento» (F1p 2,7), Juan concibe aquello como una transparencia y ésta
como una manifestación de gloria: «El Verbo se encarnó, y habitó entre nosotros,
y vimos su gloria» (Jn 1,14). Pondera constantemente su visión de Jesús hombre,
mientras el Apóstol de los gentiles no quiere saber nada sino del Cristo celeste (2
Cor 5,16). Vive en un presente transido ya de gloria y beatitud. No necesita
esperar para que la gloria de Dios se le revele en Cristo. Por eso, en lugar del
discurso escatológico que nos dan los Sinópticos, él copió el discurso de la cena.
Ver a Cristo: he aquí el objeto de la esperanza de Pablo; haber visto a Cristo: he
aquí la razón de la esperanza de Juan.
9
Epist. 4: MG 77,45.
Con todo, aquella «gloria» que Juan vio y celebró hallábase demasiado oculta
para neutralizar por completo el espectáculo de sujeción y pobreza que toda vida
humana dispensa; estaba también lo bastante inactiva, misteriosamente ligada,
como para suprimir ninguna de las penosas dependencias que la encarnación
suponía. Jesús se sometió a nacer del tronco de Adán; aceptó tener, junto a la
relación filial para con su Padre eterno, otra relación filial hacia una criatura.
«Nació de mujer», dice Pablo; y añade: «nacido bajo la ley» (Gál 4,4). Es decir, no
sólo penetró en la historia, sino en esta historia precisa, la historia manchada y
azarosa de una humanidad en estado de esclavitud. He aquí la aportación
específicamente cristiana a la noción de Dios. Todos sus atributos estaban ya
explorados; todas sus dimensiones, registradas como ilimitadamente abiertas.
Todas menos una: la de su posible humillación por amor.
Es bien fácil escandalizarse de Jesús. Hasta es fácil hacerlo desde una actitud
pretendidamente religiosa. ¿Un Dios hecho hombre? ¿Un Dios crucificado?
¿Cómo pensar semejantes cosas de Dios? ¡Nos parecería un ultraje a su
dignidad! ¡No podemos admitir un Dios pasible!
Pero ¿por qué? ¿Por qué nos resistimos a admitir un Dios humillado? En el fondo,
y no hay otra razón, porque todo esto viene a humillar nuestro entendimiento,
porque nos obliga a reconocer cuán frágiles y provisionales son nuestros
conceptos sobre las cosas y principalmente sobre Dios. Negarse uno a aceptar
que el tres veces santo se encarne, no es precisamente indicio de poseer una
noción muy alta de Dios, sino más bien de estar muy orgullosamente aferrado a
las propias ideas. Nos ponemos a pleitear con el Señor acerca de cuanto El debe
y no debe hacer. Pero «mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis
caminos los vuestros, dice Yahvé» (Is 55,8). En definitiva, al discurrir como
discurrimos, lejos de mantener a Dios en su soberana altura, lo que hacemos es
rebajarlo indeciblemente: meterlo en la más menguada horma, en el estrechísimo
ámbito de nuestras nociones.
Quienes rasgan hoy sus vestiduras ante la idea de un Dios encarnado hállanse en
la misma línea en que se situaron un día los fariseos, escandalizados de que
Cristo alterase su concepto de la santidad cuando lo veían quebrantar la ley del
sábado o sentarse a la mesa con publicanos y pecadores. Pero ¿es
verdaderamente sólo nuestros esquemas lo que nos empeñamos en defender?
¿No se tratará, sobre todo, de nuestra rebeldía ante el Dios vivo, imprevisible, que
irrumpe aquí abajo cuando quiere y como quiere?
Es el Salvador la cifra del amor divino hacia los hombres, y su amor humano no es
otra cosa que la forma humana del amor divino. Este resplandece y se expresa en
Cristo y por Cristo. Con sus palabras fue mostrándonos Jesús que el amor de Dios
es semejante al de un esposo que ama sin desmayo a su mujer, semejante
también al amor de un padre, que jamás dará una piedra al hijo que le pide un
pan; un padre que recibe con los brazos de par en par abiertos al hijo que un día
abandonó la casa y dilapidó la herencia. Pero son sus obras, principalmente, las
que publican a los cuatro vientos el inmenso amor de Dios. Sus obras, resumidas
en su obra: su encarnación redentora. Lo mismo que la figura del árbol con ramas
se repite en cada una de sus ramas, así el amor general de la encarnación se
hace visible siempre que el Verbo encarnado cura a un paralítico o perdona a un
pecador.
La encarnación es la prueba máxima del poder divino. «¿Qué otra cosa hay, en
efecto, mayor que el que todo un Dios se haga hombre?» 10 Pero es, sobre todo, la
más eximia muestra de su amor (al fin y al cabo, ¿qué significa el poder de Dios
sino la suma de posibilidades de que dispone su amor?). Amor madrugador, amor
ilustre que decretó la encarnación; amor sin ocaso, amor de inconmovible firmeza,
que supo sobrevivir a aquella respuesta tan decepcionante que los hombres
dieron a semejante prueba de caridad. «Hombres fueron—escribe Santo Tomás—
los que dieron muerte a Cristo, como fue hombre Cristo, que sufrió la muerte; mas,
como fue mayor el amor de Cristo paciente que la iniquidad de quienes le dieron
muerte, la pasión de Cristo tuvo más poder para reconciliar con Dios todo el
género humano que para provocarle a ira» 11.
Y ¿cómo fue el hombre Cristo? Un hombre completo, del cual los evangelios nos
cuentan que ejercitó todas las pasiones: amor (Jn 13,1) y odio (Mt 4,10), deseo (Lc
22,15) y fuga (Jn 6,15), esperanza (Mt 26,39) y temor (Mc 14,33), ira (Mc 3,5) y
audacia (Lc 13,32), alegría (Lc 10,21) y tristeza (Mt 26,37).
Claro está que sus pasiones distaron mucho de lo que hoy comúnmente se
conoce con tal hombre, estas pasiones nuestras sacadas del cuadro teórico y
neutro que ofrecen los tratados de psicología y cargadas a la vez con ese tinte
peyorativo que el constante y desarreglado uso de los hombres les ha adjudicado.
De ahí que, en teología, las pasiones de Jesús se denominen con el excepcional
título de pro pasiones. Explicando la tristeza de Getsemaní, afirma San Jerónimo
que «nuestro Señor, para demostrar que era verdadero hombre, experimentó
realmente la tristeza; mas, como esta pasión no le dominó el espíritu, dice el
evangelio que sólo comenzó a entristecerse, declarándonos así que se trataba de
una propasión» 12. Comenzó la tristeza, y no cesó hasta el fin de su vida; comenzó,
y llegó en su intensidad a un límite que por sí misma pudo ocasionarle la muerte
(Mt 26,38). La única restricción es ésta: comenzó en la parte inferior de su alma,
en el apetito sensitivo, pero no continuó creciendo hacia arriba, hasta desbordarse
en su mente y apoderarse de ella, sino que supo mantenerla a raya, bien sujeta.
Por esto, porque jamás las pasiones alteraron el uso de su razón, ni previnieron su
juicio, ni le condujeron a objetivos no santos, vémonos obligados a llamarlas pro
pasiones, no pasiones simplemente. Cuando el significado recto de una palabra
ha degenerado, es menester sustituir esta palabra por alguna otra cada vez que
queremos nombrar aquello que todavía responde al sentido prístino del vocablo.
¿Quién llama ría hoy petimetre al «pequeño maestro» que da clases particulares?
Siempre que se estudian los hechos y dichos de Jesús, álzase un muro ante el
pensamiento que tiene la pretensión de penetrar en ellos; una invencib le fuerza
obliga a descalzarse a quien quiera llegar hasta la zarza incandescente.
Jesús amaba, sin duda a los hombres concretos de su tiempo, a todos cuantos
encontró en su camino; los socorrió en innumerables ocasiones. Pero también es
cierto que otras veces bien a las claras demost ró no interesarse demasiado por la
felicidad terrena de ellos; ésta sólo le importaba en orden al establecimiento del
reino, Cristo no se dedicó a la filantropía. No era tampoco un genio. Sus palabras
no alcanzan el insólito vigor que, desde un punto de vista literario, muestra un
Isaías, un San Juan de la Cruz, un Pascal. ¿Qué deducir de todo ello? Que,
mientras no sobrepasemos el nivel de lo puramente humano, ese mundo inferior
de los valores humanos, jamás se nos revelará el verdadero semblante de
Jesucristo. El no fue un genio, ni un héroe, ni. un reformador social. Fue un Dios
humillado por amor.
Con todo, se dan ya aquí abajo, en las almas, momentos de especial madurez.
¿Cuándo llega uno en la tierra a ser verdaderamente hombre? En verdad que esto
no ocurre a la hora en que uno triunfa y domina, y se admira luego en silencio a sí
mismo. Mas tampoco—aunque esto represente un estadio más alto—cuando uno
al fin fracasa, e interiormente se desprecia, y balbucea en su rincón: «Soy un
pobre hombre». La madurez llega aquel día en que el hombre se encuentra de
verdad frente al Hijo del hombre, y lo cree Cabeza y Primogénito y Redentor, y a sí
mismo se reconoce miembro y hermano y redimido—pecador redimido, vano
triunfador vencido y rescatado—y, con muy humilde admiración, acaba
enterándose de lo maravilloso que es eso de ser hombre.
Y, como aquel que al final de una carta se permitiera una frase de ternura, quiero
llenar la media cuartilla que aún me queda antes de cerrar el capítulo con una muy
afectuosa alusión a nuestra Señora.
14
Ad Rom. 6,2: MG 5,692.
LA VARA
1. Anunciación
Lo único que acerca de ella sabemos es que se llamaba María. Al conjuro de este
nombre, los ángeles se alborozan, el corazón humano se alivia, las cabezas de los
oficiantes litúrgicos se inclinan con veneración. Todos los autores espirituales se
han empeñado largamente en sacarle brillo a este nombre, se han afanado en
buscarle muy honrosas cunas, han desprendido de él las lecciones más varias y
edificantes. «Estrella del mar», «Señora», «Luminosa», «Bella», «Amada de
Yahvé»...
Pero una cosa parece la más cierta de todas: tal nombre era en Palestina
enteramente ordinario y vulgar. Con seguridad existirían en el mismo Nazaret
otras mujeres que llevasen ese nombre. Pues bien, lo que más nos desconcierta
es que el único dato que sobre María nos suministra el evangelio sea éste, que se
llamaba María (Lc 1,26). Por el contrario, acerca de Zacarías la información es
mucho más precisa y rica: dícese de él que era miembro de la clase sacerdotal de
Abía y que su mujer, Isabel, descendía de Aarón (Lc 1,5). El contraste entre
ambas narraciones—la anunciación a la Virgen y la anunciación a Zacarías—no
puede ser más significativo.
Alégrate, porque «el Señor es contigo». A Isaac y a Jacob, a Moisés y a Josué les
había prometido Dios: «Yo estaré contigo» (Gén 26,3; 31,3; Ex 3,12; Jos 1,5), y
quería significarles con ello su especial asistencia para que pudieran sin tropiezos
llegar a la tierra prometida y posesionarse de ella. Ahora alégrate tú, María,
porque el Señor está contigo y te introduce ya en una tierra que mana leche y
miel.
La Iglesia canta su gloria con aquellas mismas palabras que celebran a la muy
santa y dichosa Jerusalén: «El rey está prendado de tu hermosura. Pues él es tu
señor, sírvele a él. Los tirios vienen con dones, los ricos del pueblo buscarán tu
favor. La hija del rey se halla resplandeciente, su vestido está tejido de oro.
Cubierta de diversos colores es llevada al rey; detrás de ella, las vírgenes, sus
amigas. Acompañadas de música y júbilo, entran en el palacio real. A tus padres
sucederán tus hijos, los nombrarás príncipes por toda la tierra. Se cantó tu loor por
generaciones y generaciones. « ¡Alábente, pues, las naciones por los siglos de los
siglos!» (Sal 45,12-18).
Ella se turbó al oír tales palabras y discurría qué podría significar aquella
salutación. El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de
Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre
Jesús. El será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono
de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no
tendrá fin. Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?
El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo
te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado
Hijo de Dios. E Isabel, tu pariente, también ha concebido un hijo en su vejez, y
éste es ya el mes sexto de la que era estéril, porque nada hay imposible para
Dios. Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y
se fue de ella el ángel (Lc 1,29-38).
¿Conocía ella el verdadero destino del Mesías? ¿Tenía acerca de éste la misma
mentalidad—no decimos las mismas bastardas aspiraciones—que demostraron
los apóstoles, suponiéndolo un caudillo glorioso que restauraría la casa de Israel y
extendería su dominación hasta los últimos confines? ¿Entendió acaso en sentido
material las palabras del ángel relativas al «trono de David»? ¿O más bien estaba
ya familiarizada con aquellos vaticinios de Isaías que prenunciaban un «varón de
dolores» (Is 53,3)?
Dios nunca hace trampa. Dios no oculta nada a la hora de pedir al hombre una
respuesta. Sin duda que María no ignoró por completo la pesadumbre de la misión
que en aquel instante se le brindaba. Nada podía saber con exactitud, pero es de
suponer que, cuando pocos meses después Simeón le habló de una cruel espada
que atravesaría su corazón, estas palabras vinieron a enlazarse fácilmente con el
presentimiento que ella ya tenía y con las innegables luces que recibió del Señor
antes de pronunciarse afirmativamente ante el ángel.
Pudo muy bien haber rehusado lo que se le proponía. Los teólogos hablan de una
santificación primera, que databa de su concepción sin mancha, y de una segunda
o plena santificación causada por el descenso del Verbo a su seno.
Absolutamente, aún era libre de elegir... No pudo ser negado a la segunda Eva
aquello que a la primera mujer fue concedido: la posibilidad de decir sí o no.
¿Quién será capaz de introducirse en un alma tan singular y adivinar sus
movimientos? Sólo una certeza poseemos: que jamás consintió María en la más
pequeña imperfección. Pero desconocemos la historia interior de tan absoluta
pureza, las vicisitudes de su libertad, las opciones ante las cuales se halló, las
tentaciones que hubo de soportar. Ningún escándalo puede producir esta palabra
en quienes están ya debidamente informados sobre las tentaciones de Jesús. Y
cuantos recuerden el emocionante clamor de Getsemaní carecerán de motivos
para descartar como improcedente la sospecha de una secreta angustia en la
Virgen a la hora de aceptar el cáliz de su tremenda maternidad. El cuadro de la
anunciación es tan dulce y tranquilo, tan azul, tan tradicionalmente orlado de
palomas y arbustos, que casi por instinto alejamos de él toda idea de sufrimiento,
de lucha e incertidumbre. El evangelio, es verdad, nada dice acerca de todo esto;
pero la teología, ni aun la más denodada defensora de los privilegios marianos,
puede prohibirnos que lo pensemos.
Tras el ofrecimiento de Gabriel, hubo un corto silencio. El tiempo suficientemente
largo para que quedara en suspenso la suerte del Creador y de toda la creación,
el tiempo suficientemente breve para que no se alterara—no ya en dirección, pero
ni siquiera en ritmo—la ininterrumpida entrega a Dios de aquella criatura
excepcional.
Y luego dijo que sí. O mejor, dijo fiat, hágase. No es el fiat del Génesis, cuando el
Señor decía «hágase la luz, hágase la tierra». Es un fiat que da comienzo a la
segunda creación, pero pronunciado esta vez con labios humanos, con muy frágil
garganta. Por eso no es una iniciativa, sino una contestación; no es ninguna
orden, es un acatamiento. Es un fiat humilde. Decir sí quizá hubiese sido menos
delicado: como si todo no hubiese estado ya misteriosamente resuelto...
Fiat, y la luz fue hecha, y el Verbo se hizo carne. Al ecce ancilla de la criatura
siguió inmediatamente el ecce venio del Salvador.
«Nada hay imposible para Dios»: ni la fecundación del vientre árido de Isabel, ni
tampoco la encarnación del Verbo.
2. La Virgen
«He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo» (Is 7,14).
¿Está bien traducida así la frase de Isaías? ¿Es correcto sustituir el almah hebreo
por virgen? Es correcto por lo menos en la misma medida en que sería acertado
decir «Hijo de Dios» allí donde el texto original dijese «Jesús de Nazaret». Pero lo
que es suplantación legítima en el orden de la realidad, quizá no lo sea tanto en la
simple línea del idioma. Parece ser, a juicio de algunos, que almah significa nada
más «muchacha», sin ulterior calificación. Ahora bien, puesto que esa muchacha a
la que Isaías alude concibió sin mengua de su entereza, suelen las traducciones
usar la voz «virgen», sin que por ello sufra lo más mínimo la verdad de lo que allí
se cuenta. Es, pues, una versión a posteriori, y sería absurdo pensar que la
afirmación cristiana de una madre virgen se apoya en la profecía de Isaías; muy
por el contrario, el sentido de la profecía ha venido a esclarecerse después con el
testimonio de los hechos.
Isaías relata en ese capítulo los apuros de Ajaz, rey de Judá, asediado por las
huestes de Siria y Efraím. Le promete Yahvé eficaz ayuda, pero tiene buen
cuidado en advertirle que será esta ayuda lo que salve al pueblo, y no las fuerzas
humanas con que Ajaz pueda colaborar. Que no atribuya, pues, luego a su propio
brazo la victoria, ya que ésta se deberá exclusivamente al socorro del cielo:
vendrán las moscas de Egipto y las abejas de Asiria, convocadas por el silbo de
Yahvé, y exterminarán a los enemigos. Aquí precisamente, en esta promesa de
asistencia divina, es donde se inserta el vaticinio de la singular concepción. Se
trata, por tanto, de afirmar y subrayar que todas las grandes obras tienen a Dios
por autor, el cual «eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes, y lo
que no tiene nombre, lo que el mundo desprecia, lo que es nada, lo eligió para
destruir lo que es, a fin de que nadie pueda gloriarse delante de Dios» (I Cor 1,27-
29).
Pero apresurémonos a anotar una diferencia de gran tomo: aquello que en las
otras mujeres era involuntario y como impuesto, en María constituyó una libre
ofrenda, una voluntaria dedicación: el voto de virginidad. Su floración perfecta,
incluso antes de fructificar, suponía ya una gracia cristiana. Por eso afirma San
Agustín que «la dignidad virginal comenzó con la madre de Dios» 1.
Y comenzó precisamente porque ella fue la madre de Dios. Lejos de significar dos
cosas incompatibles, virginidad y maternidad se implican y se dan abrazo
estrechísimo. Veámoslo.
El Padre es Dios por excelencia, sin principio. María es la criatura por excelencia,
voluntariamente vaciada de sus fuerzas personales, en total sujeción respecto del
Creador. Ahora bien, esta su condición virginal le permite llegar a ser madre con
una plenitud que ninguna madre del mundo ha conocido nunca: Jesús es
humanamente hijo de ella y de nadie más. Criatura por completo abierta y
disponible para Dios, María es visitada por éste y regalada con el máximo don.
Toda madre lo es por comunicación del padre, porque acoge el don del padre.
Toda maternidad, según esto, supone una dependencia, bien sea del varón, bien
sea de Dios. Por eso la Virgen, criatura dependiente por antonomasia, llega a ser
la madre por excelencia. Si la paternidad o iniciativa fecundante es lo peculiar de
Dios, la maternidad es lo propio de la criatura (mejor dicho, la «maternalidad», la
capacidad de ser fecundados).
1
Serm. 51,16: ML 38,348.
3
SAN LEÓN MAGNO, Serm. 28,2: ML 54,222.
4
SAN AMBROSIO, De virg. 1,11: ML 16,192.
Dios pide de sus criaturas, sobre todo, fe. Abraham tuvo un hijo cuando creyó de
veras en la palabra de Dios, a pesar de su ancianidad; y alcanzó la máxima
bendición cuando, por orden de Dios, se dispuso a sacrificarlo, es decir, cuando
su fe se demostró adulta, victoriosa de todas las apariencias.
«Abrase la tierra y produzca al Salvador». Bastará que la tierra se abra por sí sola,
no habrá necesidad de azada ni agricultura.
El paralelismo entre Isaías (45,8) y Lucas (1,35) es notable: «Enviad, cielos, desde
arriba, el rocío.—El Espíritu Santo vendrá sobre ti». «Que se extiendan las nubes.
—La virtud de lo ato te hará sombra». «Abrase la tierra y produzca al Salvador. —
Lo que nacerá de ti será santo y será llamado Hijo de Dios».
Cabe ahora preguntarse por qué eligió Dios este modo de nacer, por qué quiso
nacer de una madre virgen. Desde luego, podía muy bien haber nacido, si ésa era
su voluntad, del enlace común de una mujer y un hombre.
¿Por qué, sin embargo, a pesar de no hallarse desdoro ninguno en todo esto,
prefirió Jesús nacer de una doncella?
Pero la virgen de Isaías no sólo concebirá, sino que también «parirá un hijo».
Virgen antes del parto, en el parto y después del parto.«Dijo Yahvé: Esta puerta
quedará cerrada, no se abrirá ya ni entrará por ella hombre alguno, pues ha
entrado por ella Yahvé, Dios de Israel; por tanto, ha de quedar cerrada» (Ez 44,2).
Todo aquello que en los evangelios pueda leerse como refutación de esta
perseverante virginidad debe ser entendido en su recta acepción hebraica. El «hijo
primogénito» (Lc 2,7) no implica que luego nacieran otros. Si José no cohabitó con
María «hasta que ésta dio a luz a su hijo» (Mt 1,25), tampoco se sigue que
después lo hiciera. Por lo que respecta a los «hermanos» de Jesús (Mt 13,54-56; Act
1,14), ya se sabe que esta denominación tiene en hebreo un ámbito mucho más
amplio, que abarca a todos los primos. Los más recientes estudios sobre el idioma
vienen a corroborar esta interpretación tradicional.
Incidentalmente hemos dado por supuesto que María había hecho propósito de
virginidad. Suposición impugnable para algunos, pero aceptada por la mayoría de
los exegetas.
Dice, es verdad, «no conozco varón»; no dice «no conoceré». Sin embargo, a
nadie se le oculta que es de uso cotidiano emplear el presente con sentido
proyectado al futuro: «Yo no hago esto» manifiesta mi voluntad de no hacerlo
nunca. Además, hablar en futuro hubiera sido en aquel momento una expresión
demasiado enérgica. ¿No se le pedía, sobre todo, docilidad? Pues más vale
abandonarse a los designios del Señor. Ciertamente, su contestación no es:
«Pues Dios quiere que sea madre, conoceré varón». Ello supondría dar a las
palabras del ángel un sentido que éste no había querido imponer; ¿y no sería
también contradecir, más que su voluntad personal de seguir virgen, aquella
antigua intuición, concedida por Dios, de que jamás había de dejar de serlo? No
obstante, tampoco dice lo contrario. Usa de una fórmula que hoy nos parece la
única posible por estar ya muy habituados a su lectura, pero que, bien mirada,
entraña un raro equilibrio, un prodigio de bien hablar.
Nada arguye, por otra parte, contra este voto su matrimonio con José. Aunque
últimamente, sobre todo a raíz de los descubrimientos de Qumran, se ha
averiguado que la virginidad tenía en Palestina una existencia más o menos
sancionada, no hay duda que la solución ideal para que María pudiese entonces
defender su tesoro era unirse a un hombre animado de idénticos propósitos. Tal
matrimonio nos resulta, ciertamente, demasiado singular y peregrino. Pero ¿acaso
lo era menos el mismo voto de castidad? Y, sobre todo, ¿acaso lo era menos el
alma, rigurosamente única, de la Inmaculada?
Se suelen a veces citar los grandes devotos de Nuestra Señora: San Bernardo,
San Germán, San Luis María Grignion de Montfort, San Alfonso María de Ligorio...
Personalmente creo que no ha habido nadie en el mundo que amase con mayor
fervor a la Virgen que su propio marido. Esto, por supuesto, no se puede probar;
pero lo lógico es que antes, en buena ley, habría que demostrar lo contrario.
Guitton dice una vez admirablemente que María virginizó a José, lo mismo que
había de hacerlo después, a lo largo de la historia, con tantas y tantas almas
acogidas en sus luchas a tan alto patrocinio. La pureza y sosiego de aquella unión
debió de ser como un trasunto de la primera pareja antes de pecar. Con la
particularidad de que, al revés de lo que aconteció en el paraíso, parecía más bien
el varón haberse desprendido de la mujer, de algún sueño suyo inefable. Estaba
hecho a su semejanza.
José, virgen por la Virgen, custodió delicadamente esta flor sin par. «En lugar de
arrebatarle con violencia aquello de que había hecho voto, se lo defendió contra
los violentos» 8.
Santo Tomás, un poco casi con el deseo expreso de agotar las razones, nos da
nada menos que doce motivos por los cuales convenía que la Virgen estuviera
casada con José 9:
a) Para que Jesús no fuese desechado por los infieles como hijo ilegítimo.
b) Para que, según el uso, pudiera ser redactada su genealogía a partir del padre.
e) Para que María no fuera apedreada por los judíos como adúltera.
i) Para que fuese más creíble el testimonio de la esposa que el de una soltera
encinta.
j) Para quitar toda excusa a las doncellas casquivanas que no evitan su deshonor.
9
Suma Teol. 3,29,1.
k) Para que en ello se viera significada la Iglesia, esposa virginal de un solo varón.
Pero, mientras tanto, en ese tiempo que medió entre el día en que se hizo ya
ostensible el embarazo de la Virgen y el día en que el ángel dio a José la
explicación del suceso, ¿qué pensó éste acerca de su mujer?
¿Llegó a creer que era culpable? Pero ¿quién iba a sospechar tal acción en ella?
¿Y quién es capaz de atribuir semejante suspicacia a José? Podía haber ocurrido
otra cosa: su mujer había sido víctima de un atropello. El entonces se reprocharía
haberla dejado partir sola hacia el lejano pueblo de Isabel. Mas, si así era, ¿por
qué no había dicho ella nada?
¿O juzgó José que aquello que su esposa llevaba en las entrañas era el fruto de
alguna portentosa intervención divina? Quizá por eso determinó alejarse de ella,
embargado por el respetuoso temor que la presencia de lo sagrado suele siempre
suscitar. Así obró el centurión cuando rogó a Jesús que no entrase en su casa (Mt
8,8); la misma reacción tuvo Pedro el día de la pesca milagrosa: «Apártate de mí,
Señor, que soy hombre pecador» (Lc 5,8). ¿Supo incluso José toda la verdad de
su esposa y se sintió indigno de vivir junto a ella? No parece probable, pues en tal
caso holgaba la explicación nocturna del ángel: «José, hijo de David, no temas
retener a María, tu esposa, porque lo que ella' ha concebido es del Espíritu Santo»
(Mt 1,20).
He aquí la otra cara del misterio: el mutismo de María. Pues ella no sufría menos:
se trataba de su reputación y, mucho más, de la ternura de aquel hombre tan
querido. Valoraba demasiado ese amor para que mirase con indiferencia la más
mínima grieta que pudiera comprometerlo. ¿Por qué, no obstante, calló?
No fue por pudor. ¿Le faltaban acaso a ella, a la Purísima, palabras limpias,
intactas, para contar lo que había pasado? No fue tampoco porque desconfiase de
la fuerza de su propio testimonio: José creería incluso que los bueyes de Abiatar
habían emprendido el vuelo antes que dudar de una sola palabra pronunciada por
su mujer. Si María guardó silencio, no fue por nada de esto. Fue por un impulso de
sutil docilidad al Señor. El ángel, durante su mensaje, no había aludido para nada
a José. Nada había explicado acerca de la nueva situación que se creaba para la
pareja. La concepción milagrosa del hijo, ¿ratificaba su relación matrimonial o la
ponía en entredicho? ¿Qué actitud debían tomar ante lo ocurrido? Gabriel no lo
dijo. Dios no había dicho nada. No había dicho nada todavía:.. ¿No era preferible
esperar y, mientras tanto, abandonarse a El? En sus manos lo dejaba todo.
Por fin, José obtuvo del cielo la explicación que su corazón urgentemente
necesitaba. Quedó satisfecho, pero abrumado; casi asustado, pero muy contento.
Pensando ya en cómo había de gastar su vida, qué gozosamente, para sostener
la vida de aquella mujer y de aquel Niño. Imaginando ya, con alegría ingenua, las
pequeñas mejoras que pronto llevaría a cabo en la casa...
4. La visitación
El silencio que María observó ante José adquiere un mayor relieve, y desconcierta
más, si acudimos a contrastarlo con la confidencia que, de labios de su prima,
recibió muy pronto Isabel.
¿Por qué a su prima sí, por qué a su esposo no? Traigamos a la memoria el texto
de la anunciación: allí donde no se nombra siquiera a José, se habla con detalle
de Isabel y de su embarazo. Y no precisamente de modo incidental, sino como un
dato bien pertinente y considerable, que es menester situar en la misma línea de
operaciones salvíficas de Yahvé, en conexión muy estrecha con el contenido de la
anunciación. Isabel entra, pues, de algún modo en los planes de Dios sobre María.
María había sido convidada al gozo mesiánico: « ¡Alégrate!» Nada se nos dice
acerca del modo como se sometió a tan saludable invitación. Después de partir el
ángel, el relato se cierra súbitamente, sin agregar una sola palabra. ¿Cómo
quedaría la Virgen? Grávida de Dios. Llena de gozo, sin duda. Lo que en esa
primera narración se nos oculta, va a ser revelado en la página siguiente: «Mi
espíritu se estremeció de alegría en Dios mi Salvador» (Lc 1,47).
«En aquellos días se levantó María y marchó con presteza a la montaña, a una
ciudad de Judá» (Lc 1,39).
Los exegetas miran con lupa cada una de sus palabras. Las aíslan, las vuelven a
engarzar. Las emparentan con las de otros himnos bíblicos; con el de Ana, madre
de Samuel, sobre todo. Dicen que el elogio que ésta hace de Yahvé, quebrantador
de los arcos de los potentes, dador de la muerte y de la vida, resuena de modo
insistente en el Magnificat. Sin embargo, dicen a continuación que en este cántico
se hallan acentos que es imposible en absoluto encontrar en el resto de la Biblia.
También insinúan que una mujer israelita podía con facilidad improvisar en
cualquier instante unas laudes admirablemente rimadas.
Quiero copiar un párrafo escrito por Santa Teresa de Lissieux: «Soy demasiado
pequeña para sentir ahora vanidad. Soy demasiado pequeña también para
tergiversar bellamente las frases a fin de haceros creer que tengo mucha
humildad. Prefiero convenir con sencillez en que el Todopoderoso ha 'obrado
grandes cosas en el alma de la hija de su divina Madre; y la más grande de todas
es precisamente la de haberle dado a conocer su pequeñez y su impotencia» 10.
Creo que es un párrafo maravilloso y de mucha luz. Pues bien, es tan sólo la
mitad de un asterisco de un Magnificat.
10
Manuscrito dirigido a la Madre María de Gonzaga, Obras completas (Archivo Silveriano, Burgos 596o) p.368.
Durante la conversación que el ángel sostuvo con José para informarle acerca del
hijo concebido por su esposa, nombra a éste con dos títulos: Jesús y Emmanuel.
«Jesús, porque salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,21); «Emmanuel, que
quiere decir Dios con nosotros» (1,23).
Aquélla es una manera de concebir las cosas más histórica, más lineal. Esta es,
en cambio, más redonda, y coloca el plan divino bajo una luz más radiante.
Sabido es que el Padre nos ama en el Hijo y que nosotros le amamos en el Hijo.
La encarnación en cuanto descendimiento nos revela el misterio de Dios, y la
ascensión—ascensión del Primogénito y de todos los hombres, pues El subió a la
gloria «como precursor» (Heb 6,2o)—nos descubre el misterio del hombre. El
misterio de Dios es su humanización; el misterio del hombre es su divinización.
Todo esto, ciertamente, implica la destrucción del pecado, pero no en un sentido
superior al que diariamente observamos cuando amanece: la llegada de la luz trae
consigo la huida de la noche. Es decir, no se levanta el sol para ahuyentar las
tinieblas, sino más bien éstas desaparecen porque aparece el sol.
El hecho de que la encarnación haya sido redentora añade, es verdad, algo muy
concreto que no podemos nosotros menospreciar o pasar por alto, ya que eso
precisamente ha servido para hacernos su amor más explícito y persuasivo.
¿Dónde entender mejor el amor de Dios que a los pies de un crucifijo? Y no es
sólo pedagógica tanta diferencia: la gracia ha sido otorgada no ya simplemente a
quienes no la merecían, como en el caso de Adán, sino a cuantos eran
positivamente indignos de ella.
Finalmente, a ese amor de Dios en el cual hemos dicho se funda todo, nos
interesa también atribuirle un último adjetivo.
Semejante amor, ¿por qué no nos enamora del todo, en seguida y para siempre?
Parece fácil la respuesta: porque el pecado persiste todavía en nosotros. Sin
embargo, esta respuesta no es satisfactoria; lo único que hace es retrotraer la
cuestión. Efectivamente, podemos preguntarnos todavía: ¿y por qué ese amor, tan
poderoso como es, no acaba de extirpar nuestro pecado? ¿Es que Dios no puede
de un golpe abrasar nuestras malas raíces, no puede inspirarnos tal
aborrecimiento del mal que caigamos de bruces a sus pies, traspasados de
contrición?
La respuesta tiene por fuerza que referirse al misterio de nuestra libertad, al hecho
de que Dios voluntariamente nos ha querido libres. Ahora bien, este designio de
Dios presupone una ulterior calificación para su amor: se trata de un amor
despojado de toda violencia; un amor que no se apodera de nada: lo mendiga
todo; un amor que no arrebata: solicita.
CAPÍTULO III
EL PIMPOLLO
1. Santa Navidad
Beth-lehem: casa del pan. Casa del Pan. Por eso las poesías medievales
llamaban a la Virgen «cellararia», despensera. O, si no, granero, mesa puesta,
tierra de pan llevar. Antiguos y avisados orfebres hacían bustos preciosos de
María. Huecos, porque iban a ser sagrarios. En mitad del pecho, la puerta, para
reservar las sagradas especies. Allí se guardarían bien.
Aconteció, pues, en los días aquellos, que salió un edicto de César Augusto para
que se empadronase todo el mundo. Fue este empadronamiento primero que el
del gobernador de Siria Girino. E iban todos a empadronarse, cada uno en su
ciudad. José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de
David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Estando allí
se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió
en pañales y lo acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón
(Lc 2,1-7).
Pienso que no fue la pobreza lo que les impidió instalarse en el albergue. Fue, al
revés, su gran dignidad. Dios no permitió que su Hijo naciera en la promiscuidad
de una posada abierta a todo el mundo. Quienes tienen que vivir subarrendados,
saben de sobra que no es la estrechez, la apretura, lo que más hace sufrir, sino
esa angustiosa imposibilidad de recogerse a solas y defender la intimidad e
independencia por las cuales el hombre, más que por la comida o el techo, con
desazón suspira. Dios no quiso que la Virgen diese a luz rodeada de vana
curiosidad, envuelta en ruidos, incapaz de éxtasis. Y se la llevó al campo. Allí, en
libertad ¡y soledad, sola con José, parió al Niño Jesús. De todo cuanto la literatura
cristiana, más o menos convencionalmente, ha añadido al puro relato evangélico,
lo que más me ha gustado es esta frase que leí hace tiempo en San Ignacio de
Antioquía: el nacimiento de Jesucristo «ocurrió en silencio» 1.
Había en la región unos pastores que moraban en el campo y estaban velando las
vigilias de la noche sobre su rebaño. Se les presentó un ángel del Señor, y la
gloria del Señor los envolvió con su luz, y quedaron sobrecogidos de temor.
Díjoles el ángel: No temáis, os anuncio una gran alegría, que es para todo el
pueblo: Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de
David. Esto tendréis por señal: encontraréis al Niño envuelto en pañales y
acostado en un pesebre. Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército
celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la
tierra a los hombres de buena voluntad. Así que los ángeles se fueron al cielo, se
dijeron los pastores unos a otros: Vamos a Belén a ver esto que el Señor nos ha
anunciado. Fueron con presteza y encontraron a María, a José y al Niño acostado
en un pesebre, y, viéndole, contaron lo que se les había dicho acerca del Niño. Y
cuantos los oían se maravillaban de lo que les decían los pastores. María
guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron
glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído, según se les
había dicho (Lc 2,8-20).
Confieso que me cuesta mucho trabajo imaginarme bien aquellos pastores. Los
frágiles zagales que esculpió Salcillo son una cosa; los beduinos que moraban y
moran en Palestina son otra cosa. ¿Por qué no sabremos reprimir esta tendencia
nuestra a idealizar demasiado el evangelio? Contemplando en Roma, en Santa
María Maggiore, el santo pesebre, me he dado cuenta de que el oro no sólo exalta
la reliquia, sino que la oculta. Vengan, sí, vengan enhorabuena todos los
esfuerzos, los dispendiosos y enamorados esfuerzos que la cristiandad ha llevado
a cabo para dignificar, para enaltecer la memoria de sus grandes hechos
fundacionales. Es indicio de amor, cuando no ha sido fruto de la vanidad o de la
rivalidad excusable. Pero semejante práctica ha tenido también consecuencias
funestas: desconectarnos de la realidad histórica, hacernos ya inimaginable la
auténtica verdad y, sobre todo, eliminar aquella estremecedora lección que de los
hechos se desprendía. La lección, por ejemplo, de esa desconcertante
predilección de Dios hacia unos pastores, pero unos pastores tales que entre los
mismos judíos no sólo eran considerados inmundos por su desconocimiento de
las leyes de purificación, sino que eran también unánimemente reconocidos como
ladrones y malhechores en vista de sus constantes rapiñas; todos ellos eran
excluidos de los tribunales, y su testimonio jamás se aceptaba como válido en un
proceso legal.
Por fortuna, el mensaje no tenía ese sentido. La «gloria a Dios en las alturas» no
significa tanto la gloria que a Dios rinden los espíritus celestes cuanto al hecho de
que Dios mismo alaba su propio nombre, en presencia de la corte celestial,
cuando envía al mundo el Mesías prometido. Igualmente, «los hombres de buena
voluntad» no son tan sólo aquellos que están animados de la voluntad de hacer el
bien y lo hacen, sino todos, todos los hombres, objeto ya de la buena voluntad
divina, «hijos del beneplácito». La expresión «de buena voluntad» no tiene una
significación activa, sine pasiva. ¿Era acaso aquella hora—la hora cumbre de la
misericordia universal de Dios—momento oportuno para emplear palabras
restrictivas, para proclamar ya una selección y un repudio?
Los hombres de buena voluntad son sin duda, como el ángel acaba de decir poco
antes, «todo el pueblo». Somos todos. ¿Qué íbamos a hacer, si no, los de «mala
voluntad»? Porque ciertamente es muy consolador, para quienes no tenemos ni
sabiduría, ni gobierno, ni hacienda, ver que no han sido los sabios de Israel ni los
poderosos de la tierra los primeros convocados al portal. Es también demasiado
fácil—ya que, la verdad, no es tan difícil reconocerse uno impuro—sacar alegría al
comprobar que Jesús no ha llamado junto a sí a varones íntegros e irreprensibles,
sino a unas pobres gentes de mala fama. Pero lo que resulta sobremanera
improbable es hallar quien se confiese de veras hombre «de mala voluntad», de
aviesas intenciones, mal nacido, sórdido, con el corazón lleno de deslealtades.
Pues bien, este hombre, al que uno se siente capaz de perdonar, pero no de
admitir en su confianza, pertenece también al número de «los hombres de buena
voluntad». Quizá los pastores de Belén eran, cuando menos, personas de buenos
sentimientos, con el alma acaso gravada de peores crímenes que los judíos de la
ciudad, pero mucho más nobles y sencillos que éstos, y más que los sacerdotes
del santuario, y más que los romanos de Roma, y más que los griegos de Grecia.
Quizá. Quizá no; quizá ni siquiera eso. ¡Quién sabe! La ignorancia no coincide
precisamente con la sencillez. Hay corazones que son rudos y a la vez
terriblemente tortuosos. ¿Por qué, pues, Dios los eligió a ellos? Porque quiso. No
tengo a mano otra respuesta.
Los hombres excluidos del favor del mensaje, vulgares hebreos que vivían por allí
y por allí andaban a aquella hora, ¿de verdad eran tan malos? Nadie es malo sino
el diablo. ¿De verdad los afortunados pastores eran tan buenos? Nadie es bueno
—nadie es sencillo—sino Dios.
Dios es mayor que todos nuestros dibujos, mayor que nuestros pensamientos.
Pero no podemos reducirnos, bajo el pretexto de contemplar la cuna sin oros, y los
pastores sin aureola, a una mera evocación arqueológica. La liturgia es la única
maestra que puede enseñarnos la mejor manera de venerar el misterio. Y la
liturgia lo enmarca no en resplandores terrenales ni tampoco en deliquios y
emociones, sino en aquella gloria augusta de la generación del Verbo.
Todos los cantos de la misa de medianoche han sido extraídos de los salmos 2 y
110. Son salmos mesiánicos que exaltan al Hijo engendrado en la eternidad. La
misa de la aurora se sirve del salmo 93 para cantar la majestad de Yahvé, que «se
ha vestido de autoridad y se ha ceñido de fuerza»; llama al recién nacido
«Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre del siglo futuro». En la misa de
mediodía se vuelve a insistir en esta soberanía del Señor que «tiene sobre su
hombro el imperio». La dulzura de los fragmentos evangélicos queda así envuelta
por estas imágenes grandiosas, por este fuerte aroma de eternidad.
Es bien visible la línea creciente de las tres misas de Navidad. Por la noche, está
la Virgen sola, y El es «el Salvador». Al alba, rodean ya los pastores al que es
«nuestro Salvador». En la misa de mediodía está presente el mundo entero ante
el «Salvador del mundo». Cristo se eleva a una con el sol. Cristo es Dios y
hombre. Cristo, engendrado antes de los siglos y nacido ahora, en la noche, es «el
niño ancianísimo» que decía Fray Luis.
Cristo continúa naciendo. Nuestra Señora sigue cada día —según el gentil dicho
de San Beda 2—haciendo su camino desde Nazaret, que significa flor, hasta
Belén, que significa casa del pan: para alumbrar, para fructificar.
Ella nos ayuda a dar a luz a su hijo. Ella misma lo da a luz en nosotros. Por eso
todo hombre se llama también «María».
Y, al decir nosotros misa, ella baja para tener cuidado del Cristo que nos nace.
Cuando se celebra en Belén—abajo, en la gruta—, se acuerda uno de estas
cosas, y tiembla y ríe, y sufre a la vez calor y frío.
Según aquella deliciosa manía suya de multiplicar y dividir las cosas por tres,
señala San Buenaventura 3 tres etapas a la circuncisión: instituida—«todo varón de
entre vosotros será circuncidado» (Gén 17,11)—, cumplida—«Jesucristo fue
ministro de la circuncisión por la verdad de Dios para confirmar la verdad de los
Padres» (Rom 15,8)—y prohibida—«mirad que yo, Pablo, os digo que, si os
circuncidáis, Cristo no os aprovechará para nada» (Gál 5,2)—. Corresponde este
triple estadio a los tres períodos de la gracia prometida, la gracia manifestada y la
gracia repartida.
3
In Circumc. Dni.: Obras de San Buenaventura (BAC, 1946) t.2 p.404.
«Nacido bajo la ley para rescatar a los que estaban bajo la ley» (Gál 4,4-5), quiso
Cristo someterse a la ley de la circuncisión. Ocurrió esto ocho días después de
nacer. Durante la misma ceremonia se le impuso el nombre de Jesús, «que ya le
había sido impuesto por el ángel antes de ser concebido en el seno» (Lc 2,21).
Fue circuncidado para demostrar que era hijo de Abraham. Fue llamado Jesús,
como correspondía al Hijo de Dios. Este díptico expresa admirablemente el
tránsito de la antigua alianza a la nueva economía. Ha llegado la gracia, ha
llegado el Salvador.
Grandísima era la importancia del nombre entre los judíos. Cuando a alguien se le
imponía un nombre, más que determinar cómo se había de distinguir, era definir
ya y publicar lo que había de ser: nomen, omen. Si no se conocía el nombre de
una persona, no se conocía a ésta en absoluto. Tachar un nombre era suprimir
una vida, y cambiarlo suponía alterar el destino de la persona. El nombre
expresaba la realidad profunda del ser. Inmediatamente después de la creación,
no olvida el cronista decir que Dios impuso nombres a algunas de sus criaturas; a
las demás fue Adán quien les fijó nombre, por especial encomienda de Dios. Una
cosa innominada era una cosa inexistente.
Entre todos los nombres, el de Dios era «el nombre» por excelencia (Zac 14,9).
Este debe ser «bendito ahora y siempre, desde la aurora al ocaso» (Sal 113,2-3),
pues «es digno de alabanza de la mañana a la noche» (Sal 9,2). Hoy todavía
pedimos en el padrenuestro que sea sin cesar santificado, y «tomarlo en vano»
sigue siendo grave delito.
Muy despacio, muy calculadamente, Dios nos ha ido mostrando su nombre.
Cuando creó a Adán, «lo hizo a su imagen y semejanza»; de ello se deduce el
nombre de éste como contrapuesto al de Dios, que viene a revelarse como
modelo y prototipo. Pero era todavía un nombre inefable. Los patriarcas
designaron a la divinidad con distintos vocablos, mas ninguno de ellos tenía las
pretensiones ni aquella consistencia fonética de las advocaciones paganas. Darle
un nombre preciso, creían, era como descifrar su secreto, hubiese sido limitar a
Dios, dominarlo; sería, por consiguiente, un nombre de suyo ya inservible, en sí
mismo absurdo, algo así como escribir hortografía. Dios era El, pura sílaba
primigenia de las lenguas semíticas, o Elohim, composición plural que se usaba
con objeto de aludir a la inmensa fuerza y carácter inasible de aquello que se
quería representar. Táctica bien pobre por humana, pues nunca la pluralidad
podrá expresar la infinitud, como tampoco un polígono, por muchos lados que se
le supongan, podrá jamás coincidir con la circunferencia en la cual se inscribe.
Una de las etapas más importantes del pueblo elegido se cumple cuando Dios,
por fin, revela su nombre a Moisés. Dios es Yahvé: «Yo soy» (Ex 3,15). Locución
enigmática, que puede significar «el que es», el que existe por sí mismo, o bien
«ei que hace ser», el que crea. Señor, pues, del mundo y principalmente de sí
mismo.
Y ese Dios que así se define, ¿quién es? Es «el Dios de Abraham, de Isaac y de
Jacob». Entre ambos títulos, la exégesis moderna ha atisbado un oculto
parentesco al dar recientemente al verbo «ser» el sentido de una existencia
especial, una como presencia o apertura favorable. Con ello se aprecia, a la par,
tanto la continuidad de las dos etapas como su progreso. «Yo soy Yahvé—dice
Dios a Moisés en ocasión posterior—; me mostré a Abraham, a Isaac y a Jacob
como El-Sadai, pero no les manifesté mi nombre de Yahvé» (Ex 6,2-3).
Más tarde, Dios, en conversación con el jefe de Israel, añadirá a su nombre como
una pequeña glosa de gran precio: «Yahvé, Yahvé, Dios de misericordia y piedad»
(Ex 34,6).
Una vez que hubo llegado la plenitud de los tiempos, el nombre por excelencia fue
trocado por «el nombre que está por encima de todo nombre» (F1p 2,9).
¿Por qué, entre los nombres que al Mesías proféticamente se le adjudicaron, falta
este de Jesús?
«¿Qué diremos al ver que aquel ilustre profeta, prediciendo que este mismo Niño
había de ser llamado con muchos nombres, parece haber callado sólo éste, el
cual sólo (como dijo antes el ángel y testifica el evangelista) se llamó su nombre?
Deseó ardientemente Isaías ver este día; le vio y se alegró. En fin, hablaba
gozosísimo, y alabando a Dios decía: «Un Niño nos ha nacido y un hijo nos han
dado; la insignia de su principado han puesto sobre su hombro, y será llamado el
Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la
paz». Grandes nombres a la verdad; pero ¿dónde está el nombre que está sobre
todo nombre, el nombre de Jesús, al cual se dobla toda rodilla? Tal vez en todos
estos nombres hallarás sólo éste, Jesús; pero en algún modo exprimido y
derramado. Sin duda él mismo es de quien la Esposa dice en el cántico de amor:
«Aceite derramado es tu nombre» 4.
4
SAN BERNARDO, In Circume. Dni. 2,4: ML 183,136.
Todos los nombres están contenidos en el de Jesús, y lo que hacen las Escrituras
es dárnoslo como repartido en otros muchos títulos que a Cristo se atribuyen.
Igual que cuando queremos echar vino en una vasija de cuello estrecho lo
hacemos despacio y poco a poco. Tiene tantas facetas y colores Jesucristo, que
se hace necesario decirlos uno a uno y concertar los que parecen contrarios.
Es la piedra preciosa que vale más que todas las haciendas y es «la piedra blanca
en que está escrito el nombre nuevo» (Ap 2,17). Y este nombre es Jesús.
Purificación: pero ¿es que se hace de veras impura una mujer al convertirse en
madre? No se trata de ninguna impureza moral, sino tan sólo legal. Y, lejos de
interpretar dicha ley como una condena de la maternidad, debemos más bien
interpretarla como su implícita consagración. El verdadero y cabal sentido de la ley
no es reprobar el ejercicio de la fecundidad, sino advertirnos que todo cuanto a
ésta concierne es algo tan sagrado que el hombre no puede hoy, en su estado de
naturaleza maltrecha, acercarse a las fuentes de la vida sin riesgo de profanarlas.
¿No dice Pablo que «la mujer se salvará por ser madre»? (i Tim 2,15). Aunque la
palabra «purificación» sea de suyo negativa y denote un oficio menor de arreglo y
enmienda, notad cómo su recto sentido va fundamentalmente encaminado a
subrayar aquella «pureza» que debe presidir el uso de función tan santa,
secretísima y delicada.
La ceremonia que la liturgia cristiana tiene ahora establecida para toda mujer que
entra por vez primera en la iglesia después de ser madre ostenta bien claramente
esta significación positiva, luminosa y jocunda, de acción de gracias.
Ahora, Señor, puedes dejar ya ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han
visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos, luz
para iluminación de los gentiles y gloria de tu pueblo, Israel.
Simeón era «un varón justo y piadoso» que había merecido de Dios le
comunicase en secreto la llegada del Mesías, universalmente ignorada. Toda su
existencia había consistido en una ardiente espera del Deseado. Bien podía dar
ahora esta vida por cumplida: nunc dimittis. Es el canto de la muerte liberadora, el
grito del esclavo que acaba de recibir su billete de manumisión. No debieron de
ser muchos los días que el anciano sobrevivió a este acontecimiento.
Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Puesto está para caída y
levantamiento de muchos en Israel, y para blanco de contradicción.
Lucas será con frecuencia quien subraye y pregone esas antítesis que el
advenimiento de Jesús ha traído al mundo. Ya en el Magnificat contrapone los
orgullosos abatidos a los humildes ensalzados (1,51-53). A las cuatro
bienaventuranzas opondrá luego, como contrapartida, cuatro maldiciones (6,24-
26). Frente a la cruz del buen ladrón señalará la presencia del ladrón inicuo (23,39-43).
A menudo ha de insistir en esa pugna ejemplar que se da entre el publicano
enaltecido y el fariseo reprobado (7,29-30; 15,1-r2; 16,14-15; 18,9-14). Pero no es
únicamente Lucas el que señala esta disyuntiva constante y trágica. La «piedra de
tropiezo» es argumento ordinario de predicación (z Pe 2,8; Rom 9,33). Cambiarán
las antítesis de nombre, pero siempre se reducirán a lo mismo, a esa lucha terrible
y sin cuartel que Cristo ha venido a desencadenar. Si las categorías de Juan son
la caridad, la vida y la verdad en contra del mundo, las tinieblas y la mentira, Pablo
prefiere estas otras: fe, espíritu y justicia en oposición a pecado, carne y ley.
Mudará el nombre, pero la contienda nunca falta.
El destino de la Virgen está calcado sobre el de Jesús, en función de éste, sin otra
íntima razón de ser. Su purificación en cuanto ceremonia se liga a la presentación
de ese niño que cuarenta días antes alumbró. Y el significado hondo de la
purificación no puede ser distinto de ese que inspira su actitud de ofrenda al
presentar al Hijo: para ella, incapaz de la menor mancilla, purificarse suponía nada
más despojarse de Jesús, ofrecérselo al Padre para el sacrificio. Nunca el más
inmolado sacerdote estuvo tan identificado con su hostia como Nuestra Señora en
el momento de este tremendo ofertorio.
Ser madre del Mesías acarreaba muchos desvelos y tribulaciones. El que había
de ser luz de los gentiles y gloria de Israel era, justamente en la misma lección de
Isaías, «el siervo de Yahvé», azotado y escarnecido, cubierto de oprobios.
Esta será la espada: la condolencia de María con los acerbos dolores de Cristo, su
adhesión inalterable al Salvador crucificado. Y la espada será también esa
separación gradual que entre Madre e Hijo irá provocando el oficio redentor de
éste. La palabra de Dios, «que es más eficaz e incisiva que una espada de dos
filos y penetra hasta la disección del alma y del espíritu, de las articulaciones y las
medulas» (Heb 4,12), esa palabra tan inapelable, ha destinado al Verbo a morir
entre gemidos. Pero es también la misma palabra de quien afirmó haber bajado al
mundo «para separar al hombre de su padre, a la hija de su madre» (Mt 10,35).
La espada atravesará igualmente esa parte del corazón maternal donde anidan
los deseos de posesión, las dulzuras de la intimidad compartida. Esa porción del
alma quedará en la Virgen minuciosamente sacrificada.
¿De dónde venían? ¿De Siria? ¿De Mesopotamia? ¿De Persia quizá? Sólo se
sabe que venían «de Oriente». El término es muy amplio y designa vagamente
aquellas tierras que se hallan al otro lado del Jordán.
Tal vez atravesaron el río después de haber acampado una noche en las faldas
del monte Nebo. Allí mismo, con la Tierra Prometida ante los ojos, pero sin que le
fuese permitido pisarla, murió Moisés. Aunque sea de más fácil acceso y de no
menos radiante espectáculo la carretera del Scopus, este viejo camino de Madaba
suscita mayores resonancias en el corazón. Moisés, con las rodillas vacilantes,
después de muy recios trabajos, pudo llegar hasta allí, hasta la misma cresta del
Nebo. Balcón privilegiado para mirar, para esperar o desesperar. El espectáculo
se graba a fuego en el alma, y tal vez en nuestra agonía, que es momento muy a
propósito, volvamos a contemplarlo, sujeta la tela por manos de ángeles y
demonios. Brilla abajo cegadoramente el mar Muerto; tras unos planos
intermedios de masas ocres y malvas, los planos que corresponden al desierto de
Judá, álzase en el horizonte, como una casa nativa hace tiempo abandonada, la
ciudad de Jerusalén. Con un poco de adivinación, si la tarde es clara, si el deseo
es ardiente, podemos distinguir las dos torres cimeras, la del monasterio de
monjas rusas y la del hospital Augusta Victoria. Vale la pena detenerse aquí un
rato antes de entrar en la Ciudad Santa; y rezar, por ejemplo, las oraciones
preparatorias de la comunión. O cualquiera de esos salmos llamados «de las
Subidas», del 120 al 134, los salmos que alaban a Sión, que cantan la belleza de
sus edificaciones, que expresan la nostalgia lacerante de quien se encuentra lejos
de sus muros. Moisés desfalleció sin haber podido pisar la ciudad de sus afanes.
Llevaba cuarenta años andando, suspirando por llegar. Murió, sin embargo, «en
tierra extraña» (Sal 136,4).
Los Magos, que acaso hicieron sus últimas etapas sobre las huellas doloridas del
gran caudillo, tuvieron mejor fortuna. Llegaron a la Tierra de Promisión y se
postraron ante su Soberano. ¿Quiénes eran? Sin fundamento alguno, quiere la
tradición popular que sean reyes. Parece ser que se trataba simplemente de unos
magos, estudiosos de la naturaleza, unos sabios. Muchos siglos antes había
acudido también desde Oriente una reina fastuosa, con ricos obsequios, para
conocer a otro rey judío, un rey de tan notable sabiduría que su fama había
desbordado todas las fronteras del orbe.
La estrella los condujo hasta la presencia de Jesús, al cual hallaron junto con
María, su madre. San Buenaventura, a este respecto, y para adoctrinar a los fieles
en vísperas de la Epifanía, habla de una estrella externa, que todos debemos
escrutar, y que es la Sagrada Biblia; de una estrella superior, que es la Virgen
Madre; de una estrella interior, que es la gracia del Espíritu 5. De la mano de estas
tres estrellas hemos de llegar hasta Jesucristo para ofrecerle nuestros dones.
«Abrieron sus tesoros y le presentaron los obsequios: oro, incienso y mirra» (Mt
2,11). Los simbolismos de estos regalos son bien justos, y se entrecruzan para
definir de muy galana manera la verdad de Cristo. Oro, porque es rey; incienso,
porque es Dios; mirra, porque es hombre. Y, puesto que es rey en cuanto Dios y
en cuanto hombre, la ofrenda de la mirra y del incienso a una misma persona
viene a denotar sus dos inseparables y distintas naturalezas. Por la entrega del
oro es proclamado rey del universo; al ofrecerle la mirra, reconocemos en público
que el Hijo de Dios se ha unido verdaderamente a una naturaleza humana; y
cuando delante de El se quema el incienso, confesamos expresamente que este
Hijo es igual a su Padre en majestad.
Todos estos dones fueron aceptados por el Señor con viva complacencia. Ya no
volverá a recibirlos hasta sus días postreros, cuando una mujer quiebre para El el
vaso de los perfumes y su cuerpo yerto sea embalsamado con cien libras de áloe.
Entre un extremo y otro de su vida, no habrá ninguna glorificación más de esta
índole. Las muestras de particular homenaje son para sus dos grandes
humillaciones, para su cuna y su sepulcro.
5
In Epiph. Dni.: o.c., p.46o-466.
No parece lógico que a la hora de pedir algo a los Reyes Magos—porque se les
puede pedir ciertamente, no menos que a cualquier otro santo del cielo—, les
pidamos oro, incienso o mirra para nosotros; más bien pidámosles nos enseñen el
camino de Cristo para ir nosotros también a llevarle nuestro oro, nuestro incienso
y nuestra mirra.
5. Los Inocentes
«Esa tristeza que adivinamos en todos sus actos, ¿no era la melancolía incurable
de quien escuchaba por las noches la voz de Raquel, que gemía por sus hijos y
rechazaba todo consuelo? La queja se elevaba en la noche. Raquel llamaba a sus
hijos asesinados por causa de él, ¡y él estaba vivo!»
Herodes había encomendado con insistencia a los Magos que, al volver de adorar
al nuevo Rey, no dejaran de pasar por su palacio para darle amplia información,
puesto que él también quería marchar a adorarle. Dijo esto con el propósito traidor
de averiguar dónde se hallaba el que podía poner en peligro su trono e
inmediatamente exterminarlo. Pero los Magos, advertidos por un ángel de tales
proyectos, regresaron por otro carnino a su país. Simultáneamente, José recibió
en sueños el mismo aviso, con el encargo de que tomara al Niño y a su madre y
huyesen a Egipto.
¿Qué suponía para este monarca, sanguinario como nadie, la sangre de treinta
niños? Quizá, verdaderamente, supuso mucho. ¿Para bien o para mal? Los más
sagaces historiadores, que quizá descubran aún nuevos crímenes a cuenta del
famoso rey, no podrán jamás revelarnos los últimos minutos de aquella vida atroz,
sus últimos segundos...
Su cadáver, con grandes pompas, fue trasladado hasta el mausoleo del Herodium,
el actual Djebel Fureidis, un inmenso cono de tierra dura, pelado por los vientos.
Al noroeste, a unos seis kilómetros de distancia, se halla Belén y los huesos ya
pulverizados de los Santos Inocentes.
Como índice de esa larga repercusión que nuestras buenas y malas obras
poseen, me parece una ilustración venerable. Como anécdota con pretensiones
de historia, carece, naturalmente, de todo fundamento. Ya sabemos cómo los
evangelios apócrifos se dedicaron a cubrir con profusión las lagunas de los
evangelios canónicos, y casi siempre relatando milagros poéticos, que servían
para dulcificar y prestigiar la vida de Jesús Niño.
Hay que reconocer que entre ambas series de evangelios existe una diferencia
demasiado marcada. Aseguran los apócrifos que, al paso de María y José, las
palmeras se inclinaban para ofrecer gentilmente sus dátiles a tan ilustres viajeros.
Mateo, en cambio, dice exclusivamente que éstos salieron de Belén hacia Egipto
porque José había recibido de un ángel la orden de partir. Sin duda que a los
apócrifos les hubiese gustado contar otras cosas: contar, por ejemplo, en el límite
máximo de lo deseable y lo inverosímil, que el Niño no huyó y que, cuando iba a
ser atravesado por la espada, el brazo de quien lo blandía quedó seco y, acto
seguido, recompuesto por virtud divina, lo cual sirvió para que toda la cohorte se
convirtiera al cristianismo.
La verdad de aquella peregrinación por tierras extranjeras debió de ser muy otra;
las penalidades, muy graves; y la inquietud de los fugitivos, muy angustiosa. ¿Y
no suponía acaso motivo de tentación para su fe el ver cómo el «Hijo de Dios»
tenía que escapar precipitadamente de las asechanzas de un reyezuelo indigno?
¿Por qué inventar arroyos, por qué alfombrar de césped la ruta del desierto? El
único dato cierto y seguro es el siguiente: Dios, que podía haber dado muerte
fulminante a Herodes o podía haber mudado de repente su corazón y convertirlo
en sincero adorador del Mesías, prefirió usar, para salvar a su Hijo, de vías más
ordinarias.
Añadir ahora milagros sería como poner galones de fino terciopelo a la humilde
vestidura de un pobre. O, mejor aún, equivaldría a pretender vestir con nuestras
telas, siempre míseras, al Señor de majestad que se cubre con un manto de sol.
Siguen a continuación los años oscuros de Jesús, los años de esa vida que con
razón es llamada «vida oculta». Nada de extraordinario ocurre en ella. Sólo una
vez descorre el evangelio la cortina: episodio del Niño perdido y hallado en el
templo.
Sus padres iban cada año a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando era ya de
doce años, al subir sus padres, según el rito festivo, y volverse ellos, acabados los
días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo echasen de ver.
Pensando que estaba en la caravana, anduvieron camino de un día. Buscáronle
entre parientes y conocidos, y, al no hallarle, se volvieron a Jerusalén en busca
suya. Al cabo de tres días le hallaron en el templo, sentado en medio de los
doctores, oyéndolos y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban estupefactos de
su inteligencia y sus respuestas. Cuando sus padres le vieron, se maravillaron, y
le dijo su madre: Hijo, ¿por qué has hecho esto con nosotros? Mira que tu padre y
yo, apenados, andábamos buscándote. Y El les dijo: ¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre? Ellos no
entendieron lo que les decía (Lc 2,41-50).
«Hijo, ¿por qué has hecho esto con nosotros?» Estas palabras, evidentemente, no
contienen reproche alguno, pero demuestran algo más que dolor: demuestran una
dolorosa sorpresa. La respuesta de Jesús todavía pone más desconcierto en
nuestra alma: « por qué me buscabais?» Pero ¿es que preferías que no te
buscaran? ¿O concebías, al menos, la posibilidad de que no anduvieran en tu
busca? Esa frase, por supuesto, tampoco encierra ningún reproche, pero denota
algo más que un deseo de justificar su comportamiento: denota la voluntad de
manifestar bien a las claras su independencia. «¿No sabíais que yo debo
ocuparme en las cosas de mi Padre?» Una raya gruesa queda aquí para siempre
trazada. Queda definitivamente eliminado, no ya cualquier entrometimiento
indiscreto en sus planes divinos, sino incluso toda posibilidad de establecer
relaciones mutuas a cierto nivel.
Comprendió José que su papel de custodio del Niño había que volver a plantearlo
con humildad. María comprendió que el «Padre» al cual aludía su hijo sostenía
con éste una correspondencia infinitamente superior a la que su maternidad carnal
establecía. No obstante, si las palabras de Jesús parecen alejar a María de sus
secretos programas personales, lo que con ellas éste pretendió y consiguió era sin
duda asociarla más estrechamente a su tarea mesiánica. Más estrechamente,
aunque no en el plano de la intimidad humana. El dolor que este suceso había
infligido a la madre servía para que comenzase a ejercer ya su título de
corredentora. Aquel apartamiento que exteriormente se subrayaba contribuía a
unirlos en un estrato más hondo. Así se separan los mangos de dos layas
gemelas hincadas en tierra, mientras sus horquillas se aproximan por abajo más y
más para levantar el mismo tormo.
¿Había en estas palabras una tenue censura? De María sabemos que nunca
pecó. No nos consta, en cambio, lo mismo de José. Acaso la frase de Jesús
entrañaba una tierna reprobación de aquella ansiedad, tal vez demasiado
humana, con que el desolado padre lo había estado buscando. Probablemente, ni
eso siquiera. Dichas palabras se enlazan simplemente con las que siguen, para
resaltar la divina trascendencia que Cristo tuvo a bien entonces proclamar por vez
primera en su vida.
Ninguna culpa existió, a buen seguro, en sus andanzas buscando al Niño, como
tampoco había habido culpa, por parte de nadie, en el hecho de que éste se
perdiera. Semejante sufrimiento, lo mismo que aquella enfermedad del hombre
que un día Jesús curó, estaba ordenado «para que se manifestasen en él las
obras de Dios» (Jn 9,3).
Es ya indicio de haberle hallado la voluntad de andar tras El, así como también
toda oración—«buscar a Dios» o «buscar su faz» son sinónimos de oración (Sal
24,6)—supone haber recibido una gracia previa, anterior a aquella otra que en la
plegaria se suplica. Nuestra búsqueda no es, en fin de cuentas, sino la respuesta
que damos a esa intervención de Dios en nosotros, que ha descendido para
buscarnos.
«El Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10). Su
actitud es siempre la misma del pastor que persigue a una oveja descarriada. He
aquí la novedad que el judeo-cristianismo aporta a la historia de las religiones: la
afirmación de las acciones divinas en el tiempo. Si cualquier concepción religiosa
incluye la búsqueda de Dios por parte de los humanos, lo específico de la religión
cristiana consiste en esa revelación que poco a poco va manifestando las
gestiones progresivas de Dios en busca del hombre y que culminan con el
advenimiento del Verbo.
8
SAN AGUSTÍN, Tract. 63 in lo. Evang.: ML 35,1803.
Cristo es el nudo de caminos que describen todo cuanto Dios y el hombre han
hecho buscándose mutuamente. En El «todo el que busca, encuentra» (Mt 7,8).
¿Por qué me buscabais, si, en vuestro dolor, me teníais más cerca que nunca?
CAPÍTULO IV
LA VIDA PRIVADA
Cuando pensamos que, de diez partes de su vida, más de nueve las pasó Cristo
en la oscuridad, sin dar voces ni mostrarse a nadie, nos viene a los labios aquella
objeción de los galileos: «Sal de aquí para que vean las obras que haces, pues
nadie hace las cosas en secreto si pretende darse a conocer» (Jn 7,3-4) .
Pero El no pretendía eso. Le sobraban medios para manifestarse si hubiera
querido. La objeción, no obstante, subsiste, dirigida no ya contra el hecho de su
silencio y apartamiento, sino contra su voluntad íntima de perseverar en ellos,
contra aquella negativa suya a revelarse en seguida como Mesías y' salvador del
mundo. ¿Para esto has bajado del cielo, para recluirte en una aldea y regentar
una carpintería? ¿No estás traicionando, con tu vida, tu misión? «Pues nadie
enciende una lámpara y la pone bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que
alumbre a cuantos hay en la casa» (Mt 5,15).
Mas ¿quién osará pedirle cuentas al Hijo de Dios? ¿Quién se atreverá siquiera a
aconsejarle, a dictaminar sobre qué es mejor y qué es peor? Una vez más
quiebran todas esas buenas razones que con intención pedagógica solemos
extraer de la vida oculta de Cristo. Tales razones parecen casi siempre animadas
del deseo, tan laudable como reprobable, de justificar la conducta de nuestro
Señor. ¿Quería en verdad, como algunos afirman, darnos una lección de vida
cristiana? Ya se sabe que esta vida ha de estar «escondida con Cristo en Dios»
(Col 3,3), y que, para ser fecunda apostólicamente, necesita ir precedida de un
largo recogimiento. Pero ¿es que a El le hacía falta recogerse de antemano para
que su actividad apostólica alcanzase el debido fruto?
«Bajó con ellos y vino a Nazaret y les obedecía» (Lc 2,51). ¿A quiénes obedecía?
A María y a José, pero sobre todo a su Padre celestial. La voluntad de éste no fue
otra que la manifestada, día tras día, en la vida concreta del Hijo, en sus varios
pasos, en sus diversas fases, aunque humanamente semejante vida nos resulte
incomprensible, aunque pedagógicamente hubiera podido ser del todo diferente.
Los redactores del evangelio muestran interés únicamente por aquellas acciones
salvíficas que Dios se dignó realizar en su Hijo y por aquellas palabras en las
cuales éste encerró su mensaje. Nada tiene, pues, de extraño que en tres líneas
queden despachados treinta años de vida.
No convenía que Cristo tuviese una vida fabulosa. No convenía que realizase
milagros. Pero, sobre todo, ¿por qué había de hacerlos?
Su vida, de la cual tan sólo una décima parte tuvo resonancia pública, fue, por lo
demás, en sí muy breve. Puede asimismo afirmarse que, en su contexto general,
aun contando todos los prodigios que obró y las pasiones que a su paso se
suscitaron, fue su vida—¿cómo lo diríamos?—bastante normal. El Bautista, con su
extraordinario ascetismo, descuella en el evangelio como una personalidad más
original y llamativa. En Jesús no hallamos ninguna especialización demasiado
marcada. ¿Se podría decir, por ejemplo, qué virtud destacó más en El? Tampoco
se perfiló señaladamente como un hombre singular. Tal vez para que en su
humanidad prototípica cupiesen todas y cada una de las modalidades humanas,
su figura posee como un trasfondo universal, unos colores neutros, imposible de
ser caracterizado mediante un trazo más robusto y determinativo.
1
Epist. 137,3: ML 33,519.
Cristo es el Hijo de Dios. Tanto su vida oculta como su vida apostólica son la
existencia temporal del Hijo de Dios. Está por encima de toda alabanza, de toda
cordial aprobación que nosotros podamos dispensarle. Existe, entre ella y nuestra
percepción humana de ella, un hiato. Tratar de explicar a Jesús acumulando más
y más perfecciones sería tanto como pretender explicar psicología sin salirnos de
la química.
2. El retrato de Jesucristo
Nada tiene de extraño que los cristianos de muchas generaciones, a falta de otra
cosa mejor, se hayan aferrado tenazmente a algunas dudosas descripciones, a
algunos dudosos retratos, a algunos dudosos textos. Aquel lienzo que pintó San
Lucas, el pañuelo de la Verónica, la «Santa Faz» del rey de Edesa... El testimonio
del monje Epifanio, que atribuye a Cristo «seis pies de talla y el semblante color
de trigo»; la famosa carta de Léntulo, que pinta sus cabellos «de color avellana
madura, casi lisos hasta las orejas, con un leve reflejo azulado...» A las reliquias
inciertas de una persona amada, el amor se empeña en adjudicarles una rotunda
e inconmovible certidumbre.
Llegaron un día los Padres a hacer cuestión de la semblanza física de Jesús,
distribuyéndose pronto en dos bandos: los que reconocían en El «al más bello
entre los hijos de los hombres» (Sal 45,3), sirviéndose para esto de algunos salmos o
fragmentos del Cantar, y aquellos otros que, haciendo uso de los rasgos
humillados que Isaías presta al «siervo de Yahvé», juzgaron que era más
conforme a razón imaginárselo desprovisto de toda gracia corporal. Ningún
fundamento histórico, ningún fundamento que no fuera místico o traslaticio,
cimentaba tales opiniones.
Hemos de conceder que su rostro tuvo una fascinación particular. Sólo así se
comprende que al mero imperio de su voz: «Sígueme», muchos hombres
abandonaran su casa, su hacienda, su mujer, y le siguieran día y noche por los
caminos. ¿Qué tenían aquellos ojos? Marcos señala ciertos momentos
culminantes en la predicación de Cristo, subrayándolos de esta forma: «Y
mirándoles, dijo» (3,5.34; 5,32; 8,33; 10,21; 23,27).
Mas ¿por qué otros muchos hombres no le siguieron? Su belleza debió de ser una
belleza de índole muy peregrina, pues a unos seducía pronto y a otros dejaba
indiferentes. Es que El era el Hijo de Dios; muy dueño, por tanto, no sólo de sí
mismo y de los corazones, sino también de las maneras de cautivar esos
corazones. Encendía y apagaba la luz del semblante a su antojo, según su
voluntad. Y según las disposiciones secretas que El solo, en aquellos que
encontraba, podía intuir.
Es preciso amar para descubrir en un rostro aquello que ante los demás
permanece encubierto. O es preciso amar para poner en ese rostro, contra toda
apariencia, el esplendor que los demás no se toman el trabajo de imaginar. Y
entonces, cuando amamos, nos sorprende el despego con que los demás deslizan
su mirada sobre esa cara que para nosotros lo cifra todo. Es preciso amar. Pero
es menester ser el Señor de las criaturas para concentrar la amorosa atención de
todos los preferidos, y mantenerla viva, sin que nunca desfallezca, sin que nunca
el hombre sufra decepción.
¿Qué más decir de El? Hablaba arameo; usó, muy verosímilmente, barba y
cabellos largos; vistió túnica de lino y, en los días fríos, manto de lana con borlas
azules; calzó sandalias; su alimentación era frugal y sencilla: pan, vegetales,
pescado.
Hasta cierto punto resulta fácil imaginarnos al niño Jesús: hay tanta pureza en un
recién nacido que duerme en su cuna, que no necesitamos hacer grandes
esfuerzos para llegar hasta el pesebre de Belén. Hay tanta luz en la alegría de un
párvulo, que casi estamos viendo repetirse en ese rostro la antigua alegría de su
hermano Jesús. Pero ¿dónde encontrar una base de referencia para imaginarnos
al Cristo de quince, de treinta años? ¿Dónde encontrar una alegría pura, ni
siquiera una melancolía limpia? Si acaso, pero esto tampoco, el rostro, velado de
fatiga, de un hombre humilde después del trabajo...
Sin embargo, por mucho que nos empeñemos en la abstracción, siempre que
pensamos en El, la fantasía se apresura a dibujar unas tenues líneas, unos vagos
colores, a fin de que el pensamiento no trabaje en blanco. El recuerdo—sobre
todo si es sólo recuerdo—de la propia madre suele colaborar cuando el alma
quiere representarse a la Virgen. Pero siempre que se trata de Nuestro Señor, las
dificultades crecen, la imaginación anda más desprovista y vacilante.
Borrosamente, selecciona o superpone algunas imágenes del arte cristiano
contempladas aquí y allí. Es inevitable.
Cada uno tiene su Cristo, o va teniendo sus varios Cristos. Pero ¿cómo era Jesús
el Nazareno? De haberlo visto una vez, tan imposible nos sería ya olvidarlo como
recordarlo.
3. Cristo crecía
Cualquier otra virtud hubiese sido fácil de concebir en Dios antes que esta de la
humildad. Porque de humildad muy eminente se trata. Tres grados, según Santo
Tomás 3, señala la Glosa en el ejercicio de tal virtud: primero, someterse al mayor
y no preferirse al igual; segundo, someterse al igual y no preferirse al menor;
tercero, someterse al menor. Pues bien, he aquí al Hijo soberano de Dios
obedeciendo y obsequiando a unas criaturas, inaugurando un género de humildad
inaudito, restableciendo la armonía por caminos que nadie sospechó. La
desarmonía introducida en el mundo por el pecado—pecado es eso, desorden,
desbarajuste, inversión de puestos, preferir el bien propio al bien superior—ha de
quedar luego corregida y curada de forma imprevista: no precisamente castigando
para siempre al pecador y reduciéndolo a un estado más bajo—lo cual también
hubiese restituido la armonía—, sino compensando aquel desacato y desarmonía
del hombre con otra desarmonía de signo contrario: humillándose Dios y
poniéndose bajo las plantas del hombre. Con ello no se restaura la armonía
primitiva; con ello se obtiene una armonía nueva, inverosímil.
3
Suma Teol. 2-2,161,6.
Sin embargo, lo que el texto de Lucas refiere parece encerrar otro más hondo
sentido. Acentúa, desde luego, la humanidad visible de Jesús. Pero dice que no
sólo crecía ante los hombres, manifestándose a ellos progresivamente, sino
también delante de Dios. La interpretación superficial, «respetuosa» diríamos, de
las palabras evangélicas, tiene su origen en aquel criterio medieval tan propenso a
considerar las perfecciones de modo estático, criterio según el cual todo
desenvolvimiento equivale a algo menos perfecto. Por eso a la Madre de Dios
atribuyeron entonces una posesión inicial completa de todos los dones; por eso
mismo se resistieron—y siguen muchos aún resistiéndose—a reconocer en la vida
mortal de Cristo un verdadero progreso interior.
Poseyó Cristo la ciencia beata. Merced a ella veía la esencia divina mejor y con
más potentes ojos que cualquier posible criatura, aunque sin llegar, claro está, a
un conocimiento exhaustivo, puesto que, siendo su alma creada, carecía de
penetración intelectual infinita. Añaden los teólogos otro tipo de ciencia al saber
humano de Jesús. Es la ciencia infusa, que debe su origen a especies infundidas
por Dios.
El Maestro hacía preguntas: « ¿Cómo te llamas?» (Mc 5,9), «Cuánto tiempo hace
que sufre esa enfermedad?» (Mc 9,20), «¿Cuántos panes tenéis?» (Mc 6,38). En
muchos casos interroga, en otros muchos se admira. ¿Tratábase tan sólo de
simular ignorancia o sorpresa? ¿Quería simplemente, pedagógicamente, como
algunos interpretan, inculcarnos la verdad de su naturaleza humana? Pero
entonces, ¿cuál es la verdad que demuestra si resulta que fingía aquello que muy
propiamente pertenece a esa naturaleza? Porque no sólo corresponde a la
naturaleza humana tener un cuerpo con que sufrir y morir y redimir, sino también
tener un alma capaz de aprender y de asombrarse, capaz de todas las
limitaciones que no impliquen deshonra.
Aparte de la gracia «de unión», que es sustancial, existía en Cristo una gracia
llamada habitual y otra denominada capital. Esta le compete en cuanto Cabeza de
los cristianos, y la habitual lo santifica residiendo como sujeto en la misma esencia
del alma y en sus potencias. La gracia «de unión», que diríamos principal y
primaria, no hace inútil esta gracia habitual, ya que son de orden diverso y
santifican de distinta manera.
Las tres gracias quedan aludidas en el primer capítulo de San Juan: «el Verbo se
hizo carne» es un enunciado que incluye la gracia de unión; «habitó entre
nosotros lleno de gracia y de verdad», está remitiéndonos a su gracia habitual;
«de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia», es frase que
explícitamente demuestra y alaba la gracia capital de nuestro Salvador.
¿Cómo conciliar esta plenitud de gracia que Juan afirma, y que puede entenderse
de su gracia en general, con aquel crecimiento en gracia que Lucas ha
proclamado?
No hay que entender el progreso como si Dios hubiese ido lentamente y con
cuentagotas derramando la gracia sobre el alma de su Hijo. Lo que crecía era la
receptividad de esta alma, que gradualmente iba abriéndose a la luz según el
ritmo de su desenvolvimiento psíquico.
Cuando San Cirilo de Alejandría trata del crecimiento de Jesús, dice que este
crecimiento se debió a un deseo de asemejarse a nosotros 4. Pienso que la inversa
es igualmente válida: que existía en Cristo el deseo de que también nosotros
creciésemos, asemejándonos así a El.
Con su armoniosa repetición de ciclos, nos invita la liturgia a crecer y nos posibilita
el crecimiento. Pues sus ciclos, en cada vida humana y en la historia general del
pueblo cristiano, no se superponen monótonamente, inútilmente, sino que van
abriéndose en espiral. Nuestra progresiva madurez debe ser la respuesta a esa
llamada incesante de los años.
Con toda verdad puede afirmarse que el pecado consiste siempre en una negativa
dada a ese deber de constante crecimiento. ¿Cuál fue el pecado característico de
Israel? Negarse a aquella novedad que el advenimiento del Deseado le traía. En
nuestras almas ocurre lo mismo toda vez que nos cerramos a la gracia; pues la
gracia es un vino nuevo que hace estallar nuestros viejos odres, y por eso la
tememos y la despedimos.
El crecimiento que Dios pide de nosotros es una maduración muy particular, que,
en vez de limar y destruir nuestra juventud, la hace cada vez más fresca, risueña y
lozana. La vida natural es una curva, y bien pronto advertimos que comienza a
descender: el «aún no» que calificaba las primeras edades y constituía la base de
nuestra esperanza, va con rapidez transformándose en ese «ya no» que describe
tristemente la vejez y sus impotencias. En la vida sobrenatural ocurre al revés. Es
imposible que la esperanza cristiana se agoste o disminuya, ya que el futuro sigue
siempre entero y sin mella; promete tanto, otorga al corazón tanto porvenir, que,
forzosamente, por muy larga que sea la vida ya realizada, ésta aparece, en su
comparación, pequeñísima, insignificante, computada con arreglo a aquel
modicum con que Jesús definía todo el siglo presente. Lejos de abreviarse, la
esperanza aumenta, pues el futuro esperado parece dilatarse en la medida en que
el alma se aproxima a sus puertas. Por eso, porque es indestructible nuestra
esperanza, es perenne también en los labios cristianos la plegaria «al Dios que
alegra mi juventud» (Sal 42,4).
7
Horn. 7,3 in r ad Thes.: MG 62,439.
9
Moral. 20,1: ML 76,135.
Sobre Dios no caben, para aquel que en un momento de su existencia las elabora
o asimila, nociones puramente teóricas. Cualquier verdad sobre Dios deja de ser
una verdad especulativa, se hace en seguida una verdad existencial. No es la
verdad, es mi verdad, es una verdad vivida. O rechazada. Porque cuanto a Dios
atañe moviliza al hombre entero; mi corazón no puede quedar indiferente ante
aquello que mi inteligencia ha obtenido.
San Nilo, el famoso solitario del monte Sinaí, afirma que nuestras buenas obras
son el alimento que hace crecer a Cristo en las almas 1 o. Bien se advierte que este
crecimiento es distinto en cada uno de los cristianos. «El párvulo nacido en
nosotros es Jesús, el cual, en los que le reciben, crece diversamente en sabiduría,
edad y gracia. Porque no es igual en todos. Conforme a la capacidad del que le
recibe, aparece El como niño, o como adolescente, o como varón adulto» 11 .
La gracia es el pan del desierto, que «mostraba tu dulzura hacia los hijos,
ajustándose al deseo de quien lo tomaba y acomodándose al gusto que cada uno
quería» (Sab 16,21). Muy singular resulta la transformación que aquí se produce,
ya que, en lugar de asimilar nosotros el alimento, somos en él transformados. Y
esto en muchos grados y de diferentes maneras, apropiándonos este o el otro
sentimiento de Jesucristo, imitando esta o aquella de sus virtudes. La vida
espiritual—ha resumido admirablemente el monje Marmión—no es otra cosa sino
la floración de los sentimientos resultantes de nuestra adopción divina. La gracia,
que ha sido depositada en nuestros pechos como una simiente (1 Jn 3,9), pugna
por crecer y llevarnos a la plenitud (Ef 4,13).
El hombre interior se desarrolla por la acción del Espíritu (Ef 3,16). Es la subida
gradual «de gloria en gloria» (2 Cor 3,18). «Habéis sido ya salvados» (Ef 2,8),
pero «debéis con temor y temblor trabajar por vuestra salvación» (Flp 2,12). Ya no
somos siervos, sino hijos (Gál 4,6); pero «aún gemimos dentro de nosotros
suspirando por la adopción» (Rom 8,23).
Los sacramentos hacen crecer esta gracia por sí mismos, ya que son como las
manos de Jesucristo. Las virtudes vienen a aumentarla por vía de mérito, y la
oración, por vía de impetración o limosna.
El crecimiento, además, debe ser acelerado, pues la gracia inclina de modo
natural y no violento. Por tanto, no es como una piedra lanzada a lo alto, que va
como gimiendo y perdiendo fuerzas conforme sube, sino al revés, igual que el
movimiento natural, gustoso, de una piedra que cae, el cual cada vez se hace más
veloz e incontenible. Va la gracia derecha hacia el corazón de la gloria, que es su
centro de gravedad.
Los autores espirituales suelen señalar, dentro del progreso de las almas, tres
vías: purgativa, iluminativa y unitiva, que corresponden a otros tantos grados de la
caridad: incipiente, proficiente y perfecta; es decir, amor en capullo, amor en flor y
amor en fruto. Coinciden las tres vías con las tres etapas de nuestro crecimiento
en sabiduría y gracia: infancia, juventud y madurez.
Hemos de tener, sin embargo, gran cautela para no dejarnos aprisionar por
cuadros demasiado rígidos. Sobre todo, no podemos de ninguna manera admitir
un progreso lineal que fuese desde el extremo de la ascética hasta el extremo de
la mística. Semejante concepción atentaría contra la esencia de la mística no
menos que contra el prestigio intocable de la ascética.
Más grave es todavía sustraer por completo a los primeros pasos de la vida
cristiana su calidad mística. El bautismo — por qué se olvida tan a menudo el
bautismo en la descripción de la vida espiritual, si constituye toda su raíz ?—
sumerge al alma en el misterio de Cristo resucitado. ¿Y no es la mística la vivencia
del misterio? La misma etimología lo está proclamando. ¿Es que acaso la mística
de los esposos cristianos es otra cosa que la participación en el «gran misterio»
(Ef 5,32) de las bodas de Cristo y su Iglesia?
Quizá quede todavía por decir lo más importante: el crecimiento de cada alma no
puede disociarse de la expansión del Reino.
CAPÍTULO V
Hasta Juan, la Ley y los profetas; desde Juan, el reino de los cielos (Mt 11,12-13).
«Por aquel tiempo apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea»
(Mt 3,1). Su lenguaje, en gran medida, tenía que resultar familiar a los oídos
hebreos. Exigía penitencia, como la habían exigido antes Amós, Oseas, Jeremías,
Isaías. Reclamaba de sus oyentes justicia y caridad, haciéndose con ello eco de
los códigos mosaicos, que ya pedían equidad a los litigantes y de los cosecheros
de trigo solicitaban piedad para con los menesterosos. En todo esto, su
predicación era tradicional y moderada. A aquellos que poseían dos túnicas,
aconsejábales que dieran una al mendigo que encontrasen desnudo (Lc 3,11);
todavía, como veis, está lejos de las consignas que iba a introducir más tarde
Jesús: al que te roba la túnica, dale el manto (Mt 5,40).
Juan decía: «Arrepentíos, porque ha llegado el reino de los cielos» (Mt 3,2).
Jesús, poco después, dirá: «Ha llegado el reino de Dios; arrepentíos y creed en el
Evangelio» (Mc 1,15). Las frases son las mismas. Y la ilación de los miembros que
componen cada frase es también idéntica: el reino no llega porque vosotros
hagáis penitencia, sino, al revés, debéis hacer penitencia porque el reino ha
llegado. El reino es un don de lo alto que la criatura, por excelentes que sean sus
disposiciones, nunca podrá merecer. Además, aunque descienda a la tierra,
continúa siendo un «reino de los cielos», un «reino de Dios». La autojustificación y
el particularismo terreno, dos notas máximas de la concepción judía predominante
en aquella hora, quedaban por igual malparados y excluidos.
Dos caras tiene la conversión: con una mira al pasado, la otra se orienta hacia el
porvenir.
A la conversión primera (Lc 15,7.10) debe seguir una conversión incesante (Lc
13,3.5). Porque no sólo existe la conversión o tránsito de la idolatría a la religión, o del
estado de pecado mortal al estado de gracia, sino también el paso, que
diariamente es preciso renovar, de un amor menor a un amor mayor. Siempre hay
pecado en nosotros. Por eso me gusta tanto la antigua traducción del Miserere: no
dice, como la moderna, «lávame penitus, del todo», sino «lávame amplius, lávame
más y más». El que reza este salmo todas las noches sabe cuán necesitado anda
de purificación una y otra noche. Sabe cuánta verdad hay en sus labios cuando
cada mañana reza así: Nunc coepi.
El Verbo dice «Levántate» a la esposa que ya está en pie. Porque «el fin de lo que
ya ha sido encontrado se hace principio para el hallazgo de cosas más altas 1.
Juan era «más que un profeta» (Mt 11,9). Nada tiene él que ver con esas
estampas apacibles y relamidas que, después del Correggio y de Murillo, han
venido adulterando la figura más abrupta que ha pisado la tierra. El profeta es un
hombre enardecido, temible, tremendo, justiciero, arrebatado por la pasión de lo
absoluto. Juan Bautista—más que un profeta—fue el más enardecido, el más
temible, el más tremendo, el más justiciero, el más arrebatado por la inminencia
del reino de Dios, tema que constituía su única pasión.
1
SAN GREGORIO NISENO ,In Cant. 5,8: MG 44.876
Los profetas amenazaban y maldecían. Eran igual que una llama. Hablaban como
quien sacude un látigo, como quien perfora las entrañas, como quien arranca una
mujer amada de los brazos de su amante. Sacerdotes y reyes empavorecían ante
ellos. No era, en verdad, grato oficio el suyo. Lo cumplían a veces de mala gana,
sabiendo qué terribles peligros se cernían sobre su cabeza. «Tú me sedujiste, ¡oh
Yahvé!, y yo me dejé seducir. Tú eras el más fuerte, y fui vencido. Ahora soy todo
el día la irrisión, la burla de todo el mundo. Siempre que les hablo, tengo que
gritar, tengo que clamar: ¡Ruina, devastación! Y todo el día la palabra de Yahvé es
oprobio y vergüenza para mí. Y aunque me dije: no pensaré más en ello, no
volveré a hablar en su nombre, es dentro de mí como fuego abrasador, que siento
dentro de mis huesos, que no puedo contener y no puedo soportar» (Jer 20,7-9).
Pero hacía ya quinientos años que no se oía tronar a un profeta. Y las almas
humilladas suspiraban por la presencia de alguien que, aun entre bramidos e
imprecaciones, les asegurara todavía de la predilección divina. «Ya no vemos
prodigios en nuestro favor, ya no hay ningún profeta, ya no hay nadie entre
nosotros que sepa hasta cuándo» (Sal 74,9)•
¿Hasta cuándo va a durar esta abyección de Israel, este olvido de Dios para con
su pueblo?
Por eso, el día en que desde Betabara—lugar de paso, buen sitio para propalar
noticias—corrió la voz: « ¡Ha aparecido un profeta!», las gentes acudieron en
masa a escuchar al enviado de Yahvé. «Venían a él de Jerusalén, y de toda la
Judea, y de toda la región del Jordán» (Mt 3,5).
La muchedumbre le tenía por profeta (Mt 14,5). Mucho tiempo después perduraba
aún su fama de profeta, y los fariseos no se atrevían a desmentirlo en público (Lc
20,6). Herodes mismo tuvo miedo del pueblo, que consideraba a Juan como un
gran profeta (Mt 14,5). Jesús aseguró un día que el Bautista era más que un
profeta (Mt 11,9). La gente ya pensaba si sería el Mesías... (Lc 3,15).
Su vida anterior estaba aureolada de prestigio. Nunca había bebido vino ni cosa
fermentada (Lc 1,15). Habitó en los desiertos hasta el día de su manifestación (Lc
1,80). Su austeridad fabulosa seguía creando un nimbo en torno de él: «iba
vestido de pelo de camello, llevaba un cinturón de cuero» (Mt 3,4), «se alimentaba
de saltamontes y miel silvestre» (Me 1,6). Como Samuel y como Sansón, había
vivido siempre en la salvaje y exquisita continencia del nazireato. Quizá el pueblo
intuía en esa altiva existencia como un oculto sentido, un valor representativo de
aquella mocedad de Israel, cuando" había peregrinado por el desierto en la limpia
aurora de su fervor. Gracias a Sansón había llegado la liberación de los fariseos;
gracias a Samuel había sido instaurado el reino de David. ¿Qué enorme
acontecimiento alboreaba con el Bautista?
Una línea de fuego vinculaba a Juan con Elías. El ángel, deliberadamente, había
unido estos dos nombres (Lc 1,17), y Zacarías, el padre estremecido de presagios,
no lo olvidó nunca (Lc 1,76). Cristo subrayará con elogio esta muy íntima afinidad
(Mt 17,9-13).
Ya desde el seno de su madre fue lleno del Espíritu Santo (Lc 1,25), lo cual no
significó tan sólo la concesión de unos especiales dones carismáticos, sino la
santificación interna y la exención del pecado. Esto le confiere una categoría
rigurosamente singular. La Iglesia ha recogido el tesoro de admiración y
reverencia que los siglos han depositado a los pies de esta criatura de excepción.
En las Letanías de los Santos figura a la cabeza y en rango aparte. Los
canonizados que han llevado el nombre de Juan duplican el número del nombre
siguiente, que es Pedro.
•El ángel había profetizado: «Será grande ante el Señor» (Lc 1,15). Jesucristo
afirmó de él que era «el mayor entre los nacidos de mujer» (Mt 11,11).
«En verdad os digo que, entre los nacidos de mujer, no ha habido uno mayor que
Juan Bautista. Pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él» (Mt
11,11).
No parece que con estas palabras haya querido Jesús referirse al grado de
santidad personal de su Precursor: un día se negará a asignar lugares en la gloria,
afirmando que eso no es incumbencia suya (Mt 20,23). Simplemente se refería al
puesto cimero que Juan ocupaba en el Antiguo Testamento, ya que a él le cupo el
honor de cerrar esa alianza con éxito, con fidelidad insuperable. Ahora bien,
cualquiera que pertenezca a la nueva economía inaugurada por el Salvador es
mayor que Juan. Este era nada más «amigo del Esposo» (Jn 3, 29), mientras que
toda alma inscrita en la Iglesia participa de su condición superior de esposa.
¿O «el más pequeño» era el mismo Cristo? ¿No se trataba de zanjar así aquel
conflicto surgido entre los discípulos del Bautista, que disputaban acerca de la
preeminencia de su maestro? (cf. Mt 9,14; Jn 3,26).
¿Qué relación personal medió entre el Señor y su heraldo? Este confesó un día
que, antes de administrarle el bautismo, no lo conocía aún. «Yo no lo conocía,
pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el
Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que ha de bautizar en el Espíritu Santo»
(Jn 1,33). San Mateo parece contradecir este texto, pues cuenta cómo Juan se
resistió tenazmente, por creerse indigno, a bautizar a Jesús: «Yo necesito ser
bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?» (Mt 3,14). Pero se trata, sencillamente, de
dos grados distintos en el conocimiento. Antes de bautizarlo, Juan adivinó, por la
voz del espíritu y de la sangre, que aquel hombre era el Mesías y su pariente.
Después de bautizarlo, después de presenciar el signo de antemano establecido
por Dios, esa oscura intuición se transformó en cer' teza, por obra «no de la carne
ni de la sangre, sino del Padre, que está en los cielos» (Mt 16,17).
A pesar de ser parientes y coetáneos—seis meses Jesús más joven que Juan—,
bien pudo ocurrir que antes nunca se hubieran encontrado. El Bautista había
pasado toda su vida en el desierto. Aceptemos también que, muy verosímilmente,
el «conocer» tenga otro sentido distinto del material. Acaso los dos grados de
conocimiento que hemos mencionado hallan una puntual ilustración en esta frase
de Pablo: «Si antes conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos
así» (2 Cor 5,16); ahora lo conocemos según el Espíritu.
Cristo inaugura todo, lo funda todo, deja todo atrás y a lado, a la altura variable
que dictan sus preferencias. Juan, en cambio, ocupa su puesto y se sujeta a la
línea de la continuidad, a las enseñanzas heredadas. Dice: «Yo necesito ser
bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?» Su madre había dicho: «Y ¿cómo así que la
madre de mi Señor viene a mí?» (Lc 1,43).
Vino Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él.
Juan se oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí? Pero
Jesús le respondió: Déjame hacer ahora, pues conviene que cumplamos toda
justicia. Entonces Juan condescendió. Bautizado Jesús, salió luego del agua. Y he
aquí que vio abrírsele los cielos y al Espíritu de Dios descender como paloma y
venir sobre él, mientras una voz del cielo decía: Este es mi Hijo muy amado, en
quien tengo mis complacencias (Mt 3,13-17).
Puede decirse que existen algunas razones de conveniencia en este suceso. Así,
por ejemplo, que Jesús quiso someterse al bautismo para recomendar y sancionar
solemnemente la misión del Bautista. O para santificar las aguas, para hacerlas
puras y purificadoras, para darles su santa transparencia, aquello que San Cirilo
de Jerusalén llamaba «el olor de su divinidad» 2.
Dos bautismos tuvo Jesucristo, uno «en agua», otro «en fuego». También el
pueblo de Israel había recibido dos bautismos: uno al pasar el mar Rojo, cuando
dio comienzo su penosa marcha, y otro al fin, al cruzar el Jordán, momentos antes
de pisar la Tierra de Promisión. Jesús, al principio, atravesó
2
Catech. 21,1: MG 33,1088.
su mar Rojo «a pie enjuto», con gozo y cantos, con las más patentes muestras de
complacencia por parte del Padre. Pero, antes de tomar posesión del reino (Lc
iz,5o), hubo de sumergirse «en el baño de su sangre». Israel salió de Egipto para
poder un día ofrecer a Yahvé su sacrificio sobre la montaña. Esta montaña, en la
vida de Jesús, llámase Calvario, y el sacrificio no es otro que el suyo propio, el
sacrificio del Cordero pascual.
Juan lo designó ya con el dedo: «He aquí el Cordero de Dios» (Jn 1,29). Pero no
señalaba sólo la persona de Cristo para que todos los allí presentes reconocieran
en El al enviado de Dios, sino que de ese modo venía también a profetizar a Jesús
su destino de inmolación, su oficio de Cordero. El Bautista había sido el
preparador de los caminos del Mesías, y ahora introduce a éste en su obra
redentora. Como «amigo», acompaña al esposo en esos primeros pasos que
habrán de llevarle luego hasta la cruz, hasta el «tálamo de púrpura». En este
lecho rojo se pondrá roja el agua, roja y eficaz, buena ya para lavar almas, para
ser sacramento potente.
A orillas del Jordán, todo es aún como una víspera o ensayo. Jesús se mete en el
agua y después sale, preludiando con ello su muerte y resurrección. Las palabras
de alabanza del Padre son la anticipación de aquella gloria que le tiene reservada
para después del sacrificio. El Espíritu Santo, que «a modo de paloma» bajó sobre
el río, evocaba su antiguo vuelo sobre las aguas primordiales para fecundarlas
(Gén 1,2). Pero este Espíritu no había de descender a fecundar los corazones
hasta que el Hijo del hombre no fuera muerto y glorificado (Jn 7,39) .
Jesús es descrito por Juan como Cordero. El cordero es signo de inocencia, y por
eso Pedro llamará a Cristo «cordero inmaculado» (i Pe 1,19). Pero he aquí que
este cordero «toma sobre sí los pecados del mundo» (Jn 1,29). Se nos atraviesa
ahora ese otro cordero simbólico que, sin balar siquiera, es llevado al matadero (Is
53,7).
(Jn 3,30)
He aquí la cabeza del Bautista sobre un plato. Ya no se oye la voz del que gritaba
en el desierto. Ya está muda para siempre.
Herodes no quería oír esa voz, que clamaba contra sus adulterios y desórdenes. Y
metió en prisión a Juan. «Llegado un día oportuno, cuando Herodes en su
cumpleaños ofrecía un banquete a sus magnates y a los tribunos y a los
principales de Galilea, entró la hija de Herodías y, danzando, gustó a Herodes y a
los comensales. El rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras y te lo daré. Y le
juró: Cualquier cosa que me pidas te la daré, aunque sea la mitad de mi reino.
Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué quieres que pida? Ella le contestó: La cabeza
de Juan el Bautista. Entrando luego con presteza, hizo su petición al rey, diciendo:
Quiero que al instante me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista. El
rey, entristecido por su juramento y por los convidados, no quiso desairarla. Al
instante envió el rey un verdugo, ordenándole: traer la cabeza de Juan. Aquél se
fue y le degolló en la cárcel,. trayendo su cabeza en una bandeja, y se la entregó
a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre» (Me 6,21-28)..
Juan corrió la suerte de los precursores. Oscurecerse era su destino. San Juan
Crisóstomo discurre agudamente: «Tengo para mí que por esto fue permitida
cuanto antes la muerte de Juan, para que, quitado él de en medio, toda la
adhesión de la multitud se dirigiese hacia Cristo en vez de repartirse entre los
dos» 4. De los doce apóstoles de Jesús, cinco, según expresa mención del
evangelio, habían pertenecido a la escuela de Juan. Es muy probable que los
otros siete también; al menos todos ellos lo habían conocido y podían dar
testimonio de su predicación (Act 1,22).
3
In lo. Evang. 14,5: ML 35,1504.
4
In Io. hom. 29,1: MG 59,167.
Este desprenderse de sus discípulos arguye una gran nobleza de alma y una
humildad profunda. Suele decir Cesbron que la modestia consiste en escribir a
lápiz, y la humildad en aceptar que los otros borren lo que hemos escrito con tinta.
Si es verdad que Juan siempre usó para su mensaje el lápiz provisional, el tono
introductorio, es cierto también que entre la muchedumbre habíase afirmado como
profeta de nombre excelso, y llegó en algún momento a ser tenido como Mesías
en la opinión de muchos.
Humildemente, permitió ser borrado. Había nacido para guión, para pasar de prisa
enarbolando un estandarte ajeno y, acto seguido, desaparecer. Había nacido para
servir de puente entre el Viejo Testamento y el reino de Jesús, lo mismo que
Melquisedec había sido el anillo entre la alianza cósmica y la alianza de Abraham.
Efímeros puntos de sutura, eslabones necesarios, pero de un pálido brillo que se
eclipsa ante el fulgor de la esmeralda nueva. El Bautista había venido al mundo
para preparar un sendero, para abrir marcha. Para ceder el paso.
Todo precursor, o sea, toda criatura, tiene que vaciarse de sí misma y orar con las
palabras de Tagore: Que yo sea como una flauta de caña, simple y hueca, donde
sólo suenes tú. Ser, nada más, la voz de otro que clama en el desierto.
La vida que nosotros conocemos del Bautista es como un paréntesis fugaz de luz
entre dos oscuridades: la soledad del desierto y la soledad de la prisión. Incluso
durante su vida pública aparece como un arisco solitario que lleva en su corazón,
muy oculto, el drama de una gran soledad. Sus discípulos van marchándose, uno
tras otro, y se dirigen hacia Jesús. Hablan con El, permanecen toda la noche a su
lado, y luego se enrolan ya para siempre en su compañía. Juan lo sabe. Pero no
es ésa su vocación. El también hubiera querido acompañar al Mesías, seguirle,
colaborar...
Juan se queda solo, como Moisés en el monte Nebo: sin entrar en el reino. Por
eso, «el más pequeño en el reino es mayor que él».
Había algo que Juan era incapaz de penetrar: el secreto de Jesús acerca de los
procedimientos que iba a seguir en la realización de su obra. Y Juan quería saber
algo. Aspiraba a ello. A la sazón estaba encarcelado por servir a esta causa. Una
angustia así se hace intolerable en la prisión. Juan quería saber. ¿Qué era, en fin
de cuentas, lo que para esas fechas sabía? ¿Qué albergaba en lo profundo de su
alma? Una fe inconmovida, por supuesto. Pero ¿qué más? Decepción no sería la
palabra justa, podría ser incluso injusta. Quizá desconcierto. ¿Por qué no?
Psicológicamente sería muy explicable y en nada atenta contra el mérito y firmeza
del Precursor. ¿No desfalleció Elías en el desierto, y se tendió junto a un arbusto
pidiendo a gritos la muerte?
Los discípulos llevan la respuesta hasta Maqueronte. Por encima de lo que éstos
pudieron de ella entender, por encima de la ejemplaridad indudable que poseyó
para todos cuantos la escucharon, y al margen de la exacta definición que
contiene de los riesgos mesiánicos, es seguro que en los oídos de Juan adquirió
un acento único, personalísimo, que solamente él podía percibir. Fue como una
respuesta cifrada. Fue la paz.
Resulta misterioso este Juan. Su vida se nos revela áspera y señera. Su alma
padeció los mayores expolios. Hay, sin embargo, dos imprevistas notas de júbilo
que enmarcan, al comienzo y al fin, esta biografía singular. Al principio, dentro aún
del seno de su madre, «saltó de gozo» (Lc 1,44) en el momento en que se
aproximó a él la mujer que era portadora del Mesías. Y cuando sus días van a
terminar, confiesa a sus íntimos: «El que tiene esposa es el esposo; el amigo del
esposo, que le acompaña y le oye, se alegra grandemente de oír la voz del
esposo; pues así mi gozo es cumplido» (Jn 3,29). ¿Hasta qué porciones de la
sensibilidad penetró esta alegría tan puramente mesiánica, tan soberanamente
desinteresada? ¿Cuál fue la repercusión de este gozo en el alma de Juan, bebida
de soledad?
CAPÍTULO VI
El desierto, tierra «horrible» (Dt 1,19), «solitaria y desolada» (Ez 6,14), «tierra de
arenales y barrancos, tierra árida y tenebrosa, tierra donde no mora nadie, donde
nadie puede habitar» (Jer 2,6).
Es todo como una «contemplación para alcanzar pavor». Una tierra desollada,
lunar. Amedréntase el corazón. El temor que he llegado a experimentar cuando,
en América, me internaba sin compañía por alguna selva, resulta un temor mucho
más soportable: invita a defenderse, a calcular, a llenar el tiempo. Pero este miedo
que el desierto suscita lo deja a uno completamente inerme, a merced de sí
mismo contra uno mismo. Todos los enemigos están ocultos en las propias
entrañas. El corazón se encoge. La cabeza resuena. Los ojos duelen.
Jesucristo está en el desierto, ayunando. Ha ido allí por impulso del Espíritu.
Sobre esto no cabe duda. «Fue llevado por el Espíritu», dice Lucas (Lc 4,1). «Fue
conducido por el Espíritu», dice Mateo (Mt 4,1). Y Marcos afirma: «El Espíritu le
empujó» (Mc 1,12).
Va a permanecer allí cuarenta días, igual que Elías y Moisés. Tiene en la Biblia el
número cuarenta un preclaro simbolismo: denota siempre una etapa de
preparación.
Este ardoroso deseo empalma con los designios del Señor: «Le llevaré al desierto
y le hablaré al corazón» (Os 2,14). La soledad como clima favorable a la divina
presencia. Después que Noé y su mujer, sus hijos y sus bestias entraron en el
arca, «Yahvé cerró la puerta» (Gén 7,16). Afuera quedaba el mundo, los vanos
ruidos, las vanas alegrías, las flores vanas, que el agua iba muy pronto a anegar.
Dentro, la intimidad con Dios: «Tú, cuando reces, entra en tu cámara y, cerrada la
puerta, ora a tu Padre, que ve en lo escondido» (Mt 6,6). Recogernos es
reencontrarnos; encontrarnos a nosotros mismos es hallar la presencia de Aquel
que «nos es más interior que todo secreto» 1.
El yermo nos concede la paz. Nos libra de tres guerras: la guerra de la vista, que
en el mundo ha de luchar contra mil incentivos; la guerra del oído, atacado y
solicitado por palabras de detracción, error y lisonja; la guerra de la lengua, tan
rebelde a que le pongamos freno. De estas luchas nos libra el desierto.
El desierto, sin embargo, tiene otra cara, otros problemas, otros combates. «Jesús
fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1).
Viene a ser esto voluntad muy concreta de Dios. La ambivalencia del desierto—
lugar de dominación de Satán y lugar donde Dios habla al oído—es paralela de
aquella otra ambivalencia incluida en el concepto de tentación: la tentación no
constituye únicamente una invitación diabólica, sino también una prueba del
Señor. El alma es probada como es probado el acero. «Es Yahvé, vuestro Dios,
quien os prueba para saber si amáis a Yahvé, vuestro Dios, de todo corazón» (Dt
1
3,4). Adquiere el alma en la soledad, después de ser tentada, el vigor creciente
que la capacita para ulteriores ascensiones.
Toda esta tierra es yermo para quien ha interpretado bien la sed que su corazón
padece, así como también todo el año, la vida íntegra, es cuaresma y luz morada.
2. El mesianismo fácil
«Durante cuarenta días fue tentado por el diablo» (Lc 4,2). Un día enseñará a sus
discípulos que hay ciertos diablos que sólo pueden ser reducidos mediante la
oración y el ayuno (Mt 17,21). Pero tampoco aquí es posible hallar el motivo que a
Cristo impulsó a obrar de esa suerte. Al margen de toda defensa ascética, era su
alma invulnerable.
Su vida apostólica iba a dar pronto comienzo. ¿Recordó acaso el consejo del hijo
de Sirac? «Hijo mío, si quieres emplearte en el servicio de Dios, prepara tu alma a
la tentación» (Ecli 2,1). Mas El sabía que todas sus empresas estaban ya
minuciosamente aseguradas en el designio redentor del Padre.
Su alma era hermosa, perfecta, grata a los ojos divinos. «Porque eres acepto a
Dios, fue necesario que la tentación te aquilatase» (Tob 12,13). Pero ¿qué
necesidad había, qué posibilidad existía de aquilatar más el corazón de Aquel en
quien su Padre tenía puestas todas sus bendiciones?
Sus tentaciones procedían nada más del demonio. Ni la carne ni el mundo podían
solicitarle. No conoció su cuerpo el menor ardor de concupiscencia, y su juicio fue
en todo momento claro, perspicaz para valorar exactamente las pompas y humos
del mundo, sin que jamás una impresión alterase esta clarividencia agudísima. La
tentación no podía brotar en El de dentro, de sus apetitos. Menester era que, para
ser tentado, viniese la solicitud desde el exterior.
¿Se percató luego, tras haber sufrido semejante derrota, de que Jesús era el
poder soberano de Dios? Dice Lucas que, «acabadas las tentaciones, el diablo se
retiró de El temporalmente» (Lc 4,13). Volvió a la hora de la pasión, porque ésta
era también la hora del poder de las tinieblas (Lc 22,53). Pero San Ambrosio
afirma que entonces volvió «no para tentar, sino para pelear» 3. No obstante,
parece ser que entonces también
2
Moral. 30,9: ML 76,682-683.
3
Exp. in Lc. 4,36: ML 15,1623.
Jesús fue tentado: de tristeza y odio al prójimo 4. ¿Ignoraba aún el Maligno la talla
de su adversario? Ciertamente, éste no había triunfado en el desierto valiéndose
de su poder divino, sino de manera oblicua e ingeniosísima, con su humildad y
sometimiento a Dios.
El tentador quería saber quién era Jesús. «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra
que se convierta en pan» (Mt 4,3). Pero Cristo contestó aduciendo un texto del
Deuteronomio: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de
la boca de Dios» (Dt 8,3).
Igualmente se negó a confiar con exceso en esta providencia. Tal fue el sentido de
la segunda tentación.
Dios te envíe sus ángeles; juzgas también que está obligado a enviártelos.
Esta misma proposición, casi con idéntico texto, volverá a sonar en los oídos de
Jesús moribundo: «Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él»
(Mt 27,42).
La epístola a los Hebreos nos ofrece otra de mucho provecho: «Porque El mismo
soportó la prueba, es capaz de socorrer a los tentados» (Heb 2,18). Con sus
tentaciones venció las nuestras, lo mismo que con su muerte triunfó de nuestra
muerte.
Pero, al permitir ser tentado, no sólo nos consiguió ayuda, sino también ejemplo.
Cabe aquí un reparo: Cristo marchó al desierto para sufrir tentación. ¿Debemos
también nosotros andar buscando la tentación? ¿No se nos aconseja más bien
huir de ella, no exponernos a peligros innecesarios? Responden los autores que
hay tentaciones y tentaciones. Las hay que debemos cuidadosamente evitar; otras
hay a las que tendremos que hacer frente—huir negándonos a escoger sería
abandonar la lucha—; incluso hay otras que debemos suscitar; hacer el bien,
buscarlo afanosamente, es una manera de provocar al diablo, de ir hasta su cubil.
CAPÍTULO VII
1. El Hijo del hombre
Mas esta consideración del «hombre por antonomasia» resulta aún insuficiente.
Late en el título una resonancia más profunda: percíbese en él la lejana y
misteriosa voz de los profetas.
La voz, sobre todo, de Daniel. Habla éste de cuatro bestias que emergen del mar
y que son desposeídas de su poder; a continuación habla de un Hijo del hombre al
cual es otorgado el honor y la dominación eterna (Dan 7,1-14). ¿Quién es este
extraño Hijo del hombre? En la pluma del profeta parece a primera vista que se
trata de un nombre colectivo: los «santos del Altísimo» (7,18). Sería, no obstante,
insatisfactorio entenderlo como un protosímbolo del pueblo nuevo, vencedor de
las naciones representadas en las cuatro bestias. En efecto, el ser que recibe
dicha denominación nos es descrito como alguien preexistente.
Mas hay un tercer grupo de textos, muy cualificado, que manifiestan otro aspecto
importantísimo del Hijo del hombre: el aspecto soteriológico. Dicha faceta no se
hallaba en Daniel, pero sí en Isaías. Los textos son muy numerosos; bástenos
aducir uno, el más expresivo: «El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a
servir y a dar su vida en redención por muchos» (Mc 10,45).
Nadie ignora que Cristo se atribuyó a sí mismo repetidas veces semejante título.
Son a este respecto ejemplares y muy convincentes las citas paralelas. Cierta
pregunta, por ejemplo, que Jesús dirige a sus discípulos, Mateo la redacta de este
modo: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). Marcos
y Lucas, en cambio, la copian así: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» (Mc
8,27; Lc 9,18). Según Mateo, Jesús promete: «Bienaventurados de vosotros
cuando los hombres os maldijeren por causa de mí» (Mt 5,11). La misma promesa
adquiere en Lucas esta otra forma: «Bienaventurados de vosotros cuando os
maldijeren por causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22). Hijo del hombre y yo
coinciden siempre; Hijo del hombre viene a ser un yo definido, incluso un yo
subrayado.
Podemos preguntarnos ahora por qué Cristo prefirió para sí esta denominación.
Es notable ya que todas las veces que aparece en el evangelio—suman más de
ochenta, contando las repeticiones sinópticas—, sea siempre en boca del mismo
Cristo. Los demás, ni amigos ni enemigos, nunca le nombran así; es El
exclusivamente quien demuestra una constante predilección por semejante título.
¿Había alguna razón para ello?
Pero, aunque tal significación sea estricta y hoy indudable, en tiempos de Jesús
no estaba clara ni del todo determinada. Por eso precisamente la utilizó El.
Llamarse Dios de modo rotundo y expreso hubiese sido motivo bastante de
condenación y muerte; la mentalidad judía no se hallaba aún dispuesta para
aceptar matizaciones y dibujos dentro de su monoteísmo a ultranza. Por otra
parte, tampoco quería llamarse Hijo de Dios: no porque se empeñase en ocultar
su divinidad, sino, al contrario, para no negarla, pues ya hemos dicho que este
título tenía entre sus contemporáneos una acepción demasiado tibia, referida
exclusivamente a seres creados.
El título más oportuno para satisfacer esta intención santa y pedagógica de Jesús
era el de «Hijo del hombre». No estaba coloreado con aquel tinte de nacionalismo
que había empañado otras dignidades y, por otra parte, lo contenía todo: la misión
salvífica y judicial del que se sienta en el trono celeste.
Hijo del hombre: venía a ser como una tela, todavía en blanco, que Jesús
entregaba a las almas para que éstas fueran llenándola con la pintura de su fe.
Después de muerto y resucitado, cuando ya no tenía razón de ser ninguna política
de ocultamiento, ese título no volvió a usarse más í.
2. El Hijo de Dios
Era mayor que toda criatura, era igual al Padre. Salió del Padre (Jn 8,42), sigue
estando en el Padre y el Padre en El (Jn 10,38), hace todo cuanto hace el Padre
(Jn 5,19), mereciendo la misma gloria del Padre (Jn 5,23). Todo le ha sido
entregado por el Padre, y nadie conoce al Padre sino El (Mt 11, 27). El será
también quien envíe al Espíritu Santo (Jn 15,26), el cual tomará de lo que El
guarda, pues tiene y posee como propio cuanto es del Padre (Jn 16,11-15).
Se alza como supremo legislador: «Antes fue dicho a los antiguos... Pero yo ahora
os digo» (Mt 5,21.48). Yo os digo. Las cláusulas de la vieja legislación
comenzaban: «Así habla el Señor». Yo os digo. No transmito, no recojo, no
promulgo en nombre de nadie. Yo os digo. Nunca tuvo este pronombre tan
rotundo valor. Porque a El le ha sido dado todo poder en la tierra y en el cielo (Mt
28,18).
Se adjudica el poder de perdonar cualquier pecado (Mt 11, 28), facultad que ya
sabían perfectamente sus oyentes estaba reservada a sólo Dios (Is 43,25; Ez
36,25). Y no sólo absuelve El, sino que cede las llaves a quien quiere (Mt 18,18).
Nadie se arrogó nunca tales atribuciones. Aún hay más: no sólo legisla, no sólo
perdona, sino que al fin de los siglos promete tomar asiento y sentenciar como
único Juez de vivos y muertos (Mc 15,62; 8,38; 13,26).
Pero esto es poco todavía. Al anunciar su oficio de Juez, asegura ya que la única
materia de examen, el único índice valedero para la aprobación o reprobación de
todos los juzgados, será precisamente la relación que éstos hayan mantenido
respecto de El. Si han creído en El, serán salvos (Jn 3,16); si le han atendido en
sus necesidades, serán benditos (Mt 25,34); si le han confesado delante de los
hombres, obtendrán el premio (Mt 10,32).
Y no ya el juicio, la vida entera de los hombres tiene que girar en torno de El. Lo
está repitiendo constantemente: «por mí, por mí». «Bienaventurados seréis
cuando os insulten y persigan y calumnien por mí» (Mt 5,11). «Seréis llevados a
los gobernadores y soberanos por amor de mí» (Mt 1(D,18). «Seréis aborrecidos
de todos por mí» (Mt 10,22). No dice «por la verdad», «por la religión», «por
Dios»; dice claramente, reiteradamente, «por mí».
Sus exigencias son ilimitadas, es decir, son totales. Pide que cada uno tome su
cruz y le siga (Mt 10,38; 16,24), que se tenga en El una fe absoluta, con entera
abnegación (Jn 9,35-39). Exige que se le ame más que al padre y a la madre (Mt
10,37), con los cuales, si El lo pide, se deberá romper violentamente (Mt 10,34).
Reclama de todos el menosprecio de la vida por su causa (Mt 10,28-39).
Creer que Jesús es el Hijo de Dios es creer en la Trinidad. Creer que Jesús es el
Hijo de Dios es creer en la encarnación. Es creer en la Iglesia, que la prolonga, y
en la Eucaristía, que la hace presente. Creer que Jesús es el Hijo de Dios es creer
en la resurrección de la carne y en la vida eterna, pues significa creer en Aquel
que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Creer que Jesús es el Hijo
de Dios es creer, finalmente, en el misterio de Dios, en el Dioä amor. «Dios ha
manifestado su amor por nosotros al enviar a su único Hijo al mundo» (1 Jn 4,9).
El credo íntegro se halla condensado en estas pocas, henchidas, definitivas
palabras: Creo, Señor, que tú eres el Hijo de Dios.
Al cabo de los siglos, hoy mismo, Jesús sigue siendo un desconocido. La bronca
voz del Bautista baja del cielo para increpar a los hombres: «En medio de vosotros
está uno a quien no conocéis» (Jn 1,26).
Distintas e inseparables aparecen en todos los pasos de su vida, tan mortal como
inmortal. Nace en Belén el Verbo, que estaba desde siempre en Dios. Nace en la
indigencia quien es aclamado y regalado por los ángeles. Es circuncidado el que
recibe un nombre divino. Se somete a María y a José aquel que, unas horas
antes, ha admirado profundamente a los doctores. Es bautizado por un hombre el
que constituye toda la complacencia del Padre. Confiesa que el Padre es mayor
que El (Jn 14,28) quien poco antes ha dicho que el Padre y El son una misma
cosa (Jn 10,30). Reconoce que hay verdades que no sabe (Mc 13,32) aquel a
quien todo ha sido revelado (Mt 11,27).
Sus dos naturalezas son a menudo indivisamente proclamadas, por Cristo mismo,
en una misma frase. «Destruid este templo y lo reedificaré en tres días» (Jn 2,19).
«Glorifícame ahora, Padre, cerca de ti con la gloria que tuve cerca de ti antes de
que el mundo existiese» (Jn 17,5). Pedro llegará a una fusión impresionante:
«Habéis matado al autor de la vida» (Act 3,16). Juan resume toda la teología de
Cristo en dos palabras: «Verbo carne» (Jn 1,14), y todos los errores sobre Cristo
en otras dos palabras: «descomponer a Jesús» (1 Jn 4,3). Pablo afirma con
extraordinario vigor: «En El habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad»
(Col 2,9).
Por eso puede ser Jesús sujeto de atribución de tan distintas y opuestas
cualidades. Los teólogos llaman «comunicación de idiomas» a esa consecuencia
de la encarnación que permite afirmar del mismo sujeto dos naturalezas diferentes
y sus propiedades respectivas, con tal que se haga siempre por medio de
nombres concretos. El nombre concreto representa directamente la persona y sólo
de modo oblicuo la naturaleza o propiedad; los nombres abstractos, al revés. Por
consiguiente, no podemos decir, refiriéndonos a Cristo, que su divinidad es la
humanidad o que su omnipotencia es débil, pero sí nos es lícito atribuir a Dios
todas las propiedades humanas, y decir que Dios ha nacido y ha muerto y que
tiene cuerpo; de la misma forma podemos atribuir al hombre todas las
propiedades divinas y afirmar que este hombre es inmortal y omnipotente.
Esta unión de las dos naturalezas en Cristo la explica Pablo por el
«anonadamiento». Cristo se anonadó en su «forma de Dios» (F1p 2,6). Lo que el
Apóstol subraya no es lo divino, sino la forma de lo divino. Cristo no perdió su ser
de Dios, sino tan sólo su forma, su gloria y brillante atavío.
Pero es digno de observar que este despojamiento, en sus fases más agudas—en
el nacimiento, en el bautismo, en la persecución, en la muerte—, viose como
compensado por ciertos obsequios y muestras de lo alto, mediante los cuales
quería Dios realzar a su Hijo. Con ello se pretende ejercitar y a la vez ayudar
nuestra fe, hacerla razonable sin que deje de ser libre.
Ya las profecías venían anunciando estos dos costados del Hijo del hombre. En El
inverosímilmente convergen dos series de vaticinios tan antagónicos que parecen
dos paralelas tiradas al infinito. David lo contempla en los esplendores del poder:
«Tu pueblo se te rendirá el día de tu esfuerzo; sobre los montes sagrados serán
para ti los enemigos como rocío de aurora. Ha jurado Yahvé y no se arrepentirá:
Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec» (Sal 110,3-4). Pero
descubre también que los enemigos «le rodean como perros, le cerca una turba
de malvados; han taladrado sus manos y sus pies, y se pueden contar todos sus
huesos. Ellos le miran y le observan con gozo: se han repartido sus vestidos y
echan suertes sobre su túnica» (Sal 22,17-19). En Isaías es igualmente violento e
insufrible el contraste. Se trata de un Mesías cuya generación nadie puede contar
(53,8), y nos lo describe levantándose como el alba, brillante como una antorcha
(62,1), «constituido rey y maestro de las naciones» (55,4)• Sin embargo, este Mesías
será «despreciado, oprobio de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos
los agravios, alguien ante el cual se vuelve el rostro, escarnecido, estimado en
nada» (53,3)•
¿Cómo casar descripciones tan antitéticas? Son dos caras del mismo Señor. Una
y otra admirables, y su unión, incomprensible. El pensamiento escudriñador
desmaya y cede su puesto a la arrobada contemplación. Contemplamos al
creador del sol nacido bajo el sol. Es el creador de su madre; lo transportan unos
brazos que El ha construido, lo alimentan unos pechos que El se ha ocupado en
llenar. He aquí una fuerza que necesita fuerza, una sabiduría que es menester
instruir, el Verbo que aprende a hablar. Pero esta pequeñez no disminuye su
grandeza, ni aquella grandeza oprime tanta debilidad. Y a la vez esta flaqueza nos
da a nosotros energía, esta ignorancia nos esclarece, esta mudez pronuncia las
únicas palabras salvadoras, la pobreza nos hace ricos, el miedo nos reconforta, la
muerte nos otorga la vida. «La fortaleza de Cristo—resume San Agustín—te creó,
pero su debilidad te recreó; su fortaleza hizo que fuese lo que no era, y su
debilidad que no pereciera lo que ya era» 2.
Decíamos antes que Cristo no es apenas conocido entre los hombres. Tampoco la
religión que El fundó es más conocida. De ella se tienen muchos conceptos
imprecisos, ruines, descarriados. Hay quien dice que su esencia consiste en
ofrecernos la más alta moral; esto es verdad, pero también es verdad que el
cristianismo consiste en la superación de toda moral. Otros aseguran que su
esencia estriba en responder como ninguna a las más nobles exigencias de la
razón humana; es cierto, pero no deja de serlo igualmente que los misterios
cristianos sobrepasan infinitamente la razón, son su «escándalo». Hay quien
afirma que el cristianismo es la revelación de Dios como Padre, con el cual la
criatura se siente capaz de establecer relación amorosa, directa y personal; es
verdad, con tal que se acepte la verdad opuesta: el cristianismo es la religión que
más perentoriamente ha proclamado la necesidad de un Mediador.
¿Cuál es, pues, la esencia de la religión cristiana? Sólo Cristo, el Cristo concreto,
el Cristo de carne y hueso, el Verbo encarnado. No nos hace El hombres
religiosos, es nuestra religión.
1. El agua y el vino
¿Por qué ha de ser siempre tan sospechosa la alegría? Sucede así que las almas
que quieren darse a Dios, se encogen y se hacen tristes. Sucede también que
cuantos quieren alegría se alejan de Dios, porque lo creen un aguafiestas
iracundo. Pues mirad a Jesús de Nazaret camino de Caná de Galilea, donde va a
celebrarse una boda. Hay festín y alegría.
«El tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea y asistía la madre de
Jesús. Fue también invitado Jesús con sus discípulos al banquete» (Jn 2,1-2).
María probablemente estaba ya allí, habría ido de víspera para ayudar a la familia.
Habría colaborado en el minucioso adorno de la novia. Se acordaría entonces la
Virgen de su propia boda. De esto hacía ya treinta años o más. Pero ella se
acordaba como si hubiese sido ayer. ¿No se la contó más de una vez, con pelos y
señales, a su hijo? Su hijo Jesús: llevaba dos meses sin verlo. Había salido un día
de casa, dejándola a ella sola, con la casa repentinamente demasiado grande, con
casi todas las horas vacías, con el alma llena de preguntas que no se atrevió a
llevar a la boca. Su hijo «tenía que ocuparse en las cosas del Padre celestial».
Esas palabras las recordaba bien, una por una. También recordaba otras muchas
que su hijo le tenía dichas y que nosotros ignoramos. Le había dicho todo lo
necesario para que su adhesión a la obra mesiánica fuera una adhesión
consciente, íntima y responsable. Le había dejado de decir todo aquello que
hubiese impedido una colaboración oscura y meramente espiritual, por encima y
por debajo de esos planos de la inútil sensibilidad humana. Esa oscuridad, esa
incertidumbre maternal, constituían un precioso requisito de su colaboración. Ella
le había hecho ya todas las preguntas necesarias para cumplir su oficio de madre
y eficaz corredentora, y había omitido todas aquellas otras que rebasaban su
papel de esclava y pálida corredentora. «¿Qué hay entre yo y tú?»
No tienen vino.
No tienen vino. Jesús estaba acostumbrado a esta bella manera de decir por
metáforas y símbolos. Su «comida» es hacer la voluntad del Padre, y «los campos
amarillos ya para la siega» anuncian la próxima cosecha de almas (Jn 4,34-35) .
No hay vino. Sólo hay agua. He aquí que el Hijo del hombre va a transformar el
agua en vino.
«Había allí puestas seis hidrias de piedra para las purificaciones de los judíos, con
capacidad cada una para dos o tres metretas. Jesús les dice: Llenad las hidrias de
agua. Y las llenaron hasta arriba. Y El les dijo: Sacad ahora y llevadlo al
maestresala. Se lo llevaron, y luego que el maestresala probó el agua convertida
en vino—él no sabía de dónde venía, pero lo sabían los servidores que habían
sacado el agua—, llamó al novio y le dijo: Todos sirven primero el vino bueno, y
cuando están ya bebidos, el peor; pero tú has guardado hasta ahora el vino
mejor» (Jn 2,6-1o).
Las tinajas eran de piedra y no de barro cocido, pues el barro, según los rabinos,
contrae impurezas, y el agua tenía que servir para las purificaciones rituales que la
ley señalaba. El número de tinajas era seis. Número que significa imperfección, en
contraste con la idea de plenitud que sugiere el número siete. Agua de
lustraciones exteriores: la ley. Imperfección: la ley. «La ley no condujo nada a la
perfección» (Heb 7,19).
Pero Jesús manda llenar de agua los cántaros. Porque El no quiere crear vino en
unos recipientes vacíos; El simplemente va a convertir en vino el agua que ya
existía. Llenad, pues, las hidrias. «No penséis que he venido a abrogar la ley o los
profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla» (Mt 5,17). He venido a
consumar la ley, a dar el verdadero y definitivo sentido a todo lo precedente; no a
crear de nuevo, sino a elevar la creación entera hasta el nivel perfecto de la
segunda creación. Porque sabed que soy poderoso para sacar de las piedras hijos
de Abraham y para hacer luego, de éstos, hijos fieles de mi Padre. No he venido,
esposos—vosotros que os regocijáis ahora a la cabecera de la mesa—, no he
venido a dar unas normas distintas de aquellas que en el paraíso os fueron
dictadas, ni a inventaros un amor desconocido: vengo a daros fuerza para que
restablezcáis, en la medida de lo posible, la paz y mutua entrega de aquella
primera pareja; vengo a transformar en amor santo la pobre ternura que ya late en
vuestro corazón y en vuestras manos. Y siempre será así. El sacramento no
creará amor en el pecho de los que se acerquen al altar, sino que hará sagrado y
fecundo el que lleven allí, injertándolo en esa devoción suma que yo siento hacia
mi Esposa. He venido a convertir el agua en vino, toda vuestra vida anterior en
vida de justicia, la expectación en realidad, la alianza de vuestro padre Abraham
en reino de gracia y de salud.
El Antiguo Testamento va a hacerse nuevo, novísimo, eficaz por fin. Porque Cristo
va a otorgarle significación. «Leed todos los libros proféticos sin ver en ellos a
Cristo: no hay nada más insípido, más soso. Pero descubrid en ellos a Cristo, y
eso que leéis no sólo se hace sabroso, sino embriagador» 1.
1
SAN AGUSTÍN, In lo. Evang. 9,3: ML 35,1459.
Además, comenta, por otro lado, Severo de Antioquía, los doctores y escribas
habían estropeado el licor «mezclándole el agua de sus propias elucubraciones
febles y humanas» 2. Este vino aguado es el que va a ser transformado en el vino
generoso de la Sabiduría, el no saber en saber, y el saber en sabor.
Truécase el agua en vino. El bautismo «en agua» del Precursor es suplantado por
el bautismo de Jesús «en Espíritu y fuego». Las tinajas serán reemplazadas por
los odres; la ley, por la gracia.
Son dignos de notarse esos dos apuntes, de lugar y tiempo, que el evangelio tiene
buen cuidado en precisar: «al tercer día», «en Caná de Galilea». Todos los
detalles suelen tener en Juan recónditos e innegables simbolismos. El «tercer día»
nos traslada al «tercer día» de la resurrección de Jesús, cuando se efectuó
aquella soberana transformación de la muerte en vida, o, si queréis, del «alma
viviente» en «Espíritu vivificante» (1 Cor 15,45).
2. El vino y la sangre
No tienen vino.
Pero hay también otros textos que, al conjuro de las palabras de su madre, evoca
esta mañana Jesús. Otros textos, rojos como el vino, rojos como la sangre.
«¿Quién es aquel que avanza cubierto de colorado, con vestidos más bermejos
que los de uno que pisa uvas, tan magníficamente ataviado, avanzando en toda la
grandeza de su poder? Soy yo, el que administra justicia, el poderoso para salvar.
¿Cómo está, pues, rojo tu vestido y tus ropas como las de los que pisan en el
lagar? He pisado en el lagar yo solo, no había conmigo nadie» (Is 63,1-3).
Cristo se contempla ahora a sí mismo pisando solo en el lagar, con las uvas hasta
la rodilla, con la sangre hasta los ojos.
2
Homn. 119: Pat. Or., 26,388.
El alma se le aprieta. Tiene el vino ese olor dulzón de la sangre, el gusto salado
de la sangre. Pero es preciso, es necesario. ¿Cómo concebir, juntos y a la vez, las
ganas y la repugnancia, el miedo y el deseo? ¿Se sucedían o se mezclaban los
textos de Isaías? Eran líneas escritas una encima de la otra. « ¡Vosotros, los
sedientos, venid a las aguas! ¡Aun los que no tenéis dinero! Venid, comprad pan y
comed. ¡Venid, comprad sin dinero, sin pagar, vino y leche!» (Is 55,1).
¿Sin dinero, sin pagar? « ¡Habéis sido comprados a gran precio!» (1 Cor 6,2o),
«mas no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre valiosa de Cristo» (1 Pe
1,18-19). Jesús lo sabe. Sabe que El tiene que pisar la uva, y que El mismo será
la uva estrujada, y el vino ofrecido de balde a cuantos no tienen con qué pagar.
Sabe que es fácil convertir el agua en vino, pero que es difícil convertir el vino en
sangre.
En ambas ocasiones, Cristo cumple aquello que se le pide, mas después de haber
pronunciado una negativa. Hay que deducir, pues, que ésta no versa sobre la
acción que efectivamente realiza, sino sobre un propósito que oculta. Con todo,
entre la acción ejecutada y el contenido de su secreta intención media un estrecho
vínculo. Exactamente ese vínculo que liga el signo con la realidad significada: la
conversión del agua en vino simboliza la transformación que en su ser va a
operarse en el momento de su cruenta glorificación; la subida en silencio a
Jerusalén anticipa su ascensión al Padre a través de la cruz.
De la misma forma que el bautismo cristiano no pudo ser aún instituido durante el
bautismo de Cristo en el Jordán, tampoco el sacramento del matrimonio toma de
este milagro de Caná su origen. Antes de morir Jesús, estas cosas son meros
signos. Su muerte los convertirá en «signos eficaces».
Con voz cálida, despacio, les dirá a sus apóstoles: «Os lo digo, ya no beberé más
vino, en adelante, hasta el día en que lo beba de nuevo con vosotros en el reino
de mi Padre» (Mt 26, 29). Al día siguiente subiría a la cruz para morir.
Jesús murió para hacer posible ese festín al otro lado de la vida. Porque «el reino
de los cielos es semejante a un rey que preparó el banquete de bodas a su hijo»
(Mt 22,2). Es cosa de notar y agradecer el que en Caná de Galilea, marco simple y
florido del primer milagro de Jesús, concurriesen aquellas dos imágenes
fundamentales con que el período mesiánico había sido descrito: la imagen del
banquete y la imagen de los desposorios. La tierna alegría de una boda aldeana
es recogida con amor y puesta, como festivo anuncio, en el mismo dintel de los
cielos.
CAPÍTULO IX
1. La ira de Dios
Un día, cuando se disponía a curar a un hombre que tenía la mano seca, dirigióse
a los judíos que presenciaban, malévolos, la escena, «mirándolos con ira» (Mc
3,5). La misma ira brilló en sus ojos cuando ahuyentó la sugestión diabólica: «
¡Retírate de mi vista, Satanás!» (Mt 4,10), y cuando increpó a Pedro, que quería
disuadirle de la pasión: « ¡Apártate, Satanás!» (Mt 14,23). ¿Quién podrá, sin
temblar, imaginarse el fulgor de su mirada en el momento en que a Herodes le
llamó «zorra» (Lc 13,32), y cuando a los fariseos les gritaba « ¡hipócritas!» a su
misma cara? « ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que cerráis a los
hombres el reino de los cielos!... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas,
que recorréis mar y tierra para hacer un solo prosélito, y luego lo hacéis hijo de la
gehenna, dos veces peor que vosotros!... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos,
hipócritas, que diezmáis la menta, el anís y el comino, y no os cuidáis de lo más
grave de la ley!...
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el
plato, y por dentro estáis llenos de rapiñas y codicias!... ¡Ay de vosotros, escribas
y fariseos, hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, hermosos por
fuera, mas por dentro llenos de huesos de muertos y de inmundicial... ¡Serpientes,
raza de víboras!» (Mt 23,13-33). ¿Quién podrá componer el rostro de Jesús en esta
hora airada?
Idéntica y mayor cólera demostrará el día del juicio cuando rechace lejos de sí a
aquellos que no han querido socorrer al prójimo: « ¡Fuera de mi vista, malvados!»
(Mt 7,23). Actuará entonces «lleno de ira» (Mt 18,34) contra los siervos sin
entrañas. Las parábolas de la red, de los talentos, de las vírgenes, de las ovejas y
cabritos, de la cizaña, del banquete organizado por un rey, anticipan con
tremendos rasgos el furor que aquel día se pintará en el semblante de Cristo Juez.
« ¡Atadlo de pies y manos, cogedlo y echadlo a las tinieblas de fuera! Allí será el
llanto y crujir de dientes» (Mt 22,13).
Así como la caridad de Cristo en este mundo constituyó la imagen ostensible del
amor eterno, del mismo modo aquel enojo que repetidas veces mostró a lo largo
de su vida no era sino la expresión humana de esa ira divina que recorre como un
relámpago incesante las páginas de la Biblia. Se nos hace muy difícil concebir el
sufrimiento de Dios, del Dios trascendente sentado desde siempre en su trono.
Pero es preciso admitir en El una especie de sufrimiento, algo muy misterioso que
en El corresponde a lo que nosotros conocemos y así denominamos, algo que en
definitiva no puede ser otra cosa que su radical imposibilidad de hacer paces con
el pecado. Pues contra el pecado, como a blanco único, van orientados todos sus
propósitos de venganza.
«Objeto de ira y furor ha sido siempre para mí esta ciudad, desde el día en que fue
edificada hasta hoy, para que la haga desaparecer delante de mí, por tanto mal
como los hijos de Israel y los hijos de Judá han hecho para irritarme» (Jer 32, 31-
32). He aquí la causa de la irritación divina: el quebrantamiento de su voluntad.
«La ira de Dios se manifiesta desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de los
hombres» (Rom 1,18).
La vehemencia con que Jesús arremetió contra los mercaderes ilustra, de manera
gráfica y más o menos soportable, esa indecible pasión que abrasa al Señor
cuando contempla el mal del mundo. Ha habido hombres que, al lado de los
mayores extremos de compasión, hiciéronse portavoz y vehículo de la
intransigencia del Dios tres veces santo, y clamaron, y fustigaron, y trajeron plagas
a la tierra. Los profetas estaban hechos todos de esta materia incandescente. De
vez en cuando, en el momento en que el Espíritu se posesionaba de ellos, en el
momento en que la copa de Yahvé se sobraba, sacudían violentamente el país
con eso que Péguy llamó, cuando escribía sobre Juana de Arco, las «grandes
cóleras blancas». A su paso temblaban los hombres, temblaban los pecadores, los
«hijos de la ira» (Ef 2,3; 5,6).
Todo cuanto se insista sobre la ira de Cristo será insuficiente, ya que nunca los
subrayados humanos, por muchos y muy enérgicos que sean, podrán alcanzar a
ofrecernos el vigor de su expresión pura. Sin embargo, nunca cabe decir que su
ira fuese mayor—ni tampoco menor, ni tampoco igual—que su caridad: a fin de
cuentas, semejante ira no es sino un peculiar ejercicio de amor.
En la Escritura leemos que «hay en Dios misericordia y cólera» (Eci 16,12). Cólera
y misericordia son dos caras de una misma realidad, esa realidad divina tan
incompatible con el pecado como deseosa de salvar al pecador. ¿Recordáis
aquella frase de Pablo: «donde abundó el delito superabundó la gracia» (Rom
5,20)? No compara aquí el Apóstol dos cantidades, ni tampoco pondera
cuantitativamente dos cualidades; lo que hace es exaltar la misericordia divina, la
cual, para ejercerse, no tuvo que vencer a la cólera en una lid de fuerzas, sino tan
sólo destruir aquello sobre lo cual la cólera se cernía. Constituye, pues, la
misericordia un triunfo de la justicia no menos que la justicia representa siempre
una victoria de su piedad. Unicamente en este sentido puede afirmarse que Yahvé
es «tardo en enojarse» (Sal io3,8): su paciencia tiene en cuenta ya los últimos
resultados. No se trata, pues, de invocar un atributo divino en contra de otro
cuando ponemos en nuestros labios aquellas inolvidables palabras de Habacuc:
«En tu ira no te olvides de tu misericordia» (Hab 3,2).
Conviene asimismo destacar y poner a la luz otro aspecto de la ira, aspecto que, a
nuestro entender, es decisivo. Me refiero a los celos. Aquel celo divino que a sus
mentes trajeron los discípulos de Jesús cuando vieron a éste empuñar el látigo,
supone una cualidad del ser de Dios, un sentimiento, diríamos, que no anda tan
alejado de lo que solemos llamar celos en el amor de hombre y mujer. Se trataba,
es verdad, del celo por la casa de su Padre, de un celo apostólico. Pero el apóstol
cuida de que el templo esté no sólo limpio de toda profanación, sino también
repleto de almas orantes; preocúpase del honor del Esposo y, al mismo tiempo, de
la devoción de la esposa, ya que únicamente en la fidelidad de ésta estriba la
honra de aquél. Hay un texto del Deuteronomio que es muy elocuente: «No te
vayas tras otros dioses, dioses de los pueblos que te rodean; porque Yahvé, tu
Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso, y la cólera de Yahvé, tu Dios, se
dirigiría contra ti y te haría desaparecer de la tierra» (Dt 6,14-15). Vemos aquí
cómo, llegado el caso, puede el furor de Dios cebarse contra su pueblo infiel, de
antemano ligado a El por una alianza nupcial; es un arrebato provocado por una
deslealtad de índole adulterina. Mas un marido celoso no es un marido que
castiga y abandona luego a la mujer prevaricadora; precisasamente se muestra
celoso cuando ansía recobrarla. Trátase, por consiguiente, de una pasión siempre
despierta que amenaza contra cualquier posible infidelidad y que se venga de toda
infidelidad efectiva. Porque Dios es «celoso», no puede contemplar sin enojo una
felonía ni puede tampoco mirar con indiferencia al culpable una vez aplicada la
sanción. Sigue siendo celoso y aspira a restablecer las tiernas relac iones de
antaño.
Cuando Jesús arroja del templo a los mercaderes, castiga de hecho una
profanación, ya que la casa de su Padre, que es lugar de plegaria, había sido
transformada por ellos en una cueva de ladrones. Condena al mismo tiempo una
idolatría: «la avaricia es una especie de idolatría» (Col 3,5). Manifiesta, pues, de
este modo la exasperación divina contra aquellos que se habían prosternado
delante de otros dioses. Reivindica el honor lastimado del verdadero Dios. Pero no
termina ahí su gestión: en el contexto general de su vida, esta acción viene a
encuadrarse dentro de la gran misión redentora que El vino a cumplir. En último
término, pretende que esos hombres a los que hoy tan duramente trata, retornen
al templo para adorar «en espíritu y en verdad».
La esposa ha burlado sus pactos, los hombres han escarnecido a su Señor. ¿Los
aplastará en el día de su enojo? No, porque el Señor es Dios y no un hombre. «Mi
corazón se revuelve dentro de mí, se conmueve en mis entrañas, mas no
ejercitaré mi ira y no enviaré a Efraím su destrucción, porque soy Dios y no
hombre» (Os 11,8-9).
Yahvé, después de haber dado curso a su ira anegando el mundo con el diluvio,
prometió a Noé: «Ya no volveré a exterminar la vida que puse sobre la tierra;
mientras ésta dure, habrá sementera y cosecha, frío y calor, verano e invierno, día
y noche» (Gen 8,21-22). La regularidad de las estaciones, que permite confiar en
la constancia de los elementos todos, fue el compromiso que Dios firmó con la
humanidad. Pero hemos de saber que este compromiso quedará rasgado el último
día. Será aquél «el día de la ira» (Sof 1,15), «el día más terrible de todos» (J1
2,31). Las criaturas se verán súbitamente arrancadas de sus propios goznes y
todo se mudará para universal confusión. «Quedaron al descubierto los
fundamentos del orbe, ante la ira increpadora de Yahvé, al resplandor del huracán
de su furor» (Sal 17,16). «Los animales terrestres se hacen acuáticos, y los que
nadan, caminan sobre la tierra. El fuego supera con el agua su propia virtud, y el
agua se olvida de su propiedad de extinguirlo» (Sab 19,18-19). ¿Qué sucede? Es
Dios que baja a desplegar su brazo iracundo. Viene a juzgar con voz tonante. «Es
poderosa la voz de Yahvé, la voz de Yahvé tiene gran majestad. La voz de Yahvé
rompe los cedros, troncha los cedros del Líbano, hace saltar al Líbano como un
ternero y al Sarión como una cría de búfalo» (Sal 28,4-6).
Aquel día será el día postrero. Ya no perseguirá Dios con requiebros y amenazas,
con diversas mañas y artes, a la esposa infiel. Dios dejará de ser celoso. Quien se
vea sorprendido en traición, recibirá tormento para siempre, y ya nunca más
volverá Dios a convidarlo. Su cólera será definitiva, estable, tranquila. Habrá algo
más intolerable que la cólera: «Aquel que está en los cielos, el Señor, se ríe de
ellos» (Sal 2,4). La resonancia de esta visa es indeciblemente más estremecedora
que sus cóleras, sus cóleras en el tiempo, sus cóleras industriosas y nacidas en el
amor.
«Porque quienes, una vez iluminados, gustaron el don celestial y fueron hechos
partícipes del Espíritu Santo, gustaron de la dulzura de la palabra de Dios y los
prodigios del siglo venidero, y cayeron en la apostasía, es imposible que sean
renovados otra vez a penitencia y de nuevo crucifiquen para sí mismos al Hijo de
Dios y le expongan a la afrenta» (Heb 6, 4-6). El Juez será, al final de los siglos, el
mismo Cordero. ¿Qué otra imagen hay más dulce y suave que un cordero? Pero
el Cordero pronunciará su sentencia inapelable. Quizá no haya nada más terrible
que el furor de la dulzura, nada más impresionante que «la ira del Cordero» (Ap
6,16), ninguna justicia más pavorosa que aquella que dicta la misericordia
escarnecida.
Cristo veía, como a la luz del sol, los corazones. ¿Y qué es lo que en ellos veía?
¿Qué concepto tenía, en general, acerca de los hombres?
«No se confiaba a ellos...» Preciso es reconocer que en la mayoría de sus juicios
se mostró francamente pesimista; sus sentencias fueron de ordinario
condenatorias. A su generación la trata de «generación mala y adúltera» (Mt 12,39;
16
,4). A sus discípulos los envía «en medio de lobos» (Mt 1o,16). ¿Referíase acaso
nada más a ciertos grupos, a ciertos estratos de peor condición? No; sus juicios
tenían una validez marcadamente universal; eran juicios globales, no afectaban a
este o aquel individuo. Hablando un día de los galileos que ejecutó Pilato, dijo:
«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los otros por haber
padecido eso? Yo os digo que no, y que, si no hiciereis penitencia, todos
igualmente pereceréis. Aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y
los mató, ¿creéis que eran más culpables que todos los hombres que moraban en
Jerusalén? Os digo que no, y que, si no hiciereis penitencia, todos igualmente
pereceréis» (Lc 13,2-5). A todos los hombres los califica de «malos» (Mt 7,11), y
hay en sus palabras una seguridad absoluta cuando lanza el reto: «Quien de
vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra» (Jn 8,7).
¿Qué es el hombre? Esta tan simple, elemental pregunta, viene siendo formulada,
en público y en secreto, en la plaza de la ciudad y en lo más recóndito de cada
corazón, desde que la humanidad empezó a existir. Nadie se ha librado de
hacerse a sí mismo, más o menos explícitamente, esta fundamental interrogación.
Las ciencias y los mitos, los análisis y las intuiciones, han aportado a lo largo de
los siglos sus respuestas, tímidas o arrogantes. Pero todas ellas, si han osado
descender hasta la última capa, han tropezado con algo demasiado oscuro e
inabordable. Sólo la palabra de Dios ha descorrido el último velo.
Pero hay más. Al ser el hombre también espíritu, contiene, junto a su finitud
propia, una cierta infinitud: esto no lo eleva a un plano sobrenatural, por supuesto,
pero sí lo sitúa en la posibilidad de ser elevado hasta él algún día. La tentación
primordial, que se enmascara en todas las tentaciones cotidianas, consiste en
pretender «ser como Dios». Sin embargo, eso que constituye un pecado y un
fracaso toda vez que significa aceptación de la sugestión diabólica, si es, por el
contrario, docilidad a una invitación divina, representa en verdad un mérito y un
éxito. Pues he aquí que el hombre, no por sí mismo, sino por merced del Señor,
ha llegado a ser como Dios. Y Dios ha llegado a ser hombre. Este, entonces, ya
no se limita a ser puente entre el mundo de la materia y el mundo del espíritu, sino
que ha venido a ser también puente entre la creación y el Creador.
Cristo conoce a los hombres: conoce a sus ovejas. Es decir, el conocimiento que
del hombre posee Cristo no es un conocimiento tan sólo lúcido, frío, propio de un
observador que advirtiese implacablemente todas las imperfecciones; es una
inteligencia amorosa, de pastor que da la vida por su rebaño. El siguiente
versículo de San Juan califica de manera todavía más honda este conocimiento:
conozco a mis ovejas «como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre».
Ahora bien, semejante conocimiento le viene a Cristo de su divinidad, de su
pertenencia a la esfera divina. Pues del mismo modo, Cristo está tan embebido,
tan arraigado en la humanidad, que conoce a ésta en su núcleo más propio como
nadie la ha podido conocer nunca. Jesús vive en el corazón de cada corazón y
ningún secreto existe para sus ojos. Ni el psicólogo más sagaz ni la persona más
enamorada podrán nunca conocernos como nos conoce El: mientras los demás
son siempre «otros», El pertenece a nuestra intimidad más estricta, de manera
análoga a esa identificación suya con el Padre, en cuyo seno mora.
«Nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Lc 10,22). Nadie tampoco conoce al hombre
sino Jesucristo. Cualquier concepto que poseamos del hombre, bien sea elogioso
o adverso, será siempre un concepto iluso si no está inspirado en la noticia que
del hombre nos ha suministrado Jesús. El rompe, además, la esencial soledad del
hombre y permite, a cuantos se aman, la convivencia y conversación en un nivel
antes ignorado; porque El es también la única puerta del redil (Jn 10,7), el acceso
único a los hombres.
CAPÍTULO X
De una sola mirada, Cristo alcanzó la raíz de aquel corazón. Era un corazón recto,
bienintencionado, enemigo de la maldad. Era, a la vez, un corazón flaco, indeciso,
enemigo de todo exceso aun en el bien. Era Nicodemo.
«Había un fariseo de nombre Nicodemo, principal entre Ios judíos, que vino de
noche a Jesús y le dijo: Rabí, sabemos que has venido como maestro de parte de
Dios, pues nadie puede hacer esos milagros que tú haces si Dios no está con él»
(Jn 3,1-2).
Porque era un alma animada de buenos deseos, fue a ver a Jesús. Porque era
cobarde, fue a verlo de noche. Temía comprometerse tanto en un sentido como en
otro. Pertenecía al número de aquellos que Juan describe así: «De entre los jefes,
muchos creyeron en El, pero por causa de los fariseos no lo confesaban, para no
quedar fuera de la sinagoga. Amaban más la gloria de los hombres que la gloria
de Dios» (Jn 12,42-43).
Claro está que, entre estos principales de la nación, había sin duda muchos
grados y matices en punto a su mayor o menor adhesión a Jesucristo. Habrá,
andando el tiempo, quienes se pongan resueltamente a favor de los enemigos
cuando sea en público consultada su opinión, y habrá otros que, más o menos
tímidamente, iniciarán la defensa de Jesús perseguido. Uno de éstos fue
Nicodemo. «Les dijo Nicodemo, el que había ido antes a El, que era uno de ellos:
¿Acaso nuestra ley condena a un hombre antes de oirle y sin averiguar lo que
hizo? Le respondieron y dijeron: ¿También tú eres de Galilea? Investiga y verás
que de Galilea no ha salido profeta ninguno» (Jn 7,50-52). Acaso para esas
fechas seguía ya vergonzantemente al Maestro; acaso era, como José de
Arimatea, «discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos» (Jn
19,38). Nada se vuelve a saber de él hasta después de muerto Cristo, cuando
acude con cien libras de mirra y áloe para embalsamarlo (Jn 19,39). Y el velo se corre
aquí, sobre esta pálida figura, para siempre. ¿Pudo más su intrepidez que su
apocamiento? ¿Pudo más su fe que sus prejuicios?
Nicodemo era «maestro en Israel» (Jn 3,10). No contaba, desde luego, entre
aquellos doctores a los que Jesús increpó con tanta dureza: « ¡Ay de vosotros,
doctores de la ley, que os alzasteis con la llave de la ciencia! Vosotros mismos no
entrasteis, y a los que querían entrar, se lo impedisteis» (Lc 11, 52). Pero era un
intelectual típico, tal vez en aquel sentido en que Nietzsche hablaba de Erasmo:
«el intelectual o la cobardía». Los hábitos de estudio habían agudizado su poder
de calcular y discernir, embotando esa otra facultad que permite y obliga al
hombre a decidirse rotundamente por una solución. No había cruzado todavía
aquella frontera que para Pascal separa «el Dios de los filósofos» del otro Dios,
«el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», el Dios que intima a hacer la apuesta.
Porque en las escuelas judías era muy frecuente la paradoja de confesar con la
boca al Dios de Abraham y tener en el corazón únicamente al Dios de los
filósofos.
Las graves trabas que encontró este maestro para seguir a Cristo—muy
semejantes, hasta cierto punto, a aquellas que al joven rico impidieron abandonar
su hacienda—nos plantean una cuestión muy delicada: ¿no es realmente
preferible, por lo que a la salvación del alma atañe, la ignorancia de un hombre
tosco a esas inteligencias largamente trabajadas? De hecho, la mayoría de los
primeros prosélitos del cristianismo procedían de la clase inculta, y recibieron, por
parte de los profesionales de la inteligencia, que se mantenían desdeñosamente
alejados de la nueva doctrina, el calificativo humillante de apaideutoi, «sin letras».
Existe, no se puede negar, una peculiar situación del entendimiento cultivado que
es menester considerar como peligrosa. Existe asimismo una ciencia mala, que
hincha el espíritu y fomenta la soberbia (1 Cor 8,1). Es la ciencia que en alta
medida poseen los demonios 1. Es la ciencia fundada en «argumentos capciosos»
(Col 2,4). Son «las filosofías falaces y vacías, basadas en tradiciones humanas, en
los elementos del mundo y no en Cristo» (Col 2,8).
Hay igualmente una ciencia inútil, que es «como apacentarse de viento» (Ece
1,17). De sobra es conocido aquel agraphon atribuido a Cristo: « ¡Cuántos son los
árboles! Pero no todos dan fruto. ¡Cuántos son los frutos! Pero no todos son
provechosos. ¡Cuántas son las ciencias! Pero no todas son útiles». ¿Para qué
ocupar nuestra cabeza y nuestro tiempo con estudios inservibles? ¿Para qué
acumular conocimientos que no nos han de valer en el único trance importante?
Cierto piadoso rabino, a quien un padre preguntó en qué momento convenía que
su hijo aprendiese la sabiduría griega, contestó: «A una hora que no pertenezca ni
al día ni a la noche». El padre recordó entonces, con sonrojo, aquel precepto del
Talmud: «Día y noche estudiarás la Ley».
Pero ¿acaso el estudio de los libros sagrados ayuda algo a la salvación? ¿No
pertenecerá él también al número de las cosas inútiles y hasta peligrosas? Los
judíos que se obstinaron contra Cristo dedicábanse a escudriñar la ley (Jn 5,39), y
«esta gente que ignora la ley y son unos malditos» (Jn 7,49) fueron precisamente
quienes se adhirieron a El y alcanzaron la gracia.
En este punto no existen ventajas. Nada hay mejor ni peor. ¿Qué es preferible:
haber recibido cinco denarios, o dos, o uno? Los frutos que a cada cual le serán
exigidos guardan estricta proporción con las facultades que previamente le fueron
otorgadas. No resulta más envidiable contar en principio con cinco denarios: a la
hora de las cuentas deberán ser entregados diez. Tampoco puede apetecerse el
estar obligado a devolver tan sólo dos denarios: se cuenta para el trabajo con muy
corto préstamo, con un denario exclusivamente. Además, los denarios del
evangelio no significan meramente esas potencias que el mundo como tales
estima: talento, por ejemplo, para resolver las dificultades. En el plano
sobrenatural no deja de ser un buen denario esa tosca simplicidad nativa, la
cualidad de no percibir nunca las dificultades, de superarlas por inadvertencia.
Quizá en el juego de los préstamos y las deudas haya que incluir un tercer
elemento, como ocurre en las diversas fórmulas de la palanca. Nada hay en
absoluto preferible. Tanto el sabio como el ignorante están conminados a amar a
Dios «con todo el entendimiento» (Mt 12,30), con todo su entendimiento, sea el
que sea.
Existe una ignorancia mala, como hay una ciencia dañosa. Una ignorancia que,
lejos de excusar a nadie, constituye ya en sí misma un pecado, el pecado por
excelencia. Afirman los budistas que sólo es pecado la ignorancia, pues el que
sabe, no peca. Pecamos porque nos engañamos, pero nos engañamos porque
somos pecadores. No es concebible el error en quien vive metido en la luz de
Yahvé. Aquellos otros, en cambio, que viven en la maldad son capaces hasta de
«traficar con la palabra de Dios» (2 Cor 2,17).
Puede la razón llegar a Dios, puede llegar a conocer su existencia y hasta sus
cualidades, por analogía con aquellas que en el mundo contempla; puede conocer
a Dios en cuanto participado en las criaturas. Sólo lo alcanza, pues, desde fuera.
Y cuanto esto consigue, debe inmediatamente renunciar a aplicarle sus medidas,
pues Dios es el Ininteligible, que hace inteligible todo lo demás, del mismo modo
que una lámpara muy potente ilumina todo en torno suyo, pero impide que la
mirada descanse en ella y la penetre.
La «ignorancia» que San Pablo exige como requisito para obtener la sabiduría es
nada menos que la muerte del hombre viejo. «Os habéis despojado del hombre
viejo con sus usos y revestido el hombre nuevo, que, para lograr el perfecto
conocimiento, se renueva a semejanza del que lo ha creado» (Col 3,9-Jo). El
pensamiento ha muerto y resucita. «Si a Cristo conocimos antes según la carne,
ya no es así» (2 Cor 5,16). Al decir esto, referíase Pablo no precisamente a un
encuentro personal con Cristo durante su vida mortal, sino a un conocimiento
según las apariencias y no según la gloria. Sólo el Espíritu puede explicarnos a
Jesús; de otra manera, Cristo será únicamente el producto de nuestros sueños.
Una nueva luz, una luz indeficiente preside esta etapa. Ya no existe la vieja
mentalidad del mundo, ya no hay sitio tampoco para la vana curiosidad de los
sentidos. «En aquel día ya no me preguntaréis nada» (Jn 16,23). Las zonas de
claridad y oscuridad que constituyen el campo donde trabajosamente se mueve la
inteligencia natural, no preocupan al hombre de fe, que mira ya con «los ojos del
corazón» (Ef 1,18).
Este vino y le dijo: Rabí, sabemos que has venido como maestro de parte de Dios,
pues nadie puede hacer esos milagros que tú haces si Dios no está con él.
Respondió Jesús y le dijo: En verdad te digo que quien no naciere de nuevo no
podrá entrar en el reino de Dios. Díjole Nicodemo: ¿Cómo puede el hombre nacer
siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a
nacer? Respondió Jesús: En verdad, en verdad te digo que quien no naciere del
agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos. Lo que nace de la
carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te maravilles de que
te he dicho: Es preciso nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere, y oyes su
voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo nacido del Espíritu.
Respondió Nicodemo y dijo: ¿Cómo puede ser eso? Jesús respondió y dijo: ¿Eres
maestro en Israel y no sabes esto? En verdad, en verdad te digo que nosotros
hablamos de lo que sabemos y de lo que hemos visto damos testimonio; pero
vosotros no recibís nuestro testimonio. Si hablándoos de cosas terrenas no creéis,
¿cómo creeríais si os hablase de cosas celestiales? Nadie sube al cielo sino el
que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. A la manera que
Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo
del hombre, para que todo el que creyere en El tenga la vida eterna (Jn 3,2-15).
Nacer de nuevo, nacer del agua y del Espíritu. Bautismo y fe. La fe, ese acceso a
la sabiduría que no puede alcanzarse mediante la ciencia ni tampoco por el
estudio de las Escrituras, sino por la «ignorancia» del recién nacido. Dice San Ivo
de Chartres que la Iglesia «engendra constantemente a los pueblos cristianos en
la fuente del Agua por la Palabra» 3. Agua y Palabra a las que, por parte del nuevo
fiel, corresponde la humilde recepción del agua y el humilde acatamiento de la
palabra, el bautismo y la fe. Ambas cosas indivisamente. «¿Qué deseas?», se le
pregunta al catecúmeno cuando va a recibir la ablución. Y éste responde: «La fe».
El sacerdote continúa preguntando: «Y la fe, ¿qué te da?» «La vida eterna».
Nacemos hoy por obra del agua y del Espíritu, lo mismo que ocurrió en la
concepción del Primogénito. «Para todo hombre que renace—explica San León
Magno—, el agua bautismal es una imagen del seno virginal, y fecunda a la fuente
del bautismo el mismo Espíritu que fecundó también a la Virgen» 4. «Dio al agua lo
que había dado a su madre», insiste con magnífica concisión un poco más
adelante 5.
Ya dijimos que, para conseguir este nuevo nacimiento, era preciso morir al
hombre antiguo. Lo cual corresponde a ese segundo cometido que el simbolismo
hebreo atribuye al agua. No es el agua sólo un principio de vida, sino también una
potencia de muerte, como más adelante, cuando asistamos a la fiesta de los
Tabernáculos, se demostrará. Los Padres recogen esta feliz ambivalencia para
hablarnos del bautismo como de «madre y sepulcro».
4
Serm. 24,3: ML 54,206.
5
Serm. 25,5: ML 54,211.
6
De bapt. 1: ML 1,1198.
Nunca podrán separarse estos dos aspectos, que, por lo demás, constituyen
siempre las dos partes del programa de Jesús y el doble significado de todos los
sacramentos. Si retenemos tan sólo la cara de la muerte, aparece el mensaje
cristiano como una religión negativa, paupérrima y odiosa, que identifica la
santidad con el desprecio de la vida y sus hermosuras. Mas, si suprimimos esta
exigencia de muerte y proclamamos con exclusividad la gloria de la nueva vida, se
corre el riesgo de concebir ésta como una prolongación o enaltecimiento de la vida
natural, sin ruptura ni contienda, sin la necesaria, dolorida atención al tropiezo del
pecado.
La dualidad de vida y muerte acompaña a todos los sacramentos. No es sólo en el
bautismo, cuando el alma se sumerge y emerge, y prueba la amargura de la
muerte antes de conocer el gozo de la vida. También sucede en la confirmación,
que es rito de la señal de la cruz, y dispone el corazón para el martirio, y nos trae
el Espíritu Santo, el cual sigue siempre, y no precede, a la muerte de Jesús (Jn
7,39). Y en la eucaristía, que es cuerpo «entregado» (1 Cor 11,24) y sangre
«derramada» (Mt 26,28). Y en la penitencia, donde el alma recupera la vida tras
haber muerto a sus pecados, igual que en la última unción. Lo mismo acontece en
el matrimonio, que exige sin demora la supresión del egoísmo para el desarrollo
d4 amor y la multiplicación de la vida y significa el misterio deisto, el cual amó
tanto a su esposa, que recibió muerte por ella (Ef 5,25). Igualmente en el
sacramento del orden, relativo a la eucaristía y a la Pascua o paso de la muerte a
la vida. Y todo esto es así porque, «si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
quedará solo; si muere, en cambio, producirá mucho fruto» (Jn 12,24).
En el paso del mar Rojo, otra imagen del bautismo—la nube era figura del Espíritu
Santo, que «cubre con su sombra» la gestación de los hijos de Dios (Lc 1,35)—,
mueren en el agua tanto los egipcios como las antiguas idolatrías de Israel. Pablo
—que afirma el sentido simbólico de todas estas profecías en acción (1 Cor 10,1-
6)—declara de manera bien explícita el doble rostro de vida y muerte que nuestro
sacramento ostenta: «¿Ignoráis acaso que cuantos hemos sido bautizados en
Cristo fuimos bautizados para participar en su muerte? Con El hemos sido
sepultados por el bautismo, para participar en su muerte, para que, como El
resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos
una vida nueva» (Rom 6,3-4).
9
Orat. in S. Teoph. 3: MG 65,760.
El agua que Juan derramaba sobre las cabezas abatidas de los hebreos
significaba que el mundo entraba en juicio, que este siglo estaba ya condenado. El
bautismo en Espíritu trae el elemento positivo y consolador, arguye que el
cristiano vive ya en el «siglo venidero», cuyas arras nos han sido entregadas por
el Espíritu (z Cor 1,22; 5,5). Nuestro bautismo, que es «en agua y en Espíritu»,
que es ya en Espíritu, pero todavía en agua, ilustra esta nuestra condición de
cristianos en camino, tan gozosa ya como penosa aún.
3. Fe es vida
Los versículos 16 al 21 del capítulo que nos ocupa constituyen un luminoso y muy
pertinente comentario de Juan a las palabras que Jesús acaba de dirigir a
Nicodemo. El núcleo de este comentario viene a ser como sigue: la fe en Cristo
otorga la vida, mientras que el rechazo de esa fe acarrea inexorable la muerte.
Parece, a primera vista, asombroso que todo se reduzca a la fe. Luego diremos
que esta fe ha de ir acompañada de obras, como a cualquiera de buen sentido se
le alcanza, pero no deja de sorprendernos, y mucho, que la fe se use como
concepto global que incluye, además, las obras. Nosotros más bien nos
sentiríamos tentados de considerar la fe como una obra más. Sin embargo, no es
así. La fe lo resume todo, puesto que no significa la aceptación de un cierto
número de verdades, sino la acogida que el hombre ofrece a la llegada del reino.
Ya la fe comienza por ser la primera respuesta que la criatura tiene que dar a
Nuestro Señor en compensación de su primer pecado. Lo contrario de este
pecado no es en verdad una obra humana positivamente buena; quien así
pensara demostraría desconocer tanto la fuente del pecado original cuanto la
mísera situación en que éste dejó al hombre, incapaz de producir por sí mismo
ninguna obra aceptable. No; la raíz del primer pecado consistió en rechazar la
palabra divina y a ella preferir la voz de los sentidos. En contrapartida, el principio
de la conversión estribará en que el hombre desoiga y rechace sus propias ideas,
sus pretendidas evidencias, y se haga de nuevo receptivo a la palabra que
desciende de lo alto.
¿En qué consiste esta palabra que Dios dirige al hombre? En la Palabra. La fe,
por tanto, es la acogida que el corazón dispensa al Verbo. «Que habite Cristo por
la fe en vuestros corazones» (Ef 3,17). Y San Agustín formula ya: «Si está la fe en
nosotros, Cristo está en nosotros» 10.
Las tres contadas ocasiones en que el Padre habló al mundo (Mt 3,17; 17,5; Jn
12,28), lo que únicamente hizo fue proclamar en Cristo el objeto de toda su
complacencia y recomendar a los hombres sin distinción: «Escuchadle». Páginas
atrás dijimos ya que en la persona del Hijo se halla compendiada la revelación
entera. Cuanto precedió fue un ensayo; todo lo que después ha seguido
constituye nada más el eco del Verbo. Creer en El significa creer que es la Luz,
pero una luz que nos ilumina (Jn 1,9; 11,5), que nos saca de las tinieblas (Jn 8,12;
12,46). Creer en El significa creer que es la Vida, pero una vida que se nos
comunica (Jn 1,4). Por eso, cuantos en El creen tienen la vida eterna (Jn 3,16),
mientras que todo aquel que le niega su fe, queda irremisiblemente excluido de
esta vida (Jn 3,36; 1 Jn 5,12), muere en su pecado (Jn 8,24), incurre en el juicio de
condenación (Jn 3,18; 12,48), carece de toda fecundidad (Jn 15,6), permanece
para siempre bajo la cólera de Dios (Jn 3,36).
La fe cristiana es tan soberana virtud porque no significa sólo creer a Cristo, sino
creer en Cristo, lo cual es mucho más, lo mismo que contemplar un rostro amado
es bastante más que verlo. Creemos a los profetas y a los apóstoles, pero no
creemos en ellos. Creemos a Cristo cuando admitimos la veracidad de su
testimonio; creemos en El cuando a El nos adherimos con todo el peso de nuestra
alma y de nuestro ser. (De los tres complementos que admite el verbo credere
hablaremos en otro capítulo.) Juan enumera una serie de términos que pueden
dar idea de lo que significa creer de verdad: recibirle (1,12), ir, venir (5,40;
6
,35.37.44), recibir su palabra (12,48; 17,8), ser su discípulo (8,31), morar en El
(6,56; 15,4) y en sus palabras (8,31). Paralelamente, el testimonio de Cristo no es
un complejo de ideas, de nociones, sino una realidad viva que da la vida (5,24;
8,51), que purifica (15,3), que libera (8,31), que consagra (17,17), que salva
(12,47).
Incluye, pues, la fe una confianza absoluta en Cristo. Dos son las tentaciones que
pueden cuartear y destruir nuestra fe: la tentación de compartir nuestro corazón
con los dioses de este mundo y la tentación de apoyarnos en nosotros mismos,
tratando de hacer pie en alguna consolación o certeza, a fin de sofocar las voces
del miedo que nos agitan cuando quedamos suspendidos en ese vacío humano
que la fe por definición exige. La confianza en Cristo ha de ser tan total que
entrañe una completa desconfianza de todo cuanto no sea El: los poderes de este
mundo no son El, ni tampoco mi energía, o mi experiencia, o mi capacidad de
cálculo. Tampoco mi concepto sobre El.
Es Pablo un enardecido cantor de la fe, que para él representa la vida entera del
justo (Rom 1,17). La fe constituye uno de los temas capitales de sus cartas. A
menudo contrapone la fe a las obras, a esos presuntos méritos que parecen
deducirse de las obras. Ama mucho a Abraham, porque éste, antes de ser
elegido, no tenía mérito alguno del cual poder vanagloriarse (Rom 4,2);
propiamente el mérito suyo consistió en su fe (Rom 4,20). Punto muy importante
que can frecuencia hemos de poner ante los ojos. «Habéis sido salvados
gratuitamente por la fe, y esto no os viene de vosotros, es don de Dios; no viene
de las obras, para que nadie se gloríe» (Ef 2,8-9). A las «obras» que pretendían
ejecutar los judíos, Jesús contrapone «la obra»: la fe (Jn 6,28-29).
Santiago, en cambio, afirma que la fe sin obras nada vale (Jac 2,17). ¿Cómo
conciliar dos criterios tan diversos? Sólo en apariencia difieren. Santiago habla de
la fe «muerta» y Pablo discurre sobre la fe que florece en todo género de virtudes:
aunque la fe no sea una obra natural, humana, engendra y saca a luz multitud de
obras, obras que ya no son puramente humanas, sino divinas, puesto que los
hombres de fe «son movidos por el Espíritu de Dios» (Rom 8,14). «Si vivimos del
Espíritu, andemos también según el Espíritu» (Gál 5,25). Ya sabéis cómo Pablo
habla de «la actividad de la fe» (1 Tes 1,3).
En la alegoría de la vid (Jn 15,1-2) se sobrentiende que el sarmiento desvinculado
de Cristo no puede producir fruto alguno de salud; y expresamente se asegura
que, si los sarmientos unidos a la cepa no dan fruto, serán cortados y echados al
fuego. La primera verdad va contra quienes juzgan que el hombre, de su propia
cuenta, es capaz de hacer algo de provecho; la segunda verdad, contra los que
piensan que la fe sin obras basta. Ahora bien, fijaos cuánta luz, y qué oportuna,
arroja la primera verdad sobre la última: nos persuade de que todo el fruto y
cosecha de los creyentes proviene, en definitiva, de Jesucristo.
Cosa notable es que, tratando tantas veces, como trata, del amor al prójimo, no
mencione Pablo apenas nunca el amor de ido a Dios. ¿Por qué? Porque este
amor recibe en sus car as el nombre de fe. «La fe que actúa por el amor» (Gál
5,6). El amor fecundo en obras—obras contrapuestas a «las obras de 1 ley»—no
es más que la proyección o verificación de la fe. S n Agustín lo describe
maravillosamente cuando exhorta a «co cebir a 9rC isto por la fe y parirlo por las
obras» 11.
La fe nos da la vida, la única vida que no desfallece, la vida eterna; pero se trata
de una vida eterna presente ya en esta vida temporal. En sus primeras cartas,
Pablo nombra esta vida como una existencia futura, al igual que los Sinópticos.
Más tarde concibe y explica esta vida como algo que posee ya hoy actualidad, si
bien es una vida «escondida» que sólo al fin habrá de revelarse (Col 3,3-4). Es vida en
esperanza, pero en esperanza segura (Tit 3,7). Y semejante vida se debe
precisamente a la fe en la palabra (Flp 2,16).
La vida que la fe otorga es una vida «en Cristo». Ciento sesenta y cuatro veces se
repite en Pablo esta expresión, formal o equivalentemente. Es la obsesión del
Apóstol, su gozo, su sustancia, su vida entera; la otra vida de aquí abajo es una
mera apariencia, pues él ya no vive: vive Cristo en él (Gál 2,20).
Y por Cristo es vida en la Trinidad. «Con Cristo en Dios» (Col 3,3). La fórmula del
bautismo delata esta conmovedora inserción de la criatura en el seno de la
existencia divina. Es menester aclarar y prestigiar la fórmula. Decimos «yo te
bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», pero esto no
significa que yo bautizo en representación de la Trinidad ni en virtud de los
poderes que por ella me han sido otorgados, de manera semejante a como un
juez absuelve o condena «en nombre» de la ley. El eis griego denota movimiento.
Cuando yo digo esas palabras, cuando yo bautizo, el catecúmeno es de verdad
introducido en la vida de las tres Personas. Bendito sea Jesucristo.
CAPÍTULO XI
Nada preciso sabemos acerca de ella, pero esas dos únicas notas que
conservamos constituyen, en el episodio que nos ocupa, otros tantos motivos de
sorpresa. Era samaritana y era mujer. La sorpresa surge inevitablemente al ver
que un judío habla con una persona samaritana, al ver que un Rabí dirige la
palabra a una mujer. «Llegó a una ciudad de Samaria llamada Sicar, próxima a la
heredad que dio Jacob a José, su hijo, donde estaba la fuente de Jacob. Jesús,
fatigado del camino, se sentó sin más junto a la fuente; era como la hora sexta.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber; pues
los discípulos habían ido a la ciudad a comprar provisiones. Dícele la mujer
samaritana: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?
Porque no se tratan judíos y samaritanos» (Jn 4,5-9) .
No era menor el otro motivo de asombro, y el evangelio así lo registra: «En esto
llegaron sus discípulos y se admiraban de que hablase con una mujer» (Jn 4,27).
Jesús, que está fatigado, pide de beber a una mujer que por allí se arrima a sacar
agua. Nos viene ahora a la memoria aquella versión que la Vulgata hizo del salmo
15,2: «Tú eres mi Dios y no necesitas de mis bienes». Aquella versión fue
enmendada, y ahora leemos: «Tú eres mi Señor y no hay para mí dicha alguna
fuera de ti». Nos imaginamos al mismo Jesús—cansado, sediento—corrigiendo ya
de antemano, cabe el pozo de Jacob, la antigua traducción.
Preferimos esta agua, estas cosas, esta ternura o vanidad. Pero sucede que las
cosas nos huyen, se nos escapan como agua entre las manos, o nuestra misma
mano se cansa de poseer, porque las cosas pierden su brillo cuando son
adquiridas y el corazón revela pronto su vaciedad en el momento en que otro
corazón lo invade. Las cisternas están rotas. Dios, por eso, no necesita venir
desde el exterior y encadenarnos con grilletes para hacernos propiedad suya,
posesión suya. El nos espera adentro, callado, en el fondo siempre sediento del
alma, en ese rincón agrietado que el amor de cinco maridos no ha sabido colmar.
Cristo nos ofrece un agua que salta hasta la vida eterna. Su fuerza ascensional
guarda la proporción de su descenso. Sube hasta Dios porque baja de Dios. Y
esta agua abre uná fuente en nosotros; el amor corre incesante, hácese inmortal e
invencible. No se puede guardar este amor en el pecho, es un amor que hace
amar. Y a medida que amamos más, tenemos más amor.
«El le dijo: Vete, llama a tu marido y ven acá. Respondió la mujer y le dijo: No
tengo marido. Díjole Jesús: Bien dices: No tengo marido; porque cinco tuviste y el
que ahora tienes no es tu marido; en esto has dicho verdad. Díjole la mujer:
Señor, veo que eres profeta» (Jn 4,16-19).
Muchas veces las muchedumbres le adjudicarán este título (Mt 21,11; Lc 7,16; Jn
7,40; 9,17). «Jesús Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y palabras ante
Dios y ante todo el pueblo», explican los discípulos de Emaús (Lc 24,19). Tras la
multiplicación de los panes, el clamor es general: «Verdaderamente éste es el
profeta que ha de venir al mundo» (Jn 6,14). Y nunca ha de rechazar Jesús este
título; al contrario, lo usa en varias ocasiones para calificarse a sí mismo. Después
de la decepción que sufrió en Nazaret, exclama: «Sólo en su patria y en su casa
es menospreciado el profeta» (Mt 13,57). «No puede ser que un profeta muera
fuera de Jerusalén», contesta cuando le advierten de los propósitos criminales que
Herodes abriga (Lc 13,33).
En su célebre sermón del templo, Pedro presentará a Jesús como el gran profeta
anunciado por Moisés, el profeta del cual hablaron todos los profetas anteriores
(Act 3,22-24). He aquí un punto del mayor interés: Cristo no es sólo un profeta,
sino el objeto de todas las profecías. El mismo, con abundancia de textos
oportunos, vino a demostrarlo ante los peregrinos de Emaús: «Comenzando por
Moisés y por todos los profetas, les fue declarando cuanto a El se refería a lo largo
de las Escrituras» (Lc 24,27). Los profetas de Israel habían ciertamente
prefigurado con su actividad al gran profeta que es Jesús de Nazaret; pero esto es
poco: lo habían además anunciado, orientando todos ellos sus vaticinios a esta
hora que ardientemente desearon contemplar. Sería, en efecto, hurtar la mejor
parte si, cuando alabamos a Cristo como profeta, pensáramos nada más en ,el
hecho indudable de sus varias predicciones, que luego fueron puntualmente
confirmadas. Sería cosa bien insuficiente y mezquina. Jesús es, sobre todo, el
Profeta, en cuanto que es el testigo único de las profundidades de Dios y es, por
eso, el único que habla de lo que sus ojos han visto (Jn 3, II; 5, 19).
El culto espiritual sería lo opuesto al culto oficial, que, tal como se venía
practicando en Jerusalén, reducido casi a meras ceremonias mecánicas, había
muchas razones para desestimar. Pero no es ése el sentido de la expresión que
Jesús usa. Sabed que el culto exterior deberá permanecer siempre, y bien
organizado y rubricado. La adoración «en espíritu» no puede prescindir de su
exterioridad visible. Constituiría una grave amputación entender la frase de Cristo
como un menosprecio de lo exterior y corporal. Daríase además la paradoja de
que así, al recusar todo ejercicio externo, se trocaba la adoración en idolatría, en
la más funesta de las idolatrías: llegaría, en efecto, el «espíritu» humano—espíritu
en contraposición a materia—a adorarse a sí mismo, injustamente envanecido en
la medida en que él se obstina en despreciar la materia.
Ese «espíritu» del cual habla el Maestro no es otro que el Espíritu increado, su
propio Espíritu: «el Espíritu de su Hijo que clama en nosotros: Abba!, ¡Padre!»
(Gál 4,6; Rom 8,15). «El mismo Espíritu llega en ayuda de nuestra flaqueza,
porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; es el mismo Espíritu
quien aboga por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26).
La palabra verdad viene regida por la misma preposición que afecta a espíritu.
Significa, pues, «verdaderamente», «de verdad». Nada tiene que ver con una
pretendida sinceridad humana. Porque ¿quién sabría decir cuándo adora de
verdad? ¿Tan seguro está de que aquello que adora es Dios? ¿No será tal vez
una porción o proyección de su alma, que él mismo previamente ha divinizado?
¿Y no significaría entonces tal «verdad» una orgullosa presunción de verdad? Los
adoradores «verdaderos» son tan sólo aquellos que hacen dimanar su adoración
del único principio de adoración verdadero: del Espíritu.
Jesús ha dicho que «ni en este monte ni en Jerusalén». Con tales palabras zanja
la cuestión acerca del culto futuro, mas no por eso se desinteresa del problema
que ha dado origen a esa rivalidad entre samaritanos y judíos. Taxativamente
afirma la gran diferencia: los judíos saben lo que veneran, los samaritanos lo
ignoran. Con la misma claridad asegura que «la salvación vendrá de los judíos».
¿Cómo? Retengamos por ahora este dato: Jesús ha hablado como judío,
sintiéndose miembro de su raza: «nosotros adoramos lo que conocemos».
No dice Jesús que sea indiferente adorar a Dios en un sitio o en otro, como
tampoco, según hemos visto, propugna un culto meramente «espiritual y sincero».
Sus palabras tienen una significación mucho más profunda, porque sobrepasan el
nivel de la religiosidad natural. Cuando habla de la adoración «en espíritu», se
refiere a aquella que su Espíritu suscita en las almas. Y cuando niega a Jerusalén
y a Garizim sus prerrogativas de lugares santos, es porque está señalando ya su
propio cuerpo como único templo acepto a Dios.
Yahvé sigue, sobre todo, repitiendo a sus elegidos que El permanece libre e
inmenso. ¿No significaba acaso la trascendencia indomable de Dios aquel sancta
sanctorum donde nadie podía penetrar, aquella oscuridad, aquel perfecto silencio?
Aquel vacío sagrado, ¿no significaba asimismo que aún no había bajado el Unico
que podía llenarlo?
Vimos ya con qué magnífica cólera expulsó de él a los profanadores. Vimos cómo,
recién nacido, fue llevado allí para la ceremonia de la presentación. Durante su
vida pública subirá cada año a Jerusalén para la Pascua y será el templo el lugar
habitual de sus predicaciones. El mayor elogio que de él hizo fue llamarlo «la casa
de mi Padre» (Jn 2,16).
Sin embargo, comenzará pronto a corregir la mentalidad de los judíos, los cuales
consideraban el templo como lugar máximo y definitivo de Yahvé. «Yo os digo que
lo que aquí hay es más grande que el templo» (Mt 12,6). ¿Qué es eso mayor que
el santuario, hacia lo cual Jesús invita a dirigir la mirada y el corazón? «Destruid
este templo, en tres días lo reedificaré». El enigma continúa. ¿A qué templo se
refiere? Juan precisará después: «Se refería al templo de su propio cuerpo» (Jn
2,21).
¿Qué vale ya el edificio de piedras que se alza sobre el monte Sión? Cuando
muera Cristo, el velo sagrado se rasgará: ~ra ya inservible. Del costado del
verdadero templo manaba ya el torrente que iba a fecundar el desierto (Ez 47).
Cristo es el templo. Y por Cristo pasa a ser templo también «su cuerpo, que es la
Iglesia» (Col 1,18).
A Simón, príncipe de los apóstoles, impuso Jesús el nombre de Pedro. Pedro, que
significa piedra, porque sobre ella ha sido edificada la Iglesia. Mas la «piedra
angular», el verdadero fundamento, será siempre Cristo, como el mismo Pedro
afirmó rotundamente ante el sanedrín (Act 4,11). Pablo desarrolla después con
éxito este pensamiento: «La piedra angular es Cristo Jesús, sobre el cual se eleva
bien trabada toda la edificación para templo santo en el Señor, en quien vosotros
también sois edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,21-22).
Nosotros somos «las piedras vivas» (1 Pe 2,5) de esta construcción que vence al
tiempo. Piedras vivas. La antigua predicación de los profetas, que incesantemente
dirigía hacia el «reino interior» la atención de aquellos israelitas demasiado
satisfechos con su templo material, es condensada en ese precioso adjetivo de
Pedro. Piedras vivas, y su aglutinante es la vida de Dios: «Yo vivo y vosotros
viviréis; aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en
vosotros» (Jn 14,19-20).
El juego de las alegorías se cruza y entrecruza mil veces para dar siempre a
Cristo la palma. Porque, si Cristo es el templo, es también el que habita en el
templo. La epístola a los Hebreos nos describe cómo Cristo Pontífice, después de
haber efectuado la redención, «entró de una vez para siempre en un tabernáculo
mejor y más perfecto, no hecho por manos humanas, es decir, no de esta
creación» (Heb 9,11). Pero el autor del Apocalipsis, asomado a la Jerusalén
celeste, confiesa: «No vi templo en ella, pues el Señor, Dios todopoderoso, con el
C