El hombre en el pensamiento cristiano: el aporte de la antropología
cristiana a la concepción griega
En la cultura cristiana antigua, el pensamiento griego fue asumido por los Padres y
pensadores de la Iglesia tratando de hacer una conciliación entre filosofía y teología. Esto
significa que, siguiendo a san Justino Mártir, podemos decir que las “semillas del Verbo” o
principios verdaderos ya estaban presentes en el pensamiento antiguo de los griegos (Reale y
Antiseri, 1991, 358).
Por esa razón, algunos autores hablan de una continuidad entre ambas concepciones. El
énfasis que los griegos ponen en su concepción del ser humano como alma espiritual, es
asumida por los teólogos cristianos al reducir la realidad humana a esa dimensión espiritual. De
ahí la siguiente expresión de un especialista en la filosofía medieval: Los Padres de la Iglesia
pudieron encontrar en el Fedón la doctrina de la espiritualidad del alma que les hacía falta, y
también hallaron varias demostraciones de la inmortalidad del alma y la concepción de una
vida futura, con un cielo y un infierno, recompensas y castigos. Sin el Fedón, seguramente no
existiría el De Immortalitate de San Agustín.
Esta idea expresa la influencia de Platón en el pensamiento de los primeros teólogos de
la Iglesia en tanto que ellos se inspiran en las obras de ese filósofo griego para formular muchos
de sus conceptos antropológicos. Por eso, se puede considerar, por ejemplo, la doctrina
agustiniana del hombre como una especie de neoplatonismo cristiano.
En la antropología agustiniana se sintetizan elementos de la filosofía griega y la
revelación cristiana (platonismo cristianizado). El existir humano aparece como un alma o un
espíritu inmortal. En el alma del hombre “habita la verdad” (san Agustín, 1964, II, 1). Es decir,
por su dimensión espiritual el hombre encuentra a Dios en lo más profundo de su ser.
Sin embargo, también es necesario resaltar la separación que media entre el
pensamiento griego y la cultura cristiana. Para la revelación judeocristiana el hombre es un ser
libre que se encuentra frente a dos fuerzas antagónicas (la gracia y el pecado) que debe escoger
para alcanzar su condenación o salvación definitiva. Dios no le impone nada; él es quien debe
elegir libremente. Si elige el bien, alcanzará la vida eterna. Si escoge el mal, alcanzará la muerte
y la condenación definitiva.
Como ser solidario con todos los otros seres, el sujeto forma parte de una historia
universal de salvación que arrancaba del paraíso original y se cerraría en la consumación final
de la historia de todo el universo (Ibáñez Langlois, 1978, 76).
En la tradición cristiana, el individuo aparece como una persona libre y como un ser
histórico. En el primer aspecto, es una realidad única e irrepetible que se coloca frente a un Dios
también personal que lo invita a seguir a su Hijo de forma libre y responsable. La libertad es,
así, lo más importante del alma humana, no su logos o razón, como pensaban los griegos. De
esa libre elección depende la eternidad feliz o la condenación eterna del sujeto.
El sujeto no es solo un ser natural, como los otros seres del universo, sino también
sobrenatural en tanto que dotado de alma espiritual. Por esa condición (ser material y espiritual)
en él se sintetizan todas las dimensiones de lo real. Para la tradición cristiana, la dimensión
espiritual es la más importante de la realidad del ser humano. El alma es, sobre todo, libertad
(san Agustín, 1982, Libro I, capítulo XVI).
Todos estos elementos de la antropología cristiana no nacen directamente de una
doctrina teórica revelada, sino de una experiencia viva de fe a la luz de la revelación bíblica. Por
eso ella ha engendrado, a lo largo de la historia, una pluralidad de antropologías diversas: san
Agustín, san Buenaventura, santo Tomás, Pascal, Leibniz, Kierkegaard y otras (Ibáñez Langlois,
1978, 77).
Sin embargo, la influencia del pensamiento griego (dualismo de cuerpo y alma) ha
estado siempre presente en la tradición cristiana presentándole dificultades en su concepción
antropológica. Tanto Platón como Aristóteles exaltan la espiritualidad del hombre en detrimento
de su dimensión corporal. Los pensadores cristianos, en cambio, no pueden asumir esa actitud
negativa frente a lo material porque el cuerpo también es creación de Dios.
El misterio de la encarnación del Verbo y la resurrección de la carne impulsaban a esos
pensadores a optar por una antropología unitaria. La materia es criatura de Dios, asociada a los
más altos misterios de la salvación. El cuerpo no es responsable del mal y de las limitaciones de
la existencia, sino que el pecado original es su fuente fundamental.
Por esa razón, en el Documento Gaudium et spes del Concilio Vaticano II se exaltan la
dignidad del cuerpo y el deber de dignificarlo para glorificar a Dios a través de él (aclaran que el
pecado no viene de lo corporal, sino de la libertad humana que está marcada por la inclinación
al mal con la que nace toda persona [Pablo VI, 1965, No. 4]).
El hombre es imagen de Dios en la totalidad de su existencia y no sólo por su alma
espiritual, como afirmaban los griegos. La caída no reside en la encarnación del alma en el
cuerpo, como sostenía Platón, sino en el pecado original de la primera pareja humana (Adán y
Eva, según el Génesis).
Santo Tomás asume la doctrina aristotélica (unidad de materia y forma) para exaltar la
armonía del cuerpo y del alma: esta es una potencia natural de la persona, un poder intrínseco
del alma individual que da forma y consistencia a lo material. Es inmortal. Por eso, la persona
subsiste después de la muerte, aunque el cuerpo desaparezca (santo Tomás de Aquino, 1973, c.
76, a. 1).
Por su alma espiritual, que viene de Dios en su acto creador, el sujeto puede conocer las
formas inteligibles de las cosas (conceptos, ideas abstractas) mediante el proceso de abstracción
de la mente. El alma es principio de vida. Por eso, es el “acto primero” o ley estructurarte del
organismo humano.
De esta forma, la síntesis tomista es una explicación coherente y unitaria de los distintos
elementos que constituyen la existencia humana: su corporeidad o animalidad humana, la
espiritualidad e inmortalidad del alma, la unidad substancial del alma y cuerpo.
De esta forma, aunque es fundamentalmente una religión (doctrina de salvación), el
cristianismo aporta una visión del hombre y del mundo, distinta de otras concepciones
antropológicas y cosmológicas que se han desarrollado en la historia.
Como doctrina revelada por Dios exige, para ser aceptada, una actitud de fe de parte de
quien la recibe para que, a través de ella, pueda alcanzar la Salvación.
Esa revelación sobrenatural contiene un conjunto de verdades, naturales y
sobrenaturales, que han enriquecido la reflexión y el conocimiento del hombre. En el primer
caso nos encontramos con principios como la existencia necesaria de Dios, su unidad
substancial, su trascendencia e inmanencia, la creación de la nada, el hombre es una unidad de
cuerpo y alma, la inmortalidad del alma, la libertad del hombre.
En cuanto verdades sobrenaturales conocemos el misterio de la Santísima Trinidad o el
de la unión hipostática de esa Trinidad. Todas esas verdades han fecundado la inteligencia
humana y han dado pie a la reflexión filosófica para el descubrimiento de nuevas principios que
permiten entender o comprender la realidad humana (Saranyana, 1985, 27-28).
La primera fuente de inspiración de esas verdades son la Sagrada Escritura (revelación
sobrenatural de Dios) y la tradición de la Iglesia (Santos Padres y Magisterio Eclesiástico). De
ambas nace una doctrina propia de la fe cristiana que ha servido de base para muchas culturas y
concepciones teóricas sobre distintos temas que preocupan al hombre de cada época histórica.
Específicamente, en el campo antropológico, de la doctrina cristiana se deriva una
visión de la existencia humana en la que el individuo no es simplemente un elemento más del
universo, sino una criatura privilegiada que ha sido creada por Dios a su “imagen y semejanza”.
Ese ser imagen divina del hombre ha llevado a otorgarle un lugar especial en el
conjunto del universo dado que experimenta una atracción particular a la comunión con Dios.
Por eso, nada en el mundo le satisface. De ahí, la feliz expresión de san Agustín: “Nos hiciste
Señor para Ti, y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en Ti” (1964, Libro VII, 10,
18).
El hombre busca, así, asemejarse cada vez más a Dios. De ahí nace su incansable
búsqueda de la verdad y del conocimiento. La ciencia y la técnica, incluso, nacen de ese
esfuerzo humano por ir siempre adelante transformando las cosas para ser “como Dios”
(Génesis, 3, 5).
En la época patrística se define al ser humano como una “criatura real” y en la filosofía
medieval como un “microcosmos” en cuanto que es síntesis de lo espiritual y material. Esto
significa que es un ser especial frente a todas las cosas creadas porque en él se sintetizan todas
las dimensiones de lo real.
Bajo la influencia del pensamiento griego, los cristianos conciben al hombre como alma
(psique), pero individual, no universal. Es un espíritu individual y encarnado.
Por esa razón, según Étienne Gilson, el aporte fundamental de la doctrina cristiana a la
concepción antropológica antigua es su visión de la existencia humana como una unidad
substancial de cuerpo y alma en la que esta no perece con el cuerpo, como afirmaba Aristóteles,
sino que sobrevive a la muerte porque es inmortal (1981, 183-184).
Pero lo que sobrevive a la muerte no es solo el alma, sino también el cuerpo, quien está
llamado a la resurrección de la carne (1 Cor., 15, 12-19).
La antropología cristiana pone, así, un énfasis particular en la santidad del cuerpo
porque él es el “templo de Dios” (1 Cor., 6, 19). Los griegos, en cambio, como en Platón, hacen
una interpretación negativa de la corporeidad del hombre porque lo consideran una “cárcel del
alma” (Platón, 1998, 393).
Aunque algunos teólogos cristianos, como san Agustín, no pudieron escapar de esa
influencia de Platón, que consideraba al hombre como un compuesto de dos substancias
distintas (el alma y el cuerpo) que estaban unidas solo como producto de una caída, una gran
cantidad de ellos resaltó la unidad de ambas al concebir al sujeto como una única substancia
compuesta de dos elementos: materia y alma. Esta es la forma que actualiza o da vida a la
primera. Por eso, no pueden subsistir de forma separada.
Aunque en un principio los Padres de la Iglesia se inclinaron por Platón para defender la
inmortalidad del alma (vida después de la muerte), los teólogos medievales, como santo Tomás,
tuvieron que apartarse de él para exaltar la unidad substancial del hombre.
Esto se debe a que la tradición bíblica judeocristiana no tiene esa visión dualista, sino
que, en ella, el ser humano ha sido creado por Dios en su alma y en su cuerpo. Es decir, Dios lo
ha creado integralmente como unidad de ambos elementos. Así se expresa en Génesis, 2, 7,
texto según el cual Dios crea a la criatura humana del barro de la tierra (elemento terreno), pero
inmediatamente “insufla” sobre él el espíritu como su principio de vida (elemento espiritual).
Otro aspecto importante del aporte de la tradición cristiana a la concepción
antropológica en la historia del pensamiento es el énfasis que ella pone en el individuo concreto.
Cada individuo es un sujeto personal que ha sido llamado por Dios a alcanzar la salvación en la
historia. No es una entelequia o inteligencia universal que es individuada por la materia, como
pensaba Aristóteles, sino un individuo particular que experimenta la acción de un Dios personal
que quiere salvarlo en su misma historia concreta.
La revelación cristiana, así, nos presenta la imagen de un Dios amor y misericordioso
que entra en contacto con cada sujeto particular para redimirlo. Este, sin embargo, debe elegir
libremente si acepta o no esa salvación divina. Por eso, el concepto de libertad es fundamental
en esta interpretación de la existencia humana como historia de salvación. Para los griegos, en
cambio, al ser el hombre una realidad espiritual (psique), su dimensión material particular es
“accidental”. Por eso, prevalece el concepto de un ser humano universal que solo es
individualizado por causas accidentales por su relación con el cuerpo (Coreth, 1976, 52).
El mal en el mundo, además, no nace de un principio metafísico autónomo
(maniqueísmo), sino de la voluntad libre y personal del sujeto humano que decide apartarse de
los preceptos divinos. El mal, entonces, es producto de la libertad del hombre. Frente a esa
maldad humana, Dios decide también libremente redimirlo de sus culpas enviando a su Hijo
como Salvador (misterio de la encarnación). La salvación, así, no es un acto necesario de la
divinidad, sino producto de una acción amorosa y misericordiosa de ese Dios que es Amor y
que “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y vida” (Ez., 18, 21-28).
Todo lo anterior nos permite, así, comprender los aportes teológicos a la reflexión
antropológica que se ha desarrollado en la historia a partir de la época de los griegos.