Unidad 04
Unidad 04
UNIDAD IV
SUMARIO
1. Teorías funcionalistas y teorías del conflicto social. 2. Anomia y reglas sociales: 2.1 El
concepto de anomia; 2.2 La anomia en Durkheim; 2.3 La anomia en Merton; 2.4
Consideraciones críticas acerca de la anomia; 2.5 Actualidad de la anomia; 2.5.1 Anomia e
ineficacia del Derecho; 2.5.2 Anomia y poder; 2.5.3 Anomia y pluralismo cultural; 3.El derecho
como propulsor y obstáculo del cambio social; 3.1 El concepto del cambio social; 3.2
Relaciones entre derecho y sociedad; 3.3 Relaciones entre el sistema jurídico y el cambio social;
3.4 Actuación del derecho como factor de cambio social; 3.4.1 Intensidad del cambio y “derecho
alternativo”; 3.4.2 Esferas de manifestación del cambio; 3.4.3 Ritmo del cambio.
perpetua por el poder. Así, las teorías del conflicto consideran como
nexo principal de la sociedad la coacción y el condicionamiento
ideológico, que ejercen los grupos de poder sobre los demás. Para
estas teorías, las crisis y los cambios sociales son fenómenos normales
de la sociedad, o sea, expresiones concretas de una continua lucha de
intereses y opiniones, que apuntan al cambio de la estructura social. La
estabilidad social es considerada como una situación de excepción, o
sea, como un caso particular dentro del modelo de conflicto. El
fundamento de las teorías del conflicto es expuesto por la famosa
frase inicial del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels;
“La historia de todas las sociedades hasta hoy es la historia de la lucha
de clases”.
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Anomia presenta el prefijo “a” que es utilizada en palabras griegas para indicar ausencia de algo. Ejemplos: anorexia
(ausencia del apetito); anemia (ausencia de sangre).
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En estos tres ejemplos anomia significa ausencia de las normas de referencia en la sociedad. No se
trata solamente de un problema de los individuos que trasgreden las reglas de comportamiento, tampoco
de una situación de conflicto de deberes en ciertos casos concretos, más bien de una crisis social de
carácter amplio, donde los miembros de grandes grupos sociales (y la misma sociedad) “no saben qué
hacer”.
Generalmente por anomia se entiende este tercer significado, que indica una situación de gran interés
para el sociólogo y también para el jurista. La anomia, en este sentido, puede ser indicativa de un
cambio social y permite estudiar los efectos y las causas de una situación transitoria.
Aquí la anomia indica tanto una situación de “crisis de valores” en la sociedad (contestación de las
reglas de comportamiento social), como también una situación de crisis de la legitimidad del poder
político y de su sistema jurídico.
Durkheim publicó en 1897 una obra, fruto de una intensa investigación, denominada El suicidio,
donde presenta un análisis sobre la anomia (Durkheim, 2000). Al final del siglo XIX era corriente la
idea de que los suicidios guardaban relación (o sea, correlación causal) con las dolencias psíquicas, con
la situación geográfica, el clima, la raza o la etnia. Sin embargo, Durkheim partía de la hipótesis de que
el suicidio estaba relacionado con factores sociales. E intentó tratarlo según su principal regla
metodológica; establecer relaciones de causalidad entre hechos sociales y causas sociales (Durkheim,
1999-a, pp. 127 y siguientes).
El siguiente paso fue presentar pruebas empíricas de la veracidad de su hipótesis. Descartados los
factores no sociales, el autor estudio las posibles causas sociales que estarían relacionadas con el
suicidio e identificó una serie de factores, tales como la religión, estado civil, profesión, educación y el
lugar donde se vive. Las tasas de suicidio eran mayores en determinadas situaciones como, por ejemplo,
entre personas solteras, profesionales independientes, personas de religión protestante, de educación
superior y en las comunidades urbanas (Durkheim, 2000, pp. 177-257).
Una vez identificadas las situaciones de alto riesgo, el autor examinó si existían características
comunes a todas esas situaciones, de forma a establecer un eslabón entre las mismas. También intentó
identificar las razones que pudiesen explicar porqué las personas se suicidaban.
Las causas encontradas por el autor era el grado de cohesión social. A pesar de las diferencias, la
mayoría de los suicidios coincidían en un punto; constatábase un exceso o una falta de integración del
suicida en la sociedad o el suicidio era ligado a una crisis social general, o sea, a una falta de reglas que
vinculen a los miembros de la sociedad. Así, la causa de los suicidios se encontraban en la propia
sociedad, exponía la “tendencias de las colectividades” que debería ser analizada a través de conceptos
sociológicos y no ser vista como opción individual; “la tasa social de suicidios solo se explica
sociológicamente” (Durkheim, 2000, p. 3).
Sobre la base de este criterio el autor clasificó al suicidio en tres clases (Durkheim, 2000, pp.
258 y siguientes.):
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a) Egoísta: en este caso, las personas se sienten socialmente desvinculadas como, por ejemplo, un
viudo sin hijos. El aislamiento social marginaliza a la persona, que deja de tener sentimientos de
solidaridad social (falta de integración).
b) Altruista: al contrario del caso anterior, la persona se encuentra muy vinculada a un grupo social.
Se siente estrechamente ligada a los valores del grupo, particularmente esta persona no valoriza su vida
y se suicida fácilmente por motivos de honor. El ejemplo típico sería el del militar que se suicida en
caso de una derrota (suicidio por abnegación o por exceso de vinculación social).
e) Anómico: en este caso, la persona vivencia una situación de falta de límites y reglas sociales. Las
“perturbaciones del orden colectivo” desorientan a los individuos, creándose un desequilibrio entre
deseos y sus posibilidades de satisfacción (Durkheim, 2000, p.311) que tiene como consecuencia el
sufrimiento y desesperación que pueden llevar al individuo al suicidio.
Esta categoría de suicidio se relaciona con dos situaciones aparentemente contradictorias. La primera
se refiere al aumento del suicidio en los períodos de depresión económica y la segunda al aumento de la
práctica de tales actos en los períodos de prosperidad, cuando se identifica un crecimiento acelerado
(Durkheim, 2000, pp. 303-329, 366).
Según el autor, la causa común está en el hecho de que el hombre tiene en principio deseos
ilimitados. Solamente la sociedad puede imponer reglas, o sea, colocar limites a los deseos de los
individuos, propiciando un equilibrio entre las necesidades personales y los medios disponibles
para obtener satisfacción. En caso de un cambio brusco en las condiciones económicas, los individuos
pierden las referencias anteriores y la sociedad no logra imponer inmediatamente las nuevas reglas.
En esta caótica situación pueden desencadenarse los deseos ilimitados. El rico que vive una
catástrofe no puede conformarse con su nueva realidad y esto le lleva a la desesperación. Por otro lado,
la persona que se enriqueció bruscamente entra en una dinámica de ambición insaciable; entra en una
lucha continua y ardua y el menor revés puede llevarlo también a la desesperación, no pudiendo más
distinguir entre aquello que desea obtener y aquello que realmente puede obtener. Se trata así de una
situación de pérdida de las referencias.
A través de este análisis, Durkheim presenta su visión sobre la anomia. En este sentido, anomia
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Del abordaje sociológico del suicidio en las obras de Durkheim podemos destacar una regla general;
cuando se crean en la sociedad “espacios anómicos”, o sea, cuando un individuo o un grupo pierde
las referencias normativas que orientaban su vida, entonces debilita la solidaridad social, destruyéndose
el equilibrio entre las necesidades y los medios para su satisfacción. El individuo se siente “libre” de
vínculos sociales, y tiene, muchas veces, un comportamiento antisocial o incluso autodestructivo.
En 1938 otro sociólogo daría una contribución fundamental para la teoría de la anomia. Se trata de
Robert King Merton (1910-2003), que se sitúa en la línea teórica del funcionalismo.
Merton afirma que en todo contexto sociocultural se desarrollan metas culturales. Estas expresan los
valores que orientan la vida de los individuos en sociedad. Planteándose un problema; ¿cómo la
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persona logra alcanzar estas metas? Merton dice que, para tal efecto, cada sociedad establece
determinados medios. Se trata de recursos institucionalizados o legítimos que son socialmente
prescritos. Existen también otros medios que permiten alcanzar estas mismas metas, pero son
rechazados por el grupo social. La utilización de estos últimos es considerada como violación a las
reglas sociales en vigencia.
Ejemplo: un medio institucionalizado para alcanzar la riqueza es crear una empresa que, si tiene
éxito, puede producir lucro. Este mismo objetivo puede ser alcanzado si se realiza asaltos a bancos. La
diferencia obviamente está en el hecho de que nuestra sociedad acepta el primer medio y proscribe el
segundo, penalizándolo como crimen. No obstante, desde punto de vista funcional, podría decirse decir
que ambos medios son equivalentes, ya que pueden llevar al enriquecimiento. Otro ejemplo; heredar el
patrimonio de un pariente millonario es un medio de ascenso social legítimo; en cambio la “prostitución
de lujo” puede llevar al mismo resultado, pero no deja de ser una conducta socialmente reprochable e
inaceptable.
Estudiando a la sociedad norteamericana, Merton observó que la meta cultural más importante es el
tener éxito en la vida, logrando riqueza y prestigio (american dream). Así, el autor indica que el
elemento económico presenta una importancia particular en la formación del concepto de éxito en los
EEUU.
Por otro lado, y a pesar de que esta meta cultural (riqueza, prestigio) es compartida por todos, existe
una evidente imposibilidad de que esta sea alcanzada por una gran parte de la ciudadanía. La sociedad
es estructurada de tal forma, que los medios socialmente admitidos no permiten a todos los
individuos (ni siquiera a la mayoría) alcanzar la meta cultural. Resultado de esto es el desajuste entre
los fines y los medios. Este desajuste propicia el surgimiento de conductas que van desde la indiferencia
hacia las metas impuestas por el “american dream” hasta la tentativa de alcanzar tales metas a través de
medios diversos de aquellos socialmente prescriptos.
La falta de éxito al intentar alcanzar las metas culturales debido a la insuficiencia de los medios
institucionalizados puede producir lo que Merton denomina como Anomia; manifestación de un
comportamiento en el cual las “reglas del juego social” son abandonadas o contrapuestas. El individuo
no respeta las reglas de comportamiento que indican los medios de acción socialmente aceptados. Surge
así lo que se denomina desvío, o sea, el comportamiento desviado.
El ejemplo típico se refiere a la criminalidad, aunque también pueden ser incluidas las faltas
disciplinarias, de los comportamientos no convencionales y los que demuestran desinterés por las metas
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culturales. En todos estos casos se detecta la inobservancia de las reglas de conducta social.
Examinando la situación conflictiva que puede ser establecida entre las aspiraciones culturalmente
prescritas (metas culturales) y el camino socialmente indicado para alcanzarlas (medios
institucionalizados), Merton hizo una clasificación de los tipos de comportamiento. Se trata de
aquello que el autor denomina como modos de adaptación, que expone el posicionamiento de cada
individuo ante las reglas sociales. En esta clasificación los símbolos positivo y negativo son
utilizados para indicar si los individuos aceptan o no las metas y los medios socialmente establecidos
(Merton, 1970, p. 213).
Medios institucionalizados
1. Conformidad + +
2. Innovación + -
3. Ritualismo - +
4. Evasión - -
5. Rebelión +/ - +/-
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El primer modo de adaptación es la conformidad; el individuo busca alcanzar las metas culturales a
través de los medios establecidos en la sociedad. El individuo se adhiere plenamente a las normas
sociales, y no existe un comportamiento desviado. Es lo que se denomina como comportamiento modal.
En este caso la persona no demuestra ningún problema de adaptación a las reglas establecidas en
determinadas sociedades.
El comportamiento modal es el punto de referencia a partir del cual será elaborado el análisis de los
demás comportamientos, que son contrarios “a las metas culturales” y o, a los medios
institucionalizados para alcanzarlos. Se trata de comportamientos no modales, desviantes, que indican
situaciones de anomia.
El segundo modo de adaptación es la innovación. En este caso la conducta del individuo condice con
las metas culturales, pero existe una ruptura con relación a los medios institucionalizados. En el
momento en que percibe que los medios legítimos no están a su alcance, el individuo intenta alcanzar
las mismas metas sirviéndose de medios socialmente reprochables. Aquí la búsqueda del éxito lleva a
una violación de las reglas sociales, ya que el individuo adopta el principio de que “el fin justifica los
medios”.
Merton denomina esta conducta de “innovadora”, resaltando el hecho de que el empleo de medios
socialmente reprochables puede, en determinados contextos, ayudar a la sociedad a modernizarse. Esto
sucede cuando la adopción de un tipo de comportamiento por determinados grupos de personas
consigue imponerse socialmente, a pesar de la “condena” inicial proporcionada por la propia sociedad.
Un ejemplo es la creación de los primeros grupos de Rock. En un primer momento hubo un fuerte
reproche, porque se trataba de una ruptura en relación al estilo de vida tradicional y al gusto musical de
la época. Con el pasar del tiempo el Rock empezó a tener aceptación social, fue considerado como una
forma más de creación musical y dejó de provocar conflictos y escándalos. Obviamente que en esta
modalidad de adaptación también están incluidas las conductas desviantes “antisociales”, como la
criminalidad, porque esta no deja de ser innovadora en lo que atañe a la ruptura en relación a los medios
institucionalizados, que son substituidos por medios ilegales. El clásico “ladrón” desea obtener éxito,
utilizando medios diferentes (ilegales) para alcanzar esta meta.
El cuarto modo de adaptación es la evasión, que se caracteriza por el abandono de las metas y de los
medios institucionalizados. Esta conducta indica una falta de identificación con los valores y las reglas
sociales; el individuo vive en determinado medio social, mas no se adhiere al mismo. Merton observa
que se trata de un tipo de conducta estrictamente individual y minoritaria. Un ejemplo y dado por los
mendigos, que viven como si fuese un cuerpo extraño dentro de la sociedad.
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La teoría de la anomia de Merton significó un gran avance teórico en el análisis del fenómeno, y esto
por se debió a dos motivos concretos: 1) Por haber sido el primer autor, luego de Durkheim, a dedicarse
al tema y, 2) Por haber desarrollado el concepto de anomia en consonancia con la problemática de la
sociedad moderna. La importancia del trabajo de Merton es resaltada por el hecho de que casi todos los
sociólogos modernos, dedicados al estudio de la anomia, hacen referencias a este autor.
Merton indica la trampa en la cual cayeron las sociedades modernas: ellas prescriben a los individuos
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un determinado proyecto de vida y al mismo tempo imposibilitan la concreción de este proyecto (ser
rico, famoso y tener éxito). En tal situación, los conflictos y las violaciones de las reglas son
inevitables.
Esta teoría explica porque los miembros de las clases desfavorecidas cometen la mayor parte de las
infracciones penales: siendo excluidos del circuito de los medios institucionalizados para alcanzar la
riqueza, recurren a la delincuencia para realizar los objetivos que la sociedad difunde.
En general, la delincuencia por motivos económicos puede ser bien explicada a través de la teoría de
la anomia de Merton. Lo mismo sucede con los crímenes por motivación política (terrorismo, violentas
manifestaciones, ocupaciones, saqueos), que derivan de una conducta de rebelión; finalmente el modelo
de evasión explica comportamientos desviados, autodestructivos como el alcoholismo o la
drogadicción.
La teoría de Merton no puede, sin embargo, explicar todas las formas de desvío social (ejemplos:
homicidio “pasional”, violación sexual, crueldad contra los animales), Además que, por ser muy
general, tampoco puede explicar las diferencias en el comportamiento de determinadas categorías
sociales como, por ejemplo, la bajísima criminalidad femenina, aun entre las mujeres
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que pertenecen a las clases sociales inferiores y, que por consecuencia, son desprovistas de medios
institucionalizados para mejorar su posición social.
La principal crítica que puede ser lanzada a la teoría de Merton es que el autor entiende las conductas
de innovación, ritualismo, evasión y rebelión, como manifestación de una disfunción dentro del sistema
social. El autor parte de la idea de la existencia de un equilibrio social y considera al desvío como
manifestación patológica, a pesar de reconocer la contribución del sistema para la producción del
comportamiento anómico.
Una visión crítica de la sociedad indica que no todos los individuos se encuentran en permanente
competencia para alcanzar las mismas metas sociales, y que no todos aceptan la meta del éxito
individual como finalidad suprema de vida. Esta meta constituye una típica ideología de la clase media
(“competid y enriqueceos”) en las sociedades capitalistas modernas, lo que indica los limites de validez
de la teoría de la anomia (Pavarini, 1983, pp. 112 y siguientes.).
Una crítica más generalizada del análisis sobre la anomia se refiere a la limitación del análisis óptico.
El centro de atención es el comportamiento del individuo desviado, o sea, se examinan las causas que
hacen perder al individuo sus referencias, por lo que, a su vez, desarrolla un comportamiento contrario
a las reglas establecidas. Son protagonistas del desorden la anomia y el individuo (Marra, 1991, p. 35).
De tal forma, los teóricos de la anomia consideran las reglas y metas socialmente establecidas como
seguras, no se ocupan de la complejidad de las orientaciones culturales en la sociedad, que crean
conflictos con relación a las normas y a los valores sociales. Así, la anomia es analizada como una
forma de desvío de determinados individuos, limitando al problema a elecciones personales sin
examinar la dimensión social (Marra, 1991, pp, 35 y siguientes.).
Sin embargo, lo más adecuado seria, investigar la posible falta de orientación de la propia sociedad.
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En este caso, la anomia debería ser considerada como la ausencia de normas y valores sociales y no
como problema de adaptación del individuo.
Otra vía sería considerar el comportamiento anómico como resultado de la conformación del
individuo a las reglas de un subgrupo social, que se encuentran en conflicto con las adoptadas por los
grupos dominantes. En este caso, deberíamos considerar a la anomia como un conflicto entre varios
sistemas normativos que existen en el ámbito de la misma sociedad.
La anomia lleva, muchas veces, a descomprimir las normas jurídicas, causando la ineficacia del
precepto. En este contexto, la anomia permite distinguir dos hipótesis de ineficacia del derecho:
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Ejemplo: muchos homicidas están plenamente de acuerdo con la prohibición del homicidio y
consideran que violaron la norma en una situación excepcional (miedo, desesperación etc.). Aquí
tenemos una ineficacia del derecho sin relación con la anomia.
Ejemplo: un grupo político practica actos terroristas punibles por la legislación creyendo que actúa
tutelando los intereses de la humanidad. La ineficacia de la norma se debe a la situación de rebelión que
vive este grupo.
La ineficacia anómica causa particulares problemas porque los individuos violan las normas por
convicción. Ante esta situación, el Estado puede adoptar cuatro posturas:
Mantener la norma en vigencia, tolerando su violación. En este caso, la anomia causa una
completa ineficacia de la norma, dado que el Estado no desea garantizar la eficacia de la
sanción. Ejemplo: la práctica del aborto, que es muy difundida en el Brasil. Una parte
significativa de las mujeres considera al aborto como un “derecho”. Las autoridades dejaron de
perseguir a las mujeres que abortan clandestinamente y a los médicos que las asisten. Sin
embargo el legislador no llegó a autorizar el aborto en los primeros meses de la gravidez, como
sucede en otros países.
Realizar una reforma legislativa, armonizando al derecho vigente con valores de la sociedad.
Ejemplo: la prestación de servicios alternativos para quien se rehúsa a servir en las Fuerzas
Armadas por motivos religiosos o políticos. Muchos países, incluido el Paraguay, concedieron
a miembros de grupos religiosos y políticos el derecho a la objeción del cumplimiento de las
obligaciones militares contrarias a su sistema de valores.
Hacer propaganda moral para convencer a las personas a respetar determinadas leyes. Ejemplo:
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las campañas que muestran las consecuencias desastrosas del uso de drogas, intentando cambiar
la opinión de muchos jóvenes de que el uso de drogas supuestamente es sinónimo de diversión
y “libertad”, como era el gran tópico abordado por las propagandas de cigarrillos.
La anomia, en cuanto falta de normas de referencia en determinados contextos, está relacionada con
los conceptos de autonomía y de heteronomía (Ferrari, 1999, p. 172). El termino autonomía está
compuesto por las palabras griegas auto = uno mismo y nomos = ley, lo que significa que el individuo
se rige por sus propias leyes; por eso es independiente, autónomo. Y se da lo contrario en el caso da
heteronimia (hetero = otro), que indica la sumisión a leyes establecidas por otros. Aquí las normas son
establecidas por los detentadores del poder y son impuestas a todos, independientemente de la
existencia de un consenso.
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Las normas jurídicas son heterónomas. Considerado esta perspectiva, el problema de la anomia
adquiere un contexto muy diferente. El grupo que no respeta las normas jurídicas vive muchas
veces un conflicto entre sus convicciones y las prescripciones del sistema jurídico oficial. En estos
casos, la anomia no indica la ausencia de normas, pero si el conflicto entre las normas oficiales y las
normas aceptas por un grupo social.
En otras palabras, se verifica un conflicto entre la autonomía de los grupos sociales y la heteronimia
que caracteriza al derecho estatal.
Se observó (Orrù, 1993) que el concepto de la anomia es caracterizado por sus ambigüedades. Tanto
Durkheim como Merton consideran, al mismo tiempo, la anomia como fenómeno normal (debido a la
particularidad de cada persona) y como fenómeno patológico (desvío), como situación negativa (falta
de orientación, anarquía) y como situación positiva (innovación que revitaliza a la sociedad). Las
ambigüedades de la anomia se explican por las características de las sociedades modernas, donde
prevalece la solidaridad orgánica. Estas sociedades permiten la “libre elección” de valores como modos
de vida por parte de los individuos. Las amplias posibilidades de elección individual generan conflictos
porque faltan valores de referencia comunes.
Ejemplo: una sociedad católica puede establecer como día de descanso semanal el domingo. En
cambio una sociedad en donde conviven muchos grupos religiosos no puede hacer lo mismo sin
objeciones de grupos que quieren el reconocimiento oficial de los propios feriados. En otras palabras, la
multiplicidad de valores y de modos de vida causa una crisis de legitimidad del derecho estatal y
propicia los comportamientos anómicos (Hernández, 1993-a, p. 22).
El estudio de la anomia nos indica que el proceso de integración social del individuo no se realiza
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sin que surjan problemas y conflictos. Las diferencias de opiniones y de intereses crean conflictos, que
muchas veces causan modificaciones en la organización de la sociedad. La sociología denomina este
fenómeno de cambio social. “El cambio social indica una modificación en la forma como las
personas trabajan, constituyen familias, educan a sus hijos, se gobiernan y dan sentido a la vida”
(Vago, 1997, p.286). Por lo tanto, el cambio social indica una reestructuración de las relaciones
sociales.
La sociología parte del principio que la sociedad se encuentra en una continua transformación: “la
realidad social no es un estado constante, sino un proceso dinámico” (Sztompka, 1998, p. 358) el
fenómeno del “cambio social” (social change) comienza a ser objeto de estudios específicos En las
primeras décadas del siglo XX (Ferrari, 1999, p. 271). Podemos decir que el objeto general de todos los
trabajos de sociología son los cambios de la sociedad en el tiempo.
Los sociólogos estudian principalmente las formas de cambio social (total o parcial; lenta o rápida;
continua o discontinua) y sus causas, distinguiendo los factores que desencadenan un determinado
proceso de cambio. Entre ellos se sitúan los factores geográficos, demográficos, ideológicos,
económicos, el contacto entre las diversas sociedades (difusión de conocimientos y valores) y las
innovaciones, tales como los descubrimientos e inventos. El cambio social es siempre considerado
como producto de la combinación de varios factores (Sztompka, 1998; Vila Nova, 1999, pp. 170).
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Existen estudiosos que consideran que el cambio social tiene algunas causas generales, permitiendo
así la formulación de “leyes de desarrollo social”. Ejemplos de formulación de tales leyes serían el tema
de la racionalización de la sociedad en la obra de Weber, la forma de solidaridad social analizada por
Durkheim y el papel de la lucha de clases en la teoría marxista.
En todo caso, es evidente que el cambio social se relaciona con los cambios del derecho, o sea, con la
modificación de las normas legales y su aplicación en el seno de la sociedad. Para explicar cómo el
tema del cambio social es tratado en el ámbito de la sociología jurídica, debemos situar en primer lugar
el debate acerca del papel o rol que tiene el derecho en la sociedad.
Se parte de un razonamiento mucho más simple, pero con consecuencias importantes para el análisis
del tema del cambio social. Este raciocinio puede ser resumido en una pregunta:
¿El contexto social (sistema de producción, cultura, intereses, ideologías, fuerzas políticas)
determina el derecho o es el derecho el que determina la evolución social?
Una parte de los estudiosos entiende que el derecho, como manifestación social, es determinado por
el contexto sociocultural: la sociedad produce el derecho que le conviene. Dentro de esta perspectiva,
los autores más críticos sustentan que existe apenas una imposición de intereses por parte de los grupos
que ejercen el poder. Estos consiguen imponer a los sujetos más débiles las reglas de conducta que
permiten reproducir, en nivel normativo, la dominación social.
En una posición contraria se sitúan los autores que entienden que el Derecho es un factor
determinante de los procesos sociales. Los autores que adoptan esta perspectiva entienden que el
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derecho posee la capacidad de determinar el contexto social, de actuar sobre la realidad y de cambiarla.
Por ejemplo, una ley sobre un nuevo problema social, o un cambio en las normas promovida por un
nuevo gobierno, podrá conseguir imponer a los miembros de una comunidad nuevos tipos de
comportamiento.
La primera posición es considerada como realista; la segunda posición tiene un carácter idealista,
porque se fundamenta en la hipótesis de que una voluntad expuesta a través de un mandamiento (“deber
ser”, norma jurídica) puede cambiar la realidad.
Sin embargo, con relación a este tema creemos posible sustentar una tercera posición que nos permite
conciliar ambas posturas. El derecho es, en general, configurado por intereses y necesidades sociales, o
sea, es producto de un contexto sociocultural. Esto no impide que el mismo pueda influir sobre la
situación social, asumiendo un papel dinámico.
En otras palabras, el derecho ejerce un doble papel dentro de la sociedad: activo y pasivo. Este actúa
como un factor determinante de la realidad social y, al mismo tiempo, como un elemento determinado
por esta realidad. Dentro de este contexto se identifican las presiones de los grupos de poder que
pueden inducir tanto para que se dé la elaboración de determinadas reglas, así como para que las reglas
en vigencia no sean acatadas, llevando a un proceso de anomia generalizado. Este análisis permite
superar “los modelos de relación causal simple” entre derecho y sociedad.
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En el ámbito de la sociología jurídica, “el cambio continuo de las reglas del derecho constituye una
hipótesis teórica fundamental” (Papachristou, 1984, p. 125). Realmente, esta hipótesis constituye un
elemento común de los variados abordajes de la sociología jurídica. Esto puede ser observado en los
estudios de Marx e Engels sobre la determinación del derecho por los cambios económicos, en los
análisis de Durkheim sobre el paso del derecho represivo al derecho restitutivo, en los estudios de
Weber sobre la racionalidad del derecho moderno y, recientemente, en los análisis sobre la
transformación del derecho y del Estado en la época de la globalización.
No se pone en duda que el derecho cambia con la evolución histórica, siguiendo las transformaciones
de la sociedad. La creación y difusión de nuevas tecnologías como, por ejemplo, la notable expansión
de la informática en las últimas décadas, trae consigo cambios legislativos para conformar el sistema
jurídico a una nueva situación. Al principio del siglo fue necesario extender el concepto de la propiedad
para prohibir el hurto de electricidad (la energía eléctrica no gozaba de protección porque no era una
“cosa”). De la misma forma, los legisladores modernos introdujeron normas para reglamentar los
problemas relacionados con la informática (protección a la privacidad, garantía de los derechos de los
inventores y de los usuarios de programas informáticos). Tenemos aquí casos de adaptación del derecho
a la realidad social.
El cambio de valores sociales creó una situación semejante, en lo que se refiere a la posición de la
mujer. En muchos países fueron efectuadas profundas reformas legislativas, sobre todo en las áreas del
derecho constitucional, del derecho de familia, del derecho del trabajo, del derecho penal y del derecho
internacional, buscando establecer la igualdad entre los géneros femenino y masculino.
Los cambios sociales son también la causa de las recientes reformas legislativas, que imponen la
“desregulación de la economía” (reducción del poder fiscalizador y del papel económico del Estado) en
la era neoliberal (Faria, 1999). Lo mismo sucedió con las reformas en muchos países europeos, que
abolieron las normas liberales con relación al derecho de residencia y de trabajo de los extranjeros, para
bloquear la entrada de trabajadores inmigrantes (Gorski, 1998).
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En todos estos casos tenemos cambios en cuanto a las tecnologías, a lo social, a la política y los
cambios demográficos, que el derecho intenta acompañar. Hasta aquí la situación es fácilmente
explicable, a pesar de existir la necesidad de analizar por qué y cómo el derecho acompaña cada
situación de cambios sociales y, sobre todo, cuál es la eficacia de cada intervención legislativa.
El problema se presenta cuando intentamos estudiar el papel activo del derecho en cuanto al cambio
social. Los sociólogos del derecho se dividen entre los que entienden que el derecho es un freno a los
cambios sociales más importantes y los que sustentan que el derecho puede ser un importante
instrumento (propulsor) de la transformación social.
La primera corriente (el derecho impide el cambio) sustenta que el sistema jurídico es muy lento al
detectar las necesidades sociales y, observa los problemas sociales desde sus exclusivos centros de
poder, muchas veces impidiendo un cambio. Así, el derecho funciona como factor negativo ante las
necesidades y reivindicaciones sociales (papel conservador del derecho)
Esta es la perspectiva crítica de autores ante el del sistema jurídico. Existen varios niveles de crítica.
Las más radicales, de inspiración marxista, consideran el actual sistema jurídico como un
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instrumento que permite la permanencia en el poder de la clase dominante y produce así las relaciones
sociales de explotación. Las críticas moderadas sustentan que el derecho desarrolla una especie de
resistencia ante determinados cambios sociales. Ejemplo: en los países de América Latina, en el
transcurso del siglo XX, cambiaron una serie de valores que se refieren a la moral sexual; aunque por
otro lado, los Códigos penales de estos países continúan utilizando términos como “mujer honesta’ y
“honra sexual”, denotando un desfase entre ley y realidad social.
La segunda corriente identifica al derecho como instrumento eficaz para la consecución de grandes
cambios sociales. Se cree que obteniendo poder político es posible realizar cambios a través de
reformas jurídicas. Los partidarios de esta corriente entienden que el derecho desempeña una función
educadora (papel progresista del derecho).
Esta concepción fue expuesta en Europa a finales del siglo XIX por los representantes del
“socialismo jurídico”, entre ellos el jurista austríaco Antón Menger (1841-4906), que intentaron
formular las reivindicaciones socialistas en términos jurídicos. Se trato así de una teoría que proponía la
adopción de medidas preventivas, confiando en el potencial transformador del derecho. Con miras a
evitar que la sociedad pasara por la experiencia violenta de una revolución, los adeptos de esta teoría
proponían la realización de una extensa reforma jurídica, a través de la cual sería posible realizar la
justicia social.
Con esta tentativa de reforma, el ministro seguía la corriente más progresista del derecho penal y de
la criminología, que propone la adopción de una política criminal minimalista (Baratta, 2000). Paraguay
está también en esta línea con el actual código Penal y Procesal Penal. Los partidarios de esta corriente
creen que la realización de una adecuada reforma jurídica contribuye para el cambio de las estructuras
sociales, generadoras de un círculo vicioso de violencia, permitiendo, así, ejercer el control social de
forma más humana y civilizada.
Resumiendo, encontramos aquí dos corrientes antagónicas. Algunos estudiosos y políticos ven en
el derecho un factor que impide los cambios de la realidad social, en cuanto otros lo consideran
propulsor de tales cambios.
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Ambas corrientes son, en su formulación absoluta, pasibles de crítica. Los trabajos de sociología
jurídica indican que debemos diferenciar siempre, según sea la rama del derecho, el problema concreto
y la situación social, teniendo en mente que la capacidad reformadora del derecho es limitada. La
historia nos ofrece ejemplos en que la tentativa de cambiar el comportamiento de las personas a través
del derecho fue un completo fracaso. Un caso conocido es la “ley seca” en los años 20 en los EUA. A
pesar de la enorme movilización de los aparatos represivos del Estado (750.000 personas fueron presas
por el consumo o comercialización de bebidas alcohólicas entre 1920 e 1932) esta legislación no tuvo
resultados prácticos, siendo abolida en los años 30 (Cotterrell, 1991, p. 61).
Soriano (1997, pp. 3 11-312) afirma que la relación entre derecho y cambio social se realiza de la
siguiente forma:
a) el derecho es una variable dependiente, o sea, un fenómeno social que cambia históricamente en
función de otros fenómenos. La relación entre los grupos y las clases sociales, definida principalmente
por el factor económico, determina las estructuras jurídicas. El derecho puede ser,
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entonces, considerado como un producto de intereses sociales, que dependen de las relaciones de
dominio en cada sociedad.
Por otro lado, la determinación social del derecho no significa que éste sea producto de un único
factor social o de la voluntad de una clase. Más allá de los intereses económicos, el derecho es
influenciado por elementos de orden físico, tales como las invenciones y las tecnologías, y también por
valores éticos-culturales asumido por los pueblos de varias regiones del mundo (piensen en la
diferencia del derecho entre países de tradición cristiana y de tradición musulmana).
Finalmente, hay que reconocer que la tradición jurídica de cada país tiene una inercia particular que
no cambia de la noche a la mañana sobre la base en los cambios sociales. Así se explica el desfase entre
la evolución de la moral social y la inmovilidad del sistema jurídico que ya constatamos en el caso de
los delitos sexuales. La importancia de la tradición jurídica explica también el hecho de que países con
semejantes estructuras política y económica posean sistemas jurídicos totalmente diferentes, como
muestra el ejemplo del derecho francés (fundamentado en la ley escrita) confrontado con el derecho
inglés (fundamentado en el carácter vinculante de la jurisprudencia).
b) A pesar de ser una variable dependiente de la estructura sociocultural, el derecho posee una
autonomía relativa y, en consecuencia, puede inducir a cambios sociales. A pesar de existir
controversias con relación a los límites de la autonomía del sistema jurídico, no se pone en duda que el
derecho haya incentivado muchas transformaciones en las sociedades modernas.
Las teorías que más insistieron en la visión del derecho como producto socialmente determinado, son
justamente aquellas que, cuando intentaron aplicar sus ideas en la práctica política, utilizaron el
derecho como medio para producir fuertes cambios sociales. El ejemplo más claro es el de los
regímenes comunistas. Después de la Revolución Rusa de 1917, los dirigentes de los partidos
comunistas utilizaron el derecho como instrumento para “educar” las masas a los nuevos ideales y crear
una “legalidad socialista”, radicalmente diferente de aquella “burguesa”.
Soriano (1997, p. 312) resalta que la influencia del derecho en el cambio social puede ser de tipo
directo o indirecto. En la mayoría de los casos el derecho influye de forma directa: se impone, por
ejemplo, la obligatoriedad del uso del cinturón de seguridad y la limitación de la velocidad, ambas
asociadas a sanciones, para cambiar el comportamiento de las personas en el tránsito. Ya las normas
relativas a reformas del programa de educación son de carácter indirecto: orientan al profesor en cuanto
a la materia y a los métodos de enseñanzas, esperando que así sea alterado el contenido de la educación
ofrecida a los alumnos, sin prescribir, por otra parte, determinados los contenidos de enseñanzas y sin
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Ante una situación de cambio social, el mismo autor afirma que el derecho puede adoptar posiciones
de reconocimiento, de anulación, de canalización o de transformación de sus tendencias.
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Aquí cabe una observación. Desde el punto de vista de la teoría del Estado, la convicción de que es
posible realizar cambios sociales a partir del derecho, no contradice la tesis de que el derecho es un
reflejo de factores económicos y de intereses de clases.
El papel determinante de la economía y de los intereses de las clases sociales es una hipótesis teórica
general, dentro del cual, como ya observamos, se constata a la actuación relativamente autónoma del
derecho, que puede inclusive incentivar cambios sociales.
La historia enseña, por otra parte, que el derecho no posee fuerza suficiente para cambiar la
estructura de las clases sociales y los fundamentos del sistema económico, que son susceptibles de
alteración solamente a través de un proceso de transformación política.
En el estudio de los cambios sociales provenientes de la actuación del sistema jurídico surgen tres
cuestiones principales: intensidad, esferas de manifestación y ritmo del cambio (Soriano, 1997, pp. 313
y siguientes.).
Existe aquí una regla: el derecho puede realizar cambios parciales, pero difícilmente conseguirá
cambios radicales. Es, por ejemplo, es relativamente fácil, modernizar un determinado sector de la
economía, pero es prácticamente imposible cambiar todo el sistema de producción, a través de reformas
jurídicas.
Más allá de cualquier otra variable, la intensidad del cambio depende de dos factores generales:
Primero de la naturaleza del sistema jurídico que debe producir el cambio y segundo de la situación
política del momento. Cuanto más abierto, flexible y abstracto es el sistema jurídico, más fácil será
operar un cambio social a través de su interpretación. Un sistema jurídico completo y detallado, con
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rígidos procedimientos de control y con “cláusulas pétreas” que dificulten las reformas, difícilmente
permita cambios sin ruptura.
La intensidad del cambio está también condicionada por la naturaleza del sistema político. Cuando el
poder político es fuerte y concentrado, puede provocar un cambio rápido a partir de reformas jurídicas.
En situaciones de revolución surgen poderes políticos fuertes que producen un cambio social a través
de un nuevo derecho. En situaciones de debilidad del poder político, en que falta la posibilidad y la
voluntad de reformas, y con apenas un frágil compromiso entre diferentes grupos sociales, el derecho
no puede servir como instrumento de reformas.
Se piensa en las vicisitudes de la reforma agraria en el Brasil, cuya timidez y lentitud constituye un
resultado de la situación política, en la cual los interesados en la reforma agraria pactan con
representantes del poder latifundista e intentan canalizar las reacciones de protesta, frecuentemente
violentas, por parte de los “sin tierra”.
El cambio social a través del derecho fue discutido en las últimas décadas, en la teoría y en la
práctica jurídica, en el ámbito de las teorías sobre el “derecho alternativo”. En los años 60 y 70 se
desarrolló un movimiento que intentó promover cambios sociales a través del derecho. En Italia a este
movimiento se lo denominó “uso alternativo del derecho”. Consistía en la interpretación y aplicación
del derecho con una finalidad “emancipadora”, favoreciendo a las clases y los grupos sociales más
débiles.
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La aplicación del derecho debería tomarse un instrumento de solidaridad social. El operador jurídico
debería sacar provecho del carácter genérico y ambiguo de las normas, empleando métodos de
interpretación innovadores, que le permitirían hacer justicia social. La propuesta era la de intentar
cambiar a la sociedad a partir de las estructuras formales del derecho, sobre todo gracias a la actuación
de jueces progresistas (Barcelona, 1973; Losano, 2000, pp. 1.030 y siguientes.). O sea, concebir al
derecho como factor de un profundo cambio social.
Iniciativas análogas fueron tomadas en otros países europeos, sobre el impulso de grupos de jueces y
de los estudiantes del derecho comprometidos con una política de izquierda. Estos movimientos no
consiguieron alcanzar sus objetivos. El derecho cambió muy poco en la práctica, no faltaron casos de
castigos a jueces que se mostraron “osados” en sus decisiones (España, 1998, pp. 230 y siguientes.).
Ante esta situación, la mayoría de los adeptos del uso alternativo del derecho abandonó sus
convicciones políticas.
El verdadero derecho alternativo seria entonces un nuevo sistema jurídico. Los representantes de este
movimiento exponían la voluntad de responder a las verdaderas necesidades sociales de los países
“subdesarrollados” y a conseguir un cambio dentro de la sociedad a través de la aplicación de “otro”
derecho, generado espontáneamente en el seno de los movimientos sociales y substituyendo
paulatinamente el “opresor” derecho del Estado.
Esta tendencia es muy fuerte en el Brasil. Existe extensa bibliografía sobre el tema aun en programas
de enseñanza universitaria del “derecho alternativo” (Arruda Júnior, 1993, pp. 178 y siguientes.).
Encontramos también numerosas decisiones de tribunales que hacen uso alternativo del derecho,
decidiendo a favor de la parte más débil, aun cuando esto impone una interpretación del derecho
técnicamente dudosa.
Ejemplos: absolución de un leñador que hurtó una moto sierra para utilizarla como instrumento de
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trabajo; negación del pedido de restitución de dominio a los propietarios de tierras ocupadas por
trabajadores “sintierra” y de predios invadidos por personas “sintecho”.
En su versión más radical el derecho alternativo se presenta como un sistema que se distancia
deliberadamente de las normas establecidas por el Estado: “es lo que se denomina “contralegem” que
puede actuar, explícita o implícitamente, en nombre de la justicia social” (Souto e Souto, 1997, p. 242).
Se reivindica así la legitimidad de nuevos sujetos colectivos, que surgen de los movimientos sociales
y podrían actuar en la solución de conflictos, fuera y más allá del derecho del Estado. Los principios
rectores de estos nuevos legisladores y jueces serían la satisfacción de las necesidades de la ciudadanía,
la democracia participativa y descentralizada, el desarrollo de una ética de solidaridad y el desarrollo
de una nueva racionalidad, que apunta a la emancipación (Wolkmer, 1993, pp. 228-229; 1997, pp. 207-
254).
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Nos encontramos así con dos versiones de la concepción del derecho como factor de cambio social.
Ambas parten de la tesis de que es posible usar el derecho como propulsor del proceso de cambio
social, diferenciándose en el grado de intensidad de este cambio. El uso alternativo del derecho intenta,
de acuerdo con el significado dado al menos en Europa, cambiar el derecho “por dentro”, respetando las
normas jurídicas en vigencia e intentando introducir el cambio a través de la actuación de los poderes
constituidos (cambio de baja intensidad). A su vez, el derecho alternativo, en su acepción
latinoamericana del término, intenta elaborar un nuevo sistema jurídico (nuevos sujetos, nuevas
normas), que sería antagónico al derecho del Estado (cambio de alta intensidad).
Un segundo elemento común a las dos versiones de la alternancia jurídica es que se apunta a alterar
(con menor o con mayor intensidad) el contenido de la ley a través de la práctica judicial. Esto crea una
serie de problemas políticos, colocando la cuestión de si los jueces y los doctrinarios del derecho
poseen a la legitimación social y la capacidad práctica de realizar un cambio radical del derecho.
Más allá de esto, debemos pensar que el derecho alternativo no es siempre progresista. Aceptando la
posibilidad de cambiar al derecho a través de la interpretación jurídica, podemos también caer en una
concepción autoritaria del derecho alternativo: los jueces podrían convertirse en justicieros sin importar
los valores jurídicos de su función, vetando derechos sociales, reprimiendo los desviantes e imponiendo
los intereses de los poderosos.
De hecho, la experiencia italiana de los años 70 y 80 demostró que muchos doctrinarios, jueces y
promotores interpretaban las leyes penales de forma extensiva o incluso ilegal, para combatir las
organizaciones de izquierda acusadas de terrorismo. Otro ejemplo de “derecho alternativo” conservador
constituye el derecho musulmán tradicional, que en muchos países islámicos volvió a ser aplicado por
los jueces, aun en contra del derecho estatal, posterior a la victoria política de grupos fundamentalistas
(Losano, 2000, pp. 1.053-1.054).
Actualmente, también presenciamos una aplicación alternativa del derecho en el Brasil por parte de
promotores y jueces que, preocupados con los índices de criminalidad, interpretan a ley penal de forma
extensiva.
Ejemplo: considerar que la utilización de un arma de juguete en un asalto debe ser equiparada a la
utilización de un arma de fuego. Esta interpretación prevaleció en la jurisprudencia por muchos años,
siendo abandonada por el Supremo Tribunal de Justicia en 24.10.2001 (Resp 213 .054-SP).
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Por último, observamos que ni siquiera la búsqueda de alternativas “sociales” al derecho estatal
(“derecho encontrado en la calle”) resulta siempre progresista. El derecho alternativo creado y aplicado
por las comunidades puede ser extremadamente opresor, cuando impone a los individuos la voluntad
de un grupo, pudiendo convertirse hasta en la “ley del más fuerte” (Hespanha, 1993, pp. 28, 34).
Imaginen, por ejemplo, resolver los conflictos laborales sin la intervención de los tribunales, ¡sobre la
base de las negociaciones entre los abogados de una grand empresa y los empleados!
Desde el punto de vista de la metodología, surge un problema. ¿Cómo conciliar el carácter taxativo y
positivo del derecho estatal moderno, que expone una determinada voluntad política y reivindica la
supremacía absoluta sobre cualquier voluntad política, con interpretaciones “libres” o fuentes
“alternativas” del derecho fundamentadas en una nueva versión del iusnaturalismo?
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¿Cómo seguir esta orientación iusnaturalista en la práctica, sin entrar en conflicto abierto con el
sistema normativo del Estado? El derecho alternativo nace con los principios de la separación de los
poderes y de la legalidad que reconocen al legislador estatal el monopolio de creación de normas
legales y no permiten a los jueces decidir conforme a sus evaluaciones subjetivas, como tampoco a los
grupos sociales alterar el derecho estatal según la propia voluntad (cfr. Grau, 2000, pp. 110 y
siguientes.). En otras palabras, es prácticamente imposible distinguir el derecho alternativo de la
abierta ilegalidad o de la revolución política que instituye un nuevo derecho.
El derecho moderno posee dos esferas de manifestación: la interna, relativa al derecho nacional, y la
externa, relativa al derecho internacional y comparado. Un proceso de cambio social puede ser
impulsado por ambas esferas.
La constatación de un problema social por parte del gobierno y la presión política por parte de grupos
desfavorecidos o discriminados pueden llevar a la reforma del derecho. Tales alteraciones apuntan a
realizar cambios sociales. Un ejemplo clásico es la legislación laboral, elaborada durante el régimen de
Getulio Vargas. Un ejemplo más actual se refiere a la legislación que regula la unión estable de
personas de sexos diferentes. Aun cuando se constata que el concubinato es una materia regulada en
diversas naciones, la iniciativa del legislador brasileiro parte de la constatación de problemas sociales y
jurídicos del país.
Hoy en día es muy difícil pensar en reformas del derecho que no reciban influencias de la legislación
externa. Existen reformas que corresponden a una demanda social del país y otras que son producto de
la presión internacional, de la imitación de legislaciones extranjeras o del contacto entre culturas y
sistemas jurídicos diferentes. En estos casos estamos ante el fenómeno de la transferencia del derecho,
cuyas principales formas son el préstamo y la aculturación jurídica (Carbonnier, 1979, pp. 246y
siguientes.; Rouland, 1998, pp. 424 y siguientes.).
Generalmente, los países que se encuentran en fase de desarrollo adoptan instrumentos jurídicos de
los países más avanzados en la tentativa de modernizar las estructuras locales (administración pública,
relaciones de trabajo, organización y fiscalización del sistema financiero y tributario).
El préstamo debe ser precedido de un estudio detallado de las experiencias extranjeras. Esto permite
al país “importador” no solo adaptar la legislación alienígena a las necesidades locales, sino que
también identificar eventuales causas de ineficacia o insuficiencia de la misma. Sobre la base de estos
estudios, los países receptores podrán crear normas dotadas de mayor perfección técnica y eficacia).
En otros casos el legislador nacional está bajo influencias del derecho internacional. Por ejemplo, las
autoridades de un país deciden adoptar medidas para combatir la tortura, llevando en consideración la
experiencia de otros países y obviamente los tratados internacionales sobre el tema. Este es el caso
da Ley 9.455, de 07.04.1997, que define los crímenes de tortura en Brasil.
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(igual tratamiento, promoción y capacitación), elaboradas por la Organización de las Naciones Unidas y
por las organizaciones regionales, como la Organización de los Estados Americanos. Una recepción
“creativa”, que considera las particularidades de cada país, puede contribuir para el cambio de hábitos
sociales, propiciando una mayor protección de las mujeres (Sabadell, 1998).
La segunda forma de transferencia de derecho es la aculturación jurídica. En este caso se verifica una
mayor influencia de la esfera externa. Por aculturación jurídica se entiende el proceso de recepción de
un derecho alienígena que provoca alteraciones globales en el derecho del país receptor.
Primero, a través de una decisión externa. Ejemplo: durante la colonización del continente
americano fue impuesto a las colonias el sistema jurídico de las metrópolis.
Ejemplo: después de una revolución o secesión, las autoridades políticas deciden adoptar el sistema
jurídico de otra nación, por considerarlo más adecuado.
Cuando, por otro lado, el país receptor no está en condiciones objetivas de implementar el modelo
jurídico importado, sobre todo porque el Estado no posee el control del territorio y de la población, la
aculturación presenta pocos efectos prácticos (falta de eficacia). Esto fue lo que ocurrió en varios
países del África. El sistema jurídico oficial era impuesto por el colonizador y, aun después de su
independencia, las elites locales adoptaron sistemas jurídicos europeos. En paralelo, por otro lado,
funcionaba el anterior sistema consuetudinario local, que correspondía a las estructuras políticas y a la
mentalidad de la ciudadanía, verificándose la “resistencia” de la cultura local ante estos modelos
europeos (Rouland, 1998, pp. 450 y siguientes.; Sueur, 2001, pp. 56 y siguientes.).
Existen áreas de actuación social, donde es relativamente fácil introducir un cambio y otras donde es
más complicado. Los cambios se dan más rápidamente en el sector de la organización del Estado antes
que en el sector de la economía privada, donde existe una mayor resistencia por parte de los agentes
económicos.
En el sector privado es más fácil introducir, a través del derecho, cambios de algunas estructuras,
creando incentivos al desarrollo y a la competitividad (“modernización”). Si esto resulta beneficioso y
las clases dirigentes están de acuerdo, el cambio puede ser rápido y exitoso. Podemos pensar, por
ejemplo, en el desarrollo de “zonas francas”. A través de reformas en el derecho tributario, en el
derecho laboral y mediante la distribución de auxilios estatales, se incentiva la actividad económica en
determinadas regiones. Muchas empresas y trabajadores se trasladan a las zonas francas, donde existen
mayores posibilidades de lucro y de empleo, propiciando el desarrollo económico de las regiones en
cuestión. Se inicia así un gran cambio en las condiciones de vida de sus habitantes, el que lleva también
la modificación del comportamiento y al surgimiento de nuevos problemas (por ejemplo, al aumento
de la criminalidad como consecuencia de la urbanización).
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Otro ejemplo es ofrecido por el derecho ambiental que intenta, a través de una combinación de
incentivos y de sanciones, reestructurar la producción con el objetivo de preservar los procesos de
renovación de los recursos naturales y la salud pública.
Los cambios globales son difíciles en el campo económico, porque esto presupone una
transformación radical en la estructura de las clases del país y crea grandes resistencias políticas. Más
improbables aun son las tentativas de cambio que golpean a las prácticas culturales, como las prácticas
religiosas o la situación en el ámbito privado de la familia. En estos casos las ideologías transmitidas
por la tradición presentan una gran resistencia.
Un último tema guarda relación con la estrategia que deben adoptar los reformadores en las
tentativas de cambio social. ¿Debe ser totalmente abolido el derecho antecesor (estrategia de ruptura) o
intentar reformas parciales, a través de compromisos tácticos, que dejan en vigencia parte del
derecho antiguo, para no colocar en peligro la reforma? No existe una única receta. Todo dependerá del
sector de actuación y del apoyo social concedido a los propulsores de la reforma. En otras palabras, el
cambio social a través del derecho es un problema plena y exclusivamente político.
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