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El Rey Burgués: Cuento de Darío

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones o menos del poema "El Rey Burgués" de José Emiliano García Hernández. Describe a un rey poderoso que gobierna una ciudad y aprecia las artes. Un día, un poeta es llevado ante el rey pidiendo comida. El rey le dice que puede comer si toca una caja de música. El poeta es forzado a dar vueltas a la manivela de la caja de música para obtener comida, hasta que muere de frío una noche de invierno mientras el rey celebra
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El Rey Burgués: Cuento de Darío

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones o menos del poema "El Rey Burgués" de José Emiliano García Hernández. Describe a un rey poderoso que gobierna una ciudad y aprecia las artes. Un día, un poeta es llevado ante el rey pidiendo comida. El rey le dice que puede comer si toca una caja de música. El poeta es forzado a dar vueltas a la manivela de la caja de música para obtener comida, hasta que muere de frío una noche de invierno mientras el rey celebra
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DESCRIPCIÓN BREVE

En el trabajo que se
presenta se hacen los
cambios de adjetivos
con sinónimos, los
cuales están
enmarcados con un
color naranja para su
identificación inmediata

EL REY BURGÉS Jose Emiliano García


Hernández
Colegio Loyola
Rubén Darío
¡Amigo! El cielo está oscuro, el aire frígido, el día decaído. Un cuento contento.. así
como para distraer las brumosas y grises melancolías, helo aquí:
Había en una ciudad Grande y brillante un rey muy poderoso, que tenía
trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos
de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos, y monteros con
cuernos de bronce que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey
poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.
Era muy seguidor a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza
a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores,
boticarios, barberos y maestros de esgrima.
Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía
improvisar a sus profesores de retórica, canciones alusivas; los criados
llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas
con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena
de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la
ciudad bullente, iba de caza atronando el bosque con sus tropeles; y hacía
salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más
escondido de las cavernas. Los perros de patas flexibles iban rompiendo
la maleza en la carrera, y los cazadores inclinados sobre el pescuezo de
los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras
encendidas y las cabelleras al viento.
El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y objetos
de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y extensos
estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes que
por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de
columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de
mármol como los de los tronos salomónicos. Refinamiento. A más de los
cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, del arrullo,
del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de

M. Ohnet, o hermosos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas


hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en
letras, y del modo lamido en artes; ¡alma sublime amante de la lija y de la
ortografía!
¡Japonerías!¡Chinerías! Por moda y nada más. Bien podía darse el placer
de un salón merecedor del gusto de un Goncourt y de los millones de un Creso:
quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en
grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de
hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna
desconocida; mariposas de extraño abanicos junto a las paredes; peces y
gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si
fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con
dragones devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de
seda amarilla, como tejidas con hilos de araña, sembradas de garzas rojas
y de verdes matas de arroz; y tibores, porcelanas de demasiadas siglos, de
aquellas en que hay guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta
los riñones, y que llevan arcos estirados y manojos de flechas.
Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas,
ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran
Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¿cuántos salones?
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta
majestad, el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
Un día le llevaron una extraña especie de hombre ante su trono, donde se
hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y
de baile.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Señor, es un poeta.
El rey poseía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, censotes en la
pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
—Dejadle aquí.
Y el poeta:
—Señor, no he comido.

Y el rey:
—Habla y comerás.
Comenzó:
—Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas
al huracán; he nacido en la época de la aurora; busco la raza seleccionada
que debe esperar con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del
gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba
llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el
rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles,
contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que
embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer
histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es
de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado vigoroso y ahíto de leche
fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la
cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel engreído, o como
un semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.
He acariciado a la gran naturaleza, y he buscado al calor del ideal, el verso
que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la perla en lo
profundo del océano. ¡He querido ser fuerte! Porque viene el tiempo de
las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, con todo movimiento y
poderío, y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco
triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor.
¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros
lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! El arte no viste
pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es
augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o anda desnudo, y amasa la
greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como
las águilas, o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un
ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de
marfil.
¡Oh, la Poesía!
¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de la mujeres, y
se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis

endecasílabos, y el señor maestro de farmacia pone puntos y comas a mi


inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el ideal...
El rey interrumpió:
—Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
—Si lo permitís, señor, puede tener la comida con una caja de música;
podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os
paseéis.
—Sí, —dijo el rey,— y dirigiéndose al poeta:
—Daréis vueltas a una manivela. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja
de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros
de hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de
ideales. Id.
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del lago de los cisnes, al
poeta hambriento que daba vueltas ala manivela: tiririrín, tiririrín...
¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las
cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín!
Todo entre las burlas de los pájaros libres, que llegaban a tomar rocío en
las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas, que le picaban el rostro y
le llenaban los ojos de lágrimas, ¡tiririrín...! ¡lágrimas amargas que rodaban
por sus mejillas y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno, y el pobre sintió escalofrío en el cuerpo y en el alma. Y su
cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el
olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un pobre
diablo que daba vueltas al manubrio, tiririrín.
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él, el rey y sus vasallos; a los
pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire helado que le mordía las
carnes y le azotaba el rostro, ¡tiririrín!
Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas
cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre
sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de
las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor
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profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios,


mientras en las copas cristalinas bullir el champaña con su burbujeo
luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz cubierto
de nieve, cerca del lago, daba vueltas al manubrio para calentarse
¡tiririrín, tiririrín! tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la
blancura deslumbrante y glacial, en la noche sombría, haciendo resonar
entre los árboles sin hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se
quedó muerto, tiririrín... pensando en que nacería el sol del día venidero, y
con él el ideal, tiririrín..., y en que el arte no vestiría pantalones sino manto
de llamas, o de oro... Hasta que al día siguiente, lo hallaron el rey y sus
cortesanos, al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con
una sonrisa amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.
¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan
brumosas y grises melancolías...
Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
¡Hasta la vista!

Poema

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