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Biomoleculas

1) El documento describe la evolución del conocimiento sobre el cerebro y la función cerebral desde la antigua Grecia hasta el siglo XX. 2) Se destacan las contribuciones de Alcmeón, Galeno, Descartes y Cajal, así como el desarrollo de disciplinas como la neuroanatomía, neurofisiología y neurofarmacología. 3) En el siglo XIX se planteó el problema fundamental de la localización de funciones en el cerebro, abriendo el debate sobre esta cuestión que continúa en la actualidad.

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1) El documento describe la evolución del conocimiento sobre el cerebro y la función cerebral desde la antigua Grecia hasta el siglo XX. 2) Se destacan las contribuciones de Alcmeón, Galeno, Descartes y Cajal, así como el desarrollo de disciplinas como la neuroanatomía, neurofisiología y neurofarmacología. 3) En el siglo XIX se planteó el problema fundamental de la localización de funciones en el cerebro, abriendo el debate sobre esta cuestión que continúa en la actualidad.

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Las primeras preguntas y respuestas.

Hasta el siglo XIX


 
Alcmeón de Crotona en el siglo V aC describió los nervios ópticos encontrados en el curso de
sus disecciones y propuso que el cerebro era el asiento del pensamiento y las sensaciones. Es
sorprendente la intuición genial del pensamiento griego, como se desprende de este fragmento
del Corpus Hipocraticum sobre la epilepsia, en la “Enfermedad Sagrada”:
“Los hombres deben saber que las alegrías, gozos, risas y diversiones, las penas, abatimientos,
aflicciones y lamentaciones proceden del cerebro y de ningún otro sitio. Y así, de una forma
especial, adquirimos sabiduría y conocimiento, y vemos y oímos y sabemos lo que es absurdo y
lo que está bien, lo que es malo y lo que es bueno, lo que es dulce y lo que es repugnante… Y por
el mismo órgano nos volvemos locos y delirantes, y miedos y terrores nos asaltan… Sufrimos
todas estas cosas por el cerebro cuando no está sano… Soy de la opinión que de estas maneras
el cerebro ejerce el mayor poder sobre el hombre.”
Sin embargo, Aristóteles se adhirió a la idea de que el centro del intelecto residía en el corazón.
La naturaleza racional del hombre se debería a la gran capacidad del cerebro para enfriar la
sangre sobrecalentada por el corazón.
Galeno siguió la tesis hipocrática, y en base a la diferente dureza del cerebelo y del cerebro
propuso que el primero actuaba sobre los músculos y el segundo era el receptor de las
sensaciones y memorias. Relacionó los ventrículos cerebrales con las cavidades del corazón y
pensó que las sensaciones y movimientos dependían del movimiento de los humores hacia o
desde los ventrículos cerebrales, a través de los nervios. Por eso, hasta el siglo XVIII se pensó
que el tejido nervioso tenía una función glandular, siguiendo la teoría galénica de que los
nervios son conductos que transportan los fluídos secretados por el cerebro y la médula espinal
hacia la periferia del cuerpo.
«La filosofía mecanicista defiende que, llegando a conocer bien la máquina, lo físico, incluidos
el cuerpo humano y el cerebro, se llegarán a conocer todos los entresijos del mundo.»
Aunque Vesalio aportó muchos detalles sobre la anatomía del cerebro, el concepto de
localización ventricular de las funciones cerebrales no experimentó cambios durante el
Renacimiento. La invención de las máquinas hidráulicas durante la época, posiblemente
contribuyó a reforzar la teoría ventricular: los líquidos expulsados desde los ventrículos
“bombean” al sujeto, por eso los músculos aumentan de tamaño durante el movimiento.
René Descartes (1596-1650) defendió la teoría mecanicista de la función cerebral para explicar
la conducta de los animales. Pero para él esta teoría no explicaría la complejidad de la conducta
humana, pues el hombre, al contrario que los animales, posee un intelecto y un alma dada por
Dios. Por eso Descartes creía que el cerebro controla la conducta humana en lo que ésta tiene
de animal y que las capacidades especiales del hombre residen fuera, en la mente (“l’esprit”).
Descartes inicia así dos líneas de pensamiento extraordinariamente influyentes hasta hoy . Por
un lado la filosofía mecanicista, desarrollada fundamentalmente por sus sucesores, que
defiende que llegando a conocer bien la máquina, lo físico, incluídos el cuerpo humano y el
cerebro, se llegarán a conocer todos los entresijos del mundo. Por otro lado, Descartes es el
padre de la problemática mente-cerebro, que actualmente es objeto de debate apasionado entre
muchos neurocientíficos.

Emergencia de la Neurociencia. Siglos XIX y XX


Con el desarrollo del microscopio y de las técnicas de fijación y tinción de los tejidos, la
Anatomía del sistema nervioso experimentó un notable avance que culminó con la obra genial
de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934). Utilizando una técnica de impregnación argéntica
desarrollada por el italiano Camillo Golgi (1843-1926), Cajal formuló la doctrina neuronal -el
sistema nervioso está formado por células independientes, las neuronas, que contactan entre sí
en lugares específicos- y construyó un gran cuerpo de doctrina neuroanatómica. Cajal fue un
científico moderno, que no se limitó a describir estructuras estáticas, sino que se preguntó por
los mecanismos que las gobiernan. Sus aportaciones a los problemas del desarrollo, la
degeneración y la regeneración del sistema nervioso siguen siendo actuales.
«Cajal fue un científico moderno, que no se limitó a describir estructuras estáticas, sino que se
preguntó por los mecanismos que las gobiernan. Sus aportaciones a los problemas del
desarrollo, la degeneración y la regeneración del sistema nervioso siguen siendo actuales.»
La doctrina neuronal fue confirmada desde otros campos experimentales. El embriólogo Ross
Harrison desarrolló los métodos de cultivo tisular y demostró en 1935 que las prolongaciones
de las neuronas, las dendritas y el axón, están en continuidad con el cuerpo neuronal y se
desarrollan a partir de él. Harrison confirmó que los conos de crecimiento de los axones guían
el crecimiento de éstos hacia sus lugares de destino.
La Neurofisiología es la tercera disciplina científica fundamental para el estudio de la función
neural. Nació a finales del siglo XVIII cuando Luigi Galvani descubrió que las células
musculares producen electricidad. En el siglo XIX, Emil Dubois-Reymond, Johannes Müller y
Hermann von Helmholtz desarrollaron los fundamentos de la electrofisiología. Von Helmholtz
(1821-1894) descubrió que la actividad eléctrica de las células nerviosas es la forma de
transmitir información desde un extremo a otro de una célula, y también desde una célula a
otra. El médico escocés Charles Bell (1774-1842) y el fisiólogo francés François Magendie
(1783-1855) aclararon el problema de los caminos que sigue la transmisión de las señales entre
el sistema nervioso y la periferia. La pregunta era si la conducción desde y hacia el sistema
nervioso tenía lugar a lo largo de un mismo axón, con conducción por tanto bidireccional, o a lo
largo de axones diferentes. A principios del siglo XIX, Bell cortó separadamente las raíces
dorsales y las ventrales de la médula espinal en animales y observó que sólo cortando las
ventrales aparecía parálisis. Magendie demostró que las raíces dorsales transmiten
información sensorial. De los estudios de Bell y Magendie se concluyó que en cada nervio
raquídeo hay una mezcla de axones, cada uno de los cuales transmite información sólo en un
sentido. Por último, es importante señalar la importancia del trabajo neurofisiológico del
británico Sir Charles Scott Sherrington (1857-1952), quien, entre otras aportaciones
fundamentales, dió el nombre de “sinapsis” al contacto interneuronal, una aportación original
de Cajal. Las contribuciones de Sherrington fueron importantes para confirmar la tería
neuronal propuesta por el científico español desde el campo de la Neuroanatomía.
El impacto de la cuarta disciplina, la Farmacología, comenzó al final del siglo XIX cuando
Claude Bernard, Paul Ehrlich y John Langley demostraron que los fármacos interaccionan con
receptores específicos en las células. Este descubrimiento constituye la base del estudio
moderno de la transmisión química sináptica y de la Neurofarmacología actual.
La Bioquímica ofreció una aportación fundamental a la Neurología en los años sesenta del siglo
XX, cuando Hornykiewicz observó una disminución de una amina biógena, la dopamina, en el
cerebro de pacientes con enfermedad de Parkinson. Constituye la primera documentación de
una correlación fisiopatológica entre el déficit en un neurotransmisor y la presencia de un
trastorno neurológico. Este descubrimiento llevó a Birkmayer y a Hornikiewicz a intentar un
remedio terapéutico farmacológico. La administración de L-Dopa, un precursor de la dopamina
que atraviesa la barrera hemato-encefálica, es aún un remedio eficaz, aunque no sea definitivo,
para los enfermos de Parkinson.
La Psicología, otra de las disciplinas importantes en el desarrollo de la Neurociencia, es la que
tiene la más larga tradición. Aunque toda la tradición filosófica occidental, desde los griegos
hasta la actualidad, se ha preguntado por la naturaleza de la mente y el comportamiento
humanos, el estudio científico de la conducta mediante la observación no se inició hasta la
segunda mitad del siglo XIX. Charles Darwin (1809-1882), con sus investigaciones sobre la
evolución de las especies, abrió el camino para la Psicología Experimental, que se ocupa de
estudiar la conducta en el laboratorio, y la Etología, que estudia la conducta en el medio
natural. Darwin incluyó la conducta entre los rasgos heredados susceptibles de evolución. Por
ejemplo, observó que muchas especies presentan reacciones semejantes cuando se les somete a
estrés, como dilatación de las pupilas, aumento de la frecuencia cardíaca y piloerección. El
concluyó que estas semejanzas indican que esas especies evolucionaron a partir de un
antepasado común que poseía el mismo repertorio funcional. Además, las observaciones de
Darwin implican que es posible relacionar los resultados de estudiar la conducta o el sistema
nervioso de los animales con la conducta y el sistema nervioso humanos.
«En el siglo XIX se planteó un problema fundamental en la historia de la Neurociencia: la
localización de funciones en el cerebro.»
En el siglo XIX se planteó un problema fundamental en la historia de la Neurociencia: la
localización de funciones en el cerebro. La convergencia de la Neuroanatomía y la
Neurofisiología es evidente a lo largo del debate localizacionista que presento a continuación.
El médico y neuroanatomista austríaco Franz Joseph Gall (1757-1828) propuso que las
funciones de la mente tienen una base biológica, cerebral, en concreto. Postuló que el cerebro
no es un sólo órgano, sino que consiste al menos en 35 centros, cada uno de los cuales se
relaciona con una función mental. Además, Gall pensó que cada centro se desarrollaría y
aumentaría de tamaño cuanto más funcionase, de la misma forma que el tamaño de los
músculos aumenta con el ejercicio. El crecimiento de los centros originaría una protrusión en el
cráneo, y por tanto la localización de los relieves craneales y la estimación de su tamaño
revelarían la personalidad del individuo. Las ideas de Gall fueron muy controvertidas, no sólo
por la dificultad de confirmar los datos, sino también porque implicaban una concepción
materialista de la mente, al afirmar que determinadas partes del cerebro rigen funciones tan
específicamente humanas como la esperanza, la generosidad o la autoestima.
Las contribuciones del neurólogo británico Hughlings Jackson (1835-1911), apoyaron el
concepto de que en el cerebro hay centros especializados en determinadas funciones. Partiendo
de la observación de pacientes epilépticos, Jackson dedujo la existencia de una región motora,
organizada somatotópicamente, en la corteza cerebral. En torno a la misma época, en 1870,
Gustav Fritsch y Eduard Hitzig demostraron experimentalmente que la estimulación eléctrica
de una región cerebral del perro producía movimientos de las extremidades.
A principios del siglo XX surgió en Alemania una nueva escuela en torno a la idea de la
localización cortical, liderada por los anatómicos Vladimir Betz, Theodore Meynert, Oskar Vogt
y Korbinian Brodmann. Esta escuela intentó distinguir diferentes áreas funcionales en la
corteza cerebral en base a su citoarquitectura. Empleando este método, Brodmann (1868-1918)
describió cincuenta y dos áreas en la corteza cerebral humana y sugirió que cada una de ellas
tiene una función específica.
A pesar de los datos anatómicos, fisiológicos y clínicos a favor de la localización funcional, en la
primera mitad del siglo XX dominaron concepciones unitarias de la función cerebral. El más
influyente de los investigadores de este grupo fue Karl Lashley (1890-1958), quien en sus
estudios de conducta en ratas apreció que los trastornos del aprendizaje producidos por
lesiones cerebrales dependían más de la extensión del daño producido que de la localización de
la lesión. Lashley concluyó que el aprendizaje y otras funciones mentales no tienen una
localización específica en el cerebro y en consecuencia no pueden ser asociadas a determinados
grupos neuronales o regiones corticales. Hoy se interpreta que la tarea utilizada por Lashley es
inadecuada para estudiar la localización de funciones porque incluye varios procesos
sensoriales y motores. La destrucción de una región implicada en un procesamiento sensorial
produce un déficit que puede ser compensado por otras funciones sensoriales indemnes.
Los datos en favor de la localización de funciones se han multiplicado en las últimas décadas. A
partir de los años treinta, Edgar Adrian en Inglaterra y Wade Marshall, Clinton Woolsey y
Philip Bard en los EEUU descubrieron que estímulos tactiles producen respuestas que pueden
ser registradas en regiones específicas de la corteza cerebral. Poco después, Jerzy Rose, Clinton
Woolsey y otros, reexaminaron el concepto de área arquitectónica. Sus estudios llevaron a la
conclusión de que se pueden definir áreas corticales en base a varios criterios independientes,
incluyendo el citoarquitectónico, el conectivo, y el fisiológico.
«Otro caso particularmente adecuado para ilustrar la convergencia de disciplinas que lleva a la
Neurociencia moderna es la evolución de los estudios sobre el lenguaje, una función cognitiva
específicamente humana.»
Otro caso particularmente adecuado para ilustrar la convergencia de disciplinas que lleva a la
Neurociencia moderna es la evolución de los estudios sobre el lenguaje, una función cognitiva
específicamente humana.
El cirujano francés Pierre Paul Broca (1824-1880) describió en 1861 el caso de un paciente que
podía comprender el lenguaje pero no hablar. Su cerebro presentaba una lesión en la parte
posterior del lóbulo frontal izquierdo, que hoy se conoce como área de Broca. En los años
siguientes, Broca estudió varios pacientes más, casi todos con lesiones en el hemisferio cerebral
izquierdo, lo que le llevó a afirmar uno de los principios más conocidos sobre la función
cerebral: “¡Nous parlons avec l’hémisphère gauche!”
En 1874, Karl Wernicke (1848-1904) publicó un trabajo titulado: “Der aphasische
Symptomenkomplex.” Los pacientes de Wernicke podían hablar, pero no entender, y su lesión
cerebral estaba en la parte posterior del lóbulo temporal izquierdo, en la encrucijada con los
lóbulos occipital y parietal. Además de presentar sus descubrimientos, Wernicke propuso una
nueva teoría de la función cerebral, llamada conectivismo. Según ella, sólo las funciones
mentales más elementales, como las actividades motoras o perceptivas sencillas, tienen una
localización en una única región cerebral. Las conexiones entre las diversas áreas hacen posible
las funciones intelectuales complejas. Al colocar el principio de la función localizada en un
marco connectivista, Wernicke indicaba implícitamente que diferentes aspectos de una misma
función son procesados en diferentes lugares del cerebro. Esta noción se conoce hoy como
procesamiento distribuido y posiblemente es uno de los conceptos más fecundos en la moderna
Neurociencia.
Actualmente, el estudio del lenguaje se enfoca simultáneamente desde el campo de la
Neurología, la Neuropsicología, la Neuroanatomía y la Neurofisiología. La introducción de las
modernas técnicas de exploración funcional del cerebro ha supuesto en este terreno, como en
otros muchos, una nueva vía de acceso a la comprensión de las funciones cerebrales más
complejas, muy en particular de las específicamente humanas.
La clave del vigor de la Neurociencia actual reside en el enfoque multidisciplinario de todas las
preguntas relacionadas con el órgano más complejo, espléndido y admirable de la naturaleza, el
sistema nervioso.

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