Ricardo Palma -Amor de Madre
Resumen:
Capítulo I
Melchor Portocarrero Lazo de la Fernando de Vergara
Evangelina Zamora
Vega
En agosto de 1690 hizo su entrada en Lima el excelentísimo señor don Melchor
Portocarrero Lazo de la Vega, conde de la Monclova, comendador de Zarza en la Orden
de Alcántara y vigésimo tercio virrey del Perú por su majestad don Carlos II y su hija
doña Josefa, acompañándole desde México, cuyo gobierno fué trasladado a estos reinos,
algunos soldados españoles. Entre ellos estaba, don Fernando de Vergara, capitán de
gentileshombres, soldado vicioso, mujeriego, difícil de sentar cabeza.
Evangelina Zamora, una hermosa joven bella, tenía prendas que la hacían el partido más
codiciable de la ciudad de los Reyes. Su bisabuelo había sido, después de Jerónimo de
Aliaga, del alcalde Ribera, de Martín de Alcántara y de Diego Maldonado el Rico, uno
de los conquistadores más favorecidos por Pizarro con repartimientos en el valle del
Rímac.
El abuelo y el padre de Evangelina acrecieron la herencia; y la joven era huérfana a la
edad de veinte años, bajo el amparo de un tutor.
Evangelina se casó con Fernando, durante los cinco primeros años de matrimonio, el
capitán Vergara olvidó su antigua vida de disipación. Su esposa y sus hijos constituían
toda su felicidad, él era un marido ejemplar.
Pero un día fatal hizo el diablo que don Fernando acompañe a su mujer a una fiesta de
familia, donde jugaban juegos, la pasión del juego estaba sólo adormecida en el alma
del capitán, donde jugó, y con una gran fortuna, que en esa noche perdió veinte mil
pesos.
Desde esa hora, el esposo cambió por completo su manera de ser, y volvió a la
febricitante existencia del jugador. Mostrándosele la suerte cada día más rebelde, tuvo
que mermar la hacienda de su mujer y de sus hijos para hacer frente a las pérdidas.
Entre sus compañeros de vicio había un joven, marqués a quien los dados favorecían
con tenacidad, y don Fernando tomó a capricho luchar contra tan loca fortuna. Muchas
noches lo llevaba a cenar a la casa de Evangelina y, terminada la cena, los dos amigos
se encerraban en una habitación para que ellos jueguen.
Evangelina se esforzaba para apartar del precipicio a su esposo. Ente, lágrimas y enojos
y reconciliaciones fueron inútiles.
Una noche la infeliz esposa se encontraba ya recogida en su lecho, cuando la despertó
don Fernando pidiéndole el anillo nupcial. Era éste un brillante de gran valor.
Evangelina se sobresaltó; pero su marido la calmó, diciéndole que trataba sólo de
satisfacer la curiosidad de unos amigos.
Pero don Fernando perdía una gran suma, y no teniendo ya prenda que jugar, se acordó
del espléndido anillo de su esposa. El perdió el juego donde gano el marqués.
Don Fernando se estremeció de vergüenza y remordimiento y se fue, pero al llegar al
dormitorio de Evangelina vio, a través de los cristales vió sollozando de rodillas ante
una imagen de María.
Un vértigo horrible se apoderó del espíritu de don Fernando, y rápido como el tigre, se
abalanzó sobre el marqués y le dio tres puñaladas por la espalda y huyó hacia el
dormitorio, y cayó exánime delante del lecho de Evangelina.
Capítulo II
El conde de la Monclova, mandaba una compañía en la batalla de Arras, dada en 1654.,
donde el fue retirado del campo casi moribundo en donde perdió el brazo derecho en
una pelea.
El virrey Brazo de plata, leía Ave María gratia plena en el gobierno del Perú al ilustre
don Melchor de Navarra y Rocafull. Con igual prestigio que su antecesor, aunque con
menos dotes administrativas dice Lorente, el conde de la Monclova edificaba al pueblo
con su ejemplo, y los necesitados le hallaron siempre pronto a dar de limosna sus
sueldos y las rentas de su casa.
En los quince años y cuatro meses que duró el gobierno de Brazo de plata, período a que
ni hasta entonces ni después llegó ningún virrey disfrutó el país de completa paz, y se
edificaron en Lima magníficas casas.
En 1694 nació en Lima un monstruo con dos cabezas y rostros hermosos, dos
corazones, cuatro brazos y dos pechos unidos por un cartílago.
Muerto Carlos el Hechizado en 1700, Felipe V, recompensó al conde de la Monclova
haciéndolo grande de España.
El virrey Brazo de plata, estaba enfermo y cansado del mando, pedía a la corte para que
se le reemplazase. Sin ver logrado este deseo, falleció el 22 de septiembre de 1702,
siendo sepultado en la Catedral; y su sucesor el marqués Casteldos Ríus, no llegó a
Lima sino en junio de 1707.
Doña Josefa, la hija del conde de la Monclova, siguió habitando en palacio después de
la muerte del virrey, pero luego tomo el asilo en las monjas de Santa Catalina,
profesando con el hábito de Santa Rosa. En mayo de 1710 se trasladó doña Josefa al
nuevo convento, del que fué la primera abadesa.
Capítulo III
Cuatro meses después de su prisión, la Real Audiencia condenaba a muerte a don
Fernando de Vergara. El desde el primer momento había declarado que mató al marqués
con alevosía, en un arranque de desesperación del juego. Ante esta confesión no
quedaba al tribunal más que aplicar la pena.
Evangelina puso en juego todo resorte para liberar a su marido de una muerte
infamante; y en tal desconsuelo, llegó el día designado para el suplicio del criminal
Evangelina resolvió hacer, por amor al nombre de sus hijos, un sacrificio sin ejemplo.
Vestida de duelo se presentó en el salón de palacio en momentos de hallarse el virrey
conde de la Monclova en acuerdo con los oidores, y expuso que don Fernando había
asesinado al marqués, porque ella era adúltera, y sorprendida por el esposo, huyó de sus
iras, recibiendo su cómplice justa muerte del ultrajado marido.
La frecuencia de las visitas del marqués a la casa de Evangelina, el anillo estaba en la
mano del cadáver, las heridas por la espalda, la circunstancia de habérsele hallado al
muerto al pie del lecho de la señora, y otros pequeños detalles eran motivos bastantes
para que el virrey, mandase suspender la sentencia.
El juez constituyó en la cárcel para que don Fernando ratificara la declaración de su
esposa. Apenas terminaron de leer, Vergara, lanzó una espantosa carcajada.
¡El infeliz se había vuelto loco!
Pocos años después, la muerte cernía sus alas sobre el casto lecho de la noble esposa.
Los cuatro hijos de Evangelina esperaban arrodillados la postrera bendición maternal.