Max Weber (1864-1920)
Max Weber nace en 1864, en Erfurt, Alemania en el seno de una familia de clase media.
Su padre es funcionario del Estado Alemán e ideológicamente se identifica con el
liberalismo. Su madre, protestante, tiene profundas convicciones religiosas. Las
desavenencias entre sus padres, debido a las profundas diferencias ideológicas y
morales, marcan su personalidad de manera duradera.
Siguiendo a su padre, estudia abogacía en las Universidades de Heidelberg y de Berlín.
Se doctora y muy tempranamente ingresa a la vida académica como profesor. La
inclinación inicial por el derecho va dejando lugar a la preocupación por la economía, la
religión y los estudios sociales.
Tras la muerte de su padre en 1897, con quien mantenía profundas diferencias en los
últimos años, entra en una importante depresión que lo aleja de las aulas por más de 5
años.
En 1903 funda junto a Werner Sombart la revista Archiv Für Sozialwissenshaft und
Sozialpolitik.
Durante la primera guerra mundial sirvió en la administración de un hospital de
campaña. Luego de la derrota alemana, participa en la redacción de la Constitución de la
República de Weimar.
A partir de ese año y hasta su muerte (1921), redactará lo principal de su obra.
Sus investigaciones sobre economía, religión, política, estructura social son de consulta
ineludible para quién se adentre en esos campos.
A su vez, su propuesta de una “sociología comprensiva” de la acción social sienta las
bases del subjetivismo como postura epistemológica para el estudio de lo social y sus
aportes metodológicos, como los “tipos ideales”, han sido de suma trascendencia en el
análisis sociológico.
Por sus contribuciones empíricas, teóricas y metodológicas la obra de Max Weber
puede considerarse una de las más singulares y significativas de la teoría social. Por
ello, es considerado junto a Marx y Durkheim como uno de los autores clásicos del
pensamiento sociológico.
Contexto histórico
A fines del siglo XIX Alemania se perfilaba como una de las potencias industriales de
Europa. Sin embargo, el avance del capitalismo industrial se dio en el marco de un
régimen político autoritario cuya base social de sustentación fue la aristocracia
terrateniente. El liberalismo político no había logrado aún hacerse fuerte en el país.
Las potencias europeas habían entrado en una fase imperialista y se disputaban el
control territorial de regiones enteras del mundo que oficiaban como productoras de
materias primas y mercados para las manufacturas del continente.
En ese marco estalla la primera guerra mundial. Esa sangrienta confrontación bélica
terminó con la derrota de Alemania y la imposición por parte de las potencias europeas
triunfantes del Tratado de Versalles. Dicho tratado será una de las incubadoras del
futuro régimen nazi.
En el contexto de la guerra, a su vez, se dará la revolución rusa de 1917. Experiencia
que alimentará el desarrollo de movimientos insurreccionales de orientación socialista
en otros países de Europa Occidental, entre ellos Alemania. País en el que la derrota
militar y la situación social habían llevado a una profunda polarización social y política.
Así, el capitalismo liberal y el régimen democrático parecían estar llamado a su
superación por otras formas de orden social y político.
La Republica de Weimar será arrasada, justamente, por los conflictos sociales y
políticos inherentes al declive del capitalismo liberal.
A grandes rasgos, ese es el marco histórico en el que se forma el pensamiento de Max
Weber.
Sin alusiones al debate teórico que enmarcaba el nacimiento de las modernas ciencias
sociales en la Alemania de la segunda mitad del siglo XIX, de singular importancia en
la conformación de la teoría social weberiana, tal marco histórico no estaría completo.
En efecto, a diferencia de Francia donde Comte había propiciado la “identidad” y
“unicidad” de la ciencia proclamando una sociología científica a la manera de las
ciencias naturales, en Alemania el debate se orientó hacia la “distinción” entre ciencias
de la naturaleza y ciencias del espíritu.
Tres posiciones distintas se esgrimieron en ese debate. La primera, sostenida por
Wilhelm Dilthey (1833-1911) afirmaba que la distinción entre ciencias de la naturaleza
y ciencias del espíritu era tanto de objeto como de método -en realidad, el primero
condicionaba al último-. El objeto de las ciencias naturales era el mundo externo al
hombre, primando, entonces, una separación entre objeto conocido y sujeto que conoce.
En cambio, en las ciencias del espíritu el objeto es la experiencia vivida que el hombre
tiene del mundo, así no hay separación entre objeto de conocimiento y el sujeto que
conoce. Esta diferencia de objeto se traducía en una diferencia de método: mientras las
ciencias naturales se orientaban a la explicación causal las ciencias del espíritu se
inclinaban a la comprensión subjetiva de la experiencia del mundo de la vida. La
segunda, fue la que presentó Wilhem Windelband (1848-1915). Para este autor, las
ciencias se diferenciaban según su fin cognoscitivo al que estaban orientadas: ciencias
nomotéticas, dirigidas al estudio de regularidades y al establecimiento de leyes
universales, y ciencias ideográficas, cuyo fin era la exploración de la individualidad de
determinado fenómeno. Si bien los estudios del mundo natural o del mundo social
podían dirigirse a cualquiera de los dos fines cognitivos, el carácter histórico de los
fenómenos sociales hacía que predominara en su estudio la segunda de las opciones,
esto es análisis de tipo ideográficos. Finalmente, Heinrich Rickert (1863-1936) sostenía
que la diferencia entre ciencias naturales y ciencias del espíritu radicaba en la presencia
o ausencia de valor. El objeto de las ciencias del espíritu es el mundo de la cultura, este
es un mundo significado y valorado por los sujetos que lo animan. Quienes practican
estas ciencias se orientan hacia los fenómenos que estudian por los significados y
valoraciones que hacen del mundo social. Así, mientras en las ciencias naturales hay
ausencia de valor, las ciencias del espíritu se encuentran atravesadas por ellos.
El pensamiento de Weber se forma en el marco de las discusiones descriptas. Su
concepción de la sociología comprensiva de la acción social, es una forma peculiar de
procesamiento de ese clima intelectual que lejos de la homologación de las ciencias
sociales a las ciencias físicos naturales propició una reflexión sobre las particularidades
epistemológicas de las ciencias sociales.
Preocupaciones centrales
Dos preocupaciones se destacan en la obra teórica de Weber: por un lado, la definición
epistemológica y metodológica del carácter comprensivista de la sociología; por el otro,
las consecuencias negativas de la modernidad.
En cuanto a la primera de las preocupaciones, podría decirse que Weber parte de
considerar al individuo como la unidad primordial de la vida social. La capacidad de
obrar del individuo es la hebra con la que se teje la vida asociativa. Ahora bien, esa
capacidad de obrar no es cualquier capacidad, se trata del desarrollo de una acción con
sentido para el sujeto que la desarrolla y donde el sentido esta orientado a otros. Por
ejemplo, la enseñanza sólo se puede entender si desentrañamos los sentidos que los
sujetos asignan a esa acción y comprendemos que la acción de enseñar tiene un sentido
para el que enseña referido a otros, por caso sus estudiantes. En otras palabras, la vida
social es producto de sujetos que desarrollan acciones con referencia a otros, en donde
la acción es guiada por los sentidos que las personas dan a la misma. Los sujetos actúan
en relación a otros, pero esa acción no es mecánica, ni mera reacción frente a un
estímulo externo sino que esta orientada por los sentidos que los propios sujetos le
asignan.
Partiendo de tal ontología de la vida social, Weber hace del desentrañamiento de los
sentidos que los sujetos dan a su acción la base de su propuesta epistemológica y
metodológica. De ahí, que para él la sociología deba ser “comprensivista”. Por ello, los
autores que se han dedicado al estudio de su teoría definen a la misma como
eminentemente “subjetivista” y orientada al individualismo metodológico.
La segunda de sus preocupaciones se deriva de una visión negativa de la modernidad.
Para Weber, el principal rasgo de la modernidad era el establecimiento de patrones
racionales de acción social, básicamente el predominio de una racionalidad instrumental
vinculada a la acción racional con respecto a medios. El despliegue de la racionalidad
instrumental deriva para Weber en la entronización de la burocracia como fuerza social
dominante. Mayor racionalización de la vida social es, indefectiblemente, mayor
burocratización. La tendencia ineluctable hacia la burocratización implica el cierre de
las relaciones sociales, y con ello la constitución de una sociedad cristalizada, y por
ende la asfixia progresiva del individuo y de su autonomía. Por ello Weber puede ser
considerado como un autor que tiene una visión no optimista de la modernidad sino,
más bien, su opuesto: llama la atención sobre las tendencias sombrías que anidan en la
misma. Para un liberal como Weber esto constituía un verdadero problema y dedicó
parte de sus escritos políticos a pensar maneras de sortear tal tendencia negativa de la
racionalización de la vida social.
Propuesta metodológica.
Weber considera que todo fenómeno social es un fenómeno histórico, esto significa que
los mismos tienen siempre una configuración peculiar. Es decir, son singulares. Por
ello, el esfuerzo de la sociología, para él, no debe estar dirigido a la búsqueda de
regularidades sino a explicar la singularidad o particularidad.
Weber también considera que todo hecho social es resultado de múltiples
determinaciones por lo tanto rechaza cualquier explicación monocausal o la propensión
a determinar a priori, como el caso del marxismo con quien discute esta cuestión, un
aspecto social que actúe siempre y en cualquier circunstancia como factor explicativo.
Ahora bien, si en los fenómenos sociales actúan una multiplicidad de causas que
impiden que un científico social las pueda abordar en su totalidad ¿Cómo debe proceder
el análisis sociológico? En principio, el investigador procede seleccionando una posible
causa entre las muchas actuantes y esa selección la realiza en base a relaciones que para
él son significativas. Es decir que en la selección de la probable conexión causal
intervienen elementos subjetivos, por ello sostiene que en esta parte del trabajo
científico se ponen en juego juicios de valor. Se trata, entonces, de una “imputación”.
Pero dicha imputación no es del todo subjetiva. La exploración de la conexión causal
debe estar orientada a la busqueda de conexiones empíricas, es decir subordinada a los
datos; por ello, la demostración de la conexión causal se encuentra sometida a la
rigurosidad de los juicios de “hecho”.
Como fue dicho en el apartado anterior, para Weber la sociología es una disciplina
científica que busca comprender la acción social. En palabras del autor, la sociología es
una “…ciencia que pretender entender, interpretándola, la acción social para de esa
manera explicarla causalmente en su desarrollo y efectos. Por acción debe entenderse
una conducta humana (bien consista en un hacer externo o interno, ya en un omitir o
permitir) siempre que el sujeto o los sujetos de la acción enlacen a ella un sentido
subjetivo. La “acción social”, por tanto, es una acción en donde el sentido mentado por
su sujeto esta referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en su desarrollo.”.
(Weber, 1984 :5)
Ahora bien ¿Cómo desentrañar los sentidos o motivos de la acción social si estos anidan
en el sujeto y pudiendo ser, además, ilimitados? Para ello, Weber propone un recurso
metódico: el tipo ideal. Este no es más que una acentuación analítica de la realidad, una
acentuación por medio de la abstracción de algunos elementos de realidad y que
mediante la razón el investigador reúne bajo un “tipo” único, asignándole a esos
elementos la capacidad para caracterizar un tipo de acción social. Así, termina
proponiendo cuatro tipos ideales de acción social: “1) racional con arreglo a fines:
determinada por expectativas en el comportamiento tanto de objetos del mundo exterior
como de otros hombres, y utilizando esas expectativas como “condiciones” o “medios”
para el logro de los fines propios racionalmente sopesados y perseguidos; 2) racional
con arreglo a valores: determinada por la creencia consciente en el valor –ético, estético,
religioso o de cualquier otra forma como se lo interprete- propio y absoluto de una
determinada conducta, sin relación alguna con el resultado, o sea puramente en méritos
de ese valor; 3) afectiva, especialmente emotiva, determinada por afectos y estados
sentimentales actuales; y 4) tradicional: determinada por una costumbre arraigada.”
(Weber, 1984 :20).
Como se dijo antes, estos “tipos ideales” no agotan la acción social práctica. Sólo son
un recurso metodológico, una herramienta heurística con la cual contrastar una acción
social concreta para determinar que elementos la particularizan y así explicarla.
El análisis del capitalismo.
En cuanto al capitalismo como fenómeno peculiar de occidente Weber demuestra, en la
“Ética protestante y el espíritu capitalista”, la existencia de cierta afinidad entre el ethos
social que dimana el protestantismo y la constitución de una mentalidad racionalista en
relación a la empresa económica típica de los albores del capitalismo.
Weber selecciona del protestantismo tres cuestiones que para él tienen una enorme
importancia en modelar una actitud particular respecto de la vida económica: la idea de
predestinación, la noción de profesión y la promoción de un estilo de vida ascético.
Un componente central del protestantismo lo constituye la idea de predestinación. Para
esta corriente religiosa, en su plan sobre el mundo, Dios destinó a algunos hombres a la
salvación eterna en tanto otros son condenados para siempre. Así abolió la idea de que
la salvación se alcanzase por las buenas obras o pudiese ser dispensada por una
institución como la Iglesia.
Es fácil imaginar, que en un contexto de fuerte impregnación religiosa, todo protestante
debería encontrarse angustiado por saber si había sido elegido o no para la salvación
eterna ¿Qué muestra podía encontrar de esa decisión divina? El único indicio posible
era poder reconocer si a través de sus acciones se manifestaba la gracia de Dios. La
única manera de corroborar esto era encontrar en su vida diaria indicios de que era un
instrumento a través del cual Dios engrandecía su obra en la tierra. Obviamente, esto
disponía a los protestantes a la acción práctica. Tal vocación práctica, se vio reforzada
por la noción de profesión. El apego al accionar profesional era una muestra de elección
divina y la manera en que Dios, a través del sujeto, desarrollaba su obra en el mundo.
En lugar de la contemplación y el retiro del mundo típicas del catolicismo tradicional, el
protestantismo promovía así una implicación en la vida práctica. El apego a actividades
económicas fue entonces una vía de expresión de esta disposición práctica. El
ascetismo, en especial el de las sectas calvinistas, promovió un estilo de vida alejado del
consumo suntuoso y se convirtió en un fuerte impulso a la acumulación de los frutos de
la actividad económica que a su vez contribuían a alimentar a la misma. Así la ética
protestante socavó la mentalidad económica tradicional y predispuso subjetivamente a
los hombres para una actividad económica fuertemente racionalizada.
Justamente el capitalismo tiene como característica central no la búsqueda de lucro a
secas, sino la explotación “racional” del trabajo formalmente libre. Por ello, Weber
propone la existencia de cierta afinidad entre el ethos social que promueve el
protestantismo y el espíritu inicial del capitalismo.
Esta asociación entre el la ética protestante y el desarrollo capitalista es un ejemplo de la
importancia de los elementos subjetivos en la vida social y constituye una alternativa a
la explicación materialista de la historia, al enfatizar la importancia de la disposición
subjetiva y la eficiencia histórica de las ideas.
Además de esa disposición subjetiva que promovió la ética protestante, el capitalismo
también se vio favorecido en Europa por la aparición de dos fenómenos históricos
exclusivos de esa región: la constitución de una burocracia profesional y el despliegue
de un derecho racional. Tanto uno como otro fenómeno permitían el ejercicio de la
calculabilidad, es decir que las decisiones que tenían su fuente en ellos resultaban
racionales para los actores. Tales disposiciones fueron, hechos “superestructurales” para
usar una terminología marxista, que coadyuvaron al desarrollo de la búsqueda de lucro
mediante el ejercicio racional de la actividad económica, es decir contribuyeron a la
emergencia del capitalismo.
Estructura social, poder y acción colectiva.
Marx aportó al análisis sociológico e histórico una perspectiva que hacía de las clases y
el antagonismo estructural entre ellas el núcleo del desarrollo histórico y las grandes
animadoras de la acción colectiva.
Weber contrapone a esta mirada, en especial al reduccionismo y al mecanicismo que
adoptó la teoría de Marx en algunas de las corrientes que reclamaban ser herederas de
este pensador después de su muerte, un enfoque de la estructura social, y de las acciones
colectivas sustentadas en ella, sin un centro privilegiado y con tres fuentes alrededor de
la cuales se podía constituir el orden social. Estas fuentes son: la propiedad en el marco
de una economía de mercado; el honor y, finalmente, el poder. Las mismas son el
soporte de las clases sociales, los estamentos y los partidos siendo estos, a su vez, la
base para posibles acciones colectivas.
Para Weber era lícito hablar de clases “…cuando: 1) es común a cierto número de
hombres un componente causal específico de sus probabilidades de existencia, en tanto
que, 2) tal componente está representado exclusivamente por intereses lucrativos y de
posesión de bienes, 3) en condiciones determinadas por el mercado (de bienes o
trabajo).” (Weber, 1984 :683). Esta claro que las clases para Weber son grupos humanos
que se distinguen por compartir ciertas condiciones materiales de existencia, por poseer
un tipo especial de posesión (fuerza de trabajo o medios de producción) y por la
presencia de una economía de mercado. La posesión o no de los medios de producción
es la categoría fundamental para él en la determinación de las situaciones de clase.
Hasta aquí, con una fraseología distinta, hay plena coincidencia con los postulados de la
teoría de Marx. Donde difiere sustantivamente es cuando afirma que “En modo alguno
constituye un fenómeno universal que, a consecuencia de una posición común de clase,
surja una socialización, o inclusive una acción comunitaria” (Weber, 1984 :685). Es
decir, Weber niega rotundamente que el desarrollo histórico y la vida social puedan ser
animados por las clases sociales y que estas no constituyen el sustento de las acciones
colectivas. Por el contrario, el honor y el poder son fuentes más poderosas para que las
personas coordinen acciones entre sí.
En esa última dirección sostiene que “En oposición a las clases, los estamentos son
normalmente comunidades…En oposición a la situación de clase condicionada por
motivos puramente económicos, llamaremos “situación estamental” a todo componente
típico del destino vital humano condicionado por una estimación social específica –
positiva o negativa- del “honor” adscrito a alguna cualidad común a muchas personas.”
(Weber, 1984 :687). Aquí no solamente introduce otro elemento diferente al que
conforman las clases como significativo en la composición de la estructura social y otra
fuente posible para la acción colectiva, sino que resalta, para ambas cuestiones, a través
de la noción de estimación social, la importancia de elementos eminentemente
subjetivos. Incluso estos elementos subjetivos tienen impacto sobre la vida social
práctica, en tanto la estimación social del honor no solo funge como estructurante de las
divisiones de la sociedad sino que también determina un modo de vida entre quienes
comparte una situación estamental, particularmente de los estamentos superiores.
Mientras las clases se mueven en el marco del orden económico y los estamentos dentro
del orden social, los partidos se encuentran dentro de la esfera del poder. A diferencia
de las clases y los estamentos, probables fuentes de acciones colectivas, los partidos
siempre dan lugar a acciones colectivas, en tanto estos son agrupaciones de hombres
que buscan un “…fin metódicamente establecido, tanto si se trata de un fin objetivo –
realización de un programa con propósitos ideales o materiales- como de un fin
personal- prebendas, poder, y, como consecuencia de ello, honor para sus jefes y
secuaces o todo esto a la vez.”. (Weber, 1984 :693). Los partidos son así superficies que
necesariamente dan lugar a acciones colectivas en tanto la consecución de los fines
antes mencionados la realizan a través de la conquista del poder o influenciando en su
distribución.
En síntesis, Weber propone más de un factor para comprender la estructura social de las
sociedades y la acción colectiva. Pudiéndose entender a su consideración de las clases,
estamentos y partidos como posibles constituyentes de la división de la sociedad como
una muestra del uso, en este caso teórico, de los tipos ideales, en tanto podría adscribir a
la idea de que en la realidad estas situaciones se encuentran interpenetradas y nunca en
estado absolutamente puro.
Poder, autoridad y dominación.
El análisis sociológico de la vida política constituyó otra dimensión importante de la
obra weberiana.
En este campo destacan sus definiciones de poder, autoridad, legitimidad y tipos
dominación.
Por poder Weber entiende la capacidad de imponer la propia voluntad en una relación
social aún contra la resistencia de otros. Aquí el poder se iguala a la noción de fuerza.
Más allá de reconocer que la fuerza es un componente de la vida política, sus
preocupaciones giraron más alrededor de la noción de autoridad y los tipos dominación
legítima.
Por autoridad entiende la capacidad de imponer la propia voluntad con el
consentimiento de los otros; en otras palabras, es la probabilidad de encontrar
obediencia para mandatos específicos.
Así, la autoridad es una relación social. Este último es otro concepto sociológico básico
del edificio teórico weberiano y se deriva de la noción de acción social, puesto que se
trata de una acción en la que los sentidos subjetivos se entrelazan. Así, el que ejerce la
autoridad lo hace en nombre de la creencia en sus justos títulos para mandar, mientras
que el que obedece reconoce que la autoridad detenta justos títulos para ejercer su
mandato.
Weber afirma que en tanto la autoridad es una relación de dominio que implica la
administración de los hombres, esta necesita para volverse efectiva medios materiales
de administración (edificios, equipamiento técnico, móviles, armas, etc.) y un cuadro
administrativo, es decir personas que pongan en marcha los mandatos de la autoridad.
Ambas cuestiones, como se vera más adelante, son muy importantes en su análisis de la
constitución del estado moderno y el surgimiento del capitalismo.
La significación asignada a la creencia en los justos títulos de los que mandan en el
marco del ejercicio de la autoridad lo llevo a Weber a plantear el tema de la legitimidad
y la existencia de tres tipos puros (tipos ideales) de dominación legitima.
La legitimidad de la autoridad remite a quien manda lo hace remitiéndose, como ya se
dijo, en la creencia de sus justos títulos, pero fundamentalmente remite a que “la acción
del que obedece transcurre como si el mandato se hubiera convertido, por si mismo, en
máxima de su conducta.” (Weber, 1984 :172)
Los tres tipo puros de legitimación son: el racional legal, “que descansa en la creencia
en la legalidad de ordenaciones estatuidas y de los derechos de mando de los llamados
por esas ordenaciones a ejercer la autoridad (autoridad legal); [la tradicional]…que
descansa en la creencia cotidiana de la santidad de las tradiciones que rigieron desde
lejanos tiempos y en la legitimidad de los señalados por esa tradición para ejercer la
autoridad (autoridad tradicional); [carismática]…que descansa en la entrega
extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las
ordenaciones por ella creadas o reveladas (llamada) (autoridad carismática).” (Weber,
1984: 172).
Para Weber el estado moderno surge cuando el príncipe, el poder central, logra
expropiar a otros que detentan también autoridad y el mando pasa a estar concentrado
en un solo vértice. En otras palabras, y en el marco histórico específico europeo, el
estado moderno es resultado de la anexión por parte del poder central del poder que
detentaban los señores feudales. A su vez, el estado moderno surge cuando se logra la
separación entre cuadro administrativo y medios materiales de administración. Es decir,
cuando los funcionarios dejan de poseer de manera personal los medios materiales de
administración (idem proceso histórico). En ese marco es posible que surja un cuadro
administrativo constituido en torno de capacidades específicas sustentado en un
conocimiento técnico particular y que obtiene de su vínculo con el estado un medio de
vida (retribución salarial). Y que, además, en su ejercicio de la administración de la
relación de dominio se atiene a normas instituidas a tal efecto, es decir “reglamentos” o
procedimientos protocolizados.
La importancia para la génesis del capitalismo descansa en que la separación entre
medios materiales de administración y cuadro administrativo y la sujeción de este
último a procedimientos protocolizados y asentados normativamente reducen la
arbitrariedad del poder y torna predecible racionalmente, calculable, sus decisiones
administrativas. En otras palabras, la emergencia de una dominación legal racional
constituye una condición necesaria para el desarrollo del capitalismo. El hecho de que
sólo en occidente se haya constituido este tipo de dominación explica, junto a la
significación de la ética protestante en el despliegue de una disposición subjetiva
particular para vida diaria y la actividad económica, por que el capitalismo fue
originariamente un producto eminentemente europeo.
Tomados en términos más abstractos la importancia dada a los elementos subjetivos, la
legitimidad, en la constitución de la relación de mando-obediencia y la significación
atribuida a los elementos políticos, dominación legal burocrática, en relación al
desarrollo capitalista constituyen aportes duraderos de Weber a la sociología política
contemporánea.
La sociodicea weberiana: racionalidad instrumental, burocratización y la jaula de
hierro de la humanidad.
La obra weberiana además de contener decisivos aportes epistemológicos y teóricos
para la teoría y la investigación contemporánea alberga una visión, que se desprende de
aquellos aportes, bastante negativa de las consecuencias de la modernidad para el
desarrollo humano.
La modernidad se distinguió por propiciar el despliegue y generalización de la
racionalidad como fundamento de la acción social. Esto significó que a diferencia de las
sociedades tradicionales y carismáticas donde la acción social estaba fuertemente
prescripta, ya sea por las tradiciones o un comportamiento determinado por las
relevaciones del poseedor de un personalidad trascendente, dando poca libertad al
sujeto, fueron crecientemente reemplazadas por una vida práctica orientada por la
racionalidad, es decir por un tipo de sociedad que no prescribe cursos de acción sino los
modos de decidir los mismos. Por ejemplo no prescribe el trabajo al que debe dedicarse
una persona, pero sí los criterios con los cuales las sujetos direccionan sus acciones.
Esta importancia de los criterios (medios) implica el potencial desplazamiento de los
fines de la acción a los medios. Es decir, el creciente dominio de la racionalidad
instrumental sobre la acción.
En realidad, más que una potencial derivación, Weber creía que la prevalencia de la
racionalidad instrumental era el resultado lógico de la modernidad. La racionalidad
instrumental conlleva necesariamente al dominio de la burocracia, en tanto ésta es la
fuerza social que mejor domina la racionalidad instrumental. De ese modo, la
modernidad terminaba en una paradoja: de haber ensanchado la autonomía del sujeto,
su despliegue, en última instancia, terminaba ineluctablemente en la burocratización de
la vida social y, por ende, en el estrechamiento de la libertad del sujeto.
Weber descreía que una revolución socialista fuera la manera de dominar ese proceso.
Es más, sostuvo que socialización creciente era, en el fondo, una burocratización
también creciente.
En sus escritos políticos, Weber se inclina por creer que una autoridad política basada
en el carisma y la democracia política, como sustentos de la emergencia de fuertes
liderazgos asentados en los dotes extracotidianos del caudillo político, podía constituir
un modo de someter a la burocracia, dada la promoción del carisma y no el saber
técnico y procedimental como fundamento de las decisiones políticas.
Lo paradójico de esta visión, es que la emergencia de un líder personalista y carismático
remató, en Alemania años después de su muerte, en un régimen totalitario responsable
de crímenes contra la humanidad y de una guerra de alcance mundial.
Conclusiones.
Para terminar esta breve reseña de la obra de Weber, queda por destacar su importancia
para la moderna teoría social.
Tres son los aportes sustanciales de Weber a la teoría social contemporánea: en el plano
epistemológico, haber fundado sobre bases sólidas una perspectiva subjetivista para el
análisis social; en el plano metodológico, el legado de los tipos ideales; en el plano
empírico, el desarrollo de investigaciones sobre la religión y sobre el capitalismo hoy
plenamente vigentes, además de haberse consolidado como modos paradigmáticos de
hacer investigación social.
Todo ello lleva a considerar que la obra de Weber, lejos de ser leída como una mera
discusión con Marx, como algunos analistas de la teoría social proponen, tiene una
relevancia propia que convierte a este autor en un clásico, por peso propio, de las
ciencias sociales.
Bibliografía
Weber, Max (1983). Ensayos sobre metodología sociológica. Amorrortu editores.
Buenos Aires.
Weber, Max (1984). Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica. México.
Weber, Max (1989). La ética protestante y el espíritu capitalista. Sarpe. Barcelona.
Weber, Max (1985). Ensayos de sociología contemporánea I y II. Planeta Agostini.
Barcelona.