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Sí, Señor

Este documento presenta una conversación entre un hombre llamado Rogelio y un jefe criminal. Rogelio relata haber seguido a la esposa de un indígena que mató a su hermano para encontrar al indígena. Después de dos meses de vigilancia, Rogelio emboscó y mató al indígena de la misma manera que mató a su hermano. El jefe criminal luego le ordena a Rogelio que capture a un hombre que le robó dinero y lo traiga vivo. Rogelio acepta emocionado la misión.

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Sí, Señor

Este documento presenta una conversación entre un hombre llamado Rogelio y un jefe criminal. Rogelio relata haber seguido a la esposa de un indígena que mató a su hermano para encontrar al indígena. Después de dos meses de vigilancia, Rogelio emboscó y mató al indígena de la misma manera que mató a su hermano. El jefe criminal luego le ordena a Rogelio que capture a un hombre que le robó dinero y lo traiga vivo. Rogelio acepta emocionado la misión.

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Sí, señor

—Para dar con el indio tuve que seguir a su mujer. Nadie en ese pueblo sabía que me
estaba quedando a dormir en la casa de mi hermano. Él era solo, y nadie más volvió a
vivir ahí después de que el indio lo mató. De madrugada me iba por el monte, que está
en la parte de atrás de su huerta, y me dormía en la cocina. Pero señor, eso no quiere
decir que no puedo dormir en cualquier lugar. Porque puedo, pasé varios días en el
bosque viendo a la mujer de ese canijo. El indio no se dejaba ver así nomás, y terminó
por desaparecer cuando se enteró que ¡yo!, era el hermano de su muerto. Yo, señor —
dijo golpeándose el pecho—. Usted recién me ve, pero de aquí hasta el Brasil saben que
no dejo escapar nada, póngame a prueba y va a ver.
Un hombre de tez morena y bien parecido lo escuchaba atento desde el sillón. Al
lado del mueble, sobre una pequeña mesa, había un cenicero donde dejaba caer las
cenizas del habano que fumaba. Su camisa y pantalón eran blanquísimos; sus zapatos
negros brillaban, parecían recién lustrados. Frente a él, estaba el señor que hablaba
sobre un indio fugitivo. Llevaba ojotas de caucho, un pantalón de vestir color negro y
una camisa crema a cuadros. En su cabeza apenas sobresalían pequeños pelos, no era
completamente calvo; le faltaban algunos dientes y olía a sudor de varios días. El
hombre, arrellanado en el sillón, exhaló una densa cortina de humo e hizo un gesto para
que continuara. El señor continuó.
—Como le decía, el indio se enteró que yo era el hermano del muerto. En ese pueblo
el chisme corre rápido, y por estos lugares también; aunque me sorprende que usted no
sepa de mí. Bueno, le sigo contando. Me enteré que el indio era el culpable porque un
policía, que es mi promoción, me avisó. Con él también he trabajado; es bien discreto y
sabe todo lo que se tiene que saber. La cosa es que él me informó antes de decirle a su
jefe, y eso que sabe quién soy. Le diré que no soy de llorar, soy frío y bien duro para
estas cosas, pero ese día se me salieron dos lágrimas; solo dos. Y las conté, señor. Para
que vea, cualquier otro se hubiese tirado a llorar, pero yo no.
El hombre en el sillón esbozó una sonrisa irónica, y encargó a una de las sirvientas
que le trajera un vaso de agua al hombre. Este se la terminó de dos sorbos, y agradeció a
la chica. Luego, le ofreció un cigarro y mandó a uno de sus hombres a encenderlo.
Aquel rey, que desde su sillón movía los hilos de la casa, demostraba una enorme
autoridad a través de esos gestos. El hombre lo entendió, y cada vez que exhalaba el
humo lo hacía para un costado. No se atrevía a echarlo en la dirección en que estaba su
anfitrión.
Entre ambos se hizo un silencio para que el hombre se terminara el cigarro. Le duró
apenas cinco minutos. Luego, otra sirvienta se acercó para recoger las cenizas y la
colilla. Cuando terminó de limpiar, el hombre siguió con su relato.
—Estuve esperándola en su chacra. En la ciudad no iba a aparecer su marido, porque
en una lo metían al calabozo. La mujer aparecía una vez a la semana, y lo hacía siempre
el mismo día, acompañada de dos hombres. Para mí que eran sobrinos del indio que
hacían de peones. Estuve oculto en el bosque como dos meses. Cada tanto iba al tambo
de la mujer y husmeaba de lejos. Empecé a recordar el lugar en que estaban algunas
cosas, así nomás de vista. Nada se movía, señor; y eso que me cambiaba de posición
para vigilar los caminos y el tambo. Pero no por nada subían esos dos hombres cada
semana, yo lo sabía. Un día, la espera me dio recompensa. Al indio se le dio por cagar y
los tipos se fueron a cuidarle la cagadera. Después, el indio desapareció por detrás de la
casa. La mujer salió de la cocina para darle de comer a sus patos, y los dos hombres
empezaron a cultivar el huerto. Esa fue una señal, señor.
El hombre se mostraba ansioso. Aún no llegaba a la mitad del habano. Movía los pies
y cada cierto tiempo cruzaba y descruzaba las piernas. El hombre de las ojotas entendió
los gestos, y continuó.
—Hasta que una mañana le chunté al indio. Ese día la mujer volvió a subir con los
dos sobrinos y una niña. Ahí nomás saqué que era la hija y que por algo la llevaban.
Señor, también he servido, y esas cosas uno las aprende y luego las intuye. Los tipos
iban con hachas. Cantado que irían por leña. Pero para mi suerte, no fueron para el
mismo lado. A los dos los agarré de espaldas y les corté el cuello para que ahí nomás se
quedaran. Luego me fui a buscar a la mujer. Ella estaba recogiendo limones de un árbol
ahí pegadito a la cocina, y la dormí. No mato mujeres ni niños, señor. Solo la dormí; le
tapé los ojos, la boca y la amarré. La niña se había quedado dormidita en una hamaca
colgada en medio del tambo. Hice lo mismo con la pichona, pero con cuidado. Señor,
yo también tengo una hija; Eva, se llama. Pero bueno, no viene al caso.
El tipo de blanco apagó el habano. Había erguido su cuerpo en el sofá.
—Prendí la radio, que ya sabía dónde estaba, y esperé en la cocina. Ahí metí a la
mujer y a la niña. El indio llegó como al mediodía. Entró por el umbral, y de un
machetazo le volé la cabeza. Le hice igual como le hizo a mi hermano. Pero yo no lo
boté al río ni escondí su cabeza. A mi hermano lo enterraron así, sin cabeza y
mordisqueado por los peces. Pero yo le dejé la cabeza a la señora para que vea que al
menos en eso era diferente de su marido. A los otros dos los tuve que quemar monte
arriba. A la niña no le amarré las manos, así que supongo que habrá ayudado a su
madre. Si bien uno no las mata, al menos se les debe enseñar qué es el miedo, señor…
El tipo de blanco se paró y le mostró con sutileza la palma de su mano izquierda. El
hombre calló.
De inmediato el jefe se dispuso a hablar:
—Entonces tú puedes traer mi plata. Un serrano de mierda se quedó con dos
millones. Le dimos unos paquetes para que los llevara al Brasil y nunca llegó. ¡Me lo
traes vivo! —dijo amenazante—. Ya cuando regreses, hablaremos de dinero. Ahora
báñate y cámbiate esa ropa.

2
—¡Sí, señor!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí! —respondió entusiasmado.
El hombre llamó a una sirvienta y le ordenó que se hiciera cargo. Antes de salir de la
sala, le dijo algo más:
—Ah… si te llega a ver alguien, no me importa si es mujer o niño. ¿Está bien? —el
tipo hizo una pausa y luego preguntó—. ¿Cómo te llamas?
—Rogelio, señor. Por lo otro no se preocupe, yo hago lo que usted me diga.
—Bien, Rogelio. Que también te den de comer… mañana sales temprano.
—¡Sí, señor!
La sirvienta apareció con ropa y zapatos nuevos. Condujo a Rogelio hacia el baño, y
después fue a prepararle la comida.

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