Tecnolectura Módulo 3
Tecnolectura Módulo 3
Tecnolectura
Módulo III
Políticas Públicas de la Seguridad
Nacional
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2
Introducción
3
históricamente ha tratado de erigirse como un líder latinoamericano, esto con el fin
de afianzar su seguridad como nación, ante las posturas bélicas de las grandes
potencias, especialmente las emprendidas por su vecino del Norte, lo cual es un
tema que puede entrar en el campo de la seguridad nacional, porque es a partir del
involucramiento del país en los asuntos internacionales y en el complejo entramado
de seguridad internacional que se ha venido construyendo desde el fin de la
Segunda Guerra Mundial, que obligó al Estado mexicano a participar de la
alineación global en materia de seguridad.
4
Se espera que los trabajos de este Diplomado y del módulo III, contribuyan a los
estudios en seguridad nacional y sobre todo a la prevención de los riesgos y
amenazas a la que se enfrenta la nación mexicana.
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La Relación Fallida del Realismo Político y de la Doctrina de
Seguridad Nacional1
Introducción
En este texto se va a estudiar la veracidad de una idea harto repetida durante parte
del último tercio del siglo XX en Latinoamérica incluso en los medios académicos:
que la principal base ideológica de la Doctrina de Seguridad Nacional -que inspiró
a los regímenes autoritarios que se desplegaron en Iberoamérica en buena parte de
los años setenta y ochenta del siglo pasado- fue el realismo político. Es decir, que
los autores esenciales de este paradigma de las relaciones internacionales fueron
en quienes se basaron los ideólogos de la Doctrina de Seguridad Nacional para
construir su cultura política y sus regímenes burocráticos-autoritarios de marcado
corte militar. Dado que las singularidades de este tipo de regímenes son ya
conocidas, apenas se hará mención a ellas en este texto. Se va a estudiar el
fundamento doctrinal del realismo -que, pese a su mala fama, ha servido para
interpretar el mundo y el orden internacional desde los tiempos del sistema de
Estados de Westfalia hasta la actualidad con bastante acierto- para ver si es cierta
la relación.
1
Publicado originalmente en revista Analecta política, Vol. 2, No. 3, julio-diciembre, 2012, pp. 13-
31.
2
Doctor en Ciencias de la Información y Magíster en Relaciones Internacionales por la Universidad
Ponti cia de Salamanca. Es profesor de Relaciones Internacionales en esta misma universi- dad. Ha
cursado estancias de investigación en universidades de Europa, América, África y Oriente Próximo
estudiando conflictos diversos y dictando cursos y conferencias sobre con ictos armados, terrorismo
y violencia política. Es también colabora- dor en la prensa española en asuntos de política
internacional. Salamanca-España. Correo electrónico: privasni@[Link].
3
Magíster en Comunicación y Ciencia Política por la School of Political Management de la George
Washington University y por la Universidad de Navarra; Licenciada en Humanidades y en Periodismo
por la Universidad Ponti cia de Salamanca. Ejerció como periodista, como jefa del Área de Cultura
de La Gaceta, y como asesora de comunicación política y corporati- va en Burson-Masteller en
Madrid. Actualmente es candidata a doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Oviedo y
profesora de Historia Contemporánea en el Instituto de En- señanza Secundaria de Coreses
(Zamora). Salamanca-España. Coreo electrónico: maildemaria@[Link].
6
Los orígenes del concepto “Seguridad Nacional” se remontan al momento en que
los Estados Unidos accedieron a la edad imperial, poco después de acabada la
Segunda Guerra Mundial. La euforia de la victoria ayudó a comenzar el proceso
imperial y el aumento del poder redujo el escepticismo clásico de los gobernantes
del siglo XIX y de comienzos del XX. Además, la Guerra Fría añadió nueva urgencia
a la expansión del influjo estadounidense en el mundo. La nueva actitud de los
estadounidenses respecto a los asuntos mundiales tras la Segunda Guerra Mundial,
la obsesión con las crisis, la ilusión de capitanear los destinos del mundo y los
imperativos del deber confundidos con las posibilidades que ofrecía el poder
aceleraron el proceso que comenzó en 1945 y erigió a la “seguridad nacional” en
valor supremo.
El país ocupó el vacío dejado por el derrumbe de los imperios europeos al mismo
tiempo que la Unión Soviética se aparecía a los ojos de los intérpretes
estadounidenses como un rival irreconciliable. Al fin y al cabo, para la mentalidad
de la época, era necesario enfrentarse a la marea que amenazaba con destruir lo
que tanto costó edificar. No era nuevo en la Historia el hecho de que un pueblo
debiera plantar cara a una nueva fuerza que tuviera una visión radicalmente
contraria de la vida, pero el comunismo era un sistema social que había sabido
construir una fe ciega en sí mismo y no tenía traba alguna en su aplicación. Eso lo
volvía muy peligroso. De ahí que debiera ser combatido con fiereza.
7
internacional, sino que él mismo aspira a ser el orden internacional (Kissinger, 1996,
p. 13). Un imperio mundial es una especie de sistema en el que se domina
políticamente todo el mundo mediante procedimientos coercitivos y en el que un
grupo de pueblos ostenta la mayor parte del poder. En los estadounidenses, la
palabra imperio despierta -y despertaba en aquellos años- ideas de tiranía y
despotismo pero, al mismo tiempo, los imperios son compatibles con la democracia
y no necesitan intervenir en todas las actividades de la sociedad, que es lo propio
de regímenes autoritarios y totalitarios. El mismo Burnham (1951) aseguraba que
“el llegar a un Imperio mundial será, y ya lo es de hecho, el objetivo de la tercera
guerra mundial, que en sus fases preliminares ha empezado ya. Y no son precisos
muchos esfuerzos para comprender que los candidatos actuales para la jefatura de
ese Imperio mundial sólo son dos: la Unión Soviética y los Estados Unidos” (pp. 87-
88). Es decir, no cabía más que el imperio en el mundo de la segunda posguerra
mundial y si cualquiera de los dos oponentes vencía, sus ideas constituirían la base
del imperio resultante.
8
“debía ser absoluta en tiempos de peligro” (Schlesinger, 1976, p. 177). Así que
desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la presidencia de Nixon, la
Seguridad Nacional se convirtió en objetivo apremiante. E incluso después pareció
cobrar fuerza, de otras formas. La vieja fe estadounidense que creía en un mundo
de derecho fue disminuyendo, y a ello contribuyó la importancia creciente otorgada
a la CIA como instrumento de la política exterior. Su aportación, en opinión de quien
fuera asesor de varios presidentes de los Estados Unidos, fue concentrarse en
tiempo de paz en las acciones encubiertas para cambiar políticas y regímenes de
otros países. En vez de contentarse con descubrir lo que ocurría, la CIA superaba
a otros servicios secretos en intentar que las cosas ocurrieran (Schlesinger, 1988,
p. 99). Y esto sucedía sin contradecir esencialmente la arraigada tradición
democrática estadounidense y las contradicciones y paradojas del carácter de esa
nación, pues a países que violaban los derechos humanos, como Chile, Argentina,
Paraguay o Cuba -por citar tan sólo a algunos del continente americano-, siempre
que las consideraciones estratégicas no se consideraran primordiales, se les
negaba la ayuda o se la limitaba con severas restricciones. Con la Oficina de
Derechos Humanos instituida por el Gobierno de Carter en el Departamento de
Estado, los derechos humanos se institucionalizaron en la política exterior
estadounidense y las embajadas de ese país se convirtieron en oficinas de vigilancia
de los derechos humanos (Schlesinger, 1988, p. 118). Estas incongruencias hacían
ciertas las palabras de Henry James (1920) que afirmaban, poéticamente, que ser
americano es un destino complejo (p. 13).
¿El realismo, malinterpretado?
(o las causas por las que no parece verdadero
fundamento ideológico de la Doctrina de Seguridad Nacional) (I)
Dicho todo esto cabría preguntarse por los elementos ideológicos que se sitúan en
los orígenes del concepto de Seguridad Nacional. Y en primer lugar cabe señalar
que los Estados Unidos se comprometieron con todas sus fuerzas en dos guerras
mundiales donde su territorio no estaba amenazado directamente. Al mismo tiempo,
los Estados Unidos habían entrado en ellas sin tener ideas claras sobre sus fines
de guerra: a priori, sólo deseaban una victoria que permitiera establecer una paz
duradera. La única forma de justificar la guerra era afirmar que no se defendía a la
nación contra un ataque directo, sino contra una amenaza lejana. Pero no era una
simple justificación, porque era cierto: estaba en juego la seguridad de la nación a
largo plazo. Esta misma idea tenía validez tras la guerra, pues aunque la URSS no
amenazara el territorio de los [Link]. amenazaba la seguridad nacional. El
resultado fue que el concepto de seguridad se entronizó. Buena parte de los
estudiosos del país afirmaban que había que interpretar la política exterior de la
Unión Soviética a partir del mesianismo universal de la doctrina marxista, esto es,
la revolución universal y el sometimiento del mundo al estalinismo. El comunismo
se creía señor del destino histórico (Niebuhr, 1958, pp. 123-124) y la meta de la
política soviética era la instauración de su régimen en todo el mundo sin excepción.
9
Desde los tiempos de El Manifiesto Comunista, Marx decía a sus acólitos que tenían
un mundo por conquistar (Marx & Engels, 1988). La Parte III del Programa de la
Internacional Comunista se titulaba “El objetivo final de la Internacional Comunista:
El Comunismo mundial”. Y Stalin (1947) aseveraba que el problema histórico
supremo de la Revolución Rusa era la necesidad de promover la revolución mundial.
Decía que “es inconcebible que la República Soviética pueda continuar
indefinidamente codo a codo con los Estados imperialistas [...] Es inevitable que se
produzcan numerosos y terribles choques” (p. 56). Es decir, cualquier
enfrentamiento con el mundo capitalista tendría carácter inevitable y defensivo. O el
comunismo conquistaba el mundo o quedaría destruido. Si no se entraba en guerra
abiertamente era porque se había decidido llevar la guerra a otro terreno, el de la
Guerra Fría. Y si bien ésta no constituía un peligro para la integridad territorial de
los Estados Unidos, sí creaba un riesgo permanente para la seguridad nacional.
Es importante señalar que en esta convulsa situación mundial las ideas de los
realistas reforzaron el contenido de la Doctrina de Seguridad Nacional, aunque
posiblemente fueron malinterpretadas por quienes la desarrollaron. La escuela
realista fue una reacción contra el idealismo político estadounidense representado
por Wilson o Roosevelt. Denunciaba en aquél su falta de sentido con respecto a la
política real y, por consiguiente, le acusaba de abrir el camino -por ingenuidad o
ignorancia- a aventureros peligrosos como Hitler. Si Bacon había dicho que el
imperio del hombre sobre la naturaleza reemplazaría al imperio del hombre por el
hombre, ese razonamiento se trasladó al pensamiento del siglo XIX, que halló en la
filosofía de Herbert Spencer su desarrollo sistemático y en la política exterior de
Wilson su plasmación real. En 1917 éste decía ante el Congreso de los Estados
Unidos que comenzaba un período en el que los Gobiernos y las naciones debían
intentar adoptar ante los errores cometidos el mismo comportamiento de los
ciudadanos individuales en los países civilizados. Si el mismo Kant afirmaba que el
espíritu comercial no podía coexistir con la guerra y que la posesión de la fuerza
perjudicaba de forma inevitable el ejercicio de la razón (2011, p. 76), el liberalismo
de la Paz de Versalles y de Saint Germain no podían ser menos. Wilson, con su
idea de “la guerra para acabar con la guerra” de su mensaje al Congreso del 8 de
enero de 1918, mostraba la más clara expresión de la política exterior liberal.
10
antropológico; aseguraba que el conflicto -al igual que en el hombre- era lo natural
entre los Estados e insistía en que el Estado debía de ser el actor relevante de las
relaciones internacionales. Si la política internacional era una lucha por el poder, el
poder era la clave para el logro del interés nacional, que debía marcar la acción del
Estado. La acción política no podía quedar mermada por los principios morales que
rigen la vida individual -es decir, se necesitaba una “doble moral”- y el único
mecanismo regulador posible era el clásico sistema de equilibrio de poder (Osgood,
1977, p. 33), factor esencial en una sociedad de Estados soberanos (Morgenthau,
1985, p. 173). Esta era, grosso modo, la doctrina realista. No es que sus
constructores carecieran de respeto por sus congéneres o que una suerte de
abyecta catadura moral los convirtiera en hombres sin escrúpulos -que es lo que se
suele decir de quienes defienden el realismo-, sino que su propia experiencia vital
les había hecho tomar conciencia de la endeblez del orden democrático y querían
comprometerse en la tarea de mejorar el mundo. Cuando se les acusaba de
“egoístas” e “inmorales” por apelar a la doble moral y al egoísmo nacional se
soslayaba una idea importante: no daban a esos conceptos un valor sagrado e
inalterable, sino que pensaban que el idealismo disimulaba una oculta voluntad de
poder o llevaba a los pueblos al desastre al ser incompatible con la esencia de la
política verdadera entre los Estados. El realismo propiciaba que cada uno tomara
conciencia de los intereses de los otros más que el idealismo, con su culto a los
principios abstractos.
El laboratorio en el que trabajaban para obtener sus ideas era la Historia. Y quizá,
como Emerson, no creían necesario analizarla de forma demasiado compleja, pues
las causas de lo que ocurre en ella suelen ser simples (p. 160). Buena parte de los
realistas padecieron en carne propia la barbarie del nacionalsocialismo, tuvieron
que huir de él y vivir en el tiempo de los desmanes causados por él. Morgenthau
(1990) escribió con juiciosas y pesimistas palabras que:
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sobre el egoísmo inherente de toda política nacional. Por ello creían que si las
relaciones entre Estados se basaban sólo en la fuerza, el fin de toda política
nacional había de ser la defensa del interés nacional. Sin embargo, el concepto de
interés nacional era oscuro en sí. Aunque aspiraba a ser una categoría objetiva de
análisis su doble uso, como instrumento de análisis y como herramienta política
(Rosenau, 1972, p. 34), lo debilitaba. Desde que se pretendía precisar el concepto
pasaba a ser vago y esa oscuridad podía ocultar excesos de la práctica política.
Morgenthau decía que el primer elemento constitutivo del interés nacional era la
supervivencia. Así que desde el momento en que la política exterior se convertía en
lucha por la supervivencia los Estados empleaban cualesquiera medios para lograr
sus fines (Morgenthau, 1952a, pp. 3-13). Sin dudarlo, Tucídides, Maquia-velo,
Richelieu, Hamilton o Disraeli habrían entendido de la misma manera -una lucha sin
fin entre la supervivencia y el poder- la política internacional, pese a las condenas
morales a las que siempre fue sometida la política internacional por los padres de
la Iglesia o por los escritores contrarios a Maquiavelo. Al fin y al cabo, el egoísmo
de las naciones es proverbial y el mismo George Washington sentenciaba que no
debía confiarse en que las naciones fueran más allá de sus propios intereses.
Niebuhr (1996), teólogo y protestante por más señas, insistía en que las na- ciones
se mantenían unidas más por la fuerza y por la emoción que por la mente. “Dado
que no puede existir acción ética sin autocrítica, y no puede haber autocrítica sin la
capacidad racional de autotrascendencia, es natural que las actitudes nacionales
puedan apenas aproximarse a lo ético” (p. 92). Es más, creía que las naciones no
llegaban jamás a tomar plena conciencia de sí mismas hasta que no se colocaban
en situación belicosa ante otras naciones. De ahí que fuera crítico con la “santurrona
hipocresía” tanto de los gobernantes cuyas proclamas aluden siempre a normas
morales para justificar sus actos como con la de no pocos idealistas, que creen
poder contar con recursos materiales y morales que no existen en la historia ni en
el mismo hombre. Al fin y al cabo, pensaba que “quizá lo mejor que cabe esperar
de las naciones es que lleguen a justificar sus hipocresías con una pequeña
cantidad siquiera de verdadera realización internacional, y aprendan a hacer justicia
a intereses más amplios que los propios, mientras se ocupan de estos últimos” (p.
108).
Recuérdese que el padre de los realistas, tal y como lo llamaba Kennan, pensaba
que el ser humano estaba marcado por el pecado original y que era capaz del mal,
pues rechazaba que pudiera ser potencialmente inocente. La vida, en su opinión,
era una lucha por el poder y la guerra era el resultado de esa perversidad. La misma
democracia era posible si tenía en cuenta la compleja condición de la naturaleza
humana; aquélla es posible dada la capacidad del hombre para la justicia y, al
mismo tiempo, es necesaria dada la inclinación del hombre a la injusticia (Niebuhr,
1944, p. xiii). Niebuhr opinaba que los seres colectivos que constituyen los Estados
12
son peores que los seres individuales y que no hay Estado que haya nacido sin el
empleo de la fuerza o que se mantenga sin ella. Los filósofos del contrato social,
que creen en la paz por el derecho, se obcecaban en soslayar que la corrupción del
hombre por el pecado se manifiesta en el desarrollo violento de la historia. Y aún
así, Niebuhr insistía en que el realismo no había de ser cínico, pues el remedio para
el idealismo pretencioso -que cree saber respecto al hombre más de lo que le es
dado conocer-, es la preocupación por uno mismo y por el otro derivada de la
conciencia de los límites del propio saber y del propio poder (en Davis & Good,
1960, p. 332). Niebuhr fue un filósofo de la política exterior y en eso no se diferencia
de otro realista como Osgood, que creía que toda guerra declarada para lograr
objetivos trascendentes era inmoral. Mientras el hombre siguiera siendo lo que es,
la guerra no desaparecería nunca y los intentos de hacerla desaparecer por
objetivos morales superiores era peligrosa porque la realidad no se doblega nunca
ante los sueños y los sublimes ideales. Los ideales abstractos pueden intoxicar las
relaciones internacionales. Las naciones deberían renunciar al uso de la guerra
como instrumento de la política salvo que fuera para defender la política nacional
(Osgood, 1957, p. 21), así que el egoísmo nacional es la actitud más prudente y
más moral.
Si se sigue indagando en el ideario del realismo político para ver si esta escuela
pudo ser una de las bases ideológicas de la Doctrina de Seguridad Nacional hay
que hablar también de George Kennan. Kennan combinó su actividad política con
la de profesor universitario y, aunque no aportó apenas nada novedoso a la teoría
de las relaciones internacionales, fue el creador de la doctrina de la contención.
Desde su puesto de diplomático en Moscú y como secretario de Estado la aplicó
intensamente. No en vano en su muy conocido artículo, “Las fuentes de la conducta
soviética”, publicado en 1947 en el órgano oficioso de la Secretaría de Estado de
los Estados Unidos de América, Foreign Affairs, aseguraba que el elemento
principal de cualquier conducta de su país hacia la URSS debía ser la contención
paciente, firme y a largo plazo de las tendencias expansivas soviéticas. Es más,
preveía el debilitamiento progresivo de la URSS y suponía que su fortaleza no era
tanta como se creía y podía sobrevenir su desaparición pese a su aparente
indestructibilidad. Por eso decía (1947) que:
13
Y no obstante, los responsables de la política exterior de los [Link]., que en público
hablaban de una amenaza comunista uniforme para obtener el consentimiento
interno al internacionalismo, en privado reconocían que la política mundial no podía
definirse de forma tan simple (Hall & Ikenberry, 1993, p. 122). Kennan recomendó
una política exterior flexible que tuviera en cuenta que el comunismo se
fragmentaría más por las naciones, cuyo efecto sería no el enfrentamiento bipolar
sino el clásico equilibrio de poder (Gaddis, 1982). Es decir, proponía el empleo de
la tradicional prudencia política, alejada tanto de la rigidez simplista como de la
inflexibilidad del derecho. En sentencia singular decía (1954) que “debemos ser
jardineros y no mecánicos en nuestra manera de enfrentarnos con los problemas
mundiales” (p. 92).
¿El realismo, malinterpretado?
(o las causas por las que no parece verdadero
fundamento ideológico de la Doctrina
de Seguridad Nacional) (II)
14
de conciliación que consiga respecto de lo que hace que las sociedades constituti-
vas se sientan seguras con lo que consideren justo” (p. 20).
15
de ello, a seguir el ejemplo de aquellos a los que se oponen” (pp. 709-710). De
hecho, Aron (1985) afirmaba de Morgenthau que hacía más praxeología que teoría
y que era un cruzado como los que criticaba, sólo que se había convertido en un
cruzado del realismo. Sin embargo, reconocía que era necesaria cierta dosis de
realismo para huir de las inconsistencias del exceso de buena voluntad.
Estas últimas ideas permiten entender un poco mejor el verdadero sentido del
realismo y sus contradicciones y, tangencialmente, incluso las de la conocida
Doctrina de Seguridad Nacional. No es fácil definir la Doctrina de Seguridad
Nacional dada su naturaleza. Si acaso, como ocurre con otros conceptos confusos
de la política, cabe acercarse a ella por descarte y por aproximación. En realidad su
estudio primero se debe a Joseph Comblin, un teólogo belga de la Universidad
Católica de Lovaina que en una obra publicada en 1977 -y traducida al español en
1979 como La Doctrina de la Seguridad Nacional- sistematizó los elementos
esenciales que la caracterizaban y que son de sobra conocidos: obsesión con
perseguir al enemigo comunista, que supuestamente se agazapaba en todos lados;
modificación de los atributos de las fuerzas armadas, dedicadas prioritariamente a
garantizar el orden interno más que la defensa nacional; aplicación de
procedimientos que violaban de forma recurrente los derechos humanos;
transformación del pueblo en objeto histórico y no en sujeto; verticalismo
organizativo y elitismo del sistema político; asunción de principios económicos
emanados de la conocida Escuela de Chicago de los [Link]. y sumisión a los
postulados que el gobierno de ese país entendía esenciales para la seguridad
nacional en los tiempos de la Guerra Fría; y, en fin, eliminación de cualquier clase
16
de disidencia (Rivas & Rodríguez, 2010a, pp. 101-102). Grosso modo, estas
características eran las propias de la Doctrina de Seguridad Nacional, cuya
identificación continuó haciendo, tras los esfuerzos primeros de Comblin, la Iglesia
Católica en el llamado Documento de Puebla de 1979. Gracias a esto se pudo
afirmar que la Doctrina de Seguridad Nacional era más una doctrina que una
ideología bien definida.
Colofón
17
Al fin y al cabo, la gran tesis geopolítica relacionada con la Doctrina de Seguridad
Nacional fue la división del mundo en dos bloques antagónicos y la integración
inevitable de América Latina en uno de ellos. Es más, tal y como decían algunos de
los creadores de la Doctrina, Iberoamérica formó parte del Occidente por necesidad
científicamente fundamentada (Moro, 1976, pp. 27-41). Hay que recordar, además,
que para los doctrinarios de la Seguridad Nacional el Occidente había sido atacado
por Oriente desde tiempos inmemoriales y la agresión en aquellos tiempos la
representaba el comunismo. Occidente era la base geográfica constituida de los
centros de poder -Estados Unidos, el resto de América, Europa Occidental,
Australia, parte de África-, así como de la encarnación de la civilización y de la
cultura occidental, del régimen democrático, del capitalismo y del cristianismo.
Occidente era un ideal, un propósito y un programa y era preciso occidentalizar el
mundo entero (Martins, 1986). Esta rigidez llevó a que no se tuvieran en cuenta las
transformaciones habidas en el campo socialista -como el enfrentamiento chino-
soviético o los cambios de rumbo de la URSS tras la llegada de secretarios
generales del PCUS más o menos afectos a la ortodoxia marxista- porque se
entendía que no modificaban la bipolaridad. Es más, los cambios se interpretaban
como tácticas del comunismo para lograr el dominio mundial. Los dos polos vivían
en permanente enfrentamiento e Iberoamérica se integraba en Occidente tanto por
pertenecer geográficamente a él como por vocación, en una especie de Destino
Manifiesto a la sudamericana.
18
de combatirlo era su espíritu, tan distinto del de la Doctrina de Seguridad Nacional,
que hacía del interés nacional una de sus bases aunque no supiera bien qué era.
Es cierto que Kissinger proponía frenar a las potencias revolucionarias para
mantener la estabilidad del sistema internacional -y eso a veces le llevó a apoyar
acciones de dudosa moralidad, como la extensión de la Guerra de Vietnam a Laos
y Camboya; pero lo hacía por mor del equilibrio y no de la erradicación del enemigo.
Osgood insistía en que las guerras declaradas para lograr objetivos trascendentes
eran inmorales porque no ponían coto a la realidad, pero los conflictos
desencadenados por los partidarios de la Doctrina de Seguridad Nacional apelaban
a la defensa de la moral y a sublimes ideales como causa de la “guerra”, que solía
ser contra los civiles. Es verdad que el realismo permitió que se cruzaran con poca
mesura las barreras entre el uso de las fuerzas armadas y de otros medios de
presión, pero nunca legitimó cualquier medio de lucha contra el enemigo interno.
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20
21
Inteligencia Militar y Criminalidad Organizada. Retos a Debatir
en América Latina4
4
Publicado originalmente, en URVIO, Revista Latinoamericana de Estudios de Seguridad, No. 21 -
Quito, diciembre 2017, pp. 22-38.
5
Secretario académico del Centro de Estudios de Seguridad (CESEG) de la Universidad de Santiago
de Compostela (España) e investigador invitado de FLACSO, sede Ecuador. Miembro de la Red
Latinoamericana de Análisis de Se- guridad y Delincuencia Organizada (RELASEDOR) y del
Observatorio de Criminalidad Organizada (OCOT) de la Universidad de Salamanca (España).
Correo: [Link]-rubert@[Link].
22
insegura” (Chinchilla 2016, 11-24). Según datos de la Organización de los Estados
Americanos (OEA), la violencia criminal organizada tiene en América Latina un
carácter “pandémico” (Bartolomé 2009, 16-20). Desde la Organización de Naciones
Unidas (ONU), que identifica la región empleando el calificativo de países “bajo
estrés” (The Globalization of Crime. A Transnational Organized Crime reat
Assessment 2010, 221-272), se alerta periódicamente respecto de la entidad lesiva
que representa el crimen organizado, especialmente, en su vertiente transnacional,
y su carácter pluriofensivo, tanto para la seguridad de las personas, como para la
estabilidad social, económica y política de las instituciones democráticas.
Preocupación reflejada al reconocer el accionar del fenómeno criminal organizado,
como uno de los mayores desafíos a la seguridad y estabilidad de los Estados
(Mace y Durepos 2007).
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incapacidad para afrontar las demandas de seguridad de la ciudadanía. En esta
situación podrá entenderse que es prioritario el reforzamiento estatal, en general, y
el del sistema institucional de seguridad, en particular, según los criterios de
transparencia y control propios de un Estado democrático (exigencias de calidad
democrática). Lamentablemente, hasta el momento no ha sido el objetivo principal
de la mayoría de las políticas aplicadas. Lejos de ello, se ha recurrido a políticas
represivas que acuden a las fuerzas armadas como principal medio para combatir
estas amenazas (Sansó-Rubert 2010b), como se analizará a lo largo del texto, con
importantes repercusiones en la esfera del Estado, su ordenamiento constitucional
y su seguridad.
Todas estas circunstancias ponen de re- lieve los vacíos institucionales que afectan
a los Estados y las limitaciones existentes para afrontar el desafío planteado por la
criminalidad organizada (Buscaglia 2013). Llegados a este nivel de riesgo,
conjugado con la disfuncionalidad institucional, la carencia de respuestas
convincentes y ante el dé cit insti- tucional imperante, que afecta a una parte
importante de la estructura de seguridad interior del Estado –cuerpos policiales y
servicios de inteligencia–, los gobiernos de la región han depositado
mayoritariamente en las Fuerzas Armadas, aunque no en todos los casos, la
responsabilidad de atajar las manifestaciones de criminalidad organizada y
reconducir la situación, hasta alcanzar la normalidad propia de un estado de paz
social.
24
Acuciados por las imperiosas demandas ciudadanas, que reclaman soluciones
rápidas de seguridad y protección, la elección de estrategias puramente reactivas y
políticas criminales de extrema dureza, difícilmente encuadrables en un Estado
democrático de Derecho, se han concentrado en combatir el crimen organizado,
obviando fortalecer las estructuras de seguridad y organismos de inteligencia del
Estado. De esta manera, pese a los esfuerzos realizados, no se modi can las causas
que favorecen la aparición de delincuencia organizada.
En buena lógica, este tipo de iniciativas a corto plazo, desde la perspectiva política,
facilitan oxígeno para la supervivencia de un Gobierno, pero no resuelven en modo
alguno las necesidades de un país y de su ciudadanía. Recalcar, que se requiere
de políticas y estrategias de Estado, que brillan mayoritariamente por su ausencia,
fruto de otra realidad presente en Latinoamérica: la falta de preparación del poder
civil para gestionar adecuadamente políticas de seguridad y de defensa, y en
especial, los servicios de inteligencia.
25
se ocupa del análisis estratégico de tendencias y amenazas en
materia delictiva, con el propósito de producir conocimiento, que
fundamente la adopción de políticas de seguridad pública dirigidas
a la resolución de problemas criminales. [...] En el plano
estratégico, se dirige a la definición de los objetivos de la
organización poli- cial, y al establecimiento de la política y planes
generales para lograr el desmantelamiento de las organizaciones
criminales y la prevención de formas delictivas complejas. En el
plano táctico, su propósito último es ayudar a la planificación y el
diseño de las acciones concretas necesarias para enfrentar las
amenazas criminales.
26
previsibles, peligrosidad o modalidades, pongan en riesgo,
amenacen o atenten contra el ordenamiento constitucional, los
derechos y libertades fundamentales (San- só-Rubert 2010b).
Sin duda, establecer los límites resulta una aspiración de difícil materialización, ya
que la propia comprensión de la complejidad de la fenomenología criminal
organizada, demanda un análisis que combine una visión macroscópica y
contextual (inteligencia criminal), con una investigación de hechos microscópicos y
específicos (investigación criminal). Haciendo hincapié en esta última idea en virtud
de su trascendencia, cabe identificar una relación bidireccional entre ambas
herramientas de lucha contra la criminalidad: las averiguaciones obtenidas en el
contexto de la investigación policial/criminal y los productos del análisis criminal,
pueden incorporarse como insumos en el análisis de inteligencia; de la misma
forma, la inteligencia criminal como producto y sus metodologías de obtención,
pueden emplearse como recursos de apoyo a la investigación policial/criminal).
De igual forma, una misma información puede tener una doble finalidad: constituir
indicios y pruebas para descubrir los elementos integrantes del hecho criminal para
su enjuiciamiento (investigación criminal/policial) o constituir insumos, que empleará
el analista de inteligencia en la elaboración del producto inteligencia, con
independencia del momento exacto en el que se produce el conocimiento, sea este
anterior o posterior al hecho delictivo. E igualmente es cierto, que ciertas
metodologías o técnicas de análisis pueden responder a diferentes objetivos:
consecución de inteligencia o aplicables a la investigación (Sansó-Rubert y Blanco
2015). Todo ello, remarcando sus diferencias.
27
En conclusión, recogiendo los principales rasgos de la definición de inteligencia
criminal descritos en el capítulo con el mismo rubro elaborado por Sansó-Rubert y
Blanco Navarro en la obra Investigación Criminal (2015), cabe destacar el hecho de
que principalmente
Igualmente,
despunta por su destacado potencial para la elaboración de los
análisis destinados a que los consumidores (destinatarios), sean
estos decisores políticos o responsables de los organismos
encargados de la persecución de la delincuencia, tengan
suficientes elementos de juicio para la adopción de respuestas
adecuadas. Esto reduce, en consecuencia, los riesgos inherentes
a toda acción o decisión (incertidumbre) para la implementación de
políticas criminales y de seguridad eficientes. Al tiempo, que
permite contrastar la eficacia objetiva de las medidas pergeñadas
al respecto. Conocer qué ha sucedido en el escenario criminal, qué
está sucediendo y por qué, y qué es lo más probable que suceda
en el futuro es la meta (Sansó-Rubert y Blanco Navarro 2015).
Este es el sustrato para conocer su evolución y advertir con antelación, las posibles
incursiones oportunistas de redes criminales (Sansó-Rubert 2011). Un buen
producto de inteligencia criminal no solo describe cuál es la situación actual relativa
al fenómeno, sino que aporta explicaciones sobre la existencia de dicho fenómeno
y establece posibles evoluciones o tendencias, desarrollando diversidad de
escenarios viables. Además, define las alternativas factibles para reorientar la
situación en el sentido más favorable para su erradicación y control, y establece los
28
eventuales costes económicos y sociales resultantes de la aplicación de dichas
medidas (Sansó-Rubert 2016). De la misma forma, posibilita conocer y analizar la
distribución geográfica de la actividad delictiva, la concentración territorial de las
organizaciones criminales (densidad criminal), el surgimiento de nuevos nichos de
mercado ilícitos, la introducción de novedosas metodologías y modus operandi,
nuevos productos y servicios, la identificación de las estrategias puestas en práctica
por las estructuras delictivas, la familiarización con la subcultura delictiva, las
características sociodemográficas relevantes de los miembros de las
organizaciones criminales para su conveniente explotación (nacionalidad, región de
procedencia, etnia, familia, profesión, condición de ex policías o ex combatientes,
tipología de actividad ilícita en la que está especializado...), así como la detección
del ascenso y caída de las organizaciones criminales, en virtud de sus fortalezas y
debilidades.
29
armadas que, según algunos postulados (Frederic 2008), habrían perdido su razón
de ser en el nuevo contexto de seguridad internacional tras nalizar la Guerra Fría.
Sin duda, es legítimo que los Estados recurran a todos los recursos disponibles –al
amparo de la razón de Estado–, ante un contexto de debilidad y limitación de
medios. Cada país tiene unos problemas específicos que atender y sus fuerzas
armadas son, al menos en teoría, suficientemente polivalentes para asumir dis-
tintas misiones al respecto. La gran pregunta que hay que plantearse es en qué
medida la asunción de estas misiones secundarias respecto de su labor de defensa
principal, repercuten positiva o negativamente en la institución castrense (Sansó-
Rubert 2011a) y por extensión, al Estado de derecho constitucional.
Bajo el rubro del concepto de seguridad multidimensional (Rivera Vélez 2008), que
suscita no pocas controversias, asistimos a una progresiva adaptación de las
capacidades y funciones militares –incluyendo las de inteligencia– a los
requerimientos de la lucha contra las actividades de la delincuencia organizada, en
detrimento de las instituciones policiales y servicios de inteligencia. Transformación,
30
que empieza a suscitar un intenso debate, hasta ahora ausente (Fabián Saín 2014),
no solo alrededor de la pertinencia de la militarización de las políticas públicas de
seguridad interior, sino en lo tocante a la obtención, desarrollo y gestión de
inteligencia criminal por parte de personal militar para el propio soporte de dicha
orientación. Cuestión esta última que tampoco es baladí, a la hora de interactuar
con otros servicios de inteligencia o unidades de inteligencia de cuerpos policiales
de otros países.
31
institucional. Un conjunto de conocimientos y perfiles ausentes entre el personal
analista de las fuerzas armadas y también, por qué no decirlo, de muchos de los
servicios de inteligecia latinoamericanos en su actualidad, donde la inteligencia
criminal representa más un desiderátum que una realidad fáctica. Y, finalmente, lo
que más preocupa, es si esa inteligencia llega al decisor civil para que adopte las
medidas oportunas y ejerza el liderazgo en la respuesta al crimen organizado o
queda cautiva en las instancias militares.
Otra cuestión trascendental, que igualmente cabe plantearse es hasta qué punto,
los ajustados presupuestos de defensa pueden soportar el incremento de cometidos
a desempeñar por las fuerzas militares sin que ello suponga un detrimento de sus
capacidades, máxime cuando hablamos de capacidades de inteligencia, que
requieren de una fuerte inversión. Especialmente, en períodos de crisis económica
y recortes presupuestarios. La lógica induce a pensar que el coste no es baladí. Y
todo ello bajo la sombra del potencial riesgo de corrupción e implicación de los
militares en actividades ilícitas en calidad de actores (Astorga 2007), ya
mencionado. De hecho, la extendida argumentación de especial resistencia de los
militares ante la corrupción en base a su deontología y valores profesionales, no se
sostiene empíricamente. No existen pruebas fehacientes de que las fuerzas
militares sean menos vulnerables a los tentáculos de la corrupción criminal (Bailey
y Godson 2000).
32
Ante la problemática planteada en el título de este análisis, a tenor de lo expuesto,
queda claro que la participación militar en la esfera de la seguridad interna obedece
a unas necesidades perentorias del Estado (último recurso), y qué debiera limitarse
solo a los supuestos en los que las circunstancias así lo requieran. Acomodar la
razón de Estado a los requisitos democráticos (razón de Estado democrática), para
identicar aquellas situaciones en las que la razón de Estado es el único e
indispensable medio para salvar la democracia (Fernández García 1997).
Interpretación que ampararía constitucionalmente el recurso a las fuerzas armadas
en la lucha contra la criminalidad organizada como instrumento extremo para
supuestos excepcionales, sin que pueda tildarse esta opción de antidemocrática.
Por lo tanto, tiene perfecta cabida en Democracia, pero su empleo debe ser
articulado convenientemente bajo premisas claras (preservando un mínimo de
criterios, para que el empleo de las tropas tenga legitimidad: que se asegure la
gravedad de la amenaza; que el propósito del uso de la fuerza militar sea correcto;
que sea el último recurso; que exista una proporcionalidad de los medios; que se
formule un balance de las consecuencias, supeditación y primacía del liderazgo civil
de las operaciones...), que eviten otorgar erráticamente a las fuerzas armadas una
preponderancia, que conlleve el riesgo de militarizar la seguridad interior
(Fernández Rodríguez y Sansó-Rubert 2010). Problemática, en gran medida
provocada por la influencia de Estados Unidos en la región que, bajo el paraguas
de la “guerra contra las drogas”, ha favorecido la militarización de la respuesta al
crimen organizado, atrayendo a los Ejecutivos hacia esta deriva con cuantiosas
ayudas económicas y operacionales, supeditadas en exclusiva al disfrute del
estamento militar. Sobre todo, promoviendo las capacidades militares de
operaciones especiales (Mendel y McCabe 2016) e inteligencia.
33
Entre tanto esta reforma no llega, la previsión es que los gobiernos latinoamericanos
continúen dependiendo del estamento militar para contrarrestar las manifestaciones
más violentas de criminalidad organizada, generalmente asociadas a la actividad
del narcotráfico. Y es que el discurso de guerra contra el crimen organizado, ha
calado profundo en la visión estratégica de la seguridad y defensa de prácticamente
toda América Latina (exceptuando básicamente a los países del Cono Sur, con
Argentina a la cabeza).
34
prevención, acción y reacción–, sumado a la cooperación de todos los actores
implicados, bajo el paraguas de la democracia y del Estado de derecho.
35
Problema: a pesar de los recientes esfuerzos democráticos modernizadores
llevados a cabo por la mayoría de los Gobiernos de América Latina, las estructuras
de inteligencia han quedado, en gran medida, al margen. Un mínimo de
institucionalización democrática de los Servicios y de la función de Inteligencia,
representa un requisito sine qua non, recalco, imprescindible, a efectos de la
articulación y desarrollo de una estructura y actividad de inteligencia realmente
funcional al servicio de la democracia.
En América Latina, la legislación actual que regula los servicios se caracteriza por
ser una normativa legal extraordinariamente básica, en cuanto a contenido y
extensión, supeditada a un desarrollo reglamentario que no ha terminado de
producirse en plenitud. Cuestiones cruciales como los principios y límites jurídico-
constitucionales orientadores de su acción y el funcionamiento del sistema de
controles –internos y externos–, aplicable, están aún por modernizar acorde a las
nece- sidades de un servicio democrático propio del siglo XXI. La mayoría de los
países, han quedado “atrapados” en esta fase de desarrollo institucional, que no
acaba de cerrarse, lo que podría constituir un elemento relevante para entender
cómo es posible que, en países con un elevado nivel de desarrollo, sus servicios de
inteligencia adolezcan del homogéneo fortalecimiento institucional.
36
Todavía no han querido darse cuenta de que gran parte del éxito de la lucha contra
la criminalidad organizada reside en las capacidades de inteligencia. Que no resulta
una opción barata y que requiere de mucho tiempo para que arroje resultados
fructíferos. Hay que ser muy crítico al respecto, porque el panorama vigente y su
proyección futura, no resulta precisamente tranquilizador.
37
El debate está abierto y América Latina se sitúa en una delicada encrucijada entre
el deber ser y el ser, en la que las decisiones que se adopten en el ámbito de la
inteligencia y los servicios de inteligencia, redundará en el futuro de la seguridad
regional, el fortalecimiento de sus democracias, la solidez del Estado de derecho y
el éxito ante el desafío de la criminalidad organizada. Dada la trascendencia y la
relevancia de lo que está en juego, este debate no se puede postergar más.
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40
La Noción de “Seguridad Humana”: Sus Virtudes y Sus Peligros6
Etimológicamente, la palabra “seguridad” proviene del latín sine cura (sin cuidado,
sin preocupación), y hay muchos momentos de nuestra vida en los que nos gustaría
desenvolvernos más despreocupadamente de lo que normalmente podemos
permitirnos. Nos gustaría no tener que preocuparnos por nuestra salud ni por la
posibilidad de perder nuestro puesto de trabajo. Preferiríamos no tener que
cuidarnos de los aditivos que se han incorporado a los alimentos que consumimos.
Nos parece una quimera el poder caminar solos, a cualquier hora y por cualquier
calle solitaria, concentrados en nuestros pensamientos y sin sentir que tenemos que
mirar con recelo a nuestras espaldas. Quisiéramos tener la seguridad de que no nos
faltará cobijo y alimento cuando ya no podamos valernos por nosotros mismos y la
seguridad de que nadie vendrá desde otro lugar a arrebatarnos nuestra casa y
nuestra cosecha. Nuestros miedos, en definitiva, son variados y provienen de
fuentes diversas, pero tienen en común nuestro muy humano deseo de reducir en
lo posible nuestros sufrimientos y nuestras angustias. Sin duda, todos sabemos que
nunca nos veremos completamente libres de esos miedos, pero es igualmente cierto
que todos aspiramos a evitarlos en lo posible.
6
Publicado originalmente en Polis, Revista Lationoamericana, Nº 11, 2005, s/pp.
7
Doctor en Filosofía y profesor titular de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de
Granada. También ha sido secretario del Instituto de la Paz y los Conflictos de la Universidad de
Granada. Correo electrónico: «[Link]
41
Así, como recuerdan Anderson y Apap (2002), ya en el siglo XVI Maquiavelo
distinguía claramente entre las amenazas internas y externas al poder del Príncipe:
respectivamente, la conspiración de sus propios nacionales y el ataque de potencias
extranjeras. Cada una de estas amenazas, aunque ocasionalmente
interconectadas, obedecían, según el florentino, a lógicas diferentes y debían
afrontarse con diferentes herramientas políticas.
Sin embargo, en los últimos años ha surgido la necesidad de volver a conectar esos
discursos y estrategias de seguridad (que siempre han estado relacionados en
nuestra vida cotidiana y en el habla corriente) también en la acción política y la
reflexión académica. Esta necesidad se debe, al menos a dos razones:
2. Además, puede darse incluso el caso de que afrontar unilateralmente una forma
de seguridad resulte ineficaz a la hora de reducir esa misma fuente de inseguridad,
42
si se ignoran sus conexiones causales con otras fuentes. Por ejemplo, la lucha
contra el narcotráfico, contra la insurgencia armada o contra el terrorismo con
medios exclusivamente militares puede resultar ineficaz si se ignoran la inseguridad
económica y de otros tipos que pueden estar empujando a los campesinos a cultivar
la coca, la marihuana o la amapola, o que animan a nuevas generaciones de
insurgentes o de terroristas a reemplazar a los abatidos por las fuerzas de
seguridad.
Por estas dos razones y algunas más, han aparecido en los últimos años varios
conceptos de amplio espectro que quieren reivindicar, con distintos matices, esa
necesidad de sentirnos seguros simultáneamente frente a diversas amenazas; esa
necesidad a la que, de forma más o menos imprecisa, respondía ya el concepto
cotidiano de “seguridad”.
The battle for peace has to be fought on two fronts. The first is the
security front where victory spells freedom from fear. The second is
the economic and social front where victory means freedom from
want. Only victory on both fronts can assure the world of an
enduring peace [...] No provisions that can be written into the
Charter will enable the Security Council to make the world secure
from war if men and women have no security in their homes and
their jobs.
Otro ejemplo lo proporciona años más tarde (1982) el Informe de la Comisión Palme,
que adoptó el concepto de “seguridad común”, un claro antecedente de la noción
de “seguridad humana”. Entre otras conclusiones, aquel informe señalaba la
43
necesidad de que la seguridad internacional descanse más en un compromiso por
la supervivencia conjunta que en la amenaza de la destrucción mutua. Este
concepto de “seguridad común” recibió un importante impulso a partir de 1992 con
el establecimiento del Common Security Forum. Esta red, patrocinada entre otros
por el Centre for History and Economics (King’s College, Cambridge) y el Harvard
Centre for Population and Development Studies, ha tenido la finalidad de facilitar el
diálogo entre investigadores y políticos sobre la naturaleza de la seguridad en el
mundo actual (Edson, 2001).
44
económicos y humanos, en menoscabo de otros muchos bienes que son necesarios
para la seguridad integral de las personas: educación, sanidad, prevención de
catástrofes, etc.
Con relación a este segundo aspecto, el economista y filósofo Amartya Sen, uno de
los defensores más destacados del concepto, ha señalado que, en el terreno
económico, cuando la situación va a mejor, a menudo todos mejoran algo, pero
cuando va a peor, la medida en que unos y otros caen es muy diferente, por lo que
estas situaciones nos proporcionan una medida más precisa de la desigualdad
humana. Por su parte, Ulrich Beck (1997) ha señalado que la desigualdad en las
sociedades contemporáneas puede entenderse cada vez más en términos de la
desigualdad en la distribución de los riesgos. Es, por tanto, necesario que una
sociedad justa reduzca la vulnerabilidad de los más débiles frente a las
45
adversidades de cualquier tipo (crisis económicas, ambientales, sanitarias,
alimentarias, etc.).
“proteger el núcleo vital de todas las vidas humanas, de forma que se promuevan
las libertades humanas y la realización humana. Seguridad humana significa
proteger a la gente de amenazas críticas y endémicas”.
46
conseguido algunos logros prácticos no despreciables, como el establecimiento de
un tratado considerablemente efectivo sobre minas [Link].
47
el término “seguridad humana” el que éste se acabara prestando a estas piruetas
argumentativas.
48
tendríamos la seguridad de la ciencia occidental frente a los conocimientos locales
y la seguridad de los conocimientos masculinos frente a las creencias de las
mujeres. De esta forma, el concepto de seguridad se habría constituido como un
concepto etnocéntrico y androcéntrico. De ahí que Vicent Martínez prefiera hablar
de confianza en las posibilidades de los seres humanos mejor que de seguridad,
aunque espera que el adjetivo “humana” incorpore el cuidado de los otros y la
confianza en las capacidades de los seres humanos para desarrollarse.
2. Bien en un mero lema movilizador, sin definición precisa, al que puede recurrirse
cuando interese construir coaliciones coyunturales de grupos heterogéneos en
identidad y convicciones (ONGs, gobiernos, organismos internacionales...).
4. Bien en un término definido y utilizado por las elites occidentales para imponer
sus propias concepciones del orden mundial a los excluidos del proceso de
construcción del concepto (países y culturas del Tercer Mundo, mujeres,
minorías...).
49
los estados se valen de la fuerza, el uso y el control de la fuerza militar. De acuerdo
con Paris, el campo de los estudios sobre seguridad se habría hecho a la vez más
“amplio” y más “profundo”. Más amplio al ocuparse de amenazas de naturaleza no-
militar, como las ambientales, sanitarias o demográficas; más profundo, porque ya
no se ocupa sólo de las amenazas externas a los estados, sino de todas las que
afectan a individuos o grupos. Pues bien: el término “seguridad humana” serviría
para identificar adecuadamente aquella sección de los estudios sobre seguridad
que se ocupa de las amenazas (militares o no-militares) a la seguridad de individuos
o grupos, mientras que otras ramas se ocuparían, respectivamente, de las
amenazas de carácter militar a los estados, de las amenazas no-militares a la
seguridad de los estados y de las amenazas exclusivamente militares a individuos
y grupos.
Ahora bien: ¿es posible aspirar a unos usos algo más ambiciosos y, sin embargo,
legítimos del concepto de seguridad humana, unos usos más acordes con las
aspiraciones de quienes lo acuñaron inicialmente? En lo que resta del capítulo voy
a intentar argumentar a favor de esta posibilidad.
50
seguridad con ciertos componentes comunes, aunque otros sean culturales o
idiosincrásicos.
Por si sirve de consuelo, mencionaré de paso que este tipo de dificultades no son
exclusivas del ámbito soft de los derechos humanos, las concepciones del
desarrollo, etc. Tampoco faltan situaciones análogas en las ciencias naturales. Por
ejemplo, pensemos en los criterios utilizados para comparar teorías científicas, para
establecer cuál de dos teorías rivales debemos elegir. Evidentemente, no se trata
de una cuestión baladí, pues de la elección de estos criterios dependerá el que
decidamos que una teoría científica es, en definitiva, una buena teoría o, al menos,
la mejor de las disponibles. Nos estamos refiriendo a los llamados valores
epistémicos, como la capacidad explicativa, la precisión o la simplicidad. Muchos
metodólogos habrán soñado con disponer de una definición inequívoca y
universalmente aceptada de cada uno de esos términos y construir, a partir de ellos,
51
una especie de algoritmo automático para la elección teórica: dadas dos teorías
rivales, se comprobará cuál de ellas es (v. gr.) más explicativa (en un sentido bien
definido de “explicación”), resultando ésa elegida y la teoría alternativa,
abandonada.
Pero, además (y este segundo factor resulta más pertinente para nuestra discusión),
en ocasiones las dificultades provienen del hecho de que las partes en disputa no
disponen de una definición compartida del valor epistémico utilizado en la
comparación de teorías rivales. Pensemos, a modo de ilustración, en el concepto
de “simplicidad”. Siguiendo con ejemplos extraídos de la historia de la astronomía,
tanto Copérnico como sus oponentes estaban de acuerdo en aceptar la simplicidad
como un criterio pertinente a la hora de preferir un modelo del Universo u otro. Pero
ese acuerdo no proporcionó un algoritmo de elección de teoría, ya que uno y otro
bando se atenían a concepciones diferentes de la simplicidad y podían sostener, de
acuerdo con la concepción propia, que su respectivo modelo era más simple que el
rival.
¿Qué lección debemos extraer de estos ejemplos? ¿Quizás que conceptos como
“precisión”, “explicación” o “simplicidad” no desempeñan, de hecho, ninguna función
en la ciencia? Ciertamente no. ¿Que, en cualquier caso, no deberían desempeñarlo,
dada la falta de unanimidad acerca de sus respectivas definiciones? Tampoco. A lo
largo de los siglos, científicos y metodólogos han insistido en mantenerlos a pesar
de las dificultades, si bien se han afanado en proporcionar definiciones más
precisas, en consonancia con sus respectivas concepciones del método científico.
Ahora bien: ¿es sensato exigirle más al recién acuñado concepto de seguridad
humana que al milenario concepto de simplicidad? Algunos de los críticos del
primero parecen pedirle que proporcione algo así como un algoritmo de decisión en
cada situación. Por ejemplo, en circunstancias valoradas como de alta inseguridad
humana, el concepto debería permitirnos establecer cuáles son los componentes
del concepto que tienen una realización pobre en esa situación, jerarquizar las
carencias que sufre la población (en caso de que no sea posible, como suele ser lo
habitual, remediarlas todas simultáneamente), y recomendar las medidas oportunas
52
para, atacando las principales causas parciales de inseguridad, mejorar los niveles
de seguridad humana global. Como el concepto no permitiría realizar estos objetivos
(entre otras razones, debido a la falta de una definición precisa y compartida), su
utilidad, tanto práctica como analítica, sería dudosa.
Pero en las críticas que siguen este tenor, se están mezclando habitualmente dos
cuestiones diferentes: la precisión y la unanimidad. Pues se suele afirmar que el
concepto no es preciso, que es ambiguo, porque no hay unanimidad en la definición.
Ahora bien: si lo que se exige es unanimidad en la definición, podemos reconocer
que ésta probablemente no llegue nunca, como probablemente no se alcance
tampoco nunca en torno a la definición de términos como “derechos humanos” o
“simplicidad”. Pues los conceptos a los que nos referimos mediante estos términos
son, como se ha señalado, conceptos construidos y es legítimo que diversos
enfoques teóricos los construyan de maneras diferentes. De hecho, la definición de
estos conceptos será normalmente uno de los escenarios principales de
confrontación entre esos enfoques teóricos.
¿Y qué decir de los usos del término como lema movilizador? No es sorprendente
que quienes utilizan el término “seguridad humana” para unir voluntades en una
determinada campaña (ya sea contra las minas anti-persona o contra la política de
seguridad de un gobierno) no estén en condiciones de especificar una definición
muy precisa. Pues ni sus pretensiones son académicas ni les corresponde diseñar,
al modo de funcionarios de una agencia gubernamental o internacional, un
programa de medidas. Lo que necesitan es convocar una coalición, tan amplia como
sea posible, en torno al común denominador de las respectivas definiciones de
seguridad humana. Esas coaliciones serán diferentes según el objetivo de la
movilización, y podrán también serlo, por tanto, el común denominador compartido
por los individuos y grupos implicados. Pero tales circunstancias no tendrían por
qué cuestionar la legitimidad y la utilidad de esas movilizaciones, del mismo modo
que estaría fuera de lugar poner en duda la legitimidad y la utilidad de las
movilizaciones a favor de los derechos humanos simplemente porque los
53
participantes en cada una de ellas seguramente no comparten una concepción
única acerca de la extensión precisa del término “derechos humanos”.
Con respecto al segundo criterio, está claro que una vez hemos renunciado a
esperar una completa unanimidad en la definición del concepto, lo más que
podemos valorar, en lo tocante a los usos teóricos del mismo, es la fecundidad de
54
cada concepción particular de la seguridad humana y su aplicación para el análisis
de casos concretos y para la propuesta de medidas que promuevan la seguridad.
En este punto, alguien podría protestar: si permitimos tal pluralidad, ¿por qué no
utilizar términos distintos en cada caso en vez de hablar en todos ellos,
equívocamente, de “seguridad humana”? Al menos, por dos razones:
El concepto en acción
55
Los ejemplos podrían multiplicarse. Así, el concepto de seguridad humana nos
proporciona un buen arsenal de argumentos contra la política de seguridad de la
actual Administración norteamericana, con su unilateralismo, su resistencia a
someterse a la jurisdicción de organizaciones como el Tribunal Penal Internacional,
su apuesta por la tecnología de punta militar y la guerra como respuesta al
terrorismo, su negativa a integrarse en acuerdos internaciones sobre
medioambiente como el Protocolo de Kyoto, su permisividad con la fabricación y
venta de armamento, dentro y fuera de sus propias fronteras. Por todo ello,
podemos considerar esa política de seguridad como una patología de la seguridad,
que está sacrificando componentes fundamentales de nuestra seguridad para
promover, con un éxito muy dudoso, una sola vertiente de la seguridad humana.
Sigamos con los ejemplos. Ya he mencionado cómo Jana Arsovska (2005) utiliza el
concepto de seguridad humana para criticar los bombardeos de la OTAN sobre la
antigua Yugoslavia. Al mismo tiempo, Arsovska rechaza los intentos de justificar la
intervención militar de la Alianza Atlántica invocando la noción de seguridad
humana, entre otras razones porque la estrategia empleada ni tenía como objetivo
principal la protección de la población civil, con independencia de la adscripción
nacional o étnica de ésta, ni ciertamente logró tal objetivo, ni a corto ni a largo plazo.
De acuerdo con este autor, tanto la guerra contra el narcotráfico como la lucha
contra la insurgencia armada están resultando bastante ineficaces en sí mismas y
están produciendo niveles inaceptables de inseguridad económica, ambiental,
sanitaria, personal, comunitaria y política, especialmente en el Departamento del
Putumayo, en el que el autor centra su estudio.
56
En efecto, esa política de seguridad:
Ejemplos como éste ilustran que el concepto de seguridad humana puede ser
operativo en la crítica de políticas vigentes de seguridad y en la elaboración de
propuestas alternativas para situaciones concretas. Creo, por tanto, que, sin
necesidad de que nos casemos dogmática y definitivamente con él, el concepto se
merece que le demos una oportunidad, como en su día se lo dimos a los de
“derechos humanos”, “desarrollo humano” o “desarrollo sostenible”.
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59
Tres Momentos Para Entender la Seguridad Nacional de México8
Primer momento
Como consecuencia de lo anterior, podemos señalar que son limitados los espacios
académicos para estudiar la SN en México, como se puede apreciar en un análisis
hecho de catorce planes de estudio de la licenciatura en Relaciones Internacionales.
El criterio para seleccionar estas Instituciones de Educación Superior se basó en la
consulta del documento publicado por el periódico El Universal titulado “Las mejores
universidades de México” (2014, marzo 18). A los diez primeros lugares de ese
documento agregué cuatro planes de estudios de instituciones académicas
destacadas10. Se obtuvieron los siguientes resultados:
8
Publicado originalmente Revista de El Colegio de San Luis, vol. IV, núm. 7, enero-junio, 2014, pp.
236-255.
9
UNAM, Facultad de Estudios Superiores Aragón. Correo electrónico: alemarse@[Link]
10
El Colegio de San Luis , el Instituto Tecnológico de México, el Tecnológico de Estudios Superiores
de Monterrey y la Universidad La Salle.
60
2. En el Centro de Investigación y Docencia Económica, en la licenciatura en Ciencia
Política y Relaciones Internacionales, en el quinto semestre se cursa la
asignatura obligatoria Seguridad Internacional (Centro de Investigación y
Docencia Económicas, s/f).
3. En la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional
Autónoma de México (UNAM), en el plan de estudio de Relaciones
Internacionales se encontró una materia optativa, Soberanía, Democracia y
Seguridad Nacional, y otra que trata este tema en forma indirecta, Geopolítica.
Las cuales se pueden cursar a partir del séptimo y hasta el noveno semestre
(UNAM, 2007).
4. En la Universidad de las Américas de la ciudad de México su plan de estudios de
la licenciatura en Relaciones Internacionales no contempla ninguna asignatura
relacionada con la SN (Universidad de las Américas, s/f).
5. En la Universidad de Guadalajara se estudia Relaciones Internacionales en el
Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, en cuyo plan de
estudios encontramos una asignatura obligatoria, Geopolítica, que, como se ha
dicho, se relaciona con la SN, así como una optativa relativa a la SN (UdeG,
Guía de carreras, s/f).
6. En la Universidad de las Américas en Puebla, en el plan de estudios de la
licenciatura en Relaciones Internacionales, se encontraron dos asignaturas
obligatorias; una en cuarto semestre, Geopolítica y Recursos Naturales, que
trata en forma indirecta temas relacionados con la SN, y en sexto semestre,
Seguridad en el Contexto Global (Universidad de las Américas Puebla, s/f).
7. En el Instituto Tecnológico de Estudios de Occidente se imparte la licenciatura en
Relaciones Internacionales. Luego de analizar su plan de estudio, no se
encontró asignatura alguna relacionada con la SN (ITESO, s/f).
8. En la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la UNAM, en el plan de estudio
de Relaciones Internacionales no se incluye ninguna materia dedicada al tema;
sin embargo, hay una optativa que, por su denominación, trata temas relativos
a la SN, Geopolítica, la cual se puede cursar en el noveno semestre (UNAM,
FES-Acatlán, 2004).
9. En la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en el plan de la Licenciatura
en Relaciones Internacionales encontramos la asignatura
Geopolítica que,
como ya se mencionó, en ella se tratan algunos temas de la SN en forma
indirecta (BUAP, s/f).
10. En la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la UNAM, en el plan de
estudios de la licenciatura en Relaciones Internacionales no se encontró
ninguna asignatura dedicada al tema de la SN (UNAM, FES Aragón 2007).
11. El Colegio de San Luis, en el plan de estudios de la Licenciatura en Relaciones
Internacionales hay una materia obligatoria en sexto semestre dedicada a la
SN denominada Doctrinas de Seguridad Nacional, y en ese mismo semestre
61
se cursa, también en forma obligatoria, otra llamada Desarme y Seguridad
Internacional (El Colegio de San Luis, s/f).
12. En el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) se imparte la
Licenciatura en Relaciones Internacionales. Luego de revisar su plan de
estudios, encontramos que no hay ninguna asignatura que haga referencia a
la SN (ITAM, s/f).
13. En el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, en el plan de
estudios de la carrera en Relaciones Internacional se encontró la asignatura
Geopolítica y Cambios Globales, que se cursa como obligatoria en el tercer
semestre (ITESM, s/f).
14. En el plan de estudios de la licenciatura en Relaciones Internacionales que se
imparte en la Universidad Iberoamericana hay una materia obligatoria en
séptimo semestre que trata estos temas, Desarme y Seguridad Internacional
(Universidad Iberoamericana, 2004).
15. En la Universidad La Salle se imparte la Licenciatura en Relaciones
Internacionales, en cuyo plan de estudios encontramos una asignatura
obligatoria, en octavo semestre, denominada Amenazas a la Seguridad
Internacional (Universidad La Salle, s/f).
De los quince planes de estudio, en cinco no hay referencia alguna a la SN. En tanto
que en los diez restantes tenemos las siguientes consideraciones:
A los quince planes de estudio de licenciatura habría que agregar que en México
sólo dos instituciones académicas están dedicadas al estudio de la SN: el Colegio
de Defensa Nacional, que depende de la Universidad del Ejército y la Fuerza Aérea
(Secretaría de Defensa Nacional, s/f), y el Centro de Estudios Superiores Navales;
en ambas se puede estudiar la Maestría en SN, y en la segunda de ellas también
se imparte la Maestría en Seguridad Nacional en línea y el Doctorado en Defensa y
Seguridad Nacional (Secretaría de Marina, Centro de Estudios Superiores Navales,
s/f).
62
tal es el caso de los que imparten la Universidad Iberoamericana, el Instituto
Tecnológico Autónomo de México, el Instituto Nacional de Administración Pública y,
recientemente, la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.
Segundo momento
Continuando la cita del texto del doctor Jorge Chabat, “En el segundo nivel está el
concepto de seguridad nacional proclamado o cialmente por el gobierno. Se puede
ubicar claramente en los pronunciamientos presidenciales, o de altos funcionarios
gubernamentales o en documentos explícitos” (Chabat, 1994:99). En ese orden de
ideas, el término seguridad nacional apareció por primera vez en un documento o
cial en 1973, en el Reglamento Interior de la Secretaría de Gobernación, en el cual
se encargaba formalmente a la Dirección Federal de Seguridad (DFS) la recolección
y el análisis de la información relacionada con la Seguridad de la Nación (DOF,
1973, julio 27).
63
autodeterminación y el rechazo a la política de bloques y
hegemonías (Secretaría de Programación y Presupuesto, 1983:58-
61).
En esta otra interpretación tenemos una postura pacifista que se fundamenta en los
principios de la política exterior de México que fueron llevados al texto constitucional
precisamente en la administración del presidente De la Madrid. También este
concepto se debe al contexto que vivió México en el con icto centroamericano, en
el que fue impulsor de la vía negociadora y pacífica mediante el Grupo Contadora.
Se puede apreciar que se da una continuidad entre los planes de 1989 a 2000; eso
mismo se verá en las instituciones encargadas de la SN. Sin embargo, fue en ese
sexenio, en el cual se inició una estrategia en contra de la inseguridad pública con
64
la creación de la Policía Federal Preventiva, cuando se aceptó que este tema había
rebasado las instancias institucionales civiles para empezar a convertirse en un
problema de SN.
Ese Plan señala también una agenda de amenazas a la SN: “Las verdaderas
amenazas a las instituciones y a la seguridad nacional las representan la pobreza y
la desigualdad, la vulnerabilidad de la población frente a los desastres naturales, la
destrucción ambiental, el crimen, la delincuencia organizada y el tráfico ilícito de
65
drogas” (Poder Ejecutivo Federal, 2001:128). Esta agenda representa un cambio,
ya que por primera vez se establece que la pobreza de buena parte de la población
mexicana es una amenaza a la SN, y ya quedan fuera de este discurso los temas
tradicionales de preservación de la soberanía y de la independencia.
Tercer momento
Siguiendo con la cita de Chabat, finalmente, “En un tercer nivel, podríamos ubicar a
la ‘seguridad nacional realmente existente’. Esto es, más allá de las declaraciones
públicas gubernamentales de lo que constituye la seguridad nacional, los gobiernos
desarrollan conductas para proteger sus intereses ‘reales’ (o los que los gobiernos
consideran así)” (1994:100).
66
La inteligencia se refiere a la información importante para la formulación e
instrumentación gubernamental a fin de mejorar sus intereses de SN y enfrentar las
amenazas de los adversarios potenciales contra aquellos intereses. Como
actividad, la inteligencia comprende la colección y el análisis de información
importante para la formulación e instrumentación de la política de SN. También
incluye actividades para contrarrestar las acciones de inteligencia de los
adversarios, negándoles el acceso a información o engañándolos acerca de ciertos
acontecimientos y su importancia.
Leonardo Curzio comenta que la inteligencia debe tratarse como una metodolo- gía
que, usada con propósitos edi cantes, puede tener una estatura pública decorosa.
Para ello, los siguientes aspectos deben arraigarse socialmente: 1) la labor de
inteligencia es necesaria para la supervivencia de un régimen democrático; 2) el
acuerdo político sobre las agendas de trabajo y las prioridades de inteligencia; 3) el
control sobre el órgano de inteligencia; 4) una comprensión general de la
importancia y los alcances de la ley de inteligencia; 5) los secretos oficiales, y 6) la
profesionalización de la labor de inteligencia (Curzio Gutiérrez, 2007:107-109).
Aquí cabe mencionar que no hubo ley en la materia hasta 2005, por lo que no aplica
el punto cuatro; de los puntos del uno al tres y el cinco se tratan en forma
discrecional de acuerdo con el presidente de la República y al secretario de
Gobernación en turno, en tanto que se realizó una profesionalización, pero desde la
década de los ochenta.
En forma paralela a esta línea del tiempo debe establecerse la figura del presidente
de la República, el gran tomador de decisiones del más alto nivel en temas de SN
de nuestro sistema político.
67
El cambio en esas estructuras empezó a fines de los años ochenta; el gobierno
mexicano dio un giro de 180 grados en la forma de operar la toma de decisiones del
más alto nivel en materia de SN. El presidente Carlos Salinas de Gortari creó, en
enero de 1989, el Gabinete de Seguridad Nacional (GSN), instancia dependiente de
la Oficina de la Presidencia.
Las reuniones de este gabinete se realizan por convocatoria del presidente, con el
fin de analizar temas de alta prioridad para la nación, tomar acuerdos y resoluciones
sobre cuestiones específicas, además de brindar apoyo técnico y asesoría al
presidente. La función de este gabinete se concreta a dar respuesta coordinada a
posibles riesgos que vulneren la soberanía nacional, el marco de libertades, la paz
social, las instituciones y todo aquello que pueda afectar el desarrollo normal de la
vida política, económica y social del país.
El GSN siguió funcionando durante el sexenio del presidente Ernesto Zedillo pero
al inicio de la Administración del presidente Vicente Fox dejó de operar y entró en
funciones la Consejería de Seguridad Nacional, que quedó a cargo de Adolfo Aguilar
Zinser, quien inició el desarrollo de una estructura de asesoría para que el
presidente tomara decisiones en materia de SN. Sin embargo, al año en ese
encargo fue removido y designado embajador permanente de México ante la
Organización de las Naciones Unidas; literalmente pasó de manejar las estructuras
de la SN a las estructuras de la Seguridad Internacional.
68
luego de quince meses de indefinición en materia de SN, el 9 de abril de 2003 se
publicó en el Diario Oficial de la Federación el acuerdo por el que se vuelve a
reactivar el GSN. En este documento se menciona que la SN es una condición
imprescindible para alcanzar y mantener la integridad, estabilidad y permanencia de
la Nación y los demás objetivos de ésta, basada en la preservación de la soberanía
y la independencia nacionales y la defensa del territorio; el mantenimiento del orden
constitucional y el fortalecimiento de las instituciones democráticas de gobierno; la
unidad nacional, la cohesión social y la protección de la vida y los derechos de los
mexicanos; la defensa legítima de los intereses vitales de la Nación respecto del
exterior, y la preservación de la democracia fundada en el desarrollo económico,
social y político del país y sus ciudadanos.
Como hemos señalado, se tiende a confundir SN con inteligencia para la SN. A fines
de los años ochenta, en febrero de 1989, por decreto expedido por el presidente
Salinas, se modificó el Reglamento Interior de la Secretaría de Gobernación, modi
cación que incluyó que la Dirección General de Investigación y Seguridad Nacional
se transformara en el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), cuyo
objetivo general es formar un sistema de inteligencia capaz de re- colectar,
procesar, difundir y explotar la información relacionada con la SN. Esta
transformación vino a sustituir las añejas estructuras de la Dirección Federal de
Seguridad y de la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales para formar un
órgano de inteligencia civil acorde con las transformaciones políticas y sociales que
experimentaba el país en aquel entonces y apto para hacerle frente a los desafíos
que planteaba el eventual fin de la Guerra Fría.
Jorge Tello Peón, quien fue director general del CISEN, al referirse a este
organismo, expresó:
No es, y no será, la historia de los órganos de inteligencia la historia
de sus éxitos; desgra- ciadamente los órganos de información
están para un mantenimiento del statu quo; sí, efectivamente, y
será responsabilidad de los políticos y de la sociedad el perfeccio-
namiento de ese statu quo, y no de su estancamiento; los sistemas
de información, en la medida que sean profesionales tendrá que
responder a ese gobierno legítimamente constituido y los sistemas
de información tendrán una historia de sus fracasos, nada más,
pues sus éxitos están por saberse siquiera para sentirse (Tello
Peón, 1994:37).
69
Al respecto, uno de los especialistas mexicanos sobre la materia señala que “Los
servicios de inteligencia tienen la misión de reunir información y procesarla para
anticipar y explicar la magnitud, las características y el origen de las amenazas a la
nación. Los documentos que se elaboran a partir de esa información (es decir, la
inteligencia) alimentan la toma de decisiones de los gobernantes, incluida la
utilización de la violencia (Aguayo Quezada, 1997:185).
Este mismo autor señala que, sin embargo, hay unamejoría en la forma de funcionar
del CISEN, para lo cual nos indica que:
[...] es necesario reconocer que en épocas recientes el CISEN ha
contratado personal más tolerante, menos agresivo ante las
diferencias. Este per l re eja los cambios de nuestra sociedad. Poco
a poco, los servicios de inteligencia se transforman, y sus miembros
son capaces de entender la naturaleza de los sectores
independientes u opositores, al mismo tiempo que se a na su
percepción de sí mismos y de su misión (Aguayo Quezada,
1997:202).
70
integrantes de las fuerzas armadas colaboran comisionados en el CISEN,
pero no es común que funcionarios del CISEN estén comisionados en las
fuerzas armadas; sí los hay, pero en las instancias educativas: Colegio de
Defensa Nacional y Centro de Estudios Superiores Navales, mas no en las
áreas operativas.
71
El CSN es una instancia deliberativa cuya finalidad es establecer y articular la
política en la materia. Por tanto, conocerá los asuntos siguientes: 1) la integración y
coordinación de los esfuerzos orientados a preservar la SN; 2) los lineamientos que
permitan el establecimiento de políticas generales para la SN; 3) el Programa para
la Seguridad Nacional y la definición anual de la Agenda Nacional de Riesgos; 4) la
evaluación periódica de los resultados del Programa y el seguimiento de la Agenda
Nacional de Riesgos; 5) los programas de cooperación internacional; 6) las medidas
necesarias para la SN, dentro del marco de atribuciones previsto en la Ley de
Seguridad Nacional y en otros ordenamientos aplicables; 7) los lineamientos para
regular el uso de aparatos útiles en la intervención de comunicaciones privadas; 8)
los lineamientos para que el CISEN preste auxilio y colaboración en materia de
Seguridad Pública, procuración de justicia y en cualquier otro ramo de la
Administración Pública que acuerde el Consejo; 9) los procesos de clasificación y
desclasificación de información en materia de Seguridad Nacional, y 9) los demás
que establezcan otras disposiciones o el Presidente de la República.
Una vez explicadas las estructuras del GSN y del CSN, se observa que sus
capacidades son similares. Ambas instituciones existen en paralelo. La capacidad
del CSN es identificar los problemas de la SN y tomar las decisiones pertinentes al
caso, con el fin de neutralizarlos o erradicarlos, empleando el poder nacional
representando en primera instancia por las Fuerzas Armadas y las Fuerzas
Federales.
Conclusiones
72
El recorrido por la SN en México desde tres aspectos nos ha brindado la oportunidad
de conocer un panorama de este tema. Asimismo, hemos visto su actual marco
legal y las instituciones que lo integran.
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