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El Crimen Perfecto

Este documento presenta un resumen de un cuento de Enrique Anderson Imbert titulado "El General hace un lindo cadáver". El cuento narra la historia de un cirujano llamado Alfonso Quiroga que se obsesiona con cometer el crimen perfecto después de leer muchas novelas de misterio. Quiroga elabora una teoría sobre cómo cometer el crimen perfecto sin dejar pistas y sin que la policía pueda descubrirlo. Planea cometer un asesinato como un desafío intelectual y artístico para demostrar su superior

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El Crimen Perfecto

Este documento presenta un resumen de un cuento de Enrique Anderson Imbert titulado "El General hace un lindo cadáver". El cuento narra la historia de un cirujano llamado Alfonso Quiroga que se obsesiona con cometer el crimen perfecto después de leer muchas novelas de misterio. Quiroga elabora una teoría sobre cómo cometer el crimen perfecto sin dejar pistas y sin que la policía pueda descubrirlo. Planea cometer un asesinato como un desafío intelectual y artístico para demostrar su superior

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El crimen perfecto

por Enrique Anderson Imbert

    —Creí haber cometido el crimen perfecto. Perfecto el plan, perfecta 


su ejecución. Y para que nunca se encontrara el cadáver lo escondí 
donde a nadie se le ocurriría buscarlo: en un cementerio. Yo sabía 
que el convento de Santa Eulalia estaba desierto desde hacía años y 
que ya no había monjitas que enterrasen a monjitas en su cementerio.      5
Cementerio blanco, bonito, hasta alegre con sus cipreses y paraísos a 
orillas del río. Las lápidas, todas iguales y ordenadas como canteros
de jardín alrededor de una hermosa imagen de Jesucristo, lucían como 
si las mismas muertas se engargasen de mantenerlas limpias. Mi error:
olvidé que mi víctima había sido un furibundo ateo. Horrorizadas por    10
el compañero de sepulcro que les acosté al lado, esa noche las muertas
decidieron mudarse: cruzaron a nado el río llevándose consigo las
lápidas y arreglaron el cementerio en la otra orilla, con Jesucristo y
todo. Al día siguiente los viajeros que iban por lancha al pueblo de
Fray Bizco vieron a su derecha el cementerio que siempre habían visto    15
a su izquierda. Por un instante se les confundieron las manos y creyeron
que estaban navegando en dirección contraria, como si volvieran de
Fray Bizco, pero en seguida advirtireron que se trataba de una mudanza
y dieron parte a las autoridades. Unos policías fueron a inspeccionar
el sitio que antes ocupaba el cementerio y, cavando donde la tierra     16
parecía recién removida, sacaron el cadáver (por eso, a la noche, las
almas en pena de las monjitas volvieron muy aliviadas, con el cementerio
a cuestas) y de investigación en investigación ... ¡bueno! ... el resto 
ya lo sabe usted, señor Juez.

El General hace un lindo cadáver - Enrique Anderson Imbert

ENRIQUE ANDERSON IMBERT (1910)

Novelista, cuentista y crítico literario, Anderson Imbert nació en Córdoba e hizo sus estudios primarios y
secundarios en Buenos Aires y La Plata. En 1940 se graduó de profesor en letras de la Universidad de Buenos
Aires, y en la misma universidad, seis años después, se recibió de doctor en filosofía y letras.

Interrumpió su carrera de catedrático de literatura argentina y americana y literatura contemporánea en la


Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán para aceptar una beca de la Fundación
Guggenheim, y se trasladó a los Estados Unidos (1943). Después de haber enseñado un año en el Smith
College, regresó a Tucumán donde se quedó como profesor hasta 1946. Al año siguiente volvió a los Estados
Unidos donde enseñó en la Universidad de Michigan y dictó cursos de verano en varias otras universidades
notables. En 1953 obtuvo por segunda vez una Beca Guggenheim.

En 1957 le otorgaron la cátedra de literatura ibero-americana en la Universidad de Buenos Aires; volvió otra
vez a su país natal, pero a principios de 1958 regresó a Michigan. Actualmente es catedrático de literatura
ibero-americana en la Universidad de Harvard.

Aunque mejor conocido en este país como crítico literario y profesor, Anderson Imbert es también un novelista
y cuentista de primera categoría entre los prosistas hispano-americanos actuales. En su ficción ha cultivado
principalmente la fantasía y el realismo mágico, pero también le ha interesado la creación de misterios y de
cuentos policiales.

En el cuento escogido para esta antología, se ve no sólo la destreza de Anderson Imbert en crear un cuento
bien estructurado, sino también el leve humor del autor en su parodia de Don Quijote, especialmente en la
primera página, y su tratamiento humorístico de un tema bastante grave.

Sus obras principales son Vigilia (1934); Las pruebas del caos (1946); Fuga (1953); El grimorio [contiene, además
de los cuentos de Las pruebas del caos, gran número de cuentos nuevos] (1961); El gato de Cheshire (1965);
Historia de la literatura hispano-americana (1954; 4o ed., 1962); La crítica literaria contemporánea (1957).

el general hace un lindo cadáver

En un lugar de Sudamérica, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un cirujano
cincuentón, tan rico que no necesitaba trabajar. En los ratos de ocio, que eran los más del año, se daba a leer
novelas de detectives. Se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y
los días de turbio en turbio; y así del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que perdió
el juicio. Se le llenó la fantasía de todo aquello que leía en los libros; y vino a dar en el más extraño
pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que, picado porque en todas las novelas que leía la justicia
acababa siempre por descubrir al delincuente, decidió cometer un crimen tan perfecto que a él sí que no lo
descubrieran.

Alfonso Quiroga — que así se llamaba nuestro héroe — era recio de cuerpo y ágil de piernas, pero la cabeza lo
avejentaba: calvete, arrugado, con gafas de miope y un bigotazo gris. Vivía en una hermosa quinta, en las
afueras de la ciudad, sin más compañía que la de su servidumbre. Al frente se alzaban dos chalets. Aparente-
mente gemelos — por dentro la disposición de las habitaciones era diferente—, estaban separados por el
garage, ancho como para tres automóviles. En el chalet de la izquierda, que era donde anteriormente había
ejercido la profesión, estaba instalado Quiroga. El de la derecha había quedado deshabitado desde que
murieron sus hermanas. Al fondo de la huerta, en una casita enjalbegada de cal, se alojaban Bonifacia, una
india ya muy vieja pero insustituible como cocinera, y los hijos de Bonifacia: Lucía, redondita y agraciada;
Manuel, con la boca desfigurada por una coz; y la mujer de éste, Teresa, una apagada. Todavía más atrás de la
casita había un rancho, arrendado por dos peones.
Sirvientes y peones respetaban el dinero y la bondad del doctor Quiroga, aunque solían irritarse al verlo tan
entremetido en los trabajos de la quinta. Tan pronto se ponía a podar los frutales del huerto como movilizaba
sus cacharros de química para exterminar plagas, pintaba un cerco o se iba al gallinero a retorcerle el gañote a
un pollo para el almuerzo. Era parte del ejercicio físico que él mismo se había proscripto para no sucumbir a la
vida sedentaria. Lo hacía también por amor a las cosas del campo. ¡Hasta iba a la cocina y ayudaba a Bonifacia
en los pasteles, tamales y empanadas! Pero nada le gustaba tanto como leer los “mysteries” que recibía por
correo, directamente de Nueva York. Precisamente fue al leer Dead and Not Buried cuando, fastidiado por la
penuria imaginativa de H. F. M Prescott, se le ocurrió a Quiroga que no sólo él sería capaz de escribir una
novela mejor, sino que hasta podría dejar seco a alguien sin que hubiera detective en el mundo que lo
desenmascarara.

Subió a su cuarto, se sentó en el balcón —era esa hora del crepúsculo en que todavía no se ven las estrellas
pero ya se las oye venir a todo galope — y se entretuvo formulando una teoría del crimen perfecto. Primera
condición, claro, que nadie, al final de cuentas, pueda averiguar quién fue el asesino. Ni por qué asesinó. Ni
cómo asesinó. Ni con qué asesinó. Pero no bastaba. Después de todo, crímenes así los hay a montones. ¿A
montones? ¡Ja! Eso es poco decir. El noventa por ciento diría él, el noventa por ciento de los crímenes escapan
a la acción de la justicia. Son, por lo general, crímenes ciegos, contrahechos, torpes, estúpidos. Truculencias.
Atrocidades. Bazofia de todas las ciudades. ¡Bah! Porquerías de forajidos y facinerosos. No, un crimen perfecto
es, debe ser, una aventura intelectual. Requiere la contextura precisa de una charada. ¡Eso! Tiene que ser una
obra maestra. Un crimen riguroso e imaginativo como un soneto. Ahí está el detalle. Y, como la poesía pura,
debe ser desinteresado. Matar por lucro, por venganza, por celos, por miedo, por política, por misantropía, por
eutanasia y la mar en coche echa a perder las posibilidades artísticas de ese limpio acto de cortarle a un
prójimo, gratuitamente, la hebra de la vida. ¿Matar por el placer de matar? Tampoco. Manía homicida, no; los
maniáticos no sólo no pueden elegir entre el bien y el mal, sino que tienden a reincidir y acaban por repetirse.
Un crimen perfecto tiene que ser libre y único. Se le perpetra sin móviles, sin egoísmos. El perfecto asesino
debe avanzar con ánimo deportivo, a sangre fría, como quien acepta una apuesta. Descalabrar con un garrote a
un pobre tipo que camina por un callejón a oscuras es algo que pueden hacer millares de malhechores:
generalmente la policía no los encuentra nunca. Lo decoroso es despenar con estilo, poniendo tal sello
personal que importe el riesgo de ser cogido. Ahí estaba lo deportivo de la cosa: firmar el crimen y sin embargo
escabullirse. Que el quitar de en medio a un semejante sea bello en sí, como una prestidigitación. Para
acrecentar esa belleza convenía crear problemas difíciles. Por ejemplo: el problema de un cadáver encerrado
por dentro en un cuarto hermético, el problema de un cadáver que desaparece en presencia de muchos
testigos, el problema de un cadáver que no revela el arma real pero inimaginable que lo fabricó... Y otros
problemas menores: el de una serie de asesinatos que se cometen de acuerdo a una clave secreta; el del
criminal que avisa a la policía cómo y cuándo perpetrará su homicidio; el de la coartada, falsa pero
indestructible; el de las huellas que se interrumpen a mitad del camino, sin causa aparente; el de la casa
inencontrable; el de un hombre ubicuo... Y a estos problemas había que resolverlos con elegancia
trigonométrica. Quiroga soltó una risita picara. Trigonometría. ¡Qué bien!: el triángulo de la víctima, el asesino
y el detective.

Ya había caído la noche, y ahora se veía en las nubes el aciago resplandor de las luces de la ciudad. Millares y
millares de estrellas; y allá abajo, millares y millares de seres que estarían en ese mismo instante yendo y
viniendo por el laberinto de calles. Uno de esos seres sería el elegido para el sacrificio. Uno. Cualquiera.
¿Hombre, mujer? Lo mismo daba. Elegiría la víctima al azar. O, mejor dicho, que el azar eligiera la víctima.
¿Cómo? Bueno...podría tirar la guía telefónica al aire para que cayera abierta en cualquier página; podría, con
los ojos cerrados, clavar la punta del lápiz sobre cualquier nombre... No, no. La guía telefónica sólo da la
nómina de un sector social, en su mayoría masculino. ¿Era justo descalificar como posibles mártires a quienes
no figuran allí nada más que porque no pueden pagarse el lujo de un teléfono o porque el teléfono está a
nombre del jefe de la familia? No señor. Había que complicar el juego del azar. Para corregir lo antidemocrático
de la guía telefónica recurriría a santos y santas cuya festividad se conmemora todos los días del año. Que la
guía de teléfonos indicara el apellido, y que el santoral del calendario indicara el nombre. Deshojó el taco del
almanaque de pared y revolvió los días en el cesto de papeles. Metió el brazo y sacó la hojilla del 19 de marzo:
San José. Después hizo una papeleta con cada letra del abecedario. Las revolvió. Escogió una: la “M”. ¡La cosa
marchaba!; “José M..." Escribió en otras papeletas solamente los números de aquellas páginas de la guía
telefónica que comprendían los abonados de la letra M. Las revolvió. Escogió una: la página 387. Escribió un
número para cada columna de nombres en la página: salió la segunda columna. Contó las líneas de cada
columna y escribió un número para cada línea: sacó el número 9. Ansioso, conteniendo la respiración, hizo que
el dedo bajara por la torre de apellidos. ¡El apellido en la línea novena de la columna segunda de la página 387
era Melgarejo! Sólo que no había allí ningún José Melgarejo. Bueno. No importaba. Lo buscaría. Mañana
mismo saldría de caza. Se rió como si le hicieran cosquillas. ¡Linda cacería! Primero, él cazaba la víctima;
después, un detective trataría de cazarlo a él. ¡Ja, ja! ¡No está mal, no está mal! “José Melgarejo.” Trece
fatídicas letras. ¿Quién sería? Se acostó. Durmió como un bendito: uno de sus sueños fue que José Melgarejo
no existía.

Porque ¿es necesario decirlo? Quiroga estaba engañándose. Si se trataba, lisa y llanamente, de despachar un
hombre al otro mundo, ¿a qué tantas cábalas? Con echarle el ojo a un Fulano de carne y hueso, ya estaba. ¿No
era lo mejor? ¡Ah! Es que allá, en la cueva más soterrada de su alma, estaba el otro yo de Quiroga, haciendo
votos para que el apócrifo José Melgarejo siguiera siendo muy apócrifo. Pero Quiroga se engañó a sí mismo. Se
dio por satisfecho. El azar había formado un nombre: si el azar no formaba también un hombre, no era culpa
suya. Cuando vio que en la guía no había ningún José Melgarejo, sintió alivio, aunque fingió no sentirlo. ¿Por
qué desechó la idea de ir al Registro Civil e inquirir, de una vez por todas, si había o no un tal José Melgarejo?
Se persuadió de que era para que el rastro de su curiosidad no lo delatase. Pero la razón escondida era otra:
tenía miedo de encontrarse con que sí vivía ese señor.

Como quiera que sea, lo cierto es que Quiroga se embarcó en los preparativos del crimen perfecto. Cómo,
cuándo, dónde y con qué, todavía no lo podía saber. Al topar con la víctima pensaría en todo ello. Con los hilos
de las circunstancias tejería su trama. Entretanto lo primero que había que hacer era quemar su biblioteca
policial, no fuera que alguien metiera allí las narices y oliera el pastel. Y después, rodear su vida con un halo de
inocencia. Mejor todavía, convertir toda su vida en una coartada colosal. Sin exagerar, sin llamar la atención
con costumbres nuevas, había que enaltecer su reputación — intachable, a decir verdad — para que, sucediera
lo que sucediera, nadie se atreviese a acusarlo. El pertenecer al patriciado criollo lo ayudaba. Era estimado, en
círculos sociales influyentes, como hombre de orden, rico, conservador, culto. (Su locura era interior y secreta.)
Si algo dejaba ver eran meras chifladuras. Pero ¿quién iba a notarlas? En estos tiempos todo el país estaba
patas arriba y a diario los papanatas comulgaban con ruedas de molino, ¿quién, pues, iba a asombrarse de las
opiniones que Quiroga lanzaba desde su sillón del Club? Opiniones inofensivas por lo demás. ¿Y sus artículos
periodísticos? Júzguense los temas: folklore, genealogía, anecdotario patriótico... Nada, que se le respetaba.
Hasta había políticos de barrio que sopesaban las posibilidades del doctor Quiroga como candidato del Partido
Nacionalista. Quiroga se sonreía. ¿Político él? ¡Qué ideal Nunca, nunca. Pero se relamía de gusto. Su
respetabilidad agregaba una nueva fruición a sus fantasías macabras: si lo cogían después de asesinar, caería
como Sansón, abrazado a las columnas de la sociedad.

Una tarde la urbe resonó con la caballería del Ejército marchando sobre la Casa de Gobierno. Horas después se
anunció por radio que una Junta de militares, presidida por el general Veintemilla, gobernaría
provisionalmente para salvar la patria ya no recuerdo de qué males. Los nacionalistas vivaron el Ejército,
ofrecieron su apoyo al General y solicitaron empleos públicos. Entonces fue más admirable que nunca el alma
de violeta del doctor Quiroga. Daba consejos, asistía a reuniones partidarias, aunaba voluntades, pergeñaba
editoriales para el periódico oficial, pero modestamente se oscurecía. Lo dicho: un alma de violeta. “Si usted
quisiera, doctor...” Ni hablar. El doctor no quería. No quería nada. Jamás aceptaría del gobierno un cargo
rentado.

De improviso surgió un nuevo caudillo: un general que acababa de regresar de la Italia de Mussolini después de
varios años de agregado militar en la Embajada. Organizó en secreto a los jefes de regimiento y una mañana los
periódicos trajeron la noticia con títulos a toda página: “Veintemilla renuncia”; “Una nueva Junta nombra
presidente al general José Melgarejo.”

El corazón dio tal vuelco que Quiroga creyó que otra persona le habitaba el cuerpo. También la cabeza le dio
vueltas y en una de ésas estuvo a punto de encontrar el juicio que había perdido. ¡José Melgarejo! Se miró al
espejo. Demudado. Ojeroso. Se miraron, él y su imagen, y se dijeron con el mismo movimiento de labios: “ya
apareció.” Se avergonzó de ser un pusilánime y, con la inconsciencia del fanático, se lanzó a la aventura. Había
que planear el crimen. El primer paso: acercarse a la víctima.

No fue difícil. Hasta se dio el lujo de rehusar varias veces la invitación de los nacionalistas para visitar al
dictador. Al fin aceptó y lo conoció en una reunión a puertas cerradas de militares y políticos. José Melgarejo
era corto de estatura, con manos pequeñitas, carnes muy blandas y cierta gordura femenina, pero su rostro
revelaba a cada mirada el ascendiente de un caudillo. Quiroga no sintió el magnetismo de esas miradas, sin
embargo: desde el primer instante lo vio ya occiso, con los ojos pegados. ¡Por cierto que hacía un lindo
cadáver! Quiroga intervino sesudamente en la conversación. Lo invitaron a otras reuniones. Y en la histeria de
esos días su palabra sonaba sana. La seriedad de Quiroga parecía patriotismo: era en verdad la rigidez del
alevoso. Encantó a Melgarejo. Una vez Melgarejo lo invitó a él solo. Hablaron sobre la crisis. El gobierno militar
se había desacreditado: ¿cómo darle popularidad? Quiroga propuso que, en una forma o en otra, se regalara
dinero a todo el mundo. Genial. Formidable. A nadie se le había ocurrido. ¿Y si él, Melgarejo, transmitiera por
la Radio del Estado un discurso anunciando la buena nueva? Sí, sería un buen comienzo. El doctor Quiroga, eso
sí, tendría que encargarse de escribir el discurso. Bien. Sí. El doctor Quiroga lo escribiría.

Y así Quiroga tuvo acceso al despacho del dictador y a poco entraba y salía como Pedro por su casa. No aceptó
el ofrecimiento de una Dirección General, pudor que le valió aún más la estima de Melgarejo. Se hicieron
amigos. A veces era Quiroga quien se lo llevaba a celebrar una de esas deliciosas cenas que Bonifacia sabía
preparar. Una noche, cenando en casa de Quiroga, se mostró Melgarejo muy preocupado por la fuerza
creciente de la oposición.

— Hay que dar apariencias de legalidad a los actos del gobierno — aconsejó Quiroga —. Lo mejor sería
convocar a elecciones y que pase a ser presidente constitucional.

— ¿Y si no me eligen?
— ¡Cómo no lo van a elegir! Ya sabe cómo se hacen estas cosas. No hay cuidado. A la oposición se la mete en
cintura. Un poquito de fraude... En el peor de los casos, usted se queda, pase lo que pase, y todo sigue como
ahora.

Se organizó la campaña electoral. Quiroga estaba a todas horas con Melgarejo. Dio constantes pruebas de
lealtad. Lo cubrió con su cuerpo cuando asaltaron a balazos el tren en que viajaba. Sacó las castañas del fuego
cuando algunos jefes del ejército empezaron a amotinarse. Los políticos, seguros de que el doctor Quiroga no
abrigaba ambiciones personales (y de que, por otra parte, no se oponía a las ambiciones personales de los
demás) lo ayudaban. Había caudillos reacios, en las provincias más lejanas.

— Déjemelos por mi cuenta — dijo Quiroga —. Los voy a invitar a mi casa. Una fiesta criolla, con vino,
empanadas, cordero asado, alfajores y... ¡folklore! Usted les endilga un discursito. Volverán a sus pagos
vibrantes de entusiasmo patriótico. Déjemelos por mi cuenta.

La víspera de la fiesta — sábado — Melgarejo y Quiroga se quedaron toda la tarde en la Casa de Gobierno.
Salieron al anochecer. En la antesala se les juntó el edecán, Mayor Rosas. “Ah, también viene el edecán a pasar
la noche en casa,” se dijo Quiroga. “Bien: en vez de seguir el Plan N" 1 seguiré el Plan N° 2 o el Plan N° 3, según
lo que convenga.” Subieron al auto presidencial y partieron. La ciudad, siempre noctámbula, se despertaba y
abría miles y miles de ojos iluminados. En cambio, en los suburbios, el parque, oscuro como una sola mancha
de árboles, se había echado y parecía dormir con un ojo abierto: el lago. Dejaron el parque atrás. A los lados del
camino, unas pocas casas humildes. Después, campo. Otro grupo de casas, con una iglesita barroca rezando en
la noche, y a los cinco minutos llegaron a la quinta del doctor Quiroga. Atravesaron las verjas, despidieron al
chofer y entraron en el chalet principal. Cenaron. Quiroga trajo unos papeles y se dispuso a tomar notas sobre
la reunión del día siguiente.

— Puede retirarse cuando guste — dijo el General a su edecán —. El doctor Quiroga y yo trabajaremos hasta
tarde. Mañana, a las once... No: a las once y media, venga a pedir órdenes.

— Ah — intercedió Quiroga con un aire tímido de anfitrión que teme no dar a sus huéspedes toda la
comodidad merecida —. En el otro chalet sólo tengo una habitación arreglada, de modo que, si no les es
molesto, ustedes se quedan aquí. El Mayor puede descansar en mi cuarto. Permítame mostrarle el camino.
Usted, General, tiene ya su habitación preparada. Cuando terminemos de trabajar yo me iré al otro chalet.

— De ninguna manera — dijo Melgarejo —. El Mayor puede dormir en el otro chalet y nosotros nos quedamos
aquí. ¿Por qué va usted a dejar su propio cuarto? ¡No faltaba más! El Mayor estará cómodo allá, ¿no?

— Naturalmente — contestó el Mayor.

— Como ustedes quieran — dijo Quiroga. Y pensó: “Hay que seguir, pues, el Plan N° 3.”

Se despidieron. Quiroga y el Mayor Rosas salieron del chalet, cruzaron el garage y entraron en el chalet
gemelo. Después de aposentar al Mayor, volvió Quiroga junto al General y empezaron a cambiar ideas. Quiroga
tomaba notas y disimulaba su impaciencia. Media hora más ¡y el crimen perfecto! Había premeditado los
menores detalles. Plan N° 3. Cada cosa, en su sitio. El tiempo de cada acción, calculado minuto por minuto. Los
movimientos de las personas, previstos hasta en sus incongruencias. Su coartada, infalible. Con su imaginación
había recorrido todas las etapas del asesinato, con su imaginación ya había asesinado. Sabía qué precauciones
tomar en cada caso para no dejar pistas. Ahora, antes de asesinar de veras, contempló en su mente, por última
vez, el diagrama de ese juego. Impecable. Cabal. No le faltaba nada, ni siquiera el reto a la policía. Porque al
final había dejado una incógnita enorme. Más caballeresco no podía ser. Juego limpio. Ahí quedaba ese cabo
suelto, para espolear el interés de algún pesquisante. En los anales policíacos quedaría inscripto ese áureo
signo de interrogación.

Cuando los sirvientes y peones se retiraron a la casita de servicio y al rancho, perdidos en el fondo de la huerta
— eran las nueve y media —, vieron el chalet iluminado. Allí se seguía trabajando.

Domingo. Siete de la mañana. Bonifacia, al levantarse, encontró al doctor Quiroga en el patio, colgando de una
guirnalda un gran retrato del general Melgarejo. El retrato, sonriente, parecía el aviso de algún dentífrico.

— Simpático, el General ¿no? — dijo Bonifacia.

— ¿Verdad que sí?

— ¿Duerme todavía?

— Como un tronco.

— ¿Le preparo el desayuno?

— ¿A mí? No, gracias. Ya lo tomé. Dentro de un rato iré a ver si el Mayor Rosas está despierto. Si está, le aviso y
usted le dice a Lucía que le lleve el desayuno. ¡Cuidado con Lucía! ¡Je, je! El Mayor debe de tener buen ojo para
las muchachas guapas... Por el General no se preocupe. Va a dormir hasta tarde. Cuando se levante, yo la
llamaré, Bonifacia. Tenemos que andar rápido. Hay mucho que hacer. A Manuel, que trinque el cordero y
encienda el fuego. Usted no me lo pierda de vista. ¡Mire que hoy nos jugamos la reputación de cocineros! La
salsa: Bonifacia ¡cuidado con la salsa! Ah, ya probé uno de sus alfajores: ¿sabe que le salieron ricos? Y la masa
para las empanadas, no le digo nada. Tiene buena cara. ¡Ojalá que el relleno le vaya a la par! Después que lo
pruebe me dice, con toda franqueza, qué le parece. Ahora vaya rellenando las empanadas. ¿Y Teresa?

— Fue a misa.

— Está bien. Cuando vuelva, que se arregle bien, con el vestido que le compré. Lo mismo a Lucía. Que pongan
la mesa. Otra cosa: que Lucía no me alborote a los invitados, ¿eh? ¡Je, je! La muchacha tiene el diablo en el
cuerpo. Yo le voy a decir, Bonifacia, a qué hora hay que poner la grasa a calentar. Cuando caigan los músicos
haga que les sirvan unas copas. ¿Y qué más? Bueno, por ahora eso es todo. Vaya, no más.

Detrás del chalet, entre el jardín y la fuente, ordenaron las sillas para los músicos. El patio se angostaba,
entraba en una glorieta cubierta de jazmines del país — allí tendieron las mesas — y salía por el otro lado, para
ensancharse otra vez, camino a la huerta. Vinieron los peones y celebraron el sacrificio del cordero asado. Vino
Teresa y se vistió con la falda de paisana — amarillo, rosa — que el doctor Quiroga había encargado. Vinieron
los músicos y bailarines, y se disfrazaron con trajes más o menos tradicionales. Al fin vino Lucía, con su falda
nuevecita, violeta y amarilla. El Mayor Rosas — ocre, rojo, plata, oro, negro, verde, azul — apareció, muy
satisfecho, retorciéndose el bigote, y agregó al carnaval criollo arreos de opereta vienesa.

— Doctor Quiroga — dijo —. Ya es hora. Voy a pedir órdenes al general.

— ¿El general? Todavía no lo he visto. ¿Ya son las once?


— Las once y media.

Fueron a la habitación de huéspedes. Quiroga golpeó la puerta, respetuosamente. Nadie contestó. Ahora
golpeó recio. Nada. Se volvió hacia el Mayor Rosas y le dijo, riéndose:

— ¡Le ha hecho efecto! Anoche no podía dormir. Se tomó un narcótico. ¿Lo despertamos?

Pero no pudieron abrir la puerta.

— ¡Mi general! — gritó el Mayor. Sacudió la puerta. Gritó otra vez, arrimando la boca a la cerradura. Quiso
mirar por la cerradura.

— Tiene la llave echada por dentro — dijo el Mayor.

— Sí, ya veo — contestó Quiroga. Y agregó, riéndose otra vez

— ¿Oye cómo ronca? ¡No lo despertamos ni a cañonazos!

En efecto, se oía la respiración profunda, lenta, acompasada del dormido.

— ¿No hay otra puerta?

— No. Pero el cuarto tiene una ventana, que da al patio. Hagamos la prueba.

Dieron la vuelta por el pasillo, salieron a un soportal — desde donde se veía el patio y la glorieta — y se
acercaron a la ventana. Estaba clausurada, con los pestillos echados por dentro. Una cortina espesa, corrida, no
dejaba ver nada en el interior de la habitación.

— No hay caso — dijo Quiroga—. En la parte de atrás hay una claraboya, pero está muy alta y además es tan
pequeña que no podríamos asomar la cabeza. No hay nada que hacer. Esperemos. Dejémoslo dormir una hora
más. Si no se levanta cuando lleguen los invitados — y volvió a reírse — derribamos la puerta, lo zamarreamos
y le damos una ducha. Debe de haber recargado la dosis del narcótico que le prescribí.

Doce y cinco. Llegaron tres automóviles, repletos de gente. Las muchachas empezaron a servir el vermouth. Las
guitarras y bombos rompieron a tocar vidalas, cuecas, zambas. Se formaban grupos de conversación muy
animada. Quiroga se disculpaba por no poder estar con todos. Iba de un lado a otro, sonriente, atento. A ratos
entraba en la casa, pero los invitados no lo echaban de menos. Ya venía otra vuelta de vermouth, servida por la
linda Lucía. La una menos cuarto. Los bailarines formaron la cueca. Al cabo, Quiroga se acercó al Mayor y le
dijo:

— ¿Y? ¿Qué tal? ¿Le gustan los bailes?

— Mucho — respondió el Mayor. Y después de un silencio agregó —. ¿Todavía no ha visto al General?

— No. Seguirá durmiendo.

— ¿No cree que deberíamos ir a decirle que han llegado todos?

— Sí, tiene razón. ¡Qué cabeza la mía! ¿Qué hora es?


— La una y cuarto.

— ¿Ya? ¡Qué barbaridad! ¡Cómo pasa el tiempo! Sí, claro. Hay que llamar al general. ¿Vamos?

Al volverse Quiroga levantó la vista y miró hacia la ventana del General.

— Sí. Se ha levantado — le dijo al Mayor, señalándosela—. ¿No ve? Ha abierto las cortinas.

Llegaron al cuarto, golpearon. No respondieron. El Mayor se apoyó en el picaporte y la puerta cedió. Sólo que,
al abrirla, el General no estaba. La cama, deshecha; las sábanas, arrugadas; la almohada, hundida. En la
cerradura, la llave. Por lo visto, el General se había vestido y salido del dormitorio. Tampoco lo encontraron en
el baño. Bonifacia — la única que, además del doctor Quiroga, había andado por la casa — no sabía nada.

— ¿Adónde habrá ido? — murmuró Quiroga —. A menos que...

— ¿A menos que...? — repitió el Mayor.

— Nada. Luego le contaré.

Quiroga cogió al Mayor del brazo y recorrieron otras dependencias del chalet. No. El General había hecho
mutis. Salieron al jardín delantero. Nada. Ya aguardaba allí el chofer con el auto presidencial. No, el chofer no
había visto al General.

— ¡Qué raro! — exclamó el Mayor—. ¿Dónde se habrá metido?

— Puede ser que mientras nosotros entrábamos por atrás, él salía por delante. Quien le dice que ya se ha
reunido con los invitados.10 Vamos.

— ¿Dónde se habrá metido? — murmuró el Mayor.

— ¿Se habrá ido a misa? — dijo Quiroga, sin convicción.

— ¿A misa? Lo dudo... Usted dijo: "A menos que...”

— Nada, nada. Después hablaremos. Ahora hay que atender a las visitas. Hagamos como que el General ha
tenido que ausentarse por un asunto urgente. A lo mejor, vuelve a tiempo.

Una y media. Se sentaron a la mesa. Bonifacia y las muchachas trajeron fuentes llenas de empanadas recién
sacadas de la sartén. El vino empezó a correr. “¡Viva el general Melgarejo!” “¡Viva, viva!” El frugal Quiroga fue a
ver si el asado estaba a punto y, de paso, pidió a los músicos que tocaran un carnavalito. Después de las
empanadas, el cordero. Y después, alfajores, frutas... El Mayor miró a Quiroga y le hizo un gesto: “¿Y? ¿Qué
hacemos?” Ya no era posible esperar más. Los bailarines habían terminado. Habían retirado los platos.
Bonifacia traía el café. El doctor Quiroga se puso de pie, esperó que se hiciera un silencio y empezó su discurso.
Disculpó la ausencia involuntaria del general Melgarejo y en seguida entonó las alabanzas. Con voluptuosa
travesura eligió las palabras de suerte que valieron simultáneamente como panegírico y como oración fúnebre.
Nadie percibió sus sutilezas necrológicas, y Quiroga sonrió al oír los gritos, ahora sí que inútiles, de “¡Viva el
general!” “¡Viva, viva!” Resonaron otros discursos, a cual más elocuente. Terminó la sobremesa. Terminó la
fiesta. Se fueron todos. Todos menos el Mayor Rosas.
— Usted ha de estar rendido, doctor Quiroga; pero ¿me permite que abuse un poco más de su hospitalidad?

— ¡Por Dios! ¡No faltaba más! Lo que usted quiera. Está en su casa.

— Gracias. Quisiera hablar por teléfono, para ver si el General está en su casa o si ha ido a la Casa de Gobierno.

No. Nadie sabía dónde estaba el General.

— ¿No le parece raro? — preguntó el Mayor mientras colgaba el teléfono—. No acabo de explicarme cómo el
General ha podido irse así, sin despedirse de nadie, sin siquiera avisarle a usted... Recuerdo que usted iba a
decir algo... “A menos que...” empezó a decir, y se calló. ¿Qué iba a decir?

— Bueno. El mismo General, cuando lo vea, le explicará mejor que yo por qué se fue. Es que anoche, después
de muchas horas de escribir y romper papeles, se sintió irritado. De pronto le disgustó la idea de esta fiesta...
No sé... Se le puso entre ceja y ceja que era humillante para él tener que rebajarse a esto... Que él no tenía por
qué buscar la amistad de los políticos... Que después de todo él gobernaba por la fuerza del ejército y no
necesitaba de farsas electorales... Y hasta insinuó que, a lo mejor, se iría sin esperar a nadie. Más aún: que
estaba tan cansado de lidiar con problemas que no podían resolverse, que tenía ganas de mandar todo a los
mil demonios, renunciar al gobierno e irse a algún sitio más tranquilo, a pescar truchas o a papar aire por las
calles... Son sus palabras. Yo me reía. No le contradije. Hablaba y hablaba. Estaba muy excitado. Supongo que
por eso me pidió un soporífero, para poder dormir. Desde luego, no le creí. Pero, el resto ya lo sabe usted,
cuando abrimos la puerta y vimos que el General se había levantado y se había ido calladito sospeché que
había cumplido su amenaza.

— Pero si es así ¿dónde se fue? ¿Y cómo? No tenía auto, así que ha tenido que irse a pie. ¿Largarse por el
camino, a pie, al mediodía? ¡Hum! No lo creo.

— ¿Y si se fue caminando hasta la Iglesia? ¿Y de allí al parque?

— Qué quiere que le diga, doctor Quiroga, no lo creo. En fin, es cosa de esperar. Hay algo raro. Si usted no
tiene inconveniente me gustaría echarle otra ojeada al dormitorio del General.

Fueron. Todavía no lo habían arreglado. El Mayor observó todo. Sobre la mesa de luz, una lámpara enchufada
en un tomacorriente del zócalo, y el frasco con el dormitivo. En la pared opuesta a la puerta había una pequeña
claraboya, semiabierta. Las cortinas, descorridas; pero el cristal de la ventana estaba pestillado.

Al día siguiente volvió el Mayor.

— Me temo que ha habido juego sucio — le dijo a Quiroga después de informarle que el General no aparecía
por ninguna parte —. Un secuestro. Un crimen. No sé.

— Sí. Algo grave ha ocurrido — asintió Quiroga, muy preocupado —. Porque usted no cree que le haya venido
una especie de surmenage, de amnesia, y se haya escapado por ahí...

— No, cómo voy a creer eso. ¿Usted cree?

— Francamente, no.
— Bueno. Entonces, manos a la obra. ¿Me deja usted inspeccionar toda la quinta, interrogar a la servidumbre?
No es que me las quiera largar de Sherlock Holmes...

En el magín de Quiroga la mención del nombre mágico de Sherlock Holmes tuvo la virtud de conferir al Mayor
Rosas las facultades de Sherlock Holmes mismo. Sherlock Holmes, el taumaturgo, transmigrado y redivivo. “Ah
— se dijo —, el Mayor Rosas es de los míos.” No esperaba que surgiera tan pronto el detective. Y que fuera un
detective con aura de novelas. Había detectives morfinómanos, cínicos, ciegos, con faldas, con sotanas,
médicos, periodistas, abogados, críticos, de arte... ¡Qué bien! La colección se completaba: un Mayor de
Ejército, detective... Y, complacido, adivinó en los ojos de lince del Mayor Rosas el genio del análisis y la de-
ducción. Ahora se vería si los métodos de Sherlock Holmes eran infalibles.

Lunes. El Mayor Rosas invitó a Quiroga a que lo acompañase hasta la Casa de Gobierno. La Junta, reunida para
considerar la emergencia, quería oírle. Quiroga, sin mover un pelo, dio todos los informes que le pidieron. Sí —
dijo—, es posible que se trate de un secuestro. Si el General se fue a pie hasta la Iglesia, a lo mejor una banda
de opositores que vigilaba nuestra casa lo levantó en un automóvil. En el mejor de los casos, lo habrán
encerrado en algún sitio.

El Jefe de Policía, que estaba presente, escuchaba como si oyera llover. Quiroga se alarmó por su negligencia.

Martes. Tres de la tarde. En la Casa de Gobierno los miembros de la Junta, el Jefe de Policía, el Mayor Rosas y el
doctor Quiroga, reunidos otra vez. La cosa está que arde. El General se ha hecho humo. ¿Y si la oposición se
entera? ¿Hasta cuándo podrán mantener el secreto? El doctor sugiere que la policía vaya a su casa, que revise
palmo a palmo el terreno, que interrogue a todos los presentes en la fiesta... Sí, se hará eso y aún más, dice
uno de los militares; y volviéndose hacia el Jefe de Policía le ordena:

— Usted mismo, personalmente, se me pone al frente de la investigación ¿eh?

El Jefe de Policía se cuadra, coge su gorra, su sable, y le dice a Quiroga:

— ¿Vamos, doctor?

— Vamos — contesta Quiroga; y volviéndose hacia el Mayor Rosas trata de comprometerlo con un "¿vamos?”
para que también los acompañe y no pierda el rastro. Porque, ha pensado Quiroga, el Mayor Rosas, nadie más,
debe ser el Detective. ¿El Jefe de Policía? Un adoquín. Un inepto. Tirará por el suelo el precioso castillo armado
en el aire. El Mayor sí que tiene pesquis. Sólo él es capaz de meter una clave dentro de otra y servirse de ese
aparato lógico como de un telescopio. Una mota, una simple mota en el crimen, y el Mayor la notaría y
acabaría por despejar el enigma. Si no lo despejaba ¿qué mejor tributo a la maestría de Quiroga?
Orgullosamente, Quiroga desafiaba al más capaz. Una inteligencia contra otra inteligencia, esto es lo que
todavía faltaba a su novela vivida. Por eso ha invitado al Mayor, el conocedor, el sabueso. Y el Mayor fue.

Pero ocurrió lo que Quiroga había temido. Al día siguiente el Jefe de Policía, extremando torpemente su celo,
empezó a arrestar a políticos de la oposición, a allanar los locales donde se confabulaban. A su consejo, el
ejército hizo lo mismo con algunos oficiales antimelgarejistas. Y, como es natural, el país supo así que había
gato encerrado. Antes de fin de semana todo el mundo sabía que el general Melgarejo había desaparecido. La
oposición salió a la calle. Se distribuyeron volantes revolucionarios. Se empapelaron las paredes con carteles
contra el gobierno. Hubo huelgas. Los estudiantes vociferaban. Tiroteos. Muertos. Un sector del ejército apro-
vechó la confusión para dar un golpe de Estado. El nuevo dictador, general Villa, desde los balcones de la Casa
de Gobierno anunció que el régimen de Melgarejo se había podrido; que hubo que cortar por lo sano y que
ahora el país estaba a salvo. El pueblo gritaba: “¡Viva el general Villa!” Alguien en un café insinuó en voz baja
que a lo mejor el general Villa había mandado eliminar al general Melgarejo. Otro dio la conjetura por cierta.
Un tercero agregó que en realidad había sido un duelo. Hubo variantes. No había sido un duelo a sable, sino a
pistola. No había sido un duelo, sino un acto de coraje: Villa entró, él solo, en la Casa de Gobierno, se abrió
paso a empujones y liquidó a Melgarejo con un dedo, el dedo del gatillo. El general Villa se convirtió en un
héroe nacional. Halagado, no negaba nada, no decía nada. De la noche a la mañana desterraron al Mayor Rosas
a la Embajada de Madrid, con lo cual se confirmó la leyenda de que el general Villa le había pegado un tiro a
Melgarejo. ¿Por qué, si no, alejaba al edecán? La policía creyó prudente echar tierra al asunto. No fuera que, al
manosear la cosa, tocaran de casualidad un fulminante. La desaparición del general Melgarejo se convirtió en
un secreto de Estado. Los diarios no se atrevían ni a mencionarla. Cuando el general Villa proclamó la amnistía,
sus partidarios la interpretaron como una Ley del Olvido y creyeron saber qué es lo que Villa quería que
olvidaran. Se olvidó, pues, a Melgarejo.

Quiroga se indignó: “¡Tramposos! ¡Así no se juega, qué diablos!” En primer lugar, despojaban su crimen de la
gloria de una pesquisa. ¡Eso no valía! La policía echaba pie atrás antes de que se formara el rompecabezas.
¡Fulleros! La gracia de un asesinato está en vencer deportivamente, en buena ley, los mejores esfuerzos de la
policía. Pero si la policía, de entrada no más, abandonaba el caso ¿para qué había servido la delicadeza del
asesino? ¡Qué país de porquería! En ninguna otra parte la policía se retiraría del tapete verde dejando al
asesino cómodamente sentado, con los ases en la mano. Archivar el caso Melgarejo importaba tanto como
tirar una joya a la basura, junto con una cantidad de crímenes vulgares que no se resuelven jamás, no por ser
insolubles, sino por indiferencia de las autoridades. Y quizá a esas mismas horas andaba el Mayor Rosas
jactándose por ahí de que, de no alejárselo del país, hubiera resuelto el misterio. Sí, es posible que el Mayor
Rosas tuviera alguna sospecha. ¿Por qué no? Ese estupendo escamoteo del cadáver de Melgarejo tenía que
atraer sospechas. Había contado con que sospecharían de él. Hasta le enorgullecía que sospecharan de él. Pero
¿hubiera sido capaz el Mayor Rosas de encontrar alguna hilacha en el suntuoso tapiz de su crimen? No, no era
posible. Quiroga estaba seguro de su arte. ¡Qué divertido hubiera sido enfrentarse a las sospechas del Mayor
Rosas y desinflarlas —pim, pam, pum— a alfilerazos! Sospechas inverificables. Quizá, dentro de muchos,
muchos años, cuando se sintiera morir, llamaría a ese Sherlock Holmes de sable, serreta y soles y jugaría con él
como el gato con el ratón. "¿Se acuerda de aquel día de la fiesta —le diría al final, ya con el pie en el estribo, y
después de haberlo humillado—, se acuerda cuando usted y yo nos acercamos a la habitación de huéspedes?
Pues bien: el general Melgarejo ya no existía ni siquiera como corpus delicti”. "¿De veras? ¡No puede ser!
¿Quiere usted decirme que el general no murió en la cama? ¡Cómo! Yo creí...” “Ya sé, ya sé... Los generales,
normalmente, mueren en la cama; pero el general Melgarejo no llegó a acostarse. Yo deshice la cama, para
hacer creer que él había dormido allí.” “¿Y los ronquidos que le escuchamos?" "¡Bah! producidos por una cinta
magnetofónica. La habitación, amigo mío, estaba deshabitada.” “Pero si estaba cerrada por dentro”, diría el
Mayor Rosas, sin salir de su estupor. Quiroga le sonreía piadosamente. "Elemental, querido Rosas, elemental.”
Y le contaría cómo dejó la claraboya abierta pero pestillo la ventana, salió del cuarto, corrió por afuera el
cerrojo de la puerta y se llevó la llave, rodeó por el pasillo el cuarto, se arrimó a la pared de atrás, sujetó la llave
en la hendija de una caña tacuara, desde la claraboya atravesó con la caña la habitación y metió la llave por el
lado de adentro de la cerradura. Rosas, con la boca abierta, y sin disimular su admiración, exclamaría: "Ahora
comprendo: con los mismos engaños, pero procediendo al revés, usted recogió la llave y abrió la puerta para
hacerme creer que Melgarejo había salido de la habitación. Doctor: ¡usted es un genio! Claro, nadie lo echó de
menos a usted, pues la fiesta se hacía en el patio y los convidados encontraban muy natural que se moviera de
un lado a otro... Doctor: usted es un genio”. “Gracias, querido amigo; ahora comprenderá usted por qué, para
mantener el secreto de ese crimen magistral que ahora le acabo de confesar, tengo que matarlo a usted. Esta
copita de anís que usted se ha bebido estaba envenenada. Lo siento.” Quiroga suspiró. ¿Un genio? Bueno...
¿para qué negarlo? Era un genio, efectivamente. Pero su genial edificio ahora se desmoronaba. No solo le
habían arrebatado la satisfacción de medir sus fuerzas con la justicia y derrotarla, sino que hasta le habían
robado el asesinato. Sí, el general Villa era un ladrón. Se había robado toda la fama. Probablemente era un
mequetrefe incapaz de matar una mosca, y ahí estaba en el sillón presidencial, pavoneándose con plumas
ajenas, como un héroe de historia sudamericana pintado con los fascinantes colores de la sangre. Más: Villa, al
robarle el crimen, se lo envileció. Quiroga lo había consumado sin ninguna inquina, con toda pureza y
desinterés; ante la opinión pública, sin embargo, ese homicidio aparecía degradado en tiranicidio. Era tanto su
rencor que hasta tuvo impulsos de ir a la Plaza Central y gritar a los cuatro vientos: "¡El asesinato es mío. Yo,
yo, yo solito soy el asesino!" Y lo arrestarían. Y él dictaría cuidadosamente su confesión. Y al día siguiente, en
los periódicos, a grandes titulares, la publicarían. ¡La cara de las señoras! Si daba risa el solo imaginar sus
visajes de asco. Porque en las buenas novelas de detectives, aun en las que no son buena literatura, la pasión
por los problemas abstractos impone un helado recato en la descripción del degüello. Esas novelas nunca
llegan a dar repugnancia. Pero el estilo más desapasionado de la crónica periodística hace hervir las
sensaciones del lector en un baño rojo. Los periódicos sí pueden dar repulsión. “Apenas el Mayor Rosas se
retiró al otro chalet — se leería en El Bien Público—, el ingenioso Doctor Alfonso Quiroga suministró a
Melgarejo un anestésico; y cuando perdió el sentido lo desnudó, le ligó brazos y piernas para evitar una
abundante hemorragia, lo tendió en la bañadera, dejó correr el agua para que se llevara la sangre antes de que
coagulara y comenzó a descuartizarlo vivo, con toda su pericia de cirujano. Melgarejo falleció en el curso de la
delicada operación quirúrgica. Le sacó las vísceras, le cercenó la cabeza y dividió el cuerpo en cuatro pedazos.
De las partes más carnosas apartó varios kilos, bien cortados. El resto, embolsado en una tela impermeable, lo
llevó a la cocina, donde había puesto a calentar, al gas, un crisol de cobre lleno de una solución de soda
cáustica y agua. Puso a hervir primero la cabeza y después, uno por uno, los miembros y pedazos sueltos. A
medida que se disolvían las proteínas y grasas fue sacando con unas tenazas los huesos, los lavó en la pileta y
los astilló. En una olla calentó ácido nítrico y allí disolvió los huesos: el humo se iba por la chimenea. Cuando
renovaba el ácido se cuidaba de mezclarlo con mucha agua para que, al derramarlo por la pileta, no corroyera
las cañerías. A las ropas las desintegró en la solución de soda cáustica. Limpió los instrumentos y los guardó en
su sitio...” Y así por el estilo. ¡La cara que pondrían los lectores de El Bien Público! Hasta la negra tinta del
periódico tendría un olor deletéreo. ¡Y la nocturnidad de esa escena! Sublime, sublime... ¡Qué gran modelo!
Clásico. Pero él no confesaría. Sería una locura. Con una confesión no ganaría nada. Echaría a perder el único
mérito que le restaba: que nunca se supiera quién había despanzurrado a Melgarejo, y cómo. Sin contar con
que, si confesaba, a lo mejor lo nombraban ministro. Porque así andaban las cosas en su país: ya ni un crimen
decente se podía cometer porque en seguida lo hacían a uno héroe. ¡Qué lástima! Un crimen tan bonito, tan
bien hecho... La hecatombe de la nueva revolución militar había quitado a la desaparición de Melgarejo el
horror de la muerte y la gracia de jugar con la muerte. Una vasta conspiración de políticos, militares,
periodistas, policías, charlatanes y cobardes habían inventado un móvil patriótico que deshonraba el desinterés
de homicidio. ¡Que los partiera un rayo! ¿Por qué las novelas de detectives se escriben en inglés? ¿Será porque
sólo en los países civilizados hay aversión a la muerte violenta? ¿O será que todas esas novelas de detectives
son falsas? Juego mental, falso como el del matemático que traza su fórmula sabiendo que nunca tropezará
con cosa que se le parezca, irresponsable como el del ajedrecista que sobre un tablero a cuadros da jaque a
una pieza de palo. El criminal, en esas novelas, se afanaba en cerrar su crimen como una cámara hermética,
con una cadena de causas y efectos bien eslabonados. Pero ese orden ¿no era falso? Orden necesariamente
separado de la vida. Vida que es un absurdo caos. Ahora Quiroga despreció esas novelas. Se alegró de haberlas
quemado. Se prometió no leer ni una más.

Poco a poco se le fue calmando el ánimo. Y se consoló pensando en que no era por su culpa que la hábil
gradación de su crimen había terminado en un anticlímax; de un empujón hicieron rodar el crimen escaleras
abajo, al sótano, grotescamente. Sí, todo se había venido abajo, pero Dios y él sabían que el crimen había sido
perfecto. Crimen de sagrado simbolismo, con magnificencias de liturgia. A los bien cortados kilos de carne que
había apartado los pasó por la picadora. Frió el picadillo, lo sazonó, lo mezcló con huevos duros, aceitunas,
pasa de uva. Ya eran casi las siete de la mañana. Dejó que Bonifacia rellenara con eso las empanadas. Los
políticos, al grito de “¡Viva Melgarejo!”, en una comunión de fe mística, se comieron en empanadas a
Melgarejo. ¡Qué hermosura, qué hermosura! ¡Oh, si sólo hubiera habido un criminólogo de tal crimen!
Beatamente, con resignación, Quiroga levantó los ojos al cielo. Algo de aquel candoroso resplandor que,
después del holocausto de Abel, debió de iluminar el rostro de Caín, brilló también en el rostro de Quiroga.
“Dios y yo — repitió — sabemos que, a pesar de todo, el crimen fue perfecto.” Y ofreció a Dios, espectador
único y mudo, su homicidio redondo como una hostia.

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