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Nostalgia y Recuerdos de Sara

Este documento es una colección de poemas y fragmentos que exploran temas como la soledad, los recuerdos del pasado, y la nostalgia por tiempos más felices. Se menciona regresar al lugar donde uno fue feliz después de 20 años y desear morir allí. También hay referencias a la infancia, a una hermana, y a esperar a alguien llamado Marcos que quizás ya no existe.

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Nostalgia y Recuerdos de Sara

Este documento es una colección de poemas y fragmentos que exploran temas como la soledad, los recuerdos del pasado, y la nostalgia por tiempos más felices. Se menciona regresar al lugar donde uno fue feliz después de 20 años y desear morir allí. También hay referencias a la infancia, a una hermana, y a esperar a alguien llamado Marcos que quizás ya no existe.

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Las hora s

todas las horas


el viento
interminable
todos los días
la tierra en el espejo
todo
un tiempo
los tiempos en mi cara
en mi mente
en las lágrimas
en el cuchillo ensangrentado
en las marcas de mi cuerpo cansado
todas las horas
cada minuto
minutos que espero
esperar
esperarme
esperar un tiempo
esperarte en los instantes
todas las horas
que llevo aquí sentada
que llevo allá parada
que nunca tendré
que nunca nunca nunca

las horas
Este es el principio. La tierra comienza a girar otra vez.
He vuelto. He regresado.
Hace vente años que no vengo a este lugar. Todo está tan cambiado. Una vez escuché una
canción que decía que nunca se debe volver al lugar en donde se ha sido feliz. Alguna vez
este lugar fue mi hogar. Por eso quise regresar aquí está noche. Este fue el lugar en donde
todo comenzó. Mi vida comenzó aquí. Y esta noche terminará aquí. Quiero morir en este
lugar.
La casa parece la misma que la de hace veinte años, pero es sólo una ilusión, un intento
desesperado de mi mente por regresar al pasado.

Soy una niña en el jardín que tenían los vecinos que vivían al lado de casa cuando éramos
chicos. Ese es mi sueño.
Hay una hamaca. Hay mucho viento. Alas de pájaros. Y una paloma te caga en la cabeza y yo
me río.
Vos te pones a llorar. Mamá sale a ver que pasa, qué hay tantos gritos.
Y las tres nos miramos sin decir nada.
Mamá te lava la cabeza en la pileta de la cocina. Y te pasa un pañuelo por el cabello. Luego
te da un beso en la mejilla. Yo me pongo un poco celosa. No quiero que te toque.

A veces extraño tu nombre.


El perfume de tus pasos.
A veces quisiera salir corriendo. Buscarte entre las calles, entre las gentes. Alcanzarte y
abrazarte y no dejarte ir. A veces quisiera que nunca te hubieras ido.
Las otras. Las que ni siquiera recuerdo tus ojos. Esas veces parezco dormido. Soy un
sonámbulo en un mundo de despiertos. De gente que corre. De las plazas y los feriados.
A veces extraño tu nombre.

Parece como si durmiera en otros mundos y mis sueños se escaparan de mi cabeza y no


pudiera atraparlos. A veces parezco sonámbula, perdida en un mar lleno de gente que creo
conocer, pero que en realidad no es así. Me siento extraña.
He buscado en mi cuarto la llave del armario de mamá, en donde las fotos de mi hermana y
de mí estaban guardadas, fotos de infancia. La mayoría son en color sepia. El color del
pasado. No puedo encontrarla. Hay cientos de llaves en la casa. Llaves que nunca se usaron.
Pero ninguna llave abre lo que yo quiero abrir hoy.
El tiempo podría llevarme a esos días en donde todo parecía tan simple.
Todo está lleno de ecos. La casa, el patio, las cortinas, las ventanas. Los ecos de jugar a las
escondidas, de saltar con la soga, la rayuela.
¿Dónde se fueron todos esos minutos?
Yo estoy acá. En medio de esta casa vacía. Yo vacía. Vacía mi alma. Y los relojes se siguen
moviendo. Tic-tac, tic-tac.
Tic. Tac. Tic.
Las habitaciones son muy grandes. Alguna vez hubo gente en ellas. Hubo grandes fiestas,
con cientos de personas. Hubo música y hubo romances imposibles reflejados en los
espejos.
Tic. Tac. Tic.

No quiero recordarte nunca más.


No quiero saber si existes. Nunca más.
Quiero saberte inmortal pero lejana. No voy a ir a buscarte. Dormiré una siesta ahora.
Este cuarto parece lejano. Viejo. Como yo.
Hay una música en otro lugar. Llega hasta aquí. Yo la escucho pero no la comprendo.
Parece perdida. Parece que fuera hecha para otro mundo. No para mí.

- Mamá, la leche se está hirviendo.


- Quiero té con galletitas.
- Quiero que me quieras otra vez.

Estoy ciega.
Hace unos días pude comprenderlo.
Tengo cincuenta y tres años.
La primera vez que te vi, fue a través de está ventana. Llevabas un camión de madera, e
ibas de una esquina a la otra.
Tu perro te seguía. Soy una pecadora porque no recuerdo su nombre. Pero recuerdo que vos
lo amabas. Yo fui hasta la puerta de casa y me quedé mirándote. Tu perro me sintió, y vino
hasta donde yo estaba. Vos me miraste fijo, miraste el camión, y con tu mano izquierda me
entregaste la cuerda con que lo arrastrabas. Yo en ese momento quería darte algo. Pero no
supe qué. Y jugamos toda la tarde. Y llegó la noche.
Cuando miro por esta ventana siempre regreso a ese día. Y quién sabe. Tal vez nunca me fui.
Me quedé entre los minutos en que el sol caía, y las estrellas comenzaban a verse.
Tal vez aún estoy ahí.

- Tengo miedo de estar sola.

Un tiempo
Que fue hermoso
Un tiempo
El río. Agua
Hermoso tiempo.

- Tengo miedo.

Los cuartos vacíos. Hay silencio en las esquinas esta tarde. Las calles parecen desiertas.
Pero los cuartos están vacíos. Parecen ausentes. Las lámparas están llenas de polvo.
Nadie se refleja en los espejos. Esa es la peor de las muertes, la soledad en los instantes.

Cuando era chico mamá me cantaba una canción de cuna antes de dormir. Supe mucho
después, que no era una canción. Era una poesía. Y no cualquier poesía. Era la suya.
Quince años después, Marcos y yo jugábamos a besarnos por primera en la cocina, y sientas
de tus poesías, se nos cayeron encima y volaron alrededor de nosotros, mamá.

- Marcos, ¿estás dormido?

No importan las horas.


Importan.
No importan las horas.

A los diez años nos fuimos de vacaciones al pueblo en donde se crió papá. Siempre habíamos
viajado a ciudades grandes, pero nunca habíamos ido a otro pueblo. No tenía mucha
diferencia con el nuestro. Excepto por una cosa. Las casas eran todas de madera. Todas
estaban hechas al estilo de las cabañas. Y tenían un jardín a la entrada con cercas y flores
de todos los tipos, como en las casas de muñecas.
Yo amé ese verano.

Un violín.
Es el instrumento más melancólico que existe. Está lleno de nostalgia, de recuerdos por un
pasado que ya no puede regresar. De impotencia.
Ahora en las noches, cuando las horas me dicen que nadie va a venir y quedarse conmigo,
toco tu canción, mamá. Y rezo mientras pienso en lo que ha sido.

- Marcos, ¿estás dormido?

Sara. Yo me llamo Sara. Tengo quince años ahora. Estoy en la escuela. Es la única escuela
secundaria que hay en el pueblo. Hay un chico que me mira porque yo le gusto. Pero a mí me
gusta otro, mi vecino. Mamá quiere que salga con alguien como yo. Pero yo no entiendo lo que
quiere decir con eso. No me importa. Yo no sé si le gusto. Pero tengo tanto miedo de todo
siempre. Pero no con él. No con él. Me gusta tenerlo adelante mío. Escucharlo decir mi
nombre. Sara. Yo me llamo Sara.

Ahora es mi último día en esta tierra.


Mañana estaré muerto.
No tengo ni diez, ni quince, ni treinta años.
Ahora es el fin. La última página. Pronto ya no seré yo. No seré nada.
Marcos dormirá para siempre.

Estoy terrible y completamente sola. Siempre sola. Hubo un tiempo en donde creí poder ser
inmortal. Hubo un tiempo en donde creí que me amabas.
No quiero hablar de amor esta noche y volverme nostálgica.
Pero este tango que suena en los cuartos vacíos de la casa me lleva hasta tu sombra.
No había pisado este lugar en años.
No habíamos pisado este lugar en años.
Y ahora estoy aquí, y los recuerdos se vuelven insoportables.
Cada puerta al abrirse, trae consigo miles de secretos que creí enterrados para siempre en
mi memoria. Ahora están aquí. Todos sueltos. Flotan por el aire, me atraviesan y se ríen en
mi cara. Me miran y dicen -Sara ¿porqué nos olvidaste? ¿Porqué te fuiste aquel día?

Las horas.

Que nunca te di.

Las horas.
Suena un teléfono. No quiero atender porqué sé que sos vos, Sara. Y estoy enojado.
Suena un teléfono. Cortan y vuelven a llamar.
Un tiempo. No sé cuantos tiempos ha sonado ese teléfono. Lo he olvidado. Yo estoy enojado
y no quiero recordar porqué. Me hace mal. Ahora que tengo un teléfono enfrente me
gustaría que me llamaras. Hoy no podrás hacerlo aunque quisieras.

Una música: el tango


Un recuerdo: su voz
Un color: el amarillo
Un sabor: las frutillas
Un dolor: tu muerte

Estoy sentada en el sillón de la sala. Estoy tejiendo una campera para mamá.
Estoy sola. Mañana es mi cumpleaños y me han hecho un postre gigante. La abuela vendrá a
visitarnos, y como siempre, a darnos consejos de cómo ser una buena señorita toda la
tarde. Parece que va a llover. Pero no se decide. Es tiempo de nostalgia, no de tristeza. Yo
odio este vacío. Quizá sueñe con un mundo de cristales de colores. Y pueda volar alto. Estoy
cansada de no saber que hacer. De esperar.

Las camas vuelan.


Los coches circulan entre las calles embarradas.
El dolor es fuerte.
El tiempo se ha estancado en la hora de la siesta, volviendo inasible el instante en que tus
ojos se cerraron por primera vez.
Y ese sutil momento, se reconvierte en la música que escucho ahora, veinte años después
de aquel día.

- El té ya está listo mamá.

Parece amargo. Pero sabe dulce.


Parece amargo.
Me duele todo el cuerpo hoy. Estoy cansada. Escuchó una voz en mi cabeza que parece
decirme que resista, es la voz a la que le hablo ahora. Pero el dolor es muy fuerte.
Las pastillas ya no me calman el dolor. Me siento cansada todo el tiempo. No puedo
dedicarme a la casa como antes.
No puedo ni siquiera tomarme este té de porquería sin que mi cuerpo no lo rechace.
Sin sentir asco por todo lo que me rodea.
Asco hacía mí misma.
Olor a jazmines. El camino para ir a la casa de la abuela olía a jazmines.

El té. La ceremonia del té.


Recuerdo a mi abuela ponerle a escondidas de mamá, un poco de whisky. Decía que era para
curar el dolor de estómago.
Las viejas de este pueblo, se juntan todas las tardes, después de la siesta. Todos los días
se juntan en una casa distinta. Y toman el té. Y se miran unas a otras. Hablan. Hablan de
cosas sin importancia. Totalmente vacías. Cosas sin las cuales ellas no podrían vivir. No
podrían imaginar el mundo sin ellas.
El otro día con Marcos, nos asomamos por la ventana, y las espiamos. Siempre lo hacemos.
Estaban todas las mujeres del pueblo, como siempre. Pero esta vez fue distinto.
Mientras todas conversaban sobre el clima, el sabor de las tostadas, o si el presidente era
atractivo o no, la madre de Marcos se desmayó. Ahora el té parece una mala palabra. Como
si tuviera la culpa de lo que está pasando.

Quiero ser
El olvido
Un aliento que se me va

Un deseo de mujer
Prohibido
Quiero llorar
No quiero morirme
Quiero
No puedo soportar este dolor
No puedo respirar sin esta angustia
Tu y yo estamos tristes esta noche
Y yo quiero verte reír por siempre
Y quiero que vueles con alas de pájaros
Mariposas en el
aire
No me olvides
No me olvides
No me olvides
La mañana.
La mañana es gris pero parece tan hermosa.
No ha llovido en más de un mes. Los campos están secos. Papá está triste por la cosecha.
Nuestra tierra no es muy grande, pero es más que suficiente para nosotros.
Las nubes son la esperanza. El color gris.
Voy con papá en el auto a la casa de unas tías mías, hermanas de papá. Me cuidarán por un
tiempo porque mi abuela está enferma, y mamá está todo el tiempo con ella. Mis tías dicen
que yo debería arreglármelas sola, pero que el viaje puede caerme bien, y que pueden
enseñarme no sé cuántas cosas, de las cuales según ellas, mamá no tiene idea.
La casa de mis tías es enorme. Tiene una fuente en el jardín y muchas salas interiores. El
zaguán y la puerta cancel son hermosos, y las arañas que hay en las habitaciones son
grandísimas.
Pero de noche, todo queda tan oscuro, que se parece a esas historias de terror que papá
suele contarme en las noches, a pesar de los retos de mamá. Los extraño. Extraño el aroma
de mi casa, el olor de la comida. Extraño a mi perro, a mí hermano.
Acá, los cuartos son tan grandes, que aunque los llenaran de gente gritarían que se sienten
solos.
Quizá yo me siento un poco sola.
Mis tías me dieron un libro muy antiguo que trata sobre dioses griegos que luchan por el
poder. A mí me gusta ese libro.
- Hoy tampoco lloverá

Perséfone. Nos han raptado. Han dejado morir todas las flores. Siento un frío helado entre
mis huesos. Helado como el infierno que tu habitas.
Perséfone. Quizá podamos escaparnos esta noche y regresar a nuestro hogar.

Juana. Camina torcido, y lleva un bastón en su mano derecha. Parece haber vivido mucho.
Muchos pasos en esta vida. Juana lee todas las mañanas la misma historia. Un cuento de
amor. El cuento de amor que nunca tuvo. Y sueña todas las tardes con que alguien golpeará
su puerta, le traerá flores y le declarará su amor. Pero cada vez que la puerta suena y su
amor no viene, Juana se va a su cuarto y llora. Su hermana la escucha desde la cocina. Yo
también la escucho. Mi tía me distrae para que no haga caso y me reta por alguna cosa que
no hice, y me dice que coma.

-creo que escuché un ruido

- Duerme ahora, duerme.

Ahora vuelvo a casa. Ahora mis tías gruñonas ya no importan.


La abuela ha mejorado.
Mamá puede cuidarme a mí otra vez.
La abuela me ha tejido un lindo pulóver. Extrañé todo demasiado. Lo peor de todo fue haber
olvidado mi diario en esta casa. Tuve que escribir en recortes de los diarios, en las hojas de
los árboles del jardín de mis tías. Soy como una máquina que no puede detenerse. Mamá se
enoja, no le gusta.-¿escribir?, ¿para qué quieres escribir?- me dice.
Dice que voy a sufrir mucho sino dejo de hacerlo. Que las mujeres no nacimos para
dedicarnos a la escritura.
A mi no me importa, no puedo evitarlo.
Pero sé que en un mundo de hombres todas las cosas bellas son de los hombres.

- Quiero ser poeta.

- No poetiza.

- Quiero ser poeta


Perséfone. Diosa de la primavera. Diosa de todo lo bello. Diosa del terror y de las tinieblas.
Déjame ver esta noche un poco más allá.

Mi madre se llamaba Agustina.


Se casó como mi padre a los quince años. Era un hombre de campo, como también lo había
sido su padre, y como lo había sido el padre de mi madre.
No creo que ella lo amara. Pero no estoy seguro. Siempre demostró un cariño especial hacia
él.
Si sé, que él tenía las costumbres de cualquier hombre de su condición, y que era un tanto
bruto y de mente muy cerrada.
Mi madre adoraba escribir, adoraba leer. Él nunca la dejó.
Ella lo hacía a escondidas. Y por las noches me contaba sus cuentos y me cantaba sus
poesías. Fui su único publico. Su único crítico.
Sientas de poesías para el olvido.

Cuando era chico vivíamos en una casa de campo. El silencio alrededor era absoluto. No
teníamos vecinos a menos de cien kilómetros. Y en esa época era mucho. Pero nos
arreglábamos bastante bien.
A mí me gustaban las noches en donde las estrellas se veían tan fuertes y poderosas, como
lámparas lejanas que alguien encendía para que yo pudiera verlas. Era tan hermoso.
Me gustaba esa vida. Pero mi madre la odiaba. Siempre había vivido en el campo, y siempre
había odiado hacerlo.
- Yo no sé por qué no querés escucharme.

- Pero yo necesito que lo hagas.

Cantan canciones
qué otra cosa podrían hacer
los hombres que trabajan el trigo
los que caminan por las calles llenas de humo
Bajo la luna
Cantan
Y sueñan con lo que nadie toca
Y cantan lo que la vida no les dará nunca.

- ¡Pero yo necesito que lo hagas!

La primera historia que me contaron, o por lo menos que yo recuerdo, era sobre una niña
que se perdía en un bosque, y un mago la encontraba en el camino y la regresaba a su hogar.
Me llevó mucho tiempo descubrir que mi madre había transformado caperucita roja en un
cuento de hadas.
A ella el lobo nunca la dejó ser libre. Pero en mi mundo casi nunca existieron. Uno sólo.

El lobo era yo.

- ¿Dónde estás ahora, Sara?

- ¿Dónde estás?

En el portal de casa, en el pueblo, había una estatuilla de San Francisco. Sus ojos miraban
el cielo, pero no eran unos ojos alegres, tenían una gran huella de melancolía que parecía
irremediable. O así me lo parecía a mí. He tenido esa expresión en el rostro muchas veces
en la vida.
- ¿Dónde estás ahora?

Mamá leía en el baño. En las mañanas cuando papá iba a trabajar lejos de la casa. En las
noches escondida entre los ciruelos. Atrás de las puertas. A la hora de la siesta. Leía
mientras dormía y soñaba sus sueños, y soñaba que leía.
Mi padre de vez en cuando, revolvía la casa buscando cualquier pista que le permitiera
encontrar donde estaban los libros y las cosas que escribía. Jamás encontró ninguna de las
dos cosas.
Esta es la primera vez que escribo en años. El sabor de las hojas es tan extraño para mí.
Hubo un tiempo en donde jamás me hubiera acercado a ellas. Ahora mamá, intento
comprenderte. Saber lo que sentías. Entender el significado de no dejarte ser lo único que
eras. Parecía tan simple y tonto en aquel entonces. Yo creía que eras una boba. Ahora que
me han quitado lo único que me importa. Que ya no soy nada porque todo lo que era ha
desaparecido. Ahora sé tu secreto mamá. Sé porqué llorabas escondida entre la almohada,
porque te disfrazabas en la lluvia. Ahora quisiera decirte todo. Que somos una sola. Que te
quiero, que no entendía porque la boba era yo. Pedirte perdón por no apoyarte, por
renegarme, por haber quemado tus hojas. Lo que te hice fue imperdonable. Yo perdí una
mamá, pero el mundo perdió la mejor de sus poetizas.

Me estoy muriendo y no quiero llorar


Mi vida sin mí parece terrible
Antes de irme
Antes de que el mundo deje de respirar
Antes de que los tiempos y los modos desaparezcan
Antes de mí
Antes de que me vaya

La gente corre por las calles, todos vamos apurados. Y las horas pasan, nos persiguen y
nunca podemos alcanzarlas. No podemos detener el tiempo. Y se va. Y nosotros nos vamos
con él. Se van los abrazos, los días de sol, las canciones. Se va el tiempo en donde fuimos
cobardes, en donde tuvimos miedo.
Cuando las horas pasan, siempre recuerdo esos días en que esperaba que entraras por mi
ventana y me despertaras hablándome en la oreja. Y yo me hacía el dormido, y vos te dabas
cuenta, pero igual me seguías el juego. Y te acostabas al lado mío, y jugábamos que
soñábamos.

- Sara ¿dónde estás?


La casa.
Hacía más de diez años que no pisaba este lugar. Que no miraba estas paredes. El silencio
es impresionante, parece que todo estuviera dormido. Ni siquiera llegan los ruidos de la
calle. Las ventanas no dejan traspasar la luz, pero yo tampoco quiero que lo hagan. Quiero
que llueva. Me gusta sentir el agua correr a través de mi cuerpo. Me siento un poco más
pura. Este lugar está tan lleno de recuerdos. Recuerdos de infancia.
Veo a Marcos caminar hacia la puerta y entrar a la galería sin avisar, para que mamá no lo
retara. A mi hermana probando su primera bicicleta en la vereda, cuando las mujeres no
debían andar en bicicleta. Me veo a mí llorar cuando todo se nos derrumbó. Y siento que el
techo y las paredes se me vienen encima, y no puedo soportarlo más.

-Sara, tu madre a muerto.

Cuando me dijiste que me ambas te creí. Me lo dijiste dos días después de que tu madre
murió. Dijiste que no querías perderme como a ella. Teníamos quince años.
Yo te creí.
Ahora que han pasado diez años dudo mucho que lo hagas. Y voy a hacerlo siempre.
Quizá cuando decida matarme a los cincuenta y tres años, aún no sepa si alguna vez lo
hiciste.
Tengo ganas de hacer pis. Mi hermana y yo estamos en el cine. No quiero ir al baño porque
la película está por terminar. Es una comedia y tengo miedo de reírme mucho. Aguanto
hasta que la película termina y voy corriendo al baño. Cuando salgo, mamá está afuera
esperándonos, tiene un bolso entre las manos, y se nota que lleva muchas cosas en él.
Yo le pregunto que lleva pero ella no contesta. Da la sensación de que mis palabras se
fueran deshaciendo en mi boca y ella no pudiera llegar a escucharlas, pero no es así.
Nos lleva a tomar un helado y nos reímos de cosas un poco tontas, y de la gente que pasa
caminado frente a nosotras.
Después pide un taxi. Nos da un beso y un abrazo, y se va.

- Mamá, estamos a dos cuadras de casa.

Yo tenía quince años. Una semana después de que mamá se fuera, papá se pegó un tiro.
Ahora que el veneno circula por mi sangre, entiendo a los que dicen que la depresión se
hereda.
Nunca supimos por qué lo hizo. Diez años después me llamaron a mi casa y me avisaron que
un auto la había atropellado en una de las calles de Buenos Aires.

-Marcos, tengo que irme.

Una vez. Siempre una vez. Así empiezan los cuentos de princesas. Empiezan contando sobre
un tiempo que fue hermoso y luego muere. El tiempo de la inocencia. El tiempo de los juegos
y los por qué.
Una vez fui una niña. Pero ya no lo soy. Una vez esta casa estaba llena de flores y las
habitaciones eran alegres. Ya no.

- Tengo miedo

Cuando éramos chicos leímos en un libro que todos los seres vivos en otra vida fueron otra
cosa, y que reencarnaran en la próxima como algo más.
Yo siempre quise ser una mariposa, porque me encantaban sus alas y el hecho de que nunca
estaban solas.
Vos siempre dijiste que querías ser una risa. Una risa fuerte que resonara por todo el aire
y llegara hasta donde yo estuviese.
Yo siempre me he preguntado desde entonces sí las mariposas saben reírse.
Sí cuando el aire las lleva de una flor a otra, una risa se les escapa entre las alas.

- Quiero morirme esta mañana.

-y quiero despertar y tenerte conmigo.


Debo estar desesperada para decirte esto. No soy real. Tu madre me inventó en una de
esas noches en donde sus cuentos inundaban tu espíritu. Tú me creaste. Creaste mis ojos,
mis manos, mi alma. Soy pura y exclusivamente una invención. Y ahora que me has
abandonado me encuentro perdida en este mundo que no significa nada para mí.
Esto siempre fue un secreto entre tu madre y yo. Ambas nos mirábamos a través de las
ventanas y nos decíamos que era mejor así. Que algún día lo descubrirías por vos mismo.
Pero no fue así. Y no supimos que hacer. Y solo te seguimos el juego.
Y para cuando Agustina murió, yo ya no era su personaje, era el tuyo. Y fue tanto el poder
que me diste, que me volví real. Y cuando lo hice, ya no pude mirarte a los ojos nunca más.
Ahora no puedo ver mi propio reflejo. Estoy destinada a desvanecerme.

-Marcos, tengo que irme.

-Me voy a vivir con unas tías por un tiempo, es todo lo que puedo hacer.

-Marcos, mirame, por favor, no te enojes.

-Marcos.

Es inútil hablar
de la imagen congelada en la memoria
cuando las cuerdas suenan y
las manos van tejiendo vuelos
no es un retrato en una pared
no son ojos que miran a través de la ventana
no son pasos que se escuchan
del otro lado de la puerta
es el simple y pequeño acto del amor
convertido en una caricia breve
que las palabras no saben decir

Es inútil hablar
de la imagen congelada
en la memoria
el simple y pequeño acto del amor
convertido
en una caricia breve
ha nacido para ser inasible

Las horas que te he esperado


Los minutos
Soy un sillón dormido
Soy una taza de café en cualquier bar
En todos los bares del mundo
Este minuto mientras escribo
Es todos los minutos al mismo tiempo
Y la mesa de al lado no es otra más
Que la mía
todas las horas
Todas las cucharas, los granos de azúcar
El tiempo que he esperado
El silencio es espacio no vacío
El roce de tu piel mi ausencia
Un llanto es el perfume de esta noche
Una silla vacía todas las sillas
Sara tiene la mirada perdida. Parece que pensara en quien sabe cuantas cosas, pero su
mente sólo divaga en algún sueño que no sabe tener.
Sus manos son pequeñas, y cuando hace un poco de frío se ponen rojas como las fresas. Su
pelo es de color castaño, pero podría ser rubio si quisieras, y su cuerpo pequeño le da un
aire de inocencia. Hay, en su alma, un aire a sabiduría, y cada vez que respira, su aliento
transmite a los otros la sensación de que el mundo está a punto de detenerse.
En las mañanas, antes de levantarse, reza un avemaría, y después sale descalza al patio, y
se queda mirando las gallinas. A veces se queda dormida. Y su madre la encuentra
acurrucada contra una pared en camisón, con todos los cabellos enmarañados, y los pies
sucios por la tierra. Los mocos se le caen de su nariz congelada, y le tiembla todo el cuerpo
por el frío.
Su madre la regaña y la hace entrar a la casa. Le da leche caliente para que se saque el frío,
y le dice que no vuelva a hacer eso. Pero a la mañana siguiente, Sara sale muy temprano al
patio, y se queda dormida mirando las gallinas.
Su hermana tiene un camión de juguete que un vecino le regaló. A Sara le gusta ese camión,
pero su hermana no se lo presta. A veces espera a que su hermana se quede dormida a la
hora de la siesta, y juega con el camión a escondidas. Le resulta toda una aventura hacerlo.
Siempre lo usa con mucho cuidado. Sara sí presta sus juguetes.
Su abuela tiene un disco de una música muy tranquila que a Sara le gusta mucho. En la tapa
del disco hay un negro, con una “cosa” dorada. Su abuela dice que esa música hasta hace
muy poco estaba muy mal vista, pero que a ella no le importa. A la niña tampoco le importa.
A veces se queda sentada en el sillón que hay al lado del combinado y se queda escuchando
la música. Cuando el disco termina lo da vuelta, y le vuelve a dar vuelta, hasta que su abuela
la llama para que le haga algún mandado y se tiene que ir.
Cuando camina por las calles va tarareando la música y baila, y mueve la canasta con el
mandado de aquí para allá. Un día la sacudió tanto que rompió tres huevos que debía llevarle
al vecino. Su abuela la regañó bastante, pero Sara ya ni recuerda aquel día.
Normalmente es una niña bastante tranquila, un poco ida, llena de sueños que se despedazan
y se vuelven a unir. Su vida es un rompecabezas. Pero tiene el alma tierna. Hay algo en ella
que va derramando un poco de magia en cada paso que da.
En las noches, deja un vaso con agua en la puerta de su cuarto, porque una vecina le dijo que
los espíritus andan por las noches haciendo barullo, golpeando puertas y sacudiendo
ventanas. Caminando por los zaguanes, y abriendo las canillas, y basta con dejar un vaso con
agua para que se tranquilicen y no molesten. Su madre ha intentado convencerla cientas de
veces que son sólo habladurías de viejas, pero Sara no le cree.
De vez en cuando su hermana se toma el agua o la tira a propósito. Y Sara se pasa el día
diciendo que los espíritus han ido a visitarla, y les deja cartitas por todos los rincones de la
casa para que las lean.
Nunca ha ido a un cementerio. Porque el cementerio de pobres de la ciudad es muy feo y su
madre no quiere llevarlas, para que no le dé miedo a ella y a su hermana. Pero las dos
todavía tienen una mínima impresión de la muerte.
Sara ama las flores. Y cuando su madre corta crisantemos y claveles para llevar a las
tumbas de sus muertos, la niña se para al lado de ella y llora terriblemente porque siente
que les está haciendo daño.
Los días de lluvia se sienta en el umbral de su casa y no se mueve por horas. Se entretiene
mirando caer la lluvia, y viendo como el agua corre entre las calles. El barro. Los chicos
chapoteando en las esquinas. Es sólo una espectadora. No participa, pero observa
absolutamente todo, intentando que no se le escape ningún detalle.
Cuando para de llover, sale afuera y se pone a jugar con los demás niños. A Sara le encanta
embarrarse.

Marcos es hijo único. Tiene un perro que lo sigue a todos lados.


Es un niño bastante impulsivo. En clase siempre está molestando y la maestra lo saca afuera
y lo pone debajo de reloj. Marcos siempre prefiere el reloj a estar adentro, por eso
siempre molesta, para poder estar ahí parado en vez de en el salón.
Todos los días a la hora de la siesta, Marcos se pone a jugar a la pelota contra la pared del
vecino. Un día el vecino se enojó y lo amenazo con su escopeta. Marcos entró a su casa y le
mojó todos los cartuchos con agua y sal.
No le gusta el brócoli. Pero su padre hace que se lo coma a la fuerza.
En uno de los rincones de su casa hay una foto de un verano en donde fue con sus padres a
la playa. Está muy quemado. Sus ojos están furiosos. Marcos odia el mar. No le tiene miedo
al agua, pero odia el calor, la arena y el sol. Siempre ha preferido el frío. Como también la
noche antes que el día. La luna antes que el sol.
Tiene, para su corta edad, una expresión muy seria en sus ojos, y un destello parece delatar
una imperceptible tristeza, que las personas suelen confundir con maldad.
Debajo de su cama tiene una colección de historietas. Le gusta quedarse hasta tarde en las
noches mirando los dibujos, observando las expresiones de los personajes, los colores. Se
esconde debajo de las cobijas y las alumbra con una linterna. A veces su madre lo descubre
y lo regaña. Y Marcos se hace el dormido, y las esconde otra vez.
Le cuesta mucho decir las cosas que siente o piensa. Por el miedo a creado un muro a su
alrededor que ni sus padres pueden romper. No es antisocial, pero no deja que nadie lo
conozca realmente. Hay muchas reglas de este mundo que sólo las sigue por costumbre,
pero que no las comprende y nunca lo hará. A veces se siente perdido, por eso suele
interesarse por las cosas prácticas y concretas. El desconcierto lo asusta porque él no se
siente nunca seguro de nada, necesita de esa seguridad.
Ama los violonchelos. Le encanta que el sonido lo atraviese y le rompa el corazón en mil
pedazos. Es capaz de pasarse horas sentado tocando la misma canción una y otra vez sin
notar el transcurso del tiempo. Y cada vez que vuelva a tocarla, con el tiempo, seguirá
transportándose a ese lugar en que sus dedos pequeñitos tocaron el instrumento por
primera vez.
Lleva siempre colgada del cuello una llave. Es la llave que abre un baúl que su abuela le
regaló al nacer a su madre para que guardara cosas de él. Su abuela murió al poco tiempo,
pero Marcos la lleva consigo a todas partes, como lleva la llave junto a su pecho.
Le gusta el aroma del chocolate caliente por las mañanas. Y los días de lluvia ama las tortas
fritas. En esos días, se sienta en una silla en la cocina y desde allí observa absolutamente
todo. La manera en que su madre prepara la comida, la lluvia a través de las ventanas, los
vecinos, la niña de enfrente que mira como los demás juegan pero permanece junto a su
puerta. Las ranas que cantan entre las plantas quién sabe qué canciones. A Marcos le gusta
la lluvia. Le gustan mucho las cocinas, los sótanos y los techos. A veces, si llueve a la hora
de la siesta, se sube al techo y desde allí mira como el agua se desplaza por todo el
vecindario. Es capaz de permanecer eternamente allí. Mirando el agua caer por las azoteas,
meterse adentro de las casas, y hacer dibujos en las ventanas que son indescifrables para
nuestros ojos.

Agustina tiene una gran pasión. Un gran destino. Las horas que ha pasado frente a los
libros son horas vividas. En el medio del desierto, en las grandes tormentas marinas, bajo la
luna en una calle de gente, en cualquier planeta. Agustina siempre ha sido un mar de sueños.
Una aventurera sin espada. Es todas las niñas y todos los hombres de todos los mundos
posibles, bajo su higuera.
En un rincón de todas las casas del mundo hay una historia. Agustina vive por esas historias,
vive a través de ellas.
Su madre teme que se vuelva loca. No hace otra cosa que escribir. A la mañana escribe sus
oraciones a los santos. Y manda mensajes misteriosos a personas desconocidas, y los pone
en botellas de colores, y deja que el agua del río los transporte a quién sabe dónde.
En las paredes de su cuarto hay cuentos que ha escuchado, cosas que realmente le han
pasado a gente que conoce, secretos, mentiras, palabras sueltas que no sabe que significan,
o que le gusta como suenan.
Siempre prefiere leer en las noches, cuando todos duermen y los ruidos se han
transportado a otro lugar. Se mete debajo de las sábanas y se va lejos, siempre a algún
lugar diferente en donde nadie pueda encontrarla, se esconde en otros mundos, y a veces
los vuelve tan suyos que se olvida que debe regresar. Regresar a un lugar en el que nunca ha
estado. Al que nunca ha pertenecido.
Le gustan las fotografías, los relojes de arena. La idea del tiempo la obsesiona. El tiempo le
parece perverso y extraño. Pero ama el silencio. Y también ama los ruidos. El ruido del
viento, el cantar de los pájaros. Ama, en presente del singular. Modo indicativo.
El mundo en el que habita le resulta increíble, y doloroso. Casi nunca lo soporta. Y sus libros
le permiten olvidarlo. La alejan de todo lo que no puede o no quiere ver.
Pero este mundo tiene algo único y hermoso que Agustina siempre ha amado. En pretérito
perfecto del plural. Agustina siempre ha amado la lluvia. La lluvia sobre su rostro. Sobre su
cuerpo de niña. Sobre su cuerpo de mujer. En todos los tiempos, en todos los modos. En
todas sus vidas y sus muertes. Agustina ama la lluvia. El olor a tierra húmeda. Las huellas
que las pisadas dejan en el barro. Ama las ventanas salpicadas con las gotas. El agua que
entra a través de las puertas. El color de las flores, y de todas las cosas, cuando el agua
atrae la luz hacia ellas.
El tiempo desaparece con la lluvia. Y el mundo le duele menos. Las reglas cambian. La gente
cambia. Ella cambia, no lo sabe, pero lo hace.
Siempre ha querido escribir sobre la lluvia pero no puede. Su belleza la supera. No queda
nada por decir. Nada que la vuelva presente. La esencia de la lluvia en sus palabras no
aparece. Y entonces sus lágrimas se mezclan con la lluvia. Y nadie puede notarlo. Sólo llora
cuando llueve para que nadie pueda verla. Las lágrimas se le caen a borbotones y nadie lo
nota.
Y los pasos de niña se le hacen más chicos cuando las lágrimas no caen al suelo. Y cuando las
flores se le pierden entre las nubes que cubren sus ojos. Ella se pierde entre la melodía que
el agua al caer va pronunciando, y parece que la tierra va diciendo su nombre con cada
lágrima. La tierra le grita.
¡Agustina!
¡ Agustina!
¡No me olvides!
¡Agustina!
El viento

Sara

-Y dime ¿qué sabe el mar de tus secretos?

-nada sabe, nada que yo no le he dicho.

Parece que el reloj se ha detenido


La luz permanece inasible en los mismos objetos
Las llaves nunca censan de abrir las puertas
Y el agua cae en la taza y seguirá cayendo toda la tarde
Que nunca ha terminado de comenzar
La brisa ha desaparecido
Las sombras de la gente en la calle constantes se reflejan en las paredes
Y el sonido de las hojas de una planta de café al moverse
Comienza una y otra vez indiferente al movimiento de las mismas

Quién podrá decirme


Cómo es el aroma de las rosas muertas
De mis huesos
Qué tristeza me hará llorar esta noche
Quién podrá decirme
Lo que las palabras no pueden decir
Lo que los versos intentan pero no cumplen
Lo que mis ojos no ven aunque lo deseen
Los secretos que el silencio arrastra
Y se lleva y llevará eternamente bajo sus brazos

Estoy sentada bajo un árbol. Es otoño, las hojas han empezado a caerse unas semanas
atrás. Es un gran árbol. Pienso en muchas cosas ahora. Y pienso en todos los que habremos
pensado junto a él. Los años que tiene este árbol. Cuántos secretos bajo la sombra que
nunca fueron rebelados él conocerá. De cuántas cosas habrá sido testigo. Él conoce
verdades que yo nunca sabré. Que nadie nunca supo. Cuántas lágrimas bajo este árbol viejo.

Cuando me fui de casa. Qué puedo decir sobre eso. Marcos quería que me quedará con él.
Pero yo no podía dejar sola a mi hermana Gertrudis. Y me fui con ella. Él nunca volvió a
hablarme. Lo busque algunas veces, sin resultado, me dijeron que se había ido de viaje pero
sin destino fijo, y después ya no supe nada más sobre él.

-¿Qué sabe el viento sobre las ventanas que yo no sepa?

-dime ¿qué sabe?


Estoy sentada escuchando la misma música que escuchaba cuando era chica. Me parece tan
lejana ahora. Tan distinta. Quizá yo soy la que he cambiado.
Pronto sólo se podrá hablar de mí en pasado. A Sara le gustaba esa música. Sara odiaba las
berenjenas. Siempre andaba acompañada de algún que otro gato. Pasado.
Tengo una taza de té en las manos. Está caliente. Me gusta tomarlo caliente, pero todavía
quema, así que lo soplo para que se enfríe, y muy despacio porque la taza está llena hasta el
borde.
Hace frío. Me cubro el cuerpo con una colcha vieja que era de mi abuela. Cuando tengo
miedo o me siento perdida por alguna cosa, busco esta manta y acerco lo que más puedo mi
nariz hasta ella, y respiro profundo. A veces, si lo hago con muchas ganas, aún puedo sentir
el aroma de mi abuela entre los hilos. El olor a canela de las comidas, la esencia de vainilla
que usaba para las tortas. Y en ese momento bajo su aroma, por un instante, el mundo
parece más seguro y mucho más real de lo que nunca lo hace.
Es mi último té. Mi última vez con esta colcha. La última vez que sentiré el olor de mi
abuela. Estoy empezando a sentirme cansada, tengo un poco de sueño, pero no es sueño. Los
ojos se me cierran. La música parece lejana.

Hay en mis ojos una lágrima


Que punza y pide a gritos salir
Bajo los árboles entre las hojas
Un murmullo me dice que lloverá pronto
Todas las veces que he callado
Todas
El silencio de mis ojos ha sido mis versos

El día que te fuiste me dijiste que no me amabas, que nunca lo habías hecho. Quizá haya
sido mejor así.

Arrastra el viento miles de nombres


Miles y cientas de páginas de algún libro destruido
Que nadie nunca volverá a leer
Arrastra el polvo que han pisado mis pies
La sombra de los gatos en los techos
El caminar de una vieja sobre las veredas
Las baldosas flojas
Los patios y el olor de los limoneros
Arrastra el viento tus pasos
Que han andado tan lejos que han sabido tanto y están tan llenos
Las mañanas que no ha salido el sol
Las risas de los niños que se escuchan en las calles
El sonido de las caracolas
Arrastra porque no se dejan
Las cosas quieren quedarse
Pero él se las lleva y grita y gime haciendo fuerza
El viento llora y las cosas se rinden y se las lleva.

Sara quería muchas cosas. Hablar de mí en tercera persona ya no me resulta tan extraño.
Quería ser astronauta. Como todos lo hemos querido alguna vez.

Las horas que se me han ido


Esperando
callando
Muriendo por dentro
Asesinándome
matando todo lo que he sido
Las veces que no he gritado
Las lágrimas que nunca lloré
Las palabras que nunca han salido de mi boca
Esto de ser mujer y ser sonámbula
De ver en blanco y negro y no en colores
De no saber nada más que sobre ollas y sartenes
De limpiar mi alma nadie me ha dicho nada
Los sueños que he ido matando ahora me están matando a mí
Y ahora que quiero gritar me he quedado muda
Las horas que se han ido
Ya no regresaran nunca
¡Ya no regresaran nunca!

La trama no descansa nunca.

Me casé. Siempre me caso. Estoy en una iglesia llena de gente y estoy vestida de novia. Las
mujeres visten de colores pasteles y por la ropa que usan se nota que es otoño. Los bancos
están adornados con rosas. Yo odio las rosas, me resultan tan aburridas.
Todas las noches, el mismo sueño. Me casé. Siempre me caso. Y cuando me voy descubro
que vos ya no estás, que te fuiste. Y todos me miran y me reprochan, me preguntan que
hago sola en este lugar, porqué no me fui con un hombre, con mí hombre. Y las palabras no
salen de mi boca. Intento decirles que no lo sé, que no puedo, que estoy perdida. Pero ellos
me miran con odio, con un odio intenso y profundo. Siento tanto miedo que me escondo y las
lágrimas se me caen de los ojos.
¿Por qué no me fui con un hombre?
¿Por qué un hombre no vino a rescatarme?
Después de ese día, después de ti, nunca supe amar a nadie.

Cuando tenía treinta años. Fuimos con mi hermana a comprarle una muñeca a mi sobrina. Al
cruzar la calle de la juguetería te vi a vos, Marcos, en una plaza que quedaba enfrente.
Vos no me reconociste, o hiciste de cuenta que no lo habías hecho. Yo no supe que hacer.
Parecías un hombre, un hombre muy diferente al que yo conocí. Y me resultaste tan extraño
y tan mío al mismo tiempo. Los ojos que miran siempre son los mismos.
Y quise acercarme. Me he imaginado cientas de veces acercándome a vos. Y que vos me
mirabas y que me decías las cosas que nunca me has dicho.
Es verdad el tiempo ha pasado. No puedo recuperar todas las veces que la vida se acercó a
mis manos, y yo simplemente desee esquivarla. No puedo recuperar todos esos instantes.
Siempre he esquivado la vida. Siempre he intentado acelerar las agujas. Hay algo en mí que
no quiere vivir. Siempre he sido una suicida loca. Siempre esperando la muerte.
Que pasaría si ahora no quisiera morirme. Cómo sería levantarme en las mañanas y querer
hacerlo. A veces los ojos en el espejo me dicen que soy una vieja. Siempre mirando atrás de
la cortina.
Quiero vivir ahora. Quiero amar ahora. Quiero un hombre puro y entero que quiera
quedarse. Quiero salir a la calle y ser yo. Y quiero respirar siempre igual. Quiero vivir hoy.
Pero sólo me quede ahí, mirándote. Viendo como el sol te daba en el rostro. Rogándole al
viento que hablara por mí. Las cosas que él me quitó. Las palabras que se llevó de mi boca y
que nunca escuchaste.
Recuerdo que leías un libro. Pero no pude ver cuál era.
Después mi hermana me llamó y ya no te vi más. Nunca más.
He leído cientos de libros después de aquel día, esperando que sean el que vos leías aquella
tarde.

- Sara ¿qué hora es?

Los colores, las frases hechas, la música


El olor a metal, el sabor de los mates
Todo parece borroso ahora
Hace tanto tiempo que no estás conmigo
A veces nunca fue
Nunca ha sido
Y las voces que teníamos cuando chicos
No puedo reconocerlas aunque me griten
Hemos perdido la agonía de sabernos nosotros en plural
No hay nada que pueda decir ahora
Si pudiera sobrevivir al instante en que más te amé
Preferiría no hacerlo

- son las siete en punto.

Estoy sentada tejiendo un pulóver. Estoy atrás de la ventana. Desde donde estoy puedo ver
las hojas secas que llenan la calle. El viento gris que juega a quién sabe a qué.
Desde acá puedo ver tantas cosas. Puedo ver a una mujer vieja preguntarle la hora a un
joven que pasa por su lado. - Ah, sí señora las cinco y cuarto. –No, no de nada.
A los chicos en la esquina que buscan piedras de diferentes colores y compiten a cuál de
ellas es más hermosa.
A un gato arriba de un árbol que no se anima a bajar.
Y a un hombre que pasa vendiendo flores y le regala una a mi vecina.
Pero no puedo ver la puerta de tu casa. Ni a tu mamá buscar a tu perro. Ni a vos robar
limones de la planta del vecino. No puedo verme a mí misma jugando a las escondidas, ni
saltar a la rayuela.
Estoy atrás de la ventana. Siempre atrás. Nunca adelante.
Los ojos. Mis ojos ya no sirven. Mis manos se han marchitado hace tiempo, mis palabras ya
no tienen sentido. Pero ahora el mundo que conozco desaparece. Se me vuelve borroso.
Que quiera morir ahora no es tan terrible. He querido morir tantas veces y he seguido viva.
Pero ya no puedo hacerlo más.
Ya no doy más.
Me he pasado los últimos treinta años fingiendo ser alguien que yo no soy. He servido
desayunos, hecho las camas, tejido mantas de todos los colores. Pero jamás pude tener un
poco de paz. Un poco de silencio. Y ahora que el mundo desaparece estoy tan acostumbrada
que parece ridículo vivir sin él. Vivir sin esas reglas estúpidas que nos marcan para siempre
y nos dicen quines debemos ser.
No se trata del amor. Tampoco de la falta de. Se trata de ser mujer. De ser la pantera que
está entre los barrotes. Se trata de no salir nunca de la jaula. Y de rendirse. De que nos
abran la puerta, y nuestros ojos vencidos ni siquiera noten que se ha abierto. O peor.
Mucho peor. Tener miedo. Miedo a lo que está del otro lado.

Las puertas están cerradas


Hemos quedado del otro lado
Afuera con los rechazados
No nos quieren abrir
Nos dicen que nos vayamos
Nosotros gritamos que queremos entrar
Que es nuestro derecho
Y nuestra voz desaparece tras la madera
Tras el hierro
Y nuestros ojos llenos de lágrimas
Patean la bronca
Y se van mirando un mundo sin puertas

-Marcos está.
-Marcos se ha ido.
Alguna vez creí que me odiabas. Que por eso no querías que hiciera lo que más me gustaba
hacer. Me llevo mucho tiempo descubrir que sentías miedo. Miedo a los otros. A lo que
significaba mirar más allá. Y supe que temías que mis mundos fueran más importantes para
mí que vos. Y sentí una lástima inmensa, porque tenías razón. Eran más importantes porque
en esos mundos, los de los libros, como pirata o dama inglesa, en un rincón escondida estaba
mi alma. En esas novelas, en los cuentos, era el único lugar en donde podía ser realmente yo.

-¿dónde están?
-¿qué estás buscando?
-¿vos sabés lo que busco?
-¿dónde están?
-Aquí no hay nada. Nada que vos tengas que encontrar.

Los rostros aturden lo que el espejo no sabe decir


Las caricias que nuestras manos desean
Y tiemblan intentando ocultar el amor por sentirse culpables
Una vez cuando chica encontré un pájaro muerto
en la puerta de casa y me largué a llorar
es el miedo a la muerte de la belleza
a que mañana los cielos sean grises para siempre
veinte años sin ver el sol
una vida entera siendo alguien más
alguien que tiene mi misma dirección
que se levanta a la misma hora todos los días
alguien que se viste como yo me visto
que usa el mismo perfume, que come lo mismo,
ese alguien que está afuera de mí,
ese alguien que no soy yo

Javier, mi marido.
Los pasos que no han dado mis ojos por él. Las veces que me he callado. Todo lo que no he
hecho.
-No me arrepiento de haberte sido fiel y acompañarte. Lamento el nunca amarte. El no
haber sabido cómo.

Déjenme morirme en paz.


Dejen que muera ahora. Hoy, en este día. No quiero seguir pudriéndome en esta cama.
Estoy cansada de las cortinas cerradas y los caldos y sopas.
Mi cuerpo y yo somos dos extraños. No podemos reconocernos entre nosotros. El espejo
me muestra algo de lo que yo no puedo escapar. Mis venas están secas.
Quiero irme de este mundo y no volver jamás.
Mamá no sabía leer. Su madre tampoco había aprendido. Y la madre de su madre tampoco.
Ambas, toda su vida la habían vivido en el campo. Mujeres de peones que tampoco sabían
leer, nunca creyeron que fuera importante.
Pero cuando mi madre se casó. No lo hizo con un peón. Pocos entendieron porqué mi padre
quiso casarse con la hija de la sirvienta. Muchos simplemente se acostaban con ellas, y se
casaban con mujeres de su condición.
Pero mi padre era mucho más terco que eso. Mi padre siempre fue un hombre muy
inteligente, pasaba los días enteros leyendo historias, novelas y cuentos extraordinarios.
Fue así como empecé a leer.
Mi madre odiaba que lo hiciera. Decía que debía ocuparme de muchas otras cosas. Pero mi
padre nunca la escuchó, no en eso. Ella tomaba todas las decisiones en la casa. Pero sobre
mí jamás pudo opinar absolutamente en nada mientras él vivió.

Dónde estarán esos reflejos reprimidos


Esas lágrimas que intentaron caer mil veces
y mil veces fueron ahogadas
las paredes que sabían lo que no sabían las puertas
los días que no cayó la lluvia
donde estarán
los agujeros en las cortinas
las cartas que no dicen nada
las fotografías de un verano que se fue
dónde estarán mis deseos
mi pensamiento de mujer atrás de las ventanas
en la oscuridad
agonizante
dónde cae el sol cuando no hay cielos
los minutos que se me van
el tiempo que me persigue entre mis párpados caídos
la humedad de mis huesos en las noches de luna ausente
qué será de este mar que las olas erosionan
qué será de mis ilusiones en este respirar sin sueños

Pasos que se alejan en la vereda


Me golpean de tanto reprocharme
Podría haber gritado y hacerte callar
Pedirte que me escuches
Las puertas cerradas han permanecido diciendo
palabras
palabras y más palabras

Dicen que a veces las tormentas rompen fuerte en los trigales y la lluvia les traspasa el
alma.
A veces cuando chica corría entre las calles y me embarraba y me reía con ganas porque
miles de gotas entraban en mi e invadían todo mi cuerpo. Ahora estoy aquí, escribiendo en
esta habitación. Sola. Y me siento como todas esas veces. Las palabras son la vida de mis
muertes. Yo no puedo dejar de escribir. Lo he intentado sientas de veces. Hubiera
preferido ser lo que todos quieren que sea. Pero esta soy yo. Así dios me quiso en este
mundo. Él sabe que es más fuerte que cualquier vida roja entre las lunas. Yo no sé lo que
digo, solo amo las palabras. Y poner una tras otra. Llenar el vacío. La música cubre el
silencio. la pintura los espacios. Yo no puedo ver las hojas. No puedo ver. No puede dejar de
decir. He dicho tan poco toda mi vida. Ya no puedo dejar de decir. Quiero ser la tormenta
en los trigales. Quiero arrasar con todo. Ya no me importa nada más. Ya no puedo con nada
más.

Las veces que el tiempo ha derretido mis párpados en las noches que la espera me consumió.
Cuando el silencio atraviesa mis huesos y me inunda el alma. Qué palabras podrían describir
la ausencia. La falta de algo que nunca estuvo, pero siento que fue mío por tanto tiempo que
no sé cómo respirar sin él.
Miles de palabras trilladas se asoman a mi boca y quieren salir. Poesías que he leído, frases
que nunca me atreví a decir en voz alta. Las veces, las cientas y miles de veces que me he
quedado muda. Aún el tiempo parece romperse y quebrarse cuando siento que ya no queda
nada, que nunca lo hubo, que nunca lo habrá.
Y ahora que la habitación está llena de gente, no me importan esos rostros vacíos que no me
dicen absolutamente nada. Pero me concentro en ellos para no recordar que vos estás ahí.
En todos los rincones, en el aura que se desprende de la música, en las vibraciones de la voz
de un anciano, en las risas que no dicen nada más que mentiras. Y no puedo mirarte a los
ojos por el simple terror de que en los míos allá alguna cosa que te parezca aborrecible o
estúpida.

El sonido me aturde las palabras que no saben cómo salir. Una risa parece haberse escapado
entre las copas de cristal que se saludan unas a otras constantemente. Las cabezas
adornadas de unos pobres tontos, y los cuellos llenos de piedras de colores, hacen parecer
la habitación una sala de baile de los cuentos de hadas.
Vos estás debajo de la mesa escondido porque es tarde y los chicos debemos estar
durmiendo. Yo estoy debajo de la mesa porque es mí mesa, ya que es mí casa. Estoy
escondida debajo de la mesa porque vos estás ahí.
Algunos pies nos sonríen desde lejos. Nada más.
Tenés un pedazo de torta en las manos que acabás de robarte. Me miras una vez, miras la
torta y volvés a mirarme. Me estirás la mano como diciéndome que agarre la torta y asentís
con la cabeza. Pero no estás solo. Tu perro te siguió y atrapa el pedazo de torta y sale
corriendo por la pista de baile entre los cuellos de colores y los trajes negros que parecen
de velorio. Se arma un alboroto impresionante y vos salís corriendo atrás de tu perro. Yo
me quedo mirando desde un costado hasta que mi madre me ve y me reta y me dice que me
vaya a mi cuarto.

Estuve castigada cinco días por eso. El primer día que finalizó el castigo conocí tu casa y a
tu madre.

En dónde caerán las próximas lluvias, mi amor.


Las flores se están secando. No hay espuma en los campos de sol. No hay murmullos en los
bosques. Alguien ve por la ventana a unas niñas que caminan por las calles jugando a ser
unas señoras grandes, que con sus bastones siguen los surcos que los caballos han ido
dejando.
El cielo está gris. Mi corazón también lo está.
Hay un momento en el día en que los cielos parecen confundirse, y la primavera parece
renacer aunque sea invierno. Es ese minuto tonto y peligroso en donde creo que vos vas a
venir. Y vas a golpear mi puerta y como en los cuentos de hadas vas a rescatarme de este
mundo que odio. Pero no existen héroes en esta tierra vieja. Mis huesos también están
viejos. Entonces el minuto siguiente es el peor de los minutos. Y lo odio. Y me odio a mí.
Odio a mi hermana. A esta casa y sus paredes. Odio mi sexo oculto tras estas ropas que lo
disfrazan, que lo empobrecen y lo dejaron marchitarse.
Una vez cuando tenía quince años alguien me dijo al oído que era hermosa, pero mi hermana
no lo quiso. No sé sí por vergüenza o por celos. Sea como sea yo le hice caso. Mamá tampoco
lo quería. Hubo algunos otros que quizá alguna vez con su mirada me dijeron algo parecido.
Pero mis ojos los esquivaron a todos. No porque no quisiera. Sino por todo lo que quería.
Después de tantos años mis senos siguen siendo vírgenes, mi cuerpo jamás ha sido tocado
por un hombre.
Si alguien me tocara ahora creo que me rompería en mil pedazos.

Dejame ser lo que nunca podré ser


La espuma en el vientre de la tierra
Las condiciones que tu mente traza para seguir caminando por las veredas.
Tengo terror a perderme, a dejar de soñar los sueños que la mente me niega. Tengo menos
ahora de lo que nunca he tenido.

Levantarse por las mañanas. Antes de que salga el sol. Ver cuando empieza a subir.
Escuchar los pasos de mi hermana que baja las escaleras antes que yo y pone el agua para el
mate a calentar. Barrer la galería. Abrir las ventanas para que comience a entrar la luz.
Poner la radio y escuchar las noticias.
Estoy harta de todo eso. De las mañanas. Odio las mañanas. Quiero dormir. No quiero
horarios, ni sol, ni luna, ni nada. Quiero poder gritar que estoy cansada, que no doy más. No
doy más. Necesito un poco de paz. Alguna vez creí que este mundo era sólo eso. Un mundo
perdido en donde nosotros debemos encontrarnos.
Qué me trajo a este lugar. A esta casa. A estos muebles, a estas cortinas. Quisiera ver el
mar. Nunca he visto el mar. Me han dicho que es hermoso. Infinito, me han dicho. Infinito.
“Es como cerrar los ojos”. Pero cuando yo cierro los ojos sólo hay vacío, yo quiero sentir
que hay algo más allá, mucho más allá de mí.
Y que puedo tocar aunque sea una parte, un extremo, y quizá haya alguien del otro lado que
sienta lo mismo. Porque el mar tiene un límite, otra cara, otra orilla, yo quiero llegar a la
otra orilla, quiero ver el sol en las mañanas desde el otro lugar, con otras gentes.
Quizá haya otro mundo totalmente distinto del otro lado, y yo no me atrevo a ni siquiera a
pensar en él.
Hay otro mundo con otras gentes de otros colores, con otros olores y que saben distinto.
Hay otro mundo con otras gentes que ven el otro lado del sol y que no saben que existe este
lado. Esta orilla. Y que no sospechan de mí, no saben nada de mí, ni de vos, ni de lo que
fuimos. Todos los que estamos mirando, cuántos somos los que estamos mirando.

las palabras
muertos de miedo
mis labios tiemblan
sobre el lápiz una vez hubo un amor
ahora la madera gastada
se ha separado de la mina

Cómo ordenar las palabras.


Qué lugar ocupan en mi mente. En la tuya.
Qué círculo gira en nuestras vidas a través de ellas
Qué sentido oculto podrá descubrirse en ellas.
Muchos poetas han tratado de domarlas. Muchos han tratado de jugar con ellas. y sé que
muchos han sabido que era inútil.
Cómo darle sentido a esto que escribo si no lo tiene. Mi mente ha dibujado las hojas antes
que yo. Ella es dueña del orden de lo que llevo dentro. Qué estructura puedo darle a mi
alma. Mi alma desconoce el verso y la rima. No sabe nada de puntuaciones ni ortografía. Mi
alma sabe las palabras que nunca tendrán sentido.
Mis ojos miran el vaso y sólo ven el vidrio. Mis ojos son como las manos. No son lo que digo.
No son nada más que el intento desesperado de ser un único amor. Entre miles de palabras
sólo buscaré una. Y el poema más hermoso de esta tierra será tan simple como lo simple.
Como el hecho más cotidiano y más profundo. Que el ser se funde en los minutos y no en los
largos siglos.

Parece mentira este sabor a miedo. Las hojas que he escrito los últimos años no dicen nada
sobre mí. Yo no estoy en ellas. Me he perdido entre los estantes y no puedo encontrarme.
Quise decir todo lo que nunca he dicho. Quise que mis palabras dijeren todo lo que mis
sentidos han visto y tocado. Todo lo que gira alrededor de mi cuerpo. Pero están vacías y no
saben a nada.

A vos te gustaba tocar el chelo. Yo no sabía nada de instrumentos. Tampoco sabía mucho de
música, no más de la que mi abuela me hacía escuchar.
Una vez tu madre nos llevó al teatro a ver una orquesta que tocó una sinfonía de
Tchaikovsky. Fue hermoso. Cuando terminó la función vos fuiste a conocer a los músicos, y
después de que estuviste charlando por bastante tiempo fuimos a tomar un helado.
Al día siguiente te pusiste a practicar lo mismo que habían hecho los músicos en tu chelo y
yo podía escucharte desde mi casa. Nunca dejabas que nadie estuviera en la misma
habitación que vos cuando ensayabas.
Unos años después, cuando teníamos trece años, una tarde que estabas ensayando fui a
verte, y me hiciste seña de que pasara y seguiste tocando. En esa habitación pudo haber
miles de personas, pero solo estábamos nosotros dos y la música. Nunca estuve tan cerca
de vos como ese día. Nunca te he amado como te amé ese día.

Agustina se muere. Se le van los aires de mar. Se le van los colores.


Las manos ya no tienen vida. Los ojos no miran. Agustina cae en el vacío. Y no deja de caer.
Ya no quiero ser Agustina.

Otra vez cae la tarde


Se supone que ambos sabemos que el
Olvido
Ha sido un desgracia
Yo le pido a la tierra un milagro hoy
Pero mi voz no tiene la fuerza suficiente
Otra vez los miedos amenazan
Si sabes de algún lugar en donde estemos
Cuéntame un cuento mientras cae la tarde

Ya nos echan de la tierra


Nos dicen que debemos irnos
Que ya nada nos pertenece
Yo estoy acá mirando cómo lo único que conozco se desvanece
Qué destino puede pertenecerme ahora
Si los días se van y ya no puedo reconocerlos
El sol ya nos es el dios de nuestros ojos
Y los labios ya no saben a frutos salvajes
Nos echan de la tierra
Siempre nos echan de la tierra.
Volveremos soñando con los montes
Un mundo sin esclavos y sin fronteras
Que las guerras de mis ancestros saben a polvo
Polvo de muertos y tambores de la tierra.

He intentado comprender este sabor


Ahora estoy aquí parada llorando pétalos de sal
Y siento que estoy perdiendo algo
Que está fuera de mí
Soy un poco tímida todavía
Y me gustan las tortas al quemarse
Pero creo que este amor que ha muerto
Es el renacer de otros caminos
Siento que mis manos saben a otros hombres
Y que el dolor que reina en mi es un abrazo
Como cuando caminamos por el sol
y una ráfaga de viento nos alivia

dejarte en las noches parece simple


pero las sábanas gritan que falta tu piel
estoy podrida de este mundo y de todo lo que significa
de las casas y sus fachadas
de los perros y los arbolitos
de los autos de juguete y de los rubios platinados
podrida de la lluvia del no de decir y del que dirán
no me importa el mundo que se pudra todo que se pudran todos no0 los quiero que se vayan
a cagar
muéranse todos juntos bolas de mierda conchudos y estúpidos inservibles inútiles que se
pudran en el infierno
asquerosos de mierda
no me importa lo que piensen de mí y si saben o no pensar

cagadas para todos

no me dejes esta vez no te dejo ir


y si te vas sabrás que hay otro mundo
y otros ojos
pero yo me iré como los bosques
y no regresaré nunca más

te vi morir esta mañana


te rompiste en mil pedazos
y caíste al agua
yo ahora soy una loca
en un río buscando pedazos de alma
voy y vengo de orilla en orilla
y el agua simplemente pasa

el aire me absorbe los ojos viejos


las viejas lágrimas
un vals
un amor que no fue
un amor que será
siempre llueve en las películas de amor
mi alma amaneció húmeda esta mañana
siempre son los vasos vacíos
los que nos devoran
hoy iré hacia la orilla más extraña
y no pienso regresar

Las horas que no vuelven. Te perdí hace mucho tiempo. A veces creo encontrarte, otras te
busco en las calles llenas de gentes. Pero los rostros me saben vacíos.
Ayer te vi. Parece algo simple, pero no lo es.
He perdido cuántas horas soñándote, imaginándote vivo y respirando.
Hoy soñé con unos ojos que miraban por la ventana. Quiero estar en la calle, y quiero ser
esa mujer que alguna vez te amó.
Las horas no vuelven, el viento se las ha llevado para siempre. Y aunque intento correr tras
él, no puedo atraparlo.
Gracias por existir.
Todavía quedan algunos minutos, quizá los aproveche y deje de jugar a la escondida.
Es igual al vals de Miller. Estoy parada a tu puerta. Siempre lo estado.
Es hora de que golpee y de que tú salgas para jugar en la vereda.

Yo le pido a la tierra un milagro hoy


Un vals que me lleve al hombre que amé
Al que todavía amo
Un simple vals puede ser suficiente
Los pasos
Las hojas
Las horas
Quiero aclarar, que las poesías que aparecen en la obra no son mías, sino de un personaje. Y
que la riqueza de las mismas, tanto como su sabiduría y evolución no se deben a mí. Si no a
la riqueza, sabiduría y evolución de ese personaje. Que ese personaje haya sido inventado
por mí, y que haya mucho de mí en él, es un misterio que como cualquier misterio sólo es
mágico si no es revelado nunca.
Siento que mi obra haya sido tan triste, mi intención al escribirla era poder decir lo que
nunca me han dicho. La tristeza y la risa son lo que une a todos los seres humanos. Todos
hemos llorado alguna vez, y nos hemos reído, y hemos vuelto a llorar.
El amor perdido es un amor único, porqué nos eleva al nivel más alto de nuestra imaginación.
Los hilos que hemos ido atando para sobrevivir. La esperanza es nuestra proeza más
impresionante, y la fantasía y la imaginación son los alimentos básicos para mantenernos en
pie todos los días.
Sí, hay mucho de mí en estas páginas. Espero que ustedes puedan decir lo mismo.

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