Ellos y nosotros
Juana Inés Dehesa Christlieb
La culpa de todo, siempre, la tienen ellos. ¿Se han fijado? Ellos son los que tienen el
país hecho un tiradero, ellos son los que incitan a la violencia; hasta son ellos los que
salen a la calle sin cubrebocas y estornudan como si les dieran premio. Son una cosita
espantosa, ellos.
Porque lo que es nosotros, somos un encanto. Nosotros nos comportamos muy bien,
somos responsables, pagamos todos nuestros impuestos (jamás nos han podido
probar nada), no cometemos ningún tipo de infracción y ni de casualidad decimos
nada que no sea cierto ni insultamos sin motivo. Si alguna vez, por una cosa rarísima,
llegamos a decir algo dudoso, o que es francamente mentira, no es culpa de nosotros,
desde luego: muy seguramente fue culpa de ellos, porque no nos entienden, o porque
infiltraron nuestras filas y nos pasaron información falsa.
Da lo mismo quiénes sean ellos y quiénes nosotros; no importa por quién hayamos
votado en la última elección, o con qué tendencia política nos sintamos identificados,
así está organizado el mundo. Vamos, así está organizado todo hoy en día, desde la
Cámara de Diputados hasta las juntas de vecinos; basta poner un pie en cualquier
grupo nuevo, para que alguien muy acomedido nos aborde y proceda a entregarnos
(sin que se lo pidamos, casi siempre), un reporte pormenorizado de quiénes somos
nosotros y quiénes son ellos, y por qué los odiamos.
¿Por qué pasa esto? “Es que el país está polarizado”, nos dicen, como si eso fuera
suficiente explicación. Como si fuera normal llegar a una casa, ver a un par de
hermanos que no se hablan y que otro miembro de la familia dijera “ah, sí, así son; es
que están muy polarizados”, y que a nadie le resultara extraño que no fueran capaces
de pedirse ni pásame las tortillas. No es normal no hablarse con los hermanos, como
no es normal declarar que el otro tiene la culpa de todo lo malo que pasa y que por lo
tanto no vamos a dignarnos reconocer siquiera su existencia.
Lo de la polarización no sólo pasa en México; pasa en Estados Unidos, en Italia, en
España, en Hungría, en ciertos países de África… De hecho, lo raro es encontrar un país
donde los seres humanos sepan negociar sus diferencias y llegar a acuerdos.
Y, probablemente, si existiera, no aparecería en las noticias, porque qué chiste hablar
de política si no hay pleito de por medio. Qué pereza sentarse frente al noticiero a ver
cómo los legisladores se pusieron de acuerdo, negociaron aquellos aspectos
ideológicos o prácticos que los distanciaban y terminaron elaborando y promulgando
una serie de normas que sirven a todos los ciudadanos. Pésima televisión y nada de
espectáculo, francamente.
Y ahí está el problema: que lo que nos gusta es el drama. El suspenso, el conflicto, el
desgarramiento de vestiduras, y para eso hoy los medios de comunicación se mandan
solos. Volviendo al ejemplo de los legisladores, mil veces mejor una buena toma con
pellizcos y jalones de pelo en tribuna, que una imagen de hombres y mujeres
discutiendo y acordando como si nada. Nos hemos acostumbrado al conflicto, lo
buscamos y lo propiciamos, y hemos terminado por sentirnos muy cómodos,
instalados en el ellos y el nosotros.
Y nunca es culpa nuestra. Nunca llevamos la responsabilidad en los pleitos ni las
diferencias: siempre ellos nos hicieron, aquél se dedica a sembrar la discordia, estos
otros se oponen a nuestro proyecto. Y, al final, igual que esos hermanos que no se
hablan, terminamos por sentirnos mal nosotros, por hacer que se sientan mal ellos, y
que todos la pasemos francamente horrible. Ellos y nosotros.