Prólogo
Cada futbolista tiene su propio estilo. Lo mismo sucede con los
analistas de fútbol. Algunos son provocadores, otros son escandalosos,
y los hay que intentan quedar bien con todo el mundo. Cuando cubren un partido, a los locutores
les gusta hacer una mezcla de todos los
estilos a fin de ofrecer una perspectiva completa al espectador.
Cuando analizo un partido, lo observo más como entrenador que
como jugador. Sin embargo, muchos aficionados tienden a mirarlos
como espectadores. Es algo natural, pero ahí es donde radica la
diferencia entre ver un partido y mirar la pelota.
Primero me fijo en el diseño de las dos formaciones. Esta
información nos dice al instante cuáles son las intenciones de sus
entrenadores y cómo pretenden hacerle daño al rival. Luego, cuando
empieza el partido, compruebas si el equipo logra ejecutar su plan de
juego y observas cómo se anticipa el rival. A través del esquema de
juego puede saberse cuál es el equipo más preparado, el que será capaz de obtener una ventaja
mediante su formación y sus tácticas. Para
entonces ya llevas varios minutos viendo el partido y apenas has
mirado el balón.
Durante el transcurso del juego, me fijo en los detalles y busco los
motivos de que las cosas salgan mal. Cualquiera puede ver los errores,
pero la cuestión es saber por qué se producen. ¿Dónde y por qué fallan los equipos? Muchas veces
la culpa no es de quien comete el error,
como el último defensa o el portero, sino que empieza muy atrás. No
todo el que mira una pantalla puede darse cuenta de eso. Y ahí es
donde entra el analista, señalando cosas poco evidentes pero que tienen una gran influencia en el
desarrollo del partido. Además, también trato de explicar cómo se podían haber evitado los
errores, y lo hago sin
buscar cabezas de turco. Soy crítico y baso mis comentarios en lo que
veo, pero sin faltar el respeto a nadie. No hay ninguna necesidad de
apuntarse tantos ante los medios a base de descalificaciones. Mi visión del fútbol es positiva. A fin
de cuentas, le debo mucho. El
deporte me lo ha dado todo. No me gusta sacar los trapos sucios e
intento ser imparcial en mi análisis. No obstante, debo admitir que me
cuesta hablar con objetividad de antiguos compañeros de equipo como
Frank Rijkaard, Carlo Ancelotti y Marco van Basten. Siempre soy
positivo con respecto a ellos: les doy el beneficio de la duda, y si puedo los apoyo.
Prefiero el fútbol ofensivo, técnico y bien planificado, aunque el
objetivo deba ser siempre la victoria. Es una gozada ver a los equipos
dándolo todo en el ataque. Sin embargo, no siempre da resultado,
motivo por el cual el F. C. Barcelona y el Borussia Dortmund no
ganaron la Liga de Campeones y la Europa League en la última
temporada, a pesar de ser los favoritos. A ambos les faltó la astucia del
jugador cuyo objetivo último es la victoria, aunque eso quiera decir
nadar a contracorriente y asumir una identidad diferente cuando la
situación lo requiera.
Disfruto viendo al Barcelona, pero odio que sus rivales caigan
rendidos ante la supremacía de Messi y compañía. Hay que hacer todo lo que haga falta para
ganar (sin saltarse las normas), incluso frente al
Barça.
Por eso me encantó ver al Atlético de Madrid en los cuartos de final de la Liga de Campeones
201516. ¿Por qué motivo iba a querer el
Atlético seguirle el juego al Barcelona e ir directo al matadero?
¿Porque era lo que querían los espectadores neutrales? Si no hay forma de obtener la victoria
jugando ofensivamente, existen otras armas
aparte para compensar la diferencia de talento, como las tácticas y la
fortaleza física y mental. Lo que importa es ganar. El equipo de Diego Simeone se adaptó en varios
sentidos, con el
objetivo de asegurar su paso a las semifinales de la Liga de
Campeones. Al final, el Atlético consiguió imponerse al supuestamente
indestructible Barcelona a base de un fútbol duro y agresivo. Al mismo tiempo, también disfruté
de ver al Manchester City en
esos mismos cuartos de final. A diferencia del Atlético, los de Manuel
Pellegrini no buscaban la defensa, sino que salieron al ataque para
eliminar al equipo más fuerte, el Paris SaintGermain de Laurent
Blanc.