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El Naufrago Que La Sedujo - Elsa Tablac

Elsa Tablac

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Contenido

Créditos
Sinopsis
EL NÁUFRAGO QUE LA SEDUJO
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
EPÍLOGO
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El náufrago que la sedujo
HOTEL PARADISO #4

Primera edición: Agosto 2022


Copyright © Elsa Tablac, 2022

Todos los derechos reservados. Quedan prohibidos, sin la autorización escrita del titular del
copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea
electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la
obra. Si necesita reproducir algún fragmento de esta obra, póngase en contacto con la autora.
SINOPSIS 

Kayla, la recepcionista del Hotel Paradiso, no iba a dejar que aquel atractivo náufrago se
ahogase. Ni la evidente diferencia de edad que los separa, ni los secretos que ambos se guardan
son un obstáculo en esta mininovela…¡con intriga romántica incluida!

KAYLA
Estamos en pleno 2022, pero a alguien se le ha ocurrido vivir solo en una isla desierta.
Y ese alguien es Rod, el mismo que casi se ahoga en la playa después de que su barcaza se hunda.
¡Un náufrago! Un náufrago al que no dudo en rescatar y esconder en la habitación del hotel en el que
trabajo.
¿Que eso me traerá problemas por la mañana?
¡Pero si para mí el mañana no existe!

ROD
No me creo mi suerte.
Huyo de la maldita isla en una barca construida por mí mismo y naufrago a pocos metros de una
playa.
Y una joven perfecta, un auténtico ángel, cae del cielo solo para rescatarme.
Estoy dispuesto a cambiar de planes solo por quedarme cerca de ella, a pesar de que Kayla me oculta
hasta su verdadera identidad.
Pero, ¿quién soy yo para recriminárselo?
Si ella tampoco sabe quién soy en realidad…

Bienvenidos al Hotel Paradiso, el sitio perfecto para un amor de verano de esos que dejan
huella. Esta es una historia corta y ardiente para leer en una hora. Todas las historias de Hotel
Paradiso son autoconclusivas y pueden leerse en el orden que quieras. ¡Vuela ya a por toalla, cóctel
refrescante y kindle!
El náufrago que la sedujo
Hotel Paradiso #4

Elsa Tablac

CAPÍTULO 1
KAYLA

Uno de mis rincones favoritos de White Meadows, un poco más allá de


las rocas de Hoover, era la cala de la Sirena Triste. No tenía la menor idea
de por qué la llamaban así —nadie en el Hotel Paradiso lo sabía—, pero en
cuanto puse un pie en la arena supe que aquel sería mi refugio. 
Hacía ya seis meses que trabajaba en la recepción del Hotel Paradiso y
había encontrado en aquella isla perdida de las Bahamas mi escondite
perfecto. Nadie sabía que estaba allí. Nadie conocía mi verdadera identidad.
A partir de ese verano era Kayla Biggs, una chica joven e inocente de
Florida que se había tomado un año libre antes de retomar sus estudios. Un
año que tal vez se alargaría, si me gustaba la isla y mi empleo en el hotel. 
Es muy liberador llegar a un sitio nuevo e inventarse un pasado, una
nueva identidad. ¿Lo has hecho alguna vez? Empezar de cero puede ser
adictivo. Me gustó tanto crear una nueva “yo” que pensé que tendré que
repetirlo pasados unos años. Me resetearía cada cierto tiempo. No tenía
intención de anclarme a ningún sitio ni a ninguna persona, porque eso, en el
pasado, no había funcionado. Había sido un completo desastre. 
Y así había acabado allí, en White Meadows, trabajando y aprendiendo
junto a Ellen, la gerente del hotel y mi jefa directa. Y todo estaba bien. El
Caribe no es un mal sitio para empezar de cero, ¿no crees?

Era un empleo absorbente e intenso. Mi trabajo consistía en asegurarme


de que nuestros huéspedes se instalaban en sus habitaciones sanos y salvos.
El resto del tiempo me dedicaba a apagar fuegos de todo tipo y a ayudar a
Ellen en cualquier cosa que se le ocurriese para mantenerme ocupada.
Eso no significa que no buscase mis espacios y momentos para estar
sola. 
Y la cala de la Sirena Triste era el sitio perfecto para desconectar. A una
media hora a pie del hotel, había que dejar atrás las rocas Hoover y llegar
hasta el final de la playa de White Meadows, donde solían concentrarse los
huéspedes del hotel. 
El club de playa tenía todo lo que necesitaban para no tener que moverse
de allí; y lo cierto es que era un sitio espectacular. Los empleados del hotel,
obviamente, sí solíamos desplazarnos un poco más o ir a Moxey Town —la
localidad más próxima al hotel— en nuestros días libres.
Algunos vivían en aquel pueblo vecino; pero yo me alojaba en una de
las amplias habitaciones con cocina del Paradiso. Era mucho más cómodo
pero también más inmersivo. Ese era el reverso peligroso: Ellen sabía
dónde localizarme a todas horas. Y aunque la jefa respetaba bastante mi
tiempo libre, a veces no me quedaba más remedio que echarle un cable
cuando acontecía algún desastre.

Pero ese día no. Era mi momento de paz; y estaba a punto de verse
alterado —no solo en esa tarde, sino el resto de mis días—, por un extraño
avistamiento. Eran las siete y media. Estaba a punto de guardar mis bártulos
en mi bolsa de tela. Iba ya a recoger mi toalla, mi gorra, —que ya no
necesitaba, pues el sol empezaba a ponerse— y la novela de misterio que
andaba leyendo. 
Y entonces lo vi. Y tuve que parpadear varias veces para asegurarme de
que no era una extraña fata morgana, una de esas ilusiones ópticas que
juegan con nuestra mente en el horizonte del mar.
Era una rústica barcaza de madera y dentro había un hombre. 
Parecía remar con una especie de tronco y diría que su torso estaba
demasiado cerca del agua. Calculé la distancia desde la playa hasta aquella
inestable y dudosa barca. Dudosa por su consistencia, porque parecía tan
endeble que estaba a punto de hundirse. Me acerqué a la orilla, donde las
olas rompían. Algo me decía que aquel hombre estaba en serios apuros. 
Agité los brazos en el aire en su dirección. Estaba sola en la cala, y
juraría que él me había visto, pues remaba en mi dirección y en un instante
en que se tomó un respiro elevó su brazo derecho en el aire en señal de
respuesta. Pero aún estaba lejos, tal vez a unos trescientos metros de
distancia. Me sentí inquieta. El hombre remaba claramente en dirección a la
playa. No pensaba moverme de allí hasta asegurarme de que estaba a salvo.
Y entonces… se esfumó. La barca desapareció por completo de mi
campo visual. 
¿Había sido una ilusión óptica? ¿Era solo mi mente jugándome malas
pasadas? No era posible. No estaba tan lejos y lo había visto perfectamente.
Estaba convencida. Corrí hacia un conjunto de rocas desde el cual tendría
una mejor panorámica de la cala. 
Desde allí entendí lo sucedido. La barcaza se había hundido y el hombre
que la ocupaba trataba de nadar hacia la playa. Este es uno de esos
momentos en los que sería útil tener un teléfono móvil, pensé. No poseía
uno de esos aparatos desde que iba al instituto en Florida, y a mis
diecinueve años probablemente era una de las pocas chicas del siglo
veintiuno que no disponía ni del teléfono más simple. Tampoco lo echaba
en falta, hasta ese instante.
Observé cómo el hombre trataba de alcanzar la playa a nado y cuando
apenas le faltaban cincuenta metros, volví a perderlo de vista. 
No lo pensé más. Me quité el pantalón y corrí hacia el mar. 
No sabía exactamente qué estaba haciendo. Jamás había rescatado a
alguien, a pesar de que era una buena nadadora.
Ni siquiera estaba cien por cien segura de que el ocupante de la barca
hundida necesitase mi ayuda. Solo seguí mi instinto y respondí a la firme
convicción de que eso era lo que debía hacer en aquel momento.

Soy consciente de que en mis diecinueve años he cometido un buen


puñado de errores, pero algo que jamás me había fallado era mi intuición. 
Nadé hacia el punto exacto donde el hombre se había hundido y
efectivamente, observé cómo una mano energía a la superficie. 
Tenía problemas para mantenerse a flote. Probablemente estaba
exhausto. Me sumergí a gran velocidad y lo localicé bajo el agua. Lo rodeé
con mis brazos y agité mis pies con toda la fuerza que logré reunir para
regresar a la superficie. 
—Tranquilo. Te tengo. Deja que te ayude a llegar a la playa.
Apenas podía unir mis manos alrededor de su torso. Era grande y fuerte,
y los últimos rayos de sol me permitieron apreciar lo atractivo que era, a
pesar de su rostro curtido y una barba algo más larga y densa de lo común.
¿Quién era aquel hombre? ¿Qué hacía solo, en medio del mar? 
Por suerte en el agua su cuerpo era ligero. Se dejaba ayudar. Lo sujeté
con fuerza y nadé con la mano que tenía libre. Seguí moviendo mis pies con
fuerza. Durante los últimos metros, antes de que pudiésemos alcanzar el
suelo arenoso de la cala, noté cómo él mismo me ayudaba. Los últimos
metros los salvamos con mucha dificultad, pues él estaba prácticamente
inconsciente. No podía estar segura de si había tragado mucha agua, pero
parecía exhausto, derrotado por el monumental esfuerzo. 
Me rodeó los hombros con su brazo y caminó hasta la orilla con mucha
dificultad. En cuanto pisamos tierra firme se desplomó. 
Sabía perfectamente lo que tenía que hacer para reanimarlo, y aún así
me detuve un segundo para contemplarlo y apartar el pelo de su rostro.
En mi vida había visto a un ser tan guapo y tan misterioso. Era uno de
esos hombres que siempre tendrá algo de desconocido, aunque te permita
acompañarle cada día en su existencia.

CAPÍTULO 2
ROD

Ojalá todos los despertares fueran así. Abrí los ojos y una belleza
extremadamente joven, con el rostro salpicado de gotas de mar y arena,
esperaba mi prueba de vida. 
Juraría que acababa de probar sus labios, o al menos el oxígeno que
estos me insuflaron; y bien merecía la pena no abrir los ojos, no cruzarse
con su mirada, si eso significaba que iba a inclinarse de nuevo sobre mi
boca y exhalar en mi garganta.
Mi salvadora.
Reaccioné gracias a su oxígeno.
Me incorporé rápidamente mientras tosía.
¿Qué había sucedido?
—Tranquilo. Estás a salvo —me dijo ella.
Me giré sobre mi hombro y escupí el agua que aún guardaba en los
pulmones.
—¿He estado…a punto de ahogarme?
La chica asintió. Era un ángel. ¿Era demasiado joven? Parecía apenas
una adolescente. ¿Cómo había conseguido sacarme del agua? Seguramente
pesaba la mitad que yo. 
En cuanto me aseguré de que volvía a respirar, de que volvía a estar en
este mundo, me di cuenta de que requería 
saber su nombre, y cómo localizarla si desaparecía durante el próximo
minuto. 
Además, necesitábamos imperiosamente no ser dos desconocidos.
Aquella chica me había salvado la vida. Mi regreso a la civilización había
acabado en los brazos perfectos. 
Llevé mi mano derecha a su mejilla. ¿Ella también vivía en una isla
desierta, igual que yo en mis últimos tres meses? Observé su bañador
deportivo y nuevo y su cuidada melena oscura. 
No.  
Había alcanzado algún tipo de civilización.
—Tu nombre —susurré—. ¿Cuál es tu nombre?
La chica se apartó rápidamente al ver que yo ya no necesitaba su aire.
Reconocí mi voz. Tal vez sonaba demasiado imperativa. Aparté la mano de
su rostro enseguida. Tenía que recuperar las formas de inmediato. 
—Yo soy Roderick. Pero todo el mundo me llama Rod. O me llamaba,
hasta que… me aislé.
La tensión de su rostro se disipó al instante. Así había que actuar con mi
salvadora. 
Paso a paso, ganándome su confianza segundo a segundo. 
Ofreciéndole un poco de información a cambio de la suya.
—¿De dónde…has salido? ¿Eres…? 
Me incorporé un poco más. Me moría de sed.
—¿No tendrás algo de agua, por casualidad? —le pregunté. 
—Agua. Claro. Espérame aquí y vuelvo en un segundo.

¡Como si fuera a moverme de su lado! Sonreí ante semejante ocurrencia.


Escaparme de aquella cala desconocida mientras mi perfecta salvadora
corría hacia el lugar donde había plantado su bolso y su toalla y volvía a mi
lado con una botella medio llena.
Enseguida me ofreció el agua y gané unos segundos para poder elaborar
un discurso algo convincente y articulado. Ella tenía más preguntas que
respuestas podía ofrecerle yo. La cuestión era que naufragar delante de ella
no era relevante para mí. Lo que me interesaba era qué hacía allí, qué debía
hacer para acompañarla el resto de la noche. Dios mío, era una completa
desconocida. Tal vez la falta de oxígeno me había afectado el cerebro.
—¿Eres un náufrago?—me preguntó, mientras observaba mi barba
desastrosa. 
En ese momento deseé estar más presentable para ella. Necesitaba una
ducha y una cuchilla de afeitar. La ropa sería algo secundario, en el fondo.
—Exactamente eso —contesté—. Como has podido comprobar, mi
balsa no ha resistido el viajecito.
—Pero, ¿de dónde vienes? ¿Dónde estabas?
¿Cuánto podía contarle en nuestra primera hora juntos? No deseaba
entrar en detalles y hacer pedazos la magia que sentía. No quería que
aquella chica buscase mi nombre y mi apellido en Google. Decidí ofrecerle
información a cuentagotas y pedirle un segundo favor. 
¿Sabías que si pides un favor y te lo conceden, es muy posible que esa
misma persona acceda a concederte un segundo favor inmediatamente
después?
—He pasado los últimos meses en el islote de Shaw. Un viejo sueño,
eso de vivir un tiempo en una isla desierta. Debían recogerme hace seis
días, tal y como acordé con uno de los servicios de transportes de Nassau.
El barco no pasó a buscarme y me quedé sin reservas. Así que construí una
balsa con mis propias manos, y he tardado casi seis horas en llegar hasta
aquí. Hasta…
—Estás en White Meadows —contestó—. Esta es una zona turística,
¿sabes? No es otra playa desierta. Es solo un lugar tranquilo en medio de la
vorágine de veraneantes.
—Aún no me has dicho tu nombre.
Y eso es algo casi insoportable, estuve a punto de añadir. 
—Soy Kayla.
—Kayla. Gracias por sacarme del agua. Es evidente lo que habría
pasado si no hubieses estado aquí. ¿Qué haces sola en esta playa?
Me di cuenta de que esa idea, Kayla sin compañía, me incomodaba un
poco. Era una joven fuerte e independiente, saltaba a la vista, pero la idea
de que anduviese sola por una playa desierta, al anochecer, me provoca
cierto desasosiego. Quería acompañarla. 
—Es…es mi tarde libre.
—¿Vives aquí, en White Meadows?
—Trabajo en un hotel cercano. Vivo en el hotel. Temporalmente. 
Me incorporé del todo. Me senté en la arena, con el aliento ya
recuperado. 
—¿Crees que estás recuperado? No has estado a punto de ahogarte. Me
parece que simplemente te has desmayado por el sobreesfuerzo. ¿Necesitas
que llamemos a una ambulancia? —me preguntó Kayla. 
—No, muchas gracias. Creo que solo necesito descansar. Dormir. Estoy
exhausto. El problema es que he perdido mis cosas.
Me observó de arriba a abajo. 
—¿Tienes dónde ir?
Negué con la cabeza. La verdad, solo supe que tenía que salir de aquella
isla. No pensé en las consecuencias, en lo que sucedería cuando tocase
tierra firme —cualquier tierra firme—. Lo principal era salir de allí y luego
ya lidiaría con las consecuencias. 
—Mi idea era acercarme a algún hotel de la costa y pedir que me
dejasen hacer un par de llamadas. 
—Dios mío, ¿no tienes hambre? —me preguntó de repente. 
Paseó la mirada por mi torso, y aunque sé que no era una mirada de
deseo, sino de pura curiosidad, aquel gesto me encendió. Despertó algo en
mí que llevaba meses en coma, tal y como había decidido antes de viajar a
aquella isla. Y no, no era porque llevase meses sin ver a una mujer. Pero
desde luego ninguna tan atractiva como ella. Su bondad y aquella voluntad
de prestar su ayuda incondicional me conmovía y me excitaba a partes
iguales.
Kayla se levantó de nuevo y se acercó a su bolso. Solo que en esa
ocasión lo cogió, sacudió la toalla y regresó definitivamente a mi lado. 
—Toma. Es lo único que tengo aquí.
En su mano extendía unas barritas de chocolate Kit Kat. 
—Suficiente. Gracias de nuevo. ¿Me la dejas? —pregunté, señalando su
toalla—. Es lo último que te pediré hoy. Creo.
—Claro, sécate.
—No es para secarme, Kayla. Es para dormir esta noche en la playa.
Mañana veré qué hago.
Me miró espantada. 
—Rod, ¿de verdad crees que voy a dejar que te quedes aquí solo
después de lo sucedido? 
—No debes preocuparte por mí. Estoy acostumbrado a dormir al raso.
Es lo que he hecho durante meses. Encenderé una hoguera y…
—Eso no es necesario. Trabajo en un hotel de lujo que está a una media
hora caminando. Veinte minutos si vamos algo rápido. Y sé muy bien que
hay habitaciones vacías. Vendrás conmigo, y allí podrás comer algo, darte
una ducha y descansar. 
¿Qué responder ante semejante generosidad? ¿Cómo iba a tener el valor
de apartarme de mi salvadora?
—Suena a plan perfecto —le dije.
—Vámonos. 
La sonrisa que esperaba desde que pisé la arena apareció en aquel
mismo instante. 
No podía hacer otra cosa que seguirla. La verdad que aquella chica
merecía toda mi atención y mi tiempo. Cualquier otra cosa, como las
llamadas que tenía que hacer, iba a tener que esperar. Tal vez hasta la
mañana siguiente.

CAPÍTULO 3
KAYLA

Estoy loca. No hay ninguna necesidad de esto, pensé, mientras


introducía al náufrago a escondidas en mi apartamento, en la zona de
empleados. No había una política muy definida con respecto a traer
“invitados” a las habitaciones en las que pernoctaba el personal del Hotel
Paradiso; pero conocía al dedillo las normas implícitas y sabía que el
procedimiento correcto pasaría por avisar a Ellen, que libraba esa noche, y
contarle la peculiar situación. 
Era un hombre posiblemente indocumentado, desconocido. Podía ser
quien decía que era, su nombre tal vez era Roderick. O no. 
Ser un náufrago guapo y desvalido no podía ser suficiente para
quedarme a solas con él en medio de la noche, y supongo que mi parte
analítica y razonable lo sabía muy bien. 
Pero era humana, lo había sacado del agua —aún no me explicaba muy
bien cómo—; de donde jamás había rescatado a nadie. Quería ofrecerle un
refugio, no necesariamente un teléfono para que alguien, tal vez otra mujer,
viniese a buscarlo. Una ducha caliente, algo de comida y bebida. Una cama.
Una cama.
Me estremecí ante la simple idea de compartirla con él. Era algo latente
en mi pensamiento desde que había logrado sacarlo del agua y devolverle el
aliento. 
—¿Vives aquí? —preguntó Rod, girando sobre sí mismo en mitad del
salón.
—Sí. Al menos mientras trabaje en el hotel.
—¿Qué haces exactamente?
—Estoy en la recepción.
—¿De dónde eres? Perdona por todas estas preguntas, Kayla. Lo quiero
saber todo sobre ti.
Sonrió.
Y yo me ruboricé.
No sabía exactamente qué decirle. ¿Cómo podía hablarle de un pasado
del que aún estaba huyendo?
—Soy de Orlando. No puedo contarte mucho más, Rod. Oye, si te
parece voy a la cocina a buscar algo de cena. Creo que es mejor que te
quedes aquí, por el momento. Hasta que sepa cómo ayudarte exactamente.
Se acercó enseguida y me cogió las manos de forma espontánea.
—No quiero que tengas problemas por mi culpa, Kayla. Y ya me has
ayudado suficiente. Me has salvado la vida. 
—Oh, vamos. Habrías llegado a la playa. Seguro. No ibas a ahogarte…
Me apretó un poco los dedos.
—Sería feliz si me dejas quedarme solamente esta noche. Por la mañana
tendré que lidiar con cosas. Con algunos problemas. Con gente. Con
llamadas de teléfono. He estado desaparecido una temporada y no todo el
mundo estará contento con eso, ni con las explicaciones que les pueda
ofrecer —se detuvo un instante—. Pero si todo esto puede causarte el más
mínimo problema debes decírmelo y me marcharé enseguida. 

Esa última frase sonó dura y terrorífica y me hizo darme cuenta de que
no quería bajo ningún concepto que Rod se fuera. No iba a ser un problema,
siempre y cuando nadie lo viese salir y entrar de mi habitación. 
Los empleados del Paradiso no eran santos. Los paseos nocturnos entre
habitaciones eran más común de lo que Ellen pudiera imaginar. Pero hasta
el momento había tratado de ser muy discreta y no me apetecía
especialmente que nadie supiese que tenía un invitado —más que nada
porque no me gustaba dar explicaciones sobre mi vida personal— pero diría
que si éramos cuidadosos nadie iba a saber nada. 
—Te garantizo que no habrá problema —le dije—. Puedes quedarte.
Me sonrió de nuevo, y me derretí un poco.
Eso, sus sonrisas de agradecimiento, iban a ser problemáticas.
—Dormiré en la terraza. No te enterarás de que estoy aquí.
Ignoré esa propuesta.
—Puedes usar la ducha si quieres, mientras voy a buscar algo de
comida. En el baño encontrarás toallas y un kit nuevo de toiletries.
—¿Un kit de qué?
Rod se rio.
—Vuelvo enseguida —le dije.
—Te espero aquí. 
Ambos hacíamos referencia a separarnos apenas unos minutos, pero no
acababa de dejarme marchar. Sus dedos aún permanecían entrelazados con
los míos. Me produjo tal desasosiego que Rod se marchase hacia el baño
mientras yo regresaba que estuve a punto de echar la llave y dejarlo
encerrado en mi pequeño refugio. Por suerte, descarté rápido esa locura.

Me dirigí hacia una de las cocinas del hotel, donde a aquellas horas
estarían terminando de preparar la cena para los clientes. Vi allí a Jill
Beaumont, una de las cocineras con las que a veces coincidía en el spa, y
con la que me llevaba bastante bien. Si la avisaba con un poco de tiempo,
Jill me preparaba siempre cualquier cosa que me apeteciera comer. No solía
abusar mucho de su generosidad extrema, pero esa vez sí que necesitaba un
pequeño favor.
—¿No vas a quedarte a cenar conmigo? —me preguntó en cuanto le dije
que esa noche tenía un poco de prisa.
—Jill, no. Hoy me es imposible. Pero te lo compensaré, te lo prometo.
Necesito un pequeño favor. 
—Soy toda oídos. 
—Esta noche he de cenar en mi habitación, así que yo misma me llevaré
lo que sea, si te parece. Estoy esperando una llamada importante, pero tengo
bastante hambre. ¿Crees que podría tener un poco de cena extra hoy? Tal
vez dos ensaladas de pasta, ya sabes, la receta secreta de mamá Beaumont.
Y alitas de pollo. Muchas. Patatas asadas con tu salsa especial. Fruta. Y tal
vez helado. De fresa y chocolate. 
Jill levantó una ceja. 
Era evidente que era demasiada comida para una persona. 
Iba a pedirme explicaciones y yo tenía prisa por volver al lado de Rod.
Ardía por dentro. 
—Supongo que no vas a cenar sola y que ahora mismo no puedes
contarme más. Parpadea dos veces si estoy en lo correcto.    
Parpadeé dos veces.
—Y supongo que también tienes algo de prisa.
De nuevo, parpadeé dos veces. Con Jill la comunicación era así de
fluida. No siempre necesitábamos palabras para expresarnos. 
—Está bien —dijo—. Dame diez minutos y reúno una suculenta cena, a
cambio de…
—¿A cambio de qué?
—De que me cuentes qué te traes entre manos, por supuesto. Cuando
puedas. 
—No te preocupes por eso.
Entendía a Jill. Se pasaba la vida entre fogones y siempre estaba ávida
de un buen cotilleo. Y yo solía estar siempre en condiciones de
proporcionárselo. A cambio, me reservaba sus mejores manjares. Por
ejemplo, había estado muy interesada en saber todo con respecto a la nueva
novia de Luke Davies, quien ese mismo mes se había estrenado como
director del hotel, gracias a la jubilación definitiva del viejo señor Davies.
De hecho Ellen había estado algo más alterada que de costumbre con
este cambio; así que la había tenido menos encima. En cualquier momento
nuestra gerente podía volver a fijar su atención en mí, porque según decía
yo era su sucesora natural y la recepción era “casi con toda seguridad” el
puesto más importante del hotel. 
Esperé a que la comida estuviese lista, mientras Jill se movía con
agilidad por la cocina. 
Me preparó dos bolsas perfectamente empaquetadas. 
—Si tienes un rato, podríamos tomar un café mañana —me dijo—. En
uno de tus descansos. 
—Claro que sí. 
Me despedí de ella y salí de la cocina a toda prisa. 

Volví hacia mi habitación por la zona menos transitada del hotel. Tenía
los nervios a flor de piel por todo lo que había sucedido esa tarde, pero
sobre todo por lo que quería que pasara. Tal vez cuando abra la puerta él se
habrá esfumado y tendré que comerme toda esta comida yo sola, pensé. Era
una idea desoladora. 
Me tomé unos instantes antes de abrir la puerta de mi habitación.
Respiré hondo y me pregunté si aquella era la locura que llevaba tanto
tiempo esperando. Y me di cuenta de que no, de que era mucho más, y de
que había algo en aquel hombre que el mar me había traído que me
intrigaba. 
Y que me atraía. 
Desde que había salido de la habitación no dejaba de pensar en sus
manos.
Sus manos recorriendo todo mi cuerpo. 
Golpeé la puerta con los nudillos antes de abrir.

CAPÍTULO 4
ROD

Contemplé mi rostro en el espejo una vez más. Apenas me reconocía,


después de todos aquellos meses en la isla. También estaba visiblemente
más delgado, aunque aún conservaba mi buen físico. 
Había hecho todo lo posible por mantenerme en forma en la isla y
conseguir comida extra por mi cuenta. Se me había dado fenomenal pescar
y recolectar gran cantidad de frutos. En una zona de la isla había encontrado
varios árboles frutales con los que jamás hubiese soñado: cocoteros,
mangos, bayas y hasta una chumbera. 
En el baño de Kayla encontré los artículos de baño nuevos que había
mencionado, aún por estrenar y con el membrete del Hotel Paradiso.
Todavía no podía creer mi suerte al haberla encontrado. 
Aquel ángel me había ayudado a salir del agua y a ponerme a salvo. 
No estaba seguro de merecer eso.
Me duché, recorté mi barba y me afeité con la cuchilla que encontré en
la bolsa de aseo para huéspedes. Y después caí en la evidencia de que no
tenía ropa limpia. Presentarme ante Kayla envuelto en una toalla no me
parecía cortés, así que me coloqué de nuevo el bañador, que ya estaba casi
seco.
Lavé mi camiseta en el lavamanos y la extendí sobre la puerta de la
ducha. En uno de los bolsillos del bañador, protegida por una bolsa de
plástico impermeable, había logrado increíblemente salvar mi cartera, que
contenía algo de documentación y un par de tarjetas de crédito. Estaba por
ver si aún funcionarían.
Extendí sobre mi rostro curtido por el sol un poco de loción hidratante. 
Necesitaba también un buen corte de pelo. Había crecido algo más de la
cuenta. Junto a los cepillos de Kayla había unas tijeras más grandes con las
que podría hacerse un pequeño arreglo, pero necesitaría ayuda. Si ella
supiese cortar un poco el pelo… Me alteré con la sola idea de sus dedos
masajeando mi cabeza, perdiéndose entre los mechones de cabello oscuro.
Los míos, y los suyos. 
En el momento en que oí cómo la puerta de la habitación se abría y ella
pronunciaba mi nombre me vi en la obligación de decirle que saldría
enseguida. Me horrorizaría que ella viese mi inevitable erección, que fuese
consciente de que hasta su ausencia me excitaba. Aquella chica se merecía
el más impecable de mis comportamientos. 
—¡Salgo en un minuto, Kayla! —exclamé.
Había decidido posponer todos mis problemas hasta, al menos, la
mañana siguiente. 
Iba a centrarme en ella, si me dejaba. Kayla era digna de toda mi
atención. Estaba desconcertado. Nuestro encuentro inesperado estaba
empezando a convencerme de que solo había saltado de isla. A la isla
correcta. Tal vez jamás volvería a casa. La extraña idea de quedarme al lado
de aquella bella desconocida me parecía más razonable a cada minuto que
pasaba.

Cuando salí de mi encierro en el baño del apartamento-habitación de


Kayla me encontré con una cena abundante y perfecta. Empecé a salivar en
cuanto vi, dispuestas sobre la mesa, sendas bandejas repletas de auténticos
manjares. Pasta, alitas de pollo, patatas. Todo lo que había echado de menos
durante mi aislamiento. 
—Y he conseguido helado —me dijo, con los ojos brillantes, mientras
clavaba su mirada oscura en mi torso desnudo—. Lo guardaré en el
congelador.
No, era demasiado. Las ganas de besarla y abrazarla eran demasiado
intensas. Estaba haciendo un esfuerzo consciente por no levantarme y
estrecharla entre mis brazos. 
—Podría llorar de felicidad ahora mismo —confesé, al ver todo aquello.
Comida y la compañía de Kayla. No necesitaba nada más. Y no
necesariamente en ese orden. Y a decir verdad, hubiera prescindido de esa
cena si hubiese tenido que elegir entre alimento o…
O estar con ella.
Fui consciente enseguida. En cuanto la vi. 
Quería seducirla. 

Me senté junto a la mesa que ocupaba parte del pequeño salón,


excusándome de nuevo por mi semidesnudez. Kayla se sentó al otro lado. 
Entonces observé algo. 
—Veo que no tienes tele —le dije.
—No. Tienes razón. Pedí que se la llevasen. Nunca me ha interesado ver
la tele. Ni siquiera le prestaba atención cuando era una niña. ¿Por qué?
¿Hay algo que te interese ver? ¿Demasiado tiempo desconectado del
mundo?
Me reí. Si ella supiera…
—No. En absoluto. Es lo mejor que puedes hacer.
—Mañana te conseguiré algo de ropa —afirmó. 
Intenté leer su mente mientras servía dos copas de delicioso vino. Tal
vez me prefería sin ella. Sin nada de ropa. En el Caribe eso de vestirse no
era precisamente un problema. 
—Podría acostumbrarme a esto, ¿sabes? —le dije.
—¿A cenar alitas de pollo todas las noches?
—A cenar alitas de pollo todas las noches contigo. 
Se ruborizó. Me encantó la manera en que desvió los ojos hacia el plato
que tenía delante para que no descubriese su súbita turbación. Yo tenía las
manos sobre la mesa, pero deseaba deslizarlas por debajo, buscar sus
rodillas con mis dedos, sus piernas. 
Antes de meterme en la ducha husmeé un poco entre sus cosas. 
Cuestionable. Lo sé. Pero me pudo la curiosidad.
No me resultó muy complicado encontrar su pasaporte —uno de sus dos
pasaportes— y comprobar que Kayla en realidad no se llamaba Kayla
Biggs, sino Celine Birch.

Ella, como yo, huía de algo.


Y no tenía ningún derecho a preguntarle por su pasado, porque yo
tampoco le había contado toda la verdad sobre mi naufragio.
Kayla —así seguiría refiriéndome a ella hasta que no me indicase lo
contrario— había dejado una vida atrás y se había inventado una nueva
existencia en aquel rincón de las Bahamas. Era a todas luces una mujer en
proceso. En construcción. Debo reconocer que el principal motivo por el
que hice aquello, revolver entre sus cosas, fue porque quería asegurarme de
que era mayor de edad. Y era originaria de Florida, así que en eso no había
mentido. 
Lo era, a todas luces, aunque por muy poco. Tenía solo diecinueve años.
Y a mis treinta y uno, intuir que aquella chica había huido de algo, tal vez
traumático hasta el punto de querer cambiar de identidad, hizo que mi
instinto de protección se agudizase. 
De repente mis propios problemas, todas mis llamadas de teléfono
pendientes, quedaban relegados a un tercer, cuarto plano. Necesitaba saber
en qué podía ayudarla, —si es que esa chica necesitaba algún tipo de ayuda,
porque tenía pinta de apañárselas muy bien sola—, pese a haber cambiado
de vida. 
La escuché con atención mientras me hablaba de su día a día en el hotel,
de lo que había aprendido en los últimos meses, de su jefa, Ellen; y del
dueño del hotel, un tal Luke Davies. De lo mucho que le gustaba ir a nadar
o leer a la cala de la Sirena Triste, el lugar donde nos habíamos encontrado. 
Mientras la escuchaba no me preguntaba qué era cierto de todo lo que
me decía y qué no. 
Tengo toda una vida por delante para desentrañar cada uno de sus
misterios, pensé. 

KAYLA

Estoy hablando demasiado, pensé. Se va a aburrir. Y sin embargo,


estaba convencida de que él escuchaba todo, mientras devoraba lo que
había puesto sobre la mesa con auténtico deleite. Rod parecía atender con
atención, pues a veces me interrumpía para preguntarme algo concreto.
Nada demasiado indiscreto. Nada que me obligase a mentir acerca de mi
pasado o de por qué había acabado trabajando en aquel lujoso hotel de las
Bahamas. 
Cuando fui a buscar comida no había pensado en la ropa para él. La iba
a necesitar, claro. No me costaría nada conseguirla. Pero me gustaba
demasiado la intimidad que se desprendía de su desnudez. Me encantaba su
pecho, cubierto de una mata de pelo oscuro pero fina, seguramente suave.
Estaba muy bronceado y aún así el sol no parecía haber causado estragos en
su piel. 
Me gustaba verlo comer. Me encantaba que devorase lo que había
traído, que estuviese hambriento. Y a cada mordisco, a cada sorbo de vino,
yo me convencía un poco más de que Rod había llegado hasta aquella
playa, arrastrado por el mar, para convertirse en el primer hombre de mi
vida.
Había postergado aquello durante mucho tiempo. Salir del ambiente
opresivo en el que vivía, conseguir un pasaporte falso, una nueva identidad,
llegar hasta las Bahamas después de un viaje interminable y lograr un
empleo había ocupado todo mi tiempo y energía desde que tuve dos dedos
de frente.
En mi corta existencia todavía no había tenido tiempo para un hombre.
O tal vez ninguno había logrado captar mi interés durante más de diez
minutos. 
Hasta que llegó uno en concreto y lo saqué del agua.

Cuando terminamos de comer me levanté de la mesa y me acerqué al


balcón que daba a la larga playa de White Meadows. Era la hora perfecta
para dejar que la brisa nocturna nos enfriase, o bien avivase aún más la
llama. Le sonreí antes de salir al balcón y fue toda la señal que Rod necesitó
para dejar la cena de lado definitivamente y seguirme hacia la noche.

CAPÍTULO 5
ROD

Sentía que nuestro destino estaba unido desde esa tarde y que por
supuesto que la seguiría hacia aquel balcón caribeño y hasta su próximo
escondite si era necesario, en el caso de que Kayla decidiese huir de nuevo
e inventarse una tercera personalidad. Podía tener mil identidades, y estoy
convencido de que podría enamorarme de cada una de ellas.
Salimos al balcón y nos llenamos de la brisa nocturna. Kayla dio la
espalda al mar y me observó. Antes de ir a buscar nuestra cena se había
cambiado de ropa, y en ese momento llevaba un vestido corto y veraniego,
de color naranja y blanco que contrastaba con su piel. 
Su piel debía saber aún a la sal de mi rescate y estaba deseando retirarla
con mi lengua. Pero estaba casi petrificado sobre aquellos tablones de
madera, incapaz de hacer el más mínimo avance si ella no me daba la luz
verde que necesitaba. 
Todo apuntaba a que sí, a que ella deseaba que me acercase un poco
más. Y eso hice. Me aproximé a la barandilla de madera que separaba su
hogar temporal del acceso a la playa. 
Respiré hondo.
—Eres muy generosa, Kayla. Estoy muy agradecido por lo que has
hecho por mí hoy. 
Sabía que debería decirle que pronto podría librarse de mí. Que ya había
abusado demasiado de su hospitalidad y que debía seguir mi camino. Pero
es que lo último que pasaba por mi mente era apartarme de ella. 
Necesitaba saber si me quería a su lado a la mañana siguiente.
—Tal vez debería ver si tengo alguna camiseta que te pueda servir —me
dijo. Tocó mi hombro y dejó su copa de vino sobre la barandilla—. Creo
que tengo alguna gigante.
—Estoy cómodo así. Sin camiseta. ¿Lo estás tú, Kayla?
Asintió.
Yo me incorporé. Ella iba descalza, y a mi lado resultaba pequeña y
perfecta.
—Entonces ahora mismo no necesito mucha ropa. Además, llevo mucho
tiempo sin ella. 
Me apoyé de nuevo en la barandilla. Nuestros brazos estaban en
contacto y la temperatura que nos empezaba a sofocar era evidente. Kayla
giró su cuerpo y rodeó mis hombros con su brazo derecho. Podía
interpretarlo como un gesto íntimo y reconfortante. Amistoso. Pero aquello
no podía quedarse en amistad y gratitud. No iba a conformarme con eso.
No después de tanto tiempo sin el calor y el afecto de una mujer.
En cuanto sus manos recorrieron mi hombro cogí sus manos y la atraje
hacia mí.
—Somos dos perfectos desconocidos esta noche—me dijo.
Me incliné y la besé, porque no había otra cosa que pudiese hacer. No
había alternativa y no había nada que desease más. Íbamos a acabar
enredados sin remedio. Me perdí entre sus dulces labios mientras ella
apoyaba sus manos en mi pecho. Kayla podía apartarme y fulminarme para
siempre con un solo gesto, pero no lo hizo. Me acarició el pecho, pasó sus
dedos por el vello que lo cubría. 
—Podemos serlo esta noche —le dije—. Y por la mañana podemos
contarnos quiénes somos en realidad.
Se apartó un instante y me observó, sorprendida. Supongo que era
consciente de que, al menos en parte, estaba desentrañando sus secretos y
que ella aún no había tenido ninguna opción de asomarse a los míos. 
—No sé si estoy preparada para eso —me dijo, algo seria.
—No importa. Esperaré el tiempo que sea necesario. Antes te he
preguntado qué podía hacer por ti, Kayla. Siento que estoy en deuda
contigo.
—Pero sí estoy preparada para estar contigo esta noche. No sé si
mañana me parecerá la mejor idea, pero…¿por qué no olvidamos que
mañana amanecerá?
Llevé mi mano a su garganta y la acaricié. El rumor de las olas al fondo,
en la playa de White Meadows, nos envolvía sumiéndonos en una especie
de trance. Noté cómo entreabría sus piernas y yo no perdí ni un segundo en
colocarme entre ellas. Quería que lo notase, que me palpase. Que fuese
perfectamente consciente de cuánto me excitaba. 
—Podemos olvidarnos de mañana…siempre que seas mía esta noche —
susurré junto a tu oído. 
Kayla asintió, dispuesta a dejarse llevar. 
Se giró, dándome la espalda y permitiendo que la cubriese por completo
con mis brazos. Empecé a acariciar su cuerpo por encima del vestido,
buscando cualquier resquicio que me permitiese colarme en su piel. Besé su
espalda salada y deslicé la lengua por su nuca, hasta el lóbulo de su oreja.
La besé y noté como se empequeñecía aún más entre mis brazos,
encogiéndose, concentrándose en el placer que empezaba a asaltarla. 
—Rod —susurró. 
Llevé la mano al interior de sus piernas, y ella la atrapó con sus muslos,
sin dejarme mucho margen de movimientos. 
Aún así la acaricié. Mi mano se empapó de su humedad.
—Rod.
Se giró y encaró mi mirada inflamada de deseo. 
—Nunca he estado con nadie —me dijo. 
Mi reacción instantánea fue besarla despacio, imprimiendo un nuevo
ritmo, pausado y desesperante, a lo que estábamos haciendo a vista de
cualquier huésped del hotel que paseara por la playa esa noche. 
Mi salvadora era virgen. 
No podía creer lo que me estaba sucediendo. Volvería a arriesgarme en
el mar una y mil veces si eso significaba que tendría la más mínima opción
de llevarla hasta su cama y hacer que se revolviera de placer.
—No te preocupes por nada —le dije—. Voy a hacer que no olvides
esta noche, Kayla. 
Y tampoco a mí. 
No me olvidarás nunca. 
Eso no se lo dije. Quería preguntarle si confiaba en mí, pero su respuesta
sería todo un compromiso. Los dos habíamos acordado ese pacto implícito
y silencioso: olvidarnos de la mañana, concentrarnos en esa noche. 
Observé una sombra a lo lejos, junto a la orilla. Una pareja caminaba
bajo la luz de la luna, con los zapatos en las manos. Levanté a Kayla,
sujetándola por las nalgas. Ella me rodeó enseguida con sus piernas,
dejándome muy claro que sí, que confiaba en mí. 
Confiaba en el náufrago desconocido. 
Entré de nuevo en la habitación con ella en mis brazos mientras
continuaba besándola. La llevé directamente a la cama. Necesitaba
desesperadamente empezar a proporcionarle cosas. A darle todo lo que
merecía. Empezando por una media docena de orgasmos.

KAYLA

Era una sensación desconocida, pero no podía creer que hubiese


esperado tanto para permitir que un hombre lamiera y besara mi intimidad
con tanta dedicación. Estaba claro; tenía que ser él. Desconocía su apellido
pero me daba exactamente igual. Era lo tranquila que me sentía entre sus
brazos, bajo su cuerpo, lo que me había dado la confianza que requería para
permitir que me llevase hasta la cama.
Clavé la mirada en el techo mientras Rod se recreaba con su lengua en la
entrada de mi cuerpo. Sinceramente, no sabía cuántos minutos más podría
aguantar esa tortura deliciosa. Rod lamía sin descanso alrededor de mi flor
cerrada. Nunca había me sentido tan húmeda. Ya tenía la imperiosa
necesidad de que me llenase, de que entrase por fin en mi cuerpo e hiciese
pedazos el último resquicio de mi inocencia. 
Pero Rod parecía dispuesto a tomarse todo el tiempo del mundo. Ya lo
habíamos decidido y estaba muy claro: la mañana no existía. 
Siguió devorándome. Tal vez pasaron minutos. Tal vez una hora. No se
cansó hasta dármelo.
Enterré las manos en su pelo en el momento exacto en que me arrastró
hasta el éxtasis.
—¡Oh, dios mío! —dejé escapar un grito que debió oírse en todo el
complejo. 
Rod se incorporó para observarme. Tenía la mirada brillante y la barbilla
húmeda, mis jugos resbalando por su rostro. Sacó la lengua y se lamió los
labios. Los saboreó cómo había hecho con el vino. Después se incorporó y
se tumbó sobre mí, apoyando los codos a ambos lados de mi cuerpo, sobre
el colchón. Atrapándome en una cárcel perfecta mientras yo me recreaba en
el eco de mi éxtasis.
Mis rodillas temblaban y me recorrieron varios espasmos.
—Así es, preciosa —me dijo—. Eso es lo que busco. Lo que necesito.
Notaba su polla grande y dura entre mis piernas, creciendo por
momentos, reposando entre mis muslos en el momento previo a que me
penetrara. Lo deseaba tanto… Lo necesitaba. Era como si tuviese sobre mí
todo lo que me faltaba en ese momento. Lo que me completaría. 
Rod enterró su rostro en mi cuello, y de ahí bajó a mis pechos. De
nuevo, se tomó todo el tiempo que quiso para recorrer hasta el último
milímetro de ellos con su lengua, mientras yo me retorcía de impaciencia.
Atrapó mis pezones con su lengua, sin intención de dejarlos escapar. Me
revolví de nuevo de pura impaciencia. Nunca había tenido a un hombre
dentro, pero en ese momento sabía que era exactamente lo que necesitaba.
Con urgencia.
—Rod, por favor. Te necesito ya.
Se detuvo y elevó sus ojos a la altura de los míos. 
—Necesito estar seguro de que estás preparada.
—Lo estoy.
Me estaba arrastrando hasta un lugar desconocido. Me estaba dejando
llevar y era imposible, ¡imposible! pensar siquiera en detenerme. Noté el
bulto firme y perfecto de Rod en la entrada de mi coño. Lo restregaba arriba
y abajo, empapándose de todos mis fluidos, lubricándose con ellos.
Necesitaba palparlo. Lo busqué con la mano. Lo agarré y la deslicé arriba y
abajo, apretando, sin saber exactamente qué hacía. Tan solo seguía mi
instinto.
—Sí. No pares, Kayla. Lo quieres ya, ¿verdad, nena? 
Asentí. 
No podía ni hablar. Solo emitir sonidos guturales y desconocidos hasta
el momento. Me agitaba sin control bajo su cuerpo. 
No me hizo esperar más. 
Rod empezó a penetrarme. Fue gentil y lo hizo muy despacio, mientras
trataba de amoldarme a su considerable tamaño. Me mordí el labio, tratando
de contener la deliciosa presión a la que me estaba sometiendo. Y mientras
reconocía el placer y el dolor mis rodillas temblorosas lo rodeaban y lo
empujaban aún más hacia mí.
—Ughhh, dios mío, Kayla. Estoy hundiéndome en ti. No voy a poder
parar.
—No quiero que pares. No se te ocurra parar.
Estábamos cometiendo errores y era perfectamente consciente de ello.
Para empezar no estábamos usando protección. Estaba mal, muy mal; y al
mismo tiempo yo misma estaba empujándolo más y más hacia mí, y él
estaba perdido en el éxtasis, su mirada estaba fuera de control. 
Llegó hasta el fondo y gritó. Gritamos los dos. Jamás había sentido tal
nivel de conexión y de intimidad con nadie. Noté cómo crecía aún más en
mi interior.
Rod parpadeó. 
—Creo que me voy a desmayar —susurré. Estaba sudando sobre las
sábanas, ardiendo, como si me azotara la peor de las fiebres.
—Kayla. Kayla. Nena. Escúchame. ¿Necesitas que pare? No hace falta
que lleguemos tan lejos hoy. No tengo… escúchame.
Lo abracé aún con más fuerza y mi cadera se movió bajo su cuerpo,
buscando la máxima fricción. Gemí de nuevo. Me moví arriba y abajo,
deslizándome sobre su polla. Él se había detenido pero yo no estaba
dispuesta a quedarme quieta. Empecé a moverme instintivamente. Arriba y
abajo.
—Dios santo, Kayla. Estás demasiado excitada.
—No pares, por favor, Rod. No puedes parar ahora.
—Kayla. Kayla —me dio un golpecito con su mano en la mejilla. Y en
ese momento pensé que ojalá me hubiese abofeteado con más fuerza —.
Escúchame. Voy a follarte, nena. Quiero que te corras otra vez. Quiero que
lo hagas para mí. Pero no terminaré dentro de ti. No hay nada que desee
más, pero tenemos que mantener un mínimo de cordura, ¿me entiendes?
Asentí. No entendía del todo la dimensión de lo que me decía, pues
nunca lo había experimentado, pero en ese momento lo único que
necesitaba era que siguiese moviéndose, porque solo así se perpetuaba
aquella deliciosa sensación que me estaba invadiendo.
Rod se arrodilló sobre el colchón y llevó mis tobillos a sus hombros. Me
sujetó las piernas y empezó a follarme rápido y fuerte mientras gemía. Lo
hacía con cierta delicadeza, pero sin perder el ritmo frenético que nos
conduciría al paraíso. Aunque yo sentía que ya estaba en él, desde el
momento en que le había practicado un torpe boca a boca en la playa. 
De repente Rod se detuvo para acariciarme.
—Kayla, estoy a punto. 
Retomó sus movimientos, agarrándome por la cintura. Me obligó a
mantenerme quieta de nueva. El calor se intensificó en el punto exacto en el
que nuestros cuerpos se unían y solo le bastó pronunciar una palabra para
que yo me cayese por un nuevo precipicio.
—Mía —susurró. 
Rod se movía de nuevo frenéticamente mientras giraba el cuello y me
besaba el tobillo que reposaba sobre su hombro. Su respiración se hizo
pesada. Soltó un gemido animal. Y mientras lo hacía salió de mí sin
avisarme. Agarró su polla y la apretó en su puño. Se derramó sobre mi
muslo. Se corrió intensamente. Noté su semilla, espesa y caliente,
deslizándose por mi pierna. Se desplomó sobre mi cuerpo y volvemos a
quedar unidos por un abrazo que duraría hasta el amanecer.
Tal vez ya no éramos esos perfectos desconocidos.

CAPÍTULO 6
KAYLA

Me vestí en silencio, después de salir de la ducha. Garabateé una nota y


se la dejé a Rod junto a la almohada. Eran las siete de la mañana y tenía que
empezar a trabajar. Decía así:

Te dejo una pulsera para el buffet. Puedes colocártela e ir a desayunar


sin problema. Me encantaría despertarme contigo, pero lamentablemente
la recepción me espera.
Tras reflexionar un instante, añadí:
Un beso, K. 

Tenía un nudo en la garganta. Era joven pero en absoluto ingenua. El


Hotel Paradiso era un lugar de vacaciones por el que la gente iba y venía
encantada, pero en el que nadie permanecía. Nadie se quedaba allí. Y
existía la evidente posibilidad de que el náufrago despertase y buscara la
manera más rápida de llegar a la civilización definitiva, que no era
precisamente la playa de White Meadows.
Existía la posibilidad de que se subiese en un barco rumbo a Nassau.
Fui al comedor, donde en aquellas horas de la mañana apenas había
algunos empleados disponiéndolo todo para el momento en que empezasen
a llegar los huéspedes. No había visto a Ellen, y eso era extraño; pues se
trataba de la persona más madrugadora y omnipresente que había conocido
jamás. Solía cruzármela a todas horas por los pasillos, dado que su trabajo
consistía en controlar todo y a todos. 
Vi a Jill en el comedor y la saludé a lo lejos. Me hizo un gesto para que
me acercase, pero tenía prisa. Pronto llegaría el primer catamarán de la
mañana con los huéspedes que debíamos recibir ese día. 
No entendía muy bien esa pequeña alteración en el horario, pues las
habitaciones no estarían listas hasta prácticamente el mediodía, y eso
significaba que el vestíbulo sería un caos durante toda la mañana.
Me acerqué al buffet y cogí un sándwich y una manzana. Después me
preparé un café au lait a toda prisa. 
Jill dejó la jarra de zumo que estaba sirviendo y vino hacia mí.
—¡Kayla! 
—¡Lo sé! lo sé… tenemos un café pendiente. Pero ahora no puedo
entretenerme. 
—Pasaré en un rato a verte por la recepción.
¿Dónde, si no?
—Por supuesto. Allí te espero. No me moveré.
—Kayla, solo una cosa —hizo que me detuviese un segundo—. Anoche,
después del turno de cena di un paseo por la playa con Blake. Y vi que
estabas en la terraza de tu habitación… con un chico.
La miré con curiosidad. No sabía que podría apreciarse tanto detalle
desde la playa. La luz en la terraza de mi habitación solía permanecer
encendida. Iba a tener que ser más cuidadosa con eso.
—Kayla, lo hubiese reconocido a kilómetros. Te vi muy bien
acompañada. Espero que estés feliz.
Me apretó el brazo cariñosamente. De repente tenía toda mi atención.
—Jill, ¿a qué te refieres con…?
—¡Kayla!
Oí una voz perfectamente reconocible a mis espaldas. Eran Ellen, mi
jefa.
—Querida, te necesito ya —exclamó—. Tenemos un pequeño caos en la
recepción. El barco ya está aquí. Se han adelantado y creo que estoy a punto
de tener un ataque. Me parece que voy correr hacia la arena y me voy a
enterrar.
Siempre así de dramática.
—Ve. Luego paso a verte y te cuento —me dijo Jill.

Seguí a Ellen hasta la recepción. No exageraba. Se había formado una


buena marabunta de gente exaltada deseando “constar” desde ya como uno
de nuestros huéspedes para poder disfrutar del club de playa privado, a
pesar de que tendríamos que advertirles uno a uno que su habitación aún
tardaría al menos un par de horas en estar lista. Eso me iba a traer
problemas. No todo el mundo lo entendía a la primera, a pesar de ser un
concepto relativamente sencillo.
—Ellen. Tenemos que cuadrar de nuevo el horario de los barcos —le
dije, a pesar de que no era la primera vez esa semana que sucedía.
—Lo sé. Lo sé. Voy a encerrarme ahora mismo en el despacho con Luke
y vamos a tener una conversación seria con ellos. Han de respetar los
horarios todos los días, no cuando les venga en gana. 
Llegamos al mostrador y sonreí a Sheila, mi compañera de la noche;
quien no estaba precisamente acostumbrada a aquellas multitudes. 
—Yo me ocupo —le dije.
—¿Bromeas? No vas a poder tú sola con toda esta jauria. Te echaré una
mano con las admisiones. 
Ellen se quedó un segundo con los codos apoyados en el mostrador,
observándome.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Perfectamente, si pasamos por alto que tendré que ir a buscar un
nuevo café en breve porque no voy a tener tiempo de tomarme este. ¿Por
qué?
—No sé. Pareces…distinta. ¿Has dormido bien? 
Lo olía. Podía olerlo. Tal vez incluso lo sabía con toda certeza. 
—He dormido fenomenal, Ellen. No sé si algún día podré volver a
dormir sin el rumor de las olas de fondo. 
La jefa me sonrió y se marchó, no del todo convencida. Tener una
mañana ocupada iba a tener su lado positivo. No la tendría demasiado
encima, escrutándome; y por otra parte dejaría de obsesionarme con la idea
de que Rod estaba tal vez en mi cama, aún desnudo; ocupándola a lo largo y
a lo ancho. Me moría de ganas de regresar allí, de colarme de nuevo entre
las sábanas y aterrizar sobre su cuerpo; y pasar el resto del día haciendo lo
que habíamos hecho durante toda la noche.
Contuve un bostezo, miré con cierta tristeza mi café ya frío y encendí el
ordenador de admisiones.
Trabajé sin descanso durante al menos una hora. 

—Creo que esto te puede venir bien —una voz masculina acompañó un
gesto celestial: un café au lait humeante aterrizó al otro lado de mi
mostrador de recepción, junto a la pila de papeles que trataba de ordenar.
Era Rod. Con mucho mejor aspecto que yo, la verdad.
Después de la mañana que llevaba, su aparición estelar me provocó una
sonrisa instantánea. Me apetecía saltar por encima del mostrador y besarlo,
pero obviamente me contuve. 
—Ocupada, ¿verdad? Gracias por el desayuno —me dijo, mostrándome
la pulsera en su muñeca—. De nuevo en deuda contigo.
—Esta vez espero cobrármelo —le dije. Una nueva sonrisa tonta se me
escapó. 
—Kayla. Debo hacer unas llamadas urgentes. ¿Cuál es el mejor sitio, de
nuevo, para no causarte molestias? ¿Tu habitación?
—Sí. Sin problema. Pulsa el nueve antes del número de teléfono para
llamadas externas. 
Me agarró la mano por encima del mostrador y la apretó cariñosamente.
No sabía cómo decirle que quería volverlo a ver, necesitaba un espacio y un
tiempo a solas, sin que el mundo nos rodease ni nos distrajese con cosas
mundanas como tener que trabajar. Mientras veía cómo Rod se alejaba de
nuevo hacia el ala de los empleados me pregunté si era posible que
estuviese sintiendo algo por él.Ahora más que nunca has de mantener el
control sobre tus sentimientos, Celine. 
¿Cómo iba a decirle que mi nombre, en realidad, no era Kayla, a pesar
de que todo el mundo allí lo repetía todo el tiempo?
Y fue en ese mismo instante, con esa pregunta exacta, cuando empezó la
disrupción.
Al fondo del vestíbulo, observé que Rod se detenía junto a una de las
huéspedes que aguardaban a que su habitación estuviese lista. La mujer
levantó su teléfono a la altura de sus hombros y se hizo un selfie con él. 
—¿Pero qué demonios…? —murmuré.
Y entonces, aún perpleja, observé como mi colega Jill avanzaba por ese
mismo pasillo en dirección a mi mostrador y hacía exactamente lo mismo.
Intercambiaba unas breves palabras con mi náufrago y él, sonriente aunque
algo avergonzado, la rodeaba un segundo con su brazo para tomarse una
instantánea.
Despaché a toda velocidad al último de los huéspedes de la mañana. En
realidad aquello era como trabajar doble, pues todos iban a pasar de nuevo
por el mostrador en algún momento para recoger la tarjeta magnética que
les daría acceso a su habitación. 
En cuanto estuve libre y Rod ya se había perdido en el pasillo, hacia la
zona de habitaciones, agité el brazo en dirección a Jill. En sus manos traía
un nuevo vaso de café.
—Para ti. Celebremos.
Mi ¿tercer? café del día. Las cosas iban cuesta abajo y sin frenos.
—¿Se puede saber que estabas haciendo? —le pregunté.
—Espero que no te haya molestado. Él es el chico que estaba ayer
contigo en la terraza, ¿verdad? Mentiría si dijese que no te envidio. Un
poco, al menos. Tal vez bastante.
Salí del mostrador y lo rodeé. Estaba alteradísima. ¿Qué estaba
sucediendo?
—¿De qué lo conoces? ¿Te has hecho una foto con él?
—¿Cómo no iba a hacerme una foto con Rod Stallard? Espero que Ellen
no estuviese por aquí, por cierto —dijo Jill, mirando de repente a izquierda
y derecha—. Conozco muy bien su opinión respecto a hacerse selfies con
las celebrities que nos visitan. 
—¿Celebrities? ¿Rod?
Jill me miró. Su sonrisa irónica se deshizo de un plumazo.
—Oh, no. Oh, dios mío, Kayla. ¿No sabes quién es el chico que estaba
contigo?
—Hasta hace unos segundos creía que era un náufrago.
—¿Un náufrago? —Jill soltó una carcajada—. Sí, supongo que en parte
lo es.
—¿Quieres decirme de una vez de qué hablas?
—Rod Stallard, querida Kayla, es uno de los ilustres participantes de
esta temporada de Atrapados en la isla. Y se ha formado un buen escándalo
en internet porque, al parecer, ha huido del set de rodaje. Los ha dejado
plantados a dos programas de llegar a la final. Y eso que era el favorito para
ganar.
—¿Atrapados en la isla?
—Increíble. ¿Sigues sin tener tele?
Asentí. 
—Es un reality, Kayla —dijo Jill—. Ese chico que tienes escondido en
tu habitación lleva meses rodando un programa de supervivencia para la
tele en una isla cercana. Llevaba. Porque ahora está aquí, de repente, en un
hotel de lujo. Y en cuanto Ellen se entere de que anda por aquí “alojado”
sin que ella lo supiese va a tener muchas preguntas. Y supongo que te las
hará a ti. 

CAPÍTULO 7

ROD

En realidad solo tenía que hacer tres llamadas. A mi madre, para


convencerla de que estaba bien y a salvo. A mi abogado, para que empezase
a trabajar en la más que posible demanda que me iba a caer por haber
abandonado la isla antes de tiempo y por mis propios medios. Y por último,
al propietario de una preciosa casa en Moxey Town, no demasiado lejos del
hotel. 
Era una propiedad en alquiler, perfecta para mis necesidades inmediatas.
Que no eran otras que quedarme allí, junto a aquel hotel. Junto a ella. 
Estaba dispuesto a desentrañar el misterio de Kayla/Celine, si ella me lo
permitía, y no tanto a enfrentarme con la realidad del mundo que me
esperaba ahí fuera. 
La noche anterior, cuando le dije que era mía, justo antes de que se
deshiciese de nuevo entre mis brazos, no mentía. No era algo que dije
llevado por la intensidad del momento. Quería reclamar a Kayla, hacerla
feliz, y si eso pasaba con quedarme allí anclado junto a aquel hotel, o lo
más cerca posible de él, así lo haría.
No me iba a costar nada volver a mi vida anterior desde la distancia.
Hacer que me enviasen mi ordenador desde Nueva York y trabajar desde la
isla como programador. Así me ganaba la vida antes de los reality shows. Y
debo decir que no se me daba nada mal. Era curioso que hubiese necesitado
más de tres meses de total aislamiento en una isla para darme cuenta de que
la popularidad ya no era lo que ansiaba. 
Ya había superado todo eso.
Había conseguido dinero y fama. 
Ahora quería una familia.
Y, si ella me aceptaba, tenía a la candidata perfecta. A una chica que no
había dudado en arriesgar su vida por salvar la de un completo desconocido.
La misma chica que no me había dicho su verdadero nombre.

La primera idea que había cruzado mi mente me la había inspirado ella,


Kayla. Podía quedarme allí, en White Meadows. Empezar de cero.
Inventarme una nueva identidad. Rod “Algo”. No le había dicho mi
apellido. Podía construir una nueva persona a mi medida en las Bahamas y
vivir de manera feliz y anónima. 
Pero esa peregrina ocurrencia se desmontó en cuanto aparecí en el
vestíbulo del hotel y varias personas se acercaron a saludarme y a pedirme
fotos. Sabía perfectamente que esas fotos se compartirían en las redes como
la pólvora. Pero estaba dispuesto a afrontar las consecuencias.

Terminé con la última de mis llamadas. Esa misma tarde iría a Moxey
Town a ver la casa en la que quería quedarme. No iba a haber ningún
problema, me aseguró el propietario. No le dije exactamente quién era.
Volví a mi plan anterior. Le comenté brevemente que era un programador
que había decidido trabajar a partir de ahora desde el Caribe. 
Colgué el teléfono, satisfecho. Tenía ganas de regresar al vestíbulo a
toda velocidad y contárselo a Kayla. Compartir mis planes con ella. Pensé
que ojalá tuviera la noche libre y pudiese llevarla a cenar a algún sitio
romántico. En el fondo quería decirle que pretendía alquilar aquella casa
para que, en un futuro, ella la ocupase conmigo. Que dejase de vivir en el
hotel, a la sombra de su jefa y de sus compañeros. Era demasiado pronto,
por supuesto. Cualquier podía intuir que podía meter la pata si me
precipitaba de aquella manera.
Estaba sonriendo como un idiota ante las perspectivas que se abrían ante
mí cuando oí como se abría la puerta del pequeño apartamento a mi
espalda. Me giré. Allí estaba Kayla, con el rostro serio. 

CAPÍTULO 8 
KAYLA

—¿Tienes un minuto? —le pregunté. Me sorprendió el repentino tono


denso y grave de mi voz; y me dolió que esa simple pregunta borrase su
sonrisa de un plumazo. 
—Claro. Por supuesto —Rod se levantó de un salto del sofá y se acercó
a mí. 
Y yo di un paso atrás en cuanto adiviné su intención de abrazarme.
—¿Por qué no me lo dijiste? Lo del reality. Pensé que eras un náufrago
de verdad. Te han reconocido en el vestíbulo, Rod. O tal vez debería
llamarte señor Stallard.
Dio un par de vueltas por el salón, nervioso. 
—Kayla. Iba a contarte todo esta misma noche. Por supuesto que no
podía ocultarte algo así. Ibas a saberlo tarde o temprano. 
—Dejaste que creyese que habías vivido en una isla desierta.
Di otro paso hacia atrás. ¿Quién era aquel hombre? ¿A quién le había
regalado mi más preciada intimidad a cambio de unas horas de placer?
—Kayla, escúchame. He estado en una isla. Con un equipo de
televisión, es cierto. He incumplido mi contrato porque no quería…no
podía seguir así. Me refiero a la televisión, no a vivir en medio de la
naturaleza. Hubiese sido muy feliz en esa playa si hubiese estado cien por
cien solo. No quiero tener nada que ver con la fama a partir de ahora.
Necesito mi anonimato de vuelta, y creo que eso solo lo voy a poder
conseguir en un lugar como este. En White Meadows. Contigo a mi lado.
Respiré hondo. Estaba tan enfadada que ignoré por completo aquella
última frase. No había nada malo en su historia de redención. Todo eso me
parecía muy bien. Pero ese no era el problema. 
—No lo entiendes, Rod. O tal vez yo no me he explicado bien. Creí que
eras alguien EN APUROS.
—Lo era. De no ser por ti hoy no lo estaría contando.
—Te han visto en el hotel, Rod. ¿Es ese tu nombre real?
Me fulminó con la mirada. Una pregunta hiriente. Reculé. ¿Me estaba
pasando? Quería hacerle entender que esto iba a llegar a oídos de Ellen, que
sin duda trataría de averiguar dónde había pasado la noche la estrella de
televisión. 
—Podría perder mi trabajo —le dije—. Eso es todo. Ese es el problema.
Te han reconocido y no sé si la dirección del hotel aceptará que hayas
pasado la noche…aquí. Conmigo.
—Kayla. Oh, dios mío. Ayer traté de averiguar si era problemático que
me quedase aquí contigo. Me aseguraste que no. Varias veces.
El nudo que tenía en la garganta solo podía deshacerse con lágrimas, y
notaba como estaban a punto de brotar, libres y rabiosas.
Rod me abrazó. Me resistí un instante, pero no tuve opción de librarme
de su intensa presencia. Quería apagar mis lágrimas con sus brazos. 
—Nena. No tendrás ningún problema. Te lo garantizo. Yo mismo iré a
hablar con el director del hotel si es necesario. Les diré que me colé en tu
habitación. Que estaba vacía. ¿Crees que no tengo suficientes problemas?
Uno más no va a suponer una gran diferencia. 
Me intoxicó con su olor, con la cercanía de su torso. Se había puesto la
camiseta que llevaba cuando lo ayudé a salir del agua. Reconocí en ella el
aroma de mi gel de baño. 
—Tal vez…tal vez esto ha sido un error —le dije.
—No digas eso. Me iré enseguida. No quiero que tengas problemas por
mi culpa. Me iré a Moxey Town —sujetó mi rostro entre sus manos y me
obligó a mantener su mirada—. Me quedo aquí, Kayla. Voy a alquilar una
casa y me instalaré en esta isla. Y quiero volver a verte. Hemos de
solucionar esto. No quiero irme así, viéndote llorar…
—Me siento engañada. Lo siento. Es lo que hay. Es como me siento.
Ahora mismo puedo actuar y hacer como que todo está bien, Rod. O puedo
ser sincera. He de volver al trabajo. 
Su respiración se aceleró. 
—Espera. No podemos dejar que esto se tuerza, no podemos construir
nada sobre una mentira. Y lo siento, Kayla. Lo siento mucho. O tal vez
debería decir: “lo siento, Celine”.
Solté su abrazo, el mismo que tanto necesitaba. El que ansiaba desde
que había dejado mi lado del colchón vacío. Me di la vuelta y abandoné la
habitación. 
No podía.
Eso no. 
No podía escuchar mi verdadero nombre si no era con mi propia voz
interna. 
No en ese momento.

ROD

Era casi una niña y se estaba comportando como tal. En aquella


situación me tocaba ser el adulto responsable e iba a hacer lo que tenía que
hacer: correr tras ella. 
Kayla había pasado completamente de la puerta que la devolvería al
intrincado laberinto de pasillos del Hotel Paradiso. Se había dirigido al
balcón, había saltado la barandilla con una sorprendente agilidad y había
aterrizado sobre la arena de White Meadows.
Hice exactamente lo mismo, y en ese instante me di cuenta de lo en
forma que estaba mi chica. 
En realidad pensaba que no tenía derecho a enfadarse por haberle
ocultado mi paso por la tele; cuando ella se había inventado por completo
una nueva persona. Ninguno de los dos podía enfadarse, de hecho. Pero por
dios, si incluso tenía dos pasaportes, algo completamente ilegal que podía
meterla en problemas. 
—¡Kayla! —grité.
Corría en dirección al club de playa del hotel, el peor lugar posible para
tener una discusión; o más bien una conversación de alto calibre, pues a
aquellas horas estaba lleno de huéspedes del hotel. 
—¡Kayla, espérame!
Corrí más rápido. Mis piernas, por suerte, eran más largas.
La alcancé y la sujeté del brazo. 
Me esperaba algún gesto de rabia, incluso de violencia, para librarse de
mí, pero en cuanto la obligué a encararme se hundió de nuevo entre mis
brazos, el lugar exacto al que pertenecía.
—No volveré a hacerlo —le dije—. No volveré a llamarte así, a menos
que tú lo quieras expresamente.
Ahogó un sollozo en mi pecho. 
—Huí de Orlando —me dijo—. Dejé atrás un hogar conflictivo, a un
padre adoptivo que me maltrataba, y decidí que nadie sabría nada más de
mí. Nunca. Y ahora estoy bien. Aquí estoy a salvo. Celine ya no existe. No
puedo creer que…
Aquello me destrozó. 
Me disculparía una y mil veces. Mi tontería de la tele no podía
compararse a un pasado traumático. Yo no tenía problemas. Simplemente
estaba huyendo de la fama. 
—Lo siento. Siento haber hurgado en tu pasado, Kayla. No tengo
ningún derecho. Pero creo también que los dos teníamos que abrir nuestro
corazón, aunque eso suponga dejar al aire las viejas heridas. Así nos
curaremos. Nos curaremos mutuamente. Voy a quedarme aquí y voy
asegurarme de que estás bien. De que tus heridas se van curando. Todos los
días. 
—¿No vas a irte? 
Negué con la cabeza.
—No podría irme y dejarte aquí. Eso me mataría. Anoche soñé que
renacía después de ahogarme en el mar. Y creo que eso es exactamente lo
que ha pasado. Quiero una vida aquí. En esta isla. 
—¿Y qué pasa si nos estamos equivocando? Si todo este malentendido,
esos secretos que han caído en realidad nos advertían de que solo podía ser
una noche…
Elevé su rostro con el dedo. Dios, teníamos tantas conversaciones por
delante. 
—Es que no quiero solo una noche. No quiero, Kayla. Estoy
obsesionado contigo desde que me devolviste el pulso. ¿Hace menos de un
día? ¿Crees que eso para mí es relevante? ¿Que no he sabido de inmediato
que lo que quería era estar cerca de ti?
Negó con la cabeza. Algo me decía que ella sentía exactamente lo
mismo. 
Me abrazó. 
—Quiero que te quedes, Rod —reconoció finalmente—. Y si esto es
otro naufragio ya lidiaremos…
—No lo será. Te lo prometo.
La besé.
Y en ese momento decidí que tal vez, algún día, cuando diésemos un
paseo por aquella playa mientras un par de niños correteaban a nuestro
alrededor, le contaría a Kayla como nunca había perdido el conocimiento.
Como dejé que la barca se hundiera. Como simulé que me ahogaba solo
para que ella, a quien había visto desde el mar, me ayudase a llegar hasta
sus brazos. 
Ese es el último de mis secretos.
Lo prometo. 
La cala de la Sirena Triste. 
Ahora solo yo sé por qué la llamaban así. 

EPÍLOGO
Cinco años después

ROD

—Te toca —dijo Kayla— Recuerda nuestro pacto: Tú uno y yo otro. 


Colocó al pequeño Todd en mi regazo. 
—¿Por qué me toca a mí siempre el que hay que cambiar? —acerqué la
nariz al pañal cargado del pequeño. 
—Cariño, eso es…lotería pura, ya sabes.
—Con este olor nauseabundo se me están quitando las ganas de picnic
—resoplé.
—Ya, claro. Te creo. De todas formas, perdóname, ¿no te he oído
repetir mil veces que eres una auténtica máquina cambiando pañales? ¿Que
eres “el Messi” de cambiar pañales? Porque juraría que sí.
Kayla se rio. Me conocía a la perfección. Era muy difícil que algo me
quitase el apetito. Más bien imposible. Y lo de los pañales no se me daba
nada mal. 

Nuestros gemelos, Todd y Kevin, ya tenían casi un año y medio.


Vivíamos confortablemente en Moxey Town y no teníamos previsto
movernos de allí. Éramos felices en nuestra perfecta isla de las Bahamas. 
Yo había retomado mi viejo empleo como programador y teletrabajaba
desde casa con total comodidad. De hecho, eso me permitía cuidar casi todo
el tiempo de los gemelos, ya que Kayla andaba bastante ocupada como
gerente adjunta del Hotel Paradiso. Desde que la habían ascendido a
responsable de revenue del hotel no podía evitar traerse un poco de trabajo
a casa. Aunque con las espectaculares vistas 360 que nos acompañaban  a
diario, cualquier trabajo era menos trabajo. 
Ese día era domingo y habíamos decidido llevarnos a los niños a la cala
de la Sirena Triste. Era nuestro lugar especial, y tal vez el único motivo real
por el que no nos veíamos cambiando de vida, marchándonos a Miami o a
Nueva York. No podíamos dejar atrás aquella playa perfecta y desierta en la
que nos habíamos conocido. Allí Kayla podía ser Kayla. 
Con los años mi antigua fama televisiva se había disipado. Por fin podía
disfrutar del anonimato; y aunque alguien recordase mis andanzas en la
ciudad o aún pudiese encontrarse algún rastro al respecto en Google, me
encantó saber que Kayla no era la única persona sin tele en aquella isla.
Nadie en Moxey Town me reconoció jamás.

Ese día nos bañamos como siempre en la playa en la que Kayla me


rescató. Disfrutamos de una deliciosa pizza, snacks y frutas tropicales y nos
bañamos en el mar. Cada uno de nosotros con uno de los gemelos en
brazos. Después los dejamos sobre la arena para que jugasen con sus palas
y cubos y nos tumbamos junto a ellos. 
Pensé en que tal vez ese era el día.
Que era un buen momento para confesarle a Kayla el último de mis
secretos. 
Que hubiese llegado hasta ella aunque no me hubiese rescatado. 
Que nunca me desmayé, solo me dejé arrastrar hasta la arena.
Y una vez más, no lo hice. En su lugar, me incliné y la besé, y le repetí
por enésima vez lo afortunado que era. Le di las gracias por aquella familia
perfecta.
O quién sabe, tal vez sí me ahogué.
Dejé atrás una isla en la que ya no encajaba y remé hasta encontrar la
tierra perfecta.
Siempre lo tuve muy claro: no se me ocurre ningún sitio mejor para
naufragar que los brazos y los besos de Kayla. 

FIN

***
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entregas de la misma serie: EL OCÉANO QUE NOS SEPARA, LAS
VACACIONES QUE NECESITO y EL MILLONARIO QUE ME
ESPERA. Por esta temporada, el HOTEL PARADISO cierra sus puertas.
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pedís, habrá más, por supuesto! ¡Muchas gracias y hasta pronto!
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