Titulo: Una Muestra De Amor
Texto: Juan 3:14-21
Fecha:
“Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también es necesario que el
Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino
que tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su
Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida
eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para
que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no
cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de
Dios. Y ésta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron
más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace
lo malo, aborrece la luz y no se acerca a la luz, para que sus obras no sean
reprendidas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sea evidente que
sus obras son hechas en Dios.» (Juan 3:14-21)”
¿Se acuerdan cuando de niños nos peleábamos con alguno de nuestros hermanos o
amigos y terminábamos el incidente con un "¡no te quiero más!"? Tal vez, sin pensar
mucho qué significaba querer a una persona, habíamos aprendido que una forma de
hacer doler a alguien era diciéndole que ella ya no era digna de nuestro amor. Un poco
más crecidos, cuando ya comenzábamos relaciones más románticas, aprendimos el
dolor que causaban preguntas como "¿Ya no me quieres?", o una afirmación como:
"No te quiero más." Y así, aprendimos a usar el amor como una herramienta para
ajustarnos a la vida. Pero el amor no es una herramienta, mucho menos un arma, para
manipular a las personas. El amor es una decisión de hacerle bien al otro.
En los versículos que anteceden al pasaje bíblico del día de hoy aparece Nicodemo,
amparado por las sombras de la noche, para hablar con Jesús. Nicodemo tenía
muchas preguntas, y un poco de confusión en su mente. El diálogo que se entabló
entre él y Jesús salió disparado para un lado que seguramente Nicodemo no había
esperado. Pero, al final, Nicodemo escucha la lección más grande del mundo sobre el
amor. Claro, no podía ser de otro modo, porque en las palabras del mismo apóstol y
evangelista San Juan: "Dios es amor" (1 Juan 4:8). Toda la acción de Dios en Cristo
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tiene que ver con el amor: su amor santo, genuino, activo y probado... sobre todo eso:
probado.
Si de pruebas de amor se trata, Dios no camufló nada, no disfrazó las intenciones que
tenía con su humanidad perdida. Pero los humanos somos tan increíblemente
pecaminosos, que dudamos hasta de la honestidad de Dios cuando nos dice que nos
ama. Nuestra corrompida forma de ser nos hace sospechar de toda manifestación
amorosa de Dios. ¿Por qué? Porque en el fondo bien sabemos que no lo merecemos, y
nos parece "increíble" que alguien que conoce nuestros secretos más profundos, se
digne a amarnos y aceptarnos, así como somos.
A nosotros nos resulta más fácil juzgar que amar. Nos subimos rápidamente al pedestal
de juez y criticamos al otro que no hizo las cosas tan bien como pensamos que tenía
que haberlas hecho. Creo que estarás de acuerdo conmigo en que nuestras palabras
de juicio salen más fácilmente de nuestra boca que las palabras de aceptación y
perdón.
Digo todo esto porque Jesús trata este tema con Nicodemo de una forma muy clara.
Primero lleva a Nicodemo a una historia del Antiguo Testamento que era bien conocida
por el pueblo hebreo. Después que Moisés sacara milagrosamente al pueblo
esclavizado en Egipto y lo pusiera en el camino a la Tierra Prometida, llegó la
desconfianza, la murmuración, el juicio. Los hebreos comenzaron a quejarse de sus
condiciones de vida en el desierto: el maná no era muy rico y estaban cansados de
comer siempre lo mismo. Para que su pueblo reflexionara sobre su injusta y
desagradecida actitud, Dios envió serpientes venenosas para que los mordieran. Así
murieron muchos del pueblo de Israel. Cuando Moisés hace la serpiente de bronce
para ponerla sobre un asta y mostrársela al pueblo, estaba profetizando la crucifixión
de Jesús, porque cuando los israelitas miraban a la serpiente, eran sanados.
Nicodemo tiene que conectar ahora que la serpiente en un asta era una prueba del
amor divino por su pueblo. Tanto él como los discípulos conectarán esa historia con el
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mismo Jesús cuando lo vean colgado de una cruz. Ese acontecimiento se volverá la
prueba más grande del amor de Dios por sus hijos rebeldes. Las palabras de Jesús en
los versículos 14 y 15: "Es necesario de que el Hijo del Hombre sea levantado para que
todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna", se convirtieron en
el centro de la fe cristiana. Es solo cuando miramos al Cristo levantado en una cruz,
pagando por nuestros pecados, levantado de entre los muertos para vencer a nuestro
enemigo más terrible y elevado a los cielos para reinar sobre nosotros, que somos
sanados de la mordedura de Satanás. Así es, Satanás nos mordió y nos inyectó el
veneno de la mentira, de la superstición, de la desconfianza, de la murmuración, y del
reproche constante a Dios y a quienes nos rodean por nuestra insatisfacción personal.
Ese es nuestro escenario, ese es el escenario del pecado.
¿Qué haremos ahora? Ahora escuchamos cómo Dios nos da pruebas de su amor
eterno: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna." Este
versículo se ha convertido en el pasaje más conocido de toda la Biblia, posiblemente
porque resume en pocas palabras el evangelio completo de nuestro Señor Jesucristo.
Dios nos ama. No hay forma de que alguna vez Dios nos diga: "Ya no te quiero más."
Y no solo nos dice que nos ama, sino que lo demuestra. Su prueba de amor no es
enviarnos un ramo de flores o comprarnos una caja de chocolates, sino encarnar a su
único Hijo para que sea crucificado por nuestros pecados. Dios quiere cambiar el
escenario terrenal en el cual estamos viviendo, mientras nos prepara el escenario
celestial. Así como Moisés instruyó al pueblo de Israel a levantar los ojos a la serpiente
en el asta para ser sanados, el evangelista Juan nos instruye a que miremos a la cruz
donde Jesús pagó el precio de nuestra desobediencia.
La invitación a mirar a la cruz para ver el amor de Dios es para todo el mundo, sin
excepciones. El amor de Dios no selecciona, abarca toda la especie humana. Los
versículos 15 y 16 repiten al unísono por qué Dios hace esto: "para que todo aquel que
en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna". Es un anuncio muy simple que tiene
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las dos verdades más profundas de las que habla toda la Biblia: la perdición eterna y
la vida eterna.
Basándose en estos dos escenarios, condenación eterna y vida eterna, Jesús le
enseña a Nicodemo la preferencia de Dios: Dios no envió a su Hijo para condenar al
mundo, sino para salvarlo. Suena ilógico, ¿por qué salvar a hijos desobedientes y
murmuradores, destructores de sí mismos y del resto de la creación? Pero no es ilógico
para Dios, quien sabe que no tenemos ninguna posibilidad de reconciliarnos con él, a
no ser que seamos lavados por la sangre de Jesús. El amor de Dios es un amor que
nos quiere bien, que no nos juzga, sino que nos perdona.
"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el
mundo sea salvo por él", dice el versículo 17. La Biblia habla de que vendrá un día en
el que Dios hará justicia. San Pablo lo dice así en Hechos [Link] "Porque él [Dios] ha
establecido un día en que, por medio de aquel varón que escogió y que resucitó de los
muertos, juzgará al mundo con justicia". Ya hay un día en que Dios juzgará y
condenará, pero no es hoy, sino a la hora de nuestra muerte o cuando Jesucristo
regrese "a juzgar a los vivos y a los muertos". Lo importante aquí para nosotros es
saber que Jesús no vino al mundo a condenarnos, sino a perdonarnos. Dios no nos
juzga según nuestras obras, nuestras dudas, nuestra desconfianza. Ni siquiera nos
pregunta "¿Por qué lo hiciste?” Dios sabe que es "natural" para nosotros pecar, y
cuánto más largo el día, más pecamos. Pecamos cuando, en lugar de perdonar a
nuestro prójimo y de restablecer relaciones rotas, nos imponemos como jueces y
condenamos a los demás. Porque Cristo, el más santo de los santos, no vino a
condenarnos sino a salvarnos de nosotros mismos, del diablo y de la muerte. Nosotros
no tenemos ningún derecho de juzgar a otros. Esa es tarea divina.
Es tarea divina también salvarnos de la miseria y de la oscuridad en la que nos
envolvemos nosotros mismos. En el versículo 19, Jesús le explica a Nicodemo que "los
hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas". En otras
palabras, Jesús nos dice que preferimos esconder en la oscuridad de nuestro corazón
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aquellas cosas que no queremos que nadie sepa, que nadie saque a la luz. Jesús tiene
compasión de nosotros y, siendo él mismo la luz del mundo, nos espera para disipar
nuestras oscuridades. Al estar Jesús en nosotros, su luz ilumina nuestras buenas obras
para que otros la puedan ver. De esta forma, ya no andamos más en la oscuridad sino
en la luz de Jesús, anunciando al mundo lo que el Señor le enseñó a Nicodemo: "No he
venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo."
Dios prueba su amor por ti, estimado oyente, enviando a su Hijo para ocupar tu lugar
en la cruz. Ahora, libre de condenación y a la luz de Dios, puedes mostrarte cómo eres
sin temor. Jesús reafirmó a sus discípulos su amor por ellos con estas palabras
registradas en Juan 15:13-14: "Nadie tiene mayor amor que este, que es el poner su
vida por sus amigos. Y ustedes son mis amigos". De la misma manera, Jesús te
reafirma a ti su compromiso de amarte hasta la muerte, literalmente. Él te ha hecho su
amigo y te anima a andar en su luz, amando a los demás, así como él te ama a ti.
Oremos:
Amado Padre celestial, gracias por el gran amor que nos has mostrado por medio de tu
Hijo Jesucristo. Gracias por el gran amor que nos demuestras todos los días, y gracias
por la seguridad que nos das de ser amados eternamente. Ayúdanos a mostrar este
mismo amor con las personas que todavía no te conocen. Por Jesucristo nuestro Señor
y Salvador oramos. Amen.