Persona femenina y persona masculina.
¿Cómo conocer esta apertura diferente? No hay otra manera que la descripción
fenomenológica que he descrito en diversos lugares, recogiendo textos de diversos
autores. Entre ellos son especialmente in-tuitivos los poetas así describe uno lo que es la
maternidad. Así relata palabras al hijo en boca de la madre:
«No te vayas. Y si te vas, recuerda que permaneces en mí. En mí permanecen todos los
que se van. Y todos los que van de paso, hallan en mí un sitio suyo; no una fugaz
parada, sino un lugar estable. En mí vive un amor más fuerte que la soledad (...) No soy
la luz de aquellos a quienes ilumino; soy más bien la sombra en que reposan. Sombra
debe ser una madre para sus hijos. El padre sabe que está en ellos: quiere estar en ellos y
en ellos se realiza. Yo, en cambio, no sé si estoy en ellos; sólo les siento cuando están
en mí»57 . Como se advierte en estas palabras la relación de la madre con el hijo se
extiende a la relación con todas las demás personas, cuando afirma: «en mí permanecen
todos los que se van. Y todos los que van de paso, hallan en mí un sitio suyo; no una
fugaz parada, sino un lugar estable». Para decir de un modo resumido el distinto modo
que tiene de abrirse y de darse el varón y la mujer, se podría decir que la apertura
constitutiva que tiene cada persona tiene dos modalidades: el varón se abre de un modo
peculiar: hacia fuera. La mujer también se abre a los demás con su modo: hacia dentro,
acogiendo. En este sentido, el modo de procrear, aunque indudablemente no es el único
ni el más importante mo-do de amar presenta de una manera plástica lo que quiero
decir. El varón al darse sale de sí mismo. Saliendo de él se entrega a la mujer y se queda
en ella. La mujer se da pero sin salir de ella. Es apertu-ra pero acogiendo en ella. Su
modo de darse es distinto al del varón y a la vez complementario, pues acoge al varón y
a su amor. Sin la mujer el varón no tendría donde ir. Sin el varón la mujer no tendría
que acoger. La mujer acoge el fruto de la aportación de los dos y lo guarda hasta que
germine y se des-arrolle. Todo este proceso, aunque él es también protagonista, se
realiza fuera del varón. Posteriormente la mujer es apertura para dar a luz un ser que
tendrá vida propia. A través de la mujer y con ella el varón está también en el hijo/a. El
varón está en la mujer y está en el hijo/a, pero como fue-ra de él. La mujer, sin embargo,
es sede, casa. El varón está en la mujer. El hijo, cuando ya está fuera de su madre, en
cierto modo, sigue estando en ella. También la mujer está en el hijo, pero fundamen-
talmente ellos están en ella.
57 WOJTYLA, Karol, Esplendor de paternidad, ed. BAC, trad. del polaco: Rodon
Klemensiewicz, Anna, adap-tación literaria: Parera Galmés, Bartolomé, Madrid, 1990
pp. 171-172. Tít. or.: Promieniowanie ojkostwa. 15 15
Pues bien, si la metafísica versa con substancias y la antropología conjuga pronombres,
descubrir la condición sexuada dentro de la persona sólo se puede hacer con
PREPOSICIONES, que son los térmi-nos gramaticales que describen las relaciones. Al
varón le correspondería la preposición DESDE, pues parte de sí para darse a los demás.
A la mujer le correspondería la preposición EN: pues se abre dando acogida en sí
misma. La persona varón se podría describir, entonces con SER-CON-DESDE, o
COEXISTENCIA-DESDE, y a la mujer como SER-CON-EN, o COEXISTENCIA-EN.
Este modo de darse diferente y complementario se da en todas los campos y en todas las
relaciones humanas heterosexuadas, y apoyándose en la dimensión constitutiva de
apertura que la persona tiene podrían dar lugar a dos modos de ser persona la persona
femenina y la persona masculina. La realidad humana sería, entonces, disyuntamente o
SER-CON-DESDE o SER-CON-EN. Ahí radi-caría la principal diferencia entre varón y
mujer, en ser dos tipos de personas distintas, que se abren entre sí de un modo
respectivo diferente y complementario. En este sentido el Ser humano sería tam-bién
más rico que el Ser del cosmos, en el que el transcendental por antonomasia sería una
unidad sin diferencia transcendental interna. No así en el ser humano donde el Ser
acogería transcendentalmente la diferencia del DOS, y el SER divino la del TRES.
Esta diferencia de la condición sexuada se podría clasificar filosóficamente como dos
transcendentales antropológicos, de los que Polo no habla. Se trataría de
transcendentales disyuntos58 que marcan la diferencia dentro del ser persona, porque -
desde la antropología filosófica transcendental-, únicamente ser puede ser o varón o
mujer. La diferencia sexual humana se trataría, entonces, de una diferencia en el mismo
interior del SER. Y teniendo en cuenta que el ser humano es personal, sería una
diferencia en el seno mismo de la persona. En efecto, lo distinto a la persona -en su
mismo nivel- tiene que tener el mismo rango, no puede ser, por tanto, sino otra persona.
Afirmar que la diferencia varón-mujer es una diferencia en la persona supone, por otra
parte, haber anclado la diferencia definitivamente en la igualdad. Varón y mujer, cada
uno es persona. Tienen la misma categoría; la diferencia entre ellos posee el mismo
rango ontológico. La diferencia no rompe la igualdad.
58 De los transcendentales disyuntos hablaba Duns Scoto, terminología que recoge
Zubiri; ambos los utilizan en un sentido distinto del que se le quiere dar aquí, pero la
terminología resulta muy apropiada. Cfr. mi estudio: Persona femenina, persona
masculina, pp. 119-122.