Resume las reformas impulsadas durante el bienio reformista.
(Estándar B117)
El Gobierno Provisional, que se formó al proclamarse la II República, inició una serie de reformas urgentes en los
ámbitos social y militar que se desarrollarían posteriormente durante el bienio reformista (1931-1933), con el Gobierno de
Manuel Azaña, formado por una coalición entre republicanos de izquierda y socialistas.
La reforma socio-laboral
El socialista Largo Caballero, ministro de Trabajo, dictó medidas destinadas a mejorar la situación laboral del
proletariado industrial y del campesinado. Se promovió la negociación de los convenios colectivos, se protegió el derecho a
huelga (Ley de contratos de trabajo, 1931), se impulsaron los seguros sociales y se redujo la jornada laboral de los
campesinos. Pero no existió un plan eficaz para combatir el paro.
La reforma agraria
El Gobierno Provisional promulgó algunos decretos para iniciarla. En 1932, el Gobierno de Azaña aprobó la Ley de
reforma agraria con el objetivo de eliminar el latifundismo y crear una clase de pequeños propietarios que facilitase la
modernización de la agricultura y el aprovechamiento de las tierras. La ley establecía la expropiación de las tierras de los
grandes de España, las grandes fincas no cultivadas por los propietarios, las tierras deficientemente cultivadas y las no
regadas en zonas de regadíos. Su aplicación quedó a cargo del Instituto de Reforma Agraria.
La división entre los partidos, la complejidad de la ley y la falta de presupuesto para pagar las indemnizaciones
provocaron una ineficaz aplicación de la reforma, el descontento del campesinado y su radicalización, y que los grandes
propietarios, opuestos a la ley, se aliaran con los enemigos de la República.
La reforma religiosa
La II República instauró un régimen laico para limitar la influencia de la Iglesia en la sociedad española. Se
estableció la separación entre Iglesia y Estado, se suprimió el presupuesto del clero, se apartó a las órdenes religiosas del
ejercicio de la enseñanza, se disolvió la Compañía de Jesús y se confiscaron sus bienes. Además, se aprobaron el divorcio, el
matrimonio civil y la secularización de los cementerios. En 1933 se promulgó la Ley de congregaciones, mediante la cual el
Estado reguló y fiscalizó sus actividades.
La Iglesia, al ver peligrar sus privilegios, se alineó rápidamente contra la República con el apoyo de la oligarquía
económica y de los pequeños y medianos propietarios.
La reforma militar
Pretendía modernizar el ejército, mediante su profesionalización y la reducción del excesivo número de oficiales.
Buscaba asegurar su fidelidad a la República y alejar a los mandos monárquicos. Se permitió el retiro voluntario anticipado
a los militares que no quisiesen jurar fidelidad a la República. Se redujeron las regiones militares y se suprimieron las
capitanías generales y la Academia Militar de Zaragoza, dirigida por el general Franco, considerada ineficaz y
antirrepublicana. Se creó la Guardia de Asalto, se sometió la jurisdicción militar a la civil, y se redujo a un año el servicio
militar. Estas reformas provocaron malestar en algunos sectores del ejército, y quedaron limitadas por la falta de
presupuesto.
La reforma territorial
Las nacionalidades históricas reclamaban de la República una nueva organización territorial descentralizada que
recogiese las aspiraciones de autogobierno pendientes desde finales del siglo XIX.
La Constitución de 1931 reconocía el derecho de autonomía de las regiones. Así en 1932 se concedió a Cataluña el
Estatuto de Autonomía con un Gobierno autónomo, que tenía competencias en cultura, obras públicas y orden público.
Françesc Macià de Esquerra Republicana fue elegido primer presidente de la Generalitat.
En el País Vasco el Partido Nacionalista Vasco y los carlistas elaboraron un proyecto de estatuto basado en la
recuperación de los privilegios forales y en la defensa del catolicismo, pero fue rechazado por el Gobierno por su
conservadurismo. Finalmente el Estatuto vasco se aprobó en 1936, ya iniciada la Guerra Civil.
La reforma de la enseñanza
Se intentó reformar la educación en un país en el que más del 23% de la población era analfabeta. La reforma
estuvo influida por la Institución Libre de Enseñanza y se centró en la enseñanza primaria. Se construyeron nuevas
escuelas, se dotaron nuevas plazas de maestro, a los que se subió el sueldo, y se impulsó un proyecto pedagógico
innovador. Se crearon también las misiones pedagógicas, con el fin de llevar la instrucción y la cultura al mundo rural.
Además, se suprimió la obligatoriedad de la formación religiosa en las escuelas. Pero, una vez más, la falta de fondos hizo
difícil llevar a buen término esta reforma educativa.
El bienio reformista estuvo amenazado desde el principio por la oposición de la derecha, afectada por las reformas
del Gobierno, y por la izquierda radical, que se mostraba insatisfecha con ellas.
La derecha monárquica propició la frustrada sublevación militar que dirigió el general Sanjurjo en 1932, “la
Sanjurjada”, aprovechando el malestar creado por la cuestión autonómica, la reforma religiosa y los desórdenes públicos.
Aunque el Gobierno pudo sofocarla, se demostró la importancia que tenía el sector antirrepublicano.