PRESENTACION
NOMBE: Nikauris Ramirez
DOCENTE: Alejandro Ogando
CENTRO DE ESTUDIOS: Instituto Bíblico Esdras (IBE)
MATERIA: Iglesia Post Moderna
TEMA: La Iglesia Apostólica
MATRICULA: 074
FECHA: 9 de septiembre 2022
Introducción
El cristianismo postmoderno es una visión de esta religión muy asociada con el cuerpo de escritos
conocidos como filosofía postmoderna.Todo parece indicar que la presencia de la Iglesia en el
mundo se debilita y a medida que van desapareciendo las generaciones de mayores se va
quedando más desasistida.
El cristianismo postmoderno es una visión de esta religión muy asociada con el cuerpo de
escritos conocidos como filosofía postmoderna.
Aunque es relativamente reciente su desarrollo en la religión cristiana, algunos cristianos
postmodernos aseguran que su pensamiento tiene una afinidad con los pensadores
cristianos primigenios, como San Agustín o Santo Tomás de Aquino, así como místicos
cristianos como Meister Eckhart y Angelus Silesius.
Además, en la teología cristiana, el cristianismo postmoderno tiene sus raíces en la filosofía
continental post-heideggeriana. Muchas personas rechazan la etiqueta cristianismo
postmoderno ya que la idea de postmodernidad no contiene un significado determinado y,
concretamente en Estados Unidos es un símbolo con gran carga emocional de la batalla de
ideologías.
Algunos pesos pesados del postmodernismo como Jacques Derrida y Philippe Lacoue-
Labarthe han rechazado la existencia de una rúbrica "postmoderna" abrazando un proyecto
único desde la Ilustración y sus precursores. En cualquier caso, el cristianismo postmoderno
y sus escuelas de pensamiento continúan siendo relevantes.
Algo habrá tenido que ver en todo esto la propia Iglesia, incluyendo a todos los que
formamos parte de ella, tanto por lo que se ha hecho mal como por lo que se ha dejado de
hacer. A la Iglesia de Cristo le fueron entregadas las llaves del Reino, no solo para ser
guardiana del depósito de la fe, sino también para poder llevar a cabo la trascendental
misión de atar y desatar, según las exigencias de los tiempos y esto no siempre se ha tenido
suficientemente en cuenta, como tampoco hemos sido lo suficientemente conscientes de
que el dogma más importante del cristianismo es el del amor.
Una mala interpretación de la prudencia ha podido llevarnos a creer que lo mejor, para no
meter la pata, es no hacer nada, refugiándonos en un inmovilismo cómodo y perezoso, que
tiene mucho que ver con los pecados de omisión. Este es el gran drama que venimos
arrastrando desde hace bastante tiempo y la posmodernidad nos ofrece cuando menos, la
ocasión de una autocrítica en este sentido.
Dadas las actuales circunstancias, si la Iglesia quiere ser fiel al mandato de Cristo ha de salir
a evangelizar y hacerse presente en el mundo. Se trata de una tarea difícil y arriesgada, de
esto no cabe duda alguna.
Es mucho más seguro la fuga mundi, donde se está a salvo de toda posible contaminación,
pero existen ocasiones en las que hay que recurrir a la audacia y asumir los riesgos que
sean necesarios para dar satisfacción cumplida a la vocación cristiana de estar en el mundo
sin ser del mundo.
El cristianismo está lleno de dicotomías y una de ellas y no de las de menor calado, está en
tratar de vivir las aspiraciones eternas en medio de unos tiempos mutables. Hoy vivimos en
una cultura cambiante y plural, con una problemática muy diferente a la de aquellas en las
que se escribieron los evangelios y se compusieron esos grandes compendios teológicos. La
doctrina será la misma, pero no los ojos ni las necesidades de quienes la contemplan. Cada
época y cada cultura tiene sus propios desafíos que pueden ayudar a la explicitación de la
fe. Los mensajes, tanto del A.T. como del N.T. no respondían a un proyecto puramente
teorético, sino que se insertaban en unas determinadas coordenadas existenciales, es decir
trataban de dar una orientación precisa y práctica a las situaciones concretas en que se
veían involucradas las comunidades de creyentes. Todo ello muy en consonancia con el
hecho cierto de que la fe no se nos ha dado para teorizar sobre ella, sino para vivirla. Algo
que el hermoso libro de “La imitación de Cristo” dejaba reflejado en este sabio consejo: más
quiero yo sentir la contracción que saber su definición.
Ello quiere decir que la Comunidad Católica no puede continuar enredada en cuestiones
puramente teóricas, sin que se vislumbre algún tipo de solución a los acuciantes problemas
prácticos que se han ido acumulando sobre la mesa. El hecho está ahí; entre doctrina y
experiencia ha sido interpuesto un muro que hace imposible la interrelación entre ambos. Se
ha tenido mucho cuidado en no vincular la una a la otra. La doctrina, se dice, es una cosa y
la experiencia algo muy distinto. Mientras la doctrina ha preocupado de forma obsesiva, la
experiencia ha quedado relegada al olvido.
Actitud ésta que no se corresponde con lo que sucede con el relato bíblico, orientado a dar
respuesta desde la fe a situaciones prácticas que iban surgiendo. Nada tan elocuente como
el silencio de María, que supo encarnar en lo cotidiano aquello en lo que creía; nada tan
edificante como la ejemplaridad de Cristo, de los santos y de los mártires. La
posmodernidad, aún con todos sus prejuicios, puede ser motivo para llegar a entender que
la religiosidad no es solo obligatoriedad, normas y deberes, sino sobre todo una aspiración,
un sentimiento, que difícilmente puede desligarse de la experiencia personal. Lo que pasa
de puertas adentro solo Dios lo sabe. Cada hombre es una pregunta abierta para sí mismo,
de difícil acceso para las teologías, en cambio puede hacerse comprensible a través de la
experiencia personal apoyada en la fe.
Mardones tiene razón cuando dice que “la fe se mide más por la ortopraxis que por la
ortodoxia, por la recta práctica y vivencia de la fe que por su adecuada expresión”. Después
de todo hemos de ser conscientes de que nuestro conocimiento sobre Dios, aún dentro de la
más pura ortodoxia, siempre resulta ser un conocimiento inadecuado, que se encuentra a mil
años luz de la realidad que se intenta expresar, en cambio cuando amamos a Dios le
amamos tal cual Él es. En última instancia la doctrina evangélica se nos dio para ser vivida y
su verdad se hace patente por las obras, tal como dice Santiago en su epístola (2; 14 -26 ) A
veces da la impresión que la secta gnóstica, con su dogmatismo presuntuoso, ha vuelto y se
ha instalado entre nosotros. Lo cierto es que el misterio cristiano nos rebasa y siempre nos
quedamos a las puertas. A lo más que podemos aspirar es a traducir torpemente la palabra
de Dios y con ella abrirnos al signo de los nuevos tiempos que tiene su expresión puntual en
la acogida al hermano necesitado.
La posmodernidad está exigiendo a la Iglesia poner los relojes en hora. No me estoy
inventando nada, esto ya lo anunció muy claramente San Juan Pablo II a los obispos en
Lazio cuando les dijo “ A una nueva paganización hay que responder con una nueva
evangelización". Sería ingenuo pensar que con métodos del pasado se van a resolver los
problemas que llevan la marca de los tiempos presentes. La evangelización ha de ser nueva
porque las antiguas corazas con las que había sido blindado el cristianismo sirvieron para
unas determinadas épocas, pero ahora están seriamente cuestionadas. La posmodernidad
nos ha colocado frente a una situación singular que no podemos ignorar.
La teología ha dejado de ser la reina del humano saber, la metafísica ha caído en
descrédito y la diosa razón es tomada ahora como una vieja embustera, incluso las
consideradas hasta ahora ciencias exactas tan solo se conforman con verdades
provisionales. En este escenario ya no cabe la retórica, ni discursos totalizadores, tan solo
queda la experiencia y la interiorización como vías de acceso a la religiosidad, en un mundo
que cada vez se va apartando más de la religión institucionalizada porque el individualismo y
la desvinculación han llegado a ser santo y seña de la era presente. Tarea difícil va a ser
trasladar a los hijos de la Posmodernidad creencias firmes, arraigadas en principios
irrenunciables, pero como bien decía Maurice Blondel: “Siempre hay en el cristianismo
virtualidades latentes, las cuales cada época descubre en proporción a sus necesidades.” A
la Iglesia se le brinda la posibilidad de dar respuesta a las preguntas y necesidades de
nuestro mundo, todo va a depender de que acierte con la tecla adecuada y ojalá que lo haga
antes de que sea demasiado tarde.
Conclusión
En cierto modo la modernidad es una cosmovisión, una manera de contemplar y entender el
mundo, la vida, y la sociedad humana, y una manera de responder a esas realidades, en
teoría y práctica. Se puede definir como un modo de vida social y un entendimiento moral,
que se caracteriza por las exigencias universales de la razón, por la diferenciación de las
esferas de la vida en lo público y en lo privado, y por el pluralismo y competencia de ideas
en cuanto a lo que es la verdad. Tiene su propia ética.
La influencia de la modernidad influyo también en la teología y por ende en las escrituras, la
cual fue sometida a la crítica del racionalista, negando todo lo sobrenatural en ella y el
rechazo del acto salvífico de Jesucristo. Muchos cristianos fueron influenciados al dejarse
llevar por el subjetivismo y relativismo de la sociedad pluralista. Otros se refugiaron en el
conservadurismo tradicional cayendo al extremo del pietismo alejado de toda realidad de su
tiempo. Por otro punto, está la obra misionera Protestante y transcultural, a finales del siglo
XVIII, de alguna manera tuvieron el sello e la modernidad en donde quiera que se
desarrollara, el ropaje cultural fue la del primer mundo, de igual manera su liturgia y el
evangelismo empresarial.