PADRES E HIJOS EFESIOS 6:1-4
Introducción: Uno de los temas más inquietantes de nuestros días es quizás la
indiferencia o la impotencia de los padres en su relación con los hijos. En todas partes los
padres se están retorciendo las manos y llorando lastimosamente: “No puedo hacer nada
con él (o ella)”. Parece haber una desesperación lamentable por parte de los padres en
cuanto a hacer algo sobre esta situación con sus hijos. Buscan que la policía y otras
instituciones de la ley tomen la responsabilidad de criar a sus hijos. Hay una
descomposición total aparentemente en todas partes, en esta gran relación entre padres e
hijos.
¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué está nuestra sociedad experimentando esta terrible
tempestad? No hay duda de que estamos cosechando los frutos de la permisividad en
los hogares, en las familias de nuestra nación y cuidado, en los hogares de muchos
creyentes. Se nos enseñó que a los niños se les debía permitir crecer para “expresarse a
sí mismos”, que toda disciplina está mal, que les impide desarrollarse apropiada y
plenamente. Como resultado, creció toda una generación de gente joven que nunca
aprendieron a obedecer, nunca aprendieron a ceder su voluntad a la autoridad de otro.
Esta rebelión en contra de la autoridad es el resultado directo de este tipo de siembra.
Pero ánimo; no todo está perdido, aún la solución la encontramos en las Escrituras en
cuanto a la respuesta a este y todo conflicto. El apóstol Pablo lo dijo todo en una sola
frase: Someteos unos a otros en el temor de Dios. (Efesios 5:21)
Vemos el tema de la relación de padres e hijos y las primeras palabras del apóstol están
dirigidas a los hijos:
Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. “Honra a tu
padre y a tu madre” que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya
bien y seas de larga vida sobre la tierra. (Efesios 6:1-3)
No es una simple exhortación a los hijos a obedecer, como podríamos encontrar en un
panfleto o un folleto sobre las relaciones de padres e hijos escrito desde el punto de vista
secular. No es simplemente “Hijos, obedeced a vuestros padres”. Es “Hijos,
obedeced en el Señor a vuestros padres”. La clave de todo el mandamiento es “en
el Señor”. Los hijos han de obedecer a sus padres, en nombre de Cristo, no porque esto
es lo quieren sus padres, sino porque esto es lo que quiere el Señor Jesús. Esta es
su responsabilidad con Cristo. No les será posible cumplir su deseo de pertenecerle y
reflejar Su vida, a menos que estén dispuestos a obedecer a sus padres.
La palabra obedecer es estar abajo. Significa “estar bajo la autoridad de otro”. Es la
misma palabra que se aplicaría a un soldado al obedecer sus órdenes. Significa seguir
órdenes. Para ponerlo de forma muy práctica y simple, les dice a los hijos: “Haced
lo que dicen vuestros padres”. Este es un asunto muy importante, ya que a través de
la Palabra encontramos exhortaciones a los padres para enseñar a sus hijos a ser
obedientes, y a los hijos a ser receptivos a esa enseñanza y a obedecer a sus padres. Un
joven debe aprender la más importante lección de todas: ser un hijo obediente.
Si cualquiera de los dos padres le dice al hijo: “Haz esto y esto”, y el hijo lo demora,
pospone, o se niega, el padre le repite la petición: “Te dije que hicieras esto y esto”. Él o
ella debe decir, “Haz lo que tu papa (o mamá) dice”, para dar la clara impresión al hijo de
que la cosa importante no es la petición específica que hicieron, sino que es la
obediencia al padre.
Las Escrituras nunca nos dan una exhortación como esta sin una razón. Muchos hijos
conocen perfectamente este versículo, pero muchas veces lo leemos y lo aplicamos
incompleto en el momento en que algo sale mal en casa. Se les recuerda
constantemente: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres”. Pero raramente se les
llama la atención a la razón detrás de eso. Pablo añade una razón inmediatamente:
“Hijos, obedeced en el Señor, a vuestros padres, porque esto es justo”.
Bueno, ¿qué significa eso? Significa, que esto está de acuerdo con una realidad
fundamental; esta es una de las leyes básicas de la vida. Si haces esto, todo saldrá
bien; si te niegas, todo saldrá mal, porque es una violación a una de las leyes
fundamentales implantadas por Dios.
La única forma de manejar tu hogar apropiadamente, es entender lo que las escrituras
nos hablan y no sólo entender es practicarla, aplicarla es la mejor manera de tener
resultados positivos en nuestra familia.
Dice que no es sólo importante el obedecer, sino el obedecer de tal manera que honre a
tu madre y a tu padre. La actitud de obediencia es sumamente importante. Sabemos,
que es posible obedecer con; un corazón hirviendo con desobediencia y odio, con
frialdad, con un cumplimiento engañoso que parece buena disposición, pero interiormente
se está esperando la oportunidad para la revuelta o para transgredir los límites. Todos nos
acordamos de la historia del niño pequeño cuya madre quería que se sentara, pero él no
quería sentarse. Finalmente, lo agarró y lo sentó en la silla. Él la miró con desafío en sus
ojos y dijo: “¡En el exterior me haces sentar, pero en el interior todavía estoy de pie!”.
Ese tipo de obediencia no es obediencia en realidad, porque, como dice el apóstol, está
deshonrando al padre o a la madre. Está deshonrando porque trata al padre como a una
cosa, un obstáculo. Es ignorar el generoso regalo del amor paternal y el tratarlos como
nada más que un obstáculo en su camino. Es por eso que el primer mandamiento con
promesa, como nos recuerda el apóstol, fue el mandamiento: “Honra a tu padre y a tu
madre” (Éxodo 20:12a). La promesa que estaba conectada a esto era: “… para que tus
días se alarguen en la tierra que Jehová, tu Dios, te da” (Éxodo 20:12b). Eso significa
que la obediencia no ha de ser sólo en acción, sino en actitud también. Requiere
obedecer alegremente, no ordinariamente o haciendo pucheros o con sarcasmo. Todo ha
de hacerse frente al Señor, quien conoce el corazón, y la actitud. Bueno, ¿qué significa
esta promesa?: “para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová, tu Dios, te da”.
Significa que la alegre obediencia, la obediencia dispuesta, es una bendición a los
hijos que obedecen. Pero la hosca, reacia, rebelde obediencia te hiere y puede acortar
tu vida drásticamente. Esto no es una broma. Esto no es mera suposición. La obediencia
hosca es realmente resentimiento y amargura, y no hay nada más destructivo en el
corazón humano que el resentimiento o la amargura. No hiere a la persona en
contra de la cual eres amargo; te hiere a ti; te rompe en mil pedazos en el interior.
Puede causar serios problemas de salud.
La Palabra de Dios promete que la honra al padre y la madre de hecho alargará la vida y
ciertamente hará que la vida que vivimos sea más agradable. Esto, por supuesto, está
resaltando un problema muy real. Muchos de los disturbios emocionales de la
adolescencia y los problemas físicos vienen de una actitud de rebelión hacia el padre.
Lo que es más, la rebelión cierra la puerta al aprendizaje. Aprendí esto cuando era
joven y, como adulto, a menudo lo he visto en mi propia experiencia y en la de otros.
Mientras que estemos en rebelión en contra de algo, no podemos aprender nada de
esa situación. Si luchamos en contra de todo, no aprendemos nada. Por lo tanto,
actuamos en ignorancia. Cuando tenemos rebelión en nuestros corazones hacemos las
cosas más sin sentido y cometemos las equivocaciones más atroces. Hacemos cosas que
nunca haríamos si estuviéramos en posesión de nuestras plenas facultades.
Y es tema de la obediencia no es sólo para los hijos, Nos sigue toda nuestra vida. Los
adultos están mucho más bajo autoridad de lo que lo están los niños. Si la obediencia no
se aprendió en la niñez, es más difícil que se aprenda en la edad adulta. Esta es otra
razón del brote de violencia, la desobediencia y la rebelión en contra de todas las
formas de autoridad que están acabando con el mundo hoy. Este asunto es tratado
frecuente y ampliamente a través de todas las Escrituras por ser vital. Da en el blanco del
corazón mismo de una de las más importantes relaciones de la vida. Es extremadamente
importante, entonces, que los hijos, especialmente los hijos cristianos, entiendan
cuan necesario es que obedezcan voluntaria y alegremente a sus padres.
Pero la sumisión es siempre un camino de dos direcciones. La Palabra de Dios nunca
dice sólo a una parte en estas relaciones: “Sométete al otro”. Dice: “Someteos unos a
otros en el temor de Dios”. Por lo tanto, si es cierto que los hijos han de someterse a sus
padres al obedecerlos, es igualmente cierto que los padres han de someterse a sus hijos.
¿Cómo? veamos el versículo 4:
Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina
y amonestación del Señor.
Se ha demostrado que esta palabra traducida como padres incluye tanto al padre como a
la madre. Las madres pueden imponer reglas, pero es la tarea del padre el hacerlas
cumplir y ver que sus hijos se crían apropiadamente. No hay nada que sea más ofensivo
para el espíritu del cristianismo que la actitud adoptada por muchos padres: “Mi trabajo
ganar el dinero; el trabajo de la madre es criar a los hijos”. ¡No en la Palabra de Dios! En
la Biblia, la responsabilidad final de en lo que se convierte el hogar cae sobre el padre. Así
que la palabra se dirige al padre.
Esta es la forma en la que un padre se somete a sus hijos, al evitar deliberadamente las
cosas que hacen que el hijo se rebele: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. La palabra
para ira aquí utilizada aquí significa “ira que resulta en una rebelión ¿Qué causa esto?
Hay dos cosas que causan la rebelión en los hijos, dos cosas que provocan al hijo a
rebelarse en contra de sus padres: la permisividad y la crueldad. Estos dos aspectos
son el negativo de dos cosas que instruye al padre que haga: “Criadlos en disciplina y
en amonestación (o exhortación) del Señor”. Los opuestos de estos son la
permisividad y la crueldad. Esas dos provocan a un hijo a ira.
Evitemos la crueldad y la complacencia, ya que cualquiera de esos dos producirán el
mismo resultado: la rebelión y los brotes de violencia.
La falta de disciplina producirá un niño inseguro, triste y egocéntrico. Eso es lo que
llamamos “un niño mimado”, el muchacho crece esperando que todo siempre sea de la
forma que él quiere y quien pisotee los sentimientos de todo el mundo. Esto es producto,
en nuestros días, por un espíritu de permisividad que permiten que los hijos tomen
decisiones que ningún niño es capaz de tomar. Los padres deben aprender que necesitan
tomar las decisiones por el niño durante bastante tiempo en su vida, y solo gradualmente
ayudarle a aprender a tomar esas decisiones en tanto que sea capaz de hacerlas. En los
años tempranos de la niñez, los padres deben de tomar casi todas las decisiones. Unas
de las cosas que son terriblemente trágicas en la vida hoy es que muchos padres
permiten a los niños tomar decisiones que son incapaces de ejecutar.
Una falta de disciplina apropiada, más que ninguna otra cosa, creará inseguridad en un
niño. Un niño sin disciplina se siente indeseado y terriblemente infeliz. Los límites que los
padres imponen para los niños son como paredes. ¿Quién no se siente más seguro de
noche en casa porque las paredes están ahí? Los límites disciplinarios son así para un
niño. Hace algún tiempo, leí una historia sobre un padrastro que estaba intentando ganar
la aceptación y la aprobación de su nuevo hijastro comprándole todo lo que el niño quería.
Pero no estaba llegando a ningún sitio. Finalmente, fueron a hacer una caminata por la
naturaleza juntos y llegaron a un sitio donde una cascada caía sobre un peñasco y
formaba una piscina natural a su pie. De pronto el padre notó que la gorra azul de su hijo
estaba flotando en medio de la piscina. Sin pararse a pensar se echó al agua y trató de
encontrar al niño. Se sumergió varias veces, y al final, en vano, se echó exhausto sobre la
orilla. Justo entonces oyó un ruido, y ahí estaba el niño en pie detrás de un árbol. Le dijo:
“¿Tiraste tu gorra en el agua?”. El niño dijo: “Sí, lo hice”. El padrastro dijo: “¿Por qué
hiciste eso?”. El niño respondió: “Quería ver lo que ocurriría”. El padrastro dijo: “Bueno,
ahora mismo lo vas a averiguar”, y le dio una paliza como pocos niños han sido azotados.
De camino a casa en el auto, de pronto encontró los calientes, pequeños dedos
agarrando su mano, y una voz conmovida diciendo: “Lo siento, de verdad que lo siento,
pero no sabía si realmente yo te agradaba, porque nunca me has azotado como los
padres de otros niños lo hacen”. Es una necesidad imperativa que los niños
encuentren disciplina, ya que es la marca del amor. Como el apóstol nos dice en
hebreos, ningún padre nunca tuvo un hijo al que no castigara, porque lo amaba. El castigo
de Dios es eso para nosotros, un signo de amor. Es lo mismo para un niño.
El otro extremo que provoca a un hijo a la revuelta es la crueldad: Una disciplina
severa, exigente, que nunca se acompaña de amor, preocupación o comprensión. La
disciplina rígida, militar, que dice: “Haz esto, o de lo contrario”, inevitablemente llevará al
hijo a la revuelta al llegar a la adolescencia. Me acuerdo de oír de un padre que ordenaba
a su familia con severidad. Había estado en el ejército y trataba de manejar su casa de
esa forma. Reunía a la familia cada mañana, los ponía en fila, la mujer y los niños, y les
daba las órdenes para el día. Un día cuando los tenía a todos en fila, les dijo: “¿Ahora hay
alguna pregunta?”. Un niño pequeño levantó la mano. El padre dijo: “¿Qué quieres?”. El
niño dijo: “¿Cómo puedo salirme de este grupo?”.
Esa es ciertamente la primera pregunta que cualquier niño hará cuando llegue a la
madurez, si ese es el tipo de régimen bajo el cual vive.
La Palabra nos enseña las dos caras; la disciplina y la instrucción (o exhortación) en
el Señor. Al hacerse mayor el niño, la disciplina física ha de ser reemplazada por la
exhortación, por el razonamiento, ayudando a ver a un niño lo que está detrás de las
restricciones, y siempre mostrando preocupación y amor.
Provee un clima emocional en el hogar ―una atmósfera que construye las relaciones
personales con ellos― un sitio de calidez y aceptación. Eso significa pasar tiempo con tus
hijos hasta que te conozcan y tú los conozcas a ellos. Sé un buen ejemplo: las
convicciones expresadas por una vida, admitiendo que cometemos errores, pero
enseñándoles que la gracia de Dios está obrando en nosotros.
No hay nada más importante que esto. ¿Cómo podemos jamás esperar que piensen que
el Señor puede ser “nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” si, en cada crisis en
nuestro hogar, nos encuentran reaccionando con amargura y resentimiento, o con
severidad hacia aquellos que nos hieren? ¿Cómo podemos enseñarles que hay una mejor
forma de manejar las cosas que la fuerza, que el amor es más poderoso que la
enemistad, si no lo practicamos nosotros mismos?
¡Rodéales con una fortaleza de oración, confiando en que el Espíritu de Dios hará lo
mismo que hizo en ti! Esto es de lo más importante, ya que la oración es una fuerza para
mantener a los hijos leales, sinceros, honestos y abiertos. Mantén las líneas de
comunicación abiertas, para que tus hijos puedan crecer para ser un honor para sus
hogares y un honor para Jesucristo, y para que puedan experimentar lo que queremos
que experimenten y que puedan ser hombres y mujeres como Dios planeó que fueran. Es
a esto a lo que somos llamados. Que Dios nos ayude a hacerlo en la luz de la verdad.
Padre nuestro, perdónanos por las muchas veces que hemos cometido errores y nos
hemos tropezado por la oscuridad e ignorancia, estando la luz brillando justo encima de
nuestras cabezas. Señor, enséñanos a acordarnos de Tu gran promesa: “Instruye al niño
en su camino, y ni aun de viejo se apartará de él”. Haz que nosotros, quienes hemos
cometido ya tantos errores, seamos conscientes de ellos, y conscientes de que cuando
comenzamos a caminar contigo, la gracia y la bendición serán el resultado. Tú eres el
Dios del futuro, y el Dios del presente, pero también el Dios del pasado. Tú puedes volver
esos errores en oportunidades para progreso en las vidas de nuestros hijos, así como en
las nuestras. Gracias por tu Palabra y tu Espíritu Santo que nos enseñan en el nombre de
Cristo. Amén.