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El Lazarillo de Ciegos Caminantes

Este documento describe la vida de los "gauderios", jóvenes pobres que vagan por el campo en Montevideo y sus alrededores. Se dedican a tocar la guitarra y cantar canciones, y dependen de la hospitalidad de los granjeros locales para su sustento. A menudo se juntan en grupos para cazar vacas salvajes y comer su carne cruda o asada de formas poco convencionales, como prender fuego al sebo dentro del estómago de la vaca.

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El Lazarillo de Ciegos Caminantes

Este documento describe la vida de los "gauderios", jóvenes pobres que vagan por el campo en Montevideo y sus alrededores. Se dedican a tocar la guitarra y cantar canciones, y dependen de la hospitalidad de los granjeros locales para su sustento. A menudo se juntan en grupos para cazar vacas salvajes y comer su carne cruda o asada de formas poco convencionales, como prender fuego al sebo dentro del estómago de la vaca.

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El lazarillo de ciegos caminantes.

Alonso Carrió de la Vandera. 1773.

Gauderios
Estos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y
peor vestido, procuran encubrir con uno o dos ponchos, de que hacen cama con los sudaderos
del caballo, sirviéndoles de almohada la silla. Se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar
muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su
cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Se pasean a su albedrío por toda la campaña
y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su costa y pasan las
semanas enteras tendidos sobre un cuero, cantando y tocando. Si pierden el caballo o se lo
roban, les dan otro o lo toman de la campaña enlazándolo con un cabestro muy largo que
llaman rosario. También cargan otro, con dos bolas en los extremos, del tamaño de las
regulares con que se juega a los trucos, que muchas veces son de piedra que forran de cuero,
para que el caballo se enrede en ellas, como asimismo en otras que llaman ramales, porque se
componen de tres bolas, con que muchas veces lastiman los caballos, que no quedan de
servicio, estimando este servicio en nada, así ellos como los dueños.

Muchas veces se juntan de éstos cuatro o cinco, y a veces más, con pretexto de ir al
campo a divertirse, no llevando más prevención para su mantenimiento que el lazo, las bolas
y un cuchillo. Se convienen un día para comer la picana de una vaca o novillo: le enlazan,
derriban y bien trincado de pies y manos le sacan, casi vivo, toda la rabadilla con su cuero, y
haciéndole unas picaduras por el lado de la carne, la asan mal, y medio cruda se la comen, sin
más aderezo que un poco de sal, si la llevan por contingencia. Otras veces matan sólo una
vaca o novillo por comer el matambre, que es la carne que tiene la res entre las costillas y el
pellejo. Otras veces matan solamente por comer una lengua, que asan en el rescoldo. Otras se
les antojan caracuces, que son los huesos que tienen tuétano, que revuelven con un palito, y
se alimentan de aquella admirable sustancia; pero lo más prodigioso es verlos matar una vaca,
sacarle el mondongo y todo el sebo que juntan en el vientre, y con sólo una brasa de fuego o
un trozo de estiércol seco de las vacas, prenden fuego a aquel sebo, y luego que empieza a
arder y comunicarse a la carne gorda y huesos, forma una extraordinaria iluminación, y así
vuelven a unir el vientre de la vaca, dejando que respire el fuego por la boca y orificio,
dejándola toda una noche o una considerable parte del día, para que se ase bien, y a la
mañana o tarde la rodean los gauderios y con sus cuchillos va sacando cada uno el trozo que
le conviene, sin pan ni otro aderezo alguno, y luego que satisfacen su apetito abandonan el
resto, a excepción de uno u otro, que lleva un trozo a su campestre cortejo.

Venga ahora a espantarnos el gacetero de Londres con los trozos de vaca que se ponen
en aquella capital en las mesas de estado. Si allí el mayor es de a 200 libras, de que comen
doscientos milords, aquí se pone de a 500 sólo para siete u ocho gauderios, que una u otra vez
convidan al dueño de la vaca o novillo, y se da por bien servido. Basta de gauderios, porque
ya veo que los señores caminantes desean salir a sus destinos por Buenos Aires.

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