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Don Quijote: Razón y Locura

Este documento presenta un análisis del personaje de Don Quijote en la novela de Miguel de Cervantes. En el primer párrafo, se describe cómo Don Quijote pierde la cordura debido a su excesiva lectura de libros de caballería, los cuales se vuelven realidad en su imaginación. En el segundo párrafo, se analizan los primeros y últimos capítulos de la novela, mostrando cómo Don Quijote transita entre la locura y la realidad, siendo acompañado por el cura, el barbero y Sancho
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Don Quijote: Razón y Locura

Este documento presenta un análisis del personaje de Don Quijote en la novela de Miguel de Cervantes. En el primer párrafo, se describe cómo Don Quijote pierde la cordura debido a su excesiva lectura de libros de caballería, los cuales se vuelven realidad en su imaginación. En el segundo párrafo, se analizan los primeros y últimos capítulos de la novela, mostrando cómo Don Quijote transita entre la locura y la realidad, siendo acompañado por el cura, el barbero y Sancho
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Escritos / Medellín - Colombia / Vol. 23, N. 51 / pp.

301-307
Enero-junio 2015 / ISSN 0120 - 1263

DON QUIJOTE.
LA RAZÓN DE LA LOCURA1

DON QUIXOTE. THE REASON OF MADNESS


DON QUIXOTE. A RAZÃO DA LOUCURA

Mg. Iván Darío Carmona Aranzazu*

1 El tema de este editorial se eligió para conmemorar los 400 años de la muerte de Miguel de
Cervantes, a propósito de su obra El quijote de la mancha.
* Licenciado en filosofía y letras, especialista en ética, magíster en filosofía, doctorando en
filosofía y actualmente coordinador de postgrados en filosofía de la Escuela de Teología,
Filosofía y Humanidades. Orcid: 0000-0002-4572-8527
Correo electrónico: [Link]@[Link]

Artículo recibido el 23 de octubre de 2015 y aprobado para su publicación el 30 de noviembre


de 2015.

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Escritos, Vol. 23, No. 51

Pensemos en el dolor físico o mental, por ejemplo,


o en los sueños, o en la locura, o en cosas como
la bondad, la misericordia, la justicia: pensemos
en estos elementos generales de la vida humana,
y estaremos de acuerdo en que sería provechoso
estudiar de qué manera los maestros de la narrativa
los transmutan en arte.
Vladimir Nabokov.

E
s paradójico cómo la vida suele entenderse de manera menos
equivocada desde la ficción, la realidad en sí y por sí se convierte
en una trampa donde la razón que la justifica termina por dibujarle
sus propios barrotes. Tal vez lo que sucede es que la razón no tiene tan
completamente asegurada una razón, de la misma manera que la locura
no está ausente de razón y de sentido; es evidente que siempre hallaremos
una razón en la locura y una locura en cada razón. Exacerbar la razón o
la locura nos pondrá siempre en el ojo del huracán, nos hará visibles
ante los demás, nos personalizará, es decir, descubrirá en cada uno de
nosotros a un personaje. Al parecer es imposible desprenderse de este
dilema y de ello nos da cuenta el arte en sus diferentes modos: pintura,
música, literatura, etc. Miguel de Cervantes Saavedra al contar la historia
de Don Quijote de la Mancha ha transmutado la vida cotidiana en arte,
ha narrado la paradoja convirtiendo a seres comunes en arquetipos de la
condición humana, que tal vez poco la explica, pero que al señalarla le da
un lugar en la conciencia; esa conciencia es la experiencia del paso del
tiempo, es lo que se narra como una vida extraordinaria, lo que convierte
a una persona de la vida real en un personaje de novela, y a una serie de
sucesos en aventura; los mismos que una vez salidos de cauce se vuelven
ficción, aunque jamás abandonen su parentesco con la realidad que les
posibilitó su génesis.

En este corto ejercicio de reflexión nos concentraremos en el primer


capítulo de la primera parte (Que trata de la condición y ejercicio del
famoso y valiente Hidalgo don Quijote de la Mancha) y el capítulo LXXIV
de la segunda parte, capítulo final (De cómo don Quijote cayó malo y
del testamento que hizo y su muerte) entre uno y otro, miles de páginas

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donde se narra la aventura, donde se cuentan las hazañas, locuras del


protagonista, unas y otras justificadas por el talante de la imaginación,
espejo donde la razón sobrevive con sutileza; pues es Sancho Panza, en
contraste, el encargado de condimentar con los refranes de su sabiduría
popular, el refinamiento desbordado y humorísticamente formal del
académico, del gran lector don Alonso Quesada convertido en don Quijote.

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban


las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y
así del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera
que vino a perder el juicio. Llenándosele la fantasía de todo aquello
que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias,
batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentos y disparates
imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad
toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que
para él no había otra historia más cierta en el mundo. (29-30)

Desde el primer momento se ponen las cartas sobre la mesa; don Alonso
va perdiendo la cordura donde la razón es la medida de todas las cosas, va
tomando distancia con la realidad que le sirve de encuadre a aquello que
la sociedad y la cultura legitiman como norma o normalidad, va separando
sus pies de la tierra. La imaginación que proviene de las novelas, elevan el
horizonte de su mirada y le permiten un giro inesperado a su condición; la
fantasía pasa a ser la plena realidad. El mundo, o lo que damos en llamar
la vida se justifica por otras razones que la razón no entiende, lo absurdo
en sus matices de discurso o acción se toma el plano de la verdad y con
ello consigue un nuevo ropaje para la moral; el Caballero y sus obsoletas
maneras del habla y de la etiqueta, entre el dolor y el disparate, provocan el
desconcierto y la risa. La burla que provoca en los espectadores arrastra,
a su vez, lástima.

El cura, el barbero y su sobrina hacen las veces de bisagra, de ellos se


desprende cuando sale de la realidad y a ellos regresa cuando vuelve de
la locura. Ellos, más que testigos, son el hilo de Ariadna para transitar
con menor riesgo el laberinto, pues allí no existe la puerta de salida, ésta
consiste en elevarse de la realidad sin perderla de vista; el Caballero de
la triste figura transita por la locura, la experimenta sin habitarla como

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estado definitivo, algunos rasgos de habla, uno que otro gesto lo ubican
en el punto limítrofe; peligroso, irreverente, irritable y cómico donde la
máscara se derrite para mostrar sus muchas capas antes de poder llegar
al rostro auténtico de su tragedia; la realidad es la misma a pesar de sus
matices, la realidad lo espera burlona al final de la locura, la realidad, en
definitiva, sólo se ha asomado a la ventana, no ha salido del cuarto, la
promesa de la muerte es la madurez del envejecimiento. “Llegó su fin
y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque o ya fuese de la
melancolía que le causaba el verse vencido o ya por la disposición del
cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura que tuvo seis días
en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller
y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su
buen escudero.” (1099)

Recordemos cómo en el primer capítulo, cuando decide como Caballero


justificarse en aventuras propias, va trasladando de la fantasía, que le
proporcionan las novelas, a la realidad los elementos propios de aquel
otro que lo habita. De los libros de caballería saltan a la realidad los
objetos que arman al personaje, viejos, mohosos, inservibles, remedos
y deformaciones; luz tenue que intenta suplantar al sol, eso es su nueva
vestimenta de lata y cartón, la que exhibe con triste hidalguía, no menos
que su escuálido corcel de rocinante nombre que atraviesa montes y
llanuras, bosques con sus riachuelos y medianos peñascos llevando
en su lomo el simulacro de un Caballero, el espectro de un romántico
héroe sorprendido por la brillante luz de otro tiempo y de otra época que
aún se resiste a ser sólo memoria o novela. Al final vencerá la novela
sobre la realidad, aunque la realidad tenga el sello de la muerte; sólo la
pluma dejando su huella de tinta, memoria grafema, la aventura como
serie resumida en un relato; unidad de lo múltiple. Ficción es el nombre
de esa realidad, invención es el sinónimo posible de ese recobrar el hilo
que ata los acontecimientos que al final se alojan en la memoria, no hay
recuerdos sólo hilos que anudan los fantasmas del espejo tinta en que
se ha convertido la novela; los personajes y los hechos de la ficción han
saltado a la realidad, y ésta, decide esperar agazapada hasta que la locura
termine por convertirse en pequeño arroyo de nostalgia. Sí que pesa la

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realidad cuando la ficción la confronta, cuando la imaginación le acaricia


el lomo con su tejido de sensaciones.

Podríamos decir, que al final la realidad vence a la ficción, pero ésta


más bien parece una victoria triste; deja un sabor amargo de culpa y
de arrepentimiento de su protagonista; el deslucido Caballero de risible
heroísmo, ha colgado los aparejos y quiere ajustar las cuentas con su
entorno, se confiesa y dicta su última voluntad; simple, sencilla y cruda
intentando alejar el maleficio del ensueño: “Iten, es mi voluntad que si
Antonia Quijana mi sobrina quisiera casarse, se case con hombre de
quien primero se haya hecho información que no sabe qué cosa sean
libros de caballerías; y en caso que se averigüe que lo sabe y, con todo
eso, mi sobrina quisiere casarse con él y se casare, pierda todo lo que
le he mandado, lo cual puede mi albacea distribuir en obras pías a su
voluntad.” (1103). Aunque la razón, con toda su fuerza, logre desplazar la
locura, no puede evitar salir de escena con cierto aire de ironía. Por más
categóricos y crudos que sean los últimos momentos de la vida de don
Alonso Quijano, no dejan de ser caricatura de lo humano. Lo paradójico
es el tejido que separa sosteniendo la dependencia entre razón y locura.
Este juego se hace evidente en uno de los últimos diálogos que sostienen
don Alonso, líneas atrás revestido de don Quijote de la Mancha:

Y, volviéndose a Sancho le dijo:


-perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco
como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo
y hay caballeros andantes en el mundo.
- ¡Ay! –respondió Sancho llorando-. No se muera vuestra merced,
Señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor
locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin
más ni más sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de
la melancolía. (1102)

La protesta de Sancho además de triste es inmediata, la mayor locura


de un hombre es dejarse arrastrar por el peso de los acontecimientos sin
intentar hechos heroicos o aventuras que lo justifiquen, que le permitan
ser objeto de narración; incluso un antihéroe como don Quijote merece la
gloria de un mal combate; raspones y tropezones, chichones y peladuras

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son mejores trofeos que una apacible muerte en su lecho; hubiese sido
preferible según la nueva lógica de Sancho que lo acompañaran en su
último momento los alucinados personajes de su fantasía, que el corriente
y descolorido cuadro de sus amigos alrededor del lecho de don Alonso.
Una muerte inútil, por nada, desdibuja la figura de un caballero, Sancho
recoge en su queja el valor real que tiene la ficción, al fin de cuentas es
el único que ha comprendido que el valor del juego no está en ganar o
perder, sino en no dejarse vencer a pesar de las derrotas constantes. Para
Sancho la vida es aventura, no hay que llegar a ninguna parte, nada nos
espera al final, solo existe el caminar que, como dice el cantautor español
Joan Manuel Serrat, hace camino.

Este propósito parece tener el mismo Cervantes al final de su ficción


cuando hace hablar a la pluma que ha servido a este delirante narrar del
más paradójico de los personajes:

Para mi sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo escribir,
sólo los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido
y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de
avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero,
porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio,
a quien advertirás, si acaso llegas a concederle, que deje reposar en
la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don quijote, […]
(1105)

La pluma reconoce el delirio de don Quijote, sabe del ingenio que toda
locura aporta a la razón; una cosa es el ejercicio del pensar en el que
ordenamos la existencia según categorías, donde reconocemos los
diferentes ciclos que justifican nuestra existencia, discurso que ponemos
en los libros y que exhibimos como trofeos de una ciencia dominada;
otra, muy distinta, lo que nos jugamos en la escritura, en el ingenio de la
analogía donde todo se vuelve tan incierto como la paradoja que lo habita,
la pluma nació para el escritor y este para convertir en imágenes la agreste
aventura de vivir en la sospecha de que la realidad no es más que la cara
pervertida del sueño.

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Al final Sancho es quien se resiste a que su don Quijote quede convertido


en una caricatura de la vida y sus dilemas, clava la mirada en su señor y le
recrimina que se deje morir así no más, sin dar la pelea, un Caballero de
los de armadura y sueños de hidalguía no renuncia a su virtud, por más
que esta sea trasnochada y disparatada: “Si es que muere de pesar de
verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber cinchado yo
mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto
en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros
a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.” (1103) Sancho
abraza la razón de la locura, que es locura de la razón de la que huye don
Quijote; ambos viven en el borde de la existencia sin darse cuenta que son
espejo el uno para el otro, él uno en el otro ironía de una existencia que
cabalga a lomo de poética imaginación.

Bibliografía

Miguel de cervantes Saavedra. Don Quijote de la mancha. Edición del IV


centenario. Real Academia de la Lengua española. Brasil: 2004.

Nabokov, Vladimir. Curso sobre el Quijote. Barcelona: Zeta, 2009.

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