´Don Seferino.
“Me levantaré pues, para ir por el tesoro ese, así la Guillermina ya no se irá de la
casa”.
Estas palabras se dijo Don Seferino, cuando despertó en plena expansión del
silencio mórbido nocturno. Había estado bebiendo en el bar de su pueblo,
Orcotuna, disfrutando del huainito con sus compadres, después de haber vendido
las migajas de la última cosecha.
Desde que se casó con Guillermina, hace treinta años atrás, su vida se había
vuelta una escuela militar. Todo tenía un orden en la casa, un horario para dormir,
una forma para ir al campo, etc. Su vida, se había computarizado en códigos que
él, jamás había recibido en su infancia.
Guillermina llegó al bar y, sin saludar a ninguno de los compadres le dijo a su
marido lo siguiente:
-¡otra vez estás tomando, otra vez! ¡Carajo!
Los compadres callaron desde que entró la mujer, su dictadora era bastante
conocida.
Después de arrebatarle el vaso y tirarlo al piso, se produjo una sinfonía
cristalizada que resonó en cada átomo del bar, y le dijo: “por borracho te he
engañado con uno de los idiotas que está aquí, pero jamás te darías cuenta.
Agregó: “ya estoy harta de ti, pronto me iré y ni tus lloriqueos harán eco a la vuelta
del río Mantaro”. Esto último le dijo ya saliendo del bar, como algo más personal.
Al llegar a casa, Don Seferino se recostó a duras penas en la cama y su mujer le
quitó los zapatos. No pasaron ni dos minutos, y ya había un ronquido con olor a
cerveza en todo el cuarto.
Hace muchos años, cuando era niño, su abuela le había contado la historia del
espíritu azul. Era una llama que surgía sobre el cultivo de forma espontánea y
refulgente, quien la veía debía ir por ella, ya que había indudablemente un tesoro
debajo. Don Seferino, le dijo a su abuela:
- Ya he visto eso azul que me cuentas, varias veces mamita Hermelinda,
siento que me persigue, no sé si quiere jugar conmigo, pero el manchitas le
ladra mucho y fuerte, después se va corriendo como si yo le hubiera
pegado.
- Entonces es tu suerte papito, ni a tu abuelo, ni a tu padre se les ha
presentado. Solo a mi papito que en paz descanse-la abuela le decía estas
palabras mientras lo tapaba con la colcha de alpaca y acariciaba su
cabecita. Apagó la lámpara de querosene y cerró el cuarto.
A la mañana siguiente Don Seferino se levantó temprano muy entusiasmado para
ir por el espíritu azul, buscaba a manchitas, pero solo se topó con el corral de
cerdos que dormían y unos que otros cuiiiiiii cuiiiiiii… cuiiiiii, que emanaban del
interior de la pequeña choza, la cual funcionaba como depósito animal. Mientras,
buscaba por todas partes, gritando su nombre, su abuela estaba lista para salir:
llevaba muchas cosas en su hermosa lliclla. El niño volteó al llamado de la abuela,
se acercó y entendió que ella volvería más tarde con sus padres, pues algo había
ocurrido con ellos en la carretera (llevaban tres días de retraso). Pensativo, miró el
cielo: tenía dibujado algunas nubes en un celestino lienzo infinito, y se dijo: “podré
jugar todo el día, así atraparé el tesoro del espíritu, y le mostraré a mi mamita
Hermelinda que yo soy mejor que mi abuelito y que su abuelito”.
Después de haber husmeado por toda la casa, decidió salir al campo sin
manchitas. De camino al campo, pensaba como encontrar al espíritu azul,
mientras su mirada se perdía en los ancestrales Apus del valle. Ya sumergido en
el campo, veía los cultivos, las grandes chacras y sus sembríos: todo un arcoíris
de flores. De pronto, emergió de las profundidades de la consciencia el lugar
donde apareció la llama azul. Aceleró el paso mientras se resaltaba más el lugar
en su memoria, se encontraba extasiado acelerando más el paso cuando unos
ladridos llegaron hasta él. Volteó y, al ver a manchitas le dijo:
- ¡Viniste! ¡vamos manchitas, tú serás mi guardián!- corrieron juntos por la
misma senda, atravesando la maleza, árboles y un concierto de sembríos,
los cuales saludaban con su peculiar aroma verde-marrón.
Cerca a unos cincuenta metros, Manchitas decide dirigirse por la derecha, entre
las chacras, ladrando no sé qué. La determinación fue tal que el pequeño Don
Seferino, lo siguió como un puma a una vizcacha. El juego del cazador y la presa
continuó durante toda la mañana, entre trotes y caminatas ya exhaustas. Dieron
las tres de la tarde, cuando Don Seferino pudo aceptar que Manchitas, estaba tan
lejos como él del tesoro. No pudo caminar más, pero antes de recostarse en un
árbol, vio unos frutos. Los cogió e hidrató levemente su estado físico. Ya
recostado en el árbol, se entregó al sueño.
Durante las horas que estuvo dormido, soñó que una culebra bajaba del árbol,
pero no le tenía miedo, sino curiosidad de qué haría el reptil. La serpiente bajó, se
posó delante suyo, sacó su lengua en son amenazante y le dijo:
- El tesoro que buscas, está muy lejos de aquí, tienes que regresar por
donde viniste, realmente está cerca de tu casa. Ese perro tuyo te ha alejado
de tu verdadero objetivo, no deberías hacerle caso.
- -¿Y por qué me estás hablando? Los animales no hablan, yo lo sé, mi
mamita y mis padres me han enseñado que ustedes no pueden hablar-
afirmó con aplomo el niño.
- Eso es porque no soy un animal, no soy lo que parezco. Pero soy un
animal, y este es tu sueño, puedo hacer lo que quiera- su arrogante lengua
y sus ojos negros, eran hipnotizantes.
- Quiero que te vayas de mi sueño, yo no quiero que estés aquí y no hables
así de Manchitas, porque él es bueno y tú no. ¡Vete!-se levantó el niño de
su posición recostada.
- ¡Te voy a morder!- le dijo la serpiente entre siseos, y acto seguido lo
mordió.
Don Seferino despertó de pronto, asustadísimo por la mordida de serpiente que
vio en su sueño, pero al buscar la mordida en su brazo, no era más que un
pequeño búho que se había posado. Eran las seis de la tarde. Emprendió el
camino de regreso a casa sin su perro, sintiéndose extraño por el sueño, el búho y
la caída del día, derramándose en oscuridad. Mientras pensaba en estas cosas, al
parecer Manchitas lo seguía desde atrás. Al notar esto, Don Seferino volteó y le
pidió que se acerque, pero el perro se mantenía siempre detrás a cinco metros de
distancia. Perro tonto, pensó el niño. Estando muy cerca de casa, el perro
empieza a correr y alcanzar al niño. Este decide tomar el reto y corre a gran
velocidad; sin embargo, el perro había llegado ya: era un árbol de higo donde se
detuvo. Al enfocar bien las pupilas, Seferino notó que no era su perro. Era un zorro
andino. No supo cómo reaccionar, y solo logró sobrecogerse como una estatua en
Sodoma, al no ver a su Manchitas. Decidió irse lentamente, sin dejar de mirar al
zorro, cuando de pronto el zorro se le acerca, mirándolo fijamente y le dice:
- No te vayas, aquí está el tesoro, al lado de este árbol. Tenemos que
desenterrarlo- la voz era femenina, bastante dulce y resoluta.
- Los animales no hablan, solo en sueños, pero tú estás hablando-espetó el
niño.
- No soy un animal, por eso puedo hablar, solo necesito que saquemos el
tesoro.
- Yo no quiero hablar contigo…-fue interrumpido por una voz de mujer, pero
entrada en años, con el calor maternal que abriga los corazones con su
sola voz.
Apareció su mamita Hermelinda. Lo había estado buscando desde las cuatro de la
tarde y, una vez dado el encuentro entre estos dos, la zorra desapreció. El niño
logró sin mucho éxito explicarle a su abuela sobre la voz humana del animal
salvaje, a lo que ella le dijo que llegando le daría una sopita que había preparado.
“está muy rica, traje quesito, la he preparado como te gusta”. Estando ya en casa,
mientras el niño tomaba su sopa, le preguntó a su abuela sobre sus padres. La
abuela no supo cómo explicarle lo acontecido, y solo atinó a decirle que estarían
de viaje buen tiempo, debido a unos negocios textiles. La abuela sacó de la lliclla
unos dulces de manjar, pero el niño no quiso. La lámpara de querosene era un
pequeño sol anaranjado que brillaba en la noche del campo, mientras el humo de
la sopa dibujaba en el aire unos hilos delicados.
“Me levantaré pues, para ir por el tesoro ese, así la Guillermina ya no se irá de la
casa”.
Son las palabras que dijo Don Seferino al levantarse en plena madrugada. Tal vez
se levantó porque no sintió más la presencia de su esposa, era la dos de la
mañana. Bajó al depósito, cogió pico, pala y su agua ardiente como elixir sagrado
llevándolos a la espalda, en la lliclla de su difunta mamita Hermelinda.
Salió apesadumbrado al campo, aún con la modorra pesando sobre los párpados,
pero con la idea de lograr el maldito tesoro que lo atormentaba desde niño. Esta
vez no tenía perro, abuela o padres que puedan detenerlo, aconsejarlo o
acompañarlo en la insensata empresa de madrugada. Lo único que quería era el
tesoro, tener dinero, y poder seguir tomando lo que quisiera. Muchas cosas en su
vida, vivían como fantasmas o apariciones que encadenaban sus cinco sentidos al
pasado. Si bien nunca tuvo responsabilidad alguna, vivía atado a las cosas que de
niño había vivido. Ya de adolescente, casi pierde la cordura, golpeando su cabeza
tres veces seguidas contra la pared de su casa. En este momento era solo él, la
noche y su absurdo anhelo avaro bajo el farol lechoso del cielo.
Después de caminar un par de horas, atravesando las chacras, llegó al árbol de
Higo. Descargó sus herramientas, bebió tres tragos y se puso a trabajar. El trabajo
hizo que se quedara solo con un polo, mientras que su chullo no se lo sacaba por
nada. Era un hábito tomado de su padre, que ahora él repetía desde que entró a la
adultez. Después de veinte minutos de trabajo escuchó un trueno a lo lejos, volteó
para ubicarlo, pero no pudo. Siguió trabajando, y en esta segunda vez, pudo
captar el rayo que caía por el valle del Mantaro. “Qué extraño es esto, se dijo”.
Su trabajo se había pausado después del trueno, ahora descansaba bebiendo
unos tragos pausadamente. Cuando decide volver al trabajo, escucha que algo se
escabulle tras el árbol. Sin miedo alguno, voltea a ver qué hay, pero no encuentra
nada. Decide proseguir, pero alguien le dice:
- Mi amor, soy yo, estoy aquí cuidándote de cualquier ser o alimaña que
pueda acecharte. Siempre te he cuidado, cariño- la voz fue impactante para
Don Seferino.
- ¿Guillermina qué haces aquí? Carajo, te levantaste de la cama para venir
aquí. No entiendo qué mierda haces aquí- el trago sacaba la ira y
resentimiento hacia la vida, por cargar con todo el peso del destino sobre su
lomo.
- Deja de esconderte carajo, sal y ayúdame a cavar. Sé que por aquí está el
tesoro. Una vez le dije a mi abuela que vi la llama azul, pero le mentí, para
sentirme halagado e importante. Quería atención, estaba todo el tiempo
solo con ella-agregó esto último con la nostalgia y un ceño fruncido.
- No quería que me vieras así, pero no contaba con la luna llena de hoy- al
salir de su escondite.
Don Seferino, vio una zorra andina igual a la que vio de niño. Se tomó todo el
aguardiente al ver quién era su mujer. Putamadre, dijo. Cogió sus cosas y con
voluntad férrea se paró y empezó a andar. Mi amor, mi amor, no sé cómo
explicarte, pero no te vayas, ahí está el tesoro, dijo angustiada la zorra. Don
seferino se detuvo justo bajo el farol lechoso del cielo. Estaba siendo iluminado
como en una obra de teatro. Le preguntó a su mujer:
- ¿Eres tú con la que me topé de niño?- mientras preguntaba, la zorra decidió
pararse delante suyo.
- Mi amor, estábamos destinados a estar juntos siempre. Yo te elegí desde
niño para que seas mi esposo. Ese tesoro es de mi familia, pero yo, siendo
una bruja, no puedo desenterrarlo, ayúdame por favor.
Mientras la observaba, la zorra empezó trasmutar: le creció sus cabellos largos, se
redujo la cola, sus patas se tornaron manos y sus senos colgaban al suelo. Ella le
dirigió la mirada, aún con los colmillos salidos, pero Don Seferino, cogió
abruptamente el pico de la lliclla y se lo clavó en la frente. La sangre tenía un color
diferente bajo la luna, en su rostro salpicado, como en sus manos. Antes de seguir
su camino, le dijo: “muérete mierda”. De regreso escuchó otro trueno, que le
importó poco a esas horas de la noche.
Después de varios días de desaparecidos, los compadres y amigas de su esposa,
fueron a su chacra para ver qué había pasado: encontraron una casa habitada
únicamente por cerdos hambrientos que gruñían, cuyes alocados y ruidosos,
gallinas que andaban por toda la casa. Se habían vuelto las damas de casa. Al
subir al segundo piso, encontraron en la pared, el cuadro de casados pintado de
sangre, que había chorreado hacia abajo, como si el cuadro hubiera estado
llorando.
Hoy en día, nadie sabe dónde está Don Seferino. Algunos dicen que se suicidó, ya
que afirman haber visto su fantasma; otros aseguran que se fue del pueblo, más
allá del río Mantaro; otros dicen, en cambio, que sigue buscando el tesoro, para
rehacer su vida.