Juan Salvador Gaviota - Richard Bach
Capítulo III
Juan giraba lentamente sobre los Lejanos Acantilados, observando. Este rudo y joven
Pedro Gaviota era un alumno que volaba de manera casi perfecta. Era fuerte, y ligero, y
rápido en el aire, pero mucho más importante, ¡tenía un devastador deseo de aprender a
volar!
Aquí venia ahora, una forma borrosa y gris que salía de su picado con un rugido,
pasando como un bólido a su instructor, a doscientos veinte kilómetros por hora.
Abruptamente se metió en otra pirueta con un balance de dieciséis puntos, vertical y
lento, contando los puntos en voz alta.
—...ocho... nueve... diez... ¿lo ves,Juan? -se-me-está-terminando-la-velocidad del aire...
once... Quiero-paradas-perfectas-y-agudas-como-las-tuyas... doce...... pero-¡caramba!-no-
puedo-llegar... trece... a-estos-últimos-puntos... sin... cator... ¡aaahh...!
La torsión de la cola le salió a Pedro mucho peor a causa de su ira y furia al fracasar. Se
fue de espaldas, volteó, se cerró salvajemente en una barrena invertida, y por fin se
recuperó, jadeando, a treinta metros bajo el nivel en que se hallaba su instructor.
—¡Pierdes tu tiempo conmigo, Juan! ¡Soy demasiado tonto! ¡Soy demasiado estúpido!
Intento e intento, ¡pero nunca lo lograré!
Juan Gaviota lo miró desde arriba y asintió.
—Seguro que nunca lo conseguirás mientras hagas ese movimiento tan brusco. Pedro,
¡has perdido sesenta kilómetros por hora en la entrada! ¡Tienes que ser suave! Firme, pero
suave, ¿te acuerdas?
Bajó al nivel de la joven gaviota.
—Intentémoslo juntos ahora, en formación. Y concéntrate en ese movimiento. Es una
entrada suave, fácil.
Al cabo de tres meses, Juan tenía otros seis aprendices, todos Exilados, pero curiosos
por esta nueva visión del vuelo por el puro gozo de volar.
Sin embargo, les resultaba más fácil dedicarse al logro de altos rendimientos que a
comprender la razón oculta de ello.
—Cada uno de nosotros es en verdad una idea de la Gran Gaviota, una idea ilimitada
de la libertad —diría Juan por las tardes, en la playa—, y el vuelo de alta precisión es un paso
hacia la expresión de nuestra verdadera naturaleza.
Tenemos que rechazar todo lo que nos limite. Esta es la causa de todas estas prácticas
a alta y baja velocidad, de estas acrobacias... y sus alumnos se dormirían, rendidos después
de un día de volar. Les gustaba practicar porque era rápido y excitante y les satisfacía esa
hambre por aprender que crecía con cada lección. Pero ni uno de ellos, ni siquiera Pedro
Pablo Gaviota, había llegado a creer que el vuelo de las ideas podía ser tan real como el
vuelo del viento y las plumas.
—Tu cuerpo entero, de extremo a extremo del ala —diría Juan en otras ocasiones—, no
es más que tu propio pensamiento, en una forma que puedes ver. Rompe las cadenas de tu
pensamiento, y romperás también las cadenas de tu cuerpo. Pero lo dijera como
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lo dijese, siempre sonaba como una agradable ficción, y ellos necesitaban más que nada
dormir.
Había pasado un mes tan sólo cuando Juan dijo que había llegado la hora de volver a la
Bandada.
—¡No estamos preparados! —dijo Enrique Calvino Gaviota—. ¡Ni seremos bienvenidos!
—¡Somos Exilados! No podemos meternos donde no seremos bienvenidos, ¿verdad?
—Somos libres de ir donde queramos y de ser lo que somos —contestó Juan, y se elevó
de la arena y giró hacia el Este, hacia el país de la Bandada.
Hubo una breve angustia entre sus alumnos, puesto que es Ley de la Bandada que un
Exilado nunca retorne, y no se había violado la Ley ni una sola vez en diez mil años. La Ley
decía quédate, Juan decía partid; y ya volaba a un kilómetro mar adentro. Si seguían allí
esperando, él encararía por si solo a la hostil Bandada.
—Bueno, no tenemos por qué obedecer la Ley si no formamos parte de la Bandada,
¿verdad? —dijo Pedro, algo turbado—. Además, si hay una pelea, es allá donde se nos
necesita.
Y así ocurrió que, aquella mañana, aparecieron desde el Oeste ocho de ellos en
formación de doble-diamante, casi tocándose los extremos de las alas.
Sobrevolaron la Playa del Consejo de la Bandada a doscientos cinco kilómetros por
hora, Juan a la cabeza, Pedro volando con suavidad a su ala derecha, Enrique Calvino
luchando valientemente a su izquierda. Entonces la formación entera giró lentamente hacia
la derecha, como si fuese un solo pájaro... de horizontal... a... invertido... a... horizontal, con
el viento rugiendo sobre sus cuerpos.
Los graznidos y trinos de la cotidiana vida de la Bandada se cortaron como si la
formación hubiese sido un gigantesco cuchillo, y ocho mil ojos de gaviota les observaron, sin
un solo parpadeo. Uno tras otro, cada uno de los ocho pájaros ascendió agudamente hasta
completar un rizo y luego realizó un amplio giro que terminó en un estático aterrizaje sobre
la arena. Entonces, como si este tipo de cosas ocurriera todos los días, Juan Gaviota dio
comienzo a su crítica de vuelo.
—Para comenzar —dijo, con una sonrisa irónica—, llegasteis un poco tarde al momento
de juntaros...
Un relámpago atravesó a la Bandada. ¡Esos pájaros son Exiliados! ¡Y han vuelto!
¡Y eso... eso no puede ser! Las predicciones de Pedro acerca de un combate se
desvanecieron ante la confusión de la Bandada.
—Bueno, de acuerdo: son Exilados —dijeron algunos de los jóvenes—, pero, oye,
¿dónde aprendieron a volar así?
Pasó casi una hora antes de que la Palabra del Mayor lograra repartirse por la
Bandada: Ignoradlos. Quien hable a un Exilado será también un Exilado. Quien mire a un
Exilado viola la Ley de la Bandada.
Espaldas y espaldas de grises plumas rodearon desde ese momento a Juan, quien no
dio muestras de darse por aludido. Organizó sus sesiones de prácticas exactamente encima
de la Playa del Consejo, y, por primera vez, forzó a sus alumnos hasta el límite de sus
habilidades.
—¡Martín Gaviota —gritó en pleno vuelo—, dices conocer el vuelo lento! ¡Pruébalo
primero y alardea después! ¡VUELA!
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Y de esta manera, nuestro callado y pequeño Martín Alonso Gaviota, paralizado al
verse el blanco de los disparos de su instructor, se sorprendió a sí mismo al convertirse en
un mago del vuelo lento. En la más ligera brisa, llegó a curvar sus plumas hasta elevarse sin
el menor aleteo, desde la arena hasta las nubes y abajo otra vez.
Lo mismo le ocurrió a Carlos Rolando Gaviota, quien voló sobre el Gran Viento de la
Montana a ocho mil doscientos metros de altura y volvió, maravillado y feliz y azul de frío, y
decidido a llegar aún más alto al otro día.
Pedro Gaviota, que amaba como nadie las acrobacias, logró superar su caída "en hoja
muerta", de dieciséis puntos, y al día siguiente, con sus plumas refulgentes de soleada
blancura, llegó a su culminación ejecutando un tonel triple que fue observado por más de un
ojo furtivo.
A toda hora Juan estaba allí junto a sus alumnos, enseñando, sugiriendo, presionando,
guiando. Voló con ellos contra noche y nube y tormenta, por el puro gozo de volar, mientras
la Bandada se apelotonoba miserablemente en tierra.
Terminado el vuelo, los alumnos descansaban en la playa y llegado el momento
escuchaban de cerca a Juan. Tenía él ciertas ideas locas que no llegaban a entender, pero
también las tenía buenas y comprensibles.
Poco a poco, por la noche, se formó otro círculo alrededor de los alumnos; un círculo
de curiosos que escuchaban allí, en la oscuridad, hora tras hora, sin deseo de ver ni de ser
vistos, y que desaparecían antes del amanecer.
Un mes después del Retorno, la primera gaviota de la Bandada cruzó la línea y pidió
que se le enseñara a volar. Al preguntar, Terrence Lowell Gaviota se convirtió en un pájaro
condenado, marcado por el Exilio y octavo alumno de Juan.
La próxima noche vino de la Bandada Esteban Lorenzo Gaviota, vacilante por la arena,
arrastrando su ala izquierda hasta desplomarse a los pies de Juan.
—Ayúdame —dijo apenas, hablando como los que van a morir—. Más que nada en el
mundo, quiero volar...
—Ven entonces —dijo Juan—. Subamos, dejemos atrás la tierra y empecemos.
—No me entiendes. Mi ala. No puedo mover mi ala.
—Esteban Gaviota, tienes la libertad de ser tú mismo, tu verdadero ser, aquí y ahora, y
no hay nada que te lo pueda impedir. Es la Ley de la Gran Gaviota, la Ley que Es.
—¿Estás diciendo que puedo volar?
—Digo que eres libre.
Y sin más, Esteban Lorenzo Gaviota extendió sus alas, sin el menor esfuerzo, y se alzó
hacia la oscura noche. Su grito, al tope de sus fuerzas y desde doscientos metros de altura,
sacó a la Bandada de su sueño:
—¡Puedo volar! ¡Escuchen! ¡PUEDO VOLAR!
Al amanecer había cerca de mil pájaros en torno al círculo de alumnos, mirando con
curiosidad a Esteban. No les importaba si eran o no vistos, y escuchaban, tratando de
comprender a Juan Gaviota.
Habló de cosas muy sencillas: que está bien que una gaviota vuele; que la libertad es la
misma esencia de su ser; que todo aquello que le impida esa libertad debe ser eliminado,
fuera ritual o superstición o limitación en cualquier forma.
—Eliminado —dijo una voz en la multitud—, ¿aunque sea Ley de la Bandada?
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—La única Ley verdadera es aquella que conduce a la libertad —dijo Juan— . No hay
otra.
—¿Cómo quieres que volemos como vuelas tú? —intervino otra voz—. Tú eres especial
y dotado y divino, superior a cualquier pájaro.
—¡Mirad a Pedro, a Terrence, a Carlos Rolando, a Mario Antonio! ¿Son también ellos
especiales y dotados y divinos? No más que vosotros, no más que yo. La única diferencia,
realmente la única, es que ellos han empezado a comprender lo que son de verdad y han
empezado a ponerlo en práctica.
Sus alumnos, salvo Pedro, se revolvían intranquilos. No se habían dado cuenta de que
era eso lo que habían estado haciendo.
Día a día aumentaba la muchedumbre que venía a preguntar, a idolatrar, a despreciar.
—Dicen en la Bandada que si no eres el Hijo de la misma Gran Gaviota —le contó
Pedro a Juan, una mañana después de las prácticas de Velocidad Avanzada—, entonces lo
que ocurre contigo es que estás mil años por delante de tu tiempo.
Juan suspiró. Este es el precio que se paga por ser incomprendido, pensó. Te llaman
diablo o te llaman Dios.
—¿Qué piensas tú, Pedro? ¿Nos hemos anticipado a nuestro tiempo?
Un largo silencio.
—Bueno, esta manera de volar siempre ha estado al alcance de quien quisiera aprender
a descubrirla; y esto nada tiene que ver con el tiempo. A lo mejor nos hemos anticipado a la
moda; a la manera de volar de la mayoría de las gaviotas.
—Eso ya es algo —dijo Juan, girando para planear invertidamente por un rato—. Eso es
algo mejor que aquello de anticiparnos a nuestro tiempo.
Ocurrió justo una semana más tarde. Pedro se hallaba explicando los principios del
vuelo a alta velocidad a una clase de nuevos alumnos. Acababa de salir de su picado desde
cuatro mil metros —una verdadera estela gris disparada a pocos centímetros de la playa—,
cuando un pajarito en su primer vuelo planeó justamente en su camino, llamando a su
madre. En una décima de segundo, y para evitar al joven, Pedro Pablo Gaviota giró
violentamente a la izquierda, y a mas de trescientos kilómetros por hora fue a estrellarse
contra una roca de sólido granito.
Fue para él como si la roca hubiese sido una dura y gigantesca puerta hacia otros
mundos. Una avalancha de miedo y de espanto y de tinieblas se le echó encima junto con el
golpe, y luego se sintió flotar en un cielo extraño, extraño, olvidando, recordando,
olvidando; temeroso y triste y arrepentido; terriblemente arrepentido.
La voz le llegó como en aquel primer día en que había conocido a Juan Salvador
Gaviota.
—El problema, Pedro, consiste en que debemos intentar la superación de nuestras
limitaciones en orden, y con paciencia. No intentamos cruzar a través de rocas hasta algo
más tarde en el programa.
—¡Juan!
—También conocido como el Hijo de la Gran Gaviota —dijo su instructor, secamente.
—¿Qué haces aquí? ¡Esa roca! ¿No he... no me había... muerto?
—Bueno, Pedro, ya está bien. Piensa. Si me estás viendo ahora, es obvio que no has
muerto, ¿verdad? Lo que sí lograste hacer fue cambiar tu nivel de conciencia de manera algo
brusca. Ahora te toca escoger. Puedes quedarte aquí y aprender en este nivel
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—que para que te enteres, es bastante más alto que el que dejaste—, o puedes volver y seguir
trabajando con la Bandada. Los Mayores estaban deseando que ocurriera algún desastre y
se han sorprendido de lo bien que les has complacido.
—¡Por supuesto que quiero volver a la Bandada! Estoy apenas empezando con el nuevo
grupo.
—Muy bien, Pedro. ¿Te acuerdas de lo que decíamos acerca de que el cuerpo de uno no
es más que el pensamiento puro...?
Pedro sacudió la cabeza, extendió sus alas, abrió sus ojos, y se halló al pie de la roca y
en el centro de toda la Bandada allí reunida. De la multitud surgió un gran clamor de
graznidos y chillidos cuando empezó a moverse.
—¡Vive! ¡El que había muerto, vive!
—¡Le tocó con un extremo del ala! ¡Lo resucitó! ¡El Hijo de la Gran Gaviota!
—¡No! ¡Él lo niega! ¡Es un diablo! ¡DIABLO! ¡Ha venido a aniquilar a la Bandada!
Había cuatro mil gaviotas en la multitud, asustadas por lo que había sucedido, y el
grito de ¡DIABLO! cruzó entre ellas como viento en una tempestad oceánica.
Brillantes los ojos, aguzados los picos, avanzaron para destruir.
—Pedro, ¿te parecer mejor si nos marchásemos? —preguntó Juan.
—Bueno, yo no pondría inconvenientes si...
Al instante se hallaron a un kilómetro de distancia, y los relampagueantes picos de la
turba se cerraron en el vacío.
—¿Por qué será —se preguntó Juan perplejo— que no hay nada más difícil en el mundo
que convencer a un pájaro de que es libre, y de que lo puede probar por sí mismo si sólo se
pasara un rato practicando? ¿Por qué será tan difícil?
Pedro aún parpadeaba por el cambio de escenario.
—¿Qué hiciste ahora? ¿Cómo llegamos hasta aquí?
—Dijiste que querías alejarte de la turba, ¿no?
—¡Si! pero, ¿cómo has...?
—Como todo, Pedro. Práctica.
A la mañana siguiente, la Bandada había olvidado su demencia, pero no Pedro.
—Juan, ¿te acuerdas de lo que dijiste hace mucho tiempo acerca de amar lo suficiente a
la Bandada como para volver a ella y ayudarla a aprender?
—Claro.
—No comprendo cómo te las arreglas para amar a una turba de pájaros que acaba de
intentar matarte.
—Vamos, Pedro, ¡no es eso lo que tú amas! Por cierto que no se debe amar el odio y el
mal. Tienes que practicar y llegar a ver a la verdadera gaviota, ver el bien que hay en cada
una, y ayudarlas a que lo vean en sí mismas. Eso es lo que quiero decir por amar. Es
divertido, cuando le aprendes el truco. Recuerdo, por ejemplo, a cierto orgulloso pájaro, un
tal Pedro Pablo Gaviota. Exilado reciente, listo para luchar hasta la muerte contra la
Bandada, empezaba ya a construirse su propio y amargo infierno en los Lejanos
Acantilados. Sin embargo, aquí lo tenemos ahora, construyendo su propio cielo, y guiando a
toda la Bandada en la misma dirección.
Pedro se volvió hacia su instructor, y por un momento hubo miedo en sus ojos.
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—¿Yo guiando? ¿Qué quieres decir: yo guiando? Tú eres el instructor aquí. ¡Tú no
puedes marcharte!
—¿Ah, no? ¿No piensas que hay acaso otras Bandadas, otros Pedros, que necesitan más
a un instructor que esta, que ya va camino de la luz?
—¿Yo? Juan, soy una simple gaviota, y tú eres...
—...el único Hijo de la Gran Gaviota, ¿supongo? —Juan suspiró y miró hacia el mar—.
Ya no me necesitas. Lo que necesitas es seguir encontrándote a ti mismo, un poco más
cada día; a ese verdadero e ilimitado Pedro Gaviota. Él es tu instructor.
Tienes que comprenderle, y ponerlo en práctica.
Un momento más tarde el cuerpo de Juan trepidó en el aire, resplandeciente, y empezó
a hacerse transparente.
—No dejes que se corran rumores tontos sobre mí, o que me hagan un dios. ¿De
acuerdo, Pedro? Soy gaviota. Y quizá me encante volar...
—¡JUAN!
—Pobre Pedro. No creas lo que tus ojos te dicen. Sólo muestran limitaciones. Mira con
tu entendimiento, descubre lo que ya sabes, y hallarás la manera de volar.
El resplandor se apagó. Y Juan Gaviota se desvaneció en el aire.
Después de un tiempo, Pedro Gaviota se obligó a remontar el espacio y se enfrentó con
un nuevo grupo de estudiantes, ansiosos de empezar su primera lección.
—Para comenzar —dijo pesadamente—, tenéis que comprender que una gaviota es una
idea ilimitada de la libertad, una imagen de la Gran Gaviota, y todo vuestro cuerpo, de
extremo a extremo del ala, no es más que vuestro propio pensamiento.
Los jóvenes lo miraron con extrañeza. ¡Vaya, hombre!, pensaron, eso no suena a una
norma para hacer un rizo...
Pedro suspiró y empezó otra vez:
—Hum... ah... muy bien —dijo, y les miró críticamente—. Empecemos con el vuelo
horizontal. —Y al decirlo, comprendió de pronto que, en verdad, su amigo no había sido más
divino que el mismo Pedro.
¿No hay límites, Juan?, pensó. Bueno, ¡llegará entonces el día en que me apareceré en
tu playa, y te enseñaré un par de cosas acerca del vuelo!
Y aunque intentó parecer adecuadamente severo ante sus alumnos, Pedro Gaviota les
vio de pronto tal y como eran realmente, sólo por un momento, y más que gustarle, amó
aquello que vio. ¿No hay límites, Juan?, pensó, y sonrió. Su carrera hacia el aprendizaje
había empezado...