0% encontró este documento útil (0 votos)
17 vistas1 página

La Rutina Era La Misma Todas Las Mañanas

Un hombre carga un saco pesado sobre un asno y otro sobre un caballo cada mañana, pero un día decide poner dos sacos solo en el asno. El asno se queja del peso que debe soportar, mientras que el caballo, ligero y feliz, no muestra empatía por el sufrimiento de su compañero. La historia resalta la injusticia y la falta de consideración hacia los que llevan la carga más pesada.

Cargado por

yoconda villalba
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
17 vistas1 página

La Rutina Era La Misma Todas Las Mañanas

Un hombre carga un saco pesado sobre un asno y otro sobre un caballo cada mañana, pero un día decide poner dos sacos solo en el asno. El asno se queja del peso que debe soportar, mientras que el caballo, ligero y feliz, no muestra empatía por el sufrimiento de su compañero. La historia resalta la injusticia y la falta de consideración hacia los que llevan la carga más pesada.

Cargado por

yoconda villalba
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La rutina era la misma todas las mañanas: el hombre colocaba un enorme y pesado saco sobre

el lomo del asno, y minutos después, otro igual de enorme y pesado sobre el lomo del caballo.
En cuanto todo estaba preparado los tres abandonaban el establo y se ponían en marcha. Para
los animales el trayecto era aburrido y bastante duro, pero como su sustento dependía de
cumplir órdenes sin rechistar, ni se les pasaba por la mente quejarse de su suerte.

—————–

Un día, no se sabe por qué razón, el amo decidió poner dos sacos sobre el lomo de asno y
ninguno sobre el lomo del caballo. Lo siguiente que hizo fue dar la orden de partir.

– ¡Arre, caballo! ¡Vamos, borrico!… ¡Daos prisa o llegaremos tarde!

Se adelantó unos metros y ellos fueron siguiendo sus pasos, como siempre perfectamente
sincronizados. Mientras caminaban, por primera vez desde que tenía uso de razón, el asno se
lamentó:

– ¡Ay, amigo, fíjate en qué estado me encuentro! Nuestro dueño puso todo el peso sobre mi
espalda y creo que es injusto. ¡Apenas puedo sostenerme en pie y me cuesta mucho respirar!

El pequeño burro tenía toda la razón: soportar esa carga era imposible para él. El caballo, en
cambio, avanzaba a su lado ligero como una pluma y sintiendo la perfumada brisa de
primavera peinando su crin. Se sentía tan dichoso, le invadía una sensación de libertad tan
grande, que ni se paró a pensar en el sufrimiento de su colega. A decir verdad, hasta se sintió
molesto por el comentario.

– Sí amiguete, ya sé que hoy no es el mejor día de tu vida, pero… ¡¿qué puedo hacer?!… ¡Yo no
tengo la culpa de lo que te pasa!

También podría gustarte