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Doctina Social de La Iglesia-CAPÍTULO SÉPTIMO

Este documento discute los aspectos bíblicos y morales de la vida económica. Según la Biblia, la riqueza no es condenada en sí misma, sino por su mal uso. Jesús enseña que los bienes deben usarse para ayudar a los demás. Los Padres de la Iglesia enfatizan que los ricos son administradores de los bienes de Dios y deben compartirlos con los pobres. La doctrina social de la Iglesia también subraya la conexión entre la economía y la moralidad.

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Doctina Social de La Iglesia-CAPÍTULO SÉPTIMO

Este documento discute los aspectos bíblicos y morales de la vida económica. Según la Biblia, la riqueza no es condenada en sí misma, sino por su mal uso. Jesús enseña que los bienes deben usarse para ayudar a los demás. Los Padres de la Iglesia enfatizan que los ricos son administradores de los bienes de Dios y deben compartirlos con los pobres. La doctrina social de la Iglesia también subraya la conexión entre la economía y la moralidad.

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CAPÍTULO SÉPTIMO

LA VIDA ECONÓMICA

I. ASPECTOS BÍBLICOS

a) El hombre, pobreza y riqueza

323 En el Antiguo Testamento se encuentra una doble postura frente a los bienes económicos y
la riqueza. Por un lado, de aprecio a la disponibilidad de bienes materiales considerados
necesarios para la vida: en ocasiones, la abundancia —pero no la riqueza o el lujo— es vista
como una bendición de Dios. En la literatura sapiencial, la pobreza se describe como una
consecuencia negativa del ocio y de la falta de laboriosidad (cf. Pr 10,4), pero también como un
hecho natural (cf. Pr 22,2). Por otro lado, los bienes económicos y la riqueza no son
condenados en sí mismos, sino por su mal uso. La tradición profética estigmatiza las estafas, la
usura, la explotación, las injusticias evidentes, especialmente con respecto a los más pobres
(cf. Is 58,3-11; Jr 7,4-7; Os 4,1-2; Am 2,6-7; Mi 2,1-2). Esta tradición, si bien considera un mal
la pobreza de los oprimidos, de los débiles, de los indigentes, ve también en ella un símbolo de
la situación del hombre delante de Dios; de Él proviene todo bien como un don que hay que
administrar y compartir.

324 Quien reconoce su pobreza ante Dios, en cualquier situación que viva, es objeto de una
atención particular por parte de Dios: cuando el pobre busca, el Señor responde; cuando grita,
Él lo escucha. A los pobres se dirigen las promesas divinas: ellos serán los herederos de la
alianza entre Dios y su pueblo. La intervención salvífica de Dios se actuará mediante un nuevo
David (cf. Ez 34,22-31), el cual, como y más que el rey David, será defensor de los pobres y
promotor de la justicia; Él establecerá una nueva alianza y escribirá una nueva ley en el corazón
de los creyentes (cf. Jr 31,31-34).

La pobreza, cuando es aceptada o buscada con espíritu religioso, predispone al reconocimiento


y a la aceptación del orden creatural; en esta perspectiva, el « rico » es aquel que pone su
confianza en las cosas que posee más que en Dios, el hombre que se hace fuerte mediante las
obras de sus manos y que confía sólo en esta fuerza. La pobreza se eleva a valor moral cuando
se manifiesta como humilde disposición y apertura a Dios, confianza en Él. Estas actitudes
hacen al hombre capaz de reconocer lo relativo de los bienes económicos y de tratarlos como
dones divinos que hay que administrar y compartir, porque la propiedad originaria de todos los
bienes pertenece a Dios.

325 Jesús asume toda la tradición del Antiguo Testamento, también sobre los bienes
económicos, sobre la riqueza y la pobreza, confiriéndole una definitiva claridad y
plenitud (cf. Mt 6,24 y 13,22; Lc 6,20-24 y 12,15-21; Rm 14,6-8 y 1 Tm 4,4). Él, infundiendo
su Espíritu y cambiando los corazones, instaura el « Reino de Dios », que hace posible una
nueva convivencia en la justicia, en la fraternidad, en la solidaridad y en el compartir. El Reino
inaugurado por Cristo perfecciona la bondad originaria de la creación y de la actividad humana,
herida por el pecado. Liberado del mal y reincorporado en la comunión con Dios, todo hombre
puede continuar la obra de Jesús con la ayuda de su Espíritu: hacer justicia a los pobres, liberar
a los oprimidos, consolar a los afligidos, buscar activamente un nuevo orden social, en el que se
ofrezcan soluciones adecuadas a la pobreza material y se contrarresten más eficazmente las
fuerzas que obstaculizan los intentos de los más débiles para liberarse de una condición de
miseria y de esclavitud. Cuando esto sucede, el Reino de Dios se hace ya presente sobre esta
tierra, aun no perteneciendo a ella. En él encontrarán finalmente cumplimiento las promesas de
los Profetas.
326 A la luz de la Revelación, la actividad económica ha de considerarse y ejercerse como una
respuesta agradecida a la vocación que Dios reserva a cada hombre. Éste ha sido colocado en
el jardín para cultivarlo y custodiarlo, usándolo según unos limites bien precisos (cf. Gn 2,16-
17), con el compromiso de perfeccionarlo (cf. Gn 1,26-30; 2,15-16; Sb 9,2-3). Al hacerse
testigo de la grandeza y de la bondad del Creador, el hombre camina hacia la plenitud de la
libertad a la que Dios lo llama. Una buena administración de los dones recibidos, incluidos los
dones materiales, es una obra de justicia hacia sí mismo y hacia los demás hombres: lo que se
recibe ha de ser bien usado, conservado, multiplicado, como enseña la parábola de los talentos
(cf. Mt 25,14-31; Lc 19,12-27).

La actividad económica y el progreso material deben ponerse al servicio del hombre y de la


sociedad: dedicándose a ellos con la fe, la esperanza y la caridad de los discípulos de Cristo, la
economía y el progreso pueden transformarse en lugares de salvación y de santificación.
También en estos ámbitos es posible expresar un amor y una solidaridad más que humanos y
contribuir al crecimiento de una humanidad nueva, que prefigure el mundo de los últimos
tiempos.683 Jesús sintetiza toda la Revelación pidiendo al creyente enriquecerse delante de
Dios (cf. Lc 12,21): y la economía es útil a este fin, cuando no traiciona su función de
instrumento para el crecimiento integral del hombre y de las sociedades, de la calidad humana
de la vida.

327 La fe en Jesucristo permite una comprensión correcta del desarrollo social, en el contexto
de un humanismo integral y solidario. Para ello resulta muy útil la contribución de la reflexión
teológica ofrecida por el Magisterio social: « La fe en Cristo redentor, mientras ilumina
interiormente la naturaleza del desarrollo, guía también en la tarea de colaboración. En la carta
de san Pablo a los Colosenses leemos que Cristo es “el primogénito de toda la creación” y que
“todo fue creado por él y para él” (1,15-16). En efecto, “todo tiene en él su consistencia” porque
“Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud y reconciliar por él y para él todas la cosas”
(ibíd., 1,20). En este plan divino, que comienza desde la eternidad en Cristo, “Imagen” perfecta
del Padre, y culmina en él, “Primogénito de entre los muertos” (ibíd., 1,15.18), se inserta
nuestra historia, marcada por nuestro esfuerzo personal y colectivo por elevar la condición
humana, vencer los obstáculos que surgen siempre en nuestro camino, disponiéndonos así a
participar en la plenitud que “reside en el Señor” y que él comunica “a su cuerpo, la Iglesia”
(ibíd., 1,18; cf. Ef 1,22-23), mientras el pecado, que siempre nos acecha y compromete nuestras
realizaciones humanas, es vencido y rescatado por la “reconciliación” obrada por Cristo
(cf. Col 1,20) ».684

b) La riqueza existe para ser compartida

328 Los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino
universal. Toda forma de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta
contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes. La salvación
cristiana es una liberación integral del hombre, liberación de la necesidad, pero también de la
posesión misma: « Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse
llevar de él, se extraviaron en la fe » (1 Tm 6,10). Los Padres de la Iglesia insisten en la
necesidad de la conversión y de la transformación de las conciencias de los creyentes, más que
en la exigencia de cambiar las estructuras sociales y políticas de su tiempo, instando a quien
desarrolla una actividad económica y posee bienes a considerarse administrador de cuanto Dios
le ha confiado.

329 Las riquezas realizan su función de servicio al hombre cuando son destinadas a producir
beneficios para los demás y para la sociedad: 685 « ¿Cómo podríamos hacer el bien al prójimo
—se pregunta Clemente de Alejandría— si nadie poseyese nada? ». 686 En la visión de San Juan
Crisóstomo, las riquezas pertenecen a algunos para que estos puedan ganar méritos
compartiéndolas con los demás.687 Las riquezas son un bien que viene de Dios: quien lo posee lo
debe usar y hacer circular, de manera que también los necesitados puedan gozar de él; el mal se
encuentra en el apego desordenado a las riquezas, en el deseo de acapararlas. San Basilio el
Grande invita a los ricos a abrir las puertas de sus almacenes y exclama: « Un gran río se vierte,
en mil canales, sobre el terreno fértil: así, por mil caminos, tú haces llegar la riqueza a las casas
de los pobres ».688 La riqueza, explica San Basilio, es como el agua que brota cada vez más pura
de la fuente si se bebe de ella con frecuencia, mientras que se pudre si la fuente permanece
inutilizada.689 El rico, dirá más tarde San Gregorio Magno, no es sino un administrador de lo que
posee; dar lo necesario a quien carece de ello es una obra que hay que cumplir con humildad,
porque los bienes no pertenecen a quien los distribuye. Quien tiene las riquezas sólo para sí no
es inocente; darlas a quien tiene necesidad significa pagar una deuda. 690

II. MORAL Y ECONOMÍA

330 La doctrina social de la Iglesia insiste en la connotación moral de la economía. Pío XI, en


un texto de la encíclica Quadragesimo anno, recuerda la relación entre la economía y la moral:
« Aun cuando la economía y la disciplina moral, cada cual en su ámbito, tienen principios
propios, a pesar de ello es erróneo que el orden económico y el moral estén tan distanciados y
ajenos entre sí, que bajo ningún aspecto dependa aquél de éste. Las leyes llamadas económicas,
fundadas sobre la naturaleza de las cosas y en la índole del cuerpo y del alma humanos,
establecen, desde luego, con toda certeza qué fines no y cuáles sí, y con qué medios, puede
alcanzar la actividad humana dentro del orden económico; pero la razón también, apoyándose
igualmente en la naturaleza de las cosas y del hombre, individual y socialmente considerado,
demuestra claramente que a ese orden económico en su totalidad le ha sido prescrito un fin por
Dios Creador. Una y la misma es, efectivamente, la ley moral que nos manda buscar, así como
directamente en la totalidad de nuestras acciones nuestro fin supremo y último, así también en
cada uno de los órdenes particulares esos fines que entendemos que la naturaleza o, mejor
dicho, el autor de la naturaleza, Dios, ha fijado a cada orden de cosas factibles, y someterlos
subordinadamente a aquél ».691

331 La relación entre moral y economía es necesaria e intrínseca: actividad económica y


comportamiento moral se compenetran íntimamente. La necesaria distinción entre moral y
economía no comporta una separación entre los dos ámbitos, sino al contrario, una
reciprocidad importante. Así como en el ámbito moral se deben tener en cuenta las razones y
las exigencias de la economía, la actuación en el campo económico debe estar abierta a las
instancias morales: « También en la vida económico-social deben respetarse y promoverse la
dignidad de la persona humana, su entera vocación y el bien de toda la sociedad. Porque el
hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social ». 692 Dar el justo y debido
peso a las razones propias de la economía no significa rechazar como irracional toda
consideración de orden metaeconómico, precisamente porque el fin de la economía no está en la
economía misma, sino en su destinación humana y social. 693 A la economía, en efecto, tanto en
el ámbito científico, como en el nivel práctico, no se le confía el fin de la realización del hombre
y de la buena convivencia humana, sino una tarea parcial: la producción, la distribución y el
consumo de bienes materiales y de servicios.

332 La dimensión moral de la economía hace entender que la eficiencia económica y la


promoción de un desarrollo solidario de la humanidad son finalidades estrechamente
vinculadas, más que separadas o alternativas. La moral, constitutiva de la vida económica, no
es ni contraria ni neutral: cuando se inspira en la justicia y la solidaridad, constituye un factor de
eficiencia social para la misma economía. Es un deber desarrollar de manera eficiente la
actividad de producción de los bienes, de otro modo se desperdician recursos; pero no es
aceptable un crecimiento económico obtenido con menoscabo de los seres humanos, de grupos
sociales y pueblos enteros, condenados a la indigencia y a la exclusión. La expansión de la
riqueza, visible en la disponibilidad de bienes y servicios, y la exigencia moral de una justa
difusión de estos últimos deben estimular al hombre y a la sociedad en su conjunto a practicar la
virtud esencial de la solidaridad,694 para combatir con espíritu de justicia y de caridad,
dondequiera que existan, las « estructuras de pecado » 695 que generan y mantienen la pobreza,
el subdesarrollo y la degradación. Estas estructuras están edificadas y consolidadas por muchos
actos concretos de egoísmo humano.

333 Para asumir un perfil moral, la actividad económica debe tener como sujetos a todos los
hombres y a todos los pueblos. Todos tienen el derecho de participar en la vida económica y el
deber de contribuir, según sus capacidades, al progreso del propio país y de la entera familia
humana.696 Si, en alguna medida, todos son responsables de todos, cada uno tiene el deber de
comprometerse en el desarrollo económico de todos: 697 es un deber de solidaridad y de justicia,
pero también es la vía mejor para hacer progresar a toda la humanidad. Cuando se vive con
sentido moral, la economía se realiza como prestación de un servicio recíproco, mediante la
producción de bienes y servicios útiles al crecimiento de cada uno, y se convierte para cada
hombre en una oportunidad de vivir la solidaridad y la vocación a la « comunión con los demás
hombres, para lo cual fue creado por Dios ».698 El esfuerzo de concebir y realizar proyectos
económico-sociales capaces de favorecer una sociedad más justa y un mundo más humano
representa un desafío difícil, pero también un deber estimulante, para todos los agentes
económicos y para quienes se dedican a las ciencias económicas. 699

334 Objeto de la economía es la formación de la riqueza y su incremento progresivo, en


términos no sólo cuantitativos, sino cualitativos: todo lo cual es moralmente correcto si está
orientado al desarrollo global y solidario del hombre y de la sociedad en la que vive y
trabaja. El desarrollo, en efecto, no puede reducirse a un mero proceso de acumulación de
bienes y servicios. Al contrario, la pura acumulación, aun cuando fuese en pro del bien común,
no es una condición suficiente para la realización de la auténtica felicidad humana. En este
sentido, el Magisterio social pone en guardia contra la insidia que esconde un tipo de desarrollo
sólo cuantitativo, ya que la « excesiva disponibilidad de toda clase de bienes materiales para
algunas categorías sociales, fácilmente hace a los hombres esclavos de la “posesión” y del goce
inmediato... Es la llamada civilización del “consumo” o consumismo... ». 700

335 En la perspectiva del desarrollo integral y solidario, se puede apreciar justamente la


valoración moral que la doctrina social hace sobre la economía de mercado, o simplemente
economía libre: « Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico que reconoce el papel
fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente
responsabilidad para con los medios productivos, de la libre creatividad humana en el sector de
la economía, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de
“economía de empresa”, “economía de mercado” o simplemente de “economía libre”. Pero si
por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está
encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana
integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y
religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa ». 701 De este modo queda definida la
perspectiva cristiana acerca de las condiciones sociales y políticas de la actividad económica: no
sólo sus reglas, sino también su calidad moral y su significado.

III. INICIATIVA PRIVADA Y EMPRESA

336 La doctrina social de la Iglesia considera la libertad de la persona en campo económico un


valor fundamental y un derecho inalienable que hay que promover y tutelar: « Cada uno tiene
el derecho de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus talentos para contribuir a
una abundancia provechosa para todos, y para recoger los justos frutos de sus esfuerzos
».702 Esta enseñanza pone en guardia contra las consecuencias negativas que se derivarían de la
restricción o de la negación del derecho de iniciativa económica: « La experiencia nos
demuestra que la negación de tal derecho o su limitación en nombre de una pretendida
“igualdad” de todos en la sociedad reduce o, sin más, destruye de hecho el espíritu de iniciativa,
es decir, la subjetividad creativa del ciudadano ».703 En este sentido, la libre y responsable
iniciativa en campo económico puede definirse también como un acto que revela la humanidad
del hombre en cuanto sujeto creativo y relacional. La iniciativa económica debe gozar, por
tanto, de un espacio amplio. El Estado tiene la obligación moral de imponer vínculos
restrictivos sólo en orden a las incompatibilidades entre la persecución del bien común y el tipo
de actividad económica puesta en marcha, o sus modalidades de desarrollo. 704

337 La dimensión creativa es un elemento esencial de la acción humana, también en el campo


empresarial, y se manifiesta especialmente en la aptitud para elaborar proyectos e innovar: «
Organizar ese esfuerzo productivo, programar su duración en el tiempo, procurar que
corresponda de manera positiva a las necesidades que debe satisfacer, asumiendo los riesgos
necesarios: todo esto es también una fuente de riqueza en la sociedad actual. Así se hace cada
vez más evidente y determinante el papel del trabajo humano, disciplinado y creativo, y el de
las capacidades de iniciativa y de espíritu emprendedor, como parte esencial del mismo trabajo
».705 Como fundamento de esta enseñanza hay que señalar la convicción de que « el principal
recurso del hombre es, junto con la tierra, el hombre mismo. Es su inteligencia la que descubre
las potencialidades productivas de la tierra y las múltiples modalidades con que se pueden
satisfacer las necesidades humanas ». 706

a) La empresa y sus fines

338 La empresa debe caracterizarse por la capacidad de servir al bien común de la sociedad
mediante la producción de bienes y servicios útiles. En esta producción de bienes y servicios
con una lógica de eficiencia y de satisfacción de los intereses de los diversos sujetos implicados,
la empresa crea riqueza para toda la sociedad: no sólo para los propietarios, sino también para
los demás sujetos interesados en su actividad. Además de esta función típicamente
económica, la empresa desempeña también una función social, creando oportunidades de
encuentro, de colaboración, de valoración de las capacidades de las personas implicadas. En
la empresa, por tanto, la dimensión económica es condición para el logro de objetivos no sólo
económicos, sino también sociales y morales, que deben perseguirse conjuntamente.

El objetivo de la empresa se debe llevar a cabo en términos y con criterios económicos, pero
sin descuidar los valores auténticos que permiten el desarrollo concreto de la persona y de la
sociedad. En esta visión personalista y comunitaria, « la empresa no puede considerarse
únicamente como una “sociedad de capitales”; es, al mismo tiempo, una “sociedad de
personas”, en la que entran a formar parte de manera diversa y con responsabilidades
específicas los que aportan el capital necesario para su actividad y los que colaboran con su
trabajo ».707

339 Los componentes de la empresa deben ser conscientes de que la  comunidad en la que
trabajan representa un bien para todos y no una estructura que permite satisfacer
exclusivamente los intereses personales de alguno. Sólo esta conciencia permite llegar a
construir una economía verdaderamente al servicio del hombre y elaborar un proyecto de
cooperación real entre las partes sociales.

Un ejemplo muy importante y significativo en la dirección indicada procede de la actividad de


las empresas cooperativas, de la pequeña y mediana empresa, de las empresas artesanales y de
las agrícolas de dimensiones familiares. La doctrina social ha subrayado la contribución que
estas empresas ofrecen a la valoración del trabajo, al crecimiento del sentido de responsabilidad
personal y social, a la vida democrática, a los valores humanos útiles para el progreso del
mercado y de la sociedad.708

340 La doctrina social reconoce la justa función del beneficio, como primer indicador del buen
funcionamiento de la empresa: « Cuando una empresa da beneficios significa que los factores
productivos han sido utilizados adecuadamente ».709 Esto no puede hacer olvidar el hecho
que no siempre el beneficio indica que la empresa esté sirviendo adecuadamente a la
sociedad.710 Es posible, por ejemplo, « que los balances económicos sean correctos y que al
mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la empresa, sean
humillados y ofendidos en su dignidad ».711 Esto sucede cuando la empresa opera en sistemas
socioculturales caracterizados por la explotación de las personas, propensos a rehuir las
obligaciones de justicia social y a violar los derechos de los trabajadores.

Es indispensable que, dentro de la empresa, la legítima búsqueda del beneficio se armonice con
la irrenunciable tutela de la dignidad de las personas que a título diverso trabajan en la
misma. Estas dos exigencias no se oponen en absoluto, ya que, por una parte, no sería realista
pensar que el futuro de la empresa esté asegurado sin la producción de bienes y servicios y sin
conseguir beneficios que sean el fruto de la actividad económica desarrollada; por otra parte,
permitiendo el crecimiento de la persona que trabaja, se favorece una mayor productividad y
eficacia del trabajo mismo. La empresa debe ser una comunidad solidaria 712 no encerrada en los
intereses corporativos, tender a una « ecología social » 713 del trabajo, y contribuir al bien
común, incluida la salvaguardia del ambiente natural.

341 Si en la actividad económica y financiera la búsqueda de un justo beneficio es aceptable, el


recurso a la usura está moralmente condenado: « Los traficantes cuyas prácticas usurarias y
mercantiles provocan el hambre y la muerte de sus hermanos los hombres, cometen
indirectamente un homicidio. Este les es imputable ». 714 Esta condena se extiende también a las
relaciones económicas internacionales, especialmente en lo que se refiere a la situación de los
países menos desarrollados, a los que no se pueden aplicar « sistemas financieros abusivos, si no
usurarios ».715 El Magisterio reciente ha usado palabras fuertes y claras a propósito de esta
práctica todavía dramáticamente difundida: « La usura, delito que también en nuestros días es
una infame realidad, capaz de estrangular la vida de muchas personas ». 716

342 La empresa se mueve hoy en el marco de escenarios económicos de dimensiones cada vez
más amplias, donde los Estados nacionales tienen una capacidad limitada de gobernar los
rápidos procesos de cambio que afectan a las relaciones económico-financieras internacionales;
esta situación induce a las empresas a asumir responsabilidades nuevas y mayores con respecto
al pasado. Su papel, hoy más que nunca, resulta determinante para un desarrollo auténticamente
solidario e integral de la humanidad e igualmente decisivo, en este sentido, su aceptación del
hecho que « el desarrollo o se convierte en un hecho común a todas las partes del mundo o sufre
un proceso de retroceso aun en las zonas marcadas por un constante progreso. Fenómeno este
particularmente indicador de la naturaleza del auténtico desarrollo: o participan de él todas las
Naciones del mundo, o no será tal, ciertamente ». 717

b) El papel del empresario y del dirigente de empresa

343 La iniciativa económica es expresión de la inteligencia humana y de la exigencia de


responder a las necesidades del hombre con creatividad y en colaboración. En la creatividad y
en la cooperación se halla inscrita la auténtica noción de la competencia empresarial: un cum-
petere, es decir, un buscar juntos las soluciones más adecuadas para responder del modo más
idóneo a las necesidades que van surgiendo progresivamente. El sentido de responsabilidad que
brota de la libre iniciativa económica se configura no sólo como virtud individual indispensable
para el crecimiento humano del individuo, sino también como virtud social necesaria para el
desarrollo de una comunidad solidaria: « En este proceso están implicadas importantes virtudes,
como son la diligencia, la laboriosidad, la prudencia en asumir los riesgos razonables, la
fiabilidad y la lealtad en las relaciones interpersonales, la resolución de ánimo en la ejecución
de decisiones difíciles y dolorosas, pero necesarias para el trabajo común de la empresa y para
hacer frente a los eventuales reveses de fortuna ». 718
344 El papel del empresario y del dirigente revisten una importancia central desde el punto de
vista social, porque se sitúan en el corazón de la red de vínculos técnicos, comerciales,
financieros y culturales, que caracterizan la moderna realidad de la empresa. Puesto que las
decisiones empresariales producen, en razón de la complejidad creciente de la actividad
empresarial, múltiples efectos conjuntos de gran relevancia no sólo económica, sino también
social, el ejercicio de las responsabilidades empresariales y directivas exige, además de un
esfuerzo continuo de actualización específica, una constante reflexión sobre los valores morales
que deben guiar las opciones personales de quien está investido de tales funciones.

Los empresarios y los dirigentes no pueden tener en cuenta exclusivamente el objetivo


económico de la empresa, los criterios de la eficiencia económica, las exigencias del cuidado
del « capital » como conjunto de medios de producción: el respeto concreto de la dignidad
humana de los trabajadores que laboran en la empresa, es también su deber preciso.719 Las
personas constituyen « el patrimonio más valioso de la empresa », 720 el factor decisivo de la
producción.721 En las grandes decisiones estratégicas y financieras, de adquisición o de venta, de
reajuste o cierre de instalaciones, en la política de fusiones, los criterios no pueden ser
exclusivamente de naturaleza financiera o comercial.

345 La doctrina social insiste en la necesidad de que el empresario y el dirigente se


comprometan a estructurar la actividad laboral en sus empresas de modo que favorezcan la
familia, especialmente a las madres de familia en el ejercicio de sus tareas; 722 que secunden, a
la luz de una visión integral del hombre y del desarrollo, la demanda de calidad « de la
mercancía que se produce y se consume; calidad de los servicios públicos que se disfrutan;
calidad del ambiente y de la vida en general »; 723 que inviertan, en caso de que se den las
condiciones económicas y de estabilidad política para ello, en aquellos lugares y sectores
productivos que ofrecen a los individuos y a los pueblos « la ocasión de dar valor al propio
trabajo ».724

IV. INSTITUCIONES ECONÓMICAS
AL SERVICIO DEL HOMBRE

346 Una de las cuestiones prioritarias en economía es el empleo de los recursos,725 es decir, de


todos aquellos bienes y servicios a los que los sujetos económicos, productores y consumidores,
privados y públicos, atribuyen un valor debido a su inherente utilidad en el campo de la
producción y del consumo. Los recursos son cuantitativamente escasos en la naturaleza, lo que
implica, necesariamente, que el sujeto económico particular, así como la sociedad, tengan que
inventar alguna estrategia para emplearlos del modo más racional posible, siguiendo una lógica
dictada por el principio de economicidad. De esto dependen tanto la efectiva solución del
problema económico más general, y fundamental, de la limitación de los medios con respecto a
las necesidades individuales y sociales, privadas y públicas, cuanto la eficiencia global,
estructural y funcional, del entero sistema económico. Tal eficiencia apela directamente a la
responsabilidad y la capacidad de diversos sujetos, como el mercado, el Estado y los cuerpos
sociales intermedios.

a) El papel del libre mercado

347 El libre mercado es una institución socialmente importante por su capacidad de garantizar
resultados eficientes en la producción de bienes y servicios. Históricamente, el mercado ha
dado prueba de saber iniciar y sostener, a largo plazo, el desarrollo económico. Existen buenas
razones para retener que, en muchas circunstancias, « el libre mercado sea el instrumento más
eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades ». 726 La doctrina
social de la Iglesia aprecia las seguras ventajas que ofrecen los mecanismos del libre mercado,
tanto para utilizar mejor los recursos, como para agilizar el intercambio de productos: estos
mecanismos, « sobre todo, dan la primacía a la voluntad y a las preferencias de la persona, que,
en el contrato, se confrontan con las de otras personas ». 727

Un mercado verdaderamente competitivo es un instrumento eficaz para conseguir importantes


objetivos de justicia: moderar los excesos de ganancia de las empresas; responder a las
exigencias de los consumidores; realizar una mejor utilización y ahorro de los recursos; premiar
los esfuerzos empresariales y la habilidad de innovación; hacer circular la información, de modo
que realmente se puedan comparar y adquirir los productos en un contexto de sana competencia.

348 El libre mercado no puede juzgarse prescindiendo de los fines que persigue y de los
valores que transmite a nivel social. El mercado, en efecto, no puede encontrar en sí mismo el
principio de la propia legitimación. Pertenece a la conciencia individual y a la responsabilidad
pública establecer una justa relación entre medios y fines. 728 La utilidad individual del agente
económico, aunque legítima, no debe jamás convertirse en el único objetivo. Al lado de ésta,
existe otra, igualmente fundamental y superior, la utilidad social, que debe procurarse no en
contraste, sino en coherencia con la lógica de mercado. Cuando realiza las importantes
funciones antes recordadas, el libre mercado se orienta al bien común y al desarrollo integral del
hombre, mientras que la inversión de la relación entre medios y fines puede hacerlo degenerar
en una institución inhumana y alienante, con repercusiones incontrolables.

349 La doctrina social de la Iglesia, aun reconociendo al mercado la función de instrumento


insustituible de regulación dentro del sistema económico, pone en evidencia la necesidad de
sujetarlo a finalidades morales que aseguren y, al mismo tiempo, circunscriban adecuadamente
el espacio de su autonomía.729 La idea que se pueda confiar sólo al mercado el suministro de
todas las categorías de bienes no puede compartirse, porque se basa en una visión reductiva de
la persona y de la sociedad.730 Ante el riesgo concreto de una « idolatría » del mercado, la
doctrina social de la Iglesia subraya sus límites, fácilmente perceptibles en su comprobada
incapacidad de satisfacer importantes exigencias humanas, que requieren bienes que, « por su
naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías », 731 bienes no negociables según la regla
del « intercambio de equivalentes » y la lógica del contrato, típicas del mercado.

350 El mercado asume una función social relevante en las sociedades contemporáneas, por lo
cual es importante identificar sus mejores potencialidades y crear condiciones que permitan su
concreto desarrollo. Los agentes deben ser efectivamente libres para comparar, evaluar y elegir
entre las diversas opciones. Sin embargo la libertad, en ámbito económico, debe estar regulada
por un apropiado marco jurídico, capaz de ponerla al servicio de la libertad humana integral: «
La libertad económica es solamente un elemento de la libertad humana. Cuando aquélla se
vuelve autónoma, es decir, cuando el hombre es considerado más como un productor o un
consumidor de bienes que como un sujeto que produce y consume para vivir, entonces pierde su
necesaria relación con la persona humana y termina por alienarla y oprimirla ». 732

b) La acción del Estado

351 La acción del Estado y de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de
subsidiaridad y crear situaciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica; debe
también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la autonomía de las
partes para defender a la más débil.733 La solidaridad sin subsidiaridad puede degenerar
fácilmente en asistencialismo, mientras que la subsidiaridad sin solidaridad corre el peligro de
alimentar formas de localismo egoísta. Para respetar estos dos principios fundamentales, la
intervención del Estado en ámbito económico no debe ser ni ilimitada, ni insuficiente, sino
proporcionada a las exigencias reales de la sociedad: « El Estado tiene el deber de secundar la
actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo,
estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis. El Estado tiene,
además, el derecho a intervenir, cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u
obstáculos al desarrollo. Pero, aparte de estas incumbencias de armonización y dirección del
desarrollo, el Estado puede ejercer funciones de suplencia en situaciones excepcionales ».734

352 La tarea fundamental del Estado en ámbito económico es definir un marco jurídico apto
para regular las relaciones económicas, con el fin de « salvaguardar... las condiciones
fundamentales de una economía libre, que presupone una cierta igualdad entre las partes, no sea
que una de ellas supere talmente en poder a la otra que la pueda reducir prácticamente a
esclavitud ».735 La actividad económica, sobre todo en un contexto de libre mercado, no puede
desarrollarse en un vacío institucional, jurídico y político: « Por el contrario, supone una
seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario
estable y servicios públicos eficientes ». 736 Para llevar a cabo su tarea, el Estado debe elaborar
una oportuna legislación, pero también dirigir con circunspección las políticas económicas y
sociales, sin ocasionar un menoscabo en las diversas actividades de mercado, cuyo desarrollo
debe permanecer libre de superestructuras y constricciones autoritarias o, peor aún, totalitarias.

353 Es necesario que mercado y Estado actúen concertadamente y sean complementarios. El


libre mercado puede proporcionar efectos benéficos a la colectividad solamente en presencia
de una organización del Estado que defina y oriente la dirección del desarrollo económico, que
haga respetar reglas justas y transparentes, que intervenga también directamente, durante el
tiempo estrictamente necesario,737 en los casos en que el mercado no alcanza a obtener los
resultados de eficiencia deseados y cuando se trata de poner por obra el principio redistributivo.
En efecto, en algunos ámbitos, el mercado no es capaz, apoyándose en sus propios mecanismos,
de garantizar una distribución equitativa de algunos bienes y servicios esenciales para el
desarrollo humano de los ciudadanos: en este caso, la complementariedad entre Estado y
mercado es más necesaria que nunca.

354 El Estado puede instar a los ciudadanos y a las empresas para que promuevan el bien
común, disponiendo y practicando una política económica que favorezca la participación de
todos sus ciudadanos en las actividades productivas. El respeto del principio de subsidiaridad
debe impulsar a las autoridades públicas a buscar las condiciones favorables al desarrollo de las
capacidades de iniciativa individuales, de la autonomía y de la responsabilidad personales de los
ciudadanos, absteniéndose de cualquier intervención que pueda constituir un condicionamiento
indebido de las fuerzas empresariales.

En orden al bien común, proponerse con una constante determinación el objetivo del justo
equilibrio entre la libertad privada y la acción pública, entendida como intervención directa en
la economía o como actividad de apoyo al desarrollo económico. En cualquier caso, la
intervención pública deberá atenerse a criterios de equidad, racionalidad y eficiencia, sin
sustituir la acción de los particulares, contrariando su derecho a la libertad de iniciativa
económica. El Estado, en este caso, resulta nocivo para la sociedad: una intervención directa
demasiado amplia termina por anular la responsabilidad de los ciudadanos y produce un
aumento excesivo de los aparatos públicos, guiados más por lógicas burocráticas que por el
objetivo de satisfacer las necesidades de las personas. 738

355 Los ingresos fiscales y el gasto público asumen una importancia económica crucial para la
comunidad civil y política: el objetivo hacia el cual se debe tender es lograr una finanza
pública capaz de ser instrumento de desarrollo y de solidaridad. Una Hacienda pública justa,
eficiente y eficaz, produce efectos virtuosos en la economía, porque logra favorecer el
crecimiento de la ocupación, sostener las actividades empresariales y las iniciativas sin fines de
lucro, y contribuye a acrecentar la credibilidad del Estado como garante de los sistemas de
previsión y de protección social, destinados en modo particular a proteger a los más débiles.

La finanza pública se orienta al bien común cuando se atiene a algunos principios


fundamentales: el pago de impuestos 739 como especificación del deber de solidaridad;
racionalidad y equidad en la imposición de los tributos; 740 rigor e integridad en la
administración y en el destino de los recursos públicos.741 En la redistribución de los recursos,
las finanza pública debe seguir los principios de la solidaridad, de la igualdad, de la valoración
de los talentos, y prestar gran atención al sostenimiento de las familias, destinando a tal fin una
adecuada cantidad de recursos.742

c) La función de los cuerpos intermedios

356 El sistema económico-social debe caracterizarse por la presencia conjunta de la acción


pública y privada, incluida la acción privada sin fines de lucro. Se configura así una pluralidad
de centros de decisión y de lógicas de acción. Existen algunas categorías de bienes, colectivos y
de uso común, cuya utilización no puede depender de los mecanismos del mercado 743 y que
tampoco es de competencia exclusiva del Estado. La tarea del Estado, en relación a estos bienes,
es más bien la de valorizar todas las iniciativas sociales y económicas, promovidas por las
formaciones intermedias que tienen efectos públicos. La sociedad civil, organizada en sus
cuerpos intermedios, es capaz de contribuir al logro del bien común poniéndose en una relación
de colaboración y de eficaz complementariedad respecto al Estado y al mercado, favoreciendo
así el desarrollo de una oportuna democracia económica. En un contexto semejante, la
intervención del Estado debe estructurarse en orden al ejercicio de una verdadera solidaridad,
que como tal nunca debe estar separada de la subsidiaridad.

357 Las organizaciones privadas sin fines de lucro tienen su espacio específico en el ámbito
económico. Estas organizaciones se caracterizan por el valeroso intento de conjugar
armónicamente eficiencia productiva y solidaridad. Normalmente, se constituyen en base a un
pacto asociativo y son expresión de la tensión hacia un ideal común de los sujetos que
libremente deciden su adhesión. El Estado debe respetar la naturaleza de estas organizaciones y
valorar sus características, aplicando concretamente el principio de subsidiaridad, que postula
precisamente el respeto y la promoción de la dignidad y de la autónoma responsabilidad del
sujeto « subsidiado ».

d) Ahorro y consumo

358 Los consumidores, que en muchos casos disponen de amplios márgenes de poder


adquisitivo, muy superiores al umbral de subsistencia, pueden influir notablemente en la
realidad económica con su libre elección entre consumo y ahorro. En efecto, la posibilidad de
influir sobre las opciones del sistema económico está en manos de quien debe decidir sobre el
destino de los propios recursos financieros. Hoy, más que en el pasado, es posible evaluar las
alternativas disponibles, no sólo en base al rendimiento previsto o a su grado de riesgo, sino
también expresando un juicio de valor sobre los proyectos de inversión que los recursos
financiarán, conscientes de que « la opción de invertir en un lugar y no en otro, en un sector
productivo en vez de en otro, es siempre una opción moral y cultural ».744

359 La utilización del propio poder adquisitivo debe ejercitarse en el contexto de las exigencias
morales de la justicia y de la solidaridad, y de responsabilidades sociales precisas: no se debe
olvidar « el deber de la caridad, esto es, el deber de ayudar con lo propio “superfluo” y, a veces,
incluso con lo propio “necesario”, para dar al pobre lo indispensable para vivir ». 745 Esta
responsabilidad confiere a los consumidores la posibilidad de orientar, gracias a la mayor
circulación de las informaciones, el comportamiento de los productores, mediante la decisión —
individual o colectiva— de preferir los productos de unas empresas en vez de otras, teniendo en
cuenta no sólo los precios y la calidad de los productos, sino también la existencia de
condiciones correctas de trabajo en las empresas, el empeño por tutelar el ambiente natural que
las circunda, etc.
360 El fenómeno del consumismo produce una orientación persistente hacia el « tener » en vez
de hacia el « ser ». El consumismo impide « distinguir correctamente las nuevas y más elevadas
formas de satisfacción de las nuevas necesidades humanas, que son un obstáculo para la
formación de una personalidad madura ».746 Para contrastar este fenómeno es necesario
esforzarse por construir « estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la
belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común
sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las
inversiones ».747 Es innegable que las influencias del contexto social sobre los estilos de vida
son notables: por ello el desafío cultural, que hoy presenta el consumismo, debe ser afrontado en
forma más incisiva, sobre todo si se piensa en las generaciones futuras, que corren el riesgo de
tener que vivir en un ambiente natural esquilmado a causa de un consumo excesivo y
desordenado.748

V. LAS « RES NOVAE » EN ECONOMÍA

a) La globalización: oportunidades y riesgos

361 Nuestro tiempo está marcado por el complejo fenómeno de la globalización económico-


financiera, esto es, por un proceso de creciente integración de las economías nacionales, en el
plano del comercio de bienes y servicios y de las transacciones financieras, en el que un número
cada vez mayor de operadores asume un horizonte global para las decisiones que debe realizar
en función de las oportunidades de crecimiento y de beneficio. El nuevo horizonte de la
sociedad global no se da tanto por la presencia simplemente de vínculos económicos y
financieros entre agentes nacionales que operan en países diversos —que, por otra parte,
siempre han existido—, sino más bien por la expansión y naturaleza absolutamente inéditas del
sistema de relaciones que se está desarrollando. Resulta cada vez más decisivo y central el papel
de los mercados financieros, cuyas dimensiones, a consecuencia de la liberalización del
comercio y de la circulación de los capitales, se han acrecentado enormemente con una
velocidad impresionante, al punto de consentir a los operadores desplazar « en tiempo real », de
una parte a la otra del planeta, grandes cantidades de capital. Se trata de una realidad multiforme
y no fácil de descifrar, ya que se desarrolla en varios niveles y evoluciona continuamente, según
trayectorias difícilmente previsibles.

362 La globalización alimenta nuevas esperanzas, pero origina también grandes


interrogantes.749

Puede producir efectos potencialmente beneficiosos para toda la humanidad: entrelazándose


con el impetuoso desarrollo de las telecomunicaciones, el crecimiento de las relaciones
económicas y financieras ha permitido simultáneamente una notable reducción en los costos de
las comunicaciones y de las nuevas tecnologías, y una aceleración en el proceso de extensión a
escala planetaria de los intercambios comerciales y de las transacciones financieras. En otras
palabras, ha sucedido que ambos fenómenos, globalización económico-financiera y progreso
tecnológico, se han reforzado mutuamente, haciendo extremamente rápida toda la dinámica de
la actual fase económica.

Analizando el contexto actual, además de identificar las oportunidades que se abren en la era
de la economía global, se descubren también los riesgos ligados a las nuevas dimensiones de
las relaciones comerciales y financieras. No faltan, en efecto, indicios reveladores de una
tendencia al aumento de las desigualdades, ya sea entre países avanzados y países en vías de
desarrollo, ya sea al interno de los países industrializados. La creciente riqueza económica,
hecha posible por los procesos descritos, va acompañada de un crecimiento de la pobreza
relativa.
363 El crecimiento del bien común exige aprovechar las nuevas ocasiones de redistribución de
la riqueza entre las diversas áreas del planeta, a favor de las más necesitados, hasta ahora
excluidas o marginadas del progreso social y económico: 750 « En definitiva, el desafío consiste
en asegurar una globalización en la solidaridad, una globalización sin dejar a nadie al
margen ».751 El mismo progreso tecnológico corre el riesgo de repartir injustamente entre los
países los propios efectos positivos. Las innovaciones, en efecto, pueden penetrar y difundirse
en una colectividad determinada, si sus potenciales beneficiarios alcanzan un grado mínimo de
saber y de recursos financieros: es evidente que, en presencia de fuertes disparidades entre los
países en el acceso a los conocimientos técnico-científicos y a los más recientes productos
tecnológicos, el proceso de globalización termina por dilatar, más que reducir, las desigualdades
entre los países en términos de desarrollo económico y social. Dada la naturaleza de las
dinámicas en curso, la libre circulación de capitales no basta por sí sola para favorecer el
acercamiento de los países en vías de desarrollo a los países más avanzados.

364 El comercio representa un componente fundamental de las relaciones económicas


internacionales, contribuyendo de manera determinante a la especialización productiva y al
crecimiento económico de los diversos países. Hoy, más que nunca, el comercio internacional,
si se orienta oportunamente, promueve el desarrollo y es capaz de crear nuevas fuentes de
trabajo y suministrar recursos útiles. La doctrina social muchas veces ha denunciado las
distorsiones del sistema de comercio internacional 752 que, a menudo, a causa de las políticas
proteccionistas, discrimina los productos procedentes de los países pobres y obstaculiza el
crecimiento de actividades industriales y la transferencia de tecnología hacia estos países. 753 El
continuo deterioro en los términos de intercambio de las materias primas y la agudización de las
diferencias entre países ricos y países pobres, ha impulsado al Magisterio a reclamar la
importancia de los criterios éticos que deberían orientar las relaciones económicas
internacionales: la persecución del bien común y el destino universal de los bienes; la equidad
en las relaciones comerciales; la atención a los derechos y a las necesidades de los más pobres
en las políticas comerciales y de cooperación internacional. De no ser así, « los pueblos pobres
permanecen siempre pobres, y los ricos se hacen cada vez más ricos ». 754

365 Una solidaridad adecuada a la era de la globalización exige la defensa de los derechos


humanos. A este respecto, el Magisterio señala que la presencia « de una autoridad pública
internacional al servicio de los derechos humanos, de la libertad y de la paz, no sólo no se ha
logrado aún completamente, sino que se debe constatar, por desgracia, la frecuente indecisión
de la comunidad internacional sobre el deber de respetar y aplicar los derechos humanos. Este
deber atañe a todos los derechos fundamentales y no permite decisiones arbitrarias que
acabarían en formas de discriminación e injusticia. Al mismo tiempo, somos testigos del
incremento de una preocupante divergencia entre una serie de nuevos “derechos” promovidos
en las sociedades tecnológicamente avanzadas y derechos humanos elementales que todavía no
son respetados en situaciones de subdesarrollo: pienso, por ejemplo, en el derecho a la
alimentación, al agua potable, a la vivienda, a la autodeterminación y a la independencia ». 755

366 La extensión de la globalización debe estar acompañada de una toma de conciencia más
madura, por parte de las organizaciones de la sociedad civil, de las nuevas tareas a las que
están llamadas a nivel mundial. Gracias también a una acción decidida por parte de estas
organizaciones, será posible colocar el actual proceso de crecimiento de la economía y de las
finanzas a escala planetaria en un horizonte que garantice un efectivo respeto de los derechos
del hombre y de los pueblos, además de una justa distribución de los recursos, dentro de cada
país y entre los diversos países: « El libre intercambio sólo es equitativo si está sometido a las
exigencias de la justicia social ».756

Especial atención debe concederse a las especificidades locales y a las diversidades culturales,
que corren el riesgo de ser comprometidas por los procesos económico-financieros en acto: «
La globalización no debe ser un nuevo tipo de colonialismo. Debe respetar la diversidad de las
culturas que, en el ámbito de la armonía universal de los pueblos, constituyen las claves de
interpretación de la vida. En particular, no tiene que despojar a los pobres de lo que es más
valioso para ellos, incluidas sus creencias y prácticas religiosas, puesto que las convicciones
religiosas auténticas son la manifestación más clara de la libertad humana ». 757

367 En la época de la globalización, se debe subrayar con fuerza la solidaridad entre las
generaciones: « Antes, la solidaridad entre las generaciones era en numerosos países una actitud
natural por parte de la familia; ahora se ha convertido también en un deber de la comunidad
».758 Es lógico que esta solidaridad se siga promoviendo en las comunidades políticas
nacionales, pero hoy el problema se plantea también en la comunidad política global, a fin de
que la mundialización no se lleve a cabo a expensas de los más débiles y necesitados. La
solidaridad entre las generaciones exige que en la planificación global se actúe según el
principio del destino universal de los bienes, que hace moralmente ilícito y económicamente
contraproducente descargar los costos actuales sobre las futuras generaciones: moralmente
ilícito, porque significa no asumir las debidas responsabilidades, económicamente
contraproducente porque la corrección de los daños es más costosa que la prevención. Este
principio se ha de aplicar, sobre todo, —aunque no sólo— en el campo de los recursos de la
tierra y de la salvaguardia de la creación, que resulta particularmente delicado por la
globalización, la cual interesa a todo el planeta entendido como único ecosistema. 759

b) El sistema financiero internacional

368 Los mercados financieros no son ciertamente una novedad de nuestra época: desde hace
ya mucho tiempo, de diversas formas, se ocuparon de responder a la exigencia de financiar
actividades productivas. La experiencia histórica enseña que en ausencia de sistemas
financieros adecuados no habría sido posible el crecimiento económico. Las inversiones a gran
escala, típicas de las modernas economías de mercado, no se habrían realizado sin el papel
fundamental de intermediario llevado a cabo por los mercados financieros, que ha permitido,
entre otras cosas, apreciar las funciones positivas del ahorro para el desarrollo del sistema
económico y social. Si la creación de lo que ha sido definido « el mercado global de capitales »
ha producido efectos benéficos, gracias a que la mayor movilidad de los capitales ha facilitado
la disponibilidad de recursos a las actividades productivas, el acrecentamiento de la movilidad,
por otra parte, ha aumentado también el riesgo de crisis financieras. El desarrollo de las
finanzas, cuyas transacciones han superado considerablemente en volumen, a las reales, corre el
riesgo de seguir una lógica cada vez más autoreferencial, sin conexión con la base real de la
economía.

369 Una economía financiera con fin en sí misma está destinada a contradecir sus finalidades,
ya que se priva de sus raíces y de su razón constitutiva, es decir, de su papel originario y
esencial de servicio a la economía real y, en definitiva, de desarrollo de las personas y de las
comunidades humanas. El cuadro global resulta aún más preocupante a la luz de la
configuración fuertemente asimétrica que caracteriza al sistema financiero internacional: los
procesos de innovación y desregulación de los mercados financieros tienden efectivamente a
consolidarse sólo en algunas partes del planeta. Lo cual es fuente de graves preocupaciones de
naturaleza ética, porque los países excluidos de los procesos descritos, aun no gozando de los
beneficios de estos productos, no están sin embargo protegidos contra eventuales consecuencias
negativas de inestabilidad financiera en sus sistemas económicos reales, sobre todo si son
frágiles y poco desarrollados.760

La imprevista aceleración de los procesos, como el enorme incremento en el valor de las


carteras administrativas de las instituciones financieras y la rápida proliferación de nuevos y
sofisticados instrumentos financieros hace extremadamente urgente la identificación de
soluciones institucionales capaces de favorecer eficazmente la estabilidad del sistema, sin
restarle potencialidades y eficiencia. Resulta indispensable introducir un marco normativo que
permita tutelar tal estabilidad en todas sus complejas articulaciones, promover la competencia
entre los intermediarios y asegurar la máxima transparencia en favor de los inversionistas.

c) La función de la comunidad internacional en la época de la economía global

370 La pérdida de centralidad por parte de los actores estatales debe coincidir con un mayor
compromiso de la comunidad internacional en el ejercicio de una decidida función de dirección
económica y financiera. Una importante consecuencia del proceso de globalización, en efecto,
consiste en la gradual pérdida de eficacia del Estado Nación en la guía de las dinámicas
económico-financieras nacionales. Los gobiernos de cada uno de los países ven la propia acción
en campo económico y social condicionada cada vez con mayor fuerza por las expectativas de
los mercados internacionales de capital y por la insistente demanda de credibilidad provenientes
del mundo financiero. A causa de los nuevos vínculos entre los operadores globales, las
tradicionales medidas defensivas de los Estados aparecen condenadas al fracaso y, frente a las
nuevas áreas de atribuciones, la noción misma de mercado nacional pasa a un segundo plano.

371 Cuanto mayores niveles de complejidad organizativa y funcional alcanza el sistema


económico-financiero mundial, tanto más prioritaria se presenta la tarea de regular dichos
procesos, orientándolos a la consecución del bien común de la familia humana. Surge
concretamente la exigencia de que, más allá de los Estados nacionales, sea la misma
comunidad internacional quien asuma esta delicada función, con instrumentos políticos y
jurídicos adecuados y eficaces.

Es, por tanto, indispensable que las instituciones económicas y financieras internacionales sepan
hallar las soluciones institucionales más apropiadas y elaboren las estrategias de acción más
oportunas con el fin de orientar un cambio que, de aceptarse pasivamente y abandonado a sí
mismo, provocaría resultados dramáticos sobre todo en perjuicio de los estratos más débiles e
indefensos de la población mundial.

En los Organismos Internacionales deben estar igualmente representados los intereses de la gran
familia humana; es necesario que estas instituciones, « a la hora de valorar las consecuencias de
sus decisiones, tomen siempre en consideración a los pueblos y países que tienen escaso peso en
el mercado internacional y que, por otra parte, cargan con toda una serie de necesidades reales y
acuciantes que requieren un mayor apoyo para un adecuado desarrollo ». 761

372 También la política, al igual que la economía, debe saber extender su radio de acción más
allá de los confines nacionales, adquiriendo rápidamente una dimensión operativa mundial que
le permita dirigir los procesos en curso a la luz de parámetros no sólo económicos, sino
también morales. El objetivo de fondo será guiar estos procesos asegurando el respeto de la
dignidad del hombre y el desarrollo completo de su personalidad, en el horizonte del bien
común.762 Asumir semejante tarea, conlleva la responsabilidad de acelerar la consolidación de
las instituciones existentes, así como la creación de nuevos organismos a los cuales confiar esta
responsabilidad.763 El desarrollo económico, en efecto, puede ser duradero si se realiza en un
marco claro y definido de normas y en un amplio proyecto de crecimiento moral, civil y cultural
de toda la familia humana.

d) Un desarrollo integral y solidario

373 Una de las tareas fundamentales de los agentes de la economía internacional es la


consecución de un desarrollo integral y solidario para la humanidad, es decir, « promover a
todos los hombres y a todo el hombre ».764 Esta tarea requiere una concepción de la economía
que garantice, a nivel internacional, la distribución equitativa de los recursos y responda a la
conciencia de la interdependencia —económica, política y cultural— que ya une
definitivamente a los pueblos entre sí y les hace sentirse vinculados a un único destino. 765 Los
problemas sociales adquieren, cada vez más, una dimensión planetaria. Ningún Estado puede
por sí solo afrontarlos y resolverlos. Las actuales generaciones experimentan directamente la
necesidad de la solidaridad y advierten concretamente la importancia de superar la cultura
individualista.766 Se registra cada vez con mayor amplitud la exigencia de modelos de desarrollo
que no prevean sólo « de elevar a todos los pueblos al nivel del que gozan hoy los países más
ricos, sino de fundar sobre el trabajo solidario una vida más digna, hacer crecer efectivamente la
dignidad y la creatividad de toda persona, su capacidad de responder a la propia vocación y, por
tanto, a la llamada de Dios ».767

374 Un desarrollo más humano y solidario ayudará también a los mismos países ricos. Estos
países « advierten a menudo una especie de extravío existencial, una incapacidad de vivir y de
gozar rectamente el sentido de la vida, aun en medio de la abundancia de bienes materiales, una
alienación y pérdida de la propia humanidad en muchas personas, que se sienten reducidas al
papel de engranajes en el mecanismo de la producción y del consumo y no encuentran el modo
de afirmar la propia dignidad de hombres, creados a imagen y semejanza de Dios ». 768 Los
países ricos han demostrado tener la capacidad de crear bienestar material, pero a menudo lo
han hecho a costa del hombre y de las clases sociales más débiles: « No se puede ignorar que las
fronteras de la riqueza y de la pobreza atraviesan en su interior las mismas sociedades tanto
desarrolladas como en vías de desarrollo. Pues, al igual que existen desigualdades sociales hasta
llegar a los niveles de miseria en los países ricos, también, de forma paralela, en los países
menos desarrollados se ven a menudo manifestaciones de egoísmo y ostentación
desconcertantes y escandalosas ».769

e) La necesidad de una gran obra educativa y cultural

375 Para la doctrina social, la economía « es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja


actividad humana. Si es absolutizada, si la producción y el consumo de las mercancías ocupan
el centro de la vida social y se convierten en el único valor de la sociedad, no subordinado a
ningún otro, la causa hay que buscarla no sólo y no tanto en el sistema económico mismo,
cuanto en el hecho de que todo el sistema sociocultural, al ignorar la dimensión ética y religiosa,
se ha debilitado, limitándose únicamente a la producción de bienes y servicios ». 770 La vida del
hombre, al igual que la vida social de la colectividad, no puede reducirse a una dimensión
materialista, aun cuando los bienes materiales sean muy necesarios tanto para los fines de la
supervivencia, cuanto para mejora del tenor de vida: « Acrecentar el sentido de Dios y el
conocimiento de sí mismo constituye la base de todo desarrollo completo de la sociedad
humana ».771

376 Ante el rápido desarrollo del progreso técnico-económico y la mutación, igualmente


rápida, de los procesos de producción y de consumo, el Magisterio advierte la exigencia de
proponer una gran obra educativa y cultural: « La demanda de una existencia cualitativamente
más satisfactoria y más rica es algo en sí legítimo; sin embargo hay que poner de relieve las
nuevas responsabilidades y peligros anejos a esta fase histórica... Al descubrir nuevas
necesidades y nuevas modalidades para su satisfacción, es necesario dejarse guiar por una
imagen integral del hombre, que respete todas las dimensiones de su ser y que subordine las
materiales e instintivas a las interiores y espirituales... Es, pues, necesaria y urgente una gran
obra educativa y cultural, que comprenda la educación de los consumidores para un uso
responsable de su capacidad de elección, la formación de un profundo sentido de
responsabilidad en los productores y sobre todo en los profesionales de los medios de
comunicación social, además de la necesaria intervención de las autoridades públicas ». 772

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