8.
La mano huesuda
Una niña de siete años se había quedado con su abuela en su pequeño
piso porque sus padres se habían ido al cine. Todo fue normal, cenaron y
se rieron un rato charlando juntas. A las diez de la noche, la abuela se puso
a hacer labores de costura, y la niña se puso a ver la tele, pero de repente
a la abuela le entró una sed increíble, y le dijo a su nieta si le podía traer un
vaso de agua.
-Está oscuro -dijo la niña.
-No temas, sigue el pasillo, que justo al lado de la puerta del baño hay un
interruptor.
La niña se decidió, y al entrar al pasillo no veía nada porque estaba muy
oscuro, por lo que se arrimó a una pared y fue palpando y tanteando a
ciegas en busca de un interruptor. Al seguir andando y llegar al marco de la
puerta del baño, se paró y siguió tanteando, y de repente notó como una
mano huesuda intentaba arrastrarla a la oscuridad del baño. La niña logró
apartarse y fue llorando a su abuela. Desde entonces, la niña está en
tratamiento psicológico. ¿Que pasó, si solo estaban ellas dos en la casa y la
abuela estaba en el salón cosiendo?
[Del apartado Historias de miedo para campamentos de la web de cultura
popular oral Anecdonet].
9. ¿Quién apagó las psicofonías?
Lo que me dispongo a relatar es absolutamente verídico y relativamente
reciente, me ocurrió a mí hace aproximadamente seis meses. A mí el
mundo del espiritismo, las psicofonías y demás me produce mucha
curiosidad, pero a la vez me asusta.
Un compañero de clase me proporcionó un CD que tenía grabadas algunas
psicofonías. Mi hermano me propuso llevarme un portátil para escuchar el
CD mientras se duchaba, y así lo hicimos. Antes de escuchar la primera
psicofonía una voz presentaba el CD y hacía una advertencia: “Nunca lo
escuchen a oscuras”. En ese momento, para asustar a mi hermano, apagué
la luz del cuarto de baño y él gritó: “¡Enciende la luz!”. Cuando la encendí,
el disco ya no sonaba. Alguien le había dado al stop. Yo no fui, de eso
estoy seguro porque tenía el dedo en el interruptor de la luz, y mi hermano
tampoco, estaba dentro de la bañera y a más de dos metros del portátil.
¿Quién apagó las psicofonías? No lo sé, y no estoy seguro de querer
saberlo.
[Del apartado Historias de miedo para campamentos de la web de cultura
popular oral Anecdonet].
10. Ven a jugar conmigo
Hace un tiempo, una amiga mía y yo decidimos hacer espiritismo por
primera vez, ya que nunca antes nos habíamos atrevido a hacerlo.
Llamamos a otras dos amigas para que nos acompañaran, ya que a mí me
habían dicho que probablemente con solo dos personas sería más difícil
que pasara algo. Nos costó trabajo convencerlas, pero al final cedieron. Lo
preparamos todo y, un poco asustadas, comenzamos a hacer la ouija.
Durante la sesión, una de las compañeras a las que habíamos llamado dijo:
“Yo me voy de aquí, menuda tontería esta de la ouija”. Nosotras nos
asustamos un poco y decidimos dejarlo para otro momento.
Al cabo de unos días, la compañera que se había ido me llamó aterrorizada,
diciéndome que, de camino a casa después de haber ido a estudiar a la
biblioteca, al pasar por delante de una casa en ruinas que hay cerca de su
hogar, una niña vestida de blanco le había pedido que jugara con ella. Mi
amiga le dijo que no podía ya que tenía prisa por llegar a su casa, y acto
seguido, la niña comenzó a llorar con lágrimas de sangre. Mi amiga salió de
allí corriendo y al llegar a casa fue cuando me llamó. Hasta ahí fue lo que
me contó mi amiga. En un principio me lo tomé a broma, pero algo me
hacía pensar que mi amiga hablaba muy en serio.
En mi habitación comencé a darle vueltas al asunto y me acordé del día en
que habíamos hecho espiritismo y de las malas maneras con las que mi
amiga se había retirado. Pensé que no tendría nada que ver y me dormí. Al
día siguiente esa misma amiga me llamó porque iba a quedarse sola en
casa estudiando y tenía miedo, así que decidí acompañarla ya que yo tenía
también que estudiar. Cogí un autobús y, ya en su casa, nos pusimos a
estudiar. De repente, oímos a nuestra espalda un ruido como de arañazos.
Las dos miramos y comprobamos horrorizadas que la niña que ella me
había descrito estaba sentada sobre la cama de mi amiga, arañando la
pared. Salimos corriendo de la habitación y al llegar a la puerta observé
que mi amiga no estaba, pero yo estaba demasiado asustada para
esperarla.
Un rato después, la policía llamó a mi casa informándome de que mi amiga
había muerto de un ataque de asma. La habían encontrado en las escaleras
de su casa, con una expresión de terror en su cara. Yo estuve en
tratamiento psiquiátrico unos meses y ya me estaba recuperando, pero el
otro día, en mi buzón apareció una nota escrita con letra de niña pequeña
que decía: “Tu amiga murió por no jugar conmigo. Tengo una muñeca
nueva…”. Yo creo que es una broma, ya que nuestra historia se ha hecho
bastante popular en el pueblo, pero por otra parte tengo miedo… ¿vendrá
a por mí?
[Del apartado Historias de miedo para campamentos de la web de cultura
popular oral Anecdonet].
11. La cosa
Ted Martin y Sam Miller eran buenos amigos. Ambos pasaban mucho
tiempo juntos. En esa noche en particular estaban sentados sobre una
valla cerca de la oficina de correos hablando sobre nada en particular.
Había un campo de nabos enfrente de la carretera. De repente vieron algo
arrastrarse fuera del campo y ponerse en pie. Parecía un hombre, pero en
la oscuridad resultaba difícil saberlo a ciencia cierta. Luego desapareció.
Pero pronto apareció de nuevo. Se acercó hasta la mitad de la carretera,
en ese momento se dio la vuelta y regresó al campo.
Después salió por tercera vez y se dirigió hacia ellos. Llegados a ese punto
Ted y Sam sentían miedo y comenzaron a correr. Pero cuando finalmente
se detuvieron, pensaron que se estaban comportando como unos bobos.
No estaban seguros de lo que les había asustado. Por lo que decidieron
volver y comprobarlo.
Lo vieron muy pronto, porque venía a su encuentro. Llevaba puestos unos
pantalones negros, camisa blanca y tirantes oscuros. Sam dijo: “Intentaré
tocarlo. De ese modo sabremos si es real”.
Se acercó y escudriñó su rostro. Tenía unos ojos brillantes y maliciosos
profundamente hundidos en su cabeza. Parecía un esqueleto. Ted echó
una mirada y gritó, y de nuevo él y Sam corrieron, pero esta vez el
esqueleto los siguió. Cuando llegaron a casa de Ted, permanecieron frente
a la puerta y lo observaron. Se quedó un momento en el camino y luego
desapareció.
Un año más tarde Ted enfermó y murió. En sus últimos momentos, Sam se
quedó con él todas las noches. La noche en que Ted murió, Sam dijo que
su aspecto era exactamente igual al del esqueleto.
[De Historias de miedo para contar en la oscuridad, de Alvin Schwartz].