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La Puerta Al Pais de Las Mujeres - Sheri S. Tepper

El documento presenta un resumen de la novela de ciencia ficción La puerta al país de las mujeres de Sheri S. Tepper. Narra una sociedad futura organizada de forma diferente trescientos años después de un holocausto nuclear, donde las mujeres ya no están obligadas a estar en desventaja. Las ciudades están amuralladas y protegidas por guerreros cultivadores de la violencia más allá de las murallas.

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La Puerta Al Pais de Las Mujeres - Sheri S. Tepper

El documento presenta un resumen de la novela de ciencia ficción La puerta al país de las mujeres de Sheri S. Tepper. Narra una sociedad futura organizada de forma diferente trescientos años después de un holocausto nuclear, donde las mujeres ya no están obligadas a estar en desventaja. Las ciudades están amuralladas y protegidas por guerreros cultivadores de la violencia más allá de las murallas.

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Han

pasado trescientos años desde que se produjera el gran holocausto


nuclear. Para que no se repita un desastre parecido, la sociedad se ha
organizado de otra forma, según la cual, por una vez, las mujeres no están
obligadas a llevar siempre las de perder. En las amuralladas ciudades de las
mujeres se mantiene una parte de la cultura del pasado. Más allá de las
murallas y tras la Puerta al País de las Mujeres, las guarniciones de
guerreros cultivan la violencia y luchan sin cesar para defender las ciudades,
al tiempo que traman la revolución y la alteración insurreccional del statu
quo. Pero para las mujeres, los hombres de las guarniciones son sus propios
hijos, hermanos y amantes, a los que pueden perder para siempre, si, tras el
periodo de formación militar en la adolescencia, deciden no volver a las
ciudades.

«Con la Puerta al País de las Mujeres, Sheri S. Tepper ha creado un libro


ejemplar que muestra todas sus virtudes, y que, además, es conmovedor y
profundo. Estoy francamente impresionado». —Stephen R. Donaldson.

«Deliciosa y sugerente. Tepper sabe escribir una historia bien construida y


dinámica con personajes atrayentes. Afronta los riesgos mentales
necesarios, ésos que son el sustento de la ciencia ficción y de toda la
narrativa con imaginación». —Ursula K. Leguin, Los Angeles Times.

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Sheri S. Tepper

La puerta al país de las mujeres


ePub r1.0
Red_S 11.11.13

www.lectulandia.com - Página 3
Título original: The gate to women's country
Sheri S. Tepper, 1988
Traducción: Adriana Oklander

Editor digital: Red_S


ePub base r1.0

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PRESENTACIÓN
Recientemente, en la visita que en junio hiciera a España Charles N. Brown, editor
de LOCUS, tuvimos oportunidad de hablar de Sheri S. Tepper. Charles me mostró la
maqueta del número de LOCUS correspondiente a julio de 1994 (no publicado
todavía cuando escribo estas líneas). Aunque pueda parecerlo, no es casualidad que
Sheri S. Tepper ocupe la portada de ese número de LOCUS. Charles, al igual que yo,
está convencido del gran interés de la obra de Tepper.
LOCUS suele ilustrar sus portadas con la foto de sus entrevistados y por lo
general no hay repeticiones, salvo excepciones. En realidad, en un rápido repaso a
las portadas de LOCUS a partir de 1990, sólo se descubren dos casos: Dan Simmons
(tres fotos en portada) y Sheri S. Tepper (dos). El dato me parece sumamente
significativo.
Y no es por azar, porque Sheri S. Tepper es una de las autoras más interesantes e
importantes que ha proporcionado la ciencia ficción en los últimos años. Tal y como
me decía Charles Brown: «Esta mujer tiene un mensaje que transmitir». Y, en un
mundo tan profesionalizado como la ciencia ficción norteamericana reciente, no
cabe duda de que hay buenos profesionales, buenos maestros del oficio de narrar,
pero no todos tienen un mensaje importante que transmitir. No todos disponen de ese
algo que guíe, desde el fondo último de las intenciones, su obra de escritores y la
lleve más allá de un oficio con el que ganarse la vida.
Sin embargo no quisiera quedarme en LOCUS, a cuya autoridad debemos
recurrir en NOVA ciencia ficción por su gran influencia en el género. Debo decir,
para disgusto de los que creen que mi opinión se inspira sólo en LOCUS, que mi
interés por Tepper es anterior a cuando, en agosto de 1991, LOCUS concediera a
esta autora honores de portada por primera vez.
Publicamos DESPERTAR (NOVA ciencia ficción, número 51) en abril de1992
pero, evidentemente, había sido contratada a principios de 1991 (en esta colección
acostumbramos a trabajar con casi dieciocho meses de adelanto y, por poner un
ejemplo, en junio de 1994 ya están contratados los títulos que se publicarán hasta
febrero o marzo de 1996…). Volviendo a Tepper, la verdad es que no me atreví a
incorporar esta autora a nuestra colección con la novela que hoy presentamos, mi
gran favorita de la interesantísima obra de Tepper posterior a 1986. DESPERTAR
fue algo así como una presentación de LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES,
la novela que realmente había suscitado mi interés por esta autora.
Como el lector comprobará, el mensaje de Tepper al que se refería Charles
Brown se hace evidente con gran claridad en LA PUERTA AL PAÍS DE LAS
MUJERES . Precisamente por eso me pareció difícil presentarlo en España
inmediatamente después de que el primer traductor de Tepper al castellano criticara

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duramente el trabajo (y en realidad el «mensaje») de Tepper. Lo hizo en una
sorprendente crítica posterior a la edición española de HIERBA, novela que había
sido finalista del Hugo de 1990 y que, lamentablemente para mí, Ultramar logró
contratar sólo escasos días antes de que se me ocurriera hacer una oferta. En
cualquier caso, de este lamentable tema ya se habla en la introducción a
DESPERTAR que, sabedor de la gran inteligencia de los lectores de NOVA ciencia
ficción, estoy seguro conocerán.
El problema reside en que Tepper es una gran narradora y, además, tiene algo
importante que comunicar. A menudo, por desgracia, algunos autores con algo que
decir lo dirigen de forma equivocada, de manera que el «mensaje» domina en exceso
sobre la voluntad narrativa y la realidad novelística. No ocurre así en el caso de
Sheri S. Tepper quien, aun teniendo un claro mensaje que transmitir, domina como
pocos el arte narrativo. Por eso preferí presentarla en nuestra colección con
DESPERTAR, una obra en la que se evidencia ese dominio narrativo que suscitó
precisamente la admiración de críticos, a veces de criterios opuestos, que
comentaban así DESPERTAR:

Tepper inserta un gran número de personajes centrales, con sus propias


motivaciones, obsesiones y limitaciones y, al margen de sus historias individuales,
crea un verdadero refugio, uno de esos mundos nada frecuentes en los cuales un
lector puede evadirse completamente.
LOCUS.

La trama es exquisita… los personajes se hacen vivos… El conjunto está imbuido


de un maravilloso sentido de fantasía… No se lo pierda.
ANALOG.

Sheri S. Tepper posee un talento extraordinario y con cada nuevo libro se supera a
sí misma. Todavía no sé qué es lo que más me gusta, si los mundos que crea o la
forma en que escribe sobre ellos.
Stephen R. Donaldson.

Afortunadamente, ahora el lector español ya habrá constatado que Tepper es una


gran narradora gracias a títulos como DESPERTAR, HIERBA o TRÁS EL LARGO
SILENCIO, cuya publicación en tres editoriales distintasdemuestra el interés
generalizado por la producción de esta autora. Por ello creo que es el momento
adecuado para presentar la obra que, a mi juicio, muestra con mayor claridad la
razón última por la cual escribe Sheri S. Tepper.
Al igual que DESPERTAR, LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES, ha

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concitado, cómo no, la admiración de brillantes escritoras directamente interesadas
por el mensaje no-sexista de la obra de Tepper. Tal es el caso de Ursula K. Le Guin,
quien se refiere a la presente novela y a su autora con las siguientes palabras:

Deliciosa y sugerente. Tepper sabe escribir una historia bien construida y


dinámica con personajes atrayentes. Afronta los riesgos mentales necesarios, ésos que
son el sustento de la ciencia ficción y de toda narrativa con imaginación.
Pero LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES ha despertado también la
admiración de narradores más clásicos, más interesados enlos valores meramente
narrativos que en el contenido ideológico, como, por citar un único ejemplo, Stephen
R. Donaldson:

Con LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES, Sheri S. Tepper ha creado un


libro ejemplar que muestra todas sus virtudes, y que además es conmovedor y
profundo. Estoy francamente impresionado.
Sheri S. Tepper se sitúa así con gran autoridad entre esas mujeres que utilizan
con suma habilidad la ciencia ficción para imaginar, entre otras cosas, sociedades
distintas en las que el dominio de un sexo sobre el otro no sea la realidad cotidiana.
De eso trata, en el fondo, LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES.
La acción se desarrolla trescientos años después del gran holocausto nuclear.
Para que no pueda repetirse un desastre parecido, la sociedad se ha organizado de
otra forma distinta y, por una vez, las mujeres no están obligadas a llevar siempre las
de perder. En las amuralladas ciudades de las mujeres se mantiene una parte de la
cultura del pasado. Más allá de las murallas y tras LA PUERTA AL PAÍS DE LAS
MUJERES, las guarniciones de guerreros cultivan la violencia y luchan sin cesar
para defender las ciudades, mientras traman la revolución y la alteración
insurreccional del statu quo . Pero para las mujeres, los hombres de las guarniciones
son sus propios hijos, hermanos y amantes a los que pueden perder para siempre si,
tras el periodo de formación militar en la adolescencia, deciden no volver a las
ciudades.
Ése es el planteamiento general de una novela irrepetible que ha levantado todo
tipo de polémicas. Es una clara hipótesis de inspiración feminista en la que, tras la
consabida hecatombe nuclear, la civilización se reconstruye bajo el dominio de las
féminas, que mantienen a los varones en una ridícula autocontemplación fálica,
consagrados a la lucha y al culto y cultivo de sus cuerpos, mientras ellas gestionan y
rigen la sociedad. Como era de esperar, algunos críticos y estudiosos (varones,
claro) han caído en la trampa y han acusado a Tepper de «nazismo feminista», sin
darse cuenta (o tal vez sí…) de lo mucho de espejo agrio e irónico que tiene esta
interesante e interesada novela de una narradora competente e inteligente. Pero no
es sólo la hipótesis feminista (yo prefiero etiquetarla de «humanista») la que da valor

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a LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES, sino el cuidado con el cual Tepper
construye esa sociedad postcatástrofe y el detalle con que define a sus personajes.
Ese mismo detalle por la trama y por la psicología de los personajes caracteriza toda
su obra novelística a partir de DESPERTAR (1987.)
Debo reconocer que la ciencia ficción no ha mostrado excesivas capacidades
revolucionarias y subversivas. El predominio de la ciencia ficción norteamericana ha
conseguido, en demasiadas ocasiones, difundir la idea de la potencialidad implícita
en la actuación de un individuo excepcional y voluntarioso que se esfuerza en la
solución de los problemas. El culto al individualismo es tal vez una síntesis posible
en obras de autores clásicos y de derechas como Robert A. Heinlein, pero,
sorprendentemente, también está presente en obras clásicas de la crítica social, por
ejemplo: MERCADERES DEL ESPACIO, de autores más radicales como Pohl y
Kornbluth.
En realidad la verdadera subversión en el género ha llegado de la mano de autoras
como Le Guin, McIntyre, Russ, Cherryh y la misma Tepper (entre otras muchas), que
han osado describir sociedades distintas en las que, por lo menos, la opresión de un
sexo por el otro no es la norma habitual.
Porque la opresión por el sexo, como la opresión por la riqueza, la raza o la
religión son algunas de las lacras más graves de la organización social hoy
dominante en el planeta. Uno de los grandes éxitos de la ciencia ficción estriba,
precisamente, en atreverse a pensar sociedades distintas en las cuales se anulen esas
opresiones. Y en esa línea se encuentra LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES
pues nos plantea algunas preguntas que no siempre acuden a nuestra mente con la
asiduidad que debieran: ¿Cómo puede aceptar un varón depender de otra persona
en cosas tan imprescindibles para la supervivencia como son los actos elementales
de la vida cotidiana: procurarse la comida y hacérsela, lavar la ropa, etc.? ¿Cómo
no ha de sentirse disminuido un ser humano que acepta como compañera a otro ser
humano a quien él mismo (o la organización social en la que se ampara) mantiene en
un estado desumisión y desamparo? ¿Qué puede obtenerse que valga realmente la
pena —y no sólo procure comodidades— de la convivencia con un criado a quien en
la mayoría de los casos se explota, precisamente por ser de otro sexo?
La respuesta, me temo, está en el poder y en la voluntad que algunos humanos
tienen de poseerlo. Poder sobre los más pobres, sobre los de otra raza, sobre los de
otro sexo, sobre los de otra religión, en resumidas cuentas, sobre otros seres humanos.
En el fondo, el problema deriva de cómo es posible que un ser humano que desee,
busque, posea y use ese poder sobre otros seres humanos no se sienta disminuido en
su humanidad. Es evidente que el dominado sufre pero, aunque tal vez parezca una
paradoja (y sin olvidar las penalidades que los dominados pueden llegar a pasar), el
dominador pierde aún mucho más que el dominado: pierde su humanidad. Y eso, en

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definitiva, es el único rasgo de verdadera importancia, lo que nos caracteriza y no la
riqueza, la raza, el sexo o la religión.
No hay que olvidar que la opresión por el sexo, frecuentemente escamoteada con
el eufemismo de la «desigualdad», es una de las más frecuentes en nuestra sociedad.
Por todo ello, la sociedad que Tepper imagina tiene sentido. Incluso algún
sociólogo diría que la organización social del País de las Mujeres es
claramente«funcional» y que, en ella, todo tiene su lugar, función y razón de ser. En
realidad, Tepper va dejando retazos de su «funcionalidad última» a lo largo de la
narración, aun cuando, como es lógico, sólo la expone explícita y claramente al final
del libro. No voy a esconder el hecho de que me gustaría muchísimo comentar esa
«funcionalidad última» y sus posibles consecuencias. Pero no puedo hacerlo aquí, ya
que el lector debe ir descubriéndola por su cuenta. Sí diré que, aunque mi sexo sea el
masculino, prefiero un mundo como el que imagina Tepper. Estoy convencido de que
le espera un mejor futuro que a nuestra organización social.
Para finalizar quisiera señalar que novelas como ésta confieren a la ciencia
ficción su gran riqueza y potencialidad: amenidad narrativa, capacidad de
sugerencia e ideas polémicas y brillantemente imaginadas. Eso es, precisamente, lo
mejor de la ciencia ficción, la especulación inteligente vehiculada por una narrativa
eficaz y emotiva. LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES es un verdadero hito en
el género. Para mí es un verdadero orgullo publicar esta novela de Tepper en nuestra
colección.

MIQUEL BARCELÓ

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Capítulo 1
Stavia se vio a sí misma como en un cuadro, desde fuera, una figura ataviada con
capa oscura que avanzaba por una calle empedrada, cuyos adoquines brillaban bajo la
suave llovizna de primavera. A ambos lados, los desagües emitían risitas y gorgoteos
infantiles, diminutos arroyuelos divertidos consigo mismos. Las ventanas de los
edificios, iluminadas por las velas, se sonreían unas a otras desde la protección de los
muros… aunque el resguardo no lograba impedir que la lluvia salpicase los cristales e
hiciese llorar un poco las velas, un llanto sensual como el que sobreviene después de
un drama de amor perdido o no correspondido.
Como le ocurría en estas ocasiones, Stavia sintió que se convertía en una actriz
interpretando una obra desconocida, insegura de los parlamentos o de la trama,
recelosa del final. Suponiendo que existiese algún final. Frente a lo asombroso e
inesperado, su identidad cotidiana se quedaba perpleja y cedía su lugar en el
escenario, con una mano extendida hacia las bambalinas para dar el pie a otro
personaje: una Stavia más capaz, más dotada con la soltura o el poder de improvisar
que los acontecimientos requerían. Cuando aparecía el personaje apropiado, su
identidad cotidiana permanecía curioseando entre bastidores, aturdida por la
confusión desconocida del diálogo y la escena que la otra, esta actriz Stavia, parecía
capaz de manejar. Por lo tanto, cuando esa noche recibió el inesperado
emplazamiento de Dawid, la Stavia de todos los días se había retirado entre
bastidores y había dejado las tablas a esta otra persona, a esta figura de capa oscura
que avanzaba con pasos firmes hacia la Puerta de la Batalla, entre las ventanas
iluminadas y los puestos de pescado y de fruta.
Stavia la observadora reparó particularmente en la calidad de la luz. Apagada.
Gris nublado y sombras verdes de hojas. Muy apropiada para el ambiente de la pieza.
Nostálgica. Melancólica sin llegar a resultar completamente depresiva. Unos rayos
crepusculares atravesaban las nubes del oeste en haces largos y misteriosos, como
reflectores de un reino celestial en busca de un ángel perdido, o de algún alma
escapada del Hades que tratara desesperadamente de encontrar el camino al paraíso.
O tal vez buscaban una barca de pesca, aunque por el momento Stavia no alcanzara a
imaginar ninguna razón para que los seres celestiales necesitasen una barca pesquera.
Junto a la Fuente de la Extinción, cuyas albardillas talladas resplandecían bajo el
agua que corría fundiendo su música con el gorgoteo general, la calle iniciaba su
descenso desde el Templo de la Señora hasta la plaza ceremonial y el muro
septentrional de la ciudad. A la derecha, las tiendas de las artesanas formaban una
larga hilera, cuyas ventanas oscuras miraban ciegamente la calle: fabricantes de velas
y de jabón, acolchadoras, tejedoras. Sobre la izquierda, el parque se abría hacia el
noroeste en amplias extensiones de verde y penumbra, pasando por la construcción

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cóncava del teatro estival donde, esta temporada, Stavia interpretaría el papel de
Ifigenia. Alguien tenía que hacerlo, pensó. Interpretar el papel. En el teatro estival.
En el parque.
La brisa marina arrastró un aroma a pino y a flores primaverales. Stavia se detuvo
un momento, preguntándose qué tendría en mente el escenógrafo. ¿Se suponía que
esto debía traerle algún recuerdo? La intimidad de las velas, los desagües
gorgoteantes que conducían a toda esa dulce tristeza de resplandor verde y bruma
suavemente perfumada… En realidad, era demasiado pronto para saberlo. Tal vez no
fuera más que la dirección errada, aunque hubiese sido pensada como leitmotiv.
En la base de la colina, la calle se nivelaba y se adentraba en la Plaza de los
Guerreros, un adoquinado inexorable cercado por tres lados con varios pisos de
columnatas vacías e inmutables. Las galerías de piedra eran antiguas estructuras
anteriores a la convulsión. Ya no se construía nada parecido. Nada tan enaltecido, tan
imponente, tan innecesario. El área ceremonial parecía mucho más desierta que las
calles a sus espaldas. Los arcos lloraban pidiendo espectadores; las piedras bruñidas
de la plaza suplicaban por los pasos de una marcha, el repicar de los tambores, el
movimiento de las plumas y el sonido de las lanzas apoyadas en posición de saludo.
La plaza gimoteaba en su desamparo, como una amante abandonada.
Oh, sí, el trayecto había sido ideado como un leitmotiv. Al ver la plaza Stavia
estuvo segura.
Tres lados de la plaza estaban cercados por las columnatas. Sobre el cuarto lado
se alzaba la enorme muralla, apuntalada por contrafuertes, refulgente con mosaicos,
horadada por la Puerta de los Protectores, la Puerta de la Batalla y la Puerta de los
Hijos de Guerreros, que formaban un tríptico de bronce y madera con escenas de
triunfo y masacre. La Puerta de los Protectores se encontraba a la izquierda de estos
soberbios accesos, y Stavia permaneció delante de ella un largo rato. Como si desde
la butaca de un teatro observara los dóciles pliegues de su capa fusionados con el
metal implacable. Al fin alzó su vara y golpeó las tres veces indicadas, sin mucha
fuerza. Seguramente la estaban esperando.
En la base de la gran puerta, la pequeña puerta se abrió; con un aspecto
absolutamente calmo, Stavia cruzó el umbral y atravesó el breve corredor. En el salón
de sesiones se encontró con una guardia de honor. Y con Dawid, por supuesto.
¿Cómo podía haberse olvidado de que él ya tenía quince años? Bueno, en realidad
no lo había olvidado. Ella había cumplido treinta y siete, por lo tanto él tenía quince.
Ella tenía veintidós cuando… cuando sucedió todo. En realidad, toda esa simulación
de que el emplazamiento era inesperado no había sido más que una actuación, un
intento inútil por convencerse de que podía ocurrir algo imprevisto, aunque ella sabía
muy bien lo que requería la trama. A pesar de las habituales visitas de Dawid durante
las vacaciones, dos veces al año. La timidez inicial de la primera separación se había

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convertido en cariño, luego nuevamente en timidez y, al fin, en un distanciamiento
que, no por esperado, resultaba menos doloroso. A pesar de todo, Stavia había
decidido seguir pensando en él como cuando era un pequeño de cinco años y fue a
reunirse con los guerreros.
Por lo tanto, ahora debía cuidarse de no hablarle a ese niño, ya que quien se
enfrentaba a ella con su peto lustrado y su yelmo alto, frunciendo los labios, no era
ningún niño. Ya no.
—Dawid —dijo con formalidad mientras se inclinaba un poco para mostrarle el
debido respeto—. Caballeros —añadió, para indicar que a ellos también los
respetaba. Había que concederles eso; ya que no se les podía conceder más. Stavia se
atrevió a echar un rápido vistazo a la fila de rostros sobre las armaduras brillantes.
Inconscientemente había esperado encontrar rostros conocidos, pero eso era
imposible. Los que estaban allí eran jóvenes. No había ningún semblante viejo.
Ninguno en absoluto.
—Señora —entonó un miembro de la hueste. Marcus, pensó Stavia, examinando
lo que podía ver de sus facciones a través del yelmo; probablemente era Marcus,
aunque podría haber sido otro hijo de su hermana Myra. El parecido entre ellos
siempre había sido desconcertante, incluso de niños—. Señora —repitió—. Vuestro
hijo guerrero os saluda.
—Yo saludo a mi hijo guerrero —dijo la actriz Stavia mientras la que observaba
sollozaba en silencio, como correspondía a la ocasión.
—Yo os desafío, señora —intervino Dawid. Su voz era clara, muy clara, casi
infantil, y Stavia supo que había estado practicando esa frase en la sala de duchas y
en los rincones del refectorio, desesperado por escuchar en ella el eco vibrante de la
autoridad. No obstante, su voz vaciló con la incertidumbre de un niño.
—¿Sí? —le preguntó Stavia, inclinando la cabeza hacia un costado—.
—¿Cómo os he ofendido?
—Durante mi última visita a casa. —Pronunció las palabras con un encono que
ella sólo había creído posible en un guerrero maduro. «Visita a casa», como si se
tratara de algo sucio; bueno, tal vez lo era—.
Me hicisteis una sugerencia que es un insulto a mi honor.
—¿Eso hice? —La actriz Stavia se mostró apropiadamente confundida—. No
recuerdo nada.
—Dijisteis… —Su voz vaciló—. Dijisteis que sería bienvenido si regresaba a la
casa de mi madre, trasponiendo la Puerta al País de las Mujeres.
—Bueno, y es verdad —respondió ella con calma, ansiando terminar con aquella
farsa para poder regresar a casa y llorar—. Lo mismo vale para cualquiera de nuestros
hijos.
—Señora, ¡os he emplazado aquí para deciros que semejante sugerencia es una

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afrenta a mi honor! Yo ya no soy vuestro hijo. Me enorgullezco de declararme hijo de
los guerreros. ¡Me he convertido en un Protector!
En fin, ¿y qué esperaba? Sin embargo, por unos momentos, Stavia no pudo
responder. La observadora se impuso sobre la actriz, sólo unos instantes, buscando en
ese rostro algo del Dawid de cinco años, el poderoso cazador de saltamontes, el que
atronaba con su tambor de juguete, el que entonaba canciones infantiles, el triunfador
en las carreras de saltos desde la casa hasta la tienda de dulces. Ese niño de labios
suaves y ojos graves. Ya no estaba. No existía.
No, ahora todo era bronce y cuero. En su brazo lucía el tatuaje de la guarnición de
Marthatown. A juzgar por el corte en la barbilla, se había afeitado, aunque su piel
parecía suave como la de un bebé. No obstante, los brazos y el torso eran musculosos,
casi como los de un hombre adulto. Dispuesto para el amor. Dispuesto para la
masacre.
Termina con esto, gimió la observadora Stavia.
—Entonces, renuncio a todo derecho sobre ti, Dawid, hijo de los guerreros. No es
necesario que vuelvas a visitarnos. —Una pausa para las palabras que no eran
obligatorias, pero que estaba determinada a pronunciar. Le haría saber, incluso en
aquel momento, que la espada tenía doble filo—. No eres mi hijo.
Inclinó la cabeza y por un momento temió que el marco que le sobrevino le
impediría erguirla. Pero entonces la actriz acudió en su ayuda y Stavia dio media
vuelta para encontrar el camino casi por instinto. Las mujeres no podían regresar a
través de la Puerta de los Protectores. Había un corredor a su izquierda, se dijo,
recordando lo que le habían indicado. De algún modo logró llegar a él con pasos
firmes, sin apresurarse ni rezagarse. Stavia no aceleró la marcha ni siquiera cuando
sonaron los silbidos a su espalda. Silbidos de serpiente, pero sólo unos pocos, tal vez
producidos por un solo par de labios, y éstos no eran los de Dawid. Stavia había
seguido las reglas del juego desde que Dawid nació, y todos esos autómatas
enfundados en metal lo sabían. No podían silbarla con la conciencia tranquila, y sólo
los fanáticos lo harían. A pesar de ellos, Stavia no huiría. No, no y no. Esto se haría
debidamente, ya que era necesario hacerlo.
Entonces, al final del estrecho corredor, lo vio por primera vez. La puerta que
causaba todo aquel revuelo, estrecho y anodino. La Puerta al País de las Mujeres, tal
como se lo habían descrito: una simple hoja de madera pulida, con una placa de
bronce donde se veía al fantasma de Ifigenia con una criatura en sus brazos, frente a
los muros de Troya. A la derecha había un pestillo de bronce con la forma de una
granada. Estaba colocado bien bajo, para que hasta una mujer bajita llegase a él
fácilmente. Los ojos de Stavia se posaron sobre él, su pulgar lo presionó hacia abajo y
la puerta se abrió suavemente sobre los goznes bien engrasados.
En la galería de la plaza, a la cual se abría la puerta, le aguardaba el viejo

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Septemius Bird con sus dos sobrinas, Kostia y Tonia, cuyo exotismo de gemelas
idénticas se había vuelto tan precioso y familiar para ella. Aunque no habían sido
amigas en la infancia, ahora eran vecinas, y Morgot debía de haberles contado que
había llegado el emplazamiento. Beneda estaba allí con ellos, aunque en realidad
Stavia no deseaba verla, no en ese momento. Beneda también era una vecina y de
algún modo había averiguado lo de Dawid. Bueno, en cierto modo tenía derecho. Por
otra parte, Beneda siempre se enteraba de esta clase de cosas.
—¿Sola? —le preguntó ahora.
A Beneda le gustaban las preguntas retóricas y las frases puramente exclamativas.
Necesitaba llenar todos los silencios con pequeñas explosiones de sonido, como una
traca que una vez encendida no podía dejar de estallar, aunque seguramente lo hacía
para alejar a sus propios demonios. Por lo tanto repitió:
—Ah, Stavia, así que regresas sola. Como he hecho yo, como hemos hecho todas.
Lo sentimos, Stavia, lo sentimos.
Stavia, que la había querido mucho y todavía la quería, hubiese deseado decirle
que cerrase la boca, por todos los cielos, pero en lugar de ello se limitó a sonreír y le
cogió la mano con la esperanza de que Beneda se callase por no encontrar nada que
decir. ¿Qué había para decir? ¿No se lo habían dicho y repetido todo hasta la
saciedad?
En cambio, Septemius sabía cómo consolarla.
—Vamos, doctora. Estoy seguro de que no ha sido peor de lo que esperabas, y
estas muchachas mías han ido a la Fuente de la Extinción a llenar una tetera. Nos
espera una buena taza de té.
El brazo que rodeó los hombros de Stavia era delgado pero fuerte, como si
perteneciese a alguien mucho más joven. Aparte de Corrig, quien como servidor no
podía aparecer en la plaza con ella, Septemius era quien podía brindarle mayor
consuelo.
Al regresar por las calles desiertas, la observadora Stavia, que se encontraba otra
vez al mando, reparó en la calidad de la luz. Lo que le había parecido nostálgico y
dulcemente melancólico ahora resultaba plomizo y doloroso. La luz era como una
herida, y como tal latía y palpitaba. De no haber sido por el brazo del anciano
alrededor de sus hombros, Stavia no hubiese logrado recorrer esos últimos pasos
hasta su propia casa, donde Morgot y Corrig aguardaban con el té. Donde sus propias
hijas, Susannah y Primavera, esperaban con preguntas.
—Así que Dawid ha elegido permanecer con los guerreros, mamá. —Susannah ya
había cumplido trece años y comenzaba a tener un rostro de mujer, con ojos serios y
grises y una mandíbula fuerte.
—Sí, Susannah. Tal como suponíamos —le respondió Stavia, confesándoles la
verdad que se había negado reconocer ante sí misma. En realidad no se había

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permitido pensar que él decidiría permanecer con los guerreros, aunque Joshua y
Corrig no tenían la menor duda al respecto.
—Por tu bien hubiese querido que él volviera a casa con nosotros —dijo
Primavera, repitiendo el comentario que había escuchado a algún adulto.
Primavera sólo tenía once años. No era más que una niña. Sería más esbelta que
Susannah, y también más bonita. Al mirar a su hija menor, Stavia sentía que estaba
viendo un espejo de su propio pasado.
Ahora la niña agregó su propio comentario perceptivo: —Yo ya sabía que él no
volvería. En realidad, nunca nos ha querido.
«Ella sabía más que yo», pensó Stavia, mientras dirigía una mirada profunda a sus
ojos.
—¿En qué piensas? —murmuró Corrig en su oído mientras le calentaba el té.
—En mí misma cuando tenía la edad de Primavera —respondió ella—. Mucho
antes de conocerte. En mi primera visita a la Puerta de los Guerreros, cuando
llevamos a mi hermanito Jerby con su padre guerrero. —Se volvió hacia su madre y
murmuró—: ¿Lo recuerdas, Morgot? ¿Cuando tú, Beneda, Sylvia y yo llevamos a
Jerby a la plaza?
—Oh, ha pasado tanto tiempo —intervino Beneda con una pequeña exclamación
—. Yo lo recuerdo bien. ¡Cuánto tiempo ha pasado!
—Lo recuerdo —asintió Morgot, y su rostro se tornó retraído y concentrado—.
Oh, sí, Stavia, claro que lo recuerdo.

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Capítulo 2
Stavia tenía diez años. Recordaba estar arrodillada en la cocina, acomodándose los
cordones de los zapatos para que el lazo no se levantase. Era un pacto que había
hecho con la Señora. Si se aprendía toda la obra Ifigenia, palabra por palabra,
ordenaba su habitación, lavaba los platos sola y se vestía a la perfección, sin un botón
suelto ni un cordón mal acomodado, no tendrían que entregar a Jerby. Ni ahora ni
nunca. A pesar de que su hermana mayor, Myra, ya estaba cepillando el cabello del
pequeño de cinco años para prepararlo.
—Stavia, si no te apresuras con esas botas, Myra y yo tendremos que irnos sin ti.
Morgot se acomodó el velo azul sobre la cabeza por décima vez, y se detuvo
frente al espejo para pasarse los dedos por las mejillas, en busca de arrugas.
No encontró ninguna en su hermoso rostro, pero de todos modos las buscaba día a
día, sólo por si acaso. Entonces se enderezó y comenzó a abrocharse el largo abrigo
ceremonial. Había llegado la hora.
—Ya me estoy dando prisa —le dijo la pequeña Stavia.
—Estáte quieto —le ordenó Myra al niño de cinco años, cuyo cabello estaba
cepillando—. No te muevas tanto.
Sonaba como si hubiese estado a punto de llorar, y esto hizo que Stavia alzara la
vista de sus botas.
—¿Myra? —le dijo—. ¿Myra?
—Mamá dice que nos demos prisa —le advirtió Myra con tono desagradable,
clavando su mirada fría en el pie izquierdo de Stavia—. Todos te estamos esperando.
Stavia se incorporó. El acuerdo que había hecho no iba a funcionar. Ahora lo
sabía. Myra estaba a punto de llorar, y ella casi nunca lloraba a menos que fuese para
obtener algo a cambio. Si algo era lo bastante grave como para que Myra llorase sin
obtener ninguna ventaja visible, entonces Stavia no podría detenerlo, hiciera lo que
hiciese. De haber sido mayor podría haber intentado con una promesa más
importante, y tal vez la Gran Madre le hubiera prestado atención. A los diez años no
tenía mucho con qué negociar. Por supuesto que Morgot y Myra le dirían que no
había ningún motivo para hacer promesas o tratar de cambiar las cosas, porque la
Gran Madre no negociaba. La diosa no cambiaba de idea según la conveniencia de las
mujeres. Su rumbo era inmutable. Tal como decían las servidoras del templo: «Nada
de sentimentalismos, nada de ideas románticas, nada de falsas esperanzas, nada de
mentiras piadosas, ¡sólo la realidad!». Lo cual dejaba muy poco espacio para la
iniciativa femenina, pensó Stavia.
Este deprimente fatalismo se transformó en un clima de tristeza general cuando
bajaron la escalera y salieron a la calle. La amiga de su madre, Sylvia, se encontraba
allí con su hija Beneda, y las dos estaban muy serias, con las mejillas sonrosadas por

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el frío. A un lado, Minsning, el servidor de Sylvia, se mordisqueaba la trenza y se
retorcía las manos. Minsning siempre se retorcía las manos, y en ocasiones lloraba
hasta que la narizota se le ponía roja como una manzana. Otros vecinos también
habían salido a la puerta, incluyendo a varios servidores. Joshua, el servidor de
Morgot, había salido a ocuparse de algún asunto, por eso no estaba allí para
despedirse de Jerby. Eso también era triste, porque Joshua y Jerby habían sido amigos
íntimos, casi como ella y Beneda.
—Que nuestras condolencias vayan contigo —gritó una vecina, secándose los
ojos con un pañuelo arrugado.
Morgot se inclinó, recibiendo las palabras con dignidad. —Morgot, ¿estarás bien?
— dijo Sylvia. La madre de Stavia asintió con un gesto, y entonces susurró: —
Mientras no trate de hablar.
—Bueno, no lo hagas. Sólo inclínate y mantén el velo recto. Deja que yo lleve a
Jerby.
—¡No! —Morgot retrocedió, apretando al pequeño contra sí—. Perdona, Syl.
Es… es que quiero aprovechar todo el tiempo que pueda.
—Ha sido una estupidez de mi parte —se ruborizó Sylvia—. Es natural. Los seis
comenzaron a descender la colina en silenciosa procesión:
Morgot llevando a Jerby, con Sylvia a su lado, luego Myra y finalmente Beneda
con Stavia, quien trataba de contener las lágrimas y de adoptar un aire digno, pero
fallaba en ambos propósitos.
Beneda emitió una risita, y Myra les dirigió una mirada de reproche con los ojos
enrojecidos.
—Comportaos bien, niñas.
—Yo me estoy portando bien —dijo Stavia, y añadió en voz más baja—: Beneda,
deja de meterme en problemas.
Beneda solía decir o hacer cosas por las cuales las reñían a las dos, aunque no lo
hacía con mala intención. Stavia era más tímida. Cuando ella se metía en problemas,
solía ser por algo que había meditado durante mucho tiempo.
—Yo no te meto en problemas. Sólo reía.
—Bueno, pues yo no le veo la gracia.
—Estás ridícula. Mira qué cara pones. —Beneda la imitó, apretando los ojos y la
boca.
—Tú harías lo mismo si tuvieras que entregar a tu hermano pequeño.
—Yo no tengo un hermano pequeño. Además, eso le pasa a todo el mundo. No
eres tú sola.
—Jerby no es todo el mundo. Joshua lo echará mucho de menos.
—Joshua es bueno. —Beneda pensó en ello un buen rato—. Joshua es mejor que
Minsning. Quisiera que mi familia tuviera un servidor como él. Joshua siempre

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encuentra las cosas que se pierden. Encontró la pulsera que mamá me había regalado.
También encontró a Jerby aquella vez que se perdió.
Stavia recordaba la histeria y los llantos, y a Joshua concentrándose con calma
para luego ir al aljibe vacío donde Jerby se había quedado dormido.
—Tal vez podamos hacer algo para consolarlo.
—Tal vez mamá tenga otro niño —dijo Myra sin volverse para hablar.
—Ya ha tenido tres —observó Stavia—. Dice que eso es suficiente.
—No lo sabía —dijo Beneda mientras miraba a las mujeres con curiosidad—. Mi
madre sólo tuvo uno. Luego vinimos yo, Susan y Liza.
—Mamá tuvo a Myra primero, después a Habby, a Byram, a mí y luego a Jerby
—le confió Stavia—. Myra tiene diecisiete, de manera que Habby y Byram tienen
trece y catorce, porque son cuatro y cinco años menores que ella. ¿Cuántos años tiene
tu hermano? ¿Cómo se llama?
Beneda sacudió la cabeza.
—Debe de ser más o menos de la edad de tus hermanos, creo. Se llama Chernon.
Es el mayor. Se marchó con los guerreros cuando yo era muy pequeña, pero no creo
que haya cumplido los quince aún. Pasó algo y ahora ya no nos visita. Va a la casa de
tía Erica. Mamá no habla de él.
—Sí, suele ocurrir —observó Myra—. Algunas familias tratan de olvidarlos si no
regresan a casa.
—Yo no olvidaré a Jerby —anunció Stavia—. Nunca. —A pesar de todas sus
buenas intenciones, las lágrimas le quebraron la voz y supo que estaba al borde de las
lágrimas.
Myra se volvió hacia ellas bruscamente.
—No he dicho que lo fueras a olvidar —exclamó irritada—. Jerby volverá a casa
dos veces al año, para las vacaciones de carnaval. Nadie va a olvidarlo. Yo sólo he
dicho que algunas familias lo hacían, pero no me refería a nosotras. —Se volvió y
regresó a su puesto frente a ellas.
—Además, es posible que regrese cuando cumpla quince años —agregó Beneda
—. Entonces podrás visitarlo a la casa donde sea destinado. Y si se marcha a otro
pueblo, viajarás para verlo. Hay muchos chicos que regresan.
—Algunos —le corrigió Myra, quien se volvió para mirarlas con un gesto raro en
la boca—. Algunos vuelven.
Habían atravesado todo el Barrio del Mercado y ya llegaban a la Fuente de la
Extinción. Sylvia y Morgot cogieron los tazones que les ofreció el asistente y los
llenaron, derramando un poco en dirección a la Capilla de la Señora. Luego bebieron
lentamente. Myra llevó su donativo para los pobres al cepillo de la capilla, y luego se
sentó en el borde de la fuente con expresión malhumorada. Stavia sabía que su
hermana sólo deseaba terminar con todo aquel asunto. No había ninguna necesidad de

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detenerse junto a la fuente. El agua era puramente simbólica, al menos cuando se la
bebía directo de la fuente, y su único consuelo era recordar que la extinción llegaría si
no se luchaba contra ella.
«Aceptad la pena —decía la sacerdotisa en el servicio por los jóvenes perdidos—.
Aceptad la pena, pero no la alimentéis. Con el tiempo desaparecerá». Por el
momento, eso era difícil de recordar, mucho más de comprender.
«Todas debemos hacer cosas que no deseamos —había dicho Morgot—. Todas
las que vivimos aquí, en el País de las Mujeres. Hay ocasiones en que nos duele hacer
ciertas cosas. Aceptamos el dolor porque la alternativa sería peor. Existen muchas
señales que no nos permiten olvidarlo. Las ceremonias del Concejo. La obra antes del
carnaval de verano. Las desolaciones se encuentran allí para recordarnos el dolor, y la
fuente está para recordarnos que el dolor pasará…».
Stavia no creía que fuese capaz de encontrar consuelo en la idea, aunque Morgot
decía que lo lograría si lo intentaba. Ahora se quitó los mitones de lana e introdujo las
manos en la fuente, imaginando que había peces allí dentro. El agua descendía de las
altas montañas, donde nevaba casi todo el año, y la gente decía que allí había peces.
Los viveros producían más y más cada año Truchas. Y otros cuyo nombre Stavia no
lograba recordar.
—Podrían haber peces —le dijo a Beneda.
—Los hay en el gran pantano también —respondió Beneda—. Me lo ha dicho la
maestra.
—Paparruchas —intervino Sylvia al oírla—. Ya hace veinte años que nos dicen
que hay peces en el pantano, pero nadie ha pescado ninguno. Todavía están
demasiado contaminados.
—Pueden pasar varias décadas antes que se hayan multiplicado lo suficiente
como para pescarlos —dijo Morgot—. Pero hay unos animales nuevos que viven allí.
Cuando estuve por última vez, vi un cangrejo.
—¡Un cangrejo!
—Estoy casi segura de que lo era. Los he visto en algunos de los otros pantanos.
Tienen una especie de coraza, con muchas patas y dos pinzas más grandes delante.
—Un cangrejo —se maravilló Sylvia—. Mi abuela solía contarme una historia
graciosa sobre algún pariente de su abuela que acostumbraba comerlos.
—El que yo vi no parecía bueno para comer —dijo Morgot con una mueca—. Era
muy duro por fuera.
—Creo que la carne está dentro.
De forma pausada, Morgot enjuagó el tazón en el surtidor de la fuente y lo dejó a
un lado. El asistente se acercó amablemente para recogerlo, y lo reemplazó por uno
limpio.
—Mis condolencias, señora.

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—Gracias, servidor. Siempre podemos conservar la esperanza, ¿verdad?
—Claro que sí, matrona. Rezaré a la Señora por su hijo.
El hombre se volvió y continuó con su tarea de recoger los tazones. Era muy
viejo, de unos setenta años o más, con cabellos blancos y una pequeña barba. Guiñó
un ojo a Stavia y ella le sonrió. A Stavia le gustaban los ancianos. Siempre tenían
historias interesantes que contar sobre las guarniciones, las sagas de los guerreros y el
modo en que vivían.
—Será mejor que prosigamos —suspiró Morgot mirando al sol. El cuadrante
sobre la fuente indicaba que era casi mediodía. Volvió a alzar a Jerby en sus brazos.
—¡Quiero caminar! —anunció él, forcejeando para bajarse—. No soy un niño
pequeño.
—Claro que no —dijo ella sin convicción, mientras lo depositaba en el suelo—.
Eres un niño mayor que va a reunirse con su padre guerrero.
La pequeña figura de Jerby, envuelta en su grueso abrigo, las condujo colina
abajo hasta la plaza ceremonial. Una vez allí, Morgot se arrodilló para limpiarle el
rostro con un pañuelo y enderezarle las orejeras de la gorra. Observó a Myra unos
momentos y luego se volvió hacia su hija menor.
—Stavia, no me avergüences —dijo.
Stavia se estremeció. Era como si Morgot la hubiese abofeteado, aunque ella
sabía que su madre no había tenido esa intención. ¿Avergonzar a su madre? ¿En una
ocasión como aquélla? ¡Por supuesto que no! ¡Nunca! No hubiese sido capaz de
soportar el remordimiento de hacer algo semejante. Hurgó en su interior y, con una
sacudida, despertó a esa otra parte de su ser, la otra Stavia, que era capaz de recordar
su papel y subir a un escenario sin morirse de vergüenza.
La verdadera Stavia, la observadora, que muchas veces se sentía acobardada y
temía parecer tartamuda, mala o tonta, lo contempló todo como en un sueño,
sintiendo lo que ocurría pero incapaz de hacer un solo movimiento. Era la primera
vez que se acordaba de sustituir a su yo de todos los días de forma intencionada,
aunque ya le había ocurrido antes sin proponérselo, en situaciones de emergencia.
—¡Morgot! ¡Qué cruel eres con la niña! —objetó Sylvia—. ¡Y en un momento
como éste!
—Stavia sabe a qué me refiero —respondió Morgot—. Sabe que no quiero
ninguna rabieta.
Muy abatida, la observadora Stavia pensó en que no había tenido una rabieta en
todo un año. Bueno, en casi todo un año. Se había sentido tan culpable después de la
última, que lo más probable era que nunca volviese a las andadas. Aunque en
ocasiones sentía una necesidad desesperada de gritar y rodar por el suelo diciendo
que no, que no haría lo que le pedían, porque siempre querían que hiciese algo más o
que fuese algo más, hasta que ya no parecía quedar nada de su propia persona. De

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todos modos, no era justo que mamá hablase de ello ahora, y Stavia hubiese querido
decírselo.
Sin embargo, la actriz Stavia se ciñó a su papel y se acercó a Morgot con el rostro
impasible. Myra se encontraba al otro lado, sujetando la mano de Jerby, quien la
seguía con pasos firmes. Se detuvieron frente a la Puerta de los Hijos de Guerreros, y
Morgot avanzó para golpear la superficie con la palma de la mano. El sonido fue
como una especie de tambor, seco y desagradable.
Al otro lado de la puerta se oyó el clamor de una trompeta. Morgot alzó a Jerby
en brazos y se retiró hasta el centro de la plaza mientras la puerta se abría. Myra y
Stavia la acompañaron. Entonces aparecieron tambores, estandartes y miles de pies
marchando al unísono sobre las piedras. Stavia parpadeó, pero permaneció en su sitio.
Guerreros. Filas y filas de ellos. Con plumas altas sobre sus yelmos y coloridos
faldellines de lana que les llegaban casi hasta las rodillas. Petos de bronce sobre sus
pechos y más metales brillantes cubriendo sus piernas. A ambos lados había grupos
de niños con túnicas blancas, polainas y unas capas cortas con capucha. Delante de
todos avanzaba un hombre alto. Muy alto y fornido, con unos hombros y brazos que
parecían ramas de un árbol vigoroso.
Todo quedó en silencio. El único ruido era el de las plumas agitadas por el viento.
Morgot avanzó sujetando la mano de Jerby.
—Guerrero —dijo con tanta suavidad que Stavia apenas si la oyó.
—Señora —bramó él.
Se llamaba Michael, y era uno de los vicecomandantes de la guarnición
Marthatown. Primero estaba el comandante Sandom, y después de él Jander y Thales.
Luego venían Michael, Stephon y Patras, al mando de las centurias. Stavia había
visto a Michael dos o tres veces durante los carnavales. Era uno de los hombres más
guapos que jamás hubiese conocido, así como Morgot era una de las mujeres más
hermosas. Al cumplir los cinco años, los hermanos mayores de Stavia, Habby y
Byram, también habían sido entregados a Michael. Según le había dicho Beneda, esto
significaba que Michael también debía de ser su padre, pero Stavia nunca se lo había
preguntado a Morgot. Aquello no era algo que una debiera preguntar. Se suponía que
ni siquiera había que pensar en ello.
—Guerrero, os traigo a vuestro hijo —declaró Morgot, haciendo que Jerby
avanzase un paso.
El niño permaneció allí con las piernas separadas y el labio inferior hacia fuera,
como solía hacer cuando contenía las lágrimas. Su pequeño abrigo lucía brillantes
bordados en la pechera. Las botas estaban adornadas con cuentas de conchas y
turquesas. Morgot había dedicado muchas noches a esas botas, trabajando a la luz de
las velas, mientras Joshua enhebraba las cuentas para ella y le decía palabras suaves
para consolarla.

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El guerrero miró a Jerby y éste le devolvió la mirada con la boca abierta. El
guerrero se arrodilló, introdujo un dedo en el rasco de miel que llevaba a la cintura y
luego posó el dedo sobre os labios de Jerby.
—Te ofrezco la dulzura del honor —susurró, pero a pesar de ello su voz penetró
el silencio de la plaza como una espada tan afilada que no causaba dolor, aunque te
cortara en pedazos.
Jerby se lamió los labios y sonrió. Entonces Michael posó una mano sobre su
pequeño hombro.
—Os lo entrego en custodia hasta que cumpla quince años —continuó Morgot—.
Excepto dos veces al año, cuando regresará a casa para carnaval.
—Un guerrero escoge su camino a los quince años —volvió a bramar Michael.
Tenía una voz que debía de oírse en medio del fragor del combate.
—Cuando llegue ese momento, escogerá —dijo Morgot mientras retrocedía y
dejaba atrás a Jerby.
El niño se dispuso a volverse, comenzó a decir «mami», pero Michael lo alzó
bien alto sobre su cabeza, por encima de sus ojos oscuros y su boca risueña, por
encima de sus dientes brillantes y sus labios de curva cruel, y entonces gritó:
—¡Guerreros! ¡He aquí a mi hijo!
Entonces se alzó un estruendoso clamor entre los soldados, una algazara de gritos
y aullidos, que se aplacó al fin en un cántico continuo e insondable:
—Telémaco, Telémaco, Telémaco.
Sus voces eran tan profundas que causaban un estremecimiento. Telémaco era el
antiguo hijo ideal, aquél que había defendido el honor de su padre, o al menos eso era
lo que decía Joshua. Los guerreros siempre invocaban a Telémaco en ocasiones como
ésta.
Stavia apenas si reparó en el alboroto. Uno de los muchachos de túnica la estaba
mirando, un joven que debía tener unos trece años. Algo ansioso e impaciente en sus
ojos hizo que Stavia se sintiera perpleja e incómoda. De alguna manera, el muchacho
le resultaba conocido, como si ya lo hubiese visto antes, pero no lograba recordar
dónde. Pudorosamente, como convenía a una chica que aún no tenía quince años,
Stavia bajó la vista. No obstante, cuando le dirigió una ojeada disimulada, él todavía
la estaba mirando.
Hubo otro redoble de tambores y algunos gritos de mando. Los guerreros se
movieron. De pronto, el joven de la túnica blanca estuvo a su lado, mirando su rostro
con gran interés, mientras la plaza se llenaba de guerreros en movimiento, plumas en
alto, estandartes agitándose al viento y pies que golpeaban sobre las piedras.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó él.— Stavia.
—¿Morgot es tu madre?
Stavia asintió con un gesto, sorprendida.

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—Yo soy el hijo de Sylvia, su amiga —se presentó él—. Chernon. Entonces
alguien lo cogió por el brazo y lo introdujo en la confusión general. Los hombres
volvieron a cruzar la puerta, ahogando los gritos de Jerby. Stavia alcanzó a distinguir
el rostro pequeño y lloroso de su hermano sobre el hombro de Michael. Los jóvenes
vestidos de blanco se dirigieron en masa hacia la abertura, y luego la Puerta de los
Hijos de Guerreros se cerró tras ellos con un sonido perentorio.
Chernon tenía los ojos del color de la miel, pensó Stavia. Y el cabello del mismo
tono, sólo que un poco más oscuro. Le había resultado conocido porque se parecía a
Beneda, excepto por la boca. Él la tenía más carnosa, más henchida, como si alguien
lo hubiese golpeado. Sin embargo, sus ojos y su cabello eran iguales a los de Beneda.
Y la barbilla también. ¡Éste era el hermano que Beneda había mencionado! ¿Por qué
nunca visitaba a su familia durante el carnaval? ¿Por qué ella nunca lo había visto
antes?
Morgot y Sylvia se habían alejado de la plaza para subir la escalinata que
conducía a la cima del muro. Stavia trepó tras ellas para buscar un sitio desde donde
mirar por encima del parapeto, hacia el área de revista fuera de la ciudad. La
ceremonia para el Hijo del Guerrero continuaba allí.
La centuria de Michael desfiló por las puertas del arsenal, con Jerby sobre los
hombros de Michael mientras los hombres vitoreaban. Cuando ellos entraron, las
trompetas comenzaron a sonar con una serie de fanfarrias, los tambores retumbaron y
las grandes campanas junto al monumento del área de revista empezaron a repicar. Al
pie del monumento había una estatua de dos guerreros provistos de armaduras, uno
grande y otro pequeño, el padre y el hijo. Al llegar frente a este monumento, Michael
se hincó sobre una rodilla y colocó a Jerby frente a él, obligándolo a hincarse
también. Hubo un momento de silencio durante el cual todos los guerreros se
quitaron los yelmos e inclinaron las cabezas, y entonces los tambores, trompetas y
campanas volvieron a resonar mientras la procesión se alejaba hacia los barracones.
Uno de los jóvenes de túnica blanca se volvió hacia Stavia y alzó una mano.
—¿Quiénes son esas estatuas? —preguntó Beneda.
—Ulises y Telémaco —respondió Sylvia con expresión distraída.
—¿Quién es Ulises?
—Odiseo —murmuró Morgot—. Es sólo otro nombre para Odiseo. Telémaco era
su hijo.
—¡Oh! —exclamó Beneda—. ¿El mismo Odiseo que Ifigenia menciona en
nuestra obra? ¿El de Troya?
—El mismo.
Las mujeres bajaron la escalinata y cruzaron la plaza hasta la calle, regresando
por donde habían venido. Myra tenía un brazo en torno a la cintura de su madre.
Tanto Morgot como Sylvia estaban llorando. Beneda corrió para alcanzarlas, pero

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Stavia se retrasó mirando hacia atrás. Chernon. Recordaría ese nombre.

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Capítulo 3
Sentada junto a la chimenea con Corrig y los demás, la Stavia de treinta y siete años
decidió que ahora estaría mucho mejor si en ese entonces hubiese olvidado el nombre
de Chernon. Habría sido mejor para todos si lo hubiese olvidado y no hubiese vuelto
a verlo. Stavia descubrió la mirada de Corrig sobre ella y se ruborizó. Él no desvió
los ojos.
—Estaba recordando el día en que llevamos a Jerby —le explicó—. Fue la
primera vez que vi a Chernon. Ese día.
Él le apretó el brazo unos instantes, y luego fue en busca del té mientras Stavia
miraba a su alrededor. El lugar era una combinación de sala y cocina, y todo lo que
había en él le despertaba algún recuerdo. La gruesa alfombra frente a la estufa, donde
Dawid se acurrucaba mientras ella le leía historias cuando venía a casa en carnaval,
antes de que creciera. Su servilletero todavía estaba en el aparador. Joshua lo había
tallado para él. Cada rincón estaba lleno de cosas que hablaban de Dawid, Habby,
Byram o Jerby.
Corrig se acercó a ella con la tetera. Mientras volvía a llenarle la taza, posó una
mano sobre su hombro y lo apretó con suavidad.
Beneda alzó la vista.
—¿Qué has dicho, Stavy?
—Nada, Beneda. Sólo le daba las gracias a Corrig por el té.
—Bueno, yo ya he bebido suficiente. Debo volver con los niños. Mañana
temprano mamá se reunirá con el gremio de las tejedoras por las contribuciones del
lino, así que debe acostarse temprano.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó Morgot—. ¿Y tu nieto?
—Sylvia está bien. El bebé está echando los dientes y eso lo pone de muy mal
genio, pero las niñas se encuentran bien. Nos gustaría que las dos vinierais a cenar
una noche de éstas. ¿Dónde he puesto mi chal? —Ya se encontraba cerca de la puerta,
y seguía parloteando.
Cuando se hubo ido, Stavia suspiró.
—Éramos amigas íntimas.
Las dos gemelas, Kostia y Tonia, alzaron la vista, pero fue Tonia quien dijo:
—En lo que a Beneda se refiere, tú todavía eres su mejor amiga. Stavia contuvo el
aliento.
—Es cierto. Me siento como una hipócrita. Es doloroso.
—Lo sé. ¿Te encuentras bien?
—Sí. No te preocupes.
Claro que se encontraba bien. Casi todas pasaban por esto, y todas lo superaban.
Pero ahora que Dawid se había ido, ahora que ya no regresaría a casa, ella comenzaba

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a recordar cosas en las que no había pensado durante años… cosas que no tenían que
ver con Dawid sino con Chernon, con Beneda, con su propia familia.
—No es tanto lo que perdemos como lo que olvidamos —murmuró casi para sí
misma. Cosas de la niñez.

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Capítulo 4
Durante varios días después de que Jerby fuera llevado con su padre guerrero,
Morgot había estado desolada. La pequeña Stavia era consciente de ello, no tanto
porque estuviera pendiente del ánimo de su madre, aunque lo estaba, sino porque
deseaba interrogar a Morgot sobre el muchacho de la plaza. Chernon. Mientras
Morgot estuviera tan triste, ella no quería recordarle nada relacionado con ese día. Y
cada vez que postergaba las preguntas, se felicitaba a sí misma por ser tan sensible y
compasiva, a diferencia de su hermana Myra, que nunca se mostraba sensible
respecto a nada. Stavia se decía, satisfecha, que se estaba comportando como una
adulta. Aún se sentía molesta por aquel asunto de las rabietas, y trataba de demostrar
su madurez.
Pasó una semana durante la cual Morgot estuvo muy abatida. Entonces, una
noche que Stavia estaba con ella en la cocina, la joven se dio cuenta de que su madre
no había llorado en todo el día. Al fin, procurando que su voz sonase lo más
indiferente posible, le dijo:
—El hijo de Sylvia, Chernon, se acercó a mí en la plaza. Me preguntó quién era y
luego se presentó. ¿Por qué nunca vuelve a casa para las fiestas?
Morgot se apartó de la estufa de ladrillos con cubierta de hierro y sin soltar el
tenedor, se retiró los cabellos de la frente usando la muñeca. En la sartén, los trozos
de pollo se freían en una cucharada de grasa. Morgot dejó el tenedor y después de
vaciar un cuenco de verduras en la sartén, le colocó la tapa y se volvió hacia Stavia
con una mirada larga y pensativa. Era la expresión que aparecía en su rostro cada vez
que decidía si debía decir algo o no, y siempre se tomaba su tiempo para ello. Al fin
destapó la sartén y comenzó a revolver mientras decía:
—Sylvia consideró que era mejor. Cuando Chernon tenía unos nueve o diez años,
volvió a casa para el carnaval y le dijo cosas terribles, repugnantes. Cosas que ningún
muchacho de esa edad podía idear por sí mismo.
—Pero tú has dicho que los chicos hacen eso, mamá. Que es sólo el ritual de los
guerreros.
—Sí, existe cierto insulto ritual que se practica, aunque casi todos los guerreros
son lo bastante honorables como para no sugerirlo, y algunos de los muchachos son
lo bastante corteses como para no tomar parte en ello. Este caso ha sido mucho peor,
Stavia. Fueron obscenidades inmorales y morbosas. Descubrimos que uno de los
guerreros había aleccionado a Chernon para que realizase esas detestables
acusaciones. El guerrero se llamaba Vinsas, y las cosas que hizo decir a Chernon
fueron… degeneradas. Muy personales, y completamente disparatadas. Sylvia quedó
perpleja al escuchar esas palabras de un niño, de su propio hijo… bueno, fue
desconcertante. Repugnante.

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»Resultó que Vinsas le había dicho al muchacho que cuando regresara a la
guarnición debería jurar que había seguido sus instrucciones, bajo la amenaza de
aplicarle un castigo muy cruel.
—Bueno, entonces Chernon no quería hacerlo.
—Todos sabíamos eso, cariño. No era culpa suya. Pero Chernon había sido usado
de una forma perniciosa, ¿no lo comprendes? Un niño de diez años ni siquiera debía
pensar en esas cosas, pero según las reglas y disciplinas de la guarnición estaba
obligado a obedecer al guerrero. Fue una injusticia colocar a Chernon en esa
posición.
Colocó la sartén sobre la mesa de azulejos y la dejó allí, soltando un poco de
vapor alrededor de la tapa.
—¿Qué pasó?
—Sylvia sugirió que, como evidentemente el guerrero estaba loco, Chernon podía
librarse de él asegurándole que sí, que se lo había dicho todo a Sylvia, pero que ella
no había respondido. Por algún motivo, Chernon no se sentía capaz de hacer eso. Sus
visitas se convirtieron en una discusión interminable respecto a lo que podía o no
podía decir, sobre lo que el guerrero quería saber y lo que Chernon tendría que
contarle. El muchacho parecía contagiado por esta locura y la usaba para estimular en
una especie de capricho lascivo. —Morgot frunció el ceño—. Yo presencié uno de
estos ataques de locura. Era como la histeria. Sylvia me pidió consejo, y le dije que
sólo tenía dos salidas: hablar con el comandante de la centuria de Vinsas, quien
casualmente era Michael, o negarse a recibir a Chernon en su casa. No podía permitir
que cada carnaval se convirtiese en un enfrentamiento desesperado con su propio
hijo. De forma que Sylvia habló con Michael, pero él no hizo nada al respecto.
—Creí que era un hombre amable.
Morgot lo pensó unos momentos con el ceño fruncido.
—No. En ocasiones se muestra encantador. Algunas veces es ingenioso y también
puede ser sexy, pero no creo que nadie pueda definirlo como «amable». Bueno, de
todos modos, Sylvia envió un mensaje diciendo que Chernon tendría que ir a casa de
su tía para el carnaval. Sylvia tiene una hermana, Erica, quien vive en la calle de las
Tejedoras. A partir de entonces, Chernon se ha hospedado allí durante los carnavales.
Como Vinsas no tenía ninguna obsesión respecto a Erica, dejó tranquilo al muchacho.
Yo me tomé la molestia de averiguarlo por Michael, aunque él se mostraba bastante
susceptible al respecto. —Revolvió los cereales en otra olla—. Esto parece listo. En
cuanto haya cortado un poco de pan, podremos llamar a la familia.
—Pobre Chernon.
—¿Por qué habló contigo? —quiso saber Morgot.
—No lo sé. —Stavia estaba muy confundida por todo aquello—. De verdad, no lo
sé.

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—Tal vez echa de menos a su madre —dijo Morgot con cierto temblor en la boca,
como solía ocurrirle cuando pensaba en los muchachos de la guarnición.
—¿Piensas tener más hijos? —preguntó Stavia, aprovechando que su madre
parecía dispuesta a intercambiar confidencias.
Morgot sacudió la cabeza.
—No lo creo, cariño. Cinco son suficientes. Tres varones. Han pasado siete u
ocho años desde que llevamos a Byram con su padre guerrero. Había olvidado lo
doloroso que era.
Myra entró en la cocina, caminando con un nuevo contoneo que había estado
practicando mucho en los últimos días.
—No tengas más niños. Ten una niña. Una hermanita para mí.
—Ésa sí que es una idea —rió Morgot—. ¡Si se pudiera estar segura de que será
una niña!
Era posible que Morgot intentase concebir otra niña, pero Stavia estaba segura de
que no sería el siguiente carnaval. Su madre sólo tenía treinta y cinco años, y tal vez
más adelante volviese a quedar embarazada, pero no por el momento.
E incluso para el carnaval faltaba mucho tiempo. Primero vendrían semanas de
estudio. En su sección de Letras, Stavia había elegido estudiar teatro. El proyecto
actual era estudiar Ifigenia en Ilión, la obra tradicional que el Concejo representaba
cada año antes del carnaval de verano. Todas las estudiantes de drama tendrían que
aprender a confeccionar trajes, usar maquillajes y construir escenografías, y también
se les exigiría que se aprendiesen el papel de al menos un personaje de la obra. Como
no era muy larga, Stavia había decidido que le resultaría más sencillo memorizarla
toda. Luego, en la sección de Ciencias, estudiaría psicología, para lo cual tenía
bastante facilidad, y en la sección de Oficios habría una práctica de jardinería, que le
resultaba divertida. En sus estudios de las ordenanzas, siempre había que memorizar
alguna nueva o repasar una vieja. Y encima, como ese año había cumplido diez años,
comenzaría los estudios femeninos: capacidad de mando, administración, destrezas
sexuales. Además de las asignaturas optativas en cualquier área para la cual tuviese
un talento especial. Stavia mencionó esto último con incertidumbre, preguntándose
cuál podría elegir.
—Por lo que yo sé, Stavy, tú no tienes ningún talento especial.
Myra introdujo los dedos en la compota y extrajo un trozo de manzana. Morgot le
dio una palmada en la mano.
—Saca muy buenas notas en ciencias biológicas —replicó su madre mientras
vaciaba los cereales en un cuenco—. Su potencial en medicina es muy alto.
—Oh, medicina —se burló Myra—. Qué aburrido.
—No todas podemos ser grandes coreógrafas —observó Morgot, refiriéndose a la
pasión actual de Myra—. Ni siquiera tejedoras.

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Myra se ruborizó intensamente. En el taller de tejidos, la directora había
amenazado con despedir a Myra por su falta de dedicación. Lo único que la joven
deseaba era bailar, y no tenía paciencia para nada más. Myra comenzó a decir algo,
pero lo pensó mejor y se detuvo.
Morgot observó su reacción y continuó con calma.
—Stavia se las arreglará bien con los talentos que tiene. Myra, ¿quieres decirle a
Joshua que la cena está lista, por favor?
—Él ya sabe cuándo comemos —replicó Myra con sarcasmo.
—¡Myra! —Morgot se volvió hacia ella con expresión furiosa—. ¡Eso ha sido
muy grosero de tu parte!
Myra tuvo la decencia de volver a ruborizarse y la sensatez de guardar silencio.
Cuando hubo abandonado la habitación, Stavia se volvió hacia su madre,
sorprendida.
—¿Por qué habrá dicho eso?
—Tu hermana ha desarrollado cierto apego por un joven guerrero. Joshua me dice
que han estado intercambiando notas desde el paseo del muro. Supongo que tienen
una cita para el próximo carnaval.
—¿Y por qué se muestra desagradable con Joshua?
—Es probable que el joven guerrero se muestre desagradable en relación con
Joshua… o cualquier otro hombre que haya regresado. Ya conoces la actitud de los
guerreros respecto a los servidores.
—Sé que por lo general son bastante despectivos, pero no sabía que fuese
contagioso. —«Un tanto menos para Myra», pensó Stavia.
Morgot esbozó una pequeña sonrisa.
—Bueno, por lo visto lo es. Aunque la enfermedad no suele durar mucho. Es
posible que Myra logre superarla.
Colocó la lámpara de sebo en el centro de la mesa, ajustando la mecha para que
no desprendiese demasiado humo. Los suaves colores de los azulejos brillaron a la
luz de la lámpara, realzando la textura de los platos y tazones de cerámica, la madera
de las cucharas y los tenedores de dos dientes.
—Las servilletas, Stavy.
Stavia las cogió del estante bajo la ventana. Cada una estaba colocada en su
propio servilletero. Joshua mismo había tallado los aros: un cordero danzarín para
Myra, una lechuza para Morgot, una guirnalda de flores y hierbas para Stavia, una
cabra graciosa para él. En un rincón del estante había tres aros más: un pez curvado,
un gallo cantarín y un saltamontes. Éstos pertenecían a Habby, a Byram y a Jerby.
Sólo ellos los usaban cuando volvían a casa para los carnavales. Joshua se reunió con
ellas para cenar, ocupando su puesto frente a Morgot con un suspiro.
—Me alegra que haya acabado este día. Hoy todo el mundo se ha cortado, caído o

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roto algo. ¡El hospital no había trabajado tanto desde hacía meses! Además de todo,
hemos recibido reintegrados.
—¿Reintegrados?
—Entre muchas otras crisis, sí. Dos de ellos. Y me temo que uno ha sufrido una
paliza bastante brutal.
Morgot dejó el tenedor que iba a llevarse a la boca.
—¡Eso no está permitido!
—Oh, el muchacho dijo que el ataque no había sido autorizado por los oficiales.
Han sido sus compañeros. —De todos modos…
—Es probable que debas mencionarlo ante el Concejo.
La miró de un modo significativo que Stavia siempre había interpretado como
una forma de recordarle algo que Morgot no debía olvidar. Una expresión que parecía
indicar: «No delante de las niñas, querida».
—Tienes razón —asintió Morgot—. ¿Se quedará en Marthatown o se marchará?
—Ha decidido marcharse. Dentro de una semana, creo. Entonces estará lo
bastante recuperado como para viajar a Susantown.
—No los culpo por haberlo apaleado —intervino Myra—. ¡Nunca veréis a mi
amigo guerrero actuar de ese modo!
—Myra —dijo Morgot con una voz peligrosamente tranquila—. Supongamos que
hubiese sido Jerby.
Myra se ruborizó y comenzó a decir algo, pero entonces se detuvo con una
expresión rebelde y confundida a la vez.
—No es lo mismo. ¡Jerby sólo tiene cinco años!
—Por ahora. ¿Quieres decir que no te alegraría verlo regresar a casa cuando
cumpla los quince? Piensa en Habby. Él los cumplirá muy pronto. ¿Te gustaría que
quienes no comparten su decisión le dieran una paliza?
—¡Bueno, supongo que ya habrá dejado de actuar como un bebé! —replicó Myra
en forma irracional, con el rostro ruborizado.
Morgot sacudió la cabeza y la miró unos momentos. Al fin bajó la vista.
—Mencionaré la agresión ante el Concejo, Joshua. Se reunirá mañana por la
noche. ¿Más verdura, Stavia?
—Sí, gracias.
—Myra, ¿más verdura?
—Estoy engordando demasiado —masculló ella.
—¿De dónde has sacado esa idea?
—Sólo me parece.
—De todos modos la verdura no te hará engordar más. Servirá para suavizarte la
piel y para dar brillo a tu cabello, lo cual según se dice es muy apreciado entre los
guerreros. ¿Te sirvo?

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—La comida de invierno es aburrida. Y las coles son particularmente aburridas.
—Tienes razón. Pero también constituyen la única verdura de hoja que podemos
conservar durante todo el invierno. Cuando se terminen los nuevos invernáculos este
verano, contaremos con más verduras frescas. ¿Quieres más, o no?
—Un poco, supongo.
Joshua volvió a intercambiar «la mirada» con Morgot, y de pronto la
conversación se tornó muy general, como cuando los dos adultos no querían hablar
de un tema concreto.

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Capítulo 5
Corrig encontró a Stavia en la cocina. Tenía un aspecto enfermizo y envejecido, con
los ojos hinchados por la falta de sueño y el texto de Ifigenia en Ilión abierto ante ella
sobre la mesa.
—Te he oído andar por la casa durante la noche —le dijo mientras le acariciaba el
cabello—. Tienes muy mal aspecto, cariño.
—Gracias —respondió ella lacónicamente.
—Bueno, entonces digamos que estás menos encantadora que de costumbre. —
Llenó una cacerola con agua y cereal y la colocó sobre la estufa.
—No podía dormir. Todo el rato estaba pensando en Dawid. Me preguntaba qué
le pasará.
—Eso es normal. Necesitarás un tiempo para aceptar el hecho de que se ha ido.
—Corrig volvió a llenarle la taza de té y echó un vistazo al texto—. No me parece la
lectura más alegre del mundo.
—Lo sé —suspiró Stavia—. Sólo lo hago por distraerme. Antes me la sabía de
memoria, todos los personajes. La he visto cada verano, pero hacía años que no
pensaba en lo que dice. Morgot ha interpretado a Ifigenia desde que recuerdo. Tendré
que volver a estudiarla si debo representar el papel en la función de este año.
—Eso no será hasta el verano, y apenas acaba de comenzar la primavera.
Sus cejas oscuras se alzaron, formando unos arcos perfectos sobre los ojos
rasgados y la nariz larga y recta. Unos surcos profundos enmarcaban su boca ancha e
inquieta. Corrig se humedeció el labio inferior y la examinó mientras cortaba unas
manzanas secas para agregarlas al cereal.
—Pensé que me resultaría más sencillo si la leía diez o doce veces —dijo Stavia
con apatía—. Supuse que así la recordaría sin tener que estudiarla detenidamente.
—Más te hubiera valido otra hora de sueño.
—No podía dormir. Además, esto debería alegrarme. La obra es una comedia.
—¡Una comedia!
—Claro, Corrig. El público se ríe.
Le hizo una mueca, tratando de hacerla sonreír.
—En el País de las Mujeres hay algunas cosas que todavía no acabo de
comprender. ¿Cuántos años tenías al actuar en esta obra por primera vez?
—Oh, unos diez u once, supongo. La representamos cada año en la escuela, con
diferentes papeles. También construíamos los decorados y confeccionábamos el
vestuario.
—Entonces, la has estado interpretando al menos durante veintisiete años. Yo
hubiese pensado que elegiríais alguna otra cosa para variar un tiempo, pero Joshua
dice que vosotras las concejalas nunca os cansáis de ella.

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—No se trata de que no nos cansemos. Sucede que la obra forma parte de… de
los recuerdos. ¡Tú sabes eso! —Se pasó la mano por el cabello y rozó la cicatriz de su
cabeza. En ese lugar había cierta sensibilidad que no desaparecería jamás—. ¿Cuándo
regresará Joshua?
—Pronto, espero —respondió él—. No puedo ocuparme de todo yo solo. Tengo
una idea. Si estás decidida a repasar la obra ahora, te leeré los textos y así sabrás si
logras recordar la parte de Ifigenia.
—Ella no entra hasta la página seis…
—Entonces, mientras leo las primeras seis páginas, tendrás tiempo de tomarte
otra taza de té y comer algo. —Corrig cogió el libro, echó la silla hacia atrás hasta
balancearla sobre dos patas y comenzó a leer con su voz profunda, partiendo de los
«comentarios».
Demasiado cansada como para quejarse por tener que escuchar todos los detalles
innecesarios, Stavia se limitó a dejarse invadir por su voz.
—Ifigenia en Ilión —leyó Corrig—. Comentario para los estudiantes: la obra está
basada en una historia milenaria anterior a la convulsión. Trata sobre un
enfrentamiento entre dos guarniciones, los griegos y los troyanos, que se produjo
cuando un guerrero troyano raptó a una mujer griega llamada Helena. La guarnición
griega persiguió a la pareja hasta la ciudad de Troya (también llamada Ilión), y puso
sitio a la ciudad. Este asedio duró diez años, sobre todo por la desorganización de las
tropas griegas, pero al final éstos lograron vencer, conquistaron a los troyanos y
destruyeron la ciudad. La obra se desarrolla después de esta destrucción, fuera de los
muros derribados de Troya. El Apéndice A al final del libro enumera los nombres y
las características de algunos guerreros griegos y troyanos tales como Agamenón,
Menelao, Odiseo, Héctor, etc., personajes que aparecen en el drama. El Apéndice B
contiene un resumen del libro original en el que está basada la pieza. El Apéndice C
ofrece la historia de la obra junto con comentarios sobre su significado para el País de
las Mujeres.
—¿Alguna vez has leído los apéndices? —le preguntó Corrig, yendo rápidamente
al final del libro.
—Creo que una vez tuve que leerlos para el colegio. A decir verdad, lo recuerdo.
—Personajes del drama —leyó Corrig.

Troyanos.

HÉCUBA: viuda del rey Príamo de Troya y madre de Héctor.


ANDRÓMACA: viuda de Héctor.
El infante, ASTIANAX: hijo de Héctor.
El fantasma de POLIXENA: hija de Hécuba.
CASANDRA: hija de Hécuba.

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Griegos.

TALTIBIO: un mensajero.
El fantasma de IFIGENIA: hija de Agamenón.
El fantasma de AQUILES: un guerrero griego.
HELENA: vista sobre las almenas.
Varios soldados y criadas.

Escena: Al pie de los muros derribados de Troya. Sobre la izquierda las piedras
caídas han formado una escalera que permite ascender hasta las almenas. A la
derecha, varios guerreros asignados a la vigilancia de las mujeres juegan a los dados.
Hécuba y Andrómaca están acurrucadas juntas, con sus criadas dormidas cerca de
ellas. Andrómaca tiene en brazos a su hijo, Astianax.
ANDRÓMACA: Vamos, pequeño, vamos. Coge el pezón. Chupa. ¿Lo ves,
madre Hécuba? Está demasiado cansado para mamar. Pobrecillo. Todo ese humo y el
ruido…
HÉCUBA: Y los lamentos. Todas lo hemos estado haciendo. Los llantos lo
mantienen despierto. Bueno, yo ya he llorado bastante. Lo he hecho por Héctor, mi
hijo, y por el rey Príamo, mi marido. También he llorado por la ciudad de Troya, y
luego he llorado por mí. Ya basta.
ANDRÓMACA: Yo también me he secado de tanto llorar. (Alza la vista hacia
los muros, donde varias personas se han detenido para mirar.). ¡Maldita!
HÉCUBA: (Alzando la vista). Te refieres a Helena.
ANDRÓMACA: Bueno, ella no está aquí con nosotras en medio del polvo,
¿verdad? No tiene que encontrar comida para un bebé ni sufre pensando que se
convertirá en la esclava de alguien.
HÉCUBA: Ésa no es esclava de ningún hombre. De todos modos, Menelao jura
que la matará.
ANDRÓMACA: No lo hará. ¿Matar a quien les proporciona tanta gloria? ¿Matar
a la mujer a quien cantan todos los poetas? Ella regresará como esposa y reina
reverenciada; será exhibida como una vaca premiada. Cuando todos nosotros
hayamos muerto, ella se sentará con su cofre de costura plateado e hilará la lana
purpúrea. (Alza la vista hacia Helena, quien ríe sobre las almenas.). Que sus entrañas
se cierren para siempre. Que nunca engendre otro hijo. Que se pudra por dentro…
HÉCUBA: Shhh, shhh. Tus maldiciones pueden dar fruto, y si eso ocurre atraerás
a las Erinnias. Todos los que maldicen a sus parientes atraen la furia de las tres
vengadoras…
—Llamada a pie de página —dijo Corrig—. ¿Qué son las Erinnias? Nunca me
acuerdo.

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—Furias —respondió Stavia, bebiendo otro sorbo de té.
—Ah, sí. «Ira, Venganza y Celos, que regresan del reino subterráneo para castigar
ciertos actos como el asesinato de parientes, etcétera».
¿Helena era de su familia? ¿O lo eran los griegos?
—Ella estaba casada con uno de sus compatriotas. No lo sé, Corrig. Según decían
en la escuela, todas las mujeres estamos emparentadas de alguna manera.
—Hmmm —reflexionó él—. Bueno, volvamos al texto…
ANDRÓMACA: Yo no maldigo a mis parientes. La maldigo a ella y a esos
griegos que han matado a mi Héctor. Ellos no tienen ningún parentesco conmigo.
HÉCUBA: Es una mujer, Andrómaca. Una hermana tuya. Tal vez hasta se
considere una troyana. Durante muchos años ha recorrido las calles de Troya, a la luz
de las antorchas.
ANDRÓMACA: Un día ha sido demasiado.
HÉCUBA: Hasta una hora hubiera sido demasiado, Andrómaca, pero no
arriesgues lo poco que nos queda por ella.
ANDRÓMACA: ¿Y qué nos queda?
HÉCUBA: Tú eres la amada esposa de mi hijo, y te encuentras con vida. Tu hijo
Astianax sigue vivo. Y yo también, aunque eso no signifique un gran consuelo para
nosotras.
ANDRÓMACA: Tus hijas, Polixena y Casandra, también están vivas.
HÉCUBA: Es cierto. Entonces no tentemos a las furias por una mera maldición.
(Coge al bebé de los brazos de Andrómaca.). Oh, bueno, bueno. Mi pequeñín. Cómo
se esfuerza para dormirse.
ANDRÓMACA: Hablando de motivos para maldecir, aquí viene Taltibio.
(Taltibio entra por la izquierda.).
HÉCUBA: (Hurgando en su falda.). ¿Vienes como un cuervo, mensajero, a
graznar infamias en mis viejos oídos?
TALTIBIO: Traigo los mensajes que me encomendaron.
HÉCUBA: Ellos nunca te envían con buenas nuevas, ¿verdad Taltibio?
TALTIBIO: Mujer de Príamo, si tuvieran algo bueno que decirte, vendrían ellos
mismos rezumando júbilo por los labios.
ANDRÓMACA: Pero te envían a ti con vómito en la boca y con la sangre de
Héctor todavía tibia en la lengua.
HÉCUBA: Shhh, calla, hija. El mensajero sólo trae lo que le han entregado. ¿Qué
te han transmitido ahora, Taltibio?
TALTIBIO: Traigo noticias de tus hijas, reina de Príamo. (Trata de buscar
alguna parte aceptable del mensaje.). De Casandra. Traigo noticias de Casandra.
HÉCUBA: (Asintiendo con la cabeza.). Se volvió bastante loca, sabes. Echó a
correr por todo el palacio, bailando con las antorchas de Himeneo, dando vueltas

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hasta que se le prendió fuego el cabello. La cubrimos con mantas y al fin logramos
apagarla. En su boda se encenderá una pira funeraria, o al menos es lo que ella dice.
¿Qué más hay que saber de Casandra?
TALTIBIO: Agamenón la llevará a casa consigo. Ella le place.
ANDRÓMACA: Hay cosas que resultan muy difíciles de explicar. ¿Ella le
place? Entonces, es probable que le plazca provocar a los dioses y coquetear con su
propia destrucción. ¿Qué hará con ella?
TALTIBIO: Supongo que la llevará a la cama, señora.
ANDRÓMACA: ¡Se acostará con la sacerdotisa virgen de Atenas! Y cuando
haya terminado, ¿maldecirá a Zeus y orinará sobre la imagen de Apolo?
HÉCUBA: Shhh, shhh, hija. No maldigas a los griegos, que ellos parecen bien
capaces de condenarse solos. Muy bien Taltibio, así que Agamenón se llevará a
Casandra. ¿Qué hay de Polixena?
TALTIBIO: (Después de una pausa cohibida.). Fue asignada al azar, como todas
vosotras.
HÉCUBA: ¿Adonde? ¿A quién? ¿Qué griego se llevará a Polixena?
TALTIBIO: Ha sido designada para servir la tumba de Aquiles.
HÉCUBA: ¡Esclava de una tumba! Es terrible. Ella, que tanto ama la vida,
Taltibio. Bailar. Comer. Pensar que deberá servir la tumba de Aquiles.
TALTIBIO: Alégrate por ella, reina. Su destino la libera de los problemas a que
os enfrentaréis vosotras.
HÉCUBA: ¿Qué problemas tengo yo? En fin, seré una esclava. Cuando miles
yacen insepultos en los campos, cuando los árboles se nutren de sangre, ¿qué importa
la esclavitud?
TALTIBIO: Serás esclava de Odiseo.
HÉCUBA: Su dominio será tan breve como mi servitud, Taltibio. Soy una mujer
vieja. Mira. Ya tengo el cabello blanco.
TALTIBIO: (Inclinándose para mirarla más de cerca.). Aún te quedan años.
HÉCUBA: (Vuelve a hurgar en su falda. Luego saca las manos y las aprieta
frente a ella, mirándolas. Hay una pausa.). Mi hija Casandra dice que no.
TALTIBIO: Nadie cree en Casandra. En cuanto a Andrómaca…
ANDRÓMACA: Seré una esclava. Eso ya lo sé. Al igual que la madre de mi
marido, digo que mi esclavitud será breve.
TALTIBIO: Pero todavía eres joven.
ANDRÓMACA: Lo soy.
HÉCUBA: Ya basta, Taltibio. Nos has dicho bastante para una sola visita. Ve a
graznar en alguna otra parte por un rato.
TALTIBIO: No puedo, reina.
ANDRÓMACA: Ah, ¿todavía te queda algo de vómito?

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HÉCUBA: Shhh, shhh.
TALTIBIO: Tu hijo, Andrómaca…
ANDRÓMACA: No me digas que alguien sería capaz de arrancar de sus brazos a
un bebé. No me digas que se lo llevarán para que se haga hombre en alguna otra casa.
TALTIBIO: No te diré eso.
ANDRÓMACA: ¿Se irá conmigo? ¿No lo dejaréis aquí?
TALTIBIO: (Tristemente.). Se quedará aquí, sí. En la tierra de su padre. En el
lugar de su padre.
ANDRÓMACA: ¿De quién son esas palabras?
TALTIBIO: Odiseo ha hablado frente a los aqueos, exaltando la gloria de Héctor.
Dijo que no podían permitirse criar al hijo de un héroe, a menos que cuando creciera
se alzase para vengar la muerte de su padre.
ANDRÓMACA: ¿Entonces lo dejarán aquí? ¿Con algún pastor, un alfarero,
alguna familia humilde?
TALTIBIO: Aquí, entre estas piedras. Lo arrojarán desde las murallas vencidas
de Troya. Eso es lo que han dicho.
ANDRÓMACA: (Grita y se aferra a su hijo. Taltibio llama a los guardias,
quienes le ayudan a quitárselo de entre los brazos. Entonces asciende por la escalera
de piedras derribadas, con Andrómaca gritando tras él.). Que la desgracia se abata
sobre ti, Taltibio, y sobre quienes te han enviado. Que la desgracia se abata sobre sus
naves y sobre sus hombres. Yo invoco a las Furias. Oh, no lo hagas, no lo hagas.
Devuélvemelo. No es más que una criatura. Mi leche aún está tibia sobre sus labios.
Los dioses te maldecirán, Taltibio… no lo hagas. (Grita y llora.).
HÉCUBA: (Sujetándola.). Andrómaca, mi amada hija. Mi dulce niña. Oh, ¿por
qué no lo hice cuando tuve la oportunidad… por qué no lo hice? Vamos, vamos,
sujétate a mí. ¿Cómo pueden hacerle esto a un bebé? (Se oye un grito desde la cima
de la muralla, un sonido agudo y penetrante, como el de un pájaro. Taltibio ha
lanzado al bebé. Todos los guardias miran hacia abajo. La figura espectral de
Ifigenia deambula cerca de ellos…).
—Creo que se aproxima mi entrada —dijo Stavia, mientras llenaba los cuencos
con cereal—. ¿No estás cansado de leer, Corrig?
—Me encanta el sonido de mi propia voz. Prepárate, estás a punto de entrar.
Continuó leyendo.
HÉCUBA: ¿Quién es ésa? ¿Quién camina sobre estos muros entre los soldados?
—Se vuelve a oír el grito —citó Stavia de memoria—, y se ve el espectro de
Ifigenia. En sus brazos trae al fantasma del bebé, y con él desciende la escalera.
ANDRÓMACA: ¿Los guerreros no se compadecen cuando hacen estas cosas?
¿Qué tienen en el estómago? ¿Los hombres están hechos de hierro? ¿Qué llevan en
lugar de corazón? ¿Acaso no ven que somos como ellos, que nuestros niños son

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como los suyos y que nuestra carne es como la de las mujeres que han dejado atrás?
IFIGENIA: (Con un lamento de ave marina.). ¿Cuál sería la diferencia? Con
ellas hacen lo mismo.
ANDRÓMACA: ¿Quién habla? ¿Es ése mi hijo?
IFIGENIA:(Tendiendo al bebé.). ¿Es tu hijo? ¿O es el de alguna otra? Dos
criaturas han muerto. Una niña virgen y un bebé. Aquí nos tenéis, vagando juntos.
(Baila.).
HÉCUBA: (Asustada.). ¿Quién eres?
IFIGENIA: La hija de Agamenón, quien ha regresado del Hades para vengarse
de sus asesinos.
HÉCUBA: ¿La hija de Agamenón? ¿El hombre que se llevará a Casandra?
IFIGENIA: Anciana, nosotros sabemos la verdad sobre eso. Él no se la llevará
muy lejos ni la conservará por mucho tiempo. Y no necesitas maldecirlo. Yo ya lo he
maldecido lo suficiente.
ANDRÓMACA: ¿Es ése mi hijo?
IFIGENIA: Si yo soy hija de mi padre, entonces él es tu hijo. No, él es mejor
hijo para ti que yo para mi padre, porque este bebé no te maldice. Mira, sonríe.
HÉCUBA: ¿Tú maldices a tu padre?
IFIGENIA: Maldigo a mi asesino. Y al que ha engañado a mi madre para que se
lo permitiese.
ANDRÓMACA: Dame a mi hijo. (Extiende los brazos hacia él, pero no puede
cogerlo.).
IFIGENIA: Se encuentra fuera de tu alcance, desdichada reina. Pero mira, vuelve
a sonreír. Alégrate de que haya venido a mí. Algunos de sus parientes caminan entre
nosotros, los fantasmas. Polixena lo mecerá en sus brazos y le dará de mamar brotes
de asfódelo.
HÉCUBA: ¡Polixena ha muerto! Pero Taltibio dijo que serviría la tumba de
Aquiles.
IFIGENIA: Ha sido asesinada sobre la tumba de Aquiles, si eso puede
considerarse un servicio.
HÉCUBA: Oh, falso Taltibio, me has flagelado con palabras de serpiente. Mi hija
ha muerto.
IFIGENIA: Le cortaron el cuello sobre el cadáver de Aquiles así como a mí me
degollaron sobre el de Artemisa. A esos hombres les gusta el olor de la sangre virgen.
HÉCUBA: Nos dicen que a los dioses les gusta la sangre.
IFIGENIA: Oh, shhh, shhh, no maldigas a los dioses, anciana. Son los hombres
quienes ponen el hedor de la sangre en sus narices y los coágulos en sus labios
divinos. ¿Tú beberías sangre humana en lugar de comer carne? ¿Los dioses no poseen
vacas? ¿No tienen cocineros?

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(Sobre la almena, aparece el fantasma de Aquiles.))
AQUILES: ¡Busco a mi sirvienta, a Polixena! Stavia tenía los ojos cerrados y
parecía dormida.
Corrig la miró unos instantes y luego preguntó con suavidad:
—¿Quién interpretará a Aquiles?
—Joshua, creo. Ya lo ha hecho en varias ocasiones. —Stavia parpadeó.
—El bueno de Joshua.
—Ya lo creo que es bueno —asintió Stavia—. Sabes, Corrig, recuerdo que
cuando tenía unos once años, una vez Myra estaba leyendo la obra para mí, tal como
tú haces ahora… —Se detuvo mientras pensaba en Myra.
Corrig no habló durante un rato. Entonces preguntó:
—¿La has visto últimamente? Stavia reaccionó sobresaltada.
—No, desde hace varios meses. Sólo la veo si la encuentro por casualidad en el
mercado o en alguna otra parte. Creo que nunca ha perdonado a Morgot por pedirle
que se fuese.
Corrig sacudió la cabeza lentamente.
—A quien nunca ha perdonado es a ti, Stavia. Por quedarte.

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Capítulo 6
La partida de Myra había sido inevitable desde el momento en que la joven conoció a
Barten, aunque ni ella ni Morgot hubiesen sido capaces de predecirlo. Nadie lo sabía,
pero de todos modos era inevitable.
El día en que comenzó a crearse la fisura entre Myra y Morgot, Stavia acababa de
cumplir los once. Ella y Myra se encontraban en su habitación, repasando el
comienzo de la obra, y las dos estaban bastante aburridas.
—Sabes, Stavia —le había dicho Myra con su mejor tono de hermana mayor—.
Te sabes al dedillo casi todos los textos, ¡pero pareces olvidar que se trata de una
comedia!
—No lo olvido —objetó Stavia, y rodó sobre la cama para mirar el techo. El
invierno anterior la lluvia se había filtrado por las tejas, dejando una grieta larga y
zigzagueante que algunas veces se parecía a un hombre con una larga barba, y en
ocasiones se parecía a alguna otra cosa—. Lo hago bien hasta que llegan a esa parte
en que tiran al bebé por la muralla. Entonces pienso en Jerby y ya no me parece
gracioso.
—Pero la has visto cada año, por todos los cielos. Vienes con todos nosotros,
justo antes del carnaval de verano. Usan ese muñeco con cara de payaso por bebé. Ni
siquiera se parece a una criatura de verdad. No se supone que lo sea. Las ancianas no
son verdaderas ancianas. Las vírgenes no son vírgenes. Se supone que es una sátira,
¿lo sabías? —Frunció el ceño, tratando de recordar algo que un instructor había dicho
—. Es un comentario sobre ciertas actitudes de la sociedad anterior a la convulsión.
—Lo sé. —Stavia sabía que se trataba de un comentario, pero saber y sentir eran
dos cosas muy diferentes. Ella sentía la obra de otra forma.
Myra continuó:
—Hécuba y Andrómaca están disfrazadas como un par de gitanas, con las
mejillas coloradas y los labios tan sangrientos como supuestamente deberían ser los
de Taltibio. Y cuando él dice que Andrómaca todavía es joven, le pone una mano
encima, ¿lo sabías? Entonces entra Aquiles bajando la escalera y se oye esa campana.
Mira hacia todos lados, completamente atontado, buscando a Polixena.
—¡Ya lo sé, Myra! Es sólo que no dejo de pensar en Jerby, eso es todo.
—Él estará bien —le había dicho Myra, no muy convencida. Ella ya no hablaba
mucho de Jerby. El hecho de que estuviera en la guarnición la confundía. Quería que
volviese a casa, y sin embargo los hombres que lo hacían eran cobardes y calzonazos.
O al menos eso era lo que decía Barten, el joven guerrero con el que solía charlar
desde la cima de la muralla. Cobardes, calzonazos e impotentes también. De otro
modo eran castrados cuando volvían. Todos los guerreros lo decían. Hasta hacía poco
ella no había pensado en Joshua como en un cobarde y un calzonazos, y no estaba

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muy segura de lo que le pasaba al hombre cuando era castrado, pero suponía que si
Barten lo decía debía de ser cierto—. Jerby vendrá a visitarnos pronto.
—Sólo faltan dos meses para el carnaval de verano.
—Lo sé. —Myra se levantó del suelo desde donde había estado dando el pie a
Stavia para que estudiase su parte—. Oh, lo sé. —Se miró al espejo, girando la
cabeza de un lado al otro mientras alzaba los brazos en una posición de baile.—
Tendrás una cita, ¿verdad?
—Tal vez. —Sacudió su cabellera rojiza—. Uno de los guerreros me ha estado
cortejando.
—¿Es guapo?
—Mmmmm. —Myra entornó los ojos y fingió que estaba a punto de desmayarse
—. Unos hombros así, con unas nalgas perfectas y los ojos muy, muy azules. Tiene el
cabello y las cejas negras, y los labios se le curvan en el centro…
—¿Cómo se llama?
—Barten. Se encuentra bajo el mando de Michael. Tally está tan furiosa conmigo
que deberían ponerla en cuarentena. Él la cortejaba hasta que me conoció. —Con
expresión satisfecha, Myra echó la cabeza hacia atrás. Por un instante, pareció tan
bella y misteriosa como Morgot en ciertas ocasiones.
—¿Cuántos años tiene?
—Creo que pertenece a la centuria de veintidós. De todos modos, aún no ha
cumplido los veinticinco. Todavía no tiene ninguna cicatriz.
—¿Por qué no les dejan combatir hasta que cumplen veinticinco años?
—Ya sabes. Te lo han explicado en tus estudios femeninos.
—Me han dicho que entre los dieciocho y los veinticinco es cuando son más
fuertes, sanos y viriles, y que es el mejor momento para que sean padres. Por eso no
los envían a la guerra hasta que son mayores. ¿Pero es ésa la verdadera razón?
—¿Qué más podría haber?
—Pensé que tal vez les daban unos años más para decidir si querían regresar o no.
—No hay muchos que regresen después de los veinte —objetó Myra, con el ceño
fruncido—. Prácticamente ninguno. —Pensé que tú esperabas…
—¡Yo no espero nada! —replicó Myra con enfado—. No seas tonta. Barten está
orgulloso de ser un soldado. Él nunca haría algo semejante. Y Morgot dice que
tampoco conviene tratar de convencerlos, ya que si lo logras puedes descubrir que
has traído de vuelta a un hombre para que sea un desgraciado. «Guerrero que regresa
a su pesar, seguirá siendo un guerrero en el hogar». ¿Quieres seguir estudiando tu
parte?
—No. Después de todo, sólo soy segunda suplente. No me darán un papel hasta el
año que viene o el otro. —Stavia estaba algo molesta por esto, en especial porque en
su opinión, la protagonista era bastante mala actriz—. Este año Michy hará de

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Ifigenia.
—¿Michy? —preguntó Myra, asombrada—. ¿El fantasma será gordo?
—Bueno, supongo que Ifigenia pudo ser gorda. ¿Quién sabe? Tal vez por eso
quisieron sacrificarla. Supongo que si ofrendaras una cabra o un cordero, tratarías de
escoger uno hermoso y gordo.
—¡Un fantasma gordo!
—¿Quién es un fantasma gordo? —preguntó Joshua desde la puerta.
Al ver la expresión irritada de Myra, Stavia respondió rápidamente. Su hermana
continuaba mostrándose desagradable con Joshua, no respondía a sus preguntas y
fingía que no lo veía. Si éste era el efecto que Barten tenía sobre ella, a Stavia no le
interesaba conocerlo, por más azules que fuesen sus ojos. Aunque lo más probable
era que ni siquiera tuviese ocasión de conocerlo. Durante el carnaval los guerreros
permanecían cerca de la plaza, donde estaban las casas de citas, las tabernas y las
diversiones; no se les permitía entrar en las zonas residenciales de la ciudad, y Stavia
era demasiado joven para recorrer las tabernas.
—Seguramente Michy irá vestida con ropas holgadas y nadie sabrá qué hay
debajo —comentó Joshua—. Myra, Morgot quiere verte cuanto antes, por favor. Y
Stavia, me encontré con tu instructora de psicología en el hospital. Quiere hablar
contigo y con Morgot, porque ha pensado que podrías asistir al instituto de medicina
básica en Abbyville.
—¿El instituto?
—En Abbyville. Oh, supone que no querrás marcharte hasta dentro de un par de
años. La carrera completa dura nueve años, siete de estudio más dos de internado, y
en ese lapso no ofrece muchas oportunidades para regresar a casa. Quiere saber lo
que tú y Morgot pensáis al respecto, por supuesto…
—¿Por qué te lo habrá dicho a ti? —preguntó Myra con un tono peligrosamente
desagradable—. ¿Tú qué tienes que ver con ello?
Joshua la miró con calma unos momentos, como solía observar las malas hierbas
del jardín… decidiendo si debía arrancarlas o no.
—Es posible que valore mi opinión sobre los talentos de Stavia, Myra. De vez en
cuando me piden que brinde mi parecer respecto a vosotras dos.
Joshua se marchó.
Myra inspiró rápidamente y contuvo el aliento, como si la hubiesen abofeteado.
—Tú te lo has buscado —murmuró Stavia.— Cállate.
—Muy bien. Pero si unas miradas empalagosas desde la muralla hacen que la
gente se vuelva tan desagradable como tú, espero no tener que acercarme nunca a
esos muros.
—¡No es asunto tuyo!
—No se trataba de ti, sino de mí. Y yo valoro mucho la opinión de Joshua.

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¿Quién diablos te crees que eres, de repente?
—¡Se trataba de mí! Él ha dicho que daba su parecer respecto a mí, y si quieres
saber quién soy, soy alguien que está harta de tener a un… a un sirviente metiendo la
nariz en sus asuntos.
—Claro, preferirías que cierto guerrero metiese la nariz en alguna otra parte,
¿verdad?
—¡Stavia! —La voz de Morgot se abatió como un látigo—. Myra. ¿Quieres venir
conmigo, por favor?
En ese momento Stavia hubiese querido ser invisible. Se había prometido a sí
misma que no discutiría con su hermana. Myra abandonó la habitación, y Stavia oyó
su voz a través de la puerta cerrada.
—No es asunto suyo… No sé por qué tú… Barten dice… —Y entonces la voz de
su madre que la interrumpía.
—No me vengas con eso de que «Barten dice». Éste es el País de las Mujeres, y si
no eres capaz de seguir las reglas, puedes marcharte. Silencio. Oh, Gran Madre.
Llantos.
La puerta se abrió.
—¿Stavia?
—Sí, mamá.
—A Myra le resultaría mucho más sencillo cuidar sus modales si no discutieras
con ella. Debes tener en cuenta su estado de ánimo.
—Sí, mamá.
—Ya sabes algo al respecto.
—Sí, mamá.
—Sabes cómo se llama.
—Enamoramiento.
—¿Y sabes qué provoca?
—El enamoramiento hace que mujeres razonables se comporten de forma
irracional e ilógica. Es un resultado de las fuerzas biológicas inherentes a la
supervivencia racial.
—Y… «El enamoramiento debe ser tratado con paciencia. Aunque episódico,
casi siempre provoca una autolimitación». —Stavy…
—¿Sí, mamá?
—Te ha preocupado, ¿verdad?
—Es que ha sido tan… tan insolente con Joshua.
—Lo sé. Recuérdalo. De ese modo, si alguna vez debes pasar por lo mismo que
está pasando Myra, no actuarás en forma tan necia.
—Ella no renegará de las ordenanzas, ¿verdad? No se irá de aquí…
—¿Para convertirse en una gitana? —Morgot se mordió el labio, como si de

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pronto hubiese recordado algo—. Lo dudo. Pero en ese caso, casi todas las que lo
intentan regresan al cabo de unos pocos meses. —Morgot pareció aún más pensativa.
—Lo sé. Pero existe la cuarentena.
—Sólo el tiempo necesario para asegurarnos de que no están enfermas. Bueno,
haremos lo que podamos para prevenir eso. Hablando de gitanas, esta tarde realizaré
la inspección semanal en el campamento. Creo que sería buena idea que vinieses
conmigo.
—No… la última vez no me gustó.
—¡Bien! Ésa es una reacción muy apropiada. —Morgot se dispuso a marcharse y
entonces se volvió hacia ella otra vez—. En realidad, creo que también llevaremos a
Myra.
—¡A Myra! Vomitará.
—Bueno, de eso no se muere nadie.
Morgot abandonó la habitación. Stavia se quedó bastante confundida. Le gustaba
sentirse incluida, pero no siempre. No en todo.
Los muros meridionales de Marthatown se alzaban al otro lado de los corrales de
ovejas, las pocilgas y los graneros, una maraña bucólica apretada entre la muralla y la
zona de pastos. Allí todo era verde, amarillo y blanco ceniza, salpicado de ovejas y
cabras hasta donde se acababan las cercas. Más allá, las praderas se extendían hasta el
pie de las montañas donde trabajaban los leñadores.
Los muros del norte estaban rodeados por territorio de los guerreros. Allí estaban
la armería y las salas ceremoniales, al pie de las murallas donde comenzaba el área de
revista. Al norte de la misma había largas filas de barracones de madera, cuyos
gabletes tallados y puertas se asomaban a los patios de ejercicio y los campos de
juego. Al este se encontraban las residencias de los oficiales, con sus paredes
agradablemente umbrías. Hacia el norte, a cierta distancia de la ciudad, se encontraba
el Antiguo Hogar de los Guerreros, virtualmente vacío y oculto entre los árboles.
Todo aquello era territorio de la guarnición, rodeado por una valla, prohibido a las
mujeres y bastante respetado por los hombres, excepto cuando salían en busca de lo
que habían dado en llamar «recreo».
Más allá del Antiguo Hogar de los Guerreros, el río viraba hacia el oeste y
continuaba hasta el mar. Nacía en las colinas del este, atravesaba el pantano y luego
pasaba por una serie de represas que regaban las tierras de cultivo casi hasta la costa
oeste. Allí, cerca de la plaza, corría un camino desde el noroeste cruzando el río en un
vado, y junto a este vado se alzaba el campamento de los gitanos. Éste era una
colección de destartaladas chozas sobre ruedas, algunas pintadas de colores brillantes
y otras con el gris lavado de la madera reseca por el sol. Junto a las piedras renegridas
del fogón central había toda clase de cacharros domésticos, esparcidos en desorden.
Como jefa médica de Marthatown, Morgot iba allí cada semana o enviaba a una

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delegada para inspeccionar a las gitanas. Fiel a su palabra, en esta ocasión se había
hecho acompañar por Stavia y Morgot.
Durante las visitas médicas no solía haber ningún hombre en el campamento…
excepto uno.
Este hombre, cuyo nombre era Jik, se acercó a ellas al verlas llegar.
—Ha vuelto demasiado pronto, doctora. —Tenía el rostro delgado, con la
mandíbula torcida. Sus dientes apuntaban en varias direcciones, y algunos ocupaban
el espacio abandonado por otros. Tenía un hombro más alto que el otro, y su risa era
muy desagradable—. Las puse a trabajar ayer.
—Sólo hemos retenido a una, Jik. Estaba enferma.
—En toda la semana no me ha rendido un solo centavo.
—Ahora está curada. Seguramente ya la habrás tendido de espaldas para que
algún guerrero se divierta. —Aunque ésta no era la única fuente de ingresos para Jik,
y Morgot lo sabía. El hombre también traficaba con cerveza, informaciones y
rumores, todo lo cual era sabido y en ocasiones aprovechado por el Concejo. Morgot
descendió de la carreta y extrajo su bolso de abajo del asiento—. Terminaré más
rápido si las pones en fila.
Jik hizo un gesto grosero pero empezó a recorrer las carretas. Las mujeres
comenzaron a descender de los carromatos y formaron en torno al fuego,
levantándose las faldas. Algunas menearon el trasero mientras otras reían y gritaban
en dirección a la carreta de Morgot.
—¿Quieres un poco, doctora? Y vosotras, niñas, ¿queréis un poco de esto? ¡Hey!
Morgot se acercó a la fila y examinó a cada mujer con calma. Un instante después
la algarabía se acalló.
—Por si lo habéis olvidado, señoritas —dijo—, yo tengo el sello, y hasta la
próxima semana no vendrá ninguna otra doctora. Si no hay sello, no hay negocio.
Todo quedó en silencio.
—Muestras —dijo Morgot a Stavia—. Y acuérdate de rotular los frascos.
—¿Qué debo hacer? —susurró Myra, con el rostro muy pálido.
—Quédate allí sentada —le indicó su madre—. Y observa.
Stavia no dejaba de repetirse que nunca era tan malo como ella recordaba. Las
mujeres olían mal, sí, pero sólo era olor a polvo y a humo. Morgot tomó dos muestras
a cada mujer, una vaginal y otra rectal, y las depositó en los frascos que Stavia fue
sosteniendo. Luego marcaron a las mujeres con un sello de tinta indeleble sobre la
frente. Aún lucían el sello de la semana anterior, un círculo descolorido sobre el lado
izquierdo. Esa semana iba a la derecha. La fecha y las iniciales de la funcionaria
médica. MHRTM. Morgot Hija de Rentes Thalia Marthatown. En el País de las
Mujeres no había nadie más con esas iníciales. Nadie tenía las de Stavia tampoco.
SHMRM. Stavia Hija de Morgot Rentes Marthatown. Thalia era el apellido de su

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bisabuela.
Plop, caían las muestras en el frasco.
—¿Está rotulado?
—Sí, mamá.
En la carreta, Myra miraba cualquier cosa menos la fila de nalgas fláccidas y las
vulvas velludas en exhibición.
La voz de Morgot era rítmica y monótona.
—Sube la pierna izquierda. Gracias. Inclínate por favor. Gracias. Tú eres Vonella,
¿verdad? —preguntó—. Si. Sube a la carreta, Vonny. Pasarás una semana en la casa
de cuarentena. También puedes ir pensando en los nombres de todos los guerreros
con quienes te has acostado desde el último sello. Los necesitaré. —Se suponía que
las mujeres debían llevar un libro donde anotaran todos los contactos, pero muy
pocas lo hacían con regularidad.
Cuando hubo terminado, Morgot se volvió hacia el hombre.
—Muy bien, Jik. ¿Tienes alguna fugitiva? ¿Alguna niña tonta traída aquí por un
guerrero apuesto para satisfacer su apetito?
Él cambiaba el peso de un pie al otro.
—El guerrero me pagó…
—Por mí como si te pagó por acostarse contigo —le espetó Morgot—. Tal vez te
dijo que la chica sólo había estado con él, y sólo una vez, pero de todos modos tengo
que examinarla.
—Está allí —dijo él, señalando una carreta que parecía algo más limpia que las
demás.
—Tráela aquí.
—¿No puede ir…?
—Ya conoces las reglas, Jik. Los exámenes se realizan en público. No hay
secretos. De este modo, todas saben lo que tienen las demás y si sus enfermedades
son curables o no.
—Es sólo una niña.
—¿No lo han sido todas alguna vez?
A Jik le costó bastante sacar a la muchacha, y cuando Stavia vio de quién se
trataba, abrió la boca y sintió que se ruborizaba intensamente. Era una de las amigas
de Myra. Tally. Diecisiete años, igual que su hermana. De la carreta llegó una
exclamación ahogada. Myra también la había visto.
—Tú eres Tally —dijo Morgot como si no la conociera—. Abriré una página para
ti en el libro de gitanas.
—Yo no soy… —protestó la joven—. Yo no…
—Enderézate y levántate la falda.
—Yo… Morgot, por favor.

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—¡Levántate la falda!
—Será mejor que obedezcas, cariño —gritó una de las gitanas—. Sacará esa
muestra de tu culo de una forma o de otra.
La joven se echó a llorar desconsoladamente y se cubrió los ojos con las manos.
—¿Quieres ir a casa? —le preguntó Morgot—. Puedes regresar al País de las
Mujeres, ya lo sabes. O puedes quedarte aquí. Aunque si permaneces demasiado
tiempo, luego no te aceptaremos. Cuando la enfermedad se vuelve crónica, no
permitimos que las mujeres se acerquen a la ciudad.
—Barten ha prometido que me sacará de aquí…
Stavia oyó el sonido a sus espaldas. Una pequeña exclamación en la carreta, como
un árbol doblado por el viento.
—¿En serio? Es probable que le haya dicho lo mismo a mi hija Myra. ¿Dónde
pensaste que te llevaría? ¿A la selva? ¿Planeaba unirse a los gitanos contigo? No te
llevará más lejos que esto, niña. ¿Pero qué ocurre? ¿No podía esperar dos meses hasta
el carnaval? ¿O para entonces tenía otros planes y quería divertirse un poco contigo
mientras tanto?
La muchacha corrió a la carreta llorando. Muy afectada, Stavia susurró: —Has
sido cruel.
—Sí, ¿verdad?
—¿Tú sabías que estaba aquí?
—Había oído rumores al respecto.
Stavia guardó silencio. Se sentía incómoda por Myra y furiosa por sí misma.
¡Morgot había planeado todo aquello!
—Si lo presentas de forma lo bastante vergonzosa, no suelen repetirlo —se
justificó Morgot en voz baja—. No quiero venir la próxima vez y encontrar a Myra
en esa carreta. Barten tiene todo un historial de muchachas a las que ha traído aquí.
Para él, hacerlas caer en la deshonra forma parte de la diversión. Creo que Tally es la
tercera o la cuarta. Las niñas parecen ser una especie de botín de batalla. Algunos
soldados llevan la cuenta, sabes. De cuántas mujeres han conseguido. Es una especie
de juego entre ellos.
—No lo sabía —murmuró Stavia, desconcertada. Todavía estaba enfadada, pero
no con Morgot. En sus estudios femeninos no había aprendido nada de todo aquello.
Tampoco era algo que Habby o Byram hubiesen mencionado.
—No todos ellos lo hacen, Stavy. No creo que sea costumbre de Habby. Ni de
Byram.
—¿Cómo sabías que estaba pensando en ellos?
—Yo pienso en ellos. Día y noche.
Durante el viaje de regreso, Myra permaneció ruborizada, mirando fijamente el
camino, con los labios apretados en una línea amarga. Tally yacía en la parte trasera

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de la carreta, sollozando. La otra mujer, Vonella, charlaba como si para ella una
semana en cuarentena fuese un placer.
«Y probablemente lo sea —pensó Stavia—. Duchas, una cama limpia, comida
caliente y nuestros preciosos antibióticos».
—Yo tengo una hija en alguna parte de Marthatown —dijo Vonella—. Y un hijo
en la guarnición de Susantown.
—Entonces, ¿qué haces aquí? —preguntó Stavia. Por un momento olvidó que era
una niña y que en principio no debía formular preguntas personales.
—¡Stavia! —la regañó Morgot.
—Oh, no se preocupe, doctora —dijo la mujer—. No me molesta que pregunte.
Es que yo no estaba hecha para la ciudad, ¿sabes? Es demasiado limpia. Demasiado
ordenada. Esperaban mucho de mí, constantemente. Estudiar, trabajar, todo eso… no
tienes más tiempo para ti que un perro con sarna. Siempre hay alguien que te azuza
para que cocines mejor, para que tejas mejor o para que seas responsable de algo.
Prefiero permanecer en el campo y viajar. Jik es un viejo bribón, pero en realidad no
se porta tan mal con nosotras. Algunos hombres sí. Tenemos nuestros buenos
momentos.
Morgot suspiró.
—¿Has quedado embarazada desde que vives con Jik? La mujer no respondió. —
¿Tu bebé desapareció? ¿Jik lo mató? ¿Murió?
—Murió —respondió la mujer con amargura.
—De lo que tus… clientes le pagan a Jik, ¿cuánto recibes tú? ¿La mitad?
¿Menos?
La mujer no respondió.
—¿Cuántas veces has estado enferma? Ya sabes, cuando estas enfermedades se
repiten, al final aparece el cáncer. No podemos curar el cáncer. Se dice que alguna
vez se estuvo bastante cerca de la cura, pero ahora todo se ha perdido. Después de las
convulsiones, muchas cosas que eran curables resultan imposibles de tratar. —
Morgot lo dijo como si en realidad no le importara, pero Stavia sabía que no era así
—. No estás mejor que una esclava, Vonella. Te han llevado cautiva, y ni siquiera
eres consciente de ello.
La mujer alzó las manos y exclamó:
—Oh, sí que lo sé. Lo sé. Seguramente moriré mucho antes de cumplir los
setenta. También fumo, y eso no hace ningún bien a los pulmones. Y en el
campamento todas bebemos un poco. Jik fabrica buena cerveza…
—Con granos robados —observó Morgot.
—Bueno, en alguna parte lo conseguirá. Fumar, beber y follar. Es probable que
alguna de estas cosas me mate, ¿pero quién quiere llegar a vieja, de todos modos?
Eso no va conmigo. —Vonella volvió a agitar las manos, conjurando la vejez y la

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enfermedad.
—Es probable que cumplas tu deseo —dijo Morgot—. Los esclavos solían morir
jóvenes, incluso en la antigüedad. Se trata de tu vida, pero no podemos permitir que
infectes el País de las Mujeres.
Se detuvieron en la casa de cuarentena para dejar a Tally y a Vonella.
—Stavia, entra con ella y consigue los nombres de todos los guerreros y gitanos
con los que ha tenido contacto, ¿quieres?
—Oh, por Dios, señora, no haga que su hija entre en esa casa apestada sólo por
eso. En toda la semana sólo me acosté con uno. Ese viejo loco y tuerto, de cabello
blanco. Siempre viene a buscarme.
Stavia vaciló, esperando la cancelación de la orden. Después de un momento,
Morgot la miró y asintió con la cabeza.
—A menos que quieras acompañar a Tally.
Era uno de esos «a menos» maternales que podían interpretarse de cien formas
distintas. ¿Significaba «a menos que sientas curiosidad y quieras ver el interior de la
casa»? ¿O «a menos que te parezca correcto colaborar para que Tally recupere el
equilibrio»? ¿O «a menos que te parezca buena idea restregar esto un poco más en la
nariz de Myra»?
—Entraré con ella —dijo Stavia—. De todos modos, tengo que redactar un
informe para el curso de medicina comunitaria, y puedo hacerlo sobre el centro de
cuarentena.
Morgot asintió con un gesto y se alejó con la carrera, lo cual sugería otro «a
menos» más: «A menos que consideres buena idea que Myra y yo hablemos un poco
en privado».

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Capítulo 7
Después de otra noche en vela debido a la preocupación por Dawid, Stavia logró
arrastrarse hasta el hospital, decidida a trabajar. Morgot salió de su oficina, la miró
unos instantes y le dijo que se fuese a casa.
—Stavy, por lo general aparentas veinticinco años, pero hoy pareces tener
cincuenta. Te he oído dar vueltas toda la noche. Ve a casa y duerme un poco.
Stavia, consciente de que se acercaba su trigésimo octavo cumpleaños, se sintió
particularmente molesta con este comentario sobre su aspecto, tan parecido al que le
había hecho Corrig.
—Estaba revisando las ventanas.
—¿De qué tenías miedo? ¿De los fantasmas?
—Pensé que podía entrar la lluvia.
—No llueve desde ayer al mediodía. Ve a casa, Stavy. Esto está casi vacío. Parece
que en Marthatown todos están horriblemente saludables, aunque tú no lo pareces.
Debo decirte que no me sorprende. En la ciudad no hay una sola mujer que crea
realmente haber perdido a su hijo, hasta que él cumple los quince y la repudia. Tratas
de prepararte para ello, pero es imposible. Es como perder un brazo o una pierna.
Vamos, tómate un tiempo de descanso.
—Oh, Morgot, yo esperaba que…
—Lo sé, cariño. Todos te hemos dicho que no lo hicieras, pero no hubieses sido
humana si nos hubieras escuchado. Repite las ordenanzas para ti misma; eso te
ayudará a conciliar el sueño. Si no puedes dormir, al menos descansa. Esta noche hay
una junta del Concejo.
—¡Se me había olvidado! —Stavia se mordió el labio, molesta consigo misma.
¡Cómo era posible!
Stavia se abrochó el abrigo y abandonó el hospital, pero se soltó el botón del
cuello en cuanto estuvo al sol. Acababa de comenzar la primavera y de momento las
lluvias frías habían pasado. En el aire flotaba una tibieza efímera que despertaba un
falso optimismo. El frío regresaría inevitablemente antes de que llegase la verdadera
primavera, por más que el sol y el mar conspirasen para sugerir lo contrario. Era
demasiado temprano para almorzar. En casa no había nadie… las niñas estaban en el
colegio y Corrig había ido a la fraternidad de los servidores, donde dictaba un curso
sobre los misterios. Si hubiese querido dormir, habría tenido la casa para ella sola,
pero no deseaba hacerlo. Todavía no.
Stavia se abrió paso por el mercado, pero sólo al llegar a las tiendas de velas al
borde de la plaza comprendió que se había estado dirigiendo hacia el muro.
Eres una estúpida sentimental, se dijo mientras subía la escalinata. ¿A quién
esperabas ver allá arriba?

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Lo que Stavia vio fue la zona de revista vacía, con su torre y su monumento a
Telémaco, y detrás de ello los gabletes tallados de los barracones, abrasándose al sol.
Más allá había unos puntos negros que corrían por los campos de juego. El tamaño de
la guarnición se había reducido a la mitad desde que ella era una niña, y cada uno de
sus miembros parecía jugar u observar desde las gradas. Sólo tres o cuatro hombres
miraban desde la terraza en la residencia de los oficiales. Stavia sacudió la cabeza,
buscó un rincón oculto desde donde no pudieran verla y sacó el libro del bolsillo. El
sol la calentaba. Dedicaría un par de horas a repasar Ifigenia, y luego comería algo en
la tienda de té antes de volver a casa para dormir la prometida siesta. Para entonces
estaría lo bastante cansada como para conciliar el sueño, se dijo mientras pasaba las
páginas hasta el lugar donde Corrig había dejado la lectura esa mañana.
«Sobre la almena, aparece el fantasma de Aquiles», leyó, preguntándose cómo
podía Joshua interpretar a Aquiles. Lo lógico hubiese sido un servidor con mucho
sentido del humor y poca dignidad, no alguien como Joshua.
AQUILES: ¡Busco a mi sirvienta, a Polixena!
IFIGENIA: (Desde abajo.). Oh, gran guerrero, ella no está aquí.
AQUILES: (Irritado.). Pues debería. Han derramado su sangre virgen sobre mi
tumba para que pudiese venir aquí.
IFIGENIA: Pero no le preguntaron si te serviría, Aquiles. Ahora que los
guerreros ya no pueden darle órdenes, ella es su propio fantasma.
AQUILES: ¡Es mi esclava! Todo ha sido arreglado. Derrama la sangre de una
virgen y ella te pertenecerá. ¡Todo el mundo lo sabe!
IFIGENIA: Ella no es esclava de nadie, Aquiles. En el reino de las sombras,
todos somos iguales…
HÉCUBA: Oh, espíritu virginal, ¿con quién hablas?
IFIGENIA: La sombra de Aquiles se encuentra sobre la almena, con el miembro
erecto por la fiebre de su muerte, llamando a Polixena.
HÉCUBA: Pobre Polixena.
IFIGENIA: Ella hará lo que le apetezca, reina de Príamo. Aquí nada la obliga.
ANDRÓMACA: ¿Qué hará Polixena si nada la obliga? ¿Qué hará, madre?
HÉCUBA: Creo que dormirá. A Polixena siempre le ha gustado dormir. ¿Se
come en el Hades? ¿Se baila? Es posible que coma o que baile. A ella le gustaba
bailar.
En su lugar, yo dormiría, pensó Stavia. No querría bailar ni comer. Sólo dormir.
Bostezó y giró la página.
AQUILES: (Bajando la escalera.). Si Polixena no quiere servirme, iré a buscar
alguna otra diversión. ¿Tú eres Ifigenia, la virginal hija del gran Agamenón?
IFIGENIA: Lo fui.
AQUILES: ¡Entonces, estamos comprometidos!

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IFIGENIA: (Riendo.). ¡No seas ridículo, Aquiles!
AQUILES: Odiseo te ordenó que fueses a Aulis para casarte conmigo, ¿no es
cierto?
IFIGENIA: Puros embustes para llevarme allí, Aquiles. ¡No en vano a Odiseo lo
llaman el zorro! Lo maldigo a él tanto como maldigo a mi padre. Tú te desentendiste
del compromiso entonces. Cuando mi madre te recibió como a mi prometido, la
trataste como a una loca.
AQUILES: Eso es cierto, pero luego convine en que no formábamos mala pareja.
Tú eras la hija de Agamenón, después de todo. Me ofrecí a defenderte.
IFIGENIA: (Con una risa estridente que resuena sobre las almenas como una
horda de espíritus femeninos.). Oh, Aquiles, Aquiles… (Declama .)Después de mi
muerte, afirmaste admirar mi coraje, ¡pero no era coraje! Se trataba de ira contra
todos vosotros, los asesinos. ¡Fue ella quien me ha otorgado el valor para no caer en
la vergüenza! Al escuchar tus palabras fatuas, cierto poeta compuso una canción
sobre las proezas sangrientas, y no conforme con la verdad, la adornó de mentiras
hipócritas y sentimentalismos. Lo que ocurrió en realidad fue que te ocultaste, y
permaneciste oculto hasta que yo estuve muerta.
AQUILES: No fuiste tú quien murió. Artemisa puso una cierva en tu lugar.
Todos lo saben…
IFIGENIA: La gente sabe lo que desea saber. Esa cierva debe haber llegado
tarde, gran guerrero, porque yo estuve allí y nunca la vi llegar. Artemisa no envió
ninguna cierva. Artemisa debía estar ocupada con cosas más urgentes. Fue mi sangre
la que se derramó sobre las piedras, fue mi corazón el que se contrajo, mi cerebro
ardiendo de dolor, mi voz enmudecida, mis ojos apagados como un vidrio gastado
por la arena, perdiendo para siempre su fulgor juvenil. Fue Ifigenia, la hija de
Agamenón, quien murió sobre esa piedra ensangrentada, no una pobre cierva.
ANDRÓMACA: Oh, qué pena, qué pena.
IFIGENIA: Y aunque los poetas continúan glosando sobre ello para que parezca
algo diferente, algo mejor, no hubo ningún gran Aquiles a mi lado. Yo jamás me
ofrecí en sacrificio, aunque eso digan todas las canciones de la Hélade.
HÉCUBA: ¿Qué estás diciendo, espíritu?
IFIGENIA: Trato de explicar al guerrero que mi muerte fue un asesinato, aunque
cada poeta de la Hélade diga lo contrario.
—Hola —dijo una voz en el oído de Stavia.
—¿Eh? —gruñó Stavia, adormecida—. ¿Quién… qué… quién es?
—Soy Joshua, Stavy. ¿Qué haces aquí arriba, adormilada y achicharrándote al
sol?
—¿Josh? No quería quedarme dormida, aunque cada poeta de la Hélade diga lo
contrario… —Se detuvo. Aún no había despertado del todo—. ¿Cuándo has vuelto?

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—Hace una hora. No había nadie en casa. Fui al hospital y tu madre me dijo que
estarías almorzando o durmiendo una siesta, pero supuse que te encontraría aquí.
Aunque a juzgar por tu aspecto, deberías de estar en cama.
Se sentó sobre el parapeto y la miró con gran atención. El contraluz hizo que su
trenza gris brillase como una cuerda plateada sobre su hombro. Las arrugas en torno a
sus ojos estaban marcadas en una profunda concentración.
—Ha sido muy difícil, ¿verdad, Stavy?
—Bueno, yo sabía lo que se siente, pero me he mentido mucho a mí misma —se
confesó como sólo podía hacerlo ante Joshua o ante Corrig—. Anoche no podía
dormir pensando en Dawid. Me preguntaba qué hubiese podido hacer para que las
cosas resultasen diferentes. Recordé cuando era una niña, cuando comenzó todo. Ya
sabes. ¿Cómo me has encontrado? No se me ve desde abajo. —Stavia pronunció las
palabras antes de pensar, pero entonces se ruborizó. Por supuesto, él había sabido
dónde la encontraría.
Joshua cogió el libro de su falda y repasó la parte de la obra que ella había estado
marcando con el dedo.
—Stavy, tú sabias que no existía ninguna probabilidad de que el muchacho
reaccionase de otra forma. Piensa en Aquiles. Ése es Dawid.
—«No puedo ofender a mis amigos, mamá, pero en realidad no morirás. Atenea
enviará a una cierva». Todos los guerreros piensan así, de lo contrario no
permanecerían en la guarnición. El problema es que tú has estado creando tus propios
dramas. «El cambio de actitud de Dawid», «Dawid se impone a su herencia y su
entorno», «Dawid cegado por la luz sagrada». Vamos, Stavia.
Joshua se apartó de ella, y al ver cómo se le apretaban los músculos de su
mandíbula, Stavia comprendió que quería ocultarle la expresión angustiada de su
rostro. A pesar de lo que decía, él también había amado a Dawid, al igual que a Jerby,
a Habby y a Byram. También él había albergado esperanzas.
—Es una pena que no estuvieras aquí para hacerme entrar en razón antes de bajar
allí —dijo ella con suavidad—. O después.
—No estaba aquí por muy buen motivo, tal como sabes. Ahora deja de
preocuparte por Dawid. La mitad de él puede ser tuya, niña, pero no es la mitad
correcta. Vamos, te llevaré a almorzar.
Joshua prácticamente la arrastró hasta la tienda de embutidos. Una vez allí adoptó
una expresión animada y se dedicó a alabar las salchichas de cordero con albahaca y
ajo, servidas con un exquisito plato de arroz. Mientras comía, le contó varias
anécdotas y casi logró hacerla reír. En determinado momento le preguntó:
—¿Por qué estás estudiando Ifigenia?
Stavia, quien sólo jugaba con una ensalada de lechuga, posó la mirada en el libro.
—Este verano seré la protagonista. Morgot se ha negado a volver a hacerlo, y

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todos son muy halagadores. Me dicen que soy la única en el Concejo que tiene un
aspecto juvenil. No te rías, Sé qué aspecto tengo hoy, Morgot me lo ha dicho.
—Falta bastante para el verano. Yo interpretaré a Aquiles, pero no pienso
mirarme el papel hasta dentro de varias semanas.
—¡Me sorprende que tengas que hacerlo! Hace siglos que lo representas. Se me
ocurrió que si lo leía una vez por semana, volvería a aprenderlo sin tener que
estudiarlo. —De pronto los ojos se le llenaron de lágrimas ante un recuerdo tan
íntimo y doloroso como el alumbramiento.
—¿Stavy?
—Estoy bien, Josh, Es sólo que… En realidad lo leía para distraerme, pero no
dejo de encontrar cosas que se aplican a mí. Como cuando Ifigenia es llevada a Aulis
por medio de engaños. Era para casarse, le decían, cuando lo único que querían era
utilizarla. Tú lo sabes, tú sabes todo al respecto, y sin embargo permites que…
—Si no fuese aplicable a algo, no se representaría todos los años en cada ciudad
del País de las Mujeres.
Stavia picoteó su ensalada. Las lágrimas comenzaban a secarse.
—Las cosas te ocurren cuando eres joven. Tú crees saber qué está pasando, pero
en realidad lo ignoras. Más adelante, varios años después, de pronto comprendes de
qué se trataba. Y te sientes como una tonta, porque ya es demasiado tarde para
enmendar los errores que has cometido. Se me ocurre un ejemplo tras otro. Como el
día en que Beneda y yo estábamos sobre el muro, y Chernon se encaramó al techo de
la armería para vernos. Yo estaba entusiasmada. Creí que le gustaba. Me pareció algo
casual, fortuito. No tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo en realidad.
Él posó una mano sobre la suya.
—¿Quieres que vuelva a casa contigo?
—No. Lo único que haré será llorar, y para eso no necesito la ayuda de nadie.
—¿Está segura? ¿No quieres compañía?
—Estoy segura. Ve a ayudar a Corrig. Está dictando una clase sobre los misterios.
Ayer cuando desayunamos dijo que te necesitaba. Yo estaré mejor a la hora de la
cena.
Stavia lo besó y lo dejó limpiando el plato de salchichas. La mirada con que
Joshua la despidió fue como un reflejo de su propio dolor.
En el silencio de su habitación, Stavia se tendió en la cama con el libro boca abajo
sobre la falda. No necesitaba leerlo. Lo recordaba.
ANDRÓMACA: Si no es como dicen los poetas, entonces, ¿por qué te mataron,
doncella?
IFIGENIA: (Suspirando con impaciencia .)En la costa se alzaban las huestes de
la Hélade, formadas de a miles junto a sus naves aladas. Llenas de fervor marcial
habían venido en ayuda de Menelao, cuya esposa había sido raptada.

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ANDRÓMACA: Eso lo sabemos. Helena estuvo aquí. Nosotras no la queríamos,
pero estuvo aquí.
IFIGENIA: No me interrumpas. Si pierdo el ritmo olvido lo que estoy diciendo.
En la costa, etc., etc., … cuya esposa había sido raptada. Eh, veamos…
Permanecieron en Aulis donde los vientos en pugna no les permitían avanzar hacia
Ilión, y mientras esperaban sintieron que su sangre comenzaba a enfriarse.
Algunos hablaban de Helena como de una vaca robada, reacios a arriesgar la vida
por esta vaca. Algunos pensaban en las cosechas que les aguardaban en casa. Algunos
pensaban en esposas e hijos, aunque éstos eran los menos. Hasta que al fin toda la
hueste estuvo descontenta, y perdió el firme propósito que la conducía a la guerra.
Sin embargo, los hombres temían parecer unos holgazanes frente a sus pares, por lo
que, conspirando para el beneficio de todos, algunos entregaron monedas de oro a
Calchas para que éste actuase como profeta. Debería decir que no soplaría ningún
viento propicio a menos que mi padre cumpliera la promesa que había hecho mucho
tiempo atrás… la promesa de matar a su hija, como sacrificio a la doncella Artemisa.
HÉCUBA: (Horrorizada.). ¡Lo cual jamás cumpliría! ANDRÓMACA: ¡Ningún
padre haría eso!
IFIGENIA: Bueno, eso pensaron ellos. Creyeron que Agamenón se negaría y que
entonces todos podrían regresar a casa.
HÉCUBA: Seguramente ofreció un sacrificio.
IFIGENIA: Lo cual no convenía a sus propósitos.
HÉCUBA: Y cuando no quisieron aceptar un sustituto…
IFIGENIA: Él envió a Odiseo, quien engañó a mi madre diciéndole que me
traería para casarme… con Aquiles, ¿qué os parece? Al llegar me entregó a los
sacerdotes, quienes me cortaron el cuello.
HÉCUBA: ¿Y nada de lo que dicen los poetas es verdad?
IFIGENIA: ¡Oh, Hécuba, Hécuba! ¡Tú eres una mujer! ¿Puede una mujer creer
semejantes tonterías? ¡Piensa! ¡Yo era una joven virgen! ¡Poco más que una niña! Mi
cabeza estaba llena de vestidos nuevos, de fiestas y de dudas sobre si alguna vez
tendría un amante. Las palabras que los poetas pusieron en mi boca fueron los alardes
engreídos de las tropas de Argos. ¡Dicen que me ofrecí a morir por la Hélade! ¿Qué
sabía yo de la Hélade?
HÉCUBA: Es cierto. Cuando yo tenía trece años, no hubiera muerto por Troya.
AQUILES: (Rascándose la entrepierna con irritación.). No comprendo por qué
han dicho todas esas cosas, si no eran ciertas. Yo pensé que tú eras mi prometida y
que te había defendido.
IFIGENIA: Mi padre me utilizó tal como lo hubiese hecho con una esclava o una
cabra de su rebaño. Creo que muchos padres hacen lo mismo. Luego, cuando hubo
terminado, aseguró que era lo que yo quería. Tal vez de ese modo se sintiera menos

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ruin. A los hombres les gusta pensar bien de sí mismos, y los poetas los ayudan a
hacerlo.
AQUILES: (Con mal genio.). Apolo me salve de una mujer inteligente. (La mira
de pies a cabeza.). De todos modos, se dice que estábamos prometidos.
IFIGENIA: Ya puedes ir olvidándote, Aquiles. En el Hades no se folla.

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Capítulo 8
En el Hades no se folla, había declarado Stavia ante Beneda a los once años,
adoptando una pose dramática. Las dos niñas estaban sentadas al sol sobre la muralla
de la ciudad. Stavia había aceptado ayudar a Beneda con las matemáticas, materia
para la cual su amiga era totalmente impermeable, si ésta le daba el pie para que ella
interpretase a Ifigenia. Al cabo de una semana tomarían las pruebas para la obra.
—Me gusta esa línea. Suena bien.
—Ayer estuve viendo el ensayo —comentó Beneda—. Michy no quiere decir
«folla». Dice que no es femenino.
—La madre de Michy es una persona muy rara. Morgot dice que Casi nunca
participa en el carnaval. ¡No le gusta el sexo en lo más mínimo!
—Algunas mujeres son así. ¿Sabes qué he oído? Que algunos hombres también.
¿Qué te parece?
—¿Que no les gusta el sexo?
—Que no pueden hacerlo, o algo así.
—Oh bueno, eso es psicológico. Al menos, algunas veces lo es. En uno de mis
libros de medicina se habla de ello.
—¿Puedo leerlo?
—Si quieres. Aunque es bastante aburrido. Es todo sobre hormonas y la glándula
prostática.
—Oh, creía que hablaría de penes.
—Bueno, lo es. Sólo que el pene es una protuberancia de todo lo demás. No
existe de forma independiente.
—Salvo para los soldados.
—¿Qué quieres decir?
—Ellos deben de pensar que existe de forma independiente, —Beneda señaló los
campos áridos que tenían delante—. Mira esa cosa que tienen al final del área de
revista. Es cuatro veces más grande que la estatua del Guerrero y el Hijo. ¡Si parece
una torre!
—Lo llaman un monumento de la victoria —objetó Stavia, aunque en realidad era
la primera vez que se detenía a mirar la columna. A decir verdad, se parecía bastante
a un falo.
—Oh, por todos los cielos, Stavy. Si hasta tiene prepucio. Stavia bostezó.
—No me importa si tiene un epidídimo ni lo que sea. Lo único que me importa es
que durante el carnaval dejaremos de estudiar durante todo un mes y los muchachos
vendrán a casa. Echo de menos a Jerby.
—¿Qué hará Myra?
—Es probable que tenga una cita con Barten —dijo Stavia en una voz que

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denotaba su reprobación—. Ha decidido que probablemente todo aquel asunto entre
Barten y Tally fue culpa de Tally. Según Myra, ella lo sedujo y le ofreció ir al
campamento de los gitanos. Cada vez que Barten hace algo indecoroso, Myra lo
cubre con azúcar y se lo come. Es idiota. Morgot sólo sacude la cabeza y espera que
después de una relación le resulte más fácil olvidarlo.
—¡Lo dices como si estuviera enferma!
—Estaba citando a Morgot. Bueno, así es como actúa Myra… como si tuviera
fiebre y delirase. Habla de tener un hijo con él, como es tan guapo.
—Eso no tiene nada de malo —dijo Beneda con incertidumbre—. ¿No es verdad?
—Físicamente ya está madura, así que supongo que no. Pero algo de malo debe
de tener, ¿sabes a qué me refiero?
—¿Porque él es como es?
—Bueno, ¿no te parece? Quiero decir, algunos de los soldados son perfectamente
honorables, ¿verdad? Algunos también son inteligentes. Pero Barten no. Por eso no
me parece bien que tenga un hijo siendo de ese modo.
—Pero es muy guapo. Si vas a criar a un hijo, ¿no preferirías que fuese lindo?
—Supongo que sí. Pero supongamos que tiene una hija y que cuando crece es
como él.
—¡Puaj! ¡Una gallina chillona! ¡Co-coró-cocó! —Beneda se colocó la mano
izquierda sobre la cabeza a modo de cresta y agitó el brazo izquierdo como un ala.
—Sí, yo opino lo mismo. Pero como Myra lo está considerando, Morgot le
suministra una dieta suplementaria. —Stavia entrelazó los dedos y se estiró como un
gato—. De todos modos, Myra hará lo que le venga en gana.
Beneda dejó el libro que había estado fingiendo estudiar y dijo:
—Stavy, lo de las gallinas me recuerda que mamá me pidió que pasase por el
mercado y le llevase unos huevos.
—Ve —le dijo Stavia con indolencia—. Yo te espero aquí. —Acompáñame.
—No quiero. Tú siempre comienzas a hablar y tardas una hora. Si te espero aquí
no me pondré impaciente.
—¿Qué harás aquí sola?
—Leer. —Observó los libros esparcidos en torno a ellas—. Sociedades anteriores
a la convulsión. Leeré tu libro de antropología y luego te haré preguntas.
—Es aburrido. Todo sobre islas, lugares tropicales y lapones.
—¿Qué son los lapones?
—Cuando lo leas lo averiguarás. —Se levantó y se alisó la ropa—. Ahora mismo
vuelvo.
Beneda se marchó. No parecía muy contrariada de que su amiga no hubiese
querido acompañarla. A ella le gustaba charlar con la gente, y a Stavia no. Pero claro,
su madre no estaba en el Concejo como Morgot. Beneda podía decir cualquier cosa

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que se le ocurriese, cosa que por lo general hacía, y nadie pensaba nada al respecto.
Pero si Stavia decía «parece que va a llover», todos se preguntaban si tendría relación
con algo que Morgot había dicho en casa. ¡Como si Morgot dijese algo cuando estaba
en casa! Mantenía la boca tan cerrada como una vinagrera. Stavia recogió el libro
rojo que Beneda había estado leyendo. Sociedades anteriores a la convulsión. Tribus
que vivían en islas tropicales. Tribus basadas en el comercio. Tribus migratorias…
los lapones.
Stavia comenzó a leer, entrando en el mundo de los lapones con sus gruesos
abrigos y sus botas altas, vestimenta bastante similar a la que se usaba en invierno en
el País de las Mujeres. Los lapones escogían a los renos más dóciles como
sementales, de ese modo podían conducir a sus grandes manadas de pastura en
pastura sin perder ningún animal. Stavia casi podía oler la inmensa masa de animales
viajando al norte y al sur con las estaciones, casi oía el bramido de las bestias, sentía
el frío cortante de la nieve, el peso de los abrigos y las botas, el tirón del macho
amarrado y conducido para que todos los otros animales lo siguiesen. Stavia se
sumergió en las palabras, se convirtió en uno de los migrantes, sintiéndolo…
Cuando Beneda volvió, Stavia estaba sentada sobre el muro con el libro abierto
sobre la falda. Las lágrimas le surcaban el rostro.
—¡Stavia! ¿Qué ha pasado?
—Los renos —dijo Stavia con voz ahogada por la risa y el llanto.
—¿Qué pasa con los renos?
—Es… es que ya no existen.
Beneda abrió la boca.
—Vamos, Stavy. Hay muchas cosas que ya no existen. No tenemos… máquinas
que secan la ropa, ni sistemas de transporte, ni calderas que calientan toda la casa. No
tenemos algodón, ni seda, ni… vacas o caballos, ni… ni muchos otros animales y
pájaros. Oh, muchas cosas.
—Las echo de menos.
—¡Jamás las has tenido!
—Sí, pero sé que han existido. Ahora es diferente.
—Eres rara. —Beneda abrazó a Stavia con fuerza y echó a reír—. ¡Te quiero
porque eres rara! ¿Siempre serás mi mejor amiga?
Stavia también rió y se enjugó los ojos con la falda.
—Siempre seré tu mejor amiga, Beneda. Siempre. Y yo sé que soy rara. Morgot
también me lo dice.
—Ojalá fuésemos hermanas.
—¿Por qué? Ser hermanas no significa mucho. —Stavia esbozó una mueca,
pensando en Myra.
—Me gustaría que fueses de mi familia. Quisiera que me pertenecieses.

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Beneda se ruborizó, avergonzada ante esta declaración. —Suena tonto.
—No, suena bien. Pero no es necesario que sea tu hermana para pertenecerte,
Beneda. Las dos nos pertenecemos una a la otra, ¿qué te parece?
Dejó el libro y la abrazó. Una cálida felicidad había reemplazado el vacío
evocado por el libro.
—En realidad no estaba tan triste, pero odio a esa gente que provocó las
desolaciones. Nos han robado.
—Por eso debemos obedecer las ordenanzas, para no robar a nuestros propios
descendientes —citó Beneda con solemnidad mientras esperaba a que Stavia se
recuperase—. ¿Querías hacerme preguntas sobre los lapones?
—Háblame de ellos —pidió Stavia con los ojos todavía húmedos, y cogió la
mano de su amiga.
—Vivían al norte, donde casi siempre hacía frío y nevaba. Confeccionaban sus
ropas con fieltro, como nosotros. Llevaban a pastar a los renos, y como era difícil
mantener unida a la manada, escogían a los machos que no escapaban y los usaban
como sementales. También ordeñaban a las hembras. Luego empleaban sus pieles
para abrigarse. Y la Señora sabrá qué verduras frescas comían, porque el libro no dice
nada…
—Me pregunto si todavía estarán allí.
—¿Dónde?
—En Laponia. Me pregunto si todavía existirán. Es posible, ¿no?
—Bueno, nunca lo sabremos. Queda en el otro extremo del mundo. Pero según
los libros, procuraban su propia supervivencia y la de los animales mediante la
domesticación, así que a lo mejor aún existen.
—Tal vez uno de estos días, cuando salga algún equipo de exploración,
descubrirán una forma de pasar. O tal vez decidan enviar un barco que cruce el
océano.
—Ya lo hicieron hace cientos de años, Stavia. Y el barco nunca regresó.
—Tal vez consideren que es hora de volver a intentarlo. Las cosas pueden haber
cambiado. De todos modos, cuando dentro de diez años parta el próximo equipo es
posible que vaya con ellos como doctora.
—No te hagas demasiadas ilusiones. —Beneda hizo una mueca.
—No, en serio. Creo que asistiré a la academia médica de Abbyville. Tal vez
dentro de un par de años. Puede haber una posibilidad. —Se detuvo al notar un
movimiento en el área de revista debajo de ellas—. Alguien nos está saludando. —
Stavia se levantó de un salto.
Alguien cruzaba el área de revista hacia la escalera que conducía al techo de la
armería. Desde allí hasta el muro no había más de tres o cuatro metros, con lo cual
aquél era el sitio preferido para concertar las citas.

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—¿Es Chernon? —preguntó Stavia. Ella solamente lo había visto con la túnica
blanca. Este joven vestía ropas pardas de piel de oveja.
—¿Stavia? —llamó él mientras subía la escalera—. ¿Te acuerdas de mí?
—¿Chernon?
—Sí. ¿La que está contigo es Beneda?
—¿Tú eres mi hermano? —Beneda se inclinó sobre el muro, y Stavia la cogió por
la cintura para que no se cayese.
—No te he visto desde que tenías seis o siete años. —Chernon le sonrió mientras
la examinaba.
—Mamá me contó todo lo que pasó. Lo siento mucho, Chernon.
—Yo también. Ese guerrero loco, el que me perseguía, ya está muerto. Unos
bandidos lo mataron durante una incursión. ¿Quieres decírselo a mamá? Me harías un
favor. Me gustaría ir a casa el próximo carnaval. O al menos haceros una visita. La tía
Erica es amable, pero quisiera veros a ti y a mamá. —Sus ojos parecían suplicar, y los
labios le temblaban un poco.— Y a las niñas.
—Y a las niñas. —Dirigió una mirada a la guarnición—. No puedo quedarme
aquí. Los muchachos no tienen permiso para subir, sólo los guerreros pueden hacerlo.
Tengo que cuidar a varios de los niños de ocho años. Escucha, hay una despensa
junto al muro, pasando el área de revista. Adentro hay muchos trastos viejos, pero si
te acercas a la pared encontrarás un agujero por donde se puede hablar o introducir
cosas. Algunos guerreros lo utilizan para concertar sus citas. Llévame la respuesta.
Estaré allí mañana al mediodía…
Su voz se alejó mientras sonaba una trompeta atrás de las barracas.
—¡Los de catorce! Es mi sección —exclamó Chernon—. No te olvides —agregó
con suavidad mientras corría escaleras abajo.
Las dos niñas se miraron, perplejas por lo que acababa de ocurrir.
—Chernon —susurró Beneda—. Oh, Stavy, es maravilloso. Creo que le gustas,
sabes. He visto cómo te miraba.
—Busquemos el sitio que ha mencionado —sugirió Stavia con tono práctico.
Aunque por dentro no se sentía nada práctica. Más bien se sentía derretida. Era una
sensación extraña, casi indecente, y ni siquiera quería pensar en ella—. Si piensas ir
mañana con la respuesta, tendrás que saber dónde está.
Había una escalera que bajaba del muro a una calle lateral. Desde allí cruzaron la
plaza, donde varias personas almorzaban al sol, y llegaron a un estrecho callejón que
se extendía entre la muralla y una fila de casas de citas. Los edificios de dos pisos
tenían abiertas sus puertas y ventanas, ya que se estaba efectuando la limpieza previa
al carnaval. A lo largo del callejón había varias puertas cerradas y al final, una
abierta. La habitación estaba llena de telarañas y cachivaches, pero alguien había
abierto un pasillo entre los trastos hasta la pared del fondo. El agujero tenía el tamaño

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de una mano y atravesaba la pared, cuyo grosor era de aproximadamente un metro.
Al otro lado se vislumbraba una luz vacilante.
—Está detrás de un árbol —dijo Stavia en tono pensativo—. Por eso nadie lo ha
denunciado.
—Tú no lo harás, ¿verdad, Stavy?
—No. Al menos hasta que le hayas dado a Chernon la respuesta de tu madre.
—Creo que no deberían denunciarlo nunca —señaló Beneda mientras examinaba
el camino abierto entre los trastos, donde se veían pisadas de diferentes tamaños—.
Alguien viene con frecuencia.
Del techo de la armería, Chernon fue directamente a presentarse ante el
vicecomandante Michael. Éste se hallaba sentado bajo un árbol, cerca de la residencia
de oficiales, acompañado por Stephon y Patras. Cuando hizo señas a Chernon para
que se acercase, Michael deseó que algunos de los de su centuria estuviesen
observando.
No era frecuente que los comandantes hablasen con un muchacho que ni siquiera
era un soldado aún.
—¿La has visto? —preguntó Michael.
—Sí, señor.
—¿Y?
—Y… ¿y qué, señor?
—¿Cómo ha reaccionado?
—Bien. Quiero decir que pareció interesada.
—¿Tu hermana?
—No, señor. Bueno, sí, señor, Beneda también estaba interesada. Pero pensé que
se refería a Stavia.
—Se refería a ella, muchacho —sonrió Stephon, un centurión alto y anguloso,
con el rostro delgado y profundas arrugas en torno a los ojos—. Tu comandante
quiere saber si eres capaz de conseguir… sus favores. —La sonrisa se tornó fría como
un cuchillo, y sus cejas negras unieron fuerzas sobre su nariz.
—Sí, señor. Lo haré, señor.
—Tú sabes de qué va todo esto, ¿verdad?
—Sí, señor. Michael me lo dijo.
—¿Qué te dijo? —Stephon dirigió una mirada rápida a Michael, quien se hallaba
reclinado en su silla mirando a Chernon con los párpados entornados. Cuando éste
también lo miró en busca de ayuda, Michael ni siquiera parpadeó.
—Me dijo que…
—Suéltalo, muchacho.
—Me dijo que las mujeres saben algo. Algo que nos están ocultando.
—¿Todas las mujeres?

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—Éste era el tercer hombre, el corpulento Patras.
—No. No, señor. Es decir, probablemente no. Pero las concejales deben de
saberlo. Y la madre de Stavia está en el Concejo. Michael dijo que tal vez yo
averiguaría algo si conseguía que Stavia me visitase durante el carnaval, o si lograba
visitarla…
—Muy bien, Chernon —murmuró Michael—. Y por supuesto, luego nos contarás
todo lo que hayas averiguado, ¿verdad?
—Por supuesto, señor.
Ante una seña de Michael, Chernon se retiró. Se sentía mareado por tanta gloría y
honor. La mayoría de los muchachos nunca lograban hablar con los oficiales, y
mucho menos realizar un trabajo especial para ellos.
—No creo que obtengamos mucho por este lado, ¿verdad? —murmuró Patras
cuando el muchacho hubo desaparecido de la vista. Patras tenía pelos en los sitios
donde otros hombres eran lampiños, y hasta su voz sonaba suave y gruñona, como si
también tuviera vello en la garganta.
—Nunca se sabe —dijo Michael—. Si seguimos enviando a nuestros muchachos
más atractivos para que cortejen a las hijas de las concejalas, tarde o temprano
averiguaremos algo. No es posible que todas sean tan reservadas como Morgot. Este
joven puede oír algo, y si no lo hará algún otro.
—Y también puede ser que no haya nada. Jik pudo haber mentido para evitar que
lo mataras.
—Eso es posible. Incluso probable. —Michael se estiró y esbozó una sonrisa
perezosa—. La próxima vez que ese payaso me estafe con una mujer, perderá una
parte vital de su anatomía. De todos modos, mientras tanto le creeremos sólo porque
es un ladrón. Él ha estado en Emmaburgo y en Annville. También ha estado en
Tabithatown, que queda al norte y muy lejos de aquí. Jik oye cosas. Si asegura haber
oído que las mujeres traman algo, es muy probable que sea verdad. Secretos, asegura.
—¿Qué clase de secretos? ¿Lo dijo? —preguntó Stephon.
—Sólo que es algo que nosotros ignoramos. Algo relacionado con los servidores
y las concejalas —respondió Michael.
—No sé para qué nos preocupamos por sus secretitos. —Stephon esbozó una
mueca despectiva—. ¡Esas ovejas estúpidas! ¿Por qué no nos apoderamos de la
ciudad? Podríamos hacerlo. Cualquier guarnición podría. ¿Por qué no lo hacemos?
Michael echó a reír con ganas.
—¡Oh, pues sí que eres ambicioso! Hay un pequeño problema: el comandante
Sandom. Él se encuentra perfectamente cómodo donde está.
—Sí, lo sé —murmuró Stephon—. El otro día uno de los de veintidós le preguntó
por qué dejamos que las mujeres se ocupen de todo, y el viejo Sandom le respondió:
«Yo estoy sentado aquí tan ricamente, muchacho. La tela de mi traje fue hecha en el

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País de las Mujeres, y bebo cerveza elaborada con sus cereales. Esta noche Bilby
preparará mi cena, y lo hará con carne, habas y queso que provienen del País de las
Mujeres. ¿Tú quieres ir a trabajar a los campos? ¿Quieres ensuciarte de barro y
morirte de frío? ¿Quieres ser un pastor, muchacho? Deja que las mujeres se ocupen
de todo. A ellas les gusta, ¿para qué molestarnos?».
—Algo de razón tiene —admitió Michael con suavidad.
—Desde el punto de vista de un vago, sí —se burló Stephon—. El problema de
Sandom es que no tiene ninguna ambición.
—Bueno, supongamos que nos apoderamos de la ciudad. ¿Tú saldrás a trabajar la
tierra?
—No seas estúpido. No sería necesario. Las mujeres lo harían.
—Sí, claro —replicó Michael—. ¿Crees que seguirían haciéndolo si avanzáramos
sobre la ciudad? Si lo hacemos, tal vez descubramos que debemos trabajar como
mujeres. ¿Nada de diversión excepto en carnaval? ¿Eso es lo que quieres? ¿Raciones
escasas cuando la cosecha no es buena?
—En primer lugar, como nosotros mandaríamos, podríamos divertirnos cuando
nos diese la gana. Y también fijar las raciones que nos apetecieran.
—¿Y tú crees que las mujeres seguirían haciendo todo el trabajo? Fue Stephon
quien le respondió.
—Creo que podríamos alentar a las mujeres para que continuasen como hasta
ahora.
—Por lo que decís, veo que lo tenéis todo previsto.
—No digo nada por el momento. Pero no comprendo por qué debemos
permanecer en la guarnición cuando estaríamos tan cómodos al otro lado de los
muros. ¿Por qué nos contentamos con las gitanas, cuando el País de las Mujeres está
lleno de muchachas más bonitas?
Michael sonrió.
—Tu problema, Stephon, es que por las noches no te sientas alrededor del fuego
para escuchar a los ancianos. Esos hombres recuerdan cosas que ocurrieron hace
treinta o cuarenta años. Deberías escucharlos más, Steph. Como lo que sucedió en
Annville, por ejemplo.
—¿Cuándo?
—Oh, hace veinte años por lo menos. Cuando tú todavía escuchabas cuentos
antes de dormir.
—¡No es verdad!
Michael echó a reír con pereza y se rascó el vientre.
—La guarnición de Annville decidió avanzar sobre la ciudad. Una noche
simplemente traspusieron la puerta y apostaron un guerrero en cada casa. Bueno, en
casi todas las casas. Tres días después tenían a toda la guarnición de Tabithatown

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acampada fuera de los muros. Luego vino la de Abbyville. Cada uno que salía, se
quedaba afuera. Si las mujeres iban a una granja, no volvían a entrar. La ciudad se
quedó sin alimentos. Muy pronto, los hombres comenzaron a salir. Al final los
oficiales fueron colgados en el área de revista y la guarnición se repartió entre
Abbyville y Tabithatown.
—¡Nunca lo había oído!
—A ellas no les conviene que lo sepas. Te diré una cosa, Steph. Yo podría
apoderarme de la ciudad. Tú también podrías. Lo he pensado. Es posible que lo haga.
Pero cuando me decida a avanzar sobre Marthatown, será mejor que tenga previstas
un par de cosillas. Lo primero será lograr una alianza con todas las demás
guarniciones. Y si no están de acuerdo, que al menos se mantengan al margen.
—¿Y qué más?
—Tendrá que haber comida abundante. Debe ser en un año de muy buena
cosecha. El comercio de otoño deberá haber pasado para que los depósitos se
encuentren bien llenos.
—No comprendo…
—De momento estamos viviendo de cosecha en cosecha, Steph. Usa los ojos y
los oídos. Escucha las conversaciones de las mujeres. Tú puedes pensar que ellas
trabajarán para nosotros aunque nos apoderemos de la ciudad, y es posible que eso
ocurra con el tiempo. Pero probablemente tardemos bastante en convencerlas. Si tus
hombres comienzan a tener hambre, se marcharán. No se puede ocupar una ciudad
sin hombres, y no se puede retener a los hombres sin comida.
—Diablos —gruñó Stephon—. Para todo eso se necesita una eternidad.
—Bueno, sólo son ideas —respondió Michael con una sonrisa lenta—. Yo soy
como el viejo Sandom. Por ahora estoy cómodo. Soy joven. Tengo tiempo. Si alguna
vez emprendo algo semejante, si decido que debemos ocupar el lugar que nos
merecemos en el mundo, lo planearé todo antes de empezar. Puedes hablar todo lo
que quieras sobre la ambición. Si ser ambicioso significa hacer algo estúpido en el
momento menos indicado, entonces yo no tengo más ambición que el viejo Sandom.
Observó el rostro de Stephon, y por el brillo de sus ojos comprendió que estaba
de acuerdo con él. Stephon era astuto. Era el mejor táctico de Marthatown. Si estaba
dispuesto a calmarse y dejar que las cosas siguiesen su curso, Michael podía aliarse
con él. Michael no era tan perezoso ni carente de ambición como parecía, pero
tampoco tenía la menor intención de arriesgar su vida o su posición.
—El comandante Sandom tendrá que sufrir una desgracia —dijo Stephon—. De
eso no cabe duda.
—Bueno, sí. Y no sólo Sandom. Sus camaradas también. El jefe de la armería,
Jander. El principal abastecedor, Genner. El vicecomandante Thales. Entre otros.
Todos cuentan con el favor de la tropa, Stephon. Y además, son nuestros superiores.

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—Pero no vivirán para siempre.
—No. Casi podríamos apostar sobre eso, ¿verdad? Entretanto —bostezó—,
Chernon y los otros niños bonitos tratarán de averiguar algo. Les he pedido que se
mantengan muy atentos, que escuchen todas las Conversaciones. Dentro de unos
años, quiero que Chernon establezca una relación estrecha con esa hija menor de
Morgot…
—¿La hija de Morgot? También es hija tuya, ¿verdad? Morgot ha pasado todos
los carnavales contigo, ¿no es cierto?
Michael rió.
—Los guerreros no tenemos hijas. De vez en cuando engendramos una niña, mi
amigo, pero no tenemos hijas. ¡Deberías saberlo! No, a las niñas hay que usarlas para
lo que sirven. Olvida a las hijas. Stavia no es nadie para mí. Myra tampoco. Barten la
ha cortejado hasta tenerla comiendo de su mano. Lo ha hecho bien, ese Barten.
—Con algunas protestas —rió Stephon.
—Bueno, Myra no era su preferida —respondió Michael—. Es un poco chillona y
delgada para su gusto. Él había puesto los ojos en la pequeña y suculenta Tally. Tuve
que impartirle algunas lecciones paternales, pero al fin Barten será fiel a su deber con
la guarnición.
—Si piensas que Morgot sabe tanto, no comprendo por qué no puedes
sonsacárselo tú mismo —dijo Stephon con malicia—. Por lo que dices, la tienes en
tus manos.
—Morgot es satisfactoria en algunas actividades, pero no habla —respondió
Michael—. No obstante, las niñas, en su primera cita… —Se echó a reír con
expresión significativa—. Seguramente hablarán, ¿verdad? Las jovencitas cantan
como grillos. No puedes callarlas.
—¿Barten ha averiguado algo?
—No mucho, pero ya ha convencido a Myra de lo ridículas que son las
ordenanzas. Cosas así. Si es un rasgo de familia, Stavia podría ser la siguiente. Es
todo lo que queremos: dos pollitas enamoradas, furiosas con su mamá y dispuestas a
cualquier cosa por nuestros jóvenes gallos.
—Tal vez debiste haberte deshecho antes de Vinsas, Michael. Al joven le hubiera
resultado más fácil acercarse a su familia.
—Yo no tomo medidas contra un guerrero porque alguna mujer me lo pida —
replicó él, irritado—. No hago nada porque alguna mujer me lo pida.
—Por supuesto que no —dijo Stephon, tratando de apaciguarlo—. Pero matar a
ese canalla de Vinsas fue una excelente idea, no importa cuál haya sido la razón.
Esa noche, mientras preparaban la cena, Stavia habló con Morgot sobre lo que
Chernon les había pedido.
—Dice que el guerrero Vinsas ha muerto.

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—Qué raro —observó Morgot—. No sabía que últimamente hubiese muerto
ningún soldado.
—Chernon dijo que fue durante una incursión contra unos bandidos.
—Me habría enterado… —Morgot se veía confundida y preocupada a la vez,
pero al ver la expresión inquieta del rostro de Stavia se contuvo y continuó—: Bueno.
Al menos esto beneficiará a Chernon. Es bastante probable que Sylvia acepte
recibirlo en su casa.
—¿Existe alguna razón para que no lo haga?
—Existen todas las razones, pero creo que lo hará. Es difícil recuperar a un hijo y
probablemente volver a perderlo cuando ya has pasado por eso y has superado la
desgracia.
—No comprendo.
La expresión de Morgot se tornó abstraída.
—Das a luz un niño. Cuando todavía es un bebé piensas que lo perderás cuando
cumpla cinco años. Te angustias. Lo superas. Entonces llega el día y lo entregas a su
padre guerrero. Te angustias. Te repones. Luego, cada vez que viene a casa para el
carnaval, es como si volvieran a abrirte la herida. Todas las veces te recuperas. Y al
fin, cuando cumple los quince años, es posible que decida permanecer en la
guarnición, y vuelves a angustiarte. Permaneces despierta todas las noches con los
ojos ardientes y la almohada húmeda. Tratas de contener las lágrimas y te quemas por
dentro. Temes que lo envíen a la guerra, que lo hieran, que muera. Cada batalla
significa… significa que algunos morirán. Tal vez sea tu hijo, o el hijo de tu amiga.
Algunas mujeres no lo resisten. Hay quienes tratan de olvidarlos; cuando los chicos
cumplen quince años, nunca más vuelven a hablar de ellos. Otras mujeres los vigilan,
los saludan desde la muralla, les envían regalos. —Con la voz quebrada, Morgot le
volvió la espalda.
—¿Crees que Habby y Byram no volverán? —La congoja de Morgot fue tan
inesperada como alarmante, y Stavia formuló la pregunta aunque ya conocía la
respuesta.
—No lo sé, Stavy. Espero que sí. Pero simplemente no podemos saberlo. —Con
los ojos húmedos, Morgot cambió de tema—. ¿Por qué no llamas a Myra para que
venga a pelar estas patatas?
—Preferiría no hacerlo. Ha estado bastante insoportable desde ese día —dijo
Stavia.
—Creo que no es más que una actuación.
—Bueno, lo que sea. —Dirigió una mirada a su madre, quien ya había vuelto a
ser ella misma.
—Ve a llamarla, de todos modos.
Stavia obedeció, pero estuvo remoloneando para que Morgot tuviese tiempo de

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recomponerse un poco. Myra se dirigió a la cocina y peló las patatas con una
expresión distante y hastiada. Stavia y Morgot hablaron de naderías, rodeando el
silencio de Myra como agua en torno a una piedra medio sumergida. La joven las
culpaba por lo que Barten le había hecho a Tally, por estar presentes cuando ella lo
había descubierto. Sin embargo, no se lo reprochaba a Barten, y a Stavia aquello le
resultaba exasperante.
—¿Has ido hoy al centro médico? —le preguntó Morgot a Myra.
—No. —Un breve monosílabo.
—¿Quieres ir mañana, por favor?
—Aún no lo he decidido.
—Myra, ya hemos hablado de esto varias veces. Si no quieres estar bajo
detención durante el carnaval, tendrás que ir al centro médico para que te examinen y
te sellen.
—¡Tú no estás sellada!
—No, porque no tengo intenciones de ponerme la falda y participar del carnaval.
Este año no. Pero es probable que tú sí quieras hacerlo.
—¿Y si no lo hago?
—Ya conoces la respuesta a eso. Si no lo haces, podrás quedarte en la casa tal
como hiciste el año pasado y el anterior. Entonces estaba bien. No te interesaba nadie
en particular y no había ninguna necesidad de que salieras a rondar por las tabernas a
los quince o dieciséis años. No obstante ahora tienes diecisiete, y estás interesada en
alguien. ¡No quiero que te enfades conmigo porque deseas concertar una cita con
Barten y las ordenanzas te impiden hacerlo!
—Me quedaré en casa. De todos modos, las reglas son estúpidas.
Stavia, quien también pensaba que algunas ordenanzas eran estúpidas pero jamás
lo hubiese dicho, quedó horrorizada ante el comentario de Myra.
—Muy bien. Tú decides, Pero piensa que si sales a la calle te detendrán, y
probablemente te asignen a un equipo de trabajo para limpiar las casas de citas.
Myra apoyó el cuenco de patatas con fuerza y salió como una tromba por el
corredor, en dirección al cuarto higiénico.
—Se esconde allí adentro —dijo Stavia.
—Lo sé. Pobre niña. Se debate entre lo que su cuerpo desea y todas las ideas
románticas que Barten le ha ayudado a concebir. Amor eterno. Promesas para
siempre.
—Así es Myra —dijo Stavia con incertidumbre.
—Así somos todas, Stavy. He oído varias promesas semejantes de jóvenes
guerreros. De vez en cuando yo misma he albergado algunas ilusiones románticas o
sentimentales. A todas nos gusta inventar mundos mejores que éste, mejor para los
amantes, mejor para las madres… Es posible que el mismo Barten lo crea. Muchos

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guerreros lo hacen.
—Como los poetas.
—¿Qué poetas?
—Los de Ifigenia en Ilión. Convertir lo que realmente le ocurrió a Ifigenia en otra
cosa. Ella fue asesinada, pero eso hacía sentir culpables a los hombres y por eso
fingieron que había sacrificado su propia vida. Barten sabe qué ocurrirá con Myra si
la lleva al campamento de los gitanos, pero lo convierte en otra cosa con las historias
que le cuenta.
—Mmm. Sí. En realidad la comparación es muy acertada. Es una de las cosas que
siempre tratamos de recordar en el Concejo… la necesidad de mantener los
romanticismos y los sentimientos fuera de nuestras deliberaciones. Dejemos el
romanticismo para los soldados. En el País de las Mujeres no podemos permitirnos
ese lujo.
—Puedes decirle a Myra que lo haga mientras pueda. No se folla en el Hades.
—¡Stavia!
Stavia se ruborizó, y luego palideció de culpa. La frase era más literaria que
femenina. Oyó un pequeño sonido ahogado y al volverse descubrió que su madre
estaba inclinada sobre la mesa, con los ojos llenos de lágrimas, conteniendo la risa.
El último día del plazo, Myra fue al centro médico y recibió un injerto en el
brazo: vitaminas, dijo Morgot, porque no se había alimentado adecuadamente. En la
misma visita fue sellada para el carnaval. La tinta roja del sello quedó oculta a un
lado de su frente, bajo un mechón de cabello rojizo, y apenas si resultaba visible. No
obstante, cuando Myra lo tuvo, pareció llegar a un acuerdo consigo misma y se
tranquilizó bastante. También dejó de ridiculizar a Joshua, aunque no volvió a tratarlo
con el respeto y el afecto de antes. De todos modos, la vida se volvió más fácil para
Morgot y para Stavia, y sobre todo para Joshua. El carnaval nunca era motivo de
alegría para los servidores. Por lo general permanecían en las zonas residenciales o
privadas, tratando de evitar cualquier enfrentamiento con los guerreros. Aunque en
Marthatown, nadie conocía a Joshua, excepto Habby y Byram. Él había venido de
Susantown cuando sólo tenía dieciocho años. Los hombres que retornaban por la
Puerta de las Mujeres solían elegir otra ciudad donde vivir, y de ese modo evitaban
encontrarse con antiguos conocidos. Si Habby decidía regresar, podría elegir vivir en
Susantown, en Mollyburgo o en cualquier otra ciudad. Morgot y Stavia siempre
podrían visitarlo allí.
Beneda había transmitido el mensaje de Chernon. Sería bienvenido en la casa.
Stavia superó los exámenes de estudios femeninos y psicología, y fue alabada por su
proyecto de jardinería. Su boceto para un decorado de Ifigenia en Ilión resultó
aceptable, al igual que su interpretación del papel asignado. Logró escribir de
memoria una sección de las ordenanzas, sin cometer más que unos pocos errores de

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puntuación.
Entonces se acabaron todos los estudios y proyectos durante un mes, lo cual
permitía que las instructoras llevasen a cabo sus propios planes para el carnaval.
Excepto por aquellos días festivos semestrales, la escuela permanecía abierta todo el
año. Casi todas las mujeres de la ciudad, cualquiera que fuese su edad, estaban
estudiando algo.
«Después de las convulsiones —le había dicho Morgot—, se perdieron muchos
conocimientos porque la gente no sabía nada fuera de su propia área, y los libros
habían desaparecido. Aunque tengas setenta años, debes continuar aprendiendo algo
más, por si llegase a ser necesario».
A Stavia le dolía la cabeza sólo de pensar que aún tendría que estudiar cuando
tuviese setenta años.
La llegada de Chernon a la casa materna coincidió con que Stavia disponía de
más tiempo libre para visitar a Beneda… y a Chernon también, por supuesto, ya que
se encontraba allí. Sobre todo porque él insistía en que Beneda la invitase.
—¿Por qué me hablaste cuando Jerby fue entregado a su padre guerrero? —le
preguntó. Estaban en el porche superior de la casa de Sylvia, colgando la ropa recién
lavada sobre el patio. Stavia se había ofrecido para la tarea si Chernon subía la
escalera con los pesados cestos.
Él lo pensó con cuidado unos momentos. Debía decidir qué iba a responder. No
podía confesarle que le había hablado por sugerencia de Michael.
—No me atrevía a acercarme a mamá o a Beneda —dijo al fin—. No sabía si me
recibirían bien, y además se encontraban demasiado lejos. Pensaba entregarte un
mensaje para ellas, pero luego no tuve tiempo.
Sacudió una sábana húmeda y le entregó una punta.
Stavia sujetó la sábana a la cuerda y tiró de la misma para que la polea la
impulsase sobre el patio.
—Te está permitido enviar mensajes escritos, ¿verdad?
—Sí, si no tienes más remedio. Si estás dispuesto a explicar todo y a discutir con
los oficiales. De haber tenido ocho o nueve años, nadie habría sospechado nada al
respecto. Como parte del servicio suelo dormir con chiquillos de esa edad, y ellos
siempre echan de menos su casa. Pero cuando tienes trece o catorce años, se supone
que sólo vas de visita porque es tu obligación. No tienes por qué desearlo.
—Seguramente dicen que es cosa de mujeres. —Stavia terminó de colgar las
últimas prendas (la ropa interior de Beneda) y se secó las manos en el pantalón.
—Dicen eso, sí. Y cosas peores. Aunque está bien visto que eches de menos la
comida que prepara tu madre.
—¡Beneda dice que comes mucho! —En realidad, lo que su amiga había dicho
era que tragaba como una fiera y ni siquiera se tomaba la molestia de saborear lo que

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comía.
Chernon se ruborizó y Stavia cambió de tema.
—¿Por qué ese guerrero hizo que insultaras a tu madre?
Hubo una expresión extraña en el rostro de Chernon, mitad ansiosa y mitad
indignada.
—Oh, lo siento —exclamó Stavia—. Morgot siempre dice que mi boca será mi
perdición. No quería ser indiscreta.
—Está bien. No creo que él la conociera. Mamá dice que es posible que se lo
presentara alguna vez. Y asegura que nunca, ya sabes, había estado con él. Él
afirmaba que la había dejado embarazada, y que ella no lo reconoció como el padre
por despecho.
—Eso es una tontería, Chernon.
Él le dirigió una mirada rápida por el rabillo del ojo, alcanzó a ver una expresión
escéptica y rió sin convicción.
—Oh, fue una locura. En ocasiones aseguraba que yo era su hijo, pero no es
cierto. Se lo pregunté a mamá y ella dice que no. Es probable que ni siquiera tuviera
ningún hijo.
—Entonces, ¿por qué se armó tanto alboroto al respecto? Chernon pareció
enfadarse por la pregunta.
—¡Vosotras las mujeres no comprendéis nada! Mamá quería que le mintiese, pero
yo le dije que eso era deshonroso. Ella alegaba que decirle la verdad a un demente era
absurdo, y tu madre opinaba lo mismo. De todos modos, él era mi superior, y yo
debía hacer lo que era honorable. Los guerreros no se mienten unos a otros, y traté de
hacéroslo comprender a vosotras, las mujeres.
—¿«Vosotras, las mujeres»? Chernon se ruborizó.
—Mi madre. Tu madre. Traté de explicarles que debía hacer lo que Vinsas quería,
aunque fuese una locura, porque eso es lo que se acostumbra en la guarnición.
Obedecemos órdenes, ¡y no preguntamos si el oficial está loco o no!
—¿Tú sabías que estaba loco?
—Durante el carnaval… uno de los guerreros dijo que durante el carnaval estaba
vigilado por seis mujeres robustas armadas con garrotes. Si él miraba siquiera a una
mujer, todas se lanzaban sobre él. Oí… oí decir que incluso forzó a uno de los
muchachos.
—¡Chernon! Eso está absolutamente prohibido.
Stavia se mordió el labio. Incluso en épocas anteriores a la Convulsión se sabía
que el así llamado «síndrome gay» estaba causado por niveles anormales de
hormonas durante el embarazo. Ahora las doctoras habían identificado la condición
como «inadaptación hormonal reproductiva», y la corregían antes del nacimiento.
Quedaban muy pocos IHR, masculinos o femeninos, nacidos en el País de las

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Mujeres, aunque de vez en cuando nacía una persona asexuada. Y también estaban
los omnisexuados que, según las instructoras, eran capaces de aparearse con un
saltamontes si lograban que éste se quedase quieto el tiempo suficiente. Si el guerrero
realmente había «forzado a uno de los muchachos» tenía que haber sido por
perversión, y no por una necesidad de la libido. La sexualidad se aceptaba como un
hecho normal y ventajoso de la vida. No ocurría lo mismo con la perversión; la
violación no se toleraba en el País de las Mujeres.
—Pudo haber sido ejecutado por ello —dijo Stavia—. No imagino por qué no lo
hicieron.
—Nadie logró probar nada —respondió Chernon con incomodidad—. De
cualquier modo, sólo era un rumor.
—¿No podían controlarlo?
—¿Quiénes? ¿Te refieres a los oficiales? Vinsas estaba bajo el mando de Michael.
Supongo que él podía haber hecho algo, de haberlo deseado. Pero cuando mamá fue a
verlo, sólo logró que se obstinara y decidiera no tomar cartas en el asunto. Vinsas
estaba realmente fuera de sus cabales. Por lo general todos lo dejaban tranquilo.
Luego murió. Creo que alguien lo mató.
—¿Que fue asesinado?
—Sólo que lo mataron. Me parece que fue durante una incursión de su centuria
contra los bandidos. Aunque nosotros sospechamos que en realidad los responsables
no fueron los bandidos. Todos se alegraron con su muerte.
Stavia se mordió el labio y cogió el cesto vacío para llevarlo a la planta baja.
Aunque Chernon se había mostrado muy desagradable con su familia, ella lo
disculpaba por todo lo que había pasado. La sola idea hizo que los ojos se le llenaran
de lágrimas. Stavia sacudió la cabeza y permitió que la sábana más cercana le rozase
el rostro para ocultar las lágrimas.
—¿Piensas en la posibilidad de regresar a casa?
—¿Te refieres al próximo carnaval?
—Quiero decir para siempre. Atravesar la puerta… —Alcanzó a ver la expresión
de su rostro, repentinamente distante y algo despectiva.
—No lo menciones, Stavia. Por supuesto que pienso en ello, pero no quiero
hablar al respecto. De eso no se habla.
Su respuesta la sorprendió y la alarmó. Él no se había negado a hablar de ningún
otro tema.
—Está bien. Por cierto, ¿conoces a Barten?
Chernon se relajó. Ahora se sentía en terreno seguro.
—Oh, todos conocen a Barten. Tú decías que tu boca te metería en problemas.
Pues Barten es aún peor que tú. Es un fanfarrón. Nos alegraremos cuando cumpla los
veinticinco y pueda ir a pelear. Entonces dejará de hablar sobre lo valiente que será.

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Es posible que alguien lo hiera en la boca y nos haga felices a todos.
—No lo aprecias mucho, ¿verdad? —Colocó una pinza adicional en la sábana
más cercana, y la observó agitarse al viento.
—Barten se aprecia a sí mismo por todos nosotros. Sobre todo debido a la
jerarquía de su padre guerrero.
—¿Quién es él?
—Michael. Siempre están intercambiando ideas, ¿no lo sabías?
Stavia sacudió la cabeza, temiendo decir algo de lo cual pudiera arrepentirse. Así
que en realidad, Barten podía ser su hermanastro. ¿El hermanastro de Myra? No, en
ese caso, Morgot hubiese dicho algo al respecto. Aunque una unión con un
hermanastro no era necesariamente algo malo. Eso dependía. Stavia se sentó sobre la
baranda y observó la pared del patio trasero en dirección al mar.
—¿En qué piensas? —le preguntó Chernon.
—En la genética.
—¿Qué es eso?
—Es la ciencia que estudia el modo en que las características se transmiten a la
descendencia.
Hubo un largo silencio. Él se sentó en la baranda a su lado y volvió la cabeza. Si
Stavia le hubiese visto el rostro, habría notado que estaba muy concentrado, como
con una inspiración repentina.
—¿Qué ocurre? —le preguntó ella.
—Tú me haces sentir… me haces sentir ignorante —respondió Chernon con voz
dolida—. Yo no sé nada de esas cosas.
Stavia le dirigió una mirada de asombro.
—¡Todo está en los libros! La guarnición tiene una biblioteca.
—Romances, Stavia. Cuentos de batalla. Sagas. Diseños de armaduras. Higiene.
Mantenimiento de los ejércitos. Todo eso. No hay nada sobre las cosas reales. Nada
de medicina, ingeniería o administración.
—Ésos son estudios femeninos.
—Ya lo sé. Sólo he dicho que me haces sentir ignorante, nada más. —Volvió a
parecer dolido—. No es una sensación agradable.
—Podría prestarte algunos libros mientras estás en casa. Si quieres, incluso te
daré algunos de los viejos para que te los lleves a los barracones.
Stavia hizo la oferta antes de detenerse a pensar, y una parte de ella se encogió,
horrorizada, al comprender lo que acababa de decir. ¡Entregar libros a un guerrero
estaba absolutamente prohibido!
—No puedo aceptarlo —dijo Chernon, aunque sus ojos la miraban de soslayo,
como evaluando la oferta—. Me arrestarían. Ella casi suspiró de alivio.
—¿No te permiten leer?

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—Cosas así, no. Cosas de mujeres.
—Ah. —Stavia buscó algo para consolarlo—. Pero Beneda tiene libros que
puedes leer mientras estás en casa.
—En los de ella no pone nada de lo que quiero saber —protestó Chernon con
calculada tristeza, y sus ojos se alzaron hacia un punto distante y helado. Esa actitud
siempre le había servido para que Sylvia se acercase a él, suplicando que le dijese qué
le preocupaba, qué podía hacer para ayudarlo.
Tuvo un efecto similar en Stavia. De pronto ella comenzó a preguntarse qué daño
podía causarle. Después de todo, no había ninguna ordenanza que le impidiese leerle,
o hablarle sobre lo que había leído. ¿Dónde estaba la diferencia? Sólo mostraba lo
estúpidas que eran algunas ordenanzas.
—Nunca habría imaginado que un guerrero quisiese leer. Pero si estás tan
interesado…
Chernon se volvió hacia ella, ruborizado. Su rostro estaba tan ansioso como el de
Jerby cuando le prometían golosinas, y a Stavia le pareció que su renuencia no tenía
sentido. No obstante… iba en contra de las ordenanzas.
Stavia adoptó una expresión animada.
—A cambio, puedes hacerme un favor.
—¡Lo que quieras!
—Dime cómo llaman los guerreros a ese monumento que está al final del área de
revista.
—¿La estatua de Ulises?
—No. Ese tan alto.
Él se ruborizó.
—Lo llamamos el estrado de parada. Stavia sacudió la cabeza exasperada.
—Eso es una tontería. Nadie puede subirse en ese estrado.
Él volvió a ruborizarse.
—Vamos, Chernon, ¿por qué lo llaman así?
—Es la erección apropiada para un área de revista —murmuró él. Stavia necesitó
unos momentos para comprender sus palabras.
—Ya veo. ¿Qué es en realidad?
—Es lo que parece —volvió a murmurar Chernon—. Los guerreros de casta
prestan sus juramentos de honor sobre él. Es un símbolo de virilidad.
—¿Adoración del pene?
—Es simbólico —le explicó él, ofendido.
—Si —dijo Stavia, sorprendida—. Claro, claro.
La época de carnaval cobró impulso. Habby, Byram y Jerby estaban en casa, y
tanto Joshua como Morgot preparaban comidas especiales y entregaban obsequios.
Palomitas de maíz junto a la estufa, pasteles, toda la familia saliendo a ver las

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presentaciones de los magos o los fuegos artificiales. Excepto Myra. Ella se
marchaba todas las mañanas con las mejillas sonrosadas y una risita nerviosa. Había
cambiado sus habituales pantalones por unos vestidos cortos y coloridos, y acudía
dos veces diarias a la casa de citas. Luego salía por las tabernas con Barten a beber
cerveza y bailar hasta altas horas de la noche.
No había tiempo para echarla de menos o preocuparse por ello, con las decenas de
payasos y magos ambulantes, los fuegos artificiales que se elevaban en el cielo
nocturno, los acróbatas, los malabaristas, los juglares, la ciudad invadida por la
música, los tambores y los coros. Había competiciones de canciones entre guerreros y
mujeres, aunque los soldados casi siempre ganaban. Los guerreros tenían mucho
tiempo para ensayar: siempre que no peleaban, se ejercitaban para hacerlo o se
enzarzaban en sus interminables competiciones deportivas. En general cantaban
epopeyas de batallas, aunque también conocían algunas canciones divertidas, otras de
los viejos tiempos y las baladas de amor conocidas por todos: Ya se ha ido, él ya se
ha ido, La centuria perdida, Bajo las faldas del guerrero y Perdí a mi amor en
carnaval, una endecha. Las mujeres no disponían de tanto tiempo para ensayar, pero
de todos modos cantaban y sus voces resonaban por toda la ciudad.
Después de cinco o seis días, a Stavia le pareció que Myra estaba fatigada.
—El que haya bostezado no significa que esté cansada —gruñó Myra.
—Puedes quedarte en casa un día, si quieres —sugirió Morgot.
—No quiero.
—Bueno, tal vez sería conveniente que volvieras temprano y durmieras bien esta
noche.
—A Barten no le gusta beber solo.
—No estará solo —alegó Habby con un bostezo. El rostro del joven se veía tan
cansado como el de su hermana—. Ya encontrará a alguien.
—¡Habby! —Myra se puso roja de ira. O tal vez fue de dolor.
—Sí, Habby —observó Morgot—. En tu lugar, yo me guardaría las sugerencias.
Al llegar el octavo día, Myra no salió. En su habitación se oían fuertes sollozos.
—Han discutido —explicó Morgot.
—Él ha discutido —dijo Stavia—. Chernon me lo ha contado todo. Los guerreros
se pusieron de acuerdo para pelearse con sus enamoradas después de siete u ocho
días. Así podrían probar a alguna de las otras chicas.
—Una idea muy poco inteligente —suspiró Morgot—, ya que todas las demás
también están en casa, llorando.
Parecía haber cierta lógica en ello. Un mensajero trajo una nota de Barten donde
suplicaba a Myra que se reuniese con él.
Ella salió con los ojos hinchados.
—Mierda —dijo Stavia—. Ha perdido el juicio por completo.

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—Pues sí —respondió Morgot con un bostezo—. Lo mismo les ocurre a todas. Y
a mí también, cuando tenía su edad.
—Me niego a tener esa edad.
—Te deseo suerte.
Entonces el carnaval se acabó. Chernon regresó a la guarnición. Lo mismo
hicieron Habby, Byram y Jerby… los dos primeros con resignación, el pequeño
llorando. Resultaba fácil imaginar cómo se sentían ellos, pero ¿y Chernon? ¿Quién
sabía lo que sentía él?
—Le gustas, ¿verdad? —preguntó Beneda con los ojos brillantes—. Cuando seáis
mayores, a lo mejor os convertiréis en amantes.
—Beneeda —protestó Stavia.
—Bueno, es posible. Y quizá tengas un hijo de Chernon. Entonces seremos como
hermanas.
—¡Beneeda! No quiero hablar del tema.
Le ardía el rostro. No podía hablar al respecto. Se acercaba demasiado a unos
sentimientos que no lograba comprender ni controlar.
En la plaza, la gran puerta que había dejado entrar y salir a los guerreros durante
dos semanas, volvió a cerrarse. Unas mujeres silenciosas comenzaron a limpiar las
calles sembradas de basura. Las tabernas cerraron, y los toneles de bebida quedaron
vacíos hasta la siguiente temporada. En las casas de citas se cubrieron los muebles
con sábanas, se limpiaron las cañerías y se volvieron a clausurar las puertas.
La ciudad estaba casi en silencio, con una quietud funeraria. Las puertas se
cerraban con suavidad, las voces murmuraban y hasta la Fuente de la Extinción
pareció acallar su música. Los cantos de los pájaros se parecían más a una pregunta
desconcertada que a una afirmación. Era como una época de duelo.
—De separación —murmuró Morgot, citando a una poeta del País de las Mujeres
—. «El silencio de la separación, una vasija de quietud que contiene la aflicción para
quienes se han encontrado y vuelto a separar. Una época para evocar aquellas cosas
que no están perdidas, sino olvidadas».
—Creo que todo se debe a que estamos cansadas —dijo Stavia con tono práctico.
Ella lo estaba. No ver a Chernon le resultaba inconcebible, pero verlo hacía que se
sintiera cansada en un sentido muy extraño—. Simplemente cansadas. —Preocupada
con sus propios sentimientos confusos, no notó la mirada de Morgot sobre ella.
Una semana después de eso, Stavia volvió a sus estudios.
En contra de su buen criterio, de su sentido común y de la opinión horrorizada de
Stavia la observadora, antes de volver a la escuela le entregó un libro a Chernon.
Stavia la actriz lo hizo a pesar de todo, alegando que las ordenanzas era estúpidas y
arbitrarias, y que Chernon era diferente.
—Me traerás otros, ¿verdad? —le suplicó Chernon a través del hueco en la pared.

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Sus dedos se tocaban en el interior del muro, temblaban como animalillos que se
olían mutuamente—. Por favor, Stavia. Tráemelo. Cualquier cosa. ¡Cualquier cosa
que pueda leer!
—Te pillarán —dijo ella, con cierta esperanza de que dejase de presionarla. Los
dos se meterían en problemas… y sin embargo esto parecía unirlos de alguna manera.
—No me cogerán. Vendré durante mis ratos libres. Me quedaré por las noches
para leer y luego dejaré las cosas aquí, escondidas detrás del árbol. Oh, sé que lo
harás. Por favor, Stavy.
—Está bien, Chernon —le prometió ella, aturdida por la sensación húmeda y
furtiva que él le provocaba.
Eso debía de ser lo que llamaban «enamoramiento». No podía definirlo de
ninguna otra manera. Le prestaría unos pocos libros más con tal de que perdiese esa
expresión dolida en el rostro. No soportaba verlo de ese modo.
Varios días después del carnaval, Myra fue al centro médico acompañada por
Stavia.
Después de una hora, la joven salió con expresión furiosa y las dos regresaron a
casa.
—¿Tienes algo? —le preguntó Stavia.
—No, no tengo nada. Estoy bien.
—¿Qué te ocurre?
—Es que… ¡son tan bruscas! Siempre las mismas preguntas. ¿Cuándo tuve la
última regla? ¡Pero si ya lo sabe! Fue justo antes del carnaval, y me examinó en ese
momento. ¿He tomado los complementos? ¿He tenido algún problema sexual?
—Eso no suena tan grosero.
—Fue otra cosa. Me puso sobre esa mesa, despatarrada como un pescado abierto,
y me metió ese artefacto metálico y una jeringa.
¡Entonces la llamaron para una urgencia y me dejó allí!
—Algunas veces hay urgencias, Myra, compréndelo.
—Bueno, pero podía venir alguien a soltarme. Estuve allí durante media hora,
tendida de espaldas.
—¿Estás embarazada?
—Dice que lo sabrá dentro de unas seis semanas.
—¿Tú quieres estarlo?
—Claro. Quiero decir… tengo que empezar alguna vez, ¿no?
—¿Pero de verdad deseas tener un hijo? ¿De Barten?
—Sería el niño más guapo, Stavy. Siempre he odiado este cabello. Y las pecas.
Odio las pecas. El hijo de Barten tendrá cabello oscuro, ojos azules y una piel suave.
—No puedes estar segura de eso, Myra.
—Bueno, existen muchas probabilidades.

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—Sólo digo que no cuentes con ello. El bebé puede heredar tu cabello y tus
pecas, y no sería buena idea hacerle saber que te sientes decepcionada.
—Oh, por todos los cielos, Stavia, ¡tú no eres la única en la familia que ha
seguido los cursos de educación infantil! Es horrible, algunas veces hablas igual que
Morgot. Sólo tienes once años, ¿por qué no actúas como una niña?
Stavia se sorprendió tanto por aquellas palabras que se detuvo, dejando que Myra
se adelantase sola. Era cierto. Hablaba como Morgot. Por primera vez se percató de
que hasta pensaba en sí misma como en una especie de Morgot. Una versión más
pequeña. Le parecía injusto que Myra le recordase que sólo tenía once años. Era
cierto, pero no significaba nada, salvo en lo fisiológico. Aún no tenía pechos ni había
comenzado a menstruar. Eso ya llegaría. Por las noches, cuando yacía en la cama y se
tocaba para provocarse placer, pensaba en Chernon y ansiaba que pasasen los años
hasta que… Stavia se ruborizó, consciente del ardor en su cuerpo. Eso significaba que
su sexualidad funcionaba con normalidad. Y que tenía una mente femenina.
Sus pensamientos fluyeron. Si era cierto que Morgot y ella se parecían tanto,
entonces su madre comprendería que le hubiese prestado los libros a Chernon. Lo
comprendería y lo aprobaría…
La idea que se había formado en su mente se escurrió como el agua, dejando atrás
una enorme certeza. Ella y Morgot podían parecerse como dos hermanas gemelas, o
como nunca se habían parecido una madre y una hija, pero Morgot jamás aprobaría lo
que ella había hecho. Su madre citaría las ordenanzas. «Si quiere los libros, que
regrese al País de las Mujeres —le diría—. Entonces podrá tener todos los que
quiera».
Era cierto. Joshua tenía muchos libros. Y también el pequeño Minsning, como
cualquier otro servidor que los desease. Pero no los guerreros. Un hombre que elegía
el camino de los guerreros decidía pelear por su guarnición y su ciudad. Un guerrero
necesitaba de todo su poder de concentración. Podía resultar peligroso que albergase
otros pensamientos. Además, también podía ser arriesgado que un guerrero supiese
demasiado respecto a determinados temas. Metalurgia, por ejemplo. El conocimiento
significaba una ventaja desleal sobre los demás. Por lealtad a su guarnición, un
guerrero podía fabricar algún mecanismo que los hiciese regresar a la época de las
convulsiones. Sólo una lucha cuerpo a cuerpo permitía decidir las cosas con justicia,
sin arriesgar la vida de otros, sin provocar la devastación…
Stavia podía oír la voz de Morgot. Pero también oía la de Chernon.
«Por favor, Stavia, ¡los deseo tanto! Hay cosas que necesito saber…». Cuando le
suplicaba de ese modo, ella se derretía. Como si no fuese mejor que Myra, quien se
volvía una sensiblera ante los ruegos de un hombre.
«Por favor, Stavy». Los ojos de Chernon eran tan infantiles como los de Jerby.
Tenía el cabello dorado suave, como Beneda. Se parecía mucho a su hermana, con

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ese hermoso rostro delgado, lleno de planos y ángulos.
No. No podía contarle nada a Morgot. Y a Chernon debería decirle que, si
regresaba, podría tener todos los libros que quisiese.
Aunque él no le permitía hablar de ese modo. Él le había suplicado que le llevase
libros a donde estaba ahora, no al lugar donde algún día podría estar.
Stavia golpeó el suelo con el pie y se mordió la mejilla hasta que le dolió. No
podía dejar de llevarle libros a Chernon. Aún no. Pero en realidad no estaba actuando
tan mal. Él todavía no era un guerrero. Aún no había cumplido los quince…
—Mierda —murmuró a las piedras bajo sus pies—. Oh, mierda.

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Capítulo 9
Aunque todas las estudiantes del País de las Mujeres aprendían Ifigenia en Ilión, en
realidad la obra era producida y representada por las concejalas de cada ciudad. Por
lo tanto, fue la concejala Stavia quien salió al escenario del teatro invernal de
Marthatown, con seis de sus colegas, para el primer ensayo de la función de aquel
año. Las noches aún eran demasiado frías para trabajar en el teatro de verano, así que
se encontraban en el salón amplio y bajo, diseñado para caldearse con la temperatura
de los cuerpos. No obstante, estando sólo el elenco y los técnicos, no había bastante
gente para calentar el lugar, y Stavia se estremeció bajo el abrigo.
Habían intentado la entrada de Casandra por tres lugares diferentes, y ninguna
satisfacía a la directora.
—Inténtalo por la izquierda —apuntó la mujer con tono quejumbroso. Era antigua
como miembro del Concejo pero nueva como directora, y aún no se sentía cómoda en
aquel puesto.
CASANDRA: ¡Madre! ¡Andrómaca! He venido a despedirme.
HÉCUBA: ¡Casandra! ¿Tú? ¿Todavía estás aquí? Oh, niña, estoy tan cansada de
las despedidas… ¡de decir adiós a los vivos y a los muertos! Largas y tristes
despedidas, sin que llegue nada bueno. No existe el sueño suficiente para aliviar
tantas tristezas, y ahora estás aquí cuando pensé que te habías ido.
CASANDRA: Otros se han marchado, pero Agamenón permanece aquí. Dice que
tiene un problema con las velas, que han estado plegadas tanto tiempo en esta costa
troyana que ahora se han podrido.
ANDRÓMACA: Cualquier mujer podía habérselo dicho. Los pueblos de la costa
absorben moho como una esponja.
HÉCUBA: Que algo tan humilde frustre los propósitos de un tirano…
IFIGENIA: El poder suele provenir del lugar más inesperado, de las cosas más
humildes.
AQUILES: ¿Ésa es Polixena?
IFIGENIA: Es Casandra, gran Aquiles. Mírala atentamente. Todavía está viva.
CASANDRA: ¡Fantasmas! ¿Quiénes son estos fantasmas?
ANDRÓMACA: ¿Tú también los ves?
CASANDRA: ¿Ése es Aquiles?, y el niño… Andrómaca, ¿es tu hijo?
ANDRÓMACA: Fue mi hijo. Odiseo lo hizo matar.
CASANDRA: (Llorando). ¡Ay! Es el destino de los hijos de guerreros…

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Capítulo 10
En el País de las Mujeres, muy pocas madres se referían a sus hijos varones
llamándolos «hijos de guerreros». Myra fue una excepción. Cuando nació su primer
bebé, usó la frase en toda ocasión posible. Nunca se refería a él como «mi pequeño
Marky», ni siquiera sólo como «Marcus». Siempre era «mi hijito guerrero…».
El pequeño nació con una abundante cabellera oscura y ojos azules. Myra
mencionaba este parecido con Barten a todo el mundo, al menos diez veces por día.
Cuando después de un mes todo el cabello oscuro cayó y los ojos se volvieron
castaños, Myra consideró que el cambio era una afrenta personal, algo provocado por
la acción humana.
Morgot raras veces perdía la paciencia, pero esta cuestión fue demasiado para
ella. Con un invierno tan frío como aquél, la familia pasaba largas horas reunida al
calor de la cocina, escuchando las continuas quejas de Myra. Al fin Morgot no lo
soportó más.
—Myra —le dijo—, si vuelves a mencionar el color de los ojos y el cabello del
bebé, iré al Concejo y sugeriré que lo entreguen en adopción. Si continúas de este
modo el pobre niño crecerá cohibido y desgraciado, y será por tu culpa. —Morgot
estaba pálida y tensa por la ira.
—Yo sólo he dicho…
—Sólo has dicho que la partera cometió alguna clase de obscenidad científica
modificando la herencia del niño, aunque te informo que eso es completamente
imposible. También has dicho que en el centro de maternidad debieron de confundir a
los bebés, lo cual, como tú sabes, es ridículo, porque desde el momento en que nació
Marcus no abandonó la habitación donde tú estabas… ¡y al día siguiente volviste a
casa!
Morgot abrió la puerta de hierro de la estufa e introdujo dos leños partidos. Los
colocó con sumo cuidado, obviamente tratando de recuperar el control.
—Además —intervino Stavia—, Marcus es un bebé encantador. —Cogió la
escoba y barrió los trocitos de corteza que habían caído al suelo. Luego se volvió para
calentarse ante las brasas antes de que Morgot cerrara la puerta y redujera el
suministro de aire. Sobre la estufa, la olla había comenzado a echar vapor y el aire de
la cocina era casi estival, con la humedad y el perfume de las hierbas—. Se parece
mucho a Jerby. Sin lugar a dudas tiene rasgos de la familia.
De esta familia —gruñó Myra.
—Sí, de nuestra familia. ¡De las hijas de Morgot! ¿Qué hay de malo en eso?
Barten es guapo, pero también es una serpiente. No dudo de que debe de ser divertido
acostarse con él, pero aparte de eso es una víbora. Todos lo dicen… —Se sumergió
en una alacena entre las latas de té, buscando la que contenía hollejos de frutas.

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—Chernon lo dice, seguramente —se burló Myra.
Stavia sintió que se ruborizaba de pies a cabeza. El calor creció en su interior
como si tuviese un horno en el vientre.
—Según Chernon, todos en la guarnición lo dicen. Me refiero a que si Marcus no
se parece a Barten es posible que no actúe como él, y deberías alegrarte por eso. —
Con manos temblorosas, Stavia colocó una medida de té en la olla y la cubrió con
agua hirviendo.
Myra se sumió en un silencio ofendido y malhumorado. Sus sueños románticos
sobre la maternidad se habían deshecho en afilados fragmentos de llantos nocturnos,
constante lavado de pañales y un bebé que insistía en actuar como un bebé, no como
un joven héroe. Estaba casi convencida de que cuando el niño cumpliese cinco años y
ella lo llevase con su padre guerrero, Barten lo rechazaría.
Morgot sacudió la cabeza y continuó con su tarea de guardar alimentos en un
pesado costal de lona. A la mañana siguiente, ella y Stavia saldrían para un breve
viaje a Susantown.
—Stavia, ¿ya has hecho el equipaje?
—Sí, mamá.
—Entonces Joshua quisiera que lo acompañases a hacer las compras.
—¿El vendrá con nosotras mañana?
—Me parece buena idea, sí. En los últimos meses ha habido varios ataques de
gitanos en el camino a Susantown.
—Vaya una ayuda que os lleváis —se burló Myra—. ¡Un servidor!
—¿Otra vez citas a Barten? —le preguntó su madre con tono peligroso.
—Bueno, cuando llevé al bebé al paseo de la muralla para que lo viese su padre
guerrero, Barten dijo… Morgot respiró hondo.
—Myra. Hace casi un año te dije que no me comentases las opiniones de Barten
sobre nuestras costumbres. En el País de las Mujeres no nos interesa el parecer de los
guerreros, sobre todo en cuestiones de las que no saben nada. No se trata sólo de
cuidar tus modales; demuestras una total falta de respeto… hacia mí, hacia el
Concejo y hacia nuestras ordenanzas. Ya lo has hecho dos veces. La próxima acudiré
al Concejo.
—¡No lo harías! —Myra estaba pálida de ira—. ¡No lo harías!
—¿Porque eres mi hija? Pues precisamente por eso lo haría. Si no puedes aceptar
mis advertencias, ya sería hora de que lo intentaran los demás. Las jóvenes suelen
tener problemas con sus madres. La adolescencia es un momento para independizarse
y establecer separaciones. A veces las hijas necesitan mudarse a otra casa. Eso es algo
aceptable y nadie diría nada al respecto. Pero es necesario dar aviso al Concejo. —
Morgot parecía repetir un discurso ensayado, y de pronto Stavia comprendió que eso
era exactamente lo que hacía. Su madre había planeado decir aquello. Probablemente

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lo había practicado por las noches, tendida en la cama.
—¡Me echarías de casa! —aulló Myra.
—Oh, por todos los cielos Myra, ¡ella no ha dicho nada de echarte de casa! —
estalló Stavia—. Sólo ha dicho que si no aceptas sus críticas, es posible que te sientas
más cómoda en alguna otra parte.
—Te agradeceré que no te metas en esto, putita.
Stavia estuvo a punto de volver a estallar, pero su madre se lo impidió.
—No, Stavia. No dignifiques eso con una respuesta.
El discurso se había terminado. Ahora Morgot volvía a ser ella misma. Estaba
más que furiosa, pero hablaba con una calma peligrosa.
—Myra, si sientes tanto afecto por Barten, piensa en esto. Al insistir tanto en tu
comportamiento grosero, no le haces ningún favor. Alguien podría pensar que él es el
culpable por lo que tú haces y dices. ¿Es lo que quieres?
—¡No me importa! No podrás castigarlo a él como pretendes hacer conmigo. No
podrás tocarlo. Es un guerrero, y se encuentra fuera del País de las Mujeres. ¡Cómo
me gustaría estar en su situación!
—Ya veo. —El rostro de Morgot estaba perfectamente impasible y sereno. Al
verlo, Stavia sintió deseos de gritar. Myra acababa de decir algo imperdonable, y ella
ni siquiera se daba cuenta. Se estremeció mientras Morgot continuaba—. Bueno, lo
tendré en cuenta Myra. Volveremos a hablar del tema cuando regrese. —Morgot dio
media vuelta y salió de la habitación.
Myra observó a Stavia con furia. Sin duda, buscaba algo hiriente para decirle.
Stavia no le dio ocasión; cogió la tetera con dos tazones y se marchó. Joshua
debía de estar en su propia habitación caldeada en un rincón del patio, y ella ansiaba
estar allí… o en cualquier otra parte donde no estuviese Myra.
—No la comprendo —murmuró mientras Joshua se afeitaba, empuñando la
antigua navaja con gran habilidad. Sólo los guerreros llevaban barba; los servidores
iban bien afeitados. Las navajas, como cualquier otro objeto de acero, eran una
posesión muy preciada. De la ínfima producción de acero de la comarca, la mayor
parte se empleaba para producir navajas, escalpelos y otros instrumentos médicos.
Los guerreros se las arreglaban muy bien con el bronce, fabricado en la fundición de
la guarnición.
—Yo no le prestaría tanta atención —dijo Joshua, y bebió un sorbo del té que ella
le había llevado. A través del espejo, sus grandes ojos oscuros le dirigieron una
mirada afectuosa. Su larga trenza de servidor se movía de un lado al otro a medida
que él giraba el rostro ante el espejo, buscando sectores mal afeitados—. Acaba de
tener un hijo. Es probable que atraviese por una depresión posparto. Además, debes
tener presente la clase de persona que es Barten. Uno de sus peores defectos es que le
gusta manipular los sentimientos de la gente. Lo hace con Myra cada vez que la ve.

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Supongo que será una manifestación de poder por su parte. La otra posibilidad es que
alguien lo esté instigando, y esa idea me tiene bastante inquieto. Myra trata de criar al
bebé y continuar con sus estudios. Se levanta dos y tres veces por la noche, y los dos
sabemos que nunca ha sido una estudiante muy destacada. Dale seis meses y creo que
se calmará.
—No lo hará si Barten la sigue presionando.
Joshua adoptó una expresión peculiar y comenzó a frotarse la frente como si le
doliese.
—¿Trata de convencerla de algo concreto?
—Quiere que adopte los valores de los guerreros. Que abandone el País de las
Mujeres.
—¿Para convertirse en una ramera? —Joshua dejó la navaja y se volvió hacia
ella. Todavía se frotaba la frente, y en su ceño se habían formado dos largas arrugas.
—Dice que podrá mantenerla, a ella y al bebé, en algún lugar del campo. La boca
de Joshua se curvó por la ira.
—¿Se lo has dicho a Morgot?
—Le prometí a Myra que no le contaría nada a mamá.
—Pero me lo dices a mí.
—No prometí que no te lo diría a ti.
—Tú sabes que se lo contaré a Morgot.
—Eso ya es cosa tuya —respondió Stavia sin mucha convicción. ¿Por qué sentía
que acababa de tender un hechizo sobre Barten? O de maldecirlo, como hiciera
Ifigenia con su padre—. Yo no he quebrantado mi promesa.
—Oh, Stavia. —Joshua sonrió—. Tú sabes que no. —Se secó el rostro con una
toalla y se puso el largo abrigo de oveja, con el colorido bordado en el frente—.
Veamos qué encontramos hoy en el mercado.
Salieron de la casa, Joshua con el gran talego sobre un hombro y Stavia con un
cesto para guardar las cosas que no podían aplastarse. Era a finales de abril, y hacía
un día soleado con unas brisas heladas que provenían del Ártico. Stavia se abrochó el
abrigo hasta el cuello.
—¡Hace frío! —se quejó mientras se acomodaba las orejeras y se las ataba bajo el
mentón—. Hemos estado quemando leña en la estufa durante meses, ¡y se supone que
estamos en primavera!
—Se retrasa un poco, nada más. Todavía nos queda suficiente de nuestra cuota de
leña.
—Para un mes más, tal vez —observó ella con tono desanimado.
—Con eso bastará —le aseguró él—. Tranquilízate, Stavia.
Recorrieron una calle bordeada de casas. Al atardecer, las velas colocadas junto a
las altas ventanas de las cocinas servían para iluminar la acera. En los pisos

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superiores no había ventanas ni ninguna otra clase de aberturas por donde pudiese
escapar el calor. En el interior de las casas, los techos contaban con unos orificios
enrejados para que el calor se elevase de las estufas en las habitaciones de la planta
baja. Todas las ventanas tenían doble cristal. Había unos postigos aislantes que
podían cerrarse en los días más fríos. Cada pareja de casas compartían una medianera
para reducir aún más la pérdida de calor, y los patios también tenían una pared
común.
Algunas de las puertas estaban abiertas, y por el costado de las casas se veían los
jardines, donde en verano resplandecían las albercas, crecían las huertas y brotaban
las flores en tiestos coloridos. Ahora estaban desolados, cubiertos por la hojarasca
arrastrada por el viento.
—Se me ocurrió que podríamos detenernos en la tienda de jardinería —le dijo
Joshua—. Aún no hemos previsto nada para el jardín esta primavera. Podríamos
comenzar ahora con algunas cosas, en la cocina. Necesitamos semillas de verduras, y
flores. La tienda de Wella siempre tiene buenas flores…
—Quisiera un poco de lobelia —dijo Stavia—. Y berros, descolgándose de esos
cestos en el muro del fondo.
—Morgot dijo que quería un tiesto de geranios rosados. Dijo que Jemina Hija de
Birds nos daría algunos esquejes.
—Lo pondremos al otro lado, donde nadie pueda romperlo. —Stavia suspiró. El
huerto siempre estaba lleno de frutos que podían comer o conservar, y solía ser igual
año tras año, pero Morgot y Stavia intentaban que los tiestos con flores resultasen
interesantes y alegres. Este año Morgot había estado preocupada con el bebé de Myra
y otras cuestiones.
—Joshua, ¿mamá está preocupada por algo?
—No más que de costumbre, ¿por qué?
—Parece… distinta.
Él se detuvo antes de responder.
—Está preocupada por Myra. Barten es el último de quien hubiese querido verla
enamorada. Sin embargo, le he dicho a Morgot lo mismo que a ti. Espera seis meses y
veamos si la niña no se calma. Algunas de sus amigas han tenido bebés; todas se
reunirán y compartirán experiencias. Antes de que te des cuenta, se convertirá en una
matrona.
—¿Myra?
—Es posible. —Se encogió de hombros, pero de pronto se puso muy pálido y se
llevó una mano a la cabeza como si le doliese—. Mierda.
—¡Joshua! ¿Qué ocurre?. Él rió sin muchas ganas.
—No debes decir mentiras. Cuando lo haces, te duele la cabeza.
—Te refieres a Myra…

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—Creo… —Esbozó una mueca de dolor—. Creo que lo más probable es que
dentro de veinte años Myra siga exactamente igual a como es ahora —dijo mientras
enderezaba la espalda y se frotaba los ojos.
—Entonces mamá tiene razón. Myra debería vivir en otra parte.
—Tu madre es muy impaciente. Siempre quiere que todo haya ocurrido ayer.
—Myra era demasiado joven para tener un hijo.
—Las mujeres han tenido hijos a la edad de Myra durante casi toda la historia
humana —respondió él mientras bajaba la mano y movía las cejas como para probar
si dolía—. Aunque tienes razón. Myra era demasiado joven, pero Barten la persiguió
como un coyote a un cordero… y me da la impresión de que alguien lo empujó a
hacerlo. Estaba muy interesado en Tally, y de pronto…
—¿Te encuentras bien?
—Sí, Stavy, estoy bien. Es sólo una punzada que algunas veces me sobreviene,
cuando pienso demasiado en algo.
La calle se curvó y comenzó a subir a lo largo de la muralla de la ciudad. La
muralla estaba formada por los muros posteriores de las casas y se comunicaba con la
vía pública por medio de unos tramos de estrechos peldaños. A sus espaldas, colina
abajo y al otro lado de la muralla occidental, el Camino Procesionario se extendía
hasta la costa, donde las barcas pesqueras se mecían junto a sus muelles. En el primer
día del verano, toda la población bajaba la colina guiada por el Concejo, y llegaba
hasta la costa para suplicar a la Señora que guiase a las pescadoras, las granjeras y las
pastoras. Los carneros llevaban cintas en los cuernos y las carretas tenían campanas.
A su izquierda descendía una calle que llegaba hasta la plaza y la guarnición.
Delante de ellos se encontraba el mercado, una maraña de callejuelas estrechas,
atestadas de puestos que en verano se cubrían con toldos. El mercado estaba
atravesado por el Camino de los Viajeros, que transcurría por las calles de las
hilanderas y las tejedoras, atravesaba la puerta oriental y llegaba al Barrio de los
Viajeros, al otro lado del muro. Ahora sólo vivían allí unas decenas de personas:
algunos ancianos que subsistían gracias a la caridad de la Señora, una compañía de
acróbatas cuyas hijas asistían a la escuela de Marthatown, un par de carreteros que
realizaban una parada para reparar las ruedas o herrar los caballos, y un rastreador de
aguas a quien el guardián de los machos cabríos, que vivía en un valle aislado al este
de la ciudad, había contratado para localizar un pozo. Se decía que el servidor que
custodiaba a los machos cabríos olía tan mal como sus protegidos. En cualquier caso,
la distancia había sido cuidadosamente calculada para que el olor no llegase a
Marthatown, ni siquiera cuando el viento soplaba del este. El Barrio de los Viajeros
siempre resultaba fascinante, aunque las niñas tenían prohibido el acceso para que no
las tentase la idea romántica de viajar, convirtiéndose así en simples vagabundas.
A la derecha se extendía el Camino de la Granja, que descendía como una culebra

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por delante de los depósitos de cereales, leña y madera, hasta llegar a las casas de los
granjeros y al muro meridional de la ciudad. Más allá estaban las granjas lecheras y
avícolas, rodeadas de corrales. A partir de allí, los senderos conducían a la curtiduría
y luego a los pastos y sembradíos. En la cima de la colina, donde se unían los cuatro
caminos, se alzaba la Capilla de la Señora, con la Fuente de la Extinción delante,
justo en el centro de todo.
—Una buena gallina —comentó Stavia con entusiasmo mientras derramaba un
poco de agua para la Señora y depositaba una moneda para los pobres en la puerta de
la capilla—. Comida y abrigo para quienes lo necesitan, amén —murmuró. Y
entonces agregó—: Con bolas de masa, si es posible.
—Habrá una buena gallina —dijo Joshua con tono pensativo—. También
debemos recoger nuestra cuota de cereal. Y en el puesto de Cheviot encontraremos
verduras frescas. Ella tiene el área protegida al sur del cerro Rial. Podrá ofrecer
lechuga dos semanas antes que las demás.
Stavia no le preguntó cómo lo sabía. Algunos servidores, los más capaces,
simplemente sabían las cosas. Sabían que llegarían visitas antes de que las personas
arribaran, sabían cuándo la gente tenía problemas, sabían si iba a ocurrir algo malo.
No obstante, esta facultad de los servidores nunca se mencionaba. Una vez Stavia
había dicho algo al respecto, pero Morgot la había silenciado de una forma que
dejaba claro que el tema era tabú. Y los servidores no hacían ninguna ostentación de
su facultad, desde luego. Algunas personas, Myra por ejemplo, nunca reparaban en
ello… aunque su hermana no se daba cuenta de nada, con excepción de sí misma y de
Barten.
Vagaron entre los puestos, deteniéndose en uno por la gallina y en otro por la
lechuga. La cooperativa de cereales no estaba atestada de gente, y pudieron retirar su
cuota en la mitad del tiempo acostumbrado. Joshua sacudió el talego con expresión
pensativa.
—No es gran cosa, ¿verdad? —preguntó el servidor que los atendió, un hombre
delgado con labios finos e inquietos—. Es lo que hay desde que redujeron las cuotas.
—No es gran cosa —asintió Joshua.
—Hemos oído que el Concejo piensa volver a reducirlas este año. Aunque no
para la guarnición, por supuesto. Sólo para nosotros.
¿Crees que será verdad?
Joshua se encogió de hombros. Los servidores de miembros del Concejo solían
ser blanco de muchas preguntas, pero al igual que a los integrantes de las familias, se
les aconsejaba que fuesen discretos.
—No sabría qué decirte.
El hombre delgado se alejó.
—Si reducen la cuota de cereales —murmuró Stavia—, la gente pasará hambre

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este invierno. No podemos vivir a base de fruta seca, pescado y las pocas verduras
que cultivamos, a menos que la fábrica de cristal produzca más frascos.
—Eso es lo que dice Morgot —admitió Joshua—. Es la antigua cuestión
energética, Stavia. Podrían producir más frascos si dispusieran de más energía. Con
una sola planta hidroeléctrica, es una cuestión de prioridades. Cristal para ventanas,
frascos o lentes. O medicamentos para sanar a la gente. O acero para los cuchillos de
cocina, o un millón de otras cosas. Hacemos lo que podemos con los molinos de
agua.
—Tal vez este año la cosecha de cereales sea mejor.
—Eso siempre es posible.
—¿No recibimos más desde que nació el bebé de Myra? Joshua sacudió la
cabeza.
—No. Nuestra cuota es igual que antes. Jerby se marchó el mismo año en que
Myra quedó embarazada.
No parecía posible que hubiese transcurrido un año desde que Jerby fuera
entregado a su padre guerrero. El pequeño había vuelto en verano, y luego Myra
había quedado embarazada. Luego, en las fiestas de invierno, Jerby había vuelto otra
vez. Y también Chernon, con su ruego de que le llevase otro libro porque los que le
había prestado no eran los que necesitaba. Ella no había podido negarse, pero…
Stavia apartó el pensamiento. Y entonces había nacido Marcus, y ya faltaba poco para
el nuevo carnaval de verano.
—Esta vez Myra no participará en el carnaval, ¿verdad?
—¿Tú qué crees? —le preguntó él. Stavia suspiró.
—Que lo hará si Barten se lo pide. Así fue la última vez, aunque estaba gorda
como un melón. Realmente me sorprende que pasara el carnaval con ella. Con su
embarazo yo había imaginado que… bueno, ya sabes.
—¿Sabes por qué lo hizo? Ella sacudió la cabeza.
—No. Bueno, tal vez sí. Es posible que quisiese demostrar a todo el mundo que
era capaz de ser padre.
—Es posible —respondió Joshua, sacudiendo la cabeza con desconfianza.
—¡Pero Joshua, cualquier conejo es capaz de procrear!
—Yo lo sé, y tú lo sabes, Stavia. Pero Barten puede sufrir cierta confusión al
respecto. A lo mejor piensa que prueba alguna cosa.
—Myra pasará el carnaval con Barten si él la acepta. Sólo para impedir que lo
pase con alguna otra.
—Yo pienso lo mismo.
—No debería quedar embarazada otra vez tan pronto.
—Es probable que tengas razón. —Joshua palpó una manzana almacenada
durante el invierno—. Esto quedará bien con la gallina… salsa de manzanas.

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—Si no tenemos bolas de masa, preferiría puré de patatas.
—Aún tenemos patatas, pero nos queda poca harina.
—¿Quién cocinará cuando no estemos Morgot, tú y yo?
—Sylvia ha invitado a Myra para que se quede con su familia.
—Pobre Sylvia. No creo que Myra sea muy buena compañía.
—No. No mucho.
—Joshua, yo sé que no debería preguntarlo, pero me interesa mucho saberlo.
¿Qué sentiste al volver?
—Creo que ha sido lo más difícil que he hecho en mi vida —respondió él—.
¿Quieres que nos detengamos en la casa de té?
—¿Podemos? ¿Todavía nos quedan vales para la casa de té? ¿Me contarás cómo
fue? No quisiera ser indiscreta.
—No lo tomaré como una indiscreción, Stavia. No. Te lo contaré, si me prometes
que no repetirás a nadie lo que te diga… con excepción de Morgot, por supuesto.
Cruzaron la calle y descendieron por un callejón serpenteante que acababa en una
plaza diminuta, protegida del viento por altos muros y poblada de mesas. Stavia y
Joshua ocuparon una de ellas, colocando el cesto y el talego en una silla vacía.
Cuando tuvieron delante la tetera humeante junto con un plato de bizcochos dulces
rellenos de mermelada, Joshua sirvió el té y se apoyó sobre la mesa, con las manos
colocadas en torno al tazón.
—En parte mi regreso se debió a la guerra entre Annville y Abbyville.
—No sé nada de eso.
—No tienes por qué saberlo. Fue hace veinte años. Yo tenía dieciocho y estaba en
la guarnición de Abbyville. Era demasiado joven para combatir, y cuando las
centurias se marcharon me quedé apartado, observando. Tenía un amigo muy especial
entre los guerreros. Se llamaba Corny, y era un bromista. Un payaso. El hombre más
gracioso que jamás he conocido. En ocasiones nos hacía reír hasta la madrugada.
Siempre me hubiese gustado tener talento como escritor, sólo para registrar algunas
de las cosas que decía.
»Bueno, lo mataron en combate. En cuanto resultó herido, yo lo supe, aunque se
encontraba a kilómetros de distancia. Sentí su dolor, y comprendí que había muerto
porque el dolor se detuvo. Tú no me preguntas nada sobre ello, Stavy, pero veo que te
muerdes los labios para no hacerlo. Morgot te ordenó que no preguntaras, pero yo te
lo contaré. Es algo que poseemos algunos de los servidores. Lo llamamos percepción
a distancia. No es algo que tengamos todos, ni siquiera la mayoría, pero algunos sí.
—¿Sólo los servidores? —susurró Stavia—. ¿No los guerreros?
—Digámoslo de este modo: no conozco a nadie que posea esta facultad y
permanezca en la guarnición. Si el resto de la tropa lo nota, y en ocasiones es difícil
disimularlo, no les gusta. Y los oficiales no confían en ello. Bueno, de todos modos,

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la muerte de Corny me afectó mucho. Antes no se me había ocurrido preguntarlo,
pero entonces quise saber de qué se trataba la guerra, por qué habíamos entrado en
batalla con Annville. Los oficiales me dijeron algo respecto a que la guarnición de
Abbyville había insultado a la nuestra, o a nuestra ciudad, o tal vez a nuestro
monumento.
—¿Insultado? ¿De qué modo?
—No lo sé. Se decía algo respecto a unos hombres emboscados y asesinados,
pero no había nada seguro. Por lo que supe, ninguna mujer había corrido peligro.
Abbyville no estaba en peligro, ni tampoco Annville. Pero fuimos a la guerra, y gran
parte de la guarnición no regresó.
—¿Y por eso decidiste regresar?
—No, no fue sólo eso. Mira, en la guarnición pasas una parte del tiempo
realizando ejercicios militares y simulacros de combate, o el mantenimiento de
equipos e instalaciones, pero la mayor parte del día se destina a los juegos. En
Abbyville no se jugaba pelota-cuerpo como aquí. Nuestro deporte era pelota-batalla.
Cada centuria tenía un equipo, y las que vencían jugaban entre ellas. Doce hombres
por equipo, metas en el extremo de cada campo y una puerta en el centro. La idea es
atravesar la puerta con la pelota, superar a los guardias del equipo contrario y llegar a
la meta.
—Más o menos sé lo que es.
—Bueno, era igual que la guerra. Por lo general los hombres no resultaban
muertos jugando pelota-batalla, pero sí salían heridos, y el equipo vencedor
disfrutaba de toda clase de honores. Es más, si eras un gran jugador de pelota-batalla
y se presentaba una guerra, tu comandante te ponía en la retaguardia… o trataba de
buscarte alguna otra cosa que hacer. Ningún comandante quería que sus mejores
jugadores resultasen heridos o muertos. A fin de año, cuando quedaban sólo dos
equipos en la competición, no había un solo hombre que no vistiese los colores de
uno u otro equipo. Corría la bebida y había peleas. Era como la guerra, sólo que con
más pasión, porque a los hombres les importaba más el resultado. Me refiero a que
las guerras no se producen con tanta frecuencia, ¡pero el certamen de pelota-batalla se
realizaba cada año!
—¿Tú lo jugabas?
—¿Jugarlo? Diablos, Stavia, yo era una estrella. Era tan bueno que mi
comandante me utilizaba como mensajero para que no resultara herido practicando
con las armas. Jugaba tan bien porque siempre sabía cómo reaccionaría el contrario, y
de dónde vendría la pelota. Simplemente lo sabía…
Ella lo miró, tratando de comprender.
—¿No lo entiendes, Stavia? Cuando terminaba el certamen, nada había cambiado.
Si mi equipo ganaba o perdía, nada era mejor o peor que antes. Si yo triunfaba, me

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colocaban cintas, todos bebían a mi salud y nos emborrachábamos. Si yo perdía,
nadie bebía a mi salud, pero nos emborrachábamos de todos modos. No cambiaba
nada. A la mañana siguiente, el sol salía como todos los días. El río seguía su curso.
La lluvia caía, como siempre. Llegaba la noche, salían las estrellas, los hombres
subían al techo de la armería, las mujeres concertaban citas, los bebés nacían, los
niños eran entregados a sus padres guerreros… nada cambiaba. Corny murió sin que
nada cambiara. Por supuesto, tuvo el funeral de un héroe. Cuando su centuria desfiló,
un niño llevó sus honores. Las trompetas sonaron y la gente lloró, pero él estaba
muerto. Sólo cuando me asignaron la tarea de mensajero, lo comprendí todo. Pero
cuando eso ocurrió, regresé al País de las Mujeres.
—¿Te silbaron?
—Ya lo creo que sí. Me silbaron y alguien me tiró piedras, pero yo seguí
caminando. Luego, cuando llegué aquí, anduve errante durante un mes mientras ellas
me probaban para ver en qué podía ocuparme. Dijeron que aquí había un sitio
vacante, por lo que decidí quedarme en Marthatown.
—¿Y comenzaste a estudiar?
—Sí. Empecé por el principio, como dicen en la escuela de servidores. Los
guerreros sólo aprenden a leer, a escribir, a cantar y a realizar algunas cuentas. Los
servidores deben empezar desde cero. Aunque nos resulta un poco más fácil que a
vosotras, ya que nos permiten especializarnos.
—Y tú te especializaste en medicina.
—Necesitaba aprender algo que cambiase las cosas. Me convertí en un asistente
médico, conocí a Morgot y acabé en su casa. Todo por Corny.
—Los reintegrados no deben aprender un oficio, ¿verdad? O una de las artes.
—Podemos hacerlo, si lo deseamos. Yo me he dedicado a una de las artes, ¿lo
sabías? Uno de los misterios. —Esbozó una mueca cómica.
—Nunca había oído hablar de ello.
—En general es sólo para servidores —le respondió él—. Aunque no siempre. Y
por favor, no repitas nada de lo que te he dicho. No debí haberlo mencionado.
Sin embargo, la expresión de su rostro le indicó que lo había hecho sólo para ver
cómo reaccionaba.
A la mañana siguiente, Morgot, Joshua y Stavia partieron muy temprano en la
carreta de asnos. Los cuatro animales tiraban con fuerza trotando hacia las colinas del
este. Joshua conducía. Morgot estaba tendida sobre una manta en el suelo de la
carreta, con la cabeza apoyada en el talego de provisiones y los ojos cerrados. En las
últimas noches se había estado levantando para cambiar a Marcus y llevarlo a mamar
con Myra. Ahora yacía en la carreta, mecida como en una cuna, y por fin podía
dormir un poco. Stavia leyó hasta que se le cansaron los ojos, y luego se dejó caer en
el asiento para observar el paisaje cambiante. Las colinas más cercanas eran de un

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verde suave. Algunas brillaban con las mieses nuevas, y otras estaban salpicadas con
arbustos bajos, como osos agazapados. A sus espaldas se alzaban las frondosas
montañas, y en el cielo flotaban unas nubes delicadas como hebras. El viento helado
del día anterior había cesado, y el aire era cálido. Las flores silvestres se abrían a los
lados del camino en estallidos de oro, blanco y naranja. Stavia enderezó la espalda y
miró a su alrededor con más atención.
—¿Cuánto viajaremos?
—Un par de días. Aproximadamente la mitad del camino a Susantown.
—¿Qué hay allí?
—Un hotel para los viajeros. También está a mitad de camino entre Mollyburgo y
Abbyville. Es una especie de encrucijada.
—¿Nos encontraremos con alguien?
—Morgot verá a una persona —dijo él con suavidad—. Algo relacionado con un
acuerdo comercial. Suministro de cereales, creo.
—Ha estado muy preocupada por las cuotas. Creo que la cosecha no fue buena el
año pasado.
—En realidad fue como siempre.
—Entonces, ¿por qué se han reducido las cuotas?
—Porque somos más. El año pasado nacieron unos doscientos bebés en
Marthatown. Y el año anterior también.
—¡Pero debe equilibrarse con las personas que murieron!
—No. Este año no ha habido enfermedades contagiosas. Tampoco incursiones o
batallas.
—¿Qué hará Morgot?
—Creo que se han hecho planes para canjear pescado seco de Marthatown por
cereales del interior.
El camino comenzó a subir en espiral por las colinas. Morgot condujo mientras
Joshua y Stavia caminaban junto a la carreta para dar un descanso a los animales.
Cerca de allí, ladera abajo, trabajaba un equipo de reforestación. Morgot bajó de la
carreta y se acercó a ellos para examinar los retoños que crecían entre las raíces de
los viejos árboles. Al borde del claro, algo se movió y huyó con un destello blanco.
—¿Un venado? —preguntó Morgot con incredulidad.
—Hemos visto varios —le dijo la jefa del equipo.
—Pensé que el proyecto los soltó muy al norte de aquí.
—Así fue, Morgot. Pero han pasado diez años.
—¡Tanto!
—También podrían ser salvajes. Supervivientes de la Convulsión.
Stavia aún miraba el lugar del bosque por donde había desaparecido el animal. Un
reflejo pardo de increíble gracia y velocidad. Venados. Había visto dibujos, por

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supuesto, pero hacía muchas generaciones que no se los veía en estado salvaje.
Después de la convulsión se habían encontrado algunos venados en un parque o
zoológico del norte, y se inició un programa de reproducción para liberar varios
animales cada año. ¡Pero pensar que podía verlos de cerca! Sin duda eran muy
diferentes a las ovejas o los burros, o incluso a los renos del libro de Beneda.
Continuaron su viaje y atravesaron la primera cadena de colinas. A lo lejos, algo
extraño llamó la atención de Stavia. Debajo de ellos, al sur, había un sitio donde se
acababa el verde de los bosques. Un manto negro y gris se extendía hacia el sur y el
este, perdiéndose en la lejanía.
—¡Mirad eso! ¿Qué es?
—Un desierto devastado —observó Morgot desde el fondo de la carreta, mientras
se sentaba para mirar—. Nunca habías visto uno, ¿verdad? Sólo hay unos pocos en el
País de las Mujeres, pero si viajaras al sur de Emmaburgo, no podrías pasar con la
carreta entre ellos. Allí, al sureste de las montañas, no hay nada más que desiertos
desolados. Todo el continente ha desaparecido. Ten, usa mi catalejo.
Stavia enfocó el precioso catalejo hasta acercar el gris canceroso.
—¡Pero allí no crece nada! —La tierra se veía cenicienta. Hasta las rocas estaban
retorcidas y fundidas.
—Nada en absoluto —asintió Morgot—. Recuerda las palabras de Casandra en
Ifigenia en Ilión. «He visto la tierra devastada y quemada, y la desolación nacida de
entrañas calcinantes». Bueno, está hablando de un sitio como éste.
—¿Es peligroso?
Morgot se agitó una mano frente al rostro.
—Hace calor. No por el fuego, sino por la radiación. Si cruzas ese lugar, unos
días después se te caerá el cabello y al final morirás. No obstante, un desierto
devastado no es tan peligroso, porque se ve a simple vista. Hay otros sitios donde las
rocas y las plantas parecen normales, pero de todos modos te matan. El que está al sur
de Marthatown es así. Las llamamos devastaciones ocultas.
—¿Cómo sabes que está allí?
—Todavía nos quedan algunos detectores de radiación, fabricados antes de la
Convulsión. Cuando enviamos un equipo de exploración, les proporcionamos un
detector. O bien un buen mapa.
—Una desolación —repitió Stavia, mirando la extensión negra y árida hasta que
quedó oculta detrás de una colina—. ¿Cómo la hicieron?
—Con sus armas perversas. Ya lo sabes.
—Sí, creo que lo sabía.
Esa noche acamparon en un bosque de eucaliptos. El aire estaba impregnado por
el aroma medicinal de las hojas. Los burros fueron atados en un prado y la carreta
quedó semioculta entre los enebros.

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—No dejaremos el fuego encendido —dijo Morgot—. Han habido algunos
ataques de bandidos y gitanos por este camino, y no quiero llamar su atención.
—¿Qué buscan?
Antes de responder, Morgot pareció elegir entre todas las respuestas posibles.
—Bueno, lo habitual suelen ser algunas violaciones y palizas, robar las carretas y
los animales, llevarse la comida y en ocasiones, matar a los viajeros.
—¿De dónde vienen?
—De las guarniciones, en general. Hombres que no regresan al País de las
Mujeres porque se considera poco honorable, pero que tampoco pueden soportar la
disciplina de la guarnición. Están furiosos con todo el mundo, y más aún con las
mujeres. Además, se sienten culpables por haber abandonado las guarniciones, lo
cual forma una combinación peligrosa. Se juntan entre ellos, incorporan a algunas
gitanas y forman una banda.
—¿Por qué no hemos traído una escolta de guerreros? —Stavia los miró a los dos
a la luz del fuego. No parecían haberla oído—. ¿Morgot?
—No te preocupes, Stavy. Estaremos bien, te lo aseguro. Stavia supuso que no
lograría dormir, pero cuando abrió los ojos ya era de mañana. Joshua preparaba el té.
—Levántate, niña. Lleva a esas pequeñas bestias hasta el agua para que ya no
tengan la panza fría cuando nos pongamos en marcha.
Morgot estaba sentada a la orilla del arroyo, frotándose el cuerpo con un trozo de
tela. Apenas parecía un poco mayor que Stavia, y su piel húmeda brillaba como el
marfil.
—Buena chica —le dijo al verla llegar—. Si salimos temprano llegaremos a la
posada de los Viajeros antes del anochecer.
Desayunaron rápidamente y después de apagar el fuego se pusieron en camino. Al
mirar atrás, Stavia distinguió el humo del fogón que todavía pendía sobre el bosque,
como una bruma. En las profundidades del valle había una nube de polvo que se
levantaba del camino. ¿Gitanos? ¿Una banda de malhechores que buscaban metales?
¿Una compañía ambulante? Tanto Morgot como Joshua la observaron, pero no
hicieron ningún comentario.
Pasaron entre colinas áridas y descendieron por las laderas, hasta que al atardecer
llegaron a un bosque similar a aquel donde habían acampado la noche anterior.
Arboles altos cuyas hojas formaban cortinas de un gris aromático. No obstante, aquí
había un edificio largo y bajo, mitad de piedra y mitad de madera, con el tejado a dos
aguas y una puerta maciza. Fuera había seis carretas: dos pintadas con colores
brillantes, de alguna compañía de artistas; tres cargadas con trochos metálicos y
moldes de fundición, provenientes de las minas de las montañas; y una carreta muy
parecida a la de ellos.
Sobre la puerta estaba escrito con letras retorcidas «Posada de los Viajeros», La

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puerta se abría a un patio con establos, y la puerta del edificio conducía a una
inmensa sala de estar con el suelo de madera, donde flotaban los aromas de la cocina.
Dos mujeres cruzaron la habitación ancha y baja para saludar a Morgot
solemnemente, dirigiendo unas miradas rápidas a Stavia.
—Mi hija —anunció Morgot—. Él es Joshua. Me acompañan en este viaje.
Las mujeres asintieron con un gesto y se presentaron.
—Melanie Hija de Hangess Triptor Susantown. Jessica Hija de Hangess Triptor
Susantown. Somos hermanas. Hemos pedido la cena.
¿Queréis acompañarnos?
Joshua se disculpó para ir a ocuparse de los burros, y aseguró que cenaría más
tarde en las habitaciones de los servidores. Stavia vaciló. Podía ir con él o quedarse.
Al fin decidió quedarse, pero luego se arrepintió. La conversación trató de los
intercambios comerciales, el canje de pescado seco por tubérculos. Individualmente,
las chirivías podían resultar interesantes. Por tonelada no lo eran. Cuando hubo
calmado su hambre, Stavia se acurrucó junto al fuego y se dejó arrullar por el sonido
de sus voces.
—… Nos las arreglaremos si se reduce en un tercio, al menos —oyó que decía
Morgot.
—De acuerdo —dijo una de las hermanas.— Enviaremos a nuestras
representantes.
—Y nosotras también.
—Entonces, es un trato. Gracias, hermanas. Morgot la sacudió.
—Vamos, Stavia, es hora de acostarnos.
Su madre parecía cansada, pensó Stavia, muy cansada. Cuando estuvieron una
junto a la otra en su cama del primer piso, Stavia apoyó el brazo sobre su madre y
recibió un murmullo a modo de respuesta.
—Que duermas bien, Stavy.
—Que duermas bien, Morgot.
Regresaron por un camino diferente. Cerca del mediodía, Joshua detuvo los
animales y permaneció como escuchando algo mientras se frotaba la frente.
—¿Qué? —preguntó Morgot.
—Ha ocurrido algo. Ha cambiado algo. Alguien se dirige hacia aquí…
—¿Regresamos?
—No, sigamos.
Chasqueó la lengua para que los burros avanzasen y volvieron a ponerse en
marcha. Al caer la tarde, cuando se acercaba la hora de acampar, Joshua se inclinó
hacia la parte trasera de la carreta y susurró:
—¡Morgot!
—Hmm.

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—Creo que tenemos problemas.
—¿No habías percibido que el camino estaría despejado?
—Eso creía. Tal vez alguien ha cambiado de idea sobre la marcha y ahora se
dirige hacia aquí. No lo sé. No lo percibo hasta que está decidido. A veces las cosas
cambian. Además, en los últimos kilómetros han habido muchos movimientos entre
los árboles. No hay pájaros. El silencio es extraño.
—Oh, señora.
—Bueno, sería interesante averiguarlo, ¿no crees?
—¿Tú qué opinas?
Él cerró los ojos, concentrado, y su frente se arrugó.
—Diría que son una media docena. No más.
—¿Cebo o fuga?
—¿De qué estáis hablando? —les suplicó Stavia—. ¿Quién ha decidido ir
adonde? ¿Van a atacarnos?
—Es muy probable. Discutimos si nos conviene escapar y rezar para que no nos
alcancen, o acampar y dejar que nos encuentren. Tenderles un cebo.
—¡Un cebo! —exclamó Stavia con voz aguda, como un ratón aterrorizado.
—En realidad depende de Stavia, ¿no es verdad? —dijo Joshua. Morgot asintió
con un gesto.
—Stavy, quiero tu juramento.
Stavia tragó saliva y tembló. Era el momento oportuno para que la actriz ocupase
su puesto, antes de que la Stavia de todos los días cometiese alguna torpeza. Los
juramentos sólo se prestaban en las ocasiones más importantes. No eran algo
cotidiano.
—¿Por qué? ¿Qué? —balbuceó.
—Suceda lo que suceda, después no dirás nada al respecto.
—No necesitas un juramento para eso. Si no quieres que diga nada, no lo haré.
—No basta. Quiero que lo jures.
Stavia se estremeció. La actriz dijo con calma:
—Muy bien, Morgot. Lo juro como ciudadana del País de las Mujeres. ¡No tengo
idea de qué está ocurriendo!
—Tal vez sea mejor así —dijo Morgot—. Lo haremos, Joshua, y esperemos que
tengas razón y no sean más de seis.
Condujeron a los burros hasta un bosque frondoso y Stavia observó perpleja
mientras Joshua abría un panel al costado de la carreta. De allí extrajo varias cadenas
largas. Con ellas, encadenó los burros a la carreta y la carreta a varios árboles,
afirmando los nudos con varias vueltas de alambre.
—Pueden tratar de soltar a los animales en la oscuridad —le explicó él—. O de
escapar con la carreta. De este modo no podrán hacerlo.

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Entonces Morgot rodeó la carreta con cinco pilas de leña y pidió a Stavia que
recogiese algunas ramitas, colocándolas encima de las fogatas. Cuando hubo
terminado, roció cada pila con pólvora y trazó una línea que llegaba hasta un lugar
cerca de la carreta. Tenía el olor penetrante de los fuegos artificiales.
—Ahora comeremos —dijo Joshua mientras hacía una pequeña fogata a cierta
distancia de las demás—. Beberemos té, nos comeremos la cena y luego, en cuanto
oscurezca, regresaremos a la carreta. ¿Entendido?
—Stavia se subirá a un árbol —dijo Morgot—. Ya lo he decidido.
Stavia abrió la boca para protestar, pero luego volvió a cerrarla. Hubiese sido
inútil. No tenía la menor idea de contra qué estaba protestando. Muchas de las cosas
que ocurrían le resultaban imposibles de comprender.
Y no comprendió más que antes cuando la noche estrellada cayó como una
pesada cortina y ella se encontró atada a una gruesa rama, diez metros por encima de
la carreta, con la espalda apoyada contra una manta doblada para que la corteza no le
hiciese daño.
«Ni una palabra —le había dicho Morgot—. Ni un sonido. Si sientes dolor,
súfrelo en silencio y no te quejes».
El único sonido que escuchaba era una conversación apagada, los murmullos de
dos personas que se disponían a dormir. Nada interesante. Oscuridad. Incomodidad.
El cielo lleno de estrellas fulgurantes. Algo que se movía entre las malezas en alguna
parte.
Stavia se puso en tensión.
La llamada de un ave, como una contraseña. No era Joshua ni Morgot. Personas
que se movían.
Un grito. Una luz que se movía en distintas direcciones como una estrellamar
hecha de fuego, y de pronto se elevaron las llamas de las fogatas que había hecho
Morgot. Stavia vio personas debajo de ella, figuras escurridizas entre los burros,
cerca de la carreta. Otros desconocidos se miraban con sorpresa, y uno se dispuso a
volverse cuando su cabeza cayó rodando colina abajo. Una rueda plateada giraba
encima de sus hombros. La rueda se alejó y Stavia abrió la boca para gritar, pero
luego decidió que sería mejor morderse la lengua.
Otra persona gritó y luego permaneció inmóvil, mirando el lugar donde había
estado su brazo. Estaba inclinado sobre las mantas de Morgot, alzando el cuchillo en
una mano que había desaparecido. Otros gritos, aullidos, algo plateado que giraba
como una gran bandeja. Stavia no pudo evitarlo. Lanzó una pequeña exclamación.
Debajo de ella alguien levantó la cabeza, la descubrió y esbozó una sonrisa de
dientes amarillos; luego comenzó a trepar. La bandeja plateada salió de las sombras y
lo cortó en dos mitades.
Hubo un gran silencio. Sólo se oía el crepitar de los leños. Joshua se encontraba

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junto a la carreta, colocando algo bajo el piso de la misma. Una manija corta y una
cadena con un cuchillo curvo en la punta. Morgot le entregó otro igual, y luego cogió
unas pinzas para soltar las cadenas que amarraban a los burros.
—Qué pena —dijo Morgot—. Éste es el destino de los hijos de guerreros. Su voz
era suave, inexpresiva, y sin embargo transmitía una profunda fatiga, como solía
ocurrir cuando llegaba de una larga reunión del Concejo, o cuando Stavia la
encontraba a altas horas de la noche, sentada en la cocina, reflexionando en silencio
sobre una taza de té que comenzaba a enfriarse.
—Stavia, ya puedes bajar.
—Enseguida voy.
—Ve directamente a la carreta, hija. Hay mucha sangre por aquí.
—¿Cuántos… cuántos eran?
—¿Joshua?
—Yo conté siete. Percibí que uno escapaba. —Su voz sonaba cansada y abatida.
—Traeré nuestras mantas. —Morgot se alejó, evitando varias figuras mutiladas
esparcidas por el camino. En un momento regresó—. Habrá que lavarlas. Josh, mira
el hombro de ese cuerpo que está allí.
Joshua se acercó para inclinarse sobre él.
—Es un tatuaje de Melissaville —dijo—. El que está en la hondonada era de
Mollyburgo.
—Yo vi uno de Annville y otro de Tabithatown. Creo que los otros dos eran
gitanos.
—Casi como si hubieran sido destacados a este lugar, ¿verdad? —preguntó
Joshua—. Elegidos… uno de aquí y otro de allá.
—¿Qué piensas?
—El que escapó tenía un tatuaje de Marthatown. Aparte de eso no hay mucho
más. Estaba confundido. Aún no tenía una intención clara.
—Alguien puede venir a buscarlos. Joshua suspiró.
—Me pareció ver un barranco a tres o cuatro kilómetros de aquí. Morgot también
suspiró.
—Stavia, ve hasta aquella roca, extiende las mantas y aguarda allí hasta que yo te
llame.
—Mamá, ¿qué…?
—Tu juramento, Stavia.
—Juré que después no diría nada.
—Ya es después. Ni una palabra.
Stavia se mordió su maltratada lengua. No pensaban decirle nada. No iban a
explicárselo. Lo dejarían así. Entró en la carreta. Uno de los tablones no estaba bien
colocado, y ella lo acomodó de un puntapié. Había algo debajo de él. Por supuesto.

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Alguna clase de arma. Armas. Pero Joshua no era un guerrero. Y Morgot…
Había jurado que no preguntaría.
Al alzar la vista, Stavia se encontró con los ojos de Joshua. En ellos había una
advertencia.
Stavia llevó las mantas hasta la roca que Morgot le había indicado y se tendió allí,
completamente desvelada, mientras Morgot y Joshua cargaban los restos en la
carreta. Después de un rato, Joshua se alejó con rumbo al este, hacia la luz macilenta
de una luna casi llena, silbando suavemente. Morgot encendió el farol y recorrió el
campamento con una pequeña azada, enterrando los restos de todas las fogatas con
excepción de una, borrando las huellas de pisadas y cubriendo con tierra las manchas
de sangre. Entonces arrojó encima piedras pequeñas y trozos de madera. Un rato
después se acercó a Stavia, extendió su propia manta y se acostó.
Poco después del amanecer, Joshua regresó con la carreta vacía. Morgot y Stavia
se levantaron, y volvieron a ponerse en marcha.
—¿Creéis que llegaremos a casa para la hora de cenar? —preguntó Stavia,
mientras apilaba las mantas ensangrentadas al fondo de la carreta y procuraba no
mirar a su madre ni a Joshua. En realidad ya no estaba segura de quién era ese
hombre.
Stavia sólo podía pensar en las palabras de Myra. «Vaya una ayuda que os lleváis.
Un servidor».
Al llegar el carnaval de verano, cuando Stavia tenía doce años, llegó un mago
nuevo y muy solicitado que venía de Tabithatown. Además de las danzas callejeras y
las jaranas en las tabernas, también hacía dos funciones diarias en el teatro de verano.
Antes del carnaval Myra había acudido al centro médico para regresar con un sello
rojo en la frente y un injerto en el brazo. Estaba pálida y demacrada, pero
extrañamente agitada, o al menos eso le parecía a Stavia aunque Morgot no decía
nada al respecto.
—Según el doctor mi equilibrio hormonal está debilitado desde el nacimiento de
Marcus —se quejó ante Stavia—. Se supone que este artefacto me mantendrá en
condiciones.
—Hay dispositivos muy eficaces —murmuró Morgot—. Me alegra que la doctora
Charlotte haya pensado en ello.
Stavia apenas si escuchó el intercambio. El carnaval de verano estaba empezando,
y Chernon vendría a casa.
—Stavia, deberías comprarte ropa nueva —se quejó Myra—. Es necesario,
Morgot. Ya tiene doce años, pero se viste como una niña. No tiene nada bonito.
—Lo que quiera Stavia —dijo Morgot—. Si se encuentra cómoda así, me parece
bien.
Stavia no quería ropa nueva. Sus gastados pantalones y la ropa interior larga

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estaban suaves después de muchos lavados, y le resultaban tan familiares como su
propia piel. Las camisas, de lino para el verano y de lana o cuero para el invierno,
eran cómodas y todavía le quedaban bien. Ella no quería ser diferente ni usar nada
diferente. Nada debía cambiar. Chernon vendría a casa y si a él le gustaba como ella
era, así sería.
Pero el Chernon que regresó para el carnaval se había vuelto extrañamente
callado y tímido. Era un Chernon con la voz más profunda, con una barba incipiente
en el rostro. Ahora la miraba con una nueva atención, como si ella tuviese algo que él
deseaba. Stavia lo sentía. Le comentó a Beneda que su mirada penetrante la hacía
sentirse incómoda.
—Es porque pronto cumplirá los quince —respondió Beneda—. Mamá lo
calculó.
¡Chernon cumpliría los quince! El momento de decidir si quería convertirse en
guerrero o prefería regresar al País de las Mujeres. ¿Qué decidiría? Ella ni siquiera
había pensado en su edad. Ahora todas las justificaciones que se había dado a sí
misma por violar las ordenanzas, todas sus complicadas excusas, quedarían anuladas.
¿Qué explicación racional encontraría para prestar libros a un guerrero? ¿Qué
justificación podía haber?
Pero él todavía no era un guerrero. Aún podía tomar la decisión de volver a casa,
y ella debía aprovechar ese tiempo, por breve que fuese.
Chernon se lo pediría. Estaba segura de ello. Debía prepararse para cuando lo
hiciera.
Él sólo esperó hasta el segundo día.
—El último libro que me llevaste decía algo sobre lo que me gustaría saber más,
Stavy. Lo he apuntado. —Su voz sonaba fría y segura.
Ella tragó saliva y apretó los dientes hasta que le dolieron los oídos. Era el
momento. Las palabras que había ensayado salieron en un torrente. De haber
esperado sólo un instante, no hubiese sido capaz de pronunciarlas.
—No podré prestarte más libros, Chernon.
Él la miró con sorpresa, tal vez aturdido. Más adelante Stavia se decidió por la
segunda reacción. Como si no la hubiese considerado capaz de decirlo.
—¿No… no me darás más libros?
—Vas a cumplir los quince. A esa edad se elige. Si eliges… si eliges un camino,
estarás decidiendo que puedes seguir adelante sin esta clase de libros. Si eliges el
otro, bueno, entonces podrás tener todos los libros que quieras. Yo no debo influir en
tu decisión.
Lo había ensayado una y otra vez, y lo había dicho en forma clara y simple, tal
como lo había planeado. Entonces, ¿por qué esta agonía?
Su rostro. Estaba pálido. Luego rosa, rojo y blanco otra vez. Chernon volvió la

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cabeza.
—Eso no es justo —protestó al fin.
Ella se estremeció. ¿Cómo podía decir eso? Sí, ella había violado las reglas por él,
pero no podía pensar que pudiera seguir haciéndolo eternamente. Él debía tomar su
propia decisión.
—¿Chernon?
—Déjame en paz. —Duro y obstinado.
—¡Chernon! —Dolor y consternación.
—Vete a casa y déjame en paz.
Por el momento ni siquiera pensaba en lo que le diría Michael. Por el momento,
no le importaba. Lo que acababa de ocurrir no debía haber sucedido. No le había
gustado.
Ella estaba demasiado paralizada para discutir. Se marchó. Las calles
residenciales estaban silenciosas, separadas del carnaval por medio de barricadas y
grupos de mujeres mayores, pero se oían las risas y la música al otro lado de la
colina. ¡Era Chernon quien actuaba de forma injusta! ¿Creía que porque una vez
había violado las ordenanzas por él, seguiría haciéndolo toda la vida? ¿No le
importaba lo que le sucediese a ella?
Stavia estaba en la cocina, doblada por el dolor de estómago, cuando Myra entró.
—¿Dónde está Morgot? —preguntó.
—Arriba —murmuró Stavia.
—¡Barten dice que puede haber una guerra! Stavia se sobresaltó, derramando un
poco de té sobre la mesa. Aquella terrible palabra no tenía sentido.
—¡Una guerra! ¿Qué quieres decir?
—Con Susantown. La guarnición de Susantown planea atacarnos.
—Eso es ridículo. Tenemos un acuerdo comercial con Susantown.
—Pero la guarnición piensa que el acuerdo es un truco, o algo parecido. Nuestros
hombres tienen espías allí, y se lo dijeron al comandante de Barten.
—¿A Michael? ¿Al vicecomandante Michael? ¿Al padre de Jerby?
—Stavia, ¿me estás prestando atención? Te digo que puede haber una guerra.
La voz serena y tranquilizadora de Morgot llegó a ellas desde la puerta.
—He oído algo al respecto, sí.
—¡Pero tenemos un acuerdo comercial! —insistió Stavia, tratando de
comunicarles lo disparatada que era la idea—. ¡Un acuerdo!
—A veces ocurren estas cosas —dijo Morgot con voz fatigada—. Realizamos
acuerdos y tratados, nos esforzamos, pero por algún motivo, las cosas salen mal.
—Supongo que los comandantes tenían espías en Susantown, ¿no?
—Barten me dijo que su centurión, Stephon, los tenía.
—Casi todas las guarniciones cuentan con sus propios sistemas de inteligencia.

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Bueno, debemos agradecer que contamos con hombres fuertes para defendernos.
Estamos agradecidas, ¿verdad, Stavia?
Stavia asintió con un gesto, pero apenas si fue consciente de haberse movido. Oh,
sí. Ella agradecía que hubiese guerreros para defenderlas. Frente a ella, sobre la mesa,
movió la taza de té estirando el líquido derramado en una forma larga y curva, como
un cuchillo. Chernon. Y la guerra. De todas formas, Chernon era demasiado joven, no
lo enviarían al combate. Aún no. Pasarían diez años antes de que tuviese que pelear.
O tal vez volviese a casa…
—¿Cuándo creen que será el ataque? —preguntó Morgot.
—Nadie lo sabe con exactitud. En algún momento dentro de los próximos meses.
Cuando lo averigüen, marcharán sobre Susantown de inmediato. Antes de que sus
guerreros puedan llegar aquí y ponernos en peligro.
—Muy bien pensado. Los comandantes de la guarnición son unos tácticos
excelentes, sobre todo Michael y Stephon. Bueno, supongo que Barten estará
impaciente por participar en su primera batalla.
—Él… Barten no irá —balbuceó Myra—. Aún… aún no ha cumplido los
veinticinco.
Morgot asintió con la cabeza.
—Sí, los cumplió hace un mes. Lo sé porque la semana pasada estábamos
ordenando algunos registros de la guarnición, y allí fue cuando lo notamos. Hubo más
de cien varones nacidos en el mismo año que Barten, demasiados para una centuria,
por lo que varios de ellos fueron incorporados al año siguiente. Algunos de los de
veinticuatro en realidad tienen veinticinco, y son aptos para participar del combate.
Nadie le presta atención a menos que exista una amenaza de guerra, pero en ese caso
los comandantes quieren reunir a todos los hombres disponibles.
—Pero es demasiado joven —protestó Myra, con voz chillona por el pánico.
—Myra, no estás escuchando. Seguramente comprenderás que no nacen justo
cien niñitos todos los años. Cuando mi madre era joven, hubo un año en que nacieron
tantos que debieron crearse dos centurias con el mismo número. Barten tiene
veinticinco, aunque esté con los de veinticuatro. Vamos. No querrás estropearle el
placer mostrándote negativa al respecto. Tendrás que preguntarle qué diseño quiere
que le confecciones para que lo lleve en combate.
—¿Diseño?
—¿No te ha pedido que le bordes algo para usar sobre el peto de la armadura?
Creía que todos los enamorados lo hacían. Bueno, las cosas pueden haber cambiado
desde mi juventud. Recuerdo haber confeccionado uno para Michael. Tres avispas
sobre un campo de oro. Para la velocidad, sabes. Y la resistencia. —Morgot sacudió
la cabeza y abandonó la cocina.
—Tendrás que preguntarle qué diseño quiere tener —dijo Stavia. Deseaba romper

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el silencio, la parálisis helada en el rostro de Myra, su propio dolor y preocupación.
—Creo que él no sabe que irá con ellos —musitó Myra—. Mencionó lo mucho
que le gustaría hacerlo, por supuesto.
—¡Por supuesto!
—Por supuesto.
—Iré a buscarlo, íbamos a vernos más tarde, pero tengo que encontrarlo. Ahora…
—Myra se marchó rápidamente, con las manos pendiendo frente al cuerpo como
aletas inertes.
Stavia fue en busca de su madre.
—¿Es verdad que bordaste algo para Michael?
—No era la pregunta que quería formular. Ni siquiera deseaba hablar de eso, pero
lo que necesitaba saber era demasiado peligroso. No se atrevía a mencionarlo.
—Pues sí. Yo tenía diecisiete años, y él era el hombre más guapo que jamás había
visto. Acababa de cumplir los veinticinco. Me dijo que yo era el amor de su corazón.
—¿Michael dijo eso? —Stavia no podía creerlo. Morgot echó a reír.
—Pues claro que sí. Por entonces era más joven, más propenso a los excesos
románticos.
—¿Es el padre de Myra?
—Oh, no. No quedé embarazada hasta un par de años después, y Michael no fue
su padre.
—¿Quién fue su padre?
—¡Stavia!
—Lo siento. Yo sólo…
—Sientes curiosidad, lo sé. De todos modos, no consideramos que sea de buena
educación discutir la identidad de nuestros padres, Stavy. No tiene ninguna
importancia en el País de las Mujeres. Tú lo sabes. No preguntamos. Hace mucho,
mucho tiempo se decidió que todas nos llevaríamos mejor si no hablábamos de eso.
El progenitor biológico de Myra no tiene ninguna importancia a menos que se
relacione con algún guerrero demasiado emparentado con ella. Y en ese caso, yo se lo
diría, por supuesto. —Morgot hablaba en un tono demasiado formal, y Stavia
comprendió que éste también era un discurso ensayado, si no para ella, para Myra—.
Si yo no lo hiciera, lo haría la encargada de las citas. Llevamos nuestros registros.
—Myra ha ido a buscar a Barten. —Pero ella no podía ir en busca de Chernon
porque él le había dicho que se marchase. Aunque no lo haría si le llevaba libros, si
hacía lo que él quería. Chernon sería amable con ella siempre y cuando cediese a sus
deseos.
—Claro que sí. Querrá pasar cada minuto posible con él. —De pronto la voz de
Morgot se tornó extraña, cerrada, como si se hubiese levantado un muro entre las dos.
Las dos últimas noches de carnaval Myra permaneció despierta bordando una

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camisa para Barten. Tenía dos árboles verdes y una montaña… símbolo de la selva,
había dicho Myra. Donde no existía ningún País de las Mujeres, aunque con un
extraño tacto la joven no lo dijo.
Durante varios días después del carnaval, Stavia fue hasta el muro con la
esperanza de ver a Chernon, de oírle decir que se arrepentía de sus palabras, pero no
lo encontró allí.
Chernon pasaba gran parte del tiempo en el campamento de los gitanos con
Michael y Stephon, holgazaneando con ellos alrededor del fuego. Allí bebían la
cerveza de Jik, fumaban lisimaquia encendiendo la pipa con los tizones, planeaban la
posible batalla con Susantown y compartían consejos sobre las mujeres.
—Deja que sufra un poco —le dijo Michael a Chernon—. Ella volverá. Ninguna
mujer puede soportar una actitud distante y herida. Cualquier mujer del mundo está
dispuesta a creer que toda la culpa es suya si tú se lo dices. Tendrá que compensarte
de alguna manera. Espera y verás…
Era tarde y el fuego se había consumido hasta las brasas. Los rostros de los
hombres tenían un resplandor rojizo en la penumbra. La cerveza los había vuelto
pesados y lentos en sus movimientos, por lo cual giraron las cabezas despacio cuando
alguien entró en el campamento y saludó a Michael. El hombre parecía enfermo y
estaba desfigurado por un corte que abarcaba ambas mejillas. Chernon nunca antes lo
había visto, pero Michael y Stephon parecían conocerlo bien.
—Besset —murmuró Stephon—, nos preguntábamos cuándo regresarías.
—Estuve a punto de no regresar —se quejó el hombre mientras se sentaba junto a
ellos y dirigía al joven una mirada significativa.
—Es Chernon —le dijo Michael—. Un jovencito muy eficaz. Sabe que los
comandantes necesitamos información, así que puedes hablar delante de él. No hay
problema. ¿Por qué dices que estuviste a punto de no regresar? —Le ofreció la jarra
de cerveza y un vaso.
El hombre bebió con avidez, suspiró y se secó la boca con el brazo.
—Cuando me hicisteis pasar por muerto y todo eso, me reuní con ese grupo de
gitanos tal como habíamos planeado.
—Diablos, Besset, han pasado dos años desde que dijimos que habías muerto.
—Bueno, no he andado cerca de aquí. La banda a la cual me uní viajaba mucho.
Llegamos a Tabithatown, luego bajamos por la costa y cortamos camino hasta
Annville. Recogíamos a un hombre aquí y otro allá. La mayoría de los hombres que
vagan con los gitanos proviene de guarniciones, ¿lo sabíais? Algunos son desertores,
y otros son como yo… espías para sus comandantes. Así que en todas partes me
encontraba con tipos que querían averiguar lo que yo sabía, y yo quería sonsacarlos a
ellos.
—¿Y qué lograste averiguar? —preguntó Stephon con tono aburrido—. Al

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parecer no mucho.
—Es verdad, no mucho —dijo Besset—. Todos los hombres con quienes hablé
pensaban más o menos lo mismo: que las mujeres nos están ocultando un secreto y
todo eso. En general piensan que se trata de algo religioso. Como la Cofradía de
Aries, pero sólo para mujeres.
—No hables de la Cofradía, Besset. Chernon puede ser un muchacho listo, pero
todavía no es un guerrero.
—Sólo comparaba.
—Pues no lo hagas.
—Muy bien. En cualquier caso, eso es lo que dicen algunos. De vez en cuando se
habla de una u otra invasión, pero nadie hace nada. Allá en el norte, cerca de
Annville, ni siquiera lo mencionan por lo que pasó la otra vez.
—¿Y bien? ¿Dónde has estado?
—Bueno, después regresamos al este por un tiempo, y todo fue más o menos
igual.
—No pareces haber comido muy bien —observó Michael.
—No nos esperaban con los brazos abiertos en los albergues para viajeros,
¿sabes? En el camino se come lo que se pilla; nadie te regala nada. Tuvimos un par de
buenos momentos; durante un tiempo capturamos a la familia de un carretero, pero él
trató de escapar y ella se portó mal, así que tuvimos que matarlos. Después, una
noche los hijos escaparon con los animales. Mala suerte.
—¡Venga! —urgió Michael con impaciencia.
—Te lo estoy contando. Andábamos al este de aquí. Fue hace algún tiempo, antes
del carnaval de Marthatown, y vimos esta carreta que viajaba hacia la ciudad.
Pensamos que era un carretero con su familia. Un hombre, una mujer y una niña.
—Sí.
—Nosotros éramos siete. Challer… el de Melissaville, que se hacía llamar el
jefe… Challer decidió que podíamos divertirnos un poco con la mujer y la niña, y
después vender los animales en el mercado de Mollyburgo. Los seguimos hasta que
oscureció, y después esperamos mientras acampaban. —El hombre llamado Besset se
tomó la cerveza de un trago y la espuma formó un anillo blanco alrededor de su boca.
—¿No viste quiénes eran?
—No. Oímos que la mujer hablaba, pero estaba demasiado oscuro para ver algo.
Entonces atacamos el campamento, o más bien debería decir que lo atacaron, porque
yo me quedé atrás. Pensé que si eran de por aquí, tal vez me reconocerían.
—¿Y cuál hubiera sido el problema? —le preguntó Stephon con interés—. No
pensabais dejarlos con vida, ¿verdad?
Chernon se ruborizó en la oscuridad. ¡Estaban hablando de un asesinato! ¡Y
Michael ni siquiera se mostraba sorprendido!

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—A decir verdad, creo que ni siquiera lo pensé. Bueno, los hombres atacaron el
campamento y de pronto todo el lugar estuvo en llamas.
Esa cosa plateada giraba, oí gritar a Challer y la cabeza le cayó rodando colina
abajo, donde estaba yo. Entonces me fui.
—¿Una cosa plateada? —preguntó Stephon con tono amenazador—. ¿Es todo lo
que puedes decirnos? ¿Que el carretero tenía una cosa plateada?
—No pude ver nada más. Sólo esa cosa plateada, como una rueda, y los hombres
que gritaban. Aparte de eso, ningún sonido. —Besset volvió a beber con manos
temblorosas.
—Maldición —exclamó Stephon con fastidio.
—Espera, aún no he terminado. Me alejé más o menos un kilómetro y me escondí
en una especie de barranco que había allí. Esperé hasta la mañana. Bastante después
del amanecer, allá iba la carreta otra vez, todavía con tres personas dentro. No había
nadie más con ellos, pero el conductor no era ningún carretero. Al menos no iba
vestido como tal. Era un servidor, una mujer y una niña del País de las Mujeres. No
llegué a verles la cara, pero estoy seguro de ello. Y otra cosa: juro que en esa carreta
sólo viajaban ellos tres. Ningún cuerpo, nada. Pero cuando volví al lugar donde
habían acampado, sólo encontré cenizas de un fogón. La cabeza de Challer había
desaparecido, y todos los demás también.
Hubo un largo silencio durante el cual Chernon trató de volverse invisible con la
esperanza de que nadie se fijase en él otra vez. No sabía qué pensar respecto a lo que
había oído. Se le ocurrió que Michael tal vez hubiese preferido que no estuviera allí.
No obstante, los comandantes ni siquiera lo miraron, y a Chernon le pareció que se
habían olvidado de su presencia. Probablemente Besset ni siquiera decía la verdad, y
por eso Michael no parecía sorprendido. Besset mentía, estaba borracho o había
comido setas de las que causaban visiones, como solían hacer los gitanos. A lo mejor.
Aunque si decía la verdad o algo parecido a la verdad, podía significar que las
mujeres poseían un arma que todos los demás desconocían. O alguna clase de poder
del que nadie estaba al corriente.
Chernon prefirió creer que se trataba de esto último, de algo que podía llegar a
conocer y a usar. Sin embargo, más adelante, cuando escuchó por una ventana de la
residencia de oficiales, supo que Stephon y Michael creían que se trataba de un arma.
—Probablemente sea eso lo que están ocultando —dijo Michael con voz profunda
—. Eso que las mujeres saben y callan. Algo que ha quedado de épocas anteriores a
la Convulsión. ¡Sería muy propio de ellas!
¡Decirnos que no podemos usar nada de tiempos anteriores y luego usarlo ellas!
¡Hipócritas! Tenemos que averiguar qué es. Cuando nos saquemos de encima esta
guerra con Susantown, nos concentraremos en investigar el asunto. Tal vez enviemos
a algunos de los más jóvenes. Podríamos hacerlos pasar por viajeros…

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—¿Cómo?
—Oh, enseñarles alguna clase de número. Acrobacia o algo así. Malabares, tal
vez. Tenemos un par que son bastante hábiles.
Chernon no permaneció bajo la ventana para escuchar nada más. Si iban a enviar
a alguien, él quería ser el elegido.
El otoño llegó con vientos fríos y hojas doradas. La noticia recorrió el País de las
Mujeres como otra clase de viento. Las malvadas intenciones de la guarnición de
Susantown habían sido confirmadas. Se había declarado la guerra.
Todas las mujeres y los niños de la ciudad acudieron a la muralla cuando se
marchó la guarnición. Observaron el área de revista, donde se reunieron los guerreros
con los estandartes al viento. Las armaduras brillaban como diez mil espejos rotos,
deslumbrándolos con destellos de gloria. Barten no llevaba la camisa que Myra le
había bordado, pero al verla señaló su morral para indicarle que la tenía allí. A Stavia
le pareció que estaba muy pálido.
—Creía que tenía otro año para hacerse a la idea —le dijo a Morgot, sorprendida
ante sus propias palabras—. Y de pronto se le acabó el tiempo.
—¿Te refieres a Barten? —le preguntó su madre—. Es cierto. Hablé con Michael
durante el carnaval de este verano, y me dijo que Barten pareció bastante sorprendido
al enterarse de que era un año mayor de lo que pensaba.
Los tambores y trompetas comenzaron a sonar. Las tropas se formaron en una fila
interminable e iniciaron la marcha. Antes de que pareciera posible, todos habían
desaparecido. Sólo quedaba el aletear de las banderolas al viento y una nube de polvo
hacia el este, mostrando la dirección en que habían marchado. Entonces partieron las
carretas llenas de alimentos, mantas y botas, conducidas por viejos tuertos, mancos o
cojos que, para su desgracia, no habían muerto cuando la gloria todavía les rondaba.
La banda de mujeres comenzó a tocar Ya se ha ido, él ya se ha ido, y Stavia se
encontró cantando con las demás.

Dónde se ha ido mi hermoso guerrero,


aquél que me ha hecho suspirar.
Se ha ido a luchar por las muchachas bonitas,
por mamá y por las delicias del hogar.
Ya se ha ido, él ya se ha ido,
nunca más a mi amor volveré a ver,
en costas lejanas habrá de encontrar
otra amante que vele por él.

De todas formas, Susantown no era una costa lejana, sino que sólo se encontraba
a unos noventa kilómetros al este, y lo más probable era que los guerreros sólo
recorriesen la mitad de la distancia antes de encontrarse con la guarnición enemiga.

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Tal vez firmasen un tratado y nadie resultara herido.
Una de las mujeres del Concejo se acercó a Morgot y le formuló una pregunta.
—¿Bandidos? —dijo Morgot—. Sí. He hablado con los comandantes de la
guarnición al respecto, concejala.
La concejala, una mujer mayor a quien Stavia había visto muchas veces aunque
no la conocía a fondo, murmuró algo que Stavia no alcanzó a oír.
Morgot le respondió con voz suave pero clara:
—Oh, todas estamos de acuerdo en que eso es probable, pero aún no hay ninguna
prueba. —Entonces se volvió y Stavia vislumbró una expresión enigmática en sus
rostros. No por primera vez, sintió que las ruedas brillantes del País de las Mujeres
giraban silenciosas debajo de la ciudad, sin que ella interviniese.
Como aquella noche, cuando volvían de Susantown.
«Lo cual nunca ocurrió —se recordó Stavia—. Lo cual nunca ocurrió». Después
de aquella noche, muchas veces había tratado de comprender lo sucedido. Hombres
con tatuajes de distintas guarniciones, todos juntos, como si hubiesen sido escogidos
para formar alguna clase de equipo. ¿Con qué propósito? La pregunta la había
enloquecido hasta que, al fin, había decidido que si no podía hablar de ello, lo mejor
sería fingir que nunca había ocurrido. A su parte actriz le resultaba de lo más
sencillo. No obstante, la observadora encontraba más dificultades en desarrollar esta
memoria selectiva.
Aparte de algunos armeros y cocineros, todos los hombres mayores de veinticinco
años se habían marchado. Los muchachos estaban en libertad para vagar por la
guarnición a voluntad, y la vez siguiente que Stavia fue al muro con Beneda se
encontró con que Chernon la esperaba en el tejado de la armería. Aterrorizada,
Stavia sintió que su corazón latía más lento y luego se aceleraba.
—Benny, ¿me permitirías hablar un rato a solas con Stavia, por favor?
—Ella es demasiado joven para concertar una cita, hermano —objetó Beneda,
disimulando que la había llevado hasta allí porque él se lo había pedido.
—¿Quién ha hablado de citas? ¿Quieres irte de una vez?
Beneda fingió ofenderse y se marchó. Todas sus esperanzas respecto a Chernon
dependían de la influencia que Stavia ejerciese sobre él. O al menos eso era lo que
ella pensaba.
—Stavy. —¡Qué claros eran sus ojos! La mano que la rozó era limpia y suave
como la de un niño.
Ella quería que la acariciase, que la abrazase.
—Te he echado de menos —dijo Stavia con voz ahogada—. Siento que te
enfadaras conmigo.
—No… no estaba enfadado contigo. Sé lo que tratabas de hacer, Stavia, y por eso
he venido hoy. Debo explicártelo.

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«Déjale saber que no harás lo que te pide, muchacho —le había dicho Michael
—. Que se entere de que no es tan importante para ti. Entonces se romperá los
cuernos para que la aprecies más. Las mujeres son así».
«Stavia es bastante… bueno, es independiente», había objetado Chernon.
«Eso no importa —había reído Michael—. Son todas iguales.».
—¿Qué quieres explicar? —le preguntó Stavia, temblorosa.
—Los de quince tendremos que escoger dentro de unos pocos meses. Necesito
explicarte por qué quiero quedarme en la guarnición.
Stavia lo escuchó sin sorprenderse del todo. Bueno, ya estaba dicho.
¿Qué sentido tenía permanecer allí para escuchar más? Bien podía irse a casa
ahora, llorar y superar el dolor. Según Morgot, eso era lo que se debía hacer. No
tenía ningún sentido dilatarlo.
—¡Stavy! —Su expresión hermética atemorizó a Chernon. Michael podía haberse
equivocado. Era posible. Él no lo sabía todo. Michael no había logrado hacer que
Morgot hablase, así que no lo sabía todo—.
¡Stavy!
—Sí.
—No pongas esa cara. —Decidió justificarse, intentar que sonara menos
descarnado e indiscutible. Michael no hubiese jugado sus cartas de este modo, pero
a Chernon le pareció necesario—. ¿No comprendes que de no haber sido por la
guerra, tal vez hubiese vuelto? ¡Pero ahora es imposible! Muchos hombres morirán.
Otros regresarán heridos y necesitarán nuestra ayuda. Todavía me quedan diez años
para tomar la decisión, Stavia. Puedo regresar al País de las Mujeres más adelante.
Cuando haya terminado la guerra y todo esté en orden.
—No comprendo qué es lo que no puedes hacer.
—No puedo abandonar a mis amigos —respondió él con solemnidad, como si
prestara un juramento—. No en este momento.
—¿Pero crees que lo harás después?
—Bueno… no lo haría después tampoco, Stavy, si no fuera por los libros. Hay
muchísimas cosas que quiero saber. Cosas que tú sabes. Soy consciente de que
debería ir al País de las Mujeres para aprender, pero no puedo comportarme como
un egoísta.
—Comprendo. —Por su tono resultaba evidente que no era verdad.
—No lo comprendes. Pero espero que con el tiempo lo hagas, y que me respetes
por ello.
—Nosotras respetamos a los guerreros —respondió Stavia, muy formal—.
¿Piensas decirle esas cosas terribles a tu madre? ¿Que ha insultado tu virilidad?
La pregunta lo pilló desprevenido. Había planeado decir exactamente eso, y la
sola idea le había causado gran placer.

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—N-n-no —balbuceó—. No es obligatorio. Nunca lo haría.
—Bueno, algo es algo.
—Pero sigue trayéndome libros, por favor. Por favor, Stavy. No podré lograrlo
sin ellos. ¡En serio! —Tenía los ojos llenos de lágrimas, y los labios le temblaban.
Era verdad que no podría.
Aunque Stavia deseaba profundamente decirle que sí, sacudió la cabeza. No lo
sabía. Tendría que consultarlo con alguien. Tal vez con Joshua.
—No lo sé —dijo—. No estoy segura. No sé por qué la guerra habría de cambiar
las cosas. Siempre hay guerras.

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Capítulo 11
El fantasma de Polixena aparece en la almena —dijo la directora—. Lentamente,
desciende la escalera.
La concejala Stavia, en su personaje de Ifigenia con el muñeco que representaba a
Astianax entre los brazos, se volvió y observó la escalera de mano que hacía las veces
de almena.
La mujer que interpretaba a Polixena estaba arriba, en cuclillas. Por un instante,
Stavia se quedó en blanco, pero justo en el momento en que el apuntador comenzaba
a decir el texto, lo recordó todo.
IFIGENIA: Así que al fin has venido, Polixena. Por favor llévate a este niño.
POLIXENA: No me gustan los niños. Las niñas un poco, porque tienen cierta
esperanza de vida, pero no los varones. Ellos se recrean con la muerte como si se
tratase de un juego, y echan los dientes sobre una daga. No. No me gustan los niños.
IFIGENIA: Éste tiene que gustarte. Es el hijo de tu hermano.
POLIXENA: ¿El hijo de Héctor? Así que a él también lo han matado. Stavia
trató de decir el siguiente parlamento, pero sintió algo justo debajo de las costillas,
como si le hubieran clavado un cuchillo.
—Así que a él también lo han matado —dijo, repitiendo el texto de Polixena.
Consternada oyó el sonido de su propia voz en un lamento inconsciente.
La directora la miró fugazmente y luego detuvo el ensayo. Cuando los demás se
hubieron alejado, preguntó:
—¿Qué te pasa, Stavia?
—Es sólo… es que mi hermana pronunció esas mismas palabras hace mucho.
Últimamente he estado muy aturdida. Demasiados recuerdos.
—Trató de reír, pero no lo logró.
La directora suspiró.
—Estás cansada, eso es todo. Os estoy pidiendo que lo repitáis demasiadas veces.
Es culpa mía. No sé qué quiero hasta que lo veo, y vosotros debéis repetirlo
incontables veces hasta que lo veo. Ya hemos trabajado suficiente por hoy. Ve a
descansar un poco. Mañana volveremos a intentarlo.

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Capítulo 12
Stavia acababa de cumplir los trece años cuando llegaron los heraldos diciendo que
los ejércitos de Marthatown y Susantown se preparaban para entrar en insigne
combate. El heraldo había entrado en la ciudad por la puerta de la Batalla, después de
que sonaran trompetas y tambores, y una delegación del Concejo había bajado a la
plaza para escuchar el mensaje.
Desde un lugar en el segundo nivel del peristilo, Stavia había visto que Morgot
entraba en la plaza por el este, donde estaban las Cámaras del Concejo. Llevaba
puesta la túnica ceremonial y el velo azul oscuro que se agitaba en la brisa. Incluso
desde lejos, Stavia apreció la blancura de sus ojos, tan pálidos que parecían ciegos.
Qué extraño… parecer tan ciega y a la vez ver tantas cosas.
«Pero a mí me sucede lo mismo —se dijo Stavia—. Tengo los ojos como ella».
Chernon había dicho que le gustaban sus ojos, pero Stavia misma no estaba muy
convencida con ellos.
—Ojos de Casandra —le había dicho la profesora de teatro cuando le preguntó si
quería interpretar el papel de la desdichada profetisa.
—Es un papel pequeño, pero te brindará alguna experiencia en la actuación. Es
posible que el año que viene estés lista para el papel de Ifigenia.
—¿Sólo por mis ojos? —objetó Stavia.
—No. No sólo por tus ojos. Te lo ofrezco porque pareces comprender de qué trata
la obra.
A Stavia le sorprendieron aquellas palabras, aunque no dijo nada para
contradecirla. El tema de la obra era evidente. Se trataba… bueno, era evidente.
Troya. Las mujeres.
—Representaré a Casandra, si usted lo desea.
—Como quieras, Stavia. —La maestra parecía decepcionada con su respuesta—.
Nunca hay papeles suficientes para todas.
Morgot había dicho que era importante ganar experiencia en la interpretación.
—Cuando crezcas, pueden pedirte que sirvas al Concejo —le había dicho—. En
resumidas cuentas, lo que hacemos es actuar. Rituales. Ceremonias. Si se nos ve bajo
control, la gente se tranquiliza y la vida se desarrolla con calma. Nada inquieta más a
los ciudadanos que ver a sus gobernantes inseguros o vacilantes. No hacer nada bajo
la apariencia de calma puede ser más adecuado que hacer lo correcto de un modo
frenético. Aprende a actuar, Stavia. Yo lo he hecho.
Por lo tanto ahora, en la plaza, Morgot avanzaba con calma. Pareció sentir los
ojos de Stavia sobre ella, ya que se volvió para escudriñar la galería, y alzó una mano
cuando la reconoció. Stavia le respondió del mismo modo, y dejó caer la mano
cuando la trompeta volvió a sonar. El heraldo avanzó para transmitir su mensaje. Los

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ejércitos se habían encontrado a mitad de camino entre las dos ciudades. Las
guarniciones estaban dispuestas de ese modo, frente a frente. Se habían pronunciado
los desafíos. El combate cuerpo a cuerpo ya había tenido lugar. Fulano de
Marthatown estaba herido. Mengano de Susantown estaba muerto. El combate cuerpo
a cuerpo no había dejado satisfecha a la guarnición de Susantown. Los rituales de la
batalla seguían su curso.
Pronto se iniciaría la contienda general. Las mujeres de Marthatown no tenían
nada que temer. La guarnición de Susantown no tendría ocasión de atacar la ciudad.
La jefa del Concejo respondió con voz envejecida pero fuerte, como un tañido
entre los muros de la plaza.
—Honor de la ciudad… protección de las mujeres… protección de los niños… la
gloria prometida…
Morgot avanzó para presentar las cintas de honor que las mujeres de la ciudad
habían preparado. Oh, cómo brillaban aquellas distinciones. Bandas púrpura para el
combate cuerpo a cuerpo. Bandas carmesíes para las heridas sufridas. Bandas doradas
para los actos meritorios frente al enemigo. El heraldo hizo una reverencia. Las
mujeres del Concejo se inclinaron. La Puerta de la Batalla se abrió de par en par y el
heraldo partió. Detrás de él marcharon los portadores de las distinciones y los
músicos, Morgot se volvió nuevamente hacia Stavia y le dirigió una seña. Reúnete
conmigo. Stavia descendió la escalinata entre el gentío. Mujeres, niñas, niños…
ningún servidor. Ellos nunca estaban presentes cuando se trataban asuntos
relacionados con la guarnición. Jamás aparecían ante los guerreros, para mostrar el
debido respeto a estos últimos. Aunque hablando con propiedad, el heraldo no era un
guerrero. Detrás de los muros había muchos hombres que, hablando con propiedad,
no eran guerreros.
—Morgot, ¿qué hay de los músicos? ¿Y los cocineros?
Morgot la miró con el rostro cansado. Tenía los ojos algo hinchados e irritados,
como si hubiese llorado o dormido mal, y las arrugas en torno a ellos parecían un
poco más marcadas que de costumbre.
—¿Qué músicos, hija?
—Los que tocan las trompetas y los tambores. Ellos no son guerreros, ¿verdad?
—Lo son en cierto sentido, ya que han decidido permanecer al otro lado del
muro. Aunque prestan su servicio sin combatir, por lo que tienen probabilidades de
vivir muchos años. ¿Por qué lo preguntas?
Stavia vaciló. Morgot suspiró.
—Estás pensando en Chernon. ¿Qué te ha dicho?
—Que piensa quedarse. Que no puede abandonar a sus compañeros ahora, con la
guerra. Morgot pareció consternada.
—Con la… ¡Oh, Señora! Pobre Sylvia. Oh, Stavia, ¿de verdad te dijo eso? Pero si

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siempre hay guerras.
—Dice que tal vez más adelante. Que todavía tiene tiempo.
—Pero si Chernon… Habby cumplirá los quince el mes que viene, ya lo sabes.
Tiene la misma edad que Chernon. Sylvia y yo quedamos embarazadas al mismo
tiempo. Mi segundo hijo y su primogénito. Si Chernon ha sido influenciado de esa
manera, podría ocurrir lo mismo con Habby.
—¿Por qué ha tenido que presentarse una guerra justo ahora?
Morgot sacudió la cabeza y tragó saliva dos veces, como si tuviese algo atascado
en la garganta.
—No lo sé, Stavia. Son cosas que pasan. Las poblaciones comienzan a
inquietarse, sobre todo cuando escasea la comida. De vez en cuando pasan estas
cosas.
—¿Qué pasaría si Chernon o Habby decidieran prestar servicio de otra manera,
sin combatir… como médicos, por ejemplo?
—¿Médicos? Los guerreros no tienen médicos.
—Lo sé. Pero…
—Nada de peros, Stavia. Forma parte de las ordenanzas. Los guerreros no pueden
tener médicos. Y deben luchar cuerpo a cuerpo, no desde lejos. Y deben ver su propia
sangre y la sangre de sus compañeros, cuidar a sus propios heridos y presenciar el
dolor. Forma parte de la decisión que deben tomar. Ya lo sabes.
—Chernon… —empezó a decir Stavia, pero entonces volvió la cabeza sin poder
continuar.
—Lo sé. Lo imaginas sufriendo, herido. Lo ves agonizante. Sientes su dolor como
si fuera el tuyo. Lo sé, Stavia, por el amor de la Señora, ¿crees que soy distinta?
¡Cada madre de un hijo lo sabe! ¡Cada enamorada lo sabe!
—¿Por qué?
—Para que sean conscientes de qué están eligiendo y a qué se arriesgan al
hacerlo. Es su decisión. Pueden regresar al País de las Mujeres o permanecer allí,
¡pero deben comprender qué significa quedarse! No se les puede pedir que decidan a
ciegas. ¡No puede ser paliado o disimulado! ¡Stavia, tú sabes por qué!
—Y no hay gente con instrucción médica. —Era estúpido. Las ordenanzas se
equivocaban, ni más ni menos. Stavia no lo dijo, pero en su tono quedó claro lo que
pensaba.
—No hay médicos para los guerreros, Stavia.
—Pues cuando se contagian enfermedades de las gitanas sí que los atendemos.
—Lo hacemos cuando podemos contagiarnos, sí. Pero ellos eligen la batalla.
Deben vivir con las consecuencias.
—Les dais agua de la fuente —insistió Stavia—. Eso no es vivir con las
consecuencias…

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—Las ordenanzas son piadosas, Stavia. Eso es todo. Son severas, pero piadosas.
Las dos caminaron en silencio. Las lágrimas rodaban por el rostro de Morgot.
Stavia sólo tenía un vacío interior, un sitio demasiado profundo para sentir el dolor.
Ella le había dado libros a Chernon. Había violado las ordenanzas, y lo peor de todo
era que no estaba de acuerdo con ellas. Tal vez se trataba de una ley que merecía ser
violada.
No podía hablar con Morgot al respecto, pero tenía que comentarlo con alguien.
Cuando regresaron los guerreros ya estaban en pleno invierno. Toda la ciudad se
reunió sobre los muros y alrededor de la plaza. El aire era frío, y cuando se abrió la
Puerta de los Protectores para dejar entrar a los muertos, las hojas secas de los arces
volaron. Filas y más filas de cadáveres, tendidos con los rostros descubiertos. La
mayoría de los muertos habían sido enterrados en el campo de batalla, y en las
camillas se exhibían sus armaduras y sus camisas bordadas. Al frente de cada camilla
venía un hombre con los honores del guerrero. Al otro lado del muro, en el área de
revista, yacían los heridos. Stavia con otras doncellas extrajeron agua de la Fuente de
la Extinción y la llevaron a las Cámaras del Concejo, donde las concejalas le
añadieron cicuta. Luego las mujeres se acercaron a los guerreros heridos y ofrecieron
el agua a los que sufrían grandes dolores. Algunos la aceptaron, otros no. Stavia
acompañó a Morgot en esta tarea, sosteniendo el cuenco mientras bebían.
—Para aliviar el dolor —decía Morgot, ofreciendo el frasco.
—No la necesito, señora —respondían algunos. Y los que no estaban muy
malheridos incluso sonreían.
—A mí, señora —decían otros, y entonces Stavia les acercaba el cuenco a los
labios. Ellos bebían y volvían a apoyar la cabeza, en silencio. Algunos sonreían.
Otros sólo jadeaban, suplicando con la mirada que les diesen a beber el agua. Había
hombres inconscientes, pero cuyas heridas era tan terribles que sus compañeros la
pedían en nombre de ellos. Cuando todo hubo terminado, alguien cubrió a los
muertos con mortajas. Luego fueron llevados al otro lado de la puerta, donde
aguardaban sus madres y hermanas.
Barten no tuvo necesidad de beber el agua. Estaba muerto cuando lo trajeron, con
una herida de lanza en la espalda. Así morían los desertores, y a veces también los
que tenían enemigos entre sus compañeros. Su hermana le colocó una cinta roja de
honor sobre el pecho, su madre lloró, Myra se arrojó sobre la camilla gritando una y
otra vez:
—A el también lo han matado, a él también…
Cuando las mujeres trataron de apartarla del cuerpo, Myra se aferró a él.
—Dejadla —les dijo Morgot—. Volverá después del atardecer, cuando nadie la
vea.
Y así fue. Al caer la noche fría, Myra se escabulló en la casa y subió a su

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habitación. Por la mañana regresó a la plaza, pero la madre y las hermanas de Barten
se habían llevado el cuerpo fuera de los muros, para enterrarlo en la parcela familiar.
No enviaron ningún mensaje invitando a Myra a la ceremonia. La costumbre exigía
dignidad en momentos semejantes, y el dolor de Myra había sido demasiado teatral,
demasiado estridente y poco femenino como para inspirar su compasión.
—¿Quién ha ganado? —preguntó Stavia, sorprendida de que nadie lo hubiese
mencionado.
—Nosotros, por supuesto. Susantown ha abandonado cualquier idea de atacarnos.
—Morgot suspiró y se retiró el cabello de la frente.
—¿Cuántos hombres han perdido?
—Tantos como nosotros.
—¿Cuántos?
—Unos seiscientos —respondió Morgot—. La mayoría fueron enterrados en el
campo de batalla. Habrá unos cien más que morirán por las heridas.
—¡Mamá! Eso es más de un cuarto de la guarnición. ¡Casi un tercio!
—Lo sé. La guerra es espantosa, hija. Siempre lo ha sido. Consuélate pensando
que era peor antes de la Convulsión. Morían más personas, y la mayoría eran
ancianos, mujeres y niños. Además, se permitía que las guerras creasen
devastaciones. Bajo nuestras ordenanzas, no se asesina a niños ni a mujeres. Los
únicos que participan en el combate son los hombres que deciden ser guerreros. No
hay ninguna devastación.
Stavia encontró algún alivio en sus palabras, pero Myra estaba desconsolada. Sus
gritos de dolor resonaron en la casa durante días, y no permitía que nadie la ayudase.
—¿No podrías ayudarla de algún modo? —preguntó Stavia—. ¿Darle una droga o
algo así?
—Será mejor que se desahogue —suspiró Morgot—. Con el tiempo se calmará.
Es más fácil vivir con el dolor que con otros sentimientos, Stavia. Los celos, por
ejemplo. O la culpa. Si Barten hubiese vivido, Myra los habría conocido muy bien.
Tal como han sucedido las cosas, ella no tiene nada que reprocharse.
En las semanas siguientes murieron otros guerreros y se ofrecieron otras
ceremonias de honor en la plaza. Durante un tiempo no parecía haber un día sin el
redoble de los tambores y el lamento de la trompeta, pero al fin retomó la calma
acostumbrada.
Una noche, Morgot los convocó a todos a la hora de la cena y les presentó a un
nuevo miembro de la familia.
—Es Donal —anunció colocando una mano en el hombro del joven robusto y
serio, con el cabello del color del hierro—. Acaba de cumplir los dieciséis. Ha
decidido regresar al País de las Mujeres y lo hemos recibido encantadas de
Tabithatown, en el norte, donde ha completado la primera etapa de su educación.

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Donal se ha matriculado en la escuela de servidores, aquí en Marthatown.
Myra se levantó y dejó la mesa sin decir palabra. Morgot sacudió la cabeza,
indicando que nadie intentase detenerla.
Donal murmuró algo a Joshua.
—Estaba muy enamorada de un guerrero —le respondió Joshua en un tono
mesurado y formal que a Stavia le resultó desconocido—. No era un hombre muy
recto en la observación de las ordenanzas. Logró convencer a varias muchachas para
que abandonasen la ciudad y viviesen en el campamento gitano brindándole sus
favores. Myra no llegó tan lejos, pero sus ideas la influenciaron. El guerrero resultó
muerto hace poco.
Donal se ruborizó y bajó la vista hacia el plato.
—Te sugiero que te limites a ignorarla —dijo Morgot—. Ya le pasará.
—O podrías ocuparte de su bebé —le sugirió Stavia—. Eso le gustaría. Fue
Joshua quien propuso a Stavia que ayudara a Donal con sus estudios.
—Es difícil para él —le dijo—. Yo lo sé. En la guarnición los libros son lo de
menos, no se estimula la lectura y no adquirimos el hábito… De este modo Stavia se
convirtió en tutora. Le explicó matemáticas, historia y composición, y al mismo
tiempo recordó muchas cosas que casi había olvidado ya.
—Las concejalas no son elegidas por el pueblo —dijo en respuesta a una pregunta
de Donal—, sino por otras integrantes del Concejo.
—Tu madre es una de ellas. ¿Cuánto tiempo hace que está en el Concejo?
—Ya hace tiempo. Desde que tenía alrededor de treinta años —le respondió
Stavia.
—¿No era muy joven para el cargo?
—Bastante. No hay muchas de esa edad.
—¿Por qué la escogieron?
—No lo sé. Ella no lo dice. Ninguna de ellas habla al respecto. No hay un número
determinado de integrantes. Algunas mujeres son convocadas y otras no, eso es todo.
En general todas cuentan con cierto entrenamiento médico. Creo que eso se debe a
que el Concejo debe mantener la salud de la población…
—Seguramente es por eso —asintió Donal—. Los servidores nunca participan del
Concejo, ¿verdad?
Stavia no supo qué responder, pero Joshua les habló desde la puerta.
—Los servidores tenemos una o más fraternidades en cada ciudad. Los Concejos
suelen solicitar la opinión de estas organizaciones, si tienen algo relevante que decir.
Y las opiniones de las fraternidades cobran valor en relación directa con los estudios
e ideas de los servidores.
Stavia lo miró con la boca abierta.
—Yo sabía que existían las fraternidades de servidores, pero no lo demás.

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—Nadie lo proclama desde la escalinata del Concejo, Stavia. A los guerreros no
les sentaría nada bien, ¿verdad? Sin embargo, ¿no te parece razonable? Después de
todo, ninguna de vosotras ha tenido que tomar una decisión como la que hemos
enfrentado nosotros. Vosotras aceptáis vuestro estilo de vida sin ponerlo en tela de
juicio. Donal y yo hemos adoptado el vuestro como propio. ¿Esto no te resultaría
interesante, si estuvieras en el Concejo?
—No imagino en absoluto interesante la opinión de… Minsning, por ejemplo.
—Minsning es el servidor de Sylvia, un sujeto encantador —le explicó Joshua a
Donal—. No tiene un ápice de maldad en todo el cuerpo; es alegre como un pájaro y
cocina de maravilla. Tampoco yo puedo imaginar que alguien se interese por las
opiniones de Minsning, excepto sobre cómo preparar una salsa, tal vez.
—Entonces hay servidores y servidores —reflexionó Stavia. Esta distinción era
importante, muy importante, aunque no alcanzaba a comprender del todo adónde la
llevaban sus implicaciones.
Joshua se echó a reír mostrando sus dientes fuertes y algo amarillentos.
—Hay mujeres y mujeres, ¿verdad? Está Morgot y está Myra, por ejemplo…
Ahora tendré que llevarme a Donal. Lo esperan en la escuela de servidores, y tengo
que enseñarle el camino.
No obstante, al llegar a la puerta, Joshua se detuvo y se volvió para mirar a Stavia
en forma extraña.
—Cuando vuelva, hablaré contigo de una cosa.
Joshua habló con ella en el patio, junto a la fuente, mientras se frotaba la frente.
—Stavia, me da la impresión de que algo está pasando entre tú y Chernon.
Ella pensó que se refería a algo sexual y se dispuso a negarlo, pero entonces
comprendió que, aunque no tenía nada que ver con el sexo, estaba ocurriendo algo
impropio. Por un momento no pudo hablar, pero los ojos de Joshua se clavaron en los
de ella.
—Le he dado libros —susurró—. Las ordenanzas dicen que no está permitido
prestar libros a los guerreros, pero él aún no lo era.
Mantuvo la vista baja y se retorció las manos, sin atreverse a mirarlo a la cara.
—Eso es una falacia —dijo él—. Tú sabes que no es más que una explicación
racional. Guerrero o no, tú entiendes lo que quieren decir las ordenanzas. —Tenía
aquella expresión familiar en el rostro, y comenzó a frotarse la frente como si le
doliera mucho—. No puedo… no puedo —murmuró para sí mismo—. Está tan
oscuro… ¿Todavía tiene esos libros?
—Uno. Siempre se los dejaba de uno en uno. Todavía conserva el último que le
presté, antes de decirle que no podría llevarle más.
—¿Os encontráis con regularidad?
Ella sacudió la cabeza.

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—En ocasiones lo veo cuando Beneda y yo vamos a la muralla. Algunas veces
está allí. En realidad no me ha hablado desde la última vez, cuando me dijo que había
decidido permanecer en la guarnición.
—A diferencia de Habby…
—¿Habby? ¡Ha elegido volver a casa!
—Lo hará. Cuatro o cinco de su centuria volverán.
Stavia comenzó a llorar y las lágrimas cayeron sobre su falda, silenciosas. No
sabía si eran lágrimas de felicidad por Habby o de ira y dolor por Chernon.
—Morgot temía que pensase lo mismo que Chernon.
—No. Me extraña de ella.
—¿Adónde irá Habby?
—Ha aceptado vivir en Tabithatown, en un intercambio con Donal. Todas las
ciudades tratan de mantener un equilibrio, como sabes. Pero eso no nos ayuda con
nuestro problema actual. —Joshua cerró los ojos, como si buscara algo en la
oscuridad—. ¿Qué significaban los libros para él, Stavia? ¿De verdad quería los
libros, o era alguna otra cosa?
—No sé a qué te refieres.
—Siento… siento que busca algo de ti, pero no se trata de un libro. Libros. No
sexo. Hay una especie de vínculo. Él se siente ligado a ti de alguna manera, pero no
se trata de un simple amorío juvenil.
—Somos amigos —dijo ella con cierta dignidad. Él dejó de frotarse la frente.
—Es posible, Stavy. Pero a pesar de ello… o tal vez justamente por ello, es
importante que cumplas las ordenanzas. Es probable que el libro no tenga mayor
importancia, pero debemos tomar las medidas necesarias para recuperarlo. Creo que
puedes hacer lo siguiente: Chernon tiene quince años, edad suficiente para concertar
una cita. Dile que te reunirás con él en la casa de citas durante el carnaval de
invierno.
—No tengo la edad que se exige —exclamó Stavia. Joshua sacudió la cabeza.
—No me refiero a que tengas relaciones sexuales con él, niña. Sólo digo que allí
podréis hablar tranquilos. Si está pensando en permanecer en la guarnición, es posible
que esta vez no visite su casa. Podría hacerlo por última vez, ya que aún no ha
efectuado el ritual, pero apostaría a que no lo hará. Las tabernas y posadas estarán
atestadas de guerreros borrachos y mujeres alegres. El mercado será como un
hormiguero. Tú lo sabes.
—¿Qué debo decirle, Joshua?
—No lo sé, Stavia. No lo percibo con claridad… ¡No logro comprender lo que se
propone, ni por qué!
Stavia lo miró y trató de comprender a qué se refería.
—Si lo supiéramos, no necesitaríamos hablar con él.

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—Sí, claro, tienes razón. Bueno, en tu lugar, yo le diría que tienes problemas de
conciencia. De todos modos, es la verdad, aunque ahora no te des cuenta, ya que de
lo contrario yo no hubiese percibido que algo andaba mal. Dile que si no recuperas el
libro tendrás que informar al Concejo de lo que has hecho.
—¿Qué me harán?
—Si lo averiguan. —Tendió los brazos hacia ella. Joshua nunca la había abrazado
antes, pero ahora la estrechó con fuerza contra su pecho. Por un momento Stavia tuvo
miedo. Las antiguas historias de servidores dementes cruzaron por su mente como
golondrinas, pero entonces sintió la mano de Joshua que le palmeaba la espalda como
si ella fuese uno de los burros, y percibió su aroma a cuero y humo, su aliento dulce
en el rostro—. Oh, Stavia, Stavia. Si el Concejo lo averigua, tendrán que castigarte de
alguna manera. Yo no pienso decírselo. Creo que ya te has castigado lo suficiente a ti
misma. Supongo que no volverás a violar las ordenanzas durante un buen tiempo.
Pero no eres tú quien me preocupa. Lo que me inquieta es algo relacionado con
Chernon. Si los guerreros lo pillan con libros de mujeres, recibirá un severo castigo.
¿Por qué no parece preocupado por ello? ¿Eh, Stavia? Piénsalo. ¿Por qué no le
preocupa?
Ella fue hasta la muralla, un día tras otro, hasta que al fin logró hablar con él a
solas. Chernon le susurró que le llevase libros al escondrijo secreto, pero ella sacudió
la cabeza.
—Nos veremos en la casa de citas, Chernon. En invierno. Lleva el último libro
que te presté. Entonces hablaremos de todo este asunto.
Él se mostró obstinado y ofendido, pero Stavia sintió que ya había cedido
demasiado. No volvería a flaquear.
—Niña, aún no tienes edad suficiente —le dijo la encargada de la casa de citas
con una sonrisilla maliciosa—. Oh, mirad a esta hermosa señorita… cree estar
enamorada de algún guerrero.
Joshua le había indicado lo que tenía que decir.
—No se trata de sexo, señora, se lo ruego. Él es casi un hermano para mí. Acaba
de cumplir quince años, y quiere hablarme. Usted sabe cómo es… ahora no hay
ningún sitio tranquilo adonde pueda ir…
La mujer revisó sus archivos y asintió con un gesto.
—Ya veo. Es el hijo de Sylvia, Chernon. Sois vecinos.
—Sí, señora.
—Os daré la habitación del fondo, sobre la plaza, el primer día de carnaval a las
seis de la mañana. Faltará una hora para abrir a los amantes, así que dispondréis de
tiempo para charlar en paz. —Ahora su expresión era diferente, algo nostálgica, como
si alguna vez ella también hubiese tenido un hermano o un amigo con quien le
hubiera gustado conversar a solas—. Te deseo suerte, jovencita. Tráelo a casa, si

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puedes.
Stavia se ruborizó. Era un secreto compartido por todas. Alguien a quien traer de
vuelta; alguien que no podía regresar.
Como al parecer ocurría con él.
—Debes entregarme el libro, Chernon. —Estaban sentados uno junto al otro en el
gran lecho, sin tocarse, avergonzados por el lugar y el momento.
—A cambio de otro, Stavia. Como siempre —dijo él con terquedad. Estaba muy
enfadado. En realidad había esperado que ella acudiese antes a él, y que le ofreciera
que las cosas siguieran como antes de su negativa. Michael había supuesto que lo
haría.
—A cambio de nada. Oh, Chernon, ¿no tienes miedo por mí? ¿Y por ti mismo?
¿Qué era esto? Chernon estaba inquieto, se mordía las mejillas y miraba de un
lado al otro como si ella quisiera atraparlo.
—Sí. Eres mi amiga.
—Entonces no arriesgues nuestras vidas, Chernon. Él palideció.
—¿Qué quieres decir?
—Sí no lo recupero, tendré que contárselo al Concejo. He violado las ordenanzas.
Ahora que vas a convertirte en un guerrero, no puedo continuar. Si no lo devuelves,
tendré que…
—No —replicó Chernon rápidamente. A Michael no le gustaría eso. Michael no
querría que el Concejo supiese nada de Chernon… ¡Mucho menos sobre Chernon y
Stavia!
—Además, debería preocuparte lo que te harán los guerreros si te pillan. Tenía
que distraerla. Chernon posó una mano sobre su rostro y le acarició la mejilla, con
una expresión que parecía la máscara de la tragedia.
—Estabas preocupada por mí. No lo sabía. Pensé que sólo estabas… que
tratabas… Ella había estado, y tratado. Todavía trataba, pero él no lograba
comprenderlo.
—Te… te lo devolveré esta tarde —le dijo—. Te lo pasaré por el agujero.
El hueco había sido ampliado y ya era casi una ventana. Ahora podían tocarse las
manos en la oscuridad de la piedra mientras el árbol filtraba la luz sobre el rostro de
Chernon. Él no la veía, pero Stavia a él sí.
Separada por el ancho muro, se sentía más cerca de su amigo que en el lecho
donde se encontraban ahora.
Chernon se dispuso a marcharse, pero ella lo detuvo.
—Quédate, Chernon. Tenemos esta habitación por una hora.
—No, no —replicó él, y volvió a parecer atrapado—. No puedo. No puedo
quedarme. Oh, Stavia… Y entonces se arrodilló frente a ella, con la cabeza en su
regazo, llorando mientras Stavia se desesperaba por consolarlo.

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—¡No sé qué hacer! —Chernon mismo estaba sorprendido por aquel arrebato
espontáneo—. Creo saberlo, y luego empiezo a dudar. De repente se me ocurre otra
cosa, pero es peor. No quiero que ellos me odien, Stavy. Quiero alejarme de Michael,
pero no puedo. Tú lo entiendes. Está mal. Debe haber otra cosa que pueda hacer…
Ella lo abrazó. No le preguntó a qué se refería. No podía decirle nada. Si le decía
que lo quería, sólo haría que se sintiese más atrapado. No podía rogarle que volviese
a casa con ella… ya lo había hecho antes. Todo estaba en las ordenanzas que había
violado. Sólo podía escuchar las palabras de Myra al ver el cuerpo de Barten: «¡A él
también lo han matado!». Era como si ella también hubiese matado a Chernon. Si no
le hubiese dado el primer libro, seguramente no estaría llorando en ese momento. Le
había hecho daño. Se sentía culpable. De algún modo, tendría que reparar su falta.
Stavia se juró que algún día lo haría. De alguna manera.
Stavia lo abrazó y lo meció con el rostro petrificado. Permanecieron allí hasta que
la encargada llamó a la puerta para informarles de que se había acabado el tiempo.
Joshua la esperaba en casa. Su rostro se transformó en cuanto la vio.
—¿Tienes el libro?
—Ha dicho que me lo traerá. Esta tarde. —Estaba aturdida por la emoción, el
dolor y la culpa.
—¡Cuéntame, Stavia! Ella trató de disculparlo.
—Está confundido, Joshua. Eso es todo. Creo que ni siquiera sabía el peligro que
corría.
—Iré contigo esta tarde.
—Se supone que tú no…
—Por la Señora, Stavia, ¡ya estoy metido en esto hasta el cuello!
Pero a Joshua no le sirvieron de nada sus intenciones. Cuando llegaron al agujero
en la pared, encontraron el libro, pero no a Chernon. Después de observar unos
momentos el rostro afligido de Stavia, Joshua decidió que debía hacerse algo
drástico.

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Capítulo 13
Ensayo de Ifigenia en Ilión: la concejala Stavia en el papel de Ifigenia.
CASANDRA: He visto sangre…
HÉCUBA: Casandra, por favor, siéntate. (A Polixena.). Odiseo ha hecho tirar al
bebé de Andrómaca desde las murallas.
POLIXENA: Qué pena, aunque no cabía esperar otra cosa de estos belicosos
griegos.
IFIGENIA: Por mucho que se alegren de tener hijos, siempre se alegran más de
matarlos. No existe un guerrero que no desee que cuando llegue el momento, sus
hijos se conviertan en guerreros. (A Andrómaca.). Si Héctor viviera, ¿no le enseñaría
a su hijo cómo matar y cómo morir?
ANDRÓMACA: Por supuesto que lo habría hecho, si hubiese vivido lo
suficiente. Se hubiese sentido deshonrado si su hijo no hubiera empuñado la espada.
IFIGENIA: (Zangoloteando al bebé.). Entonces me alegro de que no haya
vivido.
ANDRÓMACA: ¿Hablas de mi marido o de mi hijo?
IFIGENIA: ¿Cuál es la diferencia? Hablo de cualquiera de los dos.
POLIXENA: ¿Y quién eres tú para preocuparte por el hijo de Héctor?
IFIGENIA: Soy Ifigenia, hija de Agamenón. He venido a Ilión para vengarme de
quienes me mataron.
CASANDRA: He visto sangre.
HÉCUBA: Calla, querida, por favor.
CASANDRA: Sangre y cuerpos deshechos.
HÉCUBA: Shh, Casandra. Lo sabemos, querida. Hemos visto suficiente sangre
para toda una vida. Sangre, niños muertos y huesos humanos. No comprendo cómo
los guerreros son capaces de vivir entre tanta mortandad. ¡Parecen extraer fuerzas de
los agonizantes como los sagrados dioses del sacrificio!
CASANDRA: Altares blancos, teñidos de sangre. Corazones desangrados. Con
sangre y cuerpos deshechos.
HÉCUBA: Calla.

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Capítulo 14
Durante cincuenta días después de la guerra con Susantown, Casimur, guerrero de los
de treinta y uno, esperó en la antesala de la muerte a que ésta le abriese las puertas.
Esperó, apestó y gritó hasta que en el Antiguo Hogar de los Guerreros todos se
taparon los oídos con algodón y se emborracharon para olvidar. Hubiese sido
misericordioso matarlo, que él aceptase el agua de la fuente que las mujeres le
ofrecían, pero el guerrero se resistía. Incluso ahora, cuando sabía que estaba
agonizando, Casimur mostró un gran sentido del honor. Y lo expresó a gritos, una y
otra vez, hasta que su garganta quedó en carne viva y sólo pudo emitir un sonido
ronco y áspero, como un cucharón que arañara un cubo de madera vacío.
Chernon permanecía junto a Casimur para servirlo. Debía permanecer junto a su
casa, dispuesto a recibir las últimas palabras, el alma, las instrucciones o lo que
Casimur quisiera entregarle. Siempre había un joven junto a un hombre agonizante,
un joven que portase sus honores. Ya había estado allí cincuenta días, cambiando
vendajes, limpiando cuando Casimur se ensuciaba y tratando de hacerle tragar un
poco de sopa.
Cuando Casimur no gritaba, Chernon intentaba dormir. En medio de la noche, el
joven luchaba con la almohada y buscaba una salida en su tierra de los sueños. Donde
se encontraba había mucha sangre. Él caminaba en medio del líquido, levantaba las
manos cubiertas de coágulos y sufría náuseas al percibir su hedor. Vadeaba los
pantanos en la tierra de los sueños, y gritaba ante cada boca negra de las cavernas:
«¿Por aquí es la salida?». Por más dulzura que tratase de imprimir a su voz, nunca era
la suficiente para suscitar una respuesta. En su sueño, algunas veces era poderoso y
lucía cuernos. Otras veces no había muros ni cadenas que lograsen sujetarlo, y sin
embargo no lograba encontrar el camino de salida. No había mapas en ese sueño
oscuro, o si los había no estaban dibujados en su almohada al despertar.
Chernon se agitó en sueños, sudoroso, espiando tras las columnas de la caverna
con la esperanza de encontrar un camino, un poste indicador, una señal, pero lo único
que veía era el rostro agonizante de Casimur, su voz que gritaba sobre el honor.
Chernon creía en el honor, tal como él lo entendía, tal como Michael y los demás
se lo habían explicado. Era honorable proteger a las mujeres, porque los guerreros las
necesitaban para engendrar hijos y —según decía el dogma— porque ellas eran
incapaces de protegerse solas. Aunque con estos rumores de un arma desconocida,
ahora ya no estaban tan seguros de ello. Michael decía que las mujeres no eran lo
bastante fuertes para manejar las armas o el poder, y que si los rumores resultaban
ciertos, sería perfectamente honorable conquistarlas y arrebatarles ese poder. Las
mujeres no poseían la mentalidad adecuada para utilizar correctamente esas cosas, y
por este motivo lo mejor sería alejar el peligro de ellas. Michael también le había

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explicado lo de Besset. Algunas veces era necesario hacer cosas desagradables por
una buena causa. Como por ejemplo, hacer que Besset se uniese a una pandilla de
bandidos para conseguir información. Aunque algunas veces los bandidos mataban
gente, la información era más importante que sus vidas.
Todos coincidían en que era deshonroso regresar a través de la Puerta al País de
las Mujeres. Sólo los cobardes lo hacían. Los cobardes y los débiles, aunque incluso
ellos, si confesaban su problema al comandante, podían permanecer trabajando en las
cocinas o en alguna tarea de mantenimiento. Aparte de soportar algunas burlas,
vivían bastante bien.
Era deshonroso convertir a una joven en gitana, ya que esto la inhabilitaba para la
procreación, y también estaba mal prostituir a un niño, ya que ello lo inutilizaba
como guerrero. Todos coincidían en que era deshonroso, pero algunas veces los
hombres lo hacían. Regresar a través de la Puerta era una vergüenza. Llevar a una
joven al campamento… bueno, nadie te lo echaba en cara.
Era deshonroso que durante el carnaval uno bebiese tanto que no pudiera recordar
con qué mujer había estado. Aunque casi todos los hombres eran culpables de esta
falta. Después de la fiesta, más de uno había recibido una tarjeta de la encargada,
firmada por alguna mujer que el guerrero no recordaba. Las tarjetas siempre decían lo
mismo: «Sí es un varón, lo entregaré a su padre guerrero cuando cumpla cinco años»,
y se guardaban en los archivos dentro de la guarnición. Era posible que un hombre no
lo recordase con exactitud, pero si la fecha de la tarjeta coincidía, seis años después
ninguno se atrevería a decir que el hijo no era suyo. ¡Hubiese sido lo mismo que
admitir una falta de virilidad! Por supuesto, algunos guerreros estaban demasiado
viejos para el sexo. Éstos solían preferir a las gitanas, ya que causaban menos
problemas, y si lo decían nadie los censuraba por ello.
En la guarnición, la sabiduría popular indicaba que no era importante que un
hombre recordara claramente a su pareja. Aunque todos sabían que las mujeres
mentían sobre otras cosas, se consideraba que eran sinceras respecto a los hijos de los
guerreros porque les convenía serlo. Las mujeres sabían que los guerreros sólo las
protegían porque ellas les proporcionaban hijos, así que lo mejor que podían hacer
era procrear y entregar los retoños al padre correspondiente. Aunque Chernon
albergaba serias dudas al respecto, lo cierto era que casi todos los guerreros tenían al
menos un hijo. Muy pocos guerreros eran rechazados durante el carnaval. Pocos de
los hombres que deseaban tener relaciones sexuales regresaban sin lograrlo, aunque
después algunos de ellos no recordasen gran cosa al respecto. Los hijos eran lo más
importante en la vida de un guerrero, y las mujeres lo sabían. «La mujer se gana la
vida procreando un hijo para un guerrero». Esto era lo que se enseñaba a los niños.
«Tu madre se ganó la vida de ese modo». Otra máxima decía: «No hay excusa para
una mujer sin hijos». Aunque por supuesto, todos sabían que existían muchas

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excusas. Sin todas las ancianas que tejían, elaboraban conservas de pescado y
esquilaban ovejas, hubiesen escaseado la comida y las telas. Todos sabían eso.
Cuando los centuriones hurtaban un poco de cereal para destilar cerveza, siempre
había alguien que brindaba por «las abuelas» que cultivaban el cereal.
Todas estas cosas guardaban alguna relación con el honor, pero según lo entendía
Chernon, en esa maraña de honra y deshonra no había nada que hablase de pudrirse
durante cincuenta días en un camastro antes de morir. Casimur tendría que haber
bebido el agua de la fuente. Morgot en persona había ido tres veces para ofrecérsela.
En cada ocasión, Chernon se había escondido. No quería verla ni pensar en su
familia. No quería pensar en Stavia.
Todo había salido mal con Stavia. Él había seguido al pie de la letra las
instrucciones de Michael, pero todo había salido mal. En lugar de convertirse en una
informante deseosa, Stavia se había marchado. Una mañana estaba allí, consolándolo
en su regazo mientras él lloraba imperdonables lágrimas de bebé. Cinco días más
tarde, cuando trató de verla para decirle que las lágrimas no habían significado nada,
ella había desaparecido. Había sido enviada al Instituto Médico de Abbyville, según
le contó Beneda. Dos años antes de lo esperado. Se había marchado por nueve años, y
sólo podría volver un par de veces de visita. Esto lo ponía furioso, no tanto porque se
hubiese ido, sino porque nunca le había mencionado aquella posibilidad. A Chernon
no se le ocurrió pensar que quizá no se lo había mencionado porque no deseaba
hacerlo.
No, se dijo, él sólo se había equivocado al pensar que Stavia era distinta de las
demás mujeres. Todas mentían. Su madre mentía, y lo mismo hacían Beneda y
Stavia.
Se acordó de Vinsas. Aquel loco le había ordenado que fuera a casa un carnaval y
le dijese esas cosas a su madre. No habían sido cosas muy agradables, precisamente,
pero sí bastante interesantes.
«Le corté la punta de los pechos con mi navaja», le había dicho Vinsas. Cuando
hablaba de este modo, los labios le temblaban y empezaba a babear. «Le dejé una
cicatriz. La mordí. Dejé la marca de mis dientes sobre ella. Pídele que te lo enseñe».
A Chernon le había resultado interesante imaginar lo que respondería su madre.
Sylvia podría haberle dicho desde el principio que no deseaba discutirlo, pero en
lugar de ello había tratado de explicarle lo de Vinsas. Si no quería hablar al respecto,
tendría que habérselo dejado claro desde la primera vez. Pero ella le había hablado de
ciertas cosas. Cosas de mujeres, sobre la forma en que los hombres miraban a las
mujeres y sobre lo que querían algunos hombres. El hecho de que ella le hubiese
hablado de ese modo lo había hecho sentirse más fuerte y más adulto. Chernon había
querido seguir con la conversación, pero ella no le había permitido volver a
mencionarlo. En lugar de eso, lo había enviado a la casa de su tía Erica.

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Y Stavia. Con Stavia había sucedido lo mismo.
—Debes conseguir que violen las reglas, muchacho —le había dicho Michael—.
Ellas se sienten seguras mientras se atienen a las reglas. Sus estúpidas ordenanzas son
una especie de protección. Si logras que rompan las reglas, de pronto se quedan sin
esa protección. Entonces el único que puede protegerlas eres tú, y deben complacerte
para que lo hagas, ¿entiendes?
Entonces él había hecho que Stavia violase las reglas, pero ella lo había vuelto en
su contra, amenazando con acudir al Concejo.
—Devuélvele el libro —le había dicho Stephon—. Manténla callada. Espera unos
meses y volveremos a intentarlo.
Pero no había habido oportunidad para volver a intentarlo. Ella ya no estaba y no
volvería en muchos años.
No se podía confiar en las mujeres. Eso era lo que Michael decía. No se podía
confiar en ellas. Y tenía razón. Incluso con Beneda. Algunas veces, cuando visitaba
su casa para el carnaval, ella le preguntaba qué quería comer y se lo preparaba. Al día
siguiente le decía que estaba demasiado ocupada. Las mujeres no tenían derecho a
hacer una cosa y luego a no hacerla, a decir sí y después no. Según contaban los
guerreros, en ocasiones una mujer pasaba el carnaval con ellos y a la vez siguiente se
les negaba, ¡porque quería estar con algún otro! Hasta a Barten le había ocurrido. Una
muchacha le había prometido que se quedaría en el campamento gitano para estar con
él, pero luego decidió marcharse. Las mujeres no tenían derecho a hacer eso. Cuando
aceptaban hacer algo, no podían cambiar de idea o escapar.
Lo peor de todo era que con la partida de Stavia, Michael ya no parecía tan
interesado en los servicios de Chernon. ¡Ahora sólo podía esperar! Esperar a que ella
regresase, si alguna vez lo hacía. Esperar a que Michael encontrase otra misión
interesante para él, lo cual no ocurriría pronto. Michael había decidido que ése no era
el momento para actuar.
—Yo tengo la siguiente filosofía —le había dicho Michael con su voz suave y
perezosa—. Puedes planear todo lo que quieras. Esbozas planes y más planes… y tal
vez suceda algo o tal vez no. La vida es como la ciudad. Está rodeada por una muralla
con una puerta. Una Puerta de Guerreros. De vez en cuando la puerta se abre, y si
estás preparado podrás trasponerla antes de que vuelva a cerrarse. Lo principal es
estar preparados. Algún día la puerta se abrirá para nosotros, para ti también,
Chernon. Si en ese momento estás preparado, cruzarás el umbral y encontrarás la
gloria al otro lado. Es absurdo empujar para intentar abrir la puerta por la fuerza. Con
ello sólo conseguirás herniarte. —Entonces echó a reír, y echó la cabeza hacia atrás
mostrando sus dientes blancos y fuertes—. ¡Yo lograré pasar, pero no pienso
esforzarme!
Stephon gruñó de impaciencia, pero Michael rió aún más.

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—Eres demasiado impaciente, Steph. Demasiado impaciente. Ve al campamento
de gitanos y desahógate. Sólo debes estar preparado, nada más. No importa si es
ahora o más adelante. Sólo debes estar preparado.
Por lo tanto aguardaron.
A pesar de que por el momento no hacía nada útil, Chernon estaba decidido a que
cuando la puerta se abriese, cuando se presentara la oportunidad, él tomaría parte en
ello. Entonces conocería los secretos que volvían poderosas a las mujeres.
¡Ya que estos secretos existían! Cuanto más lo pensaba, más seguro estaba. De lo
contrario, ¿por qué habían enviado lejos a Stavia? Porque temían que ella se los
revelase, por eso. Durante un tiempo Chernon había pensado que quizás encontraría
secretos en los libros que Stavia le prestaba, pero allí no había nada misterioso. Sólo
números, nombres de cosas e historias sobre la vida de los antiguos. Ni siquiera
hablaban de personas poderosas, sólo de pastores, tejedoras y campesinos. Podían
haber tenido renos en lugar de ovejas o algodón en lugar de lana, pero no había nada
útil en ello. Ningún conocimiento misterioso. Stavia no le había dado los libros
adecuados. Lo más probable era que éstos fuesen secretos. Quizá ni ella misma los
había visto aún. Pero en cualquier caso, Stavia había aprendido algo sobre ellos.
Michael lo creía posible; Chernon estaba seguro.
—Tarde o temprano regresará —le dijo Michael a Chernon—. Tal vez ni siquiera
importe. Es posible que para entonces todo haya reventado y ya no necesitemos sus
conocimientos, pero si no es así podrás averiguarlo entonces. Cuando ella vuelva
tendrás que encontrar la forma de alejarla de su familia. Mientras siga unida a Morgot
y a todo ese grupo, nunca sacarás nada de ella.
Por lo tanto, Chernon soñaba con llevarse a Stavia lejos de allí. Un viaje de
descubrimiento, tal vez. Eso era algo que un guerrero podía hacer sin perder la honra.
Las sagas estaban llenas de viajes maravillosos, de travesías peligrosas. En La Odisea
estaba esa larga travesía en la que Odiseo se había esforzado por regresar a su propia
guarnición después de la gran guerra con Troya. En su fantasía favorita, Chernon se
imaginaba a sí mismo como Odiseo, abandonando el campo de batalla después de la
victoria. Lo habían herido, sólo lo suficiente para que sus vendajes sangrientos
probasen a todos que había estado en combate. Entonces, cuando iniciaba el regreso a
casa con la guarnición, se desataba una gran tormenta. El ejército se disgregaba, y
cuando la tormenta pasaba él descubría que estaba solo, viajando y descubriendo
cosas.
Al principio esta idea de un viaje sólo era una fantasía recurrente, algo para
distraerse mientras los demás practicaban deportes o tallaban nuevos gabletes para las
puertas de las barracas, actividades que a él le producían un enorme aburrimiento. —
Más adelante se convirtió en una obsesión. Se llevaría a Stavia como testigo, como
escriba. Alguien que registrase sus aventuras, que comprobase que la vida podía ser

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diferente y honorable a la vez. Entonces ella se arrepentiría de no haberle dado más
libros. Comprendería que él no era un simple guerrero como tantos otros. Y al fin,
Chernon averiguaría qué sabía ella.
Cuando la vida en la guarnición se hacía aburrida o desagradable, Chernon se
sumergía en sus sueños y podía ignorar todo lo demás. La guarnición no era más que
el lugar donde estaba ahora, un lugar que podía abandonar cuando lo decidiese, en un
abrir y cerrar de ojos. Por ahora decidía quedarse. Por ahora haría lo que le pidiera el
ejército, pero ya llegaría el día en que las cosas cambiarían. Además, en ese momento
no podía abandonar a los heridos; no podía abandonar a Casimur.
Y entonces, finalmente Casimur murió, con lo cual Chernon pudo volver al
dormitorio con los demás muchachos de quince años. Y allí continuó dando vueltas
en la cama, como antes. Aunque era el momento para pensar en el honor, Chernon no
lo hacía. Su sueño lo arrastraba a lugares que se encontraban más allá del honor,
sitios oscuros y misteriosos al final de una travesía que todavía no había comenzado.
En sus sueños iba en busca de ese lugar, atravesaba túneles oscuros y cavernas vacías,
y a veces estaba a punto de encontrarlo. «¿Secretos?», susurraba en su sueño,
suplicando a la oscuridad desconocida que le explicase por qué aún estaba allí, en la
guarnición, cuando aquel otro lugar le estaba esperando.
Una trompeta sonó en el techo de la armería. A-le-van-tar-se, a-le-van-tar-se.
Sonidos matinales. En el dormitorio estaba más tranquilo que de costumbre,
porque aquél era el día de la elección y algunos de los jóvenes de quince años
regresarían por la Puerta de las Mujeres. En la centuria todos lo sabían desde hacía
tiempo. Sin embargo, nadie decía nada. Los que estaban pensando en partir podían
cambiar de idea. Hasta el último minuto podían decidir dar un paso adelante y
atenerse a lo honorable, siempre y cuando no hubiesen sido forzados. Por eso nadie
decía nada.
Chernon se sentó y bajó los pies al suelo sin mirar a Habby en la cama contigua.
Habby pensaba cruzar la Puerta al País de las Mujeres. Y Breten, Garret y Dorf. Y
Corrig, por supuesto. ¡Menos mal!
—Chernon. —Fue sólo un murmullo, pero él alzó la vista. Habby le ofrecía la
mano—. No tendré otra oportunidad de despedirme.
Chernon ignoró el gesto de su compañero. No quería que lo viesen estrechándole
la mano. No obstante, Habby era el hermano de Stavia, y tampoco quería que fuese
con cuentos al País de las Mujeres. Michael le había dicho que todavía podían
necesitar a Stavia. Por eso Chernon le había devuelto el libro, porque todavía podía
necesitarla. Lo mejor sería causar una buena impresión con Habby para que Stavia lo
supiese.
—Wills y los demás pueden tratar de darte una buena tunda —dijo con calculada
inocencia. Esto no significaba aliarse con nadie. Se había prometido no hacer eso.

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—Lo sé. Pero somos cinco, y pensamos mantenernos unidos. ¿Tienes algún
mensaje para Stavia?
Chernon sacudió la cabeza y mantuvo la voz indiferente. Aunque hubiese tenido
un mensaje para ella, no lo habría enviado a través de su hermano.
—Ya le expliqué por qué me quedaba.
—La guerra ha terminado, Chernon.
—Me parecería una cobardía regresar ahora. —Esto era lo que decían todos los
guerreros, y nadie podía culparlo por repetirlo.
—Siempre encontrarán un modo para que parezca cobarde. No importa cuándo lo
hagas. —Habby lo miraba en forma extraña, y se frotaba la frente como si le doliese.
—Es una cuestión de honor —replicó Chernon con frialdad—. De hacer lo que es
honorable.
Aunque había fantaseado mil veces con abandonar la guarnición, nunca se había
imaginado a sí mismo cruzando la Puerta al País de las Mujeres. No, él se marcharía
de un modo diferente. Por un golpe del destino. Por un incidente absolutamente
inevitable. Por algo tan inevitable como una tormenta, como el invierno, y por lo cual
nadie podría culparlo.
—Una cuestión de honor —repitió. Habby encogió los hombros.
—Ése es sólo un nombre que le ha puesto la guarnición, Chernon. Yo no lo llamo
de ese modo, así que no puedo discutir contigo.
Chernon se volvió, tratando de ocultar su ira. Stavia le había dicho lo mismo, y
Beneda también.
Y su madre.
«El honor es sólo una palabra que emplean para que hagas lo que ellos quieren,
Chernon. Ellos quieren que te quedes, y por eso lo denominan honorable».
«¿Tú quieres que regrese? ¿Llamas a eso honorable?».
«No —le había dicho Sylvia, su madre—. Nosotras tratamos de no ponerle
ningún nombre, Chernon. Sólo te decimos que te queremos y que nos alegraríamos si
regresaras».
Y con Stavia había sido igual. No más libros.
«Debes tomar tus propias decisiones, Chernon. Yo no puedo continuar violando
las reglas y esperar que tú tomes las decisiones correctas. Debo confesar ahora y ser
castigada por lo que he hecho. Tú debes escoger una forma de vida o la otra. No
puedes tener las dos».
Entonces él había llorado, sobre todo de ira. Desde entonces se arrepentía de
haber derramado esas lágrimas. Al llorar se cedía todo el poder. No había que
hacerlo. Chernon había tratado de ver a Stavia nuevamente, de decirle que las
lágrimas no habían significado nada, pero ella se había marchado. Por mucho tiempo.
Por años.

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Chernon se levantó y comenzó a vestirse en silencio. No tenía ningún sentido
complicar su propia vida. A Wills no le importaba si golpeaba a uno o a otro, y si no
lograba atrapar a Habby sin duda se conformaría con Chernon. Wills se parecía un
poco a Barten. Un pendenciero y fanfarrón. Siempre bramando «ataque» cuando no
había ningún motivo para ello. Siempre acusando a alguien de «servidor»,
«calzonazos» o «raro». Aunque Corrig era sin duda un sujeto raro. Él también
regresaría por la Puerta, y a nadie le importaba. Tenía unos ojos extraños que veían
cosas ajenas a todos los demás; sabía cosas que uno no quería que supiese. Todos se
sentirían más cómodos sin Corrig.
Era una mañana fría, húmeda y pegajosa, con un viento que soplaba del mar.
Chernon se vistió con su larga capa y sus calcetines altos de lana antes de introducir
los pies en las botas. Llevaba los calcetines atados al cinto, y durante un buen rato
manipuló los cordones. A su alrededor todos hacían los mismo con excepción de
Habby, Corrig y los otros tres. Se habían apiñado en un rincón de la habitación y
estaban descalzos, vestidos sólo con sus túnicas. Habby era astuto. Debía de ser idea
suya. Resultaba fácil despojarse de la túnica. No había nada que desatar o
desabrochar. Si iban descalzos, nadie tendría la excusa de derribarlos para quitarles
las botas. Cuantas menos prendas se llevase al tomar la decisión, más rápido se
desnudaba uno. De ese modo nadie tendría el pretexto de golpearte para arrancarte la
ropa.
—Desnudos habéis venido del vientre de vuestras madres, ¡y desnudos
regresaréis al País de las Mujeres! —dirían los oficiales cuando los tuvieran en la sala
de ceremonias, debajo del muro.
—Cubiertos de sangre habéis llegado, ¡y cubiertos de sangre —os iréis!—
añadirían algunos otros, reforzando sus palabras con piedras.
Entonces se alzarían los silbidos de la centuria.
Chernon reflexionó acerca de los silbidos. En cierto modo, era lo que Vinsas
había tratado de hacer con Sylvia. Algo para herirla, para hacerla sufrir. En la idea
había algo que le resultaba vagamente desagradable, como una comida que uno no
lograba decidir si le acababa de gustar. Chernon rechazó la idea y se estrechó la capa
contra el cuerpo, para protegerse del viento. Habby y los demás no parecían notar el
frío. Permanecían allí en silencio, listos para cualquier cosa. En el pasillo, Wills
trataba en vano de agitar a algunos de sus camaradas. Habby era muy buen luchador,
y por supuesto estaba Corrig, un auténtico loco. Corrig era capaz de matarte. Hasta
Wills, por más estúpido que fuese, lo sabía.
¡Toque de llamada! Wills había perdido el momento más propicio. En la puerta de
la barraca se formaron en cuadrado, de diez en diez. La centuria de quince años.
Todos ellos tenían más o menos la misma edad. Una centuria completa con sus cien
muchachos. Aunque no permanecería completa mucho tiempo. Una hora más y

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contarían con cinco soldados menos.
—Hubo una época —había gritado Casimur en uno de sus intervalos lúcidos—,
hubo una época en la que no había un solo espacio vacío en las centurias. De cada
cien hombres regresaban menos de cinco, ¿lo sabías? ¡Menos de cinco! Y ahora…
ahora todo está podrido. Veinte de cada cien. Así es en estos días. Veinte de cada
cien…
—¿Cuándo era eso? —le había preguntado Chernon—. ¿Cuándo regresaban sólo
cinco de cada cien?
—En los tiempos de mi abuelo —le había dicho Casimur—. Él mismo me lo
contó. En los tiempos de mi abuelo.
Cuando formaron en el área de revista, con sus largas capas al viento, las narices
rojas y los ojos llenos de lágrimas, Chernon pensó en las palabras de Casimur. La
centuria de los de veinticuatro años estaba marchando, y él mantuvo la vista fija en el
frente para no mirar a Habby, que estaba a su lado. Cuando pasaron los de
veinticuatro, parpadeó para aclararse la vista y contó a los hombres. Veintiún espacios
vacíos en las filas. Setenta y nueve hombres. Casimur tenía razón. Si a los quince se
marchaban cinco y luego uno o dos por año hasta los veinticinco, para cuando llegase
el momento de luchar quedarían menos de ochenta.
«Pero los que quedarán serán los mejores —se dijo Chernon repitiendo las
palabras del centurión—. Los mejores guerreros. Es mejor contar con ochenta
hombres valientes que con cien entre los cuales hay veinte cobardes…».
—UN PASO AL FRENTE —gritó el centurión—. LOS QUE ELIGEN EL
HONOR, ¡UN PASO AL FRENTE!
—Adiós —susurró Habby a su lado.
Junto con otros noventa y cuatro muchachos de quince años, Chernon avanzó
dejando atrás a los cinco que se quitaban las túnicas y permanecían desnudos bajo el
viento helado. Para cuando la centuria hubo dado una vuelta al área de revista, los
cinco jóvenes desnudos habían desaparecido, escoltados por la compañía ceremonial.
Nadie se dio por enterado. Nadie volvería a mencionar sus nombres. La centuria
de los de quince años viró y marchó, deteniéndose frente al puesto de revista, donde
se hallaba el comandante flanqueado por los portadores de altas varas cubiertas de
distinciones.
—Centuria Quince —rugió el comandante, con una voz que hendía el viento
como un cuchillo la mantequilla—. Honorables guerreros de la guarnición de
Marthatown. Os damos la bienvenida a las filas del deber, la disciplina y el peligro.
Os recibimos en la compañía de la gloria. Os recibimos como compañeros en el
honor, ¡y en vosotros premiamos el primer honor de muchos que han elegido la cinta
azul de la honra!
Entonces todas las centurias comenzaron a vitorear, y los portadores empezaron a

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prender las cintas azules sobre las capas de los de quince años, llevando a sus labios
la copa de vino dulce. Chernon no pudo contener las lágrimas y se sintió avergonzado
hasta que vio a sus compañeros, que también estaban llorando. Pobre Habby. Pobre
Habby. No había comprendido a qué renunciaba. ¿Y todo por qué?
Entonces viraron hacia un lado. Los tambores comenzaron su ritmo funerario.
Casimur había muerto el día anterior, y la centuria de treinta y un años desfiló frente
a ellos. Faltaban cuarenta y cinco hombres: veinte espacios dejados por cobardes y
veinticuatro muertes honrosas, cuyos puestos estaban ocupados por jóvenes que
portaban las cintas de los difuntos.
—El honorable Chernon —bramó el comandante—. Chernon portará los honores
de Casimur.
Y allí estaba, en sus manos, el bastón de Casimur con el travesaño tallado,
cubierto de cintas brillantes que se agitaban al viento, y Chernon mismo ocupando el
espacio vacío en la fila, como un soldado de reserva. Entonces sonaron las trompetas
y los tambores. Los de treinta y uno desfilaron frente a la legión, los vivos marchando
junto con los muertos, su número sólo mermado por los cobardes que habían
regresado a refugiarse entre las faldas de las mujeres.
Una ovación se elevó de las centurias, como un ciclón de sonido. Las campanas
repicaron. Las trompetas clamaron a los cielos. Las cintas se agitaban ante el rostro
de Chernon como pequeñas manos que lo obligaban a prestar atención. La sangre
bullía en sus venas. El resonar de las trompetas lo invadió. El redoble de los tambores
se transformó en el latido de su propio corazón. Los pies de los hombres marchaban
al unísono, los estandartes flameaban, las cintas, las plumas y los tambores, los
tambores. Honor, gritaban las trompetas. Honor, decía el ritmo de los tambores.
Poder, bramaba la guarnición, y al fin Casimur pudo marchar con honor, ya que
alguien honorable ocupaba su puesto. ¡Él no había aceptado el agua de las mujeres ni
su puerta!
Las venas de Chernon parecían henchidas de lava. ¡Ésta era la razón por la cual se
encontraba allí! Su deber era aprender de ello, de toda esta trama en la cual él no era
más que una hebra brillante como el oro, rodeado por todas las hebras de la
guarnición, los centuriones, los de quince años, los de veinticuatro, los de treinta y
uno, todos ellos hasta los de setenta, representados por un solo hombre y el resto en
cintas brillantes que jamás se apagarían… Era una gloria atronadora y él formaba
parte de ella. Finalmente formaba parte de ella.
De haber estado en la sala de ceremonias, en ese momento hubiese escupido
sobre Habby, le habría silbado y golpeado con los demás, y no le hubiera importado
que su comportamiento llegase a saberse en el País de las Mujeres.

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Capítulo 15
Con sus sesenta años y pico, Septemius Bird había entrado en Marthatown por la
Puerta de los Viajeros. Había enseñado su libro de pases, que estaba sellado y
refrendado por las centinelas de una docena de ciudades. En ese momento él ni
siquiera imaginaba que había llegado para quedarse.
—¿Septemius Bird? —preguntó la centinela con cierta incredulidad.
—Septemius Bird, tarde como siempre —respondió él, posando un dedo sobre su
nariz, como si quisiera contener un estornudo. Entonces alzó las cejas en una
expresión mefistofélica, mostrando su lado oscuro, el que prefería para ocasiones
como ésta.
—¿Tarde?
—¡Siempre, es inevitable! —suspiró el anciano—. Al ver su belleza, comprendo
que debí haber venido hace una semana, un mes, o tal vez debí haber estado aquí
siempre.
—No sería posible con un pase de viajero —sonrió la centinela, mostrándose
impresionada por su actuación—. Ha venido para el carnaval, supongo.
—También es inevitable —rió él, luciendo unos dientes blancos y afilados como
colmillos. Con un aspecto de vampiro, se pasó la lengua por ellos rápidamente, como
saboreando un último regusto de sangre. En realidad no eran colmillos, sólo dientes
más finos y largos de lo normal, se dijo la centinela con un estremecimiento de cierto
placer.
—¿Es un mago?
—Digamos que soy un hombre de la farándula. Un poco de aquí y un poco de allá
—admitió él—. Es mi profesión.
—¿Solo?
—¿Quién está solo? —dijo con un gesto dramático—. Solitario sí, como todo el
mundo en estos días, cuando la desolación nos rodea como marcas de viruela en el
rostro de la naturaleza. Pero solo no. Viajo con algo que puede llamarse una
compañía.
—Su primera parada… —comenzó la centinela.
—Será en la casa de cuarentena —la interrumpió Septemius—. Lo
comprendemos. Créame, señora, no quisiéramos diseminar ninguna infección en
estos hermosos parajes. Sin el País de las Mujeres careceríamos de prácticas sociales,
así que nos atendremos a vuestras costumbres. —Curvó las cejas otra vez, como
anunciando una risa que quedó en suspenso.
Una cabeza despeinada emergió de la colorida carreta.
—Bird, ¿ya hemos llegado?
Era un hombre viejo y canoso, con el rostro oscurecido por una barba de diez

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días, que tosió al hablar.
Se asomaron otras dos cabezas, una arriba y otra abajo. Eran absolutamente
idénticas, hasta los mechones cobrizos que caían en estudiado desorden frente a las
orejas. Voces de mujeres con rostros de niñas, dos que se combinaban en una, como
una voz que se aferraba a su propio eco.
—¿Septemius? —Una vibración, como un diapasón que lentamente quedaba en
silencio. Sobre la carreta, uno de los perros bailarines se dio la vuelta en su jaula para
seguir durmiendo.
—El caballero mayor es Bowough Bird. Las jóvenes son mis sobrinas. —Entregó
los libros y la centinela los examinó lentamente. Habían recorrido todo el País de las
Mujeres. El libro de Bird tenía el número dieciocho, y estaba casi completo.
¡Dieciocho libros de pases! ¡El anciano había completado veintisiete!
—¿Y bien, señora? —Bird hizo una reverencia extravagante. Dio un paso atrás,
cruzó un brazo sobre el pecho, alzó su sombrero de ala ancha adornado con una
pluma y con el otro brazo agitó un poco su capa—. ¿Qué tal?
—Podéis pasar. Considerando lo amables que sois, no os pediré que uséis la
entrada externa. No deberéis volver a trasponer las puertas. La casa de cuarentena se
encuentra camino abajo, sobre la izquierda. En este momento hay una doctora allí.
La carreta avanzó por el Camino del Muro, y al verlos partir la centinela sacudió
la cabeza. Con el carnaval llegaba gente extraña. Magos, domadores de animales,
bailarines. Y personas como Septemius Bird. La mujer se miró en el espejo que
pendía tras la puerta, y consideró que aquella tarde tenía buen aspecto, a pesar del
deplorable uniforme de las centinelas.
En la casa de cuarentena encontraron a una médica joven de guardia. Tenía una
abundante cabellera castaña, los ojos verdes como la hierba, aunque bastante
adormecidos, y una boca dulce.
—Tarjetas sanitarias —les solicitó con los ojos abiertos de par en par, como si
desconfiara de ellos o tratara de disimular el hecho de que estaba dormitando cuando
habían abierto la puerta. Se inclinó sobre las tarjetas en cuestión y emitió algunos
sonidos como «ajá», o «hum» para indicar que sabía lo que significaban las huellas
de ave impresas allí—. Hace una semana en Mollyburgo todo estaba en orden.
¿Algún contacto desde entonces?
—Si con ello se refiere a alguna conducta lasciva, lujuriosa, esquiva o priápica de
nuestra parte, no. Yo no experimento inclinación alguna hacia esta clase de prácticas.
Bowough, el de los cabellos canos, no tiene edad para ello. Mis sobrinas, a pesar de
ser preciosas, no son proclives a ello por una preferencia estética, lo cual sin duda
cambiará con el tiempo.
Stavia, ya que se trataba de ella, echó una rápida mirada a las muchachas. Unas
prepúberes, sin duda, aunque no sería la primera vez que algún mercachifle tratase de

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vender a su compañía femenina una y otra vez, siempre como ninfas vírgenes. Había
aprendido estas cosas en la academia de Abbyville, así como cientos de otras
cuestiones similares que hubiese preferido seguir ignorando. Aunque aquellas niñas
no tenían ese aspecto. En sus ojos no había ni rastro de la lascivia que se veía en los
campamentos de gitanas, aunque sí podía verse otra clase de sabiduría: la sabiduría
de la Señora. Un cierto conocimiento del mundo, tal vez. Sus ojos azules la miraban
serenos, claros como el mar, reflejando el cielo infinito.
Stavia tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la vista, y volvió a examinar los
libros. ¡No! Aquellas mujeres tenían la misma edad que ella. ¿Veintidós años en los
cuerpos de sílfides? No podía ser.
—¿Ellas son sus ayudantes?
—Si lo piensa unos momentos comprenderá el valor que tienen dos gemelas
idénticas para un mago, en particular cuando parecen unas niñas. —Esbozó su sonrisa
de zorro—. Permítame presentarle a Kostia y a Tonia. Son hijas de mi hermana, y yo
sentía el más profundo afecto por mi hermana. —Esta vez no le sonrió, y Stavia creyó
en sus palabras.
—¿No sería más conveniente para ellas vivir en el País de las Mujeres?
Él negó con la cabeza. Era evidente que estaba acostumbrado a esta sugerencia.
Posó las yemas de los dedos sobre su escritorio, y sus manos parecieron dos criaturas
de cinco patas.
—Lo he pensado algunas veces, aunque mi hermana no estaba de acuerdo.
Nuestra vida cuenta con ciertas ventajas, señora.
—Si lográis que no os ataquen los bandidos, sin duda. —Stavia suspiró, y él oyó
su suspiro. Allí había algo que parecía sentir inclinación por una vida vagabunda.
Septemius no dio ninguna señal de haber comprendido ese suspiro.
—De momento hemos tenido suerte.
Stavia los examinó como de costumbre, aunque tanto el instinto como la
experiencia le indicaban que aquellas personas estaban sanas. El anciano permaneció
inmóvil bajo sus manos, adormilado. Tenía una ligera congestión en el pecho. Tal vez
sufría un resfriado al que no ayudaban en nada las noches pasadas en el suelo o en la
carreta fría. Era necesario observarlo. La pulmonía no era ninguna broma en aquellos
días, ya que las medicinas que la curaban eran las mismas que se empleaban para las
enfermedades venéreas. El País de las Mujeres sólo contaba con un laboratorio
farmacéutico, y la producción de medicamentos siempre era muy escasa en relación a
la demanda. Las jóvenes rebosaban salud y no mostraban rastros de actividad sexual.
Los cuatro aún lucían el sello de Mollyburgo sobre la mejilla izquierda, y por lo tanto
Stavia los marcó en la derecha.
—¿Se alojarán en el albergue de los artistas o en el parque para carretas?
Bird miró unos instantes al viejo Bowough y sacudió la cabeza.

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—A mi viejo amigo le convendría una cama, así que eligiremos el albergue.
El corazón de Stavia se conmovió.
—Pensaba sugerírselo. También le daré una tarjeta de ración suplementaria para
él. Le sentarán bien unos huevos y un poco de crema.
Bird le dedicó su extravagante reverencia y dijo:
—Es muy generoso de su parte, doctora.
—En realidad, no —rió ella—. Este año parece haber una cosecha excepcional en
toda la comarca. Los depósitos estarán abarrotados. Todas las ovejas paren dos
corderos y las pescadoras nunca han sacado redes tan cargadas. Podemos destinar
unos huevos y un poco de crema a alguien que ha dedicado su vida a divertirnos.
Él volvió a inclinarse, esta vez con más seriedad, y ella lo imitó riendo.
—¿Dónde actuaréis?
—Ya que he llegado temprano, ¿no cree que lograré asegurarme un lugar en la
plaza? —preguntó él alzando una ceja.
—Se encuentra entre los primeros —asintió Stavia—. Mañana me detendré para
echar un vistazo a su pariente. ¿Han estado juntos mucho tiempo?
—Podría decirse que lo suficiente, señora. Es mi padre.
Stavia les entregó sus tarjetas de racionamiento y luego los miró partir mientras la
carreta se bamboleaba calle arriba hacia el mercado.
En la carreta, Septemius sujetó las riendas con la mano izquierda y apoyó la
derecha en el asiento, en equilibrio sobre las yemas de los dedos. Cada dedo encontró
una suave depresión, cinco en total.
—Por cinco —murmuró para sí mismo, mientras presionaba con los dedos. Su
mano delgada y ágil realizó cinco flexiones rápidas sobre el asiento de madera.
Cinco era el mandala de Septemius, su clave secreta. De bebé había tenido una
manta con cinco abejas bordadas. Los dedos de sus manecitas se posaban sobre ellas
como sobre un guante abierto. Había aprendido a contar con esa manta. De niño
había buscado al cinco como un símbolo para orientarse, y esto no había cambiado al
convertirse en hombre. En ocasiones se burlaba de sí mismo y lo denegaba, pero de
inmediato buscaba alguna configuración de estrellas, de agujeros en la pared o de
árboles que coincidiesen con su diseño predeterminado. Cinco. Siempre dispuestos
del mismo modo: uno-dos, uno-dos-tres. Tip-tap, tip-tap-tap. Si este modelo estaba
seguido por otro tip-tap, era una señal urgente de siete sílabas que simbolizaba su
nombre. Había aprendido que «sept» significaba siete en algún lenguaje antiguo. Los
cincos y los sietes eran sus hitos, sus augurios, sus plegarias de protección.
Septemius nunca había hablado de esta cuestión con nadie. A el mismo le sonaba
absurdo, infantil, un intento de poner orden en un mundo bastante caótico.
Consideraba que no existía ningún orden, ni siquiera donde parecía haberlo.
Él había sido el único niño en la compañía. Estaba Bowough, su padre, y

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Genettia, su madre. Estaban la Vieja Brack y el Viejo Brick, padres de Bowough, la
tía Ambioise, el tío Chapper, el primo Bysell, la tía Netta, que no era su tía de verdad,
y los hijos e hijas de ésta, cinco en total. Todos eran domadores, magos, acróbatas,
lanzadores de cuchillos o cualquier otra cosa que se les ocurriese en el momento.
Todos tenían personalidades muy fuertes. Nunca había dos de ellos que se pusiesen
de acuerdo.
El primer recuerdo de Septemius sobre esta característica de la Compañía Bird
había sido la cuestión de los platos. Él no tenía más de cinco o seis años por entonces,
y estaba aprendiendo a ayudar con las tarcas del campamento. Su madre lo había
puesto sobre una banqueta, al fondo de la carreta, para que secara los platos que ella
estaba lavando. El viejo Brick había entrado y colocó la banqueta al otro lado,
refunfuñando algo acerca de los tontos que lavaban de derecha a izquierda cuando las
personas sensatas sabían que se hacía de izquierda a derecha. Entonces su padre había
afirmado que las dos formas estaban mal, que los platos debían sumergirse en el agua
jabonosa y luego enjuagarse todos juntos con agua hirviendo. Luego alguien,
probablemente su madre, aunque también podía haber sido la tía Ambioise, le había
gritado algún insulto y todos comenzaron a discutir. Septemius se había acurrucado
en la banqueta y de vez en cuando algún pariente se volvía para dirigirse a él.
«¿Verdad, muchacho? ¿Verdad?».
Ésa era la primera vez que recordaba, pero a partir de entonces casi no recordaba
otra cosa. Todo lo que intentaba hacer se enfrentaba a la misma clase de
incertidumbre. Ya fuera que se tratase de alimentar a los burros, de entrenar perros o
de traer agua del arroyo; ya fuese conducir la carreta o lavar sus propios calcetines. Si
su madre lo hacía, todos la dejaban tranquila. Si lo hacía su padre, nadie decía nada.
Cualquier adulto de la compañía podía hacer lo que quisiese, y sólo suscitaba unas
pocas críticas de los observadores. Pero si se trataba de Septemius todos trataban de
enseñarle, sin ponerse de acuerdo jamás. Cada uno aseguraba tener el único método
aceptable y correcto, y la compañía entera le exigía que aprobase a uno u otro.
«¿Verdad, Septemius? ¿Verdad?». Si él parecía inclinarse hacia un lado u otro, había
lágrimas y protestas. Lo extraño era que hubiese logrado hacer algo sin resultar
partido en varios pedazos.
Septemius había llegado a pensar en sí mismo como en los restos de un naufragio,
en un río lleno de remolinos. Cada uno de estos remolinos era tan imprevisible e
irracional como el siguiente. Después de un tiempo había aprendido a flotar sobre
esta corriente de exigencias. En ocasiones tocaba una u otra orilla, sin luchar cuando
era arrancado y succionado para ir a dar contra la otra orilla o contra un árbol.
Aunque no aprendió este recurso hasta la llegada de Octobra, y ella había llegado
demasiado tarde como para salvarlo.
Él tenía unos diez años. En las afueras de Abbyville, un hombre alto y silencioso

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llevó una niña al campamento y la entregó a Genettia con una nota. La niña era
Octobra. La hija de una vieja amiga. Ahora había quedado huérfana, y no tendría
dónde vivir a menos que Genettia la aceptase. Por supuesto, su madre la acogió. Toda
la compañía lo hizo, y la llamaron Octobra Bird. Otra criatura a quien fastidiar.
Y lo intentaron. La atraparon en su red de confusiones y comenzaron a
preguntarle: «¿Verdad, Octy? ¿No estás de acuerdo conmigo?».
Ella nunca respondía. No parecía prestarles atención. Se escurría entre sus manos
como un puñado de nieve. Después de un tiempo dejaron de molestarla, y fue como si
no notaran que se encontraba allí. No ocurrió lo mismo con Septemius, por supuesto.
Desde el momento en que llegó, con sus ojos profundos y su cabello como el ocaso,
no la perdió de vista ni un instante.
Recordaba estar tendido frente a ella, en el fondo de una carreta colorida, rozando
sus dedos mientras la luna se filtraba por las grietas. Pulgar con pulgar, dedo con
dedo, niños púberes que creaban magia.
—No cambies nunca —le había suplicado—. No permitas que te atrapen. Sin ti
me volvería loco. No cambies nunca, Octy.
—No lo haré —le prometió ella mientras presionaba los dedos cinco veces en un
juramento. Su hermana adoptiva. Su amor. La única costa segura en aquel mar
caótico. Y al final, ella también…
Septemius nunca supo lo que era tierra firme.
No sólo era el caos de las exigencias contradictorias, sino también el desarraigo
que significaban los constantes viajes. Nada a qué sujetarse. Nadie a quién aferrarse.
Con el correr del tiempo varios abandonaron la compañía o murieron, pero los que
permanecieron continuaron fastidiándolo hasta el final. Incluso cuando sólo quedaban
Bowough y la tía Ambioise, él siempre se veía obligado a decidir. «¿Verdad,
Septemius? ¿No estás de acuerdo conmigo? Dile que está loco, Septemius».
Sólo ahora que el viejo Bowough era el último, habían dejado de luchar por
obtener su aprobación. Ya no parecía tener importancia.
Septemius había aprendido a navegar por el mar veleidoso de su vida empleando
la intuición y la vaguedad. Mediante señales y presagios. Nunca diciendo ni sí ni no.
Y aún evitaba las respuestas definitivas. Aunque en ocasiones el País de las Mujeres
le parecía un lugar sólido, con cierto carácter estable, él permanecía alerta y percibía
las corrientes ocultas, un flujo constante de trampas y engaños que se escurrían bajo
la superficie. Si suplicaba que le permitiesen establecerse, ¿todo seguiría igual? ¿O
súbitamente cambiaría y él se encontraría flotando, girando una vez más como una
brizna en el arroyo?
Hasta el momento le había parecido mejor no correr el riesgo, emplear sus
encantos y evadirse cada vez que se le sugería instalarse, seguir en libertad, sólo por
si acaso. Le había parecido una tontería buscar la seguridad. «Por cinco —solía

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decirse—. ¡No te dejes engañar por sus lisonjas, Septemius!».
Condujo la carreta desde el mercado hasta los intrincados callejones del este de la
plaza. Allí estaba el albergue que recordaba, construido alrededor de un amplio patio,
con grandes establos para los animales. Condujo en silencio, perdido en sus
recuerdos, y de vez en cuando se rascaba la mejilla donde la tinta roja comenzaba a
secarse.
—Ella estaba muy perturbada por algo —dijo Kostia—. Tanto Tonia como yo lo
percibimos.
—¿Quién niñas? —Se había olvidado del pasado inmediato. ¿Quién?
—¿Su hermana, mamá, la abuela? No. —¿La doctora? ¿Qué podría perturbar a
una muchacha bonita y joven como ella? ¿Cuántos años tendrá? ¿Veintidós?
—Más o menos —afirmó Kostia—. Hay un hombre en su mente, Septemius. Un
guerrero.
—Oh, por la Señora de las Ciudades. ¿Le preocupa que no acuda a una cita, tal
vez? —Septemius sabía que era más que eso. Sólo quería confirmar su propia
percepción.
—Más que eso —dijo Kostia—. Algo interesante, Septemius. Algo muy
interesante. Algo muy complejo y enmarañado, como un tapiz con los dibujos
incompletos, y sin embargo…
Él le dirigió una mirada inquisitiva, pero no ahondó en el tema. Había muchas
cosas que Kostia y Tonia encontraban interesantes, y sin duda lo compartirían con él
cuando llegase el momento propicio. Septemius debía obligarse a no pensar en ellas
como si fuesen Octobra, otra vez a su lado, por más que se pareciesen a ella como dos
gotas de agua. Las jóvenes tenían su propia identidad. Sentía no haber creado una isla
lo bastante estable para que pudiesen vivir en ella, sin sentirse nunca como restos de
un naufragio arrastrados por un remolino desconocido. De todos modos, había hecho
todo lo que cabía esperar. Todo lo que Octy le hubiese pedido si hubiese vivido lo
suficiente.
En el albergue obtuvo un establo donde dejar a los burros y dos habitaciones
contiguas para su familia. Pagó una semana por adelantado porque sabía que de ese
modo era menos probable que alojasen a otra persona con ellos cuando la ciudad
comenzara a llenarse. Los perros, después de olfatear un poco y orinar, los siguieron
escaleras arriba. Parte de los pertrechos fueron descargados de la carreta, pues si bien
era cierto que el País de las Mujeres era conocido por su honradez, en época de
carnaval solía recibir personas educadas bajo otros principios éticos.
Las habitaciones estaban en el primer piso, y una de ellas se hallaba en la esquina,
con vista a la plaza. Contaba con una buena estufa, dos camastros y una mesa amplia,
iluminada con una lámpara. Con un gruñido, Septemius apoyó su bolsa sobre la
mesa, tomando posesión de ella. Con un suspiro, el viejo Bowough se dejó caer en la

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cama más cercana y se quedó dormido de inmediato, con un perro blanco a cada lado.
Septemius lo miró unos momentos, con el rostro muy serio.
—Cada vez le resulta más difícil —dijo sin dirigirse a nadie en concreto.
—Deberíamos establecernos —comentó Tonia—. La doctora de la casa de
cuarentena tenía razón, Septemius.
La joven encendió una vela y se dirigió a la habitación contigua, alegrándose de
la limpieza, las paredes con paneles de madera, la cama ancha y el gran hogar donde
ardía un pequeño fuego. Los otros tres perros, los grises, daban vueltas frente a la
chimenea. Sus orejas negras y sus hocicos buscaban el lugar apropiado donde
echarse, y con las colas alzadas trataron de llegar a un acuerdo sobre el espacio y las
prioridades.
Kostia probó la cama y luego fue a colgar sus ropas en el armario. Por una
cuestión de hábito, ocupó el sector izquierdo del mueble.
—Deberíamos establecernos.
—¿Vosotras lo haríais? —preguntó él desde la puerta, mientras examinaba la
habitación. Observó los cerrojos de la puerta y las ventanas, y sus ojos brillaron como
cuentas de cristal, agudos como agujas, húmedos por las lágrimas no derramadas. Los
recuerdos le hacían esto, algunas veces—. ¿Lo haríais?
—Tal vez no aún —rió Kostia—. Aunque lo haríamos si el abuelo Bowough lo
necesitara.
Cogió la vela y salió al pasillo para buscar los lavabos, pequeñas habitaciones
individuales al estilo de muchas ciudades de la comarca. También había un recinto de
duchas con un gran caldero para calentar el agua. Kostia regresó satisfecha. Los
lavabos estaban tan limpios y cuidados como las habitaciones.
—Podríamos tener una casa pequeña en el Barrio de los Viajeros, fuera de los
muros —reflexionó Septemius—. Para el viejo y para mí. A vosotras os aceptarían
dentro de los muros, sin duda. Sus propias ciudadanas siguen estudiando cuando son
mucho mayores que vosotras. Podríais asistir a la escuela del País de las Mujeres.
Seguramente os darían algún trabajo.
—Tal vez no aún —volvió a decir Tonia alegremente—. Recuerda que tú eres un
historiador, tío. Todavía tenemos que aprender algunas cosas acerca de lo que ocurre
fuera de los muros.
Ellas tenían la costumbre de atribuirle esta profesión, a pesar de que Septemius
nunca había sido más que un comediante y un viajero. En su imaginación lo vestían
con la toga de los eruditos, como las que llevaban las mujeres en la academia de
Abbyville, y lo llamaban historiador cuando sólo era un vagabundo que había visto lo
que quedaba del mundo. Y lo había visto todo, muchas veces. Los altos bosques del
noroeste, verdes de helechos y cubiertos de niebla, tan maravillosos como un país de
hadas; las costas escarpadas y las olas que batían durante las tormentas; las tierras

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fértiles del interior, colinas o praderas, con sus sembradíos de cereales y sus campos
de lino, tan azules que parecían un reflejo del cielo. Y las ciudades que florecían por
doquier, ciudades del País de las Mujeres. Tan parecidas y a la vez tan distintas como
un perro y otro. Este sitio, Marthatown, tenía su propio sabor, su propio aroma que la
distinguía de las demás, una combinación de bruma marina, humo de los hornos
donde se curaba el pescado, estiércol de oveja, lana y cuero crudo.
Pero no era tan diferente de las demás. Todas tenían depósitos donde se
almacenaban los alimentos de los campos y rebaños comunales. De allí se distribuían
las cuotas, tanto para cada familia, tanto para la guarnición, tanto para canjear con
otras ciudades. En Marthatown se almacenaba lana, cuero, cereales, pescado seco y
también algunos tubérculos. En Susantown guardaban manzanas y carne ahumada,
hilo y aceite de lino. En Tabithatown almacenaban hongos secos y leña cortada. La
ciudad siempre olía a serrín y a brea, y se oía el gemido de la sierra en el molino de
agua. Todas ellas tenían un mercado lleno de pequeñas tiendas y tenderetes. En todas
había callejuelas de oficios, donde vivían las tejedoras, las acolchadoras, las
fabricantes de velas y las costureras; en cada ciudad había herbolarios, centros de
restauración de desechos y casas con patios centrales, donde vivían las abuelas con
sus hijas, sus nietas, sus nietos pequeños y sus servidores.
Todas las ciudades tenían un Salón del Concejo donde trabajaban las médicas y
donde se repartían los escasos recursos: medicamentos, vidrio y metales. Todas tenían
plazas con puertas que conducían a los terrenos de la guarnición. En todas había
calles donde trabajaban las proveedoras de la guarnición, y todas celebraban
carnavales, aunque no en las mismas fechas.
—Nos fue bien en Mollyburgo —dijo Septemius sin que viniera a cuento—.
Podríamos vivir todo el invierno con lo que ganamos allí. Aquí tal vez nos darían una
licencia temporal de residencia.
—Creo que al abuelo Bowough le gustaría la idea —dijo Kostia—. Ha estado
muy cansado últimamente.
—¿Queréis que intente alquilar una casa pequeña en Wandertown, en Hoboville o
en Journeyburgo?
—Pensémoslo un poco —sugirió Tonia—. Al menos durante un par de días.
Conversar con Kostia y Tonia era como hablar con una sola persona. Una
completaba el pensamiento de la otra, o dejaba la oración a medias para que la otra
continuase. Si uno cerraba los ojos, resultaba imposible adivinar que eran dos. Por lo
tanto, Septemius Bird las miró a ambas y asintió con un gesto, dispuesto a esperar
unos días antes de tomar la decisión. Las cosas seguirían su curso, por más decisiones
que se tomasen. Hasta las ciudades convenían en ello. «Las mujeres proponen y la
Señora dispone», solían decir.
—Cuando estuvimos aquí por última vez —dijo Kostia—, nos contaste que

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Marthatown era la primera ciudad del País de las Mujeres.
Septemius asintió con la cabeza, tratando de recordar cuándo la habían visitado
por última vez. Hacía cuatro años, al menos. Muy típico de él, no respondió «sí» sino:
—Es lo que se cree en toda la comarca. Marthatown creó a Susantown,
Susantown a Melissaville, y así continuaron. Aunque personalmente, yo creo que
Annville va existía antes de las convulsiones, junto con la planta energética y casi
todas las fábricas.
—¿Porqué se separaron? Diría que la vida sería más fácil si las ciudades fuesen
más grandes.
Septemius sacudió la cabeza e hizo un gesto amplio que abarcaba los campos y el
mar.
—Comida, combustible y productos comerciales, sobrinas. Cultivan lo que
pueden sin viajar más de una hora. También cortan madera de los bosques cercanos.
Por la noche todas las mujeres se refugian tras los muros, por miedo a los bandidos.
Aunque entre una guerra y otra los guerreros han depurado el territorio, quedan
suficientes bandidos para efectuar una matanza. Hay gente muy temeraria, pero en lo
que a mí respecta prefiero resguardarme tras los muros por la noche, y supongo que
las mujeres no son más tontas que yo.
—¿Cuántas viven en Marthatown, tío? —preguntó Tonia.
—Unas catorce o quince mil tal vez, contando a los niños. Y deben haber dos o
tres mil servidores.
—¿Y en la guarnición?
—Cuatro mil, creo, incluyendo a los niños. Había más la otra vez que estuve aquí,
pero durante la última guerra murieron seiscientos o setecientos. Es una guarnición de
tamaño mediano.
—Y cuando las tierras de cultivo llegan tan lejos que las mujeres no pueden
regresar por la noche, ¿fundan una nueva ciudad? —preguntó Tonia.
Kostia sacudió la cabeza.
—Me parece que están más limitadas por los bosques que por las tierras de
cultivo. Las cosechas crecen año a año, pero los árboles tardan mucho más en crecer
y las mujeres necesitan leña para calentar sus casas.
—Hubo una época en que la gente calentaba sus casas con electricidad —explicó
Septemius—. Mi propia abuela me lo contó. Ahora hay una sola planta eléctrica en
todo el País de las Mujeres, y se emplea para la fabricación de vidrio, de medicinas y
cosas así. —Septemius suspiró mientras pensaba en los milagros que se habían hecho
con la electricidad. A él le fascinaban los milagros—. En el País de las Mujeres son
muy prolíficas —continuó—. Casi todas las mujeres tienen tres o cuatro hijos, por lo
menos. Cuando se han extendido todo lo posible, fundan una nueva ciudad. Yo fui
testigo de ello en una ocasión, al noroeste de aquí, en la zona de los bosques. Mujeres

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y guerreros marchando para levantar una nueva muralla y una nueva guarnición.
—¿Entonces todavía queda espacio?
—Se están acercando a las desolaciones. Algunas de las nuevas ciudades se
encuentran muy cerca del límite. Hay muchas tierras despobladas, por supuesto, pero
no todas son aptas para el cultivo.
—Pasamos por un sitio así —comentó Kostia, asintiendo con la cabeza—.
Cuando nos acercábamos a Susantown por el norte. Todo lleno de malezas y de
árboles grises, con una tierra que parece el cuero de un burro.
—Creo que muy pronto tendrán problemas para encontrar más espacio.
Septemius regresó a su propia habitación y se sentó a la mesa con sus diarios,
preparándose para anotar los sucesos del día. A sus espaldas hubo un suspiro.
—Septemius.
—¿Padre?
—Esa joven en la casa de cuarentena fue muy amable.
—Ya lo creo.
—Dijo que me darían huevos.
—Me parece recordar que los mencionó.
—Y crema. Me gustaría tomar un ponche. ¿Puedo?
—¿Y qué es un ponche, padre?
—Oh, es anterior a tus épocas, Septemius. La clara y la yema del huevo se baten
por separado, me entiendes. Luego la yema se mezcla con azúcar, crema,
condimentos y… ah, y coñac, me parece. Después se añade la clara para que quede
suave y esponjoso, como la espuma.
—Tu garguero estará bien abrigado con ella, padre.
—Es delicioso, Septemius. Delicioso.
El anciano guardó silencio y comenzó a roncar suavemente, con un sonido algo
cargado de los pulmones. Septemius abrió uno de los libros que tenía delante y buscó
la palabra «ponche». Ésta lo llevó a «ponche de huevo», lo cual a su vez lo condujo a
buscar las palabras «coñac» y «ron». Artes perdidas, desaparecidas junto con la nuez
moscada y el clavo. Junto con la pimienta y la cúrcuma. Ahora todas esas especies no
eran más que recuerdos. El chocolate una simple palabra. Y el café. Septemius
hubiese dado una muela con tal de probarlas. ¿Y dónde habría oído el anciano lo del
coñac? ¿Se lo habría contado su padre, o su abuelo? Coñac lo llevó a «destilado», lo
cual lo condujo a «alambique», y Septemius observó el dibujo del artefacto con
interés. Si tenían vino, ¿por qué no podían tener coñac?
Probablemente porque las mujeres del Concejo lo prohibían, y Septemius Bird era
un coyote demasiado viejo para cuestionar arbitrariamente las medidas del Concejo.
Lo más probable era que tuviesen razón. Él había visto cómo los hombres se
emborrachaban con cerveza suave, y si el coñac era más fuerte que eso… Comenzó a

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anotar los sucesos del día en su diario, y escribió algunas notas al margen respecto al
ponche. El viejo diccionario, una de sus más preciadas posesiones, decía que podía
sazonarse con vino. Era posible conseguir vino. Si realmente iban a darles la crema y
los huevos, al día siguiente prepararía un ponche para el viejo Bowough.

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Capítulo 16
Ensayo:
CASANDRA: He visto la tierra devastada y quemada, y la desolación nacida de
entrañas calcinantes.
POLIXENA: Todas la hemos visto, hermana. Mira a tu alrededor. Observa lo que
se ha perdido. Tú puedes llorar por los muros de Troya, yo lloraría por los pasos de
baile que no volveré a ensayar. Tú lloras por los muertos, yo lo hago por los pasteles
de miel. Tú puedes llorar por los niños de Troya que han muerto. Yo lloraría por el
vino derramado, que jamás será bebido. ¡Oh, si los Dioses me hubiesen otorgado el
poder para derribar a esos guerreros! ¡Yo habría sabido emplearlo!
HÉCUBA: ¡Polixena! ¿Cómo te atreves? ¡Derramar lágrimas por unos pasteles!
POLIXENA: ¿Qué lágrimas? Los muertos no tenemos lágrimas. Yo no puedo
llorar. Si pudiera, entonces lloraría por pasteles… pasteles dulces, danzas alegres y
vino abundante. Tú te lamentas por tus pérdidas; yo por las mías.
CASANDRA: (Sacude la cabeza y llora.). ¡Nadie me escucha! Yo he visto
sangre, pero no esta sangre, la de hoy. He visto cuerpos deshechos, ¡pero no son
éstos! ¡Veo la desolación que se avecina! ¡Más adelante! Al final de los tiempos.
ANDRÓMACA: Veo que sigue igual.
HÉCUBA: (Señalando su cabeza.). Pobrecilla.
CASANDRA: (Llorando.). Apolo me advirtió que no me creeríais.
HÉCUBA: (La acaricia.). Bueno, el viejo Apolo puede decir lo que le dé la gana.
Mamá cree a su hijita, claro, claro…

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Capítulo 17
Septemius y los suyos se encontraron con Stavia en la calle. Ella avanzaba con la
bolsa del mercado al hombro y estaba absorta en sus pensamientos, por lo que casi
chocó con ellos antes de oír el saludo de Kostia y de Tonia, un «hola doctora»
vibrante que permaneció en el aire como el sonido de un gong.
—Hum —dijo Stavia mientras trataba de recordar dónde estaba y quiénes eran
ellos—. ¡La compañía del mago!
—Señora.
Septemius se inclinó. Bowough asintió con la cabeza, pero apenas si la vio.
Aunque había dormido muy bien, era uno de esos días en que los recuerdos pesaban
más que la realidad. Kostia y Tonia le cogieron las manos, sin prestar atención a la
mirada de advertencia que les dirigió Septemius. Las jóvenes siempre descubrían
cosas sobre la gente. Septemius no sabía cómo lo conseguían, pero parecía funcionar
mejor cuando tocaban a la persona en cuestión.
—Stavia —murmuraron al unísono—. Nos alegramos de haberte encontrado.
Ahora las recordaba bien. Estaba segura de que no les había mencionado su
nombre, de forma que las observó con cierta alarma.
—¿Nos permite devolverle su amabilidad de anoche ofreciéndole una taza de té?
—le preguntó Septemius, uniendo las puntas de los dedos.
Se encontraban frente a una casa de té, a pocos metros de la Fuente de la
Extinción. Al otro lado de las ventanas se veían mujeres y servidores reunidos
alrededor de las mesas. También había algunos viajeros.
—¿Por qué no? —sonrió Stavia—. En realidad pensaba ir a veros más tarde.
Tengo una medicina para su padre.
—¿Medicina? —Entraron en la casa de té y ocuparon una mesa junto a la pared.
El servidor acomodó cinco tazas frente a ellos, tip-tap, tip-tap-tap, y Septemius
sonrió. Un buen presagio.
—Esto le aliviará el pecho. Había olvidado que lo teníamos, hasta que Morgot…
la jefa de doctoras, mi madre, me lo recordó. Un aceite preparado con los árboles de
eucalipto. Si se hierve con agua forma un vapor muy bueno para los pulmones. —
Con un movimiento de cabeza agradeció al servidor que acababa de traerles el té—.
Coloque una tetera en la estufa de su habitación y acerque a ella la cama de su padre.
Cúbrale la cabeza y el pico de la tetera con una sábana para que respire el vapor.
—Ah. ¿Usted misma no lo ha probado? Stavia se ruborizó.
—Como se habrá dado cuenta, Septemius Bird, hace poco que trabajo en la casa
de cuarentena. Es mi primer trabajo como doctora después de siete años en la
academia médica de Abbyville y dos como interna allí mismo. La casa de cuarentena
es un puesto que se asigna a las que acaban de graduarse. Según tengo entendido,

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antes de la Convulsión el entrenamiento médico comenzaba después de la
graduación, y es cierto que me siento agobiada por la ignorancia. Por lo tanto,
hacemos lo que podemos con las hierbas, ya que nuestra producción farmacéutica es
muy limitada, pero en Abbyville se enseña poco al respecto y todavía tengo mucho
que aprender. Tendré que progresar poco a poco, con la práctica. Si esto logra ayudar
a su padre, habré aprendido algo de ello.
—Ya veo. —Y era verdad. ¡Ah, esas jóvenes del País de las Mujeres! En
ocasiones tenían sus primeras citas a los diecisiete o dieciocho, y se esperaba que
continuasen con su educación además de procrear bebés cada año o dos. Y por
supuesto, participar en las artes y oficios de la comunidad—. Entonces su ciencia es
la medicina.
—Sí. Mi arte es el teatro, y mi oficio la jardinería. ¿Su trabajo es una ciencia, un
oficio o un arte, Septemius Bird?
—¿Mi magia? Si no posee algo de ciencia, fracasa. Si no tiene parte de oficio
resulta tediosa, y si no hay arte en ella, se convierte en una ofensa.
—Es afortunado al poder manejarlo todo con tanta elegancia —señaló Stavia. Por
su sonrisa era evidente que sus palabras tenían un sentido más amplio.
—Debe de resultar difícil ser una joven inteligente en el País de las Mujeres —
respondió él mirándola con simpatía—. No sé cómo logran hacerlo todo.
—Oh, si fuera sólo eso —exclamó Stavia, y entonces se llevó una mano a la boca,
horrorizada—. Perdonadme.
—¿Le serviría de algo si hablara de ello?
—¿Con un viajero? —preguntó. La sorpresa hizo que sus palabras no sonaran
muy amables—. ¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque él es un hombre muy sabio… —dijo Kostia con placidez.
—Un forastero que ha estado en todos los lugares posibles… —dijo Tonia.
—Y que ha visto un poco de todo…
—Y puede ser objetivo respecto a las cosas…
—Lo cual a los demás nos resulta difícil. Stavia se ruborizó.
—No quería ofenderos.
—No me siento ofendido —le aseguró Septemius—. Mis sobrinas tienen parte de
razón. No digo que sea un sabio, pero me considero un observador bastante objetivo.
Mi familia ha estado en este negocio durante generaciones, ¿sabe? Incluso antes de la
Convulsión, según se me ha dicho, había Bird que recorrían el mundo con
espectáculos ambulantes. Fue pasando de uno a otro hasta llegar a Bowough Bird y
sus Perros Bailarines, la compañía de mi padre, y luego llegó a mí. Soy el último
varón de la descendencia, pero estas dos jóvenes podrán continuar con el trabajo de
los Bird, si lo desean.
Hablaba para disimular su incomodidad, para distanciarse de ella. No debía

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haberle sugerido que confiase en él. Se le había escapado por puro hábito, de tanto
estar con Kostia y Tonia. Él siempre se esforzaba por corregir la confusión caótica de
las generaciones con su propia disciplina oculta. Mientras reflexionaba acerca de
esto, Septemius continuó:
—Si hay arte en nuestro trabajo, proviene de comprender la naturaleza humana.
Existen varias palabras antiguas que describían lo que hacemos los magos. Una de
ellas es prestidigitación, lo cual significa «destreza manual», pero la mano sólo puede
engañar cuando la mente comprende lo que debe ser engañado… —Se detuvo para
beber un sorbo de té.
El viejo Bowough se dirigió a ella.
—El té está muy bueno, señorita. Ha sido muy amable al sugerirlo.
—Vosotros habéis sido amables al ofrecerlo —dijo Stavia, mirándolo con
atención.
Después del té, su rostro parecía más sonrosado y sus ojos estaban brillantes. Era
más viejo de lo que ella había calculado al principio. Noventa años, tal vez. Pero no
le gustaba el sonido crepitante de su respiración. Septemius mismo parecía cerca de
los sesenta, aunque todavía tenía un aspecto saludable y atlético. La madre de las
niñas debía de haber sido más joven. De pronto Stavia tomó conciencia de que los
estaba mirando fijamente.
—Buscaba un parecido familiar —murmuró, avergonzada—. Las gemelas no se
le parecen mucho, Septemius.
Él sacudió la cabeza.
—Su madre no estaba emparentada genéticamente conmigo. Mi madre la adoptó.
Era hija de una vieja amiga suya. Nos criamos juntos. Se casó y murió al dar a luz.
¿Conoce la costumbre del matrimonio?
—Sí —dijo Stavia mientras procuraba que su rostro no reflejase lo que pensaba
de semejante barbaridad—. Debió haberlas traído a una ciudad del País de las
Mujeres —murmuró, horrorizada ante la idea de que una mujer muriese en el parto.
—El tío Septemius lo hubiese hecho —intervino Kostia.
—El siente un gran respeto por vuestras ciencias —aseguró Tonia.
—Pero nuestro padre no lo permitió.
—Entonces vuestro padre es un estúpido —exclamó Stavia, furiosa.
Se produjo un silencio incómodo que, extrañamente, fue interrumpido por
Bowough.
—Era un estúpido, sí. Los viajeros tenemos un dicho: «Si son cosas de hombres,
acude al jefe de tu compañía; si son cosas de mujeres, acude al País de las Mujeres. Si
son estupideces, acude a los guerreros».
—¿Era un guerrero? —Stavia palideció. Septemius asintió con un gesto.
—Muy condecorado y distinguido. Retirado del servicio activo por la guarnición,

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según decía. Con permiso para viajar por donde quisiese.
—He sabido que en ocasiones los guerreros deciden viajar —observó ella con una
expresión algo furtiva—, pero que nunca se retiran del servicio activo. Ni siquiera
cuando ingresan en el Antiguo Hogar de los Guerreros.
—Yo creo lo mismo —asintió Septemius—. Y usted. Y también mis sobrinas.
Pero mi hermana… bueno, ella prefirió no creerlo.
Al ver la expresión en los ojos de Stavia, cambió de tema. Sus sobrinas habían
tenido razón. Algo estaba consumiendo a la muchacha, y no se trataba de una simple
cuestión romántica sobre si algún joven guerrero acudiría a una cita.
Al día siguiente trasladaron la carreta hasta el borde de la plaza, y montaron el
escenario bajo la mirada interesada de las centinelas. Luego regresaron al albergue
con los burros. Bowough parecía sacar provecho del descanso y los alimentos
suplementarios. La cocinera del albergue le había preparado el ponche, y el viejo
también le había sacado provecho. Todos lo habían probado. A Septemius le pareció
que le faltaba algo. Era lo que siempre faltaba, una misteriosa dimensión del sabor
que podía evocar en su imaginación pero no percibir con los sentidos. Cierta especia
o condimento que ya no existía… vainilla en este caso, le explicó la cocinera después
de estudiar sus antiguos libros de recetas.
—Es un producto tropical, sin duda —comentó con un suspiro—. No tenemos
nada de los trópicos en estos tiempos.
—¿Los trópicos han quedado devastados? —preguntó Kostia, intrigada por el
disgusto que Septemius mostraba ante la carencia de especias y condimentos.
—¿Quién sabe? —respondió Septemius con tono algo más moderado—. No
podemos viajar hasta allí. ¿Cómo vamos a saber si queda algo con vida?
—¿Alguna vez has tratado de llegar? —preguntó Tonia—. ¿O alguien más lo ha
intentado?
—¿Viajar al sur? Recuerdo una expedición, cuando era joven. La compañía viajó
por la costa y luego se dirigió tierra adentro para evitar las devastaciones grises que
hay junto al agua. Mi abuelo había oído rumores sobre tierras habitadas que no
pertenecían al País de las Mujeres. —No dijo nada más acerca de aquellos parajes.
No tenía ninguna intención de volver allí, y tampoco hubiese permitido que fueran
sus sobrinas, ni aunque estuvieran en juego sus vidas—. Nuestro viaje al sur acabó en
un lugar donde se unían tres monstruosas devastaciones, una enorme bahía con los
fragmentos retorcidos de grandes puentes que sobresalen entre las rocas. No
encontramos forma de pasar.
—Tal vez más hacia el interior —murmuró Kostia.
—Tal vez si hubieseis tenido una barca —susurró Tonia.
—Bueno, tal vez —dijo él—. Fue hace un cuarto de siglo. Es hora de que el País
de las Mujeres envíe a un equipo de exploración. Lo hacen de vez en cuando, para

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ver si ha cambiado algo mientras tanto. Es posible que alguna vez encuentren
especias.
—Nosotras no las echamos de menos —dijo Kostia.
—Porque nunca las hemos tenido —dijo Tonia—. Después de todo son
insignificantes.
—Unas pocas especias pueden valer más que varias generaciones de patatas —
gruñó Septemius Bird—. Ninguno de nosotros las ha probado, pero de todos modos
algunos lloramos por no tenerlas.

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Capítulo 18
Ensayo:
CASANDRA: (Llorando.). Apolo me advirtió que no me creeríais.
HÉCUBA: (La acaricia.). Bueno, el viejo Apolo puede decir lo que le dé la gana.
Mamá cree a su hijita, claro, claro…
ANDRÓMACA: Casandra. ¿Qué importancia tiene si te creen o no? Tal vez sea
mejor no creer, si lo único que ves es sangre y huesos deshechos.
CASANDRA: Tú no lo comprendes.
ANDRÓMACA: Bueno, deja de llorar y explícamelo.
CASANDRA: ¡Yo soy Casandra! ¡Ser Casandra significa profetizar! Pero si no
quieren escucharme cuando hablo, sólo soy un ser descarnado, ¡un fantasma que
nadie puede ver!
HÉCUBA: Shhh, hija. Tú no eres menos que Andrómaca. No eres menos que yo.
¡Al menos posees el nombre: Casandra! En un tiempo me llamaban reina de Príamo.
Pero cuando Príamo murió, dejé de ser su reina. Andrómaca fue conocida como
esposa de Héctor, pero cuando Héctor murió, ¿de quién fue ella la esposa? Nuestro
lugar estaba aquí, en la Troya guarnecida de torres. Cuando la ciudad cayó, ¿qué
lugar nos quedó para defender? Todo lo que hemos sido dependía de la fuerza de
otros; todo lo que hemos tenido dependía de un lugar. Sin ese lugar y sin esa fuerza,
hoy no somos nadie. Al menos el nombre Casandra te pertenece por completo.
CASANDRA: (Pensativa.). Hay cosas peores que no tener un nombre propio.

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Capítulo 19
Después de nueve años de ausencia, a Stavia le resultó difícil regresar a la casa de
Morgot y considerarla su hogar. Esta palabra se asociaba con la habitación que había
ocupado en la academia, un sitio muy pequeño pero propio, atestado con sus cosas.
Al regresar a Marthatown y encontrarse de nuevo en la habitación que había ocupado
desde su infancia, la vio con nuevos ojos y le pareció un espacio ajeno, atestado de
objetos. Éstos eran como los restos de lo que ella había sido alguna vez. Quizás
habían formado parte de algo que ya no existía en ella, o sólo eran cosas que los
demás le habían impuesto. Libros que ya no quería. Juguetes con los que ni siquiera
recordaba haber jugado. Adornos y curiosidades que siempre habían estado allí, que
podían haber pertenecido a personas desconocidas. Después de pasar una o dos
semanas dando vueltas, como un perro que buscaba un lugar donde echarse, llamó al
servidor que había ocupado el lugar de Donal y le pidió algunas cajas.
—¿Tendrás bastantes con éstas? —le preguntó él mientras entraba una pila de
cajas vacías—. Me pareció que te resultaría más sencillo mover varias cajas pequeñas
que una grande, y en la despensa hay muchas.
—No lo sé —suspiró Stavia con cierta impotencia, mientras observaba la
habitación—. ¿Cómo has dicho que te llamas?
—Corrig. Volví de la guarnición junto con Habby.
—¿Ah, sí? Yo me fui a la academia poco antes de eso.
Se volvió para observarlo con más atención. Alto, delgado y con músculos largos;
ojos extraños y casi tan claros como los de ella y Morgot; abundante cabello oscuro
recogido en la trenza de los servidores, excepto por algunos rizos que se le habían
escapado sobre la frente y las orejas; una boca ancha y expresiva con labios carnosos;
manos enormes y hermosas. Y una voz profunda y vibrante que ya había captado la
atención de la directora del coro.
—Pero no viniste directamente aquí. Donal todavía estaba cuando me fui.
—Me asignaron a la casa de una concejala que vivía junto a la puerta oriental.
Estuve allí tres años, hasta que ella murió. Donal acababa de ser enviado a otra
ciudad para recibir una educación especial, y como ya me parecía conocer a la familia
a través de Habby, pedí que me designaran en su lugar. Ahora lo considero como mi
hogar. ¿Tú te sientes desorientada?
—Ha habido cambios en Marthatown —respondió Stavia con tono pensativo—.
Gente que ha crecido. Gente que no está. El comandante Sandom muerto.
Corrig asintió con un gesto.
—Como también su vicecomandante y varios otros oficiales.
—Y algunas de las concejalas más viejas.
—Me refería a si la casa te resulta extraña.

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—En realidad la casa me es familiar. Lo único que me resulta extraño es esta
habitación. ¿A ti te gusta este sitio? ¿Te has sentido satisfecho?
—Tu madre es una mujer fuerte e interesante. Disfruto mucho con la compañía de
Joshua. La fraternidad me ha brindado mucho apoyo y comprensión. Tu hermana se
mostró muy disgustada con mi llegada. Creo que poco después de ello Morgot le
pidió que se fuese.
—Sí —murmuró Stavia—. Eso he oído. Unos días antes, Stavia se había
encontrado con Myra en el depósito de cereales.
—No sabía que habías vuelto —le había dicho Myra con cierta frialdad.
—Oh, sí, hace un tiempo.
—Debo decir que has cambiado. —Myra le dirigió una mirada crítica—. Eres de
una belleza extraordinaria. Supongo que ya lo sabes.
—No. A decir verdad, no lo sabía. Aunque eres muy amable por decirlo. ¿Te
gusta el lugar donde vives?
—Es mejor que la casa de Morgot. —Myra sonrió despreciativamente—. Al
menos no hay servidores. Y la tía Margaret es mucho más compasiva de lo que jamás
fue Morgot. Ella comprende los sentimientos de las personas.
—Bueno, estoy segura de que Morgot lo intentó…
—No es verdad. Nunca le perdonaré que me echara. ¡Nunca!
—Pero a ti no te gustaba vivir con los servidores.
—Morgot pudo elegir a quién despedir —replicó Myra con el rostro sombrío—.
Decidió quedarse con él y echarme a mí. No importa. Yo tengo mi propia vida.
Marcus ha ingresado en la guarnición. El pequeño Barten lo hará pronto, y sólo
quedará uno en la casa…
—Tendrás otros.
—No. No puedo. Sufrí una infección después del último. Las doctoras tuvieron
que practicar una histerectomía…
—Lo siento —murmuró Stavia—. Lo siento mucho.
—Yo no. Tres varones es suficiente. Hasta Morgot lo dice. Ahora puedo hacer lo
que me apetezca.
Stavia no le preguntó qué era eso. La expresión herida de su rostro le recordaba
demasiado a otra persona. No quería saber lo que su hermana deseaba. Ya le resultaba
bastante difícil seguir considerándola su hermana.
Ahora Stavia le preguntó a Corrig:
—¿Myra viene de visita alguna vez?
—De vez en cuando, sí. Suele dejar a los niños aquí mientras ella va a hacer otra
cosa. Me gusta cuando los trae, aunque están muy mimados.
—Pobre Myra.
—Myra debió haber nacido hombre. Hubiese sido feliz en la guarnición. Es igual

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que los guerreros. Vive de un carnaval en otro, de un juego en otro, de una guerra en
otra, y entretanto imagina aventuras de gloria y honor. Hasta sigue los deportes desde
el muro, animando a la centuria de Barten.
Stavia asintió con la cabeza, entristecida.
—No sé qué hará cuando todos los niños hayan ingresado en la guarnición.
Corrig posó una mano sobre su hombro, como si la hubiese conocido de toda la
vida.
—Bailará. Creo que nunca ha deseado hacer otra cosa.
Era verdad. La danza era lo único que Myra amaba sinceramente, y si le hubiesen
permitido dedicarse exclusivamente a ello habría sido muy buena bailarina. No
obstante las ordenanzas exigían que también practicase una ciencia y un oficio, y
Myra jamás había encontrado nada a su gusto, aunque Morgot había hecho todo lo
posible por ayudarla. Alfarería, carpintería, jardinería, construcciones… Myra los
había rechazado a todos junto con la medicina, la ingeniería y la química. Sólo quería
bailar. ¿Pero para qué servía una mujer que sólo sabía bailar? Cuando fuese vieja, ¿a
qué se dedicaría? Por lo tanto Myra se dedicó a tejer y a estudiar un poco de
matemáticas, lo bastante de lo primero para confeccionar unas mantas sencillas y lo
suficiente de lo segundo para enseñar a las niñas del jardín de infancia, odiando cada
minuto que no pasaba en el salón de danzas.
Tal vez si la hubieran dejado dedicarse exclusivamente a la danza, no se habría
obsesionado tanto con Barten, con tanta desesperación. Como si ella no fuese nada
por su cuenta. Como si lo hubiera necesitado para convertirse en alguien. Tal vez, sin
las exigencias de las ordenanzas, Myra hubiese sido una mujer más feliz. No era la
primera vez que Stavia pensaba estas cosas.
—Myra es tan… oh, no sé. Tiene todas esas ideas que Barten le metió en la
cabeza. Es extraño cómo han perdurado. Morgot y yo creímos que las superaría, pero
nos equivocamos. ¿Todavía se muestra grosera con Joshua? ¿Y contigo?
Él se alzó de hombros con una sonrisa.
—Nosotros la ignoramos, Stavia, lo cual ofende su amor propio. Ahora dime,
¿tendrás bastante con estas cajas para lo que deseas hacer?
—Ya veremos —respondió ella mientras comenzaba a bajar las cosas de los
estantes: un adorno muy feo hecho con conchas marinas; un oso tallado con bastante
torpeza en madera flotante; libros infantiles impresos en tela gruesa, los cuales
evidentemente habían sido leídos por varias generaciones de niños.
Sin decir palabra, Corrig abrió un saco que había traído y comenzó a meter las
cosas que ella le entregaba.
Una hora después la habitación estaba mucho más vacía. Stavia había conservado
unos pocos libros, los hermosos muñecos que Joshua le había tallado cuando era
pequeña y los almohadones multicolores tejidos por Morgot. Todo lo demás había

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desaparecido para dejar espacio a lo indispensable: una cama, una silla, estantes y una
mesa tan vacía como las paredes.
—Eso está mejor —dijo Corrig—. Ahora parece haber espacio para ti. Stavia le
dirigió una mirada sorprendida, pero al toparse con sus ojos bajó la vista. Vaya un
hombre inesperado, allí en su propia casa. Con qué facilidad había adivinado sus
intenciones. Stavia carraspeó.
—Toda la ropa y los zapatos viejos deben ir al centro de restauración —le indicó
a Corrig, quien tomó nota sobre una de las cajas—. Las acolchadoras encontrarán
buen material. Los libros irán a la biblioteca principal. La mayoría están en buen
estado, y no hay tantos como para desperdiciarlos. Creo que pondremos el resto en el
depósito de Morgot. Rotula las cajas para que ella sepa qué hay dentro. Algunas de
estas cosas deben de haber pertenecido a mujeres de la familia Rentes o Thalia, la
madre o incluso la abuela de Morgot, y es posible que ella quiera conservarlas.
—Salvo por las cortinas, se parece un poco a una celda en la casa de cuarentena.
—Corrig señaló una piedra rara que ella había dejado en el antepecho de la ventana
—. ¿Qué es eso?
—Un muchacho me la dio. —Stavia cogió la piedra y deslizó los dedos sobre su
superficie suave y extraña. La cara interna se transformaba en la externa, y viceversa.
La forma tenía un nombre que en ese momento no recordaba. Chernon la había
encontrado en la playa y se la había dado durante un carnaval. Era el único regalo que
le había hecho.
—¿Piensas dejar la habitación así de vacía? —preguntó Corrig con interés.
—No exactamente —respondió Stavia mientras arrastraba otra caja que estaba en
el pasillo—. Traje algunas cosas de Abbyville. ¿Quieres ayudarme a abrirla?
La caja contenía otros libros, más voluminosos que los que acababa de apartar,
una gruesa manta tejida en franjas azules, malva y salmón, dos cuadros de paisajes
brumosos con torres etéreas que se alzaban a lo lejos, y varios cuencos de arcilla roja
con una capa de esmalte azul intenso.
—La manta fue un regalo de una colega en la academia. Su oficio es el tejido.
Los cuencos son de otra amiga. Las dos han regresado a Melissaville. Las echaré de
menos. —Stavia extendió la manta sobre la cama, colgó los cuadros y colocó los
cuencos sobre los estantes—. Las pinturas son obra de mi instructora en cirugía. —
Cuando terminó, la habitación parecía más colorida, aunque seguía bastante vacía.
Corrig cogió un trapo para desempolvar la estufa.
—Si quieres puedo teñir un poco de mimbre en ese color y tejerte una cesta —
dijo, señalando el esmalte azul de los cuencos.
—¿Sabes hacerlo?
—Aprendí cuando estaba en la guarnición. Allí siempre sobra mucho tiempo. Se
supone que cuando uno no se dedica a la instrucción o a las tareas domésticas, debe

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practicar algún deporte. Pero algunos hombres aprenden un oficio para mantener las
manos ocupadas. La mayoría elige el tallado, por supuesto. Las barracas están
atestadas de maderos labrados, paneles de muros, gabletes y quicios de puertas. La
confección de cestas es aceptable, y también he visto algunos cuencos hechos por
viejos guerreros.
Stavia se sentó en el borde de la cama y le hizo señas para que ocupase la única
silla de la habitación. Había algo que necesitaba comprender desesperadamente.
—Corrig, háblame de la vida en la guarnición.
Con una extraña sonrisa, él se sentó, unió sus manos grandes y elegantes y
obedeció.
Chernon, quien ahora pertenecía a la centuria de veinticuatro años y cumpliría
veinticinco al cabo de pocos meses, supo que Stavia había regresado a través de
Michael. No obstante, cuando Beneda le repitió la noticia, fingió que no sabía nada al
respecto.
—¿Cuándo ha vuelto? —preguntó, tratando infructuosamente de parecer
indiferente.
—¡Todavía te importa! —exclamó Beneda.
—Siempre he sentido afecto por Stavia —replicó él con frialdad—. No es un
secreto.
—Desde luego, no te mostraste muy afectuoso cuando le dijiste que te dejara
tranquilo sólo porque se negaba a seguir violando las ordenanzas.
—Fue lo mejor para los dos. Ella no era más que una niña.
—Tenía doce años, casi trece, y cuando se marchó todavía lloraba por ti. Ahora
tiene veintidós. ¿Quieres verla?
Chernon no respondió. No sabía cuáles eran sus sentimientos al respecto, pero
estaba bien seguro de lo que deseaba Michael. Quería que se encontrase con Stavia.
Hacía más de un año que el comandante Sandom había muerto. Al regresar del
campamento gitano con sus camaradas, unos bandidos les habían tendido una
emboscada. El único que había escapado para contar lo ocurrido había sido uno de los
armeros. Ahora Michael era el comandante.
Ahora Michael era el comandante y, según sus espías, las otras guarniciones
estarían dispuestas a avanzar sobre sus respectivas ciudades o a hacer la vista gorda
cuando Marthatown fuese tomada. Posiblemente, la cosecha de aquel año sería la
mejor que nadie pudiese recordar. Los depósitos estarían a rebosar.
—¡Las cosas marchan! —había dicho Michael—. Es posible que muy pronto nos
apoderemos de la ciudad. ¿Qué ocurrió con esa carta que le escribiste a Stavia,
Chernon? ¿Llegó a contestarte?
Casi un año antes, Michael le había ordenado que enviase una carta a Abbyville.
En ella debía suplicarle a Stavia que se marchase con él al regresar a Marthatown, no

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al campamento gitano, sino en una fuga romántica y memorable. Ella no le había
contestado… una vergüenza para Chernon.
—Nuestro Chernon no ha resultado tan irresistible como pensábamos —se había
burlado Stephon.
Después de eso, por un tiempo Chernon decidió que la odiaba, solución que al
final le pareció inútil, ya que ella no se encontraba allí para notarlo. Ya ni siquiera
odiaba a Habby, y tampoco pensaba en su madre. Había pasado el tiempo, y los
tambores ya no evocaban los sentimientos exaltados que había experimentado en su
ceremonia de los quince años. Sin embargo, su corazón todavía se henchía cuando
desfilaban las centurias. Aún portaba las cintas de Casimur junto con las de otro
guerrero muerto a los cincuenta y cinco años. Estas últimas lo acompañarían quince
años más, hasta que fuesen llevadas a la fosa con el resto de la centuria de setenta. No
obstante, el esplendor era espasmódico, breves orgasmos de emoción separados por
largos períodos de una calma casi depresiva. Chernon sólo se animaba cuando
Michael o Stephon le permitían participar en los planes para la inminente rebelión.
Michael había dicho que otras tres guarniciones planeaban avanzar sobre sus
ciudades, todas al mismo tiempo: Mollyburgo, Peggytown y Agathaville, en el este.
Aunque a Chernon le parecía que los detalles no estaban del todo claros.
—Atacaremos después de la cosecha —había dicho Michael—. A finales de
otoño o a principios de invierno. Cuando el grano se encuentre en los depósitos, el
pescado haya sido ahumado y los tratos comerciales estén concluidos. De ese modo
contaremos con suficientes provisiones. Cuando decidamos avanzar, sólo
necesitaremos unos días para poner al corriente a las otras guarniciones y entusiasmar
a nuestros propios hombres. Una noche las mujeres se irán a dormir, y cuando
despierten encontrarán un guerrero en cada casa.
—Entonces no será necesario que me lleve a Stavia antes de eso —objetó
Chernon.
—Pues claro que es necesario, muchacho. Aún no sabemos nada del arma que
Besset aseguró haber visto. Ella debe de conocer más secretos ahora que cuando era
una niña.
—Si realmente los hay, apuesto a que sólo los conocen las mujeres del Concejo
—replicó Chernon—. Además, nunca hemos vuelto a oír nada acerca del arma. Creo
que Besset estaba borracho.
—Es posible. Pero por si acaso hay guerreros cortejando a las mujeres más
jóvenes del Concejo —intervino Patras—. Y también a las hijas de las demás. No te
preocupes por Besset. Tú debes ocuparte de esa muchacha.
Chernon todavía soñaba con viajar, con vivir aventuras heroicas, pero Stavia no
había respondido a su carta… Ahora se volvió hacia Beneda.
—No sé si deseo ver a Stavia —le dijo. Era plenamente consciente de que tendría

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que verla, pero jugaba con la ilusión de actuar de forma independiente—. Tal vez sí.
Te lo haré saber la próxima vez.
—Decídete —le respondió Beneda—. Se habla de que pronto se irá con un grupo
de exploración.
Chernon ya había bajado la escalera y se encontraba en medio del área de revista
cuando tomó conciencia de sus palabras. Beneda le había dicho que Stavia se
marcharía con un grupo de exploración.
Chernon abrió la boca y se detuvo en seco. ¡Un grupo de exploración! Había oído
las palabras sin captar su significado. ¡Tal vez era ésta la respuesta a su carta! Pero en
tal caso, ¿por qué no se lo había dicho? Lanzando una maldición, Chernon deslizó el
pie por el polvo unos momentos y al fin regresó por donde había venido. Beneda
todavía lo miraba desde allí. Él cruzó el área de revista y volvió a subir la escalera
para detenerse a su lado, con las manos sobre las caderas.
—Dile que quiero verla —gruñó—. Dile que vaya al hueco en la pared. Esta
tarde, si puede. Si no, mañana al atardecer.
Chernon no esperó la respuesta burlona de Beneda. Cuando tenía quince años, sus
bromas no le parecían tan molestas. Ahora le crispaban los nervios. De nuevo en el
área de revista, se dirigió a la residencia de los oficiales. Michael lo vio llegar y salió
al porche con un jarro de cerveza en la mano.
—Acabo de enterarme de una cosa —dijo Chernon—. Es posible que Stavia se
marche con un equipo de exploración.
—Bien, bien, bien —respondió Michael, y se volvió para hablar con alguien en el
interior—. ¿Has oído?
—Sí. —Stephon salió al porche y cerró la puerta con suavidad. Por un resquicio,
Chernon alcanzó a vislumbrar a dos desconocidos sentados cómodamente en la
habitación. Más conspiradores de otras guarniciones—. Había olvidado que era hora
de salir a explorar otra vez.
—Rara vez encuentran algo —comentó Michael—. La última vez sólo trajeron
dos nuevas especies de insectos y una planta para hacer té.
—Ella podría estar planeando llevarme consigo —apuntó Chernon sin mucha
convicción—. Es posible.
—Asegúrate de que lo haga, muchacho —le instruyó Stephon—. Vuélvete
irresistible.
—¿Todavía pensáis que éste es el año indicado?
—Eso parece, muchacho. Otras guarniciones opinan lo mismo. Pero todavía
tenemos esta pequeña inquietud: el arma que el viejo Besset cree haber visto. De vez
en cuando hemos vuelto a interrogarlo. Todavía jura que es cierto. Podría causarnos
problemas.
—Lo sé.

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—Bueno, no lo comentes en voz alta —le advirtió Michael.— Eso si no quieres
desaparecer como tu viejo amigo Vinsas —añadió Stephon.
Chernon prefirió cambiar de tema.
—¿De verdad creéis que Stavia sabe algo?
Michael alzó los ojos hacia Stephon, como en una pregunta. Stephon frunció el
ceño y luego asintió con un gesto.
—Tenemos a un hombre cortejando a su hermana, Myra. Ella abandonó la casa de
Morgot hace unos años, pero todavía dedica bastante tiempo a quejarse de su madre y
de su hermana. Según ella, Stavia siempre fue la preferida y la elegida para hacer las
cosas interesantes. Una de las cosas interesantes que Stavia hizo fue viajar a
Susantown con Morgot y con ese servidor que tienen.
—¿Y qué?
—Bueno, lo curioso es que Myra recuerda exactamente cuándo ocurrió. Fue justo
antes de la guerra con Susantown. Antes de que Barten muriera. Myra nunca lo
olvidará. Fue en la misma época en que Besset vio la carreta que regresaba de
Susantown.
Chernon se esforzó por recordar.
—¿Creéis que Stavia se encontraba en esa carreta? ¿Pensáis que ella sabe lo que
ocurrió?
Stephon se encogió de hombros.
—Tal vez.
—Yo creo que Besset se lo ha inventado. O que estaba tan borracho que no vio
nada.
Michael esbozó una sonrisa particularmente amenazadora.
—Finge que lo crees, muchacho. Trata de sonsacarle algo. Ponte guapo e
inténtalo.
No tenía sentido ponerse guapo para hablar con Stavia a través de un agujero en
la pared, así que Chernon no se tomó la molestia. El viejo árbol al fondo del área de
revista todavía ocultaba la abertura. También escondía el paquete que Chernon
guardaba allí desde hacía cuatro años. Un libro que le había hurtado a Beneda.
Chernon se introdujo entre el árbol y la pared, desde donde podía oír si alguien
entraba en la habitación al otro lado. El paquete se encontraba allí, en una grieta del
árbol. Un libro rojo. Aunque se lo sabía de memoria, aunque en él no había
encontrado nada importante, su posesión estaba prohibida. El significado estaba allí,
en su desafío a las reglas, en su desprecio por las ordenanzas. No se le permitía leer,
¡pero él lo haría de todos modos!
Las páginas se abrieron casi por sí mismas. Sociedades migratorias: los lapones.
Tapándose los oídos para no oír los gritos que llegaban de los campos deportivos,
Chernon comenzó su ritual de desprecio por las ordenanzas de las mujeres.

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Stavia regresó para tratar al viejo Bowough Bird, pero su estado no mejoraba. En
realidad parecía empeorar. Su respiración se hacía cada vez más trabajosa. Su mente
parecía divagar. Septemius estaba preocupado, nervioso, se mordía los nudillos y se
enzarzaba en disquisiciones frívolas e incongruentes cada vez que Stavia aparecía.
—Calle, hombre —le dijo ella mientras lo llevaba a la habitación contigua. Los
tres perros grises estaban echados frente a la chimenea, y alzaron las cabezas para
mirarla—. Está preocupado por él. ¿Cuántos años tiene en realidad?
—Es viejo —admitió Septemius—. Sé lo mismo que usted sobre su edad. Él ya
no lo recuerda. Yo tengo sesenta y pico, pero nadie sabe cuántos años tenía él cuando
yo nací.
—Debe de estar entre los ochenta y los noventa, por lo menos —murmuró ella—.
Tengo algo que puede despejarle los pulmones, pero no nos está permitido recetarlo a
los viajeros. Esto significa que no podré dárselo, o que tendré que robarlo.
Septemius quedó desconcertado. Era evidente que la joven se proponía algo,
aunque no estaba claro qué era.
—Ella quiere algo —había dicho Kostia un par de días antes—. Esa doctora
quiere algo de nosotros, Septemius.
—Algo que no puede obtener de otra forma —confirmó Tonia—. Es una mujer
muy angustiada. Algo raro le pasa.
—Aún no ha tenido hijos —murmuró Kostia—. Y ya ha pasado los veinte.
—Algunas no tienen hijos —objetó Septemius.
—Es verdad —admitió Tonia—. Pero son las menos.
—Ha pasado varios años en la academia médica de Abbyville. No ha tenido
tiempo para quedar embarazada —insistió Septemius.
—Incluso así. Hay algo más, Septemius. Ella quiere algo de nosotros. Las dos lo
percibimos.
¿Cuántas veces se había encontrado con ellos en la calle? ¿Cuántas veces los
había invitado a beber un té? ¿Cuántas veces los había interrogado?
—Hábleme sobre sus viajes al sur —le había pedido Stavia.
—No es un tema agradable —respondió Septemius, tratando de esquivar la
pregunta.
—Tengo mis razones para preguntarlo —le había dicho ella de forma amable pero
decidida—. Le agradecería que me respondiese.
Él se encogió de hombros.
—Al sur de aquí hay dos ciudades pequeñas que pertenecen al País de las
Mujeres. Son bastante nuevas, y se encuentran a ambos lados de la desolación:
Emmaburgo cerca de la costa, y Peggytown tierra adentro. No tienen nada de
especial. Es probable que usted sepa más que yo acerca de ellas.
—¿Y más al sur?

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—He oído decir que ahora, al sur de Emmaburgo, hay un campo de pastoreo
fortificado. No existía allí cuando viajé al sur. Claro que eso fue hace mucho, mucho
tiempo, cuando yo aún era un niño. Según recuerdo, primero se llega a un territorio
yermo, una tierra de fantasía llena de columnas y torres cinceladas entre las cuales el
viento silba sin cesar. Esto se extiende durante un par de kilómetros, y luego se alza
una cadena de montañas que abarca el este y el sur. Si uno avanza por la costa, llega a
unas enormes desolaciones. Si se sigue la dirección de las montañas, por un terreno
muy irregular lleno de pequeños desfiladeros, se encuentra con personas que viven en
los valles, exactamente igual a como vivían antes de la Convulsión, supongo.
—No deben de ser muy amigables, a juzgar por su tono.
—Stavia, allí la población es escasa y las personas son desconfiadas e
improductivas. Los cursos de los ríos suelen parecerse más a desfiladeros que a
valles, con márgenes escarpados y ninguna salida, exceptuando el extremo norte o las
grandes cascadas del sur. Nosotros no queríamos entrar en los valles, pero tuvimos
que refugiarnos allí debido a una gran tormenta. Fue hace muchos años. Por ese
entonces viajaba con nosotros la compañía acrobática de mi primo Hepwell, y entre
ellos había una docena de hombres fuertes. De no ser por eso, todavía estaríamos allí,
ya que los nativos no parecían muy dispuestos a permitirnos continuar nuestro
camino. No obstante, muchos de sus hombres mayores estaban ausentes por alguna
clase de ceremonia religiosa, así que no contaban con la fuerza necesaria para
retenernos en contra de nuestra voluntad.
—¿Y la tierra es fértil?
—Sorprendentemente fértil, según recuerdo. Campos llanos entre los arroyos.
Pasturas verdes. Bosques sólo en las orillas y en las montañas. Tenían ovejas, cabras
y gallinas… y también cultivaban jardines. Árboles frutales. No lo recuerdo bien. Fue
hace treinta o cuarenta años, doctora.
—¿Y no hay mucha población?
—Al menos eso creo recordar —respondió él, intrigado por su insistencia y su
expresión insatisfecha.
—Ella quiere algo de nosotros —comentó Kostia más tarde.
—Algo relacionado con los lugares que hemos visitado —precisó Tonia—. O con
los sitios donde estuviste tú, tío Septemius, antes de que naciéramos nosotras.
Por lo tanto, ahora Septemius le preguntó a Stavia:
—¿Qué desea, doctora? ¿Existe un precio por la medicina para el viejo
Bowough? ¿La cambiaría por algo? Ella sacudió la cabeza.
—En este momento no lo sé, Septemius Bird. Es posible. Pero aunque llegase a
querer algo, no diría que estoy dispuesta a negociar con la vida del anciano. Más bien
le pediría que lo considerase como un favor que le hago, y le aseguro que no se trata
de un favor despreciable. Tal vez más adelante usted pueda devolvérmelo.

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—¿Cómo?
—Ya hablaremos del asunto.
Septemius no lograba descubrir sus intenciones. Ella era escurridiza como esos
raros peces que de vez en cuando saltaban en los arroyos. Sin embargo, esa noche
regresó con una jeringa para inyectar algo al viejo Bowough, quien a la mañana
siguiente pareció respirar mucho mejor.
Aunque trabajase todo el día, Stavia desayunaba y cenaba en casa con su familia:
Morgot, Joshua, Corrig y a veces Myra con su hijo pequeño. Ocupada con el niño,
Myra no se mostraba tan grosera con los servidores y dejaba de recordar las viejas
injusticias.
No obstante, esa noche había un nuevo motivo para sus quejas.
—No entiendo por qué siempre es Stavia quien lo consigue todo —protestó Myra
mientras limpiaba la comida de la barbilla del niño—. Tú tienes dos hijas Morgot, ¿lo
sabías?
—Yo no designé a Stavia para el equipo de exploración —le respondió Morgot
con calma—. Obtuvo la nominación por su entrenamiento médico.
—¡No creo que sólo envíen a personas con entrenamiento médico!
—No, claro que no. Pero tampoco envían a mujeres con hijos pequeños. Prefieren
gente joven, sin hijos, con instrucción en algo útil. No viajará mucha gente. El grupo
que irá al sur sólo consta de dos personas, una mujer y un servidor, con un par de
bestias de carga. Viajarán con dos propósitos: encontrar especímenes botánicos y
estudiar los territorios del sur que, según se cree, están habitados. No queremos un
grupo grande que llame la atención. Sólo un par de personas que recorran las colinas
sin ser vistas y averigüen hasta dónde avanzan los forasteros.
—¡Hay otros grupos!
—Sí. Grupos más grandes. Uno viajará al este y otro al norte. El del este tratará
de comprobar si las desolaciones se han reducido, y el del norte explorará los límites
del hielo. Ellos también buscarán especímenes botánicos o zoológicos que puedan
resultar de interés. Un tercer equipo bastante más numeroso irá hacia el oeste en
barco y luego se acercará a la costa para observar si hay algún rastro de vida. Todas
serán travesías muy penosas, Myra. No creo que te gustara participar.
—¡Me gustaría cualquier cosa con tal de salir de la casa y alejarme un rato de los
niños!
Morgot sacudió la cabeza y permaneció en silencio. Myra había decidido tener
tres hijos; primero Marcus, luego el pequeño Barten cuando Marcus cumplió los
cinco y finalmente éste. Nunca había querido llevarlos al jardín de infancia. «¡Los
tres son varones! —exclamaba ante cualquier sugerencia—. Sólo los tendré por unos
pocos años, Morgot. Quiero pasar con ellos el mayor tiempo posible». Pero al
instante siguiente gritaba que se volvería loca si no se alejaba de los niños. La

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maternidad no había producido grandes cambios en Myra. Bueno, faltaba menos de
un mes para que el segundo niño fuera a reunirse con su padre guerrero.
—¿Ya has decidido si aceptarás el nombramiento? —le preguntó Morgot a Stavia
—. Te has tomado bastante tiempo para pensarlo.
Stavia, quien ya había decidido ir, quien estaba planeando volver a violar las
ordenanzas pero trataba de postergarlo al máximo, no quiso comprometerse aún.
—Lo sigo pensando, Morgot. Me dijiste que el viaje podía durar hasta seis meses.
Eso es mucho en este momento de mí vida.
—Tiene sus compensaciones. Mi madre realizó un viaje así hace unos treinta
años. Su arte era la poesía, y al regresar escribió unas obras muy interesantes.
—Mi arte es el teatro, Morgot. ¿Qué esperas que haga después?
¿Pantomimas?
—No, más bien pensaba en tu ciencia y tu oficio. En los campos de pastoreo
cuentan con muy poca asistencia médica. Y tú tienes más información botánica que la
mayoría de nuestras candidatas. La recolección de plantas no es precisamente una
tarea fácil.
Stavia guardó silencio, avergonzada. Ni siquiera había pensado en esta cuestión.
—¿No se ha efectuado una recolección sistemática?
—No, sólo especímenes esporádicos. Un nuevo tipo de cereal o tubérculo podría
hacer que el tiempo empleado resulte muy provechoso. O alguna hierba desconocida,
con propiedades terapéuticas. Incluso nos alegraríamos mucho si trajeras una nueva
flor para el jardín.
—Bueno… —Stavia guardó silencio mientras pensaba. Y su mente no sólo estaba
puesta en el viaje de exploración—. Ya que lo consideras tan importante, si me
designan para viajar al sur, iré. Después de cuatro años conviviendo con tanta gente
en Abbyville, preferiría no unirme a los grupos más numerosos.
—Es tal como te dije en mi carta —murmuró Chernon por el agujero en la pared.
¡Si ella supiese cuánto le había costado enviar esa carta en secreto!—. Lo he buscado
en las ordenanzas. Allí no hay nada que impida tomarse un permiso.
—Eso decía tu carta —le explicó Stavia con paciencia—. Pero tampoco hay nada
que lo permita.
Cerró los ojos para escuchar la voz de Chernon. Trató de evocar al niño de diez u
once años atrás. Él sonaba diferente, tenía un aspecto diferente, pero el niño seguía
estando allí, oculto en alguna parte.
—No dice que no pueda —insistió él. No podía decirle que Michael lo había
autorizado—. Si voy, cuando regrese les diré que creía que estaba permitido. Me
gritarán. Hasta es posible que me castiguen, pero no me ejecutarán por cobardía
porque aún no tengo veinticinco años. Dentro de unos meses los cumpliré y entonces
será demasiado tarde.

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Stavia se encogió de hombros, aunque él no podía verla. Se sentía desgarrada
entre sus argumentos y el sentido común. Había leído decenas de veces su elocuente
carta, y siempre se le ocurrían respuestas distintas que variaban de la ira al dolor, de
la risa al anhelo. Chernon le había suplicado que escapase con él, sólo por un tiempo.
Le había rogado que le brindase algo que recordar en el futuro, algo que otorgase
sentido a su vida.
—¿Por qué deseas esto, Chernon? Has decidido permanecer con los guerreros. Si
no estás satisfecho, todavía puedes regresar por la Puerta de las Mujeres. ¿Por qué
esto?
—Porque partir de viaje contigo no es deshonroso —replicó él, algo irritado—.
Pueden llamarlo una tontería, un error o incluso una actitud infantil, pero no dirán
que es deshonroso.
—¿Tanto te importa cómo lo llamen? Chernon decidió no responder.
—Stavia, tú me debes esto. —Otra de las tácticas de Michael. Quizá funcionase.
—¿Yo?
—Si no me hubieras dado los libros, mi mente no habría comenzado a inquietarse
con ciertas cosas. No me siento satisfecho con la única alternativa que he tenido.
Quiero saber más de la vida. Tú me iniciaste en esto, ¡y dependo de ti para satisfacer
mi curiosidad de forma honorable!
Stavia murmuró algo que él no llegó a oír.
—¿Qué has dicho?
—Que por qué crees que quedarás satisfecho después.
—Tienes mi palabra.
Ella no creía demasiado en su palabra.
—¿Por qué me arrastras contigo?
Molesto, Chernon dijo algo que era casi la verdad. Él había visto a Stavia en el
muro con Beneda. Cuando la vio por última vez era una niña graciosa. Ahora se había
convertido en una mujer de gran belleza, y la idea de que fuese suya lo excitaba más
de lo que había creído posible.
—Porque no puedo renunciar a ti. Porque no puedo olvidarte. Porque te quiero —
exclamó—. Mi único deseo es estar contigo, Stavia. ¿No es lo que los dos queremos?
—En cuanto hubo pronunciado las palabras, Chernon comprendió que era lo que
debía haber dicho desde un principio.
Stavia quedó aturdida. ¿Era lo que los dos querían? Si él le hubiese formulado la
pregunta años atrás, antes de que se marchara a la academia, ella le hubiera dicho que
sí. Sí, de inmediato y sin pensarlo dos veces. Había tenido tantas ganas de verlo, de
estar a su lado. Incluso ahora, una parte de su cuerpo se humedeció al escuchar sus
palabras. Podía sentir que algo se liberaba en su interior, que se lanzaba hacia el
enardecida.

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—Sí, yo quiero estar contigo Chernon —dijo con franqueza, casi asombrada ante
el anhelo en su voz—. Al menos una parte de mi ser lo desea. Pero creo que podría
esperar hasta el carnaval.
—¡No! —Fue casi un grito—. No en carnaval. No en una época de orgías, cuando
todos se acuestan con todos los demás… Stavia se sintió molesta por sus palabras.
—¡Yo no dije que pretendiese acostarme con nadie!
—¡No me refería a eso! Quiero decir que lo que siento por ti es… —buscó las
palabras adecuadas—. No deseo que forme parte de… de la indulgencia general. No
quiero que estemos rodeados por mil soldados borrachos y mujeres alegres. Quiero…
quiero algo más puro que eso. —Éstas eran las palabras que Michael y Stephon le
habían dictado con cinismo, y ahora Chernon las repetía por pura desesperación.
—Simeles —dijo Stavia con una sonrisita.
—¿Qué?
—Vuestro poeta guerrero, Simeles. ¿No ha escrito una canción que trata de estar a
solas en el paraíso con la amada? Silencio. Entonces Chernon añadió:
—No me importa si es el paraíso. Lo que sí deseo es estar a solas contigo. Sin que
una encargada golpee la puerta para decir que se ha acabado el tiempo.
Ella no pudo responderle. Stavia la observadora estaba paralizada, invadida por la
indecisión, incapaz de decir sí, no, tal vez, más adelante, debemos pensarlo. Sintió
que su ser se apartaba, y que la otra Stavia tomaba las riendas. La actriz. La actriz
para quien todo parecía tan fácil. Bien o mal. Fácil.
—Muy bien —dijo. Sólo se permitió sentir que se trataba de Chernon, que su
corazón daba un vuelco cuando él le hablaba. En Abbyville, algunas noches había
despertado soñando con él. No se trataba de un simple guerrero más, de un fanfarrón
como Barten. Él era Chernon, el hermano de Beneda. Lo llevaba en lo más profundo.
Había tratado de exorcizarlo, pero no había podido—. Pronto saldré en un viaje de
exploración al sur —continuó—. Haré los arreglos necesarios para que te trasladen a
un sitio bastante al sur de Emmaburgo, y me reuniré contigo allí. Tendrás que taparte
la marca y afeitarte… aunque mucha barba no tienes… y te trenzarás el cabello como
un servidor.
Él guardó silencio.
—No quiero…
La actriz Stavia era capaz de manejar la situación sin problemas.
—Chernon, es eso o nada. No pueden verme vagando por allí con un guerrero. Es
posible que nadie te vea, pero si alguien te descubre serás un servidor de Agathaville.
Nadie te conoce y tú no conoces a nadie. En el grupo no habrá nadie más de
Marthatown, así que no me harán preguntas. A menos que estemos solos, aceptarás
mis órdenes con amabilidad. Me llamarás «señora».
—¿Qué hay del verdadero servidor, del que se supone que debe viajar contigo?

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—Algo tendré que pensar, algún modo de enviarle un mensaje para que no venga.
Tú y yo realizaremos la exploración prevista, y luego regresaremos por separado. Yo
a la ciudad, tú a la guarnición. Según dices, con eso quedarás satisfecho. —Su voz no
reflejaba la confusión que sentía en su interior. Era inconcebible que pudiese parecer
tan fría y al mismo tiempo, sentirse tan candente.
Chernon tuvo que acceder a lo que ella pedía. En sus fantasías él siempre
regresaba a la guarnición rodeado de honor y de gloria. En este plan trazado por
Stavia había algo que no le resultaba satisfactorio, pero no alcanzaba a reconocer lo
que era. Si hubiese sido capaz de analizarlo, habría quedado atónito al descubrir que
en realidad no le gustaba la idea de volver.
—He traído más medicina para Bowough. —Stavia estaba tomando té en la
habitación que Septemius compartía con el anciano—. Éste es el favor que yo le hago
a usted. En cuanto a lo que puede hacer por mí…
—¿Sí? —preguntó él con interés, consciente del silencio en la habitación
contigua, donde Kostia y Tonia escuchaban con avidez cada palabra.
—Quiero que, en cuanto Bowough esté en condiciones, viajéis al sur. Cuando se
encuentre a un par de kilómetros de la ciudad, alguien lo detendrá llamándolo por su
nombre y le pedirá que lo lleve más al sur. Espero que acceda a este ruego.
—¿Y dónde podría querer ir esta persona?
—Al sur. Casi hasta el campo de pastoreo del que usted me habló. No creo que
tenga problemas para llegar hasta allí. Los caminos son bastante buenos. Me haría un
gran favor.
Septemius guardó silencio.
Tonia, quien había escuchado todo con un sentimiento de inquietud, entró y se
detuvo frente a ella.
—¿Crees en la buenaventura? —le preguntó. Stavia la miró con expresión
abstraída.
—¿La buenaventura?
—Kostia y yo tenemos este don. Nos gustaría leer tu suerte en las cartas. ¿Nos
permites?
Stavia dirigió una mirada desconfiada a Septemius.
—Déjelas —suspiró—. Saben hacerlo, y no le hará ningún daño.
Tonia se dejó caer sobre la alfombra frente a la chimenea y acercó el banco que se
hallaba a su lado. Tenía la baraja en la mano derecha, y se la entregó a Kostia, quien
mezcló antes de pasársela a Stavia.
—Barájalas —le dijo—. Como quieras.
Casi con enfado, Stavia obedeció y acomodó los naipes con un golpecito.
—¿Y ahora?
—Corta.

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Ella cortó la baraja en dos.
—Ahora elige qué mitad es tu futuro, Stavia.
Todavía irritada, ella indicó la pila de la izquierda. Tonia la cogió y volvió los
naipes.
—¿Qué edad tenías cuando comenzaron tus problemas?
—¿Qué problemas? —Ahora estaba verdaderamente enfadada.
—Oh, vamos —intervino Septemius—. No seamos hipócritas. Usted está en
alguna clase de dificultad, Stavia, o de lo contrario no pediría nuestra ayuda. ¿Qué
edad tenía cuando comenzó todo?
—Diez años —respondió ella, malhumorada—. Tenía diez años.
Tonia contó las cartas sobre el banco y dio la vuelta a la que hacía diez. Una
mujer de capa negra extendía su manto hacia las estrellas frías en un campo nevado.
—La reina del invierno —le dijo—. Señora de la oscuridad. Es quien trae el frío.
Bajo este símbolo nada crecerá, Stavia. ¿Qué edad tenías cuando él te pidió que te
marchases?
—¿Cómo sabías que me lo pidió?
—Nosotras sabemos las cosas. ¿Qué edad?
—Trece.
Tonia contó tres cartas más, y volvió la tercera boca arriba. Un hombre con traje
de payaso apoyado contra un árbol, con la cabeza vuelta de lado. En la nuca llevaba
una máscara, de tal modo que miraba en ambas direcciones. Un lado del árbol estaba
lleno de capullos. El otro lado tenía las ramas cubiertas de nieve.
—El mago de primavera —explicó—. El de los dos rostros. El que dice sí y
piensa no, o viceversa. ¿Qué edad tienes ahora, Stavia? —Veintidós.
Nueve cartas más. Y la que giraron mostraba a un guerrero de pie sobre su
adversario caído, apoyado en la espada que lo había matado.
—El guerrero de otoño —explicó Kostia—. Muerte, Stavia. Aunque no la tuya.
La de otra persona.
—¿Qué me queréis decir? —preguntó ella. Fue Septemius quien le respondió.
—Este viaje no te conviene, Stavia. Estará lleno de mentiras y equívocos. Y
también puede estar lleno de muerte.
—¿Pero no será la mía?
—No necesariamente. La de otra persona.
—¿Se está negando a concederme el favor que le he pedido?
Con un suspiro, él sacudió la cabeza.
—No. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Es asunto mío, acaso? ¿Somos familiares
como para que yo le imponga consejos que no me ha pedido? ¿Somos amigos? Yo
sólo soy un mago ambulante, un hombre bastante viejo, con un padre anciano y dos
sobrinas peculiares, cuatro burros y cinco perros bailarines. Si me muestro reacio es

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en memoria de mi hermana. Ella también escuchó las lisonjas de un guerrero…
—Se marchó con él —intervino Kostia.
—Quedó embarazada de nosotras —añadió Tonia.
—Era como todos los de su clase. Quería hijos varones. Cuando vio que éramos
niñas, la abandonó —suspiró Kostia.
—Y ella murió —concluyó Septemius—. Yo siempre pensé que él le había
destrozado el corazón, aunque la comadrona me aseguró que no.
—Es bastante improbable —comentó Stavia con frialdad—. Los corazones
destrozados son más comunes en las novelas que en la vida real. —Se había dicho
esto durante varios años, y aún no tenía evidencias de lo contrario.
—Sin embargo, usted está escuchando las palabras amables de un guerrero…
—No exactamente —respondió ella, tratando de explicárselo a sí misma por
centésima vez—, y no se trata de lisonjas. Sin querer, hice que alguien fuera
desdichado. Tal vez trataba de comprar su afecto haciendo algo que estaba mal. Pero
aunque no haya sido completamente responsable de su desdicha, he contribuido
bastante a ella. Debo hacer lo que pueda para resarcirlo. Tal vez si le entrego otra
cosa en lugar de lo que no puedo darle… aunque quizá me cueste muy caro.
Septemius no dijo nada más, pero durante el resto de la tarde de vez en cuando
sacudía la cabeza, y por la noche dio vueltas y más vueltas en la cama.
Stavia durmió profundamente, aunque no tanto como para no oír que se abría su
puerta y que alguien pronunciaba su nombre.
—¿Qué ocurre? —preguntó adormecida.
—Un sueño que he tenido —dijo Corrig, con voz turbada—. Un sueño que he
tenido, Stavia.
—¿Y forma parte de la tarea de los servidores andar por la casa contando los
sueños?
—Era sobre ti. No, en parte era sobre ti.
—Ah.
—No lo hagas. No sé qué te propones, pero no lo hagas. Encontrarás problemas.
Habrá peligro y dolor. Lo he visto.
—¡Hablas como Kostia y Tonia, Corrig! ¿Ves a la reina del invierno en mi futuro?
¿O al mago de primavera y al guerrero de otoño?
—Veo dolor.
—Te lo preguntaré otra vez, ¿ésta es la conducta normal de un servidor?
—Ya estaba lo bastante despierta para sentirse algo enfadada, aunque estaba más
interesada que molesta.
—Nuestra… nuestra tarea es ver las cosas, Stavia. Yo lo he visto y te he
advertido. No lo hagas. —Corrig se volvió y se fue de la habitación.
Stavia permaneció tendida en la cama, pensando que podía haber soñado el

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encuentro. No le creía a él como tampoco había creído a las gemelas. Tal vez fuese
mejor no creer.
«Tal vez sea mejor no creer, si lo único que ves es sangre y huesos deshechos»,
citó en silencio recordando los textos antiguos.
Era extraño que Corrig hubiese acudido a ella de ese modo. Evidentemente, el
joven compartía el raro don de Joshua. «Nuestra tarea es ver las cosas». ¿Ver qué
cosas, de qué manera? ¿Se trataba de una capacidad extrasensorial? ¿De
clarividencia, tal vez?
Stavia emitió un pequeño bufido. Aquello pertenecía a los cuentos de hadas. No
obstante… Corrig parecía muy seguro de lo que decía.
De pronto recordó el viaje que había hecho años atrás con Morgot y con Joshua.
Joshua también había parecido muy seguro. Después de lo ocurrido, Stavia se había
preguntado quién era él, qué era.
Ahora se preguntó lo mismo acerca de Corrig, y volvió a recordar un fragmento
de la obra: «Pero si no lo escuchan cuando habla… ¿entonces quién es él?».

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Capítulo 20
Desde el pozo profundo, que se abría en un recodo del valle, la tercera esposa
Susannah Brome podía mirar hacía el sur, donde el Anciano Jepson había establecido
su finca familiar, y hacia las colinas verdes del noreste, donde las casas de las esposas
del Anciano Brome rodeaban a la Casa del Padre en un racimo similar de madera
descolorida por el sol. Su propia casa se encontraba allí, una cabaña pequeña con
techo a dos aguas, oculta en parte tras el henil. Los otros doce hombres adultos se
habían establecido más al sur, o en los valles de la Tierra Santa, y exceptuando las
épocas en que el Padre Todopoderoso castigaba a sus hijos con una desesperante
sequía, sus mujeres no frecuentaban el pozo profundo. Por lo general, los pozos
menores del valle superior bastaban, y los solteros se las arreglaban con el agua del
manantial que corría detrás de sus cabañas, al norte en la entrada del valle. Por eso
Susannah no tenía un buen pretexto para quedarse un rato en el pozo profundo, ya
que a lo sumo podía esperar un rápido intercambio con alguna esposa del Anciano
Jepson, y ellas vivían tan aterrorizadas que apenas si se atrevían a pronunciar palabra.
—¿Mamá? —susurró Castidad mientras le tiraba de la manga—. ¿No deberíamos
volver? Papá se enfadará con nosotras si no nos damos prisa.
—Pensaba que quizá veríamos a Caridad o a Esperanza —le confesó Susannah—.
Caridad no se encontraba bien cuando la vi por última vez, y quería preguntarle por
su salud.
Ésta era una razón perfectamente válida para quedarse un rato, y nadie podía
acusarla de no darse prisa. Se suponía que las mujeres debían cuidarse entre ellas, ya
que ningún hombre se degradaría a hacerlo, y era bien sabido que algunas mujeres,
Susannah por ejemplo, tenían más aptitudes que otras para ello.
—Además —continuó Susannah—, tú sabes que Papá nos presta muy poca
atención cuando estamos impuras.
—De todos modos, nos vigila —objetó la niña con voz algo trémula—. Es
posible que no nos diga nada hoy, pero lo hará otro día.
Pobre pequeña, pensó Susannah, y acarició el rostro de su hija después de mirar a
su alrededor para comprobar que nadie veía esa indecorosa expresión de afecto.
Castidad se lo tomaba todo muy a pecho, como si ninguna medida de aplicación o
diligencia fuese capaz de impedir que Papá le gritase si lo deseaba.
—Entonces volveremos —dijo, alzando el balancín para colocarlo sobre sus
hombros.
Castidad alzó su propio balancín con los cubos, apenas un poco más pequeños. A
los trece años, acababa de iniciar sus periodos impuros y todavía no se había
desarrollado del todo. De nada servía rezar al Padre Todopoderoso para que
aguardasen un año o dos antes de hacerla procrear. Aunque fuera tan difícil para las

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jovencitas, antes del otoño alguien andaría tras ella. Y no importaba lo que dijesen los
Ancianos, su único móvil era la lujuria. Susannah recordaba su propia iniciación a los
catorce años, y nadie la convencería de que todos aquellos jadeos y gemidos habían
sido una obligación divina. Ella nunca había visto que un hombre cumpliese su
obligación con tanto placer, ni tampoco que se mostrara tan ansioso por volver a
cumplirla.
Susannah regresó colina arriba, avanzando con gran esfuerzo en cada recodo del
camino y descansando un poco antes de continuar con el siguiente. Aunque había
sido meritorio de su parte engendrar tres varones antes de producir una niña, a veces
lamentaba no contar con la ayuda que le hubiesen proporcionado una o dos hijas
mayores. Preferentemente feas, con los dientes torcidos y bizcas, como
Perseverancia, la hija de Caridad. Quizá permitieran que Perseverancia permaneciese
en casa, ayudando a su madre hasta que las dos murieran de viejas. Al menos,
ninguno de los Ancianos había hecho una oferta por ella.
Aunque Castidad… bueno, Castidad Brome no duraría mucho tiempo. Esc
cabello rubio y esa piel suave, como las nalgas de un bebé… los ojos de los hombres
la seguían como hormigas a la miel. Si el Anciano Jepson no la convertía en su sexta,
el Anciano Demoin, en el valle contiguo, la querría como cuarta. Y mientras tanto,
cada vez que ella fuese en busca de agua, todos los muchachos de la casa de solteros
seguirían escondiéndose tras los arbustos para espiarla.
Y lo peor era que si Castidad era entregada al Anciano Jepson, probablemente
tardaría muy poco en enviudar. Él sólo tenía setenta, pero estaba muy enfermo. Si
Castidad tenía un hijo para cuando él muriera o poco después, la enviarían con
Susannah para que pasara allí el resto de su vida. Aunque podían ocurrir cosas
peores. Si no quedaba embarazada o si abortaba, dirían que el matrimonio no era
válido. Entonces la entregarían a algún muchacho que estuviera empezando y que la
mataría por exceso de trabajo antes de los treinta años. Ninguno de los Ancianos la
querría cuando hubiese sido de otro. Parecía que cuanto mayor era un hombre, más
necesitaba asegurarse de que una mujer no podría compararlo con nadie más.
—Allí está el Anciano Jepson —susurró Castidad a espaldas de Susannah—.
Acaba de salir de la casa de Papá.
—No mires —murmuró Susannah—. Recuerda que estamos impuras y camina
directo hacia la casa. —Recorrió los últimos metros hasta llegar al sendero que
conducía a su propia casa de esposa, con el diminuto porche reseco por el sol. Del
picaporte pendía el pañuelo rojo de Castidad, para mostrar que había una mujer
menstruando en la casa. Dejaron los cubos en el porche, se limpiaron los pies en la
alfombra de harapos trenzados y luego llevaron los cubos a la cocina para llenar el
depósito. Temprano por la mañana, Susannah había hecho el otro viaje para llevar
agua a la casa de Papá. Todos los días su primera tarea era acarrear agua hasta la casa

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de Papá, para él y para los niños que estudiaban allí.
Mientras vaciaban el último cubo en el depósito de madera, se oyó un gemido
débil. Entonces el llanto se hizo más fuerte. Bebé había escuchado sus voces.
—¿Fe? —llamó Susannah—. ¡Fe! —A la tercera llamada, una voz le respondió
desde el exterior.
—Lo siento, mamá. Tenía que ir al lavabo, y pensé que Bebé estaba dormido. —
La niña de ocho años entró en la casa. Era evidente que había estado llorando. Su
jubón estaba húmedo y maloliente.
—Cariño, ¿qué te ha pasado?
—El Anciano Jepson me ha dicho que soy una perra sucia y guarra.
—No lo eres, por supuesto que no. ¿Por qué te ha dicho semejante cosa?
—Bebé vomitó encima de mí. Si hubiera sabido que él estaba allí y que podría
verme, no habría salido. Pero no lo sabía.
—Shh, bueno. No importa. No le contestaste, ¿verdad? La niñita sólo sacudió la
cabeza mientras lloraba.
—Castidad, ayúdala a lavarse. Yo me ocuparé de Bebé.
Se quitó el pañuelo que le cubría la cabeza y se rascó la calva, donde el cabello
comenzaba a crecer en un cepillo plateado después del último afeitado. Entonces
entró en la habitación donde dormía Bebé.
Bebé no tenía nombre. Si llegaba al año de edad, Papá le pondría un nombre. Si
vivía hasta los seis años, iría cada día a la casa de Papá para asistir a la escuela. Los
niños debían aprender a leer y escribir para poder discutir sobre las Escrituras.
También tenían que hacer algunos cálculos para resultar eficientes como pastores del
Padre Todopoderoso, quien no toleraba faltas en la disciplina o la diligencia. No
obstante, hasta que cumplían un año, los crios sólo se llamaban Bebé. «Pequeñín»,
algunas veces, o «cariño». Aunque nunca cuando Papá estaba presente, por supuesto.
Las muestras de afecto eran cosas triviales, indignas del Padre Todopoderoso.
Durante ese primer año, un bebé podía desaparecer en cualquier momento,
desvanecerse en el aire sin que nadie supiera nada al respecto. Eso era lo que había
ocurrido con las dos niñas que había tenido entre Fe y Bebé. Por lo general ocurría
con las niñas. Casi nunca con los varones, a menos que tuviesen algún defecto.
Aunque a veces, un Anciano podía enviar un bebé varón a otro Anciano desesperado
por la falta de hijos. Y nadie lo revelaba jamás.
Susannah se desabrochó el jubón y dio de mamar a Bebé. No lo destetaría hasta
que fuese imprescindible. Mientras él continuara mamando, ella no tendría su
impureza, y hasta que la tuviera, lo más probable era que no quedase embarazada. No
soportaba la idea de volver a estar preñada. Desde los catorce años, había tenido once
embarazos y seis de sus hijos vivían, sin contar a las dos niñas que habían
desaparecido. Si volvía a quedar encinta, se mataría. Sería más sencillo morir que

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pasar otra vez por todo aquello. Que Papá siguiera teniendo hijos con las otras
esposas: Matilda, Alegría, Plenitud y Regocijo. No, Regocijo era demasiado vieja,
pero Plenitud no tenía más que uno en su casa, y el niño casi había cumplido los
cinco. Que ella tuviera un hijo. Alegría sólo tenía cuatro y no había quedado
embarazada desde hacía tres años. Que fuera ella. Que Matilda se levantara de la
cama donde había estado tendida cinco años, y quedara embarazada. El hecho de
parir tres niños muertos y de toser sangre no era un motivo para escapar a su
obligación. Si no se necesitaba más que eso, tal vez Susannah también fuese capaz de
toser un poco de sangre.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquellos pensamientos eran perversos, poco
caritativos y crueles, y a pesar de saberlo no podía evitarlos. Todo era tan… tan
penoso. Al final terminaba deseando que alguna hija estuviese impura para que Papá
no se acercase a la casa. Y los periodos impuros de Castidad solían ser bien largos.
Siete u ocho días, algunas veces. Esto significaba que Papá la dejaba tranquila
durante toda una semana. Susannah hubiese querido que fuera para siempre. Que
buscase a una niña, a alguna verdaderamente joven, y que consumiese todo su tiempo
y su energía con ella. Susannah era demasiado vieja para esto. Tenía casi treinta
años… demasiado vieja para esto.
En la Casa del Padre, el Anciano Resolución Brome se hallaba en su cómodo
sillón frente a la ventana, bebiendo la infusión de menta que le había preparado una
de las ancianas y reflexionando sobre la proposición del Anciano Jepson en relación a
Castidad. El Anciano Jepson tenía un hijo, Agradecido, quien casi había cumplido los
treinta y cinco años. Ya había despejado unas quince hectáreas en el valle, cavado un
pozo, construido una casa de troncos bastante sólida, acumulado unas cien ovejas y se
encontraba listo para ingresar en la comunidad de Ancianos y Padres… si lograba
encontrar una mujer. Las mujeres andaban un poco escasas por el momento, y el
Anciano Brome meditó sobre la imprevisión de los Ancianos, que doce o trece años
atrás habían matado a todas las niñas. En ese entonces había habido una sequía, lo
cual constituía una buena excusa, ¿pero no habían pensado que si dejaban a todas las
recién nacidas a merced de los coyotes, sus hijos no encontrarían esposas quince años
después?
Resolución consideró que había sido muy previsor al conservar a Castidad. Por
supuesto, el también se había llevado a un par de niñas… pero eso fue más tarde,
después de que Fe recibiera su nombre. De todas formas, había sido por un buen
motivo. Durante un tiempo, Susannah sólo había parecido capaz de producir niñas.
Había tenido a Castidad, luego a dos niñas muertas al nacer, y luego a Fe. A pesar de
que Fe era una cosita enfermiza, Resolución había decidido dejarla con vida, porque
para trabajar como era debido, una mujer necesitaba a un bebé en la casa. Luego
Susannah había tenido dos niñas más antes de que, finalmente, pariera a Bebé. Y lo

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peor de todo, si quería que Susannah le criase a Bebé, sería mejor que la dejase
tranquila. Todos sabían que cuando las mujeres comenzaban a parir antes de tiempo,
si uno no las dejaba tranquilas se morían jóvenes. Las ovejas y las mujeres
funcionaban del mismo modo. Y eso era una pena, porque con Susannah era con
quien más fácil le resultaba cumplir su obligación. No era la más bonita, pero en su
cuerpo había algo que lo enardecía. Cuando la sentía tensa y temblorosa debajo de él,
sólo deseaba machacarla más y más.
Bueno, tendría que cumplir su obligación con alguna otra. Con Alegría, tal vez.
La ventaja de entregar a Castidad al Anciano Jepson para Agradecido Jepson era que
el primero tenía una hija de trece años llamada Perseverancia, y estaba dispuesto a
entregarla a cambio. La jovencita tenía un rostro horrible, pero el Anciano Jepson la
había espiado cuando se bañaba y aseguraba que su cuerpo era aceptable. Además, si
Resolución no la quería para él, podía entregársela a alguno de sus muchachos. Tanto
Castigo como Venganza estaban listos para echar raíces, aunque Castigo era mayor.
Perseverancia podía no ser muy agraciada, pero un hombre siempre tenía el recurso
de taparle la cara con el camisón. De todos modos, a muchas mujeres les gustaba más
así, aunque no se trataba de que les gustase. No, si eran decentes.
Aunque todavía no lo había decidido. Castigo sólo tenía treinta y cinco años.
Podía esperar un poco más. Pero si él mismo tomaba otra esposa, tendría que reparar
la vieja casa donde había nacido, donde su propia madre había vivido hasta el final.
Nadie la había habitado desde que murió su Padre y él se hizo cargo de la granja.
No estaba seguro de querer que alguien viviese en la casa de su madre. Tal vez
pudiera despedir a una de sus esposas, enviarla a la casa donde había vivido de
soltera o a la casa de ancianas. La madre de Castigo, Plenitud, no servía para nada.
Tal vez debiese trasladarla a la casa de ancianas. Aún no podía ser considerada una
anciana, pero ya rondaba los cincuenta. Había tenido un hijo cuando aún era una niña
y luego nada hasta ese otro cinco años atrás, lo cual era culpa suya, por beber
demasiado vino de sacramento en la observancia. A pesar de la oscuridad, si hubiera
estado sobrio habría sabido en qué casa entraba, y evidentemente no hubiese sido la
de Plenitud, quien siempre olía a leche agria y a moho, y cuyo sitio de la obligación
parecía un papel de lija húmedo. Pero si la trasladaba a la casa de ancianas y ponía a
Perseverancia en su lugar, podía infundir ideas a otros Ancianos. Aunque muy pronto
podría trasladar a Regocijo. Ella sí que era una anciana. Cada vez que la veía
recordaba el olor de la sopa de pollo. Las mujeres siempre olían a sopa de pollo. Ya
habían pasado dos años desde su último pañuelo rojo en el picaporte, pero no era
habitual trasladar a una mujer de su casa hasta que se hubiese ido la menor de sus
hijas. Regocijo todavía tenía una niña en su casa. Modestia, de diez años.
Luego estaba Matilda. Treinta y dos años y tres bebés muertos. Lo único que
hacía era toser sangre y ocupar un espacio. La mujer más hermosa que Resolución

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hubiese visto jamás, incluso ahora. Matilda era una Demoin. Tal vez pudiese
cambiarla por unas ovejas y enviarla de vuelta con los Demoin. No tenía sentido
conservar a una mujer incapaz de producir.
Resolución contó con los dedos. Siete de Regocijo, todos adultos menos una.
Cuatro de Alegría, el mayor de los cuales sólo tenía nueve años, y dos de Plenitud.
Seis de Susannah, sin contar las que él había eliminado. Diecinueve en total, catorce
de los cuales eran varones. Tal vez fuese suficiente…
Maldita Susannah, se dijo. Con cualquier otra esposa, un hombre podía cumplir
su obligación sin dejarla embarazada en determinados días del año. Se diría que lo
hacía sólo para fastidiarlo.
En la casa de solteros, Castigo Brome afilaba una guadaña e inducía a sus
hermanos a la sedición.
—Bueno, yo diría que no están dispuestos a permitir que tengamos ninguna
esposa, sin que importe cuántas hectáreas logremos despejar. Observad la finca
familiar. Tenéis a las dos niñas de Susannah, Castidad de trece años y Fe de ocho, y
apuesto a que Castidad ya ha sido pedida. Alegría tiene una de siete años con bastante
buen aspecto. Su otra hija todavía es un bebé.
»La de diez años de la vieja Regocijo tiene mocos y es bizca. Mientras tanto, sólo
uno de nosotros se ha casado. Ocho vivimos aquí, en la casa de solteros, y cinco aún
siguen con sus madres. Eso hace un total de trece varones solteros y sólo cinco niñas
para canjear. Podéis apostar a que en la finca de los Jepson ocurre lo mismo, y
también en la de los Gavin y en todo el resto del valle. Cada familia tiene tres o
cuatro niñas y una docena o más de hijos. Papá va a cumplir los setenta y cinco, y no
durará eternamente. Cuando muera dejará a Susannah, a Alegría y a Matilda, todas
las cuales son más jóvenes que yo, pero serán viudas con hijos, así que nadie podrá
tomarlas. Esto significa que los Ancianos utilizan seis o siete mujeres cada uno,
matan a las niñas recién nacidas cuando les da la gana, ¡y el resto de nosotros
podemos jodernos! Hay aproximadamente una niña para cada cuatro de nosotros.
—¿Y qué piensas hacer, Castigo? ¿Escapar y unirte a las mujeres demoníacas del
norte?
—Supongo que podría atrapar alguna y traerla aquí.
—¿Crees que se quedaría? No sabes lo que dices.
—Supongo que si le rompiera una pierna, le resultaría más difícil huir.
—Castigo continuó frotando el canto de la guadaña con la piedra y miró con ira a
los hijos de Regocijo, Diligencia y Venganza, sus hermanastros.
—No te serviría de nada. Ésas son hembras de ciudad, Castigo. Ni siquiera sabrá
cómo hacer queso.
—Hay una cosa que sabrá hacer —respondió él con expresión sombría—. Sólo
tendrá que tenderse y quedarse quieta.

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—No sé por qué te preocupas tanto —observó Diligencia—. Primogénito no
obtuvo una esposa hasta el año pasado, y casi había cumplido los cuarenta años.
—¿Y qué recibió? A Humildad Gavin, del otro lado de la colina. Era casi calva.
—De todo modos, tenía que afeitarse el cabello al casarse. ¿Qué más da?
—Hay una gran diferencia entre una mujer con el cabello afeitado y una sin pelo.
Lo más probable es que tenga hijos calvos, y Primogénito tendrá que andar por ahí
con la cabeza gacha, seguido por esos chiquillos pelones.
—Por lo que he oído —observó Venganza—, el Anciano Jepson quiere a
Castidad para Agradecido, así que la cambiará por Perseverancia y es posible que te
la entregue a ti.
—A la mierda con Perseverancia. ¡Tiene los ojos tan torcidos que nunca sabes
adónde mira!
—¿Qué te importa en la oscuridad?
—Es lo mismo que con una mujer calva. Resulta más difícil cumplir con tu
obligación, y además tienes hijos feos. Y si en los últimos tiempos has mirado a tu
alrededor, habrás notado cuántos niños feos andan por ahí. ¿Os habéis fijado? Mirad
a las abuelas y a los Ancianos. La mayoría de ellos no tienen mal aspecto. Hay
algunos feos, pero no muchos. Luego observáis a los que tienen la edad de Plenitud y
de Regocijo, hasta los que son de nuestra edad. Hay muchos más feos. Luego mirad a
los jóvenes, como Castidad, y os daréis cuenta de a qué me refiero. Muchos bebés
eliminados porque tienen labios partidos o pies defectuosos. Muchos ojos bizcos y
dientes torcidos. Algo ha salido mal en alguna parte.
Venganza tenía una expresión peculiar en el rostro, pero no dijo nada. Lo que
estaba pensando era que Papá se había casado por primera vez a los veinticinco años.
Y el Abuelo había tenido menos que eso al casarse. Ahora bien, Primogénito tenía
casi cuarenta, Castigo treinta y cinco y él mismo treinta y cuatro, ¡y las únicas
hembras disponibles tenían siete u ocho años!
—No creo que te sirva de gran cosa cazar a una de esas hembras del País de las
Mujeres —dijo con resentimiento—. Si lo haces, lo más probable es que se la quede
Papá.
En la casa de la esposa Regocijo Brome, Primogénito Brome, de cuarenta años, se
hallaba sentado en la penumbra de la cocina hablando con su madre de cincuenta y
cinco años. Sus hermanos Venganza, Diligencia, Firmeza y Protegido del Señor
estaban en la casa de solteros. Su hermana de diez años, Modestia, estaba cardando
lana en el cobertizo del fondo. Su otra hermana, Gratitud Brome, tenía treinta y dos
años, y se había casado a los catorce con el Anciano Gavin, del otro lado de la
montaña. Su madre no la había visto desde hacía varios años, aunque Primogénito sí.
En principio había ido para llevarle a su madre noticias acerca de ella, motivo que se
consideraba razonable.

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—Acaba de parir su hijo número doce —le dijo a su madre—. Ocho de ellos
están vivos. Me pidió que te comunicara que algo se rompió esta vez, pero que ella
no lo lamenta. Dijo que sabrías a qué se refería.
Regocijo asintió con un gesto y no hizo ningún comentario. Creía saber lo que
trataba de decirle Gratitud.
—La próxima vez que la veas —murmuró—, podrías sugerirle que trate de ver a
tu tía Susannah. La madre de Susannah o su abuela, no lo recuerdo bien, fue
capturada fuera de aquí y traída a la Tierra Santa. Sabía muchas cosas acerca de
asuntos femeninos, y enseñó a Susannah.
—No sabía eso —dijo Primogénito, sorprendido—. ¿Quién la capturó? A la
madre o la abuela de Susannah, quiero decir.
—Creo que fue el Anciano Demoin, cuando no era más que un joven y vivía en la
casa de solteros. De todos modos, tal vez el Anciano Brome permita que Susannah
vaya a cuidarla un poco si el Anciano Gavin está de acuerdo. Sólo sé de otra mujer
con habilidades curativas, y vive a cuatro valles de aquí. Es una Simpson, creo. Ya
debe de estar muy vieja.
—Se lo diré a mi hermana —respondió él con la vista fija en el suelo—.
¿Mamá?
—¿Sí, Primogénito?
—En realidad he venido para preguntarte una cosa. —Estoy segura de que Papá
podrá responder cualquier cosa que quieras saber.
El hombre se ruborizó, y el color de su rostro se notó en los bordes de su barba.
—No quiero preguntárselo a Papá. ¡Quiero que me lo digas tú!
—Muy bien, hijo. Pero recuerda que soy sólo una mujer y no sé mucho respecto a
nada. —Regocijo mantuvo el rostro sereno, tal como siempre hacía. Era más sencillo
si no mostraba sus emociones, si nunca parecía desear nada. Entonces, si una vivía lo
suficiente, se llegaba a vieja y la vida se volvía bastante agradable antes de finalizar.
—He conseguido una esposa —le dijo.
—Lo sé, hijo. Todas tus tías y yo asistimos a tu boda. Humildad Gavin se
convirtió en tu esposa.
—Ella llora —suspiró Primogénito—. Llora.
Regocijo pensó en esto con sumo cuidado. Había algunas cosas que una mujer
podía decir, y otras que no. Preguntas que una mujer no podía formular.
—¿Llora constantemente, o sólo algunas veces?
—Algunas veces. —Él volvió a ruborizarse. Regocijo decidió correr el riesgo.
—¿Como cuando debes cumplir con tu obligación?
—Sí.
—¿Llora como… como si le doliera?
—Sí, en efecto. No tiene por qué llorar y la he castigado por ello, pero parece que

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no puede evitarlo y me quita las ganas de hacer lo que debo hacer.
Regocijo suspiró.
«Oh —pensó—. Ojalá hubiera alguna mujer en los cielos a quien rezarle. Ojalá
hubiera algo que una mujer pudiera esperar con ilusión».
—Te diré una cosa, hijo. Pídele a Humildad que hierva una gallina gorda. Que no
le añada sal ni nada, sólo la gallina. Luego que retire la grasa y la ponga a enfriar.
Cuando vayas a cumplir con tu obligación, unta a tu mujer con esa grasa. Así es
probable que no le duela tanto.
Él lo pensó unos momentos.
—¿Como si fuese el eje de una carreta, eh?
Regocijo asintió con la cabeza. No se atrevió a hablar, porque en su interior una
voz estaba gritando:
«Sí, bestia estúpida y cruel. Como si fuese el eje de una carreta, sólo que a ti te
importa mucho más la carreta». Al fin, con voz muy suave, le dijo:
—Humildad sólo tiene catorce años. Aún no se ha desarrollado por completo. No
es… no tiene edad suficiente.
—Bueno, es posible —concedió él—. Pero es la única que tengo.
—Entonces, tal vez querrás traerla hasta aquí para que visite a tu tía Susannah.
Ella sabrá más que yo.
—No me gusta andar de visita —respondió él, obstinado—. Cuando las mujeres
se visitan comienzan los problemas. Eso dicen los Ancianos. Vosotras os reunís en los
festivos, en acción de gracias y para los nacimientos. Y siempre estáis charlando
acerca de algo. —Aunque no lo notaba, hablaba exactamente igual que su padre,
hasta en la entonación que daba a las palabras.
—Me refería a que a lo mejor se siente sola —insistió Regocijo—. Porque aún no
tiene otras esposas que la acompañen.
—Ése es el destino de las mujeres —replicó él con indiferencia—. Por ser la
fuente y origen del pecado, ése es el destino de las mujeres.
Hubo un breve silencio.
—Come otro trozo de pan con confitura —dijo Regocijo—. Las remolachas
dulces fueron muy buenas el año pasado. He preparado muchas conservas. Te daré un
frasco para tu… para Humildad.

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Capítulo 21
Septemius Bird descansaba en el asiento de la carreta mientras Chernon llevaba las
riendas de los burros. Al cuarto día de viaje, el joven ya había aprendido a hacerlo
bastante bien. El viejo Bowough Bird yacía en un colchón dentro de la carreta, en
compañía de Kostia y Tonia, quienes se habían empeñado en hacer el viaje a pesar de
que Septemius insistió para que se quedaran en Marthatown. Recordando su viaje por
el sur, no había querido ponerlas en peligro. Por aquel entonces había escasez de
mujeres. Si las cosas continuaban igual, la situación debía haberse tornado
desesperada. Septemius no había tenido oportunidad de mencionar esto a la joven
Stavia. Todavía consideraba la posibilidad de advertirle a través de aquel joven
inexperto que viajaba a su lado. Sin embargo, por más que el joven se mostraba
bastante amable, Septemius no simpatizaba mucho con él.
No, decidió. Lo mejor sería hablar con Stavia cuando la viese.
—¿Dónde vas a reunirte con Stavia? —preguntó, ya que de pronto se dio cuenta
de que no lo sabía.
—Hemos convenido en una señal. Yo bajare antes de que vosotros lleguéis al
campamento. Después usted le dirá dónde me ha dejado y ella vendrá a buscarme.
Stavia había salido tres días antes de que Bowough Bird estuviera en condiciones
de viajar, y para cuando Chernon llegara ya habría pasado algún tiempo en el campo
de pastoreo fortificado al cual se dirigían. Según le había dicho a Chernon, ya se
había librado del servidor que debía acompañarla, y por lo tanto estaría sola. Él ni
siquiera alcanzaba a imaginar qué utilidad hubiese podido prestarle un servidor. En la
guarnición se decía que las mujeres médicas castraban a los guerreros que volvían, y
Chernon suponía que era cierto. Al menos nunca tenían hijos, ya que cada niño de la
comarca era entregado a un padre guerrero. Algunos decían que los servidores eran
utilizados para engendrar niñas, pero él lo dudaba. Con su lectura clandestina había
aprendido la suficiente biología elemental como para cuestionar esa suposición.
Bueno, cualquiera que fuese la utilidad de los servidores, no habría ninguno con
Stavia.
Como si hubiese leído sus pensamientos, Septemius dijo:
—Ella no ha viajado sola hasta aquí, ¿verdad?
—Me aseguró que se encontraría perfectamente a salvo.
—¿Y tú aceptaste su palabra?
—En el País de las Mujeres solemos hacerlo —replicó Chernon con cierto
sarcasmo.
—¿Pero estará en el campo de pastoreo al cual nos dirigimos?
—Así lo hemos planeado.
Septemius estaba muy inquieto. Todo aquello no le gustaba nada. Si las gemelas

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hubiesen aceptado quedarse donde estaban… Podían haber vivido un tiempo en el
Barrio de los Viajeros al otro lado del muro oriental, asistiendo a la escuela. En todas
las ciudades los Concejos alentaban esta participación por parte de las viajeras, y no
les preocupaba que estas mujeres transmitiesen los conocimientos a sus compañeros,
aunque no permitían que copiasen los libros. De todos modos, las niñas habían
insistido en acompañarlos, y él no las pondría en peligro permaneciendo allí más
tiempo del necesario.
—Tal vez no sea tan seguro como Stavia cree —le dijo al fin—. Cuando viajéis
juntos, ten mucho cuidado. —No pudo disimular el tono preocupado de su voz, ante
lo cual el muchacho pareció ofenderse. Durante un rato avanzaron en medio de un
silencio incómodo.
—¿Quieres que te adivinemos la buenaventura, Chernon? —preguntó Kostia—.
¿Podemos echarte las cartas?
—¿Qué cartas son ésas? —preguntó Chernon, distraído de sus pensamientos
constantes en los cuales Stavia y él eran las figuras centrales.
Cualquier excusa era buena para impedir que Septemius lograra transmitirle su
ansiedad. Se había sentido irritado desde que dejó la guarnición, pero en realidad no
deseaba examinar las causas de su malestar. Cuando pensaba en ello se introducía por
caminos que prefería no transitar. Por unos momentos se le había ocurrido que esta
maniobra con Stavia se parecía un poco a las cosas que solía hacer Barten, pero había
descartado la idea de inmediato. Él no se la había llevado de la ciudad con la simple
intención de satisfacer sus necesidades; Stavia pensaba viajar de todos modos. No
ponía en peligro la vida o la salud de Stavia para su propio placer; él no tenía ninguna
enfermedad ni pensaba contraerla. Michael le había prometido que cuando llegase el
momento de avanzar sobre Marthatown, Stavia sería para él si todavía la quería.
Chernon suponía que todavía la querría, y esto tranquilizaba su conciencia. No estaba
haciendo nada que no pretendiese continuar en el futuro. Al final ella se lo
agradecería. Michael le había asegurado que sería así.
Cuando caía la noche y los efectos físicos de sus fantasías no resultaban tan
evidentes, Chernon se dejaba llevar por su imaginación y anticipaba momentos
lascivos y sumamente placenteros. Oh, cuánto la deseaba, la deseaba para sí, sin
interrupciones ni preocupaciones. Apenas si podía esperar para recorrer los
kilómetros que lo separaban de ella, del lugar donde ocurriría todo. Hasta ese
momento, trataría de no inquietarse innecesariamente con cuestiones secundarias y
pequeñeces éticas.
—¿De qué cartas hablas? —preguntó con la voz ronca por el deseo.
Tonia asomó la cabeza justo detrás del asiento y le enseñó los naipes, boca arriba
sobre su mano.
—Los naipes de la buenaventura, Chernon. ¿Nunca los habías visto?

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—Te hablaré de ellos —dijo Kostia, asomada sobre el hombro de Tonia—. Hay
cuatro palos en la baraja, uno para cada estación del año. Cada palo tiene un rey, una
reina y otra carta que forman la tríada real.
—Entregó a Septemius una botella de vino y cuatro copas, vigilando que la
distribución fuese equitativa. Ella y Tonia habían decidido emborrachar un poco a
Chernon.
—En el palo de la primavera —explicó Tonia—, el rey lleva un cetro florido y la
reina lleva un hijo en las entrañas, mientras que el mago de primavera ofrece la
fecundidad y hace que el frío retroceda.
—En el verano, el rey conduce una pareja de bueyes —continuó Kostia, mientras
entregaba a Chernon una copa llena. Señaló una carta—. Éstos son los bueyes. Una
especie de ganado. Ya no existen. La reina lleva un cuerno de la abundancia lleno de
cereales, verduras y frutas. La sacerdotisa del verano está desnuda bajo su leve
túnica. Lleva una corona de hiedra y porta un quemador de incienso. El humo oculta
su rostro.
Tonia continuó con la explicación.
—El rey de otoño tiene la barba gris y porta un báculo de roble con hojas rojas; la
reina extiende sus manos y la lluvia cae sobre ellos en medio del campo. El guerrero
de otoño se apoya sobre su espada.
—Finalmente —concluyó Kostia—, en invierno verás al rey en su trineo tirado
por renos. Estos animales tampoco existen.
—Ya sé qué son los renos —murmuró Chernon, mientras se tomaba el vino.
—El rey tiene la barba blanca y un manto rojo sangre. Luego está la reina con su
capa oscura extendida ante las estrellas, y la princesa de invierno, toda cubierta de
pieles, con los ojos ígneos capaces de helar o quemar, según decida. Tiene un cuchillo
en una mano y un manojo de cereales en la otra, para alimentar a los animales. El
sello de la primavera es el florecimiento del fruto, el del verano los cereales segados,
el del otoño las hojas rojas del roble y el del invierno la rama de acebo. Hay diez
cartas numeradas en cada palo.
Volvió a llenar la copa de Chernon.
Chernon entregó las riendas a Septemius y cogió las cartas que la joven le ofrecía.
Estaban pintadas a mano y barnizadas, y sólo tenían los bordes un poco gastados.
Chernon dio la vuelta a dos de ellas sobre el asiento de la carreta. El cinco de acebo,
el uno de cereal. Kostia suspiró.
—Qué suspiro tan profundo —observó Chernon—. ¿Mis cartas indican mala
fortuna?
—El uno de cereal es un naipe de destrucción —respondió ella.
—¿Por qué? —Mostraba a un hombre con una hoz en el cinto, sujetando una sola
espiga. Tenía la cabeza vuelta de tal modo que no se le veían los ojos, pero tenía la

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boca abierta y las venas del cuello estaban marcadas como si acabara de gritar—. A
mí me parece una cosecha.
—Ha segado todo el cereal, pero no ha vuelto a sembrar nada —dijo Tonia—. El
cinco de acebo muestra un árbol de cinco ramas cargado de nieve contra un cielo gris.
Se encuentra a mitad de camino en su palo, ni temprano ni tarde. No se ve a ninguna
persona. Es una carta de espera. Un naipe que indica el transcurrir del tiempo.
—No puedes detenerte con dos cartas —intervino Kostia—. Debes girar otra más.
—¿Por qué? —preguntó Chernon.
—Tres, cinco, siete, once o trece —dijo Kostia—. Números que no pueden
dividirse en partes iguales.
—Impares y primos —añadió Septemius—. Números que sólo son divisibles por
sí mismos. Siempre se ha considerado que poseían un significado oculto.
—Oh, está bien —rió Chernon, para demostrar que no creía o no le importaba.
Extrajo otro naipe y lo depositó junto a los otros dos. Kostia contuvo el aliento y le
retiró la baraja—. Bueno, has escogido a la princesa de invierno, Chernon.
—¿Y eso qué significa? —Volvió a vaciar la copa y recuperó las riendas—. Algo
espantoso, sin duda.
—No —respondió ella—. Sólo que se trata de una mujer que puede mostrarse
afectuosa o furiosa.
—Paparruchas —dijo Chernon con brusquedad—. Todo esto es una tontería. Por
supuesto que el tiempo habrá de transcurrir, ocurrirán destrucciones y las mujeres se
mostrarán afectuosas o furiosas, a veces las dos cosas a la vez. Sólo me habéis dicho
verdades simples y hechos inevitables.
Kostia le dirigió una mirada ofendida y cerró la puerta de la carreta, dejando la
botella sobre el asiento.
Chernon rió y volvió a llenarse la copa. Brindaría por la buenaventura. Se volvió
unos momentos para mirar a Septemius, y sorprendió una expresión preocupada en su
rostro.
—Usted no cree en estas patrañas, ¿verdad, mago? Justamente usted, que se gana
la vida engañando a la gente. —Chernon había decidido que no debía preocuparse
por lo que Septemius pudiese pensar o decir. Nadie prestaría la menor atención a un
artista ambulante, y cuando los guerreros se hiciesen cargo, el anciano y las niñas
harían lo que se les ordenase.
—Oh, sí —admitió Septemius—. Es cierto. Logro hacer que la gente crea que he
hecho algo cuando no lo he hecho. Conozco todas las mentiras que las personas se
dicen a sí mismas. Yo les ayudo a mentirse; ése es mi oficio. Y yo, Septemius Bird,
voy a decirte una cosa, Chernon: cuando Kostia y Tonia echan las cartas, suelen decir
más verdades de las que me interesa conocer.
—Entonces soy afortunado, ya que yo mismo me eché las mías —respondió

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Chernon, quien chasqueó la lengua para alentar a los burros. Quería llegar lo antes
posible—. Bueno, los naipes han dicho bastantes verdades, Septemius. El tiempo
pasará. Es posible que deba cortar un poco de leña en el camino, para alimentar el
fuego, y esto hará que se cumpla la profecía de destrucción. Debí haber elegido la
sacerdotisa del verano, ¿sabe? La que tiene el rostro oculto. Cuando me encuentre
con Stavia, veré su cuerpo… —Se echó a reír con una expresión lasciva que revelaba
mucho más de lo que él hubiese querido—. Pero tal vez no vea su rostro. En el País
de las Mujeres no hay ninguna que nos muestre su verdadero rostro, ¿lo sabía?
—Me sorprende que lo sepas tú —replicó Septemius con dureza. Esta vez fue él
quien volvió a llenar la copa de Chernon.
—Oh, no somos estúpidos, mago. He pensado mucho en ello, ¿sabe? Leí algunos
libros, antes de que Stavia decidiera traicionarme y no me prestara más. Yo mismo
logré hurtar uno. Pertenecía a mi hermana Beneda, y yo se lo quité. Ella ni siquiera se
dio cuenta. Beneda no es muy aficionada a la lectura, de todos modos.
—¿Todavía lo tienes? —preguntó Septemius con curiosidad.
—Oh, sí, lo traigo conmigo. Habla de animales y personas, antes de las
convulsiones. He leído sobre elefantes y cocodrilos, sobre lapones, sobre isleños en
los trópicos y personas que vivían a bordo de barcos, en los grandes ríos. La vida era
muy variada en otras épocas, mago. No se parecía en nada a como es ahora.
—Todavía puede ser variada —le respondió Septemius—. ¿Quién sabe qué hay al
otro lado de las desolaciones?
—¿A quién le importa, si no podemos llegar hasta allí? Aquí todo es aburrido. El
País de las Mujeres, dentro de los muros. Las guarniciones fuera de los muros.
Gitanos y bandidos que andan entre nosotros como esos chacales que aparecen en los
libros. Y viajeros como vosotros, por supuesto. Artistas. Magos. Acróbatas. Y sujetos
que hurgan entre los restos de las viejas ciudades buscando metales, y carreteros que
se dedican a trasladar cosas de un sitio a otro. —Volvió a chasquear la lengua y
sonrió sarcásticamente—. Lo he pensado mucho. A simple vista parece muy sencillo,
pero bajo la superficie hay más… aunque no podamos llegar a ello.
Septemius se estremeció. Cuando Chernon hablaba en plural, ¿se refería a los
guerreros?
—No entiendo qué quieres decir.
Chernon volvió a esbozar una sonrisa que a Septemius le resultó desagradable.
—Bueno, por ejemplo, las mujeres dependen de nosotros para que las
defendamos, ¿no es cierto?
Septemius asintió con un gesto, ya que no confiaba en su voz.
—Por lo tanto, deberían mostrarse interesadas en tener una guarnición fuerte,
¿verdad? Quiero decir, somos su escudo. Sin nosotros serían atacadas por la
guarnición de alguna otra ciudad, o secuestradas por los bandidos. —Miró a

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Septemius y esperó a que éste asintiera con la cabeza antes de continuar—. Bueno,
deberían preocuparse por mantenernos fuertes, pero no parecen interesadas en ello.
Sólo les importa que volvamos a casa. Cada vez que lo pienso, me imagino dos
ruedas girando en direcciones opuestas. Estas ruedas grandes, muy grandes, una
dentro de la otra, girando, produciendo un profundo zumbido. Casi puedo oírlo.
Septemius carraspeó.
—¿Lo que ves no es el conflicto inevitable entre las necesidades personales y
sociales? La sociedad de las mujeres os necesita para su protección, es verdad. Pero
cada madre y hermana de esa sociedad desea que sus hijos y hermanos vuelvan a
casa, donde estarán a salvo. A mí me parece muy comprensible, y como sistema no
funciona tan mal, ¿no es cierto?
—Elimina a los que no resultarían útiles en el campo de batalla —convino el
muchacho—. O a la mayoría de ellos, al menos. Y eso permite que las mujeres de las
ciudades cuenten con el trabajo de algunos hombres. Supongo que los necesitan.
Recuerdo a Minsning, el servidor de mi madre cuando yo era un niño. Me preparaba
galletas y me llevaba sobre sus hombros, y supongo que no hubiese servido de nada
en un combate. Pero no me refería a eso. Quiero decir que en el sistema hay
cuestiones que desconocemos. —Hipó suavemente, sin notar que el vino le estaba
haciendo hablar más de la cuenta—. Toda la guarnición está convencida de ello.
Michael, Stephon… ellos dicen que las mujeres mantienen reuniones secretas.
Reuniones del Concejo.
Septemius soltó una carcajada muy convincente.
—¡A mí me parece haber oído hablar de reuniones secretas en las guarniciones!
¿No hay allí una especie de sociedad clandestina, un grupo de iniciados? ¿La
Cofradía de Aries? ¿No prestáis juramento al pie de ese gran obelisco en la zona de
revista?
Chernon se ruborizó.
—Eso es diferente. Es como cuando las mujeres asisten al templo. Es más… más
religioso.
—Bueno, tal vez las concejalas también sean religiosas, pero no creo que por eso
mantengan reuniones secretas. Yo diría que debe existir un motivo muy simple. Es el
Concejo quien debe distribuir los alimentos y las escasas provisiones, Chernon. Por
lo que he visto tratan de hacerlo de forma equitativa, y para ello deben discutir
bastante. Lo mejor es deliberar en secreto, para que la gente no se inquiete. Lo mismo
ocurre con las reuniones que mantienen tus oficiales. Tu comandante también toma
las decisiones en privado. No pregunta a las centurias lo que opinan antes de decidir
entrar en combate.
Chernon consideró la idea frunciendo la nariz. Sonaba razonable, pero muchas
cosas de mujeres lo parecían. No estaba dispuesto a aceptarlo.

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—Si usted lo dice —respondió. De haber sido tan sencillo, Michael lo hubiese
sabido. Había una cosa en la cual todos los guerreros estaban de acuerdo: las mujeres
tenían secretos. Secretos poderosos.
Septemius observó el rostro del muchacho y el corazón le dio un vuelco. Había
esperado… bueno, ¿qué había esperado? ¿Un amorío juvenil? ¿Un enamoramiento
avivado por la distancia y la fantasía?
¿Una aventura?
No era nada de eso. Era algo frío y calculado, aunque estuviese estimulado por el
deseo carnal.
Septemius suspiró. No quería complicarse en nada de todo aquello.
En las mejores condiciones, el viaje a Emmaburgo duraba tres días a lo largo de la
costa. El campo de pastoreo donde los esperaba Stavia se encontraba dos días más
allá, en dirección sudeste. En ese punto se encontrarían al sur de la desolación, y un
viaje de cuatro días hacia el noreste les permitiría rodearla y llegar a Peggytown.
Afortunadamente, poco después de su llegada comenzarían los carnavales en la
ciudad. El camino de la costa era apenas un poco más largo que el de costumbre: al
este de Marthatown hasta la Posada de los Viajeros, al este y un poco al sur hasta
Mollyburgo, y luego al sudoeste a Peggytown. En esta parte del País de las Mujeres
todos los caminos formaban un círculo alrededor de la desolación, con Tabithatown y
Abbyville allá en el norte y Melissaville y las otras ciudades más hacia el este.
Septemius no tenía un verdadero motivo de preocupación respecto al camino que
llegaba hasta el campo de pastoreo. No le gustaba el trayecto de cuatro días desde allí
hasta Peggytown. Había un camino, pero no era muy transitado. Estaba lleno de
bosques y colinas. Al norte se extendía la desolación, y al sur vivían aquellas
personas que recordaba como muy poco agradables. Por lo tanto, condujo con gran
inquietud. Tal vez aquél era uno de esos momentos en que todo era un mal negocio,
en que ninguna decisión sería acertada. De vez en cuando se volvía hacia el interior
de la carreta y observaba las mejillas sonrosadas del viejo Bowough. De este modo se
convencía de que, aunque sólo fuese en parte, había actuado de forma ética.

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Capítulo 22
En el campo de pastoreo, donde hubiese debido encontrarse con el servidor de
Tabithatown, Stavia dedicó su tiempo libre a tratar a las mujeres y los servidores, que
sufrían diversas afecciones originadas o exacerbadas por sus ocupaciones cotidianas.
A una mujer afectada por un intenso sarpullido le indicó que volviese a Emmaburgo y
que en el futuro se mantuviese alejada de las ovejas, porque era alérgica al aceite de
la lana. Trató heridas y cortes producidos por las espinas y las piedras. También echó
un vistazo a los animales, ya que hacía bastante que no recibían la visita de una
médica veterinaria. Sugirió bálsamos para las infecciones oculares y tratamientos
para las picaduras de insectos. Entonces, cuando hubo terminado, inspeccionó los
huertos y fortificaciones y redactó un informe elogioso para el Concejo de
Emmaburgo. Esta ciudad había establecido el campamento, y si todo salía bien el
asentamiento se extendería hasta convertirse en una nueva población.
—¿Algún problema con los bandidos? —preguntó.
—Alguien nos espía —le dijo la jefa del campamento, mientras se frotaba la
frente como si de esta forma pudiese borrarse las arrugas. Entonces volvió la cabeza
encanecida, donde unos rizos díscolos escapaban a la sujeción de la trenza—. Al sur.
De vez en cuando los vemos. Unas sombras que se escurren detrás de los arbustos,
casi siempre al atardecer. También han desaparecido algunas ovejas, más de las que
podemos explicar. En su mayoría carneros jóvenes.
—¿Podría tratarse de coyotes?
—A veces vemos coyotes. Durante el día no se acercan mucho al rebaño.
Prefieren las incursiones nocturnas, pero cuando oscurece encerramos a las ovejas en
los corrales. No, los animales que desaparecen son los que pastan en los límites del
rebaño, se alejan un poco y de pronto desaparecen. —No parecía muy preocupada por
esto.
—Ah —dijo Stavia a falta de otra cosa.
—Sólo perdemos las que no se mantienen unidas, y se trata precisamente de los
animales que no nos interesa conservar.
—Ah —volvió a decir Stavia. Entonces comprendió. Recordaba haber leído algo
al respecto, muchos años atrás—. ¡Selección! Estáis seleccionando las que poseen
instinto de rebaño.
—Seleccionamos a las ovejas que se sienten muy inquietas si no están estrujadas
contra otras cuatro de su misma especie —admitió la jefa, sin dejar de frotarse la
frente—. Por cierto, tengo que enseñarte una cosa.
Abrió la puerta a su lado y atravesó un corral que Stavia no había visto antes.
Contra la pared había un redil, y en él había unas ovejas de forma extraña.
—Perros —dijo la jefa mientras le dirigía una mirada de soslayo.

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—¿Qué? —Stavia los miró con incredulidad. Eran de un color blanco sucio,
lanudos, con las narices redondas y las orejas blandas de las ovejas que ella había
estado viendo desde hacía días.
—Son perros. No sé de dónde han salido, pero el otro día una de las pastoras los
encontró a los tres, mezclados entre las ovejas.
—¡Yo pensé que eran ovejas! —Stavia se inclinó sobre el redil y los animales la
miraron, meneando lentamente las colas.
—Se les parecen mucho, ¿verdad? Sentí curiosidad, así que conservé a una
hembra y un macho aquí y envié a la otra hembra con el rebaño. Les pedí a los
pastores que la vigilaran. Mucho después del atardecer, venían de regreso y un coyote
salió de entre las malezas, tratando de atrapar a un cordero. La perra se colocó entre
los dos animales. Cada vez que el coyote se movía, se encontraba con la perra entre él
y el cordero.
—¿No son pastores?
—No trataba de reunir al rebaño, no.
—En el norte tienen algunos perros pastores. He oído hablar de ellos.
—Yo también. Muchas veces he lamentado no tenerlos. —Pero éstos son otra
cosa… algo así como protectores de ovejas. Qué extraño.
—Antes de las convulsiones había ovejas aquí, todos lo sabemos. De lo contrario
ahora no las tendríamos. Así que es posible que antes hubiera diferentes clases de
perros pastores. ¡Son tan suaves como cachorros!
—¿Crees que han sobrevivido todo este tiempo en las montañas?
—Ocurrió con los venados. También con los osos y los zorros.
—Trataremos de que se reproduzcan, pero un macho y dos hembras no son gran
cosa.
—Les he dicho a todos los pastores que mantengan los ojos abiertos. Si
encuentran alguno más, me lo harán saber.
Stavia sacudió la cabeza e introdujo una mano en el redil. Una lengua rosada le
lamió los dedos. Unos ojos rodeados de lana blanca la miraron.
—Domesticados —comentó Stavia—. Completamente domesticados.
—Lo cual indica que deben haber tenido gente cerca, ¿no crees? Es lo que todos
pensamos. No creemos que sean salvajes. Pensamos que deben de pertenecer a
alguien. No a bandidos ni a gitanos, sino a personas asentadas en alguna parte.
—Había un mago que llegó a Marthatown para el carnaval, Septemius Bird.
Había viajado hasta aquí hace muchos años. Me dijo que había gente que vivía al sur
de este lugar. En los valles, al otro lado de las tierras yermas. Pero deben de estar
bastante más al sur, a kilómetros de aquí.
—Me dijeron que me mantuviera alejada de aquellas tierras y que tuviera lejos a
los rebaños, pero nadie me advirtió que…

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—Según Septemius, las personas que viven allí no son la clase de gente que
querríamos… bueno… admitir entre nosotros.
—Ah. Por la forma en que lo dices, ni siquiera querríamos encontrarnos con ellos.
Stavia asintió con la cabeza.
—Creo que no aprobaríamos su forma de vida y tampoco podríamos cambiarla.
Trato de recordar lo que dijo Septemius. Algo así como que la población eran «escasa
e improductiva», aunque no se a qué se refería con eso.
—Ahora comprendo de dónde provienen los espías.
Stavia asintió con la cabeza mientras reflexionaba. Si la gente del sur estaba tan
cerca del campo de pastoreo, sería imprudente realizar una incursión de dos personas
en aquella dirección. Debía enviar un informe inmediato a los Concejos de
Emmaburgo y Marthatown. El País de las Mujeres no podía perder esta ocasión de
añadir nuevos animales a los pocos de que disponían. Septemius llegaría muy pronto,
y tal vez lograse convencerlo para que se llevase los informes y los perros.
Chernon abandonaría la carreta antes de llegar al campamento y encendería un
fuego para que el humo la guiase. Ya había explicado a los demás que su compañero
la esperaría en otra parte. Aunque él estuviese disfrazado como servidor, sería mejor
que nadie lo viese. No quería que su nombre figurara en ningún informe futuro.
También podía ocurrir que él se mostrase desagradable con alguien y le causara
problemas más adelante… cuando regresara a Marthatown.
O luego, cuando Chernon traspusiera la puerta para retornar a ellas. Era posible.
Después de viajar juntos algunas semanas o meses, podía abandonar este «sí pero no»
y regresar. En cuanto a ella, no se trataba de una muestra de confianza. Estaba
cumpliendo con el trabajo para el cual la habían enviado. No era culpable. No
engañaba a nadie. Realizaría la exploración, tal como lo había prometido. Su mente
repitió estas palabras por milésima vez, sin lograr convencerse. Si quería ser sincera,
debía admitir que todo aquello era una tontería arriesgada y tal vez peligrosa.
No obstante, como probablemente habían de pasar varios días antes de que
Septemius llegara, mientras tanto podía dedicar un par de ellos a explorar las tierras
del sur, hasta los campos yermos. Allí estaba ocurriendo algo, y el Concejo querría
saber de qué se trataba.

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Capítulo 23
Los tres hijos adolescentes de Susannah, Capaz, Obediente y Fiable, estaban
cometiendo uno de los mayores pecados conocidos por los moradores de la Tierra
Santa. Se introducían en territorio demoníaco, en parte para explorar y en parte para
cometer pillajes. Aunque, tal como se habían convencido a ellos mismos, trabajaban
para recuperar las posesiones del Padre Todopoderoso. Tres de los perros habían
desaparecido, y lo más probable era que esas hijas del diablo se los hubiesen llevado
para sus propios propósitos satánicos.
Su determinación estaba bastante impulsada por la culpa. Habían sido ellos
quienes se llevaron a los perros en una incursión anterior, que había incluido espiar a
un gran rebaño y capturar a un bonito cordero que ni siquiera había sido destetado
aún. Desde entonces habían estado ordeñando a una de las ovejas de su madre para
dar leche al pequeño animal, pero ahora ya se alimentaba casi exclusivamente de
hierba. Por más que a los Ancianos les resultase difícil aceptarlo, las ovejas hembras
preñadas por carneros de la tierra demoníaca producían corderos más sanos. Todos
debían admitirlo, porque era la simple verdad. En los últimos cinco o diez años,
muchas ovejas habían sido estériles o parieron corderos muertos. Luego Castigo
había encontrado a un carnero joven vagando por los campos yermos, y al llevarlo a
casa los Ancianos habían comenzado a discutir sobre si podían utilizarlo o no. Al fin
lo colocaron en un corral con algunas ovejas del Anciano Brome para ver qué pasaba.
Y lo que ocurrió fueron varios corderos sanos, junto con más discusiones sobre si el
demonio trataba de engañar a los moradores de la Tierra Santa.
Bueno, el Anciano Brome había ganado en esta ocasión. Desde entonces los
Ancianos no habían vuelto a preocuparse por el tema. Si alguien conseguía un animal
del exterior, obtenía una recompensa; los Ancianos realizaban un servicio para que el
carnero fuese apto y lo dedicaban al Padre Todopoderoso. Evidentemente, los
carneros de las tierras demoníacas no habían contraído ninguna enfermedad del
diablo, porque cumplían muy bien con su trabajo. Ahora, la opinión generalizada
entre los Ancianos era que todos los animales habían sido inmunizados por la
divinidad porque eran incapaces de pecar.
De todos modos, esto no ayudaría a los muchachos si los Ancianos descubrían
que faltaban tres perros. Los animales podían ser inmunes a la maldad, pero ellos no
lo eran; las cicatrices de sus espaldas daban testimonio de eso. El problema era que ni
siquiera se habían dado cuenta de la ausencia de los perros hasta que estuvieron de
vuelta. Capaz pensaba que los tenía Fiable. Fiable pensaba que los llevaba Obediente.
Obediente ni siquiera había reparado en ellos, y nadie sabía dónde estaban.
—Seguro que se metieron en ese rebaño —había admitido Capaz al fin, después
de pasar varias horas negando que hubiese ocurrido el hecho—. Seguro.

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—No debimos llevarlos —suspiró Obediente—. No debimos haber ido nosotros,
y tampoco teníamos que haber llevado a los perros. Papá nos matará.
—Bueno, no tenía pensado decirle a Papá lo que hemos hecho, precisamente —
objetó Capaz—. Puedo ser malo, pero no soy tonto.
—Todos somos malos —anunció Fiable—. Todos llevamos el demonio dentro,
sobre todo las mujeres. Nosotros no somos más malos que los demás. En especial si
logramos que vuelvan.
Ahora estaban tendidos bajo un largo saliente de piedra en el extremo norte de los
campos yermos, observando a las ovejas que pastaban en los prados más abajo. Eran
tres rebaños, cada uno custodiado por tres o cuatro pastores con cuernos colgados al
cuello para dar la alarma. Los rebaños estaban tan apretados como el sitio de la
obligación en una virgen. Los perros podían encontrarse allí mismo, entre las ovejas,
pero desde arriba no había forma de distinguirlos. Desde su atalaya, lo único que los
muchachos veían era la mancha color blanco sucio que se movía y las figuras oscuras
de los guardias, con sus túnicas que les llegaban a los pies y las cabezas cubiertas por
capuchas, ocultando sus rostros. Podían ser mujeres demoníacas. Podían ser algunos
de sus esclavos: hombres malditos, destinados a servir eternamente al demonio. Si
llegaban a atrapar a alguno y tenían la oportunidad, lo mejor que podían hacer con
ellos era matarlos. Aunque a las mujeres demoníacas era posible domesticarlas si se
las mantenía atadas el tiempo suficiente. Había que conjurar al demonio mediante la
obligación y el castigo, decían los Ancianos.
Un movimiento en el campamento fortificado atrajo su atención. Allí había una
mujer que avanzaba hacia los rebaños y detrás de ella traía a un burro. En este caso
no cabían dudas de que era una mujer. El cabello suelto en la espalda, la cabeza
descubierta, una camisa ligera que permitía ver sus formas… no mostraba ninguna
decencia. Las mujeres decentes no se permitían hacer nada que excitase a un hombre,
y jamás lo hacían a propósito. Las mujeres decentes se escondían, se afeitaban la
cabeza y caminaban enconadas. No era el caso de ésta. La mujer se detuvo junto a
uno de los rebaños y habló unos momentos con uno de los pastores. Luego se acercó
a los otros y finalmente condujo a su bestia de carga hacia el noroeste.
—Padre Todopoderoso —exclamó Capaz—. ¿No os gustaría aplicar el castigo a
ésa?
—Tendríamos que tenerla escondida —susurró Obediente—. Papá la pondría en
una casa como esposa antes de que se te levantara la polla.
—No lo creas —gruñó Capaz, mientras se señalaba—. Ya la tengo tiesa, con sólo
mirarla pasar.
—Es la maldad que te aflora —comentó Fiable, y añadió esperanzado—: ¿Creéis
que volverá?
—Es probable. Si anda por ahí, debe de estar buscando algo. Y lo buscará

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mañana. Y pasado. Tal vez salga varios días. Podríamos ir y esperarla.
Obediente parecía inquieto.
—¡Tendríamos que esconderla!
—Pues claro —dijo Capaz, con la respiración agitada—. Seré malo, pero no soy
tonto.

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Capítulo 24
Stavia sentía unos ojos que la observaban. Era como un hormigueo desagradable, y
hubiese querido girar la cabeza para escudriñar los salientes rocosos del sur. Alguien
debía de espiarla desde allí. No obstante si se volvía, y sobre todo si utilizaba sus
gemelos de campaña (sólo para usos de exploración, y que el cielo ayudase a la que
rompiera un par), el espía sabría que ella lo sabía. Sería mejor fingir que no lo había
notado, alejarse de ellos, dar un rodeo hacia el norte y volver al campamento mucho
antes del atardecer. Stavia avanzó con pasos seguros, sin apartar la vista del suelo,
inclinándose de vez en cuando para arrancar alguna planta útil o totalmente
desconocida. Había una maleza en particular que los pastores le habían recomendado
como posible insecticida, y otra que parecía ser buscada por las ovejas enfermas. ¿Un
vermicida, tal vez? Cuando las encontraba, las arrancaba con bastante tierra y las
envolvía en papel encerado para mantener la humedad. Al regresar al campamento las
plantaría en tiestos y las enviaría a la jefa de botánica en Emmaburgo… suponiendo
que la hubiese. De lo contrario, las enviaría a Marthatown.
Morgot le había indicado que tratase de encontrar una planta que, según se decía,
era excelente para tratar la congestión pulmonar. Hojas triangulares, flor amarilla con
cinco pétalos, y por lo que había podido ver hasta el momento, invisible o
posiblemente inexistente. O tal vez florecía a principios de primavera o a finales de
otoño, cuando nadie la buscaba.
Aún sentía las miradas. Resueltamente, sin volver la cabeza, avanzó hacia el
norte. Alejándose de ellas. Tuvo que caminar más de un kilómetro para que al fin su
piel dejara de hormiguear. O bien no podían verla a tanta distancia o se habían
marchado. Stavia se volvió lentamente y escudriñó el horizonte. No había nada allí.
Se escondió tras un arbusto y extrajo los gemelos. Nada. Ningún movimiento. Podía
haberse agazapado todo un ejército en aquellas cimas, de todas formas no lo hubiese
visto. Desfiladeros, torres, peñascos… todo erosionado por el viento y tallado en
formas fantásticas. Stavia guardó los gemelos y regresó donde estaba el burro.
Suficiente por ese día. Regresaría al campamento y confirmaría la opinión de la
jefa. Alguien, tal vez más de uno, observaba.

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Capítulo 25
Dos días más tarde Septemius Bird llegó al campo de pastoreo, flanqueado por Kostia
y Tonia en el asiento de la carreta, con las puertas abiertas para que Bowough
disfrutara del paisaje. Septemius parecía más animado que en los días anteriores. En
realidad se había sentido bastante mejor cuando Chernon se apeara, a medio día de
viaje de allí.
—No te cae bien, ¿verdad? —le preguntó Kostia, asintiendo con la cabeza para
mostrar que ya conocía la respuesta. Acababan de trasponer la gran puerta de madera
que aislaba la fortificación del mundo exterior. El servidor que oficiaba como guardia
los observó llegar, y pareció aliviado al notar la presencia de las dos jóvenes y el
anciano—. No te gusta en lo más mínimo.
—Es… bueno, es un muchacho difícil de conocer.
—Oh, vamos —exclamó Tonia—. Ésa es la tontería más grande que he oído en
mi vida. Una hora después de recogerlo, tú ya lo conocías bien. Lo habías calado por
completo. Él, con esa expresión de niño herido, con esos labios infantiles y esos
profundos ojos grises. Sufrió un poco de niño, probablemente. Descubrió que con
ello la gente se sentía culpable, así que continuó utilizando el recurso cuando le
convenía. Un poco de sufrimiento para que la mamá y la hermanita le prestasen
atención. Stavia también quedó prendada de ello, por instinto maternal tanto como
sexual, diría yo. Hay mucho de la Gran Madre en ella.
—Estoy de acuerdo —asintió Kostia—. Luego él creció y continuó empleando el
recurso de dar lástima para llamar la atención de su madre, su hermana y
probablemente de Stavia también. Pero hay un cerebro detrás de todo esto, y como
sabe que ella no es estúpida, le suplicó que le diese libros. Esto la hace sentirse
culpable porque viola las ordenanzas. Su culpa significa que deberá herirlo otra vez y
eso le otorga poder sobre ella.
—Pero no hará nada deshonroso, a pesar de lo que ya ha hecho y lo que está a
punto de hacer —masculló Tonia—. Es un muchacho valiente, claro que sí. Así que
allí está Stavia, atrapada entre dos fuerzas, sintiendo que es quien más daño le ha
hecho, que todo es culpa suya. Oh, vamos, Septemius, tú sabes todo eso.
—A vuestra edad sería muy considerado de vuestra parte que os mostrarais menos
sabias —refunfuñó Septemius—. Encuentro cierto consuelo en pensar que, sin duda,
algún vínculo romántico hará que os comportéis de forma imprudente y reprochable.
—A tu edad —replicó Kostia—, ya podrías dejar de hablar de forma tan afectada.
Hay algo que me desconcierta en él. Una especie de audacia destructiva que exhibe.
—O que oculta —observó Septemius—. Porque aunque haya querido hacernos
creer que éste es un viaje ilícito, os apostaría cualquier cosa a que sus oficiales están
al corriente. Tal vez han sido ellos mismos quienes lo han enviado.

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Guardaron silencio unos momentos, mientras intercambiaban miradas
significativas.
—Probablemente tengas razón, tío, pero es Stavia quien me inquieta —dijo Tonia
—. Estoy preocupada por ella.
—Y allí está —añadió Kostia, señalando el callejón estrecho y polvoriento por el
cual transitaban, en dirección a un espacio igualmente polvoriento, lleno de corrales y
cobertizos.
Stavia se encontraba en un extremo de la plaza, charlando con una mujer de edad
madura vestida con un pantalón de cuero y una capa tejida. Las dos alzaron la vista
hacia ellos. Al principio Stavia frunció el ceño, y luego sonrió, como si se hubiese
alegrado de verlos pero no los esperara tan pronto.
—Septemius —lo saludó—. Me gustaría presentaros a la jefa del campamento,
Marietta. Septemius Bird y sus sobrinas Tonia y Kostia. El caballero de la carreta es
el padre de Bird. —Se asomó al interior—. ¿Cómo se encuentra, Bowough? ¡Tiene
mejor aspecto que cuando lo dejé!
—Es la señorita doctora, ¿verdad? Entre, querida, entre.
El anciano le cogió la mano y la hizo subir a la carreta. Stavia se arrodilló junto al
anciano y comprobó su mejoría mientras Septemius conferenciaba con la jefa sobre la
posibilidad de ofrecer su espectáculo en el campamento. Marietta se mostró
encantada y estuvo dispuesta a pagar. Una de sus principales preocupaciones era
mantener la moral alta en un sitio tan aislado.
—¿Lo habéis traído? —le susurró Stavia a Tonia, quien había entrado en la
carreta con ella—. A Chernon.
—Oh, sí. Nos dejó a unas horas de aquí, Stavia. Se encuentra en el este, desde
donde te hará una señal para que lo veas. Esto es, si continúas decidida a irte con él.
Kostia y yo no lo recomendamos.
—¿Todavía leéis mi buenaventura? —preguntó Stavia, sin molestarse—. Oh,
vamos. Es un viejo amigo, hermano de una amiga muy querida, y cuenta conmigo.
Las jóvenes sacudieron la cabeza, pero no le dijeron nada más. Stavia tenía ese
rostro sereno e insensible que, bajo la apariencia de amabilidad, solía ocultar la
obstinación más implacable. Era inútil gastar saliva.
—¿Qué has estado haciendo aquí? —le preguntó Tonia para cambiar de tema—.
Parece un lugar muy apartado.
—Me he dedicado a recolectar plantas, a inspeccionar el lugar, a tratar a personas
y animales, y a escribir informes. Pensaba recolectar algunas plantas más y explorar
un poco por el este antes de regresar a casa —respondió Stavia con un tono jovial e
indiferente que en realidad significaba: «Estoy completamente decidida a ir, así que
no hablemos más del asunto». Entonces sonrió de forma más abierta—. Aunque antes
de irme, os invito a todos a cenar. ¿Os apetece cordero asado?

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—Perfecto.
—También podéis comer algunas verduras locales —rió Stavia—. Aunque
probablemente olerán a oveja. Aquí todo huele a oveja.
Asaron el cordero sobre un fuego abierto. Estaba tierno y delicioso, con un jugo
suculento que les chorreaba por las manos y por las barbillas. También probaron las
verduras del lugar, que no olían a oveja, sino a sol y a hierbas, y un plato de avena
sazonada con el jugo del asado, cebollas y ajo. Cuando terminaron, Septemius montó
el escenario en un costado de la carreta. A modo de obertura, Bowough tocó una
melodía en el acordeón y los perros grises bailaron a cuatro patas mientras los
blancos saltaban sobre las delanteras o las traseras. Entonces Septemius subió a la
plataforma, cortó a Tonia en dos y volvió a unirla, la hizo desaparecer de varias
maneras, extrajo palomas de su sombrero vacío e hizo aparecer monedas de las orejas
de las ovejas, colocándolas en el sombrero para hacerlas desaparecer nuevamente.
Kostia estaba cubierta con un velo para que no se notase que eran gemelas, lo cual
hubiese explicado varios detalles respecto a sus desapariciones, y las dos hermanas
realizaron un número que consistía en responder preguntas colocadas en sobres, sin
abrir los envoltorios hasta que la pregunta había sido respondida. Todos bebieron
cerveza, todo un lujo, ya que el cereal siempre escaseaba; y se fueron a dormir con
los corazones alegres. En los muros, los guardias anunciaron que todo estaba en
orden y el campamento quedó en silencio.
—¿Cuándo piensas reunirte con él? —preguntó Septemius, sentado junto al
fuego.
—Mañana —dijo Stavia alzando la vista del papel que tenía extendido delante de
ella, sobre una tabla—. Tengo que pedirle otro favor, Septemius.
—Ya he hecho demasiado —respondió él, tratando de no sonar tan molesto como
se sentía. En realidad estaba enfadado consigo mismo. Había hecho demasiado,
demasiado daño. Hubiese querido disuadirla.
—Quiero que entregue este informe y tres perros extraños que hemos encontrado.
—¿Perros? —preguntó él, repentinamente interesado.
—Sé que debe de haber planeado seguir a Peggytown, pero sería mejor que no
tomase ese camino. Además, tanto los perros como mi informe deben llegar a
Marthatown lo antes posible. Hay personas que espían el campo de pastoreo, gente de
algún lugar del sur. Es probable que sea la gente que usted me mencionó. El Concejo
Conjunto del País de las Mujeres debe saberlo lo antes posible. Creo que necesitamos
una guarnición por aquí. En realidad, se trata de un presentimiento. —Stavia frunció
el ceño al recordar el hormigueo que había sentido al alejarse del campamento—. Le
he escrito una carta a Morgot. En ella le pido que le pague por el tiempo que usted ha
dedicado a esto. Lo haría yo misma si me hubiera llevado algún dinero, pero no es el
caso.

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Él cambió de posición. Parecía inquieto.
—No quiere que nosotros recorramos ese camino, pero piensa hacerlo usted
misma, sola con Chernon, ¿no?
—¡No estaremos solos! Tendremos al burro. —Stavia le sonrió—. Sólo era una
broma. He decidido que el itinerario previsto por el Concejo no es el más adecuado.
No necesito explorar el sur para averiguar si hay gente allí. Eso ya lo sabemos. Por lo
tanto, sólo efectuaré un breve reconocimiento hacia el este, más que nada para
recoger especímenes botánicos. Hoy mismo al recorrer los prados he sentido unos
ojos que me vigilaban, como un enjambre de abejas. No pienso volver a exponerme.
Una exploración al sur debe ser efectuada por un grupo grande que incluya guerreros,
no por dos personas.
—Me preocupa usted —dijo él con impotencia—. En serio, Stavia.
—Shh —replicó ella—. Preocúpese por su propia familia, Bird. Preocúpese por
esas gemelas. Eche raíces cerca del País de las Mujeres, y permita que vivan de forma
civilizada.
—He pensado en eso —murmuró él.
—Bueno, hable de ello con Morgot cuando regrese a Marthatown. Dígale que le
pedí que me ayudara y a cambio le prometí que haría lo mismo por usted. Ella le
conseguirá un permiso de residencia.
—¿Y cómo me ganaré la vida? ¿No ha pensado en este detalle? —Hace mucho
que lo pienso— le sonrió Stavia. —Podría realizar servicios de flete y mensajería
para el Concejo. Ellas siempre están enviando mensajes y materiales de una ciudad a
otra, y pagan por el servicio. O si prefiere permanecer en la ciudad, pueden darle una
magistralía. —¿Una magistralía?
—Una canonjía, Septemius. Algo que sólo requiera unas horas al día y le deje
tiempo libre para dedicarse a otras artes u oficios. Además, podría tener una huerta…
—Oh, qué bien —exclamó Kostia—. Eso me gustaría.
—Y si sus sobrinas deciden asistir a la escuela, recibirán una cuota de queso y
cereales…
—¿En serio? —Tonia pareció impresionada por esto.
—Y cuando hayan vivido en el Barrio de los Viajeros durante un par de años,
puede solicitar residir dentro de los muros aduciendo que su condición es la misma
que la de cualquier servidor, que Tonia y Kostia desean establecerse y que usted ha
probado ser lo bastante estable como para afincarse.
—Vosotras las mujeres siempre pensáis en todo, ¿verdad? —dijo Septemius con
cierta ironía.
—No —suspiró ella—. Pero hemos aprendido que no nos volvemos más fuertes
por impedir de forma arbitraria que las buenas personas se unan a nosotras. Kostia y
Tonia serán una buena adquisición, y no somos tan estúpidas para creer que se

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quedarán en la ciudad y lo dejarán fuera a usted.
Septemius descubrió que sus ojos estaban sospechosamente húmedos.
—Así que aparte de la Puerta de las Mujeres, existen otros medios por los cuales
un hombre puede protegerse tras vuestros muros.
—Los hombres mayores —dijo ella—. Los ancianos. Por lo general cuando hay
mujeres en su familia. Pero no siempre.
—¿No siempre?
—Hace cinco años aceptamos a un anciano que había viajado muy al norte, más
allá de Tabithatown. No tenía familia, pero a cambio poseía mapas… buenos mapas.
Nos pareció que éstos pagaban su admisión.
—¿Y los perros bailarines?
—¡Es posible que ellos paguen la suya! Supongo que bailarán tan bien dentro de
los muros como fuera de ellos. Aunque habrá que destinarles alguna clase de ración.
¿Con qué los alimenta?
—Con conejos, sobre todo —respondió Tonia—. Y ratones. Unos pequeños
animalitos peludos que aparecen por la noche. Septemius pone trampas y los perros
cazan muchos por su cuenta. Algunas veces también comen hierba, bayas e insectos.
Y no son muy grandes… —La joven miraba a Stavia con ansiedad.
—No te preocupes por ello. Dejad que tengan cachorros, si lo desean. Los
probaremos como cazadores de ratones en los depósitos de cereal. No hemos tenido
perros en Marthatown desde la Convulsión, pero no existe ninguna ordenanza que lo
prohiba. He sabido que hay algunos perros en Tabithatown, y los gitanos también
tienen unos cuantos. Los perros son animales muy civilizados, así que tal vez sea
hora de volver a civilizarnos nosotras mismas. Además, os daré estos tres perros
nuevos para que los llevéis a Marthatown, junto con algunas raciones para que los
alimentéis. Carne seca, creo, y un poco de grano para prepararles un cocido. —Stavia
continuó hablando sobre aquellos extraños perros, y encendió un farol para guiarlos a
la cuadra donde podrían verlos con sus propios ojos. Bowough los siguió apoyado en
su bastón, y manifestó a viva voz su sorpresa ante los animales.
—Sería conveniente que los mantuvierais encerrados o atados —le dijo Stavia a
Septemius—. Si os encontráis con rebaños en el camino, tratarán de unirse a las
ovejas. Los quiero bien lejos de aquí antes de que sus dueños vengan a buscarlos.
Septemius le dirigió otra mirada de preocupación.
—Ya le hablé de esas personas que viven en el sur, Stavia.
—Sí, lo recuerdo. No se preocupe. Empieza a parecerse a Joshua. Al llegar la
mañana, Stavia se marchó. Junto con una persona del campamento, Septemius dedicó
varias horas a construir una jaula para los perros. Luego pasó la tarde reuniendo
algunas provisiones y después de dormir tras la protección de los muros, iniciaron el
camino de regreso.

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—No me seduce la idea de que ande por allí —dijo por décima vez, a nadie en
particular.
—Lo sé —respondió Kostia—. Y cuando entreguemos el mensaje y los animales
a Morgot, debemos decírselo.

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Capítulo 26
Ensayo: (Aquiles se acerca al grupo de mujeres con actitud resuelta.).
AQUILES: Entonces ella es Polixena.
POLIXENA: (Bostezando.). Sí, yo soy Polixena.
AQUILES: Mi esclava, Polixena.
POLIXENA: Polixena no es esclava de nadie. (Aquiles intenta sujetarla y
descubre que no puede hacerlo.).
AQUILES: Se ha escurrido entre mis brazos como los rayos del sol, como el
humo a la luz de la luna, como la bruma, como…
IFIGENIA: Como un fantasma.
AQUILES: Como un fantasma, sí.
POLIXENA: (Complacida.). Por alguna razón, no me sorprende.
AQUILES: ¿Cómo puedo lograr que esto me obedezca? En otros tiempos utilicé
el miedo a la muerte para hacer que una mujer se incline ante mí. Si no le temía a su
propia muerte, entonces temía por algún otro, un esposo o un hijo. ¿Cómo lograré que
esta mujer se someta a mi voluntad?
POLIXENA: Creo que no me someteré.
IFIGENIA: ¿Lo ves? Es lo que intentábamos decirte, Gran Aquiles. Las mujeres
no te sirven de nada cuando están muertas.

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Capítulo 27
Después de dejar a Septemius, Chernon abandonó las planicies y subió a una pequeña
colina, acampó, pasó casi toda la noche en vela y encendió el fuego al amanecer.
Stavia se levantó temprano, avistó el humo y ya había abandonado el campo de
pastoreo cuando Chernon apagó el fuego, poco después de encenderlo. Todo se
desarrollaba según lo previsto. Stavia se dirigió a él con una sensación de expectativa
y fatalismo a la vez. No llegaba a estar feliz, pero hacía mucho tiempo que no se
sentía tan contenta, menos culpable.
Stavia caminó varias horas hasta llegar a él. Aunque Chernon estaba bien oculto
en el bosque, tal como ella le había indicado, la observó desde un saliente. A cada
momento que pasaba, se sentía más impaciente y excitado. Cuando Stavia llegó, no
tuvo palabras para darle la bienvenida. Las fantasías lo habían mantenido despierto
casi toda la noche; su cuerpo turbado había hecho el resto. Cuando la vio llegar, se
abalanzó sobre ella y la arrastró hacia las mantas que tenía extendidas, cubriendo su
boca en un beso y sin darle tiempo para hablar. Sin pronunciar palabra, la sometió en
un arrebato desesperado y casi forzado que, aunque no llegó a sorprenderla por
completo, la dejó completamente insatisfecha y temblorosa, dolorida y furiosa en
medio de una cierta excitación. Al apartarse de ella, Chernon permaneció enredado
en las mantas, con los ojos cerrados, respirando con gran agitación. Si no había sido
exactamente una violación, había estado muy cerca de ello.
Stavia se acomodó la ropa y se alejó de él rápidamente, como sí se tratara de un
animal que habitualmente era manso, pero que de pronto se había vuelto peligroso.
Chernon se quedó dormido y ella fue hasta donde el burro aguardaba pacientemente,
con las riendas caídas en el suelo. Stavia descargó su morral, ató al animal y buscó
hasta encontrar agua en un arroyo cercano. Entonces se desnudó y se lavó
concienzudamente, todo en silencio, controlándose para no gritar, patear o volver
para matarlo. Tenía sangre entre los muslos, pero ella había sabido que podía ocurrir.
El encuentro le había causado más dolor que placer, pero también sabía que eso no
era raro. Había iniciado sus estudios femeninos a los diez años; había seguido cursos
de psicología y destrezas sexuales. Se había iniciado en el sexo mucho después que
casi todas sus conocidas, pero no por ello se encontraba menos preparada. Chernon
simplemente no le había dado tiempo ni ocasión de ser otra cosa que un receptáculo
para su pasión desenfrenada. Ella no se sentía aterrorizada o muy herida, pero estaba
furiosa.
¡No le había dicho nada! Nada afectuoso, nada sentimental. No le había hecho
ningún cortejo. La había poseído como si se tratase de una gitana…
«Pudiste haberlo detenido —observó la actriz Stavia desde algún profundo rincón
de su cerebro—. Pudiste haberlo derribado de un golpe».

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«Lo importante no era detenerlo. Yo quería otra cosa de él, no de mí». Ésa no era
la auténtica razón. No lo era. Volvió a intentarlo. «Me sorprendió tanto que no supe
qué hacer, y de pronto todo había terminado». Y una vez más. «No creí que él
quisiera esto».
«Será mejor que yo me ocupe del asunto».
«Está bien». Era evidente que ella misma no podía manejarlo. Si lo intentaba, lo
mataría. Que la actriz Stavia se ocupara de todo.
Stavia se vistió, se abrochó la ropa, regresó al lugar donde dormía Chernon y le
propinó una fuerte patada en las costillas.
Él despertó con una exclamación, y miró a su alrededor desconcertado.
—Si vuelves a hacer algo así —le advirtió Stavia—, será la última vez en tu vida
que me verás.
—Yo… —murmuró Chernon todavía adormecido—, yo… ¿qué esperabas que
hiciera?
—Esperaba que actuaras de forma civilizada. No supuse que fueras a atacarme.
¿Ésa es la clase de conducta que se considera honorable en la guarnición?
Chernon no pudo responderle. En realidad, lo era. No resultaba aceptable en el
País de las Mujeres, y él lo sabía, ¿pero en la guarnición? Por supuesto que sí. Con…
con cierta clase de mujeres. Las que se marchaban al campo con los soldados…
Ella notó la forma en que la miraba. Entonces Chernon apartó la vista con una
expresión de culpabilidad.
—Muy bien, Chernon —dijo la actriz Stavia—, ¿ésta es tu idea de un desquite?
Él se ruborizó. Tal vez. Un poco. Sí.
—¿Suponías que me gustaría? ¿Que lo aceptaría?
Chernon sacudió la cabeza buscando una respuesta aceptable. Demasiado tarde
recordó que había sido enviado para seducirla y sonsacarle información.
—No lo pensé. Te he… te he estado esperando durante semanas. He pensado en
ti. Simplemente, no pude esperar, eso es todo. —Volvió a ruborizarse y se levantó—.
Lo siento Stavia. Ni siquiera… ni siquiera estaba aquí, supongo.
—¿Te parece bien que pongamos algunas cosas en claro?
Él asintió con la cabeza para mostrar que estaba dispuesto, pero ya comenzaba a
sentirse molesto. Decirlo una vez había sido suficiente. El asunto estaba zanjado, no
era necesario insistir más.
—Se supone que vamos a ser compañeros en este viaje. En parte, el hecho de que
haya aceptado todo esto fue para reparar el daño que pude haberte causado cuando
éramos niños. Acordamos que haríamos este viaje como una especie de aventura.
Esto es la realización de alguna fantasía que los dos alimentamos, ¿de acuerdo?
Él asintió con un gesto. Por supuesto que eso era lo que habían dicho. Más bien lo
que él había dicho. ¿Pensaba que lo había olvidado?

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—No soy una muchacha que te has llevado al campamento de gitanos para tu
propio placer. Se supone que el placer debe ser mutuo. Esto significa que los dos
participaremos de ello y tendremos cuidado con los sentimientos del otro.
A Chernon no se le ocurrió ninguna respuesta adecuada. Acababa de tomar
conciencia sobre algunas cosas del encuentro con ella, y estaba tratando de
comprenderlas.
Stavia esperó unos momentos.
—Tengo hambre —dijo al fin con un tono neutral que más bien parecía indicar
una leve sensación de asco. Extrajo las provisiones del zurrón y se dedicó a preparar
un desayuno que consistió en pan y queso. Luego encendió un fuego pequeño para
calentar el agua del té—. Me marché muy temprano —continuó con el mismo tono
impersonal—. Antes del desayuno.
Los dos comieron, casi sin hablar, aunque Chernon hizo uno o dos comentarios
sobre su viaje con Septemius. A Stavia le pareció que sus observaciones eran
innecesariamente mordaces, pero no dijo nada. Tal vez sólo trataba de ser gracioso.
Al fin Chernon descubrió el motivo de su incomodidad.
—¿Ésta ha sido la primera vez que tú…? ¿Verdad?
—Sí.
—Pensé que todas comenzabais siendo muy jóvenes. Beneda lo hizo.
—Beneda puede haberte mentido. Al menos no había concertado ninguna cita
para cuando me marché a Abbyville.
—Has estado ausente nueve años —dijo Chernon con tono hostil, como si de
algún modo ella lo hubiese ofendido por ser virgen.
—Lo sé.
—Dieciocho carnavales. Yo…
—No me cabe la menor duda de que tú has participado en los carnavales,
Chernon. No esperaba lo contrario. Pero aparte de beber y cantar un poco en el que
acaba de pasar, yo no he intervenido en las celebraciones. No he tenido tiempo. —Él
no la miraba a los ojos. ¿Qué era lo que le molestaba? Stavia no encontraba una
explicación razonable para su hostilidad—. Mira, nunca hemos sido «amantes». Yo te
quería, creo. Como quiere una niña. Puedes llamarlo «enamoramiento», tal vez. En
cuanto a ti… bueno, yo era la amiga de tu hermana menor y me utilizabas para
conseguir libros. Cuando comprendí lo que estaba haciendo, me negué a continuar y
tú te enfadaste conmigo. Luego me marché. Eso ha sido todo lo que ha habido entre
nosotros. No tratemos de fingir que nuestra relación era algo más.
Stavia no le habló de todo aquel tiempo en Abbyville, de los carnavales que había
evitado… siempre pensando en él, en Chernon, en ese niño con el cabello trigueño y
los ojos tristes. Quería escuchar algo de sus propios labios, algo que le indicase que él
la veía.

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—Esta aventura… esto es mi forma de decir «siento haberte hecho daño cuando
éramos niños». «Mi forma de decir que te quiero, Chernon».
—Pero no puede proseguir a menos que resulte agradable para los dos. En
realidad ella no veía el cuerpo y el rostro del hombre que tenía delante. Todavía veía
al niño, todavía lo deseaba. Pero el niño no estaba allí. Había desaparecido. En algún
momento, Chernon se había convertido en alguien distinto. No se trataba de un
simple crecimiento sino de un cambio más profundo.
—De lo contrario no sería justo —finalizó.
Lo de siempre. ¿Qué era lo justo? ¿Había algo que lo fuese? Todo aquello no era
más que un cliché. Él no le respondía nada.
En su interior, Stavia lloró. Todo había sido una idea estúpida. Septemius había
tratado de advertirla. Kostia lo había sabido, y también Tonia. Ella misma a los diez
años lo hubiese sabido. ¿Qué había dicho sobre el enamoramiento de Myra por
Barten?
«Ha perdido el juicio por completo».
«Así es —había respondido Morgot con un bostezo—. Lo mismo les ocurre a
todas. Y a mí también, cuando tenía su edad».
«Me niego a tener esa edad», había afirmado Stavia.
«Te deseo suerte», le había respondido Morgot.
Con lo cual había querido indicarle que al final todas caían. Que todas sabían lo
que era sensato y correcto, pero de todos modos actuaban en forma imprudente.
Y allí estaba ella. La actriz Stavia tratando de salvar un poco de dignidad mientras
su parte tonta y sentimental lloraba por la niñez perdida.
Entonces Chernon sonrió. Fue como si de pronto saliera el sol, sin previo aviso.
Stavia lo vio en su rostro: capitulaba, decidía no enfadarse. Lo que vio no fue la
necesidad emocional de reconciliarse con ella, sino una decisión consciente. La ira no
le serviría de nada. Stavia no alcanzaba a comprender las razones que se ocultaban
tras esa decisión, pero pudo ver su cerebro en funcionamiento.
—Tienes razón, Stavia. Me he comportado como… como uno de esos antiguos de
los libros de Beneda. Como un bárbaro. Volvamos a comenzar. —Y sonrió otra vez.
Stavia percibió su sangre fría, su intención manipuladora, pero decidió ignorarla.
Después de todo, acababan de encontrarse. Permitió que en su interior todo volviera a
fundirse adoptando una forma nueva y más suave.
La actriz Stavia tuvo que retirarse tras los bastidores.
—Oh, Chernon —exclamó ella, abriendo los brazos.
Era el primer amante que tenía Stavia y por lo tanto no tenía ningún punto de
referencia para comparar la experiencia. No obstante, sí comparó a Chernon con otros
hombres que conocía.
Con Joshua. Con Corrig. Con su instructor quirúrgico en Abbyville.

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Chernon parecía ansioso por darle placer, y algunas veces lo lograba, aunque
parecía más por casualidad que por conocimiento de lo que hacía. Estaba tan absorto
en sus propios sentimientos que no era capaz de prestarle atención a ella. Pronto
Stavia se convirtió en una experta en complacerlo, lo cual no era una tarea muy
complicada. Él necesitaba pocos incentivos y no toleraba las demoras. Se parecía un
poco a los corderos que Stavia había visto en el campo de pastoreo. De pronto
parecían hambrientos y se lanzaban desesperadamente sobre la ubre de sus madres.
Entonces, de repente se saciaban. Todo era ahora. Nada era después. Recordaba lo
que Beneda le había dicho sobre él, años atrás.
«Cuando viene a casa, come constantemente, cualquier cosa, se limita a engullir y
ni siquiera se toma la molestia de saborearlo…».
Lo cual según lo que había estudiado, se recordó Stavia, era una actitud sexual
bastante frecuente entre los hombres muy jóvenes. Chernon tenía veinticuatro años,
pero eso era ser muy joven en la guarnición. Allí un hombre valía muy poco hasta
que hubiese sido probado en una batalla, aunque hubiera tenido hijos antes de ello.
En el País de las Mujeres se era adulta a los dieciséis o diecisiete años. Stavia
reflexionaba sobre este punto en algunos momentos, absorta y un poco dolorida por
la falta de costumbre de hacer el amor. Aunque Chernon no lo llamaba de ese modo.
En el País de las Mujeres, se consideraba que los mejores amantes eran los hombres
mayores, que habían dejado de ser gallitos de carnaval y disfrutaban seduciendo a las
mujeres con cartas, versos y regalos. A Stavia le hubiese gustado algún galanteo
además de follar, pero no lo sugirió. Había llegado a la conclusión de que para
satisfacer las exigencias de Chernon necesitaría más energía de la que había supuesto.
Sólo sería capaz de cumplir con la tarea encomendada si no complicaba las cosas aún
más. Los sentimientos también demandaban energía. Estos tendrían que esperar.
Stavia tomó esta decisión a sangre fría, casi como una venganza por lo que había
visto en su rostro, sin reconocer que buena parte de lo que sentían el uno por el otro
era hostilidad.
Juntos avanzaron hacia el este, y luego hacia el sur. Por las tardes montaban el
campamento y lo levantaban a media mañana. La colección de hierbas fue creciendo,
y las anotaciones en los mapas de Stavia se hicieron más apretadas. Chernon sólo se
mostraba ligeramente interesado en lo que ella hacía.
—Pensé que esto te interesaría mucho —lo regañó cansada al final de una larga
jornada—. Una vez te quejaste de que los guerreros no tuvieran mejor atención.
Algunas de estas hierbas son excelentes para las heridas.
—¿Cómo lo sabría? —Chernon se alzó de hombros.
—Tendrías que probarlas. Los hombres deben sufrir heridas de poca importancia
durante las prácticas. Podrías probar las diferentes hierbas para descubrir cuáles son
las que poseen propiedades curativas.

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—Nos arreglamos bastante bien con las cataplasmas de pan enmohecido —
replicó él—. El pan siempre se encuentra a mano. Algunas de estas hierbas a lo mejor
no crecen cuando las necesitamos.
Ella lo miró con una leve sonrisa y decidió dejar el tema. Probablemente, su
interés por los libros había estado más motivado en el deseo de ejercer autoridad que
en la voluntad de aprender. Quizás el hecho de haberla obligado a prestárselos había
sido más importante que lo que había en los libros.
No obstante, Chernon todavía llevaba consigo el que le había quitado a Beneda.
¿Qué significaban los libros para él?
—Una vez quisiste que te prestara mis libros de biología —aventuró Stavia.
—Quería conocer los secretos —dijo él de pronto—. Los que vosotras las mujeres
conocéis. Eso era todo. —Se había estado preguntando durante varios días cómo
abordaría el tema, y ahora saltaba de su boca como una rana en un estanque.
Inclinada sobre el fogón del campamento, Stavia trató de comprender a qué se
refería. ¿Creía él que en los libros había algo mágico? ¿Que la misma información,
descubierta por sus propios medios, no tendría la misma eficacia? Tal vez no
ambicionaba conocimientos, sino la magia. Magia y el poder que obtendría con ella.
—¿Sabes? —respondió—, los libros fueron escritos por personas. Simples
personas.
—Personas que vivieron antes de la Convulsión —replicó él—. Ellos sabían
cosas que nosotros ignoramos. —Su voz era dogmática, vibrante con el sonido de las
profecías—. Ellos sabían acerca… de armas. Y otras cosas. —Esperó que ella dijese
algo, que continuase la conversación, que le hablase de armas y otras cosas.
Stavia no dijo nada. No estaba pensando en armas. Pensaba que en parte él tenía
razón, por supuesto. Antes de la Convulsión la gente sabía cosas que ahora las
mujeres ignoraban. Pero en parte también se equivocaba. Muchos libros habían sido
escritos e impresos hacía poco, y contenían información que los antiguos no habían
considerado lo bastante relevante para registrarla. Considerando que necesitaría
varias horas para convencerlo de este punto, lo mejor sería guardar silencio. Como lo
hubiera hecho un mago, él siempre transformaba sus palabras en alguna otra cosa.
Ella le decía palabras tranquilizadoras y él las retorcía, convirtiéndolas en una excusa
para enfadarse y sufrir. Como había hecho con Sylvia años atrás, en lo relacionado
con Vinsas. No tenía sentido embarcarse en una discusión interminable. Lo mejor
sería no darle más material para que lo interpretase erróneamente. O para que fingiese
hacerlo. Stavia había notado que muchos de sus errores de apreciación eran
intencionados. Hubiese tenido que estar completamente ciega para no darse cuenta.
El fuego se consumió y se tendieron sobre las mantas, buscándose mutuamente
como corsarios expertos, hurtando un tesoro conocido, cogiéndolo a manos llenas sin
molestarse en clasificarlo. Entre ellos nada parecía insinuar que habría un «después».

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Esto era todo lo que jamás habría. En Marthatown había amantes que pasaban juntos
los carnavales durante décadas, tan devotos como si hubieran estado «casados». Pero
en las palabras o la conducta de Chernon no había nada que indicase la intención de
seguir siendo su amante.
—En el próximo carnaval —le había dicho ella una vez.
—En el carnaval, no —le había respondido Chernon, irritado—. No. Ahora el
ataque mutuo los dejó jadeantes, y Stavia lanzó una exclamación, un grito apagado
que se perdió entre los árboles mecidos por el viento.
—Me darás un hijo, ¿verdad? —le preguntó Chernon tendido sobre ella,
ablandándose en su interior, con la boca contra su oído—. Un hijo.
—Es posible, algún día —dijo Stavia sin pensar. Sentía que lo quería y lo odiaba
a la vez.
—¡Ahora! —le exigió él—. Pronto.
—No puedo —murmuró ella, todavía con languidez—. No será en este viaje,
Chernon. Tengo un injerto que lo impide.
Chernon se apartó de ella y se sentó.
—¿A qué te refieres? —le preguntó con una mirada furiosa.
—Me refiero a que me puse un injerto para no quedar embarazada en este viaje
—repitió Stavia, pero de pronto tomó conciencia de lo que acababa de decir. Estas
cosas no se discutían con los guerreros. Ahora lo recordaba. No podía esperar que él
lo comprendiese.
—¿Y de quién esperabas protegerte? ¿De tu «servidor»? —Hizo que la palabra
sonara obscena.
—No —respondió ella con franqueza—. Por supuesto que no. Ni siquiera
conozco a ese hombre. Pero hay bandidos por aquí, y gitanos. Muchas mujeres han
sido capturadas y violadas. No seas tonto, Chernon.
—¿Cómo se llamaba? —gruñó él—. ¿Quién es el tipo con quien debías venir?
Stavia observó su rostro enrojecido por la ira y la luz del fogón.
—Se llamaba Brand, creo. Estudió botánica en Tabithatown, y consideraron que
resultaría muy útil en la recolección de hierbas.
—¿Cuántos años tiene?
—No lo sé. No lo pregunté. —Y era verdad. Había supuesto que él sería uno de
los servidores especiales, alguien como Joshua, con sus extraños e inexplicables
talentos. De lo contrario Morgot no le hubiese permitido viajar a solas con él.
—Y nunca lo has visto —se mofó Chernon.
—No, nunca. Y si no dejas de comportarte así, es probable que nunca vuelva a
verte a ti tampoco. ¿Por qué estás tan enfadado? —Stavia sentía que la furia
comenzaba a bullir en su interior.
—Es una de las razones por las cuales quería venir —dijo él con los dientes

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apretados—. Para tener un hijo. Un hijo que supiera que era mío.
—¿Un hijo que supieras que era tuyo? —Stavia lo miró sin poder creerlo.
—Sí, maldición. Quería estar seguro de que no era el hijo de cualquier otro.
Vamos, no finjas que no sabes a qué me refiero. En la guarnición todos sabemos que
las mujeres hacéis esas cosas. A veces os acostáis con tres o cuatro hombres en un
solo carnaval. ¿Cómo sabéis quién es el padre?
Stavia esbozó una sonrisa tensa.
—Has entregado una muestra de sangre en la clínica, ¿verdad Chernon? Sí, por
supuesto que sí. Al igual que todos los otros guerreros. No necesitamos nada más. En
cuanto nace el bebé, le extraemos sangre del cordón umbilical y así sabemos quién es
el padre. Por eso a veces os entregamos a un niño cuyo padre ha muerto, porque
sabemos de quién fue hijo. Oh, por la Señora, Chernon, en ocasiones vosotros los
hombres sois imposibles.
Stavia se levantó y su piel desnuda resplandeció como la luz de un fantasma entre
los árboles oscuros. Entonces se vistió y cogió sus mantas.
—¿Adonde vas? —le preguntó él en un tono airado y dolorido a la vez.
—Donde pueda dormir un poco —respondió ella—. Estoy cansada. Chernon se
mordió la lengua. Estaba tan furioso que apenas si podía pronunciar palabra, pero de
pronto recordó a Michael y lo que éste deseaba saber.
—Lo siento, Stavia.
—Yo también —dijo ella, aunque le pareció que él no lo sentía demasiado—.
Pero de todos modos estoy cansada, y no quiero continuar con esta discusión. —Al
alejarse, Stavia comprendió que su actitud era a la vez real y simbólica, que estaba
dejando a Chernon, al Chernon que había creído conocer. En ese mismo instante
comprendió que había violado las ordenanzas inútilmente, y con un profundo
sentimiento de culpabilidad se preguntó si Morgot la perdonaría alguna vez… si ella
misma lograría perdonarse. Una cosa era segura. Había dejado a Chernon y no
cambiaría de idea. En lo que a ella se refería, Chernon estaba muerto.

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Capítulo 28
Stavia había iniciado la aventura decidida a permanecer bien lejos de las tierras
yermas del sur, y también de las personas que acechaban desde allí. A medida que
transcurrían los días había avanzado hacia el este, siguiendo por un plegamiento de
colinas o un valle, y cada noche anotaba los descubrimientos de la jornada en su
cuaderno. En el decimoquinto día de viaje, a la mañana siguiente de lo que
consideraba «la noche en que había recuperado la cordura», le dijo a Chernon que
tenían que iniciar el regreso. Ella no lo lamentaba. Hubiese regresado de inmediato de
haber existido algún camino corto a Marthatown. En cambió él no quería volver.
—Si nos marchamos ahora tendremos comida suficiente —le explicó Stavia con
calma, sin el menor rastro de ira en la voz—. Conseguiré más en el campo de
pastoreo y te la traeré para tu viaje hasta la guarnición. Estoy esperando un mensaje
de Marthatown, y ya debe de haber llegado.
Él miró hacia el sur.
—Es necesario —insistió Stavia. Chernon murmuró algo, pero ella se volvió y
comenzó a empaquetar sus cosas.
—Cuando planeamos esto, dijiste que serían meses —se quejó él.
—Al principio así lo creí. Pero ahora hay otro grupo que realiza una exploración
por el este, así que no es necesario que continuemos en esa dirección. Está claro que
seguir más al sur sería peligroso. Para eso hacen falta más de dos personas.
—Pensabas viajar varios meses con él.
—Yo no pensaba nada, Chernon. Este viaje no ha sido idea mía. Lo proyectaron
antes de que yo considerara la posibilidad de venir, antes de que hablara con las
mujeres del campo de pastoreo. Se planeó antes de que tuviera la menor noticia de las
personas que espían el campamento. —Stavia se expresó con paciencia, consciente de
que de otro modo él sólo se obstinaría más—. Tuve que cambiar de planes cuando me
enteré de ello.
—Uno o dos días más.
—Tendremos comida suficiente si nos marchamos ahora —repitió ella—. No
podremos alimentarnos con lo que crece aquí, Chernon. Sólo reconozco unas pocas
plantas comestibles, y no creo que te gusten. —Stavia se dio cuenta de que estaba
hablando como Morgot, como le hablaba su madre cuando ella era pequeña.
Chernon plegó las mantas y la castigó con el silencio. Stavia se sentía exasperada.
Se comportaba como un niño, como lo hacia Jerby en ocasiones. Como el hijo mayor
de Myra. Siempre con berrinches y silencios, simulaciones y juegos. No importaba.
Ya no importaba. Simplemente, debía terminar.
Iniciaron el camino de regreso por un valle profundo que los condujo un poco al
sur, y luego se introdujeron por otro que los hizo avanzar más aun en esa dirección.

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Cuando se detuvieron para almorzar, Stavia subió a una colina para examinar el
camino que debían tomar. El plegamiento los conduciría demasiado al sur, pero los
salientes rocosos a su derecha eran demasiado escarpados para escalarlos.
—No encenderemos ningún fuego esta noche —le dijo a Chernon al regresar—.
Estamos demasiado al sur. —Ya le había advertido varias veces sobre los peligros del
lugar, pero no volvió a hacerlo debido a su malhumor.
Tomaron una cena tría y se acostaron. En plena noche, Stavia despertó al percibir
olor a humo. Un fuego resplandecía entre los árboles.
—¡Chernon! —exclamó furiosa.
—Quería un poco de té —replicó él en tono desafiante—. Lo apagaré ahora
mismo.
El resplandor había bastado para guiar a Capaz, Obediente y Fiable. Hacía varios
días que recorrían las colinas, y no se habían topado con ellos sólo por casualidad.
—Allí están —susurró Capaz, señalando el lugar luminoso entre los árboles—.
Los tenemos.
—¿Lo matarás? —preguntó Obediente.
—Tal vez no de inmediato —respondió Capaz—. Primero puede que le pregunte
algunas cosas. Él no venía de ese lugar, ¿sabes? La mujer se encontró con él en otra
parte. Podría ser diferente a los que conocemos.
—Hombres diabólicos —le advirtió Obediente—, es lo que dice Papá.
—No pasará nada si le preguntamos algunas cosas —terció Hable en apoyo de
Capaz. Si fuera por Obediente nunca se haría nada.
Con las primeras luces del alba, cuando las estrellas todavía brillaban débilmente
en la penumbra, los tres avanzaron en silencio entre los árboles. Encontraron a
Chernon y a Stavia tendidos uno junto al otro, bajo las mantas. Stavia estaba boca
abajo, y Chernon con la espalda en el suelo. Después de conferenciar en voz baja
unos momentos, Capaz se arrojó sobre Stavia mientras los otros dos se ocupaban de
Chernon.
Fiable era un muchacho fuerte, pero no pesaba mucho. Obediente, según decía el
Anciano Brome, era tan ágil como un tronco de la estufa. Con todo, el que peor lo
pasó fue Capaz.
A campo abierto, Stavia no hubiese necesitado mucho para deshacerse de Capaz.
Como todas las jóvenes en el País de las Mujeres, había aprendido a defenderse:
cómo pelear y lanzar patadas, desarmando o incapacitando al oponente. Pero no había
aprendido a hacerlo enredada en una manta. Al final fue la tela lo que la venció.
Stavia se levantó y tropezó, ocasión que Capaz, magullado y jadeante, aprovechó
para atarle las muñecas y obligarla a arrodillarse.
—Te ha dado bastante —observó Obediente. Capaz se tocaba el ojo izquierdo,
que ya comenzaba a hincharse.

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—Los demonios sí que saben luchar —rezongó Capaz.
—¡Demonios! —exclamó Stavia—. ¡Me estáis llamando demonio!
—No eres una mujer decente, eso salta a la vista. Con el cabello suelto y desnuda.
—A Capaz no le había pasado por alto el hecho de que Stavia iba bastante ligera de
ropa, y a juzgar por la expresión de sus hermanos, ellos también lo habían notado.
—Ella me pertenece —declaró Chernon con toda claridad—. ¿Podéis comprender
eso?
—Entonces, ¿por qué no la obligas a que sea decente? —preguntó Confiable.
—Dejadla libre y volverá a estar decente —respondió Chernon.
—No queremos que se nos escape.
—No lo hará. No lo harás, ¿verdad Stavia? —preguntó él con una mirada
significativa.
Ella lo pensó. Eran tres. Dos sujetaban a Chernon y uno estaba listo para volver a
saltar sobre ella.
—No… si permite que me vista.
No era lo que Capaz deseaba hacer, pero sus planes no habían incluido esto.
Obediente y Fiable lo miraban, a la espera de una señal. Si él hacía lo que deseaba, en
ese mismo instante, los otros también lo harían. De ese modo primero tendrían que
matar al hombre, para evitar que interfiriese. Además, no estaba seguro de querer que
lo observasen. Su objetivo era llevarse a la mujer. Tal vez hiciese algunas preguntas
al hombre y después lo matase, pero lo principal era llevarse a la mujer.
—Vístete —ordenó al fin con voz ronca, mientras soltaba el lazo que la sujetaba y
cogía una rama del suelo—. Y muévete despacio o te azotaré con esto.
Stavia se vistió. No había sido justo decir que iba desnuda. Llevaba una camiseta
larga y los calcetines de lana. Después de ponerse los pantalones, se calzó las botas y
se cubrió con el chaleco de abrigo, una prenda voluminosa que ocultaba muy bien su
torso. Luego se trenzó el cabello.
—Hasta vuestras madres tendrán que desnudarse alguna vez —razonó.
—En la casa de baños —dijo Obediente—. Y en ninguna otra parte. Nunca en la
cama. Eso no es decente.
Stavia se volvió hacia Chernon con una mirada horrorizada y notó que él miraba a
los tres muchachos sumamente concentrado. A Chernon se le había ocurrido pensar
que, al fin, estaba viviendo la aventura tan soñada.
—¿Qué queréis de nosotros? —preguntó él con voz serena e interesada—. Nos
habéis estado siguiendo, ¿verdad?
—Vimos el fuego —murmuró Obediente, ante lo cual Chernon se estremeció un
poco—. La vimos y decidimos capturarla. Estas mujeres diabólicas pueden domarse y
se convierten en excelentes esposas.
—¿Domarse? —preguntó Chernon, todavía interesado.

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—Las atas —explicó Capaz—. O también puedes romperles las piernas. Cuando
sanan quedan cojas y no pueden correr.
Stavia no daba crédito a sus oídos. No obstante, lo que oía no era tan terrible
como lo que veía: una expresión francamente comprensiva en el rostro de Chernon.
Él disculpaba a aquellos animales. En algún profundo lugar de su ser, simpatizaba
con ellos. En ese instante Stavia comprendió muchas cosas que antes no había
logrado descifrar.
—Ella ya es una esposa —continuó Chernon con calma—. Mi esposa. Lleva a mi
hijo en las entrañas.
—Mierda —exclamó Capaz, quien lanzó la rama al suelo con frustración—. Oh,
mierda.
—De todos modos nos la llevaremos —decidió Fiable—. Y a ti también. Si tiene
un hijo, puede que los Ancianos digan que está casada y puede que no. Tal vez lo
aborte. La mujer que no tiene un hijo no está casada del todo, eso es lo que dicen.
—¿Y si lo tiene?
—Pueden decir que no eras lo bastante hombre como para tener una mujer. Una
viuda con un hijo no será de nadie más. Pero tal vez no sea viuda, y tal vez tampoco
tenga un hijo.
Capaz asintió con un gesto, y volvió a inclinarse para recoger la vara.
—Y las mujeres diablo saben cosas —añadió—. Secretos. Cómo curar a la gente.
Cosas así.
—Oh, ésta sabe muchos secretos —asintió Chernon—. Pero tiene algo mágico en
el brazo que le impide revelarlos. Aunque no hay problema. Puedo quitárselo si
deseáis saber algo.
—¡Chernon! —exclamó Stavia perpleja, aunque ya podía esperar cualquier cosa
de él.
—Stavia —le dijo Chernon con una mirada significativa—. Será mejor que me
dejes hacerlo. —Se acercó a ella arrastrando a sus dos captores consigo, y le rompió
la manga de la camisa—. Aquí está —señaló—. ¿Veis ese bulto del hombro?
Los jóvenes se miraron. Después de un rato, Capaz asintió con la cabeza y
entregaron a Chernon un cuchillo sin dejar de sujetarlo. Al sentir el corte en su
hombro, Stavia gritó por la sorpresa. Fue más por la conmoción que por el dolor. La
sangre le corrió por el brazo y se le escurrió hasta el codo, atravesando la tela de la
camisa.
—¿Lo veis? —se jactó Chernon. En su mano exhibía el injerto, un pequeño
dispositivo de un material translúcido, del tamaño de una cerilla.
Stavia se estremeció y trató de controlarse. Se negaba a hablar o a gritar. Fue
Fiable quien le arrancó la manga y se la ató torpemente sobre la herida, deteniendo la
sangre. Capaz cogió el injerto y se lo guardó en un bolsillo.

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—Ahora regresaremos —les anunció.
—¿Lo llevamos a él? —preguntó Obediente.
—Por ahora —asintió Capaz—. Veremos qué dice Papá.
Stavia comenzó a caminar con la soga atada al cuello. Chernon tenía las manos
amarradas en la espalda, como si representara una gran amenaza. A pesar de que
Stavia había lesionado a Capaz en la refriega inicial, ninguno de los hermanos la
consideraba un auténtico peligro, simplemente porque era una mujer. Stavia se
percató de ello y decidió no olvidar el detalle. Tal vez le fuese de utilidad más
adelante.
También decidió olvidar la complicidad de Chernon por el momento. Se obligó a
no sentir lo que estaba sintiendo. No buscaría venganza, al menos no aún. Era
probable que Chernon hubiese salvado su propia vida al agredirla, y quizá también la
de ella, aunque no lo había hecho por este motivo. Aparte de la pequeña herida del
hombro, en realidad no le había hecho daño. Y si lo consideraba con frialdad, tal vez
fuese mejor que le siguiese la corriente por el momento. La verdadera Stavia se
sumió en una horrenda caverna de odio y cedió su puesto a la actriz.
Todos los hombres, incluyendo Chernon, buscaban sus secretos. Secretos que ella
no conocía, que no poseía. ¿Y si fingía que ocultaba algunos? Su vida podía depender
de ello. Y como Chernon ya estaba convencido de que los tenía…
Stavia siguió marchando, sumida en sus furiosos pensamientos, mientras ideaba
una estrategia para sobrevivir. Por el momento debía arrinconar la ira. Lo mejor sería
seguir el juego de Chernon. Afirmar que era su «esposa». Asegurar que estaba
embarazada de su hijo. Por lo visto, las costumbres de aquellos salvajes no les
permitían llevarse a la esposa de otro hombre… y la calidad de esposa quedaba
probada con la reproducción.
Bueno, pensó consternada, tal vez llegase a probar que lo era. El esperma se
conservaba varios días en el aparato genital. Una extracción repentina del injerto
podía estimular la ovulación. O si no, sin lugar a dudas, pronto Chernon trataría de
acercarse a ella.
Secretos, pensó con impotencia. ¿Qué podía hacer para convencerlos de que los
tenía?
Tardaron cuatro días en llegar a la Tierra Santa. Fiable se adelantó para informar
al Anciano Brome acerca de su llegada. Cuando aparecieron, todas las esposas, hijas
e hijos los esperaban en los porches de las casas.
Poco a poco, en aquellos cuatro días Stavia se había ido cambiando de ropa.
Cuando llegaron iba vestida con su abrigo de fieltro y se cubría la cabeza con la
capucha, debajo de la cual se había envuelto el cabello con una taja ancha. Bajo el
abrigo llevaba su pantalón y su camisa más gruesos, ocultos bajo una larga túnica. No
había hecho ningún intento por lavarse el rostro. Considerando las circunstancias,

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deseaba parecer lo menos atractiva posible.
Capaz relató lo sucedido. Tal como Stavia había cambiado su aspecto por
conveniencia, él modificó la historia acerca de la expedición. En ella no había nada
que indicase deseo por una mujer, nada de su intención original de mantenerla oculta.
Ahora no se trataba más que de cumplir su deber con la familia. Habían salido a
buscar ovejas. Por casualidad se habían encontrado con la mujer. Entonces les había
parecido buena idea traerla a la familia, averiguar los secretos que poseía. Existía un
problema con el cual no habían contado. La mujer viajaba en compañía de un
hombre, y él afirmaba que era su marido. Aseguraba que la mujer llevaba dentro un
hijo suyo. El hombre había arrancado algo mágico que la mujer tenía en el brazo.
El Anciano Resolución Brome extendió la mano y Capaz le entregó el pequeño
injerto.
—¿Qué es esto? —le preguntó Resolución a Chernon.
—No lo sabe —dijo Stavia antes de que él pudiera hablar—. Ni siquiera es
mágico. —Éste era un riesgo que había decidido correr.
Chernon bajó la vista furioso. Stavia ya había puesto en duda lo que él pensaba
decir.
—Entonces, ¿qué es? —le preguntó Resolución.
—Es una especie de medicina que me impide abortar al bebé —respondió ella—.
Ahora que me lo han extraído, es probable que lo pierda. —Se palmeó el vientre. Le
convenía fingir que estaba embarazada. Bajó la vista, simulando pudor.
—¿Y cómo es que él no lo sabía? —preguntó Castigo. Cuando Fiable llegó con
las noticias, se había sentido lleno de esperanzas. ¡Quizá la mujer extranjera pudiese
ser suya! Ahora veía morir sus esperanzas—. ¿Cómo?
—Es asunto de mujeres —respondió ella, con la vista baja—. No molestamos a
los hombres con asuntos de mujeres.
—¡Él dice que guardas secretos!
—Sólo cosas de mujeres —repitió Stavia—. Sobre cómo curar a la gente y traer
niños al mundo. Cosas así. Nada que interese a los hombres. —Se arriesgó a alzar la
vista, interceptando miradas furiosas en casi todos los adultos varones de aquella
familia. El padre y sus hijos mayores. Parecían ser ocho, contando a los tres que los
habían capturado. ¡Y sólo una niña adolescente! Stavia lo dedujo todo. Había
estudiado aquellas cuestiones en sus clases de historia. Infanticidio o sacrificio de
niñas. Tal vez las dos cosas. Pero nada de poliandria, lo cual podía haber resuelto la
situación. Aventuró otra mirada y se topó con los ojos de una mujer madura de
aspecto cansado que estaba junto a la niña. Su madre. Con un bebé en los brazos. Tal
vez no fuese tan mayor. Quizás era más joven de lo que parecía.
—¿Qué llevas en ese burro? —La pregunta fue dirigida a Chernon, pero Stavia
respondió por él nuevamente.

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—Hierbas curativas. Estaba recogiendo hierbas para curar a la gente.
—Pensaré en esto —proclamó Resolución—. Pensaré y rezaré. Mientras tanto,
llévate a la mujer a tu casa, Susannah.
—Papá —exclamó Obediente—. Escapará.
—No si tú vigilas la casa —respondió el Anciano—. Tú o alguno de los demás. Y
llevad a este hombre a la casa de solteros. Necesito tiempo para decidir qué hacer. —
Observó el injerto en la palma de su mano callosa, uniendo las cejas en una profunda
arruga vertical—. Tengo que pensar.
Stavia se volvió y subió los dos peldaños desvencijados para reunirse con la
mujer y la niña. Otra niña, más pequeña, se escondía detrás de la puerta entreabierta.
—Susannah —dijo Stavia con suavidad—. Me llamo Stavia.
Obediente y Castigo vigilaron la casa hasta la medianoche, y a esa hora Venganza
y Diligencia los sustituyeron. Stavia recorrió el trayecto hasta el excusado bajo sus
miradas voraces. Decidió que si necesitaba volver a ir, usaría algo a modo de orinal,
pero que no se sometería nuevamente a aquellas miradas.
Las provisiones que cargaba el burro fueron amontonadas en el porche de
Susannah, incluyendo el botiquín médico que Stavia siempre llevaba consigo. Stavia
vació su contenido bajo la mirada de la mujer.
—¿Tú eres la sanadora aquí? —le preguntó, segura de la respuesta por algunas
palabras que había oído a los muchachos.
—Soy lo único que tienen —respondió Susannah—. Sólo sé lo que me enseñó mi
madre, y ella sólo sabía lo que le había enseñado la suya.
—Cuando me marche te dejaré este botiquín —dijo Stavia.
—No irás a ninguna parte —respondió Susannah—. El viejo se tomará un tiempo
para pensarlo, pero ya encontrará una manera. O te tomará para sí mismo, o te
entregará a uno de los muchachos. A Castigo, probablemente.
—Yo ya tengo un marido —le aseguró Stavia. No le gustaba cómo sonaba esa
palabra.
—Es posible. Si tu hijo vive, puede ser que Papá te deje tranquila. Si ese hombre
vive, puede ser.
—¿Si vive?
—Es posible que lo maten. Tal vez no, pero es posible.
—Y tú no crees que vayan a soltarme.
—No. Y en tu lugar, yo no trataría de escapar. Siempre es mejor tener dos piernas
sanas. Eso fue lo que le hicieron a mi abuela. Ella también vino del exterior, ¿sabes?
Del País de las Mujeres. Mamá me contó que lo llamaba así.
—¿Y qué crees que hará tu… marido? Susannah sacudió la cabeza.
—Hará lo que quiera… pero primero encontrará un modo para que parezca
correcto.

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No dijo nada más. Stavia estaba demasiado cansada para seguir preguntando. Con
un sentimiento de fatalidad, Stavia se dejó caer en el duro colchón de paja del desván.
Sucedería lo que tuviese que suceder. Ella no podría hacer nada al respecto hasta la
mañana siguiente.
Por la mañana, Stavia se sintió considerablemente sorprendida ante la primera
cosa que le pidieron que hiciera.
—Coge esto —le ordenó Resolución Brome—. Pónselo a Susannah.
—¡A Susannah! —exclamó ella.
—Ha tenido algunos abortos. Perdió dos bebés antes de este último. Pónselo a
ella.
Susannah había estado escuchando lo que decían en el porche. Cuando estuvieron
en la casa comenzó a llorar, primero suavemente y luego con más angustia.
—Oh, ahh, ahh, ahh. No puedo. No puedo. Oh, no me obligues. No puedo.
—Shhh —la tranquilizó Stavia automáticamente, como si Susannah fuese una
paciente en la casa de cuarentena—. Cálmate. ¿No puedes qué?
—Tener otro niño. Me encuentro muy mal. No puedo tener otro. Estoy demasiado
cansada.
—¿Qué edad tienes? —le preguntó Stavia.
—Veintinueve —respondió ella—. Soy demasiado vieja. Oh, no puedo. No
puedo.
Stavia casi tuvo ganas de reír. Esto era una burla, una comedia.
—¡Susannah! Calla. ¿Puedes guardar un secreto? Los sollozos se detuvieron
lentamente.
—¿Qué?
—He mentido sobre este injerto.
—¿Qué? —Confundida. Insegura.
—En realidad impide el embarazo, Susannah. Por eso lo tenía puesto. Para no
quedar embarazada en este viaje. Si no deseas otro hijo, déjame colocártelo. Si
encuentro alguna forma de esterilizar este maldito artilugio…
—¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo funciona?
—Varios años. Cuatro o cinco. Tal vez más.
—¿Tienes otro?
—¿Para qué…? No. Sólo éste.
—Ahh —gimió la mujer—. Oh, déjame pensar un poco. Sólo un poco. Insegura,
Stavia se volvió y llenó la tetera para colocarla sobre la estufa. Entre sus provisiones
había hierbas para preparar una infusión. Cuando la tuvo preparada, Susannah ya
había dejado de llorar. Ahora respiraba agitadamente, como invadida por un profundo
miedo, pero decidida a hacer lo que debía.
—Stavia. Si me haces un favor, yo trataré de hacer algo por ti. Si me ayudas,

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trataré de ayudarte a escapar.
—¿Qué? ¿Qué quieres?
—Hazme alguna clase de herida para que parezca que me has metido esa cosa.
Luego se la pones a mi hijita.
—¡A Fe! ¡Pero si sólo es una chiquilla!
—No. No. Tienes que ponérsela a Castidad. Quieren casarla, y tal vez sea muy
pronto. Para las jovencitas es algo muy difícil. Si tuviera cuatro o cinco años para
crecer un poco…
—Ya veo. ¿Y qué harás tú?
—Tendrás que decir que no siempre funciona. O que tal vez se estropeó cuando te
lo arrancaron de esa manera. Es probable que yo tenga unos abortos más, y entonces
me dejará tranquila. Desearía que fuese con alguna otra. ¡Oh, cuánto lo desearía!
—Conmigo, por ejemplo —dijo Stavia con ironía.
—Con cualquiera que no sea yo —admitió Susannah—. Pero te ayudaré a
escapar, lo juro.
Stavia la miró a través del vapor de la taza. ¿Cuántas veces se había sentado ante
una mesa, mirando a alguien a través del vapor? Morgot, Myra, Septemius. Tratando
de comprender por qué la gente era como era. Aquí no había gran cosa que analizar.
Susannah simplemente estaba vencida, gastada.
—Podría colocártelo a ti y volver con otro para Castidad —susurró—. Podríamos
acordar reunirnos en algún sitio del bosque. Podría traerte una docena de ellos, si lo
deseas.
Susannah sacudió la cabeza.
—Te cogerían otra vez. Además, no es necesario. Esto se acaba, ¿no lo ves? Cada
vez son más los bebés que nacen muertos o que son eliminados porque tienen algún
defecto. Todo se está acabando, y me alegro. Es sólo que… en fin, una llega a querer
tanto a sus hijitas…
—Si es lo que deseas.
—Es lo que deseo. ¿Qué necesitarás para hacerlo?
—Supongo que los hombres deben beber. ¿Cerveza o algo más fuerte?
—Algo. Sí.
—Necesitaré un poco para esterilizar esta cosa lo mejor posible. Y también algo
como… ¿un punzón?
—Tengo uno que normalmente utilizo para hacer zapatos. ¿Le dolerá mucho?
—Será mejor asegurarnos de que no le duela nada —dijo Stavia. Susannah podía
ser capaz de mantener el secreto, pero no podía arriesgarse con Castidad. A juzgar
por su aspecto, la niña se desmayaría a la menor impresión.
En el botiquín había unas ampollas con anestesia local. Estaban escondidas en el
forro junto con algunos otros elementos más o menos «secretos». Susannah recibió

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un corte en el brazo sin sufrir ningún dolor. Cuando Castidad se hubo tomado un
fuerte barbitúrico y se quedó dormida, Stavia limpió el injerto con una bebida
alcohólica y la insertó en la nalga de la niña. Según Susannah, ése era un lugar que
ningún hombre vería jamás.
—En el brazo podrían tocarlo —le explicó—. Pero no allí atrás.
—Le dolerá cuando despierte.
—Le diré que he matado a una gran araña en su cama. Que debe haberla picado.
Susannah informó al Anciano Brome que ya tenía la medicina en el brazo. Lo que
en realidad causaba la pequeña hinchazón era una inyección de cera de abeja, que
habían esterilizado con calor.
Esa noche el Anciano Brome fue a la casa, y Stavia permaneció despierta en su
cama, escuchando los ruidos que provenían de abajo. Al principio sonaron unos
golpes, y luego, cuando él se hubo ido, los sollozos de Susannah. Qué diablos,
existían otros anticonceptivos, más antiguos, no del todo efectivos, pero mejores que
nada. Por la mañana se los explicó a Susannah. La mujer apenas si pareció oírla. Era
como si quisiera estar muerta.
Transcurrieron los días. Susannah colgó su pañuelo rojo en el picaporte, y luego
lo hizo Castidad. Pasaron las semanas, y Susannah volvió a colgarlo.
—No has tenido tu impureza —le dijo la mujer. Stavia había estado pensando lo
mismo.
—Pues no —respondió—. Ya te lo he dicho. Estoy embarazada.
—Ellos pensaban que mentías —comentó la mujer—. Le dije a Papá que era
verdad.
Al día siguiente la enviaron a la casa vieja y destartalada en el límite del caserío,
donde la esperaba Chernon.
—Y bien, esposa —dijo él con una expresión que era casi una burla—. Así que
me darás un hijo después de todo.
—Tal vez —respondió ella. Chernon sacudió la cabeza con ira.
—¿Tal vez?
—Podría ser una hija —susurró ella—. ¿No habías pensado en esa posibilidad?
Chernon se apartó con una expresión de disgusto.
—¿No lo sabes? ¡Vosotras las mujeres lo sabéis todo!
—Creo que existían exámenes, antes de las convulsiones. Pero ya no se efectúan.
No contamos con los equipos necesarios.
—Entonces tendré que esperar para averiguarlo —suspiró él—. Suponiendo que
decidan dejarme con vida. —Chernon miraba por la ventana, y ella siguió la
dirección de su mirada. Venganza estaba sentado bajo un pequeño árbol, afilando una
rama con el cuchillo. Stavia se dirigió a la otra habitación para mirar en la dirección
opuesta. Capaz. Bueno, aún los vigilaban.

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—¿Qué quieren de nosotros? —preguntó con cautela—. Apenas puedo hacer
nada por ellos, sin medicinas ni equipos. ¿Es que no lo comprenden?
Él emitió una breve carcajada.
—Quieren que pierdas al bebé, Stavia. Entonces no estarás embarazada. De ese
modo, si me matan a mí, serás una viuda sin hijos y podrán entregarte a uno de los
muchachos. Es una carrera entre Venganza y Castigo. El pobre Capaz ha quedado
fuera.
—Podrían matarte de todos modos.
—Pero si tienes un bebé, nadie más podrá tenerte.
—Una propiedad —dijo Stavia con ironía—. Quien me embarace será mi dueño,
¿verdad?
—¡Exacto! —le gritó Chernon furioso—. Exactamente. Y nada de engaños. Nada
de decir sí y luego no. Si tienes un hijo mío me pertenecerás. Y en ese caso tampoco
tendría sentido matarme. Si no pueden tenerte, me dejarán en libertad. Yo podría
ayudarlos a conseguir más mujeres.
—Del campo de pastoreo.
—Exacto —asintió él—. Ya les he hablado del asunto. Es lo que Michael y
Stephon piensan hacer de todos modos: apoderarse de la ciudad y de las mujeres. Y
no sólo en Marthatown. Peggytown y Emmaburgo también comparten el plan. Y
Agathaville. Y si funciona allí, otras guarniciones estarán dispuestas a hacerlo.
—¿Por qué? —exclamó Stavia, horrorizada—. ¿Por qué, Chernon?
—Por que… —En ese preciso momento no se le ocurría ninguna razón.
—¿No lleváis una buena vida en la guarnición? ¿No tenéis comida, ropas y
diversiones suficientes? ¿De verdad queréis trabajar como pastores y granjeros?
—Vosotras os encargaréis de esos trabajos —dijo Chernon sin mucha certeza,
notando la expresión en su rostro—. Vosotras continuaréis haciéndolo.
—¿Eso crees?
—De lo contrario, sufriréis las consecuencias. Aquí saben mucho de eso. Las
mujeres trabajan por miedo a las consecuencias.
—¿Qué solías decirme respecto al honor? —preguntó Stavia.
—No he hecho nada deshonroso. —Chernon volvió a mirar por la ventana—. Yo
regresaré a la guarnición. Todo a su debido tiempo.
—¿Conmigo o sin mí, Chernon?
—Con mi hijo —dijo él—. Puedes estar segura de ello.
Fue la vieja Regocijo quien señaló que tener a Stavia y a Chernon viviendo juntos
en el mismo caserío era indecoroso. Plenitud estuvo de acuerdo con ella.
—No se ha afeitado la cabeza —le advirtió Regocijo a su hijo—. Aún no se ha
prestado ninguna atención al decoro.
—¿Cómo sabremos si es verdad que están casados? —sermoneó Plenitud—. Si

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no se ha casado decentemente, tampoco será una viuda decente, ¿verdad?
Venganza y Castigo transmitieron sus palabras a Papá, y después de pensarlo, el
anciano accedió a que Stavia y Chernon fueran casados según las costumbres de la
Tierra Santa.
Chernon fue llevado por los hombres. Venganza y Castigo se retrasaron lo
necesario para atar a Stavia al respaldo de la vieja cama en la casa abandonada.
Plenitud, Alegría, Regocijo y Susannah se ocuparon de los ritos. Plenitud le afeitó
la cabeza a Stavia. Luego Regocijo, Alegría y Susannah la azotaron. Utilizaron ramas
de sauce, y las varas le levantaron la piel dejando largas marcas rojas. Regocijo
hubiese continuado más rato, pero Susannah la detuvo.
—Está embarazada —le dijo con voz agotada—. No continúes, Regocijo. Déjala.
—A mí me castigaron más —protestó Alegría.
—Lo sé. Pero tú no estabas embarazada.
—Qué más da. Que lo pierda. Es lo que ellos quieren, ¿no?
—Tal vez muera ella también.
Se hizo un corto silencio y entonces le aflojaron las cuerdas. Tres mujeres se
marcharon. Stavia permaneció inmóvil, tan consumida por la furia y el sentimiento de
violación que no podía hablar ni moverse.
—Lo hacen para que lo sepas desde antes —le estaba diciendo Susannah con su
voz cansada—. Esto es lo que te hará tu esposo si no cumples tu obligación con él.
Debes saber lo que se siente para no provocarlo.
—Y mi cabello —murmuró Stavia—. ¿Por qué?
—Para que tu aspecto no despierte ningún sentimiento de lascivia. El hombre
debe cumplir con su obligación, pero para él es un deber, no un placer.
—Además —dijo Stavia mientras se volvía de lado con una exclamación de dolor
—, porque significa una violación para la mujer, ¿no es así? La humilla. La
avergüenza. Y eso es justamente lo que desean.
—Calla —exclamó Susannah—. Oh, Stavia, calla. He impedido que continuaran
azotándote. No he podido hacer más.
—Tráeme el botiquín —le indicó Stavia—. Hay un poco de ungüento allí…
—Se lo han llevado —dijo Susannah—. No volverás a tenerlo a menos que tu
esposo lo permita. Él decidirá si puedes utilizarlo.
Chernon estaba recibiendo su propia iniciación en la sociedad de Tierra Santa, y
no estaba presente para decidir nada. Las heridas en la espalda de Stavia se
infectaron. Dos días después, aturdida y desorientada por la fiebre, Stavia trató de
escapar.
Capaz estaba dormido. Ella casi había llegado a los bosques cuando él despertó y
la vio. Desesperado, Capaz cogió la única arma que tenía a mano y la persiguió,
descargando el borde de la pala sobre su cabeza con un golpe seco. Concentrada en

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su fuga, Stavia ni siquiera había oído cómo se acercaba.
El golpe no fue más que una explosión silenciosa que la sumió en la más
completa oscuridad. Cuando Chernon regresó y la vio, sufrió un estallido de furia y
hubiese matado a Capaz si no lo hubieran contenido. Estaba furioso, pero no lloró.

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Capítulo 29
Ensayo:
IFIGENIA: ¿Lo ves? Es lo que tratábamos de decirte, Gran Aquiles. Las mujeres
ya no te sirven de nada cuando están muertas.
AQUILES: Entonces yo… yo también…
IFIGENIA: Sólo eres un fantasma. Ya no podrás matar ni violar. Ya se han
acabado tus batallas. Eres un vagabundo entre las sombras, como nosotras.
AQUILES: ¡Pero yo… yo soy inmortal! Eso dicen los poetas. ¡Estoy destinado a
caminar entre los dioses!
IFIGENIA: Entonces, ¿los dioses han muerto?
AQUILES: ¡Ellos viven!
IFIGENIA: Y cuando vivías, caminabas entre ellos.
AQUILES: ¿Ah, sí?
POLIXENA: Como todos.
AQUILES: ¿A que se referían los poetas?
IFIGENIA: A que serías inmortal mientras vivieras, y a que posiblemente
guarden un buen recuerdo de ti ahora que has muerto. A los hombres les gusta pensar
bien de sí mismos…
POLIXENA: …y los poetas los ayudan a hacerlo.
AQUILES: (Llora.).
POLIXENA: Llora como una criatura. Pobre niño.
—Un momento— dijo la directora. —Stavia, cuando digas el próximo texto
«¿Los hombres lloraron?», inclínate y tócale la cara.
—¿Que le toque la cara?— preguntó Stavia. —¿A Aquiles?
—Sí. Tócale la cara para comprobar si las lágrimas son reales. Y luego vuelve a
hacerlo al final. Coloca tu rostro junto al suyo mientras recitas el último parlamento.
—Muy bien —asintió Stavia mientras se inclinaba para tocar el rostro de Joshua.
IFIGENIA: (A Polixena.). Dime. ¿Los hombres lloraron mientras te cortaban el
cuello?
Asombrada, Stavia observó su mano húmeda y las lágrimas que corrían por el
rostro de Joshua.
—No, no lo hicieron— se lamentó Polixena.
—Tampoco lloraron mientras me lo cortaban a mí— dijo Stavia, con la garganta
seca por el dolor de los recuerdos.

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Capítulo 30
Morgot estaba en una junta del Concejo cuando una mujer se acercó para decirle
que un servidor la estaba esperando. De haber sido Joshua, la mujer se lo hubiese
dicho, y Morgot se levantó fastidiada por la interrupción. Al salir se encontró con que
se trataba de Corrig, pálido y tembloroso.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Quién? ¿Stavia?
—Sí, señora. Joshua también lo ha sentido. Los dos lo hemos percibido, hace
unos momentos.
—¿Está herida? ¿Gravemente herida? —Morgot luchó para no gritar—.
¿Está muerta?
—No, no está muerta. Joshua dice que debemos ir de inmediato. Yo opino lo
mismo.
—¿Dónde está?
—No lo sabemos. Lejos. Demasiado lejos para localizarla desde aquí.
—Necesitaréis una carreta para llevar… herramientas y cosas.
—Joshua dice que Septemius Bird nos llevará. Él cree que Septemius sabe algo.
Ha ido a buscarlo ahora.
—¿Queréis ayuda?
—Sí, señora. Joshua pide que nos acompañen Jeremiah y los dos hombres
nuevos. Dijo que usted solicitara la autorización de las concejalas.
—¿El servidor de la concejala Jessie y los dos hombres de Carol? Él asintió con
la cabeza.
—Joshua dice que pueden ver con más claridad que cualquiera de nosotros.
—Ve a buscarlos —indicó ella—. Yo hablaré con las mujeres.
—Morgot —dijo él, olvidando sus modales por unos momentos—. Señora.
—Sí, Corrig.
—Joshua me advirtió que no olvidara decirle que todo está relacionado con lo
otro.
—¿Con la guarnición? ¿Algo inminente va a suceder?
—No es inminente, señora. Pero tenga cuidado.

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Capítulo 31
Stavia era la Princesa de Invierno. Tenía un manojo de espigas en una mano y un
cuchillo en la otra. El Concejo la estaba enviando a buscar un venado.
«Hembra —le habían dicho, señalando el dibujo en el libro—. Es un venado
hembra». Tenía unas astas que se curvaban como la luna nueva, con una punta sobre
la frente del animal y la otra extendida en una curva enorme, llena de ramificaciones.
«Aproximadamente así de grande», le dijeron, indicando algo que podía ser la altura
de un burro. Las hembras del venado tenían el pelaje del pecho blanco, el hocico
salpicado de espuma y la lengua larga. Tal vez le habían dicho esto o tal vez lo había
leído en algún sitio.
Stavia no sabía por qué la enviaban a ella. Debía de haber otras más cualificadas
para la empresa. Otras que ya sabían cómo eran los venados y cuál era el modo de
tratarlos. ¿Por qué la elegían a ella, a una extraña? Stavia se lo preguntó.
«Es tu dote —le dijeron—. Los venados serán tu dote». Stavia no lograba
recordar para qué necesitaba una dote, ni tampoco lo que era eso. No obstante había
una cierta sensación apremiante al respecto, algo que ella no podía ignorar. Era
urgente e inevitable. Debía hacerse.
De alguna manera, había perdido la ropa. Le prestaron un par de botas, un pesado
abrigo y una gorra con orejeras que se ataban bajo la barbilla. Bajo el abrigo no
llevaba nada. Sentía el frío en la entrepierna, el viento que soplaba. No hubiese
sentido tanto frío de haber podido cerrar las piernas, pero algo se lo impedía.
Lo mejor sería ignorar el frío en la entrepierna y salir bajo la nieve. Alguien le
había indicado el camino que debía seguir. Por allí, donde se abrían las colinas y los
árboles oscuros se recortaban contra la nieve. Otra persona le había señalado el rastro
dejado por los venados, unas huellas vagamente triangulares…
—Es posible que muera —dijo una mujer.
Quien había hablado, le ajustó el vendaje de la cabeza y le limpió la sangre del
rostro. Stavia la ignoró.
—No debiste haberla golpeado. —La misma voz.
—¡Iba a escapar! —La voz de un muchacho, de un joven, inseguro pero
desafiante.
—¿De qué te servirá con la cabeza rota? —preguntó la mujer—. ¿Qué pensabas
hacer? ¿Matarla y luego cumplir tu obligación sobre su cuerpo sin vida? ¡Tápala! ¡No
seas desvergonzado!
El sonido de un bofetón. Un grito.
—Cuida tus palabras, mujer. Eso ha sido una falta de respeto hacia tu hijo. —La
voz profunda de un hombre, con un dejo algo obsceno e inflexible.
Stavia decidió que ya había oído suficiente. Era hora de ir a buscar las hembras de

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venado. El camino la condujo hacia la oscuridad, hacia los árboles del bosque, donde
el viento suspiraba entre las ramas y las voces se apagaban. Incluso en la oscuridad,
distinguía las huellas. Éstas brillaban como pequeños corazoncitos entre las sombras.
Stavia los siguió.
—La curarás, Susannah —ordenó la voz profunda del hombre.
—Haré lo que pueda. —Una especie de obstinada dignidad en su voz.
—La curarás.
—Esposo, haré lo que pueda. No puedo hacer magia para curar heridas como
ésta. Tal vez si le hubieseis dejado tiempo para enseñarme las cosas que sabía, yo
habría podido hacer algo. En su bolso hay algunas cosas, pero no sé dónde está.
Capaz es muy bueno cortando madera. También se las arregla bien con los cráneos.
Acéptalo, Resolución Brome. Puede haber matado a esta muchacha.
—A este demonio.
—A mí no me parece un demonio —replicó ella con la misma entereza rebelde,
aunque las lágrimas ahogaban su voz. Stavia tuvo ganas de reír, pero no pudo—.
Tiene el mismo aspecto que cualquier mujer maltratada. Como cualquier esposa.
Golpeada, afeitada y hambrienta.
Otro bofetón. Otro grito. No fue un sonido sorprendido, sino más bien un ritual.
Slap; ahh. Slap; ahh. Uno después del otro.
—La curarás.
Fue una orden. En ella había una promesa de castigo. Silencio.
—He hecho todo lo que he podido con lo que tengo aquí. Necesito traer algunas
cosas de mi casa. —Una nueva emoción en sus palabras. Más que las palabras. Una
tristeza insondable. Una decisión. Quienquiera que fuese la mujer, se marchó hacia
una distancia imposible de seguir.
A Stavia no le importaba. Ella regresó a su tarea de seguir las huellas, que la
condujeron por un sendero largo y sinuoso entre los árboles. Frente a ella se alzaba la
Luna, que había aparecido de alguna parte. No del cielo. De la Tierra, tal vez.
Iluminada por la misma nieve. Y allí estaban los venados, con las astas curvadas
como ramas contra los troncos de los árboles gigantescos. Se alzaban como estatuas
grises, inmóviles, como talladas en piedra. Su aliento era lo único que indicaba que
estaban con vida. Pequeñas nubecillas de vapor se alzaban de sus morros negros, una
y otra vez. Ella no tenía más que ofrecerles las espigas que llevaba en la mano y
conducirlas de regreso.
A sus espaldas sonó un grito. Stavia se volvió y de pronto lo vio todo… la fuente
de la luz, el motivo por el cual las hembras se encontraban allí. No habían escapado.
Él las había robado y conducido hasta ese sitio. Sus astas se mecían hacia atrás y
hacia arriba como una ola al romper, avanzando luego en una espuma de hueso
blanco. Sobre su frente sobresalían otras agujas de brillante marfil. Con el hocico

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apuntando hacia ella, él la llamaba, le decía por qué se encontraba allí. Las hembras
de venado le pertenecían. Ahora que había acudido, ella también le pertenecía. No
habría forma de regresar. La melena blanca en torno a sus hombros y sobre su pecho
formaba una túnica regia.
—Ve a buscar a esa inútil —dijo la voz profunda del hombre—. Ya ha estado allí
lo suficiente como para preparar toda una comida. Castidad, ve a buscar a tu madre.
—Sí, papá. —La voz de una niña. Allí, en alguna parte, había una niña. No era
importante.
El venado macho volvió a gritar.
«Mía —dijo—. Mía».
«Las necesito —explicó ella con tono razonable—. ¿No entiendes que las
necesito?».
«Mías. —Él bajó las astas, que apuntaban hacia su cabeza, hacia su pecho. Arañó
el suelo con los pies, afirmándose para atacar—. Son mías».
«No te sirven de nada —protestó ella—. Sólo las posees. Si tienen crías machos,
luchas contra ellas y las matas. Dices que son tuyas, ¡pero no te sirven de nada!».
«Mías», repitió él.
La voz de la niña regresó, atemorizada.
—Papá, Papá, ella está muerta. ¡Mamá está muerta!
—¿Qué quieres decir con eso?
—Está colgando de una viga, Papá. Con una cuerda. No he podido bajarla…
Hubo confusión. Stavia la ignoró. En la mano derecha tenía un cuchillo. Sobre el
hombro llevaba una cuerda.
«¿Dejarás que me las lleve? —le preguntó al venado macho—. Las necesito. Y lo
más importante es que ellas también lo necesitan. Tienen nombres, ¿sabes? ¡Cada una
tiene su propio nombre!».
«Mías —bramó él—. ¡Mío es el poder! ¡Mía la gloria! ¡Mías las hembras! ¡Mías
las crías!».
Ella lanzó la cuerda. El cabo se movió por el aire como una serpiente que sabía
exactamente dónde ir, enroscándose alrededor de las astas y de un árbol. Stavia la
aseguró mientras el venado se debatía y bramaba. Entonces, como por milagro,
apareció otra soga en sus manos para atarle las patas traseras, y un nuevo árbol donde
asegurarlas. Ella tenía un cuchillo. Se lanzó contra el venado sudoroso, jadeante, con
un olor almizcleño, apuñalándolo una y otra vez. Las entrañas de la bestia se
desparramaron sobre la nieve con una vaharada caliente, mientras el animal bramaba
y bramaba, y ella decía… algo. ¿Qué decía? El texto de una obra. Algo respecto a
llorar…
Cuando hubo terminado, condujo de regreso a las hembras. A sus espaldas, la
cuerda mágica soltó al animal y se alejó. Ella ya no lo oía. Los bramidos habían

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desaparecido para dar lugar al aliento suave de las hembras que la rodeaban, la luz
que se reflejaba en sus ojos al mirarla, el vapor que surgía de sus hocicos.
«Lo he hecho por vosotras, también», les dijo.
«Las he traído —anunció al llegar—. Mirad, aquí están. Todas».
«Las necesitarás —le dijeron—. Si vives, ellas serán tu dote».
Oyó la voz profunda de un hombre, llena de furia y desconcierto.
—Ponedla en la pequeña habitación de atrás y cerrad la puerta. Chernon no
estuvo de acuerdo.
—Se está muriendo. No puede moverse. Debe haber alguien más que sepa
cuidarla…
—Susannah era la única. No perderemos el tiempo con nadie más. Que se muera
si lo desea. Lo que ocurra será la voluntad del Padre Todopoderoso.
La voz de Chernon otra vez, y el sonido de un golpe. Entonces sólo hubo silencio
y oscuridad mientras todas las hembras de venado la rodeaban, impregnando el aire
con su olor animal.
«Si vives —le dijeron las hembras—, nos necesitarás».
Permanecieron a su lado y la condujeron en medio de la húmeda oscuridad que se
extendía más y más, hasta que ella llegó a imaginar que no acabaría nunca.
Diligencia, el hijo de veintinueve años de Regocijo Brome, había estado
intentando atrapar a un carnero obstinado que parecía poseído por el demonio. Se
trataba de uno de los corderos robados a las mujeres demoníacas, lo cual
probablemente explicaba la terquedad del animal. Pero esto también era lo que lo
hacía más valioso, y por lo tanto Diligencia no podía olvidarlo y dejar que se lo
comieran los coyotes… aunque deseaba fervientemente que eso ocurriese algún día,
cuando él no fuera el responsable. Por el momento no le convenía contrariar a Papá.
Nadie se atrevía a hacerlo. Sólo había pasado un día desde que Susannah se colgó de
aquella vieja soga. Sólo un día desde que la mujer demonio fuera encerrada en el
fondo de la casa de Papá, para que viviera o muriera. Sólo unas horas antes, aquel
sujeto del exterior se había peleado con Papá y había recibido una buena paliza.
Diligencia consideraba que aquél no era buen momento para causar problemas, así
que había seguido buscando al cordero hasta encontrarlo, aunque había tardado todo
el día.
Al caer la noche, acababa de encerrar al animal en el corral y estaba a punto de
recorrer el sendero hasta la casa de solteros, cuando algo salió de entre los árboles y
se interpuso en su camino.
Tenía dientes, y los dientes brillaban. Diligencia no alcanzó a ver mucho más.
Nunca en su vida había visto un rostro tan grande. El pánico le nubló la mente, y
cuando trató de escapar hacia el bosque, algo invisible lo sujetó. Al instante siguiente
estaba tendido boca abajo, y ese ser invisible lo aferraba por los cabellos sentado

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encima de él. Los dientes y ojos brillantes se movían a su alrededor en plena noche.
—¿Chernon? —preguntó una voz horrible, resonante—. ¿Dónde está nuestro
amigo Chernon?
Diligencia no podía pensar. Él no sabía lo que era un Chernon. Se ahogó con su
propia saliva mientras el ser invisible hacía aleo muy cruel con una de sus manos.
—Ggaaggh —se quejó mientras trataba de gritar—. No sé. ¿Qué es eso? El ser lo
soltó un poco.
—Habéis capturado a un hombre y a una mujer. El hombre se llama Chernon. En
realidad no es un hombre, sino un demonio. Es amigo nuestro, y queremos saber
dónde está.
—En la casa de Papá —aulló Diligencia—. Estaba en la casa de Papá con la
mujer. Capaz le dio un golpe con la pala y desde entonces ella no ha podido hablar…
—Ahh —dijo la voz profunda, confirmando la sensación de que Stavia estaba
malherida—. Un ángel ha venido a buscar a esa mujer. No debisteis hacerle daño.
¡Habéis cometido un grave error al tocarla!
Luego, al recordar lo ocurrido, Diligencia tuvo la extraña sensación de que había
dolor en aquella voz, pero en aquel momento no pensó en nada porque algo le
propinó un golpe detrás de la oreja con una especie de destello, y ya no supo nada
más.
—Capaz —dijo una de las criaturas invisibles—. Debe de ser uno de los jóvenes
de las barracas. Yo me ocuparé de él.
—Llevaremos las máscaras y crearemos un poco más de demonología —dijo la
voz profunda—. La casa del padre debe de ser la que está en lo alto de la colina.
—¿Tardaréis una hora, más o menos?
—Más o menos.
—¿Quién tiene las plumas?
—Yo.
La suerte quiso que Capaz Brome saliese de la casa para ir al retrete. El ser
invisible lo atrapó y lo inmovilizó boca abajo sobre el polvo.
—¿Capaz? —le susurró una voz—. ¿Tú eres Capaz?
Petrificado por el miedo, el muchacho asintió con la cabeza. El ser que se sentaba
sobre su espalda pareció satisfecho con esto.
—La mujer que has atacado con una pala era una mujer sagrada —declaró la voz
—. Es una sanadora.
Capaz se convulsionó, tratando de zafarse de su atacante.
—Era una ramera —gritó—. Caminaba por ahí con el cabello suelto, mostrando
el cuerpo. No era mejor que la meretriz de Babilonia. Trataba de escapar…
—Hum —dijo la voz—. Bueno, es evidente que esta conversación no te hará
cambiar de idea, y por lo tanto tendré que convencerte con sangre. —Un instante

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después, Capaz sentía que le rompían la camisa y un cuchillo se deslizaba sobre su
espalda—. Un ángel ha venido a rescatarla —anunció la voz, acentuando sus palabras
con varios pinchazos y cortes de la hoja—. ¡No lo olvides! —Entonces algo golpeó a
Capaz en la cabeza y el ser se alejó.
Desde el valle llegaban sonidos confusos y gritos. El granero del Anciano Jepson
estaba en llamas.
—Buena idea —dijo el ser invisible, mientras se dirigía a la casa de solteros.
Unos instantes más tarde, el lugar estaba rodeado de paja seca y comenzaba a
incendiarse.
Dentro del cuartucho sofocante en casa del Anciano Brome, Stavia yacía en
medio de la oscuridad. De vez en cuando la negrura parecía abrirse, y en el centro
aparecía un espacio gris al cual llegaban algunos sonidos. Esta vez fueron unos
golpecitos en la ventana, algo suave, como si se tratase de una rama mecida por el
viento. Incluso en medio del dolor, en medio de la bruma gris que la envolvía, Stavia
se dijo que no soplaba el viento, que no había ningún árbol, que no podía haber una
rama contra la ventana. En su mente, la rama se transformó en un árbol, en un
bosque, en una nueva negrura llena de amenazadoras bestias con cuernos que
bramaban al cielo.
«Ven, Stavia», gritaban.
—Stavia —susurró alguien, volviendo a abrir las tinieblas.
Ella sólo podía gemir. Era lo que se necesitaba, un gemido. De ese modo, la rama,
el bosque, la oscuridad sabrían donde encontrarla. Sin embargo, sólo lo hizo con
suavidad. Y luego otra vez. No se oyó ningún grito, ninguna amenaza. Volvió a
gemir. Valía la pena el esfuerzo para expresar su dolor. Dolor en alguna parte. Ella
estaba en medio de un remolino de dolor, como una ramita en el arroyo, arrastrada
inexorablemente.
Tal vez hubo un susurro al otro lado de la ventana. Stavia no podía estar segura.
No importaba. Los gemidos le habían consumido demasiada energía. La oscuridad la
arrastró de nuevo.
En el exterior, a lo lejos, al otro lado de una colina o al final de una noche infinita,
se oían unos ruidos confusos. El sonido se movía en todas direcciones, por momentos
con gran estruendo y con gritos de agonía.
Sobre ella, en la casa, alguien se movió, maldijo, gritó. Unos pasos fuertes
bajaron la escalera. Gritos. Puertas. Una confusión de sonidos aquí, otra allí; y
entonces las dos se encontraron, mezclándose como colores repulsivos en el agua.
Amarillo oscuro y rojo sucio, formando un dibujo irregular.
Algo se movió en la cabecera de su cama.
Aire frío en su rostro. Aire que le causaba dolor.
—Ahhh —dijo Stavia, sin siquiera notar que había emitido un sonido.

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—Aquí —dijo alguien—. Está atada. Malditos canallas…
Había luz en su rostro, una luz muy suave como la producida por un farol. Hasta
eso le causaba dolor. Cuando se alivió la presión en sus hombros y unos brazos la
alzaron, sintió aún más dolor y comenzó a gritar… sólo comenzó. Unas cosas suaves
se introdujeron en su boca para silenciarla. Dedos. Stavia mordió esos dedos y
alguien maldijo.
—¡Stavia! —dijo la voz en su oído—. Soy Joshua. Cálmate, cariño. Te sacaremos
de aquí. —Sintió un pinchazo en el brazo—. Es para el dolor —explicó la voz de
Joshua—. Ahora, silencio.
«Me rescatarán —dijo su mente—. Guarda silencio o no podrán sacarte de aquí».
Dejó de luchar contra el dolor. La oscuridad volvió a engullirla mientras pensaba:
«Me alegro. No me enteraré de nada».
—Traed todas las cuerdas —dijo la voz de Joshua—. Que la cama quede bien
tendida. Colocad las plumas alrededor. Recordad las pisadas sobre la pared, debajo de
la ventana…
La estaban sacando de la habitación, de la casa, avanzaban por el bosque. Ella
estaba entre los brazos de Joshua. Había alguien más que susurraba. Ella conocía esa
voz.
—Soy Corrig, Stavia —susurró alguien—. Todo está bien. Silencio. Entonces no
supo nada más. El dolor se fue a alguna otra parte y la dejó tranquila, en medio de la
apacible y acogedora oscuridad.
El granero del Anciano Jepson quedó reducido a cenizas. La casa de solteros del
Anciano Brome resultó quemada sólo en parte, aunque tendrían que reparar toda la
fachada. Al menos eso fue lo que alcanzaron a ver a la luz del farol. Con esa misma
luz leyeron las palabras grabadas en la espalda de Capaz. «Es una mujer sagrada».
Tuvieron que esperar a que el joven despertara para poder preguntarle de quién se
trataba, y sólo entonces salieron en busca de Stavia.
La habitación estaba intacta, como si nunca nadie la hubiese ocupado. No había
ningún rastro de la mujer, ni tampoco de las cuerdas que la habían atado a la cama.
Unas huellas verticales subían por la pared y desaparecían en la ventana. Unas
grandes plumas blancas rodeaban la cama. Nunca habían visto plumas de ese tamaño.
—Esa cosa dijo que un ángel venía a buscarla —exclamó Diligencia—. Él me lo
dijo. Y Susannah nos advirtió que habíamos cometido un error al hacerle daño.
Sin modificar su expresión, el Anciano Brome descargó un golpe en la boca de su
hijo. No quería que le recordasen a Susannah. Además, era una herejía sugerir que
cualquier mujer pudiese haber dicho algo sensato al respecto. No obstante, al ver las
pisadas y las plumas, al oír lo que decían los muchachos acerca de aquellos rostros, la
bilis le quemaba en la garganta haciéndole escupir sin parar. Tenía miedo. Algo había
salido mal. Necesitaba pensar.

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El Anciano Jepson llevó a varios de sus hijos para discutir el asunto, y Diligencia
repitió ante este grupo lo que había visto y oído.
—El demonio dijo que Chernon era su amigo —aseguró hasta la saciedad, y esta
afirmación fue apoyada por otros. Varios de los jóvenes habían visto y oído a los
demonios. A pesar de sus esfuerzos, Chernon se les había escabullido en medio de la
noche.
—He sabido que Susannah se quitó la vida —observó el Anciano Jepson—. ¿Por
qué haría algo así?
El anciano Brome fingió no haberle oído. Con gran imprudencia, Venganza le
respondió:
—Dejó una nota. Decía que estaba cansada de que la pegasen.
—Castigasen —le corrigió el Anciano Jepson.
—Decía «pegasen» —insistió Venganza—, decía que sería mejor estar muerta
porque entonces nadie podría hacerle nada. Decía que prefería morir antes de que
Papá volviera a cumplir su obligación con ella.
Esta vez Resolución Brome derribó a su hijo de un golpe.
Mientras tanto, Capaz comenzaba a sospechar que al descargar esa pala sobre el
demonio… sobre la mujer sagrada, había cometido un gravísimo error, mucho más
grave de lo que Papá admitiría jamás. Alzó la vista y se encontró con el ojo hinchado
de su hermanastro, Venganza Brome. En esa mirada descubrió el brillo de algo duro e
implacable. Venganza, comprendió Capaz, odiaba a Papá.
Fue toda una revelación sobre la cual Capaz iba a rumiar durante varios días, una
revelación que con el tiempo sería compartida con otros para luego extenderse por
toda la Tierra Santa como un cáncer. Con ella todos tendrían a quien culpar cuando
llegase al Apocalipsis.
Cuando Stavia volvió a despertar, la bruma gris en la que estaba sumergida
incluía un movimiento, un brusco balanceo. Alguien le estaba tocando la cabeza.
—Tranquila —le dijo Joshua—. Te estoy limpiando la herida, cariño. Quédate
quieta. Lo siento si duele.
—No duele —trató de decir ella con los labios hinchados.
—Por suerte ya tienes la cabeza afeitada —continuó él con voz tranquilizadora—.
No he tenido que hacerlo yo. Tienes un corte muy feo aquí atrás.
—Me dio un golpe —le explicó Stavia—. Cuando traté de escapar, uno de ellos
me golpeó con algo. —Ninguna de las consonantes sonaban bien. Era evidente que
no podía mover del todo los labios.
—Ah —dijo él—. Bueno, eso lo explica todo.
—¿Chernon? —preguntó. Le parecía importante saber que no estaba allí.
—¿Qué dice? —preguntó alguien.
—Quiere saber dónde está Chernon.

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—La última vez que lo vi, corría a toda velocidad seguido por unos seis sujetos.
—La voz de un desconocido…, Ángel que venía a rescatarla.
—¿Ángel? —preguntó Stavia, mientras la oscuridad comenzaba a rodearla otra
vez.
—Un ángel —afirmó Joshua—. Para probarlo, dejamos plumas de ángel en la
habitación donde estabas encerrada.
Después de eso, Stavia no supo nada durante un buen rato. Entonces cesaron los
movimientos, se encendió un fogón y alguien le dio a beber un líquido tibio con una
cuchara. Cuatro o cinco sombras; personas que se movían.
—Nos encontrarán —dijo Stavia con claridad. Corrig se inclinó sobre ella y le
acarició la frente.
—No te preocupes, mi amor. Ni siquiera nos buscan. Están todos encerrados en
sus casas, horrorizados ante la idea de que los demonios regresen para acabar con
ellos.
—¿Demonios?
Él comenzó a explicárselo todo, pero Stavia volvió a sumirse en las tinieblas.
Cuando la luz regresó, Stavia preguntó:
—¿Ángel? ¿Plumas?
—Septemius nos prestó varios artilugios de sus efectos teatrales…
—¿Por qué lo habéis hecho? —quiso saber. Varias voces, incluyendo la de
Septemius, le ofrecieron explicación.
—… crédulos y supersticiosos…
—… endogámicos hasta el punto de que sólo durarán unas pocas generaciones
más…
—… creamos confusión y consternación general… Stavia no oyó el resto.
Stavia continuó perdiendo el conocimiento. Lentamente, después de un largo
tiempo, comenzó a comprender y recordar las cosas que le decían. Joshua parecía
preocupado porque algo en sus ojos cambiaba de tamaño. Estaba en la carreta de
Septemius. Ya casi habían llegado a Marthatown. Se encontraba con vida porque
Joshua y Corrig habían percibido su captura, habían captado el momento exacto en
que Chernon la hirió. A través de todos esos kilómetros, simplemente lo habían
sabido. Y también habían percibido el momento en que Capaz la golpeó con la pala,
ante lo cual habían acudido corriendo. En sus delirios, esto no le parecía imposible.
Ni siquiera improbable. Lo habían sabido, eso era todo, y como buenos servidores
que eran, habían corrido a buscarla.
Septemius se encontraba allí, y nadie trataba de esconder los secretos a Septemius
porque él ya lo sabía todo al respecto. Cualquier cosa que Joshua y Corrig fuesen
capaces de hacer, Kostia y Tonia también podían hacerlo. Era un secreto, pero
algunas personas estaban al corriente.

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Stavia comprendía todo esto. Conociendo a Joshua, no le resultaba muy difícil.
Lo único que le sorprendía era el hecho de que Corrig formase parte del grupo.
Desde el momento en que Chernon la cortó, habían necesitado casi cuarenta días
para encontrarle el rastro. Según Corrig, esa parte había sido sencilla, aunque lenta.
Percibían dónde estaba, pero no a qué distancia. Además, al principio ella no había
permanecido en un solo lugar. Desde algunos sitios ni siquiera lograban captarla. Los
nuevos hombres habían sido de gran ayuda, ya que parecían poseer mejor sentido de
la distancia que los demás. Habían tardado más de lo que les hubiese gustado, pero al
fin la habían localizado al día siguiente de ser derribada por Capaz.
Mientras viajaban en la carreta de Septemius, avanzando día y noche con relevos
de burros, habían discutido lo que harían y cómo lo harían en presencia del viejo
mago, destruyendo cualquier ilusión que él hubiese podido tener en relación a la
naturaleza de los servidores. Al fin había sido Septemius quien les sugirió el ataque
sobre la Tierra Santa bajo el disfraz de demonios, dejando todas las evidencias
posibles de que se trataba de una fuerza sobrenatural.
—Son supersticiosos —les había dicho—. Lo recuerdo muy bien. Son
santurrones, supersticiosos, aprensivos y vengativos. Si simplemente llegáis a
rescatarla, querrán tomar represalias y tal vez ataquen a las mujeres del campo de
pastoreo. Si se encuentran con ángeles y demonios, no sabrán qué pensar ni de quién
vengarse. ¡Una buena incursión demoníaca puede tenerlos confundidos durante varias
generaciones!
A Joshua esto le había parecido prudente. Y la idea le gustó aún más cuando
Septemius le habló de Chernon.
—El muchacho no ha planeado esto por su cuenta —dijo Joshua.
—Mis sobrinas y yo hemos llegado a la misma conclusión —respondió
Septemius—. Me pareció que alguien lo había instigado, y ellas estuvieron de
acuerdo. Aunque él no se resistió en lo más mínimo. Ése también es una buena pieza.
Las dos niñas lo comentaron.
—Entonces, en caso de que haya estado falseando las cosas entre estos bárbaros,
será mejor que hagamos lo posible por desprestigiarlo.
Al fin decidieron que si afirmaban que Chernon era amigo de los demonios,
quedaría destruida toda su credibilidad. Joshua no quería informar a Morgot de que
habían dejado a Chernon con vida entre aquella gente, y que esto podía ser un
detonante de futuros problemas.
Cuando la hubieron localizado, sólo esperaron hasta el atardecer para acudir en su
rescate.
—Por poco no llegáis a tiempo —murmuró Stavia a Corrig y a Joshua. Los otros
tres servidores se habían adelantado a ellos para llevar las noticias a Marthatown.
La versión oficial diría que Stavia había sufrido un accidente durante su viaje de

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exploración, y que los servidores de la familia habían ido a buscarla. El hecho de que
otros servidores hubiesen estado ausentes al mismo tiempo era una simple
coincidencia. Los hombres siempre iban y venían por una u otra cuestión.
—No sé si hubiese durado mucho más —volvió a murmurar Stavia.
—Lo siento, cariño —dijo Joshua, mientras la apoyaba sobre su hombro para
darle más sopa—. No sabíamos que tratarías de escapar.
—No podía soportarlo —murmuró ella con la boca llena de verduras y caldo—.
No lo soportaba a él.
—Sí —dijo Corrig—. No me extraña en lo más mínimo.
Algunas veces era Septemius quien le alzaba la cabeza y le suministraba el caldo.
Fue a él a quien Stavia susurró el terrible secreto, el que había olvidado hasta ese
momento y que volvió a olvidar un instante después.
Llegaron a Marthatown por la noche, conduciendo la desvencijada carreta por las
calles oscuras hasta el pequeño hospital, donde aguardaban Morgot y una pequeña
habitación silenciosa. Después de echar una mirada a Stavia, Morgot se volvió y su
voz sonó extraña, como distante.
—Janine, Winny, ¿queréis ocuparos de esto, por favor? —Entonces se marchó y
no regresó hasta un rato después. Para entonces Janine y Winny ya tenían a Stavia
bañada, vestida con un camisón y tendida sobre la cama limpia e inmóvil, con la
cabeza apoyada sobre una almohada.
Entonces Morgot volvió. Tenía los ojos enrojecidos, pero su voz era
perfectamente serena.
—Tardarás un tiempo en curarte, niña. Te sugiero que comiences ahora mismo y
trates de dormirte.

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Capítulo 32
Chernon nos ha acusado de ocultar secretos —dijo Stavia, volviendo la cabeza sobre
la almohada. Había tratado de dormir, siguiendo el consejo de Morgot, pero le había
resultado imposible. Se sentía febril e inquieta. Durante toda la noche, había estado
abriendo los ojos ante cada movimiento, cada sonido. Ahora ya era de día y Morgot
se encontraba allí. Stavia necesitaba contarle algunas cosas—. Dijo que las mujeres
guardábamos secretos. Cosas que él quería saber para obtener poder.
Se produjo un silencio largo y significativo. Stavia recordó otros silencios que
solían producirse de vez en cuando, en su infancia, silencios que guardaban otras
personas cuando se daban cuenta de que ella estaba escuchando.
Al abrir los ojos, casi esperó descubrir que había vuelto a la niñez. Morgot la
miraba atentamente.
—Es verdad que guardamos secretos —le dijo—. Por supuesto que sí.
—Lo sé —respondió Stavia. En sus horas de insomnio había pensado en ello, en
las cosas que sin querer podía haberle revelado a Chernon—. Me temo que he
compartido con Chernon algunos de ellos.
—¿Como cuáles?
—Como el hecho de que sabemos quién es el padre de un niño… el examen
sanguíneo.
Por unos momentos Morgot no dijo nada.
—Bueno, en realidad eso no es ningún secreto, Stavia. Es posible que Chernon no
vuelva nunca. Pero si lo hace, y si revela a los guerreros lo que le has dicho al
respecto, no tendrá mucha importancia.
—Como lo de los injertos anticonceptivos.
—Habríamos preferido que no lo supiesen, pero eso no nos causará grandes
problemas. Utilizamos injertos para muchas otras cosas aparte de la anticoncepción.
Creo que podremos solucionarlo. —Otra vez el silencio expectante—. Estás
embarazada, ¿lo sabías?
—Supuse que era posible. Chernon me extirpó el implante hace bastante tiempo.
—Fue el dolor y la conmoción que Joshua y Corrig percibieron —asintió Morgot
—. Ya he visto la herida. No fue un trabajo muy pulcro.
—No creo que a Chernon le importara.
—Es posible que no. La cuestión es si realmente deseas tener ese hijo. Stavia
volvió la cabeza con fatiga. ¿Deseaba tener ese hijo? ¿Había alguna razón para no
hacerlo, aparte de la furia que sentía por Chernon? Cada vez que pensaba en él sentía
que era una herida que debía cauterizarse, un forúnculo que había que extirpar, algo
que requería un gran dolor para que pudiera iniciarse la curación.
—¿Existe algún riesgo para mi salud? —preguntó, ansiosa de contar con una

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excusa.
—Aún no estamos seguras. Las heridas de tu espalda son bastante superficiales.
Te duelen porque están infectadas. A menos que se presente algo más, algo
imprevisto, no creo que el embarazo te cause ningún daño físico.
—En fin. ¿Qué dijo Myra aquella vez? En algún momento tendré que empezar.
No era lo que sentía en realidad, pero estaba demasiado enferma para saber lo que
sentía. Si se entregaba a la ira, ésta la abrumaría, la arrastraría y nunca volvería a
encontrarse a sí misma. Aunque cada día permanecía consciente durante más tiempo,
por algún motivo no se sentía más fuerte ni más capaz de seguir adelante. No deseaba
sentir nada ni decidir nada.
—Existen al menos dos diferencias entre tú y Myra.
—No comprendo.
—Tú has sido forzada, ella no. Y tú llevas en tus entrañas al hijo de un guerrero.
—Bueno, Myra también… —Stavia se interrumpió, Morgot sacudía la cabeza.
No. Como el péndulo de un reloj. No.
El silencio se hizo más profundo, más cargado de significado. De pronto, las
cosas que se silenciaban cobraban una importancia mucho mayor que todo lo que se
había dicho. Cosas que debía haber sabido, que debía haber imaginado.
—El primer hijo de Myra… el pequeño Marcus. No es hijo de Barten. —No fue
una pregunta. No lo era—. No es hijo de Barten. No es hijo de ningún guerrero. Los
guerreros no tienen hijos. Al menos no con nosotras.
Stavia cerró los ojos y el vértigo volvió a invadirla en una serie de percepciones
palpitantes, como si la habitación hubiese sido sacudida por el viento, una y otra vez.
Algo fallaba en su interior. Había algo roto que ella no había notado, que Morgot no
había notado. Algo fallaba, como un fuego que la consumía. Una grieta estrecha que
se ensanchaba en una parte esencial de su ser, dejando escapar la ardiente oscuridad.
Cuando habló, lo hizo con tanta suavidad que ni siquiera supo si Morgot la oiría.
—Los renos —susurró mientras perdía la conciencia—. Los renos.

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Capítulo 33
Stavia como Ifigenia, Joshua como Aquiles y todo el resto del elenco —incluyendo a
la directora, quien finalmente había decidido lo que quería de la obra— estaban
realizando el ensayo general. Esa noche se representaría la función. El teatro estival
estaba decorado con banderas, y en los puestos de comida se preparaban cosas
sabrosas para vender al atardecer. La compañía representaba la obra con el vestuario
y el maquillaje completos, y el coro ensayaba con ellos al otro lado del césped. Los
muros de Troya se desmoronaban a su alrededor. Hécuba abrazaba a Andrómaca.
Aquiles estaba de rodillas, llorando sobre las ruinas. Stavia, en el papel de Ifigenia, se
inclinaba sobre él tal como le habían indicado, con una mano sobre su mejilla.
IFIGENIA: Aquiles, ¿por qué lloras?
AQUILES: Todo ha desaparecido. Mis honores y mi gloria. Tetis, mi madre, dijo
que mi nombre sería tan inmortal como el del mismo Júpiter, y sin embargo aquí
estoy, solo entre estos muros derruidos…
IFIGENIA: Yo no diría que estás solo.
AQUILES: ¿Quién está aquí? ¿Mi amigo Patroclo? ¿Ajax? ¿Dónde están los de
la hueste de Argos que han muerto? Todos mis valientes Mirmidones, ¿dónde se
encuentran?
HÉCUBA: ¿Qué está diciendo, hija de Agamenón?
IFIGENIA: Llora por los héroes, Hécuba. Llora por la ausencia de sus amigos o
de cualquier otro griego.
HÉCUBA: ¿Se encuentra solo? ¿Con nosotras aquí para cuidarlo?
POLIXENA: Qué ingrato de su parte, ¿verdad? ¡Aquiles! Estamos aquí para
hacerte compañía. ¿Porqué habrías de sentirte solo?
AQUILES: (Con vehemencia.). ¿Qué pueden decir las mujeres a un guerrero?
CASANDRA: Oh, una mujer tiene mucho que decir, si quieren escucharla. De
todas formas, los hombres no escuchan. Ignoran nuestras palabras como si fuésemos
pájaros enjaulados, cantando nuestras canciones de memoria. Por ejemplo, le he
dicho a Agamenón que su destino le aguarda, pero él se burla…
IFIGENIA: (Con una risita.). Él nunca ha sabido escuchar un buen consejo. ¿Por
qué habría de hacerlo ahora?
AQUILES: (Continúa, como si no lo hubiesen interrumpido.). Sí, ¿qué pueden
decir las mujeres a un guerrero? ¡Y qué tiene un guerrero que decir a las mujeres!
ANDRÓMACA: Bueno, podrías decirnos cómo has logrado que te amemos. Yo
tuve un padre, en la hermosa Tebas. Llegaste tú, guerrero. Saqueaste el lugar,
matando a mi padre y a sus siete hijos. Cuánta fama llevaste a mis hermanos,
Aquiles, asesinados por un hombre como tú. Podrías hablar de eso.
IFIGENIA: O de tus cortejos. Dinos cómo mataste a los parientes varones de

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Briseida. Cuéntanos cómo la violaste dentro de tu tienda mientras la llamabas «fruto
de tu lanza». Hay muchas cosas que los guerreros podrían explicar a las mujeres, si
supieran cómo hacerlo…
AQUILES: No fue culpa mía que ella deseara mis brazos. Se echó a mis pies y
alzó sus brazos de marfil para acariciarme los muslos. Lo que llamas violación sólo
fue la dulce violencia que los árboles conocen bien. Al ser azotados por las tormentas
estivales, se estrellan unos contra otros en el bosque…
IFIGENIA: ¡Vaya tormentas para que tantos murieran! ¡Que tempestades para
dejar tantos cadáveres! ¡Tantos maridos, padres, hermanos! Por supuesto que fueron
derribados con dulzura, acariciados por amantes espadas.
POLIXENA: Si Briseida se lanzó a tus pies, puede haber sido para suplicarte
piedad. ¿No se te había ocurrido?
AQUILES: (Con mal humor.). Si Patroclo estuviera aquí, él lo entendería. Los
hombres nos comprendemos entre nosotros.
IFIGENIA: Bueno, Patroclo se ha hundido en el Hades junto con el resto de los
griegos muertos.
HÉCUBA: Y los troyanos…
IFIGENIA: Y los troyanos. Ya te sentirás bastante acompañado cuando
desciendas. Yo he estado allí, y lo sé.
POLIXENA: ¡Es verdad! A ti te mataron hace años.
IFIGENIA: Diez años. Muy poco tiempo. Pero es suficiente para conocer el
camino de ida y vuelta al infierno.
—Stavia— dijo la directora preocupada, al ver que se tambaleaba un poco. —¿Te
encuentras bien?
—Sí, sí —dijo Stavia, sintiendo que pasaba el momento de mayor emoción—. Lo
siento. No pretendía interrumpir.
Habían pasado diez años desde el momento en que llevó a Dawid con los
guerreros hasta aquella noche, unas semanas atrás, cuando él había decidido
permanecer con la guarnición. El tiempo suficiente como para conocer el camino de
ida y vuelta al infierno.

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Capítulo 34
La herida de Stavia era peor de lo que habían pensado. La cirujana le había perforado
el cráneo en varios puntos para retirar una sección, como si se tratara de la tapa de
una tetera. Luego había extirpado el coágulo que presionaba contra su cerebro, volvió
a colocar el hueso y finalmente la cosió y vendó. Mientras todo esto estaba
ocurriendo, Stavia soñaba con el venado, una y otra vez.
Durante un largo tiempo, todo parecía muy lejano y nada era lo bastante
importante para ser observado o escuchado. En realidad no prestó atención a la
conversación entre Septemius y Morgot, sentados junto a su cama, observándola
respirar, respirando por ella cuando olvidaba hacerlo, aunque lo esencial de sus
palabras logró penetrar, tal como había ocurrido con los sueños.
—¿Cómo lo averiguó? —preguntó Morgot.
—Ah. —Septemius lo pensó unos momentos—. Yo diría que con una mirada
inocente, señora. Mediante la sencilla observación, en la cual no percibimos la trama
de vuestras vidas, cuyo diseño se presenta ante los demás. —Por lo tanto, somos
libres para crear otros diseños con las hebras que vemos. Desenredamos todos
vuestros hilos y empleando su esencia volvemos a tejer la verdad. Por ejemplo, nos
llamó la atención la asistencia médica que se brinda a las mujeres antes y después del
carnaval…
—Para controlar las enfermedades —adujo Morgot con suavidad.
—Había algo más que eso. Después de todo, los viajeros tenemos bastante
experiencia con lo que hacéis para controlar las enfermedades. Hemos estado en la
casa de cuarentena, y no es un proceso muy complicado. No, toda esta asistencia era
para lograr otra cosa. Para impedir los embarazos durante el carnaval, para
procurarlos después de las fiestas. Supongo que los servidores escogidos para
procrear proporcionan los… los requisitos necesarios.
—Así es. Voluntariamente.
Stavia imaginó los labios de Septemius que se curvaban.
—No creí que los obligaran. De todos modos, señora, no olvide que soy un mago.
Los magos sabemos cómo dar pistas falsas. Nos dedicamos a ello. Decimos
«observen mi mano izquierda», y mientras tanto la derecha realiza el truco. Por eso
para nosotros fue sencillo comprender lo que hacíais. Estabais diciendo: «Miren
cómo entregamos nuestros hijos a sus padres guerreros, miren cómo lloramos», y
mientras tanto el truco se realizaba en otra parte.
—No podíais estar seguros —objetó Morgot—. En principio no debíais saber
nada al respecto.
—Existían otros indicios. —Septemius asintió con un gesto—. Primero, todos
aseguran que con cada generación, son más los hombres que regresan por la Puerta.

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Eso ya era una pista, ¿selección, tal vez? Tonia y Kostia asisten a clases en el País de
las Mujeres, y traen a casa sus libros. Es sorprendente cuántos de ellos se refieren a la
selección. Hasta Chernon tenía un libro con algo que era de suma importancia para el
País de las Mujeres. Estaba puesto allí como una pista, seguramente. Puesto para que
lo viesen quienes tuvieran ojos. Inútil es decir que él no lo vio. Buscaba el secreto de
las mujeres, y lo tenía delante de las narices.
»También está la cuestión de los servidores. Por supuesto que algunos de ellos
son como el Minsning de Sylvia, sujetos que simplemente son más felices en el País
de las Mujeres trabajando como cocineros o como sastres. Pero en su mayoría, los
servidores son como Joshua o Corrig, hombres muy competentes, serenos y juiciosos.
Además, son muy respetados, sobre todo por las mujeres más competentes. Esto
indica que tanto su condición como sus aptitudes no son las que aparentan ser.
—¿Aptitudes?
—Ya sabe de qué estoy hablando, concejala. No es necesario fingir. Ya soy
demasiado viejo para eso. Tienen aptitudes marciales sin duda, yo mismo pude
comprobarlo en la Tierra Santa, pero hay algo más. Mis sobrinas también lo poseen, y
he conocido a varias personas más con esa cualidad. Es un rasgo muy apreciado entre
la gente de la farándula: esta capacidad para percibir los problemas a la distancia,
para saber dónde se encuentra la gente, para anticipar lo que va a ocurrir. Antes lo
llamaban telepatía, o clarividencia. Éstas son palabras muy antiguas, anteriores a las
convulsiones, aunque creo que entonces sólo eran teóricas. Dígame, ¿todo ha sido un
plan?
Morgot negó con la cabeza.
—Simplemente apareció. Como un don. Un número sorprendentemente alto de
los hombres que regresaban lo tenían, eso es todo.
—Tal vez decidían regresar porque poseían el don.
—Hemos considerado esta posibilidad.
—Y por supuesto, habéis tratado de fomentar esta cualidad.
—Lo intentamos —admitió ella—. Esperábamos que aparecieran más mujeres
con este talento, pero aún son muy pocas. Sí, posee una cierta tendencia a transmitirse
en los hijos varones. Me alegra saber lo de sus sobrinas. Por un tiempo nos preocupó
la posibilidad de que fuese exclusivamente masculino. —Se levantó para mirar por la
ventana. Luego se volvió para observar el rostro pálido de Stavia, y volvió a sentarse
—. Supongo que Kostia y Tonia saben todo esto.
—Pues sí. Pero no encontrará a tres personas que sepan guardar mejor un secreto,
Morgot. No haríamos nada que os hiciese peligrar, a vosotras o al País de las
Mujeres. Créame, nosotros lo comprendemos mucho mejor que… bueno, que esta
pobre muchacha que yace aquí. Ella ha trabajado mucho en sus pocos años de vida,
se ha esforzado por ser buena, por ser femenina, pero no ha tenido tiempo de

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comprender el sentido de todo.
—Ha violado las ordenanzas —dijo Morgot, con voz gélida.
—No las comprendía. No las entendía como un conjunto, sino como partes
separadas. Pensó que podría quebrantar una sin tocar las demás. Además, tengo la
sensación de que no las quebrantó del todo, y es posible que, en definitiva, os haya
hecho un favor —dijo Septemius—. Logró averiguar que se estaba fraguando una
rebelión, y es posible que de lo contrario no lo hubieseis sabido hasta que fuera
demasiado tarde.
—Apenas llegó, había hablado con Morgot acerca del terrible secreto de Stavia.
—En cuanto a la rebelión, lo sabíamos casi desde el principio. El País de las
Mujeres ha subsistido durante trescientos años, Septemius.
¿Cuánto hubiéramos sobrevivido de no haber estado al corriente de las
rebeliones? ¿Cuántas cree que han habido? Cada diez o veinte años se produce una.
En la guarnición, alguna camarilla comienza a sembrar el descontento. Un grupo de
mujeres comienza a fingir que son tontas.
¡Rebeliones! Se inician como una pústula, y nosotras las dejamos hincharse hasta
que asoman la cabeza. Entonces las extirpamos. Se produce un gran dolor y la
hinchazón comienza a bajar. Hasta la próxima vez. Es cierto que no sabíamos el
momento exacto en que ocurriría esta vez, y que nos resulta muy útil la información.
Pero los servidores estaban enterados de ello mucho antes de que usted me lo
comunicara. En los primeros tiempos resultaba más difícil. Entonces usábamos
espías…
—Los motivos de Stavia para hacer lo que ha hecho no han sido frívolos —
apuntó él.
—Han sido promovidos por la ineptitud —replicó Morgot con expresión sombría.
—Por un instinto maternal mal aplicado —le corrigió Septemius—. Es la
principal grieta de vuestra armadura femenina. El mayor defecto en vuestras
defensas. Es lo único ante lo cual no os atrevéis a estar en guardia, ya que para que
vuestros planes fructifiquen debéis conservar vuestra naturaleza. No os atrevéis a
cambiarla. De todos modos, resulta doloroso cuando vuestra propia naturaleza
femenina os traiciona y os hace creer en aquéllos que os maltratan.
—También existe una pasión mal entendida —señaló Morgot—. Cuando
escogemos a sujetos que no nos merecen. —Exhaló un suspiro, recordando.
—Tal vez la selección también debería funcionar al revés —observó Septemius
—. Tal vez deberíais erradicar a algunas de las mujeres.
—Se realizan unas cuantas esterilizaciones cada año —asintió Morgot—.
Ligaduras de trompas. Histerectomías. Supongo que no le sorprenderá lo que le digo,
¿verdad, Septemius?
—Existen pocas cosas que me sorprendan, señora. Aunque algunas veces me

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pregunto…
—¿Sí?
—¿En ocasiones no os sentís culpables por lo que hacéis? Las pocas que os
ocupáis de ello.
Morgot permaneció unos momentos sin responder. Al fin cambió de posición en
la silla y dijo:
—Le contaré cómo nos llamamos a nosotras mismas. Eso responderá a su
pregunta.
—Ah.
—Nos llamamos el Grupo de las Condenadas. Y si la Señora tiene un paraíso para
los compasivos, estamos seguras de que ninguna de nosotras lo veremos.
Una mañana, Stavia abrió los ojos y notó que Morgot aún estaba sentada junto a
su cama. No obstante, se había cambiado de ropa y la luz provenía de una nueva
dirección. En el antepecho de la ventana había una maceta azul llena de flores. De
forma medio consciente, Stavia las observó con ojo de jardinera. Había marchado al
sur durante la primavera, cuando los lirios silvestres florecían en los prados.
Estas flores eran hirsutas ásteres y capullos de crisantemos brillantes. La maceta
era la suya, la que tenía en su propia habitación. Junto a ella había una pequeña cesta
de mimbre teñida de azul, llena de pasteles.
—He estado dormida mucho tiempo —dijo con la boca seca.
—Te hemos suministrado varias medicinas para mantenerte dormida, pero ahora
te encuentras bien. Ha pasado mucho tiempo, Stavia. Corrig fue quien te envió las
flores y los pasteles. Y me pidió que te dijera que los extraños perros blancos han
tenido cachorros.
—Ah. —Cachorros. Stavia nunca había visto cachorros. Eso sería interesante—.
¿Por qué he tardado tanto tiempo?
—Por lo visto, ese golpe en la cabeza te había causado una hemorragia cerebral.
Además, estaban las infecciones de las heridas de la espalda. Nos resultó bastante
difícil controlarlas. Has consumido más antibióticos de los que te correspondían,
Stavia. Aunque ahora la herida de la cabeza está sanando bien. Tendrás una cicatriz
considerable, pero el cabello la cubrirá cuando vuelva a crecer.
—Ellos afeitan las cabezas de las mujeres —dijo Stavia mientras la histeria
comenzaba a subir por su garganta—. Ellos… ellos…
—Shhh. —Morgot se sentó en la cama y la abrazó, con tanta ternura y firmeza
como lo habían hecho Corrig y Joshua—. Shh, cariño. Tuvimos que volver a
afeitártelo, pero no tiene importancia. Shh mi Stavy. Tranquila.
Stavia se calmó un poco, recordando todo lo ocurrido.
—Cuando me encontraba allí, entre esa gente, pensaba en cómo eran las cosas
antes de las Convulsiones. Antes de que existiera el País de las Mujeres. Ése era el

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modo en que acostumbraban tratarlas, ¿verdad? Las esquilaban como a ovejas, las
obligaban a procrear en contra de su voluntad, las azotaban si se oponían…
Morgot la meció entre sus brazos.
—No, no —murmuró—. En general no creo que haya sido tan terrible. El amor
existía, después de todo. Siempre han existido hombres y mujeres que se querían. No
todas las culturas oprimían a las mujeres. Algunas les afeitaban la cabeza. Algunas
admitían los castigos físicos. Otras culturas eran bastante más avanzadas, al menos en
teoría. Y debemos recordar que muchas mujeres aceptaban ese tratamiento porque
habían sido educadas para hacerlo. Por supuesto, algunas mujeres lo pasaban fatal. En
el Concejo se guardan algunos libros antiguos. Están en una sala cerrada. Yo he leído
algunos de ellos. Acostumbraban emplear una frase: «Violencia doméstica».
Stavia alzó las cejas con expresión interrogante. Morgot le respondió.
—Lo sé. Suena extraño. Como un animal salvaje que sólo ha sido domesticado
parcialmente. —¿Qué significaba?
—Cuando un marido pegaba a su mujer, algunas veces hasta matarla, lo
denominaban «violencia doméstica». —Se detuvo y respiró profundamente—. En
algunas zonas del mundo, cuando una mujer alcanzaba la pubertad, le amputaban los
genitales externos… no los pechos, aunque lo hubiesen hecho de no haberlos
necesitado para alimentar a los bebés. Comparado con los tiempos antiguos, has
salido prácticamente ilesa. Te volverá a crecer el cabello. Tu espalda sanará.
—Morgot hablaba en voz alta. Sólo lo hacía para distraerlas a las dos.
¿Por qué estaba llorando?
—Morgot…
—Sí, Stavy.
—Yo trataba de ser amable con él. Trataba de compensarlo. Me sentía culpable
por lo que había hecho antes. He sido una estúpida. Como si pudiese corregir un error
cometiendo otro. He sido una tonta.
—Sí. A todas nos ocurre a veces. —Morgot la meció en sus brazos—. A todas.
Seríamos unas necias si no lo admitiésemos. Por más que nos esforzamos, siempre
nos traicionamos a nosotras mismas.
—¡Algunas veces le deseaba tanto! ¡Con desesperación! Y otras veces casi le
odiaba. ¡He llegado a odiarlo!
—Lo sé. —Por unos momentos, Morgot se sumió en sus recuerdos. Entonces
sacudió la cabeza con impaciencia—. Mientras dormías murmurabas cosas sobre los
renos. Una y otra vez. No pude comprender a qué te referías.
—Estaba en el libro de Beneda sobre los lapones. Chernon lo había robado y lo
llevaba consigo. En él hablaba de cómo escogían a los machos que se apegaban a las
manadas, y castraban a los demás…
—Oh. Así que ése era el libro que Chernon tenía. Los lapones escogían a los

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machos que no peleaban. A los que no trataban de poseer a las hembras.
Seleccionaban a los machos colaboradores y benévolos. Castraban al resto. Nosotras
no somos tan drásticas. No castramos a nadie. Dejamos que nuestros machos
guerreros crean que están procreando hijos.
—Me resulta bastante difícil aceptar que sea tan importante para ellos. Morgot le
dirigió una mirada compasiva.
—Recuerda a Chernon y su cuchillo, Stavia. Entonces piensa en el monumento
que se alza en la zona de revista. Luego piensa en los pobladores de la Tierra Santa. Y
cree. Ése ha sido tu problema desde el principio, niña. Tú veías. Tenías la
información necesaria. ¡Pero no comprendías! No podías creer. —Morgot suspiró—.
No, no queremos que los guerreros sepan que no nos fecundan. Es mejor así.
—Y los niños que nacen… ¿todos son hijos de servidores?
—Joshua es tu padre, Stavy. También es el padre de Habby, de Byram y de Jerby.
Y por supuesto, como sólo hay un servidor fértil por cada tres mujeres, y como sólo
hay uno entre veinte con la calidad de Joshua, él también ha fecundado a otras
mujeres de Marthatown y de varias ciudades más. Me resulta bastante difícil
enorgullecerme de esto. No es algo que me ocurra en forma natural.
—¿Myra lo sabe?
—Por supuesto que no. En realidad, ni yo misma lo sabía cuando ella nació. El
embarazo se produjo por inseminación artificial. Más adelante, cuando entré en el
Concejo y me enteré de todo, me ocupé de averiguar quién era el padre. Se trataba de
alguien a quien no conocía, y más adelante se descubrió que no era un progenitor
satisfactorio. Casi ninguno de sus hijos ha regresado. Hemos dejado de usarlo. —Lo
mismo podía estar hablando de la reproducción de ovejas o de la mejora de cereales.
Su voz sonaba imperturbable como el viento en un cerro lejano, y sus ojos claros
parecían fijos en algo que Stavia no alcanzaba a ver—. No obstante, creo que también
ha sido el padre de Chernon.
—¿Cuántas mujeres lo saben?
—Muy pocas en realidad. Las del Concejo, por supuesto. Muy pocas más. De vez
en cuando dejamos indicios para las que quieren verlo, pero muchas mujeres no
saben nada al respecto. Algunas hablan demasiado y no podemos arriesgarnos con
ellas. También están las que se emborrachan durante el carnaval. O las que todavía
son jóvenes y tontas. Las que se enamoran de los guerreros…
—¿Cómo habéis podido guardar el secreto?
—Las médicas trabajamos mucho para ello, Stavia. Todo se encuentra en nuestras
manos. Quién tendrá un hijo y quién no. Cuándo. De quién.
¿No te has dado cuenta de que casi todas las integrantes del Concejo cuentan con
alguna instrucción en medicina? Muchas de las mujeres ignoran lo que hacemos en
realidad. Son muy pocas las que lo descubren por sí mismas. A algunas se las

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informa, pero por lo general son mayores que tú.
—Pero ahora me lo estás diciendo.
—Cuando descubrí que estabas embarazada, pedí permiso al Concejo para
comunicártelo. Les dije que, de lo contrario, presentaría mi renuncia. Al principio se
quejaron bastante, pero después me autorizaron a hacerlo, siempre que juraras
guardar silencio al respecto, tal como hemos hecho todas. Ya me habías prestado
juramento una vez y sé que lo has cumplido, por lo que consideré que podía volver a
arriesgarme.
—¿Y si no lo hacía?
—Nunca hubieses salido de esta habitación, Stavia. Porque has violado las
ordenanzas y nos has puesto en peligro a todas. —Aquellos extraños ojos claros
estaban fijos en ella, cargados de tanto dolor que Stavia apenas podía soportarlo.
—No las hubieras dejado matarme, ¿verdad?
—Yo no habría podido hacer nada —respondió Morgot—. Tal vez hubiese
decidido irme contigo, pero… Oh, Stavia, hemos trabajado tanto, sacrificado tantas
cosas… nuestros amores, nuestros hijos…
—Tienes mi juramento —dijo Stavia rápidamente, sin pensarlo. Sólo quería
calmar el dolor de Morgot. Más adelante pensaría en lo extraño de todo aquello.
Ahora, en su blando lecho, adormecida por los calmantes, le parecía bien. Era como
un sueño, pero estaba bien—. Lo juro como ciudadana del País de las Mujeres. ¿Pero
por qué decidieron permitir que me lo contaras?
—Como habías sido violada y embarazada por un guerrero, consideraron que
tenías derecho a saber la verdad antes de decidir si querías abortar. Aunque esto fue
hace más de un mes, y ahora aunque lo quisieras no nos atreveríamos a hacerlo. Está
esa infección… no sabemos con certeza si se ha detenido del todo. Me encantaría
saber con qué te azotaron. Algo untado con estiércol, sin duda…
—¿Qué más da si es hijo de un guerrero?
—Si su padre es un guerrero, hay una posibilidad entre veinte de que regrese. Las
probabilidades crecen a una entre cinco cuando el padre es un servidor.
Aproximadamente. Aunque considerando los antepasados de Chernon, supongo que
es más difícil aún.
Stavia volvió a sentirse mareada, y de pronto lo comprendió. Sí. Ella lo sabía. Lo
había sabido durante muchísimo tiempo, sin tomar conciencia de ello.
—Estamos seleccionando, ¿verdad? Pasarán los años y tal vez llegará el momento
en que todos nuestros hijos volverán a casa, ¿no es así? No habrá más adoradores del
falo. No más trompetas, tambores ni juegos.
¿Qué haremos entonces, Morgot?
—Se acabarán las guerras —dijo Morgot, mientras la abrazaba con fuerza—. En
teoría. Se acabarán todas las guerras.

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—¿Morgot…?
—Sí, Stavy.
—¿Aún no se me permite preguntar sobre… sobre esa vez?
—Eso sólo podrás preguntarlo si se te invita a participar en el Concejo, Stavy. A
pesar de todo lo que has pasado, no sabes nada al respecto. Recuérdalo. Nada. No le
habrás comentado nada a Chernon, ¿verdad? No le habrás dicho…
—Tenías mi juramento —respondió ella adormecida—. No he dicho nada. Él me
contó cosas a mí…
—Bueno, no te preocupes por eso. Ya nos estamos ocupando de ello.
—Beneda quiere visitarte —dijo Joshua—. Ella y Sylvia. La respuesta de Stavia
fue un gemido de angustia.
—Lo sé —dijo Joshua—. Pero creo que deberías recibirlas.
—¿Debo mantener una conversación trivial con la madre de Chernon? ¿Con su
hermana? —protestó—. ¿Qué le habéis dicho?
—Sólo que Chernon había escapado para reunirse contigo en el sur, que luego te
dejó allí y tú sufriste un accidente. Les dijimos que te caíste de un barranco. Piensan
que el servidor que estaba contigo fue quien te rescató.
—Querrán hablar de Chernon, ¡sabes que sí!
—Claro, Stavy, claro que sí. Y tú les dirás que ese golpe en la cabeza te ha
producido amnesia. Que no recuerdas absolutamente nada de la exploración.
—¿Que no recuerdo nada?
—No. Por ejemplo, no recuerdas que Chernon te dijera nada acerca de una
conspiración. Tampoco recuerdas haber hablado con Septemius al respecto. Porque si
lo has olvidado, nadie se preocupará por nada.
—Ah, comprendo. —Stavia lo pensó unos momentos y captó la idea. Nadie debía
saber que ella estaba al corriente, que ninguna de ellos lo estaba. No tendría que
inventar nada. Sólo debía decir que había perdido la memoria. Podía mentirle a su
amiga, Beneda.
—Muy bien —dijo la actriz Stavia—. Que entren.
Beneda y Sylvia entraron, y regresaron al día siguiente. Entre otras cosas,
hablaban sobre el hijo de Stavia. El hijo de Chernon. De lo maravilloso que era el
hecho de que Stavia fuese a tener un hijo suyo. Beneda reía entusiasmada, como si
ella misma lo hubiese organizado todo, como si hubiera rezado para que ocurriese.
Cuando podía, Stavia sonreía y decía que no recordaba nada.
Por supuesto que tendría una niña. Una hija, con algunas cualidades de ella y
otras de Beneda, tal vez. La niña sería su compañera. Con el correr de las semanas, a
medida que cobraba fuerzas, Stavia se consoló con estos pensamientos. Corrig se
mostraba muy amable con ella. Le llevaba flores y libros, le frotaba las heridas de la
espalda con ungüento, le insistía para que comiese cuando ella parecía inapetente.

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Una noche Stavia se encontró aferrada a él, llorando como no lo había hecho desde
que era una niña, mientras Corrig la mecía en sus brazos tal como lo había hecho
Morgot.
—Shh, pequeña —susurró él—. Mi pajarillo, mi pececillo, shhh.
La trataba como si fuese un bebé.
—No soy ningún pájaro —protestó Stavia, tratando de sentirse indignada.
—Mi pequeño pájaro —le susurró—. Mi pececillo, mi adorable niña.
—Una niña gorda y grande —se lamentó ella—. Parece como si me hubiera
tragado una sandía.
—O la Luna, o el Sol, o un fardo de heno —le canturreó Corrig sin dejar de
mecerla, como un péndulo—. O un antiguo elefante, o una ballena. Es enorme como
Leviatán, como behemot, como la copa de un árbol o la circunferencia de una fuente.
Grande como la Luna. Monstruosamente inmensa…
Stavia no pudo contener la risa. Las lágrimas se secaron y fueron reemplazadas
por un inexplicable bienestar.
—¿Corrig?
—¿Hmmm?
—Cuando todo esto haya pasado, ¿todavía estarás aquí? ¿Conmigo?
—Ésa es mi intención —sonrió él—. Siento un constante deseo por ti, Stavia. Tal
vez se deba a todas las cosas que Habby me contaba.
—¿Qué? —exclamó ella—. ¿Qué decía?
—Oh. —Él comenzó a mecerla otra vez, riendo suavemente—. Toda clase de
cosas… muy interesantes…
—¿Y sabes qué será de nosotros en el futuro?
—Oh, claro que sí —dijo él—. Habrá una niña. Tuya y mía. La llamaremos
Susannah.
—Pobre mujer. Hizo todo lo que pudo por mí.
—Joshua, yo y los demás viajaremos al sur y traeremos a todas las jóvenes.
—Bien —suspiró Stavia.
—Y tendremos otra hija. Se llamará… Primavera.
—Ah. ¿Y qué sucederá con este bebé, Corrig?
—Éste es un varón, Stavia.
La acunó lentamente mientras ella lloraba.
Al día siguiente, Corrig se acercó a ella con la expresión de quien ofrece un
bocado de comida a un animal peligroso. Chernon había regresado a la guarnición, le
informó.
—¿Dónde ha estado? —preguntó Stavia en un susurro—. Creía que había muerto.
—No tenía sentido perturbarte hablando de él. Ha estado viajando con un grupo
de gitanos, pero de vez en cuando se ponía en contacto con la guarnición.

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—¿Por qué ha vuelto?
—Tú sabes por qué.
—¿Porque no hubiese sido honorable hacer otra cosa? —se burló Stavia.
—Y tal vez porque sabe que tendrás un hijo suyo. Por lo visto, eso no era todo.
Esa noche Morgot entró en su habitación y le pidió que se vistiese.
—El Concejo quiere verte —le dijo—. Te harán algunas preguntas.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu breve estancia en la Tierra Santa. Ya lo saben todo al respecto, pero
deben tomar una importante decisión y quieren estar seguras de que conocen todos
los hechos.
—Se trata de Chernon, ¿verdad? Ha vuelto lleno de información sobre cómo se
puede esclavizar a las mujeres. Cómo afeitarles la cabeza y azotarlas. Está hablando
con todos los hombres de la guarnición.
—Sí. Evidentemente ha oído por ahí que tú no recuerdas nada, así que cuenta la
historia a su modo. Habla como un demente, pero los hombres le escuchan. Le han
permitido que se reincorpore a su centuria, la de veinticinco años. Según me han
dicho los servidores, lo que dice está siendo ampliamente aceptado por muchos de los
guerreros.
—Oh, por todos los cielos.
—A ti puede parecerte una crisis, Stavia, pero hemos vivido momentos peores.
Ahora ponte las botas.
La reunión fue muy breve, básicamente acerca de la gente de la Tierra Santa y sus
creencias. Al final pidieron a Stavia que se uniera al Concejo, no tanto por haberse
ganado la responsabilidad, sino porque resultaría muy útil como miembro. Aún era
muy joven para ello, pero consideraban que sus desagradables experiencias le habían
brindado los conocimientos y la madurez necesarios para colaborar con las
concejalas. Además, querían que prestase juramento ante el Concejo respecto a toda
la información que poseía. Demasiado cansada para discutir, Stavia aceptó la
proposición.
Una noche, muy tarde, un hombre llegó a la guarnición de Marthatown y llamó a
la puerta de Michael. Cuando éste abrió, el hombre se escurrió al interior como una
sombra. Pertenecía a la guarnición de Peggytown, le dijo. El grupo parecía flaquear.
El comandante quería que Michael, Stephon y Patras se reuniesen con él para que lo
ayudaran a salir del aprieto.
—¿Pero qué diablos…? —comenzó a decir Stephon.
—Shh —lo interrumpió Michael—. ¿A qué te refieres con que parece flaquear?
—Algunos hombres consideran que no es honorable. Lo echarán todo a perder.
Nuestro comandante quiere hablar con vosotros al respecto.
—No tenemos tiempo para… —comenzó Stephon otra vez.— Shh —volvió a

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decir Michael—. Debemos mantenernos unidos, Steph.
—Eso mismo ha dicho mi comandante. No cree que sea demasiado grave, pero le
gustaría saber cómo lo resolveríais vosotros. Pensó que lo teníais todo controlado,
señor. Me pidió que os dijera eso: «Michael lo tiene bajo control. Esos hombres
suyos, Stephon y Patras, ellos sabrán cómo hablarles a mis hombres. Él sabrá qué
hacer».
—¿Dónde quiere que nos encontremos?
—He traído un mapa. Si viajáis directo hacia el sur, él se reunirá con vosotros
aquí. Dos días de viaje, a lo sumo.
Stavia observó los mapas con expresión perpleja.
—¿Éstos son los mapas que hemos entregado a Michael? Pero aquí no aparece la
devastación. Quiero decir, está aquí, pero ésta no es su verdadera posición.
—Así es —asintió Morgot.
—Si avanzan por el camino señalado, la atravesarán por el centro.
—Sí —respondió Morgot—. Suponiendo que lleguen tan lejos.
No llegaron tan lejos. Tras una jornada de viaje, todavía al norte de la devastación
y muy lejos del camino que los hubiese llevado a Emmaburgo, en un valle apartado
de toda civilización, los tres levantaron un campamento espartano y echaron a suertes
quién haría la primera guardia. Stephon fue el señalado. Michael extrajo una piedra
de amolar de las alforjas y se dispuso a afilar su daga. Patras se entretuvo tallando un
hueso para el puño de su cuchillo. Stephon se terminó el té y miró a su alrededor
buscando un buen lugar donde sentarse a vigilar.
—¿Cuánto crees que tardaremos?
—Un par de días. Tenemos tiempo.
—Lamento que no hayamos averiguado nada acerca del arma que vio Besset.
—Creo que Chernon tenía razón. Besset estaba borracho. Veía cosas. Stavia no
sabía nada de eso. —Según Chernon, Stavia le había dicho todo lo que sabía respecto
a todo, y nada tenía la menor importancia.
—Otras personas han oído…
—Lo sé. Pero cuando les preguntas si la han visto, dicen que no.
—¿Un mito?
—Probablemente. Aunque tal vez haya algo de cierto en él.
—Una vez oí hablar de un arma. Algo que se llamaba revólver. Podía lanzar
dagas a gran distancia. —Stephon bostezó.
—No nos serviría de gran cosa ahora. No necesitamos lanzar dagas desde lejos
para apoderarnos de la ciudad —gruñó Patras.
—De todos modos, la daga en la que estoy pensando se encuentra mucho más
cerca —dijo Stephon con malicia—. Y pienso darle un buen uso.
—¿Con quién? —preguntó una voz.

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—Con cualquiera que se me ponga a tiro —respondió Stephon, riendo—.
Incluyendo a tu Morgot, Michael, cuando te hayas cansado de ella.
De pronto todo quedó en silencio. En el mismo instante los tres se percataron de
que la voz que había preguntado «con quién» no pertenecía a ninguno de ellos. Se
levantaron y se acercaron al fuego mientras desenvainaban sus dagas y espadas.
—¿Quién anda ahí? —preguntó Michael.
—Yo —volvió a decir la voz—. ¿No me conoces, Michael? —Salió de la
oscuridad del bosque, toda vestida de negro, Morgot. Una capucha ocultaba su
cabello—. Después de lo que hemos sido el uno para el otro, esperaba que
reconocieras mi voz —dijo con suavidad.
—¿Qué haces aquí?
—He venido a preguntarte qué haces tú aquí, comandante de la guarnición. —
Morgot se sentó en un tocón y cruzó las piernas, inclinándose un poco hacia delante.
Así se sentaba en el pasado, cuando visitaba alguna taberna, mientras escuchaba las
canciones y los relatos de batalla—. Cuéntame.
—Asuntos de la guarnición —replicó él—. No es cosa de mujeres.
Stephon y Patras tomaron conciencia de su postura marcial y, con cierta
vergüenza, envainaron las armas y se retiraron un poco. Esta cuestión era entre
Michael y la mujer.
—Oh, Michael —suspiró ella—. La deshonra siempre es asunto nuestro.
—Deshonra —repitió él con irritación—. ¡Qué sabes tú de eso! ¡Qué sabéis
cualquiera de vosotras!
—Mucho. Tú has jurado protegernos, Michael. ¿Por qué ahora conspiras contra
nosotras?
Sus palabras lo pillaron desprevenido. Pasaron unos momentos antes de que
pudiera reunir la cólera necesaria.
—¿De qué tonterías estás hablando, mujer?
—Te contaré una historia, Michael.
—No tenemos tiempo para eso —intervino Stephon—. Vuelve a Marthatown,
Morgot. No tienes nada que hacer aquí.
—Oh, para esta historia tendréis tiempo —aseguró ella sin inmutarse—. Podéis
escucharla sentados o de pie, como prefiráis, pero os la contaré de todos modos.
—Dejadla hablar —les ordenó Michael—. Veamos, Morgot, ¿cuál es tu historia?
—agregó con ironía.
—Trescientos años atrás, casi todas las personas del mundo murieron debido a
una gran devastación producida por los hombres. Fueron hombres los que crearon las
armas, hombres los diplomáticos y hombres quienes pronunciaron discursos sobre el
orgullo nacional y la defensa. En definitiva, fueron los hombres quienes desataron el
final, apretando botones o lo que fuese. Entonces morimos, Michael. Casi todos

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nosotros. Mujeres. Niños.
»Sólo quedaron unos pocos. Algunas eran mujeres, y entre ellas había una que se
hacía llamar Martha Hija de Eva. Martha enseñó a las demás que la destrucción se
había producido por el ansia de lucha que había en el hombre, y decidió que era
necesario erradicar esta característica de nuestra especie, aunque se tardase mil años.
Junto con otras mujeres, fundaron una ciudad con una guarnición. Había muy pocos
hombres con ellas, así que algunas de las mujeres se vistieron de guerreros y
ocuparon la guarnición fuera de la ciudad, Michael. Y cuando los niños varones
cumplían cinco años, eran entregados a la guarnición para que ésta se ocupase de
ellos.
—¿Mujeres guerreras? —se burló Patras—. ¿Esperas que creamos eso?
—Puedes creerlo o no, como prefieras. Con el correr de los años ya no fue
necesario que las mujeres oficiasen de guerreros, y por lo tanto la tarea quedó en
manos de los hombres. Exceptuando a los pocos que decidían regresar a la ciudad y
vivir con las mujeres. Algunos hombres siempre lo han preferido.
—Cobardes —gruñó Patras—. Lo sabemos todo al respecto.
—No lo sabéis. En realidad, no. Durante los primeros cien años, la guarnición
trató de avanzar sobre la ciudad en dos ocasiones. Pero las mujeres no habían
olvidado su entrenamiento como guerreras, y se defendieron. Además, superaban
ampliamente en número a los hombres. Nuestro gobierno se ocupa de que siempre los
excedamos en número.
Michael no dijo nada. Comenzaba a tener una horrible sospecha. Sus ojos
recorrieron las sombras. ¿Había movimientos allí?
—En los doscientos cincuenta años siguientes, los guerreros han tratado varias
veces de avanzar sobre esta u otras ciudades. Ninguna de las rebeliones ha triunfado,
Michael. ¿Qué clase de idiotas seríamos si no estuviésemos preparadas para estas
situaciones? ¿Estaríamos capacitadas para gobernar el País de las Mujeres?
—¿Quién te acompaña, Morgot?
—Nosotros —respondió una voz desde la oscuridad de los árboles—. Los
humildes. Los modestos. Los que os han abandonado.
—Dejaos ver —gritó Stephon—. Sólo los cobardes se esconden en la oscuridad.
—Los cobardes hacen muchas cosas —dijo la voz—. Matan a sus comandantes y
fingen que ha sido un ataque de bandidos. Se reúnen para conspirar en secreto.
Promueven la insurrección. Organizan un ataque a las mujeres. —Una de las sombras
se movió. Era un hombre, o al menos eso parecía por su altura y su tamaño. Iba
vestido como Morgot, todo de negro con una capucha que sólo dejaba ver sus ojos.
A sus espaldas se alzaban otras sombras. Michael contó seis, tal vez ocho.
—Supongo que no es una cobardía atacar cuando nos superáis en número.
—Yo no veo que os superemos —dijo Morgot—. Vosotros sois tres. El y yo

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somos dos.
—Se me ha pedido que os informe nuestro código de conducta —dijo la sombra
—. Nunca atacamos simplemente para herir o incapacitar. Si nos obligan a hacerlo,
no dejamos con vida a nuestros oponentes. Y nunca matamos a menos que sea en
defensa propia.
—¡Defensa propia! —exclamó Patras—. ¡Saltar sobre nosotros en plena noche!
—Defensa propia —repitió la sombra—. La defensa de nosotros mismos y de
nuestras ciudades. La defensa de Marthatown y del País de las Mujeres.
Patras no perdió el tiempo. Había estado esperando una oportunidad, un momento
de distracción, y creyó haberla encontrado. Se abalanzó sobre la figura que tenía
delante, pero de pronto la sombra ya no se encontraba allí. Al volverse descubrió que
estaba a sus espaldas con algo en las manos, una vara corta. La vara se movió,
comenzó a girar y se convirtió en una rueda de plata, y Patras se quedó mirando el
lugar donde había estado su mano con la espada.
—Nunca para herir —repitió la sombra. La rueda de plata giró hacia el cuello de
Patras y lo atravesó.
Michael emitió un gemido, como si le hubiesen asestado un puntapié en el
estómago. El hombre de negro se desvaneció en la oscuridad. Michael y Stephon
contuvieron el aliento.
Morgot volvió a hablar.
—¿Qué acabáis de ver? Lo denominamos uno de nuestros misterios, Michael.
Algo que las mujeres guerreras y los servidores aprenden y practican. Martha Hija de
Eva conocía estos misterios, y se los transmitió a sus hijas. Vosotros habéis estado
interrogando a nuestras hijas al respecto. Tanto este misterio como los demás tienen
su propio honor. Nunca deben ser utilizados para una cuestión insignificante. Jamás
para algo trivial. Sólo en defensa propia, y siempre para librarse de quienes no
quieren formar parte del País de las Mujeres…
Morgot se levantó de donde estaba y se acercó a él.
—Stephon, tú crees que estoy loca. Lo veo en tus ojos. Recoge tu escudo,
Stephon. Recoge tu escudo y ven a mí. Veamos si puedes utilizar esa daga conmigo.
Veamos si logras atraparme y herirme con esa pequeña daga tuya tal como hubieses
hecho con las mujeres indefensas de Marthatown.
Stephon la miró. Morgot era delgada, menuda, más baja que él, y sin duda mucho
menos fuerte. No se molestó en coger el escudo. Ya no estaba sorprendido ni
asustado. Con su espada lograría detener esa vara giratoria. Él sabía qué hacer. Se
agazapó para convertirse en un blanco más pequeño y se abalanzó sobre ella,
repitiendo el error que había cometido Patras.
Algo brillante se descargó sobre él como un relámpago y se le clavó en el rostro.
Stephon gritó y dejó caer sus armas para tratar de enjugarse la sangre de los ojos. Con

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la mirada borrosa alcanzó a ver el destello plateado de la rueda y cayó al suelo con
una pierna de menos.
—Nunca para herir —salmodió Morgot con tristeza—. Siempre para matar.
Tratamos de ser piadosos. —Stephon ni siquiera sintió el golpe que acabó con él.
Michael lo había visto todo, casi sin dar crédito a sus ojos. Lo que se había
clavado en el rostro de Stephon era un proyectil dentado arrojado con la mano. La
rueda plateada que le había cortado la pierna era una hoja curva en el extremo de una
cadena, impulsada por un mango corto. Una hoja gruesa en el centro y afilada en el
borde. Una hoja que sólo podía ser detenida por un escudo…
—Te preguntabas qué armas teníamos —dijo Morgot mientras se colocaba a la
luz de la fogata—. Querías saberlo, Michael. Enviaste a Barten con una de mis hijas y
a Chernon con la otra, para tratar de averiguarlo. Barten destruyó a una de mis hijas y
Chernon estuvo a punto de matar a la otra.
—Morgot.
—Sí. Morgot.
En el bosque, las otras sombras se movieron con inquietud. Michael dejó caer sus
armas.
—No lucharé contra una mujer. —Se humedeció los labios—. No lucharé con la
madre de mis hijos.
—Michael, asesino de Sandom, conspirador junto con ladrones y asesinos,
codicioso, ambicioso, destructivo… han sido hombres como tú los que causaron las
devastaciones. ¿Crees que te hubiera aceptado como padre de mis hijos? ¡Ninguno de
ellos es tuyo!
El apenas si tuvo tiempo para comprender lo que Morgot había dicho, apenas si
alcanzó a sentirse invadido por un odio violento cuando de pronto otra figura se
presentó junto a ella. El hombre se quitó la capucha. Michael no reconoció su rostro,
pero se dio cuenta de que llevaba la trenza de un servidor.
—No pedimos al poderoso Michael que luche contra una mujer —dijo el servidor
—. Pero si desea hacerlo con el padre de sus hijos…
Fueron las últimas palabras que Michael alcanzó a oír. Se puso en movimiento tal
como le habían enseñado a hacer. Por un momento hasta pensó que lograría vencer,
de no ser porque la figura oscura nunca estaba donde él pensaba que debía estar. La
hoja que lo degolló llegó de la dirección más imprevista. Todo quedó en silencio.
En algún lugar del bosque, un pájaro emitió un canturreo adormecido. A lo lejos
se oyó el aullido de un coyote, con su consiguiente respuesta a coro de los demás.
Junto al fuego se movían varias figuras vestidas en negro, observando la carnicería
realizada por los tres.
—Bien —suspiró Morgot—. Dejad a Patras aquí. Los coyotes y las urracas se
encargarán de él. Los otros dos todavía conservan las cabezas. Con dos bastará para

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conmover a la guarnición.
—Quisiera que me hubieses dejado luchar con él —protestó Corrig.
—Necesitaba hacerlo —le respondió Joshua mientras los demás cargaban los
cuerpos sobre los burros y se alejaban en silencio—. En el País de las Mujeres
aprendemos a no sentir celos, Corrig. Nos enseñan a mantenernos tranquilos, a
disfrutar el presente, a no ser posesivos. Y sin embargo, a pesar de todo…
—A pesar de todo, necesitabas matarlo.
—Sí —dijo Joshua con el rostro avergonzado—. Lo necesitaba. Pasó todo un día
y una noche más.
El azar quiso que al amanecer del día siguiente fuese Chernon el primero en salir
al área de revista. No había dormido bien desde que regresó a la guarnición.
Constantemente, los hombres le preguntaban acerca de los habitantes de la Tierra
Santa y su estilo de vida. Chernon había visto a Resolución Brome con una docena de
esposas; no se había dado cuenta de que muchos hombres carecían de ellas. De las
mujeres no sabía gran cosa, y de todas maneras su intención no era decir la verdad.
Lo que había visto le bastaba. Era la prueba de que los hombres podían hacer lo que
se les antojara, que podían tener sus propias ordenanzas, dirigir su propia sociedad y
mandar sobre las mujeres. Chernon repetía estas frases una y otra vez, afirmaba que
había hombres atendidos por muchas esposas, las cuales sólo estaban allí para
complacerlos.
Chernon debería sentirse satisfecho, pero cuando terminaba de hablar le costaba
conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Stavia, tal como era
cuando la había conocido, cuando había estado con ella, cuando le cortó aquella cosa
del brazo, fuera lo que fuese, y tal como la había visto por última vez, pálida y con
los ojos hundidos como una calavera. Cuatro rostros. Entusiasmo. Placer. Horror.
Muerte. Aquellos ojos parecían seguirlo dondequiera que fuese, hiciera lo que
hiciese. Interés. Goce. Ira. Muerte.
Tal como habían advertido Tonia y Kostia, Chernon era un muchacho inteligente
y podía sacar sus propias conclusiones. ¿Lo que había visto era lo que realmente
deseaba? En sus sueños de aventuras heroicas no había imaginado rostros como
aquellos dos últimos, y sin embargo debían de haber existido cuando Odiseo finalizó
su gesta. Sus andanzas habían estado sembradas de masacres y violaciones. Esto
sonaba bien en las sagas. Nadie hablaba de los rostros de las mujeres.
¿Por qué sería que no las mencionaban? Odiseo decía: «Primero los vientos me
condujeron a Ismarus, donde se encuentra la ciudad de los Kikones. Allí saqueé el
pueblo y pasé a los habitantes a cuchillo. Nos llevamos a sus mujeres…».
Pasar a los habitantes a cuchillo. Eso significaba que habían matado a los
hombres, y probablemente también a los niños. Y luego se habían llevado a las
mujeres, pero Odiseo no decía nada acerca de los rostros. Nada.

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¿Por qué? ¿Por qué Odiseo no mencionaba cómo se sentían las mujeres? ¿Qué
aspecto tenían? ¿Por qué ninguna de las sagas hablaba de ello?
Las preguntas lo atormentaban, lo mantenían en vela hasta altas horas de la noche
y lo despertaban de madrugada, cuando salía a la zona de revista para caminar,
tratando de cansarse para dejar de ver esos rostros.
Al pasar junto al monumento de la victoria, Chernon vio otro rostro, un rostro
ensangrentado, y por un momento pensó que pertenecía a sus sueños, Pero era el
rostro de Michael. Su cuerpo. Y también el de Stephon, colgado del monumento por
los pies, muerto.
Su primer grito de pánico y horror atrajo a los guerreros que cumplían la guardia,
y en cuestión de minutos todos los demás supieron lo ocurrido.
En cuanto a Chernon, se encontraba oculto en su dormitorio, cubierto con las
mantas, enfermo de miedo. Esto tenía alguna relación con Stavia. Lo sabía. Y si tenía
que ver con Stavia, él sería el siguiente.
A mediodía, las Jefas del Concejo solicitaron una audiencia con el centurión
Hamnis, el nuevo comandante, y le informaron que habían descubierto quién había
cometido aquella atrocidad. Espías de Tabithatown… para que Marthatown estuviese
indefensa ante un ataque, para minar los espíritus.
Enfurecida, la guarnición comenzó a prepararse para la guerra. Fue Beneda quien
llevó las noticias a Stavia.
El cabello de Stavia había comenzado a crecer, cubriendo las cicatrices de la
herida y de las posteriores operaciones. Las heridas de su espalda habían
desaparecido, y sólo quedaban unas ligeras marcas que mostraban dónde habían
estado. Ya había abandonado el hospital y se encontraba de vuelta en su antigua
habitación, en casa de Morgot.
Beneda iba allí casi todos los días; le llevaba flores y galletas recién horneadas.
Algunas veces la visitaba Sylvia, y por más que Stavia intentase cambiar de tema,
ellas siempre querían hablar de Chernon. Ahora querían hablar de Chernon y de la
guerra.
—¿Te has visto con él desde su regreso? —le preguntó Stavia. Quería saber si él
le había dicho a Beneda al menos parte de la verdad.
—Una vez —le confió Beneda—. Desde el muro. Le conté que estabas herida, y
él puso una expresión extraña. Seguramente se estaba culpando por no permanecer
contigo y cuidarte, Stavy.
—Dudo de que hubiese podido hacer algo —dijo Stavia con los labios secos.
—Mamá está muy apenada por todo esto —continuó Beneda—. Quiero decir que
ella lo echó de casa y luego Chernon regresó. Y decidió permanecer en la guarnición.
Después se fue tras de ti y pensamos que había muerto, pero regresó. Y ahora se irá a
la guerra…

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—Debe de ser muy difícil para ella —dijo Morgot, quien acababa de entrar en la
habitación. Posó una mano sobre el hombro de Stavia a modo de apoyo, de
advertencia—. Dile que lo lamento profundamente, Beneda.
Beneda asintió con la cabeza.
—Se lo diré. —Entonces se lanzó sobre Stavia y la abrazó con fuerza mientras
murmuraba—: No sólo se trata de mamá. Yo también. No dejo de atormentarme por
él… No sé qué haría sin ti, Stavy. Eres mi mejor amiga. Mamá, Chernon y tú sois las
personas que más quiero…
Cuando se hubo ido, Stavia permaneció mirando la puerta con los ojos llenos de
lágrimas.
—¿Stavy? —Morgot volvió a posar las manos sobre sus hombros y la sacudió un
poco.
—¡Déjame tranquila! —Stavia se levantó y se apartó de ella bruscamente—.
¿Cómo diablos se supone que debo sentirme? No puedo decir nada de lo que pienso.
No a Beneda. No puedo decirle nada. La oigo hablar y hablar acerca de Chernon y…
y me siento una hipócrita. Como una traidora. Me odio a mí misma.
—Sylvia es mi amiga también, Stavia. Hay muchas veces en que no me siento
merecedora de su amistad. ¿Pero qué otra cosa puedo hacer?
¿Rodearme sólo de las mujeres del Concejo? La gente pensaría que somos un
grupo cerrado, y dejaría de confiar en nosotras.
—Es como si en mi interior hubiese dos personas —dijo Stavia—. Una piensa y
la otra actúa. Como si fuese un papel en una obra.
—Sí —respondió su madre, asintiendo con la cabeza—. Eso es exactamente lo
que se siente.
La guarnición de Marthatown se marchó dos días después, al alba. Eran mil
doscientos hombres, incluyendo hasta el último fundidor y cocinero. Durante toda la
noche, las concejalas habían velado junto a la Puerta al País de las Mujeres, rezando
por quienes todavía podían decidirse a regresar. Ninguno lo hizo.
Junto con las otras concejalas vestidas de azul, Morgot y Stavia se situaron en el
sector este de la muralla, encima de la armería, para observarlos partir. Era la primera
vez que Stavia vestía aquella túnica, y se sentía cohibida con ella. No obstante, la
pesada tela le transmitía un sentimiento de lo inevitable. Recordaba que mucho
tiempo atrás había pensado que ella era una especie de Morgot, una copia más joven.
Ahora esa copia se parecía aún más al original.
Al otro extremo del muro, Sylvia y Beneda lloraban, agitando las manos.
En la zona de revista, muchos de los jóvenes lucían sobrevestes o pendones
brillantes en las lanzas. Chernon llevaba un abrigo verde y azul que Beneda le había
confeccionado. No obstante él no miraba a su hermana. Sus ojos recorrían a las
mujeres, una y otra vez. Cuando al fin localizó a Stavia entre las integrantes del

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Concejo, abrió los ojos de par en par. No se le había ocurrido buscar allí.
—Salúdalo —le indicó Morgot—. Sylvia y Beneda os observan. Salúdalo y
sonríe.
Stavia agitó la mano y sonrió, con la vista fija en un punto justo por encima de la
cabeza de Chernon. Vio varios rostros conocidos. Había un hombre divertido con
quien había salido algunas veces en carnaval, al regresar de la academia, y otro que
cantaba sagas en las tabernas mientras todos brindaban. Stavia había disfrutado con la
compañía de los dos. Los saludó y les sonrió. Morgot no observaba a los hombres,
sino a las mujeres, examinando los rostros con atención. Madres de hombres que
pertenecían a la guarnición. Hermanas. Amantes.
Las trompetas sonaron. Redoblaron los tambores. Las distintas centurias, con sus
lugares vacíos de hombres que habían muerto o regresado al País de las Mujeres, se
unieron en la marcha con los oficiales a la cabeza. Se formó una larga columna con
banderolas y condecoraciones flameando al viento, todos los galardones recibidos por
la guarnición en sus años de servicio.
A sus espaldas, en la plaza, la banda de mujeres comenzó a tocar su canción. Ya
se ha ido, él ya se ha ido. Mientras las concejalas cantaban, Stavia repasó las palabras
en silencio.

Dónde se ha ido mi hermoso guerrero,


aquél que me ha hecho suspirar,
al son del tambor se ha alejado de mí,
se ha ido para no regresar,
se ha marchado a luchar por la honra,
a encontrarse con el miedo y el dolor.
Ya se ha ido, él ya se ha ido,
nunca más he de ver a mi amor.

Sylvia y Beneda todavía estaban en el muro, agitando las manos en una despedida
interminable. A lo lejos, casi como si acabara de recordarlo, Chernon se volvió, buscó
a su madre y a su hermana, y levantó la mano. Beneda redobló sus esfuerzos,
moviendo los brazos en un arco sobre su robusta figura.
Al oeste, sobre una colina, Stavia distinguía varias figuras montadas sobre burros.
Había más a lo largo de la columna de soldados. Escoltas. Servidores. Controlaban
que ninguno de los guerreros abandonase la fila para escurrirse por el bosque y unirse
a los que vagaban sin ley.
Las mujeres comenzaron a abandonar las murallas. Stavia y Morgot se retrasaron
todo lo posible, pero Sylvia y Beneda todavía las esperaban abajo, en la plaza, con el
rostro bañado en lágrimas. Sylvia se arrojó en los brazos de Morgot.
—No lo soporto más —gimió—. Ya he llorado demasiadas veces por él…

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—Shhh —la calmó Morgot, con el rostro sombrío como una roca en invierno—.
Bueno, bueno.
—Estará bien —dijo Beneda con valentía—. Vamos mamá. Otras veces temimos
que lo habíamos perdido, y luego regresó sano y salvo. Vamos. Morgot y Stavia
tienen cosas que hacer. Vamos.
Stavia sintió que se le formaba un nudo en la garganta cuando Beneda la abrazó
con fuerza y le mojó el rostro con sus lágrimas. Luego las dos mujeres comenzaron a
subir la colina, apoyadas la una en la otra, entre cientos de mujeres como ellas.
Morgot se enjugó los ojos mientras las miraba marcharse. Fue como si hubiese
hecho desaparecer toda expresión de su rostro, dejándolo en blanco como el de un
maniquí. Como el rostro de Hécuba en la obra. Ella y Stavia comenzaron a subir la
colina, un poco rezagadas.
—¿Exactamente cuál ha sido el acuerdo con el Concejo de Tabithatown? —
preguntó Stavia—. No me lo has dicho. La voz de Morgot fue tan inexpresiva como
su rostro.
—Desde hace tiempo observamos a los mensajeros enviados por Michael y
Stephon, desde que los senadores nos advirtieron que se preparaba una rebelión,
Michael ha estado en contacto con otras tres guarniciones. Hemos identificado a los
alborotadores en cada una de ellas, y las respectivas fraternidades ya han tomado
cartas en el asunto.
—¿Y?
—Por desgracia, en la guarnición de Marthatown los planes de Michael han
penetrado bastante durante los últimos meses. Y por supuesto, la propaganda de
Chernon se extendió entre los guerreros como un incendio. —Se llevó una mano a los
ojos y apretó, como si tratara de contener un pensamiento peligroso que estaba a
punto de escapar. Avanzaron un poco más en silencio antes de que ella terminara la
idea.
—Sí —dijo Stavia.
—Cuando nuestra guarnición llegue al campo de batalla, descubrirá que las tropas
de Tabithatown cuentan con el apoyo de otras cuatro ciudades. Nos hemos reunido
con representantes de sus Concejos. La proporción será de cuatro hombres por cada
uno de los nuestros.
—¡Ah!
—A pesar de la buena cosecha, los Concejos han acordado que las cinco
guarniciones unidas contra nosotras deben ser reducidas en tamaño.
—¿Y?
—Y nosotras hemos acordado que no debe regresar ninguno de los nuestros.

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Capítulo 35
Era la noche anterior al carnaval de verano, en el trigesimoséptimo año de Stavia.
Durante las representaciones de Ifigenia en Ilión, desde los muros de Troya, los
actores podían observar a la audiencia reunida, más allá el parque verde y,
finalmente, los terrenos de la guarnición. Aquella zona aún parecía desierta, a pesar
de que habían transcurrido casi dieciséis años desde que se perdiera la guarnición de
Marthatown.
Al llegar las noticias de lo ocurrido, se habían producido escenas de pánico e
histeria en la ciudad. Se escucharon llantos y lamentos, pero no hubo ninguna tumba.
No quedaban guerreros que llevasen a casa a los muertos.
Después de los primeros momentos de conmoción, los jóvenes menores de
veinticuatro habían necesitado buscar causas y adjudicar culpas. El Concejo de
Mujeres les dijo que Michael, Stephon y Patras habían traicionado a sus hombres por
dinero, que habían planeado conducirlos a una trampa. Evidentemente, algunos de los
conspiradores los había matado en una discusión por el botín. El Concejo no
mencionó cuántas guarniciones habían formado parte de la trampa. Y estaba
prohibido desfilar en honor de cualquier guerrero muerto, ya que nadie sabía quién
había formado parte de la conspiración.
Si se sumaba a las concejalas y a los servidores, había muchas personas que
conocían la verdad, pero el secreto se mantuvo como tal.
—La Señora sabrá distinguir a los inocentes de los traidores —anunció el
Concejo—. Se les rendirá honores en el cielo.
Se escribió una canción sobre la guarnición perdida, un poema que hablaba de
traición y de confianza, de ordenanzas quebrantadas y de culpas. A pesar de haber
sido escrita a instancias del Concejo, se hizo muy famosa y todos la cantaban.
Unos meses después del desastre, Susantown envió a dos centurias de jóvenes
para proteger a Marthatown. Más adelante otras ciudades enviaron a sus hombres,
con lo cual se formó una guarnición pequeña pero respetable. Aunque estaba
compuesta por jóvenes, todos eran hombres que cumplían las ordenanzas y no
tardaron mucho en volver a encarrilar a los muchachos de Marthatown.
Beneda y Sylvia nunca dejaron de hablar de Chernon, al igual que otros cientos
de amantes, hermanas o madres que continuaban hablando de sus respectivos
amantes, hermanos o hijos. Stavia aprendió a participar de las conversaciones tal
como lo hacía Morgot. Sólo debía guardar silencio y dejar que Stavia la actriz tomase
las riendas.
Y ahora Stavia la actriz se encontraba en el escenario del teatro estival,
representando a Ifigenia. Al amanecer se iniciaría el carnaval de verano. La gente
bebería, reiría y disfrutaría del sexo. Habría bromas y canciones. Pero antes de todo

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aquello, se representaba la obra para las personas capaces de comprender lo que ésta
encerraba.
Personas como las que compartían el escenario con Stavia o las que ocupaban las
primeras filas. Las concejalas. Tonia. Kostia. Septemius. Detrás de ellos un grupo
selecto de servidores. Menos de doscientos en total. Lo que Morgot llamaba «el
Grupo de los Condenados». Los que tomaban las decisiones. Los que hacían lo que
debía hacerse.
Y detrás de ellos se encontraban todas las demás mujeres de Marthatown. Beneda
y Sylvia estaban allí, en el pasillo, donde Stavia no podía evitar verlas.
Durante la primera parte de la obra se habían oído risas y susurros entre la
audiencia. No obstante, al final todo había quedado en silencio. Ya no crujían las
cestas con dulces, y los ojos del público estaban fijos en ellos, en Stavia y en Joshua,
Ifigenia y Aquiles sobre los muros de Troya.
—¿Cómo es el Hades? —preguntó Aquiles desde el pedestal junto a ella.
AQUILES: ¿Cómo es el Hades?
IFIGENIA: Como una sombra sin sol, como la oscuridad sin el día. Como la
unión de dos fantasmas.
AQUILES: ¡Acertijos! ¡No son más que acertijos!
POLIXENA: Creo que lo que quiere decirte, Aquiles, es que en el infierno no
tenemos por qué condenarnos tratando de defendernos.
IFIGENIA: A eso me refería, sí.
AQUILES: ¡Absurdo! ¿Qué relación tiene con tratar de defenderse?
POLIXENA: Yo imploré por mi vida, Aquiles. Cuando dijeron que me matarían,
me ensucié. Mis entrañas se abrieron y la mierda me corrió por las piernas. Grité y
me arrastré. Odiaba lo que estaba haciendo, pero lo hice. ¡Yo quería vivir, Aquiles!
Yo quería vivir, pero ellos me mataron, hedionda como un animal cubierto de
estiércol. Todavía era joven y hermosa, Aquiles. Me encantaba bailar. Pero ellos me
mataron allí, en medio de la suciedad, con las faldas levantadas y la sangre mezclada
con el excremento, condenada para siempre a recordarme de ese modo… así… En el
Hades es posible que baile. No tendré que suplicar por mi vida, Aquiles. No tengo
una vida que perder.
ANDRÓMACA: Yo vi cómo mataban a mi padre. La lanza se clavó en el pecho
que me había cobijado. Él solía llamarme «tesoro mío». La sangre manó y él gruñó
como un cerdo sacrificado, con una especie de quejido. Creo que estaba algo
sorprendido. Mis hermanos acudieron corriendo, pero tú y tus hombres los matasteis.
Y aquí en Troya has vuelto a hacerlo. Has despedazado a mi marido. No dejo de verlo
en mis sueños… brazos, piernas, dedos, muslos, todos entremezclados en una masa
confusa y terrible. Yo trato de ordenarlos, diciendo: «Papá, Héctor, ¿dónde están las
partes de vosotros que yo tanto quería?». ¿Y el hijo de Héctor? Mi bebé, su bebé,

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nuestro hijo. Arrojado desde los muros como una basura. Lo oí gritar mientras caía.
Emitió un sonido como el de un pájaro que cae al mar… no se me ocurre otra cosa.
Cuando la nave que me lleve se aleje lo suficiente de la costa, saltaré a ese mar. Seré
condenada por quitarme la vida, pero es lo único que puedo hacer. No me arriesgaré a
amar otra vez para verlo morir. En el Hades no hay vida, no hay dolor. Los muertos
están muertos. Es imposible volver a matarlos.
HÉCUBA: Yo llevaba un cuchillo entre las faldas, Aquiles. Cuando Taltibio se
inclinó sobre mí, pude haberlo matado. Deseaba hacerlo. Para eso tenía el cuchillo.
Sin embargo, en el último instante, pensé: «Es hijo de alguna madre al igual que lo
fue Héctor, y todas somos mujeres y hermanas». Si lo mataba, pensé, ¿no sería como
matar a mi propia familia? ¿No causaría el dolor de otra madre? Por eso no lo maté,
aunque pude haber salvado al bebé. Estoy condenada a pensar en eso, en que pude
haber salvado al hijo de Héctor. Muertas o condenadas, es la alternativa que tenemos.
O bien vosotros nos matáis y recibís honores por ello, o nosotras las mujeres os
matamos y nos condenan por ello. Muertas o condenadas. Las mujeres no tienen que
tomar decisiones así en el Hades. No existe el amor allí, no hay nada que traicionar.
AQUILES: (Sacude la cabeza, sin dejar de llorar.). Volveré a preguntártelo, hija
de Agamenón. ¿Cómo es el Hades?
IFIGENIA: ¿Cómo es el Hades? Como un sueño sin despertar. Como llevar agua
en una criba. Como llegar a puerto tras una tempestad. Un puerto estéril, donde el río
sin agua corre hacia el mar atravesando un desierto infinito. Donde te han despojado
de todas tus cargas. Lo comprenderás cuando llegues allí, Aquiles… El Hades es el
País de las Mujeres.
Stavia se inclinó sobre Joshua y apoyó la mejilla sobre la de él. Tenía los ojos
fijos en los terrenos semidesiertos de la guarnición, y mentalmente veía a los miles de
hombres que se habían marchado. Las lágrimas se deslizaron entre los rostros de los
dos mientras Joshua —servidor, guerrero, ciudadano del País de las Mujeres, padre
—, mientras Joshua lloraba.
Lloraba por todos ellos.

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Sheri S. Tepper nació en 1929 en Colorado (EE.UU.) y ha trabajado durante más
de veinte años en la planificación familiar como directora ejecutiva de Rocky
Mountain Planned Parenthood en Denver, una empresa con más de
230 empleados y un alto presupuesto anual.
En los años sesenta y setenta publicó algunos relatos y poemas de ciencia ficción,
pero fue una vez cumplidos los cincuenta años, en la década de los ochenta, cuando
empezó a escribir novelas de gran éxito e interés, tras jubilarse de su trabajo anterior
en 1986.
Aunque DESPERTAR (1987) es su novela número catorce, representa un cambio
radical en la obra de Tepper tras obras menos ambiciosas como King's Blood Four,
Necromancer Nine, Wizard's Eleven, The Revenants, Marianne, The Magus and the
Manticore o la serie sobre Mavin Manyshaped formada por The Song of Mavin
Manyshaped, The Flight of Mavin Manyshaped, The Search of Mavin Manyshaped.
De hecho, DESPERTAR (NOVA ciencia ficción, número 51) se publicó en
Norteamérica en dos volúmenes: The Awakeners: NorthShore (marzo
1987) y The Awakeners: SouthShore (junio 1987). Con ella se iniciaba la
publicación de la obra de Tepper en edición de tapa dura, hecho con el cual los
editores confirmaban a la vez el éxito popular y el interés que suscitaba.
A partir de DESPERTAR (1987), la obra de Tepper, fácilmente encuadrada hasta
entonces en ta fantasía, se orienta con mayor claridad hacia la ciencia ficción e
incluye brillantes e interesantes especulaciones de voluntad feminista, como la

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famosa LA PUERTA AL PAÍS
DE LAS MUJERES (1988). Otras obras destacables de este período reciente son
TRAS EL LARGO SILENCIO (1988), RAISING THE STONES (1990) y
SIDESHOW (1992). En estas dos últimas aparece Marjorie Westriding, la
protagonista de HIERBA (1989), obra que tuvo un gran éxito y fue finalista del
premio Hugo de 1990.
Tepper no olvida los temas clásicos de la fantasía y les da nuevos tratamientos,
como ocurre en su sorprendente reconstrucción de la historia de la Bella Durmiente
en clave de ciencia ficción, BEAUTY (1991), considerada por los lectores de
LOCUS como la mejor novela de fantasía del año. Su novela más reciente es A
PLAGUE OF ANGELS (1993.)
Con diversos seudónimos, esta autora ha publicado también novelas de terror
(The Bones y Still Life firmadas como E.E. Horlak) o novelas de misterio que suele
firmar como B.J. Oliphant o como A.J. Orde. En concreto, Dead in the
Scrub, firmada como B.J. Oliphant, ha sido finalista del prestigioso premio
Edgar.

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