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La Jironda

Este documento presenta tres relatos cortos sobre la historia y leyendas del municipio de Remolino, Colombia. El primer relato describe una antigua casa grande que perteneció a una familia adinerada y que ahora está abandonada y es conocida como "La Jironda". El segundo relato cuenta la historia de cómo un joven llamado Alfonso Maldonado logró matar a un tigre que asustaba a los residentes. El tercer relato narra el nacimiento de cuatro crías de morrocoya después de que su madre saltara una cerca para encontrarse con un

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La Jironda

Este documento presenta tres relatos cortos sobre la historia y leyendas del municipio de Remolino, Colombia. El primer relato describe una antigua casa grande que perteneció a una familia adinerada y que ahora está abandonada y es conocida como "La Jironda". El segundo relato cuenta la historia de cómo un joven llamado Alfonso Maldonado logró matar a un tigre que asustaba a los residentes. El tercer relato narra el nacimiento de cuatro crías de morrocoya después de que su madre saltara una cerca para encontrarse con un

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Conociendo a Remolino a través de los relatos.

Relato. La jironda

En el municipio de Remolino, había un caserón construido con ladrillos grande, portones y ventanas en
hierro y techos en plafón, ubicada en la plaza principal. En el pasado perteneció a una familia de gran
poder económico la familia Wilches Delgado, esta familia manejó el comercio a lo largo de la Ribera del río
Magdalena.
Cuentan que las vajillas y utensilios de cocina eran de oro y que esta casa se comunicaba con otras
alrededor de la plaza a través de túneles internos, al morir el señor Augusto Wilches decayó todo el
poderío familiar y económico, la edificación quedó sola y fue allí cuando fue bautizada con el nombre la
Jironda. A las personas, especialmente a los niños y jóvenes les daba miedo pasar por el lugar, decían que
veían un caballo que volaba y unas luces que se movían por toda la casa. En un lugar del patio había un
palo de mamon, que pese a ser grandes y dulces nadie se atrevía a ingresar a cogerlos por temor de entrar
allí.
Con el nacer de las nuevas generaciones, este mito fue desapareciendo y una caja fuerte que había en
uno de los cuartos fue abierta y saqueada, en el palo de mamon se formó un avispero y en época de
cosecha era atacado con ondas y bolas de barro para recoger los frutos, las casas vecinas tenían que
cerrar por el ataque de las avispas. Hoy en día se encuentra abandonada y es símbolo de poder
económico del pasado.

A Remolino llegó un tigre, que se comía a todos los animales que se encontraba a su paso (vacas, gallinas,
burros, mulas). El animal tenía asustado a todas las personas que llegaban al pueblo. Llegaban cazadores
de la sierra nevada de Santa Marta, de la serranía de Perijá y de Piojó y nadie lograba cazar al animal. Un
día Alfonso Maldonado, un joven dedicado a manejar tractores, se armó de valor y decidió ir a cazar al
tigre, cogió su mochila, su perro (bravo y cazador) y su escopeta, salió muy temprano de su casa e inició su
viaje, pasando por la finca los Hoyos de la señora Julia Cantillo sintió el rugido del tigre, su perro salió
detrás de lo que se escuchaba y se dijo: ¡Hasta ahí llegaste tigre!.
Pasaron las horas, ya había caminado por todo el terreno y nada que aparecía el perro, ya no se oían
ladridos ni rugidos, iba anocheciendo, por lo cual decidió irse a su casa acongojado, pensando que el tigre
se había comido a su perro y que no lo volvería a ver.
Su madre, la señora Emilia Lara tenía en el patio de su casa una morrocoya y en el patio de al lado del
señor Ignacio Morron había un morrocoyo, estos se encontraban enamorados, los patios eran divididos
por una cerca de 3 metros, al llegar se dio cuenta que el morrocoyo estaba desesperado por pasarse a su
casa, pudo ver como pegó un salto, cayó cubrió a la morrocoya. Al poco tiempo se dieron cuenta que la
morrocoya se estaba inflando y que estaba redondita, parecía una pelota de futbol y ya no caminaba, sino
que rodaba. Al lado de su casa vivía Luis Pertuz, un muchacho que desde niño demostró que iba a hacer
un buen médico, Alfonso le pidió que lo acompañara a ver la morrocoya y cuando la vió dijo: ¡Esta
Morrocoya está preñada, hay que hacerle una cesárea y tú vas a hacer mi ayudante porque esto es pa’ ya!
Fue a su casa y trajo los instrumentos para hacer la cirugía, le cortaron por los lados y le alzaron la tapa
para abrirle la barriga, sacaron 4 morrocoyitos, cogieron la morrocoya y le pegaron la tapa con mezcla de
uvitas verdes, maduras y panela rayada. Los animales fueron puestos en el monte ya que Federico no se
sentía capaz de quedarse con ellos.

Un día fue contratado para hacer un jagüey, se dirigió a la finca, pero como llegó muy tarde decidió
parquear su catapila y se acostó en la hamaca que había llevado, al día siguiente que se despertó a hacer
sus labores, se llevó un susto, ya que no vio su máquina, su corazón se aceleró y su primer impulso fue
correr a buscarla, a dos kilómetros ve la catapila moviéndose con los motores apagados y nadie de chofer,
Fernando no había caído en cuenta que la había parqueado encima de los 4 morrocoyos y ellos eran los
que se la llevaban.
Decidió montarse y cuando le dio la vuelta para regresarse a hacer su trabajo miro hacia el camino y vio al
tigre y al perro frente a frente con los dientes pelados ambos, estaban disecados ya, se habían muerto de
hambre y sed porque ninguno se atrevió a darse la espalda.
La muñeca de cosmito es un disfraz,
Que todos los años sale a demostrar que con ingenio
y creatividad a la mujer se puede representar

El apoyo psicosocial
en el programa DIMF siempre esta,
sí lo necesitas solo a tu profe debes avisar.

La modalidad familiar nos vamos a gozar


y a los niños vamos a estimular,
con las actividades que realizan las profes
un desarrollo optimo van a lograr.
Rosa, la morrocoya

¡Caramba, todo me sale mal!, se lamentaba constantemente Rosa, la morrocoya. Y no era para menos: siempre llegaba tarde, era la última en terminar sus tareas, casi nunca ganaba premios por
su rapidez y, para colmo era una dormilona. ¡Esto tiene que cambiar!, se propuso un buen día, harta de que sus compañeros de los montes de Remolino le recriminaran por su poco esfuerzo. Y
optó por no hacer nada, ni siquiera tareas tan sencillas como amontonar las hojitas secas caídas de los árboles o quitar las piedrecitas del camino a la charca.

– “¿Para qué preocuparme en hacerlo si luego mis compañeros lo terminarán más rápido? Mejor me dedico a jugar y a dormir”.

– “No es una gran idea”, dijo un chigüiro. “Lo que verdaderamente cuenta no es hacer el trabajo en tiempo récord, lo importante es hacerlo lo mejor que sepas, pues siempre te quedarás con la
satisfacción de haberlo conseguido. No todos los trabajos necesitan de obreros rápidos. Hay labores que requieren más tiempo y esfuerzo. Si no lo intentas, nunca sabrás lo que eres capaz de
hacer y siempre te quedarás con la duda de qué hubiera sucedido si lo hubieras intentado alguna vez. Es mejor intentarlo y no conseguirlo, que no hacerlo y vivir siempre con la espina clavada.
La constancia y la perseverancia son buenas aliadas para conseguir lo que nos proponemos, por eso te aconsejo que lo intentes. Podrías sorprenderte de lo que eres capaz”.

– “¡Chigüiro, tienes razón! Esas palabras son lo que necesitaba: alguien que me ayudara a comprender el valor del esfuerzo, prometo que lo intentaré.»

Así, rosa, la morrocoya, empezó a esforzarse en sus quehaceres. Se sentía feliz consigo misma pues cada día lograba lo que se proponía, aunque fuera poco, ya que era consciente de que había
hecho todo lo posible por conseguirlo.

– “He encontrado mi felicidad: lo que importa no es marcarse metas grandes e imposibles, sino acabar todas las pequeñas tareas que contribuyen a objetivos mayores”.

EL EJEN Y EL MOSQUITO
Me contaba mi abuelo que una noche se fue a cazar por las tierras Remolineras
que son selváticas, en ese momento comenzó a caer un fuerte aguacero. Cuando
estaba internado en lo mas profundo de la selva escuchó unos quejidos muy
fuertes, lo que le provocó escalofríos y un miedo terrible, lo que hizo fue subirse
en un árbol, cuando está subiendo se le cae su linterna pero decide no devolverse
a buscarla sino seguir trepando, al llegar a la cima miró hacia donde provenía el
sonido, la sorpresa es que a través de la claridad de los rayos de la tormenta, veía
como se abría la selva en dos, los quejidos eran cada vez más fuertes y percibía
que algo se aproximaba a él, por ello, se lleno de valor y decidió bajarse del árbol
a buscar su linterna y poder ver a que o a quien se tenía que enfrentar, cuando el
quejido estaba en frente de él, tomo su linterna y alumbro hacia un lado, dándose
cuenta que era un ejen que cargaba a un mosquito que se había partido una pata
y estaba llorando porque le dolía.
A partir de ese momento, mi abuelo aprendió que las situaciones hay que
enfrentarlas y que las personas no deben llenarse de miedo y esconderse antes
de saber la realidad de las cosas.

El palo de trupillo.

Era una vez un niño llamado Víctor, salió una noche a la plaza del pueblo por
fiestas patronales, ya que vivía en una finca retirada. Cuando se terminaron las
novenas de la finca inmaculada concepción decidió regresar a su casa pero tenia
que atravesar un monte solitario, cuando llevaba un largo trayecto observó un
palo de trupillo que estaba lleno de gusanos, se asustó y se devolvió para avisar a
un señor que se encontraba cerca, cuando le cuenta lo sucedido deciden coger
un palo y llegar al sitio, sorprendidos los dos por la cantidad de gusanos que se
veían en el palo de trupillo corren a llamar a otros vecinos del sector, a los pocos
minutos comenzó a llegar la gente, temían acercarse mucho por lo que podía
pasar, en un momento se desaparecieron los gusanos del árbol, asombrados
comenzaron a mirar a su alrededor y uno de los vecinos observó que lo que
provocaba que se vieran los gusanos era un mechón( luz realizada con pote, gas y
tela) de una casa de barro que por medio de un orificio se filtraba una luz que
daba en dirección del árbol y con los movimientos de la brisa, daba el movimiento
de una cantidad de gusano.
La lección que pudo aprender Víctor fue que antes de asustarse y correr, debió
percatarse de lo que sucedía, ya que provocó que un sector de su pueblo se
asustara con lo que creyó que había visto.

Chicha de millo
Rosquetes de yuca
Caballito de panela
Había una vez, en lo profundo de una finca llamada los vijaos había un árbol muy alto con un agujero donde vivía una familia de ardillas. La señora ardilla tenía tres crías que estaban
hambrientas. Su mamá decide mostrarles el mundo: –Ésta es la hierba– les dice su mamá. A los hijitos les encantó, rodaron, retozaron y hasta probaron el sabor de la hierba. Una noche, la
señora ardilla sale con sus crías a buscar comida. Sus ojos brillan como lucecitas. Pero mamá sólo ve a dos pares de ojos. ¡Ay! ¡El más pequeño se ha perdido!¡Pronto va a buscarlo! Antes de que
el Zorro lo encuentre. Pequeño se había detenido a saludar a un chigüiro, quería preguntarle porqué tiene esa nariz tan grande y están gordo. –¡Qué curioso eres, hijo!– le dice su mamá.
Pequeño ven conmigo. –Ésta es el agua– le dijo la madre. En ella vieron sabrosos peces. Pequeño se entusiasma, se acerca y resbala. Cae al agua. ¡Qué inquieto era Pequeño! ¿Por qué haces
siempre lo que no debes? Un día mamá duerme la siesta y un Zorro se aproxima sin hacer ruido. Pequeño piensa rápidamente. Al instante corre en busca de ayuda. –¡Pronto, pronto! dice a su
amigo el chigüiro. Y cuando el Zorro está a punto de saltar sobre la señora ardilla, da de repente un salto en el aire y se aleja aullando de dolor. La mamá despierta y pregunta por Pequeño. ¿Se
lo llevó el Zorro? No, ahí está, con el chigüiro. ¡Qué orgullosa estaba la señora ardilla! ¡Qué orgullosos están los chinguiritos! Pero el más orgulloso es Pequeño ¡Por fin hizo lo que debía!
Mario el domador de tigres.
Mario, un pobre esclavo de la ciudad de Santa Marta, en un descuido de su amo, escapó y se adentró al bosque. Buscando refugio seguro, encontró una
cueva y al entrar, a la débil luz que llegaba del exterior, el joven descubrió un soberbio león. Se lamía la pata derecha y rugía de vez en cuando. Mario, sin
sentir temor, se dijo:

– “Este pobre animal debe estar herido. Parece como si el destino me hubiera guiado hasta aquí para que pueda ayudarle. Vamos, amigo, no temas, te
ayudaré”.

Así, hablándole con suavidad, Mario venció el recelo de la fiera y tanteó su herida hasta encontrar una flecha clavada profundamente. Se la extrajo y
luego le lavó la herida con agua fresca.

Durante varios días, el león y el hombre compartieron la cueva hasta que Mario, creyendo que ya no lo buscarían se decidió a salir. Varios centuriones
armados con sus lanzas cayeron sobre él y lo llevaron prisionero al circo que había llegado a la ciudad. Pasados unos días, fue sacado , el recinto estaba
lleno de gente ansiosa de contemplar la lucha. Mario se preparó a luchar con el león que se dirigía hacia él. De pronto, con un espantoso rugido, la fiera
se detuvo en seco y comenzó a restregar cariñosamente su cabezota contra el cuerpo del esclavo.

– “¡Sublime! ¡Es sublime! ¡César, perdona al esclavo, pues ha sometido a la fiera!”, gritaban los espectadores.

El emperador ordenó que el esclavo fuera puesto en libertad. Sin embargo, lo que todos ignoraron era que Mario no poseía ningún poder especial y que lo
que había ocurrido no era sino la demostración de la gratitud del animal.
DE REGRESO A LA ESCUELA

En el corregimiento de Santa Rita Magdalena vivían Santiago y Pedrito. Todos los habitantes se encontraban triste por la sequía. Los campos no estaban verdes, estaban amarillos;
la ciénaga se encontraba seca, no se podía ni pescar. Un día comenzó a quedar nublado y la lluvia llegó. contentos, Santiago y Pedrito comenzaron a mojarse bajo la lluvia. Llovió
durante varios días y la ciénaga se inundó. Los niños no podían ir a la escuela ya que tenían que trasladarse a Remolino. Los vecinos quisieron ayudarlos, cada uno aportó algo para
hacer un bote. Rosa prestó la madera, Carlos los clavos, Yeilis un martillo y Karen una sierra. Entre todos hicieron un bote y los niños pudieron ir a la escuela y llegar hasta
Remolino.

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