Doctina Social de La Iglesia-CAPÍTULO SÉPTIMO
Doctina Social de La Iglesia-CAPÍTULO SÉPTIMO
LA VIDA ECONÓMICA
I. ASPECTOS BÍBLICOS
323 En el Antiguo Testamento se encuentra una doble postura frente a los bienes económicos y
la riqueza. Por un lado, de aprecio a la disponibilidad de bienes materiales considerados
necesarios para la vida: en ocasiones, la abundancia —pero no la riqueza o el lujo— es vista
como una bendición de Dios. En la literatura sapiencial, la pobreza se describe como una
consecuencia negativa del ocio y de la falta de laboriosidad (cf. Pr 10,4), pero también como un
hecho natural (cf. Pr 22,2). Por otro lado, los bienes económicos y la riqueza no son
condenados en sí mismos, sino por su mal uso. La tradición profética estigmatiza las estafas, la
usura, la explotación, las injusticias evidentes, especialmente con respecto a los más pobres
(cf. Is 58,3-11; Jr 7,4-7; Os 4,1-2; Am 2,6-7; Mi 2,1-2). Esta tradición, si bien considera un mal
la pobreza de los oprimidos, de los débiles, de los indigentes, ve también en ella un símbolo de
la situación del hombre delante de Dios; de Él proviene todo bien como un don que hay que
administrar y compartir.
324 Quien reconoce su pobreza ante Dios, en cualquier situación que viva, es objeto de una
atención particular por parte de Dios: cuando el pobre busca, el Señor responde; cuando grita,
Él lo escucha. A los pobres se dirigen las promesas divinas: ellos serán los herederos de la
alianza entre Dios y su pueblo. La intervención salvífica de Dios se actuará mediante un nuevo
David (cf. Ez 34,22-31), el cual, como y más que el rey David, será defensor de los pobres y
promotor de la justicia; Él establecerá una nueva alianza y escribirá una nueva ley en el corazón
de los creyentes (cf. Jr 31,31-34).
325 Jesús asume toda la tradición del Antiguo Testamento, también sobre los bienes
económicos, sobre la riqueza y la pobreza, confiriéndole una definitiva claridad y
plenitud (cf. Mt 6,24 y 13,22; Lc 6,20-24 y 12,15-21; Rm 14,6-8 y 1 Tm 4,4). Él, infundiendo
su Espíritu y cambiando los corazones, instaura el « Reino de Dios », que hace posible una
nueva convivencia en la justicia, en la fraternidad, en la solidaridad y en el compartir. El Reino
inaugurado por Cristo perfecciona la bondad originaria de la creación y de la actividad humana,
herida por el pecado. Liberado del mal y reincorporado en la comunión con Dios, todo hombre
puede continuar la obra de Jesús con la ayuda de su Espíritu: hacer justicia a los pobres, liberar
a los oprimidos, consolar a los afligidos, buscar activamente un nuevo orden social, en el que se
ofrezcan soluciones adecuadas a la pobreza material y se contrarresten más eficazmente las
fuerzas que obstaculizan los intentos de los más débiles para liberarse de una condición de
miseria y de esclavitud. Cuando esto sucede, el Reino de Dios se hace ya presente sobre esta
tierra, aun no perteneciendo a ella. En él encontrarán finalmente cumplimiento las promesas de
los Profetas.
326 A la luz de la Revelación, la actividad económica ha de considerarse y ejercerse como una
respuesta agradecida a la vocación que Dios reserva a cada hombre. Éste ha sido colocado en
el jardín para cultivarlo y custodiarlo, usándolo según unos limites bien precisos (cf. Gn 2,16-
17), con el compromiso de perfeccionarlo (cf. Gn 1,26-30; 2,15-16; Sb 9,2-3). Al hacerse
testigo de la grandeza y de la bondad del Creador, el hombre camina hacia la plenitud de la
libertad a la que Dios lo llama. Una buena administración de los dones recibidos, incluidos los
dones materiales, es una obra de justicia hacia sí mismo y hacia los demás hombres: lo que se
recibe ha de ser bien usado, conservado, multiplicado, como enseña la parábola de los talentos
(cf. Mt 25,14-31; Lc 19,12-27).
327 La fe en Jesucristo permite una comprensión correcta del desarrollo social, en el contexto
de un humanismo integral y solidario. Para ello resulta muy útil la contribución de la reflexión
teológica ofrecida por el Magisterio social: « La fe en Cristo redentor, mientras ilumina
interiormente la naturaleza del desarrollo, guía también en la tarea de colaboración. En la carta
de san Pablo a los Colosenses leemos que Cristo es “el primogénito de toda la creación” y que
“todo fue creado por él y para él” (1,15-16). En efecto, “todo tiene en él su consistencia” porque
“Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud y reconciliar por él y para él todas la cosas”
(ibíd., 1,20). En este plan divino, que comienza desde la eternidad en Cristo, “Imagen” perfecta
del Padre, y culmina en él, “Primogénito de entre los muertos” (ibíd., 1,15.18), se inserta
nuestra historia, marcada por nuestro esfuerzo personal y colectivo por elevar la condición
humana, vencer los obstáculos que surgen siempre en nuestro camino, disponiéndonos así a
participar en la plenitud que “reside en el Señor” y que él comunica “a su cuerpo, la Iglesia”
(ibíd., 1,18; cf. Ef 1,22-23), mientras el pecado, que siempre nos acecha y compromete nuestras
realizaciones humanas, es vencido y rescatado por la “reconciliación” obrada por Cristo
(cf. Col 1,20) ».684
328 Los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino
universal. Toda forma de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta
contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes. La salvación
cristiana es una liberación integral del hombre, liberación de la necesidad, pero también de la
posesión misma: « Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse
llevar de él, se extraviaron en la fe » (1 Tm 6,10). Los Padres de la Iglesia insisten en la
necesidad de la conversión y de la transformación de las conciencias de los creyentes, más que
en la exigencia de cambiar las estructuras sociales y políticas de su tiempo, instando a quien
desarrolla una actividad económica y posee bienes a considerarse administrador de cuanto Dios
le ha confiado.
329 Las riquezas realizan su función de servicio al hombre cuando son destinadas a producir
beneficios para los demás y para la sociedad: 685 « ¿Cómo podríamos hacer el bien al prójimo
—se pregunta Clemente de Alejandría— si nadie poseyese nada? ». 686 En la visión de San Juan
Crisóstomo, las riquezas pertenecen a algunos para que estos puedan ganar méritos
compartiéndolas con los demás.687 Las riquezas son un bien que viene de Dios: quien lo posee lo
debe usar y hacer circular, de manera que también los necesitados puedan gozar de él; el mal se
encuentra en el apego desordenado a las riquezas, en el deseo de acapararlas. San Basilio el
Grande invita a los ricos a abrir las puertas de sus almacenes y exclama: « Un gran río se vierte,
en mil canales, sobre el terreno fértil: así, por mil caminos, tú haces llegar la riqueza a las casas
de los pobres ».688 La riqueza, explica San Basilio, es como el agua que brota cada vez más pura
de la fuente si se bebe de ella con frecuencia, mientras que se pudre si la fuente permanece
inutilizada.689 El rico, dirá más tarde San Gregorio Magno, no es sino un administrador de lo que
posee; dar lo necesario a quien carece de ello es una obra que hay que cumplir con humildad,
porque los bienes no pertenecen a quien los distribuye. Quien tiene las riquezas sólo para sí no
es inocente; darlas a quien tiene necesidad significa pagar una deuda. 690
II. MORAL Y ECONOMÍA
333 Para asumir un perfil moral, la actividad económica debe tener como sujetos a todos los
hombres y a todos los pueblos. Todos tienen el derecho de participar en la vida económica y el
deber de contribuir, según sus capacidades, al progreso del propio país y de la entera familia
humana.696 Si, en alguna medida, todos son responsables de todos, cada uno tiene el deber de
comprometerse en el desarrollo económico de todos: 697 es un deber de solidaridad y de justicia,
pero también es la vía mejor para hacer progresar a toda la humanidad. Cuando se vive con
sentido moral, la economía se realiza como prestación de un servicio recíproco, mediante la
producción de bienes y servicios útiles al crecimiento de cada uno, y se convierte para cada
hombre en una oportunidad de vivir la solidaridad y la vocación a la « comunión con los demás
hombres, para lo cual fue creado por Dios ».698 El esfuerzo de concebir y realizar proyectos
económico-sociales capaces de favorecer una sociedad más justa y un mundo más humano
representa un desafío difícil, pero también un deber estimulante, para todos los agentes
económicos y para quienes se dedican a las ciencias económicas. 699
338 La empresa debe caracterizarse por la capacidad de servir al bien común de la sociedad
mediante la producción de bienes y servicios útiles. En esta producción de bienes y servicios
con una lógica de eficiencia y de satisfacción de los intereses de los diversos sujetos implicados,
la empresa crea riqueza para toda la sociedad: no sólo para los propietarios, sino también para
los demás sujetos interesados en su actividad. Además de esta función típicamente
económica, la empresa desempeña también una función social, creando oportunidades de
encuentro, de colaboración, de valoración de las capacidades de las personas implicadas. En
la empresa, por tanto, la dimensión económica es condición para el logro de objetivos no sólo
económicos, sino también sociales y morales, que deben perseguirse conjuntamente.
El objetivo de la empresa se debe llevar a cabo en términos y con criterios económicos, pero
sin descuidar los valores auténticos que permiten el desarrollo concreto de la persona y de la
sociedad. En esta visión personalista y comunitaria, « la empresa no puede considerarse
únicamente como una “sociedad de capitales”; es, al mismo tiempo, una “sociedad de
personas”, en la que entran a formar parte de manera diversa y con responsabilidades
específicas los que aportan el capital necesario para su actividad y los que colaboran con su
trabajo ».707
339 Los componentes de la empresa deben ser conscientes de que la comunidad en la que
trabajan representa un bien para todos y no una estructura que permite satisfacer
exclusivamente los intereses personales de alguno. Sólo esta conciencia permite llegar a
construir una economía verdaderamente al servicio del hombre y elaborar un proyecto de
cooperación real entre las partes sociales.
340 La doctrina social reconoce la justa función del beneficio, como primer indicador del buen
funcionamiento de la empresa: « Cuando una empresa da beneficios significa que los factores
productivos han sido utilizados adecuadamente ».709 Esto no puede hacer olvidar el hecho
que no siempre el beneficio indica que la empresa esté sirviendo adecuadamente a la
sociedad.710 Es posible, por ejemplo, « que los balances económicos sean correctos y que al
mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la empresa, sean
humillados y ofendidos en su dignidad ».711 Esto sucede cuando la empresa opera en sistemas
socioculturales caracterizados por la explotación de las personas, propensos a rehuir las
obligaciones de justicia social y a violar los derechos de los trabajadores.
Es indispensable que, dentro de la empresa, la legítima búsqueda del beneficio se armonice con
la irrenunciable tutela de la dignidad de las personas que a título diverso trabajan en la
misma. Estas dos exigencias no se oponen en absoluto, ya que, por una parte, no sería realista
pensar que el futuro de la empresa esté asegurado sin la producción de bienes y servicios y sin
conseguir beneficios que sean el fruto de la actividad económica desarrollada; por otra parte,
permitiendo el crecimiento de la persona que trabaja, se favorece una mayor productividad y
eficacia del trabajo mismo. La empresa debe ser una comunidad solidaria 712 no encerrada en los
intereses corporativos, tender a una « ecología social » 713 del trabajo, y contribuir al bien
común, incluida la salvaguardia del ambiente natural.
342 La empresa se mueve hoy en el marco de escenarios económicos de dimensiones cada vez
más amplias, donde los Estados nacionales tienen una capacidad limitada de gobernar los
rápidos procesos de cambio que afectan a las relaciones económico-financieras internacionales;
esta situación induce a las empresas a asumir responsabilidades nuevas y mayores con respecto
al pasado. Su papel, hoy más que nunca, resulta determinante para un desarrollo auténticamente
solidario e integral de la humanidad e igualmente decisivo, en este sentido, su aceptación del
hecho que « el desarrollo o se convierte en un hecho común a todas las partes del mundo o sufre
un proceso de retroceso aun en las zonas marcadas por un constante progreso. Fenómeno este
particularmente indicador de la naturaleza del auténtico desarrollo: o participan de él todas las
Naciones del mundo, o no será tal, ciertamente ». 717
IV. INSTITUCIONES ECONÓMICAS
AL SERVICIO DEL HOMBRE
347 El libre mercado es una institución socialmente importante por su capacidad de garantizar
resultados eficientes en la producción de bienes y servicios. Históricamente, el mercado ha
dado prueba de saber iniciar y sostener, a largo plazo, el desarrollo económico. Existen buenas
razones para retener que, en muchas circunstancias, « el libre mercado sea el instrumento más
eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades ». 726 La doctrina
social de la Iglesia aprecia las seguras ventajas que ofrecen los mecanismos del libre mercado,
tanto para utilizar mejor los recursos, como para agilizar el intercambio de productos: estos
mecanismos, « sobre todo, dan la primacía a la voluntad y a las preferencias de la persona, que,
en el contrato, se confrontan con las de otras personas ». 727
348 El libre mercado no puede juzgarse prescindiendo de los fines que persigue y de los
valores que transmite a nivel social. El mercado, en efecto, no puede encontrar en sí mismo el
principio de la propia legitimación. Pertenece a la conciencia individual y a la responsabilidad
pública establecer una justa relación entre medios y fines. 728 La utilidad individual del agente
económico, aunque legítima, no debe jamás convertirse en el único objetivo. Al lado de ésta,
existe otra, igualmente fundamental y superior, la utilidad social, que debe procurarse no en
contraste, sino en coherencia con la lógica de mercado. Cuando realiza las importantes
funciones antes recordadas, el libre mercado se orienta al bien común y al desarrollo integral del
hombre, mientras que la inversión de la relación entre medios y fines puede hacerlo degenerar
en una institución inhumana y alienante, con repercusiones incontrolables.
350 El mercado asume una función social relevante en las sociedades contemporáneas, por lo
cual es importante identificar sus mejores potencialidades y crear condiciones que permitan su
concreto desarrollo. Los agentes deben ser efectivamente libres para comparar, evaluar y elegir
entre las diversas opciones. Sin embargo la libertad, en ámbito económico, debe estar regulada
por un apropiado marco jurídico, capaz de ponerla al servicio de la libertad humana integral: «
La libertad económica es solamente un elemento de la libertad humana. Cuando aquélla se
vuelve autónoma, es decir, cuando el hombre es considerado más como un productor o un
consumidor de bienes que como un sujeto que produce y consume para vivir, entonces pierde su
necesaria relación con la persona humana y termina por alienarla y oprimirla ». 732
351 La acción del Estado y de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de
subsidiaridad y crear situaciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica; debe
también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la autonomía de las
partes para defender a la más débil.733 La solidaridad sin subsidiaridad puede degenerar
fácilmente en asistencialismo, mientras que la subsidiaridad sin solidaridad corre el peligro de
alimentar formas de localismo egoísta. Para respetar estos dos principios fundamentales, la
intervención del Estado en ámbito económico no debe ser ni ilimitada, ni insuficiente, sino
proporcionada a las exigencias reales de la sociedad: « El Estado tiene el deber de secundar la
actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo,
estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis. El Estado tiene,
además, el derecho a intervenir, cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u
obstáculos al desarrollo. Pero, aparte de estas incumbencias de armonización y dirección del
desarrollo, el Estado puede ejercer funciones de suplencia en situaciones excepcionales ».734
352 La tarea fundamental del Estado en ámbito económico es definir un marco jurídico apto
para regular las relaciones económicas, con el fin de « salvaguardar... las condiciones
fundamentales de una economía libre, que presupone una cierta igualdad entre las partes, no sea
que una de ellas supere talmente en poder a la otra que la pueda reducir prácticamente a
esclavitud ».735 La actividad económica, sobre todo en un contexto de libre mercado, no puede
desarrollarse en un vacío institucional, jurídico y político: « Por el contrario, supone una
seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario
estable y servicios públicos eficientes ». 736 Para llevar a cabo su tarea, el Estado debe elaborar
una oportuna legislación, pero también dirigir con circunspección las políticas económicas y
sociales, sin ocasionar un menoscabo en las diversas actividades de mercado, cuyo desarrollo
debe permanecer libre de superestructuras y constricciones autoritarias o, peor aún, totalitarias.
354 El Estado puede instar a los ciudadanos y a las empresas para que promuevan el bien
común, disponiendo y practicando una política económica que favorezca la participación de
todos sus ciudadanos en las actividades productivas. El respeto del principio de subsidiaridad
debe impulsar a las autoridades públicas a buscar las condiciones favorables al desarrollo de las
capacidades de iniciativa individuales, de la autonomía y de la responsabilidad personales de los
ciudadanos, absteniéndose de cualquier intervención que pueda constituir un condicionamiento
indebido de las fuerzas empresariales.
En orden al bien común, proponerse con una constante determinación el objetivo del justo
equilibrio entre la libertad privada y la acción pública, entendida como intervención directa en
la economía o como actividad de apoyo al desarrollo económico. En cualquier caso, la
intervención pública deberá atenerse a criterios de equidad, racionalidad y eficiencia, sin
sustituir la acción de los particulares, contrariando su derecho a la libertad de iniciativa
económica. El Estado, en este caso, resulta nocivo para la sociedad: una intervención directa
demasiado amplia termina por anular la responsabilidad de los ciudadanos y produce un
aumento excesivo de los aparatos públicos, guiados más por lógicas burocráticas que por el
objetivo de satisfacer las necesidades de las personas. 738
355 Los ingresos fiscales y el gasto público asumen una importancia económica crucial para la
comunidad civil y política: el objetivo hacia el cual se debe tender es lograr una finanza
pública capaz de ser instrumento de desarrollo y de solidaridad. Una Hacienda pública justa,
eficiente y eficaz, produce efectos virtuosos en la economía, porque logra favorecer el
crecimiento de la ocupación, sostener las actividades empresariales y las iniciativas sin fines de
lucro, y contribuye a acrecentar la credibilidad del Estado como garante de los sistemas de
previsión y de protección social, destinados en modo particular a proteger a los más débiles.
357 Las organizaciones privadas sin fines de lucro tienen su espacio específico en el ámbito
económico. Estas organizaciones se caracterizan por el valeroso intento de conjugar
armónicamente eficiencia productiva y solidaridad. Normalmente, se constituyen en base a un
pacto asociativo y son expresión de la tensión hacia un ideal común de los sujetos que
libremente deciden su adhesión. El Estado debe respetar la naturaleza de estas organizaciones y
valorar sus características, aplicando concretamente el principio de subsidiaridad, que postula
precisamente el respeto y la promoción de la dignidad y de la autónoma responsabilidad del
sujeto « subsidiado ».
d) Ahorro y consumo
359 La utilización del propio poder adquisitivo debe ejercitarse en el contexto de las exigencias
morales de la justicia y de la solidaridad, y de responsabilidades sociales precisas: no se debe
olvidar « el deber de la caridad, esto es, el deber de ayudar con lo propio “superfluo” y, a veces,
incluso con lo propio “necesario”, para dar al pobre lo indispensable para vivir ». 745 Esta
responsabilidad confiere a los consumidores la posibilidad de orientar, gracias a la mayor
circulación de las informaciones, el comportamiento de los productores, mediante la decisión —
individual o colectiva— de preferir los productos de unas empresas en vez de otras, teniendo en
cuenta no sólo los precios y la calidad de los productos, sino también la existencia de
condiciones correctas de trabajo en las empresas, el empeño por tutelar el ambiente natural que
las circunda, etc.
360 El fenómeno del consumismo produce una orientación persistente hacia el « tener » en vez
de hacia el « ser ». El consumismo impide « distinguir correctamente las nuevas y más elevadas
formas de satisfacción de las nuevas necesidades humanas, que son un obstáculo para la
formación de una personalidad madura ».746 Para contrastar este fenómeno es necesario
esforzarse por construir « estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la
belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común
sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las
inversiones ».747 Es innegable que las influencias del contexto social sobre los estilos de vida
son notables: por ello el desafío cultural, que hoy presenta el consumismo, debe ser afrontado en
forma más incisiva, sobre todo si se piensa en las generaciones futuras, que corren el riesgo de
tener que vivir en un ambiente natural esquilmado a causa de un consumo excesivo y
desordenado.748
Analizando el contexto actual, además de identificar las oportunidades que se abren en la era
de la economía global, se descubren también los riesgos ligados a las nuevas dimensiones de
las relaciones comerciales y financieras. No faltan, en efecto, indicios reveladores de una
tendencia al aumento de las desigualdades, ya sea entre países avanzados y países en vías de
desarrollo, ya sea al interno de los países industrializados. La creciente riqueza económica,
hecha posible por los procesos descritos, va acompañada de un crecimiento de la pobreza
relativa.
363 El crecimiento del bien común exige aprovechar las nuevas ocasiones de redistribución de
la riqueza entre las diversas áreas del planeta, a favor de las más necesitados, hasta ahora
excluidas o marginadas del progreso social y económico: 750 « En definitiva, el desafío consiste
en asegurar una globalización en la solidaridad, una globalización sin dejar a nadie al
margen ».751 El mismo progreso tecnológico corre el riesgo de repartir injustamente entre los
países los propios efectos positivos. Las innovaciones, en efecto, pueden penetrar y difundirse
en una colectividad determinada, si sus potenciales beneficiarios alcanzan un grado mínimo de
saber y de recursos financieros: es evidente que, en presencia de fuertes disparidades entre los
países en el acceso a los conocimientos técnico-científicos y a los más recientes productos
tecnológicos, el proceso de globalización termina por dilatar, más que reducir, las desigualdades
entre los países en términos de desarrollo económico y social. Dada la naturaleza de las
dinámicas en curso, la libre circulación de capitales no basta por sí sola para favorecer el
acercamiento de los países en vías de desarrollo a los países más avanzados.
366 La extensión de la globalización debe estar acompañada de una toma de conciencia más
madura, por parte de las organizaciones de la sociedad civil, de las nuevas tareas a las que
están llamadas a nivel mundial. Gracias también a una acción decidida por parte de estas
organizaciones, será posible colocar el actual proceso de crecimiento de la economía y de las
finanzas a escala planetaria en un horizonte que garantice un efectivo respeto de los derechos
del hombre y de los pueblos, además de una justa distribución de los recursos, dentro de cada
país y entre los diversos países: « El libre intercambio sólo es equitativo si está sometido a las
exigencias de la justicia social ».756
Especial atención debe concederse a las especificidades locales y a las diversidades culturales,
que corren el riesgo de ser comprometidas por los procesos económico-financieros en acto: «
La globalización no debe ser un nuevo tipo de colonialismo. Debe respetar la diversidad de las
culturas que, en el ámbito de la armonía universal de los pueblos, constituyen las claves de
interpretación de la vida. En particular, no tiene que despojar a los pobres de lo que es más
valioso para ellos, incluidas sus creencias y prácticas religiosas, puesto que las convicciones
religiosas auténticas son la manifestación más clara de la libertad humana ». 757
367 En la época de la globalización, se debe subrayar con fuerza la solidaridad entre las
generaciones: « Antes, la solidaridad entre las generaciones era en numerosos países una actitud
natural por parte de la familia; ahora se ha convertido también en un deber de la comunidad
».758 Es lógico que esta solidaridad se siga promoviendo en las comunidades políticas
nacionales, pero hoy el problema se plantea también en la comunidad política global, a fin de
que la mundialización no se lleve a cabo a expensas de los más débiles y necesitados. La
solidaridad entre las generaciones exige que en la planificación global se actúe según el
principio del destino universal de los bienes, que hace moralmente ilícito y económicamente
contraproducente descargar los costos actuales sobre las futuras generaciones: moralmente
ilícito, porque significa no asumir las debidas responsabilidades, económicamente
contraproducente porque la corrección de los daños es más costosa que la prevención. Este
principio se ha de aplicar, sobre todo, —aunque no sólo— en el campo de los recursos de la
tierra y de la salvaguardia de la creación, que resulta particularmente delicado por la
globalización, la cual interesa a todo el planeta entendido como único ecosistema. 759
368 Los mercados financieros no son ciertamente una novedad de nuestra época: desde hace
ya mucho tiempo, de diversas formas, se ocuparon de responder a la exigencia de financiar
actividades productivas. La experiencia histórica enseña que en ausencia de sistemas
financieros adecuados no habría sido posible el crecimiento económico. Las inversiones a gran
escala, típicas de las modernas economías de mercado, no se habrían realizado sin el papel
fundamental de intermediario llevado a cabo por los mercados financieros, que ha permitido,
entre otras cosas, apreciar las funciones positivas del ahorro para el desarrollo del sistema
económico y social. Si la creación de lo que ha sido definido « el mercado global de capitales »
ha producido efectos benéficos, gracias a que la mayor movilidad de los capitales ha facilitado
la disponibilidad de recursos a las actividades productivas, el acrecentamiento de la movilidad,
por otra parte, ha aumentado también el riesgo de crisis financieras. El desarrollo de las
finanzas, cuyas transacciones han superado considerablemente en volumen, a las reales, corre el
riesgo de seguir una lógica cada vez más autoreferencial, sin conexión con la base real de la
economía.
369 Una economía financiera con fin en sí misma está destinada a contradecir sus finalidades,
ya que se priva de sus raíces y de su razón constitutiva, es decir, de su papel originario y
esencial de servicio a la economía real y, en definitiva, de desarrollo de las personas y de las
comunidades humanas. El cuadro global resulta aún más preocupante a la luz de la
configuración fuertemente asimétrica que caracteriza al sistema financiero internacional: los
procesos de innovación y desregulación de los mercados financieros tienden efectivamente a
consolidarse sólo en algunas partes del planeta. Lo cual es fuente de graves preocupaciones de
naturaleza ética, porque los países excluidos de los procesos descritos, aun no gozando de los
beneficios de estos productos, no están sin embargo protegidos contra eventuales consecuencias
negativas de inestabilidad financiera en sus sistemas económicos reales, sobre todo si son
frágiles y poco desarrollados.760
370 La pérdida de centralidad por parte de los actores estatales debe coincidir con un mayor
compromiso de la comunidad internacional en el ejercicio de una decidida función de dirección
económica y financiera. Una importante consecuencia del proceso de globalización, en efecto,
consiste en la gradual pérdida de eficacia del Estado Nación en la guía de las dinámicas
económico-financieras nacionales. Los gobiernos de cada uno de los países ven la propia acción
en campo económico y social condicionada cada vez con mayor fuerza por las expectativas de
los mercados internacionales de capital y por la insistente demanda de credibilidad provenientes
del mundo financiero. A causa de los nuevos vínculos entre los operadores globales, las
tradicionales medidas defensivas de los Estados aparecen condenadas al fracaso y, frente a las
nuevas áreas de atribuciones, la noción misma de mercado nacional pasa a un segundo plano.
Es, por tanto, indispensable que las instituciones económicas y financieras internacionales sepan
hallar las soluciones institucionales más apropiadas y elaboren las estrategias de acción más
oportunas con el fin de orientar un cambio que, de aceptarse pasivamente y abandonado a sí
mismo, provocaría resultados dramáticos sobre todo en perjuicio de los estratos más débiles e
indefensos de la población mundial.
En los Organismos Internacionales deben estar igualmente representados los intereses de la gran
familia humana; es necesario que estas instituciones, « a la hora de valorar las consecuencias de
sus decisiones, tomen siempre en consideración a los pueblos y países que tienen escaso peso en
el mercado internacional y que, por otra parte, cargan con toda una serie de necesidades reales y
acuciantes que requieren un mayor apoyo para un adecuado desarrollo ». 761
372 También la política, al igual que la economía, debe saber extender su radio de acción más
allá de los confines nacionales, adquiriendo rápidamente una dimensión operativa mundial que
le permita dirigir los procesos en curso a la luz de parámetros no sólo económicos, sino
también morales. El objetivo de fondo será guiar estos procesos asegurando el respeto de la
dignidad del hombre y el desarrollo completo de su personalidad, en el horizonte del bien
común.762 Asumir semejante tarea, conlleva la responsabilidad de acelerar la consolidación de
las instituciones existentes, así como la creación de nuevos organismos a los cuales confiar esta
responsabilidad.763 El desarrollo económico, en efecto, puede ser duradero si se realiza en un
marco claro y definido de normas y en un amplio proyecto de crecimiento moral, civil y cultural
de toda la familia humana.
374 Un desarrollo más humano y solidario ayudará también a los mismos países ricos. Estos
países « advierten a menudo una especie de extravío existencial, una incapacidad de vivir y de
gozar rectamente el sentido de la vida, aun en medio de la abundancia de bienes materiales, una
alienación y pérdida de la propia humanidad en muchas personas, que se sienten reducidas al
papel de engranajes en el mecanismo de la producción y del consumo y no encuentran el modo
de afirmar la propia dignidad de hombres, creados a imagen y semejanza de Dios ». 768 Los
países ricos han demostrado tener la capacidad de crear bienestar material, pero a menudo lo
han hecho a costa del hombre y de las clases sociales más débiles: « No se puede ignorar que las
fronteras de la riqueza y de la pobreza atraviesan en su interior las mismas sociedades tanto
desarrolladas como en vías de desarrollo. Pues, al igual que existen desigualdades sociales hasta
llegar a los niveles de miseria en los países ricos, también, de forma paralela, en los países
menos desarrollados se ven a menudo manifestaciones de egoísmo y ostentación
desconcertantes y escandalosas ».769