Nostalgia y Recuerdos de Sara
Nostalgia y Recuerdos de Sara
las horas
Este es el principio. La tierra comienza a girar otra vez.
He vuelto. He regresado.
Hace vente años que no vengo a este lugar. Todo está tan cambiado. Una vez escuché una
canción que decía que nunca se debe volver al lugar en donde se ha sido feliz. Alguna vez
este lugar fue mi hogar. Por eso quise regresar aquí está noche. Este fue el lugar en donde
todo comenzó. Mi vida comenzó aquí. Y esta noche terminará aquí. Quiero morir en este
lugar.
La casa parece la misma que la de hace veinte años, pero es sólo una ilusión, un intento
desesperado de mi mente por regresar al pasado.
Soy una niña en el jardín que tenían los vecinos que vivían al lado de casa cuando éramos
chicos. Ese es mi sueño.
Hay una hamaca. Hay mucho viento. Alas de pájaros. Y una paloma te caga en la cabeza y yo
me río.
Vos te pones a llorar. Mamá sale a ver que pasa, qué hay tantos gritos.
Y las tres nos miramos sin decir nada.
Mamá te lava la cabeza en la pileta de la cocina. Y te pasa un pañuelo por el cabello. Luego
te da un beso en la mejilla. Yo me pongo un poco celosa. No quiero que te toque.
Estoy ciega.
Hace unos días pude comprenderlo.
Tengo cincuenta y tres años.
La primera vez que te vi, fue a través de está ventana. Llevabas un camión de madera, e
ibas de una esquina a la otra.
Tu perro te seguía. Soy una pecadora porque no recuerdo su nombre. Pero recuerdo que vos
lo amabas. Yo fui hasta la puerta de casa y me quedé mirándote. Tu perro me sintió, y vino
hasta donde yo estaba. Vos me miraste fijo, miraste el camión, y con tu mano izquierda me
entregaste la cuerda con que lo arrastrabas. Yo en ese momento quería darte algo. Pero no
supe qué. Y jugamos toda la tarde. Y llegó la noche.
Cuando miro por esta ventana siempre regreso a ese día. Y quién sabe. Tal vez nunca me fui.
Me quedé entre los minutos en que el sol caía, y las estrellas comenzaban a verse.
Tal vez aún estoy ahí.
Un tiempo
Que fue hermoso
Un tiempo
El río. Agua
Hermoso tiempo.
- Tengo miedo.
Los cuartos vacíos. Hay silencio en las esquinas esta tarde. Las calles parecen desiertas.
Pero los cuartos están vacíos. Parecen ausentes. Las lámparas están llenas de polvo.
Nadie se refleja en los espejos. Esa es la peor de las muertes, la soledad en los instantes.
Cuando era chico mamá me cantaba una canción de cuna antes de dormir. Supe mucho
después, que no era una canción. Era una poesía. Y no cualquier poesía. Era la suya.
Quince años después, Marcos y yo jugábamos a besarnos por primera en la cocina, y sientas
de tus poesías, se nos cayeron encima y volaron alrededor de nosotros, mamá.
A los diez años nos fuimos de vacaciones al pueblo en donde se crió papá. Siempre habíamos
viajado a ciudades grandes, pero nunca habíamos ido a otro pueblo. No tenía mucha
diferencia con el nuestro. Excepto por una cosa. Las casas eran todas de madera. Todas
estaban hechas al estilo de las cabañas. Y tenían un jardín a la entrada con cercas y flores
de todos los tipos, como en las casas de muñecas.
Yo amé ese verano.
Un violín.
Es el instrumento más melancólico que existe. Está lleno de nostalgia, de recuerdos por un
pasado que ya no puede regresar. De impotencia.
Ahora en las noches, cuando las horas me dicen que nadie va a venir y quedarse conmigo,
toco tu canción, mamá. Y rezo mientras pienso en lo que ha sido.
Sara. Yo me llamo Sara. Tengo quince años ahora. Estoy en la escuela. Es la única escuela
secundaria que hay en el pueblo. Hay un chico que me mira porque yo le gusto. Pero a mí me
gusta otro, mi vecino. Mamá quiere que salga con alguien como yo. Pero yo no entiendo lo que
quiere decir con eso. No me importa. Yo no sé si le gusto. Pero tengo tanto miedo de todo
siempre. Pero no con él. No con él. Me gusta tenerlo adelante mío. Escucharlo decir mi
nombre. Sara. Yo me llamo Sara.
Estoy terrible y completamente sola. Siempre sola. Hubo un tiempo en donde creí poder ser
inmortal. Hubo un tiempo en donde creí que me amabas.
No quiero hablar de amor esta noche y volverme nostálgica.
Pero este tango que suena en los cuartos vacíos de la casa me lleva hasta tu sombra.
No había pisado este lugar en años.
No habíamos pisado este lugar en años.
Y ahora estoy aquí, y los recuerdos se vuelven insoportables.
Cada puerta al abrirse, trae consigo miles de secretos que creí enterrados para siempre en
mi memoria. Ahora están aquí. Todos sueltos. Flotan por el aire, me atraviesan y se ríen en
mi cara. Me miran y dicen -Sara ¿porqué nos olvidaste? ¿Porqué te fuiste aquel día?
Las horas.
Las horas.
Suena un teléfono. No quiero atender porqué sé que sos vos, Sara. Y estoy enojado.
Suena un teléfono. Cortan y vuelven a llamar.
Un tiempo. No sé cuantos tiempos ha sonado ese teléfono. Lo he olvidado. Yo estoy enojado
y no quiero recordar porqué. Me hace mal. Ahora que tengo un teléfono enfrente me
gustaría que me llamaras. Hoy no podrás hacerlo aunque quisieras.
Estoy sentada en el sillón de la sala. Estoy tejiendo una campera para mamá.
Estoy sola. Mañana es mi cumpleaños y me han hecho un postre gigante. La abuela vendrá a
visitarnos, y como siempre, a darnos consejos de cómo ser una buena señorita toda la
tarde. Parece que va a llover. Pero no se decide. Es tiempo de nostalgia, no de tristeza. Yo
odio este vacío. Quizá sueñe con un mundo de cristales de colores. Y pueda volar alto. Estoy
cansada de no saber que hacer. De esperar.
Quiero ser
El olvido
Un aliento que se me va
Un deseo de mujer
Prohibido
Quiero llorar
No quiero morirme
Quiero
No puedo soportar este dolor
No puedo respirar sin esta angustia
Tu y yo estamos tristes esta noche
Y yo quiero verte reír por siempre
Y quiero que vueles con alas de pájaros
Mariposas en el
aire
No me olvides
No me olvides
No me olvides
La mañana.
La mañana es gris pero parece tan hermosa.
No ha llovido en más de un mes. Los campos están secos. Papá está triste por la cosecha.
Nuestra tierra no es muy grande, pero es más que suficiente para nosotros.
Las nubes son la esperanza. El color gris.
Voy con papá en el auto a la casa de unas tías mías, hermanas de papá. Me cuidarán por un
tiempo porque mi abuela está enferma, y mamá está todo el tiempo con ella. Mis tías dicen
que yo debería arreglármelas sola, pero que el viaje puede caerme bien, y que pueden
enseñarme no sé cuántas cosas, de las cuales según ellas, mamá no tiene idea.
La casa de mis tías es enorme. Tiene una fuente en el jardín y muchas salas interiores. El
zaguán y la puerta cancel son hermosos, y las arañas que hay en las habitaciones son
grandísimas.
Pero de noche, todo queda tan oscuro, que se parece a esas historias de terror que papá
suele contarme en las noches, a pesar de los retos de mamá. Los extraño. Extraño el aroma
de mi casa, el olor de la comida. Extraño a mi perro, a mí hermano.
Acá, los cuartos son tan grandes, que aunque los llenaran de gente gritarían que se sienten
solos.
Quizá yo me siento un poco sola.
Mis tías me dieron un libro muy antiguo que trata sobre dioses griegos que luchan por el
poder. A mí me gusta ese libro.
- Hoy tampoco lloverá
Perséfone. Nos han raptado. Han dejado morir todas las flores. Siento un frío helado entre
mis huesos. Helado como el infierno que tu habitas.
Perséfone. Quizá podamos escaparnos esta noche y regresar a nuestro hogar.
Juana. Camina torcido, y lleva un bastón en su mano derecha. Parece haber vivido mucho.
Muchos pasos en esta vida. Juana lee todas las mañanas la misma historia. Un cuento de
amor. El cuento de amor que nunca tuvo. Y sueña todas las tardes con que alguien golpeará
su puerta, le traerá flores y le declarará su amor. Pero cada vez que la puerta suena y su
amor no viene, Juana se va a su cuarto y llora. Su hermana la escucha desde la cocina. Yo
también la escucho. Mi tía me distrae para que no haga caso y me reta por alguna cosa que
no hice, y me dice que coma.
- No poetiza.
Cuando era chico vivíamos en una casa de campo. El silencio alrededor era absoluto. No
teníamos vecinos a menos de cien kilómetros. Y en esa época era mucho. Pero nos
arreglábamos bastante bien.
A mí me gustaban las noches en donde las estrellas se veían tan fuertes y poderosas, como
lámparas lejanas que alguien encendía para que yo pudiera verlas. Era tan hermoso.
Me gustaba esa vida. Pero mi madre la odiaba. Siempre había vivido en el campo, y siempre
había odiado hacerlo.
- Yo no sé por qué no querés escucharme.
Cantan canciones
qué otra cosa podrían hacer
los hombres que trabajan el trigo
los que caminan por las calles llenas de humo
Bajo la luna
Cantan
Y sueñan con lo que nadie toca
Y cantan lo que la vida no les dará nunca.
La primera historia que me contaron, o por lo menos que yo recuerdo, era sobre una niña
que se perdía en un bosque, y un mago la encontraba en el camino y la regresaba a su hogar.
Me llevó mucho tiempo descubrir que mi madre había transformado caperucita roja en un
cuento de hadas.
A ella el lobo nunca la dejó ser libre. Pero en mi mundo casi nunca existieron. Uno sólo.
- ¿Dónde estás?
En el portal de casa, en el pueblo, había una estatuilla de San Francisco. Sus ojos miraban
el cielo, pero no eran unos ojos alegres, tenían una gran huella de melancolía que parecía
irremediable. O así me lo parecía a mí. He tenido esa expresión en el rostro muchas veces
en la vida.
- ¿Dónde estás ahora?
Mamá leía en el baño. En las mañanas cuando papá iba a trabajar lejos de la casa. En las
noches escondida entre los ciruelos. Atrás de las puertas. A la hora de la siesta. Leía
mientras dormía y soñaba sus sueños, y soñaba que leía.
Mi padre de vez en cuando, revolvía la casa buscando cualquier pista que le permitiera
encontrar donde estaban los libros y las cosas que escribía. Jamás encontró ninguna de las
dos cosas.
Esta es la primera vez que escribo en años. El sabor de las hojas es tan extraño para mí.
Hubo un tiempo en donde jamás me hubiera acercado a ellas. Ahora mamá, intento
comprenderte. Saber lo que sentías. Entender el significado de no dejarte ser lo único que
eras. Parecía tan simple y tonto en aquel entonces. Yo creía que eras una boba. Ahora que
me han quitado lo único que me importa. Que ya no soy nada porque todo lo que era ha
desaparecido. Ahora sé tu secreto mamá. Sé porqué llorabas escondida entre la almohada,
porque te disfrazabas en la lluvia. Ahora quisiera decirte todo. Que somos una sola. Que te
quiero, que no entendía porque la boba era yo. Pedirte perdón por no apoyarte, por
renegarme, por haber quemado tus hojas. Lo que te hice fue imperdonable. Yo perdí una
mamá, pero el mundo perdió la mejor de sus poetizas.
La gente corre por las calles, todos vamos apurados. Y las horas pasan, nos persiguen y
nunca podemos alcanzarlas. No podemos detener el tiempo. Y se va. Y nosotros nos vamos
con él. Se van los abrazos, los días de sol, las canciones. Se va el tiempo en donde fuimos
cobardes, en donde tuvimos miedo.
Cuando las horas pasan, siempre recuerdo esos días en que esperaba que entraras por mi
ventana y me despertaras hablándome en la oreja. Y yo me hacía el dormido, y vos te dabas
cuenta, pero igual me seguías el juego. Y te acostabas al lado mío, y jugábamos que
soñábamos.
Cuando me dijiste que me ambas te creí. Me lo dijiste dos días después de que tu madre
murió. Dijiste que no querías perderme como a ella. Teníamos quince años.
Yo te creí.
Ahora que han pasado diez años dudo mucho que lo hagas. Y voy a hacerlo siempre.
Quizá cuando decida matarme a los cincuenta y tres años, aún no sepa si alguna vez lo
hiciste.
Tengo ganas de hacer pis. Mi hermana y yo estamos en el cine. No quiero ir al baño porque
la película está por terminar. Es una comedia y tengo miedo de reírme mucho. Aguanto
hasta que la película termina y voy corriendo al baño. Cuando salgo, mamá está afuera
esperándonos, tiene un bolso entre las manos, y se nota que lleva muchas cosas en él.
Yo le pregunto que lleva pero ella no contesta. Da la sensación de que mis palabras se
fueran deshaciendo en mi boca y ella no pudiera llegar a escucharlas, pero no es así.
Nos lleva a tomar un helado y nos reímos de cosas un poco tontas, y de la gente que pasa
caminado frente a nosotras.
Después pide un taxi. Nos da un beso y un abrazo, y se va.
Yo tenía quince años. Una semana después de que mamá se fuera, papá se pegó un tiro.
Ahora que el veneno circula por mi sangre, entiendo a los que dicen que la depresión se
hereda.
Nunca supimos por qué lo hizo. Diez años después me llamaron a mi casa y me avisaron que
un auto la había atropellado en una de las calles de Buenos Aires.
Una vez. Siempre una vez. Así empiezan los cuentos de princesas. Empiezan contando sobre
un tiempo que fue hermoso y luego muere. El tiempo de la inocencia. El tiempo de los juegos
y los por qué.
Una vez fui una niña. Pero ya no lo soy. Una vez esta casa estaba llena de flores y las
habitaciones eran alegres. Ya no.
- Tengo miedo
Cuando éramos chicos leímos en un libro que todos los seres vivos en otra vida fueron otra
cosa, y que reencarnaran en la próxima como algo más.
Yo siempre quise ser una mariposa, porque me encantaban sus alas y el hecho de que nunca
estaban solas.
Vos siempre dijiste que querías ser una risa. Una risa fuerte que resonara por todo el aire
y llegara hasta donde yo estuviese.
Yo siempre me he preguntado desde entonces sí las mariposas saben reírse.
Sí cuando el aire las lleva de una flor a otra, una risa se les escapa entre las alas.
-Me voy a vivir con unas tías por un tiempo, es todo lo que puedo hacer.
-Marcos.
Es inútil hablar
de la imagen congelada en la memoria
cuando las cuerdas suenan y
las manos van tejiendo vuelos
no es un retrato en una pared
no son ojos que miran a través de la ventana
no son pasos que se escuchan
del otro lado de la puerta
es el simple y pequeño acto del amor
convertido en una caricia breve
que las palabras no saben decir
Es inútil hablar
de la imagen congelada
en la memoria
el simple y pequeño acto del amor
convertido
en una caricia breve
ha nacido para ser inasible
Agustina tiene una gran pasión. Un gran destino. Las horas que ha pasado frente a los
libros son horas vividas. En el medio del desierto, en las grandes tormentas marinas, bajo la
luna en una calle de gente, en cualquier planeta. Agustina siempre ha sido un mar de sueños.
Una aventurera sin espada. Es todas las niñas y todos los hombres de todos los mundos
posibles, bajo su higuera.
En un rincón de todas las casas del mundo hay una historia. Agustina vive por esas historias,
vive a través de ellas.
Su madre teme que se vuelva loca. No hace otra cosa que escribir. A la mañana escribe sus
oraciones a los santos. Y manda mensajes misteriosos a personas desconocidas, y los pone
en botellas de colores, y deja que el agua del río los transporte a quién sabe dónde.
En las paredes de su cuarto hay cuentos que ha escuchado, cosas que realmente le han
pasado a gente que conoce, secretos, mentiras, palabras sueltas que no sabe que significan,
o que le gusta como suenan.
Siempre prefiere leer en las noches, cuando todos duermen y los ruidos se han
transportado a otro lugar. Se mete debajo de las sábanas y se va lejos, siempre a algún
lugar diferente en donde nadie pueda encontrarla, se esconde en otros mundos, y a veces
los vuelve tan suyos que se olvida que debe regresar. Regresar a un lugar en el que nunca ha
estado. Al que nunca ha pertenecido.
Le gustan las fotografías, los relojes de arena. La idea del tiempo la obsesiona. El tiempo le
parece perverso y extraño. Pero ama el silencio. Y también ama los ruidos. El ruido del
viento, el cantar de los pájaros. Ama, en presente del singular. Modo indicativo.
El mundo en el que habita le resulta increíble, y doloroso. Casi nunca lo soporta. Y sus libros
le permiten olvidarlo. La alejan de todo lo que no puede o no quiere ver.
Pero este mundo tiene algo único y hermoso que Agustina siempre ha amado. En pretérito
perfecto del plural. Agustina siempre ha amado la lluvia. La lluvia sobre su rostro. Sobre su
cuerpo de niña. Sobre su cuerpo de mujer. En todos los tiempos, en todos los modos. En
todas sus vidas y sus muertes. Agustina ama la lluvia. El olor a tierra húmeda. Las huellas
que las pisadas dejan en el barro. Ama las ventanas salpicadas con las gotas. El agua que
entra a través de las puertas. El color de las flores, y de todas las cosas, cuando el agua
atrae la luz hacia ellas.
El tiempo desaparece con la lluvia. Y el mundo le duele menos. Las reglas cambian. La gente
cambia. Ella cambia, no lo sabe, pero lo hace.
Siempre ha querido escribir sobre la lluvia pero no puede. Su belleza la supera. No queda
nada por decir. Nada que la vuelva presente. La esencia de la lluvia en sus palabras no
aparece. Y entonces sus lágrimas se mezclan con la lluvia. Y nadie puede notarlo. Sólo llora
cuando llueve para que nadie pueda verla. Las lágrimas se le caen a borbotones y nadie lo
nota.
Y los pasos de niña se le hacen más chicos cuando las lágrimas no caen al suelo. Y cuando las
flores se le pierden entre las nubes que cubren sus ojos. Ella se pierde entre la melodía que
el agua al caer va pronunciando, y parece que la tierra va diciendo su nombre con cada
lágrima. La tierra le grita.
¡Agustina!
¡ Agustina!
¡No me olvides!
¡Agustina!
El viento
Sara
Estoy sentada bajo un árbol. Es otoño, las hojas han empezado a caerse unas semanas
atrás. Es un gran árbol. Pienso en muchas cosas ahora. Y pienso en todos los que habremos
pensado junto a él. Los años que tiene este árbol. Cuántos secretos bajo la sombra que
nunca fueron rebelados él conocerá. De cuántas cosas habrá sido testigo. Él conoce
verdades que yo nunca sabré. Que nadie nunca supo. Cuántas lágrimas bajo este árbol viejo.
Cuando me fui de casa. Qué puedo decir sobre eso. Marcos quería que me quedará con él.
Pero yo no podía dejar sola a mi hermana Gertrudis. Y me fui con ella. Él nunca volvió a
hablarme. Lo busque algunas veces, sin resultado, me dijeron que se había ido de viaje pero
sin destino fijo, y después ya no supe nada más sobre él.
El día que te fuiste me dijiste que no me amabas, que nunca lo habías hecho. Quizá haya
sido mejor así.
Sara quería muchas cosas. Hablar de mí en tercera persona ya no me resulta tan extraño.
Quería ser astronauta. Como todos lo hemos querido alguna vez.
Me casé. Siempre me caso. Estoy en una iglesia llena de gente y estoy vestida de novia. Las
mujeres visten de colores pasteles y por la ropa que usan se nota que es otoño. Los bancos
están adornados con rosas. Yo odio las rosas, me resultan tan aburridas.
Todas las noches, el mismo sueño. Me casé. Siempre me caso. Y cuando me voy descubro
que vos ya no estás, que te fuiste. Y todos me miran y me reprochan, me preguntan que
hago sola en este lugar, porqué no me fui con un hombre, con mí hombre. Y las palabras no
salen de mi boca. Intento decirles que no lo sé, que no puedo, que estoy perdida. Pero ellos
me miran con odio, con un odio intenso y profundo. Siento tanto miedo que me escondo y las
lágrimas se me caen de los ojos.
¿Por qué no me fui con un hombre?
¿Por qué un hombre no vino a rescatarme?
Después de ese día, después de ti, nunca supe amar a nadie.
Cuando tenía treinta años. Fuimos con mi hermana a comprarle una muñeca a mi sobrina. Al
cruzar la calle de la juguetería te vi a vos, Marcos, en una plaza que quedaba enfrente.
Vos no me reconociste, o hiciste de cuenta que no lo habías hecho. Yo no supe que hacer.
Parecías un hombre, un hombre muy diferente al que yo conocí. Y me resultaste tan extraño
y tan mío al mismo tiempo. Los ojos que miran siempre son los mismos.
Y quise acercarme. Me he imaginado cientas de veces acercándome a vos. Y que vos me
mirabas y que me decías las cosas que nunca me has dicho.
Es verdad el tiempo ha pasado. No puedo recuperar todas las veces que la vida se acercó a
mis manos, y yo simplemente desee esquivarla. No puedo recuperar todos esos instantes.
Siempre he esquivado la vida. Siempre he intentado acelerar las agujas. Hay algo en mí que
no quiere vivir. Siempre he sido una suicida loca. Siempre esperando la muerte.
Que pasaría si ahora no quisiera morirme. Cómo sería levantarme en las mañanas y querer
hacerlo. A veces los ojos en el espejo me dicen que soy una vieja. Siempre mirando atrás de
la cortina.
Quiero vivir ahora. Quiero amar ahora. Quiero un hombre puro y entero que quiera
quedarse. Quiero salir a la calle y ser yo. Y quiero respirar siempre igual. Quiero vivir hoy.
Pero sólo me quede ahí, mirándote. Viendo como el sol te daba en el rostro. Rogándole al
viento que hablara por mí. Las cosas que él me quitó. Las palabras que se llevó de mi boca y
que nunca escuchaste.
Recuerdo que leías un libro. Pero no pude ver cuál era.
Después mi hermana me llamó y ya no te vi más. Nunca más.
He leído cientos de libros después de aquel día, esperando que sean el que vos leías aquella
tarde.
Estoy sentada tejiendo un pulóver. Estoy atrás de la ventana. Desde donde estoy puedo ver
las hojas secas que llenan la calle. El viento gris que juega a quién sabe a qué.
Desde acá puedo ver tantas cosas. Puedo ver a una mujer vieja preguntarle la hora a un
joven que pasa por su lado. - Ah, sí señora las cinco y cuarto. –No, no de nada.
A los chicos en la esquina que buscan piedras de diferentes colores y compiten a cuál de
ellas es más hermosa.
A un gato arriba de un árbol que no se anima a bajar.
Y a un hombre que pasa vendiendo flores y le regala una a mi vecina.
Pero no puedo ver la puerta de tu casa. Ni a tu mamá buscar a tu perro. Ni a vos robar
limones de la planta del vecino. No puedo verme a mí misma jugando a las escondidas, ni
saltar a la rayuela.
Estoy atrás de la ventana. Siempre atrás. Nunca adelante.
Los ojos. Mis ojos ya no sirven. Mis manos se han marchitado hace tiempo, mis palabras ya
no tienen sentido. Pero ahora el mundo que conozco desaparece. Se me vuelve borroso.
Que quiera morir ahora no es tan terrible. He querido morir tantas veces y he seguido viva.
Pero ya no puedo hacerlo más.
Ya no doy más.
Me he pasado los últimos treinta años fingiendo ser alguien que yo no soy. He servido
desayunos, hecho las camas, tejido mantas de todos los colores. Pero jamás pude tener un
poco de paz. Un poco de silencio. Y ahora que el mundo desaparece estoy tan acostumbrada
que parece ridículo vivir sin él. Vivir sin esas reglas estúpidas que nos marcan para siempre
y nos dicen quines debemos ser.
No se trata del amor. Tampoco de la falta de. Se trata de ser mujer. De ser la pantera que
está entre los barrotes. Se trata de no salir nunca de la jaula. Y de rendirse. De que nos
abran la puerta, y nuestros ojos vencidos ni siquiera noten que se ha abierto. O peor.
Mucho peor. Tener miedo. Miedo a lo que está del otro lado.
-Marcos está.
-Marcos se ha ido.
Alguna vez creí que me odiabas. Que por eso no querías que hiciera lo que más me gustaba
hacer. Me llevo mucho tiempo descubrir que sentías miedo. Miedo a los otros. A lo que
significaba mirar más allá. Y supe que temías que mis mundos fueran más importantes para
mí que vos. Y sentí una lástima inmensa, porque tenías razón. Eran más importantes porque
en esos mundos, los de los libros, como pirata o dama inglesa, en un rincón escondida estaba
mi alma. En esas novelas, en los cuentos, era el único lugar en donde podía ser realmente yo.
-¿dónde están?
-¿qué estás buscando?
-¿vos sabés lo que busco?
-¿dónde están?
-Aquí no hay nada. Nada que vos tengas que encontrar.
Javier, mi marido.
Los pasos que no han dado mis ojos por él. Las veces que me he callado. Todo lo que no he
hecho.
-No me arrepiento de haberte sido fiel y acompañarte. Lamento el nunca amarte. El no
haber sabido cómo.
Dicen que a veces las tormentas rompen fuerte en los trigales y la lluvia les traspasa el
alma.
A veces cuando chica corría entre las calles y me embarraba y me reía con ganas porque
miles de gotas entraban en mi e invadían todo mi cuerpo. Ahora estoy aquí, escribiendo en
esta habitación. Sola. Y me siento como todas esas veces. Las palabras son la vida de mis
muertes. Yo no puedo dejar de escribir. Lo he intentado sientas de veces. Hubiera
preferido ser lo que todos quieren que sea. Pero esta soy yo. Así dios me quiso en este
mundo. Él sabe que es más fuerte que cualquier vida roja entre las lunas. Yo no sé lo que
digo, solo amo las palabras. Y poner una tras otra. Llenar el vacío. La música cubre el
silencio. la pintura los espacios. Yo no puedo ver las hojas. No puedo ver. No puede dejar de
decir. He dicho tan poco toda mi vida. Ya no puedo dejar de decir. Quiero ser la tormenta
en los trigales. Quiero arrasar con todo. Ya no me importa nada más. Ya no puedo con nada
más.
Las veces que el tiempo ha derretido mis párpados en las noches que la espera me consumió.
Cuando el silencio atraviesa mis huesos y me inunda el alma. Qué palabras podrían describir
la ausencia. La falta de algo que nunca estuvo, pero siento que fue mío por tanto tiempo que
no sé cómo respirar sin él.
Miles de palabras trilladas se asoman a mi boca y quieren salir. Poesías que he leído, frases
que nunca me atreví a decir en voz alta. Las veces, las cientas y miles de veces que me he
quedado muda. Aún el tiempo parece romperse y quebrarse cuando siento que ya no queda
nada, que nunca lo hubo, que nunca lo habrá.
Y ahora que la habitación está llena de gente, no me importan esos rostros vacíos que no me
dicen absolutamente nada. Pero me concentro en ellos para no recordar que vos estás ahí.
En todos los rincones, en el aura que se desprende de la música, en las vibraciones de la voz
de un anciano, en las risas que no dicen nada más que mentiras. Y no puedo mirarte a los
ojos por el simple terror de que en los míos allá alguna cosa que te parezca aborrecible o
estúpida.
El sonido me aturde las palabras que no saben cómo salir. Una risa parece haberse escapado
entre las copas de cristal que se saludan unas a otras constantemente. Las cabezas
adornadas de unos pobres tontos, y los cuellos llenos de piedras de colores, hacen parecer
la habitación una sala de baile de los cuentos de hadas.
Vos estás debajo de la mesa escondido porque es tarde y los chicos debemos estar
durmiendo. Yo estoy debajo de la mesa porque es mí mesa, ya que es mí casa. Estoy
escondida debajo de la mesa porque vos estás ahí.
Algunos pies nos sonríen desde lejos. Nada más.
Tenés un pedazo de torta en las manos que acabás de robarte. Me miras una vez, miras la
torta y volvés a mirarme. Me estirás la mano como diciéndome que agarre la torta y asentís
con la cabeza. Pero no estás solo. Tu perro te siguió y atrapa el pedazo de torta y sale
corriendo por la pista de baile entre los cuellos de colores y los trajes negros que parecen
de velorio. Se arma un alboroto impresionante y vos salís corriendo atrás de tu perro. Yo
me quedo mirando desde un costado hasta que mi madre me ve y me reta y me dice que me
vaya a mi cuarto.
Estuve castigada cinco días por eso. El primer día que finalizó el castigo conocí tu casa y a
tu madre.
Levantarse por las mañanas. Antes de que salga el sol. Ver cuando empieza a subir.
Escuchar los pasos de mi hermana que baja las escaleras antes que yo y pone el agua para el
mate a calentar. Barrer la galería. Abrir las ventanas para que comience a entrar la luz.
Poner la radio y escuchar las noticias.
Estoy harta de todo eso. De las mañanas. Odio las mañanas. Quiero dormir. No quiero
horarios, ni sol, ni luna, ni nada. Quiero poder gritar que estoy cansada, que no doy más. No
doy más. Necesito un poco de paz. Alguna vez creí que este mundo era sólo eso. Un mundo
perdido en donde nosotros debemos encontrarnos.
Qué me trajo a este lugar. A esta casa. A estos muebles, a estas cortinas. Quisiera ver el
mar. Nunca he visto el mar. Me han dicho que es hermoso. Infinito, me han dicho. Infinito.
“Es como cerrar los ojos”. Pero cuando yo cierro los ojos sólo hay vacío, yo quiero sentir
que hay algo más allá, mucho más allá de mí.
Y que puedo tocar aunque sea una parte, un extremo, y quizá haya alguien del otro lado que
sienta lo mismo. Porque el mar tiene un límite, otra cara, otra orilla, yo quiero llegar a la
otra orilla, quiero ver el sol en las mañanas desde el otro lugar, con otras gentes.
Quizá haya otro mundo totalmente distinto del otro lado, y yo no me atrevo a ni siquiera a
pensar en él.
Hay otro mundo con otras gentes de otros colores, con otros olores y que saben distinto.
Hay otro mundo con otras gentes que ven el otro lado del sol y que no saben que existe este
lado. Esta orilla. Y que no sospechan de mí, no saben nada de mí, ni de vos, ni de lo que
fuimos. Todos los que estamos mirando, cuántos somos los que estamos mirando.
las palabras
muertos de miedo
mis labios tiemblan
sobre el lápiz una vez hubo un amor
ahora la madera gastada
se ha separado de la mina
Parece mentira este sabor a miedo. Las hojas que he escrito los últimos años no dicen nada
sobre mí. Yo no estoy en ellas. Me he perdido entre los estantes y no puedo encontrarme.
Quise decir todo lo que nunca he dicho. Quise que mis palabras dijeren todo lo que mis
sentidos han visto y tocado. Todo lo que gira alrededor de mi cuerpo. Pero están vacías y no
saben a nada.
A vos te gustaba tocar el chelo. Yo no sabía nada de instrumentos. Tampoco sabía mucho de
música, no más de la que mi abuela me hacía escuchar.
Una vez tu madre nos llevó al teatro a ver una orquesta que tocó una sinfonía de
Tchaikovsky. Fue hermoso. Cuando terminó la función vos fuiste a conocer a los músicos, y
después de que estuviste charlando por bastante tiempo fuimos a tomar un helado.
Al día siguiente te pusiste a practicar lo mismo que habían hecho los músicos en tu chelo y
yo podía escucharte desde mi casa. Nunca dejabas que nadie estuviera en la misma
habitación que vos cuando ensayabas.
Unos años después, cuando teníamos trece años, una tarde que estabas ensayando fui a
verte, y me hiciste seña de que pasara y seguiste tocando. En esa habitación pudo haber
miles de personas, pero solo estábamos nosotros dos y la música. Nunca estuve tan cerca
de vos como ese día. Nunca te he amado como te amé ese día.
Las horas que no vuelven. Te perdí hace mucho tiempo. A veces creo encontrarte, otras te
busco en las calles llenas de gentes. Pero los rostros me saben vacíos.
Ayer te vi. Parece algo simple, pero no lo es.
He perdido cuántas horas soñándote, imaginándote vivo y respirando.
Hoy soñé con unos ojos que miraban por la ventana. Quiero estar en la calle, y quiero ser
esa mujer que alguna vez te amó.
Las horas no vuelven, el viento se las ha llevado para siempre. Y aunque intento correr tras
él, no puedo atraparlo.
Gracias por existir.
Todavía quedan algunos minutos, quizá los aproveche y deje de jugar a la escondida.
Es igual al vals de Miller. Estoy parada a tu puerta. Siempre lo estado.
Es hora de que golpee y de que tú salgas para jugar en la vereda.