República Bolivariana de Venezuela
Ministerio del Poder Popular para la Educación Universitaria
Ministerio del Poder Popular para Relaciones Interiores, Justicia y Paz
Universidad Nacional Experimental de la Seguridad
UNES – MARACAY
VICTIMAS VULNERABLES
Lic. En Administración de Desastres Integrantes:
Trayecto IV- Antonieta Romero
C.I: 17.578.164
- Hernán Naranjos
C.I: 9.436.763
Maracay, Abril del 2022
Los estudios sobre el crimen desde una perspectiva vulnerable están en
sus iniciosy la principal característica ha sido la identificación de los delitos más
comunes, los espacios geográficos con mayores índices delictivos, así como la
descripción de las características sociodemográficas de las víctimas. En contraste,
a escala internacional, los estudios sobre víctimas se pueden agrupar en dos
grandes vertientes: Por un lado están los estudios que tratan de determinar los
factores detrás de la decisión de cometer el delito, mientras que por el otro están
los trabajos que buscan identificar (o determinar) las variables que inciden sobre la
probabilidad de ser víctima de un delito. Desde el punto de vista de la teoría
económica, un individuo decide cometer un crimen si la utilidad esperada de
cometer el delito es mayor que lo que espera obtener de una actividad alternativa
legal. En general, hay tres tipos de variables involucradas en una decisión
criminal: ingreso pecuniario del crimen, costo de oportunidad del crimen y
probabilidad de ser atrapado(a) y castigado(a). La creciente tendencia de la
actividad criminal puede ser, entonces, explicada por el aumento en el ingreso
esperado de la actividad criminal o por una disminución de los costos de
oportunidad de las actividades legales. El ingreso esperado de una actividad
criminal, a su vez, puede aumentar por dos motivos: reducción de la probabilidad
de ser atrapado y castigado o aumento del ingreso pecuniario del crimen, o por
una combinación de ambos.
El abuso sexual de menores se refiere a cualquier conducta sexual
mantenida entre un adulto y un menor. Más que la diferencia de edad -factor, sin
duda, fundamental que distorsiona toda posibilidad de relación libremente
consentida-, lo que define el abuso es la asimetría entre los implicados en la
relación y la presencia de coacción -explícita o implícita-. No deja, por ello, de ser
significativo que el 20% del abuso sexual infantil está provocado por otros
menores.Las conductas abusivas, que no suelen limitarse a actos aislados,
pueden incluir un contacto físico (genital, anal o bucal) o suponer una utilización
del menor como objeto de estimulación sexual del agresor (exhibicionismo o
proyección de películas pornográficas). No es fácil determinar la incidencia real de
este problema en la población porque ocurre habitualmente en un entorno privado
la familia y los menores pueden sentirse impotentes para revelar el abuso. Según
la primera encuesta nacional, llevada a cabo en adultos, sobre la historia de abuso
sexual, un 27% de las mujeres y un 16% de los hombres reconocían
retrospectivamente haber sido víctimas de abusos sexuales en la infancia. La tasa
de prevalencia de abusos sexuales graves propiamente dichos, con implicaciones
clínicas para los menores afectados, es considerablemente menor (en torno al 4%-
8% de la población). Las víctimas suelen ser más frecuentemente mujeres (58,9%)
que hombres (40,1%) y situarse en una franja de edad entre los 6 y 12 años, si
bien con una mayor proximidad a la pubertad. Hay un mayor número de niñas en
el abuso intrafamiliar (incesto), con una edad de inicio anterior (7-8 años), y un
mayor número de niños en el abuso extrafamiliar (pederastia), con una edad de
inicio posterior (11-12 años). No hay una correspondencia directa entre el
concepto psicológico y el jurídico de abuso sexual. En primer lugar, el concepto
psicológico y hasta coloquial de abuso sexual se refiere al ámbito de menores. Sin
embargo, en el vigente Código Penal esta figura delictiva se limita a aquellos actos
no consentidos que, sin violencia ni intimidación, atenten contra la libertad sexual
de una persona, sea esta mayor o menor.
En la mayor parte de los casos el abuso sexual infantil suele ser cometido
por familiares (padres, hermanos mayores, etc.) es el incesto propiamente dicho- o
por personas relacionadas con la víctima (profesores, entrenadores, monitores,
etc.) En uno y otro caso, que abarcan del 65% al 85% del total y que son las
situaciones más duraderas, no suelen darse conductas violentas asociadas. Los
abusadores sexuales, que frecuentemente muestran un problema de
insatisfacción sexual, se ven tentados a buscar esporádicas satisfacciones
sexuales en los menores que tienen más a mano y que menos se pueden resistir.
En estos casos los agresores pueden mostrar distorsiones cognitivas para
justificarse ante ellos mismos por su conducta: "mi niña está entera", "la falta de
resistencia supone un deseo del contacto", "en realidad, es una forma de cariño",
etc. La situación habitual incestuosa suele ser la siguiente: un comienzo con
caricias; un paso posterior a la masturbación y al contacto buco genital; y, solo en
algunos casos, una evolución al coito vaginal, que puede ser más tardío (cuando
la niña alcanza la pubertad). En otros casos los agresores son desconocidos. Este
tipo de abuso se limita a ocasiones aisladas, pero, sin embargo, puede estar
ligado a conductas violentas o a amenazas de ellas. No obstante, la violencia es
menos frecuente que en el caso de las relaciones no consentidas entre adultos
porque los niños no ofrecen resistencia habitualmente.Por otra parte, los niños con
mayor riesgo de victimización son aquellos con una capacidad reducida para
resistirse o revelarlo, como son los que todavía no hablan y los que muestran
retrasos del desarrollo y discapacidades físicas y psíquicas. Asimismo son
también sujetos de alto riesgo los niños que se encuentran carentes de afecto en
la familia, que pueden inicialmente sentirse halagados por la atención de la que
son objeto, al margen de que este placer con el tiempo acabe produciendo en
ellos un profundo sentimiento de culpa.
Las conductas incestuosas tienden a mantenerse en secreto. Existen
diferentes factores que pueden explicar los motivos de esta ocultación: por parte
de la víctima, el hecho de obtener ciertas ventajas adicionales, como regalos, o el
temor a no ser creída, junto con el miedo a destrozar la familia o a las represalias
del agresor; y por parte del abusador, la posible ruptura de la pareja y de la familia
y el rechazo social acompañado de posibles sanciones legales. A veces la madre
tiene conocimiento de lo sucedido. Lo que le puede llevar al silencio, en algunos
casos, es el pánico a la pareja o el miedo a desestructurar la familia; en otros, el
estigma social negativo generado por el abuso sexual o el temor de no ser capaz
de sacar adelante por sí sola la familia. De ahí que el abuso sexual pueda salir a la
luz de una forma accidental cuando la víctima decide revelar lo ocurrido -a veces a
otros niños o a un profesor- o cuando se descubre una conducta sexual
casualmente por un familiar, vecino o amigo. El descubrimientodel abuso suele
tener lugar bastante tiempo después (meses o años) de los primeros incidentes.
No todas las personas reaccionan de la misma manera frente a la
experiencia de victimización, ni todas las experiencias comparten las mismas
características. El impacto emocional de una agresión sexual está modulado por
cuatro variables: el perfil individual de la víctima (estabilidad psicológica, edad,
sexo y contexto familiar); las características del acto abusivo (frecuencia,
severidad, existencia de violencia o de amenazas, cronicidad, etc.); la relación
existente con el abusador; y, por último, las consecuencias asociadas al
descubrimiento del abuso. En general, la gravedad de las secuelas está en función
de la frecuencia y duración de la experiencia, así como del empleo de fuerza y de
amenazas o de la existencia de una violación propiamente dicha (penetración
vaginal, anal o bucal). De este modo, cuanto más crónico e intenso es el abuso,
mayor es el desarrollo de un sentimiento de indefensión y de vulnerabilidad y más
probable resulta la aparición de síntomas. Respecto a la relación de la víctima con
el agresor, lo que importa no es tanto el grado de parentesco entre ambos, sino el
nivel de intimidad emocional existente. De esta forma, a mayor grado de intimidad,
mayor será el impacto psicológico, que se puede agravar si la víctima no recibe
apoyo de la familia o se ve obligada a abandonar el hogar. Por otro lado, en lo que
se refiere a la edad del agresor, los abusos sexuales cometidos por adolescentes
resultan, en general, menos traumatizantes para las víctimas que los efectuados
por adultos. Por último, no se puede soslayar la importancia de las consecuencias
derivadas de la revelación del abuso en el tipo e intensidad de los síntomas
experimentados. La reacción del entornodesempeña un papel fundamental. El
apoyo parental -dar crédito al testimonio del menor y protegerlo, especialmente de
la madre, es un elemento clave para que las víctimas mantengan o recuperen su
nivel de adaptación general después de la revelación. Probablemente la sensación
de ser creídos es uno de los mejores mecanismos para predecir la evolución a la
normalidad de los niños víctimas de abuso sexual.
El abuso sexual en la infancia es un fenómeno invisible porque se supone
que la infancia es feliz, que la familia es protectora y que el sexo no existe en esa
fase de la vida. Sin embargo, el abuso sexual infantil puede llegar a afectar a un
15%-20% de la población (a un 4%-8% en un sentido estricto), lo que supone un
problema social importante y que afecta a uno y otro sexo (especialmente a
niñas). Los menores no son, sin embargo, solo víctimas de las agresiones
sexuales, sino que también pueden ser agresores. De hecho, el 20% de este tipo
de delitos está causado por otros menores. Las consecuencias de la victimización
a corto plazo son, en general, devastadoras para el funcionamiento psicológico de
la víctima, sobre todo cuando el agresor es un miembro de la misma familia y
cuando se ha producido una violación. Las consecuencias a largo plazo son más
inciertas, si bien hay una cierta correlación entre el abuso sexual sufrido en la
infancia y la aparición de alteraciones emocionales o de comportamientos
sexuales inadaptados en la vida adulta. No deja de ser significativo que un 25% de
los niños abusados sexualmente se conviertan ellos mismos en abusadores
cuando llegan a ser adultos. El papel de los factores amortiguadores -familia,
relaciones sociales, autoestima, etc.- en la reducción del impacto psicológico
parece sumamente importante, pero está aún por esclarecer.
En el ámbito de las relaciones de género, la agresión contra la mujer, sea
cual sea la forma en la que se exprese o la denominación que se le dé, siempre
causa trastornos emocionales profundos y duraderos. En los estudios realizados
en el ámbito de la violencia de género permiten asegurar que éste es un problema
cultural y de aprendizaje que se sustenta en el poder masculino. Este poder se
manifiesta, principalmente, en circunstancias difíciles productoras de tensión que
acrecienta los conflictos, las crisis morales y confunde los valores, convirtiéndose
en una espiral que asciende, se propaga y se emplaza en las relaciones de pareja.
Este poder masculino se aprende a través de las prácticas familiares de
socialización, de los medios de comunicación y de la educación, pues éstos
reproducen patrones sexistas que mantienen vivos los rasgos patriarcales.
Socialmente, se enseña a los varones, desde niños, a solucionar los conflictos
echando mano a la violencia; se le enseñan roles de poder. Esto queda
demostrado cuando se analizan las estadísticas, pues éstas reflejan que “en el
76% de las parejas en el ámbito mundial, ocurre maltrato del hombre hacia su
compañera”. Este altísimo porcentaje pone de manifiesto que esta forma de
violencia, no es un hecho aislado, sino un problema social que afecta
significativamente a mujeres del mundo entero en sus relaciones de pareja, las
cuales se derivan de relaciones de poder. Mediante las investigaciones el hombre
ejerce la violencia contra la mujer para mantener el control o dominio sobre quien
considera de su propiedad, o cuando intenta moverse de la condición de
subordinación”. Consonantemente, diversos investigadores concuerdan con esta
autora en afirmar que como la violencia está basada en una relación de poder no
necesita para su legitimación de ninguna patología, desviación o trastorno, sino
que en la práctica, el perfil de los hombres maltratadores es similar al de cualquier
hombre que no es maltratador.
En relación con las características y forma de manifestarse el maltrato a la
mujer e incluso en ancianos, uno de los aspectos más importantes que se debe
tener en cuenta es suintermitencia: desaparece y reaparece en momentos
distintos. Primero se “acumula mucho malestar” y se producen roces frecuentes
entre la pareja; a continuación, sobreviene el “acto más violento”, en el que estalla
todo ese malestar ocurre la mayor agresión, que puede ser física, verbal o
psicológica. En último lugar, se genera una situación llamada “luna de miel”, en la
que el agresor se arrepiente, se disculpa y promete que nunca más volverá a
maltratarla. Pasado cierto tiempo, este ciclo vuelve a repetirse.
En la fase desencadenante, los maltratos iniciales rompen el espacio de
seguridad erigido inicialmente por la pareja sobre la base de una relación afectiva,
espacio donde la mujer había depositado su confianza y expectativas. Esta ruptura
ocasiona en la mujer maltratada un patrón general de desorientación, pérdida de
referentes de seguridad, reacciones de estrés y depresión.
• En la fase de reorientación, la mujer maltratada busca nuevos referentes de
seguridad e intenta reordenar sus esquemas cognitivos para evitar la disonancia
entre su conducta y la realidad traumática que está viviendo. Se autoinculpa de la
situación y entra en una fase de indefensión y resistencia pasiva.
• En la fase de afrontamiento, la mujer víctima del maltrato, adopta el modelo
mental de su esposo y busca vías de protección de su integridad psicológica,
tratando de manejar la situación traumática.
• En la fase de adaptación, la mujer culpa a los demás del maltrato,
consolidándose el Síndrome a través de un proceso de identificación con el
modelo mental explicativo de la pareja acerca de la situación vivida en el hogar y
sobre las causas que la han originado.
De lo expuesto se deriva que el Síndrome de Adaptación Paradójica a la
Violencia Doméstica es un proceso suscitado por el miedo, incrementado por el
aislamiento y la carencia de apoyo externo perceptible, y mantenido por ciertos
estilos de personalidad en la víctima.
REFERENCIAS BICLIOGRAFICAS
- Activistas de Amnistía Internacional Venezuela. En:
amnistia.me/profiles/blogs/tipicidad-del-concepto.
- Echeburúa, Enrique. Amor, Pedro y Corral, Paz. (2002). Mujeres
maltratadas en convivencia prolongada con el agresor: Variables
Relevantes. Acción Psicológica, 1, 135-150.
- Ley Orgánica sobre el Derecho de la Mujer a una vida libre de Violencia.
(2007). Gaceta Oficial de la República de Venezuela: 2635. (Extraordinario).
Caracas
- Montero Andrés. (2010): El síndrome de la Adaptación Paradogica a la
Violancia Doméstica. (Sociedad Española de Psicología de la Violencia -
www.sepv. org).
- . Noguerol, V. (1997). Aspectos psicológicos del abuso sexual infantil. En J.
Casado, J.A. Díaz y C. Martínez (Eds.) (1997). Niños maltratados. Madrid.
Díaz de Santos, pp. 177-182.
- Sociedad Española de Psicología de la Violencia: Síndrome de Adaptación
Paradójica a la Violencia Doméstica. (Sociedad Española de Psicología de
la Violencia - www.sepv.org).