& LOS FORTINES / Facundo Gómez Romero
Facundo Gómez Romero
"O era sirviente, o era vago, y a los vagos se los enganchaba, por la fuerza, en
los batallones de frontera. El criollo bravío, que había servido de carne de
cañón en los ejércitos patrios quedaba convertido en paria, en peón miserable o
milico de fortín”
Eduardo Galeano.
Las venas abiertas de América Latina.
Un segmento importante de las investigaciones de Arqueología histórica
desarrollada con un impulso cada vez mayor en Argentina, ha tomado como objeto de
estudio a los fortines. (Austral et al. 1997, Gómez Romero 1999 y 2003, Gómez Romero
y Ramos 1994, Goñi 1998. Ormazabal Madrid. 1998 y 1999, Pedrotta y Gómez Romero
1998. y Roa y Saghessi 1998). Estos fueron estructuras militares fortificadas utilizadas
en la guerra con el indio desde mediados del siglo XVIII, hasta las postrimerías del siglo
siguiente. Sin embargo, ninguno de los trabajos precedentes ha reflexionado -
incluyendo mis propias investigaciones- respecto de los fortines, como el ámbito en el
cual fue implementada una particular tecnología de poder (sensu Foucault) perpetrada
por parte de los sectores hegemónicos de la sociedad. Este trabajo, considerará la
existencia de todo un encuadre de poder, escenificado en los fortines que presentaba un
esquema disciplinario y que actuaba bajo la arbitrariedad del sistema de leva y recaía
sobre las clases sociales pobres de la campaña.
El propósito de este articulo es explicitar las características esenciales que
poseía en lo operativo, la tecnología de poder pergeñada por las clases dominantes en
las zonas de luchas internas con el aborigen en la argentina del siglo XIX. A partir del
análisis de las siguientes obras de Foucault. Vigilar y castigar, Microfísica del poder y
La vida de los hombres infames se aplicarán algunos de los temas claves allí tratados,
para intentar una caracterización de la tecnología de poder mencionada y su modo
específico de implementación en el ámbito militar.
La búsqueda de ideas, conceptos y marcos analíticos en el pensamiento de
Foucault, por parte de los arqueólogos, tiene su punto de partida en 1984, cuando
Miller y Tilley editan su Ideology, Power and History. A lo largo de los años
transcurridos desde ese momento, diversos y varios escritos arqueológicos han
utilizado la producción teórica de Foucault en aplicaciones tan diversas como
planteamientos teóricos, cárceles de mujeres, plantaciones de esclavos o contextos
urbanos del siglo XIX (una recopilación detallada de trabajos arqueológicos que
discuten y aplican conceptos desde esta filosofía puede verse en Gómez Romero. 2002)
En este artículo, se realizará una síntesis de las características principales del
contexto histórico en el que actúan los fortines durante el siglo XIX, Y a continuación se
analizará el funcionamiento de una tecnología de poder a partir de los siguientes
indicadores:
a) la disciplina en el método de leva;
b) el fortín como prisión;
c) los suplicios corporales y
d) la deserción como método de resistencia.
Se discutirá también, la coexistencia de las formas de disciplina y vigilancia, junto con
las anteriores prácticas de castigos corporales.
SÍNTESIS HISTÓRICA
"El desierto, Sr. Presidente, es uno de los enemigos más terribles que tienen nuestras
instituciones, nuestro progreso y nuestro tesoro público. Es el desierto el semillero
donde el montonero, la barbarie y la ignorancia tienen su asiento".
Diputado Gallo.
Cámara de Diputados de la Nación. 1872.
Durante la mayor parte del siglo XIX, a la planicie pampeana argentina se la conoció
como el Desierto, concepto que es factible tildar de metafórico básicamente por dos
razones: primero, porque buena parte del mismo era un territorio fértil, una extensa
llanura de gramíneas, apto para la agricultura y la ganadería; y segundo porque estaba
mayoritariamente poblado por aborígenes de diversos grupos étnicos y por los
llamados gauchos. Según Garavaglia estos últimos eran jornaleros solteros que se
conchababan en las estancias para trabajar con el ganado vacuno y que migraban
constantemente, pero solos (Garavaglia 1993). Así, desierto para la clase política
argentina, estigmatizaba una imagen de vacío, de espacio potencialmente ocupable.
conquistable, imagen que negaba a sus habitantes por no aptos y por lo tanto
prescindibles, en la conformación de un país que crecía mirando a Europa. En su
concepción de desierto el poder delineaba una geografía de ausencias.
La imagen pergeñada sobre este territorio poseía su propia construcción
histórica según explica Navarro Floria:
"En el marco del proceso moderno de expansión europea y particularmente en el de
las expediciones científico- políticas de la época de la ilustración, los territorios que
resultaban particularmente inhóspitos para los viajeros fueron conceptualizados
como desiertos, ya fueran páramos, estepas o travesías sin una gota de agua, ya
fueran selvas o ciénagas impenetrables. El paradigma cultural europeo occidental
asignó la categoría de desierto no a los territorios deshabitados ni estériles sino a los
no apropiados ni trabajados según las pautas capitalistas".
Navarro
Floria. 2002:140.
En su exhaustivo análisis acerca de la concepción de desierto para la clase
política argentina, este autor expresa que hubo un viraje manifiesto que fue desde el
desinterés al interés, por lo que aquel espacio geográfico "inmenso, infinito, inaudito,
despoblado, incierto, inseguro, indefenso, inculto, ilimitado" (Lojo 1994, citado en
Navarro Floria 2002) se tornó en imperiosamente ocupable. Perspectiva que se delinea
durante la década de 1860. se concretiza en el papel mediante la sanción de la ley de
fronteras en 1867, y se efectiviza a partir de la conquista militar definitiva de 1879, Este
territorio dividido entre Pampa Húmeda y Pampa Seca, se extendía de Este a Oeste,
desde el Océano Atlántico hasta la cordillera de los Andes, mientras que el límite sur
estaba surcado por una frontera que comenzaba en Buenos Aires, terminaba en
Mendoza y constituía los confines del Estado argentino en formación (durante la mayor
parte del siglo XIX, el país era sólo un conjunto de provincias soberanas e
independientes') Más allá de la marca fronteriza se extendía lo que se
denominaba tierra adentro, un vasto territorio de llanuras verdes, sierras, salinas,
médanos de arena: surcado por ríos, riachos y lagunas, con manchones de bosques:
talas en la pampa húmeda, algarrobos y caldenes en la pampa seca, y araucarias en los
faldeos de los Andes.
Esta región fue el epicentro donde se articularon complejas relaciones
interétnicas desarrolladas entre indios, gauchos, estancieros, militares, comerciantes
criollos, europeos inmigrantes y negros descendientes de esclavos africanos. Este
espacio territorial puede ser considerado una típica zona borderland en el sentido de
Cusick (2000).
Estas características se manifestaban en el caso argentino, a partir de la
inmigración llegada de ultramar durante todo el siglo XIX y su contacto con elementos
locales, a su vez interconectados por un flujo y reflujo de mercancías y grupos humanos
que se producía, sobre todo entre Argentina y Chile, a través de lo que se llamaba "el
desierto". Este fenómeno era marcadamente intenso en las provincias argentinas de
Mendoza, Neuquén, San Luis, La Pampa y Buenos Aires, fundamentalmente.
El factor que articulaba este fenómeno era el comercio de ganado en pie, ya que
desde que fuera traído y abandonado por los españoles durante la primera fundación
de Buenos Aires en 1536 el ganado, fundamentalmente vacuno y caballar, constituyó la
riqueza de las pampas. La posesión y control del mismo, también fue la causa principal
de los conflictos entre aborígenes y criollos. Ya para comienzos del siglo XVIII los
aborígenes habían organizado un intenso comercio de ganado con Chile lo que permitió
la fusión étnica entre indios araucanos que atravesaban la cordillera y los indígenas
bonaerenses locales, denominados genéricamente "'pampas", proceso denominado "la
araucanización de la pampa"' (Crivelli Montero 1994, Mandrini 1996)
Por su parte, los estancieros del interior del país (Córdoba. San Luis, San Juan,
etc.) organizaban las llamadas vaquerías, contrataban a oficiales del ejército quienes
reclutaban gauchos y les daban lo que se llamaba el avío que consistía en pagos en
ropas, armas y a veces - las menos- en dinero. Para que recolectaran vacas y las arriaran
a los centros poblados o a las estancias consolidadas para engrosar los rodeos. A su vez,
los gauchos subsistían cazando este ganado cimarrón, con la finalidad de extraerles ei
cuero y el sebo para la venta y consumir algo de su carne. Estas cacerías y
principalmente la intromisión de elementos ajenos que transportaban los vacunos a
otras zonas, diezmaron las manadas en la campaña bonaerense y obligaron a la
incipiente burguesía comercial de Buenos Aires a intentar apropiarse de la tierra, para
controlar de esta manera el flujo y reflujo de ganado. No obstante, el proceso de
apropiación de la tierra situada al sur de la ciudad de Buenos Aires, no alcanzó
dimensiones geográficamente significativas durante el período de dominación española
(Martínez Sarasola 1992, Walther 1964)
Posteriormente, una vez ocurrida la independencia de España en 1816. el estado
argentino consideró que el progreso material de la nación dependía de la conquista y
colonización del desierto, ya que el esquema económico mundial determinaba que la
inserción argentina en los mercados internacionales debía basarse necesariamente en
la venta de materias primas agropecuarias a las naciones industrializadas. Este
proyecto estaba acompañado con la idea de terminar con la "barbarie" de gauchos e
indios, para poder poblar las pampas con inmigrantes europeos enfáticamente
considerados "civilizados". Así, esta mecánica de dominación basaba su modus
operandi en una adscripción sin fisuras a la antinomia "civilización o barbarie",
médula ideológica que explicaba y justificaba la esencia misma de ese poder. Estamos
de acuerdo con Susana Rotker (1999) quien manifiesta la idea de que la esencia de la
pretendida modernidad argentina durante el siglo XIX, se inscribía en esa dicotomía
tan simple como arbitraria, señalando que "la historia deja de ser un proceso
complejísimo de negociaciones sociales, para quedar simplificada en un binomio
moralizador de prácticas políticas: civilización o barbarie" (Rotker 1999: 24). El
desarrollo de este proceso se denominó en la historiografía argentina "La Conquista del
Desierto" y culminaría definitivamente durante la década de 1880.
La conquista y colonización de la tierra adentro se efectivizó a partir del
establecimiento de estructuras militares de campaña, ubicadas conformando cordones
defensivos, denominados lineas de fronteras con el indio. Dichas construcciones fueron
los fortines, defendidos por escuadrones de caballería gaucha (llamados durante el
periodo español blandengues y luego en el período independiente, guardias
nacionales). Estas unidades de caballería, conformaban un ejército que no era ni
profesional, ni voluntario, ya que las tropas que lo conformaban eran enviadas por la
fuerza a los fortines, mediante la efectivización del método de la "leva". Esta particular
tecnología de poder, cuya función principal era constituirse en el instrumento de
dominación de una clase, descansaba en la reciprocidad existente entre la clase
propietaria y el poder político; apoyo mutuo que determinaba que la tierra que
paulatinamente se le arrebataba al "salvaje" aborigen, se convirtiera rápidamente en
latifundios en manos de la élite dominante.
LEVA — DISCIPLINA
"Probó el cuchillo en una mata; para que no le estorbaran en la de a pie. se
quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el
hombro, en la mano izquierda: malhirió a los más bravas de la partida. Cuando la
sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca, hacia el alba,
mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desempeñaba
una función penal; Cruz fue destinado o un fortín de la frontera"
Jorge Luis Borges. Biografía de Tadeo Isidoro Cruz.
(1829- 1874).
Como se ha mencionado en el párrafo precedente, el procedimiento técnico de
aplicación de este sistema de poder en la frontera, era la leva del paisanaje pobre (una
de las maneras como se denominaba en la época a loa gauchos nómades). Establecida
mediante un decreto Ley que consideraba que el poder político-judicial, podía reclutar
a cualquier gaucho que no tuviera trabajo fijo, denominándolo en el lenguaje de la
época con la pintoresca expresión "vago y mal entretenido") Según Salvatore (1992:
41): "El ejército impuso el gravamen del servicio forzoso sobre una sola clase social, la
del peón de campo" Estas levas no fueron procesos que involucraran únicamente a
pequeños segmentos de la población masculina de las zonas de fronteras, sino todo lo
contrario. Como ejemplo basta con mencionar que para 1847. a un observador sagaz
como el escocés Mac Cann, no se le escapó que muchos de los pueblos de la Provincia
de Buenos Aires que visitó se encontraban desprovistos de hombres, debido a que los
mismos se encontraban sirviendo en el ejercito (Mac Cann 1947: 5, 28 y 43).
La norma era que se ejerciera sobre ellos, lo que determinaba su ajuste y su
inserción en un aparato de producción en franca expansión. Esto suponía la aplicación
de un andamiaje jurídico bastante peculiar, destinado a la incipiente proletarización de
la mano de obra masculina de la pampa, condición sine qua non para la conformación
de una economía capitalista en Argentina, plegando asi al gaucho a una voluntad de
dominación (un estudio en detalle de este particular puede verse en Garavaglia 1987.
Mayo 1987, 1999, Rodríguez Molas 1968 y Slatta 1983, a su vez un análisis
pormenorizado acerca del génesis y el desarrollo del capitalismo agrario pampeano en
el siglo XIX puede verse en Barsky y Djenderdjian 2003).
El término proletarización considera la transformación de un trabajador
independiente campesino, artesano, pequeño propietario- en trabajador asalariado,
dependiente por lo tanto de la venta de su fuerza de trabajo para obtener la subsistencia
En definitiva, el habitante de la campana o trabajaba bajo las órdenes de un
terrateniente, en los establecimientos ganaderos llamados estancias —hecho que debía
quedar constatado por escrito en un papel garabateado por el patrón debido a que los
gauchos eran analfabetos, en su gran mayoría— o de lo contrario se determinaba que
era un vago y se lo mandaba a los fortines de las fronteras Este papel testimonio del
contrato entre empleador y empleado, se lo conocía popularmente como la papeleta, y
allí figuraba el plazo del compromiso (generalmente días o unos pocos meses) Una vez
cumplido dicho plazo, de acuerdo con el Registro Oficial de 1823 el peón que se hallare
fuera de la Estancia. Chacra o Establecimiento del patrón será́ tenido por vago y
forzado a contratarse por dos años en el Servicio de las Armas.
El sistema de la papeleta ya había sido ideado por el virrey Sobremonte en 1804.
Este mecanismo fue reconsiderado en 1815 por el gobernador de Buenos Aires Luís de
Olinden quien decretó: Articulo 2*: Todo sirviente de la clase que fuere, deberá tener
una papeleta de su patrón. visado por el juez del partido, sin cuya precisa calidad será
inválida. Articulo 3°: las papeletas de estos peones deben renovarse cada tres meses,
teniendo cuidado los vecinos propietarios que sostienen esta clase de hombres de
remitirlas hechas al juez del partido para que ponga su visto bueno. Articulo 4º: Todo
individuo de la clase de peón que no conserve este documento será reputado por vago.
Articulo 5°: Todo individuo, aunque tenga la papeleta, que transite la campaña sin
licencia del juez territorial, o refrendada por él. siendo de otra parte será reputado por
vago. Articulo 6º: Los vagos serán remitidos a esta capital, y se destinarán al servicio de
las armas por cinco años en la primera vez en los cuerpos veteranos.
Este procedimiento era usualmente efectivizado de una manera despótica,
arbitraría que nada tenia de sutil, aderezado con la vieja arrogancia de la justicia real
nunca independiente de las relaciones de propiedad En efecto, el embrión de la
categoría "vago y mal entretenido" como elemento a disciplinar por el poder legal, data
de mediados del siglo XVII, plena época de dominación colonial española (Rodríguez
Molas 1968) y se relaciona con las leyes existentes en la misma época en Europa
aplicadas contra los mendigos, los vagabundos y los ociosos, dirigidas en palabras de
Foucault (1992: 61) "(...) a los elementos más nómadas" Las fuertes similitudes que
surgen entre este último caso y los gauchos no son mera coincidencia.
El encargado de llevar a cabo esta política disciplinaría era el Juez de Paz, cargo
creado en 1821 con la finalidad de llenar el vacío que había dejado la falta de la
institución colonial del cabildo El juez de Paz, era el representante administrativo y
judicial del estado y muchas veces también ejercía funciones de jefe de policía y
recaudador de impuestos. Salvatore en un trabajo reciente cuestiona la imagen de los
jueces de paz como "pequeños tiranos locales" (Salvatore 1998: 344) pese a que si bien
era cierto que concentraban en sus manos las facultades absolutas para impartir
justicia, este autor aduce que éstos siempre estaban bajo el estricto control del poder
(sobre todo en lapsos de fuerte control central), como en el período de hegemonía de
Rosas en la provincia de Buenos Aires). No obstante reconoce que las atribuciones de
los mismos en la campaña eran enormes (respecto de las actividades detalladas del
Juez de Paz, ver Díaz 1959 y el mismo Salvatore 1998) Estos eran elegidos a partir de
temas elevadas al poder Ejecutivo Nacional aunque sí bien los funcionarios de la
Justicia Letrada, que eran de carrera y los comísanos, fueran designados
y 'provistos' desde la ciudad, los jueces de paz y funcionarios policiales menores eran
vecinos, propietarios que se mantuvieron con bastante regularidad en sus cargos y
sobre ellos recayó fundamentalmente el dictado de la justicia. El siguiente documento
ejemplifica como actuaban los jueces de paz en connivencia con las fuerzas del orden,
aprovechando las reuniones festivas que realizaban los habitantes de las pampas —
bailes, carreras de caballos, riñas de gallos, etc— para efectuar sus razzias y capturar
voluntades discolas:
"En virtud de orden superior he (Sic) mandado un Capitán con treinta
hombres a recorrer todos los Dptos del sud, con el obgeto (Sic) de que en armonía con
los jueces de paz sean capturados todos los individuos comprendidos en
el (Sic) Superior Orden del 23 de Enero. Ppdo. Y los bagos (Sic) y malentretenidos.
Como este Cap se halla en este momento como a secenta (Sic) y tantas leguas de aquí,
me dirijo a Ud. Para que con su acreditado celo y patriot. Me preste su aquiescencia y
coperación (Sic) áfin de embiar (Sic) una partida del Regimiento á (Sic) Cachan,
donde deben tener lugar unas grandes carreras el 11 del que rige (donde habrá entre
trescientos y cuatrocientos) paisanos en los que habrá muchos de los comprendidos en
el citado decreto del 23 de Enero".
(Nota del jefe de la Frontera del Sud, Benito Villar, al Juez de Paz Ramón Vitón.
Fechada el 10 de marzo de 1855 en Fuerte Azul).
El documento precedente deja de manifiesto cuál era el criterio de selección de
guardias nacionales para enviar a los contingentes de frontera, en el mismo se observa
que el elemento a seleccionar era el gaucho que no tuviera trabajo fijo asalariado. Ese
constituía muchas veces, su único delito, mientras que a veces algunos individuos que
cometían delitos graves no eran perseguidos con el mismo ahínco por las autoridades,
debido a que su captura era intrascendente en términos de beneficios para el estado.
Por el contrario, el obtener más y más gente para engrosar los ejércitos fronterizos
indudablemente constituía una prioridad.
El ejército tuvo un papel preponderante en el esquema disciplinador; el
historiador Salvatore afirma: "El desarrollo de tecnologías de poder en áreas
exteriores a la producción refuerza la discipline del cuerpo social y confiere
legitimidad al cuerpo político (...) El ejército, tal como la prisión o el hospital,
presenta una idea de disciplina a inculcar sobre el cuerpo y la mente de los
reclutas (...) Por medio del confinamiento, la vigilancia y la jerarquía se intenta
producir sujetos obedientes, activos, calificados y patrióticos" (Salvatore 1992:28-29).
De todas maneras, este mismo autor considera que el ejército, tuvo un funcionamiento
imperfecto como institución disciplinadora, debido a falencias organizativas,
corrupción interna y a la existencia de diversos mecanismos de "resistencia" ejercidos
por los gauchos enganchados a servir en el mismo (coincidimos con esta idea
desarrollada por Salvatore en su artículo de 1992 y consideramos como "resistencias"
de los soldados al modelo que se les pretendía imponer, diversas prácticas —como la
deserción— que se detallarán en el presente trabajo).
Tal sistema basado en la coerción y en la injusticia, no se encontraba exento de
criticas y recibía la condena de cierta parte de la sociedad. La obra "El gaucho Martín
Fierro" (1872), escrita por el periodista y legislador José Hernández, testimonia el
abuso de poder perpetrado por los sectores hegemónicos para con el declarado "vago y
mal entretenido". En el mismo tenor, una carta publicada el 3 de junio de 1857 en el
periódico La Reforma Pacifica de Buenos Aires, denuncia crudamente la arbitrariedad
del proceder de la Ley de Leva en cuanto a la consideración especial que ésta tenia para
con los propietarios y la clase dirigente, recalcando que: "(...) no es dable a los paisanos
pobres que no tienen nada vayan a derramar su sangre en la frontera, mientras los
hombres hacendados quedan disfrutando en sus casas como si fueran duques o
marqueses, esto es un contrasentido pues somos republicanos". Apunta Foucault: "Ley
y justicia no vacilan en proclamar su necesaria asimetría de clase" (Foucault
1976:281).
Coincidimos en este aspecto con Ricardo Salvatore cuando afirma que los
historiadores han prestado poca atención a la violencia que se ejercía en la milicia
contra los gauchos (quizá él constituya como historiador la excepción a la norma). En
contraposición a este fenómeno observado en la historia, ha sido la literatura quien se
ha ocupado en forma más detenida de este hecho, buen ejemplo de esto lo constituye el
propio "Martín Fierro". Salvatore considera a la militarización forzosa como la
expresión más extendida de coerción estatal durante el siglo XIX (Salvatore 2000:411).
Para la época de gobierno de Rosas este autor enumera las diversas formas de
reclutamiento de tropas.
Aunque además de la coerción como método de reclutamiento, el ejercito
utilizaba también diversas formas de incentivos para servir en la milicia, como el pago
de un salario y el recibo de lo que se llamaba los vicios, un conjunto de bienes como
carne vacuna, sal, tabaco y yerba, que eran entregados a los soldados con una estudiada
irregularidad (la mayoría de la bibliografía sobre el servicio en las milicias del estado
dan cuenta de las carencias crónicas de los regimientos de fronteras y por lo tamo sería
engorroso enumerarlas aquí).
En definitiva, quedaba poco espacio para el gaucho semi-nómada o para el
pequeño propietario, en un régimen de acceso a la tierra que propiciaba la
conformación de latifundios (para 1830. solo 60 terratenientes poseían el 76 % de Ja
tierra disponible, mientras que en el año 1836, el 77% de las estancias eran de más de
5000 has, Carretero 1972:241). 33 años más tarde, este cuadro situacional no se había
modificado sustancialmente, sino que resultaba muy similar al descripto, al respecto
Vedoya, analiza como era en 1869 el régimen de parcelamiento de la tierra en 15
partidos de la Provincia de Buenos Aires 4.936.000 hectáreas. "De éstas, sólo 296.000,
un 6 % pertenecían al Estado; 2.912.500, un 57 %, estaban en mano de 379
propietarios —una media de 7.680 hectáreas cada uno—; el resto, 1.727.500, un 37 %,
pertenecían a 12 familias —una media de 144. 000 hectáreas cada una—“ (citado en
Vázquez—Rial, 1999: 317-318). En fin, los números hablan por sí solos.
No obstante, resulta necesario explicar que no es nuestra idea atomizar un
complejo régimen de tenencia de tierra (como era el de la región pampeana en el siglo
que va de 1775 a 1875) en una dicotomía simple y acaso falaz de latifundistas y/o
gauchos nómades o semi—nómades. Por el contrarío, la complejidad de formas que
éste contiene esta demostrado en trabajos como el de Barsky y Djenderedjian,
Garavaglia o Gelman, entre otros. En dichos análisis encontramos la presencia de
pequeños propietarios, arrendatarios y ocupantes diversos, quienes explotan porciones
de terreno pequeñas y medianas. Pese a que lo anterior es cierto, también lo es que el
latifundio existía y su existencia auspiciada por la política económica del estado,
determinaba que sus representantes no conformaran el grueso de las fuerzas de los
ejércitos de fronteras internas, siendo este un privilegio casi exclusivo de los habitantes
de los segmentos sociales más bajos de la campaña rural.
Sin embargo, el ejercicio práctico de esta tecnología de poder no era propiedad
exclusiva de la clase dominante propietaria de los latifundios, ya que si bien impactaba
fuertemente sobre un sector social, su accionar cotidiano trascendía las distinciones de
clases y se movía a lo largo y a lo ancho de todo el entramado social. Debemos
considerar aquí lo que Foucault llamó "microfísica del poder", es decir la existencia de
micropoderes ejercidos en el orden individual, independientes de, por ejemplo, el
aparato del estado, pequeñas instancias personales de poder diseminadas en la
sociedad y que actúan a través de ésta capa por capa, pliegue por pliegue. Poniendo de
manifiesto una de las características fundamentales que posee el poder para este autor,
quien señala: "...cuando pienso en ¡a mecánica del poder, pienso en su forma capilar
de existencia, en el punto en el que el poder encuentra el núcleo mismo de los
individuos, alcanza su cuerpo, se inserta en sus gestos, sus actitudes, sus discursos, su
lugar a la clásica oposición binaria entre dominadores y dominados, porque cada
individuo aquí es tanto receptáculo como vehículo de relaciones de poder, cada sujeto
es a la vez agente y producto del poder”. Lo antedicho resalta el permanente estado
plurifacético del poder que posibilita que el mismo se encuentre en todas partes, que lo
atraviese todo y que sea accesible a todos, hecho que determina que las relaciones que
lo conforman resulten inestables, reversibles, ambiguas. Estas cualidades las
diferencian de las relaciones de dominación, en tanto estas últimas se observan como
esencialmente asimétricas y que necesiten para hacer eclosión de encuadres jerárquicos
bien definidos, de ejes operativos que condicionen estructuras rígidas de
subordinación; carentes por lo tanto de las inestabilidades constantes y de las
posibilidades de resistencias que caracterizan a las relaciones de poder. En definitiva,
las primeras lo auscultan todo, mientras que las segundas se desarrollan únicamente en
esquemas intrínsecamente jerárquicos.
En nuestro caso de estudio, la microfísica del poder queda evidenciada en el
mismo sistema de leva, ya que este esquema cobijaba en lo operativo, un cúmulo de
imperfecciones, de ambigüedades, de inobservancias que se tornaban visibles en la
práctica cotidiana. Entre estas se podrían mencionar, un cierto ilegalismo tolerado del
que gozaban parientes, amigos y "favorecidos" del Juez de Paz, cuyo accionar conjunto
conformaba la existencia de un complejo cóctel que incluía: corrupción,
malversaciones, delaciones, compra y venta de favores políticos, etc. Ya lo expresaba
con su aguardentosa voz el viejo Vizcacha hacete amigo del juez. La dinámica de
implementación de esta norma estaba viciada de arbitrariedad desde el núcleo jurídico
mismo de su concepción, ya que, según explicitaba el Código Rural de la Provincia de
Buenos Aires (redactado en 1865) bastaba con el testimonio verbal del Juez de Paz para
disciplinar a un habitante de la campaña considerándolo 'Vago y mal entretenido' y por
ende, susceptible de ser enviado a la frontera al servicio de las armas por el término de
tres años. El artículo N° 289 del citado Código establecía los requisitos para ser
considerado vago: "Será declarado vago todo aquel que careciendo de domicilio fijo y
de medios conocidos de subsistencia, perjudique a la moral por su mala conducta y
vicios habituales". Estas disposiciones permitían la ejecución, muchas veces
descaradamente injusta, de procedimientos sospechosamente turbios, teñidos de una
borrosa y superficial pátina de justicia. Como observa Foucault (1976:224, 225) "Bajo
la forma jurídica general que garantizaba un sistema de derechos en principio
igualitarios había, subyacentes esos mecanismos menudos, cotidianos y todos esos
sistemas de micropoder esencialmente inigualitorios y disimétricos que constituyen
las disciplinas''.
Pero, existía otro poderoso motivo para levar al gaucho y éste se relacionaba con
una estrategia definida en la operativa militar. Debido a que dadas las características de
la guerra de fronteras, con presencia de ejércitos compuestos casi enteramente por
escuadrones de caballería de alta movilidad y resistencia, unida a la necesidad de
contar con efectivos que tuvieran un conocimiento preciso del terreno y del enemigo,
hacían que el soldado ideal no fuera otro que el gaucho. Esta realidad se encuentra
claramente reflejada en una carta que el coronel Aguilar de la frontera Norte le dirigió
en 1857 a Mitre, en ese entonces ministro de guerra, ultimando detalles acerca de una
futura campaña contra el aborigen: "… Pero estos hombres que compongan nuestra
columna expedicionaria a escarmentar a los salvajes que están engreídos, deben de
ser guardias nacionales de la campaña, gauchos todos de a caballo: para esta
expedición no se precisan batallones de línea, compuestos de negros o blancos,
afeitados a la francesa, ni menos recortado el pelo a la misma moda; precisamos
hombres gauchos de a caballo, de bola y lazo, para cuanto se ofrezca y entonces
tendremos el triunfo” (Archivo Mitre Tomo XV, el subrayado es mío).
El esquema disciplinador dentro del ejército como institución lógicamente tuvo
sus vaivenes de carácter histórico. Algunos de los momentos más álgidos de aplicación
del mismo, ocurrieron durante la expedición de Martín Rodríguez al sur de la provincia
en 1823, a consecuencia de la cual se funda el Fuerte Independencia, enclave originario
de la actual ciudad de Tandil. En esta campaña se establece un reglamento severísimo
que castigaba "con pena de muerte a los desertores o a cualquiera que por cualquier
motivo se separara cierto número de cuadras de la línea" (citado en Walther 1964:
161) Asimismo, durante la llamada "Expedición al Desierto'" efectuada por Juan
Manuel de Rosas en 1833. Algunas de las normas dictadas por éste para controlar a los
gauchos soldados eran las siguientes:
El que maltratase de obra, con arma de fuego, blanca, palo, piedra o golpe de
mano a los sacerdotes, religiosos o cualquier ministro de Dios, que hubiesen recibido
ordenes sagradas, hallándose éstos en el traje propio de su estado, se hacia acreedor
al castigo de la última pena.
Por delito de robo comprobado, el reo se hace acreedor de la pena capital (en
dicha expedición por ejemplo, el soldado Simón Duarte fue pasado por las armas el 29
de noviembre de 1833, por tal causa).
El que tomare mujer casada, viuda o soltera tenia pena de la vida pero cuando
no le asistía intención deliberada y extrema para conseguirla, se le penaba a 10 años
de presidio.
Al que se probare haber extraído armas o municiones de sus camaradas,
almacén, parque o depósito se le aplicaba la pena de muerte.
El que por cobardía fuese el primero en volver la espalda sobre la acción de guerra,
bien sea empeñada ésta o si a la vista del enemigo marchando a buscarla, o bien
esperándole a la defensiva, era pasado por las armas en el mismo acto y en presencia
de las tropas, (citado en CGE "Política seguida con el aborigen" 1976: 418,419) .
Un aspecto clave para comprender el accionar de esta disciplina, refiere a que la
misma pugna por lograr la sujeción del soldado-gaucho al fortín, busca atenazarlo al
lugar, para que marque presencia, para que amojone el territorio que pronto caerá en
manos de la clase dirigente (los que se autodenominan “civilizados”). Se trata de un
esquema de disciplina que crea su propio campo de escenificación y que exige la
adscripción a un ámbito determinado: el fortín, como estructura cercada y cerrada por
una empalizada de postes, que defiende y contiene, aísla y somete, divide y encierra. El
fortín que es en parte, una prisión.
Sin embargo, esta disciplina era en muchos otros aspectos flexible y dócil. Por
ejemplo, no existía ninguna norma o disposición escrita que especificara que se debía
hacer con los desperdicios que diariamente se generaban en los fortines. De esta
manera, la basura se descartaba tanto en el interior como en el exterior de los mismos,
sin observar ninguna distinción respecto de los items descartados -vidrio, loza, restos
faunísticos- salvo la precaución de no desechar elementos cortantes en zonas de
tránsito con caballos (aspectos que fueron constatados en trabajos arqueológicos en el
Fortin Miñana (Gómez Romero 1999 y 2003) y en el Fuerte San Martín (Langiano et al.
2000). Otro de los ejemplos en los que se hace casi inexistente la disciplina, refiere a los
hábitos de consumo de las guarniciones acantonadas en los fortines. En este caso
investigaciones arqueológicas efectuadas en los fortines mencionados, así como en el
Fortín La Parva y el Cantón Tapalqué Viejo, han permitido detectar la presencia de
recipientes de ginebra, cerveza, vino y otras bebidas alcohólicas (Gómez Romero y
Bogazzi 1998, Guerci y Mugueta 2003, Langiano et al. 2000).
Es posible que esta disciplina débil, laxa, ecléctica de tono improvisado, se haya
manifestado de esta manera porque la misma no presentaba todavía el carácter
omnipresente que poseerá bajo condiciones de funcionamiento de un capitalismo
pleno, aspectos que se tornan claramente observables en el trabajo de Gaudemar (1981)
quien enfatiza la importancia absoluta que ésta adquiere dentro del proceso capitalista
del trabajo. Este autor demuestra que la disciplina es una forma históricamente
determinada, que actúa de manera dependiente de la formación económico social de su
tiempo, concepto al que adscribimos y que podría -en nuestro caso de estudio- estar
explicando las flexibilidades del esquema disciplinario de los fortines, donde no existió
sino hasta 1876 -tres años antes de la conquista definitiva del desierto y en momentos
en que las relaciones de producción eran mayoritariamente del tipo capitalista- una
reglamentación que codificara en forma estricta las actividades que se desarrollaban en
el interior de éstos.
Este carácter histórico, este componente dinámico de la disciplina es enfatizado
por Nievas, quien reflexiona sobre “las disciplinas como técnicas de ejercitar el poder,
y, por lo tanto, como resultante de relaciones de fuerza dadas para determinados
períodos y situaciones concretas, es preciso que las veamos en su despliegue; no como
una forma esclerosada de poder, sino como una ciencia política aplicada, evolutiva,
continua, ininterrumpida” (Nievas 1999:76).
El análisis anterior en su totalidad, evidencia que históricamente nos
encontramos en los albores del capitalismo, la apropiación de la persona del gaucho y la
manipulación brutal de sus cuerpos confirma esta hipótesis. En estos momentos el
capital toma lo que tiene a mano y comienza a parasitarlo, porque “La producción
capitalista no surge por generación espontánea, de la nada, ni existe desde siempre.
Por el contrario, la organización capitalista del trabajo se apoya en antiguas formas
de trabajo” (Nievas 1999: 107). Esta capacidad del capitalismo de actuar sobre
estructuras características de modos de producción anteriores, ya fue considerada por
Marx en El Capital (Marx 1988-1990).
En suma, consideremos la existencia de un poder legal que actúa para
disciplinar la fuerza de trabajo masculina disponible en la frontera, en donde no pasa
inadvertida la voluntad de diversos sectores hegemónicos por establecer una singular
tecnología de poder. El gaucho libre es un cuerpo inútil y la ley y el estado necesitan
cuerpos útiles, manipulables; aspecto que se logra con disciplina —a veces no muy
estricta-, control y vigilancia, estigmatizada a través de la coerción de la leva y
fundamentada en la sujeción al fortín-prisión. Así, se puede considerar que uno de los
principales objetivos de esta disciplina fue terminar con el nomadismo aparentemente
improductivo de las clases bajas de las pampas. La concreción de los objetivos de las
clases dirigentes demandaba mano de obra estable, en la estancia o en los fortines,
entonces es factible afirmar que en este contexto, la disciplina operó como un claro
procedimiento de anti nomadismo.
FORTIN-PRISIÓN
“Esta casa de penitencia podría llamarse Panóptico para expresar con una
sola palabra su utilidad esencial, que es “la facultad de ver con una mirada todo
cuanto se hace en ella”.
(Jeremy Bentham “El Panóptico”).
La consideración del espacio físico resulta esencial para comprender el modus
operandi de cualquier tecnología de poder, para Foucault el espacio es fundamental en
cualquier ejercicio del poder. En este sentido, un arqueólogo que trabaja en la llamada
Arqueología histórica ha afirmado que “the interrelation between space and power
provides a key to the archaeological study of the past” (Orser 1988: 320). Aunque este
autor también considera que, “Years of research are needed before a firm
understanding of the relationship between power and archaeological remains will be
attained. Nonetheless, plantations seem to provide a perfect arena in which to begin
the search” (Orser 1988:321).
En nuestro caso de estudio dicho espacio social y físico son los fortines. La idea
del fortín como prisión. se articula en relación a dos aspectos.
1) arquitectónico, evidenciado en la presencia de estructuras como la aislante
empalizada, el ancho foso y el mangrullo, desde el cual no solo se vigila el exterior sino
también el interior (las descripciones de diferentes fortines son coincidentes respecto
de la existencia de estos rasgos arquitectónicos básicos, ver por ejemplo: Ebelot 1968,
Memorias del Ministerio de Guerra 1873, Racedo 1965, Raone 1969, Walther 1964, etc.,
pudiendo presentar algunas variaciones en la morfología general de las plantas,
cuadradas, redondas, rectangulares, etc.) y
2) funcional, a partir de la sujeción de los gauchos obligados a vivir en estas
estructuras militares privados de su libertad y llevados allí contra su voluntad, a ser
considerados “vagos y mal entretenidos” por el poder y por lo tanto, culpables de ese
delito.
También se observa aquí el funcionamiento de esta muy especial tecnología de
poder, porque el que vigila desde el mangrullo, también es el compañero, el camarada,
quien puede llegar a pasar por alto los preparativos de una deserción nocturna, porque
él puede ser cl próximo que lo intente, aquí no hay guardiacárcel. Es lícito preguntarse
entonces: ¿Era el fortín una especie de panóptico funcionalmente imperfecto? El
panóptico de Bentham, descrito por Foucault (1976:203) presenta una construcción
periférica dividida en celdas, en forma de anillo y en el centro una torre que lo domina
todo y desde la cual es posible dominarlo todo. Así, según el autor, se logra “El efecto
mayor del panóptico: inducir en el detenido un estado consciente y permanente de
visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder. Hacer que la
vigilancia sea permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción”
(Ibidem: 204). De esta manera, el esquema del panóptico es aplicable “bajo reserva de
las modificaciones necesarias” agrega Foucault, “a todos los establecimientos donde,
en los limites de un espacio que no es demasiado amplio, haya que mantener bajo
vigilancia a cierto número de personas” (Foucault 1976: 209) cualidad que
evidentemente poseía un fortín.
No obstante, antes de considerar la aplicación de la idea del panóptico a los
fortines del desierto, es lícito mencionar que algunos autores —entre los que sobresale
Semple— han cuestionado la interpretación que el propio Foucault hace del panóptico
como el símbolo del totalitarismo moderno, como el ojo ciclópeo del poder disciplinario
o como el enclave físico sobre el cual giraba toda una tecnología de poder. Éstos
sostienen que en realidad el proyecto del panóptico fue un intento de mejorar la caótica
situación de las cárceles del siglo XV1I1, en donde se internaban reos hacinados en
confusa mezcla sin distinción de sexo, edad o estado de salud.
La caótica situación requería una reforma, y es en la segunda mitad del citado
siglo cuando ocurre el surgimiento de cierto espíritu crítico de un grupo de juristas de
la Ilustración entre quienes resaltan los nombres de Cesare Beccaria, John Howard y
Jeremy Bentham. Este último perteneciente al Utilitarismo y en palabras de Stuart
Mill, quien fuera el máximo exponente de esta corriente filosófica, una de las mentes
más importantes de la Inglaterra de su tiempo. Un análisis exhaustivo de la figura de
Bentham como auténtico filántropo y de la defensa de la idea de una interpretación
errónea efectuada por Foucault del panóptico, puede verse en los trabajos de la
mencionada Janet Semple (1992 y 1993) y en la mayoría de los artículos publicados en
el Journal of Bentham Studies. La discusión precedente excede los limites de este
trabajo, sin embargo consideramos válida la postura de Foucault con relación al
panóptico, aspecto que no ensombrece en absoluto la figura de Bentham como
auténtico reformador de las prisiones del periodo histórico en el que le tocó vivir.
Retomando su probable aplicación al contexto de la frontera indígena
pampeana del siglo XIX, creemos que es posible pensar en el fortín como panóptico
imperfecto, porque el que vigila es el propio compañero, que no es el poder, sino que es
un vehículo momentáneo, circunstancial, y por lo tanto imperfecto del poder.
Escudriñando acciones presumiblemente “delictivas” que él mismo está o puede estar
incitado a cometer, intersticio a través del cual se diluye la aparente homogeneidad
monolítica del poder, artificio que permite la tan común evasión: la deserción.
En los fortines, al estar el ejercicio de la vigilancia vchiculizado por agentes no
profesionales del poder, ¿permitía la existencia de un poder que en la praxis resultara
poco rígido, poco monolítico, poco brutal? La respuesta estaría nuevamente en lo que
Foucault llamó “microfísica del poder”. concepto que ya se ha mencionado
anteriormente y que hace referencia a las relaciones de poder que se establecen entre
las personas y que son relativamente independientes del poder ejercido por el estado.
Poseen una configuración propia y una cierta autonomía, desenvolviendo así una serie
de condiciones que permiten el funcionamiento de estos micropoderes. Micropoderes
que tienen un sabor a manufactura casera, familiar, resultan oscuros, ambiguos,
fugaces, a veces torpes, a veces sutiles, a veces voraces, muchas veces inobservables,
pero inexorablemente presentes. Ponen en evidencia que no todos los dispositivos de
poder pasan por el estado, ni que son privativos de éste, aspecto que a partir de esta
condición, garantiza una distribución infinitesimal de las relaciones de poder. Aunque,
es posible considerar que sus efectos estuvieran dotados de cierta intermitencia, que
resultaran discontinuos, irregulares porque en su aplicación estaban inextricablemente
mezcladas pasiones individuales, heterogeneidades personales, conductas a todas luces
coyunturales a la hora de ejercer el poder.
Esta “microfísica del poder” impregnó con singular fuerza, todos los segmentos
de la sociedad, fenómeno posibilitado a partir del medio en el que le tocó actuar: las
zonas de fronteras. Espacios en donde es factible —como hemos visto- observar
laxitudes en el accionar del poder, aspecto que determina instancias propensas para el
ejercicio de los micropoderes. Así lo explican Guy y Sheridan, refiriéndose a las
fronteras y. Antonio Austral, Ana María Rocchietti y equipo, que manifestaron una
idea similar al considerar que en las estructuras militares de campaña utilizadas en las
fronteras internas, se establecieron a partir de un cuadriculado de relaciones de
dominación y poder “Los fuertes y fortines se vuelven, fundamentalmente, una
antropología cuyo tema es la 'dominación' apoyada en un sistema de autoridad y
propiedad que adquiere leyes y dinámica propias por tratarse de una sociedad
de confín. Representan, en primer lugar, la sujeción de los indios (por negociación
asimétrica y por confrontación militar), en segundo término la sujeción de los
'levados' y en tercero, la sujeción de la población mestiza arrinconada en el 'borde'
por pobreza o por carencia de pasaporte de conchabo” (Austral el al. 1997)
No obstante, el peso del —todavía rudimentario- Estado Argentino como agente
de poder, se hacía sentir sobre los gauchos-soldados. Así, por ejemplo el castigo
impuesto a los centinelas por no cumplir con ciertas reglas disciplinarias era
impiadoso; Rosas estableció para la expedición de 1833:
* Todo centinela que abandonase su puesto sin orden, sería pasado por las armas;
* El centinela no conversaría con nadie mientras se desempeñase como tal,
dedicando todo su cuidado a la vigilancia de su puesto. No podía fumar, sentarse,
dormir, comer ni beber.
* El centinela que viese escalar o saltar por la muralla, pared, foso o estacada
tanto para salir o entrar a la plaza, fuerte o recinto cerrado y no hiciere fuego o diere
parte, sería pasado por las armas. (citado en CGE “Política seguida con el aborigen”
1976: 416).
La idea de panóptico imperfecto, de prisión de singulares características sujeta a
leyes particulares de funcionamiento, se afianza en el hecho de que en diversos fortines
se permitía la presencia de mujeres viviendo en su interior. De esta manera, las mujeres
en calidad de compañeras de los soldados entraban “voluntariamente” a formar parte
de esta tecnología de poder, desarrollando tareas de limpieza, cocina, zurcido de
uniformes, recolección de alimentos.
Algunas también pelearon en diversos combates, habiendo recibido por ello
cargos militares.
Desde la investigación histórica, una serie de trabajos recientes, entre los que
podemos citar los de: Malosseti Costa 2000; Rotker 1999; Socolow 1998 y Vera Pichel
1994, instauran justicia sobre este tema revalorizando la importancia histórica de las
mujeres como actores sociales significativos de un proceso histórico que para muchos,
parece haber sido protagonizado exclusivamente por hombres. Esta inclusión
constituye todavía un tema pendiente en la arqueología de fronteras, y creo que ya es
hora de comenzar a idear las herramientas conceptuales necesarias para visualizar la
presencia de las mujeres en la evidencia arqueológica recuperada en los fortines.
La relación entre poder y registro arqueológico explicitada por Orser (1988) y
que se ha mencionado en el comienzo de este apartado, es considerada por Baugher,
quien ha excavado un hospicio del siglo XVI en Nueva York. Esta autora encuentra que
en dicho siglo, a los internos de la institución no se les obligaba a usar uniforme, hecho
que infiere a partir de que los botones hallados en las excavaciones son todos de
diversas clases, incluso muchos de ellos, manufacturados por los propios internos
(Baugher 2001:189). Baugher, considera que el uniforme es en sí mismo, un elemento
de control y dominación, por lo tanto, la ausencia de éstos entre el vestuario de los
reclusos es interpretada por la autora como un signo de libertad de elección del que
éstos gozaban permitido por el sistema de poder de entonces, aspecto que cambia
irreversiblemente desde comienzos del siglo XIX, en momentos de advenimiento de los
regímenes disciplinarios del tipo capitalista. Sorpresivamente en Fortín Miñana (1860-
1869) ninguno de los botones recuperados en las tareas arqueológicas (n=12)
corresponde a uniformes militares. Este hecho podría evidenciar una cierta laxitud en
el esquema disciplinario, aunque quizás manifieste más probablemente el accionar de
un ejército conformado por soldados enganchados no profesionales, muchas veces
carente de los recursos elementales de supervivencia. Por lo tanto. a los soldados no se
les concedía el vestuario adecuado para su función.
SUPLICIOS CORPORALES
“Aquí el outlaw se llama bárbaro, infiel, matrero, salvaje o salonero y a medida
que la valorización de las haciendas y de los campos de pastoreo va marcando una línea
ascendente, su culpabilidad es mayor. “Malévolo”, malevo, su malevolencia es
directamente proporcional al despojo de su propia tierra. Y las condenas que padece se
agravan, consiguientemente, desde el cepo, la estaqueada, los azotes, hasta incurrir en
la servidumbre permanente, el confinamiento solitario o en “ser pasado por las armas”
sin juicio previo” (David Viñas “Indios, ejército y frontera”).
En un trabajo reciente, Famsworth expresa que en casos de análisis
arqueológico de contextos sociales en los que haya estado involucrado el uso
sistemático de Ja violencia fisica, ésta debe ser considerada aunque la evidencia de la
misma sea débil y dificilmente “observable” en el registro arqueológico, dado que,
“artifacts that speak directly to violence and punishment are rare in the
archaeological record (...) Skeletal material may not demonstrate the kinds of
Physical abuse most commonly employed” (Farnsworth 2000:154). Al no considerar
esta posibilidad, no se tendría en cuenta uno de los elementos claves para entender la
lógica de funcionamiento de estos contextos en el pasado, si bien el autor citado se
refiere específicamente a las plantaciones de esclavos del sur de los Estados Unidos;
esta reflexión, resulta perfectamente aplicable a los fortines argentinos de la conquista
del desierto, como se explicitará en esta sección.
La dificultad se acentúa cuando sea necesario certificar que determinados
rastros de violencia son resultantes de ajusticiamientos, suplicios, torturas o
flagelaciones infringidas sobre los cuerpos de los individuos y considerar además, su
visualización en el registro arqueológico.
Si bien lo anterior es cierto, algunas investigaciones efectuadas en el campo de
la Paleoantropología humana refieren a evidencias concretas de castigos físicos y
mutilaciones que dejan sus huellas en los esqueletos. El volumen 6 correspondiente al
año 1996 del International Journal of Ostearchaeology documenta diversos ejemplos de
esta temática, que por falta de espacio no citaremos aquí.
Las formas de castigo físico violento se imparten a través de objetos concretos,
Castro et al. (2002:2) mencionan esta clase de artefactos utilizados para causar dolor:
“los objetos pueden causar sufrimientos a quien los usa, cosa que sucede cuando el
propio objeto está impregnado de poder coercitivo, de forma que el padecimiento
resulta beneficioso para algunos miembros del grupo social, tal como ocurre, por
ejemplo, con unos grilletes o con la utilización de símbolos humillantes como la burka
y otros signos de exclusión social” (un estudio pormenorizado de los suplicios y
mecanismos de tortura implementados en la América española y en la Argentina
independiente es el de Rodríguez Molas 1983).
Al tratar el tema del castigo corporal como práctica castrense, Foucault
considera que “En el ámbito militar es una manera muy explícita de ejercer justicia,
muy militar, es una justicia armada, una manifestación de fuerza fisica. La
ceremonia del suplicio pone de manifiesto a la luz del día la relación de fuerzas que da
su poder a la ley” (Foucault 1976: 55), así como enfatiza más adelante que “La
desimetría, el irreversible desequilibrio de fuerzas, forman parte de las funciones del
suplicio” (Ibidem: 56) En el caso de los fortines, esta mecánica estaba implementada de
una manera particular, equiparable al ejemplo anterior del camarada-vigia en el
mangrullo, porque el que infringía el castigo era el propio compañero o superior, pero
en definitiva, un camarada de armas, no un agente que ejerce exclusivamente esa
función y al que el estado le paga por ello (como era el verdugo); el brazo del poder en
los dos casos citados, refiere a quien puede estar mañana codo a codo en una batalla y
comparte la vida diaria del campamento.
Pese a lo anterior, la brutalidad de los castigos parecía estar garantizada, hecho
que probablemente se explique a partir del funcionamiento de esos micropoderes
desarrollados por el ser humano común, a los que se ha hecho ya referencia y a la
existencia de un “poder represivo” (sensu Shanks y Tilley).
Las menciones a suplicios y castigos corporales abundan en las referencias al
ejército de fronteras. Dos ingenieros franceses que recorrieron las pampas en
momentos diferentes, efectuaron comentarios casi idénticos al respecto: Parchappe,
para los años 1827 y 1828 manifiesta que “los castigos son corporales y muy crueles”
(citado en Grau 1975: 54) Cincuenta años más tarde, Ebelot afirmaba “la disciplina es
cruel...mil, dos mil azotes no eran nada” (Ebelot 1968: 91) Rodriguez Molas (1982:
170) menciona que a unos desertores detenidos en 1836, se les aplicaron trescientos
latigazos, se fusiló a dos de ellos y al resto, se los mandó a servir a la frontera por tres
años más. En su interesante libro “Rozas, ensayo histórico-psicológico”, el
multifacético Lucio Mansilla observa que los suplicios que sufrían los soldados eran
habituales en la milicia y refiere haber escuchado, en un cuartel de Buenos Aires la
siguiente orden: “que se les apliquen dos mil palos” ante lo cual él preguntó “¿a
quiénes?” y le respondieron “a unos pobres gauchos destinados al servicio de las
armas” (Mansilla 1994:32-33). Otros testimonios resultan igualmente elocuentes,
como el de Gutiérrez que señala refiriéndose al soldado de los fortines “sufre las
estacas, el cepo colombiano y los palos” (Gutiérrez 1956:241). A su vez, Salvatore
(1992:30) afirma que “Un tiempo prolongado en el cepo o suficiente número de azotes
podían convertir a reclutas rebeldes en obedientes soldados —al menos esto era la
creencia generalizada—".
En un libro reciente sobre la vida de los gauchos durante el siglo XIX, Figueroa
explica detalladamente como eran los métodos de suplicio que éstos sufrían en el
ejército: “La estaca o estaqueada, consistía en hacer tender al acusado en el suelo con
las extremidades abiertas, y atarlo por cada una de ellas a estacas o bayonetas
clavadas en la tierra, produciendo gran dolor en las articulaciones” (Figueroa
1999:151). A su vez el cepo, continúa describiendo Figueroa (1999: 147) “tenía dos
tablas unidas por una bisagra, con tres cavidades semicirculares cada una. Se
cerraban a candado y al juntarse se formaban tres círculos huecos que aprisionaban
al inculpado, por el cuello y los tobillos o el cuello y las muñecas". El cepo colombiano
era una variante que, según este autor, se utilizaba en pleno campo en donde “se hacia
sentar al prisionero con las rodillas dobladas, detrás de las cuales se le colocaba
cualquier palo o fusil. Luego se le hacía pasar los brazos por debajo de los extremos
sobrantes y se le ataban las muñecas entre sí por delante de las canillas. Esto lo
dejaba en una posición forzada que producía un intenso agotamiento, pudiendo llegar
al desmayo” (Ibidem: 148).
Saubidet, en su completa obra Vocabulario y refranero criollo, informa de la
existencia de un tercer tipo de cepo, el de lazo con el cual “se ataba el lazo a una planta,
bayoneta enterrada en el suelo, palo o estaca, a cierta distancia del reo; entonces con el
lazo se le hacían a éste dos medios bozales en los tobillos y, luego, estirando la otra
extremidad del lazo, no mucho, se sujetaba en cualquier parte. El preso asi asegurado
no podía escaparse ni cortar el lazo con los dientes” (Saubidet 1952: 61). A su vez,
D'amico, quien fuera gobernador de la provincia de Buenos Aires a fines del XIX
recuerda: “el cepo siempre estaba cubierto de manchas rojas de sangre, gastado, liso,
reluciente, bruñido por la frecuencia del martirio” (citado en Rodríguez Molas 1983:
32).Una vez más, Martín Fierro denuncia:
Y el lomo le hinchan a golpes,
y les rompen la cabeza,
y luego con ligereza
ansí lastimao y todo,
lo amarran codo con codo
y pa el cepo lo enderiezan.
Asimismo Mansilla, en “Una excursión a los indios ranqueles” explica como el
gaucho Miguelito, un refugiado en los toldos del cacique Mariano Rosas, le confiesa su
historia particular que refiere a una injusta acusación de asesinato de un juez. En el
relato de Miguelito aparece el cepo con toda su carga de cruda arbitrariedad y lóbrego
dolor, “—Al día siguiente —prosiguió— me desperté en el cuerpo de la guardia de la
partida. No podía ver bien, porque la sangre cuajada me tapaba los ojos. Quise
levantarme; no pude. Me limpié la cara; poco a poco fui viendo la luz. Me habían
puesto en el cepo del pescuezo y de los pies. Ya sabe cómo son los de la partida de
policía, mi coronel; los más pícaros de todos los pícaros, y los más malos (...) Pasé una
noche malísima; ¡cuando no me despertaban los dolores, me despertaban los ratones
o los murciélagos!” (Mansilla 1969).
La arbitrariedad con la que se aplicaban estos castigos se evidencia en un
comentario de Santiago Avendaño, quien en 1851 sirvió en el acantonamiento de
Palermo, cerca de Buenos Aires, lugar donde iban a parar los soldados desertores
capturados: “(...) descargaron pues los azotes más atroces sobre los infelices. El
Coronel que miraba la escena desde un extremo, creyó que el cabo Vieytes, un negro,
no descargaba sus latigazos con todas sus fuerzas. Se acercó y mandó interrumpir el
castigo y señalando al negro Vieytes le dijo: Este pícaro parece que les está teniendo
lástima ¡Denle 25 azotes bien fuertes para que sepa como ha de castigar! Terminado
el castigo del cabo Vieytes, le dijo el Coronel: ¿te gusta ahora? ¡Andá otra vez a tener
misericordia y verás!” (Hux 1999:302). De esta manera, el momento del castigo
público genera una representación en absoluto morigerada o atenuada sino
brutalmente ejecutada de una auténtica ritualización del poder que persigue un
impacto ejemplificador entre los que observan.
La fuerza implacable de un ritual que considera que “el ejemplo debe inscribirse
necesariamente en el corazón de los hombres” (Foucault 1976:54), convirtiendo al
suplicio corporal en “una de las ceremonias por las cuales se manifiesta el poder”
(Ibidem: 52) Produciendo asi la reafirmación cruda y sangrienta del poder a través de
un ritual aparatosamente simbólico.
En el fuente del Azul, donde se situaba la jefatura de la comandancia de
fronteras de la sección Sud, se redactó un decreto militar el 7 de Julio de 1857 que
ponía de manifiesto lo inhumano de los castigos que se imponían entre las tropas que
guarnecían las fronteras. Dicho documento refiere a “los efectos perniciosos del uso del
cuchillo en el interior de los fortines, dada las peleas que se evidencian entre los
hombres”. Debido a esta razón el decreto ordenaba:
“Desde hoy en adelante todo individuo de tropa a quien se le encontrase con
cuchillo cargado al cinto...será castigado con doscientos azotes al frente de todo el
cuerpo”, agregando que si el infractor de la ley fuera sargento, “se le quitará su rango,
pero sin aplicarle el castigo”. En el artículo siguiente se disponía que a “Todo individuo
de tropa que en riña hiriese a otro del ejército con cuchillo, piedra o palo...se le
impondrá irremisiblemente el castigo de ochocientos azotes al frente de su
regimiento”. Y finalmente, el último artículo del decreto establecía que “Si de la herida
resultare muerte el agresor sufrirá en lugar de pena de azotes, la de ser pasado por
las armas al frente de todo el ejército” (citado en Luna 1996: 122).
Este ejemplo evidencia la crueldad de los suplicios ejercidos sobre el cuerpo de
las víctimas, además del carácter ritual y ejemplificador de los mismos, ya que éstos se
ejecutan en público y era la representación pública lo que necesitaba esta mecánica de
poder, “(...) un poder que no sólo no disimula que se ejerce directamente sobre los
cuerpos, sino que se exalta y se refuerza con sus manifestaciones físicas; de un poder
que se afirma como poder armado, y cuyas funciones de orden, en todo caso no están
enteramente separadas de las funciones de guerra; de un poder que se vale de las
reglas y de las obligaciones como de vínculos personales cuya ruptura constituye una
ofensa y pide una venganza; de un poder para el cual la desobediencia es un acto de
hostilidad, un comienzo de sublevación” (Foucault 1976: 62)
“En el suplicio corporal, el terror era el soporte del ejemplo: miedo fisico,
espanto colectivo, imágenes que deben grabarse en la memoria de los espectadores”.
Así ejemplifica Foucault (1976:113) esta fiesta del poder, a cara descubierta, confiando
profundamente en el poder coercitivo de la exhibición. En el caso de las penas aplicadas
por el uso de cuchillo, el castigo es un ritual también político, que no omite una honda
significación social, ya que impacta fuertemente sobre una determinada clase, al
valorizar la jerarquía. Al suboficial (el documento de 1857 habla de los sargentos) se le
castigará de forma diferente que al soldado, en general en las tropas de los fortines,
generalmente los oficiales pertenecían a las familias burguesas de las ciudades,
preferentemente Buenos Aires. Los oficiales, generalmente no dudaban en ejercer
despóticamente la condición de superioridad que les daba el cargo y su condición de
blancos, al imponer brutales castigos sobre los soldados mestizos en reiteradas
oportunidades. Salvatore (2000:425) se refiere a la utilización de palos y otros castigos
corporales, como elementos usados por los oficiales para instaurar entre los reclutas
nociones de obediencia y respeto a la jerarquía. Confirma esta práctica el diputado por
la provincia de Santa Fe, Joaquín Granel: “La pena de azotes sólo se aplica a soldados,
pero en ningún caso se hace extensiva a los jefes u oficiales, aunque se hubiesen hecho
reos del mismo delito” (citado en Rodríguez Molas 1983: 30) De esta manera, la
ritualización de estos suplicios corporales ponía de manifiesto la relación desigual de
fuerzas que dan su poder a la ley; ley que está siempre atenta, en la praxis, de lograr la
consolidación y la supervivencia de ciertos privilegios.
El citado diputado junto con su par correntino Torrent, presentaron en la
legislatura un proyecto para suprimir los castigos corporales en las Fuerzas Armadas.
La mayoría de las opiniones que se suscitaron al respecto entre los diputados
condenaron esta iniciativa, aduciendo que la indisciplina se adueñaría de todo el
ejército, haciendo imposible su normal funcionamiento.
Como dijera Roland Barthes (2003) “La autoridad, incluso en sus
manifestaciones más sangrientas, no era más que un decorado; bastaba con pasear
por en medio de esa mecánica la mirada de un hombre, para que se derrumbara”.
Pero para mirar, había que hacerlo con las dioptrías adecuadas. Tuvieron que pasar 17
años para corregir la mirada miope de la mayoría de los representantes de la clase
dirigente del país y que, como consecuencia el cepo fuera —al menos oficialmente—
prohibido en noviembre de 1881.
De esta manera Foucault demuestra cómo la ceremonia del suplicio físico le es
útil al poder. En nuestro caso de estudio, el Estado Nacional re-afirmaba su poder (por
otra parte, escasamente consolidado durante casi todo el siglo XIX en la mayor parte
del país) actuando sobre el dolor de la carne condenada. Un poder que se preocupaba
menos por cl castigo de una infracción, que por la ostentación pura y dura de su propia
fuerza, ejerciendo así un modelo de penalización que ya para esa época resultaba
bastante anacrónico. Además, y para completar el cuadro analítico, es posible observar
que la microfísica tampoco se encuentra ausente de esta resonante ritualización.
Un ejemplo excelente que corrobora esta aseveración es el caso mencionado
anteriormente del negro Vieytes, en donde el coronel jactándose de su propia
prepotencia, ordena azotar, al hasta ese momento, azotador. Diagrama en un instante,
un extraño artilugio punitivo que no constaba en ninguna ley militar. Activando así el
mecanismo de un micropoder cuya característica fundamental es conformarse como
casi autodidacta, debido a que corrompe la arbitrariedad de la norma por ser incluso
más caprichoso y más injusto que ésta. Habitualmente la norma escrita, se reviste de
cierto carácter moral que disimula en el fondo que la realidad se compone de una
multiplicidad de pequeños actos, y que éstos resultan ingobernables, anárquicos y por
ende, en absoluto normatizables. En el enjambre de contradicciones internas en donde
estos poderes liliputienses actúan, reside tanto su independencia como su propia
fuerza, como en la orden sui generis del coronel. Dicha orden, además —resulta
doloroso decirlo— se revestía de cierta coherencia, porque debido al peso de la
tradición, algunos habitantes de ciertas sociedades se encuentran propensos a
considerar como más habitual que el castigo físico recaiga sobre ciertos segmentos
sociales o grupos étnicos, como el caso de los negros en la Argentina del siglo XIX. Ya
que la esclavitud de éstos era un recuerdo cercano, con lo cual el hecho del castigo se
amolda, se condiciona respecto de sobre quien se ejerce, aspecto que fundamenta y
refuerza en este caso, la arbitrariedad del micropoder. No obstante, más allá de estos
componentes constitutivos intrínsecos del poder en si, resta aún por considerar un
aspecto esencial de los dispositivos de poder: las resistencias. Porque las relaciones de
poder no se establecen entre autómatas incapaces de ejercerlas, veamos pues, entonces
cuáles eran las resistencias ofrecidas por los gauchos al sistema de fortines panópticos.
RESISTENCIA- FUGA -DESERCIÓN
“Comprendió que las jinetas y el uniforme ya le estorbaban. Comprendió su
íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía
en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir
el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados, junto al
desertor Martín Fierro. “
Jorge Luis Borges Biografía de Tadeo Isidoro Cruz.
1829-1874
Imaginar una prisión implica imaginar un método para escapar de ella, la fuga
es un componente esencialmente asociado a la prisión. Del fortín-prisión se escapaba
desertando. La deserción fue quizás el proceder más importante de resistencia contra
los mecanismos coercitivos de un estado autoritario que poseía el gaucho. Este como
persona libre oponía resistencias al poder, y es ante todo, esa condición de libre la que
le permitía las resistencias. Al respecto, es posible observar que en la concepción de
poder que diagrama Foucault existe una estrecha relación entre poder y libertad, ya que
resulta esencial para el funcionamiento del mismo que exista siempre un cierto grado
de libertad en los individuos sobre los que se ejerce el poder y quienes a su vez, ejercen
poder. Hyndess (1987: 101) lo explica de la siguiente manera:
“El ejercicio efectivo del poder no tiene porqué implicar la eliminación de la
libertad. Al contrario en opinión de Foucault, cuando no existe posibilidad de
resistencia, no puede haber relaciones de poder”. Estas resistencias, en los fortines
generalmente se tornaban operativas a partir de las deserciones.
La deserción constituyó un hecho constante y un problema permanente para el
poder, de hecho, durante el período rosista (1829-1352) ésta constituyó el delito más
frecuente (Salvatore 1998:346), además fue el tema de numerosos estudios que
consideraron sus causas y buscaron una solución (por ejemplo, el informe del Ministro
de Guerra Gelly y Obes a la Cámara de Diputados, de 1864, detalla en forma
pormenorizada la magnitud dei problema). Una de las concesiones tradicionales, cuya
finalidad era reducir las deserciones era permitir como ya se ha mencionado- que cada
soldado tuviera su compañera, ésta podía si lo deseaba vivir en el fortín. Ebelot, uno de
los ingenieros franceses que hemos citado anteriormente menciona: “Un regimiento
sin mujeres, perece de aburrimiento y de suciedad y se aumenta notablemente el
número de deserciones” (Ebelot 1968:184).
Otra de las probables “soluciones” al problema de la deserción, fue un
recrudecimiento en la cantidad de penas, llegando a castigarse ésta con la muerte. Las
referencias escritas resultan elocuentes, así Marcos Paz, coronel destinado a la frontera
del Chaco, expone su queja “Los destinados me dan mucho trabajo. Son unos
facinerosos sin igual, ya se me han desertado algunos (...) les he administrado una
buena dosis de azotes, y he vuelto a encadenarlos; mañana fusilo a Benjamín Bradán
y en lo sucesivo lo mismo haré con cuantos agarre de los que se me deserten” (citado
en Rodríguez Molas 1982: 219). Daza, en su libro “Episodios militares”, consigna que el
soldado Mardonio Leiva del fuerte Puán fue atrapado por sus propios compañeros,
ordenándosele su fusilamiento, al ser enfocado éste por los remingtons, su grito
desgarró la pampa: “¡Tiren compañeros que matan a un hombre!” (Daza 1975:51).
Menciones similares se pueden encontrar en Barros (1957), Ebelot (1968), Mansilla
(1969), Prado (1970), entre otros. También el soldado Martin Fierro fue apercibido por
sus superiores, quienes le explicaron que le iba a pasar si se desertaba:
En la lista de la tarde
el gefe nos cantó el punto,
diciendo “quinientos juntos
llevará el que se resierte,
lo haremos pitar del juerte,
más bien dése por dijunto.
Cuando por alguna intermediación oportuna se lograba conmutar la pena de
muerte, el caso llegaba a las altas esferas de gobierno, incluso la mismísima Presidencia
de la Nación, como lo explicita el ejemplo siguiente relatado por Rodríguez Molas
(1968:304) “En 1874 son juzgados cuatro desertores por un tribunal militar y a
quienes aplican 'la pena de ser pasados por las armas, que establece la orden general
del 1? de julio de 1872* para suerte de los gauchos, un buen abogado apela esta
sentencia y con argumentos lógicos solicita su anulación, pues los soldados han
entrado al servicio de las armas por orden del gobierno y sin ninguna causa. El caso,
debido al interés que se coloca en él, llega hasta las más altas instancias: la
Presidencia de la Nación. El presidente Sarmiento, luego de algunos meses de espera,
conmuta la pena de muerte por cinco años de recargo en el mismo cuerpo”.
Desgraciadamente, la suerte de estos soldados expresa la excepción y no la norma.
En este mismo tenor existe un curioso documento que es el pedido de clemencia
para un sargento desertor. La causa de la deserción eran los malos tratos, léase castigos
corporales, que le infligía el comandante del fortín. El personaje que escribe la carta,
Manuel Andrade, alcalde del cuartel VII del partido de Azul, se dirige al juez de paz del
partido, solicitando que se tenga piedad para con este individuo, dado que el jefe
militar lo castigaba por una causa muy frívola —aunque no especifica cual es-. Sea
como fuere, este funcionario judicial intercede en nombre del sargento, para que éste
no sea azotado, ya que él mismo le aseguró al desertor que ello no ocurriría,
empeñando su propia palabra. Sugiere que el castigo se reduzca a más tiempo en el
ejército. Veamos pues este documento, que confirma la hipótesis de que los fortines
eran espacios en donde se aplicaban diversos tipos de suplicios corporales:
“El Infrascripto remite a Ud bajo segura custodia al Sargento desertor del
Fortin Miñana Federico Vasquez, capturado aquí por el que firma. Si es cierto Señor
Juez que éste hombre se desertó, como declara, por el mal trato que le daba el ComTe
del Fortín, originado por una causa muy frívola, es digno de lastima (Sic); a esto se
agrega que no hizo el menor movimiento de resistirse al tomarlo; ahunque (Sic) en ese
instante carecía de armas el suscripto; por cuyo motibo (Sic) espera se dignará Ud
interponer sus buenos oficios para con el Señor Comandante Gral, a fin de conseguir
que el castigo de éste hombre se reduzca (si es posible) a un tiempo recargado de
serbicio (Sic) en un Fortín; pero cuando muy menos espero que no será azotado; pues
en ello le empeñé mi palabra, y no trepido en creher (Sic) que el Señor Coronel Rivas
accederá a mi pedido. Dios guarde a Ud muchos años. Manuel Andrade”.
Fechada en San Florencio, el 5 de Octubre de 1863, El Alcalde Cuartel 7º,
Manuel Andrade
al Señor Juez de Paz del Partido de Azul, Don Pedro M. Lavas (AMEA Nº 1,
1863).
Los escribas burocráticos, secretarios de los Jueces de Paz al servicio de esta
tecnología de poder, confeccionaban las denominadas /1/iaciones. Descripciones
limitadas, someras, a todas luces policiacas. En donde los cagatinías de turno
clasificaban a los desertores capturados o que habia que capturar. Algunas de ellas
presentan, sin embargo, cierto carácter excepcional debido a que desoyeron el mandato
de aridez que aparentemente debía tener un texto referido a lo militar. Permitámonos
por un instante estancarnos en el detalle de un par de estas descripciones, en las que
florecen semblanzas vividas, no exentas de cierto lirismo, de personas que tuvieron
existencia real: gauchos anónimos cuyas vidas estaban destinadas a transcurrir al
margen de cualquier discurso oficial. Sin embargo, al igual que “los hombres infames”
magistralmente reseñados por Foucault, fueron circunstancialmente desmenuzados,
superficialmente disecados por la pluma del poder. Ya que, como afirma el autor, en la
citada obra, “Para que algo de estas vidas llegue hasta nosotros fue preciso por tanto
que un haz de luz, durante al menos un instante, se posase sobre ellas, una luz que les
venía de fuera: lo que las arrancó de la noche en las que habrían podido, y quizás
debido, permanecer, fue su encuentro con el poder... que las marcó de un zarpazo”
(Foucault 1996:124-125).
Fechada en Chascomús (Pcia de Buenos Aires) el 14/10/1846. Clasificación de
Juan Aguirre, desertor. Edad 14 años, estado soltero. Domicilio partido de San Vicente,
de campo, no sabe leer ni escribir. Color pardo, pelo mota, pertenece a la clase del peón
de campo. Es de a caballo, aparente para caballeria. Viste pañuelo atado a la cabeza,
camiseta de bayeta punzó vieja, no lleva divisa federal, chiripá de paño punzó,
calzoncillos y descalzo. Marcas de azotes en torso y espalda, dice haberlas cobrado en el
Fortín Melincué (Provincia de Santa Fe) de donde supuestamente se desertó
(AMEA, Documento N* 9, año 1846, el subrayado es mio)
La siguiente es una filiación fuera de lo común, pues el desertor escapó junto a
una mujer que es también descripta. Fechada en Monte (Provincia de Buenos Aires) el
15/1/1847:
“Filiación del desertor Eugenio Galván, edad como 30 años. Estado casado,
estatura regular regordetón. Color trigueño aindiado. Pelo negro y lacio. Barba
lampiña sin bigote, ojos negros, naris (sic) regular, boca regular. Viste sombrero
blanco de felpa, chaqueta de paño color café, chiripá calzoncillo largo y botas de
potro. Señas de Romualda Acosta que acompaña a Galván, hija de Gregorio Acosta y
de Petrona Gongora, domiciliada en Partido de Ranchos. Edad como 15 años. Color
trigueña, pelo negro y lacio, ojos negros, naris (sic) ñata, labios un poco gruesos.
Viste Bestido (sic) de chali morado con botones negros con florcitas punzó, lleva una
colcha de lana, calcetines blancos, punzones y berdez (sic)” (AMEA, Documento N?
129, año 1846).
Salvatore en su trabajo correspondiente al año 2000, describe diversas
filiaciones, mencionaremos las más significativas, por ejemplo la de Manuel Flores
quien en 1850 se desertó del regimiento N* 5 y se marchó al partido de Mar de Ajó, allí
trabajó para el juez de paz del lugar. Su deserción pasó inadvertida hasta que pasó al
partido de Mar Chiquita, en donde el juez de paz Saavedra sospechó de él y lo arrestó.
Estuvo dos meses engrillado en prisión, hasta que es el propio juez quien le propone
dos alternativas: la primera, que trabaje como peón en su estancia ó la segunda, ser
enviado a los cuarteles del ejército federal en Santos Lugares. Flores acepta la primera y
pasa a desempeñarse como domador de potros en el campo, recibiendo un excelente
sueldo de 120 pesos mensuales. No obstante, no permanece mucho tiempo en este
trabajo y un día sin causa aparente abandona su puesto y se marcha. Esta filiación nos
permite extraer algunas conclusiones muy interesantes, por ejemplo la falta de mano de
obra existente en el ámbito rural al parecer era una constante, aspecto ya considerado
por diversos autores —Barsky y Djenderedjian 2003, Salvatore 2000, entre otros—
Carencia que se manifiesta en la propuesta del juez de paz Saavedra quien prefiere, por
conveniencia personal, contratar como peón a un desertor y por lo tanto un criminal,
según la ley antes que devolverlo al ejército. Por otra parte, el abandono del trabajo por
parte de Flores, pone de manifiesto que el habitante de las zonas rurales de la provincia
de Buenos Aires estaba todavía inmerso en formas de vida precapitalistas, en las que la
obligación de supeditarse a un horario y a un patrón pesaban más que la obtención de
un sueldo por sustancioso que éste fuera.
Otra filiación documenta un caso muy extraño e interesante porque el afectado
es un inglés, quien también sufrirá, como veremos a continuación, los procedimientos
irregulares, la arbitrariedad, la explotación, los castigos corporales y hasta el soborno
del funcionario más importante de la justicia en el ámbito rural. Asimismo, el análisis
del documento nos permitirá extraer como conclusión el problema de la falta de mano
de obra en la pampa bonaerense, veamos: el súbdito británico Thomas Carr, entabla
conversaciones con el juez de paz de Lobos para efectuar una serie de trabajos
manuales en un establecimiento del juez, sin embargo no llegan a un acuerdo debido a
que lo ofrecido por el magistrado es muy poco dinero. A continuación el propio juez,
ordena el arresto del trabajador aduciendo una serie de cargos falsos. Cuando este
último se encuentra bajo arresto, le ofrece la libertad a cambio de que efectúe los
trabajos convenidos por sólo 10 pesos al día. Después de pasar ocho días engrillado en
la prisión del juzgado, Carr accede -qué remedio- a lo propuesto por el juez. Sus tareas
manuales en la estancia del juez cubren un plazo de 21 días, en los cuales construye un
aljibe y un pisadero, una vez concluido el trabajo el juez no solamente no le paga, sino
que además le ordena que se ponga a construir ladrillos. El inglés se reúsa y por ello lo
envían otros ocho días engrillado al calabozo. Como se sigue rehusando a trabajar en
esas condiciones, el magistrado lo despacha a Buenos Aires con el falso cargo de no
poseer pasaporte, para que el gobernador Rosas decida su suerte. No obstante, antes de
enviarlo le entrega en mano la suma de 145 pesos como pago, porque teme lo que pueda
decidir el propio Rosas al respecto.
La última filiación que citaremos, refiere al caso del ciudadano Martín Garay
quien servía en el 2º escuadrón de lanceros de Chascomús, en junio de 1846 su
comandante lo sentencia a recibir 300 palos por no estar presente en el momento de
pasar revista en la formación militar del día. Garay como soldado veterano que era, no
soportará el hecho de ser humillado delante del resto del cuerpo y desertará escapando
de la prisión, con posterioridad será arrestado en el partido de Flores. Este documento
evidencia que las reprimendas corporales eran habituales en la milicia, pese a que las
faltas que se castigaban fueran absolutamente banales como la que se menciona aquí, y
que además las recibieran, como también es este el ejemplo, soldados veteranos a
quienes no se les perdonaba la menor dilación.
Desgraciadamente la expresión de las clases subalternas en la documentación
histórica escrita debe, a partir de la escasez de evidencias, supeditarse al testimonio
generalmente falaz y fragmentario que de éstas nos ofrecen las clases dominantes. El
filtro por fuerza resulta deformante y distorsionante; no obstante el historiador Carlo
Guinzburg refiriéndose a estos tamizados inevitables, sostiene que “El hecho de que
una fuente no sea 'objetiva' no significa que sea inutilizable” Guinzburg €1982:5)
Estamos de acuerdo con esta afirmación que resulta perfectamente aplicable a los
documentos arriba citados, en los que, mediante el proceso de análisis se atraviesa la
costra del lenguaje oficial y se focaliza en el rico interlineado, es posible observar la
riqueza en la profusión de detalles informativos minuciosamente descriptos, aspecto
que las transforma en fuentes absolutamente fértiles para investigaciones de
Arqueología histórica, más allá de las inter-subjetividades que inevitablemente
presenten.
Como ha quedado evidenciado, una característica distintiva de estas filiaciones
era la descripción de la vestimenta de los desertores, este proceder resultaba esencial
porque determinaba por un lado, la condición social del recluta o desertor y por otro, su
pertenencia a un ámbito determinado: urbano o rural. Los gauchos llevaban en su
persona las marcas de su identidad social, que demostraban su potencial culpabilidad,
se vestían con chiripá, botas de potro, ponchos importados o de manufactura aborigen;
mientras que el frac y la levita, elementos distintivos básicos del vestuario urbano
propio de la “gente decente”, estaban ausentes de su indumentaria. Este hecho, por
supuesto, quedaba consignado detalladamente en la filiación ya que era un elemento
fundamental para la identificación del desertor. Hasta el discurso político estaba teñido
de esta simbología que determinaba que la vestimenta constituyera un reflejo
inequívoco del segmento social de quien la detentara. Tan acuciado era este fenómeno
que el mismo Sarmiento afirmaba en una intervención en el Senado: “Nosotros los
demócratas y republicanos que no queremos que se entrometan en nuestros gobiernos
otros que los que llevamos frac. Patricios a,cuya clase pertenecemos nosotros, pues no
ha de verse en nuestra cámara ni gauchos ni negros ni pobres” (citado en Jauretche
1966:375). En suma, estas cortas reseñas, estos relámpagos del poder, refieren a vidas
reales. Esas palabras decidieron quizás sobre su libertad, su desgracia y en todo caso su
destino. Como expresa Foucault: “El punto más intenso de estas vidas, aquel en que se
concentra su energia, radica precisamente allí donde colisionan con el poder, luchan
con él, intentan reutilizar sus fuerzas o escapar a sus trampas” (Ibidem: 125)
PALABRAS FINALES
“— ¿Dónde lo encontró?
— Escondido en los juncales de la laguna, mi coronel.
El desertor escucha ese diálogo como si estuviesen hablando
de otra persona. Después mira a lo lejos. Unos hombres están apisonando a
yegua el adobe. Otros están cavando en un corral. Los domadores tironean de la boca
de un potro.
A medida que el desertor los mira, los movimiento s de esos hombres van
aquietándose. Un círculo de inmovilidad rodea ahora al prisionero. No va a durar
mucho, pero, mientras tanto, el desertor será el centor de ese indigente tal vez el único
que ha recibido en el transcurso de su vida.
Villegas se le acerca y lo mira profundamente a los ojos, mientras le afloja el
tiento que aprieta sus muñecas.
Después le dice:
— Mirá Clorindo, no me olvido como te portaste en Aguas Blancas, ni que me
salvaste la vida en las Salinas y no me fallaste en Yegua Muerta. No quiero que me
fallés mañana, te vas a afeitar, te vas a limpiar el uniforme, te vas a lustrar las botas.
No te voy a vendar los ojos. Te voy a atar las manos.
Vas a morir como muere un soldado del Tres de Fierro.
—¿Entendido, Clorindo?
—Entendido, mi coronel”
(Dalmiro Sáenz “La patria equivocada”)
En cste trabajo se ha reseñado el cúmulo de dispositivos de poder de índole
estatal y personal, que actuaron sobre los sectores populares de las zonas rurales de las
llamadas fronteras con el indio en la Argentina del siglo XIX. Los representantes más
fidedignos de estos sectores, los gauchos, fueron obligados —aunque no sin resistencia
por parte de ellos- a entrelazar sus vidas en complejos entramados de poder
absolutamente ajenos a su voluntad constituyéndose en el blanco de una serie de
relaciones de dominación, y luego, concluida definitivamente la “conquista del
desierto” cuando los grupos dominantes no precisaron más del gaucho-soldado, lo
condenaron a la marginación y al olvido.
La problemática de la marginación de estos segregados, se explica a partir de
que no encajaban en el modelo de país que perseguía la clase dirigente argentina,
porque eran portadores de tradiciones y esquemas de vida distintos a los que se trataba
de imponer, en definitiva resultaban inasimilables. Eran la cara que una argentina
pretendidamente blanca y pro- europea no estaba dispuesta a tolerar. Esto constituía el
sustrato ideológico que actuó a partir del desarrollo y la puesta en funcionamiento, de
un aparato de coerción que dio cuerpo a una tecnología de poder que dominó la
argentina del siglo XIX. Esta marginación operó también en la memoria, ya que la
historiografía liberal argentina relativizó el aporte de los gauchos y sus mujeres como
actores sociales significativos de la historia del país, ejemplificando así una de las
consideraciones efectuadas por Foucault quien decía que la manipulación de la
memoria colectiva es un factor esencial en la lucha por el poder.
De esta forma la frontera bonaerense puede pensarse como un micro-cosmos
sujeto a una realidad de despojamientos, aspecto que imprimía a la mayoría de sus
habitantes una disyuntiva de rigida adaptación, o de lo contrario, la perenne
marginalidad delictiva. Resultaron esenciales en el desarrollo de este proceso -como ha
quedado evidenciado a lo largo del texto- el accionar de un cúmulo de micropoderes
(sensu Foucault) que actuaron bajo el paraguas del poder estatal, cual parásitos
autónomos. Su visión resulta difusa, como algo que se observa a través de un cristal que
distorsiona la imagen, alteración producida generalmente por el accionar de diversas
gradaciones de autoridad, circunstancialmente puestas al servicio del ejercicio de
porciones variables de poder personal. Detectables en nuestro caso en la pseudo
vigilancia del centinela en cl fortín, en la brutalidad del “verdugo” de turno, en la
meticulosidad insidiosa del secretario del Juez de Paz, en definitiva, bifurcaciones
mínimas del ejercicio del poder, pero trascendentales para entender la esencia orgánica
de su dominación. Minúsculos engranajes de poder cuyo accionar conjunto constituyen
toda una faceta, en absoluto despreciable de la tecnología de poder general.
De esta forma, se vigiló y castigó en la argentina de esa época, a partir de la
implementación de una tecnología de poder que actuaba en profunda imbricación con
los intereses de clase, lo que determinaba que una de las características fundamentales
de los fortines (no considerada por los arqueólogos que excavamos estas estructuras)
era la de haber funcionado como auténticas prisiones, panópticos imperfectos en donde
se articulaba la imposición de una mezcla de poder represivo de acción
fundamentalmente estatal y micropoderes manipulados en forma personal. En
definitiva, sería interesante evaluar el potencial de aplicación de estas reflexiones y el
grado de sus implicancias en futuros trabajos arqueológicos y quizás también, poder
ampliar el espectro de análisis de los que ya están en curso en esta problemática
particular y en otras en donde esté involucrado la existencia de espacios fisicos, en
donde se desarrollen y manifiesten tecnologías de poder que transformen la vida de
hombres y mujeres en cualquier tiempo y lugar.