0% encontró este documento útil (0 votos)
442 vistas7 páginas

Muñequita Linda: Recuerdos del Barrio Bajo

El documento narra la muerte de Muñeca, una mujer que solía visitar y alegrar a cuatro ancianos vecinos. Tras su fallecimiento, los ancianos se esfuerzan por darle un entierro digno a pesar de su pobreza, recurriendo incluso a un funerario sospechoso apodado "El Vampiro". El barrio queda desolado sin la presencia de Muñeca, que años atrás había traído honor al ganar un concurso de belleza.

Cargado por

Paula Gonzalez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
442 vistas7 páginas

Muñequita Linda: Recuerdos del Barrio Bajo

El documento narra la muerte de Muñeca, una mujer que solía visitar y alegrar a cuatro ancianos vecinos. Tras su fallecimiento, los ancianos se esfuerzan por darle un entierro digno a pesar de su pobreza, recurriendo incluso a un funerario sospechoso apodado "El Vampiro". El barrio queda desolado sin la presencia de Muñeca, que años atrás había traído honor al ganar un concurso de belleza.

Cargado por

Paula Gonzalez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

MUÑEQUITA LINDA

de Jorge Ninapayta

Cuando Muñeca murió por completo y de la noche a la mañana, el barrio pareció recobrar
para siempre su estatura miserable, y la gente que empezó a salir por las noches a fumarse
un cigarrillo solía mantener siempre la cabeza abandonada al desconsuelo. Así pues, los
vecinos de la tercera cuadra de la calle Virú se detenían en la puerta de sus casas, se
saludaban con movimientos de cabeza, mientras miraban indiferentes cómo el olor espeso
de las frituras pasaba flotando en jirones, estirándose desde los negocios de las vivanderas
cerca del Parque Botánico. Luego volvían a dejar sus miradas colgadas de la ventana de la
habitación del viejo Marcos, en los altos de la imprenta, donde oficiaba de guardián, y desde
donde volvía a derramarse la música del tocadiscos:

"Muñequita linda... de cabellos de oro, de dientes de perlas, labios de rubí..." Pero la vida
ya no era igual, no, ya no tenía la consistencia flexible de los días capaces de ser vividos,
pues una porción intrusa como de leche agria había terminado por estropearlos. La tarde
anterior, los cuatro viejos jubilados, con Marcos a la cabeza, habían ido a enterrar a Muñeca.
"Muñeca, Muñeca” (su nombre aún rebotaba con insistencia en cualquier
conversación de los vecinos).

El amor que ella les había repartido en partes iguales a los cuatro hubiera alcanzado hasta
para un regimiento de solitarios; pero ellos tenían su orgullo y nunca quisieron compartirla
con nadie más. Los días que a Muñeca le tocaba vivir con Marcos, los vecinos de Virú oían
brotar incansable, ya de día o ya de noche, el mismo bolero afilado por la aguja del
tocadiscos Nordmende. Y no necesitaban entrar en la imprenta, doblar hacia la derecha por
el pasadizo, subir los ochenta y dos escalones de mármol gastado y llegar a la habitación de
él para saber que estaba bailando con Muñeca, "chic tu chic" su cara perdida entre los
cabellos rubios, apretando la cintura - ¡Ay!, ya no tan estrecha como cuando era más joven-
e insistiendo con la rodilla pecaminosa entre las piernas siempre núbiles de ella. Hasta que
en algún momento, si era de noche, la luz de las bombillas se desmayaba en sombras
púdicas (Muñeca nunca gustó de los escarceos amorosos a plena luz). La siguiente semana,
ella la pasaba con otro de los cuatro viejos.

Hasta los vecinos de otras calles, como los de Espaderos y Mariquitas, aseguraban oír la
música, que se esparcía por sobre los techos poblados de trastos, como si alguien sacudiera
la mugre de sus frazadas, y al final todos quedaban con el alma despeinada por una vaga
desazón.

Los cuatro viejos habían ido a enterrar a Muñeca en el cementerio Baquíjano y Carrillo, del
Callao. Antes, la habían velado en esa habitación de los altos de la imprenta.
Definitivamente, resultaron días difíciles para ellos y para todo el vecindario que aun
recordaba la histórica contribución de Muñeca al encumbramiento de Barrio Bajo como un
barrio realmente popular; pues ya no solo quedó como distrito de antigua prosapia, de
criollos jaraneros, de bardos y poetas, sino que pudo sumar a esos blasones el de barrio de
bellas féminas. El título de Señorita Hermosura Nacional, celebrado trece años antes, se lo
había traído ella prendido de sus caderas, su busto y su rostro angelical (¡eran tantas sus
gracias!). Uno de los bardos locales había cincelado la proeza de Muñeca en versos de rancia
estirpe musical que cantaban orgullosos los vecinos: "Fémina de gracia sin par, que a Barrio
Bajo supiste dar, blasón de galanura..." (aquí rumor de voces, choque de vasos y
estruendosos "¡salud!").

El certamen de belleza se había realizado en el tradicional auditorio de Radio Central. Fue


la única vez que una representante de Barrio Bajo obtuvo ese título. Muñeca había salido
triunfadora en una justa entre muchas bellas, entre las que sobresalía Nanette, de Barrio
Acero, un barrio que -abusivamente-- se autonombraba tradicional; también Juanita
Regalado, cuya cintura de avispa podía ser encerrada entre el índice y el pulgar de una
mano, quien terminaría como esposa del gobernador de la ciudad; además, Cuchita del
Solar, bella y letrada, estudiante de periodismo en este tiempo, carrera que luego seguiría
como narradora de noticias en televisión, y muchas otras.

Ni bien Muñeca dejó este mundo, los cuatro viejos se dedicaron a buscar un ataúd
adecuado. Visitaron las diversas funerarias que recorren la avenida Mayorazgo, frente a la
Morgue Central. Pero no hallaron un ataúd barato y decente donde poner limite a las
ilimitadas formas de Muñeca. ¡La varios años atrás había honrado al barrio no conseguía
un ataud decoroso ahora que había muerto definitivamente de principio a fin! Estaba visto
que algunas veces la pobreza no permita devolver los honores recibidos. Por ello,
muchos criollos hacían avanzar sus penas a paso de tres por cuatro, en ritmo de vals: “La
pobreza mancilla honores, pero en medio del fango brilla la gema del amor" (rumor de
alguien que en el fondo del bar se aclara la voz, que amenazaba con romperse en un llanto
de pena).

Nadie había podido presentarles un ataúd decente a cambio del puñado de monedas y
billetes arrugados que los viejos lograron reunir luego de esculcar bajo sus colchones de
paja, vender trastos y finalmente pedir prestado con promesas fementidas. Al final,
andando y andando, recalaron en la funeraria del Vampiro. ¿Sería cierto lo que se contaba
de él?. La gente aseguraba que la historia había saturado las crónicas rojas de la época,
veinte años atrás.

Marcos avanzó en la penumbra cerrada de la funeraria del Vampiro, siempre a oscuras y


olorosa a madera podrida, seguido por Rómulo, Cleto y Lucio. Avanzaron tanteando en la
oscuridad, calculando el lugar de la puerta de la oficina, donde Marcos golpeó con los
nudillos. Finalmente, cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, comprobó que es-
taba golpeando la frente marmórea del Vampiro. ¿Sería cierto que les hacía el amor a los
cadáveres de mujeres hermosas que traían para maquillarlas antes del velorio? Por si las
dudas, no había que dejar a Muñeca ni un minuto a solas con este degenerado.

Para eterna vergüenza de los otros funerarios, el Vampiro fue el único que pudo ofrecer un
ataúd al precio que ellos podían pagar. Aunque es justo indicar que se trataba de un
ataúd de madera endeble (Muñeca era frágil e ingrávida), con una delgada capa de barniz
diluido (Cleto podía robarse un poco de barniz para darle otra pasada).

Toda la noche, los cuatro permanecieron en el velorio. Primero tuvieron que esperar que
por la tarde el dueño de la imprenta, el chino Lam, anunciara con profunda pena a sus
empleados que había acabado la jornada, que se fueran todos, para que entonces los viejos,
subrepticiamente, trajeran cargando el ataúd con Muñeca. Lo hicieron pasar por
sobre las resmas de papel bond del primer piso, por sobre la máquina cortadora malograda
y, finalmente, lo subieron por la escalera de mármol de ochenta y dos escalones, cuya
estructura crujió con desesperación.

En algún momento, Marcos volvió a dejar brotar la canción. Movió el brazo entablillado con
gutapercha del viejo tocadiscos, llevó la aguja hasta el acantilado del disco y desde allí lo
dejó caer rebotando: " Muñequita linda... de cabellos de oro... de dientes de perlas... labios
de rubí..." La bombilla de la habitación se descolgaba desde el alto techo, tan alto que se
había quedado cansada a medio camino, por lo que su fulgor mortecino no llegaba del todo
hasta esas figuras delgadas que de rato en rato se movían, caminaban, trastabillaban y se
iban corriendo por las paredes. Muñeca. Muñeca. Marcos miraba a sus amigos: Lucio
lloraba sentado cerca de la ventana, Cleto volvía a pasar una franela al barniz que aún
parecía algo húmedo, Rómulo volvía a encender las velas que se apagaban. Afuera, en las
calles cercanas, la noche se había quedado detenida a las nueve en punto y ya no quería
avanzar por nada del mundo. "Las penas hondas duran más en el alma del menesteroso"
(una tos trabajosa se estira por sobre mesas con vasos llenos de
ron, mientras la guitarra teje bordones extraviados).

La noche del concurso de belleza, el centro de la ciudad estuvo más iluminado que de
costumbre porque el gobernador iba a presidir el certamen. El amplio auditorio de Radio
Central terminó por repletarse de invitados, políticos y periodistas a eso de las nueve. La
gente - sobre todo la que no asistió- contaría después que hasta los vecinos de otros barrios
siguieron, aplaudiendo y dando vivas, el carro alegórico donde al final se retiró la
triunfadora Muñeca, flanqueada por sus damas de honor. La noche de ese día -
desconcertada por el alcohol efusivo y la música incansable- perdió el paso y duró casi lo
que tres noches en Barrio Bajo, en medio de fiestas en la municipalidad y en las calles. Pero
ni esa prueba de jerarquía había servido para algunos, o algunas. Sobre todo para los de
Barrio Acero, quienes encumbraban a la Nanette, supuestamente traída de Francia. Por ese
motivo se registraron escaramuzas entre los vecinos de los dos barrios, especialmente en
las celebraciones de Fiestas Patrias. Marcos y los otros tres varias veces habían debido hacer
frente a punta de escobazos a varios viejos de Barrio Acero quienes, ayudados por una sarta
de maleantes, sifilíticos, tuberculosos, lúmpenes y sidosos pretendían dejar establecido que
la Nanelte era superior cuando se trataba de dar amor a los desvalidos. ¡Habráse visto!
¿Pero cómo se iba a comparar esa meretriz de plástica bajeza con la Muñeca de ellos? La
Nanette, en la actualidad, era ya sólo un despojo pintarrajeado que arrastraba sus años
otoñales entre viejos alcohólicos y drogadictos. No era como Muñeca. Aunque es de
hidalgos reconocer que la Nanette era de buena factura, traída de Minnesota y no de
Francia (como se especulaba equivocadamente debido a su nombre de combate y a su
pasión por los perfumes de ese país); pero su naturaleza ramplona dejaba notarse en que
había formado parte de un lote ya acabado, de los que alguna vez se envió a Vietnam para
apaciguar los ánimos venéreos de los soldados. Por ello mostraba sin pudor numerosas
mordeduras en el cuello y en los muslos, que felizmente no habían llegado a desgarrar toda
la piel.

Muñeca había llegado al país dentro del maletín de piel de cocodrilo de un contrabandista
panameño que venía de Miami. En una kermés en favor de los enfermos de la Asociación
de Ex Combatientes del Cuarenta, Marcos había oído el comentario: el contrabandista
ofrecía "una hembra de primera, de las fácilmente inflables", traída de Estados Unidos --
nada menos--, ese gran país. Sólo después de varios tragos, se animó a pedir la dirección.

Al otro día, luego de su turno de ayudante de almacén en un ministerio --aún no se había


registrado la ola de despidos en las instituciones públicas-, fue a visitar al contrabandista.
Este le dijo que Muñeca era de un material que ya no se usaba, porque justo después de
ella se prohibió su libre comercialización, para usarlo sólo en la fabricación de trajes para
astronautas de la NASA. Habló maravillas de Muñeca, de sus bondades, de sus costumbres;
pero lo que más convenció a Marcos fue el rostro perfecto y las formas finas de ella. Se
enamoró sin remedio. No quería dejar pasar la oportunidad y trató de conseguir dinero a
como diera lugar. Si vendía lo poco que había juntado en toda una vida de 67 años --lo cual,
bien apretado, cabía en un costal de avena Tres Chanchitos-, con las justas llegaba a la
cuarta parte del precio.

Al final se le ocurrió: si puede darme amor a mí, también podría dárselo a otros. Claro que
a conocidos, a gente respetable como él, y no a zarrapastrosos como los de Barrio Acero. Y
fue a buscarlos. Dos días después se apareció donde el contrabandista, con los otros tres
viejos, quienes deseaban ver con sus propios ojos a Muñeca. Sólo bastó unos minutos para
que todos estuvieran de acuerdo. El contrabandista volvió a soltar su speech sobre la piel y
los astronautas. Y añadió que, debido a la mezcla usada en ese material, tenía un calorcito
bien rico: "Toquen, toquen". Los viejos tocaron con dedos trémulos y -"sí, sí, claro"-
sintieron que adentro latía un corazón amoroso, mientras afuera resplandecía ese rostro,
esos ojos y esa boca siempre a punto de hablar.

La trajeron en una caja de cartón plastificado de 30 x 30 cm. Fueron al cuartito donde


dormía Marcos y allí, desesperados por verla crecer, soplaron y soplaron hasta casi dejar la
vida en el esfuerzo. Luego, al apreciar todo ese continente erguido vibrando frente a ellos,
concluyeron que era más bella de lo que había parecido al inicio. Acordaron que la rotarían.
Cada uno de los cuatro la tendría una semana.
El único problema que advirtieron más adelante fue que en los instantes de pasión, cuando
después de perder la cara entre sus cabellos rubios alguno de los viejos acezaba empujado
por la fuerza que tanto había demorado en reunir de pronto ésta parecía acusar recibo de
un poco de agua fría cuando veía, justo detrás de la oreja izquierda, la etiqueta que algún
diseñador inconsciente había decidido colocar precisamente allí: Made in USA. Pero con el
tiempo llegaron a acostumbrarse a ello, como a tantos caprichos de Muñeca.

Durante estos años, Muñeca también había ido envejeciendo, aunque -claro- en ella era
menos ostensible que en ellos. Sus ojos adquirieron un relente de vaga pesadumbre,
porque la vida se había tornado mucho más dura en el país. Algunas veces Marcos la dejaba
sentada mirando la calle a través del tul de la ventana, y a ella se le humedecían los ojos al
advertir tanta pobreza, al ver pasar alguna manifestación de despedidos, uno que otro
asalto, y al comprobar cómo el barrio se había ido viniendo cuesta abajo. En sus pestañas
temblaban algunas lágrimas. No era la garúa de la ciudad, sino lágrimas, que ella trataba de
disimular. Es que todo se iba deteriorando y la gente debía hacer lo indecible para
sobrevivir: trabajar en más de un lugar, escatimar gastos y muchos hasta armar negocios de
venta de comida a las puertas de sus casas, adonde nadie acudía.

Y últimamente los cuatro viejos habían sentido que, cuando Muñeca hacía el amor con ellos,
se quejaba de la espalda, específicamente de dolor a las costillas. Siempre había padecido
de dolores a la espalda. El contrabandista mismo les había confesado que ella, antes, había
vivido --brevemente, es cierto- con un coronel norteamericano alcohólico, mutilado en
Corea, que la golpeaba. “La belleza no condice su existencia con el hedor del fango" (ruido
de una botella de licor que cae rota al suelo y su contenido se derrama por entre el aserrín).

Entre los cuatro viejos, Lucio era el más temperamental y bebía mucho. Desde joven había
sido así. Marcos podía dar fe de ello, porque lo conocía desde los años cincuenta, época en
que Lucio entró a trabajar en el mismo ministerio. Luego, cuando se divorció y más adelante
sus hijos ya no querían saber nada de él, Lucio se había hecho más amigo de Marcos. Ahora
se dedicaba a lavar platos en la trastienda de un restaurante chino. "La ingratitud te aplasta,
pero no te puede matar" (alguien llora, y otro lo calma dándole palmadas en el hombro).

Por su parte, Cleto era el que menos requería a Muñeca, debido a sus problemas de la
próstata, que se le inflamaba con sólo orinar. Culpa de las caminatas seguramente, por- que
Cleto se dedicaba, junto con Rómulo, a comprar y vender trastos y fierros en un triciclo. A
lo que conseguían le daban una lijada y una mano de pintura y lo revendían a los
negociantes de los mercadillos. Varias veces, cuando Marcos había ido a ver a Cleto durante
su semana de suerte, lo había hallado mirando por la ventana de su cuartucho, con Muñeca
vestida y sentada en una silla, sólo dialogando con ella, sobre el tiempo, las inundaciones
en el norte del país, el alza del dólar; sobre tantas cosas.
Hasta que hace dos días por la tarde, justo después de que Marcos acababa de frotarse con
ungüento la rodilla derecha que solía dolerle por el frío, llegó Rómulo corriendo a la
imprenta “¡Se nos muere, Muñeca se nos muere!"

Ambos fueron corriendo hacia el cuarto de Lucio, ubicado en una miserable quinta de casas
detrás de un mercado. Y mientras corrían, acezando, deteniéndose a ratos para tomar aire,
palmeándose el pecho, Cleto le había informado: Lucio, que por esa semana tenía a
Muñeca, había llegado borracho a su habitación y se había puesto a bailar y a beber ron con
ella, profiriendo lisuras contra el gobierno y pretendiendo tratarla como a una simple
pelandusca: "Ya sabes cómo es él cuando está ebrio". Cansado y triste -se le daba por llorar
y hablar de su familia ingrata cuando bebía-, Lucio se había puesto a bailar con ella. Había
olvidado que cuando a Muñeca la trataban mal, se enfadaba y decidía no hablar. Además
ella nunca bebía el licor la producía gases- y aborrecía el lenguaje procaz de Ios borrachos.
Lucio, irritado y luego sollozando, le había pedido que le dijera que lo quería, pero que lo
quería como a un verdadero hombre y no como a un viejo solitario que habla consigo
mismo. Mas como ella se mantuviera en silencio, ciego de ira y de alcohol, le había
propinado una feroz dentellada en el cuello. "Se nos muere”. Entraron al cuartucho y
Marcos advirtió la dimensión de lo sucedido. Desde el primer vistazo, supo que ya no había
nada que hacer. Ella se moría, sin remedio. El aire se escapaba, entreverado con la vida y el
ánima de Muñeca.

Estaba echada sobre un viejo sofá destartalado, con las ojeras acentuadas y más pálida que
nunca. A su lado, arrodillado, sin camisa y sólo en bivirí, que dejaba ver el torso raquítico y
la piel con pecas de senilidad, permanecía Lucio, implorando: "Por favor, perdóname,
Muñeca”. Muñeca lo miraba y, sin decir nada no era necesario, sus ojos lo decían todo--, lo
perdonaba. También miró a los recién llegados y pareció querer hablar. "Calla, no hagas
ningún esfuerzo", le dijo Marcos, y se dedicó a revisar la herida. En un vano intento, le
pusieron un retazo de gasa, cola gel, un poco de alcohol y hasta vendas reforzadas, pero
nada. Se les moría.

Más tarde llegó Rómulo. Cuando abrieron la puerta para dejarlo entrar, vieron que afuera
se arracimaba mucha gente, muchos vecinos solidarios en el dolor, con expresión contrita;
algunas mujeres rezaban murmurando bajito. "El dolor de los de abajo se comparte cual si
fuera oro" la guitarra desgrana sus notas mientras se oye que alguien abre otra botella de
ron. Al día siguiente por la tarde, poco antes de la hora de llevar a Muñeca al camposanto,
Marcos echó la última mirada a través de la ventanita del ataúd. Ella estaba vestida con su
traje rosado de domingo, ese de falda hasta las rodillas y saco corto, y tenía los ojos, ¡ay!,
definitivamente cerrados. Le parecía extraño verla así, porque ella ¿cuándo había cerrado
los ojos? Siempre los había mantenido abiertos, ya fuera de noche o de día, a solas o en
compañía; sus ojos siempre habían envuelto con la luz de su mirada lo que la rodeaba:
cuartuchos malolientes, trastos miserables, gatos derrengados y viejos solitarios.
A eso de las cinco de la tarde, un poco retrasados porque Cleto demoró en conseguir
corbatas negras para él y Rómulo, los cuatro salieron con el cortejo. Abandonaron la
imprenta por el portón de fierro y se encaminaron hacia la avenida Grau. Marcos y Cleto
iban adelante, Rómulo y el inconsolable Lucio, quien no cesaba de llorar, seguían atrás. Iban
con el ataúd en hombros, muy lentamente debido a la exigencia de las circunstancias y
sobre todo a la incertidumbre de sus piernas. A su paso, habían salido los vecinos a las
puertas de sus casas, a las azoteas, mientras un grupo numeroso formado por adultos, niños
y perros seguía detrás en silencio. La masa inundó la cuadra cinco de la avenida, donde un
desconcertado policía de tránsito demoró más de la cuenta en hacer sonar su silbato para
que los vehículos dejaran pasar el cortejo. La gente que observaba desde las veredas
permaneció un buen rato viéndolo alejarse calle abajo, por entre los edificios sucios de
hollín, hasta que se convirtió en una mancha a lo lejos, un poco de humo en el aire y
finalmente hizo ¡plop! y desapareció del todo.

Ahora que todo había pasado, los vecinos del barrio volvían a salir por las noches a la puerta
de sus casas, con la excusa de tomar el fresco, y se quedaban oyendo la música que
puntualmente se derramaba desde la ventana del viejo Marcos: "Muñequita linda... de
cabellos de oro... de dientes de perlas”. La música se desperdigaba con la misma lentitud
de siempre, pero ahora con mayor peso, como agua de lluvia que bajara por las paredes
sucias arrastrando tierra y hollín. Adivinaban al viejo volviendo a poner el disco, bailando
solo en un rincón oscuro, pero creyendo que volvía a bailar en el centro del cuarto, que
apretaba una cintura estrecha y perdía su rostro entre unos cabellos largos y rubios,
besando, mordiendo y creyendo también que volvía a sentir eso que había sentido no hace
mucho: lo que alguna gente llamaba la felicidad y que ya no sentiría jamás por- que el amor,
el verdadero amor, se gozaba sólo una vez en la vida. ¡Salud!

También podría gustarte