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Carolina Coronado: Diplomacia y Poesía

El matrimonio de Carolina Coronado con Horacio Perry, secretario de la embajada de los Estados Unidos en Madrid, situó a la escritora en una posición de privilegio para ejercer entre diplomáticos y políticos la autoridad y el prestigio que se había ganado como poeta.
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Carolina Coronado: Diplomacia y Poesía

El matrimonio de Carolina Coronado con Horacio Perry, secretario de la embajada de los Estados Unidos en Madrid, situó a la escritora en una posición de privilegio para ejercer entre diplomáticos y políticos la autoridad y el prestigio que se había ganado como poeta.
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CAROLINA CORONADO Y HORACIO PERRY EN EL CONTEXTO

POLÍTICO DEL SIGLO XIX

CAROLINA CORONADO AND HORATIO PERRY IN THE NINETEENTH CENTURY


POLITICAL CONTEXT

Isabel María Pérez González


Profesora IES San José de Badajoz

RESUMEN: El matrimonio de Carolina Coronado con Horacio Perry, secretario de la


embajada de los Estados Unidos en Madrid, situó a la escritora en una posición de privilegio para
ejercer entre diplomáticos y políticos la autoridad y el prestigio que se había ganado como poeta. En
efecto, en la segunda mitad del siglo XIX, esto es, en un periodo en el que la historia de España estuvo
marcada por la inestabilidad política y la violencia social, Carolina Coronado supo establecer
relaciones de amistad y camaradería con los más destacados dignatarios de todos los partidos,
convirtiendo así la atmósfera de sus tertulias en aquel espacio de diálogo y tolerancia que tanto
necesitaba la vida pública española. Con idéntico talante, la señora Perry puso autoridad y prestigio al
servicio de la distensión diplomática, en el curso de unas relaciones entre España y los Estados Unidos
que estuvieron jalonadas de conflictos. Y fue precisamente en aquellos momentos de tensión cuando el
carisma social y la voluntad pacificadora de la pareja Perry Coronado se erigieron en instrumento
decisivo para la concordia.

Palabras clave: Carolina Coronado, Horacio Perry, política, diplomática, Estados Unidos.

SUMMARY: Carolina Coronado's marriage with Horace Perry, secretary of the U.S. Embassy
in Madrid, placed the writer in a strong position to exert diplomatic and political between the authority
and prestige she had earned as a poet. Indeed, in the second half of the nineteenth century, that is, a
period in the history of Spain was marked by political instability and social violence, Carolina Coronado
learned to establish relations of friendship and camaraderie with leading dignitaries of all parties,
thereby making the atmosphere of their gatherings in that space of dialogue and tolerance much needed
Spanish public life. With the same spirit, Ms. Perry put authority and prestige to the diplomatic detente in
the course of relations between Spain and the United States that were punctuated by conflict. It was
precisely in those tense moments when the social charisma and willingness to partner Perry
peacekeeping Coronado were erected in harmony instrument.

89
Keywords: Carolina Coronado, Horace Perry, politics, diplomatique, les États-Unis

ACTAS DE LAS III JORNADAS DE ALMENDRALEJO Y TIERRA DE BARROS


(18-19 de noviembre de 2011)
Almendralejo, Asociación Histórica de Almendralejo, 2012, pp. 89-132.

90
Si atendemos a las informaciones que se desprenden de los poemas, recuerdos y
fechas anotadas por Carolina Coronado en el álbum familiar que se conserva, el 14 de
febrero de 1852 la poetisa de Almendralejo conocía a quien meses después habría de
convertirse en su esposo.31 Hablamos de Horatio Justus Perry, un joven graduado de
Harvard, rico, viajero infatigable, de extensa formación humanística y un profundo
conocimiento de la Historia y la Literatura españolas, quien desde 1849 ocupaba en
Madrid la secretaría de la embajada de los Estados Unidos. Por la correspondencia
familiar de Horacio Perry y la documentación biográfica y diplomática que se conserva,
podemos asegurar que desde su llegada a la corte española, el joven americano supo
granjearse la simpatía de las personalidades más influyentes de la diplomacia, la cultura
y la política española de su tiempo.32
Esta afirmación viene corroborada por el exitoso ejercicio diplomático de Perry
en el curso de las distintas crisis a que hubo de hacer frente desde el comienzo mismo
de su carrera. Hemos de decir que origen de estos conflictos se cifra en la política
expansionista planteada por sucesivos gobiernos de los Estados Unidos que pusieron en
su punto de mira las colonias españolas del Caribe, especialmente la isla de Cuba,
prácticamente desde comienzos del siglo. Sin embargo, fue en los años 40 con la
administración del presidente Polk -artífice de la anexión de Texas y de Oregón y
responsable de la guerra contra México- cuando se intensificaron las presiones sobre el
gobierno español por la adquisición de la isla. Paralelamente, en esa misma década,
habían ido tomando consistencia las aspiraciones secesionistas de los criollos cubanos,
cuyos movimientos eran alentados de forma interesada por los hacendados del Sur de
los Estados Unidos, quienes aspiraban a hacerse con la colonia española. Bajo estos
designios, las relaciones diplomáticas entre ambas naciones iban a definirse como un
auténtico forcejeo que habría de durar buena parte del siglo XIX y que en los momentos
más críticos iba a requerir de un verdadero ejercicio de templanza.
31
Cf. ANDRÉS MARTÍN, Melquiades y FUENTES NOGALES, Mª del Carmen, Aula Carolina
Coronado. Catálogo del Archivo, Cáceres, Obispado de Coria-Cáceres, 1998. pp. 70-73.
32
Cf. CASTILLA, Alberto, ―Cuba‖, en Carolina Coronado de Perry, Madrid, Ediciones Beramar, 1987;
CHADWICK, French Ensor, The relation of The United States and Spain, New York, Charles Scribner‘s
Sons, 1909; CORTADA, James W., Two nations over time. Spain and The United Stated, 1776-1977,
Greenwood Press, Contribution in American History, number 74, Westport, Connecticut, London,
England, s. a.; Papers of Horatio Justus Perry. 1837-1892 (inclusive), Francis A. Countway Library of
Medicine, Rare Books Dept. BMS c36.1, Boston, (Massachusetts); PÉREZ GONZÁLEZ, Isabel María,
―Horacio Perry‖, en Carolina Coronado. Del Romanticismo a la Crisis Fin de Siglo, Badajoz, Del Oeste
Ediciones-Diputación Provincial, 1999; PERRY LOWE, Martha, ―Horatio Justus Perry. A Noted
Diplomat Native in New England‖, Boston Daily Globe, 2 de marzo de 1891; WHEELWRIGHT,
Edward, Harvard College. The class of 1844, Cambridge (Massachusetts), Cambridge University Press,
1896.
91
Pues bien, ese era el estado de la cuestión que habrían de afrontar de manera
intermitente la pareja Perry Coronado, una vez que se constituyó en matrimonio el 10 de
abril de 1852, según la liturgia protestante, y el 6 de julio de ese mismo año siguiendo el
rito católico.33 Enseguida, y como era costumbre en la llamada sociedad, el secretario de
la Embajada estadounidense y la reconocida poetisa que era Carolina Coronado,
abrieron los salones de su residencia madrileña -calle de Las Rejas, nº 2, principal- a las
personalidades más distinguidas de la cultura, la política y la diplomacia. Y en verdad
que las tertulias propiciadas por aquella pareja se convirtieron muy pronto en un
deseable espacio de encuentro para la reflexión intelectual, el intercambio literario y la
concordia política. Porque en medio de la corte isabelina -paraíso de la fastuosidad,
ratonera de mezquindades, hormiguero de irreconciliables controversias-, los Perry
Coronado supieron crear una atmósfera familiar, enriquecedora y pacífica, capaz de
acoger en amable camaradería a personalidades de las cultura en todas sus vertientes y a
protagonistas de la actividad pública de todas las tendencias.
No puede extrañarnos, por tanto, que en sus tertulias se congregaran polemistas
tan formidables como el elocuente liberal Salustiano Olózaga y el extremado carlista de
ardoroso y mordaz discurso Cándido Nocedal. Y que estuviera con ellos el natural
desparpajo, el cinismo, la brillantez de González Bravo, el antiguo Ibrahim Clarete,
libelista de El Guirigay, arrimado ya en aquel entonces al moderantismo.
Tradicionalistas, futuros demócratas y republicanos, moderados, diletantes; todos
acudían a la misma cita en el hogar de los Perry Coronado. Así, la oratoria opulenta,
exuberante, del artista del verbo que era el republicano Emilio Castelar, se codeaba con
el ceceo, la palabra de hierro, el democratismo de Nicolás María Rivero y la mirada
hosca, el dejo andaluz, el dominante gesto de El Espadón de Loja, el mismísimo
Narváez, presente de cuando en cuando tras el regreso de su exilio. Allí también Carlos
Rubio -el redactor de La Iberia, amante del progreso y la libertad, amigo de Pavía e
incondicional a Prim, semi harapiento y descuidado-, dibujando un brutal contraste con

33
Para conocer en detalle los pormenores del accidentado episodio biográfico que constituyó esta boda,
vid. el capítulo ―Enlace Perry Coronado: la odisea de una boda‖, en PÉREZ GONZÁLEZ, Isabel Mª,
Carolina Coronado. Del Romanticismo a la Crisis Fin de Siglo, Badajoz, Del Oeste Ediciones-Diputación
Provincial, 1999, pp. 237-296. Las principales bases documentales utilizadas en el mencionado capítulo
son las cartas familiares de Horacio Perry (Papers of Horatio Justus Perry. 1837-1892 (inclusive), Francis
A. Countway Library of Medicine, Rare Books Dept. BMS c36.1, Boston, MA.) y el capítulo ―San
Antonio María Claret y Carolina Coronado de Perry‖, en GUTIÉRREZ SERRANO, Federico, San
Antonio Mª Claret en Extremadura, Madrid, Editorial Alpuerto, 1994, pp. 197-245. Gutiérrez Serrano
remite a su vez a la documentación hallada en el Archivo Secreto Vaticano (Arch. Nunziatura Madrid
324, Tit. XI, Parte 3ª).
92
el exquisito ademán, la sobria elegancia del buen vestir y el conservadurismo del
extremeño Bravo Murillo; y con ellos otras figuras ilustres como Manuel de la Cortina,
siempre fiel a Espartero; militares como el general Laguna, Caballero Rodas, el marqués
del Duero y Evaristo San Miguel. Y otros muchos políticos de diversa índole como
Pidal, Sartorius, Orense, Villoslada o Pacheco, cuya amistad con Horacio Perry, en el
caso de este último, fue valiosísima en momentos difíciles de su gestión diplomática.
Todos, represores y represaliados, se daban cita a la convocatoria de Carolina
Coronado, una anfitriona carismática cuya postura favorable a una monarquía
progresista no comulgaba con la de muchos de sus invitados. La misma Carolina hacía
alarde de ello en una carta a su amigo García Tassara, en la que escribía:
Han venido más que otras veces a nuestra casa multitud de personas
pertenecientes a todos los partidos desde carlistas hasta republicanos. Como Perry es
completamente ajeno a las cuestiones de los partidos y yo no muestro parcialidad en las
diversas opiniones de mis amigos, ellos hacen conocer sus apreciaciones con toda
libertad.34
Pero al salón de Carolina Coronado acudían también literatos que eran al mismo
tiempo escritores, hombres de gobierno, altos cargos de la administración y la
diplomacia. Allí Martínez de la Rosa, tan indeciso en política como en literatura, ya
clásico, ya romántico, cada vez más conservador y menos liberal; o el Duque de Rivas -
académicos ambos, hombres de letras represaliados con Fernando VII y miembros
varias veces de posteriores equipos de gobierno-; o un venerable anciano -menos
político ya que los anteriores y menos obsequiado de la fortuna-, Manuel José Quintana,
encarcelado por el absolutismo e ilustre preceptor después de Isabel II. Rozaba
Quintana el final de una vida generosa en entrega a la patria y las letras, cuando
concurría a la tertulia de Carolina; parece que le gustaba hablar con ella de la tierra
común de sus antepasados, donde éste estuvo desterrado tanto tiempo. Y otro extremeño
en el salón de su paisana fue Adelardo López de Ayala, autor dramático y político que
llegó a desempeñar la presidencia del Congreso y la cartera del Ultramar. Era también
incondicional otro escritor, alto burócrata y diplomático en Turín, Nicomedes Pastor
Díaz, admirador fervoroso de Carolina a la que regaló con dedicatoria apasionada un
ejemplar de su mejor obra, De Villahermosa a la China; o Campoamor, quien
desempeñara entre otros cargos, el de director general de Beneficencia y Sanidad, autor

34
Carta de Carolina Coronado a Gabriel García Tassara, en MENDEZ BEJARANO, Mario, Tassara.
Nueva biografía crítica, Madrid, Imprenta de J. Pérez, 1928, pp. 29 y 30.
93
de El Drama Universal; igualmente, antes de que la diplomacia lo llevara de
Washington a Londres entre 1857 y 1869, el siempre amigo de Carolina, Gabriel García
Tassara, lejos ya de sus tremebundos descreimientos, incorporado a las filas del
realismo y la poesía civil.
La mayoría de ellos, antiguos liberales perseguidos, románticos desesperados en
su primera juventud, fueron abandonando la bohemia y el descontento, al compás de la
anulación o el abandono del romanticismo con el auge de la burguesía conservadora.
Absorbidos ya todos por el eclecticismo de la época, se fueron acomodando y acabaron
por aceptar gustosos carteras ministeriales, gobiernos de provincia, legaciones en el
extranjero. De este modo, Carolina Coronado, la musa romántica, la hermana menor de
sus primeros años, se transformó para ellos en una gran señora que albergaba
condescendiente y escéptica, sus fracasados intentos de progreso nacional. Y en verdad,
ya no tenía nada que ver aquel Zorrilla que al regreso de México habría de narrar en
casa de la poetisa la tragedia de su amigo el emperador Maximiliano, con el muchachito
escapado de Valladolid que, espíritu y melena al viento, recitara con peculiar y
melodiosa voz el fúnebre lamento a la muerte de Fígaro; ni era el mismo ese Miguel de
los Santos Álvarez que concurría a la tertulia, que aquel impenitente bohemio de El
Parnasillo, que parecía nacido para la conspiración, como su entrañable Espronceda.
Tampoco era bohemio ya Eulogio Florentino Sanz, todo romántico ardor cuando lloraba
la supuesta muerte de la joven Carolina Coronado; menos aun lo era Ramón de
Navarrete -el Asmodeo, el Marqués de Valle Alegre, el Pedro Fernández de las crónicas
mundanas y la oficiosa Gaceta-; ni siquiera Patricio de Escosura, varias veces ministro;
ni el periodista liberal, ferviente admirador de su anfitriona, Fernández de los Ríos, que
ocupó muchos y destacados cargos, ni tampoco Gil y Zárate, legislador de la Segunda
Enseñanza. Ya ninguno de los románticos supervivientes era el joven contestatario que
años atrás había ilustrado las algaradas callejeras con versos malditos de desafío a la
vida y a la muerte.
Pero en aquel salón de Carolina tenía cabida igualmente el hombre de letras
puro, el intelectual sin más apelativo. Era la nota literaria de la tertulia, escasa porque
eran escasos los escritores que no entraron directamente en el juego partidista, pero eran
éstos una nota ilustre: Juan Eugenio Hartzenbusch, Bretón de los Herreros, Mesonero
Romanos...

94
Sea como sea -políticos, políticos-literatos o literatos a secas- todos hacían
corrillo en torno a las novedades del teatro y la ópera, las noticias llegadas de Londres y
París, los acontecimientos del mundo y de la vida nacional. Allí se leía la prensa
española y extranjera, poemas, pasajes de novelas y dramas, saboreando el humeante
chocolate o el té. Hay una carta sin fecha de Carolina a Hartzenbusch que lo acredita:
Amigo Hartzenbusch; a Bretón le he convidado hoy para que venga el jueves a las 8 de
la noche a tomar una taza de té y temiendo, con razón, que su genio satírico se ensañe
conmigo porque uso de la prerrogativa que me concede el Mississipi para el susodicho
té, ruego a usted que venga también esa noche para tener un apoyo si se empeña en no
tomar una taza del buen inglés.
La verdad sea dicha yo quiero ver a usted y presentarles a una literata forastera. El té no
es más que la amiganza.
Soy su mejor amiga
C. C.
Lunes35
Porque también los intelectuales extranjeros tenían buena acogida en aquel
salón. Así, por ejemplo, en 1855 habría de visitar a los Perry el ilustre profesor James
Russel Lowell. Especialista en Cervantes y el Siglo de Oro español y uno de los grandes
poetas estadounidenses, fue el sucesor de su maestro Longfellow en las clases de
Literatura francesa y española de la Universidad de Harvard. Este hombre grande, de
pensamiento libre y espíritu renovador, que publicaba sus tesis abolicionistas en el
Pennsylvanian Freeman y el National Anti-Slavery Standard, impresionó enormemente
a Carolina Coronado sobre cuyo futuro compromiso con la abolición, planearon las
ideas de este pensador.36
Y así, entre destellos de respeto y admiración, la señora Perry fue dejando
agostar su voluntad poética. Porque si es cierto que hasta entonces la obra literaria de
Carolina había sido un sendero a la búsqueda de su gloria romántica como mujer, en
este punto del camino no sólo había renunciado ya a esa aspiración, sino que defendía la

35
Cf. PÉREZ GONZÁLEZ, Isabel María, ―La condición femenina en las cartas de Carolina Coronado a
Juan Eugenio Hartzenbusch‖, Revista de Estudios Extremeños, Badajoz, XLVIII, nº III, 1992, p. 314
(not. 140) y TORRES NEBRERA, Gregorio, Carolina Coronado. Obra en prosa. Mérida, Editora
Regional de Extremadura, 1999, t. III, p. 453 (not. 66), quien alude a nuestra sugerencia de que la "literata
forastera" podría ser su cuñada Martha Perry que en 1870 estuvo en Madrid con su marido, el reverendo
Charles Lowe, y sus dos hijas. Para esas fechas, Martha era ya una conocida poetisa cuyas experiencias
vividas durante el invierno de 1853 que pasó en España, habían inspirado parte de su poemario The Olive
and the Pine; or, Spain and New England, Boston, Crosby, Nichols, and Co., 1859.
36
En la biblioteca Widener (Universidad de Harvard) se conservan sendos ejemplares de Jarilla y La
rueda de la desgracia, dedicadas por Carolina Coronado a James R. Lowell, quien tras su estancia en
España durante 1855 habría de regresar en 1875 como embajador de los Estados Unidos.
95
bondad de sacrificar la creación poética femenina al desvelo maternal. Sólo de vez en
vez volvió a saltar a las prensas con alguna obra narrativa, alguna carta, algunos poemas
al toque de acontecimientos señeros. Así, los versos fechados el 29 de enero de 1854,
compuestos para el primer cumpleaños de su hijita Carolina. En esta composición
reveladora de su metamorfosis, la poeta lamenta la juventud perdida en angustias
infecundas y se retracta de sus antiguos afanes de triunfo, de su vocación literaria, inútil
ahora si no es para cantar las glorias de la maternidad:
Si canto ya será para dormirte,
y si me ven con el oído atento
no será para oír mi propio acento,
será, si te despiertas, para oírte;
si canto ya será para decirte
lo que al mecerte entre mis brazos siento;
pero jamás al número sujeta
cantaré con el tono del poeta.37
Esto es, la señora Perry había aprendido definitivamente a ser una mujer del
siglo, pero había pagado por ello el precio de la renuncia a su carrera literaria y de la
sumisa retractación. Lo cierto es que la tendencia al silencio poético de Carolina
Coronado fue un fenómeno común a todas aquellas escritoras que en la década de los 40
habían entablado la batalla por sus derechos literarios. Al mediar el siglo, el largo
combate de las poetisas se resolvió en favor de los cánones establecidos para el ángel
del hogar, antes de que éstas pudieran ampliar el estrecho código lírico que se les había
impuesto. Aquellas aguerridas escritoras que habían expresado a duras penas sus
motivos de inconformismo, se quedaron finalmente a las puertas de la libre expresión,
sin tiempo para reelaborar el lenguaje de la subversión romántica desde el yo de la
mujer. Sorprendentemente arrojaron la toalla cuando por fin parecía que les estaba
permitida la profesión literaria, dejando sólo en esbozo su proyecto de subjetividad
poética femenina. Así cuando en 1856 la ya señora Perry retomó en La Discusión su
serie de artículos sobre las escritoras, el giro que manifestaba en sus opiniones era
lamentable. Por ejemplo, en la ―Introducción‖ a su Galería de poetisas del 1 de mayo
del 56 expresaba:

37
Este poema fue recogido en la Revista Española de Ambos Mundos (tomo primero, Madrid, 1853, pp.
672-675), pero aparece firmado por "Carolina Coronado de Perry, Enero 29 de 1854". Y ese debió de ser
el momento de su creación, es decir, un año después del nacimiento de su hija, según confirman además
los versos "Pero ¿cuándo hablarás? ya en el Oriente / vuelve a rayar el sol que fue testigo / de mi santo
dolor y gozo extraño, / ya que se cumple de tu vida un año".
96
Fuerza es confesarlo, en la sociedad actual hace más falta la mujer que la literata. El
vacío que comienza a sentirse no es del genio, sino de la modestia; la luz que empieza a
faltarnos no es la luz de las academias, sino la luz del hogar.
La cuestión es que todas ellas, que se habían apoyado en el mito romántico del
culto a la subjetividad, se encontraron con que al mediar el siglo la burguesía apostataba
de aquel movimiento, al que acusaba de haber fomentado falacias insanas para el
equilibrio del espíritu y gravemente perturbadoras del bienestar social. Ciertamente la
inestabilidad política, traducida en desórdenes callejeros que sacudían
intermitentemente el orden social, no venía sino a consolidar el malditismo de la
subversión romántica y, desde luego, el estereotipo de la mujer angelical, destinada a
apaciguar con sus virtudes hogareñas las tribulaciones que arrostraba el hombre en su
actividad pública. Fue así como la poesía femenina que había arrollado con su empuje
las plataformas literarias de los años 40, sucumbió al mediar el siglo bajo los anhelos de
estabilidad y orden de la burguesía española. Las escritoras mismas, partícipes de esos
mismos anhelos de paz social, renegaron de sus primeras rebeldías y del movimiento
que les había dado su cobertura ideológica. De ahí que Carolina Coronado llegara a
escribir en La Discusión el 21 de junio del 57:
Era aquella época del romanticismo una época bien desastrosa, no sólo para la literatura,
sino para las buenas costumbres. La doctrina dañosa de las obras francesas, encanijó a
los alumnos que tomaron por nodriza a la Francia, y la juventud actual no ha podido aún
curarse de las dolencias que la hizo adquirir. [...] Así el cometa del romanticismo ha
dejado en las familias un rastro de desventuras. El romanticismo literario ha
desaparecido, pero el corazón de nuestros jóvenes ha quedado profundamente lacerado.
Así pues, una por una, todas las escritoras acabaron acomodando su vocación
literaria a los imperativos de su función doméstica, con tal de ganarse un peldaño en su
autoridad de mujer. Dicho de otro modo, a cambio de que renunciaran a su autonomía y
a su soberbia románticas, la sociedad les había llegado a conceder en su papel tutelar del
ámbito doméstico, un cierto derecho de opinión sobre los destinos de la vida pública. Y
ello porque las virtudes angelicales atribuidas a su alma femenina se pusieron al servicio
de la ley y del orden como el mejor de los soportes para garantizar la resistencia del
andamiaje social. Ello explica el protagonismo rector de la mujer en las tertulias de los
salones cortesanos, tanto más significativo cuanto más responsabilidad política tuvieran
sus concurrentes.
Es así como Carolina Coronado fue trazando un nuevo sendero para cumplir su
vieja ambición de alcanzar un lugar en la Historia. En muy poco tiempo se dio cuenta de
97
que el sacrificio de ese genio creador por el que había accedido a los secretos de la
alquimia social, iba a permitirle la participación en el manejo de los alquimistas. Porque
al mediar el siglo, la señora Perry era ya una mujer en la plenitud de la vida, que se
había labrado una identidad escarbando con uñas y dientes un hueco por donde escapar
del anonimato; llevaba a la altura de su edad demasiados lustros de aprendizaje como
para no saber buscarle las vueltas a este nuevo silencio. Lo asumía con gusto porque
había elegido ser madre y esposa, pero el suyo sería un silencio literario a cambio de
una voz escondida en los entresijos de la política y la diplomacia del siglo.
La prueba de fuego habría de llegarle nada menos que a través de los designios
norteamericanos y consiguientemente de sus relaciones diplomáticas con España. En
efecto, cuando el 4 de marzo de 1853 el nuevo presidente de los Estados Unidos,
Franklin Pierce, leía su discurso de investidura, se declaraba abiertamente partidario de
la causa expansionista y, por tanto, de la anexión de la isla de Cuba. Con tal finalidad se
designó para la legación de Madrid a Pierre Soulé,38 uno de los políticos que con mayor
firmeza había defendido los supuestos derechos norteamericanos sobre la colonia
española, en nombre de los cuales había defendido la licitud de la conspiración y de la
intervención militar.39 De ahí que esta designación -hecha pública ante el Senado el 7 de
abril de 1853- hiciera correr una riada de despachos y columnas periodísticas de las más
encontradas opiniones. Mientras la prensa sureña de los Estados Unidos se congratulaba
por esta elección, las voces del Norte denunciaban su improcedencia. Por su parte, la

38
Para profundizar en la biografía de Pierre Soulé y su conflictiva actuación embajatoria en España, vid.
ETTINGER, Amos Aschbach, The mission to Spain of Pierre Soulé. 1853-1855, New Heven, Yale
University Press, 1932; INGLIS CALDERÓN DE LA BARCA, Frances, The Attaché in Madrid or
Sketches of the Court of Isabela II, New York, 1856 y PÉREZ GONZÁLEZ, Isabel María, ob. cit., pp.
299-318 del capítulo ―Terciando en la diplomacia‖.
39
Así se había expresado a lo largo de su campaña de apoyo a Pierce durante las elecciones de noviembre
de 1852 y, sobre todo, en el polémico discurso que pronunció ante el Senado el 25 de enero de 1853.
Soulé que había iniciado su intervención con palabras acusatorias para la "imprudente e indecorosa"
política cubana del anterior presidente Fillmore, pasó acto seguido a deshacerse en elogios del aventurero
López, que al mando de una banda de corsarios habían hostigado a las pacíficas poblaciones costeras de
al isla caribeña a lo largo de 1850 y 1851, (más detalles sobre los actos de piratería de López y sus
secuaces en PÉREZ GONZÁLEZ, Isabel María, ob. cit., pp. 218-221 y pp. 233-234). Tan alta
consideración le merecían estos individuos que llegó a identificar sus actos de bandidaje en Cuba con la
acción libertadora de Lafayette y Kociusko en la guerra de la Independencia norteamericana. Soulé
preguntaba además por qué no era considerada igualmente como piratería la política imperialista de
Francia en el continente africano así como la de Inglaterra en las Indias Orientales o en Centroamérica.
Tampoco tuvo empacho en recordar a los senadores oponentes que los Estados Unidos habían combatido
en favor de México contra España (1818-1821) y en favor de Texas contra México (1836), acciones
igualmente filibusteras que, sin embargo, habían sido aclamadas por la población. Soulé fue, pues,
desenmascarando la hipocresía de la política internacional sin omitir, como vemos, la de la propia historia
norteamericana. Todo ello para concluir que según la doctrina de Monroe, la isla de Cuba debía ser una
posesión natural de los Estados Unidos, cuyas aspiraciones de compra resultaban ya obsoletas y debían
dar paso a la conquista militar.
98
generalidad del periodismo europeo se mostró contrario a una designación calificada de
provocadora, cuando no de insultante para la dignidad española. Y por si era poco, el
Picayune de Nueva Orleans declaraba el 9 de abril que Soulé había aceptado esta
embajada sólo bajo la ―condición de que había de tener poderes ilimitados para negociar
la adquisición de Cuba‖, objetivo cardinal de su misión en España.
De manera que nada más presentar sus credenciales en octubre de 1853 y
consciente de la hostilidad que había generado en la corte española, el primer paso de
Pierre Soulé fue tentar las ambiciones de la reina madre Cristina -poderosa latifundista
en Cuba-, a fin de convencerla para que accediera a la cesión de la isla, a cambio de
abonar todas sus deudas y de inyectar una sustanciosa cuantía económica en el
empobrecido tesoro nacional. Mas como quiera que tras un largo forcejeo, fracasara en
el intento, el embajador dirigió su mirada al jefe del Gobierno, el conde de San Luis,
José Luis Sartorius, a quien propuso la concesión de un préstamo que aliviara la deuda
española; naturalmente su amortización se llevaría a cabo con la cesión de la isla. Al
principio las negociaciones parece que marcharon a voluntad de Soulé, según los
despachos que envió a Washington. También Horacio Perry lo confirmaba ante sus
hermanas en una carta del 2 de abril de 1854, en la que calificaba el posible tratado
como ―el más importante que ha hecho nuestro país desde el tratado de paz con
México‖. Sin embargo, estas negociaciones tampoco tuvieron el éxito esperable, por lo
que Soulé, manifiestamente contrariado, acabó renunciando a la vía de la negociación
para buscar el camino del conflicto diplomático.
La ocasión iba a dársela un barco cuya peripecia lo ha inmortalizado en la
historia estadounidense prestando su nombre al llamado Asunto Black Warrior. Es el
caso que el 28 de febrero de 1854, las autoridades aduaneras de Cuba habían detenido
dicha embarcación norteamericana por no declarar como mercancía en tránsito (de
Mobile a Nueva York) una carga algodonera. Lo cierto es que la detención se había
llevado a efecto en base a una ley abolida hacía varios años, en virtud de lo cual los
mercantes norteamericanos habían dejado de declarar sus mercancías. Así pues, la
confiscación de la carga y el apresamiento del capitán del barco bajo la acusación de
contrabando, fue una decisión apresurada de las autoridades cubanas, por cuanto no
había tal intención delictiva en los oficiales del Black Warrior. De ahí que tan
extremada medida tuviera inmediata contestación en Washington, desde donde se
cursaron unas justas demandas de indemnización, que la Corona española habría

99
aceptado en el curso de una adecuada actuación diplomática. Pero para entonces el
propósito de Soulé se había orientado ya a conseguir la anexión de Cuba mediante la
provocación de un conflicto armado que justificara la usurpación de la isla por los
Estados Unidos. A tal fin, Pierre Soulé lejos de presentar las demandas de Washington
de acuerdo con la templanza empleada por su gobierno, las hizo llegar al de Madrid a
modo de ultimatum.40 Así pues, Horacio Perry, en nombre de su superior, hubo de
asumir el desagradable encargo de presentar tales exigencias al ministro de Estado,
Calderón de la Barca, el 8 de abril de 1854; una comisión que, sin duda, vino a
ensombrecer la alegría familiar del matrimonio Perry Coronado, padres desde el 2 de
abril de un nuevo vástago, el niño Carlos Horacio.
No podemos precisar el momento exacto en que Carolina Coronado tomó cartas
en el asunto Black Warrior, pero el desarrollo de los acontecimientos manifiestan que
su intervención debió de ser casi inmediata al inicio del conflicto. Es posible incluso
que aprovechara las visitas de cortesía subsiguientes al parto, para manejar los hilos de
la política de salón, que, insistimos, era un sutil cimiento del entramado parlamentario y
de los conciliábulos de gabinete. Su primer paso debió de ser dar parte
confidencialmente de la divergencia observable entre la postura firme pero conciliadora
de Washington y la actitud beligerante y manipuladora de Pierre Soulé. Así se
desprende de la parsimonia con que el ministro Calderón de la Barca reaccionó ante
tantos apremios, así como la medida preventiva de enviar toda la documentación del
caso directamente a Washington. Por cierto que el envío se hizo el 7 de mayo -esto es,
un mes después del ultimatum- y no sólo acompañada de la rectificación del gobierno
de España, sino también de una queja por el tono virulento con que Soulé había
presentado sus reclamaciones. Y en efecto, en cuanto las noticias sobre los tejemanejes
de Soulé llegaron al secretario de Estado norteamericano William Marcy, éste envió un
despacho con fecha de 22 de junio en el que no sólo notificaba su conformidad con las
respuesta de Madrid, sino que ordenaba enérgicamente a Pierre Soulé que no moviera
más el asunto Black Warrior.
Pero éste, que seguía actuando a su libre albedrío, no presentó al gobierno
español ese último comunicado de sus superiores, ni obedeció las instrucciones
pacificadoras de Marcy. Muy al contrario y dando de lado a la más mínima prudencia
40
―Ni Washington ni Madrid querían que el incidente explotara, excepto quizás Soulé‖, ha escrito al
respecto James W. Cortada en Two nations over time. Spain and The United States. 1776-1977,
Greenwood Press, Contribution in American History, number 74, Westport, Conneticcut, London,
England, s. a., p. 72.
100
diplomática, optó por la vía de la conspiración política para lo cual entró en contacto
con el partido republicano español, presto para la revuelta en aquel verano de 1854.
La cuestión era que el período moderado estaba tocando el fondo de la crisis
política, económica y social en que habían desembocado sus abusos. El factor más
llamativo era la corruptela con que se habían venido realizando las concesiones de las
obras públicas a favor de la camarilla real, como el marqués de Salamanca, el duque de
Riansares o su esposa la reina Mª Cristina. Gobierno tras gobierno habían ido cayendo
por la imposibilidad de controlar las presiones de palacio, donde se mangoneaban los
más turbios negocios sin la más mínima ética. De ese modo, desde principios de 1854,
los periódicos habían vuelto a acoger las voces descontentas de la ciudadanía; los cafés
habían vuelto a ser tribunas espontáneas de la disidencia popular; las plazas, las
esquinas, los salones, trastiendas y reboticas habían tornado a acoger los corrillos de la
discrepancia; asimismo habían comenzado a circular por Madrid las proclamas
clandestinas contra la corrupción del gobierno de San Luis, de la reina Mª Cristina y de
sus cómplices. Pero era en los cuarteles donde se albergaba el foco previsible de la
rebelión. Con ese temor, Sartorius había desterrado ya en el mes de enero a los
generales más peligrosos, esto es, Leopoldo O‘Donnell, José de la Concha y Facundo
Infante. En fin, España entera esperaba una inmediata sublevación.
Pues bien, aquel estado insurreccional de 1854 fue el río revuelto en el que el
embajador filibustero se dispuso a pescar sus propias ganancias. En efecto, el nombre de
Pierre Soulé ya había aparecido vinculado al fallido alzamiento que el 21 de febrero
había encabezado en Zaragoza el brigadier Hore; como volvería a vinculársele con la
revuelta de Barcelona del mes de abril. Incluso entre los extranjeros refugiados en
Madrid corrió el rumor, seguramente falso, de que se estaba organizando una
conspiración para asesinar a Isabel II, instigada por el embajador norteamericano.41
Por fin, el 28 de junio, Leopoldo O‘Donnell encabezó la insurrección conocida
como Vicalvarada, que devolvió a España al general Espartero y dio paso al bienio
progresista; eso sí, al cabo de un mes de furia callejera, ajusticiamientos populares,
incendios, barricadas y disturbios controlados a duras penas por la Junta de seguridad,

41
V. G. Kiernan, citando informes de la policía francesa desde Londres, escribe al respecto: "Podría
decirse que toda España conspiraba. Salió a flote el rumor de un complot contra la vida de Isabel
instigado por el nuevo Ministro americano entre los refugiados en Madrid. Era el tempranamente notorio
Pierre Soulé, cuyo objeto fue obtener Cuba por medios limpios o sucios y quien acababa de comenzar sus
operaciones disparando en la rodilla al embajador francés en un duelo en el Prado"; (cf. KIERNAN, V. G.
The Revolution of 1854 in Spanish History, The Clarendon Press, Oxford, 1966, p. 39. Los mencionados
informes fueron publicados por Espagne, vol. 843, pp. 129 y 130).
101
armamento y defensa de Madrid, que presidía el venerable general Evaristo San Miguel.
Mas como los nuevos mandatarios no respondieron a las expectativas que los
republicanos habían depositado en ellos, acabaron éstos protagonizando el 28 y 29 de
agosto un conato de insurrección contra el gobierno progresista. En esta ocasión no
hubo derramamiento de sangre, pero sí barricadas y algazaras callejeras en las que el
embajador norteamericano, una vez más y ésta sin género de dudas, fue identificado
como uno de los instigadores de la revuelta, a la que había apoyado económicamente.
Como era de esperar, Pierre Soulé negó rotundamente tales acusaciones, pero a
comienzos de septiembre, incapaz de asumir el fracaso de su misión y sin poder
soportar la censura de la prensa y de todos los medios diplomáticos acreditados en
Madrid, se tomaba unas vacaciones en Francia, no sin antes prohibir a su secretario
Perry que tomara decisiones por su cuenta en el asunto de Black Warrior.
Pero las imprudentes actuaciones de Soulé, tan indignas de un diplomático como
dignas de un usurpador, exigían un golpe de audacia y cordura que atara los lazos a
punto de romperse entre Washington y Madrid; golpe de audacia que en aquellas
circunstancias sólo el matrimonio Perry Coronado estaba en condiciones de dar. Es
cierto que Horacio Perry no desobedeció las órdenes de su superior por cuanto no
realizó gestión alguna con el nuevo gobierno, presidido por Espartero. Sin embargo,
desde primeros de septiembre envió varias comunicaciones al secretario de Estado
William Marcy detallándole las actividades conspiradoras de Pierre Soulé y su
aislamiento en la corte española. Asimismo le hacía sabedor de que el embajador, a fin
de extremar la crisis entre ambos países, había omitido enseñar al gobierno de España la
respuesta conciliadora que Washington había enviado a Madrid el 22 de junio anterior,
por el que -según hemos dicho- se comunicaba la conformidad de Washington con las
resoluciones del gobierno de Madrid. Por otro lado Perry, en ausencia de su superior,
estuvo a punto de conseguir un acuerdo económico con España por el que se podría
comerciar libremente con los productos agrícolas de Cuba y los textiles de Nueva
Inglaterra. El tratado, sin embargo, no se llevó a efecto por la oposición de los senadores
del Sur, quienes entendían que su puesta en vigor haría injustificable la adquisición de
la isla. Años después, el 12 de marzo de 1869, este éxito frustrado del buen hacer de
Horacio Perry sería reseñado en las páginas del Evening Post por el emblemático
periodista norteamericano Williams C. Bryant, en los siguientes términos:
Perry, siendo encargado de negocios en 1854, pudo haber concluido un tratado con
España de recíproca libertad de comercio con Cuba, lo cual habría sido una gran ventaja
102
tanto para este país como para la isla y habría favorecido incluso el proteccionismo, ya
que los productos de Cuba son tan diferentes de los de nuestro país, y tal ventaja habría
sido el libre mercado de los productos de la agricultura y de las fábricas textiles
americanas. Mencionamos este hecho simplemente como prueba de la capacidad y
eficiencia del Sr. Perry como agente diplomático. Este deseable convenio se frustró
solamente por la negativa de la administración entonces en el poder a llevar a cabo
cualquier cosa que evitara la adquisición de Cuba, que ciertos políticos estaban
meditando.42
Carolina Coronado por su parte, aprovechando que no debía obediencia alguna a
Pierre Soulé, actuó por su cuenta y riesgo en el asunto Black Warrior y con la decisión
que la caracterizaba. Es el caso que nada más iniciarse el conflicto, lord Howden,
embajador británico en Madrid, se había prestado a actuar de mediador con la
aquiescencia de ambas partes. De ahí que la señora Perry no dudara en mostrar al
diplomático inglés toda la documentación existente sobre el caso y, en especial, el
consabido despacho del 22 de junio. Apoyándose en la información facilitada por
Carolina Coronado, lord Howden pudo aconsejar al sucesor de Calderón de la Barca,
Joaquín Francisco Pacheco, que escribiera una nota conciliatoria al entonces
representante de los Estados Unidos en Madrid, es decir, a Horacio Perry, por la cual se
hiciera saber a Washington que, si bien en España había bastante animosidad contra
Soulé, ésta no se extendía al gobierno de la nación. Y así fue como William Marcy, con
un conocimiento exacto de los hechos, ordenó a Soulé, por carta del 13 de noviembre,
que presentara a las autoridades españolas su notificación del 22 de junio y facilitara la
conclusión del conflicto. Por fin, gracias a las decisivas gestiones de la pareja Perry
Coronado, se abría una puerta a la feliz solución del escabroso asunto Black Warrior.
Esta mediación pacificadora de Carolina Coronado en el conflicto no ha sido
enjuiciada favorablemente por todos historiadores norteamericanos. Así Amos Ettinger
afirma que lord Howden tuvo en sus manos la documentación del proceso gracias a la
―la traición de la esposa del Secretario Perry‖, sobre la que añade con cierto retintín:
―Su esposo americano la aclamaba extasiado como ‗la mujer más inteligente de España,
la más popular y en el presente la más poderosa‘. Por lo tanto fue por agencia de esta
mujer como se dieron a conocer los hechos concernientes a las notas interceptadas [por
Soulé]‖.43 Sin embargo James W. Cortada, quien manifiesta una evidente simpatía por
la escritora, afirma que esa sugerencia de traición carece de sólidos fundamentos aunque
42
Estas afirmaciones fueron realizadas por Bryant en el Evening Post del 12 de marzo de 1869. También
habría de reconocerlo así Edward Wheelwright en ob. cit., p. 12.
43
ETTINGER, ob. cit., pp. 281-282.
103
reconoce que la oposición de Carolina a la designación de Soulé y a sus métodos,
―ayudó a que la opinión de la clase alta [española] se volviera contra él‖.44 Sea cual sea
el juicio que se quiera emitir sobre Carolina Coronado, lo indudable es que la cesión al
embajador británico de los documentos retenidos, constituyó un apoyo incuestionable a
la solución pacífica de un conflicto que había tomado ya muy mal cariz.
Cuando Pierre Soulé se vio desenmascarado no sólo en España, sino ante el
propio gobierno de su país no pudo por menos que presentar una dimisión que le fue
aceptada. A comienzos de febrero de 1855 regresaba a los Estados Unidos con el
fracaso de su misión diplomática. Horacio Perry, por tanto, volvía a quedar como
encargado de negocios de los Estados Unidos en España, pero en esta ocasión situado
en el punto de mira de numerosos enemigos en los estados del Sur, para quienes la
intervención de los Perry Coronado había dado al traste con su acariciado proyecto de
adquisición de Cuba. Y en efecto, a finales de 1855, las intrigas contra Horacio Perry
habían ganado la partida en Washington y por más que éste reivindicó la honestidad de
su servicio diplomático, fue destituido del cargo de manera irrevocable.
Fue aquel un momento fatídico para los Perry Coronado quienes acababan de
arrostrar una terrible desgracia: el 11 de noviembre del año anterior, 1854, había
fallecido de fiebres tifoideas su niñito Carlos Horacio, nacido -como hemos visto- seis
meses antes. Tras la pérdida de su hijo Carolina Coronado quedó como una muerta en
vida; nada en ella recordaba a la dama entrometida que unas semanas atrás se había
prestado a echar el pulso al mismísimo legado de un gigante. Antes bien se dejó
languidecer durante meses, incapaz de una resurrección siquiera para alentar a Horacio,
desposeído de su hijo, dimitido de su cargo y alejado de una patria que ponía su
dignidad en entredicho. Para colmo, la luz de una buena nueva que podría haber
iluminado las sombras de tanta pérdida, acabó convertida en una burla de la naturaleza.
Esto es, en el verano de 1855, mientras Soulé y sus partidarios intrigaban contra
Horacio en las Estados Unidos, la pareja tuvo la certeza de haber concebido un nuevo
vástago; sin embargo, aquella la vida que se anunciaba nunca asomó a la vida. La
prensa de Madrid, por cierto, ponía en relación esta noticia luctuosa con la ―fatídica
sombra‖ de Pierre Soulé. Así, La Época el 13 de octubre notificaba:
Según escriben desde la Granja, nuestra distinguida compatriota la Sra. doña Carolina
Coronado, esposa del Sr. Perry, secretario que ha sido de la legación anglo-americana,

44
CORTADA, James W., "An isabeline poet, Carolina Coronado, a biographical note", Revista de
estudios hispánicos, t. XII, nº2, mayo 1978, The University of Alabama Press, pp. 317-318.
104
ha estado gravemente enferma a consecuencia de un aborto. No hace mucho tiempo que
tuvo la desgracia de perder un niño, poco después de haber nacido, y si se tienen
presentes los disgustos y sinsabores que han soportado el Sr. Perry y su esposa de un
año a esta parte, preciso será convenir en que todavía les persigue la fatídica sombra de
Mr. Soulé. En la tranquilidad de su conciencia y en el aprecio de los hombres honrados,
encontrarán el Sr. Perry y su esposa los consuelos que necesitan sus repetidas
desgracias.
Fue cuando Horacio, dando muestras de esa firmeza de pulso que algunas
personas reservan para las situaciones límite, se embarcó en un proyecto capaz de
entusiasmar a Carolina y sacarla de su abatimiento. Esto es, asociarse con eminentes
científicos ingleses y americanos -entre ellos Samuel Morse- y entrar de su mano en el
circuito empresarial que estaba tendiendo las redes cablegráficas a través del océano.
Así, a finales de 1856, vemos a los Perry Coronado a la espera de que el gobierno
español aprobara la concesión de una red de cables que habrían de unir la península con
varios puntos del Mediterráneo y con las Indias Occidentales y a través de esa misma
red, el enlace de los dos subcontinentes americanos.
Mientras tanto, la vida política española continuaba siendo una turbia laguna de
aguas estancadas, donde el cenagal de fondo impedía la entrada de cualquier corriente
renovadora. El régimen progresista instalado en 1854 tras el pronunciamiento en
Vicálvaro, murió de impotencia dos años después. El forcejeo contra la camarilla real y
la Santa Sede a cuenta de la ley desamortizadora; el desencanto popular por la huida de
la reina madre Cristina propiciada desde el poder; los ataques de la prensa de uno y otro
signo y los continuos levantamientos militares dieron al traste con la unidad del
gobierno. Así, el 14 de julio de 1856, Serrano -entonces capitán general de Madrid-
ametrallaba el Congreso donde se hallaban reunidas las Cortes. Se volvía, pues, a las
jornadas sangrientas de dos años atrás y por las mismas fechas.
Para entonces los Perry Coronado, ya ciudadanos particulares, habían
abandonado la residencia de la calle de Las Rejas para trasladarse al primer piso de
Alcalá, nº 51: demasiado en el meollo de la capital como para no ser testigos de todas
sus turbulencias. Tan es así que en éstas del 56, es el propio Horacio Perry quien en
carta a sus hermanas -El Escorial, 28 de julio- nos describe en toda su crudeza los
horrores de una contienda urbana, la toma palmo a palmo de las calles de Madrid:
Entonces se produjo un espectáculo que sólo podría hallar paralelo en las regiones
infernales. Veinticinco mil mosquetes de la milicia y doce piezas de artillería pesada,
replicando a dieciséis mil mosquetes de soldados con seis piezas de cañón, obuses

105
barriendo las calles, destruyendo las fachadas de los edificios, derribando balcones y
miradores sobre el pavimento, cayendo estrepitosamente a través de las casas, (sic.). La
milicia levantó barricadas en las calles y tomó posesión de las casas, abriendo fuego
sobre los soldados desde los balcones y ventanas. Los soldados haciendo avanzar por
las calles sus pesadas baterías de artillería, avanzaban ellos mismos de casa en casa,
derribando por dentro los muros medianeros con piquetas e instrumentos de guerras de
sitio.
Entonces una columna de soldados avanzó a todo lo largo de la calle de Alcalá desde el
Prado hacia la Puerta del Sol, por dentro de las casas. Atravesaron nuestro edificio por
la segunda planta, respetando mi vivienda que está en el primero o principal. Idéntico
respeto hacia nosotros fue demostrado por parte de la milicia, nuestras puertas no fueron
forzadas, nuestros balcones no fueron ocupados por ninguno de los huéspedes
contendientes. Esta es una señal de consideración y cortesía de parte de los españoles en
los momentos de gran aflicción de aquellos cuyos méritos se recuerdan.
Pero imagina los horrores de otras casas, una pacífica familia ve de pronto el hogar
invadido por tantos hombres armados como puedan caber, luchan en sus salones y
alcobas, un horrible fuego de mosquetería destella por entre sus habitaciones y aturde
sus sentidos, humo, pólvora, blasfemias, sangre, gemidos. El terrible disparo del cañón
atraviesa con estruendo sus paredes, el golpe de las piquetas y los mazos trabajando en
la mampostería se oye mezclado con el fragor de la pólvora y marca el avance de la
fuerza contraria. De pronto la pared se derrumba y por el espacio abierto se abre el
fuego de la enloquecida soldadesca que entonces a bayoneta calada salta sobre el
enemigo; un horrible enfrentamiento, hombres retorciéndose en la contienda,
traspasados, lanzando alaridos, luchando, abriendo fuego, cayendo en presencia de
pobres mujeres y niños acurrucados bajo sus pies si es que aún sobreviven. A través de
los muros derruidos penetran a raudales tropas de refresco y la casa es tomada. Muertos
y agonizantes se esparcen por los suelos, las piquetas y los mazos trabajan en la
siguiente pared, pronto estarán en la próxima casa, pronto la madre si está viva puede
avanzar a rastras desde la esquina en la que se ha sumergido para ver si ha perdido a su
hijo y es viuda, o el niñito puede enfermar sobre los restos de su madre o sus hermanas
entre los muertos. El mobiliario está hecho trizas, la casa es una desolación. 45
El mismo día de tan atroz vivencia los Perry habían recibido la noticia de la
muerte de Pedro Coronado a consecuencias de la fiebre amarilla que contrajo en La
Habana, justo dos días después de llegar a la isla. Como era de esperar Carolina, atacada
por otra de sus crisis nerviosas, quedó postrada en su lecho, sumergida en la ensoñación
y los recuerdos de aquel hermano compañero de sus primeros entusiasmos de literatura

45
Todas las cartas familiares de Horacio Perry que se citan, pertenecen al legajo varias veces mencionado
Papers of Horatio Justus Perry. 1837-1892 (inclusive), Francis A. Countway Library of Medicine, Rare
Books Dept. BMS c36.1, Boston, MA. Todos los subrayados de las cartas que pertenecen este legajo
aparecen en su original.
106
y progreso. Pero una vez más, la rápida decisión de Horacio entró en juego, arrancando
en volandas a su esposa de un escenario de terror que tal vez le hubiera causado un daño
irreparable. En un carruaje tirado por cuatro caballos alcanzaron la salida de Atocha,
justo antes de que las puertas de Madrid quedaran bloqueadas. Atrás quedaba un
espectáculo de muerte, desolación y ruina que el ánimo de Horacio, no por aguerrido
menos impresionable, nos pinta de este modo:
Sabemos que la desolación de la muerte está en todas las calles -continúa en la carta
arriba mencionada-, que parte de la porción más hermosa de la hermosa capital de
España está en ruinas. El respeto que le fue demostrado a la morada del ex Secretario de
la Legación de los Estados Unidos no se le ha mostrado ni a los propios príncipes. La
casa del infante D. Francisco ha sido horadada en vente sitios por el indiscriminado
disparo del cañón, el palacio del Duque de Villahermosa está casi en ruinas, el de los
Duques de Medinaceli igual, el del Duque de Granada lo mismo. En resumen, un
ejército invasor no podía haber tratado peor a esta ciudad y la famosa sublevación y
contienda contra Murat y los franceses, llamada el dos de mayo y cuyas consecuencias
rompieron el poder de Napoleón el Grande, no fue ni la mitad de terrible.
Por fin, en octubre del 56, Leopoldo O‘Donnell se vio forzado a dimitir en favor
del despótico Narváez, con quien habrían de llegar la mordaza de la prensa, las
deportaciones en ristra y la obediencia ciega a la voluntad de palacio. España había
retrocedido, pues, a la situación anterior a Vicálvaro, con el coste añadido de dos
violentas sangrías y sus consiguientes ruinas morales y materiales.
Un año después de tanto desastre hubo de volver la alegría a la familia Perry
Coronado gracias al nacimiento de una nueva hija, bautizada en la parroquia de San
Luis el 13 de septiembre de 1857; llevaba los nombres de María Matilde Evarista, este
último en honor de su ilustre padrino, el general duque Evaristo San Miguel, según
notificaba La Época el 16 de ese mes. El padrinazgo de este anciano y prestigioso
liberal de los tiempos del Trienio, nos sugiere una amistad alimentada seguramente por
la proximidad ideológica de los Coronado a la pureza del liberalismo progresista que en
estos momentos representaba el general Evaristo San Miguel.
Y precisamente en el otoño de 1857 frecuentó la tertulia de los Perry el
mencionado norteamericano que habría de convertirse en el ilustre difusor de la obra de
Carolina Coronado en los Estados Unidos. Nos referimos a William Cullen Bryant -
eminente periodista y editor, y otro de los grandes poetas de aquel país- quien tras un
largo viaje por Europa, había decidido permanecer un tiempo en nuestro suelo porque,
según escribió en sus crónicas del viaje, ―el extranjero en España no se siente excluido

107
de la sociedad nativa, como ocurre en Italia, sino que enseguida es introducido en ella,
en pie de igualdad con los naturales‖.46
El interés de Bryant por la historia y la cultura española, manifiesto a lo largo de
toda su vida, se había mostrado ya en 1808, cuando con sólo catorce años escribió un
poema heroico, The Spanish Revolution, en el que cantaba la bravura del pueblo español
contra el ―usurpador de su patria‖. Luego, hacia 1824 compondría el poema titulado
―Romero‖, en el que lamentaba la entrada en España de los ―Cien mil hijos de San
Luis‖ y la caída del Trienio liberal. Dos años después William Bryant ingresó en la
redacción del New York Evening Post del que muy pronto sería director y principal
propietario. Durante medio siglo y bajo su égida, el Evening Post llegó a ser uno de los
más importantes diarios del país, reconocido por su incuestionable profesionalidad y su
responsable compromiso social. Desde las páginas de su periódico, Bryant defendió
todas las causas liberales, el derecho de los obreros a la negociación colectiva, la
abolición de la esclavitud y, de manera ferviente, la campaña electoral de Lincoln y la
causa de los estados del Norte en la guerra de Secesión. Amigo entrañable del
emblemático poeta Walt Whitman, Bryant fue también fundador de la Academia
Nacional de las Artes de Diseño; impulsor de la fundación Central Park y miembro del
grupo fundador del Museo Metropolitano, una de cuyas galerías preside su busto. Por
todo ello puede decirse que en la segunda mitad del XIX William Cullen Bryant fue el
alma de la vida cultural, social y política de la ciudad de Nueva York, donde se le
venera.
Una personalidad de estas características, era natural que enseguida conectara
con Carolina Coronado cuyo hálito espiritual corría parejo al suyo. Porque Bryant,
nacido en Cummington (Massachussetts) se había criado -igual que Horacio y Carolina-
en un ambiente rural y, como ella, había escrito a las flores, los pájaros, los bosques de
su tierra. No extraña, pues, que de regreso a Nueva York escribiera sobre Carolina
Coronado: ―El espíritu de toda su poesía es humano y cordial hacia los mejores valores
del género humano‖. Fruto de esa fascinación por la extremeña fue la traducción para el
Evening Post de su poema ―El pájaro perdido‖, traducción publicada después en los
Poetical Works del escritor. Idéntica admiración habría de manifestar por su prosa, en
especial por Jarilla a la que ponderó como ―un relato maravilloso, lleno de imágenes de
la vida rural en Extremadura, que merece, si se pudiera hallar un traductor competente,

46
BRYANT, William Cullen, Letters of a Taveller. Second Series, New York, D. Appleton and
Company, 1859, p. 127.
108
ser vertido a nuestra lengua‖.47 Varios años más tarde, en 1869, sería el propio Bryant
quien la tradujera y publicara en las páginas del New York Ledger bajo el título de
Jarilla. A Tale of Estremadura. Le seguía la autoría de ―Carolina Coronado de Perry‖ y
la nota ―traducido expresamente para el New York Ledger, por William Cullen Bryant‖,
lo cual garantizaba la calidad literaria del relato.48
También sobre las tertulias en el salón de los Perry habría de escribir Bryant, y
con cierto asombro, en sus Letters of a traveller: ―Conocí allí a algunos de los más
eminentes hombres de España, estadistas, juristas, eclesiásticos, autores, líderes del
Partido Liberal y jefes de los absolutistas, que entraban y salían, casi con tan poca
ceremonia como si se encontraran en el Prado‖.49 Esa era la fragua de poder de la señora
Perry; porque ser amable anfitriona que escucha, ve y calla, era ser espectadora
privilegiada de los movimientos políticos que se iban sucediendo. Y entre 1856 y 1858
los movimientos fueron que los reaccionarios extremistas, a base de pedir más y más,
dieron al traste con el mismísimo Narváez. Llegó entonces Armero, luego Istúriz, hasta
que en junio de 1858 O‘Donnell regresaba al poder. En él se mantuvo cuatro años
amparado en aquella amalgama de partidos que fue su Unión Liberal.
Ese fue el periodo de relativa estabilidad que permitió asegurar las concesiones
cablegráficas de Perry, según le confirmó José Lemery a Carolina Coronado, para que
ésta a su vez se lo comunicara a su marido, lo cual viene a confirmar esa especie de
―tanto monta, monta tanto‖ Perry como Coronado. La carta de Lemery estaba fechada el
25 de febrero de 1859 y decía así:
Mi distinguida amiga. S. M. el Rey se ha dignado manifestarme para que en su real
nombre se lo comunique a usted, que anoche le dijo el General O‘Donnell que el asunto
de Perry estaba ya resuelto favorablemente. Mis muchas ocupaciones no me han
permitido ir personalmente hoy a desempeñar mi encargo, pero no por eso dejará usted
de estar segura de la sinceridad con que tengo el gusto de dar a usted la enhorabuena.
Tenga usted la bondad de comunicarlo en mi nombre a Perry y crea usted en el afecto
de S. P. S. y Amº.50
Ese mismo año, Martha Perry que había publicado ya varias composiciones
líricas en la prensa de Nueva Inglaterra, sacaba a la luz un libro -The Olive and the
47
BRYANT, William Cullen, Poetical Works, citamos por: Roslyn Edition, Nueva York, 1916, pp. 236-
237 y 416-417.
48
Bryant publicaría su traducción de Jarilla en sucesivos números del New York Ledger, a partir del 30
de octubre de 1869. Corrobora la mutua admiración que ambos poetas se tuvieron el ejemplar de las
Poesías de 1852 que Carolina Coronado le regaló con la dedicatoria: ―Al eminente poeta William Bryant,
de su entusiasta amiga.‖ (Biblioteca Widener, Universidad de Harvard).
49
BRYANT, William Cullen, Letters from Spain and other countries, Nueva York, 1859, p. 127.
50
José Lemery a Carolina Coronado, Madrid, 25 de febrero de 1859, en Papers of Horatio J. Perry.
109
Pine; or, Spain and New England- en el que daba forma poética a las vivencias de su
estancia en España durante 1853. Entre estas composiciones había un poema dedicado a
su cuñada - ―Carolina Coronado, poetisa de España‖-, que comenzaba así:
Las murallas de Badajoz contemplaban
desde lo alto a una inspirada doncella
que se levantó de su letargo
en esa vieja ciudad sitiada,
y asombró a toda España.51
Llegado el año 1860 los Perry volvieron a enfrentarse a una nueva desgracia,
esta vez fue la muerte del padre de Carolina, Nicolás Coronado. Como era previsible, el
retorno de Carolina a la demencia y el delirio fue inmediato y hemos de decir que, a
tenor de las noticias de la prensa, la capital entera estaba al cabo de la desgracia y en
vilo por la salud de la escritora. Basta leer la carta que Carlos Rubio envió al director de
La Iberia y reprodujo La España el 11 de diciembre de 1860, en la que podemos leer:
¡Ah! ¡Si usted la viera en la triste situación en que se encuentra! Está postrada en su
lecho, de donde no se levanta hace tres meses; está pálida y extenuada como la muerte:
sólo brillan sus ojos en que se ha refugiado toda su vida, y que son dos fuentes de
lágrimas. Sus dos niñas, tan pequeñas que ni aún alcanzan a besarla, afligidas porque lo
está su madre, a quien adoran, se empinan para contemplarla, y no osando hablarla,
rezan a la Virgen en voz baja y en ese lenguaje peculiar a los niños, que se adivina más
que se comprende. Pero, ¡y su esposo! A la cabecera de su lecho, la contempla en
silencio, y cada momento que pasa, equivale para él a cien siglos de angustia; ¡hace el
tiempo tan largo la incertidumbre! Ella, en tanto, delira y el delirio agota todas las
fuerzas que la restan...
Y no hay una palabra para consolarla; y los que más la aman, a costa de su
sangre y de su vida no pueden darla el menor alivio, y la razón no sirve para amenguar
su dolor, y el sentimiento de los que la rodean, sólo sirve para aumentarle... ¡Oh, Dios
mío, Dios mío! ¡Que padezcan seres como yo, que tantas veces han merecido castigo, se
comprende; pero que padezca ella, tan buena y tan pura, y que padezca de ese modo!
[…] Ella, que amaba a su padre con idolatría, sintió que su corazón se rompía como un
vaso puesto en el fuego, y que la razón la abandonaba.
Esta era la situación de los Perry Coronado cuando el general Abrahan Lincoln
accedía a la presidencia de los Estados Unidos, marcando con ello el inicio de una
contienda civil de sobra conocida. El caso es que nada más conocerse en España el

51
LOWE (PERRY), Martha, en The Olive and the Pine; or, Spain and New England, pp. 121 y 122. En
1867 Martha Perry compondría el drama poético en cinco actos Love in Spain and other poems (Boston,
William V. Spencer, 1867), en el que recreaba el estallido de una revolución liberal en España.
110
triunfo de los principios del Norte, encarnados en la figura de Lincoln, Carolina
Coronado preparó la estrategia mediante la cual resarcirse de la ofensa que los
gobiernos condescendientes con los estados del Sur habían infligido a su marido. Así
pues, al poco de ser proclamado el nuevo presidente, aquella esposa agraviada supo que
había llegado el momento de ser atendida en la vindicación de la carrera diplomática y
la honestidad de su marido, puestas en duda por quienes ahora resultaban ser los
perdedores. De manera que con su proverbial audacia, dirigió una carta al mismísimo
presidente Abrahan Lincoln pidiendo la reposición de Perry en su antiguo cargo de
secretario de la legación estadounidense en Madrid. Así decía su vindicación:
Señor: Ocho años hace que me casé con un anglo-americano, Horacio Perry, cuando
éste era secretario de la Legación de los Estados Unidos en España. Identificada ya mi
suerte con la de la República bajo cuyo pabellón han nacido mis hijos, sufrí la agresión
de los enemigos del Norte que enviando al francés Soulé a España para proponer la
compra de Cuba o promover una guerra, exigió de mi marido que hiciese traición a la
República. La prensa de los Estados Unidos ha publicado ya los documentos por los
cuales se prueba la firmeza y la lealtad y el patriotismo con que mi marido defendió,
defendió (sic.) el honor del pabellón anglo-norteamericano, arrastrado en el lodo por
Soulé. El presidente Pierce empezó sus agresiones contra los republicanos destituyendo
a mi marido de su destino de secretario de la Legación por complacer a los filibusteros
de Soulé y Davis. Yo misma, como buena anglo-americana defendí en habla española la
razón de mis compatriotas los republicanos del Norte y al grito de la prensa española se
debió el esclarecimiento de la verdad. Seis años hemos combatido por que triunfen las
ideas del Norte, seis años he sufrido con mis hijos esperando el día de la reparación.
Éste ha llegado con el triunfo de usted y a usted pido en nombre de mis hijos que son
anglo-americanos, la reposición de su padre en su puesto de Secretario de la Legación
en España como un acto de justicia. Así veré que al dejar de ser súbdita de la Reina de
España para ser anglo-americana, no me he quedado huérfana de protección, porque si
América no tiene un Rey para hacer justicia a los ciudadanos, tiene un Presidente.
Dios guarde su vida muchos años para defensa y prosperidad de la República.
Carolina Coronado
Madrid, 25 de Marzo de 1861.52
Y en efecto, el 5 de junio de 1861 Horacio Perry era nombrado Chargé
d‟affaires de la embajada de la Unión en España, con plenos poderes hasta la llegada del
nuevo embajador, el honorable Carl Schurz. No obstante este resarcimiento, William

52
Coronado to Lincoln, March 25, 1861, Abrahan Lincoln Papers, Library of Congress, Washington,
D.C., Manuscript Division; Santovenia, Lincoln, 48. Acompaña al documento una traducción al inglés;
curiosamente en la frase "reposición de su padre en su puesto de Secretario de la Legación en España
como acto de justicia", el término "justicia" (Justice) aparece subrayado y con mayúscula en la versión
inglesa -sin duda a iniciativa del traductor-; no así en la carta de Carolina.
111
Bryant habría de comentar en su Evenig Post que al cesar Preston, anterior jefe de la
Legación, ―Lincoln debió haber nombrado a Perry embajador‖.53 Y desde luego Bryant
no estaba falto de razón por cuanto en España -una vez estallado el conflicto civil
americano- el Gobierno, la Corona y sobre todo la alta nobleza -dueña de grandes
latifundios esclavistas en Cuba- manifestaban una clara simpatía hacia la
Confederación. Se hacía por tanto necesaria la presencia de una mano diplomática en
Madrid con prestigio e influencia suficientes como para inclinar la voluntad de la corte
española hacia otros derroteros. Y esa mano firme no podía ser otra que la de Horacio
Perry con el incuestionable apoyo de su esposa Carolina Coronado. De hecho, a los
quince días de su reposición en la embajada, Perry conseguía la proclamación de la
neutralidad española en la llamada guerra de Secesión norteamericana. La
determinación real se hizo pública el 17 de junio de 1861, siendo Perry tan sólo Chargé
d‟affaires ad interim y antes de que llegara el embajador Schurz. Semejante noticia
produjo una gran satisfacción al presidente Lincoln, quien se reafirmó en el acierto de
haber repuesto a Perry en un cargo del que nunca debió ser destituido. Porque en efecto,
aquel secretario de embajada siempre se manifestó como ―uno de esos indispensables e
inteligentes funcionarios que, en el siglo diecinueve, con tanta frecuencia dieron
continuidad a nuestro servicio consular y embajatorio en el extranjero‖, escribió el
norteamericano Claude M. Fuess.54 El propio Schurz en su correspondencia privada
habría de describir a Perry como ―un verdadero tesoro‖ y ―un hombre excelente‖,55 a
quien recordaría en sus Reminiscences con verdadero afecto. Así podemos extractar de
estas memorias:
[Horacio Perry] era natural de New Hamshire, graduado de Harvard, y un hombre
remarcablemente guapo. Había venido a España en 1849 como Secretario de la
Legación americana, bajo la administración del Presidente Taylor, y se había casado
con una dama española, Doña Carolina Coronado. Después de haber cesado en su
servicio diplomático, permaneció en España a causa de su esposa, quien no podía
decidirse a emigrar a los lejanos Estados Unidos. Tengo razones para creer que, aunque

53
A propósito de este asunto Wheelwright (ob. cit., p. 15) habría de escribir: ―[Perry] estaba ya en el
lugar. Había tenido amplia experiencia en diplomacia. Entendía el español y el francés y los hablaba con
fluidez. No había duda de su lealtad ni de su habilidad. Era una persona grata al gobierno y al pueblo
español. Lo conocían bien y no habían olvidado la pericia con la que los había salvado de los
"filibusteros" designios de Soulé. Su propio gobierno sabía también de su trayectoria en el asunto; y la
nueva administración no podía sino aprobarla y hallar en ella evidencia de su simpatía hacia sus propios
puntos de vista políticos.‖ La expresión ―persona grata‖ aparece en castellano en el original.
54
FUESS, Claude Moore, Carl Schurz. Reformer (1829-1906), New York, Dodd, Mead & Company,
1932, p. 89.
55
SCHURZ, Carl, Intimate letters (1841-1869), translated and edited by Joseph Schafer, Madison, 1928,
p. 259.
112
su posición en Madrid era muy agradable, él nunca dejó de suspirar por su tierra natal, y
cuando llegó la noticia del gran conflicto en América, anheló con entusiasmo una
oportunidad de hacerse útil al servicio de su gobierno. No podía haberse encontrado
ningún hombre más idóneo para la posición que se le dio a él. Hablaba y escribía
español con tanta fluidez y corrección como su lengua nativa. Tenía un amplio
conocimiento de los modos políticos y de pensamiento españoles y amistad personal
con todos los hombre públicos de importancia y era generalmente respetado. No hubo
nada profusamente demostrativo en la manera de recibirme sino una cálida sinceridad
que sentí al instante. Mi primera conversación con él me satisfizo tanto que pude tener
la más completa confianza en su habilidad así como en la sinceridad de su devoción, y
esta confianza nunca fue destruida en el más mínimo grado durante el tiempo que
trabajamos juntos. Digo ―trabajamos juntos‖, porque nuestras relaciones pronto se
convirtieron en cooperación y oficial camaradería. Nunca he conocido a un patriota más
sincero y celoso, a un amigo personal más afectuoso y digno de confianza en la posición
de un funcionario subordinado, y un servidor de su gobierno más atento y eficiente. A
veces era conmovedor observar cómo la añoranza creada por su larga separación
involuntaria de su país inflamaba su deseo de servirlo en la hora del peligro. 56
Lo cierto es que Carl Schurz va a dejarnos en sus memorias no sólo una parcela
de vida en común con los Perry, sino un amplio panorama de la política española y sus
políticos, a quienes conoció en la mansión que entonces habitaban los Perry - la Quinta
de las Heras-, una de cuyas alas habían destinado estos como vivienda familiar del
embajador. Tuvo así oportunidad de conversar, por ejemplo, con el ministro Calderón
Collantes, cuyas relaciones fueron haciéndose día a día ―más cordiales y
comunicativas‖; con el jefe del Gobierno, general O‘Donnell, ―un militar de porte frío y
reticente‖; también con Nicolás María Rivero ―un líder de los Demócratas, quien tenía
en su apariencia y modales así como en su conducta mucho de bien educado, pero de
hombre acomodaticio al pueblo‖; de Salustiano Olózaga escribía: ―Jefe de los Liberales
Moderados, cuyo discurso serio, sosegado y ecuánime me impresionó como el de un
verdadero hombre de estado‖. Otro de los tertulianos era Emilio Castelar, todavía un
joven y modesto profesor que, sin embargo, ―ya había atraído una amplia atención por
el singular encanto de su oratoria‖. Castelar hablaba mal francés por lo que su
conversación con Schurz no era fluida; pero aquel maestro de la palabra y el gesto supo
hacerle ―sentir su poético entusiasmo por la gran República Americana, y el fervor de su

56
Todo lo relativo a la estancia en España de Carl Schurz ocupa las páginas 245-305 de sus
Reminiscences (New York, Boubleday, Page and Company, 1917, v. II), a las que remitimos la
información que él nos ofrece en estas memorias. Para la actuación diplomática del honorable Schurz y la
vida de los Perry Coronado en los años centrales de su madurez, vid. también el capítulo ―Una nueva hora
en los Perry‖, en PÉREZ GONZÁLEZ, Isabel María, ob. cit., pp. 325-352.
113
deseo de que los campeones de la libertad humana triunfaran sobre la sublevación de los
propietarios de esclavos. Había algo en su ser que creaba una atmósfera de simpatía a su
alrededor‖, concluía Carl Schurz.
Especial interés para nosotros tienen las páginas de estas Reminiscences
dedicadas a Carolina Coronado por cuanto las percepciones del embajador constituyen
un cuadro fidedigno de la extremeña; un cuadro que aun pintado con los colores del
afecto y de la gratitud, también de la sorpresa, manifiesta una veracidad desinteresada y
objetiva que nadie puede poner en duda. En efecto, Carl Schurz dedica varias páginas de
evidente simpatía hacia ―las muchas y excelentes cualidades de Doña Carolina‖, dice
textualmente, a quien describe ―pequeña de estatura, con facciones algo masculinas,
ojos grandes, oscuros, ardientes, y manos y pies exquisitamente finos y pequeños‖.
Conversaba con ella en francés con franca cordialidad, extasiado ante la imaginería
poética de su discurso. Por cierto que la misma preocupación pedagógica hacia el
mundo infantil manifiesto por Carolina desde su juventud, la había mostrado
Margaretha Schurz, fundadora del primer jardín de infancia de los Estados Unidos; era
éste, pues, otro punto de concordancia y conversación entre el embajador y la esposa de
su subordinado. Sin embargo, la deficiente instrucción de Carolina sorprendía
enormemente a Carl Schurz, quien ignoraba sin duda que aquella mujer se había
formado a contra corriente del siglo y de la sociedad española.
Sus variadas facultades mentales estaban desigualmente desarrolladas -escribía
Schurz-. Ella no tenía en absoluto capacidad matemática ni sentido de los números.
Admitía ante mí riéndose que no podía contar más allá de diez sin confundirse. Cuando
salía de compras, tenía que llevarse un puñado de judías en su bolsillo con el que
ayudarse en la comprensión del cambio. A pesar de todo esto, era una excelente ama de
casa y siempre tenía sus cuentas en perfecto orden. Cómo lo hiciera, yo no me lo puedo
imaginar. Pero de hecho la casa marchaba como un reloj bajo su dirección.
Otro de los aspectos de Carolina que sorprendían al embajador era su visceral
tendencia a caer presa de falsas visiones y fenómenos extraños, que ella se creía a pies
juntillas: ―Aunque había leído mucho, y se había empapado libremente de las opiniones
ilustradas de la época, era muy supersticiosa. Varias veces se había desmayado en la
iglesia porque, según ella decía, había visto el fantasma de su padre de pie ante el altar‖.
Con el verano, los diplomáticos habían seguido a la corte hasta San Ildefonso, según la
costumbre. Una tarde de verano en que Schurz y el matrimonio Perry estaban dando un

114
paseo por San Ildefonso, entraron en una oscura gruta de los jardines del palacio. De
pronto, Carolina dio un grito y salió corriendo hacia la luz todo lo rápida que la llevaron
sus pies. Cuando sus acompañantes salieron, la encontraron demudada, respirando a
duras penas, llena de terror. Según decía, había visto dos ardientes ojos en la oscuridad
de la gruta; uno era verde, el otro rojo fuego; ojos fieros y terribles como los del diablo.
Otra noche en que Perry estaba fuera de casa, cuando Schurz leía plácidamente en la
sala de estar, se vio alarmado por el grito agudo de Carolina que venía corriendo hacia
él en camisón, con un candelabro en la mano, los ojos desorbitados y expresión de
horror. Al penetrar en la estancia, cayó al suelo en tal desvanecimiento que fue preciso
rociarle la cara de agua para sacarla de su desmayo. Cuando recuperó el conocimiento,
miró a su alrededor buscando algo indefinido mientras le decía a Schurz que al entrar en
el cuarto de las niñas, el fantasma de su padre que estaba junto a la puerta, la había
sujetado por una manga. Ya recompuesta del susto, el embajador la llevó del brazo hasta
sus habitaciones; al pasar junto al dormitorio del terror, éste vio al fantasma que había
agarrado a Carolina: era el tirador de la puerta. Schurz entonces la empujó suavemente
hacia el lugar preciso y la manga del camisón se enganchó de nuevo en el fantasma. Su
víctima no pudo hacer otra cosa que echarse a reír de sí misma.
Pues bien, según el embajador, esa mujer de creencias ingenuas y vulgares era
―una española cabal, pero no ciega a las faltas de su pueblo‖; crédula y supersticiosa tal
vez, y a la par, ―elocuente en la defensa y pronóstico de una más elevada civilización
para su patria‖. Carolina Coronado era, pues, una mujer contradictoria y sorprendente a
los ojos fascinados de Carl Schurz:
Aunque se había casado con un protestante y era tolerante y liberal en sus
opiniones y benevolente hasta con los heréticos y no creyentes, era muy devota.
Siempre que se encontraba en la calle con un alto prelado de la Iglesia, se arrodillaba y
le besaba la mano. Llevaba un amuleto alrededor del cuello para su protección y rezaba
fervientemente a la Virgen María.
En fin, los biógrafos de la poetisa hemos venido señalando su innata intuición
para penetrar en el alma humana, apoyados más en lo que se desprende de sus palabras
y en las referencias de sus descendientes, que en un dato firme que lo avale. Pues bien,
he aquí en Carl Schurz el testigo incuestionable de estas afirmaciones:
Sabía poco de asuntos humanos en el más amplio sentido, y los puntos de vista que
expresaba al respecto eran con frecuencia ingenuos y toscos. Pero poseía un instintivo
conocimiento del hombre que era pasmoso. A veces cuando Mr. Perry y yo hablábamos

115
de esta o aquella persona, al oírnos, interrumpía de pronto: ―Les oigo el nombre de
fulano. ¿Confían en él? No lo hagan. No es un buen hombre. No quiere decir lo que
dice. Es falso‖. ―Pero Carolina‖, decía Mr. Perry, ―¿cómo puedes decir eso? Tú apenas
lo conoces‖. La respuesta era: ―Lo he visto. He mirado sus ojos. He oído su voz. He
sentido su atmósfera. Lo conozco‖. Del mismo modo a veces expresaba su confianza en
personas de las que nosotros desconfiábamos. Yo le expresé a Mr. Perry mi sorpresa
ante la seguridad de sus declaraciones. Él contestó que se había quedado no menos
sorprendido cuando por primera vez le escuchó decir tales cosas; que sus juicios eran a
veces contrarios a los de él pero que al final se había encontrado con que ella estaba
absolutamente en lo cierto, y que en verdad tenía un maravilloso conocimiento intuitivo
del hombre. Mi propia experiencia, hasta donde yo llegué, fue idéntica. En dos o tres
ocasiones, cuando había observado a algunos extraños que venían a verme, expresaba
opiniones sobre ellos que al principio me alarmaban enormemente, pero que después
descubría que eran enteramente correctas.
Respecto a las razones por las que Carolina Coronado se negó siempre a
mudarse o tan siquiera a visitar los Estados Unidos, Carl Schurz da una razón que
resulta minúscula si se compara con la auténtica necesidad de Perry de retornar alguna
vez a su tierra. Ahora, con la distancia del tiempo y fuera de la intimidad de aquella
familia, presentimos el íntimo pesar de un Horacio en lastimoso forcejeo con la
voluntad egocéntrica y testaruda -diríamos que enfermiza- de Carolina Coronado,
resuelta a no complacer los más fervientes deseos de su esposo, esto es, si no instalarse,
al menos, visitar una vez más su patria. Y dice Carl Schurz al respecto:
[Doña Carolina] respetaba enormemente el patriotismo americano de Mr. Perry y le
gustaba saber y leer acerca de los Estados Unidos y el pueblo americano. Pero Mr. Perry
nunca pudo persuadirla para que visitara con él su tierra natal. Tenía miedo de un largo
viaje marítimo y declaraba que ella nunca podría vivir en un país donde hacía tanto frío
y nevaba demasiado. En Madrid también nevaba, a veces, pero sólo un poco, y en ese
caso la nieve nunca cubría el suelo mucho tiempo. Cuando empezaba a nevar, Doña
Carolina comenzaba a llorar, y se encerraba en su habitación hasta que la nieve
desaparecía.
Según vemos, estos testimonios de Carl Schurz resultan definitivos la hora de
imaginar el transcurso de la vida de los Perry en los años cruciales de la madurez. El
marido abnegado, solícito, amante; la esposa maternal, caprichosa, seductora y demente;
y a los ojos de aquel embajador, el paradigma de una criatura engendrada en los climas
del Sur:
Sus principios y sentimientos eran nobles y refinados, y a la luz de esos principios se
dispuso a educar a sus hijitas. Pero era una genuina hija del sur, con delicados dones y
noble inspiración, y también con muchas de las extravagantes vivacidades de
116
temperamento, la bizarra fantasía de estructura mental, y las singulares contradicciones
entre pensamiento y emoción que a menudo ha engendrado el sol del sur.
El mandato diplomático de Schurz fue bastante breve, pues en diciembre de
1861 regresó a los Estados Unidos para incorporarse a la primera línea del campo de
batalla. Antes de irse le confesó a Horacio Perry su certeza de que la neutralidad
española estaba en las mejores manos, especialmente porque la predilección de la reina
hacia Carolina Coronado le daba a Perry una ventaja que ningún otro americano podría
tener.
Y en efecto, el prestigio de Horacio Perry ante el gobierno de la Corona era
indudable, como prueba la invitación cursada a este para unirse a la reina en su
conocido periplo por Andalucía y Murcia en otoño de 1862. Un prestigio absolutamente
necesario en unos momentos en que las relaciones diplomáticas entre España y Estados
Unidos seguían siendo extremadamente tensas. La cuestión era que la neutralidad oficial
en la guerra de Secesión no era respetada en la práctica por los latifundistas ni las
autoridades peninsulares destacadas en Cuba. Los comerciantes de los estados del Sur
acudían a la isla para adquirir sus suministros, los corsarios recalaban en sus puertos
para abastecerse antes de atacar los barcos de la Unión y los diplomáticos confederados
hacían escala en la colonia camino de Europa, burlando con ello el bloqueo a que
estaban sometidos. Así que las protestas de Washington contra la violación de la
neutralidad española se sucedían constantemente y aunque Madrid persistía su
neutralidad, cada encontronazo marítimo era interpretado en Washington como el
anuncio de un próximo reconocimiento de la Confederación. Puestas así las cosas, el
más pequeño incidente tomaba visos de conflicto diplomático entre ambas naciones.
Uno de aquellos frecuentes rifirrafes se produjo cuando un buque de la Unión
persiguió a otro español en una línea marítima cuya jurisdicción se disputaban ambos
países, a lo que el gobierno español respondió negándose a recibir al nuevo embajador
Gustav Koerner, que estaba a punto de llegar. Una vez más, Horacio Perry hubo de
poner en juego la fuerza de su prestigio y de su habilidad para resolver
satisfactoriamente el asunto. De ello nos deja constancia el diario del reverendo Charles
Lowe, esposo de Martha Perry:
H------- me cuenta hechos importantes de su experiencia hace años. Un barco de los
Estados Unidos había perseguido un buque, el ―Blanche‖, dentro de las aguas cubanas,
y después de haber enarbolado la bandera española, y haber sido recibido por los
oficiales españoles, lo incendiaron. El gobierno español se indignó, y se negó a recibir a
nuestro embajador. Horatio estaba al cargo de la legación. Se dirigió al ministro, y le
117
dijo que, si los hechos habían sido así, nuestro gobierno, él respondía de ello, daría
cumplida satisfacción. O‘Donnell y otros daban largas. H------- volvió; lo mismo.
Entonces H------- dijo, ―Yo he dado esta garantía. ¿Tienen alguna objeción personal
contra el Sr. K-------?‖ - ―No‖. Entonces H------- dijo, ―Yo, como encargado de
negocios de los Estados Unidos, retiraré de la legación la bandera de los Estados
Unidos; y ustedes son responsables de la ruptura‖. Ellos dijeron finalmente
―Recibiremos al Sr. K-------, pero tenemos que tratar de este asunto en el discurso de la
reina‖. H------- dijo, ―Muy bien, pero tengo que ver de antemano lo que escriben‖. Ellos
se lo mostraron a H-------; y H-------dijo, ―Esto no se hará: ustedes establecen una
opinión, y nosotros no tenemos oportunidad de contestar‖. Ellos volvieron a escribirlo,
pero H------- seguía objetando una y otra vez. Finalmente ellos pusieron el documento
en sus manos, y de hecho H------- escribió parte del discurso de la reina. Así que un
poco de firmeza y prudencia de parte de nuestro hermano probablemente evitó una
guerra.57
Este relato que puede parecer exagerado, no debió serlo tanto si tenemos en
cuenta los acontecimientos que se iban a producir unos meses después, precisamente
mientras el embajador Koerner estaba en Alemania y la Embajada, una vez más,
permanecía al cuidado de su secretario. Según hemos dicho, a lo largo de la guerra los
gobiernos de España y de la Unión venían disputándose los límites de las aguas
territoriales de Cuba y Puerto Rico; asunto reavivado por el gabinete del marqués de
Miraflores, que había sucedido a O‘Donnell en el poder. Es el caso que en el verano de
1863 el nuevo gobierno de la Corona amenazó a Washington con mantener por la fuerza
la soberanía española sobre las seis millas marítimas si en el plazo de dos meses no se
atendían sus reclamaciones. Esta comunicación en forma de ultimátum llegó el 9 de
agosto al secretario Seward, quien el 11 siguiente cursaba respuesta a través del
embajador español, Gabriel García Tassara, proponiendo el arbitraje de un país neutral.
Los Perry, por su parte, trabajaron en la distensión de aquellas fricciones con
todos los medios a su alcance, incluyendo protocolos y cortesías. Así, el sábado 22 de
agosto, organizaban un banquete en su casa veraniega de Valencia con motivo de la
arribada a Grao de la fragata Constelación, perteneciente a la marina unionista. Según la
crónica de El Contemporáneo de Madrid que se hizo eco de la noticia, concurrieron al
ágape el capitán y oficiales de la embarcación, los cónsules de los Estados Unidos en
Barcelona y Valencia, los embajadores de Brasil y otros amigos personales de los Perry.
Naturalmente Carolina Coronado hizo los honores de anfitriona ―con la exquisita

57
MARTHA PERRY LOWE, Memoir of Charles Lowe, Boston, Cupples, Uphan, and Company, 1884,
p. 535.
118
amabilidad y finura que la distingue‖, decían los redactores. Al finalizar la celebración
hubo brindis por Lincoln e Isabel II a propuesta de Perry, y de parte del comodoro de la
fragata, por todos los pueblos de América y por la amistad entre España y los Estados
Unidos. 58
Mas he aquí que aquel despacho del secretario Seward cursado el 11 de agosto
nunca llegó a manos de Miraflores, aunque sí una copia para la legación en Madrid,
recibida el 7 de septiembre, por la que Perry estaba al corriente de las intenciones
apaciguadoras de su gobierno. El problema radicaba en que para esa fecha había
zarpado ya el barco de la armada española que llevaba la orden de imponer por la fuerza
las demandas españolas, orden que habría de ejecutar el general Dulce el día 9 de
septiembre. Una vez más, Horacio Perry se vio solo frente a un gobierno ilusamente
militarista, unos partidos liberales amordazados, un Congreso en vacaciones y una
prensa difundiendo rumores de guerra con los Estados Unidos.
He tenido que hacer de ministro, de secretario, de agregado a la vez -reconocería
él mismo-, completamente solo, 14 horas al día con la pluma en la mano, además
viendo ministros, senadores, personajes de la realeza y de la rebelión, al gobierno y a
futuros líderes de la revolución. Yo prudente, observando, persuadiendo,
contrarrestando […]. A veces era fuerte, tenía éxito, me regocijaba; a veces estaba casi
desesperado, librando la larga batalla de la paz exterior de nuestro país, mientras la
guerra estaba dentro; negligente con mis amigos, no haciendo caso a mi médico.59
Esto era así porque Perry tenía la certeza de que si la flota española ponía en
ejecución las órdenes de Madrid, la confrontación entre ambos países era inevitable;
máxime cuando en aquellos momentos las aguas en torno a Cuba estaban inundadas de
buques confederados y unionistas dándose caza entre sí. Sólo había una oportunidad de
salvación y ésta era lograr que la Corona enviara una contraorden con el buque correo
que zarpaba para la isla el 15 de septiembre. La dificultad radicaba en convencer a la
reina de semejante retractación, cuando estaba subyugada por la camarilla autocrática de
Miraflores y ella misma era simpatizante de la intervención armada. Pues bien, de
nuevo la oportuna lucidez de Carolina Coronado, quien seguía bajo cuerda interviniendo
en los asuntos diplomáticos, vio con claridad que la llave de la solución estaba en
manos a la infanta Fernanda y su marido, el duque de Montpensier, firmes partidarios
de la Unión, que casualmente estaban en Madrid por aquellas fechas. Así pues, a

58
El Contemporáneo, Madrid, 27 de agosto de 1863.
59
WHEELWRIGHT, ob. cit. p. 19.
119
indicación de Carolina, Horacio Perry los puso al tanto de la cuestión y ellos mismos
convencieron a la reina para que convocara un Consejo de ministros urgente. La sesión
fue tormentosa y hubo incluso amenazas de dimisión, pero finalmente se aceptó el
arbitraje del rey de Bélgica, según había propuesto Montpensier, y el 15 de septiembre
se enviaba con el buque correo una contraorden para capitán general de Cuba. Antes de
regresar a Sevilla, la infanta entregó una carta personal a Carolina con una nota oficial
de Montpensier que Perry habría de remitir en despacho privado al secretario Seward.
Lo llamativo de esta noticia es que el portador de sendas misivas a la casa de los Perry
fue el embajador de Brasil, único hombre de confianza en aquella corte de ilusiones
beligerantes. En todo caso, este episodio confirmaba la opinión de Carl Schurz cuando
aseguró que la influencia de Carolina Coronado en la corte española daba a Perry una
ventaja que ningún otro americano podría tener. Y en efecto, Horacio Perry había
evitado la guerra pero, una vez más, la intuición de su esposa estaba en el fondo de la
paz.60
Lo cierto es que la intervención de la señora Perry en los asuntos diplomáticos
pocas veces ha saltado a los renglones de la historia. Sin embargo, sus gestos
humanitarios sí han sido reseñados sin prejuicio. Quizás esto se deba a que, si bien la
actividad pública estaba excluida del estereotipo femenino de la época, no lo estaba en
cambio el gesto maternal de la piedad, fácilmente atribuible a la caritativa sensibilidad
de un alma de mujer. Bajo esta premisa, se entiende el protagonismo que los
conciudadanos masculinos dieron a Carolina Coronado en lo tocante a las causas
sociales, donde subyacían sentimientos de humanitaria compasión.
Ése era el caso de las campañas abolicionistas que cobraron fuerza tras el
decreto de Lincoln de 1863, por el que se derogaba el derecho a la tenencia de esclavos
en los Estados Unidos. El júbilo de los abolicionistas del mundo vino entonces a llenar
páginas de libros y periódicos con alabanzas al libertador; algo en lo que la poetisa
extremeña había sido pionera al publicar su ―Oda a Lincoln‖, que atrajo sobre ella las
miradas de quienes estaban en contra de la esclavitud. Una de las primeras respuestas a
este gesto público de Carolina Coronado la dio el movimiento abolicionista catalán. Así
fue como el grupo de barceloneses congregados en torno a Mariano Vaqué y Pablo
Armengol, le remitió una carta publicada el 26 de febrero de 1864 en La Democracia,
emplazándola a tomar su pluma como bandera de la negritud. Porque, ―así como una

60
Para un estudio en profundidad de estos acontecimientos, vid. el capítulo ―A vueltas con la diplomacia‖
en PÉREZ GONZÁLEZ, Isabel María, ob. cit., pp. 355-394.
120
mujer dio el primer grito de dolor que engendró la guerra con su sublime obra la Choza
del tío Tomas -escribían los redactores-, otra mujer debía dar ahora el grito de victoria
que ha de engendrar la paz‖. Sin embargo, la respuesta de la señora Perry fue una
negativa: ―Es verdad -contestaba Carolina-, que al advenimiento al poder del virtuoso
Lincoln, y presintiendo la tormenta que iba a estallar en el país de mis hijos, e inquieta
por el porvenir de aquella nobilísima descendencia de Washington, lancé un gemido en
favor de los esclavos‖, pero a aquellas alturas de su edad, la señora Perry tenía un
conocimiento del mundo suficiente como para saber que la cuestión esclavista no se
resolvía ni con piedad, ni con literatura, porque ni una ni otra iban a subvertir las leyes
del comercio.
El libro que vosotros queréis -decía- es obra para un historiador, para un filósofo, para
un político, y todavía reconocidas esas cualidades, dudo que alcanzase a explicar el
escándalo que es para la humanidad el que todavía en este siglo haya un solo esclavo en
la tierra.
[...] Ya pronto, muy pronto, cuando el sol de primavera, deshaciendo los hielos deje
libre paso a los ejércitos del Norte, y a la tremenda escuadra de las tortugas de hierro,
veréis caer aquel baluarte y veréis ondear en el capitolio la bandera de la libertad para
negros y blancos; y entonces, si queréis un himno, todos lo cantaremos.
Entre tanto, la historia de España era un puro ir y venir de gobiernos
bamboleados por su propia inconsistencia. Así, dando un repaso a aquellos años, vemos
que el campo político establecido tras el levantamiento de 1856 había abierto las puertas
a la Unión liberal de O‘Donnell, a los moderados de Narváez y -en teoría- a los
progresistas; quedando excluidos carlistas y demócratas, que se consideraban partidos
extremos. Aunque en la práctica, estos dos grupos no eran los únicos marginados; las
reglamentaciones electorales y la desconfianza de Isabel II y su camarilla hacia los
progresistas, les cerraron también a ellos las posibilidades de acceso al poder durante
toda una década. En esa tesitura, éstos no vieron otra opción que la formulada por
Salustiano Olózaga, conocida como todo o nada; es decir, abstencionismo político o
derribo de la monarquía isabelina. Pues bien, a mediados de los 60, esta última
posibilidad fue ganando suficientes adeptos como para constituir mayoría. Mientras
tanto, la sucesión de brevísimos gabinetes ponía de manifiesto el debilitamiento de las
instituciones, empezando por la propia reina, quien mostraba en sus preferencias
políticas idénticas veleidades que en su escandalosa vida privada. Ya hemos visto que
tras el llamado ―parlamento largo‖ de O‘Donnell, había llegado Miraflores. Luego, en
1864 le había sustituido Arrazola, cuyo gabinete en pleno dimitió a los dos meses, para
121
evitar su complicidad en otro de los negocios turbios del rey. El gobierno siguiente,
Mon-Cánovas, cayó de inmediato sustituido por Narváez, que fue cesado tres meses
después. Pero a los cinco días de su cese se le volvía a pedir que formara gabinete. Todo
esto ocurría a lo largo de 1864.
Por otro lado, en las filas de los progresistas, desde que se había optado por el
pronunciamiento militar y Prim había tomado la cabeza del partido, las guarniciones,
los pequeños cuarteles, las academias militares, se habían transformado en focos de
insurrección latente. Al mismo tiempo, la coincidencia de progresistas y demócratas en
su objetivo prioritario -el destronamiento de Isabel II y la instalación de un nuevo
sistema político- aproximó a los dos partidos, cuya coalición vino a ratificarse en julio
de 1866 en la ciudad de Ostende, donde se refugiaba el general Prim. Para entonces, la
ruptura entre la Corona y la mayoría social de España era ya un hecho y a los
preparativos militares para un pronunciamiento, se sumaba la creación civil de juntas
revolucionarias entre el paisanaje. En un día previamente señalado, los rebeldes -
soldados y oficiales desde sus guarniciones y el pueblo y sus líderes en las calles de
Madrid- habrían de obedecer a una misma consigna: el grito de ¡Prim, libertad! Toda la
ciudadanía estaba tan al cabo de la calle de los inmediatos acontecimientos, como el
propio Gobierno. Y desde luego la señora Perry, aguda receptora de multicolores
confidencias, estaba en la barrera de aquel ruedo. Así, cuando Gabriel García Tassara, a
la sazón en su último año embajatorio, manifestó desde Washington sus deseos de
regresar a España, Carolina Coronado trató de disuadirlo en una extensa carta del 29 de
mayo de 1866, de la que pueden extraerse interesantes párrafos:
A mí me parecía en vista del estado de los asuntos y en la expectativa de los
acontecimientos, que [no] era conveniente para usted su venida ahora, pero, como tengo
en que usted quede en Washington el interés de mi propia conservación aquí, temía que
me alucinase mi deseo egoísta de protección.
¿Cuál no fue mi sorpresa cuando Rivero vino a decirme mi mismo pensamiento
esclarecido y justificado con sus explicaciones? [...], y no hay duda, aquel cometa que
apareció el cincuenta y cuatro y cuya cola vi yo sobre el palacio la noche de las
iluminaciones, dicen los astrónomos de la política que debe reaparecer en brevísimo
tiempo, y yo me temo que ha de traer mayores trastornos que los que presenció usted,
porque están todos acordes en lo que han de destruir y no hay dos siquiera que lo estén
en lo que han de edificar.
En los planos que forman los diferentes arquitectos, dicen que quieren hacer un castillo
feudal, un capitolio, un cuartel, un convento, y otros edificios, pero la verdad es que no
les hallo trazas sino para un manicomio. En las manos de los caudillos he contado
122
cuatro coronas, un manto imperial, un gorro frigio, un bonete y seis memoriales de
regencias [...]. Unos por esta idea, otros por otras, otros por ninguna; todos, en fin,
trabajan. ¿Van todos de buena fe? Sin duda que irán muchos, pero en general la
revolución es hoy para ellos una mina en la cual creen que van a hallar un gran filón de
oro o plata, cuando tal vez este filón es sólo azufre; y como andan a tientas por las
galerías, escondiéndose los unos de los otros, se estorban en vez de ayudarse hasta que
alguno encienda un fósforo y reviente la mina.
Todo el mundo está en expectativa, sin saber lo que va a suceder; todo él presiente que
va a suceder algo y, si yo quisiera darme los aires de profetisa, me aprovecharía de los
rumores de la opinión pública para anunciarle que cuando reciba esta carta mía debe
haber ocurrido en España algún grave trastorno.
Rivero, cuyo corazón para la amistad vale tanto como su talento para la política, cree,
como yo, que la venida de usted en las actuales circunstancias sería inconveniente para
usted. Un hombre de la importancia de usted, tiene que colocarse en un puesto definido
y aquí lo que hay ahora es el caos [...].
―- Gabriel -dice-, debe venir a luchar con su gran talento en los combates parlamentarios
cuando hayamos establecido un sistema donde todas las opiniones puedan estar
representadas y se necesiten elementos conservadores; porque nosotros (cuando esto
exija) queremos restablecer los partidos constitucionales en toda su pureza y vigor, y
Gabriel es una gran fuerza‖.61
Así, tal como Carolina Coronado anunciaba a Tassara, el 22 de junio de 1866 se
llevó a cabo el primer movimiento insurreccional de resonancia política, más por la
magnitud de la tragedia que por lo que en sí había significado. Al toque de diana se
inició en el cuartel de San Gil la rebelión de los sargentos de Artillería, en tanto que los
paisanos, contestando a las señales de la guarnición, levantaban barricadas callejeras a
las órdenes de los elementos civiles. El pronunciamiento fue sofocado el mismo día, con
un saldo de varias decenas de muertos, más de quinientos heridos y más de mil
prisioneros, la mayoría deportados a las colonias. Decenas de militares fueron juzgados
y pasados por las armas en una sangrienta represión que desprestigió para siempre al
general O‘Donnell, héroe años atrás del semejante pronunciamiento de Vicálvaro.
Algunos de los insurrectos corrieron mejor suerte, gracias a la pronta intervención de
influyentes personalidades que se ofrecieron a protegerlos. Así, el general Pierrad -uno
de los que había estado al mando de las fuerzas sublevadas- fue recogido con heridas de
cierta gravedad por el duque de Alba. Este hubo de personarse en uno de los puntos de
combate próximo a su residencia, para hacerse cargo del herido.

61
MÉNDEZ BEJARANO, Mario, Tassara. Nueva biografía crítica, Madrid, Imprenta de J. Pérez, 1928,
pp. 29-32.
123
Semejante fue la actuación de los Perry que en aquellas fechas habían vuelto a
habitar su casa de la calle de Alcalá, donde hallaron asilo varios de los prohombres de la
revuelta -Castelar, Martos, Becerra, Carlos Rubio...- junto a cuantos sargentos y
soldados tuvieron cabida en la vivienda. Como quiera que al paso de los años surgieron
ciertas dudas sobre el desarrollo de este episodio, Carolina Coronado salió al paso de los
comentarios enviando una carta al director de El Liberal, publicada el 4 de julio de
1898. Decía en ella:
Deseosa de corresponder a la cortesía de la Redacción, debo decir: Que D. Emilio
Castelar se acogió en 1866 a la bandera de los Estados Unidos62 con su compañero D.
Cristino Martos, al mismo tiempo que D. Manuel Becerra y D. Carlos Rubio; no Rivero,
como dice en sus Memorias el ingeniosísimo Blasco.
Bajo aquella bandera permanecieron protegidos en la calle de Alcalá, hasta que el
diputado a Cortes D. Adelardo López de Ayala vino a sacarlos para trasladarlos a
Francia.
Ignoro qué autorización tenía Ayala para conducirlos sin peligro a través de la rígida
vigilancia oficial hasta la frontera salvadora; pero como Ayala era amigo decidido de
Cánovas, y éste ejercía a la sazón el doble cargo de ministro de Ultramar y de Hacienda,
se supone que sería con la protección de Cánovas que Ayala conduciría a Francia a los
revolucionarios. Pudiendo también suponerse que, para dispensar esta protección,
Cánovas confiaría en la magnanimidad de la reina Isabel II.
Es posible que Campoamor entendiese en esas cosas, y que Castelar debiese su
salvación a influencias en el Palacio: yo sólo sé que Castelar se acogió al pabellón de
los Estados Unidos, y sólo esto y no otra cosa puedo confirmar.
Y también se puede confirmar que cuando el entonces embajador de los Estados
Unidos, John P. Hale, se personó en el domicilio de los Perry, quedó escandalizado de
tantos prófugos como se refugiaban bajo pabellón norteamericano. Como vemos, más
que una participación directa de Carolina Coronado en los asuntos públicos, lo que
revelan estas anécdotas de su historia, es un interés por el derecho inviolable de toda
persona a conservar la vida. Porque si es cierto que la piedad era un valor
convencionalmente establecido para la mujer, también es cierto que Carolina Coronado
usó de esta convención al modo espontáneo de quien había sufrido en sus propias carnes
las consecuencias de la intolerancia; como es igualmente cierto que las crónicas del
momento han consignado a pocas mujeres que hayan actuado con tan firme decisión
como la señora Perry, en aquellos años inciertos de la Historia de España.

62
Los subrayados aparecen en el original.
124
Años inciertos, es verdad, porque desde este levantamiento de 1866, conocido
como el levantamiento de San Gil, y la despiadada represión posterior, los designios
revolucionarios proseguían, aunque de modo lento y vacilante. O‘Donnell cayó
definitivamente y tras él había vuelto Narváez quien, con más sentido político que la
reina, pretendió abrir un cauce legal al partido progresista. Pero la camarilla real se
interpuso ante su voluntad y éste sacrificó su proyecto a cambio de la permanencia en el
poder, y aun a costa de que la monarquía isabelina diera otro paso más en su camino
hacia el suicidio. Con la muerte de O‘Donnell en Biarritz el 4 de septiembre de 1867 y
la subida de Serrano a la presidencia de la Unión Liberal, la alianza de éstos con los
progresistas y demócratas se hizo mucho más fácil.
Mientras tanto, Prim seguía viviendo en Ostende desde donde continuaba
organizando los planes revolucionarios con Sagasta, Ruiz Zorrilla y Becerra, al tiempo
que Rivero, Figueras, Martos y Castelar trabajaban en París. El propio duque de
Montpensier envió a la infanta para que convenciera a la reina de que debía asumir la
voluntad popular y abandonar la peligrosa política que venía siguiendo. Pero, según se
dice, Isabel II recibió a su hermana de muy mal talante, dejando echada así su propia
suerte. Por otro lado, la crisis económica europea de 1866 acabó dando al traste con la
débil economía española; no sólo los negocios de la augusta clientela comenzaron a
fallar, sino que el hambre y el desasosiego acució a la población hasta la iracundia.
Finalmente, el 23 de abril de 1868, moría el general Narváez; la herencia que recogía
González Bravo al sucederle en el poder, no era muy codiciable.
Ese mismo mes de abril, Carolina Coronado sacó a la luz ―La lira moderna‖, una
composición que pronosticaba el inmediato naufragio de la patria. Y es que la poeta
estaba demasiado cerca de la política como para no presentir el estallido de cólera
popular que se avecinaba.63 Y siendo mujer escritora, por muy al margen de la creación

63
"La lira moderna" se publicó en La Iberia el 10 de abril de 1868, es decir, cuando se estaban ultimando
los preparativos para la inminente revolución. En relación a la censura de la época es interesante el
comentario que hace Carolina Coronado en una carta enviada presumiblemente a Manuel del Palacio,
cedida por Don Eduardo Palacio Fontón a la Biblioteca del Ateneo de Madrid. Existe copia de esta carta
en la Biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz, de donde la tomamos. Dice
así: ―Amigo mío: Allá va un suelto que no lo puede agarrar el Diablo (es decir el censor) no aquel diablo
de que hablan los versos que se entretiene en espantar las moscas con el rabo sobre la tumba de aquél
cuya panza era todo reacción. Aquél que por sostener el principio de autoridad tuvo el fin que usted sabe
y yo no ignoro. ¡Malogrado!
Ampare usted ese suelto bajo las extensas alas de su firma porque si esto que digo del médico de mi niña
lo firmo yo se le quita la mitad si no toda la importancia para cualquiera que no conozca bien estas cosas.
El elogio es merecido y si el Doctor Director lo dudase dígale que el tumor estaba colocado en el
peritoneo (cosa que no entiendo y él sí) y entonces se convencerá de que debe ponerse el suelto.‖ Los
subrayados aparecen en el original.
125
que se viniera confesando, no podía por menos que dar forma literaria al fragor de los
acontecimientos que anunciaban la revuelta. Pero ahora no cantaba una poetisa a la
búsqueda de lauros, sino la hija de una España en infortunio a cuyo servicio ponía sus
versos porque no tenía otro modo de servir a la ciudadanía; sin embargo, tampoco era
una proclama abanderando a multitudes, sino un lastimoso poema, inspirado por el
sentido del deber.
Por fin el 18 de septiembre, el general Prim y el almirante Topete iniciaban en
Cádiz el pronunciamiento, cuya cabeza asumiría Serrano. González Bravo presentó
entonces su dimisión, pero la reina, inconsciente del peligro que la acechaba, sin
suspender su veraneo en San Sebastián, nombró como sustituto a José de la Concha.
Luego llegó la batalla de Alcolea -entre el 26 y 28 de ese mismo mes- ganada para la
revolución ―Gloriosa‖ y detrás de la victoria, el Gobierno Provisional presidido por
Serrano. De manera que cuando Isabel II quiso volver a la capital para salvar la Corona,
el júbilo anti isabelino había desbordado al pueblo de Madrid, cuyas calles ya no habría
de pisar quien en otro tiempo había sido aclamada por esos mismos súbditos.
No obstante, Carolina Coronado parece que miró con cierto escepticismo aquel
movimiento revolucionario, tal vez porque los años le habían hecho perder la esperanza
en la utilidad de las revueltas españolas. ―¡Qué pueriles deben parecer a los extranjeros,
pensé para mí, estas revoluciones que hacemos los españoles! -escribía pocos años
después-. Es verdad que en lo que hacemos no damos a entender que somos malos,
porque nuestra actitud no puede ser más inofensiva; pero indudablemente damos a
entender que somos tontos‖.64 Sin embargo, la escritora tomó parte activa en alguna de
las demostraciones ciudadanas surgidas a impulsos del optimismo popular. Porque los
aires de libertad que ventoleaban el ambiente dieron brío a ciertas causas hasta entonces
apagadas por los imperativos autocráticos de la monarquía isabelina. Entre ellas estaba
la cuestión abolicionista, a la que Carolina Coronado y otras conocidas escritoras se
habían adscrito años atrás.
Pues bien, el 14 de octubre de 1868, tuvo lugar una de las manifestaciones
públicas más populosas de todas las celebradas en Madrid al socaire revolucionario. Fue
el acto de afirmación contra la esclavitud en Cuba, del que nació la Asociación
Abolicionista de Madrid, para cuya presidencia y vicepresidencia fueron votadas

64
CAROLINA CORONADO, La Rueda de la desgracia, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello,
1873, pp. 50 y 51.
126
respectivamente la señora Perry y Concepción Arenal.65 Con miras a aquel
acontecimiento, Carolina Coronado había concebido unos versos de urgencia en los que,
en nombre de la libertad que el pueblo aireaba por todo el suelo peninsular, emplazaba a
la derogación de la esclavitud entre el pueblo antillano con expresiones como estas:
No, no es así: al mundo no se engaña.
Sonó la libertad, ¡bendita sea!
Pero después de la triunfal pelea,
no puede haber esclavos en España.
¡O borras el baldón que horror inspira,
o esa tu libertad, pueblo, es mentira!
Pues he aquí que la participación de Carolina Coronado en este acto ciudadano,
fue un argumento esgrimido por el embajador John P. Hale contra su secretario Perry.
Porque aquellos años inciertos para la historia de España, también habían venido a ser
inciertos en la Legación norteamericana. El origen de la inestabilidad radicaba en que su
embajador John Parker Hale, reconocido como honorable prohombre del Norte, a estas
alturas de su vida había caído en una demencia que se negaba a reconocer. Bajo la
inconsciencia de sus actos, no sólo había practicado el contrabando en España, sino que
había arremetido contra su secretario Perry, por haber tratado de resolver ante el
secretario de Estado Seward este turbio asunto, que había saltado a la prensa americana
y española.66 Es en ese contexto de enfrentamientos entre embajador y subordinado, en
el que Hale envió a Seward una carta de pretensiones descalificadoras hacia Carolina
Coronado, que luego sería publicada por el New York Times el 10 de abril de 1869.
Decía entre otras cosas:
La Sra. Perry es una señora de mediana edad, rondando los cincuenta, y en la presente
ocasión apareció en escena ante un inmenso auditorio, con su largo cabello esparcido
sobre los hombros, y con efecto escénico declamó un pequeño poema en favor de la
abolición de la esclavitud en Cuba. A continuación, los asistentes votaron la creación de
una sociedad en favor de la abolición de la esclavitud en la isla, con la señora Perry
como presidenta. El poema de la Sra. Perry fue publicado y circuló en gran número por
todo el reino.
A la vista de que el conflicto en la Embajada se estaba aireando de manera
vergonzosa, el Senado de los Estados Unidos, con su nuevo presidente Ulises Grant a la
cabeza, cesó a ambos diplomáticos, de manera que el 29 de junio de 1869, la Legación

65
MUÑOZ DE SAN PEDRO, Miguel, ―Carolina Coronado. Notas y papeles inéditos‖, Índice de Artes y
Letras, Madrid, nº 64, XLIII, 30 de junio de 1953, p. 22.
66
Para conocer en profundidad este turbio asunto, vid. PÉREZ GONZÁLEZ, Isabel María, ob. cit. pp.
397-401 y 405-411 del capítulo ―Años inciertos‖.
127
norteamericana tenía un nuevo secretario. Cabe decir que el gobierno de Washington, a
fin de no agraviar comparativamente a aquél que en otro tiempo había sido honorable,
es decir, a John P. Hale, agraviaba a quien jamás había manchado su honor, esto es,
Horacio Perry.
En todo caso, el retorno a la calidad de ciudadano privado, permitió a Perry
reanudar sus negocios en las empresas cablegráficas, terreno en el que su prestigio se
había consolidado hasta el punto de ser reconocido por los expertos como un hombre de
inusual instrucción en el tema. De modo que la Compañía del telégrafo submarino de
Cuba -fundada inicialmente bajo las concesiones otorgadas en 1859- lo nombró ahora
su director.
Mientras tanto, la vida política en España seguía su agitado curso. Al
consumarse la abdicación y el exilio de Isabel II, los líderes de la insurgencia se habían
constituido en gobierno provisional, bajo la presidencia de Serrano, con Prim en la
cartera de Guerra y Sagasta en la de Gobernación. Las consiguientes elecciones darían
la victoria a los progresistas, seguidos de unionistas y demócratas, asumiendo Serrano la
regencia y Prim la presidencia del Gobierno. Luego el 6 de junio de 1869, las Cortes
constituyentes promulgarían una nueva Constitución -la más liberal de cuantas se
habían promulgado hasta entonces- por la que se proclamaban todos los derechos y
libertades del individuo y se confirmaba España como una monarquía, aunque con un
poder real restringido. Se impuso, por tanto, la necesidad de hallar un monarca.
Pues bien, entre los observadores extranjeros que cubrían estos acontecimientos
el periódico norteamericano New York Herald tenía destacado en España a un periodista
aventurero, destinado a convertirse en famoso explorador por tierras africanas.
Hablamos, en efecto, de Henry Morton Stanley, aquel de la expresión memorable
―doctor Livinstong, supongo‖. Y estando en España como cronista, era lógico que en el
verano de 1869 siguiera los pasos de la alta sociedad hasta San Sebastián, donde le fue
presentada Carolina Coronado. Es verdad que según anotó Stanley en su diario los
cambios nerviosos en el humor de la señora Perry le causaron manifiesto desagrado.
Mas como quiera que el aventurero cayera enfermo y se viera recluido en hotel Beraza
(nº 7 de la calle Embeltrán), donde se alojaba, se encontró con que Horacio Perry y sus
esposa Carolina Coronado, conocedores de su mal estado de salud, se desvelaron por
atenderlo. Esta fueron las impresiones que anotó a este propósito en su diario:
Qué equivocado estaba sobre Perry; yo que pensé de su mujer que era cualquier cosa
menos lo que es: un ángel. Es preciso caer enfermo para ablandar el corazón; de lo
128
contrario uno se hace irracional y adusto. Cómo cielos podría ser más caritativo y
juicioso. Ahora veo bondad y generosidad donde antes tan sólo había percibido orgullo
y frivolidad.67
Por cierto que la generosidad de la pareja fue notoria, pues cuando el aventurero
se hubo recuperado, no sólo se dio el gusto de navegar en el barco de Horacio, el
Carolina, sino de encontrarse con que los Perry habían pagado la factura de su hotel.
Por cierto, de regreso a Madrid, Stanley habría de centrar sus deberes de cronista en otra
crisis diplomática entre los Estados Unidos y España, desencadenada ahora por el
presidente Grant con una nueva intentona de hacerse con la isla de Cuba. Pero en esta
ocasión, como en las sucesivas, ya no estaba en las manos de la pareja Perry Coronado
procurar la paz.
Porque, ya definitivamente como ciudadano privado, Horacio reanudó sus
dedicación a las empresas cablegráficas. Tales negocios lo obligaban a desplazarse a
Londres con cierta frecuencia. Y en efecto, hacia uno de aquellos viajes partió el 9 de
junio de 1873. ―Mis dos hijas me abrazaron y lloraban a mi partida -escribía éste el 22
de octubre, desde Cascaes-. La mayor, una hermosa joven de veinte años‖. Y he aquí
que a los pocos días de su marcha ambas niñas adquirían un sarampión que la
primogénita fue incapaz de superar. De ese modo, el 6 de julio de 1873 moría en
ausencia de su padre Carolina Perry Coronado, ―aquella hermosa joven de veinte años‖.
El panorama que halló Horacio a su vuelta de Londres no podía ser más desolador. ―El
9 de Julio regresé a mi casa para encontrarla muerta, su madre demente y su hermana
sola en su habitación de enferma e ignorante de que era mi única hija -escribía Perry en
la carta arriba citada-. Desde entonces la única ocupación de mi vida ha sido salvar la de
mis supervivientes.‖
Al salir de su locura, Carolina Coronado ya no era la misma; no volvería a serlo
nunca. A sus ojos se abría una larga y desolada travesía hasta la muerte, salpicada de
neuróticas obsesiones y recaídas en la demencia, que perturbaron cíclicamente la
envidiable lucidez de su ancianidad. Muerta la hija mayor, el camino de la familia
señalaba Portugal, donde aguardaban las empresas cablegráficas de Horacio, aquel
americano emprendedor que jamás regresaría a su patria. Carolina, por su parte,

67
JIMÉNEZ FRAILE, Ramón, Stanley. De Madrid a las fuentes del Nilo, Barcelona, Mondadori, 2000,
pp. 115-117.
129
volvería a tomar la palabra literaria desde el entorno salutífero de la paz Lisboeta.68 Sin
embargo, la proverbial habilidad diplomática de la pareja Perry Coronado no volvería a
estar a la mano para templar las argucias de los Estados Unidos por la soberanía de la
isla de cuba, una soberanía que aún en el siglo XXI parece que se sigue anhelando.

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INGLIS CALDERÓN DE LA BARCA, Frances, The Attaché in Madrid or
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68
Para el conocimiento en profundidad de la vida de los Perry Coronado desde su traslado a Portugal
hasta el fin de sus días, vid. ―Desde Lisboa‖, ―De retorno a Extremadura‖ y ―Epílogo‖ en PÉREZ
GONZÁLEZ, Isabel María, ob. cit., pp. 437-494.
130
JIMÉNEZ FRAILE, Ramón, Stanley. De Madrid a las fuentes del Nilo,
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131
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