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Santidad

El documento habla sobre la vocación universal a la santidad de todos los fieles laicos y su estrecha relación con la vocación a la misión. Describe que ambos llamados provienen del amor de Dios y tienen como objetivo principal dar gloria a Dios. También resalta algunos elementos centrales del camino espiritual hacia la santidad como la novedad del bautismo, vivir en comunión con la Iglesia y la dimensión misionera de la existencia cristiana.

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Santidad

El documento habla sobre la vocación universal a la santidad de todos los fieles laicos y su estrecha relación con la vocación a la misión. Describe que ambos llamados provienen del amor de Dios y tienen como objetivo principal dar gloria a Dios. También resalta algunos elementos centrales del camino espiritual hacia la santidad como la novedad del bautismo, vivir en comunión con la Iglesia y la dimensión misionera de la existencia cristiana.

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DAR AL MUNDO “EL ESPECTÁCULO DE LA SANTIDAD”1

LA VOCACIÓN A LA SANTIDAD:
“FUENTE Y MEDIDA DE LA ACCIÓN APOSTÓLICA Y DEL IMPULSO
MISIONERO DE LOS FIELES LAICOS”

“Nos ha elegido en él (en Cristo)... para ser santos e inmaculados en su presencia en el


amor” (Ef 1,4).
“Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Jn 15,16).
1. Ambos textos nos hablan de una elección, de una vocación, de un llamado: “la
vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad” (Christifideles laici, 16) y la vocación
a la misión. En realidad, en el plan de Dios, ambos llamados coinciden: “La llamada a la misión
deriva de por sí de la llamada a la santidad... la vocación universal a la santidad está
estrechamente unida a la vocación a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la
misión” (Redemptoris missio, 90).
2. Este único llamado –a la santidad y a la misión– tiene su origen en el “amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (Rm 8,39) y “derramado en nuestros corazones por
el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5). Por eso la esperanza no falla: la esperanza de
nuestra fidelidad a Dios en el itinerario espiritual a la santidad y en la fecundidad apostólica de
la misión. En definitiva, nuestra fidelidad se apoya en la inquebrantable fidelidad de Dios: “Que
él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el
cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os
llama y es él quien lo hará”(1 Ts 5,23–24). Retengamos todavía dos expresiones de Jesús que
iluminan el comienzo y el término de nuestra vocación a la santidad y a la misión: “Como el
Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9); “Como
el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21).
3. Pero la vocación a la santidad y a la misión no es solamente “fuente y medida de la
acción apostólica y del impulso misionero”, sino primaria y esencialmente el modo único de ser
cristiano y de buscar la gloria del Padre. “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y
seáis mis discípulos” (Jn 15,8). No eligió para que fuéramos santos “para alabanza de la gloria
de su gracia” (Ef 1,6). Es decir, que no sólo debemos ser santos para ser apóstoles y testigos,
sino que nuestra santidad es el único modo de reconocer que Dios es santo y que él es lo único
que nos interesa en nuestra vida. “El Señor habló a Moisés, diciendo: Habla a toda la
comunidad de los israelitas y diles: sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios soy santo” (Lv
19,1–3). San Pedro habla así a la primitiva comunidad cristiana: “Como hijos de obediencia...
así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra
conducta” (1 P 1,14–15). Cuando el Nuevo Testamento habla de cristianos, los llama
simplemente los elegidos, los “amados de Dios, santos y predilectos” (Col 3,12). San Pablo
escribe “a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a
ser santos” (1 Cor 1,2) y a los romanos escribe: “a todos los amados de Dios que estáis en
Roma, santos por vocación” (Rm 1,7).

1
Dar al mundo “el espectáculo de la santidad”. Laicos hoy N. 34-35, Pontifico Consejo para los laicos,
Ciudad del Vaticano 1991-92.

“Caminemos con Jesús para dar vida a nuestros pueblos”


3er. Congreso Latinoamericano de Jóvenes – Venezuela , Setiembre 2010
4. Sabemos que el concilio Vaticano II dedicó, en la Lumen gentium, un capítulo a
“la vocación universal a la santidad”. Y es muy significativo que este capítulo esté ubicado
inmediatamente después del capítulo sobre los laicos (c. IV) y antes del capítulo dedicado a los
religiosos (c. VI). Como queriendo indicar que la santidad no es privilegio de la vida
consagrada, sino exigencia fundamental de todo el pueblo de Dios: porque la Iglesia es santa,
todos en ella están llamados a la santidad. Es muy significativo, también, que la Christifideles
laici comience a describir la dignidad de los fieles laicos (c. I) por su esencial referencia a Cristo
(no al mundo) y por su específica vocación a la santidad. Por eso es tan significativa la
expresión fieles laicos o cristianos laicos es decir: hombres y mujeres que están injertados en
Cristo porque han renacido en él por el agua y el Espíritu Santo en el bautismo, forman parte
de la Iglesia como misterio de comunión misionera y viven en el mundo como espacio teológico
de su vocación y su misión.
5. Cuando hablamos de espiritualidad laical entendemos siempre el modo específico y
concreto con que el fiel laico –hecho Cristo por el bautismo y miembro de la comunión
misionera de la Iglesia– vive cotidianamente su vida como respuesta a la novedad de vida
impuesta por el bautismo (“así también nosotros vivamos una vida nueva” Rm 6,4) y se
compromete a hacer una sociedad nueva en la verdad, la justicia y el amor. Quisiera
brevemente sintetizar en tres puntos algunos elementos centrales del camino espiritual del
laico hacia la santidad: la novedad cristiana del bautismo, la experiencia de una Iglesia
comunión, la dimensión misionera de la existencia cristiana. Todo, en definitiva, como fruto
del Espíritu Santo en quien hemos sido bautizados.

I. La novedad cristiana del bautismo (Christifideles laici, 10)


En la gran noche de la Vigilia pascual hemos recordado la exhortación del apóstol
Pablo: “Así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4). La santidad es un camino, en
la sencillez y normalidad de lo cotidiano, de novedad en novedad. Desde la novedad inicial del
bautismo (“En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar
en el reino de Dios”, Jn 3,5), hasta la novedad definitiva de la misión: “Mirad qué amor nos ha
tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos... Ahora somos hijos de Dios y aún
no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes
a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,1–2). Esta novedad pascual del bautismo define la
dignidad esencial del cristiano: “No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene
como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del bautismo”
(Christifideles laici, 10). Recordemos estos tres textos de san Pablo: “El que está en Cristo, es
una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor 5,17). “Todos los bautizados en Cristo
os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer,
ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,27–28). “Despojaos del hombre viejo con
sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento
perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e
incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos” (Col 3,9–11).
De aquí derivamos tres exigencias concretas para la vocación a la santidad del fiel
laico:
1. Celebrar cada año la fecha del bautismo, como acontecimiento central, renovando
la alegría de ser hijo de Dios, hermano de los hombres, llamado a la libertad. “Para ser libres
nos libertó Cristo... Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad”(Gal 5,1.13). Es la
alegría esencial que nos recuerda el Papa al terminar el primer capítulo de la Christifideles laici:
“Todos los bautizados están invitados a escuchar de nuevo estas palabras de san Agustín:
‘Alegrémonos y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo...
Pasmaos y alegraos: (hemos sido hechos Cristo!’” (17).
2. Vivir cotidianamente el bautismo en las realidades temporales, dejándose guiar
por el Espíritu: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14).

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La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias; es vivir con serenidad y sencillez
la fidelidad a las cosas ordinarias. Hoy, como decía Pablo VI, hacen falta los santos de lo
cotidiano. El mismo Espíritu de Dios que lleva al cristiano laico a identificarse cada vez más
profundamente con Cristo (a hacerlo Cristo), es el que le hace descubrir el paso de Cristo en la
historia y lo conduce a ser fiel al designio de salvación: “La vocación de los fieles laicos a la
santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las
realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas” (Christifideles laici,
17). La vida según el Espíritu, la santidad, no aleja al fiel laico de las realidades temporales; al
contrario, lo hunde en el corazón de la historia, le da una capacidad contemplativa para
descubrir el paso del Señor y asumir el sufrimiento de los hombres y le confiere una particular
fortaleza apostólica para transformar el mundo. Vive sinceramente en el mundo como en su
espacio privilegiado y único de santidad, de evangelización y de misión. El Espíritu Santo va
creando en el fiel laico una especial e irrompible unidad interior entre fe y vida, trabajo y
adoración, contemplación y política.
Esto nos lleva a una última conclusión: la necesidad de ser cristianos pascuales, es
decir, renacidos por el bautismo en la Pascua de Jesús, centrados en el misterio pascual,
llamados por el Señor a hacer que todo hombre se sienta incorporado al misterio pascual de
Jesús (GS). Recordemos el texto de san Pablo: “)Ignoráis que cuantos fuimos bautizados en
Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo
en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de
la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva”(Rm 6,3–4).
Ser cristiano pascual no es fácil: supone ser pobre y anonadado, vivir el misterio de la
Encarnación, asumir los sentimientos de Jesús, el Servidor (cf. Flp 2,5–11). Cristiano pascual es
el hombre de cruz y de esperanza, de abnegación y de servicio, de profundidad interior y de
compromiso alegre y generoso. Es, en realidad, el hombre que ama a Dios sobre todas las
cosas y al prójimo como a sí mismo. El cristiano pascual es el hombre de la alegría y la
esperanza; el que cotidianamente es capaz de dar la vida por sus amigos (cf. Jn 15,13).

II. La experiencia de una Iglesia comunión


“En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo,
judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Cor 12,13).
Así resume san Pablo la realidad fundamental de una Iglesia comunión; y en su raíz
están otra vez el Espíritu Santo y el bautismo. En este contexto –y en esta dimensión de una
Iglesia esencialmente “comunión misionera” (Christifideles laici, 32)– hablamos ahora de la
vocación a la santidad y de la vida en el Espíritu de los fieles laicos.
Toda vocación es personal, pero se realiza en el interior de una Iglesia comunión. El
bautismo nos incorpora simultáneamente al misterio de Cristo y de la Iglesia. El itinerario
espiritual de los fieles laicos supone una experiencia muy honda y creciente de la Iglesia
comunión: allí se nutre, por la Palabra y la Eucaristía, su vida espiritual. Cuanto más concreta y
profunda sea su pertenencia a la comunidad eclesial, más irá creciendo su deseo de santidad y
su ardor apostólico y misionero, como respuesta a un Dios que llama y envía. Al mismo
tiempo, cuanto más auténtica sea la vida espiritual del laico, abierta simultáneamente a Dios y
al mundo, más ayudará a construir la comunidad eclesial, como verdadera comunión. Los
santos nacen de una Iglesia comunión, pero la comunión eclesial crece y se edifica con la
santidad de los cristianos (pastores, religiosos y religiosas, fieles laicos). Quisiera iluminar esta
idea desde tres perspectivas distintas y complementarias: la comunión eclesial, la Palabra y el
sacramento, el servicio del sacerdote.
1. La comunión eclesial. “Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia, como lo
recuerda el Concilio Vaticano II con la célebre expresión de san Cipriano: ‘La Iglesia universal se
presenta como un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’” (cf.
Christifideles laici, 18).

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No vamos a extendernos en la presentación de la Iglesia como misterio de
comunión misionera. Habría que releer el capítulo II de la Christifideles laici (también el
capítulo II de la Lumen gentium sobre la Iglesia “Pueblo de Dios”). Recordemos sólo lo
siguiente:
– “que la realidad de la Iglesia–Comunión... representa el contenido central del
“misterio”A (Christifideles laici, 19); por consiguiente, no puede haber santidad en los fieles
laicos sino desde el interior de una Iglesia comunión; es decir, comunión profunda con el Padre
por el Hijo en el Espíritu Santo. La Iglesia es icono de la Trinidad: manifiesta y hace presente la
Trinidad en nosotros. Hubo un tiempo en que la espiritualidad laical vivía muy hondamente la
inhabitación de la Trinidad. Habría que volver a estas raíces profundas de “vida en Cristo”
(Apara mí, la vida es Cristo” Flp 1,21) y de experiencia de la intimidad y cercanía de la Trinidad;
“Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él, y haremos
morada en él” (Jn 14,23). Para el fiel laico, que no tiene tiempo u oportunidad para visitar su
templo parroquial, qué consoladoras son las palabras de Jesús: “haremos morada en él”, o
también la exhortación del apóstol Pablo: “)No sabéis que sois santuario de Dios y que el
Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16);
– que la comunión eclesial se configura, más precisamente como comunión orgánica...
caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementariedad de las
vocaciones y condiciones de vida, de los ministerios, de los carismas y de las
responsabilidades... Cada fiel laico se encuentra en relación con todo el cuerpo y le ofrece su
propia aportación (cf. Christifideles laici, 20). No puede haber auténtica espiritualidad laical –
respuesta fiel y concreta a la llamada de Dios a la santidad– sin este sentido de comunión
orgánica que supone fidelidad a los pastores, unidad concreta con todo el pueblo de Dios y
humilde y generosa fidelidad a su propio carisma, a su propio don, a su propia llamada;
– que la comunión eclesial –que deriva del Espíritu Santo no se encierra en sí misma,
sino que se abre misioneramente al mundo: como presencia, como dinamismo misionero,
como exigencia evangelizadora. Quien vive en la Iglesia de Jesucristo –esencialmente Iglesia de
comunión por el Espíritu– siente la urgencia de anunciar y comunicar a Cristo. “Ay de mí, si no
predicara el Evangelio”.
2. La Palabra y el sacramento. La comunión es fruto del Espíritu Santo. Pero la fuente
inmediata es la Palabra y el sacramento; aquí se nutre cotidianamente la vida espiritual del
laico. Quisiera recordar dos textos: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que
hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la
Palabra de vida..., lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros
estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo,
Jesucristo” (1Jn 1,1–3). La comunión es fruto del anuncio y el anuncio es fruto de la
contemplación. La vida espiritual del laico supone una lectura contemplativa de la Palabra de
Dios; hecha a lo pobre, cotidianamente, comunitariamente, personalmente y en familia.
“Abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones” (1 Tes
1,6). De María –la pobre, la contemplativa, la disponible– dice Jesús: “Felices más bien los que
escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11,28). Se trata de escuchar y de
acoger, de contemplar y de gustar, de realizar y de comunicar, la Palabra de Dios. Pero, repito,
a lo pobre, comunitariamente, bajo el ardor y el gozo del Espíritu Santo. Esta Palabra –acogida,
contemplada y compartida– nos lleva a la fecundidad santificadora y comunional del
sacramento: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de
Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos
participamos de un solo pan” (1 Cor 10,16–17). El crecimiento en la santidad de los fieles laicos
exige una lectura cotidiana de la palabra de Dios y una participación (en lo posible, también
cotidiana) en la Eucaristía del Señor. Sólo así irán viviendo en la comunión trinitaria de la
Iglesia e irán haciendo crecer, en santidad y en misión, la comunión orgánica del pueblo de
Dios y del cuerpo de Cristo.

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3. El sacerdote. Una palabra, breve y concreta, sobre el servicio del sacerdote en
el itinerario espiritual del laico. El ha sido ungido por el Señor para anunciar el Evangelio y
presidir la comunión. Pablo habla con orgullo del “Evangelio de gracia, en Cristo Jesús, del cual
ha llegado a ser ministro” (cf. Ef 3,7). Su misión es descrita así a los Romanos: “Pablo, siervo de
Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios” (Rm 1,1).
Lamentablemente ha disminuido el número de los sacerdotes; más lamentablemente aún se
ha perdido el sentido de su misión como ministros del Evangelio y del sacramento (Eucaristía,
reconciliación o penitencia, dirección espiritual). Dios puede hacer crecer a los fieles laicos en
santidad por otros medios; pero ha querido establecer lazos de especial comunión con los
sacerdotes. Los ha ungido sacramentalmente con el Espíritu Santo para hablar de Dios, para
comunicar a Dios, para animar y presidir la comunión eclesial. En la vida personal de cada laico
(en su itinerario de santidad), como en el crecimiento de una comunidad cristiana o en la vida
de un movimiento o una asociación, se hace siempre necesaria la presencia del sacerdote
como transparencia y signo eficaz de un Dios que es Padre.

III. La dimensión misionera de la existencia cristiana


“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros... y seréis mis
testigos” (Hch 1,8).
Ser santos para la gloria del Padre por el Hijo en la unidad del Espíritu Santo. Pero ser
santos para irradiar a Cristo entre los hombres y cambiar la historia. El mundo de hoy exige el
paso de los santos: de los santos de lo cotidiano, de los santos normales que ríen y sufren con
los hombres, que rezan, anuncian y luchan por construir un mundo nuevo, que aman
profundamente a Dios y lo trasmiten en la sinceridad del amor y en la alegría de la esperanza
(cf. Rm 12,9–12). La santidad exige en los laicos una profunda unidad interior entre fe y vida,
una gran capacidad contemplativa para descubrir la presencia del Señor en la Eucaristía, en la
comunidad eclesial y en la historia cotidiana (hecha de sufrimiento y de esperanza) de los
hombres.
La dimensión misionera de la existencia cristiana supone tres cosas:
1. Asumir plenamente el misterio de la Encarnación: “La Palabra se hizo carne y plantó
su morada entre nosotros” (Jn 1,14). Lo cual significa asumir la fragilidad, el dolor y la
esperanza de los hombres. Significa, también, vivir cercano a los hombres, comprenderlos,
amarlos, servirlos y salvarlos (en el cuerpo y en el alma, en el tiempo y en la eternidad). No se
concibe una santidad laical sin esta capacidad real y concreta de estar en el mundo, sin ser del
mundo, es decir, de vivir simultáneamente de cara a Dios (“en el seno del Padre”) y de cara a
los hombres. La santidad de los fieles laicos es esencialmente una espiritualidad de
encarnación. Con todo lo que la encarnación supone de convivir con los hombres, de hablarles
de Dios y de sanarlos, de asumir su sufrimiento y de ir haciendo con ellos un camino de
esperanza. La espiritualidad misionera es espiritualidad de presencia.
2. Anunciar a los hombres la buena Noticia de Jesús: en la transparencia de la vida y en
el anuncio explícito de Jesús: “Se puso a anunciarle la buena nueva de Jesús” (Hch 8,35). Esta
nueva evangelización exige hombres nuevos, llenos de sabiduría y de Espíritu Santo. “El
renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos. No basta renovar los
métodos pastorales ni organizar y coordinar las fuerzas eclesiales... Es necesario suscitar un
nuevo ‘anhelo de santidad’ entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana”
(Redemptoris missio, 90). La espiritualidad misionera es espiritualidad de anuncio y profecía.
3. Experimentar la llamada –urgente y concreta de Jesús– para la misión ad gentes:
descubrir contemplativamente los nuevos areópagos donde hace falta hoy anunciar que “Jesús
es el Señor para la gloria del Padre”. No hace falta ir muy lejos; basta entrar en su corazón y
escuchar la palabra del Señor: “)A quién enviaré?”. Y responder con generosidad: “Heme aquí:
envíame” (Is 6,8).

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Conclusión
Hemos sido llamados para la santidad y la misión; para redimir al hombre y glorificar al
Padre; para transformar el mundo viviendo la experiencia de la novedad pascual. He aquí que
hago nuevas todas las cosas. La espiritualidad misionera supone presencia de encarnación,
anuncio profético de lo nuevo, compromiso evangélico para construir la civilización de la
verdad y del amor. La santidad de los fieles laicos –llamados para producir frutos en
abundancia– puede sintetizarse en tres páginas del Evangelio: el camino nuevo de las
bienaventuranzas (Mt 5,3–12), el mandamiento nuevo del amor (Lc 10,25–37), la oración
nueva del “Padre nuestro” (Lc 11,1–13).
Contemplamos a María, la primera discípula del Señor, la primera mujer laica, esposa
de José y Madre de Jesús. En ella contemplamos la pobreza y la disponibilidad de esclava, la
oración contemplativa y el servicio, la fidelidad a lo cotidiano y a la cruz, la Virgen del camino
misionero y la esperanza, la que cambió la historia con la disponibilidad del Fiat y la alegría del
Magnificat. La Virgen del silencio contemplativo en Nazareth, de la serena fortaleza en el
Calvario, de la disponibilidad misionera al Espíritu de Pentecostés.

Cardenal Eduardo F. Pironio

“Caminemos con Jesús para dar vida a nuestros pueblos”


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