Jesucristo, Señor de la Historia.
Profecías veterotestamentarias sobre Jesús
Fuente: www.clerus.org
Autor: Congregación para el Clero
Si la Resurrección es la prueba suprema y oficial de la divinidad de Cristo, existen otras de no
menor valor; entre éstas ocupan el primer lugar las profecías del Antiguo Testamento. Para la
Iglesia primitiva éstas tuvieron un enorme valor, pues era la mejor manera de probar a los
judíos que Jesús era el Mesías. El mismo Jesús usó este método en sus discusiones con los
fariseos: "Escudriñad las Escrituras ya que en ellas esperáis tener la vida eterna; ellas testifican
de mí" (Jn. 5, 39).
El pueblo hebreo tenía, y aún conserva, la Biblia, colección de libros escritos en tiempos y
lugares diversos, completa ya en el siglo tercero antes de Jesucristo, cuando fue traducida al
griego por un grupo de sabios alejandrinos. Aunque cada libro estaba escrito por un autor
determinado, los hebreos atribuían su origen a Dios y los citaban sin distinción con la
expresión general: "dice la Escritura". Para ellos la Escritura era un libro inspirado, es decir,
escrito por autores humanos bajo el influjo inmediato de Dios que se servía de ellos para
comunicar a los hombres su palabra. Junto a este valor sagrado, la Biblia era la fuente principal
de la historia hebrea, donde estaban registrados los privilegios excepcionales concedidos por
Dios al pueblo elegido; la historia de los patriarcas, de los reyes, de los profetas que en el curso
de los siglos habían guiado a Israel al cumplimiento de la misión confiada por Dios. La Biblia
destaca claramente entre otros textos religiosos de la antigüedad por la pureza de su
monoteísmo y la exquisitez de su moral.
Otro aspecto único del Antiguo Testamento es el mesianismo, la expectativa de un enviado del
cielo que vendría a iniciar una nueva época en las relaciones de Dios con la humanidad. A
través de la Escritura la personalidad del Mesías se va delineando cada vez más claramente
para permitir que el pueblo elegido lo pueda reconocer en el momento en que aparezca en el
mundo.
Los profetas describen al Mesías así:
Familia
Será un hijo de Adán y vendrá a reparar el pecado de desobediencia que ellos cometieron en el
paraíso terrenal (Gen. 3, 15); será descendiente también de Abraham (22,16), de Isaac (26, 4),
de Jacob (28,14), de Judá (49, 8-10), de David (II Sam. 7, 11-13).
Tiempo en que nacerá
Vendrá antes que el cetro de Judá pase a otros pueblos (Gen. 49, 8-10), antes de la destrucción
del templo (Ag. 2, 7-8). El profeta Daniel lo determina con precisión, ya que su profecía
coincidió con la época de Jesús cuando la expectativa del Mesías era general (Dan. 9, 24-27).
Esto también lo afirman Flavio Josefo (Guerra Judía, V,13), Suetonio (Vespasiano 4), Tácito
(Historia, V, 13).
La Madre
Nacerá de una virgen (Is. 7,14), pero, aunque nazca de una virgen, fue engendrado en el seno
mismo de Dios antes que existiese la luz (Sal. 109, 3).
Lugar de nacimiento
En Belén de Judá (Miq. 5, 2).
El Precursor
Juan el Bautista. El Mesías tendrá un precursor (Mal. 3,1); que predicará a lo largo de la ribera
del Jordán, en la región de Galilea (Is. 9, 12).
Su vida
Maestro y profeta (Deut. 18, 15).
Legislador y portador de una nueva alianza entre Dios y los hombres (Is. 55, 3-4).
Sacerdote víctima (Is. 52, 15; 53). Manso y humilde (Is. 11, 1-5).
Salvador de la humanidad y piedra de escándalo (Is. 8, 14).
Sobre él reposará el espíritu del Señor (Is. 11, 2).
Poderoso en milagros (Is. 35, 4-6).
Entrará triunfante en Jerusalén (Zac. 9,9).
Pasión y muerte
Vendido por treinta monedas (Zac. 11, 12); flagelado y escupido en el rostro (Is. 50, 6);
taladradas las manos y el costado (Sal. 21, 17-18); le darán hiel como bebida (Sal. 68, 22);
burlado (Sal. 21, 8-9); sortearán sus vestidos (Sal. 21, 19); lo crucificarán (Zac. 12, 10); su
cuerpo no estará sujeto a la corrupción (Sal. 15, 9-11); tendrá un sepulcro glorioso (Is. 53, 9);
se sentará a la derecha de Dios (Sal. 109, 1).
Profecías del Reino
Preanuncian el principio de una nueva alianza entre Dios y el hombre, suplantando la antigua
entre Dios e Israel (Dan. 9, 24-27); comenzará en Jerusalén (Miq. 4, 2); representará la victoria
del monoteísmo (Zac. 13,2; Is. 2, 2-4; Miq. 4, 1-5); no se limitará sólo al pueblo hebreo, sino
que será universal (Is. 11,10; 49,6; Mal.1, 11); será un reino espiritual (Sal. 71,7; Is. 4, 2-6; Dan.
7, 27); con sacerdotes y maestros por todo el mundo (Is. 66, 21; Jer. 3, 15); con un sacrificio
universal (Mal. 1 11); y, por último, aniquilará las potencias adversas (Sal. 2, 1-4; Is. 54, 17;
Dan. 2, 44).
Todas estas profecías se encuentran en los libros escritos tres siglos antes de Cristo.
Basta con abrir los evangelios para saber que todas las profecías se cumplieron en Cristo. Jesús
es de la familia de David (Mt. 1,18-23), nació de una virgen (Lc. 1, 27), en Belén de Judá (2, 4-
7), tuvo un precursor que fue Juan Bautista (Jn. 1, 15), realizó milagros de todo género (Mt. 11,
5 ss.). Todas las profecías de su pasión se cumplieron a la letra, y lo mismo sucedió con las
profecías de su Reino.
Durante su vida Jesús es perfectamente consciente de ser el objeto y realizar las profecías del
Antiguo Testamento. Al leer algunos versículos de Isaías en la sinagoga de Nazaret, afirma:
"Hoy se está cumpliendo ante vosotros esta escritura" (Lc. 4, 21). A los fariseos que rehusan
creer en El, les dice: "Escudriñad las Escrituras ya que en ellas esperáis tener la vida eterna;
ellas testifican de mí" (Jn. 5, 39). El evangelista Mateo se propone en su evangelio demostrar la
mesianidad de Jesús basándose en las profecías del Antiguo Testamento. Algunos racionalistas
tratan de probar que Jesús se trató de acomodar a las profecías, pero esto es imposible en
cuanto que el cumplimiento de muchas de ellas no podía depender de ningún modo de su
voluntad, como la concepción virginal, el nacimiento en Belén, la traición por treinta monedas,
la crucifixión, la resurrección, la incredulidad de los judíos y la conversión de los paganos.
Sobre todo, ¿cómo podría un simple hombre obrar milagros para adaptarse a las profecías?
Las profecías no pueden ser únicamente simples aspiraciones del hombre, son demasiado
determinadas y concretas. Sólo Dios pudo dar a conocer a los profetas lo que predijeron de
Cristo, porque solamente Dios conoce el futuro libre.
Jesús no solamente fue objeto de profecías, sino también sujeto, El mismo es un profeta.
Predijo su propia pasión y muerte (Mt.16,21-23), la traición de Judas (Mt. 26, 21-25), la triple
negación de Pedro (26, 30-35) y su martirio (Jn. 21, 18-19), la gloria de la Magdalena (Mt. 26,
13), la huida de los discípulos durante la Pasión (26, 31), las persecuciones que padecerían
después de su muerte (10, 17-23; Mc. 13, 9-13), los milagros que harían en su nombre (16, 17).
Predijo además la conversión de los paganos (Mt.8, 11), la predicación del evangelio en todo el
mundo (24, 14), la permanencia de la Iglesia hasta el fin de los siglos (28, 20), la aparición en su
seno de herejías y separaciones (7, 15-22), la destrucción de Jerusalén (24, 1 ss.). Todas estas
profecías se realizaron con exactitud.
Jesús no domina solamente el futuro, también el presente. Adivina lo que está en la mente y
en el corazón de los que le rodean. Conoce toda la vida de la samaritana en los detalles más
íntimos (Jn. 4, 18 ss.); sin conocer a Natanael sabe que es un israelita sincero (Jn. 1,47-51);
penetra el pensamiento de escribas y fariseos (Mt. 9, 4-7; 12, 25-27; Lc. 6, 7-8); intuye los
pensamientos de Simón el fariseo que murmura en su corazón contra la pecadora (Lc. 7, 39
ss.).
Así, llegamos de nuevo a la misma conclusión: Jesús es el Hijo de Dios. A los milagros físicos
obrados en la naturaleza, y a la resurrección de su cuerpo, viene a unirse el milagro intelectual
de las profecías. Jesús domina el pasado, el presente y el futuro.
Solamente el Hijo de Dios puede tener estos poderes divinos. Si el cristianismo no tiene
parangón en la evolución religiosa humana, si la figura de Cristo no se le puede comparar ni
remotamente con la de cualquier otro personaje histórico, se debe a su naturaleza divina.