La palabra del mudo
es una compilación de los cuentos de Julio Ramón Ribeyro en el que, asimismo,
figuran prólogos del autor. Fue publicado por primera vez en 1972 y posteriormente, han
surgido nuevas ediciones que han ido incrementando la cantidad de los relatos compilados
hasta abarcar su obra cuentística completa.
Índice
1Contenido
2Origen del título
3Ediciones
4Referencias
5Bibliografía
6Enlaces externos
Contenido
La palabra del mudo contiene los siguientes libros de cuentos
Los gallinazos sin plumas (1955)
Alienación (1958)
Cuentos de circunstancias (1958)
Las botellas y los hombres (1964)
Tres historias sublevan tés (1964)
Los cautivos (1972)
El próximo mes me nivelo (1972)
Tristes querellas en la vieja quinta (1977)
Silvio en El Rosedal (1977)
Sólo para fumadores (1987)
Relatos santacrucinos (1992)
El jefe (1958)
Origen del título
En una carta del autor al editor, fechada el 15 de febrero de 1973, Ribeyro escribía: “¿Por
qué LA PALABRA DEL MUDO? Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan
aquellos que en la vida están privados de la palabra, los marginados, los olvidados, los
condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituido este hálito negado
y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias.”1
Alguien interpretó el título como una referencia al propio Ribeyro, hombre parco y
reservado, que eludía las entrevistas y evitaba hablar de sí mismo, debido a su proverbial
timidez, a su desinterés por la figuración y al celo por preservar su intimidad.
Ediciones
Tiene varias ediciones; la última es de la Editorial Seix-Barral, en dos volúmenes para el
Perú (2009) y uno para España (2010), que, además de todos los cuentos recopilados por
el mismo autor, incluye 6 cuentos olvidados (La vida gris, La huella, El cuarto sin
numerar, La careta, La encrucijada y El caudillo), 3 desconocidos (Los huaqueros, El
Abominable y Juegos en la infancia) y un inédito (Surf).
Referencias
1. ↑ «Copia archivada». Archivado desde el original el 28 de octubre de 2014.
Consultado el 5 de noviembre de 2012.
2. ↑ Jorge Coaguila. «El dedo en la llaga. El mundo en una mano. Sobre La palabra
del mudo (1949-1994), de Ribeyro». [Link]. Consultado el 10 de
enero de 2016.
3. ↑ «Vuelve más fuerte 'La palabra del mudo'». Grupo Planeta Perú. 20 de noviembre
de 2009. Consultado el 10 de enero de 2016.
Bibliografía
Elmore, Peter: El perfil de la palabra: la obra de Julio Ramón Ribeyro, Volumen
3. Fondo Editorial PUCP, 2002 - 254 páginas.
Cornejo Polar, Antonio: «Historia de la literatura del Perú republicano». Incluida
en Historia del Perú, Tomo VIII. Perú Republicano. Lima, Editorial Mejía Baca,
1980.
Ribeyro, Julio Ramón: La palabra del mudo. Cuentos completos. Fidelio
Editores. Montevideo, Uruguay, 2008. ISBN 84-663-1055-9
Sánchez, Luis Alberto: La literatura peruana. Derrotero para una historia
cultural del Perú, tomo V. Cuarta edición y definitiva. Lima, P. L. Villan
Los gallinazos sin plumas (libro de
cuentos)
Los gallinazos sin plumas
de Julio Ramón Ribeyro
Género Libro de cuentos
Idioma Castellano
Editorial Círculo de Novelistas Peruanos
País Perú
Fecha de publicación 1955
Formato Impreso
Páginas 135
Serie
Cuentos de circunstancias
Los gallinazos sin plumas
(1958)
Los gallinazos sin plumas es el primer libro de cuentos
del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, publicado en 1955. Reúne siete
cuentos, encabezado por el que da el título a la obra, el mismo que se convirtió
en uno de los cuentos emblemáticos de la literatura peruana. Estas narraciones
se clasifican dentro del llamado Realismo urbano.
Índice
1Contexto
2Los cuentos
3Resumen
o 3.1Los gallinazos sin plumas
o 3.2Interior "L"
o 3.3Mar afuera
o 3.4Mientras arde la vela
o 3.5En la comisaría
o 3.6La tela de araña
o 3.7El primer paso
o 3.8Junta de acreedores
4Bibliografía
Contexto
Si bien Los gallinazos sin plumas fue el último libro publicado por Ribeyro, ya
desde 1951 había dado a luz sus primeras narraciones en diversas
publicaciones, como el suplemento dominical del diario El Comercio y revistas
estudiantiles. Estos cuentos primigenios eran del género fantástico, influidos
por Borges y Kafka. Es a partir de Los gallinazos cuando Ribeyro se dedica de
lleno al relato urbano y a la descripción de diversos tipos psicológicos y clases
sociales de Lima, especialmente de la clase media peruana, hasta entonces
poco o nada tratada en la narrativa peruana.
Los cuentos están fechados entre 1953 y 1954, años en los que el autor vivía
en París. Sus personajes habituales son los pequeños empleados, los
estudiantes universitarios y los personajes marginados de las barriadas.
Precisamente, la época en que se sitúan las historias, presumiblemente en las
décadas de 1940 y 1950, fue cuando se inició una ola migratoria de
provincianos hacia Lima, donde surgieron las grandes barriadas o pueblos
jóvenes (equivalentes a las villas miserias o favelas de otros países
sudamericanos).
Los cuentos
Los gallinazos sin plumas
Interior "L"
Mar afuera
Mientras arde la vela
En la comisaría
La tela de araña
El primer paso
Junta de acreedores
Resumen
Los gallinazos sin plumas
Artículo principal: Los gallinazos sin plumas
Este cuento está ambientado en un arrabal de Lima y cerca al mar. Los
hermanos Efraín y Enrique son dos niños que viven bajo la tutela de su abuelo,
llamado don Santos, un ser áspero, despótico y lisiado, que andaba con una
pata de palo. Don Santos obliga a sus nietos a levantarse temprano y los envía
a los basurales, para que recolecten alimentos con los que cebaba a su cerdo,
llamado Pascual. Cierto día Efraín se corta el pie con un vidrio roto, lo que le
produce una herida que se infecta, impidiéndole continuar sus labores. El
abuelo, indiferente, obliga a Enrique a asumir la tarea de su hermano,
recargándose así su trabajo. Otro día, Enrique trae a casa un perro sarnoso y
flaco, a quien adopta como mascota y lo bautiza con el nombre de Pedro. Pero
Enrique se enferma de las vías respiratorias, le da fiebre y al igual que su
hermano queda postrado en la cama; el abuelo, enfurecido, amenaza con no
darles comida hasta que retomen sus labores; él mismo intenta ir a los
basurales pero fracasa estrepitosamente, al no tener la agilidad de sus nietos.
Era invierno y al cerdo le empieza a dar la locura del hambre. Una mañana, el
abuelo entra al cuarto de sus nietos y los obliga a levantarse; entonces Enrique
se ofrece ir él solo al muladar con cuatro latas o recipientes de hojalata, pero
deja a su perro Pedro al cuidado de su hermano. De retorno con las latas
llenas, Enrique no encuentra al perro y se entera entonces que el abuelo había
apaleado al animal y arrojado su cuerpo como alimento para el cerdo.
Horrorizado al ver los restos de su perro, Enrique reprocha vehementemente al
abuelo por cometer tal acción, hasta hacerlo caer de espaldas dentro del corral
del cerdo. El abuelo, por carecer de una pierna, no podía levantarse y teme que
su cerdo se le acerque, por lo que suplica a Enrique que le ayude. Pero este va
en busca de su hermano, lo alza en hombros, y se marchan, dispuestos a vivir
en otro sitio. De lejos, sienten llegar desde el corral del cerdo el rumor de una
batalla.
Interior "L"
Este relato tiene como protagonistas a un colchonero y su hija de quince años,
Paulina, que vivían en un callejón o casa de vecindad, en el interior “L”. La
esposa del colchonero había fallecido tiempo atrás de tuberculosis, mismo mal
que llevó también a la tumba al hijo mayor de la familia, que trabajaba como
albañil. El colchonero se ganaba la vida renovando colchones y sentía que ya
las fuerzas se le iban. Cierto día regresó temprano a casa y encontró a Paulina
durmiendo a pierna suelta, por lo que la reprendió enérgicamente, por faltar a la
escuela. Fue entonces cuando notó una convexidad en el vientre de su hija,
asaltándole una negra sospecha que de inmediato lo confirmó; efectivamente,
su hija estaba embarazada. Paulina confesó que había sido abusada
sexualmente por un maestro de obras de una construcción vecina, un zambo
joven y fornido, llamado Domingo Allende; según ella, aquel se había metido a
su habitación y la había forzado. El colchonero encaró a Allende, pero este
alegó que fue su hija quien lo buscó y lo invitó a su cuarto, y que todo había
sido consentido; sin embargo, el colchonero no se quedó tranquilo y fue a
consultar a un abogado de la vecindad, quien le alentó a presentar la denuncia,
pues al ser Paulina todavía menor de edad, ello le costaría a su ofensor pena
de cárcel. Un día, el colchonero se encontró nuevamente con Allende y tras
una discusión, lo amenazó con denunciarlo. Allende cambió entonces de rostro
y se retiró preocupado. Días después, fue a visitar al colchonero con un
representante de la constructora, para pactar un arreglo. A cambio de no
presentar la denuncia, el colchonero recibiría una crecida suma de dinero. El
colchonero terminó por aceptar, pues conocía lo intrincado y fatigoso que era
andar en líos judiciales. Con esa suma, él y su hija pudieron vivir
desahogadamente, por un tiempo; sin embargo Paulina sufrió un aborto
espontáneo y lo que quedaba del dinero tuvieron que gastarlo en remedios. El
relato finaliza cuando el colchonero, enfermo y hastiado de tener que trabajar
duramente, le sugiere a su hija, ya recuperada, que busque nuevamente a
Allende. En otras palabras, le incita a que cometa un chantaje sexual, del que
se beneficiarían nuevamente. Paulina se limita a responder que lo pensará.
Mar afuera
El relato empieza mostrando a dos amigos, Janampa y Dionisio, navegando a
bordo de una barca, yendo a la faena de pesca. Janampa, zambo pescador y
dueño de la barca, había invitado a Dionisio muy de madrugada a que le
acompañara en esa labor. Pronto, Dionisio se dio cuenta de que la intención de
Janampa era otra y empezó mentalmente a reconstruir su amistad con este. Lo
había conocido hacía dos años en una construcción en la que trabajaron como
albañiles. En cierta ocasión le ganó su salario en un juego de póquer. Tiempo
después, durante una fiesta de cambio de aros, Dionisio conoció a una mujer
apodada “La Prieta”, a la que conquistó, pero notó que Janampa también la
había pretendido, siendo rechazado por ella debido a su fama de donjuán de
barriada. Al parecer, Janampa continuó interesado por la Prieta y solía
merodear la barraca donde pasaban la noche ella y Dionisio. Volviendo al inicio
del relato, en esa madrugada, cuando partió a acompañar a Janampa a la
pesca, Dionisio se despidió cariñosamente de la Prieta; ella le pidió que no
demorara mucho, como presintiendo algo. Llegado ya mar afuera, muy lejos del
litoral, Janampa ordenó a Dionisio que echara la red desde la popa. Dionisio le
obedeció, dándole la espalda. La tarea era muy lenta y fatigosa. Dionisio sabía
ya que Janampa en cualquier momento lo atacaría; vio que era imposible huir y
esperó resignado la puñalada fatal.
Mientras arde la vela
Aparece la protagonista, doña Mercedes, pensativa en su habitación, de noche.
Era una señora humilde, que vivía con Moisés, su esposo, un albañil
alcohólico, y con su hijo menor, Panchito. Recuerda que horas antes habían
traído a su esposo, inconsciente; se había caído de un andamio, mientras
trabajaba, pues al parecer se hallaba un poco mareado (ebrio). Mercedes había
creído que no sobreviviría, pero luego de un rato Moisés despertó y se puso
como loco, queriendo agredirla, tal como solía hacer cada vez que tomaba. Ella
se defendió y lo empujó; Moisés se cayó y se golpeó fuertemente la cabeza en
el suelo, quedando nuevamente desmayado. Pero esta vez se quedó rígido y
no parecía respirar. Con ayuda de Panchito, Mercedes colocó a su esposo en
la cama, creyéndolo muerto. Luego salió de su casa a buscar a doña Romelia,
su vecina, para preguntarle qué debía hacer. Mercedes estaba harta de la
infeliz vida que llevaba con su esposo; deseaba abrir una verdulería con los
ahorros que tenía, pero mientras estuviera con Moisés no podía poner en
ejecución sus planes. Le había pedido el divorcio infructuosamente. Sentía que
con la muerte de Moisés las cosas serían distintas; era una gran oportunidad
que se le presentaba. Pero cuando regresa a casa, su hijo le dice que su papá
no está muerto, pues mientras ella estaba ausente había hablado con él.
Mercedes no le cree y le da una bofetada a su hijo, creyendo que hacía una
broma infantil, pero luego escucha la voz de su esposo que le pide a gritos
agua. Ya se había reunido mucha gente en la casa informada de la supuesta
muerte de Moisés; al conocerse que solo era una falsa noticia, todos festejaron
la buena nueva. Llegan enseguida los de Asistencia Pública, informados de la
muerte de un hombre; el enfermero se molesta al no hallar ningún cadáver,
pero obligado por los presentes, examina a Moisés. El enfermero aconseja a
Moisés que no bebiera más, pues su corazón estaba dilatado y una borrachera
más le sería fatal. Retirados todos, Mercedes se va contrariada a su cuarto,
pensando que ya no podría abrir su verdulería; espera que la vela que
alumbraba la habitación se consuma para acostarse; mientras tanto recuerda la
recomendación que el enfermero hizo a su esposo. Mercedes sale entonces
del cuarto a buscar algo en la oscuridad; de una canasta extrae una botella de
aguardiente y vuelve con ella al dormitorio. Su esposo ya se hallaba acostado y
roncaba. Junto a su cabecera, Melchora coloca la botella. De pronto se apaga
la vela. Mercedes se acuesta entonces junto a su esposo, ya más tranquila y
confiada en el porvenir.
En la comisaría
El relato está ambientado en el patio de una comisaría, donde se hallan un
grupo de detenidos, entre ellos dos amigos, Martín y Ricardo. Echado en el
suelo está un individuo al que llaman el panadero, pálido e inerte. Ricardo le
dice a Martín que se animase, pues había llegado su oportunidad; se refería a
que, poco antes, el comisario había prometido liberar a quien diera una golpiza
al panadero, detenido por haber golpeado salvajemente a su esposa, dándole
una patada en el estómago. Martín, que era famoso en Surquillo por ser un
peleador consumado, rehúsa al principio tomar la oferta y trata de defender al
panadero, aduciendo que había actuado así estando borracho. En eso, otro
detenido, ebrio y vestido de frac, empieza a vomitar ruidosamente en un rincón
del patio. Un mal olor llena el ambiente y Martin no esconde su molestia.
Piensa en que si no sería mejor abandonar ese lugar y respirar el aire de la
calle. Ricardo no le insiste en que aproveche la oferta del comisario, pero de
todos modos, indirectamente, acicatea a Martin, recordándole que al mediodía
debía encontrarse en el paradero con Luisa, para ir a la playa con ella. Martín
piensa entonces en Luisa y se lamenta de la posibilidad de dejarla plantada.
Recuerda que en una ocasión, ella, que trabajaba frente al mostrador de un
bar, le curó de una herida producto de una de sus numerosas peleas con
malandrines. De pronto, Martín cree que el panadero le está mirando fijamente,
con algo de sorna, y eso le molesta en extremo. ¿Acaso creía ese infeliz que le
tenía miedo?, pregunta. Ricardo no atina a decirle nada. Entonces, Martin se
anima y ordena avisar al comisario que estaba dispuesto a dar una golpiza al
panadero. El comisario ingresa entonces sonriente y acomoda el espacio. Los
demás detenidos arrinconan las bancas y forman un círculo, habilitando así un
improvisado coliseo. El panadero retrocede lleno de terror, pero dos detenidos
lo cogen de los brazos y le arrojan al centro del espacio, donde le esperaba
Martín, con los puños en ristre. De pronto, el panadero se llena de valor y
empieza a danzar en torno a Martín con los puños en alto, aunque sin
atreverse a acercarse. Esto exaspera a Martín y empieza a sentirse ridículo de
participar en tal pantomima. Sin embargo, de manera inesperada, el panadero
se arroja encima de Martín, dándole de patadas, puñetazos y arañazos. Martín
siente que se le oscurece todo; solo recordaría después que logró arrinconar a
su rival hasta la pared, dándole finalmente tres recios puñetazos en la cara. El
comisario cumple su promesa y suelta a Martín, quien se dirige al paradero del
tranvía. Allí le esperaba Luisa, quien de lejos le saluda agitando su bolso.
Martín quiere responderle, pero al ver sus puños lacerados, esconde las manos
en sus bolsillos, avergonzado.
La tela de araña
La protagonista, María, es una joven provinciana natural de Chincha, que
trabaja como empleada del hogar en Lima. El relato se abre con ella refugiada
en una habitación en Jesús María, a donde le lleva su amiga, sirvienta como
ella, llamada Justa, donde debía encontrarse con un señor llamado Felipe
Santos, una supuesta alma bondadosa, que se había ofrecido para ser su
protector y darle nuevo trabajo. María había huido de la casa donde trabajaba,
a raíz del continuo acoso que sufría de parte del hijo de su patrona Gertrudis, el
joven Raúl (al que le decían el “niño Raúl”). La Justa, antes de dejarla en esa
habitación de Jesús María, le advierte que el señor Felipe Santos llegaría muy
tarde, pues trabajaba en una panadería; le asegura una vez más que le
ayudaría a conseguir trabajo, pues era una buena persona. María, al quedar
sola, tiene sentimientos contrariados; por un lado siente un gran alivio de haber
huido del acecho de Raúl, pero por otro, se siente sola en una habitación
extraña, a la espera de un hombre desconocido. En el techo ve a una araña
haciendo hábilmente una enorme tela. Empieza a sentir tétrico el ambiente y
tiene un mal presentimiento. Mientras espera a Felipe Santos, recuerda la
insoportable vida que había llevado en casa de su patrona, donde
continuamente era abordada por el joven Raúl, el cual trataba de convencerla
para que saliera con él. Un día, Raúl pasó de las palabras a la acción y trató de
abrazarla a la fuerza. Ello fue el colmo para María, quien lo acusó ante la
patrona. Esta le escuchó sin inmutarse y solo se limitó a decirle que volviera al
trabajo, que ya sabría que hacer. Al parecer, doña Gertrudis algo le dijo a su
hijo, pues durante unos días, María se vio libre del acoso, aunque luego el
“niño” volvió a las andadas con renovado brío. María le contó de su situación a
Justa, y ella fue quien le aconsejó que huyera y buscara ayuda con Felipe
Santos, quien era dueño de una panadería y decía que la conocía, pues la veía
siempre pasar cuando iba a la pulpería. María no identificaba al tal Felipe
Santos; de todos modos aceptó la oferta. Muy de mañana salió de la casa de
Gertrudis y junto con Justa tomó un taxi, con dirección a Jesús María donde se
encontraría con quien se había ofrecido para ser su protector. Finalmente este
se presenta: se trataba de un hombre cincuentón, que le saluda amablemente,
ofreciéndole ayudarla y ser para ella como un padre. Como gesto de su buena
voluntad le regala una cadenilla con una medalla de la Virgen, colocándole él
mismo en el cuello. María se queda inmóvil, sin atinar a negarse y salir de la
habitación (¿a dónde podría ir, si no conocía a nadie en Lima, cuyas
abigarradas calles se cruzaban como una gigantesca telaraña?) y siente a la
cadenilla como un nuevo yugo que debería soportar a partir de entonces.
El primer paso
El cuento se desarrolla en un bar, donde el protagonista, Danilo, espera a
Panchito, un conocido suyo que le encargaría un “trabajo”, que en realidad no
es sino una acto delictivo de transporte de mercadería ilegal. Era de
madrugada. Mientras espera observando a los demás clientes del bar, Danilo
recapitula mentalmente su vida. Todo el relato se filtra a través de la mirada de
este aprendiz de delincuente. Danilo es el típico representante del lumpen-
proletariado, que trabaja eventualmente, pues no suele durar más de dos
meses en un mismo empleo, ya que, como el mismo se enorgullece en decirlo,
prefiere su libertad. Vive a expensas de los favores de sus amigos y conocidos,
a quienes aborda en bares y lugares de juego. Piensa en su enamorada,
Estrella, que trabajaba en un bar y a la que el día anterior le había rogado que
esa noche se quedara en su trabajo, a la espera de su llamada, pues tenía algo
importante que comunicarle. No quiso contarle todavía su plan, que era el de ir
de viaje juntos, lejos de Lima. Ella era fea, lo que para él era una garantía de
fidelidad. Piensa en Panchito, un tipo de cuerpo magro, pero que siempre
andaba bien vestido y con los bolsillos llenos de dinero; piensa en que su
suerte mejorará cuando haga el “trabajo” que le ha prometido y reciba el
sustancioso dinero ofrecido, lo cual sería solo el “primer paso”. Llega finalmente
Panchito, vestido con un impermeable, pese a que no llovía. Panchito, que
ingresa mirando cuidadosamente todo el local, hace notar a Danilo que su
impermeable estaba ya “cargado” y luego le explica el procedimiento a seguir:
dejaría su impermeable en la silla, simularía ir al baño, para luego retirarse del
bar; tras lo cual Danilo, tras un tiempo prudencial, debía coger y ponerse el
impermeable, en uno de cuyos bolsillos estaba ya su pago; luego, debía ir a un
hotel, según lo previamente acordado, antes de tomar el ómnibus que le
llevaría a su destino. Cumpliendo todo ello, Danilo se pone el impermeable, al
que siente pesado; luego sale del bar pensando en lo fácil que sería el
“trabajo”; pero al voltear ve a dos hombres que le siguen, sin distinguir que
estos habían estado también en el bar. El relato sugiere que aquel “trabajo” no
era solo el primer paso de la carrera delictiva de Danilo, sino probablemente, el
último.
Junta de acreedores
El personaje principal es don Roberto Delmar, dueño de una encomendería
(bodega o abacería) de Surco, que se haya endeudado con sus proveedores y
a punto de declararse en quiebra. Son las seis de la tarde, hora fijada para
reunirse en su tienda los representantes de las empresas acreedoras, cinco en
total: la Compañía Arbocó (vendedora de papeles y cacerolas), Fábrica de
Fideos La Aurora, Fábrica de Cemento Los Andes, Caramelos y Chocolates
Marilú, y el japonés Ajito. Don Roberto guarda una esperanza de poder
entenderse con los acreedores para que le den más plazo y no le embarguen
sus mercaderías; cree que aún puede conservar la dignidad. Van llegando uno
tras otros los representantes. Primero llega el de Arbocó, un hombre alto y con
lentes; luego el de fideos, un hombre bajo y gordo, con chaleco y sombrero de
hongo; ambos se sientan y revisan documentos. Luego llegan, juntos, el del
cemento y el de los chocolates y dulces, que por lo visto eran amigos; solo falta
Ajito y deciden esperarlo unos minutos antes de abrir la junta. Mientras espera,
Roberto rememora su situación. Su negocio había ido bien hasta que llegó el
italiano Bonifacio Salerno, que abrió una encomendería más grande a poca
distancia de la suya, lo que le mermó tremendamente su negocio; incluso debió
paralizar los trabajos de ampliación de su local, lo que explicaba su deuda con
la fábrica de cemento. Como demora Ajito en llegar, Roberto abre la junta y
cada uno de los representantes de los acreedores leen sus informes. Hastiado
de escuchar de números, Roberto pide que hagan un resumen. Estando en eso
llega Ajito y los demás le saludan aliviados. Terminada la exposición de los
acreedores, Roberto propone que le concedan una mora de dos meses y que
le reduzcan los créditos al 30%; pero todos se niegan rotundamente, a
excepción de Ajito, que dice estar de acuerdo. El de Arbocó, que era el más
efusivo hablando, reprochó al japonés por su falta de compañerismo. Al final,
los representantes se ponen de acuerdo y contraproponen a Roberto una mora
de 15 días y la reducción de los créditos al 50%. Era lo mínimo que podían
conceder. Pero Roberto dice que es imposible: o aceptaban su propuesta o no
le quedaba sino declararse en quiebra. Explica que necesita dos meses para
poder levantarse y pagar sus deudas, caso contrario no funcionaría. Los
acreedores, tras hacer comentarios entre ellos, se resignan a aceptar la
quiebra. Roberto declara cerrada la junta. Era ya de noche. Durante todo ese
lapso, Roberto temió que su mujer estuviera escuchando todo desde la
trastienda y que sus hijas llegaran del colegio; incluso, su hijo adolescente, en
plena junta, lo había llamado a la calle para reprocharle que permitiera que
esos hombres vinieran a humillarlo en su propia casa. Luego Roberto sale a la
calle y camina hasta el malecón, pensando en lo horrible que sonaba la palabra
“quiebra” aplicada a una persona, como si se tratara de un objeto roto
Sólo para fumadores
Sólo para fumadores
de Julio Ramón Ribeyro
Género Cuento
Idioma Español
País Perú
Fecha de publicación 1987
Julio Ramón Ribeyro
Silvio en El Relatos
Sólo para fumadores
Rosedal (1977) santacrucinos (1992)
Solo para fumadores es un libro de cuentos del escritor peruano Julio Ramón
Ribeyro. Fue publicado en 1987 como libro individual y además forma parte
de La palabra del mudo. Fue su último libro de cuentos publicado
individualmente.
En este volumen la mayoría de textos tienen elementos autobiográficos. En "Te
literario" se menciona una novela, con otro título, que estaría referida a Crónica
de San Gabriel
Cuentos
La obra está compuesta por ocho cuentos:
Solo para fumadores.
Ausente por tiempo indefinido.
Te literario.
La solución.
Escena de caza.
Conversación en el parque.
Nuit caprense cirius illuminata.
La casa en la playa.