Informe sobre las cátedras de
Lenguaje Musical
Sobre la articulación de contenidos
Al comenzar su experiencia en la orquesta, l@s estudiantes se enfrentan a dos
desafíos cuya superación implica el aprendizaje de todo lo necesario para poder
participar activamente en la orquesta. Uno de ellos es la incorporación de todo lo
relacionado a la técnica propia del instrumento que eligieron y la otra es la del
lenguaje musical. El aprendizaje debiera ser articulado e interrelacionado, pero
dicha práctica se da sólo esporádicamente y por coincidencias del azar; no está
sistematizada. Cada docente se ocupa de enseñar a toda velocidad lo que considera
más importante con el objetivo de que l@s estudiantes puedan empezar a tocar en
la orquesta lo antes posible.
Al ser éste el objetivo, el/la docente debe hacer utilización de todas las
herramientas disponibles con la idea de cumplirlo lo antes posible. Pero allí es
donde comienzan las contradicciones entre las cátedras de instrumento y las de
lenguaje musical. Algunas de ellas son:
Comprensión de lo que se estudia e interpreta vs. Ejecución en poco tiempo
de las piezas orquestales.
Comprensión del sistema de escritura musical occidental vs. Utilización de
atajos para cumplir con el objetivo de tocar (por ejemplo, escribiendo
siempre el nombre de las notas).
Comprensión e incorporación de la música vs. Imitación
Está claro que todos los puntos que implican la comprensión e incorporación de
los contenidos llevan más tiempo; esa es su “contra”. Sin embargo, favorece la
progresiva independencia del estudiante respecto del docente, además de un
acercamiento holístico que permite incorporar la práctica musical como un todo y
no como la suma de partes que a priori se plantean completamente separadas.
Del otro lado, la práctica mediante atajos e imitación permite participar en la
ejecución musical en poco tiempo, pero en el mediano y largo plazo, mantienen a
l@s estudiantes constantemente en la situación de depender única y
exclusivamente de lo que l@s docentes muestren y propongan, de copiar y/o de
resolver mediante atajos.
Creemos que no se trata de elegir entre una opción u otra ya que ambas tienen
sus pros y sus contras. En lugar de ello, entendemos que una propuesta superadora
es articular los contenidos de todas las materias, inclusive intercambiando
conocimiento entre las diversas cátedras de instrumentos (es decir que, por
ejemplo, quienes tocan clarinete, tengan un espacio para compartir conocimientos
con quienes tocan violín, con el objetivo de generar no sólo conocimiento sino
‘empatía’ respecto al rol que cumple el otro instrumento, sus facilidades y sus
dificultades).
Consideramos que la enseñanza del lenguaje musical debiera ser transversal y
no encorsetada en una clase semanal. Y para ello, es necesario, como mínimo, el
conocimiento de lo que tod@s l@s docentes enseñamos y cómo lo enseñamos. Esta
metodología debiera evitar situaciones como las que encontramos cotidianamente,
en la que l@s estudiantes traen, de algunas clases de instrumentos, conocimientos
que fueron incorporados rápidamente y tal vez de manera incompleta o errónea
para poder resolver rápido alguna cuestión técnica de una obra.
El caso paradigmático es el de la duración de las figuras, no sólo porque lo
vemos prácticamente en cada clase sino también por el peso que tiene a la hora de
comprender el sistema de notación musical que utilizamos. Generalmente, cuando
preguntamos cuánto duran las figuras, y aún habiéndolo explicado previamente,
l@s estudiantes responden que x figura vale una cantidad de tiempos. El porqué de
esa respuesta es claro:
Permite la resolución rápida de ritmos.
La formación que recibimos muchos músicos en conservatorios lo plantea
así.
Mucha de la bibliografía también lo enseña así.
Sin embargo, esa definición es errónea o, como mínimo, incompleta. Las
figuras duran otras figuras, ya que pertenecen a un sistema relativo, donde una
duración depende de otra duración.
Cuando en las clases se plantea un ejercicio en el que los tiempos no sean
de negra, l@s estudiantes no saben cómo comprender, interpretar y ejecutar el
ritmo. Y no estamos hablando de la utilización de compases como 7/8 o 11/16, sino
del uso de compases tan simples como 6/8 o 12/8.
Otros puntos que debemos rever y/o corregir en las clases de lenguaje son:
La falta de dedicación de un mínimo de tiempo para visualizar y considerar
todos los elementos que aparecen en la partitura (l@s estudiantes entienden
que lo primero que deben hacer es resolver el “problema” de las notas y las
figuras, con el objetivo de tocar la pieza lo antes posible).
La falta de búsqueda y comprensión de elementos que no están explícitos en
la partitura pero que son indispensables para la interpretación de una pieza
(por ejemplo el pulso, los tiempos, la acentuación, el fraseo, etc.)
La falta de un mínimo contexto de la pieza que están trabajando.
La confusión respecto a si lo que están leyendo son notas, digitación,
cuerdas, etc. (en ese sentido, en la clase de lenguaje se promueve la
comprensión general de la música y la comunicación en el lenguaje
propuesto).
La falta de comprensión del funcionamiento del instrumento y de su relación
con lo viso en lenguaje, inclusive en estudiantes avanzados. (ha sucedido
numerosas veces que, por ejemplo, algunos instrumentistas avanzados de
cuerdas no supieran la relación que hay entre las distancias sonoras [tono y
semitono] y la digitación en el instrumento. En esos casos se han dedicado
hasta clases enteras a la comprensión de un instrumento en particular, con
el objetivo de que l@s estudiantes tengan un entendimiento transversal de
su práctica musical y su instrumento).
Sobre el tiempo de clase y el compromiso para con la misma
Con total conciencia de que el proyecto de orquesta no intenta ser un
conservatorio o un espacio donde desarrollar una carrera profesional, entendemos
que hay ciertos criterios que pueden ser entendidos y aplicados de la misma
manera.
En los conservatorios, durante el primer año, la relación en el tiempo de
clase de lenguaje y de instrumento suele ser de hasta 12 a 1. En dicho período,
el/la estudiante tiene 20 minutos semanales de clase de instrumento (tiempo
suficiente para mostrar lo trabajado en la semana, hacer las correcciones
pertinentes y proponer nuevos trabajos y desafíos para la clase siguiente) mientras
que de lenguaje llega a tener hasta 4 horas.
Se entiende que tal diferencia se debe a la cantidad de contenidos que
deben ser trabajados en la clase de lenguaje. Y aunque la modalidad no es la
misma, es innegable que los contenidos a trabajar son los mismos (aunque no con
la misma densidad en el tiempo ni con la misma profundidad). Es por eso que las
clases de lenguaje en realidad son clases de:
Teoría musical básica
Audioperceptiva
Sensopercepción
Historia de la música
Apreciación musical
Se podría decir que ni la universidad ni el propio proyecto exige que eso sea
así, pero, reiteramos, entendemos que el aprendizaje de la música no debe
basarse solamente en la resolución de ritmos y la lectura de notas, sino que
debe tener una mirada generalista y abarcativa. Es por eso que, si en la
orquesta se interpretan tanto piezas de compositores barrocos como de folklore
argentino, debemos darles un contexto y aportar alguna información útil que
enriquezca la experiencia interpretativa.
Teniendo todo lo anterior en cuenta, se torna necesario que, al no disponer
de 4 horas semanales para la clase, l@s estudiantes tengan 1 hora de cursada
en a la semana. Dicha hora contempla el tiempo perdido en el acomodamiento
de los alumnos, la preparación de la clase y el tiempo de consultas.
Sin embargo, sistemáticamente hay estudiantes (no son siempre los
mismos, sino que van “rotando”) de algunos instrumentos, que siempre faltan.
Much@s también lo hacen por desinterés en la materia o por complicaciones
personales, pero también son muchos l@s que después de haber faltado nos
piden disculpas y explican que el/la docente de instrumento les dijeron que se
quedaran, inclusive haciendo alusión a que no tenía demasiado sentido asistir a
la clase de lenguaje y era mucho más provechoso quedarse practicando.
Es entonces que el problema se potencia: si un/a estudiante, durante su
clase de instrumento, no puede dedicar el tiempo necesario a utilizar las pocas
herramientas del lenguaje con las que cuenta y además se le quita la posibilidad
de acceder a una clase en donde adquirir esas herramientas, entonces resulta
imposible que la incorporación de contenidos y metodologías de trabajo sea
plena.
Esto redunda en otro problema: al asistir de forma asistemática a la clase de
lenguaje, l@s estudiantes tienen un faltante de contenidos que resulta en una
gran dificultad para incorporarse a la clase en el futuro. Por otro lado, la
motivación de aprender lenguaje se ve anulada teniendo en cuenta que a) se
plantea que es más fácil tomar atajos para resolver los problemas técnicos y b)
el/la estudiante se desconecta del grupo que asiste sistemáticamente a las
clases. Eso (en las clases de lenguaje también se trabaja el sentido de
pertenencia al grupo) genera una ruptura en el tejido social que permite un
organismo tan único como una orquesta. En definitiva, dich@s estudiantes sólo
participan de la clase de instrumento y de la fila en la orquesta, es decir,
nuevamente del espacio del propio instrumento.
Consideramos que sería apropiado generar espacios que propicien la
articulación de las cátedras de instrumento, lenguaje, ensamble y cámara. Y
también evitar la sistematización del ausentismo o de la asistencia fuera de
horario, respetando el tiempo de trabajo que le corresponde a cada docente y el
tiempo de estudio que le corresponde a cada estudiante.