Reacción indígena: INCAS
En el mundo indígena del
Tahuantinsuyo hubo diversas
apreciaciones acerca de los
forasteros que arribaron en 1532.
Para Atahualpa éstos eran nada
más que extranjeros andrajosos
sin vestimentas de colores ni
distintivos, por lo cual no pertenecían al imperio. En cambio, para
otros como los chancas, huancas y cañaris, los españoles
constituyeron potenciales aliados en sus luchas contra los incas. En
general, en el área andina los hispanos no fueron considerados seres
de distinta naturaleza o dioses, debido a su apariencia y a su
comportamiento voraz a partir del desembarco en la zona de Tumbez,
donde se apropiaron de bienes sagrados del Inca.
En virtud de lo anterior, no debe
sorprendernos la temprana resistencia al
español, aunque ésta no se tradujo en
mayores éxitos militares. En las derrotas de
prestigiosos generales como Rumiñahui o
Quisquis incidieron también las divisiones
que existían al interior del mundo indígena.
El intento más importante por sacudirse el yugo español lo encabezó
Manco Inca II a partir de su alzamiento iniciado en 1536. Al frente de
un numeroso ejército, Manco aprovechó las debilidades de los
españoles para sitiar Cuzco y provocar la huida de los invasores.
Fracasado su plan, abandonó el sitio y se retiró al sagrado valle del
Urubamba, donde se formó el llamado Estado neoinca que perduró
hasta el año de 1572 cuando fue capturado el último Sapa Inca Túpac
Amaru.
La conquista de los incas tuvo efectos traumáticos
sobre la mayoría de la población nativa; efectos que
se sintetizan en el concepto de desestructuración.
Éste hace alusión al desmoronamiento de los
principios básicos que daban coherencia a las
estructuras políticas, sociales, económicas y
religiosas del mundo andino y concretamente al fin
de la redistribución practicada por el imperio inca. La sustitución del
inca por autoridades peninsulares significó un quiebre en la relación
entre los ayllus, los curacas y los funcionarios imperiales. El tributo
impuesto por los españoles, los abusivos trabajos mineros por turnos
(mita), la extirpación de los dioses y huacas andinas y el reparto de
los nativos en encomiendas, entre otros factores, explican el
profundo traumatismo de la conquista.
"¿Soportará tu corazón,
Inca,
nuestra errabunda vida
dispersada,
por el peligro sin cuento cercada, en manos ajenas,
pisoteada?
Tus ojos que como flechas de ventura herían,
ábrelos;
tus magnánimas manos
extiéndelas;
y con esa visión fortalecidos
despídenos".
(Elegía quechua sobre la muerte de Atahualpa)
Reacción indígena: ANTILLAS
La presencia de los
españoles en las Antillas
produjo distintas reacciones
por parte de los nativos,
predominando en el
comienzo una acogida
favorable y cálida. La
hospitalidad hacia los recién llegados se manifestó, por ejemplo, en
los intentos por establecer un diálogo con Colón, en la entrega de
alimentos y obsequios y el alojamiento los españoles en sus poblados.
En La Española, sobresalió la figura de Guacanagarí, cacique
del Marién en el noreste de la isla, quien trabó amistad con el
Almirante y aceptó la construcción del fuerte Navidad en sus
dominios (diciembre de 1492). Así las cosas, Colón retornó tranquilo
a España confiando en una rápida sumisión de los aborígenes de las
Antillas.
El panorama sería muy diferente al
regresar el Almirante en 1493. Una vez
desembarcado en la isla, Colón observó
las ruinas del fuerte Navidad,
mientras un acongojado Guacanagarí lo
recibió en su bohío y explicó lo
sucedido. La guarnición se había comportado en forma abusiva con
los indígenas, especialmente con las mujeres, lo cual motivó una
furiosa reacción de caciques vecinos, encabezados por Caonabó,
quienes incendiaron el fuerte y mataron a los treinta españoles que allí
había. El ataque no pudo ser repelido, a pesar del apoyo que
Guacanagarí y su gente prestaron a los sitiados. Una nueva realidad
cobraba forma: la resistencia al invasor que, en adelante, sería una
constante de todo el proceso de conquista de América, al igual que la
actitud colaboracionista de facciones indígenas con los españoles.
Las represalias de Colón y sus
sucesores con los nativos en el
sentido de "meterle miedo a la
gente", sólo engendraron más
violencia y motivaron mayores
tentativas por enfrentar a los
extranjeros. Otras cargas impuestas a
los taínos, como los tributos en oro y algodón, también generaron
recelos. Caonabó sería el primer gran conductor de la resistencia taína
hasta su apresamiento y muerte; luego su mujer Anacaona continuó la
lucha hasta que, engañada por el gobernador Ovando, fue quemada
viva junto a otros caciques. En otras islas, la resistencia se expresó en
alzamientos como el liderado por el célebre Hatuey en Cuba.
La rebelión taína más exitosa fue, sin lugar a
dudas, la encabezada por el denominado Enriquillo
en La Española. Enriquillo era hijo del cacique
Maxicatex, muerto junto a Anacaona, había pasado
su infancia en un convento de los franciscanos y
recibió de las autoridades un grupo de indígenas y
tierras para sus sustento. Un problema muy puntual
de índole personal provocó la rebelión del cacique en 1519, quien
instó a otros señores a la sublevación. Se enfrentó a los españoles
hasta 1533, valiéndose de un acertado plan de guerrillas en las
montañas de la isla. Su posición casi invulnerable en los refugios que
proporcionaban los montes, forzó a los españoles a la negociación y
les significó cuantiosos gastos del erario real. Enriquillo falleció en
paz y triunfante en sus dominios, sin poder ser desalojado nunca.
Las rebeliones antillanas implicaron asimismo
el abandono de los conucos, para derrotar al
invasor dejándolo sin alimentos. Lo mismo
derivó en una elevada mortandad indígena a
causa del hambre. El desgano vital y los
suicidios colectivos constituyeron otras de las
facetas que adquirió la resistencia, incidiendo
significativamente en la fuerte caída demográfica de las Antillas.
Reacción indígena: CENTROAMERICA Y COLOMBIA
En
Centroamérica
diversos caciques
se opusieron a los
españoles a partir
del asentamiento
de las huestes de
Balboa y, posteriormente, de Pedrarias. De esta resistencia,
simbolizada en las figuras de los caciques Pacra, Careta, Cemaco o
Comogre, no quedaron mayores vestigios que estos nombres.
Sabemos hoy, que a pesar de la dispersión de la población nativa del
Darién y Veragua, ésta resistió al invasor en la medida de sus
posibilidades. No obstante, las evidentes desventajas en relación al
armamento de los conquistadores y las constantes luchas entre
cacicazgos, impidieron que esta resistencia se tradujera en triunfos
decisivos contra los españoles.
Más aún, en ocasiones caciques que
se enfrentaron en un primer momento
a los recién llegados, como Comogre,
se convirtieron luego en aliados de
los conquistadores. De esa manera, en
muchos casos la tarea de los
españoles se vio facilitada por los
propios indígenas y los primitivos poblados centroamericanos, como
Panamá, pudieron crecer y atraer paulatinamente a nuevos
contingentes de aventureros europeos.
Los nativos de Tierra Firme desafiaron
desde un comienzo al invasor y
rechazaron sus instrumentos
legales para justificar la conquista, tales
como el requerimiento. El apego a sus
tierras y a su modo de vida, al igual que
notables niveles de desarrollo material
en diversas zonas, explican en importante medida sus triunfos y el
retardo que sufrió la conquista española.
En Colombia, fueron los taironas y los
quimbayas los más activos opositores a la
penetración hispana. Especialmente durante la
segunda mitad del siglo XVI, se sucedieron las
rebeliones y los ataques a los poblados se Santa
Marta y Bonda, que tuvieron que ser reconstruidos
en muchas ocasiones. Las principales ofensivas
taironas se registraron en 1555 y entre los años de 1571 y 1575. En
respuesta, los gobernadores enviaron diversas expediciones de castigo
al interior y se tuvieron que realizar gastos de proporciones. Tribus
más pequeñas, como los chimilas y los tupés, excelentes y audaces
flecheros de dardos envenenados, también colocaron en aprietos a los
asentamientos españoles, recurriendo especialmente al ataque
nocturno. En virtud de esta resistencia y la abigarrada geografía de la
región, la conquista española recién cobró fuerza desde el siglo XVII.
Reacción indígena: AZTECAS
La profunda creencia en un
regreso del
mítico Quetzalcoátl quien, según
la leyenda, volvería para proteger
a los aztecas, influyó en las
primeras apreciaciones que éstos
tuvieron acerca de los españoles.
Una serie de presagios, como un rayo que impactó un templo o la
aparición de un cometa, fueron interpretados por los sacerdotes
aztecas como señales de cambios y perturbaciones. En virtud de ello,
las noticias sobre el arribo de extraños seres a la zona de Veracruz,
inquietaron a las autoridades aztecas y al mismo Moctezuma, el huey
tlatoani.
Las reacciones inmediatas
consistieron en el envío
de emisarios con regalos
para los recién llegados,
quienes tras un primer
reconocimiento fueron
calificados como teúles,
vocablo que designaba a los extraños. Por lo mismo, Cortés fue
recibido con muchos honores en Tenochtitlán y permaneció en la
ciudad por espacio de casi ocho meses, muy bien atendido por los
aztecas. Sin embargo, el verdadero rostro de los conquistadores
hispanos no tardó en manifestarse y muy pronto la avidez por el oro y
el deseo de dominar la ciudad motivaron la sangrienta matanza del
Templo Mayor, liderada por Pedro de Alvarado. A los ojos de los
aztecas los españoles pasaron a ser malos teúles que debían ser
combatidos al igual que aquellos que los apoyaban, como los
tlaxcaltecas y los otomíes.
Surgió entonces la resistencia
armada que tuvo como gran hito
para los nativos el triunfo en la
llamada "Noche Triste".
Posteriormente se organizó la
defensa de Tenochtitlán, aplastada
por los invasores después de casi tres
meses de constantes ataques, donde los aztecas opusieron una
capacidad de aguante que impresiona hasta el día de hoy. Como ya
sabemos, la resistencia fue vencida con un costo humano que alcanzó
a la mitad de la población azteca y aniquiló a su clase dirigente. Las
fuentes indígenas coinciden en señalar que con la caída de
Tenochtitlán se habían acabado los mexicas o aztecas, generándose el
denominado trauma de la conquista.
Finalmente, los sobrevivientes aztecas
experimentaron la sensación de haber
sido abandonados por sus dioses, en
especial Huitzilopochtli, el dios de la
guerra, quien recibía
diariamente ofrendas rituales. Se
configura de esa manera una mentalidad
que asume la derrota con resignación y como un designio de los
dioses. Dicha mentalidad explica la ausencia de conatos de resistencia
azteca posteriores a la conquista. El hasta entonces floreciente
imperio azteca había desaparecido para siempre.
Reacción indígena
Los mayas, al igual que los aztecas,
tuvieron profecías que anunciaban la
llegada de forasteros o dzules;
profecías recogidas en los libros del
Chilam Balam (crónicas mayas
redactadas durante la conquista en
idioma castellano). Según los
sofisticados calendarios elaborados por los sacerdotes mayas se
avecinaba un período donde "vendrá quien conozca la sucesión de las
épocas". Ahora bien, mientras en Guatemala se pensó en primera
instancia que los españoles eran dioses, en Yucatán los llamaron
dzules desde un principio.
Al no existir una
articulación política
central, las reacciones
mayas frente al
invasor variaron
mucho de una región
a otra. A raíz de ello,
la resistencia se extendió en ocasiones por mucho tiempo, quedando
testimonios de este proceso en distintas relaciones indígenas. Se
narran, por ejemplo, las campañas de Alvarado, apodado Tonatiuh
(dios Sol) por su cabello y barba rubios, en contra de los quichés y los
cakchiqueles violentamente avasallados. Abundan las descripciones
de los combates, del valor desplegado por los jefes mayas
como Tecum Umán y de la amargura por la derrota.
A pesar que la conquista española se vio coronada
por el éxito, muchas comunidades mayas
sobrevivieron este período, conservando sus
tradiciones e idioma en pleno siglo XX. Para ellos
la resistencia contra los usurpadores de sus
territorios y los responsables de sus pésimas
condiciones de vida continúa. Así, lo que ocurre
desde 1995 en Chiapas no constituye un fenómeno casual; muy por el
contrario señala una larga continuidad en la historia maya.
Reacción indígena: CONO SUR
Los indígenas de la América meridional, al igual
que en el resto del continente, tuvieron diversas
reacciones frente a la presencia hispana, aunque
predominó la hostilidad respecto a los recién
llegados. En aquellas regiones que habían
formado parte del Tahuantinsuyo, se colaboró en
primera instancia con el invasor, pues venía
acompañado de nobles y funcionarios incas. En cambio, los pueblos
nunca sometidos al dominio incaico (mapuches en Chile,
calchaquíes en el noroeste argentino) rechazaron desde un
comienzo a estos extraños seres barbudos, montados en unos seres de
cuatro patas igualmente raros.
En el norte y centro de Chile las muestras de apoyo al
español pronto cesaron y se tornaron en una abierta
hostilidad. Los fuertes y avanzadas hispanas
empezaron a ser atacados con frecuencia, pero sin
poner en jaque a los peninsulares ni frenar su avance.
Esta resistencia muy focalizada, a cargo de reducidos
contingentes de guerreros, fue aplastada con relativa
facilidad y muchas veces bastó la captura de algún jefe importante
para que la lucha cesara. Además, el medio geográfico
eminentemente desértico y la lejanía entre los centros poblados,
conspiraron en contra de una resistencia más eficaz y prolongada.
El sur de Chile fue el escenario donde se desarrolló
la "guerra de Arauco", debida a la negativa de
los mapuches de aceptar un dominio extranjero o
"huinca". Amparados en una abigarrada geografía,
los nativos del río Biobío al sur se las ingeniaron
para perfeccionar sus armas y tácticas bélicas,
adoptaron el caballo y organizaron contingentes de
guerreros capaces de golpear una y otra vez al español en sus frágiles
asentamientos. Esta especie de guerra de guerrillas se extendió por
unos cincuenta años, hasta que los peninsulares fueron expulsados del
territorio ubicado al sur del Biobío durante los primeros años del siglo
XVII. En adelante, se configuró una frontera hispano-mapuche,
característica del período colonial en esta región de América.
En el noroeste argentino, la reacción indígena
también fue violenta, aunque en la mayoría de
los casos fueron doblegadas las fuerzas
aborígenes que combatieron al español.
Muchas tribus huyeron a lugares más seguros
hacia el interior y sur del actual territorio
argentino, donde siguieron viviendo según sus
viejas tradiciones. En tanto, patagones, indios pampas, onas,
alacalufes o yaganes aún no fueron inquietados mayormente por la
presencia española. Su historia se quebrará, definitivamente, en el
transcurso del siglo XIX.
El proceso de conquista CHILE
La conquista de la escasamente explorada
América meridional arrancó desde el Perú y tuvo
dos vertientes principales: Chile y el Río de la
Plata. Se trataba de tierras remotas con límites
imprecisos que llegaban hasta el Estrecho de
Magallanes, recorrido por este navegante en
1520. La información sobre la población aborigen
era igualmente deficiente e incluso circulaban rumores acerca de la
existencia de magnificas riquezas. Estos rumores eran alimentados
por los incas, para incitar a los españoles a dejar el Perú y proseguir
su marcha hacia el sur.
El primero que se aventuró fue el adelantado
Diego de Almagro, quien salió del Cuzco en
julio de 1535 acompañado por 1.200
hombres. Luego de una penosa travesía por
el altiplano, cruzó los Andes y arribó a la
región de Copiapó al año siguiente. No pudo
permanecer en esas tierras, denominadas
Chile, debido a la rebelión de Manco Inca y la ausencia de centros
urbanos indígenas de consideración.
El capitán extremeño Pedro de Valdivia,
distinguido en las guerras civiles del Perú,
dirigió y financió en gran parte la expedición
que concluiría en la conquista del centro de
Chile, el reconocimiento de Cuyo y del
Tucumán. Sin mayores dificultades sometió a
los atacameños y diaguitas del norte de Chile y
a agrupaciones nativas menores del centro del territorio. Después de
cruzar el árido desierto de Atacama, siguiendo uno de los
tantos caminos incas, fundó en 1541 la ciudad de Santiago del Nuevo
Extremo en el valle del río Mapocho.
Luego de esta fundación Valdivia se dirigió al sur, donde
habitaban los mapuches. La intención era extender sus
dominios al máximo, razón por la cual se
establecieron numerosos asentamientos que dispersaron
sus escasas fuerzas en un vasto territorio. Si bien en un
comienzo Valdivia no encontró una resistencia indígena
organizada, pronto los nativos reaccionaron con las armas frente a la
presencia hispana. Ya en 1550 se registró el primer gran combate
entre mapuches y españoles en torno al río Biobío; solo era el
comienzo de una larga guerra que se extendería hasta mediados del
siglo XVII. El año de 1553 se produjo un importante levantamiento
de los indígenas de las regiones de Arauco y Tucapel. Valdivia fue
muerto y la conquista de Chile se tornó inestable, situación que se
mantuvo durante gran parte del siglo XVI.
La región del Río de la Plata
no se incorporó sino hacia
fines del siglo XVI, debido al
poco interés que despertó en
los expedicionarios que se
concentraron en Perú y
Chile, tierras que ofrecían
mayores riquezas. Fundamentalmente para evitar el asentamiento de
los portugueses en la zona, se procedió a la fundación de algunas
ciudades a partir de Asunción, misión encomendada a Juan de Garay
desde 1573. La dispersión y escasez de la población indígena
caracterizó el proceso que se desarrolló sin mayores conmociones, en
comparación con otras zonas de América.
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