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Invasiones Inglesas: Antecedentes

En 3 oraciones: 1) El documento describe los antecedentes de las invasiones inglesas de Argentina en 1806-1807, incluyendo los planes de invasión de Popham y Miranda y la situación política en Europa que llevó a los ingleses a buscar nuevos mercados en América del Sur. 2) Explica los preparativos del virrey Sobremonte para defender Buenos Aires de una posible invasión, así como la organización de las tropas invasoras inglesas bajo el mando de Popham y Beresford. 3) Relata la conquista ingles

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Invasiones Inglesas: Antecedentes

En 3 oraciones: 1) El documento describe los antecedentes de las invasiones inglesas de Argentina en 1806-1807, incluyendo los planes de invasión de Popham y Miranda y la situación política en Europa que llevó a los ingleses a buscar nuevos mercados en América del Sur. 2) Explica los preparativos del virrey Sobremonte para defender Buenos Aires de una posible invasión, así como la organización de las tropas invasoras inglesas bajo el mando de Popham y Beresford. 3) Relata la conquista ingles

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Invasiones Inglesas

Antecedentes

Antecedentes inmediatos: contexto internacional.

Para este punto nos guiamos por Elvira Martín de Codoni, se trata de un trabajo
mecanografiado de apuntes de una de sus clases, realizados por la misma profesora.

España se hallaba unida a la Francia revolucionaria al advenimiento de Bonaparte como primer


cónsul y reafirmó esta situación en 1804, cuando fue coronado como emperador de los franceses.
Con su incompetente monarca, Carlos IV y el ambicioso ministro Godoy, eligió permanecer neutral
en las contiendas que se avecinaban, pero a costa del bochornoso TRATADO DE LA NEUTRALIDAD,
firmado en 1803, por el cuál se obligaba a pagar a los franceses un subsidio millonario a cambio de
librarse de las obligaciones de guerra que le imponían los tratados de Familia.

Para cubrir esta fuerte suma se contaba con los recursos llegados de América. En esta penosa
situación se produjo el incidente conocido como de la cuatro fragatas. Ocurrió en 1804, cuando
partieron del Río de la Plata rumbo a Cádiz cuatro fragatas españolas procedentes, dos, del Callao,
una de Manila y otra del puerto de partida. Portaban una gran cantidad de pesos fuertes, que
pertenecían en parte al rey y en parte a particulares. Viajaban también numerosas familias de
funcionarios y comerciantes que regresaban a España, entre las cuáles se hallaba la de los Alvear.

Una flotilla inglesa al mando del comodoro Moore fue la responsable. Esta salió al encuentro de
las naves en cercanías del puerto de Cádiz y Moore exigió la rendición incondicional, el capitán
español se niega rotundamente y como respuesta los ingleses hacen estallar una de las naves, en la
misma se encontraban la esposa del general español Diego de Alvear y seis de sus hijos, el general
contempló desde otro de los barcos como su familia desaparecía, sólo le quedaba un hijo, quien lo
había seguido a esa nave, Carlos María. El resto de la flotilla fue tomada prisionera y conducida a
Inglaterra. Poco después, considerando España este proceder como “casus belli” le declaró la
guerra.

En 1805, Bonaparte logra unir las flotas francesa y española, siendo España su única aliada y
derrotar a la escuadra inglesa, liderada por el almirante Nelson. El encuentro se produjo en
Trafalgar y, aunque Nelson muere, la flota franco-española fue completamente derrotada.

A partir de entonces los mares quedaron al arbitrio de Inglaterra. Un mes después, cuando
Napoleón venció en Austerliz, el continente europeo quedó bajo su arbitrio.

Antecedentes lejanos

La revolución industrial, se inicia en Inglaterra en el siglo XVIII y fue de conquista en conquista,


desde el punto de vista de los avances tecnológicos. Pronto los ingleses comenzaron a buscar
mercados para sus productos, dado que la producción era muy superior al consumo dentro de los
límites del actual Reino Unido.

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Las colonias inglesas del norte se independizaron en 1783 y se encerraron en una barrera
aduanera para proteger sus propias industrias. Lo cuál trajo aparejado para Inglaterra un mercado
menos con respecto a su excedente de producción.

Por otra parte, Napoleón decretó el bloqueo continental en 1804, bloqueo en el papel, pero
que impedía a los ingleses colocar sus productos con la obtención del máximo rendimiento en los
mercados europeos, aunque algunas naciones como Portugal, no aceptaron el famoso bloqueo.

De este modo la nación británica se hizo fuerte en esta búsqueda de lugares para imponer sus
mercaderías libremente. En 1805, cerrados para su comercio los puertos de Europa y con grandes
trabas aduaneras en América del Norte, buscó mercados favorables a sus pretensiones en la
América española. Era una coyuntura favorable que desde antiguo venía apeteciendo, si
recordamos la ayuda que siempre brindó la corona inglesa a piratas y corsarios, para favorecer todo
tipo de contrabando.

En el tiempo de larga duración la suplantación de España por los ingleses se fue haciendo
lentamente. Hizo la penetración comercial, a través del contrabando, lo intentó por la fuerza de
las armas en 1806 y 1807, y se afirmó con la penetración ideológica a lo largo del siglo XIX.

Planes de invasión

Los proyectos de Popham y Miranda

Siguiendo a Codoni, Miranda propuso a Inglaterra un proyecto de invasión a América en 1790.


Ofreció a los ingleses grandes ventajas comerciales a cambio de que ayudasen en la Independencia.
El gobierno inglés no lo atendió pero despachó a algunos agentes para ir sondeando la opinión de la
población de estas regiones.

Miranda entabló conversaciones con Pitt, primer ministro de Inglaterra, quien se encantó con el
proyecto y dio a conocer el plan de Miranda al comodoro Sir Home Popham, quien se convertiría en
un entusiasta del asunto de Sudamérica. El 14 de octubre, Popham y Miranda presentaron a Pitt un
memorándum que contenía detalles específicos para liberar Sudamérica y del cual Popham se
valdría en 1806 para solicitar tropas para atacar Buenos Aires. El plan de invasión se realizaría por
medio de dos expediciones, una a Venezuela y la otra al Río de la Plata. Fue discutido en el
Parlamento pero finalmente no fue aprobado.

Sobre dicho plan, Garcia Belsunce cita al propio Popham que explica que no buscaba conquistar
América del Sur, pero si dominar todos sus puntos prominentes, aislarla de sus conexiones europeas
y establecer alguna posición militar, gozando de todas sus ventajas comerciales, lo que convertía a
dicha empresa en una operación segura.

Sobre todo el comodoro creía que esta colonia española mal defendida, poseía una población
enemistada con su gobierno y proclive a los invasores que la liberaran del yugo español. Es
evidente que las conversaciones con Miranda habían influido mucho en él.

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Primera invasión

Preparativos para la defensa

Hacia fines de 1805 la idea de una posible invasión inglesa ya recorría Buenos Aires. El virrey
Rafael de Sobremonte había solicitado refuerzos militares a España en varias oportunidades. Los
cuerpos militares del virreinato habían sufrido muchas bajas en los últimos tiempos, en particular,
durante la sublevación indígena liderada por Tupac Amaru. Sin embargo la única respuesta que
obtuvo fueron unos cuantos cañones y la sugerencia de armar al pueblo para la defensa. Pero el
virrey entendía que darle armas a los criollos, muchos de ellos influenciados por ideas
revolucionarias, era una estrategia peligrosa para los intereses de la corona.

Sobremonte recibió la noticia de que una flota británica se había aprovisionado en el puerto de
Bahía, Brasil, y siguiendo las medidas estipuladas por la corona, organizó las escasas tropas
virreinales para la defensa del estratégico puerto de Montevideo, el cual poseía suficiente calado
para permitir la entrada de buques de guerra, lo que lo convertía en la plaza militar más
importante sobre el Río de la Plata.

Organización del ejército invasor

Baird otorgó a Popham el Regimiento 71 escocés, uno de los cuerpos más sólidos del ejército
del Reino Unido, al mando del teniente coronel Denis Pack, para una misión que no había sido
aprobada oficialmente.

Baird nombró al mando de su aporte militar al brigadier Beresford, compartiendo así los dos
jefes de tierra y mar el mando militar y político de la expedición. Esta no contaba con autorización
alguna del gobierno inglés y sólo era para beresford una operación militar realizada por órdenes de
un superior, pero para Popham era la realización genial de los proyectos que había conocido y
discutido con Melvilla, Pitt y Miranda.

La escuadra llegó a Santa Elena el 29 de abril, y Popham logró que el gobernador de la isla le
prestara 280 soldados para su misión, y envió una carta a Londres, dando a conocer los motivos por
los cuales se dirigía a Sudamérica y basa sus argumentos en el memorándum de 1804. Lo que
Popham desconocía era que Pitt había muerto recientemente y que en su lugar había asumido
William Wyndham Grenville, del partido opositor Whig.

Conquista inglesa de Buenos Aires

La flota fue avistada frente a Montevideo el 8 de junio. El 24 de junio Beresford amagó un


desembarco en Ensenada, realizando maniobras frente a Punta Lara y abriendo fuego contra las
fortificaciones.

Para el desembarco en Quilmas seguimos a Codoni. Custodiados por los cañones de sus barcos
los ingleses comenzaron el desembarco en número de 1635 hombres desde la mañana del día 24,
hasta el atardecer. Los barcos, para proteger la operación, se aproximaron tanto a tierra que, uno
de ellos, quedó varado. Esto explicaría que las tropas defensoras no hubieran intervenido para
impedir el desembarco. Para hacerles frente, fue encargado el subinspector general Pedro de Arce,
sin atacar de inmediato por el temor a la artillería de los buques que los hubiera deshecho. En la
segunda línea, junto al puente de Gálvez se ubicó el virrey y la caballería voluntaria, en Quilmes,
donde masas compactas de jinetes esperaban al invasor. Pero todos estaban mal armados, los
cartuchos no servían, otros tenían tan sólo armas blancas y se enfrentaban con el fuego de la
fusilería inglesa que era excelente, además de un nuevo tipo de granada de gran efecto psicológico
que utilizaron de inmediato.

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Arce fue dispersado en Quilmes. La infantería se trasladó al puente de Gálvez donde
Sobremonte dispuso medidas defensivas. Todos discutían sus órdenes, se le hacían críticas
estratégicas y la oficialidad y los vecinos formaban un hervidero de resentimientos personales,
transformándose todo el conjunto en desconcierto y desazón.

Se luchó todo el día 26, los defensores del puente con artillería de corto alcance no llegaban a
las filas del adversario. Los ingleses comenzaron a dominar la situación con sus granadas y su
artillería, y buscaban una batalla campal que siempre les sería favorable.

El 27 de junio, Sobremonte vio el término de la pelea, con sus fuerzas dispersas y sin jefes a su
alrededor. No supo entender que la batalla debía darla en las calles de la ciudad, pero tampoco
Liniers, Ruiz Huidobro, ni Martín de Álzaga, comprendieron desde el primer momento que ésta era
la única forma de vencer. Recién cuando fracasaron en los intentos de batallar en campo abierto, y
merced a la oportunidad que se les presentó de combatir dentro de la ciudad, porque las lluvias
impidieron a Beresford salir de ella, lograron de esta forma la victoria. Éste era el único modo de
vencer a las disciplinadas y bien pertrechadas fuerzas inglesas, invencibles en una batalla campal.
Cuando Sobremonte delegó la comandancia de la plaza, moralmente vencido, sin capacidad de
liderazgo tan necesario en esta ocasión y siempre siguiendo las instrucciones de la Junta de Guerra,
se dirigió hacia la campaña, sin haber agotado las instancias, lo cual fue probablemente su mayor
culpa, juzgada sin atenuantes. En realidad, su pecado principal era la de ser un funcionario
apegado a la letra de los reglamentos y de las instrucciones, carecía del brillo de un jefe que
magnetiza a sus hombres y la situación que le planteó su enemistad con los ricos y poderosos de la
ciudad, lo transformó penosamente en incompetente.

La Rendición

El 27 de junio las autoridades virreinales aceptaron la intimación de Beresford y entregaron


Buenos Aires a los británicos. En la tarde de este mismo día, las tropas británicas desfilaron por la
plaza mayor (la actual Plaza de Mayo) y enarbolaron la bandera del Reino Unido, que permanecería
allí por 46 días.

Manuel Belgrano era el secretario del Consulado de Buenos Aires (y de todo el virreinato) y
Capitán Honorario de Milicias Urbanas, mientras los demás miembros del Consulado juraron el
reconocimiento a la dominación británica, Belgrano prefirió retirarse "casi fugado", según sus
propias palabras, a la banda oriental del Río de la Plata, a vivir en la capilla de Mercedes, dejando
en claro su postura al pronunciar su célebre frase: "Queremos al antiguo amo o a ninguno".

El virrey abandonó la capital en la mañana del 27 de junio y se retiró a Córdoba. El 14 de julio,


Sobremonte declaró a Córdoba la capital provisoria del virreinato. Asimismo, instó a que se
desobedecieran todas las órdenes provenientes de Buenos Aires mientras durara la ocupación. Se
dedicó a organizar un ejército con el que reconquistar la capital, pero la tarea tropezó con toda
clase de dificultades, y sólo dos meses más tarde estuvo listo.

Al respecto Codoni realiza una defensa de Sobremonte:

“…Desde Córdoba organizó un ejército de 1500 hombres y regresó a marchas forzadas en medio de las
lluvias que hacían el camino intransitable para intentar la Reconquista, enviando notas y más notas
donde informaba sobre su avance y sobre las disposiciones que iba tomando. Liniers y Ruiz Huidobro,
ya decididos a entablar el combate sin esperarlo, no contestaban sus oficios, ignorándolo y
adelantando la fecha para negarle la gloria de participar. Posteriormente el propio Liniers, se acusará
de haberle arrebatado la oportunidad de combatir. Torre Revelo considera que el “sinceramiento” de
Liniers fue un rasgo de generosidad de parte suya y le resta valor, no creyéndolo verdadero, cuando
es evidente, que no tuvieron, ni él ni los otros, ningún interés de que el virrey llegara a tiempo. Sin
desconocer el rasgo de nobleza de don Santiago al aceptar el cargo que le hizo Sobremonte, es obvio
que la oportunidad que se le presentaba para ignorarlo debió pesar fuertemente en él por las
presiones que existían (quizás también por su viejo rencor) y procedió de esta manera como lo
declaró después…”

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Los porteños estaban, en general, descontentos con la metrópoli, y por tanto, en un primer
momento los británicos fueron recibidos con entusiasmo. Sin embargo, los grupos partidarios de la
independencia reconocieron la amenaza latente en la ayuda británica. La ocupación era la excusa
perfecta para establecer el dominio que el Reino Unido anhelaba sobre la región. Una de las
primeras medidas que tomó Beresford fue decretar la libertad de comercio y de reducción de
aranceles. Al darse cuenta de que los ocupantes no tenían otros planes, sino convertir al Plata en
una colonia británica, se sumaron a los grupos que preparaban una rebelión.

La reconquista de Buenos Aires

Ante la inmovilidad de las autoridades virreinales, los vecinos de la ciudad, criollos y españoles
por igual, comenzaron a armarse para defenderse por sus propias manos. Se organizaron varios
grupos clandestinos que planeaban atacar el fuerte, residencia temporal de Beresford, con
explosivos caseros. Estos movimientos (Húsares, Patricios, Arribeños, Montañeses, Patriotas de la
Unión , Migueletes, Granaderos Provinciales, Indios, Pardos y Morenos) tuvieron el apoyo de los
monopolistas, entre ellos Martín de Álzaga, que se veían severamente perjudicados con el libre
comercio decretado por el representante de Jorge III de Inglaterra (y que fuera aprobado por este
soberano cuando los británicos ya no gobernaban sobre el Rio de la Plata).

El 1 de agosto una guerrilla amparada por el rico comerciante español Martín de Álzaga en una
quinta en las afueras del casco urbano, dirigida por el criollo de ascendencia francesa Juan Martín
de Pueyrredón, fue derrotada por una fuerza inglesa de 550 hombres. Pero la mayor parte de las
tropas quedaron intactas para reconquistar la ciudad.

Liniers desde Montevideo, y con la ayuda de Pascual Ruiz Huidobro, gobernador de esa ciudad,
organizó un ejército que partió hacia Buenos Aires para la reconquista. Cruzó el Río de la Plata
aprovechando una sudestada, tempestad que dejó inmóviles a los buques británicos. Avanzando
desde el Tigre, se sumaron a este ejército miles de hombres entusiasmados.

El 12 de agosto, Liniers avanzó sobre la ciudad desatando una batalla campal en distintas calles
de Buenos Aires, hasta acorralar a los británicos en el Fuerte de la ciudad. También salieron a la
calle centenares de voluntarios organizados y entrenados por Álzaga. Dos días después, un Cabildo
Abierto priva a Sobremonte del mando militar.

Beresford firmó la capitulación el 20 de agosto, en la que se acordaba el intercambio de


prisioneros entre ambos bandos. Temiendo un segundo ataque, el Cabildo presionó para que los
prisioneros británicos fueran enviados al interior, anulando así los términos de la rendición.

Popham fue juzgado por una corte marcial británica por haber abandonado su misión en Cabo
de Buena Esperanza, pero su castigo se limitó a ser "severamente amonestado". La ciudad de
Londres le otorgaría luego una espada de honor por sus esfuerzos por abrir nuevos mercados; la
sentencia nunca llegó a afectarlo.

Los errores ingleses: (García Belsunse)

1. La suposición de que la división entre criollos y españoles era tan marcada que los primeros
acogerían a los invasores ingleses como libertadores y constituirían el apoyo político de la
ocupación. Este era un tremendo error y fue la fuente del fracaso británico.
2. El segundo error fue no revestir un carácter libertador que habría puesto en marcha a la
minoría que si queria despegarse de España, como Rodríguez Peña, Castelli y Pueyrredón.
Beresford actuó como un conquistador del territorio –aunque con toda moderación- llegó
incluso a exigir juramento de fidelidad al monarca inglés. Ni criollos, ni españoles estaban
dispuestos a admitir una nueva dominación.

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Consecuencias de la Primera invasión:

La población impone por primera vez su voluntad a un virrey al quitarle el mando


militar y al enviarle una comisión para “recomendarle” que no entrara a Buenos Aires.

Se organizan milicias urbanas. Tras la capitulación de Beresford y ante la


posibilidad de una nueva invasión, Liniers emitió un comunicado instando al pueblo a
organizarse en cuerpos separados según su origen. Este documento contenía una proclama
acerca de la creación de diversos cuerpos urbanos y una segunda orden de convocatoria. La
mayor parte de los hombres adultos se enlistó como miliciano de alguno de los diferentes
cuerpos y regimientos que se organizaron. El Comandante General de Armas logró agrupar
una fuerza popular a la que se le sumaban las tropas virreynales, de menor tamaño,
formando un ejército de infantería, caballería y artilleros:

Infantería

 Regimiento de Patricios o Legión Patricia, de tres batallones formados por los nacidos en
Buenos Aires y liderada por Cornelio de Saavedra y que contaba con Manuel Belgrano como
sargento mayor.
 Cuerpo de Arribeños, formado por peones provenientes de las provincias del interior,
liderado por Juan Bautista Bustos.
 Compañía de Granaderos de Infantería o Provinciales, cuerpo colonial posteriormente
denominado de Fernando VII, dirigidos por Juan Florencio Terrada.
 Tercio de Montañeses o Cántabros de la Amistad, originarios de Cantabria, al mando del
coronel Pedro Andrés García.
 Cuerpo de Asturianos y Vizcaínos
 Cazadores Correntinos, bajo el mando de Juan José Fernández Blanco.
 Tercio de Gallegos o de Voluntarios Urbanos de Galicia.
 Tercio de Andaluces
 Tercios de Miñones o Catalanes
 Cuerpos de Indios, Pardos y Morenos.
 Batallón de Naturales

Caballería

 Primer Escuadrón de Húsares, cuyo nombre oficial era "Húsares del Rey", pero mas
comúnmente conocido como "Húsares de Pueyrredón", en honor a su afamado comandante
Don Juan Martín de Pueyrredón, que participaría luego en la Guerra de Independencia
Argentina bajo del nombre Húsares de la Patria.
 Segundo Escuadrón de Húsares, conocidos popularmente como "Húsares Infernales" o
"Húsares de Vivas", en honor a su primer jefe Don Lucas Vivas.
 Tercer Escuadrón de Húsares o "Húsares de Núñez", por su comandante Don Pedro Ramón
Nuñez, también llamados "Húsares Infernales", al igual que al segundo escuadrón.
 Cuarto Escuadrón de Húsares o "Carbineros de Herrera", por haber sido su primer jefe Don
Diego de Herrera. Su denominación mas comúnmente difundida, (pese a haber sido
organizados originalmente como Cuarto Escuadrón), es la de "Cazadores de la Reina".
 Quinto Escuadrón de Caballería Ligera, denominado "Carabineros de Carlos IV", cuerpo de
caballería al mando de Don Lucas Fernández.
 Sexto Escuadrón de Caballería Ligera, o mas comúnmente denominados "Migueletes de
Castex", organizados por el abogado de la Real Audiencia Don Alejo Castex.
 Escuadrón de Quinteros y Labradores.
 Regimiento de Caballería de Blandengues de la Patria, cuerpos de caballería para la defensa
de las fronteras interiores asediadas por los indios.

Artillería

 Cuerpo de voluntarios de Patriotas de La Unión


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 Compañía de Artillería de Indios, Pardos y Morenos, formada por indios y esclavos.

La creación de estas fuerzas paralelas al ejército regular imperial causó desconfianza en las
autoridades españolas dado que la militarización trajo como consecuencia la politización y
permitió que los líderes milicianos obtuvieran poder y popularidad dentro de la sociedad
rioplatense.

Bloqueo británico a los puertos del Plata


Tras la capitulación de la Plaza de Buenos Aires, la flota británica continuó en el Río de la Plata
a la espera de los refuerzos que había solicitado a Inglaterra.

El comodoro Popham mantenía bloqueado los puertos de Buenos Aires, Montevideo y


Maldonado, y por tal motivo, Liniers emitió una patente de corso a favor de Juan Bautista
Azopardo, quien alistó la goleta Mosca de Buenos Aires.

Invasión inglesa a la Banda Oriental

En julio de 1806, el almirante Sir Charles Stirling, fue designado comandante del navío HMS
Sampson con la orden de transportar las tropas del general Samuel Auchmuty a Buenos Aires para
brindar soporte a Popham. Recién el 22 de septiembre, el gobierno británico resuelve por primera
vez la conquista de Montevideo y Buenos Aires. Pocos días después, arribó a Londres el botín
obtenido durante la primera invasión, que fue paseado en carretas por la ciudad y festejado por sus
habitantes.

Mientras tanto, Popham merodeaba las costas del Plata en espera de refuerzos. Finalmente en
el mes de octubre, llegaron. El 29 de octubre, los británicos desembarcaron en Maldonado y en la
isla de Gorriti y al cabo de 3 días tomaron control de ambos enclaves. Los soldados españoles que
resistieron este ataque fueron apresados y reclutados a la Isla de Lobos. Mientras tanto, los
soldados británicos saquearon Maldonado y apresaron a sus habitantes. El coronel Vasall fue
nombrado gobernador, quien liberó a la población cautiva y devolvió al pueblo algunos de los
objetos robados durante el saqueo inicial. Las tropas inglesas tuvieron que enfrentar en varias
oportunidades a las fuerzas enviadas desde la capital de la banda oriental.

El 5 de enero de 1807, Auchmuty llegó al Río de la Plata con una expedición oficial de 4.300
hombres. Por entonces, Sobremonte había llegado a Montevideo con una fuerza de caballería de
2.500 cordobeses. Sin embargo, el Cabildo de esta ciudad impidió la entrada del virrey y puso en
manos de Ruiz Huidobro la defensa. El 14 de enero se apostó frente a Montevideo una escuadra
inglesa de 100 velas repletas de manufacturas británicas y que ahora contaba con casi 6.000
hombres al mando del vicealmirante Stirling (que venía a reemplazar a Popham). El 16 de enero,
Auchmuty desembarcó a 10 kilómetros de Montevideo, muy cerca del sitio en el que se apostaba la
fuerza de Sobremonte, quien luego de pedir fuerzas a la plaza abandonó la batalla.

Ruiz Huidobro contaba con una guarnición de tan sólo 3.000 hombres que salieron a resistir el
ataque de manera desorganizada mientras el gobernador solicitaba el auxilio de Buenos Aires. El 2
de febrero los británicos lograron abrir una brecha a través del portón de San Juan, una de las dos
puertas de acceso a la ciudad. A partir de entonces, la población participó activamente en la
defensa de la plaza, y se produjeron numerosas bajas. Finalmente el 3 de febrero, la operación
conjunta de infantería y de marina británica logró ocupar la ciudad. Liniers había decidido cruzar
el río con unos 3.000 milicianos cuando ya era tarde, por lo que debió volver a Buenos Aires.

Auchmuty ordenó la creación del periódico The Southern Star o La Estrella del Sud para que se
distribuyera en Montevideo y también en Buenos Aires, no sólo con el fin de transmitir noticias sino

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también de servir de medio de comunicación de artículos propagandísticos en favor de la
ocupación.

Temiendo que las fuerzas españolas llegaran a Montevideo vía Colonia del Sacramento,
Auchmuty encargó al coronel Denis Pack la toma de aquel pueblo fortificado, de unos 2.800
habitantes. Pack ocupó esta plaza, prácticamente sin oposición en el mes de marzo. Al tomar
conocimiento de estos hechos, Liniers envió al recién llegado de España coronel Francisco Javier de
Elío a recuperar Colonia. Elío tomó por sorpresa a las fuerzas de Pack el 22 de abril, pero el ataque
fue rechazado y la flota de Elío se retiró y sentó campamento cerca de la desembocadura del
arroyo San Pedro. Pack pidió refuerzos a Montevideo y atacó el campamento de Elío el 7 de junio.
Los españoles sufrieron unas 120 bajas y la mayoría de los hombres se dispersaron. Elío se vio
forzado a regresar a Buenos Aires.

Durante los meses de ocupación, a pesar de los esfuerzos del Consulado, las mercaderías
inglesas comenzaron a contrabandearse libremente desde Montevideo. Las mercaderías llegaban a
Buenos Aires vía Quilmes y Ensenada, a Santa Fe por el Río Paraná y de allí hacia todo el virreinato.
También por tierra y por mar los productos británicos llegaban al Brasil. La Audiencia intentó
persuadir a los contrabandistas imponiendo duras penas, que nunca fueron llevadas a la práctica.
Los mismos comerciantes montevideanos pidieron al virrey que la ciudad no fuera sitiada para
favorecer el intercambio comercial.

Segunda Invasión
Destitución de Sobremonte y fuga de Beresford

El 5 de febrero llegó a Buenos Aires la noticia de la caída de Montevideo. Al conocerse la


actuación del virrey, se avivaron las protestas públicas y las pintadas en contra del representante
de la Corona. El 10 de febrero, el Cabildo porteño en Junta de Guerra presionó a la Real Audiencia
y decretó en un hecho sin precedentes, la destitución de Sobremonte, su detención, y la
designación de Liniers en su lugar. Las autoridades españolas entendieron que lo ocurrido en
Buenos Aires podía servir de ejemplo para los vasallos del resto de los virreinatos americanos. Para
evitar que trascendiera el hecho de que por voluntad del pueblo se había destituido a un virrey, la
Audiencia enmarcó los hechos dentro del ámbito jurídico colonial, comunicando que Sobremonte
había renunciado al cargo por cuestiones de salud.

Asimismo, la Junta ordenó el envío de Beresford (preso en Luján) a Catamarca ya que éste
mantenía contacto con grupos criollos promotores de la ideas independentistas. Sin embargo, los
oficiales que transladaban a Beresford fueron interceptados en las cercanías de Arrecifes por un
grupo de criollos, entre ellos Saturnino Rodríguez Peña y Manuel Aniceto Padilla, que lograron que
el jefe inglés les fuera entregado. Los criollos mantuvieron oculto al general inglés hasta que fue
clandestinamente embarcado en el puerto de Buenos Aires el navío HMS Charwell enviado desde
Montevideo con mensajes para las autoridades. El objetivo de esta misión era negociar la rendición
de Buenos Aires para evitar una batalla sangrienta. Sin haber llegado a un acuerdo, Beresford
rechazó la oferta de comandar la expedición a la capital virreinal y se embarcó hacia Londres. Este
general ocuparía la isla Madeira ese mismo año y se convertiría en su gobernador. Más adelante
tendría un papel prominente en la Guerra de la Independencia Española.

El avance inglés

Partió de Inglaterra hacia Montevideo el teniente general John Whitelocke, nombrado


comandante de las fuerzas británicas en el Río de la Plata, con la orden del gobierno británico de
capturar Buenos Aires.

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Whitelocke llegó a Montevideo el 10 de mayo y tomó el comando general. El 28 de junio los
británicos desembarcaron en Ensenada y luego de desbaratar a una fuerza local muy inferior en
número sitiaron la capital el 4 de julio.

Mientras tanto, había llegado al virreinato la resolución de la corte española declarando a Ruiz
Huidobro virrey interino. Sin embargo, el gobernador había sido embarcado hacia Londres luego de
la caída de Montevideo. Por lo tanto, Liniers, siendo el militar de mayor rango presente fue
nombrado virrey del Plata por la Audiencia.

El ejército del flamante virrey interceptó el primer avance del enemigo cerca de Miserere, pero
el grupo comandado por Craufurd logró dividir y hacer retroceder a los hombres de Liniers. Al caer
la noche, el combate cesó y muchos milicianos se retiraron a sus casas.

Parecía que todo estaba perdido, pero Whitelocke decidió esperar; suspendió el avance de
Craufurd hacia la ciudad y exigió rendición inmediata. Les dio a los porteños tres días, que los
criollos utilizaron para organizarse militarmente.

Asalto y Defensa de Buenos Aires

El alcalde de Buenos Aires, Martín de Álzaga ordenó montar barricadas, pozos y trincheras en
las diferentes calles de la ciudad por las que el enemigo podría ingresar. Reunió todo tipo de
armamento, y continuó los trabajos en las calles bajo la luz de miles de velas.

En la mañana del 5 de julio, la totalidad del ejército británico volvió a reunirse en Miserere.
Confiado de la supremacía de su ejército, Whitelocke dio la orden de ingresar a la ciudad en 12
columnas, que se dirigirían separadamente hacia el fuerte y Retiro por distintas calles. En un
alarde innecesario, llevaban orden de no disparar sus armas hasta llegar a la Plaza de la Victoria.

Sin embargo, los invasores se enfrentaban a una Buenos Aires muy diferente al que se había
rendido ante Beresford. Según cuenta la tradición popular, los vecinos arrojaron piedras y aceite
hirviendo sobre las cabezas de los invasores. Lo cierto es que Liniers y Álzaga habían logrado reunir
un ejército de 9.000 milicianos, apostados en distintos puntos de la ciudad. El avance de las
columas se vio severamente entorpecido por las defensas montadas, el fuego permanente desde el
interior de las casas y desinteligencias y malos entendidos entre los comandantes británicos.
Whitelocke vio como sus hombres eran embestidos en cada esquina. Mediante la lucha callejera,
los vecinos de Buenos Aires superaron la disciplina de las tropas británicas. Tras una encarnizada
lucha, Whitelocke perdió más de la mitad de sus hombres entre bajas y prisioneros.

Cuando la mayoría de las columnas habían caído, Liniers exigió la rendición. Craufurd,
atrincherado en la iglesia de Santo Domingo, rechazó la oferta y la lucha se extendió hasta pasadas
las tres de la tarde. Whitelock recibió las condiciones de la capitulación hacia las seis de la tarde
ese mismo día.

El 7 de julio, el general inglés comunicó la aceptación de la capitulación propuesta por Liniers y


a la cual - por exigencia de Álzaga - se le había añadido un plazo de dos meses para abandonar
Montevideo. Las tropas británicas se retiraron de Buenos Aires; abandonarían la banda oriental
recién el 9 de septiembre.

De regreso al Reino Unido, una corte marcial encontró a Whitelock culpable de todos los cargos
excepto uno y fue removido de su función, al declarársele incapaz de servir a la Corona inglesa.
Uno de los factores determinantes para esta decisión, fue el hecho que que el general hubiera
aceptado la devolución de Montevideo dentro de los términos de la rendición.

Los cuerpos de los caídos de ambos bandos durante las invasiones inglesas a Buenos Aires aun no
han sido hallados.

33
Consecuencias de la Segunda Invasión:

Según Garcia Belsunce:

La doble victoria hizo nacer un sentimiento de patria y una conciencia de poder.


Buenos Aires se había salvado a sí misma, sin ayuda ninguna de España ni siquiera del Perú.
Había depuesto al virrey eligiendo a sus jefes, lo que dio a la población nativa conciencia de
su poder político. Había formado su propio ejército, eligiendo aquí también a sus jefes, y
ese ejército se había probado exitosamente frente al invasor, lo que les daba a los criollos
conciencia de su poder militar.

Las consecuencias económicas fueron también notorias. Los vencedores se


encontraron con un inmenso stock de mercaderías inglesas, cuyos consignatarios procuraban
vender para evitar consecuencias ruinosas. La abundancia de tales mercaderías provocó una
oferta excesiva y los precios bajaron notoriamente. Productos de calidad se vendieron a
menos del costo y la población se acostumbró a una producción de calidad superior a la
conocida hasta entonces. Esto creó una imagen por demás optimistas de las ventajas del
comercio libre.

Según Codoni:

En la segunda invasión fue una gran suerte para los defensores, la grave equivocación del
general Whitelocke al no entrar inmediatamente en la ciudad desguarnecida después de haber
triunfado el 2 de julio en Miserere sobre las fuerzas de Liniers. Le dio tiempo a Martín de Álzaga, el
increíble alcalde de primer voto, a preparar la defensa durante tres días y cuando avanzaron los
ingleses divididos en trece columnas (otro grave error) las calles estaban ya convertidas en un
infiernillo para ellos.

Las invasiones inglesas fueron ocasión para grandes cambios y transformaciones políticas y
de mentalidad en estos territorios. En primer lugar se puso de manifiesto la crisis de
autoridad que sacudía a la monarquía española. Hasta ese momento nadie había tenido la
osadía de destituir a un virrey y el cabildo porteño de allí en más, fue capaz de hacerlo no
sólo con Sobremonte, si no que se enfrentó con Liniers en 1809 y depuso a Cisneros en
1810.

La burguesía dirigente de Buenos Aires, formada tanto por españoles peninsulares, criollos
viejos, y criollos nuevos, -hijos de españoles de poca antigüedad en el país- participaba
de las innovaciones, ideológicas y culturales, de la España de fines del siglo XVIII. En los
sucesos que tuvieron lugar durante las invasiones, contribuyeron en bloque los vecinos de
Buenos Aires y de Montevideo, sin distinción de su origen, sino unidos en su intento de
justificar la primera trasgresión revolucionaria que se había realizado. Esta
transformación, política, social y de mentalidad que recién empezaba a percibirse, se hizo
evidente en ocasión de las invasiones inglesas.

El cabildo, a través del cual se expresaba la ciudad, tomó tal ascendiente y dominio, que
se sintió con derechos, por estar en la capital del virreinato, a extender su influencia a
todo él. Buenos Aires fue militarizada y preparada para defenderse de una nueva invasión.
Los cuerpos de milicianos que se formaron serán un factor de poder en los sucesos
posteriores. Pero este será otro tema para tratar y damos por terminado, sin haberlo
agotado ni remotamente, el de las Invasiones Inglesas de 1806-1807.

34
El Marques Rafael de Sobremonte
(Codoni)

En 1804 por muerte del virrey Del Pino, quedó al frente del Virreinato ya que este lo había
propuesto en su testamento para el caso de acefalía.

Había sido secretario de Vertíz y gobernador intendente de Córdoba del Tucumán. La obra que
había realizado en ellas fue perdurable, tales como el establecimiento de una línea de fronteras en
el sur, con la fundación de poblaciones hoy tan importantes cómo la de San Rafael en Mendoza.
Mandó a hacer notables trabajos de ingeniería hidráulica para el sistema de agua potable, la
introducción de la vacuna antiraviólica, etc. Recorrió la intendencia en toda su extensión pasando
por Mendoza en dos oportunidades con el propósito de conocer personalmente sus necesidades. Se
lo puede catalogar como un eficiente funcionario formado en las premisas del despotismo
ilustrado.

En Buenos Aires, el Cabildo consideraba que ensalzaba su autoridad más allá de los límites.
Sobremonte consideraba que no tenía porque dar lugar a los dirigentes del Cabildo en su proceder
político. Las rencillas comenzaron casi de inmediato entre Virrey y Cabildo, disputando muchas
veces por cosas sin importancia como la celebración del cumpleaños de la virreina.

Frente a las invasiones inglesas, los porteños no desaprovecharon la oportunidad de herir al


enemigo, destituirlo del cargo, lo cuál fue algo nunca visto hasta entonces y desprestigiarlo para
siempre jamás.

¿Cuáles fueron los cargos que se hicieron al Virrey?

1. Sobremonte fue acusado de no tomar las previsiones necesarias y de que


había informado a España que tenía las tropas suficientes. Esta comprobado que esto fue
falso, si España no envió tropas fue porque no podía, pero el virrey las solicitó claramente.
Por otra parte, las medidas que tomó desde 1805 fueron apropiadas.
2. Que cuando supo de la presencia de barcos extraños envió tropas a
Montevideo sin razón, en lugar de dejarlas en Buenos Aires. Falso, había una razón. Si los
ingleses hubiesen sido menos ambiciosos, lo correcto era atacar primero a Montevideo,
puerto de aguas profundas y asegurarse esta base de operaciones. La causa de su
desembarco en Quilmes se debió al interés que les produjo apoderarse de los caudales que
se hallaban en la capital, listos para ser enviados a España. En Londres fueron juzgados por
este error de estrategia militar y la segunda vez el desembarco se hizo en Montevideo.
3. No dio armas suficientes a las milicias urbanas. Es verdadero, ya que temió
armar a una población que le era claramente hostil y obedecía a sus enemigos del Cabildo.
En Córdoba actuó diferente y con buenos resultados.
4. Que su cobardía lo llevó a huir con su familia y con los caudales. Es falso, no
fue por cobarde. Su proceder respondía a la estrategia aconsejada en las resoluciones de la
Junta de Guerra de 1797, reunida para determinar cuál debía ser el modo de actuar en caso
de invasión.
5. Que se fue para ponerse a salvo. Falso, no llegó al para desentenderse de la
situación. Organizó en Córdoba un ejército.
6. Que Liniers fue capaz de vencerlos y Sobremonte no lo supo hacer. Sin
quitarle méritos a Liniers, en realidad fue la incompetencia de Beresford lo que les permitió
triunfar en la Reconquista de la ciudad el 14 de agosto de 1806. Luego, en la segunda
invasión fue un grave error de los ingleses no entrar inmediatamente a la ciudad
desguarnecida, tras su victoria en los Corrales de Miserere. El tremendo error de Beresford
en la primera invasión y de Whitelocke en la segunda, es haberse comprometido en una

35
lucha en el interior de la ciudad, dividiéndose en columnas que fueron atacadas, desde
todos los sitios posibles, tanto por las milicias como por los particulares.

Algunas consideraciones sobre la deposición del Virrey por Héctor Tanzi


El hecho insólito de la separación de un Virrey de su cargo dentro de la organización política
indiana, resulta sorprendente. También lo es la activa participación del pueblo en tal decisión. No
sucede lo mismo con las memorias de la época. Pocas son las que se refieren a los acontecimientos
que terminaron con la deposición del Virrey, Rafael de Sobre Monte, tercer marqués de ese
nombre, designado para tal alto cargo en 1804, y las que tenemos son recuerdos escritos mucho
tiempo después de los hechos.
El caso es excepcional. Las leyes no preveían el proceder adoptado en la ocasión. El virrey no
sólo era la más alta autoridad en los dominios españoles de América, sino el representante de los
designios del rey, su vicario. La designación y reemplazo del alto funcionario indiano, era de
competencia del rey y de los organismos metropolitanos. Los gobernados gozaban del derecho de
recurrir ante las autoridades locales o de España para presentar sus quejas o exponerlas ante la
residencia. Por ello la deposición de un virrey, venía a constituir el resquebrajamiento del
ordenamiento político de las indias.
Al día siguiente de la reconquista, los miembros del Cabildo de Buenos Aires; decidieron
celebrar un Congreso General para
“acordar ante todo y sin pérdida de momentos el modo de darle gracias (a Dios) por tan
singular beneficio (el triunfo militar logrado), y los medios de asegurar esta victoria”.
El Cabildo no podía sin autorización del virrey adoptar este tipo de reuniones. Pero en la
ocasión el escollo se salva alegando la ausencia de Sobre Monte, arbitrio que éste luego repudiaría
escribiendo que el Cabildo se formó “aun no sé con que permiso”. Lo cierto es que la cita se fijó
para las once de la mañana del día 14 de agosto. Se invitó a eclesiásticos, funcionarios, militares y
vecinos, concurriendo 96 personas. Pero en la plaza, llegóse a contar algo de 4000. El clima fue
tenso. La actitud del Virrey Sobre Monte había alterado el sentimiento popular, no poco arrogante
por la victoria lograda.
Concluido el temario propuesto, aún restaba considerar el punto de mayor trascendencia: la
titularidad del mando militar ante la ausencia del Virrey. Es la multitud la que interviene entonces;
dice el acta del Cabildo que

“...se pidió resolución a instancia del Pueblo sobre quien debía tener el mando de las armas”.

Para satisfacer a los deseos de la tropa y del Pueblo declarados en favor del Señor don Santiago
Liniers, se pensó que el Virrey podría nombrarlo su teniente de acuerdo con esa misma ley. Es
difícil precisar el alcance de la actitud popular. Existía sin duda una evidente repulsa hacia la
figura débil del Virrey, despectivamente tratada luego de la victoria lograda sobre el inglés. Su
situación, por otra parte, no era tranquilizadora. Los pasquines y amenazas abundaban:

“...los papeles anónimos y pasquines que se hacen correr -dice Caspe en el informe del 30 de
octubre- todos son dirigidos contra el Marqués, publican su mal gobierno, su ineptitud para el
mando; le amenazan y acriminan, pero siempre escodándose en el augusto nombre de V. M.”.

Están acordes tanto Sobre Monte como Caspe, en señalar a Juan José Paso, Manuel José de
Lavardén, Joaquín Campana y Juan Martín de Pueyrredón, que tomaron parte en el Cabildo del 14
de agosto, como jefes y conductores de la sedición. Constituyen, en su mayoría, abogados. Estos
mozuelos despreciables, dice Sobre Monte en la mencionada carta 13, fueron los que tomaron la
voz en el tal Congreso, y con una furia escandalosa intentaron probar que el Pueblo tenía autoridad
para elegir quien le mandase a pretexto de asegurar su defensa.
36
Se retomaban las clásicas teorías del derecho político hispano, y nadie mejor que los letrados
para su divulgación y aplicación. Ellos habían estudiado las doctrinas sobre el origen del poder
político incluso en textos legales que no trataban específicamente temas políticos, sino de derecho
civil. Las bibliotecas tenían en privilegiado lugar las obras de los sacerdotes Mariana, Márquez o
Suárez, y no se ignoraba, pues era pan de todos los días, que ante la falta de autoridad, el pueblo
podía designar reemplazante, según lo sostenían todos estos autores. Las mismas leyes de Partidas,
de aplicación en las Indias según lo remitía la ley segunda, del libro y título segundo de la
Recopilación de 1680, fijaban estos principios, ampliamente desarrollados en la popular glosa del
jurista Gregorio López. Esto es lo que parece señalar Sobre Monte cuando informa que en eI
Cabildo del 14 de agosto, se intentó probar “qué el Pueblo tenía autoridad para elegir quien le
mandase”.
La insistente mención del pueblo y su participación en los sucesos del 14 de agosto y 10 de
febrero, hacen renacer los sentimientos y derechos de la comunidad que el Cabildo representa. Los
oidores no lo ignoraban, conocían los privilegios populares aplacados por las nuevas ideas del siglo
de las luces, siglo contradictorio y absorbido por el despotismo. En España, se alababa a los
escritores políticos franceses, mientras se aplastaba la vocación de los grandes teólogos y juristas
del Siglo de Oro. Pero dos siglos y medio de plena vigencia (1500-1750), no podían extinguirse en
cincuenta años (1750-1800). Y el Siglo de Oro con sus doctrinas volvía a renacer con el ideario
revolucionario. Los fueros afloraban presagiando ya la contienda jurídica del 22 de mayo de 1810.
Circularon entonces, algunos escritos que permiten establecer sin reparos el dominio que se
ejercía sobre las leyes políticas de Castilla y sobre el derecho público imperante. Uno de ellos es el
“Papel legal”, anónimo, que se halló cerrado y rotulado al Muy Ilustre Ayuntamiento de Buenos
Aires, en octubre de 1806. En él se intenta justificar, desde el punto de vista legal y político, que
la determinación del pueblo de Buenos Aires, de no volver a admitir por Gobernador al Marqués de
Sobremonte y sustituir en su lugar provisionalmente a D. Santiago Liniers, hasta las resultas de S.
M., no era ni temeraria, ni injusta, ni escandalosa, ni ilegal, como algunos pretendieron tildarla. El
autor del escrito considera que si los ingleses hubieran sido totalmente derrotados, podría
aceptarse el regreso del Virrey. Pero estando latente un nuevo intento de invasión, era necesario
salvar la República, ley suprema del Estado, y asegurar al Rey, el puerto que le es sumamente
esencial, del poder de una Nación que no sigue otra regla que la de lo útil, sin tener en cuenta en
lo más mínimo en lo lícito y honesto. Apela entonces a la necesidad de reemplazar al Virrey
recordando que los oficios no se han creado en España fiara cuidar a las personas, sino que las
personas sirven y desempeñen los oficios. EI rey, insiste el airado autor del Papel no ha designado a
Sobre Monte para honrar su persona o por facilitarle bolsillo para acomodamiento de su familia,
sino para la protección de su ciudad.
El Papel da a su fin. Se advierte en él la mano de un letrado, que, a nuestro juicio, debió ser
Benito González de Rivadavia, por la similitud que ofrecen sus ejemplos con lo que expondría luego
en la junta del 10 de febrero de 1807. Rivadavia no debió madurar demasiado tiempo su escrito. En
él no aparecen citas deslumbrantes ni ejemplos desconocidos, sino referencias de textos y autores
usuales en aulas universitarias y anaqueles de letrados, adornados con frecuentes casos
jurisprudenciales.
Pero el Cabildo aseguraba su postura ante el Rey, escribiéndole que no podía atribuirse al
pueblo sublevación, sino celo exaltado, y un entusiasmo de lealtad, y en el Cabildo un deseo de
afianzar la victoria, y asegurar esta posesión a S. M. No era ésta la opinión de Sobre Monte.
Entendía que la insubordinación andaba a pasos acelerados amparándose en la fidelidad:

“Alabándose de fieles al Rey, porque se han propuesto que el tirar contra las autoridades
constituidas por el soberano, no es incompatible con la fidelidad”.

Sobre Monte, airado y despreciado, no lograba percibir los alcances de sus términos, pero daba
en la justa medida de los hechos. La fidelidad no era aparente. Pero cuatro años después, esa real
y verdadera fidelidad iba a llevar a la independencia de estos dominios. El Virrey, influenciado por
el ambiente político de la época, intentó plantarse, en un principio con decisión, ante la comisión

37
enviada por el Cabildo, sosteniendo “no haber autoridad ninguna, sino la del Monarca para
quitarle la suya”.
El caso era único, pero en la doctrina política española podíanse hallar valiosos antecedentes.
En cuanto a la actitud del pueblo, el Virrey la despreciaba, manifestando que:

“No es posible hacer uso de la voz común contra los derechos del soberano, que están todos
representados en la persona de su Virrey, y por más que se cohonesten con cualesquiera causales o
motivos”.

El Cabildo no podía discutir los argumentos del Virrey, pero hábil y decididamente contestó que
no se ha intentado quitarle su autoridad, si sólo que la delegue en el reconquistador don Santiago
Liniers para asegurar la defensa de esta Plaza, afirmar la victoria y complacer a la tropa
reconquistadora.
La misma Audiencia, tribunal totalmente contrario a la innovación, por oficio del 23 de agosto
le inducía a delegar el mando, debido al cariz que habían tomado los hechos y hasta que restituido
el orden se lograra verificar su regreso. El 28 de agosto, desde San Nicolás de los Arroyos, el Virrey
designaba a Liniers comandante de armas de Buenos Aires y delegaba en el Regente de la Real
Audiencia el despacho urgente y diario de los ramos de gobierno y hacienda.
La primera etapa de este episodio estaba cerrada. Se había logrado mantener un viso de
legalidad con el Virrey en funciones. Las leyes de Indias contemplaban situaciones parecidas.
El Virrey estaba fuera de la capital del Virreinato, pero no por su propia voluntad, sino porque
se impedía su regreso. Pero esta incómoda situación no se iba a mantener por largo tiempo. Se
lograría la deposición definitiva y total del Virrey. La actitud militar adoptada por Sobre Monte en
la defensa de Montevideo, donde se había instalado, produciría la reacción decisiva.
El 21 de enero se entera la ciudad de la derrota del ejército que en la vecina orilla del Plata
mandaba Sobre Monte. El 23 se reúnen cabildantes, comandantes militares y funcionarios, para
tratar lo concerniente a los auxilios que debía brindársele a la plaza sitiada de Montevideo,
decidiéndose enviar una expedición militar para fortalecer las fuerzas del Virrey. Pero los
cabildantes, previendo conflictos, resolvieron solicitar al Superior Tribunal de la Real Audiencia,

“Para que en uso de sus altas facultades en circunstancias tan extraordinarias, autorizase a
dicho Señor Liniers a fin de que sin dependencia de otra autoridad y con sólo acuerdo del Señor
Gobernador de Montevideo procediese en el todo de la expedición”.

Ya nada se dejaba en manos del Virrey, que ninguna confianza inspiraba. La Audiencia, no sin
pesar, autorizó a Liniers a actuar de acuerdo con el gobernador de Montevideo e
independientemente del Virrey. Liniers remitiera al Cabildo de Buenos Aires que a pesar de los
sacrificios de este Pueblo y de las prontas providencias de este Cabildo, las tropas enviadas en
auxilio de la ciudad de Montevideo se hallaban detenidas e inoperantes próximas a la Colonia del
Sacramento. La responsabilidad de tan desgraciado suceso se imputaba, sin miramientos, a Sobre
Monte, pues deducíase que no había concurrido con la caballada y demás pertrechos prometidos,
prueba de que todo ha sido abultado y puramente imaginario.
La indignación debió ser grande. Cerca ya de medianoche, llegó Liniers con la noticia de la
pérdida de Montevideo, dejándose en consecuencia sin efecto estas providencias. Las noticias no
tardaron en correr y la población a exaltarse, avivados los ánimos por la grave e inflexible
imposición de los cabildantes. En el acta del 6 de febrero, consta que a la misma puerta de la Sala
Capitular, se agrupó:

“...un gran numero de Pueblo clamando y diciendo a voces, que todos querían ir a reconquistar
la Plaza de Montevideo, y estaban prontos a derramar toda su sangre para conservar al Rey, sus
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Dominios, y que en parte alguna de ellos no se extinga la Religión de Jesu Cristo que profesaron
sus mayores”.

Pero junto con este clamor de patriotismo, estaba el político, pues también se pedía, y a gritos
-como afirma Saguí-, la destitución absoluta del Virrey. El clima de agosto del año anterior se
repetía, y con mayor virulencia. Los miembros del Cabildo intentaron dispersar a la multitud
asegurando que en Junta de Guerra se iba a tratar el caso. Pero el pueblo instaba a exponer sus
peticiones en ese mismo momento; y tal debió ser la exaltación, que se debió formar junta con los
cabildantes, varios vecinos principales que se habían citado y el Regente y los Fiscales de la
Audiencia.
Todo lo expuesto en la tumultuosa sesión del 6 de febrero, se resolvió representárselo a la
Audiencia, avalando ya el Cabildo, decidida y abiertamente, la postura popular,

“Pues que efectivamente las razones que expuso el Pueblo y los recelos que manifestó están
acreditados con la experiencia”.

Rivadavia enfrentó con argumentos prácticos y al alcance de los letrados la lealtad del pueblo
de Buenos Aires y la necesidad de suspender totalmente en sus funciones al Virrey, ilustrando sus
palabras con doctrinas harto conocidas, dejando sin sustento los argumentos que había expuesto el
fiscal Villota. En consecuencia, se resolvió suspender a Sobre Monte, haciéndose cargo del mando
la Real Audiencia, según lo disponían las leyes de Indias y hasta tanto el Rey resolviese,
designándose en la misma Junta una comisión para que así se lo hiciera saber al señor Marqués,
debiéndose, además, incautar todos sus papeles y correspondencia. El trámite de los
acontecimientos hicieron temer a los miembros de la Real Audiencia. El caso era excepcional en la
historia de las Indias y los antecedentes del Alto Perú y el fermento que se iba sembrando sólo
servía para atemorizar a los vigilantes defensores de la justicia real. Conviene ilustrar aún sobre el
trámite final de este suceso. La Corte, enterada de tos hechos ocurridos en Buenos Aires en 1806,
contrariamente a lo que puede pensarse, optó por aceptar el estado establecido el 14 de agosto, y
dictó la real orden del 24 de febrero de 1807 por la cual suspendía en el mando a Sobre Monte y
designaba interinamente al Jefe de Escuadra Pascual Ruiz de Huidobro. Esta real disposición no
pudo cumplirse por cuanto el jefe naval, que había sido preso en Montevideo por los ingleses,
navegaba rumbo a Inglaterra. Pero ya se había recibido en Buenos Aires la real orden del 23 de
octubre de 1806 que mandaba que en caso de muerte o vacante del Virrey, ocupara el mando
político y militar el oficial de mayor jerarquía, con el grado de coronel funciones que recayeron
oportuna y casualmente en Liniers.
El Cabildo de Buenos Aires, por su parte, ordenó formar un sumario, para investigar y justificar
las causas que obligaron a separar al Virrey, documentación que no tuvo repercusión en el proceso
que en España se le llevó a cabo a Sobremonte, debido a la protección que recibió de Liniers, que
paralizó la investigación del Ayuntamiento. Sobre Monte, permaneció en Buenos Aires y sus
alrededores hasta fines de 1809. A comienzos del año siguiente se encontraba en la península,
donde se le siguió un proceso militar que llegó a su término a fines de 1813, cuando luego de la
acusación fiscal y de la vista de causa, el Consejo de Guerra de Generales, falló por unanimidad
que el proceso no arrojaba contra el ex Virrey cargo alguno, ni falta que estuviese penada por las
Ordenanzas del Ejército. Podemos extraer del relato, algunas breves conclusiones. El pueblo de
Buenos Aires no olvidaba sus derechos, exaltados por la tradición política española. Y los autores
clásicos en esta materia estaban frescos y listos para salir en defensa de sus predilectos cuando
alguna pluma los quisiera sacar a relucir. Las leyes castellanas y las de Indias también servían para
el caso y, por lo tanto, eran citadas con frecuencia. La actuación del Virrey ayudó a exasperar el
ambiente, inducido por los cabildantes, que demostraron gozar del poderío que las leyes le habían
concedido en todas las ciudades indianas.
Las Juntas y Congresos de neto carácter político se iban a suceder a partir de entonces, hasta
concluir en mayo de 1810, en donde se procedió de manera similar a lo obrado en agosto de 1806 y
febrero de 1807, invocándose ideas y utilizando procedimientos de parecidos ribetes.

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