Intense - Dayah Araujo
Intense - Dayah Araujo
©Dayah Araujo
Intense Primera Edición: Abril 2021
Diseño de portada: Dayah Araujo Corrección: Isaura Tapia
Maquetación: Lotus Ediciones
No se permite la reproducción total o parcial de este libro,
ni su incorporación a un sistema informático, ni su
transmisión en cualquier forma o medio sin permiso previo
de la titular del copyright. La infracción de las condiciones
descritas puede constituir un delito contra la propiedad
intelectual.
Los personajes, eventos y sucesos presentados en esta
obra son ficticios. Cualquier semejanza con personas vivas o
desaparecidas es pura coincidencia.
Eridan Rossemberg es una reconocida escritora y dueña de
una casa editorial, amante de la literatura y el erotismo. Su
vida siempre ha sido perfectamente estructurada, hasta que
una noche se adentra en lo que a primera vista parece ser
un simple bar, desde ese momento algo cambia en ella,
desatando así sus más oscuras fantasías.
Ares es un Dominante con trayectoria, experto en las artes
del Shibari. Es dueño del club Intense, donde comparte sus
conocimientos sobre el BDSM. Es solitario, su corazón está
resguardado y no cree en el amor, hasta que una noche
entra al club una pelirroja que despertará en él mucho más
que solo deseo. Convirtiendo su existencia en un huracán de
emociones y contradicciones.
Sus almas impactan desde el primer momento, desde el
primer instante. La pasión los envuelve. El dolor y el placer
se mezclan. Lágrimas y cicatrices se vuelven insignias de
entrega, paz y satisfacción. La palabra sumisión cobra un
nuevo significado al pronunciarla con el corazón.
A pesar de los errores que comete sin percatarse de ello,
Eridan se entrega exquisitamente a su Señor, controlándolo
sin darse cuenta, porque desde el primer momento él se
había abnegado a ella, por su placer, por su cuidado, todo
por su sumisa.
Pero, ¿es una relación Dominante/sumisa lo que ellos
necesitan? ¿Pueden llevarlo a cabo? ¿Dónde se desdibuja la
línea de dominación?
Entregar tu cuerpo y tu alma no es una tarea sencilla.
Es viernes por la noche y ella sigue en su oficina,
terminando un capítulo de su nueva obra, escribiendo con
dedos temblorosos, boca seca, pupilas dilatadas y los
muslos apretados...
Húmeda.
Eridan Rossemberg es una reconocida escritora de
literatura erótica, tiene veintisiete años y su vida es
relativamente buena, normal, por no decir aburrida. Es
dueña de R Editorial en la ciudad de Berlín.
A su edad ha conseguido mucho, pero nunca vivir una
historia como las que escribe, no ha encontrado ese amor
épico que le haga ver estrellas, hasta que una lluviosa
noche se adentra a lo que parece ser un simple bar, pero
que guarda los más intensos secretos.
Lucien la besa apasionadamente y traza toda su figura
por encima de su ropa, prestando especial atención a sus
senos grandes e imponentes de pezones rosados, ahora
duros y erectos como si de piedrecillas se trataran.
Gimen al unísono.
Ella no se queda atrás, toca todo lo que alcanza y
encuentra a su paso; sus musculosos brazos, sus pectorales
duros y bien trabajados, descendiendo y desprendiendo
cada botón de su camisa, mientras, él sigue su tortuosa
tarea sobre sus pechos, ahora chupa y muerde el derecho
mientras que al otro lo masajea y aprieta.
De repente los suelta y vuelve a atacar su boca, la besa
nuevamente, esta vez con mayor ferocidad, introduciendo la
lengua en su interior y empezando una lucha interminable
con la suya, mientras sus ávidas manos descienden cada
vez más hasta llegar a su húmedo centro; tocándolo por
encima de la ropa interior, no contento con eso, aparta sus
bragas y sus dedos llegan ahí. De su clítoris se encarga el
pulgar, mientras que de un empellón mete dos dígitos que
resbalan fácilmente en su interior...
Un molesto ruido interrumpe mis frenéticos dedos sobre
el teclado del computador, es la centésima vez que mi
secretaria hace esto durante el correr del día. Ella sabe
cuánto odio que lo haga, es tan molesto, así que ruedo los
ojos, pero la hago pasar.
Por la abertura de la puerta se asoma una guapa castaña:
—Eri, ya son las ocho. Quería saber si necesitas algo más,
para poder retirarme —dice apenada y con voz suave.
—Vete, Heidy, que ya me has interrumpido bastante hoy
y no he podido terminar —le respondo, junto con una mala
mirada.
Amo a Heidy, es una buena amiga, aparte de ser mi
secretaria, pero me saca de quicio con sus interrupciones.
Me sonríe a modo de disculpa.
—Lo siento, guapa, no seas gruñona o te arrugarás muy
pronto. —Le saco la lengua en un gesto infantil y ella ríe—.
Me voy entonces. Vete pronto tú también, que enseguida
empezará a llover. Deberías salir conmigo un día de estos,
no puedes vivir de la fantasía eternamente.
Vuelve a mencionar lo mismo de siempre.
Tal vez paso demasiado tiempo trabajando o escribiendo,
pero no es para tanto; no es que dejara de lado la realidad
para vivir de ello solamente, aunque eso suena muy
tentador. Pero bueno, la gente tiende a exagerar.
Después de hacerme prometer que iré pronto a casa y
que saldré con ella el fin de semana siguiente, finalmente
toma sus cosas y se va.
Me quedo mirando fijamente la puerta de mi oficina. Sé
que para estas horas soy la única loca que sigue aquí,
aparte de los de seguridad.
¿Quién se queda trabajando un viernes por la noche? Solo
Eridan.
Me levanto del escritorio y me paseo por la oficina, es
relativamente amplia y con un precioso panorama de Berlín
a mis pies. Estoy en un décimo piso y la vista es bastante
bonita gracias a la pared de cristal que tengo aquí; me
acerco a la misma y diviso que unas cuantas gotitas de
lluvia caen, justo como Heidy me advirtió.
Vuelvo la vista al ordenador, me gustaría seguir
escribiendo, pero creo que ya es hora de irme. Es tarde,
hace frío y no he cogido el coche hoy. Mi casa no queda
lejos y me apetecía caminar un poco; bueno, no parecía
mala idea con el sol que hacía a las nueve de la mañana.
Sin perder tiempo apago todo, cojo mi bolso, me pongo el
abrigo y me encamino hacia el ascensor. Se abren las
puertas en la planta baja y sigo caminando a la salida,
donde me encuentro con el señor Brown, el simpático
anciano de seguridad, quien me dedica una sonrisa amable
mientras me abre la puerta; le devuelvo el gesto y salgo a la
acera.
Un frío viento me golpea la cara junto con una leve
llovizna. Meto las manos en mis bolsillos y tomo el camino a
casa a un paso apresurado, queriendo escapar de las gotas
de lluvia que van cayendo.
Mientras ando, las palabras de Heidy resuenan en mi
cabeza. Tal vez tenga razón y me esté cerrando demasiado,
no solo a una relación, sino a todo.
He dejado de lado mi vida social para sacar a flote la
editorial y, ahora que lo he conseguido, simplemente me
aburro con mis anteriores amistades, solo guardo una
estrecha relación con mis dos mejores amigos de toda la
vida: Arabelle y su novio Blaz, ellos son una constante en mi
vida, pero creo que el resto se ha quedado en el tiempo y
siguen siendo los mismos adolescentes revoltosos del
instituto; así que, por ahora, solo he vivido refugiada en el
trabajo y el placer de escribir. Ni siquiera recuerdo la última
vez que tuve sexo; solo disfrutaba literariamente de él en
los últimos tiempos.
Río para mis adentros. Me he convertido en una anciana
sin vida social ni sexual a los veintisiete.
Hasta ahora.
Iré a tomar unas copas hoy. En casa no me espera nadie y
no tengo ganas de viajar hasta Dortmund para ver a mis
padres. Suspiro al pensar en ellos, hace mucho no los veo.
Los extraño. Cuando decidí que quería trasladarme aquí
para estudiar y esforzarme por ver mi editorial en lo más
alto, me apoyaron a pesar de que no fue fácil
desprendernos y poner tantos kilómetros de por medio, aun
así me instaron a perseguir mis sueños, me siento orgullosa
de haberlo logrado y sé que ellos también lo están.
Paso de largo el desvío que me lleva a mi hogar y
continúo andando, hasta que me fijo en un elegante edificio,
en cuya entrada se divisa un letrero que reza una sola e
interesante palabra: Intense.
Se oye la música desde la calle, aunque la fachada del
edificio es bastante sobria y no tiene apariencia de ser un
bar; de igual manera tiento a la suerte y entro. Es
demasiado elegante, tanto que parece ser un hotel. En la
recepción hay una atractiva mujer de unos veintitantos que
va vestida muy provocativa. Pienso en mi atuendo y me
ruborizo un poco, mi ropa me suma unos cuantos años de
más.
Desecho inmediatamente esos pensamientos al notar la
perfecta sonrisa de la señorita detrás del mostrador.
—Buenas noches, señora. —¿Señora? ¡Carajo! Debo ir sí o
sí al salón de belleza esta semana—. Bienvenida al Intense,
¿tiene reservación? —pregunta amablemente, aunque sigue
con su sonrisa, falsa, sin duda alguna. Pero ¿reservación?
Entonces este lugar es mucho más de lo que parece ser.
Algo avergonzada le respondo:
—Eh, buenas noches. No sabía que necesitara reservación
para entrar, pero tal vez para la próxima ocasión lo haga. —
Vuelve a sonreírme.
Escucho el sonido de una puerta abrirse y la señorita-
sonrisa-perfecta se ruboriza y da un respingo en el asiento;
me gana la curiosidad y me giro. Esta vez soy yo quien me
ruborizo y quedo con la boca abierta.
Inconscientemente me enderezo al ver al hombre —
ilegalmente guapo— vestido con un impecable traje oscuro,
que sostiene la puerta. Es alto, de tez blanca, pelo negro
como la noche y una mirada gris penetrante, que nos
observa a ambas, pero finalmente centra su atención hacia
mí, carraspea un poco y su sensual voz —levemente
levantada— inunda la sala.
—Buenas noches, señoritas —dice, con un leve
asentimiento hacia ambas a modo de saludo. Después de
hacerlo dirige una mirada fría hacia la recepcionista y
prosigue—. ¿Algún problema, Klara?
Klara, alias señorita-sonrisa-perfecta palidece y da otro
respingo. Con voz temblorosa responde.
—Ninguno, Maestro Ares. La-la señora... digo, señorita, ha
querido ingresar al club, pero... pero no tiene reservación, y,
esto, no sabía... yo...
¿Pero qué le pasa? Pareciera haber visto un fantasma, y
¿Maestro?, ¿dónde coño me he metido?, no irá a ser una
escuela de baile exótico o algo así. Y Ares... Qué nombre
más raro. Me estremezco al pensar en el significado de ese
nombre. ¿Quién, en su sano juicio, llamaría a su hijo así?
Vuelco mi atención al Maestro Ares, que mira inescrutable
a la pobre Klara, pero después me observa nuevamente a
mí y su mirada se suaviza significativamente.
Lo hace sin disimulo y me remuevo incómoda. De más
está decir que causa en mí casi el mismo efecto que en la
muchacha ruborizada que está sentada detrás el escritorio,
por un momento me pregunto si tendrá ese efecto en las
demás mujeres.
Es tan sexy como misterioso.
Su voz rompe el hilo de mis pensamientos.
—Le ruego disculpe a nuestra recepcionista, es nueva, y
por lo visto carece de práctica —comenta, lanzándole
dardos con la mirada; eso solo hace que aumente mi
incomodidad—. Y, ¿qué la trae por aquí, señorita...?
—Rossemberg. Eridan Rossemberg —respondo de forma
automática.
Sus labios se curvan en una media sonrisa, sus carnosos
y apetecibles labios... «¡Eridan, ¿pero en qué demonios
estás pensando?!» Me reprendo mentalmente.
—¿Y bien?, señorita Rossemberg. —Oh, pronuncia esas
palabras como si guardaran una promesa oculta y hace que
suene demasiado erótico. No sé cómo ni por qué el eco de
su voz causa estragos en mi bajo vientre—. ¿Qué la trae a
este sitio?
—Eh, yo… yo solo pasaba por aquí y me apetecía tomar
una copa después de un pesado día de trabajo —titubeo—,
pero no tenía idea de que fuera tan exclusivo y, pues, no
tengo reservación así que me voy... —finalizo,
completamente abochornada, al igual que Klara, que mira
nerviosamente hacia otro lado.
Este hombre me cohíbe de una manera impresionante
con esa mirada gris tan intensa.
—Oh, no, no, no. Usted no necesita reservación, puede
venir cuando guste. —Vuelve a hablarme en ese tono tan
seductor—. ¿Me permite su abrigo? —sugiere, esta vez con
un tono más amable.
Asiento, incapaz de pronunciar palabra alguna.
Me ayuda a deshacerme del abrigo, dejando a la vista la
camisa negra que llevo puesta, en combinación con una
falda y botas del mismo color.
Soy amante del color negro y sé que me queda bastante
bien en contraste con la palidez de mi piel.
Coge el abrigo y se lo entrega a Klara, que va a guardarlo
a algún lado.
Ares me conduce hacia una puerta de roble macizo, la
abre y automáticamente el sonido de la sensual música se
hace mucho más potente.
Me quedo boquiabierta al mirar el sitio. Tiene las paredes
pintadas de rojo y eso hace que se vea todo mucho más
intenso; muebles en negro, una hilera de mesas hacia las
paredes, una barra al fondo y una gran pista de baile en
medio del lugar. Las luces son tenues, lo que le da un
aspecto bastante más seductor, pero el trato que veo entre
las parejas que se encuentran distribuidas en salón no me
es indiferente, y un extraño cosquilleo se instala en mi
interior al reconocerlo.
Miro a Ares, y él me mira a mí.
—Adelante, señorita.
Me invita a pasar y me pone la mano en la parte baja de
la espalda. El calor que emana de su mano traspasa la tela
de mi blusa y hace que una sensación atípica recorra mi
piel.
—Yo tengo unos asuntos que resolver, la dejaré a cargo
de una de las camareras, ella la llevará a su mesa. En
cuanto acabe, volveré. Me gustaría tener una plática con
usted —manifiesta, mirándome fijamente a los ojos.
Llama a alguien con un leve gesto con la mano y
enseguida llega una monumental morena que lleva puesto
un vestido —aunque llamarlo así es decir demasiado—
ceñido al cuerpo, color borgoña, con zapatos negros a
juego. Es muy hermosa, debo reconocerlo.
—Buenas noches —saluda, una vez que llega donde
estamos—. ¿Necesita algo, Maestro?
—Conduce a la señorita a una mesa para dos, en un lugar
apartado. Enseguida vuelvo.
Se despide con un asentimiento y se adentra hacia el
interior del lugar. La camarera obedece y me dirige hacia el
lado izquierdo del salón. Me lleva a una elegante mesa para
dos, tal como él indicó.
Le pido un Cosmopolitan y vaya que me lo trae casi de
inmediato.
Agarro firmemente mi copa, como si lo necesitara para
creer que esto es real. No lo puedo negar, estoy inquieta,
ansiosa y asustada; no sé exactamente en qué sitio me he
metido. El ambiente es demasiado intenso, sexual y algunos
hombres tratan como perros a sus mujeres, cosa que parece
no incomodarles en lo absoluto a ellas, es más, parecen
totalmente complacidas. Mi mente de escritora trata de
absorber detalles y sensaciones, nunca se sabe cuándo
pueda utilizar este tipo de experiencias.
Tengo la esperanza de que los tragos empiecen a hacer
su magia pronto y eso permita que me relaje, al menos un
poco, hasta que él regrese.
Tomo un largo trago de mi copa y el calor del alcohol
incendia mi garganta, cayendo en picada en la piscina de mi
estómago vacío. Oh, sentiré el zumbido pronto. Bien. Lo
necesito para no salir corriendo de aquí.
En un vano intento por relajarme cierro los ojos y exhalo
un largo suspiro, mientras escucho el sonido envolvente de
la música. Evito mirar el lugar por el que Ares ha
desaparecido, necesito que vuelva, ha tardado más de lo
que esperaba.
Cuando estoy tomando el último sorbo de la nueva copa,
una extraña sensación de ser observada me recorre, así
que, lentamente levanto la vista y me encuentro con una
abrasadora mirada gris que amenaza con ver hasta lo más
recóndito de mi alma.
Ares se acerca a mí, elegante, hace una seña a la misma
camarera que me atendió y se sienta en frente mío.
¿Es que acaso todo el mundo aquí entiende sus señas?
—Lamento la demora, señorita.
Viene la camarera, le deja su trago y se retira. No hay
gracias, ni nada. «¡Qué bien educado!», pienso con ironía.
—¿Qué tal lo está pasando?
—Bien, gracias. Estaba pensando en irme —confieso,
terminando lentamente el contenido de mi copa. Segundos
después la dejo, ya vacía, sobre la mesa.
Asumo que, finalmente, surtieron efecto los cosmos que
me había tomado, pues la vergüenza se fue, pero el calor
persiste en mis mejillas.
Él me mira con intensidad y pienso que el nombre del
lugar describe todo lo que se encuentra ahí. No puedo evitar
preguntarme si será el dueño o algo así.
—¿Por qué? —Quiere saber.
—Estoy algo cansada. He tenido una agotadora jornada
en la editorial.
—¿Editorial?, ¿es usted escritora? —parece genuinamente
sorprendido.
—Así es, soy escritora y directora de R Editorial —
respondo con orgullo.
—Me encantaría saber más sobre eso, señorita, es usted
una mujer muy interesante…
Pero yo dejo de escuchar cuando mi vista se dirige a una
pareja que está a unas mesas de nosotros, abro mis ojos al
igual que mi boca; no puedo evitar sentir rabia y una gran
impotencia al ver cómo el hombre le pega una sonora
cachetada a su acompañante y todo el lugar sigue como si
nada, nadie les dirige ni siquiera una mirada.
Ares sigue la dirección de mis ojos y observa a la pareja
casi sin inmutarse, para después volver a verme.
—La está corrigiendo, no le hace daño. —Mis ojos casi
salen de su órbita. No puedo creer lo que está diciendo,
pero él me observa divertido—. Míralos ahora —pide,
aunque lo siento como orden, señalando disimuladamente
la mesa donde se encuentran esos dos.
Me sorprendo al ver cómo el hombre tiene a la mujer en
su regazo y le acaricia tiernamente la espalda. Estoy segura
de que tengo un gran signo de interrogación dibujado en la
frente, porque Ares trata de disimular su sonrisa.
—¿Pero, cómo…? —Consigo decir al fin.
—Él es su Amo, ella es suya y la castigó por alguna falla.
Después de cualquier tipo de castigo es imprescindible que
el Amo le dé contención a su sumisa.
—¿Amo? —inquiero alarmada—. Estás jugando conmigo,
¿es en serio?
—¿Acaso no sabes en qué sitio estás?
—Pues, pues no. Al parecer no —respondo confundida—.
¿Es este un lugar sadomasoquista? —Como si de algún
chiste se tratara, él se echa reír, pero la mirada que le dirijo
no es nada amable.
—En primer lugar, señorita Rossemberg, no me mire así,
porque no sabe de lo que soy capaz; y segundo: no, no es
“un lugar sadomasoquista” —aclara, haciendo un gesto de
comillas en el aire al decir esto último—. Aquí, señorita, se
disfruta del buen sexo, donde la moral y los prejuicios se
quedan en la puerta, para que todos los deseos y fantasías
puedan vivirse libremente.
«Oh mi Dios, pero ¿dónde me he metido?».
Miro a Ares con los ojos muy abiertos, estoy
completamente desconcertada con lo que acaba de
decirme. Jamás hubiera creído que estos sitios realmente
existían, bueno, al menos no tan cerca de mi casa y mi
trabajo. A pesar de haber leído y escrito sobre esta temática
en particular, a la que ciertamente me considero muy
aficionada, pues siempre fantaseé con ella, nunca imaginé
que realmente pisaría alguna vez un lugar así. Soy una
contradicción andante.
—¿Está bien?
¿Cómo es que después de todos los años que llevo
encerrada, cuando al fin decido salir, vengo a parar a un
sitio como este?
—¿Por qué la muchacha de recepción, Klara, te ha
llamado Maestro? —No puedo evitar preguntar.
—Porque lo soy, yo enseño aquí…
—¿Qué enseñas? —lo interrumpo y me mira de una
manera no muy bonita—. Lo siento. —No puedo evitar
disculparme.
—Yo comparto mis conocimientos sobre el BDSM aquí, lo
enseño y lo practico.
Lo miro atónita.
No me lo puedo creer, estoy en un club BDSM hablando
con un Amo, un Dominante...
—¿Cómo? ¿Cómo es que lo enseñas?
—¿Quieres que te lo muestre?
Sin esperar alguna respuesta de mi parte, se levanta con
elegancia de su asiento y me tiende su mano, contra todo lo
que sé y sin hacer preguntas ni pensar en mi seguridad, la
acepto, y nerviosa por lo que representa, hago lo mismo
que él poniéndome de pie. Me siento pequeña a su lado.
—Vamos.
Achacando a mi espíritu literario mi decisión, me dejo
llevar por él. Atravesamos el bar y nos dirigimos hacia el
interior del club, entramos en un pasillo bastante ancho, me
escandalizo y mi respiración se acelera junto con los latidos
de mi corazón, no puedo pasar por alto la humedad de mi
entrepierna cuando veo a dos mujeres recostadas contra la
pared de piedra, manoseándose por encima de la ropa, una
jugando con la boca de la otra.
Por el rabillo del ojo miro a Ares, tiene una leve sonrisa,
se ha dado cuenta de cómo miraba a esas chicas.
Doblamos en un nuevo pasillo a la izquierda en donde
hay una escalera, también de piedra. Me deja ir adelante y
sé que me está mirando el culo; la sensación me prende. La
falta de sexo está causando serios estragos en mí,
especialmente en este lugar, donde la tensión del ambiente
está saturada de una atmósfera completamente sexual.
Al final de la escalera está un ascensor en el cual
entramos y subimos. Me siento nerviosa y excitada a partes
iguales, siento el trayecto como un borrón, pues me
encuentro perdida en las sensaciones y con la mirada de
Ares encima de mí. Silencioso, analizándome quizá.
Una vez llegamos, nos encontramos frente a una serie de
habitaciones a ambos lados del pasillo, hay cinco en total.
Nuevamente me coge de la mano y me lleva hasta la quinta
puerta, la que se encuentra al final del pasillo.
—¿Lista?
Asiento con el corazón martillando contra mi pecho.
Después de darme una última mirada, abre la puerta,
pero todo se encuentra en penumbras. Solo hay una tenue
luz de neón en una parte alta de la pared, mis ojos poco a
poco se acostumbran a esa oscuridad y puedo adivinar
algunas formas, sin embargo, no estoy muy segura de lo
que veo.
Nos envuelve un silencio atronador y mi corazón palpita
alocado. Este momento, el panorama de lo que oculta la
habitación a oscuras, lo que me ha contado, y su voz que no
me es indiferente, marea mis sentidos y me hace desear
complacer a este hombre que apenas me ha hablado, pero
todo su cuerpo me llama y me dice lo mucho que quiere...
dominarme.
Suelta mi mano y me toca la espalda con la palma
abierta, nuevamente me recorre la sensación de la primera
vez, me empuja suavemente hacia el interior de la
habitación y escucho cómo mueve el interruptor y se
enciende la luz. Es una pequeña sala de estar
elegantemente decorada en diferentes tonos oscuros de
caoba.
Ares me mira impasible, mientras me ofrece un vino tinto,
asiento en respuesta. Todas las palabras se me escapan y
mi propia voz me olvidó.
Elegante como él solo, se mueve por el lugar y lo sigo con
la mirada mientras saca dos copas de la cristalera y sirve el
vino. Vuelve hasta mí, me tiende la copa y bebe de la suya;
yo hago lo mismo. Mmm, está delicioso.
Tomo otro sorbo más y me paso la lengua por el labio
superior gimiendo de gusto. Por un instante, su rostro
siempre pétreo, se suaviza y logra ablandar cada parte de
mi cuerpo, mostrando otra faceta más allá de esa dureza
indomable.
Se sienta en uno de los sillones y coloca su copa sobre
una mesita de vidrio.
—Ven, siéntate —demanda, sin apartar los ojos de mis
labios, ahora humedecidos por el vino. Consciente de ello,
me los relamo lentamente y atraída por una fuerza
inexplicable, me encamino al sofá en donde se ha sentado.
Cuando llego a él y me dispongo a tomar asiento,
sorpresivamente me coge de la muñeca y tira de la misma,
haciéndome caer sobre sus piernas. Por el impacto levanto
la otra mano y muevo mi copa de tal manera que parte de
su contenido va a parar en la abertura de mi camisa,
mojando mis senos y endureciendo mis pezones al instante
en que el frío líquido los toca, raudo, atravesando el encaje
de mi sujetador.
Jadeo a causa de la sorpresa y Ares gruñe al tiempo que
toma la copa semivacía de mi mano para colocarla en la
mesa, al lado de la suya.
—Debería ser más cuidadosa, señorita. —Coloca una de
sus manos en mi espalda y la otra en mis muslos, muy
cerca de...—. ¿Le gustaría ir conociendo un poco más del
arte del BDSM?
«¡SÍ!», grita mi lado primitivo, ese que creí haber
dominado hace tiempo, pero que hoy, en la presencia de
este hombre, ha sido liberado de su escondite y, ahora
mismo, libre como está, me hará cometer locuras si no me
logro controlar.
—Creo que ya sé lo suficiente de esto... Señor —le
respondo en un susurro—. Es algo tarde, me..., me tengo
que ir.
—La lluvia se ha intensificado, no es un buen momento
para que se marche —replica—. ¿Cómo llegó hasta aquí?
Dudo en responder, pero finalmente lo hago.
—He salido de la editorial y no me apetecía volver a casa
tan pronto, así que decidí tomar una copa antes de volver.
Y... bueno, vi el letrero y pues, vine...
—A parar aquí —termina por mí.
—Sí.
—¿Ha llegado hasta aquí andando? —Quiere saber.
—Sí. En la mañana, cuando he salido de casa había un sol
espléndido, por lo que decidí caminar.
—Bien. —Se queda dubitativo y retira su mano de mis
muslos, dejando una sensación fría en el lugar donde se
encontraban antes—. La llevaré a casa —dice firme, y ni
siquiera es un ofrecimiento, sino una orden.
—¡No!, no es necesario, puedo irme andando. Me apetece
caminar. —Me apresuro a responder, a la vez que trato de
levantarme de su regazo, pero él no lo permite, es más,
intensifica su agarre y me aprieta contra su pecho.
—¿Y mojarse también?
Sé que sus palabras tienen claramente una segunda
intención, pero decido pasarlo por alto.
—Puede prestarme un paraguas si le preocupa tanto el
hecho de que me moje.
—Señorita Rossemberg... —rebate, ya molesto, y me
empuja levemente para que me levante.
—De verdad, no es necesario, vivo cerca de aquí. No se
mol... —Sus labios se estrellan contra los míos callándome
al instante y me dejan paralizada por un momento, pero
solo por unos pocos segundos, porque no tardo en
acoplarme a su boca respondiendo al ataque de lujuria al
que me somete.
Su lengua y la mía se enredan y luchan entre sí en una
sensual y apasionada danza.
Pronto siento la humedad y un retorcijón en mi bajo
vientre. Sin que siquiera me haya dado cuenta, brota un
gemido de mi garganta, él reacciona con un gruñido y clava
sus dientes en mi labio inferior, me duele, pero me resulta
increíblemente placentero a la vez.
Lucho conmigo misma para poder liberarme de sus
labios, porque si transcurre un segundo más así, no
responderé de mis actos y él se adueñará de mí.
Me suelto de su agarre y poniéndome de pie me apresuro
a buscar la salida, la cabeza me da vueltas y mi corazón
late a mil por hora. Consigo mi abrigo y cuando por fin logro
salir a la calle, la lluvia me recibe y me ayuda a aclarar mi
mente. Echo una mirada hacia el club y corro hasta mi casa
con el agua, truenos y relámpagos como compañeros.
Una vez llego, dejo mi bolso en el suelo del recibidor, me
deshago de mi ropa mojada mientras camino a mi
habitación y me dirijo directo hacia el espejo de cuerpo
completo situado al lado del armario, me quedo de pie
frente a este, y me quito la ropa restante.
Veo el reflejo de mi cuerpo desnudo y después mi mirada
se dirige a mi sonrosado labio inferior, justo donde sus
dientes han dejado marcas grabadas y han provocado una
leve hinchazón. Muevo mis dientes sobre la pequeña
abertura y el dolor logra embotar mis sentidos, lo libero y
me dejo envolver por el palpitar y el ardor que le siguen y
es como si él aún estuviese ahí, invadiendo mi espacio
personal, con sus dientes sobre mí, provocando placenteros
dolores.
Dejo que el placer me envuelva y me entrego a él. Mis
manos cobran vida propia y se dirigen a mis senos, los
masajeo y pellizco mis pezones buscando sentir el placer
que el dolor me otorga, no tardo mucho en introducir dos
dedos en mi húmedo interior y presionar suavemente mi
clítoris, ayudándome a llegar a la tan ansiada liberación,
con la sensación de tener a cierto hombre de mirada gris
profunda observándome fijamente mientras sufro los
últimos espasmos del poderoso orgasmo al que ha sido
sometido mi cuerpo.
Caigo en la mullida alfombra, mirando al techo,
temblando con la debilidad propia que me deja el éxtasis
del que se ha apoderado de mi cuerpo.
Es casi absurda la manera en que mi subconsciente ha
jugado con los pocos recuerdos de Ares, tomándolos de mi
mente y transfigurándolos con los deseos que quedaron
resonando en mi mente minutos atrás. Es como si él mismo
me hubiera estado tocando, como si fueran sus manos las
que asaltaron mi interior. Pero no, no es así, ¡y cuánto lo
lamento!
Llevo las manos a mi rostro sintiendo que la sangre
acumulada en mi entrepierna ahora se encuentra
concentrada en mis mejillas. La vergüenza me embarga. Es
increíble cómo un total desconocido ha provocado todo esto
en mí, y es que Ares no es como cualquier otro hombre. Él,
él es..., intenso.
Me levanto como puedo, cojo el móvil y camino hasta mi
cama para tumbarme. Me siento exhausta y necesito
descansar.
Me sobresalto y abro los ojos de golpe, me siento aturdida
y tengo el cuerpo entumecido. Lo primero que hago es
tomar mi móvil de la mesa de noche, observo la hora, las
4:30 de la madrugada, respiro profundamente, en parte
aliviada de que no falte demasiado para que el sol empiece
a aparecer, no tengo intenciones de volver a dormir.
Me vuelvo, estiro mis brazos y piernas agarrotadas por la
posición tan poco cómoda en la que me he dormido, miro al
techo y casi sin darme cuenta repaso mi labio inferior con la
lengua, segura de que las marcas que me ha dejado Ares
siguen ahí. Presiono nuevamente en el mismo lugar donde
lo hizo él, sintiendo el dolor, aunque no tan fuerte como
esperaba, ni tampoco con las sensaciones que deseaba.
Me acerco hacia el borde de la cama y hago ademán de
levantarme. Me dirijo al cuarto de baño. Al entrar me
apresuro a abrir el grifo del agua tibia para llenar la bañera,
arrimo hacia la misma algunos botes de jabón y esencias.
Mientras me muevo, decido que quiero escuchar música
para relajarme, conecto el móvil a un sistema de audio;
complacida sonrío y lo dejo sonando en modo aleatorio.
Quasi una fantasía…
Los acordes se filtran en mis oídos y pareciera que
acarician mi alma; es perfecta para lo que quiero.
Me sumerjo en el agua.
Dejo en blanco mi mente y me permito relajarme
mientras escucho el suave y celestial sonido de aquella
pieza.
Estoy en medio de la corrección de una historia. Es
buena, pero no me atrapa. Tal vez sea la trama, tal vez sea
yo o tal vez sea el simple hecho de que ese hombre no ha
dejado de invadir mi mente a su antojo.
Trato de concentrarme, juro que lo hago, pero a medida
que pasan los minutos —que a mí se me hacen eternos—,
me exaspero al no ser dueña de mis pensamientos por
culpa de aquel caballero al que solo he visto una vez.
Decido salir de mi oficina, que por tanto tiempo ha sido
mi escondite del mundo, mi fuerte, mi refugio, pero que en
estos momentos la siento como una cárcel. Aquí he sido
feliz, he hecho cuanto estuvo en mis manos para cumplir mi
sueño y sacar a flote mi propia editorial. Las letras
entrelazadas siempre han sido mucho más que solo eso
para mí, son un mundo ajeno a este, un mundo donde reina
la magia y todo lo que uno pudiese desear; pero siento que
me he perdido de mucho mientras estuve aquí, encerrada,
trabajando de sol a sol para verla en lo alto de Alemania e
internacionalmente.
No me arrepiento de nada, jamás lo haría, pero hoy siento
que pude haber hecho mucho más que sacar la editorial a
flote. Siento... siento que se me olvidó vivir.
Estoy dispuesta a recuperar al menos parte del tiempo en
el que olvidé que soy joven. Tengo veintisiete años y he
estado comportándome como alguien de cincuenta; hasta
me han llegado rumores —por parte de Heidy, obviamente
— de que uno de mis sobrenombres en la editorial es
“cascarrabias”. No culpo a quien me lo haya atribuido, pues
hasta yo tengo ese concepto de mí misma.
Ha llegado el momento de vivir, basta ya de dejar pasar
la vida frente a mis ojos como si esta fuese eterna e
inagotable; la vida se me ha escapado como agua entre las
manos, producto de haberme encerrado en mi propio
mundo. Es momento de tomar las riendas como una mujer
de mi edad, disfrutar a tope y tratar de cosechar, por lo
menos, unos pocos recuerdos bellos que me acompañen en
mis noches de soledad.
Apago el ordenador, me levanto del sillón y me alejo de
mi escritorio para ver a través de la pared de cristal que
tengo detrás; observo el tráfico, la gente caminando
presurosa, cada uno en su propio mundo, tal como he vivido
yo.
Decidida, doy un paso atrás, me recoloco la falda y
desabrocho los tres primeros botones de mi camisa
mostrando el nacimiento de mis senos. Camino al tocador
privado que se encuentra en mi oficina y observo mi reflejo.
Miro a la mujer en el espejo, esa mujer merece vivir, yo lo
merezco, yo lo necesito... Retiro las horquillas que sujetan
mi melena rojiza en lo alto de mi cabeza, me deshago de
ellos, me agacho y revuelvo mi cabello hasta dejarlo
alborotado. Vuelvo a fijar la vista en el espejo y me gusta lo
que veo.
El delineado negro traza mis ojos y el rojo carmesí de la
sangre adorna mis labios.
Sonrío para mis adentros al notar que, mientras
abandono el edificio que guarda la editorial, llegan a mis
oídos murmullos, susurros, jadeos y gritos ahogados. Esa es
buena señal, sé que lo he logrado.
Salgo a la calle con la intención de devorarme al mundo.
Ahora soy la ama y señora de mi vida. Ha renacido una
nueva Eridan.
La presencia de aquella mujer en el Intense me había
dejado totalmente descolocado. Llevaba muchos años de
práctica, de autocontrol, pero al ver esos ojos verdes no
pude evitar perderme en ellos.
Me maldije por no haber podido contenerme con Eridan
Rossemberg. Se notaba a leguas que ella no pertenecía a mi
mundo, pero aun así no pude controlar mis impulsos. Me
guie por mis instintos más primitivos e ingenuamente creí
que ella accedería a una sesión o tal vez a mucho más. Lo
percibía, más bien, a pesar de su reacción ante la muestra
de disciplina que vio, se notaba que, aunque ella no había
practicado el estilo de vida, sabía del tema. La naturalidad
con que observaba todo la delataba. Aunque bien pudo ser
un poco de curiosidad y definitivamente había anhelo.
Me fascinó verla beber de su copa y relamerse los labios
de puro gusto. Perdí el dominio de mí mismo y sentí la
imperiosa necesidad de sentarla en mi regazo; lo había
hecho de manera tan brusca, que parte del contenido de la
copa que tenía en la mano se derramó en su escote. Al ser
consciente de cómo la tela de su camisa se pegaba a su
cuerpo como una segunda piel, ya no pudo pasar
desapercibida la estrechez repentina de mis pantalones.
Sentí envidia del vino que recorría y acariciaba eso que
yo quería tocar y, por la forma apresurada en que se había
retirado, supe que no había sido el único en experimentar
ese mar de sensaciones ante nuestra proximidad. No
encontraba manera de conseguir que ella desistiera de su
idea de querer marcharse; así que solo se me había ocurrido
besarla.
Probar sus labios me hizo tocar lo más cercano a lo que
yo consideraba el cielo. No di lugar a la ternura y dejé que
mi lado salvaje y dominante dirigiera esa lucha en la que
nuestras lenguas danzaban al compás de nuestra
excitación. Cuando la oí gemir de placer, no pude evitar
hacerlo también desde lo más profundo de mi ser; y sin
pensarlo dos veces clavé mis dientes en su labio inferior,
pero ella, sin más, se fue.
No supe si fue por el beso, o simplemente porque se
había asustado de lo que hice, sin embargo, lamenté
profundamente el verla marcharse sin poder hacer nada
más que quedarme clavado al suelo mientras ella
desaparecía de mi vista y del Intense.
Me juré a mí mismo que haría lo imposible por volver a
tener un encuentro con ella. La quería para mí y no
desistiría a menos que oyera una negativa de sus labios.
Esa noche tenía una cita con Zafrina para una
demostración en el salón de los espejos, pero se me había
ido cualquier tipo de ganas que hubiera podido tener
después de la visita de la pelirroja. Decidí quedarme en la
habitación que tenía en el edificio y enviarle un recado a la
mujer; sabía que se enojaría y no la culpaba.
Ya era de madrugada y no podía dormir. La ausencia de
sueño usualmente no me afectaba tanto, pero esa noche,
cada vez que intentaba cerrar los ojos, lo único que acudía a
mí eran los mares —entre verdes y azules— que tenía la
señorita Rossemberg en sus ojos y los recuerdos del beso
salvaje que nos habíamos dado. Sí, que nos habíamos dado,
porque, por más que haya sido yo quien lo inició, ella pronto
supo cómo seguirme el ritmo con la misma pasión.
Yo sabía, y estaba consciente de que no tenía ningún
sentido tener tales recuerdos y, mucho menos,
relacionándolos con ella, como lo estaba haciendo en esos
momentos. Sí, tenían un gran parecido, eso era innegable,
pero también eran muy diferentes. El comportamiento y la
absurda manera de escapar de la pelirroja, nada tenían que
ver con la forma mezquina de comportarse de ella.
Solo estaba trayendo recuerdos del pasado, recuerdos de
una persona que fue parte de mi vida, esa que me había
enseñado una forma distinta de hacer las cosas, la que me
dio un nuevo sentido a la expresión “vivir al límite” y
comprender las verdaderas necesidades de mi cuerpo.
Iris.
Recordar su nombre y lo que fue en mi vida me provocó
un inmediato estremecimiento, y no pude evitar retorcerme
de nuevo sobre la cama.
Iris, ella había sido... mi Ama.
Suspiré intentando canalizar esas dos palabras que hacía
mucho ni siquiera pensaba.
En un momento de mi vida Iris fue la razón de la devoción
de mis actos; me había dedicado a vivir y a actuar para
complacerla, servirle era mi placer y mi satisfacción.
Nuestra relación se pactó únicamente para los fines de
semana, en el club que, en aquel entonces, ambos
frecuentábamos en Múnich, ciudad en la que vivíamos en
ese momento. Habíamos estipulado una especie de contrato
verbal entonces, y yo fui feliz con ello, a pesar de todo.
Cada viernes mi corazón latía más fuerte y agitado por la
excitación que me provocaba imaginar lo que sucedería esa
noche. Iris siempre me buscaba, estuviese donde estuviese.
Aguardaba paciente en su auto para llevarme al club
Pleasure, el lugar en donde ella había experimentado con mi
cuerpo, enseñándome aspectos de mí mismo que no
conocía, además de juegos sexuales y disciplina.
Me enseñó a ser bueno para ella y vivimos años de
intenso placer, pero como todo en esta vida, esa relación
tan extraña y excitante había conocido su fin, hacía
exactamente siete años.
Yo tenía veintinueve y ella ya rondaba los treinta y tantos
años, aunque siempre la consideré una mujer
extremadamente atractiva. Tal vez eran sus hebras
castañas o sus ojos celestes, no lo sé, pero yo encontraba
su cuerpo muy sensual. No necesitaba tener grandes
pechos ni curvas exageradas; fue y, estoy seguro, debe
seguir siendo igual de atractiva y seductora como la conocí
en aquel entonces. Ella era sensual y sexual aun sin
proponérselo, por simple naturaleza. Emanaba erotismo.
Aunque Iris estaba totalmente complacida con nuestra
relación Ama-sumiso, no pudo evitar enamorarse de un
hombre de su entorno, un Dominante, alguien que no era
yo, a pesar de todo lo que habíamos compartido.
Aquello me afectó de gran manera. Era inevitable el
sentirme mal, ya que yo era una especie de mascota
refugiada en ella y, al saber que sus atenciones ahora se
dirigían a otra persona, me había deprimido, decepcionado.
Era muy astuta, debo reconocerlo, porque con palabras
pacientes me convenció de que dejar aquello era bueno,
que la complacería, así como también lo haría cuando yo lo
entendiera y me sintiese feliz por la que había sido mi Ama
y Señora.
Iris fue paciente mientras yo asimilaba aquello y, para
cuando decidió que debíamos cortar contacto —con un tono
que me recordaba que era mi Ama—, al fin pude
comprenderlo y decidí agradecerle todo lo que me había
enseñado y hecho vivir. Innegablemente esto me afectó,
pero me llevó a descubrir lo que realmente me movía, lo
que me hacía falta: dominar, controlar, adiestrar, proveer
placer, obtener esa entrega para llevar a sentir todo aquello
que la sociedad muestra como prohibido, pero que en
realidad son los deseos más bajos, esos que se guardan
bajo la alfombra o que incluso se desconoce su existencia.
Romper los tabúes que la sociedad nos impone. Descubrí
quién soy y cambié mi rol definitivamente. Fue así como me
marché de Múnich y me instalé en Berlín, donde con un
amigo muy querido logré fundar mi propio club de BDSM,
hoy conocido como Intense, un lugar seguro donde todo lo
que en el mundo exterior está moralmente prohibido, en el
club está permitido siempre y cuando sea consensuado,
donde el placer, el disfrute y por sobre todo la seguridad,
son lo primordial.
Disfrutaba de todo aquello, no obstante, no me
involucraba con nadie y, demás está decir, que no tenía una
sumisa solo para mí. No daba ni pedía exclusividad, mi rol
en el club era estrictamente impartir mis conocimientos
sobre el BDSM, por sobre todo en el shibari, mi especialidad.
No había nadie que me inspirara a una relación tan
intensa como lo es la de un Amo y su sumisa.
Pero, ¿quizá ella...?
Por primera vez en mi vida camino segura de mí misma,
con la sensación de que domino el mundo, que lo hipnotizo
con el vaivén de mis caderas y que mis tacones rompen el
suelo allá donde piso, dejando huella.
Sonrío ante mi sensación de poder. Esta vez, a pesar de
haber traído el coche conmigo, decido caminar; tengo muy
claro que al menos por el momento no quiero volver a pisar
el Intense, ese lugar me genera morbo y curiosidad, me
descontrola y con solo pensar en lo poco que ocurrió allí,
siento mi bajo vientre tensarse y mi entrepierna
humedecerse.
Allí dentro no me puedo controlar, soy consciente de eso
y me asusta.
Como ya casi es mediodía decido pararme en un
restaurante no muy lejano de la editorial, apenas llego me
atiende un amable camarero que se presenta como Peter.
Me agradó ver su mirada en mi escote al deshacerme de mi
abrigo al llegar a la mesa que me ha asignado; lo miro
fijamente y casi me suelto a reír al ver su rostro tornarse de
un suave rosa junto con su gesto apurado. Le pido un quiche
de salmón.
Mientras espero mi pedido, cojo de mi bolso el libro que
he estado leyendo desde hace días y el cual no pude seguir
por el trabajo; me concentro en él, apoyada a los costados
de la mesa, con las piernas flexionadas por debajo de la
misma.
Por un momento siento el peso de una mirada en mi
nuca, pero al volverme no veo a nadie que me esté
observando, así que vuelvo de lleno a la historia que estoy
disfrutando. La sensación de ser observada no cesa, sin
embargo, decido no prestarle mucha atención.
Durante la semana siguiente Heidy alabó mi cambio de
look y me mantuvo al tanto sobre los cuchicheos que
corrían por los pasillos sobre mi nueva imagen, lo cual me
tenía absolutamente complacida. Sin embargo, tuve un
pequeño percance con una de las escritoras con las que me
encontraba trabajando; le mostré el borrador y, según ella,
he cambiado todo, que el libro perdió su esencia y mucho
bla, bla. Afortunadamente, gracias a la intervención de
Petrov, uno de los socios de la editorial además de
excelente escritor y mediador, todo salió bien. Esto logra
mantenerme de buen ánimo, a pesar del cansancio que
aumenta con el pasar de los días.
Mañana, viernes, acaba mi jornada de la semana y no
tengo planes para mis días libres, nada más allá de dormir,
dormir y… dormir. Me lo merezco por tantas noches en vela,
en parte por culpa del trabajo, pero la mayor parte, por
culpa de Ares.
—¿Eri? —La voz de Heidy suena desde la puerta. Le
dedico una de mis miradas predilectas para ella y observo
su rostro confuso.
—¿Sí?
Suelto el lapicero con el que estaba garabateando sobre
la mesa y le presto toda mi atención.
—Es que, hace un rato el señor Brown subió para darme
esto —explica, levantando un sobre negro con la mano
derecha—. Ha llegado este sobre dirigido a ti —añade,
mirándolo ceñuda. Le da un par de vueltas tratando de
adivinar su contenido, se acerca y yo extiendo mi mano
para recibirlo.
Lo observo por un lado y luego por el otro intentando
saber qué es aquello.
—¿Quién, en medio de un mundo lleno de tanta
tecnología, se toma la molestia de enviar una carta? —
inquiere curiosa.
Cuando se marcha, abro el sobre sacando una hoja
blanca, pulcramente doblada. Ojeo y me sorprendo al ver
que está escrita a mano con una caligrafía exquisita, nada
que ver con mis garabatos que son apenas legibles. Sin
tiempo que perder empiezo a leer y con cada palabra mi
corazón se acelera.
La carta resbala de mis dedos mientras la observo como
lo que es, algo extraño y delirante. Los latidos de mi
corazón retumban en mis oídos. Nuevamente la tomo y
releo.
¿Para qué quiere verme allí?
Me mareo recordando nuestros cortos intercambios. ¿Qué
se supone que haga?
“Usted elige, señorita, en sus manos está acceder”.
¿A qué se refiere con esas palabras?
Maldigo mentalmente. El debate y los recuerdos que he
ido reprimiendo vuelven como una bola poderosa
avasallando mi mente. Miles de preguntas se aglomeran,
una tras otra.
Dudo si abrir el correo o no. No sé si sea prudente abrirlo
en el ordenador de la oficina, ya que puede verlo
cualquiera, entonces decido que lo más sensato es hacerlo
en casa.
¿Y cómo diablos se supone que ha conseguido mi
dirección de correo electrónico?
Me estremezco.
El hecho de saber que apenas nos conocemos, que
cruzamos escasas frases y que tenga esa información mía
me da escalofríos, pero a la vez me causa una extraña
excitación. Hubo miradas, y muchas, pero eso no cuenta ¿o
sí? Él nunca llegó a insinuar algo, siempre se mantuvo
distante, hosco, formal, todo eso para después enviarme
una carta proponiéndome ¿una cita?
Frunzo el ceño. Toca pensar en lecciones y decisiones
¿por qué ir?
Pronto mis ojos se dirigen a una parte de la carta en
donde se lee “La he observado detenidamente” la
curiosidad me corroe y siento la necesidad de hablar con él
lo más pronto posible. Con esa oración no me caben dudas
de que tal vez me estuvo siguiendo.
Por un momento siento coraje por sus acciones —aunque
no sé si son ciertas mis sospechas— me siento ofendida,
invadida, pero a la vez excitada por el hecho de que haya
fijado sus ojos en mí.
Lo peor que podría pasar si acepto la invitación es que no
sea nada de lo que he imaginado, o que él proponga o
tenga cualquier intención descabellada que me impulse a
rechazarlo de inmediato.
¿Por qué tengo miedo? Se supone que tengo la palabra, la
capacidad de elegir y reaccionar, pero aun sabiendo eso no
puedo evitar la oleada de sensaciones que me invade al
pensar que voy a estar en su presencia. Sin embargo, si
decido no hacerlo, me quedaré por siempre con el sabor
amargo de la frustración y la curiosidad de lo que pudo
haber sido.
Miro de reojo mi reloj y sé que tengo poco más de
veinticuatro horas para decidir.
Después de mucho pensarlo, decido ir. Soy una mujer
adulta y libre, y no tengo nada que perder o temer; iré para
satisfacer mi curiosidad y me marcharé si en algún
momento me siento incómoda.
Una parte de mí, mi yo primitiva, se siente muy
emocionada. Es esa parte que he intentado reprimir desde
hace mucho tiempo y que permanecía dormida hasta ahora
que Ares apareció en mi vida —o yo aparecí en su club una
noche de lluvia—, y después hui.
Voy al servicio para lavar mis manos y aprovecho para
refrescar mi rostro. Observo mi reflejo en el espejo y sacudo
la cabeza, tratando de poner en orden mis pensamientos.
Está claro que iré, pero lo que no tengo claro es el motivo,
sin contar la carta de Ares.
El resto del día pasa increíblemente rápido,
probablemente debido a que me encuentro en todo
momento perdida en mis pensamientos. Estoy agotada y
necesito llegar a casa para descansar, «y revisar el correo
que te ha enviado», se mofa mi subconsciente.
—Que tengas un buen fin de semana —le digo a Heidy, a
modo de despedida, deteniéndome frente a su escritorio. Le
sonrío.
—Gracias, Eri, igual para ti. Descansa y luego ve a
divertirte. Ha sido una semana llena de trabajo. —Asiento.
—Ciao, querida, nos vemos.
Me marcho en dirección al ascensor y me meto.
Después de un pesado trayecto lleno de tráfico, al llegar
a casa tomo mi bolso y la caja de pizza que compré por el
camino, y subo para internarme en la comodidad de mi
hogar, donde dejo las cosas sobre el sillón para devorar mi
cena.
Recuerdo el correo de Ares y me dispongo a leerlo.
Al parecer, se trata de una fiesta común entre ellos,
donde recuerdan que la etiqueta de vestimenta es en
colores negros o blancos, y que en la entrada del club se
entregarán antifaces. Eso supone un gran alivio para mí,
porque nadie verá mi rostro completamente.
Mis pensamientos vuelven a estar perdidos entre el
blanco y negro de la fiesta, y no tardo en quedarme
dormida.
Mis dedos golpean ansiosos el escritorio que tengo en mi
hogar, mientras intento leer el borrador de uno de mis
clientes. He decidido hacer home
office hoy, pero todo lo
que puedo pensar es en cómo las horas han corrido desde
que abrí los ojos, y en cómo, con cada minuto que pasa, mi
cuerpo se pone más en alerta.
Desperté de buen ánimo, con la idea de que hoy sería un
día crucial. He salido a correr —como vengo haciéndolo
cada vez que estoy ansiosa—, he pasado a comprarme un
café y después me dediqué a recorrer tiendas en busca de
un vestido presentable para esta noche.
Miro el reloj y nuevamente me sorprendo de lo rápido que
—al parecer— trabajan hoy sus manecillas. Tengo
exactamente cuatro horas para vestirme y llegar puntual,
como pidió Ares, así que decido ponerme en marcha de una
vez y, sin perder el tiempo, voy a la ducha a refrescarme y
buscar un momento de paz.
Después del inútil intento de relajarme con ese baño, me
enfrento nuevamente a otro dilema: ¿es apropiado el
vestido que elegí? ¿Y la ropa interior?, es decir, ¿cómo
quiero lucir? ¿Impresionante?, ¿seductora?, ¿sencilla?
No puedo creer que la palabra seductora se haya colado
en esa lista.
Apenas lo conozco y, por mucho que me sienta... atraída,
debemos mantener la línea, al menos yo, porque él parece
llevar muy bien eso de cruzarla.
Termino en un debate sobre la ropa interior. Después de
todo, no creo que sea relevante, pero necesito sentirme
segura de mí misma y, por sobre todo, cómoda. Al final opto
por unas diminutas bragas negras, una larga falda del
mismo color que cae suelta hasta mis pies, pero con una
abertura en el lateral que deja al descubierto una de mis
piernas, y la combino con una blusa de seda —también
negra—, sin mangas, la cual alcanza mi cuello con una
suave línea de escote sobre mis pechos la cual deja parte
de mi vientre al descubierto.
Me invade un cosquilleo al notar que mi atuendo me da el
aire seductor que yo deseaba. Solo falta un toque de color y
listo. Esos zapatos rojos de tacón son los ideales. Me excita
un poco la idea de “romper” el protocolo del blanco y negro.
Por último, me maquillo apenas, peino mi cabello
intentando arreglarlo de alguna manera distinta, así que,
después de probar varias opciones, decido hacerme una
trenza desaliñada a un costado dejando algunos mechones
rojos sueltos.
Cuando me siento satisfecha con el reflejo que me
devuelve el espejo, noto que son las diez de la noche. Tengo
varios minutos a mi favor para llegar un poco antes
inclusive, pero de repente me entra un ataque de risa por
los nervios.
¿Y qué si llego tarde?
Aquel pensamiento, que bordea lo travieso, se pasea por
mi mente «¿quiero provocarlo?». No sé a qué se refiere con
que no tolera la impuntualidad. ¿Se supone que eso debe
importarme? Sin embargo, no encuentro motivos para
hacerlo, no me apetece provocarlo, no vale la pena. Por
ahora prefiero dar una buena impresión.
Tomo mi abrigo y echo un último vistazo al espejo cuando
termino de ponerme un labial carmesí. Estoy satisfecha con
lo que veo en el reflejo.
Llego al lugar pactado, estaciono cerca de la entrada y un
valet se lleva mi coche a algún lado. Miro el reloj, son las
22:55 horas. Justo a tiempo. Trato de analizar cómo me
siento, pero... nada, estoy total y absolutamente en blanco.
A mi parecer, en el momento en que he puesto un pie fuera
de mi departamento, mi mente entró en una especie de
letargo.
Entro al club y esta vez hay un par de grandes gorilas al
otro lado del portal, uno me impide el paso y me pide mi
invitación.
—Soy Eridan Rossemberg —me anuncio, tal como Ares
me dijo que lo hiciera.
—Por aquí, señorita Rossemberg, el Maestro la está
esperando —saluda Klara, quien va llegando junto a
nosotros, pareciera estarme esperando.
Me entrega un precioso antifaz adornado con diamantes y
pedrería plateada. Lo observo admirada antes de ponérmelo
y la sigo.
Caminamos hasta el amplio salón donde estuve la
primera ocasión que vine aquí, solo que esta vez las mesas
han sido retiradas en su totalidad y en su lugar se han
colocado barras. Es un mar de blanco y negro.
A diferencia de nuestro primer encuentro, Klara me trata
de una manera muy diferente y no dudo que sea por la
intervención de Ares; me lleva hasta el ascensor, presiona el
número siete y este sube con una rapidez desorbitante.
—Esta es la sala de los Maestros —me comenta—. Hasta
aquí la acompaño. No tengo permitido entrar. Disfrute su
estancia. —Es lo último que dice antes de marcharse.
Las paredes rojas y la tenue iluminación le dan un aire
lúgubre, privado y retorcidamente encantador al lugar.
Afuera es todo vibrante, pero aquí dentro es un mundo
totalmente diferente.
Observo el lugar a detalle hasta que lo localizo. Su cabello
es lo primero que llama mi atención... ¡perfecto! Su antifaz
—completamente negro— hace que su mirada destaque aún
más y la vuelve sexualmente cautivadora. Sigo bajando la
mirada, deteniéndome en su barba; supongo que debe
llevar ahí unos tres días. La imagino rasposa y daría lo que
fuera por acariciarla.
Lleva puesto un traje absolutamente oscuro, como era de
esperarse, como lo exigía el protocolo.
El negro definitivamente es su color.
Levanto la vista a medida que nos acercamos. Su mirada
está sobre mí y, al sentir su intensidad, me detengo. Lo
hago a unos metros, dándole oportunidad para que me
observe. Noto un brillo en sus ojos al escanearme. Con ese
simple gesto siento el impulso de continuar hacia él.
—Señorita Rossemberg.
Su voz y la manera de pronunciar mi apellido hacen que
me suden las manos; suena calmado, sosegado, todo lo
contrario a lo que él me hace sentir.
—Veo que ha decidido venir —afirma, como si le generase
una real satisfacción. Sus ojos mantienen ese brillo
prometedor y sugerente al pronunciar esas palabras—. No
puedo negar lo mucho que me alegra tenerla nuevamente
aquí.
Un esbozo de sonrisa aparece en sus labios, lo hace lucir
perverso y… absolutamente seductor.
—Buenas noches, Señor. —Remarco la última palabra
sutil pero sugerente. En una especie de broma privada.
Sonríe ladinamente y da un paso más cerca de mí y
acaricia mi brazo, mis vellos se erizan y doy un respingo
cuando siento la presión de sus dedos contra mi piel.
—El negro —pronuncia mirándome— realza el color tu
piel, hace que se vea tan suave, tan blanca.
Trago el nudo de emociones que intenta pasar por mi
garganta
—Así como también el rojo.
Noto que mira mis zapatos y luego se fija en ese trozo de
piel donde sus dedos han hecho presión y mi piel se ve
enrojecida. Siento un cosquilleo en las tripas.
Lo miro y puedo percibir el brillo perverso cerniéndose en
sus ojos.
—Ven —me lleva de la mano hasta una mesa algo alejada
de las demás—, toma asiento. —¿Pide u ordena? No sé, pero
obedezco.
Miro alrededor y me doy cuenta de que somos el centro
de atención de todos los presentes en el gran salón. Me
tenso al recordar lo que Klara me dijo: todos aquí son
Maestros. Y trato de entender por qué Ares ha pedido verme
en este lugar, pero guardo silencio esperando a él que me
diga algo.
—Eridan…
Levanto la vista de inmediato. Probablemente lo que va a
decirme requiere un cara a cara, aunque mi rápida reacción
se debe, más que nada, al placer de escucharle pronunciar
mi nombre.
—Supongo que tienes preguntas, en especial por qué te
cité aquí, ¿no es así? —Asiento en respuesta, ya que se me
está haciendo costumbre el quedarme muda ante su
presencia—. ¿No te haces una idea? —Me mira con esos
ojos cargados de secretos—. Apenas cruzamos tres palabras
y estás nuevamente en este lugar después de escapar
aquel día —señala con sarcasmo, cambiando su actitud.
Espero a que termine de hablar, porque deduzco que aún
tiene algo que decir.
—¿Huyes siempre? —insiste, escrutándome.
Su pregunta me indigna.
—¡No! —respondo tajante y en tono grosero. Él parece
notarlo, porque enarca una ceja—. No sé por qué estoy aquí.
Solo vine porque usted me invitó, pero... si ahora le molesta
mi presencia, puedo marcharme —añado.
Con cada palabra, la exasperación crece en mí, aunque
debo reconocer que lo último que deseo es marcharme.
Estoy aquí por mi curiosidad, por la excitación que esto
genera en mí, y porque espero que él confirme eso que...
estoy deseando experimentar.
—Nuevamente estás tratando de huir —me reclama,
acompañado de una intensa mirada—. No lo digo por
molestarte, pero…
—Pero… ¿qué? —Quiero saber, porque la intriga crece con
cada segundo que pasa.
—Estoy tratando de decirte que ese no es el modo
correcto de actuar de una persona adulta —se explica.
Asiento, sopesando sus palabras. Tiene algo de razón—.
Confieso que si no hubieses venido hoy estaría
completamente decepcionado de ti. —Lo observo con
curiosidad—. Hasta creería que he perdido mi toque. —Se
relame los labios de una manera muy sensual—. Pero aquí
estás y me complace mucho, como el hecho de que llegases
a tiempo.
De nuevo esa sonrisa torcida.
—Señorita Rossemberg... Eridan... —pronuncia estudiando
mi reacción—. Debo escoger uno. —Sonríe con malicia—.
Para que vayamos entrando en confianza, será solo Eridan.
Aclaro que me gustan los formalismos. Para mí serás Eridan,
pero tú te debes dirigir a mí con respeto ¿de acuerdo?
Trago grueso. Hay algo especial en la forma en que
pregunta y la intensidad con la que espera una respuesta.
Todo esto es nuevo e intrigante para mí.
¿Respeto?
Asiento.
—Bien —continúa—. Te he observado toda esta semana.
He estudiado cada movimiento tuyo, cada paso, cada
palabra. —Mi corazón late fuerte, mis manos sudan. Me ha
estado siguiendo y eso me intimida. Su tono de voz es serio
—. Lo que vi en ti... lo quiero — sentencia—. ¿Tienes idea de
lo que quiero decir?
Enmudezco ante sus palabras.
—¿Quieres esto, Eridan?
Y ahí está la verdadera pregunta de esta noche, la que ha
estado rondando mi cabeza desde que recibí esa invitación.
¿Lo quiero? Pero, sobre todo, ¿qué es exactamente eso que
me está proponiendo? Estamos hablando de un tema sin
siquiera haberlo expuesto a fondo. Claro que entiendo a lo
que se refiere, la oscuridad implícita en sus palabras. Sé qué
es este lugar y lo que aquí se hace, pero no sé qué es
exactamente lo que él desea de mí o cuáles son las
condiciones, porque nada ha sido dicho directamente.
—No tienes que responderme ahora. —Sus ojos brillan de
nuevo, cargados de promesas—. Soy un caballero, Eridan, te
trataré bien y no haré nada que tú no desees, pero te quiero
para mí... sometida, entregada a mi voluntad.
Suelto todo el aire cuando él pronuncia las últimas
palabras, las esperadas. Mi interior hace implosión
aceptando el hecho de que quiero esto, anhelo esto desde
el primer momento en que lo vi. Necesito vivir, conocer, y
esto promete hacerme descubrir mis más profundos deseos.
—¿Me equivoco si digo que no tienes experiencia, pero
que conoces sobre el tema? —pregunta. Por supuesto que
está en lo correcto y se siente muy bien que sea tan
observador.
—No se equivoca —respondo—. Por mi trabajo he leído
superficialmente el tema y ocasionalmente escribo sobre
ello, pero de manera muy suave —aclaro.
Sonríe satisfecho.
—Es suficiente. No me gusta entrenar putas, pero me
temo que lo tendré que hacer contigo. —Me estremezco
ante la expresión, aunque sé que es parte del argot, no es
sencillo recibirla—. Me tomé el atrevimiento de pedir un
Cosmopolitan para ti, ya que esa fue tu bebida la vez
anterior —menciona, cuando una muchacha casi desnuda,
con un antifaz también cubriendo su rostro, nos trae el
coctel para mí y un whisky para él.
Bebo en silencio. Procuro mirar mi copa y no al hombre
frente a mí, vago entre mis pensamientos, en el acierto de
mis deseos. En su petición recién hecha y las implicaciones
que eso tiene, lo quiero, lo necesito, pero ¿puedo hacerlo?
¿Ser... suya?
—¿Por qué yo? —Me escucho decir.
Levanto la mirada y me encuentro con la suya.
—Porque te he visto, te he analizado y tienes lo que
deseo, te quiero para mí, total y absolutamente entregada a
mis deseos y, por supuesto, ser digno de esa entrega. —
Guarda silencio y luego pregunta—: ¿Qué estás dispuesta a
entregar?
Responder eso supondría abrirme en canal, exponer parte
de lo que soy. Son palabras que solo deben ser compartidas
con alguien merecedor de esa confidencia, a quien vas a
confiar tus deseos más íntimos.
Lo observo buscando en él pistas de lo que yo necesito.
Necesito asegurarme de que puedo confiar. Algo en él me
anima a hacerlo, aunque no entiendo por qué.
Lo hago.
—Me gustaría confiar en alguien hasta el punto de poder
entregarlo todo, complacer y servir, para su placer y para el
mío —respondo suavemente—. Prácticamente he puesto mi
vida en pausa para cumplir uno de mis mayores sueños,
pero ahora me veo agotada y asfixiada por todo lo que pude
haber hecho y no hice. Necesito sensaciones nuevas,
necesito la libertad de entregarme y complacer, necesito
vivir...
Me mira de una manera muy intensa mientras sopesa mis
palabras.
—Me complace tu respuesta, no esperaba menos. Eres
inteligente, honesta y racional. —Esta vez sonríe llevando su
bebida a sus labios—. No me interesa saber más de lo que
ya sé, no para escogerte —aclara—. Sé que eres una mujer
aplicada y dedicada a tu trabajo, vives sola y eres
disciplinada. Sé quién eres y sé lo que quiero.
Lo miro invitándolo a continuar, aún sintiendo curiosidad
de lo que él puede contarme.
—¿Quieres confianza? La confianza la construiremos
juntos a base de respeto. En primer lugar, me presento: soy
Ares y tengo treinta y cinco años. Mi verdadero nombre es
algo que ganarás con tu rendición y entrega. Estás al tanto
de mi trabajo aquí; sabes lo que me gusta y lo que quiero de
ti. Por lo tanto, obviando que esta es la manera informal de
decirlo, pero necesaria para empezar, ¿aceptas? ¿Aceptas
ser totalmente mía?
Me quedo observándolo perpleja, absorbiendo sus
palabras y tratando de entender lo que está pidiendo de mí.
Quiere una respuesta, ¿ya?
Mi mente enciende una alerta, porque sé que cualquier
decisión que tome ahora será precipitada, supongo. Es
decir, ¡diablos, debo pensarlo! No es un tema baladí el que
estamos tratando y, aunque también deseo esto, mi lado
sensato llama a pensarlo bien.
Él permanece imperturbable.
Preguntas dirigidas a mí misma empiezan a formularse en
mi cabeza.
«¿Me gusta? Sí, me gusta. Los pocos minutos..., los
efímeros intercambios con este hombre me han hecho
sentir bien. Trastornada, pero jodidamente bien».
«¿Lo respeto? Como a cualquier persona que conozco. La
diferencia es que su actitud genera temor en mí, como si
me persuadiera a mantenerme a raya. Un temor infundido
por el aura que lo envuelve y que logra doblegarme».
Pero aceptar ahora, en este momento, me parece una
acción más que impulsiva y precipitada. Mi debate interno
se alimenta rápidamente y sigue. Las dudas siguen
aglomeradas en mi mente.
No sé qué responder. No tengo más remedio que levantar
la mirada y enfrentarlo.
Cuando finalmente lo hago, me hace una seña para que
me levante de mi asiento, se pone de pie justo al mismo
tiempo que yo, provocando un sobresalto en mi cuerpo y
corazón que me deja estática en el lugar. Su cercanía agita
mis emociones.
Lo observo, inclinando mi cuello pues logra sacarme
media cabeza de altura, ignora mi espacio personal
acercándose más a mí, miro sus hipnotizantes ojos. Me
envuelve provocando vibraciones en mi cuerpo que apenas
logro controlar.
—Supongo que ya tienes pensada tu respuesta. —Sus
ojos que me escrutan con intensidad, saben que no es así,
que no tengo nada para decirle, que no puedo tomar
ninguna decisión aún—. ¿Tanto debes pensar?, ¿aun cuando
deseas esto tanto como yo? —Acerca su rostro a mí,
excesivamente seguro de sus palabras.
No veo venir su mano, solo siento cuando sujeta mi
mentón, afirmando mi cabeza frente a él, anclando mi
mirada a la suya mientras sus dedos hacen presión en mi
rostro.
Trato de girar mis ojos a nuestro alrededor, pero lo poco
que veo son personas que no parecen reparar en nosotros.
Intento agachar la cabeza, me lo permite y continúa con
sus dedos en mi rostro, pero esta vez me acaricia la mejilla
de manera suave produciéndome una sensación agradable
y reconfortante, doy un paso atrás alejándome de él y de las
emociones contradictorias que me provoca.
—No lo sé... no puedo —respondo, mi voz suena muy baja
—. No aún. Necesito... necesito saber más —atino a decir,
mintiendo.
Lo que necesito es conocerlo más a él, pasar un poco más
de tiempo a su lado antes de tomar una decisión tan
trascendental.
—Sígueme —ordena severo, no obstante, su voz es suave
—. No temas —me tranquiliza tomando mi mano como
adivinando el remolino de sentimientos que tengo justo
ahora—. Es un tema que debemos discutir en un lugar más
privado.
Fija sus ojos en los míos, esa mirada cargada de
promesas hace que me invada una sensación de paz, sí,
paz, por más contradictorio que eso suene en estos
momentos, entonces decido seguirlo atraída por él y por
todo lo que puede ofrecerme y entregarme.
Sonríe y tira de mi mano para dirigirnos hacia una salida
diferente a la que ingresé, no sé a dónde vamos, sin
embargo, me limito a obedecer y seguirlo guiada por la
curiosidad y la excitación causada por la adrenalina ante
esta situación.
Al salir, la tenue oscuridad nos envuelve, hasta que poco
a poco mis ojos se acostumbran a la misma. Lo sigo por el
silencioso y desierto pasillo hasta que distingo un juego de
dos ascensores.
Ingresamos a uno de los elevadores, y mientras
descendemos o ascendemos, no lo sé, me encuentro
perdida en mis pensamientos. El silencio por parte nuestra
es ensordecedor, y en mis oídos suena la música tortuosa
de los parlantes del ascensor y los latidos de mi corazón,
cosa que acrecienta el juego enérgico de mariposas o quizá
elefantes en mi estómago.
No sé a qué piso vamos, pero el indicador parece ir cada
vez más lento. Afortunadamente nadie más sube, somos
solo él y yo.
—El hombre siempre obtiene lo que se propone, Eridan. —
Su voz resuena en el recinto de unos pocos metros
cuadrados. Levanto mis ojos para observarlo—. Yo sé que tú
deseas esto tanto como yo —asegura, sus ojos brillan
mientras pronuncia aquellas palabras—. Te tendré, Eridan, y
lo sabes. —En su rostro aparece una sonrisa engreída.
»El hombre quiere poder, quiere más, lo quiere todo, el
mundo de rodillas bajo sus pies. Nada es tan satisfactorio
como chasquear los dedos para que el mundo pueda
moverse. El mundo es como un trapecio, sinónimo de fuerza
y del poder del hombre. ¿Sabes que, el trapecio, es una
posición del Kamasutra? —pregunta, sus manos perdidas en
el interior de los bolsillos de su pantalón dándole un aire
tranquilo que contrarresta la perversa turbación de sus ojos
—. El libro de las posiciones idílicas —se mofa—. Aquellas
que las parejas siguen cuando quieren experimentar con el
sexo, porque su práctica es monótona y aburrida, pero,
¿acaso saben ellos, lo que conlleva cada posición? —
cuestiona clavando su sugerente mirada en mí,
abrumándome, embelesándome, encantándome.
Estoy perdida en sus gestos y palabras, en la inteligencia
y el poder que lo envuelven y lo crecen ante mis ojos.
—La mujer es dominada en esta posición, a disposición
total de su amante. Es él quien decide la fuerza de cada
embiste, al igual que en la construcción de esta edificación,
una posición complicada, una figura complicada, que
requiere de equilibrio y fuerza —murmura—. Todo en esta
vida es complicado. —Ambos sostenemos nuestras miradas
—. Pero toda construcción se basa en una especie de azar,
un punto de confianza en resultados que no conoces, la
confianza a ciegas es el primer paso para lograr grandes
cosas, dejar ser, sabiendo que se hará lo posible por
conseguir grandes beneficios y lograr la perfección.
Pierdo el punto de nuestra conversación, sabiendo que ha
dejado de hablar del deseo del hombre por dominar a pasar
encaminándose al terreno personal, a él, a mí, a ambos.
Estoy fascinada.
—Puedo tener lo que desee con solo tronar los dedos,
pero, ¿sabes algo? —Niego con un gesto—. Yo solo te quiero
a ti.
Al igual que los latidos de mi corazón, la melodía del
ascensor cambia, provocando mi liberación de sus ojos. Miro
hacia el indicador para ver el número quince.
—Hemos llegado —informa.
Se abren las puertas y me deja pasar, luego toma la
delantera y caminamos por un pasillo corto, de luces
tenues, hasta toparnos con una puerta doble de oscura
madera maciza.
—Adelante —invita despejando mi mente con su voz.
Me descubro sonriendo por hacer aquel gesto que parece
denotar amabilidad y caballerosidad.
Ingreso en la estancia y observo todo, un jadeo de
sorpresa sale de mi garganta, madera pulida, ninguna pared
divisoria y un cerramiento de cristales, mismos que si te
acercas, te permiten observar lo que parece un jardín
trasero y las personas que ahí se encuentran.
Cada cierto punto hay muebles amplios de color negro y
tinto, una pared está repleta de libros, todo es hermoso,
pero mis ojos siguen fascinados al hombre que tengo al
lado, camina hacia el cristal y lo sigo como autómata.
No he olvidado lo que me trajo hasta aquí, estoy tomando
un minuto o dos de distracción, mientras espero que él diga
cualquier cosa que termine por no permitirme escapatoria.
—Quieres saber más, quieres saber qué quiero. Y voy a
responderte ahora.
Trago cuando lo siento cerca, demasiado cerca,
traspasando su calor a mi cuerpo, obligándome a pegarme
al cristal.
No me giro para verlo y él tampoco lo pide, mis ojos
enfocan un punto alejado a través de la gente, donde hay
pequeñas luces centelleantes que parecen ¿agua? Tal vez
sea una piscina.
—¿Qué quiero? —pregunta y siento cómo ajusta su
cuerpo al mío colocando sus manos sobre mis hombros—.
Todo. Tu entrega absoluta, tu voluntad deshecha, poderte
reclamar como mía. —Remueve la trenza de mi nuca hacia
un lado y pega sus labios a mi oído. Mi respiración y latidos
se aceleran.
»Quiero... —Traza un camino de guerra por mi espalda,
por sobre mi ropa—… te quiero a ti. —Besa mi cuello—. Te
quiero para mí. —Pasa su lengua justo sobre el lugar donde
me ha besado y todos mis vellos se erizan—. Mía... —
susurra y su cuerpo refuerza sus palabras. Jadeo—. Quiero
que acates mis palabras cumpliéndolas. Que mi voluntad se
convierta en tu propósito de vida. —Asciende y envuelve
sus dedos en mi cabello trenzado, siento que inhala fuerte,
llega hasta la liga que lo sujeta y la deshace—. Quiero
azotarte, marcarte, brindarte tanto placer a través de ese
dolor, hasta que recuerdes y memorices que me
perteneces. —Dirige otra mano hasta mi trasero y da un
suave pero sugerente apretón en la unión de mis nalgas—.
Quiero eso, y mucho más. —Vuelve a subir esta mano
posándola en mi cuello—. ¿Estás entendiendo lo que te
digo, Eridan? —Jala mi cabello y aprieta su agarre en mi
cuello. No puedo hilar pensamientos, tomo aire por mi nariz
y lo suelto por la boca junto con jadeos que se vuelven cada
vez más audibles—. Voy a poseerte. —Cada vez suena más
seguro—. Lo haré en cada aspecto de tu vida. —Jadeo una
vez más—. La primera ocasión que te vi, fue como ver un
pequeño animal asustado del mundo, viviendo en lo fácil,
pero deseando lo duro. ¿Me estoy equivocando? —Presiona
contra mí.
—No... —Mi voz es apenas audible.
—Querías saber más, ahora te estoy diciendo más. Ten
claro que el ritmo lo marcarás tú, me entregaré a ti tanto
como tú lo hagas. Vas a tener cada aspecto de la seguridad,
no soy partidario de la violencia, por eso nuestra relación va
a ser segura, porque te voy a hacer partícipe de cada
práctica e instrumento que use en ti, excepto si
desobedeces y mereces un castigo, si lo haces pierdes
todos tus derechos —gruñe como si realmente deseara eso.
En el fondo sé que lo hace—, nunca voy a tomar algo de ti si
no estás en todas tus capacidades de raciocinio y, por
supuesto, consensual, no estaríamos aquí si no supiera que
quieres esto, es un acuerdo, quiero y exijo, pero la última
palabra siempre es tuya —declara—. Si aceptas ser mía, yo
seré tuyo en la misma medida.
A nuestro alrededor de nuevo se forma un silencio
atronador.
Mi corazón palpita alocado. No sé cómo manejar todo
este mar de sentimientos y sensaciones que se agolpan en
mí, siento que de un momento a otro me desvaneceré. Pego
mi frente al cristal viendo el rastro de vapor que ha dejado
mi aliento ahí, entonces me toma y me gira para que quede
totalmente frente a él.
Su intensidad es totalmente devastadora, tomando y
arrasando cada porción de mí que intenta resistirse a lo que
está pidiendo, resistirse porque el miedo es grande, el paso
es enorme, pero en estos momentos, mi voluntad se ha
reducido a nada.
—Entonces… ¿puedes darme una respuesta?
Una sacudida ligera de pura expectación mueve mi
cuerpo.
Asiento, y sé que estoy un paso más cerca de aceptar lo
que este complejo hombre frente a mí está proponiendo. En
un movimiento fluido entrelaza su mano con la mía. No
puedo describir todas las sensaciones que me envuelven
cuando él tira de mí, empujándome a seguirlo.
Nos movemos hacia una cristalera de donde toma un par
de copas, lo miro hacerlo mientras mi mente intenta
apoyarse en algún punto de equilibrio, no lo consigo, así
como no consigo algo que me permita negarme.
De algún lugar saca una botella de vino blanco, sirve las
copas, me tiende una y me vuelve a tomar de la mano, nos
dirige hacia uno de los sillones más cercanos a la pared en
donde hemos estado hace un momento.
Me suelta y se sienta.
De pie, lo observo sin decir o hacer nada, creo que mi
manera de proceder le confirma lo que tanto ha pedido
saber, porque desde ya estoy esperando sus órdenes para
moverme y actuar.
—Ven, siéntate.
Palmea su pierna en un gesto que intenta ser íntimo.
¿Debo tomarlo? ¿Debo hacerlo? ¿Ir? Las barreras en
forma de preguntas se yerguen entre su postura y la mía, la
indecisión baila en la nulidad de mis movimientos
—No voy a hacerte nada —dice curvando sus labios en
una sonrisa ladeada—, nada que tú no quieras —añade.
Realmente no es a eso a lo que le temo. Por alguna razón
sé que él no va a hacerme daño, pero sigo teniendo miedo.
Miedo de todo esto que de la noche a la mañana está
envolviéndome.
Miro sus ojos y la compleja atracción que emana sobre mi
persona me envuelve, tirando de mí hacia él. Mis pies se
arrastran solos. Sin ningún decoro, olvidándome de las
barreras y de los miedos, me siento sobre su pierna.
Él no sonríe, pero hay un gesto en su rostro que denota
triunfo, como si ya hubiese aceptado, ¿lo he hecho? Creo
que la elección ha sido tomada.
Extiende, sin decir una palabra, una mano a mi nuca
deshaciendo lo que queda de la trenza.
—Así me gustas más —confiesa, no digo nada, solo
sonrío, o eso trato.
Su pierna es tibia debajo de mí y eso es en todo lo que
puedo pensar hasta que él me roza ligeramente para que
ponga atención. Llevo la copa de vino a mis labios, y mis
manos son vergonzosamente temblorosas por el caos
emocional que está desatado dentro de mí.
Me giro para quedar frente a sus ojos, lo miro, de arriba
abajo, repaso cada parte de su rostro mientras mi corazón
retumba y su mano se desliza por mi espalda en lo que
parece un movimiento reconfortante.
Él espera y yo pienso, ¿en qué pienso? No creo poder
pensar con claridad en este momento.
—¿Y bien? —Su voz es ronca y articulada.
—Yo... —Dejo las palabras inconclusas porque soy un
revuelto de aceptación y dudas, de miedos y certezas.
—Sabes lo que quiero, lo que espero de ti y lo que te daré
de mí. Si hay algo en lo que no estás de acuerdo, lo
podremos hablar.
No puedo seguir sosteniéndole la mirada, por alguna
razón que no logro definir, mis ojos se llenan de lágrimas, la
indecisión me absorbe y el temor me oprime.
Entonces, él levanta mi rostro, obligándome a mirarlo, el
calor de su mano tocándome, me calma su expresión,
aunque impasible, logra reconfortarme, como si él tuviese
toda la certeza del mundo sobre lo bien que esto puede
resultar.
—Solo... una cosa —digo intentando traer un pensamiento
coherente recordando algo de este mundo que sé que me
pedirá.
—Puedes decírmelo. —Inclina su cabeza hacia un lado
mientras la yema de su dedo hace círculos contra mi mejilla,
él sabe que ya he aceptado, lo sabe.
—El collar —murmuro suave—. No me gustaría usar
collar, no me sentiría cómoda usándolo —expreso.
—El collar es una muestra de gratitud y orgullo, de
pertenecer a tu Amo. —Algo tiembla en mi interior al
escuchar esa crucial palabra—. Es tu marca personal y el
único accesorio que debe representarte.
En ese momento cuadra su postura haciendo que la
distancia que había establecido conscientemente entre
nosotros disminuya terriblemente, ante mi mirada catártica
lleva sus dedos a mi cuello, cruzándolos como lo haría la
prenda.
—Tu blanca piel luciría resplandeciente, tapándose
únicamente con un collar.
Su mirada dilatada viaja por mi cuerpo, es vergonzosa la
forma en que él está desnudándome con los ojos y la
manera en que eso se está sintiendo.
A través de sus dedos puedo sentir los desenfrenados
latidos de mi corazón.
—Yo, yo puedo mostrar obediencia, respeto y pertenencia
sin necesidad de llevar el collar —hablo suave, mirándolo
casi de reojo, por debajo de mis pestañas.
Sus dedos se aprietan en torno a mi cuello causando una
ligera incomodidad que no alcanza a ser mala.
—Podemos trabajar en ello. Podría darte la concesión de
no usarlo —concuerda liberando mi cuello. Me retuerzo en
mi lugar, pero nunca con la intención de levantarme, nunca
con la intención de apartarme de su lado—. Por ahora —dice
en un susurro que finjo no escuchar.
Su expresión sigue siendo pétrea, aunque sigue dándome
esa sensación con el brillo particular de sus ojos grises, de
estar expectante por mi respuesta, yo también lo estoy,
quizá esperando a que alguien decida por mí, que alguien
me empuje a aceptar lo que no me atrevo, a vivir lo que
quiero, pero que temo.
Sé por su postura que esta vez no dirá nada más, la
elección es mía. Lo miro tragando grueso, buscando la
respuesta que primero acuda a mi cabeza.
Me pongo de pie ante su mirada, sintiéndome extraña por
la pérdida de su cercanía y su calor. La determinación toma
posesión de mi cuerpo a pesar del temblor evidente de mis
manos.
Se queda sentado ahí, mirándome o eso supongo, porque
mientras camino lo hago de espaldas a su persona.
Aturdida, así me siento, pero la derrota de mis miedos es
aplastada por la emoción del triunfo, el triunfo de una parte
mía que grita por vivir lo que sea que él pueda ofrecerme.
Cuando siento que ya he pensado lo suficiente y que esta
respuesta es inevitable, me giro completamente hacia él,
pero mantengo la cabeza gacha, porque tengo miedo,
porque no quiero verlo ahora.
—Acepto —murmuro, entre plegarias silenciosas que
claman poder salir ilesa de todo esto, aunque sé que sería
imposible.
Camino hacia donde se encuentra y, cuando estoy de
nuevo entre sus piernas, desfallezco sobre las mías, sus
manos me sujetan ayudándome a caer sobre mis rodillas.
Escucho lo que suena como una larga exhalación. Un
sonido que a mis oídos les hace sentir cosquillas de gloria,
de aceptación por su parte. Por supuesto, si estoy aquí, es
porque él lo quiere, él me quiere y eso me hace sentir
plenamente bien.
Tal vez si miro a sus ojos haya triunfo, sin embargo, todo
en lo que puedo enfocarme es en mantener mi mirada
alejada de él y de lo que pueda provocarme ahora, el miedo
se ha instalado en mí, a pesar del triunfo como emoción
predominante.
Siento sus manos sobre mi cabello, como reconociendo
hebra por hebra sin tirar o ejercer presión, solo
manteniéndose presente.
—Te espero el domingo aquí mismo, a la una de la tarde.
—Ahora sí tira alzando mi cabeza hasta que, contra mis
deseos, su intensa y gris mirada me traspasa—. Me gusta
que mantengas la cabeza gacha, pero cuando hablo, debes
mirarme a los ojos. Estemos donde estemos, te dirigirás a
mí con respeto, sin embargo, cuando te hable mírame a los
ojos a no ser que yo te pida lo contrario, ¿entendido?
—Sí —respondo aturdida.
—¿Sí, qué? —pregunta jalando mi cabello.
Cierro los ojos, pero los abro rápidamente recordando sus
recientes palabras.
—Sí, Señor —contesto claro y fuerte.
—Buena chica. Te mostraré el resto del club sin toda esta
gente aturdiéndote. —Sonríe—. Es muy importante que
tengas en cuenta esto, Eridan. —Esta vez su voz toma un
matiz serio. Libera mi cabello permitiéndome moverme y
mirarlo—. Tú te entregarás a mí y yo a ti, cuidaré cada
aspecto de ti y llegaré hasta donde tú me lo permitas. —
Toma una pausa antes de continuar haciéndome saber que
es importante lo que dirá a continuación—. Tendrás una
palabra segura para cuando estemos en alguna situación,
sea cual sea esta, y te sientas sobrepasada, podrás usarla y
ten la absoluta certeza de que pararé inmediatamente. ¿De
acuerdo? —Asiento en respuesta—. Tu palabra será rojo.
—Entendido, Señor —respondo absorbiendo toda la
información que me ha dado.
—Dame tu móvil.
A mi lado, en el suelo, reposan mi celular y la pequeña
cartera. No recuerdo en qué momento los he dejado ahí,
pero ciertamente mi mente no parece tener nada de
claridad ahora. Lo tomo, desbloqueo la pantalla y se lo
extiendo. Teclea y espero hasta que me lo devuelve.
—He grabado mi número. Ahora puedes levantarte.
Vamos, te acompañaré hasta tu coche, ve a casa. Descansa,
en tu próxima visita te mostraré el resto del club. Ahora es
importante que descanses —repite mirándome.
Asiento, por primera vez asumiendo el peso de lo que he
hecho, o un poco, eso creo.
—¿Señor? —llamo titubeando, mientras estoy
moviéndome, alejándome de su lado.
—Dime —responde, y una vez más veo en sus labios lo
que parece el inicio de una sonrisa.
Se levanta acomodando las arrugas inexistentes de su
ropa, su postura y mirada son totalmente arrogantes.
Lo observo distrayéndome de mis pensamientos por un
minuto, aceptando en mi mente que el hombre que está
frente a mí, es ahora mi... Amo, mi Dueño y que, a pesar de
mi reticencia por aceptarlo, lo deseo. Lo siento en mi
cuerpo, en la forma tibia en que cada parte íntima de mi
cuerpo se aprieta por él, en el calor que recorre mi cuerpo y
eriza mis vellos. La chispa hace que me concentre.
—Yo... —Inclino un poco mi cabeza, con algo de
vergüenza, siento el calor en mis mejillas—. Me agrada
nuestra ¿relación? —pronuncio esta última palabra en forma
de pregunta.
Se mueve por el salón acercándose a donde estoy.
—A mí también me agrada, no sabes cuánto —declara y
termina de llegar a mi posición, tomando de nuevo posesión
de mi espacio personal; sube una mano y la extiende por mi
rostro—. Vete ya, o no dejaré que lo hagas.
—Sí... Señor —suelto esas palabras con la dificultad de
recordar cómo debo llamarlo.
Sé que debo irme, él lo ha dicho, pero, justo ahora estoy
atrapada por la expresión y postura de su persona, me
envuelve en una cálida burbuja que me incita a olvidarlo
todo.
Desciende su mano y vuelve a sujetar mi mandíbula, me
tenso por la punzada de deseo que esta vez cruza mi
cuerpo.
Se impulsa acercándose, suprimiendo la distancia entre él
y yo, eliminando todo resquicio de ser dos desconocidos, de
ser dos personas que se cruzan y tal vez se desean, para
convertir las palabras que han sido dichas en algo real y
potente.
Creo que va a besarme y mi pulso se dispara, así como mi
respiración, el privilegio de besar sus labios se queda en un
deseo cuando son sus dientes los que hacen contacto con
mi labio inferior, lo toma entre ellos y tira hacia atrás, el
dolor emana de mi boca como un fogonazo por mi cuerpo
que anula mis capacidades, gimo ante el malestar
ocasionado por el mancillar de sus dientes y aprieto mis
piernas por la delicada forma en que se tensan mis
músculos internos y él... él lo sabe.
Chupa mi labio entre los suyos, y luego me besa de una
manera que me deja obnubilada... cuando se aleja veo el
brillo del triunfo en sus ojos.
Me derrito en mis emociones, mientras su mirada
satisfecha me recorre y me hace sentir que todo está bien,
que ha sido completada cada parte inconclusa, que cada
pieza ha sido ajustada, que puedo irme.
Me giro y camino hacia la salida, sin necesidad de
volverme porque sé que me sigue, porque me siento plena y
completa, y... sonrío.
Sí, me permito sonreír, por lo que he hecho, por lo que
soy ahora, por quien es él.
Sonrío.
La alarma del móvil me saca del cómodo clima nublado
de mis sueños, estiro torpemente la mano y presiono al azar
hasta que ya no se oye nada.
Me relajo.
Poco a poco voy abriendo los ojos de a uno, a la par de
que estiro cada músculo de mi cuerpo. Como cada mañana,
me giro hacia el reloj, que indica las seis.
A través del ventanal todo se aprecia oscuro aún. Me
quedo por un momento pensando en todo lo que ayer
sucedió. El encuentro con Ares ha sido intenso; ese hombre
es como un imán que me obliga a estar a su alrededor y
permanecer muy cerca de él.
Me levanto despacio, con una extraña sensación de
ansiedad en el estómago, aunque, al escucharlo rugir,
supongo que tal vez podría ser solo hambre. Camino hacia
la cocina para prepararme el desayuno: mi amado café,
junto con unas tortitas. Mientras las como, dejo vagar mi
mente por ahí.
Después de decidir que no me apetece lavar los cubiertos
en este momento, me dirijo perezosamente hacia mi
habitación para elegir lo que me pondré mañana. Ahora que
lo pienso, él no dijo nada sobre algún código de vestimenta,
sino que todo parece centrarse más bien en mi
comportamiento. Aun así, considero que debo elegir con
cuidado lo que voy a ponerme. Dudo un poco también al
observar el contenido del cajón de ropa interior, pero
tampoco mencionó algo al respecto, así que solo pienso en
verme bien y sentirme sexy.
Miro hacia el ventanal y me deleito con el sol que asoma
en el horizonte. Miro de nuevo hacia el clóset y los cajones,
tomo un conjunto de ropa interior de encaje rojo que aún no
he estrenado, unos jeans negros y una cazadora de cuero.
Los extiendo sobre la cama y los observo. Creo que se ven
bien. Dejo mi atuendo listo para mañana, mientras tanto,
busco algo para distraerme durante el resto del día,
necesito que las horas pasen lo más rápido posible o moriré
de la ansiedad. Tengo muchas ganas de conocer el club, y
para qué negarlo, también de volverlo a ver.
Hablo con mis amigos que pronto se mudarán a la ciudad,
hecho que me hace muy feliz, pues los extraño demasiado.
Adelanto algo de trabajo, luego recojo el pequeño desastre
que es mi cocina y para finalizar el día decido dar un
pequeño paseo e ir a cenar algo fuera de casa.
Me despierto con los latidos de mi corazón retumbando
desaforados, me giro hacia el reloj y me relajo al ver que
son las diez de la mañana. Me siento ansiosa y no me
apetece desayunar nada, tengo un nudo en el estómago
causado por los nervios de lo que me espera hoy. Me doy
una ducha que pretende relajarme, pero poco es lo que
logro. Salgo de envuelta en una toalla y con el cabello aún
chorreando.
Decido que voy a comer algo ligero, pues ir con el
estómago vacío no parece ser muy buena idea, menos
cuando siento el temblor de mis piernas ante la expectativa
de lo que me espera en el club.
Mientras me visto noto el intermitente parpadeo en la
pantalla del móvil que se encuentra sobre la mesita de
noche. Me acerco con el sujetador a medio poner y apago el
recordatorio que he puesto, Ares ha sido más que específico
con aquello de que “no tolera las impuntualidades” y para
nada quiero empezar con el pie izquierdo.
Una vez termino de vestirme, me maquillo solo un poco y
dejo mi pelo suelto recordando la mención que hizo sobre
mi cabello, y pues, quiero agradarle.
Cuando llego, se encuentra un guardia custodiando la
entrada del edificio, con un asentimiento me deja pasar. El
club se ve completamente diferente a la luz del día, se
escucha música suave y el ambiente se ve tranquilo e
incluso relajante. Esta vez en la recepción hay otra
muchacha, se ve igual de guapa que Klara e internamente
pienso en si ese es un requisito para poder trabajar aquí. Se
ve amable y cuando me presento, me indica que pase a la
“sala común”, que allí el Maestro Ares espera por mí. Ya
conociendo el camino, me dirijo al salón donde estuve la
primera vez.
Ares está conversando con un hombre que se me hace
conocido, me parece haberlo visto antes en algún sitio.
Cuando él repara en mi presencia sonríe, da unas palmadas
al hombre a modo de despedida y se dirige hacia mí. Está
vestido con un pantalón negro y un suéter de tela ligera del
mismo color, al parecer ambos compartimos el gusto por
ese tono.
—Señorita Rossemberg, es un placer verte nuevamente
—saluda. No paso por alto su escrutinio, siento el calor subir
por mis mejillas, pero le sonrío.
—Lo mismo digo, Señor.
—Ven, demos un paseo —invita tomándome de la cintura
e instándome a caminar. Su tono es amable y se ve de buen
humor.
Cruzamos el salón y me lleva al jardín que vi la otra
noche desde el piso donde nos encontrábamos. Hay unas
cuantas mesas dispuestas en donde algunos grupos de
personas se encuentran conversando y más allá se ve una
gran piscina. Todo es realmente hermoso y muy elegante. Si
no hubiese estado aquí antes, tranquilamente podría pensar
que se trata de un simple hotel lujoso, pero vaya que
guarda mucho más.
Al expresar mis pensamientos, Ares ríe.
—El Intense puede ser todo lo que tú quieras, Eridan.
Me explica que cuando el clima se presta, las fiestas se
realizan en el jardín, que también hay veces donde estas
fiestas son abiertas al público, uno muy selecto por
supuesto, nadie entra aquí sin una reservación o invitación.
—¿Tienen permisos para hacer todo esto? —indago
mientras camino a su lado.
—Lo que hacemos no es ilegal, y en caso de tener que
responder legalmente, cada persona que ingresa al club
firma un acuerdo donde se hace responsable de sus actos
una vez está dentro, y afirma plena consciencia de las
actividades que se llevan a cabo, de modo que no se actúa
en contra de nadie. Es consensuado. Nunca lo olvides, cada
cosa que sucede aquí es porque las personas así lo desean.
—Asiento a sus palabras.
Veo que es un sitio realmente prestigioso donde acuden
distintas personalidades de Alemania e incluso del exterior.
De hecho, el señor que vi junto a Ares es un antiguo
asociado que es nada más y nada menos que un reconocido
político.
—¿Por qué se llama Intense? —Es lo que más me llamó la
atención y lo que me llevó a internarme en él, no tenía idea
alguna de todo lo que me esperaba tras sus puertas cuando
yo tan solo venía por unos tragos para relajarme.
—Porque es un lugar donde las fantasías pueden llevarse
al límite y conocer las más intensas sensaciones sin que
haya restricción alguna, un sitio donde todos los deseos son
vividos libremente, donde la moral se deja en la puerta y
todo lo que genere gozo y bienestar sexual está permitido,
siempre y cuando sea consentido por los involucrados. —Me
observa analizando mis reacciones—. Una vez que entras al
club, es el final de tu vida fuera de él, es el final de la
realidad que vives fuera. Entras a un plano paralelo donde
lo que te gobierna son aquellas necesidades primarias de tu
cuerpo y que, muchas veces, las personas no saben que
existen o solo no saben complacerlas —explica y me deja
anonadada. Quedo fascinada ante su explicación con esa
manera apasionada que tiene de hacerlo.
—¿Y-yo tengo un permiso para entrar?, porque no he
firmado nada —pregunto perdida en sus explicaciones.
Soy sacada de mi ensimismamiento con una risa saliendo
de sus labios.
—De hecho, es uno de los motivos por los cuales te cité
aquí. Más allá de mostrarte las instalaciones, quería que
hablásemos de ello. Deberás firmar el acuerdo y yo contigo,
haciéndome cargo de tu bienestar ya que al estar conmigo,
me concierne todo lo que se trate de ti —aclara, toma una
profunda respiración mirando a nuestro alrededor antes de
volver a posar su mirada en la mía—. Además de firmar el
acuerdo para interactuar dentro del club, al ser nueva en
esto, comprendo que podría ser abrumador para ti ingresar
aquí, con todo lo que conlleva, ya que ha sido de una
manera muy abrupta, pero quisiera llevar nuestro convenio
más allá de las paredes del club —prosigue y mi corazón
empieza a latir desbocado—. ¿Estás de acuerdo con eso?
Además de ser un protocolo necesario, es por tu seguridad,
que para mí es prioridad.
Asiento sopesando sus palabras, pero tengo dudas que no
me guardo.
—¿A qué se refiere cuando dice “llevar lo nuestro fuera
del club”? —Me resulta raro referirme a nuestra relación de
esta manera. Es más como un acuerdo de negocios.
—Tal como tú, yo tengo una vida y una profesión allá
afuera, no estoy aquí todo el tiempo. —Sonríe de lado
cruzando los brazos a la altura del pecho y quedo
embelesada, este hombre es realmente sexy. Tengo muchas
dudas sobre su vida, a lo que se dedica. ¡Por Dios! Ni
siquiera sé su nombre real, pero ya advirtió que sería algo
que me ganaría con mi entrega y supongo que así mismo
será con el resto. Ambos somos un par de libros abiertos el
uno frente al otro, aunque… claro, él me lleva un poco de
ventaja—. Me gustaría, si estás de acuerdo, llevar nuestros
encuentros en mi casa, para que más adelante, cuando
estés más informada acerca de las reglas aquí, puedas venir
en calidad de sumisa... —plantea haciendo mi cabello a un
lado para acariciar mi cuello mientras pronuncia lo siguiente
—: Y lo hagas a sabiendas de todo lo que implica —culmina
con un beso largo en el sitio donde antes me acariciaba su
mano y otro en la comisura de mis labios.
—Me-me parece bien. Adecuado —respondo tontamente,
perdida en las sensaciones que me produce.
Todo en él me atrae, su forma de explicarme, la
dominación implícita pero sutil que muestra, no puedo
negarme, realmente quiero esto. Lo deseo.
Nos internamos nuevamente en el edificio y subimos por
las mismas escaleras desde el bar hasta el ascensor que
nos lleva a la habitación donde estuvimos la noche en que
lo conocí.
—El club lo fundé junto con dos amigos muy cercanos,
quienes también comparten esta… pasión —explica
haciendo un ademán con la mano, me pide mi cazadora y la
guarda en un armario.
Me invita a tomar asiento, esta vez lo hago cuidadosa,
prestándole toda mi atención a sus palabras y también a
cada uno de sus elegantes movimientos.
—Thera y Garrett —menciona—, cada uno tiene una
habitación privada aquí, este piso está destinado para
nuestro uso.
—¿Todos los Maestros son Dominantes?, ¿enseñan a
dominar? —inquiero.
—De hecho, no, también se enseña a ser buenos sumisos,
pero tranquila, a ti todo lo necesario te lo enseñaré yo. —Ríe
con picardía tomando asiento muy cerca de mí—. Todos aquí
tenemos un rol en específico. Al igual que cada nivel está
destinado para una sección especial —explica—. Ya
conociste la sala de los Maestros, allí solo nosotros tenemos
acceso junto con nuestros respectivos acompañantes —
acentúa esta última palabra—. La azotea también es un
lugar “neutro” —hace un gesto de comillas en el aire—, al
igual que el jardín y el bar.
Continúa explicándome las funciones y distintos niveles
del Intense prometiéndome que “en su debido momento”
conoceré cada uno de ellos.
La tarde pasa rápidamente y para cuando terminamos de
hablar los términos y condiciones de nuestro acuerdo, ya
oscureció. En todo momento estoy esperando que suceda
algo más, casi creo que desde su posición puede escuchar
los frenéticos latidos de mi corazón, pero al parecer él
piensa de verdad llevarlo todo con calma y me siento un
tanto frustrada ante su falta de acción.
Ambos firmamos los acuerdos, el que respecta al club y el
nuestro fuera de él. No pusimos fecha de caducidad,
ninguno lo mencionó.
—Tómate la semana para procesar, si tienes dudas
házmelo saber. Te esperaré el domingo en mi hogar, allí
tendrás un espacio para ti y tus cosas, ¿de acuerdo? —
Asiento ante sus palabras, incapaz de negarme o decir
oración alguna—. Bien, te enviaré la hora y mi dirección, ¿te
apetece tomar algo?
—Se lo agradezco, Señor, pero quisiera volver a casa
pronto —rechazo su invitación. Realmente tengo mucho
para procesar.
—Está bien, entonces te acompañaré hasta la salida.
Salgo con un mar de sentimientos agolpados en la boca
del estómago, ansiando que llegue el domingo para poder
saber qué me espera a manos de mi Señor.
Toda la semana la he pasado pendiente del móvil
esperando noticias suyas hasta que hoy, al fin, me llega un
mensaje con la dirección junto con la hora en la que me
esperará en su casa.
Me preparo con un par extra de ropa en el bolso y lo
necesario por si debiera quedarme. Mientras termino de
retocar mi maquillaje con el pintalabios rojo, me pregunto
cómo será su casa. Definitivamente no será como la mía.
A medida que me acerco a la dirección indicada en el
mensaje, la zona empieza a tornarse más residencial y los
edificios van quedando atrás. La vegetación se hace cada
vez más presente y eso llama por completo mi atención.
Todo lo que mis ojos ven resulta bastante acogedor. Parece
una zona tranquila, y debe ser porque, poco a poco, las
casas que van apareciendo, están más alejadas unas de
otras y son de mayor tamaño.
Verifico los números de casa y me percato de que estoy
en la calle correcta. Estoy a un tris de dar con la suya, y ese
simple pensamiento acelera mi corazón.
Piso el freno, de golpe, cuando el número que aparece en
el mensaje y el número de la casa coinciden.
Un gran portón oscuro —en medio de un muro de piedra
— me da la bienvenida y puedo sentir que mis tripas se
estrujan de miedo y ansiedad debido a esto. Antes de
arrepentirme de lo que estoy haciendo, avanzo hacia la
entrada; allí se encuentra una pequeña bocina entre las
piedras y no tarda en emitir un sonido.
—¿Es la señorita Rossemberg? —pregunta una voz al otro
lado, es la de un hombre, que no suena como la suya, que
la tengo asimilada.
—Sí. Soy yo —respondo.
No escucho nada más, aunque sigo esperando una
respuesta. Solo veo cómo se abre frente a mis ojos el
inmenso portón y empieza a aparecer el hogar de Ares.
Avanzo por un corto camino enmarcado por un arreglado
jardín que me lleva hacia su casa. Trago grueso. Es una
majestuosa obra de tres niveles, erguida frente a mí,
revestida de piedra y con toques de acero y vidrio. Me
quedo sin aliento. Sus colores oscuros, en medio de tanta
vegetación, le dan un aspecto hermoso, pero a la vez
sombrío, justo como él, ahora que lo pienso.
Ni siquiera sé si he dejado mi coche en el lugar correcto.
Bajo con movimientos nerviosos y algo torpes. Me siento
pequeña frente a semejante casa, tal vez por lo que
representa para mí. Subo las tres gradas que llevan a un
porche y toco el timbre. Regresarme ya no es una opción.
Luego de poco menos de un minuto, la puerta se abre.
Frente a mí aparece una mujer, ni muy joven ni muy pasada
de edad, vistiendo el típico uniforme de una encargada
doméstica, aun con su vestimenta se ve bastante guapa.
—Bienvenida, señorita —saluda con tono y expresión
seria pero amable. Me da una mirada evaluadora que no
termina por gustarme.
—Eh... Buenas noches —respondo titubeando.
Un hombre alto y de cabello castaño asoma por la puerta,
llevando también un uniforme, solo que más formal. Me
hace una muda petición apenas mirándome para que le
entregue mis llaves, no dudo en entregárselas.
—Siga, señorita —pide la mujer, la decepción me patea
en el estómago al no verlo aparecer a él por alguna parte,
no me había percatado cuánto guardaba esa ilusión.
Mis pasos resuenan en el hermoso y pulido piso de
mármol negro, que brilla impecable. Recorro con la vista
todo lo que aparece ante mí mientras avanzo hacia el
interior. El gran recibidor con ese sillón beige y la mesa de
vidrio, con una extraña figura enredada como base, o las
lámparas dispersas por toda la estancia, que le dan un
aspecto íntimo, cálido y tenue.
Las columnas revestidas de piedra gris y los variopintos
cuadros que revisten la mayoría de las paredes, hacen un
completo contraste con la pared de vidrio que tengo a mi
costado derecho, la cual me da una privilegiada vista hacia
el jardín, en especial, la de los árboles que cobijan la casa.
Yo sigo absorta hasta que la voz de la mujer me trae de
nuevo a la realidad.
—Señorita Rossemberg. —Me giro hacia ella, quien
permanece en una postura firme y con manos juntas detrás
de la espalda—. Bienvenida una vez más. Mi nombre es
Annette, y el de mi compañero es Joseph. —Señala a su
acompañante, que asiente hacia mí—. Ambos nos
encargamos del aseo y de mantener en orden la casa del
señor —aclara.
Aunque no menciona el nombre de Ares, ella parece
saber perfectamente quién soy yo. «¿Sabrá a qué vengo
también?», me pregunto.
—Mi nombre es Eridan —digo y me siento bastante idiota.
Obviamente ambos ya lo saben.
No sé qué debo decir o hacer ahora, así que solo espero a
que alguien me lo diga.
—El señor ha indicado que lo espere arriba, en el último
nivel. —Asiento, sorprendida por su formalismo, pero
dispuesta a seguir sus indicaciones. Debo moverme y hacer
algo o voy a sufrir un colapso nervioso.
—¿Puede indicarme cómo llegar hasta allí, por favor? —
pregunto, algo nerviosa. Es una mansión inmensa y no la
conozco.
—Por supuesto, señorita —es la mujer quien responde—,
pero tenemos prohibido ir arriba. —La observo atónita, ¿es
en serio?
A juzgar por su expresión seria, sí que lo es.
Joder.
Tomo una profunda respiración para llenar mis
constreñidos pulmones.
—De acuerdo, no hay problema —menciono, como si lo
que acabase de decir no tuviese ninguna importancia.
—Es la segunda puerta, a la derecha del pequeño salón —
indica y yo asiento en agradecimiento.
Echo a andar despacio, con pasos indecisos, hacia las
escaleras. Observo todos los detalles que voy pasando. El
pasamanos se asemeja a una larga tira de tela que se
mueve generando curvas y no puedo evitar tocarlo.
Llego al tercer nivel y no dejo de maravillarme. Todo es
simplemente... magnífico. Sigo las indicaciones de Annette y
busco la susodicha habitación después de pasar por el salón
y, a juzgar por los cuadros que adornan las blancas paredes
del pasillo, debo reconocer que Ares tiene buen gusto. Me
detengo frente a la segunda puerta como me ha sido
indicado.
Giro despacio el picaporte y la empujo con cautela, como
si alguien fuese a pescarme. Me permito por primera vez
mirar «la habitación». El rojo inunda mis ojos. Es el color
que predomina en todo el lugar. Observo cada detalle del
interior, como las tres puertas y los ventanales de vidrio que
dan una amplia vista del jardín.
Me adentro y logro ver la parte trasera de la casa, pero es
otro objeto el que llama mi atención: la cama. Es una con
doseles, cuyas blancas sábanas parecen increíblemente
suaves con tan solo mirarlas. Las acaricio y, efectivamente,
lo son. Dejo mi bolso en una mesa que se encuentra a un
lado de la misma.
Observo los postes de los cuales cuelgan tiras y trago
grueso. Una corriente eléctrica recorre mi cuerpo. Todo
parece bastante normal, aunque excéntrico para una
habitación, a excepción de ese detalle.
Noto dos cuadros en las paredes que logran captar mi
total atención porque expresan con claridad la razón que
me trae hasta aquí: sumisión.
Reconozco uno de los cuadros. Su nombre es «Esplendor
de una Mujer Sumisa» y en él se puede ver a una mujer de
espaldas, en posición. Es decir, ella está de rodillas, con las
manos juntas y unidas en su espalda, mientras sus pechos
resaltan, en señal de entrega y abnegación. Su cabeza está
un poco inclinada hacia abajo, cediendo. Muestra una
postura hermosa y completamente sensual.
Es un cuadro particular que a muchos repele, porque solo
ven en ella a una mujer sola, pero están otros —como yo—
que la ven como realmente es: una mujer cuyos hombros
erguidos muestran que todos sus sentidos están puestos en
él, en su Amo, esperando su llegada o tal vez una orden. Es
realmente fascinante.
El otro cuadro no lo conozco, pero refleja a una mujer
desnuda, encorvada y que se sujeta a sí misma. No
intentaré interpretarla, porque deseo conocer su verdadero
significado. Y se lo preguntaré a él.
Me sacudo un poco al notar que me gusta lo que veo,
pero tampoco puedo evitar sentirme extraña. Y sé que, en
gran parte, eso se debe a la ausencia de Ares aquí. Me
asusta tener esos sentimientos hacia él.
Algo apesadumbrada por ese último pensamiento decido
ir en búsqueda de su presencia.
Cuando estoy de camino a la puerta escucho el sonido de
mi móvil. Es una llamada. Tal vez sea algo importante.
Cuando lo cojo, el sonido ya ha cesado, pero vuelve a sonar,
lo cojo de nuevo y me apresuro a contestar sin mirar
siquiera el identificador.
—¿Hola? —Es lo que digo al deslizar el dedo por la
pantalla.
—Hola, cielo, ¿cómo te encuentras? —Es la voz de mi
madre quien responde.
—¿Mamá? —Escucho risas.
—Sí, cariño, ¿quién más sería, sino yo desde mi móvil? —
responde, como si fuese lo más obvio del mundo, y lo es.
—Lo siento, má, es que ni siquiera miré el identificador
cuando iba a contestar.
—No te preocupes. Pero cuéntame, ¿qué tal estás, todo
bien por allí? —indaga con dulzura.
¡Cuánto la amo!
—Sí, todo va de maravilla, como siempre. —Carraspeo.
Nada es como siempre, pero no te puedo contar, mami. No
sé cómo tomarías que estoy metida en un gran embrollo
que incluye mucho sexo y látigos—. Eh… debo colgar,
mamá. Te llamo pronto, ¿okay? ¡Te amo!
Corto la llamada sin esperar más.
Tan pronto lo hago, unos sentimientos y pensamientos
negativos me abruman nuevamente. Un pensamiento cruel
y poco infundado se cuela en mi mente.
¿Qué hago aquí y por qué traté así a mi madre?
Repentinamente todo se siente complicado, incorrecto, y
ni siquiera puedo decir que algo ha iniciado, porque
básicamente estamos en cero. Sin embargo, me encuentro
cuestionando todo, en especial, su comportamiento ahora.
Él está jugando conmigo, eso es lo único que puedo
pensar. La forma en que describió cómo podíamos conseguir
lo mejor de nosotros mismos hace días, pierde todo
fundamento ante mí y la perspectiva de esta casa sin él. Yo
no quiero esto, al menos no de esta manera.
Poco a poco, mi sangre empieza a hervir. Un enfado se
apodera de todo mi ser.
Quiero irme.
Tomo mi móvil y mi bolso. No sé muy bien lo que hago,
pero me mueve la necesidad de sentirme liberada de toda
esta opresión que se ha apoderado de mí. Necesito salir y
evitar ahogarme con tantos pensamientos.
Bajo las escaleras sin pensarlo demasiado. A los pies de
esta me encuentro con Annette, quien no duda en
dedicarme una mirada desdeñosa.
—¿Se puede saber a dónde va, señorita? —pregunta.
No le respondo. Y no es porque sea una maleducada, sino
porque ni yo misma lo sé.
—Esto no va a gustarle al señor —asegura, mientras me
observa pasar a su lado para ir directamente a la puerta. En
este momento, su señor, que se supone también es el mío,
no me interesa.
Abro la puerta de un tirón, ignorando completamente sus
protestas. Pero cuando levanto los ojos para dirigirme fuera,
todo mi cuerpo se congela.
Trago grueso, mis oídos pitan y el miedo se acumula en
mis venas.
Ahí, de pie, en el umbral de la puerta y con la mano
extendida, a solo escasos centímetros de distancia, se
encuentra él.
Cuando veo sus ojos me desestabilizo en mi posición
mientras lo observo, airado, poderoso, en su traje formal.
Luce tan frío, con esa mirada calculadora que ya conozco.
Su ceño fruncido cambia cuando alza una ceja hacia mí.
Luce tan sexy e inmaculadamente guapo, que debería ser
ilegal.
Me invade un sentimiento de opresión. Me siento
abrumada. Regresan a mí todos esos sentimientos que
había olvidado. Y seguido de ello, sin darme tregua ni
descanso, el arrepentimiento se filtra por mi cerebro. La
culpa llega y mis ojos se llenan de lágrimas. La bola de
opresión crece en mi pecho, pero por sentimientos
diferentes.
Agacho la cabeza, comprendiendo lo que estaba a punto
de hacer.
—Sube —dice en un susurro peligroso, una orden mordaz.
No lo dudo. Me doy la vuelta, sin apartar mis ojos del
suelo y emprendo mi marcha arriba. Odio que Annette siga
aquí.
Pronto escucho sus pasos resonando contra el mármol y
los sigue un rastro de silencio que enfría mi cuerpo. Observo
hacia la puerta y veo el giro que empieza a dar el pomo,
agacho mi cabeza de nuevo.
Todo lo que escucho son los latidos furiosos de mi
corazón. Mis nervios se crispan, dejando todo rastro de
seguridad atrás. Por primera vez me reconozco como lo que
soy ahora.
Él, mi Señor, se pasea a mi alrededor sin emitir palabra.
De él solo se oyen sus pasos y el sonido errático de su
respiración que, a diferencia de la mía, que se encuentra
afectada por el miedo, la suya debe ser por la ira contenida.
—¿Eso es todo lo que tienes, Eridan? —pregunta con
desdén, con un tono de voz que hiela mi sangre y provoca
que un sudor frío se forme en mi nuca. Mi estómago da un
vuelco y me siento mentalmente agotada—. ¡Respóndeme!
—exige, seguido de una breve pausa. Su voz retumba mis
oídos.
—Yo-yo, lo siento, Señor. —Es todo lo que puedo
responder.
—¿Lo sientes? —inquiere con sorna—. Yo… —dice y su
mano sujeta mi rostro con rudeza y lo levanta para que vea
sus ojos—. Yo voy a hacer que lo sientas. Te voy a enseñar
las reglas, y vas a aprender de la única forma en que cada
palabra quede grabada en ti.
Sus ojos brillan con peligro.
—Deja tu abrigo y sígueme —espeta. Hago lo que me
pide y, cuando estoy por dar un paso tras él, se detiene y
me mira por encima de su hombro. Rápidamente dirijo mis
ojos hacia abajo—. Las perras, querida Eridan, no caminan
en dos patas. ¡Al piso! —demanda, recuperando su suave,
tono.
Lo que pide es extremo.
No, no puedo hacerlo, pero cuando vuelve a dirigirme su
mirada, inevitablemente caigo sobre mis rodillas y manos
para ir a gatas tras él. Nos dirigimos al otro extremo de la
habitación, hacia la tercera puerta, la abre con ayuda de
una llave y nos adentramos.
Trato de seguirle sin perder el paso. Gira hacia un pasillo
a la derecha, se detiene abruptamente y yo por poco choco
contra la parte posterior de sus piernas. Observo entonces
una puerta semicircular de madera, muy distinta al estilo
moderno que conforma el resto de la casa. Espero mientras
él la abre, se interna y lo sigo.
La habitación en la que ahora nos encontramos es amplia
y oscura, el suelo es de cerámica empedrada, igualmente
diferente a la del resto de la casa. No levanto la vista para
ver nada, pues sé que no lo tengo permitido, pero sí noto de
inmediato que todo es distinto, que lo que me espera, no
puede ser tomado como... positivo. Al menos no en este
momento.
—Quédate donde estás. —Su voz resuena por toda la
estancia. Me detengo, centrando mi vista en las formas
empedradas del suelo. Escucho sus pasos y el sonido de
una puerta cerrándose. Ahora lo escucho caminar de vuelta
y sé que se ha posicionado a mi espalda. Mi respiración se
acelera de inmediato, veo aparecer un zapato suyo a cada
lado de mi cuerpo y luego... oscuridad.
—De pie —ordena. Aún distraída por ser dejada sin visión,
intento ponerme en pie con algo de duda y nerviosismo—.
Ven acá —demanda—, sigue mi voz. —Escucho atenta,
dejándome llevar por el sonido de sus palabras, esperando
no chocar contra nada en el camino o tropezar con mis
propios pasos—. Ahora detente y levanta ambos brazos por
encima de tu cabeza, juntando las manos —manda.
Cuando lo hago, siento de inmediato algo envolverse en
torno a mis muñecas. Ante eso se me hace imposible
controlar mi respiración que ahora se convierte en ruidosos
jadeos. El miedo me atenaza, aunque soy consciente de que
lo que sea que él vaya a hacer, me lo he ganado.
—No siento arrepentimiento de haberte elegido a ti. —
Empieza a hablar. Su voz ya no es hostil, sino que se
convierte en un ruido profundo que taladra mis sentidos—.
Eres... —dice y siento algo cruzar mi pecho, en medio de
mis senos, bajando por mi abdomen sobre la tela de la ropa
—. Preciosa y una provocadora innata por la forma en que
estás vestida. Encarnas a la mujer que deseo exactamente
para mí —susurra cerca de mi oído. Tiemblo de miedo—.
Pero parece que solo físicamente ¿me he equivocado
contigo, Eridan? —Su tono se transforma en algo monótono
y neutral al pronunciar mi nombre. Eso provoca renovadas
lágrimas acudiendo a mis ojos—. Voy a darte permiso para
hablar, solo para que me digas si me he equivocado
contigo, ahora —declara.
—No-no, Señor —murmuro—. No se ha equivocado
conmigo. —Mis palabras se precipitan—. Lo siento. Yo... me
asusté, ha sido solo un impulso —me excuso con todo el
arrepentimiento que estoy sintiendo.
—Ya te he dicho que yo haré que lo sientas —responde y
percibo eso que antes pasó entre mis pechos, ahora contra
mi mejilla, afilado y frío—. ¿Me permites castigarte, Eridan?
—lo dice con un ligero tono sarcástico que sabe a hiel en mi
boca.
—Sí, Señor —respondo deseosa de ser castigada, de
sentir por fin de lo que él es capaz.
—¿Por qué? —Tomo una respiración profunda.
—Porque lo merezco. Me he comportado de forma
incorrecta. Le he faltado al respeto —susurro.
—De acuerdo, te lo has ganado. No has tenido paciencia.
Pero estás conmigo para aprender.
Seguido de sus palabras un silencio estremece todo a
nuestro alrededor.
Vuelvo a sentir cómo pasea el artefacto contra mi cuerpo,
a la altura de mi cintura. Entonces, escucho el desgarro de
la ropa.
¡Tijeras!
La tela acaricia mi piel mientras va siendo cortada, el filo
me estremece y me pone alerta. Hace todo el proceso con
cada prenda de ropa que cubre mi cuerpo hasta dejarme en
solo ropa interior. Soy consciente de que esto es lo más
desnuda que estoy por primera vez frente a él, me
avergüenzo y me retuerzo en mi lugar con ese
pensamiento.
—No... No estoy equivocado —murmura. Los nervios y la
ansiedad se apoderan de mí.
Mis manos, inmóviles en su totalidad, se estremecen
entre las cuerdas que las aprisionan, pero es tanto el
ensimismamiento en el que me envuelve su causa, que no
siento ningún tipo de cansancio debido a la posición de mis
brazos.
Silencio.
Todo lo que hay a nuestro alrededor es un silencio
sepulcral. Mi respiración es el único ruido real, fuerte, que
se escucha en la habitación.
Me tenso cuando siento algo serpenteando en mi espalda,
fino, duro, frío. Un jadeo sale de mi garganta por la
sorpresa. Qué... ¿qué es?
—Aprenderás, Eridan. Me hubiese gustado empezar de
otra forma, pero tú te has buscado esto. ¿Conoces el látigo
de serpiente? —inquiere con suavidad. Mi cuerpo se tensa al
escuchar el nombre del instrumento que ha mencionado.
Asiento, conocedora de él, pero no digo nada—. Tienes tu
palabra de seguridad para utilizarla en el momento en que
sientas que he traspasado tus límites. Sin embargo, yo no
tengo una palabra para decir que pares cuando creo que
estás pasando los míos. Esta —enfatiza—, es mi manera de
enseñarte lo que debes y no hacer. Voy a darte cinco azotes
¿entendido? —Asiento, con la boca seca y los nervios a flor
de piel, sé que va a doler, es todo lo que nubla mis
pensamientos—. Vas a escuchar, aceptar y agradecer cada
azote con respeto —indica, desde alguna parte de la
habitación. Noto que se ha alejado por la lejanía de su voz.
Luego de sus palabras el silencio vuelve a inundarlo todo.
Pero esta vez la tensión crepita a mi alrededor. Expectante
de lo que va a darme, soy consciente de cada zona de mi
cuerpo, de las partes que cubre mi ropa interior, de la
agitación, expectación y excitación pueril de mi ser. Atada y
vulnerable. Tengo que calmarme para poder soportarlo.
Pero es algo que no veo venir, él no dice nada, pero el
aire y el silencio son rotos por la forma en que el
movimiento del látigo hace su paso por el espacio directo
hacia mí. Son mis nalgas las que reciben el golpe, viajo
hacia delante impulsada por la fuerza del golpe.
Aúllo de dolor por ese primer latigazo. Percibiendo los
restos de aquella sensación, el impacto muerde, rasguña,
pica y arde, todo por igual, desde donde impacta la parte
más gruesa del látigo hasta la más fina.
—Debes esperarme cuando no esté. Debes saber ahora
que estaba probándote y no aguantaste. Espero que algo
como esto no se repita, ¿entendido? —gruñe el final.
—Entendido, gracias por el azote, Señor —respondo en un
jadeo. Lágrimas ruedan por mis ojos.
—Si vas a salir debes avisarme. Aquí me perteneces,
¿entendido? —Otro golpe, ahora en la parte delantera de
mis muslos. Gimoteo de dolor.
—Entendido, Señor. Gracias. —Sorbo en mi nariz y sollozo
en silencio.
—Cuando te cite aquí, en el club, o en algún otro sitio, de
ahora en adelante quiero encontrarte siempre en posición. Y
eso es desnuda, arrodillada con las piernas abiertas.
Espalda erguida, manos apoyadas en los muslos en la
misma abertura de tus piernas, ofreciéndome tus pechos. La
mirada gacha, completamente dispuesta y ofrecida, como la
obediente mujer que ahora eres, ¿entendido?
—Sí…, sí. Entendido. Gracias, Señor. —Empujo las
palabras fuera de mi boca, conteniéndome para no gritar.
—Tienes que aprender a escucharme. —Otro azote en mis
nalgas y ya no puedo retener más los sollozos, ahora es
incontrolable la manera en que salen a borbotones de mi
garganta—. ¿Quieres que pare? —pregunta, dejando otro
azote contra mis nalgas ya sensibles. Reprimo el grito.
¿Quiero usar la palabra? No, no quiero hacerlo—. Habla,
pequeña, dilo —provoca, dejando caer otro azote en parte
de mis piernas.
—¡No! —grito, con todo el dolor que estoy sintiendo, con
la opresión de haberme sentido de una manera jodida todo
el día, con la tristeza y la furia de saber que lo he
decepcionado en tan poco tiempo. Tanto, que siento en mi
garganta el resentimiento del grito que ha roto mi silencio.
—Que no se repita. —Deja caer un nuevo golpe contra
mis nalgas, pero algo me hace saber que es el último. Tanto
así que no exclamo de dolor, me rompo en sollozos de
alivio. Ha terminado.
—Gracias por el castigo, Señor —susurro.
Me siento en blanco.
He aceptado y recibido mi castigo. Duro. No puedo
cuestionarme si es lo que había esperado o si tan siquiera lo
imaginé así. Lo único que siento es el alivio que va
inundando mi cuerpo. Reconozco mi actitud precipitada,
actitud que debo rectificar y de la cual ya estoy
completamente arrepentida.
Siento cómo remueve la venda de mis ojos. Parpadeo un
par de veces para enfocar dónde estoy y todo lo que me
rodea. Siento mis ojos hinchados y mi rostro húmedo,
cuando logro enfocar mi vista lo primero que noto es a él,
de pie a unos pasos de mi posición, con su mirada clavada
en mis reacciones.
—Lo has hecho bien. —Rompe el silencio empleando por
primera vez, desde que ha llegado, un tono diferente, con
una suavidad sincera, aunque igualmente autoritario. Sus
labios hacen un amago de sonrisa, un movimiento sutil de la
comisura de sus labios que provoca movimientos erráticos
en mi corazón, nuevamente, aunque esta vez por causas
muy diferentes.
No puedo apartar mis ojos de él, aunque soy consciente
de que quizá es lo que debería hacer. Sin embargo, me
quedo prendada de su figura, viendo cómo se gira
caminando hacia un lado de la habitación, lo sigo mientras
camina, pero los objetos tras él captan mi atención y me
permito, por primera vez, mirar alrededor. Trago en seco, a
nuestro alrededor se alza una réplica o quizá una auténtica
mazmorra.
Paredes altas conformadas por estructuras en forma de
arco en su punto más elevado, paredes de ladrillo gris y
piedra, lo que le da al lugar un aire oscuro —aunque
llamativo— y misterioso.
En el fondo reconozco varios instrumentos: mobiliario, la
cruz de San Andrés, un cepo, una mesa con sujeciones, una
camilla o... eso creo. A un lado, en una de las paredes, hay
grilletes abajo y más arriba. Vuelvo a tragar saliva al sentir
la resequedad en mi boca. Sacudo mi cabeza y lo busco por
la habitación. Lo ubico llevando en sus manos el látigo para
colocarlo en su lugar junto a los otros instrumentos que ahí
se aprecian: fustas de distintos tamaños, floggers, paletas,
látigos cortos y largos. Todos acomodados y alineados en
una repisa.
Me atrevo a bajar la mirada a mis piernas, aunque sé que
la mayor parte de los azotes los han recibido mis nalgas, y
doy un respingo. Largas marcas enrojecidas surcan mi piel.
El resonar de sus pasos me hace volver la vista arriba.
Observo todo de él y noto que trae algo entre sus manos.
—¿Estás bien? —Sus ojos, de este tono tan perfectamente
gris, me traspasan. Camina tan cerca que un temblor me
recorre, pero a una distancia prudente para no rozarme.
Siento miedo por sus acciones siguientes.
¿Qué va a hacer?
—Sí, Señor —respondo, porque de cierta manera lo estoy.
Tal vez no físicamente, pero al menos mentalmente me
siento un poco más... aliviada. Como respuesta a lo que
digo sus manos se ponen en mis nalgas, lo suficientemente
grandes para abarcar mi carne herida y apretarla entre sus
manos. Siseo de dolor, intentando moverme hacia delante
para escapar de su agarre.
—Calma. Confía en mí —susurra.
Entonces sus manos dejan de apretar y se mueven,
suavemente, acariciando mi adolorida y rasguñada piel.
Siento el frío ungüento. Lo esparce y masajea con suavidad.
Me pierdo en la sensación de su toque, de sus dedos
provocando ese efecto de dolor y alivio. Vuelve frente a mí y
repite el mismo accionar ahora en mis muslos. No puedo
apartar mis ojos del movimiento de sus manos.
—¡Mírame! —exige. Alzo la vista enseguida, como un acto
reflejo al sonido de su voz. Sus ojos se han oscurecido y su
mandíbula se encuentra tensa.
Me pierdo en ellos, en sus facciones y en lo que
representa, mientras sus manos acarician mi piel con
lentitud. De esa manera empieza a ejercer un tipo de
tortura diferente sobre mí, deseo, anhelo sus manos sobre
mí, en todas partes, causando las mismas sensaciones en
cada porción, dolor y alivio.
Se inclina hacia mí, y tengo una vaga esperanza de que
tal vez vaya a besarme, pero no. Nuevamente, como la vez
anterior, son sus dientes los que salen al encuentro de mi
labio inferior, tomándolo entre estos y jalando hacia él. Un
gemido de éxtasis y dolor sale de mi boca, y observo cómo
su mirada se estrecha, abandona su tarea en mis labios y el
masaje, pero pronto sus manos van a parar en otra parte.
En mi sexo.
—Bienvenida a casa, pequeña —susurra. Una de sus
manos se cuela por mi ropa interior y toca con sus dedos la
ardiente piel de mi sexo. Y sé que finalmente estoy con él,
oficialmente le pertenezco.
Cuando retira sus dedos del contacto esporádico con mi
sexo, inevitablemente me estremezco.
Mis ojos, sin poderlo evitar, siguen sus movimientos,
levanta su mano y mueve sus dedos deteniéndose ante el
brillo de mis fluidos frente a sus ojos.
—Mmh… —murmura y se aleja.
Todo rastro de calor corporal se aleja con él.
Levanto la vista hacia mis manos atadas por una cuerda
blanca, mis brazos empiezan a resentirse debido a la
posición, sin embargo, el resentimiento de mi cuerpo
frustrado es más fuerte.
Consciente del deseo que crece y carcome mi cuerpo, lo
veo caminar por la habitación.
Se quitó la chaqueta, sin embargo, la camisa y el
pantalón siguen cubriéndole y adhiriéndose a su cuerpo con
cada movimiento, creando una imagen deliciosa de
observar.
Cuando se vuelve, bajo de inmediato la mirada y anhelo
su regreso.
Camina a mi alrededor, situándose a mi espalda. Las
tijeras en sus manos, se presionan contra mi piel hasta
cortar las tiras de mi sujetador y luego hace el corte del
mismo en medio de mis pechos. Quiero mantenerme
relajada, pero es imposible cuando sus ojos me
inspeccionan de esta manera.
Mueve la tijera por mi cuerpo, presionando,
sobreexcitando y colapsando mis sentidos, hasta moverla y
cortar los laterales de mis bragas, para dejarme, finalmente,
desnuda ante sus ojos.
—Eres un espectáculo digno de apreciar, pequeña. —
Señala mi cuerpo parándose frente a mí. A pesar de sus
palabras, me siento cohibida ante la intensidad de su
mirada—. Una piel suave, cremosa, tan fácil de marcar... un
lienzo en blanco listo para ser pintado.
Da un paso en mi dirección. Me estremezco por su
cercanía.
En una sucesión de movimientos lentos, pronto sus
manos se posan sobre mis pechos desnudos, apretándolos
lo suficiente para hacerme sentir un agudo dolor, que se va
convirtiendo en un exquisito hilo de placer atravesando mi
cuerpo, directo a mi sexo.
Sus manos me estrujan a placer, y yo solo puedo jadear e
intentar juntar mis piernas para provocar un poco de alivio a
la cálida necesidad que me aturde.
—Perfecta —declara con admiración. Halagándome—.
Pero debes descansar —finaliza separándose abruptamente
de mí.
¿¡Qué!?
Con incredulidad levanto mi mirada a sus ojos para
comprobar la certeza de sus palabras.
—¿Algo qué objetar? —De nuevo su tono se convierte en
ese susurro arrullador pero firme.
—No, Señor.
—Así me gusta, estamos teniendo en cuenta tu bienestar
aquí. Debes descansar. —Sus palabras hacen eco en mí,
luchando entre el halago y la humillación que me genera la
frustración.
Me observa, midiendo mis reacciones. Intento respirar y
calmarme, aunque siento ofuscación no quiero mirarlo para
que no lo note.
Se acerca y levanta sus brazos para soltar mis muñecas.
Mis brazos caen laxos a mis costados, desfalleciendo. Mis
piernas adoloridas, son incapaces de sostener mi peso
cuando soy liberada, afortunadamente antes de chocar con
el suelo él me sujeta. Sosteniéndome en sus brazos.
—Vamos.
Camina sosteniéndome, y al darse cuenta de que no
puedo siquiera mantenerme sobre mis pies se dispone a
alzarme sin cambiar su gesto.
Hay muchas cosas que quiero, entre esas está la de no
querer que vele por mi seguridad ahora mismo. Quiero...
que me folle, sin que le importe si me lastima o no. Pero
estoy tan cansada que no puedo pensar con claridad o
siquiera intentar decir algo.
Se mueve conmigo apagando las luces antes de salir, lo
siguiente que sé es que entramos a la misma habitación
donde me hizo esperarlo, me ayuda a ponerme sobre mis
pies, nos acerca a la cama y me ayuda a recostarme.
Un siseo lastimero sale de mí al sentir el roce de las
sábanas contra mi piel, cuando levanto la vista hacia él,
sostiene mi mirada y otra sonrisa malvada curva sus labios.
Camina, conocedor de cada rincón de la habitación, y va
hacia uno de los cajones, lo revisa y saca un envase
pequeño.
—Recuéstate —manda, obedezco y siento la cama
hundirse bajo su peso.
Mi piel parece más resentida ahora que momentos atrás.
Cuando sus dedos hacen contacto con mi carne, pese al
frescor, siento el picor y el ardor de las lastimaduras que el
látigo dejó en mí, pero poco a poco, mientras esparce el
ungüento, el ardor va mitigando, deleitando mi piel y
provocando hormigueos arduos por mi sexo, de tal modo
que me encuentro jadeando.
Me hace girar para hacer lo mismo en mis piernas y tengo
que concentrarme, apretar mis puños y la mandíbula para
evitar cualquier movimiento.
—Descansa, Eridan —pronuncia cuando al terminar se
pone de pie.
¿Se va a ir? Me duele admitir que no quiero que se vaya.
El calor y la excitación son difíciles de ignorar y quiero
que él lo note y me ayude, pero la determinación en su
rostro me indica que eso no sucederá.
—Cuida tus actos, pequeña. Ten en cuenta, que, de haber
sido distinto tu comportamiento, la noche también hubiese
sido distinta, no hubiese habido castigo y tal vez, si
hubieses sido lo suficientemente buena... te habría follado,
para que nos adoraras por primera vez a mí y a mi polla,
mediante el placer. Sin embargo, parece que manejas
perfectamente el dolor —concreta severo, peligroso.
Antes de que pueda siquiera idear una respuesta, se da
media vuelta y sale de la habitación. Me maldigo
mentalmente una y otra vez por los acontecimientos del
día. Como si eso pudiese lograr que el tiempo retrocediera y
los hechos se arreglaran.
Sus palabras se repiten una y otra vez en mi mente,
aquellas que mencionaba entre azote y azote, y esas
últimas antes de salir de la habitación. En consonancia con
él, espero que su castigo haya calado hondo en mi mente.
Seco mi cuerpo y me miro al espejo. Me veo... diferente,
aunque físicamente no haya cambio alguno, salvo las líneas
rojizas, siento que mi mirada definitivamente es otra.
Camino hacia la puerta y me adentro a mi habitación. Es
entonces cuando escucho unos pasos que me indican que él
se acerca. Pienso en si debo arrodillarme o quedarme de pie
y al final miro mi cuerpo, no estoy en condiciones de ver a
nadie y estoy tan congelada que me quedo en la misma
posición, pasmada, pero mirando hacia el suelo esperando
que entre.
Los pasos resuenan y siento mi estómago encogerse. Las
pisadas se detienen en la puerta y pronto una corriente de
aire me golpea desde el exterior, indicando que la misma ha
sido abierta, a pesar de que no hay ruido que delate el
hecho.
El silencio que se forma a nuestro alrededor juega con la
ansiedad de saberlo cerca, pero no verlo en realidad.
—Buenos días, Eridan —susurra a mis espaldas.
Tira de la toalla que cubre mi cuerpo, haciendo que caiga
en el suelo, dejándome expuesta ante sus ojos,
seguidamente sus manos toman mis nalgas, da un fuerte
apretón y siento el dolor filtrarse. Me tenso, sin embargo, no
emito sonido alguno.
—Te espero en el comedor, quiero que desayunes
conmigo. Puedes usar lo que se encuentra ahí. —Señala una
de las puertas replegables y vuelve a apretar mis nalgas
para, acto seguido, acariciarlas delicadamente.
Suelto el aire de golpe cuando creo que él se mueve,
levanto la vista y su cuerpo envuelto en un traje oscuro y
una camisa de tono azul claro está frente a mí, su negro
cabello, aún húmedo, se ve brillante.
Él captura mi escaneo, y esa sonrisa que lo hace lucir
superior, se plasma en sus labios.
Los recuerdos de lo que sucedió la noche anterior inundan
mi mente y el rubor sube por mis mejillas, la vergüenza tiñe
mis pensamientos y de inmediato retiro mis ojos alcanzando
a ver su ceño frunciéndose.
No dice más y sale. Mi respiración se convierte en jadeos
desenfrenados.
Me quedo quieta por largos minutos, hasta que,
agachándome levanto la toalla y tomo de mi bolso una de
las cremas para el cuidado de la piel que siempre traigo
conmigo, me la aplico de manera cuidadosa para no
interferir con los arañazos rojizos.
Voy hacia el clóset y me asombro por la cantidad de ropa
de mujer que se halla ahí, mirando entre las gavetas me
pregunto «¿de quién será?». Pero trato de restarle
importancia en estos momentos. Los minutos pasan y
pronto debo estar abajo. ¿Qué me pongo?
De las gavetas pequeñas tomo un conjunto de ropa
interior blanca con finos detalles de encaje, son de mi talle,
aunque el sujetador me ajusta más de lo debido, al mirar en
la parte grande del armario es donde tengo que detenerme
a pensar bien.
Me debato, no puedo usar faldas o vestidos, no por frío,
sino por las marcas en mis piernas. Un pantalón parece la
mejor opción aunque siento dolor de tan solo imaginarlo, sin
embargo no encuentro una mejor opción. Tomo un pantalón
negro de tela suave, una camisa sin mangas de un tono
madera broncínea y una chaqueta beige, que más que nada
decido usar por obligación, gracias a las marcas impresas
en mis muñecas debido a la cuerda.
Cuando subo el pantalón por mis piernas, estas se
resienten ante el roce de la tela, sobre todo al moverme.
Miro mis pies descalzos, decido usar los zapatos que traje
puestos.
Me observo al espejo complacida con la imagen reflejada,
me veo a la altura. Me maquillo un poco y decido dejar mi
cabello que aún está húmedo, suelto.
Tomo mi bolso, las llaves, mi móvil y escaneo todo antes
de salir, pensando en no dejar nada. Cierro la puerta a mis
espaldas y decido que es hora de empezar realmente el día.
Bajo y me encamino hacia lo que supongo es el comedor,
que a mi llegada está vacío, me paro a un lado sintiéndome
fuera de lugar. Por fortuna en ese momento aparece
Annette.
—Buenos días, señorita —saluda sin mirarme.
—Buenos días —respondo sintiéndome incómoda.
—Siéntate, Eridan —dice la voz demandante de Ares, lo
veo entrar con paso seguro a la sala del comedor.
Sin darme segundas miradas va directo a su lugar en la
cabecera de la mesa y toma asiento. A su lado, otro puesto
está servido y aunque supongo que es el mío, demoro un
poco en ir hacia ahí. Finalmente lo hago y el desayuno es
puesto sobre la mesa: tostadas, huevos, frutas, café y zumo
de naranja. ¡Es demasiado! El hecho de solo beber café y
alguna fruta se ha hecho costumbre en mí, lo miro.
—Come, el desayuno es la comida más importante del día
—alega, adivinando mi queja mental, o tal vez viéndola
reflejada en mi gesto.
Miro de nuevo todo lo que se encuentra servido frente a
mí y escojo un poco para mi plato, empiezo a comer
dándome cuenta de lo hambrienta que estoy.
Durante el desayuno no cruzamos palabra alguna, ni
siquiera una mirada. Me concentro en comer. Sin embargo,
al terminar me giro para mirarlo, enfundada en la confianza
que me da su gesto tranquilo. No obstante, dudo un poco
cuando es él quien me observa, traspasándome con sus
ojos, sus labios se levantan en un amago de sonrisa y en
una casi imperceptible señal de sus dedos, Annette aparece
y recoge los platos.
—Sígueme —ordena levantándose y esperando a que yo
haga lo mismo.
Tuerzo el gesto, sin embargo, obedezco.
Tomo mi bolso y lo sigo yendo directo a la salida.
Su auto está situado junto al mío unos pasos más allá del
porche. Observo ambos vehículos sin saber muy bien qué es
lo siguiente que debo hacer. Lo miro entonces a él,
esperando por una orden suya que me facilite el trabajo.
No hay nadie alrededor, el día es esplendoroso, aunque
algo helado, me estoy acostumbrando al frío, a su frío.
Se gira y sus ojos grises se clavan en mí, hay algo en su
mirada que no sé reconocer. Tomo la decisión de caminar y
voy directo hacia mi auto.
Mis vellos se erizan a medida que siento la intensidad de
su mirada, necesito moverme, así que llego con premura a
la puerta del conductor y la duda vuelve a golpearme.
¿Debo irme así sin más? Eso parece una acción fría e
incorrecta.
Me detengo, giro y lo miro.
Dos, tres, cuatro zancadas y él se detiene junto a mí. La
sensación que me invade es tan abrumadora que me hielo
mientras lidio con su cercanía. Su mirada es helada, su
mandíbula tensa, como cada vez que va a acercarse
demasiado, me encojo ante sus ojos, quedando pegada a mi
auto.
—Se-señor... —balbuceo al verlo tan enajenado.
Su aroma inunda mis fosas nasales, aturdiéndome, su
cuerpo se inclina y me aprisiona contra el auto.
Mi corazón se acelera, mi piel se eriza y... contra mis
propios deseos, mi centro palpita recordando cuánto deseo
que se concrete lo que no se pudo anoche. Los recuerdos
empeoran la situación, su mirada es intensa y yo estoy
pasando por todas las emociones delante de sus ojos.
Una de sus manos sube y se sitúa en mi cuello, aprieta
ejerciendo fuerza suficiente. Me molesta, pero soy capaz de
tolerarlo. Afloja y desciende por los contornos de mi cuerpo.
Sus dedos trastabillan por mi abdomen y se detienen en el
inicio de mi pantalón.
Contengo el aliento, estamos fuera, miro alrededor, sin
embargo, no hay nadie.
—Estás pensando, no pienses —ordena con voz suave.
Desabrocha mi pantalón y contengo el aliento. Mi
respiración se hace errática, el bombeo de la sangre en mi
sistema se dispara al igual que las reacciones de mi cuerpo.
Quiero que me toque, mi interior ruega por ello, mi
mirada se pierde en él, quien no ha apartado los ojos ni un
segundo de mí. Sus dedos queman contra mi vientre y
descienden hasta que se encuentran con la humedad de mi
sexo, mueve sus dedos contra mis pliegues consiguiendo
una fricción maravillosa a pesar del poco espacio.
Quiero lloriquear y pedirle que... que me folle, que alivie
lo que estoy sintiendo. Cierro los ojos y aprieto los puños,
conteniéndome.
—Abre —gruñe y obedezco. Miro sus ojos. Una llama gris
con matices azules invade sus pupilas. Me desvanezco en
sus manos. Mi cuerpo bajo su poder es un amasijo a sus
deseos, siento sus dedos introduciéndose fácilmente en mí.
Gimo y ruego por más en voz baja, pero él no tiene
piedad y mueve sus dedos en mi interior de manera
tortuosa. Me estremezco y muerdo mis labios cuando lleva
otro dedo dentro de mí. La flama en sus ojos se aviva con
cada arremetida.
—Eso es, pequeña. Mójate, excítate —gruñe de nuevo.
Sus dedos son inclementes mientras mis paredes se
contraen a su alrededor. Jadeo y me tenso.
—Se…ñor —lo llamo intentando mover mis caderas, él
impide que ruegue tomando mis labios entre los suyos.
Jadeo pensando en Annette o Joseph apareciendo en
cualquier momento.
El orgasmo está cerca, lo sé, puedo sentirlo, sus dientes
toman mi labio inferior y seguidamente pasa su lengua por
el lugar.
Cuando me suelta y me mira con esa mueca en sus
labios, tiemblo, y sé que esto no va a terminar bien.
—Mójate, chorrea mis dedos. —Curva a los aludidos en mi
interior, voy a correrme—. Pero no vas a correrte —reta y
saca sus dedos tan rápido que por poco y trastabillo al
suelo.
¿Qué ha hecho?
—¡Joder! —suelto, jadeando fuerte en mi sitio.
Aprieto mis piernas y esa necesidad de moverme para
conseguirlo parece dominar mis sentidos. Por encima de la
tela del pantalón golpea el lugar justo donde se encuentra
mi clítoris. El orgasmo ha quedado a punto… me siento
decaer aunque intento empujarme al auto, manteniéndome,
estabilizándome.
—Cuida esa hermosa boca —advierte con voz ronca, pero
apenas y presto atención porque sigo juntando mis piernas,
quiero tocarme, quiero acabar con la tensión de una vez por
todas.
Pero sus planes no van de acuerdo a los míos, lo sé
cuando levanta la mano, esa cuyos dedos han estado en mi
interior, sonríe y los acerca a mi boca. Abro de inmediato,
por instinto y por necesidad recibo sus dedos, paso mi
lengua por ellos saboreándome en el proceso.
Me deleito succionando sus dígitos, miro sus ojos y sus
labios entreabiertos, sus ojos desorbitados, es una fugaz
reacción, pues pronto recompone sus facciones, pero yo ya
lo he visto y sonrío para mis adentros a sabiendas de que
también le he afectado, sin embargo, sé que me estoy
llevando la peor parte. Cuando los saca de mi boca, quedo
jadeando.
—Así te quiero siempre —susurra pegando su cuerpo al
mío—. Mojada y excitada por mí. Tu placer, tus gemidos y
jadeos, cada sonido que sale de tu boca me pertenecen, yo
los provoco, yo te satisfago. Solo yo. ¿Quieres decirme algo?
Muy dentro de mi mente, por su forma de hablarme,
siento que adivina lo que pienso.
—¿Por qué…? —Sin necesidad de terminar la pregunta, sé
que sabe de lo que hablo.
Los insultos redundan en mi cabeza, una oportunidad
para preguntarle algo, lo que sea, referente a mí o nosotros,
pero todo lo que he podido preguntar es algo tan…
estúpido.
Su expresión frente a mí es digna de admiración. Él pasa
del asombro a la incredulidad en segundos.
—Lo deseé, y sé que tú también. —Es lo que responde
susurrando a mi oído, mientras va moviendo su barbilla
contra mí, restregando su barba contra mi piel.
Finalmente se separa de mí. Mi cuerpo vibra al perder la
proximidad del suyo.
No sé si puedo seguir soportando tanta tensión, me
siento a punto de reventar.
—Ve a trabajar y pórtate bien —pide mirándome
directamente a los ojos, me intimida y lo sabe—. Ten un
buen día.
Se aleja caminando hacia su propio auto, aprovecho esto
para recuperar la consonancia de mi respiración, o al menos
intentarlo. Respiro profundo, saliendo de mi estupor entro a
mi coche y me pongo marcha tras él.
Por un instante, cuando salgo a las atestadas calles de
Berlín, siento como si llevase mucho tiempo en su casa, y a
su lado. Volver se siente extraño. En el viaje debo parar por
un momento orillándome a un lado de la carretera para
respirar profundo, me siento aturdida.
Reconozco que su reacción fuera de la casa no ha sido
ningún arrebato, sino una acción premeditada y diseñada
para esto, para desestabilizarme. Es un arrogante que sabe
lo que hace, y al cual deseo obedecer.
Tomo aire una vez más, llenando mis pulmones.
Finalmente, conduzco directo a la editorial.
—Buenos días, Heidy —saludo cuando llego a las puertas
de mi oficina.
—Buenos días, qué bien te ves —dice siguiéndome al
interior de la oficina.
Dudo en si me veo distinta, ¿lo hago? Al final, prefiero
otorgarlo a la amabilidad de su persona, pero le sonrío en
gratitud a su apreciación.
—Gracias, linda. ¿Tienes algo nuevo para mí? —pregunto
y damos marcha a una charla sobre trabajo, manuscritos,
los próximos libros a publicarse.
Para el momento en que estoy lista para comenzar a
corregir y Heidy sale dejándome sola para trabajar, me
olvido de todo a mi alrededor, algo que ya suele sucederme,
y me sumerjo en lo que más me ha apasionado hasta ahora,
mi trabajo.
Cuando observo la hora en mi móvil para ver que ya
están por dar las doce del mediodía, también hay un
mensaje de Ares pidiéndome volver a su casa hoy mismo.
Sorprendida por su pedido, me permito pensar por un
momento en mí, haciendo rápidamente un repaso mental
de mi cuerpo y cómo estoy sintiéndome. Sensible, sí. Miedo,
también. No sé lo que me espera cuando regrese a su casa.
Con esos pensamientos rondando mi cabeza vuelvo a
trabajar, la tarde se me hace más corta y decido salir antes.
Es tiempo de volver a casa, a su casa, y los nervios
aparecen nuevamente en mi estómago.
Luego de despedirme, bajo al estacionamiento
dirigiéndome directo a mi auto. Dejar vagar mi mente es
medio perjudicial para mis nervios, así que prefiero
concentrarme en otra cosa.
Enciendo la radio con la finalidad de distraerme, mientras
me interno en el tráfico tarareo la canción que suena.
Miles de pensamientos se cruzan por mi mente, si bien es
más seguro como estaba antes, no quiero regresar. Esa es
la mayor certeza de mi vida ahora. Todo cuanto hago, me
impulsa hacia delante, hacia él.
No hay dudas, no quiero estar en otro lugar que no sea a
su lado, siendo suya.
Aprieto el acelerador con la ansiedad empezando a
apoderarse de mi cuerpo, intento controlar mi respiración,
la cual con cada metro que gana el auto parece empeorar.
El gran portón negro en medio del muro de piedras se
extiende ante mis ojos, y es ya imposible controlar el
nerviosismo de mi cuerpo, temo un ataque de ansiedad y
me río de mí misma.
¿Qué pasa conmigo?
Hasta donde sé, he sido firme en cada paso que he dado
hasta ahora, sin titubeos después de una elección. Pero
entonces no sé qué es lo que está sucediéndome. Siento
cómo la independencia y la fortaleza lograda con el tiempo,
están esfumándose de mí demasiado rápido cuando se trata
de él, porque me consume con una sola mirada.
El portón se abre cuando giro en su dirección, como si
estuviesen esperando por mí. Entro y estaciono el auto en el
mismo lugar de ayer.
En estos momentos, en los que estoy tan insegura, me
golpea la necesidad de hablar con alguien, aunque ¿quién?
Bajo del auto a paso lento, subo las escaleras del porche
y antes de llamar, la puerta se abre dejando ver a Annette.
—Buenas tardes, señorita —saluda.
—Buenas tardes —respondo y sigo pasando por su lado,
debo subir y prepararme para esperarlo.
—¿Qué tal su día?
Me giro mirando con prudencia en dirección a la mujer
que me habla. ¿Ahora es amable?
—Bien —contesto escuetamente—, nada que resaltar. —
La apatía se filtra en mi voz.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, solo estoy cansada. Subiré —informo para que me
deje tranquila.
—Descanse, dejaré algo preparado por si gusta cenar.
Permiso.
Emprendo mi camino hacia arriba, supongo que él no
debe demorar en llegar.
Suelto mi bolso al entrar en la habitación y me tumbo
boca arriba sobre la cama, ignorando el leve
estremecimiento de mi cuerpo al lastimarme. Cierro mis
ojos y creo que me duermo por unos minutos, para cuando
los abro, me encuentro con la puerta entreabierta, Ares ya
llegó. Debió ser él porque según las palabras de Annette
ellos tienen prohibido subir.
Me levanto para cerrar la puerta de la habitación y corro
al baño, desprendiéndome rápidamente de mi ropa.
¿Desnuda o en ropa interior?
No me siento tan osada como para esperarlo desnuda,
aunque según sus palabras de anoche es así como debo
esperarlo. Sin embargo, nada es como debería, así que me
quedo en ropa interior.
Hago mi cabello hacia un lado sobre mi hombro y me
arrodillo sobre la mullida alfombra, en posición. Piernas
abiertas, brazos en la misma abertura y con las manos
apoyadas sobre mis muslos, donde pueden notarse las finas
y latentes rayas cruzando mis piernas, presiono
distraídamente en ellas y la sensación de dolor envara mi
cuerpo.
Espero.
Mis sentidos se agudizan con el tiempo, espero cualquier
cosa que me indique que está cerca. Lo que me avisa de su
acercamiento es el golpeteo rítmico de mi corazón que,
lejos de sentir miedo, parece rebosar de felicidad.
Escucho finalmente el resonar de sus zapatos sobre el
suelo.
Al igual que esta mañana, los pasos se detienen junto a la
puerta. Levanto un poco la mirada y veo la puerta abrirse,
rápido vuelvo a mirar abajo, una sonrisa inevitable se forma
en mis labios.
¿Dudas? ¿Miedos? ¿Inseguridades? Todo se borra cuando
vuelvo a sentir su mirada sobre mí y mis vellos se erizan.
Todo ese magnetismo que ejerce sobre mí, me envuelve,
como si él tuviese una atmósfera propia. Su olor invade mis
fosas nasales, mis oídos están atentos a su respiración y sus
pasos.
—Buenas tardes, pequeña. —El sonido grueso y a la vez
suave de su voz, llega a mis oídos invadiéndome completa.
Levanto la mirada, porque quiero, aunque no debería, sus
labios se curvan en una sonrisa.
Ahí de pie, evalúa mi posición, la chaqueta de su traje
cuelga de un brazo y ya se ha aflojado la corbata. Camina a
mi alrededor.
—Ponte de pie —ordena, posicionándose tras de mí.
Obedezco y espero algún movimiento suyo. La tibieza de su
cuerpo se adhiere al mío—. Voltéate —susurra cerca de mi
oído, erizando inevitablemente todo en mi cuerpo. Giro de
cara a él, anhelando en ese instante tantas cosas que me
abrumo—. Junta las manos en tu espalda.
Lo hago de inmediato. Posa ambas manos en mis
hombros, su tacto caliente quema mi piel. Mis labios se
entreabren porque con su cercanía mi respiración se ha
convertido en una sucesión de jadeos audibles.
Miro atrevidamente sus ojos, quedo enganchada a ellos,
no puedo, ni quiero hacer nada para alejarme de él.
La intensidad de sus ojos me traspasa mientras escanea
mi cuerpo. Una de sus manos cruza y se aplasta contra mi
espalda, subiendo con un toque suave, pero que está
generando demasiada ansiedad. Siento cómo enreda sus
dedos en mi cabello y tira duro hacia atrás, provocando que
mis manos se cierren en puños para no reaccionar de
ninguna manera.
Su mirada y sus facciones, a pesar de esa frialdad,
denotan un brillo particular. Mi cabeza se inclina hacia
arriba, totalmente ofrecida a él. Y es así como lo veo venir.
Su boca desciende en un movimiento concienzudo y volátil,
me roza en un principio, pero en un cambio brusco, se
mueve y devora mi boca sin contemplaciones. El hambre se
filtra en las emociones que recorren mi cuerpo.
Me dejo hacer, sintiendo mi cuerpo ceder a sus
exigencias, me deshago en su agarre y la necesidad
apremiante que muestra su boca.
Sus dientes mordisquean mis labios para luego dar paso a
su lengua, recorriendo cada rincón de mi boca,
chasqueando, envolviendo y degustando, mientras que yo
puedo, apenas, dar movimientos tímidos que saben a gloria.
Cuando se separa de mí, estoy jadeando y con toda la
intención de encorvarme para recuperarme de su ataque,
aunque anhelo más. Quiero más. Su mano aún sujeta mi
cabello por lo que no puedo moverme.
—Vístete. Saldremos a cenar —demanda con un vozarrón
enronquecido.
Se aleja soltando mi cabello y pasando por mi lado, al
mismo instante en que impacta su mano contra una de mis
nalgas. Doy un respingo y soy envuelta por el calor
abrasador de su azote.
Sonrío de espaldas a él y voy directo al clóset ignorando
el escozor.
Paso varios minutos observando el armario, intento
encontrar algo decente y a la altura para salir a su lado,
pero ¿qué? Miro hacia mis piernas, las marcas, que a pesar
de no verse tan escandalosas, están presentes y vivas. La
noche es bastante fría, tal vez una falda larga que cubra mis
piernas podría estar bien.
—Permíteme. —Su voz grave hace eco en la habitación y
en mi cuerpo.
Yergo mi espalda y mis vellos se erizan.
Me empuja hacia un lado, obligando a mi cuerpo a
reaccionar, con elegancia y concentración se detiene frente
al armario y escanea. Se toma la barbilla con gesto
pensativo, moviendo sus dedos sobre su barba como si se
rascase.
Gira para verme, impulsándome a tirar mis ojos hacia
abajo. Tengo complicaciones con eso de mirarle o no, a
veces lo hago y no dice nada. Y como no sé la verdadera
reacción que desencadena que lo haga, y él sigue
mirándome, levanto la vista hacia él.
De inmediato en su rostro se forma esa sonrisa arrogante
y siniestra que ya le he visto, tiemblo por la expectación
que me genera ese gesto.
Hace un giro rápido y en un elegante movimiento está
explorando en uno de los tantos cajones. Abre una gaveta
sacando algo de su interior, vuelve en mi dirección con su
rostro carente de emociones, aunque... sus ojos, son una
historia distinta.
En sus manos trae una braga negra que cuando la deja
en la cama y puedo verla, la clasifico como un precario trozo
de encaje.
Me ignora mientras pasa por mi lado y sigue hacia otra
gaveta de donde extrae una caja pequeña y un sujetador
que parecen hacer juego. Lo deja todo sobre el lecho y
vuelve al armario, esta vez saca algo de ahí que no veo
hasta que lo extiende sobre la cama: una falda negra y una
camisa color borgoña. Al terminar se gira hacia mí.
—Manos atrás —dirige, obedezco pensando en que podría
repetir lo de hace rato.
Mis labios hormiguean con el recuerdo de su beso. Toma
mi rostro entre sus manos, ejerciendo presión para
sujetarme, aunque no lo suficientemente fuerte para
lastimarme.
—Vístete. Tienes diez minutos para estar lista. Y te
sugiero que no demores, sabes que me agrada la
puntualidad —dicho esto se inclina, mira mis ojos y mis
labios un par de veces.
No puedo evitar relamerme ante la repentina sequedad
que me embarga, él enarca una ceja por mi movimiento,
termina de acortar la distancia inclinándose sobre mis labios
para besarme y culminar con un tirón fuerte de mi sensible
labio inferior.
El gemido de dolor no se hace esperar, aunque lo sigue
un sonido lastimero que es solo gusto cuando él repasa su
lengua en la hendidura de sus dientes y presiona su boca
contra la mía, para luego separarse y dejarme aturdida.
Lo veo caminar hacia afuera, y cuando desaparece
cerrando la puerta tras de sí, suelto un largo y profundo
suspiro, libero mis manos y dejo que la sonrisa que se ha
estado intentando formar en mis labios salga con libertad.
Me giro hacia la cama, con la ropa extendida que él
escogió.
Tomando en cuenta su sugerencia, debo darme prisa. Me
desnudo por completo y la imperiosa necesidad de
ducharme me abruma. Corro al baño y me refresco.
Tomo la braguita que ha sacado para mí, no la detallo, no
hace falta porque él ya la ha elegido. Tomo nota de revisar
cada rincón de la habitación y las gavetas para ver lo que se
encuentra ahí y que nada vuelva a tomarme por sorpresa.
Además, tomo entre mis manos la pequeña caja que sacó,
un juego de medias negras.
Coloco delicadamente la media en una de mis piernas y
luego en la otra, intentando ajustarlas con suavidad sobre
mis marcas. Me coloco el sujetador y luego la camisa,
dejando los tres primeros botones desabrochados. Tomo la
falda de dos pliegues, viendo en el espejo su alcance
apenas sobre la liga de las medias.
Cuando me observo de cuerpo completo, ya vestida, hay
una palabra clara para la forma en que me veo, al menos
esa es la impresión que absorbo de las medias, la falda y la
transparencia de la camisa.
Puta.
Suelto mi cabello dejándolo en su estado natural,
cayendo libremente sobre mis hombros.
Me maquillo solo un poco, resaltando mis labios de rojo,
siento que me queda bien y a él parece agradarle ese color
en mí.
Sonrío a mi imagen en el espejo mientras niego, me
gusta, y a la vez, tengo recelo de mi atuendo.
Tomo mi bolso en donde ya se encuentran mis
documentos y dinero, miro la hora en el móvil y a
continuación también lo guardo allí.
Me doy valor mientras salgo, bajando las escaleras
suavemente, sin embargo, mis tacones resuenan
inconfundibles contra el suelo anunciando mi acercamiento.
Cuando me faltan tres escalones para llegar al suelo
firme, aparece él, habiendo cambiado el traje que traía por
una camisa negra de manga larga. Su cabello ahora peinado
hacia arriba. Y con su sola mirada, yo estoy casi sin aliento.
Está hablando por teléfono, pero eso no evita que su
mirada se pose sobre mí, congelada en el tercer escalón.
Bajo la vista para no presenciar los resultados de su
escrutinio, me concentro en terminar de descender.
—Perfecta —halaga cuando cuelga su llamada.
Levanto la mirada hacia la suya. Sus ojos no se despegan
de mi figura.
Me impulsa a caminar delante de él colocando su mano
sobre mi espalda baja. Al salir me deja de pie junto a su
auto y abre la puerta para mí, de inmediato el olor de su
perfume, su aroma, inunda mis fosas nasales.
Sube al coche seguidamente, guardando silencio. Hay
una tensión en el ambiente que nos rodea y sé que, a pesar
de esta interacción que hemos tenido, ambos seguimos
siendo un par de desconocidos que han decidido empezar a
jugar.
De pronto todas las preguntas, dudas que he estado
guardando, empiezan a aflorar. Todo es fácil cuando él habla
y ordena, cuando se acerca y me deja hecha un lío, cuando
me mira o me toca, sin embargo, mientras nos dirigimos
hacia lo que supongo es un restaurante, no hay nada de
intimidad ni confianza entre nosotros, esa que logramos
cuando todo se trata de él y de mí.
Las luces de los altos rascacielos me permiten un
momento de distracción, suspiro.
Lo observo. Me detengo cuando un atisbo de esa sonrisa
arrogante late en sus labios.
—Piensas demasiado y comunicas muy poco.
Muerdo el interior de mi mejilla.
—Y-yo... —balbuceo como idiota, sin saber exactamente
qué debo decir.
—Puedes hablar conmigo, Eridan, recuerda que si tienes
dudas, yo estoy para aclararlas, pero para eso debes hablar
—declara. Aun así me mantengo en silencio y él lo respeta.
Vuelvo la vista hacia afuera mientras una melodía
relajante suena en el auto, mis manos están heladas y las
retuerzo la una con la otra sobre mi regazo.
Distraída como estoy, llegamos al pie del edificio que
identifico como el Intense.
Cuando estaciona y bajo del auto, soy deslumbrada
nuevamente por la estructura frente a mí.
Caminamos hacia el edificio.
—Buenas noches, Maestro —saluda un joven vestido de
traje.
Miro al aludido que asiente y entrega las llaves del auto.
—Andando —demanda dirigiéndose a mí.
Me vuelvo hacia las grandes puertas. Sitúa su mano en mi
espalda baja y me guía hacia el interior. Llegamos al
ascensor, unas pocas personas ya están dentro y otras
entran a la par y tras nosotros. Oprime uno de los botones
que nos llevará a nuestro destino.
Siento su cercanía, él está junto a mí, pero es como si de
pronto ejerciera más atracción sobre mi persona, ¿posesión,
tal vez?
Cuando las puertas del elevador se abren, frente a
nosotros se explaya una amplia estancia de aspecto tenue
aunque elegante. Paredes que parecen forradas en una
textura suave, con decoraciones de todo tipo aunque poco
puedo detallar.
Coloca su mano en mi espalda y, literalmente, me empuja
hacia delante, directo hacia una puerta de vidrio polarizada.
Un hombre de contextura fornida se encuentra junto a la
puerta, este saluda a Ares quien responde con un
asentimiento de cabeza y la puerta es abierta para
nosotros.
—Buenas noches, Señor, señorita. —Nos recibe
amablemente un joven mientras dispone para mí una silla.
Respondo con una sonrisa amable y tomo asiento. A su
lado llega otro hombre, de aspecto más adusto, sosteniendo
una bandeja con un par de copas.
—Federweisser, especial de la casa —dice aquel tipo—.
Volveré en unos minutos mientras determinan qué desean
ordenar.
Miro hacia Ares, sus ojos me observan con extrañeza y
dudo en mi actuar.
Ambos hombres se retiran dejándonos solos.
Tomo la carta sobre la mesa, más por hacer algo que por
elegir. Él hace lo mismo y le da una rápida mirada como si
supiese exactamente lo que desea ordenar, y pienso que tal
vez es así. Espero que sea un pedido por ambos, pues estoy
demasiado distraída como para tomar una elección.
Baja el menú y me mira, incitándome a bajar el mío.
Sus ojos vibran con una intensidad que comunica muchas
cosas. Me remuevo en mi sitio, incapaz de apartar la
mirada, pero tampoco de decir algo.
Unos minutos más tarde el chico, al que decidí en mi
mente llamar el mesero número uno, se acerca con una
libreta en sus manos. Ellos se concentran en ordenar, y yo
aprovecho la distracción para mirar al exterior.
Pronto volvemos a estar solos. Volteo a verlo, sin
embargo no hacemos contacto visual, él desvía sus ojos
hacia un punto tras de mí. Trago cuando me percato de lo
que está haciendo, la forma en que... detalla lo que sea que
mira. Yo recibí ese tipo de mirada durante el tiempo en el
que tuvimos ciertos encuentros.
Está evaluando y cuanto más lo hace, más enferma me
siento con lo que veo de él, sus labios se elevan en una de
esas sonrisas arrogantes, canallas y encantadoras que tanto
me gustan. Eso rompe algo dentro de mí.
No debo hacerlo, lo sé, pero la fuerza de mi curiosidad
ante su reacción es demasiado poderosa. Giro sobre mi
hombro y veo a un grupo de personas, pero identifico
rápidamente lo que él está viendo, una mujer.
Ella mantiene sus ojos en él, y una sonrisa baila en su
boca, no parece afectada por la intensidad en su mirada, sin
embargo, el lenguaje de su cuerpo expresa el coqueteo que
lleva en marcha, ignorando por completo mi presencia. No
parece ser alguien de mi nivel, por lo que deduzco que
probablemente sea una Ama como Ares.
Me golpea lo que siento y vuelvo a mirar hacia el
ventanal. No quiero ver esto.
Mientras mis ojos se enfocan en el horizonte, la realidad
me golpea tan fuerte y con la misma velocidad con que una
bala arranca una vida. Tal vez... él no me ha tomado hasta
ahora, me azotó pero... aún no, no ha poseído mi cuerpo.
¿Está con otras mujeres? Una parte de mi mente sabe que
eso puede pasar, que es algo que debo esperar, pero sigo
pensando «¿Para qué me quiere entonces?».
—Iré al baño. —Me pongo de pie sin mirarlo.
—Siéntate. —Su voz suena suave, quiero mirarlo, pero me
rehúso a hacerlo.
—Necesito ir al baño —digo, como una niña en pleno
berrinche, sigo sin mirarlo.
—No, ¡siéntate! —ordena, la imperiosa demanda en su
voz no otorga derecho a réplica y antes de pensarlo estoy
tomando asiento de nuevo. Solo quiero desaparecer de su
vista—. Mírame —pide ahora, pero yo no quiero, me niego a
hacerlo. Aunque sé que debo obedecerlo, esa es mi única
certeza, tomo aire y reúno arrogancia para mirarlo,
sentimiento que flanquea de inmediato cuando las llamas
grises de sus ojos me queman—. ¿Estás molesta?
Su pregunta tiene un gusto amargo en mi boca, mira de
nuevo tras de mí, pero rápidamente vuelve sus ojos hacia
mi persona, casi de inmediato. La comprensión se desliza en
sus ojos y en sus labios se forma una devastadora sonrisa.
—Tú me perteneces, eres mía, estás dispuesta para mí,
para lo que yo quiera, en el momento en que yo lo decida.
Soy tu Amo, Eridan, pero no soy tu propiedad. ¿Entiendes
eso?
Sus palabras provocan una cosa clara y poco entusiasta,
enojo conmigo misma por pensar de aquella forma. Todo lo
que él dice ya lo sé, lo supe desde el principio, no obstante,
preferí soñar.
—Ne-necesito ir al baño, por favor —repito, esta vez
pidiéndolo antes, me pongo de pie, levantándome para ir,
pero sentándome en el acto cuando siento su mano tirar de
la mía y luego siento que por mis rodillas sube... algo...
¿Qué?
Muerdo mi mejilla e intento mantener mis piernas juntas,
los movimientos sinuosos de sus largos dedos que van hacia
mi sexo hasta alcanzarlo, hace a un lado mi diminuta
braguita y golpea sus dedos en mi clítoris, me obliga a
aferrar las manos en la mesa.
—Esto no parece estar avanzando en la forma en que creí
lo haría, parece que realmente necesitas una buena doma.
Levanto abruptamente la mirada, la tensión es palpable.
En mi cuerpo batalla la excitación que producen los
movimientos de su mano en mi zona más sensible y todos
los sentimientos negativos que se agolpan en mi mente con
sus palabras y el trasfondo de decepción.
—Señor, por favor —susurro, incapaz de controlar los
temblores de mi cuerpo.
Aprieto mis dientes y mis uñas se clavan en la mesa.
—Cuidado, pequeña, no queremos que causes un
espectáculo —advierte—. Hablemos.
¿Hablar? Eso quiere él, pero... su mano en mis bragas se
mueve con mayor intensidad. Cierro los ojos y mi
respiración empeora cuando las paredes de mi bajo vientre
aprietan el vacío. La frustración acumulada se dispara por
mi cuerpo.
Estoy sudando y no me imagino la imagen que puedo dar,
apretando las piernas, cerrando los ojos, encorvada sobre la
mesa con las manos como garras.
Voy a tener un orgasmo producto de frustración
acumulada, de necesidad insatisfecha, y él no quiere que lo
tenga, estoy segura. ¿Puedo contenerlo? Creo que no.
Rechino mis dientes reuniendo tanta fuerza como soy capaz
para no correrme, aprieto mis manos aún más y creo... creo
que puedo controlarlo, sin embargo, justo cuando creo
lograrlo, la intensidad de sus movimientos aumentan
haciéndome casi desfallecer sobre la mesa.
—Por favor, por favor. Por favor —suplico en susurros
bajos, ahogo una exclamación.
Lo siento venir... y sé que no voy a poder controlarlo, mis
dedos se tensan al igual que cada músculo de mi cuerpo, la
expectación crece, pero justo cuando estoy al borde, todo
simplemente se detiene.
Jadeo como liberándome de algo, aunque solo quiero
apretar y moverme para conseguir el final deseado. Aflojo el
agarre de mis manos aunque evito moverme.
—No creíste que lo ibas a conseguir tan fácil, ¿o sí? —dice
con voz aparentemente calmada.
Respiro, me tranquilizo e intento relajarme. Retira su
mano y veo cómo se limpia con una de las servilletas
dispuestas en la mesa.
—Esto no funciona si no hablas, Eridan. Te traje a un lugar
público para que no te sientas presionada al estar a solas
conmigo. En lugar de hablar puedo simplemente tomarte,
someterte, domarte, pero quiero que aclaremos puntos.
»Hoy te he visto, y parece que no sabes qué hacer. No te
comunicas y la falta de comunicación afecta cualquier tipo
de acuerdo entre dos personas que pretenden exista
confianza entre ellos. —Lo miro atónita, intentando abrir la
boca para decir algo, pero hace una señal indicándome que
debo guardar silencio—. No sé qué estás pensando, te veo
sumamente insegura. Sabes perfectamente que esto no se
trata de humillarte ¿verdad?
»Tú accedes a las cosas porque quieres, porque lo deseas.
Ambos deseamos esto. Entonces, ¿qué está mal?
Mi respiración se encuentra alterada a causa de sus
palabras. Me está costando adaptarme, y lo acepto.
—Nada —respondo—. Señor, yo... yo solo estoy teniendo
dificultades para adaptarme —suspiro, obligándome a ser
sincera con él—. Todo está pasando muy rápido, tanto, que
apenas he podido asimilar cada aspecto y las cosas que han
pasado. Cuando... cuando llegué a su casa, me esperé
cualquier cosa excepto que iba a pasar tiempo en una casa
desconocida, con personas desconocidas, completamente
sola. Me abrumé, quizá exageradamente. Me sentí
incómoda e insegura en un sitio que no era el mío.
»No nos conocemos, usted no sabe nada sobre mí, al
menos yo no he verbalizado nada, de la misma manera en
que yo no sé nada sobre usted, y yo... no se qué esperar
exactamente.
Cuando termino mi explicación estoy doblemente agitada,
mucho más que hace unos minutos, angustiada por su
reacción, embargada por la tranquilidad que me da expresar
todas esas emociones y pensamientos negativos que he
estado acumulando y ocultando de él. Pero cuando lo miro,
y lo hago abiertamente, me quedo perpleja. Una sonrisa
cruza su rostro y ese simple gesto calma de inmediato mi
creciente ansiedad, dejándome... en blanco.
—No estás viendo esto con la claridad debida. No estás
viendo cómo cada paso que vamos dando, lo decides tú. —
Mi expresión cambia de tranquila a perpleja e incrédula—.
Sí. Yo no controlo nada más de lo que tú permites que yo
haga. Tú, la sumisa, mi sumisa, es quien decide qué quiere y
cómo lo quiere. Llevas el control de esto, de su
funcionamiento, Eridan, ¿acaso no lo ves? Es la sumisa
quien lleva el mando. Tú tienes tu palabra de seguridad, tu
voz, y con ella haces y deshaces.
Sus ojos brillan, mi corazón se acelera.
—Me has dicho que no sabes qué esperar —prosigue—. Y
es sencillo, no estaríamos aquí si ambos no lo deseáramos.
Desde el día en que te vi por primera vez en la recepción,
ajena a mi presencia, concentrada en tu conversación con la
recepcionista, supe tan fácilmente que eras... diferente. Que
eres lo que yo quiero. Volviste tus sentidos al mundo que te
rodeaba notando mi presencia, mi mirada, te erguiste y lo
supe, tú serías mía.
»Y desde entonces, Eridan, cada cosa que hago tiene su
propósito, no hay un paso dado que no haya sido medido; y
ahora te pregunto ¿quieres seguir adelante?
Yo no tengo intención de retroceder, pensar o dudar, por
lo que respondo sin titubear.
—Sí, Señor. Yo quiero continuar —afirmo justo antes de
que aparezca el mesero con un carrito móvil y tres bandejas
de comida sobre este.
Me observa mientras sirven nuestros platos y todo es
dispuesto sobre la mesa. Cuando estamos solos una vez
más, me insta a comer sin hacer ningún otro comentario,
solo hundido en la paz de sus pensamientos.
Mientras como, no puedo evitar levantar la vista
furtivamente para verlo. Y cada vez que lo hago, confirmo
que mis decisiones hasta ahora han sido correctas.
Me distraigo con el movimiento de su mandíbula, mastica
pausada y concienzudamente, un acto tan natural como el
despertar de mi deseo sexual por él una vez más esta
noche. Intento concentrarme en mi propia comida,
obligándome a ingerir los alimentos en mi plato.
—Vamos —dice sacándome de mis cavilaciones.
Me pongo de pie para seguirlo, caminando tras él nos
acercamos a unas escaleras por las que subimos.
—Ares —saluda un nuevo tipo fornido que está de pie
junto a la puerta, él asiente en respuesta y abre dándonos
paso, voy tras él.
Me quedo sin aliento, lo que está ante nuestros ojos es
simplemente... maravilloso. No consigo en mi vocabulario la
palabra adecuada para describir la hermosa vista que hay
desde el balcón en que nos encontramos.
Veo hacia los lados dándome cuenta de lo pequeñísimo
del espacio en que nos encontramos, inconsciente y sin
reparar en su presencia me acerco hacia el balcón, atraída
por la vista y la sensación de libertad que genera el sitio. El
muro del balcón, que es de vidrio, llega casi a la altura de
mi pecho, dejándome suficiente amplitud para ver los
faroles encendidos de la ciudad, pero más que eso, están
las cientos de pequeñas luces que rodean los rascacielos y
el resto de edificaciones.
Me siento... maravillada, justo como una niña pequeña.
—Es... hermoso —musito.
Adorando la vista frente a mí, olvido todo lo anterior, todo
respecto a lo que ha estado rodeándome en las últimas
horas.
—Creo que hermoso será lo que viene a continuación. —
Me sobresalto con el sonido de su voz, recordándome que
no estoy sola.
De inmediato siento sus manos en mis caderas y su tacto
me quema.
—No voltees. Quiero que mires al frente y te maravilles
con lo que yo veo cada vez que estoy en las alturas. La
habladuría de la gente perturba, por eso cuando estás a
este nivel, a tantos metros de altura, el silencio otorga la
claridad necesaria para pensar, la altura te da un poder que
pocos saben apreciar. Quiero que sientas, Eridan, que te
abandones a tus sentidos —demanda soltando su agarre de
mi piel, que al instante lo anhela.
Respiro profundamente llenando mis pulmones de tanto
aire como me es posible, cuando nuevamente siento una de
sus manos acariciarme, haciendo que una ola de placer
golpee mi sexo, nublando mi mente y sacudiendo mi
cuerpo.
Sin más, su mano se adentra bajo mi falda. Jadeo por la
sorpresa. Mis dedos se aferran al balcón.
—No cierres tus ojos —advierte ahora de sus dos manos
sobre mis nalgas, tomando mi carne entre ellas. Un gemido
ronco nace desde mi pecho. Él me toca, me aprieta hasta el
punto del dolor, y eso me consume.
El aire golpea mi piel expuesta, dándole frescura a mi
cuerpo en llamas.
Lo deseo, lo anhelo como desde el primer momento,
desde su látigo con sus castigos, hasta su cuerpo, en un
acto sexual, natural y carnal.
Mis paredes vaginales se contraen.
Grito cuando impacta su mano contra mi nalga desnuda.
El escozor crece, pero el deseo es más imperial.
—Inclínate —demanda con su voz teñida de deseo.
Su mano impacta de nuevo contra mi carne en un sonido
reconfortante que me permite abandonarme, liberarme de
miedos e inhibiciones. Se las arregla para enrollar la falda
de modo que no debe sostenerla. Estoy totalmente
descubierta para él.
Mi vagina se contrae. Sus manos vuelven a mi piel, me
acaricia, aunque después impacta, una y otra vez, sin
piedad ni reparo, gruñe y eso junto con el sonido del
impacto sucesivo y rítmico sobreexcita mis sentidos. Mis
pezones se yerguen y mis pechos pesan, mi clítoris se
hincha a un punto imposible y todo lo que sé es que voy a
desfallecer.
Quiere enloquecerme y lo logra cuando posa una de sus
manos sobre mi braga, en la parte delantera, y empuja
presionando contra mi sexo. Cuando da una palmada
certera, sonora y gustosa acompañada de un gemido suyo
que logra traspasarme, sé que ese ha sido el último. Y es así
de rápido como todo se detiene, y el mundo bajo mis pies
se estabiliza, todo vuelve a la calma, la quietud y un silencio
que ensordece los gritos de mi mente.
Mi piel está sensible y húmeda a causa de la
transpiración, fricciono mis muslos profiriendo un gemido.
—Te lo dije, hermoso sería lo que vendría después. Y
créeme… —susurra casi en mi oído—, no me he equivocado,
tu culo totalmente rojo con las impresiones de mi mano, tu
piel transpirada y tus muslos húmedos por la forma en que
estás goteando, son sin duda alguna la vista más hermosa
que he tenido —termina.
Me toma un segundo calmarme aunque es inútil
intentarlo, me giro de frente a él, mis piernas tiemblan y
retener aire en mis pulmones es más que difícil.
Con absoluto descaro que no debe medirse por ser él, me
evalúa de arriba abajo y nunca tanto como ahora, he
querido ocultarme de su mirada, siendo consciente de lo
desprolija que debo verme en este momento.
Se mueve más hacia mí. No hay espacio respirable entre
él y yo, no hay margen de seguridad para mí.
La tensión es palpable.
—No quieras ocultarte, verte así tan... necesitada de mí,
me complace de formas inexplicables.
Toma mi rostro entre sus manos haciéndome notar cómo
he ido bajándolo, me sostiene con una y con la otra sujeta
mis manos, haciendo una presa alrededor de mis muñecas.
Consigue que lo mire y me priva de todo antes de unir su
boca a la mía.
Su lengua, sus dientes, su aliento, todo en él me posee.
Soy suya por sus manos, sus palabras y su boca, quedo en
la evidencia transparente de mi entrega.
Muerde mis labios, suaviza el dolor con su lengua, doma
la mía con la suya, succiona mis labios, me acaricia. Es
como la seda y la lija al mismo tiempo.
No sé cuánto tiempo pasa mientras él me besa, pero
cuando se separa de mí, jadeo por aire sintiéndome
asfixiada, aunque no menos deseosa de que siga.
—Es momento de regresar —expresa viéndome.
Me sonrojo mientras me fijo en él y en mí, notando las
diferencias. Él perfecto, como si nada hubiese ocurrido.
Me ocupo de bajar la falda y alisar mi camisa, eso sin
despegar nuestras miradas, presa de la intensidad de sus
ojos que no hacen más que desnudarme. Estoy en eso,
terminando de arreglarme y recuperar un poco de control
sobre mi cuerpo, cuando él lleva una de sus manos al bulto
de su entrepierna, sobre su prominente y visible erección.
Trastabillo.
—Vamos. Queda mucha noche. —Tira de mí a su lado
para salir de la pequeña estancia, alcanzo a medias a
limpiar los restos de su beso, prácticamente delante del
hombre que permanece al otro lado junto a la puerta.
¿Pudo el tipo este escuchar mis gritos? Ni siquiera soy
capaz de mirarlo cuando pasamos por su lado.
Entramos por el gran portón de paso al jardín. Estaciona
junto a mi auto haciéndome pensar en lo lejano que parece
el tiempo desde que estuve sobre este.
Bajo del vehículo cuando veo que está haciendo eso,
espero a que avance una vez cerramos las puertas, para
caminar detrás de él. Se gira y clava la mirada en mí,
mirada que no deja de prometer todo tipo de torturas y
crueldades que a mis oídos suenan como promesas
excitantes.
—Ve arriba, a tu lugar. Quiero entrar y encontrarte en
posición con los ojos cerrados. ¿Entendido? —ordena cada
cosa con pausa, asiento y me dirijo hacia las escaleras.
Casi corriendo y con mi corazón latiendo frenético, con las
manos húmedas y los nervios crispados llego a mi
habitación. Tiro el bolso sobre la cama y mientras me
muevo alcanzo a mirarme en el espejo, comprobando con
mis propios ojos el desastre andante que soy. Labios
hinchados, piel brillante, falda arrugada, cabello desastroso.
Él me dejó así y ese pensamiento, contrario a todo, me hace
sonreír.
Voy quitando prenda por prenda hasta quedar tan solo en
bragas, decido mantener las medias junto con los zapatos
de tacón en mis pies. Estando lista, salgo de ahí y voy
directo al que él ha llamado “mi lugar”.
El pomo de la puerta encaja en mi mano y me estremezco
recordando la primera y única vez que he estado aquí.
Cuando llegué gateando, sin poder observar mucho. Sin
embargo, en este momento que no lo tengo a él pisando
mis talones, la curiosidad brilla en mi cerebro como una
esfera luminosa.
Giro y entro, en el mismo instante en que lo hago mis ojos
hacen un viaje por todo el sitio, un repaso, reconociendo la
mazmorra como un sitio... perfecto.
El olor a madera y cuero invade mis fosas nasales. El
frescor del sitio sacude mi piel permitiéndole un alivio a esa
sobreexcitación que no ha hecho más que aumentar en toda
la noche.
Miro al fondo, allá donde mis ojos no pudieron llegar la
última vez, doy un paso en esa dirección y me percato de
un gran espacio circular, una superficie aparentemente dura
muy parecida a una cama se encuentra ahí, doy pasos
tímidos hasta estar lo suficientemente cerca para tocar, es
una plataforma circular cubierta por seda negra y unos
barrotes intercalados cada tanto, dándole un aspecto de
jaula, aunque está claro que no lo es. Estoy segura de que
esto no estaba antes aquí.
Vuelvo sobre mis pasos sintiéndome nerviosa, no miro
más a pesar de que varios objetos llaman mi atención.
Me posiciono en el centro del salón y me dejo caer de
rodillas en la posición que ya conozco, miro con paciencia
mis manos apoyadas sobre las medias oscuras que se
encargan de cubrir mis muslos. Mis nalgas escuecen cuando
hago contacto con mis talones, y me pregunto qué aspecto
tendrán, me imagino la viveza del color y las marcas de sus
dedos, entonces recuerdo que él dijo “hermoso” y no puedo
evitar sonreír sintiendo los lazos que me empiezan a unir a
él.
La puerta se abre y esa es mi señal para quedarme en
blanco, con los nervios y el corazón loco, expectante.
—Muy obediente —dice con humor, humor negro,
sardónico y me doy cuenta de que me gusta cuando está
así—. Tan apetecible…
Lo escucho desde una posición que supongo es bastante
alejada de donde me encuentro.
—Gracias, Señor —respondo suavemente.
Camina colocándose detrás de mí y me asalta una fuerte
sensación de escozor cuando toca mis nalgas. Aprieto mi
boca, mordiendo mis mejillas y rechinando mis dientes para
no gemir, no jadear, ni maldecir.
—Tiemblas —susurra con voz ronca moviéndose por la
habitación—. ¿No vas a decir nada? ¿Alguna palabra sucia
saliendo de esa boca? —se burla de mí—. A una parte de mí
le gusta este lado suelto tuyo, pero también me gusta que
estés callada, y hoy, voy a ayudarte para mantener esa
boca a raya —declara posicionándose frente a mí,
demasiado cerca.
Sus manos pasan desde atrás hacia delante, dejando a la
altura de mi boca una mordaza de bola.
Ahora el miedo juega un poco.
—Abre —demanda.
Obedezco y de inmediato la bola es ajustada en contra de
mis labios, manteniendo mi boca abierta, pero casi
imposibilitada de emitir sonidos.
—Ponte de pie —ordena.
En un segundo lo estoy, con él manteniéndose a mi
espalda.
Creo que estoy preparada para muchas cosas, pero no
para verlo aparecer frente a mis ojos de esa manera,
manteniendo en sus piernas el pantalón negro que cargaba
en nuestra cena, guindando de sus caderas, y ese torso...
completamente desnudo, esculpido, libre de vellos, definido
por un plano y duro vientre enmarcado por una V perfecta
en sus caderas. Mi garganta se seca mientras lo repaso con
descaro.
Verlo me hace olvidar cualquier situación mía,
sucumbiendo al deseo súbito y arrollador de tenerlo en
cualquier circunstancia.
—Ven acá —manda y doy un paso con dificultad en su
dirección.
Él se vuelve para caminar más lejos y me concentro en el
vaivén de su cuerpo, en la visión de su espalda y toda su
parte... trasera.
Cuando me acerco lo suficiente observo dónde se ha
detenido, los grilletes resaltan en el piso acompañados por
otros en el techo.
Me detengo sin que emita voz de mando alguna,
sabiendo qué es lo que debo hacer me ubico entre los
grilletes, abro mis piernas y alzo los brazos.
—Buena chica —alaba mientras asegura mis brazos y
piernas, ajustando en las muñecas y tobillos
respectivamente, usando un juego de esposas de cuero
para cada una de mis extremidades. Su tacto suave sobre
mi piel no hace más que incrementar las sensaciones, me
es imposible no emitir sonidos aunque de ellos poco se
entienda.
Cuando estoy como él desea que esté, sometida a su
merced. Se aleja y me observa en sucesivos recorridos, de
arriba abajo, mientras yo no puedo más que a hacer lo
mismo con él.
Ahora, en esta posición, sé que puede hacer lo que quiera
y eso es tan evidente para mí como para él, que tiene la
respiración pesada y un notorio bulto en su entrepierna que
no hace más que enloquecerme, sé que voy a permitirle
cualquier cosa.
—Como no puedes hablar con coherencia, voy a darte
otro seguro. Jala suavemente tu brazo izquierdo —sugiere
con imperiosa fuerza en su voz. Hago lo que me pide y el
grillete suspendido desde lo alto, cede, permitiendo bajar mi
brazo no sin ejercer cierta fuerza—. En caso de que la
situación te sobrepase y necesites usar tu seguro, entonces
bajarás tu brazo y me detendré. Asiente si entendiste. —De
inmediato lo hago y al instante me relajo sabiendo que
tengo un seguro. Él no va a hacer nada para dañarme.
Entonces se mueve y está a escasos centímetros de
distancia, es difícil concentrarme en este momento, cuando
él se encuentra frente a mí y por sus ojos pasan tantas
cosas.
Levanta la mano y la pasa por mis senos, presionando los
dedos justo sobre la carne dura de mis pezones. Jadeo
estrujando la bola entre mis labios.
¡Mierda!
—Tranquila. —Pasa el dorso de sus manos por sobre mis
pezones, mi respiración se engancha sintiendo la caricia que
viaja por mi cuerpo creando más humedad entre mis
piernas—. Eres extremadamente sensible a mi tacto. —Su
voz suena casi como un gemido y ante eso mis ojos se
empañan por el calor.
Intento bajar mis párpados para calmar las sensaciones
que amenazan con apoderarse de mi cuerpo. Sé, con
certeza, que debo esperar a que de sus labios salga la orden
que me permita tener un orgasmo, pero también sé que mi
cuerpo ha permanecido mucho tiempo al borde. En un
certero movimiento de su mano soy liberada de la tela de la
braga.
Cuando quedo desnuda y expuesta en más de un sentido
ante él, observo cómo traga de forma audible y pesada, su
propia respiración entrecortada. Su mirada es como el hierro
líquido, fundiéndose en un calor abrasador, quemando
sobre mi piel en cada parte en que mira.
—¿Preparada? —pregunta con una sonrisa socarrona
desde la distancia.
Se acerca caminando con pasos relajados, intento no
mirar sus manos y lo que trae en ellas, pero la curiosidad es
una cosa poderosa y perra que no me deja otra salida. Me
agito y mis tobillos se resienten cuando lo hago.
Se acerca sosteniendo una fina cadena de plata con
cuatro pinzas en los extremos, la mano libre la utiliza para
llegar hacia mí, pasando un dedo por la cara interna de uno
de mis muslos, ahí donde la humedad evidencia mi
situación actual. Alza su dedo brillante, empapado por mis
fluidos, lo mueve entre ambos y luego lo lleva pasándolo
sobre mis labios expuestos. No es como si pueda saborear,
pero la sensación de la humedad pegajosa y su dedo hacen
hormiguear mi boca. Sus ojos brillan.
—Muy ansiosa —murmura.
Ahora extiende la cadena frente a mí y vuelvo a tragar
con dificultad.
No hay antelación para sus movimientos, ni palabras que
anuncien lo que va a hacer. Se mueve rápido llevando su
mano derecha sobre uno de mis pechos, toma mi pezón ya
endurecido entre sus dedos, lo retuerce hasta hacerme
exclamar ahogadamente, lo jala hacia adelante con la
misma potencia.
Repite la acción dos veces más y, luego, con tanta
lentitud como le es posible, alza la cadena a la altura de mi
cabeza, me insta a inclinarme para pasarla por mi cuello
dejándola guiada con una especie de collar. Ahora las dos
pinzas superiores son sujetadas por sus manos. Toca con el
dedo meñique el pezón que estuvo retorciendo entre sus
dedos, doy un respingo cuando abre la pinza y la coloca con
mi pezón dentro sin cerrar. Un lamento sale de lo más
profundo de mi garganta cuando la presión hace lo suyo
aplastando mi carne.
Toma mi otro pezón entre sus dedos, lo retuerce y tira
hacia delante en movimientos sucesivos hasta que decide
hacer el mismo procedimiento anterior con la pinza. Otro
gemido lastimero sale de mi boca.
Cierro los ojos como si de esa manera pudiera canalizar el
dolor, respiro unas cuantas veces intentando adaptarme a la
presión que no disminuye. Poco a poco el dolor pasa de ser
extremo a tolerable y cuando eso ocurre, empiezo a sentir
algo distinto al dolor, un picor... una sensación caliente que
se extiende por todo mi cuerpo, estimulando y avivando
cada terminación nerviosa a su paso.
Pero él no ha acabado, la cadena continúa en descenso
por sobre mi estómago y mi vientre, con dos pinzas más
flanqueando su final, saber dónde van a estar las pinzas no
lo hace más fácil para mí.
—Pensaba que te había dolido —dice con tono
enronquecido, observo cómo se agacha, su rostro queda a
la altura de mi sexo expuesto.
Rastrilla los dedos contra la humedad, entonces,
haciéndome contener tanto aire que duele, sujeta mis labios
inferiores con las pinzas, primero uno hacia un lado, y ajusta
una pinza que pellizca mi piel en la forma más cruel, hace lo
mismo del otro lado sin mirar mi rostro y cómo las lágrimas
salen mientras tiro de mi cabeza hacia atrás.
Se levanta dejándome expuesta, estirada, vulnerable,
mojada y derretida, a su causa.
—Abre los ojos —arrulla suavemente, tranquilo, y no
puedo evitar hacer lo que pide.
Miro hacia abajo, a mi cuerpo adornado por la cadena de
plata, mi cuerpo presionado por pinzas.
Las sensaciones se vuelven uno cubriendo mi cuerpo, la
presión, el aire y la frialdad del salón azotando mi sexo
abierto. Mi cuerpo crispado y expectante.
—No te haces una idea de cómo te ves. Mirarte ahora es
la culminación de un momento que he estado esperando
desde el mismo instante en que puse mis ojos sobre ti. —
Trago grueso ante su confesión.
La necesidad de su toque crece, del roce de sus manos,
de cualquier cosa proveniente de él. Lo veo ahí de pie,
respirando con agitación mientras me observa. Entonces,
lleva una mano al prominente bulto de su entrepierna,
acariciándose a sí mismo sobre la tela del pantalón.
Afortunadamente no dura demasiado haciéndolo, piensa
y luego camina de nuevo hacia los cajones y tengo miedo
de lo que vaya a traer esta vez.
—Veamos… —canturrea acercándose, en sus manos un
plug. ¡Un plug inflable!
Gimo antes de que haga algo.
—Tranquila, pequeña. Ya sé lo que quieres —susurra y
sujeta la cadena que pende de mi estómago dando un tirón
hacia adelante.
Retira con una suavidad dolorosa las pinzas de mis labios.
Inevitablemente suelto un grito por la intensa sensación que
recorre esa parte de mi anatomía y que provoca una sonrisa
de sus labios. Una que dejo de ver cuando jadeo y cierro los
ojos con fuerza porque él simplemente se acerca e inserta el
plug sin sutileza alguna, en la abertura de mi vagina.
—Perfecto —asegura dejando solo la mitad del
instrumento insertado.
Yergue su posición y toma la bomba de aire entre sus
manos, me mira a los ojos justo antes de empezar a
bombear.
—¡Jodida mierda! —exclamo, aunque estoy segura de que
él no ha entendido lo que he dicho, la bola de la mordaza
hace ininteligibles las palabras.
—¡Eso es! —exhorta mirándome, sus ojos llenos de
lujuria, mientras sigue bombeando sin parar.
El plug crece, expandiendo mis paredes, provocando
palpitaciones en mi cuerpo en partes desconocidas.
Intento llamarlo, intento pedirle que pare, que haga algo
por detener lo que está haciéndome enloquecer, pero nada
de lo que digo es claro a sus oídos, todo está distorsionado
y él no para de bombear.
Cierro los ojos presa del placer carnal que me sacude,
gimo fuerte cuando en una agitación de mis caderas logra
llevar el plug un poco más profundo, y él hace el resto del
trabajo. Abro los ojos en el instante en que, con un empujón
de su mano, inserta el resto del objeto hasta su base.
Haciéndome colapsar en mi lugar.
—Creo que ya no puedes controlarte. ¿Quieres correrte?
—pregunta, y ¡por supuesto que lo quiero! Todo, ¡ya!
El plug ya no da más y él lo sabe, está en todo su grosor y
me mantiene abierta de una manera morbosamente
correcta, o incorrecta. Ya no sé nada.
Todo mi cuerpo punza y clama por la llegada de un
orgasmo, un orgasmo que él me ofrece, pero que a la final
no sé si me dará.
Asiento a su pregunta, muchas veces, frenéticamente.
Y es un instante efímero y fugaz cuando su rostro pasa de
la calma absoluta, a la lujuria contenida.
Con violencia toma mi rostro con una de sus manos,
pegando su cuerpo al mío, mantiene mi cabeza quieta y
alzada a su vista. No veo qué hace con la otra mano, pero sí
siento cuando empieza a sacar y meter el plug, adentro y
afuera, acompañado por el sonido de succión y humedad,
adentro y afuera, adentro y afuera. La fricción es
enloquecedora, lo retuerce, lo ondea y empuja hasta
causarme dolor. Jadeo y gimo dejando atrás el pudor, no
puedo más, me aprieto en contra del instrumento.
—Eso es, pequeña. Ahora, córrete. Regálame tu primer
orgasmo a mi lado. —Y son esas palabras las que necesito
para dejar correr la adrenalina punzante por mi cuerpo.
Una onda de temblores convulsiona mi cuerpo. Y no sé
decir si estoy gritando o no, si cualquier sonido está
saliendo de mi boca, porque mi mente está perdida
mientras mi cuerpo se sacude en el más absoluto y
revolucionado clímax, dejando mi mente en blanco,
escuchando finalmente el repiqueteo de mi corazón.
Abro los ojos, temiendo por un momento que haya sido
un sueño, sin embargo, es real, muy real.
Sus palabras, acciones y su presencia frente a mí,
observándome a detalle, dándome una sensación de ser la
única en el mundo. Sus facciones son invadidas por el
deseo, sus labios están entreabiertos, su calor es poderoso
irradiando hacia mí.
Entonces, levanta la mano sosteniendo el plug empapado
por los restos de mi orgasmo, me lo enseña, como
confirmándome una vez más la realidad de los hechos.
Trago grueso intentando no salivar fuera de mi boca,
aunque me parece que eso ha sido imposible de lograr. Es
difícil la contención de mí misma cuando mi cuerpo no se
siente como si acabara de tener un orgasmo, al contrario, el
deseo es más abrumador y potente cuando veo cómo él, mi
Señor, está quitándose el pantalón aún mirándome. Con un
movimiento fluido de sus piernas, la prenda cae y solo
queda el bóxer negro enmarcando apenas su dureza
erguida.
Quedándose de esa manera se hace a un lado pateando
el pantalón en una dirección alejada, llega cerca de mí, se
agacha y empieza a quitar las restricciones de mis tobillos,
tiene tanta paciencia, como si no sintiese la prisa por... por
liberarme, por tomar lo que quiere para su propio alivio,
como si la erección entre sus piernas fuese solo algo
simbólico.
Me concentro en la soltura de mis piernas y agradezco
continuar con mis manos atadas aunque mis brazos
empiecen a hormiguear, pues apenas puedo sostenerme,
mis piernas no están respondiendo muy bien.
Se acerca ahora por mi espalda y cuando me doy cuenta
me está liberando de la mordaza de mis labios, cuando
retira con cuidado la bola me permito mover un par de
veces mi boca, redescubriendo el movimiento de mis labios
adoloridos, sin pensar en el lamentable aspecto que debo
dar con la saliva pendiendo de ellos.
—Preciosa... —suspira en una corriente de aire cálido a mi
oído. Intento girar mi cabeza para verlo y no lo logro,
cuando aparece frente a mí lo hace quitándose la última
prenda de ropa que le cubre. Mis ojos se desorbitan como si
fuese la primera vez que veo a un hombre desnudo, mi
garganta se seca y todo esto sucede con él mirándome.
—¿Quieres que te folle? —pregunta cuando ya se ha
deshecho de la prenda, toma en la mano su erección y
cierra el puño. Un gemido extenuado sale de mi boca
cuando él bombea completo hasta la base y asciende de
nuevo removiendo su propia piel en un sublime movimiento
que me hipnotiza por lo crudo y sexual.
cuando lo hago, y de verdad lo intento. Me siento
desesperada por la necesidad de una liberación que
reiteradas veces me ha sido negada.
Levanta mi falda, siento la posición
—Señor... —Me agito en protesta, consigo decirlo con un
hilo de voz.
Me mira levantando la comisura de sus labios, sabiendo lo
que hace. Me preparo cuando se acerca al acecho y alza mis
piernas sin ningún esfuerzo.
Jadeo con audible escándalo cuando las pinzas se
remueven acrecentando la sensación de presión y pellizco
en mi piel.
—Así que estás ansiosa por ser follada, pequeña puta. —
Sonríe—. Vas a rodearme con tus piernas —instruye
metiéndose entre ellas, aún sin rozarme, pero sí lo
suficiente para que yo ajuste cada una a su cadera. Toma
otro paso cerca permitiéndome envolverle mejor, y es ahí
cuando me roza y me tiro hacia atrás, ganándome una
increpante mirada suya y un tirón de las pinzas.
Toma mi cintura con una mano, lo suficientemente fuerte
para negarme cualquier movimiento. Entonces, tan cerca y
controlándome, teniéndome como quiere, no hace más que
observarme, y en estos momentos siento que lo estoy
odiando más que a cualquier otro ser humano en el mundo.
Toma su polla con la mano libre y se acaricia lenta y
tortuosamente, bajo mis ojos hasta ahí para intentar
observar sus movimientos y rápidamente suelta su miembro
para tirar de las pinzas que aprisionan mis pezones
haciéndome gritar de placer y dolor. Me da una última
mirada cuando suelta las cadenas y toma su pene para
dirigirlo directamente a mis pliegues abiertos.
Sé lo que se avecina, tiemblo y me agito aun cuando me
sostiene, aprovechándose de la libertad de espacio mueve
la punta a través de los pliegues dispuestos hasta presionar
contra mi clítoris, se aleja y se vuelve a presionar, lo mueve
por toda la longitud de mi sexo haciéndome chillar ya casi
sin fuerzas, porque estoy agotada de su lenta tortura.
—Se... señor, por favor —atino a decir entre balbuceos.
Me encuentro totalmente vulnerable y abrumada entre
sus manos.
Tomo aire cuando lleva la punta de su pene hasta mi
abertura, deslizándose con facilidad debido a la cantidad de
humedad emanada de mi reciente orgasmo. Se introduce
solo un poco y se retira nuevamente. Estoy a punto de
maldecir.
Agito mis manos en lo alto y tiro con mis piernas de él
tratando de empujarlo hacia mí. Pero me pellizca el clítoris
enviando un dolor agudo por todo mi cuerpo que queda
grabado en el lugar y que nada tiene que ver con placer.
—¡Quédate quieta! —brama y tira de la cadena de las
pinzas enviando más dolor por mi cuerpo.
Pero queda todo eclipsado, cubierto e ignorado cuando se
introduce de golpe y sin titubeos, tan completo... tan
profundo que siento que me toca el alma y me deja sin aire.
Lo escucho rechinar los dientes y exclamar alguna
palabra en voz baja que no logro entender, vuelve a
retirarse provocando ese ruido de succión que me hace
perder el equilibrio de mis sentidos, quiero llorar y gritar
desesperada cuando me retiene de esa manera. Habiéndolo
probado una vez, quiero más, mi cuerpo pide a gritos por el
suyo, lo necesito. Él lo sabe y lo disfruta.
Gracias al cielo no dura mucho para volver a introducirse
en mí por completo, hasta golpear su pelvis contra la mía.
Repite la acción provocando profundos gemidos y ruegos
de mí hacia su persona para que no vuelva a salir, para que
se mueva, para que lo haga de una vez por todas. Pero no
logro nada, él juega, se divierte y me arrastra al borde de
mis capacidades haciéndome llegar a mi límite, mi cuerpo
ya no puede soportar semejante tortura.
—¡Ahora! —pronuncia con un toque entre desesperado y
arrogante, sacándome de la miseria de mis pensamientos,
vuelve a introducirse completo después de permanecer
unos segundos fuera, el sonido vuelve y entonces, cansado
ya de jugar, inicia un vaivén furioso de caderas, sujeta la
cadena y tira de ella con cada embestida. Me está
enloqueciendo.
Sé que debería estar sintiendo vergüenza por los
indecorosos gritos que estoy emitiendo, por las palabras
inadecuadas que brotan de mis labios, por comportarme
como una verdadera puta en sus manos, pero la espera ha
sido demasiada. Ares es grande y se mueve de forma única
provocando una fricción enloquecedora en cada punto
preciso. Ajusta las pinzas, las remueve, presiona, jala,
pellizca y envía con cada uno de esos movimientos, miles
de corrientes por todo mi cuerpo.
—Es esto lo que querías, ¡ser mi puta! —recalca con
certeza y gimo fuerte, dándole veracidad a sus palabras.
Consigo un nuevo orgasmo, me tenso mientras mis
paredes vaginales intentan apresarlo y la fricción se vuelve
más poderosa.
Una expresión casi dolorosa se cruza en sus facciones
cuando esto ocurre y eso hace sus arremetidas más
excitantes, la mueca de su boca, la flexión de su cuerpo
bañado en sudor.
Pero para él no es suficiente y lleva una mano hacia el
punto de unión de nuestros cuerpos, crispa un dedo por
encima de mi vagina y en una acción rápida golpea justo
sobre mi clítoris.
—No, no, no... Por favor, no, ¡por favor! —repito una y
otra vez como un mantra, mientras él sigue arremetiendo y
golpeando.
—¿No? —pregunta con diversión—. ¿No era acaso esto lo
que tanto deseabas? —sigue.
De pronto, ralentiza sus estocadas y temo lo peor, temo
que se detenga, se retire y no me deje terminar.
¿Y si lo hace?
Suplico y tenso mis piernas, balbuceo palabras de ruego,
sin embargo, lo único que hace ahora con potencia es
golpear su dedo sobre mi clítoris. El vaivén de sus caderas
es lento, tortuosamente lento mientras yo quiero un rápido
movimiento que me consuma finalmente en las llamas del
placer.
Tiro mi cabeza hacia atrás y rechino mis dientes, no sé a
qué está jugando, pero pronto las arremetidas violentas de
su cuerpo regresan, sin parar, y creo que no hay más
treguas ni juegos, se siente como la curva final.
Cierro mis manos en puños tensos al igual que hago con
mis piernas en torno a él, intento contener todo mi cuerpo
sabiendo que está cerca, lo veo en sus facciones y sus
movimientos erráticos, mis paredes lo apresan en mi
interior llenando su cuerpo y el mío de sensaciones que son
difíciles de controlar.
Dos, tres, cuatro estocadas más de sus caderas y sus
gemidos son un sonido agudo que perfora cada parte de mí;
mi cerebro, mi corazón y mi alma son taladrados por el
sonido del placer que yo le estoy brindando. Como un
bálsamo de sus acciones saca su pene de mi cavidad,
retirándose casi completo, solo el glande en mi interior
donde mis paredes intentan llevarlo dentro, apretándolo.
—¡Córrete! —exige en una mezcla de alivio y cansancio.
Algo se activa en mi interior con su permiso, algo que se
transforma en una oleada vibrante de placer que viaja por
mi cuerpo.
Bajo la mirada al punto de nuestra unión en el momento
justo, ahí, como el acto más sucio y a la vez más excitante,
su semen se confunde con mis fluidos en sacudidas
exquisitas de su miembro, haciéndose una mezcla única,
haciéndome uno con él.
Ante lo que veo no puedo más que soltar un lamento
agónico que se lleva los últimos resquicios de mi orgasmo.
Quedo en la nada, en el limbo, mi mente se adormece.
En algún momento siento que suelta las pinzas liberando
la presión de mis pezones sensibles, emito sonidos, pero
estoy demasiado agotada hasta para entender el dolor,
exhausta y somnolienta por la fuerza de los orgasmos que
han sido más de lo que esperaba.
Libera mis muñecas, lo sé cuando mis brazos caen con
fuerza a mis lados, afortunadamente él sigue
sosteniéndome por la cintura, de lo contrario habría
colapsado al suelo.
—Lo has hecho estupendamente bien, pequeña. Estoy
orgulloso de ti —halaga y acaricia mi cabello. Repite el
movimiento, mimándome cual cachorro y me acurruco de
cansancio contra él.
No sé nada más, lo siguiente con certeza en mi vida es el
toque de la superficie suave y mullida de mi cama,
alrededor el rojo de las paredes me devuelve un poco de
coordinación.
—Bienvenida a mí, Eridan. —Es lo último que escucho de
él, viendo una mancha de piel borrosa sobre mí y, luego... la
inconsciencia total de mis sueños me envuelve.
Cuando los días parecen ser buenos, cuando te abstraes
en una ola de vértigo que resulta atemorizante y excitante a
la vez, los días pasan demasiado rápido, tanto, que cuando
te tomas un minuto para apreciar lo que has hecho, te
sorprendes, tu boca se abre por el impacto, tus pupilas se
dilatan y puede que sueltes una que otra risa nerviosa
porque sabes que todo ha avanzado, que los tiempos duros
han pasado y que todo lo que viene se trata de sobrellevar,
de vivir y disfrutar.
¡Vivir!, ese es el verdadero asunto. Vivir y dejarse llevar,
confiar en el otro para que sea tu guía.
Confiar en él. Porque ahora, después de trece días de
haber convertido mi voluntad en la suya al acceder a este
acuerdo, y cinco desde que tuvimos nuestra primera sesión,
todo mi mundo se trastocó, pasé de ser el eje central, a ser
la tierra que gira en torno a él. Expectante, esperando para
servirle, por y para él.
Las cosas habían cambiado, lo siguen haciendo, y yo
estoy dichosa de ello.
Mi Señor, después de estos días juntos, me ha dado
permiso para tener un par de días para... ¿mí? En realidad
no lo estoy considerando como un descanso, me gusta estar
con él, me gusta ver dibujarse en su rostro una sonrisa
arrogante y satisfecha. Claro que pasar tiempo conmigo
misma me gusta, extrañaba mi soledad, mi departamento,
mis cosas, en fin, todo mi hogar, pero ahora es diferente,
ahora lo extraño a él.
Mis mejores amigos de Dortmund, hace poco se mudaron
a Berlín y hoy he quedado con ellos, llamé a mi amiga
Arabelle para comunicarle del tiempo de chicas que
podríamos tener. Así que ahora estoy siendo recibida por
ella con un gran abrazo y muchas palabras de afecto, me
doy cuenta de cuánto la he extrañado, charlando me lleva a
la sala de estar, le digo lo hermoso que me parece todo,
siempre ha tenido un gusto exquisito.
—Siéntate, guapa, traigo algo de beber y nos ponemos al
día. —Me lanza un beso y se va hacia lo que supongo es la
cocina.
Realmente su apartamento es hermoso.
—Entonces… —Ella trae un par de bebidas en sus manos
y se enrolla a mi lado en el sofá, es una costumbre que
tomamos desde hace tiempo cuando aún éramos unas
jovencitas. Coloca nuestros tragos sobre la mesa para poder
recostarse dejando su cabeza sobre mi regazo.
Antes, cuando nos reuníamos y necesitábamos hablar de
algún asunto en específico o simplemente ponernos al día,
lo hacíamos de esta manera. Nos recostábamos sobre el
regazo de la otra de tal manera que nuestros ojos no
hicieran contacto visual, así si teníamos algo vergonzoso
que decir, sería más fácil. Siempre fue nuestra manera de
desahogarnos y confesarnos con la otra. Costumbre que me
alegra ver que no ha olvidado.
—Entonces... —repito las palabras mientras acaricio su
cabello, sé, por lo que he visto desde que llegué, que algo
no anda bien, su mirada es transparente y deja entrever
distintas emociones—. ¿Qué anda mal, cariño? —pregunto
dulcemente.
No me gusta verla tan apagada, aunque intente
disimularlo, yo la conozco demasiado bien.
—Todo —responde, triste—. Todo va mal desde antes y
ahora peor —sigue—. Casi no nos vemos, nuestros horarios
no coinciden para nada, ya sea porque permanezco más
tiempo en la oficina del que es normal, tenga alguna de
esas estúpidas reuniones o porque él tenga turnos extra
como ha sucedido últimamente. Y cuando nos vemos,
estamos demasiado cansados como para tan siquiera
hablar, han pasado días enteros en que no sabemos nada el
uno del otro y... tengo miedo. —Su voz se quiebra al
terminar, acaricio su brazo con la intención de calmarla.
¿En qué momento sucedió esto? Me he mantenido
demasiado alejada de todos, antes por la editorial y ahora
por mi Señor.
—Calma, cariño. No debes tener miedo, conozco de
primera mano la intensidad de los sentimientos de Blaz por
ti. Ambos, especialmente tú, deben priorizar. Si bien es
cierto que el trabajo es primordial en la vida de cada uno,
que a ambos les apasiona lo que hacen, también es cierto
que su relación es igual de importante.
»Debes buscar el equilibrio, sé que estás en un proyecto
grande ahora, que has dejado la ciudad por ello y es algo de
lo que él y yo estamos sumamente orgullos por como lo
estás llevando, además, él no te ha dejado sola, vino junto a
ti, estás triunfando tanto como él lo hace en su medio, pero
¿a costa de qué? —Le hago ver.
—Eridan —clama sonriéndome—. ¿En qué momento te
volviste tan sabia? —El toque de humor en su voz me hace
sentir mejor, aunque veo cuando se limpia un rastro de
lágrimas de sus mejillas—. Lo intentaré, prometo que lo
haré. Ni siquiera puedo trabajar bien cuando siento que las
cosas con él van mal, este proyecto es demasiado
importante, son demasiadas cosas a la vez, pero sé que
tienes razón. ¿A costa de qué? ¡En fin, creo que ya es
demasiado de mis dramas! —exclama—. Quiero saber de ti.
Habla —exige y yo río.
—Mamá ha preguntado por ustedes las últimas veces que
hemos hablado, me regañó por aún no haber ido a verlos —
digo desviando la conversación, mejor dicho, retrasándola
un poco, sé que llegado el momento tengo que darles a
ambos información sobre “mi relación”, como se lo había
comentado por teléfono, pero aún no sé cómo abordar el
tema de la mejor manera.
—Deberíamos ir un fin de semana, tomar un breve
descanso y viajar a Dortmund a visitar a tus padres, como
en los viejos tiempos —propone mi amiga con su voz
perdida en recuerdos.
¿Ir un fin de semana? No parece como una mala idea.
—Pero acabas de mudarte. —Cuando pronuncio esas
palabras, mi amiga se vuelve hacia mí con su rostro perplejo
—. De ninguna manera me estoy negando —me defiendo—.
Simplemente no lo sé, además, debería hablar antes con él.
—Bueno, es momento de cambiar de posiciones —
anuncia y lo sé, es mi turno.
Bebo el contenido de mi copa que contiene un suave
coctel, recordando que seguí sus instrucciones
textualmente: “Ve y pasa tiempo con tus amigos, pero no
quiero nada que altere tus sentidos, ¿de acuerdo?”.
Por eso cuando me levanto para cambiar de posiciones y
mi amiga me ofrece otra copa, me veo en la necesidad de
negar. Ella no dice nada al respecto, se sienta y espera a
que tome posición.
Me recuesto en su regazo y ella empieza.
—Estás muy rara ¿sabes? —dice con la voz perdida y
acaricia mi brazo.
—No sé de qué hablas. —Le resto importancia.
—Cuéntame cómo va todo con tu novio.
Suena raro escuchar que alguien se refiera de esa
manera a mi relación con mi Señor, decirlo de esa forma, es
tan irreal.
Él se siente como algo muy mío, personal, lo que somos
él y yo, solo lo sabemos nosotros, además, llamarlo por su
nombre no se me está permitido y soy consciente de que
Ares no es su nombre real. En la ignorancia muchas veces
se vive mejor, hay muchas cosas que no sé de él y tampoco
quiero hacerlo aunque en este momento es estrictamente
necesario, por evidentes razones debo obviar múltiples
detalles para poder contarle a Arabelle cualquier cosa.
—Todo va muy bien —suspiro mientras los recuerdos se
deslizan por mi mente—, al principio todo fue un poco raro,
por lo rápido que decidimos juntar nuestras vidas, pero todo
ha ido mejorando —le digo sinceramente.
—¿Se porta bien contigo? —indaga, y a pesar del debate
irónico que esa pregunta me genera, no puedo evitar
sonreír.
Puedo considerar en todas las maneras posibles su trato
hacia mí, pero la palabra bien, es muy alejada de eso. Yo
digo maravilloso, espeluznante, excitante, dominante,
canalla, caliente. Pero ¿cómo se lo explico a mi amiga?
—Lo hace, nena. Él lo hace —respondo aún sonriendo y
suspirando.
—¿Quieres explicarme cómo es que todo cambió tanto? —
No entiendo a qué se refiere y creo que ella nota mi
extrañeza pues procede a explicarse—: Conocí a cada
hombre con el que has salido, pero tú nunca te has puesto
de esta manera por alguien, lo cual me alegra por un lado,
pero por el otro, me es demasiado extraño.
»Pietro: el chico de intercambio de la universidad, muy
popular y buenísimo que puso los ojos sobre ti, pero tú, no
te mostraste muy interesada, aceptaste salir con él, sin
embargo, fracasaron casi de inmediato, nunca te viste
entusiasmada. Luego aparece Frederick, ¡Dios mío! —
exclama—. Frederick era simplemente sexy, ese cabello
rubio, los ojos y esa sonrisa ¡Mierda! Pero tú no estabas
impresionada e igualmente aceptaste salir con él, ¿lo peor?
El chico lamía el piso por el que caminabas, sin embargo,
viniste y simplemente lo dejaste.
»Pasan años en los que no sales con nadie —continúa ella
—, y de repente, de la noche a la mañana, aparece este
personaje y ¡Boom! Cambias, das un giro tan fuerte que
debo sostenerme para no marearme, y yo solo no lo
entiendo. Blaz es incapaz de hablar al respecto, pero tú…
¿Me dirás cómo ha sucedido? —finaliza cansada de haber
soltado toda esa verborrea.
La escucho sorprendida de cada palabra, pero la verdad
es que no tengo nada qué decir, lo único que se me ocurren
son verdades a medias y busco la manera de empezar a
explicarme.
—Hey, calma —sugiero—. A ver... primero que nada, sí,
tienes razón, no puedo contradecir el buen aspecto que
tenían o tienen ambos, Pietro era un bombón y Frederick
igual. —No soy capaz de detallarlos en la manera en que
ella lo hizo, si bien quizá tenga algo de razón, yo no me
siento así respecto a ellos—. Pero no funcionó, vamos, Belle,
además, simplemente el horrible nombre de Frederick no lo
veía enlazado con el mío. —Intento bromear y consigo que
ría un poco—. Solo no funcionó. No fue suficiente el buen
físico o que lamieran mis pies. —Lo que es la última cosa
que yo he necesitado en mi vida, yo nunca he querido tener
a alguien débil y mi Señor es todo lo contrario a ello.
»No debes exagerar, las cosas no han cambiado tan
estrepitosamente, sigo siendo yo ¿no? Y, además, él
también es guapo, sexy, con una sonrisa inquietante, un
cuerpo deseable y unas maneras, que no te das una idea. —
Soy lo más específica posible.
—Eridan, tú... ¿tú estás enamorada?
¿¡Qué!?
Su pregunta me golpea. Mi amiga está equivocada
analizando mi estado, estoy lejos de esa palabra, y ese
aspecto es lo mejor de nuestra relación, de este estilo de
vida. Enamorarse no es ni remotamente una opción, somos
él y yo, el Amo y la sumisa.
Yo lo adoro, es el sentimiento más fuerte y claro que ha
crecido con los días, una adoración benévola, unos
inconcebibles deseos de provocar su sonrisa y el brillo en
sus ojos por satisfacerlo. Adoración y respeto, no amor. Pero
una vez más no sé cómo explicar eso.
—No, Arabelle. No estoy enamorada de él —afirmo
mientras reflexiono mis palabras—. ¿No aún? —respondo lo
que me parece más convincente—. Mira, no enredes tu
cabecita y de paso la mía, confía en mí ¿quieres? Estoy bien
y eso es lo importante ¿o no? —pregunto mirando un punto
en la nada, sin embargo, la respuesta de mi amiga parece
no llegar nunca—. ¿Arabelle?
Ladeo mi cabeza un poco para verla, ella mantiene la
mirada fija en algo y me siento extrañamente nerviosa,
trato de seguir el curso de su mirada o al menos intentarlo,
pero lo único que veo es ¿mi mano?
—¿Qué demonios es eso? —escupe saliendo de su
estupor.
No entiendo a qué se refiere, entonces ella alcanza mi
mano levantándola y dejando visible mi muñeca para
señalar lo que ha visto. Trago grueso cuando veo lo que ella
mira, ahí, casi imperceptibles pero presentes, se encuentran
las marcas de la cuerda que mi Señor utilizó para atarme
hace tan solo dos noches.
—Hemos tenido unas noches interesantes —cuchicheo
con picardía, y retiro mi mano de su agarre.
—¿Pero qué me estás contando, pervertida? —Abre
demasiado los ojos y no puedo evitar reírme ante su
expresión de asombro.
—Jugamos un poco y experimentamos algunas ataduras
—confieso riendo, como si fuese una travesura, aunque es
una verdad a medias.
—¡Eridan! No sabía que te gustaran esas cosas.
—Para ser sincera yo tampoco —río—, estoy descubriendo
mucho de mí misma estando con él —expreso sincera.
Extrañaba esto, pasar tiempo con Arabelle, hablar, sentir
algo de calor familiar, tomar un poco de tranquilidad en lo
que se había convertido mi agitada vida. Llevamos casi
medio día de esta manera, hablando de todo un poco.
—Me alegra que estés feliz, que estés bien, que él te
haga sentir a gusto. —Mueve las cejas de manera sugestiva
haciéndome reír—. ¡Muero por conocerlo! Porque debe ser
muy guapo, como una cosa sublime, para haberte
conquistado de tal manera, digo... ¡es que Pietro! —Suspira
de manera soñadora.
—Si sigues con eso, le diré a Blaz de tus pensamientos
lascivos por Pietro —la amenazo y ella solo sonríe.
—Yo no tengo pensamientos lascivos sobre Pietro, que tú
tengas una mente tan pervertida no significa que yo
también —se defiende con fingida indignación.
—¡Tonta! —rezongo logrando largas carcajadas de mi
amiga. Sí, definitivamente extrañaba esto.
—¿Cuándo me presentarás a tu apuesto caballero? —
pregunta una vez deja de lado la risa estrepitosa, doy un
largo suspiro, Ares es un caballero, sí, pero no de los que
ella se imagina—. Extraño nuestros almuerzos con un
simple combo de Mc Donald's como antes —se queja con
ese tono falsamente afligido.
—En primer lugar, no sé cuándo puedas conocerlo.
Déjame hablar con él y luego te aviso ¿sí? Y en segundo
lugar, sigo trabajando en la misma editorial, estoy en el
mismo lugar de siempre y te sabes la dirección, podemos
hacerlo como cuando antes me venías a visitar. Así que
podemos seguir teniendo esos almuerzos. —Ella asiente y
luego nos echamos a reír, porque ambas pasamos por alto
eso, distanciándonos todo este tiempo de una manera quizá
absurda.
—Bien, bien. Ahora vamos a almorzar, que tanta charla ya
me ha destapado el apetito. —Me empuja para levantarme
de su regazo.
Esa es mi amiga.
Dos horas después y luego de haber satisfecho nuestras
ansias de comida chatarra, salada y dulce, nos dejamos
caer sobre la alfombra de la sala. El sofá está catalogado
solo para los momentos serios y la alfombra es el sitio para
no pensar y ser personas despreocupadas.
Manteniendo mis ojos cerrados dejo mi mente vagar por
los últimos días con mi Señor. Hemos alcanzado un nivel de
intimidad que en un principio, con tantas dudas, no creí
posible. Tanto es, que con una mirada suya soy capaz de
entender lo que él está pidiendo de mí, así como él parece
saber lo que yo necesito al momento exacto.
Luego de la primera sesión, real y completa, no daba
largas a repetir una y otra, haciendo ver como algo difícil el
hecho de mantener sus manos alejadas de mí, ya sea para
causarme intensas molestias o para recompensar mi cuerpo
con placer.
Pero además de eso, de las cosas simples y superficiales,
una petición suya nos ha hecho más íntimos, luego de aquel
día, al siguiente, a su llegada me pidió ir con él hacia el
pequeño salón de estar, luego me solicitó que subiera la
cena, dejándome en ropa interior, de acuerdo a su
sugerencia no sutil, preferiblemente de encaje y que dejara
al descubierto mucho más de lo que debería, me pidió que
me colocara a gusto en el piso, al lado de sus piernas y
mientras se dispuso a comer.
Al principio no supe cómo sentirme, pero empecé por
analizarlo en su parte negativa, no lo sentí como algo
bizarro, tampoco me sentí humillada, por el contrario, la
sensación de estar ahí con él me agradaba. Además,
mientras él come, en algunas ocasiones se ha tomado la
delicadeza de acariciar mi cabello de una cálida forma que
suele tomarme con la guardia baja, pero a la que poco a
poco me he estado acostumbrando.
Me ha demostrado, tanto como me ha dicho, que soy su
sumisa no solo en lo que otros creen, yo no estoy para él
solo en los momentos de sesionar o no solo soy su
instrumento para follar, lo ha demostrado y reafirmado en la
forma en que me ha hablado los últimos días. Me cuenta
sobre sus días en el club, cómo van sus clientes, alguna vez
mencionó algo sobre sus padres, que ahora que viven en un
barrio ubicado algo alejado de la zona céntrica. Recuerdo
que él dijo algo como:
“Son muy distintos a mí. Tengo gustos más
extravagantes, ellos son bastante sencillos”.
Me ha hablado, entre otras cosas, de la vida, soltando de
vez en cuando una que otra frase que ha conseguido
dejarme boquiabierta, admirada por él.
Una de esas noches mientras acariciaba mi cabello
hablándome de diferentes Amos y sumisas con los que
convivió, contándome y provocándome con sus
experiencias, rozando mi cuerpo con sus dedos para
pavonearse de mis reacciones, me dijo:
“En la vida, todo es una búsqueda, comúnmente las
personas buscan «el amor de su vida» o «su alma gemela»,
como suelen llamarlo. En mi caso, o en nuestro caso,
buscamos una sumisa, aunque yo lo he definido como «la
sumisa» igual que tú, o ustedes, no buscan un Dominante,
sino «el Dominante»; es una compleja e importante
distinción”.
En aquel momento, sus palabras me dejaron pensando,
dándome información para roer más tarde en mi cama.
También descubrí gracias a esas noches de monólogos
suyos, que ha tenido, hasta ahora, mucho en dónde buscar.
Mencionó que hubo un suceso en su vida que le hizo
replantearse seriamente sumisas bajo su mando a través de
un acuerdo, no deseaba ninguna, hasta ahora que ha
decidido tenerme a mí, significando eso exclusividad de mi
parte hacia él, puesto que si desea que yo esté con otros
Dominantes yo lo haré, aunque como él aclaró, yo tengo mi
palabra de seguridad y no haré nada que no desee.
Esa noche pensé que hasta entonces yo había tenido solo
un Dominante: Él. Pero ¿quería yo conseguir “el Dominante”
como había dicho?
No lo sabía aquella ocasión, y aún sigo sin saberlo, pero él
suele decirme “no pienses”, así que ahora es mejor no
hacerlo.
Cada noche hemos estado haciendo lo mismo. Gateo a su
lado en cuanto me es posible, escuchando halagos como:
“Aprendes rápido a mantenerme el paso”.
“Buena puta”.
“He acertado eligiéndote a ti”.
E innumerables veces ha hecho eso de provocarme y
nada más. Llegando a la sala, él recostándose en el mueble
y yo situada a sus pies. Es una cosa de cada noche, y me he
descubierto ansiosa por que llegue ese momento en el día.
Algunas veces me ha llevado directo a la mazmorra,
tomando de mi cuerpo lo que desea, ya he estado recostada
a la tabla, amarrada a la pared y en la cama, en la cruz…
nunca lo mismo, siempre algo diferente que me mantiene
expectante y alerta, aprendiendo. Hasta mi alma de
escritora sale ganando y se regodea con cada experiencia.
Un suspiro audible se escapa de mis labios al recordar el
agregado de nuestras últimas noches...
—Buenas noches, pequeña —saluda.
Yo lo espero en posición, aguardando feliz, por mi
momento con él.
—Levántate y ve por mi cena, quiero que vayas así como
estás, ya despedí a Annette y Joseph por esta noche, así
que nadie que yo no desee te verá desnuda, hoy —aclara.
Para esclarecer el aspecto de sus palabras “así como
estás” se refiere al corsé negro con encajes en el sujetador,
el conjunto de ligas que adornan mis piernas junto con las
medias del mismo negro del corsé, y que culminan en unos
delicados pero sugerentes zapatos de tacón, algo que él se
encargó de sugerir para mí por la mañana. Y, no es que esté
pasando por alto una prenda, yo simplemente no llevo
bragas, una regla suya por supuesto.
Camino hacia la salida de la habitación con la inevitable
condición de pasar por su lado. No puedo negar mi
nerviosismo al hacerlo, al acercarme, un paso más y estoy
casi frente a él, entonces todo mi cuerpo vibra y una
atracción poderosa, esa que ejerce siempre, parece estarme
jalando hacia él.
Lo comparo con la forma en que si un meteorito pasa lo
suficientemente cerca de la tierra, la gravedad de nuestro
planeta lo atraería de forma salvaje, llevándolo a una
colisión inminente. Sin embargo, aquí, yo tengo la
posibilidad de pasar de largo, porque sucumbir a caer a su
lado sería la garantía de un castigo seguro.
Casi terminando de pasar frente a él, una sonora nalgada
acompañada de un ardor incesante me saca de todas mis
cavilaciones y metáforas.
—Date prisa. —Es lo último que le escucho decir, por lo
que acelero el paso y cruzo el pasillo desapareciendo de su
vista y tomando la dirección a las escaleras.
El picor del azote no me abandona y mucho menos la
sensación de calor que el dolor extiende por mi piel y la
humedad que por ello inunda mi entrepierna.
Bajo rápido las escaleras, mucho más de lo que la
elegancia y buenas maneras dicta, afortunadamente sé
manejarme muy bien en tacones. Estoy segura de que en
un par de días habré memorizado las escaleras sin errores.
Camino a la cocina, manteniendo la vista al frente
incapaz de mirar hacia los ventanales. La sensación de que
alguien puede verme es muy latente, eso hace que me dé
prisa. Llego a la cocina y busco una bandeja de plata,
acomodando sobre ella la cena ya elaborada que Annette
dejó preparada para él.
Mis cenas en casa son libres, lo que yo quiera, como
quiera y donde quiera, suelo hacerlo temprano y a solas.
Al tener la bandeja en mis manos, tengo más cuidado al
subir las escaleras. Con el corazón yendo a toda marcha,
tomo una respiración profunda y antes de darme la vuelta,
relajo mis hombros, necesito estar tranquila.
Vuelvo a la sala y aprovecho para darle un repaso
completo. Recostado en el sofá de cuero negro que con el
contraste de su piel hace que esta se vea aún más blanca e
inmaculada, con su cabeza echada hacia atrás,
aparentemente relajado. Su corbata está fuera de lugar
reposando en uno de los brazos del sofá, junto a la
chaqueta. Su camisa lleva algunos botones desabrochados,
dejando ver parte de su torso, que aún no he tocado. Le
gusta demasiado atarme como para permitirme eso.
¡Maldito fetichista y sus ataduras!
Coloco la bandeja sobre la mesa de cristal y me posiciono
a sus pies.
—Muy bien —susurra.
Siento de inmediato una caricia en suave en mi trasero.
Me relajo.
—Prueba esto, está delicioso —ofrece un trozo de su
kaiserschmarrn dispuesto en la palma de su mano, colocada
a la altura de mi rostro.
Extiendo mi cabeza ahí y acerco mi boca a su mano
tomando lo que ofrece entre mis labios. En un instante
saboreo el exótico sabor al mismo tiempo que su otra mano,
esa que no está ofreciéndome comida, se posa en mis
nalgas desnudas empezando una caricia llena de suavidad,
una suavidad que logra asustarme.
—¿Te gustaría un poco más? —Vuelve a susurrar con esa
voz arrulladora que anuncia la venida de algo que no puede
ser suave.
Asiento a su ofrecimiento y veo cuando su mano aparece
de nuevo frente a mí llevando otro trozo de comida en ella,
la tomo y veo algo de salsa en su mano provocando que
lama los restos. Cierro los ojos ante la sensación que me
produce y no puedo evitar mover mi cuerpo, impulsado por
el toque de su mano, esa que está en mis nalgas,
moviéndose en su contorno.
Sigo lamiendo su mano sin importarme en absoluto lo que
estoy haciendo, abstraída por la sensación que me produce
y de inmediato sus caricias se intensifican, tocando desde el
borde donde se encuentra el corsé en mi espalda hasta
llevarla abajo, casi entre mis piernas, a punto de rozar mi
sexo que de por sí ya lo espera. La ansiedad empieza a
estar presente, pero él no toca.
Sus dedos son transmisores eléctricos al contacto directo
con mi piel. La sensación se extiende por todo mi cuerpo
anticipando lo venidero, revelando el deseo profundo de ser
poseído por él, en la forma en que le plazca.
Estoy distraída en ello, aún jugando con mi lengua entre
sus dedos, cuando siento un dedo incursionando por el
canal entre mis nalgas, baja con suavidad mientras voy
tensando mi cuerpo, ignora lo que pasa y llega a los labios
hinchados y lubricados de mi sexo, donde palpa la humedad
y con su dedo la extiende entre mis piernas, hacia atrás por
mis nalgas.
Mi lengua en su mano se paraliza y un gemido brota de
mi garganta cuando lleva de nuevo el dedo al frente y
chapotea en un juego contra mi clítoris.
—Tienes un comportamiento de perra nato —suspira—.
No sabes las ganas que tengo de ponerte un collar. Que
lleves en tu cuerpo únicamente el collar que yo elija para ti.
De solo imaginarte, apenas puedo contenerme.
Sus palabras hacen que gima de nuevo. ¿Un collar? Yo le
expliqué mi aversión a ello, pero... cuando él lo pone de esta
manera, es difícil no decirle en este momento que puede
hacerlo. Ponerme su collar.
—Las buenas perras deben dar a conocer a su Amo cada
parte de su cuerpo —continúa hablando, con voz sexual y
gutural que ya nada tiene que ver con el arrullo de hace
instantes. Su dedo sigue jugando entre los confines de mis
pliegues, lo retuerce como si quisiese empaparlo de tanta
humedad como fuese posible, entonces, moviéndolo, lo
desciende con facilidad ignorando mi abertura vaginal más
que dispuesta, hasta llegar a mi parte trasera, hace una
ligera presión en el anillo de mi ano y contengo el aliento
fuertemente—. A las buenas perras les encanta ser tomadas
por el culo, les encanta estar a cuatro patas esperando a su
Amo, para que arremeta contra ellas sin contemplaciones,
les encanta sentir cómo la polla de su Amo las empala —
habla con crudeza y me provoca una vorágine de deseo.
Nunca he entendido muy bien qué tienen los hombres
con ello, pero con él dudo que vaya a oponerme. Ya lo he
hecho, y debo decir que no fue una sensación agradable.
Ahora mi Señor quiere esto, y yo no voy a hacer nada
para negárselo. Me gusta complacerlo, me gusta darle lo
que desea y no puedo negar que hasta ahora, sus palabras
y caricias, solo me han excitado.
—¿Quieres eso? ¿Quieres que te folle ese precioso culo?
—pregunta haciendo presión con el dedo que sigue llevando
humedad, en mi estrecha entrada trasera. No hago más que
asentir—. Responde en voz alta —advierte pellizcando mi
nalga.
Me quejo por el dolor que causa, pero me vuelvo para
responderle.
—Sí, Señor. Sí quiero —respondo agitada.
Finalmente retira la mano que aún permanece a la altura
de mi rostro y también aleja el toque de su dedo rodeando
mi ano.
—Acomódate de cara a la mesa —ordena. Con mis
piernas y brazos un tanto temblorosos, hago lo que me pide
quedando de cara frente a la vajilla vacía donde reposaba
su comida—. A ver, pequeña. Levanta ese precioso trasero
—demanda soltando una sonora nalgada, que el único
resultado que tiene es el brote de humedad por mi sexo en
un hilillo que siento rápidamente descender por mis muslos.
Inclino mis brazos y el torso para darle lo que está pidiendo
—. Vamos a prepararte —anuncia.
Sus palabras son seguidas por sus dedos volviendo
acariciar entre mis piernas, desplazándose de mi clítoris al
ano en movimientos sucesivos. Presiona y restriega
alrededor y logra impulsar la punta de uno de sus dedos.
Juega con mi clítoris que late al compás de cada
movimiento de su dedo. Jadeo empujando el aire a mis
pulmones, y espero a que él decida que es bueno hacer algo
más.
Introduce un dedo en mi intimidad, al que se le unen
otros más, empezando a bombear de forma violenta en mi
interior, retorciéndolos y presionándolos contra la pared
frontal de mi vagina, haciendo mis brazos fallar y mi cuerpo
descender en una espiral difícil de controlar.
Gimo. Desesperada emito sonidos sin sentido, sus dedos
son salvajes y rudos, no hay tregua hasta que decide bajar
el ritmo, haciéndolo poco a poco mientras mis jadeos y los
sonidos de mi boca se hacen más sonoros.
Estoy ardiendo en deseo, lo que hace es demasiado.
Lleva sus dedos empapados por mi humedad hacia mi
ano. Moja la zona a placer y presiona con fuerza haciendo a
la abertura ceder al paso de su dígito.
Un lamento decadente se escapa de mis labios. Él
bombea el dedo y eso hace que ignore las molestias y me
centre en el roce placentero que empuja hacia mi sexo. Se
siente bien.
—Suficiente. —Lo escucho decir y se pierde todo
contacto. Aprieto mis dedos en puños contra el suelo a la
vez que rechino los dientes. Mi cuerpo da temblores
involuntarios—. Bien, mira aquí a tu nuevo compañero.
Acerca un plug negro. Un plug anal. Trago con fuerza, el
pulso en mi cuerpo se dispara y mis sentidos se disipan por
el miedo al dolor, soy consciente de que sus dedos no se
comparan con el tamaño del tapón, el cual es… grande y no
puedo ocultar mi miedo.
—¿Tienes algo qué decir? —indaga.
Creo que tal vez debo mencionar que es demasiado
grande, que deberíamos probar con algo más pequeño. Pero
no digo nada. Me doy valor pensando en mi palabra segura,
con eso le respondo:
—No, Señor.
De inmediato, como si solo esperara mi aprobación para
actuar, roza mi clítoris con la punta del plug y como
reacción me empujo hacia atrás ganándome un azote de su
mano.
—¡Quieta! —advierte y me quejo, haciendo un esfuerzo
agudo por no moverme—. ¿Lo quieres ya?
Presiona la punta del plug sobre la entrada de mi vagina,
ese no es su destino, lo sé, sin embargo, lo quiero porque el
deseo por alivio sexual está arruinando mi mente.
Asiento en respuesta y me echo hacia atrás, sintiendo la
presión del plug aliviarme muy superficialmente. Él deshace
ese pensamiento enterrando sus dedos en mis caderas con
suficiente fuerza para sacarme un lamento de dolor.
—Yo lo quiero aquí —informa llevando el tapón hasta su
destino final—, por algo es un plug anal, pequeña, y a cada
cosa hay que darle su uso apropiado —dice siendo
elocuente, tengo miedo, mis sentidos se alertan, me
preparo para un dolor que sé llegará en cualquier momento
—. Relájate —pide a la par que empuja el objeto en mi ano.
De inmediato la presión me provoca dolor. Es una mezcla
de miedo, placer y tormento.
Cuando siento cómo logra traspasar mi entrada con todo
el grosor del plug, mi cuerpo se quiebra y las lágrimas caen
sobre la alfombra, sin embargo, no uso mi palabra segura,
no quiero hacerlo aún.
No bombea, lo lleva hasta el fondo en toda su extensión,
ajusta la base y lo deja ahí. Duele.
—Relájate —demanda de nuevo.
Siento sus manos acariciando con suavidad mis nalgas,
moviéndolas muy lentamente. Pronto sus manos vuelven a
la humedad de mi sexo que sigue expuesto para él.
El dolor y la incomodidad poco a poco menguan, dándole
paso al placer que me provocan sus dedos.
Pero más pronto de lo que hubiera deseado, el contacto
de sus manos se pierde, y mi corazón cae oprimido.
—De pie —dice y me resquebrajo. ¿Cómo voy a ponerme
de pie?—. De pie, Eridan — solicita con voz fuerte, niego y
no me muevo, no puedo—. Vamos a tu cuarto.
Me toma con suavidad, me ayuda a levantarme y nos
dirigimos a la puerta de mi habitación.
—Acuéstate boca abajo y extiende tus manos y piernas —
ordena cuando nos acercamos a la cama. Lo obedezco.
Me recuesto con suavidad y hago lo que me pide, el
frescor de la cama me ayuda y la posición quieta y laxa de
mi cuerpo hace que el dolor ondee, pero de alguna forma se
calma.
Sus manos se posan sobre mis nalgas y se mueven con
una sustancia, tal vez una crema, dando un masaje que no
me resulta placentero. Cada movimiento de mis nalgas
intensifica el dolor.
—Quiero que entiendas que esto no es un castigo. Ahora
quiero que descanses, inténtalo realmente. No pienses en
nada y duerme —indica dejando una última caricia de sus
manos.
Se retira apagando la luz y cerrando la puerta tras de sí.
Las siguientes cuatro noches, fueron… intensas.
Cada noche ha jugado con mi ano hasta insertar el plug,
que con cada día que transcurre hace su paso con más
facilidad y menos incomodidad. Cada mañana desde
entonces, para comenzar nuestros días, él ha hecho su
aparición en mi habitación y con extrema delicadeza se
encarga de retirarlo.
No han sido ocasiones cómodas ni placenteras. Pero él ha
repetido una y otra vez, hasta hacerlo un mantra, que todo
mejoraría.
—¿Eri? ¡Eridan! —Parpadeo y giro mi rostro. Arabelle tiene
el ceño fruncido y me observa con preocupación desde su
posición—. Joder, ¿pero dónde tienes la cabeza? ¡Tengo
minutos hablándote! —exclama ofendida.
¿Ha estado hablándome?
—Lo siento —me disculpo—, creo que me he quedado
medio dormida —miento. He estado recordando.
—Sí, seguro —responde de mala gana.
—Ya, vale. Discúlpame —suspiro.
—Te dije que estás muy cambiada. Tú no eres así de
distraída. Creo seriamente que necesito conocer a tu chico,
¿por qué no lo llamas y le dices que salgamos esta noche?
¡Anda, dile! ¡Anímate! —propone eufórica. No tiene idea de
lo que está pidiendo—. Tal vez eso anime un poco a Blaz, ya
sabes, salir los cuatro. Me ayudaría y tú estarías
apoyándome, tal vez puedas ver si hay algo extraño, no sé.
—Su expresión se vuelve compungida mientras habla, en
serio ¿cómo puedo hacerlo?—. ¿Por favor? Vamos, llámalo —
finaliza tomando mi móvil.
En un movimiento rápido se lo arranco de las manos.
—¡No iba a leer nada! Solo a marcar —justifica,
nuevamente ofendida, pero esta vez la ignoro.
—Lo siento —me disculpo de todas maneras, aunque no
le estoy dando importancia.
—Supongo que tu móvil debe estar lleno de
conversaciones interesantes. Me imagino que por eso estás
tan distraída... el sexo debe ser maravilloso si logra
mandarte a volar aun cuando no está —cuchichea
intentando enfadarme.
La miro con sorna, como él me mira a veces.
—Tonta —le digo lentamente.
—Tonta tú, ahora llámalo —insiste.
Apunta a mi teléfono y no sé qué hacer, nada más de
pensar en llamarlo mis vellos se erizan. ¿Qué puedo decirle?
Arabelle está mirándome detalladamente, inquebrantable
en su petición.
—Te había dicho que luego —acentúo, intentando que
cambie de parecer.
—No entiendo qué puede variar de otro día a hoy, es
sábado. Además, te estoy diciendo que tal vez eso ayude
con Blaz, por favor —repite y no la miro—. Llámalo, Eridan.
—Cruza los brazos.
¡Obstinada! Ese es el adjetivo que mejor le queda.
Busco su número en mi agenda, reclinándome hacia atrás
para alejarme de la mirada de Arabelle. Él no deja pasar
mucho para responder.
—No esperaba tu llamada, pequeña. ¿Qué deseas? —Su
voz me recibe al segundo tono.
Inhalo como si estuviese frente a mí y cierro los ojos. Me
levanto alejándome un paso de mi amiga. Trago grueso.
—Eh, cariño —digo sintiendo mi garganta quebrarse. Al
otro lado de la línea, su respiración se altera.
—¿Qué es eso? ¿Te dejo salir un día y te...? —No dejo
terminar su frase.
—No, nunca lo olvidaría. Estoy con mi amiga, con
Arabelle, ella está aquí conmigo —explico, necesito que me
entienda y no piense mal.
—O sea que frente a tus amigos no me respetas. ¿Eso es?
—pregunta y me remuevo incómoda—. No sé si eso me
guste mucho —murmura, puedo percibir la diversión en sus
palabras—. Hablaremos de eso más tarde. ¿Qué tal la estás
pasando? —cuestiona, ante eso una sonrisa se forma en mi
nervioso y crispado rostro.
—Bien, Se... querido —respondo a punto de equivocarme.
Miro a Arabelle quien solo me indica con gestos que le
comunique lo que ella está esperando.
Suspiro.
—¿Qué pasa, Eridan? ¿Qué va mal? —indaga con interés,
y una seriedad que me halaga.
—Nada, lo que sucede es que Arabelle me ha dicho que
quiere conocer... te. Y, bueno, me ha obligado a llamar y
decirlo —pronuncio rápidamente, la boca de mi amiga se
abre por la forma en que la he acusado.
Al otro lado del teléfono él hace un sonido de indignación.
—Así que… ¿Para qué quiere conocerme?
—No lo sé, supongo que es evidente, digo, lo cree
necesario. Luego... te lo explico, ¿sí? —pido—. Entonces,
¿qué dices?
La mirada de Arabelle es expectación pura, me siento
extraña al hablarle así, por un instante solo escucho su
respiración tranquila.
—No negaré que esto me frustra completamente, tenía
planes para ti cuando regresaras —murmura y me
estremezco—. Pero voy a ceder esta vez, es bueno conocer
a la gente que te rodea. ¿Lugar y hora? —Mi corazón salta
un latido cuando el acepta.
Miro a Arabelle moviendo mis labios para preguntar
dónde, me siento repentinamente irritada con ella. Pide que
le diga que venga por nosotras, no me gusta su forma fácil
de pedir.
No lo conoce.
—Ella dice que si puedes venir por nosotras, de aquí
iremos —hablo en automático, sin imprimir emociones en mi
voz.
—De acuerdo, a las ocho.
—Está bien, a las ocho está perfecto —confirmo con
resignación, frente a mí, mi amiga sonríe con aprobación.
—Eridan, ¿qué sucede?
—Yo... —susurro, ya que mi amiga ha obtenido lo que
quería le doy la espalda y me alejo más, me dirijo a la
ventana, decidida a hablar bajo y a gusto—. Quisiera verlo
pronto, Señor —confieso.
—¿Me extrañas? —se regodea.
—Sí.
—Me agrada. Nos vemos más tarde y, Eridan, pórtate
bien en lo que queda del día. —Corta la llamada.
Me giro hacia Arabelle con cierta incomodidad, pero a la
vez sintiéndome un poco mejor por haberlo escuchado.
—¿Entonces a las ocho? —confirma ella, la miro y asiento.
—A las ocho.
—Bien, llamaré a Blaz. —Se pone de pie para buscar su
móvil y avisar a Blaz.
—Perfecto —respondo.
Miro el reloj para ver que aún faltan unas horas para que
venga por nosotras.
—Él ha dicho que le encantará. —Arabelle vuelve a mi
lado con una sonrisa en sus labios, pero un tono que no me
convence de lo que acaba de decir.
—Y si ha dicho eso, ¿por qué tienes ese tono de voz?
—Él lo ha dicho de verdad, pero sigue hablándome raro,
como si fuese un extraño. Es que un día hablamos como si
nos conociéramos de toda la vida, y al siguiente hay una
brecha grande entre nosotros.
—Calma, cariño, ya verás que eso mejora —la tranquilizo
confiando en que así será.
Pasamos el resto de la tarde platicando sobre todo y
nada, cuando el reloj marca las seis, Arabelle se levanta.
—Bueno, iré a arreglarme. No todos los días conoces al
novio de tu mejor amiga —bromea.
Ruedo mis ojos mientras veo cómo va hacia el baño.
—A veces eres tan idiota —digo tirándome de espaldas en
la cama, incapaz de intentar hacer algo, me detengo a mirar
el techo.
—Lo sé, pero ¿sabes qué es lo peor? —revira asomando
su cabeza desde el baño.
—¿Uh?
—Así me quieres —declara, le saco la lengua y ambas nos
reímos.
El reloj marca que faltan pocos minutos para que sean las
ocho, y no me dejan de atormentar los pensamientos
respecto a nosotros dos frente a Blaz y Arabelle en unos
momentos.
¿Cómo me voy a comportar con él, delante de ellos? Es
decir, yo no tengo reparos en cómo quiero comportarme
frente a él, para mí existe una sola forma de hacerlo, pero
también sé que debo mantener una treta para mis amigos,
no ser obvia en ciertas cosas. Ellos para nada lo tomarían
bien.
Él va a llegar en cualquier momento y mis ansias se
hacen cada vez peores.
—Listo. ¿Cómo quedé? —pregunta mi amiga, apareciendo
frente a mí con su atuendo.
Como de costumbre, luce hermosa.
—Perfecta. —Sonrío sincera—. De seguro mi amigo se
quedará sin aliento al verte —digo jugando un poco, aunque
sé que es un tema delicado, espero que hoy den un paso a
solucionar las cosas.
—¿No te da miedo que le robe el aliento a tu chico? —
inquiere moviendo sus cejas de manera sugestiva.
Su sugerencia logra hacerme reír con un descaro propio
de quien se está burlando.
—No —digo abiertamente—, conozco sus gustos y, sé,
que al menos entre tú y yo, soy quien mejor calza en ellos
—señalo tan sincera como la misma situación es.
Ella ríe, inocente, ante mi declaración.
—Eres increíble —responde divertida—, pero me gusta el
efecto que él está teniendo en ti.
Nuestra conversación se ve interrumpida por el sonido del
intercomunicador.
—Señorita, un joven se encuentra aquí abajo buscándola.
Dice ser amigo suyo y de su amiga, la señorita Eridan —
explica el portero.
—Gracias, Tom, dile que en un minuto estamos con él —
responde mi amiga, al instante se corta la comunicación.
Antes de ir por la puerta me miro en el espejo y todo lo
que puedo deducir es que luzco... normal; hoy no parezco su
puta, ni su sumisa, hoy solo soy yo, Eridan.
Bajamos en el ascensor, en medio de un silencio que
debería resultarme cómodo, pero la ansiedad no lo permite,
mis manos sudan.
Los números de los pisos cambian lentamente, hasta que
se detiene en cero y mi corazón se salta un latido. Las
puertas del elevador se abren dejándonos en la recepción
del edificio, juntas caminamos hacia las puertas giratorias,
donde se encuentra el puesto del portero.
—Buenas tardes, señoritas —saluda educado y amable.
—Buenas tardes —respondemos al unísono.
Mi cuerpo, como siempre, es el primero en saber de su
presencia, un calor ya conocido abrasa mi piel, y su mirada
me rodea erizando cada uno de los vellos de mi cuerpo.
Giro al frente, hacia donde sé voy a encontrar su mirada,
esos orbes grises que ya estoy deseando ver. Y ahí están
cuando dirijo la vista al frente, tan fríos que no denotan
ninguna emoción, pero a la vez tan ardientes que encienden
cada parte de mi cuerpo.
Si Arabelle me dice algo, no la escucho, lo único
perceptible para mis oídos es cada latido de mi corazón, y
él. Casi puedo escuchar su respiración, como si de alguna
manera mis sentidos estuviesen anclados a su sistema.
Está de pie, recostado en su auto, lleva un jean azul
oscuro y una camisa negra empuñada en los antebrazos, un
par de zapatos negros, su barba ya recortada y su cabello
despeinado. Él no representa en este momento la seriedad
común de mi Señor. Mi corazón lo reconoce como un
desorden, al menos en mi mente, de lo que era y lo que es,
un desorden sexy y perfecto.
Camino hacia él en medio de un trance. ¿Arabelle habla?
No lo sé. Solo existe él y mi necesidad de llegar a su lado.
Pero, ¿qué estoy haciendo? Mirándolo, me doy cuenta;
caminando hacia él, observándolo como si ese fuese mi
derecho, con unas intenciones poco acordes con el
comportamiento que debo a su persona.
Él tiene razón, una tarde normal y olvido quién es él para
mí. Me arrepiento de inmediato y agacho mi mirada en el
proceso, a escasos centímetros de estar a su lado.
Sus dedos toman mi barbilla y me impulsa arriba, a
mirarlo.
—Termina de hacer lo que ibas a hacer —susurra
retándome. Lo miro incrédula, ¿en serio? Sus labios
articulan “¡hazlo!”, una orden, él es mi Señor, mi Amo, y él
ha ordenado.
Acorto la distancia casi inexistente, llenando mis sentidos
de él y uno mis labios a los suyos en un derecho robado, eso
es lo que había querido hacer y ahora hago, obteniendo un
contacto que he estado extrañando. Saboreo su boca y me
estremezco al notar cómo se deja hacer, para cuando me
separo, no porque piense que he obtenido suficiente, sino
por la leve chispa de consciencia, él está sonriendo y
mirándome.
Se ve algo extraño ¿quizá normal? Es entonces cuando un
carraspeo me hace girar y me percato de dónde y con quién
estoy.
¡Lo olvidé por completo! Arabelle, cuyo ceño fruncido está
acentuado observando.
—¡Belle! —exclamo de manera precipitada, ofuscada—.
Te... Este es... —Miro a mi Señor con mis mejillas calientes,
no sé cómo referirme a él, no puedo simplemente
presentarlo como Ares, me estoy volviendo loca con esta
discusión interna y él parece estar disfrutándolo, desearía
poder patearlo, pero como no puedo. Voy a lo seguro—: ella
es Arabelle, mi mejor amiga y novia de mi mejor amigo —
explico enredándome quizá en palabras innecesarias.
En una zancada propia de él se acerca a ella y a su lado
luce extremadamente grande, veo que mi amiga estira la
mano y ambos se estrechan en un formal saludo.
—Soy Zahír Freiberger.
¿Así es como tenía que enterarme de su nombre? Dios,
hasta su nombre suena como una melodía para mis oídos.
Zahír...
—Un gusto —responde Arabelle—. Miento si digo que no
moría por conocer al responsable de hacer cambiar a mi
amiga de parecer respecto a los hombres —dice ella y mi
boca se abre mirándola con incredulidad.
Él sonríe hacia ella con arrogancia. Definitivamente la
quiero matar.
—Un gusto igual, Arabelle. También quería conocer a la
mejor amiga de Eridan, aún estoy completando detalles que
creo ahora me están quedando claros —comenta elocuente
y misterioso—. ¿Vamos? —le pregunta, mi amiga asiente.
Veo lo que hace antes siquiera de que lo haga, él se
mueve dejándome con la boca abierta y le abre la puerta
trasera del auto para que ella entre, seguidamente abre la
puerta del copiloto para mí. ¿Qué...? Lo miro extrañada y
ante eso él solo me sonríe de una manera deslumbrante
guiñando un ojo.
—¿Hacia dónde? —cuestiona él una vez dentro del auto,
mira a Arabelle a través del retrovisor y yo lo miro a él,
sorprendida.
—Vamos al Weekend Club, ¿lo conoces? —pregunta.
Él asiente y de inmediato pone el auto en marcha.
Durante el camino no hago más que mirar hacia la
ventana lateral. Me siento rara al verlo actuar tan... extraño.
Habla un poco con Arabelle, sobre una cosa y otra,
mientras yo me mantengo al margen, perdida en mis
pensamientos. Todo es demasiado extraño al unir dos partes
de mi vida, estas dos partes en particular. Ninguna está
siendo de mi agrado.
Finalmente llegamos al edificio donde se encuentra el bar,
intento tomar respiraciones que me ayuden a aliviar la
molestia en mi pecho.
—¿Sabes que lo catalogan como un club sumamente
caliente? —pregunta extrañamente dirigiéndose a mí. Lo
miro y niego mientras él responde riendo por lo bajo—. Ya lo
vas a comprobar —responde bajando del auto y moviéndose
rápidamente al otro lado. Abre la puerta de Arabelle y
espera a que salga para cerrar, voy a salir yo cuando él ya
está abriendo la mía.
—¿Todo bien, Eri? Te noto rara —curiosea Arabelle
parándose a mi lado.
Mi Señor está entregándole las llaves al vallet para que
estacione su auto.
—Sí. —Le sonrío disfrazando mi incomodidad—. Vamos.
Él nos alcanza y extiende sus brazos, uno para Arabelle y
otro para mí, sin despegar su mirada de la mía que sigue
sus acciones aún con incredulidad. De igual manera lo tomo
y, así, de su brazo caminamos juntos al interior,
internándonos en el ascensor para ir directo a la azotea.
Unas puertas de cristal nos reciben al salir del ascensor,
un letrero en neón resplandece indicando el nombre del bar.
Es espectacular. Miles de luces dan presencia al sitio con
una especie de mesa con iluminación al centro y que se
extiende por todo el bar con bancas a cada lado. El DJ se
vislumbra a lo alto en una plataforma de cristal.
Las personas se mueven de aquí para allá. Nosotros
caminamos para salir hacia la zona de la azotea, donde se
aprecia la noche, hay muebles en todas partes con
pequeñas barras para las bebidas, él ubica una mesa a su
gusto y nos envía hacia ella mientras va por unas bebidas.
—Esto está genial —le digo a mi amiga por encima del
ruido de la gente y la música.
—No sé cómo no habíamos venido —concuerda Arabelle
—, tendrías que conocer este sitio desde hace mucho. —
Asiento de acuerdo.
—¿Y Blaz? —pregunto.
—Ya le avisé que llegamos, viene en camino —responde.
La música que suena es bastante movida y... buena,
mezclas electrónicas que le dan un ambiente electrizante al
lugar. Un vapor humeante sale de diferentes cortinas de
ventilación del suelo.
El término caliente que él ha utilizado, ahora lo entiendo.
—Señoritas —pronuncia su profunda voz apareciendo a
nuestro lado.
Dos copas vienen en sus manos y junto a él un mesero
trae una más, la de Arabelle, observo cuando la ofrece a
ella.
Me da una de las que sostiene y la tomo dudosa.
—Sex on the Roof —explica haciendo referencia a la
bebida.
Río y pruebo el trago. Delicioso.
—Amo las bebidas combinadas —grita Arabelle
bebiéndose el contenido de su copa de golpe.
Le hago un gesto con la cabeza y la sigo, bebiendo todo
el contenido de la mía, para cuando me giro hacia él, está
observándome con diversión brillando en sus ojos.
—¡Otra! —pide mi amiga con efusividad a otro mesero.
—No te excedas —me advierte en voz baja, jalándome
para sentarnos.
Se sienta a mi lado y gira dándome la espalda para iniciar
una charla con mi amiga sobre trivialidades del día a día. Me
encuentro fascinada escuchando su voz.
De pronto, Arabelle se pone de pie.
—Disculpen —se excusa—, iré un momento al baño y
luego por Blaz, ya se encuentra en la entrada y no sabe
llegar hasta aquí —explica.
—¿Te acompaño? —sugiero más por cortesía que por
intención.
—No. —Pero no es ella quien responde, sino él.
Lo miro.
—Iré sola, regreso con Blaz —expone ella sin prestar
mucha atención a la orden de Ares. Se va caminando
internándose en el bar.
—¿Por qué te noto tan... extraña? —pregunta él,
acercando su rostro peligrosamente a mí.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —me aventuro volviendo
a tomar un papel suave, a su lado. Él asiente—. ¿Por...? —
Tomo un suspiro—. ¿Por qué se está comportando así? —
concreto la duda que me ronda.
Él inclina su cabeza hacia un lado pareciendo divertido y
hasta fascinado con mi interrogante.
—Define “así” —reta haciendo comillas con los dedos.
—¡Así! —exclamo señalándolo—. ¿Raro? ¿Normal? No
como usted —confieso exasperada.
—¿Te hubiese gustado que fuese diferente? ¿Yo? ¿Qué
habría dicho tu amiga? ¿No sería eso extraño? ¡Estoy
haciendo esto por ti! —exclama aturdiéndome, haciéndome
retroceder y bajar el sentimiento de gallardía de hace
instantes—. Para que tu amiga crea que soy quien despierta
cada mañana contigo y no quien te azota cada vez que
puede. Que crea que soy quien te abre la puerta y besa al
llegar del trabajo y no quien inserta un plug en tu culo cada
noche —finaliza exprimiendo la verdad en mi rostro.
Su furia, extrañamente, se convierte en lava líquida
viajando por mi cuerpo.
Él tiene razón, por supuesto, yo estoy siendo obtusa
respecto a lo que él está haciendo en lugar de agradecerle y
secundar su accionar.
—Gracias —entono con arrepentimiento.
—¿Por qué? ¿Por ser quien inserta un plug en tu culo cada
noche? —se mofa—. Si es por eso, no agradezcas, es un
placer que me deleita. —Lo miro boquiabierta, el descaro se
mueve en sus facciones.
—Por-por ser comprensivo, y comportarse de esa manera
para mi amiga. —Medio balbuceo aún aturdida.
—Agradécemelo como es debido —formula mirándome de
reojo con una sonrisa perversa formándose en sus labios.
Se vuelve hacia mí tomando la copa que mantenía entre
mis manos y la lleva junto a suya propia a una mesa frente
a nosotros.
Toma mi rostro sin importarle nada a nuestro alrededor,
me mira por unos segundos para luego tironear de mi labio
inferior, rudo y fuerte, y besarme a su gusto. Domina y
reclama cada recoveco de mi boca, él sabe a agua fresca
mientras yo a licor, pero la combinación con su saliva y la
furia del momento hace que su gusto sea delicioso.
—Hola de nuevo, tórtolos. —La voz de Arabelle nos libera
de la vorágine poderosa del momento.
Jadeo por aire mientras junto mis labios y los refriego uno
contra otro, todavía mirándolo. Separo mis labios y él me
suelta para finalmente girarme y permitirme ver a mi amiga
sonriendo con mirada cómplice, a su lado mi amigo se
mantiene con el ceño fruncido, yo le sonrío.
—¡Blaz! —Me levanto del sofá y voy hacia él abrazándolo
con efusividad, dejando a un lado el momento anterior.
—Hola, linda —saluda—. Veo que estás muy bien —
curiosea.
—Más que bien —respondo sonriendo con amplitud—.
Ven. —Lo jalo aunque él está justo ahí.
Mi Señor de inmediato se pone de pie con una mirada
seria.
—Zahír —carraspeo—, él es Blaz, mi mejor amigo. Blaz, él
es Zahír —presento a ambos, esperando su saludo.
Ellos estrechan las manos, sin embargo la mirada de mi
Señor hacia Blaz no es del todo agradable, lo repasa y
evalúa en cada movimiento. ¿Lo peor? Blaz hace
exactamente lo mismo. Son como dos retadores.
Con la llegada de Blaz, el ambiente a nuestro alrededor
se llena de tensión y, aun así, mi Señor nunca deja de hacer
bromas con Arabelle y de comportarse de esa forma extraña
que ahora tiene una mejor explicación para mí. Sin
embargo, llegados a un punto, pudo encontrar algo en
común con Blaz, ambos parecen más relajados desde que
se adentraron a hablar ahora de diversos temas, de forma
tranquila.
Por otra parte, la tensión entre Arabelle y Blaz es más que
evidente. Ella parece intentar actuar normal, tomando su
mano y hablando con él, afectiva, pero mi amigo se
comporta con una frialdad poco característica de su
personalidad. ¿Qué le sucede? Nunca lo había visto así con
ella.
—¿Vamos al baño? —me invita Arabelle.
Lo primero que hago es mirarlo, pidiéndole permiso con la
vista a lo que él responde con un asentimiento. Me levanto
y voy junto a mi amiga.
—¿Qué fue eso? —inquiere.
—¿Uh? —respondo mientras esquivo a una pareja
bailando.
—Olvídalo. ¿Has notado el comportamiento de Blaz?
A pesar del ruido del local, escucho el inconfundible tono
de pena en su voz, asiento porque no voy a mentirle.
—Sí, está extraño. Pero creo que es entendible, están
distanciados, y de pronto hay una salida espontáneamente
programada, no esperes que actúe normal —manifiesto
queriendo creer en mis propias palabras.
—Puede que tengas razón, pero eso no quita que me
duela su forma de actuar a mi alrededor.
—¿Te gustaría que los dejáramos un rato a solas para que
puedan hablar? —ofrezco, sé que ambos lo necesitan.
—Me da miedo, pero sí, me gustaría —acepta.
—Bien, le diré a Zahír en cuanto volvamos.
Finalmente llegamos al baño, ella entra a un cubículo
mientras yo me decanto por esperarla, haciéndome a un
lado del par de chicas que se encuentran ahí dentro
también.
Ella sale un minuto luego y juntas acomodamos nuestro
cabello desaliñado a causa del vapor.
—Por cierto —dice mirándome a través del espejo—. Zahír
es fantástico, ahora entiendo tu comportamiento —asegura
sonriente—, y la verdad, no te creo cuando dices que no
estás enamorada de él, te vi cuando salimos del
apartamento, dejaste un reguero de babas y corazones a tu
paso —se mofa.
—Coincido en que él es fantástico —concuerdo
apreciativa—. Pero no veas cosas donde no las hay, cariño.
Hay una atracción, eso es evidente. Me gusta mucho y por
ahora, eso es todo. —Dejo claro.
—No me hables de la atracción —finge ofenderse—. Por
poco se comen el uno al otro y es impactante cuando nunca
antes te había visto así —dice y aunque internamente me
avergüenzo un poco, por fuera no puedo más que reírme,
después de todo, no es algo que pueda negar.
Llegamos más rápido que de ida a donde ellos se
encuentran. Afortunadamente los veo hablando animados, y
me siento complacida viendo cómo la tensión inicial que se
mantenía entre ambos, ha disminuido de manera notable, lo
cual me hace sonreír.
—Eridan —me nombra Blaz a nuestra aparición—. Le
contaba a Zahír de algunas de tus torpezas en el instituto.
¿Recuerdas los primeros días? Nunca olvidaré cuando los
nervios te ganaron y tropezaste con aquel pobre chico en la
cafetería, la comida voló por todas partes. —Empieza a reír
a carcajadas estrepitosas mientras mis mejillas se llenan de
vergüenza.
—¡Blaz! —gruño.
—Pero aprendió a dominar sus nervios de un momento a
otro. —Frunzo el ceño escuchando, ¿qué más va a decir?
Aún no hemos tomado asiento—. Hubo un cambio en su
vida y se volvió más segura de sí misma, convirtiéndose en
la chica brillante que ahora conocemos. —A pesar de lo
dicho, el orgullo se deja escuchar en su voz. Blaz es como
mi hermano mayor.
—¿Un cambio? —pregunta mi Señor, denotando interés—.
Parece que la conoces muy bien, ¿no?
—Es la hermana que nunca tuve —contesta mi amigo,
parece que ambos ignoran mi presencia.
Arabelle ya ha tomado asiento a su lado e intenta llamar
su atención, eso me hace recordar lo que le dije que haría
en el baño, me acerco a él, a su oído para pedirle.
—Señor —suspiro en su oído, sin realmente ninguna doble
intención—, ellos necesitan hablar a solas un rato —susurro,
él asiente y aprovecho para erguirme, su olor me embriaga.
Se pone de pie a mi lado y me ofrece una mano que tomo
de inmediato, sintiendo cómo me cubre.
Pedimos permiso para retirarnos. Arabelle me agradece
mientras que Blaz frunce el ceño.
Sigo sus pasos que van a un extremo de la azotea, alguna
que otra pareja y grupos de personas se encuentran
esparcidos, pero nada en comparación con la zona
abarrotada que dejamos atrás. Nos apoyamos en el cristal
del balcón sujeto con barras de acero.
Me entretengo mirando hacia abajo mientras escucho
cómo él llama la atención del mesero pidiendo más bebidas.
De vez en cuando miro hacia mis pies, sobre todo cuando
siento su mirada posarse en mí, las copas son dispuestas
para nosotros y aprovecho eso para darle un sorbo a mi
bebida.
—¿Me explicas qué es eso de tu cambio? —curiosea a mi
lado, su voz siendo un sonido suave y meloso. Su interés es
evidente.
—¿Cambio? —pregunto no entendiendo de primera mano
lo que me pregunta.
—Me refiero a lo que hablaba tu amigo. ¿Qué influenció
en ti para que te volvieras segura de ti misma? Según sus
palabras.
Dudo y recuerdo por supuesto las palabras de Blaz, no
pensé que él lo tomara en serio, no tan así.
Titubeo sin saber cómo explicar.
—Se refería a que... bueno, solo sucedió —esquivo entre
susurros no queriendo hablar de eso.
—Mmh —murmura y bebe el contenido de su copa en un
movimiento. No pierdo detalle de su garganta al tragar.
Espero que diga cualquier otra cosa y no lo hace, miro hacia
la nada mientras bebo más de mi propio trago—. Esta noche
ha sido divertida —exclama de repente matando el raro
silencio instalado entre nosotros. Enarco una ceja, aunque
espero que él no me vea—. Hace mucho, demasiado en
realidad, no tenía algo como eso, teniendo que
comportarme de esta manera —confiesa.
—Extraño —señalo—. No me gusta —niego.
—Me gusta que no te guste, pequeña. —Siento el cambio
en él y su tono de voz. Mi cuerpo responde de inmediato—.
Tengo algo para ti —dice—, para compensarte por mi
comportamiento desagradable. —«¿Compensarme?»—.
Vamos —indica ofreciéndome de nuevo su mano.
Atravesamos un camino que empiezo a reconocer, vamos
a los mismos baños que fui con Arabelle. Abro los ojos
alarmada. De repente ya no estoy tan segura de seguirlo.
Esta vez hay una cola de mujeres para entrar al baño de
chicas. Él pasa la cola y envía una mirada maliciosa a la fila
que espera. Entonces, tira de mí hacia la puerta del baño y
mi corazón galopa con desenfreno mientras mi rostro se
enrojece de vergüenza. Abre la puerta y tres chicas que
están por salir se quedan paralizadas con la visión de
nosotros dos.
—Señoritas —expresa como si estuviese saludando, una
galantería que solo está usando para divertirse—. Les pido
el favor de retirarse sin hacer escándalo —pide lo
suficientemente alto para que las otras dos chicas que se
están maquillando hagan lo que él dice.
Está siendo completamente irracional. Todas ellas salen
del baño pitando como si él fuese un demente, y no las
culpo.
—¿Necesitas ayuda? —susurra una de ellas mientras sale
pasando a mi lado, la miro y de reojo veo cómo él alza una
ceja. Niego y me disculpo con suavidad y en silencio,
apenas moviendo mis labios. Nadie dice nada.
Cuando el baño queda completamente solo, suelta mi
mano para ponerle el seguro a la puerta. Mientras yo lo sigo
mirando con asombro.
—Veamos… —canturrea volviéndose hacia mí—: Hoy te
he permitido muchas cosas: Que conozcas mi nombre y que
me llames por él, que me tutees, me has besado, has
tomado mi mano, me has hecho exigencias —enumera
provocando más y más vergüenza en mi rostro—. ¿Extraño?
Lo sé, pero necesario ¿verdad? —Asiento—. Y ahora que
estamos solos, ¿qué harás para resarcirte? —reclama y en
un acto reflejo agacho mi mirada.
¡Mierda!
—Sube tu falda —ordena.
—Eridan. Te he dado una orden.
Hago de inmediato lo que pide y quedo con mi camisa y
las bragas cubriéndome.
—Gírate y apoya tus manos en los lavamanos.
Busco su reflejo a través del espejo, tengo miedo… ¿a
quién engaño? Miedo a ser descubiertos, porque no hay ni
un ápice de temor sobre lo que él pueda hacer, al contrario,
me siento excitada.
Lo veo acercarse por mi espalda enviando una mirada
cargada de intenciones a través del espejo. Toma mis
bragas entre sus manos.
—Me va a gustar romper estas, esta vez con mis manos…
aunque, pensándolo mejor… —acaricia mis nalgas—,
hagamos acopio de los modales de caballero que he tenido
hoy, ¿no crees? —Sonríe.
Mete sus dedos en los laterales de las ligas y desciende
las bragas lentamente por mis piernas, dejándolas en mis
pies.
Vuelve a erguirse.
Ahora me acaricia sin nada de por medio, piel a piel.
Lleva una mano a mi sexo.
—Siempre lista para mí —celebra palpando la humedad
que ya se ha formado, ¡es inevitable!, su cercanía, su
virilidad… todo representa una colisión a la que mi cuerpo
siempre reacciona.
La imagen de Arabelle buscándonos se intenta filtrar en
mi mente, eso es hasta que siento cómo separa mis nalgas
e introduce en mi ano un dedo empapado con mis propios
fluidos. ¡Mierda! Eso no duele, ni molesta en absoluto, la
sensación es totalmente placentera.
—Te gusta —confirma mientras me empujo hacia su mano
—. Estamos muy cerca de que pueda follarte ahí —susurra
pegando su espalda a mí mientras bombea su dedo—. Pero
ahora he traído algo más… —Veo a través del espejo cómo
saca un plug de su bolsillo.
Me sorpende el acto «¿todo este tiempo lo trajo
consigo?», aunque olvido mi debate al ver el objeto. Pienso
en lo que evidentemente hará.
Cierro los ojos y aprisiono mi labio inferior entre mis
dientes cuando siento cómo despliega el tapón contra la
humedad de mis pliegues, no dura demasiado en ello, no
aplica una provocación extensa aunque ya de por sí es
suficiente. Lleva el plug entre mis nalgas, sin paciencia ni
suavidad o reparos. Me abre y presiona de golpe,
insertándolo.
Tiro mi cabeza hacia delante, apoyando mis codos en el
lavabo. Gimo entre la molestia y el fulgor que se enciende
en mi cuerpo.
Suspiro consiguiendo un poco de alivio y estabilidad.
—Me gusta ver tu culo completamente empalado —
confiesa y da pequeños golpes sobre la base del plug que
queda fuera, aferro mis manos—. Tu coño brillando a la par.
Es uno de mis panoramas favoritos —piropea y me sonríe,
dando un par de azotes que son una combinación dulce y
agria para mis sentidos.
Finalmente se aleja.
—Acomoda tu ropa —demanda ahora. Y parte de mí sabe
que esto es lo que él deseaba, parte de mí sabe que no va a
ocurrir más nada, siempre lo supo—. Súbete las bragas y
colócate la falda —repite como si yo no hubiese entendido a
la primera.
Lo miro, no hay rastro de humor en sus facciones, solo la
convicción de la orden impartida. Temblorosa, me agacho
sintiendo... todo, subo las bragas intentando ser suave con
mis propios movimientos, luego coloco correctamente mi
falda.
—Esto es solo para que te des cuenta —advierte—, que
en cualquier lugar y con cualquier persona, no hay
diferencia en lo que somos, sigo siendo tu Amo, ¿entiendes?
—pregunta.
—Sí, Señor —asiento.
Se acerca robando mi aliento e inclinando su rostro para
absorber mi labio inferior entre sus dientes. Lo hace rápido
y se aleja para dejarme con un sentimiento de adoración
perplejo y creciente. No puedo sentirme de una manera
distinta respecto a él cuando tiene todos esos detalles que
me desestabilizan tanto.
Cuando termino de arreglarme, extiende su mano para mí
y la tomo de inmediato.
Al dar un paso, la presión y el hormigueo se sienten
incluso más. Me detengo y cierro los ojos soltando un
quejido.
—Veo que te gusta —señala riendo y tirando de mí hacia
afuera.
Vuelvo a tener mi rostro sonrojado cuando salimos, las
mismas chicas de la fila no se han movido. Y creo que ellas
han escuchado parte de lo de adentro. Él me jala y les guiña
un ojo, yo por mi parte no me atrevo a verlas demasiado.
Cuando llegamos frente a mis amigos, observo, ignorando
mis propias sensaciones, cómo ellos, parecen más relajados.
Blaz sostiene la mano de mi amiga entre las suyas, y ambos
se envían miradas furtivas, de esas que siempre me repelen
cuando los veo. Su amor siempre ha sido palpable,
empalagoso y abrumador. Y creo que han dado el paso que
esperaba.
—¿Todo bien por aquí? —inquiere mi Señor, a sabiendas
de que ahora no voy a poder hablar demasiado, no mientras
me estoy concentrando en ignorar lo que tengo en mi
interior.
—Todo perfecto —contesta mi amiga, sonriéndome con
verdaderas ganas. Ambas lo sabemos—. ¿Y ustedes? Se han
demorado un siglo —se queja Arabelle y hace ese
movimiento suyo con las cejas. Lo intento, pero la situación
me puede y siento el calor ascendiendo a mis mejillas.
Suelta una risa audible.
—¿Por qué no te sientas, Eri? —propone Blaz, pues
ninguno de nosotros lo hemos hecho.
—Ven —invita mi Señor tirando de mí hacia él—. Hazlo de
lado —me susurra antes de sentarse.
Busco su lado para que me cubra y tener en qué
apoyarme, mi movimiento es patoso, pero cuando me
siento, me apoyo en él y cruzo una pierna sobre la otra. Es
la mejor manera que puedo conseguir.
—Te ves un poco mareada —comenta mi amigo
mirándome, su ceño fruncido.
—¡Déjala, Blaz! —regaña Arabelle, tirando de él hacia
ella.
—Bueno. —Se encoge de hombros, pero me da una última
mirada.
Permanecemos ahí un par de horas más, tomando otras
tres rondas de bebidas. Arabelle suelta cada vez chistes
más ocurrentes, y Blaz continúa avergonzándome con
experiencias de la universidad.
Al cabo de unos minutos mi Señor gira su rostro para
mirarme y lo sabemos, es hora de irnos. Hasta entonces, no
me he movido de mi lugar ni posición y mis piernas ya se
sienten acalambradas.
Al levantarme trastabillo un poco.
—¿Te encuentras bien? —preguntan mis amigos al
unísono.
—Sí, solo un poco cansada —les digo.
—Apóyate en mí —sugiere mi Señor, poniéndose de pie a
mi lado y ofreciéndome su brazo. Lo tomo y junto a mis
amigos que asienten a irse ya, caminamos a la salida.
Abajo el vallet trae el auto de Blaz y luego el auto de mi
Señor. Mientras ellos hablan, Arabelle se acerca a mí.
—Gracias, cariño. Eres la mejor —elogia—. Ha sido una
noche increíble y espero que la podamos repetir. —Asiento
—. Por favor, no te alejes —pide mirándome de esa manera
en la que consigue todo, niego y le sonrío cuando me
abraza.
—Me alegra mucho verlos bien. Te quiero —susurro
liberándome de su agarre.
—A ti también. —Me dirijo a Blaz y le lanzo un beso. Él
sonríe y se acerca tomándome en sus brazos, no puedo
evitar quejarme un poco, pero lo disimulo sonriéndole y
dejando un beso en su mejilla—. Compórtate —le advierto y
él me da una de esas sonrisas encantadoras.
—Igual tú. Cuídate.
Vuelvo a besar su mejilla.
—Nos vemos —finalizo nuestra conversación y nos
soltamos.
Voy al auto donde mi Señor espera, él ya se ha despedido
de mis dos amigos, al menos parece que todo ha ido bien,
su semblante es relajado.
Los movimientos del auto no ayudan a aliviar la molestia
del plug, la aumentan; él no me ayuda en disminuir la
velocidad y, prácticamente estoy sentada con las manos
apoyadas en el asiento.
—He recibido una llamada mientras te despedías —
informa. Enarco una ceja cuando él me dice esto, nunca
habla de sus llamadas ¿por qué lo hace?—. Un amigo me ha
pedido que lo cubra mañana en el club, necesita que haga
un par de sesiones por él —comenta calmadamente
mientras yo no sé cómo reaccionar—. Y tú irás conmigo —
indica y una voz en mi cabeza me dice que no debería, pero
parte de mí lo desea y está volcada a hacer lo que me pide.
—Señor...
—No irás como Eridan, irás como mi sumisa. Mía —
recalca.
¿Yo en el Intense? Sí, puedo visualizarlo, pero, ¿yo
viéndolo en una sesión con otras sumisas? No lo sé…
—No pienses en ello ahora, mañana será el día. Ahora
tenemos otros asuntos que arreglar. —Levanta la comisura
de un lado de sus labios en una sonrisa torcida, frente a
nosotros se abre el portón negro dándonos paso.
No puedo negar los nervios instalados en mi estómago.
Hoy he aprendido detalles, que él puede hacer cosas por
mí, que es tan recíproco como en todos estos años que he
investigado el tema me han enseñado que debería ser y
como él se ha encargado de explicarme. Sonrío porque, si
bien yo soy su sumisa, él ha demostrado ser mi Dominante,
en toda la forma en que puedo expresarlo. Yo siempre estoy
para él, hasta ahora le he dado todo de mí de manera
incondicional. Y hoy él me ha demostrado que también está
por mí, complaciendo, haciendo y procurando lo mejor para
mi bienestar. Como solo un Amo haría.
Ese sentimiento cálido y mimoso que crece en mi pecho
cada vez que lo veo, hoy hace un considerablemente
aumento.
Ese arduo trabajo suyo por inundarme de incertidumbre
no es en vano, los nervios son perseverantes. Sus palabras
no dejan de resonar en mi cabeza.
—Baja —ordena con voz aparentemente serena y
calmada, cosa que me aterra y... me excita.
Cuando abro la puerta para salir ya él se encuentra
andando, lo sigo mientras ascendemos hasta la casa,
observando el andar elegante de su cuerpo.
Abre la puerta y traspasamos el umbral, la casa se
encuentra en total silencio. Una vez estamos en el salón veo
cómo con excesiva lentitud gira su cuerpo hasta quedar
frente a mí. No me atrevo a mirarlo a los ojos, los míos
están dirigidos a sus pies mientras retuerzo mis manos a
consecuencia del nerviosismo.
—¡Eridan! —llama.
Lentamente levanto mis ojos hasta toparme con los
suyos. Un escalofrío se apodera de mi cuerpo.
Sus ojos me traspasan, su mirada domina la mía,
haciéndola presa de él. Aclaro mi garganta y abro la boca,
no sé qué voy a decirle.
—Señor... —Empiezo, con timidez.
Antes de que pueda decir algo más, su ceño se frunce.
—No recuerdo haber dicho que puedes hablar —declara.
En dos zancadas que no preveo se encuentra frente a mí,
toma mi rostro con una de sus manos y aprieta mi
mandíbula por los lados, haciéndome abrir la boca por acto
reflejo. Dos de sus dedos entran en mi boca presionando
sobre mi lengua hacia abajo, en ningún momento dejando
mi mandíbula. Mis ojos se inundan de lágrimas, él sonríe,
gozando, tira fuerte de mí y empuja hacia abajo, dejo que
mis piernas cedan y caigo de rodillas sobre el suelo.
A través de la brumosa capa acuosa, lo miro, sus ojos
brillan exuberantes. Pero no deja de mantener sus dedos en
mi boca, presionando, se mueve hacia atrás y me impulsa a
moverme de rodillas, arrastrándome prácticamente para
seguirlo.
Me arrastro siguiéndole hasta que llegamos al inicio de
las escaleras, pienso en cómo vamos a subir de esta forma
pero él tira de mí ahora hacia arriba, obligándome a
ponerme de pie. Intento recobrar el equilibrio para no caer
de bruces frente a él.
—Te espero arriba y te quiero desnuda, pequeña —
susurra acercándose a mi oído. Dejando atrás la repentina
fiereza con la que estaba tratándome hace un segundo.
¿Por qué es tan voluble? Sus cambios me desconciertan al
punto en que no tengo idea de cómo sentirme. Me quedo
ahí, de pie, incapaz de mover ninguna articulación de mi
cuerpo; él sonríe complacido por lo que acaba de suceder y
luego se da vuelta para ir escaleras arriba.
Tiemblo incrédula.
«No pienses, solo actúa».
Me sorprendo cuando escucho en mi cabeza esas
palabras con tanta claridad.
Su figura desaparece en lo alto de las escaleras sin mirar
atrás, sin fijarse qué hice o si lo estoy siguiendo. Tomo una
respiración profunda, de esas que ahora son habituales en
mí, muevo mi mandíbula de un lado a otro porque aún
siento la presión de sus dedos.
Me sujeto del pasamanos y doy un paso para alcanzar el
primer escalón, intento distraer mi mente en el proceso.
Llegada al último escalón me siento un poco más
relajada. Camino hacia el salón pasando por alto el pasillo
que conduce a mi habitación, sin embargo, él no se
encuentra ahí. Al no encontrarlo retrocedo en mis pasos
para llegar a mi recámara, entro y empiezo a despojarme de
cada prenda de ropa hasta quedar completamente desnuda.
Voy frente al espejo y, audaz, me giro para ver sobre mi
espalda, me encorvo un poco y llevo mi mano para tocar la
base del plug que se nota entre mis nalgas, siseo un poco,
pero pienso que de verdad puedo acostumbrarme a ello, si
no es que ya lo hice. Con una última mirada a mi cuerpo
desnudo, abandono la habitación, con la intención firme de
acabar con la incertidumbre respecto a sus acciones.
Voy lentamente hacia el salón, esperando que esta vez no
esté vacío, retorciendo mis manos y así intentando calmar
los inevitables nervios.
Preguntas y dudas sobre su comportamiento siguen
resonando en mi cabeza. No tengo respuestas para ninguna
de ellas, solo él podría explicármelo, siempre y cuando yo
me decidiera a plantearle mis inquietudes.
Llegando al salón miro el lugar, dudo en dónde
posicionarme. Mis ojos se detienen en el sofá, frente al cual
he estado las últimas noches, de rodillas y sirviéndole, es el
único sitio que me parece adecuado, ya que me siento a
gusto y relajada en ese espacio.
Me arrodillaría simplemente, pero en una audaz idea, que
no sé de dónde proviene, decido ponerme sobre mis rodillas
y manos, recojo mis codos e inclino mi rostro hasta dejar mi
mejilla descansar contra el piso fresco. De esta manera
estoy dejándome más que expuesta a él.
El sonido de sus pasos me advierte de su llegada y el
propio sonido de su respiración lo pone cada vez más cerca.
No dice nada, pero no es necesario pues siento su mano
hacer presión a la base del plug que se encuentra dentro de
mi cuerpo. Ahogo un gemido.
—Logras maravillarme —suspira.
Siento su mano subir acariciando mis nalgas, siguiendo el
recorrido del canal de mi espalda, sus dedos tocan con
suavidad provocando y reverenciando mi piel a su paso,
logrando que cada terminación nerviosa de mi cuerpo cobre
vida, me tambaleo en mi sitio.
Colocándose delante de mí toma todo mi cabello entre su
puño.
—Ven acá —dice a la par que tira de él haciéndome poner
de pie, mi cuerpo encorvado hacia delante por su firme
agarre. Tira fuerte de mí, dando una vuelta innecesaria por
el salón hasta que vuelve a donde estábamos y toma
asiento en el sofá, la diferencia, me obliga a arrodillarme
frente a él.
Cuando me suelta no bajo la mirada de inmediato, por el
contrario, observo su rostro, la camisa desabrochada
dejando su torso desnudo a mis ojos, observo la V de sus
caderas que señalan directo a donde su pantalón está a
medio desabrochar y se aprecia el fulgor de su erección. Mis
mejillas se calientan con mi escrutinio y mis deseos, mi
boca se seca y tan perdida como estoy, soy devuelta a la
realidad por una risa socarrona saliendo de su pecho.
—Otro día, pequeña —exclama y hace que lo mire, me
siento cohibida ante la intensidad de sus ojos.
Agacho mi cabeza porque hay un tinte de vergüenza y
rechazo en mi mente.
No me permite alejar la mirada, y no por su toque, sino
por la forma en que él mismo me está observando.
Vuelve a sostener mi cabello con tanta fuerza que un
siseo sale de mis labios. Es entonces cuando un movimiento
de su otra mano me hace prestar atención a un objeto que
ha estado ahí desde que él ha llegado, pero sobre el cual no
he reparado. Un flogger negro de tiras trenzadas junto con
una cuerda blanca enrollada reposan a un lado de su
cuerpo.
Un nuevo movimiento me impulsa a moverme, y tirando
de mí hace que cambiemos de lugar, ahora estoy en el sofá
y él en cuclillas frente a mí. Me suelta y toma entre sus
manos la cuerda blanca.
Me mira.
Tiemblo.
—No olvides tu palabra de seguridad —advierte,
observándome para dejar en claro la seriedad en sus
palabras.
Asiento. Ante mi aprobación alza la cuerda frente a
nosotros y sé lo que debo hacer, así que alzo mis brazos
dándole espacio y oportunidad de que él haga lo que ha
planeado.
—Recuéstate, flexiona las piernas y ábrelas para mí —
instruye.
Mi corazón ya acelerado, se arrebola con la vergüenza de
abrirme de esa manera, siempre queda algo de pudor y
reticencia, siempre. Y más que sin que él me haya tocado
demasiado, siento la humedad entre mis piernas.
Contrario a mis temores, él ignora por completo mi
cuerpo cuando estoy en la posición que desea, ni siquiera
mira entre mis piernas, es todo concentración y control con
la cuerda en sus manos.
Una duda me asalta, ¿por qué estamos haciendo esto
aquí? ¿Algo como esto no debía ocurrir en la mazmorra?
—¿Quieres preguntar algo? —Me mira, sus movimientos
se detienen, aunque hasta ahora esos han consistido en
pasar la cuerda alrededor de mi tobillo derecho. Sé que ha
notado la duda en mi ceño fruncido.
—¿Por qué... por qué estamos aquí, Señor? —pregunto,
intentando controlar el temblor de mi voz.
Me mira enarcando una ceja a la par de sus labios que se
alzan exhibiendo satisfacción.
—¿Extrañas la mazmorra, pequeña zorra? —inquiere, con
ese brillo particular en sus ojos.
La indulgencia de sus palabras no me pasa desapercibida.
Y no es que extrañe el lugar, aunque de cierta manera se
me han dado más fácil las cosas cuando he estado ahí.
Asiento para él, parece enojado y lo compruebo cuando
pellizca mi pezón izquierdo, haciéndome retroceder.
—Cuando te hago una pregunta directa, debes responder
en forma respetuosa —indica, toda diversión en su voz
desapareciendo y dejándole paso a la frialdad.
—Sí, Señor. Sí extraño la mazmorra —respondo bajo,
tocando la zona sensible donde él ha pellizcado.
—Bien, nunca olvides con quién hablas. Respecto a tu
angustia, estamos aquí porque se le está haciendo una
modificación, pero no será demasiado tiempo el que tardes
en volver ahí y marques tu territorio. —En lugar de
menguar, mi curiosidad aumenta con sus palabras.
Me quedo totalmente quieta mientras lo observo
reanudar los movimientos, pasa la cuerda de mi tobillo
derecho a mi muñeca derecha. Mientras lo hace, sus manos
son suaves y en el paso van dejando caricias leves en mi
piel, rozando, haciendo hormiguear mi cuerpo a través de
esa corriente nerviosa que viaja y se enrosca en mi sexo
expuesto a él con la evidencia de lo que causa.
El roce de la cuerda cada vez que envuelve mi piel
incrementa todo, mis pezones se endurecen con facilidad
solo al empezar a sentir las sujeciones hacer su trabajo.
No hay manera de ocultar mi cuerpo, y mi respiración
empieza a fallar a su causa. Sin embargo, él se muestra
ajeno a toda emoción física que yo siento y mi cuerpo
expresa. Su concentración es tal que sus ojos solo se
enfocan en aquella parte en que trabaja la cuerda.
Ahora la pasa alrededor de mi torso, por encima de mis
senos, ahí donde el pulso de mi corazón debe percibirse
duro contra su tacto y él ignora. Cruza la cuerda repetidas
veces por debajo de mis senos hasta provocar presión, pero
no es demasiado, lo compruebo cuando sus ojos me miran,
esperando que le manifieste si es así, cuando ve en mí que
estoy bien, sigue el trabajo. Hace nudos y cruces de la
cuerda sobre mi abdomen y luego de cruzarla por mi
espalda va por mis extremidades, tensando y finalizando en
mi tobillo izquierdo.
Cuando termina me encuentro restringida de todo
movimiento y eso incrementa la vulnerabilidad con la que
estoy entregada frente a él. La cuerda presiona mi cuerpo
en zonas claves.
Soy suya, de una manera tan física que me abruma y un
gemido sale de mi garganta aunque no quiera hacerlo.
Se pone de pie y desde su imponente altura observa mi
cuerpo atado.
—No recuerdo habértelo dicho —su voz es áspera—, y ese
ha sido quizá un error, pero voy a decirlo ahora. —Sus ojos
refulgen en emociones, viendo mi cuerpo, viendo lo que ha
hecho conmigo—. Eres... eres realmente hermosa, Eridan. Y
el shibari en tu cuerpo... es arte puro. —Me mira directo a
los ojos—. Eclipsarías bellezas —halaga cargado de lujuria
recorriendo una vez más mi cuerpo con sus ojos, me ahogo
con el efecto de sus palabras.
Me nuevo y en el proceso empujo el plug hacia dentro,
presionándome de una manera que llevaba rato ignorando.
Un escalofrío me recorre y no puedo evitar gemir.
—Espero que el tapón haya hecho un buen trabajo,
pequeña, porque voy a follar tu culo hoy —declara con voz
ronca, provocando que gima y lo desee.
Ya no tengo miedo, me encuentro ansiando su siguiente
movimiento.
—Eres una pequeña ansiosa —comenta y abro los ojos
para ver el momento en que se saca la camisa en una
flexión de sus brazos. Lo contemplo maravillada.
Se acerca al sillón, gira en mi dirección hasta quedar a mi
lado, casi encima de mí mientras yo me encuentro
indefensa, incapaz de hacer algo por defenderme, pero
realmente no quiero hacerlo, estoy fascinada por la crudeza
implícita en la promesa de sus acciones.
—Dime, ¿cómo te sientes? —pregunta tomando mi
cabello en su mano, colocando la otra mano en mi cintura.
Tirando de mí provocando un grito de puro instinto saliendo
de mi pecho, me mueve hasta tenerme en la parte del sillón
que ha extendido. Todo mi cuero cabelludo palpita de dolor
—. Siempre he tenido fascinación por recolectar los
pensamientos de una sumisa que me pertenece, cómo vibra
entre mis manos. —Me estremezco.
—Me... me siento... despojada —manifiesto sin mirarlo,
huyo de sus ojos—. Cada roce de la cuerda, la presión que
siento cuando me agito, me recuerda que no puedo hacer
nada por mí misma, y... —trago—, y me gusta, a mi cuerpo
le gusta estar así de... entregado y vulnerable —confieso.
Cuando termino lo miro, se queda en silencio.
Lleva una mano a su cinturón desabrochándolo, suelta el
botón del jean, mete la mano y acaricia tormentosamente
su erección.
Trago por la forma en la que está provocándome. Me
distrae, me atormenta y me lleva a un punto en que no sé si
debo pararlo o dejarlo hacer.
Se vuelve a mí, tiemblo por lo que veo de él, su erección
fuera del pantalón apunta directamente en mi dirección.
Borra la distancia. En un rápido movimiento toma mis
piernas y me acuesta de lado, atada y flexionada,
comodidad es un término que no puedo considerar de
ninguna manera, pero a decir verdad poco me importa. Lo
único que tiene importancia es la forma ruda y cruda en que
estoy expuesta, imposibilitada de ocultarme.
Toma el flogger atrayéndolo hacia mí, dejándome verlo,
contengo el aliento y lo suelto cuando vuelve a dejarlo, justo
a mi lado.
Me da una mirada de soslayo, estudiándome, pero en
este preciso momento estoy segura de que mis expresiones
faciales no dicen nada, mucho menos mi boca y estoy
controlándolo en mis ojos. Si de alguna manera puedo
mostrar rebeldía, estoy haciéndolo manteniendo mis
emociones a raya.
Sus manos empiezan a trazar un camino por mis piernas
mientras más miradas viajan desde lo que hace hasta mis
ojos, y me mantengo igual de imperturbable, a pesar de sus
caricias, a pesar de la suavidad de sus dedos contra mi piel.
Cuando descubre lo que estoy haciendo sus propias
facciones cambian, la expresión que había mantenido da
paso a la frialdad y con ello se va todo rastro suave de sus
acciones. Aprieta sus dedos a una distancia milimétrica de
mis rodillas, en un punto donde sé que si estuviese de pie,
ya habría caído; me quejo, es inevitable contraer mi rostro
por el dolor que está causando. Sin hacer pausa toma el
flagelador entre sus manos, lo miro presa de las emociones
que me sostienen y mantienen en una posición que le
molesta.
Ahora somos dos cuerpos inertes de todas las emociones
que puedan expresarse el uno al otro, pero desfallecidos en
el deseo, él de poseerme y yo de recibirlo.
Mi mirada lo reta, una postura que le pide que me
castigue ¿por qué? Y él entiende el reto o la necesidad, por
eso impulsa su mano rompiendo el aire, haciendo que las
hebras del flogger impacten sobre mi piel expuesta para él.
No gimo, jadeo, ni expreso absolutamente nada, aunque
sí siento el duro y delicioso impacto de las hebras del
instrumento que vuelve a golpear mi piel. El picor y la
sensación de calor que el impacto genera, acompañado de
esa punzada de deseo, me inundan.
Él tiene una habilidad nata para sorprenderme, para
hacer las cosas más devastadoras en un movimiento
precipitado.
Abstraída como me deja el primer par de azotes del
flogger, no prevengo su siguiente acción. Un minuto estoy
recostada de lado y al siguiente estoy con la cabeza en el
mueble y con mi pecho pegado al espaldar del sofá,
totalmente a su disposición.
Nada sale de mis labios, por un minuto me siento
aturdida, perdida en lo que él ha hecho; observo su rostro,
sus ojos, donde solo veo una determinación fiera, sin
embargo, tengo que mirar a otro lado y no a su rostro, y no
es por vergüenza sino porque un movimiento captura mi
atención. Su erección está a escasos centímetros de mi
cara, agitándose en cada respiración que doy, agitándose
en cada respiración que él da.
Deseo tocarlo, mi boca saliva y no puedo apartar mis
ojos.
Él se mueve, agitando su cuerpo haciendo mis ojos
desorbitar, lo hace a propósito.
¡Joder!
Es absurda la forma en que me siento, tan... impotente.
Un golpe duro y sordo me saca de la ensoñación, seguido
por más azotes que no dan tregua ni descanso, sin conteo,
solo el impulso del flogger una y otra vez.
Mantengo mi expresión aunque por dentro estoy
gimiendo incontrolablemente, mi piel, mis piernas, ingle,
sexo, cada zona recibe el picor de las hebras del
instrumento, todo mi cuerpo se ha convertido en llamas.
Dejo escapar jadeos bajos, gemidos que finjo él no
escucha. Se burla de mí cada vez que acerca su erección a
mi boca, pero se aleja sin ningún roce.
Enfoca el instrumento de flagelación directo entre mis
piernas, dejando que cada azote caiga sobre mi clítoris.
Él hace de esta experiencia cruel, un exquisito
intercambio de sensaciones. Lo hace y lo veo en su cuerpo,
sus músculos contrayéndose, su mandíbula tensarse, su
miembro vibrando.
El dolor queda aislado de mi cuerpo, no hay dolor, el dolor
ya no existe, las miradas furtivas nunca dejan de ir y venir,
pero ya no le huyo a su mirada, porque esta me incita a
aflojar la tensión de mi boca y a gemir sin pudor, él reclama
mis expresiones con cada movimiento de su cuerpo.
Mi mente y mi razón se nublan, no puedo seguir así y él lo
hace imposible cuando se dedica únicamente a golpear mis
pliegues sobreexcitados, ¿cómo voy a soportarlo? Me golpea
la sensación del orgasmo, el hambriento deseo que veo en
sus ojos no hace nada para aplacarme.
Me he molestado cuando habló de las sesiones que haría
mañana con otras sumisas, porque confirma, una vez más,
que puede tener otras, pero en este momento él me desea
a mí, tiene hambre de mí, y eso es evidente en sus ojos, en
los ojos de mi Amo.
En un chispazo de sensaciones por mi mente pasa mi
primera palabra segura, la veo como un desahogo y cierro
los ojos sacudiendo mi cabeza, porque la parte masoquista
no quiere que su tortura acabe, absorbe cada potencial
movimiento, golpe o caricia suya y lo vuelve lava y placer.
Me tenso cuando ya no es el flogger lo único que me toca,
sino uno de sus dedos, restregando mis pliegues que
esparcen humedad en cantidad, empujo mi torso por
inercia, todo mi cuerpo pidiendo más, intensidad, dolor,
alivio...
Los impactos de las hebras nunca cesan y resuenan
contra mi piel como un fuego que quema brazos, piernas,
ingle, vientre, pechos... mis gemidos ya no son reprimidos ni
bajos, son sonoros y se transforman en súplicas, a mis ojos
ya han acudido las lágrimas de impotencia, de deseo
excesivo, de sensaciones que son más poderosas que toda
mi capacidad de aguante.
Me canso, mi cuerpo se agota cayendo en una espiral
final, su dedo incesante asciende y desciende en mi sexo,
no es alivio, solo más provocación, más tortura.
Lo llamo, lloriqueo, ruego y suplico, y a él le gusta. Me
mira con deleite y presiona más mi cuerpo. En sus ojos brilla
la malicia de doblegarme al punto de la súplica. Parece
enajenado, utiliza una suavidad que no le caracteriza para
volver a poner mi cuerpo de lado.
Busco sus ojos nuevamente porque necesito saber sus
siguientes movimientos, sé que estoy expresando más de lo
que pretendo. Emociones y sentimientos, nunca he sabido
qué es lo correcto para sentir, mi día a día siempre ha sido
una búsqueda de aquello que es adecuado, porque siempre
lo que es así para unos, es incorrecto para otros. Por eso
busco lo que es correcto en sus ojos, en la seguridad que
muestra por lo que hace, en la determinación que me llena,
la firmeza de su posición en mi vida.
El sentimiento hacia él que se ha ido construyendo en mi
pecho se expresa creciendo.
Sus ojos, tan grises como quizá jamás los he visto, me
confirman con firmeza y suavidad que jamás me hará daño
y que el cataclismo de sensaciones que me llenan y que van
más allá del simple dolor o el simple placer, son correctos.
Responde con un amago de sonrisa, me desarma
completamente haciéndome ceder de una manera
impensable.
Tomo una gruesa bocanada de aire cuando lo siento
presionando contra mi ano, hace presión con su erección
ahí, sé lo que va a hacer, una parte de mí lo está anhelando,
no tengo miedo, lo deseo.
Se siente caliente contra mí, mi cuerpo quiere recibirlo y
es esa certeza la que me lleva a sonreírle, para hacerle
saber que esto está bien.
—Eso es, pequeña —susurra con aprobación a la par que
empuja con rudeza penetrándome de golpe, dejándome sin
respuesta.
Me quedo sin aire y cierro los ojos.
Un lamento sale de mis labios, me quejo aunque no
quisiera hacerlo, el dolor es... es una presión agónica y,
¡mierda! Las lágrimas me saltan, aspiro tanto aire como mis
pulmones pueden soportar y lo dejo salir sintiendo a mi
cuerpo ceder y mis paredes estiradas contraerse en torno a
su miembro, que se mantiene palpitando en mi interior.
Abro los ojos y me lleno de su expresión, de su mirada y
aspecto contraído, su semblante agónico de placer me hace
saber cuánto está disfrutando de este primer momento. Eso
es suficiente para saber que el dolor que me está
produciendo es completamente justificado, que vale la
pena.
Se mueve hacia afuera, arrastrando consigo todo tipo de
sensaciones que se reparten por cada músculo de mi
cuerpo. Entonces empieza a moverse, a embestir de verdad,
y no hay manera en que pueda parar la espiral de
sensaciones en las que se interna mi cuerpo.
Gemidos, incoherencias y la reverberación del sustantivo
que le representa sale de mis labios sin parar. Mi cuerpo es
sacudido al ritmo de sus embestidas.
Me desconozco, soy un ser reducido al deseo más carnal
del ser humano.
Observo el movimiento de sus manos mientras mantengo
mi boca abierta y mi respiración perdida. Saca el cinturón
que aún permanecía entre los ojales de su pantalón, detallo
cómo lo acomoda en su mano colocándolo de forma
amenazante.
¿Qué va a hacerme?
Trago, respiro, gimo.
Ondea su cadera y me retuerzo.
Estoy perfectamente adaptada al grosor de su pene, el
dolor es solo una ráfaga que acompaña al placer, la tortura
de su cuerpo sobre el mío, el choque de su piel contra mi
piel.
Y sé que voy a correrme, lo sé con una certeza que raya
en lo imposible.
—Perfecta —dice sin dificultad aparente, contrario a la
expresión de su rostro, la tensión de su cuello y el sudor en
su torso.
Ralentiza el movimiento de su cuerpo haciéndolo más
pausado, pero es solo para seguir haciendo lo que mejor se
le da. En un ligero movimiento de su muñeca hace impactar
el cinturón de cuero suavemente contra la carne húmeda e
hipersensible en la que se ha convertido mi sexo.
Convulsiono ante el impacto retorciéndome y chirriando mis
dientes en la deliciosa sensación que se esparce por mi
cerebro y anula todo proceso cognitivo.
Como ese siguen más azotes, uno y otro, y otro más.
Jadeo en búsqueda de aire, no hay más, no lo resisto más,
busco algo que me permita aferrarme a la realidad y no
perderme en ese nebuloso mundo de oscuro placer que
amenaza con consumirme.
—¡Déjate ir! —gruñe con firmeza y sus caderas vuelven a
retomar ese ritmo desenfrenado presionando partes de mi
cuerpo que no sabía que sentían hasta ahora.
El ambiente se carga del sonido de sus caderas chocando
mi piel, los golpes del cinturón contra mi sexo y los propios
sonidos de su garganta.
Mis ojos se llenan de sus facciones desgarradas por el
placer, y eso... lo que veo en su mirada es lo que me
permite ser catapultada al final.
Mi cuerpo convulsiona en sacudidas salvajes, siento cómo
alcanzo la cima de un clímax que tensa y languidece mi
cuerpo de un segundo a otro. Él controla absolutamente mi
orgasmo y me quedo rendida, para cuando recobro algo de
pensamientos, puedo percibir la brumosa sensación de su
espesa esencia derramándose en mi interior y fuera de mi
cuerpo.
—Señor... —lo llamo, mi voz suena ronca y pastosa, mi
garganta está seca y duele.
—¡Shhh! —Acalla.
Sus manos están liberando mi cuerpo de las cuerdas,
apenas puedo sentirlo, mis brazos son los primeros en caer
y no soy nada fuerte para sostenerlos.
Estoy más allá del agotamiento físico y mental, apenas
soy capaz de sentir algo de lo que hace, estoy en total
sopor.
¿Me alza? Creo que lo hace, creo que estoy en sus brazos,
creo que me lleva a dormir. Sí, necesito dormir.
Él no dice nada, ni siquiera disfruto o pienso en el viaje en
sus brazos, mi cuerpo agradece el contacto con la suavidad
de una cama, mi cama.
Creo que se ha ido, no escucho pasos, no escucho nada y
mis ojos están entrecerrados. Me siento tan liviana que sé
que voy a dormir demasiado a gusto esta noche o lo que
resta de ella, ¿qué hora será? Entonces siento cómo soy
levantada en vilo y quiero protestar y llorar como una niña
pequeña «¿por qué?», quiero hablar, pero la garganta me
escuece y no consigo nada de voz dentro de ella,
demasiado cansada como para esforzarme si quiera.
—Tranquila. —Escucho su voz como un susurro calmado,
suave y distante aunque creo que estoy en sus brazos, de
nuevo.
Creo que su voz suena satisfecha y por eso sonrío, al
menos en mis pensamientos lo hago, porque es real que
está satisfecho y que es gracias a mí.
Frunzo completamente mis pensamientos y de seguro el
entrecejo cuando soy descendida en la tibieza de un líquido
que provoca escozor en todas las zonas de mi cuerpo donde
las hebras del flogger fueron más intensas. Me remuevo,
reclamo y entreabro mis ojos, pero no puedo hacerlo mucho
tiempo, sin embargo, sus manos me calman, su presencia y
su voz se convierten en un bálsamo tranquilizador.
Lava mi cuerpo, tan suave, tan cálido, tan dueño de mí.
Me lava, luego me seca con extremo cuidado y finalmente
vuelve a alzarme para dejarme sobre la cama. Quiero abrir
los ojos y comprobarlo de esa manera, pero no hay manera
en que lo consiga.
—Descansa. Lo has hecho muy bien hoy.
Sus dedos se posan en mi rostro, eso creo, eso se siente,
acaricia mis labios y mi corazón se acelera en el sopor del
sueño cuando siento un beso ligero siendo depositado
contra ellos.
Demasiado pronto el peso y la tibieza de su cuerpo
abandonan mi lecho, voy a quedar sola.
De algún lugar dentro de mí, consigo mi voz.
—Gracias, Señor. —Me oigo decir.
—A ti, pequeña mía. —Es lo último que escucho.
El sueño se apodera de mí velozmente.
Me remuevo, estoy sobre mi cama y me quejo con cada
movimiento. Siento magullada cada parte de mí, mis
músculos contraídos y tensos, cada porción de piel emite
reclamos. Abro los ojos ante el evidente hecho de que ya no
voy a poder volver a conciliar el sueño.
Respiro profundo y miro el mosquetón del dosel sobre mi
cabeza, un pensamiento pesado se cuela en mi cabeza
«¿Alguna vez sabré lo que es dormir con la tibieza de su
cuerpo junto a mí?». Pero no me gusta ese pensamiento y lo
desecho tan rápido como apareció.
Extiendo y aprieto los dedos de mis manos, intentando
recobrar algo de fuerza y de dominio sobre mi cuerpo, pero
todo duele cuando contraigo un músculo para moverlo y no
puedo evitar quejarme.
Me obligo a sentarme y lo hago de golpe tensándome y
jadeando tan fuerte por la punzada dolorosa en mi trasero.
¡Joder!
Contrario a seguir sintiendo dolor, me distraigo con el
recuerdo de la noche anterior y la causa de todo esto, eso
hace que el dolor se convierta en un karma delicioso.
Pienso en él, en su postura, en nuestro encuentro, en sus
cuidados posteriores y de pronto me parece agradable lo
que siento esta mañana.
Me pongo de pie, quiero estar de frente al espejo de
cuerpo completo para tomar una imagen general de cómo
ha quedado.
Me acerco con pasos vacilantes.
—¡Oh! —exclamo, mi voz sale rasposa y mi garganta arde
en protesta.
Observo detenidamente lo que está frente a mí, en el
espejo. Mi cuerpo está... pintado: brazos, piernas, pechos,
parte de mi vientre; todo cubierto por finas líneas que
surcan en todas direcciones. Marcas rojas intensas y otras
débiles, que se extienden, que no parecen tener un fin o un
comienzo.
Soy una obra de arte, soy obra suya. Y no sé cómo
sentirme al respecto.
Retrocedo y camino descalza dándole la espalda al
espejo.
Anoche fui incapaz de saber en qué momento fui
despojada de los tacones, ¿antes o después? Estoy perdida,
pero estos se encuentran a un lado de mi cama, alineados
uno junto al otro.
Recuerdo las batas de seda, abro el clóset, tomo una y
me envuelvo en ella.
Sé que no hay nadie en el lugar, excepto él y yo, así que
puedo andar así en casa, ¿no? Siseo con el roce de la tela,
sin embargo, termino por anudarla en mi cintura. No cubre
demasiado, pero esencialmente no estoy desnuda y sé que
es mejor que cualquier otra tela en contacto con mi cuerpo.
Tengo el propósito de buscar algo para mi garganta,
recuerdo a Annette señalando una dispensa llena de
medicamentos para todo tipo de malestar. Pienso en un
vaso con zumo, mi garganta reseca anhela esto. Busco una
liga y recojo mi cabello en una coleta desordenada, voy al
baño para lavar mi rostro y dientes.
Finalmente bajo. Por primera vez me siento muy a gusto
en la casa, ya no tan ajena. Mis pies descalzos agradecen el
contacto con el mármol frío mientras desciendo
cuidadosamente las escaleras.
Camino directo a la cocina, la brillante luz se filtra a
través de los grandes ventanales que conforman toda la
estancia del hogar.
Busco lo necesario y empiezo a prepararme un vaso de
zumo de naranja, hago un poco más que eso y lo vierto en
una jarra, tal vez a mi Señor le apetezca. ¿Estará él aún
durmiendo? Eso espero. Camino luego hacia el comedor,
pues es ahí donde se encuentra la dispensa de los
medicamentos.
Escucho unos ruidos y me asomo de soslayo al comedor,
ocultando mi cuerpo tras la pared y husmeando como de
seguro no debo hacer, pero mi curiosidad es mayor. Un par
de ojos grises me miran, es lo primero que consigo capturar,
me pierdo en su mirada mas cuando noto que se pone de
pie, detallo que apenas lleva un pantalón de chándal y una
camiseta blanca de manga corta que le queda muy bien a
su torso esculpido.
Retrocedo en mis pasos mientras él se acerca, me sigue y
acosa.
—Buenos días, Eridan —saluda cuando estamos frente a
frente.
Me maravillo y extraño por verlo vestido de esa manera,
tan... cómodo.
—B-buenos días —le respondo, patosa, arrugo mi
entrecejo cuando siento el ardor correr por mi garganta.
—¿Qué sucede? —pregunta, supongo que notando la
mueca de dolor en mi rostro.
—Solo —señalo mi garganta—, me arde —le digo.
—Sube y vístete, luego ven y toma algo para la garganta,
te estaba esperando para desayunar. —Organiza con
serenidad, ordenando por supuesto.
—Bien.
—Eridan… —pronuncia mi nombre en un tono de
completa advertencia—, no tardes —advierte volviendo al
sofá.
Cuando llego a la habitación y me veo frente al reto de
vestirme, quedo en blanco. ¿Qué puedo ponerme? Algo que
luzca bien para él, pienso. Algo que a su vez sea cómodo,
miro el clóset y nada parece demasiado bueno, también
debe ser algo que cubra las marcas que surcan todo mi
cuerpo. Para mi suerte el día parece lo suficientemente
cálido para vestir ligera y no puedo. Observo shorts y
franelas de tiras que no puedo ponerme. Finalmente tomo
un pantalón de chándal y una blusa de mangas cortas,
totalmente en contra de cualquier vestuario deseable, lo
único bueno es que estoy cubierta.
No me gusta en absoluto la imagen que me ofrece el
espejo cuando termino de vestirme, pero no sé qué más
puedo ponerme y mi mente no parece colaborar mucho esta
mañana. Intento mejorar mi cabello y me calzo unas
zapatillas cómodas.
Caminar es una auténtica cosa que odio, el roce de la tela
con mi cuerpo, simplemente lo detesto. Mejor sería pasar
todo el día desnuda recostada a la cama sin mover un
músculo de mi cuerpo, pero ¿tengo esa opción? Ya sé yo
que no. Salgo de la habitación y voy a reunirme con él.
El desayuno pasa de manera silenciosa pero relajada,
intercambiamos unas que otras palabras, todo parece tan...
normal, y eso me asusta un poco.
—¿Lista para ir al club? —suelta.
Por poco me atraganto con mi propia saliva a causa de su
inesperada declaración. Mi mente queda en blanco, soy
atormentada por el paso de un tiempo relajado y tranquilo a
su mundo perverso y sádico, al club.
—No lo sé —le respondo cuando finalmente soy capaz de
hilvanar pensamientos coherentes.
—Te va a gustar, las veces que fuiste solo vislumbraste
una pequeña porción de lo que es —me tranquiliza como si
supiera todo lo que imagino—. Te va a gustar más de lo que
piensas.
—Yo... ¿Yo voy a...? —Dejo la pregunta inconclusa sin ser
capaz de procesarlo y pronunciarlo completamente.
—No, tú solo vas a mirar, serás mi mayor espectadora. —
Sus ojos flamean sobre mí—. Ahora quiero que subas y
descanses para luego prepararte, ya sé cómo está tu cuerpo
y no me importan las marcas, vístete para mí. Hoy voy a
lucirte, pequeña, así que compláceme. Nos vamos en un par
de horas —me informa, retengo en mi cabeza cada palabra
suya. ¿Dos horas? Pensé que iba a ser en la noche—. No es
un club meramente nocturno —responde a mi pregunta no
formulada—. Cuando se trata de sesionar puede ser en la
mañana, al mediodía, en la noche o la madrugada, no es un
bar de putas, al menos no de putas que cobran por su
cuerpo.
»Es un club de Amos y sumisas, que intercambian placer
a distintos niveles. Un lugar donde aquellos reprimidos
cumplen sus deseos más profundos, un lugar donde los
Maestros enseñan sus mejores técnicas de dominación y los
sumisos aprovechan, ven y viven un momento de
enseñanza con ellos.
»Ahora ve arriba, descansa y luego compláceme —dice
apremiante—. Cuando estés lista quiero que me busques en
el salón que se encuentra en la planta de arriba, la segunda
puerta en el pasillo que lleva a la mazmorra ¿entendido?
De nuevo hago ese lento proceso de consumir cada una
de sus palabras, intento calarlas todas tanto como me es
posible.
—Entendido, Señor. —Y me voy de vuelta a mi habitación.
Una hora y minutos más tarde me encuentro
completamente lista, giro en varias direcciones frente al
espejo para apreciarme desde diferentes ángulos y
asegurarme de que soy lo que él desea.
Al cambiarme opté por un vestido negro de falda corta
que consiste en realidad en un sinnúmero de pliegues con la
particularidad de que en el torso consiste en tiras
horizontales que dejan descubierta parte importante de mi
piel, piel surcada por líneas rojas. Solo la parte que cubre
mis pechos está completa, las tiras siguen incluso en los
cortes de las mangas dándole un aspecto más allá de lo
retorcido. Me encanta.
Aprovecho y coloco una ligera sombra negra sobre mis
párpados, un poco de rubor en mis mejillas y pinto mis
labios de rojo, termino por calzarme unos tacones negros
aunque haciendo a un lado el uso de medias, en cambio, me
coloco unas ligas con sujeción y tanga negra, no llevo
sujetador porque el vestido no lo requiere.
Finalmente me creo lista y me sonrío animosa, es hora de
ir a reunirme con mi Señor.
Sigo en mi mente y pasos el camino que él ha señalado,
doy la vuelta al pasillo que lleva a la mazmorra y mi piel se
eriza al saberme tan cerca del sitio donde han sido llevadas
a cabo nuestras sesiones, me concentro en el ahora y
aprieto los nudillos en un puño para llamar a la puerta junto
a su habitación. Tras ella escucho un amortiguado
“adelante”, giro el pomo y estoy dentro.
Lo primero que busco son sus ojos, los cuales esta vez no
se enganchan en los míos sino que hacen un recorrido
exhaustivo por todo mi cuerpo. Contengo el aliento
esperando ver el resultado de su escrutinio, los nervios se
instalan en mi estómago a causa de su evaluación, hasta
que lentamente vuelve a mirarme el rostro, a mis ojos y
todo lo que veo es aprobación que engalana mi corazón.
—Perfecta —susurra su total beneplácito—. ¿Recuerdas
cuando te dije que el rojo te sentaba bien? —Es más
afirmación que pregunta. Asiento—. Cuando eso apenas era
una idea preconcebida, hoy puedo dar fe de ello. —Sus ojos
chispean—. Luces perfecta. —Y soy miel por su halago.
—Gracias, Señor —murmuro, entre avergonzada, cohibida
y emocionada por sus palabras.
—Siéntate —ordena desde su posición, observo la única
silla libre más cercana a él.
El salón en que nos encontramos parece una estancia
amplia, miro alrededor para observar algunos ventanales
enmarcados por espesas cortinas oscuras, el suelo cubierto
por una alfombra borgoña, estantes con libros cubren las
paredes y donde él se encuentra, un gran escritorio al cual
me acerco para tomar asiento del lado visitante.
—Veamos… —exclama ceremonioso, jugando con una
elegante pluma, alarga el silencio y empiezo a tener una
sensación desagradable crecer en mi garganta y espesarse
hacia mi estómago—. Quiero agregar un término a nuestra
relación. —Frunzo el ceño y asiento—. Necesito que conmigo
des fe de apego al término RACSA (Riesgo Asumido y
Consensuado para prácticas de Sexualidad Alternativa).
Lo miro atónita, sin entender lo que quiere decirme
realmente, ¿qué diferencia hace esto de lo que ya tenemos?
¿No le he dado ya todo?
—Te lo explicaré —añade juntando sus manos sobre el
escritorio, dejando a un lado la pluma que tenía entre sus
dedos—. Solo es un mero formalismo, uno más en el
acrónimo mundo en el que nos movemos. Hay momentos
en los que no te consulto qué voy a hacer contigo,
simplemente evalúo la necesidad en el mismo instante en
que está ocurriendo, miro la capacidad que tienes para usar
responsablemente tu palabra segura en caso de ser
necesaria. ¿Estás de acuerdo? —consulta, y la verdad no es
algo que no hayamos hecho ya, pero entiendo que él quiera
dejarlo por sentado.
—Sí, estoy de acuerdo, Señor —murmuro.
—Bien, ahora iremos al club, pero antes, hay dos cosas
que debes llevar, una por obligación y otra... también por
obligación, te lo pido yo, pero por supuesto, está a tu
disposición si quieres negarte —aclara y sus palabras logran
intrigarme.
Lo observo con detalle, viendo cada movimiento. ¿Qué va
a hacer?
Se pone de pie permitiéndome ver cómo va vestido, con
una camisa negra de manga larga y un pantalón del mismo
color, inconscientemente parece que el color hace parte del
BDSM o de esto, como él lo llama, el mundo en que nos
movemos.
Lo observo caminar hacia uno de los estantes con libros y
remueve un gabinete bajo. Temo mirar lo que saca y
sostiene en sus manos, así que desvío la vista a otra parte,
la curiosidad es más fuerte y lo observo, aunque me enfoco
en sus sinuosos movimientos, en cómo su barba se ha
intensificado con el paso de los días, dándole hoy un
aspecto tremendamente sexy, de hombre fuerte y maduro,
me fijo en cómo su cabello también ha crecido,
convirtiéndose en un desprolijo lío azabache que le da un
toque más perfecto, como si eso fuese posible.
La camisa se agita al compás de sus movimientos,
ajustándose a los músculos bien definidos de su cuerpo,
demasiado pronto me encuentro respirando con dificultad,
presa de un deseo carnal que su propia mirada retribuye.
—Quítate las bragas —ordena tan cerca de mí que estoy
abrumada por la imposición de su presencia. Me levanto de
inmediato y suelto las ligas que sujetan mis bragas
metiendo las manos en la falda de mi vestido, las dejo caer
y me hago a un lado—. Déjalas sobre el escritorio. —
Obedezco, sin apartar la vista de sus ojos que en este
instante son dos finas líneas que miden mis movimientos.
No soy rebelde al mirarlo, no podría serlo, pero necesito ver
lo que pasa por él al observarme.
Se acerca y el objeto en sus manos llama mi atención, se
mueve frente a mí y finalmente reúno coraje para
observarlo. Mi respiración alcanza niveles de dificultad
imprevistos y reculo, él espera mi aprobación mientras yo
palidezco.
—Una modificación del cinturón de castidad —explica—.
Yo no te quiero casta. —Se inclina hacia adelante
reduciendo su tamaño imponente frente a mí—. Quiero que
sientas cuando me estés viendo, que estés llena y disfrutes.
Hoy quiero que vivas, que goces, que palidezcas del placer
de verme y no poder tenerme, de estar tan al borde y
empalada con las sensaciones que va a producirte el
cinturón. —Impactada, mi garganta y mis ojos se secan, el
calor me inunda y el ardor abarca todo—. ¿Estás de
acuerdo?
Observo el dildo que se yergue en el cinturón, él sigue
esperando por mi aprobación para usarlo, como dice, yo
tengo la elección, la palabra, confío en él, de eso estoy
segura y quiero experimentar todo lo que ha descrito con
tanto deleite.
—Sí, Señor. Lo estoy. —Levanto la falda del vestido
quedando desnuda de la cintura para abajo, expuesta para
él, dándole veracidad a mis palabras.
Una lenta sonrisa se forma en sus labios, procede a pasar
la cuerda del cinturón por mi cintura ajustándolo al tamaño
de mis caderas. Mi respiración cuelga de un hilo cuando sus
manos rozan mi piel de manera furtiva, mi corazón late
desbocado y agradezco que me excite tanto porque así
estoy preparada para la incursión del dildo. Deseo que lo
ajuste, quiero complacerlo y sé que llevar el cinturón para
él, lo hará.
—Abre las piernas, será más fácil y cómodo para ti —
instruye considerándome, se agacha hasta que siento su
respiración dar de lleno contra mi sexo.
¡Mierda! Eso no es ni remotamente tolerable para mis ya
magullados sentidos.
Sus manos se posan en mis nalgas expandiendo mi piel,
tantea con su dedo mi entrada y humedece la zona con mis
propios fluidos, me pierdo de nuevo, soy un amasijo de las
sensaciones que me produce. Entonces lo siento, el fuego
propagándose por mi cuerpo, lo inserta de golpe, la
distracción de sus caricias en mi entrada trasera facilitando
que lo deslice dentro de mí.
La presión es insondable. Cierro mis ojos y muevo mis
manos tratando de agarrarme a algo, sin embargo, no
consigo nada. Intento controlarlo, no acabar yo misma con
toda la dulce y agónica sensación que se arremolina en mi
cuerpo e insiste en catapultarme. Escucho que cierra con un
candado y vuelve a erguirse—. Suelta la falda —ordena y
mis manos temblorosas la dejan ir.
Dudo, no voy a poder moverme.
Él espera que diga algo, pero soy incapaz, si me muevo
un poco voy a perder el mínimo control que he conseguido
en un segundo.
—Bien, ahora lo siguiente, iremos al Intense, tu
comportamiento como mi sumisa es muy importante, debes
reflejar total respeto, no mires a nadie a los ojos y mucho
menos a mí, no vas a dirigirte a nadie sin pedir permiso
correctamente. Si vas a hablarme, debes pedir permiso
antes de decir algo, a menos que te haya otorgado el
derecho de expresarte. Eres mía y eso deben saberlo todas
y cada una de las personas que ahí se encuentren —informa
—, necesito que lleves una identificación y eso será este
collar —sentencia, lo alza y lo muestra. «¡No!» Jadeo, ya le
he explicado que no me gusta usar collar, no quiero usarlo
—. Recuerdo lo que me explicaste, Eridan, no lo he olvidado,
pero resulta que en ese sitio yo no estaré contigo todo el
tiempo, estarás sola y si no tienes al menos un collar que
haga saber que ya tienes dueño, entonces cualquiera podrá
tomarte o ¿es eso lo que quieres? ¿Quieres que cualquiera
pueda tomarte? —pregunta desafiando mi posición,
disminuyendo mi recelo.
—De acuerdo, lo usaré. —No demoro nada en acceder.
—Eso pensé que dirías —comenta y algo en su voz suena
orgulloso, triunfante.
Muevo mi torso hacia delante, reclinando mi cabeza y
dejando mis piernas estáticas. Alzo las manos para tomar
mi cabello y así él pueda pasar el dichoso collar que,
viéndolo ahora, consiste en una tira de cuero negra con
detalles en diamante y la inicial A en la parte delantera
donde se encuentra un anillo que, según he investigado, es
para sujetar una correa.
Sus manos me empujan de nuevo hacia arriba cuando ya
ha ajustado el collar, su mirada me recorre y evalúa de
arriba abajo y viceversa, trago saliva y siento la molestia de
la gargantilla contra mi garganta, la prisión, la presión que
ejerce y que me niega todo derecho a sentirme libre,
aunque es tolerable.
—¿Bien? —comprueba, sabiendo lo que estoy haciendo.
Asiento—. De acuerdo, vamos —demanda con presurosa
actitud, saca de su bolsillo una cadena de plata y ajusta una
punta al extremo del anillo del collar, la otra punta es un
puño de cuero que deja en su muñeca—. Luces perfecta —
elogia de nuevo con deleite y con una preciosa sonrisa de
lado—. Andando. —Tira de la cadena haciéndome mover,
inmediatamente me tenso y lo sigo.
¡Joder!
Nunca, en mi vida, he experimentado tal nivel de
sensaciones, seguirle de esta manera siendo guiada por él y
su mano que sostienen la cuerda que ata mi cuerpo del
suyo, una cadena que muestra el respeto que me genera, la
confianza que he depositado en él, la devoción que siento y
me mantiene caminando.
Sigo sus pasos firmes y el deseo es como una presa en mi
ser que va lavando cada proporción, el dildo se menea en
círculos con cada movimiento de mis piernas, acariciando
zonas internas de mi cuerpo difíciles de conocer.
«No hay manera en que sea más suya que ahora», me
digo. Lo deseo, quiero y sé que haré cualquier cosa en este
momento por él y reconozco, con una certeza demoledora,
que no quiero que esto que siento cambie. El tiempo de
nuestro acuerdo se desdibuja y me parece insuficiente, pero
hago ese pensamiento a un lado para estudiarlo luego,
quiero vivir lo que me propone, esta nueva experiencia que
solo él puede ofrecerme.
Caminar nunca ha sido tan difícil, con cada pisada que
doy el dildo incrustado en mi cuerpo hace movimientos que
me obligan a detener el paso e intentar suprimir esas
sensaciones para poder continuar, pero él no me permite
detenerme ni un segundo, tira de mí para que siga el
camino y todo es como un círculo vicioso y oscuro.
Finalmente me deja en la puerta de su auto, y mientras lo
miro y reconozco lo que se nos viene, estoy segura de que
caminar no es realidad nada difícil, al contrario, me
encuentro convencida de que podría, si me lo propusiera,
trotar diariamente con el cinturón puesto, pero sentarme en
el auto y con este puesto en movimiento, no,
definitivamente no.
Cuando arranca lo sé, los pequeños brincos son todo lo
que me empuja a rodar los ojos y morder mi labio. Trato de
poner las manos sobre el asiento y así tener mi cuerpo
literalmente al aire, pero claro ¡él no quiere eso! Y en una
orden clara me obliga a sentarme con ambas manos sobre
mis piernas, en una posición visible para él y, lo más
importante, lejos del alcance de mis intenciones.
Con cada metro que rueda el auto, mi suplicio crece.
Cuando aparca en el estacionamiento privado del club
puedo decir que realmente soy feliz, aunque ese
sentimiento rápidamente se ve opacado por otro... el miedo.
Toma el extremo de la cadena que guinda del collar frente
a mí y tira mi cuerpo en su dirección.
Siento mis manos frías y temblorosas, nunca antes me he
internado en las zonas del club que hoy conoceré, no sé qué
puedo ver dentro, qué me espera como sumisa y a eso no
ayuda el hecho de que tengo un cinturón con un dildo
llenándome y esta sensación en mi pecho y mi garganta
que no hace más que generarme ansiedad.
Se gira por completo tirando fuertemente de la cadena y
me deja a escasos, casi inexistentes, centímetros de su
cuerpo.
—¿Estás nerviosa? —Quiere saber.
—Un poco.
Mentir no es una posibilidad, no cuando cada parte mía
grita nerviosismo y ansiedad, no cuando él está frente a mí
analizándome con tanta intensidad, no cuando cada parte
mía grita para que sea sincera con él.
Me mira, esta vez con algo más que intensidad, como si
percibiera mi estado anímico y quisiera cambiarlo por sí
mismo.
—Me complace la forma en que accedes con facilidad a
ciertas cosas, me complace que lleves esto. —Levanta la
mano y acaricia mi collar. ¡Oh...! Me sorprendo al pensar en
él como mío, mi collar, ¿no es solo una situación ocasional?
—. Quiero que recuerdes cómo debes comportarte aquí. No
hables con nadie, no mires a nadie directamente a los ojos,
ni siquiera a mí, compórtate; ¿entendido?
—Sí, Señor —confirmo.
—Ahora, ven aquí, pequeña, no estés nerviosa, estás
conmigo —murmura con ternura en su voz, son quizá las
palabras más suaves que jamás ha dicho.
Vuelve a dar un tirón a la cadena y corta por completo el
espacio entre ambos, su boca se hace con la mía y me besa,
es una situación rara porque lo hace con ternura, aunque
luego el beso se vuelve fiero y no pierde tiempo en incrustar
sus dientes en mi labio inferior y el dolor no tarda en llegar,
me arde, sin embargo, sería una terrible mentirosa si digo
que no disfruto del beso. Un beso que habla de todo sobre
él, su manera de llevar las cosas; sus besos no tienen
comparación, él se sale de lo convencional, de lo metódico y
lo convierte todo en una vorágine arrolladora.
—Adentro —murmura al separarse de mí.
Puedo apostar que en pocos minutos en mis labios van a
formarse dos lindas protuberancias en los sitios exactos
donde han estado sus dientes, sin embargo, poco me
importa. Él puede marcarme de las mil formas que se le
ocurran, de cualquier modo, soy suya.
Nos acercamos a una entrada diferente del club a la que
yo conocía y por primera vez puedo apreciar al hombre de
proporciones dimensionales que se encuentra a un lado en
el acceso, está vestido de un modo elegante.
El objeto de mis ideas reconoce a mi Señor y le da un
asentimiento de cabeza, por mi parte, siguiendo sus
órdenes, miro al vigilante a través de lo que me permite la
cabeza inclinada, pasamos a su lado y entramos por una
especie de puerta de vidrio ahumado oscuro, damos unos
pasos y lo siguiente son unas escaleras.
Noto la estrechez del pasillo, demasiado como para que
dos personas caminen una junto a la otra, claro que
nosotros no lo hacemos porque él dirige mis pasos
sosteniendo la cadena a una distancia de más o menos un
metro delante de mí. Veo cómo escaleras y paredes están
forradas por un tapiz negro mullido y cada cierto espacio
hay luces rojas intermitentes que iluminan el paso.
¡Teatral!, es todo lo que puedo pensar. Al menos mientras
ascendemos las escaleras. Él no tira fuerte de la cadena, es
paciente, y me permite dar cada paso con cuidado.
Terminando las escaleras empiezo a escuchar una tenue
música proveniente del otro lado de la puerta que está unos
pasos por delante de nosotros.
Mis manos comienzan a sudar ante lo desconocido, ¿qué
hay al otro lado de la puerta? Todo tipo de escenarios
pintorescos se ilustran en mi mente, pero hay una certeza
que me da cierto aire de seguridad y eso se debe mucho a
que él está sosteniendo la cadena que ancla a mi cuello.
Confío plenamente en él, como me ha explicado, mi
función esta noche será ver, solo ver. Nada malo va a
pasarme con eso, ¿cierto?
Perdida en mis pensamientos, soy aturdida por el sonido
que se propaga cuando la puerta es abierta, tiro de mi
cabeza para mirar directo al suelo recordando que no debo
ni puedo mirar a nadie directamente, aunque con todos los
sonidos la curiosidad pica de solo pensar intentarlo, sé que
podría encontrarme sin querer con cualquier mirada y
entonces me estaré ganando un castigo seguro y lo menos
que quiero esta noche es desobedecerlo o decepcionarlo.
Escucho voces, murmullos, y logro ver piernas que se
mueven aquí y allá. El espacio es tenue, como todo, y el
ambiente alrededor genera una sensación de inquietante
nerviosismo que se instala en mi estómago.
—Ahora voy a darte la oportunidad de mirar. Pero no te
dediques a observar algo que te parezca indebido, recuerda
que para cualquier persona que está aquí, es
completamente normal —me dice y asiento aunque no sé si
me está mirando, su voz suena cerca.
Accedo a su concesión agradecida porque la curiosidad
está carcomiendo mis sentidos.
Levanto mis ojos suavemente y tenso todos y cada uno
de mis músculos, lo que me hace más consciente del
juguete dentro de mí, mi respiración se engancha en un
susurro ardiente, el local en general... apenas me fijo en los
colores negro y rojo que predominan en todo, con lo que
parecen figuras abstractas pegadas en las paredes.
Hacia el lado izquierdo, hay una enorme plataforma
donde se desarrolla un acto que de inmediato atrae mis
ojos, evado las múltiples personas que se encuentran
alrededor y enfoco lo que ocurre arriba, hay tres mujeres
vestidas en lencería y cuero, están a gatas en el piso y se
contonean de una forma que las hace lucir desesperadas,
como si pidieran auxilio mientras que, al ritmo de la música,
lento, erótico y al mismo tiempo escalofriante, son azotadas
por múltiples látigos de aquellos que se encuentran a su
alrededor. Me estremezco cada vez que el látigo chasquea
contra sus pieles, parece que están realmente pidiendo
auxilio, una ayuda que no llegará a menos que pronuncien
sus palabras seguras, porque ellas saben qué es lo que
vienen a hacer aquí.
Cuando logro desviar la vista miro hacia una parte más
alta, otro sitio, donde una serie de hombres y mujeres,
atados a cruces de San Andrés con pinzas en sus pezones y
genitales, son exhibidos.
La curiosidad burbujea en mi boca y sé que tengo que
preguntar.
Mi Señor sigue de pie, estático, delante de mí, nadie se
ha acercado a nosotros y es un gran alivio. Todavía no nos
hemos adentrado entre la gente, permanecemos a un lado
de la entrada donde él me está permitiendo apreciar con
claridad todo el panorama.
—S-señor —llamo titubeando—. ¿Puedo preguntarle algo?
—Dime.
—¿Eso... ellos...? —Señalo hacia donde he mirado el
último par de segundos.
—Son sumisos y sumisas que se acercan al club inducidos
por la curiosidad, una vez iniciados en el BDSM deciden si
quieren continuar, de ser así son entrenados y exhibidos, si
así lo desean, para los diferentes Dominantes y Maestros
que vienen aquí —responde para mí.
¡Oh...! Parpadeo observando a esas personas.
—Yo creí que era una especie de castigo —confieso en un
susurro que por supuesto él logra escuchar.
Tira de la cadena hacia arriba obligándome a mirarlo
directamente a los ojos y sonríe, una sonrisa de lado que
me da escalofríos.
—Créeme, Eridan, esto no tiene nada que ver con
castigos. —Hace una pausa y observa hacia donde están las
personas inmovilizadas en las cruces para después volver a
observarme a mí—. Los castigos son mucho más...
entretenidos.
—Ares, días sin verte por acá. —Me tenso, es una mujer,
no la miro, estoy siguiendo las reglas y mirando interesada
a sus pies y los míos—. Los rumores corren, y tu presencia
esta noche es motivo de cierta cantidad de visitas. —Su voz
me resulta salvaje y seductora al mismo tiempo, lo cual me
parece una combinación peligrosa.
—¿Cómo van las cosas? —pregunta mi Señor ignorando
las palabras de la mujer. Lo hace después de un momento
de silencio que no me agrada.
—Te envié un informe del último balance la semana
pasada, las cosas van bien —responde esta en el mismo
tono casual que él ha estado utilizando.
Me percato de la forma en que se hablan, como un par de
personas que se conocen, donde existe cierta comodidad de
uno alrededor del otro.
—¿Estás sola esta noche? ¿Sin el servicial perro? —indaga
mi Señor, sarcasmo destilando en su voz. Debo suponer por
sus palabras que ella es una Dominatrix, Domaine, Ama,
Señora... cualquier término.
—Sí. ¿Por qué? ¿Se te ofrecen mis servicios? —contrataca
ella, empleando un tono grave y profundo.
—La gracia no es tu fuerte, Thera —revira él tajante,
bueno, al menos su humor para con la dama es el mismo
que para conmigo. Reconozco ese nombre, la ha
mencionado en nuestras pláticas como una de las personas
que lleva el club junto con él.
—Tú te lo pierdes. —Casi puedo percibir la sonrisa en el
rostro de la mujer—. ¡Mira lo que tenemos por acá! —Me
tenso—. ¿Es esta tu nueva adquisición? ¿Esto es lo que te
ha tenido tan alejado de nosotros? —curiosea, aunque
parece no dirigirse a nadie en específico y siento la mirada
de la mujer en cada parte de mí, un repaso completamente
distinto al de mi Señor.
Los nervios crepitan en mi cuerpo y tengo que
controlarme para no levantar la cabeza y mirarla.
Espero, con paciencia y anhelo, a que él responda algo, lo
que sea.
—Veo lo bien que la estás tratando.
De la boca de él no sale nada, en cambio la mujer sigue
hablando en murmullos. En mi escaso campo visual
vislumbro el perfil de una figura femenina entallada en
cuero color vino, resulta una silueta perfecta de largas
piernas que finalizan en un par de tacos afilados, sin
embargo, no alzo mi cabeza aunque tiemblo de intención.
—¿Puedo? —pregunta esta de pronto y veo sus dedos
sacudiéndose delante de mí.
Trago grueso, ¿quiere tocarme? Miro hacia los pies de mi
Señor esperando cualquier reacción por su parte, pero él ni
se mueve ni responde, nada, hasta que lo escucho.
—No. —Le da una respuesta cortante—. Vete. —Y de esa
manera nos movemos con él tirando de mi cadena.
Si pudiera levantaría la cabeza y le sonreiría a la mujer,
me lleno de aprehensión y orgullo porque él no me ha
defraudado.
—Tan irritante como siempre, Ares. Nunca me
decepcionas. —Escucho que aquella mujer dice por encima
del ruido, es lo último que le oímos mientras nos movemos
entre muebles y personas.
No fijo mi mirada en nada ni nadie, solo veo piernas,
cuero y algunas mujeres y otros hombres en el suelo, a los
pies de los que deben ser sus Amos.
Atrás queda el espectáculo sobre la plataforma y la
exhibición de sumisos y sumisas. Pronto llegamos a otro
pasillo como el de la entrada y unas escaleras que esta vez
se dirigen hacia una planta superior.
—No te dejes atemorizar por Thera. —La voz de él
resuena en mis oídos, su cuerpo ha girado de frente a mí y
creo que nota mi estado tembloroso—. Suele ser excéntrica,
y eso que no la has visto por completo. —Creo que sonríe—.
Ahora, donde estaremos a continuación o, donde tú estarás,
será una sala de expectación, ante ti verás diferentes
estancias que reconocerás como cuartos para sesiones, en
una de esas iré yo, tú te quedarás donde te indique.
»Quiero que te quedes ahí y no hables con nadie ni mires
a nadie que no sea yo. Si alguien se te acerca, tú lo ignoras.
Tu collar me representa, sin embargo, pueden existir
quienes, muy a pesar de las normas del club, intenten
acercarse a ti. Eres sumamente apetecible, así que vas a
tener que comportarte para que las cosas salgan bien,
¿entendido?
—Entendido, Señor —respondo ya con menos nervios, o
eso creo. Él ayuda a que esté relajada.
—¿Cómo vas con esto?
Como no lo miro, no sé qué hace, hasta que su mano
hace presión con el cinturón firmemente puesto entre mis
piernas. Tiro de mi cuerpo hacia arriba con el fin de alejar la
presión, un impulso de autodefensa.
—B-ie-en —contesto temblando.
Me arriesgo a mirarlo y entonces veo una
relampagueante sonrisa expandiéndose en respuesta.
Siento su palma completa, abierta, sobre la tira del cinturón
que cruza entre mis piernas y hace un movimiento hacia
delante y hacia atrás, con sus dedos roza la cara interna de
mis muslos.
¡Joder!
Cierro los ojos y jadeo, los abro y veo el fuego encendido
en su mirada, me tiene en sus manos.
Antes de que pueda asimilarlo, se aleja y me quedo
jadeando y suplicando con la mirada, necesitándolo. A él no
le importa y se gira tirando de la cadena, continuando así
nuestro paso y finalmente saliendo, ambos, hacia la planta
superior.
Mantengo la cabeza gacha y me percato de los saludos
que sigue recibiendo mi Señor a medida que más gente nos
rodea. Ellos hablan de extrañarle, pero él nunca responde a
esos comentarios, no responde a nada y con cada silencio
suyo yo sonrío para mis adentros, porque a juzgar por lo
que he escuchado, su lejanía respecto a este sitio tiene una
razón, y esa razón parece que soy yo.
—Ahora puedes levantar la vista —susurra cerca de mi
oído, no me doy cuenta cómo se acerca hasta que lo tengo
al lado. Obedezco y lo primero que veo al levantar la cabeza
es... a él—. Te vas a quedar aquí.
Miro alrededor y varias personas parecen aislarse,
formando pequeños grupos aquí y allá. Amos con sumisas a
sus pies, sumisos... Amas, otros parecen solo observadores
curiosos.
Percibo diferentes sensaciones: ánimo, nervios, ansiedad
y excitación predominan.
—Sí, Señor —confirmo.
Vuelve mi rostro hacia él tomándolo entre sus manos.
—Compórtate, pequeña. No olvides lo que ya te he dicho.
¿Me lo recuerdas? —dice con un atisbo de sonrisa. Detallo
por primera vez esta noche lo hermoso que luce, es un
segundo el que transcurre y todos mis sentidos se vuelcan
en él, lo escucho, huelo y siento cada parte de la piel de sus
dedos tocando la mía, lo miro y casi lo saboreo.
—Debo permanecer quieta en el lugar que indique mi
Señor, viéndolo a él y a nadie más... no debo mirar a nadie
directamente y si alguien se acerca, no debo responder —
recito rememorando cada palabra que me ha dicho desde
antes de salir de casa.
—Básicamente es eso, ahora sé una buena chica. —
Asiento—. No vas a moverte de aquí, no aceptes nada de
nadie, estaré por allá. —Sigo el movimiento de su mano
señalando un espacio tras unas espesas cortinas negras—.
Lo demás ya lo sabes. —Lleva sus manos a mi cuello y quita
la cadena del aro del collar.
Dándome una última mirada se vuelve y me deja aquí, de
pie.
¿Nervios? ¿Ansiedad? Siento todo eso invadiendo mi
sistema, agujereando gravemente la seguridad que él
intentó darme, adrenalina por no saber qué hacer. Me
siento... perdida en medio de todas estas personas.
Miro hacia las cortinas, veo varias de ese mismo tipo
frente a donde me encuentro, supongo que son las
diferentes estancias para sesiones que él ha mencionado.
No tengo nada con lo que guiarme para saber cuántos
minutos han transcurrido desde que mi Señor me dejó en
este lugar, pasa lo que a mí me parece una eternidad, una
eternidad que se disipa cuando las cortinas donde él ha
señalado, se abren.
Agradezco en ese segundo de calma que nadie se ha
acercado a mí, no quiero ni pensar en lo que sería lidiar con
alguien intentando que me mire, alguien que pueda
intimidarme. Sacudo la cabeza alejándome de esos
pensamientos y dirijo mi atención hacia el lugar que las
cortinas abiertas ahora dejan a la vista.
Frente a mí se halla la adaptación de una habitación
medieval, una enorme rueda de madera se encuentra en el
centro del sitio y en ella veo a una mujer con el rostro
cubierto por lo que parece una bolsa de tela color negro, su
cuello, muñecas y tobillos están sujetos por correas que
pertenecen a la rueda.
Ella no viste prenda alguna, se encuentra totalmente
desnuda, es evidente su agitación y su excitación.
Mi corazón, que hasta ahora ha mantenido una frecuencia
rítmica, se detiene e inicia un ritmo frenético una vez que
veo aparecer a mi Señor, por suerte para mi mente, no viste
de forma “temática”, lleva un jean oscuro y una camisa del
mismo color, abierta y dejando a la vista los contornos de su
torso.
Sus facciones como de costumbre no denotan emoción.
Se mueve con sigilo y atrae miradas, me absorbe e
hipnotiza. Lo veo moverse alrededor de aquella rueda, de
aquella mujer y siento la forma en que mi sexo se aprieta en
torno al dildo provocando que abra la boca y jadee
suavemente, ¡Dios santo! Para mi sorpresa, como si él fuese
consciente de lo que siento, posa su mirada sobre mí.
No hay maneras de explicar la excitación que empieza a
invadir mi cuerpo con solo verlo a él moviéndose alrededor
de la mujer, viendo su rostro deliberar sus planes próximos.
Por otro lado la mujer en la rueda, agitada y expectante
como yo misma me siento, se encuentra muy lejos de
causarme molestia o envidia o... cualquier emoción
negativa. Esta situación me tiene en un caso distinto,
sorprendente, nuevo, me encuentro extasiada viendo la
manera en que está expuesta y entregada a mi Amo.
Doy un respingo cuando lo veo acercarse a ella con un
par de objetos color plata en sus manos, se acerca y le
susurra algo... antes de que aquella sumisa o yo notemos
un cambio, una pinza se ajusta en su pezón izquierdo y
todos escuchamos su grito adolorido que logra cautivarme y
hacer doler mi entrepierna, cuando mi Señor se mueve
puedo ver la pequeña pesa que guinda de la pinza y la
presión tirante que debe sentir hace que me contraiga más
en torno al dildo con un dolor agudo y caliente que viaja por
mi cuerpo y humedece aún más mi zona vaginal. Hace lo
mismo con el otro pezón, esta vez ella no grita, es una
mezcla entre queja y gusto lo que emite, placer y
satisfacción por el dolor. Cuando instala otro, esta vez
directamente en su clítoris, me siento tambalear producto
de la lujuria y el deseo desmedido que invade mis sentidos.
¿Voy a soportarlo hasta el final? Sería... tan... fácil
moverme a un sitio donde nadie me vea y poner mi mano
en el cinturón y moverlo, agitarlo y conseguir una
liberación. Mi respiración está más que perdida, él sigue
susurrándole, acariciando los erectos pezones que
sobresalen de entre las pinzas y se van tornando rojo
sangre, al igual que la piel del pecho a su alrededor. Mi
Señor tiene la mandíbula tensa, pero cada uno de sus
movimientos son expertos, él sabe exactamente lo que está
haciéndole y, retorcidamente, lo que está haciendo
conmigo, porque mi presencia aquí es intencional, su
propósito no es casual, él ha descubierto los efectos que
tendría en mí antes de siquiera yo pensarlo.
Se aleja de ella hacia la parte posterior de la rueda y la
inclina hasta que queda recostada hacia atrás. De nuevo, en
un segundo, sus ojos vagan hacia mi posición y es tan fugaz
que, si no fuese porque lo siento en cada milímetro de mi
piel, creería que lo he imaginado. Se gira para tomar un
látigo.
Rápidamente el primer golpe atenaza contra la cara
interna de una de las piernas de la sumisa y el choque la
sacude sobre la tabla. Doy un salto en mi posición y mi
corazón se acelera aún más siguiendo el ritmo de los
azotes, van y vienen y me encuentro jadeando y gimiendo
bajo, cada chasquido del látigo viaja directo a mi zona
íntima, ella se excita más, yo me excito más. Sus muslos
brillan por los fluidos que han lubricado su sexo, lo está
disfrutando.
Un pensamiento que intenta disuadirse se instala en mi
mente. Sé que la tortura y la preparación van a acabar, él
va a tomarla, va a follarla y no sé si quiero ver eso. De algún
modo, pensar en mi Señor follando a aquella desmadejada
sumisa, no me parece algo tan malo y, si lo admito en el
fondo de mi mente y de mis deseos, una parte de mí desea
verlo, desea sentir todo aquello que puede generarme ser
una espectadora fuera de la actividad.
Su cabello despeinado se mueve cada vez que él levanta
el brazo y lo agita hacia adelante para lanzar un nuevo
azote. Sus músculos se flexionan y si miro su entrepierna,
se nota visiblemente excitado, y mi excitación se convierte
en un eco sordo de la suya, del placer que obtiene dando.
Ahora sé que puedo soportar estar en esta situación por él,
viéndolo, siendo consciente, porque él está dándome placer
a mí también, de una manera que desconocía podía
recibirlo, hasta ahora.
Cada vez que mi Señor hace algo nuevo, escucho
alabanzas por parte del resto de espectadores que hasta
entonces he ignorado con éxito, alabanzas que se pierden
rápido en mis oídos.
Ahora instala un pequeño huevo vibrador entre los
pliegues hinchados y húmedos de la sumisa, divirtiéndose
mientras la lleva al límite. Siento la necesidad de apoyarme
en la pared o algo que me pueda mantener firme, pues mis
piernas fallan con temblores, siento tantas cosas a la vez
que creo voy a ser superada.
Pero un movimiento logra sacarme de la concentración
que hasta ahora he mantenido en aquella habitación de
contexto medieval. Giro hacia un lado de esa estancia, más
que por voluntad propia es una reacción humana,
contemplo por primera vez la habitación junto a la de mi
Señor y lo que en ella está sucediendo.
Veo a una mujer suspendida del techo, atada en
diferentes partes de su cuerpo con una muy bien aplicada
técnica de Shibari, a juzgar por lo que recuerdo haber leído
y que mi Señor me mostró; la hace parecer una exhibición
artística de nudos esbeltos en medio de un salón lleno de
diferentes aparatos e instrumentos de tortura.
Noto que la chica tiene la piel surcada por una serie de
puntos rojos, dudo, ¿qué es eso? Una pequeña llama capta
mi atención y enfoco un par de velas rojas a punto de
consumirse en su totalidad, se encuentran sobre una mesa,
entonces sé que los puntos rojos no son más que cera
caliente ya endurecida sobre su piel, me estremezco
pensando en aquello. Me fijo en los muslos y las nalgas de
la mujer que resaltan a la vista por la forma en que está
suspendida y tengo que cerrar los ojos por un minuto, su
piel muestra lo que debió ser una azotaina brutal y con
brutal me refiero a que su piel está amoratada y en algunas
zonas incluso raspada, siento la consternación subiendo a
mi cabeza y, al tiempo, una sensación indescriptible que
lucha.
Capto otro movimiento en la habitación, uno que no he
percibido por la distracción que me generó el estado de la
sumisa suspendida.
Ahí de pie, a un lado, observando y susurrando palabras
que tal vez son alentadoras, tal vez halagadoras, se
encuentra un hombre. Un Amo al cual me dedico a
observar, la piel de su espalda brilla cubierta por una ligera
capa de sudor, su atractivo cuerpo se ve ligeramente
bronceado, sus músculos se flexionan en cada respiración y
me aferro a su contextura desgarbada y aparentemente no
tan fornida, aunque es evidente la buena formación de cada
músculo. Su parte baja está cubierta por un pantalón negro,
más bien parecido un pantalón de deporte que pende
deliciosamente de sus caderas.
Me detengo abruptamente en mis pensamientos por el
uso de cierto adjetivo.
¿Delicioso?
¡Dios santo! Retrocedo de inmediato.
Algo en mi mente, algo en la parte racional me indica que
debo retroceder en todo y volver a lo que estaba haciendo
antes, ¿qué era? Algo más allá de mí, algo más de lo que
puedo pensar me mantiene estática, clavada al suelo y
mirando en aquella dirección.
Veo cómo el hombre gira de perfil, dando una ojeada
descuidada a los asistentes y sus labios se mueven en una
sonrisa cínica, como si supiese que es atractivo al público,
que su acto lo es y a él le gusta esa atención. Detallo su
rostro ahora, cubierto por una ligera barba del mismo tono
rubio de su cabello que se observa rizado y bien cuidado.
No hay duda en absoluto al decir que aquel hombre,
aquel Amo, es sumamente atractivo, me quedo hipnotizada
viendo los matices de su piel, las débiles pecas de su
espalda, los movimientos elegantes que hace alrededor de
la mujer, gráciles, como los de un halcón al acecho. Es
coordinado, dando la impresión de que cada paso dado está
milimétricamente medido.
Pillo cómo, de vez en cuando, se gira de cara a nosotros,
sus espectadores, quienes parecen ser cada vez más a
juzgar por los ruidos y murmullos a mi alrededor.
Me siento como un cuerpo metálico atraído por una
fuente magnética, no hay parte de mi cuerpo que no esté
dirigida a él y no puedo hacer nada para evitarlo o
cambiarlo a pesar de que siento que debo detenerme.
La sumisa no está vendada y en un movimiento
inesperado que hace girar a su cuerpo como si fuese un
planeta rotando sobre su propio eje, veo la mirada de ella.
Me doy cuenta de que estaba esperando algo de miedo por
la situación en la que se encuentra, pero todo lo que puedo
ver ahí es adoración, deseo, respeto, admiración y... más
sentimientos que conozco perfectamente, que yo debo... yo
debo a ese alguien a quien tengo que estar mirando en este
momento, alguien de quien debo estar pendiente y
dedicarle mis cinco sentidos y que he olvidado por
completo, presa de unos deseos desconocidos que han
anclado a mi cuerpo, presa de sensaciones que no sé cómo
describir.
Mi corazón late esta vez a causa del miedo y la angustia y
sin embargo no me muevo.
Ese Amo se vuelve de frente a ella, de perfil hacia mí,
hacia el público que fielmente lo observa, su boca se mueve
de forma hipnótica con cada palabra que emite, emana
electricidad y lujuria y es una especie de embrujo extraño y
cautivador. Lo veo acentuar sus dedos en las nalgas de la
sumisa, ahí donde sus heridas son desgarradoras,
tentándola a retractarse de sus propias emociones, pero se
nota que ella lo desea, que quiere todo lo que él le está
proporcionando y continúa dándole, estoy segura, por su
expresión, y basándome mis propias experiencias, que el
dolor no es parte de su cuerpo en estos momentos y solo el
deseo carnal de ser poseída por él, prima en todo su ser.
Él se deleita con su cuerpo, no de una manera
sexualmente directa, no, es una posesión erótica, dolorosa,
placentera, es como si en lugar de estar en una sesión
estuviese en una especie de ritual, se mueve a su
alrededor, susurra palabras, atiza un golpe cuando lo cree
necesario, tantea su sexo y lo deja cuando también cree
correcto.
La hace correrse innumerables veces, más de lo que
pensaba que una persona podía y, repentinamente, me
encuentro dolorosamente necesitada.
Nunca hace insinuaciones de buscar placer personal, él
está para ella en este momento, entregado, poniendo en
evidencia cómo a pesar de que una sumisa entrega su
cuerpo a su Amo para que este haga lo que desee con él, el
Amo también entrega todos sus deseos por darle a la
sumisa lo justo y preciso que ella necesita. Observo sus ojos
moverse pícaramente, perversos, desde la sumisa a las
personas. Una sonrisa cínica y a veces sádica, pinta sus
labios rojos, tan rojos que... ¡Mierda! ¿Qué está pasándome?
Me tenso un parpadeo.
¿Qué estoy haciendo?
Desvío mis ojos por un segundo, pero los vuelvo a alzar
porque todo mi ser reclama que siga viendo el espectáculo,
porque es eso, un espectáculo y nadie puede negarlo.
Yo no estoy realmente haciendo algo malo ¿no? Más que
nunca en este momento necesito algo o alguien en quien
apoyarme para no caer, me siento débil y no solo por las
sensaciones que se supone debo sentir por... todo, por el
dildo bien insertado en mi interior, porque a decir verdad, el
abrumador entorno que me envuelve, la lujuria y el dominio
de... de aquel Amo, me han hecho olvidar el cinturón, me
han hecho olvidar de quién soy y de lo que es correcto.
Y es así, en un parpadeo rápido, adusto y letal, que mi
mirada choca con una clara, un color muy distinto al que
estoy acostumbrada, un hermoso gris también, pero que no
es el gris de mi Señor.
¡Mi Señor! Jadeo reconociendo lo que mi propio cerebro
obnubilado ha ignorado, mi falta de atención, mi... deseo.
Me giro de inmediato hacia donde él está dando su
presentación, la habitación contigua.
¿Qué ha pasado?
Me tenso, estoy aterrada, las cortinas ya se han cerrado...
Mi estómago se retuerce, creo que no he hecho nada
malo, pero en realidad todo está mal ahora, siento distintas
emociones que se revuelven, burbujean y terminan en lo
mismo. Culpa.
Culpabilidad porque yo tenía mi objeto de atención y lo
perdí. Él me lo advirtió, lo dijo. Toda mi atención debió estar
dirigida a él y fallé, no reparé en eso.
Miro de nuevo a donde estaba aquel Amo, sin embargo,
también ya han cerrado las cortinas.
Espero que mi Señor regrese pronto, que me saque de
aquí, pero pasan los minutos y no tengo idea de dónde se
encuentra. ¿Habrá, quizá, más sesiones? Al pasar el tiempo
deja de importarme si miro o no a otras personas, ya no
puedo permanecer con la cabeza gacha y empiezo a
buscarle entre la gente. Lo necesito con urgencia.
Pero no lo veo por ninguna parte y, contrario a lo que
estoy deseando férreamente, me distraigo con las personas,
su vestimenta, acciones, máscaras, trajes de cuero, mujeres
y hombres envueltos en látex, hombres con correa en su
cuello y cinturones de castidad como su indumentaria, nada
más. Mujeres siendo azotadas en plena sala... Estudio y veo
diferentes tipos de Amos, algunos fuertes que pisotean y
tiran sumisas y sumisos a un lado, otros suaves acariciando
su cabello como el de una mascota. Algunos dan miedo,
otros son solo un miembro más, y viendo a todos y cada uno
de ellos me pregunto una vez más. ¿Que sucedió conmigo
hace unos minutos?
—Una pequeña zorra con collar y... sola. Es como un
indefenso animal abandonado en medio de la noche —el
susurro y las palabras de una voz a mis espaldas me hacen
tensar, esa voz... no es la voz de mi Señor y, quien quiera
que sea, posee un tono atrayente, seductor, cautivador e
hipnótico, un acento que puede hacer delirar con tres
palabras más.
¿Debo girarme o ignorarlo? Mi cuerpo se debate con mi
mente.
Siento el calor que emana el cuerpo detrás de mí, tan
cerca, inclusive su olor, un delicioso olor a hombre limpio y
fresco.
Lucho imperiosamente contra las ganas de girarme.
—Puedes girarte, usualmente no tengo problema con que
me miren, después de todo, a todas les gusta mirar y tú ya
has visto bastante ¿verdad?
No puedo ignorar aquel tono de voz, mi cuerpo tampoco
lo hace pues mi piel, la que se encuentra más cerca de sus
labios, del cálido aliento que expulsa con cada palabra, se
eriza dejando en evidencia que a pesar de mis esfuerzos por
ignorarle, estoy respondiendo dolosamente a él.
Cedo a lo inevitable, dando una última mirada a mi
alrededor, buscando mi salvación, cosa que suena
totalmente estúpida, pero en realidad lo considero así en
este momento, porque si desobedecer su primera orden me
hace sentir mal, sin duda lo que estoy haciendo, lo que
estoy por hacer, va a empeorarlo todo, soy consciente de
ello y sin embargo me giro por completo para encarar a
aquel Amo.
Si me encontrara al hombre frente a mí, en un día
cotidiano de mi vida, probablemente quedaría impresionada
con su belleza, sin embargo, hubiese sido difícil descifrar
que es un practicante del BDSM, pues viéndolo ahora,
vestido con un simple suéter de manga larga color negro de
cuello V y un sencillo pantalón, parece “normal”. Aunque su
cuerpo cubierto por toda esa tela no impide que luzca
magnífico.
Observo la sonrisa burlona que baila en sus labios, unos
labios rojos, carnosos, excesivamente apetecibles y
enmarcados por una cuantiosa barba que aumenta el
encanto de sus facciones. Confirmo que su cabello es un
manojo de rizos rubios y, finalmente, sus ojos, como
efectivamente había visto, de un color gris atrapante, los
entorna de forma hipnótica y me hace retroceder en mi
pensamiento sobre lo normal que luce.
Audaz, aunque temiendo y deseando cosas que no debo,
enarco una ceja y sus ojos se vuelven a entornar, su
mandíbula se tensa y mis músculos se contraen.
—Así que no tienes lengua y eres irrespetuosa, ¿quién es
tu Amo? Te hace falta aprender modales —regaña con esa
voz profunda y acento malditamente bueno.
—¿Señor...?
Su pregunta en el aire es interrumpida por la llegada de
una mujer, evitando así que dijese cualquier cosa porque no
sé qué responder, no sé cómo responder a él. La verdad ni
siquiera debo hablarle, pero estoy tan perdida en lo que
está frente a mí, que soy incapaz de controlar mis
reacciones.
—Ahora no —responde él, sin dejar de mirarme. Y no
puedo negar que eso me gusta.
—Me ha enviado mi Amo, él desea concretar un asunto
con usted —insiste la mujer, manteniendo la cabeza gacha y
un ligero temblor en su cuerpo. ¿Qué le sucede? No puedo
evitar mirarla de forma extraña.
—¿Quién es tu Amo, cariño?
Me estremezco por la forma en que pronuncia la última
palabra, como si su lengua acariciara cada letra de la
misma, dándole una prolongada y tortuosa nota de placer,
él no pasa por alto mi reacción, lo sé por el brillo de
diversión en su mirada. La palabra afectuosa que él ha
usado no es común, pero él en lugar de afectuosa, la hace
parecer amenazante.
La mujer hace una sutil seña hacia donde se encuentra su
Amo y luego, el Dominante frente a mí, hace una seña en
esa dirección y le permite, de forma educada, retirarse a la
mujer que sigue temblando como una hoja expuesta al aire.
—Dime —se dirige de nuevo a mí, sonriendo con esa nota
de burla hasta que se forma un par de hoyuelos en sus
mejillas.
¡Oh...! Me desconcierta la forma en que se ve, en que lo
veo, ¿qué está haciendo? No respondo, más que por no
querer es porque no sé qué decir, no sé cómo reaccionar
ante todo lo que me está pasando, lo que me hace sentir.
La burla vuelve a desaparecer de sus facciones y le da
paso a la dureza, una mirada amenazante que hace
atragantar la saliva en mi garganta, realmente siento miedo
con él observándome de esa manera.
—¿Tu Amo te ha dejado sola y tienes miedo? —indaga
ahora haciendo uso del sarcasmo.
Veo cómo lleva las manos a sus bolsillos dándole una
actitud aparentemente relajada, siendo ahora
amenazantemente atractivo.
—É-él estaba en sesión —respondo tartamudeando. Mis
nervios son incontrolables.
Saca una de sus manos del bolsillo y la levanta
acercándola a mí, tiemblo de miedo.
¿Dónde está mi Señor?
Su mano está peligrosamente cerca de mí, de mi cuello,
lo toca... toca mi collar y bajo la mirada para verlo acariciar
los contornos de la inicial del nombre de mi Señor, A.
—¿Ares? —inquiere, sus facciones pasando de la burla a
la sorpresa en un milisegundo. Asiento—. O Ares ha perdido
el toque, o eres una irreverente zorra, cariño —habla de
manera suave, se inclina y sus labios están cerca de mi
oído, electrificando mi cuerpo con su aliento, me tenso—.
Relájate —susurra—. Hmmm, no sé por qué te deja sola,
eres... —Se aleja pero no demasiado, entonces asoma la
lengua entre sus labios y los repasa en un gesto
devastadoramente sexual—. Apetecible —finaliza.
Trago grueso, necesito un puerto seguro ahora.
Cambia, alza la mirada hacia algo tras de mí, entonces
veo la más deslumbrante de las sonrisas plasmarse en su
rostro. Hace una reverencia.
—Nos veremos de nuevo. Procura portarte bien. —Hace
una nueva reverencia luego de pronunciar su despedida.
Me resulta peculiar, pero sus ojos nunca dejan de emanar
ese tono de dominio que ya he sentido, ni la picardía o la
promesa oscura envuelta en el matiz de su mirada. Pero
todo el significado de su acción, sus palabras, la reverencia,
gracilidad, todo... se congela a mi alrededor y siento
verdadero miedo, miedo cuando una potente y fría mirada
eriza mi cuerpo, una mirada que sí conozco, una que he
estado esperando y que quizá ha llegado en el peor
momento.
Mi sangre se hiela.
—Veo que te estás divirtiendo, Eridan. —El tono de su voz
es distante y cortante, igual que aquella primera vez que se
dirigió hacia mí, ajeno a lo que somos y a la confianza que
hemos estado construyendo hasta ahora.
No sé qué responderle, estoy temblando y dudo en cómo
reaccionar.
¿Qué debo responderle?
¿Qué está pasando? Yo sé que está pasando, lo he
desobedecido a lo largo de la noche, pero, no he hecho
nada malo ¿no?
¡Joder! Estoy engañándome, mis pensamientos en todo
momento han sido inapropiados, hice a un lado, total y
deliberadamente, a quien debe ser mi prioridad y
justamente ahora empiezo a sentir todo el peso de la culpa
descender sobre mis hombros.
Busco su mirada, necesito hacerlo, necesito reconocer y
reconocerme en el gris de sus iris, necesito buscar el lugar
al que pertenezco en sus ojos. Cuando lo hago, ahí está, un
témpano. No hay emoción en absoluto, nada de la actitud
relajada que había estado manteniendo antes de llegar
aquí. Solo frialdad e indiferencia. Entonces tengo la certeza
de que va a castigarme y lo merezco.
—Señor... —Voy a pronunciar cuando una de sus manos
se levanta, tomándome desprevenida y me toma por la
mandíbula fuertemente, tan fuerte que duele, sus dedos se
clavan en mi piel y hace presión en el hueso. Nada tiene
que ver con lo de la noche anterior.
—No quiero escucharte. Ahora quiero que disfrutes la
noche.
Suelta el agarre de su mano, pero ahora la lleva junto con
la otra a mi cuello. ¿Qué va a hacer?
Jamás se me ocurrió pensar en su siguiente acción, al
minuto posterior en que sus manos se alzan a mi cuello, soy
liberada del collar por la brusquedad de su tacto, ahora lo
tiene en sus manos.
—¡Ve! —Hace un gesto vago con sus manos, y me mira
de una manera… como si yo fuese un ser repugnante—.
Disfruta, compórtate como la perra que eres, no hay nada
que te detenga ahora —dice como si estuviese enviándome
a hacer cualquier cosa, lo miro desconcertada.
«¿Qué está haciendo? ¿Por qué me hace esto?» Me
recrimino el porqué aunque sé la respuesta, sé por qué lo
está haciendo, no solo lo ignoré a él como mi Señor,
prácticamente me burlé de él, lo irrespeté hablando y
mirando a otros y, no siendo suficiente con eso, en mi
interior reconozco arrepentida, que deseé a aquel extraño,
por un segundo, unos minutos de delirio tal vez, quizá
desde el momento en que lo vi y eso empeora todo.
No creo que consiga sentirme peor de lo que hago. Me
dejé cautivar y ahora estoy perdida, lo desobedecí y esta es
su manera de castigarme, antes de que responda lo veo
inclinarse hacia delante, hacia mí, hacia mi oído.
—Iré a disfrutar de la noche también, ahora sé una zorra
y sigue divirtiéndote —murmura.
Ya no me estremezco, no hay nada que pueda hacer
cambiar mi estado anímico, se gira moviéndose con pasos
acompasados, alejándose, se le ve relajado y creo que está
ocultando la verdadera forma en que se siente.
Mi interior es un caos. Si antes me sentí desorientada, no
hay palabras para definir cómo me siento ahora.
DÍAS DESPUÉS
—Puta, es eso lo que eres. ¿Mía?, ¿eres mía? —Me toma
por sorpresa cuando junta mi cabello en su mano y tira,
chillo de dolor y en un acto reflejo giro para mirarlo, pero
recuerdo sus palabras y me vuelvo ¿debo responderle?—.
Respondes a mis demandas, te excitas con mis deseos,
obedeces, aceptas las cosas, te acoplas a lo que quiero de
ti, pero ¿y si eso te sucede con cualquiera que exija un poco
de ti? —sigue.
Tira de mí hasta amoldar mi cuerpo al suyo.
Finalmente suelta mi cabello, aunque no pierde el
contacto con mi piel, ambas manos en mis hombros,
descendiendo por mis brazos y cruzando mi cuerpo para
tomar mis pechos entre sus manos. Aprieta y retuerce hasta
hacerme sacar todo el aire de mis pulmones sin ninguna
queja, mis ojos se empañan de lágrimas silenciosas por el
dolor que está causando, pero me mantengo quieta.
—Cuando te toco, piensas. Cuando estoy contigo,
piensas. Siempre te he pedido que no lo hagas, que vivas,
pero me haces caso exactamente cuando no debes,
pequeña puta. Cada acción tiene un precio, una
consecuencia —advierte cerca de mi oído izquierdo.
El corazón me late desbocado por sus manos, el miedo
infundido por sus palabras, y la misma presión de su
excitación contra mis nalgas. Son demasiadas cosas al
mismo tiempo.
—Arrodíllate —ordena.
Obedezco, girándome antes para quedar de frente a él, a
pesar de que no me lo pidió de esa manera.
Mi rostro a escasos centímetros del prominente bulto de
su entrepierna, imágenes acuden a mi cabeza, deseos
sacuden mi cuerpo. Intentando no mirar, pero fracasando en
el proceso veo sus manos viajar hasta el broche de su
pantalón, sin embargo, contrario a lo que pienso baja la
cremallera y luego simplemente saca su... erguida polla.
El deseo hace estragos en mi cuerpo, mi boca se seca de
anhelo y siendo un hilillo de humedad descender de mi
sexo.
Lo necesito.
—Lleva las manos a tus piernas, en ningún momento se
te ocurra utilizarlas porque va a ser peor para ti. Abre esa
bonita y desobediente boca, ¡ahora! —demanda y las
punzadas que suceden en mi sexo son abrumadoras.
Dejo mis manos donde pidió y abro mi boca no sin antes
tragar el nudo de mi garganta. Con deleite veo sus manos
acariciar la cabeza de su erección, el tronco, todo. Crispo los
puños sobre mis piernas haciendo acopio de fuerzas para no
desobedecerle. Apunta a mi boca jugando con mi cordura,
entonces, de un solo empujón se lleva a sí mismo entre mis
labios, yendo tan al fondo en un primer intento que mis ojos
se llenan de lágrimas y una arcada sacude mi garganta tras
su retirada.
No es lo que esperaba.
Repite la acción. Entrando por completo hasta chocar la
piel de su vientre bajo contra mi nariz, quedándose unos
segundos y luego retirándose con una nueva arcada
sacudiendo mi cuerpo. No puedo controlarlas y eso lo lleva a
un límite en sus deseos por castigarme. Cada vez se
demora más en mi boca provocando que mi respiración se
tranque. Es rápido y sorpresivo, no me deja un minuto para
adaptar mi garganta y tranquilizarme, la saliva se escurre
de la comisura de mis labios y sé que estoy siendo un
desastre. Pienso en mi palabra de seguridad, pero no quiero
usarla.
Un segundo basta para que algo en él cambie, la
brusquedad se queda de lado cuando sus manos sostienen
mi rostro, los pulgares borran los rastros de mis lágrimas,
miro sus ojos y hay muchas cosas en ellos, algo de
compasión y... más cosas, cosas que no sé reconocer
aunque que están ahí.
Mi respiración se altera, no por lo que está haciendo sino
por lo que estoy viendo. Aprovecho este momento para usar
mi lengua y disfrutar, por primera vez, lo que él me está
haciendo. Chupo su piel tensa y un gemido brota de sus
labios seguido por uno de los míos. Sin embargo ese sonido
es el detonante de sus emociones llevándolo a un furioso
frenesí con el que no puedo luchar, solo dejarlo ser, lo dejo
follar mi boca hasta quedarse unos segundos de más con mi
nariz pegada a su piel y los chorros calientes de su semen
descendiendo por mi garganta. No me deja respirar hasta
acabar por completo. Para cuando me libera, un ataque de
tos me toma y debo sentarme y contenerme, me siento
débil, adolorida, mi garganta arde.
Cuando puedo mirarlo, todo lo que veo en él es furia,
enojo, crueldad.
Quito mi mirada.
—¿Te he dicho que tengo afición por las épocas antiguas?
La historia me resulta fascinante, la época victoriana de
renombrados duques, marqueses. La colonia, las guerras y
sobre todo... aquellos métodos de castigo. —Su voz forma
un eco potente que viaja por toda la habitación y consigue
helar mi sangre—. Hoy voy a poner mi fascinación en
práctica y vas a ser partícipe.
Lo siento de pie tras de mí justo antes de que, sin
ninguna delicadeza, me tome por los brazos instándome a
ponerme de pie y tirando de mi cuerpo sin tregua hasta una
de las paredes.
Observo con curiosidad y detalle una caja con barrotes
adherida a la pared, es una especie de jaula ¿es nueva? No
recuerdo haberla visto ahí.
La abre, es una puerta y me descubro intentando
retroceder. De la parte superior guindan una serie de
cadenas y aros. Retrocedo un poco más. Me queda claro
entonces que él sigue enojado, buscando formas de
castigarme.
—Te voy a suspender, Eridan —anuncia—. ¿Tienes alguna
objeción a ello? —Trago saliva audiblemente.
Es la primera vez que él pregunta si estoy de acuerdo en
alguna de sus prácticas, siempre ha esperado llevándome al
límite hasta que yo decida si es suficiente o quiero
continuar. Vuelvo a tragar, ¿qué implica suspensión?
—No debería preguntarte, porque esto no tiene nada que
ver con tu placer. Eso no es para disfrutar —murmura,
volviéndose a mí. Siento como si su postura y palabras
estuviesen incitándome a renunciar, a decir que no. Pero
asiento—. ¿Segura? —pregunta, su voz es... diferente, no
puedo identificar el matiz que le cubre.
—Sí, Señor. —Alto y claro, sin titubeos y mirando abajo.
La tensión de su cuerpo cerca del mío es evidente. Mucho
más que la propia tensión de mi cuerpo que sabe lo que le
espera, o al menos cree saberlo. Sin embargo confío en él,
incondicionalmente, y voy a apostar a ello.
Sin decir más palabras me jala del brazo llevándome
dentro de la pequeña jaula metálica con solo un cajón de
madera dentro, me empuja para que me suba y quedo casi
a la altura de su rostro.
—Levanta tus brazos —indica y lo hago. Ata primero una
mano y luego la otra, envolviendo mis muñecas en los
pañuelos y luego ajustando la cuerda alrededor. Decir que
no estoy asustada, que no tengo nervios, sería mi más
grande mentira.
—Ahora levanta la pierna derecha tanto como puedas.
Dudo un instante porque hay pudor y vergüenza, pero es
él, es mi Amo, así que hago lo que me pide. Ata mi tobillo en
una actitud imperturbable, colocando la venda y luego la
cuerda alrededor y enseguida llevándola hasta uno de los
aros que cae del techo. Luego hace lo mismo con la otra, al
levantarla, por primera vez siento miedo de estar
suspendida.
Para cuando termina estoy totalmente incómoda con la
posición en la que me encuentro, mi cuerpo a la
expectativa, aunque todos mis músculos están en tensión.
Pero muy diferente de eso, está latente este sentimiento de
vulnerabilidad, de saber que no tengo ningún control de mí,
que todo se lo he cedido, tan... desnuda ante él de maneras
que van más allá de lo físico.
Cuando consigo mirarlo, sus ojos brillan con deleite, es
entonces cuando todo se acomoda, cuando en mi interior sé
que voy a estar bien, que esto está bien.
—Te ves... indefensa. —El brillo que deslumbra en sus
ojos me hace parpadear.
Levantando una mano lleva uno de sus dedos a mi
garganta, tocando justo donde el paso de saliva se hace
pronunciado, lentamente lo desciende por mi pecho,
convirtiendo su toque en un camino de fuego. Apenas me
percato del movimiento de su otra mano, saca una tijera del
bolsillo de su pantalón y se las arregla para dejarla entre
mis dedos que quedan sueltos de ataduras
—Este es el trozo de cuerda que sostiene tu tobillo
izquierdo, este de acá el derecho —señala uno y otro—, si
no puedes soportarlo, suelta cada uno por separado. —
Entonces sé que él va a dejarme sola, no puedo evitar sentir
miedo—. ¿Tienes algo que decir?
Mi mente colapsa en medio de gritos donde predomina mi
palabra segura, sin embargo, no quiero hacerlo, me niego a
hacerlo, tenso mi boca.
—No, Señor —declaro con una voz fuerte que no
reconozco como mía.
—Eso pensaba. Nos vemos luego, Eridan —dice con una
sonrisa llena de intención.
Cierra la puerta tras de sí, no la puerta de la mazmorra,
sino la de la jaula, solo puedo ver a través de los barrotes.
La verdad es que apenas respiro, el miedo se agrupa en mi
mente y pecho. Pero no expreso nada mientras veo cómo
abandona la habitación, no dije ni quiero decir nada y creo
que, en el fondo, eso está mal.
—¿Zahir? —Escucho la voz al otro lado del teléfono.
No muchas personas me llaman por mi nombre de pila y
con eso me refiero a que solo lo hace mi familia, colegas y
algún allegado excepcional. En mis años de aprendizaje
sobre la disciplina he asimilado que siempre se debe
establecer un margen de respeto para con las personas, una
línea que se refuerza con el carácter. Sin embargo, conozco
perfectamente la voz que me habla desde el otro lado del
auricular.
—Thera —respondo a manera de saludo, manteniendo la
voz monótona.
—¿No vendrás hoy al club? —pregunta con evidente
curiosidad.
Mi primera reacción es bufar.
—No, en este momento voy camino al aeropuerto, vuelo
en un par de horas —contesto.
—¿Por qué no dijiste nada anoche, cuando estuviste con
nosotros? —cuestiona.
Sé que su interrogatorio está nada más dirigido por la
curiosidad, pero siento la exasperación crecer en mi interior
al escuchar su exigencia por explicaciones, yo no hago eso
con nadie.
—¿Supone eso alguna diferencia? No tengo por qué
comentarte mis pasos, Thera. Entiéndelo —le aclaro
cortante.
—Oh vamos, cálmate. Solo tengo curiosidad, pero tu
genio de porquería no cambia nunca. —Es ahora su turno
para bufar y gruñir con exasperación.
Nuestras actitudes siempre han chocado por lo mismo, a
ambos nos gusta llevar el control de la situación, no que nos
controlen.
—Bien, pues ya lo sabes; arréglatelas sin mí —contrataco.
—Ya... es extraño no ver tus sesiones, con eso de que
llevas casi años de continuidad. —Vuelvo a bufar.
«¿Pero qué le pasa a esta mujer?» Cierro los ojos con
gesto cansado, pero los abro rápidamente aprovechando
estar en un semáforo en detención.
—¿Eso es todo? —Es mi único comentario.
—¿Sabes que hoy vinieron a adoptar a Nerea? Creo que la
extrañarás —murmura ¿tratando de sacar un tema de
conversación? Probablemente está muy aburrida para
buscar molestarme precisamente a mí.
La acción de suponer no es de mi agrado, no puedes
andar por la vida suponiendo cosas de los demás por la
sencilla razón de que nunca conoces a nadie lo suficiente,
no sabes lo que verdaderamente pasa por su cabeza, a
menos de que ese alguien sea tan tuyo que se abra
totalmente a ti y, aun así es dudoso, porque nunca sabes
con certeza si conoces por completo cada recoveco de la
mente de otro ser humano.
—¿Y qué te hace suponer eso? —reviro tajante, aunque la
verdad estoy sonriendo, que ella crea que me importa,
ciertamente me causa gracia.
—Bueno, has sesionado solo con ella desde hace más de
un par de semanas, en algún momento pensé que te la
llevarías tú —explica.
No puedo evitar reírme con mucho de sarcasmo en ello.
—Thera, más de siete años conociéndome y ¿aún no
sabes nada de mí? Extrañar es de esos sentimientos que no
juegan conmigo, sí... Nerea es una buena sumisa para
sesionar ocasionalmente, claro está. Como ella hay otras,
así de simple y no... no vas a verme adoptando sumisas del
club ni de ningún otro lugar, no lo haré —le informo sin
querer ahondar mucho en el tema.
—Pero necesitas una… —Ruedo mis ojos, ella está
consiguiendo mi peor carácter.
—Thera, ¿no tienes un perro que atender? Voy llegando al
aeropuerto, hablamos a mi regreso. —De inmediato cuelgo.
No me apetece escuchar nada más de su parte.
Durante el vuelo intento leer uno de los libros que tengo
pendientes de hace tiempo, leer es una de las cosas que
amo hacer... entre otras tantas. Siempre lo he considerado
la mejor forma de aprender cultura referencial de todo el
mundo, cualquier cosa que desees: formas de vida, gustos,
actos… en fin, los libros ofrecen un sinnúmero de universos
enteros alternativos.
Pero pese a mis esfuerzos por intentar leer o distraerme,
me encuentro todo el trayecto del vuelo rememorando
sobre mi vida y no tengo ningún motivo para ello, pero
simplemente están ahí todos esos pensamientos, recuerdos
de la universidad, Iris, y cada uno de los pasos que he dado
desde ella para ser quien soy hoy; cada momento y
persona, y todo me parece absolutamente innecesario de
recordar ahora, por lo que una vez más trato de
concentrarme en el libro que aún mantengo abierto en las
manos. En medio de ese intentar concentrarme y volver a
perderme en pensamientos, escucho cómo anuncian el
aterrizaje.
Tomo un taxi que me lleve de inmediato al hotel. Al llegar,
sujeto la pequeña maleta de viaje que utilizo en cada
congreso y voy hacia la recepción para confirmar mi llegada
y poder descansar.
Me acerco totalmente distraído en el celular.
—Buenas noches. —Levanto la mirada del celular para
ver a la recepcionista.
—Buenas noches, Zahír Freiberger —digo a modo de
saludo y vuelvo a mirar mi celular.
—Doctor, ¿viene al congreso? —pregunta lo obvio
mientras teclea algo en el ordenador.
Vuelvo a llevar la mirada hacia ella y enarco una ceja en
su dirección, apenas un segundo tardo en percatarme de su
postura y la insinuación en cada uno de sus movimientos.
Me he acostumbrado a este tipo de acercamientos por parte
de las mujeres, muchas de ellas tan vivaces que pretenden
acercarse como si pudieran llevar el control de las
situaciones, quizá lo consigan, pero nunca conmigo.
Endurezco la mandíbula sintiéndome molesto, la chica
debería dedicarse a hacer su trabajo. Me muestro
impaciente ante la necesidad y la prisa por llegar a la
habitación, acomodar las cosas y tumbarme.
Levanta su mirada y sé lo que hay que hacer, así que
busco sus ojos clavando los míos ahí, puedo ver con
claridad sus intentos de seducción, ¿acaso no se da cuenta
de que no tengo ningún interés en ella? Unos segundos
luego, no es capaz de soportar la mirada y se gira
nuevamente hacia el ordenador, entonces me permito por
primera vez mirarla por completo.
Si algo he aprendido a través de los años, es a ver más
allá del físico que presenta una persona. Una mujer, si bien
es un detalle más, algo así como un agregado, no es
meramente relevante en mis propósitos y necesidades.
Puede que el cuerpo de esta chica esté hecho, como
muchos hombres podrían considerar, perfecto. Puede que
tenga las curvas exactas y de la proporción correcta, pero al
mirar su tez puedo ver el desgaste por los bronceados, una
piel reseca y de un color que no me resulta llamativo,
considerando que un látigo no dejaría una marca apreciable
sobre esa piel que, debo decir, la hace muy poco apetecible.
Sus facciones son un tanto prepotentes, altaneras, alejando
completamente la sensación de dócil suavidad, con una
postura descuidada y que... en definitiva, nunca me fijaría
en algo así.
—Aquí tiene, doctor —indica girándose y ofreciendo la
tarjeta de la habitación. La tomo y hago el ademán de
girarme para seguir el camino—. No dude en comunicarse si
ha de necesitar algo, señor.
Con sus palabras rápidamente formo una sonrisa en mis
labios, ese “señor” nunca se ha escuchado tan mal en la
boca de una mujer dirigiéndose a mí, le respondo con un
asentimiento y termino por ir directo hacia el ascensor.
Una vez en casa todo parece volver aparentemente a la
normalidad, con una sola diferencia, en los días siguientes a
mi regreso no volví al club luego de esa noche, pero recibo a
diario la información que envía Thera.
Poseo una regla, cada vez que tengo una sumisa no voy
al club a menos que sea estrictamente necesario, pero
ahora no hay ninguna sumisa y, sin embargo, estoy
pensando, pensando mucho y más de la cuenta en mis
siguientes pasos después de haber conocido a la señorita
Rossemberg.
En los siguientes días me dedico a reunir información
sobre ella, no demasiada, solo la justa y necesaria, y cada
vez me siento más interesado en tenerla, llevarla a mi casa
y acabar con la autoimposición de no tener a nadie hasta no
creer que voy a sentirme bien con lo que obtengo.
Desde hace un tiempo he dejado de conseguir sumisas
para llevar a mi casa, de contratar y lidiar con ellas, ¿la
razón? No estoy interesado en tener un gran historial, si
bien soy un Dominante y eso te crea cierta fama dentro de
la comunidad, ya no quiero más sumisas, es decir, quiero, o
más bien, necesito a “la sumisa”, no a un monigote que
puedo tratar a mi antojo, no... requiero un ser pensante y
racional con suficiente inteligencia como para entregarse
voluntariamente y saber lo que está haciendo; y por alguna
razón, pienso que esa podría ser ella, pero tengo que
asegurarme antes de dar cualquier paso definitivo y eso es
en lo que he estado trabajando toda la semana.
Ya sé que trabaja aquí en Berlín, sé, además, que es una
excelente profesional, conozco de sus pocos amigos y sus
actividades diarias, algo de su comportamiento el cual es
descrito como intachable; cada detalle que obtengo la
vuelve más y más atrayente.
Con el transcurso de los días he llegado a una conclusión,
sé lo que tengo que hacer, ya está decidido, ahora solo es
cuestión de esperar a que ella tome la decisión que podría
ser la última de su propia voluntad o que, por el contrario, la
aleje definitivamente de mí y mis intenciones. Tengo fuertes
esperanzas en que sea lo primero.
Muchos piensan y pensarán tal vez, que encontrar a una
sumisa es cuestión de cualquier cosa, es dominar a una
mujer que simplemente muestra una actitud pasiva, o
capacidad de doblegarse, pero no... es mucho más que eso;
no cualquier mujer es capaz de soportar ciertas...
exigencias, los requerimientos de un Amo.
No cualquier mujer nace para tales fines y encontrar a la
indicada es una tarea que por sentado puede no dársele a
muchos. Con el paso de los años dentro de este ambiente
he aprendido mucho de ello y me he cansado de lo
inservible, de lo fácil, quiero algo útil o no quiero nada. No
quiero ser malinterpretado, no hablo de sentimientos
mundanos y básicos como lo es el “amor”, que trae consigo
muchas más emociones tontas que ocupan los seres
humanos día a día, trastornándolos en su comportamiento y
decisiones habituales.
Puedo recordar todo lo sucedido en los últimos días como
un borrón, sentado en el escritorio de mi consultorio con
una goma antiestrés en mi mano derecha meditando sobre
todo lo ocurrido el pasado fin de semana.
Pienso en su llegada y la decepción que me supuso
cuando entré y noté que se iba, sin embargo, logré entender
entonces que debía manejarla con suavidad y no ser tan
imperioso. Gracias a eso las cosas avanzaron
permitiéndome notar que es una excelente sumisa, a pesar
de los tropiezos que cualquiera tiene, se ha ido adaptando
fácilmente a mis exigencias y con ello ha permitido que
todo tome un curso cómodo para ambos.
De modo que ya no se trata simplemente de una sesión,
de un rato en la mazmorra para mi placer y desde luego el
suyo. Ahora se trata de confianza, de respeto. Eridan es
receptiva en más de un sentido, responde positivamente a
cada cosa que le pido, todo esto hablando en un plano de
emociones y hechos. Si hablo en el plano sexual, las cosas
son mucho mejores, aunque siempre me gusta mantenerla
en expectación, jugar con sus ansias y nervios, la
anticipación hace las mejores cosas en ella. Me gusta verla
de rodillas, entregada, obediente, follarla es un acto de
posesión pura, su manera de entregarse es algo digno de
apreciación.
Sus ojos transmiten ese respeto honesto que yo tanto he
buscando obtener y que tan pocos logran conseguir, me
siento bastante a gusto con ella y eso se nota día a día.
Incluso aquella noche, junto a sus amigos, tratando de
encubrir mi personalidad y comportarme de una forma
distinta, nunca me habría atrevido a hacer algo como
aquello, jamás cruzó por mi mente dejar de ser lo que soy
para ayudarla a quedar bien con sus amigos. Sin embargo,
ella lo merecía y merece, e inclusive me sorprendí a mí
mismo divirtiéndome esa ocasión, con su cara de sorpresa y
consternación, aunque finalmente las personalidades
siempre terminan saliendo a flote.
Pero ese mismo fin de semana las cosas se vinieron
abajo, había recibido una llamada de un viejo amigo y
excompañero, Garrett, pidiéndome el favor de ir al club para
sesionar con una de sus sumisas. No quería hacerlo porque
la tengo a ella, es más, se lo dije, pero mientras las palabras
cruzaban entre nosotros tuve una idea, tal vez podría
comprobar algo sobre Eridan durante la sesión y ¿por qué
no? Después de todo, ella debía obedecerme en lo que le
pidiera; cuando se lo comenté, a pesar de ponerse en
evidente nerviosismo, no se negó.
Le recordé que tenía una palabra segura, que no estaba
obligada a hacer nada que no quisiera. Igual accedió.
Ese domingo empezó bastante bien, luego de una sesión
que catalogo como apoteósica, donde se entregó al
máximo, permitiéndome disfrutar de su cuerpo y hacerla
disfrutar en el proceso. Aún puedo sentir en mis oídos sus
lamentos y gemidos, sus súplicas para detenerme y luego
para que siguiera, sus gritos ahogados, todo.
Gracias a ello tuve un muy buen ánimo durante todo el
día, mejorando cuando al pedirle que se reuniera conmigo
en el salón de la biblioteca, me sentí con un orgullo inmenso
al verla vestida de tal manera, sabiendo que lo había hecho
para mí, con las marcas de mi látigo en su cuerpo, algunos
pensarían que es presunción lo que yo sentía, pero era
orgullo en su estado más natural.
Desde que la vi por primera vez quise ajustar alrededor
de su níveo cuello un collar con mis iniciales, que llevase
una marca mía, como mi propiedad, pero ella dejó muy en
claro su punto y yo lo respetaba, esa tarde logré persuadirla
para que lo utilizase, aunque más que persuasión le dije la
verdad: en el club, por más que fuese conmigo, existen
aquellos llámense Maestros, Amos o Dominantes, que no
respetan presencia sino marca y yo no tenía pensado
permitir que algo así sucediera, no con Eridan, mi sumisa no
sería compartida a menos que yo así lo dispusiera y ella
estuviese de acuerdo, y esa noche no era para eso.
Mi propósito era medir, entre otras cosas, su capacidad
de concentración en mí, el respeto que parece tenerme, ella
debía honrarme esa noche, comportarse tan mía como
parecía y decía ser y, aparte de eso, iba a obtener placer
porque algo que muchas personas llevan dentro, pero no lo
dejan salir por opresiones sociales, es el placer que les da
ver a otros en una situación en la que tal vez ellos quisieran
estar, el placer entra por todos los sentidos y la vista es una
de las más fáciles de estimular.
La llevé hasta el auto tirando de la cadena,
controlándome al sentir cómo cada músculo de mi cuerpo
quería explotar de éxtasis al sentirla así a mi lado y no solo
eso, el tenerla así tan sumisa y entregada, hacía que el
deseo de poseerla fuese casi irrefrenable, casi, pero no lo
suficiente para superar mi autocontrol.
Pudimos estar en el club pronto y al llegar le di
indicaciones de cada cosa que esperaba de ella esta noche,
contando con que le quedase claro y no se dejara persuadir
de aquello que estaba más allá de lo que podía controlar,
por contado sabía que nunca había estado en un sitio de
estos y fácilmente su atención podía ser distraída, pero eso
era parte de su prueba, parte de lo que esperaba de su rol.
Al entrar, de reojo observaba cada una de sus reacciones
para corregirla en caso de que fuese necesario,
afortunadamente estaba comportándose a la altura.
Mientras entrabamos Thera se acercó, era de esperarse,
pero la hice alejarse antes de que posara sus manos sobre
Eridan, nadie que no fuese yo iba a tocarla esa noche.
La llevé al salón de sesiones y le advertí una última vez lo
que podía y no podía hacer, finalmente la dejé para ir a
cumplir con lo que tenía que hacer. Fui hacia la parte de
atrás de la habitación donde llevaría a cabo la sesión, era
una sumisa a la cual Garrett estaba entrenando para
llevarla con él, si a mí no me gustaba tener una puta
novata, a él mucho menos, y para evitar castigarla más de
lo necesario, prefería “educarla” en el club con anticipación.
Finalmente entré a aquella habitación cuyas cortinas ya
se encontraban abiertas para permitirles a todos ver hacia
el interior y hacerse una idea del contexto de la sesión, así
como la posición en la cual se encontraba colocada la
sumisa en cuestión. Por petición mía, se encontraba
dispuesta sobre la rueda, atada de sus extremidades. Me
gusta la rueda porque aumenta el placer de sentirte
dominante de la situación, así como para quien está atada,
incrementa la satisfacción que da la sensación de
vulnerabilidad y exposición a los deseos de su Amo.
De reojo observé hacia donde ella estaba, sus ojos
perdidos en la habitación, en mis movimientos, quise
sonreír.
Caminé alrededor de la rueda, dando la sensación de
estar deliberando mis próximas acciones, la verdad, solo
quería crear expectación, alimentar sus ansias a través de
su oído, tal vez no podía ver, pero sus otros sentidos
estaban alertas y, en casos como esos, el más sensibilizado
es el sentido del tacto, al menor contacto ella sentiría todo
en mayor grado y era parte de la lógica sencilla de que, al
privar un sentido, los demás se intensifican o amplifican. Por
eso tomé un par de pinzas de las cuales guinda una
pequeña pesa, lo suficiente como para que la presión y el
tirón la hicieran sentir miserablemente adolorida, pero al
adaptarse su cuerpo a la presión, sienta un gran placer y se
excite.
—¿Preparada? —susurré la pregunta posicionándome
cerca de su rostro.
No di tiempo para que pensara cuando ajusté la pinza
sobre uno de sus erectos pezones, dio un grito agudo
producto de lo inesperado. Instalé la otra pinza y su
respuesta fue más leve, ya sabía lo que podía esperar.
De nuevo volteé la vista de reojo hacia Eridan, su cuerpo
entero describía las sensaciones que la invadían justo en el
momento.
Ajusté la última pinza sobre su clítoris, la excitación de su
cuerpo ya era muy notoria, que fuera novata no la dejaba
exenta pues a pesar de que su mente aún luchaba con las
sensaciones, repudiando todo aquello, su cuerpo lo
aceptaba, lo toleraba hasta convertirlo en una necesidad.
Era fácil notar la aceptación en el cuerpo de la sumisa y
sus ganas de más, más dolor o más placer, pero siempre
más.
Me incliné para tomar un látigo que usaría para brindarle
unos cuantos azotes, no era necesario que existiera una
razón como desobediencia para que hubiesen azotes en una
sesión, tampoco se debía a que los azotes excitaban,
aunque muchos los usaban por esa razón, y aunque
evidentemente ese era el efecto al que conllevaba, estaba
el hecho de domar en su forma más primaria, demostrando
quién lleva la voz de mando.
Puede sonar primitivo, básico, pero no se puede olvidar
jamás que todo se hace bajo un consentimiento mutuo,
nunca es una decisión unilateral.
Eso era quien realmente soy, mi elemento por completo.
Gruñidos que escapaban de mi pecho no se hicieron
esperar, igual a la tensión que se formaba en mi cuerpo
queriendo explotar en mi propio placer de ver a una mujer,
vulnerable y entregada a mis deseos y exigencias, mi polla
se sentía a reventar, necesitando una liberación de
cualquier manera.
Mis ojos se desviaban con mayor frecuencia hacia Eridan,
era imposible olvidarme de su presencia del otro lado del
vidrio que separaba la habitación del resto del salón, sin
embargo mi mente estaba nublándose por el placer de dar.
Tomé un huevo vibrador soltando por fin el látigo y lo
coloqué sobre los pliegues resbaladizos del sexo de la
sumisa, de inmediato su cuerpo entero vibró perdido en las
sensaciones, ella necesitaba un orgasmo y estaba
suplicando por ello y su comportamiento merecía una
recompensa.
Observé todo su cuerpo, la chica tenía ambas manos
firmemente sujetas aunque en realidad una de ellas estaba
libre, si la levantaba, era suficiente señal para detener todo,
sin embargo, podía observar cómo le gustaba lo que estaba
ocurriendo, lo estaba soportando de la mejor manera y eso
hablaba bien de ella.
Dejé el huevo sobre su clítoris y me moví a su espalda
para susurrarle al oído preguntándole si se encontraba bien,
era importante en medio de sesiones, aunque ella diría que
estaba bien, y la cosa es que nunca sabes y nunca puedes
confiar completamente en alguien que está influenciado por
la lujuria, una gota de cordura podría cambiar el curso de un
evento.
Me alejé de ella y me moví más cerca del vidrio,
aprovechando la oportunidad para buscar a Eridan con la
mirada, encontrándola perdida viendo en otra dirección, su
mirada desenfocada, anonadada y admirada, se encontraba
absorta y hasta hipnotizada viendo hacia otro salón.
¡Mierda!
Sabía que algo así podría ocurrir, pero eso no disminuía la
molestia que empezó a tomar forma en mi interior, con una
sensación poderosa creciendo en mi pecho. Cambiando
totalmente el ambiente en el que me sentía unos segundos
antes, le permití llegar al orgasmo a aquella sumisa, no era
tan cabrón como para cobrar mi enojo con ella, no soy
partidario de pagar mis frustraciones con personajes ajenos.
En un chasquido de mis dedos cerraron las cortinas y
pude liberar a una sorprendida puta que más le valía no
hacer comentarios al respecto, le hablé de lo bien que lo
había hecho mientras la soltaba y luego salí de la habitación
yendo directo a un baño privado para asearme y cambiar de
nuevo mi ropa.
Esperaba con ahínco que Eridan hubiese cumplido con el
resto de cosas que le había indicado, estaba bajo
advertencia, ella no era estúpida y sabía las consecuencias
que podía acarrear un mal acto por su parte.
Estaba molesto porque no hubiese prestado atención todo
el tiempo, un fervor calentaba mi pecho porque quitó su
mirada de mí, porque algo más capturó su atención, sin
embargo, era algo que podía manejar, porque siendo su
primera vez en una situación como esta, ella podía
distraerse muy fácilmente.
Me cambié rápido y volví al salón con rapidez.
Pero grande fue mi sorpresa al levantar la vista hacia las
personas reunidas en el lugar y ubicarla, de espaldas, con
una postura tensa pero perfecta. Frente a ella y muy cerca
se encontraba Sergey, un joven Dominante bastante
popular e irreverente, las normas no existían para él y eso
quedaba evidente en su acercamiento a Eridan quien
claramente portaba un collar indicando que tenía Amo.
Mis puños se crisparon y el enojo se desató en mi interior,
no era por él, él no tenía problema alguno. Era ella, mis
indicaciones habían sido lo suficientemente claras y odiaba
repetirlas, sin embargo, varias veces le indiqué que no
hablara con nadie.
Ahora estaba dejándome como un reverendo imbécil
frente a los demás, faltándome el respeto de la forma más
absurda en que podía, inclinando la cabeza, atenta y
perdida en él, en otro Amo, como si se debiese a él.
La idea se formó muy rápido en mi cabeza, si eso era lo
que quería, si se quería comportar como la puta que
finalmente era, entonces eso tendría, no iba a detenerme
en darle eso y, de esa manera, se llevaría una lección.
Vi la cabeza de Sergey alzarse en mi dirección mientras
sonreía con amplitud, su juego estaba hecho y el castigo
vendría, pero él quedaría exento de ello.
Le dijo algo que no alcancé a escuchar, ella se quedó
anonada e hipnotizada viéndole.
¿Qué sentía? No podía describir cómo me sentía, podía
percibir quemando sobre mí las miradas de otros, pero todo
eso era mierda que no importaba, la cosa era ella y la forma
en que me sentía... decepcionado, en un grado que nunca
esperé.
Eridan se había comportado como la mierda de sumisa
común que simplemente está para dejarse llevar por
cualquier Amo, su cuerpo, ella, respondería a las exigencias,
órdenes e imposiciones de un Dominante cualquiera. No era
lo que yo buscaba, me había equivocado.
—Veo que te estás divirtiendo, Eridan —dije de pie detrás
de ella, utilizando el tono más neutral que me fue posible, la
rodeé para hacerle frente. Podía ver los miles de conflictos
que pasaban por su mirada.
¡Menuda puta!
Tenía ganas de sacarme el cinturón y darle una lección
pública, una idea que quería monopolizar mi gente, pero yo
era mucho más que eso y sabía lo que sería más
conveniente para ella, lo que en realidad se merecía era
más que ser mancillada por mí.
Intentó llamarme, pero yo no quería escucharla, ella no
debería dirigirse a mí de ninguna manera, con rabia
contenida tomé su mandíbula con mis manos, sin medir la
fuerza que estaba usando o preocuparme por ello.
—No quiero escucharte. Ahora quiero que disfrutes la
noche. —Llevé mis manos a su cuello y solté el collar que,
después de todo, no había significado nada en su cuello—.
¡Ve! —indiqué—. Disfruta, compórtate como la perra que
eres, no hay nada que te detenga ahora. —Vi en sus ojos
dos cosas, sorpresa y reconocimiento, la estaba soltando a
una jauría, pero eso era exactamente lo que ella deseaba, y
las putas obtienen lo que desean—. Iré a disfrutar de la
noche también, ahora sé una zorra y sigue divirtiéndote. —
Fue lo último que le dije antes de girarme para ir hacia la
planta de arriba, no me apetecía en lo más mínimo tenerla
en mi enfoque visual.
Cuando llegué me reuní junto a Thera, quien
afortunadamente no hizo mayor mención de lo que acababa
de ocurrir, le pedí a uno de los esclavos del club que
mantuviera vigilada a Eridan, y aunque intenté divertirme,
distraerme, toda mi noche había sido jodida, mi puta noche
se había reducido a mierda.
Cuando fue suficiente para mí, regresé por ella.
La encontré hecha un ovillo en uno de los sillones que
estaba en un rincón, realmente se veía asustada. Yo tenía
en mente una noche diferente para ambos, pero ella no
pudo seguir una jodida instrucción y eso llevó a que la
noche acabara así.
—Hora de irnos —anuncié llegando a su lado, viéndola
desde mi posición. Por un leve momento sentí el impulso de
tomarla en brazos, se veía como un pobre animalito
asustado, pero me negué a mí mismo eso. La vi hacer
ademán de levantarse junto a la expresión de dolor en sus
facciones. Debió haber pasado demasiado tiempo en esta
posición—. Las perras no caminan en dos piernas, Eridan, tú
lo sabes, vamos al auto —demandé, ella obedeció, anduvo a
gatas hasta el vehículo.
Hice que se montara en el asiento de atrás y me
encaminé hacia casa nuevamente. No dije oración alguna
en todo el trayecto, porque era incapaz de reunir con
entereza las palabras que quería expresarle.
Llegamos en medio de silencio, sabía que estaba
bastante desconcertada, pero todo formaba parte de su
castigo, un castigo que ella misma se había buscado. Me
bajé del auto y fui al interior de la casa vacía, les había
otorgado el fin de semana libre a Annette y Joseph.
Esperé hasta verla entrar, gateando.
No había ningún placer en verla tan reducida, todo lo que
quería y veía a través de mis ojos, era castigo.
—Señor... —llamó cuando pudo ponerse en pie. La miré.
—Ahora no —corté recostándome en la pared, calmando
mi ser y enfocándome en el control y la disciplina que había
aprendido a través de los años, no quería lastimarla más,
estaba conteniéndome para no tomarla en mis brazos y
llevarla a mi cama para acurrucarme con ella y cuidarla. Me
sorprendió el rumbo que tomaron mis pensamientos y
sacudí la cabeza para despejar mi mente, suspirando—. No
quiero escucharte, no quiero verte, no quiero saberte en mi
presencia —solté, dejé las llaves para que se quitara el
cinturón que traía y me giré para ir directo a mi habitación.
Decidí no pensar más y luego de una ducha rápida me
metí a la cama. El siguiente iba a ser un nuevo día.
Sin embargo, al despertar, si bien era un nuevo día, las
cosas y mis emociones seguían tal cual, mi mente no había
dejado de trabajar al respecto. Aún era de madrugada, así
que me levanté, fui a abrir las ventanas y respirar un poco
del frío aire que se colaba.
Cuando me sentí más calmado y satisfecho, un nuevo
panorama se pintó para mí, necesitaba pensar con pausa y
mesura, pero antes de tomar decisiones trascendentales
debía encargarme de ella. A pesar de todo, seguía siendo mi
responsabilidad, tenía que cuidarla.
Caminé hacia su habitación, entré y miré la cama tendida,
como si nadie hubiese dormido allí, en el suelo, sobre la
alfombra, había una almohada. No me sorprendí realmente
con lo que veía, pero me daba una pista de que estaba
asimilando las consecuencias de sus actos.
Escuché ruido y alcé la vista para verla salir del cuarto de
baño, su cuerpo estaba envuelto en una toalla. Si antes la
veía pequeña y vulnerable, ahora no tenía palabras para
describir su apariencia. Sus ojos llorosos y enormes ojeras
debajo de estos, sus facciones totalmente demacradas.
—Quítate la toalla —indiqué, necesitaba verla completa—.
Acércate —pedí.
Dando pasos inseguros llegó frente a mí, noté el temor en
su mirada. Le di una última indicación pidiéndole que se
sentara, sus rodillas estaban sumamente lastimadas,
moradas y parte de su piel raspada.
Me arrodillé frente a ella y tomé una crema que había
traído conmigo, la unté en mis dedos y traté de pasarlos lo
más suave que pude sobre su piel lacerada. La dejé ahí con
la indicación de que esperara y fui por una pastilla para el
dolor junto con un vaso de agua. Al regresar estaba en la
misma posición y le ofrecí el vaso de agua con la pastilla
luego de ayudarla a ponerse en pie.
—Vístete con alguna falda o vestido, un jean dañará tu
zona íntima. —Asintió. Puse mis manos sobre sus hombros
para que me mirara—. Escúchame bien —llamé su atención
—. Toma un bolso, guarda alguna ropa y vete a tu
apartamento. No te quiero en casa, cuando te quiera de
vuelta te lo haré saber.
No esperé para ver sus reacciones, me di la vuelta y salí
de la habitación yendo a la mía para tomar mis cosas e
irme, si bien era temprano, no quería estar más tiempo en
casa.
Ya han pasado unos días desde que se fue. Me he
abstraído de todo enfrascándome en el trabajo del club, ha
llenado cada gota de mi tiempo estos días, lo suficiente
para no pensar, pero la verdad es que tengo que hacerlo.
¿Qué debo hacer ahora?
Cualquiera puede pensar que un Amo, un Maestro, debe
saber todo lo que hay que hacer, pero no puede olvidarse
de lo que somos, simplemente seres humanos al igual que
el resto. Tener gustos diferentes no te hace ser algo
discrepante.
Hoy caí en cuenta de algo, he estado dándole muchas
vueltas al asunto y la verdad es que no tengo que pensar en
lo que viene o lo que debo hacer, no, no hay un cambio
relevante, lo sucedido no es motivo suficiente como para
dar por finalizada nuestra relación, sin embargo, las cosas
van a cambiar en la forma de aplicación, yo me he estado
comportando de cierta forma con Eridan, formas que pocas
veces se había visto en mí, he sido condescendiente y
cuidadoso porque sé que todo esto es nuevo para ella;
siempre me he preocupado por su placer al mismo nivel que
por el mío, procurando nunca dejarla atrás, ahora todo eso
iba a cambiar, ahora hay un nuevo trecho que recorrer y ya
veríamos qué curso tomaban las cosas más adelante.
En los días anteriores he evitado mandar a averiguar
sobre su persona, ignorando punzadas que pretenden
llevarme a su encuentro. Tengo claro que no hay peor
castigo que la ausencia y eso es lo que estoy haciendo, me
encuentro ausente por completo de su vida. Cada vez que
ha habido una intención de llamarla, me detengo, más que
nada porque no sé cómo ella ha ido asimilando el cambio,
necesito saber qué ha estado haciendo y voy a solucionarlo
con un par de llamadas.
Ese par de llamadas me indicaron que, efectivamente fue
a trabajar el lunes, pero solo eso, al siguiente día y los
demás, incluyendo hoy, no ha ido a la editorial gracias a un
permiso en el cual alegan descompensación a causa de un
virus estomacal.
Hago otra llamada, esta vez a su edificio, para saber que
no ha salido en todos esos días, que desde que entró a su
apartamento el lunes por la tarde no lo ha hecho y solo ha
recibido visitas de su amiga Arabelle.
Eso me deja un poco más tranquilo. Las cosas van a
cambiar, pero antes voy a hacérselo saber. Ahí voy una vez
más, ofreciéndole la oportunidad de elegir. Me encuentro
recogiendo las cosas y saliendo de mi oficina. Voy al auto y
conduzco introduciéndome en el tráfico de las calles de
Berlín.
Arribo a su edificio en tiempo récord, dejando el auto en
un estacionamiento fuera voy directo al interior. Le digo al
portero que no me anuncie, comprando lealtades con dinero
y con el cuento que soy su novio y vengo a darle una
sorpresa, además aprovecho para cerciorarme de que ella
está sola.
Llego a la puerta de su apartamento, toco y espero.
—¿Belle, eres tú? —Escucho su voz al otro lado y siento
un extraño alivio correr mi cuerpo. No respondo, pero vuelvo
a tocar con los nudillos la puerta—. ¿Arabelle? —pregunta,
su voz más cerca de la puerta.
Entonces esta se abre por completo y puedo deleitarme
con su figura y los cambios en su rostro: sorpresa, angustia,
miedo, nervios y luego... la caída.
En un segundo se descompone frente a mis ojos, cayendo
de rodillas en un llanto profundo, un llanto que no esperaba
y que me deja pasmado. Mis emociones no salen a flote,
nunca dejo que eso ocurra, pero ahí está ella dejándome sin
saber qué hacer.
Viste apenas un pantalón holgado y una remera básica
que le queda muy grande, hace que se vea tan frágil y
pequeña, sus pies están descalzos y su cabello se ha
convertido en una maraña enredada, aunque más allá de
eso, puedo ver su alma rota.
Me debato entre ayudarla a levantar o dejarla ahí, pero su
apariencia me desarma, se me estruja el corazón el verla
así.
—Eridan, por favor levántate —pido.
Veo cómo ella se esfuerza por levantar la vista hacia mí,
dejándome sin opciones, me inclino y la tomo de los brazos
suavemente para ayudarla a ponerse de pie.
—Se-señor —llama.
—Shhh, ¿puedo pasar? —pregunto.
Por alguna razón, extrañamente siento la necesidad de
ser suave. Eridan se ve bastante mal, como para
empeorarlo con un comportamiento inadecuado de mi
parte. Temo que se quiebre entre mis brazos como si fuera
de porcelana.
—Sí, pase —responde sin hacer ademán de soltarse de mi
agarre.
Puedo sentir las pulsaciones debajo de su piel, casi a la
par de las mías. Camino al interior de su apartamento,
siendo mi primera vez aquí aunque no se siente como un
lugar ajeno. Miro alrededor, apreciando lo que hay, todo
parece limpio y ordenado, y en cada objeto aprecio
definiciones de su personalidad que había creído conocer,
pero que realmente parece no conozco del todo. Eso me
trae de nuevo a la realidad de lo que vengo a hacer, ella
sigue prendada de mí, la miro.
—Señor, ¿desea tomar algo? —ofrece con la cabeza
gacha.
—Ahora todo lo que quiero es que te tranquilices y dejes
de llorar, pequeña. Ven, vamos hacia el sofá —contesto
caminando junto con ella hacia allí.
Suelto mi agarre y veo cómo sus facciones se crispan.
Tomo asiento esperando a que me siga, sin embargo su
mirada consternada no se borra.
—Ven acá. —Golpeo el sillón justo a mi lado.
Parece tímida y más frágil que nunca. Se acerca y se
sienta de lado con temor.
¡Mierda!
—Señor, yo... quiero… —Intenta hablar, entrelazando sus
manos una y otra vez con nerviosismo.
—Shhh, calla. No he venido a hablar de lo que ya pasó,
vístete, vamos a casa —interrumpo.
Al instante su cabeza se alza, sus ojos se iluminan.
—Pero, Señor... yo —balbucea.
Odio que tenga un pero, me estaba manteniendo sereno.
—¿Quieres volver conmigo a casa? ¿Realmente quieres
seguir haciendo esto? Créeme, no me toma nada dar esto
por terminado si es lo que quieres, es más, es tu decisión.
Podrías entonces hacer lo que quieras sin el temor de
sentirte atada a algo o alguien, si eso es lo que crees mejor
para ti, entonces adelante, hazlo —expongo, empezando a
retomar el enojo.
—No, Señor... yo… ¿usted qué quiere? —pregunta de
repente, eso me hace explotar.
—¡No se trata de lo que yo quiero, Eridan! Si se tratara
siempre de lo que yo quiero, las cosas fuesen diferentes, no
estaría aquí, ahora, hablando contigo, dándote una
oportunidad. Tú vales, tú importas y tú tienes una opción
ahora, ¡es tuya! Habla, decide de una vez qué quieres, ser
sumisa, ser mi sumisa, o puedo dejarte en el club y ser la
puta de todos, ¡decídete! —grito exasperado tomando
respiraciones profundas para calmar las emociones que
fluyen en mi interior.
La veo, asustada mirándome incrédula. Las lágrimas caen
por sus mejillas.
Inmediatamente me arrepiento.
Odio mi comportamiento en estos momentos, «¿qué pasa
conmigo?» No tengo claro por qué estoy actuando de este
modo «¿por qué le doy una oportunidad?».
Fácil habría sido decirle que la quería en casa, fácil habría
sido tomarla ahí mismo, pero ¿qué demonios pasa? Y verla
ahí... rota y vulnerable. No sé qué demonios me está
sucediendo ni qué es lo que estoy sintiendo.
¡Mierda!
En el preciso momento que mi Señor sale de los límites
de mi habitación, el mundo se derrumba para mí, ¿él dijo ir
a mi apartamento? ¿Por qué? No quiero, pero ¿acaso hay
algo que pueda hacer para evitarlo? No soy capaz de
desobedecerlo e ir en contra de sus deseos una vez más, no
cuando su resolución es contra mi comportamiento.
Al menos puedo obedecerlo, darle esto ¿cierto?
Mi mente trabaja de forma sobrecargada y la angustia
que me invade me hace sentir realmente enferma.
Sin moverme del lugar en que él me dejó, intento
mantener la sensación de hormigueo ahí donde fue el
contacto de sus manos en mis hombros, ese toque que
siempre es gratificante, aunque ahora no se siente
exactamente así, sino como miles de agujas clavándose en
mí, a pesar de la calidez y la suavidad, no puedo olvidar que
tras su tacto, está la amargura de la decepción y el hecho
de que podría ser una de las últimas veces que lo hace, ese
pensamiento es el que más se ha intentado filtrar en mi
cordura, amenazando fuertemente con acabarla.
Al abrir los ojos me golpea la sensación de no saber
dónde me encuentro, no hay paredes rojas ni grandes
ventanales. Me siento sobresaltada quejándome del dolor
que agudiza mi piel ¿qué esperaba? ¿Un mal sueño? ¿Una
pesadilla? ¿Amanecer en mi habitación? Bueno, esta es mi
realidad, han transcurrido días y esas cosas pasan en la
televisión, películas y libros, no en mi vida, no en el mundo
real.
Salgo de la cama con pesar, me doy una ducha y luego
me encamino hacia el sillón de mi sala.
Medito y son muchas las cosas que han sucedido en estos
días sin él, y justamente ahora, sentada en el sillón,
mirando hacia el exterior donde todo continúa igual, puedo
contemplar todo lo que he vivido a su lado desde un punto
de vista nuevo. Analizar cada detalle sin sentirme realmente
enferma con ello.
La noche que salimos con mis amigos él realmente me
sorprendió con su comportamiento, hizo todo eso por mí y lo
disfruté, y en el fondo sé que él también, aquella sesión por
la noche fue inolvidable para mí, su capacidad para
hacerme sentir mil cosas a la vez era más de lo que había
pensado obtener; el día siguiente no fue menos, su trato, su
presencia, su dominación y la manera de arrasar conmigo,
su forma de conducirme a través de sus deseos.
Es fácil notar eso que él ejerce sobre mí, en el club mil
cosas capturaron mi atención, cosas que por una parte no
quiero recordar, pero si hay algo que rescatar de todo eso,
es él, verlo en la plenitud de su ser, con una mujer
diferente, una sumisa diferente, pero que no hizo ninguna
diferencia porque en ningún momento yo me sentí mal,
humillada, o siquiera desplazada, nada de sentimientos
negativos al respecto, verlo de aquella manera me hizo
sentir viva, excitada y con deseos de que él siguiese
explorando y llevándola a ella, porque a través de esa
mujer, de sus gestos, gemidos de placer y de dolor, yo pude
sentirlo, a él y lo que generaba, mostrándome algo de mí
que hasta entonces desconocía.
Finalmente puedo notar con claridad mi error, analizarlo y
verlo tan simple como eso, un error, un hecho fugaz,
efímero, que no cambia cómo me siento ni a quién
pertenezco, ni quién me pertenece, porque a su manera él
lo hace, es tan mío como yo soy suya.
Deambulo por mi apartamento notándolo pequeño, hasta
el punto de hacerme sentir casi claustrofóbica. Todo lo que
ocasionalmente consigue llenarme de alivio y paz, ahora me
abruma y desconcierta.
Lo único que captura mi atención es una botella de
whisky que me hace pensar en lo patética que soy, en lo
que hago y en lo que estoy a punto de hacer.
La necesidad de no pensar es todo lo que llena mi mente
y todo lo quiero conseguir en este momento, es lo único que
puede aliviarme ¿qué puedo hacer sino eso? ¿Reprocharme?
Eso lo he hecho cada segundo y en cada respiración que he
dado desde entonces, cada vez que intento darme una
explicación de lo sucedido, termino diciéndome que imagino
excusas para limpiarme: la fantasía, lo nuevo, lo nunca
visto, todo eso es más de lo mismo, más de excusas que
sirven para quitar culpabilidad de mis hombros e intentar
reconfortarme ideando que tal vez todo volverá a la
normalidad pronto.
Fue solo un pedido, luego encontraríamos la noche en el
club y no fui capaz de cumplirlo, en unos minutos lo arruiné
todo.
Consigo un vaso de vidrio y lo lleno del líquido color
ámbar, sin hielo, sin nada, doy un gran trago y mi garganta
se siente en llamas, cierro mis ojos para ignorar el amargo
sabor. Termino el primer vaso y vuelvo a llenarlo, repitiendo
el proceso una y otra vez, disminuyendo el contenido de la
botella demasiado rápido, recorriendo mi apartamento
mientras acabo, llego hasta el espejo y lo lanzo al suelo,
rompo todo lo que pueda devolverme mi reflejo. Me
recuesto en la pared, me deslizo hasta el suelo y cierro por
un momento mis ojos.
Cuando los abro todo se encuentra a oscuras, arrugo el
entrecejo porque con cada pequeño movimiento siento que
mi cabeza está cerca de estallar, cuido mis movimientos al
ponerme de pie, salgo y obtengo un primer plano de
Arabelle con el cabello recogido y la ropa maltrecha, pero
con mi apartamento renovado y los restos de mi desastre
apilados como basura, ella arreglando mis patéticas
acciones provoca las lágrimas en mis ojos. ¿Cuántas veces
he llorado ya? ¡Maldita sea! Quiero acabar con esto, quiero
sacar la mierda de mí, sin embargo, estoy aquí… rota,
siendo nada.
—¿Te sientes mejor? —Me observa con cautela. Asiento
incapaz de emitir sonidos, me siento avergonzada—. Sabes
cómo soy, pero estoy y seguiré mordiéndome la lengua por
ti. Sin embargo, ¿quieres hablar de ello? —su pregunta me
toma por sorpresa, asimilo sus palabras, sé que se está
conteniendo con su millón de preguntas, pero su
contención, su consuelo y paciencia es todo lo que me
ofrece. Niego, no hay manera en que pueda hablar de esto
con ella—. Entiendo. No te voy a presionar, pero solo diré
que si ese hijo de pu… —No la dejo terminar su frase, alzo
ambas manos para detener su verborrea y doy un paso en
su dirección.
—Él no me ha hecho nada, Belle. Esto lo ocasioné yo
¿entiendes? Mi culpa —confieso y la agonía intenta cobrar
espacio en mi interior.
Antes de que pueda derrumbarme, llega a mi lado y me
abraza. Me sujeto con fuerza del ancla que es mi amiga y
junto con ella llego a mi cama.
—Ya, tranquila. —Acaricia mi cabello—. No hablemos de
eso si te hace daño, si en algún momento quieres hacerlo
sabes que voy a estar aquí, te escucharé y apoyaré, pero
ahora no volveré a mencionarlo ¿de acuerdo? —Confirmo
con un movimiento de cabeza y sueno indecorosamente mi
nariz.
—Voy a buscar unas pastillas para el dolor de cabeza y a
bañarme para ayudarte —informo apenada, no soy capaz de
mirarla, la vergüenza que siento es demasiado fuerte—. Y
por favor, no le digas a Blaz —murmuro.
De reojo veo cómo asiente, con eso me levanto y me
meto al baño. Cuando salgo mi amiga me ofrece la cena y
me manda a la cama de nuevo, no me niego.
No tengo idea de cómo he podido seguir durmiendo
tanto, pero afortunadamente pasé toda la noche sin ningún
tipo de sueño molesto. Al abrir los ojos me sorprendo de
tener aún a Arabelle a mi lado. Su apoyo y presencia se
siente como un salvavidas que no me ha dejado hundirme
de nuevo.
Me levanto tratando de ser silenciosa, quiero darle un
minuto de descanso y retribuir un poco lo que ha hecho por
mí, sin preguntas. La verdad es que no tengo manera de
agradecerle. Sonrío avergonzada, aunque decidida a hacer
el desayuno para ambas y un espumoso café que mi cuerpo
tanto necesita.
Creo que me siento mejor, mucho mejor.
—Buenos días. —Escucho su voz cantarina detrás de mí.
Me vuelvo y le sonrío—. Veo que has mejorado. —Hago una
mueca.
—Un poco —respondo—. Debido a ti en gran parte, Belle,
gracias por todo lo que estás haciendo.
—No debes agradecerme nada, cariño, de todos modos,
sé que nunca podrías vivir sin mí —me dice con una sonrisa
genuina y engreída.
Cuando terminamos de desayunar carraspea, en un
segundo está a mi lado, tomando mis manos y reclamando
atención.
—Sabes que me preocupo por ti —señala—, lo que tú
tienes con Zahír… eso que parece tan fuerte y es tan
repentino, ¿cuánto tienen juntos? ¿Un mes? No puedes
destruirte de la manera en que lo has estado haciendo solo
porque tuvieron una pelea, no cuando llevan tan poco
tiempo juntos, no debes aferrarte de esa manera como si él
fuese la única persona que existe para ti, no estás sola. Blaz
y yo siempre hemos estado para ti, también tienes a tu
familia. Y, por favor, solo te estoy pidiendo que te desligues
un poco, una relación en esos términos puede destruirte sin
que seas siquiera consciente de ello.
Contrario a mi voluntad, una sonrisa cínica se forma en
mis labios, no es como si tuviese opciones y no por
exigencia de él, no era a base de una orden suya,
simplemente la constatación de un hecho que se ha estado
confirmando cuando hoy más que nunca sé que él es mi
Señor, mi Amo y que mi cuerpo, mente y alma, lo reconocen
solo y únicamente a él como tal, y un desliz, atracción o
fantasía por ver algo diferente, no cambia ese hecho.
—Gracias. —No sé qué más decirle, pero a juzgar por su
expresión, ella lo sabe.
—Ignoras lo que te he dicho ¿no es así? —Suena triste.
—Es complejo, pero no quiero hablar de ello, no ahora. —
Me escudo.
—No entiendo, te lo juro que he intentado comprender,
pero… me resulta imposible. Te veo y no te reconozco con
respecto a hace unos meses, tu independencia ¿dónde
está? No es que hayas dado un cambio radical, sin
embargo… estas cosas… —Señala gesticulando a nuestro
alrededor—. No es como tú, no eres tú, cariño, y… temo que
te destruyas, es como si no tuvieses opciones —sentencia.
—Arabelle —la llamo—. Esta soy yo más desnuda que
nunca, una versión de mí que no habías visto porque había
pretendido que vieras algo distinto, siempre me has notado
fuerte y reticente a ciertas cosas, pero, esto, aquí estoy y
esto soy. Siento mucho preocuparte por ello, de verdad lo
lamento.
Me observa fijamente como si así pudiera ver hasta las
profundidades de mi alma.
—De acuerdo, dejemos eso hasta ahí. —Sacude su cabeza
como si intentara borrar mis palabras—. Tengo que salir —
me informa con pesar, debe volver a su oficina, lo explica
como estrictamente necesario y yo la entiendo e incluso le
doy ánimos, pues ella está totalmente reticente a hacerlo, a
dejarme sola.
Lo pienso. Enfrentarme a estar sola nuevamente. Estoy
casi segura de que puedo lidiar con ello. Asiento ante su
aprensiva mirada, tiene miedo de dejarme y eso es un
motivo más para estar avergonzada, sé que no voy a
derrumbarme de esa manera de nuevo.
—¿Vas a estar bien?
—Ve tranquila —animo sonriendo, necesitando mostrarle
que no voy a caer.
—Bien. —Sonríe también, me abraza y al segundo
siguiente, estoy sola.
Belle sale y no puedo negar cómo el miedo de quedarme
así se aferra a cada uno de mis huesos, sola… tiene
demasiado significado esa palabra y no es el hecho de la
compañía de alguien. Es el desamparo de sentirme
desprotegida, de la lejanía de su presencia y la ausencia
completa de su preocupación por mí. Él me envió a casa
dejándome de lado y ese es mi mayor concepto de soledad.
Ante mis intentos fallidos por distraerme, insisto en
concentrarme en un libro, me recuesto en el sillón y creo
que ni siquiera termino la primera hoja cuando siento mis
ojos cerrarse y el sueño pesando sobre mi cuerpo.
Unos golpes en la puerta logran sacarme del sueño,
volver en mí.
¿Arabelle? Me extraña que sea ella, sin embargo es la
única que sabe que estoy acá. Pero ella nunca ha
necesitado tocar y, en todo caso, estaría gritando de
manera ensordecedora para dejar clara su presencia al otro
lado de la puerta, tal vez está ocupada y por eso no llama, o
simplemente no quiere asustarme.
Tres golpes más en la puerta.
—¿Belle? —pregunto como tonta mientras me acerco a la
puerta—. ¿Eres tú? —llamo esperando respuesta, frunzo el
ceño—. ¿Arabelle? —Vuelvo a preguntar.
Abro sin seguir esperando a que alguien responda y lo
que veo logra desarmar todo mi valor y esfuerzo al
completo, el nudo se aferra a mi garganta y me ahoga en
emociones, sensaciones que me golpean todas al mismo
tiempo.
Él.
Estoy helada.
No puedo creer que esté ahí de pie, en el umbral de mi
puerta, luciendo hermoso hasta el punto en que duele. Sus
ojos… veo en ellos una lucha entre el hielo y el fuego.
Siento tanta angustia ¿viene a ponerle fin a lo nuestro?,
¿va a dejarme definitivamente? Sus facciones no me dicen
demasiado.
Tengo miedo, que solo es un complemento más de esa
angustia, no sé cómo voy a afrontar esto si él viene a
acabarlo todo.
Nervios, cuando pienso en los nervios, cuando los siento y
los dejo hacer, todo mi mundo se derrumba, mis piernas
flaquean y el nudo en mi garganta reventar, no puedo, las
lágrimas descienden sin permiso por mis mejillas y, al
siguiente segundo, estoy en el piso. Estúpida y patética, no
puedo controlar lo que me lleva a tal estado de
desesperación, la culpa, las ganas de conseguir su perdón,
mi deseo porque no me deje y… aún más poderoso que
todo eso, la vergüenza. Todo es demasiado.
—Eridan, por favor levántate. —Su voz nunca ha sonado
tan bien para mí, es un bálsamo, alzo la vista hacia él.
Todos los temores… están ahí, puedo sentirlos en mi
cuerpo que se sacude en temblores, sin embargo él está
aquí, frente a mí y eso me envuelve en una seguridad que
hace días no concibo. Lo veo inclinarse y sus manos se
estiran ayudándome a poner de pie.
—Se-señor —llamo.
—Shhh, ¿puedo pasar? —indaga, la verdad es que no hay
necesidad de preguntas. Todas las puertas en lo que a mí se
refiere, están abiertas para él.
—Sí, pase —escupo las palabras con nerviosismo, incapaz
de soltarme de su agarre.
Él camina y yo voy sujeta a su cuerpo, no puedo evitarlo.
Lo observo mientras él analiza todo a su alrededor, lo miro
tanto que deja de importarme si a la larga eso representa
un irrespeto a su persona. Mientras él observa, agradezco
internamente a Arabelle, una vez más, por haber limpiado
todo el desastre que yo hice, no sé qué pensaría mi Señor si
supiera aquello.
Pensar en ello hace volver todos los miedos sobre mí, él
en mi apartamento, sin ser excesivamente frío o distante
conmigo, pidiendo permiso para pasar en lugar de ir
directamente a tomar lo que quiere. Entonces estoy yo,
esperando a que dé la estocada. Agacho la cabeza y me
abruma la necesidad de romper el silencio generado por su
escrutinio.
—Señor, ¿desea tomar algo? —Aunque mi voz suena baja,
suave, es clara y sin titubeos.
—Ahora todo lo que quiero es que te tranquilices y dejes
de llorar, pequeña. Ven, vamos hacia el sofá.
Llena de temores voy junto a él hacia donde indica… se
suelta de mi agarre y me quedo de pie, desorientada, con
vértigo. Siento mis facciones crisparse y el dolor de la
pérdida de su agarre se filtra en mis pensamientos.
—Ven acá. —Golpea el sillón a su lado y voy ahí
enseguida, después de todo, estar lo más cerca posible de
él es lo que deseo.
—Señor, yo… quiero… —Intento decir cruzando y
descruzando los dedos de mis manos, quiero pedirle
disculpas de una manera elaborada, sin embargo los nervios
traban mis palabras.
—Shhh, calla. No he venido a hablar de lo que ya pasó,
vístete, vamos a casa.
¿¡Qué!?
No sé si he escuchado bien sus palabras, ¿a casa? Alzo
mis ojos para mirarlo y buscar la verdad en los suyos, veo
determinación, por supuesto, él no bromea, menos con algo
así. Rápidamente se construyen en mí las esperanzas,
aunque las dudas siguen atenazando y la necesidad de
disculparme late con fuerza, porque hasta ahora él no me
ha permitido hacer esto.
—Pero, Señor… yo —balbuceo intentando entender, sin
embargo, me arrepiento al instante.
Sus ojos antes calmados ahora se encienden llenos de
enojo, congelados y congelando mi sangre en el proceso.
—¿Quieres volver a casa conmigo? —pregunta de manera
brusca—. ¿Realmente quieres seguir haciendo esto?
Créeme, no me toma nada dar esto por terminado si es lo
que quieres, es más, es tu decisión. Podrías entonces hacer
lo que quieras sin el temor de sentirte atada a algo o
alguien, si eso es lo que crees mejor para ti, entonces
adelante, hazlo.
Cada una de sus palabras me golpea, un realce a mi
error, una respuesta a mi protesta, una evidencia de cuánto
lo sigo decepcionando.
—No, Señor… yo… ¿usted qué quiere?
Mi respuesta es nada en comparación a mis deseos
porque él quiera esto tanto como yo, no es cuestionable, no
hay nada más que desee, volver a nuestras vidas, a casa, a
mi habitación, a las sesiones, sus órdenes e impulsos, sus
propuestas inesperadas. Yo quiero cada cosa de nuestra
vida.
—¡No se trata de lo que yo quiero, Eridan! —Su voz
subiendo varios tonos me toma por sorpresa—. Si se tratara
siempre de lo que yo quiero —enfatiza—, las cosas fuesen
diferentes, no estaría aquí, ahora, hablando contigo,
dándote una oportunidad. Tú vales, tú importas y tú tienes
una opción ahora, ¡es tuya! —exclama exaltado, las
lágrimas llenan mis ojos—. Habla, decide qué quieres, ser
sumisa, ser mi sumisa, o puedo dejarte en el club y ser la
puta de todos, ¡decídete! —grita esta vez y un temblor me
recorre.
Recibo su reprimenda con ganas, sabiendo que en el
fondo es lo que siempre quise, esperé que soltara su
decepción y enojo, que dijera directo en mi cara cada cosa
que pasa por su mente, así yo sé a qué atenerme y qué
quiere él, así es más fácil enfrentarme a mis verdades.
—Lo único que yo deseo —confieso tomando un respiro
profundo y llenándome de valor—, quiero y anhelo, con
cada poro de mi ser: es regresar a su lado, Señor. Nada me
complacería más que eso. —Nada de titubeos. Lo miro, sus
ojos permanecen fijos en mí, su rostro frío e inexpresivo,
pero en su mirada veo puro fuego—. Reconozco que mi
comportamiento estuvo totalmente fuera de lugar, lo he
desobedecido y he merecido cada uno de los castigos que
usted ha considerado para mí —continúo.
—Bien, entonces ve por tus cosas y vámonos —indica
como si nada.
—¿Perdonará mi comportamiento? —indago, necesito
demasiado escuchar las palabras de su boca.
Sus ojos brillan peligrosamente.
—Arrodíllate. —Su voz calmada genera escalofríos en mi
cuerpo.
No tengo idea de lo que se propone, pero recibir una
orden suya es una especie de luz en medio de mucha
oscuridad, esa en la que estaba tan sometida, que pensaba
nunca volvería a escuchar esa orden dirigida a mí.
Lo hago, caigo de rodillas mientras él se yergue sobre mí
en toda su postura, logrando hacer a un lado mis miedos, la
ansiedad, la angustia, porque exactamente en este
momento estoy de rodillas a disposición de mi Amo. Me
pierdo en su porte, en lo que representa para mí esta
espera por sus siguientes acciones. Mientras él observa de
manera distraída a mi alrededor, lo analizo, su creciente
barba y los mechones rebeldes de su cabello que caen
sobre su frente.
Me quedo quieta, demasiado quieta tratando de controlar
mis temblores cuando una mano suya llega hasta mí
tocando mi cabello, imagino mi apariencia considerando
que estoy recién levantada. Sus dedos se enredan entre los
mechones sueltos de mi cabellera y cierro los ojos por el
confort de su tacto, toca mi rostro con delicadeza,
acariciando la piel debajo de mis ojos, dibujando figuras en
mis pómulos, perfilando mi rostro hasta llegar a mi
mandíbula, abro mis ojos al instante cuando él hace fuerza
con el pulgar e índice para levantarme y anclar nuestras
miradas.
—No soy ningún tipo de deidad para perdonarte. Yo no
perdono, en tal caso, yo disculpo —pronuncia cada palabra
con calma infinita—. Sin embargo, tú has desobedecido. Yo
no pienso disculparte o condenarte… voy a darte la
oportunidad de redimirte, de que me demuestres tus
propios deseos —añade. Vuelvo a mirarlo—. Esta es la
última vez que me vas a ver dirigiéndome así a ti, ahora haz
lo que te pido, ve por tus cosas y vámonos —finaliza.
Quiero saber a qué se refiere con “última vez”, pero cierro
mi boca acallando mis dudas y cuestiones, me levanto y
obedezco.
—Señor… —llamo—. Voy a llamar a Arabelle. Es ella quien
se ha estado quedando conmigo y me gustaría avisarle… —
suelto terminando de meter unas cosas en mi bolso.
—Adelante.
Mientras saco mi móvil para marcar, veo cómo se
mantiene en su posición, sin hacer ademán de darme
privacidad para la llamada, tampoco pienso alejarme de él
de ninguna manera, lo que menos deseo es perderlo de
vista, perderlo de cualquier manera. Marco y espero.
—Ponlo en altavoz. —Eso no me lo esperaba, los nervios
afloran en mi estómago, pero de cualquier manera le
obedezco.
—¿Qué sucede, Eri, estás bien? —La voz ansiosa de
Arabelle responde alarmada. Es de esperarse, pero con él
mirando y escuchando me exaspero.
—No. Estoy bien… realmente bien —le digo para que se
calme, o al menos esperándolo.
—Lo noto en tu voz, me alegra escuchar que no hay
alcohol en tu sistema. —Trago incapaz de mirarlo, alcohol,
¿por qué debía mencionarlo?
—Belle, te llamo para agradecerte una vez más lo que
has hecho por mí, al acompañarme estos días. También
para… decirte que… Zahír ha venido por mí, volveré a casa
con él —informo.
Suena estúpido y no me quiero imaginar lo que está
pasando por la mente de él o las caras que debe estar
poniendo mi amiga. Lo que más quiero es cortar la llamada
y creo que él nota mis intenciones pues, llamando mi
atención, alza una mano y niega con sus dedos.
—¿Ya? ¡Mierda! ¿Por qué no fue cuando yo estaba?
Necesito realmente cruzar unas palabras con ese maldito,
me va valiendo mierda lo que sea que haya sucedido, no
quiero verte de nuevo así.
No quiero que siga hablando, no quiero que él escuche lo
patética que he sido estos días. Mido su expresión, pero no
veo nada, él no deja ver nada.
—Estoy bien, nena. En serio todo está bien. ¿Hablamos
luego? —sugiero a modo de pregunta.
—De acuerdo, por favor cuídate. Recuerda lo que
hablamos, recuerda que nos tienes y que no necesitas ser
dependiente de nadie, menos de alguien que tiene la
capacidad de destruirte. —Cierro los ojos con fuerza ante
sus palabras.
—Lo haré, no te preocupes. Te quiero —me despido
cortando la llamada, es imposible que diga algo más.
Guardo el celular con manos temblorosas. Se gira hacia la
salida y simplemente voy tras él, cierro mi apartamento y
bajamos en el ascensor sin cruzar palabras. Ya en el
estacionamiento veo su coche unos puestos más allá del
mío y no sé realmente hacia dónde debo ir.
—Ve en tu auto. Nos vemos en casa.
Atravesar aquel portón me llena de tranquilidad, nunca se
ha sentido tan bien hacerlo, llena de expectativas y
esperanzas renovadas. No sé de él, en todo el camino no vi
su coche, me mantuve simplemente conduciendo por el
camino que ya conozco.
Al llegar a la verja de la entrada lo visualizo ya
estacionado en el lugar habitual, así que dejo el mío a su
lado y bajo yendo directamente al interior.
—Señorita Rossemberg, buenas tardes —saluda Joseph
abriendo la puerta para mí, dando toda la impresión de
haber estado esperando, tal vez él lo pidió.
—Buenas tardes —digo en respuesta.
—El señor la espera arriba —informa.
Solamente asiento, pues ya me encuentro encaminada
hacia las escaleras.
El pasillo se me hace corto y dudo un momento ¿debo ir
primero a mi habitación? Las palabras de Joseph resuenan
en mi cabeza “el señor la espera arriba” así que opto por ir
primero a su encuentro.
Me encamino a la salita que se encuentra vacía. Frunzo el
ceño ¿la… mazmorra? No, no creo que esté ahí, me vuelvo
sobre mis pasos y entro a mi habitación, se siente bien,
huele bien, mi cuerpo y mente reconocen los colores y los
objetos en su interior, me siento cómoda, a gusto, en casa...
Sin embargo, me quedo congelada cuando lo veo ahí de pie,
cerca de los ventanales con la mirada perdida en el exterior.
Supongo que me ha escuchado entrar, pues se gira hacia
mí, estancándome con su mirada.
—Desnúdate —demanda—. Sin mirarme, no me apetece
recordarte cuán irrespetuoso es eso. —Suena cansado.
Agacho la cabeza dejando de mirarlo, tiro el bolso hacia la
cama y sin dudarlo empiezo a quitar pieza por pieza la ropa
que me cubre, no hay nada que ocultar a él. Puedo sentir
cómo un calor va recorriendo mi piel, su mirada en cada
pequeña porción de desnudez. Sé cuando se acerca, lo
escucho y lo siento, pero solo veo sus zapatos apareciendo
en mi estrecho campo de visión.
—Gírate.
Obedezco y pronto sus manos están en mi espalda,
instándome a inclinarme hacia adelante mientras sus dedos
descienden hasta mis glúteos, los acaricia y asciende su
palma abierta por mi espalda y luego lleva sus manos a mis
hombros. Se inclina y tengo su boca contra mi oreja.
—Evaluando tus acciones, tengo planes para ti. A la
mazmorra, ¡ahora!
Me ha dejado sola.
No esperaba que él fuese a dejarme abandonada, no
esperaba quedarme suspendida y sola. En todo momento
pensé que él permanecería a mi lado, tal vez en silencio,
pero siempre a mi alrededor.
El miedo es un agente vivo que me abrasa por la tensión
de los músculos en mi cuerpo, aunado a la sensación de que
puedo caerme y el claro dolor del abandono.
¿Cuánto tiempo va a dejarme aquí?
Sus cambios nunca habían sido tan abrumadores, siendo
suave cuando estuvo en mi apartamento, firme en su
decisión de traerme de vuelta a casa, furioso cuando
explotó con la decepción que había ido acumulando y,
luego, una vez estando en casa, todas las facetas habían
desaparecido dejando solamente a mi Amo, el Dominante
que aplica lo que cree necesario para castigar a su sumisa.
No tengo ningún indicio de algo que me permita saber
cuánto tiempo llevo aquí, ni cuánto tiempo va a pasar hasta
que él vuelva.
Observo a través de los barrotes el fondo oscuro de la
pared de enfrente. Colocados en orden colgando de la
pared, se encuentran sus instrumentos de flagelación, todos
de diferentes formas, colores y tamaños. Me dedico los
próximos minutos a repasar cada uno, a idealizar lo que
cada uno haría impactando sobre mi piel y recordar los que
ya lo han hecho. Consigo imaginar cómo serían las marcas
que dejarían en mi cuerpo y luego… sus halagos respecto a
las mismas.
Pese a las distracciones que intento crearme, me duele la
parte baja de la espalda. Vuelvo a pensar en el tiempo y me
parece que ha pasado demasiado desde que él se fue, eso
me aterra, no saber cuánto ha transcurrido, tal vez mucho o
quizás solo unos pocos minutos, lo que consigue asustarme
todavía más.
Empiezo a sentir el entumecimiento de mis extremidades,
si lograse soltarme ahora no voy a ser capaz de sostenerme
y voy a caer y hacerme daño contra el suelo. Ni siquiera
siento dolor, solo un hormigueo y adormecimiento general,
me siento débil. Mi estómago tiene otra historia que contar,
haciendo sus respectivos sonidos debido al hambre, no he
comido nada y justo ahora podría ser de noche o de
madrugada ¿va a mantenerme así toda la noche? Mi temor
se acrecienta.
Con el paso de un tiempo que desconozco, es mi mente la
que empieza a adormecerse ahora, luchando por
desconectarse, aunque intento mantenerme despierta, tal
vez debo dejarme vencer por esa parte de mí que entiende
que, dormir, es el mejor escudo para protegerme de la
realidad que nos rodea. Ante esa idea, dejo que mi cabeza
por la fuerza propia de la gravedad, se incline hacia
adelante y cierro los ojos. Me siento cansada.
Me debato entre asumir la lógica de los hechos, de pensar
que él está haciendo un mal uso del poder y la confianza
que le he otorgado o entenderlo, aceptar esto como una
necesidad suya, complacerlo porque es lo que él necesita,
mantenerme aquí, de una manera que a cualquier par de
ojos podría resultarle inhumano. Todo esto está siendo
demasiado para mí.
¿Cómo debo verlo? Es un castigo y eso es evidente, pero,
¿me lo merezco? Y más importante aún ¿qué magnitud va a
alcanzar todo esto?
Un ruido logra sacarme de la bruma del sueño, un ruido
que acelera mi corazón porque a pesar de haber estado
semidormida, sé lo que significa. Mientras voy tomando
mayor consciencia de mi entorno, hago un repaso mental de
mis músculos y huesos, donde cada uno de ellos duele,
absolutamente todo, aunque más fuerte siento el dolor de
cabeza.
Para cuando finalmente él aparece en mi campo de
visión, duele verlo con el torso desnudo, cabello
despeinado, la barba rasposa y sus ojos adormecidos,
vistiendo solo su pantalón de dormir que precariamente se
sostiene de sus caderas. Dejo de mirar su cuerpo para
centrarme en su rostro, entonces noto la sorpresa en su
mirada que se ha ido despejando, aunque tal vez ese deje
de incredulidad me lo esté imaginando.
—He de admitir, que con toda certeza esperaba verte en
el suelo. —Su voz resuena en mis oídos y luego se queda en
mi mente, parece una cuerda tirando de mi consciencia
hacia la realidad que todo él supone.
La puerta hace un ruido chirriante al abrirse, lo que
genera que me despeje un poco, parece que estoy cayendo
y me es difícil sostener mi cabeza en alto, me siento débil.
Lo miro, no voy a poder responderle. Mi boca está seca.
Aquellos dolores eclipsados por la bruma del sueño se
hacen presentes de nuevo y con más fuerza. Su rostro
pétreo se gira a mirarme, sin ningún gesto que señale
emociones vaga sus ojos por mi cuerpo, con los brazos
cruzados sobre su pecho, viajo hacia abajo notando que va
descalzo. No me preocupa mirarlo, no puedo hacer mucho
más que eso, mi cabeza apenas puede sostenerse y estoy
muy lejos de pensar en ganarme un castigo más severo del
que ya estoy recibiendo.
—¿Conservas la tijera entre tus dedos? —pregunta, puede
que si mirara hacia mis manos la viera, pero está mirando
mi rostro, mis ojos, así que asiento para hacerle saber que
así es—. Quiero que pienses en algo. —Pongo un poco más
de empeño en atender sus palabras—. Voy a utilizar un poco
de metáfora para explicarme… —continúa, quizá con burla o
elocuencia, no puedo discernirlo—. Suponte que tienes a
una persona, digamos un niño, a este niño le das un dulce
nuevo, un dulce que sabes le va a gustar. Él lo acepta, lo
prueba y le gusta, lo que provoca que entre ambos se forme
cierta complicidad.
»Tú le das el dulce y a él le gusta, a ti te complace dárselo
porque ves su reacción positiva al recibirlo, logrando
satisfacción en ambos, dar y recibir. Pero resulta que llega
un extraño y le da al niño el mismo dulce que tú le dabas, tú
sigues dándoselo porque sientes que entre ambos hay algo
especial. Pero pronto te das cuenta de que el niño está
dispuesto a recibir el dulce de cualquiera, lo que quiere
decir que no importa quién se lo dé, solo conseguirlo.
»Por favor, piensa en ello. Tienes la tijera, volveré luego.
—Se retira dejándome pasmada, una vez más.
No hay que pensarlo dos veces para entender lo que
quiso decir. Y duele pensar que él crea que yo puedo estar
con cualquiera que me ofrezca lo mismo que él me ofrece,
empezando porque nadie puede alcanzar tal cosa. Está
absolutamente equivocado en su percepción de mis
emociones.
Cualquiera podría ser un Dominante, por supuesto, y ser
bueno en las cosas que hace, pero eso no cambia el hecho
de que a quien yo he elegido como mi Señor, ha sido a él.
Que a pesar de mi deslumbramiento con aquel tipo del club,
que no podía negarlo, no cambia el hecho de que mi Amo es
él. Que al único que deseo responder es a él, que vago en
su entorno tanto en cuerpo como en mente.
Un error no se comete dos veces, yo no iba a caer de
nuevo en lo mismo cuando ya estaba probando las mieles
de la debilidad, ya he asimilado y aceptado la forma tan
exponencial en que estoy atada a él.
El tiempo sigue su paso tan desconocido para mí, las
tijeras pican entre mis dedos, la tentación de desatarme. Mi
cuerpo se emociona ante el pensamiento de sentirse libre
de tanta tensión, incomodidad y alivio al dolor.
Intento distraerme con otro tipo de pensamientos, pero
todo lo que consigo es recordar cosas que he leído sobre la
suspensión, las consecuencias que podría tener, es un juego
peligroso que puede causar contracturas y, aun
reconociendo esto, lucho contra la necesidad de desatarme.
Me limito a esperar, esperar a que venga por mí. Él me
hizo esto y él me tiene que liberar. Tiene que hacerlo.
Finalmente el ruido de la puerta irrumpe en la quietud de
una estancia sepulcral, con gran esfuerzo levanto la cabeza
e intento abrir mis ojos.
¿Cuánto tiempo habrá pasado?
Lo observo frente a mí, él sigue con el torso desnudo y el
pantalón de dormir. No muestra emociones cuando se
acerca para tomar el banco de madera que utilizó para que
me subiera y atara, lo deja unos centímetros alejados de mi
cuerpo y se sienta en este.
Busco en su mirada cualquier cosa que pueda resultarme
familiar o cualquier indicio de que va a desatarme pronto,
pero entre las pocas cosas que consigo ver, que en realidad
son todas las cosas que no están ahí, es la ausencia de ese
brillo de lujuria que suele haber en sus ojos cuando me
tiene a su merced de esta manera. No hay nada sexual en
sus acciones, ni en este castigo.
—Cuéntame —dice como si esto fuese una típica
conversación para tomar el té y charlar—. Estoy intrigado
por saber lo que has pensado —continúa, yo guardo silencio
y él me mira con ¿preocupación? No lo sé.
Haciendo acopio de fuerza lo observo, sus ojos con ese
tono grisáceo que muestran una calma aparente, una calma
que puede ser solo el principio de la tormenta, ¿qué es? Ya
no me quedan fuerzas para analizarlo.
—Señor... —murmuro débilmente.
Mi garganta arde. No tengo claro lo siguiente que voy a
decir.
—Aquí estoy. —Creo que es lo que dice, creo que se
acerca también. Puede que ya me haya dormido y esté
soñando.
—Rojo —exclamo en mis pensamientos, espero que
también con palabras.
Ya no puedo más. También creo que se oye un gruñido,
pero puede ser cualquier cosa, puede ser mi sueño. Siento
que tiran de las cuerdas ¿me está soltando?
Lloro de alivio, la tensión desaparece, solo quedan mis
músculos agarrotados y el calor de su cuerpo sujetándome,
me consigo entre sus brazos y sollozo más fuerte.
—Tranquila —canturrea—. Lo has hecho bien.
No sé qué bien hice, no hice nada bien, él no lo hizo bien.
Todo esto estaba mal, pero no puedo quejarme ahora sino
solo sentir alivio.
Mis manos se aferran a sus brazos y mis sentidos se
despiertan al contacto, al roce de su piel con la mía, su
calor, su olor.
Debería estar molesta, debería intentar hacerme a un
lado, pero no puedo, ni quiero. No tengo fuerzas. Me siento
bien, me siento completa, y lo odio. Sé que está caminando
conmigo en brazos, probablemente si abro los ojos ya no
estemos en la mazmorra y vayamos de camino a mi
habitación. Me concentro en la suavidad de su piel contra la
mía y el calor casi ardiente que se va aferrando a mí.
Protesto cuando me suelta sobre lo que debe ser mi cama.
Por fin mi cama de nuevo, es reconfortante...
Intento abrir los ojos, sin embargo me cuesta más de lo
que pensaba.
—Tranquila —repite con voz suave—. Estoy aquí.
Me tranquilizo cuando el colchón desciende cediendo a su
peso, pronto sus manos están sobre mis tobillos
moviéndose magistralmente en lo que reconozco como un
masaje, repite la acción con mis muñecas y luego da unos
tirones en mis brazos, supongo que aflojando los nudos que
se han formado. Después sus manos están en mi cabello,
tan duras como solían ser, ahora me acarician con suavidad,
es fácil perderse en su toque, en el consuelo que me está
dando, olvidarlo todo hasta ceder al sueño y la quietud que
me ofrece a través de su tacto.
—¿Para qué serviría arrepentirse de una acción, de la
naturaleza que esta fuere, si nos ha producido una
satisfacción que no tiene ninguna consecuencia
desagradable? —susurra muy cerca de mi oído.
¿Estaré soñando ya? Aunque parece su voz real. Aún
puedo sentir sus caricias, su cercanía.
Empiezo a asimilar que no estoy dormida, solo tengo el
cuerpo demasiado aletargado, pero él está aquí a mi lado,
susurrando, ¿qué quiso decir? ¿Arrepentirse? ¿Yo o él? Y más
importante ¿de qué? No quiero seguir pensándolo.
—Los cuerpos no reconocen la lógica de un error, un
cuerpo desea y piensa ¿para qué negarse al deseo? Si hasta
los más santos han caído ante la tentación del placer.
Siento uno de sus dedos descendiendo por el contorno de
mi cuerpo, lento y suave.
—Solo he aprendido una forma de tocar, una forma de
actuar y no necesito más, la confirmación de la confianza,
esa en que se es capaz de detener una acción sin pensar
que va a desencadenar consecuencias negativas, detener
un acto que empieza a sobrepasar tus sentidos, ha sido la
mayor muestra de confianza que se me ha dado, confianza
y pertenencia.
»Hoy te digo gracias, aun cuando no sé si estás
escuchándome, porque estás cansada, porque te he
lastimado, porque tu cuerpo necesita descansar. Eres una
masilla en mis manos y eso me complace y me atemoriza a
partes iguales.
Lo siguiente no sé si lo sueño o en realidad ocurrió, pero
antes de saber que él ya no está, siento que roza sus labios
en mi frente.
Me despierto algo dolorida y desorientada, aunque no
puedo contener una sonrisa al abrir los ojos y darme cuenta
de que estoy en “mi habitación”. Paredes rojas, cuadros
sugerentes y un ventanal con una hermosa vista al jardín y
a un nuevo día.
Hago un repaso de mis extremidades, pero
sorpresivamente no hay dolor tan excesivo como esperé.
Mi mente se desliza por los acontecimientos de la noche
anterior, tantas cosas, tantas cuestiones en las que pensar,
su comportamiento, cambios y palabras. Pese a todo el
castigo, no puedo sacar de mi cabeza la suavidad de su
tacto una vez me dejó en la cama, los cuidados de sus
manos en mis tobillos y muñecas. Son esos pequeños
detalles los que me han hecho sentir de la manera en que
me siento respecto a él, como si no tuviese escapatoria,
como si no existiese nadie más para mí.
Pero no puedo negar que esto ha ido demasiado lejos, a
pesar de todo lo sucedido yo no merecía algo así. El castigo
ha sido... excesivo.
Luego de darle muchas vueltas a todo lo acontecido
finalmente decido que debo levantarme, algo perdida y
confundida en el tiempo ¿qué hora será?
Camino hacia el ventanal contemplando la vista exterior,
la luz del sol muy en alto en el cielo, dándome un indicio de
que no es tan temprano.
Me dirijo al baño y me doy una ducha larga sintiendo
cómo mi cuerpo se va relajado y reconfortando. En algún
momento de mi ducha dejé recostar la cabeza en la bañera
pensando en todas las contradicciones de la noche-
madrugada, el agua fría impactando contra mi cuerpo
llevándose mi cansancio a la cúspide.
Cuando dije mi palabra segura, no puedo explicar el alivio
que sentí, un alivio físico y mental que estaba muy alejado
de concebir consecuencias. Su reacción a mi palabra segura
definitivamente me logró enseñar algo nuevo. A pesar de
todo, sé que puedo confiar plenamente en él.
Cuando la piel de mis dedos empieza a verse arrugada,
salgo del agua.
Ahora, con mi cuerpo y cabello envueltos en toallas, voy
en la búsqueda de ropa.
Cuando bajo a desayunar Annette me saluda afable y no
hace ninguna mención de mi ausencia, solo un “Bienvenida
de nuevo, señorita” fue suficiente para hacer ameno mi
desayuno. Durante este llamo a la editorial, informando que
ya me encuentro mejor y que la semana de vacaciones está
llegando a su fin.
En cuanto termino mi desayuno me dirijo al salón
principal y mientras lo hago la puerta se abre y Ares se
adentra a la habitación.
—Señor —exclamo a modo de saludo.
—Eridan. —La manera en que pronuncia mi nombre
reverbera en cada poro de piel—. ¿Cómo estás? —pregunta.
—Bien. Su día, ¿cómo ha ido? —añado formalmente.
Veo cómo se mueve por la sala, dejando su maletín sobre
uno de los sofás. Aprovecho cuando está de espaldas a mi
posición para echarle un vistazo con ganas.
—Bastante bien —responde escueto—. Sube —pide.
Hubiese levantado la vista para verlo, pero prefiero dar la
vuelta sobre mis talones e ir de inmediato hacia arriba.
Estando en la cima de las escaleras me giro un poco para
verlo, sin embargo, es sorpresivo encontrarme de frente con
su fuerte y cálido pecho. Me sonrojo escandalosamente.
¡Fue demasiado silencioso! Demasiado como para notar sus
pasos tras de mí.
—¿Buscabas algo, pequeña? —se burla y una pequeña
sonrisa adorna sus labios, niego, pero soy incapaz de
alejarme. Su aroma me envuelve—. Entonces gírate y sigue
caminando —susurra casi en mi oído, su aliento y voz
traspasan mi mente.
Doy un largo suspiro para despejarme y seguir. Llegamos
y él se sienta en su sillón habitual, y yo, en vez de hacer lo
de siempre, arrodillarme a sus pies, esta vez me siento en el
sillón que se encuentra frente al suyo.
Arquea una ceja ante este hecho, pero no dice nada al
respecto.
—Entiendo lo que me quiso decir anoche, Señor. —
Empiezo. Temo mirarlo, pero debo hacerlo, lo miro
directamente a los ojos, hecho que creo lo sorprende, aun
así, se mantiene en silencio escuchando lo que tengo que
decirle—. Yo, siento haberlo decepcionado esa noche en el
club. No sé qué ocurrió o las razones por las que las
situaciones se hayan dado de la manera en que sucedieron.
Todo fue demasiado para mí, demasiado abrumador y usted
me dejó sola sin más y sabía que todo eso era nuevo para
mí. Pero las cosas tampoco son como dice.
»Usted dio a entender que yo me dejaría llevar por
cualquiera que me ofreciera lo que usted me ofrece y, a
decir verdad, si eso fuese así, yo no tendría la necesidad, no
tendría por qué tolerar todo lo que me ha hecho pasar,
tampoco tendría por qué haber dejado mi apartamento.
»He pagado de una y otra manera mi falta de atención
respecto a lo sucedido esa noche, he sabido apreciar lo que
ha sido su silencio e indiferencia. Incluso acepté lo sucedido
en el club. —Sentí una lágrima deslizarse en mi rostro—. Y
no lo estoy diciendo buscando piedad o compasión porque
ni la quiero ni la necesito, lo estoy diciendo para que me
entienda y entienda que yo no quiero, tampoco necesito, a
nadie que no sea usted, Señor.
»La verdad es que, mi cuerpo, mi mente y mi alma le
pertenecen, solo a usted. —Me callo porque empiezo a
sentir el desespero por decir cualquier cosa que termine por
convencerle de mis palabras. Me siento mareada y aterrada
a partes iguales, tal vez una cosa provocada por la otra—.
Sin embargo, tampoco toleraré que siga tratándome como
lo ha estado haciendo. Especialmente luego de lo sucedido
anoche.
Para mi sorpresa no luce enojado ni nada parecido, se
mantiene serio, sin embargo, hay un brillo diferente en sus
ojos. Suspira y extiende sus brazos en el respaldo de su
sillón, sonríe de lado.
—Bien, pues escucho tus sugerencias. ¿Qué propones
para seguir con esto, Eridan?
Y mi mente se queda en blanco, esperaba cualquier tipo
de reacción por parte suya, pero me ha sorprendido.
Me aclaro la garganta dispuesta a hablar y cuando
observo sus ojos puedo ver una pizca de diversión en ellos y
no sé si eso me atrae, me disgusta o si son ambas a la vez.
—Dentro de la mazmorra soy suya, pero afuera quiero un
trato más... respetuoso, entiendo lo que soy, lo que somos,
pero no quiero seguir soportando tanto porque es demasiado
para mí y no creo poder, ni quiero lidiar más con eso, me
siento muy... agobiada, yo... —Me quedo en silencio.
Lo observo y no puedo leer su expresión.
Me encojo en mi sitio y evito mirarlo, de repente todas las
palabras escapan de mí y no sé cómo seguir.
Se levanta del sillón y viene hasta mí. No sé que esperar,
con él nunca sé que esperar y es algo que me gusta y asusta
a partes iguales.
Se pone de cuclillas frente a mí y toma mis manos entre
las suyas.
—Eridan, ¿tú entiendes que lo único que tenías que hacer
era decirlo?
¿Qué?
Definitivamente este hombre es especialista en
sorprenderme siempre, sus cambios son tan sorpresivos
como abrumadores. Nunca puedo predecir lo que hará.
—Desde un principio te dije que esta relación estaba en
tus manos, la sumisa es la que lleva las riendas del juego,
nunca haré nada que tú no quieras, llegaré solo hasta donde
tú me permitas —suspira, niega con la cabeza y vuelve a
fijar sus ojos en los míos—, tienes tu palabra segura y eres
libre de usarla cuando lo creas preciso, en la mazmorra
cuando la usaste todo acabó de inmediato, no temas usarla,
es tuya y yo la respeto, ¿no te lo he demostrado ya?
Suelta mis manos y me empuja suavemente para sentarse
a mi lado, a estas alturas mi corazón late tan rápido que no
me sorprendería si él logra escuchar mis latidos.
—No me tengas miedo, ambos hemos estado actuando
mal en esto, tú porque recién estás aprendiendo y yo porque
no he sabido guiarte como es debido. Lo lamento. —Acto
seguido besa mi frente, rápidamente se levanta y se aleja.
—Señor, yo... no, no sé qué decir... no esperaba esto. —Me
tiembla la voz, esto me supera—. Gracias.
Sonríe de lado.
—No es nada, pequeña. Debimos haber tenido este tipo de
conversaciones desde antes. Si algo te incomoda no dudes
en decírmelo, esto es de los dos. —Mira su reloj—.
Seguiremos en otro momento, ahora debo irme. Disfruta el
resto del día.
Sin esperar respuesta alguna se aleja y yo me quedo en
las nubes durante un buen rato, hasta que decido hacerle
caso.
Pienso qué puedo hacer, y me doy cuenta de que en
realidad no tengo nada. Limpiar, eso es algo que hago en mi
apartamento, pero aquí no, son otras personas quienes se
encargan de eso y en caso de que ignorase tal hecho y
quisiera limpiar, tendría al menos que ensuciar primero,
pues todo está tan inmaculado como de costumbre,
perfectamente ordenado y limpio. Lo único que me queda
por hacer es… ¡leer! Así que me dirijo a mi habitación donde,
aún en una caja, permanece la pequeña colección de libros
que traje conmigo.
Escojo uno y voy directa abajo, hacia el jardín trasero, ese
que dije un día iba a recorrer y hasta ahora no he hecho
demasiado, para comenzar con mi lectura me siento en la
grama recostada contra uno de los árboles altos de tronco
grueso que le dan sombra al jardín.
Me pierdo demasiado en la lectura, un libro de tendencia
erótica, pero con temática de época, que trata a la tentación,
el pecado y la lujuria de una manera algo distinta.
Me concentro tanto en la lectura que no me doy cuenta
del tiempo pasando, si no es por Annette quien viene a
buscarme para almorzar, me paso el evento sin darme
cuenta.
Después de almorzar no cambio mis actividades, vuelvo al
jardín y sigo leyendo. La verdad es que, a mi consideración,
el libro está muy bien escrito, y eso me permite pasarme
horas leyendo sin preocuparme por más nada. No es sino
hasta que el sol empieza a ponerse y los débiles rayos del
atardecer llegan a donde me encuentro, que decido
levantarme e ir dentro, lo más seguro es que Ares esté por
arribar.
Cuando me acerco a la cocina Annette me informa que
vino solo un momento y que luego volvió a salir, mi sonrisa
se apaga inmediatamente, vino y ni siquiera me avisó, creí
que algo había cambiado luego de nuestra conversación,
pero ya veo que no es así, con Ares no es muy recomendable
esto de hacerse ilusiones.
Como algo de lo que me ofrece y luego subo a mi
habitación a darme una ducha.
Al terminar salgo envuelta en una toalla y secando mi
cabello con otra, es entonces cuando me percato de que hay
una hoja doblada a la mitad sobre una de mis almohadas, la
tomo y grande es mi sorpresa cuando veo que es una nota
de puño y letra de mi Señor.
Sin importarme mi cabello mojado o el estar envuelta en
una toalla me acuesto boca arriba en la cama y leo la nota
una y otra vez. Él estuvo aquí, él pensó en mí.
Definitivamente ha sido un buen día.
Un rato después decido que debo vestirme con mi pijama
y secarme el cabello.
De alguna manera lo que ha sucedido la semana pasada
nos ha acercado o al menos por mi parte hacia él, de forma
más íntima. La interacción de hoy me hace sentir diferente,
aunque no deseo analizarlo a profundidad. Seguramente
terminaré con un gran dolor de cabeza.
No consigo dormirme tan rápido como esperaba. Esta vez,
no a causa de preocupaciones, todo lo contrario, estoy tan
llena de emociones positivas que dormir se encuentra fuera
de las opciones.
He tenido que levantarme algunas veces, caminar por la
habitación hasta cansarme. Finalmente opto por sentarme
con la cabeza recostada al cristal, viendo al exterior, sin
nada ocupando mi mente y todo a la vez haciéndolo. En ese
proceso consigo dormirme, ahí mismo, y no me doy cuenta
sino hasta ahora, al abrir mis ojos, con mi cuerpo
recriminando por haber dormido en esta posición y la cabeza
recostada al cristal de la pared.
Desconozco la hora ni cuánto tiempo ha pasado, pero mi
cuerpo se queja de lo maltratado que se encuentra. Me
levanto para así estirarme y me dirijo a la mullida cama
donde no puedo evitar gemir de gusto al sentir la suavidad
del colchón y las sábanas.
Avanzar, evolucionar, es lo que hemos hecho. Los eventos
anteriores han resultado en una especie de aprendizaje que
ha tenido consecuencias en la forma en que ahora él lleva
las cosas. En la que ambos lo hacemos.
La confianza, la intimidad que existe entre nosotros, no
puedo decir que es lo que esperaba, pues en ningún
momento me formé expectativas, pero estoy segura de que,
de haberlas tenido, todas estarían en este momento
ampliamente superadas.
A los ojos de cualquiera estoy segura de que nuestra
relación tendería a ser confundida, sin embargo, yo digo
que hay que tener los ojos abiertos y los oídos prestos para
comprender que lo que él y yo tenemos, esta confianza e
intimidad, distan de cualquier otro sentimiento entre un
hombre y una mujer en una relación común. Ambos
pertenecemos al mismo pensamiento, es lo que queremos
tener y lo importante es eso, que él y yo tengamos claro lo
que queremos y que estamos bien con ello.
He estado aprendiendo cosas nuevas, cosas sobre él,
cosas que él me enseña sin ninguna etiqueta, es natural y
hasta casi instintivo; cada cosa que hace, acción que ejerce,
me enseña algo nuevo. Observarlo es adictivo, tanto como
absorber de él cuanto me es posible.
He aprendido que la figura de un Amo, Maestro o en
términos más generales, un Dominante, suele verse como
un ser inmaculado, intachable e impenetrable, algunas
veces perfecto en andar y en acciones, indulgente
constantemente, inexpresivo también, un tanto frío y muy
calculador, alguien que busca una satisfacción morbosa en
el dominio sobre otra persona. Quizá yo pensé estas cosas o
las hubiese pensado si hubiese tenido una introducción al
BDSM distinta a la que tuve.
Sin embargo, mis ideas y pensamientos también han
sufrido transformaciones. Sé que mi Señor no es ningún ser
inmaculado, él es un ser humano con carencias que
generan necesidades, con errores que lo hacen una persona
como cualquier otra. Que tiene una máscara pétrea que no
es más que el propio reflejo de su disciplina, pero que así
como es disciplinado, tiene momentos en que el contexto le
permite relajarse, que él no lo sabe todo y cada día va
aprendiendo, al igual que yo con él.
Y me doy cuenta que de eso se trata esto, la vida, nuestra
vida, tomando cada día como una página nueva en un libro
en blanco, e ir llenándolo con lo que vives y aprendes.
Soy feliz con lo que él me da, nuestros encuentros,
nuestros momentos, sin embargo, la dependencia tira
fuertemente de mí hacia él, y eso hace que la perspectiva
del futuro se vuelva incierta para mí.
Tengo momentos en que quiero hablarlo, contarle a
alguien lo especial que él es para mí, lo feliz que me hace.
Cuando llega de su trabajo cansado pero ansioso por mi
compañía, cuando me escucha y me deja ver en su rostro el
reflejo de su preocupación por algo que pueda afectarme,
cosas simples que me llenan y ¡maldición! Cosas que no
puedo contar a nadie porque no me entenderían, nadie va a
verlo como yo, al menos no sin cuestionarme.
Mi mejor amiga, por descontado, me habla del “amor” y
yo no puedo disuadirla de la idea, solo reírme y dejarla
opinar a gusto.
Mi mejor amigo es producto de otra cosecha, para él las
cosas son blancas o negras y, y sospecha del tipo de
relación entre mi Señor y yo, al menos los términos
generales, prefiere guardarse sus opiniones para no causar
conflictos.
La mayor distracción en mi vida, fuera de lo que somos él
y yo, es cuando entro a la editorial como un mundo nuevo,
lleno de ajetreo entre obras, manuscritos y autores, y ahí
me pillan a veces, tomándome por sorpresa, quedando
admirada de los murmullos de la gente, del cotilleo
incesante, secretos y confesiones, todos dados en un
recinto cerrado donde muchas personas se conocen y están
en contacto diariamente, donde existen lazos de amistad y
enemistad, generando protección y destrucción, dos caras
opuestas, siempre lo bueno y lo malo.
Suelo encontrarme sonriendo cuando encuentro personas
que actúan, según, moralmente correctos y a espaldas
muestran otras facetas basadas en vicios.
El mundo es un sitio complejo que nunca voy a conseguir
entender, en donde la gente intenta creer en la felicidad, la
ficción, el amor, la perfección de un final feliz como meta,
como algo que van a alcanzar al final, cosas que, a mi
consideración, puedes tener durante tu vida, pero que no es
ninguna meta, ningún final, sino parte del proceso.
El mundo está lleno de vicio y depravación, pero si les
muestras esa realidad, las personas van a escandalizarse,
sin importar que ellos mismos, en la intimidad de sus vidas,
sean partícipes de tales cosas. Hipócritas.
Es evidente que nadie está exento de ser corrompido por
una sociedad como la nuestra, pero ¿quién es quién para
juzgar? ¿La sociedad? ¿Nosotros? Nadie puede establecer
juicios morales contra otro solo por sus gustos o su actuar,
sin embargo, desde siempre el hombre prejuzga y juzga,
critica mostrándose correcto, poderoso e imperial, pero en
el fondo no es más que el primer partícipe de aquello que
condena, anhelándolo. Otro hipócrita más.
Y todos estos pensamientos míos son ofrecidos a la nada
mientras estoy en posición, sentada sobre mis talones, con
menos ropa que nada, porque nada es lo que cubre mi
cuerpo.
Arrodillada con el cabello cayendo sobre mis hombros y
haciéndome cosquillas en cada respiración dada, con mis
mejillas arreboladas por la simple adrenalina que causa su
orden de tenerme aquí y con la mirada puesta en una
dirección, su posición, esperando su próximo movimiento,
perdida en su mirada que amenaza con ver hasta lo más
recóndito de mi ser, mientras acaricia la vara que sé, pronto
impactará contra mi piel.
No dejo de mirarlo, de admirar su concentración mientras
va a buscar algo, logra enfatizar mis sentidos hasta
excitarme porque sé que lo que sea que vaya a hacer, corre
a mi cuenta. Se vuelve y en sus manos trae un antifaz
negro.
Dispongo mi cabeza para que él fácilmente pase el
antifaz, estoy en total oscuridad.
No verlo me alarma, pero mi oído lo ubica, como si
tuviese sincronización directa con su respiración. Está a mi
derecha y aunque lo sé, me sobresalto cuando toma mi
mano extendiendo mi brazo hacia arriba. Envuelve mi
muñeca en algo, una especie de puño que, cuando me
suelta, lo mantiene en alto. Pasando al otro lado hace lo
mismo con mi brazo izquierdo.
—Indefensa, vulnerable y en mis manos —enumera
controlado.
Lo siguiente es su cuerpo pegado a mi espalda, ¿cómo
llegó ahí tan rápido? Su nariz en mi cuello, frotando de
arriba abajo, muerdo mi labio y se aleja, su calor se va.
Lo nuevo que sé, es que está detrás de mí.
—Álzate sobre tus rodillas —pide, lo hago y siento algo
suave tocando las caras internas de mis muslos—. Siéntate
—ordena. Trago y desciendo lentamente, algo frío y duro
calza justo entre mis piernas, justo contra mi sexo, ¿qué?—.
Tu fiesta va a comenzar antes —anuncia—. Solo para
prepararte, pequeña. —Un poco de burla en su voz y ya
estoy temblando.
Echo la cabeza hacia atrás encontrando su pecho cuando
lo que está entre mis piernas empieza a vibrar. Me remuevo
pensando que voy a alejarme y solo consigo ubicarlo mejor
entre mis muslos, la vibración no es suave sino intensa,
demasiado, y es... dolorosamente placentera.
—Señor… —Jadeo.
Rápidamente siento cómo comienzo a transpirar, sus
manos me sostienen y se mueven una hasta acariciar mi
cabello y frente.
—¿Qué ocurre? —pregunta.
Sigue acariciando mi cabello, como si con eso pudiese
tranquilizarme.
Me quejo y gimo cuando la intensidad aumenta.
¡Por Dios! ¿Qué está haciendo?
Tiro de los puños y mis brazos, pero solo consigo
lastimarme, me muevo hacia adelante intentando restregar
mi cuerpo y así conseguir una liberación más rápida, porque
es demasiado apresurado cómo mi cuerpo acude al
desenfreno. Calmar la tormenta que se construye en mi
vientre parece una prioridad, pero me detiene con un golpe
en mi pierna, ha utilizado la vara. Surte el efecto que desea
ya que al instante me quedo quieta y a la espera de un
siguiente.
—No lo hagas, Eridan. No vas a correrte aún ¿entendido?
—advierte moviendo la nariz de nuevo en mi cuello.
¡Mierda!
—Sí, Señor —confirmo con voz suave y conteniendo otro
gemido.
Coloca sus manos en mis caderas, que
inconscientemente he estado moviendo.
«Por favor», quiero suplicarle, pero sé que no voy a ganar
nada si lo hago, él no va a ceder por mí, el tiempo sigue
pasando y el aparato sigue vibrando.
Mis dedos se enroscan y aprieto mis puños, ¿no va a dejar
que tenga un orgasmo? ¿Cómo se supone que voy a
contenerlo a este ritmo?
Juega con sus dedos en mis caderas y a su vez va
aumentando y disminuyendo la intensidad de las
vibraciones. Es peor cuando aprieta sus labios contra la piel
de mi cuello o repasa su nariz por ese mismo lugar.
Por un momento disminuye la velocidad y la mantiene
así, dándome un respiro para adaptarme y ralentizar de
nuevo el funcionamiento de mi cuerpo. Entonces se aleja, ni
sus manos ni su respiración o presencia están detrás de mí,
¿dónde está?
El tiempo parece eterno mientras él yace por ahí y yo
padezco las vibraciones y contengo el orgasmo que tantos
estímulos me están empujando a alcanzar. No ayuda que él
pase la punta de la vara por mis piernas, sin soltar azotes,
solo repasando mi piel de un lado a otro, con la vibración
variando en intensidad, mi cuerpo bañado en sudor y la
palpitación en mi vientre doliendo, doliendo de verdad.
—Duele, Señor —me quejo o gimo, no lo sé—. ¡Por favor!
—sollozo a la nada, a nadie, él no va a escuchar mis
súplicas, su determinación me lo ha hecho saber.
Hace todo lo contrario volviendo a posicionarse detrás
mío. Coloca una palma abierta en mi espalda y me empuja
hacia adelante haciendo que me presione más contra el
objeto que vibra.
—¡Chupa! —demanda antes de que sienta la punta de
algo frío y metálico contra mis labios. Tiemblo de
expectación y abro mi boca para que él deje entrar lo que
sea ahí, siguiendo su petición, chupo algo duro, midiendo el
grosor en mi boca e ideando qué es—. Es suficiente —dice,
voz ronca ¿afectada?
Me inclina más hacia adelante y es... ¡es imposible! Estoy
demasiado presionada con ello y él está expandiendo mis
nalgas, acariciando suavemente hasta... hasta que consigue
llevar un dedo y empieza a jugar con este alrededor de la
entrada de mi ano.
—¡Señor!
Suelto un jadeo sonoro con su mención al sentir cómo
introduce un dedo ahí. Mis dientes crujen cuando inserta
otro dedo y empieza a moverlos tratando de abrirme.
¡Joder!
Intento apartarme de la vibración, pero no puedo, sus
dedos no me dejan, su mano libre no me lo permite.
Estoy a las puertas del éxtasis, sus dedos hacen que la
presión que siento contra mi clítoris sea más intensa.
¡No puedo! No voy a poder soportarlo, entonces saca los
dedos y respiro llena de alivio, un segundo, tal vez dos, no
es tiempo suficiente para calmarme y está de nuevo
haciendo algo, lo que antes estuvo en mi boca ahora está
presionando contra la entrada de mi ano. No lo dilata, no
intenta ir despacio, solo presiona y lo lleva tan profundo
como el instrumento lo permite y en la medida en que el
canal se expande. Tiro mi cuerpo completamente hacia
adelante incapaz de controlarme ni de controlar el grito que
sale de mi garganta.
—Duele... por favor, duele. —Las lágrimas caen por mi
rostro.
Me está doliendo más de lo que imaginé que podría y,
pese a ello, siento cómo me humedezco.
—Aguanta un poco —instruye. Es entonces cuando
empieza a bombear lo que sin duda es un dildo y... ¡mierda!
El dolor cobra un nuevo significado cuando siento cosas más
allá de ello, la presión se vuelve algo agradable, el roce,
¡todo!—. Eso es... ¿lo ves?, te gusta —canturrea con
aprobación.
Ya no bombea y siento cuando se retira, respiro y me
levanto un poquito de la vibración, pero no quiero
arriesgarme y tensando mi cuerpo me vuelvo a dejar caer.
—¿Tienes idea de cuánto tiempo llevas aguantando? —
pregunta, niego. Ni siquiera quiero escuchar, lo único que
quiero oír es a él diciendo que puedo correrme—. Más
tiempo del que imaginas, pequeña. Voy a salir, un minuto,
volveré enseguida y si te corres voy a saberlo —advierte.
¿Por qué quiere dejarme sola? Niego una y otra vez, pero
es en vano porque sé que se ha ido, estoy sola y es
vergonzoso luchar contra mi deseo por correrme, intentar
mantener mis caderas firmes cuando quiero restregarme
contra el vibrador, sería demasiado fácil conseguirlo, pero él
no quiere.
El silencio me absorbe y lo dejo ser, estoy agotada.
Cuento mis respiraciones en un intento por distraerme y
tener una idea del tiempo, trato de respirar lento para no
hacer trampa al respecto.
Pasados más de dos minutos de respiraciones, escucho
los pasos. Ese sonido es suficiente para relajarme, espero
que ahora permita correrme.
—Vaya, vaya, vaya. —Me tenso, conozco la voz—. Te dije
que nos volveríamos a encontrar —me recuerda, de
inmediato echo mi cuerpo hacia atrás.
No, no, quiero alejarme… ¿Dónde está mi Señor?
—¡Señor! —llamo llena de miedo y ansiedad.
—¿Llamas a Ares? —pregunta—. No está aquí, pero estoy
yo. ¿No querías estar conmigo? ¿Ser mía? —Lo que él está
diciendo... es... imposible, sigo negando como autómata—.
¡Cálmate! —demanda con fuerza pero sin gritar.
Su voz está más cerca, su acento marcado me hace
recordar su aspecto y eso solo hace que me llene de
impotencia.
Ya mi cuerpo no está sobreexcitado, ahora solo estoy
aterrada, aterrada por la presencia de este hombre aquí,
ahora.
«¿Dónde está mi Señor? ¿Por qué está haciéndome
esto?»
Un suave dedo, tan suave como el terciopelo, se desliza
por el canalillo entre mis pechos en descenso hacia mi
estómago, mi vientre. Me estremezco en una mezcla de
temor y placer.
—No, por favor, no... ¡no me toque! —suplico.
Las lágrimas me traicionan y caen en mi rostro. No quiero
pasar de nuevo por lo mismo, no quiero que él piense que
quiero esto, no quiero que mi Señor crea que quiero esto.
—¿No? ¿Segura? —inquiere, su dedo se sigue moviendo,
sigue descendiendo y por más que intento alejarme no lo
voy a conseguir—. Estás empapada, pequeña zorra. Creo
que quieres ser follada.
—¡No! —vocifero con altanería.
Su reacción es inmediata aprisionando mi pezón con
fuerza y tirando hacia adelante, esta vez grito, pero de
dolor. A ese le siguen tirones más suaves, retuerce mi pezón
entre sus dedos y a mi cuerpo traidor le gusta eso,
involuntariamente gimo, lamentándome en el hecho de
sentir placer de su toque.
—Eso es, te gusta, ¿no es así? Te gusta esto, te gusta
sentir dolor, que te follen duro, que te azoten y jueguen
contigo —susurra.
Vuelvo a negar, no voy a concederle nada.
—¡Señor! —llamo, aunque mi voz sale muy débil—.
¡Señor! —grito, esta vez fuerte.
Él es a quien necesito, es solo su toque el que deseo
sentir, el que deseo me alivie.
Son sus pasos los que suenan porque este hombre aún
tiene sus dedos en mi pezón. Me alivio con el sonido
potente y rítmico de sus pisadas.
—¿Qué ocurre, Eridan? —pregunta, su voz llena el
ambiente y mi cuerpo de seguridad. A mi lado escucho una
risa sarcástica—. Pensé que, a estas alturas, estarías
teniendo toda una faena, ¿no te alegra tener a Sergey aquí?
¿Esta era su idea de fiesta? ¿A esto se refería?
—No, Señor... por favor, yo no quiero —suplico
desesperada.
Apenas consigo asimilar lo que me ha dicho, no puedo
concebir que él quiera esto.
¿Por qué?
¿Está castigándome?
¿Está poniéndome a prueba?
Estos son los cambios de él que desconozco. Pensé...
pensé que estábamos bien.
—¿No quieres? —reflexiona. Sin embargo, pese a decirle
que no quiero, unas manos ajenas se hacen con cada uno
de mis pechos—. ¿O te da miedo querer? —revira.
Me lleno de frustración, ¿de nuevo estamos cayendo en
esto? Niego casi al instante, mi cuerpo, mi cuerpo es un
traidor, demasiado dócil a las sensaciones, sensible a los
estímulos, pero ¿mi mente? ¿Mi alma? Sergey, como sé
ahora que se llama, nunca podría seducirlas, yo le
pertenezco a mi Señor y no deseo el toque de nadie más.
—No, no quiero, por favor —repito, llena de miedo.
Son susurros lo que escucho a mi alrededor, pasos que se
acercan y otros que se alejan. Alguien está cerca de mí y si
puedo juzgar por el olor, es él.
—Eridan… —Su voz es calmada y suave, casi como un
arrullo. Sus manos sujetan mis hombros y me relajo llena de
alivio, creo que esto ha pasado. Remueve el antifaz de mis
ojos y parpadeo antes de siquiera enfocarlo frente a mí,
busco por encima de su hombro y mi cuerpo abandona todo
estado de tensión al notar que estamos solos, ahora sí lo
miro—. Quiero que lo hagas —resalta—. Quiero que te
entregues a él, que lo obedezcas, que le complazcas con tu
cuerpo. Quiero que lo hagas porque necesitas el alivio físico
y quiero que lo hagas para mí —provoca—. Dos bocas,
Eridan... dos bocas. —No entiendo lo que me está pidiendo.
Lo que esta pidiéndome, con la persona que me lo está
pidiendo, luego de los castigos, luego de tener que pasar
prácticamente una semana en mi apartamento, sin saber de
él, no puede ser. Busco en sus ojos signos de contradicción,
algo que me diga que él espera que yo decida y no que
realmente me está pidiendo esto.
—Confía en mí, no hay ninguna intención oculta en mi
petición. Tienes tu palabra de seguridad si no puedes. Tú
decides. Es tu elección. —Cada palabra es dicha con sus
ojos firmemente puestos en los míos.
Asiento incapaz de negarme cuando él tiene razón, a mí
me da miedo querer, pero esto realmente me tiene
totalmente excitada, empapada. Confío en él, eso lo sé, y
confío en mí y mi capacidad para expresar mi palabra
segura solo si realmente lo veo necesario.
Baja de nuevo el antifaz y sé que ya no está frente a mí.
Hay un silencio sepulcral, antesala a lo que ya sé que va
a suceder.
—¿Así que has tomado una decisión? —se vanagloria
Sergey—. Si colaboras, lo haré bueno para ti —recalca—.
Deberías saber que no hago labores a medias y he dejado
buenas referencias en el camino.
Está cada vez más cerca y ahora me permito escuchar su
acento como algo bueno, algo que a una parte de mí le
gusta. Por primera vez soy aliviada de forma física cuando
remueve el cojín o lo que sea que estaba entre mis piernas.
Pero entonces sus manos están de nuevo en mi cuerpo y lo
repasan por todas partes, como si estuviese reconociéndolo.
—No pienses.
Me sobresalto con la voz de mi Señor viniendo de alguna
parte de la mazmorra. Es su voz, él está aquí, está
observando, esa afirmación me pone nerviosa tanto como
me relaja.
—Eres preciosa —halaga Sergey a mi espalda, sus manos
suaves repasan mis nalgas—. Admitiré algo para ti —habla
con sus labios pegados a mi oreja—. Lamenté no haberme
quedado aquella noche, cariño. —Sigue repasando sus
dedos por la zona—. Hubiese hecho que tu distracción
conmigo valiese la pena —afirma.
Se hace con mis nalgas y estruja a gusto. Cierro mis ojos
y aprieto mis dientes. Empuja el dildo y bombea un par de
veces, dos, tres, me lo hace difícil. Mi cuerpo estimulado
quiere esto, le gusta esto, me sonrojo cuando un nuevo hilo
de humedad baña mi sexo.
—Eres testaruda, pero mira cuán húmeda estás, se me
hace agua la boca de solo verlo. —Azota mi nalga con su
mano.
Se alejan su calor y su cuerpo. Hago acopio de fuerza
para ignorar cómo su distanciamiento afecta a mi cuerpo, a
mi necesidad. Pero rápidamente soy distraída por la
intensidad de una mirada que sé reconocer incluso aunque
no la vea, él está ahí, observando cómo un intruso se hace
con mi cuerpo, y él quiere esto.
—Toma esto entre tus dientes y no lo sueltes, no quieres
lamentarlo, amor —susurra de nuevo frente a mí.
El metálico sabor de una cadena es lo que toca mi boca,
aprieto mis dientes para sostenerla y antes de que pueda
echarme para atrás siento la presión fuerte en un pezón y
luego el otro, ¡pinzas! No puedo abrir mi boca para
quejarme del dolor, por eso el sonido se amortigua y aprieto
más fuerte la cadena.
—Eres hermosa, tienes un Amo afortunado. —Lo escucho
decir, aunque lo ignoro, su halago en otro momento podría
significar algo para mí, pero no ahora—. Voy a follarte más
de lo que voy a jugar contigo, porque, a decir verdad, tengo
la polla muy tensa —confiesa en mi oreja, involuntariamente
las paredes de mi sexo sufren contracciones como
respuesta a sus palabras.
Espero, en silencio.
—Quédate quieta, solo quiero probar algo —advierte ya
más cerca.
Espero, espero y espero, y es una gota caliente lo que me
hace brincar y quejarme, una gota muy caliente sobre la
piel de mi estómago. Un suave siseo sale de entre mis
labios cuando siento mi piel escocer.
—Si gritas te va a doler, porque vas a soltar la cadena y
te voy a castigar, si te calmas y lo soportas, ya verás lo
bueno que será —recomienda a modo de advertencia.
Tomo un respiro profundo, segura de que van a venir más
gotas. Intento relajarme, pero mi cuerpo expectante está
lleno de tensión.
Ocurre, ocurre pronto, no es una gota, es líquido caliente
cayendo contra mí, en distintas zonas y repetidas veces. El
calor ardiente que escuece mi piel rápidamente se convierte
en algo agradable, algo que eriza mi piel en cada contacto,
que humedece mi sexo, que es placer.
—Mira cuánto te está gustando —resalta atormentado y
uno de sus dedos repasa los labios húmedos de mi vagina,
lo hace lento y recoge humedad aquí y allá. Muerdo fuerte
la cadena para no gemir.
Un calor potente se instala justo bajo mi sexo, demasiado
expuesto a un calor que desconozco, que es intenso y
siento que quema mi piel. Jadeo fuerte, gimo sin pudor, no
puedo controlar las sensaciones que me aquejan.
—Sabía que ibas a gemir.
Pasa un dedo por mi boca y por lo empapado que está, sé
que es el dedo que estaba recogiendo humedad de mi sexo,
lo repasa por mis labios y se retira.
—Yo… —titubeo—. Por favor. —Pese a la cadena consigo
pedirle.
Pero no cambia nada de lo que hace y más humedad se
concentra en mi sexo, tanta que resulta vergonzoso. Más
que nunca necesito un alivio, el orgasmo es una meta
indiscutible, algo que necesito más que nada. Grito cuando
siento más cerca el calor y cómo me está quemando.
—El calor que sientes, no es nada comparado con lo que
hará mi polla cuando esté enterrada en tu cuerpo —
expresa, su lenguaje soez potencia mi deseo.
—¡Fóllala ya! —La demanda de mi Señor resuena en la
mazmorra.
Una pequeña parte de mí recobra fuerzas con su solicitud,
ante el hecho de que sea él quien demande la situación.
En un rápido movimiento Sergey está ubicado a mi
espalda, siento cada músculo de su torso pegado a mí y
ciertamente su calor no me gusta, él lo hace como si yo lo
deseara, pero no quiero el contacto de su piel, ni su calor,
de él solo quiero su polla, quiero que me folle y alivie el
dolor entre mis piernas, ese que Ares ha iniciado y él ha
complementado.
Me empuja el tronco hacia adelante para hacerse espacio
entre mis piernas.
—Usa condón —ordena mi Señor, a juzgar por su tono
creo que está tenso ¿lo está?
El sonido del aluminio rasgándose llena el aire.
Sé que está observando cada movimiento y mis
reacciones. Quiero verlo, en mi pecho se instala una
ferviente necesidad de ver sus ojos mientras es otra
persona quien penetra en mi cuerpo. Lo siento aún más
cuando la punta de la polla de Sergey empuja en la entrada
de mi sexo, me muevo y de repente me quedo estática ante
el impacto de una vara en una de mis piernas. ¿Su vara?
Entonces lo siento, de pie frente a mí, tan cerca para
olerlo y sentirlo, casi tan pronto como soy empujada por la
fuerza del embiste del otro Amo que me empuja, estira y
llena de todo lo que mi cuerpo ha deseado.
—Eso es —gruñe casi gimiendo tras de mí.
Sus manos no me tocan y lo agradezco por el momento.
La vara sigue acariciando mis piernas mientras los
empellones no cesan, no me dejan descansar y apenas
consigo tomar aire.
La punta algo filosa de la vara llega a mis labios íntimos
estirados, mi clítoris es repasado por esta. Las sensaciones
me abruman y tirando de mi cabeza hacia arriba las pinzas
se mueven y estiran mis pezones en el proceso.
Los embistes del Amo a mis espaldas son tan fuertes que
llegan al punto del dolor agudo y acompañan al placer
abrumante. Estoy dividida en lo que siento y, sin embargo,
cuando una mano, su mano, toma mi mandíbula
presionando el hueso, me concentro en eso, en ese contacto
y lo que pretende hacer.
La cadena cae por inercia de mi boca porque él me obliga
a abrirla y lo siguiente que tengo en mi boca es su lengua,
sus labios tocando los míos, sus dientes tirando de mí.
Confundiéndome y distrayéndome mientras los suaves
azotes de su vara son lanzados contra mis pezones erguidos
y sensibles. Jadeo en su boca.
—Eres deliciosa —entona la voz de Sergey a mis
espaldas.
Se mueve más fuerte, tanto que sus caderas golpean la
curva de mis nalgas con violencia.
—¡Mierda! Puta, ¡córrete! —gruñe, pero… no puedo.
—¡Señor! —gimo en su boca, él sigue aquí, su aliento me
baña, él debe ver mi impotencia y las lágrimas que caen.
—Retírale el dildo —le ordena.
Su voz es tan calmada, como si mi mundo no estuviese
colisionando aquí y ahora. En un segundo estoy llena y al
siguiente estoy vacía cuando él también se retira de mi
cuerpo.
—¡Ahora! —dirige mi Señor, casi percibo la sonrisa en su
rostro—. Fóllale el culo.
Me tenso de inmediato con sus palabras, casi tan
inmediato como soy levantada y penetrada de un solo
golpe.
—¡Mierda! —grito.
Dolió y se sintió bien, y él lo sabe. Sabe lo que hace y lo
que ordena, esta llevándome a un límite, quiere quebrarme,
no sé si con violencia o con extremo placer.
Me gusta que sea él quien dirija las acciones sobre mi
cuerpo, incluso si es otro quien cumple lo que él desea.
—Solo yo, Eridan. Solo yo —gruñe con su boca casi
pegada a la mía.
Me empuja hacia atrás y tira mis piernas hacia adelante,
haciéndome rodar los ojos por el movimiento de la polla
enterrada en mi culo.
Mi espalda es recostada en el torso del Amo detrás de mí.
Son sus manos las que toman mis piernas, ¿qué hace? Me
levanta, las levanta, las sensaciones son demasiadas, estoy
tan estirada y él me mueve de tal manera que me estoy
ahogando en esas emociones, me encuentro conmocionada.
Las pasa por encima de una superficie dura y suave ¿sus
hombros? No tengo tiempo para pensarlo o imaginar la
posición en la que me pone, la cabeza de su polla toca mi
húmeda entrada y yo olvido todo, quién está detrás, mi
nombre, mi historia.
Lo que él va a darme, lo que él está dándome es más de
lo que puedo tener.
Un grito sordo y potente reverbera en mi piel y en la
mazmorra con un eco que trasciende mis tímpanos, él se
mete completo en mi cuerpo.
—Ahora sí te ves como una pequeña zorra —destaca
Sergey, la verdad es que apenas lo escucho—. Follada por
dos pollas. —Sigue diciendo.
Sacudo la cabeza intentando despejarme tan solo un
poco, un respiro o más, ¡quiero más!, mis dedos se enroscan
y mi cuerpo se tensa, pero quiero más.
El más me lo da mi Señor cuando se retira y vuelve a
empujar, dentro, tan dentro, tan mal. La presión es
agobiante, me ahoga y es exquisita al mismo tiempo.
No puedo contener los gritos de mi garganta que pugnan
por salir, ni los jadeos o las lágrimas que se desbordan de
mis ojos. El placer es intenso, la creciente sensación en mi
vientre es una amenaza latente, una amenaza de
destrucción.
—¡Más!, ¡por favor! —Me escucho decir, de verdad quiero
más y no sé si puedo tomarlo, pero lo quiero todo.
Una boca se pega a mi espalda mordiendo para ocultar
los gruñidos de un Amo que se va perdiendo en su propio
placer, y una boca suave, sedosa, hambrienta y pasional, la
boca de mi Señor llena la mía y bebe mis gritos, me besa de
una manera demandante, sacando todo de mí, acabando
con lo que queda de consciencia, de sensatez.
Me siento tan… sobrepasada por la necesidad de su
cuerpo, que lo siento en cómo me besa y cómo me folla, por
como me arrastra y me hace entregarme sin reservas. Hace
de su necesidad la mía y está acabando conmigo.
Algo en mi cuerpo se suelta, el nudo que mantenía todo
preso, su voz es la llave que afloja lo que más quiero.
Lo alcanzo, en mis ojos destellan luces y de mi cuerpo se
apodera una fuerza que me eleva demasiado alto. El
orgasmo me arrasa, desenrosca los nudos de tensión de mi
cuerpo. Creo que grito, creo que sollozo, es demasiado
potente. En medio de la nube que se instala en mi mente,
soy consciente de algo que he dicho entre gritos, he gritado
su nombre y eso acompaña mi descenso del nirvana.
Mi respiración se calma, pero mantengo mis ojos cerrados
a pesar de que tengo el antifaz, me siento agotada. Mis
manos aún en alto no se sienten, estoy demasiado lánguida.
Mis brazos son liberados y caen a mis costados. Quiero
tirarme en la superficie, dormir, necesito dormir.
Me quita el antifaz y más por curiosidad que por
verdaderas ganas, abro mis ojos, de a poco, dejando que la
luz me toque lentamente.
Espero encontrarme a mi Señor, pero esa no es la figura
que aparece frente a mí. Es él, es Sergey quien sonríe
ladinamente con un aspecto siniestro y satisfecho, me
estremezco y encojo.
—No debes tenerme miedo ahora, no después de esto —
lo dice con una sonrisa burlona—. Lo has tomado muy bien,
pequeña zorra. —Levanta los dedos y acaricia mi mejilla.
No tengo fuerzas para alejarme de su toque, sin embargo,
sí intento mirar a otras partes para buscar a mi Señor, pero
no está. Observo de nuevo a Sergey, está desnudo, mis ojos
le repasan y me sonrojo, no debería, no debo.
—Nada que veas debe avergonzarte, después de todo, he
estado muy dentro tuyo. —De nuevo se burla y es natural la
reacción en mi rostro, desagrado, porque no le debo respeto
y no le temo—. No me mires así, cariño. Si se me permitiera,
te zurraría por ello.
Lo observo mientras se viste, y él me regala sonrisas
ladinas por ello, pero no es como si me importara en
realidad. Él hace que el ambiente sea relajado, no tenso,
hace que se sienta como estar con una persona cualquiera y
eso es una gran cosa, considerando que sigo tendida en una
cama, arrodillada mejor dicho, pero con muchas ganas de
echarme a dormir, desnuda y con los restos de ellos.
Termina de vestirse, porta una camiseta y un jean oscuro.
He dejado de mirarlo para posar mi vista en la puerta,
ansiosa por ver aparecer a mi Señor.
—Ha sido un verdadero placer.
Se acerca y acaricia mi cabello, contemplándome con
ojos serios e intensos, eso le borra jovialidad.
—Tienes un Amo orgulloso de ti, pórtate bien. —
Guiñándome un ojo, me suelta y se retira.
Quedar sola me da cierta calma y un respiro para pensar
en mí. Me dejo caer en la superficie que he decidido llamar
cama, ya que no tengo otro adjetivo para nombrarla.
Observo el techo de la mazmorra como si tuviese
respuestas para mí o consuelo para no sentirme sola.
Necesito verlo. Necesito saber que haber permitido
participar en esto no significa una brecha para él y para mí.
Confié en su palabra y necesito que con su presencia me
confirme que lo que dijo era verdad.
—Encontrarte pensando es todo un dilema para mí. —Me
toma por sorpresa y me giro para observarlo.
Está apoyado en el marco de la puerta, tiene puesto un
jean y sus brazos están cruzados sobre su pecho desnudo,
el cabello desordenado y sus ojos con un brillo sexualmente
satisfecho, aunque no estoy segura de si él tuvo algún
alivio.
Camina hacia el interior de la mazmorra y yo intento
alzarme para arrodillarme de nuevo.
Una vez frente a mí, mirándome y dejando que le mire.
Inclina su cabeza a un lado.
—Gracias —susurra, ¿uh?—. No quiero que pienses, eso
es lo que te he pedido, pero te conozco y sé que no vas a
dejar de hacerlo.
»Lo que ha pasado, súmalo como una experiencia en
nuestro camino, ahora debes mirar hacia adelante. ¿De
acuerdo? Si te preocupa que esté molesto, no lo estés.
Estoy complacido. —El brillo de sus ojos me dice que es
sincero—. Tu cuerpo… —Acaricia mi estómago descendiendo
hacia mi vientre, se detiene y vuelve a ascender—. Me
pertenece, me lo has mostrado, así como yo a ti.
Observando sus ojos, una carga emocional adicional se
instala en mi pecho.
Va a besarme y lo estoy deseando, sus besos son
adictivos, pero esta vez se siente como más. Es un beso
mudo, al principio no puedo decir tierno, porque no es una
palabra que entre en mi vocabulario para describir algo que
viene de él, pero lo demora, lo ralentiza haciendo que mi
cerebro colapse, que mi corazón se acelere, que sienta
cosas. Por eso cuando abre un poco su boca y convierte el
beso suave en una demanda, envío una plegaria de
agradecimiento, puedo manejar las tormentas, puedo
manejar esto.
Consigue avivar mi cuerpo una vez más, soy suya, mi
cuerpo es suyo y él lo sabe. La intensidad de sus ojos me
devasta y consuela al mismo tiempo.
Lo quiero de nuevo, lo deseo como algo demasiado
necesario, vital. Pese a haber tenido un orgasmo demasiado
intenso, pese a tener mi cuerpo sensible y exhausto, lo
deseo.
—Gírate —ordena con voz ronca, me libera para que lo
haga, obedezco—. Acomódate, pequeña, necesito que seas
buena para mí, ahora.
Cuando lo hago, cuando me pongo en la posición que
desea, acaricia mi columna vertebral en descenso hacia mis
nalgas.
—Debería limpiarte, pero no quiero, porque pese a que
has sido follada por alguien más, nada de él ha quedado en
ti. Ese pensamiento me esclaviza porque quiero azotarte el
culo con mi palma, pero también quiero follarte y creo que
no voy a poder hacer ambas cosas al mismo tiempo.
Lo estoy deseando, lo que sea que quiera darme.
—Señor... —murmuro meciendo mis caderas hacia
delante y hacia atrás, quiero que él lo quiera, que lo haga,
que me desee.
—¿Quieres que lo haga? —Asiento, me acaricia con las
manos—. Creo recordar que me has llamado por mi nombre,
¿no crees que mereces un castigo por ello? —dice con burla.
Por supuesto que sus azotes no vendrían siendo un
castigo, en este caso, porque lo deseo, es un premio y él
solo está buscando una buena excusa para hacerlo, por eso
sonrío.
Cuando su mano impacta contra mi nalga, siendo algo
que esperaba y deseaba, clamo excitada por ello. Su mano
es algo completamente diferente a los instrumentos, es más
íntimo, más potente, crea una conexión más fuerte entre su
deseo y mi recibimiento.
Mi piel escuece y el sonido llena el aire, transformando mi
cordura, mi sensatez, mi consciencia, en ese ser animal que
solo busca lo que su Amo puede darle, solo él, siempre él.
Recibo y disfruto cada nalgada, llenando mi cuerpo de
calor, de gozo, de pasión.
Lo adoro.
Ha sido un día agotador tanto por el trabajo como por un
pequeño altercado que tuve con Blaz. Conduzco lentamente
por la verja, exhausta, pero feliz de estar en casa. Llego
para estacionar junto a su auto, él ya está en casa y no sé si
eso me meterá en problemas. Salgo y al pasar mi mano por
la carrocería del auto noto que aún está caliente, no tiene
mucho de haber arribado y eso me tranquiliza un poco,
aunque si él esperaba conseguirme de rodillas, no es bueno
que apenas esté llegando.
Sacando la llave de casa voy directo hacia la puerta para
darle uso, pero justo cuando estoy por introducir la llave en
la cerradura, soy golpeada de nuevo por la incredulidad de
un cuadro que se muestra ante mis ojos cuando desde
dentro alguien se me anticipa y la puerta es abierta.
Agradezco tanto en este momento ir bien vestida al
trabajo, sencilla pero formal, sobre todo considerando el
panorama frente a mí. Realmente no sé si debo dar un paso
más al interior de la casa, porque huir parece una acción
más que atractiva justo ahora.
Los colores acuden a mi cara y siento demasiada
vergüenza al tener la atención de estas personas sobre mi.
¿Quiénes son?
Dos mujeres y un hombre, todos con sus ojos sobre mí.
¡Mierda!
—Hola. —Mi sonrisa es nerviosa, mis manos temblorosas
y aún no me decido si seguir adelante o retroceder.
—Buenas tardes —responde una de las mujeres
presentes, tiene una mirada suave y maternal, es hermosa,
posee una figura alta y estilizada, ojos grises que me
recuerdan a ese tono que adquieren los de mi Señor.
¿Dónde está él? Busco con mi mirada su presencia, sin
éxito.
De pronto me encuentro dando un paso dentro porque él
aparece junto a Annette y una bandeja de lo que deben ser
tazas de café, hay una corriente tensa zumbando entre
nosotros.
Finalmente mi mirada consigue conectar con la suya, pido
auxilio con mis ojos, necesito que me ayude porque me
siento demasiado perdida aquí, no tengo idea de qué es
correcto decir, cómo debo actuar.
¿Qué espera él de mí?
—Eridan —pronuncia mi nombre y me saca del trance.
En dos zancadas está a mi lado y le agradezco el gesto,
su mano en mi espalda y su presencia a mi lado son un
efecto inmediato que desata los nudos tensos de mi cuerpo.
Se encarga de cerrar la puerta tras de nosotros y, por las
miradas de estas personas, sé que en realidad no han
pasado eternos minutos como a mí me parece, sino unos
pocos segundos.
Ojos curiosos nos observan, pasan por distintas
emociones, hacen preguntas en silencio.
Creo que Annette también está teniendo un momento de
súbito interés.
—Señorita, buenas tardes —interviene esta última—.
¿Desea una taza de café? —ofrece y en parte agradezco que
rompa el silencio en el que estamos y al que nadie parece
saber cómo reaccionar.
No puedo controlar mi cuerpo cuando me giro hacia mi
Señor, lo necesito para esto, para saber que él me quiere
aquí. Asiente.
—Sí, gracias. —Afortunadamente mi voz sale clara.
—Hijo, ¿no nos dirás quién es la señorita? —curiosea la
que ahora reconozco como su madre.
Me estremezco cuando siento a mi Señor lleno de tensión.
—¿Zahír?
Creo que estamos haciendo una escena aquí, una que no
me gusta. Quien pronuncia su nombre es la otra mujer,
aspecto joven, cabello claro y ojos azules. Está mirándolo
con una gran interrogante en su rostro.
Finalmente él reacciona.
—Eridan —exclama mi Señor con voz firme—. Esta es mi
familia: mi hermana Roxanne —señala, esa es la rubia quien
sonríe, doy un paso junto a él hasta alcanzar y estrechar la
mano de su hermana, ella, pese a su sonrisa aún conserva
la duda en su mirada—. Mi madre, Varenka. —Vamos por la
señora, hago lo mismo—. Y mi padre, Nikola —finaliza,
también estrecha mi mano, pero ninguno borra la duda de
sus ojos—. Sí, madre, lo que creo que pasa por tu cabeza, es
cierto, Eridan es mi compañera.
Lo distorsiona un poco, pero sigue estando ahí, aunque sé
que es lo mejor que puede decir, ¿qué iba a ser?, ¿mi
sumisa? Por supuesto que no.
—¿¡Y vive contigo!? —Hay una súbita alteración en la voz
de quien pregunta, es su papá y me veo obligada a
encogerme en mi lugar.
Estoy tan abrumada por esta situación, que necesito salir
de aquí, liberarme de tanta tensión, lo necesito demasiado,
así que me giro hacia él, sabiendo que no debería, pero
incapaz de controlarme.
—Creo que debería hablar a solas con ellos —musito, lo
suficiente bajo para que solo él me escuche. Lo
suficientemente indiscreto para verme grosera frente a
ellos.
—Me parece que tú y yo deberíamos hablar a solas —
dice. Su mandíbula se tensa.
—Señor —pido, ojalá él supiera cuán afectada me tiene
todo esto—. Sería demasiado extraño, hable primero con
ellos, ¿por favor?
No acostumbro pedirle cosas, pero en esta ocasión
necesito que él haga esto y racionalmente sé que es lo
mejor.
Al mirarme, sus ojos han adquirido un brillo particular.
¿Algo de humor?
—¿Estás diciéndome lo que debo hacer? —Enarca una
ceja y mi estómago se estruja.
—Lo siento. —Voy a agachar mi cabeza, sin embargo él
no lo permite, me sujeta.
Parte de mi cerebro registra que estamos dando un
espectáculo.
—Lo que te haría si no estuviesen ellos.
Inclina la cabeza hacia un lado sopesando las ideas,
trasmitiéndolas a mi mente con la intensidad de su mirada.
Es muy fácil perderme en él y olvidarme de nuestro entorno.
—Ve a dejar tus cosas, en un minuto me reuniré contigo.
—Sus palabras son todo lo que necesito.
Rápidamente pido disculpas, porque sé que les hemos
dado más de lo que deberíamos, salgo de ahí tan rápido
como puedo.
Rápidamente me dirijo a la cocina y me siento
directamente en una de las bancas del mesón, tomo una
respiración profunda, dos, tres, necesito un vaso con agua.
—¡Mierda!
¿Cómo es posible? ¡Su familia!
Y yo no tendría por qué estar aquí, niego una y otra vez,
conocerlos y que por ende se forme un vínculo, no, eso no
puede ser, no debe ser.
Aunque ciertamente eso no importa, ¿no?
Pero, ¿sus reacciones? ¿Sus caras incrédulas?
Eso es demasiado.
—No se preocupe. —Annette me saca de mi estado de
estupefacción. Alzo la cabeza que había dejado caer entre
mis manos—. Tenga, señorita, su café. Le ayudará a estar
más tranquila. —Trata de reconfortarme.
—Gracias —farfullo, es extraño que la mujer simplemente
diga cualquier cosa.
Nunca he preguntado o indagado sobre si ella sabe que
hago yo en esta casa, sin embargo, acerco la taza a mis
labios y tomo un sorbo. Su amabilidad también es algo en lo
que pensar.
—Esté tranquila, es normal que los padres del señor estén
sorprendidos —reflexiona.
—¿Normal? —cuestiono.
—Sí —asegura como algo que debe ser obvio, ¿lo es?—. El
señor siempre ha sido muy reservado en su vida personal,
desde que trabajo para él, sé que mantiene a su familia
alejada de… sus asuntos personales, hoy se le ha escapado
de las manos.
»Cuando él llegó quedó tan sorprendido como usted, su
familia lo tomó desprevenido, pues ya se encontraban aquí,
estacionaron su auto en la parte de atrás de la casa y ni
Joseph ni yo hemos tenido oportunidad de avisarle que ellos
estaban presentes.
Parpadeo sorprendida, en primer lugar es el discurso más
largo que he escuchado de ella; segundo, no hay hostilidad
hacia mí en sus palabras, parece que de verdad intenta
tranquilizarme.
—¡Vaya! —Es todo lo que tengo para decir, así que solo
tomo más café—. No sé cómo reaccionar ni actuar al
respecto, nunca pensé que los conocería. —Me da una
mirada—. ¿No tan pronto? —añado más a modo de pregunta
—. Son sus padres, y no es como si nosotros llevásemos
demasiado tiempo juntos —teorizo.
Tal vez estoy hablando de más, pero simplemente tengo
que hablar o voy a explotar.
—Bueno, ustedes viven juntos, señorita, es normal que
los conozca —señala, cierro los ojos y aprieto mi agarre en
la taza—. Disculpe mi intromisión —se excusa.
—No se preocupe, Annette. Solo estoy impresionada, no
esperaba esto —la tranquilizo.
—Les caerá bien —suelta de pronto—. Usted es una
buena persona, ellos sabrán ver que es adecuada para su
hijo.
Tengo que parpadear de nuevo para asimilar y procesar lo
que me está diciendo.
Definitivamente quiero salir huyendo de aquí. Me siento
presionada, demasiado presionada, como si todos esperaran
algo de mí, algo que yo tengo que darles.
—Ahí viene el señor —advierte bajo y se vuelve a sus
quehaceres.
Tomo más café mientras siento mi cuerpo reaccionar a su
llegada, a su presencia.
—Déjanos solos —ordena tajante, ¿está molesto? Levanto
mis ojos de la taza para verle—. Ya está. —Se dirige a mí—.
¿Recuerdas el día en que salimos con tus amigos? —Frunzo
el ceño, asiento—. Olvídate por un momento de lo que eres
y actúa como… ¿mi pareja sentimental?
Realmente quiero reírme por las palabras que ha
utilizado, la incredulidad baña mis facciones, aunque sé que
para él esto es tan extraño como para mí.
—No es como si saliera de un papel para entrar a otro. No
es como si yo actuara al respecto —señalo, no quiero
cuestionarlo, pero es una observación necesaria.
—Lo sé. —Suspira largamente, noto en su rostro el
cansancio de la jornada, más lo que todo esto también le
está causando a él, se acerca rodeando el mesón y pronto
está tomando mi rostro entre sus fuertes manos—. Por eso
eres mía. —Su aliento golpea mi rostro y así de fácil mis
preocupaciones se evaporan.
Sus labios alcanzan los míos, y es ardiente, carnoso y
sensual, una caricia a través de un beso, succiona mis
labios y tengo que gemir porque la sensación golpea directo
mi necesidad por él. Esto es lo que he estado anhelando, lo
que quería cuando venía de camino a casa. El beso se
aviva, su lengua busca la mía, se introduce en mi boca y
domina la mía, jugando, dominando, reduciéndome.
—Hijo, le decía a… ¡Oh! —La voz de su madre se filtra en
mis pensamientos y antes de que yo actúe, él ya está
tomando distancia.
No puedo evitar sonrojarme porque tras ella se encuentra
la rubia, Roxanne.
La señora tiene una mirada cómplice.
—Nada que ustedes no hayan visto o hecho —formula él
con indiferencia.
Tengo que sonreír porque creo que es lo que corresponde,
ahora debo dirigirme a ellos y sé que por él puedo hacerlo.
—Siento mi actitud de hace unos minutos… —empiezo—,
realmente no esperaba que este encuentro se diera tan
repentino, sin tener idea siquiera de que iba a ser hoy. Sin
embargo, es un gusto conocerlos, a todos. —Les sonrío
desde mi posición, incapaz de levantarme porque no confío
en mis piernas aún temblorosas por la proeza de mi Señor al
besar.
—No te preocupes, cuñada —me tranquiliza con picardía
Roxanne—. Bueno, Eridan. Es un gusto conocerte también.
Siento que nuestras expresiones no hayan sido las más
cordiales, pero, en nuestra defensa, es culpa de él —se
excusa señalando a su hermano.
—Completamente —apoya la señora Varenka—, si él me
visitara más seguido, y llamara a su madre como cualquier
hijo debe, no pasaría esto. Así como nosotros no deberíamos
conocernos por sorpresa sino de una manera adecuada,
después de todo, eres su pareja, vives con él, por derecho
merecemos conocernos. —Sonrío sin decir nada,
internamente estoy temblando—. Y como dice el dicho, “Si
Mahoma no va a la montaña…” —No lo concluye, pero todos
lo sabemos.
Ella le regala una mirada seria y llena de reproches al
imponente hombre a mi lado, es casi un acto gracioso
considerando los papeles.
—Bienvenida a la familia, querida.
No había visto al señor Nikola detrás de ellas, no hasta
que sus palabras me hacen buscarlo y toparme con unos
dulces ojos azules, la sorpresa ha pasado y ahora noto una
calidez fraternal emanando de él. Tiene una sonrisa
cariñosa en sus labios, como si esa fuera la manera en que
debiera tratarme, no sé cómo responder a sus palabras, me
acobardo por su bienvenida, por la repentina camaradería.
—Gracias, señor. —Es todo lo que tengo por decir.
Al instante siento un pellizco en mi costado y toma todo
de mí no soltar un ruido de sorpresa, me giro, mi Señor me
mira tenso. ¿Qué hice? Se acerca a mi oído, no tiene sentido
del decoro.
—El único Señor para ti, soy yo. Mi papá es Nikola
¿entendido? —Quiero abrir la boca en sorpresa, me siento
desencajada. La orden súbita y su molestia hacen
travesuras en mi mente. Asiento incapaz de emitir palabras.
—¡Zahír! La estás intimidando —reprocha su hermana, la
miro, ella no parece sentir lo que yo percibo de él, la
tensión, la necesidad de callarme porque puede
reprenderme—. No te dejes coaccionar por él —me anima
con una sonrisa amable, le respondo de la misma manera y
niego, es imposible—. No puedo creer que no nos haya
dicho nada, pero espero que este… —Lo señala de nuevo—.
Te dé tu lugar y no se comporte como un bárbaro.
Sus palabras son más de lo que pienso puede alguien
decir, aunque tiene una sonrisa y mirada dulcificada hacia
mi Señor, ella de verdad lo aprecia y sé entonces que está
bromeando.
—Hija, no es necesario que halagues tanto a tu hermano
—intercede la señora Varenka.
—Por cierto. Soy Nikola, eso de señor, no me gusta
demasiado. Abre una brecha que nunca he pensado tener
con quien podría ser mi nuera.
Soy brutalmente estremecida por sus palabras, mis ojos
se desorbitan y si no me controlo voy a temblar. Abrumada
no es la palabra para describir cómo me siento. Ellos me
están viendo como algo que no soy y, ese hecho, la mentira
que se construye alrededor, me está sobrepasando.
—Voy a pedirles que me disculpen, voy a retirarme un
momento a mi habitación —anuncio, no puedo
avergonzarme por esto, siento que todo rastro de color ha
huido de mi piel.
—¡Oh! Lo sentimos, te hemos acaparado desde que
llegaste. Luces muy joven ¿trabajas? —me pregunta la
señora.
—Ya habrá tiempo para respuestas, y sí, ella trabaja, es
editora —responde mi Señor sacándome del aprieto de
responder algo que no se ha registrado completamente en
mi cabeza.
—Permiso —digo pasando en medio de ellos y
retirándome, sé que estoy casi ridículamente corriendo.
—Te acompaño. —Escucho, mas no me detengo, él viene
tras de mí.
No sé si los demás nos miran, como supongo que hacen,
pero no pienso girarme.
Las escaleras son un alivio y la puerta a mi habitación es
relajación pura. Al entrar la dejo abierta porque sé que él
viene detrás de mí, incluso sé que de las cosas que estoy
haciendo, debe haber algo mal. No sé por qué viene, creo
que lo he hecho enojar y la razón la desconozco, solo sé
identificar este sentimiento de consternación, de saber que
nada de lo que está sucediendo está bien, de saber que
estamos engañando a sus padres que tienen un tipo de
entusiasmo con mi presencia.
—Deja de pensar.
No me di cuenta en qué momento me detuve, estoy
mirando a través del ventanal al exterior y su voz me hace
girar, ha cerrado la puerta y se encuentra recostado en ella.
Tan… relajado, ¡es una distracción! Lo miro y lo miro, no
debería hacerlo tanto.
—Háblame ahora, ¿qué te inquieta?
Tengo que torcer mi cabeza para comprender lo que está
diciéndome. ¿No se da cuenta de que todo esto está mal?
Quiero decir cualquier cosa, sarcástica, petulante, estúpida,
pero muerdo mi lengua porque esa no es la manera de
dirigirme a él.
—Todo —musito y mi tono desciende octavas en la misma
palabra—. Ellos están creyendo una cosa que no es y… no
me siento bien engañándolos, no me gusta, sus palabras
me abruman, no quiero comportarme de esta manera. —
Reprimo un lamento.
En el transcurso de mi discurso he agachado la cabeza,
no quiero saber qué está pensando, qué está pasando por
él.
Tengo que calmarme y lo intento a través de
respiraciones profundas, retrocedo hasta que mi espalda
toca el cristal y me giro, mirando al exterior, tratando de
distraerme y calmar todo. No es justo que tantas cosas,
tantas emociones me pasen en un mismo día.
—Técnicamente no los estás engañando. —Es lo primero
que dice y suena mucho más cerca de mí—. Y me molesta
en un elevado grado, que estés mirando hacia afuera, que
estés dándome la espalda cuando estoy hablándote y
cuando estás hablándome. Tal vez no debas mirarme, pero
sí debes estar dirigida hacia mí.
Su voz es cruel, cruda, no le importa que me esté viendo
abrumada con toda esta situación, él no se detiene en sus
exigencias y aunque en mi mente se filtre algún
pensamiento de que está siendo déspota, esto es lo que
necesito, lo que quiero.
Está más cerca de mí, su cuerpo casi toca el mío y por
eso cuando me giro, está prácticamente presionando mi
cuerpo.
—Lo sé, Señor. Lo siento, estoy… tan perdida —acierto a
decir con la cabeza gacha.
—Necesito que te dejes llevar, que te dejes guiar por mí y
me apoyes en esto. Vamos a cenar junto a ellos y eso será
todo. Luego se irán y volveremos a ser tú y yo, como
siempre.
Pese a que está pidiéndomelo con voz suave, él suena tan
seguro de sí mismo, como si fuese la cosa más fácil de
hacer ¿tal vez lo es? Sé que antes he pensado que puedo
hacer esto por él, pero no había visto como ahora, lo que
implica de mí.
—No te lo estoy ordenando —aclara al mismo tiempo que
alza mi cabeza—, es una decisión que tienes para tomar
abiertamente, si lo deseas, puedo bajar y decirles que estás
indispuesta, puedes quedarte aquí. —La sinceridad en sus
ojos es demoledora, no parece molesto, y mi anterior
pensamiento de ser déspota se esfuma como si nunca
hubiese existido.
—¿Por qué? —pregunto.
De repente quiero tocar la línea arrugada de su frente,
borrar la repentina angustia de su rostro. Pero no lo hago,
no debo hacerlo.
—No soy un déspota —dice y una sonrisa acompaña sus
palabras. ¡Como si hubiese leído mis pensamientos!—. Mi
familia está totalmente fuera del acuerdo que tú y yo
tenemos, ellos no están involucrados aquí. —Nos señala—.
Verlos, hablar, compartir con ellos, no es parte de tu deber
como mi sumisa. Eso corresponde a mi vida fuera de ti y no
voy a ordenarte ser parte de ello.
Frunzo mi boca con mi corazón desbocado, la puerta que
me está abriendo para huir es tan… tentadora, pero tengo
la suficiente calma para analizarlo y no tomar una decisión
precipitada.
Sería menos cómodo para mí, pero, si estoy a su lado, a
la larga sé que voy a sentirme mejor de esa manera. Si me
quedo aquí y lo dejo ir solo… dudo mucho que vaya a
sentirme feliz. No sé qué estoy haciendo exactamente, pero
sé que voy a hacerlo.
—Lo haré. —Las palabras brotan de mis labios.
Él asiente.
—Si te abruman. —Toca mi cabello—. Bien puedes
excusarte y retirarte, no me voy a molestar por ello. —Tomo
otra bocanada de aire, su comprensión es… admirable—.
Gracias.
La sorpresa me baña y sonrío agradecida por la confianza
que tiene en mí. Mi pecho se calienta con el solo
pensamiento de esto.
—¿Vamos? —pregunto en un hilo de voz.
—Una cosa antes —añade, me detengo a punto de
salirme de la presión de su cuerpo, capto el brillo malicioso
de sus ojos y mis pulmones se quedan sin aire al instante—.
Gírate y no voltees hacia mí, volveré en un segundo.
La promesa de su voz es más potente que la de sus
palabras, algo tiene en mente y mi cuerpo responde a ello,
me erizo y me giro.
¡Su familia nos está esperando!
No tarda demasiado, tengo la cabeza recostada al vidrio
cuando lo siento de nuevo a mi espalda, de nuevo
presionando, robando el poco aire que consigo obtener para
mí.
Todo mi cuerpo se tensa, pero de una manera distinta, no
hay angustia, solo cruda y pura excitación. Desconozco sus
intenciones y pego un brinco cuando siento sus manos en
mis tobillos.
—Eres hermosa... —murmura y con sus dedos hace
pequeños círculos presionando en mi piel.
Se siente bien… muy bien.
Asciende de a poco y me convierte en una masilla de
sensaciones, soy muy consciente de cada porción de piel
que toca y sé a dónde se dirige.
—Ligas —dice para sí mismo, puedo sentir sus dedos en
estas, sé por el movimiento cuando las suelta y tiemblo
cuando desliza mi ropa interior suavemente hacia abajo—.
Separa más las piernas —pide con una mano en la cara
interna de mi muslo, cerca del núcleo de calor en mi cuerpo,
ese donde la humedad se hace presente—. Sube tu falda y
mantenla arriba. —Tomo aire, pero hago lo que me pide.
Da un suave golpe en mi pierna y siento que me ahogo
cuando percibo su aliento ahí, estoy temblando. Sus manos
ascienden y acaricia la piel expuesta de mis nalgas.
Muerdo la parte interna de mi mejilla.
—No voy a permitir que te olvides, aun con la presencia
de mis padres, cuál es tu posición y tu deber ¿entiendes? —
cuestiona.
Tiene todo un plan de seducción puesto en marcha o eso
me parece, su nariz en mi pierna, sus manos en mis nalgas,
su voz… haría cualquier cosa. Asiento una y otra vez.
No me giro para ver qué va a hacer, me sostengo
recostada al cristal y espero sus acciones.
De repente se aleja, me toca y escucho cómo baja el
cierre de su pantalón e inmediatamente la humedad en mi
entrepierna aumenta, sin ningún tipo de preámbulo siento
su glande empujando la entrada de mi vagina, doy un grito
ronco cuando me sujeta de la cintura, me agacha un poco y
se adentra, percibo cómo palpita y mis piernas tiemblan.
Comienza a embestirme, lo siento tan dentro, cada vez
más, se me eriza la piel, por más que muerdo mis labios no
logro controlar mis gemidos y cuando estoy a punto... se
retira e inmediatamente hay dos dildos empujando contra
mi cuerpo, en mis dos entradas y sé lo que es y tiemblo.
Es repentino y frustrante, faltaba tan poco. Para cuando
me doy cuenta él ya está ajustando la correa del cinturón.
Inspiro y consigo tomar aire suficiente.
—¡Maldición! —me lamento contra el vidrio.
Él ahora acaricia mis nalgas, pero no me alivia, solo… lo
empeora.
Mi cuerpo se siente tenso, estoy demasiado excitada y
furiosa a la vez.
—Gírate. —No lo hago, no me quiero mover, quiero que él
termine lo que ha empezado—. ¡Gírate! —demanda… y soy
incapaz de no obedecerlo, rechinando mis dientes, sintiendo
el dolor de la excitación punzar a través de cada parte de mi
cuerpo, me giro—. Abre los ojos. —Hay en su voz una
necesidad que desconozco y me empuja a hacerlo, lo veo y
me ve—. Relájate para que pase.
Niego, sus palabras me saben a mentiras, aunque sé que
dice la verdad, no quiero creerle.
Busca mis ojos y sostiene mi rostro, él es calidez y
seguridad. No sé qué hacer, su mirada me atrapa y mi
cuerpo se va soltando bajo su hechizo, me relajo
visiblemente. Acaricia mis hombros, mis brazos ¿me
consuela? Hay un cruce de algo extraño en sus facciones,
pero es apenas perceptible y desaparece tan pronto como lo
veo, extraño. ¿Qué ha sido eso?
—Bésame, Eridan —me pide.
Me desvanezco ante su orden, ahora soy yo quien tuerce
el gesto y observo su boca, sus labios que provocan con la
promesa cálida de lo que pueden hacerme. Me duele la
cabeza de solo intentar comprender lo que está pidiendo de
mí, lo que está arrancando de mí justo ahora.
Estoy actuando y dejando de pensar. Me alzo en mis pies,
no se mueve. Sus manos siguen acariciando mis hombros,
me mira, me estudia, espera. Su respiración golpea mi
rostro y sus labios me invitan en silencio. No lo hago
esperar, relamo mis labios porque yo también quiero esto y
cierro la distancia para rozar los suyos.
Me estremezco, me erizo y lo deseo, lo beso, caigo en la
dulce tentación que representa. Los labios de mi Señor,
dispuestos para mí, no se mueve, yo sí lo hago. Lo pruebo y
succiono sus labios casi gimiendo por el sabor y la
sensación de tenerlo, es… extraño, pero también es
delicioso.
¡No! Algo choca en mi interior, toco con mi lengua sus
labios ¡no! De nuevo, no puedo hacer esto, no puedo ni
quiero tomar cosas de él. Me alejo llena de miedos.
—¿Por qué te alejas? —cuestiona, serio y extraño.
—Creo que… debemos ir abajo —exclamo dudosa.
—Yo decido cuándo es momento de ir abajo —refuta, pese
a que soy yo la que se está llevando todo esto, siento que él
está alcanzando un límite, y no conozco cómo se ha
presionado hasta allá. Él mira afuera, hacia el jardín y noto
cómo se desenfoca su mirada por un segundo y luego es
llenado por determinación—. Vamos. —No es ni siquiera una
orden, es solo una palabra que no tiene fondo.
¿Pero qué hice?
Me tomo un tiempo para conocer a su familia, son
personas sencillas y encantadoras, personas unidas que se
cuidan y tienen entre sí estrechos lazos de afecto, es
evidente la manera en que se complementan los unos con
los otros.
Por momentos, durante la cena, me he quedado
observando cómo interactúan entre ellos. Soy partícipe de
la frialdad de mi Señor y la calidez de su madre, me siento
culpable de su estado anímico. Ella intenta acercarse,
tocarlo, llegar a él. En ocasiones él cede y le regala una
sonrisa genuina, otras veces se cierra. Soy un agente
externo en todo esto, he tenido que desviar mis ojos más
veces de las que debería, porque soy incapaz de seguir
viéndolos, de seguir escuchándolos.
Ellos me acogen, intentan unirme a su interacción, pero
me retraigo. Me cuesta sentarme, levantarme, moverme,
cada vez que el dolor o… la buena sensación me sobrecoge,
es un recordatorio constante de él, sin embargo, no es
suficiente para distraerme de todo esto, del compromiso, de
los sentimientos que tanto se expresan y que yo no deseo.
No noto cuando todos de levantan, me encuentro
demasiado perdida en mis pensamientos.
—Camina, Eridan —susurra en mi oído, ¿cuándo llegó a
mi lado? Me ayuda a levantarme y soy empujada por su
mano en mi espalda. Tengo que controlarme.
Llegamos al jardín de atrás e intento sacudir el
aturdimiento de mi cuerpo, necesito estar aquí, no es justo
ni para ellos ni para mi Señor que confía en mí para esto.
—¿Te sientes bien, cariño? —Miro a esta señora que hace
la pregunta con afecto y un sincero gesto lleno de intimidad.
¿Cómo puede ser tan dulce? Apenas nos conocemos y
ella ya me habla de esta manera. Es todo lo contrario a su
hijo.
—Sí, estoy bien —la tranquilizo fingiendo una sonrisa y
negando al mismo tiempo.
Todos se acomodan. Roxanne en un sillón individual,
Varenka y Nikola en uno más grande, muy juntos,
tocándose, dándose miradas y sonrisas cómplices, se nota
mucho amor entre ellos.
Soy tirada hacia abajo por la mano de mi Señor, para
sentarme a su lado en un sillón similar al que eligieron sus
padres. Me duele y frunzo el ceño hasta que siento su boca
en mi oído.
—¿Qué te sucede? —susurra, solo para nosotros.
Niego, mirando al precioso cielo que se debate entre el
azul y el negro, tan oscuro, tan precioso; lleno y vacío al
mismo tiempo. Niego de nuevo, vehemente, él coloca las
manos en mis hombros, creo que quiere relajarme y yo
quiero relajarme, pero no puedo.
—No me mientas —pide, no debo hacerlo.
Me giro y lo miro, y todo en lo que puedo pensar es que
se supone que no puedo mirarlo.
Necesito dormir, meterme en mi cama.
Su rostro antes comprensivo se convierte en una máscara
de frialdad, una mirada airada que de cierta manera calma
la ansiedad en mi cuerpo, es como si él tuviese una
conexión directa con algo dentro de mí.
Su mano se eleva entre nosotros y la pone en mi mejilla
suavemente, engañando a los demás, mas no a mí. Hace
presión con sus dedos en el hueso de mi mandíbula,
parpadeo unas cuantas veces y sé cuál es el mensaje, sé
quién es él ¡por supuesto! ¿Por qué es tan difícil para mí? No
debería. Después de todo, como él ha dicho, ellos van a irse
y quedaremos nosotros, como siempre.
Quiero complacerlo, quiero hacer esto bien, todo lo que él
me pidió fue hacer esto por él ¿y yo qué he hecho? Libera la
presión y luego acaricia mi mejilla con el dorso de su mano,
estoy tan… perdida en sus ojos.
Cierro los míos y solo me permito sentir su toque, me
reconforta y antes de saber qué estamos haciendo, me
recuesta en su pecho y mi cuerpo asiente, es lo que
necesito, aunque dudo un poco debido al público que
recuerdo, está presente.
Un cuchicheo me hace levantar la cabeza y noto a
Varenka mirarnos con cierta ternura, ella le habla a Nikola,
comparten comentarios, se ríen, nos miran. ¿Somos una
atracción para ellos? Eso parece.
—Se ven bien juntos —pronuncia un poco más alto.
Desvío mis ojos un poco.
—Hay algo en ellos juntos, que me recuerda a nosotros
¿no te parece? —señala Nikola en respuesta, me
estremezco, sin embargo él sigue relajado sosteniendo mi
cuerpo.
Roxanne también sonríe.
Trato de ignorar los comentarios y concentrarme en el
latido constante y reconfortante del corazón de mi Señor,
justo al lado de mi cabeza. Ninguno de nosotros dice nada y
el silencio se extiende mientras les ignoro, el silencio no es
desagradable.
—Creo que es hora de irnos —anuncia Nikola pasados
unos minutos.
—Pero si apenas nos hemos sentado aquí —revira Ares,
hablando por primera vez desde que estamos acá.
—Sí, y es bastante agradable, hijo, pero sabes que no me
gusta conducir tan a oscuras —aclara.
—Berlín no puede ser más iluminado —bufa. Todos ríen,
yo no lo hago.
Nos ponemos de pie y me quedo en un lado mientras
todos se despiden con efusivo afecto, lo hacen conmigo, me
tratan como a uno de ellos ¿tan rápido? Es lo que no
concibo, me dejo abrazar y les sonrío, porque es lo que
debo hacer.
Agradezco que todo esté llegando a su fin, quiero mi
cama, quiero acostarme, quiero desaparecer de este
momento.
Por fin quedamos a solas y empiezo a moverme hacia las
escaleras, no debo, tengo que pedírselo.
—Ahora sí, ¿me vas a decir qué te sucede, Eridan? —
pregunta llegando a mi lado, no sabía que ya estaba dentro.
Suena molesto y tengo que girarme. Retrocedo, su
semblante es temerario.
—No… no lo sé —titubeo y el miedo ha reducido mi voz a
un sonido apenas inteligible.
Cierra los ojos. Se toca el cabello. Los abre y me mira.
—Muévete, arriba, sabes dónde te quiero —ordena.
Mi pecho se apretuja ante ese pensamiento, sé que he
hecho todo mal. Me doy la vuelta y camino hacia arriba,
ignoro mi habitación y voy directo a la mazmorra. No reparo
en nada, me arrodillo en el suelo ignorando que aún
conservo mi ropa.
Entra pronto azotando la puerta tras de sí. ¿Un animal
enjaulado ha sido liberado? Pese a lo que significa, creo que
es un eufemismo.
Camina a mi alrededor y me lleno de ansiedad, no dejo de
mirarlo porque resulta peor a mis temores. La camisa que
antes llevaba pulcramente acomodada dentro del pantalón,
ahora está desabrochada y fuera de este, luce desaliñado,
pero eso no reduce su hermosura viril.
—Podía tolerar que te sintieras extraña al estar en
presencia de mi familia. —El hielo en su voz me petrifica—.
Te lo dije, te lo pedí, te dije de buena manera que si te
sentías sobrepasada podías retirarte, porque entiendo eso.
¿Qué hiciste entonces? Te cerraste, intenté ser bueno, ser
paciente, preguntarte si estabas bien ¿y tú? Fuiste incapaz
de hablarme, de confiar en mí ¿estamos retrocediendo,
Eridan?
Hay amargura en su voz y cuando se pone frente a mí, y
alzo la vista para mirarlo, más que enojado, se ve derrotado.
Se agacha y estira la mano hacia mi cabello, lo toma todo
en su mano y tira empinando mi rostro hacia arriba, hacia
él.
—¿De nuevo volvemos al tema de la confianza? —No me
golpea, pero sus palabras sí lo hacen. Me suelta—. No estás
desnuda, ¿por qué no lo estás? —pregunta—. Me miras aun
cuando sabes que no debes, menos en este lugar, pero lo
sigues haciendo. —Ladea la cabeza de un lado a otro, sus
manos se sacuden, sé que está más allá de molesto—.
¡Ponte de pie! —demanda con premura.
Estoy temblando.
Su voz retumba en la estancia, soy muy consciente de su
presencia a mi alrededor, de mi cuerpo y de mi disposición.
Tengo la respiración agitada, pero esta vez no es de
excitación, para nada.
Con un solo paso está de pie junto a mí, hay una fiereza
desgarradora en sus facciones, toma mi camisa y sus
manos tiran hacia los lados, los botones saltan y rasga la
tela. Toma mi falda por las costuras, tira nuevamente hacia
los lados y desgarra el material con sus manos.
—Te ves como un pequeño cordero asustado. —Me sonríe,
sin diversión—. No me importa. No sabes cómo… cómo me
jode que te cierres. Sé que te sucede algo, no me lo has
dicho. Soy tu Amo y si no confías en mí ¿en quién entonces?
—Vuelve a abofetearme con sus palabras.
Pensé que iba a desgarrar el sujetador o iba a quitarme el
cinturón, pero ni lo uno ni lo otro, me arrastra jalándome del
brazo, trastabillo porque tengo los tacones puestos, empuja
mi cuerpo hacia abajo haciéndome arrodillar ante un cepo.
—Acomoda tus manos y cabeza en esto —exige—. Lo
conoces, ¿no? —pregunta con desdén.
—En teoría —musito con voz temblorosa. Nunca he
estado haciendo uso de uno, pero mi labor de escritora me
ha llevado a conocer esos detalles.
—Sabes entonces para qué es. Azotar esclavos, Eridan.
Esclavos que han cometido faltas. Esclavos que se han
portado mal —susurra.
—Para azotar putas, para azotarte a ti. Voy a darte azotes
que nada tienen que ver con placer, es un castigo y espero
que lo recuerdes, un castigo que te has ganado por las
razones que ya te he mencionado —declara.
Lo sabía, lo sé, pero sigo temblando. Ya tengo las manos y
la cabeza ubicadas, mientras él se encarga de ajustar la
parte superior para dejarme encerrada.
Se retira, se aleja.
—Deberías dejar de temblar —exclama desde algún lugar
tras de mí—. ¿Te doy miedo, Eridan? No me parece —añade
—. A veces creo que no me respetas —prosigue.
Niego, aunque apenas puedo mover mi cuello, quiero
decirle que no es así, pero él no va a dejarme hablar.
Se pone de pie frente a mí, látigo en mano, un látigo largo
y flexible, grueso, lo atiza en su mano con un sonido
atronador.
Desaparece de mi vista y cierro mis ojos, alejo la lengua
de mis dientes.
Muerdo mi labio inferior cuando siento el primer impacto
del látigo contra mis nalgas. Él no dice nada y eso lo hace
peor. Las lágrimas ya salen de mis ojos, cada impacto es un
profundo dolor en mi piel.
Tres azotes, uno detrás de otro, todos en diferentes
puntos, todos con la misma intensidad. Mi piel está en
llamas.
Para cuando termina estoy exhausta, con el cuerpo
magullado y entumecido. Deja caer el látigo, el sonido es
fuerte y traspasa mis tímpanos.
Mantengo los ojos cerrados intentando canalizar el
profundo dolor de mis nalgas, mis piernas apenas me
sostienen. Siento sus manos rozarme y es porque está
soltando el cinturón, lo retira y un gemido que no esperaba
sale de mi garganta.
¡Maldita sea!
Es rápido, no lo espero, no creía que iba a dármelo. Solo
siento, soy un cuerpo que solo siente, siento dolor y ahora
él va a hacerlo peor.
La punta de su pene jugando con mis pliegues, de arriba
hacia abajo. Me humedezco, lo deseo, me duele e igual lo
deseo. Me acaba de castigar y aun así lo deseo. Sé por qué
lo ha hecho, lo acepto, lo entiendo, y ahora va a ponerle la
guinda al castigo.
—¡Por favor! —imploro, no lo hace, sigue moviendo su
miembro entre mis piernas, restriega su pene en mi clítoris
y gimo fuerte, luego lo aleja sin más. Quiero llorar.
—Pídelo correctamente. Pídelo, Eridan —gruñe.
—Fólleme, por favor, Señor... —suplico, me rindo, le doy
todo.
Le he dado ya todo de mí y las reservas él me las acaba
de arrancar con un castigo que tiene mi piel ardiendo. Le
ruego y aun así él no lo hace, ¿qué quiere? ¿Qué espera?
¿No siente acaso la misma necesidad que me está
consumiendo?
—¿Por qué debería? —cuestiona, el reto se manifiesta en
su voz.
—Yo... lo necesito, Señor. Por favor. —Vuelvo a rogar.
—Ni tú misma lo sabes —dice, ¿él sí? Pero lo olvido, me
penetra y pierdo todo rastro de conciencia—. Perfecta... —
susurra mientras empuja con frenesí y mis paredes internas
se aprietan en torno a él.
Se mueve de manera que toca tantas partes de mí al
mismo tiempo, lo siento todo, la fricción y cada parte
efímera de nosotros en contacto, es abrumador. Golpea
puntos que solo él conoce, revive cada porción de mi
cuerpo, incluso aquellas partes en mi mente que con los
hechos de la tarde/noche habían caído en una especie de
letargo.
Necesito correrme para quemar todo pensamiento
confuso de la tarde, pero él no quiere y lo siento crecer y
follarme con intensidad, con toda la intención de hacerme
perder.
—Aguanta —advierte con los dientes apretados.
Imaginar su rostro lo hace peor, la tensión en su cuello y
mandíbula, el aleteo de su nariz expandiéndose en cada
intento de respiración profunda, la flexión de sus músculos,
de su cuerpo, la emoción en sus ojos.
Sudo y me agito. Nunca he disfrutado tanto...
Involuntariamente mi cuerpo se mueve hacia atrás, mis
caderas rotan buscando más, buscándole a él. Y me
concede lo que quiero, me folla más duro hasta hacer que
duela, pero este dolor no es malo, esta clase de dolor me
aplaca y es bueno, esta clase de dolor me enloquece.
Desgarra mi alma, lo sé cuando las lágrimas se derraman
de las cuencas de mis ojos. Se abre paso y me estira una y
otra vez, no tiene piedad, se estrella contra mi piel herida,
esa que escuece y llamea.
Está cerca, puedo sentirlo cerca, me aprieto a su
alrededor y se tensa.
Emite un gruñido que parece que no quiere salir y pronto
él está corriéndose deliciosamente dentro de mí, haciendo
que yo lo haga también.
Sujeta mis caderas mientras lo siento sacudirse dentro de
mi cuerpo. Mi interior palpita, lo abraza y me siento
desfallecer. La calidez de su semen en mi interior me calma
y acompaso mi respiración con la suya. No sé cuánto tiempo
pasa de esta manera, él sujetándome y meciéndose
deliciosamente dentro, me acaricia la piel suavemente.
¿Por qué lo hace? ¿No sabe lo que me hace? Posiblemente
es muy consciente de ello.
Antes de salir de mi cuerpo escucho el crujir del candado
y sé que soy libre. Entonces me despoja de él y toda la
calidez anterior me abandona. Siento el vacío.
—Vete a tu habitación —sintetiza.
Algo en mí, adicional a todo lo demás, se resquebraja con
su petición.
—¡Por favor! —proclamo, sin saber qué estoy pidiendo.
Con cuidado y sujetándome del cepo, porque no confío en
mis piernas, me levanto y giro hacia él. Está agitado, y es
febril a pesar de que acaba de liberarse. Me ve un segundo
y luego se mueve ajustando su pantalón.
—Vamos —indica, me calmo un poco y camino, sé que él
viene tras de mí.
Llego a mi habitación y el silencio reina, no sé qué hacer,
de pronto tengo la sensación de que esto es como cuando
mi padre iba a acompañarme a la cama al dormir,
esperando hasta que estuviese lista, dándome un beso en la
frente y deseándome buenas noches. No es exactamente
así como quiero imaginar esto, quiero su compañía porque
sé que aún está molesto y no quiero que lo esté, por eso le
he pedido que venga conmigo, o eso ha entendido porque
no he usado demasiadas palabras.
—No te vas a bañar, no esta noche. Quiero que duermas
de esa manera.
Es grotesco, pero inhalo profundamente y casi puedo
percibir su olor mezclado con el mío, es sucio, es canalla y
vil, pero es él y lo quiero así. Asiento.
—Buenas noches, Señor —murmuro acercándome a
donde se encuentra.
No espero que haga nada, más bien me que mande a
dormir de una vez, en cambio, su mano se alza y toca mi
mejilla, tal como lo hizo cuando estaban sus padres, solo
que esta vez no ejerce presión, solo me acaricia con el
dorso de la mano, luego pasa su pulgar por mis labios en
una caricia suave y delicada.
—Buenas noches, pequeña. —Besa mi frente, se da la
vuelta y mientras se retira me voy a la cama.
Pese que esta vez no atendió las heridas de mis nalgas y
que yo estaba triunfalmente ignorando el dolor. Me dormí
casi al instante.
¡Los hombres son malos... se acercan a ti buscando una
sola cosa...
¿Todos son malos? ¿Malos cómo?
¡Solo quieren sexo... y te dejarán porque eso es lo que
importa para ellos!...
¿Sexo?
¡Anoche estuve con mi novio!...
¿Eso no es malo?
¿Ya tiene novio la pequeña?...
¡NO! Mami dice que no puedo aún.
¿Por qué eres tan así?...
Ellos no me quieren demasiado.
¡Me enamoré!...
Estúpida, te encaprichaste, pero no te quieren, solo
quieren follarte.
¿Te has visto a un espejo?...
¿Por qué me lo dices?
¿Por qué decías que el sexo es malo?...
No lo es, es solo sexo, dolor... placer; el amor es malo...
mis amigas lloran.
¿Hija, te enamoraste?...
No mamá, ¿amor? No.
Bienvenida a la familia, Eridan.
¡NO!
Se ven adorables, como tú y yo.
¡NO!
¿Lo quieres?...
¡No!
¡Basta!
¡Basta!
¡BASTA!
Me despierto de golpe, sentándome y respirando
agitadamente mientras aprieto las sábanas contra mi
cuerpo.
Hace calor, demasiado calor.
—Eridan, ¿qué pasa? —Desorientada miro hacia la puerta
por donde mi Señor ha aparecido.
Lo miro y un intenso dolor retuerce mi vientre, un
calambre, un dolor agudo en lo más profundo de mi ser,
pronto siento la humedad entre mis piernas, me he
manchado.
¡Mierda!
Me tengo que levantar corriendo directo al baño. Lo
último que veo es su expresión pasmada.
No tengo oportunidad de decirle ni detallar nada… corro
directo al baño, el dolor incesante en mi vientre me está
matando.
¡Maldito dolor!
Otro punzante calambre me ataca y escucho sus pasos
venir ¡No! Lo último que deseo es que me vea en estas
circunstancias, mi cuerpo está desastroso, cubierto por una
ligera capa de sudor, producto de mi reciente pesadilla y mi
situación actual.
—No, por favor.
Pero sus pasos no cesan y yo no puedo imponerme,
aunque no quiero que él me vea. Eso no impide la mirada
de reproche que inevitablemente le di cuando su figura
irrumpe en mi cuarto de baño. Me encuentra sentada en el
retrete apenas soportando las contracciones de mi vientre
con esas ganas absurdas de cortar mi cuerpo en dos para
que así el dolor desaparezca, y ahí está él, invadiendo el
poco espacio personal que tengo… cuando mi mirada se
topa con la suya, me arrepiento del reproche en mi mente,
la preocupación en sus ojos es evidente.
—¿Estás bien? —indaga con esa voz suave que raramente
emplea dirigiéndola hacia mí... ¿estoy bien?
Un nuevo tirón, jalón, calambre, cólico... todo es lo mismo
pero duele ¡mierda, duele! Mucho.
Los rasgos de sus facciones que suelen estar tan
indiferentes que no denotan emoción alguna, ahora se
relajan dándole paso a la preocupación. Aunque la
comprensión también llega... es obvio y hasta paradójico,
sentada en el retrete, transpirada y encorvada tratando de
sofocar el dolor.
—Déjeme sola... por favor. —Por muy preocupado que
esté, necesito mi espacio ¡por Dios!
Me avergüenzo una vez más ante lo crudo de la situación.
Sin embargo, él siempre me sorprende, de cualquier manera
y en todo contexto. Mis ojos captan movimiento y pronto se
encuentra agachado a la altura de mi rostro... me mortifico
al tenerlo tan cerca ¿qué carajos?
—Estás haciendo suposiciones ridículamente
sobreestimadas de mí. —Su voz suena profunda, como si de
pronto estuviese afectado ¿por qué? Niego y quito mi
mirada de él, me apena de manera exponencial que esté
tan cerca de mí—. Eridan... ¿crees que la sangre me da
fobia? —pregunta tomando mi rostro para que lo mire.
Estoy sentada con toda esta sangre que mi cuerpo
desecha saliendo de mí y él toma mi rostro...
—Es solo una confirmación de tu feminidad... de que
estás sana y completa.
»La mujer es el objeto de deseo e inspiración del hombre
en cualquier sentido... hasta el más crudo de los deseos ha
sido inspirado en este cuerpo —me señala—, en estas
curvas, en esta suavidad... si esto… —Con un gesto recalca
lo evidente—. Compone lo que eres, ¿por qué debería sentir
fobia, asco o cualquier otra cosa adversa que puedas estar
imaginando? —Quedo perpleja ante sus palabras, y su
rostro debe notarlo, porque agrega—: Nunca te he tomado
por tonta, pero ahora realmente lo eres, no conoces ni de
cerca la magnitud de mis capacidades, ni lo que eres para
mí. Relájate, voy a traerte un calmante y un té, ¿tienes todo
lo que necesitas aquí? —ofrece sin hacer referencia a los
utensilios en sí.
Asiento y le doy igualmente una tímida sonrisa, me siento
cohibida, pequeña, avergonzada y completamente envuelta
en él.
Lo veo levantarse sin esfuerzo alguno... sus músculos
flexionándose con cada movimiento, no puedo evitar
deslumbrarme con su torso esculpido tan cerca de mí, su
olor masculino y el calor que exuda... una punzada en mi
vientre contrarresta todo cuanto estoy pensando y
deseando, haciéndome recordar mi situación actual y, como
si no tuviese ya un gran lío en mi cabeza; su presencia, el
dolor y el inminente bajón me hacen eludir mi anterior
sueño, aunque para mí es realmente una pesadilla de
palabras, sonidos, frases abrumadoras que no hicieron más
que querer hacerme huir olvidándome de todo y todos.
Hago lo necesario para sentirme al menos cómoda
conmigo misma, eso sí... hasta no sentir que
verdaderamente puedo ponerme en pie no lo hago, aunque
sí me apuro pensando en que él volverá y me encontrará de
la misma manera, esto se está volviendo tan humanamente
real que me asusta... temo que se convierta en algo tan
natural, lleno de cotidianidad, de realidad, que me haga
huir.
Vuelvo a la habitación sintiéndome fría... agotada, débil...
el dolor no ha cesado, solo se calma por momentos para
volver como una tormenta incesante, con tal ímpetu que
parece no querer parar y volviéndome loca.
Me visto con un pijama suave y me meto en la cama
haciéndome un ovillo para aliviarme un poco, pero la verdad
nada lo consigue y me siento enloquecer entre punzadas.
Boca abajo, de lado, de otro lado, una almohada en medio…
¡Nada! Lágrimas saltan de mis ojos... maldita sea, duele
mucho.
—Toma el té. —La voz de mi Señor resuena, giro
lentamente sintiendo los cólicos ir y venir, me siento y con
manos temblorosas recibo la taza que me ofrece.
Quemo mi lengua al primer sorbo, pero acepto cualquier
cosa que sea para aliviar lo que estoy sintiendo, así que
vale la pena un poco de ardor.
Hasta ahora no había reparado en él y la otra taza que
lleva en sus manos ¿necesitaba un té?, termino el mío
ignorando el amargo sabor que se instala en mi paladar y
las punzadas en mi estómago rechazando aquel líquido.
Coloco la taza sobre la mesita y me tiendo en la cama, tal
vez es una actitud inadecuada para su presencia, pero no sé
cómo llevarlo, entonces creo él debería retirarse.
—Señor... —titubeo rechinando mis dientes—. No es
necesario que, que esté aquí... ya se me pasará.
—Calla, pequeña, y procura quedarte quieta para que el
medicamento haga efecto y te calme el dolor —revira con
su tono imperioso y prosigue el silencio.
No sé qué ha sido de él, porque con el dolor no puedo
pensar con claridad, en ningún momento ha cesado, por el
contrario, es agudo, haciéndome saltar lágrimas
nuevamente.
Me giro muchas veces en la cama, jamás atreviéndome a
levantar la cabeza para buscar su presencia, prefiero estar
sola... me veo tentada a gritarle que me deje sola, pero
¿con qué motivo? Él solo se está preocupando por mí como
su sumisa que soy... y eso debe hacerme sentir bien, saber
que él no solo se interesa por follarme, por azotarme, por
tratarme únicamente para su placer... él también se
preocupa por mí, pero, maldita sea, en este momento
quiero que me conceda la miserable petición de estar en
soledad.
El dolor me traspasa haciéndome tensar y a eso le sigue
un retorcijón en mi estómago, me retuerzo, pero me envaro
al sentir una arcada venir... alarmada abro mis ojos en
exceso y no sé cómo, pero llego al baño botando el
contenido de mi pobre estómago, ¡asqueroso! El acto se
repite varias veces mientras el dolor en mi vientre y la
debilidad en mis extremidades no menguan. Siento que si
sigo vomitando quedaré laxa, intento calmarme a punta de
respiraciones profundas, pero el dolor no cesa.
Trato de ponerme en pie... pero no es posible, me
encuentro muy débil... sin embargo, un par de manos
fuertes y cálidas me sostienen. Me estremezco y una vez
más tengo la necesidad de pedirle que se retire, pero
¿dónde está mi voz para hacerlo?, le permito llevarme al
lavabo y enjuago mi boca, para finalmente llegar a la cama.
Una vez más me tiendo en ella con la esperanza de que el
dolor cese... vamos, mierda, en algún momento debe cesar
¿no?
Me doy cuenta de que él no se ha ido de la habitación,
pues esta vez agudizo mis sentidos y no dejo que los cólicos
me arrastren al agujero negro del dolor, como le he
empezado a llamar.
—¿Es común que tu periodo baje de esa forma? —Por fin
vuelvo a escuchar el sonido de su voz y me invade una
extraña sensación de alivio.
No sé qué responder, pero creo que lo de hoy solo ha sido
en parte una secuela de mi propio nerviosismo, sin
embargo, ¿cómo decirle que las emociones influyen en ello
sin que otra serie de preguntas vengan?, preguntas que no
quiero responder.
—¿Te has sentido mal a nivel emocional?
—He estado un poco... estresada —respondo su
interrogante, más por no llevarle la contraria que por estar
de acuerdo.
—Cuando he entrado a tu habitación, ha sido porque iba
hacia la cocina y te he escuchado... ¿me quieres decir qué
tienes? —indaga calmado.
Me giro con excesivo cuidado, queriendo evitar cualquier
dolor, él nota el cambio y su postura se hace más cómoda,
relajada.
Niego, ¿él me escuchó? ¿Qué había dicho? ¿Hablé en
sueños? ¡Joder! Lo que me faltaba.
—¿Qué... he dicho? —balbuceo con algo de miedo.
—Solo gritabas “basta” una y otra vez, pero no me
evadas, te estoy preguntando algo y quiero que me
respondas en concreto —recalca tajante.
Silencio... el incómodo silencio de mi mente
debatiéndose.
—Eridan... —Esta vez su tono es de completa advertencia
—. He tenido mucha paciencia contigo esta noche... y no lo
reprocho porque te entiendo, pero estás llevando mi
paciencia al límite, ya te he castigado por cerrarte a mí y
¡joder! —Suena frustrado—. Yo no quiero obligarte a que
tengas cierto grado de confianza en mí... si te cierras, si
cualquier situación te sobrepasa quiero que recuerdes que
tienes tanto poder como lo tengo yo para dar por terminado
lo nuestro, nada te ata a estar aquí... así que recuérdalo.
Necesito que estés bien. —Veo su cuerpo moverse en
dirección a la salida.
¡No!
Un gemido lastimero sale de mis labios, y él detiene su
huida para girar y observarme. Nuestras miradas se
conectan en este túnel en el que él puede ver todo de mí,
pero yo nada de él, porque es un maestro en ocultar
emociones y yo... yo no soy nada en su presencia, ¿por qué
no hablo? ¿Por qué es tan difícil? Me carcome hablar, no
quiero hacerlo... es más fácil actuar, llevar a cabo acciones
que me permitan avanzar.
—No puedo —musito simplemente.
El dolor en mi pecho crece, no estoy ocultando nada, son
mis propios complejos... ¿por qué? Es tan fácil, sería tan
fácil... él no tendría por qué juzgar mis motivos, solo oírlos y
comprenderlos.
—Sí puedes, ¡maldita sea! —gruñe exasperado y cierro
mis ojos
«¿Qué estoy haciendo?»... simplemente dejaré salir todo
aquello que pueda decir.
—Tengo miedo... yo, siempre he tenido miedo; yo podría
hablar y expresarme, lo que quiero, lo que no quiero... lo
que siento, pero ¿a quién le importa? Al final cada persona
tiene una idea clara de lo que quiere, y terminará buscando
el modo de hacerlo, entonces, ¿para qué expresar lo que
quieres?
»Si a nadie le va a interesar. ¿Para qué hablar... si podrías
terminar por decepcionar a otro con lo que vas a decir?
Puede que en tu mente suene muy bien, pero quizás a los
demás no les agrade lo que expresas ¿puedo yo con eso?...
»Mis padres, ellos siempre tuvieron un plan de vida para
mí, siempre supieron qué querían, esperaban algo de mí,
era más sencillo, siempre fue más fácil hacer lo que ellos
esperaban y no tomar lo que yo quería, ni hablar con ellos...
simple y sencillamente dejarme llevar hasta que fuese
independiente.
»Pero nada de eso cambia, las personas siempre esperan
algo de ti y tú haces todo por complacerlos... soy eso, o en
algún momento me consideré eso ¿sabe?, una especie de
máquina programada para complacer lo que mamá
necesitaba, lo que mi papá quería y lo hice, lo logré. Creo
que los complací... estudié, fui la hija perfecta dentro de lo
que pude lograr, fui lo que el estándar de la sociedad
espera de ti... que estudies, que estés en casa, que seas
obediente, que ayudes a tus padres... me gradué y entré a
la universidad, pero busqué entonces mi independencia
porque ellos siempre hablaron de la universidad como el
límite que me permitiría cambiarlo todo, el momento en que
despegaría de ellos.
»¿Pero ayudó eso en algo? No. Siempre buscaré la
dependencia... al menos pude cambiar un poco y hacer mis
propias cosas; por fin complací mis deseos, hoy... esto… —
nos señalo—, estando aquí con usted, esto finalmente es
algo que yo he elegido, algo que yo quiero, que me
complace a mí, a pesar de que mi deber es complacerlo a
usted.
En ningún momento hace ademán de interrumpirme y se
lo agradezco, porque estoy segura de que en cuanto calle,
no volveré a hablar y mucho menos si veía reproche en su
mirada.
—Es quizá lo mejor que he hecho, es la mejor forma de
desenvolverme, de desprenderme de todo y ser yo... la
liberada, la que puede sentir placer sin importarle nada, ser
lo que mi Señor quiera que sea, una puta, una perra...
suya... yo podría serlo todo y eso está bien para mí... porque
me llena a mí, me complace a mí, me da placer a mí.
Pero no, no es solo eso y no quiero perder el punto, sin
embargo, las palabras se atascan en mi garganta porque
muy pocas veces las he dejado salir.
—Ahora no se trata de lo que siento siendo lo que soy...
porque eso me llena de formas inexplicables; hoy... hoy ha
sido un día duro en muchos aspectos, sin embargo me vi
sobrepasada por la presencia de sus padres, sentí que
nuevamente alguien esperaba algo de mí, algo que estoy
segura no puedo darles... y entonces no puedo. Lo nuestro,
esta vida... es algo personal, algo mío, algo que me deja
libre de la realidad cotidiana, pero si esa realidad cotidiana
empieza a inmiscuirse no sé cómo actuar, no sé ni siquiera
si quiero actuar con ello y... yo —no puedo evitar
derrumbarme—, no quiero acabarlo, Señor, porque yo adoro
esto... su presencia, su forma de tratarme... todo. Cada
aspecto de la vida que he elegido al momento de aceptarlo,
lo he acogido con pasión, pero hay cosas, variables con las
que no sé trabajar y temo por ello.
Silencio... respiraciones, ideas, dos cabezas teniendo uno
y otro pensamiento.
¿Rechazo? ¿Decepción?, o tal vez ¿aprobación?
¿Entendimiento?... ¿Qué ocurre realmente en su mente?
Levanto mi vista hacia él, no me di cuenta en qué
momento la agaché, pero mis manos, mis dedos
entrelazándose fueron una cosa muy interesante de ver
durante mi no tan pequeño discurso. Sin embargo, ahora su
silencio crea en mí la necesidad de verle y saber qué
sucede.
—No puedes andar por la vida pensando que tus
acciones, tus deseos y tus emociones van a decepcionar a
los demás... lo que pasó antes en tu vida no tiene remedio,
pero lo que va a suceder mañana sí se puede reparar.
La intensidad con la que su mirada está puesta sobre mí,
me sobrecoge y llena de una extraña calidez. Se acerca a la
cama, haciéndome retroceder... como si le temiera, pero a
la vez atrayéndolo hacia mí, como si se tratara de un imán.
En un parpadeo lo tengo sobre mí, sosteniéndome por las
muñecas, con mis brazos sobre la cabeza. Su cuerpo
aprisionando el mío, sin dejarme sentir un milímetro de su
peso. Su piel trasmitiendo calor a mi cuerpo; lo siento más
cerca que nunca, mi cuerpo adormecido empieza a
despertar al deseo que inminentemente provoca. A pesar
del momento de entera seriedad que estamos pasando, mi
cuerpo... tan adicto a sus tratos, despertó ante la necesidad
y su cercanía.
—Eres mi sumisa... quiero tu sumisión mental, te quiero
mía por completo, sin limitaciones ni medidas. Mi lema,
nuestro lema, es vivir, que vivas cada experiencia que te
puedo dar... no estoy haciendo un buen papel contigo si no
consigo que apliques ese simple verbo. —Su aliento tan
natural, tan él, golpea mi rostro, mi boca se encuentra
sedienta y mi pulso... mi pulso está completamente alocado.
—Yo... lo hago —titubeo con voz seca.
Percibo la fugaz sonrisa de sus labios.
—No puedes engañarte a ti misma, ni querer engañarme
a mí. No lo haces... no por completo. Déjame guiarte como
quiero hacerlo y como necesitas que lo haga, pero para que
eso suceda, debes permitirte sentir lo que sea que sientas,
expresarte cuando quieras hacerlo.
»Vive, Eridan... siente las emociones cuando te reprendo,
cuando te reprocho, te azoto o simplemente te follo; cuando
estés conmigo y cuando no, también, en todo momento...
quiero que sientas, porque esa será la única forma en que
sepas que estás viva y que lo que estás haciendo es
correcto. Esa será tu tarea, tu misión y estaré muy al
pendiente de ello ¿entendido, pequeña puta? —pregunta.
Siento la vulnerabilidad de mi cuerpo y mi mente ante sus
palabras, él tiene razón en cada una de las cosas que dice.
Y es que yo siempre mantengo mi mente fuera del alcance
de los demás, nunca dejando entrever por completo, nunca
dejando a alguien conocerme por completo...
—¿Entendido? —pronuncia una vez más, afianzando su
agarre en mí.
¿Dolor? Había olvidado por completo el dolor de hace
instantes, todo lo que siento ahora es su cuerpo cernido
sobre el mío.
—Sí, Señor —respondo de la forma más sincera que
puedo, viendo sus ojos para comprobar la franqueza en ese
tono gris que tanto adoro y para mostrarle la veracidad de
los míos, honesta y puramente.
—Quiero que dejes atrás a quien fuiste alguna vez... a esa
chica, quizá reprimida, que no hacía lo que deseaba por
complacer a sus seres queridos. Nadie excepto yo espera
algo de ti, olvídate de mis padres, ellos solo fueron un
inesperado suceso que no ocurrirá de nuevo, olvídate de
todo y concéntrate en mí. No pienses, actúa guiada por mi
voz, si te equivocas, entonces yo sabré qué hacer con ello,
ya lo has hecho, ¿no es cierto? —se refiere a lo último, es
cierto ya me había equivocado y él supo qué hacer, permití
dejarme guiar, esperar por él—. Eres humana, cometes
errores y eso te hace quien eres... si fueras perfecta
entonces nadie querría nada de ti, si fueras perfecta no
tendría la excusa de emplear mi látigo o mi mano para
colorear la preciosa piel que tienes.
Su sonrisa socarrona me hace estremecer, pasa
fácilmente de un comentario que pretende ser reflexivo y
serio a uno que aviva exponencialmente el deseo.
—¿Crees poder hacer lo que te he pedido? —retoma.
«¿Podré?», por mí me dejo llenar de temores, pero, por
él… quizá puedo intentarlo.
—Puedo leerte fácilmente, pequeña, y si lo haces, que
sea por ti, no por complacerme a mí ¿entendido?
Sonrío porque él sigue sorprendiéndome y llenando cada
vacío que voy descubriendo en mi vida.
—Lo haré —exclamo con decisión.
—Esa es mi puta. —Me da una de esas sonrisas
prometedoras.
Se inclina hacia mi rostro y toma mi labio inferior entre
sus dientes, eso provoca como tantas otras veces, una
punzada de deseo directa a mi sexo, seguida de un suave
dolor que me recuerda mi situación actual. Gimo quedito y
aunque quisiera ser atrevida y juntar con ímpetu mis labios
a los suyos, me alejo y niego.
—Es mi impresión, ¿o me estás negando algo? —suspira
con una ceja levantada.
—N-no... Solo yo... el... mi periodo —tartamudeo sintiendo
mis mejillas encenderse.
¡Demonios! Nunca entenderé por qué me sonrojo por
unas cosas, en cambio con otras que considero verdaderas
razones para hacerlo, no.
Inesperadamente su mano derecha dirige la mía en un
viaje de descenso, la lleva hasta esa parte de su cuerpo que
he anhelado con tanto ahínco. Presiona mi mano sobre su
bulto, cierro mis ojos y doy un respingo mientras él aprieta
contra su suave pero duro miembro.
—Mi cuerpo desea follarte y tu cuerpo desea ser follado —
susurra con voz ronca—. Si quisiera hacerlo, lo haría, lo que
menos me preocupa es ver mi pene con un poco de sangre.
—Arrugo mi ceño un poco ante la crudeza de mi imagen
mental... aunque una efímera parte de mí, esa que lo desea
como el aire, anhela que lo lleve a cabo—. Pero no quiero
lastimarte y yo no sé ser suave, y tu cuerpo necesita
suavidad, por lo que... es mejor que descanses.
Besa mi frente antes de darme una última mirada y
dirigirse a la puerta de mi habitación.
Abro mis ojos a un nuevo día, después de todo logré
dormir con profundidad.
Busco a tientas mi celular para ver la hora. Las once de la
mañana. Para haberme trasnochado, no dormí tanto,
aunque sí fue placentero...
Me quedo mirando al techo, parpadeo unas cuantas
veces, mi cabeza es un tumulto de pensamientos, no puedo
creer todo lo que hablé anoche y el grado de intimidad que
alcanzamos o que nos propusimos alcanzar; darle mi mente
es otro nivel de compromiso, pero no puedo negar que
deseo hacerlo, hablarle sobre las cosas que muchas veces
me reprimían fue liberador y él tomó todo con diplomacia;
se preocupó por mí... como mi Amo que es, y se mantuvo
firme hasta el último minuto.
No puedo pedir más... me siento plena.
Recordando mi situación voy directo al baño a limpiarme
y cambiarme, me doy una ducha rápida y me pongo ropa
cómoda, una remera y unos pantalones holgados, el
estampado es escandaloso, pero la tela delgada y fresca;
afuera está haciendo un día precioso, con una taza de té y
un libro puedo disfrutar del día con entera tranquilidad.
Hace más de una hora que él debió haber salido de casa,
me siento un poco decepcionada por no haberlo visto en la
mañana, sin embargo, la noche anterior lo recompensó
todo, es un quid para analizar, pero no quiero hacerlo,
prefiero por primera vez quedarme con la sensación
agradable de sentir la cercanía de mi Señor y no pensar
demasiado en eso, ni hoy, ni mañana, ni nunca... solo
tomarlo, aceptarlo y disfrutar.
Bajo con la intención de buscar una bolsita de té para
mantenerme al menos sin dolor. En la cocina me encuentro
con Annette.
—Buenos días, Annette.
Hace rato que la relación con ella cambió en muchos
aspectos, en un principio me pareció impertinente y
grosera, pero el día anterior confirmé que ha mejorado ¿por
qué lo ha hecho? No lo sé, ni se lo preguntaré, pero estoy
agradecida con su amabilidad, eso me hace sentir en casa.
—Buenos días, señorita Eridan —saluda.
He decidido que es momento de ponerle fin a ese
formalismo, aunque a Ares siempre le han dicho “Señor”,
conmigo no tiene que ser así, yo soy más de su tipo: servir y
complacer, no ordenar y hacer obedecer.
—Sabe, Annette, me sentiría más a gusto si me llamara
solo Eridan —le digo mientras busco una taza para mi té,
ella me sorprende sacando la taza y sonriéndome, amable.
Se ve hasta adorable, ¡vaya cambio!
—Señorita Eridan, hacerlo estaría bien para mí... pero no
quisiera tener problemas con el señor —aclara y la
entiendo. ¿Quién querría tener problemas con el imponente
Señor?—. Permítame le preparo su té, ¿cómo ha amanecido
hoy? —indaga como si supiera que anoche, en un principio,
en cuanto a dolores y malas pasadas se refiere, no fue tan
agradable para mí, pero que, después de todo, tuvo sus
consideraciones como una buena.
—Realmente me siento mucho mejor, gracias —
agradezco sinceramente su comentario.
He de suponer que mi Señor le informó de mi estado de
salud, no está de más... pues voy a pasar el día en casa.
—Se le ve bastante bien, si me permite decirlo —añade
con una especie de sonrisa maternal que nunca había visto
en sus facciones, ¿hay acaso algo de afecto en su mirada?
—Gracias —respondo dedicándole una sonrisa sincera y
recibiendo la taza de té que me ofrece.
—¿Desea desayunar ahora? —ofrece.
Me veo tentada a preguntarle si no hay un horario exacto
para desayunar así no esté mi Señor en casa, pero me limito
a morderme la lengua y dejarlo pasar, porque sé que ha
sido amable conmigo y no tengo por qué mostrarme grosera
en este momento. Incluso me sorprendo por la confianza
que muestra mi mente al pretender soltar un comentario
sarcástico.
—No, en un rato tal vez. —Sueno tímida y está bien,
porque no pretendo imponerme como algo que no soy. Ella
sonríe como reconociéndolo realmente y eso me agrada.
—Cuando usted lo desee, señorita.
Le doy una sonrisa más y me giro para salir de ahí. Deseo
tomar mi té y le doy una probada, esta vez no está la
necesidad de aliviarme, sino la de mantenerme así de
calmada y sin dolor; deseo disfrutarlo mientras el delicioso
sol baña mi piel, así que tomo el camino hacia el patio
trasero.
Hay una sensación extraña y agradable que envuelve mi
cuerpo como un aura, no sé reconocerla, pero va conmigo
por donde camino... puedo reírme de mí misma sintiéndome
ridícula ante mis pensamientos, la escritora que vive en mí
sale a relucir en momentos como estos, sin embargo,
definitivamente el sol parece más claro de lo común.
Antes de dar un paso hacia el césped, lo veo tan verde y
mullido que dejo mis sandalias a un lado y camino descalza
sobre las finas matas... se siente bien, agradable.
No me he equivocado con el sol, no causa un picor en la
piel, solo es una sensación de calidez agradable; doy otro
sorbo a mi té mientras camino sin sentido, solo disfrutando
de las sensaciones de la naturaleza
Cierro los párpados por un instante, dejando que todo eso
que estoy sintiendo, que me hace sentir bien, me sobrecoja
y no me deje pensar más allá de lo que estoy haciendo, si
es que estoy haciendo algo diferente, porque simplemente
no lo sé.
—No abras los ojos. —Reconozco esa voz... y siento mi
corazón empezar una marcha desaforada ¿qué hace aquí?
Mi primer impulso es abrir los ojos y comprobar que él
está realmente aquí, pero me contengo porque el matiz de
su voz tiene una orden intrínseca grabada; no puedo estarlo
imaginando porque siento su vista caldear en mi piel más
de lo que lo ha hecho el sol que se encuentra sobre
nosotros, lo que su mirada causa en mí es inconfundible.
Como de costumbre mi cuerpo ha reaccionado y mi postura
se ha vuelto más recta, firme, mi respiración se ha
enganchado, mi piel vibra y mi pulso late alocado.
—Sigue mi voz, acércate a mí. —Se oye tan relajado,
incluso parece que yo lo estoy y una pregunta me sigue
golpeando «¿qué hace él aquí?», me pide que lo siga ¿con
los ojos cerrados? Si antes cuando caminaba no lo he visto
«¿dónde está? ¿Cómo lo sigo sin caerme o tropezarme?»
Divago—. Solo confía en mí, sigue mi voz... no voy a dejar
que le pase nada malo a mi pequeña. —Mi estómago se
encoge al escucharlo llamarme así.
¿Confianza? Sí... yo confío en él, confío con cada parte de
mi ser y eso me hace moverme hacia donde lo he oído. Su
forma de llamarme enciende mi cuerpo, al igual que su
forma de preocuparse por mí y de asegurarme que nada me
va a suceder.
—Sigue caminando... vas muy bien.
Lo oigo y sigo el eco de sus palabras, su mirada quema
mi piel, haciéndome saber que estoy cerca, muy cerca de
él, de su calor... el miedo a tropezarme y caerme está
presente, pero lo ignoro porque quiero obedecerlo y
mostrarle mi confianza absoluta en él.
—Muy bien —pronuncia complacido y casi siento su
aliento.
¿Puedo evitar el revoloteo que siente mi cuerpo? ¿La
revolución de sentimientos que causa dentro de mí?... Mi
cuerpo lo reconoce de la mejor manera que sabe, no hay
tensión, ni miedo, ni ninguna emoción adversa.
Siento su suave barba raspando mi mejilla repetidas
veces... ya he reconocido lo mucho que le agrada hacerle
eso a mi piel y lo que a mí me gusta que lo haga, pues se
siente sumamente bien. Su respiración me golpea y es difícil
mantenerme en pie.
—Siéntate —demanda en mi oído, tan cómplice como
dominante; intento no pensar en Annette o Joseph y
simplemente me voy nuevamente al césped.
Percibo su calor cerca de mi cuerpo... todo él es tan
cercano a mí que me siento reconfortada por su presencia.
Sus dedos se encuentran muy cerca de mi rostro,
acomodando un mechón que se ha salido de mi trenza y
acaricia la parte superior de mi cabeza, eso se siente
demasiado bien... podría adormecerme y más si sigo
manteniendo mis ojos cerrados.
—Puedes abrir los ojos ahora... pero no olvides con quién
te encuentras.
Quisiera decirle que nunca lo olvidaría, pero no es
necesario. En un impulso recuesto mi cabeza en su pierna.
Su mano sigue acariciando mi cabeza mientras miro hacia el
fondo del jardín, allá donde algunos pinos erguidos y
frondosos ofrecen la vista de un mundo de paz absoluta.
A nuestro lado está la mesa del desayuno... no sé cómo
no me he percatado de su presencia o puede que haya dado
muchos pasos desde mi posición anterior... o simplemente
estaba absorta en las sensaciones.
Por fin sé lo que se siente ser una mascota querida por su
Amo, no sé qué imagen ofreceríamos a alguien que nos
viese desde afuera, pero para mí es muy claro y creo que
jamás pensé verme de esta manera, no con él.
Ahora sé que esto es más.
—¿Cómo has amanecido?, ¿desayunaste? —pregunta
muy relajado.
—Me encuentro bien... me tomé otro té, no han habido
más dolores y, no, todavía no desayuno. Le he dicho a
Annette que tal vez más tarde —informo y puede... puede
que tal vez le moleste que no haya desayunado aún.
—Debes comer —me reprende.
Aparece ante mis ojos un tenedor con un trozo de fruta,
parpadeo un par de veces y tomo lo que me ofrece
masticando con mesura, a ese le siguen otros trozos,
mientras como, noto que en realidad sí tenía hambre.
—Espero que no estés dejando pasar continuamente tus
horarios para tomar el desayuno, Eridan —reprocha.
Asiento sin saber qué decirle.
—¿Puedo hacerle una pregunta, Señor? —le pido, mi voz
suena tan suave, mimosa y dócil que me maravilla.
—Claro, dime —indica y no para de acariciar mi cabello
con su mano libre.
Ya hemos terminado de tomar el desayuno.
—¿Por qué no ha ido a trabajar? —Puede que mi pregunta
sea fuera de tono y atrevida, pero no puedo contener la
necesidad de saber.
—Quería asegurarme de que estuvieses bien —su
respuesta es simple, pero cala hondo.
Asiento con mi pequeña curiosidad satisfecha y con una
creciente emoción en mi pecho.
—Necesito que estés bien, Eridan —susurra tomando mi
barbilla con su mano derecha.
De repente lo tengo sosteniéndome por la parte posterior
de mi cabeza, enredando su mano izquierda en mi cabello,
haciéndolo parecer una caricia aunque yo sé muy bien que
no es eso precisamente, su rostro hace una extraña mueca
y acerca su boca a la mía, tan despacio que pude ahogarme
en el proceso, un suave roce de bocas, un roce de sus
dientes en mis labios... Un beso rudo, un beso que me deja
sin aliento y envuelta en un torbellino de sensaciones
difíciles de entender.
Su mano libre toca mi sonrojada mejilla de manera
extremadamente suave.
Me pierdo en sus caricias, en el roce de sus labios, en sus
besos y su aliento.
Para cuando abro los ojos, sintiendo calor en mis mejillas
ante la vergüenza de no poder controlar mi respiración, ni
mi cuerpo, aunado a su propio calor tan cerca de mí. Él está
ahí, mirándome profundamente como pudiendo ver todo lo
que hay dentro de mí, y yo siento que no podría pronunciar
una frase coherente, ni siquiera podría pronunciar una
palabra o una sílaba clara, pero no es necesario. Porque en
realidad no necesito palabras, su sola presencia a mi lado
despeja mi mente de todo y me llena de paz, es mi Señor,
con él no tengo que pensar, simplemente dejarme ir...
—¿Has superado tu incomodidad al estar cerca de alguien
de mi familia? —indaga distrayéndome de cualquier
pensamiento sexual que se me pudiera estar ocurriendo.
Lo miro inclinando mi cabeza hacia un lado, pues su
pregunta realmente me ha sorprendido.
—Yo... la señora Varenka se ha llevado una mala
impresión sobre mí. —Aprieto mis párpados al recordar mi
reacción ante ellos—. Yo realmente estoy muy avergonzada
de aquello, porque por muy abrumada que me sintiera no
debí ser grosera y lo fui... mucho. Quisiera tener la
oportunidad de redimirme, claro, de ser posible.
—Eso me parece bien —murmura—. Pronto es el
cumpleaños de mi madre, me gustaría que fuésemos —su
pedido me deja sorprendida, es algo que no me esperaba—.
Nos reuniremos en el hogar de mis padres, un almuerzo
familiar en casa, algo tranquilo. —Guarda silencio esperando
algún tipo de reacción de mi parte, yo solo puedo
escucharlo—. Ellos me pidieron que te invitara, y a mí me
gustaría que me acompañaras.
—Por supuesto, Señor, iré —respondo sinceramente.
Hace poco estaría evitando a toda costa cualquier
contacto con alguien de su familia, pero precisamente ahora
es todo lo contrario y por su manera de pedírmelo sé que lo
desea, lo que lo hace aún más especial es que me lo pidió,
en ningún momento me ha exigido nada, lo ha dejado a mi
elección.
—Gracias —le agradezco sinceramente.
—Señor... —Me tenso en mi posición al escuchar de
repente la voz de Annette, he estado tan concentrada en él
que no la noté, a pesar de que algo cambió en el ambiente
su mano continúa pasando tranquilamente por mi cabello
por lo que simplemente me quedo sentada con la cabeza
recostada en su regazo sin moverme un milímetro,
confiando en él—. Disculpe la interrupción, no ha sido mi
intención. —Suena un tanto apenada.
—¿Qué sucede?
—Se trata del señor Hoffmann. —No sé quién será,
supongo que es algún amigo o colega, no pretendo
preguntar, no es de mi incumbencia, aunque me genera
cierta curiosidad—. Lo está esperando en la sala.
—Bien, que espere un poco más, enseguida voy —indica
mi Señor.
Espera un segundo, supongo a que Annette se retire, en
ningún momento he girado mi vista hacia ellos... espero y
espero, hasta que sus manos están en mis hombros
urgiéndome a ponerme en pie; me gira hacia él, quien
también se levanta y me quedo deslumbrada por lo
hermoso y perfecto que se ve.
—Quédate aquí. —Sus palabras no dan derecho a réplica
y no quiero hacerlo porque no quiero encontrarme con
nadie, prefiero quedarme aquí a salvo de los demás, así que
asiento—. Sé buena y quédate quieta, al rato volveré. —Veo
sus labios gesticular sin prestarle atención a lo último que
ha dicho porque me he perdido.
Sonríe arrogante y da un paso hacia atrás hasta que da
marcha para retirarse, yo solo me siento y olvido que hay
alguien extraño muy cerca de aquí, no dejo que nada me
quite la sensación agradable con la que he despertado. Al
final, cuando regresa, terminamos de pasar el día con
calma, dentro de una paz que no había experimentado en
muchos años.
La cuerda que sostiene mis manos es de un color negro
profundo, pasa por un aro que cuelga del techo y cae
enrollada en el piso... estoy sola, mis tacones me permiten
estar de pie y no guindando. Mi desnudez me abruma y me
excita de igual manera.
Hoy, al volver a la casa él no me dirigió ni una palabra,
tomó mi boca con fiereza como si también fuera su propio
oxígeno, me llevó a rastras arriba siendo rudo y suave a la
vez, porque su agarre no era violento sino firme.
Ya en la mazmorra, desprendió de mi cuerpo las prendas
en cada paso dado. Me ató y a la vez acarició mi cuerpo sin
decir una palabra, mientras yo solo me permitía observarlo
con temor y a la vez adoración, porque por muy rudo que él
fuera yo adoraba a mi Señor, en todo el esplendor de sus
matices cambiantes.
Y de igual modo en que llevó a cabo todas esas acciones,
se fue, me dejó sola otra vez, con mis pensamientos dando
vueltas, con la cabeza llena de ruidos. De pronto mi vida era
muy diferente a la tranquilidad que anhelaba tener en las
manos de mi Señor.
Tengo la cabeza gacha mirando a mis pies, mis uñas
pintadas en un tono rojo sangre, mis pies perfectamente
cuidados y enfundados en un par de sandalias oscuras de
tiras altas, que hacen un contraste perfecto contra mi pálida
piel.
Me sobresalta la melodía que empieza a reproducirse,
levanto la vista buscando, pero no hay nada, me encuentro
de espaldas a la puerta y apenas puedo percibir el sonido, la
melodía es tenue, reconozco las notas de un violín que
inundan la habitación; dichas notas llenándome de una
sensación nerviosa, miedo, ansiedad, angustia... mi corazón
martilla contra mi pecho mientras la melodía sigue sonando,
de pronto tomando unas marchas aceleradas para luego
volver a un punto de calma y estupor.
—Debes dejar que la música te envuelva, no pensar en
qué deberías sentir con ella... solo dejar que la melodía
decida por ti, que colme tus sentidos y ya no seas lo que tú
quieres, sino lo que ella quiere que seas —pronuncia a mi
espalda.
Siento un inmenso alivio al oírlo, no puedo verlo y la
música apenas me permite escuchar, por lo que no me di
cuenta cuándo se acercó. Solo siento su cuerpo pegándose
al mío, la tela de su ropa acaricia mi espalda y sus manos
viajan al frente sosteniendo entre sus manos un antifaz
negro, sin decir ni una palabra lo ajusta a mis ojos,
negándome ver, solo oír.
—Señor... —lo llamo.
—Shhh... si no quieres que te amordace y esto se vuelva
un monólogo, guarda silencio, tendrás la oportunidad de
expresarte —me tranquiliza calmadamente.
Suspiro.
La melodía va en un modo acelerado, desesperante, sus
labios tocan mi cuello húmedo, percibo su aliento contra mi
sensible piel, gimo en éxtasis puro, su barba raspa, sus
labios veneran, sus dientes rozan y mi sexo se humedece...
él es el dueño y señor de mi cuerpo.
Toma mi cabello en sus manos y escucho el aspirar de su
nariz, ¿qué hace? No entiendo nada, pero mi ser vibra por la
melodía, por él, por todo.
Mi cuerpo se resiente cuando sus manos se alejan de él,
pero pronto es remplazado por la sensación de su mirada
frente a mí, anhelé poder verlo, poder tocarlo; la melodía
cambia a otra de la misma tonalidad solo que esta es aún
más tenue y crea una sensación de angustia mayor en mi
cuerpo... es como si consiguiera mantenerme expectante en
todos los sentidos.
Siento sus manos posarse en mis pechos, ambas
cubriéndome y retorciendo mis pezones. Grito, pero soy
acallada por él y la potente fiereza de sus labios sobre los
míos. Estoy embriagada.
—Haces cosas que me enfurecen, cosas que me gustan,
andas y haces que mis años teniendo el control se
reduzcan, eres atrevida y te dejo serlo, me ocultas cosas y
te doy placer ¿es eso justo? —Su voz sale ronca, pero
apenas presto atención, embotada por su aliento en mi cara
—. ¡Respóndeme! —Tira de mis pezones, bastante sensibles
por los tratos anteriores y me veo en el apuro de responder.
—No, no lo es, Señor —contesto asimilando sus palabras.
—¿Quieres contarme de qué va o de qué fue tu pelea con
tu amigo Blaz y hace cuánto fue? —Esa pregunta suena
demasiado fría, helándome la sangre.
—Fue días después de nuestro encuentro con él y
Arabelle... —Mi voz se va apagando a medida que hablo y le
relato lo sucedido—. Me citó en el Klunkerkranich y accedí,
fui a verlo. Nos saludamos, estableció su punto, su
preocupación por mí, por el tipo de relación que llevamos y
discutimos.
Terminé sintiéndome muy triste por nuestra discusión,
amo a Blaz, él es mi mejor amigo desde siempre, pero no
toleraré que se meta en mi vida de esa manera, no con lo
único que en realidad tengo, lo más real y lo que más cerca
de la felicidad me hace sentir.
Escucho claramente un potente gruñido salir de su pecho,
fuerte, claro y viril. Me encojo y anticipo lo peor.
—Cosas como esas son las que espero me cuentes
cuando sucedan, porque confías en mí, Eridan, no voy a
reprochar que él se meta en tu vida porque te has sabido
defender al respecto y mantener una postura, eso me hace
sentir orgulloso. Lo que me decepciona es tu silencio —
reprocha tomándome del cabello, inclina mi cabeza hacia
arriba, hablando pegado a mí, el movimiento de sus labios
al pronunciar palabras hace que roce contra los míos,
¿quiere acaso enloquecerme?
—Lo... siento —respondo—. Yo... esa noche estaba su
familia en casa, sucedió todo y yo no tuve oportunidad de
decir nada —aclaro.
—Lo recuerdo —suspira, y para mi sorpresa deja un suave
beso en mis labios y vuelve a soltarme, me siento mareada
—. Hay cosas que intentas ocultarme y no puedes, tengo
mis ojos sobre ti probablemente más de lo que debería. —
No entiendo a qué se refiere con eso—. Y, por lo mismo,
conozco la variante en la profundidad de tu mirada cuando
estás cargando un peso y no quieres decírmelo; cosas como
esas me las dicen tus ojos, pero me gustaría que me lo
dijeras en palabras; debes confiar en mí, no te voy a hacer
daño y si crees que lo haré, y esto ya lo he repetido muchas
veces, recuerda que tienes tu palabra de seguridad. —
Asiento.
—Sí, Señor —expreso alto y claro.
La música cesa en el momento justo en que nuestra
conversación toma un matiz más serio, probablemente haya
sido él.
—Bien. Fin de la conversación —anuncia—. Abre la boca.
—Mete una especie de tubo, algo corto, pero que me hace
mantenerla abierta, sé que es una mordaza cuando percibo
las cuerdas alrededor de mi rostro y el ajuste en la parte
posterior de mi cabeza.
—Intentarás arreglar las cosas con Blaz, es tu amigo, me
acompañarás a casa de mis padres y tendrás tu oportunidad
con ellos; es todo una fachada, Eridan, como te he dicho, lo
que tú y yo tenemos acá no tiene por qué interesarle al
resto del mundo y si les interesa puedes dejar que ellos se
formen su propia idea; una fachada, ¿puedes con eso?
Asiente si estás de acuerdo. —Lo hago.
Lo hago porque por él lo haría, y a la vez lo hago por mí.
Respiro profundo y me dejo guiar por una nueva experiencia
con mi Amo, abrazando mis miedos y transformándolos en
placer. Finalizando, una vez más, un día a su lado.
Tengo los ojos cubiertos y el roce de la cuerda está
empapando los pliegues de mi sexo, mi Señor me estimula
de una manera deliciosamente tortuosa... Me tortura con
placer hasta más no poder, nunca permitiendo que llegue a
sentir el alivio total.
Estoy más que excitada. Sonidos incoherentes y
suplicantes salen de mi garganta, mi pecho se mueve al
compás de mis pesadas respiraciones.
Siento cómo soy desatada y su mano toma la mía cuando
quedo liberada de toda atadura, un hormigueo recorre mi
brazo mientras soy envuelta por su calidez hacia donde sea
que me esté dirigiendo.
—Eleva una pierna, estarás sobre una mesa —indica para
que sepa lo que está frente a mí.
Sostiene mi mano para ayudarme a subir, pronto estoy
sobre mis rodillas en la mesa, no es demasiado alta, pero sí
lo suficiente para que, sin poder ver cómo estoy, me cause
cierto vértigo.
Siento un tirón en mi cabello, y mi cabeza y manos siendo
pasadas por alguna parte, ¿estoy de cabeza?, no, mis
rodillas siguen apoyadas sobre la mesa, pero todo mi cuerpo
está inclinado en la otra dirección, noto que remueve el
antifaz de mis párpados, por fin puedo ver, ¡demonios!, mi
cabeza está en un hueco y sobresale debajo de la mesa
junto a mis manos atadas en puños. ¿Moverme? Imposible,
puedo ver sus pasos al andar, ir por ahí y volver a la mesa,
trayendo cosas. Me encuentro totalmente expuesta para él
y tengo que cerrar mis ojos ante lo que eso significa.
—¿Deseas usar tu palabra segura? —sondea, ¿por qué lo
hace antes de empezar?—. Hoy las reglas cambian, úsala
ahora o atente a las consecuencias.
¿Qué? No.
Niego a duras penas, debido a mi posición no sé cómo me
ve, pero nota mi negativa, siento sus manos grandes y
suaves posarse en mis nalgas desnudas, estoy tan expuesta
que puedo avergonzarme por ello, aunque ese pensamiento
me causa gracia, «como si él no conociera ya cada rincón
de mi cuerpo».
Si de algo estoy segura es de que él será mi perdición,
cada día se va convirtiendo más en ello, si yo elegí esta
forma de practicar el sexo, él ha ido adaptándome a su
forma de vida, no solo es el sexo, es el día a día, son él y su
propio mundo quienes me están absorbiendo y yo me
encuentro deseosa de ser absorbida.
Un azote, que se puede considerar juguetón, impacta
contra mis nalgas.
Sonidos inteligibles salen de mi garganta; van y vienen
más azotes, y apenas veo sus piernas estremecerse con
cada uno de ellos, no está siendo brusco, todo lo contrario,
está enviando oleadas de placer crudo por todo mi cuerpo.
No puedo hablar para rogar, solo puedo mover mi cuerpo
clamando por más.
—¿Qué voy a hacer contigo, pequeña puta? —exclama, sé
que no espera respuesta, la pregunta había sido para sí
mismo—. Estás chorreando, te gusta tanto esto que apenas
puedo soportarlo —gime y juro por Dios que es el sonido
más delicioso que he escuchado en mi vida—. Hay algo que
nunca he tomado de mi pequeña. —Es mi turno de gemir—.
Y estoy ansioso por ello.
No hacen falta más palabras, siento el roce de su lengua
hacer contacto con la parte más sensible de mi cuerpo, solo
eso basta para sentir cómo mi mundo colisiona y yo caigo
totalmente perdida. La marea de sensaciones que me
invade es demasiada, donde Ares me lleva a una pequeña
muerte de placer.
Después de recuperarme y de que él se aparta de mí,
puedo ver cómo la ropa va cayendo, quiero apretar mis
dientes, pero la mordaza no me lo permite; me quejo.
—¿Deseas algo? —Su voz suena distorsionada. Niego con
un movimiento de mi cabeza—. Eso pensé.
La penetración es el acto de introducir el pene dentro de
la vagina de la mujer, esa es la definición universal que todo
el mundo conoce, pero su penetración es mucho más que
ese simple y mundano acto, está llena de anticipación y
escepticismo, de fluidos y contracciones, de ruegos y
gemidos...
El glande sonrosado de su pene se restriega contra mis
pliegues, él se tortura y me tortura en el proceso, se
presiona contra mí, sin penetrarme, aunque su pene
siempre acaba por buscar mi entrada. Lleva humedad desde
mi vagina hasta mi ano. Mientras mis ojos ruedan hasta el
punto del dolor, él juega, se divierte, y yo solo espero a que
se canse de ello y se decida a penetrarme de una buena
vez. Lo necesito demasiado.
Jadeo aguda y descontroladamente...
Bendita sea la vida llena de placeres y perversiones,
bendito sea el mundo por haberse perdido dentro de todo.
Me siento ahogar cuando mi carne se va expandiendo
poco a poco, acunándolo y tomándolo, mis paredes se
contraen y él apenas se mueve, sus manos en mis nalgas,
su calidez en mí, su carne en mi carne.
Todo colapsa.
Rítmicos y potentes, así son sus movimientos, nada de
violentos, la tortura continúa hasta que el desenfreno puede
más y simplemente mi mente se desconecta de mi cuerpo y
una vez más el abismo es el testigo de mi placer.
Estoy agotada, mis músculos duelen por la tensión, mi
sexo palpita por la acción, la piel de mis nalgas arde por sus
azotes.
Sus manos me desatan suavemente, me sacan de mi
prisión y retira la venda de mis ojos; se las arregla para
levantarme y sentarme ahora en la mesa. Duele, cuánto
duele, pero es un dolor placentero, un recordatorio de él
llenándome. Mi mirada está gacha, dirigida hacia mis
piernas desnudas, a la unión de estas y los restos de él
asomando.
Levanto la vista y su gloriosa desnudez se encuentra ante
mis ojos, aprieto y miro... él es más que hermoso, sus ojos
vibran con emociones y para mi sorpresa no parece del todo
satisfecho. Camina hacia mí, aún tengo la mordaza apretada
en mis labios, incomodándome. Su calor vuelve a
inundarme y me percato de los movimientos de sus
músculos y la suavidad perceptible de su piel tan cerca de
mí, ambas manos se ponen a mis lados, su cabeza a la
altura de la mía, su mirada en la mía; siento su miembro
erguido contra mi pierna, húmedo por mis fluidos y los
suyos.
Su mirada cálida llena de miles de cosas inexplicables, él
no puede, yo tampoco.
En algún punto de mi mente capturo que la melodía sigue
sonando, confirmando que mis sentidos se concentran en él,
haciendo que todo lo que nos rodea deje de existir.
Sus manos agarran mis costados y sus pulgares acarician
mi abdomen, subiendo lentamente. Salir sin marcas de una
sesión con él es algo sorprendente, aunque estoy
empezando a notar unas marcas diferentes, unas que
quedan en mi alma.
Me alza para ponerme en el piso, lo miro y me mira, retira
la mordaza y sujeta mi cabello en un puño mientras me
besa con suavidad y lleva mi boca hacia donde lo necesita...
no hay asco en ello, son sus restos y los míos, él no es rudo,
permitiéndome hacer lo que quisiera y eso fue suficiente
para adorarlo y conseguir mi propio placer.
Creo que físicamente no doy para más, mis labios
hinchados y mi cuerpo pesado apenas resisten. Estoy en sus
manos y nos movemos, se balancea lentamente, también
parece agotado.
No sé si es mi cuarto o no, porque ni los colores percibo,
el agua tibia, el roce de la toalla y su cuerpo... «¡No más!»
Intento negar, pero nada sale, no hay más, mullida cama,
suaves almohadas y un calor agradable.
Dormir es una sensación que siempre me ha llenado de
placer y relajación, sin embargo, esta noche dormir ha sido
otra cosa, el cansancio ha hecho mella para que no sienta
nada, pero hay algo más, una sensación de plenitud que no
cabe en mi pecho y me hace descansar como nunca.
Me remuevo entre las sábanas con una sonrisa en mis
labios. Al girarme me descubro en la orilla de la cama, qué
raro, suelo dormir en el centro de esta, me quedo mirando
hacia arriba, la claridad filtrándose por la ventana.
Las emociones pueden hacerle un daño irreparable al
sistema humano y eso siento cuando en un momento dado
algo se mueve a mi lado, mis ojos intentan salirse del hueco
en mi cráneo, giro milímetro a milímetro para ver una mata
de cabellos oscuros enmarcando la cara de la persona que
invade mi ser de manera única; «Ahora entiendo por qué
dormí tan bien», pienso irónica, pero la perplejidad puede
más que la ironía y los pensamientos absurdos.
Alarmada me despejo removiéndome, él parece alguien
completamente diferente en su estado de estupor, las
sábanas apenas cubren la parte central de su anatomía,
está boca abajo con el rostro dirigido hacia mí; su espalda y
sus lunares moviéndose con cada respiración... vuelvo a
perderme, a irme, me siento ahogada y mucho más que
eso.
Siento mucho... mucho más que eso.
La naturaleza es una fuerza infinita, existen muchas
formas de conceptualizarla y muchas formas de referirse a
ella en amplios y diferentes aspectos. Se la puede definir de
manera tan simple como todo aquello que nos rodea, o se
puede pensar un poco más y decir que es la fuerza absoluta
que envuelve el mundo a su antojo.
La naturaleza es impredecible, implacable e indomable,
todo aquel hombre que se ha atrevido a levantar juicios
sobre dominarla, ha blasfemado y ha terminado cargando
con las consecuencias de sus palabras, pues esta siempre
arremete con más fuerza, cada vez más fiera, más
devastadora, llevándose todo a su paso sin importar nada,
sin importar nadie.
La naturaleza es imperiosa en su dominio sobre el mundo,
tiene el poder para destruir todo a su paso y aún no hay
creación humana absoluta que sea capaz de detener su
fuerza. Pero también existe otra forma de referirse a ella y
es esa en que las personas hacen referencia al curso
sencillo y natural de las cosas, ese sentido que tiene un
todo para que sea como es, esa naturaleza que no tiene
lógica, no tiene una razón, un porqué, es como es;
simplemente porque es como tiene que ser. Muchos se
refieren a ella cuando hablan de la muerte como algo
natural, otros simplemente ante cualquier aspecto, pero
¿podría solo considerarse como un punto de vista humano?
Cuando algo tiene que ocurrir por su curso natural no hay
preguntas del tipo “¿cuándo?”, “¿por qué?”, o “¿dónde?”
Solo sucede, inesperado, avasallante, ¿cruel? Algunas
veces; ¿fácil? Nunca.
A todo esto hay algo con lo que se puede comparar la
naturaleza... Y ese algo definitivamente es con los
sentimientos. Las emociones que no son más que derivados
de estos, los sentimientos son indescifrables, imprecisos,
suelen ser devastadores, pero, sobre todo... son inevitables,
nadie está exento de ellos.
Por mucho que una persona ponga su mayor empeño en
negarse a las emociones, es inevitable, pues no es algo
sobre lo cual se pueda ejercer un control, ellas llegan
porque sí, desde el primer momento: miedo, alegría,
angustia, nervios, odio... amor. Emociones y sentimientos
que llegan, se instalan sin siquiera haber pedido un
permiso. Solo están acá, presentes porque hacen perfecto al
ser humano, porque sin ellos no seríamos nada; porque las
personas simplemente no tenemos un interruptor para
decidir cuándo queremos dejar de sentir o volver a hacerlo,
según sea el caso.
Y es por culpa de esa naturaleza... de esa que hablamos,
la que simplemente es el natural curso de las cosas, es que
estas dos personas se habían juntado. Por razones de la
naturaleza ambos habían coincidido en el mismo lugar, él,
porque era una pieza vital de ese club; ella, porque había
sido atraída hasta ahí como si de un imán se tratase.
La naturaleza los juntó en el mismo espacio y
simplemente porque sí, sus miradas se cruzaron... y solo
eso bastó para que el alma de ella diera sus indicaciones, su
cabeza se agachó ante el poder de una mirada penetrante y
él observó la belleza absoluta en la profundidad de unos
ojos verdes, por el simple hecho de ver ahí la más excitante
y hermosa muestra de sumisión. Porque para él, la belleza
no estaba en el exterior, por más bella que fuera una mujer,
no había manera de compararla con la belleza de la
sumisión vista en la profundidad de sus ojos. Eso era
belleza, y eso era lo que despertaba cada nervio de su ser,
de la forma más exquisita que pudiera existir.
No era casualidad, no era coincidencia... era el universo,
era la naturaleza de sus vidas, del curso de sus destinos,
cada quien elige sus pasos, eso es cierto; pero es inevitable
cuando cualquier paso que elijas, al final, te lleva al mismo
destino.
Habitualmente cuando conoces a una persona, primero
hay una mirada de reconocimiento mutuo, esa en donde
evalúas a quien tienes enfrente y de acuerdo a tu instinto
deduces alguna cosa de esa persona.
En este caso en particular, había cuatro partes que
definían ambos seres: Ares y Eridan... para ellos primero
fueron sus almas quienes se reconocieron enseguida y
estrecharon sus manos mediante la ínfima caricia de la
mirada, el Dominante y la sumisa, el Amo y la esclava... ahí
estaban. Luego vino el reconocimiento mental... ese donde
las palabras dejan en claro las pretensiones y deseos de
cada uno de ellos; a eso le seguía sus cuerpos... que una
vez aceptado en sus mentes, darían rienda suelta a los
deseos carnales que los consumían, descubrirían cómo sus
pieles conectaban, cómo sus cuerpos encajaban tan
perfectamente, desde la cabeza de ella en el hueco de su
hombro, hasta el sexo de él enterrado en las profundidades
de ella. Y finalmente pero no menos importante, quedaba el
reconocimiento emocional, el más difícil y complejo...
simplemente porque es el que tiene el poder y viene en
combo; ese que no quieres aceptar y con el que no sabes
cómo lidiar, el corazón... cada una de las emociones.
Sus mundos perfectamente estructurados estaban
colisionando el uno con el otro, ambos tenían deseos que
desconocían por sí mismos, pero, que, sin ambos saberlo
irían descubriendo. Era como usar un comando intersección,
pues su independencia se había vuelto dependencia, ella
entregándole su cuerpo y su alma de forma voluntaria, para
que él la tomara, la amoldara, la guiara y cuidara; él... él la
había recibido, pero no era consciente del grado de entrega
que ahora tenía para con ella.
BDSM término creado para abarcar prácticas sexuales
alternativas cuyas siglas significan: Bondage; Disciplina y
Dominación; Sumisión y Sadismo; y Masoquismo.
Bondage práctica de ataduras eróticas que consisten en
inmovilizar el cuerpo de la pareja.
Shibari estilo japonés de bondage que implica atar
siguiendo técnicas y líneas estéticas. Significa "atadura".
Mazmorra lugar habilitado para actividades dentro del
BDSM dotados de muebles y accesorios que imitan a los que
se encontraban en las antiguas mazmorras, diseñados para
realizar juegos de rol sexual.
Sesión espacio de tiempo dedicado a actividades BDSM
específicas.
Suspensión elevación y permanencia por medio de
ataduras.
Flogger instrumento para flagelación.
Mordaza de bola accesorio consistente en una bola de
silicona o similar, insertada en una banda elástica o de
cuero.
Cepo elemento de madera o hierro, imitando los antiguos
instrumentos punitivos de la Edad Media, usado en juegos
de restricción de movimientos en el BDSM.
Cruz de San Andrés cruz de madera, en forma de aspa,
a cuyos brazos se atan tobillos, muñecas y otras partes del
cuerpo de la persona sometida.
Plug juguete erótico diseñado para ser insertado en el
recto para obtener placer.
Paraguaya, nacida en abril de 1996, licenciada en
Psicología Clínica egresada de la Facultad de Humanidades
de la Universidad Nacional de Itapúa.
Descubre su amor por la lectura a los siete años cuando
recibe su primer libro, que la acompaña hasta el día de hoy,
con el cual halla un mundo fascinante que la envuelve
completamente, más aún cuando comienza a darle forma a
sus ideas y escribirlas desde los catorce años, empezando
con poemas e historias cortas que guarda con celo como un
tesoro y bellos recuerdos.
La inspiración llega junto con la madrugada cuando siente
que el mundo está solo para ella y puede dejar fluir sus
ideas libremente.
Ha convertido uno de sus hobbies en su trabajo: diseñar
portadas para libros. Le apasiona crear mundos e idear la
presentación que tendrán aquellos que han escrito otros
que comparten su misma pasión.
Su amor por la lectura se ve reflejado en todo momento.
Dayah se define como una escritora medio decente, de
historias indecentes. Pues el erotismo es su género y estilo
predilecto. Debuta como escritora en 2016 cuando decide
publicar sus primeras novelas en la plataforma gratuita
Wattpad, las cuales en este momento no se encuentran
disponibles, ya que considera que su pluma ha
evolucionado y quiere ofrecerles a sus lectores lo mejor de
sí misma. Ese mismo año nace Intense, con la que se hace
conocida en la plataforma y con la cual siente la imperiosa
necesidad de ver su obra hecha realidad de manera
profesional, esto la lleva a presentarla en físico para
Amazon. La continuación de esta, Extrême, se encuentra
también en Wattpad y Booknet donde sigue actualizándose
capítulo a capítulo para sus lectores más fieles, aquellos que
entre debates apasionantes dejan sus comentarios. Por su
mente rondan más historias que están por verse
materializadas, pues nunca deja de crear.
«Las letras entrelazadas siempre han sido mucho más que
solo eso para mí, son un mundo ajeno a este, un mundo
donde reina la magia y todo lo que uno pudiese desear».
A mi familia, especialmente a mi hermana Emi, quien fue
la responsable de que descubriese este maravilloso mundo
de letras gracias a aquel libro que le regaló a la pequeña
Dayah esa tarde de febrero.
A los lectores que me acompañaron desde el primer
capítulo, que fueron parte de la evolución de Ares y Eridan,
por sus comentarios y constante apoyo, quienes creyeron
en mí incluso antes de que yo misma lo hiciera y hoy son
grandes amigos. Mis ángeles caídos, mis DayAngelos
(gracias Ali por darle un nombre tan particular y significativo
a nuestra pequeña y loca familia).
A mi hermosa Rose Days, quien me impulsó a dar el
siguiente paso y me animó a que este libro hoy esté en sus
manos.
A Gleen Black, mi bomboncito, por apoyarme y guiarme
junto a las personas adecuadas para lograr cumplir este
sueño. Gracias por su hermosa amistad.
A Aryan Bellerose, mi bellota (sí, somos las chicas
superpoderosas), una persona que se ha convertido en
alguien sumamente importante en mi vida, por alentarme,
por su franqueza, por ser una gran amiga.
A Katja, una de mis mejores amigas, quien a través de las
interminables charlas por WhatsApp fue parte de todo el
proceso y compartió toda la emoción que conlleva esto.
A mi editora Isaura Tapia, gracias por su excelente trabajo
y hacer que esta experiencia fuera divertida y llena de
aprendizaje en medio de esos largos audios y regaños que
amortiguaba con sus gifs.
A Jessyca, con quien hubo clic desde el primer minuto,
gracias por compartir mi emoción y por su bello trabajo.
A mis Chicas Engel, Corazón de Fuego, mis compañeras
de Bookstagram Paraguay en especial a las Teete 2.0.
A la bella comunidad de bookstagram y a cada amistad
que ha nacido desde Book Cover
Design.
A cada nuevo lector que se suma a esta aventura,
gracias.
Conocí la verdadera libertad en manos de mi Señor
mientras este me amarraba.
Conocí mi grandeza
cuando a los pies de mi Amo me arrodillaba.
Entre las telarañas
de sus hilos que me enredaban conocí la sensación de volar.
Cada vez que las cuerdas del látigo contra mi piel chocaban
conocí el más sublime placer.
De su mano conocí un amor diferente, someterme a su
voluntad me hizo sentir tan frágil pero tan fuerte a la vez.
Por eso a sus pies me mantengo completamente silenciosa,
esperando su siguiente instrucción.
Espero paciente,
desnuda y arrodillada
sus palabras que son como escalofríos recorriendo mi
espalda.
Atrapada en los hilos de su telaraña, sometida a su
voluntad, magullada y protegida, pero con una inmensa
sensación de libertad.
Sígueme;)
Instagram @xdayah_books
Instagram Personal
Facebook, Dayah Araujo
Wattpad
Booknet
Sinopsis
Prefacio
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Epílogo
Glosario
Playlist
Biografía
Agradecimientos
Poema
Redes Sociales
Contenido