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Perpetua Testimonio - Martir de La Iglesia Primitiva

En 3 oraciones: El documento narra el testimonio de Perpetua, una mártir cristiana del siglo III, sobre su arresto y encarcelamiento por su fe. Tuvo varias visiones espirituales, incluyendo una escalera al cielo, que le indicaron que moriría como mártir. A pesar de las súplicas de su padre para que renunciara a su fe, Perpetua se mantuvo firme en su creencia y murió como mártir junto con otros compañeros cristianos.
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Perpetua Testimonio - Martir de La Iglesia Primitiva

En 3 oraciones: El documento narra el testimonio de Perpetua, una mártir cristiana del siglo III, sobre su arresto y encarcelamiento por su fe. Tuvo varias visiones espirituales, incluyendo una escalera al cielo, que le indicaron que moriría como mártir. A pesar de las súplicas de su padre para que renunciara a su fe, Perpetua se mantuvo firme en su creencia y murió como mártir junto con otros compañeros cristianos.
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TESTIMONIO

DE LA MÁRTIR

PERPETUA
Pasión de las santas Perpetua y Felicidad
I. Si los antiguos ejemplos de fe son testimonio de la gracia de Dios y sirven de edificación
para los hombres, y se escribieron para que, recordando los hechos con la lectura, el
hombre fuera confortado, y el Señor honrado, ¿por qué no hemos de recoger los
documentos recientes que sirven lo mismo para esos dos fines? Estas cosas también han de
ser necesarias a los venideros, y si en su tiempo son tenidas en menos, es por un excesivo
culto de la antigüedad. Pero consideren que en todo tiempo es la misma la virtud del
Espíritu Santo, y más abundante aún en los últimos tiempos, conforme al desbordamiento
de gracia que tendrá lugar al fin del mundo. Porque dice el Señor: En los últimos días
derramaré mi Espíritu sobre toda carne y profetizarán sus hijos e hijas, y enviaré mi
Espíritu sobre mis siervos y mis siervas. Y los jóvenes tendrán visiones, y los ancianos,
sueños. Así, pues, nosotros reconocemos y respetamos las visiones y profecías anunciadas,
lo mismo que las demás manifestaciones del Espíritu Santo, como útiles para la Iglesia, a la
que Él es enviado, y reparte a todos sus dones conforme a la medida que el Señor ha
señalado a cada uno. Por eso hemos hecho esta narración cuya lectura servirá para gloria de
Dios, a fin de que la ignorancia o el desaliento no haga creer que sólo a los antiguos les
asistió la gracia divina del martirio o de la revelación. Porque Dios cumple siempre su
promesa, para que sirva a los infelices de testimonio y a los fieles de ayuda. En cuanto a
nosotros, hermanos e hijos nuestros, os anunciamos lo que vimos y palpamos, a fin de que
vosotros que fuisteis testigos de estas cosas os acordéis de la gloria del Señor, y los que
ahora os enteráis por la narración que se os hace, entréis en comunión con los santos
mártires y por mediación de ellos con Nuestro Señor Jesucristo, a quien se debe todo honor
y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

II. Fueron detenidos los adolescentes catecúmenos Revocato y Felicidad, ésta compañera
suya de servidumbre; Saturnino y Secúndulo, y entre ellos también Vibia Perpetua, de
noble nacimiento, instruida en las artes liberales, legítimamente casada, que tenía padre y
madre y dos hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un niño pequeñito que criaba
a sus pechos. Ella contaba unos veintidós años. A partir de aquí, ella misma narró punto por
punto todo el orden de su martirio, tal como lo dejó escrito de su mano y propio
sentimiento.
(Ilustración del comic Perpetua’s journey, de Jennifer A. Rea y Liz Clarke, 2017)
III. “Cuando todavía —dice— nos hallábamos entre nuestros perseguidores, como mi padre
deseara ardientemente hacerme apostatar con sus palabras y, llevado de su cariño, no cejara
en su empeño de derribarme:
— Padre —le dije—, ¿ves, por ejemplo, ese vaso que está ahí en el suelo, una jarra o
cualquier otro?
— Lo veo —me respondió.
Y yo dije:
— ¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene?
— No —me respondió.
— Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: cristiana.
Entonces mi padre, irritado por estas palabras, se abalanzó sobre mí con ademán de
arrancarme los ojos; pero se contentó con maltratarme. Y se marchó, vencido él y los
argumentos del diablo. Luego, por unos pocos días, di gracias al Señor de no ver a mi padre
y sentí alivio con su ausencia. En el mismo espacio de esos pocos días fuimos bautizados, y
a mí me dictó el Espíritu que no había de pedir del agua otra gracia sino la paciencia en mi
carne.
Al cabo de otros pocos días fuimos encarcelados, y yo sentí pavor, pues jamás había
experimentado tinieblas semejantes. ¡Qué día aquel tan terrible! El calor era sofocante, por
el amontonamiento de tanta gente; los soldados nos trataban brutalmente; yo, por último,
me sentía atormentada por la angustia de mi niñito.
Entonces Tercio y Pomponio, diáconos bendecidos, que nos asistían, lograron a precio de
oro que se nos permitiera por unas horas salir a respirar a un lugar mejor de la cárcel.
Saliendo entonces de la cárcel, cada uno atendía a sus propias necesidades; yo aprovechaba
aquellos momentos para dar el pecho a mi niño, medio muerto ya de inanición. Llena de
angustia por él, hablaba a mi madre, animaba a mi hermano y les encomendaba a mi hijo.
Me consumía yo de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía. Durante muchos días
me sentí agobiada por tales angustias; por fin, logré que el niño se quedara conmigo, y al
punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada del trabajo y solicitud por el niño. Y
súbitamente, la cárcel se me convirtió en un palacio, de suerte que prefería morar allí antes
que en ninguna otra parte.

IV. Entonces me dijo mi hermano:


—Señora hermana, ya has llegado a una alta dignidad, tan alta que puedes pedir una visión
y que se te manifieste si tu prisión ha de terminar en martirio o en libertad. Y yo, que tenía
conciencia de hablar familiarmente con el Señor, de quien tan grandes beneficios había
recibido, se lo prometí confiadamente, diciéndole:
—Mañana te lo anunciaré.
Y pedí, y me fue mostrado lo siguiente: Vi una escalera de bronce, de maravillosa
grandeza, que llegaba hasta el cielo; pero muy estrecha, de suerte que no se podía subir más
que de uno en uno. A los lados de la escalera había clavados toda clase de instrumentos de
hierro. Había allí espadas, lanzas, arpones, puñales, punzones; de modo que si uno subía
descuidadamente o sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y sus carnes prendidas en las
herramientas. Y había debajo de la misma escalera un dragón tendido, de extraordinaria
grandeza, cuyo oficio era tender asechanzas a los que intentaban subir y espantarlos para
que no subieran. Ahora bien, Sáturo había subido antes que yo (Sáturo es quien nos había
edificado en la fe, y al no hallarse presente cuando fuimos prendidos, él se entregó por
amor nuestro de propia voluntad). Cuando hubo llegado a la punta de la escalera, se volvió
y me dijo:
— Perpetua, te espero; pero ten cuidado no te muerda ese dragón.
Y yo le dije:
— No me hará daño, en el nombre de Jesucristo.
El dragón, como si me temiera, fue sacando lentamente la cabeza de debajo de la escalera;
y yo, como si subiera el primer escalón, le pisé la cabeza. Subí y vi un jardín de extensión
inmensa, y sentado en medio un hombre de cabeza cana, vestido de pastor, alto de talla, que
estaba ordeñando sus ovejas. Muchos miles, vestidos de blanco, le rodeaban. El pastor
levantó la cabeza, me miró y me dijo:
— Seas bienvenida, hija.
Y me llamó, y del queso que ordeñaba me dio como un bocado, y yo lo recibí con las
manos juntas, y me lo comí. Todos los circunstantes dijeron: “Amén”. Y al sonido de esta
voz me desperté, masticando todavía no sé qué de dulce. Y en seguida conté a mi hermano
la visión, y los dos comprendimos que me esperaba el martirio. Y desde aquel punto
empezamos a no tener ya esperanza alguna en este mundo.

V. De allí a unos días, se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de
la ciudad mi padre, consumido de pena, y se acercó a mi con intención de hacerme desistir
de mi propósito, y me dijo:
— Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser
llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu
edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres.
Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no podrá vivir
sin ti. Abandona tu propósito, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá
hablar libremente, si a ti te pasa algo.
Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a la par que me besaba las manos y se
arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba
transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único de toda mi familia que no había
de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarle, diciéndole:
— Allá en el tribunal, sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos
puestos en nuestro poder, sino en el de Dios.
Y se retiró de mi lado, sumido en tristeza.
(Antonio Ridolfi, Santa Perpetua rechaza las súplicas de su padre, 1857)
VI. Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser
interrogados, y llegamos al foro o plaza pública. Inmediatamente se corrió la voz por los
alrededores de la plaza, y se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado.
Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y
de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos, y me arrancó del estrado,
suplicándome :
— Compadécete del niño chiquito.
Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii o poder de vida y
muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano:
— Ten consideración —dijo— a las canas de tu padre; ten consideración a la tierna edad
del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.
Y yo respondí:
— No sacrifico.
Hilariano:
— Luego ¿eres cristiana?—dijo.
Y yo respondí:
— Sí, soy cristiana.
Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que
se le echara de allí, y aun le dieron de palos. Yo sentí los golpes de mi padre como si a mí
misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez.
Entonces Hilariano pronuncia sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras.
Y bajamos jubilosos a la cárcel.
Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y permanecer conmigo en la cárcel,
sin pérdida de tiempo envié al diácono Pomponio a reclamarlo a mi padre. Pero mi padre
no lo quiso entregar, y por quererlo así Dios, ni el niño echó ya de menos los pechos ni yo
sentí más hervor en ellos. Así lo ordenó el Señor, para que no fuera yo atormentada al
mismo tiempo por la angustia por el bebé y por el dolor de mis pechos.
(Giovanni Gottardi, Martirio de Santa Perpetua y Felicitas, 1760)
VII. Al cabo de unos días, estando todos en oración, súbitamente, en medio de ella, se me
escapó la voz y nombré a Dinócrates. Yo me quedé estupefacta de que nunca me hubiera
venido a la mente, sino entonces, y sentí pena al recordar cómo había muerto. Y me di
inmediatamente cuenta de que yo era digna y que tenía obligación de rogar por él. Y
empecé a hacer mucha oración por él y a gemir ante el Señor. Seguidamente, aquella
misma noche se me mostró la siguiente visión: Vi a Dinócrates que salía de un lugar
tenebroso, donde había también otros muchos, sofocado de calor y sediento, con vestido
sucio y color pálido. Llevaba en la cara la herida de cuando murió. Este Dinócrates había
sido hermano mío carnal, de siete años de edad, muerto tristemente de cáncer en la cara,
enfermedad que infundió terror a todo el mundo. Por éste, pues, hacía yo oración. Entre los
dos había un gran espacio que ni él ni yo podíamos franquear. Además, en el mismo lugar
en que estaba Dinócrates, había una piscina llena de agua, pero con las paredes más altas
que la estatura del niño. Dinócrates se estiraba, como si quisiera beber. Yo sentía pena de
que por una parte aquella piscina estaba llena de agua, y, sin embargo, por la altura de la
pared, mi hermano no podía beber. Entonces me desperté y me di cuenta de que mi
hermano estaba sufriendo. Pero yo tenía confianza en que había de aliviarle de ella, y no
cesaba de orar por él todos los días, hasta que fuimos trasladados a la cárcel castrense, pues
en espectáculo castrense teníamos que combatir con las fieras. Se celebraba entonces el
natalicio del César Geta. E hice oración por él, gimiendo y llorando día y noche, a fin de
que por intercesión mía fuera perdonado.

VIII. El día que permanecimos en el cepo, tuve la siguiente visión: Vi el lugar que había
visto antes, y a Dinócrates limpio de cuerpo, bien vestido y aseado, y donde tuvo la herida
vi sólo una cicatriz, y la piscina que había visto antes, con la pared disminuida hasta el
ombligo del niño. Éste sacaba de ella agua sin cesar. Sobre el borde del estanque había una
copa de oro llena de agua, y se acercó Dinócrates y empezó a beber de ella. La copa no se
agotaba nunca. Y saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar gozoso, a la manera de
los niños. Y me desperté. Entonces entendí que mi hermano ya no sufría.

IX. Luego, al cabo de unos días, Pudente, soldado lugarteniente, oficial de la cárcel,
empezó a tenernos gran consideración, por entender que había en nosotros una gran virtud.
Y así, admitía a muchos que venían a vernos, con el fin de aliviarnos los unos a los otros.
Mas cuando se aproximó el día del espectáculo, entró mi padre a verme, consumido de
pena, y empezó a mesarse su barba, arrojarse por tierra, pegar su faz en el polvo, maldecir
de sus años y decir palabras tales que podían conmover la creación entera. Yo me dolía de
su infortunada vejez.

X. El día antes de nuestro combate, vi en una visión lo siguiente: el diácono Pomponio


venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y le abrí. Venía vestido de una
túnica blanca y llevaba chinelas de variadas labores, y me dijo:
— Perpetua, te estamos esperando; ven.
Y me tomó de la mano y nos echamos a andar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin, a
duras penas, llegamos al anfiteatro jadeantes, y Pomponio me llevó al medio de la arena y
me dijo:
— No tengas miedo; yo estaré contigo y combatiré a tu lado.
Y se marchó. Y he aquí que veo un gentío inmenso enfurecido. Y como sabía que estaba
condenada a las fieras, me maravillaba de que no las soltaran contra mí. Sólo salió un
egipcio, de fea catadura, acompañado de sus ayudadores, con ánimo de luchar conmigo.
Mas también a mi lado se pusieron unos jóvenes hermosos, ayudadores y partidarios míos.
Luego, me desnudaron y quedé convertida en varón. Y empezaron mis ayudadores a
frotarme con aceite, como se acostumbra a hacer en los combates; en cambio, vi cómo el
egipcio aquel se revolcaba, entre tanto, en la arena. Entonces salió un hombre de
extraordinaria grandeza, tanto que sobrepasaba la cima del anfiteatro, vestido de túnica, con
un manto de púrpura abrochado hacia el medio del pecho por dos hebillas de oro, calzado
de chinelas recamadas de oro y plata. Llevaba una vara al estilo de lanista o adiestrador de
gladiadores, y un ramo verde, del que pendían manzanas de oro. Pidió silencio, y dijo:
— Si este egipcio vence a esta mujer, la pasará a filo de espada; mas si ella vence al
egipcio, recibirá este ramo.
Y se retiró. Y nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato. El trataba
de agarrarme por los pies; pero yo le daba en la cara con los talones. Entonces fui levantada
en el aire y empecé a herirle como quien no pisa la tierra. Mas como vi que el combate se
prolongaba, junté las manos de forma que enclavijé dedos con dedos, y le cogí la cabeza y
cayó de bruces, y yo le pisé la cabeza. El pueblo rompió en vítores, y mis partidarios
entonaron un himno. Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo. El me besó y me dijo:
— Hija, la paz contigo.
Y me dirigí, radiante de gloria, hacia la puerta Sanavivaria o de los vivos, y en aquel
momento me desperté. Y entendí que mi combate no había de ser tanto contra las fieras,
cuanto contra el diablo; pero estaba segura que la victoria estaba de mi parte.
Tales son mis sucesos hasta el día antes del combate; lo que en el combate mismo suceda,
si alguno quiere, que lo escriba.”
XI. Mas también el bendito Sáturo publicó la siguiente visión suya, que él escribió de su
mano: “Habíamos ya —dice— sufrido el martirio y habíamos salido de la carne, y cuatro
ángeles nos transportaban en dirección de oriente, sin que sus manos nos tocaran. Íbamos,
empero, no boca arriba, vueltos hacia el cielo, sino como quien sube una suave colina. Y
pasado el primer mundo, vimos una luz inmensa, y yo le dije a Perpetua (pues ésta venía a
mi lado):
— Esto es lo que el Señor nos prometía. Ya tenemos cumplida la promesa. Y mientras
éramos llevados por los cuatro ángeles dichos, se abrió ante nosotros un espacio grande,
que era como un vergel, poblado de rosales y de toda clase de flores. La altura de los
rosales era como la de un ciprés, y sus hojas caían al suelo incesantemente. Allí, en el
vergel, había otros cuatro ángeles más gloriosos que los demás; los cuales, así que nos
vieron, nos rindieron honores y dijeron a los otros ángeles con admiración:
— ¡Son ellos! ¡Son ellos!
Y, llenos de pavor, los cuatro ángeles que nos llevaban nos dejaron en el suelo, y por
nuestro propio pie atravesamos la distancia de un estadio por un ancho vial. Allí
encontramos a Jocundo, a Saturnino y Artaxio, que habían sido quemados vivos en la
misma persecución, y a Quinto, que había muerto, mártir también, en la misma cárcel.
Juntamente les preguntamos dónde estaban los demás. Pero los ángeles nos dijeron:
— Venid antes, entrad y saludad al Señor.
(Ilustración del comic Perpetua’s journey, de Jennifer A. Rea y Liz Clarke, 2017)
XII. Y llegamos junto a un lugar, cuyas paredes eran tales que parecían edificadas de pura
luz; ante la puerta había cuatro ángeles, que nos vistieron, al entrar, de vestiduras blancas.
Y entramos y oímos una voz unísona que decía: “Santo, Santo, Santo”, sin interrupción. Y
vimos en el mismo lugar, sentado, a uno que tenía apariencia de hombre cano, con cabellos
de nieve, pero rostro juvenil. Lo que no vimos fueron sus pies. Y a su diestra y siniestra
había cuatro ancianos, y detrás estaban los demás ancianos, en crecido número. Y entrando,
nos paramos atónitos ante el trono; pero los cuatro ángeles nos levantaron en vilo, y
besamos al Señor, y Él nos acarició la cara con su mano. Y los otros ancianos dijeron: “Nos
ponemos en pie”. Y nos pusimos en pie y les dimos la paz, y por fin nos dijeron los mismos
ancianos:
— Id y jugad.
Yo le dije a Perpetua:
— Ya tienes lo que quieres.
Y ella me contestó:
— Gracias a Dios que, cuando vivía en la carne, estaba alegre, pero ahora lo estoy más aún.

XIII. Y salimos, y he aquí que nos encontramos al obispo Optato a la derecha, y a Aspasio,
presbítero, catequista, a la izquierda, separados uno de otro y tristes. Y se arrojaron a
nuestros pies y nos dijeron:
— Poned paz entre nosotros, pues habéis salido de este mundo y nos habéis dejado así.
Y nosotros les dijimos:
— ¿No eres tú nuestro padre y tú nuestro sacerdote? ¿Cómo es que os echáis vosotros a
nuestros pies?
Y nos conmovimos y los abrazamos. Perpetua se puso a hablar con ellos en griego, y nos
retiramos con ellos al vergel, bajo un rosal. Pero mientras estábamos hablando con ellos,
los ángeles les dijeron:
— Dejadlos que gocen de refrigerio; y si tenéis entre vosotros disensiones entre, perdonaos
mutuamente.
Y los llenaron de turbación. Y le dijeron a Optato:
— Lo que debes hacer es corregir a tu pueblo, que se reúnen contigo como si salieran del
circo, contendiendo cada uno por su bando.
Y nos pareció como si quisieran cerrar las puertas. Y empezamos a reconocer allí a muchos
hermanos, señaladamente a los mártires. Todos nos sentíamos confortados por una
fragancia inenarrable que nos saciaba. Entonces me desperté lleno de gozo.”

XIV. Estas son las visiones más insignes de los beatísimos mártires Sáturo y Perpetua, que
ellos mismos pusieron por escrito. Respecto a Secúndulo, Dios le llamó junto a Él, estando
aún en la cárcel, con prematura muerte, no sin beneficio, para librarlo de las fieras. Sin
embargo, si no su alma, su carne ciertamente que conoció la espada.

XV. En cuanto a Felicidad, también a ella le fue otorgada la gracia del Señor. Como se
hallaba en el octavo mes de su embarazo (pues fue detenida encinta), estando inminente el
día del espectáculo, se hallaba sumida en gran tristeza, temiendo si había de diferir su
suplicio por razón de su preñez (pues la ley prohíbe ejecutar a las mujeres preñadas), y
tuviera que verter luego su sangre, santa e inocente, entre los demás criminales. Lo mismo
que ella, sus compañeros de martirio estaban profundamente afligidos de pensar que habían
de dejar atrás a tan excelente compañera, como caminante solitaria por el camino común de
la esperanza. Juntando, pues, en uno los gemidos de todos, hicieron oración al Señor tres
días antes del espectáculo. Terminada la oración, sobrecogieron inmediatamente a Felicidad
los dolores del parto. Y como ella sintiera el dolor, según puede suponerse, de la dificultad
de un parto trabajoso de octavo mes, le dijo uno de los oficiales de la prisión:
— Tú que así te quejas ahora, ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras, que despreciaste
cuando no quisiste sacrificar?
Y ella respondió:
— Ahora soy yo la que padezco lo que padezco; mas allí habrá otro en mí, que padecerá
por mí, pues también yo he de padecer por Él.
Y así dio a luz una niña, que una de las hermanas crió como hija.

XVI. Ahora bien, pues el Espíritu Santo permitió, y permitiendo quiso que se pusiera por
escrito todo el desenvolvimiento del combate mismo, por muy indignos que nos sintamos
para el intento de describir tamaña gloria, sin embargo, vamos a cumplir un mandato de la
mujer santísima, Perpetua, o más bien ejecutamos un fideicomiso suyo, contentándonos con
añadir un documento de su constancia y sublimidad de ánimo.
Como el tribuno los tratara con demasiada dureza, porque, por las habladurías de hombres
muy insensatos, temía que se fugaran de la cárcel por arte de no sabemos qué mágicos
encantamientos, se encaró con él y le dijo:
— ¿Cómo es que no nos permites alivio alguno, siendo como somos reos muy nobles, es
decir, nada menos que del César, que hemos de combatir en su natalicio? ¿O no es gloria
tuya que nos presentemos ante él con mejores carnes?
El tribuno sintió miedo y vergüenza, y así dio orden de que se los tratara más
humanamente, de suerte que se autorizó a entrar en la cárcel a los hermanos de ella y a los
demás, y que se aliviaran mutuamente, especialmente porque ya el mismo lugarteniente de
la cárcel había abrazado la fe.

XVII. Igualmente, el día antes del suplicio, al tomar aquella última cena que llaman libre, y
que ellos, en cuanto de su parte estuvo, convirtieron en un ágape, se dirigían al pueblo con
la misma intrepidez, amenazándoles con el juicio de Dios, atestiguando la dicha de su
martirio, haciendo befa de la curiosidad de los concurrentes. Sáturo decía:
— ¿No tenéis bastante con el día de mañana? ¿A qué miráis con tanto gusto lo que
aborrecéis? Hoy, amigos; mañana, enemigos. Sin embargo, fijaos con cuidado en nuestras
caras, para que nos podáis reconocer en aquel último día.
De este modo se retiraban todos de allí estupefactos y muchos de ellos creyeron.
(Eugene Thirion, Triunfo de la fe, siglo XIX)
XVIII. Brilló, por fin, el día de su victoria y salieron de la cárcel al anfiteatro, como si
fueran al cielo, radiantes de alegría y hermosos de rostro, si conmovidos, acaso, no por el
temor, sino por el gozo. Seguía Perpetua con rostro iluminado y paso tranquilo, como una
matrona de Cristo, como una regalada de Dios, obligando a todos, con la fuerza de su
mirada, a bajar los ojos. Felicidad iba también gozosa de haber salido bien del
alumbramiento para poder luchar con las fieras, pasando de la sangre a la sangre, de la
partera al gladiador, para lavarse después del parto con el segundo bautismo.
Cuando llegaron a la puerta del anfiteatro, quisieron obligarles a vestirse los hombres de
sacerdotes de Saturno y las mujeres de sacerdotisas de Ceres. Mas la noble constancia de
los mártires lo rechazó hasta el último momento. Y alegaban esta razón: “Justamente hemos
llegado al punto presente de nuestra libérrima voluntad, a fin de que no fuera violada
nuestra libertad; si hemos entregado nuestra alma, ha sido precisamente para no tener que
hacer nada semejante. Tal ha sido nuestro pacto con vosotros.” Reconoció la injusticia la
justicia y el tribuno autorizó que entraran simplemente tal como venían. Perpetua cantaba
himnos pisando ya la cabeza del egipcio; Revocato, Saturnino y Sáturo increpaban al
pueblo que los miraba. Luego, cuando llegaron ante la tribuna de Hilariano, con gestos y
señas empezaron a decirle:
— Tú nos juzgas a nosotros; a ti te juzgará Dios.
Exasperado el pueblo ante esta actitud, pidió que los hiciera azotar desfilando ante
los venatores. Ellos, a la verdad, se felicitaron de que les cupiera alguna parte de los
sufrimientos del Señor.
XIX. Mas el que dijo: Pedid y recibiréis, dio a cada uno, por haberla pedido, la forma de
muerte que había deseado. Y, efectivamente, si alguna vez conversaban entre sí del martirio
que cada uno quisiera, Saturnino afirmaba que estaba dispuesto a ser arrojado a todas las
fieras sin excepción, para llevar más gloriosa corona. Y fue así que, al celebrarse el
espectáculo, él y Revocato, después de experimentar las garras de un leopardo, fueron
también atacados por un oso sobre el estrado. Sáturo, en cambio, nada temía tanto como el
oso; pero ya de antemano presumía que había de terminar de una dentellada de leopardo.
Así pues, como le soltaran un jabalí, no le hirió a él, sino al venator que se lo había echado,
y con tan fiera dentellada de la fiera que a los pocos días, después del espectáculo, murió; a
Sáturo no hizo sino arrastrarlo. Entonces le ligaron en el puente o tablado para que le
atacara un oso; pero éste no quiso salir de su madriguera. Así pues, por segunda vez Sáturo
fue retirado ileso.

(Mosaico romano originario de Smirat, 240-250 d.C., Museo de Susa, Túnez)

XX. Mas contra las mujeres preparó el diablo una vaca muy fiera, comprada expresamente
contra la costumbre, emulando, aun en la fiera, el sexo de ellas. Así pues, desnudas y
envueltas en redes, eran llevadas al espectáculo. El pueblo sintió horror al contemplar a la
una, joven delicada, y a la otra, recién parida, con los pechos destilando leche. Las
retiraron, pues, y las vistieron de unas túnicas. La primera en ser lanzada en alto fue
Perpetua, y cayó de espaldas; mas apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica
desgarrada, se cubrió el muslo, acordándose antes del pudor que del dolor. Luego, tras
haber pedido un pasador, se ató los dispersos cabellos, pues no era decente que una mártir
sufriera con la cabellera esparcida, para no dar apariencia de luto en el momento de su
gloria. Así compuesta, se levantó, y como viera a Felicidad tendida en el suelo, se acercó, le
dio la mano y la levantó. Y ambas juntas se sostuvieron en pie, y, vencida la dureza del
pueblo, fueron llevadas a la puerta Sanavivaria. Allí, recibida por cierto Rústico, a la sazón
catecúmeno, íntimo suyo, como si despertara de un sueño (tan absorta en el Espíritu y en
éxtasis había estado), empezó a mirar en torno suyo, y con estupor de todos, dijo:
— ¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?
Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que reconoció en su
cuerpo y vestido las señales de la acometida. Luego, mandó llamar a su hermano, también
catecúmeno, y le dirigió estas palabras:
— Permaneced firmes en la fe y amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de
nuestros sufrimientos.
(Ilustración del comic Perpetua’s journey, de Jennifer A. Rea y Liz Clarke, 2017)
XXI. Sáturo, por su parte, junto a otra puerta, estaba exhortando al soldado Pudente, a
quien le decía:
— En resumen, ciertamente, como yo presumí y predije; ninguna fiera me ha tocado hasta
el momento presente. Y ahora ¡ojalá creas de todo corazón! Mira que salgo allá y de una
sola dentellada del leopardo voy a ser acabado.

E inmediatamente, cuando ya el espectáculo tocaba a su fin, se le arrojó a un leopardo, y de


un solo mordisco quedó bañado en tal cantidad de sangre que el pueblo mismo dio
testimonio de su segundo bautismo, diciendo a gritos: “¡Buen baño! ¡Buen baño!” Y baño,
efectivamente, de salvación había recibido el que de este modo se había lavado. Entonces le
dijo al soldado Pudente:
— Adiós, y acuérdate de la fe y de mí, y que estas cosas no te turben, sino que te
confirmen.
Al mismo tiempo pidió a Pudente un anillo del dedo y, empapado en la propia herida, se lo
devolvió en herencia, dejándoselo como prenda y recuerdo de su sangre. Luego, exánime
ya, cayó en tierra junto con los demás para ser degollados en el lugar acostumbrado. Mas
como el pueblo reclamó que salieran al medio del anfiteatro para juntar sus ojos,
compañeros del homicidio, con la espada que había de atravesar sus cuerpos, ellos
espontáneamente se levantaron y se trasladaron donde el pueblo quería. Antes se besaron
unos a otros, a fin de consumar el martirio con el rito solemne de la paz. Todos, inmóviles y
en silencio, se dejaron atravesar por el hierro; pero señaladamente Sáturo, como fue el
primero en subir la escalera y en su cúspide estuvo esperando a Perpetua, fue también el
primero en rendir su espíritu. En cuanto a ésta, para que gustara algo de dolor, dio un grito
al sentirse punzada entre los huesos. Entonces ella misma llevó a la propia garganta la
diestra errante del gladiador novato. Tal vez mujer tan excelsa no hubiera podido ser
muerta de otro modo, como quien era temida del espíritu inmundo, si ella no hubiera
querido.
¡Oh fortísimos y beatísimos mártires! ¡Oh de verdad llamados y escogidos para gloria de
nuestro Señor Jesucristo! El que esta gloria engrandece y honra y adora, debe ciertamente
leer también estos ejemplos, que no ceden a los antiguos, para edificación de la Iglesia, a
fin de que también las nuevas virtudes atestigüen que es uno solo y siempre el mismo
Espíritu Santo el que obra hasta ahora, y a Dios Padre omnipotente y a su hijo Jesucristo,
Señor nuestro, a quien es claridad y potestad sin medida por los siglos de los siglos. Amén.

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