“Una vez más, y siempre, el libro”.
Por Umberto Ecco
Días atrás, haciendo distraídamente ‘zapping’, di con un canal donde estaban pasando una suerte de ‘spot’ o
de anuncio de una transmisión por venir. Se estaba publicitando los prodigios del CD-ROM, o sea esos
disquitos, hipermediales que nos pueden dar el equivalente de toda una enciclopedia, con colores, sonidos y
posibilidades de instantáneas uniones entre tema y tema. En determinado momento, dijeron que estos
disquitos sustituirían definitivamente a los libros.
Es un hecho que voy repitiendo a los cuatro vientos, el CD-ROM no podrá sustituir al libro. Hay dos tipos de
libros: los que sirven para consultar y los que sirven para leer. Los primeros (el prototipo es la guía
telefónica, pero se extiende a los diccionarios y a las enciclopedias) ocupan demasiado lugar en la casa, son
difíciles de manejar y costosos. Ellos podrán ser sustituidos por discos multimediales, así habrá más espacio
en la casa y en las bibliotecas para los libros que sirven para leer (que van desde “La Divina Comedia” hasta
el último policial).
Los libros para leer no podrán ser sustituidos por ningún artefacto electrónico. Están hechos para ser
tomados en la mano, llevarlos a la cama, o en un barco, aun allí donde no hay pilas eléctricas, incluso donde
y cuando cualquier batería está descargada; pueden ser subrayados, soportan marcas, señaladores, pueden
dejarse caer en el piso o abandonarlos abiertos sobre el pecho o sobre las rodillas cuando nos sorprende el
sueño; van en el bolsillo, se ajan, asumen una fisonomía individual según la intensidad y asiduidad de
nuestras lecturas, nos recuerdan (si se ven demasiado frescos y lisos) que todavía no los hemos tocado, se
leen poniendo la cabeza como queremos nosotros, sin imponernos una lectura fija y tensa de la pantalla de
una computadora, muy amigable en todo, excepto para las cervicales. Prueben leer toda “La Divina
Comedia”, aunque más no sea una hora y media por día, en una computadora, y después me lo cuentan.
Un libro para leer pertenece a esos milagros de una tecnología eterna de la cual forman parte la rueda, el
cuchillo, la cuchara, el martillo, la cacerola, la bicicleta... El cuchillo fue inventado muy pronto, la bicicleta
mucho más tarde. Pero por más que los diseñadores se afanen, modificando alguna particularidad, la
esencia del cuchillo es siempre la misma. Hay máquinas que sustituyen al martillo, pero para algunas cosas
habrá que recurrir a algo que se asemeje al primer martillo aparecido sobre la faz de la Tierra. Podrán
inventar un sistema de cambios sofisticadísimo, pero la bicicleta sigue siendo lo que es: dos ruedas, un
asiento y dos pedales. De otro modo se llama motoneta y es otra cosa. La humanidad ha ido adelante por
siglos leyendo y escribiendo primero sobre piedras, luego sobre tablitas, más tarde sobre rótulos, pero era
un trabajo ímprobo. Cuando descubrió que se podían enlazar entre sí unas hojas, aun siendo manuscritas,
dio un suspiro de alivio. Y no podrá nunca renunciar a este instrumento maravilloso.
La forma del libro está determinada por nuestra anatomía. Puede haberlos muy grandes, pero en general
tienen función de documento o de decoración: el libro estándar no debe ser más pequeño que un paquete
de cigarrillos ni más grande que el diario. Depende de las dimensiones de nuestras manos, y esas -al menos
por ahora- no han cambiado. Es cierto que la tecnología nos promete máquinas con las cuales podríamos
explorar, vía computadora, las bibliotecas de todo el mundo, elegir los textos que nos interesan, tenerlos
impresos en casa en pocos minutos, con los caracteres que deseamos -según nuestro grado de presbicia y
de nuestras preferencias estéticas-, mientras la propia fotocopiadora nos acomoda las hojas y las une, de
modo que cada una pueda componerse de las obras personalizadas. ¿Y entonces? Habrán desaparecido los
que componen las tipografías, las uniones tradicionales, pero tendremos entre las manos, una vez más, y
siempre, el libro.