RELACIONES PLATÓN
Abordar la relación de Platón, autor del siglo IV a.C, con otros autores
nos obliga a seleccionar unas cuestiones y prescindir de otras, ya que este autor
es uno de los autores que más ha dado lugar a discusiones, tesis y líneas de
interpretación. Tanto es así que en el siglo XX Whitehead afirmó que “la
historia de la filosofía occidental no es más que una serie de notas al pie de
página de la filosofía de Platón”.
En primer lugar, cabe situar a Platón como un filósofo que parte del
conocimiento anterior para abordar problemas filosóficos de interés y
emprender la tentativa de dar una respuesta innovadora a los mismos. Por ello,
podemos mostrar su relación con los presocráticos atendiendo a dos autores
fundamentales y su intento de dar respuesta a un mismo problema, a saber: el
problema del cambio. Dichos autores son Parménides y Heráclito. El problema
del cambio puede situarse en relación con otros problemas de interés que aquí
no podemos abordar, entre los cuales cabe mencionar, a modo de ejemplo, el
problema de la identidad. Podemos resumir el problema del cambio en los
siguientes términos: ¿cómo es posible que una cosa cambie y, tras su cambio,
sea la misma cosa? La respuesta a este problema determina el pensamiento de
los dos autores mencionados y es también el punto de partida que sirve de
inspiración a Platón en su teoría de las ideas. Y es que frente al problema del
cambio Parménides afirma que “lo que es, es y no puede dejar de ser” y
Heráclito afirma que “todo está en continuo cambio”. De dichas afirmaciones
podemos inferir que Parménides opta por la vía rápida de la negación del
cambio, afirmando que todo permanece, negando así el devenir del ser, y
estableciendo un mundo estático en la línea de los eleatas; empero, de la
afirmación de Heráclito podemos concluir que no hay ser en el sentido que
establece Parménides, que todo es cambio y que, por lo tanto, no hay
permanencia sino puro y continuo devenir. Ante dichas afirmaciones, Platón da
una respuesta innovadora que no opta por la vía rápida de ninguno de los dos
autores, sino que intenta conjugar de una forma más o menos sistemática tanto
el devenir como la permanencia. Dicha respuesta se corresponde con la teoría
de las ideas platónica según la cual hay dos mundos: el sensible y el inteligible.
Y estos mundos guardan estrecha relación con los mencionados presocráticos
ya que el primero se corresponde con el devenir y el cambio de Heráclito,
mientras que el segundo corresponde al ser y la permanencia de Parménides.
De esta forma, Platón explica el cambio aludiendo a la sensibilidad como una
facultad que es engañadora la cual muestra un mundo perecedero y aparente a
nuestros sentidos. Sin embargo, existe también un mundo permanente, el
mundo del ser eterno e inmutable, el cual se corresponde con el mundo
inteligible conformado por ideas cuyas esencias no cambian. Así, Platón nos
explica que los cambios de las cosas que observamos en el mundo sensible es
únicamente un cambio aparente, que la diversidad guarda una relación de
identidad con las ideas del mundo inteligible, y que las cosas del mundo
sensible “participan” de las ideas del mundo inteligible. Así, conocer las cosas
requiere tanto de conocer su apariencia, mediante la sensibilidad, como de
conocer su realidad ideal a través de la razón. Y el conocimiento en sentido
estricto, debido a su influencia de los pitagóricos, tiene que ver con la razón,
facultad fundamental a la hora de conocer los objetos matemáticos mediante el
puro razonamiento que se aleja de los sentidos, ya que hablar del triángulo
significa hablar de la “idea de triángulo”, no de los triángulos sensibles como el
equilátero, el escaleno o el isósceles, ni de unas medidas concretas. Además, al
igual que hay una idea de triángulo que es todos y ninguno de los sensibles, de
la cual participan los triángulos que vemos, así también hay una “idea de mesa”
que es todas y ninguna de las sensibles y de la cual participan para tener
realidad. Por lo que en última instancia conocer la realidad significa conocer
racionalmente las ideas de las que participan las cosas, pudiendo así explicar el
cambio sin perder la identidad de una cosa consigo misma.
En segundo lugar, hemos de poner en relación a Platón con Sócrates y
los sofistas haciendo referencia a las cuestiones de la verdad y la justicia. Y es
que, como dijimos antes, mediante el mundo inteligible Platón establece una
realidad eterna e inmutable para asentar así las propiedades del ser y de la
verdad. Frente a esta concepción realista de la verdad, véase por ejemplo la
sentencia de Protágoras “el hombre es la medida de todas las cosas”, los
sofistas establecen un relativismo que podríamos interpretar en la línea de que
hay tantas verdades como hombres o percepciones de la misma. Sin embargo,
Platón se enfrenta a dicha concepción de la mano de su maestro Sócrates,
diciendo que el auténtico conocimiento no es individual ni particular, ni
depende de un sujeto ni de una cosa sensible, sino que la verdad tiene que ver
con las ideas y con la razón, siendo así objetiva y general. Además, muchos de
los sofistas defendían que la justicia, así como las cuestiones subsidiarias del
bien y del mal, eran relativas a los pueblos y las morales de los mismos, lo cual
entra en conflicto con la visión platónico-socrática de una idea de justicia. Pues
Platón toma la concepción realista socrática que intenta hacer ciencia de la
moral y la extrapola a todos los ámbitos de la realidad que puedan ser
conocidos ya que, como dijimos, conocer implica utilizar la razón y operar con
ideas. En consonancia con lo dicho hasta ahora, hemos de mencionar que
Sócrates defendía la mayéutica como método de conocimiento para hacer
recordar lo ya sabido, pues nuestras almas han estado ya antes en el mundo de
las ideas conociendo la realidad en sí, motivo por el cual establece como
máxima del conocimiento lo que le dijo el oráculo de Delfos, esto es:
“conócete a ti mismo”. Conocer implica recordar lo que ya se sabe de nuestra
estancia en el mundo de la ideas, y esto entra en conflicto con la profesión de
los sofistas, ya que ellos cobran por enseñar la verdad y la virtud, a diferencia
de Sócrates, quien afirma que él no enseña una verdad dada sino que mediante
preguntas y respuestas, haciendo uso de la mayéutica, hace que sea su
interlocutor quien recuerde lo que sabe, sin recibir así un conocimiento
dogmático que sea impartido por Sócrates, al modo en que lo imparten los
sofistas. Finalmente, sería conveniente recalcar que, para Platón, en la línea de
Sócrates, hay una relación directa entre conocimiento, virtud y felicidad, la
cual será ferozmente criticada por Nietzsche.
Por otro lado, y en concordancia con lo anterior, encontramos la
influencia de Platón en Nietzsche. En primer lugar, hemos de mencionar que
las influencias no siempre tienen que ser positivas, no tienen que darse en una
línea de continuidad, sino que pueden surgir como enfrentamiento o
discontinuidad, tal y como sucede en el caso que nos ocupa.
Una vez realizadas las aclaraciones previas, podemos señalar los
rasgos más importantes de la crítica de Nietzsche a Platón. Conviene señalar
que, a su juicio, con él se establece toda la línea que va a marcar la decadencia
de Occidente hasta los tiempos de Nietzsche, pasando por el cristianismo como
cristalización en la religión del error metafísico de Platón. Según Nietzsche, en
este momento se da la gran separación entre los dos mundos, el sensible y el
inteligible, dando un carácter de ilusión y apariencia al sensible y uno de
realidad al inteligible. La cuestión es que, según él, invierten los mundos
concibiendo que lo único real es falso, a la vez que construyen un mundo falso
que se postula como verdadero. Además, con Platón, por boca de Sócrates en
sus diálogos, a juicio de Nietzsche se establece una relación entre razón, virtud
y felicidad que es de todo punto falsa, intelectualizando la moral con el fin de
obtener la felicidad, haciendo de lo falso el eje sobre el que gira la vida con el
fin último de la felicidad. Nótese que en este vínculo entre moral, conocimiento
y felicidad se está concibiendo que es la razón -mundo inteligible- la que
domina los instintos -mundo sensible-, estableciendo así la deseabilidad de que
no hagamos aquello que satisface a cada uno, generando con ello una represión
de la parte real de nuestra vida como si la razón, que está en estrecha relación
con la moral, tuviera algún carácter más noble que los instintos. Por esta razón,
Nietzsche afirma que se ha dado un triunfo de lo apolíneo frente a lo
dionisíaco, cuyo principal responsable es Platón, que inaugura lo que será una
forma equivocada de ver el mundo seguida posteriormente por el cristianismo.
De ahí que, como hemos explicado en el apartado de los términos, haya que dar
prioridad a lo dionisíaco, dando rienda suelta a nuestros instintos y afirmando
la voluntad de poder en nuestra vida, para así recuperar los valores de la
tragedia ática griega como modo de vivir en el mundo, un vivir estético, con
armonía entre lo dionisíaco y apolíneo. Pues, debido a la debilidad de los
humanos que no son capaces de asumir que la vida es cambio, movimiento y
devenir, se construye un mundo falso que se encuentra más allá de los cambios
aparentes y que es explicación y causa última de lo sensible.
Finalmente, pondremos en relación algunas de las características del
pensamiento platónico con Aristóteles. Para ello, en primer lugar, cabe hacer
mención a la relación que hay entre la substancia aristotélica y las ideas de
Platón. Y es que en ambos casos parece que debe haber algo que permanezca,
algún tipo de ser o substrato que sirva como base última para explicar los
cambios que se dan en las cosas. En este sentido, vemos que, a pesar de los
cambios, siempre hay algo que permanece a pesar de los mismos. De hecho,
Aristóteles afirmaba que “ser se dice en muchos sentidos”, pero también
afirmaba que el sentido principal y al cual se pueden reducir todos los demás
sentidos es el del ser como substancia. La gran diferencia con respecto a Platón
es que mientras que lo que explica el ser en última instancia en el pensamiento
platónico son las ideas del mundo inteligible, sin embargo, para el estagirita no
es necesario desdoblar el mundo, sino que además es contraproducente
multiplicar los mundos para explicar el ser de las cosas aludiendo a un mundo
sensible y otro inteligible. Tanto es así que Aristóteles sitúa la substancia en el
único mundo existente, en el mundo sensible. Y es que Platón denostaba
fervientemente el mundo sensible, aludiendo a su carácter de apariencia,
falsedad y engaño, mientras que para Aristóteles no podemos salir de dicho
mundo. Es más, a su juicio todo el conocimiento comienza por los sentidos, por
lo que desempeña un papel fundamental, para nada ilusoria, la información
procedente de los sentidos. Sobre la base de las cuestiones abordadas hasta el
momento, podemos afirmar, retrospectivamente, que Platón guarda estrecha
relación con la corriente filosófica moderna que denominamos “racionalismo”,
mientras que Aristóteles estaría más en consonancia con la corriente moderna
que denominamos “empirismo”. En otro orden de cosas, con respecto a la
política, mientras que Aristóteles defiende una Politeia que se caracteriza por
un híbrido entre la democracia y la aristocracia, donde el gobierno de las
mayorías se conjuga con una concepción elitista o meritocrática, para Platón el
régimen ideal es el de la República encabezada por el rey-filósofo, afirmando
que las distintas almas han de ocupar el lugar en la sociedad que les
corresponda en función de las partes que predominen en ellas, estableciendo así
una diferencia entre el que manda (rey filósofo), los que protegen la ciudad de
los peligros de invasiones y llevan a cabo las guerras (los guardianes) y los que
se dedican a abastecer de alimento a la población (recolectores).