Por: David K.
Bernard
Cuatro Aspectos de la Salvación: Justificación, Regeneración, Adopción, Santificación
“Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis
sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1
Corintios 6:11).
La salvación que Dios proporciona curará todos los problemas que han sido creados por el
pecado. Últimamente, restaurará todo lo que fue perdido por Adán y aun más (Romanos
5:15-21) y nos hará de nuevo en la imagen de Cristo (Romanos 8:29; 1 Juan 3:2).
Este capítulo habla de cuatro aspectos mayores de la salvación: la justificación, la
regeneración, la adopción, y la santificación.
La Justificación
La justificación es el hecho por el cual Dios declara le declara justo al pecador. El pecador
no llega a ser justo en sí mismo en ese momento, mas Dios le considera o cuenta como
justo, sin considerar sus pecados pasados. La justificación es un término legal que denota
un cambio de posición con relación a Dios.
La justificación consiste en dos elementos:
(1) Dios perdona al pecador y quita la culpa y la pena asociadas con sus pecados
(Romanos 4:6-8; 8:1).
(2) Dios imputa (transfiere) la justicia de Cristo al pecador, para que él pueda participar de
todo lo que el Cristo puro tiene derecho a recibir debido a Su justicia (Romanos 3:22; 4:3-5;
2 Corintios 5:20-21).
Como resultado de esta obra doble, el hombre justificado es reconciliado completamente a
Dios (Romanos 5:1, 9-10) y tiene derecho a heredar todas Sus promesas, incluso la vida
eterna (Romanos 5:9; 8:30; Gálatas 3:10-14; Tito 3:7).
La justificación que nos fue comprada por la sangre de Cristo tiene su origen en la gracia de
Dios: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en
Jesucristo, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos
3:24-25).
Solo viene por fe en Jesucristo y no por las obras de la ley: “Concluimos, pues, que el
hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28); “Mas al que obra, no se
le cuenta el salario como gracia, sino como deuda” (Romanos 4:5).
La sangre de Cristo representa Su obra redentora total, lo que incluye Su muerte (que
reunió los requisitos de la ley de Dios) y Su resurrección (sin la cual Su muerte no habría
tenido efecto). “Sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es,
a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue
entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos
4:24-25).
La gracia de Dios es la fuente de la justificación, la sangre de Cristo (la muerte, la sepultura,
y resurrección) es la base de la justificación, y la fe es la condición sobre la cual recibimos la
justificación.
Puesto que la justificación viene por la fe, ocurre cuando una persona ejerce plenamente la
fe salvadora, que incluye la obediencia al evangelio (capítulo 2). Por tanto, la obra completa
de la justificación viene por la fe cuando uno se arrepiente, se bautiza en el nombre de
Jesús, y recibe el Espíritu Santo.
En 1 Corintios 6:9-10 Pablo enumeró diez categorías de personas injustas que no
heredarán el reino de Dios. Dijo a continuación: “Y esto erais algunos, mas ya habéis sido
lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor
Jesús, y por el espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:11).
En otras palabras, la justificación ocurrió cuando fueron bautizados en el nombre de Jesús y
bautizados con el Espíritu Santo. Aunque este versículo no menciona específicamente la
palabra bautismo, Diccionario Smith de la Biblia dice que se refiere al bautismo:
“Generalmente se cree que aquí hay una alusión a ser bautizado en el nombre del Señor
Jesucristo . . . [La] referencia al bautismo parece incuestionable.”1 Un teólogo bautista
afirmó que, “La voz de erudición es unánime en afirmar la asociación con el bautismo.”2
Un examen mas al fondo de los propósitos del arrepentimiento, del bautismo en agua, y del
bautismo del Espíritu demuestra que la obra de la justificación se desarrolla en los tres. En
el arrepentimiento, el hombre y Dios comienzan a formar una relación personal, lo que
establece un fundamento para el bautismo en agua y el bautismo del Espíritu. En el
bautismo en agua, Dios perdona el pecado (Hechos 2:38) que corresponde al primer
elemento de la justificación.
El Espíritu Santo imparte la justicia de Cristo, porque el Espíritu es Cristo en nosotros: “Para
que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne,
sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:4); “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según
el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de
Cristo, no es de El. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a
causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Romanos 8:9-10).
El Espíritu que mora en nosotros nos da el derecho de recibir la salvación futura (Romanos
8:11). Por medio del Espíritu quedamos calificados para recibir las bendiciones y las
promesas de Dios (Romanos 8:15-17; Gálatas 3:14). En resumen, el bautismo del Espíritu
corresponde al segundo elemento de la justificación.
La obra de la justificación empieza con el arrepentimiento inicial de los pecados y se hace
completa cuando uno es bautizado de agua y del Espíritu. Por tanto, la justificación es
instantánea desde el momento de completar el nuevo nacimiento.
Sería incorrecto identificar a la justificación con un solo aspecto del nuevo nacimiento,
porque el nuevo nacimiento debe ser considerado como una sola obra en conjunto. Sin
embargo, en un cierto sentido, la justificación está disponible en una base continua para los
que cometen pecados después de la experiencia del nuevo nacimiento y se arrepienten de
ellos.
La Regeneración
La regeneración significa un nuevo nacimiento.
Es más que una reformación de la naturaleza vieja; el hombre regenerado recibe una
naturaleza nueva y santa que tiene poder sobre la naturaleza vieja y pecadora. El nuevo
nacimiento incluye dos elementos: (1) La destrucción del poder de la naturaleza vieja (2
Corintios 5:17) y (2) La recepción de una nueva naturaleza que es realmente la naturaleza
de Dios mismo (Efesios 4:24; Colosenses 3:10; 2 Pedro 1:4).
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La nueva naturaleza trae un cambio de deseos y actitudes (Efesios 4:23-32) y el poder de
vivir una vida nueva (Hechos 1:8; Romanos 8:4). El nuevo nacimiento no elimina la
naturaleza pecaminosa. El cristiano tiene dos naturalezas: la carne (la naturaleza
pecaminosa o carnal) y el Espíritu.
Si anda conforme a los deseos de la carne o depende del poder de la carne, no puede vivir
una vida santa y victoriosa (Romanos 7:21-25; 8:12-13; Gálatas 5:19-21). Si anda conforme
al Espíritu, puede disfrutar una vida de victoria sobre el pecado (Romanos 8:1-4; Gálatas
5:22-23; 1 Juan 3:9). Nadie puede ser salvo sin la obra de la regeneración en su vida (Juan
3:3- 7; Gálatas 6:15).
La regeneración tiene su origen en la gracia de Dios (Juan 1:13; Tito 3:5; Santiago 1:18) y
viene por la fe del individuo (Juan 1:12-13). Somos engendrados (o concebidos) por la
Palabra de Dios, es decir, el evangelio de Jesucristo (1 Corintios 4:15; Santiago 1:18; 1
Pedro 1:23).
El oír la Palabra siembra la semilla de nuestra salvación, pero para que ésta pueda
desarrollarse en el nuevo nacimiento tenemos que responder con fe por obedecer a Hechos
2:38. En el arrepentimiento y el bautismo en agua, nuestro hombre viejo se muere y es
sepultado, significando esto que son destruidos nuestro viejo estilo de vida y el dominio del
pecado sobre nosotros (Romanos 6:1-7).
El bautismo del Espíritu Santo imparte la nueva naturaleza y el poder permanente de
mantener muerto al hombre viejo (Romanos 8:8-9, 13). Así entonces el bautismo en agua y
el bautismo del Espíritu corresponden a los dos elementos de la regeneración, y los dos son
parte del nuevo nacimiento.
La regeneración, entonces, ocurre en el momento que nos arrepentimos, somos bautizados
en el nombre de Jesús, y recibimos el Espíritu Santo. La obra de la regeneración nos
beneficia a lo largo de nuestra vida cristiana al darnos los deseos piadosos, la dirección
espiritual, y el poder de vencer el pecado diariamente.
La Adopción
La adopción es el hecho de escoger y de poner a un niño. La regeneración indica que
somos hijos de Dios por medio de un nuevo nacimiento espiritual. La adopción significa que
nos llegamos a ser los hijos adultos de Dios y herederos por Su opción consciente. La
adopción, entonces, se refiere a nuestra posición como hijos de Dios con todos los
derechos asociados con ese estado.
En Gálatas 4:1-7, Pablo hizo contraste entre la vida bajo la Ley antes de Cristo y la vida en
el Espíritu después de Cristo. Antes de la muerte de Cristo, la gente vivía en la esclavitud al
mundo. El pueblo de Dios vivía bajo sumisión a la Ley, así como un niño que todavía no ha
llegado a ser mayor de edad vive bajo el mando de guardianes y tutores.
Sin embargo, después de la obra redentora de Cristo, los hijos de Dios llegaron a ser
mayores de edad, recibieron el Espíritu de Cristo, y recibieron el derecho a la herencia que
Dios siempre había planeado para ellos. Pablo usó la palabra adopción para describir este
cambio de estado, puesto que una adopción confiere derecho y privilegios a alguien que
nunca antes los había disfrutado.
En Romanos 8:14-17, Pablo usó la analogía de la adopción en una manera algo diferente.
En nuestra conversión, fuimos adoptados en la familia de Dios y llegamos a ser hermanos y
hermanas menores del hombre Cristo.
Como los hijos adoptivos, obtenemos todos los privilegios y derechos legales de un hijo
nacido natural. Cristo es el unigénito del Padre y el único que originalmente tenía derecho a
ser un heredero, pero por la adopción nosotros también llegamos a ser herederos del Padre
y, por consiguiente, coherederos con Jesucristo.
Todavía no hemos heredado todo los beneficios de la adopción. Todavía estamos
esperando la revelación completa de nuestra posición como hijos de Dios y la redención de
nuestros cuerpos físicos (Romanos 8:23).
La adopción tiene su origen en la gracia y la elección de Dios (Efesios 1:4-5) y viene por
medio de la fe (Gálatas 3:26). Las Escrituras indican que la adopción ocurre por medio del
bautismo en agua y el bautismo del Espíritu, porque esto es lo que nos coloca en la familia
de Dios: “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis
revestidos” (Gálatas 3:26-27); “Porque por un solo Espíritu fuimos bautizados en un cuerpo”
(1 Corintios 12:13); “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en
temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba,
Padre!” (Romanos 8:15). El Espíritu es tanto el agente de la adopción como el primer
beneficio de la adopción.
La adopción a la familia de Dios, por tanto, ocurre instantáneamente en el momento del
nuevo nacimiento. En un sentido, puesto que ya somos llamados los hijos de Dios, es un
evento pasado (1 Juan 3:1). Ya disfrutamos las primicias de nuestra herencia que es el
Espíritu de Dios (Romanos 8:23; Gálatas 4:6; Efesios 1:13-14), y tenemos la certeza de una
herencia futura.
Sin embargo, en otro sentido la adopción es todavía futura. Estamos siempre esperando la
revelación de nuestra posición ante toda la creación, la redención de nuestros cuerpos, y la
plenitud de nuestra herencia. Recibiremos todas estas cosas cuando regrese Cristo.
La Santificación
La santificación significa literalmente la separación. En el contexto de nuestra discusión
presente, es básicamente equivalente a la santidad, lo cual significa la separación del
pecado y la consagración a Dios. En el nuevo nacimiento, Dios nos separa del pecado (1
Corintios 6:11), pero esto es solo el comienzo del proceso. Dios sigue obrando en nosotros
para perfeccionarnos y hacernos santos.
La Biblia enseña que podemos alcanzar la madurez y la perfección en esta vida (2 Corintios
3:18; 7:1; Efesios 4:11-15; 2 Pedro 3:18). Esta no es la perfección absoluta y sin pecado
ejemplificada por Jesucristo, sino una perfección relativa, porque la naturaleza pecaminosa
y la posibilidad de pecar siempre moran en nosotros.
Podemos todos ser igualmente perfectos en un sentido relativo aunque podemos haber
logrado diferentes niveles en un sentido absoluto, tal como dos niños en etapas diferentes
de desarrollo pueden ser absolutamente normales y sanos.
Dios evalúa nuestras vidas en base de dónde hemos venido, cuáles son nuestras
capacidades, lo que El nos ha dado, y cuál es nuestro potencial (Mateo 13:23; 25:14-30). El
espera que experimentemos por un proceso de crecimiento (Marcos 4:26-29).
Si hemos nacido de nuevo, si crecemos a un ritmo debido en nuestra relación con Dios, si
usamos todo lo que Dios nos ha dado, si vivimos una vida arrepentida, y si llegamos a ser
progresivamente más y más como Jesucristo, podremos ser perfectos en Sus ojos.
La meta que El nos ha dado y la cual debemos esforzarnos a alcanzar es la perfección
absoluta (Mateo 5:48). Si nos sometemos al proceso de santificación, últimamente
Jesucristo nos transformará en la perfección absoluta y pura en Su venida (Filipenses
3:12-14; 1 Tesalonicenses 3:13; 1 Juan 3:2).
Nuestra santificación viene por gracia por medio de la fe, en base del sacrificio de Cristo
(Hechos 26:18; 1 Tesalonicenses 5:23; Hebreos 10:10). La obra inicial de la santificación
sucede en el momento del arrepentimiento, del bautismo en agua, y del bautismo del
Espíritu (1 Corintios 6:11). La obra seguida de la santificación viene por la operación del
Espíritu que mora en nosotros (2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:2) al vivir nosotros por la
fe a diario (Romanos 1:17).
En resumen, en primer lugar la santificación es un obra instantánea que ocurre cuando
nacemos de nuevo, cuando primeramente somos separados del pecado para Dios. La
santificación sigue progresivamente a lo largo de la vida cristiana y se hará completa al
venir Cristo por la iglesia.
El Plan Eterno de Salvación de Dios
Romanos 8:28-30 describe cinco pasos en el divino plan eterno de salvación para la
humanidad caída:
(1) La Presciencia. Dios sabía de antemano que la humanidad pecaría y que necesitaría la
salvación. El también sabía de antemano que cuando El les proporcionara la salvación,
algunos lo aceptarían.
(2) La Predestinación. Ya que Dios sabía de ante mano que habría esta reacción, desde la
fundación del mundo El planeó proveer la salvación por medio del sacrificio expiatorio de
Cristo (1 Pedro 1:18-20; Apocalipsis 13:8).
Los que escogen el plan de Dios son predestinados a ser conformados a la semejanza de
Jesucristo. La iglesia tiene el mandamiento de ser exitosa, pero cada individuo tiene que
escoger si va a ser parte o no de este plan preordenado. (¿Qué enseña la Biblia sobre la
Predestinación?)
(3) El Llamamiento. Poniendo Su plan en acción, Dios ha extendido un llamamiento a toda
la humanidad (“a todo aquel que quiere”) a ser parte de Su plan. Romanos 8 habla de un
llamamiento eficaz, y solamente los que realmente responden al llamado universal de Dios
pueden actualmente llegar a ser parte de la iglesia (ekklesia en el griego, que significa
literalmente “los llamados fuera”).
(4) La Justificación. Dios entonces justifica a los que aceptan Su llamamiento. Los declara
justos y esto les da el derecho a todo los beneficios de la salvación.
(5) La Glorificación. El último paso es la glorificación. Esta es la última obra de la
santificación. Romanos 8 habla de ella en el tiempo pasado porque en la mente de Dios es
un evento predestinado y absolutamente cierto para Su iglesia.
En ese momento recibiremos cuerpos glorificados con naturalezas completamente perfectas
y puras. Cuando el plan de Dios esté completo, tendremos liberación completa y eterna de
todo el poder y de los efectos del pecado.