Comisión Nacional de Seguridad
Unidad de Desarrollo e Integración
Institucional
Centro Nacional de Atención Ciudadana
Vinculación y Atención Social
Vinculación a través de la Música, la Cultura y el Arte
Taller de narradores orales escénicos
para la capacitación de formadores sociales
Material de apoyo
2014
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Índice.
El niño y los clavos…..…..…………………………………………..…………… 3
Anónimo
Tema: Autocontrol
Panchito Panchero...………………………….………………………………….. 4
Adaptación del original El niño y los clavos
Tema: Autocontrol
Los duendes y la felicidad....…………………………………………………….. 5
Anónimo
Tema: La felicidad
Endunda...………………………………………………………………………….
Adaptación del original Los duendes y la felicidad. 7
Tema: la Felicidad
El niño cola de león......…………...………………….…………………………… 9
Pedro Pablo sacristán
Tema: Autoestima
El niño cola de león..…………….…..…………………………………………….. 11
Adaptación del original
Tema: Autoestima
El sartenazo…...…………………...................................................................... 13
Pedro Pablo sacristán
Tema: Cultura de la Paz
La mentira…………………………………………………………………………. 15
Adaptación del original de Fernández de Lizardi
Tema: Honestidad
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EL NIÑO Y LOS CLAVOS
Había un niño que tenía muy, pero que muy mal carácter. Un día, su padre le dio
una bolsa con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma, que él clavase
un clavo en la cerca de detrás de la casa.
El primer día, el niño clavó 37 clavos en la cerca. Al día siguiente, menos, y así
con los días posteriores. Él niño se iba dando cuenta que era más fácil controlar
su genio y su mal carácter, que clavar los clavos en la cerca.
Finalmente llegó el día en que el niño no perdió la calma ni una sola vez y se lo
dijo a su padre que no tenía que clavar ni un clavo en la cerca. Él había
conseguido, por fin, controlar su mal temperamento.
Su padre, muy contento y satisfecho, sugirió entonces a su hijo que por cada día
que controlase su carácter, que sacase un clavo de la cerca.
Los días se pasaron y el niño pudo finalmente decir a su padre que ya había
sacado todos los clavos de la cerca. Entonces el padre llevó a su hijo de la mano,
hasta la cerca de detrás de la casa y le dijo:
- Mira, hijo, has trabajo duro para clavar y quitar los clavos de esta cerca, pero
fíjate en todos los agujeros que quedaron en la cerca. Jamás será la misma.
Lo que quiero decir es que cuando dices o haces cosas con mal genio, enfado y
mal carácter, dejas una cicatriz como estos agujeros en la cerca. Ya no importa
tanto que pidas perdón, la herida estará siempre allí. Y una herida física es igual
que una herida verbal.
Los amigos, así como los padres y toda la familia, son verdaderas joyas a quienes
hay que valorar. Ellos te sonríen y te animan a mejorar. Te escuchan, comparten
una palabra de aliento y siempre tienen su corazón abierto para recibirte.
Las palabras de su padre, así como la experiencia vivida con los clavos hicieron
con que el niño reflexionase sobre las consecuencias de su carácter. Y colorín
colorado, este cuento se ha acabado.
PANCHITO PANCHERO
¡Ay me carga el payaso, me repatea la mula, me hierve el rábano!
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Así se ponía Panchito panchero cada que su mamá lo mandaba a tirar la basura,
también cuando llegaba a pedir su golosina favorita a la tienda de Don Pepe le
decía: “Ya vine por mi golosina favorita Don Pepe”. Si Don Pepe le decía que no
había, Panchito hacía su berrinche y se despedía con una trompetilla y se salía
furioso de la tienda.
Cuando llegaba a la escuela y jugaba fútbol con sus amigos gritaba
¡Gooooooooooooooool! Aunque el balón pasara un metro fuera de la portería y
empezaba la discusión: ¡No fue gol! ¡Qué sí fue gol!, total de que llegaban a los
golpes y seguro a la Dirección. Porque Panchito era cliente frecuente de la
Dirección. Es más, el Director ya tenía siempre una manzana para Panchito, ya no
era eso de que el alumno le llevaba la manzana al maestro. Los padres de
Panchito pensaron que era el momento de darle una lección. Recogieron a
Panchito en la Dirección y cuando llegaron a su casa su padre le dijo: Panchito
aquí tienes está bolsa con clavos y este martillo, cada vez que sientas ese
impulso, ese coraje inexplicable de ofender de golpear, de lastimar a las personas,
vas a clavar un clavo en la cerca que está detrás de la casa. Panchito Preguntó
¿Cuántos clavos son? ¡Cien clavos! Dijo su padre. Panchito comenzó con su
berrinche: ¡Ay, me carga el payaso me repatea la mula, me hierve el rábano! “Me
voy a clavar mi primer clavo” dijo, y se fue.
Pasaron los días y Panchito se fue dando cuenta de que el ejercicio de los clavos
daba resultado, sus amigos ya querían jugar, si Don Pepe tenía golosinas
diferentes, a él ya no le molestaba tanto, ya no estaba malhumorado todo el
tiempo y contralaba más sus emociones. Llegó el día en que terminó de clavar los
clavos, su padre le dijo: Muy bien ahora desclávalos cada vez que sientas ese
impulso.
¡Ay, me carga el payaso, me repatea la mula, me hierve el rábano! Me voy a
desclavar mi primer clavo, y así pasaron los días y Panchito terminó. Y muy
contento le dijo a su Papá: Ya terminé. Muy bien, ahora acompáñame le dijo su
padre.
Cuando llegaron frente a la cerca su padre le preguntó: ¿Panchito, la cerca está
igual que cuando empezaste a clavar los clavos? No, tiene hoyos, golpes etc.
Pues lo que quiero que entiendas es que cuando dices o haces cosas con mal
genio, cuando ofendes a Don Pepe, a tu mamá, a tus compañeros en la escuela,
dejas cicatrices que aunque no sean tan visibles permanecerán. Tienes que
aprender a convivir con todas las personas con respeto y tolerancia
LOS DUENDES Y LA FELICIDAD
Cuenta la leyenda que antes de que la humanidad existiera se reunieron varios
duendes para hacer una travesura. Uno de ellos dijo:
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- Pronto serán creados los humanos. No es justo que tengan tantas virtudes y
tantas posibilidades. Deberíamos hacer algo para que les sea más difícil seguir
adelante. Llenémoslos de vicios y de defectos; eso los destruirá.
El más anciano de los duendes dijo:
- Está previsto que tengan defectos y dobleces, pero eso sólo servirá para
hacerlos más completos. Creo que debemos privarlos de algo que, aunque sea,
les haga vivir cada día un desafío.
- ¡Endunda! —dijeron todos. Pero un joven y astuto duende, desde un rincón,
comentó:
- Deberíamos quitarles algo que sea importante... ¿pero qué?
Después de mucho pensar, el viejo duende exclamó:
- ¡Ya sé! Vamos a quitarles la llave de la felicidad.
- ¡Maravilloso... fantástico... excelente idea! —gritaron los duendes mientras
bailaban alrededor de un caldero. El viejo duende siguió:
- El problema va a ser dónde esconderla para que no puedan encontrarla.
El primero de ellos volvió a tomar la palabra:
- Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo.
A lo que inmediatamente otro miembro repuso:
- No, recuerda que tienen fuerza y son tenaces; fácilmente, alguna vez, alguien
puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos podrán escalarlo y el
desafío terminará.
Un tercer duende propuso:
- Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar.
Un cuarto todavía tomó la palabra y contestó:
- No, recuerda que tienen curiosidad; en determinado momento algunos
construirán un aparato para poder bajar y entonces la encontrarán fácilmente.
El tercero dijo:
- Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra.
A lo cual los otros dijeron:
- No, recuerda su inteligencia, un día alguno van a construir una nave en la que
puedan viajar a otros planetas y la van a descubrir.
Un duende, el más viejo, que había permanecido en silencio escuchando
atentamente cada una de las propuestas de los demás, se puso de pie en el
centro y dijo:
- Creo saber dónde ponerla para que realmente no la descubran. Debemos
esconderla donde nunca la buscarían.
Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono:
- ¿Dónde?
El duende respondió:
- La esconderemos dentro de ellos mismos. Muy cerca del corazón...
Las risas y los aplausos se multiplicaron. Todos los duendes reían y comentaban:
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- ¡Ja... Ja... Ja...! Estarán tan ocupados buscándola fuera, desesperados, sin
saber que la traen consigo todo el tiempo.
El joven escéptico acotó:
- Los hombres tienen el deseo de ser felices, tarde o temprano alguien será
suficientemente sabio para descubrir dónde está llave y se lo dirá a todos.
- Quizá suceda así —dijo el más anciano de los duendes—, pero los hombres
también poseen una innata desconfianza de las cosas simples. Si ese hombre
llegara a existir y revelara que el secreto está escondido en el interior de cada uno,
nadie le creerá.
ENDUNDA
(Canción de Luis Pescetti)
Endunda si uhuala uhasi pembe
Endunda si uhuala uhasi pembe
Endunda si uhuala uhasi pembe
Eh eh si uhuala uhasipe
Eh eh si uhuala uhasipe
Así cantan los duendes cuando hacen una travesura.
Así cantaron cuando atraparon a miles de luciérnagas, las aventaron al cielo con
una cerbatana y crearon las estrellas.
Así también cantaron cuando echaron en un caldero todas las flores del mundo,
hicieron una mezcla mágica, tomaron una brocha, pintaron el cielo y crearon el
arcoíris.
Y así cantaban mientras hacían muchas maravillas más en el mundo. Pero los
humanos estaban distraídos de esas maravillas: ellos peleaban, hacían guerras,
contaminaban el planeta, estaban deprimidos e ignoraban todas las hermosas
travesuras que los duendes hacían en todo momento muy cerca de ellos.
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Por lo que un día los duendes se reunieron muy preocupados por esta distracción
de los humanos y decidieron hacerles la travesura de robarles algo que les fuera
muy importante, para que ellos volvieran a prestar atención a las cosas buenas y
trascendentes de la vida.
El duende más viejo y sabio de todos dijo: ¡Lo tengo! Vamos a esconderles la
felicidad. ¡Endunda!, gritaron todos. El problema será esconderla muy bien para
que no puedan encontrarla fácilmente y así la puedan valorar más.
Un duende dijo: ¡Ya sé! Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del
mundo.
Y el duende más viejo repuso: ¡No! Recuerda que tienen fuerza y son tenaces;
fácilmente, alguna vez, alguien puede subir y encontrarla.
Otro duende dijo: entonces vamos a esconderla en el fondo del mar.
Y el duende viejo y sabio dijo: ¡No! recuerda que tienen curiosidad; en
determinado momento algunos construirán un aparato para poder bajar y entonces
la encontrarán fácilmente.
Un tercer duende sugirió: escondámosla en un planeta lejano a la Tierra. A la cual
el duende viejo argumentó: ¡No! recuerda que aunque a veces no lo parezca, los
humanos son muy inteligentes, un día alguno va a construir una nave en la que
puedan viajar a otros planetas y la van a descubrir.
Pero creo saber dónde ponerla para que realmente no la descubran con facilidad.
Debemos esconderla donde nunca se les ocurriría buscarla…
Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono:
¿Dónde?
El duende viejo respondió: la esconderemos dentro de ellos mismos aquí muy
dentro del corazón….
¡Endunda! gritaron todos.
Estarán tan ocupados buscándola afuera, desesperados, sin saber que la traen
consigo todo el tiempo. Pero habrá algo más en esta travesura: todo aquel que
escuche esta historia con el corazón abierto y cante nuestro “endunda” con mucha
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fuerza hallará inmediatamente el escondite de la felicidad y no se le volverá a
olvidar nunca más.
¡Endunda! Gritaron todos.
EL NIÑO COLA DE LEÓN
En una pequeña aldea vivía un niño llamado Leo. Era un chico delgado y bajito, y
vivía siempre con el miedo en el cuerpo, pues algunos chicos de un pueblo vecino
acosaban del pobre Leo y trataban de divertirse a su costa.
Un día, un joven mago que estaba de paso por la aldea vio las burlas. Cuando los
chicos se marcharon, se acercó a Leo y le regaló una preciosa cola de león, con
una pequeña cinta que permitía sujetarla a la cintura.
- Es una cola mágica. Cuando la persona que la lleva actúa valientemente, esa
persona se convierte en un fierísimo león.
Habiendo visto los poderes de aquel joven mago, días antes, durante sus
actuaciones, Leo no dudó de sus palabras y desde aquel momento llevaba la cola
de león colgando de su cintura, esperando que aparecieran los chicos malos para
darles un buen escarmiento.
Pero cuando llegaron los chicos, Leo tuvo miedo y trató de salir corriendo. Sin
embargo, pronto lo alcanzaron y lo rodearon. Ya iban a comenzar las bromas y
empujones de siempre, cuando Leo sintió la cola de león colgando de su cintura.
Entonces el niño, juntando todo su coraje, tensó el cuerpo, cerró los puños, se
estiró, levantó la cabeza, miró fijamente a los ojos a cada uno de ellos y con toda
la calma y fiereza del mundo, prometió que si no le dejaban tranquilo en ese
instante, uno de ellos, aunque sólo fuera uno, se arrepentiría para siempre, hoy,
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mañana, o cualquier otro día... y siguió mirándolos a los ojos, con la más dura de
sus miradas, dispuesto a cumplir lo que decía.
Leo sintió un gran escalofrío. Debía ser la señal de que se estaba transformando
en un león, porque las caras de los chicos cambiaron su gesto. Todos dieron un
paso atrás, se miraron unos a otros y finalmente se marcharon de allí corriendo.
Leo tuvo ganas de salir tras ellos y destrozarlos con su nueva figura, pero cuando
intentó moverse, sintió sus piernas cortas y normales y tuvo que abandonar esa
idea.
No muy lejos, el mago observaba sonriente y corrió a felicitar a Leo. El niño estaba
muy contento, aunque algo desilusionado porque su nueva forma de león hubiera
durado tan poco, y no le hubiera permitido luchar con aquellos chicos.
- No hubieras podido, de todas formas- le dijo el mago- Nadie lucha contra los
leones, pues sólo con verlos, y saber lo fieros y valientes que son, todo el mundo
huye. ¿Has visto alguna vez un león luchando?
Era verdad. No recordaba haber visto nunca un león luchando. Entonces Leo se
quedó pensativo, mirando la cola de león. Y lo comprendió todo. No había magia,
ni transformaciones, ni nada. Sólo un buen amigo que le había enseñado que los
abusones y demás animalejos cobardes nunca se atreven a enfrentarse con un
chico valiente de verdad.
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El Niño Cola de León
(Adaptación)
El Mago Omar era un mago increíble, el mejor de los magos. Era capaz de
desaparecer repentinamente entre nubes de humo. Sacaba larguísimos pañuelos
de colores entre sus mangas y con una espada de samurái partía su bellísima
asistente en dos. Era en verdad un gran mago, además de un hombre sabio.
Tenía unos bigotes retorcidos y un ojo de vidrio.
Un día al terminar su espectáculo, el Mago Omar se dio cuenta de que había un
niño en la sala; se había esperado a que salieran los demás porque les tenía
miedo. Así que decidió ayudarlo a ser valiente y lo llamó:
-Dime pequeño, ¿por qué le tienes miedo a esos niños? El pequeño que era
menudito y muy tímido respondió: -Porque me molestan mucho y me hacen toda
clase de maldades. ¿Y no has pensado en defenderte? ¿Yo? Pero cómo podría si
soy tan débil y cobarde… Y eso desató la ira del mago:- Los cobardes son
aquellos que abusan de su tamaño y su poder para molestar a los demás, y los
valientes no son aquellos que andan por ahí de brabucones provocando
problemas. Los valientes son aquellos que se dan su lugar y por eso son
respetados. Pero mira dejémonos de tanta charla y toma esto.-
El mago entregó al pequeño niño un trozo de tela y le indicó: -este artículo es
mágico, tiene un hechizo con la sabiduría milenaria de África y de los leones de
sus sabanas; amarra esto en tu muñeca y cuando sea necesario sentirás la
valentía de los leones correr por todo su cuerpo y estallar en tu pecho, caminaras
erguido entre la gente y serás como un león.-
Al salir a la calle el niño se encontró con aquellos que lo molestaban, lo estaban
esperando para darle su dosis diaria. Y mientras el pequeño se encontraba en
medio de empujones e insultos, de pronto sintió como la fuerza y el valor de los
leones corría por todo su cuerpo y en su pecho sintió estallar su amor propio y les
dijo con voz firme. ¡Basta ya! Ninguno de ustedes me volverá a molestar jamás.
No les tengo miedo. Los adultos se enterarán de todo esto y ninguno de ustedes
volverá a maltratar a nadie.
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El pequeño habló con tanta verdad y autoestima que los brabucones se quedaron
estupefactos, no supieron que hacer, y callados se apartaron para que el niño
pasara erguido como el mago había dicho que ocurriría.
Lleno de felicidad comenzó a saltar porque lo había logrado. ¡Lo había logrado!
Gracias a… pero el trozo de tela había desaparecido, no sabía desde que
momento lo había perdido. Entonces entendió una cosa: “Que no necesitamos de
hechizos ni de magia para ser valientes, porque el valor está en el corazón de
cada uno y sólo necesitamos confiar en nosotros mismos para darnos a respetar.”
El pequeño corrió a ver al mago y el mago en cuanto lo vio entrar pego un brinco
del susto y le dijo: pequeño que susto me has dado cuando te vi entrar te confundí
con un valiente león y esa acción, la de convertir a un pequeño niño en un
valiente león, fue su mejor acto de magia.
EL SARTENAZO
La rana Renata era la mejor cocinera de los pantanos y a su selecto restaurante
acudían todas las ranas y sapos de los alrededores. Sus "moscas en salsa de
bicho picante" o sus "alitas de libélula caramelizadas con miel de abeja" eran
delicias que ninguna rana debía dejar de probar y aquello hacía sentirse a Renata
verdaderamente orgullosa.
Un día, apareció en su restaurante Sapón dispuesto a cenar. Sapón era un sapo
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grandón y un poco bruto, y en cuanto le presentaron los exquisitos platos de
Renata, comenzó a protestar diciendo que aquello no era comida y que lo que él
quería era una buena hamburguesa de moscardón. Renata acudió a ver cuál era
la queja de Sapón con sus platos y cuando éste dijo que todas aquellas cosas
eran "pichijiminadas", se sintió tan furiosa y ofendida, que sin mediar palabra le
arreó un buen sartenazo.
Menuda trifulca se armó. A pesar de que Renata enseguida se dio cuenta de que
tenía que haber controlado sus nervios y no dejaba de pedir disculpas a Sapón,
éste estaba tan enfadado, que decía que sólo sería capaz de perdonarla si él
mismo le devolvía el sartenazo. Todos trataban de calmarle, a sabiendas de que
con la fuerza del sapo y la pequeñez de la rana, el sartenazo le partiría la cabeza.
Y como Sapón no aceptaba las disculpas y Renata se sentía fatal por haberle
dado el sartenazo, Renata comenzó a hacer de todo para que le perdonara: le dio
una pomada especial para golpes, le sirvió un exquisito licor de agua de charca e
incluso le preparó... ¡una estupenda hamburguesa de moscardón!
Pero Sapón quería devolver el porrazo como fuera para quedar en paz. Y ya
estaban a punto de no poder controlarle, cuando apareció un anciano sapo
caminando con ayuda de unas muletas.
- Espera Sapón-dijo el anciano- podrás darle el sartenazo cuando yo te rompa la
pata. Recuerda que yo llevo muletas por tu culpa.
Sapón se quedó paralizado. Recordaba al viejo que acababa de entrar. Era
Sapiencio, su viejo profesor que un día le había salvado de unos niños gamberros
cuando era pequeño y que al hacerlo perdió una de sus patas. Recordaba que
todo aquello ocurrió porque Sapón había sido muy desobediente, pero Sapiencio
nunca se lo había recordado hasta ahora...
Entonces Sapón se dio cuenta de que estaba siendo muy injusto con Renata.
Todos, incluso él mismo cometemos errores alguna vez y devolver golpe por golpe
y daño por daño, no hacía sino más daño.
Así que, aunque aún le dolía la cabeza y pensaba que a Renata se le había ido la
mano con el sartenazo, al verla tan arrepentida y haciendo de todo para que le
perdonase, decidió perdonarle. Y entonces pudieron dedicar el resto del tiempo a
reírse de la historia y saborear la rica hamburguesa de moscardón y todos
estuvieron de acuerdo en que aquello fue mucho mejor que liarse a sartenazos.
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LA MENTIRA
(Al público) - ¿Ustedes dicen mentiras? ¿Chiquitas? ¿Piadosas? ¿Grandes? ¿Hoy
han dicho alguna mentira?
Yo les voy a contar lo que puede pasar por andar contando “mentiritas”.
Un día, estaba durmiendo debajo de un gran árbol, Gina, la gallina mentirosa,
cuando de pronto…. ¡Puck! Le calló algo en la cabeza y se despertó. ¿Eh? y se
asomó para ver quién le había aventado algo. Y otra vez… ¡Puck! Le había caído
una bellota del árbol, pero como ella era muy mentirosa, empezó a armar un gran
escándalo diciendo:
-¡Ay, me cayó una gran rama y me partió la cabeza! ¡Miren, tengo sangre! ¡Ay, mis
polluelos! Y corría para un lado y para el otro cacareando y aleteando…. ¡Mis
polluelos, comadre, se los encargo! ¡Me muero! ¡Auxilio! ¡Comadre, mis hijos!
Y ante tal escándalo, salieron su comadre y las gallinas vecinas a ver que le pasaba.
También salió la cocinera de la casa, que había escuchado el alboroto. Y al verla tan
afligida pensó: ay, esa gallina está sufriendo y yo no puedo permitirlo! ¡Tengo que
hacer algo! Y tomó un cuchillo, y lo levantó, y brillaba con el sol, y tomó a la gallina
del pescuezo, y….ésta logró escaparse! Y corrió hacia el gallinero y muy agitada y
gritando, le dijo a las demás gallinas:
¡Ay, comadres, ahora sí la vi cerca! Les ofrezco una disculpa por todas mis mentiras,
casi me cuesta la vida. Ya no vuelvo a decir mentiras. ¡Lo siento mucho!
Ahora me doy cuenta que…..:
UNA MENTIRA Y UN LEVE ENGAÑO, PUEDEN CAUSAR UN GRAN DAÑO.
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